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Crisis de La Monarquía Española

La crisis de la monarquía española entre 1808-1814 comenzó con el motín de Aranjuez en 1808 que obligó a Carlos IV a abdicar a favor de su hijo Fernando VII. Esto llevó a Napoleón a intervenir y colocar a su hermano José Bonaparte como rey de España en lugar de Fernando VII. Este evento desencadenó el inicio de la guerra de independencia española contra la ocupación francesa.
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Crisis de La Monarquía Española

La crisis de la monarquía española entre 1808-1814 comenzó con el motín de Aranjuez en 1808 que obligó a Carlos IV a abdicar a favor de su hijo Fernando VII. Esto llevó a Napoleón a intervenir y colocar a su hermano José Bonaparte como rey de España en lugar de Fernando VII. Este evento desencadenó el inicio de la guerra de independencia española contra la ocupación francesa.
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Crisis de la monarquía Española (1808-1814).

 En el año 1808 se produce la crisis de la monarquía española la cual inicia con el motín de
Aranjuez, en donde Carlos IV es obligado a abdicar en favor de su hijo Fernando VII. Estos
sucesos obligan a Napoleón Bonaparte emperador de los franceses a actuar como juez sobre la
sucesión. Los reyes son trasladados a la ciudad de Bayona en donde son obligados a abdicar a
favor del emperador, quien finalmente coloca a José Bonaparte, su hermano, como rey de
España. Hay que destacar la influencia de Manuel Godoy primer ministro de Carlos IV en las
manifestaciones de estos hechos. Godoy fue un primer ministro muy activo políticamente y con
tendencias pro francesas las cuales le ganaron el odio de la población española y en especial de
Fernando VII.

La periodización de la crisis monárquica española y sus


problemas

La compresión de la compleja crisis monárquica hispánica invita a combinar una doble


periodización, por una parte una larga duración que considere su dinámica estructural y,
por otra, una coyuntural que se enfoque en el tratamiento del período que se inicia en 1808
y culmina con las independencias americanas. Sin embargo, entre ambos períodos, el
estructural y el coyuntural, habría que considerar una etapa previa, como se indica más
adelante.

La monarquía hispánica en la larga duración

En cuanto a la periodización de larga duración conviene considerar que, por lo general, las
contradicciones estructurales del imperio español han sido analizadas mediante el binomio
hegemonía/ decadencia y desde la llamada "paradoja española". En efecto, la historia de
España ha sido expuesta como la historia de una espectacular hegemonía establecida en el
siglo XVI, seguida por una larga decadencia ocurrida desde el siglo XVII, que no obstante
llega hasta el XIX. Proceso mediado por un extraño siglo XVIII que sin duda contiene buena
parte de las claves para comprender sus elementos constitutivos y su evolución en el
tiempo, puesto que fue precisamente durante dicho período que la monarquía borbónica
realizó sus mejores y mayores esfuerzos por reformarse a sí misma, y por conformar un
imperio con identidad propia, propósito en el que finalmente fracasaría, lo que tuvo hondas
repercusiones en Hispanoamérica. Respecto de la paradoja española, Antonio Miguel
Bernal1 llama la atención sobre las hasta ahora poco estudiadas relaciones entre los
costes/beneficios del imperio y su frustrado proyecto nacional de Estado unitario, al tiempo
que expone los tres componentes de la mencionada paradoja: España, pionera de la
modernidad capitalista, quedó finalmente rezagada respecto de los otros países del
Occidente europeo; no obstante haber sido la titular del mayor imperio que haya existido
desde la antigüedad, no formó colonias como tales sino Reinos de Indias  o de Ultramar  y,
finalmente, aunque promovió el primer ensayo de monarquía universal, dejó sin acabar la
construcción de su propio proyecto nacional de Estado unitario. En resumen, para el
momento crucial de 1808, el imperio español se encontraba más unido que integrado y, por
lo tanto, expuesto a múltiples presiones, tanto externas como internas.

