Leyendas
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PUEBLA
El Puente de Ovando
Los Pérez Ovando eran una de las familias más ricas y poderosas de la ciudad y, a
pesar de que siempre se ha dicho que el regidor construyó el puente para poder
pasar del otro lado, no fue así. La realidad es que, en 1770, los vecinos del barrio de
Analco decidieron edificarlo.
Cuenta la leyenda que la acaudalada familia tuvo dos hijos, un hombre conocido por
su fuerza y valentía y una mujer de gran belleza llamada María del Rosario.
Al llegar a los 16 años de edad, la joven noble, se dejó guiar por sus sentimientos y
con la ingenuidad de su edad, se enamoró de un hombre de mediana posición,
contraviniendo su linaje y desacatando las órdenes del viejo patriarca:
- “¿Qué tiene que ver el amor con el matrimonio?”, respondió el patriarca, quien
sentenció: “sólo te casarás con alguien de tu alcurnia. ¿Quieres casarte con un
pobretón? Primero muerto que viéndote pedir limosna en un puente”.
- ¡Tú!, gritó el aparecido con una voz que resonó hasta el otro lado del río.
Aunque el crimen quedó impune con la justificación de que el acto había sido para
defender el honor de la familia Pérez Ovando, el hijo apareció muerto en un callejón
tiempo después; ni todo su dinero fue capaz de librarlo de la venganza de la familia
del pretendiente, porque cuatro hombres lo liquidaron.
Ante la pérdida irreparable de sus dos hijos, el señor Ovando cayó en el alcoholismo
y se cuenta que, en un día lluvioso, mientras cruzaba el puente, observó a una
mujer pidiendo limosna:
- “Por la sangre de Cristo señor, una moneda, por favor”, dijo la figura.
Desde entonces, de acuerdo con la leyenda, todo aquel que cruce el Puente de
Ovando a la medianoche se encontrará con una mujer pidiendo limosna. Sólo
aquellos que le regalen una moneda a María del Rosario tendrán la fortuna de
cruzar el puente con seguridad, y si no, desaparecerán en manos de la joven.
Una niña peinada con dos trenzas, que lleva puesto un vestido amarillo con adornos
rojos, rodea con su brazo a su compañero, quien viste un overol azul y camisa
verde. Ella sujeta un libro bajo su brazo y, su hermano extiende el puño como si
sujetara un paraguas, mientras los chorros de agua los empapan a cada momento.
Uno de los caballerangos de Maximino Ávila Camacho tenía dos hijos, una niña y un
niño, de seis y siete años, respectivamente. Los niños eran conocidos como “los
muñecos”, ya que sus padres ponían un verdadero esmero en vestirlos de forma
impecable a pesar de que todos los días, al regresar de la escuela, los niños
llegaban con las rodillas raspadas y los zapatos sucios de tanto jugar. Ambos eran
muy amados por su familia y los pobladores.
La historia cuenta que un día una tormenta azotó esta zona de la ciudad de Puebla,
justo cuando los niños se dirigían hacia la escuela. Sin embargo, los menores nunca
llegaron.
Al paso de las horas y al ver que los niños no regresaron a casa, sus padres y
vecinos de Xonaca salieron a buscarlos. La búsqueda duró días, pero no se
encontró rastro alguno de los pequeños. Con pena y dolor, todos dedujeron que,
debido a la fuerte lluvia, los niños cayeron en un pozo de agua aledaño a la casa del
general Ávila Camacho.
Se dice que, por las noches, las figuras inanimadas de la Fuente de los Muñecos
cobran vida para jugar, correr por las calles empedradas de Xonaca; algunos
vecinos incluso aseguran que se les ven los zapatos sucios y las rodillas raspadas a
las estatuas, y que su risa se escucha por todo el barrio hasta al amanecer, cuando
de nuevo regresan al pedestal de talavera para petrificarse.
Querétaro
CHUCHO EL ROTO
Cuenta la leyenda que Chucho el Roto nació en Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala,
lugar que se encuentra casi en la sombra de uno de los picos más altos de México:
La Malinche.
Su nombre original era Jesús Arriaga y desde muy pequeño fue diferente de sus
compañero y amigos, ya que le gustaba imitar los acentos de los diversos dialectos
de loa indios que llegaban al mercado y los aprendía para hablar con ellos. ¡Sin
duda era un jovencito muy inteligente!
