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Edipo Rey

Este documento presenta extractos de varias obras de teatro clásicas. En el primer extracto de Edipo Rey, Yocasta le pregunta a Edipo sobre sus sospechas hacia Creonte, y Edipo le dice que Creonte lo acusa de haber asesinado a Layo. En el segundo extracto de Prometeo Encadenado, Prometeo se niega a revelarle a Zeus cómo podría ser derrocado. En el tercer extracto de Las Báquides, se mencionan a las báquidas pero no hay diálogo. En el cuarto extracto
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Edipo Rey

Este documento presenta extractos de varias obras de teatro clásicas. En el primer extracto de Edipo Rey, Yocasta le pregunta a Edipo sobre sus sospechas hacia Creonte, y Edipo le dice que Creonte lo acusa de haber asesinado a Layo. En el segundo extracto de Prometeo Encadenado, Prometeo se niega a revelarle a Zeus cómo podría ser derrocado. En el tercer extracto de Las Báquides, se mencionan a las báquidas pero no hay diálogo. En el cuarto extracto
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EDIPO REY.

CORO: Mujer, ¿qué estás esperando para llevarlo a palacio?


YOCASTA: Conocer qué es lo que ocurre.
CORO: Una oscura sospecha surgió de unas palabras, pero también me desgarra lo que puede ser
injusto.
YOCASTA: ¿Del uno y del otro?
CORIFEO: Sí.
YOCASTA: ¿Y cuál fue el motivo?
CORO: Basta, me parece que es suficiente, estando atormentado el país. Que se quede el asunto
allí donde cesó.
EDIPO: Date cuenta dónde has llegado, aun siendo hombre honesto en tu intención, haciendo caso
omiso y embotando mi corazón.
ANTÍSTROFA 2ª: CORO: ¡Oh, señor, no te lo he dicho solo una vez!: sabe que habría de mostrarme
insensato, falto de razonable juicio, si te abandonara. Tú, que dirigiste con justicia el rumbo de mi
querido país, cuando estaba sacudido entre desgracias, llegarás a ser también ahora un buen guía,
si puedes.
YOCASTA: ¡En nombre de los dioses! Dime también a mí, señor, por qué asunto has concebido
semejante enojo.
EDIPO: Hablaré. Pues a ti, mujer, te venero más que a estos. Es a causa de Creonte y de la clase de
conspiración que ha tramado contra mí.
YOCASTA: Habla, si es que lo vas a hacer para denunciar claramente el motivo de la querella.
EDIPO: Dice que yo soy el asesino de Layo.
YOCASTA: ¿Lo conoce por sí mismo o por haberlo oído decir a otro?
EDIPO: Ha hecho venir a un desvergonzado adivino, ya que su boca, por lo que a él en persona
concierne, está completamente libre.

PROMETEO ENCADENADO.
PROMETEO: ¡Si al menos me hubiera precipitado bajo tierra, más allá del Hades hospitalario a los
muertos, hasta el tártaro infranqueable, echándome ferozmente en cadenas insolubles, de suerte
que ni un dios ni nadie se regocijará de ello! Pero ahora, juguete de los vientos, miserable, sufro para
escarnio de mis enemigos.
CORO: ¿Cuál de los dioses tiene un corazón tan duro que haga burla de esto? ¿Quién no comparte
tus pesares, excepto Zeus? Éste, siempre en su ira, de un alma inflexible, somete la raza celeste, y
no cesará hasta que se haya saciado su corazón, o que alguien con alguna artimaña conquiste el
mando tan difícil de conquistar.
PROMETEO: Ciertamente, aunque ultrajado en estos brutales grilletes de mis miembros, todavía
tendrá necesidad de mí el príncipe de los Felices para enseñarle el nuevo designio que le despojará
de su cetro y honores. Y no me ablandará con melifluos sortilegios de la persuasión, ni nunca yo,
acoquinado con sus duras amenazas, revelaré este secreto, antes de que me libre de fieras cadenas
y consienta en pagar la pena de este ultraje.
CORO: Tú eres osado y en vez de ceder por estos amargos sufrimientos, hablas con demasiada
libertad. Un temor penetrante altera mi corazón y me estremezco por la suerte que te espera: dónde
debes abordar para contemplar el fin de estos sufrimientos. Pues el hijo de Cronos tiene un carácter
inaccesible y un corazón inflexible.
LAS BÁQUIDES.