Con su prioridad centrada en la defensa de la cristiandad y su incapacidad para definir sus


posesiones de ultramar como colonias, la monarquía hispánica de los Austrias no sólo
frustró la posibilidad de darle forma a un imperio que pasara de lo continental a lo
ultramarino, sino que en esencia dejó a medio camino la construcción de su propio proyecto
nacional unitario, lo cual va a tener repercusiones graves para las circunstancias internas y
externas que se estaban incubando en el mundo occidental y que terminarían por
conformarlo como una constelación de Estados nacionales.
La etapa previa a los nacionalismos del siglo XIX

Lo anterior significa que se debe relacionar la dinámica de la monarquía española durante


los siglos XVII y XVIII con un contexto que permita comprender el proceso del nacionalismo
contemporáneo, fenómeno que se inicia con el éxito obtenido por los movimientos
nacionalistas a lo largo del siglo XIX. Al respecto y con Europa como referencia, se
argumenta que dentro de dicho proceso se pueden distinguir al menos siete etapas
temporalmente diferenciadas, precedidas por una etapa previa  que es la que nos interesa
considerar particularmente2, de acuerdo con la perspectiva de este ensayo.

Esa etapa previa, que temporalmente comprende desde la Paz de Westfalia en 1648 hasta
el siglo XIX, consiste en un período muy importante para la historia política europea por
cuanto en él quedó esbozado el mosaico de Estados actuales. No obstante, su
trascendencia suele ser soslayada o desconocida por el deslumbramiento que producen la
Ilustración y la Revolución francesa y sus consecuencias en los órdenes ideológico y
político. Adicionalmente, dicha etapa es clave también para comprender la singularidad del
caso español dentro del proceso de las identidades europeas. En efecto, para la monarquía
española y sus reinos de Ultramar, la Paz de Westfalia representó un conjunto de factores
que afectó sus posibilidades como potencia y la estructura misma de su sistema imperial.
Por una parte, los tratados derivados de la paz pusieron punto final a la anterior hegemonía
española, al tiempo que dieron inicio a una nueva etapa de los Estados territoriales de base
burocrática, que será muy distinta de la que caracterizó los anteriores reinos e imperios, en
tanto obedece al desarrollo de un sistema capitalista de alcance mundial (representado en
ese momento por el modelo de Holanda). Por otra parte, la monarquía hispánica, a
diferencia de los otros poderes europeos que a partir de Westfalia se concentraron en el
proceso de formación de los Estados nacionales, continuó atada a su contradicción
estructural, esto es, seguir siendo un Estado burocrático (como Inglaterra y Francia) al
servicio de la modernidad y al tiempo definirse como un reino defensor de la cristiandad, un
ideal medieval.

Así considerado, este período previo a los nacionalismos del siglo XIX, comprende los
últimos cincuenta años de gobierno de la dinastía de los Austrias y el siglo largo que
duraron los Borbones como titulares de la monarquía española, tema muy importante y en
el que no se detienen las periodizaciones utilizadas por los historiadores, que enfatizan
sobre todo en que los Austrias y los Borbones representan dos momentos muy diferentes
de la experiencia social y política. Todo parece indicar que, en el caso europeo, al hilo de la
forma estatal gestada en Westfalia y hasta el siglo XIX, se formó una tradición política más
en deuda con la antigua idea de "administración del reino" y las estructuras burocrático-
nacionales, que con la nueva de soberanía ciudadana de los liberales y su ideario liberal-
nacional, según el penetrante análisis de Ugarte. En relación con España y sus reinos, y
especialmente los de Indias, tal vez convenga retomar la discusión acerca de si el cambio
de dinastía en 1700 representó en realidad un cambio en la cultura política forjada en dos
siglos de pactos y "constituciones no escritas".