También se dice que cuando los circos venían al pueblo, Jesús estaba más que
feliz, pues se sentía parte de él. Ya de niño hacia muñecos y practicaba ventriloquia
con su talento par imitar voces, con lo cual divertía a la gente del mercado. Además,
se ganaba la confianza de los magos y aprendía sus trucos, con lo cual descubrió
que podría usarlo para robar.
Muy pronto entendió que era fácil tomar pequeñas cosas que no valían mucho. Los
objetos materiales no le interesaban gran cosa, lo que en realidad le gustaba era la
emoción del acto y la sensación de lograrlo sin que lo descubrieran. Al principio esto
no era más que un juego.
Según se cuenta, la familia de Chucho no tenía mucho dinero, pero en esos días
había mucha gente que era menos afortunada todavía. Chucho se dio cuenta de
esto y fue así como empezó a regalar lo que les robaba a los ricos y lo entregaba a
los muy pobres, para así ayudarlos a sufrir menos en la vida. Claro, que una parte
también se las daba a sus padres, quienes creían que lo obtenía de algún trabajo.
Cuando los franceses ocuparon México, durante los años de 1862-1867, Jesús
hacía trabajos sencillos a los soldados, como cargar las maletas o ir a buscar cosas
al mercado. Esto permitió con su tremenda habilidad para aprender nuevos idiomas,
adquirir un excelente conocimiento de la lengua francesa que practicaba siempre
que podía.
En 1885, después de varios años de robar al rico y dar a los pobres, de nuevo fue
capturado y enviado a San Juan de Ulúa, que era entonces una isla-cárcel, frente al
Puerto de Veracruz, de donde nunca se había escapado nadie. Pero Jesús no era
cualquier convicto, por lo que, con la ayuda de un compañero de celda, Chucho del
Roto logró un escape atrevido ocultándose en un tambo que se utilizaba para la
disposición de las aguas negras de la cárcel y, más tarde, un barco lo llevó lejos de
ahí.
Se dice que durante años recorrió todo el centro de la República, haciendo lo que
mejor sabía hacer: robar y dar a los pobres. Fue en ese tiempo que Chucho llegó a
Querétaro.
Los pobladores de El Marqués aseguran que el ladrón vivió ahí durante un buen
tiempo, escondido de las autoridades. Claro, ellos cometan que fue un tiempo de
bonanza, ya que él cuidaba de todos y durante los años que estuvo ahí, nadie sufrió
de hambre.
Las leyendas sobre él llegan a tal nivel en El Marqués, que hay quienes dicen que
Chucho el Roto y la Carambada se conocieron y fueron amigos.
Se dice que lo cuidaron durante sus últimos días de vida, y según las madres
religiosas que eran las enfermeras en el hospital, Jesús Arriaga, alías “Chucho el
Roto”, falleció el 25 de marzo de 1894, fecha que consta en el Acta de Defunción del
Registro Civil en Veracruz. Después de esto su cuerpo fue trasladado a la Ciudad de
México para ser sepultado.
Algunos dicen que regresó a Querétaro, pues fue el lugar donde encontró la paz
junto a Matilde y su hija, otros comentan que cruzó el Atlántico para vivir con sus
riquezas en un lugar donde nadie lo conociera. Lo cierto es que parece ilógico que
un hombre con su habilidad para imitar voces, disfrazarse y escapar de las cárceles,
muriera de forma tan simple.
LA SOMBRA DE MAXIMILIANO
Desde la educación primaria nos enseñan que la lucha que hubo entre Maximiliano
de Habsburgo y Benito Juárez, fue algo así como: los buenos contra los malos; los
que amaban a México y lo querían ver crecer contra los que sólo querían despojarlo
de sus riquezas. Pero como bien nos ha enseñado la vida, las cosas nunca son
negras o blancas y claro, así fue con Maximiliano.
Como sabemos, sus ejércitos se enfrentaron durante mucho tiempo y fue Juárez
quien salió victorioso. Fue así como Maximiliano de Habsburgo fue ejecutado en el
Cerro de las Campanas y esta leyenda habla sobre este hecho y lo que aconteció
después.
Hoy en día, en ese lugar están enterrados los “personajes ilustres” del estado,
aunque en aquellos años, el sitio era utilizado para sepultar a cualquier ciudadano.
