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Poemas y cuentos de Rubén Darío

Este cuento de Rubén Darío cuenta la historia de un poeta que es llevado ante el Rey Burgués. El poeta habla apasionadamente sobre su visión del arte, pero el rey y sus cortesanos no lo comprenden. Para ganarse la comida, el poeta es forzado a dar vueltas a una caja de música junto al estanque real. Con el invierno llegando, el poeta es abandonado a intemperie, muriendo de frío mientras el rey celebra dentro del palacio.
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Poemas y cuentos de Rubén Darío

Este cuento de Rubén Darío cuenta la historia de un poeta que es llevado ante el Rey Burgués. El poeta habla apasionadamente sobre su visión del arte, pero el rey y sus cortesanos no lo comprenden. Para ganarse la comida, el poeta es forzado a dar vueltas a una caja de música junto al estanque real. Con el invierno llegando, el poeta es abandonado a intemperie, muriendo de frío mientras el rey celebra dentro del palacio.
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Azul

Rubén Darío

Publicado: 1888
Categoría(s): Ficción, Cuentos y Novelas cortas
Fuente: Feedbooks
Acerca Darío:
Félix Rubén García Sarmiento, conocido como Rubén Darío fue un
poeta, periodista y diplomático nicaragüense. Máximo representante del
modernismo literario en lengua española es posiblemente, el poeta que ha
tenido una mayor y más duradera influencia en la poesía del siglo XX. Se le
apoda el príncipe de las letras castellanas. Influenciado muy fuertemente
por los poetas románticos, y muy especialmente Víctor Hugo sucumbió
igualmente a la influencia de los parnasianos: Théophile Gautier, Leconte
de Lisle, Catulle Mendès y José María de Heredia. Y, por último aprendió
de los simbolistas, y entre ellos, Paul Verlaine. Sin embargo, los temas
españoles están muy presentes en su producción. En cuanto a los autores de
otras lenguas, debe mencionarse la profunda admiración que sentía por tres
autores estadounidenses: Emerson, Poe y Whitman.

También disponible en Feedbooks Darío:

Rimas (1887)
Prosas profanas (1896)
Cuentos y poemas individuales (1894)
Lira póstuma (1919)