Ahora bien, España, una monarquía soportada en dos pilares, la metrópoli y las Indias, ha
sido siempre difícil de clasificar en el modelo europeo de los nacionalismos3, en la medida
que por su morfología política y contradicciones internas, los "españoles" tuvieron que
dividir su identidad entre la idea de nación antigua  (tal como la entendían los reinos
metropolitanos y de Ultramar) y la de una nación moderna  que trataba de formarse en
medio de la ambigüedad surgida de Westfalia. La idea de nación antigua se soportaba en la
existencia del grupo étnico, las lealtades territoriales, lingüísticas y afectivas, mientras que
la de nación moderna supone la invención de la ciudadanía como sustituta de la primera, de
acuerdo con los postulados de la Revolución francesa4. En ese contexto, la monarquía
hispánica durante los Austrias quedó a medio camino entre la tradición y la modernidad, ya
que no podía reducirse a darle cohesión a los reinos antiguos al tener que avanzar en la
construcción del Estado burocrático, pero es evidente que tampoco se decidió por la
formación de la unidad nacional moderna.

Siguiendo a Ernest Gellner, un grupo humano se constituye en nación cuando sus


miembros reconocen tener deberes y derechos mutuos por el hecho esencial de contar con
una calidad común, independientemente de los demás atributos posibles. La nacionalidad
no es, entonces, una característica innata sino una construcción social que debe mucho al
nacionalismo, es decir, al deseo de formar y sostener un Estado nacional, que muchas
veces ha sido anterior al surgimiento de la nación, como sostiene D. L. Sills5. Lo que da pie,
en el caso europeo del siglo XIX y contemporáneo, al análisis de los movimientos
nacionalistas y a la cuestión del papel de las élites en ellos, el cual no es otro que el de
liderar y dirigir el poder cultural y simbólico del grupo que aspira a constituirse como
unidad política diferenciada (autónoma e independiente)6.

Pero cabe preguntarse, entonces, cuáles fueron las condiciones de posibilidad para el
nacionalismo hispanoamericano y sus eventuales élites durante la etapa previa al
nacionalismo del siglo XIX. En otras palabras, ¿era posible un nacionalismo
hispanoamericano entre 1648 y 1808? Mi punto de vista es que ni era posible ni lo hubo, y
que en lugar de ello, debemos esforzarnos por encontrar otra vía explicativa acerca de la
formación de una identidad americana desde los sectores criollos.

El reformismo borbónico y las élites criollas

Cuando la dinastía borbónica intentó transformar la monarquía hispánica en imperio y los


reinos de Indias en colonias, sobre todo durante la segunda mitad del siglo XVIII, lo que
suponía construir una nueva identidad y otra forma de Estado (centralista y absolutista), el
balance de poder mundial no la favoreció y su modelo tendería a chocar con la tradición
pactista anterior, al tiempo que se fueron erosionando los dos poderosos pilares en que se
había soportado su monarquía. Finalmente, con la Revolución francesa y Napoleón
Bonaparte, los tiempos del nacionalismo liberal jugarán en su contra y será la hora del
nacionalismo hispanoamericano.

Las élites hispanoamericanas se vieron seriamente interferidas y limitadas para liderar


proyectos propios (autonomistas o nacionalistas) por varios factores que trataremos de
sintetizar. Por una parte, las élites locales, provinciales y virreinales, herederas de antiguos
conquistadores, encomenderos y colonizadores, autoidentificadas como una "nobleza de
Indias" y beneficiadas por su lugar en la sociedad colonial, solo vinieron a desarrollar un
sentimiento de tensión, conflicto o abierta rebeldía durante la segunda mitad del siglo XVIII
como reacción a las reformas borbónicas, o en la primera década del siglo XIX en el
momento de la reasunción de la soberanía por los pueblos ante la vacancia real que tuvo
lugar desde 1808. En cuanto a su ideario político, las élites fueron en lo sustantivo pactistas
y borbónicas más por conveniencia que por convicción; por lo general representaron a la
monarquía como un todo compuesto por distintos reinos, a modo de la imagen de un
cuerpo formado por sus miembros (los reinos) y una cabeza (el rey), imaginario del cual
derivaban la supuesta obligación que tenía el soberano de establecer pactos y acuerdos con
los reinos.  Existía una tradición jurídica formada de un conjunto de normas legales tales
como las Leyes Nuevas, el Derecho de Gentes y el Derecho Natural de viejo cuño o
medieval, como en el derecho consuetudinario y la costumbre política.

