Esta traducción fue hecha sin fines de lucro.
Es una traducción de fans para fans.
Si el libro llega a tu país, apoya al escritor comprándolo.
También puedes apoyar al autor con una reseña, siguiéndolo en las redes
sociales y ayudándolo a promocionar su libro.
¡Disfruta la lectura!
Nota
Ciertas autoras han descubierto que traducimos sus libros porque
hay personas que los subieron a otros lugares como Wattpad, y dichas
autoras pidieron en sus páginas de Facebook y grupos de fans, las
direcciones de los blogs de descarga, grupos y foros para empezar
campañas para cerrarlos.
¡No subas nuestras traducciones a Wattpad! Es un gran problema
que enfrentan y contra el que luchan todos los foros de traducciones. Por
favor, tampoco subas CAPTURAS de los PDFs a las redes sociales y
etiquetes a las autoras, no vayas a sus páginas a pedir la traducción
de un libro cuando ninguna editorial lo ha hecho, no vayas a sus
grupos y comentes que leíste sus libros ni subas capturas de las
portadas de la traducción, porque estas tienen el logo del foro.
Si deseas que los foros sigan por mucho más tiempo, no hagas
nada de lo mencionado anteriormente.
Recuerda que, si te gustan las traducciones, puedes ayudar a
seguir sacando más libros uniéndote al staff de traducción,
corrección y/o diseño. Ayúdanos a seguir expandiendo la lectura de
libros que de no ser por los foros no llegarían al mundo de habla
hispana. Deja tu granito de arena, todas (os) son bienvenidas (os) en
nuestro espacio.
Staff
Moderadoras
Jadasa & Auris
Traductoras
Jadasa MadHatter Johanamancilla
Auris Ivana IsCris
Bells767 Gesi Lauu LR
Anna Karol Vane’ [Link]
Julie AnnyR’ Beatrix
Samanthabp Miry Val_17
Umiangel Tolola
Correctoras
Tolola
Pame .R.
Blaire R
Elizabeth.d13
Sahara
Revisión final Diseño
Julie Eimy Justice
Indice
Sinopsis
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Epílogo
Getting Down
Sobre la Autora
Sinopsis
Ruby Scott tiene meses de retraso en el pago del alquiler y parece
que no puede conseguir un trabajo estable. Tiene una oportunidad de
cambiar las cosas con una gran audición. Pero en lugar de tener su gran
oportunidad, se enferma como un perro y la arruina por completo de la
manera más humillante. Todo gracias a un misterioso y hermoso chico
que la besó, y luego tosió sobre ella, en una fiesta la noche anterior.
Por suerte, su mejor amiga podría haber encontrado la oportunidad
perfecta; un trabajo en el lujoso ático del magnate hotelero Bancroft Mills
mientras este está fuera de la ciudad, cuidando a sus exóticas mascotas.
Pero cuando la recién desalojada Ruby llega para conocer a su nuevo
empleador, resulta que Bane es el mismo tipo que la enfermó. Al ver su
papel en el dilema de Ruby, Bane le ofrece un trabajo permanente como
su cuidadora de mascotas hasta que ella pueda recuperarse.
Shacking Up, #1
1
Traducido por Jadasa
Corregido por Tolola
Bajo a la mesa el limoncello martini medio lleno, es lo más parecido
a miel y limón que voy a conseguir en este momento, y agarro al camarero
cuando pasa. Tomando una de las servilletas, elijo con delicadeza varios
aperitivos, exclamando con admiración ante los champiñones bla, bla,
bla, canapés. El nombre del aperitivo no importa tanto como lo bien que
sabe. Mis papilas gustativas bailan de alegría, y también mi estómago. Si
esta fiesta de compromiso es un indicador de cómo será la boda, voy a
llevar un tupper de contrabando en el bolso.
Mi mejor amiga, Amalie, a la que me refiero como Amie desde que
nos conocimos en la escuela preparatoria, se va a casar con un hombre
increíblemente rico, lo cual tiene sentido ya que ella también proviene de
una familia increíblemente adinerada. Esta unión la ayuda a subir un
par de pasos en la escalera social por lo que, a ojos de su familia, está
haciendo una elección de pareja muy inteligente.
Como producto del mismo tipo de entorno privilegiado, diré que
esta danza de asociación financiera es una de las partes menos deseables
de estar entre ricos. Nuestros padres predican sobre casarse por amor,
pero en realidad lo hacen por amor a la cuenta bancaria y por mantener
el estatus. El prometido de Amie tiene una cuenta bancaria del tamaño
del pene de una estrella porno; según sus informes, su verdadero tamaño
es simplemente promedio, lo cual es un poco triste. Pero no se puede
tener todo.
Ignoro el gesto de desaprobación del camarero cuando me meto
delicadamente una adorable tarta de camarones en la boca para dejar
espacio para una más en mi servilleta. Un plato sería mucho más efectivo,
pero dejé el mío en algún lugar y alguien ya lo ha desechado. Me voy a
conformar con la servilleta.
Mi estado de empleo actual, o de desempleo, para ser más precisos,
significa que he tenido que recurrir a un plan de alimentación modificado.
Uno que consiste en una gran cantidad de fideos ramen. Podría pedirle
ayuda a mi padre, más de la que ya proporciona, pero, si pido fondos
adicionales nos demostraré a ambos que me cuesta arreglármelas por mi
cuenta. Esa no es una opción. En el momento en que lo haga, me hará
regresar a Rhode Island para poder sentarme detrás de un escritorio y
convertirme en otro de sus drones corporativos. Eso definitivamente
ocupa un lugar muy abajo en mi lista de cosas increíbles que hacer con
mi vida.
Espero hasta que el camarero pase al siguiente grupo de personas,
me aseguro de que nadie me esté prestando atención y luego finjo que
busco algo en mi bolso, lo que en realidad sí hago. Abro sigilosamente la
bolsa de plástico, doblo la servilleta con la tarta de camarones y la meto
dentro.
Esta es la tercera vez que hago esto esta noche. He acumulado una
gran variedad de canapés para los próximos dos días. Quedarán bien al
lado de mis cenas de fideos. Y almuerzos.
Entre sesiones de robo de aperitivos, me he dedicado a ojear a los
tipos guapos, ya que no tengo cita. Supongo que podría haber invitado a
alguien, pero una fiesta de compromiso es el tipo de evento que indica
interés en citas posteriores. Actualmente no hay nadie que me interese
tanto. Además, mañana tengo una audición y no puedo llegar tarde. Esto
anula cualquier posibilidad de sesiones de besuqueo posteriores a la cita,
así que es mejor que haya venido sola de todos modos.
En vez de revolcarme en la autocompasión por mi falta de pareja,
estoy clasificando a los solteros elegibles según su cabello y zapatos. El
cabello dice mucho sobre un hombre. Sé quién tiene cabello implantado
y quién no. Eso indica excesiva autoestima y vanidad.
Los zapatos también me dicen mucho sobre el tipo de hombre con
el que estoy interactuando. Si los zapatos son más puntiagudos que los
míos, el hombre suele ser difícil de complacer, y con eso quiero decir que
sus expectativas respecto a las mujeres sobrepasan todo lo que estaría
dispuesta a cumplir. Los de cabello implantado y zapatos puntiagudos
son lo peor de lo peor. Esos tipos son los que tienen más probabilidades
de insistir en cirugías de tetas y liposucción, lo que sea necesario para
que sus esposas se parezcan lo más posible a Barbie. Me niego a ser la
mujer trofeo de alguien.
—¿Ruby? ¿Todo bien? —Amie me coloca la mano sobre el hombro.
—¿Qué? Oh, sí. Todo va bien. Por desgracia, tengo que irme. —Me
debería haber ido hace media hora, pero la comida es increíble.
Me abraza. —Me alegra que hayas podido venir por un rato.
—Sinceramente, me gustaría poder quedarme más tiempo. Me
siento mal por tener que irme tan temprano. —Y sin siquiera un número
de teléfono. Aunque, para ser justos, he estado distraída robando comida.
Agita una mano desdeñosamente. —Seguro que habrá muchas
más fiestas antes de la boda. Sé que debes estar nerviosa y emocionada
por la audición.
—Estoy cruzando todo para que mañana resulte bien. Incluso
cruzaría los labios de mi vagina si colgaran lo suficientemente.
Amie tose y mira a su alrededor para asegurarse de que los
presumidos ricachones no hayan captado mi conversación inapropiada
sobre vaginas.
—Lo siento. —Lo digo en serio. No quiero avergonzar a mi amiga,
pero solo desde que un hombre con tres diamantes de quilate entró en
su vida ha adoptado esta actitud presumida. Los chistes de vaginas
solían ser lo nuestro. Al menos en la universidad lo eran.
Sacude una mano, la que tiene la roca, y sonríe. —Está bien. No
debería importarme, pero la madre de Armstrong se pondrá histérica si
oye a alguien decir algo relacionado con su cosita.
Que mi mejor amiga se refiera a las partes de chicas como “cosita”
es una razón más para preocuparme por este compromiso. Hasta ahora,
nunca habíamos cambiado los nombres de partes sexuales por nombres
cultos y aprobados.
—¡Amalie! Ahí estás. Te he estado buscando por todas partes. Te
necesito para las fotografías.
Amie se da la vuelta en dirección a la mujer que se acerca. —¡Oh!
Lo siento mucho. No me di cuenta de que las programaron para este
momento.
Tiene aspecto de tener cincuenta y tantos años, aunque se ha
sometido a numerosas intervenciones quirúrgicas que mantienen su piel
tersa como la de un bebé, al menos la de la cara. Su cuello cuenta otra
historia. Observo el resto de su cuerpo. Lleva un vestido negro que dice
más funeral que fiesta de compromiso y alrededor del cuello tiene una
especie de animal. —¿Está vivo? —Extiendo la mano, como si estuviera a
punto de darle una palmadita a su mascota, pero cuando retrocede yo
hago lo mismo.
—¡Ja! —Se ríe—. ¿No eres graciosa? —Su tono parece implicar que
no me encuentra graciosa en lo más mínimo.
—Es una estola —digo estúpidamente—. ¿Es un zorro?
Acaricia al animal muerto alrededor de su cuello y sus labios se
abren con disgusto. —Es un visón.
Al menos no es una foca bebé. ¿Quién usa estolas de pieles en este
siglo, a menos que hayan sido abandonados en el desierto y lo necesiten
para sobrevivir? Y es mayo. —Esperemos que PETA no esté esperando
afuera con un cubo de pintura, ¿eh?
Parpadea.
—Gwendolyn, esta es mi mejor amiga y dama de honor, Ruby Scott.
Ruby, esta es la madre de Armstrong.
Mierda. Acabo de insultar a la futura suegra de mi mejor amiga.
Este no es un buen comienzo.
Gwendolyn extiende una mano como si estuviera esperando que la
besara. En cambio, la sacudo. —Oh, sí. Amalie me habló de tu familia.
Farmacéuticas Scott, ¿no es así? —Inclina la cabeza y arquea una ceja,
o al menos creo que eso es lo que hace. Es difícil decirlo porque muy poco
de su rostro parece moverse.
—Uh, sí. —Odio esta parte. La manera en que las personas me
miran de forma diferente en el momento en que saben quién es mi familia
y que tienen dinero. Luego está el juicio sobre que no pertenezco del todo
porque soy dinero “nuevo”, a diferencia de Amie. Provengo de un fondo
fiduciario de tercera generación, pero, en este círculo, eso se considera
nuevo.
—El nuevo laboratorio médico de tu padre ha hecho algunos
descubrimientos innovadores, ¿no es así? —Parece que lo desaprueba.
Quizá su esposo haya descubierto las maravillas de la erección artificial
e interminable y su vagina seca esté enojada conmigo.
El equipo de mi padre creó el medicamento más nuevo para la
disfunción eréctil. Es un verdadero legado de estrella porno. Asiento y
sonrío, aunque mi padre no tuvo absolutamente nada que ver con el
verdadero desarrollo de la medicación. Solo se pavonea haciendo que la
gente piense que sí.
—Ruby está a punto de irse. Estaré ahí en un momento y luego
podremos tomarnos algunas fotos.
—Por supuesto, por supuesto. —Nos despide mientras Amie me
toma el brazo y me aleja. Gwendolyn ya entabla conversación con otra
persona.
—Lo siento por el comentario sobre la estola —murmuro a medida
que cruzábamos la habitación.
—No pasa nada. Está borracha, por lo que probablemente no lo
recordará.
Parece una verdadera joyita. Esto también explica mucho sobre
Armstrong. Todavía trato de averiguar su atractivo. Parece que camina
con un frasco entero de pepinillos metido en el culo en todo momento.
También me preocupa lo rápido que han ido las cosas. Solo han estado
juntos durante unos meses, pero Amie parece convencida de que son una
pareja creada en el cielo. Supongo que la escandalosa opción de divorcio
a futuro se halla ahí si es necesario.
No es que esté prediciendo el divorcio ni nada.
Estoy bastante familiarizada con la forma en que estos hombres
intercambian esposas como autos cuando el modelo tiene una abolladura
o el Botox deja de borrar las arrugas. Mi propio padre va por la esposa
número tres. La actual tiene veintiocho años. Solía ser su secretaria, así
de cliché.
Amie me acaricia el cabello cuando llegamos a la puerta del salón
de baile. Utilicé un rizador en vano, ya se alisó de nuevo. Amie tiene este
increíble cabello rubio ondulado, lo opuesto al mío en color y volumen.
—¿Debo hacerte una llamada para que te despiertes en la mañana?
¿Solo para asegurarme de que no te quedes dormida?
—No tienes que hacerlo. Estarás agotada mañana por la mañana
después de esto. Deberías dormir por una vez.
—Mañana tengo que trabajar. Me levantaré temprano.
No entiendo por qué alguien planearía una fiesta de compromiso el
lunes por la noche pero, al parecer, la madre de Armstrong fue muy
influyente. Incluso si hubiera sido un fin de semana, es muy probable
que Amie se levante temprano de todos modos. No importa a qué hora se
acueste, su alarma interna está programada para las seis menos cuarto
de la mañana.
—Suena bien. ¿Quizás puedas venir a mi casa a almorzar o algo
más tarde? —Estoy segura de que podré sacar el dinero suficiente para
comprar los elementos necesarios para hacer sándwiches.
Frunce el rostro con su expresión de no-no. —Voy a almorzar con
la madre de Armstrong para hablar sobre los planes de boda.
Reflejo su expresión de disgusto. —Que te diviertas con eso.
—Podemos cenar más tarde esta la semana. Yo invito.
—No tienes que pagar. —Con toda sinceridad, no puedo permitirme
salir a cenar con Amie a menos que sea el menú de un dólar en el sitio
de hamburguesas en la calle de mi departamento; pero mi orgullo no me
deja admitirlo. Por desgracia, jura que ese lugar le dio una intoxicación
alimentaria, por lo que se niega a comer allí. Estar sin trabajo da asco.
—Te llevaré a celebrar tu audición.
—Si insistes. —Me encantaría comer algo que no haya estado en
un paquete de celofán.
—Sí. —Sonríe, como si no fuera para tanto. Ya estoy revisando los
menús en varios restaurantes y seleccionando las opciones más
razonables y completas para la cena.
Amie no es consciente de lo grave que es mi situación financiera
actual. Sinceramente, no me di cuenta de lo mal que estaba hasta que
revisé mi cuenta ayer. La que mi padre no conoce. La que se acerca
mucho a cero. Hasta hace tres semanas, tenía un salario constante y un
papel en una producción exitosa que había estado activa durante cinco
meses. Sabía que algo ocurría cuando los dos últimos cheques de pago
se retrasaron, luego rebotaron por completo. La compañía de producción
quebró y de repente me encontré sin ingresos.
Para empeorar las cosas, menos de una semana después, mi
agente decidió retirarse anticipadamente sin previo aviso. Abandonó a
toda su lista de clientes, dejándonos a todos en busca de representantes.
Hasta ahora no estoy teniendo mucha suerte en conseguir un nuevo
agente o un nuevo papel.
Necesito este papel, de lo contrario, tendré que tragarme mi orgullo
y conseguir un trabajo a tiempo parcial haciendo café demasiado costoso
para los imbéciles demasiado mimados de esta sala. A lo que no me
opongo. Solo da asco, dado que me gradué de Randolph con un premio
de Triple Amenaza hace casi dos años. Asumí ingenuamente que mi
habilidad para cantar, bailar y actuar significaría un boleto automático
para Broadway. Vaya si me equivoqué. Hasta ahora, he conseguido dos
pequeños papeles en producciones fuera de Broadway. Espero que lo de
mañana salga bien y vuelva a estar en nómina. No quiero pensar en otras
alternativas, así que pienso en positivo y espero lo mejor.
Le doy un abrazo, me bebo el martini, dejo el vaso sobre la mesa y
le digo que se divierta... Tanto como pueda, considerando la multitud que
afronta. Las enormes lámparas de araña que cuelgan del techo se han
atenuado, por lo que la iluminación no es buena. O quizás son los efectos
del martini que impactan la claridad de mi visión.
Jamás he sido una gran bebedora. En la universidad, cuando mis
amigos bebían cerveza y hacían fiestas de fraternidad, yo era la chica que
tenía el mismo vaso de plástico rojo toda la noche. No ayudaba que todo
lo que tenían fuera cerveza, lo que nunca me ha terminado de gustar. Así
que, aunque he estado tomando el mismo martini desde que llegué, beber
la mitad de lo que quedaba me golpea como si hubiera bebido toda una
botella de vodka sin comer... durante al menos dos días. La sensación no
durará mucho tiempo, pero aun así es desconcertante.
Atravieso las puertas y decido que antes de subirme al metro debo
utilizar uno de los bonitos y elegantes baños. No estoy segura de que mi
vejiga sea capaz de viajar a casa y caminar hasta mi apartamento. Solo
unas pocas personas se mueven en el vestíbulo, hablando por teléfono.
Veo el letrero del baño y me dirijo en esa dirección, intentando mantener
el equilibrio.
La iluminación en este salón es incluso peor, con solo unas pocas
lámparas atenuadas iluminando el camino. Es un poco espeluznante. El
cuarto de baño es encantador, con un sofá en la esquina y un espejo para
acicalarse. Una mujer con tacones super altos, piernas anormalmente
largas y un vestido muy corto y ajustado se arregla frente al espejo, con
la mitad del contenido de su bolso esparcido sobre el lavado. También
habla por teléfono en altavoz o por video llamada, en realidad, por cómo
tiene colocado el teléfono.
Se detiene un momento, su mirada se desvía hacia mí. Ni siquiera
tengo medio segundo para formar una sonrisa educada, potencialmente
falsa, antes de que haga una mueca como si oliera la basura y aparte la
mirada.
Empujo la primera puerta para encontrar un retrete taponado.
Conteniendo las náuseas, paso al siguiente y lo encuentro limpio. Una
vez que me encuentro encerrada a salvo en mi baño, la perra vuelve a su
conversación, como si cerrar la puerta de alguna manera hiciera que me
sea imposible escuchar lo que dice.
Coloco mi chal sobre el gancho, junto con mi bolso, y me subo la
falda, sujetándola en la parte delantera de mi vestido para evitar que se
moje y me agacho en cuclillas. No me importa lo bonitos que sea estos
baños, no quiero que mi piel toque el asiento si puedo evitarlo.
—Puaj —gime la mujer—. ¿Crees que este vestido me hace parecer
gorda?
Hago una mueca ante la puerta y reprimo un resoplido. Es delgada
como un palillo.
—Te ves increíble. Apuesto a que te ves mejor que la prometida de
Armstrong. No sé por qué se va a casar con ella. Su familia no tiene tanto
dinero como la de él.
—Pero proceden de una familia adinerada desde hace generaciones
y sabes lo que eso significa.
Su amiga hace un sonido de desaprobación. —Aun así.
—Su vestido es tan del año pasado. En fin, creo que mi cita con
Banny va muy bien.
—Ahora que ya no está haciendo eso del fútbol y participa del
negocio familiar, definitivamente es más atractivo.
—Jugaba al rugby, no al fútbol y estoy totalmente de acuerdo.
Pongo los ojos en blanco ante su conversación. Estas chicas son la
razón exacta por la que me rebelo contra toda la sala de la gente y todas
las personas asociadas con ellas. Tan superficial.
—¿Crees que conseguirás una invitación a su casa? —pregunta su
amiga.
—Eso espero, la verdad. Sería ideal, pero no sé, ha estado enfermo
o algo así. Ha estado tomando medicamentos para el resfriado toda la
noche. No es que importe. ¿Crees que debería tener sexo con él si me
invita o debo hacerme la tímida? Necesito otra cita, de manera que no
quiero parecer demasiado fácil.
—Entonces, ¿tal vez solo una mamada?
—Es una buena idea.
—Y no dejes que te quite la ropa.
—Por supuesto que no. Hace unos minutos le envié esa foto mía en
la que chupaba una paleta. No crees que fue demasiado, ¿verdad?
—Era un atleta profesional, estoy segura de que está acostumbrado
a las descaradas.
Guau. Esta es una conversación con bastante clase. Termino mis
asuntos, evito el contacto visual al dirigirme al lavamanos y abro el grifo
del agua, con la esperanza de ahogar su conversación.
Hay botellitas de loción, mentas envasadas e, irónicamente, paletas
dispuestas por las toallas de mano desechables. Selecciono una de uva,
la desenvuelvo y me la meto en la boca. También tomo un paquete de
mentas. Si estuviera sola, podría haberme llevado todo en esa pequeña
cesta.
Me cubro la mano con mi chal para no tener que tocar el asa, ni
nada, en realidad.
Cuando paso por el baño de hombres, la puerta se abre de golpe y
sale un enorme tipo trajeado. Es un tanque, sus hombros son tan anchos
que tiene que girar un poco para pasar por la puerta. Va mirando fijo el
teléfono en su mano y casi choca conmigo. Tengo la autoconservación
requerida para intentar salir de su camino, no sea que me atropelle. Pero
mi gracia se ha tomado unas vacaciones y me tropiezo con él en vez de
alejarme, en tanto que al mismo tiempo intento sacar la paleta de mi boca
para no parecer completamente vulgar.
—¡Oye! —Su voz es baja, rasposa y profunda. Como tener sexo
sobre piedras lisas.
Agarro las solapas de la chaqueta de su traje para sujetarme y él
envuelve un brazo alrededor de mi cintura, para mantenerme en posición
vertical, supongo.
Apenas vislumbro su rostro antes de que esté justo sobre el mío.
—Eres un poco descarada, ¿verdad? —Su nariz me roza la mejilla cuando
habla, el cálido aliento acaricia mis labios. Un aliento cálido que huele a
alcohol.
—No creo... —Mi intento de protesta no tiene el efecto deseado, ya
que toma la separación de mis labios como una invitación para que entre
su lengua.
Lo primero que noto es lo mucho que sabe a whisky escoces. Lo
que es peor es que probablemente pueda nombrar la marca si pienso lo
suficiente.
Gime en mi boca y su brazo se aprieta alrededor de mi cintura.
Obviamente, este tipo ha cometido un error, pero, tan sorprendida como
estoy, debo admitir que besa muy bien.
Aparte del sabor a borrachín, sus labios son gruesos y suaves, y
hace esta cosa de arrastrar la lengua que hace que mis rodillas olviden
su propósito, lo cual es mantenerme erguida o darle un rodillazo en los
testículos por atacarme con su boca. Todas las partes correctas de mi
cuerpo comienzan a calentarse y estremecerse mientras nuestras lenguas
bailan; bueno, dije nuestras porque definitivamente le estoy devolviendo
el beso, aunque no sea el objetivo deseado.
Tengo los ojos muy abiertos como resultado del sorpresivo, aunque
no desagradable, asalto; así que puedo ver sus largas y bonitas pestañas
contra su mejilla y la recta pendiente de su nariz. Creo que, además de
ser enorme, también puede ser sexy.
Apoyo las manos sobre su pecho con la intención de alejarlo,
porque eso es lo que debería hacer en vez de permitir que continúe la
rutina gimnástica de su lengua. Lo primero que noto es la pared sólida
de músculo debajo, seguida por la suavidad de la tela. En lugar de crear
espacio entre nosotros, arrastro accidentalmente mis manos sobre las
solapas, hasta el cuello donde me encuentro con una piel cálida. Su mano
se desplaza de mi cadera a mi trasero. De repente, puedo sentir que pasa
algo detrás de su bragueta. Ante mi jadeo, hace otro ruido bajo en su
garganta.
Antes de que pueda decidir si todavía debería empujarlo o seguir
besándolo, una voz aguda y familiar interrumpe el gruñido retumbante
del Besador Asombroso. Suena cerca. Justo en mi oído. —Ban... ¿qué
haces?
Su lengua sale de mi boca y su mano se aleja de mi culo. Girando
la cabeza hacia el horrible ruido, su mirada confusa se mueve entre la
chica selfie del baño y yo, luego tose, directamente sobre mi cara.
Hago un sonido de náuseas y uso mi chal para limpiar su saliva de
mi mejilla mientras Besador Asombroso se disculpa; con quien, no estoy
segura. Busca en su bolsillo algo, ¿tal vez un pañuelo?
La chica del baño me mira con disgusto y vuelve su mirada enojada
hacia Besador Asombroso.
—Esto… —Desliza una mano hacia abajo, gesticulando hacia su
cuerpo envuelto en su vestido ultra ajustado—, podría haber sido tuyo
esta noche. —Se gira sobre sus tacones de treinta centímetros, su cabello
se menea de manera impresionante a medida que nos pasa por el pasillo.
—¡Brittany, espera! ¡Pensé que eras tú!
Por supuesto que su nombre es Brittany. Es un nombre común en
familias adineradas, como Tiffany y Stephanie y todos los demás nombres
que terminan con un ie o any. No es que el mío sea mejor. Cómo terminé
con un nombre como Ruby, jamás lo sabré. Ni siquiera he nacido en julio,
de manera que no tiene nada que ver con mi piedra de nacimiento.
La única similitud entre Brittany y yo es que somos mujeres, con
cabello en la cabeza. El suyo es casi del mismo color que el mío en esta
horrible iluminación, pero es unos veinte centímetros más corto. También
llevamos vestidos. Los dos son oscuros, el mío de color vino y el suyo
negro. El mío me llega unos centímetros por encima de la rodilla, el suyo
apenas le roza el trasero.
Brittany se gira dramáticamente para enfrentar a quien podría
haber sido su compañero de cama, con expresión incrédula. Gesticula
con una mano perfectamente arreglada hacia mí. —¿Qué tan borracho
estás? ¿Crees que esta puta barata se parece a mí?
Resoplo. —¿Es en serio? Si tu vestido fuera medio centímetro más
corto, se te vería la vagina, ¿y me llamas puta? —Básicamente, estoy
celosa de lo bien que le queda, pero es ella la que ha empezado con los
insultos. Además, yo no tengo la culpa. Es el Besador Asombroso quien
metió su talentosa lengua en mi boca y después arruinó la sensualidad
al toserme en la cara.
El Besador Asombroso se interpone entre nosotras, sus anchos
hombros casi bloquean mi visión de la perra enojada. —Guau, señoritas,
es un simple malentendido, no nos pongamos desagradables. —Me doy
cuenta del arrastre de palabras apenas perceptible al final, prolongando
la pronunciación de la s. Extiende el brazo y coloca una mano contra la
pared, como si estuviera bloqueando un posible ataque, pero entonces
me doy cuenta de que es para estabilizarse. Sin duda está borracho. Lo
que explicaría los movimientos accidentales de la lengua.
—No sé por qué pierdo el aliento. —Brittany mira con desdén—. Me
voy a casa. Borra mi número.
Se pasa una mano frustrada por su espesa, ondulada y frondosa
cabellera. Y él tampoco tiene trasplante de pelo, toda esa sensualidad es
suya. —Joder. —Se gira y me da una rápida ojeada. Echo un vistazo hacia
abajo y me doy cuenta de que sus zapatos son negros y brillantes, sin ser
puntiagudos. Confiado y sencillo.
Tomo nota de algunos detalles importantes mientras me evalúa, el
error que le costó lo sexy y seguro de esta noche. En primer lugar, tiene
los ojos inyectados en sangre y su enfoque está dividido, lo cual podría
explicar muy bien su incapacidad para distinguirme de la muñeca Barbie
de cabello oscuro que se aleja apresuradamente. Tiene la nariz un poco
roja y parece pálido. También le brillan un poco la frente. Observo el bulto
muy obvio que levanta la parte delantera de sus pantalones de vestir. Me
satisface saber que mis habilidades para besar son lo bastante decentes
como para provocarle una erección.
Finalmente, y lo más importante, esta casa de ladrillos hecha
hombre es muy sexy, incluso enfermo, según los informes del baño de
Brittany. En una escala de uno a diez, es siete millones.
Carraspea. —Siento mucho haberte acosado sexualmente y toserte
encima. Esta noche he estado tomando medicinas para el resfriado como
caramelos y creo que bebí demasiados whiskies. Sinceramente, creí que
eras ella, aunque claramente no lo eres.
Bueno, eso es grosero.
Hace un gesto hacia mi cuerpo y luego a mi cara mientras expulsa
un rápido suspiro. —Quiero decir, eres, guau... sexy.
O quizás no es tan grosero.
—En fin, es una amiga de la familia, por lo que tengo que arreglar
esto. Debo irme. Es posible que desees tomar algo de vitamina C o algo
así cuando llegues a casa.
Con esa explicación innecesaria, pero algo apreciada, se da vuelta
y corre por el pasillo.
Creo que debería sentirme halagada de que me haya confundido
con una supermodelo, incluso si se encuentra alcoholizado y drogado.
2
Traducido por Auris
Corregido por Tolola
Echo un último vistazo a la mujer a la que acosé accidentalmente
antes de seguir el meneo del cabello de Brittany y el balanceo de su culo
por el pasillo y el vestíbulo. Si Brittany no fuera mi cita, y no le hubiese
prometido a mi madre que le daría una oportunidad de verdad, me habría
inclinado a regresar y conseguir el número de esa chica. Tiene una boca
bonita. En el poco tiempo que la besé, me imaginé metiéndole algo más
que mi lengua. No muy refinado de mi parte, pero, no obstante, sincero.
No llamo a Brittany una vez estoy en el vestíbulo. Conozco a mucha
gente y creo, basada en su reciente reacción, que es probable que tenga
un berrinche, atrayendo atención que no necesito. Lo que debería haber
hecho era cancelar lo de esta noche, debido a que estuve enfermo como
un perro la semana pasada. Pero no quería enojar a mi madre al cancelar
la cita, o molestar a Armstrong por perderme su fiesta de compromiso,
así que me llené de una variedad de medicamentos y me aguanté. Ahora
tendría que suavizar las cosas con Brittany.
Casi al instante en que la recogí, insinuó ir a mi casa más tarde.
He escuchado algunos rumores sobre ella y su boca, y no solo sobre
su afición a los chismes, con los que también estoy familiarizado, ya que
he conocido a Brittany la mayor parte de mi vida.
La foto chupando una paleta era un indicador bastante sólido de
que volver a mi casa no implicaría solamente hablar. Cuando me topé
con esa mujer en el pasillo, asumí que era Brittany lanzándose y pensé
que sería mejor si me ocupaba de eso. Debería haber sabido que no debía
aprovechar esa oportunidad, ya que probablemente eso causaría más
problemas innecesarios, pero los medicamentos para el resfriado y las
bebidas de esta noche alteraron mi capacidad para tomar decisiones
racionales y bien pensadas, he ahí mi besuqueo con una mujer extraña
en el pasillo.
Además, traer a Brittany fue un favor, orquestado por mi madre.
Al parecer, su cita la abandonó en el último momento y mi madre pensó
que sería la oportunidad perfecta para saltar y jugar a la casamentera.
Normalmente, no me inclino ante los caprichos de mi madre cuando se
trata de mi vida amorosa, pero hace poco más de un año, la importancia
de la familia me fue lanzada al rostro de repente. Tuvo un problema de
salud, uno que resultó en una serie de pruebas y mucha ansiedad. Fue
durante la mitad del campeonato, así que no pude volver a casa mientras
entraba y salía del hospital. Para empeorar las cosas, no mucho después
mi abuela falleció. Era una mujer increíble; su pérdida nos sacudió a
todos. Prácticamente era el pegamento en nuestra familia. Desde que me
mudé a Nueva York, mi madre ha estado insistiendo en que salga y siente
la cabeza. Siento mucha culpa por no estar allí cuando me necesitaba,
así que cedí cuando sugirió la cita con Brittany. Eso también me sacó de
la subasta de solteros para la caridad para la que iba a ofrecerme como
voluntario, pero tuve que aceptar una segunda cita. Según ella, Brittany
proviene de “buena cuna”, lo cual, en el mundo en el que crecí, es más
importante de lo que debería ser.
Entiendo que los puntos de vista de mi madre sobre las relaciones
no son raros, en base a su crianza, y puede haber habido un momento
en el que probablemente habría compartido sus ideales. Pero he pasado
los últimos siete años jugando al rugby profesional, y eso ha cambiado
mi opinión sobre muchas cosas. Las relaciones, y cómo funcionan o, más
bien su disfunción, siendo una de ellas.
No hago contacto visual con nadie mientras mantengo un paso
enérgico, pero casual hacia los ascensores. Me cuesta más esfuerzo de lo
esperado caminar en línea recta. La gente me dio whisky continuamente
esta noche y era difícil decir que no, especialmente en esta multitud.
Los zapatos demasiado altos de Brittany le impiden escapar con
rapidez. Camina como si estuviera en la pasarela, sin importar adónde
vaya. Es un poco ridículo. Llega al ascensor justo cuando las puertas se
abren, así que tengo que apresurar mi ritmo. No para de apretar el botón,
pero empujo el brazo antes de que las puertas puedan cerrarse por
completo y entro.
—Gracias por retener el ascensor para mí. —Debería controlar mi
actitud, pero me enojé por el giro negativo de mi noche. Y los remedios
para la gripe que tomé hace unas horas ya están desapareciendo. Me
siento como una mierda.
Hace un sonido de descontento, se cruza los brazos sobre el pecho
y mira al frente.
No tengo ganas de lidiar con esto. Podía soportarla cuando estaba
coqueteando y mencionando las cosas que quería hacer más tarde. Ahora
es una princesa demasiado dramática, y no me gustan las princesas
demasiado dramáticas. Aunque puedo entender su descontento actual,
incluso si el berrinche parece innecesario. Error o no, metí la lengua en
la boca de otra persona cuando se suponía que debía ser su cita.
Me inclino contra la pared opuesta mientras el ascensor desciende.
—Siento lo de esa otra chica. Pensé que eras tú.
—No voy a ir a casa contigo esta noche —resopla.
Me meto las manos en los bolsillos. Si hubiese querido volver a mi
casa, tendría más preocupaciones de las que ya tengo sobre ella. No hay
forma de que me acueste con ella, de todos modos, porque me gustan mis
bolas donde están y no estoy interesado en perderlas a manos de su padre
si se entera que me follé a su hija la primera vez que la llevé a una cita.
—Probablemente sea una buena idea. Todavía no me siento al cien por
ciento.
Tengo un viaje de negocios aproximándose en un par de días y una
reunión mañana por la mañana. No tengo tiempo para esto. Sigo en modo
recuperación después de este doble golpe de resfriado y gripe, y no puedo
darme el lujo de sentirme así cuando aborde el avión en un futuro
cercano.
—No puedo creer que pensaras que era yo. Soy más bonita, ¿no?
—Levanta la barbilla y resopla, claramente ofendida.
Esa otra mujer es diez veces más sexy, pero decirle eso a Brittany
podría meterme en un agujero más profundo. La sinceridad no siempre
es la mejor opción. Ahora estoy de mal humor. —No la vi bien. —Es una
pena, pero he descartado más diversión por esta noche. En mi cabeza, ya
estoy en la ducha, masturbándome con la imagen de la mujer a la que
besé, no la que hace pucheros en la esquina.
Además, Brittany no es mi tipo. Es bonita, pero usa demasiado
maquillaje. En los pocos segundos en los que pude ver bien a la mujer
con la que me besé en el pasillo, y reconocí el grave error que cometí, noté
que definitivamente es hermosa. Pelo oscuro y ojos verdes, no demasiado
pequeña, con curvas en todos los lugares correctos y una belleza natural
que hace que me duelan las bolas. Y eso sí es decir algo, con todos los
medicamentos que estoy tomando. Solo he tenido que masturbarme unas
dos veces esta semana. Estoy así de enfermo.
—¿Por qué me miras así? Ya te dije que no iré a casa contigo. —
Resopla y mira su reflejo en el espejo, arreglando los cabellos fuera de
lugar.
Sacudo la cabeza, saliendo de mi bruma. Debo haberme ido a las
nubes mientras hablaba. Dios, me siento como basura. —Aun así, me
aseguraré de que llegues a casa a salvo. —A pesar de mi frustración por
la situación, no la voy a dejar para que busque su propio vehículo.
—Sé cómo llamar un taxi.
Renuncio a hablar y reviso mentalmente mi lista de control para
los próximos días. Mi traje ya está preparado para mi reunión por la
mañana, esta fiesta de compromiso del lunes por la noche no me va a
ayudar a dormir lo que necesito. Tengo que salir de casa a primera hora,
y luego debo organizar la documentación para mi viaje. Cinco semanas
en el extranjero es mucho tiempo, y no puedo permitirme olvidar los
archivos esenciales. Este viaje es importante. Es mi prueba para ver si
puedo manejar las cosas sin que mi padre me respire en el cuello.
El ascensor suena y Brittany pasa a mi lado pavoneándose, se tira
el cabello por encima del hombro y me golpea en el rostro. La dejo seguir
adelante. Me he olvidado de llamar a mi chofer, así que tengo que pasar
unos minutos extra e incomodos con una Brittany haciendo pucheros.
Finalmente llega el auto y Ralph, mi chofer, se baja del auto,
disculpándose por la demora. Estoy seguro de que se da cuenta por mi
rostro y la expresión agria de Brittany que ninguno de los dos está
emocionado por tener que esperar.
Le abro la puerta y le extiendo una mano, la cual Brittany ignora.
—Simplemente vamos a casa de la señorita Thorton, ¿de acuerdo,
Ralph? —Le doy una palmada en el hombro y levanta una ceja, pero se
queda en silencio mientras me deslizo al lado de mi molesta cita.
Quien se aleja de mí hasta que se encuentra en la esquina. Apoyo
la cabeza contra el respaldo y espero, porque este no puede ser el final de
sus palabras. Estoy tan cansado. Y luego recuerdo que mi madre me hizo
acordar dos citas. Empiezo a preguntarme si la subasta de solteros
habría sido mejor que esto. Mi madre se asegurará de que cumpla mi
promesa. Está decidida a que siente cabeza ya que mi hermano mayor,
Lexington, cuya exnovia terminó las cosas hace varios meses, no ha
mostrado interés en regresar al mundo de las citas, a menos que sea para
follar.
Siete años de estar en la carretera, de constantes viajes, han hecho
imposible cualquier tipo de relación duradera. He aprendido que las
relaciones a distancia rara vez funcionan. Cuando acepté venir a trabajar
con mi padre, asumí que finalmente sería capaz de echar algunas raíces.
Y, con eso, podría ser capaz de hallar a alguien con quien pudiera tener
una relación. Ha pasado mucho tiempo desde que tuve algo estable o
significativo. Excepto que ahora me hace volver a viajar y la distancia no
es algo con lo que quiera lidiar.
—No me parezco en nada a esa puta.
Brittany me saca de mis reflexiones internas. —No. —Discutir
parece inútil—. Aunque no estoy seguro de que la clasificaría como una
puta.
—¿La conoces? ¿Has salido con ella? ¿Sabías que iba a estar en la
fiesta? ¡No puedo creer que me hicieras eso frente a todas esas personas!
Lentamente giro la cabeza para mirarla. Esta es una gran cantidad
de drama para una primera cita. —No, no la conozco. No, no he salido
con ella. No, no sabía que estaría en la fiesta y, ¿qué quieres decir con
todas esas personas? Éramos los únicos en ese pasillo.
—¡Te estaba devolviendo el beso! ¡Vi lengua! ¡La suya! En tu boca.
—Me señala con un dedo acusador—. Y la tuya estaba en su boca.
Esto es verdad. A pesar de ser un completo extraño, mi misteriosa
chica me devolvió el beso. Eso es algo para reflexionar más tarde.
—Mira, Brittany, ya te lo dije, fue un error. Y entiendo que no se
parece a ti, pero el pasillo estaba mal iluminado. Vi el cabello largo, un
vestido oscuro y reaccioné. He estado enfermo toda la semana y he estado
tomando medicamentos para el resfriado todo el día. No quería cancelar
nuestra cita, así que tomé más de lo que debería esta noche. Sé que no
es una excusa, pero es la verdad. —Aparto la mirada y cierro los ojos
tratando de no imaginarme a la mujer que terminé besando esta noche.
—Tienes razón, no es una excusa en absoluto. Pensé que lo
estábamos pasando bien. —Ahora usa una voz quejumbrosa—. Espero
que besar a esa zorra haya valido la pena.
Es bueno que tenga los ojos cerrados, de lo contrario me vería
ponerlos en blanco.
El auto se detiene y Ralph me llama por el intercomunicador para
avisarnos que hemos llegado. No bajará la ventana de privacidad ni abrirá
la puerta hasta que yo le conteste.
—Es tu parada —digo
Brittany hace una mueca. —Lástima que no nos divertimos más.
Llamo a Ralph para agradecerle. Puede que me moleste mi cita,
pero todavía tengo modales. —Te acompañaré a la puerta.
—No tienes que hacerlo.
Abro la puerta y salgo a la acera para esperarla. Se arregla la falda
y toma mi mano extendida. Cuando sale, me muestra la entrepierna. No
lleva bragas, así que vislumbro lo que me perderé esta noche. Seguro que
lo ha hecho a propósito. Supongo que es para burlarse de mí. Teniendo
en cuenta mi estado actual, es probable que me desmaye encima de ella
en cualquier momento.
A lo largo de los años, muchas mujeres han hecho esto conmigo.
Funcionó las primeras veces, pero es un poco aburrido cuando no hay
persecución. Siempre es mejor cuando tengo que trabajar por ello.
La acompaño a la puerta y me disculpo por lo que sucedió, una vez
más, aunque no estoy seguro de cuánto lo siento. Su dramatismo es un
poco demasiado para manejar.
Al parecer, mis acciones corteses parecen haber activado otro de
sus interruptores. Luego de abrir la puerta, se gira hacia mí, mirándome
mientras se lame los labios. —Ya sabes —Me ajusta la corbata, que
estaba perfectamente recta antes de que la tocara—, si quisieras, podrías
mostrarme cuánto lo sientes.
Tan drogado como me encuentro, estoy casi seguro de que es una
propuesta. —¿Oh? ¿Y cómo haría eso?
—Al venir a tomar una copa.
Giro la cabeza y toso en el hueco de mi codo. No puedo creer que
siga interesada después de lo mierda que resultó ser esta noche.
—Probablemente debería declinar eso, teniendo en cuenta que no
me siento bien. Tampoco querría enfermarte.
—Hay otros lugares donde puedes besarme, además de mi boca.
Tengo que resistir la tentación de sentarla y sermonearla sobre el
respeto a uno mismo. No puedo creer que se me esté lanzando después
de que besara a otra persona, accidentalmente o no.
—Por lo general, ahí es donde comienzo, y me parece una mala idea
por como me siento. ¿No te parece?
Suspira y me pasa las manos por el pecho. —Supongo. ¿Tienes
libre la próxima semana? Seguro que te sentirás mejor para entonces.
—Me voy a un viaje de negocios esta semana, pero ¿puedo llamarte
cuando vuelva? —Hago una mueca internamente, y espero que no se
refleje en mi rostro.
—¡De acuerdo! —dice entusiastamente.
La dejo abrazarme y le ofrezco la mejilla cuando va a besarme.
Espero hasta que entra antes de regresar al auto en espera,
desconcertado por su continuo interés en mí.
Mientras me acomodo para el viaje a casa, pienso en la mujer que
besé. Sin dudas necesito saber quién es para poder enviarle flores y tal
vez una botella de capsulas de vitamina C por mi accidental manoseo.
3
Traducido por Bells767, Anna Karol & Julie
Corregido por Tolola
Me como todo un paquete de tiras para el aliento en el trayecto en
metro a casa para matar cualquier germen persistente en mi boca del
Besador Asombroso. Estoy enojada por lo que sucedió, pero al menos se
disculpó y parecía sincero sobre la invasión accidental de su lengua. Es
una pena que lo bueno del recuerdo se vea empañado por la furiosa
Brittany y la tos en la cara.
Al llegar a casa, me enjuago la boca, me tomo seis cápsulas de
vitamina C y algo de antigripal, luego me preparo mi habitual bebida de
agua caliente con miel y limón antes de acostarme y rezo por haberme
librado de los gérmenes de la tos.
Me meto en la cama, noto que mis sábanas no huelen frescas, me
pregunto cuándo las lavé por última vez, pongo el despertador y cierro
los ojos. Detrás de mis párpados aparece el chico guapo, cuyo nombre al
parecer es Banny, o tal vez escuché mal y es Danny. No es realmente un
nombre de chico atractivo. Me voy a quedar con Besador Asombroso.
Ahora que he superado el factor sorpresa, puedo apreciar bien la
sensualidad de ese hombre en el sentido de la palabra. Es una pena que
salga con modelos insípidas y egocéntricas y no con artistas hambrientas.
Me da que “salir” no es la palabra adecuada. También es triste que tenga
malos modales al toser.
Considero que seguro fue un invitado a la fiesta de compromiso y
es muy posible que también lo sea a la boda. Si para entonces todavía no
tengo pareja, podría ser un excelente compañero de baile, dependiendo,
claro está, de lo unido que esté a Armstrong. Si son buenos amigos, no
creo que sea aconsejable involucrarse en ningún baile semidesnudo fuera
de las celebraciones de la boda, por muy bueno que esté. No quiero correr
el riesgo de volver a encontrarme con él si las cosas no van tan bien como
uno espera.
Al final dejo de fantasear con lo que hay bajo su traje y me desmayo.
***
Estoy a punto de descubrir qué es lo que hay bajo los pantalones
de diseñador de Besador Asombroso justo cuando un sonido repetitivo y
molesto me distrae. Me detengo antes de pasar la mano sobre su bulto
asombrosamente prominente mientras él inclina mi cabeza hacia atrás,
sus suaves labios rozan los míos, su lengua caliente roza…
El sueño desaparece y abro un ojo. La fantasía se rompe con la
odiosa luz del sol que grita que hay que levantarse, junto con mi estúpido
teléfono. A veces soy una zorra en mis sueños.
Tomo el teléfono y recuerdo que Amie me prometió que me llamaría
por la mañana, por si me equivocaba con el despertador, como ya me
pasó otras veces. Anoche, sin embargo, estuve atenta. Puse tres alarmas,
todas con cinco minutos de diferencia para no tener la oportunidad de
volver a dormirme.
—¡Levántate, Ruby! ¡Soy tu despertador! —No entiendo cómo se las
arregla para sonar tan animada a las siete y media de la mañana al día
siguiente de su fiesta de compromiso.
Un bostezo como el de una foca sale de mí cuando intento saludar
y decirle que deje de interrumpir mi sueño.
—¿Ruby? ¿Estás ahí?
Vuelvo a intentar responderle, pero todo lo que logro hacer es otro
gruñido.
—¿Tienes mala señal? Te dije que no eligieras la compañía barata.
Ya sabes lo mala que es la cobertura.
Me aclaro la garganta y me arrepiento inmediatamente, porque se
siente como si hubiera cuchillos viajando por mi esófago.
—¿Ruby? —vuelve a preguntarme Annie, y luego suspira—. Cuelgo
y vuelvo a intentarlo.
Una vez que cuelga, pulso inmediatamente la videollamada. Amie
contesta enseguida. Lleva una bata blanca, el pelo ondulado recogido en
una coleta y parece recién salida del horno. Yo, al contrario, parezco la
basura de ayer, según la pequeña imagen de la esquina de mi teléfono.
Amie aspira aire y se tapa la boca con la mano. —¡No tienes voz!
Asiento.
—¿Cómo vas a ir a la audición?
Los últimos restos de sueño se escapan. Vocalizo oh, Dios. El único
papel para el que puedo hacer una audición sin voz es para mimo, o una
de las bailarinas que no tienen diálogos. No ganan tanto dinero como los
papeles principales, o incluso los de personajes secundarios, que es lo
que espero conseguir. La escala salarial es mucho más alta que la de un
papel sin diálogo. Definitivamente no va a cubrir los gastos básicos, como
el alquiler y la comida, mucho menos los pagos mínimos de mi tarjeta de
crédito. He estado contando con esta audición para salir del hoyo que me
he cavado las últimas semanas.
La conversación telefónica es inútil, ya que Amie no puede leer los
labios y yo no puedo responder. Me dice que va a venir. Intento decirle
que no se moleste, pero de nuevo, con la falta de palabras es imposible
transmitirlo. Espero a que cuelgue y le mando un mensaje para decirle
que no es necesario. Además, esto es claramente contagioso, ya que debo
haberlo contraído de Besador Asombroso, y no quiero pasárselo a ella.
Maldito Besador Asombroso que arruina el ya cuestionable estado de mi
vida.
Salgo de la cama, con todo mi cuerpo doloroso por moverme. M}
estoy muriendo. Y no estoy siendo dramática. Me duelen todas las células
del cuerpo. Me arrastro hasta la cocina y lleno la tetera. Tal vez un poco
de agua con miel y limón me ayude a recuperar la voz. Basándome en mi
reciente racha de mala suerte, lo dudo.
Me dirijo al baño, abro la ducha y rebusco en el botiquín algún
medicamento decente. Todo lo que tengo es Tylenol normal, así que será
suficiente. Me meto en la ducha sin revisar antes la temperatura: tarda
una eternidad en calentarse y después varía entre tibia e hirviendo. Me
pongo bajo el chorro durante la fase de hervor y me acurruco en un rincón
hasta que es soportable.
Me gustaría decir que la ducha hace que me sienta mejor, pero no.
El agua caliente no hace mucho para ayudar a mi voz. Aunque ya pasé
la etapa de hacer ruidos ininteligibles y pasé a frases apenas audibles de
una palabra, como “ay”. Rezo a los dioses de los milagros de la voz para
que la combinación de miel y limón mejore aún más mi capacidad de
hablar.
Una vez salgo de la ducha, preparo mi agua con miel y limón extra.
No solo me quemo la lengua, sino que siento como si cuchillas dentadas
recubiertas de ácido se deslizaran por mi garganta. Aun así, me visto con
mallas negras básicas con una camiseta sin mangas negra y una blusa
gris suelta encima. Me seco el pelo y me maquillo esperando que parecer
arreglada haga que lo esté. Tengo que duplicar la cantidad de polvos
cuando el esfuerzo de prepararme la cara me hace sudar.
Bebo otro té caliente de limón y miel en el metro y llego a la audición
media hora antes. No es que mi puntualidad importe. Sigo siendo incapaz
de hablar más allá de un susurro. Mi desesperación se hincha como un
malvavisco en el microondas ante la masa de gente haciendo ejercicios
de calentamiento de la voz a mi alrededor.
Intento hacer lo mismo, pero el sonido ronco se pierde entre la voz
cristalina de la mujer perfectamente hermosa que se encuentra a mi lado.
Mientras escucho el sonido de mil ángeles saliendo de su boca, tiemblo
con lo que temo que sea el principio de una fiebre. Me cae el sudor por la
nuca y me recorre la columna vertebral, junto con un violento escalofrío.
Como si el día de hoy pudiera ser peor de lo que ya es, se me hace un
extraño nudo en el estómago.
—Ruby Scott.
Miro al director, que afortunadamente aún se ve bien y no agotado
por cientos de audiciones asquerosas. Esas aún no llegan. Me pongo el
bolso en el hombro y lo sigo al teatro.
—Vas a hacer la audición para papel de Emma, ¿cierto? —No me
da la oportunidad de confirmarlo—. Quiero que empieces con la canción
al inicio del segundo acto.
—Vale —grazno débilmente, encogiéndome ante el sonido rasposo.
Al menos puedo hablar, aunque suene como un niño preadolescente con
los huevos atrapados en la cremallera.
El director levanta la vista de su portapapeles y frunce el ceño.
—Al parecer perdí la voz. —Tiene que esforzarse para escucharme.
Lanza un suspiro frustrado. —No puedes hacer la audición si no
tienes voz.
—No me lo quería perder. ¿Tal vez podría audicionar para un papel
de bailarina? —Cuantas menos palabras, mejor.
Presiona los labios. —Las audiciones para los papeles de bailarinas
no son hasta dentro de unos días.
—Entiendo, pero ya estoy aquí y, si no puede escucharme cantar,
¿al menos podría verme bailar? —Lucho contra la arcada cuando me
golpea otra ola de náuseas.
Suspira, cede y señala el escenario. Le doy las gracias, dejo la bolsa
al borde del escenario y me pongo en primera posición. Tengo el cerebro
nublado y el cuerpo me duele horrores, pero no puedo dejar pasar esta
oportunidad de tener unos ingresos modestos, aunque estables, durante
unos meses. No puedo permitirme acumular más deudas en la tarjeta de
crédito y no quiero pedirle más dinero a mi padre, porque se daría cuenta
de lo difícil que es esto. Entonces me convencerá de que vaya a trabajar
para él, como es su plan maestro. Sé que puedo hacerlo.
La música comienza y, cuando empiezo a moverme, mi estómago
se revuelve de nuevo. No hay comida, pero de repente el agua con miel y
limón que he tomado esta mañana decide rebelarse. Estoy en medio de
un giro, no es la mejor idea cuando tienes náuseas, y la siguiente oleada
me golpea, violenta e implacable.
Intento mantener la boca cerrada, pero la intensidad del espasmo
me obliga a abrirla. Rocío el escenario con agua de miel y limón en parte
digerida, y lo que parece ser la cena de anoche a base de tartas de gambas
y canapés de setas, en un alarde dramático a lo Exorcista.
Y así termina mi audición.
***
Parece que debería haber vuelto más tarde para las audiciones de
bailarines. Ninguna disculpa puede compensar mi vómito. No ayuda que
me las haya arreglado para alcanzar al director. Casi me tropiezo con mi
propio chorro de vómito en mi intento de alcanzar el baño más cercano,
porque se acerca una segunda oleada. Me las arreglo para llegar al pasillo
y encontrar una planta antes de que empiece otra vez. A la tercera ronda
ya estoy en el baño. Lamentablemente, es un baño público y, por el olor,
la limpieza es muy cuestionable. Me pregunto si reflejará el éxito de las
producciones de este teatro en particular.
Me paso una buena hora ahí dentro, gimiendo y llorando hasta que
todo lo que puedo hacer es vomitar sin que salga nada.
La peor parte es que en mi apuro por encontrar un baño que
ensuciar, me olvidé el bolso en el teatro. Tendré que esperar un receso en
las audiciones antes de poder volver a recuperarlo.
Por suerte, sigue en el borde del escenario, así que me arrastro, lo
agarro y salgo corriendo, lo que en realidad es una lenta y descoordinada
carrera cojeando, antes de que el director tenga la oportunidad de volver
a verme, o yo a él.
El trayecto en metro hasta casa es peligroso. La gente se mantiene
a distancia, probablemente porque tengo sudores fríos y huelo fatal.
Una vez en casa, paso innumerables horas en el suelo del baño,
acurrucada con una toalla como manta y un rollo de papel higiénico
barato y áspero como almohada.
Un golpe en la puerta a la mañana siguiente, solo lo sé por la luz
que entra por la ventana del baño, es la razón por la que me alejo de mi
improvisada cama de baldosas.
Me duele mucho el cuerpo. Lo mismo ocurre con mi cabeza y todas
las demás partes de mí. Aún llevo la ropa de la audición. Huelo a vómito
de un día. Basándome en las manchas de mi camiseta gris, no apunté
muy bien ayer. Me enjuago la boca con agua y luego enjuague bucal, pero
me arde, por lo que lo escupo después de unos segundos.
Me acerco a la puerta y reviso la mirilla antes de abrirla. De vez en
cuando los abogados logran entrar en el edificio. Hoy no tengo interés en
que alguien intente influir en mi tendencia política o en adoptar una
nueva religión. Aunque, con la apariencia que tengo, dudo que alguien
quisiera que me uniera a su organización.
No es un abogado, es Amie. Nunca viene sin avisar. No he puesto
la cadena, aparentemente despreocupada por mi propia seguridad, así
que abro la cerradura.
—Ruby Aster Scott, ¿qué significa esto? —Sostiene un pedazo de
papel delante de mi cara, demasiado cerca para que pueda leerlo.
Deja caer la mano antes de que tenga la oportunidad de quitárselo.
Además, mis reflejos son lentos.
Su rostro enojado se convierte en uno de sorpresa. —¡Oh, Dios mío!
¿Qué te pasó? —Se acerca, casi tirándome. Aunque me hallo bastante
inestable sobre mis pies, no puedo culparla completamente.
Amie se cubre la boca con la manga. —¿Qué es ese olor? ¿Por qué
no has contestado mis llamadas? ¡Iba a llamar a la policía!
—Creo que tengo gripe —gruño. Hoy tengo más voz que ayer. Algo
así.
—He estado intentando localizarte durante las últimas veinticuatro
horas. No me puedes hacer eso. ¿De verdad? ¿Qué es ese olor?
—Probablemente sea yo.
Deja caer el brazo y olfatea. Arruga la nariz. —Necesitas una ducha.
O un baño. —Examina mi apartamento y frunce el ceño.
Es verdad que no soy la mejor ama de llaves. Hasta hace unos
meses, alguien venía cada dos semanas para que fuera manejable para
mí. Cuando mi padre amenazó con quitarme su ayuda financiera hace
unos meses, reduje los gastos innecesarios, que incluían a Úrsula. Pero
culparé del desorden actual a mi enfermedad.
Los caros tacones de Amie se mueven por el suelo mientras se
dirige al baño. Frunce el ceño con disgusto por el olor que hay allí, que
supongo que es una versión más concentrada de mí.
Unos guantes de goma, un poco de limpiador de baños, muchas
quejas, y quince minutos de lavado vigoroso, y mi baño ya no huele a
vomito. Amie prepara un baño en mi bañera recién limpia, me empuja
dentro y cierra la puerta.
—No salgas en al menos veinte minutos —grita desde el otro lado.
He sido su amiga desde el primer año en la escuela preparatoria.
Nos mudamos a Nueva York juntas hace cinco años para la universidad.
De las dos, ella es sin duda la que tiene más éxito. Aunque hay una gran
diferencia entre una doble licenciatura en gestión empresarial y
relaciones públicas y otra en teatro.
En los dos años transcurridos desde que nos graduamos, consiguió
convertir su pasantía final en una de las revistas de moda más populares
en un trabajo a tiempo completo, y ya la han ascendido una vez. Además
del fabuloso trabajo de Amie con su excelente salario, también ha logrado
sentar cabeza con el hombre de sus sueños, al menos eso es lo que dice,
mientras que yo suelo tener un puñado de citas antes de avanzar a algo
más, o hasta que lo hagan ellos. O me besan desconocidos infestados de
gérmenes con una cita enfadada. Me pregunto si es la forma que tiene el
karma de decirme algo. Y si es así, ¿cuál es exactamente el mensaje? ¿No
uses el baño? ¿Que no chupe paletas? ¿Sé más promiscua?
Debo quedarme dormida en la bañera, porque me sobresalto ante
el golpe en la puerta. —¿Ruby? Ha pasado más de media hora. ¿Sigues
viva?
—¡Salgo en unos cinco minutos! —grito con mi voz quebrada y
escarpada.
El agua se ha enfriado y me estremezco a medida que me apresuro
a lavar mi cabello y mi cuerpo. Me siento mucho más humana y mucho
menos sórdida después de estar limpia. Al salir del baño, parece que Amie
ha ordenado mi apartamento.
La basura y los platos sucios que estaban apilados en el fregadero
y en la encimera se han tirado o lavado. Me han cambiado las sábanas,
y la pila de ropa del suelo está ahora apiñada en mi cesto de la ropa sucia.
—No tenías que limpiarme el apartamento.
—Pues no pareces capaz de hacerlo. Tienes un aspecto horrible.
Supongo que la audición no fue bien.
—No, a menos que estuviera intentando un papel en El Exorcista.
—Me tumbo en la cama, la energía que me ha costado bañarme requiere
que vuelva a estar boca abajo.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué ha sucedido? —Me entrega una taza
humeante con una rodaja de limón. Lo pongo en la mesita de noche, sin
saber si puedo soportar lo último que comí.
Le doy la versión abreviada de los eventos, incluidas las peores
partes, como el proyectil de vómito.
—Oh, cielos.
—Sí. No creo que vaya a tener otra audición con ese director a
menos que cambie mi nombre oficialmente.
—¿Crees que fue una intoxicación alimentaria? Oh, Dios. ¿Es culpa
mía? —Se cubre la boca con horror con una mano y agarra el brazo de la
silla con la otra.
La silla usada es uno de los pocos artículos de este apartamento
que poseo. La he tenido desde el primer año de universidad. La compré
en una tienda de segunda mano en una demostración de rebelión contra
mi padre, quien desaprobaba totalmente mi plan de seguir una carrera
en el teatro. Todavía pagaba la cuenta porque mis becas no cubrían la
matrícula. Y me ingresó dinero en la cuenta bancaria, que obviamente
utilicé para comprar muebles.
—No es una intoxicación alimentaria. Un hombre me confundió con
otra persona y me metió la lengua en la garganta cuando salía de la fiesta.
Luego me tosió en la cara y su cita me acusó de ser una puta.
—¿Perdón? —Deja caer la mano y me mira con incredulidad.
Entiendo que parezca una locura y, si somos realistas, toda la
situación lo es. De nuevo, debo preguntarme si el karma es responsable
de esto. Le explico todo desde el principio.
—Así que sí es mi culpa.
—¿Cómo eres responsable de que un tipo cualquiera me confunda
con su cita en un pasillo semioscuro?
—Probablemente fueran mis invitados.
—Sigue sin ser tu culpa. —Cierro los ojos unos segundos y analizo
si ya puedo o no tolerar la comida. La idea de masticar me agota.
—¿Cuándo fue la última vez que le pediste dinero a tu padre? —me
pregunta después de una larga pausa.
Es una pregunta extraña teniendo en cuenta mi estado actual.
—Hace un tiempo. ¿Por qué? —Amie sabe cuánto me molesta que
siga dependiendo de él. Durante los últimos cinco años se ha hecho cargo
de mi alquiler y de otros gastos. Cuando amenazó con quitarme todo hace
un tiempo, abrí otra cuenta, que incluía una tarjeta de crédito adicional
y una pequeña línea de crédito.
Mi plan era poder ahorrar algo de dinero por mi cuenta y no usar
el suyo para poder demostrarle, de una vez por todas, que soy capaz de
sobrevivir sin su cuenta bancaria. Por desgracia, debido a la reciente falta
de cheques, he tenido que utilizar mi tarjeta de crédito más de lo que
quisiera. Y mi línea de crédito.
—¿Por casualidad planeas mudarte y olvidaste decírmelo?
—Si me estuviera mudando de esta mierda, serías la primera
persona a la que se lo diría. —No tengo idea de por qué me pregunta esto.
—Temía que dijeras eso. —Suspira y se levanta, cruzando hacia mi
escritorio, que no se molestó en limpiar, y recoge un pedazo de papel.
Vivo en un estudio que tiene aproximadamente cien metros cuadrados,
por lo que no le cuesta mucho recuperarlo—. Odio sacar este tema ahora,
pero, por desgracia, es algo importante que hay que solucionar.
En la parte superior de la página, en letras mayúsculas, aparece
un enorme: AVISO DE RESCISIÓN DEL CONTRATO DE ARRENDAMIENTO, seguido
de un montón de jerga legal que describe los parámetros de mi contrato
de arrendamiento y la fecha en la que tengo que dejar mi apartamento,
que es dentro de cinco días.
Leo el bla-bla-bla entre RESCISIÓN y la fecha de vencimiento de mi
contrato de arrendamiento. Los últimos tres cheques han rebotado.
—Esto no tiene ningún sentido. —La nueva secretaria de mi padre,
con la que no está casado, deposita dinero en esa cuenta todos los meses
para cubrir el alquiler.
—Tal vez deberías llamar a tu papá.
Me siento en el borde del colchón. Tiene que haber una explicación
razonable para esto.
—Llamaré a su secretaria. —Levanto mi lista de contactos y me
desplazo hacia Yvette. Solo ha estado trabajando para mi padre durante
los últimos seis meses, más o menos. Prefería a su secretaria anterior,
pero tengo la sensación de que mi madrastra no apreciaba su juventud
ni su personalidad burbujeante. Yvette es bastante mayor.
Yvette responde en el tercer timbre. —Farmacéuticas Scott, habla
Yvette, por favor, espere.
—Hola, Yve… —Me interrumpe la música del ascensor, seguida de
un anuncio de los medicamentos para el pene de mi padre. Pongo los ojos
en blanco y pongo el teléfono en altavoz mientras espero.
Cinco minutos después, finalmente vuelve a la línea: —Gracias por
esperar. Habla con Yvette, ¿cómo puedo ayudarle hoy?
—Hola, Yvette, soy Ruby.
—Hola. ¿Cómo puedo ayudarte, Ruby?
Amie y yo intercambiamos una mirada.
—Soy la hija de Harrison.
—¡Oh! Ruby, por supuesto. Qué tonta he sido. ¿Te gustaría hablar
con Harrison? Creo que puede estar en una reunión, sin embargo puedes
dejarle un mensaje de voz y estoy segura de que te devolverá la llamada
tan pronto como pueda.
—En realidad, tal vez puedes ayudarme. Acabo de recibir un aviso
con respecto a la rescisión del contrato de alquiler de mi apartamento. Al
parecer, los tres últimos cheques han sido devueltos. Por casualidad,
¿sabe si ha habido un error contable? —Aprieto los puños para evitar
morderme las uñas.
—Oh, hm. Déjame echar un vistazo —dice con su voz aguda.
—Muchas gracias, Yvette.
—Por supuesto. No hay problema. —Un clic al otro extremo de la
línea, me dice que está mirando mis archivos financieros—. ¡Oh, sí!
¡Ahora recuerdo! Tu padre suspendió los depósitos directos a esta cuenta
hace unos tres meses.
—¿Por qué haría eso sin decírmelo?
—Te envié un correo electrónico de su parte con los detalles. Espera
que lo encuentro. —Se oyen más clics al otro lado de la línea—. ¡Ah! Listo.
Oh. Oh no. Parece que continuaba en borrador. Lo enviaré ahora. ¡Y listo!
¡Ahí tienes! ¿Quieres que te lo lea?
Mi teléfono suena con la alerta de correo electrónico. —No pasa
nada. Ya puedo abrirlo.
—Entonces esperaré mientras lo lees —murmura agradablemente
en tanto abro el correo electrónico y me desplazo. El nudo en mi estómago
empeora progresivamente a medida que asimilo el contenido. Mi padre
suspendió su ayuda económica hace tres meses e hizo que su secretaria
incompetente me lo notificara por correo electrónico. Al parecer, dependía
de mí renovar el contrato de alquiler y continuar con los pagos. Por si me
he olvidado de su plan, termina el correo con una nota en la que dice que
habría un trabajo disponible en caso de que necesitara volver a Rhode
Island. Y mi zorrastra está deseando trabajar conmigo.
Una vez que mi padre se casó con mi zorrastra, la trasladó a otro
apartamento; porque Dios no permita que haya un conflicto de intereses.
No solo es su sueldo enormemente más alto que antes, sino que también
recibió un gran ascenso, lo que significa que mi padre quiere que trabaje
con ella. Me froto la cara con una palma de la mano. No sé si tengo más
ganas de llorar o vomitar de nuevo. Es un verdadero desastre.
Debo gemir, o hacer algún tipo de ruido, porque Yvette vuelve a
hablar. Si su voz alegre tuviera una cara, querría darle un puñetazo.
—Me disculpo por el retraso en la comunicación.
—Habría sido bueno tener esta información hace meses. —No es
que hubiera ayudado tanto. El alquiler todavía habría sido un poco difícil
de pagar, por no hablar de permitirme algo más que los fideos de ramen
que he estado comiendo durante las últimas tres semanas. Supongo que
podría haber empezado mi nuevo plan de comidas mucho antes.
—¿Quieres que te comunique con tu padre? No estoy segura de
cuándo terminará su reunión, pero puedes dejarle un mensaje, o puedo
anotar uno y dárselo tan pronto como esté disponible. —Suena nerviosa.
Hablar con mi padre no va a resolver este problema. Es probable
que solo vaya a empeorar las cosas. —No. No, gracias, Yvette. Tengo que
irme. Gracias por tu tiempo. —Termino la llamada antes de que pueda
decir algo más.
Amie me mira con los ojos muy amplios y la boca abierta. —¿Por
qué no vas a hablar con tu padre? Puede arreglar esto.
—Necesito pensar. —Me froto las sienes—. Tengo que llamar a mi
casero.
Hago eso. No es que ayude. Resulta que mi apartamento ya está
alquilado y todavía debo tres meses de alquiler atrasado. Me avergüenza
no haberme dado cuenta de que me lo había perdido. Me imagino que es
mi padre quien habría recibido la notificación, porque es el que ha estado
pagando el alquiler.
—Tienes que llamar a tu padre y pedirle que arregle esto.
—No puede arreglar esto ahora.
—Al menos puede ayudarte con el alquiler.
—¿Y luego qué? Todavía no voy a tener un lugar para vivir.
Hace unos seis meses, justo después de mi último papel, mi padre
y yo tuvimos una acalorada conversación sobre mi carrera profesional.
Ha dejado clara su desaprobación, pero toleraba mis decisiones debido a
la influencia de mi madre y su viaje de culpabilidad. Su dinero seguía
teniendo un precio, y en este caso era una vergüenza. Me dijo que había
terminado mi programa, así que debería ser contratable. Si no podía
arreglármelas sola, volvería a casa a trabajar para él.
He oído ese sermón tantas veces que ya puedo recitarlo dormida.
Hasta ahora creía que solo era un engaño. Fue después de esa charla que
abrí mi propia cuenta bancaria, aseguré mi propia Visa y una pequeña
línea de crédito. Cuando mi sueldo dejó de llegar, opté por aumentar mi
límite de crédito en unos cuantos miles de dólares en lugar de acudir a
él.
Si lo llamo ahora, tendré que admitir la derrota. Y siento como si
me estuviera tendiendo una trampa para que esto suceda. Es como si
quisiera que fracasara. Si se entera de lo que ha sucedido, y de que no
tengo otra opción, definitivamente enviará a alguien a por mí. Bueno,
puede que no envíe a alguien. Es más probable que me suba a un avión
porque conducir tan lejos no está en su lista de prioridades.
No quiero estar en casa. Casa es en Rhode Island y significa que he
fracasado. Significa que mi sueño está muerto y mi padre tenía razón
todo el tiempo: no soy lo bastante buena para una carrera en Broadway.
O en Off-Broadway. O en cualquier lugar cerca de Broadway.
Admitir el fracaso no es lo peor. Regresar a casa significa trabajar
para el imperio farmacéutico de mi padre, que vende medicamentos para
endurecer el pene. Me convertirá en un dron corporativo. Voy a tener que
sentarme detrás de un escritorio, mecanografiar cartas, sellar cosas y
asegurarme de que las reuniones se programen en las salas adecuadas.
Toda mi creatividad terminará en el contenedor de la trituradora, junto
con mi dignidad.
Sé que hay gente ahí fuera luchando por un trabajo, cualquier
trabajo, y debería estar agradecida. Y, aunque la idea de trabajar en la
empresa de mi padre no es mi idea de diversión, no es el fin del mundo.
Trabajar con su nueva esposa sería un infierno especial. Estoy totalmente
en desacuerdo con mi padre en que sería una buena manera de que nos
conociéramos y nos uniéramos. Le dije que era una buena manera de
terminar en prisión por asesinato. No le gustó mi humor.
—Él es la razón por la que no tienes un lugar para vivir, ¿no crees
que se sentirá mal y tratará de hacer lo correcto?
—Ya oíste a mi casero, el lugar ya está alquilado. Sabes tan bien
como yo que ha estado esperando a que esto ocurra. Quiere que fracase.
—No quiere que fracases. —La miro, y vuelve a suspirar—. ¿Qué
hay de tu línea de crédito? ¿Puedes pagar parte de la renta con eso?
Busco los detalles de mi cuenta en mi teléfono. Aunque pudiera
aumentarlo en unos cuantos miles más, no puedo cubrir tres meses
perdidos. Sacudo la cabeza.
—¿Qué tal un adelanto en efectivo de tu tarjeta de crédito?
—No hay mucho espacio. —Me quedan unos trescientos dólares
antes de llegar a mi límite. Es un máximo bajo, pero añadirle a la deuda
de mi tarjeta de crédito parece una mala idea, sobre todo considerando
mis circunstancias actuales.
—Oh, Dios.
—Sí.
—Podría prestarte...
—No. De ninguna manera —la interrumpo antes de que pueda
terminar—. No te pediré dinero prestado.
—Tienes que dejarme hacer algo. No voy a dejar que te quedes sin
casa. No te irá bien en un callejón. Las cajas de cartón no son lo tuyo.
Está tratando de ser graciosa, pero la realidad de mi situación por
fin me abofetea en la cara como un pez muerto de tres días. Amie tiene
razón. A menos que pueda encontrar un nuevo lugar para vivir y un
trabajo decente que cubra algo más que el alquiler, voy a terminar sin
hogar o me veré obligada a volver a casa. Peor aún, tendré que vivir en la
casa de mi padre con su horrible esposa zorra que es cuatro años mayor
que yo y que probablemente se acuesta con el jardinero. O el chico de la
piscina. O ambos.
Mudarme a Alaska, donde mi madre vive actualmente, es un
absoluto sinsentido. Los inviernos de Nueva York son lo suficientemente
largos. Además, su cabaña en el bosque y poco o ningún contacto con el
mundo exterior es un poco extremo para mí. No tengo problemas con vivir
en un apartamento de mierda en Harlem, pero las temperaturas bajo cero
y nada de vecinos está lejos de mi zona de comodidad.