Un mientras se encontraba limpiando una de las tumbas, don Simón escuchó una
voz en la lejanía que decía:
El hombre continuó con su trabajo sin prestar mucha atención, hasta que los murmullos se hicieron
más y más fuertes. Esto obligó al sepulturero a saber de dónde provenía esa voz que le estaba
jugando una broma bastante pesada.
Se acercó hasta donde se hallaba una farola de la calle, pero no había nadie. Después volvió a
escuchar los mismos susurros, pero en el momento donde volteó, vio una sombra de la que no podía
distinguir su cara.
Simón se fue corriendo del panteón hacia su casa y no quiso salir de ahí hasta la mañana siguiente.
Ya en su hogar pensó que sólo había sido su imaginación. «De seguro estoy alucinando cosas por el
cansancio, creo que voy a tener que pedir vacaciones» pensó.
Cuando dieron las seis de la tarde, Simón volvió a oír que lo llamaban, al acercarse al sitio de donde
provenía el sonido, vio la misma sombra a lo lejos. Su primera intención fue correr, pero sus piernas
no le respondieron y lo peor es que la sombra se acercaba más y más
Cuando la sombra llegó hasta Simón, ésta levantó el brazo y depositó algo en la mano del hombre.
En ese momento él pudo ver su mano huesuda y sin piel, pero no el rostro. Después cerró su mano,
empuñando lo que el fantasma le dio y cayó desmayado.
Al día siguiente, los amigos de Simón fueron a verlo, ya que se preocuparon porque el cementerio
estaba cerrado y él era muy responsable. Después de saltar la reja comenzaron a buscarlo y lo
encontraron inconsciente sobre el pasto. De inmediato lo llevaron al hospital, pero no pudieron abrir
su puño.
A los tres días, Simón volvió en sí y sus amigos no creyeron la historia que les contó. A uno de ellos
se le ocurrió pedirle que abriera su mano, fue entonces cuando Simón les mostró lo que el fantasma
le había entregado.
Era un Maximiliano, es decir, una moneda de 14 quilates de oro de la época del Emperador.
Tiempo después, Simón se enteró de que el cuerpo de Maximiliano había estado un corto tiempo en
el Templo de la Santa Cruz, entonces, el sepulcro habló con sus jefes, les dijo que ya no quería
volver a trabajar ahí y dejó el puesto de enterrador vacante, pues no quería volver a encontrarse con
ningún tipo de espíritu chocarrero.
La leyenda dice que hoy en día, las personas pueden encontrarse con la sombra de Maximiliano,
pero sólo si pasan por fuera del panteón a las 12:00 de la noche.
AGUASCALIENTES
Raza de gigantes
Hace unos cientos de miles de años, por allá en los albores de la vida, cuando la
tierra apenas empezaba a enfriarse y las lluvias eran torrenciales; por la superficie
de este mundo, resonaban con firmeza las pisadas de gigantes que eran los amos y
señores de todo lo creado, porque su inteligencia sobrepasaba el nivel de cualquier
otra criatura del reino animal.
Su porte era tan altivo, sus facciones tan finas y aristocráticas, que ni la Grecia
antigua vio seres tan perfectos. Sus cuerpos atléticos y bien proporcionados no
tenían par en el universo.
Construyeron enormes ciudades y sus palacios eran tan bellos, que ni siquiera han
sido soñados por el hombre moderno, porque combinaron lo hermoso con lo
práctico y lo cómodo con lo seguro.
A la par de la tierra, que les daba abundantes cosechas, cultivaban las bellas artes,
porque su civilización era muy avanzada.
Tan maravilloso era su sistema de vida, que muchos todavía no creen que hayan
existido. ¡Pero existieron! De eso no hay la menor duda, basta con mirar al Cerro del
Muerto para comprobar que todo fue verdad.
La guerra y el odio estaban ausentes de sus almas. Nunca, como entonces, la paz
fue tan fraternal y duradera sobre la Tierra. Así vivieron incontables siglos, amando
todo cuanto les rodeaba. La naturaleza siempre abundante, les daba lo que
quisieran. Pero ¡ni en ese verdadero paraíso terrenal la dicha fue eterna! Y así llegó
el día en que todo tuvo que terminarse por un desastre que la Tierra ha
experimentado infinidad de veces. Temblores la sacudieron en convulsiones de
muerte, desgarrando a su paso ciudades enteras con sus habitantes.
Al fin, volvieron la paz y la estabilidad, pero el mundo de los gigantes estaba casi
totalmente destruido y su población vivía asustada de que volviera a suceder algo
semejante.