Nota: Este libro le es ofrecido por Feedbooks


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Azul

El rey burgués
Cuento alegre

¡Amigo! El cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un cuento alegre… así
como para distraer las brumosas y grises melancolías, helo aquí:
Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía
trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras, caballos de
largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos, y monteros con cuernos
de bronce que llenaban el viento con sus fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No,
amigo mío: era el Rey Burgués.
Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran largueza
a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores,
boticarios, barberos y maestros de esgrima. Cuando iba a la floresta, junto
al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía improvisar a sus profesores de
retórica canciones alusivas; los criados llenaban las copas del vino de oro
que hierve, y las mujeres batían palmas con movimientos rítmicos y
gallardos. Era un rey sol, en su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y
de ruido de festín. Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza
atronando el bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves
asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas. Los
perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza en la carrera, y los
cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían ondear los
mantos purpúreos y llevaban las caras encendidas y las cabelleras al viento.
El rey tenía un palacio soberbio donde había acumulado riquezas y
objetos de arte maravillosos. Llegaba a él por entre grupos de lilas y
extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos, antes
que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera llena de
columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados leones de
mármol como los de los tronos salomónicos. Refinamiento. A más de los
cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía del arrullo, del
trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu, leyendo novelas de M.
Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones gramaticales, o críticas
hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la corrección académica en
letras, y del modo lamido en arte; alma sublime amante de la lija y de la
ortografía.
¡Japonerías! ¡Chinerías! Por moda y nada más. Bien podía darse el placer
de un salón digno del gusto de un Goncourt y de los millones de un Creso:
quimeras de bronce con las fauces abiertas y las colas enroscadas, en grupos
fantásticos y maravillosos; lacas de Kioto con incrustaciones de hojas y
ramas de una flora monstruosa, y animales de una fauna desconocida;
mariposas de raros abanicos junto a las paredes; peces y gallos de colores;
máscaras de gestos infernales y con ojos como si fuesen vivos; partesanas
de hojas antiquísimas y empuñaduras con dragones devorando flores de
loto; y en conchas de huevo, túnicas de seda amarilla, como tejidas con
hilos de araña, sembradas de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y
tibores, porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros
tártaros con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan arcos
estirados y manojos de flechas.
Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas,
ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes, con cuadros del gran
Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¿cuántos salones?
Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad,
el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.
Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se
hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación y de
baile.
-¿Qué es eso?- preguntó.
-Señor, es un poeta.
El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, senzontes en la
pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.
-Dejadle aquí.
Y el poeta: -Señor, no he comido.
Y el rey:
-Habla y comerás.
Comenzó:
-Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas
al huracán; he nacido en el tiempo de la aurora; busco la raza escogida que
debe esperar con el himno en la boca y la lira en la mano la salida del gran
sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de
perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de
polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles; contra las
copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que embriaga sin dar
fortaleza; he arrojado el manto que me hacía parecer histrión, o mujer, y he
vestido de modo salvaje y espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la
selva, donde he quedado vigoroso y ahíto de leche fecunda y licor de nueva
vida; y en la ribera del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y
negra tempestad, como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he
ensayado el yamdo dando al olvido el madrigal.
"He acariciado a la gran naturaleza, y he buscado al calor del ideal, el
verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la perla en
lo profundo del océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene el tiempo de
las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo agitación y potencia,
y es preciso recibir su espíritu con el poema que sea arco triunfal, de
estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas de amor."
"Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los
cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet. ¡Señor! El arte no viste
pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las íes. Él es
augusto, tiene mantos de oro o de llamas, o anda desnudo, y amasa la greda
con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes de ala como las
águilas, o zarpazos como los leones. Señor, entre un Apolo y un ganso,
preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el otro de marfil."
"¡Oh, la Poesía!"
"¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres,
y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis
endecasílabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi
inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto!… El ideal, el ideal… "
El rey interrumpió:
-Ya habéis oído. ¿Qué hacer?
Y un filósofo al uso:
-Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música;
podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os paseéis.
-Sí- dijo el rey, y dirigiéndose al poeta: -Daréis vueltas a un manubrio.
Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca valses,
cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre. Pieza de música
por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales. Id.
Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes, al
poeta hambriento que daba vueltas al manubrio: tiririrín, tiririrín…
¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las cercanías?
¡Tiririrín, tiririrín!… ¿Había que llenar el estómago? ¡Tiririrín! Todo entre
la burla de los pájaros libres, que llegaban a beber rocío en las lilas floridas;
entre el zumbido de las abejas, que le picaban el rostro y le llenaban los
ojos de lágrimas; ¡tiririrín!… ¡lágrimas amargas que rodaban por sus
mejillas y que caían a la tierra negra!
Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y su
cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el olvido,
y el poeta de la montaña coronada de águilas, no era sino un pobre diablo
que daba vueltas al manubrio, tiririrín.
Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él, el rey y sus vasallos; a los
pájaros se les abrigó, y a él se le dejó al aire glacial que le mordía las carnes
y le azotaba el rostro, tiriririn!
Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas
cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía alegre
sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los mandarines de
las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los brindis del señor
profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de anapestos y de piriquios,
mientras en las copas cristalinas hervía el champaña con su burbujeo
luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de fiesta! Y el infeliz cubierto
de nieve, cerca del estanque, daba vueltas al manubrio para calentarse
¡tirirín, tirirín! Tembloroso y aterido, insultado por el cierzo, bajo la
blancura implacable y helada, en la noche sombría, haciendo resonar entre
los árboles sin hojas la música loca de las galopas y cuadrillas; y se quedó
muerto, tiririrín… pensando en que nacería el sol del día venidero, y con él
el ideal, tiririrín… , y en el que el arte no vestiría pantalones sino manto de
llamas, o de oro… Hasta que al día siguiente, lo hallaron el rey y sus
cortesanos al pobre diablo de poeta, como gorrión que mata el hielo, con
una sonrisa amarga en los labios, y todavía con la mano en el manubrio.