—Conseguiré un trabajo a tiempo parcial.
Me da una de sus miradas maternales. —Vale, claro, pero ¿qué hay
de un lugar para vivir? Todavía vas a necesitar ahorrar al menos el primer
y último mes, ¿verdad? Y pagar lo que debes aquí. Es mucho dinero para
que lo consigas tú sola.
Tiene razón una vez más. —No tengo otra alternativa, Amie. No a
menos que quiera volver a Rhode Island, que es lo último que quiero.
—No puedo creer que tu padre hiciera esto. Tiene que haber una
manera de hacer que esto funcione. ¿Y si te quedas conmigo?
Le echo un vistazo. —¿Dónde dormiría? Tu sofá ni siquiera tiene
cama.
Amie frunce los labios, considerando esto. Tengo razón. Su casa es
pequeña. Su dormitorio es pequeño, su cama ocupa una buena parte de
la habitación. Su sala de estar no puede acomodar un sofá de tamaño
completo porque también es pequeño.
—Llamaré a Armstrong. Estoy segura de que puedo quedarme con
él, y entonces puedes quedarte en mi casa mientras arreglas las cosas.
—Llama a su prometido y levanta un dedo para silenciarme antes de que
pueda argumentar en contra de este plan—. Hola, Armstrong, tengo que
pedirte un favorcito... —Se detiene unos segundos antes de continuar—.
¿Crees que sería posible que me quedara contigo por un tiempo... una
semana o dos? —Me da una mirada interrogativa. Me encojo de hombros
y luego asiento. Dudo que dos semanas sean suficientes, pero es mejor
que nada—. Pero yo... sería solo durante... cierto... pero... —Pone los ojos
en blanco y da golpecitos con el pie.
No necesito escuchar la conversación para saber lo que se dice. Le
gesticulo que lo olvide.
—Entiendo. No importa. No quiero que sea una molestia para ti. Ya
se nos ocurrirá algo más. —Su sarcasmo no se me escapa. Ella termina
la llamada—. Seguramente lo pillé en un mal momento. Puedo intentarlo
de nuevo más tarde.
—No tienes que hacer eso.
—Es muy particular. Necesita tiempo para adaptarse a la idea.
Creo que se trata de algo más que de ser particular, pero no sé si
una semana o dos será suficiente para sacarme del agujero actual. Mi
grave situación es mucho peor de lo que pensaba en un principio. Mis
opciones son muy limitadas. Nunca he manejado muy bien los fracasos.
Menos los de este tipo. No quiero ser una perra rica mimada. Quiero
demostrar que puedo sobrevivir por mi cuenta, sin las limosnas de mi
padre, pero ahora me preocupa no tener esa opción.
—Oh, Dios mío. —Los ojos de Amie se iluminan—. Podría tener una
solución.
—¿Cuál?
—El primo de Army, Bane, va a salir de la ciudad esta semana.
—¿Qué tiene que ver eso con que yo sea vagabunda? —Ya estoy
decidiendo qué callejón sería el mejor lugar para instalar mi caja. Todavía
tengo mi membresía del gimnasio. Creo que es válido durante unos meses
más. Me vendrían bien las duchas—. Espera, ¿tiene un amigo llamado
Bane? ¿Se parece a Tom Hardy?
—Um, ¿no? Su verdadero nombre es Bancroft —explica.
—Ah. ¿Otro chico adinerado con un apellido por nombre?
—Hm. Viene de una línea de apellidos como nombres de pila, pero
en realidad es muy amable. De todos modos, me pidió que pasara por su
casa y cuidara de sus mascotas mientras no está. Se irá durante cinco
semanas, tal vez podrías ocuparte de ellos.
—Ni siquiera me conoce, ¿por qué le parecería bien que un extraño
cuidara de sus mascotas? Y eso no resuelve mi situación de vagabunda.
—Eres mi mejor amiga. Si yo confío en ti, él confiará en ti. Además,
tiene un conejo, o un conejillo de indias, o algo así. Creo que la heredó.
Tal vez podríamos sugerir que te quedes allí mientras él no está.
—¿Para cuidar de su conejillo de indias?
—¿Por qué no? Dijo que necesita muchos cuidados y tiempo para
jugar. Y ya sabes que tengo alergias. Vale la pena intentarlo, ¿no? Cinco
semanas deberían ser suficientes para que encuentres trabajo y ahorres
algo de dinero para conseguir un nuevo apartamento, ¿no?
—Debería ser suficiente tiempo. —En realidad no estoy segura, a
menos que consiga un papel importante, pero el alojamiento temporal me
dará algo de tiempo para solucionarlo y es mejor que dormir en el sillón
de una plaza de Amie—. ¿Cuándo se lo preguntarás?
—Vamos a salir a cenar con él esta noche. ¿Crees que puedes
soportar una comida?
—Puedo intentarlo.
Amie sonríe. —Perfecto.
—Totalmente. —Cruzo los dedos para que funcione. Me vendría
bien un poco de buen karma. Y una casa que no sea una caja.
4
Traducido por samanthabp, Umiangel & MadHatter
Corregido por Tolola
Convertirme en niñera de mascotas durante las próximas cinco
semanas es mi nueva misión en la vida, lo cual es ligeramente más digno
que vivir en una caja en un callejón; Amie me allanó el armario para
buscar un atuendo apropiado para la presentación.
En los últimos años he cambiado mi ropa pretenciosa, super cara
y a menudo incómoda por un armario de piezas negras y económicas con
algunas cosas coloridas para esos días en los que quiero rebelarme contra
las reglas de la moda neoyorquina inspiradas en el luto. La reciente falta
de dinero también impide mi habilidad de comprar artículos costosos e
innecesarios para añadir a mi guardarropa cada vez más reducido y poco
impresionante.
—¿Cuánto hace que tienes este vestido? —Amie sostiene un vestido
pequeño rojo.
Me encojo de hombros. —Un tiempo.
—¿No usaste esto para una fiesta de la secundaria?
Reflexiono un momento. Es totalmente posible. Tomo el gancho y
reviso la etiqueta. Es un Vera Wang, así que tiene que haber costado
bastante dinero. Hace unos años ni habría dudado en gastarme tanto en
un vestido. Ahora estoy considerando cuánto puedo conseguir por él si lo
pongo en eBay.
—Estoy casi segura de que te lo pusiste en el baile de graduación.
Aunque es un clásico, así que podrías usarlo esta noche —dice a mi falta
de respuesta prolongada. Me da un empujoncito—. Pruébatelo.
Me pongo un par de bragas antes de dejar caer mi bata. No tengo
vergüenza, Amie me ha visto en algunos estados cuestionables, así que
la ropa interior no es un gran problema. Busco un sujetador limpio que
me cuesta ponerme más de lo que debería, me pongo el vestido y subo la
cremallera lateral. Me queda un poco ajustado en el pecho y las caderas,
pero por lo demás está bien. Por desgracia, hay una mancha de grasa en
la falda, justo encima de mi entrepierna.
Señalo la mancha que resalta mi vagina.
—A menos que quiera llamar la atención sobre mi centro de placer,
creo que voy a tener que elegir otra opción.
—No estaría de más. Bancroft está bueno, y por lo que he oído tiene
un excelente conjunto de habilidades en el dormitorio.
—El hecho de que haya rumores sobre su conjunto de habilidades
no es realmente una característica de venta. Además, no estoy tratando
de acostarme con él, intento tener acceso a una cama en su condominio.
¿Sabes siquiera si su casa tiene más de un dormitorio?
—Vive en un ático en Tribeca. Tiene más de una habitación. Y los
rumores no son malos. No creo que sea un mujeriego, solo he escuchado
que está bien... equipado.
—¿Así que tiene un pene grande? Yupi. No es lo que más preocupa.
A pesar de mi falta de entusiasmo por el atractivo de Bancroft y sus
posibles grandes activos o sus habilidades en el dormitorio, me pruebo
otros seis vestidos antes de que Amie apruebe mi atuendo para la cena.
Después tengo que tumbarme un rato.
Se pasa el resto del día intentando devolverme un estado de salud
razonable, dándome medicamentos y alternando Gatorade, caldo de pollo
y unas cuantas galletas saladas. Al menos puedo retenerlos. Cuando
llega la hora de prepararme para la cena, Amie se encarga de peinarme y
maquillarme porque me falta energía para hacerlo. Le preguntaría qué
importancia tiene mi aspecto, pero como hemos quedado con Armstrong
y el tal Bancroft, supongo que iremos a un restaurante de lujo donde
sirven papas y alces frotados con saúco verde, lo que me lleva a
preguntarme si un grupo de desafortunados y seniles geriátricos en
chándal verde se frotaron con una manada de alces antes de sacrificarlos
en beneficio de la clase alta.
A las cinco, dejamos mi apartamento, que pronto será desalojado,
y tomamos un Uber para ir al restaurante, un capricho de Amie, ya que
ahora mismo no puedo permitirme nada. A estas alturas, me vendría bien
una siesta de cinco horas y otra ducha. No creo haber superado del todo
lo que me ha contagiado Besador Asombroso. Ingenuamente supuse que
era algún tipo de bicho de veinticuatro horas, pero el hilillo de sudor que
me resbala por la columna me preocupa. Igual que el leve revoltijo en el
estómago. No se parece en nada a las convulsiones estomacales que me
arruinaron el día de ayer, pero sigue sin estar bien.
El trayecto en Uber va bien, pero estoy tan sudada incluso con las
ventanillas bajadas que desearía haberme traído desodorante. Si lo
hubiera planeado con antelación, me lo habría frotado por todo el cuerpo
para solucionar el problema del sudor.
Amie se gira para quedar frente a mí. —Repasemos la historia una
vez más para asegurarnos de que tenemos todos los detalles.
—Vale. —No es una conversación poco habitual entre nosotras. De
adolescentes solíamos cubrirnos mutuamente con frecuencia. Bueno, yo
a Amie más que ella a mí, pero aun así, nos cubríamos. Hay una razón
por la que su apodo era Amie la Anárquica cuando crecíamos. Era mucho
más probable que usara quedarse en mi casa como una treta para ir a
besarse con cualquier chico que estuviera viendo en ese momento.
¿Quién hubiera pensado que esa misma chica se casaría con alguien
llamado Armstrong?
Esto es un poco diferente porque hay mucho más en juego que ser
castigada por una mentira. Esto es un lugar potencial para vivir y ganar
algo de tiempo para encontrar un trabajo real que pague dinero de verdad
otra vez. Suficiente para ayudar a pagar mi deuda sin la ayuda de mi
padre. Suficiente para salvarme de trabajar con la puta de su esposa. Sin
su ayuda financiera, por fin veo lo fácil que ha sido la vida para mí hasta
ahora. Sé que debería estar agradecida de que si realmente necesitaba
ayuda, contaría con él, pero la verdad es que quería demostrarme, más a
mí misma que a nadie, que podía hacer esto.
—¿Por qué no tienes un lugar donde vivir? —pregunta, dándome
unas palmaditas tranquilizadoras en la mano ante mi encogimiento.
—Se me acababa el contrato de alquiler y, en lugar de renovar,
pensaba mudarme a un apartamento más cerca del distrito de los teatros,
pero el nuevo acuerdo de arrendamiento fracasó.
—Excelente. ¿Y por qué sucedió eso?
—¿Es realmente necesario? Dudo que vaya a ser una inquisición.
—Es mejor tener una historia completa esbozada con muchos
detalles que algo a medias.
—Puedo improvisar.
—Estaría de acuerdo, excepto que estás enferma y no estoy segura
de que tus habilidades de improvisación sean tan asombrosas en este
momento.
—¿Puedes abstenerte de decir esa palabra en voz alta? —Incluso
eso es suficiente para marearme de nuevo.
Aunque Amie tiene razón, mi capacidad para hacer otra cosa que
no sea respirar y mantenerme erguida está gravemente comprometida.
Suspiro de todos modos, porque hemos hablado de esto tres veces antes
de salir de mi apartamento. —El contrato de alquiler se ha acabado
porque había problemas con las tuberías del piso de arriba. Van a tener
que destrozarlo todo. Podrían tardar meses en reformarlo. —Miro a Amie
con los ojos muy abiertos, triste, indicando que estoy angustiada por las
desafortunadas circunstancias en las que me encuentro. Y la verdad es
que lo estoy.
—Perfecto. —Asiente con la cabeza, ya sea por lo bien que recuerdo
nuestro escenario inventado, por mis magníficas dotes interpretativas, o
por ambas cosas—. ¿Y por qué no puedes quedarte en tu apartamento
actual?
—Ya está alquilado y el nuevo inquilino se hace cargo del contrato
dentro de cinco días —continúo divagando—. La única unidad disponible
en mi complejo está previsto que se alquile a mediados de mes, así que
estaría trasladando mis cosas solo para volver a sacarlas dos semanas
después. —Me froto la nuca con un pañuelo y digo—: No creo que esto
tenga que ser tan elaborado. ¿No podemos decir simplemente que hubo
problemas con mi nuevo apartamento?
Amie me lanza una mirada fulminante. —¿No has aprendido nada
en la escuela? Queremos que la historia sea verosímil, cuantos más
detalles, mejor. ¿Y tu situación laboral?
—Ahora estoy sin ningún papel, pero tengo varias audiciones
preparadas. —Me sale monótono, sobre todo porque la audición de ayer
era la última que tenía programada con mi agente, ahora jubilado. Estoy
sola hasta que encuentre a alguien nuevo.
Me aprieta el brazo. —Conseguirás algo, Ruby, tienes demasiado
talento para no hacerlo.
Me gustaría creerlo y, sinceramente, hace unos meses lo creía, pero
mi incapacidad para encontrar un nuevo agente y mis pequeños papeles
en Off-Broadway hacen que sea difícil mantener la fe.
—Ya hemos llegado. —Amie sonríe cuando el Uber se detiene en el
aparcamiento y el empleado abre la puerta. Antes de entrar, me alisa el
pelo—. Cuando Armstrong o Bancroft hablen del viaje, seré yo quien
mencione lo de cuidar mascotas y tú podrás emocionarte con su cobaya
o lo que sea.
—Me parece bien.
—De acuerdo. Vamos a buscarte un sitio para vivir.
Asiento, respiro hondo y dejo que me tome del brazo mientras el
portero se apresura a dejarnos entrar. El restaurante de esta noche es
exactamente como predije. Mujeres sesentonas con exceso de botox se
aferran al brazo de sus maridos calvos y panzones con la mirada perdida.
El exceso de joyas me dice que la mirada errante probablemente se ha
extendido a una mano errante, y probablemente a su pene.
Estoy familiarizada con este escenario en particular, ya que es
exactamente lo que mi padre le hizo a mi madre. Aunque a ella nunca le
gustaron los adornos, así que supongo que mi padre encontró otras
formas de disculparse por sus indiscreciones. Al menos hasta que se
cansó de las aventuras y se fue.
Mi madre es preciosa, pero se negó a seguir las mismas reglas que
tantas otras mujeres de este entorno. No quiso someterse a la cirugía, a
los estiramientos faciales y los retoques para mantener el aspecto de la
chica de veintitrés años con la que se casó mi padre. Así que él cambió a
una modelo más nueva, y probó un montón por el camino.
Es por eso que estoy un poco hastiada cuando se trata de los chicos
del fondo fiduciario. De tal palo tal astilla suele ser, y no he conocido a
muchos padres que no miren a las amigas de sus hijas como si fueran el
próximo juguete con el que quieren jugar. Es asqueroso.
Armstrong ya está en nuestra mesa bebiendo whisky, o bourbon, o
algún tipo de alcohol ámbar, sin su primo Bancroft. La camarera está de
espaldas a nosotros, con la bandeja apoyada en la palma de una mano y
la otra apoyada en la cadera. Se ríe de algo que él dice y se pasa su larga
coleta oscura por encima del hombro.
Miro a Amie, que se ha puesto rígida y me agarra un poco más del
brazo. Quiero creer que este compromiso es bueno, pero no estoy segura
de creerlo. Por fuera, Armstrong parece ser el marido ideal. Pero me
preocupa que este romance torbellino esté nublando el juicio de ella, al
igual que la aprobación de sus padres a este emparejamiento.
A pesar de ser una niña un poco salvaje, también es una buscadora
de aprobación. A Amie la Anárquica solía gustarle meterse en líos, pero
sufría graves remordimientos si la pillaban en sus actos de rebeldía. En
las raras ocasiones en que nuestra tapadera no funcionaba, se pasaba el
mes siguiente intentando ser la hija perfecta para expiar sus culpas. Es
una dicotomía interesante. Quiere hacer lo correcto, pero también le
gusta sobrepasar los límites.
Incluso su licenciatura tenía más que ver con hacer felices a sus
padres que con hacer lo que quiere con su vida. Sin embargo, parece
razonablemente satisfecha con su trabajo, y tiene uno, así que complacer
a los demás tiene su lado positivo. Quizá si yo sufriera esa aflicción
también tendría un empleo remunerado. Con mi propio prometido.
La sonrisa de Armstrong disminuye un segundo cuando se da
cuenta de que nos acercamos, y luego se ensancha para mostrar sus
dientes perfectamente blancos y rectos. Saluda a la camarera con un
gesto de la cabeza y se levanta de su asiento, alisándose la corbata con
una mano mientras echa un vistazo acalorado a Amie. Lleva el mismo
vestido negro sencillo que llevaba cuando se presentó en mi apartamento.
Se ciñe a la cintura con una falda que resalta sus caderas curvilíneas y
un culo moldeado por horas de pilates e incontables sentadillas.
—Mi hermosa prometida. —La camarera se hace a un lado y
Armstrong toma la mano de Amie, presionando un beso en cada uno de
sus nudillos.
Se ríe y se sonroja cuando la acerca para susurrarle algo al oído.
Supongo que es en relación con las actividades que se llevarán a cabo en
la noche, en base a cómo se sonroja su cara.
Dura poco, de todos modos. Armstrong da un paso atrás y vuelve
su encantadora sonrisa hacia mí. —Ruby, me alegra que Amalie te haya
invitado para cenar esta noche. Confío en que hayas disfrutado la fiesta
de compromiso.
—Gracias. Lo pasé muy bien. La comida fue excepcional. —Al
menos hasta la mañana siguiente. Parece que es mejor omitir esa parte.
—Excelente, excelente. —Arrastra una mano hacia la silla al otro
lado de la mesa, donde un anfitrión espera que tome asiento para poder
acomodarme, como a un niño de cinco años—. Estoy deseando conocerte
mejor. No he tenido muchas oportunidades de conocer a muchos de los
amigos íntimos de Amalie, sobre todo a los que la han conocido durante
tanto tiempo como tú.
—Sí, bueno, ha sido todo un torbellino, ¿no? —Me paso la mano
por la parte de atrás de mi falda mientras el anfitrión me pone la silla
debajo de mi trasero. Me dejo llevar por los hábitos que he ido perdiendo
en los últimos años, como un abrigo viejo, y le saludo con una sonrisa
educada y un silencioso “gracias”.
Armstrong espera hasta que el anfitrión se vaya antes de dedicarme
lo que parece ser su característica sonrisa santurrona.
—Cuando lo sabes, lo sabes. Estoy seguro de que lo entenderás
una vez que encuentres a tu alma gemela. —Se gira para mirar con amor
a mi mejor amiga.
Contengo tanto la risita como la arcada, aunque esta última tiene
más que ver con la vuelta de la agitación en el estómago que con lo cursi
de su respuesta. En lugar de eso, sonrío y asiento con la cabeza. —Estoy
segura de que cuando llegue ese día estaré tan emocionada como ustedes
dos. Tal vez incluso quiera fugarme. —Miro la carta de bebidas para que
no pueda leer la falta de sinceridad en mi cara.
—Yo no sugeriría fugarse, hace que parezca que tienes algo que
ocultar —dice Armstrong con aire de engreído. Aunque casi todo lo que
dice parece pretencioso.
Cualquier respuesta potencialmente sarcástica resulta frustrada
por la repentina llegada del primo de Armstrong, a cuyo hogar espero
mudarme durante las próximas cinco semanas.
—Lamento la tardanza. Me quedé atrapado en el trabajo.
—¿Nunca descansas? —pregunta Armstrong.
—Detalles del viaje de última hora —responde.
Levanto la vista de la carta de bebidas cuando la silla de enfrente
se desliza por el suelo enmoquetado. La mano que arrastra la silla no está
bien cuidada. Las uñas son imperfectas y tiene cicatrices en los nudillos.
Y la mano es enorme. Como si perteneciera a un neandertal.
Cuando alzo la vista para juzgar mejor a este primo de Armstrong,
me doy cuenta de que la mano anormalmente grande está unida a un
antebrazo infernal, unido a un bíceps ondulado. Subo, subo, subo hasta
llegar a los gruesos músculos que forman su cuello y a la mandíbula
increíblemente afilada con la cantidad perfecta de barba de tres días.
Como ocurre con cualquier espécimen físico finamente elaborado, me
intriga ver si la cara hace justicia al cuerpo. Me encuentro con unos
labios afelpados que en estos momentos tienen una lengua arrastrándose
por ellos, haciendo que el inferior brille bajo la costosa iluminación de la
lámpara.
Tiene la nariz casi recta, pero hay algo que no me cuadra, no sé por
qué. Mi mirada llega hasta sus ojos, sus ojos de color azul oscuro. Son
impresionantes. Simplemente irreales. Y tiene unas cejas arqueadas
perfectas para completar la perfección de su cara. Amie no mentía. Este
hombre está realmente bueno. Y ni siquiera he comprobado si tiene todo
su pelo.
Al juntar todos los componentes individuales de su rostro robusto
y sexy, también me doy cuenta de que, además de estar buenísimo, es
terriblemente familiar. En mi neblina de estupidez un tanto inducida por
la lujuria, combinada con la fiebre que me perdura, tardo unos segundos
más en encontrar una razón por la que este hombre me resulte tan
familiar.
Rompo las reglas de etiqueta que se me impusieron durante toda
mi vida al señalarlo y decirle: —¡Tú! —Por fortuna, mi voz sigue ronca,
por lo que es mucho más silenciosa de lo que podría haber sido de otra
manera.
Su sonrisa, su bonita sonrisa de dientes blancos, vacila y ladea la
cabeza. Su expresión registra un destello de reconocimiento, aunque
también de confusión. —¿Te conozco?
—¿Me conoces? —repito como un loro.
—Me resultas increíblemente familiar. —Se sienta en la silla frente
a mí, esos ojos suyos podrían estar haciendo agujeros en mi puto vestido,
son tan ardientes. Dios mío. Este hombre es como una bomba nuclear de
sexy, a punto de estallar. Sinceramente, me sorprende que las mujeres
no se peguen a su cuerpo como en uno de esos anuncios de desodorantes
en spray para hombres. Puede que necesite repelente de mujeres—. Creo
que ya debería saber tu nombre.
Su sonrisa ladeada hace que mis bragas se replanteen su
importancia en mi vida.
Recuerdo que me dijo que había estado tomando medicamentos
para el resfriado como si fueran caramelos. Tal vez su memoria está
borrosa. Por desgracia, recuerdo cada segundo de aquel beso accidental
y las desafortunadas consecuencias.
Me quedo boquiabierta unos segundos más antes de recordar por
fin cómo juntar las palabras. —Bueno, has tenido tu lengua en mi boca.
—La verdad es que no son las mejores palabras, ni las más apropiadas,
desafortunadamente.
—¿Se conocen? —La sonrisa de Amie es tensa y su voz aguda.
Agito una mano en su dirección. —Este es Besador Asombroso.
—Lo siento, ¿qué? —Ahora parece preocupada, y puede que tenga
derecho a llevar esa expresión, porque estoy a punto de explotar.
—Este es el tipo que me besó y luego me tosió en la cara.
Se produce una de esas pausas en la conversación en las mesas
cercanas a la nuestra, así que algunas personas se detienen a mirar
durante un segundo o dos antes de reanudar sus falsas conversaciones.
Besador Asombroso, cuyo nombre ahora sé que es Bancroft, parece
horrorizado. Como debe ser. Perdí el papel en la obra por su culpa. Vale,
eso también suponiendo que yo hubiera hecho la mejor interpretación de
las ciento setenta y cinco personas que se presentaron para los papeles
principales y secundarios. Pero, con mis antecedentes, al menos deberían
haberme ofrecido algún papel, aunque no fuera importante.
—¿Qué? —Armstrong mira de Bancroft hacia mí y luego a Amie,
aparentemente sin saberlo.
—Ay, mierda. —La angustia de Bancroft es real. Al principio, creo
que es vergüenza, hasta que continúa, sonando arrepentido—: Realmente
lo siento mucho. Probablemente no debería haber asistido a la fiesta de
compromiso, pero Armstrong es mi primo y no podía faltar. Demasiado
whisky y medicamentos para el resfriado hacen una combinación
terrible.
—Eso parece. Tu cita no estaba muy contenta.
—¿Alguien quiere explicármelo? —Armstrong parece confundido. Y
molesto. No puedo decidir si esto es bueno o malo, porque significa que
el incidente no es algo que Bancroft haya compartido, por mortificación
o por tacto, todavía no estoy segura, ya que no tengo mucha idea de su
personalidad. Mi conocimiento de él se limita al tacto de su boca y al
sabor de su lengua.
Me dirijo a Armstrong y sonrío. —Solo es un malentendido. No pasa
nada.
La camarera se acerca para pedir las bebidas. En vista del giro que
toman los acontecimientos, me planteo tomar una copa de vino blanco,
pero al final me decido por el agua con gas, con la esperanza de que las
burbujas me calmen el estómago, aunque quizá el alcohol ayude a matar
los bichos que puedan estar flotando por ahí.
Armstrong domina bien la conversación y las referencias de
Bancroft a su viaje de negocios se convierten rápidamente en otro punto
de partida para que el primero hable de sí mismo y del imperio mediático
de su familia. Tal vez sea un hablador nervioso. O un imbécil arrogante.
Cualquiera de las dos cosas es posible, pero la segunda parece más
probable.
Llegan los aperitivos. Al parecer, Armstrong se tomó la libertad de
pedirlos por nosotros antes de nuestra llegada. Una selección de tapas se
pone sobre la mesa, incluyendo salmón ahumado y calamares salteados.
Normalmente me gusta el marisco, pero mi reciente ayuno involuntario
hace que cualquier cosa con sabor real me parezca poco apetecible. Opto
por la opción más segura: papas de pita al horno, me salto el hummus y
pido pasta primavera; cuanto más sencilla, mejor.
—Debes de estar deseando mojarte los pies en este viaje —le dice
Armstrong a Bancroft antes de que abrir una ostra, ya que decidió que
eran una necesidad, para consternación de mi estómago y arcadas.
Bancroft se encoge de un hombro. —Es lo que hay. Ahora que mi
carrera en el rugby ha terminado, no tengo más opción que sumergirme
en el negocio familiar.
Dejo de hacer dibujos en el charco de aceite de oliva de mi plato
con mi aperitivo y vuelvo a echarle un vistazo. Ahora su tamaño tiene
sentido, al igual que las cicatrices y la nariz ligeramente imperfecta.
—¿Jugaste al rugby profesional?
Dirige su atención hacia mí, levantando la comisura de su boca con
una media sonrisa. —Sí. Siete años.
—¿Y lo dejaste para hacerte cargo del negocio de tu familia?
—No. Me lastimé la rodilla.
—¿No puedes recuperarte de eso?
—Sí, pero si tengo otro accidente así hay muchas posibilidades de
que nunca camine sin ayuda. No creí que mereciera la pena correr el
riesgo, y el acuerdo fue que, cuando terminara mi carrera en el rugby,
trabajaría con mi padre. —No parece particularmente entusiasmado con
eso. Entiendo completamente su falta de entusiasmo, es la razón por la
que sigo sentada aquí, tratando de averiguar cómo conseguir que este
hombre me permita mudarme a su casa a pesar de lo vergonzoso que es
esto.
—El rugby es un deporte bastante violento. —Guau. Hoy soy una
excelente conversadora.
—Prefiero el término agresivo. ¿Lo miras?
—No tengo equipo favorito ni nada, pero fui a un par de partidos
cuando visité Escocia hace unos años. Supongo que esa agresividad
funcionaría bien si se traslada del campo al mundo de los negocios. —
Esta es mi manera de averiguar qué tipo de negocio dirige la familia de
Bancroft.
—Ojalá pueda encontrar el mismo nivel de pasión por la hostelería
que por el rugby —dice con cierto desdén.
—Estoy seguro de que no será difícil transferir tus conocimientos
del título de administración de empresas de Harvard al imperio Mills. —
Armstrong le da una palmada en la espalda.
¿Mills? Santo cielo. —¿La cadena de hoteles de lujo? —pregunto.
—Esa misma. —Me da una sonrisa tensa.
Los hoteles Mills son legendarios por sus spas y sus amplios
servicios. No son solo un lugar donde dormir, son una experiencia. Al
menos eso dicen los anuncios. No quiero ni pensar en lo que gana su
familia, aunque no costaría mucho averiguarlo.
Armstrong deja escapar la oportunidad de hablar del viaje de
Bancroft ofreciendo información sobre mi legado familiar. —El padre de
Ruby es Harrison Scott, de Farmacéuticas Scott.
Bancroft me mira con curiosidad. —¿Oh? Eso suena familiar.
—Está especializado en medicamentos para la disfunción eréctil —
murmuro.
—¿Sí? Bueno, espero no necesitarlos en muchos años, o nunca —
responde Bancroft.
Armstrong se ríe.
Afortunadamente, llega la cena, poniendo fin a esa conversación
potencialmente embarazosa. Los hombres empiezan a hablar de negocios
y Armstrong comienza un monólogo sobre su primer año aprendiendo a
dirigir personal en el principal conglomerado de medios de comunicación
del país. Amie está pendiente de cada palabra como si fuera el líder de
una secta que quiere reclutarla como virgen para el sacrificio.
Yo como de a poquito mi cena, mi estómago sigue haciendo ese
desafortunado balanceo, incluso con la mínima cantidad de comida que
le estoy poniendo.
No ayuda el hecho de que todo lo que Armstrong ordena tiene un
aroma acre y da un poco de asco mirarlo. O quizá el problema sea mi
estado mental y físico actual. Cuando el gorgoteo se hace audible, me
excuso, rezando por evitar una mayor humillación, pero esta vez en un
restaurante público y no durante una audición. Aunque supongo que
esto es una especie de audición.
Me encierro en el último retrete y respiro hondo varias veces, con
la esperanza de que el estómago se me tranquilice. En realidad, estos
baños son bastante bonitos, pero culos que no son míos se han sentado
en ellos y han dejado restos de cenas de cinco estrellas o secuelas de
champán caro. Además no me parece bien destrozar un baño en un lugar
tan bonito como éste.
Alejo esos pensamientos desagradables y me concentro en respirar.
Tardo unos minutos, pero por fin el estómago se me asienta lo suficiente
como para creer que podré aguantar sentada el resto de la cena, siempre
y cuando no coma nada más sustancioso.
Me miro en el espejo antes de dejar el baño. Tengo que calmarme
rápido si quiero asegurarme un lugar para vivir. Nadie en su sano juicio
me dejaría quedarme en su casa y cuidar de sus mascotas en mi estado
actual. Ojalá hubiera tenido el buen sentido de quedarme en casa esta
noche. En serio, me veo demacrada, como alguien que acaba de inhalar
metanfetamina. No es que sepa cómo es eso, aparte de esos programas
de intervención en la televisión.
Me doy palmadas en la cara temblorosamente con una toallita de
papel húmeda, de las gruesas que no se desintegran cuando se empapan
de agua. Luego de comerme una tira de enjuague bucal, volver a pintarme
los labios y empolvarme las mejillas, salgo al pasillo y me encuentro con
el mismo hombre que la última vez que salí de un baño público.
Agarro la camiseta de Bancroft y choco contra él sin querer. Otra
vez. No lleva traje de chaqueta como la última vez, así que es más fácil
ver y sentir todos esos músculos duros. A pesar de mi reciente plática
con la taza del váter, mi vagina sigue notando lo bonito que es su cuerpo.
—¿Estás bien?
Su voz tiene ese barítono profundo y resonante que me estimula,
literalmente.
—Estoy bien. Está bien. —Sigue siendo más un graznido áspero
que palabras reales.
—No te creo.
Dios mío, este hombre es muy intenso. La forma en que me mira
me hace desear tener un caramelo de menta, u otra de esas tiras de
enjuague bucal, por si acaso accidentalmente me besa de nuevo. Por
Dios. Será mejor que no vuelva a besarme.
—Si estás pensando en volver a abusar de mi boca con tu lengua,
quizá deberías reconsiderar el momento. Estoy bastante segura de que
mi aliento es horrible ahora mismo. —Ojalá mi cerebro no estuviera tan
enfermo y fuera tan estúpido como mi cuerpo.
—Lo siento de verdad. —Me acaricia la frente con las yemas de los
dedos, quitando los mechones sueltos que me cuelgan encima de los ojos.
Sigue con el dorso de su mano—. Dios. ¿Tienes fiebre?
—Solo estoy un poco caliente.
—¿Un poco caliente? Podría cocinar un filete en tu frente.
—Esa es una imagen super sexy.
Frunce el ceño. —¿Esto es mi culpa?
Mi primer instinto es negárselo, sobre todo porque mi educación
quiere que yo cargue con la culpa por él. Además es guapo y no quiero
que se sienta mal, pero en este caso tiene toda la culpa, y realmente me
gustaría tener un lugar donde vivir, así que si la culpa ayuda a que eso
suceda, estoy de acuerdo. —La verdad es que sí.
—Me siento muy mal por esto. No puedo creer que te haya agredido
sexualmente y te haya enfermado.
—Y arruinaste mi audición. —Por alguna razón, todavía me rodea
con su brazo. No es que me queje. Me siento bastante débil, por lo que es
bueno tener a alguien que soporte algo de mi peso.
—¿Que hice qué?
—A la mañana siguiente tenía una audición para una obra de
teatro, pero vomité todo encima del director. Arruinó mis posibilidades
de volver a trabajar con él, probablemente estoy en la lista negra en todas
partes. Nunca conseguiré otro papel en esta ciudad. —Vale, es probable
que la última parte sea falsa pero, si se siente lo suficientemente mal, tal
vez acepte que cuide sus mascotas y me quede en su piso durante las
próximas cinco semanas.
—¿En serio? —Parece absolutamente horrorizado. Tal vez he ido
demasiado lejos.
—No sé si no volveré a trabajar en la ciudad, pero desde luego no
conseguiré un papel si ese director está implicado.
Me suelta y se pasa la mano por el cabello abundante, delicioso y
ligeramente rizado, exhala un largo y lento suspiro. —Sí que te jodí las
cosas, ¿verdad?
Pues sí que me jodiste la boca. Al principio creo que esas palabras
están en mi cabeza, hasta que veo cómo levanta las cejas.
—¿Te jodí la boca?
—Uh. Con tu lengua. Cuando me besaste, con lengua. Me jodiste...
—Oh, Dios, Ruby, deja de hablar—. Mi boca. Con tu lengua. —Y lo hizo,
muy, muy bien. Mis partes femeninas concuerdan con esta evaluación,
basadas en la forma en que hormiguean. Debo estar mejorando si tengo
hormigueos. O tal vez estoy más enferma de lo que pensaba.
Cruza los brazos sobre el pecho. Una media sonrisa se dibuja en la
comisura izquierda de su boca. —Me devolviste el beso.
Parpadeo un par de veces. Supongo que se dio cuenta. Aunque no
voy a admitirlo. —Me atrapaste desprevenida y había estado bebiendo.
—¿Bebiendo? ¿De verdad? ¿Cómo sé que no tenías resaca y por eso
te vomitaste encima del director?
Incluso la palabra “vomitar” hace que mi estómago quiera montar
otra revuelta. —¡Tomé una copa! Y todavía estoy... —Hago gestos en lugar
de decir la palabra.
—No puedes tener las dos cosas, cariño.
—¿Las dos cosas? ¿De qué estás hablando?
—Hablo de que inventas excusas falsas para explicar por qué me
besaste cuando ni siquiera me conocías.
Me quedo con la boca abierta. La cierro, por si acaso, y miro mal.
—Tengo muy poca tolerancia al alcohol. Me tomé un martini. —Levanto
un dedo frente a su cara—. Me afectó mucho más de lo que esperaba.
—Claro. —Su sonrisa es exasperante. Quiero arrancársela de esa
cara hermosa, con los labios o con cualquier otra cosa.
—Engreído... —Me guardo el desagradable improperio y entrecierro
los ojos. Estoy muy sudada en este momento, y no creo que sea solo por
la enfermedad—. Sabes, independientemente de tu percepción de lo que
sucedió la otra noche, teniendo en cuenta lo borracho y drogado que
estabas, tú eres la razón por la que estoy sin trabajo, y ahora también
estoy a punto de quedarme sin casa. Espero que estés bien entretenido
con mi desgracia.
—¿Sin casa? —Eso borra esa hermosa sonrisa de su rostro.
No debería haber dicho esa parte. —No importa. —Me doy la vuelta.
No estoy segura de cuál es mi plan, de si voy a huir, aunque la idea de
dejar atrás tres cuartas partes de una comida perfectamente deliciosa y
comestible cuando solo me quedan seis paquetes de fideos ramen me
parece bastante despilfarradora. Puede que no me lo termine esta noche,
pero seguro que puedo dejarlo para otro día. La pasta primavera durará
al menos unos días en la nevera. Debería estar mejor para entonces.
—¡Espera, espera! —Bancroft me agarra del brazo, no con fuerza,
sino con firmeza—. No puedes decir algo así y alejarte como si nada.
—No es como si te afectara a ti —espeto, avergonzada. No puedo
creer que me haya metido en este tipo de situación.
—En este momento me afecta, sobre todo si soy responsable de tu
situación. Necesito que me expliques la parte de la casa.
Agito la mano en el aire mientras me debato entre contarle la
historia inventada que Amie y yo urdimos o alguna versión de la verdad.
Esta noche estoy excesivamente escandalosa. —Hubo un problema con
la renovación de mi contrato de arrendamiento. El alquiler era factible y
no hay nada más que lo sea, sobre todo sin este trabajo, así que estoy
jodida. —Eso no es completamente cierto, porque incluso con ese papel,
no habría tenido el dinero para pagar el retraso de alquiler y mi casa ya
está alquilada, así que, de todas formas, iba a terminar sin hogar. Pero
parece que se siente culpable por esto, y necesito un lugar para vivir. No
voy a desaprovechar la manipulación. O las lágrimas de chica. Además
es guapísimo.
—¿Y no tienes a nadie que pueda ayudarte? ¿Y tu familia?
—Mi padre no apoya exactamente mi carrera, por lo que pedírselo
no es una opción. —Ya estoy otra vez dándole demasiada información. Es
como si su voz fuera suero de la verdad.
Ahí está el ceño fruncido otra vez. Nunca he visto uno tan sexy.
—¿No crees que te ayudaría?
—Ha dejado muy claro que no me ayudará.
—¿Por qué no?
—Porque cree que debería dejar de jugar a fingir y volver a casa a
trabajar para la familia como mis hermanos. —Antes de que mi padre se
casara con mi madre, tuvo otro matrimonio más corto que duró solo unos
años. El tiempo suficiente para darme dos hermanos mayores que vivían
con su madre, sin contar las vacaciones de verano, hasta que tuvieron la
edad suficiente para participar en la compañía farmacéutica.
Bancroft aprieta la mandíbula. No me doy cuenta si es algo bueno
o malo. Y no tengo oportunidad de averiguarlo, porque Amie aparece por
la esquina.
—Ahí estás. Me estaba preocupando. —Sus ojos se mueven de un
lado a otro entre nosotros—. ¿Está todo bien?
Doy un paso atrás, dándome cuenta de lo cerca que estamos el uno
del otro, y me aliso el frente de mi vestido, poniendo lo que espero que
parezca una sonrisa natural. —Todo bien. Ya regresábamos a la mesa.
—Ya voy —murmura Bancroft y se da la vuelta, dirigiéndose al
baño de caballeros. Puede que sea producto de mi imaginación, pero
juraría que sacude un poco la pierna izquierda.
—¿Te encuentras bien? ¿Qué te dijo? —me susurra Amie al oído.
—Estoy bien. Me acusó de devolverle el beso.
—¿Que hizo qué? —Deja de caminar, pero su brazo está enlazado
con el mío, así que me detengo bruscamente—. ¡Lo siento, lo siento!
—Bueno, primero me acusó de devolverle el beso y después se
disculpó.
—Me alegro de que se disculpara. —Parece aliviada—. ¿Por qué te
acusaría de devolverle el beso?
Me entretengo quitándome pelusas imaginarias del vestido.
—¿Ruby?
Murmuro algo ininteligible.
—¿Le devolviste el beso?
Me encojo de hombros.
—¡Ni siquiera sabías quién era!
—Me pilló desprevenida. Se le da bien besar. Y, ¿lo has visto? Ese
hombre podría revivir a un cadáver con su aspecto.
—A veces eres muy espeluznante, ¿lo sabías? —Mira por encima
del hombro y luego suspira—. Siento mucho todo esto, no me había dado
cuenta de que Bancroft era el besador misterioso. Ya se me ocurrirá algo.
No dejaré que te quedes sin hogar. —Sus ojos se iluminan, maliciosos.
Me pone nerviosa, es la misma expresión que ponía cuando éramos
más jóvenes y quería hacer algo por lo que nos pudieran castigar.
—En realidad, esto podría ser perfecto.
—¿Perfectamente humillante? —pregunto.
—Déjame hacer mi magia.
—Tu magia es exactamente lo que temo.
5
Traducido por Jadasa
Corregido por Pame .R.
Regresamos a la mesa. Armstrong parece un poco molesto de que
lo hayan dejado solo. Supongo que se debe a que los platos de la cena no
se ven atraídos por su conversación cautivadora.
Me siento y percibo que se llevaron mi comida. —¿Pediste que
empaquetaran mi pasta?
—¿Empaquetaran? —La nariz de Armstrong se contrae, como si
estuviera tratando de enmascarar su disgusto. Seguro que en su casa las
sobras son solo para el perro. Y el perro sería hipoalergénico y jamás
ladraría.
—¿Para llevarla a casa? —Tengo que esforzarme para hablar con
normalidad, y no como si estuviera dirigiéndome a un niño pequeño.
—¿Por qué querrías hacer eso?
—Porque apenas lo comí.
—Pensé que no lo disfrutaste. —Me sonríe tensamente, su mirada
se dirige a Amie, como si no estuviera seguro de si hizo algo mal o no.
—No pasa nada. —Pongo la servilleta en mi regazo para tener un
lugar donde concentrarme. Esta noche se está volviendo una mierda. No
solo mi estómago no ha tolerado lo poco que he comido, ahora ni siquiera
puedo disfrutar de las sobras cuando esté finalmente bien. Y las únicas
cosas que hay en mi refrigerador son limones y quizás algunos aderezos
para ensaladas y condimentos. Si no estuviera ya muy avergonzada,
podría llorar.
—¿Por qué no pedimos el postre? —sugiere Amie.
—¿Estás segura de querer hacer eso? —pregunta Armstrong.
Si insinúa que Amie tiene que cuidarse con lo que come, él necesita
una bofetada en la cara, o tal vez un puñetazo, con nudillos de bronce,
debajo del cinturón. Amie es impresionante, con un cuerpo fabuloso que
mantiene con visitas regulares al gimnasio. A diferencia de mí. Confío
solo en mis desdichadas restricciones dietéticas para mantener mi figura
actual de supermodelo. La cual, en realidad, no es de una supermodelo,
pero últimamente mi ropa ha estado un poco más holgada.
—No sé los demás, pero yo estoy muy ansioso por ver su carta de
postres. —Bancroft se desliza suavemente en la silla frente a mí.
Quizás tengan helado o algo que sea ligero para mi estómago
irritable.
Cuando el camarero regresa, Amie pide un elaborado postre de lava
de chocolate, aunque Armstrong comenta que tiene gluten. También pide
un café con leche, pero con leche descremada. Bancroft pide un pastel de
manzana con helado y un café con canela, y yo opto por el té de menta y
el helado de sandía, porque parece que eso sí podría comerlo sin irritar
mi estómago sensible. Armstrong ordena un espresso. Negro. Sin azúcar.
Por supuesto.
—Entonces, Bancroft, te vas este fin de semana, ¿verdad? —le
pregunta Amie.
Aquí vamos. Me doy cuenta por su expresión que está planeando
su ataque. Armstrong no ha estado con ella el tiempo suficiente como
para apreciar completamente su lado travieso y retorcido.
—Sí. ¿Irás a cuidar de Francesca y Tiny en mi ausencia?
—Solo tengo que alimentarlas, ¿verdad?
—Y cambiar la arena de Francesca un par de veces a la semana —
confirma Bancroft.
Amie hace una mueca, como si la idea de cambiar la arena fuera
una tarea repulsiva. Creció con un perro, pero supongo que ella no fue la
responsable de hacerse cargo de sus deposiciones en el césped.
—Oh. Está bien. Supongo que puedo hacer eso.
—Tengo una lista de instrucciones que deberían facilitártelo. —Se
ajusta la corbata, pareciendo un poco nervioso. Supongo que se relaciona
directamente con la mirada de disgusto en el rostro de Amie—. Siento
pedirte que hagas esto, pero no puedo utilizar un servicio profesional de
cuidado de mascotas. No tengo tiempo para comprobar completamente
uno y solo necesito a alguien en quien pueda confiar.
Tenía sentido, aunque la experiencia de Amie con las mascotas ha
sido bastante limitada. Su caniche familiar, Queenie, era tan fuerte como
su madre. Cuidar a Queenie consistía en acariciarla ocasionalmente y tal
vez sacarla a dar un paseo de vez en cuando. Esa perra probablemente
recibió más atención de mi parte que de toda su familia junta. No es culpa
de Amie. Su madre no la dejaba acercarse al perro porque tiene alergias,
a pesar de que Queenie era hipoalergénica, tanto como pueden serlo los
perros. Ni siquiera se le caía el pelo.
—Y solo necesito pasar unas cuantas veces a la semana, ¿verdad?
—Eh... Bueno, Francesca necesita algo de atención, por lo que...
—¿Qué tipo de atención? Debería tomar antialérgicos antes de ir,
¿verdad? —Se gira hacia mí—. ¿Quizá puedas acompañarme? En caso de
que tenga alguna reacción y necesite ayuda.
Me encojo de hombros. —Si quieres. —Amie ha malgastado un poco
su potencial. Podría fácilmente haberse convertido en actriz teniendo en
cuenta el desempeño que está teniendo actualmente.
Se vuelve con una sonrisa brillante hacia Bancroft. —A Ruby le va
genial con los animales. Podría haber sido veterinaria.
Eso no es cierto. En la escuela secundaria, en biología, descubrí
que no soy buena con los olores fuertes ni cortando animales pequeños
e indefensos. Incluso si están muertos y embalsamados.
Bancroft me estudia un momento en tanto dobla su servilleta y la
coloca cuidadosamente sobre la mesa. Oh, sí, este hombre es de buena
familia. Lo cual es algo horrible de notar. Detesto que eso esté arraigado
en mi ADN.
—¿Alguna vez has tenido mascotas?
—Antes de mudarme a Nueva York. Pero crecí con dos perros y un
gato, y durante un tiempo mi madre tuvo un cuervo.
Bancroft arquea una ceja. —¿Un cuervo?
—Como que mi madre lo adoptó. —Hasta que un niño estúpido con
una pistola de aire comprimido le disparó.
Mira a su alrededor y baja la voz. —¿Alguna vez has cuidado de un
hurón?
—¿Tienes un hurón? Pensé que habías dicho que era un conejito o
un conejillo de indias —le digo a Amie.
Se encoge de hombros. —Ambos son peludos y viven en jaulas, ¿no
es así?
Mi opinión de Bancroft cambia un poco. Los hurones son mascotas
atípicas. Me obsesioné un poco con ellos cuando era adolescente, gracias
al tiempo que dediqué a trabajar en un santuario de animales. Quería
adoptar uno que terminó allí, pero no me lo permitieron, por una serie de
razones. Para empezar, son apestosos hasta que se encargan del asunto
de sus glándulas, un hecho que no conocía. También tienen que estar
enjaulados porque son pequeños y pueden meterse en espacios muy
reducidos. Y mi perro probablemente se lo habría comido.
—También tengo una tarántula. —Bancroft golpetea ligeramente la
mesa, esperando mi respuesta.
Trato de evitar subir demasiado la voz. —Oh, guau. Eso es um…
raro.
—¿Le tienes miedo a las arañas? —pregunta.
—No, en realidad no. —Particularmente, no me encantan; pero no
soy el tipo de persona que se sube arriba de una silla y grita como una
histérica si ve una. También es más probable que las guíe afuera en lugar
de pisotearlas si están compartiendo mi espacio.
—Ella es bastante inofensiva si sabes cómo sujetarla.
—Nunca he sostenido una tarántula.
—Pues tendremos que cambiar eso, ¿verdad? —Bancroft me ofrece
una cálida sonrisa que me derrite y me hace sonrojar, más allá de la
fiebre que todavía sigo teniendo, de todos modos.
—Entonces no tienes problemas con... —Armstrong gesticula con
las manos que acompañan su expresión de estirado—... los animales
raros —termina finalmente.
—No los llamaría raros, son solo un poco menos convencionales.
Cuando estaba en la escuela secundaria fui voluntaria de un santuario
de animales.
—¿De verdad? ¿Cómo beneficiaría eso a tu currículum? —pregunta
Armstrong.
—No lo hizo. Fui voluntaria porque quería serlo. —Y también para
no tener que pasar los fines de semana y las tardes en la oficina de mi
padre, archivando documentos o editando el folleto de sus prescripciones
para inflar el pene.
Bancroft golpea la mesa y se acerca más. —Ruby, ¿qué opinas de
cuidar a Francesca y a Tiny?
—Francesca es el hurón, ¿verdad? —Siento que mi nariz se frunce
con mi sonrisa. Intento disimularlo. Mi padre siempre me decía que me
hace parecer infantil y tonta.
Las mejillas de Bancroft se ponen rosas y me devuelve una sonrisa.
—Sí. Sin embargo, siento informarte que no tuve el placer de nombrarla,
por muy apropiado que sea.
—No puedo esperar a conocerla. —No lo digo solo para caerle bien,
me entusiasma en serio, aunque estoy segura de que está ayudando a mi
caso.
Bancroft observa a Amie, y después de nuevo a mí. Vuelve a alisar
la servilleta sobre la mesa. Me pregunto si es una reacción inconsciente.
Como cuando me concentro mucho, a veces se me sale la lengua por la
comisura de los labios. Es un poco embarazoso. Cuando me atraparon
haciéndolo en mi niñez, mi papá usaba sabores amargos para obligarme
a no sacarla. Funcionó hasta que empezó a gustarme el sabor.
—Sabes, podría ser bueno tener a alguien cerca de Francesca de
manera más regular —comenta Bancroft.
—Puedo alternar días con Amie si crees que eso sería mejor para
Francesca. Ella necesitará un poco de cuidado, ¿no es así?
—Sí. —Bancroft sigue jugando con su servilleta—. Pero pensaba en
algo un poco más... involucrado.
—¿Involucrado? —El plan de Amie podría estar funcionando.
—Bueno, necesitas un lugar donde quedarte y yo necesito a alguien
que cuide de mis mascotas. Sería mucho mejor para Francesca tener a
alguien allí todo el tiempo, así me garantizo que tendrá tiempo de juego.
La forma en que dice tiempo de juego provoca cosas interesantes
debajo de la cintura. Ahora tengo calor no solo por la fiebre, sino porque
me estoy imaginando cómo sería el tiempo de juego con él. Lo que debería
dejar de hacer si esta conversación va en la dirección que creo que va.
Codiciar a mi potencial empleador/arrendador temporal no es para nada
recomendable.
—¡Qué gran idea! —Amie aplaude—. ¿No es una buena idea?
—¿Quieres que Ruby se mude a tu departamento para cuidar de
tus mascotas? —La expresión de Armstrong refleja su confusión.
—¿Te parecería bien? —me pregunta Bancroft.
Anotación. Parpadeo inocentemente. —Si crees que sería útil.
—Inmensamente. —Sonríe de nuevo. Está un poco nervioso, lo cual
es comprensible. No me conoce y está a punto de dejar que me mude a
su casa y cuide de sus mascotas durante más de un mes. Pero, señor
todopoderoso, esa sonrisa es matadora—. Me iré por cinco semanas. ¿Te
parece razonable? ¿Ayudaría con el tema del apartamento?
—Claro.
—Excelente. Entonces está arreglado. —Se echa hacia atrás en su
silla, todavía sonriendo—. Te mudarás.
Misión No Terminar Viviendo en una Caja completa.
6
Traducido por Ivana, Gesi, Vane’ & AnnyR’
Corregido por Pame .R.
Dos días después, mis pertenencias se encuentran guardadas en
una penosa pila de cajas y llevadas al vestíbulo; hoy el elevador funciona,
gracias a Dios, donde Armstrong y Bancroft esperan para cargarlas en la
camioneta.
Vale. Bancroft conduce una camioneta. No es para intelectuales en
absoluto. Lo hace incluso más sexy. Y ni siquiera es rentada, lo que es
prácticamente insólito en Nueva York. Es un buen vehículo, uno de esos
de edición limitada con todas las mejoras, pero todavía sigue siendo una
camioneta y un fondo muy poco fidedigno de él. Puedo entender por qué
no querría deshacerse de ella, por poco práctica que sea.
También es sexy el modo en que los músculos de sus brazos se
flexionan cada vez que toma otra de las cajas y la saca por la puerta.
Lleva una camiseta de Harvard y un par de pantalones cortos. Lo único
que arruina un poco lo sexy son sus calcetines. Son blancos y alcanzan
sus espinillas. Si pudiera quitárselos, o tal vez cambiarlos por un par de
calcetines cortos, entonces sería perfecto.
Hace mucho calor, afuera está sofocante, y es incluso peor en mi
apartamento porque no tengo aire acondicionado. Por fortuna, no queda
mucho en el mismo. Supongo que Bancroft vive en un lugar lujoso ya que
se encuentra en Tribeca. Con aire acondicionado central.
Insistió en que lleváramos todas mis cosas a su sitio en lugar de
alquilar un depósito, ya que no tengo tantas posesiones mundanas. Al
principio me pareció raro, hasta que me dijo que tenía tres habitaciones,
dos de las cuales apenas se usan. Tampoco tengo dinero para alquilar un
trastero, así que esa discusión se zanja enseguida.
Las puertas del ascensor se abren y Amie sale con mi equipaje, que
se encuentra lleno del contenido de mi cómoda y mi armario. En cierta
ocasión esas maletas hubieran estado llenas hasta estallar. Ya no tanto.
—¡Ese es el último! —dice alegremente—. ¿Por qué no compruebas
una última vez y luego podemos salir de aquí?
No entiendo cómo puede seguir estando perfectamente arreglada y
tan animada después de pasar la última hora subiendo y bajando en un
ascensor. Sin embargo, lo aprecio porque no tengo ánimos para hacerlo.
Este problema de la gripe que me contagió Bancroft es un fastidio.
—Claro. —Una vez allí, reviso todos los armarios, asegurándome
de no dejar nada por accidente. Me paro en medio de mi apartamento
pequeño, un poco triste por dejarlo. Incluso si no es el lugar más bonito,
era mío.
Tomo mi bolso y arrojo dentro el paquete de seis botellas de agua.
Cuando estoy a punto de cerrar la puerta de este capítulo de mi vida,
literalmente, escaneo el apartamento una vez más, captando el colchón
desnudo con la mancha naranja en el centro donde derramé la sopa de
calabaza el año pasado.
Mi mirada se posa en mi sillón. La única pieza de mobiliario que no
vino con este departamento. Es imposible que lo deje aquí. Es demasiado
pesado para que lo lleve, así que tengo que deslizarlo por el suelo. Luego
tengo que hacer palanca para pasarlo por la puerta. Estoy sudando para
cuando lo llevo por el pasillo al elevador. Más que al principio, de todos
modos.
Me meto allí, presiono el botón del vestíbulo y me dejo caer en el
sillón, sin aliento por el esfuerzo. Las puertas se abren en el instante en
que llego a la planta baja y tengo que mover la silla para que salga.
—¿Quieres algo de ayuda con eso? —El tono barítono profundo de
Bancroft viene de detrás de mí.
—Estoy bien. Yo lo hago. —El sillón no se halla en el mejor estado.
Es bastante viejo. Cuando me apoyo, se inclina un poco a la derecha.
Pero es mío. Así que quiero llevarlo conmigo, incluso si su destino fuera
el basurero. Las puertas del elevador intentan cerrarse mientras lo estoy
arrastrando hacia afuera.
Bancroft se ríe. —Permíteme. —Toca mi cadera. Se siente como un
relámpago que acaba de salir de la punta de su dedo y se metió en mi
vagina. Estoy instantáneamente hormigueando ahí abajo. Me aparto del
camino de un salto y él me honra con esa maldita bonita sonrisa. Luego
levanta el sillón completo de tres millones de kilos—. Quieres esto en la
acera, o...
Le doy una mirada asesina. —Se viene conmigo.
Una ceja se arquea y su sonrisa se ensancha. —Tú eres la jefa.
Observo su increíblemente tonificado trasero mientras lo lleva por
la puerta abierta. Lo sigo afuera. Se encuentra caliente y pegajoso. Como
mis bragas. Y el resto de mí. Armstrong se ve asqueado cuando Bancroft
levanta el sillón lo suficientemente alto como para pasar por encima de
la compuerta trasera.
—¿Eso no se queda en la acera? —Armstrong hace un gesto hacia
mi sofá—. Esa cosa parece tener pulgas. ¿Lo vas a dejar en el vertedero
de camino a tu casa?
—Army —reprende Amie.
—Amalie, ¿cuántas veces te he dicho que no me gusta ese apodo
en público? —dice Armstrong.
Amie se refirió a Armstrong por ese apodo más de una vez, pero
nunca en su presencia. Supongo que ahora sé por qué.
—Me encanta mi sillón —digo a la defensiva.
—¿Quién más ha amado esa cosa? —murmura Armstrong.
—¿Hay algo que quede ahí arriba? —Bancroft agarra el dobladillo
de su camiseta usándolo para limpiar el sudor que gotea en su cuello. La
línea de vello aparece primero, seguida de su ombligo, que está hundido,
y luego revela unos abdominales duros y definidos que lamería felizmente
cada centímetro, incluso en su total repugnante estado sudoroso en este
momento. Bueno, tal vez no iría tan lejos, pero si se diera un baño, estaría
totalmente dispuesta.
Sería genial si se quitara la camiseta ahora mismo.
—¿Perdón? —pregunta.
¿Lo dije en voz alta? Estoy muy segura de que fue un pensamiento
en mi cabeza. Me aclaro la garganta. —Eso es todo. —Aun así sale un
poco nervioso y sin aliento.
—Gracias a Dios. El calor es sofocante. Amalie, llamemos al coche
y vamos a casa. Necesito una ducha —dice Armstrong.
Amie frunce el ceño. —¿No volvemos a lo de Bancroft?
—¿Puedes con esto, cierto Bane? Además, esta noche cenaremos
con mis padres.
—Faltan horas para eso.
—Pero necesitas tiempo para prepararte —argumenta Armstrong.
Amie nunca ha sido una coqueta. Puede ir del yoga al salón de baile
en menos de veinte minutos.
—Estamos bien. Ruby no tiene muchas cosas. Todo entrará en el
elevador de servicio en un solo viaje —responde Bancroft.
—¿Ves? —Armstrong gira un juego de llaves alrededor del dedo—.
Que tengas un buen viaje.
Amie me da un abrazo rápido. —Lo siento por Armstrong, no se
lleva bien con este tipo de calor. ¿Segura que vas a estar bien?
—¿Por qué no estaría bien? —pregunto.
—No lo sé. La mudanza, que todo sea nuevo.
—Estoy bien. De verdad. —Tal vez un poco nerviosa, pero aliviada
de tener un lugar donde vivir.
—Llámame luego.
—Lo haré.
Bancroft abre la puerta del pasajero para mí, como lo haría un
caballero, y me subo. Huele a él. Hay una enorme consola en el centro y
un asiento trasero enorme, que es donde mi equipaje se está almacenado
en este momento.
Esto debería ser más incómodo de lo que es, pero me encuentro
sorprendentemente a gusto con este hombre que apenas conozco. Aparte
de lo bueno que es al besar, su afición por las mascotas inusuales y la
disposición de acoger a extraños hace que me agrade mucho más.
Sube del lado del conductor y enciende el motor. El aire caliente
cruza las rejillas de ventilación, enfriándose rápidamente.
—Necesito parar para tomar algo para beber —dice Bancroft.
—¡Oh! ¡Tengo agua! —Extiendo mis piernas para poder llegar a mi
bolso en el piso entre mis pies. Saco una botella y se la entrego.
—Eres una diosa. —Desenrosca la tapa y la lanza sobre el tablero.
Echando la cabeza hacia atrás, abre su boca encantadora y deliciosa y,
básicamente, vierte el contenido de la botella en su garganta en treinta
segundos. Es impresionante.
—¿Quieres otra?
—¿Tienes más?
Saco el resto del paquete de seis de mi bolso.
—¿Qué más tienes ahí abajo entre tus piernas?
Lucho contra la tos. —¿Debo suponer que me preguntas sobre el
contenido de mi bolso y no lo que hay en mis pantalones cortos?
—Puedes asumir lo que quieras, pero si escondes una botella de
agua en tus pantalones cortos, debo decir que me gustaría saber cómo lo
lograste.
—Oh, Dios mío. ¡No acabas de decir eso!
Hace una mueca. —¿Muy lejos?
—¿Te parece? —Aunque, en realidad no me importaría mostrarle
lo que hay bajo mi ropa. Después de que me haya duchado. Maldita sea.
Tengo que controlar adónde va mi cabeza con este hombre.
—Culpo a la deshidratación. —Lanza una carcajada y toma otra
botella, la desenrosca y repite la secuencia, lo que observo, embelesada—
. Probablemente huelo a un vestuario en este momento. ¿Puedes abrir la
guantera?
Presiono el botón y se abre. Se acerca, sus dedos rozan mi rodilla
mientras agarra un desodorante y una camiseta arrugada.
Oh, Dios. Se va a cambiar. En frente de mí. En un espacio cerrado.
Me pregunto si tengo tiempo suficiente para agarrar mi teléfono y tomar
un par de fotos a medida que se saca la camiseta de Harvard.
Algunos hombres tienen caras bonitas y cuerpos geniales. Otros,
tienen caras geniales y buenos cuerpos. Este hombre tiene ambos. En
una escala de uno a ardiente, él está en llamas. Y tiene un tatuaje. Uno
grande en su hombro derecho que recorre sus bíceps y termina sobre su
codo. Oh, Dios. Eso es tan sexy.
Se apresura a poner la camiseta fresca sobre su cabeza, cubriendo
su desvío de tinta. Sigue con el desodorante, lo vuelve a arrojar en la
guantera y me sonríe tímidamente. —Me siento mejor, espero que ahora
también huela un poco mejor.
—Olías bien para mí. Estoy bastante segura de que eso fue solo
una excusa para mostrarme tus abdominales.
Su sonrisa se ensancha un poco. —¿No crees que solo trataba de
ser cortés? ¿Que tal vez no quise ofender tus delicados sentidos?
—¿Viste dónde vivía? —Le hago una seña al edificio. Es viejo y
deteriorado. No es un mal lugar para vivir, pero definitivamente no es
Tribeca—. Al menos una vez a la semana alguien activaba la alarma
contra incendios y todo el edificio olía a tostadas quemadas. Puedo
soportar el sudor masculino.
—Pero, ¿deberías hacerlo? Esa es la verdadera pregunta.
Pone el vehículo en marcha, enciende las luces intermitentes y se
incorpora al tráfico.
—Entonces, eh, ¿cuánto tiempo has vivido en ese apartamento? —
pregunta. Ahora que estamos en camino de regreso a su casa, con todas
mis cosas, parece un poco nervioso. Me pregunto si se está arrepintiendo.
—Cinco años. No creo extrañarlo tanto. Tener mi propio lugar ha
sido lindo, pero la mitad de los electrodomésticos no funcionaban tan
bien.
—Tienes razón. Lo entiendo. —Golpetea el volante—. Entonces,
¿cómo terminaste viviendo en Harlem?
—Los padres de Amie ya le habían comprado un lugar cuando
acepté el puesto en Randolph, donde fui a la universidad, pero era de una
habitación, así que tenía que encontrar mi propio lugar. Mi padre se
oponía a que viniera a la ciudad, así que formó un pequeño presupuesto
para el alquiler, pensando que volvería a casa al momento en que me
diera cuenta de lo que cuesta un apartamento en la ciudad. Pero quería
estar aquí y esto era razonable, además se encontraba amueblado y no
tenía compañeros de habitación.
—¿No te agradan los compañeros de cuarto? —pregunta.
—No es eso. Solo... vivir con alguien más es complicado, ¿verdad?
Todos tenemos rutinas y peculiaridades. Si fuera a vivir con alguien,
habría sido con Amie, así que pensé que sería mejor vivir sola. ¿Y tú,
alguna vez has tenido un compañero de cuarto?
—Solo cuando viajábamos para los partidos y torneos. Me gusta mi
espacio. —Hace eso de golpear con los dedos.
—Sí. A mí también. Bueno, el poco que tenía. Al menos era mío,
¿verdad? Solo podía molestarme conmigo misma si quedaban platos en
el fregadero durante días.
—¿Eres el tipo de mujer que deja los platos en el fregadero durante
días?
—La semana pasada lo fui. —No le digo que también fui ese tipo de
mujer la semana anterior, y el mes anterior a ese. Por suerte, no va a
estar cerca para ver mis escasas habilidades domésticas.
Tardamos algo más de media hora en llegar a su casa de Tribeca.
No hay tráfico.
El edificio en el que vive es exclusivo y precioso. Lleno de ventanas
y vidrios espejados. Con la ayuda de dos hombres que trabajan en el
edificio, que se dirigen a Bancroft como el señor Mills, metemos todas mis
pertenencias en el ascensor de servicio. Cuando intento seguir mis cosas,
Bancroft me pone una mano en el hombro. Mis pezones reaccionan de
inmediato. Son tan cachondos cuando hay un hombre sexy cerca.
—Lo subirán todo, nosotros tomaremos el otro ascensor —dice.
El otro ascensor tiene suelo de mármol negro y paredes de espejo,
lo que me permite una vista increíble de Bancroft desde todos los ángulos.
Los calcetines siguen distrayendo mucho.
Cuando llegamos al piso del ático, me hace salir. El vestíbulo es
amplio, las paredes pintadas de color champán y más mármol negro nos
conducen por el pasillo. Las puertas están muy separadas y supongo que
es porque estos condominios son mucho más grandes que mi pequeño
apartamento.
Al final del pasillo, Bancroft teclea un código, abre la puerta con
una sonrisa algo nerviosa y me hace pasar.
Paso junto a él y me detengo de golpe. Mi apartamento podría caber
diez veces en este sitio. Bancroft choca conmigo por detrás. Tropiezo
hacia delante y su brazo, grueso, bien definido y musculoso, me rodea la
cintura, impidiendo que me estrelle contra el magnífico y reluciente suelo
de madera.
Su pecho duro presiona mi espalda durante unos breves segundos.
Estoy casi segura de que noto las crestas de sus abdominales. Lástima
que esto no ocurriera cuando no llevaba la camisa. También es una pena
que yo tenga la camiseta puesta, junto con el resto de nuestra ropa. Por
desgracia, se apresura a ponerme de pie. —Guau. Lamento eso.
—Es mi culpa. —Doy unos pasos más dentro—. Esto es muy
bonito.
—Está bien —murmura.
—Creo que está un poco mejor que bien.
Su condominio es enorme. Este es el tipo de lugar al que debería
estar acostumbrada, pero después de haber vivido en mi departamento
durante los últimos cinco años, me acostumbré a los espacios pequeños
y a los electrodomésticos de mierda que no funcionan bien.
Hacia la izquierda hay una cocina. Una hermosa y grande cocina
llena de encimeras de granito y brillante acero inoxidable. A la derecha
hay un pasillo con un conjunto de puertas dobles al final. Directamente
frente a mí, hay ventanas desde el piso hasta el techo que brinda una
hermosa vista del East River, en vez de la vista de una pared de ladrillos
que tenía antes.
La sala de estar cuenta con un enorme sofá de cuero y una enorme
silla cubierta de un patrón vibrante que no parece coincidir para nada
con su personalidad. Aunque aún no lo conozco lo suficiente como para
formarme una opinión informada y perspicaz.
Me quito los zapatos, me dirijo a la silla y me dejo caer en ella. El
espacio es muy abierto. No es especialmente cálido ni acogedor. No hay
chucherías ni pequeñas cosas que me digan algo sobre quién es Bancroft
como persona.
Enfrente de la silla en la que me he sentado hay un mueble de
pared que va del suelo al techo, y eso es mucho decir, ya que parece que
estoy mirando techos a tres metros y medio. Un televisor gigante ocupa
el centro del mueble. Las estanterías cuadradas sostienen una variedad
de libros cuidadosamente apilados. Un lector que juega al rugby, eso sí
que es sexy.
Echo un vistazo más allá del mueble alto. —¡Santo cielo! ¿Tienes
un gimnasio en casa? —Me levanto de mi asiento de un salto y corro por
el espacio abierto, conteniendo a duras penas las ganas de dar volteretas
por el camino, porque tengo la habitación.
Al otro lado de la pared, hay una serie de máquinas de ejercicios.
Hay una cinta de correr, una bicicleta fija, una máquina de pilates y una
variedad de pesas, así como también un banco para levantar.
—Vaya, no me sorprende que te veas así. —Hago un gesto hacia su
figura atlética y después hacia la elaborada instalación del gimnasio en
casa—. ¿Usas esto todos los días?
Se pasa la palma de la mano por el pecho. —Lo intento.
—Esto es fantástico. —Mi gimnasio debe estar a media hora de aquí
y eso es en un buen día cuando el metro funciona correctamente. Es un
gimnasio concurrido, por lo que a veces es difícil acceder al equipamiento
que quiero. Su cinta de correr está ubicada para también tener una vista
al río. La vista es espectacular.
Enfrente hay una oficina muy ordenada con una computadora de
escritorio muy agradable y un monitor lo suficientemente grande como
para ver películas. Contra la pared izquierda hay un terrario.
—¡Ooh! ¿Aquí es donde vive Tiny?
—Así es.
Me pongo de puntillas, no estoy segura de exactamente por qué. No
es como si fuera a asustarla y saliera volando de su recinto de vidrio. Me
agacho para quedar al nivel del terrario. Unas patas largas y peludas
aparecen sobre una piedrecita cuando la veo.
—Mierda. Es enorme —susurro.
El reflejo de Bancroft aparece en el cristal. Se me comprime el
estómago cuando se agacha detrás de mí y su pecho roza mi hombro. Mi
mirada se fija en su boca acercándose a mi oído. Su aliento es cálido en
tanto choca contra mi cuello. Por un segundo creo que tal vez voy a sentir
nuevamente esos labios en mi piel.
Hasta que susurra: —Puede oler tu miedo. —Luego hace un ruido
raro que me recuerda a las películas de terror. Me estremezco y él se ríe,
enderezándose—. Relájate. Es totalmente inofensiva. —Levanta la tapa
del tanque.
Si giro la cabeza hacia la izquierda, estaré mirando su bulto. Es un
verdadero desafío no hacerlo. En cambio, me quedo donde estoy mientras
mete la mano y le da un golpecito en el culo a Tiny, haciéndola correr
hacia adelante.
Es una araña gigante, sus patas abarcan la enorme palma de
Bancroft. Dios, sus manos son enormes. Me pregunto si el resto de sus
activos están a la altura.
Me rindo y lo miro. Lleva pantalones cortos de baloncesto, que le
quedan holgados, así que soy incapaz de confirmar o negar si el tamaño
de su unidad está directamente relacionado con el de sus manos. Y sigue
llevando esos malditos calcetines.
—¿Te gustaría sostenerla? —pregunta.
—¿Qué? Oh. No sé nada sobre eso. —Retrocedo un poco y caigo de
culo.
—Estarás bien. Estaré justo aquí para salvarte de ella si se pone
agresiva. —Se sienta en el piso con las piernas cruzadas, como si nos
estuviéramos preparando para la hora del cuento en el jardín de infantes
excepto que esta no es la hora del cuento. Está sosteniendo una araña
gigante. Después de unos segundos de vacilación, copio su postura.
Dobla su dedo libre. —Acércate un poco más.
Dios. ¿Por qué estoy convirtiendo en algo sucio todo lo que dice? Si
no estuviera sosteniendo esa araña, la idea de subirme a su regazo justo
después de quitarme toda la ropa parecería mucho más atractiva. Dios.
Tengo que controlar a dónde va mi mente cada vez que estoy lo bastante
cerca como para tocarle.
Me acerco un par de centímetros. Pone los ojos en blanco y avanza
hasta que sus rodillas tocan las mías. Bueno, en realidad mis rodillas
llegan a la mitad de su espinilla, pero ahora nuestros cuerpos se tocan.
No son partes muy excitantes, pero mis pezones no parecen entenderlo
por la forma en que se han levantado.
Claro, entonces tiene que levantar su mano con la araña y toda la
excitación se ve eclipsada por la bestia peluda de ocho patas que me mira
fijamente con sus ocho ojos. —Dame tu mano. —Ante mi renuencia, toma
mi mano derecha, la cual inmediatamente transformo en un puño—. No
se va a lanzar hacia ti, e incluso si te muerde, no es venenosa. ¿Cómo vas
a cuidarla si ni siquiera puedes tocarla?
Tiene razón. Despliego los dedos y su pulgar acaricia mi palma.
Para ser tan grande, es muy delicado. Y todas mis partes importantes y
sensibles están respondiendo a ese toque como si también estuvieran en
el extremo receptor. Mentalmente le digo a mis hormonas que retrocedan,
lo cual no es demasiado difícil al momento en que traslada a Tiny de su
palma a la mía.
Me estremezco ante la sensación de sus patas, luego me río. —Hace
cosquillas.