De entre los sobrevivientes, quedó una joven pareja. él se llamaba Verlé, el príncipe
del país del norte y cuyo nombre significa Calientes Primaveras, y ella Kirle, la
princesa de la ciudad del sur y que su nombre significa Aguas Cristalinas.
Ellos fueron los elegidos para ir a hablar con Dios. Después de prepararse, llegaron
a su presencia y el señor les dijo:
–Aunque sé a qué han venido, quiero oírlo de sus labios.
–Nuestras ciudades han sido destruidas y somos muy pocos los sobrevivientes –dijo
Kirle con tristeza.
–Ustedes tendrán que emigrar a otras tierras, ya que lo que sucedió ahora puede
repetirse.
–¡Pero, amamos nuestra tierra! queremos seguir viviendo ahí –exclamó Verlé.
–De quedarse, perecerán todos por falta de condiciones adecuadas –insistió Dios.
Verlé, o mejor dicho Calientes Primaveras, se tendió en la tierra que tanto quería,
con la cabeza hacia el sur. Kirle, es decir, Aguas Cristalinas, colocó su cabeza frente
a la de su esposo e inclinó un poco el cuerpo hacia el suroeste. A la distancia, el
resto de aquella raza de gigantes tomó la posición que más les acomodaba, para
esperar la eternidad.
Cuatro de los más valientes caballeros que se llamaban : Galfo, que significa Buena
Tierra, Talt, que quiere decir Agua Clara, Kilse, que es Cielo Claro, y Máchi, que
significa Gente Buena, hincaron una rodilla en tierra e inclinaron sus cabezas a
esperar el final.
Destacan también los cuatro capitanes, que ahora son llamados así: al sur el Cerro
de Los Gallos que fuera Agua Clara, al norte el Cerro de San Juan, en el macizo
montañoso de Tepezalá, conocido por Cielo Claro, un kilómetro adelante, el Cerro
de Altamira que antes llevaba el nombre de Buena Gente y, más allá, hacia el
poniente, distinguimos a Buena Tierra, que es ahora el Cerro del Laurel, muy cerca
del poblado de Calvillo.
Pero esos gigantes no han muerto. Vigilan nuestra vidas y nos han heredado su
espiritualidad, su amor a la familia, su amor por nuestra tierra.
Su influencia ha sido tan grande que, de los nombres de los príncipes entrelazados,
surgió el nombre de “Aguascalientes” nuestra ciudad, y el de los cuatro militares
existen en el escudo de nuestro estado. Mientras esos gigantes sigan ahí, nuestra
tierra no perecerá jamás.
Cuentan que, hace algunos años, había una ánima que se veía en una casa de la
calle Allende. La familia que vivía ahí estaba muy asustada.
El espíritu se les aparecía mucho, pero en especial a un señor, a su suegro y
a su hermano. Resultaba curioso que sobre todo a ellos los espantara con más
frecuencia.
En la casa se escuchaban ruidos constantemente, pero una noche sucedió
algo más aterrador que en las otras ocasiones.
Alrededor de las dos de la mañana, el señor salió al patio a tomar agua de la
llave de uno de los lavaderos. Era una noche calurosa y, como estaba medio
dormido, no tenía miedo. De pronto, le pareció ver una sombra. Al voltear bien, vio
esta ánima. Cuenta que era una especie de bulto blanco que parecía arrastrado por
el viento, pero no soplaba el aire en ese momento. En esa casa había un brasero,
del cual había salido esta aparición.
El espíritu siempre hacía el mismo recorrido, pues todos los que lo vieron
contaban lo mismo: que le veían salir del brasero, bajar por unas escaleras para ir al
patio y salir de la casa. Todo el tiempo iba en el viento.
Al día siguiente, el señor le contó a la familia que había visto al ánima muy de
cerca, pero seguía sin saber lo que era. Entonces el suegro mandó llamar a un
hombre que decía ser espiritista y médium.
Cuando el señor estuvo en la casa y, después de revisarlo todo, les dijo:
–Es una persona que está enterrada aquí. Me parece que es probable que
sea de los cristeros, pues percibo mucho sufrimiento en esta alma, pero sobre todo
es alguien que está enterrado con dinero. No me es posible saber quién es, pero es
lo que pude ver al recorrer su casa. Si algún día encuentran sus restos, denle santa
sepultura en el panteón.
