Silencio en la calle 13
No se quien leerá esto, o al menos si estas pobres y desesperadas palabras provenientes de
una desconocida joven llegará por lo menos a las manos de alguien, cuyas experiencias del
diario vivir sean lo suficientemente anormales como para que el siguiente manifiesto se dote
de cierta credibilidad. Se mas que nadie que no soy la persona mas indicada para rogar por mi
credibilidad al momento de narrar mi vivencia, pues los engaños y las mentiras son actos con
los que se caracteriza mi persona. Pero este no es el caso, esta vez es diferente, fácilmente
podría tratarse de un sueño mio. Oh dios santo como quisiera que así se tratara, pues el miedo
a la irracionalidad de los hechos que sentí, fue simplemente inimaginable.
Corrían las once y media de la noche en las frías calles de Armenia. Era consciente de lo que
significaba el hecho que una mujer caminara sola a esas horas de la noche, hubiera preferido
no tener que salir, pero las circunstancias en las que me encontraba no me permitían darme
ese lujo. No había pasado mucho desde que abandoné la Universidad, pues me encontraba
realizando unas ayudas a mis profesores en la sala de computación de la misma.
Desafortunadamente aquel día me encontraba desgastada, pues había pasado ya 2 noches sin
poder dormir de manera adecuada. Debido a esto último sin ningún tipo de ayuda por parte de
alguien o por el descuido propio mio, me quedé dormida por un tiempo, no estoy segura de
cuánto tiempo fue el desperdiciado, pero el hecho fué que al momento de despertar, mi
universidad ya había cerrado.
Esto fue un hecho obviamente inoportuno, pues me encontraba completamente sola en la
inmensidad tan imponente de la Universidad. Pasillos completamente vacíos, una arquitectura
que combinaba lo arcaico con lo moderno, numerosos pisos que conforman el mismo. De día,
la universidad resplandece por su hermosura, pero al anochecer, como si del lado oscuro de la
luna se tratara, el vacío y la soledad inunda completamente el lugar, y la oscuridad consume
todo a su paso.
Lo que más me extrañó de todo no fue la falta de inquietud con la que carecía yo misma, ni la
incómoda atmósfera de la enorme estructura. Me sacó completamente de lugar el hecho que
el guardia, o cualquier persona que merodea a estas horas de la noche, no me haya despertado
o por lo menos advertido de las horas que se me venían encima. Por dios ni siquiera mis
compañeros se preocuparon por llamarme. Todos estos factores condujeron a que no tuviera
mas opción que irme sola por aquellas melancólicas calles.
Nadie contestaba mis llamadas, por lo que mis intentos de búsqueda de ayuda fueron
completamente inútiles. Caminé por varios minutos por aquellas calles, la soledad en la que
las calles se encontraban generaban en mi un sentimiento de inquietud y tranquilidad al
mismo tiempo, como si de un niño explorando una zona desconocida de la casa se tratara. El
frío tan característico de la noche tampoco se hizo faltar, la temporada de invierno hacía que
el frío aumentara unos cuantos grados mas de lo normal. Las únicas fuentes de luz eran la de
los postes, que iluminaban parcialmente las calles, por lo que habían zonas de la misma que
quedaban al margen completo de la oscuridad.
Después de varios minutos caminando, tuve que cambiar mi ruta, y en eso, fue donde la calle
13 tomé.
Al principio era totalmente normal, tenia las mismas características que mencioné
anteriormente sobre las otras calles, pero aún así había algo extraño. El mero hecho de
haberme adentrado en aquella calle ya generaba en mí cierta incomodidad, que poco a poco
iba aumentando para directamente convertirse en miedo. No entendía por qué, era como
cualquier otra calle, me decía a mi misma. Pero me sentía agobiada, como si unas gruesas y
heladas manos me estuvieran agarrando el cuello constantemente. Como las luces fueran
disminuyendo su luminosidad poco a poco. Y como si alguna persona me estuviera
observando.
