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Crítica de González Prada al Perú de 1888

El discurso de Manuel González Prada critica la ignorancia y servidumbre que llevaron a la derrota del Perú frente a Chile. Propone que la nueva generación se dedique a la ciencia y la libertad para fortalecer la nación. También pide educar a los indígenas y darles libertad para reconstruir el país e incluso recuperar los territorios perdidos. Confía en el potencial del Perú si el pueblo deja atrás la versatilidad y se unifica con esperanza y trabajo para el futuro.
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Crítica de González Prada al Perú de 1888

El discurso de Manuel González Prada critica la ignorancia y servidumbre que llevaron a la derrota del Perú frente a Chile. Propone que la nueva generación se dedique a la ciencia y la libertad para fortalecer la nación. También pide educar a los indígenas y darles libertad para reconstruir el país e incluso recuperar los territorios perdidos. Confía en el potencial del Perú si el pueblo deja atrás la versatilidad y se unifica con esperanza y trabajo para el futuro.
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Extracto del discurso en el Politeama

Manuel González Prada, 1888

Señores:
Los que pisan el umbral de la vida se juntan hoi para dar una lección a los que
se acercan a las puertas del sepulcro. La fiesta que presenciamos tiene mucho
de patriotismo i algo de ironía: el niño quiere rescatar con el oro lo que el
hombre no supo defender con el hierro.
Los viejos deben temblar ante los niños, porque la jeneración que se levanta es
siempre acusadora i juez de la jeneración que desciende. De aquí, de estos
grupos alegres i bulliciosos, saldrá el pensador austero i taciturno; de aquí, el
poeta que fulmine las estrofas de acero retemplado; de aquí, el historiador que
marque la frente del culpable con un sello de indeleble ignominia.
Niños, sed hombres, madrugad a la vida, porque ninguna jeneración recibió
herencia más triste, porque ninguna tuvo deberes más sagrados que cumplir,
errores más graves que remediar ni venganzas más justas que satisfacer.
En la orgía de la época independiente, vuestros antepasados bebieron el vino
generoso i dejaron las heces. Siendo superiores a vuestros padres, tendréis
derecho para escribir el bochornoso epitafio de una generación que se va,
manchada con la guerra civil de medio siglo, con la quiebra fraudulenta i con la
mutilación del territorio nacional.
Si en estos momentos fuera oportuno recordar vergüenzas i renovar dolores,
no acusaríamos a unos ni disculparíamos a otros. ¿Quién puede arrojar la
primera piedra?
La mano brutal de Chile despedazó nuestra carne i machacó nuestros huesos;
pero los verdaderos vencedores, las armas del enemigo, fueron nuestra
ignorancia i nuestro espíritu de servidumbre.

II

Sin especialistas, o más bien dicho, con aficionados que presumían de


omniscientes, vivimos de ensayo en ensayo: ensayos de aficionados en
Diplomacia, ensayos de aficionados en Economía Política, ensayos de
aficionados en Legislación i hasta ensayos de aficionados en Tácticas i
Estrategias. El Perú fue cuerpo vivo, expuesto sobre el mármol de un
anfiteatro, para sufrir las amputaciones de cirujanos que tenían ojos con
cataratas seniles i manos con temblores de paralítico. Vimos al abogado dirijir
la hacienda pública, al médico emprender obras de ingeniatura, al teólogo
fantasear sobre política interior, al marino decretar en administración de
justicia, al comerciante mandar cuerpos de ejército...¡Cuánto no vimos en esa
fermentación tumultuosa de todas las mediocridades, en esas vertiginosas
apariciones i desapariciones de figuras sin consistencia de hombre, en ese
continuo cambio de papeles, en esa Babel, en fin, donde la ignorancia vanidosa
i vocinglera se sobrepuso siempre al saber humilde i silencioso!
Con las muchedumbres libres, aunque indisciplinadas de la Revolución,
Francia marchó a la victoria; con los ejércitos de indios disciplinados i sin
libertad, el Perú irá siempre a la derrota. Si del indio hicimos un siervo ¿qué
patria defenderá? Como el siervo de la Edad media, sólo combatirá por el
señor feudal.
Aunque sea duro i hasta cruel repetirlo aquí, no imajinéis, señores, que el
espíritu de servidumbre sea peculiar a sólo el indio de la puna: también los
mestizos de la Costa recordamos tener en nuestras venas sangre de los
súbditos de Felipe II mezclada con sangre de los súbditos de Huayna-Capac.
Nuestra columna vertebral tiende a inclinarse.
La nobleza española dejó su descendencia dejenerada i despilfarradora: el
vencedor de la Independencia legó su prole de militares i oficinistas. A sembrar
el trigo i extraer el metal, la juventud de la jeneración pasada prefirió atrofiar el
cerebro en las cuadras de los cuarteles i apergaminar la piel en las oficinas del
Estado. Los hombres aptos para las rudas labores del campo i de la mina,
buscaron el manjar caído del festín de los gobiernos, ejercieron una insaciable
succión en los jugos del erario nacional i sobrepusieron el caudillo que daba el
pan i los honores a la patria que exijía el oro i los sacrificios. Por eso, aunque
siempre existieron en el Perú liberales i conservadores, nunca hubo un
verdadero partido liberal ni un verdadero partido conservador, sino tres grandes
divisiones: los gobiernistas, los conspiradores i los indiferentes por egoísmo,
imbecilidad o desengaño. Por eso, en el momento supremo de la lucha, no
fuimos contra el enemigo un coloso de bronce, sino una agrupación de
limaduras de plomo; no una patria unida i fuerte, sino una serie de individuos
atraídos por el interés particular y repelidos entre sí por el espíritu de bandería.
Por eso, cuando el más oscuro soldado del ejército invasor no tenía en sus
labios más nombre que Chile, nosotros, desde el primer jeneral hasta el último
recluta, repetíamos el nombre de un caudillo, éramos siervos de la edad media
que invocábamos al señor feudal.
Indios de punas i serranías, mestizos de la costa, todos fuimos ignorantes i
siervos; i no vencimos ni podíamos vencer.

