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Orden Divino en el Matrimonio Cristiano

Este documento discute el orden de Dios para el matrimonio y la familia. Argumenta que el modelo de Dios no es el patriarcado, matriarcado o filiarcado, sino que Cristo debe ocupar el centro. Según la Biblia, el orden establecido por Dios es: Dios, Cristo, el hombre, la mujer. El documento también describe las demandas para cada miembro de la familia según este orden: que el esposo ame a su esposa, que la esposa se sujete a su esposo, que los padres disciplinen a sus

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Orden Divino en el Matrimonio Cristiano

Este documento discute el orden de Dios para el matrimonio y la familia. Argumenta que el modelo de Dios no es el patriarcado, matriarcado o filiarcado, sino que Cristo debe ocupar el centro. Según la Biblia, el orden establecido por Dios es: Dios, Cristo, el hombre, la mujer. El documento también describe las demandas para cada miembro de la familia según este orden: que el esposo ame a su esposa, que la esposa se sujete a su esposo, que los padres disciplinen a sus

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Vivimos en días muy contrarios a la institución familiar.

Los modelos de
matrimonio y de familia que vemos hoy a través de la televisión y el cine son
sólo una caricatura de lo que el Señor diseñó desde el principio, pero son los
modelos que imperan en nuestra sociedad. ¿Concuerda eso con el modelo de
Dios? ¿Es el antiguo orden de Dios válido para este tiempo? Busquemos la
respuesta en la Palabra inspirada.

El orden de Dios para el matrimonio


En el mundo, el orden matrimonial asume diversas formas.

Existe la forma del patriarcado, en que el marido, como padre de familia, es un señor que domina y
gobierna sin contrapeso, donde la esposa y los hijos le temen y son como sus siervos. También
existe el matriarcado, en que la mujer es la que maneja las cosas de la casa, a los hijos y aun a su
marido, sea de manera explícita o simulada. Una forma más grotesca aún suele darse en el mundo
y es lo que se podría llamar filiarcado (en latín, “filius” significa “hijo”), en que los hijos gobiernan a
sus padres, los manejan a su antojo, constituyéndose a sí mismos en el centro del hogar y
haciendo de sus padres meros servidores que atienden sus caprichos.

Obviamente, ninguna de ellas es conforme al modelo de Dios. Aparentemente, la forma del


patriarcado es lo que más se le parece, pero el modelo de Dios para el matrimonio no es el del
patriarcado. Cuando Cristo reina y ocupa el centro en una familia, ninguno sobresale por sí y en sí
mismo. No hay gritos ni lucha por el poder. Todos atienden a la dirección del Único que tiene la
autoridad, y todos se rinden a Él, en la posición y el ámbito de responsabilidades que Él ha
asignado a cada uno. Cuando Cristo tiene el centro, el matrimonio y la familia funcionan bien, sin
discordias ni estallidos de violencia, espontánea y silenciosamente, según el perfecto orden de
Dios.

¿Cuál es este orden? Dice la Escritura: “Porque quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo
varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo” (1ª Cor.11:3). Aquí está el
orden de Dios, no sólo en el matrimonio, sino también en el universo: Dios, Cristo, el hombre, la
mujer. Cristo es la gloria de Dios, el hombre es la gloria de Cristo, y la mujer es la gloria del
hombre. El hombre fue creado para que expresara la gloria de Cristo y la mujer fue creada como
expresión de la gloria del hombre.

La posición de autoridad que el hombre ocupa se señala externamente en que lleva su cabeza
descubierta; en cambio, la posición de sujeción que la mujer ocupa se señala externamente con el
velo. Cuando la mujer no ora ni profetiza su cabello le sirve de velo; pero cuando la mujer ora o
profetiza ha de ponerse el velo, como señal de autoridad sobre su cabeza (1ª Corintios 11:3-6).

De manera que por causa de que hay implicados hechos espirituales trascendentes, tanto el
hombre como la mujer han de cuidar respetar este orden. No es un asunto de caracteres: es el
orden de Dios.