—Te acostumbrarás. —Su mano sigue acunando la mía.
—¿Qué debo hacer?
—Solo sostenla sin movimientos bruscos o ese tipo de cosas. En
realidad son bastante frágiles, por lo que no debes dejarla caer.
La sostengo durante un minuto. Ahora que la toco no me da miedo.
—¿Cómo la alimentas? ¿Qué le das de comer?
—Le doy grillos o larvas, dependiendo.
—¿Vivos? —Levanto la mirada.
—Sí. Vivos.
—¿Con qué frecuencia? ¿Todos los días?
—No, solo una o dos veces a la semana. Sin embargo, tendrás que
cambiarle el agua a diario. ¿Te parece bien eso? —Su expresión se vuelve
seria por un momento.
Asiento. —Puedo hacerlo. ¿Simplemente meto la mano en la jaula?
¿Me atacará?
—Pon un bolígrafo delante de ella primero para que no piense que
eres comida y puedas cambiarle el agua fácilmente. Te mostraré cómo
hacerlo más tarde. E incluso puedo mostrarte cómo alimentarla, aunque
puede que ahora no tenga hambre ya que comió hace unos días.
—De acuerdo.
La dejo que explore mi antebrazo, sus apéndices peludos me hacen
cosquillas. El sonido del timbre de la puerta nos sobresalta a los tres.
—Esas son tus cosas. —La levanta suavemente antes de que pueda
saltar y la coloca nuevamente en su terrario mientras voy corriendo hacia
la puerta.
Mi equipaje y cajas están apiladas cuidadosamente en el pasillo. A
los hombres de servicio les toma cinco minutos entrar mis pertenencias
al vestíbulo. Mi silla es lo último en llegar. Se ve bastante patética en este
ambiente particular.
Hago una mueca y lo miro a Bancroft. —Tal vez debería considerar
deshacerme de eso.
—¿Por qué? —pregunta cuando los hombres del servicio cierran la
puerta detrás de ellos. Sin embargo, dejan el carrito para que podamos
llevar las cajas hasta mi habitación, supongo. O a la habitación en la que
me estaré quedando mientras esté aquí. Supongo que me alegra no tener
muchas cosas, de lo contrario la parte de desempaquetar sería fea.
—Bueno, míralo. —Hago un gesto hacia el sillón en ruinas—. No
queda bien con la decoración.
—Yo no elegí la decoración de este lugar, así que puedes darle tu
toque a lo que quieras mientras estés aquí.
Puedo pensar en algunas partes de él a las que me gustaría ponerle
mi toque, comenzando con perder esos malditos calcetines. Y el resto de
su ropa. Permanentemente. Tal vez simplemente puedo quemar todo su
guardarropa. O achicarlo en la secadora mientras esté ausente.
Muevo las cejas mientras lo miro. —Puede que te arrepientas de
haberme dado rienda suelta de esa forma. —Un lado de su boca se alza,
como si supiera a dónde se ha ido mi mente. Aparto la mirada y gesticulo
hacia las cajas—. Supongo que debería quitarlas de en medio.
Sacude la cabeza levemente. —Claro. No estoy siendo un muy buen
anfitrión. Debería mostrarte dónde te vas a quedar, ¿no es así? —Tengo
la sensación de que está un poco aprensivo, al igual que yo. Esta es una
situación poco convencional, y realmente no nos conocemos, aparte de la
cena y un beso accidental. Supongo que ahora que estoy en su espacio,
la incomodidad empieza a aparecer.
Carga unas cuantas cajas en la plataforma y agarro las asas de mis
maletas con ruedas y lo sigo por el pasillo hasta la segunda puerta a la
derecha.
—Tengo dos habitaciones libres, esta es la más grande de las dos.
Si lo prefieres, podemos dejar tus cajas en el otro cuarto, pero depende
de ti. —Empuja la puerta para abrirla y se mueve a un lado.
—Oh, guau. —Esta habitación es más o menos del tamaño de todo
mi apartamento. Y la cama es una matrimonial, que es una seria mejora
de la doble en la que he estado durmiendo los últimos cinco años.
—Es bastante simple, pero como dije, es tuya para lo que necesites
mientras estás aquí. También puedes mirar la otra habitación, si quieres.
—No, no. Esto es perfecto. Me encanta este cuarto. —Las paredes
son de un gris pálido y helado. El edredón es de color blanco, el marco
de la cama del mismo color cremoso. Es muy bonita sin ser demasiado
femenina. Me pregunto quién hizo la decoración si no fue él.
—Hay un baño por allí, y un vestidor. Puedo guardar las cajas ahí
si quieres que no te molesten.
—Contra la pared está bien. Puedo mover las que no necesito al
armario más tarde.
—Claro. —Bancroft mueve la carretilla por la habitación y apoya
las cajas contra la pared del fondo.
Cruzo hacia el baño. Es fabuloso, como de cinco estrellas. Hay una
bañera profunda en la que probablemente podría dar vueltas, y una
ducha separada con un gran cabezal de lluvia. Incluso hay un tocador de
doble lavabo.
Tengo un momento en el que las emociones salen a la superficie y
me dan ganas de llorar un poco. Hacía tanto tiempo que no tenía cosas
bonitas. Claro que cuando voy a casa a visitar a mi padre tengo cosas
bonitas, pero normalmente solo estoy allí uno o dos días antes de volver
a la ciudad, al pequeño y desgastado apartamento en el que he estado los
últimos cinco años. Siempre he tratado las visitas a casa como una
estancia en un hotel: un lujo temporal.
Y durante las próximas cinco semanas, este nivel de lujo será mío.
Volver a un lugar de mierda va a ser horrible. Y eso suponiendo que voy
a conseguir un trabajo que me permita alquilar más que una habitación
en una casa de fraternidad. Mejor disfruto esta irregularidad mientras
pueda.
Después de mover todas las cajas y el equipaje a mi habitación,
Bancroft se para en la puerta con las manos metidas en los bolsillos de
sus pantalones cortos de baloncesto, algo incierto.
—¿Puedo, eh, darte tiempo para desempacar? Después podemos
pedir la cena y repasar los horarios de alimentación y todo lo demás.
No sé de qué otras cosas habla, pero la cena definitivamente suena
bien. —Por supuesto. Pero ¿puedo conocer a Francesca primero?
Se ríe un poco. —Cierto. Sí, por supuesto. Por eso estás aquí. Ven
conmigo. —Sale al pasillo y me hace un gesto para que lo siga hasta la
puerta al final—. En general la tengo en la zona del salón, pero no quería
que todo el ruido y el traslado de tus cosas la asustara, así que la puse
en mi habitación.
Abre la puerta. Durante medio segundo imagino que el beso
accidental que me dio se convirtió en algo más. Una aventura de una
noche, o posiblemente una proposición de matrimonio.
Su dormitorio es una cueva. No literalmente. No está hecha de
piedra. Pero es increíblemente grande. Y la cama. No me hagan empezar
con la cama. Creo que me estoy obsesionando con las camas. Grandes.
Y esta es enorme.
Este es cien por ciento el dormitorio de un hombre. Más que eso,
es la habitación de un hombre atlético. Pantalones cortos de gimnasia
cuelgan del extremo del estribo y debajo de ellos hay un par de zapatillas
para correr, junto con calcetines desechados. El mismo tipo de calcetines
que lleva ahora mismo. Los que le llegan a las espinillas y me impiden
ver sus bonitas y musculosas piernas con pantorrillas muy definidas.
Las paredes son una versión más pálida de la habitación en la que
me estoy quedando y el edredón es de color azul oscuro. Alguien, supongo
que una mujer, tal vez su madre o una hermana (si tiene), ha decorado
su cama con un par de almohadas.
Elijo evitar la posibilidad de la participación de una novia pasada,
o incluso una actual considerando su reciente cita con Brittany. Espero
que su comportamiento accidental haya puesto fin a esa incipiente
historia de amor. De todos modos, los almohadones se encuentran sobre
el edredón como si fueran un dolor en el culo, como lo son a menudo.
Sobre la enorme cama hay una maleta abierta y tres portatrajes,
sin cerrar. Menos mal. Si no estuvieran allí, habría sucumbido al impulso
de preguntarle qué opina de las peleas de almohadas desnudos. Tal como
están las cosas, me cuesta mucho no imaginarlo.
—Lo lamento por el desastre. —Se apresura a recoger los pocos
objetos desechados del extremo de la cama, cruza la habitación y los mete
en el armario.
Mientras se preocupa por ordenar, echo un vistazo a la habitación
y por fin noto la jaula de Francesca. Es sorprendente que la haya pasado
por alto hasta ahora, ya que es el segundo elemento más destacado del
cuarto. Al igual que el resto del condominio, es una instalación de lujo
con tubos transparentes y varios niveles, que le da mucho espacio para
correr mientras está enjaulada durante el día.
—Hola, bonita —le digo en voz baja cuando asoma la cabeza por
un tubo. Su nariz rosada se contrae, su cabeza azabache se levanta y su
pelaje negro la hace parecer un bandido enmascarado mientras me mira
con curiosidad. Sale del tubo y su largo cuerpo marrón cae sobre las
virutas de madera. Se revuelca un poco, mostrándonos su pálido vientre.
Es adorable.
—Ahí está mi niña —dice Bancroft detrás de mí. El afecto en su voz
hace que todas mis partes sensuales se exciten. Más excitadas de lo que
ya estaban. Los hombres que aman a los animales son tan atractivos.
Eso lleva a Bancroft a niveles volcánicos.
Abre la jaula y la saca con cuidado. En cuanto está en sus brazos,
escala su pecho y se envuelve alrededor de sus hombros, mordisqueando
su mandíbula y acicalándole la barba. Quiero hacer lo mismo. Excepto
después de que él se duche.
La arrulla y la deja acurrucarse. Es tan linda, y él también, siendo
muy dulce con ella. Creo que mis ovarios se están derritiendo, llorando o
pidiendo su esperma.
—¿Te gustaría sostenerla? —me pregunta después de un minuto
de mimos.
—¡Por supuesto!
—Puedes agarrarla por el cuello —le agarra suavemente la piel
suelta de la nuca, sosteniéndola—, o sostenerla por debajo de las patas
delanteras y traseras.
Elijo esta última porque eso significaría que también entraría en
contacto físico con Bancroft. Habiendo empezado en siete millones en la
escala de calentura, subió varios peldaños con toda su dulzura, paciencia
y consideración. Especialmente con lo incómoda que podía ser toda esta
situación. ¿Cómo es que este hombre sigue soltero? Tal vez tiene algunas
peculiaridades extrañas, aparte de los calcetines.
Francesca es adorable y está llena de travesuras, que es el encanto
de ser dueño de un hurón. En cuanto la tengo en mis brazos recuerdo
exactamente cómo era cuando trabajaba en el santuario de rescate y por
qué había querido adoptar al que acabó allí. Me enamoro de ella en cinco
minutos.
La pongo en el suelo con el permiso de Bancroft y ella se marcha,
saltando hacia la puerta. En cuestión de segundos cruza el pasillo hacia
el salón.
—Es rápida —observo.
—Sí. Sin embargo, el condominio es bastante a prueba de hurones,
por lo que es seguro. Todos los cables están ocultos y cubiertos para que
no pueda alcanzarlos. —Señala a la pared donde no se ven los cables que
normalmente saldrían de los enchufes.
—Eso debe haber sido mucho trabajo.
—Hice que viniera un profesional y lo hiciera por mí. Me costó un
poco acostumbrarme, pero vale la pena el esfuerzo. Siempre quise tener
un perro de niño, pero mi madre es alérgica, mi padre viajaba demasiado
y yo jugaba al rugby de competición, así que había muchos partidos a
distancia. No hubiera sido justo hacerle eso a un perro.
—Entonces, ¿por qué te decidiste por un hurón en lugar de adoptar
tu propio perro?
—Fue accidental. Alguien metió un hurón en uno de los hoteles de
Nueva York de mi padre hace un tiempo. Son eh… Es ilegal tener uno
como mascota en algunos estados, y corría el riesgo de ser exterminada,
así que la llevé a casa. —Se ve nervioso mientras espera mi reacción.
—¿De verdad? ¿Es ilegal en algunos estados? —No tenía idea.
—Solo algunos.
—Pero en Nueva York no, ¿verdad?
Frunce los labios pero permanece en silencio.
Me inclino a su alrededor y le paso la mano por la espalda, entre
los omóplatos. Sus músculos se flexionan y respira bruscamente.
—¿Qué estás haciendo?
—Buscando tus alas de ángel.
Se ríe y luego hace un gesto a Francesca, cuya cabeza se asoma
desde debajo del sofá. Cruza la sala de estar y se desliza en la cocina.
—Mírala. ¿Cómo podría dejarles hacer eso?
—Exacto. Es genial que hayas decidido conservarla. Y tu secreto
está a salvo conmigo. No le diré a nadie que estás albergando a un hurón
fugitivo.
—Aprecio tu discreción. No me di cuenta de lo complicado que sería
todo el proceso, pero ha demostrado que vale la pena. Tampoco esperaba
hacer muchos viajes, así que pensé que no sería un problema. Espero
que esa parte solo dure un poco.
Francesca encuentra una bola con una campana, como las que se
dan a los gatos, y la hace rodar por el suelo. Se la arrebato antes de que
pueda alcanzarla.
—¿Quieres jugar, señorita? —La lanzo por la habitación y corre
detrás de ésta.
Una vez que la atrapa, me la trae de vuelta. Miro por encima del
hombro a Bancroft, que me observa con una expresión divertida.
—¡Juega a buscar y traer!
—Es su actividad favorita. También le encanta acurrucarse cuando
miramos la televisión.
—Ya estoy enamorada de ella.
Murmura algo que no entiendo. —Si estás bien con ella, ¿te importa
si me doy una ducha rápida? O puedo ponerla de nuevo en su jaula y tú
también puedes darte una.
Durante medio segundo lo interpreté completamente mal. Tal vez
porque en el momento en que dijo ducha empecé a imaginármelo desnudo
y mojado. —¿Por qué no te vas ahora y me ducho cuando termines?
—Por supuesto. Genial. Luego, ¿ordeno la cena?
—Um, no tienes que ordenar. Comeré casi cualquier cosa. —Salvo
por todo lo que Armstrong ordenó el otro día. Y no puedo permitirme el
lujo de derrochar en comida cara para llevar.
—Mi refrigerador no está bien surtido. Será mi regalo.
Me siento algo culpable por aceptar más limosnas de él, pero tengo
suficiente hambre como para aceptar. —Bueno. Por supuesto.
—Excelente. No tardaré mucho. —Sonrío y me giro hacia Francesca
cuando me da un codazo en la mano, con la pelota ya a mis pies.
La lanzo y la veo saltar por el suelo. Es una preciosidad. Cuando
vuelve, tiene un juguete nuevo. Es un ratón, se lo cuelgo y salta a por él.
Cuando Bancroft vuelve de la ducha, yo estoy tumbada en el suelo, boca
arriba, con un ratón colgando de la cola entre los dedos de los pies y
haciendo sonar la pelota de cascabel en la mano.
Sus pies aparecen primero en mi campo de visión. Sus pies con
calcetines. ¿Qué carajo? Quizá le molestan los pies descalzos. Tal vez los
odia. A lo mejor le encantan los calcetines. Al menos estos son tobilleros
y no los que tapan sus increíbles pantorrillas. Miro hacia arriba, más allá
de sus rodillas, hacia los pantalones cortos, el cinturón negro que le ciñe
la cintura y la bragueta medio abierta. Veo brevemente que se ha puesto
rojo a la vez que se mete las manos en los bolsillos. Lástima que no vaya
desnudo debajo. No es que pudiera hacer nada al respecto si fuera así,
pero tendría cinco semanas de autocomplacencia.
Recuerdo muy bien lo que sentí cuando lo que escondía detrás de
la bragueta presionó mi estómago durante nuestro beso accidental. Sigo
subiendo, subiendo, subiendo por ese cuerpo tan montañoso. Lleva una
camiseta roja. Eso es bastante decepcionante. Se agradecería mucho que
no llevara camiseta. Quizá debería hacer un cartel mientras no está, uno
que diga “No usar calcetines ni camisetas” o algo así. Parece el tipo de
persona que lo vería divertido. Y que podría complacerme tomándoselo
en serio.
—¿Quieres descansar de entretener a Francesca? —me pregunta.
—Claro. —Le lanzo la pelota, que agarra por debajo de la mano con
un rápido paso a un lado gracias a mi pobre puntería.
Francesca corre hacia él e intenta escalar su pierna. En vez de
lanzar la pelota, la levanta. —Puedo pedir la cena mientras te limpias,
luego podemos repasar las reglas de la casa.
—¿Reglas de la casa? —Levanto la ceja—. ¿Te refieres a nada de
chicos en mi habitación después de las nueve?
Bancroft frunce el ceño. —¿Tienes novio?
—De momento no. —Pero seguro que me gustaría ser amiga de lo
que se esconde detrás de la cremallera de esos pantalones cortos cargo
que lleva. Hago medio puente y me pongo de pie—. ¿Eso significa que
tengo que cancelar la fiesta que planeaba para mañana por la noche?
La ceja de Bancroft se levanta.
—Voy a quitar ese post que puse hace un par de horas. Creo que
solo respondieron unas doscientas personas.
Me sonríe. —¿Solo doscientas?
—Mañana planeaba publicar un anuncio en el Times, repartir unos
miles de volantes, ese tipo de cosas, pero supongo que voy a cancelarlas.
Pensaba cobrar unos veinte dólares por persona, pero ahora tendré que
conformarme con la televisión por cable y relajarme con Franny y Tiny.
—Lo rozo al pasar de camino a mi habitación temporal, disfrutando de
su incertidumbre con los ojos muy abiertos.
—Estás bromeando, ¿verdad? —dice detrás de mí.
Solo me río y cierro la puerta, dejándolo con la duda.
Una vez en mi habitación, examino las cajas. Me alegro de haber
contado con la ayuda de Amie para empaquetar, porque si no, no tendría
ni idea de dónde está cada cosa. Por suerte, la caja del cuarto de baño
está en la parte superior de la pila, así que es fácil llegar a ella. La llevo
al baño y me doy cuenta de que no tengo ni idea de cómo funciona la
ducha. Hay setecientos botones y palancas y no sé qué corresponde a
cada uno.
Adivino y pulso uno de los botones del centro. Sale agua fría de un
chorro en la pared a la altura de la cara. Grito e intento darle otra vez,
pero me equivoco y se activa otro surtidor. Así que, claro, vuelvo a gritar.
El agua pasa de helada a hirviendo en cuestión de segundos. Me alejo de
los chorros, hacia la esquina, en lugar de salir por la puerta abierta de la
ducha. Ahora están alternando los chorros de agua hirviendo de los seis
chorros. Es como un juego muy caliente de golpea-al-topo, excepto que
nadie me golpea en la cabeza con un mazo, sino que me rocían con agua
ardiente.
Hay un golpe en el medio de mis gritos. Suena como si estuviera
junto a mi puerta.
—¿Ruby? ¿Estás bien ahí? —dice la voz apagada de Bancroft.
—¡Creo que necesito ayuda! —respondo.
—¿Está bien si entro, entonces?
—¡Por favor!
—¿Ruby? —La voz de Bancroft está más cerca ahora, dentro de mi
habitación pero fuera del baño.
—¡Estoy aquí! ¡Estoy atrapada en la ducha! —grito.
—¿Atrapada? —La preocupación profundiza un poco más su voz.
—Los chorros me están lanzando agua hirviendo —exclamo—. No
puedo pasarlos.
—¿No puedes apagarlos? —Ahora parece que intenta reprimir una
carcajada.
—¡Lo intenté!
—¿Estás…? —Hay un breve momento de vacilación, seguido de un
carraspeo—… ¿Decente?
—¿Me están cocinando en tu ducha y te preocupa mi estado de
vestimenta?
La puerta se abre lentamente y aparece el pelo oscuro de Bancroft,
seguido de sus ojos, que se dirigen hacia la ducha. Sus cejas bajan y
luego se elevan. Aparecen arrugas en las comisuras de sus ojos. Abre la
puerta de par en par.
—¿Cómo terminaste en la ducha completamente vestida?
—No parezcas tan decepcionado. Fue un accidente —suelto.
—Dios, hay agua por todo el suelo. Aguanta. Volveré enseguida.
—¿A dónde vas? ¡No me dejes aquí!
—Voy a poner a Francesca en su jaula para poder salvarte, dame
un segundo. —Desaparece, pero vuelve rápidamente.
Tarda tres segundos en calcular el tiempo del chorro intermitente
antes de meter la mano y pulsar tres botones. El agua se detiene. Lo
único que tiene mojado es el antebrazo. Yo, en cambio, estoy empapada
de pies a cabeza.
Mi camiseta de tirantes, de color azul pálido, se me pega a la piel,
y su estado empapado la hace transparente. Lo que significa que Bancroft
puede ver el sujetador azul más oscuro que llevo debajo. Mis pantalones
cortos también están empapados, mostrando la línea de mis bragas. No
hay mucha, ya que llevo tanga.
La mirada de Bancroft parece quedar atascada en mi pecho.
—¿Me das una toalla, por favor? —Ahora que ya no me salpica el
agua hirviendo, el aire acondicionado hace su trabajo y me eriza la piel,
entre otras partes del cuerpo. Mis pezones son particularmente evidentes
gracias a la falta de relleno en mi sujetador.
—Claro. Sí. —Agarra una del estante y me la da en cuanto salgo de
la ducha.
—Gracias. —Dado que el peligro de quemarme con el agua ya ha
pasado, ahora estoy apropiadamente avergonzada. Como debe ser. Sobre
todo por la forma en que Bancroft parece intentar contener la sonrisa—.
No te rías de mí.
Levanta sus manos en simulacro de rendición, pero le tiemblan las
mejillas. —Supongo que es bueno que no hayas esperado hasta mañana
para ducharte o te habrías quedado ahí dentro hasta que se acabara el
agua caliente.
—Fue como ser bombardeada por un volcán.
—No está tan caliente. Hay un sensor que no permite que suba
demasiado. No sé por qué no cruzaste los chorros y te salvaste, pero
aceptaré el estatus de caballero blanco.
—Tengo la piel sensible y entré en pánico —contesto.
—Lástima que no entraras en pánico después de estar desnuda. Ni
siquiera pude ver nada bueno.
Quedo boquiabierta. —Hasta aquí llegó la idea de ser un caballero
blanco.
Su sonrisa se ensancha. —Aun así, te salvé de mi ducha de lava
fundida.
—Solo porque pensabas que ibas a verme desnuda, al parecer.
Sus ojos vuelven a bajar, recorriendo lentamente mi cuerpo hasta
llegar a mis pies, donde se ha formado un charco.
—Puedo ser un caballero blanco con una mente sucia, ¿no es así?
—¿Sabes lo que sería agradable? —Me cierro la toalla con más
fuerza.
—¿Qué? —Pasa un rato antes de que su mirada llegue por fin a la
mía. Hay calor en ella. Del tipo que me hace querer dejar caer la toalla y
desnudarme. Del tipo que me lleva a preguntarme qué clase de guarrerías
ocurren en esa mente suya. Me aprovecharía de su mirada hambrienta,
si no dependiera de él para vivir mientras arreglo mi desastrosa vida.
Me aclaro la garganta y trato de parecer ofendida, en lugar de
excitada. —Estaría bien que dejaras de burlarte de mí y me enseñaras a
usar tu ducha de la era espacial.
—Estás un poco nerviosa, ¿verdad? —Sigue sonriendo. Es tan sexy
como exasperante.
Solamente lo miro, más porque me preocupa lo que pueda salir de
mi boca ahora mismo si no la mantengo cerrada.
Me muestra para qué es cada botón. Resulta que realmente puedo
ajustar la temperatura. Es una ducha de alta tecnología. Ajusta el chorro
a la lluvia y yo le digo cuándo está a la temperatura adecuada para mí.
—¿En serio? —pregunta, sintiendo el agua tibia.
—Te dije que mi piel era sensible.
—Esto es tibio.
—¿Y? No es como si estuvieras ahí conmigo. ¿Qué te importa?
Sus cejas bajan, junto con sus ojos. —No necesitarías agua caliente
si estuviera contigo. —Sonríe ante mi semi-fingido grito de indignación—
. Te dejaré con ello.
Veo su culo salir del baño, y el resto de su cuerpo, pero mi atención
se centra en su trasero finamente esculpido. Y sus putos calcetines. No
sé por qué me molestan tanto.
En cuanto oigo cerrarse la puerta de mi habitación, que es muy
bonita y grande, me quito la ropa mojada y me pongo bajo el rociador.
Hace un poco de fresco, pero prefiero eso al agua infernal. Además, me
vendría bien refrescarme un poco después.
El cabezal de la ducha de lluvia es tan agradable, la presión del
agua muy superior a la de mi antiguo apartamento. Después de unos
minutos, subo la temperatura uno o dos grados, porque Bancroft tiene
razón, hace bastante frío, y ahora que no está calentando el cuarto con
sus comentarios y su sensualidad, lo compenso con la temperatura del
agua.
Una vez que he terminado tardo otros cinco minutos en encontrar
un atuendo razonable. Todo lo que tengo es un desastre arrugado, ya que
ha estado metido en maletas durante los dos últimos días, pero no hay
mucho que pueda hacer al respecto. Ni siquiera encuentro ropa interior
decente, así que me veo obligada a salir sin nada, y todo lo que encuentro
que sea remotamente razonable es un par de pantalones cortos para
correr, una camiseta con sujetador incorporado y una blusa de tirantes
suelta para ponerme por encima.
No es como si estuviera tratando de impresionar a Bancroft. O
seducirlo con mi ropa sexy. No cuando dependo de él para tener un techo.
Eso podría complicar las cosas. Pero eso no significa que no pueda
coquetear.
Bancroft está estirado en el sofá viendo deportes con Francesca
acurrucada en su regazo. Justo encima de su pene. Qué puta. Ojalá yo
fuera ella.
Me mira. —Parece que te recuperaste del trauma de la ducha.
—Ja, ja. —Mi tumbona se ha trasladado a la sala de estar junto a
la silla de gran tamaño a la moda. Se ve aún más deteriorada al lado de
sus muebles agradables—. ¿Elegiste esta silla?
—No. Mi madre lo hizo. Le gustan mucho los muebles. Piensa que
este lugar no tiene suficiente… —Mueve su mano—… personalidad o lo
que sea.
—Ah. ¿Estás de acuerdo con ella?
Se encoge de hombros. —Le entusiasmaba que yo volviera a Nueva
York y me estaba recuperando de una operación de rodilla, así que la
decoración de interiores no entraba en mis prioridades. Ella siempre ha
estado involucrada en esa parte de los hoteles así que la dejé hacer lo
suyo aquí porque la hace feliz.
—Eso es dulce. No parece tu estilo.
—¿Cuál es mi estilo? —pregunta.
—Hmm. Buena pregunta. —Me doy un golpecito en el labio—. Tal
vez deberías sustituirlo por un trono. Ya sabes, para que quede bien con
tu estatus de caballero blanco.
Hace un ruido como de resoplido.
En lugar de sentarme, me meto en el hueco entre el sofá y la mesita.
Bancroft me mira de forma interrogante mientras me inclino y acaricio a
Francesca.
—¿Qué haces?
Si no me equivoco, oigo un toque de excitación en su voz.
—¿Qué parece? Acaricio a tu hurón.
Francesca abre los ojos, parpadeando somnolienta. Le doy una
larga caricia de cuerpo entero, considerando la otra cosa que tiene debajo
y que no me importaría darle una caricia.
7
Traducido por Umiangel, MadHatter, Miry & Anna Karol
Corregido por Pame .R.
Mierda. Ruby Scott me va a matar. Mi pene está increíblemente
emocionado por lo que está pasando. Parece que toma el control mucho
estos días, sobre todo en relación con la mujer que actualmente acaricia
a mi hurón, que ha elegido un lugar bastante inconveniente para echar
una siesta.
Durante los últimos dos días he cuestionado mi decisión de dejar
que Ruby se mude aquí en mi ausencia. Negarme me haría un idiota,
pero la última vez que alguien vino a cuidar a mis mascotas, Francesca
casi escapó. Y todos los grillos de Tiny terminaron liberándose. Estaban
por todo el condominio. Eso fue asqueroso.
Pedirle a Amalie que cuidara de Tiny y Francesca no iba a ser ideal,
pero necesitaba a alguien digno y confiable. Como Francesca es fugitiva
debido a su situación ilegal, me gusta que una amiga la cuide mientras
me voy, pero suele ser por periodos de tiempo mucho más cortos. Hace
tiempo, Lex tenía una amiga que lo hacía, pero ya no está, así que ya no
puedo pedírselo. Amalie era alguien a quien conocía personalmente, y
parecía tener una buena cabeza sobre los hombros. Pero pasar cada dos
días no es suficiente, no durante cinco semanas. Así que a causa de la
desesperación, algo de culpabilidad, y con el convencimiento interno de
que Ruby no iba a perder a mi hurón en una de las rejillas de la
calefacción, seguí con el plan. Así que aquí está, acariciando a mi hurón.
Cuando su largo y oscuro cabello me hace cosquillas en el brazo y
su blusa se abre, dándome una excelente visión de su escote, admito
(para mí) que mi pene tiene el cien por ciento del control de todas las
decisiones en las que tenga que ver con Ruby en este momento, y que él
era parcialmente responsable de permitirle mudarse aquí.
Ella sigue acariciando a Francesca. Lo que estaría bien, excepto
que su lugar favorito para acurrucarse está justo encima de mi pene que
toma decisiones. Y su conciencia de lo cerca que tiene la mano Ruby está
produciendo una reacción desafortunada, porque le gustaría el mismo
tratamiento.
Lo que no pasará. Al menos no esta noche. No cuando la voy a dejar
en mi apartamento las próximas cinco semanas. La conozco poco. Podría
ser una de esas mujeres que automáticamente asumen que el sexo es
igual a una relación. Y ya que va a cuidar a mis mascotas, no puedo tener
complicaciones adicionales que impidan eso. Tal vez una vez que regrese
y su situación de vida se halle resuelta, podría ser una posibilidad. Por
desgracia, que mi cabeza debajo de la cintura reconozca el inconveniente
de meterme en sus bragas esta noche parece bastante imposible.
Maldición. Necesito controlar mi cabeza. Las dos. En cualquier otra
circunstancia reubicaría a Francesca, porque reconozco que su sitio
preferido para la siesta es un poco raro. Normalmente no hay nadie más
aquí para presenciarlo. Por desgracia, estoy empezando a ponerme duro,
y ella es lo único que oculta lo que definitivamente se convertirá en un
problema completo si Ruby sigue acariciándola.
Me gustaría atribuir la culpa, en parte, a los pantalones cortos que
lleva ella. Apenas le cubren el culo. De hecho, solo cubren su culo fino y
esculpido. Actualmente lucho para que mis manos se mantengan ocultas
detrás de mi cuello en lugar de estirarme y tantear algo. Como atleta, o
ex atleta, puedo apreciar cuánto tiempo y esfuerzo dedica a un culo tan
firme como el de Ruby.
No estoy siendo un cerdo. No intencionalmente. Pero está recién
bañada y, a juzgar por su atuendo informal y su falta de maquillaje, no
le preocupa impresionarme. Me gusta. Mucho. Es diferente a las mujeres
a las que suelo estar sometido, sobre todo con la reciente interferencia de
mi madre en mi vida sentimental.
Arrastro mis ojos hacia arriba, alejándome de su culo perfecto,
abrazado por diminutos pantalones cortos hasta la curva de su cintura,
sobre su escote, a lo largo de su cuello hasta la línea de su mandíbula.
Me quedo atrapado en su boca. Su lengua se asoma solo un poco, una
lengua que he tenido antes en mi boca. El recuerdo está un poco borroso
debido a los medicamentos para el resfriado y la combinación de whisky,
pero todavía lo tengo, y me gustaría ver qué más puede hacer esa boca
inteligente y atrevida.
Pero esta noche no.
Este es mi nuevo mantra. Estoy seguro de que podré mantener mis
manos y mi boca quietas el tiempo suficiente para subir a ese avión por
la mañana. En general soy bastante decente con el autocontrol. Durante
todos los años que pasé jugando al rugby profesional, donde las fanáticas
se despojan de sus ropas con más ánimo que una sonrisa, no aproveché
las oportunidades de interminables aventuras. Es decir, claro, participé
en las relaciones, pero fui discreto y no dejé un rastro de admiradoras
folladas en todo el mundo.
En primer lugar, no se habría reflejado bien en mi familia. He visto
suficiente escándalo para comprender el efecto dominó que puede tener.
He observado la forma en que mis padres están juntos y, aunque no haya
una cantidad abrumadora de afecto, mi padre tiene el suficiente respeto
por mi madre como para mantener su mirada errante al mínimo. Ese no
es siempre el caso en su círculo. Nunca quiero ser el tipo de persona que
cree que el estatus o el dinero me eximen de la moral.
Pero hay algo en Ruby Scott que me hace querer comportarme mal.
Muy mal. Por eso me imagino bajándole esos pantaloncitos y doblando
ese culo dulce y firme sobre su fea silla y follándomela hasta que se
rompa.
Reviso el reloj. Son las siete. Tengo diez horas para controlarme.
Solo tengo que aguantar hasta mañana cuando esté en un avión con un
océano entre nosotros para que sea más fácil mantener mi pene bajo
control. No debería ser tan difícil como parece.
Ruby le da un par de caricias más a Francesca antes de acercarse
a su silla, que he movido para que pueda sentarse si quiere. Se desploma,
extendiéndose sobre la fea tumbona. Es una imagen preciosa. Sus largas
y tonificadas piernas cuelgan sobre el brazo. Tiene los dedos de los pies
desnudos, sin pintar. No tiene la manicura hecha ni está acicalada en
absoluto. Es refrescante. Eso es lo que es Ruby: refrescante.
La falsedad se halla casi arraigada en el ADN de mi familia. Aunque
a mí pareció pasárseme por alto, es lo que me han educado para soportar
y esperar. Ruby es igual, al menos por su apellido y por quién es su padre,
pero, como a mí, parece faltarle ese horrible componente genético. La silla
en la que está sentada me lo dice. El lugar donde vivía también lo dice.
Todo el fiasco de la ducha me deja claro que ha estado fuera del circuito
durante un tiempo, y quiero saber exactamente cómo ha llegado a donde
está, y por qué ha tomado las decisiones que ha tomado para llegar hasta
aquí.
Por desgracia, esta noche no tengo tiempo para eso. Mi objetivo
esta noche es asegurarme de que ella va a cuidar de mis mascotas y no
arruinar mi condominio mientras estoy fuera. Basado en lo que he visto
hasta ahora, tengo la sensación de que estoy tratando con un poco de
alta tensión cuando se trata de la encantadora señorita Ruby Scott. Por
ahora estoy tratando de entenderla.
—Ordené comida italiana para la cena, espero que esté bien.
Sus ojos se abren. —¿Pizza?
—Mmm, no.
Su expresión decae un poco.
—Pedí auténtica comida italiana. Espaguetis a la boloñesa, pollo
parmesano, bruschetta, albóndigas, pasta primavera, ese tipo de cosas.
No quise molestarte en la ducha para que no te atacaran los chorros, así
que solo pedí un poco de todo.
—Ja, ja. Todo eso suena increíble. —Se acaricia el estómago—.
Espero poder soportarlo.
—¿Cómo te sientes? ¿Has podido comer? —La gripe que tuve duró
días. Tantos días que me preocupaba no poder tomar el avión mañana.
Pero ahora estoy bien. Aunque perdí unos cinco kilos. Ruby es pequeña.
Es compacta y firme, todo músculo y líneas delgadas. Me gustaría ver
cómo se siente debajo de mí. O encima de mí. Mierda. Esta mujer hace
que mi imaginación quiera desviarse al país de la perversión.
—Estoy bien. Una dieta constante de bebida isotónica y galletas
saladas parece que me ha ayudado a superar lo peor.
—Lamento haberte hecho eso. —También siento estar imaginando
todas las cosas que me gustaría hacerte.
Se encoge de hombros y hace un gesto hacia el apartamento y la
silla en la que está sentada. —Ahora lo estás compensando con creces.
Te lo agradezco de verdad.
—Nos beneficia a los dos, ¿verdad? Tienes un lugar donde quedarte
hasta que encuentres un nuevo apartamento y tengo a alguien que cuide
de Francesca y Tiny.
Sonríe. Tiene una sonrisa bonita, con dientes blancos y rectos,
excepto por uno de los colmillos, que está torcido solo un poco. Me gusta
la pequeña imperfección. Después de años de jugar al rugby profesional,
tengo muchas de esas.
Suena el timbre, señal de que ha llegado la comida y alguien subirá
en breve. —Esa debe ser la comida. —Me siento y Francesca hace un
resoplido cuando la levanto de mi regazo, dándole la espalda a Ruby para
que no pueda ver los ajustes que hago.
—Debería aprender todos los códigos y esas cosas, ¿no es así? —
Ruby salta de la silla, aterrizando silenciosamente sobre la madera dura.
Es increíblemente grácil. Me imagino que debe traducirse muy bien en
las actividades de dormitorio.
Consigo sacar la cabeza de la alcantarilla el tiempo suficiente para
explicarle el sistema de entrada. —Todas las entregas son interceptadas
por la seguridad de la recepción.
—¿No tienes que bajar a buscarlas?
—En general, quienquiera que esté trabajando en el mostrador de
seguridad lleva las entregas hasta la puerta a menos que se solicite lo
contrario.
—Eso es tan increíble. Antes tenía que esperar al estúpido ascensor
o bajar corriendo cuatro tramos de escaleras si tardaba demasiado o
estaba fuera de servicio, que era a menudo.
—No creo que eso sea un problema aquí. Como estamos en el ático,
tenemos un ascensor propio, así que las esperas son raras.
—Podrías ser un ermitaño viviendo aquí, ¿verdad? —pregunta.
—Si no me gustara la gente, supongo que podría.
Inclina la cabeza hacia un lado, y su sonrisa muestra un poco de
curiosidad. —¿Te gusta la gente?
—Depende de la gente.
—Pero te gusto. —Hace una mueca, como si estuviera avergonzada
por su propia declaración.
—Por lo que sé de ti hasta ahora, sí. —Sonrío ante el rubor que se
arrastra en sus mejillas—. Te daré acceso a los servicios que utilizo para
que puedas conseguir lo que necesites en mi ausencia.
Su tono se endurece un poco, como si estuviera ofendida por la
cortesía. —No tienes que hacer eso.
—Te quedarás aquí, habrá cosas que requieras, tanto para ti como
para Francesca y Tiny. No permitiré que gastes tu propio dinero cuidando
de mis animales.
Su mirada cae a sus pies. —Supongo que tiene sentido cuando lo
dices así.
Tengo que preguntarme un poco sobre su situación financiera. Ella
viene de una familia adinerada; sin embargo, esa revelación en la cena es
otra razón por la que cedí y le ofrecí un lugar para quedarse. Al menos
mi familia apoyó mi decisión de dedicarme al rugby como carrera. No
parece que tenga ni siquiera eso.
—Me traen comida todos los viernes, aunque el pedido se adapta a
mi gusto. Iba a cancelarlo, pero ya que estás aquí... —Dejo de hablar—.
Te mostraré cómo hacer cambios después de la cena.
—Por supuesto. De acuerdo. —Ruby usa una expresión ilegible. No
estoy seguro de qué hacer, y no puedo preguntar porque hay un golpe en
la puerta.
Lo que me recuerda que Francesca tiene que volver a su jaula.
—¿Podrías ponerla en mi habitación mientras atiendo esto?
—Por supuesto. —Se acerca al sofá, recoge a Francesca y la lleva
por el pasillo.
Espero hasta que entre en mi habitación antes de abrir la puerta,
aceptar la comida, proporcionar una propina generosa y cerrar. Si soy
sincero, estoy un poco nervioso por dejar a Francesca. Sobre todo porque
los hurones son ilegales en Nueva York, la cual es parte de la razón por
la que terminé con ella. Alguien la llevó a uno de los hoteles de mi padre
sin entender completamente las implicaciones. O tal vez lo entendían, ya
que la habían contrabandeado. Estaba enjaulada de manera inadecuada,
así que se soltó, cortó el cableado, causó todo tipo de daños y desapareció
en un respiradero. Sus dueños la abandonaron. Tiene suerte de estar
viva.
El plan de mi padre era entregarla a Control Animal, quienes la
habrían exterminado. Le dije que me ocuparía de eso. Y lo hice, pero no
de la forma en que él esperaba que lo hiciera.
En menos de veinticuatro horas me habían entregado una jaula al
condominio y le había preparado un hábitat. Las pocas personas que
tienen acceso a mi piso son conscientes de la delicada situación y reciben
una compensación por su silencio. Suena mucho más mafioso de lo que
es.
Cuando la acogí como refugiada no esperaba estar viajando. Llevo
semanas peleando con mi padre por este viaje, pero no puedo evitarlo. Sé
cómo trabaja. Si tengo una mínima esperanza de conseguir lo que quiero
en el futuro, tengo que darle lo que quiere ahora, que son semanas de
viaje e investigación para que pueda aprender los entresijos de la empresa
y ser un engranaje más de su maquinaria.
Desenvuelvo todas las bandejas. Es la mejor comida italiana para
llevar de esta ciudad en lo que a mí respecta. Su pizza también es genial,
pero pensé que era seguro pedir algo que sabía que a Ruby le gustaría,
por eso la pasta primavera.
Saco una botella de vino blanco de la nevera y otra de tinto, por si
prefiere uno u otro. Mencionó que le gustaban los martinis, pero yo no
soy experto en prepararlos, así que el vino tendrá que bastar. Tampoco
sé hasta qué punto se ha recuperado de su enfermedad. Sé que yo tardé
más de una semana en recuperarme.
Me debato entre poner la mesa o la isla. Creo que la mesa es muy
formal. Mejor informal. Sirvo agua con gas y pongo sitio para los dos.
Luego espero a que vuelva. Por alguna razón me siento nervioso. Como si
fuera una cita y no dos personas repasando instrucciones para el cuidado
de mascotas.
Una risita se filtra por el pasillo. Una risita muy bonita, femenina.
Sigo el sonido, que se hace más fuerte en tanto me acerco a mi habitación.
¿Qué demonios está haciendo allí? Un millón y un escenarios altamente
inapropiados aparecen en mi mente.
Empujo la puerta para abrirla y lo que encuentro no se aleja tanto
de lo que imaginaba. Simplemente con más ropa. Sin embargo, no mucho
más, considerando el atuendo de Ruby.
Mis trajes se han trasladado de la cama a la cómoda y mi maleta
está abierta en el suelo. Ella se encuentra en el medio de mi cama, en mi
cama deshecha, de rodillas. Se le han subido los pantalones cortos, un
lado más arriba que el otro, exponiendo algo de sus glúteos. Un bulto se
mueve debajo de la sábana y ella lo sigue, riendo cada vez que Francesca
se lanza en una nueva dirección. Es un juego que yo mismo hago con ella
a veces. Es un juego que me gustaría jugar con Ruby. Desnudo.
—La cena está lista. —Mi voz sale un poco ronca.
La cabeza de Ruby se mueve en medio de una risita. —Le encanta
jugar debajo de...
Me pregunto cuál debe ser mi expresión para que las palabras
mueran en su lengua de esa manera.
—Las sábanas. —Termino por ella, mi voz aún demasiado baja—.
Lo sé.
Mira a su alrededor y luego hacia abajo, tal vez dándose cuenta de
dónde se encuentra. Sus ojos se abren cómicamente y tira de la sábana,
recogiendo a Francesca y levantándose de la cama. —Lo siento. Eso no
fue... —Gesticula hacia mi cama—. No quise hacerlo. La coloqué ahí para
abrir el pestillo de la jaula y luego comenzamos a jugar.
La dejo divagar un par de segundos más antes de sonreír. —Está
bien. No pasa nada. Es uno de sus lugares favoritos para esconderse.
—Bueno, es una cama tan grande y hay mucho espacio para jugar.
No estoy seguro de si lo dice tal como mi cerebro lo interpreta. Lleva
a Francesca a la jaula, sus pantalones cortos todavía elevados de un lado,
exhibiendo la mitad de su glúteo izquierdo. Es una nalga muy bonita. Me
gustaría ponerle las manos encima o hundirle los dientes. Realmente
tengo que controlarme. Y planeo hacerlo. Luego. Cuando esté solo en esta
habitación y ella encerrada en la suya.
Sigo a Ruby hacia la jaula y la observo mientras la sujeta para
asegurarse de que esté bien cerrada. Ha habido un par de ocasiones en
las que he pensado erróneamente que la había bloqueada, pero no era
así. A Francesca le gustan los lugares cálidos y acogedores. Algo más que
ella y mi pene tienen en común. La diferencia es que, si se escapa de su
jaula, es probable que halle un escondite del que no pueda recuperarla
fácilmente.
—Ahí estamos —dice Ruby en voz baja mientras baja a Francesca
a la jaula—. ¿Alguna vez la has dejado dormir contigo?
—No es algo típico. A veces es difícil encontrarla por la mañana, y
no puedo tenerla vagando mientras estoy en el trabajo. —Alguna vez ha
acabado debajo de las sábanas conmigo en mitad de la noche porque me
he quedado dormido viendo la tele. Tiene algunos sitios preferidos para
dormir y, como no me gustan mucho los calzoncillos, la primera vez fue
un poco chocante. Desde entonces, me pongo calzoncillos si la dejo
dormir conmigo, ya que parece tener cierta fascinación por las cosas que
cuelgan.
—Me imagino que eso no sería muy bueno.
—Está bien debido a las cosas a prueba de hurones que he hecho,
pero aun así no quiero darle pie a que haga travesuras si es innecesario.
—A nadie le gustan las travesuras. —Me ofrece una amplia sonrisa
que dice exactamente lo contrario—. Me muero de hambre. ¡Veamos si
puedo mantener la comida!
Y se va, prácticamente bailando por el pasillo. No espera a que yo
vuelva a la cocina. Compruebo el pestillo una vez más, para asegurarme.
Cuando llego, todas las bandejas están abiertas y ella ya tiene un tenedor
en una. Lo hace girar, recogiendo fideos. Es una cantidad enorme. Echa
la cabeza hacia atrás, abre de par en par la boca, y lo mete todo, haciendo
sonidos que yo no atribuiría al placer de la comida.
Gime y se da vuelta hacia mí, poniendo la mano delante de su boca.
—Dis eto ta bono.
—¿Te gusta? —Agarro un tenedor y coloco un plato, entregándole
uno para que no se sienta obligada a comer de la bandeja.
Lo toma, sus mejillas se tiñen de rosa mientras sigue masticando
el enorme bocado. Llena su plato. Me sorprende la cantidad de comida
que consume, considerando su tamaño, pero no digo nada. Me gusta una
mujer con un apetito saludable.
Una vez que estamos cargados con comida, se desliza en la silla a
mi lado.
—¿Vino? —Señalo las botellas abiertas en la encimera.
—Oh. Eh, blanco, ¿tal vez? —Parece incierta.
—No te sientas obligada.
—No lo hago. —Cuando elevo una ceja, levanta los dedos, al estilo
de Chica Exploradora—. Lo prometo. Nada de obligaciones. Simplemente
no he consumido alcohol desde que me convertí en Vomitrón la semana
pasada.
—¿Vomitrón?
—Es mi nombre de superhéroe. No es muy rudo, sino más bien
apropiado, considerando todas las cosas.
Comemos en silencio unos minutos. Tengo hambre. No he comido
nada desde el desayuno, por lo que probablemente podría tragarme dos
o tres entradas sin ningún problema, pero trato de reducir el tamaño para
no ser incivilizado.
Ruby hace un ruido incómodo. —Creo que comí demasiado.
—Tus ojos son más grandes que tu estómago —observo. Solo ha
logrado ingerir la mitad del contenido de su plato.
Se acaricia el estómago. —Así parece.
Cuando su camiseta se pegó a su piel en la ducha noté la definición
allí. Está en muy, muy buena forma. Arrastro mis ojos hacia arriba, lo
que significa que miro su pecho un segundo antes de encontrarme con
sus ojos. —¿Has dejado espacio para el postre?
Sale un sonido pesado, y un poco rasposo.
Sus ojos brillan y luego sus párpados bajan, su voz también.
—¿Postre?
—Siempre encargo postre cuando pido de este lugar. Está en la
nevera.
—Oh. Claro. Es posible que necesite un poco de tiempo para que
mi estómago se asiente antes de poder poner algo más allí. —Lo frota un
par de veces para darle énfasis.
Trato de mantener mis ojos en zonas seguras, lejos de su pecho.
Se aclara la garganta. —Ahora que estamos limpios y alimentados,
¿debemos repasar las reglas de la casa?
—Claro. Por supuesto. Espera. —Me alejo de la mesa y cruzo la
cocina para recuperar la carpeta que armé. Ya que estaré ausente por un
período tan extenso, quería asegurarme de cubrir todos los escenarios
posibles.
—Vaya. ¿Tienes una carpeta? —Parece que trata de no reírse.
—Hay que cubrir muchas cosas.
—Ajá.
—Tu tono implica que piensas que esto es excesivo.
Me quita la carpeta y la abre. —¿Cuántas páginas tiene esto? ¿Más
de cien?
—Son noventa y ocho. Francesca y Tiny tienen necesidades muy
específicas.
—Noventa y ocho páginas de necesidades. —La hojea y susurra—:
Ojalá alguien estuviera así en sintonía con mis necesidades.
Me muerdo la lengua y no digo nada sobre cómo estoy seguro de
que podría atender cada una de ellas si estuviera dispuesta a volver a mi
habitación y jugar al escondite entre mis sábanas conmigo. —No se trata
solo de Tiny y Francesca. También hay códigos, contraseñas, seguridad
contra incendios, dónde ubicar las cosas, cómo utilizar diversos equipos
tecnológicos, información sobre el transporte público, áreas que deben
evitarse, ese tipo de cosas.
—¿Hay alguna sección sobre cómo hacer la cama? ¿Tienes un
diagrama para las esquinas perfectas?
—Confío en tu habilidad para hacer tu cama como mejor te
parezca.
Deja de hojear y señala la página con el dedo. —Tiene instrucciones
sobre cómo usar la lavadora y la secadora.
—Esto viene de alguien que se quedó atascada en la ducha porque
no pudo averiguar cómo ajustar la temperatura ni cómo hacer funcionar
los chorros. Además, pueden ser difíciles de entender. —Hizo falta tres
cargas para que entendiera lo que estaba pasando al principio.
—Soy más que nada una aprendiz visual. ¿Por qué no me enseñas
todo? ¿Tienes una lista de verificación? ¿Tal vez una carta con estrellas?
Puedo comer el postre cuando gane cinco estrellas. —Se le iluminan los
ojos con la misma travesura que vislumbré cuando jugaba con Francesca
en mi cama.
Me paso la siguiente hora repasando todo lo que hay en la casa,
desde dónde tirar la basura hasta cómo usar el control de la tele, pasando
por dónde encontrar la comida de Francesca y Tiny. Ruby parece prestar
mucha atención. Cuando tiene una pregunta, me pone la mano en el
brazo y me mira con ojos muy abiertos e inquisitivos.
Estoy a punto de mostrarle dónde encontrar las ollas y sartenes en
caso de que quiera cocinar cuando se aleja de mí.
—Um, ¿qué es esto? —Señala la mesa frente al terrario de Tiny.
—Es un contestador automático.
—¿De qué año es? ¿De la década del ochenta?
Probablemente esté muy cerca.
—¡Incluso tiene la cinta de mini-cassette! —Luce atónita—. Tienes
teléfono celular, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué tienes esto? —Lo levanta y hace falta todo de
mí para no asustarme y arrancárselo de las manos.
En lugar de eso, recojo suavemente la máquina y la vuelvo a colocar
cuidadosamente sobre la mesa, quitando el polvo o las huellas dactilares.
—Es nostálgico.
—¿Porque naciste al final de la década? —Se burla, pero su voz es
suave, y ahora parece más curiosa que nada.
—Fue de mi abuela. Lo tuvo desde siempre. Las cintas eran muy
difíciles de encontrar, así que se me ocurrió intentar enseñarle a usar un
celular. No paraba de negarse, y yo seguí intentando convencerla.
—¿Lo lograste?
Asiento. —Le dije que podíamos jugar al póquer uno contra el otro
todo el tiempo y eso la convenció.
Ruby se ríe. —¿Es un tiburón en las cartas?
—Lo era.
—Parece que son unidos.
—Sí, lo fuimos. Falleció el año pasado. —Estuve ausente en ese
momento y casi me perdí el funeral, tal como me perdí muchas cosas
relacionadas con mi familia. Por eso me alegro de haber vuelto a Nueva
York.
—Lo siento mucho. —Se acerca y pone su mano en mi brazo,
dándole un suave apretón.
—Yo también. Era una gran mujer. Fue la mente maestra detrás
de todo el imperio hotelero, aunque mi abuelo se llevó toda la gloria por
ello. En fin, cuando limpiábamos su casa, hallé el contestador automático
y lo agarré. Era una de esas cosas... Probablemente debería deshacerme
de él, pero...
—Creo que es dulce.
—Casi nadie me llama en esa línea. Mi madre a veces lo hace. Aquí
hay un manual si tienes problemas. —Le toco la cadera y ella se mueve
hacia un lado. Abro el cajón y le muestro el manual muy manoseado en
la bolsa Ziploc.
Su nariz se arruga. —Tal vez solo deje esto en paz.
Me apoyo en la encimera detrás de mí. —Seguramente sea lo mejor,
y si hay algún problema, siempre puedes llamar, enviar un mensaje de
texto o correo electrónico.
—Podría ser más fácil que pasar por esto. —Acaricia la carpeta
debajo de su brazo—. A menos que haya un apéndice y una guía de
referencia rápida.
Cuando no digo nada, se pone a mi lado y me roza con el brazo
mientras deja la carpeta sobre la encimera y ojea la última página, donde
hay una guía de referencia rápida, pero es solo para los problemas más
importantes, como que Francesca se ponga enferma o que salte la alarma
de incendios en mi piso, cosas que espero sinceramente que no ocurran.
—Guau. Eres eh… súper organizado, ¿cierto?
Me encojo de hombros. —Simplemente me gusta estar preparado.
Se mueve, inclinando su cuerpo hacia mí. Soy un poco más alto
que ella, así que puedo ver su escote. —¿Fuiste un chico explorador?
—Pasé unos años en Cadetes.
—Ah. Entonces, ¿eres muy disciplinado?
—Supongo. —Creo que de alguna manera lo soy. Como atleta, tuve
que esforzarme constantemente, especialmente cuando me lesioné.
—¿Eso significa que, además de ser organizado, te gusta seguir las
reglas?
—Depende, supongo.
—¿De qué?
—Si me gusta o no la regla.
Se ríe. —¿Así que te gusta imponerlas? ¿No seguirlas?
—Algo así.
Aprieta la manga de mi camiseta con dos dedos y la levanta hasta
que llega al borde de mi tatuaje. —Esto me parece bastante anti-reglas.
—Ya casi no está en contra de las normas. Todo el mundo tiene
tatuajes en estos días.
—Yo no.
—Aunque seguro que has pensado en hacerte uno. —Me imagino
que sería algo pequeño. No como el mío.
Se encoge de hombros. —Si lo hiciera tendría que estar en algún
lugar donde pudiera ocultarlo.
—¿En tu cadera, por ejemplo? —Toco el punto con un dedo, luego
retraigo la mano rápidamente cuando salta un poco.
—Supongo, y entonces, ¿qué sentido tiene usar el arte si nadie más
lo ve?
—Lo verías todos los días, y estoy seguro de que alguien podría
verlo, tarde o temprano.
—Pero solo en los momentos en que use bikini, o tal vez ni siquiera
entonces.
—O cuando estés desnuda —sugiero.
Se inclina un poco más cerca, hasta que su pecho se encuentra a
unos tres centímetros del mío. Tiene que elevar la barbilla para mantener
el contacto visual. Si no controlara mejor mis hormonas, podría sentir la
tentación de inclinarme y besarla. Pero mi pene no se halla en control de
mi cerebro en este momento. Mayormente.
Su voz sale baja y sensual. —Te das cuenta de que es la segunda
vez que te refieres a mi desnudez desde que estoy aquí.
—¿Llevas la cuenta?
Acaricia el tirante de su blusa. —Solo noto tu aparente obsesión
con que esté desnuda.
—Solo proporciono sugerencias útiles; tú eres la que lo enfoca a la
desnudez.
Se burla y retrocede un paso, lo cual es desafortunado, podría jurar
que sentí que sus pezones me rozaban el pecho hace un segundo. O tal
vez es una ilusión de mi parte. No es que vaya a decirle que no si se le
ocurre hacer un movimiento. Pero no creo que deba ser yo quien lo haga,
ya que la ataqué en un pasillo y acabo de mudarla a mi piso.
—Piensas mucho en un tatuaje que nunca me haré.
—Nunca digas nunca.
—Odio las agujas y no tengo ningún interés en dejar que alguien
que no conozco ponga sus manos tan cerca de mi... mi…
—¿Tu? —pregunto.
—Mi lugar especial —murmura, agachando la cabeza.
Me río. —¿Tu lugar especial?
—Cállate. —Empuja mi pecho y le agarro la mano.
—Puedes hacerlo mejor que eso. —Realmente debería detenerme,
porque esta es su propia marca especial de tormento para mi pene, pero
quiero escucharla decir algo sucio.
—¿Te refieres a mi cuca? ¿Jardín de Dama? ¿Túnel del amor, Flor
preciosa? ¿O dices Raja? —Arrastra la r, luego se pasa la lengua por el
labio inferior—. No, raja no, probablemente eres más amante de coño,
¿no es así?
—Maldición, tienes razón. —Tal vez no me importan una mierda
las complicaciones. Todavía sujeto su muñeca, y no hace un movimiento
para alejarse. Inclino la cabeza, a centímetros de esa boca sexy y traviesa.
Su mirada se eleva a la mía y sus labios se separan. Quiere esto. A la
mierda.
Estoy a punto de hacerlo cuando suena mi maldito teléfono. Eso es
suficiente para romper la tensión. Ruby da un paso atrás, apartando la
mirada, bajando la cabeza, al mismo tiempo que murmuro una maldición
y compruebo el contacto. Es mi padre.
—Tengo que contestar esto.
—Claro. —Se lleva la mano a la garganta y me dedica una sonrisa
nerviosa. Contesto a la llamada y cruzo la habitación, hacia la oficina,
ajustándome la erección, que ha vuelto con fuerza. Me he masturbado en
la ducha, pero parece que voy a tener que volver a hacerlo después de
acostarme.
Mi conversación con mi padre es breve e innecesaria en lo que a mí
respecta. Al momento en que vuelvo a la sala de estar, casi espero que
haya desaparecido en su habitación debido a mi comportamiento. No lo
hizo. Se encuentra reclinada en su tumbona en ruinas, balanceando una
taza de tiramisú sobre el estómago. Hay otro postre en la mesita, frente
al sofá. Supongo que es para mí.
—Supongo que me gané todas mis estrellas, así que se me permite
comer postre. Pero te esperé, solo para asegurarme.
Recibo otra de sus sonrisas pícaras, lo cual es un alivio. Podría
haber hecho las cosas incómodas si hubiera dejado que mi pene tomara
el control de nuevo.
—Probablemente mereces ambas cosas. —Dejo caer el teléfono en
la mesa de café, junto a mi postre y me tumbo en el sofá—. Lo siento por
eso. Conversaciones previas de último minuto.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Sí. A mi padre le gusta microgestionar.
—Eso parece ser un rasgo paterno bastante común —dice Ruby.
—Parece que estás familiarizada con eso.
—Hay una razón por la que me encuentro aquí y él vive en Rhode
Island. Bueno, una de las razones. —Sonríe y baja la mirada—. ¿Así que
tú y Armstrong son bastante unidos?
Es un cambio de tema abrupto, claramente hablar de su padre es
tan desagradable para ella como lo es ahora mismo hablar sobre el mío.
—Fuimos a la misma escuela preparatoria. Nuestros padres pasaban
mucho tiempo juntos, así que eso nos obligó a estar juntos, si eso tiene
sentido. —Armstrong y yo somos unidos en algunos aspectos, pero hace
muchas cosas que me molestan. Si tuviera que trabajar con él, le daría
un puñetazo en la cara. A menudo. Es un imbécil prepotente en el mejor
de los casos.
Inclina la cabeza hacia un lado, como si buscara un significado
más profundo en mi tono. —¿Te invitaron a la fiesta de bodas?
—Sí. Igual que a ti, ¿no?
—Soy dama de honor de Amie. Me sorprende que no te conociera
en la fiesta de compromiso, antes del eh... encontronazo en el cuarto de
baño.
—Me quedé escondido en un rincón, sin sentirme tan bien la mayor
parte de la noche. Supongo que pasaremos mucho tiempo juntos cuando
los planes de la boda se pongan en marcha.
—Mmm. Eso haremos.
Ahora me toca a mí evaluar su tono. —No pareces tan emocionada.
—¿Sobre la boda? —Eleva un hombro—. Me parece muy rápido.
Quiero decir, supongo que cuando lo sabes, lo sabes, pero Amie nunca
ha sido de las que se lanzan a las cosas, bueno, no a este tipo de cosas,
así que esto parece un poco... apresurado.
Armstrong es una persona intensa. Cuando ve algo que quiere, lo
persigue, sin tener siempre en cuenta la temeridad de sus actos. En el
pasado creó algunos conflictos, en particular con mi hermano Lexington,
ya que a menudo parecen tener afinidad por el mismo tipo de mujeres.
Mi otro hermano, Griffin, es el único de los tres con un historial de
relaciones estables. Pero es el mayor, así que tiene sentido, supongo.
—¿Le has dicho esto a Amalie?
Su expresión se vuelve incrédula. —Por supuesto que no. No voy a
aguarle la fiesta. Probablemente estoy siendo sobreprotectora. Somos
amigas desde hace mucho tiempo. Solo quiero que sea feliz.
—¿Y crees que lo es?
—Eso parece.
—Pero... —intervengo.
—Pero nada, supongo. La apoyaré pase lo que pase, aunque tratar
con la madre de Armstrong me vaya a provocar una úlcera.
Me río. —Gwendolyn puede ser un reto.
—Cualquier consejo que tengas sería muy apreciado.
—No dejes que huela tu miedo.
Resopla. —Increíble. Gracias. Así que es exactamente como una
tarántula. —Mete la cuchara en el postre y se lo lleva delicadamente a la
boca, abriendo los labios. Gime con apreciación—. Esto es ridículamente
delicioso.
—Tienen los mejores postres.
—Yo renunciaría a la cena y pediría seis de estos la próxima vez. —
Clava su cuchara y toma un bocado mucho más grande y más decadente.
Su cabeza cae hacia atrás y sus ojos se cierran—. En serio, Bancroft. Es
increíble.
Me encanta cómo suena mi nombre saliendo de su boca. Al parecer,
a mi pene también, ya que trata de saludarla desde el interior de mis
pantalones cortos. Ese indulto no duró mucho. —Te dejaré el menú para
llevar.
—Puede que no coma ninguna otra cosa durante las próximas
cinco semanas si haces eso.
Cuando va por la mitad del postre, suspira y levanta la mirada.
No he estado comiendo el mío, más que entretenido observándola.
—Así que dijiste que no tienes novio, ¿verdad? ¿Ni siquiera estás saliendo
casualmente con alguien?
Se detiene con la cuchara a medio camino de la boca. —¿Qué?
Mierda. No es una pregunta al azar que pueda lanzar sin tener una
razón para hacerla. Dudo un segundo, intentando encontrar algo que
tenga sentido. —¿O amigos que planeas entretener mientras estás aquí?
—Oh, uh… Solo Amie, supongo. Y, por supuesto, a las doscientas
personas que invité a la fiesta de mañana. —Levanta las cejas.
Golpeo con la cuchara el borde del postre y le devuelvo una sonrisa
triste. —Claro. No puedo olvidar eso.
Me mira de manera especulativa. —¿Preferirías que no invitara a
nadie?
Si son hombres, sí, definitivamente prefiero que no los tenga aquí,
pero no voy a decir eso en voz alta. Me haría parecer un idiota territorial,
lo que no tengo derecho a ser. —No, no. Está bien, pero preferiría que no
dieras el código de entrada.
—Claro que no. No dejaré a nadie desatendido. —Su sonrisa es
pícara—. ¿Hay alguien que tenga el código y pueda pasarse por aquí,
aparte de la señora de la limpieza?
—Solo mis hermanos y familiares directos, pero no tienen motivos
para pasarse si yo no estoy.
Golpetea el brazo de su silla y me mira durante unos segundos.
—Y… esa mujer con la que estabas en la fiesta de compromiso,
¿supongo que no es tu novia o algo así? ¿No tengo que preocuparme de
que se vuelva loca porque otra mujer viva en tu piso?
—¿Te refieres a Brittany? Eh, no. Definitivamente no es mi novia.
—Es bueno saberlo.
—Con todos los viajes, una novia no ha sido tan práctico.
Ladea la cabeza. —¿Qué quieres decir?
—Cuando jugaba al rugby profesional ya viajaba mucho. Y ahora
parece que estaré de viaje más de lo que esperaba. Al menos durante un
tiempo. Se hace difícil involucrarse.
—Ah. Entiendo. El teatro también es así de difícil. Los horarios son
extraños, ya que las representaciones suelen ser por la noche y los fines
de semana. A menos que salgas con otro actor, no es muy práctico. —
Vuelve a sumergir la cuchara en su postre—. ¿Así que la chica, Brittany,
solo era una conexión casual?
Estoy seguro de que Brittany hubiera sido buena en eso, pero no
se lo menciono a Ruby. —Salí con ella como un favor.
Hace una mueca. —Guau, vaya favor.
—No es tan mala. —No estoy seguro de por qué estoy defendiendo
a Brittany, aparte de que eso parece irritar a Ruby.
—¡Me dijo puta!
—Bueno, me estabas besando, así que… —Tengo que reprimir la
sonrisa ante su incredulidad.
Me señala con la cuchara, su enfado es evidente. —Tú me besaste
a mí.
Llevo un brazo detrás de mi cabeza.
—No opusiste mucha resistencia.
Su boca se abre y se cierra con la misma rapidez. Es la misma
reacción que me dio el otro día cuando saqué el tema en el restaurante.
Sus ojos se estrechan en rendijas. Apuesto a que es un verdadero
petardo cuando se enfada. En cierto modo quiero sacarla de quicio para
ver qué pasa al momento que explota. Apuesto a que follar con ella sería
increíble. Me pregunto si le gusta jalar el pelo, morder o rasguñar. Guau.
Eso se volvió sucio rápido.
Entorna los ojos. —No vamos a hablar de esto.
—¿De que me hayas devuelto el beso? No iba a sacar el tema, pero
ahora que estamos en ello …
—Considéralo algo sin importancia. —Sus mejillas se ruborizan.
No puedo evitarlo. Sigo insistiendo. —Imposible. Admitiste que me
devolviste el beso, justo allí. Abriste la puerta. Estoy cruzándola. ¿Por qué
besarías a un completo desconocido?
—Dije que no iba a hablar de esto. —El rosa en sus mejillas se eleva
hasta las puntas de sus orejas.
Esto es demasiado divertido. Ahora tiene una mirada furiosa. —Te
dejo en mi casa durante más de un mes, sola. Necesito estar seguro de
que tienes buen juicio.
—Te haré saber que mi juicio suele ser muy acertado. Sin embargo,
cuando un hombre increíblemente atractivo me sorprende con su lengua
en mi boca, la respuesta más lógica es devolverle el beso.
—¿Crees que soy increíblemente atractivo?
Pone los ojos en blanco. —Por supuesto que esa es la parte en la
que eliges enfocarte. Te ves en el espejo todos los días. No puedes decirme
que no sabes que eres guapo. Solo estoy afirmando un hecho.
Mi ego se infla un poco ante esto. Sé que no soy poco atractivo, pero
me han roto la nariz un par de veces y tengo un bulto que no podré
quitarme nunca sin cirugía plástica. Me han operado de la rodilla y no se
me da bien la anestesia, así que preferiría evitar ese escenario. También
tengo algunas pequeñas cicatrices faciales de jugar al rugby todos esos
años, lo que, en el ambiente en el que crecí, me resta unos puntos en la
escala de deseabilidad. No es que me importe un carajo. Es mi madre la
que parece preocuparse por ello, como hace con cada línea de expresión
y cada cana. Es una bendición que no tenga hermanas.
—Ya veo. Así que me dices que, si cualquier hombre increíblemente
atractivo hiciera lo que yo hice, responderías exactamente de la misma
manera.
—Ahora estás generalizando. Es circunstancial.
—¿Qué quieres decir con circunstancial?
—Bueno, supongo que asumí que tenías que ser un invitado en la
fiesta de compromiso.
—¿Así que eso hizo que estuviera bien besar a un extraño? ¿Porque
asistíamos al mismo evento?
Se detiene con la cuchara en los labios. —Eso no es lo que dije.
—Parece que eso es lo que estás insinuando. —La cuchara se cae
en su boca y la lame antes de responder. Todo el tiempo estoy pensando
en cosas cada vez más sucias sobre su lengua.
Se tambalea un poco. —No es como si estuviera en un bar de mala
muerte con idiotas de mala muerte. Era una fiesta de compromiso.
—¿Así que eso me hace mejor de alguna manera?
—¿Siempre eres tan antagónico? —Sube las manos—. Me besaste.
Olías bien y eres bueno con tu lengua, así que lo seguí. Para de juzgarme.
—No te juzgo, solo pregunto. Así que, además de ser increíblemente
atractivo y oler bien, también soy beso excelente.
—Nunca dije excelente, agregaste tu propio adjetivo. Y si sigues
hablando de lo atractivo que eres, pasarás de un diez a nueve bastante
rápido.
—¿Oh? ¿Así que soy un diez?
—Eras un once antes de empezar a insistir. Esa última pregunta
te pone en un ocho coma cinco.
—Supongo que debería cambiar de tema antes de estar en negativo.
—Acabas de recuperar medio punto.
—Tal vez debería detenerme mientras voy sumando, o no restando
de todos modos.
—Buen plan. —Se inclina y agarra el control remoto para encender
el televisor. Supongo que esa conversación ha terminado. Por ahora.
Terminamos el postre en silencio. No es un silencio incómodo, pero
tiene su peso. De vez en cuando miro a Ruby, pensando que siento que
me está mirando, pero quizá solo sea mi cabeza. O tal vez estoy buscando
una razón para seguir provocándola.
La siguiente vez que miro, sus ojos están cerrados. Sus piernas
siguen colgando del borde de la silla, pero está encorvada y parece que
tiene la cabeza en un ángulo incómodo. Si se queda así mucho tiempo, le
va a doler el cuello. El recipiente del tiramisú está vacío y apoyado contra
sus muslos, justo encima de otro postre que me gustaría probar. Sigue
sujetando la cuchara y hay una mancha en su blusa. Debe de estar
agotada y aún recuperándose de la gripe que le contagié.
—Ruby.
Hace un ruidito y se mueve, frunciendo el ceño mientras intenta
ponerse cómoda, pero no puede por el poco espacio que tiene para
maniobrar.
Apago la televisión consciente de que tengo que irme a la cama,
para poder gestionar mi vuelo de madrugada. Tengo horas de trabajo que
realizar en el avión.
Me levanto del sofá, arranco el recipiente vacío de su regazo y le
quito la cuchara del puño.
De inmediato, sus manos se deslizan por su vientre y se acurrucan
entre sus piernas mientras intenta girar hacia un lado. Me gustaría
meterle las manos entre las piernas, entre otras partes del cuerpo. No
mientras duerme, claro. Eso me convertiría en un imbécil asqueroso.
Le sacudo un hombro. —Ruby.
Abre los ojos y parpadea, confusa, frunciendo el ceño mientras me
mira a mí y luego a su alrededor.
—Te quedaste dormida.
—Oh. —Se mira las manos, metidas entre las piernas y las libera.
Tarda un momento en orientarse. Se estira, levanta los brazos por
encima de la cabeza y saca pecho al ponerse de pie. La camiseta se le
sube, dejando al descubierto unos abdominales tonificados y esperen…
¿Eso es un aro en su vientre? ¿Cómo se me pasó por alto? Definitivamente
hay una pizca de rebeldía en ella.
Se obliga a ponerse de pie, un escalofrío le recorre la espalda y se
le pone la piel de gallina en los brazos. Sus pantaloncitos están torcidos,
la mitad de su trasero a la vista, de nuevo. Tiene un pequeño lunar en la
nalga derecha, no es que la esté mirando de cerca ni nada.
Arrojo los recipientes vacíos a la basura y tiro las cucharas en el
fregadero. Ruby se queda medio dentro, medio fuera de su habitación
provisional. —¿A qué hora te vas por la mañana? —Tiene la voz rasposa
por el sueño.
—Temprano. Antes de las seis.
Arruga la nariz. —Puaj. Es una hora horrible para estar despierto.
—Es bastante típico para mí.
—A veces es cuando me acuesto.
—¿Fiestas nocturnas duras?
—Solo insomnio. Las producciones suelen ser por la noche, hace
que mi horario sea poco convencional, cuando tengo un papel. —Apoya
la cabeza contra el marco de la puerta—. Aunque no creo que dormir vaya
a ser un problema esta noche. —Reprime un bostezo—. Bueno, supongo
que te veré en cinco semanas.
—Me reportaré una vez que me haya instalado.
—Genial.
Nos miramos durante unos largos segundos y luego da un tímido
paso adelante. —Gracias de nuevo por confiar en que cuide a tus bebés.
—De repente, su cuerpo está al ras del mío cuando sus brazos me rodean
la cintura.
Apenas tengo tiempo de devolverle el abrazo antes de que me suelte
y se aleje, bajando los ojos mientras sus mejillas se sonrojan.
—Me alegro de que haya funcionado para los dos.
—Yo también. —Se muerde el labio, su mirada se desvía hacia mí—
. Que tengas un buen viaje, Bancroft. Buenas noches.
—Buenas noches.
