[Bula de N. SSmo P.
el Papa Benedicto XIII que aprueba las reglas y el Instituto de los Hermanos de las
Escuelas Cristianas]
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BENEDICTO, obispo, siervo de los siervos de Dios.
Para perpetua memoria.
COLOCADO EN LA SEDE DE LA DIGNIDAD APOSTÓLICA, por disposición de la divina clemencia, aunque sin
mérito alguno nuestro, sino solo por gracia inefable de la divina bondad, y haciendo aquí en la tierra las
veces del que gloriosamente reina en los cielos, Nos procuramos gustoso, cumpliendo con el deber de
nuestro cargo pastoral, tomar las disposiciones que puedan asegurar la legítima realización de las pías
intenciones de los fieles de Cristo, máxime en la fundación de Institutos destinados a propagar la enseñanza
de las bellas letras, a favorecer el adelantamiento de los niños pobres que quieran estudiarlas para cultivar
con fruto el campo del Señor, y a promover el desarrollo de las ciencias y de la sabiduría. Por tanto, Nos
corroboramos de buen grado, por la confirmación Apostólica, especialmente cuando se nos pide, los
saludables Reglamentos y Estatutos de dichos Institutos, para que con mayor solidez subsistan y
perpetuamente se observen en lo venidero, y Nos empleamos en ello eficazmente nuestro auxilio y
nuestros cuidados, según que, después de ponderadas, con maduro y diligente examen, las condiciones y
circunstancias de personas, lugares y tiempos, lo juzgamos útil en el Señor.
Nos ha sido presentada, pues, poco ha, por parte de nuestros amadísimos hijos, el Superior General y los
Hermanos llamados de las Escuelas Cristianas de la ciudad de Reims, recientemente establecidos, una
súplica exponiendo: Que hace algún tiempo, es decir, en el año del Señor mil seiscientos ochenta, el
piadoso siervo de Dios, ya finado, JUAN BAUTISTA DE LA SALLE, Canónigo que fue de la Iglesia
Metropolitana de Reims, movido a piedad por los innumerables desórdenes que causa la ignorancia, origen
de todos los males, principalmente entre aquellos que, sumidos en la indigencia, o dedicados a trabajos
manuales para ganarse la vida, no solo desconocen del todo las ciencias humanas, por faltarles los recursos
necesarios, sino que, lo que es mucho más deplorable aún, las más de las veces ignoran los elementos de la
Religión cristiana, fundó, en la ciudad de Reims, para gloria de Dios y utilidad de los pobres, bajo la
autoridad de la Sede Apostólica y el patrocinio del Santísimo Niño Jesús y de San José, un Instituto con el
título de HERMANOS DE LAS ESCUELAS CRISTIANAS, con las Reglas que a continuación se expresan, para
que fuesen aprobadas y confirmadas por la dicha Sede Apostólica; el cual Instituto, bendiciendo Dios sus
frutos, se ha propagado por varias diócesis del reino de Francia, y particularmente por las de Ruan, París,
Aviñón, Chartres, Laon, Troyes, Saint-Omer, Boloña, Alais, Grenoble, Mende, Marsella, Langres, Uzés y
Autún, en las cuales dichos Hermanos han vivido hasta el presente y viven ahora a tenor de las infrascritas
Reglas:
= Primero. Que, instituidos bajo la tutela del Santísimo Niño Jesús y el patrocinio de San José, los
Hermanos deben sobre todo cuidar de instruir a los niños, especialmente a los pobres, en las cosas
necesarias para vivir honrada y cristianamente; que el celo por la educación de la niñez según las reglas de
la ley cristiana, debe ser el principal carácter y como el espíritu de su Instituto.
Segundo. Que obedezcan al Superior General pro tempore, elegido por ellos, y permanezcan en las
diócesis en que son admitidos con el consentimiento de los Obispos, y bajo su autoridad.
Tercero. Que su Superior General sea vitalicio; que su elección se verifique por escrutinios y votos
secretos de los Directores de las casas principales congregados; y que, en la misma Asamblea y del mismo
modo, sean también elegidos por ellos dos Asistentes, para ser los Consejeros del Superior General pro
tempore, y ayudarlo a administrar bien.
Cuarto. Que los Asistentes vivan en la misma casa en que resida el Superior General pro tempore; que
intervengan en sus consejos, y que, cuando fuere necesario, le ayuden a contestar las cartas que reciba.
Quinto. Que los dichos Hermanos enseñen gratuitamente a los niños, y que no reciban dinero ni regalos
ofrecidos por los alumnos o sus padres.