El cambio dinástico de los Austrias a los Borbones significó mucho más que el simple paso
de la titularidad de la monarquía española de una familia real a otra. En efecto, se trató de
un cambio sustantivo de propósitos: de la defensa de la cristiandad como prioridad
monárquica con los Austrias, a la construcción de un Estado moderno con los Borbones.
Desde esa última perspectiva se imponía también la reforma de la monarquía hispánica y la
redefinición del imperio con base en una relación distinta entre la metrópoli y las Indias, y
una identidad diferente para sus súbditos que no se podía reducir a lo exclusivamente
religioso.

El cambio de relación entre monarquía y territorios fue uno de los aspectos distintivos del
despotismo ministerial borbónico durante el siglo XVIII, lo que fue válido para España y las
Indias. En América se inició en 1717 con el primer establecimiento del virreinato del Nuevo
Reino de Granada (el definitivo sería en 1739-40), pero se consolidó más tarde, en la
década de los setenta, con la transformación del orden tradicional territorial, cuando el
virreinato del Perú fue dividido en tres partes: Perú, Nueva Granada y el Río de la Plata; se
crearon las capitanías generales de Venezuela y Chile, y se introdujeron las intendencias7.

En realidad lo que estaba en marcha con estas disposiciones era la idea imperial, por
cuanto lo que se pretendía era un nuevo entramado en el que se articularan la metrópoli  y
el imperio comercial con las Indias. No obstante, algo básico y esencial venía viciado de
origen, porque finalmente esa monarquía católica ilustrada de los Borbones no podía
integrar otra cosa que el monopolio, en tanto que no existía un comercio abierto con el
mundo, proyecto que hubiera requerido de otras condiciones materiales y mentales. Por la
misma razón, el sustrato de esa monarquía católica, un supuesto ciudadano católico,
súbdito del imperio comercial, no va a fructificar ni a uno ni a otro lado del Atlántico.
Adicionalmente, y como si fuera poco, la relación metrópoli e imperio comercial concebida
en unos términos tan contradictorios, conduciría a que surgiera una distinción ilustrada
entre la calidad territorial europea y la americana, cuestión que a su vez va a tener una
enorme repercusión en el momento más álgido de la crisis de la monarquía; precisamente,
cuando ante el hecho del rey ausente y la reasunción de la soberanía por el pueblo desde
1808, se plantee la cuestión de la identidad española como una totalidad y se expongan los
argumentos americanos acerca de la autonomía e igualdad de estos reinos frente a los
reinos y provincias españolas8. Se produjo entonces una paulatina diferenciación social de
los criollos  y con ella una creciente conciencia acerca de su lugar en la sociedad colonial y
en el conjunto de la monarquía hispánica, que era progresivamente percibida como una
amenaza para el lugar que estos ocupaban o querían seguir ocupando en el orden colonial.
La permanente tensión étnica y la diferenciación social de los criollos, expresaban tanto la
fragmentación de intereses de la sociedad colonial9 como las posibilidades para la formación
de nuevas identidades, como lo plantean estudios al respecto. En otras palabras, que la
estrategia de racialización como parte del complejo imperial de poder y control, empezaba
a producir la división entre los dominados y procesos de identificación de estos a partir de
la experiencia de la discriminación. La ruptura era inminente y el choque político también.