Me da una sonrisita, entra en su habitación y cierra la puerta. Me
dirijo a la mía para ocuparme del asunto que me ha estado atormentando
toda la noche antes de dormir unas horas. Y luego dejar a esta mujer en
mi casa durante cinco semanas en tanto aprendo a gestionar propiedades
hoteleras.
8
Traducido por Umiangel
Corregido por Blaire R
Un ruido me despierta a las cinco y treinta y seis de la mañana.
Tardo unos segundos en orientarme a un entorno desconocido. No estoy
acostumbrada a la tranquilidad, por lo que los pasos y el sonido de una
maleta siendo rodada en el pasillo parecen más ruidosos de lo que deben
ser.
Bancroft debe estar yéndose hacia el aeropuerto. Nos despedimos
anoche, pero de repente estoy muy despierta y alerta. No lo veré durante
cinco semanas. Observo el techo mientras lo escucho andar por la cocina,
tratando de decidir si debo levantarme y volver a despedirme o quedarme
donde estoy. Mi vagina decide por mí. Quiere un destello visual antes de
que se vaya por el próximo mes.
Me quito las sábanas y voy de puntillas al baño, me ciego con la
luz y me compruebo en el espejo. Mi peinado está bastante jodido y tengo
los ojos hinchados, pero, por lo demás, estoy bien. Bueno, casi bien. Me
lavo con enjuague bucal y me peino con los dedos para que no parezca
que me estoy esforzando demasiado, pero para tampoco verme como un
troll. Me aclaro la garganta y descubro que ya no duele, y mi estómago
retumba.
Abriendo un poco la puerta de mi habitación, me asomo. La luz se
filtra desde la cocina. Me estremezco mientras atravieso el pasillo, el suelo
de madera se siente duro y frío bajo mis pies. No estoy acostumbrada al
aire acondicionado. Dos maletas negras aparecen cuando me acerco al
vestíbulo.
Y luego está Bancroft. Santa madre del material de masturbación,
¿alguna vez este hombre no se verá sexy? Está parado junto a la encimera
de la cocina, escribiendo algo en un pedazo de papel, vestido con un traje
negro de chaqueta y corbata. Sus anchos hombros y su estrecha cintura
lo hacen ver absolutamente fantástico. Lleva el cabello peinado, sus rizos
oscuros domesticados con algún producto. Quiero pasarle mis dedos y
despeinarlo. Está recién afeitado, a diferencia de anoche, y totalmente
arreglado.
—Hola. —Mi voz sale en un tono grave, posiblemente a causa del
sueño, probablemente porque estoy pensando en lo divertido que sería
quitarle ese traje. Con los dientes. Y llegar a todas las cosas buenas que
hay debajo.
Mueve la cabeza y levanta la vista hacia donde estoy, al borde del
pasillo, medio a oscuras. Entro en el vestíbulo y sus ojos se desorbitan,
recorriéndome.
—No quise despertarte. —Su voz coincide con la mía. Se ajusta la
corbata. Su mano alisa la tela azul eléctrica. Sigo el movimiento, mirando
cuando se abrocha el botón de la chaqueta. Estaba vestido parecido en
la fiesta de compromiso, pero no tuve la oportunidad de apreciarlo de la
manera en que puedo hacerlo ahora.
Lo he estado mirado fijamente y ha dicho palabras. También me
estoy mordiendo el nudillo. Lo suelto de mis dientes. —No te preocupes.
Estoy acostumbrada al ruido del tráfico, por lo que tardaré un tiempo en
acostumbrarme al silencio.
Sus ojos siguen bajando y subiendo por mi cara. Parece que cada
vez permanecen abajo más tiempo.
Sigo su mirada, tratando de averiguar cuál es el problema, cuando
me doy cuenta de que mi atuendo no es tan apropiado. Tengo puesta una
camiseta blanca, que no es un problema, ya que cubre todas mis partes
importantes, a excepción de mis pezones erectos. Lo que no consideré fue
que en mi mitad inferior solo tengo unas bragas. Al menos son enteras.
Aunque de encaje, ya que fueron las únicas que encontré anoche en mi
bruma somnolienta. He usado mucho menos durante las competiciones
de baile, pero en el contexto, no es asombroso. O quizás sí, considerando
la forma en que parece no poder mantener el contacto visual.
—Oh. —Me cubro la entrepierna con mis manos, como si eso fuera
a ayudar—. Eh. Ya vuelvo.
Sus cejas se elevan levemente y esboza una media sonrisa cuando
me doy la vuelta y salgo corriendo por el pasillo, protegiéndome el culo
con las manos.
—No te sientas obligada a ponerte más ropa por mí.
Agarro mi bata de la parte trasera de la puerta del baño, uno de los
pocos artículos que desempaqué anoche antes de dormir, y me la pongo.
Lo bueno es que mis mejillas combinan ahora con el color de las flores
que decoran mi bata, así que al menos estoy coordinada. Vuelvo a la
cocina, donde Bancroft está tomando un café. Me mira por encima del
borde de su taza, su diversión es aparente gracias al arco de su ceja.
—Lamento eso. Llevo mucho tiempo viviendo sola.
—No tienes que disculparte. Tus elecciones de vestuario son tuyas.
Ciertamente no me quejaré. —Esboza una sonrisa diabólica mientras me
da otra mirada persistente.
Apoyo la cadera en la encimera y me cruzo de brazos. —¿Nadie te
ha dicho que no es cortés comerse a alguien con los ojos?
Su mirada se encuentra con la mía y se inclina hacia adelante, baja
el tono a un susurro, como si estuviera a punto de contarme un secreto,
cuando dice: —No siempre soy cortés.
Oh, Dios. Me gustaría experimentar su no cortesía sobre todo este
apartamento. Justo aquí, en la isla de la cocina, sería un buen lugar para
comenzar. Elijo el sarcasmo en lugar de ofrecerme como su desayuno.
—Volverás a caer por debajo de un nueve si sigues así.
Esa sonrisa sexy se ensancha. —Supongo que es bueno que ya me
vaya. Odiaría volver a bajar a un humilde ocho coma cinco.
Soy la primera en romper el contacto visual.
—¿Qué es esto? —Señalo las notas garabateadas. También hay un
par de sobres. El de arriba tiene escrito mi nombre, pero las notas son
las primeras que captan mi atención—. ¿No es suficiente con el manual
de cuidados de cien páginas?
Se sonroja. —Solo son algunas cosas que olvidé decirte. Y no hemos
hablado del pago.
—¿Pago? ¿De qué?
—Por cuidar a Francesca y Tiny.
—Me estás dando un lugar para vivir y comida.
—Tendrás otros gastos. Necesitas un sueldo. ¿Serán suficientes
dos por semana? He dejado un poco de dinero para empezar. —Toca el
sobre—. Luego te pediré tus datos bancarios.
—Claro, eso suena razonable. —Doscientos a la semana, además
de un lugar donde vivir y alimentos, definitivamente harán que las cosas
sean manejables mientras busco un trabajo. Recojo las hojas, la escritura
es casi ilegible—. ¿Se supone que puedo leer esto? ¿En qué está escrito,
jeroglíficos?
—Mi caligrafía no es tan mala.
—¿Eso es lo que te dijo tu mamá cuando estabas en la primaria?
—Te lo enviaré por correo electrónico más tarde. —Intenta quitarme
las notas, pero las escondo detrás de mi espalda. Lo que provoca que mi
pecho sobresalga, atrayendo su atención allí.
—Está bien. Luego investigaré un poco en Internet sobre las runas.
Será como uno de esos rompecabezas de mensajes ocultos.
Abre la boca para lanzarme otra puya, pero suena su teléfono. Se
palpa los bolsillos y localiza el aparato. —Tengo que contestar. —Atiende
la llamada—. Habla Bancroft Mills. —Sigue una breve pausa—. Ya bajo.
—Una vez finalizada la llamada, vuelve a guardarse el teléfono en el
bolsillo—. Es mi vehículo para el aeropuerto. —Me vuelve a mirar, y
puede que sea cosa mía, pero parece que no está muy entusiasmado con
la idea de marcharse.
—Que tengas un buen viaje. Te prometo que cuidaré mucho a
Francesca y Tiny mientras no estás.
—Estoy seguro de que sí. Te enviaré un mensaje cuando aterrice.
Y me pondré en contacto durante la semana.
—Vale. —Nos quedamos allí de pie unos segundos, mirándonos
fijamente, ninguno de los dos haciendo ningún tipo de movimiento. Estoy
a medio segundo de tomar una decisión colosalmente mala: agarrarle por
las solapas de la chaqueta y arrastrar sus deliciosos labios hasta los
míos, cuando aparta la mirada y se aclara la garganta. Es suficiente para
sacarme de mis fantasías.
—Bien. Me tengo que ir. —Ya lo dijo. Se lleva una mano al cabello,
pero la deja caer. Se da una palmadita en los bolsillos, entonces va hacia
su equipaje.
—Te abriré la puerta. —Voy en su dirección, destrabó la cerradura
y la mantengo abierta. Se detiene en el umbral, pareciendo querer decir
algo—. Te prometo que van a estar bien conmigo. Siempre podemos hacer
videollamadas si las extrañas.
—Sí. Bien. Eso podría ser bueno.
Soy de las que abrazan. Siempre lo he sido. Por lo general, en mi
mundo se permite dar un beso al aire, una palmada en la espalda, por lo
que es en un impulso, y quizás algo levemente hormonal, que me inclino
hacia él. Me doy cuenta demasiado tarde de que mi acción reflexiva no es
la mejor idea. Y que lo he sorprendido.
—Oh. Está bien —murmura cuando mi cara golpea su pecho y mi
brazo le rodea la cintura. Estoy a punto de soltarlo cuando me devuelve
el abrazo y sus gruesos brazos me rodean. Dios, es sólido. Huele increíble.
A ropa recién lavada con un toque de colonia. Sus brazos se aprietan y
su cabeza cae, provocando que su mejilla recién afeitada me roce la sien.
La presión de su palma contra mi espalda baja me hace inclinar la
pelvis un poquito. Oigo y siento su fuerte exhalación contra mi mejilla, y
luego su otra mano me sube por la espalda, entre los omóplatos, bajo el
pelo. Me dan ganas de seguir adelante con eso de agarrarle las solapas y
unir los labios.
Dejo de respirar cuando las yemas de sus dedos me rozan la nuca
y sus labios me tocan la oreja. Respiro entrecortadamente cuando la
mano que me aprieta el pliegue de la columna baja un poco más.
—Me las estaba arreglando bien antes de las jodidas bragas de
encaje —murmura.
El sonido de otra puerta que se abre y el ladrido de un perro nos
separan torpemente.
—¡Bancroft! —El fuerte acento pertenece a una mujer que usa más
maquillaje que un payaso de circo. No tengo idea de qué edad tiene, o si
está emparentada con humanos o alienígenas, a juzgar por la cantidad
de cirugías estéticas a las que se ha sometido para conseguir ese falso
aspecto juvenil. Un perrito salta a sus pies, ladrando y mordisqueando.
Intenta correr hacia la puerta de Bancroft, pero la Payasa jala la correa—
. ¡No, Preciosa! ¡Siéntate!
Preciosa no obedece, de hecho, gruñe hacia Bancroft. La mujer la
alza, reprendiéndola y luego arrullándola.
—Hola, señora Blackwood. Hola, Preciosa. Hoy han madrugado. —
Su sonrisa es tan tensa como la piel de la Payasa cuando se aleja de mí
un pequeño pero evidente paso, creando más distancia. También se mete
las manos en los bolsillos, posiblemente haciendo algunos arreglos. Me
muerdo el interior del labio para no sonreír demasiado.
—Me voy por una semana al spa. —El Spa debe ser un código para
el cirujano plástico, o rehabilitación. Supongo que es lo primero y no lo
segundo. Su mirada se desplaza sobre Bancroft, es bastante obvio que se
lo está comiendo con los ojos, entonces se desliza hacia mí—. ¿A quién
estás escondiendo?
A él se le contrae la mejilla, como si estuviera tratando de evitar
que se le caiga la sonrisa. Parece tan molesto como yo. —Ella es Ruby
Scott. Cuidará mi casa mientras me ausento por negocios.
—¿Oh? —Me mira especulativamente—. ¿Es tu amiga, entonces?
—Así es.
—Mmm. Pues qué agradable. Bienvenida al edificio, señorita Scott,
¿verdad?
Extiende su mano vieja y arrugada, la que de ninguna manera
coincide con la piel estirada y sin arrugas de su cara.
Sujeto la parte superior de mi bata con una mano y acepto su mano
con la otra. —Es un placer conocerla, señora Blackwood.
—Sí. Por supuesto. ¿Estás disfrutando de las instalaciones hasta
ahora?
Si no tuviera casi ochenta años, me preocuparía la mirada que le
dirige a Bancroft. No estoy segura de qué está pasando aquí, pero parece
haber algún tipo de tensión extraña entre ambos.
—Oh, sí. —Le sonrío a él cálidamente y pestañeo—. Bancroft es un
anfitrión increíblemente amable y atento.
El tic en su mejilla ha vuelto, excepto que esta vez se esfuerza para
evitar que su sonrisa crezca demasiado. Tiene que haber una historia con
la señorita Blackwood.
—¡Muy bien! Disfrute de su tiempo en el spa. —Finjo un bostezo y
le sonrío alegremente a Bancroft—. Ten un buen viaje. Creo que voy a
volver a la cama, ya que me has tenido despierta hasta tan tarde y me
has despertado tan temprano. Llámame cuando te hayas instalado. —Le
doy un rápido beso en la mejilla y salgo de su alcance.
La señora parece escandalizada y él parece querer arrancarme la
bata y tal vez darme una nalgada. Bueno, la última parte solo es una
fantasía mía. La que me llevaré a la cama.
Me despido alegremente de ambos. —Adiós Bancroft, adiós, señora
Blackwood. —Cierro la puerta en su cara horrorizada y pongo el seguro,
luego me asomo por la mirilla. Bancroft mira una vez por encima del
hombro antes de desaparecer por el pasillo hacia los ascensores.
Cinco semanas coqueteando por teléfono podrían matarme, y si lo
hacen, será la muerte más dulce.
9
Traducido por Bells767, samanthabp & Auris
Corregido por Blaire R.
Vuelvo a la cama, me doy un orgasmo mientras pienso en Bancroft
y me duermo plácidamente. No me despierto hasta las dos de la tarde, y
la única razón por la que saco mi perezoso ser de la cama es porque mi
vejiga me obliga a hacerlo. Ese colchón es como dormir en una nube.
Una vez que me encargo de mis necesidades, atravieso el pasillo
hasta la habitación de Bancroft. La puerta quedó entreabierta. Esta vez,
la cama está hecha, aunque es claro que lo hizo con apuro. El cobertor
está arrugado y disparejo. Tengo el impulso de acomodarlo. Si bien nunca
fui la mejor manteniendo las cosas ordenadas y limpias, siempre tiendo
la cama. Incluso cuando era niña y teníamos una criada para esas cosas,
era yo la que lo hacía. Hay algo muy reconfortante en meterte dentro de
una cama bien hecha.
—¡Hola, Franny! —la saludo cuando asoma la cabeza por un tubo.
Hace un ruidito y corre de un lado a otro de la jaula a medida que saco
el pestillo. Se estira en sus patas traseras, ansiosa por ser libre mientras
abro la puerta.
Le acaricio la cabeza y la saco. Se acurruca en mí durante unos
segundos, luego se aleja, claramente queriendo libertad para deambular.
Me ruge el estómago cuando la persigo por el pasillo. Creo que podría
tolerar un poco de café por primera vez desde que me contagié la gripe.
Encuentro todos los ingredientes para hacerlo y recaliento un poco
de las sobras de anoche, que observo girar en su microondas de la era
espacial. Como todo lo demás en su apartamento, sus electrodomésticos
son de la mejor calidad, lo que significa que tienen millones de funciones
y botones.
Luego de devorar mi comida, me llevo un café y a Francesca a mi
habitación, y cierro la puerta para poder controlarla mientras ordeno las
cajas. Agradezco que Amie me haya ayudado, porque etiqueta todo. Lo
único que realmente necesito mientras estoy aquí es ropa y artículos de
aseo.
Reviso que Francesca no se haya escondido debajo del cobertor,
antes de dejar mi enorme y pesada maleta sobre la cama para comenzar
a llevar todo al armario.
Se trepa al cajón y asoma la cabeza entre una de mis bragas. Sus
uñas se quedan atrapadas en una pretina de encaje, así que juguetea con
ella, enredándose. Agarro mi teléfono, le saco una foto y se la envío a
Bancroft, sin realmente pensar en qué está exactamente enredada.
No me responde de inmediato; asumo que aún debe estar viajando,
ya que va a Reino Unido, por lo que me retuerzo en mi idiotez mientras
guardo mi ropa y artículos de aseo. Al menos eran mis bragas lindas. Me
aseguro de que todos los productos químicos estén fuera del alcance y
que todo lo que tenga cordel esté detrás de una puerta cerrada.
Una vez que termino de desempacar la mayoría de mis cosas, la
regreso a la habitación de Bancroft y jugamos un poco a las escondidas
bajo el cobertor, convirtiendo la cama hecha en un desastre hasta que se
cansa y quiere dormir. Se hace un ovillo, agacha su linda cabeza y se
duerme mientras la acaricio. Entiendo totalmente por qué no dejó que
Control de Animales se la llevara. Es adorable.
La devuelvo a su jaula para poder husmear por la habitación. Su
baño es increíble, con una bañera enorme y una ducha del doble del
tamaño de la que está en mi habitación y el doble de chorros. El asiento
del inodoro está abajo, lo que es un plus. Hay una toalla azul medio salida
del canasto de la ropa sucia y otra colgada desordenadamente en el
toallero.
Dejo la habitación para hacer otro recorrido más detallado del
apartamento. Anoche estaba, principalmente, prestándole atención a sus
bíceps, su trasero y todas las otras partes agradables de él.
En mi camino a echarle un mejor vistazo al gimnasio, me detengo
a revisar a Tiny. Se encuentra sentada junto a su plato de agua, el cual
debo cambiar. Sigo las instrucciones de la carpeta y relleno el plato. Ya
que comió hace poco, no tendré que darle un grillo por varios días. Desde
luego será la más fácil de cuidar entre las dos.
Un detalle que me perdí del gimnasio, y no estoy segura de cómo,
es la gigantografía de Bancroft que cuelga de la pared. Al parecer, hace
unos años fue modelo del Campeonato de Rugby. La fotografía es una
toma de acción de él pateando el balón.
Dulces cosas benditas. Bendito todo lo dulce. Lo único que podría
mejorar la fotografía sería que estuviera sin camiseta. Su rostro brilla con
sudor, lo que debería ser poco atractivo, pero no lo es. El cabello se le
enrosca alrededor del cuello y se le pega a la frente. Cada músculo de su
cuerpo parece flexionado por el esfuerzo. Me pregunto si puedo quitarlo
de la pared y llevarlo a mi habitación. Compruebo los bordes y tiro de la
esquina del marco, pero no se mueve. Es una lástima.
Mi teléfono suena en alguna parte del apartamento, se repiten tres
compases de la pegajosa canción mientras lo busco. Lo bueno de vivir en
uno de un ambiente es que no hay mucho que revisar cuando pierdes
algo. Este apartamento debe tener unos seiscientos metros cuadrados, lo
que significa que hay muchos más lugares en los que perder cosas. Soy
conocida por dejar mi teléfono en lugares extraños, como el refrigerador.
Sin embargo, el sonido no está lo suficientemente amortiguado como para
estar allí.
Pierdo la llamada, pero lo encuentro en la habitación de Bancroft,
en su cama. La emoción de que sea él para ver cómo va todo hace que se
me retuerzan los dedos de los pies. No tengo ni idea de la duración de su
vuelo, aunque creo que esa información puede estar en la carpeta.
Tengo un mensaje, pero es de Amie. La llamo sin escucharlo. Me
manda directo al buzón de voz, así que vuelvo a intentarlo, pero sucede
lo mismo.
Le mando un mensaje diciéndole que deje de llamarme para que
pueda llamarla. Medio segundo después, recibo el mismo mensaje de su
parte. Río y espero dos minutos, preguntándome cuándo terminará la
espera. Me envía un signo de interrogación, así que cedo y la llamo.
—He estado pensando en ti todo el día —saluda.
Me echo en la cama de Bancroft. —¿Armstrong sabe que has estado
fantaseando conmigo? No le diré si no se lo dices.
Bufa… delicadamente. —Obviamente te siente mejor, si ya estás
haciendo bromas obscenas.
—Mucho, de hecho. Anoche dormí durante una eternidad. Bancroft
tiene la cama más cómoda de todas. —Ahueco la almohada que está tras
mi cabeza, acomodándome.
—¿Qué? ¿Dormiste con Bane? —Su voz es tan aguda que parece
una alarma de incendios.
Me doy cuenta de mi error y río. —Me refería a la cama en su
habitación de invitados, no a la suya.
—Oh. Iba a decir que no es muy propio de ti acostarte con alguien
cualquiera. Excepto por esa vez…
—Y nunca, jamás, volveremos a hablar de eso.
—Vi a Drew hace poco.
—¿No escuchaste cuando dije que nunca volveríamos a hablar de
eso? —En mi segundo año de universidad, salí muy brevemente con Drew
McMaster. Y por brevemente me refiero a que tuvimos una maldita cita.
Sabía coquetear muy bien, y luego de varias semanas de su persistencia,
accedí a una cita. Me creí por error todas sus frases y acabé en su cama.
Fue una experiencia mediocre en el mejor de los casos. Los dos minutos
estuvo embistiendo como si un martillo neumático estuviese sujeto a sus
caderas. Al menos él acabó, yo ni siquiera me acerqué. Y su pene era
increíblemente pequeño. Ni siquiera creo que haya llegado a lo promedio.
Esa fue la última cita que tuve con él. Después de eso, me aseguré
de no desnudarme, o estar siquiera cerca de hacerlo, en la primera cita.
Si un chico vale la pena, puede esperar para experimentar las maravillas
dentro de mi ropa interior. Así tengo un número suficiente de citas para
besuquearme. Los juegos previos son un arte. Si un chico es malo en ello,
probablemente también lo será en la cama. Aunque si hubiera conocido
a Bancroft y no dependiera de él, no me negaría a ir a su cama, a pesar
de esa regla. Apuesto a que es increíble entre las sábanas, sobre todo con
esos poderosos muslos.
—Bueno, no lo habría mencionado, porque sé que te da pesadillas,
pero pensé que te gustaría saber que empezó a quedarse calvo.
—Solo tiene veintiséis años.
—Exacto.
—Es horrible lo feliz que me pone esta noticia.
—No es horrible, está justificado. Él fue un imbécil.
—La verdad es que sí —Hablando de imbéciles—: ¿Cómo te fue en
la cena con los papás de Armstrong?
—Estuvo bien. Bien. Estuvo bien.
La forma en que su voz se eleva a un tono reservado para el canto
de los pájaros me dice que está mintiendo. —Amie.
—Su madre es un poco fría.
Eso es un eufemismo. Es tan cálida como un congelador, al menos
por lo que experimenté en la fiesta de compromiso. —Estoy segura de que
te la ganarás. Todo el mundo te ama. ¿Qué tal su papá? ¿Es mejor? —
Solo lo vi de pasada, un apretón de manos y una presentación breve.
—Frederick es encantador. Ha sido muy amable conmigo. En serio
no entiendo cómo alguien tan agradable puede estar casado con una
reina de hielo.
—Tal vez deja que se la meta por la puerta trasera.
—¡Ruby! —Su asombro se convierte en risa
—Los hombres toleran mucho a cambio de sexo anal.
Suelta una carcajada. —Creo que ella ya tiene algo atascado allí.
Probablemente no hay espacio para nada más.
Esa sí es la Amie que conozco. La que amo, la que puede tener
conversaciones sucias conmigo, no la que tiene que mirar por encima del
hombro cuando se pronuncia la palabra vagina.
—Está bien. No hablemos más de los hábitos sexuales de mi futura
suegra. Tenemos que vernos para comer esta semana y no quiero estar
pensando en dónde mete qué Fredrick. ¿Cómo te está yendo? ¿Cómo
estuvo Bane anoche?
—Me estoy adaptando bien. Parece muy amable. Muy organizado.
—No le hablo del incidente en la ducha, ni de abrazarlo tanto anoche
como esta mañana y de cómo se puso un poco incómodo allí con su
vecina, ni de cómo parecía que iba a besarme esta mañana antes de que
la señora Blackwood interrumpiera.
—Armstrong dijo que puede ser un poco... intenso. Siempre ha sido
amable conmigo, pero solo lo he visto un par de veces. Armstrong dice
que es un poco brusco.
Imagino que su carrera como jugador de rugby le hace ser menos
presumido de lo que Armstrong está acostumbrado.
Recuerdo su comentario de esta mañana, cuando me dijo que no
siempre era educado. Eso, combinado con el toque en el culo y lo de mis
bragas de encaje, hace que me recorra un escalofrío por la espalda. Me
gustaría que sus asperezas rozaran las mías. Sobre todo el borde áspero
de su mandíbula en mi vagina. Tengo que hacer retroceder al autobús
cachondo, al menos hasta que termine de hablar por teléfono con Amie.
—Fue bastante educado para mí, lo cual es casi desafortunado
porque ya sé que besa súper bien.
Mi teléfono vibra contra mi mejilla y echo un vistazo a la pantalla,
lo que significa que no oigo la mayor parte de la respuesta de Amie. Tengo
un mensaje nuevo. De Bancroft. Hablando del diablo besable. Pongo a
Amie en el altavoz para poder ver el mensaje.
—...conocer a los amigos de Armstrong.
—Lo siento. No escuché. ¿A quién voy a conocer?
—Hay una fiesta el próximo viernes por la noche, deberías venir.
Puedo presentarte a algunos amigos de Armstrong que no conociste en
la fiesta de compromiso. Será informal.
—Sí. No lo sé. ¿Va a ser una fiesta en pareja? No vas a intentar
emparejarme con uno de esos chicos, ¿verdad? —Algunas veces le gusta
hacer de casamentera. Le gustaba especialmente emparejarme con los
amigos de su novio en la secundaria. Rara vez tenía éxito.
—En absoluto. Lo prometo. Aunque algunos son lindos.
—Iré, pero lindos o no, no voy a salir con nadie de tu nuevo círculo
íntimo. —Por mucho que me guste pasar tiempo con Amie, cada vez que
voy a sus fiestas me siento como si estuviera haciendo una entrevista
para el puesto de esposa suplente o amante. Los hombres mayores, los
que ya han sucumbido a la calvicie, tienen tendencia a alardear de sus
estadísticas bancarias entre conversaciones sobre sus coches deportivos
y sus adquisiciones de propiedades o sus inversiones en bolsa.
Los más jóvenes hablan de su próximo gran ascenso en bla, bla,
bla empresa y de lo mucho que les gustan las mamadas en los baños. La
última parte me la estoy inventando, pero ninguna diría que no si se la
ofrecieran, ni siquiera las casadas.
Finalmente consigo leer el mensaje de Bancroft: Estoy en el hotel.
¿Tienes tiempo para una llamada?
Estoy hablando por teléfono con Amie. Dame dos minutos.
Interrumpo a Amie, que sigue hablando sobre la fiesta del próximo
fin de semana, para comunicarle que Bancroft ha llegado a su destino y
quiere llamar.
—¡Oh! Está bien. Salúdale de mi parte. Hablaremos mañana. A ver
cuándo nos vemos esta semana.
—De acuerdo. Me parece bien. Gracias por toda tu ayuda ayer.
Terminamos la llamada y un minuto después mi teléfono vuelve a
sonar, el número de Bancroft aparece en la pantalla. Contesto, con el
estómago revuelto por la emoción. —¿Hola?
La conexión se llena de estática durante unos segundos antes de
que la línea se despeje. —¿Hola? ¿Ruby?
Algunos hombres tienen una gran voz al teléfono. El tipo de voz que
hace que todas las partes por debajo de la cintura se calienten. Bancroft
Mills tiene ese tipo de voz. Y solo ha pronunciado dos palabras.
—Hola. ¿Qué tal el vuelo? —Sueno como si me faltara el aliento,
sin ninguna otra razón que su voz me hace querer tener orgasmos
múltiples.
—Fue largo pero bueno. ¿Te pillo en mal momento?
Vuelvo la cara hacia su almohada y me aclaro la garganta antes de
contestar. —No. Para nada.
—¿Has tenido un buen día? ¿Cómo va todo?
Obviamente, me llama para asegurarse de que no he matado a sus
mascotas en las doce horas que lleva ausente. Me planteo decirle que he
perdido a Francesca y que Tiny se ha escapado de su hábitat, pero no
creo que le haga gracia. —Hemos pasado un día estupendo. Francesca
ha estado de fiesta esta tarde y Tiny está en modo súper relajada.
—¿Modo súper relajada?
—Ajá. Ella no pudo divertirse. Francesca es un poco traviesa, se ha
probado todos mis tangas y se ha hecho selfies desnuda. —Dios mío.
¿Qué demonios estoy diciendo?
Espero al menos cinco segundos de silencio y un “vaaaale”, pero en
lugar de eso oigo una carcajada profunda que rebota hasta que aterriza
en mi clítoris. —Menos mal que no llevabas esas cuando saliste a darme
los buenos días.
—¿Por qué? —Aprieto los muslos y espero.
—Porque mi vuelo ya fue bastante doloroso.
—No veo cómo mi elección de bragas afectaría a tu vuelo. —Jesús.
¿Está diciendo lo que creo que dice?
—¿Tienes idea de lo increíble que es tu trasero? ¿O de lo largas que
habrían sido siete horas con esa imagen grabada a fuego en mi cerebro y
sin forma de aliviar el problema?
Bancroft me acaba de decir que quiere masturbarse con imágenes
mías en tanga. O quizá ya lo ha hecho.
Se aclara la garganta, pero el sonido grave no desaparece, ni
tampoco el pitido que aún siento en el clítoris. —Lo siento. Probablemente
haya sido demasiada información. El segundo lugar favorito de Francesca
es mi cajón de la ropa interior, así que no me sorprende que también le
gustara la tuya.
—Estoy segura de que la mía es mucho más excitante que la tuya.
—Por lo que he visto eso es definitivamente cierto.
Vale. Tengo que alejar esta conversación de mi ropa interior antes
de que tenga que cambiármela, o sucumbir al impulso de enviarle fotos
de mis bragas. Mientras las llevo puestas. —¿Qué hora es en Inglaterra?
—Las dos de la mañana. Tengo que pensar en dormir un poco, pero
no estoy seguro de que vaya a ser así. Tengo una reunión a las nueve y
no estoy nada cansado.
—Cuando no puedo dormir leo el diccionario o literatura del siglo
XV.
—¿Por qué haces eso?
—Porque es tan aburrido que me duerme.
Le saco otra carcajada. —Pues es una idea. —Suena como si se
estuvieran moviendo cosas en el fondo—. ¿Qué planes tienes para esta
noche?
—Bueno, tengo una fiesta que empieza en una hora, así que eso
me mantendrá ocupada esta noche. He conseguido reducir la lista de
invitados a cien, lo que es manejable, ¿no crees?
—Mucho más manejable que los doscientos que habías planeado
en un principio.
—Eso pensaba yo también.
—¿Tienes a los bomberos en marcación rápida?
—Toda la lista de invitados está compuesta por bomberos, así que
no tienes que preocuparte por eso.
Suelta otra carcajada, aunque suena un poco nerviosa.
—¿Y cuál es la reunión de mañana?
—Se supone que tengo que revisar los planes para mejorar algunos
de los hoteles de Londres. Tenemos cinco hoteles aquí y todos menos uno
van a sufrir algún tipo de renovación. Estoy aquí para supervisar los
proyectos con uno de mis hermanos mayores.
—No pareces muy entusiasmado al respecto.
—Bueno, nos parecemos mucho en algunas cosas, así que puede
ser difícil trabajar con él, y tengo que tratar con él todos los días durante
las próximas cinco semanas, así que ahí está eso.
—¿Eso suena... desagradable?
—A Lexington le gusta tener el control de las cosas, y cree que lo
sabe todo.
—¿Es un rasgo familiar? —Me muerdo el labio para no reírme de
su ruido poco impresionado.
—Lex es mucho peor que yo. Si mi padre hubiera enviado a Griffin,
este viaje sería mucho más fácil.
—¿Así que ambos trabajan para tu padre?
—Directamente de la universidad al negocio hotelero.
—¿Se parecen a ti? —Clones de Bancroft paseando por las calles
de Manhattan podría ser más sensualidad de la que esta ciudad podría
soportar.
—La verdad es que no.
—Eso es desafortunado. —Tengo que buscar fotos familiares.
—Lex no tiene un gran historial de citas y Griffin tiene novia. Estoy
bastante seguro de que planea proponerle matrimonio este otoño, así que
no te hagas ninguna idea.
Hay una pizca de genuina irritación en su voz, como si no apreciara
mi línea de preguntas. —Cálmate, solo estoy jugando contigo.
—Lo siento. Estoy irritado por el jet lag y preferiría estar en casa,
en vez de pasar las siguientes cinco semanas aquí.
—Lo entiendo. Me refiero a cuando te presionan a hacer algo que
no quieres porque no tienes otra opción.
—Sí. Bueno, mi carrera en el rugby no iba a durar para siempre,
así que esto era inevitable. En fin, estoy siendo quejumbroso. Tengo que
dejar de hacerlo antes de perder más puntos. Ya bajé a ocho punto cinco
esta mañana, ¿no?
—Ajá. Puede que tardes un poco en recuperar ese medio punto.
—Eso significa que tendré que portarme bien, ¿verdad?
—Bueno, estoy segura de que es mucho más fácil comportarse bien
desde el otro lado del océano.
—Te sorprenderías —susurra—. Espera, acaba de llegar el servicio
de habitación con mi cena.
Me sorprende que sirvan comida a las dos de la mañana, pero tal
vez que su familia sea la dueña hace que obtenga lo que quiere cuando
quiere.
Escucho su voz apagada en el fondo y luego vuelve. —No sé por qué
te estoy reteniendo al teléfono, seguro que tienes mejores cosas que hacer
que escucharme mientras como.
—En realidad, todavía no he cenado, así que podría calentar algo y
comer juntos.
—¿No son las nueve allí?
—Dormí un poco más y almorcé tarde. —No menciono que me
desperté a las dos de la tarde. No cuando ha estado viajando todo el día.
Lo pongo en el altavoz mientras preparo un plato de sobras y lo
meto en el microondas.
—¿Qué vas a comer?
—Pollo a la parmesana y espaguetis. Comí toda la pasta primavera
esta tarde. ¿Y tú?
—Hamburguesa y papas fritas. Es prácticamente la única opción a
esta hora.
Una vez que mi comida está lista, la llevo a la encimera, saco una
botella de Perrier del refrigerador y me siento en un taburete. —Así que,
este viaje que estás haciendo, ¿tendrás que seguir haciéndolos? —Enrollo
los fideos en mi tenedor.
—Probablemente por un tiempo, al menos hasta que mi padre
piense que sé lo básico.
—¿Supongo que es bueno que estés acostumbrado a ellos?
—No me molesta viajar, pero siento que ya lo he hecho lo suficiente
durante los últimos siete años. Puede ser —hace una pausa durante unos
segundos mientras busca la palabra correcta—, solitario, supongo. Me
perdí muchos cumpleaños y festividades con mi familia. Esperaba poder
pasar más tiempo con ellos, echar raíces, supongo, pero parece que eso
volverá a retrasarse.
—¿Eres cercano a tu familia?
—Son importantes para mí. Mi madre estuvo enferma y no pude
estar presente debido a mi trabajo. Me gustaría estar más con ellos. Hay
unos proyectos en Nueva York en los que me gustaría involucrarme, pero
depende de lo rápido que aprenda las cosas para poder trabajar en ellos
o no. —Suena un poco abatido.
—¿Es una curva de aprendizaje empinada? —No tengo idea de qué
implica el negocio hotelero.
—Sé toda la teoría por la universidad, pero no he estado usando
ninguna de las cosas que aprendí. Es un nuevo interés, si eso tiene algún
sentido.
—Sí lo tiene. Entonces, después de que termines con lo básico,
¿podrás trabajar en Nueva York?
—No estrictamente, pero espero tener la oportunidad de gestionar
algunas de las propiedades en Estados Unidos y que los viajes sean más
limitados.
—¿Y eso es lo que preferirías?
—Creo que sí. Es simplemente una gran transición. Llevará tiempo
acostumbrarse a los trajes en vez de a los botines.
—Mmm. Es un gran cambio. —Me echo hacia atrás, agarrándome
al borde de la isla hasta que puedo ver el póster gigante y sudoroso de él
en la pared—. Si sirve de consuelo, estás igual de atractivo con traje que
con ropa deportiva.
—¿Un nueve de diez?
—Lo habría sido si no hubieras hecho esa pregunta.
Ríe. —Entonces, ¿cómo acaba una Scott en Nueva York, buscando
entrar en Broadway? Creía que todos ustedes nacían con las tablas de
multiplicar memorizadas.
Bufo. —Ah, suele ser así. Por desgracia, soy la rebelde. Mi pasión
siempre ha sido el teatro. Mi padre solo me dejó venir a Nueva York por
culpa. Y probablemente para deshacerse de mí durante unos años para
que no arruinara su prolongada fase de luna de miel.
—No te sigo.
—Mi madre esperó hasta que terminara el colegio para entregarle
los papeles de divorcio. Entonces se mudó a Alaska. Apliqué a Randolph
antes de que eso sucediera, y mi madre fue un gran apoyo. Mi padre no
tanto. Por supuesto apoyó mi decisión cuando trajo a su nueva novia a
casa para conocerme dos semanas después de que mi madre se fuera.
—Auch.
—Era su secretaria en Farmacéuticas Scott. Hacía dos años que
trabajaba para mi padre. Estoy segura de que él estuvo sumergiendo su
pluma en el tintero de la compañía por un largo tiempo. Así que me dejó
venir a Nueva York.
—Qué conveniente de su parte. —Su burla me pone feliz.
Obviamente fue lo suficientemente inteligente como para firmar un
acuerdo prenupcial, por lo que no se dejaba guiar solamente por su pene.
Hizo lo mismo con mi madre, pero el dinero nunca fue importante
para ella. Yo fui su pegamento, y cuando crecí y estuve lista para seguir
por mi cuenta, finalmente se marchó. Al principio, fue muy difícil perderla
de esa manera. Estuve enojada, hasta que comprendí lo que sacrificó y
que mi padre solo era otro idiota privilegiado.
—Oh, se pone mejor. Se casó con ella tan pronto finalizó el divorcio.
Y mi nueva zorrastra es cuatro años mayor que yo.
—¿Disculpa? —Me complace lo horrorizado que suena.
—Me refiero a mi madrastra. Tiene veintiocho y yo veinticuatro.
—Eso es simplemente…
—¿Asqueroso? ¿Tristemente típico? Al menos es mayor que yo. Es
cinco años menor que mi media hermana y siete años menor que mi medio
hermano.
—Eso simplemente está mal.
—En muchos niveles. Y todos trabajan juntos. Fue trasladada a
otro departamento para que mi padre no sea directamente su superior.
—Hay muchas bromas de mal gusto ahí —dice burlonamente.
—¿Cierto? Pero él sigue siendo su jefe y ella la empleada por la que
arruinó su familia. Creo que es irónico que trabaje con medicamentos
para la disfunción eréctil. Por supuesto que necesita una esposa trofeo
para que todos sepan que aún se le para. Es vergonzoso.
—Puedo ver por qué Nueva York habría sido atractiva y aún lo es.
—Honestamente, probablemente la habría asesinado si me hubiera
quedado en Rhode Island, por lo que mudarme era la única opción viable.
—Muy práctico, y mucho menos complicado que el asesinato. —
Casi deseo que estuviéramos en una videollamada para poder ver su
sonrisa.
—Exacto. No creo estar diseñada para el asesinato. Es decir, me
encantan las películas de terror, pero apenas puedo manejar manipular
carne, por lo que probablemente habría sido muy mala para deshacerme
del cuerpo. —Se ríe. Después bosteza—. ¿Te estoy aburriendo con mis
historias de asesinato?
—Lo siento. Creo que los carbohidratos y el jet lag finalmente me
están haciendo efecto.
—Te dejaré ir para que puedas dormir unas horas antes de que
tengas que levantarte para las reuniones.
—Creo es una buena idea. Me pondré en contacto durante la
semana, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. Adiós, Bancroft.
—Sabes que puedes llamarme Bane.
—¿Cómo la cruz1 de mi existencia?
Eso me consigue otra grave y soñolienta risa. —¿Eso es lo que soy?
—Ni un poco. Eres mi caballero de brillante armadura, salvándome
de vivir en una caja en una esquina mientras canto en el subterráneo
para ganarme la vida. —Aunque se supone que es una broma, realmente
es lo único que me salva de tener que regresar a Rhode Island.
—No estoy seguro de merecer ese título, considerando mi papel en
el sabotaje de tu última audición —dice con arrepentimiento.
—Estoy segura de que esto lo compensa.
1 Juego de palabras con el diminutivo de su nombre que también puede significar cruz
o desgracia.
—Eso tranquiliza mi consciencia más de lo que puedes saber.
Buenas noches, Ruby. —La calidez en su voz se envuelve a mi alrededor
como un abrazo.
—Buenas noches, Bane.
10
Traducido por johanamancilla
Corregido por Blaire R.
No vuelvo a saber nada de Bancroft en los dos días siguientes, salvo
algunos mensajes de texto en los que me pregunta cómo van las cosas.
Para que sepa que están vivas, le envío fotos de Francesca y Tiny, con
burbujitas de pensamiento que proclaman su amor por mí. Le hace
gracia.
Después, las llamadas telefónicas se suceden casi todas las noches.
Bancroft se ha acostumbrado a llamarme a la hora de cenar... bueno, a
la hora de cenar para mí, pero como está al otro lado del océano, para él
es más bien la hora de acostarse. Lo cual no me importa lo más mínimo.
Sobre todo porque, hace dos noches, me llamó por vídeo porque echaba
de menos ver a Francesca. Si lo pongo en altavoz mientras ella está en la
habitación se vuelve loca, y yo quería que viera lo linda que es.
Las dos veces que hablamos por video, tenía una camiseta blanca
que se ajustaba a los músculos de su pecho y delineaba los increíbles
abdominales escondidos debajo de la delgada tela. No puedo ver lo que
lleva de la cintura para abajo, ya que claramente no miramos fijamente
la entrepierna del otro mientras hablamos, pero me gusta imaginarlo en
calzoncillos que también se ajustan a todas las partes buenas y delinean
agradablemente su paquete.
La conversación usualmente comienza con él preguntando sobre
Francesca y Tiny, entonces le pregunto cómo estuvo su día, me cuenta
todas las cosas que su hermano hace para volverlo loco y le señalo que
hace muchas de las mismas cosas.
Cuando pregunta cómo va la búsqueda de empleo, le respondo que
genial. He conseguido dos audiciones para la próxima semana, pero son
roles pequeños, y probablemente no sea suficiente para el pago inicial de
cualquier departamento, y mucho menos para comenzar a pagar mis
deudas.
Hace dos días, conseguí un empleo de media jornada sirviendo
bebidas en un bar. Tenía dudas sobre el lugar, en parte porque el gerente
me contrató con apenas un vistazo de mi currículum. Al parecer, mi radar
de “mal plan” era correcto. Duré un turno. No por ser incapaz de servir
bebidas y comida, sino porque las insinuaciones del gerente durante mi
primer turno no presagiaban nada bueno a largo plazo. Tomé los ciento
veinte dólares de propinas y me fui.
Trato de mantener una actitud positiva. Tengo las audiciones. Aún
tengo tiempo. Al menos eso es lo que sigo diciéndome.
***
Durante la próxima semana, me tomo en serio la búsqueda laboral.
Cuando no estoy jugando con Francesca o dejando que Tiny trepe por mi
brazo, paso la mayoría del día buscando audiciones en Internet, un
representante o repartiendo mi currículum en cada maldito lugar que se
me ocurre.
Estropeó la primera audición. Me atraganto. Literalmente. Estoy en
medio de mi audición, cantando con todas mis ganas, cuando de repente
me estoy atragantando con algo. Me doblo tosiendo y escupo una mosca
gigante cubierta de saliva. Tengo que esforzarme para no volver a vomitar
en el escenario.
Me pongo nerviosa la noche antes de mi segunda audición. Por una
buena razón. Siento que estoy maldita. He estado practicando mi rutina
de baile toda la tarde y la tengo perfectamente dominada. Sé cada paso,
cada letra de la canción. Puedo hacerla hasta dormida. No corro ningún
riesgo con la comida. Tomo una sopa y agua con limón caliente. Bancroft
me dice que me rompa una pierna. Se supone que sea buena suerte. Pero
de todas formas me duermo sintiéndome intranquila.
Me despierto en medio de la noche, gritando aterrorizada por una
pesadilla en la que dejé la tapa del terrario de Tiny abierta y escapó de su
hábitat. En mi sueño, siento algo trepándome y salto de la cama para
caer sobre algo cálido y blando. En la realidad, la cosa cálida y blanda es
un paño húmedo que dejé en el piso después de mi orgasmo nocturno
inspirado en Bancroft. En mi apuro por alejarme del paño aterrador, me
resbalé y aterricé de culo.
Debería haber sabido por la falta de sueño, la pesadilla y el trasero
magullado que la audición sería un fracaso.
Al día siguiente, casi me rompo una pierna, justo como Bancroft
me dijo que lo hiciera. La rutina de baile que tanto me sé sale mal cuando
me caigo de cara gracias a un traidor charco de agua. Regreso a casa, o
al apartamento, sitiándome condenada. Es como si el karma me estuviera
enseñando el dedo corazón.
Cuando llego a casa después de mi día épicamente horrible, donde
no solo me humillé en el escenario, sino que también fui rechazada para
no uno, sino tres puestos de cajera (consejo: un premio triple no te hace
universalmente contratable) lo único que quiero es acurrucarme en la
cama y olvidar que este día ocurrió.
Bancroft regresará en un poco más de tres semanas y todavía estoy
desempleada. No es bueno. El sobre de dinero (que contenía mi salario
de las cinco semanas, bueno, duplicado, pero no es mi culpa que haya
calculado mal) ayuda mucho, pero tengo que pagar facturas y ahorrar
para un apartamento. Tengo otra audición en dos días, pero con cómo
van las cosas, me preocupa que también vaya a fallarla. Lo único en lo
que parezco ser buena es cuidando a Francesca y Tiny.
Casi cedí cuando hablé con mi padre a principios de la semana. Me
preguntó cómo iban las cosas y si había solucionado la situación del
apartamento. Me hice la tonta y le pregunté a qué se refería. Al parecer,
su estúpida secretaria le dijo que llamé por mi cuenta bancaria, a pesar
de que le dije que no era necesario que lo hiciera. De ninguna manera
admitiría que no soy capaz de encargarme de la situación sola. Aún no
estoy en un punto crítico. Sin embargo, sí estoy bastante cerca.
Me quito los zapatos y voy hacia la jaula de Francesca. Unos días
después de que Bane se fuera, la moví a la sala de estar, que es donde se
queda la mayor parte del tiempo. Ya está escalando las barras, saltando
por todas partes y haciendo trucos para mí.
—Hola, niña linda —arrullo—. ¿Me extrañaste hoy? ¡Yo sí! —Abro
la jaula y la saco. Se acurruca conmigo, frotando su nariz en mi escote
como si estuviera buscando bocadillos. Es su movimiento distintivo cada
vez que la alzo, como si creyera que perdí comida allí abajo. Es una luz
brillante en lo que de otra manera sería un día de mierda.
La llevo por el pasillo, agotada y derrotada, buscando cualquier
cosa que mejore mi estado de ánimo. Agarro mi teléfono en el camino, en
caso de que terminemos viendo películas. Probablemente sea una de las
cosas que más me gusta hacer, especialmente después de un largo día
de mierda. A Francesca le encantan los documentales sobre naturaleza y
es una gran compañía para las películas de terror.
Paso mi habitación. En las últimas dos semanas, solo he dormido
allí una vez. En mi primera noche aquí. La mitad de mis cajas continúan
alineadas contra la pared, intactas. Un constante recordatorio de que
necesito un trabajo, cualquiera, y pronto.
Abro la puerta de su habitación. La cama está hecha, porque es
mucho más divertido desordenarla cuando se halla perfecta. La semana
pasada cedi y cambié las sábanas, porque ya no se sentían frescas, pero
las rocié con su perfume, para que siguieran oliendo a él. No es auténtico,
pero es parecido. Me rehusó a reconocer que mi comportamiento es un
poco espeluznante, pero me digo que es por el bien de Francesca, para
que no piense que la abandonó.
La coloco sobre la cama y hace su pequeña cosa de olfatear, dando
saltos por todos lados mientras aguarda a que comience el juego. Estoy
cansada y malhumorada, pero al menos esto me pondrá de mejor humor.
La tapo con la sábana y suelta un pequeño chillido emocionado. Jugamos
por unos buenos quince o veinte minutos hasta que se cansa y solo quiere
acurrucarse.
Son poco más de las seis, pero anoche no dormí bien y la audición
fallida junto a los inútiles intentos para conseguir un empleo me han
agotado, por lo que apago las luces y encuentro una buena película de
terror. A veces, la tortura y el miedo son una buena forma de recordarme
que mi vida no es tan mala.
Ni siquiera tengo energía para considerar hacer la cena. Francesca
se escabulle debajo de mi camiseta y asoma la cabeza por el escote. Le
gusta estar cerca de mis pechos, justo en el valle. La dejo acurrucarse y
cierro los ojos. Necesito unos pocos minutos para manejar la decepción.
El repiqueteo digital me despierta. Pestañeo varias veces, tratando
de deshacerme de la confusión. Me doy cuenta que el sonido proviene de
mi teléfono. Reviso la hora. Las ocho y tres. De la noche. Mierda. Bancroft
dijo que llamaría a las siete, y es puntual con llamadas, lo que significa
que ha estado tratado de contactarme durante la última hora. Me muevo
con torpeza y pulso el botón para responder; mis descoordinados dedos
se esfuerzan para sostener el aparato.
—¿Ruby? ¿Estás ahí? ¿Ruby? —Su preocupación se oye clara en
su tono.
—Aquí —digo con voz áspera—. Me dormí. Lo siento. Ahora estoy
aquí.
—¿La señal es mala? No puedo ver nada.
La habitación está oscura. Al parecer, ni siquiera conseguí iniciar
la película. —Espera. —Estiro el brazo hacia la lámpara de la mesita y la
enciendo. El resplandor me ciega y dejo caer el teléfono a la cama a la vez
que me froto los ojos. Miro alrededor en busca de Francesca, pero no la
veo.
—¿Ruby?
—Aquí. Lo siento mucho, ¿tuviste que llamar muchas veces?
—Eh… algunas. ¿Está todo bien? ¿Te encuentras bien?
—Estoy bien. Bien. Solo un largo día ¿Cómo estás? —Por fin me
concentro en la pantalla. Bancroft está en una cama. Sin camiseta. En
una cama. Con el pelo mojado, como si recién saliera de la ducha.
¿Mencione que está en una cama? ¿Sin camiseta?
Puedo verme en la pequeña pantalla de la esquina. Luzco como una
bolsa de caca de perro. Mi cabello es un desorden. Tengo líneas por la
almohada en el rostro.
Frunce el ceño. —¿Dónde estás?
—¿Eh? —pregunto, porque la respuesta no es exactamente una
que quiero dar o explicar.
Inclina la cabeza a un lado. —¿Estás en mi habitación?
—¿Qué? —El pánico estalla por un segundo mientras me esfuerzo
por inventar una razón para estar aquí.
—Estás en mi cama.
Oh, por Dios. ¿Está enojado? Sus ojos lucen oscuros. Aunque su
habitación no está bien iluminada, por lo que eso completamente podría
explicarlo. —Yo, eh… estaba limpiando y moví a Francesca aquí, y luego
estábamos jugando al escondite entre las sábanas y debí quedarme
dormida. Lo lamento. Lavaré tus sábanas.
Una sonrisa curva la comisura de su boca.
—No tienes que disculparte por jugar con Francesca. ¿Cómo está
mi chica?
Por un muy breve momento pienso que se está refiriéndose a mí,
entonces me doy cuenta de que está preguntando por su mascota, que
no está por ningún lugar. —Está bien. Estábamos acurrucándonos y me
quedé dormida.
—¿Dónde está ahora?
—Mmm, espera. —Dejo el teléfono, por lo que lo único que obtiene
es una vista del techo. Entonces salgo de la cama y la llamo un par de
veces. Miro debajo de la cama, porque es un lugar lógico en el que estar.
—¿Ruby?
—¡Estábamos acurrucándonos cuando me quede dormida! —grito.
Recuerdo todas las historias de terror que he escuchado. Será mejor que
no se haya escapado. Es por lo que son conocidos los hurones.
Miro la puerta de la habitación. Está cerrada, así que tiene que
estar por aquí. Voy hasta el baño. A veces le gusta esconderse entre las
toallas usadas, porque además de su cama, también me he apropiado de
su ducha. Es mejor que la de mi habitación, y un poco más complicada,
pero me las arreglé para comprenderla sin quemarme viva. Sin embargo,
no está en el baño.
—¿Ruby?
—¡Está por aquí! —Miro la cama y noto un movimiento cerca de las
almohadas. Una pequeña cabeza marrón se asoma desde dentro de la
funda—. Ahí está. —Regreso y la alzo, entonces apoyo mi teléfono contra
el cabecero para poder sostenerla y hablar con las manos libres—. Me
asustaste —arrullo, y se me quiebra levemente la voz—. Papi quiere verte.
—Estoy tan aliviada de no haberla perdido que suelto algunas lágrimas.
Parpadeo para contenerla mientras la sujeto frente a mi rostro y agito
una de sus patitas hacia Bancroft.
—¿Te estás enfermando?
—No, no, estoy bien —le aseguro, aunque no es así. Casi pienso
que tengo todo bajo control cuando hace la pregunta que me desequilibra.
—¿Cómo fue la audición de hoy?
Abro la boca para hablar, pero lo único que sale es un chillido. Y
esas estúpidas lágrimas se derraman por las esquinas de mis ojos.
—¿Ruby?
Francesca se escapa de mi agarre cuando agito una mano en el
aire. Estoy tratando de respirar, pero parece que no puedo hacerlo sin
hacer unos horribles sonidos agudos.
—Cariño, ¿qué pasa?
Intento controlarme. Al menos un poco. —F-fallé la audición —digo
tartamudeando.
—Estoy seguro de que no fue tan malo.
—Caí sobre mi rostro en medio de mi rutina. Tengo un moretón en
la mejilla. —Me acerco para que pueda ver el leve tinte azulado. Está
sensible al tacto.
Aprieta los labios. —Lo siento mucho.
—¿Y si no puedo hacerlo? ¿Y si termino teniendo que regresar a
Rhode Island con mi padre y la zorrastra? ¿Y si tengo que trabajar para
él? ¿Y si la puta de su esposa es mi jefa? —El pánico está comenzando a
regresar. No quiero tener una crisis emocional con él. No quiero que crea
que soy una descabellada e inestable loca. Quiero tener mi vida resuelta,
como Amie.
Tengo que poner mi vida en orden antes de que Bancroft vuelva.
Porque cuanto más hablamos, más quiero hacer más que hablar. A estas
alturas, deseo más que desnudarnos, aunque indudablemente quiero
hacer eso, y a veces parece que quizás él también. Pero no querrá tener
nada que ver con una desempleada, llorona y sin hogar con deudas de
más de diez mil dólares en la tarjeta de crédito y préstamo estudiantil.
Mi charla interna no está ayudando con las lágrimas. —Quizás mi
papá tiene razón. Tal vez no puedo manejarlo. Solo quería demostrarle
que estaba equivocado. —Mi voz sigue siendo aguda.
—Respira hondo, Ruby. —Su voz es suave, melodiosa. Hago lo que
dice e inhalo profundo—. Eso es, nena, buena chica. Respira otra vez
para mí. —Tomo aire más lento y profundo. Asiente con aprobación—. Y
otra vez.
Sigo respirando profundamente hasta que el pánico disminuye.
—Estoy tan avergonzada —murmuro cuando consigo controlarme.
—No lo estés. Tuviste un día difícil, te desanima un poco. Tienes
que recuperarte y restarle importancia. —Suelto una risa suave—. Tengo
toda la confianza en que conseguirás un papel, eres demasiado talentosa
para no hacerlo.
Nunca me ha visto actuar o cantar. Me ha escuchado cantar porque
a veces lo hago inconscientemente. Pone música mientras hablamos para
hacerme tararear. —Ojalá tuviera la confianza que pareces tener en mí.
—¿Sabes qué haría si estuviera allí contigo? —Su voz es muy
reconfortante. Quiero saber cómo suena en mi odio, con su cuerpo sobre
el mío y sin ropa entremedio.
—¿Qué? —Sueno menos aguda y más entrecortada.
—Te emborracharía.
—¿Y luego te aprovecharías de mí? —Mi intención es que suene
sarcástico, no esperanzador. Qué vergonzoso.
Su expresión se vuelve seria. —Esperaría no tener que recurrir a
tales tácticas para meterte en mi cama.
—Bueno, ya estoy en tu cama, así que estamos a medio camino,
¿no?
Se humedece el labio inferior con la lengua. —Creo que deberías
servirte una copa de vino. Tengo una botella aquí. Podemos beber juntos.
—¿También tuviste un mal día?
—He tenido mejores.
Agarro mi teléfono y lo llevo a la cocina para poder asaltar su
refrigerador de vinos. Escojo un blanco chispeante. Además, sus sábanas
no son lo suficientemente oscuras para que considere el tinto.
Una vez que me he servido una copa, regreso al cuarto. Francesca
está acurrucada sobre el edredón. Tan pronto como me recuesto, hace su
movimiento favorito y se escabulle debajo de mi camiseta para asomarse
por el escote, entre mis pechos.
Se lo muestro a Bancroft, que parece apreciar su elección. Me
cuenta sobre su día, sobre un error multimillonario que tuvo alguien de
su equipo y la llamada de su padre. Sus problemas no necesariamente
me hacen sentir mejor, pero ciertamente ponen los míos en perspectiva.
Al menos un pequeño error no me costará millones.
11
Traducido por IsCris
Corregido por Blaire R.
Debido a mi fracaso en la audición, Amie me obliga a acompañarla
a la fiesta que quería evitar. Cree que necesito salir y divertirme. Yo creo
que un poco de helado es mejor que pasar la noche con un grupo de
esnobs engreídos, pero no he visto mucho a mi amiga desde que me mudé
al piso de Bancroft, así que cedo.
Cuando me dijo “fiesta”, supuse estúpidamente que significaba que
habría mucha gente con la que mezclarse. Podría poner mi cara de “Ruby
Presumida”, dar alguna que otra respuesta ingeniosa e ir rotando entre
los invitados, dándoles besos y sonriéndoles. También supuse que sería
en un hall o en algún tipo de salón de baile, como suele ser habitual.
Lo que no esperaba es acabar en una mansión con once invitados
más, siendo la única mujer soltera de la sala. ¿Mencioné que también
hay un solo hombre en la habitación? Este es probablemente el peor y
menos sutil intento de emparejamiento de la historia. No necesito que me
emparejen con nadie. Tengo que preocuparme de cosas más importantes.
Tengo una copa de prosecco en la mano, ya que parece que no hay
ninguna opción sin alcohol disponible en este momento, y tengo sed. He
pasado una hora en la cinta de correr de Bane, mirando fijamente su
gigantografía que se refleja en la ventana con vistas al río. Hacer ejercicio
sería mucho más fácil si pudiera mirarlo todo el día, todos los días.
El impulso de sacar una bolsa Ziploc de mi bolso es fuerte cuando
el camarero hace la ronda con una bandeja de aperitivos. Poco a poco voy
eliminando ese comportamiento. Gracias al servicio de entrega de Bane,
por fin sé lo que se siente al estar llena de nuevo. Con comida de verdad
que no viene en un paquete de celofán. Estoy empezando a llenar este
vestido. Lástima que mis caderas sean las primeras en expandirse y mis
pechos los últimos.
Apellido como nombre número once, el soltero de la sala, no para
de hablar de su educación en la Ivy League y de cómo la gente asume que
el puesto de alto nivel que tiene en Imbéciles e Inservibles le ha sido
otorgado, pero eso no es cierto, ha trabajado duro para llegar donde está.
Le digo que es un mentiroso. No en voz alta. Solamente en mi cabeza. Sé
sin dudas que el padre de Wentworth Williams, su nombre es incluso
aliterado, es accionista al cincuenta por ciento de la empresa, y eso
significa que si quiere que el imbécil de su hijo, educado en la Ivy League,
trabaje allí, todo lo que tiene que hacer es enviar un currículum y, puf,
se crea un nuevo puesto de trabajo.
Mi padre no funciona así. Al menos, conmigo. Sé que empezaré en
el escalón más bajo. Y eso no me molestaría tanto si a mis hermanos no
les hubieran dado despachos en las esquinas y bonitos títulos desde el
momento en que empezaron a trabajar para él. No es que quiera trabajar
para él, pero lo justo es justo. Si voy a participar en el nepotismo, debería
sacar lo que pueda de ello.
Wentworth continúa hablando. Sigo asintiendo con la cabeza y
sonriendo amablemente, haciendo alguna pregunta ocasional para
parecer interesada cuando escucho lo que dice el tiempo suficiente para
darme cuenta de que sigue hablando de sí mismo. Es como si estuviera
compartiendo todo su currículum conmigo. Las citas en la clase alta son
raras. La gente se pasea como ponis de feria, esperando que alguien les
otorgue el primer premio.
Mientras él come otra trufa bistec-tártaro-bla-bla y un poco de paté
de hígado de oca en una galleta bla-bla, yo echo un vistazo furtivo a la
sala. Llevo veinte minutos de pie. Uso tacones y me resultan incómodos.
Tengo las pantorrillas agarrotadas por la hora que he pasado en la cinta.
Amie está a medio camino de la habitación. Armstrong tiene su
brazo alrededor de su cintura. En realidad, estoy bastante segura de que
la sigue toqueteando mientras habla con otra de las prometidas, por la
manera en que sus ojos se abren de repente y su sonrisa se vuelve
pervertida por un momento.
Cuando su mirada se cruza con la mía desde el otro lado de la
habitación, me dedica una de sus sonrisas de disculpa. Yo la fulmino con
la mirada. Ella hace lo de abrir los ojos y suplicar. Es imposible que
intentara tenderme una trampa a propósito. Apuesto a que fue cosa de
Armstrong. Idiota.
—Armstrong dice que te interesa el teatro. —Wentworth me obliga
a dejar de disparar rayos láser de la muerte desde mis globos oculares y
devuelve mi atención a él. No es exactamente una pregunta, pero es lo
primero que dice que no sea sobre él.
—Así es.
—¿Pero tu familia no está en la industria farmacéutica? —Inclina
la cabeza, parpadea un par de veces y una pequeña sonrisa se dibuja en
una comisura de los labios. Es una expresión de falsa atención. Sus ojos
siguen bajando por debajo de mi cuello. No me sorprende, mi escote es
épico. Que actualmente no siga los pasos de mi familia me hace parecer
un poco salvaje. Lo cual admito que soy. Para algunos de estos imbéciles
significa que soy algo que domar.
—Sí, mi padre lo está.
—¿Pero tu madre no?
—Se divorciaron. Mi madre es artista. —Espero que la revelación
del divorcio lo desanime. No lo hace.
—Ah. Entonces, ¿de ahí sacas tu lado creativo? —Se inclina y me
toca un mechón de cabello. Está bastante cerca de mi teta, por lo que
también hay un roce—. ¿De ahí también viene tu belleza?
Estoy segura de que piensa que está siendo sutil. También estoy
segura de que muchas mujeres sonreirían, le pondrían una mano en el
antebrazo y se reirían. Yo no hago nada de eso. En vz de eso, hago una
pregunta que probablemente no debería, teniendo en cuenta la compañía
actual y el futuro papel de Amalie en este desafortunado círculo social.
—¿Por qué? ¿Te gustan las maduritas?
Sus ojos se abren mucho, porque estoy siendo tan escandalosa, y
luego una sonrisa interrogante y algo insegura se dibuja en su rostro.
Supongo que es atractivo. Es alto, mide más de un metro ochenta, pero
es desgarbado. Es bastante atlético, pero está claro que pasa más tiempo
detrás de su escritorio que haciendo ejercicio.
Normalmente, para mí eso no sería un factor a tener en cuenta a
la hora de salir con alguien, pero mis criterios parecen haber cambiado
en dirección a Bancroft.
Wentworth se inclina aún más, de modo que su boca está cerca de
mi oído. Ha estado bebiendo licor fuerte, alguna marca cara de whisky
escocés por el aroma a musgo de turba, así que su aliento es fuerte.
—Me gustaría ahondar en ti.
Doy un pequeño paso hacia atrás. Hay varias interpretaciones para
esa horrible frase. Teniendo en cuenta su tono y expresión facial, tengo
la sensación de que lo dice en sentido horizontal. Decido hacerme la
tonta. —¿Perdona?
Parpadea un par de veces, evaluando mi reacción. Estoy fingiendo
idiotez, aunque mi disgusto es real. Cubre su sucio comentario con otra
sonrisa. —Me gustaría conocerte.
—¿No es eso lo que estamos haciendo? —Tomo un sorbo de mi
prosecco. Mi vaso está casi vacío.
—Sería bueno si tuviéramos un poco más de privacidad, ¿no crees?
—Hace un gesto al resto de los asistentes. La mayoría están charlando
en grupos. Solo a mí me han acorralado. Y Amie parece estar atada a
Armstrong.
No tengo oportunidad de responder a eso, porque el chef aparece
desde la cocina para informarnos de que la cena ya está lista. Intento
sentarme junto a Amie, pero mi intento se ve frustrado por Wentworth.
Se coloca entre los dos, lo que me aísla al final de la mesa.
Y entonces empieza el coqueteo de verdad. Me roza la rodilla unas
veinte veces. Luego decide que le preocupa que mi cabello acabe en mi
comida, así que me lo aparta por encima del hombro. Para cuando sacan
el plato principal, que es filete mignon y colas de langosta, estoy a punto
de apuñalarle con mi cuchillo de carne.
También voy por mi segunda copa de prosecco, o quizá sea la
tercera. Uno de los camareros no deja de rellenarla cuando no veo, así
que se mantiene siempre al mismo nivel. Tengo la cara un poco caliente,
así que ahora sería un buen momento para cambiar al agua.
Justo cuando me ponen el plato delante, suena mi teléfono en el
bolso. Lo tengo en vibración, pero lo noto en la pierna. Lo ignoro, no
espero una llamada de Bancroft esta noche porque es día de viaje. Tiene
un vuelo a Ámsterdam y no creo que tenga noticias suyas hasta mañana.
Aunque con la diferencia horaria, puede resultar confuso.
El zumbido de mi bolso se detiene unos segundos antes de volver
a empezar. La tercera vez que mi pie empieza a vibrar me excuso para ir
al baño.
Rebusco en el bolso por el camino, con la esperanza de localizar mi
teléfono antes de que deje de sonar. Es Bancroft. Intenta hacerme una
videollamada. Se me revuelve el estómago. Ni siquiera me planteo lo
grosero que es que esté atendiendo una llamada en mitad de la cena. Mi
excusa es que me estoy alojando en casa de este hombre, cuidando a sus
mascotas, así que si se pone en contacto conmigo debe ser importante.
Más que nada, me muero por hablar con él, ya que han pasado más de
veinticuatro horas desde la última llamada.
Pulso el botón de respuesta mientras entro en el baño y cierro la
puerta tras de mí. —¡Oye! ¡Hola! —Tengo que tantear en la oscuridad para
encontrar el interruptor de la luz.
—¿Ruby? ¿Está todo bien?
—Muy bien. —Las palabras salen en un entrecortado susurro.
Quiero bajar la voz porque, bueno, estoy hablando por teléfono en el baño
en mitad de la cena y, además, Bancroft está recostado en un sofá con
una camiseta blanca. Tiene el pelo recién lavado, pero luce una barba de
pocos días. Parece agotado. Y sexy. Y agotado. Pero tan, tan sexy.
Arruga la frente. También es sexy. —¿Estás en un baño?
—¿Qué? —Miro a mi alrededor, insegura, aunque haya elegido
encerrarme aquí—. Oh. Sí. Estoy en un baño. —Creo que el prosecco está
haciendo efecto.
—¿No estás en casa? —La forma en que dice “en casa” me causa
un escalofrío y una inyección de calor entre las piernas. Me lo imagino
tumbado en el sofá de su casa y yo haciéndole de manta—. ¿Ruby?
¿Dónde estás?
—Estoy en una fiesta.
—¿Una fiesta? —repite. Se mueve en su asiento, deja la taza y su
ceño se arruga cada vez más—. ¿Qué fiesta? ¿Con quién estás?
No me suele gustar cuando un hombre se pone territorial. Sobre
todo soy una mujer del siglo XXI y siento que tengo derecho a hacer lo
que quiera, cuando quiera, sin tener que responder por ello. Obviamente,
si estoy en una relación comprometida, lo estoy plenamente. No me ando
con juegos ni tonterías. Pero hay algo en la forma en que pregunta, como
si hubiera una pizca de pánico, que calienta todas las partes por debajo
de la cintura. Bueno, más de lo que ya estaban, lo que significa que mis
bragas están pensando en prenderse fuego.
—¿Ruby? ¿La conexión es mala?
—¡Oh! Lo siento. Te congelaste por un segundo —miento—. Amie
me obligó a venir a una fiesta. No hice suficientes preguntas, obviamente,
porque no es en un enorme salón de eventos, sino en la casa de un tal
Ricky Ricon. En realidad, casa no es una buena palabra para describirla.
Estoy bastante segura de que esto califica como una mansión viendo que
este tocador es del tamaño de mi antiguo apartamento.
—¿Quién es el anfitrión? ¿Uno de los amigos de Armstrong? —Su
tono es repentinamente bajo y uniforme.
—Supongo que sí. ¿O tal vez un colega? —Me distraigo con los
movimientos de su mandíbula—. Excepto él y yo, aquí todo el mundo está
prometido o casado. Supongo que alguien quería hacer de casamentero.
—¿Amalie trata de emparejarte con alguien? —Suena incrédulo.
Puede que no sea la mujer más civilizada y refinada que hay, pero
no creo que sea un mal partido. Tal vez un poco indómita, pero eso no es
necesariamente algo malo.
—Amie no, Armstrong al parecer, y no debería tener que quedarme
sola en casa todas las noches —digo a la defensiva.
—No estás sola. Nos tienes a Tiny, a Francesca y a mí. —La
incredulidad es reemplazada con irritación—. ¿Con quién está tratando
de emparejarte?
—Wentworth algo. —Estoy tratando de entenderlo. El coqueteo y
los comentarios a veces demasiado sexuales se han convertido en algo
habitual en nuestras conversaciones y, francamente, algo que espero con
impaciencia. Pero a principios de esta semana me llamó cariño, y ahora
dice cosas como ésta, y se muestra muy celoso. A pesar de la distancia
que nos separa, pasamos mucho tiempo juntos. Está desdibujando un
poco las líneas que he hecho en mi cabeza.
—¿Wentworth Williams? —La incredulidad se convierte en algo
parecido a la ira.
—Ese. Sí.
—Oh, mierda, no. No puedes salir con él.
—¿Disculpa? —Coloco el teléfono en el tocador y comienzo a hurgar
en mi bolso en busca de mi pintalabios. Odio que me digan qué hacer.
—Es un imbécil elitista. No puede entrar en mi piso. Jamás. No
puedes salir con él. Te lo prohíbo.
—¿Lo prohíbes?
—Sí.
—¿De verdad? —Apoyo una mano en la cadera y me doy cuenta de
que Bancroft está mirando mi bolso, no a mí. Lo hago a un lado. Ahora
tiene una buena vista de mi vestido, que últimamente me está quedando
muy bien. El ángulo es muy favorecedor y hace que mis tetas parezcan
increíbles.
Se pasa una mano por el pelo. Está hecho un desastre. Tiene el
ceño fruncido y la mandíbula apretada. Maldita sea. ¿Por qué tiene que
verse tan sexy cuando está siendo un idiota?
—¿Qué llevas puesto?
—Un vestido. ¿Qué parece? —Creo que me veo bien.
—Veo escote. Tienes escote. ¿No tienes un chal? ¿No puedes
taparte?
—¿Perdona? —Me miro el pecho y acuno mis senos, asegurándome
de que no estoy enseñando nada que no deban ver. Todo está donde tiene
que estar—. Mi escote se ve fantástico y es modesto, no excesivo.
—Yo solo... no puedes. Wentworth es un imbécil. Salió con la prima
de la hermana de mi amiga el año pasado y descubrió que la engañaba,
con otras tres mujeres, y una de ellas era una maldita acompañante. —
Ya no está sentando. Creo que está dando vueltas con lo inestable que se
ha vuelto el teléfono.
—¿Acompañante? ¿No es un término bonito para prostituta?
—Sí.
—Eso es sucio.
—Sí, lo es. Entiendes por qué te prohíbo que salgas con él.
La prohibición me eriza la piel. Es una palabra que mi padre solía
lanzar todo el tiempo. Aunque no tengo ninguna intención de seguir nada
con Wentworth, no creo que haga daño mantener a Bancroft un poco al
margen, sobre todo porque odio esa palabra y se está portando como un
mandón.
—No creo que esté interesado en salir conmigo.
—Contigo así vestida, estoy bastante seguro de que te equivocas.
Y ahora insulta mi atuendo. —Creo que está más interesado en que
nos enrollemos.
Aprieta la mandíbula. Sus fosas nasales se dilatan. Sus ojos se
entrecierran y oscurecen. Dios mío, hace calor. Más de lo que debería.
—Ruby. —La palabra es una grave advertencia.
Le sonrío dulcemente y me acomodo el vestido para mostrar más
escote. —No te preocupes, Bane, nunca llevaría una aventura amorosa a
tu apartamento. Tengo que irme. Estamos a mitad de la cena y me he ido
por más tiempo del apropiado.
