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Relatos Breves para Amantes de la Lectura

El documento presenta instrucciones para llorar de manera correcta, indicando que el llanto no debe ser escandaloso ni insultar a la sonrisa. Recomienda dirigir la imaginación hacia uno mismo o pensar en imágenes tristes para provocar el llanto, el cual debe durar unos 3 minutos mientras se cubre el rostro con las manos.
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Relatos Breves para Amantes de la Lectura

El documento presenta instrucciones para llorar de manera correcta, indicando que el llanto no debe ser escandaloso ni insultar a la sonrisa. Recomienda dirigir la imaginación hacia uno mismo o pensar en imágenes tristes para provocar el llanto, el cual debe durar unos 3 minutos mientras se cubre el rostro con las manos.
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1.

- Julio Cortázar – “Instrucciones para llorar”

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar,


entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la
sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en
una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de
lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en
que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted
mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el
mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del
estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se
tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los
niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón
del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

FIN
2.- Augusto Monterroso – “El grillo maestro”

Allá en tiempos muy remotos, un día de los más calurosos del invierno, el
Director de la Escuela entró sorpresivamente al aula en que el Grillo daba a los
Grillitos su clase sobre el arte de cantar, precisamente en el momento de la
exposición en que les explicaba que la voz del Grillo era la mejor y la más bella
entre todas las voces, pues se producía mediante el adecuado frotamiento de las
alas contra los costados, en tanto que los pájaros cantaban tan mal porque se
empeñaban en hacerlo con la garganta, evidentemente el órgano del cuerpo
humano menos indicado para emitir sonidos dulces y armoniosos.

Al escuchar aquello, el Director, que era un Grillo muy viejo y muy sabio, asintió
varias veces con la cabeza y se retiró, satisfecho de que en la Escuela todo siguiera
como en sus tiempos.

FIN
3.- Julio Torri – “Literatura”

El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de


papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar
y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había
tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos
pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a
los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves
marinas los cielos sombríos y empavorecedores.

La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le


antojó el abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al
describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor
pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de
todo fascinante, mágico, sobrenatural. FIN

4.- Macedonio Fernández – “Un paciente en disminución”

El señor Ga había sido tan asiduo, tan dócil y prolongado paciente del doctor
Terapéutica que ahora ya era sólo un pie. Extirpados sucesivamente los dientes,
las amígdalas, el estómago, un riñón, un pulmón, el bazo, el colon, ahora llegaba
el valet del señor Ga a llamar al doctor Terapéutica para que atendiera el pie del
señor Ga, que lo mandaba llamar.

El doctor Terapéutica examinó detenidamente el pie y “meneando con grave


modo” la cabeza resolvió:

-Hay demasiado pie, con razón se siente mal: le trazaré el corte necesario, a un
cirujano. FIN
5.- Enrique Anderson Imbert – “El suicida”

Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo


explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió
el veneno y se acostó.

Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.

¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra
hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa?
Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las
balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas.
Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el
dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los
cinco estampidos.

Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en
el suelo, cada uno con un balazo en la sien.

Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La


hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las
carnes recobraban su licitud como el agua después que le pescan el pez.

Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.

Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres
y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la
ciudad incendiada.

FIN
6.- Juan José Arreola – “Dulcinea”

En un lugar solitario cuyo nombre no viene al caso hubo un hombre que se pasó
la vida eludiendo a la mujer concreta. Prefirió el goce manual de la lectura, y se
congratulaba eficazmente cada vez que un caballero andante embestía a fondo
uno de esos vagos fantasmas femeninos, hechos de virtudes y faldas
superpuestas, que aguardan al héroe después de cuatrocientas páginas de
hazañas, embustes y despropósitos.

En el umbral de la vejez, una mujer de carne y hueso puso sitio al anacoreta en su


cueva. Con cualquier pretexto entraba al aposento y lo invadía con un fuerte
aroma de sudor y de lana, de joven mujer campesina recalentada por el sol.