Una secuencia de acontecimientos, por sus respectivos impactos, da fe de la


descomposición del orden colonial: la supresión de la Compañía de Jesús y su
extrañamiento de los territorios hispanoamericanos en 1767, una de las primeras grandes
fracturas simbólicas entre la Corona y sus dominios americanos; después vendrían las
enérgicas reacciones a la centralidad fiscal  promovida por el reformismo borbónico, como
las revueltas indígenas en los Andes centrales, el Movimiento de los Comuneros en las
montañas del oriente de la Nueva Granada y, al trasladarse las tensiones imperiales del
Mediterráneo al Caribe, la rebelión de los esclavos en Saint Domingue y, finalmente, la
independencia de Haití.

En estas condiciones, irrumpe "el criollo como voluntad y representación", según la


afortunada expresión de Salvador Bernabéu para referirse a su capacidad de expresar los
sentimientos de postergación, la búsqueda de un autonomismo local y la definición de
derechos de los naturales, que fueron conformando "una corriente patriótica"10. Lo que ha
dado pie a considerarla como la causa principal de la independencia, según varios
historiadores. Coincidimos con S. Bernabéu en que se trata de patriotismo, pero no de
nacionalismo, agregamos de nuestra parte. No se puede reducir la independencia a un
conflicto entre criollos y españoles, pero tampoco se trata de subestimar la formación y
transformación de su pensamiento. No es un asunto semántico sino de conceptos, el
patriotismo criollo hispanoamericano es la expresión de unas élites que no estaban en
condiciones de romper con su grupo social ni con el conjunto institucional. Justamente en
este punto radica la gran diferencia entre las élites patrióticas y las nacionalistas, porque
las últimas estuvieron dispuestas a la ruptura con su clase y con el establecimiento, como
parte de su proyecto de hacerse al poder del Estado y forjar desde allí la nación.

Un conjunto de materiales forma esa literatura patriótica de los criollos hispanoamericanos,


estudiada en principio por David A. Brading a través de tres documentos: Historia antigua
de México  del jesuita Francisco Javier Clavijero, la Carta dirigida a los españoles
americanos por uno de sus compatriotas  de Juan Pablo de Viscardo y Guzmán, y
la Representación del Cabildo de México de 1771  de Antonio Joaquín de Rivadeneira11.
Como lo apunta y sugiere S. Bernabéu, entre literatura patriótica en cada virreinato (o
audiencia) y los vocablos empleados en la época, como pueblo, patria y nación, se podría
diseñar un programa de investigación12.

La independencia en la Nueva Granada

El último período de la larga crisis monárquica española que nos ocupa y que definimos
como coyuntural, comprende desde 1808 y llega hasta las guerras de independencia en la
América española y el surgimiento de los nuevos Estados. Sin embargo, por la complejidad
de los fenómenos implicados y para su mejor comprensión, se puede analizar como la
convergencia de al menos tres proyectos paralelos: la intención fracasada de reformar el
imperio por parte de la monarquía borbónica hasta la invasión napoleónica; la frustrada
revolución liberal-burguesa en España que propuso adoptar la monarquía constitucional,
pero que termina con la restauración absolutista, y la independencia americana que
conduce al republicanismo13.

En adelante, intentaremos analizar cómo se manifestaron estos fenómenos en la Nueva


Granada durante el período en cuestión. En otros lugares14 me he ocupado del complejo
proceso ideológico e identitario que la modernidad política plantea en el caso de la Nueva
Granada por la presión de los grupos subalternos y la presencia de los problemas étnicos,
que obligaron a los sectores criollos elitistas a imaginar alternativas para la integración de
las castas y razas consideradas inferiores, lo que por otra parte condujo a la superposición
de varios proyectos y sus respectivos agentes (nacionales, provinciales y étnicos) durante
el proceso de la independencia. Dicha complejidad sugiere diferenciar al menos tres
momentos en la intrincada dinámica ideológica que conduce al liberalismo neogranadino:
primero, el ambiente ideológico y político de las Cortes de Cádiz en el cual se expresaron
el nacionalismo peninsular, que se definió por la monarquía constitucional, y
el nacionalismo americano, que reivindicó el autonomismo y la equidad política en un
eventual imperio reformado; después, el independentismo insurgente, que se gestó
durante la segunda fase de las guerras de independencia, ocurrida después de la
reconquista española y, finalmente, el nacionalismo de Estado, que se consolida y al tiempo
entra en nuevas contradicciones, tras el triunfo de los independentistas. En síntesis, un
complejo proceso que vertiginosamente desemboca en el nacionalismo moderno como el
imaginario político más adecuado para la formación de las naciones y en el republicanismo
como la forma estatal de los nuevos países.
Del autonomismo americano  al independentismo insurgente