—Ruby, no me cuelgues... —Termino la llamada y apago el teléfono
antes de que pueda decir el resto. Mi estómago está haciendo todo tipo
de acrobacias. Una gota de sudor cae por mi espina dorsal. Está actuando
como un idiota celoso. Y está siendo territorial. Sobre mí y mi escote. Me
da vértigo.
No tengo reglas para este ida y vuelta. Me gusta Bancroft. Si no
estuviera al otro lado del océano y yo no dependiera de él para mis
modestos ingresos actuales y un lugar donde vivir, sin duda me gustaría
encontrarme debajo de él, en su cama, o en su sofá, o en el suelo, o en
cualquier lugar en realidad, pero las circunstancias actuales lo impiden.
Así que, por el momento, voy a dejarlo inquieto por comportarse como un
neandertal, incluso si lo encuentro sexy. No necesita saberlo.
12
Traducido por Lauu LR
Corregido por Blaire R.
No acaba de colgarme. Miro la pantalla negra un par de segundos
antes de volver a llamar. Directo al buzón de voz. Vuelvo a intentarlo con
el mismo resultado.
En algún lugar de mi cabeza, detrás del ruido, reconozco que estoy
siendo irracional. Sinceramente no creo que vaya a enrollarse con
Wentworth. Tiene mejor gusto. Todas nuestras conversaciones lo indican.
Creo. Espero.
La imagen de ese idiota en mi condominio, en mi habitación de
invitados, con ella desnuda y debajo de él me hace querer subirme a un
avión e ir a casa de inmediato. Lo que, de nuevo, es altamente irracional.
A menos que pueda terminar las cosas aquí más rápido, aún me quedan
unas cuantas semanas antes de volver. Necesitaré un milagro para que
eso pase a la velocidad que vamos.
Más allá de la posible aventura amorosa con Wentworth, que sé
que es improbable, realmente no me emociona mucho la idea de que
Ruby pueda estar interesada en salir con alguien. En el tiempo que ha
estado quedándose en mi casa, la parte del día que he esperado con más
ansias son nuestras videollamadas casi diarias.
Después de reuniones interminables y de pasar horas lidiando con
una sala lleno de hombres obstinados y con los pequeños detalles de la
gestión de proyectos, Ruby es un soplo de aire fresco. Es la persona por
la que más ganas tengo de regresar a casa. Lo cual es un problema,
supongo, porque no soy su novio y se supone que se va a mudar cuando
yo vuelva.
No tengo idea de si ha estado saliendo con alguien, casualmente o
de otra forma, mientras he estado lejos. Desde luego, no he tenido tiempo
para eso. Bueno, supongo que eso no es cien por ciento verdad. Ha habido
algunas mujeres que expresaron interés en pasar tiempo conmigo, pero
mi horario no tiene lugar para acomodar citas. No con las llamadas a
Ruby por la tarde. Aunque desde que estoy en Ámsterdam he empezado
a llamarla a primera hora de la mañana, ya que soy madrugador y ella
parece ser noctámbula. Su ropa de dormir es mi favorita. Camisetas
pequeñas con pantalones cortos. A veces puedo ver sus pezones a través
de la tela.
Pero no se trata solo de ver los pezones. Es mucho más que eso.
Ruby es una mujer vibrante, hermosa, con una mente propia. Tiene fuego
y descaro. Me gusta. Y mucho. Es divertida, ingeniosa y dulce. Parece
que compartimos la misma opinión sobre lo frustrantes que pueden ser
las expectativas familiares. Me gusta hablar con ella y escuchar su punto
de vista siempre es refrescante. No se limita a decir cosas para reforzar
mi ego. Es un cambio bueno con respecto a algunas de las mujeres con
las que he salido en el pasado. Sería una gran acompañante en algunas
de esas terribles y engreídas fiestas a las que me veo obligado a asistir.
Quiero salir con ella. Quiero llevarla a la cama. A mi cama. En la que
siempre se acuesta con Francesca.
Nada de eso va a pasar si empieza a ver a alguien más durante mi
ausencia. Podría pasar. Más allá de lo hermosa que es, el dinero de su
padre es deseable. Eso por sí solo sería razón suficiente para que muchos
de los chicos solteros en el círculo de Armstrong estén interesados. La
haría doblemente atractiva para un imbécil como Wentworth.
Intento llamar de nuevo, pero me salta el buzón de voz. Debe haber
apagado el teléfono. No importa. Tengo otras maneras de contactarla.
Llamo al teléfono de Armstrong, pero desgraciadamente también me sale
su buzón de voz. Así que llamo de nuevo. Y una tercera vez. —¿Hola? —
Suena molesto.
—Hola, Armstrong.
—¡Bane! ¿Cómo estás?
—Estoy bien. Bien.
Murmura algo y escucho el movimiento de una silla por el piso y
voces de fondo. —Es genial. Escuché que los proyectos van bien. ¿Qué
tal Ámsterdam? ¿Has estado aprovechándote de algunos de los beneficios
del lugar?
Por supuesto que esa es su primera pregunta. —Si te refieres a los
cafés de hierba, la respuesta es no. —Estoy seguro de que Lex sí. Ha
estado extraño las últimas semanas, y no puedo descifrar la razón. En
fin, uno de los dos tiene que poder prestar atención en las reuniones
matutinas.
—Estaba pensando en otras cosas.
—No arriesgaré la salud de mi pene por un viaje al distrito rojo. —
Desde luego es algo que podría verlo haciendo, antes de Amalie.
—Me decepcionas, Bane. Ni siquiera puedes divertirte mientras
estás en un país donde la prostitución es legal.
—Qué pena que esté yo aquí y no tú, ¿eh?
—Yo sí que aprovecharía al máximo las ventajas.
Resoplo. —Salvo que estás comprometido.
—Es otra zona horaria. No cuenta.
No me río de su broma. —Escucha, Ruby mencionó que iba a salir
a cenar esta noche contigo y con Amalie, ¿está disponible? He intentado
llamarla, pero a lo mejor tiene el teléfono en silencio.
—Está aquí. Sin embargo, estamos cenando. ¿Puedo decirle que te
llame luego?
—Es un poco urgente. Sería mejor que hablara con ella ahora. —
La mentira se queda incómoda en mi garganta. Incluso yo me cuestiono
lo que estoy haciendo ahora mismo.
—Iré a buscarla.
Su voz queda amortiguada cuando cubre el micrófono. Escucho la
voz confundida de Ruby, también amortiguada.
—Dijo que es una emergencia. —Ese es Armstrong.
—¿Oh? De acuerdo. —El teléfono debe cambiar de manos. Escucho
el sonido de tacones y una puerta abriéndose y cerrándose, seguido por
su murmullo—: Emergencia, una mierda. —Un segundo después, su voz
molesta me llega oído—: ¿Es una maldita broma, Bancroft?
Me encanta cuando dice mi nombre. Me encanta que rara vez lo
acorte y cuando lo hace siempre suena un poco sin aliento. También me
encanta que esté enojada conmigo y que insulte. Tengo un problema. Lo
sé.
—¿Apagaste el teléfono? —No sé por qué esa es mi pregunta.
—Sí.
—No puedes hacer eso.
Su pesada exhalación le hace cosas asombrosas a mi pene. Ajusto
mi semi erección y sonrió.
—Cuando estás actuando como un idiota, puedo —espeta.
—Estoy preocupado.
—¿Por qué? Te dije que no me enrollaría con Idiota McCalentón.
¿Qué más quieres?
—Eso no es lo que dijiste.
—Es exactamente lo que dije.
Ojalá pudiera verla ahora mismo. Me la imagino con una mano en
la cadera, la barbilla levantada en señal de desafío. —No. Dijiste que no
lo llevarías a mi departamento. Lo dejaste abierto a la interpretación.
—¿De qué hablas? —titubea.
Eso es todo lo que necesito. —Y creo que lo hiciste a propósito.
—No tiene sentido. —Le falla la voz—. ¿Hay un propósito en esta
llamada, o solo quieres iniciar una pelea por percepciones?
—No son percepciones.
—Eres insufrible. ¿Cuál es exactamente el problema?
—Ya te lo dije, estoy preocupado.
—¿Por?
—Estás ebria y tienes tendencia a tomar malas decisiones cuando
has estado bebiendo.
—Oh, Dios mío. Ahora sí me estás molestando.
—Besaste a un completo desconocido después de un trago. ¿No
crees que esa es una mala decisión? —La estoy sacando de sus casillas.
Es una mala idea, pero no puedo detenerme. No quiero que alguien como
Wentworth la intoxique y se aproveche de ella. Quiero ser yo el que lo
haga, repetidamente. Está bien, eso sonó mal. Me gustaría que estuviera
sobria y dispuesta cuando la desnude.
—¿Esta es tu emergencia? ¿Vas a avergonzarme por devolverte el
beso, con qué propósito? ¿Para asegurarte de que no me acueste con un
imbécil amigo de Armstrong? Te aseguro que no estoy interesada en lo
más mínimo en Wentworth. Es exactamente lo opuesto a mi tipo, pero si
vuelves a llamar esta noche y tratas de seguir con estas tonterías, me
acostaré con él por despecho.
—No lo harás.
—¿Sigues intentando decirme lo que tengo que hacer?
Estoy seguro de que, si pudiera, se estiraría a través del teléfono y
me ahorcaría. —De ninguna manera te acostarías con alguien solo para
fastidiarme.
—¿Estás seguro, Bane? —Su voz es repentinamente suave, incluso
amenazadora—. ¿Estás dispuesto a poner a prueba esa teoría?
Mientras abro y cierro la boca, sin poder encontrar las palabras
mágicas para salir de esto, me doy cuenta de que no hay una respuesta
correcta. No estoy totalmente seguro. Creo que tengo razón. Espero tener
razón. Tengo la sensación de que Ruby es un poco más tradicional de lo
que parece, o al menos más selectiva.
Su vergüenza por devolverme el beso me lo dice. También creo que
es mucho más propensa a tomar decisiones alocadas y poco meditadas
cuando ha bebido, de ahí que me devolviera el beso en primer lugar. Lo
cual no lamento en lo más mínimo. De lo que sí me arrepiento, quizás
solo un poco, es de no reclamarla de algún modo antes de irme. A pesar
de que, en ese momento, solo la conocía desde hacía dos días. Eso podría
haber sido un poco raro y preventivo.
Lo único que hubiera hecho falta eran unas palabras. Si la señora
Blackwood no hubiera interrumpido nuestra despedida, le habría dado
ese beso y quizás no estaríamos teniendo esta discusión.
Respiro hondo y decido ser sincero. —Ruby Scott, sé que no puedo
decirte lo que tienes que hacer, pero lo último que quiero es que alguien
tan imbécil como Wentworth te ponga las manos encima, sobre todo si es
únicamente por despecho.
Recibo respiraciones por varios segundos. Profundas, del tipo de a
las que no me opongo. De las que me gustaría escuchar como resultado
a mis habilidades para hacerla sentir extraordinaria. De una forma muy
sexual.
—Voy a colgar, Bane, y no vas a volver a llamarme esta noche,
porque no creo que quieras ver hasta dónde puedes llegar antes de
alcanzar mi límite.
No consigo pronunciar ni una palabra más antes de que cuelgue.
Por mucho que quiero volver a llamarla, sé que es una mala idea. Una
muy mala. Así que me contengo y dejo estar las cosas. Es tarde, debería
dormirme. Pero no puedo, porque ahora en lo único que puedo pensar es
en ese jodido Wentworth y en cómo un solo hombre puede poner las cosas
en perspectiva y joderlo todo al mismo tiempo.
***
Han pasado cuarenta y ocho horas. Ayer intenté llamarla. La única
respuesta que recibí fueron fotos de Tiny y Francesca, como si fueran
notas de rescate en forma de imagen. Tiny estaba en el dorso de la mano.
Francesca se encontraba escondida debajo de mis sábanas. Mis sábanas
desordenadas. Un recordatorio de que tiene mis mascotas y tiene acceso
a todas mis cosas, incluyendo mi cama.
Puede que no haya reaccionado bien a la situación de Wentworth.
Al día siguiente llamé a Armstrong y lo destrocé. Pero le pareció que mi
reacción era graciosa e innecesaria. Luego me dijo que no tenía nada de
qué preocuparme porque Ruby era una zorra frígida, según él, y dudaba
que abriera las piernas o la boca para alguien. Lo volví a destrozar por
ese comentario.
También sé que es mentira. A mí me abrió la boca. Y espero que
eventualmente le sigan sus piernas.
Unas cincuenta y siete horas después, finalmente responde cuando
la llamo por videollamada. Hice que le enviaran flores de disculpa esta
mañana con la esperanza de que eso la descongelara un poco.
—Hola —saludo.
Me dispara dagas por la pantalla. Si estuviera con ella, habría
muchas formas en que le quitaría esa mirada del rostro. Pero estoy a un
océano de distancia, así que todo lo que tengo son palabras.
—Lo lamento.
El lado de su boca se mueve, apenas. Un tic. Está comiendo pasta.
Entierra el tenedor en el tazón y lo levanta, enroscando lentamente los
fideos sin dejar de mirar su comida. Abre la boca. Su deliciosa boca. En
la que ha estado mi lengua. La que me gustaría tener envuelta alrededor
de mi… El tenedor se desliza entre sus labios. Un ruido la sobresalta. Y
me doy cuenta de que soy yo. Un gemido.
El tenedor sale de entre sus labios. Está comiendo pasta primavera.
La salsa es a base de aceite y ajo. Su aliento sería horrible ahora mismo,
pero sus labios brillan y no controlo mi cabeza ni adónde va, ni lo dura
que se me pone la de los pantalones.
Ella tiene la sartén por el mango. Lo sabe. Levanta una ceja y
mastica despacio. Tarda una eternidad en hablar. —¿Lo lamentas?
—Sí. —Sale bajo y ronco. Maldita sea. Tengo que controlarlo. No al
otro asunto, bueno, al menos no mientras hablo con ella... después tal
vez. ¿Por qué es tan sexy? ¿Por qué me gusta que se niegue a dejarme
librarme de la mierda que hice la otra noche? ¿Por qué espero con tanta
impaciencia su ira?
—¿Qué es exactamente lo que lamentas? ¿Ser un idiota?
—¿Llegaron las flores? —Esperaba que suavizaran las cosas un
poco más de lo que lo han hecho.
—Sí. Son hermosas. Pero me gustaría saber qué es exactamente lo
que lamentas tanto como para enviar flores.
Es una gran pregunta. También legítima. La tarjeta no permitía ser
muy extenso, así que me decidí por un Lamento ser un idiota. Tengo que
explicárselo de una forma que no me meta en más problemas.
—Por cuestionar tu carácter. —Cuando todo lo que obtengo es más
miradas feas, continúo—: Sé muy bien que eres una mujer inteligente y
más que capaz de tomar decisiones acertadas. Mi preocupación no era tu
habilidad para decidir, sino la propensión de Wentworth a aprovecharse
cuando ve una oportunidad.
Su silencio es largo. Mastica despacio. Deja el tenedor y se limpia
delicadamente la boca con una servilleta. —Admito que tu preocupación
está justificada. Wentworth es un idiota y besé a un desconocido bajo la
influencia de un martini. Pero en mi defensa, fue bastante inesperado y
él era increíblemente atractivo.
Ahora yo me quedo en silencio. —¿Era?
—Ajá.
—¿Pero ya no lo es?
—Su comportamiento reciente le ha restado algunos puntos.
—¿Algunos?
—Estoy segura de que con buen comportamiento podrá recuperar
la mayoría.
—¿Cuántos puntos he perdido?
—¿Crees que estoy hablando de ti? —La ligereza baja a medida que
continúa, y su atención se aleja de mí para centrarse en su pasta—.
¿Cómo sabes que no he besado a otros extraños bajo la influencia de un
solo martini desde que estás disfrutando de los encantos de Ámsterdam?
—¿Encantos?
Levanta el tenedor y enrolla los fideos, pero se le escapan, junto
con lo que parece ser una falsa valentía. —Vamos, Bane, estás en un país
donde los estupefacientes y las prostitutas son legales. Estoy segura de
que no todo es trabajo sin juego.
—¿Crees que pagaría para tener sexo solo porque es legal?
Levanta un hombro de forma descuidada, pero su lenguaje corporal
es rígido. Me he vuelto muy buena leyéndola en el tiempo que he estado
de viaje. Es expresiva, los gestos de sus manos, la expresión de su rostro,
su postura, todo me dice más que sus palabras. Esa idea le molesta. Y
eso me hace feliz, porque siento que estamos en el mismo nivel.
—¿En serio, Ruby? —Sale con verdadera mordacidad.
Su mirada se mueve hacia mí. Veo lo que quiero: preocupación.
—Estoy ofendido. Ya deberías conocerme mejor, ¿no crees? —
Resopla—. ¿Qué se supone que significa ese sonido?
Esta vez, su mirada cae junto con su voz. —Armstrong insinuó que
estabas disfrutando de las ventajas.
Maldito Armstrong. La próxima vez que juguemos juntos al golf lo
golpearé con un palo del nueve. —Armstrong puede ser un idiota.
Juega con su servilleta, torciéndola hasta destrozarla. —¿Así que
no estás aprovechando las ventajas? ¿Ni siquiera has ido a una cafetería
a fumarte un narguile?
—¿Esa es una actividad aprobada o me costará más puntos?
El destello de una sonrisa le jala la esquina de la boca. —Podrías
recuperar algunos si me envías una foto.
Ojalá pudiera atravesar la pantalla y tocarla. —Podrías usarla para
chantajearme.
Pestañea varias veces. —¿Crees que usaría tácticas tan bajas?
—No sé. Me hiciste creer que pretendías acostarte con Wentworth.
Mi fe se tambalea un poco.
—¡Intentabas decirme qué hacer!
—¡Estabas ebria y en peligro de tomar malas decisiones!
Se inclina más cerca, estrechando los ojos, su fuego ha regresado.
—No estaba borracha. —Arqueo una ceja. Mueve la cabeza a un costado,
y concede—: Está bien. Estaba un poco borracha.
—Y había escote. Excesivo.
—No era excesivo. Era perfectamente elegante y adecuado. Usaste
la palabra prohíbo. A estas alturas, deberías saber que palabras como no
puedes o te prohíbo me hacen querer hacer exactamente lo opuesto.
¿Quieres saber qué sucedió la última vez que alguien me prohibió algo?
—Espero que no fuera que te acostaste con un imbécil. —Tengo
tantos pensamientos inapropiados en la cabeza. Me gustaría probar su
respuesta a la palabra prohíbo en varios escenarios.
Me mira mal, como si pudiera leerme la mente. —No. Me mudé a
Nueva York y perseguí mi sueño. —Murmura algo más que no alcanzo a
entender—. En fin, si todavía te queda tiempo para hacer algo divertido
que no incluya prostitutas, te recomiendo que disfrutes de unas horas en
un café con narguile, podría calmarte un poco.
Me paso una mano por el cabello. —Usualmente soy muy calmado.
—A menos que un escote y Wentworth estén involucrados.
—Me parece bien el escote, siempre que no esté combinado con
Wentworth.
—Pero en cualquier otro momento el escote es aceptable.
—No voy a responder eso. Estoy trabajando en subir mis puntos y
esto parece una trampa.
Apunta el tenedor a la pantalla y sonríe malévolamente. —Estás
aprendiendo.
—¿Cómo están mis otras dos chicas? —pregunto, con la intención
de cambiar de tema para no meterme en más problemas.
Parpadea unas cuantas veces, como si la hubiera sorprendido.
—¿Otras dos chicas?
—¿Tiny y Francesca? —Me gusta verla de verde.
—Oh. Claro. —Sacude la cabeza—. ¿Quieres verlas?
—Cuando termines de comer. No dejes que se enfríe.
—Estoy llena. Está bien. —Primero me lleva al terrario, donde Tiny
está descansando sobre su roca. Entonces va a la jaula de Francesca y
la saca, antes de atravesar el pasillo hasta mi habitación—. Lo siento. Tu
cama no está hecha, estuvimos aquí más temprano.
Hay algo de movimiento. Escucho que algunas cosas caen al suelo
y luego ella coloca el aparato contra las almohadas y se sube a la cama.
Mi cama. Lleva otra vez esos diminutos pantalones cortos suyos. Y una
camiseta de tirantes. Sus piernas son increíbles. Quiero que sus tobillos
descansen sobre mis hombros y que la poca ropa que lleva puesta
desaparezca cuando eso ocurra. No es que haya estado pensando mucho
en este escenario ni nada por el estilo.
Francesca corre por la cama, jugando a las escondidas bajo las
cobijas hasta cansarse. Entonces se sube al regazo de Ruby y mete la
cabeza bajo su camiseta. —¿Qué está pasando allí?
—Le gusta esconderse entre mis tetas. —Francesca saca la cabeza
por el cuello.
—Chica lista.
Estoy deseando irme a casa. En realidad, espero volver antes de lo
previsto. Solo me quedan por hacer un par de cosas más en Ámsterdam,
luego vuelvo a Londres. Lexington va a ir antes que yo para atar algunos
cabos sueltos, lo que es genial, porque me está volviendo loco con todo
microgestión. También creo que su incapacidad para dejar de lado los
beneficios aquí está interfiriendo con el trabajo. Normalmente es bastante
bueno con la moderación, pero ahora no lo parece. Tiene que relajarse
durante unos días.
He hecho toda la investigación que quería. Quiero ir a casa. A mi
cama, comer mi comida preparada en mi cocina. Quiero cenar con Ruby.
Aunque probablemente se mude cuando vuelva. Lo que no me emociona.
Me gusta pasar tiempo con ella.
—¿Cómo va la búsqueda de trabajo?
Se muerde el labio y aparta la mirada. —Bien. Tengo otra audición
esta semana. Y un par de entrevistas para un trabajo de medio tiempo
que no tiene nada que ver con el teatro, para algo un poco más estable.
—Oh. ¿Esas son buenas noticias, entonces?
Su tono me hace pensar que no. Que su búsqueda de algo distinto
a la actuación significa que está teniendo dificultades para encontrar un
papel, lo que parece ser una verdadera tragedia. Por las historias que me
ha contado, es una actriz nata. Desde que empezó a hablar, ha estado
actuando: conciertos de Navidad en el colegio, clases de teatro, papeles
principales en todas las producciones de la secundaria. Incluso su primer
beso fue en el escenario. Dijo que fue horrible porque el protagonista se
había comido una hamburguesa con cebolla cruda antes de ensayar la
escena. Suena exactamente como yo con el rugby, excepto que ella acaba
de empezar y yo ya he pasado por eso.
—Oh, sí. Definitivamente. Las cosas están mejorando.
—¿Y qué hay de la búsqueda de apartamento? ¿Cómo va? ¿Ya has
encontrado algo rentable? —Es otra razón por la que quiero volver antes.
Me gustaría algo de tiempo con ella antes de que se mude.
—Oh, eh, bueno… sigo buscando, pero tengo unos amigos con los
que puedo quedarme cuando vuelvas. —Se lleva las uñas a los labios. No
se las muerde, pero creo que le gustaría hacerlo.
—Eso parece demasiado trabajo innecesario.
—¿Qué?
—Volver a mover tus cosas.
—Bueno, no tengo mucho que mover, ¿no?
—Aun así, parece inútil. Mudarte cuando yo vuelva, digo. Podrías
quedarte hasta encontrar algo seguro. Si quieres.
—Es muy amable de tu parte ofrecerlo, Bancroft, pero no quiero
imponerme. Ya has hecho más que suficiente por mí.
—No es una imposición, Ruby. Tengo el espacio y Francesca te
ama. No me gustaría que tuvieras que trasladar todas tus cosas para
hacerlo todo de nuevo. Y no tiene sentido apurarse, no quiero que acabes
en algún sumidero solo porque sientes que estás imponiéndote cuando
no es así.
Se apoya la mejilla en el puño. Francesca sigue acurrucada en su
escote, asomando la cabeza. —¿Seguro que está bien?
—Segurísimo. Tengo mucho espacio.
—Obviamente pagaré el alquiler y ayudaré con las compras.
—Podemos negociarlo después. No me preocupa.
—No quiero nada gratis.
Estaría más que feliz de darle todos los paseos gratis que quiera,
pero no lo digo en voz alta. —Lo resolveremos cuando vuelva.
—Vale. Gracias, Bancroft. Te estás portando muy bien conmigo,
sobre todo teniendo en cuenta que te ignoré durante dos días.
—Intento recuperar algunos puntos. ¿Dónde estoy ahora?
Sonríe y agacha la cabeza, luego le rasca la barbilla a Francesca,
que está convenientemente localizada entre sus senos. Nunca he estado
tan celoso de un hurón como ahora. Me da una razón legítima para mirar
fijamente. Levanta los ojos y esboza una sonrisa. —Un sólido nueve punto
cinco. Casi donde empezaste.
—Excelente. —Dejar que se quede es una dificultad que me he
autoimpuesto, pero no planeo permitir que se interponga en mi objetivo
final.
13
Traducido por Anna Karol & Gesi
Corregido por Blaire R.
Por el momento, mi situación de vida está resuelta, lo cual es bueno
porque estaba a punto de entrar en pánico y Bancroft regresaría a casa
pronto. Me gustaría que el tiempo pasara más despacio.
—Bien. Por ahora tienes un lugar para vivir. Eso es bueno. —Amie
parece calmada.
Asiento, aunque no estoy segura de poder decir que la situación
sea buena.
Bancroft me permitirá quedarme en su apartamento hasta que
encuentre un nuevo lugar. Es altamente preferible a la otra alternativa.
Hasta ahora he sido relativamente positiva con respecto a las cosas, pero
cuanto más nos acercamos al regreso de Bancroft, más preocupada estoy
por tener que regresar a Rhode Island para trabajar con la zorrastra.
Más allá de eso, el coqueteo y las bromas excesivas con Bancroft se
sentían más aceptables cuando había una fecha final para mi estadía en
su departamento. Parecía inofensivo comprometerse cuando solo era su
cuidadora temporal de mascotas. Ahora que seré su compañera de piso
durante un tiempo, ya no estoy segura de cuán aceptable es. Las cosas
podrían ponerse sucias, especialmente si las cosas no funcionan y sigo
viviendo allí.
—Y sigue pendiente lo de conseguir trabajo. Tienes una audición
mañana, ¿verdad? Todo está funcionando bien. —Ahora Amie suena
igual a mí.
—Y tengo un par de entrevistas para trabajos regulares. —Me da
gusto que una de nosotras sea optimista.
Bebe a sorbos su té depurativo. Sigue una especie de programa de
alimentación saludable. Suena muy parecido a una dieta. Lo cual es
totalmente ridículo. Amie es pequeña. Nunca tuvo que esforzarse para
ser así, es naturalmente como una modelo. Nunca le preocupó su peso.
Hasta hace poco. Lo atribuyo a los constantes e innecesarios comentarios
de Armstrong. Cada vez me gusta menos cuanto más le conozco.
—¿Qué tipo de entrevistas tienes?
—Una en un restaurante, la otra en una cafetería. Solo necesito
algo de dinero rápido para sobrevivir. —Hasta ahora he evitado los clubes
nocturnos. No quiero terminar lidiando con la misma situación que en el
último lugar.
—Oh. —Amie tiene una expresión de desaprobación—. ¿Y si hablo
con Armstrong para conseguirte algo temporal?
—Gracias, pero preferiría que no lo hagas. —Si acepto un trabajo
de Armstrong, volveré con mi padre. No quiero eso.
—Vamos, Ruby. Sería solo hasta que consigas el papel que te
mereces.
Bebo mi café. Necesito toda la energía líquida posible. Después de
esto vuelvo a repartir currículos y completar las solicitudes. A sitios en
los que debería haber trabajado cuando estaba en la universidad, no
después.
—¿Qué pasa cuando Bancroft vuelva? Sé que puedo quedarme un
poco más, pero al final tendré que encontrar un lugar donde vivir que no
sea su habitación de huéspedes. —Como su dormitorio.
—Tendrás un lugar para vivir.
No estoy segura que eso sea cierto, pero no quiero preocuparla. Es
mi culpa encontrarme en esta situación. Ella ha hecho lo suficiente al
conseguirme un lugar para quedarme mientras intento poner orden en
mi vida. Sería genial si pudiera avanzar un poco en eso.
—¿Hueles eso? —La nariz de Amie se arruga al mismo tiempo que
saco el teléfono de mi bolso.
Olfateo y huelo algo asquerosamente rancio. Pongo la mano sobre
mi boca para dejar de respirar de nuevo. —¿Qué es eso? —Miro alrededor
de la cafetería, curiosa de si hay un camión de basura cerca.
—No lo sé. Deberíamos irnos. Eso huele tóxico.
Recojo mis cosas. De todos modos, tengo que buscar trabajo. Las
citas en las cafeterías son para personas que realmente se están tomando
un descanso de ser productivas.
***
Por alguna razón, el horrible olor de la cafetería parece quedarse
conmigo todo el día. Sigo preguntándome si está grabado en mis sentidos
olfativos. La gente parece estar evitándome.
Reviso la parte inferior de mis zapatos en busca de restos de
cadáveres, o caca de perro, pero todo lo que veo son un par de piedras
atrapadas entre los peldaños. Es raro.
Al final del día, estoy bastante segura que me encuentro al borde
de algún tipo de crisis emocional. Recurrí a mendigar en una cafetería.
Fue bastante vergonzoso, ya que el gerente parecía tener unos diecisiete
años debido a su incapacidad para dejarse crecer un bigote básico.
Hoy ha sido un fracaso en todos los aspectos. Todo lo que quiero
es un trabajo. No importa de qué, siempre y cuando pueda ganar algo de
dinero en forma constante. He tenido cuidado con lo que Bancroft me
dejó, pero no quiero confiar en eso. Sobre todo, porque voy a tener que
pagarle el alquiler pronto.
Llamar a mi padre no es una opción puesto que ha dejado claro a
qué me dedicaré si vuelvo a Rhode Island. Necesito algo de perspectiva,
por lo que me subo al metro y me dirijo a Central Park.
Es otro día de viaje para Bancroft, de vuelta a Londres para acabar
su recorrido por Europa, de manera que no espero tener noticias de él
hasta mucho más tarde, o tal vez ni siquiera hasta mañana. El balanceo
constante del metro me adormece. Cierro los ojos, cansada del estrés y la
preocupación de saber que Bancroft volverá y todavía no tengo nada tras
las semanas que llevo buscando trabajo.
Me despierta la sacudida del metro. Parece que dormí un buen rato,
porque no reconozco la estación. Salgo del metro casi vacío y me dirijo al
andén, desorientada y confusa.
Resulta que se hizo tarde en tanto descansaba en el metro. Debo
haber estado muy cansada. Además, me hallo en una zona peligrosa y
desconocida de la ciudad. Y tengo ganas de mear.
Encuentro lo que parece ser un bar llamado EsQue. Está abierto,
por lo que ingreso. El pasillo está pintado en color burdeos oscuro, y una
escalera empinada conduce a un letrero brillante con una de esas flechas
intermitentes. Los borrachos deben romperse muchos miembros aquí. La
necesidad de orinar supera a la necesidad de encontrar una ubicación
alternativa.
Me apresuro a bajar las escaleras solo para ser detenida por un
portero. —Identificación, por favor. —Extiende las manos.
Me balanceo de un pie a otro para evitar un accidente mientras
rebusco la billetera en el bolso. Me llega un olor horriblemente penetrante
y repugnante. El mismo olor repugnante que me ha perseguido todo el
día. Es como si hubiera entrado un roedor y se hubiera muerto. Me dan
arcadas al rozar algo pastoso y se me cae el bolso. Mientras me agacho,
meto la cara en el hueco del brazo para evitar que el olor invada mis fosas
nasales más de lo que ya lo ha hecho.
El portero hace un ruido para nada impresionado, pero no se ofrece
a ayudarme a medida que me desplazo al nivel de la entrepierna, la suya,
no la mía, y trato de alcanzar mi bolso sin tocar la fuente de ese olor
repugnante, mientras intento no orinarme encima. Al abrir el bolso solo
se magnifica el olor.
Hace pasar a tres hombres en trajes a mi alrededor sin pedirles su
identificación, aunque todos son mayores, así que eso podría explicarlo.
—¿Tienes identificación o no? —pregunta el hombre gordo, irritado.
—¿Tienes una linterna? ¡No puedo ver nada!
Me ciega con la linterna de su teléfono antes de apuntarla a mi
bolso.
Rodeada de tubos de lápiz labial, unos cuantos bolígrafos, un par
de blocs de notas y un fajo de servilletas, veo mi billetera. Y tres bolsas
Ziploc.
Es entonces cuando recuerdo los aperitivos que atesoré en la fiesta
de compromiso de Amie hace semanas. Tras el episodio de la gripe, los
olvidé. Desde entonces no he tocado este bolso. Han estado pudriéndose
aquí durante semanas. Los contenidos parecen haberse licuado durante
su período de putrefacción. Una de las bolsas brilla, y parece ser la fuente
principal del olor asqueroso. Me las arreglo para recuperar mi billetera
sin tocar las bolsas y mostrarle al gorila mi identificación.
—Veinte dólares.
—Solo necesito usar el baño.
—Veinte dólares —dice de nuevo, su expresión permanece neutral.
Mi situación se ha vuelto desesperada. No tengo tiempo de hallar
otro baño. A regañadientes, saco veinte dólares y me apresuro a atravesar
el bar en dirección al letrero del baño. Tengo suerte de que no haya cola
en el baño de mujeres. Hago el pis más increíble de toda mi vida. Es la
manifestación física de la palabra alivio. Valen la pena los veinte dólares.
Cuando termino, saco con cuidado las bolsas de mi bolso y las dejo
en el basurero. Después me lavo las manos cuatro veces. El olor parece
estar atrapado en mi nariz y una fuga en una de las bolsas ha dejado una
pequeña mancha en el fondo de mi bolso. Utilizo toallas de papel para
limpiar eso, consciente de que soy muy afortunada que ninguna de las
bolsas reventara antes, especialmente porque tengo cosas como pinzas y
tijeras de emergencia. Lamentablemente, tengo la sensación de que voy
a tener que tirar mi bolso, lo cual es un poco trágico, ya que es lindo y no
puedo permitirme reemplazarlo.
Al salir del baño casi choco con otra mujer. Me hago a un lado y
me disculpo entre dientes. Su expresión se transforma en disgusto
cuando pasa a mi lado y se tapa la boca con la mano.
—Es horrible, ¿verdad? —No quiero que piense que fui yo quien
destruyó el baño, a pesar que así fue. Como ya estoy en el bar y he pagado
la entrada, es mejor que tome algo para beber en tanto descubro la mejor
ruta a casa.
La falta de fila para el baño de mujeres debería haberme avisado
de que éste no es un bar normal, pero tampoco es tan tarde, así que
supuse que me había adelantado a la multitud. Además, la urgencia de
mi vejiga sobrecargada me impidió observar lo que me rodeaba. La sala
está llena de hombres y solo hay un puñado de mujeres.
Al principio creo que me encuentro en un club de striptease, pero
las mujeres que bailan en el escenario no se desnudan. Bueno, no del
todo. No tienen mucha ropa, pero son claramente disfraces. La ausencia
de postes es otro indicio.
Tardo unos segundos más en darme cuenta de que estoy en un
espectáculo de estilo cabaret. No es concretamente burlesco, sino una
variante modernizada. Estas mujeres no se desnudan en el escenario.
Claro, sus disfraces son extravagantes y pequeños, pero se trata más de
sensualidad. No hay ningún poste en el que bailen. Hice una audición
para un papel en una obra burlesca recientemente. Ese fue el momento
en el que me caí. Una parte de mí se preguntaba si el karma intentaba
hacerme un favor, pero ahora, sentada aquí, sé que en realidad era solo
el karma mostrándome el dedo corazón.
Me siento en el bar y pido agua mineral porque una bebida de
verdad me costaría demasiado y tendría la tentación de bebérmela de un
trago. El espectáculo es en realidad bastante elegante, más que la obra
para la que me presenté para la audición. Cualquier pérdida de piezas de
vestuario es estratégica, y en ningún momento se vuelve subido de tono
o pornográfico. Los bailarines saben lo que hacen, la mayoría de ellos.
Parecen estar entrenados profesionalmente, pero algo falla en la rutina.
Parece que les falta alguien.
Doy un sorbo a mi refresco, pero tengo sed, así que no me dura
mucho. La camarera se acerca y me pregunta si quiero otro. Miro el móvil,
fingiendo que no estoy segura de tener tiempo para tomar más bebidas
sin alcohol en un bar.
Me coloca otra bebida en frente sin esperar una respuesta. Abro mi
bolso, pero me rechaza.
—Este lo pago yo.
—¿Gracias? —La miro con una expresión interrogativa pero solo se
encoge de hombros—. Debo verme bastante patética.
Su boca se inclina en una media sonrisa en tanto limpia la barra.
—Vi lo que sucedió en la puerta. Supuse que no quisiste terminar
aquí. Y sí, patéticamente dulce parece ser tu estilo.
Me río, luego suspiro y tomo un sorbo antes de mirar hacia el
escenario.
—Todas están entrenadas, ¿verdad?
—La mayoría. Dos de las líderes fueron a escuelas burlescas, las
otras chicas estudiaron para ser bailarinas.
Observo a la chica en el centro. Su postura es increíble. —¿Cuánto
ganan aquí las bailarinas?
—Depende de la chica, los turnos que hacen y la multitud que
atraen.
—¿No tienen solo un salario por hora?
—Pueden ganar mucho con las propinas de sus números en
solitario. ¿Por qué? ¿Buscas trabajo?
La miro. Su expresión me dice que lo está diciendo en broma.
Vuelvo a concentrarme en el escenario. Tengo la formación y la
habilidad para aprender los movimientos. No son ajenos a mi repertorio.
Probablemente vi tres millones de veces Burlesque. A mi padre le daría
un infarto si se enterara de que he acabado teniendo que aceptar un
trabajo en un espectáculo de estilo burlesco porque no tengo dinero ni
perspectivas laborales alternativas. Lo cual podría no ser algo terrible. Si
logro avergonzarlo lo suficiente, es posible que no me permita trabajar
para él.
Me doy cuenta que aún tengo que responder su pregunta. —¿Sabes
si la gerencia está contratando?
La camarera me estudia, su mirada es perspicaz y evaluadora.
—¿Qué tipo de experiencia tienes?
No le digo mucho. —Tengo formación profesional.
Parece escéptica. —¿Qué clase de formación profesional?
—Tomé clases de danza, canto y actuación en la universidad. —
Hago girar el vaso entre mis manos.
—Oh, ¿sí? ¿Qué universidad?
—Una pequeña, de artes, fuera de la ciudad. —Si me pide que se
más específica, no hay forma de que me ofrezca una audición, y mucho
menos un trabajo, así que sigo divagando—: Me gradué hace dos años,
pero el teatro es un mercado difícil en el que abrirse paso a menos que
conozcas a alguien. He conseguido un par de pequeños papeles, pero no
es nada estable. Todos tenemos sueños de gran ciudad, ¿verdad?
—Claro que sí. —Su mirada cae a mi bolso; por fortuna el nombre
de la marca está oculto—. Si de verdad te interesa, regresa mañana al
mediodía.
Me incorporo y me enderezo. —¿De verdad?
—No estoy prometiendo nada. —Coloca una tarjeta sobre la barra
y la tomo como si fuera un billete de cien dólares—. Pero necesitan a una
chica nueva y podrías encajar. Si sabes cómo moverte.
***
No me quedo en el bar. Dejo una propina por el agua gasificada, no
demasiado como para que parezca que trato de comprarme un empleo,
luego regreso a la calle y programo la dirección del lugar en mi teléfono.
Estoy muy lejos de casa. En realidad, estoy bastante cerca de mi barrio
antiguo. El trabajo es menos que ideal, pero es un trabajo, podría ser
divertido por un tiempo hacer algo un poco arriesgado, o aventurero, por
así decirlo, además de mi intento de triunfar en una de las carreras más
inestables de la ciudad.
Será temporal. Hasta que llegue la oportunidad de una audición y
pueda controlar mi deuda.
Tardo más de una hora en volver a casa. Leo artículos sobre cabaret
durante mi viaje en metro. El nivel de obscenidad varía mucho, pero este
club parece inclinarse hacia el lado más conservador y elegante, lo cual
es bueno. No quiero un trabajo que me haga sentir como si estuviera en
la cornisa de una carrera desnudándome. Esa no es una línea que pueda
cruzar. Tengo formación en jazz, por lo que debería ser capaz de manejar
cualquier rutina que me lancen. Lo tomo como lo haría con cualquier otra
audición. Cuando llego a casa coloco mis videos musicales y practico la
rutina burlesca que he memorizado desde que vi la película Burlesque.
Programo cuatro alarmas y planeo mi ruta en el metro para la
mañana. Luego me acuesto y rezo a los dioses de la estabilidad financiera
para que me den el trabajo.
A la mañana siguiente recibo un mensaje de Bancroft minutos
antes de irme. Le hago saber que voy de camino a una audición y recibo
como respuesta tréboles de cuatro hojas y una herradura de la buena
suerte.
A las doce menos cuarto estoy parada afuera del bar vistiendo lo
que espero que sea un atuendo razonable para una audición. Debajo del
vestido llevo una camisola negra de tirantes y un par de pantalones cortos
de baile en el mismo color. Es sencillo y espero que lo bastante revelador.
Mis zapatos están en mi bolso. Traje tanto tacones como zapatos planos,
porque anoche todas las mujeres usaban tacones.
A la luz del día, el bar parece mucho más sórdido que durante la
noche. Pruebo la puerta, pero está cerrada. Quizá en la parte trasera hay
alguna entrada secreta que no conozco. Rebusco en mi bolso hasta que
encuentro la tarjeta que me dio la camarera. Esta mañana antes de irme
cambié de cartera. Sigo lamentando la pérdida del bolso que, me temo,
olerá para siempre a aperitivos podridos, pero le tiré un recipiente de
bicarbonato de sodio y lo rocié con un poco de la colonia de Bancroft, así
que espero poder salvarlo.
La puerta se abre antes de que encuentre la tarjeta. La camarera
de anoche me recibe, excepto que está usando un traje en vez de vaqueros
y el top de corsé.
—Guau. Me sorprende que hayas venido. Tienes que estar bastante
desesperada por un trabajo.
—Solo estoy ansiosa por tener un empleo estable. —Mantengo lo
que espero que sea una sonrisa uniforme. ¿Qué más puedo decir?
Se ríe y pone los ojos en blanco, abriendo la puerta de par en par
para dejarme entrar. El bar se ve muy diferente con las luces encendidas.
Las paredes negras necesitan pintura fresca y las mesas se encuentran
descascaradas en las esquinas. Nuevamente me recuerdo que esto es
temporal mientras la camarera, quién aún no se ha presentado, se sienta
y hace un gesto hacia el escenario. Hay algunos otros empleados dando
vueltas, un hombre carga unas cajas y una mujer lleva una libreta, pero
me ignoran.
—¿Quieres alguna canción? —pregunta.
Busco en mi bolso y saco mi altavoz portátil. —Traje música, por si
acaso.
Arquea una ceja, pero me muestra una sonrisa. —Sí que estás
preparada.
Tengo la sensación de que está siendo condescendiente, pero
necesito un sueldo y he tenido que lidiar con mi padre durante los últimos
veinticuatro años, así que estoy acostumbrada a que me traten así.
Dejo el bolso sobre una mesa, me despojo del vestido y coloco el
altavoz. Pongo la música y me coloco en posición.
Pasé todo el viaje hasta aquí dándome una charla mental. Estoy
fingiendo que es la práctica para la audición que se supone que tendré a
principios de la próxima semana, justo antes del regreso de Bancroft. Si
consigo ese papel, es posible que no necesite este trabajo.
No miro a la camarera cuando hago la rutina. No puedo hacerlo,
porque me aterra arruinarlo. Y si la veo mirándome con desdén, sé que
eso es exactamente lo que haré. Cuando la canción termina, finalmente
la miro nuevamente.
Tiene las manos unidas debajo de la barbilla, su expresión es
pensativa. —¿Dónde dijiste que fuiste a la universidad?
—No lo dije.
Su expresión seria desaparece y se ríe. —Tienes un entrenamiento
bastante sofisticado.
Me retuerzo las manos para mantenerme quieta. —He estado
bailando desde que era niña.
—Las rutinas son diferentes a las que probablemente estás
acostumbrada.
—Me parece bien. —Oh, Dios mío, ¿me está diciendo que tengo un
trabajo?
Cruzo los dedos detrás de mi espalda en tanto se golpea el labio
con una uña pintada. Se levanta de su silla y se me acerca. —Muéstrame
tus brazos.
—¿Qué?
—Tus brazos. Necesito verlos. Las palmas hacia arriba.
Los estiro y me toma las muñecas para examinar los antebrazos.
Me lleva algunos segundos entender qué está buscando marcas. Jesús.
¿En qué me estoy metiendo? —No consumo drogas.
—Nunca se tiene demasiado cuidado. —Me suelta los brazos—. De
acuerdo. Te has conseguido un trabajo. Te daré algunos papeles para que
los completes y un par de videos para ver. Puedes moverte, pero tendrás
que intensificarlo si quieres ganar dinero de verdad.
Recorre el pasillo y desaparece por una puerta. Guardo mis cosas
en mi bolso. Esta es la audición más extraña que he tenido.
Regresa unos minutos después con tres hojas de papel y una pila
de videos. —Míralos y trae estos papeles completos mañana a la misma
hora. El trabajo es tuyo si toleras trabajar con mi bailarina principal y
ella cree que puedes dominarlo.
—¿Cuándo podemos hablar sobre el salario? —grito después de
que se retira.
—Cuando mis chicas me digan que eres digna del trabajo.
***
La camarera, Dottie, es en realidad la propietaria del bar. No es
quien me recibe a la mañana siguiente. En cambio, es Diva, la bailarina
principal. No distingo si los nombres de todas son falsos o verdaderos o
en algún lugar intermedio. Ésta fue la que entró al baño después de las
bolsas olorosas. Sinceramente espero que no se dé cuenta de que soy la
responsable de ello.
Paso la prueba, la cual consiste en cuatro horas de baile con
tacones, muchos gritos y varias referencias a que soy similar a una morsa
que se tambalea.
Peso sesenta y cinco y soy puro músculos. No hay nada de morsa
en mí. Diva es dura. También es una bailarina increíble, de manera que
acepto los insultos. Casi se siente como una novatada. Como que puedo
formar parte del grupo popular si soporto sus actitudes de perra. Lo que
realmente necesito saber es qué tipo de dinero se gana en este trabajo. Si
es suficiente para sacarme del hoyo que me cavé, puedo lidiar con Diva
todo el tiempo que sea necesario.
Antes de irme, tengo un horario. Durante las siguientes semanas
ensayaré diariamente de tres a cinco y luego solo estaré en el escenario
para el primer y el segundo turno, de ocho a nueve y después de nueve y
media a diez. El tercer y el cuarto turno son de once a doce, de doce y
media a una y media. Por lo visto, es cuando vienen los que dan mejores
propinas.
De acuerdo con Diva, no podré bailar en los últimos turnos hasta
que me pruebe a mí misma. Sin embargo, les falta una chica, así que no
tardaré mucho en demostrarlo. El sueldo base no es muy bueno, pero
con las propinas debería estar bien, mejor que mi actual estipendio de
doscientos a la semana de Bancroft, en cualquier caso. Es un comienzo,
y eso es lo que necesito.
—¿Cuánto tiempo crees que tardaré en subir al tercer turno? —
pregunto.
Diva se encoge de hombros. —Depende de lo que tardes en dejar
de fastidiar las rutinas.
Debería estar feliz cuando me subo al metro y me dirijo a casa, a
mi alojamiento temporal. Pero es solo eso: temporal, como todo parece
serlo en mi vida ahora mismo.
Sin embargo, tengo otra audición. Quizás mi suerte finalmente ha
cambiado. Quizá consiga cosas aún mejores más pronto que tarde.
14
Traducido por Julie, [Link], Gesi & Vane’
Corregido por Blaire R.
Tener trabajo es muy bueno para el ego, incluso si el empleo es de
naturaleza cuestionable. Decido verlo como un papel secundario en una
producción poco importante para sentirme razonablemente bien con todo
esto. Tengo un trabajo. Esa es la parte más importante.
La naturaleza potencialmente escandalosa del empleo es un tema
secundario a los ingresos que estoy por generar. Y no será proporcionado
por Bancroft. Significa que, cuando vuelva, no dependeré de él. Eso me
acerca un paso más a la autosuficiencia. Me gustaría ver si todo este
coqueteo se convertirá en otra cosa, pero no cuando parezca que me están
comprando o manteniendo.
Eso es exactamente lo que he sentido con mi padre; pagó por mi
educación y mi vida, pero vino con una fecha de vencimiento y un lado
enorme de deshonra. También es como mi madre pareció existir durante
mucho tiempo. Él le compró la complacencia en su matrimonio hasta que
ella decidió que ya no valía la pena el precio. Mudarse a Alaska fue una
medida extrema, pero la comprendo mejor ahora que estoy saliendo de
debajo de sus ladrillos de dinero, y no quiero terminar nunca más en ese
tipo de situación.
Cuando Bancroft llama más tarde, no dejo de sonreír. Hasta que
me doy cuenta de que tendré que esquivar el título de mi trabajo. El teatro
es una cosa, pero el cabaret no está a la altura de lo que es un empleo
aceptable en mi mundo, y si llega a oídos de mi padre no será bueno.
Tampoco quiero que Bancroft lo sepa. Se volvió loco cuando pensó que le
mostraba el escote a uno de los amigos de Armstrong. Probablemente
tendría un ataque al corazón si viera lo que me voy a poner a diario en el
trabajo. No necesito lidiar con eso en este momento.
—Estás de buen humor —observa.
Estoy acostada en su cama con Francesca, que juega con mi pelo.
Mis pies me están matando, pero no me importa. Tengo un trabajo.
—Tengo un trabajo remunerado.
—Eso es fantástico, Ruby. ¿Tuviste una audición? ¿O fue una
entrevista de trabajo? De cualquier modo, deberíamos celebrarlo. Pediré
champán y puedes abrir una botella por tu lado.
—No vamos a tomar champán. No es ese tipo de trabajo.
—Es un trabajo, eso es todo lo que importa. Ve a buscarte un trago.
—Eres un poco mandón, ¿no? —Sin embargo, no discuto, ya que
no me importaría una copa, y a veces es importante celebrar, aunque
sean las cosas pequeñas. Me sirvo un vaso en tanto él pide servicio a la
habitación. Ya llevo la mitad de la primera copa para cuando llega su
botella. Bancroft insiste en que llene mi copa, así que lo hago.
—Háblame de tu trabajo —dice cuando regreso a su habitación,
donde dejé a Francesca.
Si hubiera conseguido un papel en una obra de teatro, no sería un
problema. Pero esto no es exactamente lo mismo. —Es como... un teatro
cena. —Allí sirven comida, así que cuenta. Más o menos.
—Eso es bueno, ¿no?
—Es un comienzo y hay un sueldo.
—Ambas cosas buenas.
—Exactamente. ¿Qué hay de ti? ¿Cómo van las cosas en Londres?
—Me acomodo en su cama.
—Ahora todo va bien. Estoy deseando volver a casa. Será agradable
volver a dormir en mi propia cama.
—Apuesto a que sí. Es una linda cama. Debes extrañarla.
—Lo hago. Especialmente ahora mismo.
—¿Por qué ahora mismo?
—Porque estás en ella.
Pongo el teléfono contra una almohada y apoyo la barbilla en mi
puño. Estoy tratando de no tomar eso de la manera que quiero. Bajo mi
voz a un susurro sensual: —¿Estás celoso?
Me mira con expresión malvada. —Tal vez un poco.
—¿Solo un poco? —Estiro los brazos y las piernas, moviéndome
sobre el edredón—. Mira todo el espacio que tengo —Ruedo de un lado a
otro de forma exagerada en la cama—. Es tan firme —gimo y ruedo hacia
un lado, y luego hacia el otro hasta que vuelvo a estar frente a la pantalla
sobre mi estómago—. Y es tan grande —pronuncio la palabra “grande” y
agito mis pestañas, mordiéndome el labio con una sonrisa.
La lengua de Bancroft se asoma y luego desaparece. —Sabes, voy
a estar en casa pronto y seré capaz de devolverte todo este tormento.
—¿Crees que te estoy atormentando?
—¿Intentas decirme que no, con tu forma de gemir, de rodar en mi
cama, de vestirte así? —Me hace un gesto desde su lado de la pantalla.
Levanto los brazos. Mi blusa se abre en el pecho en tanto me siento
sobre mis talones. Es una de esas con el sostén incorporado. Paso una
mano por encima de mi camiseta. —¿Qué tiene de malo mi forma de
vestir?
—¿Me estás jodiendo con esa pregunta, Ruby?
—Estoy lista para ir a la cama.
—Puedo ver tus pezones.
Me acuno los pechos. —Hace frío. El aire acondicionado siempre
está a pleno rendimiento aquí.
—¿Llevas sujetador? —El brazo de Bancroft se despliega, la mano
metida detrás de su cabeza se mueve de repente, baja por su pecho y
luego se pierde de vista.
Me inclino, como si fuera a cambiar mi vista. —¿Qué haces?
—¿No vas a responder a mi pregunta?
Su bíceps se está flexionando. ¿Qué demonios está haciendo?
—¿Ruby?
Levanto la mirada. —¿Eh?
—¿Mi pregunta? ¿Vas a contestar o no?
Estoy demasiado ocupada tratando de averiguar a dónde ha ido su
mano para prestar atención a las preguntas. —Um... ¿qué era?
—No llevas sujetador, ¿verdad?
—No. —Su bíceps sigue flexionándose, es fascinante.
—¿Qué hay de las bragas?
Querido Señor. Cuando su voz baja así, me dan ganas de quitarme
toda la ropa.
—Deberías hacer eso.
—¿Qué?
—Quitarte toda la ropa.
Mierda. Debo haberlo dicho en voz alta.
—¿Quieres que ruede en tu cama desnuda?
—Sí.
—¿Mientras miras? —No sé si habla en serio o está bromeando.
—Joder, sí. O tal vez solo en tus bragas si te sientes tímida.
Dulce niño Jesús. Estoy muy segura de que esta noche cruzaremos
todas las líneas platónicas. También creo que Bancroft puede ser un poco
sucio, lo que me parece bien. —¿Y si no llevo bragas? —Me levanto de
rodillas, lo cual significa que solo mi pecho hasta la mitad del muslo es
visible para él.
—Aún mejor.
Bajo las manos a los lados hasta que llego a la cintura de mis
pantalones cortos. En cuanto a los pantalones cortos, no cubren mucho,
y la mitad de las veces se doblan como ropa interior, que es más o menos
su función en este momento. Engancho un pulgar a cada lado de la
cintura y lo arrastro hacia abajo sobre mis caderas.
—Oh, mierda —gruñe Bancroft.
Sigo bajándolos, pero me detengo antes de darle un vistazo de la
mercancía. Luego arrastro los dedos de una mano hacia arriba. Cogiendo
el dobladillo de mi camiseta empiezo a levantarla, sobre mi ombligo.
—Háblame del aro en el vientre —dice Bancroft.
—¿Esto? —Miro hacia donde han ido sus ojos y rodeo la pequeña
joya que cuelga de la barra con la punta de un dedo.
—¿Cuándo te lo hicieron?
—Cuando era adolescente. Mi padre lo prohibió, obviamente. —Le
doy una sonrisa descarada—. Mira lo bien que funcionó.
—Por supuesto que no lo escuchaste.
Sacudo la cabeza y levanto la camiseta más alto, más allá de las
costillas.
—Eres una chica muy traviesa, ¿no? —pregunta Bancroft en tanto
sus ojos siguen la piel cada vez más visible.
Me detengo cuando roza la parte inferior de mi pecho y suelto un
gemidito. No es falso. Los labios llenos de Bancroft están separados, su
mirada es bastante intensa. Imagino que si estuviéramos en la misma
habitación ya estaría desnuda y debajo de él. Y todavía no tengo ni idea
de lo que pasa con la mano que ha desaparecido. Y ahí es cuando me doy
cuenta que lo que estoy haciendo probablemente no es una buena idea.
¿Qué voy a hacer si sigo adelante con lo de desnudarme? No está aquí
para ayudarme y no voy a masturbarme para él en la videollamada. No
estamos exactamente en esa etapa de nuestra relación. Ni siquiera
tenemos una.
Dejo caer la camiseta.
—Espera. Qué carajo.
Mis pantalones cortos vuelven a su sitio.
La expresión de Bancroft es lo más cómico que he visto. —No, no,
no, no. Nena, ¿qué haces? —Extiende la mano y toma el teléfono, como
si pudiera atravesarlo—. ¿Por qué te detienes?
—Es más de medianoche. Necesito ir a la cama y a trabajar.
—A la mierda con el trabajo. Necesitas desnudarte como dijiste qué
harías.
—Nunca dije que lo haría, solo lo sugeriste. —Levanto el teléfono y
me pongo de espaldas, frunzo el ceño y le doy un beso en el aire—. Qué
tengas un buen día. Hablaremos más tarde.
—¡Espera, espera! —Sus ojos se abren ampliamente y se mueven a
su alrededor—. Te prohíbo que te quites la ropa. —Su sonrisa grita de
victoria.
Me rio. —Así no es cómo funciona, Bane.
—Vamos, Ruby, eso no es amable.
—No siempre soy amable. —Y luego cuelgo y pongo mi teléfono en
modo avión.
Me paso los siguientes veinte minutos haciéndome sentir bien.
Tengo los mejores sueños de mi vida.
***
En los próximos días, Bancroft y yo hablamos por teléfono y nos
mensajeamos. No hace mención de lo que pasó o no la otra noche, y yo
tampoco. El horario de conversación cambia de nuevo. En lugar de hablar
mientras se prepara para el trabajo, hablamos cuando cena, casi siempre
en un escritorio con un fondo ruidoso que hace imposible una plática de
verdad. Para mí es la hora del almuerzo, lo que significa que me estoy
abasteciendo de carbohidratos para poder superar las horas de baile con
tacones.
A medida que se acerca el fin de semana me siento cada vez más
ansiosa y mareada. Ansiosa, porque el domingo por la noche me dan mi
primera oportunidad en la tercera presentación. El domingo es la más
tranquila de las noches de fin de semana, pero aun así atrae a un público
decente.
Estoy mareada porque Bancroft regresará a finales de la semana
que viene. Tengo sus horarios de vuelo marcados en el calendario. Me he
asegurado de programar a la señora de la limpieza temprano y ordenar
comestibles para que su refrigerador esté lleno para su regreso.
Mi trabajo en EsQue va bien. A medida que gano más turnos, las
propinas mejoran. Si puedo seguir ganando este tipo de dinero de manera
constante durante las próximas semanas, tal vez pueda obtener un pago
inicial para un apartamento. Así que, cuando me ofrecen un pequeño
papel en una producción fuera de Broadway, tengo que sopesar lo que
voy a hacer contra lo que voy a ganar en EsQue. No es comparable, así
que termino rechazándolo.
El lunes me levanto a una hora razonable y hago un viaje rápido a
la mini tienda de la cuadra. Me desperté queriendo malvaviscos. No es lo
mejor en cuanto a comida para el desayuno, pero como estoy quemando
mucha energía en mi nuevo trabajo, puedo permitirme el consumo de
azúcar.
Hago malabares con mi bolso y tres bolsas de compras, mientras
como los malvaviscos y camino por el pasillo. Los adoro de una manera
terriblemente irracional. Derroché en galletas crujientes y tengo un frasco
de Nutella esperando a ser abierto. Mi plan es hacer malvaviscos en el
microondas porque me muero de hambre y de impaciencia.
Me meto dos malvaviscos en la boca mientras tecleo el código del
condominio. Tan pronto como estoy dentro, empieza a sonar el teléfono.
No es mi celular, que llevo en el bolsillo trasero de los vaqueros, sino el
teléfono de verdad, que se halla conectado al contestador automático de
época que hay en el otro extremo de la cocina.
Es la primera vez que oigo sonarlo. Hay un par de mensajes allí,
pero no me he molestado en verificar según las instrucciones de Bancroft.
Permito que suene ya que no va a ser para mí.
Después de cinco timbrazos, suena un pitido y la voz profunda,
masculina y disolvente de bragas de Bancroft retumba en el apartamento.
Bueno, tal vez no retumba, pero suena como si estuviera en algún lugar
al otro lado de la habitación.
Es el correo de voz de Bancroft Mills. No puedo atender la llamada,
pero si dejas tu nombre, número y un mensaje, te responderé tan pronto
como pueda.
Es bastante común en lo que respecta a los mensajes, pero lo oiría
repetidamente solo para escuchar su voz. Dejo caer las bolsas sobre la
encimera, aparte de los malvaviscos, los cuales sigo metiéndome en la
boca, y me acerco al contestador automático. Bajo la vista a la pequeña
cinta, esperando a que empiece a girar. No sé por qué estoy tan fascinada.
Creo que es dulce que Bancroft extrañe a su abuela lo suficiente como
para mantener esta antigüedad. Se encuentra tan fuera de lugar en su
condominio, muy parecido a mi horrible y fea tumbona, en la que no me
he sentado una vez desde que se fue.
Estoy decepcionada cuando nadie deja un mensaje. Encogiéndome
de hombros, le presto atención a Francesca, que se mueve en su jaula.
Abriendo el pestillo, la levanto y la acurruco contra mí.
—¿Dormiste bien la siesta, niña bonita? —Hace sus ruiditos felices,
se me escapa de los brazos y salta por la habitación hasta el contestador,
pateando la pata de la mesa. Probablemente debería organizar un poco
allí. He estado tirando el correo de Bancroft sobre la mesa y la pila está
amontonada y desordenada.
—¿Escuchaste a Bancroft? Apuesto a que lo extrañas como loca.
Vuelvo a mis compras y siento mi glorioso culo. Localizo las galletas
crujientes y abro la caja. Acomodando cuatro en un plato, cubro cada
una con un malvavisco y lo pongo en el microondas. Presiono el botón de
inicio justo cuando el teléfono suena de nuevo. Hago una pausa en mi
búsqueda de un bocadillo más para escuchar la sexy voz de Bancroft de
nuevo.
Creo que tiene que llamar pronto, pero no recuerdo exactamente a
qué hora quedamos hoy. Cuando conversamos ayer, usaba un traje con
la corbata floja, pronunciando palabras y lo único que oí en mi cabeza
fue: Quítate toda la ropa, Ruby, y te dejaré quitarme la mía. Estoy bastante
segura de que esta vez no ha hecho mención alguna a quitarse la ropa,
pero mi imaginación ha estado trabajando horas extras desde la noche
en que me revolqué en su cama, con una camiseta y pantalones cortos.
Vuelve a sonar el mensaje y, en mi mente, cambio las palabras por
algo más parecido:
Este es el correo de voz de Bancroft Mills. Estoy demasiado ocupado
complaciendo oralmente a la hermosa mujer que vive en mi apartamento,
así que no te molestes en dejar un mensaje porque no podré responderte
por lo menos en una semana más, tal vez dos.
Mi sueño despierto termina abruptamente cuando una voz alta y
nasalmente femenina interrumpe: —¡Hola, Banny! Soy Brittany. Sé que
viajaste por negocios, pero como volverás pronto, quería que supieras que
he estado pensando en ti y realmente espero que podamos salir en otra
cita cuando estés de vuelta en la ciudad.
—¿Cita? —Me burlo—. Como si Bancroft quisiera salir contigo. —
Levanto el frasco de Nutella con la intención de arrojarlo a la máquina,
pero luego considero su antigüedad y su valor sentimental, junto con la
probabilidad de que reemplazarla sea costosa o imposible.
Brittany divaga sobre lo agradable que es pasar tiempo con alguien
con los pies en la tierra y que controla su carrera, y sobre lo mucho que
espera que la próxima vez se encuentre mejor para que puedan descubrir
si su química es compatible.
—¡A Bancroft no le interesa tu química! —Lanzo un malvavisco a la
máquina, luego otro y otro. No es tan satisfactorio como lo habría sido el
tarro de Nutella. Un enorme estallido me sobresalta y dejo caer la bolsa
de malvaviscos al suelo—. ¡Oh, mierda!
Los del microondas han explotado como el hombre malvavisco en
Los Cazafantasmas. Parece que he programado dos minutos en lugar de
veinte segundos. Me acerco, pero ya es demasiado tarde. El malvavisco
cubre la ventana del microondas. Va a ser un desastre limpiarlo.
—…Está bien. Bueno, te hablaré pronto, Banny. ¡Adiósss!
—Su nombre es Bancroft, vaca estúpida —me quejo.
Le doy unos segundos al microondas para que se enfríe antes de
abrir la puerta para comprobar los daños. Ah, sí. Es una carnicería de
malvaviscos. Paso un dedo por el plato y grito porque está ardiendo.
Como si no fuera suficiente, suena mi celular. Excepto que no es
una llamada telefónica. Es una videollamada. Y es Bancroft. No sé por
qué no dejo que siga sonando. Es mucho más inteligente de lo que hago,
que es responder la llamada.
—¡Oye! ¡Aló! ¡Hola! —He cubierto todos los saludos posibles.
—Hola. ¿Te atrapé en mal momento? —Lleva una camisa de vestir
blanca y una corbata negra. La ha aflojado y tiene el cabello un poco
desordenado, como si hubiera pasado su mano por él recientemente. Está
más rico que un malvavisco.
—Oh, no. No es un mal momento. Estoy haciendo el desayuno y
jugando un rato con Francesca.
—¿Cómo está mi chica? ¿Dónde está? ¿Puedo verla? —La parte de
mi chica me pone cachonda. Me parece adorable lo mucho que quiere a
su hurón. Y eso ni siquiera es un eufemismo.
—Por supuesto que sí. Espera, déjame buscarla. —Dejo el teléfono
sobre la encimera y la llamo. La encuentro en el contestador automático,
mordisqueando un malvavisco—. ¡Oh, no, Franny! ¡Esos no son para ti!
Salta de la mesa y esparce el correo por el suelo mientras le quito
la golosina. Se abre un sobre y un montón de billetes de veinte dólares
revolotean por el suelo de baldosas. No tengo tiempo de controlar la
repentina tormenta de dinero porque Francesca va a por otro malvavisco.
—¿Está todo bien por ahí? ¿Se ha metido en algo que no debía?
—¡No pasa nada! Solo se me cayeron un par de malvaviscos al suelo
cuando desempaquetaba la compra. —Recojo las bombas de malvavisco
antes de que Francesca pueda poner sus garras sobre otra. Están un
poco pegajosos, como si hubiera intentado probarlos todos. Los tiro a la
basura para que no los alcance. Llevo a Francesca, un poco disgustada,
hasta el teléfono, mientras le limpio los trocitos de malvavisco de los
bigotes.
—¡Aquí estamos! —Levanto el teléfono mientras intento sujetar a
una Francesca que se retuerce. Pero no lo consigue. Quiere explorar las
bolsas de la compra que continúan intactas—. Déjame acomodar mejor
esto. —Coloco el teléfono sobre un racimo de plátanos para no tener que
sujetarlo y reclamo a Francesca—. ¡Saluda a papá! —Agito su patita hacia
él y murmuro con un tono agudo—: Hola, papá.
La sonrisa que se dibuja en la cara de Bancroft podría incendiar
todas las bragas del mundo.
—¿Está haciendo travesuras?
—Nada que no pueda manejar.
—Lo supuse. ¿Cómo está Tiny?
—Está bien. Se comió un grillo gordo ayer para cenar y ha estado
relajada desde entonces.
Se ríe. Probablemente sea uno de mis sonidos favoritos. —¿Qué hay
de ti? ¿Cómo estás?
—Estoy bien. —Miro los billetes esparcidos por el suelo. Ahora que
no me encuentro tan desconcertada, que los malvaviscos no explotan en
el microondas y que la zorra de Brittany no gime en su contestador, veo
que no son solo billetes de veinte. También hay de cincuenta y de cien en
el suelo. ¿Quién envía tanto dinero por correo?—. De acuerdo… tengo
una pregunta para ti.
—¿Oh? —Sus cejas se arquean—. ¿Qué clase de pregunta?
—No es nada sucio, si eso es lo que estás pensando.
—Mmm. Eso es lamentable. ¿Está todo bien?
—Creo que sí, pero moví el correo y hay un montón de dinero en
efectivo en el suelo. ¿Puedes explicar eso?
Frunce el ceño. —¿Un montón de dinero en efectivo?
—Sí. Francesca tiró el correo al suelo y de repente llovieron billetes
grandes. Pensé que querrías saberlo, por si algún traficante loco aparece
por aquí buscando su dinero o lo que sea.
—¿Podrías mostrarme?
—Claro. —Sostengo el teléfono sobre la pila de correo y dinero.
—¿Puedes encontrar el sobre del que se cayó?
—Dame un segundo. —Apoyo el teléfono contra el contestador, me
tiro al suelo para recoger las cartas y el dinero. Todos los sobres están
cerrados, excepto uno, que tiene mi nombre y el número dos escritos en
lo que parece la letra de Bancroft. No está cerrado, y en su interior aún
quedan unos cuantos billetes de veinte. Se lo tiendo para que lo vea—.
¿Por qué tiene mi nombre?
Bancroft frunce el ceño. No sé cómo un ceño fruncido puede ser
tan sexy, pero realmente lo es. —Mierda. Porque lo dejé para ti. Estaba
en las notas de la mañana que me fui.
Tardo un momento en entender a qué se refiere. —¿Te refieres a
tus jeroglíficos?
—Mi escritura realmente no es tan mala.
—Eso es debatible. Sigo sin entender por qué me dejaste otro sobre
con dinero, ya había demasiado en el primero. —Filtré los billetes del
correo. Hay muchos.
—Parecía mejor que un cheque.
—¿Un cheque para qué? —Los ordeno por denominación. No puedo
contar y escuchar al mismo tiempo.
—Por cuidar a Francesca y Tiny. Es el estipendio semanal que
acordamos.
Hago una pausa para encontrarme con su mirada bidimensional.
Tengo la necesidad de burlarme cuando usa palabras como estipendio y
acordamos. —Pero el primer sobre que dejaste ya tenía el doble de la
cantidad que acordamos para todo el tiempo que estoy aquí.
—No, no lo tenía.
—Sí. Había dos mil dólares allí —sostengo.
—Exacto. Dos mil a la semana durante cinco semanas.
—¿Dos mil a la semana? ¿Por cuidar a tus mascotas? Eso es una
locura. Pensé que te referías a doscientos.
La expresión de Bancroft es intensa mientras se ajusta la corbata.
Su mirada se desvía y vuelve. —No es una locura, es razonable. Estás
cuidando lo que amo mientras no puedo, así que yo, a su vez, te cuidaré.
Todas las partes sensibles de mi cuerpo se sienten acariciadas por
sus palabras. Normalmente, la frase te cuidaré me molestaría, pero la
forma en que la enmarca hace que suene sexy en lugar de idiota.
—No tienes que hacer eso.
—Sí. Y aún te debo las dos últimas semanas. Si me das tu número
de cuenta, puedo transferirte más…
—Eso es innecesario. Más es innecesario. Esto ya es demasiado. —
En realidad podría hacer mella en mi deuda de la tarjeta de crédito con
esto, si planeara aceptarlo, pero no lo hago. Los primeros dos mil son
más que suficientes.
—¿Cómo has estado sobreviviendo si no tienes ingresos, Ruby? Por
favor, dime que no te quedaste con los doscientos dólares semanales.
—No tenía que pagar la comida, así que era totalmente manejable,
y dejaste el primer sobre, ¿recuerdas?
—Pero, ¿lo usaste?
—Un poco. —Me concentro en desempacar los comestibles para no
tener que mirarlo. Esta plática me hace sentir incómoda por razones que
no entiendo muy bien.
Resopla. —Acepta el dinero como un salario.
—Dos mil dólares a la semana por cuidar mascotas no es un salario
razonable. —Bancroft ni siquiera parpadeó al desprenderse de dos mil a
la semana, lo cual me recuerda cuán diferentes son nuestras situaciones
financieras. Ni la escala mínima de Broadway es tan alta.
—No estoy de acuerdo.
—Tienes derecho a tener tu opinión, por muy equivocada que sea.
—Ruby.
—Bane. —Me alejo del teléfono para guardar las cajas de cereales
azucarados en los que derroché dinero.
—No vas a usar el dinero, ¿verdad? —Suena frustrado.
—No. —Estoy siendo irrazonable con esto. Debería aceptar parte
del dinero. Me ayudaría mucho a gestionar parte de la deuda en la que
me he metido, pero la cantidad es excesiva para cinco semanas de cuidar
mascotas, sobre todo porque viene con una habitación en un condominio
de lujo y un plan de comidas.
Una parte de mí también se resiste a acostumbrarse a tener dinero
de nuevo. La idea me aterra un poco. También estoy cansada de las
limosnas. Aceptarlas de un hombre con el que me gustaría desnudarme
me parece mal.
—Sabes que encontraré una forma de hacer que lo aceptes.
—No, sin mi número de cuenta, no lo harás.
—¿Y no crees que pueda conseguirlo?
Me giro para enfrentarlo nuevamente, apoyando una mano sobre
mi cintura. Oooh. Se ve molesto. Este debe ser su lado tenso, del que
tanto habla Armstrong. Creo que podría aprobarlo. —¿Qué eres? ¿Un
hacker profesional?
—No sé por qué estás tan decidida a pelear conmigo por esto, pero
ten la seguridad de que hallaré una forma de conseguirlo.
—Buena suerte con eso.
—Te das cuenta que estás siendo difícil, nena. —Golpea la mesa,
atrayendo mi mirada hacia sus dedos inquietos.
—Estoy siendo razonable. Intestas darme demasiado dinero por no
hacer mucho. —Compruebo la hora. Ya pasaron las una. Necesito limpiar
el microondas y prepararme para poder estar en el trabajo a tiempo—.
Tengo que irme. El trabajo llama.
Me estiro para terminar la llamada.
—¡Espera! —dice.
—En serio tengo que irme.
—¿Estás enojada conmigo? —pregunta.