A partir de la visita del espiritista, todo empeoró, pues se comenzaron a
escuchar más cosas. Continuó apareciéndose más ante los tres hombres de la
casa, pero todos sus habitantes podían escuchar y percibir aquella presencia en
algún momento del día. Fue tal la cantidad de veces que aumentaron las
apariciones, que la familia entendió que esta ánima estaba muy enojada y temieron
por sus vidas, así que decidieron irse de ahí, pero tiempo después, volvieron para
tirar la casa y construir algo nuevo en ese terreno.
Un día, mientras los albañiles excavaban, encontraron los restos de alguien.
Ya sólo estaba el esqueleto, pero aún conservaba la ropa, aunque deshecha. Lo
más terrible es que la cabeza estaba separada del cuerpo, pues el cráneo fue
encontrado un par de metros más allá del resto de los huesos.
La familia se asustó mucho, pero, aún así, lo llevaron al camposanto, como
se los había recomendado el espiritista. Sin embargo, no encontraron el dinero que
se suponía debía estar enterrado con el difunto.
Después de darle cristiana sepultura a este hombre, terminaron de construir
la nueva casa, pero ya no volvieron a ver al ánima. La familia sabía que ahora, este
ser, ya descansaba tranquilo.
Ciudad de México
Baja California
El trailero fantasma
Hace mucho tiempo, sobre la carretera de la Rumorosa, un trailero
manejaba a toda velocidad rumbo a Mexicali, pues su esposa estaba a
punto de dar a luz y quería llegar rápido a su casa. Además, él llevaba
el dinero para pagar el hospital. Por desgracia, cuando iba a tomar una
peligrosa curva, perdió el control y se estrelló contra unas rocas.
El chofer se bajó del trailer golpeado y aturdido. Se revisó todo el
cuerpo y se alegró al darse cuenta de que no le había pasado nada
grave. Entonces esperó a que alguien pasara para que le ayudara o lo
llevara a la ciudad, pero durante mucho tiempo nadie cruzó aquellos
cerros. El hombre se quedó dormido. Al despertar se sorprendió al ver
todo oscuro. No entendía qué estaba sucediendo, así que decidió
caminar. Avanzó una buena distancia. Sabía que la salida de la
Rumorosa estaba cerca y, sin embargo, de pronto se dió cuenta ¡que
estaba en el mismo lugar del accidente!
A los tres días hallaron el camión, pero no al conductor. De él no
se supo nada hasta que, en una ocasión, años más tarde, un muchacho
que manejaba un trailer se detuvo porque un hombre le hizo señas para
que lo llevara.
-Amigo, me llamo Francisco Vazquez - le dijo- y necesito con
urgencia que le lleve este dinero a mi mujer porque va a tener un niño y
es para pagar el hospital. Yo no puedo ir, mi trailer se descompuso y no
lo puedo dejar aquí.
-Si, señor, con gusto se lo llevaré -contestó el muchacho- sólo
dígame dónde vive su señora.
El hombre le entregó un papel en el que anotó el nombre y la
dirección y el nombre de su esposa. Al despedirse, el joven sintió que
un escalofrío le recorría la espalda, pues al darle la mano, el señor
estaba tan frío como un muerto. El muchacho no le dió importancia,
subió al tráiler y se encaminó a Mexicali.
Al día siguiente fue a buscar a la señora, pero no la encontró.
Alguien le dijo que ya no vivía ahí, que hacía tiempo se había cambiado.
Sin darse por vencido, preguntó en varios lugares hasta que una
anciana le indicó dónde vivía. Al llegar tocó la puerta y esperó a que le
abrieran.
-¿Dígame joven? -preguntó la señora.
-Perdone, ¿aquí vive la esposa del señor Franciso Vazquez?
-Soy yo -contestó ella- ¿qué se le ofrece?
-Ayer en la carretera, su esposo me pidió que le trajera este
dinero, porque se le descompuso el tráiler y no puede venir.
-¡No puede ser! -lo interrumpió la señora tapándose la boca-. Mi
marido murió hace cinco años.
La pobre mujer se puso a llorar y al muchacho le temblaron las
piernas. Le dejó el dinero a la señora y se fué para su casa muy
asustado. Al llegar, abrió la puerta y descubrió frente a él al trailero de la
carretera y brincó espantado. Sintió que una fuerza extraña lo invadía.
