La escucha pastoral
Enzo Biemmi Diócesis de Padua- Italia1
Introducción
El tema de la escucha vuelve a ser el centro del interés eclesial desde que la Iglesia no logra comunicar, desde
que experimenta la dificultad de hacer oír su voz y la del Evangelio en la cultura actual. El hecho no es extraño.
Una Iglesia habituada a través de tantos siglos a tener la exclusividad de la palabra que da sentido y
orientación a la vida, estaba expuesta al riesgo de no ejercitar la escucha y de concentrar todas sus energías en
la palabra comunicada.
La Iglesia italiana experimenta en todos los ámbitos de la pastoral, una “crisis” de comunicación, siente que sus
palabras ya no llegan a los destinatarios. Esta constatación está esbozada en las orientaciones pastorales para
el decenio en curso (2000-2010), orientaciones que llevan a las comunidades cristianas a concentrarse de
modo nuevo en la tarea de la comunicación de la fe: “Comunicar el Evangelio en un mundo que cambia”. Frente
a este título y a un proyecto de este tipo es difícil evitar la pregunta: ¿Qué entiende la Iglesia por comunicar?. Es
fácil comprender como esta tarea esencial de la iglesia (“La Iglesia existe para evangelizar”, recordaba Pablo VI
en EN) podría ser: comunicar el Evangelio a un mundo que cambia, mediante un proceso unidireccional que por
sus mismas características no se da tiempos ni pone los medio para escuchar, porque la Iglesia sabe ya por
hábito lo que debe decir.
La tarea podría ser en cambio: “comunicar el evangelio a un mundo que cambia, conociéndolo, amándolo y
escuchándolo.
El tema de la comunicación y de la escucha están por lo tanto, estrechamente unidos; según el modo de
entender la comunicación se incluye o no el gesto de escuchar o un modo u otro de escucha. Por otra parte
comprendemos bien que detrás del modo de entender la comunicación y la escucha hay una diversa concepción
de Iglesia. Por lo tanto hay una relación estrecha entre escuchar-hablar. Podemos decir: “Iglesia, dime como
hablas y te diré como escuchas, dime como escuchas y te diré quién eres”.
Tres figuras de pastoral y de Iglesia, “tres modos de escuchar”
Retomo entonces estos tres términos (comunicación – escucha – autocomprensión de Iglesia) e indico tres
posibilidades de entender la escucha eclesial. Cada una de ellas deriva de un cierto tipo de comunicación y hace
referencia a una cierta imagen de Iglesia.
a) Hay un modo de entender la comunicación del Evangelio que parte de la precomprensión de una Iglesia
depositaria de la salvación de una vez para siempre, de una salvación que ya ha sido definida en sus
contenidos, en sus formas celebrativas, en sus exigencias éticas, en las modalidades relacionales y
organizativas que de ella derivan. Se trata de una comunicación autorreferencial, inmóvil, que fija no sólo las
personas y las culturas en un único estereotipo (todos iguales frente al mensaje) sino que fija al mensaje mismo
dado y dicho de una vez para siempre. La consecuencia es una comunicación autorreferencial y sorda. No
obstante, este modo de comunicación no se priva totalmente de la escucha, da lugar al análisis de la situación
hecho a partir de la propia visión del mundo y en vistas a confirmar luego la necesidad de una palabra propia
dicha al mundo. Se trata por lo tanto, de una escucha centrada totalmente en sí misma (la Iglesia se escucha a
sí misma). Esta visión de la Iglesia y la comunicación argumenta que el motivo por el cual las palabras de la
Iglesia no llegan se debe en parte a una cultura que no alcanza a escuchar y en parte a una falta de claridad y
coraje en la exposición de la verdad por parte de la Iglesia misma, verdad entendida como se ha dicho más
arriba. La conversión requerida a la Iglesia en este sentido sería la proclamación de una palabra más clara y más
fuerte, de un mayor coraje propositivo.
b) Hay una segunda postura que deriva de otra autocomprensión, de una Iglesia animada por el deseo de una
comunicación sincera del Evangelio, con una intención generosa y fuertemente misionera. Se trata de una
Iglesia convencida de poseer una perla preciosa que no le pertenece y que no puede tener para sí misma, pero
que se da cuenta que no tiene éxito en el intento de comunicar esa buena noticia. Argumenta que el problema
principal está en hacerse comprender y que la escucha por parte de los destinatarios, una escucha que la haría
feliz, está obstaculizada por una serie de filtros y distorsiones auditivas culturales y mediáticas. El estilo de
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SIMPOSIO INTERNACIONAL DE CATEQUETICA
escucha característico de este modo de comunicación no es autorreferencial, es atento, incluso recurre a
menudo al análisis sociológico y al debate sobre la situación. Se trata de una escucha estratégica en vistas a
hacer llegar mejor el mensaje. El presupuesto es que este mensaje está disponible y es en cierto sentido,
externo a quien lo anuncia y a quien lo recibe. De este modo se practica un escuchar sincero, estratégico,
generoso y motivado pero unidireccional.