Suspiro. No estoy para nada enojada con él. Me avergüenza estar
en una situación tan difícil en la que el dinero que está ofreciendo parezca
masivo. Es una lección importante para aprender. Para saber lo que es
luchar y no solo que las cosas caigan en mi mano porque la extiendo.
—No. No estoy enojada. Tu generosidad es abrumadora. Te está
haciendo ser un diez punto cinco, y es demasiado para mí.
—Diez punto cinco. —Su expresión seria se vuelve aún más sexy
con una sonrisa.
—Acabas de bajar nuevamente a diez. Adiós, Bancroft.
—Adiós, Ruby.
Estoy raspando los malvaviscos del microondas cuando vuelve a
sonar el teléfono. El que está conectado al contestador automático. Es
Brittany. De nuevo. Aparentemente quiere asegurarse de que Bancroft no
haya perdido su número.
Borro el mensaje. Y el otro que le dejó. Ni siquiera siento una pizca
de culpa.
***
Dos días después me paso por el banco para hacer un ingreso en
mi tarjeta de crédito y en mi línea de crédito gracias a mis excedentes
propinas. Descubro que mi cuenta ya no ronda los cientos. Ni siquiera se
acerca.
Tan pronto como llego a casa hago una videollamada con Bancroft.
—Has perdido seis puntos —digo a modo de saludo.
—¿Seis? ¿Qué podría haber hecho para meterme en esa clase de
agujero?
—¿Cómo obtuviste la información de mi cuenta bancaria? ¿Eso no
es fraude?
—Solo si intento sacar dinero de la cuenta, no si pongo.
—Eso fue astuto.
—Te dije que conseguiría que tuvieras el dinero de una forma u
otra. No mentí ni fui astuto. Estaba siendo totalmente franco al respecto.
Hago un sonido de enojada.
—No puedes estar enojada conmigo, Ruby.
—¿Me estás diciendo cómo sentirme? —Maldición. No debería estar
tan enfadada por esto. Realmente no es racional. No debería molestarme
tanto que quiera compensarme, más allá de darme un lugar en el que
vivir, incluso si la cantidad es exorbitante.
—Por favor, no te molestes conmigo. Me siento responsable de que
perdieras esa audición. Te costé meses de ingresos potenciales, Ruby.
Déjame hacer lo que pueda para compensarte por contagiarte esa gripe
horrible.
—¿Entonces esto es inducido por la culpa?
Suspira. —Siento que me estás hostigando y nada de lo que diga
va a ser correcto. No quiero que te enfades conmigo por hacer lo que creo
que es correcto.
De repente me doy cuenta de por qué me está molestando tanto
esto del dinero. Durante las últimas semanas he dejado de verlo como mi
pseudo empleador. Si soy sincera conmigo misma, no creo nunca haberlo
visto realmente de esa forma. Darme un lugar donde quedarme, comida
y acceso a comida para llevar era una cosa, incluso la modesta cantidad
de dinero que podría atribuir a los gastos imprevistos, pero el sustancial
y real pago por cuidar a sus mascotas rompe la ilusión de que esto sea
más. O que tiene el potencial para serlo. Y eso me hace sentir mantenida,
lo que me hace sentir que la situación no es diferente que con mi padre.
Y definitivamente no quiero que esta situación se sienta nada parecida a
esa.
—Lo siento. No estoy enojada contigo. Solo quiero poder hacer esto
por mi cuenta.
—Lo estás haciendo.
Señalo mis alrededores. —La última vez que comprobé, este no era
mi condominio, a menos que hayas decidido transferir la propiedad a mi
nombre.
Arquea una ceja. —Sabes, es malditamente bueno que no esté allí
en este momento.
—¿Por qué?
—Porque estás siendo difícil, y si estuviera allí podría ser capaz de
hacer que te detengas.
Planto mi puño sobre mi cintura. —¿Oh? ¿Eso crees?
—Lo sé.
—¿Y cómo exactamente lo harías? —La forma en que me mira hace
que me estremezca.
Arrastra la lengua por su labio inferior, su sonrisa es francamente
malvada. —No creo poder responder esa pregunta con sinceridad sin
poner en riesgo el resto de mis puntos.
***
El jueves por la tarde recibo una llamada de Bancroft. Sigo medio
dormida por haber estado despierta hasta tan tarde. No llegué a casa
hasta las tres de la madrugada, lo cual no es lo típico de un miércoles,
pero alquilaron el club para una gran fiesta. Las propinas fueron muy
buenas. Tardé mucho tiempo en bajar de la adrenalina de la noche, así
que he estado dormida durante menos de seis horas. Soy una niña de
ocho años.
Es una videollamada, lo cual es terrible, ya que estoy segura de que
luzco muy mal. Anoche ni siquiera me molesté en quitarme el maquillaje.
Probablemente en este momento me veo como una prostituta muy usada.
Contesto la llamada, pero dejo la pantalla apuntando al techo.
—¿Ruby?
Echo un vistazo, pero me quedo fuera de la vista. Parece como si
estuviera en un coche. —Hola. —Mi voz suena ronca por el sueño.
—¿Te desperté?
—Sí, pero está bien. Probablemente debería estar despertándome.
—Y luego regresar a la cama.
—¡Tengo buenas noticias!
—¿Oh? —Me inclino sobre el teléfono y vislumbro mi pelo revuelto.
Tengo que utilizar una cantidad ingente de producto para mantener el
peinado durante mi actuación y no me he duchado antes de acostarme.
A juzgar por el rápido vistazo, debería haberlo hecho.
—¿Por qué no puedo verte?
—Porque mi cara se ve horrible.
—Tu cara nunca podría verse horrible.
—No probemos esa teoría ahora mismo. ¿Cuáles son las buenas
noticias?
—Estoy de camino a casa.
—¿Qué?
—Hemos terminado antes de lo previsto. Estaré en casa pronto.
Recojo el teléfono. Luego lo suelto igual de rápido. Dios. Parezco
una prostituta adicta al crack. Agarro la prenda más cercana, la cuál es
una camiseta sin mangas y la envuelvo alrededor de mi cabeza, lo que
me hace ver como una abuelita. No hay nada que pueda hacer con el
maquillaje aún manchado debajo de mis ojos, pero al menos está cubierto
la locura que es mi cabello.
Quiero estar emocionada, y lo estoy. Voy a ver a Bancroft después
de cuatro semanas y media de constantes conversaciones telefónicas que
incluyen increíbles cantidades de insinuaciones. Pero el condominio es
un desastre. Y hay muy poca comida en el refrigerador porque pensé que
volvería en dos días.
Recojo el teléfono.
Se ríe a carcajadas. —¿Qué está pasando allí abajo, Bo Peep2?
Ignoro la burla. —Mi cabello se ve horrible.
—¿Quieres hablarme de eso? —Señala mi rostro.
—Maquillaje de la actuación. Entonces, ¿qué tan pronto estarás en
casa? ¿Esta noche?
—Probablemente en una hora, dependiendo qué tan mal esté el
tráfico.
—¿Una hora? —Es un chillido. Un ruido fuerte y casi perforador de
oídos que claramente indica mi pánico—. Pero se supone que no estarás
en casa hasta dentro de dos días. No estoy preparada para ti
Su sonrisa se vuelve francamente lasciva. —Todo lo que necesitas
hacer es lavarte el rostro y estás perfectamente lista para mí, nena.
Dulce madre de los hormigueos vaginales. Si no hubiera entrado
en pánico, habría sido capaz de apreciar el bajo tono de su barítono y la
2 Se refiere al personaje de Toy Story, la pastorcilla de porcelana.
mirada ardiente de sus ojos. Pero el pánico es total porque su habitación
es una pocilga y el resto del piso no está mucho mejor.
Me levanto de la cama. —Me tengo que ir. Tengo que ordenar.
—Oye, ¿estás en mi habitación?
—Eh… —Joder. Joder. ¿Qué respondo? La respuesta claramente
es sí—. Anoche me quedé dormida jugando con Franny mientras miraba
la televisión. ¡Te veo pronto! Buen viaje. —Cuelgo. Espero que haya tanto
tráfico como para que caminar sea más rápido.
—¡Oh, Dios mío! —grito a la habitación. Me quito la camiseta que
me envuelve la cabeza y salgo corriendo, intentando averiguar por dónde
empezar. Mi ropa está por todo el suelo. Me he vuelto perezosa en los
últimos días, y el baño se encuentra cargado de mis cosas. Necesito una
excavadora para arreglar este desastre. La señora de la limpieza llegará
en un par de horas, lo que no me ayuda ahora.
Bueno. Quizás no está tan mal, pero sigue sin estar bien. Limpiar
esta habitación es la prioridad número uno. Agarro una cesta de las
cestas vacías y me pongo a recoger la ropa sucia del suelo. Hay mucha.
Quito las sábanas y las fundas de almohadas, encogiéndome por
las manchas negras que quedaron por mi máscara de pestañas. Apenas
puedo ver por encima de la cesta que está muy llena cuando termino.
Lo meto todo en la lavadora, echo una barra de detergente y vuelvo
rápidamente a la habitación de Bancroft con la cesta vacía. Barro todas
mis porquerías de su tocador, agarro mis cosas de la ducha, incluyendo
mi esponja y todas mis toallas usadas, y corro hacia mi habitación con
ellas. Ya me preocuparé de guardarlo más tarde.
Arreglo la cama, limpio su tocador lo mejor que puedo y me voy a
la cocina para ocuparme del desorden que hay allí. No es terrible, pero
desde luego no es increíble. Hay un montón de cositas tiradas por ahí, y
por lo que vi en mi primer día aquí, él es bastante ordenado. No quiero
que vuelva a casa desordenada.
Hago lo mejor que puedo con el poco tiempo que tengo. Lo que
resulta ser menos de una hora. Trato de colocar la última de las tazas del
fregadero en el lavaplatos lleno cuando escucho el sonido del ascensor
desde el pasillo. Me quedo inmóvil y contengo la respiración, esperando.
La introducción del código me impulsa a actuar.
Sigo pareciendo un payaso prostituto. Drogado. Dejo el lavavajillas
abierto y corro por la cocina y el pasillo. Me deslizo por el suelo de mi
habitación hasta el baño, cerrando la puerta tras de mí mientras la voz
profunda y sexy de Bancroft recorre el apartamento y resuena en mi
clítoris feliz, junto con el resto de mí. Dios mío. Ya está en casa. Estoy
demasiado excitada.
Golpeo todos los botones de la ducha, ya que he olvidado cómo
usarla desde hace cuatro semanas y media que utilizo la de Bancroft.
—¿Ruby? —Su voz apagada viene de algún lugar en el condominio.
—¡Hola! Saldré en unos minutos —grito por encima del chorro de
agua.
Me doy la ducha más rápida y violenta de mi vida porque no sé
cómo parar los chorros hasta que casi he acabado. Me quito el maquillaje
de la cara, me cepillo el pelo y salgo a mi habitación, con las cajas aún
en las paredes, envuelta en una toalla.
Por supuesto, es el momento exacto en que Bancroft elige entrar.
Lleva a Francesca en brazos, la arrulla, está adorable y sexy con su
camisa y sus pantalones de vestir y, Dios mío, yo estoy casi desnuda y él
está aquí.
La mirada de Bancroft comienza desde los dedos de mis pies y se
desplaza hacia arriba, lentamente, hasta llegar a mi cara. —Hola. —Es
solo una palabra, pero hay un millón de preguntas en ella.
Es tan guapo, acariciando distraídamente a Francesca mientras se
queda ahí, mirándome. Yo también lo miro, devorando la belleza visual.
Lleva una barba incipiente y la camisa arrugada. Se encuentra un poco
desaliñado. Eso lo hace aún más sexy.
La ansiedad me acelera el corazón. Quiero cruzar corriendo la
habitación y lanzarme a sus brazos. Quiero que cruce la habitación, me
coja en brazos y me tire en la cama. Quiero su boca en la mía. Lo quiero
en todas partes. No digo ni hago nada de eso. En su lugar, simplemente
digo: —Hola.
Un mes de bromas, de conversaciones en las que pasamos medio
vestidos, o en la cama, o en pijamas coqueteando, hacen de esta una de
las situaciones más incómodas de la historia. Además, mi desnudez no
ayuda.
—Veo que te lavaste la cara.
—Y el resto de mi cuerpo.
Sus ojos bajan y su lengua asoma, arrastrándose por su labio.
—También veo eso.
Agarro con fuerza la toalla. Me gustaría dejarla caer al suelo solo
para ver qué hace.
Da un paso adelante y yo también. Todo mi cuerpo vibra de energía.
Francesca se retuerce en sus brazos y él pierde el control. Ella salta al
suelo y corretea por la habitación, desapareciendo en el pasillo. A él no
parece importarle mientras avanza hacia mí. ¿Va a besarme? ¿Es una
buena idea? No lo sé, y no estoy segura de querer que importe.
Está a medio metro cuando un golpe nos sobresalta a los dos. Duda
y mira por encima del hombro. Pasan uno o dos segundos antes de que
decida que no importa. En ese tiempo, permito que mi toalla se afloje,
dejando al descubierto la parte superior de mis pechos. Si la dejo caer un
centímetro más, verá un pezón. Justo cuando se vuelve hacia mí, se oye
otro golpe más fuerte.
—Joder —murmura—. Ya vuelvo.
Se da la vuelta, con las manos apretadas en puños en tanto camina
por el pasillo.
Expulso el aliento y reviso la hora. Maldita sea. Ya son más de las
dos. De hecho, tengo que irme pronto a trabajar, lo que no me deja tiempo
para disfrutar de comerme con los ojos a Bancroft o escuchar de su viaje.
Cierro la puerta y me apresuro a vestirme, poniéndome unos
pantalones cortos, un sostén deportivo y una camisa holgada, porque son
prácticamente las únicas cosas limpias que tengo aquí.
Me apresuro a preparar la bolsa de trabajo, que por suerte no he
deshecho desde anoche. Luego respiro profundamente. Solo tenemos que
superar la incomodidad inicial de volver a vernos por primera vez después
de un mes de conversaciones telefónicas diarias y muchas insinuaciones
sexuales. Todo irá bien. No tengo que saltar sobre él de inmediato. Tal
vez no debería, la verdad sea dicha. Pero estoy muy emocionada por verlo.
Demasiado emocionada. Necesito calmarme.
Abro la puerta y salgo al pasillo. Le escucho en su habitación. En
la que he dormido durante semanas. Reviso mi bolso, asegurándome de
que está bien cerrado. Ni siquiera le he dicho a Amie la verdad sobre
dónde estoy trabajando. No quiero que se le escape accidentalmente a
Armstrong. Parece del tipo chismoso.
Bancroft es visible a través de la rendija de la puerta. Tiene un
cesto de la ropa sucia a los pies y la maleta abierta sobre la cama. Arroja
objetos de la maleta al cesto, entre ellos unos calzoncillos rojos.
Llamo a la puerta y asomo la cabeza. —¿Todo bien?
—Sí, Francesca se subió a la encimera y tiró un montón de cosas,
pero está bien. Nada roto, ni nada por el estilo. Entra.
Oh, Dios. Su voz es tan malditamente sexy. Y profunda. Como el
océano. Como… no sé qué más. Pero suena incluso mejor en la vida real
que en el teléfono, y hace cosas a mi cuerpo. Cosas buenas. Increíbles.
Deja de hacer lo que está haciendo cuando asomo la cabeza dentro,
sus ojos se mueven sobre mí. Mira la bolsa que cuelga de mi hombro y
frunce el ceño. —¿Tienes que ir a algún lugar?
La dejo en el suelo fuera de su habitación. —Tengo trabajo.
El ceño se profundiza. —Oh. Pensé que no tendrías que irte hasta
más tarde.
—Tenemos ensayo esta tarde. —Miro alrededor de su habitación,
asegurándome de que logré guardar todas mis cosas. Se ve bastante bien.
—¿Estarás en casa para cenar?
Sacudo la cabeza. —No volveré hasta tarde.
—Oh. —Falla a la cesta de la lavandería con un par de pantalones
y no se agacha para recogerlos—. ¿Y mañana por la noche?
—También tengo que trabajar.
Se frota la nuca. —Bueno, eso no es bueno. ¿Cuándo vamos a
ponernos al día?
No sé de qué tenemos que ponernos al día, aparte de su vuelo, ya
que hemos hablado casi todos los días, pero no me importa que quiera
pasar tiempo conmigo. Desde luego, no me importaría pasar tiempo con
él, desnuda, en su cama, jugando al escondite con su pene en mi vagina.
Maldita sea. En serio necesito controlar a dónde sigue yendo mi cerebro.
Era mucho más fácil cuando estaba a un océano de distancia.
—Tengo el lunes y martes por la noche libre.
—Eso es dentro de cuatro días.
—¿Podemos ponernos al día en la mañana?
—Tengo que levantarme temprano.
—Hmm. Pues sigo viviendo aquí, así que no es como si nos faltaran
oportunidades para vernos, ¿verdad? —¿Por qué esto es tan incómodo?
No quiero que sea así entre nosotros. No sé si soy yo, él o los dos.
—Cierto. Sí. Claro —Asiente, pero se está mordiendo el labio,
todavía luciendo disgustado—. Creo que posiblemente voy a ir a la oficina
en un rato.
—Pero acabas de regresar. ¿No tienes un día libre?
Se encoge de hombros. —No hay mucho que hacer aquí una vez
que desempaque. Tengo muchos informes y reuniones en los próximos
días. Sería bueno adelantarlos. Además, evitará que me quede dormido a
media tarde.
—Esa es una buena idea. —Odio lo incómodo que es esto en este
momento—. Bien. Bueno, debería irme. ¿Tal vez te vea en la mañana?
—Suena bien. Rómpete una pierna esta noche.
Hago una mueca, no porque realmente me preocupe romperme
algo, aparte de mis recientes y chapuceras audiciones, soy típicamente
grácil, sino porque alimenta la mentira.
—¿Está mal decir eso? —pregunta.
Fuerzo una sonrisa. —No, en absoluto. Muchas gracias. —Me estoy
tropezando con mis palabras, consciente de que necesito irme, pero me
cuesta mucho no acercarme para un abrazo.
Resulta que no tengo por qué preocuparme. Cuando rodeo a
Bancroft, su enorme mano me rodea la muñeca. La sensación es mágica.
Hacía casi cinco semanas que no me tocaba. Y más desde que me besó,
accidentalmente o no. En ese tiempo he estado flirteando como una loca
con él por teléfono. Tanto coqueteo. Tanto autogratificarme una vez que
ya no estoy al teléfono con él.
Y ahora mismo me está tocando. Debo de hacer algún ruido, porque
su mirada se fija en la mía y vacila. Es solo un instante. No quiero perder
esta oportunidad, así que doy un paso hacia él. Es suficiente señal
positiva. Me acerca aún más y me rodea con su brazo libre.
Ahora el contacto no se limita a su mano alrededor de mi muñeca,
sino que todo su cuerpo se aprieta contra el mío. Me rodea la cintura con
un brazo, me pasa la palma de la mano por la espalda y me aprieta más.
Imagino lo diferente que habría sido esto si hubiera sucedido cuando aún
llevaba puesta una toalla.
Juro que oigo un zumbido. Y apenas resisto el impulso de llevar mi
mano a su culo y apretarlo.
Estoy segura de sentir su nariz en mi pelo y su aliento en mi cuello
antes de que me suelte. Cuando retrocede, se mete las manos en los
bolsillos.
—Me alegra que estés en casa —digo—, a salvo. En casa a salvo —
agrego al final, aunque no me ayuda mucho la falta de aliento de mi voz
ni el hecho de que me canten todos los nervios del cuerpo.
—Yo también. —Basándome en el tono grave, me gustaría pensar
que no estoy sola en este sentimiento.
—Bueno. Está bien, ya debería irme.
—Está bien. —Asiente un montón de veces.
—Nos vemos en la mañana. —Solo es posible si sigo despierta
cuando se levanta.
—Claro.
Salgo del apartamento antes de decir o hacer algo estúpido. Ahora
más que nunca es evidente que necesito encontrar un nuevo lugar. Siento
algo por este hombre, y no se trata solo de querer desnudarme con él.
Los sentimientos se han vuelto reales en las últimas semanas. Al menos
para mí.
Si sigo ahorrando el dinero de las propinas, debería tener suficiente
para el próximo mes o así, tal vez antes. Cuanto más tiempo pase aquí,
más difícil será controlar la tensión sexual entre nosotros, si esta
bienvenida a casa sirve de indicador.
En este punto, realmente me gustaría salir de su espacio antes de
meterme en su cama. Acostarme con él mientras sigo dependiendo de él
para vivir crea una desigualdad con la que no quiero lidiar. Nunca quiero
estar en una posición en la que sienta que me están reteniendo y eso es
exactamente lo que esto será para mí.
15
Traducido por Jadasa
Corregido por Blaire R.
Cuando llego a casa del trabajo son casi las dos de la madrugada.
El condominio se halla en silencio. Supongo que Bancroft está dormido.
Cuando me dirijo a la cama, casi paso por alto mi propia habitación y voy
hacia la suya. Eso sería un error colosalmente vergonzoso.
Por primera vez desde que se fue de viaje, duermo en la habitación
de invitados que se supone que es mía. Se siente realmente extraño.
Bancroft está caminando por el apartamento en calzoncillos.
Aparte de eso, está desnudo. Sin camiseta. Ni calcetines. Solo
calzoncillos. Y por alguna razón están mojados y pegados a él. No sé por
qué se encuentra así, pero me ofrezco a ayudarlo a sacarse la ropa
interior empapada, que gotea en el suelo y deja un charco desordenado
alrededor de sus pies. Busco la cintura, consciente de que parece que voy
contra mi propio plan de no acostarme con él, y veo cómo se le pone la
piel de gallina. Justo cuando se los paso por las caderas, me despierto.
Demasiado triste.
El sueño se desvanece y todo lo que me queda es la boca seca y el
clítoris zumbando. Extiendo mi mano buscando el vaso en la mesita de
noche, pero está vacío. Son las cuatro de la madrugada. Solo he estado
dormida una hora. No recuerdo haberlo terminado antes de quedarme
dormida. Sin embargo, recuerdo haber rodado mientras empujaba mi
rostro contra mi almohada pensando en Bancroft antes de que perdiera
la consciencia. El esfuerzo extra probablemente no fue de ayuda con mis
problemas de sed. También tengo un dolor de cabeza, posiblemente por
estar deshidratada. Diva me dijo que tomara más agua anoche, pero no
debió haber sido suficiente.
Aparto las sábanas y me levanto de la cama. Agarro la botella de
aspirina guardada en mi mesita de noche y mi vaso, y me dirijo a la
cocina, el dispensador de agua incorporado en el refrigerador proporciona
la mejor y más fría agua. Lo cual, es lo que necesito ahora mismo.
Apoyo mi cabeza contra el refrigerador en tanto espero que el vaso
se llene, trago dos aspirinas con el agua, luego vuelvo a llenar el vaso
antes de regresar a la cama con los ojos medio cerrados.
Me deslizo debajo de las sábanas ya frías, lo cual me hace temblar
un poco, y apoyo la mejilla contra la almohada. Cerrando los ojos, intento
recuperar el sueño que tenía antes de que la sed me despertara. Regreso
al principio, donde debe haber estado vestido, porque me encanta llevarlo
de traje a nada en mi cabeza. Me imagino la forma en que Bancroft, Bane,
se ve con la camisa abotonada, con la corbata suelta. O su camiseta
ajustada.
Cuando lo desnudo mentalmente, de repente puedo olerlo. Debo
estar a punto de volver a soñar porque es increíblemente vívido. Me
acurruco más profundamente en la almohada, deseando que mi mente
vaya a donde le gustaría a mi cuerpo. Oigo un gemido, bajo y profundo,
y luego la cama se desplaza y un pesado brazo cae sobre mi cadera.
Mis ojos se abren. ¿Qué demonios? Definitivamente, esto no es un
sueño. Al menos, no creo que lo sea. La cama se mueve. Nop. No es un
sueño. ¿Quién demonios está en la cama conmigo? Las sábanas crujen y
el colchón se hunde cuando la mano sujeta al brazo que descansa sobre
mi cadera comienza a subir por mi cuerpo.
—Mmm. Esto se siente bien —murmura la voz masculina que
pertenece a la mano que me explora sobre la manta.
Mierda. Bane está en la cama conmigo. ¿Qué hace Bane conmigo
en la cama?
Estoy congelada, algo así. Quiero decir, no estoy realmente segura
de qué debería hacer, porque me gusta mucho sentirlo, incluso a través
de las sábanas, aún estoy realmente confundida en cuanto a por qué
exactamente sucedió esto. O cómo.
De repente, el pecho muy en forma y muy caliente de Bane presiona
contra mi espalda. Y espera. Oh, Dios mío. Oh, Dios mío. Eso es... no
puede ser. Oh, sí. Lo es.
Bane está desnudo. ¿Cómo puedo saberlo? Porque puedo sentirlo
contra mi espalda baja donde la camiseta sin mangas que utilizo como
pijama ha subido, dejando expuestos varios centímetros de piel. Y su
erección, su muy dura y grande erección, presiona contra mí. Mi teoría
sobre las manos grandes es definitivamente cierta.
Se acurruca en mi pelo, hurgando en él hasta que frota su barbilla
contra mi cuello. No creo que esté realmente despierto. De manera que
me quedo quieta, esperando a que... no lo sé... ¿deje de moverse? Necesito
que se acomode y luego puedo averiguar qué debería hacer. Bueno, sé lo
que debería hacer, pero estoy disfrutando demasiado esto.
Sin embargo, no se acomoda. En cambio, mueve el edredón para
que la mano que exploraba por encima ahora lo haga por debajo. Su brazo
rodea mi cintura, y sus cálidos dedos se deslizan bajo el dobladillo de la
camiseta y se extienden por mi vientre, subiendo. Se queda atascado en
el sujetador elástico incorporado y arrastra la tela hacia arriba.
Acuna una de mis tetas a través de varias capas de algodón y gime.
Apenas puedo contener mi gemido cuando mueve sus caderas.
Abro la boca para decir algo, como quizás: “Oye, Bane. ¿Por qué
estás en mi cama, tocándome?”; o “Si quieres excitarte conmigo, hay
formas mejores y menos incómodas de hacerlo que colándote en mi cama
en mitad de la noche y sorprendiéndome”. O incluso, “¿Te importa si
compruebo lo generoso que es ese palo clavándose en mi espalda baja?”
Pero ninguna de esas cosas sale de mi boca. En cambio, todo lo
que hago es susurrar/gemir Bancroft.
No parece tener un impacto en la palma que acuna mi pecho. De
hecho, ha pasado de acunar a amasar. Hace un segundo intento de pasar
debajo del elástico con un gruñido.
Debería detener esto. Mi cerebro registra este pensamiento y deseo
inmediatamente descartarlo como innecesario.
Debería hacer algo más que quedarme aquí tumbada, porque esto
no debería estar pasando en mitad de la noche sin algún tipo de discusión
adulta en la que sopesemos las consecuencias de que yo viva en su casa,
sea su niñera de mascotas y obtenga un pequeño escarceo. Sobre todo,
porque ha mencionado que no está interesado en entablar una relación
en tanto está viajando todo el tiempo. Pero ya que he estado fantaseando
con el escenario exacto, estoy demasiado dispuesta a dejar que continúe
por un tiempo más.
Esta vez mete su mano bajo el elástico, su palma ancha y cálida se
curva alrededor de mi seno. Y entonces siento su aliento caliente en mi
cuello, seguido de sus labios en mi piel. Oh, Jesús, va a, oh no... Oh sí...
hace rodar mis pezones entre su pulgar e índice, su gemido vibra contra
mí mientras sus labios se separan y su lengua recorre mi piel.
De acuerdo, en este momento no tengo ninguna buena excusa para
no decir algo que lo detenga, ya que, obviamente, todavía no está del todo
consciente. Y en lugar de hacer lo que debería, me arqueo y aprieto el
trasero contra su erección. Mi ropa interior me lo impide claramente,
aunque no me cubre del todo, así que noto mucho contacto piel con piel.
Con un último y brusco toque en el pezón, abandona mi pecho y su palma
se mueve pesadamente por mi vientre.
Abro mucho los ojos al darme cuenta de que tiene un destino en
mente. Me gustaría decir que mi siguiente acción es el resultado de
reconocer que esto ha ido demasiado lejos. Sin embargo, tiene más que
ver con el hecho de que creo que necesito afeitarme las partes bajas.
Agarro su mano justo cuando pasa por mi ombligo. —¡Guau! —grito con
voz ronca.
Eso parece sobresaltarlo sacándolo de la neblina lujuriosa inducida
por el semisueño en que se encuentra. Su mano se aparta bruscamente
y gira cuando me levanto rápidamente de la cama.
Y ahí es cuando me doy cuenta de que no estoy en mi dormitorio.
Estoy en el suyo.
—Yo… no hice… sí... —Me agito como una idiota mientras un
Bancroft muy somnoliento parpadea confundido. Dios, es sexy cuando
acaba de despertarse. Mis ojos siguen su mano, la cual se desliza por su
estómago. Y entonces me doy cuenta de que las sábanas han abandonado
su glorioso cuerpo. Está tan desnudo. Y puedo ver cada centímetro de él.
Bueno, aparte de su muslo derecho.
Bancroft con el torso desnudo es una visión. Es malditamente
fenomenal.
—Oh, Dios, ¡eso es enorme! —digo cuando finalmente alcanzo el
destino visual de Erecciontopía.
No está completamente oscuro aquí, gracias a los noctámbulos de
la ciudad que están despiertos en los edificios al otro lado de la calle. Veo
de manera clara cuán enorme es realmente su erección. Y definitivamente
estoy boquiabierta. En mi defensa, hay mucho que mirar. En realidad, se
me hace agua la boca, se ve increíble.
Antes de este momento, nunca había estado tan impresionada con
un pene. Si hubiera un sistema de clasificación de penes, él tendría su
propia clasificación. Parte de esto puede deberse a las increíbles sombras
proyectadas sobre su cuerpo desnudo por la iluminación ambiental. O en
parte a todo el paquete que enmarca el pene que estoy mirando fijamente
en este momento.
Observo su cuerpo desnudo, deseando tener memoria fotográfica,
porque su cuerpo es un regalo de los cielos. Y esa erección es magnífica.
En una escala de uno a diez, con uno siendo deprimentemente
inadecuado y diez inspirado por la deidad, su pene es tan hermoso que
haría llorar a los ángeles y las vírgenes se ofrecerían para el sacrificio.
Bueno, tal vez no la última parte. Pero es un pene precioso y estoy muy,
muy excitada.
Ahora quiero volver a meterme bajo esas sábanas con él, fingir que
no llegué accidentalmente a su cama y dejar que me despierte, durante
un largo período de tiempo.
—¿Ruby? —Levanta una sábana para cubrir sus genitales—. Qué
estás... —Me mira. Su mano descansa sobre su erección. Acunándola.
Esa podría haber sido yo si hubiera sido lo suficientemente inteligente
como para seguir con el engaño.
Intento cubrirme, porque mi elección de ropa para dormir no deja
mucho a la imaginación. Bueno, más que la de Bane, obviamente, pero
sigue siendo bastante escasa.
—¡Fue un accidente! ¡Lo siento! —Doy media vuelta y corro hacia
la puerta, cerrándola bruscamente detrás de mí. Corro por el pasillo
hasta mi dormitorio, esta vez con mucho más cuidado al cerrar la puerta.
Y, por supuesto, cierro con llave. Mi vergüenza es tan grande, incluso
más que el pene que acabo de mirar, y no hay forma que pueda enfrentar
a Bane en este momento.
16
Traducido por [Link], samanthabp & Ivana
Corregido por Blaire R.
Estoy acostado en mi cama, mirando la puerta cerrada con mi
erección en la mano, preguntándome qué demonios acaba de pasar.
Vale, sé lo que acaba de pasar, pero la pregunta es ¿por qué estaba
Ruby en mi cama y por qué ya no está? Tanto a mí como a mi erección,
que me parece un pensador independiente, aunque uno muy lineal, nos
gustaría tener una respuesta a esta pregunta.
Considero la posibilidad de levantarme e ir a ver si está bien, pero
sigo dolorosamente duro, así que no puedo ir a ninguna parte ahora.
Además, por su salida precipitada y su incapacidad para hablar con
frases coherentes, parece bastante avergonzada por todo. Supongo que
puedo esperar hasta mañana, que de todos modos solo faltan dos horas,
y entonces podremos tratar el tema.
Mientras estoy aquí tumbado, filtrando a través de la niebla lo que
acaba de ocurrir, me planteo cuánto tiene que ver con mi sueño y cuánto
es real. Lo único que recuerdo es que le toqué las tetas, le pellizqué los
pezones y le froté el pene contra el culo. Me gustaría hacer más de todas
esas cosas con ella estando consciente.
Tras cinco minutos más tumbado en la cama, pensando en Ruby,
renuncio a que reaparezca por arte de magia en mi puerta y me masturbo.
A solas. Esta vez tengo algo de forraje real para ayudarme a llegar al final.
Lo único que sería mejor es que me ayudara la encantadora Ruby, en
lugar de hacerlo yo solo.
En general los orgasmos son un sedante decente, pero no funciona
como me gustaría. No consigo volver a dormirme y noventa minutos más
tarde suena el despertador. Me pongo unos calzoncillos antes de salir de
la habitación, algo a lo que tendré que acostumbrarme con Ruby viviendo
aquí. Al menos hasta que superemos la incómoda fase de reintroducción.
Cuando me desperté con la mano casi dentro de sus bragas, pensé que
estábamos a punto de resolver el problema, pero entonces se largó.
Pongo el café y rebusco en el contenido del refrigerador. Hay que
abastecerlo; las provisiones son escasas. Ni siquiera se me ocurrió revisar
el contenido antes de ir a la oficina ayer por la tarde.
La acogida de mi llegada y mis expectativas no coincidieron para
nada. En mi cabeza, Ruby me recibía en la puerta con gran entusiasmo
y poca ropa. Entendí lo de la poca ropa, pero el entusiasmo fue sustituido
por la incomodidad. Y no había tenido en cuenta que ella tendría que
trabajar, y definitivamente no durante los próximos cuatro días.
En vez de quedarme sentado en mi apartamento compadeciéndome
de mí mismo, me puse a trabajar. Eso me ayudó a mantener la mente
ocupada. Y me dio una ventaja sobre Lex, que no llegó hasta cuatro horas
después que yo. Para entonces, ya había revisado hojas de cálculo, planes
de marketing y costos de desarrollo con mi padre. Parecía impresionado
por mi dedicación al equipo y a los proyectos. Como acababa de bajar del
avión unas horas antes, esperaba que me tomara el día libre. Y lo habría
hecho si Ruby hubiera estado en casa.
Examino el contenido de la nevera y decido qué me gustaría
preparar para desayunar. Tengo los ingredientes necesarios para las
tortitas. Me he acostumbrado a empezar o terminar el día con Ruby, y
me gustaría que siguiera siendo así.
Una vez hecho el café, llamo a su puerta. Me encuentro con el
silencio. Lo intento de nuevo y el extraño nudo que se me hace en el
estómago se aprieta cada vez más. —Ruby —grito cuando el segundo
golpe produce más silencio.
Toco el pomo, pero está cerrado. Mierda. ¿Creía que iba a intentar
volver a acostarme con ella anoche? ¿Ha sido por prevención o por
vergüenza?
He hablado con ella casi todos los días desde que me fui, aparte de
un puñado de días de viaje. Hubo una gran cantidad de insinuaciones
sexuales en esas conversaciones. En muchos sentidos, ha sido como una
relación a distancia. He tenido semanas para conocer a Ruby, semanas
para apreciar su sentido del humor. Tiempo para conocer sus gestos.
Tiempo para descubrir qué la mueve, cuáles son sus inseguridades, lo
fuerte que es, cuánto quiere a mis mascotas, cuánto aprecio la ropa de
cama que elige.
A menos que haya leído las cosas mal, mi expectativa era que
cuando volviera a casa, todo ese flirteo bidimensional se convertiría en
algo tridimensional. Con desnudez. Que anoche estuviera tan cerca de
esa realidad me hace estar impaciente por recuperar el momento.
Excepto que tengo la sensación de que eso no va a suceder ahora.
Hago un último intento. No tengo ni idea de a qué hora llegó a casa,
anoche me quedé dormido en el sofá y no me desperté hasta pasada la
medianoche. No parecía estar en casa en ese momento, aunque no había
comprobado su habitación. Su calzado, un par de zapatillas desgastadas,
estaba cerca de la puerta principal. No recuerdo si estaban en la puerta
cuando me trasladé del sofá a mi dormitorio.
Renuncio a despertar a Ruby. Me tomo mi tiempo para prepararme
para el trabajo, con la esperanza de que salga antes de que tenga que
irme. No sale.
Paso todo el día en reuniones presentando el PowerPoint que creé
en el vuelo de vuelta a casa mientras mi hermano dormía. No consulté a
Lex, decidido a tener mis propias conclusiones. En este momento se está
revolviendo en el asiento de enfrente. Cada vez que intenta hacerme una
pregunta, yo tengo la respuesta correcta, o al menos una que mi padre
aprueba. Siempre ha habido competencia entre nosotros y mi forma de
abordarlo no ha contribuido a mejorarla. Pero no me gusta nada que me
microgestionen y así han sido las últimas cinco semanas en las que
hemos trabajado juntos.
Mi esperanza es que este viaje al extranjero sea el último que haga
durante un tiempo y que haya hecho lo suficiente para poder pedir
hacerme cargo de algunas de las propiedades de Nueva York. Tenemos
diez, así que debería ser factible.
Cuando termina la reunión, mi padre me lleva aparte.
Realmente debería poder pedir lo que quiero. Pero primero tendré
que tantear el terreno. Mi padre siempre tiene un plan maestro, y me
preocupa que implique más viajes para mí.
Tomo asiento en uno de los sillones de su despacho y él se sienta
frente a mí, en vez de detrás de su escritorio. —Buen trabajo en Londres.
Esto es un gran elogio viniendo de mi padre. —Gracias. Fue una
buena experiencia de aprendizaje. Siento que estoy dominando el aspecto
de la renovación.
—Una vez que te hayas instalado, creo que sería buena idea que
trabajaras con el equipo de diseño en los nuevos conceptos de
construcción en Alemania.
Esto es preferible a trabajar con Lex, pero si formo parte del equipo
de diseño, es muy probable que mi padre quiera que forme parte del
equipo de construcción. Eso significa otra temporada en el extranjero,
que no es lo que quiero.
—Layla encabeza eso, ¿verdad? ¿No crees que sería mejor para mí
trabajar con Griffin en vez de eso? —Se ha estado encargando de algunos
de los hoteles de Chicago. Está mucho más cerca de casa que Alemania.
—¿Te preocupa tu capacidad de concentración cerca de Layla?
—¿Perdón? —Me paso la mano por la corbata. Layla forma parte
del equipo de diseño desde hace tiempo. Tiene una carrera increíble y
está muy centrada, así que no entiendo por qué cree que no voy a poder
trabajar con ella.
Mi padre pone los ojos en blanco. —Vamos, Bancroft. Te has
pasado los últimos siete años con un séquito de groupies corriendo detrás
de ti. Solo te recuerdo que esto es el mundo de los negocios, y que tendrás
que mantener la cabeza fría y centrada, incluso con chicas atractivas
como Layla.
—El atractivo no es el problema, papá. Jugué al rugby profesional,
no luché en una arena al estilo Espartaco. Puedo manejarme con mujeres
atractivas. Además, Layla no es mi tipo. —Hasta que lo mencionó, no me
había dado cuenta de que era atractiva. Es rubia y menuda. Yo prefiero
el pelo oscuro y una complexión atlética, como Ruby—. ¿Qué te parece
renovaciones locales? Sería bueno trabajar en algunos proyectos
directamente contigo. —La mejor forma de apelar a mi padre es a través
de su ego.
Sonríe y da golpecitos con el bolígrafo en el brazo de la silla. —Eso
ocurrirá en el futuro, cuando hayas recibido suficiente formación.
—¿No crees que me beneficiaría contar con tu experiencia? —
Intento apaciguar la frustración. No quiero cerrar puertas con él antes
incluso de haber conseguido forzar la cerradura.
—Siempre tendrás mi experiencia. Supervisaré todos los aspectos
de los proyectos en los que trabajes. Pero necesitas un buen año para
mojarte los pies y aprender los entresijos de la empresa. Quiero que te
sientas cómodo con todos los empleados de alto nivel.
—¿Cuándo empezará el proyecto en Alemania?
—A finales de otoño, si todo va bien. También querré que participes
en otros proyectos. Los hoteles de California necesitan atención y hay
propiedades en Costa Rica que nos interesan.
Está hablando de más viajes, como sabía que haría. No quiero más
viajes. Excepto que más viajes significaría que necesitaría a alguien para
quedarse y cuidar de Tiny y Francesca. Es una excusa para que Ruby se
quede más tiempo o al menos se quede en mi casa periódicamente. Si
todavía quiere. En cuanto acabe la reunión tengo que hablar con ella.
Espero que ya esté despierta.
—¿Qué pasa con las renovaciones de Nueva York?
Ya está mirando su teléfono, fingiendo revisar correos electrónicos.
Es lo que hace cuando ha terminado la discusión o quiere evitar un tema.
Por desgracia, soy su hijo y me parezco mucho a él en muchos aspectos,
así que me niego a pillar la indirecta por lo que es.
—¿No hay planes para empezarlas en el nuevo año? ¿No está Griffin
trabajando en el proyecto de renovación del local de Times Square? Ahora
que estoy aquí, él y yo podríamos trabajar juntos. El proyecto se movería
más rápido, ¿no? Podríamos empezar justo después de Año Nuevo, así no
nos perderíamos el turismo veraniego de primera y seguiríamos teniendo
el negocio de las vacaciones.
Mi padre deja de teclear un correo electrónico para mirarme.
—¿Has estado pensando en esto?
—Claro. Nueva York tiene muchas posibilidades de crecimiento. Me
encantaría participar en ese proyecto. —Me muerdo la lengua antes de
poder decir que quiero hacer de esto mi centro.
—Todavía falta. Podemos hablar de ello más tarde.
No es un no. Lo acepto.
***
Me gustaría decir que veo a Ruby cuando llego a casa. No la veo.
Le envío un mensaje preguntándole cómo le va, luego me duermo en el
sofá y arrastro el culo hasta mi dormitorio sobre la una de la madrugada.
A la mañana siguiente, cuando me despierto, no tengo respuesta.
Me debato llamando a su puerta, pero no tengo ni idea de a qué hora ha
llegado, y como no ha respondido a mi mensaje la dejo en paz, aunque
no quiero.
Mi mañana vuelve a estar llena de reuniones, discusiones sobre los
proyectos en el Reino Unido y en el extranjero, y estoy completamente
inmerso en la parte de construcción y gestión de proyectos de la empresa.
Entiendo lo que hace mi padre. No quiere que me establezca en un área
del negocio todavía, porque hay muchos aspectos, y si voy a dirigirla
conjuntamente con mis hermanos en el futuro, necesito entender todos
los aspectos. Y tengo que ser capaz de trabajar con los dos, por muy difícil
que sea.
Al mediodía todavía no sé nada de Ruby. Necesito un trago o
golpear a alguien. O hablar con Ruby. Prefiero lo segundo. Tengo una
razón decente para contactar con ella que inevitablemente obtendrá una
respuesta: El horario de alimentación de Francesca.
Ahora que estoy en casa necesitamos comunicarnos sobre ese tipo
de cosas para no sobrealimentarla. Yo tenía una rutina, pero supongo
que con los horarios extraños de Ruby ha cambiado mucho en el último
mes.
Me aseguro de que el primer mensaje que envío sea lo bastante
enrevesado como para que ella necesite una explicación para entender
exactamente a qué me refiero.
Y funciona. Su respuesta llega unos minutos más tarde en forma
de varios signos de interrogación.
Cierro la puerta del despacho y pulso el botón de videollamada.
Ruby contesta al tercer timbrazo.
—Hola. —Su voz es grave y áspera.
Pero no la miro a ella, sino al techo de su habitación. —¿Te
desperté?
—Sí, pero necesitaba levantarme. ¿Qué sucede? El mensaje de
texto era peor que tu letra. No tenía sentido.
—Lo siento. Me di cuenta de que con mi regreso el horario de
alimentación de Francesca podría estar un poco fuera de control. Pensé
que sería más fácil hablar de ello.
Oigo abrirse un cajón. Es un poco chirriante. —Nunca pensé en
eso. La he estado alimentando como siempre. ¿No debería? ¿Quieres ser
tú quien lo haga?
—¿Por qué no lo mantenemos como está hasta que tengamos la
oportunidad de reunirnos?
—Está bien. Puedo hacer eso.
Sigo mirando al techo y puedo escuchar el golpeteo de los pies y un
crujido. —¿Qué estás haciendo?
—Me estoy vistiendo.
—¿Respondiste el teléfono desnuda?
Se escucha movimiento y de repente estoy viendo la ceja arqueada
de Ruby. —¿De verdad me estás preguntando eso?
Lucho contra la sonrisa que está intentando aparecer en mi cara.
—Es una pregunta legítima.
Apoya el teléfono en la cómoda, desde donde veo la habitación.
—Sabes, ahora puedes llamarme sin el componente de vídeo, como
hace la gente normal.
—Es una costumbre. Me gusta verte. —Y sentirte, como lo hice en
mi cama la otra noche, pero estoy llegando a eso.
—Soy tan atractiva cuando estoy medio dormida.
Y me ha dado la excusa perfecta. —Hablando de estar medio
dormido, ¿quieres hablar de lo que pasó la otra noche?
Su mirada se desvía y se entretiene con algo fuera de mi campo de
visión, así que solo le miro la barbilla. —Lo siento. ¿La otra noche? —Su
voz es sorprendentemente equilibrada.
—¿Vamos a fingir que no pasó?
—¿A fingir que qué cosa no pasó? —Sigue sin mirarme a los ojos.
—Tú. En mi cama.
Arruga la frente. —¿Quieres decir mientras estabas fuera? Te dije
que me quedé dormida ahí un par de veces. Cambié las sábanas antes de
que llegaras. Si era para tanto deberías haber dicho algo.
—Hablo de ti en mi cama conmigo dentro.
Ella parpadea un par de veces. No revela nada. Una sonrisa pícara
se dibuja en su cara y su voz se convierte en un susurro sensual. Se pasa
un dedo por el cuello. Sigo el movimiento, esperando que baje hasta el
pecho que le acaricié no hace mucho. —¿Has estado soñando conmigo,
Bane?
Vuelvo a mirarla a la cara. La respuesta a esa pregunta es sí. Llevo
varias semanas soñando con ella sin parar. —Estuviste en mi cama la
otra noche.
Se ríe. —¿En serio?
Ahora me toca a mí fruncir el ceño. Es imposible que haya soñado
eso. Fue demasiado visceral. Un golpe en la puerta de mi despacho me
impide hacer más preguntas y probar que no estoy perdiendo la cabeza
por esta mujer. Griffin le da golpecitos a su reloj a través de la pared de
cristal. Reviso la hora. Mierda. Tengo una reunión en cinco minutos.
—Tengo que irme.
—¿Tengo que alimentar a Francesca?
—Lo hice esta mañana. Solo necesita un poco de juego.
—Adoro jugar. —Su sonrisa es pura maldad sexual justo antes de
que la pantalla se apague.
Parece que el coqueteo por vídeo sigue en marcha. Tengo que hacer
algunos arreglos creativos en mis pantalones antes de levantarme de la
silla.
Agarro el portátil, el bloc de notas y la carpeta de archivos y los
mantengo a la altura de la cintura. Hacía mucho tiempo que no tenía que
escudarme un asunto en los pantalones.
***
El sábado voy a la oficina y el domingo trabajo desde casa. Me
levanto temprano, porque soy incapaz de dormir hasta tarde, y salgo a
correr en la cinta. A las nueve ya me he duchado y sigue sin haber señales
de vida en la habitación de Ruby. Solo sé que está en casa porque sus
zapatos están junto a la puerta.
Me siento frente al ordenador con un café y abro mis archivos de
investigación. Las últimas semanas han sido agotadoras mentalmente.
Empiezo a acostumbrarme a utilizar mi cerebro con este tipo de fines
analíticos, pero ha sido una adaptación. Estoy rodeado de diagramas
circulares y gráficos. El análisis comparativo de datos nunca fue mi parte
favorita del marketing, pero aprendí a ser bueno en ello.
Es mediodía cuando oigo movimiento en la cocina. Le siguen
murmullos y el sonido de la puerta de la nevera al abrirse. Me quedo
donde estoy, escuchando a hurtadillas.
Debatiéndome si debo mostrarme, oigo un gran bostezo y el
golpeteo de sus pies en el suelo.
—Buenos días, Tiny —dice, y después lo sigue con—: Buenos días,
guapo.
Creo que me está hablando a mí, pero cuando giro en mi silla
descubro que está delante de la ostentosa foto que tengo en la pared en
la que marqué un gol en el partido del campeonato del año pasado. Esa
foto se tomó unos diez minutos antes de que me reventara la rodilla.
Ruby mira fijamente la imagen. Da un sorbo a su vaso. —¿Por qué
no estás sin camiseta?
—Si estuviera sin camiseta nadie sabría qué número soy —le
respondo.
Ruby se sobresalta con un grito ahogado y el vaso se le resbala de
los dedos. Cae al suelo y se hace añicos a sus pies, el jugo de naranja y
los fragmentos forman un peligroso foso a su alrededor.
Me levanto de la silla. —Mierda. Lo siento, no te muevas. No te
muevas.
Su cara es del color de mi camiseta de rugby en la foto, pero hace
lo que le pido y se queda donde está. Esquivo el desorden del suelo y me
dirijo a la puerta principal, metiendo los pies en el primer par de zapatos
que encuentro. Vuelvo al lugar donde Ruby continúa de pie, una joya
preciosa y avergonzada en medio de un charco de cristal y jugo de
naranja.
—Vamos a sacarte de la zona de peligro. —Le rodeo la cintura con
las manos y la levanto. Me agarra de los hombros y se inclina hacia mí,
apretando su pecho contra el mío—. No quería asustarte. —La dejo en el
suelo, pero me cuesta soltarla.
—No sabía que estabas aquí. —No puede mirarme a los ojos. Sus
manos se deslizan por mi pecho y me empuja hacia atrás—. Déjame traer
una escoba y una fregona para limpiar esto.
—Yo voy. No vas a andar por ahí sin zapatos. —Finalmente la suelto
para poder ocuparme del problema que hay en medio del suelo. Menos
mal que Francesca está durmiendo en su jaula. Bueno, ya no duerme,
pero al menos está a salvo.
Ruby parece darse cuenta de que tengo razón y se queda quieta
mientras cojo toallas y un cubo de basura.
—¿Puedes pasarme mis sandalias, por favor?
Se las paso y nos ocupamos del desastre en silencio. Una vez que
el jugo está limpio y los trozos de los cristales controlados, Ruby saca la
aspiradora, mientras yo saco la fregona y lleno un cubo con agua
jabonosa.
—Siento mucho todo esto. Creía que estaba sola —murmura, aún
avergonzada, mientras vuelve a enrollar el cable de la aspiradora.
—Me lo imaginé cuando empezaste a hablarle a mi póster como si
fuera a responderte.
Hace una mueca y me mira mal. —Gracias por dejarlo pasar.
—¿Te sentirías mejor si me quitara la camiseta?
—Me vuelvo a la cama. —Se da la vuelta para irse, pero la agarro
de la muñeca y la detengo. No sé qué ha pasado desde que volví de
Londres, pero no me gusta la incomodidad que hay entre nosotros.
—Espera. Espera. Ya paro. Ven a comer algo conmigo.
—Tengo que prepararme para el ensayo.
—¿A qué hora tienes que estar allí? Puedo llevarte. Ven a sentarte
conmigo. Tienes que comer antes de ir, ¿verdad? Vamos a almorzar. —
Mierda. Sueno jodidamente desesperado ahora mismo. Tal vez porque lo
estoy—. No te he visto desde que volví, Ruby. Es como si me estuvieras
evitando.
Sus ojos caen.
—¿Me evitas?
Mueve sus dedos. Esta no es la Ruby a la que estoy acostumbrado.
—He estado trabajando, y tú también.
—¿Es por lo que pasó la otra noche? ¿Que terminaras en mi cama?
—En realidad no estaba despierta.
—Entonces lo admites. —Gracias a Dios. Pensé que estaba
perdiendo la maldita cabeza.
Eso me consigue una mirada molesta, que me gusta mucho más
que esta repentina inseguridad. —¿Vas en serio con esto?
—Me has hecho cuestionarme si me imaginaba cosas o no. Sabía
que era demasiado visceral para ser un sueño.
Ruby frunce los labios. —¿Ahora también me vas a regañar por
esto? Fue un accidente.
—Eres más que bienvenida a tener más accidentes como ese
cuando quieras.
Se queda con la boca abierta. Quiero cerrar el espacio entre
nosotros. Quiero meterle el pulgar en la boca y sentir cómo sus labios se
cierran a su alrededor. Quiero saber si va a chupar o morder, pero tengo
la sensación de que si lo hago, voy a crear más distancia en lugar de
menos.
—¡Pues no habría pasado si hubieras sido tan listo como para
cerrar la puerta! —me responde.
—¿Como tú has estado cerrando la tuya?
Parpadea. —¿Por qué estás tratando de entrar en mi habitación
cuando estoy durmiendo?
—Porque me has estado evitando.
—¡No lo he hecho!
—Sí.
Pone los puños en las caderas. —¿Esto es una pelea de infantes?
¿Vas a sacarme la lengua y a decirme na-na-na-na-na?
No puedo ni quiero contener la sonrisa. Veo que intenta mantener
la compostura, pero no lo consigue. Su sonrisa es exactamente lo que
necesito ver.
—Te he echado de menos esta semana. —La tomo de la mano y tiro
de ella hacia la cocina—. Ven a pasar un rato conmigo antes de que
tengas que irte.
Sus dedos rodean los míos y los aprieto un segundo. —De acuerdo.
***
El viernes siguiente, Armstrong, su amigo Drew, un chico que no
conozco y que no sé si me gusta, y mis hermanos me siguen por el pasillo
hasta mi piso. Hacía mucho tiempo que no invitaba a los chicos a ver un
partido, y no estoy seguro de que vaya a ir bien con la forma en que Lex
sigue haciendo comentarios sarcásticos a Armstrong cada vez que puede.
Esos dos son competitivos, particularmente cuando se trata de mujeres,
y nunca entendí por qué.
Pero esta noche, como Ruby estará fuera hasta quién sabe qué
hora, pensé que sería bueno para mí hacer algo que no fuera esperar a
que volviera a casa. Está empezando a ser un problema. Bueno, ha sido
un problema por un tiempo, pero está empeorando. Desde la noche que
terminó en mi cama.
Me gustaría decir que he encontrado una manera de manejar esta
situación, pero no lo he hecho. Ruby tiene un horario opuesto al mío, así
que casi nunca estamos en casa a la misma hora y yo he estado en la
oficina hasta tarde casi todos los días de esta semana, así que no nos
hemos visto mucho y cuando lo hacemos ella siempre se escabulle como
si la pusiera nerviosa. Incluso las bromas cargadas de insinuaciones han
muerto desde mi regreso. No puedo acorralarla el tiempo suficiente para
averiguar qué demonios está pasando.
Esta noche no hay tensión sexual que soportar porque Ruby está
trabajando. Mantengo mi pulgar en el censor, esperando que mi huella
se registre. Hay una breve pausa en el monólogo de Armstrong y se oye
el sonido de los bajos. Vibra a través de mis pies y mi mano mientras giro
el mando. Quizá Ruby se haya dejado la televisión encendida, o el equipo
de música.
Ninguna de las dos hipótesis es correcta, descubro, en cuanto abro
la puerta.
La visión que me recibe se almacena inmediatamente en la cámara
acorazada de mi cabeza etiquetada como “Masturbaciones”. En medio de
mi salón hay cinco mujeres. Cinco mujeres escasamente vestidas, con
tacones, con sus culos de cara a la puerta.
Distingo el de Ruby inmediatamente. Está en el extremo derecho.
La más cercana a mí. Lleva mis putos pantalones cortos favoritos.
—¿Es una fiesta de despedida sorpresa? ¿Me compraste strippers?
—Armstrong suena demasiado emocionado por esto.
—No son strippers —digo.
Pero la forma en que se mueven estas mujeres, el balanceo de las
caderas y el meneo de sus culos me hace cuestionar si lo que acabo de
decir es cierto o no.
Hacen algún tipo de giro obsceno, hasta que se encuentran frente
a la puerta. Están tan absortas en la rutina sincronizada y siguiendo a
la que se halla en el medio, que grita instrucciones, que no nos notan de
inmediato. Mi atención se centra únicamente en Ruby y en la forma en
que su pierna hace este molinete, seguida de una patada en la que se
agarra su tobillo, mientras se encuentra al lado de su oreja.
Ese nivel de flexibilidad será fantástico en la cama. Cuando la
regrese a la mía. Me gustaría que fuera ahora mismo.
—Conozco a la de la orilla. —Drew señala a Ruby.
Cuando suelta la pierna me nota, y al resto de los chicos de pie en
la puerta.
Su boca perfecta y carnosa forma las palabras “oh, mierda”, pero
no puedo escucharlas porque la música es muy alta. Tropieza un poco,
sus ojos se ensanchan. Corre, en tacones que parecen muy peligrosos,
por la habitación y detiene la música.
—¿Qué haces? —grita la mujer del centro—. Estamos en la mitad...
Ruby la interrumpe, con los ojos puestos en mí. —Pensé que salías
esta noche.
—Pensé que habías dicho que salías —respondo. Mi voz es baja y
áspera.
—Dijiste que verías el partido con los chicos. —La de Ruby es
atípicamente alta.
—Eso hago. Dijiste que tenías un ensayo.
—Lo tengo. Lo tenemos. Lo siento mucho. Cuando dijiste que verías
el partido, pensé que te referías en un bar, no aquí. —Ruby se encuentra
un poco sudada, tiene el flequillo húmedo y pegado a su frente. Hay un
brillo en su piel y sus mejillas están enrojecidas. Es muy similar a cómo
me imagino que podría verse cuando la estoy haciendo acabar, fuerte y
repetidamente.
Y lleva tan poca ropa que es fácil imaginarse un acontecimiento así.
Combinó sus diminutos pantalones cortos con un sujetador deportivo.
Sus abdominales se ven increíbles. Toda ella se ve increíble. Sin embargo,
el sujetador no es uno de esos que reducen el pecho a un estado de uni-
boob. Es de tiras y sexy y parece un poco complicado de quitar, como algo
que podría romper accidentalmente en mi afán por desnudarla. Lo cual
estoy muy interesado en hacer ahora mismo.
—¿Ruby? —La voz de Drew hace que dejemos de mirarnos y nos
dirijamos a él.
Sus ojos se ensanchan. —¿Drew?
—¿Se conocen? —pregunto. En realidad, creo que puede ser más
un gruñido.
Ruby parpadea de nuevo hacia mí y luego se aparta otra vez.
—Vaya. —Los ojos de Drew se deslizan sobre su complexión de un
modo que parece demasiado familiar—. Ha pasado un tiempo. Has
engordado bien.
Ruby alza una ceja. —¿Engordado?
—¿Cómo se conocen? —pregunto de nuevo; definitivamente ahora
es un gruñido completo.
—Salimos hace un par de años —dice Drew distraídamente, todavía
mirando a Ruby. Tiene una mirada en su cara que hace preguntarme si
sabe cómo se ve ella sin ropa.
Basado en el color de las mejillas de Ruby, tengo la sensación de
que en realidad podría ser la desafortunada realidad. —Una vez. No fue
la gran cosa —replica.
—Debería tener tu número de nuevo —sugiere Drew.
Los labios de Ruby se curvan. —Uh, no gracias. Recuerdo muy
claramente cómo terminó la última cita. Estoy bastante segura de que no
me interesa una repetición de esos tres mediocres minutos.
—¡Oh, chócalas! —dice una de las chicas detrás de Ruby y las otras
comienzan a reírse.
Yo, por otro lado, quiero arrancarle la cabeza a Drew y batearla
desde el techo de mi edificio.
—Veo que tu personalidad ganadora no ha cambiado mucho —
responde Drew.
—Veo que tu cabello te odió lo suficiente como para comenzar a
migrar por tu cuerpo —replica Ruby.
En realidad, es un insulto bastante decente. Lexington se ríe.
Drew se pasa una mano acomplejada por el cabello. —Golfa y
maliciosa, ahora recuerdo por qué no te volví a llamar.
Ruby se lanza contra Drew. La agarro por la cintura y le da una
patada que no acierta en los huevos. Casi desearía que hubiera dado en
el blanco.
Apunto un dedo justo en la cara de Drew. —Cuida tu maldita boca
si quieres que tus dientes se queden dónde están.
—Oh, mierda. ¿Es tu novia? —pregunta Drew.
Ruby coloca una mano en mi pecho y empuja, tratando de
liberarse. —Bájame, Tarzán.
—Lamento haberle dicho… esas cosas. —Drew se ve un poco mal,
posiblemente porque lo sobrepaso por al menos veintitrés kilos y, a
diferencia de él, no tengo miedo de que me golpeen en la cara.
Pongo a Ruby en el suelo y se endereza, apoyando un puño en su
cadera. —Estoy aquí, imbécil, si vas a disculparte con alguien por los
insultos, más te vale que sea a mí.
Sus pantaloncitos vuelven a estar torcidos, con un lado levantado
para que su nalga quede a la vista. Parece que siempre es la derecha.
Alargo la mano y deslizo el dedo por debajo de la tela, poniéndola en su
sitio.
Salta y aparta mi mano. —¿Qué haces?
—Solo te cubro, nena.
Me mira fijamente. Es una mirada sexy en ella.
—Tal vez deberíamos ir a un bar, a menos que... —Griffin se retira.
Su expresión refleja su incomodidad con la situación actual.
—Tenemos que irnos pronto de todos modos. —Ruby se gira para
mirar a las chicas. No puedo dejar de notar que los ojos de Drew, junto
con los de todos los demás, incluido Armstrong, caen sobre su culo—. Lo
siento, chicas. Solo tomaré mis cosas.
—Damas, no tienen que salir apresuradas de aquí. Estamos más
que felices de compartir el espacio —dice Lex.
Me resisto a poner los ojos en blanco. Todas se limitan a mirarlo
mientras se ponen camisetas ajustadas sobre la cabeza y agarran sus
bolsos del sofá. La más alta de las chicas se acerca, moviendo las caderas
con fuerza mientras nos mira. Su mirada se posa en mí.
—Tú debes ser Bancroft.
—Lo soy. ¿Y tú eres?
—Diva. Perdón por la confusión. Gracias por dejarnos usar tu
espacio. Chicos, deberían venir a vernos más tarde. —Mira a Drew—.
Excepto tú, si se puede. —Rebusca en su bolso y saca una tarjeta,
entregándomela a mí—. Continuamos a las diez. Ruby tiene su solo a las
once.
—Gracias, veré lo que puedo hacer. —Guardo la tarjeta sin mirarla.
No sé si quiero que estos tipos miren a Ruby moviéndose así. Mucho
menos este tipo Drew, que aparentemente ya tuvo el placer de conocer
cómo se siente Ruby desde adentro. Hijo de puta.
Ruby aparece unos segundos más tarde, con una sudadera de gran
tamaño colgando de un hombro, que casi le cubre por completo los
pantalones cortos, y su bolso al hombro. Los tacones han desaparecido
y han sido sustituidos por unos zapatos planos.
—Lamento haberlo malinterpretado —me dice, y luego se gira hacia
Drew—. Siento la necesidad de ser completamente sincera contigo. Si me
hubieses vuelto a llamar para otro “encuentro” —hace comillas—, no hay
ninguna posibilidad de que lo hubiera considerado teniendo en cuenta tu
rendimiento altamente inadecuado la primera vez. Fue como tener sexo
con un martillo neumático. —Lo pasa, el resto de las chicas la siguen,
cada una de ellas le da a Drew una mirada de odio en el camino.
La que se llama Diva le guiña un ojo a Armstrong y él le devuelve
el guiño.
El sonido de los ladridos me hace estremecer. La señora Blackwood
está de pie en el pasillo con Preciosa acunada protectoramente en sus
brazos. Sus ojos se abren al máximo y su boca es un tajo rojo y plano.
Parece totalmente escandalizada cuando la que se hace llamar Diva se
acerca a ella y le da un golpecito a Preciosa en la nariz mientras gruñe.
En tanto las chicas recorren el pasillo, se vuelve hacia mí. —No me
di cuenta de que habías regresado, Bancroft. ¿Son esas… —parece que
lucha por encontrar la palabra correcta—, amigas tuyas?
—Regresé la semana pasada. Son amigas de Ruby. —Ante su
mirada interrogativa, le refresco la memoria—: Cuidaba mi casa en mi
ausencia. ¿Recuerda?
—Oh. Sí. Por supuesto. ¿Pero todavía está aquí?
—Desde luego.
—Bueno, espero que sus amigas no causen problemas.
Le lanzo una sonrisa y guiño. —No se preocupe, señora Blackwood.
Sé cómo manejar los problemas.
Tan pronto como la puerta se cierra, Lex suelta un silbido. —Ya sé
por qué dejaste que se mudara aquí. Esa chica es ardiente.
—No la dejé mudarse porque sea ardiente. Necesitaba a alguien que
cuidara a Francesca y Tiny.
Armstrong resopla.
—Eso es una mentira, hermano. —Lex señala su entrepierna—.
Seguro que la dejaría jugar con mi hurón.
Me pongo de pie en su espacio. —Mantén a tu maldito hurón lejos
a menos que quieras perderlo.
Me da una de sus sonrisas de sabelotodo. —Bueno, esto lo explica
todo.
—¿De qué hablas?
—Londres, tonto. Rechazabas las ofertas de llaves de habitación
cuando estábamos en el bar del hotel. Siempre queriendo volver a tu
habitación temprano. Todas las llamadas telefónicas que no te podías
perder. Tienes que estar follándotela.
—Yo me follé eso —dice Drew.
Está casi burlándose hasta que me doy la vuelta y apunto un dedo
en su cara. —En serio, tienes que cerrar la boca a menos que quieras
saber cómo se siente una nariz rota.
Asiente. —Cerrándola.
—Te estás follando eso, ¿verdad? —pregunta Lex de nuevo. No sé
por qué insiste en tener esta información.
Le doy una mirada. —Ruby no es eso, y no me estoy acostando con
ella. —Todavía
Me mira boquiabierto. —En serio, Bane, tenemos que sentarnos y
hablar. ¿Cómo diablos no estás follándola? ¿Viste lo que puede hacer con
su pierna? ¿Viste su trasero? —Levanta sus manos como si lo estuviera
agarrando. Su expresión facial no tendría precio si no estuviera hablando
de Ruby. Sus ojos se iluminan—. Vamos a ir a ver su espectáculo esta
noche, ¿verdad?
Deslizo la tarjeta de mi bolsillo trasero y la escaneo. La dirección se
encuentra en la parte inferior.
Griffin mira por encima de mi hombro.
—Pensé que habías dicho que Ruby hacía teatro.
—Eso es.
—Pero eso...
Le doy un codazo en las costillas. La tarjeta no es para una cena
de teatro, es un espectáculo burlesco.
—Así que... ¿quieren que vayamos a mi casa para ver el partido? —
pregunta Griffin.
—Probablemente es una buena idea. —No hay ninguna posibilidad
de que alguien más vaya a ver el espectáculo de Ruby.
17
Traducido por Gesi, Beatrix & Auris
Corregido por Elizabeth.d13
Estoy tan avergonzada. Y molesta. Y avergonzada. ¿Qué hace Drew
pasando el rato con Bane? Quiero decir, supongo que no es tan difícil de
creer considerando que a todas las personas súper ricas en esta ciudad
les gusta estar cerca las unas de las otras. Es como el incesto de la
riqueza.
Estoy de muy mal humor mientras me pongo mi traje. Es hermoso,
puro, transparente y fluido. Es revelador, lo cual no es inusual para un
espectáculo de estilo burlesco, pero habiendo visto la forma en que Drew
me miraba (como si fuera un pedazo de carne en el que le gustaría hundir
nuevamente sus dientes) me hace aún más consciente de que el trabajo
que tengo no es realmente uno que pueda mantener a largo plazo.
He perdido muchas inhibiciones en las semanas que llevo
trabajando aquí. De alguna forma ha sido bueno para mí. Pero el secreto
me está carcomiendo.
Diva está sentada a mi lado, aplicándose maquillaje, igual que yo.
Se pone una generosa cantidad de brillo labial por su labio inferior, luego
lo frota con polvo, y sigue con el delineado. Repite el proceso tres veces.
Sus labios siempre lucen fabulosos. Con estas mujeres aprendo todos los
mejores trucos. Sin embargo, el que menos me gusta es el brillo. Se mete
en todos lados, y me refiero a todo. Todo el tiempo.
—¿Cuáles crees que son las probabilidades de que me consigas el
número de alguno de esos chicos?
Dejo de aplicarme la máscara para pestañas y la miro. —No sé si
quieres salir con alguno de esos tipos. Excepto, tal vez, Bancroft, pero él
está fuera de los límites.
—No quiero salir con ninguno. Quiero hacer que se enamoren de
mi coño para que me compren cosas lindas. Y no te preocupes, niña,
estuvo claro en el segundo en que ese hombre entró por la puerta que
está loco por ti.
—¿Qué quieres decir? —Las cosas no son lo mismo desde que
regresó de Londres. Es mi culpa que sea así. Estoy muy conflictuada. Lo
quiero, pero no quiero sentirme como una de sus mascotas, otra cosa de
la que tenga que hacerse cargo. Y cuando estoy cerca de él me cuesta
mucho recordarlo, así que he estado evitándolo, lo que claramente no ha
ayudado en absoluto.
Resopla. —Me sorprende que no te haya lanzado sobre su hombro
al estilo hombre de las cavernas y llevado a su habitación en cuanto
entró. ¿Qué tan increíble es en la cama?
—No tengo idea.
Ahora es su turno de hacer una pausa en la aplicación del
maquillaje. —Lo siento. ¿Puedes repetir eso?
—No nos estamos acostando.
—Bueno, apuesto que eso cambiará una vez que te vea sacudirte.
—Tal vez debería practicar la rutina de mi solo mientras mira un
partido la próxima semana. —Resoplo ante la idea, luego pienso en cómo
me miraba esta noche.
—No creo que tengas que esperar tanto.
—¿Por qué lo dices?
Se ajusta su tiara, luego saca su polvo brillante. —Le dije a él y a
sus amigos que deberían venir esta noche.
—¿Hiciste qué?
Me da una de sus miradas de “cálmate ya”. —Chica, ese hombre se
volverá loco cuando te vea allá arriba.
No puedo decirle que Bancroft no sabe acerca de la realidad de mi
trabajo. Ella me agrada. Me agradan todas mis colegas. Son mucho más
genuinas que muchas de las chicas con las que crecí o con las que me
veo obligada a enfrentarme en los eventos sociales. Invitarlas a la casa de
Bancroft para ensayar fue un gran inconveniente. Les expliqué que solo
era temporal, que él era el amigo de una amiga que necesitaba una mano,
bla, bla, bla. No necesitaba una historia elaborada, solo una convincente.
Lo único que les importó fue el increíble espacio en el que podíamos
ensayar sin que oliera a cerveza y sexo.
Pero ahora, mientras estoy aquí sentada, tengo que aceptar el
hecho de que le he estado mintiendo a todos: a estas chicas que en las
últimas semanas se han convertido en mis amigas. A mi mejor amiga, al
hombre en cuyo condominio me he estado quedando durante un mes y
quien no ha sido más que generoso. El hombre en cuya cama dormí. El
hombre con el que me gustaría dormir a diario.
Dios. Quiero que sea mi novio o mi amigo que también comparte
su pene conmigo regularmente, incluso a diario. En las últimas semanas
ha empezado a gustarme de verdad. Mucho. Más que mucho, incluso. Y
ahora sabrá que le he estado mintiendo.
Si no viniera de una familia con un montón de dinero, esto quizás
no sería un gran problema. Pero lo hago, así que lo es. Más que eso, lo
he mantenido en secreto porque una parte de mí está avergonzada. No
debería estarlo. Son buenas mujeres, que trabajan duro.
Y ahora Bancroft va a verme en ese escenario. Y tal vez Armstrong.
Y ese imbécil inadecuadamente dotado, Drew. A menos que Bancroft le
haya dado un puñetazo. Eso estaría bien.
Tomo mi teléfono y le envío un mensaje a Bancroft:
NO VENGAS ESTA NOCHE.
En menos de un minuto recibo una respuesta. Es una foto de la
tarjeta del club seguido del mensaje:
Esto no se parece a un café-teatro.
Casi puedo oír su desaprobación. Maldición. No necesito su juicio.
Ya tengo suficiente con el mío.
Bien hecho, Sherlock.
El siguiente mensaje que recibo es una cara con el ceño fruncido.
El que le sigue hace que mi estómago caiga en picada hacia el piso.
Te veo pronto.
—Mierda.
—¿Qué sucede? —pregunta Diva, claramente ajena a mi difícil
situación. Porque es otra persona a la que le he estado ocultando la
verdad. Soy una persona terrible. También estoy enloqueciendo.
—Bancroft viene esta noche.
—Ojalá que no sea el único. —Guiña un ojo—. Estarás magnifica
ahí afuera, Ruby, siempre lo estás. Te mueves como un sueño.
Está destinado a hacerme sentir mejor. Cree que estoy nerviosa. Y
lo estoy, pero no por las razones que supone.
—Vamos, tenemos que estar en el escenario en diez. —Me da una
palmadita en el hombro.
Le envío un último mensaje a Bancroft, pero no me responde. Tengo
un nudo en el estómago. Esto está tan mal. No necesito esto ahora. Pero
va a ocurrir. Voy a tener que lidiar con esto. Voy a tener que lidiar con
un montón de cosas, al parecer.
Termino de arreglarme y me preparo para que me llueva el juicio.