Sexto. Que estén siempre asociados para regentar las escuelas, y que haya por lo menos dos juntos para
la dirección de cada una.
Séptimo. Que ninguno de los Hermanos ambicione el Sacerdocio, ni aspire a las Órdenes eclesiásticas.
Octavo. Que los Hermanos sean admitidos en dicho Instituto a los dieciséis o diecisiete años de edad;
que se obliguen primero con votos de tres años solamente, y que renueven esos votos cada año, hasta que
hayan llegado a los veinticinco años cumplidos, a cuya edad serán admitidos a emitir votos perpetuos.
Nono. Que los votos de los Hermanos sean de castidad, pobreza, obediencia, estabilidad en dicho
Instituto, y de enseñar gratuitamente a los pobres; de tal modo, sin embargo, que la facultad de dispensar a
dichos Hermanos de sus votos simples pertenezca al Romano Pontífice pro tempore.
Décimo. Que la dispensa de los votos no pueda ser solicitada ni concedida, a no ser por causas graves,
juzgadas tales por el Capítulo General de los Hermanos, y admitidas por pluralidad de votos.
Undécimo. Que el Superior General pueda ser depuesto por el Capítulo General de los Hermanos, por
estas causas, a saber: herejía, impudicicia, homicidio, debilidad de espíritu, caducidad de la vejez,
dilapidación de los bienes del Instituto, o cualquier delito enorme, juzgado digno de semejante pena por el
Capítulo General de los Hermanos, que entonces será convocado a tal fin por los Asistentes.
Duodécimo. Que los Hermanos Directores de las casas particulares las rijan solo por espacio de tres sños,
a no ser que, por justas causas, le parezca más conveniente al Superior General pro tempore y a sus
Asistentes, abreviar o prorrogar ese tiempo; y que el Superior General pueda comunicar parte de su poder
a los Directores particulares respecto al voto de pobreza, para la disposición de los bienes temporales, o los
permisos que hubiere que conceder a cada Hermano; de tal modo, sin embargo, que no les sea lícito a los
dichos Directores, ni tampoco a los Visitadores que sean diputados pro tempore, enajenar los fondos,
bienes muebles e inmuebles, sin haber consultado al Superior General y a sus Asistentes pro tempore.
Decimotercio. Que los Capítulos Generales, a los que serán convocados treinta Hermanos, elegidos ya de
entre los Hermanos Antiguos, ya de entre los Directores de las casas principales, se celebren cada diez
años, a no ser que alguna vez se juzgue más oportuno convocar una Asamblea extraordinaria; que los
Asistentes elegidos puedan ejercer su cargo durante todo ese período decenal, a menos que una grave
necesidad obligue o a deponerlos antes, o a mantenerlos en su cargo después de ese espacio de tiempo.
Décimocuarto. Que los Visitadores, nombrados por el Superior General pro tempore para ejercer su
cargo por espacio de tres años, visiten las casas una vez al año; que exijan de los Directores las cuentas de
ingresos y gastos, y que, luego de terminada cada visita, manden al Superior General pro tempore una
relación de lo que hubiere que reformar en cada casa.
Décimoquinto. Que los Capítulos Generales sean convocados para el mismo lugar en que el Superior
General hubiere fijado su residencia; pero que los capítulos provinciales sean convocados hacia el centro de
cada provincia, para que los Hermanos puedan acudir a ellos con mayor facilidad; y que esos capítulos
provinciales los presida algún Visitador, diputado por el Superior General pro tempore.
Décimosexto. Que todos los ejercicios diarios, ya de casa, ya de las escuelas, se hagan en común, tanto
por la mañana, como por la tarde.
Décimoséptimo. Que los Hermanos no solo enseñen a los niños lectura, escritura, ortografía y
aritmética, sino que ante todo infundan en sus corazones los preceptos del cristianismo y del Evangelio;
que les expliquen el Catecismo media hora todos los días de labor, y hora y media todos los Domingos y
fiestas de precepto; que, en estos mismos días, los acompañen a la iglesia para asistir a Misa y a los actos
religiosos de la tarde; que les enseñen el modo de rezar las oraciones de la mañana y de la noche; y les
inculquen los mandamientos de la ley de Dios, los preceptos de la Iglesia y todas las demás cosas necesarias
a la salvación.