EL AUTO DE LOS REYES MAGOS.


BALTASAR: ¡Dios vos salve, señor!; ¿sodes vos estrellero? Decidme la verdad, de vos saberlo
quiero.
GASPAR: ¿Vedes tal maravilla? Nacida es una estrella.
MELCHOR: Nacido es el Criador, que de las gentes es señor.
BALTASAR: Iré, lo adoraré.
GASPAR: Yo otrosí rogar lo he.
(A los otros dos)
MELCHOR: Señores, ¿a cuál tierra queredes andar? ¿Queredes ir conmigo al Criador rogar?
¿Habedes lo veído? Yo lo voy [a] adorar.
GASPAR: Nos imos otrosí, si le podremos fallar.
MELCHOR: Andemos tras la estrella, veremos el lugar.
BALTASAR: ¿Cómo podremos probar si es hombre mortal o si es rey de tierra o si celestial?
MELCHOR: ¿Queredes bien saber cómo lo sabremos? Oro, mirra, incienso a él ofreceremos; si
fuere rey de tierra, el oro querrá; si fuere hombre mortal, la mirra tomará; si rey celestial, estos dos
dejará, tomará el incienso quel' pertenecerá. [LOS DOS]: Andemos y así lo fagamos.
ARLEQUIN EDUCADO POR EL AMOR.

ROMEO Y JULIETA.
ROMEO (Cogiendo la mano de Julieta). Si con mi mano he profanado tan divino altar, perdonadme.
Mi boca borrará la mancha, cual peregrino ruboroso, con un beso.
JULIETA El peregrino ha errado la senda, aunque parece devoto. El palmero sólo ha de besar manos
de santo.
ROMEO ¿Y no tiene labios el santo lo mismo que el romero?
JULIETA Los labios del peregrino son para rezar.
ROMEO ¡Oh, ¡qué santa! Truequen pues de oficio mis manos y mis labios. Rece el labio y
concededme lo que pido.}
JULIETA El santo oye con serenidad las súplicas.
ROMEO Pues oídme serena mientras mis labios rezan, y los vuestros me purifican. (La besa)
JULIETA En mis labios queda la marca de vuestro pecado.
ROMEO ¿Del pecado de mis labios? Ellos se arrepentirán con otro beso. (Torna a besarla)
JULIETA Besáis muy santamente. AMA Tu madre te llama.
ROMEO ¿Quién es su madre? AMA La señora de esta casa, dama tan sabia como virtuosa. Yo crié a
su hija, con quien ahora poco estabais hablando. Mucho dinero necesita quien haya de casarse con
ella.
ROMEO ¿Conque es Capuleto? ¡Hado enemigo ¡
BENVOLIO Vámonos, que se acaba la fiesta.
ROMEO Harta verdad es, y bien lo siento.
CAPULETO No os vayáis tan pronto, amigos. Aún os espera una parca cena ¿Os vais? Tengo que
daros a todos las gracias. Buenas noches, hidalgos. ¡Luces, luces, aquí! Vámonos a acostar. Ya es
muy tarde, primo mío. Vámonos a dormir. (Quedan solas Julieta y el Ama)
JULIETA Ama, ¿sabes quién es este mancebo?
AMA El mayorazgo de Fiter.
JULIETA ¿Y aquel otro que sale?
AMA El joven Petrucio, si no me equivoco.
JULIETA ¿Y el que va detrás... aquel que no quiere bailar?
AMA Lo ignoro. JULIETA Pues trata de saberlo. Y si es casado, el sepulcro será mi lecho de bodas.
AMA Es Montesco, se llama Romeo, único heredero de esa infame estirpe.
JULIETA ¡Amor nacido del odio, harto pronto te he visto, sin conocerte! ¡Harto tarde te he conocido!
Quiere mi negra suerte que consagre mi amor al único hombre a quien debo aborrecer.

LAS MUJERES SABIAS.