Sin embargo, Diva tiene razón. Soy muy buena en esto. Siempre he
interpretado papeles bastante aburridos. Mi baile siempre ha sido más
jazz-ballet clásico que esta cosa sexy contemporánea que he tenido que
aprender en poco tiempo. Aunque esto esté muy lejos de Broadway, ha
sido una experiencia inolvidable.
Nos encontramos a mitad de la primera actuación cuando lo veo.
Es imposible perdérselo. Empequeñece a los porteros que comprueban a
la gente en la entrada. Todas las mesas ya están ocupadas, así que está
apoyado contra la pared en el fondo de la sala con los brazos cruzados
sobre el pecho. Está muy enojado. Y sexy. Y enojado. Guau, ¿alguna vez
ha estado tan enojado?
Y su enojo me enfurece. No tiene derecho a estar enojado conmigo
por este trabajo. Puede meterse sus ojos juiciosos en su bochornoso y
apretado trasero. Espera… eso suena mal.
La actuación termina, tengo el tiempo suficiente para un rápido
cambio de vestuario. Mi solo es diferente. Es un poco menos obsceno y
un poco más en la línea clásica en la que me formé. Pero sigue siendo
sexy, gracias al ridículo y escaso, pero elegante y artístico traje que llevo.
Bancroft sigue en el mismo lugar cuando me subo al escenario para
mi solo. No puede verme, porque el escenario está oscuro, pero yo puedo
verlo. Sigue mirando hacia la derecha, hacia la puerta que conduce a los
vestidores y el detrás de escena.
Y entonces las luces se encienden y su mirada se enfoca de repente
en mí. No puedo mirarlo. Estoy muy nerviosa. Se siente como la primera
vez que actué. Recuerdo las mariposas. Recuerdo vomitar después del
primer acto, y el segundo. Ahora se siente un poco así. Será mejor que
no vomite. Necesito este trabajo.
Son los cuatro minutos y treinta y siete segundos más largos de mi
vida. Generalmente los aplausos hacen que mi sonrisa sea genuina.
Estoy mirando a la multitud y tengo una sonrisa pegada en mi rostro,
pero es forzada.
Bancroft aplaude, lento y constante, pero su expresión es oscura.
No sé qué significa. ¿Me estará esperando cuando salga? ¿Cambiará el
código y me echará? El segundo pensamiento es bastante fatalista de mi
parte. Realmente no tiene ninguna razón para una reacción tan fuerte.
Puede estar molesto porque mentí. Puede juzgarme por mi elección, pero
al menos no he cedido y me he ido a casa con papá. Todavía.
Dottie me detiene en mi camino a los camerinos. —Hay un tipo que
te está buscando, dice que es tu compañero de habitación y que está aquí
para recogerte, pero no puede esperar mucho. Solo quería asegurarme de
que no fueran un montón de tonterías y no sea un acosador.
—¿Alto, con cabello oscuro, más grande que los gorilas y muy
apuesto?
—Ese mismo.
—Saldré en cinco minutos. ¿Puede esperarme en la entrada de los
empleados?
—Si es ahí donde lo quieres. No parece feliz.
—Me imagino. No tardaré. —Ni siquiera me molesto en quitarme el
traje. Agarro mis mudas de ropa, las meto en mi bolso, me pongo un
cárdigan de gran tamaño y me dejo el maquillaje. Me ocuparé de eso
cuando llegue a casa, después de desquitarme con Bancroft por ser un
idiota que juzga.
Está parado en la entrada del club, se ve incómodo. Cuando me ve,
sus ojos se mueven sobre mí, pero no consigo una sonrisa. Todo lo que
obtengo es una mirada fría. —¿Lista para ir a casa?
No digo nada. En cambio, paso a su lado con la cabeza en alto
mientras se me revuelve el estómago. Cuando llego a la parte superior de
las escaleras, me doy cuenta de que no tengo idea de dónde estacionó,
por lo que me veo obligada a detener mi pavoneo altanero y esperar.
Dulce Señor. Se ve delicioso. Lleva un par de pantalones de vestir
oscuros y una camisa en el mismo tono. Tiene desabrochada la parte del
cuello. Está muy Johnny Cash ahora mismo, incluso su expresión es
angustiosa. Y atractiva. Desearía no estar preparándome para enojarme
con él para poder apreciarlo completamente.
Apenas me mira cuando gira a la izquierda y lo sigo por la calle.
Camina rápido. No me cambié mis tacones a zapatos planos. Soy muy
buena sobre ellos, pero está oscuro y no puedo ver lo suficientemente
bien los baches y las grietas en la acera como para sentirme segura a esta
velocidad.
—¿Podrías ir más lento? No estamos corriendo una maratón.
Se da la vuelta y casi me estrello en su contra. Tal como está, tengo
que extender las manos para evitar plantar mi rostro en su pecho. Sus
manos están apretadas en puños. Sus fosas nasales flamean. Su pecho
está agitado. Y todo lo que quiero hacer es arrancarle la ropa y montarlo
como un toro de rodeo. Lástima que no es probable que suceda.
Su mejilla izquierda tiene un espasmo. —No parecías tener
problemas con esos zapatos cuando estabas en el escenario.
—Es una superficie plana y uniforme. —Hago un gesto hacia la
acera—. Esto no lo es.
—¿Quieres que te lleve?
—No estoy vestida para un paseo sobre tus hombros —digo.
Su mirada se mueve oscuramente sobre mí. —No, desde luego que
no.
Con eso da un paso adelante, se arrodilla y me rodea con un brazo
la parte superior de los muslos, tan arriba que su pulgar está a punto de
rozar partes de mí que probablemente no quiera rozar con lo enfadado
que está.
—¿Qué haces?
—Te llevo a casa. —Y con eso se para.
Ahora bien, si no fuera una bailarina entrenada con abdominales
increíblemente fuertes probablemente me caería, porque este es su plan:
llevarme lejos como un hombre de las cavernas. Justo como Diva dijo que
quería. Me pregunto si será vidente.
—¿Estás bromeando? —me quejo, furiosa. Estoy peligrosamente
cerca de dejar caer mi bolso. Considero la posibilidad de golpearlo con él,
pero si me deja caer es un largo camino hacia abajo. No puedo permitirme
un esguince de tobillo. Y los moratones son difíciles de cubrir con
maquillaje. Dejo que se deslice por mi hombro y le golpeo en el trasero.
Si me relajo y dejo que me tire esa mierda de cromañón, puede que mi
cara le dé en el culo, pero entonces le estaría dando lo que quiere, que
es... bueno, no lo sé exactamente, aparte de meterme en su camión. Y,
probablemente, ser honrado conmigo.
Me mantengo erguida, presionando mucho su hombro con el dorso
de la mano para mantener esta posición antinatural. Nos cruzamos con
media docena de parejas de camino al coche. Bancroft se muestra muy
amable con ellas, les pregunta qué tal la velada, les desea una buena
noche, comenta el tiempo que hace. Y todo el tiempo su pulgar permanece
inquietantemente cerca de mis partes femeninas, que no parecen
reconocer que es probable que esta situación no conduzca a cosas
divertidas.
Menos de un minuto después, me lleva por un aparcamiento. Es
dudoso, como el resto del barrio, pero hay un vigilante. Nos observa
fijamente mientras pasamos. Bancroft levanta la mano y yo pongo los
ojos en blanco.
Me molesta un poco que ninguna de las personas con las que nos
hemos cruzado me haya preguntado si estoy bien. Que Bancroft sea
guapo y esté bien vestido no significa que no me esté secuestrando.
Supongo que si me resistiera más, ayudaría.
Me deja junto a su camioneta. Suena un pitido y las luces
parpadean; me rodea para abrir la puerta. Estoy de cara a él, así que me
da en el trasero.
Cruzo los brazos sobre mi pecho. —Eso fue completamente
innecesario.
—Estoy en desacuerdo. ¿Te gustaría subir a la camioneta ahora,
Ruby?
—No particularmente, no.
Bancroft me da una sonrisa tensa.
—¿Podrías entrar antes de que un grupo de matones se acerque y
trate de robarte?
—Nadie me va a robar.
Él se acerca bastante. —Si yo fuera un matón, te robaría.
Bueno, eso es un poco desconcertante. —¿Por qué alguien querría
robarme?
—¿Podrías entrar en la camioneta de una vez?
Odio cuando la gente responde a preguntas con más preguntas. La
evasión es molesta. Como si tuviera derecho a quejarme de la distracción.
—Bueno, si me dieras algo de espacio, tal vez podría.
Me rodea la cintura con el brazo y me aprieta contra él. Resoplo y
quizá jadeo un poco. Juro que noto una dureza en el estómago, y no es
su cinturón.
Sin embargo, me deja en el suelo rápidamente, coge mi bolso y
mantiene la puerta abierta, esperando a que entre para cerrarla con más
fuerza de la necesaria.
Tiene la mandíbula desencajada y el ceño fruncido mientras rodea
el capó. Se sienta en el asiento del conductor y arranca el motor sin decir
palabra. Estoy muy irritada. Sale a la calle. Sigue en silencio. Soy la
primera en romperlo. —No tienes derecho a juzgarme.
—No te estoy juzgando.
Me burlo.
Se detiene en un semáforo en rojo. La tensión es tan densa que es
como vadear gelatina. Gira la cabeza lentamente y me mira. Le devuelvo
la mirada. —¿Por qué te juzgaría?
—Oh, vamos, Bancroft. Mírame. —Me quito la chaqueta y le hago
un gesto a mi atuendo. Mi traje escueto y de gasa. Nunca me he sentido
más sexy que cuando bailo en esto, pero eso no viene al caso.
—Oh, estoy mirando. —La luz se vuelve verde y él cambia de
marcha. Nunca aprendí a conducir con una palanca, al menos no de las
de coche.
Jadeo y resoplo un poco más.
—¿Quieres saber lo que pienso?
—Estoy segura de que me lo dirás independientemente de lo que
yo diga.
—Tú eres la que te está juzgando.
Me muerdo el interior del labio, intentando hallar alguna réplica
descarada y mordaz. Pero no tengo ninguna. Porque tiene razón. Me estoy
juzgando. Estoy tan preocupada por lo que los demás pensarán de este
cambio temporal en mi carrera, que sería visto como una degradación
total y absoluta de lo que he estado intentando conseguir en la industria
del teatro, que me he etiquetado a mí misma como una fracasada, y
espero que los demás hagan lo mismo. Aunque en realidad esté muy lejos
de la verdad.
—Por supuesto que me estoy juzgando. Esta no es la dirección en
la que pensé que iría mi carrera. Pero eso no explica por qué estás tan
enojado conmigo.
—¿Quieres saber por qué? —Suena incrédulo.
Levanto las manos en el aire. Es dramático. —Sí. ¿Por qué?
—Me mentiste.
—Oculté la verdad.
Bancroft expulsa una respiración larga y lenta. Está agarrando el
volante con fuerza. —Eso está muy lejos de ser un café-teatro, Ruby.
—¿Qué querías que dijera? ¿Que conseguí un trabajo bailando
medio desnuda en un escenario en un espectáculo de estilo burlesco?
—Sí, Ruby. Eso es exactamente lo que quiero. La verdad.
—No veo por qué te importa tanto. Solo soy la cuidadora de tus
mascotas.
La mandíbula de Bancroft se aprieta. Estoy bastante segura de que
puedo oír el rechinar de sus dientes. Murmura algo en voz baja.
—Lo siento. ¿Qué fue eso?
—¿Es eso lo que realmente piensas? ¿Qué solo eres mi cuidadora
de mascotas?
—¿No lo soy? —Se me revuelve el estómago. Es una conversación
peligrosa. Sé que no soy solo eso. Que esta situación entre nosotros se
ha convertido en algo más, pero estoy tan obsesionada con mi miedo a
depender económicamente de él que he ignorado el verdadero problema.
Ya dependo emocionalmente de él, lo que puede ser aún peor.
Elude la pregunta con más de los suyas. —Vives en mi casa. Te di
acceso a todas mis cosas, códigos, información personal. Deposité mi
confianza en ti y la rompiste. ¿Por qué? ¿Porque crees que no aprobaré
tu elección de empleo?
—¿Y bien? ¿Lo apruebas?
—Si solo eres mi cuidadora de mascotas, ¿por qué te importaría mi
aprobación? —responde.
—Deja de responder preguntas con más preguntas —grito.
Se lame los labios, con los ojos fijos en el camino. —No me gusta el
vecindario en el que trabajas. No me gusta que tengas que tomar el metro
a casa al final de la noche.
Mantengo mi vista en el tablero. —A veces tomo un Uber cuando
es muy tarde.
—¿Sale alguien contigo todas las noches? ¿Se aseguran de que
estés a salvo? ¿O estás sola? —Su tono es duro, enojado.
Soy evasiva con mi respuesta. —No es un barrio tan malo…
—Tampoco es genial. —Aprieta la mandíbula con su frustración.
—Mi último apartamento tampoco estaba en un barrio de lujo, y
nadie trató de secuestrarme.
Le hace señas a mi atuendo. —¿Estabas vestida así?
—Por lo general me cambio antes de irme. Esta noche es una
excepción.
Bancroft gira a la derecha y entra en el aparcamiento subterráneo.
Nunca había bajado aquí antes, ya que la única vez que estuve en su
vehículo fue cuando me mudé a su apartamento. Espero que no sea un
presagio.
Se detiene ante el aparcacoches, pero le dice que aparcará él mismo
y retrocede hábilmente hasta una plaza. Me deja salir sola del coche.
—¿Esta vez no vas a tirarme por encima del hombro?
Me mira. Además de enfadado, su mirada es ardiente. Me produce
un cosquilleo en la piel, lo cual es molesto.
—¿Te gustaría eso?
—No.
Lo sigo hasta el vestíbulo. Inclina el cuerpo de tal forma que su
anchura me eclipsa parcialmente cuando pasamos junto a los guardias
de seguridad.
—¿Te preocupa que alguien te juzgue por ser visto conmigo? —
murmuro.
Me lanza una mirada gélida, desliza su tarjeta por el sensor del
ascensor que nos lleva al ático y me hace pasar. Está reservado, así que
muy poca gente lo usa. El trayecto en ascensor hasta su piso está lleno
de silencio y tensión.
Me alivia no encontrarme con nadie en el pasillo. Especialmente a
la señora Blackwood. La he visto unas cuantas veces yendo y viniendo y
siempre es educada, pero de esa manera que son los ricos cuando en
realidad se creen mejores que tú. Que es exactamente la razón por la que
he mantenido este trabajo en secreto, porque he crecido en un ambiente
donde esa es la regla, no la excepción.
Bancroft deja que la puerta se cierre con un fuerte portazo. Arroja
las llaves sobre la encimera, se quita los zapatos y sale al pasillo.
—¿A dónde vas? —le grito.
—A mi cuarto.
Planto un puño en mi cadera. —¿Ya está?
Se desabotona los puños de la camisa. —Me gustaría cambiarme.
—¿Viniste todo el camino a mi trabajo para mirarme mal, enfadarte
y llevarme a casa solo para irte a la cama?
Retrocede por el pasillo hacia mí, con los ojos brillantes. Mierda.
¿Por qué es tan sexy cuando está enojado? —No. Fui a tu trabajo para
ver por mí cuenta lo implicada que estaba tu mentira. Fui a tu trabajo
porque me preocupa el lugar y tu seguridad. Fui a tu trabajo porque
quería verte actuar. Ahora me gustaría cambiarme y creo que tú también
deberías.
—¿Qué pasa si no quiero? —Estoy siendo una mocosa combativa
en este momento. Creo que es porque tengo miedo; de esta conversación,
que he arruinado cualquier posibilidad de que esto sea más.
—No creo que pueda tener esta conversación contigo mientras
estés vestida como… como... —Agita sus manos, gesticulando hacia mi
atuendo.
Saco el pecho. Llevo un escote de locura. Este conjunto no deja
mucho a la imaginación. Sus ojos bajan y les cuesta volver a mi cara.
—¿Como qué? —grito.
—¡Así! —responde bruscamente.
—¿Y cómo estoy vestida? —Sé la respuesta a esta pregunta, pero
quiero oírlo decirla. Quiero un motivo para echarle en cara que es un
maldito hipócrita si puede salir en una cita con alguien como Brittany,
que lleva poca ropa y es una zorra a propósito, y le molesta que mi
atuendo sea revelador. Quiero decir, se me ve mucha piel y la mitad de
mi culo está a la vista algunas veces, pero no es como si tuviera una
opción de cobertura total para este espectáculo. Y no es como si me lo
fuera a poner fuera del escenario.
La cara de Bancroft está roja. Sus ojos se cierran y permanecen así
un rato antes de volver a abrirse. —¡Todos te estaban mirando!
No entiendo por qué parece que nunca responde una pregunta
directamente. Levanto las manos.
—¡Se supone que deben mirarme! Estoy actuando.
—Pero, ¿por qué tienes que usar esto? Por qué tienes que verte
tan... tan… —Se acerca un paso, con las manos apretadas a los costados.
Levanto la barbilla, desafiándole a que diga lo que sé que quiere
decir. —¿Tan qué?
—¡Tan malditamente sexy! —Es más gruñido que palabras.
Y no son las palabras que esperaba. En absoluto. Esperaba que
dijera zorra, o como una prostituta callejera, o una dama de la noche.
—Se supone que me veo sexy. Así es como gano dinero. ¿Es otra
razón por la que estás tan enojado? ¿Porque soy demasiado provocativa?
—Sí. No. Mentiste. Esto. Tú. Me estás volviendo loco. Quiero… —
La respiración de Bancroft sale con un jadeo fuerte.
No tengo idea de a dónde va esto. Hace dos minutos estaba molesto
porque mentí y ahora lo está porque soy sexy. —¿Qué quieres? —Estamos
casi nariz con nariz, yo de puntillas, Bancroft inclinándose hacia abajo
por lo que tiene los hombros encorvados.
Sus manos se flexionan a sus lados. —A ti. Joder. Quiero.
—¿Se supone que eso tenga sentido? —Dios santo, ¿está diciendo
lo que creo que dice?
Su voz baja a un susurro grave. —Te deseo.
Lo admitió. En voz alta. Gracias a Dios. Sin embargo, no hace ni
un movimiento para tomarme; así que hago lo que espero sea un último
intento. —Bueno, ¿qué vas a hacer al respecto?
—No puedes hacer nada fácil, ¿verdad? —Su mano sale disparada,
sus dedos se deslizan en mi cabello, retorciéndose en los mechones. Su
agarre se aprieta mientras inclina mi cabeza hacia atrás y luego su boca
encuentra la mía.
No fue nada como cuando me besó accidentalmente en la fiesta de
compromiso. Si ese beso fue como apagar una vela, este es como una
tienda completa de fuegos artificiales explotando a la vez.
Semanas de tensión acumulada explotan cuando su lengua se
mete entre mis labios y gime en mi boca. Me aferro a su cabello, porque
es imposible que lo detengamos ahora que ha comenzado.
En el fondo de mi cabeza, la razón me dice que esta es una muy
mala idea. Sigo viviendo aquí. Él sigue enojado conmigo por mentirle.
Estoy enojada conmigo misma por preocuparme por lo que todos piensan
y por meterme en este tipo de situación. Tenemos que discutir. Una
discusión con palabras y algo de lógica. Pero la lógica ha salido por la
ventana. Saltó más de veinte pisos en una caída libre.
Dulce botón de lujuria en mis bragas, este hombre puede hacer
cosas increíbles con su lengua. Apuesto a que sus talentos se extienden
más allá de las habilidades bucales, y estoy bastante segura de que estoy
a punto de descubrir si esto es cierto.
Bancroft desliza la mano debajo de mi falda. En realidad, no tiene
que hacer mucho trabajo para lograrlo, ya que es muy corta. Agarra mi
nalga derecha cubierta de bragas brillantes y me jala contra él. Como la
última vez que terminé con su lengua en mi boca, puedo sentir su gran
erección contra mi estómago. No puedo esperar para poner mis manos
en ella. Mejor aún, no puedo esperar a montarlo. A la mierda preocuparse
por las discusiones y las conversaciones. A la mierda preocuparse por
tener un lugar para vivir.
Tengo una mano libre, así que lo imito y agarro su trasero como si
fuera mío. Su agarre se aprieta, y mueve las caderas, buscando fricción.
Puedo entender totalmente esa necesidad.
Rompe el beso el tiempo suficiente para decir: —Te quiero en mi
cama.
Gimo alrededor de su lengua, que ya se encuentra en mi boca otra
vez.
—Si te hubieras quedado en mi cama la primera noche que llegué
a casa, podríamos haberlo hecho mucho antes.
—Dormí allí todas las noches que no estabas.
Se aferra a mi cabello y se desengancha de mi boca. —¿Tú qué?
Oh, mierda. Tal vez no debí admitir esto. —Yo, mmm... ¿Dormí en
tu cama? —Sale más como una pregunta que una afirmación.
—¿Qué más hiciste en mi cama, además de dormir? —Sus labios
se ciernen justo sobre los míos. Sin embargo, no puedo alcanzarlos,
porque todavía agarra mi cabello. No duro, solo con firmeza.
—Jugué a las escondidas con Franny —susurro, porque es cierto.
—¿Algo más?
—¿Como qué? —Me muerdo el labio.
Su nariz me roza la mejilla, sus labios van a mi oreja. —¿Te
masturbaste en mi cama?
—Sí —gimo.
—Joder. —Me muerde el lóbulo de la oreja y jadeo. Su mano se
desliza por mi costado—. ¿Cómo?
Aspiro cuando sus dedos rozan el borde de mis bragas y sigue la
tela hasta el interior de mi muslo.
—Quiero que me digas cómo —murmura.
—¿Cómo me masturbé? —Pido una aclaración porque estoy un
poco distraída con sus dedos en este momento.
—¿Te follaste con los dedos mientras pensabas en mí? —Su lengua
se desliza a lo largo de mi cuello.
Suelto un gemido, se supone que es un sí, pero no creo que salga
como una palabra.
Me toca a través de mis bragas. —¿Lo hiciste?
Asiento con la cabeza tanto como puedo, ya que todavía me agarra
el cabello con su mano libre.
—¿Con qué frecuencia?
—Todas las noches —admito.
Desliza la mano por el frente de mis bragas. Sus dedos se deslizan
sobre mi clítoris y luego desliza un dedo dentro. —¿Así?
Asiento vigorosamente y me agarro de sus hombros cuando mis
rodillas amenazan con rendirse. —Pero más duro y más.
—¿Más dedos? —Sus labios se mueven por mi mejilla otra vez y
retrocede hasta que sus ojos se encuentran en los míos.
Este hombre es explosivamente caliente. —Sí.
Agrega otro dedo, bombeando lentamente. Dios, sus dedos son
largos y gruesos. Mucho más largos y gruesos que los míos. Sus labios
tocan los míos cuando pregunta: —¿Qué tal esto?
—Más rápido, por favor, y más duro.
Su sonrisa es absolutamente siniestra. —Escucha esos modales.
—Pero hace lo que le pido, bombeando más y más rápido.
Gritó, agarrando su camisa para mantenerme erguida. —Bane. —
La palabra sale torturada.
—No puedo esperar a escuchar cómo suena eso cuando te vengas
sobre mis dedos.
—Joder. Mierda. Oh, Dios mío, quiero tu pene. —Acá se terminaron
esos modales.
Bane se ríe entre dientes. —Ahí está esa boca traviesa que amo
tanto.
Me besa con fuerza y sigue moviendo los dedos, acelerando el ritmo
hasta que tiemblo mientras me invade el orgasmo. Y entonces sus manos
se van y me encuentro pegada a la pared por las caderas de Bancroft.
Empieza a frotarse y, por supuesto, yo hago lo mismo.
Tirando de la camisa sobre su cabeza, paso las manos sobre su
pecho. Es un pecho increíble. Tan sólido. Tan definido.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunta.
—Mucho.
—A mí también. —Agarra el dobladillo de mi vestido, si es que
podemos llamarlo así. Principalmente, son trozos de tela cosido juntos, y
lo tira sobre mi cabeza. Mi sostén y mis bragas son blancas y con brillos,
como es muy típico en el burlesque.
Bancroft cae de rodillas, al nivel de mi entrepierna. Levanta la vista
y chasquea la pequeña joya a mi ombligo. —Joder, me encanta esto. —
Luego baja por mis caderas y arrastra mis bragas brillantes por mis
piernas—. Joder, sí.
Al parecer aprueba mis técnicas de aseo. Todavía estoy palpitando
del orgasmo que acabo de tener.
Levanta la cabeza lo suficiente para encontrarse con mi mirada, su
lengua se desliza sobre su labio inferior. —¿Sabes lo que voy a hacer?
La anticipación es estimulante. Tengo la sensación de que lo sé,
pero quiero escucharlo decirlo para poder descubrir exactamente lo malo
que puede ser. Basándome en su comportamiento hasta ahora, creo que
puede ser un chico sucio. Niego con la cabeza. También podría haber
mordido mi labio y arqueado la espalda para que mis partes bonitas estén
más cerca de sus labios.
—¿No? —Bancroft pasa sus pesadas palmas por el exterior de mis
muslos—. ¿No lo sabes?
Le doy otra sacudida a la cabeza. —¿Por qué no me lo dices?
La sonrisa que curva el lado derecho de su boca me hace apretar
las piernas. Esto lo distrae y atrae su mirada hacia la parte de mi cuerpo
que felizmente acepta su atención.
Frota la nariz sobre mi pelvis, con el roce más suave. Sus ojos se
elevan a los míos de nuevo. —Voy a follar con la lengua tu bonito coño
hasta que te corras por toda mi cara. —Para por un momento—. ¿Te
gustaría eso?
—Sí, por favor.
—Qué educada. —Engancha un pulgar por la parte de atrás de mi
pierna y la levanta, apoyándola sobre su hombro. Y empieza a lamer. No
hay nada suave y dulce en la forma en que Bancroft me come. Cada golpe
es rápido y agresivo y, oh, Dios, ¿está gruñendo? Oh, sí, desde luego eso
es un gruñido. Si así es el juego previo con él, no puedo esperar para
llegar a la parte sexual.
Me agarro de su cabello, porque parece ser un buen lugar del cual
sostenerme. Incluso con la forma en que me tiene abierta y sujeta contra
la pared, necesito un ancla sólida. Mi historial de bailarina me da un
mejor equilibrio que la mayoría, pero es mucho pedir que me mantenga
erguida de esta manera mientras me folla con la lengua hasta sacarme
un orgasmo, especialmente porque mis rodillas ya están aguadas por el
primero.
Empiezan a ceder, lo que no es una gran sorpresa por la manera
en que aspira mi clítoris. Hago un montón de ruidos aleatorios con su
nombre allí en un gemido. Y luego me corro. Otra vez. Es un tipo de
orgasmo que me noquea, que me roba el alma.
Cuando las luces blancas del cielo se desvanecen y puedo respirar
y volver a ver, me doy cuenta de que estoy en el suelo, mirando la luz del
pasillo, que me está cegando.
Y Bancroft sigue adelante. Es una máquina de lamer coños. Me
envía a la sobremarcha. No puedo evitar que las sensaciones anulen todo
pensamiento lógico. No es que quedaran muchos de todos modos. Creo
que estoy enamorada de la lengua de este hombre. Si es tan talentoso
con su pene como lo es con esta parte de su cuerpo, puedo comenzar una
nueva religión. La Iglesia de la Polla de Bane.
Me rio, un poco delirante, y luego jadeo cuando el roce de los
dientes me hace caer por el borde con el orgasmo número tres. Ni siquiera
sabía que era posible tener tantos de forma consecutiva.
Se me ponen los ojos en blanco y mi visión desaparece en una
neblina de blanco y negro y estrellas mientras me arqueo, empujándome
contra su boca. Cuando por fin recupero algo de control muscular, abro
un párpado y me doy cuenta de que estoy en medio de una puerta. Al
torcer el cuello, descubro que estoy mirando las patas de la cama de
Bancroft. Hay algunas prendas de ropa debajo. Una podría ser un par de
mis calzones. O unos calcetines. Su limpiadora obviamente no hace el
mejor trabajo.
El áspero roce de su barba contra mi clítoris atrae de nuevo mi
atención hacia Bancroft. Tiene el pelo revuelto. Porque mis manos han
estado en él. Tiene los labios hinchados porque me ha estado chupando
el clítoris. Hemos conseguido llegar de un extremo al otro del pasillo,
nuestro punto final es bastante conveniente; es como una ronda de sexo
oral rotacional.
Su sonrisa se encuentra llena de sucias promesas. —Al menos
llegamos a la habitación.
Se levanta sobre sus manos y rodillas, desliza un brazo por debajo
de mi espalda y me levanta del suelo. En dos pasos fluidos, cruza la cama
y me tira sobre el colchón. Reboto una vez antes de que esté encima de
mí, colocándose entre mis muslos, que se han abierto para él como por
arte de magia. Su boca vuelve a estar sobre la mía mientras mueve las
caderas. Dios mío. Puedo sentirlo justo ahí, rozándome. Va a ser el mejor
sexo de mi vida. Ya me doy cuenta. Los orgasmos preexuales son un buen
indicador de ello.
Rompe el beso, sus labios se mueven por mi cuello, sus dientes
muerden, la lengua lame. —No puedo esperar para follarte —murmura
en mi oído.
—Debería chupártela primero, ¿no crees? —sugiero.
Deja de besarme y levanta la cabeza para mirarme. Probablemente
mis mejillas estén sonrosadas.
—Repítelo.
Quiero decir que no, pero por la forma en que me mira, es difícil no
seguir adelante. —Debería chupártela. —Extiendo la palabra chupar,
haciéndola sonar líquida.
Su sonrisa es tan lasciva como mis palabras. —¿Con esa boca
bonita y traviesa? —Pasa el pulgar a lo largo de mi labio inferior antes de
deslizarlo justo adentro.
Así que por supuesto que chupo, porque claramente es lo que
quiere que haga. Y es una mímica de lo que estoy a punto de hacer. Tengo
la oportunidad de ver su pene de nuevo. De cerca y personalmente esta
vez. Eso me excita muchísimo.
Le doy un pequeño mordisco.
Su expresión se ensombrece. —Espero que no pienses hacer eso
cuando tengas mi pene en esa boca tan dulce.
Hago girar la lengua alrededor de la punta de su pulgar. —Estoy
bastante segura de que tendré que dislocarme la mandíbula para poner
mis labios alrededor de esa bestia.
Su sonrisa es casi satisfecha. —¿No crees poder manejarla?
—Traigámosla y veamos si encaja.
Se levanta sobre sus brazos, su sonrisa es deliciosamente oscura.
Levanto una ceja y me humedezco los labios.
Murmura algo ininteligible y se baja los pantalones por las caderas,
pateándolos.
Recorro su cuerpo con la mirada y noto que aún está usando sus
calcetines. Son negros y llegan hasta la mitad de sus espinillas. —Primero
tienes que quitarte esos.
—¿Qué?
—Tus calcetines. Tienen que irse.
Me mira. —¿Ya has tenido tres orgasmos y estás preocupada por
mis calcetines?
Intenta colocarse a horcajadas mías, pero levanto una mano para
detenerlo. —No voy a meterme tu pene en la boca hasta que te quites los
calcetines. Lo haré yo misma si te resulta demasiado difícil.
Antes de que tenga la oportunidad de reaccionar, me tumba boca
abajo y me da una palmada en el culo. —He estado esperando una razón
para hacer eso.
Grito, pero no por dolor, sino por sorpresa. Y luego siento el escozor
de sus dientes en la otra mejilla antes de que me voltee nuevamente. —Y
eso también.
Me monta a horcajadas, por lo que sus rodillas están a cada lado
de mi pecho. Con la posibilidad de echar un vistazo, veo que los calcetines
han desaparecido. Sonrío y luego lo estudio. Ahora, nunca he hecho una
mamada de esta forma, pero creo que, si funciona, será muy excitante.
Se cierne sobre mí. Con el pene en su mano. Dulce señor. Este
hombre me hace querer darle la mamada más asombrosa de toda mi vida.
Ahora, hay un problema: Bancroft está muy bien dotado. Estoy hablando
en serio sobre tener que dislocarme la mandíbula. Por lo que este ángulo
podría ser preferible porque no creo que permita una penetración muy
profunda. Pero solo estoy adivinando. Y cruzando los dedos para estar en
lo correcto.
Inclina su erección hacia abajo, para que la punta esté cerca de mi
barbilla. Motas de brillo decoran la cabeza. Lo que no es una sorpresa.
Mis bragas y mi sujetador de purpurina dejan un rastro mágico por todas
partes.
Sigue empujando hacia abajo hasta que la punta de su pene toca
mi labio inferior, como si estuviera golpeando la puerta de mi boca,
buscando entrar allí. Luego lo froto a lo largo como si fuera brillo labial.
O pene labial, por así decirlo. Sonrío, pero logro reprimir una risita.
Su expresión es intensa, sus labios se separan junto a los míos
mientras mueve las caderas hacia adelante y la cabeza se desliza dentro.
Hasta ahora muy bueno.
Gime cuando estiro la lengua para rodear la punta. —Ni siquiera
puedo decirte cuántas veces he pensado en esto.
Tarareo en reconocimiento. Realmente no puedo formar palabras
con su pene en mi boca, y aunque es algo en lo que yo también he
pensado, dudo que en la misma medida que él. Desde luego que fantaseé
con el sexo que tendremos tan pronto como termine de chupar su
piruleta.
Mantengo los ojos en su rostro mientras se muerde el labio y
empuja un poco más. —¿Cuánto más crees que puedes aguantar?
Esa es una gran pregunta. Una para la que no tengo respuesta ya
que nunca intenté meter algo tan grande en mi boca de una sola vez.
—Descubrámoslo —le digo alrededor de la cabeza. Es un poco
confuso, pero parece entenderlo.
Desliza otro centímetro y lo acaricio por la parte exterior de sus
muslos increíblemente musculosos. Son como los troncos de un árbol.
Me muevo por detrás para agarrarle el culo. Su culo desnudo. Es tan
firme. Levanto la cabeza mientras él empuja aún más adentro, otro
centímetro.
Maldice cuando le aprieto el trasero y lo empujo más profundo. La
mano que no está envuelta alrededor de su pene se desliza en mi cabello.
No intenta que me ahogue, sino que me agarra la nuca para ayudarme a
mantenerla erguida. Empiezo a succionar, lo que causa otra maldición.
—Eres hermosa con mi pene en tu boca, ¿lo sabes?
Su elogio me hace querer ver hasta dónde puedo meterlo. Me abro
más, tomo más hasta que su pulgar toca mi labio y la cabeza golpea el
fondo de mi garganta. Me agarro a sus caderas y lo hago retroceder, luego
lo hago nuevamente, metiéndolo hasta el fondo en la siguiente succión
húmeda. Lo hago dos o tres veces más antes de que me suelte el pelo.
—Eso es suficiente. —Envuelve la mano alrededor de su pene y la
saca de mi boca, cubriendo la cabeza.
Por primera vez en mi vida, quiero seguir adelante. —Recién estaba
empezando. —Incluso podría estar llorisqueando.
Me acaricia el labio inferior con el pulgar. —En otro momento me
encantaría terminar en esa increíble boca tuya.
Se suelta el pene y se agacha. Me pasa las manos por debajo de los
brazos y me levanta para que ya no esté cara a cara con él. Continúa a
horcajadas sobre mis caderas, se inclina y me besa. Me contoneo,
intentando sacar las piernas de entre las suyas sin dañar su delicioso
miembro.
Rompiendo el beso, se sienta, pasando los dedos sobre mis pechos
y rodeando mis pezones antes de arrastrarlos por mis costados. Estamos
llegando a la parte buena, no es que todas las demás partes no lo hayan
sido, pero esto es lo que he estado esperando, fantaseando incluso, desde
la primera noche que me besó accidentalmente.
Dibuja un círculo alrededor de mi ombligo, luego recorre un camino
recto hasta la cresta de mi pelvis. Si llegara entre mis piernas, haría que
esto fuera mucho más fácil. Acercándose más en la cama, me pasa las
manos por la parte exterior de los muslos hasta llegar a las rodillas.
Enganchando los dedos bajo ellas, me anima a doblarlas y luego sigue el
contorno de mis pantorrillas hasta llegar a los tobillo. —¿Qué tan flexible
eres?
—Um, bastante flexible, ¿por qué?
Levanta mis piernas, manteniéndolas juntas mientras apoya las
plantas de mis pies contra su pecho. —Solo trato de decidir en qué
posición quiero follarte.
Oh, buen Señor. Este hombre y su boca. Estas semanas de bromas
coquetas y, en su mayoría, comportamiento civilizado parecen haberse
evaporado ante los orgasmos y la promesa desnuda.
—¿Tengo algo que decir al respecto? —Quiero que sea sarcástico,
pero fallo, porque sale todo suave y entrecortado.
—Si quieres, claro. —Pasa las manos por mis espinillas. Cuando
llega a mis rodillas, invierte el movimiento y sus amplias palmas vuelven
a envolverse alrededor de mis tobillos. Alza la mirada para encontrarse
con la mía—. Abre para mí.
A pesar de que es una orden y no un pedido, estoy dispuesta a
obedecerlo. Ya me folló con la lengua en el suelo. Ya me he corrido como
si mi clítoris fuera el lugar central de los fuegos artificiales del Cuatro de
julio. Si quiere darle un buen uso a su magnífico pene y sacarme otro
orgasmo de mi precioso coño, estoy totalmente de acuerdo.
A veces es bueno hacerse la tímida. Mostrar un poco de vacilación
e incertidumbre. No hago ninguna de esas cosas.
Literalmente puedo oír los dientes de Bancroft rechinando en tanto
baja la vista. No sé exactamente qué tienen mis hábitos de aseo o la
composición de mi vagina en particular para que le salga un gemido
profundo y grueso, pero sea lo que sea, ahora mismo estoy muy, muy
contenta.
Estoy completamente en exhibición para él. Desnuda. Vulnerable.
Pero eso no me crea la autoconciencia que espero, porque la expresión
en su rostro es de deseo puro y sin filtro.
Se inclina hacia delante, separándome más las piernas, con las
manos aún enredadas en mis tobillos. No estoy segura de cuál es su plan
hasta que vuelve a lamerme, con una larga y lenta pasada de lengua, un
remolino rápido y una larga y dura succión en mi clítoris.
Grito y me arqueo, pero sigue sujetándome los malditos tobillos,
así que no puedo escapar de la intensidad de su boca. Me mantiene
abierta, su boca sobre mí, acercándome de nuevo.
Antes de que pueda caer por el borde y sumergirme en un feliz
abismo, libera uno de mis tobillos, pero solo uno, y levanta la mirada de
entre mis piernas. Entonces se empuña su pene. —Voy a follarte ahora,
Ruby. ¿Estás lista para eso?
—Oh, Dios. Sí. Por favor. Eso sería muy increíble. —Si pudiera, me
gustaría estar un poco menos ansiosa por todo el asunto, pero me ha
dejado colgando, y en todo lo que puedo pensar es en lo fantástico que se
sentirá cuando me llene.
Su sonrisa me dice que sabe exactamente lo que está sucediendo
en mi cabeza. O tal vez es mi tono entrecortado y la forma en que intento
levantar las caderas de la cama, a pesar de que todavía está sujetando
mi maldito tobillo.
Me sacudo y gimo cuando frota la cabeza de su pene sobre mi
clítoris. Finalmente, liberando mi tobillo, desliza su brazo debajo de mi
rodilla, levantándola mientras se extiende sobre mí.
Puedo sentirlo, grueso y duro contra mi pelvis. Intento reajustar
nuestra posición, pero no estoy teniendo mucha suerte. —Pensé que
dijiste que ahora ibas a follarme. —Estoy un poco enérgica.
Puede que esté un poco más presumido de lo necesario. —Estoy
llegando a eso. Este es un ejercicio de paciencia, Ruby.
—He esperado muchas semanas.
—Por lo que puedes esperar un poco más. —Lleva las caderas hacia
atrás y el grueso eje se desliza sobre mi clítoris, la cabeza le sigue. Se
estira hacia la mesita de noche y busca a tiendas un segundo antes de
encontrar los condones. Es rápido en sacar uno y colocárselo. Y entonces
está empujándose hacia adentro y ambos estamos gimiendo.
Los primeros embistes son lentos mientras me adapto. Pero esos
son los únicos que caen en la categoría de lento y suave, porque después
de eso, su civilidad deja de existir. Me perfora, sus caderas golpean contra
las mías, rápido y duro. Me corro. Y luego me corro de nuevo mientras
me gruñe cosas sucias al oído. Diciéndome lo increíble que es mi coño.
Que ahora es suyo y que nadie más que él puede tenerlo.
Me gusta mucho.
Después de que acaba, se desploma sobre mí, no completamente,
apoya su peso sobre sus tensos y retorcidos antebrazos. No creo haber
estado tan satisfecha en mi vida.
Estoy muy sudada. Estoy bastante segura de que las sábanas de
Bancroft están llenas de brillo. Y Bancroft también. Realmente no puedo
lograr que me importe o hacer algo al respecto. De todos modos, no es
que haya algo que pueda hacer.
Una cosa que me he dado cuenta con el brillo es que no importa
cuántas veces lave las cosas, sigue rondando por ahí después de los
hechos, brillantes recordatorios de mi trabajo temporal.
—¿Esto significa que ya no estás enojado? —pregunto cuando me
acomoda en su costado.
—Por ahora.
—¿Tienes planes para enojarte conmigo más tarde?
—Lo estoy dejando en suspenso hasta la mañana.
—Lo mismo digo. —Me acurruco contra él, poniéndome cómoda.
Podemos hablar de todo lo que no hemos dicho más tarde. Ahora mismo
voy a disfrutar. Y luego dormir. Y luego tal vez más sexo.
18
Traducido por Gesi
Corregido por Elizabeth.d13
El sexo con Ruby es diferente al que he tenido en cualquier otra
relación. No es civilizado, pero tampoco es salvaje. Ruby es el balance
ideal entre la dulzura dócil y la confianza traviesa, y sabe exactamente
cuándo una cosa funciona y la otra es necesaria. Es perfecta.
El mayor problema que parecemos tener es que nuestros horarios
no coinciden. Ella se acuesta una o dos horas antes de que me levante
para empezar el día. Cuando llego a casa, está saliendo por la puerta o
ya se ha ido.
Dos días después de nuestra discusión inicial, seguida del polvo
del siglo, me despierta veinte minutos antes de que suene el despertador
para hacerme una mamada. Esta vez me corro en la bonita y perfecta
boca de Ruby.
El lunes es uno de sus días libres. Voy al trabajo por la mañana,
pero programo la tarde para trabajar desde casa. No planeo hacer mucho
trabajo real. Planeo trabajar en Ruby. Repetidamente. Sobre cualquier
superficie disponible.
Llego a casa justo después de las dos y la encuentro en la cocina,
tarareando y haciendo café y malvavisco en el microondas. Al parecer es
su cosa favorita. Envuelvo los brazos alrededor de su cintura y la atraigo
contra mí, inhalando en su cabello. —¿Esta es tu versión de un desayuno
saludable?
Se gira en mis brazos. —Saludable, no. Desayuno, sí. ¿Quieres?
—No tengo hambre de esto.
—Oh, ¿no?
Sacudo la cabeza y la levanto, depositándola en la encimera. Tiene
puesta su bata de baño. Es blanca con flores rojas y de un material
sedoso.
—Estoy más interesado en descubrir qué hay aquí abajo. —Desato
el nudo de su cintura y observo cómo se separan los lados, revelando
músculos tensos y pezones turgentes. Está desnuda y gloriosa. La follo
sobre la encimera. Pasamos el resto del día en mi habitación, disfrutando.
Sé el momento en que se mete en la cama conmigo. No importa si
es entre las dos o las cuatro de la madrugada. No importa que tenga que
levantar mi culo a las cinco y media y trabajar durante una jornada de
doce horas. Todo lo que tiene que hacer es presionar su cuerpo contra el
mío y me despierto al instante. Follamos hasta que suena mi alarma. Dejé
de molestarme con los condones cuando un día terminamos la segunda
caja y ella me aseguró que toma la píldora.
Lo que también resultó ser el mismo día en que decidió ensayar el
baile de la canción que me rompió. Mientras estaba desnuda. No llegamos
más allá de la sala de estar. Tengo moretones en las rodillas gracias a
eso.
No abordamos ninguno de los temas importantes, como la forma
en que vamos a lidiar con el hecho de que aún está viviendo aquí y que
estamos durmiendo juntos. Para ser sincero, no quiero arruinar lo bueno
que tenemos ahora que por fin lo tenemos. Lo cual es un problema.
Porque hay cosas que necesitamos resolver. Particularmente, no quiero
que se vaya, pero también sé que quedarse aquí indefinidamente nunca
fue parte de su plan. No quiero alterarla invitándola a mudarse de forma
permanente, incluso si es algo que ya he considerado. Es un poco
prematuro.
Una semana no es realmente el tiempo suficiente para tomar una
decisión tan poderosa respecto a la vivencia. Pero en serio disfruto tenerla
en mi cama todas las noches. Da mamadas increíbles. Tiene una boca
traviesa. Le gusta cuando le hablo sucio. Y esa solo es la compatibilidad
sexual, la cual no tiene nada que ver en cómo nos complementamos más
allá del dormitorio.
Han pasado dos horas desde que la dejé en mi cama. Cuatro desde
que estuve en su interior. Ya me siento como si estuviera atravesando
una recaída.
Las horas nunca han parecido tan eternas como en este momento.
Cuanto más seguimos haciéndolo, más consiente soy de que realmente
tenemos que dejar de ignorar las conversaciones y descubrir qué es esto.
No hay un tiempo establecido para que se mude, pero soy consciente de
que ha estado buscando activamente un nuevo agente y una audición
para roles que la acerquen a Broadway.
Es una situación un tanto complicada en la que me he metido. Si
soy completamente sincero, sigo un poco enojado con ella por mentir
sobre su trabajo, aunque puedo entender por qué lo hizo. Me tomó mucho
tiempo aceptar que muchas personas en la esfera social de mi familia
nunca aprobarían mi carrera en el rugby, aunque era completamente
legítima y ganaba un muy buen salario. Su situación es ciertamente
diferente.
Lo único que todavía me cuesta superar de esta situación es que
asumí que me había ganado su confianza como para que fuera sincera
conmigo, y me preocupa que aún se sienta obligada a retener cosas.
Por desgracia, esa conversación no va a tener lugar ahora mismo
porque estoy sentado en mi despacho, esperando a que mi padre me
llame para una reunión. Recibí la llamada a las ocho de la mañana, que
es una hora a la que suelo estar despierto, pero Ruby y yo estuvimos
bastante ocupados anoche, y ya era tarde cuando terminé de follarme
todos los orgasmos de su dulce y caliente coño. Además, es sábado. Por
lo que ser llamado al trabajo es un poco molesto. Hacerme esperar es aún
más exasperante. El teléfono de la oficina suena, así que aprieto el botón
de altavoz, suponiendo que es mi padre, que por fin me llama a la reunión
de emergencia. No es mi padre. Es mi madre.
—Hola, Bancroft, ¿cómo estás esta mañana? —Las conversaciones
por teléfono con mi madre siempre son bastante formales. Es una buena
persona, pero a veces se enreda demasiado con los chismes que circulan
en su grupo de amigos. La mayoría de las discusiones incluyen el último
escándalo.
—Estoy bien. Esperando que mi padre me llame a esta reunión de
emergencia.
—Ah. Sí. No debería tardar demasiado. Acaba de irse.
—¿Acaba de irse? Me llamó hace dos horas diciéndome que tenía
que estar en la oficina inmediatamente.
—Sí. Bueno, estaba… distraído. Ahora está en camino.
Me estremezco. Distraído tiene significados sobre los que no quiero
pensar demasiado.
—¿Para eso me llamaste? Para decirme que está llegando tarde.
—¡Oh! No. Quería asegurarme de que aún puedes venir a cenar el
próximo fin de semana.
—Por supuesto. Ya lo marqué en el calendario. ¿Necesitas que lleve
algo?
—Contraté un catering.
—De acuerdo. —Por supuesto que lo hizo. Mi mamá no pasa mucho
tiempo en la cocina a menos que se esté sirviendo una copa de vino.
Siempre tuvimos un cocinero. Y una niñera o dos para posibilitar que
fuera a sus reuniones de recaudación de fondos mientras mis hermanos
y yo asistíamos a nuestras diversas lecciones. Las mías siempre tenían
que ver con los deportes.
—Vendrán algunos amigos, así que no solo será la familia.
—Oh. —Golpeo mi escritorio con un bolígrafo. Me pregunto a
quiénes está invitando y por qué—. ¿Entonces puedo llevar una cita? —
Es en el fin de semana, por lo que es poco probable que Ruby pueda
asistir, ya que trabaja, así que no estoy seguro de por qué lo pregunto.
Hay un silencio en el otro lado de la línea durante algunos
segundos.
—¿Mimi? —No crecí llamándola mamá, aunque así es como me
refiero a ella cuando no estoy en su presencia.
—Sería mejor si no lo hicieras.
—¿Griffin no llevará a Imogen?
—Bueno, por supuesto, ella es su novia.
—¿Entonces por qué no puedo llevar una cita?
—Vienen los Thorton.
Pensé que había conseguido librarme de Brittany y la segunda cita.
—Mamá.
Hace un sonido de desaprobación.
—Pensé que ya habíamos hablado de esto —le recuerdo.
—Estabas enfermo la última vez. Brittany es una chica
encantadora.
Brittany es una mimada y un dolor en el culo. He estado evitando
sus llamadas desde que salimos hace varias semanas.
—Estoy saliendo con alguien. —Bien podría ser sincero al respecto,
tal vez me ayude a evadir más interacciones con Brittany.
—¿Desde cuándo?
—Es reciente.
—¿Entonces no es nada serio? Traerla a cenar resultaría incómodo
para Brittany, y arreglé esto antes de que estuvieras viendo a alguien.
Realmente no puedo cambiar los planes ahora mismo. Y tu padre tiene
negocios con su padre. —Ahora está implorando.
Por supuesto que hay negocios involucrados. Mi padre no puede
hacerlo de otra forma. Desearía no sentir la necesidad de ceder ante mi
madre, pero de todos modos no es como si Ruby pudiera acompañarme.
—De acuerdo. Haré esto por ti, pero es la última vez.
—Eso es todo lo que pido.
Es una cena, con la familia y algunos amigos, así que ni siquiera
es técnicamente una cita. Aun así, sigue siendo frustrante.
Otra llamada interrumpe la de mi madre. Espero que sea mi padre.
Me gustaría terminar con esta reunión para poder ir a casa con Ruby
antes de que tenga que irse a trabajar.
—Tengo que irme, tengo otra llamada.
—De acuerdo. Gracias por facilitarme esto. Ten un buen día.
Hablaremos pronto, Banny.
—Adiós, mamá. —Cuelgo antes de poder enfadarme con ella. Sabe
lo mucho que detesto que me llamen Banny.
Es la asistente personal de mi padre, alertándome que la reunión
comenzará en cinco minutos en la sala de conferencias. Solo dos horas y
veinte minutos después de lo previsto. Podría haber estado en la cama
con Ruby todo este tiempo.
Junto mis cosas y me dirijo por el pasillo. Mi padre ya está sentado
en la cabecera. Su asistente deja un café y varias carpetas.
—Entonces. ¿Cuál es la emergencia? —pregunto a la vez que me
deslizo en una silla junto a Griffin.
—Una de las propiedades de Londres tiene un problema.
Me encuentro repentinamente inquieto. —¿Alguna de las que he
estado trabajando?
Sacude la cabeza y suelto un suspiro de alivio. Mi padre odia los
errores.
—Lex la estaba gestionando.
Eso es una sorpresa. No tenía ni idea de que dirigiera nada fuera
de los cuatro hoteles que nos habían pedido que supervisáramos
mientras estábamos allí.
—¿Qué hotel?
—El Concord.
Nos detuvimos allí brevemente para poder conocer el edificio y el
personal administrativo mientras estábamos en la zona. Es un hotel bien
establecido, actualizado y sin necesidad de ningún trabajo real, por lo
que sé. —¿Cuál es el problema? No pensé que estuviéramos trabajando
en ese hotel.
—No debíamos hacerlo hasta el año que viene. Parece que se
cortaron algunas esquinas con respecto a los permisos.
Eso no es bueno. Tengo que preguntarme si esto era de lo que se
estaba ocupando cuando regresó a Londres antes que yo. Lex se desliza
en la sala de juntas, tiene un aspecto desaliñado.
Se deja caer en la silla junto a nuestro padre. —Lamento llegar
tarde. ¿De qué me perdí?
Mi padre abre una carpeta y la empuja hacia él. —¿Por qué no le
echas un vistazo tú mismo?
Su sonrisa cae y se queda pálido.
Tres horas más tarde, aún estoy en la reunión. La primera hora fue
mi padre regañando a Lex. No pude hacer nada para ayudarlo, ya que no
sabía que trabajaba en el proyecto. Las últimas dos horas las pasé
revisando los planos originales de las renovaciones menores del salón de
baile y la piscina cubierta del Concord, que no estaban previstas hasta
dentro de un año. Obtener los permisos para este tipo de reformas no
debería haber sido difícil.
El problema parece estar en la piscina cubierta. Apenas estoy
escuchando en este momento. Ya es primera hora de la tarde. No me
atrevo a enviar ningún mensaje o es probable que mi padre se ponga
histérico. Está de mal humor. Me gustaría tener algo de tiempo para
hablar con Ruby. Si no consigo salir de aquí antes de las dos, no tendré
suficiente tiempo para llegar a casa antes de que se vaya a trabajar.
—¿Eso está bien, Bancroft?
Levanto la vista del papel en el que he estado garabateando. He
conseguido dibujar un círculo. Con otro dentro. Y otro dentro de ese. Se
parece notablemente a un pecho.
—Lo siento. ¿Qué?
Mi padre se ve molesto. No es bueno. No quiero enfardarlo más de
lo que ya está.
—Supervisarás la adquisición de los nuevos permisos.
—No tengo los antecedentes de este proyecto.
Golpea su bolígrafo en el escritorio tres veces seguidas, luego lo
hace dar vueltas en su palma. Es una de sus pequeñas peculiaridades.
Cuando está enojado o frustrado, lo deja salir a través de pequeños
movimientos controlados del cuerpo. Eso fue algo incorrecto de decir.
—Tienes lo básico de esta reunión. Enviaré a Griffin contigo.
Griffin y yo nos miramos el uno al otro. Parece ser una sorpresa
para ambos.
—Puedo arreglarlo —dice Lexington—. Iré yo mismo.
Nuestro padre dirige su mirada furiosa hacia él. —No harás nada
de eso. Estarás aquí, en la oficina, revisando el código del permiso todo
el tiempo que sea necesario para solucionarlo.
La boca de Lex forma una línea recta, pero no dice nada. Ninguno
se atreve a decir nada para contradecirlo. Al menos no aquí, donde hay
mucha gente para presenciarlo.
—Se irán esta tarde.
—¿Hoy? —preguntamos Griffin y yo al mismo tiempo.
Mi padre nos da la misma mirada dura que solíamos recibir cuando
éramos niños y nos atrapaban haciendo algo que no debíamos. —Esto
hay que solucionarlo inmediatamente y no podemos hacerlo a distancia.
Necesitamos que los inversores confíen en que tenemos la situación bajo
control.
—¿Cuánto tiempo estaremos allí?
—El que sea necesario para arreglar las cosas. Si son rápidos,
podrían regresar al final de la semana.
Aprieto los dientes. No quiero volver a irme. Quiero estar en mi
apartamento con mis mascotas. Y con Ruby. Necesitamos tener una
conversación. Una de verdad. Una seria. Desafortunadamente, parece
que eso sigue en espera.
19
Traducido por Val_17
Corregido por Blaire R.
Me despierto en una cama vacía, lo cual no es una gran sorpresa
ya que se acerca la tarde. Todo mi cuerpo está dolorido, gracias a la nueva
adición a mi rutina de ejercicios en forma de Bancroft. Ese hombre puede
follar como nadie.
Me estiro, sonriendo, y digo el nombre de Bancroft. Me recibe el
silencio. Eso es extraño. Es sábado, y no dijo nada sobre tener que ir a la
oficina. Me quito de las sábanas y me incorporo. Los dolores musculares
se intensifican cuando salgo de la cama y camino desnuda por el pasillo
hasta la cocina. La cafetera francesa está en la encimera medio llena.
Toco el lateral. El café está frío, lo que significa que debe de llevar horas
hecho.
—¿Bancroft? —llamo de nuevo. Todavía no consigo nada.
Tal vez esté en su oficina usando auriculares. Lo hace a veces por
consideración, ya que mis horas son mucho más tardías que las suyas.
Me pongo de puntillas y me asomo por la esquina. Tampoco está allí.
¿Qué demonios?
Regresando a la cocina, busco en mi bolso hasta que finalmente
encuentro mi teléfono. Tal vez salió a buscarnos algo para comer. Es así
de considerado. Los únicos mensajes que tengo son de Amie. Ha estado
fuera de la ciudad durante la última semana en una prueba de luna de
miel. Así es, ella y Armstrong se han ido durante una semana para ver si
la ubicación les gusta lo suficiente para regresar en su luna de miel. Es
un hotel Mills, así que no puedo imaginar que no les encante. Reviso la
encimera, que es donde encuentro uno de los garabatos indescifrables de
Bancroft.
Reunión de emergencia. No estoy seguro de cuándo volveré.
Bane
Frunzo el ceño, decepcionada de que mi desnudez se desperdicie y
que el comienzo de mi día no vaya tan bien como el final de mi noche.
Desplazándome por mi teléfono, reviso los mensajes de Amie.
Ya regresó de su prueba previa a la luna de miel y tenemos una
cita para almorzar. Compruebo la hora. Mierda. Tengo menos de una
hora para prepararme y encontrarme con ella en Midtown. Una ducha es
imprescindible; huelo a Bancroft y a sexo.
Mandándole un mensaje a Amie para avisarle que me encuentro en
camino y me apresuro a ducharme en mi habitación. Veinte minutos
después, estoy fresca y vestida. Mi cabello sigue húmedo, pero se secará
en el camino. Me pongo un poco de maquillaje, agarro mi bolso y salgo
corriendo por la puerta.
Amie ya está en el restaurante cuando llego ahí. Nunca llega tarde
a nada. Deja su teléfono cuando me deslizo en el asiento frente a ella.
—Estaba a punto de enviarte un mensaje. ¿Cómo estás? ¿Cómo
están las cosas desde que Bancroft volvió? Siento que no hemos hablado
en una eternidad. —Mira a su alrededor, luego se inclina más cerca y
baja la voz—. ¿Ha caminado alrededor del apartamento sin camisa?
Me siento mal porque llevo una semana montando a Bancroft y mi
mejor amiga ni siquiera lo sabe. Aunque no es realmente mi culpa ya que
ella no ha estado cerca para contarle. Y también me siento mal por no
haber sido sincera con ella sobre otras cosas. Así que le cuento todo.
Bueno, casi todo. Estamos en un lugar público, así que hay cosas que no
estoy dispuesta a decir en voz alta por temor a que alguien lo escuche.
Pero le cuento sobre el trabajo, la visita de Bancroft al club la semana
pasada y su furia por mi mentira.
El camarero nos trae nuestros almuerzos justo antes de llegar a la
mejor parte. Hago una pausa mientras coloca nuestros platos frente a
nosotras. He ordenado filete con papas francesas, el cual solo es un
nombre elegante para las papas fritas y Amie ha pedido una ensalada.
—Olvidaron tu aderezo —señalo.
—No lo necesito.
—Sin aderezo es solo un plato de hojas.
—Me gustan los sabores naturales. —Agita su tenedor—. Así que
Bancroft te llevó a casa, ¿qué pasó después?
Dejo el tema del aderezo para ensaladas y continúo con mi historia.
Censuro todas las mejores partes, como los orgasmos alucinantes, la
charla sucia y la increíble mamada que le hice, y termino diciendo: —Y
luego tuvimos sexo. —Empujo una papa en mi boca y espero.
Amie me mira fijamente durante unos largos segundos, inmóvil.
Mira alrededor del restaurante y levanta la mano para que nadie pueda
ver lo que dice, a pesar de que prácticamente modula las palabras. —¿Te
acostaste con él?
Asiento.
—Oh, Dios mío. —Exhala un suspiro, con los ojos muy abiertos,
parpadeando y dejando caer el tenedor en la mesa—. ¿Te acostaste con
él hace una semana y no me lo dijiste hasta ahora? —Parece dolida, lo
cual es lo que no quiero.
Me inclino más cerca y bajo la voz, implorando que entienda. —No
he tenido la oportunidad. Estabas lejos. Esta es la primera vez que te veo
desde que ocurrió y no quise decírtelo por teléfono, porque, bueno, no
son noticias para dar por teléfono.
Se recuesta en su silla. —¿Fue solo una vez?
Niego con la cabeza
—¿Cuántas veces?
Me encojo de hombros. —He perdido la cuenta. Un montón.
—Parece que tu semana fue más emocionante que la mía —
murmura—. Así que, ¿ahora están en una relación?
Apuñalo una papa con mi tenedor. —No lo sé. Todavía no hemos
hablado sobre eso.
—¿Se han estado desnudando durante la última semana y todavía
no han tenido una conversación sobre la relación? —Alisa su servilleta—
. Tú no eres realmente el tipo de chica de aventuras. ¿Sabe eso? ¿Sabes
si él quiere una relación?
Vuelvo a encogerme de hombros. En realidad, no tengo una
respuesta para eso. Las únicas conversaciones que hemos tenido sobre
las relaciones fueron antes de que se fuera, y tal vez una vez por teléfono
cuando hablamos de lo difícil que sería tener una relación cuando viajaba
todo el tiempo. Pero ahora se encuentra en casa, y no ha mencionado
viajar, aunque no hemos charlado mucho esta última semana aparte de
gemidos y orgasmos.
Considero el tiempo que he pasado “con él” en las últimas semanas.
Si soy sincera conmigo, he tenido la sensación de estar en una relación
desde antes de que volviera del Reino Unido.
—Supongo que necesitas hablarlo y averiguar si ambos están en la
misma página —dice Amie, sacándome de mi cabeza.
Asiento.
—¿Crees que lo estén?
—¿Eso creo? ¿Tal vez? Dios, espero que las conexiones casuales no
sean lo suyo.
—Estoy segura de que quiere lo mismo que tú. Supongo que ahora
sí necesitas encontrar tu propio apartamento. ¿Ya te puedes permitir
eso? —Amie me da una palmadita en la mano en un gesto de consuelo.
Creo que podría estar empezando a entrar un poco en pánico.
—Ya no puedo vivir allí. —No es una pregunta. Es solo la realidad
que me está golpeando, y es muy parecido a ser golpeada en la cara con
un pene gigante. El pene gigante de Bancroft.
—Podría ser más fácil si tienes tu propio lugar ahora que están
durmiendo juntos.
Asiento tontamente. Tiene razón al cien por cien. No puedo vivir
con Bancroft si estamos empezando a salir. Si es que eso es lo que va a
pasar. Además, depender económicamente de él crea un desequilibrio de
poder que no me agrada. No quiero sentir que mis servicios están siendo
comprados, incluso si son tan increíbles como él me dice que son.
—¿Entonces?
—¿Eh? —Me he quedado boquiabierta nuevamente.
Ella articula el sexo y luego dice: —¿Es bueno?
Pienso en la noche anterior. En llegar del trabajo a las tres de la
madrugada y despertarlo con una mamada y la maratón de sexo de dos
horas que tuvo lugar a continuación. Bancroft disfruta probando mi
flexibilidad. Hemos tenido sexo en lugares y posiciones que nunca creí
posibles. Y esa boca… oh, dulce señor. —El mejor.
Sus cejas se levantan. —¿De verdad? ¿Cómo es?
—Intenso. —Me inclino para susurrar—: Tiene una boca muy sucia
y una excelente resistencia. Puede durar horas.
Amie se muerde el labio y se ve un poco melancólica. —¿No estás
adolorida?
—Solo de la mejor manera posible. —Estoy segura de que me ha
arruinado para cualquier otro hombre. Tendré un listón irrazonable para
medir a todos los demás hombres. Bancroft Mills, su boca sucia, y su
pene increíblemente grande son mi nuevo estándar mínimo.
—Él está… —Se detiene y hace algunos movimientos de cejas.
Levanto las mías en pregunta.
—¿Dotado adecuadamente?
—Más que eso —respondo.
—¿Más que eso? —Toca el collar que lleva puesto. Es una cadena
de oro con diamantes. A ella no le gusta el oro amarillo, prefiere el blanco.
Supongo que el collar fue un regalo de su atento y despistado prometido.
—Mucho más.
Traga su bocado de lechuga y se acerca. —¿Cuánto más?
No tengo idea de por qué Amie está tan interesada en el tamaño del
pene de Bancroft. —¿Me estás pidiendo dimensiones aproximadas?
Ella asiente una vez. Miro alrededor de la mesa en busca de cosas
que puedan ser comparables. No hay nada. —Más ancho que un rollo de
papel higiénico y más o menos así de largo. —Mantengo mis manos
separadas y luego amplío un poco la brecha hasta que consigo la medida.
—Vaya —jadea—. Eso no fue… ¿incómodo?
—Es increíblemente hábil en los juegos previos.
Sus mejillas se enrojecen y mira su ensalada, empujando las hojas
secas.
—Nunca es demasiado tarde para cambiar tu modelo actual por
uno con más grosor, o longitud, o ambas cosas. —Tomo una papa frita y
muerdo el extremo.
Amie resopla y se lleva la mano a la boca, moviendo los ojos de un
lado a otro, quizás avergonzada por el sonido que se le escapó. Echo de
menos la versión de mi amiga a la que le importaba menos lo que pensara
la gente. Debimos haber ido a un restaurante menos lujoso para que no
nos viéramos obligadas a tener esta plática en susurros avergonzados.
Ojalá también me importara menos.
Son las dos y media de la tarde cuando llego a casa… o más bien
cuando regreso al apartamento de Bancroft. Estoy nerviosa. He estado
disfrutando de la burbuja sexual en la que hemos vivido, pero Amie tiene
razón, tenemos que hablar y tengo que trazar un plan para mudarme.
Sinceramente, espero no haber leído mal las cosas y que esto sea más
que sexo. Creo que lo es. Nuestras conversaciones hasta ahora me han
hecho esperar que así sea.
El apartamento se ve igual que cuando me fui, lo que significa que
Bancroft todavía no ha vuelto. Probablemente debería lavar las sábanas
después de las aventuras sexuales de la noche anterior. Me detengo junto
a la jaula de Francesca primero. Ha sido alimentada recientemente, por
el aspecto de las cosas. Tal vez Bancroft lo hizo antes de irse a su reunión
de emergencia.
—Hola, niña bonita. —Le acaricio la cabeza y la llevo por el pasillo.
Cuando llego a la habitación de Bancroft, me doy cuenta de que la
cama no está exactamente como la dejé. Continúa deshecha, pero hay
algunas prendas de vestir cubriendo el colchón, los componentes que
conforman un traje. Y la puerta de su armario está abierta.
Mi estómago da un pequeño vuelco y vuelvo a la cocina, revolviendo
mi bolso hasta que encuentro el teléfono. Me perdí una llamada de él
hace unos veinte minutos. Hay un correo de voz.
—Oye. Hola, Ruby. Uh… mira, estoy en el aeropuerto. Tengo que
volver a Londres, hay un problema del que tengo que ocuparme. Realmente
no sé cuándo voy a volver, pero necesitamos hablar y probablemente no
sea una conversación que debamos tener por teléfono…
Hay una breve pausa y un suspiro.
—Necesitamos hacer algunos ajustes con nuestro acuerdo. Todo esto
ha pasado un poco más rápido de lo que esperaba. Creo que quizás…
mierda. Trataré de llamar cuando esté en Londres.
Mi estómago se siente como si estuviera tratando de saltar de mi
garganta. Esto no suena bien. Me siento en la isla y noto el sobre apoyado
contra los plátanos. Me sonrojo al recordar lo que hice con uno ayer en
la tarde en un intento de distraer a Bancroft cuando se hallaba ocupado
con una llamada telefónica. Como resultado, me dobló sobre la isla, me
azotó y me folló.
El sobre tiene mi nombre con su caligrafía desordenada. Lo abro y
encuentro un fajo de dinero. Sacando los billetes los cuento, dos veces.
Jesús. Me ha dejado cinco mil dólares. Intento analizar racionalmente la
cantidad exorbitante de dinero, pero basándome en el mensaje me suena
mucho a que pretende pagarme por sexo.
Sigo sujetando a Francesca. Se retuerce para zafarse de mis brazos.
La acaricio un par de veces y la dejo en el suelo.
Tal vez estoy leyendo entre líneas. Tal vez estoy siendo dramática.
Tal vez solo está siendo preventivo en caso de que se vaya por más tiempo
de lo que anticipa.
Al pasar por delante del contestador antiguo de Bancroft, veo el
número uno rojo parpadeante. Hay un mensaje. Lo reproduzco.
—¡Hola, Banny, soy Brittany! Acabo de escuchar de Mimi y no pude
comunicarme a tu celular, así que pensé en probar este número en su lugar.
Lamento que hayas tenido que irte por negocios esta semana. Es una
decepción cuando acabas de regresar. Realmente espero que vuelvas a
tiempo para la cena este fin de semana. Pero no te preocupes si no puedes.
Siempre podemos reprogramar nuestra cita. Mimi me dijo que estás tan
emocionado como yo por poder pasar tiempo juntos otra vez. No puedo
esperar para retomar donde lo dejamos la última vez. ¡Llámame cuando
puedas!
Me quedo mirando la máquina. Presiono rebobinar y vuelvo a
reproducirlo, escuchando el mensaje una segunda vez. Luego escucho el
correo de voz de Bancroft.
En realidad, ya no hay más adivinanzas. No puedo creer que me
haya estado follando por todo su apartamento durante toda la semana,
diciendo que mi coño es suyo, mientras planeaba una cita con otra mujer.
Brittany, de todas las personas
Escucho el mensaje de nuevo, buscando alguna señal de que esto
no es lo que creo que es. ¿Ha estado jugando conmigo todo este tiempo?
Recuerdo nuestra conversación sobre Brittany cuando me mudé aquí,
cómo dijo que no era tan mala. ¿Tuvo sexo con ella esa noche después de
besarme? ¿Ha estado hablando con ella de la forma en que habló conmigo
mientras estuvo lejos? Me parece que sí, basándome en su entusiasmo.
¿Y qué diablos quiere decir con retomar donde lo dejaron?
Maldito imbécil.
Hablándome de confianza y sinceridad y aquí lo tenemos, follando
conmigo y probablemente follará con Brittany este fin de semana.
Realmente ya no hay dudas, tengo que encontrar un nuevo lugar
para vivir. Cuanto antes mejor.
20
Traducido por Miry
Corregido por Elizabeth.d13
Todo sucede por una razón. Odio ese dicho, incluso si es verdad la
mayoría del tiempo. Es algo que la gente te dice cuando la mala suerte te
golpea en la cara. No es la mala suerte de ellos, por lo que es fácil lanzar
un dicho inútil y molesto en un intento por hacer que una persona se
sienta mejor. Aquí está la verdad: decirle a alguien que todo sucede por
una razón, en realidad no les hace sentirse menos mierda. De hecho,
usualmente los hace sentir peor.
Por eso me alegro tanto de tener una mejor amiga como Amie. En
cuanto dejo de llorar, tardo unos buenos veinte minutos en ponerme bajo
control. Podría estar enojada, pero no lo suficiente como para que esto
no me duela, mucho, la llamo y le digo lo que sucedió.
—¿Es una puta broma? —Amie rara vez maldice en estos días. Su
ira me hace sentir mucho mejor.
—Necesito un nuevo apartamento. Como, mañana.
—¿Quieres quedarte aquí hasta que lo encuentres? Sé que no hay
mucho espacio, pero ¿es mejor que quedarse ahí? ¿Por qué no empacas
tus cosas y te sacamos mañana?
—¿Qué pasa con Armstrong?
—¿Qué pasa con él?
—¿Qué le dirás? Preguntará por qué me quedaré contigo.
—No lo sabrá. Nunca viene aquí. Mi colchón no es lo bastante
blando y no tengo mucho espacio. Probablemente estaré en su casa dos
veces la próxima semana, incluso puedo intentar más, pero él tiene esta
idea de tener su espacio. Al menos no tendrás que dormir en el sofá o en
un colchón de aire esas noches. ¿Quieres que te vaya a buscar esta
noche?
—No. Eso no es necesario. Ni siquiera se encuentra en el país. Y no
regresará esta noche, o al menos en un par de días, así que no tiene
sentido. Necesito empacar, de todos modos.
—Bueno. Tengo que trabajar por la mañana. ¿Necesitas que me
tome un tiempo libre para poder ayudarte?
—Tengo un turno mañana por la noche, pero tengo el día libre.
Puedo ver cómo conseguir una camioneta Uber o algo así.
Permanece en silencio durante unos segundos. —¡Oh! ¿Qué pasa
con la camioneta de Bancroft? ¿Están las llaves ahí?
—Eres una genio. No sé por qué no pensé en eso. Apuesto a que
puedo hacer que la gente que trabaja en este edificio también lleve todas
mis cosas a la camioneta.
—Estoy segura de que puedes, y deberías.
Me siento tan enojada que ni siquiera lo pienso dos veces antes de
usar la camioneta de Bancroft sin su permiso.
Me paso el resto de la tarde empacando. Más que nada lo que hago
es arrojar cosas en las maletas y luego llorar cuando no las puedo cerrar.
Soy tan estúpida. Convertí esto en algo que no era. Estaba convencida de
que había más entre nosotros, pero obviamente me equivoqué. Todavía
tengo que ir a trabajar, lo que apesta. No importa cuánto tiempo me
quede acostada con rodajas de pepino sobre los ojos, siguen rojos e
hinchados.
Supongo que Bancroft ha resultado ser otro imbécil de primera. No
debí confundir el sexo con los sentimientos. Duermo como una mierda, y
me levanto después de unas pocas horas de sueño irregular. No importa,
necesito salir de este lugar. Encuentro las llaves de la camioneta de
Bancroft y llamo al chico de recepción para que me traiga un carrito o
algo para poder sacar mis cajas.
La señora Blackwood sale para ver de qué se trata todo el ruido.