Décimoctavo. Que las sotanas de los Hermanos, conformes a la pobreza y a la humildad evangélicas,
hechas de paño común y negro, bajando casi hasta los talones y cerradas tan solo con corchetes de hierro,
así como el manteo de la misma largura, el sombrero, los zapatos y las medias, sean bastos, y del todo
ajenos a la vanidad del siglo. =
PERO, según añadía la misma súplica, como lo que está corroborado con la autoridad de la Sede
Apostólica es más firme y de ordinario se observa por todos con más exactitud, y como por esta razón los
dichos Suplicantes desean sumamente que las expresadas Reglas y su Instituto sean aprobados y
confirmados por Nos y por esta Sede Apostólica, para que ese mismo Instituto reciba cada día mayor
incremento de fuerza, y para que el estado en que se halla ahora adquiera más firmeza; por lo cual hemos
sido humildemente suplicado de parte de los dichos Superior General y Hermanos, que Nos dignemos, por
benevolencia Apostólica, tomar las oportunas providencias respeto a ellos y a cada una de las cosas arriba
expuestas;
NOS, PUES, que movido de sincero afecto, deseamos el adelantamiento espiritual de las almas, y cuanto
es útil y provechoso a todos los fieles de Cristo, queriendo colmar de favores y gracias especiales al
Superior General y Hermanos susodichos, y a cada uno de ellos, absolviéndolos y queriendo que sean
tenidos por absueltos, solamente para obtener el efecto de las presentes, de toda excomunión, suspensión,
interdicto, y demás sentencias, censuras y penas eclesiásticas, si en alguna hubieren incurrido, de
cualquiera manera que fuere; accediendo a la súplica antes citada, y según voto de Nuestros venerables
Hermanos los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, intérpretes de los decretos del Concilio Tridentino, sin
perjuicio de nadie, aprobamos y confirmamos por autoridad Apostólica el Instituto y las Reglas de que se
trata, y todas las cosas contenidas en ellas, con tal que sean lícitas y honestas, y no contrarias a los sagrados
cánones y constituciones Apostólicas, ni a los decretos del dicho Concilio Tridentino, y les añadimos la
sanción de la potestad Apostólica.
ADEMÁS, Nos queremos que todas las posesiones y todos los bienes, cualesquiera que sean, que dicho
Instituto posee justa y canónicamente al presente, o pueda, Dos mediante, adquirir en lo sucesivo por
concesiones de los Papas, liberalidades de los Reyes y de los Príncipes, donativos de los fieles, o de
cualquier otra manera justa, permanezcan estables y en toda su integridad;
Y QUE LAS PRESENTES estén y queden siempre y perpetuamente en vigor, obtengan y produzcan sus
efectos plenos y enteros, y nunca sean incluidas en cualesquiera revocaciones, limitaciones, suspensiones
de gracias semejantes, y cualesquiera otras disposiciones contrarias, sino que queden siempre de ellas
exceptuadas; y que, cuantas veces tales disposiciones aparezcan, sean las presentes de derecho
restablecidas, repuestas y plenamente reintegradas en su primitivo y más perfecto estado; y que
cualesquiera Jueces, ordinarios o delegados, hasta los Auditores de las causas del Palacio Apostólico, y los
Cardenales de la Santa Iglesia Romana, aunque fueren Legados a latere, Vicelegados o Nuncios de la Santa
Sede, hayan de juzgar y resolver de ese y no de otro modo, en todas las sobredichas materias; y, si
ocurriera que se atentase contra estas presentes, por quienquiera que sea, en virtud de cualquiera
autoridad que sea, a sabiendas o por ignorancia, Nos declaramos nulo y sin efecto alguno dicho acto, no
obstante cualesquiera constituciones y ordenaciones Apostólicas en contrario.
NOS QUEREMOS además que nunca, en lo venidero, ninguno de los Hermanos de dicho Instituto pueda,
sin consentimiento expreso de los Superiores Generales del mismo Instituto, ni salir de dicho Instituto, aun
so pretexto de abrazar una religión más estrecha, ni volver al siglo; antes permanezca bajo la obediencia de
sus Superiores, y no de otro modo.
NADIE absolutamente, pues, se permita infringir estas Letras, que contienen nuestra absolución,
aprobación, confirmación, corroboración, decreto y voluntad, ni emprender temerariamente nada en
contra de ellas. Y si alguno tuviera la osadía de atentar contra ellas, sepa que incurriría en la indignación de
Dios Todopoderoso y de sus bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo.
DADO EN ROMA, junto a San Pedro, el siete de las Calendas de Febrero, de la Encarnación del Señor año
mil setecientos veinticuatro, y el primero de Nuestro Pontificado.
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(Siguen distintas firmas y el sello de plomo. La fecha es el 26 de enero de 1725).