El caballero perdió la cabeza, pero lejos de atrapar a la que tenía enfrente, se echó
en pos a través de páginas y páginas, de un pomposo engendro de fantasía.
Caminó muchas leguas, alanceó corderos y molinos, desbarbó unas cuantas
encinas y dio tres o cuatro zapatetas en el aire.

Al volver de la búsqueda infructuosa, la muerte le aguardaba en la puerta de su


casa. Sólo tuvo tiempo para dictar un testamento cavernoso, desde el fondo de su
alma reseca. Pero un rostro polvoriento de pastora se lavó con lágrimas
verdaderas, y tuvo un destello inútil ante la tumba del caballero demente. FIN
7.- Gabriel García Márquez – “La Historia se repite”

Cuando éramos niños esperábamos ilusionados la Nochebuena.

Redactábamos una ingenua carta con una enorme lista de “Quiero que me
traigas”, y pasábamos contando los días con un aparato que llamábamos “Ya solo
faltan”.

Y cada mañana nos asomábamos a ver cuántos días faltaban para Navidad.

Pero a medida que se acercaba el día, las horas se nos hacían eternas y pasaban
llenas de advertencias de “Si no te portas bien”.

Gozábamos las posadas, visitábamos a la familia, íbamos de compras, llenábamos


de focos nuestro pino hasta que, por fin, llegaba la anhelada Nochebuena.

La casa se llenaba de alegría y, con la mágica aparición de los regalos, las


ilusiones se volvían realidad y, por un momento, olvidábamos el verdadero
significado de la Navidad.

Hoy nuevamente llega la Nochebuena y la historia se repite con los hijos, que
pasan los días redactando borradores de tiernas cartas con una imaginación sin
límites. Piden, piden y piden: juguetes, pelotas, muñecas, “O lo que me quieras
traer”.

Y mientras a los niños la Navidad los llena de ilusión, a los adultos nos llena de
esperanza y nos permite convivir con la familia regalándonos unos a otros cariño
y buenos deseos, brindando por nuestros éxitos, apoyándonos unos a otros,
apoyándonos en nuestras derrotas y tratando de entendernos.

¡Porque la mejor forma de festejar el nacimiento de Jesús es llamando al que está


lejos, olvidando rencores tontos y resentimientos necios… amando y perdonando!
FIN
8.- Juan Carlos Onetti – Los Besos

Los había conocido y extrañado de su madre. Besaba en las dos mejillas o en la


mano a toda mujer indiferente que le presentaran, había respetado el rito
prostibulario que prohibía unir las bocas; novias, mujeres le habían besado con
lenguas en la garganta y se habían detenido sabias y escrupulosas para besarle el
miembro. Saliva, calor y deslices, como debe ser. Después la sorpresiva entrada
de la mujer, desconocida, atravesando la herradura de dolientes, esposa e hijos,
amigos llorones suspirantes. Se acercó, impávida, la muy puta, la muy atrevida,
para besarle la frialdad de la frente, por encima del borde del ataúd, dejando
entre la horizontalidad de las tres arrugas, una pequeña mancha carmín.

FIN
9.- Rubén Darío – Aguafuerte

De una casa cercana salía un ruido metálico y acompasado. En un recinto


estrecho, entre paredes llenas de hollín, negras, muy negras, trabajaban unos
hombres en la forja. Uno movía el fuelle que resoplaba, haciendo crepitar el
carbón, lanzando torbellinos de chispas y llamas como lenguas pálidas, áureas,
azulejas, resplandecientes. Al brillo del fuego en que se enrojecían largas barras
de hierro, se miraban los rostros de los obreros con un reflejo trémulo.