De este modo resulta una comunicación a menudo activa, creativa, pero marcada por un tipo de escucha que no
involucra a la persona ni la cuestiona. Este modo de escuchar parte de la conciencia que las personas y las
culturas cambian y son diversas, pero se piensa que el anuncio no cambia y que las personas son sólo
beneficiarias del mismo y no portadoras a su vez de un mensaje para la Iglesia. Se trata de un anuncio y una
escucha que pasan fuera de quién se comunica.
Para esta Iglesia el problema es encontrar las modalidades comunicativas más eficaces y los argumentos más
convincentes. Se escucha por lo tanto en vistas a poder hablar mejor.
c) Existe una tercera concepción del anuncio, que responde a una diversa autocomprensión de Iglesia. Nace de
una Iglesia convencida de que el Evangelio está todo dicho y todo por explicitar, y que en esta tarea de
inagotable interpretación son necesarias dos fidelidades juntas: al evento que nos ha dado origen y a la cultura
en la cual vivimos; al Evangelio y a los hombres y mujeres de hoy. Una Iglesia así, sabe que no está fuera de
este proceso, sabe que puede dar en la medida en que reciba. La escucha que esta Iglesia sabe que necesita
no es funcional, destinada a hacer que el Evangelio llegue mejor, sino a comprender siempre mejor el Evangelio
y la propia cultura, a dejarse involucrar y definir en la propia identidad por esta doble escucha. Se trata de una
escucha que da origen y renueva a la Iglesia misma y por eso la hace generadora de vida. Esta Iglesia hace del
diálogo – que en su base supone la escucha – no sólo una estrategia misionera sino el signo distintivo de su
identidad; totalmente hecha y toda por construir.
Tomo solamente dos textos de referencia que afirman con autoridad esta perspectiva: El primero es el conocido
prólogo de la primera carta de Juan: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto
con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, - pues la Vida
se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y les anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta
hacia el Padre y que se nos manifestó – lo anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con
nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Les escribimos esto para que
nuestro gozo sea completo. (1 Jn 1, 1-4)
En este texto el verbo que abre y cierra la serie es siempre el mismo: oír, o mejor la dupla oír-ver, porque la
escucha es siempre cuestión de ojos y de oídos – es decir de experiencia -. En medio están los otros verbos –
dar testimonio y anunciar -, todos puestos dentro del horizonte de esta escucha originaria que podríamos
traducir como “acogida” radical de la propia identidad, como el dejarse crear continuamente por Dios en Cristo
por el Espíritu Santo y justamente por eso ser signo y posibilidad para los demás. El texto expresa
admirablemente el dinamismo profundo de la función pastoral de la Iglesia como lugar en el cual ella “escucha
y habla a partir de su escucha”, recibe su identidad a partir de la escucha del evento que le dio origen y habla a
partir de esta escucha y en vistas a conducir a ella, es decir a permitir que todos hagan la experiencia.
El segundo es un fragmento de las Orientaciones de los Obispos para este decenio, orientaciones que
constituyen el proyecto pastoral de la Iglesia italiana2. Si en el texto de la carta de Juan la escucha subrayada es
la del evento pascual desde el cual la Iglesia continuamente nace, este segundo texto indica el otro aspecto de
la escucha del cual la Iglesia recibe su identidad; escuchar a la propia cultura, a los hombres y mujeres de hoy, a
aquellos que son parte de la Iglesia, como también a aquellos que están al margen o lejos de ella.
Un sínodo centrado en la escucha
El Sínodo diocesano de la Iglesia de Verona se ha puesto “intencionalmente” en la línea de la tercera
concepción de Iglesia y de escucha. No es inútil preguntar por qué y cómo hemos llegado a hacer de esta
escucha el estilo y el programa de nuestro Sínodo.