Una de las primeras evidencias de la confluencia de ideas y acciones por iniciativa de las
élites autonomistas criollas americanas, radicó en el establecimiento de la primera Junta
Suprema de Quito en agosto de 1809, que depuso a las autoridades coloniales de esa
Audiencia, perteneciente al virreinato de la Nueva Granada. Las circunstancias
excepcionales de la monarquía hispánica desde 1808, sumadas a la decisión de la Junta
Central de España, de 22 de enero de 1809, de otorgar a los territorios americanos una
representación y la paridad política, como parte de la búsqueda de salidas a la crisis
monárquica, trajo a la arena política del momento, y de manera práctica, el principio de la
retrocesión de la soberanía al pueblo. En esas circunstancias, dicha decisión, como sostiene
Federica Morelli15, vino a confirmar el principio según el cual la soberanía se hallaba
repartida entre el conjunto de los reinos de la Corona, lo que coincidía exactamente con las
aspiraciones de los criollos quiteños en busca de su autonomía. Sin embargo, el caso
quiteño es historiográficamente relevante no sólo por lo efímero de su intento y el trágico
final de ese primer ensayo autonomista, sino porque su experiencia permite identificar,
tanto los argumentos que sustentaron la pretensión de las élites quiteñas de alterar el
orden colonial y promover su propio proyecto, como sus contradicciones con las otras
provincias de la audiencia a las cuales pretendió subordinar y que provocaron su reacción16.

Todo parece indicar que en la experiencia autonomista quiteña se entremezclaron


cosmovisiones forjadas en el pasado colonial con proyectos de futuro que anunciaban la
ruptura con el orden imperial. En efecto, el examen detallado de sus principales
argumentos -como los expuestos por los juristas Juan de Dios Morales y Manuel Rodríguez
de Quiroga, sus principales líderes intelectuales y políticos, en sus respectivas defensas
durante el juicio que se les siguió17- permite constatar el despliegue de un conjunto de
ideas políticas, éticas y filosóficas enraizadas en la tradición del derecho castellano, en vez
de un discurso político completamente moderno como se podría suponer de una primera
impresión. No obstante, aunque dichas ideas procedían de una matriz ideológica
tradicional, también es cierto que empezaban a ser reinterpretadas a propósito de la
vacancia del rey y la consiguiente reasunción de la soberanía por los reinos americanos,
con lo cual se produjo un novedoso entramado de argumentos, que alentó a su vez el
cambiante clima sociopolítico, tornándolo dinámico. En otras palabras, se puede afirmar
que en medio de la crisis monárquica española parece haber tomado forma y fuerza, tanto
en España como en América, una especie de campo convergente filosófico, ético y político
con su respectivo flujo comunicativo, que permitió aproximar realidades y representaciones
políticas en principio contrastadas y separadas como las del "Antiguo Régimen" y la
modernidad. Morales, por ejemplo, argumentó que la crisis de la monarquía, el vacío de
poder y la inoperancia de las autoridades coloniales en América, amenazaban con conducir
a un estado de anarquía y desorden social, que justificaba la instauración de un gobierno
autónomo. Mientras que Quiroga expondría una representación de la monarquía española
como una suerte de Estado mixto, en el que el rey, la nobleza y las ciudades mantenían un
equilibrio político perfecto a través de los pactos, contratos y derechos, a los que había que
retornar. Ambos argumentos partían de que las abdicaciones de Bayona no sólo habían sido
ilegales sino también ilegítimas, y deducían de toda esa trastocada e inédita situación
jurídica y política que había llegado la hora del autonomismo para preservar la monarquía,
lo que chocaba frontalmente con el proyecto político borbónico que pretendía la
transformación de la monarquía en imperio.