A veces los maridos renuncian a tomar su lugar, por comodidad o por una supuesta incompetencia,
como si esto fuese un asunto de caracteres o de capacidades naturales. Pero aquí vemos que esto
es un asunto establecido por Dios, y anterior a nosotros, en lo cual está implicado el orden
universal, y al cual nosotros somos invitados a participar.

Las demandas en la relación matrimonial


Consecuentemente con todo lo anterior, hay demandas para los miembros de la familia cristiana,
que se pueden resumir en una sola expresión: la demanda para el esposo, es amar a la esposa* ;
para la esposa, es estar sujeta a su esposo; para los padres es disciplinar y amonestar a sus hijos;
para los hijos es obedecer a sus padres.

Siendo el varón la cabeza de la mujer, resulta para el esposo una demanda muy fuerte que ame a
su esposa, porque ello implica, además, una restricción a su rudeza natural. Por eso dice la
Escritura: “No seáis ásperos con ellas” (Col.3:19), y “Dando honor a la mujer como a vaso más
frágil” (1ª Ped.3:7). El ser cabeza pone al hombre en una posición de autoridad, pero el
mandamiento de amar a su mujer le restringe hasta la delicadeza.

Hay al menos dos razones por las cuales el esposo debe ser ejemplo amoroso de quebrantamiento
y humildad. Primero, por su carácter naturalmente áspero, y, segundo, por la autoridad que
detenta. Junto con ponerle en autoridad, el mandamiento le limita en el uso de esa autoridad.

De modo que si su autoridad es cuestionada, no debe procurar recuperarla por sí mismo, sino
remitirse a Aquél a quien pertenece.

Si Dios ha permitido que su autoridad sea resistida, entonces debe de haber alguna causa (que
bien pudiera ser alguna secreta rebelión frente a Cristo), y que es preciso aclarar a la luz del Señor.

Por su parte, siendo la mujer de un carácter más vivaz, el estar sujeta es una restricción a su
natural forma de ser, por lo cual dice la Escritura: “La mujer respete a su marido” (Ef. 5:33b), y “La
mujer aprenda en silencio, con toda sujeción” (1ª Tim.2:11). No obstante, ella recibe el amor de su
esposo, que la regala y la abriga.

Esto es así para que no haya desavenencia en el matrimonio. Ambos son restringidos y a la vez
son honrados por el otro. Cada uno según su natural forma de ser. Porque Dios sabe mejor que
nosotros mismos cómo somos, y por eso diseñó así el matrimonio. El marido representa la
autoridad, pero, siendo de un carácter áspero, debe amar con dulzura; la mujer es amada y
regalada, pero, siendo de naturaleza más inquieta, debe sujetarse. Así todos perdemos algo, pero
gana el matrimonio y la familia, y por sobre, todo, gana el Señor.

Si el esposo ama, facilita la sujeción de la esposa. Si la esposa se sujeta, facilita el que su esposo
la ame. Con todo, si ambas conductas (el amar y el sujetarse), siendo tan deseables, no se
producen, ello no exime ni al esposo ni a la esposa de obedecer su propio mandamiento.

¡No hay cosa más noble para un marido cristiano amar a su mujer como Cristo amó a la iglesia! No
hay cosa más noble, conforme van pasando los años, encontrarla más bella, sentir que su corazón
está más unido a ella, y que ha aprendido a amarla aun en sus debilidades y defectos. Porque ya
no anda como un hombre, sino que camina en la tierra como un siervo de Dios.

¡Qué dignidad más alta para una mujer la de sujetarse a su marido, no por lo que él es, sino por lo
que él representa! ¡Cuánto agrada a Dios un hombre y una mujer así! Todos los reclamos, todas
las quejas desaparecerían. Si el marido se preocupara más de amar no tendría ojos para ver tantos
defectos e imperfecciones. Si la mujer se viera a sí misma como la iglesia delante de Cristo, si se
inclinara, si fuera sumisa y dócil, cuánta paz tendría en su corazón. Cuánta bondad de Dios podría
comprobar en su vida.

* Bien que la primera demanda para el esposo – y que no deja de ser importante – es “dejar
padre y madre” para luego unirse a su mujer. Es decir, procurar la autonomía e
independencia respecto de los padres. Si esto se obedece desde el principio, el matrimonio
se evitará muchos contratiempos.

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