Tres yunques ensamblados en toscas armazones resistían el batir de los machos


que aplastaban el metal candente, haciendo saltar una lluvia enrojecida. Los
forjadores vestían camisas de lana de cuellos abiertos y largos delantales de
cuero. Acanzábaseles a ver el pescuezo gordo y el principio del pecho velludo, y
salían de las mangas holgadas los brazos gigantescos, donde, como en los de
Anteo, parecían los músculos redondas piedras de las que deslavan y pulen los
torrentes.

En aquella negrura de caverna, al resplandor de las llamaradas, tenían tallas de


cíclopes. A un lado, una ventanilla dejaba pasar apenas un haz de rayos de sol. A
la entrada de la forja, como en un marco oscuro, una muchacha blanca comía
uvas. Y sobre aquel fondo de hollín y de carbón, sus hombros delicados y tersos
que estaban desnudos hacían resaltar su bello color de lis, con un casi
imperceptible tono dorado.

FIN
10.- Augusto Monterroso – El dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. FIN

11.- Jorge Luis Borges – El adivino

En Sumatra, alguien quiere doctorarse de adivino. El brujo examinador le


pregunta si será reprobado o si pasará. El candidato responde que será
reprobado… FIN

12.- Alfonso Reyes – Duelo

De uno a otro extremo de la Cámara, grita el diputado aristócrata: — ¡Dese usted


por abofeteado! Y el demócrata, encogiéndose de hombros, le contesta: — ¡Dese
usted por muerto en duelo! FIN

13.- Álvaro Mutis – Lámparas de Hojalata

Mi labor consiste en limpiar cuidadosamente las lámparas de hojalata con las


cuales los señores del lugar salen de noche a cazar el zorro en los cafetales. Lo
deslumbran al enfrentarle súbitamente estos complejos artefactos, hediondos a
petróleo y a hollín, que se oscurecen en seguida por obra de la llama que, en un
instante, enceguece los amarillos ojos de la bestia.

Nunca he oído quejarse a estos animales. Mueren siempre presas del atónito
espanto que les causa esta luz inesperada y gratuita. Miran por última vez a sus
verdugos como quien se encuentra con los dioses al doblar una esquina. Mi tarea,
mi destino, es mantener siempre brillante y listo este grotesco latón para su
nocturna y breve función venatoria. ¡Y yo que soñaba ser algún día laborioso
viajero por tierras de fiebre y aventura!
FIN

14.- Julio Cortázar – Amor 77

Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se


perfuman, se visten y, así progresivamente, van volviendo a ser lo que no son.

FIN

15.- Jorge Luis Borges – Alguien soñará

¿Qué soñará el indescifrable futuro? Soñará que Alonso Quijano puede ser don
Quijote sin dejar su aldea y sus libros. Soñará que una víspera de Ulises puede ser
más pródiga que el poema que narra sus trabajos. Soñará generaciones humanas
que no reconocerán el nombre de Ulises. Soñará sueños más precisos que la
vigilia de hoy. Soñará que podremos hacer milagros y que no los haremos, porque
será más real imaginarlos. Soñará mundos tan intensos que la voz de una sola de
sus aves podría matarte. Soñará que el olvido y la memoria pueden ser actos
voluntarios, no agresiones o dádivas del azar. Soñará que veremos con todo el
cuerpo, como quería Milton desde la sombra de esos tiernos orbes, los ojos.
Soñará un mundo sin la máquina y sin esa doliente máquina, el cuerpo.

La vida no es un sueño pero puede llegar a ser un sueño, escribe Novalis. FIN

16.- Juan José Arreola – La jirafa

Al darse cuenta de que había puesto demasiado altos los frutos de un árbol
predilecto, Dios no tuvo más remedio que alargar el cuello de la jirafa.

Cuadrúpedos de cabeza volátil, las jirafas quisieron ir por encima de su realidad


corporal y entraron resueltamente al reino de las desproporciones. Hubo que
resolver para ellas algunos problemas biológicos que más parecen de ingeniería y
de mecánica: un circuito nervioso de doce metros de largo; una sangre que se
eleva contra la ley de la gravedad mediante un corazón que funciona como bomba
de pozo profundo; y todavía, a estas alturas, una lengua eyéctil que va más arriba,
sobrepasando con veinte centímetros el alcance de los belfos para roer los
pimpollos como una lima de acero.

