Luis Villoro
"Estado", "nación", "nacionalismo", y otros afines como "etnia" o "pueblo". "Nación" no
siempre estuvo ligada a "Estado". Su noción tradicional, anterior a la época moderna, no
implicaba necesariamente soberanía política. Muchas "naciones" podrían coexistir bajo el
mismo imperio o reino sin más vínculo político entre ellas que el vasallaje a un soberano
común.
Por otra parte, varias naciones comparten rasgos comunes de cultura. No obstante, no
podríamos identificar a ninguna nación si no admitiéramos ciertos caracteres de una
cultura común, propia de la mayoría de sus miembros, que constituye el cemento mismo
que los une en una totalidad más amplia. Por lo pronto, una forma de vida
compartida, esto es, una manera de ver, sentir y actuar en el mundo. Quienes participan
de una forma de vida concuerdan en ciertas creencias básicas que * Publicado en Estado
plural, pluralidad de culturas.
Una forma de vida común se expresa en la adhesión a ciertos modos de vivir y el rechazo
de otros, en la obediencia a ciertas reglas de comportamiento, en el seguimiento de
ciertos usos y costumbres. Una nación es, ante todo, un ámbito compartido de cultura. La
especificidad de una nación se expresa en la idea que sus miembros tienen de ella, esto
es, en la manera de narrar su historia. Los relatos pueden diferir según los valores
superiores que eligen los distintos grupos, pero todos comparten un núcleo mínimo
común, si se refieren a la misma nación.
Para identificarse, toda nación acude a mitos sobre su origen, o bien, a acontecimientos
históricos elevados a la categoría de sucesos fundadores. Porque toda nación se ve a sí
misma como una continuidad en el tiempo. Un individuo pertenece a una nación en la
medida en que se integra en ese continuo. Es sólo una incitación a compartir una forma de
vida.
Porque se puede pertenecer a una nación sin ninguna liga de sangre. Permanecer a una
nación es asumir una forma de vida, incorporarse a una cultura, hacer suya una historia
colectiva. Tampoco la adscripción política, sino la integración a una identidad cultural. La
pertenencia de un individuo a una nación tiene, por lo tanto, un aspecto subjetivo.
Implica una actitud en la persona que considera como elemento de su identidad ser parte
de un sujeto colectivo. Una nación es, pues, una entidad con la que se auto-identifican un
conjunto de personas, por distintas que puedan ser sus características individuales o de
grupo. No nos identificaríamos como miembros de una nación si no sintiéramos, en alguna
forma, que nuestra vida personal depende de una colectividad, que en su suerte nos va la
nuestra. Una nación es también un asunto de la voluntad.
A ello se refería Renán cuando definía a la nación como "un plebiscito compartido". Nación
es un grupo humano que decide perdurar como comunidad. Pertenecer a una nación no
es aceptar la fatalidad de un origen biológico, es ligar el sentido de la propia vida a una
suerte comunitaria, esto es, aceptarse como parte de un destino común. La nación es una
continuidad en el tiempo, pero también en el espacio.
Sus parámetros de referencias son, a la vez, un origen y un proyecto futuro y algún lugar
en la Tierra. Ese lugar no tiene por qué estar limitado por fronteras precisas, no, siquiera
estar ocupado por la nación en cuestión. En algunos casos, la nación se considera ligada a
un territorio nuevo, prometido por el dios tutelar, fruto de futura conquista. De cualquier
modo, la unidad de la nación se concibe como una continuidad en el tiempo referida a un
espacio.
Estas cuatro condiciones se encuentran en toda nación. En las primeras, el origen y la
continuidad cultural son los ejes de la identidad nacional, los que miden la pertenencia a
ella. El reconocimiento de la nación está basado en las costumbres y creencias
colectivas, instauradas por una historia y legitimadas por la aceptación común. En las
naciones "proyectadas", en cambio, el énfasis pasa de la aceptación de una identidad
heredada a la decisión de construirla.
La pertenencia a la nación se mide por la adhesión a un proyecto hacia el futuro, decidido
en común. La nación proyectada puede rechazar una nación histórica antecedente e
intentar forjar sobre sus ruinas una nueva entidad colectiva. Debe entonces reconstruir el
pasado para volverlo conforme a su proyecto. Si la nación "histórica" funda su identidad en
su origen y transcurso en el tiempo, la "proyectada" la construye mediante una decisión
voluntaria.
Como veremos en seguida, mientras las naciones tradicionales corresponden
predominantemente a la primera clase, el Estado-nación moderno forma parte de la
segunda. Por eso se entienden los múltiples casos en que una nación precede a su
constitución como Estado, o bien, una vez constituido, se opone a él.
La nación se formó en la mentalidad de un grupo criollo en la segunda mitad del siglo
XVIII, antes de pretender para ella la soberanía política. La nación mexicana, colombiana o
argentina, en la mente de un grupo reducido, es anterior al Estado nacional. A la
nación, en ese estadio previo a su constitu-ción como una nuevo Estado, podríamos
llamarla "protonación". La reclamación de soberanía política fue consecuencia de un
previo despertar de la idea de pertenencia a una nueva nación.
Sin embargo, no en todos los casos la conciencia de pertenencia a una nueva nación. Es
diferente la manera como un individuo pertenece a una nación o a un Estado. Por
eso, cambiar de pasaporte es algo trivial, que no afecta nuestra identidad, mientras que
dejar de prestar adhesión al pueblo al que pertenecemos es trastocar ciertos valores cuya
elección forma parte de nuestro ser. Estado y nación responden a necesidades básicas
diferentes.
La nación satisface el anhelo de todo hombre de pertenecer a una comunidad amplia y de
afirmar su identidad en ella. Las funciones del Estado pueden sobreponerse parcialmente
a las de la nación o naciones que domina, pero no se identifican con ellas porque ambas
son distintas. Al garantizar la paz y el orden en el interior y la defensa frente al exterior, el
Estado tiene que procurar también cierta convivencia equitativa y cierto desarrollo de
todos los pueblos que lo componen, pero no puede suplir la conciencia de pertenencia
personal y de identidad común que corresponden a la nación. En principio, por lo
tanto, podría haber un Estado sin nación y una nación sin Estado.
Una nación sin Estado, en cambio, sería una sociedad que compartiera cultura e historia
comunes, pero no hubiera establecido un poder coactivo sobre ella. Si el Estado nace de
la necesidad de eliminar el conflicto a muerte entre los miembros de la sociedad, la nación
sin Estado correspondería a una sociedad sin conflictos. Otros dos términos, "etnia" y
"pueblo", tienen relación estrecha con el de "nación". Al principio se usó en un sentido muy
amplio, para designar a un grupo que comparte una cultura.
En este sentido amplio, "etnia" presenta notas comunes con "nación" en la acepción que
vimos antes, la cual no incluye necesariamente el "Estado". Puede no incluir, por lo
tanto, las condiciones 3 y 4 de nuestra definición de "nación". Así, la pertenencia a una
"etnia" puede darse en individuos o grupos pequeños de inmigrantes en grandes
ciudades, que han perdido relación con su territorio de origen y no reivindican una
nacionalidad propia. Una nación, considerada como unidad de cultura y de proyecto
histórico, podría incluir varias etnias que difieren en los dialectos utilizados.
Por ejemplo, los tzotziles, tzeltales, tojolabales y mames podrían considerarse etnias
componentes de una nación maya. En este sentido, "nación" sería una o varias "etnias" que
conservan un patrón de cultura común, una unidad histórica y una referencia territorial.