¡Oh, mi amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Flotan
brumosas y grises melancolías…
¡Pero cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo!
¡Hasta la vista!
El sátiro sordo
Cuento griego

Habitaba cerca del Olimpo un sátiro, y era el viejo rey de su selva. Los
dioses le habían dicho: “Goza, el bosque es tuyo; sé un feliz bribón,
persigue ninfas y suena tu flauta”. El sátiro se divertía.
Un día que el padre Apolo estaba tañendo la divina lira, el sátiro salió de
sus dominios y fue osado a subir el sacro monte y sorprender al dios
crinado. Éste le castigó, tornándole sordo como una roca. En balde de las
espesuras de la selva llena de pájaros, se derramaban los trinos y emergían
los arrullos. El sátiro no oía nada. Filomela llegaba a cantarle, sobre su
cabeza enmarañada y coronada de pámpanos, canciones que hacían
detenerse los arroyos y enrojecerse las rosas pálidas. Él permanecía
impasible, o lanzaba sus carcajadas salvajes, y saltaba lascivo y alegre
cuando percibía por el ramaje lleno de brechas alguna cadera blanca y
rotunda que acariciaba el sol con su luz rubia. Todos los animales le
rodeaban como a un amo a quien se obedece.
A su vista, para distraerle, danzaban coros de bacantes encendidas en su
fiebre loca, y acompañaban la armonía, cerca de él, faunos adolescentes,
como hermosos efebos, que le acariciaban reverentemente con su sonrisa; y
aunque no escuchaba ninguna voz, ni el ruido de los crótolos, gozaba de
distintas maneras. Así pasaba la vida este rey barbudo, que tenía patas de
cabra.
Era sátiro caprichoso.
Tenía dos consejeros áulicos: una alondra y un asno. La primera perdió
su prestigio cuando el sátiro se volvió sordo. Antes, si cansado de su
lascivia soplaba su flauta dulcemente, la alondra le acompañaba. Después
en su gran bosque, donde no oía ni la voz del olímpico trueno, el paciente
animal, de las largas orejas, le servía para cabalgar, en tanto que la alomdra,
en los apogeos del alba, se le iba de las manos, cantando camino de los
cielos.
La selva era enorme. De ella tocaba a la alondra la cumbre; al asno, el
pasto. La alondra era saludada por los primeros rayos de la aurora; bebía
rocío en los retoños, despertaba al roble diciéndole: «Viejo roble,
despiértate». Se deleitaba con un beso del Sol: era amada por el lucero de la
mañana. Y el hondo azul, tan grande, sabía que ella, tan chica, existía bajo
su inmensidad. El asno (aunque entonces no había conversado con Kant)
era experto en filosofía, según el decir común. El sátiro, que le veía
ramonear en la pastura, moviendo las orejas con aire grave, tenía alta idea
de tal pensador. En aquellos días el asno no tenía como hoy tan larga fama.
Moviendo sus mandíbulas, no se habría imaginado que escribiesen en su loa
Daniel Heinsins, en latín; Passerat, Buffon y el gran Hugo, en francés;
Posada y Valderrama, en español.
Él, pacienzudo, si le picaban las moscas, las espantaba con el rabo, daba
coces de cuando en cuando y lanzaba bajo la bóveda del bosque el acorde
estraño de su garganta. Y era mimado allí. Al dormir su siesta sobre la tierra
negra y amable, le daban su olor las hierbas y las flores. Y los grandes
árboles inclinaban sus follajes para hacerle sombra.
Por aquellos días, Orfeo, poeta, espantado de la miseria de los hombres,
pensó huir a los bosques, donde los troncos y las piedras le comprenderían
y escucharían con éxtasis, y donde él podría temblar de armonía y fuego de
amor y de vida al sonar de su instrumento.
Cuando Orfeo tañía su lira había sonrisa en el rostro apolíneo. Deméter
sentía gozo. Las palmeras derramaban su polen, las semillas reventaban, los
leones movían blandamente su crin. Una vez voló un clavel de su tallo
hecho mariposa roja, y una estrella descendió fascinada y se tornó flor de
lis.
¿Qué selva mejor que la del sátiro, a quien él encantaría, donde sería
tenido como un semidiós; selva toda alegría y danza, belleza y lujuria;
donde ninfas y bacantes eran siempre acariciadas y siempre vírgenes; donde
había uvas y rosas y ruido de sistros, y donde el rey caprípedo bailaba
delante de sus faunos beodos y haciendo gestos como Sileno?
Fué con su corona de laurel, su lira, su frente de poeta, orgulloso, erguido
y radiante.
Llegó hasta donde estaba el sátiro velludo y montaraz, y para pedirle
hospitalidad, cantó. Cantó del gran Jove, de Eros y de Afrodita, de los
