AMOR DE MAMÁ
Mamá dice que tengo que hacerlo por el bien de las dos, que ya estoy grandecita.
Dice que ahora soy yo la que tengo que trabajar para no morirnos de hambre, porque,
desde que papá nos abandonó y ella está en silla de ruedas, no hay otra opción. “Si
pudiera lo haría yo, hija, pero mírame cómo estoy”, me dice. Yo la entiendo. Sé que
no la recibirían en ningún lado. Por eso hago esto. Y aunque el cuerpo me duela y
tenga que usar esta ropa estrecha, sé que esto es por ella. No es tan fácil como
mamá decía. Uno no se acostumbra tan rápido ni tampoco disfruta. No me gusta
hacerlo, pero al ver a mamá sentada en esa silla, sin poder hacer nada y
suplicándome que no la deje sola, se me rompe el corazón y entiendo que no puedo
dejar de hacerlo, porque no hay otra opción, porque estamos solas y tengo que cuidar
de ella.
Hoy serán dos. Mamá me lo dijo en la mañana: “Tranquila, hija, son muy buenos
mozos y será rápido”. Le he dicho que no me gustan los viejos. Son sucios. Me cogen
del cabello y me pegan como a una mula. Pero ella dice que son los que mejor pagan
y los que más llegan. Le mostré lo que me hizo uno la última vez y dijo que iba a
hablar con ellos para que tuvieran más cuidado y que iba a cobrar de más si se
ponían de groseros. Me alivia saber que mamá esté pendiente de mí a toda hora.
Cuando siento miedo al entrar a ese cuarto, siempre es ella la que me da fuerzas. “No
será por mucho tiempo hija, déjate llevar y ya. Mamá te estará esperando aquí
afuera”. Entonces me ajusta la falda, me retoca el cabello y me da un beso en la
frente. Si no fuera por ella, esto sería más difícil.
Es una mujer fuerte. Desde que papá nos abandonó, cuando yo tenía cinco años,
siempre trabajó duro para sacarme adelante, se mataba en esos bares del centro
hasta la madrugada para traer la comida a la casa, mientras yo me quedaba
esperándola donde una vecina. Llegaba muy cansada. Me decía que le tocaba
moverse mucho y que por eso le dolían tantos los pies. Pero ya no quiero que te
vuelvas a ir como te fuiste esa noche cuando tenía once años y la vecina me dijo que
estabas en el hospital porque un tipo borracho te había maltratado hasta dejarte
inconsciente, hasta dejarte en silla de ruedas. Desde entonces comprendí que ahora
era yo la que tenía que cuidarte, asumir la responsabilidad. Por eso cuando las cosas
se pusieron feas con el alquiler de la casa y la comida y me dijiste que ganaríamos
mucho dinero si lo hacía, entendí que ésta era la mejor forma de agradecerte y de
conseguir dinero para la casa. Sé que no hay más opciones. Que tengo que trabajar
para sacarte adelante y comprarme mis cosas. Ahora estamos solas, y tú eres la
única persona que me queda en este mundo. Sé que me amas, de eso estoy segura.
Me dices que no será por mucho tiempo, que es mientras ahorramos para poner un
negocio de algo. Además, lo que dices es cierto, ya estoy grandecita, ya tengo doce
años.
Ahora tengo que alistarme porque ya casi llega el señor. Mamá me ha maquillado
como siempre y me ha escogido la ropa. “Te ves hermosa, hija”, me dice. Yo la miro a
los ojos y le digo que la quiero mucho, que quiero comprarle una casa grande donde
vivamos las dos. Ella me mira y dice que tendremos mucho más que eso, que hay
que tener paciencia. Me ajusta la ropa y me entrega los condones. “Ya sabes, amor,
se los entregas al señor apenas entre”. Al escuchar la palabra señor siento
escalofríos. Empiezo a temblar y mamá dice que esté tranquila. Trato de no llorar,
pero es inevitable. Entonces la abrazo fuertemente y ella me da palmaditas en la
espalda… “Ya mi niña… ya… Hazlo por mamá”. Sentir su amor me tranquiliza,
quisiera estar abrazada con ella siempre. Sé que no tengo que llorar, que a mamá no
le gusta. Eso la hace sentir mal. Por eso me seco las lágrimas y le digo que ya estoy
bien. Entonces camino hacia el cuarto y mamá enciende la tele, acomoda las sábanas
y enciende el ventilador. “Ya casi llega, amor, pórtate bien”, me dice desde la puerta.
La veo alejarse y el temor vuelve otra vez. Siento como si mamá se fuera para
siempre y me dejara sola en un cuarto lleno de monstruos, indefensa. “Te quiero
mami”, le grito desde la cama. Pero no me escucha, tal vez lo dije muy pasito.
Cuento finalista en el Concurso Nacional de Cuento La Cueva (2016).