2
“Existe una ulterior e importante premisa. Si queremos adoptar un criterio oportuno que nos guíe a un discernimiento evangélico, deberemos cultivar dos
atenciones complementarias aunque a primera vista contrapuestas. De ambas ha dado testimonio Jesucristo mismo. La primera consiste en el esfuerzo de
ponernos en una actitud de escucha de la cultura de nuestro mundo para discernir las semillas del Verbo ya presentes en ella aunque más allá de los
límites visibles de la Iglesia. Escuchar las esperanzas más íntimas de nuestros contemporáneos, tomar en serio sus deseos y sus búsquedas, tratar de
comprender qué hacer arder sus corazones y qué, en cambio, suscita en ellos el miedo y la desconfianza, es importante para podernos hacer siervos de
su alegría y esperanza. No podemos de ningún modo excluir el hecho que los no creyentes tienen algo que enseñarnos respecto de la comprensión de
la vida y por los tanto, por caminos inesperados, el Señor puede en ciertos momentos hacernos sentir su voz a través de ellos. La actitud justa nos
parece aquella, como escribe san Lucas, que el apóstol Pablo asume ante los atenienses reunidos en el areópago de la ciudad (cfr Hch 17, 22-31): hay un
Dios desconocido que habita en los corazones de los hombres y que es buscado por ellos, nosotros por la gracia, podemos contribuir al descubrimiento
del rostro de Dios, concientes que en la tarea de anunciar el Evangelio nosotros mismos profundizamos en su conocimiento” (Comunicare il vangelo in un
mondo che cambia, 34)
Lo que ha llevado a esta elección
El sondeo inicial ha dado como resultado los siguientes datos:
- antes que nada hay una experiencia difusa de vivir una situación de gran dificultad en la tarea de anunciar el
Evangelio por parte de la Iglesia. Se trata de un desafío particularmente sentido por los sacerdotes. Éstos
experimentan un sentido de inadecuación respecto del actual contexto cultural. Tienen la sensación que la actual
pastoral eclesial ha sido puesta en “jaque” por la cultura, y que es inadecuada para dar solución a las
problemáticas actuales. De esta experiencia surge la necesidad de escuchar para comprender, escuchar como
una verificación y búsqueda de los motivos de una aparente ineficacia pastoral.
- Se constata entonces la experiencia de una escasa o distorsionada comunicación entre los miembros de la
comunidad eclesial, con particular referencia a la complementariedad de carismas y ministerios diferentes. Se
trata de la constatación de una carencia de relaciones correctas que exige una nueva actitud de escucha, no
precavido, disponible, pronto a valorar a cada uno por el don que le ha sido dado. Esta constatación y el apelo a
la necesidad de este tipo de escucha es requerido especialmente por los presbíteros – que reconocen un nivel
muy bajo de comunicación en el interior del presbiterio – y también es pedido por los hombres y mujeres que
forman parte de las comunidades eclesiales y sienten la necesidad de una relación diversa con los presbíteros,
entre ellos, entre grupos y movimientos, entre las diversas sensibilidades eclesiales.
- Finalmente hay un cuestionamiento fuerte que procede de las bases, de algunos creyentes que experimentan
el hecho de no ser escuchados y acogidos por lo que son, en particular de quien vive situaciones de pertenencia
no plenamente regular a la Iglesia, de personas que viven situaciones de marginación o de los jóvenes. Son
personas que sienten sobre ellos de parte de la Iglesia una lectura precavida, desatenta o moralista. Piden ser
escuchados-acogidos por lo que son, y escuchados en sus necesidades vitales.
La exigencia de escucha como recuperación de la propia identidad
Comprendemos que tal requerimiento de escucha en diversos niveles (de una situación compleja que pone en
jaque a una pastoral tradicional, de una comunidad con un nivel de participación y comunicación limitados, de
personas creyentes y no creyentes que no se sienten escuchados), ha llevado a poner en un segundo plano los
clásicos “problemas” como tema, y ha encontrado en la escucha el aspecto fundamental de todo el Sínodo. Se
ha comprendido al menos intencionalmente que se trata no de una escucha funcional (para anunciar mejor el
Evangelio), sino absolutamente gratuita, una escucha como recuperación y reformulación de la propia identidad:
“Iglesia de Verona escucha”.
El versículo del Evangelio elegido como guía lleva decididamente en esta dirección: “¿Que buscan? asume un
triple valor de escucha: como palabra del Señor a su Iglesia (¿Qué buscas?, ¿Dónde fundamentas tu valor?
¿A dónde miras?. Esto nos hace pensar en el contenido de las cartas del Ángel a las siete Iglesias del
Apocalipsis); de la gente a los creyentes (¿Qué buscan?, ¿qué quieren?, ¿Quiénes son?
¿Hacia dónde tiende el deseo de ustedes? ¿Qué nos dicen del deseo de vida que tenemos?); de la comunidad
eclesial a la gente (¿Qué buscan? ¿Qué desea verdaderamente el corazón de ustedes?), como servicio de vida
y no como juicio.
Esta totalidad y este orden son importantes: un juego de escucha recíproca que hace cambiar a la Iglesia antes
que a nadie y le puede volver a dar nuevas palabras evangélicas.
El apartado metodológico
Este tipo de escucha como contenido y estilo del Sínodo, nos lleva a algunos ámbitos que conocemos3. Esto se
realiza a través de un modo de proceder que coherentemente respeta tres tiempos: la escucha de la situación, la
revisión de la propia identidad, el intento de anunciar la novedad del Evangelio de siempre.