III
Si la ignorancia de los gobernantes i la servidumbre de los gobernados fueron
nuestros vencedores, acudamos a la Ciencia, ese redentor que nos enseña a
suavizar la tiranía de la Naturaleza, adoremos la Libertad, esa madre
enjendradora de hombres fuertes.
No hablo, señores, de la ciencia momificada que va reduciéndose a polvo en
nuestras universidades retrógradas: hablo de la Ciencia robustecida con la
sangre del siglo, de la Ciencia con ideas de radio jigantesco, de la Ciencia que
trasciende a juventud i sabe a miel de panales griegos, de la Ciencia positiva
que en sólo un siglo de aplicaciones industriales produjo más bienes a la
Humanidad que milenios enteros de Teolojía i Metafísica.
Hablo, señores, de la libertad para todos, i principalmente para los más
desvalidos. No forman el verdadero Perú las agrupaciones de criollos i
extranjeros que habitan la faja de tierra situada entre el Pacífico i los Andes; la
nación está formada por las muchedumbres de indios diseminadas en la banda
oriental de la cordillera. Trescientos años ha que el indio rastrea en las capas
inferiores de la civilización, siendo un híbrido con los vicios del bárbaro i sin las
virtudes del europeo: enseñadle siquiera a leer i escribir, i veréis si en un cuarto
de siglo se levanta o no a la dignidad de hombre. A vosotros, maestros de
escuela, toca galvanizar una raza que se adormece bajo la tiranía del juez de
paz, del gobernador i del cura, esa trinidad embrutecedora del indio.
Cuando tengamos pueblo sin espíritu de servidumbre, i militares i políticos a la
altura del siglo, recuperaremos Arica i Tacna, i entonces i sólo entonces
marcharemos sobre Iquique i Tarapacá, daremos el golpe decisivo, primero i
último.
Para ese gran día, que al fin llegará porque el porvenir nos debe una victoria,
fiemos sólo en la luz de nuestro cerebro i en la fuerza de nuestros brazos.
Pasaron los tiempos en que unícamente el valor decidía de los combates: hoi la
guerra es un, problema, la Ciencia resuelve la ecuación. Abandonemos el
romanticismo internacional i la fe en los auxilios sobrehumanos: la Tierra
escarnece a los vencidos, i el Cielo no tiene rayos para el verdugo.
En esta obra de reconstitución i venganza no contemos con los hombres del
pasado: los troncos añosos i carcomidos produjeron ya sus flores de aroma
deletéreo i sus frutas de sabor amargo. ¡Que vengan árboles nuevos a dar
flores nuevas i frutas nuevas! ¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!