-¡Gracias, amigo!- le dijo el muerto con voz cavernosa, mientras
desaparecía.
El joven podía escuchar los latidos de su corazón y tardó un buen
rato en recuperarse de la impresión. Tiempo después, al platicar con
unos amigos, se enteró de que el trailero ya se les había aparecido a
otros hombres, pero ellos no habían cumplido el encargo del muerto.
Dicen que a todos ellos se les fué secando el cuerpo hasta quedar como
esqueletos.
Coyote crea el mundo
Los Kiliwa son un grupo étnico que viven en el norte de Baja
California. Como ya vimos más arriba, los mitos son historias que
cuentan sobre la naturaleza o muchos aspectos de la humanidad, pero
existen otros mitos fabulosos llamados fundacionales, que nos explican
cómo es que cada grupo entiende que se creó el Universo y la vida en
nuestro planeta y, claro, el hombre mismo. El siguiente es un
maravilloso mito fundacional de los Kiliwa.
En un principio no existía nada. No había Tierra ni Cielo ni nada,
todo eran sombras y oscuridad. De la oscuridad surgió Coyote-Gente
-Luna, dios de la sabiduría, la magia y la muerte. Divinidad lunar
masculina estrechamente ligada a Topo, luminosa y amarilla como la
región de donde proviene, el sur. Llegó con un gran bastón sagrado.
Durante mucho tiempo aulló en la oscuridad sin que nadie lo oyera
afirmar que venía de donde todo era redondo y cóncavo, como su
misma casa, que su luminosidad provenía de los pedernales que llevaba
atados a las rodillas y que al caminar producían múltiples y maravillosas
chispas. Lo que dijo no fué oído por nadie., porque nada existía y todo
era silencio y oscuridad. Nadie oyó a la deidad del sur. Con nadie pudo
compartir su luminosidad. Al sentirse muy solo, cantó:
Hace muchos años, un joven y humilde matrimonio, y sus dos hijos, llegaron a vivir
en una casa situada muy cerca del Rincón de Romos.
Desde el primer día, los niños lloraron toda la noche. Al encender sus padres una
pequeña lámpara de carburo, que iluminaba escasamente, los niños dejaban de
llorar.
-Podríamos dejar esa lámpara prendida todas las noches, pero no tenemos dinero
suficiente para comprar tanto carburo -le dijo el padre a su mujer con tristeza.
Una mañana descubrieron que sus hijos tenían el cuerpo rasguñado y lleno de
moretones. Como pudieron, juntaron algo de dinero y los llevaron con un médico
muy conocido en Aguascalientes.
El doctor les dijo que podrían ser las ratas, y de los moretones, que tal vez era la
desnutrición, así que les recetó unas medicinas para eso. Nada cambió.
Desesperados, decidieron recurrir a un sacerdote del Rincón de Romos, que era
muy apreciado por sus cualidades. Tras escucharlos, el sacerdote les dio dinero
para comprar carburo suficiente para toda la noche. Luego les dijo que tuvieran
unas ramas de pirul a la mano, que atracaran la puerta y a oscuras esperaran a que
los niños empezarán a llorar, entonces, tendrían que encender las lámparas. En ese
momento debían preguntarles a los niños hacía donde estaba lo que les asustaba y
lanzaran golpes con las ramas de pirul hacía ese lugar. Los pequeños todavía no
hablaban, pero el sacerdote les dijo que no importaba, que les preguntarán y que
lanzaran golpes hacía donde les dijeran.
Y así lo hicieron, esperaron a oscuras, los niños comenzaron a llorar, encendieron
la pequeña lámpara y, al mirar hacía donde estaban sus hijos, vieron algo terrible.
Los niños eran lanzados de un lado a otro por algo que no veían sus padres,
quienes se asustaron mucho. Quisieron correr, pero resistieron aterrados, hasta que
tuvieron el valor de tomar a sus hijos, pero aquella fuerza extraña se los arrebataba
de los brazos y seguía lanzándolos por el aire. Los pequeños no paraban de llorar.
Cuando nuevamente lograron sujetar a sus hijos, les preguntaron dónde estaba
aquello que los espantaba. Ellos señalaron hacía muchos lados, la pareja lanzó
golpes con las ramas de pirul y sintieron que golpeaban algo y se escuchaban
terribles gemidos.