centauros gallardos y de las bacantes ardientes: cantó la copa de Dionisio, y
el tirso que hiere el aire alegre, y a Pan Emperador de las montañas,
Soberano de bosques, dios-sátiro que también sabía cantar. Cantó de las
intimidades del aire y de la tierra, gran madre. Así explicó la melodía de un
arpa eólica, el susurro de una arboleda, el ruido ronco de un caracol y las
notas armónicas que brotan de una siringa. Cantó del verso que baja del
cielo y place a los dioses, del que acompaña el bárbitos en la oda y el
tiempo en el peán. Cantó los senos de nieve tibia y las copas del oro larado,
y el buche del pájaro y la gloria del sol.
Y desde el principio del cántico brilló la luz con más fulgores. Los
enormes troncos se conmovieron, y hubo rosas que se deshojaron y lirios
que se inclinaron lánguidamente como en un dulce desmayo. Porque Orfeo
hacía gemir los leones y llorar los guijarros con la música de su lira rítmica.
Las bacantes más furiosas habían callado y le oían como en un sueño. Una
náyade virgen a quien nunca ni una sola mirada del sátiro había profanado,
se acercó tímida al cantor y le dijo: «Yo te amo». Filomela había volado a
posarse en la lira como la paloma anacreóntica. No hubo más eco que la voz
de Orfeo. Naturaleza sentía el himno. Venus, que pasaba por las cercanías,
preguntó de lejos con su divina voz: «¿Está aquí, acaso, Apolo?»
Y en toda aquella inmensidad de maravillosa armonía, el único que no
oía nada era el sátiro sordo.
Cuando el poeta concluyó, dijo a éste: -¿Os place mi canto? Si es así, me
quedaré con vos en la selva.
El sátiro dirigió una mirada a sus dos consejeros. Era preciso que ellos
resolviesen lo que no podía comprender él. Aquella mirada pedía una
opinión.
-Señor- dijo la alondra, esforzándose en producir la voz más fuerte de su
buche -,quédese quien así ha cantado con nosotros. He aquí que su lira es
bella y potente. Te ha ofrecido la grandeza y la luz rara que hoy has visto en
tu selva. Te ha dado su armonía. Señor, yo sé de estas cosas. Cuando viene
el alba desnuda y se despierta el mundo, yo me remonto a los profundos
cielos y vierto desde la altura las perlas invisibles de mis trinos, y entre las
claridades matutinas mi melodía inunda el aire, y es el regocijo del espacio.
Pues yo te digo que Orfeo ha cantado bien, y es un elegido de los dioses. Su
música embriagó el bosque entero. Las águilas se han acercado a revolar
sobre nuestras cabezas, los arbustos floridos han agitado suavemente sus
incensarios misteriosos, las abejas han dejado sus celdillas para venir a
escuchar. En cuanto a mí, ¡oh señor!, si yo estuviese en lugar tuyo, le daría
mi guirnalda de pámpanos y mi tirso. Existen dos potencias: la real y la
ideal. Lo que Hércules haría con sus muñecas, Orfeo lo hace con su
inspiración. El dios robusto despedazaría de un puñetazo al mismo Athos.
Orfeo les amansaría, con la eficacia de su voz triunfante, a Nemea su león y
a Erimanto su jabalí. De los hombres, unos han nacido para forjar metales,
otros para arrancar del suelo fértil las espigas del trigal, otros para combatir
en las sangrientas guerras y otros para enseñar, glorificar y cantar. Si soy tu
copero y te doy vino, goza tu paladar; si te ofrezco un himno, goza tu alma.
Mientras cantaba la alondra, Orfeo le acompañaba con su instrumento, y
un vasto y dominante soplo lírico se escapaba del bosque verde y fragante.
El sátiro sordo comenzaba a impacientarse. ¿Quién era aquel extraño
visitante? ¿Por qué ante él había cesado la danza loca y voluptuosa? ¿Qué
decían sus dos consejeros?
¡Ah! ¡La alondra había cantado; pero el sátiro no oía! Por fin, dirigió su
vista al asno.
¿Faltaba su opinión? Pues bien; ante la selva enorme y sonora, bajo el
azul sagrado, el asno movió la cabeza de un lado a otro, grave, terco,
silencioso, como el sabio que medita.
Entonces, con su pie hendido, hirió el sátiro el suelo, arrugó su frente con
enojo, y, sin darse cuenta de nada, exclamó, señalando a Orfeo la salida de
la selva:
-¡No!…
Al vecino Olimpo llegó el eco, y resonó allá, donde los dioses estaban de
broma, un coro de carcajadas formidables que después se llamaron
homéricas.
Orfeo salió triste de la selva del sátiro sordo y casi dispuesto a ahorcarse
del primer laurel que hallase en su camino.
No se ahorcó, pero se casó con Eurídice.
La ninfa
Cuento parisiense