Para la continuidad del análisis histórico se trataría, entonces, de utilizar estas complejas
evidencias en función de la construcción de modelos interpretativos flexibles, por lo menos
en un doble sentido: por un lado, reconocer la presencia e influencia de un conjunto de
doctrinas de base contractualista que desde la Edad Media y hasta la modernidad se habría
opuesto al poder universal del papado y de los imperios; por el otro, establecer la manera
específica como ese cuerpo de doctrinas contribuyó a formar un pensamiento americano a
propósito de la reasunción de la soberanía por los cuerpos políticos locales y provinciales.
Lo que equivale a decir, a modo de hipótesis, que en la coyuntura singular que nos ocupa y
en el caso de la Nueva Granada, la tradición contractualista, por una parte, y los ideales de
la modernidad, por otra, habrían confluido para conformar el cauce autonomista americano
que, a su vez y ayudado por las circunstancias, va a dar origen al independentismo y el
republicanismo.

Los "sucesos de Quito", como fueron conocidos desde entonces, siguieron gravitando sobre
los acontecimientos futuros por varias razones. Por identificarse con un momento de
ruptura simbólica con el ordenamiento colonial, en virtud de la feroz represión ejercida por
las autoridades de la Audiencia restauradas en el poder con el apoyo de los Virreinatos de
Santafé y Lima. Y en tanto ese experimento político autonomista llevaba en su seno una
contradicción fundamental, la de tratar de establecer un centro político y al tiempo limitar
la autonomía provincial, dilema que a su vez anticipaba las tensiones que sobrevendrían
después de la ruptura de los lazos políticos con España: el peligro de una atomización de
las funciones del gobierno por el recobrado poder de los municipios y la consiguiente
fragmentación territorial. Lo que conllevaba la pregunta acerca de cuál debía ser entonces
el sistema político a adoptar. Cuestión que en la Nueva Granada y durante la primera fase
de la independencia (1810-1815), malinterpretada hasta hace poco como "Patria Boba", se
manifestaría como el conflicto entre los centros urbanos jerárquicos y los subordinados y
emergentes, así como entre las provincias centrales y poderosas y las que no lo eran tanto
y, ya como proyectos políticos antagónicos, en el enfrentamiento entre el Estado de
Cundinamarca, de orientación centralista y el Congreso de las Provincias Unidas, de
orientación federalista.

En ese contexto, irrumpió el indiscutible protagonismo y genio de Bolívar, al comienzo


como seña del independentismo insurgente, temporalmente entre las experiencias
dolorosas de la primera y segunda repúblicas de Venezuela, y en términos de textos en los
llamados Manifiestos  de Cartagena (1812) y Carúpano (1814)18.

El Manifiesto de Cartagena, del 15 de diciembre de 181219, es considerado el primer