Con todos sus derroches de técnica, que complican extraordinariamente su


galope y sus amores, la jirafa representa mejor que nadie los devaneos del
espíritu: busca en las alturas lo que otros encuentran al ras del suelo.

Pero como finalmente tiene que inclinarse de vez en cuando para beber el agua
común, se ve obligada a desarrollar su acrobacia al revés. Y se pone entonces al
nivel de los burros.

FIN

17.- Guillermo Samperio – La cola

Esa noche de estreno, fuera del cine, a partir de la taquilla la gente ha ido
formando una fila desordenada que desciende las escalinatas y se alarga sobre la
acera, junto a la pared, pasa frente al puesto de dulces y el de revistas, y
periódicos, extensa culebra de mil cabezas, víbora ondulante de colores diversos
vestida de suéteres y chamarras, nauyaca inquieta que se contorsiona a lo largo
de la calle y da vuelta en la esquina, boa enorme que mueve su cuerpo ansioso
azotando la banqueta, invadiendo la calle, enrollada a los automóviles,
interrumpiendo el tráfico, trepando por el muro, sobre las cornisas,
adelgazándose en el aire, su cola de cascabel introduciéndose por una ventana del
segundo piso, a espaldas de una mujer linda, que toma un café melancólico ante
una mesa redonda, mujer que escucha solitaria el rumor del gentío en la calle y
percibe un fino cascabeleo que rompe de pronto su aire de pesadumbre, lo
abrillanta y le ayuda a cobrar una débil luz de alegría, recuerda entonces aquellos
días de felicidad y de amor, de sensualidad nocturna y manos sobre su cuerpo
firme y bien formado, abre paulatinamente las piernas, se acaricia el pubis que ya
está húmedo, se quita lentamente las pantimedias, la pantaleta, y permite que la
punta de la cola, enredada en una pata de la silla y erecta bajo la mesa, la posea.

FIN

18.- Álvaro Mutis – Soledad

En mitad de la selva, en la más oscura noche de los grandes árboles, rodeado del
húmedo silencio esparcido por las vastas hojas del banano silvestre, conoció el
Gaviero el miedo de sus miserias más secretas, el pavor de un gran vacío que le
acechaba tras sus años llenos de historias y de paisajes. Toda la noche
permaneció el Gaviero en dolorosa vigilia, esperando, temiendo el derrumbe de
su ser, su naufragio en las girantes aguas de la demencia. De estas amargas horas
de insomnio le quedó el Gaviero una secreta herida de la que manaba en
ocasiones la tenue linfa de un miedo secreto e innombrable.

La algarabía de las cacatúas que cruzaban en bandadas la rosada extensión del


alba, lo devolvió al mundo de sus semejantes y tornó a poner en sus manos las
usuales herramientas del hombre. Ni el amor, ni la desdicha, ni la esperanza, ni la
ira volvieron a ser los mismos para él después de su aterradora vigilia en la
mojada y nocturna soledad de la selva.
FIN

19.- Leopoldo Lugones – El espíritu nuevo

En un barrio mal afamado de Jafa, cierto discípulo anónimo de Jesús disputaba


con las cortesanas. -La Magdalena se ha enamorado del rabí-dijo una. -Su amor
es divino – replicó el hombre. -Divino?…¿Me negarás que adora sus cabellos
blondos, sus ojos profundos, su sangre real, su saber misterioso, su dominio
sobre las gentes; su belleza, en fin? -No cabe duda; pero lo ama sin esperanza, y
por esto es divino su amor.

FIN

20.- Ana María Shua – Arriad el foque

¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a


estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el
bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de
mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros
corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos
pronto un diccionario nos vamos a pique sin remedio.