ARMANDA. - ¡Muy bien! ¿No te gusta el bellísimo nombre de hija, que es todo un título de grandeza
y quieres abandonar ese dulce estado? ¿Y te atreves, como la cosa más natural, a aceptar
alegremente la idea de la boda? Pero..., ¿cómo se te puede ocurrir esa vulgaridad? ENRIQUETA. -
Pues ya ves, hermanita.
ARMANDA. - ¡No puedo soportar ese estúpido "ya ves"! Me mareo sólo con oírte.
ENRIQUETA. - Yo no sé qué puede tener el matrimonio para poner a nadie enferma.
ARMANDA. - Pues, me pone... ¡Ah!... ¡Puaf!… ¡Aaaaah!
ENRIQUETA. - ¿Qué te pasa?
ARMANDA. - ¿No lo ves? Náuseas. ¡Puaf!... ¡Aaaah!... ¡Náuseas! Te lo dije y te lo repito. ¿No
comprendes que la palabra boda es tan repugnante que marea sólo oírla? ¿No ves que es una...,
una expresión que hiere y que..., que ensucia el pensamiento con imágenes soeces?... ¡Boda!... ¿Es
que no tiemblas?... ¿Es que tu corazón no se subleva ante las incitaciones y las sugerencias de esa
palabra?
ENRIQUETA. - Las sugerencias de la palabra boda me hacen ver un marido, unos niños y un hogar.
Ninguna de esas imágenes es soez, ninguna me hiere y ninguna me hace temblar.
ARMANDA. - Entonces.... ¿es que te gustan?
ENRIQUETA. - ¡Ya lo creo! No se me ocurre nada mejor, a mi edad, que casarme con un hombre
que me quiera y a quien quiera. Nada más lógico que esperar de ese amor el nacimiento de una vida
inocente. ¡Si no te parecen bastantes atractivos...!
ARMANDA. - ¡Dios Santo!, qué espíritu tan bajo es el tuyo. Sólo aspiras a ser una criatura inferior, a
ocuparte de problemas domésticos y a tener por todo placer la idolatría de tu marido y de tus hijos.
¡Déjale a la gente vulgar ese tipo de diversiones! ¡Pon tu deseo en una meta más alta!... ¡Piensa en
un tipo de placeres más nobles!
EL SÍ DE LAS NIÑAS.
RITA.- ¡Qué malo es!... Pero... ¡Válgame Dios! ¡Don Félix aquí!... Sí, la quiere, bien se
conoce... (Sale CALAMOCHA del cuarto de DON CARLOS, y se va por la puerta del
foro.) ¡Oh! Por más que digan, los hay muy finos; y entonces, ¿qué ha de hacer una?... Quererlos;
no tiene remedio, quererlos... Pero ¿qué dirá la señorita cuando le vea, que está ciega por él?
¡Pobrecita! ¿Pues no sería una lástima que...? Ella es. (Sale DOÑA FRANCISCA.)
DOÑA FRANCISCA.- ¡Ay, Rita!
RITA.- ¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?
DOÑA FRANCISCA.- ¿Pues no he de llorar? Si vieras mi madre... Empeñada está en que he de
querer mucho a ese hombre... Si ella supiera lo que sabes tú, no me mandaría cosas imposibles... Y
que es tan bueno, y que es rico, y que me irá tan bien con él... Se ha enfadado tanto, y me ha llamado
picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no miento ni sé fingir, por eso me llaman picarona.
RITA.- Señorita, por Dios, no se aflija usted.
DOÑA FRANCISCA.- Ya, como tú no lo has oído... Y dice que Don Diego se queja de que yo no
le digo nada... Harto le digo, y bien he procurado hasta ahora mostrarme delante de él, que no lo
estoy por cierto, y reírme y hablar niñerías... Y todo por dar gusto a mi madre, que si no... Pero bien
sabe la Virgen que no me sale del corazón. (Se va oscureciendo lentamente el teatro.)
RITA.- Vaya, vamos, que no hay motivo todavía para tanta angustia... ¿Quién sabe?... ¿No se
acuerda usted ya de aquel día de asueto que tuvimos el año pasado en la casa de campo del
intendente?
DOÑA FRANCISCA.- ¡Ay! ¿Cómo puedo olvidarlo?... Pero ¿qué me vas a contar?
RITA.- Quiero decir que aquel caballero que vimos allí con aquella cruz verde, tan galán, tan fino...
DOÑA FRANCISCA.- ¡Qué rodeos!... Don Félix. ¿Y qué?
RITA.- Que nos fue acompañando hasta la ciudad...
DOÑA FRANCISCA.- Y bien... Y luego volvió, y le vi, por mi desgracia, muchas veces... Mal
aconsejada de ti.

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