documento doctrinario de Bolívar y en el que se anuncia su futura estatura de estadista. Se
trata de una "Memoria" dirigida a los ciudadanos y al Gobierno Independiente de Cartagena
de Indias, que realiza un balance de lo acontecido y esboza un plan de acción futuro,
después del fracaso de la Primera República de Venezuela. La clave del documento se
encuentra en las causas que según Bolívar provocaron el desastre: una república aérea,
tolerante y federal, que adicionalmente renunció a formar un cuerpo de ejército
disciplinado, lo que condujo a un estado de anarquía e imposición de los intereses de las
ciudades y provincias sobre el bien común, que finalmente facilitó que el clero aprovechara
el terremoto que destruyó a Caracas para exacerbar la superstición y promover la
restauración20. De todo ello y de la situación internacional en relación con América, dedujo
Bolívar que se justificaba pasar a una decidida acción militar contra el poder español, esto
es, una campaña militar dirigida a liberar a Venezuela y evitar que se convirtiera en la
plaza fuerte del enemigo contra la independencia de la América meridional. En síntesis, tres
cuestiones claves quedaban planteadas para el futuro: gobiernos fuertes y centralizados en
reemplazo del poder español, con soporte en un cuerpo de ejército disciplinado y una
estrategia de independencia que tuviera en cuenta a Venezuela y la Nueva Granada. Sin
embargo, Bolívar concibe todo esto desde su sitial de ilustrado criollo, es decir, como si se
tratara exclusivamente de un ajedrez político e institucional, y de una prueba de fuerzas
entre la razón y la injusticia, cuadro en el que no tienen cabida las circunstancias sociales,
las contradicciones internas ni los sujetos colectivos en cuyo nombre se lucha, porque en
efecto nada se dice de los indios y los negros esclavos y libres, ni de los "libres de todos los
colores" y los blancos pobres, ni de sus respectivos intereses.
Esa contradicción discursiva, de promoción de un independentismo insurgente pero que
flotaba en la indefinición acerca de quiénes eran (o debían ser) los sujetos combatientes y
más aun acerca de cómo se transformarían en tales, se mantiene pero con matices, en
el Manifiesto  de Carúpano de 181421. La Segunda República de Venezuela fue el resultado
de lo previsto en el Manifiesto de Cartagena, pero llevado a la práctica por la "Campaña
Admirable" de 1813 que, con el apoyo de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, llevó
a Bolívar en triunfo hasta Caracas, donde recibió por primera vez el título de Libertador. No
obstante, y en contra de lo previsto, la guerra en Venezuela se transformó en "el año
terrible de 1814" de guerra de independencia en guerra civil, con un ingrediente de
ferocidad y violencia desconocido hasta entonces. La estrategia de los ejércitos del caudillo
realista José Tomás Boves fue precisamente convertirla en una guerra de razas contra el
orden social de los criollos blancos mantuanos, que habían monopolizado hasta ese
momento la vida social y política venezolana, al tiempo que alimentaban el resentimiento y
el odio en el corazón de los esclavos, pardos y llaneros. Se produjo entonces la degradación
total de la guerra, por la respuesta igualmente violenta de los republicanos y finalmente la
cruenta caída de la segunda república de Venezuela.

El Manifiesto lanzado por Bolívar antes de partir para el exilio, primero a Cartagena y
después a las Antillas, revela su estado de desconcierto y preocupación por las
circunstancias. No obstante, sin eludir sus responsabilidades, intenta una reflexión sobre lo
que ha pasado, tan sólo pide un tribunal idóneo y justo que lo juzgue, como el Congreso de
la Nueva Granada, del que se sentía mandatario. Se lamenta de que los vencedores "sean
nuestros hermanos"; que "la masa de los pueblos" se encuentre "descarriada por el
fanatismo religioso, y seducida por el incentivo de la anarquía devoradora"; describe una
patética situación en la que unos bienintencionados hombres ilustrados promueven el ideal
de la libertad, pero se enfrentan "a hombres envilecidos por el yugo de la servidumbre y
embrutecidos por la doctrina de la superstición", a una "multitud de frenéticos que
desconocen su propio interés y honor". Pero contra toda evidencia, Bolívar se niega a
admitir que sí existía un problema social y racial de fondo, que la República era un proyecto
esencialmente mantuano, es decir, del grupo blanco criollo y esclavista al cual él mismo
pertenecía, y que por lo mismo se convierte en el objetivo de la ira popular, hábilmente
canalizada por Boves, y reforzada por las noticias acerca de la derrota de Napoleón y la
restauración de Fernando VII.

La transformación del pensamiento y proyecto bolivariano en nacionalismo


republicano  garantizaría el cambio necesario frente a la cuestión social y racial, y crearía
las condiciones de posibilidad para que los criollos blancos neogranadinos retomaran el
liderazgo del proceso independentista.

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