IV
¿Por qué desesperar? No hemos venido aquí para derramar lágrimas sobre las
ruinas de una segunda Jerusalén, sino a fortalecernos con la esperanza.
Dejemos a Boabdil llorar como mujer, nosotros esperemos como hombres.
Nunca menos que ahora conviene el abatimiento del ánimo cobarde ni las
quejas del pecho sin virilidad: hoi que Tacna rompe su silencio i nos envía el
recuerdo del hermano cautivo al hermano libre, elevémonos unas cuantas
pulgadas sobre el fango de las ambiciones personales, i a las palabras de amor
i esperanza respondamos con palabras de aliento i fraternidad.
¿Por qué desalentarse? Nuestro clima, nuestro suelo ¿son acaso los últimos
del Universo? En la tierra no hai oro para adquirir las riquezas que debe
producir una sola Primavera del Perú. ¿Acaso nuestro cerebro tiene la forma
rudimentaria de los cerebros hotentotes, o nuestra carne fue amasada con el
barro de Sodoma? Nuestros pueblos de la sierra son hombres amodorrados,
no estatuas petrificadas.
No carece nuestra raza de electricidad en los nervios ni de fósforo en el
cerebro; nos falta, sí, consistencia en el músculo i hierro en la sangre.
Anémicos i nerviosos, no sabemos amar ni odiar con firmeza. Versátiles en
política, amamos hoi a un caudillo hasta sacrificar nuestros derechos en aras
de la dictadura; i le odiamos mañana hasta derribarle i hundirle bajo un aluvión
de lodo y sangre. Sin paciencia de aguardar el bien, exijimos improvisar lo que
es obra de la incubación tardía, queremos que un hombre repare en un día las
faltas de cuatro jeneraciones. La historia de muchos gobiernos del Perú cabe
en tres palabras: imbecilidad en acción; pero la vida toda del pueblo se resume
en otras tres: versatilidad en movimiento.
Si somos versátiles en amor, no lo somos menos en odio: el puñal está
penetrando en nuestras entrañas i ya perdonamos al asesino. Alguien ha
talado nuestros campos i quemado nuestras ciudades i mutilado nuestro
territorio i asaltado nuestras riquezas convertido el país entero en ruinas de un
cementerio; pues bien, señores, ese alguien a quien jurábamos rencor eterno i
venganza implacable, empieza a ser contado en el número de nuestros
amigos, no es aborrecido por nosotros con todo el fuego de la sangre, con toda
la cólera del corazón.
Ya que hipocresía i mentira forman los polos de la Diplomacia, dejemos a los
gobiernos mentir hipócritamente jurándose amistad i olvido. Nosotros, hombres
libres reunidos aquí para escuchar palabras de lealtad i franqueza, nosotros
que no tememos explicaciones ni respetamos susceptibilidades, nosotros
levantemos la voz para enderezar el esqueleto de estas muchedumbres
encorvadas, hagamos por oxijenar esta atmósfera viciada con la respiración de
tantos organismos infectos, i lancemos una chispa que inflame en el corazón
del pueblo el fuego para amar con firmeza todo lo que se debe amar, i para
odiar con firmeza también todo lo que se debe odiar.
¡Ojalá, señores, la lección dada hoi por los Colejios libres de Lima halle ejemplo
en los más humildes caseríos de la República! ¡Ojalá todas las frases repetidas
en fiestas semejantes no sean melifluas alocuciones destinadas a morir entre
las paredes de un teatro, sino rudos martillazos que retumben por todos los
ámbitos del país! ¡Ojalá cada una de mis palabras se convierta en trueno que
repercuta en el corazón de todos los peruanos i despierte los dos sentimientos
capaces de rejenerarnos i salvarnos: el amor a la patria i el odio a Chile!
Coloquemos nuestra mano sobre el pecho, el corazón nos dirá si debemos
aborrecerle...
Si el odio injusto pierde a los individuos, el odio justo salva siempre a las
naciones. Por el odio a Prusia, hoi Francia es poderosa como nunca. Cuando
París vencido se ajita, Berlín vencedor se pone de pie. Todos los días, a cada
momento, admiramos las proezas de los hombres que triunfaron en las llanuras
de Maratón o se hicieron matar en los desfiladeros de las Termópilas; i bien, "la
grandeza moral de los antiguos helenos consistía en el amor constante a sus
amigos i en el odio inmutable a sus enemigos. No fomentemos, pues, en
nosotros mismos los sentimientos anodinos del guardador de serrallos, sino las
pasiones formidables del hombre nacido para enjendrar a los futuros
vengadores. No diga el mundo que el recuerdo de la injuria se borró de nuestra
memoria antes que desapareciera de nuestras espaldas la roncha levantada
por el látigo chileno.
Verdad, hoi nada podemos, somos impotentes; pero aticemos el rencor,
revolvámonos en nuestro despecho como la fiera se revuelca en las espinas; i
si no tenemos garras para desgarrar ni dientes para morder ¡que siquiera los
mal apagados rujidos de nuestra cólera viril vayan de cuando en cuando a
turbar el sueño del orgulloso vencedor!

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