Aún con todo eso, caminé y caminé, pues lo único que pasaba por mi mente en aquel
momento era el deseo de llegar a mi hogar. De repente, a lo lejos observo una silueta, que por
la falta de luz de la calle me dificultaba darle forma a esa figura. Ya todos deben saber el
escalofrío que debí sentir, intenté tomar otra ruta, pero al intentarlo, en un parpadeo, la figura
estaba mas cerca. Sin embargo, y aunque extraño que parezca, la figura resultó ser la de un
habitante de calle, que a esas horas de la madrugada estaba tan solo buscando alimentos en
una cesta de basura. Aproveché que se encontraba distraído, por lo que seguí mi camino pero
ahora a un paso mucho mayor. Pero el hombre me habló.
-Noches como estas se repiten muchacha, personas como usted también piensan lo mismo.
Siga caminando, que el dueño de esta calle se comunicará con usted.
No tuve ni idea de lo que hablaba, directamente no escuché una palabra, pues ya es muy
común que estas personas hablen de cosas sin sentido. ¿Dueño de la calle? ¿Acaso las calles
tienen dueño? que estupidez, pensé. Pero después descubriría a que dueño se refería.
Caminé.
Caminé.
Caminé
y caminé.
Caminé por horas, la calle nunca acababa, era estupido, simplemente no acababa, es como si
las mismas estructuras que veía se repitieran en un ciclo sin fin. Intentaba cambiar de ruta,
pero volvía otra vez a la silenciosa calle 13. No importaba cuanto caminara, nada nunca
acababa. Luego me percaté que la luna todo este tiempo se encontraba exactamente en el
mismo lugar, no se movía ni un centímetro. Ya estaba cansada, desesperada, inquieta, no
soportaba tantas horas de camino, por lo que eventualmente me senté en una de las sillas
públicas de la calle. Miré por varios minutos el farol de luz. A las polillas que intentaban
inutilmente alcanzar aquella luz. Saqué mi celular, y marcaba exactamente las tres y media de
la madrugada. Exactamente la misma hora desde que entré a la calle 13. No sabía qué hacer,
estaba tan cansada que mis pensamientos no funcionaban correctamente, por lo que no tuve
más opción que cerrar los ojos y no pensar en nada más. En el fondo creía que era tan solo un
sueño lúcido, que en cualquier momento despertaría, y como siempre pasa, me olvidaría
completamente de todo lo ocurrido y seguiría mi vida normal. Así hubiera sido, hasta que
escuché a un bebé llorar.
Abrí rápidamente los ojos y de un brinco me levanté de la silla, no tenía de idea de porque
estaba escuchando a un bebé llorar. No lo escuchaba dentro de una casa, lo estaba escuchando
en tan solo unos cuantos metros de mi lugar. Lo busqué y lo busqué, instintivamente mi
mayor preocupación en ese momento era encontrar al bebé. Tal vez fué abandonado, o
simplemente se había perdido por un descuido de su madre, pues estos casos ya habían
ocurrido anteriormente.
Busqué al bebé, corrí y corrí por la calle que se repetía infinidad de veces, hasta que, justo
debajo de un farol de luz, como si de una indicación de la propia calle se tratara, estaba el
bebé. Me acerqué lentamente, poco a poco la silueta del niño se iba formando, hasta que
cuando estaba en tan solo unos pequeños metros de él, vi que eso no era un bebé.
Parecía un niño de unos 3 meses, era completamente arrugado, con una piel de color grisacea,
estaba completamente desnudo y descuidado. Lo que mas me perturbó fue su rostro, o bueno,
la falta de este. Pues lo único que tenía en donde se supone debería ir toda su cara, había
únicamente un agujero, que al parecer era el único orificio por donde sus extraños llantos
salían. Pero sin duda, lo que mas destacaba en aquella criatura, eran unas pequeñas alas. Unas
alas que me hacían recordar los famosos querubines. Solo que este querubín parecía estar
sufriendo.
Me quedé congelada ante tan extraño ser, pero finalmente, y a pesar de todas mis dudas, lo
levanté, lo coloqué en mis brazos, y lo abracé. Daba igual su perturbador aspecto, en ese
momento lo único que quería era ayudarlo. El bebé dejó de llorar, y movió su cabeza, y por el
extraño orificio de su cara me miró fijamente a pesar de no tener ojos. Una pequeña sonrisa
se formó en mi rostro, y sentí que, al igual que el niño, solo quería sentir un cálido abrazo de
mi madre. Es por eso que caminé, llevando al demonio en mis brazos.