Subrayo este estilo metodológico porque es revelador de un cierto modo de entender la escucha. Sabemos que
el estilo habitual de los ambientes eclesiales no es este cuando se hacen proyectos pastorales, sino el
conocido método – ciertamente válido – del “ver, juzgar y actuar”. Esto último, cuando es aplicado como un
simple instrumento técnico, corre el riesgo de dejar fuera del proceso de discernimiento a la Iglesia misma: se
analiza la situación – ver -, se la evalúa a la luz del Evangelio – juzgar -, y se decide una intervención nueva –
actuar -. Todo esto se puede realizar pensando que la situación que se analiza, se juzga y sobre la cual se
interviene es externa a la Iglesia misma, la cual queda inmune de cualquier cambio. La variante propuesta por el
3
Los ámbitos elegidos son: la familia, la corresponsabilidad y participación en la Iglesia (poniendo particular atención en las relaciones intraeeclesiales
entre presbíteros, entre presbíteros, laicos y religiosos), los jóvenes, el mundo de los necesitados, el diálogo y el anuncio en la pluralidad cultural, social y
religiosa.
Sínodo de Verona, explícitamente pone a la Iglesia en estado de verificación, centrando la atención en la
revisión de su identidad.
A modo de ejemplo, si tomamos el tema familia, lejos el más señalado en los cuestionarios, somos invitados con
todos los componentes eclesiales a un triple trabajo:
a) Primeramente a escuchar. Es mejor tomar este término que el de “análisis”
del problema. La Iglesia, mirando a la familia y a las familias reales y concretas de los creyentes y de los poco
creyentes, pone una mirada que es escucha sin prejuicios ni expectativas. Trata de comprender qué vive la
familia, cuáles son sus dificultades, porqué se encuentra en un momento difícil, qué pide a la Iglesia. No inicia
diciendo a la familia lo que debe ser, sino pidiendo a las familias qué son, qué viven, dónde están sus
preocupaciones, sus sufrimientos, sus incongruencias. En este sentido la Iglesia acepta que sean las familias
con sus problemas y desvíos, pero también con su riqueza de vida, las que interroguen a la Iglesia y la desafíen
en aquello que ella piensa que es. b) Esta escucha lleva por lo tanto a la comunidad eclesial a interrogarse a sí
misma. Es el segundo momento. A preguntarse cómo la propia identidad debe ser revisada para que se
convierta en compañera de viaje de esta familia concreta y sea para ella el buen samaritano y no el maestro de
la ley o el levita distraído. La Iglesia escuchando a la familia recibe de la misma un mensaje evangélico que la
invita a cambiar, y a la luz del mismo Evangelio – que para ella es palabra normativa -, decide cómo cambiar sus
precomprensiones y sus palabras. c) Este cambio de sí lleva a un tercer resultado. Conduce a la Iglesia a revisar
las palabras que está diciendo y a reformularlas, tal vez como balbuceos, pero balbuceos evangélicos, no ya
discursos precavidos o pretenciosos, sino más humildes y fraternos, y justamente por eso, más evangélicos.
Palabras que parten de la vida y están en función de la misma, palabras que ponen a disposición de todos la
bella noticia del Evangelio, libre de precomprensiones y filtros demasiado eclesiásticos.
Conclusión
La puesta en marcha del Sínodo mediante esta actitud de escucha le da un estilo propio y el acontecimiento es
más valioso que el simple proyecto pastoral que surgirá del mismo. Sabemos que los programas pastorales se
ponen en práctica sólo en parte: el tiempo los hace olvidar, un cambio de Obispo puede llevarlos a un segundo
plano, las situaciones cambian.
El inicio del Sínodo es un paso adelante hacia una Iglesia que aprende no tanto a decir mejor las cosas sino a
escuchar mejor. Una Iglesia que aprende a ubicarse de modo diverso frente al mundo, con un estilo menos
pretencioso y autorreferencial, mediante una comunicación menos unidireccional, más cercana a la modalidad
con la cual el Hijo de Dios ha entrado en la historia, plenamente fiel a su Padre y plenamente humano,
acogiendo su tiempo y su cultura en una humanidad en constante escucha del Espíritu y de la historia.
“Comunicar el Evangelio en un mundo que cambia” es por lo tanto, más una cuestión de escucha que de
palabras. Es verdad, la Iglesia está llamada a anunciar el Evangelio y existe para eso. Pero sólo su constante
capacidad de volver al acontecimiento que le dio origen – es decir la contemplación y la custodia de la Pascua
–, y el compartir con los hombres y mujeres de su tiempo lo que les hace vivir, sufrir, estar inquietos, desear
puede hacerla verdaderamente capaz de palabras significativas. Sólo si estas palabras derivan de una actitud
de escucha serán significativas para la Iglesia misma y volverán a serlo para los demás. La nueva
evangelización es por lo tanto, una cuestión de autoevangelización.