Preciosa se encuentra bajo sus brazos. Me gruñe. Tengo que contenerme
para no gruñirle en respuesta.
—Oh, Renee, ¿te mudas? —Me observa y mira hacia el condominio.
Doy un paso atrás y medio cierro la puerta, ya que la jaula de Francesca
se halla en la sala de estar.
No la corrijo. Siempre se equivoca con mi nombre, aunque siempre
se las arregla para adivinar correctamente la primera letra.
—Sí. ¡Fue muy agradable vivir frente a usted! —le digo con falso
entusiasmo, extendiendo la mano.
Acepta el apretón de manos, aunque parece un poco insegura por
el contacto, lo que es perfecto. Una vez que desaparece en su condominio,
le muestro el dedo corazón.
Stan, el encargado de recepción, tarda quince minutos en cargar
todas las cajas en el carrito. Mientras las baja y las transfiere a la
camioneta, verifico a Francesca. Excepto que no se encuentra en su jaula.
Tengo un momento de pánico, o varios momentos, mientras la busco por
el condominio. La encuentro acurrucada en la almohada de Bancroft.
Lloro lágrimas de alivio por no haberla perdido. De todo lo que voy
a echar de menos sobre vivir en este condominio, aparte de Bancroft, es
a su hurón. Francesca, no el de sus pantalones. Lloro mientras juego con
ella en sus sábanas. Sé que la volveré a ver antes de que Bancroft regrese,
pero me siento sentimental y la extrañaré.
Después de que regrese, no hay garantía de que vuelva a ver a
Franny. También es algo simbólico de perder a Bane, a quien nunca tuve.
Le cambio el agua a Tiny y le doy de comer un grillo, aunque ya lo hice
hace dos días. Soy un desastre con los ojos hinchados cuando estoy lista
para reclamar el camión de Bancroft.
Stan se ve un poco incómodo cuando intento conducir el camión
sin dejar de sorberme los mocos. Menos mal que tiene una cámara de
reversa con una de esas señales de pitidos que me indican cuándo me
acerco demasiado a otros objetos. Eso parece suceder mucho con esta
bestia. Me las arreglo para salir del estacionamiento subterráneo sin
golpear nada.
Manejar una camioneta en las calles de Nueva York es una locura.
No tengo idea de cómo Bancroft maneja esto. Es enorme. Y las calles son
estrechas. Lo bueno de esto es que, si quiero cambiar de carril y nadie
me bloquea, puedo abrirme camino y ellos no tienen más remedio que
dejar que suceda. Ayuda que realmente no me importe si la camioneta
termina con un golpe.
Tengo una llave del apartamento de Amie, así que no es un gran
problema entrar una vez que llego a su casa. Subir todas mis cosas hasta
el duodécimo piso me resulta un poco pesado, ya que hay que hacer cinco
viajes, más mi equipaje. Apilo mi lastimosa pila de cajas contra la única
pared disponible. Una vez que acabo, estaciono la camioneta en el garaje
subterráneo, afortunadamente, el edificio de Amie también tiene uno, y
me consiguió un pase. Utilizo el dinero que Bane me dio por el sexo para
pagarlo. No voy a llevarla de regreso hoy. Lo haré mañana por la mañana.
No puedo imaginar que Bancroft vuelva para entonces.
Cuando termino, me encuentro sudada y hambrienta. Reviso la
nevera en busca de comida. Estoy muy decepcionada. Su selección de
comida es mínima. Hay lechuga y algo de fruta, pero me acostumbré a
vivir con un ex jugador de rugby que ama sus carbohidratos y su carne.
Además, trabajo en un empleo muy activo estos días. Necesito las calorías
para mantener el trasero que cargo.
Amie vive al margen del distrito de teatros, al igual que Bancroft,
por lo que su apartamento no está tan lejos. Es una zona fabulosa, y este
apartamento cuesta un dineral. Pero gana mucho dinero donde trabaja,
por lo que es asequible para ella. A menos que me las arregle para
conseguir un papel principal en una producción de Broadway, no hay ni
una maldita forma de poder pagar algo como esto. Y eso nuevamente me
molesta.
Agarro mi bolso y me dirijo a la calle. Es temprano por la tarde y
me muero de hambre. Creo que en realidad podría estar enojada por tener
hambre a estas alturas. Reviso el teléfono mientras camino por la calle.
Tengo mensajes de Amie, pero nada de Bancroft. Debe estar en Londres
ahora mismo. Que no haya escuchado de él es otra patada en la vagina.
Necesito comida de consuelo. Algo grasiento y poco saludable. Sigo
por la calle, determinada a encontrar algo que no me obligue a sentarme.
Solo quiero comida y luego, volver al apartamento de Amie, ducharme y
tal vez echar una siesta antes de irme al trabajo.
Cuando paso por uno de los pequeños teatros eclécticos en las
calles laterales, veo un cartel de audiciones abiertas pegadas a la puerta.
Es para hoy. Reviso la hora. Y para este justo momento.
Ahora, aquí está uno de esos casos en los que el refrán de “todo
sucede por una razón” es realmente razonable y bienvenido. Abandono la
búsqueda de comida. Es una audición para una obra de la que nunca he
oído hablar. No es que importe. Mientras pueda leer el guion y aprender
los diálogos en el tiempo que me dan, vale la pena intentarlo. No tengo
comida en el estómago, así que no voy a vomitar sobre el director. Lo peor
que puede pasar es que no me llamen.
Entro al teatro. Es precioso por dentro, los techos altos y los pilares
tallados de forma ornamental me llevan a una mesa plegable. Detrás hay
una mujer con gafas de montura de carey y un lápiz labial rojo sangre.
Muestro mi sonrisa más brillante y amigable. —¿Hay audiciones
abiertas aquí hoy?
Sus ojos se ensanchan cuando me ve. —Las hay —dice con cierta
vacilación.
Miro mi atuendo. Me encuentro un poco desaliñada. Mi blusa está
manchada de polvo y mis pantalones tienen agujeros. Estoy lejos de
hallarme bien. Oh bien, estoy aquí ahora. —Bien. Genial. Me gustaría
hacer una audición.
Me da una sonrisa condescendiente y me desliza un formulario.
—Completa esto, por favor.
Relleno el papeleo básico y lo devuelvo, intercambiándolo por un
guion. —Te llamarán en breve. Eres la última audición antes de que den
por terminada la tarde.
—Gracias. —Bueno, eso es afortunado. Sigo sus indicaciones hacia
el teatro, escaneando el guion.
La escena que han elegido es una de gran emoción. La protagonista
femenina está enojada, frustrada y explosiva. Siento todas estas cosas.
Si nada más, la audición para este papel será purgativo.
Lloro lágrimas reales durante mi audición. Unas nacidas de la
verdadera frustración, por mi propia situación, por el papel que quiero.
Puede que le dé un toque demasiado profundo al melodrama, pero sin
dudas es terapéutico.
Salgo del teatro sintiéndome menos enojada y con mucha hambre.
Encuentro una pizzería y engullo dos rebanadas. Luego vuelvo a mi nuevo
hogar temporal, me ducho y me preparo para el trabajo.
Mañana necesito encontrar un apartamento. No molestaré a Amie
más tiempo del necesario. Lo que más deseo es poder arreglármelas sola,
sin tener que depender de nadie, al menos económicamente. Si bien esta
situación es horrible, al menos mi trabajo actual me proporciona dinero
para el alquiler y lo básico. No necesito ni quiero lujos si viene con este
tipo de precio emocional.
El trabajo se siente diferente esta noche. Sigo esperando ver a
Bancroft de pie al fondo del club, con cara de enfado. Pero no está, porque
se encuentra en otro país. Tan enojada como me encuentro, también me
siento triste. Se convirtió en un amigo. Alguien que no me juzgaba y me
aceptaba por quien era.
Por la mañana, estoy decepcionada una vez más por la falta de
comunicación de su parte. Supongo que eso me dice claramente dónde
estamos parados.
Conduzco su camioneta de regreso a su condominio y dejo que el
aparcacoches la estacione. Me sorprende que haya logrado devolverla sin
daños, aparte del café con leche que derramé en la consola central. No
me esforcé mucho para limpiarlo. Espero que para cuando vuelva, huela
a leche agria. Es vengativo, pero no me siento tan bien por su hipocresía.
Paso una hora jugando con Francesca y me aseguro de que Tiny
esté bien; no necesitará comer hasta el fin de semana y supongo que
Bancroft estará en casa para ese entonces. Espero que sí. Volver aquí
duele. Dejar a Francesca también es doloroso.
Froto su vientre mientras ella rueda en el piso. —Te extrañaré
mucho.
Se enrosca alrededor de mi mano y pellizca mis dedos, luego sube
a mi regazo, metiendo la cabeza bajo mi blusa. Se estira sobre sus patas
traseras y su cabeza asoma por el cuello de mi blusa, entre mis tetas. Me
río y empiezo a llorar.
Me golpea la barbilla con la nariz y me frota la carita en el cuello.
Me acurruco con ella, dejando que mis ridículas lágrimas caigan hasta
que se retuerce e intenta zafarse de mí. No esperaba encariñarme tanto
con ella, ni con Tiny, ni con Bancroft.
Necesito una distracción, por lo que mi misión para el resto del día
se convierte en la búsqueda de apartamentos. No creo que sea fácil hallar
algo a un precio razonable y disponible de inmediato. No quiero volver a
una dieta que consista principalmente de fideos, pero lo haré si significa
poder perseguir este sueño que no estoy dispuesta a dejar morir.
Casi vuelvo al apartamento de Amie cuando recibo una llamada de
un número desconocido. Es local, por lo que no puede ser Bancroft.
Respondo en el tercer timbre.
—Hola, ¿puedo hablar con Ruby Scott?
Es una voz masculina desconocida. Oh Dios. Espero que no sea
una agencia de cobros. He sido muy buena pagando mis préstamos y mi
tarjeta de crédito. —Esa soy yo.
—Soy Jack Russell. Hiciste una audición para mí ayer.
Mi corazón salta en mi garganta. Cruzo los dedos. —Sí. Sí, lo hice.
—Todos estuvimos muy impresionados con tu audición.
—Muchas gracias.
—Desgraciadamente, el papel para el que ha hecho la audición ya
está ocupado —dice.
Claro que sí. Porque tengo muy mala suerte. Porque apesto. Porque
no puedo hacerlo sola. Porque estoy destinada a ser un avión corporativo
no tripulado, traficando con estimulantes para endurecer el pene por el
resto de mi vida. O una perra de la prisión por asesinar a mi zorrastra
cuando me vea obligada a trabajar con ella, porque esa es la dirección en
la que va mi vida.
Me sintonizo justo a tiempo para escuchar: —...hoy para hacer una
audición para otro rol.
—Lo siento, ¿podría repetir eso?
—Es un rol un poco más desafiante, pero tu papeleo indica que
tienes antecedentes vocales. Si te interesa, nos gustaría que regresaras y
audicionaras esta tarde.
—Puedo hacerlo. Seguro. Estoy interesada. ¿A qué hora le gustaría
que estuviera ahí?
—¿Puedes venir a las dos en punto? Tenemos un espacio en ese
momento.
—Estaré ahí. ¿Es en el mismo teatro?
—En realidad, no, un poco más lejos por esa misma calle. No muy
lejos. —Garabateo la dirección y me doy cuenta de que se refiere a Las
Etapas del Nuevo Mundo en West Fiftieth. Eso es algo grande. No tanto
como Broadway, pero significativamente Off-Broadway. Es un gran paso
en la dirección correcta. Conseguir este rol, o cualquier otro rol en esa
producción sería increíble para mi carrera.
Llamo a Amie, para tener a alguien con quien emocionarme, pero
va al correo de voz. Una punzada de tristeza me golpea cuando veo el
número de Bancroft en la lista de llamadas recientes. Si esto hubiera
pasado hace unos días, habría sido la primera persona a la que llamara.
Posiblemente por delante de Amie. Eso me dice, de una manera que no
esperaba, qué tan apegada a él me he convertido. Ignoro la tristeza y me
apresuro a volver a casa de Amie para prepararme para mi audición.
Esta vez estoy organizada y preparada. Me presento media hora
antes, y espero que me dé algo de tiempo para revisar el guion. Estaba
tan emocionada que ni siquiera pensé en preguntar cuál era la obra o el
papel.
Diez minutos después de que llego, me llaman, así que apenas
tengo tiempo para leer el guion o aprender la canción que se supone debo
cantar. Ni siquiera tengo la oportunidad de ponerme nerviosa.
Y tal vez es exactamente por eso que lo logro. Será una producción
genial y la acústica en este teatro es escandalosa. Una vez más, vuelvo al
calor y al sol. Al pasar por delante del pequeño teatro donde hice la
audición ayer, veo un cartel en amarillo de advertencia. Es imposible no
verlo. Y dice: EN ALQUILER.
No tengo idea de cuánto tiempo ha estado ahí, pero con mi actual
cadena de suerte, llamo al número.
Me salta el correo de voz, así que dejo un mensaje y tomo una foto
de la dirección. No creo que esté muy lejos de aquí. Sería increíble si
pudiera encontrar un lugar a poca distancia, o un corto viaje en metro,
de mi mejor amiga. Mientras siga viviendo en su apartamento.
Tengo que estar en el club sobre las seis y ya se acercan las cuatro,
así que recojo mis cosas y como algo. Tengo que hacer una visita al
mercado. La selección de lechugas de Amie no me inspira ni me llena.
Considero irme al club temprano, así no tengo que sentarme y
pensar cómo hace unos días podría haber compartido mi entusiasmo con
Bancroft, y ahora no puedo. Tampoco puedo compartirlo exactamente
con las chicas del club.
Si obtengo este rol, tendré que renunciar o al menos reducir mis
turnos. Lo más probable es que renuncie. Y eso me entristece, porque tan
escandaloso como es mi trabajo, ha sido una experiencia liberadora. Más
que eso, es realmente divertido, aparte de las horribles ampollas y los
calambres en las pantorrillas. Los que no voy a extrañar.
Pero este papel vendría con un sueldo muy decente. Con el que
puedo vivir. Y se prevé que la producción dure mucho tiempo. Esto es por
lo que he trabajado tan duro. Es exactamente lo que quiero. Trato de no
hacerme ilusiones, pero es difícil.
Justo cuando estoy metiendo mis pies en mis zapatos, suena el
teléfono. Lo reconozco como el número del anuncio de alquiler. Espero
que la persona suene como Darth Vader, o que el anuncio sea antiguo y
que el apartamento esté alquilado, pero me sorprende descubrir que no
lo está. Es un subarrendamiento, y solo está disponible por dos meses.
Eso no es necesariamente algo malo. Puedo manejar algo a corto
plazo. Me dará tiempo para encontrar algo permanente. Programé una
cita para ver el lugar mañana. Por lo que sé, se halla ubicado en el sótano
de un calabozo en algún lugar.
Al día siguiente, hago un corto viaje en metro para ver el lugar. Es
un hermoso y pequeño apartamento de ciento veinte metros cuadrados,
construido para ser funcional. Un panel deslizante divide la habitación,
dando la ilusión de un espacio separado para el dormitorio, que cuenta
con una cama plegable.
Todo el apartamento cabría en mi habitación en casa de Bancroft.
Que ya no es mi dormitorio. Realmente nunca lo fue. Al igual que este
lugar será, era temporal. Una escala hasta que logré rehacer mi vida.
—Sé que es pequeño —dice Belinda en tono de disculpa, como si
fuera su culpa que el apartamento no tenga más metros cuadrados.
—Está bien. Solo soy yo de todos modos ¿Cuál sería el alquiler por
él? —Tengo miedo del número que diga. Tengo serias dudas acerca de
poder pagar este lugar.
—Solicito mil ochocientos por mes, con un depósito de quinientos
dólares que recibirás siempre que todo esté en las mismas condiciones
cuando regrese.
La miro fijamente, segura de que no puede ser en serio. He visto lo
que piden por estos apartamentos tipo estudio. Vivir por aquí no sería
posible para mí con mis ingresos actuales, así que esto es una ganga.
Es realmente una obviedad. Puedo quedarme aquí los próximos dos
meses, arreglarme y luego buscar algo más permanente.
21
Traducido por Beatrix
Corregido por Elizabeth.d13
Esto se está convirtiendo en el peor viaje de todos. Incluso la vez
que comí los tacos en mal estado y me puse enfermo no se compara a las
nueve horas de viaje en avión a casa.
Primero, nuestro vuelo tiene conexiones y pierden mi equipaje. Por
si fuera poco, Griffin, que no se maneja bien en los aviones, no encuentra
su puto pasaporte cuando aterrizamos, así que tardamos una eternidad
en salir del aeropuerto. Una vez en el hotel, me doy cuenta de que he
olvidado mi maldito teléfono y mi iPad en el avión.
Es un lío épico. Para añadir al aluvión de mierda, cuando por fin
me las arreglo para obtener un teléfono nuevo el segundo día del viaje
descubro que no he hecho una copia de seguridad de mi iCloud, así que
todos los contactos que he añadido en los últimos tres meses dejan de
existir. Eso incluye a Ruby. Con quien no he podido ponerme en contacto.
Le he dejado mensajes privados en Facebook e Instagram, pero no he
recibido respuesta. Me está poniendo jodidamente ansioso.
Le dejo un mensaje a Armstrong, pero es terrible para devolver las
llamadas telefónicas en el mejor de los casos. Sin embargo, no tengo
mucho tiempo para preocuparme por eso, porque tenemos problemas
mayores, el menor de los cuales es reemplazar el pasaporte de Griffin
para que no estemos atrapados aquí en Londres durante la próxima
semana.
El problema del permiso es mucho más grande de lo que mi padre
dejó ver. O quizás es más grande de lo que creía. Habíamos estado a una
mala conversación de una demanda. Lex no estuvo bien de la cabeza la
mayor parte del viaje. Generalmente toma buenas decisiones de negocios,
pero esta vez se equivocó. He pasado más tiempo al teléfono con mi padre
en las últimas veinticuatro horas que en los últimos quince años.
Lo único positivo de este viaje es que esquivamos una demanda y
los elogios de mi padre a lograr resolver el problema.
Cuando entro en mi apartamento el siguiente sábado por la tarde,
estoy agotado y estresado. No he sabido nada de Ruby, lo que no es propio
de ella. Esperaba mensajes suyos, pero no ha habido nada, y Armstrong
nunca consiguió darme su número. Dejo las maletas en la puerta y la
llamo, consciente de que probablemente ya se ha ido a trabajar.
Me detengo ante la puerta abierta de Ruby. Ella generalmente la
mantiene cerrada, así que me sorprende verla toda abierta, con la luz
encendida. Algo parece diferente. Está más ordenado que de costumbre,
tal vez. Ella no está, obviamente, así que continúo hacia mi dormitorio,
pero tengo una sensación en el estómago que ha estado presente durante
los últimos días y que parece estar empeorando en lugar de mejorar.
Debería ser lo contrario ahora que estoy en casa.
Mi cama está exactamente como la dejé, sin hacer y con mi ropa
todavía tirada por ahí. Qué raro. Habría pensado que Ruby seguiría
durmiendo aquí incluso sin mí, teniendo en cuenta que es donde ha
dormido todo el tiempo que he estado fuera. Algo no va bien.
Vuelvo a tener esa sensación y empeora cuando me doy la vuelta y
me dirijo a su habitación. Enciendo la luz y me dirijo al armario, abriendo
la puerta de golpe. Las cajas. Eso es lo que falta. No están. Quizá las
trasladó a la otra habitación libre. Pero mientras lo pienso, sé que me
equivoco. Corro al baño y abro las puertas de los armarios. Están vacíos,
salvo por las toallas. Todo ha desaparecido.
Ella se ha ido.
¿Qué diablos pasó en mi ausencia?
Necesito encontrarla. Necesito hablar con ella. La necesito de vuelta
en mi espacio.
Pero no puedo hacer eso sin su número, que aún no tengo. Tengo
el de Amalie en alguna parte, es solo cuestión de encontrarlo. Siempre
puedo ceder y volver a llamar a Armstrong, a pesar de que no ha sido de
mucha ayuda.
Paso a la mesa donde guardo el correo, los números de teléfono y
los documentos misceláneos que aún tengo que ordenar. Espero que esté
más desordenado, porque ahí es donde Ruby tira todo mi correo, pero
sorprendentemente sigue estando organizado. Mi contestador registra un
mensaje, así que presiono el botón de reproducción mientras hojeo los
papeles, buscando un número que no estoy seguro de encontrar. Perder
el teléfono ha sido un serio fastidio.
Me estremezco al oír la voz nasal y aguda de Brittany y dejo de
hojear los papeles.
—¡Hola, Banny, soy Brittany! Acabo de escuchar de Mimi y no pude
comunicarme a tu celular, así que pensé en probar este número en su lugar.
Lamento que hayas tenido que irte por negocios esta semana. Es una
decepción cuando acabas de regresar. Realmente espero que vuelvas a
tiempo para la cena este fin de semana. Pero no te preocupes si no puedes.
Siempre podemos reprogramar nuestra cita. Mimi me dijo que estás tan
emocionado como yo por poder pasar tiempo juntos otra vez. No puedo
esperar para retomar donde lo dejamos la última vez. ¡Llámame cuando
puedas!
Es la parte de “nuestra cita” en la que me quedo atascado. No he
hablado con Brittany desde que la llevé a la fiesta de compromiso. Ni una
sola vez. El hecho de que considere una cena, de la que me había olvidado
por completo y en la que estará presente toda mi familia, como una cita
es bastante preocupante. La parte de continuar donde lo dejamos es otra
preocupación. A la mierda la cena. No voy.
Espero que Ruby no haya oído este mensaje. El contestador es tan
viejo que no registra la fecha ni la hora en que se dejan los mensajes.
Sigo a la caza del número de teléfono de Amalie, pero tras otros
quince minutos de búsqueda, abandono la misión y llamo a Armstrong.
Por fin me contestan, pero es Amalie, no Armstrong.
—Bane —dice mi nombre como si fuera una profanación. O como
si realmente fuera el epítome de mi nombre.
—Espero no haberte despertado. —No parece que fuera así, a pesar
de lo temprano que es.
—No me despertaste. Sin embargo, Armstrong sigue durmiendo.
—Llamo para hablar contigo, en realidad.
—¿En serio? —Amalie es generalmente una mujer agradable y
dulce. Hoy es todo lo contrario: fría y brusca.
—Estoy buscando a Ruby.
—No puedo ayudarte.
Algo realmente no cuadra. —¿No puedes ayudarme o no quieres?
—Ante su silencio, suspiro—. ¿Sabes dónde está?
—No voy a responderte.
—He llegado esta tarde y su habitación está vacía, todas sus cosas
han desaparecido.
—Qué sorpresa.
¿Qué diablos hice para merecer este tratamiento? —¿Se encuentra
bien? ¿Está a salvo? ¿Me puedes decir eso?
—Está tan bien como puede estar.
—¿Qué significa eso?
—Está a salvo.
Bueno, eso me tranquiliza un poco. —¿Supongo que no estarías
dispuesta a decirme dónde podría encontrarla?
—Probablemente dormida. En su cama. O en la de otro, si ha
seguido mi consejo.
—¿Qué? Yo... —El silencio me sigue antes de que pueda decir otra
palabra.
¿Qué diablos está pasando? ¿Qué pudo haber pasado en los días
entre que Ruby terminó en mi cama y ahora que haya desaparecido?
Basándome en la hora del día, es probable que ya esté en el club.
Que es exactamente a donde voy. No me molesto en cambiarme mi traje
arrugado. Conduzco mi camioneta en lugar de ir en Uber, así no tengo
que esperar. Una mujer que reconozco como una de las damas que estaba
en mi sala de estar, raspando mi madera dura con sus tacones, me
saluda en la puerta del club.
Apoya un puño en su cadera. —Si estás buscando a Ruby, no está
aquí.
Siempre trabaja los sábados por la noche, y por lo general ya está
aquí. —¿Viene más tarde?
Me mira, entretenida. —Ya no trabaja aquí. Tengo que prepararme.
Tenemos una chica nueva y está tan despistada como Ruby Tuesday
cuando la entrené.
Cierra la puerta en mi cara.
¿Qué diablos está pasando? ¿La despidieron? Estoy seguro de que
Amalie tendrá la respuesta a eso. Si ella no iba a estar en la cena yo no
hubiese ido simplemente para evitar a Brittany. Ahora parece que no
tengo más remedio que ir para averiguar qué ha pasado para que las
cosas hayan cambiado tan drásticamente en el tiempo que llevo fuera.
Así, llego casi media hora tarde. Mi madre está furiosa. Lo noto por
el tic en su ojo izquierdo.
—Bancroft. Llegas tarde —sisea mientras me agacho para recibir
un beso en la mejilla.
—Lo siento, Mimi, el tráfico.
—Todos los demás lograron evitar el tráfico.
—Debo haber venido por otro camino.
Estoy de muy mal humor para aplacar a mi madre y, por supuesto,
Brittany me asalta en cuanto entro en el salón. Está convenientemente
cerca del vestíbulo, así que en cuanto cruzo el umbral se abalanza sobre
mí y me echa los brazos al cuello.
—¡Banny! —Su voz chillona hace que un escalofrío me recorra la
espalda. Me besa la mejilla y se echa hacia atrás, riendo mientras limpia
el residuo del pintalabios—. Me alegro mucho de que hayas venido. Mimi
me ha dicho que tu avión aterrizó hace unas horas. Eres un soldado.
—Llegué tan rápido como pude —miento. La tomo por los hombros
y me alejo en un intento de hacer que parezca que estoy apreciando su
vestido—. Te ves adorable, como siempre. —Esto no es cierto. Al igual
que la otra vez que me vi obligado a entretenerla, ella estaba vestida como
si estuviera lista para una noche en el club. Y esta vez sus padres están
aquí para presenciarlo.
Siento una punzada en la nuca y levanto la vista para encontrarme
a Amalie mirándome por encima del borde de su copa de martini.
Cuando por fin consigo acercarme a su lado de la habitación, me
dedica una sonrisa tensa.
—Necesito hablar contigo —le digo en voz baja.
—No tienes nada que decir que quiera escuchar —responde con
una sonrisa de oreja a oreja y los dientes apretados.
Mi madre nos llama a la mesa. Por supuesto, Brittany se las arregla
para sentarse a mi lado. Lexington se sienta a su lado. Es una pena que
mi madre no haya intentado emparejarla con él. Tengo la sensación de
que le gustaría tratar con ella. O al menos lo que promete proporcionarle
más tarde en la noche.
Tengo que apartar la mano de Brittany de mi muslo cuatro veces
durante la cena. Ella cree que está siendo linda. Yo creo que está siendo
molesta. Ahora, si fuera Ruby tratando de tocarme por debajo de la mesa,
sería una historia diferente.
En un momento se excusa para ir al baño. Me hace un guiño poco
disimulado al levantarse de la mesa. Supongo que es una especie de
invitación. Lo ignoro. En algún momento debe de darse cuenta de que no
voy a ir a por ella porque vuelve a la mesa, haciendo pucheros.
Amalie está rígida durante toda la comida y no dejo de verla
mirarme. Empuja la comida por el plato sin apenas tocar nada. Al final
de la comida se excusa. Le doy dos minutos de tiempo antes de hacer lo
mismo.
Espero fuera del tocador, lo que sería espeluznante si la situación
fuera diferente. Tiene información que necesito ahora mismo. También
quiero aclararle lo de Brittany, porque está claro que cree que estoy en
esto de las citas.
En cuanto se abre la puerta del baño, doy un paso al frente,
haciendo imposible la huida. —Necesito hablar contigo.
Resopla y cruza los brazos sobre el pecho. —Te daré una patada en
las bolas si no te apartas de mi camino.
—Sabes, puede que incluso te deje hacerlo si me dices qué diablos
está pasando.
Deja de intentar esquivarme. Frunce el ceño y me mira con
extrañeza. —¿Me dejarías patearte en las bolas?
—Si eso significa que me dirás por qué Ruby no se ha puesto en
contacto conmigo en una semana y por qué ya no trabaja en ese club,
puede que lo haga. —Miro sus pies—. Pero no mientras estés usando esos
zapatos. Son peligrosos. —Lleva el mismo tipo de zapatos que usó Ruby
cuando interpretó esa canción en el escenario. De hecho, parece que son
los mismos.
Arrastro mis ojos hacia su cara. Hombre, su cara de enojo me
asusta, quizá porque suele ser una persona suave y cálida. Nunca ha
sido tan descarada conmigo como Ruby. Jesús, la echo de menos.
Amalie se acerca, con los ojos encendidos con un fuego que nunca
antes había visto. —Ruby me contó todo sobre el mensaje que le dejaste
y el que Brittany te dejó a ti. ¿Qué clase de persona eres, tratando de
pagarle? Es repugnante.
—¿Pagarle? ¿Para qué?
—Por el sexo. —Lo dice como si yo fuera la persona más estúpida
en la faz de la tierra. Porque claramente lo soy.
—Guau, guau. Espera un momento. ¿Por qué demonios pensaría
que le estaba pagando?
—Porque le dejaste cinco mil dólares y un mensaje sobre cómo
cambió tu arreglo, imbécil. Y todo el tiempo estás organizando citas con
la puta de Brittany. Ruby no se acuesta con cualquiera, sabes. A ella le
gustabas mucho pero tú tuviste que hacer esto. Y además desapareces
por una semana. ¿Qué clase de idiota eres?
Oh, mierda. Ahora todo esto empieza a tener sentido. —Bueno, lo
primero es lo primero, no estaba tratando de pagarle a Ruby por sexo. No
tenía ni idea de cuánto tiempo iba a estar fuera y necesitaba dejar dinero
porque no tuve tiempo de conseguir provisiones para Francesca y Tiny.
En segundo lugar, conozco a Brittany desde niño y está aquí porque mi
madre quiere que salga con ella, no porque yo quiera. ¿Por qué Ruby no
me llamó antes de mudarse? Y ya no trabaja en el club. Por favor, dime
que no volvió a Rhode Island. —Ni siquiera lo había considerado hasta
ahora. El pánico se amplifica.
—Se mudó porque está protegiendo su corazón. —Cierra la boca—
. Ni siquiera sé por qué estoy hablando contigo. No puedo confiar en nada
de lo que dices.
Amalie intenta pasar a mi lado, pero la agarro del brazo. —Solo
necesito su número. Solo necesito llamarla para explicárselo. O podrías
decirme dónde está.
—¿Explicar qué exactamente? ¿Que te la estabas follando a ella y
a quién sabe quién más mientras vivía en tu casa? Esta vez ni siquiera
intentaste llamarla. ¿Qué demonios se supone que va a pensar?
—No me estoy follando a nadie más y tampoco tengo intención de
hacerlo. Perdí mi teléfono en el avión y no tenía copia de seguridad de mi
iCloud, así que no pude contactar con ella. Y no responde o no recibe los
mensajes que le envío en las redes sociales. Solo quiero hablar con ella,
Amalie. No quería que se fuera. La quiero. Quiero estar con ella. La echo
de menos, joder.
Los ojos de Amalie se abren de par en par y lucen quizás un poco
escandalizados por mi lenguaje. —Oh, eso explica la falta de mensajes,
pero todo esto de Brittany...
—No soy un imbécil, Amalie. Nunca he tenido la intención de salir
con Brittany. Creo que en realidad podría estar delirando. Dime dónde
está Ruby, por favor, para que pueda intentar arreglar esto.
Amalie me mira unos instantes antes de sacar el teléfono del bolso.
—Ella se está quedando en mi casa. Tuvo una audición exitosa la
semana pasada. Es un gran papel. Se mudará a su propio apartamento
la próxima semana.
—¿Ya encontró su propio lugar?
—Fue una casualidad. Un subarrendamiento.
Mi teléfono suena en mi bolsillo. Lo saco y agrego el contacto a mi
corta, pero creciente lista.
—¿Puedes indicarme cómo llegar a tu apartamento? —Mi teléfono
vuelve a sonar.
—Puedo hacerlo mejor que eso. —Rebusca en su bolso y saca una
llave—. No hagas que me arrepienta de habértela dado. Ahora ve a
arreglar el corazón a mi mejor amiga, por favor.
22
Traducido por Tolola
Corregido por Sahara
Voy por mi segundo litro de helado. El primero era de galleta, este
es simplemente vainilla. Amie está cenando en casa de los padres de
Bancroft esta noche y se supone que él estará allí si ha vuelto de su viaje.
Se ofreció a fingir estar enferma y quedarse aquí conmigo en muestra de
solidaridad, pero quería que me informara. También quiero saber si esa
puta de Brittany está allí con él. También puede que le haya pedido que
ponga una buena dosis de laxante en su comida si es así. Amie se negó
a la última parte. Aun así, se lo metí en el bolso por si cambiaba de
opinión.
A las siete recibo mi primer mensaje de Amie:
Cara de Ramera está aquí. Vestida como una puta. Bancroft
no.
Cuarenta y cinco minutos después recibo otro:
Ha llegado Bancroft. Cara de ramera no lo deja tranquilo. He
encontrado los laxantes en mi bolso. Puede que se los meta a él en
el café.
De repente el helado no me sienta bien. Espero a que me escriba
otra vez, pero después de media hora me rindo y le mando yo uno:
¿Es su cita?
Tarda unos minutos en responder.
Eso creo ☹
No puedo creer que hace menos de una semana estuviéramos
teniendo sexo en prácticamente todas las superficies de su apartamento.
Debería haberme ceñido a mi regla de las siete citas. Vivir en su casa lo
arruinó todo.
Mi teléfono suena otra vez. Es Amie.
Nos equivocamos.
Cuando le respondo para que se explique y no me responde escribo
frénicamente cincuenta mensajes de una palabra, esperando que el flujo
constante de mensajes la haga responderme para callarme. Me responde:
Sobre Bancroft. Lo entenderás pronto.
Como si eso ayudara. Es igual de críptico. El resto de mis mensajes
quedan sin respuesta. Creo que estoy al borde de un ataque de pánico
cuando llaman a la puerta, seguido del sonido de la llave girando en la
cerradura. No son ni las diez. Me sorprende que ya haya terminado. Las
cenas de gente rica suelen durar hasta medianoche, y el componente
comercial de la velada tiene lugar después de que se haya consumido la
comida y la bebida. Lo que me parece bastante retrógrado. Tal vez Amie
se fue temprano para estar conmigo. Quizá tenga noticias. Se me revuelve
el estómago y reclamo mi helado preparándome para buscar consuelo en
la comida.
Excepto que no es Amie quien entra por la puerta. Es Bancroft.
—¿Qué carajo haces aquí? —grito.
Me mira. Resisto la urgencia de correr al baño y hacerme lucir más
presentable. Estoy bastante segura de que luzco horrible. Tengo el pelo
en una media coleta y llevo puesto un pijama cómodo. Sin sujetador.
Cruza la habitación, intenso. Y sexy. Maldito sea.
—Tenemos que hablar.
Me aferro al cojín del sofá para no atacarlo. —No hay nada de qué
hablar.
—Tengo que disentir. Creo que en realidad hay mucho de qué
hablar.
—¿Con qué te gustaría empezar? ¿Tu cita con Brittany la cara de
ramera? ¿Lo emocionada que se siente por continuar donde lo dejaron?
¿Estuviste jugando todo el tiempo?
Levanta las manos. —No jugaba con nadie.
—Oh, ¿no? ¿Cuántas veces te llamó mientras estuviste en Londres?
¿Le pediste que se desnudara en video llamada? ¿Le hablaste sobre sus
bragas?
—La verdad es que no creo que tenga bragas —refunfuña.
Se me abre la boca de par en par y le lanzo el objeto más cercano,
que resulta ser una almohada, así que por desgracia no le hace daño.
—Qué poca clase tienes, ¿te la follabas mientras vivía en tu maldito
piso?
—Eh. Espera, no lo entiendes. —Se pasa una mano por el pelo—.
Nunca he tenido sexo con Brittany. Ni siquiera la he besado.
Como si esto me hiciera sentir mejor. —¿Cómo demonios sabes
entonces que ni siquiera tiene bragas?
—Porque me lo enseñó la última vez que salí con ella.
—¿Por qué debería creerte? —Me levanto del sofá para apoyar el
puño en la cadera. Esto sería mucho más efectivo si no pareciera tan
patética—. Además, ¿qué importa todo esto si tenemos que hacer “ajustes
en nuestro acuerdo”? Y quizá tengamos que hablar del dinero que dejaste
por los servicios prestados.
Bancroft sacude la cabeza. —¿Servicios prestados? No sé de q…
—Debo de estar en el negocio equivocado si mi coño vale cinco mil
por semana. —Me señalo la entrepierna.
Parece muy confundido.
—¿Qué se supone que tengo que pensar cuando me dejas un sobre
de dinero para pagarme por sexo? ¿Te haces una idea de lo degradante
que es? No puedes comprarme, Bane. —Mierda. Creo que voy a llorar.
Su expresión se vuelve distante y cruza los brazos sobre el pecho.
—¿De verdad crees que te pagaría por tener sexo conmigo?
—Bueno, ¿para qué más sería el dinero? ¿Por si acaso me disloco
la mandíbula por tragarme tu polla hasta el fondo? —Vale, puede que eso
sea ir un poco demasiado lejos.
—Me preocupaba tener que ausentarme más de lo que quería. No
quería dejarte sin dinero. No intento comprarte, Ruby. Intento cuidar de
ti.
—No necesito que me cuiden. Y dijiste que necesitábamos hacer
ajustes, que todo era demasiado rápido. ¡Y lo primero que haces cuando
vuelves es salir con Brittany! —Estoy temblando. Si estuviera sentada
podría meter las manos bajo mis muslos para mantenerlas quietas.
—Mierda. Por esto odio el buzón de voz. —Se frota el espacio entre
los ojos como si esta conversación le estuviera dando dolor de cabeza—.
No concerté una cita con Brittany. Ha sido un intento de mi madre de
buscarme pareja otra vez. No tengo ningún interés en salir con Brittany.
La única razón por la que fui a cenar esta noche fue para descubrir dónde
estabas. Cuando dije que las cosas iban más rápido de lo que esperaba
no era algo malo. Me puso nervioso que me mandaran a Londres otra vez.
—Oh. —Es muy diferente a lo que esperaba—. Pero no me llamaste
ni una vez cuando estuviste fuera.
—Me olvidé el teléfono en el avión y no había hecho una copia de
seguridad de mi iCloud, así que ya no tenía tu número. Te mandé un
mensaje en las redes sociales esperando que me respondieras, pero no
recibí nada. ¿Tienes idea de lo confundido que estaba cuando llegué a
casa y descubrí que te habías mudado?
Supongo que borrar los mensajes privados que me envió sin leerlos
fue un poco precipitado por mi parte. Debe haber leído la culpa en mi
expresión. Basándome en su sonoro suspiro.
—Sabía que teníamos que hablar de las cosas, y probablemente
debería haber dicho algo mucho antes, pero luego tuve que regresar a
Londres y no me quedó más remedio que esperar. Sinceramente, no tenía
intención de desnudarte tan pronto después de volver, pero entonces
ocurrió lo del club y no tuve la contención necesaria para esperar.
Levanto la mano para pararlo. —¿Planeabas acostarte conmigo?
Se acerca un paso más hasta que mi palma abierta se apoya en su
pecho. —Planear suena retorcido y calculado.
No me aparto, pero levanto la barbilla para verle la cara. —¿Estabas
siendo retorcido y calculador?
Se encoge de hombros. —Menos mal que al principio estaba fuera
del país. Aquella primera noche que te quedaste en mi piso, antes de
irme, me costó mucho no tomar una mala decisión que me habría hecho
sentir, muy, muy bien. Siento no haber sido claro en mis intenciones y
haber tardado tanto en expresarlas. Me gustaría que me perdonaras.
¿Crees que es posible?
Asiento. —Siento no haberte dado el beneficio de la duda, pero los
mensajes y el dinero… —Trago fuertemente cuando me cubre la mano
con la suya. Es difícil no distraerme ante la sensación de tenerlo tan cerca
de mí—. En realidad me alegro de que no tomáramos malas decisiones
antes de que te fueras.
Ladea la cabeza, con mirada interrogante.
—Si me hubiera acostado contigo antes de que te fueras se habrían
complicado las cosas. Me habría sentido como si me estuvieran
comprando.
Me levanta la mano, llevándose mis dedos a los labios. —Que es
como te hice sentir cuando me fui la semana pasada.
—He dependido del apoyo de mi padre durante muchos años. Su
dinero siempre venía con un precio, y no quería que eso sucediera otra
vez. Incluso sin el malentendido habría tenido que mudarme.
—Pero me gusta tenerte conmigo. —Los dedos de su mano libre
bajan por el lateral de mi cuello. Me distrae bastante.
—No puedo, Bane. Porque es tuyo. Porque primero tengo que
valerme por mí misma. No puedo vivir contigo si estamos saliendo.
—Ya lo hacías.
—Era diferente cuando era tu cuidadora de mascotas y compañera
de cuarto. Todo cambia con el sexo y una etiqueta.
—Al menos puedes volver hasta que tu apartamento esté listo.
—Estará listo la semana que viene, y todas mis cosas están aquí.
Su expresión decae.
—Podemos tener pijamadas. Puedo quedarme en tu casa unas
noches esta semana y cuando tenga mi casa puedes quedarte conmigo.
—No es lo mismo.
—No. Pero necesito tiempo para ser responsable por mi propio bien.
Me gustaría intentar tener éxito en ello antes de fusionar mi vida con la
de otra persona. Démonos un tiempo para salir como hace la gente
normal.
—Supongo que podemos hacer eso. Si es necesario hacerlo. —Está
básicamente haciendo pucheros.
Me río. —Creo que sería un poco más lógico que volver a mudarme
contigo.
—¿Durante cuánto tiempo tienes el apartamento? ¿Ni un año? —
El ceño está de vuelta.
—Solo dos meses.
—¿Cuánto te cuesta?
—Es asequible.
Sus dedos recorren mi brazo. —Bien. Así que en dos meses puedes
volver a mudarte al piso y, si tengo que irme, ¿te quedarás cuidando de
Francesca y Tiny? Y podemos tener por lo menos tres pijamadas por
semana mientras hacemos esto de salir.
—Suenas como si estuvieras negociando un acuerdo comercial.
—Estoy negociando tu estatus de novia y sexo regular. —Ahora su
mano está en mi cintura, bajando hasta la parte baja de mi espalda.
—Sexo regular e increíble —corrijo.
—Es así de asombroso, ¿no? —Su palma se curva contra mi nalga
derecha.
—Lo es —respiro.
—Deberíamos hacerlo otra vez. Ahora mismo. Sobre todo, porque
estamos saliendo y eso.
—Creo que es una gran idea.
Solo pasa medio segundo antes de que la boca de Bancroft esté
sobre la mía. El beso es explosivo. Lucho por desabrocharle la chaqueta
del traje y aflojarle la corbata mientras su lengua acaricia mi boca.
Desnudarme es cuestión de quitarme la camiseta por la cabeza y
bajarme los pantaloncitos por las piernas. Bancroft me pasa las manos
por los tobillos, sube por la parte exterior de las piernas hasta las
costillas, me acaricia los pechos y me da otro beso.
—¿No crees que Amalie volverá aquí esta noche? —pregunta.
—No creo. Es fin de semana, se quedará con Armstrong esta noche,
sobre todo si sabe que estás aquí.
—Excelente. Es lo que esperaba.
Sigo desabrochando botones mientras llevo a Bancroft al cuarto.
Dudo un segundo cuando abro la puerta. No es mi cama. Sin embargo,
las sábanas están limpias. Las cambié esta mañana.
—Tal vez deberíamos hacerlo en el suelo. —Le desabrocho la hebilla
del cinturón.
—¿No crees que su cama aguante cómo te follo? —Y ahí está, esa
boca sucia que he echado de menos,
—No lo sé, la verdad. —Es un cabecero de metal, bonito y delicado.
La cama de Bancroft está hecha de madera sólida. Está reforzada como
un búnker. Puede follarme hasta sacarme por el otro lado del colchón si
quiere y el marco permanecerá firmemente intacto. No estoy segura de
que la cama de Amie sea igual, aunque me preocupaba más tener sexo
sobre la superficie en la que suele dormir mi mejor amiga.
—Veamos cuánto aguanta. —Bancroft me da la vuelta, me levanta
por la cintura y me deja caer en la cama. Me apoyo hacia atrás sobre los
codos, observándole con atención mientras se desnuda. Ojalá hubiera
música, algo sexy que lo convirtiera en un striptease.
Es guapísimo, con o sin banda sonora. Los pantalones se le bajan
por las piernas dejándolo en bóxers, con su erección visible a través de
la tela roja. La suave luz lanza sombras hacia la forma. Me muerdo el
labio y murmuro en aprobación.
Tira de la cintura y deja que vuelva a su sitio. —¿Ves algo que te
guste?
—Me gusta todo el paquete, pero el que hay dentro de esos
calzoncillos se lleva todos los premios.
Baja el lado derecho, luego el izquierdo, cada vez más hasta que
asoma la cabeza. Suspiro cuando queda totalmente al descubierto. Se da
una lenta caricia y yo me levanto, pensando que me gustaría ser yo quien
lo hiciera, pero él levanta una mano para detenerme. —Me acercaré yo.
Se quita la ropa interior del todo y da un paso a un lado. Me separa
las rodillas con las suyas y se estira sobre mí. Mis piernas siguen
colgando de la cama y las suyas también.
—Primero voy a follarte, y luego voy a amarte.
Me estremezco por la promesa y por su tono. Y luego gimo cuando
la gruesa cabeza de su erección se desliza sobre la piel resbaladiza.
Bancroft no me quita los ojos de encima mientras se balancea hacia
delante, introduciéndose con suavidad.
Los primeros embistes son lentas, pero ha sido una larga semana
de silencio e incertidumbre, así que un trasfondo de desesperación hace
que sea difícil mantener la dulzura.
—Lo siento —susurro.
Me acaricia la mejilla con dedos cálidos. —¿Por qué?
—Por pensar en lo peor.
—No hace falta que te disculpes, pero si después sigues sintiéndote
mal por ello puedes dejar que te folle la boca.
—Iba a hacerlo igualmente.
Me da una sonrisa burlona. —Me lo imaginaba, ya que no parecías
saciarte la última vez.
—Estás perdiendo puntos otra vez.
—Supongo que debería hacer algo para recuperarlos, entonces.
Bancroft comienza con un movimiento lento que hace que la cama
se mueva un poco, pero, cuando acelera y empieza a follarme con ganas,
el crujido se hace infinitamente más alto.
Estoy cerca, pero me preocupa que rompamos la cama de Amie de
verdad y me distrae.
—Tal vez deberíamos movernos al suelo —digo sin aliento. Es difícil
hablar y que te penetren con fuerza a la vez.
Bancroft pasa una mano por debajo de mí, me agarra por la nalga
derecha, me coloca la palma contra su nuca y me levanta con la siguiente
embestida. Girándose, me presiona contra la pared y continúa como si
nada.
Cada músculo de su torso está duro y tenso, su cuello venoso, los
bíceps doblados. No bromeaba sobre follarme. Puede que sea con amor,
pero el orgasmo inminente promete freírme los nervios.
Lucho por no apartar los ojos de él, de su expresión oscura e
intensa, de su preciosa cara, de sus labios entreabiertos.
—Vamos, nena, quiero sentir cómo te corres. Hazme saber cuánto
has echado de menos mi pene.
No tengo ni idea de por qué me pone tan cachonda, pero lo
consigue. Me corro. Con fuerza.
—Ahí está —masculla.
Solo veo negro, no porque me haya follado hasta dejarme ciega,
sino porque estoy mirando mis propios párpados. Los abro con esfuerzo.
La expresión de Bancroft es de completa satisfacción masculina. Con una
mano todavía agarrándome la nalga, levanta la otra, sus dedos índice y
pulgar se deslizan por la línea de mi mandíbula y me sujeta la cara, con
la boca a un palmo de la mía.
—Esto es lo que quiero. A ti. La manera en que me estás mirando.
Este sentimiento aquí mismo. No vuelvas a quitármelo.
No parece tanto una orden como una súplica. Me besa con fuerza
y se estremece al correrse. Los dos estamos sudorosos y respiramos con
dificultad mientras él ajusta su agarre y retrocede hasta chocar contra la
cama. Se sienta en el borde y yo desengancho las piernas, maniobrando
hasta que me tumba encima de él, estirados sobre las sábanas.
Desliza una mano hacia mi nuca y me arrastra hacia abajo,
reclamando mis labios. Al cabo de unos minutos, nos da la vuelta y se
pone encima.
—¿Qué haces? —Parece que se está poniendo duro otra vez.
Presiona sus caderas contra las mías. —Exactamente lo que dije
que iba a hacer.
—¿Que es…?
—Ya te he follado, así que ahora me toca amarte, ¿no?
Y lo hace. Toda la noche. Con acciones y palabras sucias de las que
no me canso.
23
Traducido por Val_17
Corregido por Blaire R.
—Tienes que llamar a tu padre.
El agua corre en el fregadero, así que finjo no oír a Bancroft, que
hace ruidos de chapoteo mientras sumerjo las ollas en el agua. Lavar los
platos es una de mis formas de aliviar el estrés preproducción. No me di
cuenta de que era lo mío hasta la semana pasada.
Me rodea la cintura con el brazo y me roza la oreja con los labios.
—¿Me estás ignorando?
Inclino la cabeza hacia un lado, animándolo a poner sus labios allí
también. Él mordisquea un camino lento desde mi oreja hasta mi hombro
y luego vuelve a subir.
—Queda una semana para la noche de apertura, tienes que
llamarlo.
—No va a dejar todo y volar hacia acá para verme jugar a fingir en
el escenario —contesto, distraída por su boca y sus manos.
Suavemente, me quita de las manos la olla que estoy refregando y
me da la vuelta. Es lo bastante inteligente como para sujetarme a la
encimera con sus caderas y bloquearme con sus manos.
—En primer lugar, no te menosprecies de ese modo. Tienes un
talento increíble y llamarlo de otra manera que no sea interpretación o
actuación es inaceptable. En segundo lugar, tienes que darle al menos la
oportunidad, Ruby. Esto es un gran logro y él debería aprender a apreciar
lo duro que has trabajado para llegar hasta aquí. —Odio lo suave y lógico
que está siendo. Y dulce. Hace que sea difícil discutir.
Hace dos semanas finalmente cedí, ante la insistencia de Bancroft,
que me sedujo con orgasmos y comida italiana para llevar, en ese orden,
y llamé a mi padre para informarle sobre mi papel en una obra de Off-
Broadway.
Su respuesta: Todavía no había terminado de jugar a fingir.
Fue dolorosamente decepcionante. Tuve que rogarle a Bancroft que
no le devolviera la llamada para decirle lo que pensaba. No quería que su
primera presentación consistiera en que Bancroft insultara a mi padre,
con palabras como imbécil insensible destruye-sueños. Sin embargo, me
gusta lo dispuesto que está Bancroft para salir a defenderme. Es bastante
sexy.
—Llamaré más tarde hoy. Después del ensayo.
Suspira. —Llama ahora para que no estés pensando en ello todo el
día.
Acabar con esto es un arma de doble filo.
—Si dice que no tiene tiempo va a arruinar mi día, y necesito estar
enfocada. El ensayo general es a fines de esta semana y no quiero que
nada comprometa mi rendimiento de hoy.
Bancroft suspira y me acaricia la mejilla con la punta de un dedo.
—Entonces, ¿llamarás esta noche?
Trago el nudo en mi garganta y asiento.
—¿Hay algo que pueda hacer para facilitar tu día?
Toco los botones de su camisa de vestir. Estoy usando guantes de
goma amarillos, los cuales siguen enjabonados, así que estoy haciendo
un desastre con su traje. —Podrías amarme/follarme —digo suavemente.
—¿Quieres que te ame primero? —Quita los guantes jabonosos de
mis manos.
—Por favor.
Toma mi cara en sus palmas y me besa. No parece importar que
llevemos saliendo oficialmente un mes, cada beso hace que se me curven
los dedos de los pies.
—Siempre te amo, ¿no es así? —susurra contra mis labios.
—Así es. Y me encanta cuando lo haces lento y suave o duro y
sucio.
Me baja los pantalones cortos por mis piernas y me levanta sobre
la encimera. Se pone de rodillas y me ama con su boca primero, luego
con los dedos y su pene, todavía completamente vestido.
Es una excelente distracción de los nervios. Nunca me canso de ser
amada por él.
***
Más tarde ese día, estoy sentada en mi tumbona, esa vieja y fea
que todavía ocupa espacio en el apartamento de Bancroft, repasando el
guion por millonésima vez mientras él ve un partido de rugby en el DVR.
Me sentaría a su lado, pero entonces querría tocarme y no podría
concentrarme.
Conozco mis líneas. Puedo ver el escenario, mi ubicación, la del
protagonista masculino… tengo que besarlo, lo cual me pone un poco
nerviosa ya que Bancroft va a verlo. No sé cómo va a reaccionar. Dice que
está bien y sabe que es actuación, pero no estoy segura de que le parezca
tan bien como dice que le parecerá una vez que lo vea.
—¿Lo llamaste?
Levanto la vista y finjo que no escuché la pregunta. —¿Hmm?
—Tu padre, ¿lo llamaste?
—Se encontraba en una reunión. Le dejé un mensaje con su
secretaria y le proporcioné los detalles necesarios.
—¿No te ha llamado?
—Todavía no. Lo hará. Cuando no esté ocupado con el trabajo. —
Eso podría significar dentro de unos días, o incluso la próxima semana,
lo cual estaría perfectamente bien, porque sería después de la noche de
apertura.
Bancroft suspira, pero no dice nada. Sigue presionando con esto, y
entiendo por qué. Realmente es un gran logro. Tengo un papel principal
en una de las mejores producciones de Off-Broadway en la ciudad. Y logré
hacerlo todo por mi cuenta, sin que nadie hiciera llamadas telefónicas
para conseguirme una audición. Mi nuevo agente, a quien contraté hace
una semana, quedó muy impresionado.
Me las arreglé para pagar mi renta vencida y mis tarjetas de crédito
ya no están al límite. Todavía va a llevar tiempo reducirlas a cero, pero
siento que tengo el control de mi vida y eso es lo importante.
Cuando me mude al piso de Bancroft, que va a pasar tarde o
temprano si las cosas siguen como hasta ahora, quiero llegar como un
contribuyente positivo, quizá no con un gran capital, pero al menos seré
estable y no una carga.
—¿Acaso no se da cuenta de lo importante que es esto para ti?
Es mi turno de suspirar. —Sé que solo quieres ayudar, pero tienes
que entender que la primera prioridad de mi padre siempre ha sido él
mismo. —Es por eso que mi madre se encuentra en Alaska, quería ir al
estreno, pero está en medio del océano fotografiando ballenas o algo así.
Era difícil oírla por encima de las olas.
Vendrá a fin de este mes y ha prometido quedarse una semana o
más. No puedo esperar para que conozca a Bancroft. Lo va a amar.
Bancroft deja la conversación. Me alegra. No creo que mi corazón
pueda soportar más del desdén de mi padre o su desinterés por mi
carrera elegida.
***
Seis días más tarde tengo mi traje puesto. Las mariposas se han
apoderado de mi estómago. Me asomo a través de las cortinas. En algún
lugar entre la multitud se encuentran Bancroft y Amie. Él quería traer a
sus padres, pero le dije que sería mejor si esperábamos. He estado en su
casa para cenar. Bancroft me advirtió que su madre estaba tensa. Sin
embargo, no tenía nada de qué preocuparse, ella no fue más que dulce
conmigo. Y sus hermanos son muy divertidos. Tenía razón, no se parecen
en nada, pero todos son enormes.
Hace tres días hablé con mi padre. Me informó que tenía reuniones
y golf, pero vería si podría venir en algún momento del mes.
Intenté no decepcionarme. Pero me decepciona. Bancroft lo sabe, y
también Amie, pero ya no quiero demostrarle nada a mi padre. Ni siquiera
es un modelo a seguir que quiera admirar. Ha hecho sus millones con
drogas para inflar el pene. Nuestras ideas sobre lo que cuenta como una
carrera exitosa no coinciden.
Empujo a un lado todas las preocupaciones y me concentro en el
presente. Es la noche del estreno, y soy el protagonista de una obra Off-
Broadway. Es un paso enorme y positivo. Es un logro. Con ese estado de
ánimo, salgo al escenario y espero mi señal.
No es hasta que termina y se encienden las luces del escenario que
finalmente puedo ver a Bancroft y Amie en la audiencia. Armstrong tuvo
un imprevisto por lo que no ha podido venir, lo cual está bien, ya que sigo
luchando por acostumbrarme a él incluso después de todo este tiempo.
A la derecha de Bancroft está mi padre. Es una buena cabeza más bajo
que Bane, delgado y fibroso en vez de construido. Tiene el pelo gris en las
sienes y se le va hacia atrás en la coronilla. Su rostro, típicamente serio,
esboza una amplia sonrisa. Aplaude con vigor en lugar de hacerlo con la
corrección habitual en los campos de golf.
Dirijo mi mirada hacia Bancroft cuando entrelazo las manos con el
elenco y doy un paso adelante para hacer una reverencia. Los vítores y
aplausos se hacen más fuertes, una tormenta de palmas que hace que
mi corazón se acelere y las lágrimas broten de mis ojos.
La respuesta abrumadoramente positiva y el teatro lleno alimentan
mi orgullo. Alguien me entrega un enorme ramo de flores, tan pesado que
me duele el brazo. El bastidor es un torbellino de emoción. Todos estamos
zumbando por la adrenalina de una actuación exitosa.
Me apresuro a cambiarme y a saludar a las personas que se han
quedado para felicitarnos por una exitosa primera noche. Se me hace un
nudo en el estómago mientras me abro paso entre la multitud en busca
de Bancroft, pero no dejan de pararme para presentarme, estrechar la
mano de gente nueva que me hace cumplidos que me hacen sonrojar.
Acabo de dar las gracias a alguien cuando un brazo se desliza
alrededor de mi cintura. —¿Cómo está mi estrella? —dice Bancroft en mi
oído. Nos excusa cortésmente y me aleja.
—¿Eres responsable de esto? —le pregunto mientras avanzamos
entre la multitud hacia mi padre y Amie.
No necesita que se lo explique. —Puede que le haya llamado y haya
tenido una conversación con él sobre la importancia de ser comprensivo.
Parecía muy receptivo en cuanto le dejé claro lo mucho que habías
trabajado para llegar hasta aquí. Y que labrar nuestro propio camino en
lugar de seguir ciegamente el que nos han trazado requiere infinitamente
más valor. Eso pareció resonar en él.
Dejo de caminar y agarro las solapas de su chaqueta. Parece
sorprendido al principio, pero luego sonríe y se inclina para besarme.
—Siento tanto amor por ti.
—Estuviste impresionante ahí esta noche. Perfecta.
—Eres un poco parcial, ya que eres mi novio.
—Creo que la reacción de la audiencia debería indicar que, a pesar
de mi parcialidad, tengo razón. Además, quería asesinar a tu compañero
cuando te besó. Más tarde, cuando te lleve a casa, volveré a reclamar esa
boca como mía.
—Eso espero.
Amie es la primera en abrazarme, luego me dirijo hacia mi padre,
preparándome para lo que sea que vaya a decir. Está sosteniendo un
enorme ramo de flores. Se ve casi tan nervioso como yo. No lo he visto
desde Navidad. Se encontraba demasiado ocupado para asistir a mi
convocatoria.
—Estoy muy orgulloso de ti, Ruby. —Entonces me envuelve en un
enorme y cálido abrazo, del tipo que había olvidado que podía dar. Y eso
es todo lo que necesito de él. Solo su orgullo y su amor.
Epilogo
Traducido por Jadasa
Corregido por Sahara
Cuatro semanas más tarde
El horario de Ruby es muy opuesto al mío, de manera que los
mensajes de texto y las llamadas breves son a veces todo lo que podemos
tener durante días.
Esta noche es una de sus raras noches libres. Actúa cinco días de
la semana, a menudo dos veces al día, especialmente los fines de semana.
Es maravilloso, pero significa que he reestructurado mi propio horario
para estar en casa en sus días libres.
Pasa la mayor parte de esos días en mi condominio. Actualmente,
ella está recostada en su horrible sillón reclinable y yo estoy en el sofá
con Francesca acurrucada en mi regazo. Se movió aquí hace unos quince
minutos, y antes de eso se acurrucó en la blusa de Ruby asomando la
cabeza por su escote. Ruby cree que necesita un amigo a quien amar. Me
inclino por probar primero con la variedad de peluche. No estoy seguro
de por qué Ruby se encuentra sentada tan lejos, aparte de su necesidad
de darle a ese horrible sillón una razón para seguir ocupando espacio en
mi departamento. No es como si lo fuese a tirar. Aunque a veces amenace
con hacerlo.
En el tiempo en que hemos estado saliendo oficialmente, he logrado
convencer a mi padre para que limite mis viajes de negocios y me permita
supervisar las renovaciones en los hoteles de Nueva York junto con
Griffin.
Ruby ha contribuido enormemente a facilitarlo. Mi padre la adora.
Lo cual no es una sorpresa. Es tan fácil de querer, y cuando mencioné
que enviarme fuera del país me alejaría de una nueva relación que estaba
intentando fomentar, se ablandó. Luego eché a mi hermano Lexington
debajo del autobús, diciendo que aún no tenía pareja, así que enviarlo a
él no sería mala idea. Esperaba que eso ayudara a reconstruir la
confianza de mi padre en él después del asunto del hotel de Londres.
Aparte de eso, le he demostrado que mi fortaleza radica en el lado
administrativo de la renovación de este negocio y que, si bien sé que todo
es importante, tener un conjunto de habilidades básicas me convertirá
en un activo más sólido en el futuro.
Coloco un brazo detrás de mi cabeza. —¿Te vas a sentar en esa silla
toda la noche?
Me mira de reojo, luego de vuelta a la televisión. —Estás viendo
rugby. No me vas a prestar atención incluso si me siento allí.
—No te ignoraré. —Muevo a Francesca para que se acueste sobre
mi pecho y abro mis piernas, acariciando el espacio entre ellas.
—Me sentaré contigo si te quitas esos calcetines. —Hace un gesto
hacia mis pies.
Bajo la mirada. —¿Qué? ¿Por qué?
Me fulmina con la mirada.
Ruby tiene una fijación con mis calcetines. Al parecer, la vuelven
loca, que es la razón exacta por la que los llevo puestos todo el tiempo
cuando ella está aquí. Además, no me gusta que se me enfríen los pies.
Levanto una pierna, doblo mi rodilla y bajo mi cabeza para oler.
Huelen bien para mí.
—Puaj. No puedo creer que hayas hecho eso.
—Me aseguraba de que el olor no fuera el problema.
—No es el olor. Están arruinando mi vista. —Ruby pone los ojos en
blanco y toma un sorbo de su vino.
—¿Estás borracha? ¿De qué hablas?
—He bebido un vaso.
—Entonces estás borracha.
—Mi tolerancia ahora es mejor que eso. —Esto es algo cierto. Ruby
ha descubierto una afición por el vino más que a los martinis. El menor
contenido de alcohol y el hecho de que tarde dos horas en terminar un
solo vaso significa que rara vez pasa del territorio achispada a borracha.
Aunque ha estado muy borracha un par de veces. Lo que sí puedo decir
es que es muy aventurera en el dormitorio cuando está borracha, y eso
ya es mucho decir porque ya es bastante abierta a probar cosas nuevas.
Se esfuerza en doblar el reposapiés de su antiguo sillón reclinable.
Cuando lo hace, se balancea hacia delante y casi acaba llevándose el vino.
Se le cae por el lateral y le gotea en la mano. Deja el vaso en la mesita,
junto al posavasos, no sobre él. Hay marcas circulares por todas partes.
Debería volverme loco, pero no me importa. Bueno. Me importa, pero el
ama de llaves estará aquí mañana para lidiar con eso.
Ruby se limpia las manos en su camisola, la que no le exige usar
un sostén. Me está distrayendo de las manchas en la mesa. Y el partido
en la tele. Y de todo, en serio.
Gira alrededor de la mesita de café, agarra la punta de mi calcetín
y comienza a estirar.
—¿Qué estás haciendo?
—Arreglando la vista. —Logra sacarlo y lo tira al suelo. Luego cae
de rodillas.
Al principio creo que estoy a punto de recibir un Especial de Ruby.
Especialmente cuando su lengua asoma mientras estira mi otro calcetín,
forzándolo sobre mi tobillo. Sus habilidades orales son fenomenales.
Se aparta el pelo de los ojos y frunce los labios, luego me rodea el
tobillo con las manos y me frota la pantorrilla de arriba abajo, como si
me estuviera masturbando, pero en mi pierna.
Usa mi muslo para impulsarse y ponerse nuevamente de pie. Está
usando mis pantalones cortos favoritos. Los que se le suben por su culo
todo el tiempo.
Apoya el puño en su cadera. —Mucho mejor.
Arrastro mis ojos hacia su cara, deteniéndome en su pecho durante
unos pocos segundos. —¿Quieres explicarme?
—Sabes cuál es el problema.
—No entiendo por qué odias tanto los calcetines.
Resopla, molesta. Dios es sexy cuando está enojada. Tenía tanta
razón acerca de ella y de follar enfadados. También acerté con lo de que
mordía y arañaba.
—Los calcetines no son atractivos. Arruinas todo lo sexy con los
calcetines.
—¿Pero sin ellos?
Su voz baja. —Te ves muy sexy.
—¿Muy sexy?
—Sí.
—¿Por qué no el más sexy?
—Mmm, tendrías que mejorar tu juego para eso. —Su sonrisa es
de lo que está hecho el pecado.
—¿Qué se necesitaría para pasar de muy sexy a el más sexy?
Su sonrisa se ensancha a medida que agarra el dobladillo de mi
camisa. Francesca se levanta de un salto y corre por el respaldo del sofá,
acomodándose en el otro extremo, lejos de toda la conmoción.
—¿Qué estás haciendo?
—Te hago el más sexy. —Estira, hasta que no tengo más remedio
que levantar mis brazos. Se necesita un poco de esfuerzo por su parte
para que pase por mi cabeza. La tira al suelo junto a mis calcetines.
La forma en que me mira me hace flexionar cada maldito músculo
de mi cuerpo, especialmente el de debajo de la cintura.
—Perfecto. —Suspira y se deja caer en su sillón.
—¿Eso es todo?
—A menos que también quieras sacarte los pantalones cortos, sí.
—Agarra su vino y se concentra de nuevo en el televisor.
—¿Qué pasa si estoy erecto?
—Incluso mejor —murmura.
—Te das cuenta de que esto es cosificar, ¿verdad?
Levanta su mirada brevemente. —Me preguntaste cómo podrías
mejorar la vista y te lo demostré. Nadie dijo que tenías que quitarte la
camisa.
Estiro un brazo por el respaldo del sofá y abro mis piernas. Su
mirada baja.
—¿Qué pasa con mi vista?
Señala hacia la tele. —Siempre puedes cambiar el canal si es un
problema.
—No estoy hablando de la televisión.
Mira lo que lleva puesto, estira las piernas y menea los dedos de
los pies. —No estoy usando calcetines, de manera que tu vista está bien.
—No lo creo. —Hago un gesto hacia mi pecho y luego hacia ella.
Ruby acaricia la correa de su camiseta sin mangas. —¿Te refieres
a esto?
Arqueo una ceja y espero.
No aparta la mirada en tanto baja sus manos al dobladillo. Dejo de
respirar. Dejo de moverme. Me detengo por completo. Esa camisola, la
que apenas esconde nada, la levanta, arriba, más arriba, exponiendo el
piercing de su ombligo y continúa hasta que la pasa sobre su cabeza y la
deja en el piso. No está usando sostén. Ahora sí estamos iguales.
Me levanto del sofá mientras ella lucha por plegar el reposapiés. Me
siento a horcajadas sobre la silla y sus piernas, obligándola a dejar
espacio para mis rodillas.
—No estoy segura de que esta silla pueda soportar nuestro peso.
—Acuna mi erección a través de mis pantalones cortos.
El tintineo de una campana aleja nuestras miradas un segundo.
Francesca ha encontrado uno de sus juguetes y parece querer jugar.
Tendrá que esperar su turno.
—Supongo que estamos a punto de averiguar cuánto va a soportar.
—Pongo una mano sobre el respaldo, empujando para que se recline—.
¿Tienes idea de cuánto tiempo he deseado hacer esto?
—¿Hacer qué? —Desliza una mano por mi pecho.
—Follarte en esta silla. Quería hacerlo desde la primera noche que
estuviste aquí.
—¿Eso es verdad? —Engancha sus pies alrededor de mi cintura.
—Lo es. Quería inclinarte, tirar estos jodidos pantalones cortos y
descubrir exactamente cómo era estar dentro de ti. —El respaldo parece
estar atascado. Presiono con más fuerza y, de repente, vuelve a caer con
un enorme chasquido y aterrizamos en el suelo, conmigo encima de
Ruby.
Ella mira alrededor, sorprendida. Francesca pasa junto a nosotros,
por el pasillo hacia nuestra habitación.
—Eh. Sin embargo, en mi imaginación fuimos mucho más lejos que
esto.
—¡Asesinaste a mi sillón!
—Tu sillón era demasiado frágil. —Beso su cuello.
—Lo amo.
Levanto mi cabeza. —¿Más que a mí?
Hace un ruido y me mira. Está perfectamente molesta.
—Si esta silla no puede soportar mi amor por ti, no vale nada. Te
compraré una nueva. O podemos utilizar ese... —Señalo el que continúa
intacto. El enorme sillón en el que ambos entramos. Donde podemos
follar cómodamente.
—Creo que rompiste mi sillón a propósito.
—Falso. Si no hubieras empezado a quitarme la ropa y luego la
tuya, es muy posible que tu silla siguiera de una pieza. —Dejo caer la
cabeza y beso la punta de su pezón.
Su mano se agarra a mi cabello, apretándola con fuerza para
mantenerme allí, su voz ahora es entrecortada. —Sabía que tenía que
haberlo llevado a mi apartamento.
Me muevo a su otro pezón. —¿Qué sentido tendría si no vas a estar
allí mucho más tiempo?
—Todavía tengo —jadea cuando lo muerdo suavemente—, algo de
tiempo con el alquiler.
Me incorporo sobre un brazo para poder mirarla. —No tienes que
quedarte hasta que finalice el contrato de arrendamiento. Además, mi
departamento está más cerca del teatro
—Unos cinco minutos.
—¿Por qué no puedes hacérmelo fácil? ¿Tiene que ser todo difícil?
Sonríe y aprieta sus piernas alrededor de mi cintura, acercándome
más hasta que mi erección se presiona contra ella.
—Me gustan las cosas difíciles.
Ignoro el comentario, aunque no es fácil hacerlo. —Quiero que te
mudes de vuelta.
Su sonrisa decae un poco. —Pensé que estábamos esperando hasta
que terminara mi alquiler.
—¿Quieres esperar hasta entonces?
—Bueno, ha sido el plan. —Juega con el pelo de mi nuca. Es lo que
hace cuando tenemos conversaciones de las que no está segura.
Seguimos tumbados en el suelo. Me pongo de rodillas, lo que causa
otra gran grieta y la parte superior e inferior del sillón se separan por
completo. Al menos ahora no hay forma de arreglarlo.
—¿Te comprometes a seguir el plan? —Me arrodillo y la acomodo
hasta que está sentada en mi regazo.
Fulmina con la mirada el sillón roto que está a nuestro lado en el
piso y empuja la parte superior con su dedo del pie. —No tengo que
hacerlo.
—Entonces vuelve a casa. Has demostrado que puedes hacerlo sola
y sé que eso es importante para ti. Ambos sabemos que puedes. Quiero
que hagamos esto juntos.
—¿Estás seguro? No ha sido tanto…
—Han pasado meses si cuentas todas nuestras citas por
videollamadas.
—Haces que suene como una mala cita por Internet.
Se me revuelve un poco el estómago. Tal vez he leído mal todas las
señales y ella no está tan interesada en llevar esto al siguiente nivel como
yo. —¿Estás eludiendo una respuesta?
—Eres tan lindo cuando estás inseguro. —Me rodea el cuello con
los brazos—. Solo quería darnos el tiempo suficiente para estar seguros
de que no son solo las hormonas lo que nos impulsa, y sabes, que el sexo
no se volverá aburrido ni nada.
Ante mis ojos entrecerrados, se inclina y me besa suavemente con
una sonrisa.
—Por supuesto que quiero volver a vivir contigo.
—Podemos vaciar tu apartamento mañana.
Se ríe. —Pero no hay prisa ¿verdad?
—Quiero lo que quiero, y no quiero esperar si no tengo que hacerlo.
—Debió ser un infierno para ti esperar más de cinco semanas entre
los primeros besos.
—Exactamente.
—Está bien, mañana nos mudaremos de nuevo.
—Y esta noche lo celebramos.
—Oooh... —Ruby se muerde el labio—. ¿Qué tipo de celebración?
Deslizo mis manos hacia abajo para ahuecar su culo y la aprieto
contra mí. —Una desnuda, con muchos orgasmos. ¿Te unes?
—¿Habrá travesuras que acompañen la desnudez y los orgasmos?
—¿No es así siempre?
No necesita responder y yo no necesito decir nada más. Roza mis
labios con la punta de los dedos, luego los reemplaza con su boca.
Cada beso es un eco de la primera vez. Accidental o no, una parte
de mí la reconoció como mi futuro y ahora es mía para amarla.
Getting Down
La fiesta favorita de Ruby Scott ha llegado,
todo lo que necesita es una excusa
moderadamente buena para organizar una
fiesta. Con la ayuda de su mejor amiga
Amalie, y el presupuesto del prometido de
Amalie, ambas organizan una recaudación de
fondos inspirada en Halloween. Pero ningún
evento sale sin un par de problemas….
Sobre la Autora
Helena Hunting es autora de la serie
PUCKED, éxito de ventas en USA Today y NYT.
Vive en las afueras de Toronto con su
increíblemente tolerante familia y dos gatos
moderadamente intolerantes. Escribe desde
comedias románticas deportivas hasta
novelas angustiosas new adult.