FIN

21.- Ciro Alegría – La sirena del bosque

El árbol llamado lupuna, uno de los más originalmente hermosos de la selva


amazónica, “tiene madre”. Los indios selváticos dicen así del árbol al que creen
poseído por un espíritu o habitado por un ser viviente. Disfrutan de tal privilegio
los árboles bellos o raros. La lupuna es uno de los más altos del bosque
amazónico, tiene un ramaje gallardo y su tallo, de color gris plomizo, está
guarnecido en la parte inferior por una especie de aletas triangulares. La lupuna
despierta interés a primera vista y en conjunto, al contemplarlo, produce una
sensación de extraña belleza. Como “tiene madre” los indios no cortan la lupuna.
Las hachas y machetes de la tala abatirán porciones de bosque para levantar
aldeas, o limpiar campos de siembra de yuca y plátanos, o abrir caminos. La
lupuna quedará señoreando. Y de todos modos, así no hay roza, sobresaldrá en el
bosque por su altura y particular conformación. Se hace ver.

Para los indios cocamas, la “madre” de la lupuna, el ser que habita dicho árbol, es
una mujer blanca, rubia y singularmente hermosa. En las noches de luna, ella
sube por el corazón del árbol hasta lo alto de la copa, sale a dejarse iluminar por
la luz esplendente y canta. Sobre el océano vegetal que forman las copas de los
árboles, la hermosa derrama su voz clara y alta, singularmente melodiosa,
llenando la solemne amplitud de la selva. Los hombres y los animales que la
escuchan, quedan como hechizados. El mismo bosque puede aquietar sus ramas
para oírla.

Los viejos cocamas previenen a los mozos contra el embrujo de tal voz. Quien la
escuche, no debe ir hacia la mujer que la entona, porque no regresará nunca.
Unos dicen que muere esperando alcanzar a la hermosa y otros que ella los
convierte en árbol. Cualquiera que fuese su destino, ningún joven cocama que
siguió a la voz fascinante, soñando con ganar a la bella, regresó jamás.
Es aquella mujer, que sale de la lupuna, la sirena del bosque. Lo mejor que puede
hacerse es escuchar con recogimiento, en alguna noche de luna, su hermoso
canto próximo y distante.

FIN

22.- Augusto Monterroso – La honda de David

Había una vez un niño llamado David N., cuya puntería y habilidad en el manejo
de la resortera despertaba tanta envidia y admiración en sus amigos de la
vecindad y de la escuela, que veían en él-y así lo comentaban entre ellos cuando
sus padres no podían escucharlos-un nuevo David.

Pasó el tiempo.

Cansado del tedioso tiro al blanco que practicaba disparando sus guijarros contra
latas vacías o pedazos de botella, David descubrió que era mucho más divertido
ejercer contra los pájaros la habilidad con que Dios lo había dotado, de modo que
de ahí en adelante la emprendió con todos los que se ponían a su alcance, en
especial contra Pardillos, Alondras, Ruiseñores y Jilgueros, cuyos cuerpecitos
sangrantes caían suavemente sobre la hierba, con el corazón agitado aún por el
susto y la violencia de la pedrada.

David corría jubiloso hacia ellos y los enterraba cristianamente.

Cuando los padres de David se enteraron de esta costumbre de su buen hijo se


alarmaron mucho, le dijeron que qué era aquello y afearon su conducta en
términos tan ásperos y convincentes que, con lágrimas en los ojos, él reconoció su
culpa, se arrepintió sincero y durante mucho tiempo se aplicó a disparar
exclusivamente sobre los otros niños.

Dedicado años después a la milicia, en la Segunda Guerra Mundial David fue


ascendido a general y condecorado con las cruces más altas por matar él solo a
treinta y seis hombres, y más tarde degradado y fusilado por dejar escapar con
vida una Paloma mensajera del enemigo.

FIN

23.- Jorge Luis Borges – Episodio del enemigo

Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la


ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con
un bastón, con un torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma
sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta.

Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado


de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego.
Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se
desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y
cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero
solo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de
Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.

Me incliné sobre él para que me oyera.


-Uno cree que los años pasan para uno – le dije-, pero pasan también para los
demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.
Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha
estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.

Me dijo entonces con voz firme: -Para entrar en su casa, he recurrido a la


compasión. Le tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.

Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y solo las palabras podían
salvarme. Atiné a decir:

-En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni
yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el
perdón.

-Precisamente porque ya no soy aquel niño-me replicó-tengo que matarlo. No se


trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son
meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer
nada.

FIN

24.- Juan José Arreola – Una de dos

Yo también he luchado con el ángel. Desdichadamente para mí, el ángel era un


personaje fuerte, maduro y repulsivo, con bata de boxeador. Poco antes habíamos
estado vomitando, cada uno por su lado, en el cuarto de baño. Porque el
banquete, más bien la juerga, fue de lo peor. En casa me esperaba la familia: un
pasado remoto. Inmediatamente después de su proposición, el hombre comenzó
a estrangularme de modo decisivo. La lucha, más bien la defensa, se desarrolló
para mí como un rápido y múltiple análisis reflexivo. Calculé en un instante todas
las posibilidades de pérdida y salvación, apostando a vida o sueño, dividiéndome
entre ceder y morir, aplazando el resultado de aquella operación metafísica y
muscular. Me desaté por fin de la pesadilla como el ilusionista que deshace sus
ligaduras de momia y sale del cofre blindado. Pero llevo todavía en el cuello las
huellas mortales que me dejaron las manos de mi rival. Y en la conciencia, la
certidumbre de que sólo disfruto una tregua, el remordimiento de haber ganado
un episodio banal en la batalla irremisiblemente perdida.

25.- Julio Torri – Literatura

El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de


papel, la numeró y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar
y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había
tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos
pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a
los jilgueros de su mujer, y poblada en esos instantes de albatros y grandes aves
marinas los cielos sombríos y empavorecedores.

*La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le
antojó el abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al
describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rojos, el mísero escritor
pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de
todo fascinante, mágico, sobrenatural.

FIN
26.- Eduardo Galeano – El murciélago

Cuando era el tiempo muy niño todavía, no había en el mundo bicho más feo que
el murciélago. El murciélago subió al cielo en busca de Dios. Le dijo: Estoy harto
de ser horroroso. Dame plumas de colores. No. Le dijo: Dame plumas, por favor,
que me muero de frío. A Dios no le había sobrado ninguna pluma. Cada ave te
dará una- decidió. Así obtuvo el murciélago la pluma blanca de la paloma y la
verde del papagayo. La tornasolada pluma del colibrí y la rosada del flamenco, la
roja del penacho del cardenal y la pluma azul de la espalda del Martín pescador,
la pluma de arcilla del ala de águila y la pluma del sol que arde en el pecho del
tucán. El murciélago, frondoso de colores y suavidades, paseaba entre la tierra y
las nubes. Por donde iba, quedaba alegre el aire y las aves mudas de admiración.
Dicen los pueblos zapotecas que el arco iris nació del eco de su vuelo. La vanidad
le hinchó el pecho. Miraba con desdén y comentaba ofendiendo. Se reunieron las
aves. Juntas volaron hacia Dios. El murciélago se burla de nosotras – se quejaron
-. Y además sentimos frío por las plumas que nos faltan. Al día siguiente, cuando
el murciélago agitó las alas en pleno vuelo, quedó súbitamente desnudo. Una
lluvia de plumas cayó sobre la tierra. Él anda buscándolas todavía. Ciego y feo,
enemigo de la luz, vive escondido en las cuevas. Sale a perseguir las plumas
perdidas cuando ha caído la noche; y vuela muy veloz, sin detenerse nunca,
porque le da vergüenza que lo vean. FIN

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