Estuvieron así toda la noche. Aquello parecía no acabar, pero finalmente se
detuvo. El cansancio los venció y abrazaron a sus hijos. Por fin se durmieron y al
amanecer vieron con horror cómo piso, paredes y techo estaban totalmente
manchados de sangre. Aterrorizados decidieron recoger sus pocas pertenencias y
salir de ahí. Al querer escapar, descubrieron que la puerta estaba totalmente
arañada y cubierta de sangre, como si muchos pequeños demonios hubieras
querido huir. Abandonaron la casa de Rincón de Romos.
Gente curiosa, ha ido a ver la casa. Dicen que sigue sola, que pintaron sus
paredes, que otras personas la han ocupado, pero no duran mucho tiempo viviendo
ahí. Lo más espeluznante, es que en la puerta aún se pueden ver los rasguños.
BAJA CALIFORNIA
Cuenta la leyenda que en un pueblo de Ensenada vivía una muchacha que amaba a
los gatos. Además de trabajar, se dedicaba a cuidarlos, alimentarlos y darles cariño.
Siempre estaba rodeada de ellos. Cuando veía a alguno abandonado en la calle, se
lo llevaba de inmediato a su casa. Todos los vecinos sabían de sus amor hacía esos
animales. Es por esta razón que, en vez de llamarla por su nombre, le decían “la
muchacha de los gatos”.
Una noche se despertó al oír fuertes golpes en la ventana.
Con algo de miedo fue a ver qué pasaba, pero se calmó al pensar que de seguro
era algún vecino que necesitaba algo. Al asomarse se sorprendió muchísimo, pues
no había nadie: tan solo un gato negro que la miraba con ojos brillantes. Ella le abrió
para dejarlo entrar y el gato se le acercó ronroneando, así que lo acarició un rato y
luego se volvió a dormir.
Pasaron varios días. El gato negro era el más cariñoso de todos los que vivían
con la muchacha. La seguía a donde iba y hasta dormía en su cama. Sin embargo,
la joven se dió cuenta de que los otros gatos empezaron a alejarse e incluso a irse
de su casa. No entendía por qué estaba sucediendo eso y se puso muy triste, pues
cada vez tenía menos gatitos. De entre estos, ella quería especialmente a una gata
siamés a la que había criado desde pequeña. Como no quería que también se
fuera, decidió dedicarle más tiempo.
Una tarde, la jovén llegó de trabajar y, con gran pesar, vio que sólo dos gatos se
acercaron a ella: la siamés y el negro. Levantó a la gata, la abrazó, la besó y se
sorprendió mucho al ver que el gato negro se enojaba. A ella le dió miedo porque
los ojos se le pusieron rojos, se le erizaron los pelos del lomo y empezó a gruñir tan
fuerte que parecían los gritos de una persona.
A la noche siguiente, mientras le servía leche a su gata, el gato negro se acercó y
comenzó a maullar enojado. Al ver esto, la muchacha trató de levantar a la siamés,
como para protegerla, pero el gato se adelantó y saltó sobre la gata, por lo que
pelearon ferozmente.
Desesperada por no poder separarlos, corrió a buscar una escoba.
Cuando regresó, la gata estaba muerta y el gato negro se lamía las garras.
Entonces la jovén se puso a llorar y con la escoba echó al gato a la calle. Durante
varias noches, el animal estuvo maullando en la ventana, esperando a que le
abriera para entrar. Ella le gritaba que se fuera, incluso hasta le echó agua, pero
nada parecía funcionar.
Cierto día, la muchacha regresó de su trabajo y encontró al gato dentro de la
casa, por lo que se espantó muchísimo porque se veía enorme, en verdad
grandísimo. Trató de sacarlo, pero el gato ni se movió, sólo se le quedó viendo a los
ojos; de pronto ¡saltó sobre ella para arañarla y morderla! La muchacha quiso
zafarse, gritar, hacer algo, pero el gato enredó su larga cola en el cuello de la joven
y apretó hasta que ella dejó de respirar. El negro animal se quedó un rato junto al
cuerpo, luego salió por la ventana y despareció en medio de la noche.
Nadie se hubiera enterado de la muerte de la jovén, pero los otros gatos
regresaron apenas huyó el gato negro, y al ver que ella no se movía, se pusieron a
llorar. El llanto de tantos gatos hizo que la gente fuera a asomarse y fue así como
encontraron a la pobre muchacha.
Algunos dicen que los gatos siguen yendo a esa casa, pues el alma de la joven
todavía los cuida y alimenta.