En el castillo que últimamente acaba de adquirir Lesbia, esta actriz


caprichosa y endiablada que tanto ha dado que decir al mundo por sus
extravagancias, nos hallábamos a la mesa hasta seis amigos. Presidía
nuestra Aspasia, quien a la sazón se entretenía en chupar como niña golosa
un terrón de azúcar húmedo, blanco entre las yemas sonrosadas. Era la hora
del chartreuse. Se veía en los cristales de la mesa como una disolución de
piedras preciosas, y la luz de los candelabros se descomponía en las copas
medio vacías, donde quedaba algo de la púrpura del borgoña, del oro
hirviente del champaña, de las líquidas esmeraldas de la menta.
Se hablaba con el entusiasmo de artista de buena pasta, tras una buena
comida. Éramos todos artistas, quién más, quién menos, y aun había un
sabio obeso que ostentaba en la albura de una pechera inmaculada el gran
nudo de una corbata monstruosa.
Alguien dijo: -¡Ah, sí, Fremiet! -Y de Fremiet se pasó a sus animales, a
su cincel maestro, a dos perros de bronce que, cerca de nosotros, uno
buscaba la pista de la pieza, otro, como mirando al cazador, alzaba el
pescuezo y arbolaba la delgadez de su cola tiesa y erecta. ¿Quién habló de
Mirón? El sabio, que recitó en griego el epigrama de Anacreonte: Pastor,
lleva a pastar más lejos tu boyada no sea que creyendo que respira la vaca
de Mirón, la quieras llevar contigo.
Lesbia acabó de chupar su azúcar, y con una carcajada argentina:
-¡Bah! Para mí, los sátiros. Yo quisiera dar vida a mis bronces, y si esto
fuese posible, mi amante sería uno de esos velludos semidioses. Os advierto
que más que a los sátiros adoro a los centauros; y que me dejaría robar por
uno de esos monstruos robustos, sólo por oír las quejas del engañado, que
tocaría su flauta lleno de tristeza.
El sabio interrumpió:
-¡Bien! Los sátiros y los faunos, los hipocentauros y las sirenas han
existido, como las salamandras y el ave Fénix.
Todos reíamos; pero entre el coro de carcajadas, se oía irresistible,
encantadora, la de Lesbia, cuyo rostro encendido, de mujer hermosa, estaba
como resplandeciente de placer.
***

-Si- continuó el sabio -:¿con qué derecho negamos los modernos, hechos
que afirman los antiguos? El perro gigantesco que vio Alejandro, alto como
un hombre, es tan real, como la araña Kreken que vive en el fondo de los
mares. San Antonio Abad, de edad de noventa años, fue en busca del viejo
ermitaño Pablo que vivía en una cueva. Lesbia, no te rías. Iba el santo por el
yermo, apoyado en su báculo, sin saber dónde encontrar a quien buscaba. A
mucho andar, ¿sabéis quién le dio las señas del camino que debía seguir?
Un centauro, medio hombre y medio caballo - dice un autor; - hablaba
como enojado; huyó tan velozmente que presto le perdió de vista el santo;
así iba galopando el monstruo, cabellos al aire y vientre a tierra.
En ese mismo viaje San Antonio vio un sátiro, «hombrecillo de extraña
figura, estaba junto a un arroyuelo, tenía las narices corvas, frente áspera y
arrugada, y la última parte de su contrahecho cuerpo remataba con pies de
cabra». -Ni más ni menos- dijo Lesbia. -¡M. de Cocureau, futuro miembro
del Instituto!
Siguió el sabio:
-Afirma San Jerónimo que en tiempos de Constantino Magno se condujo
a Alejandría un sátiro vivo, siendo conservado su cuerpo cuando murió.
Además, vióle el emperador de Antioquía.
Lesbia había vuelto a llenar su copa de menta, y humedecía la lengua en
el licor verde como lo haría un animal felino.
-Dice Alberto Magno que en su tiempo cogieron a dos sátiros en los
montes de Sajonia. Enrico Zormano asegura que en tierras de Tartaria había
hombres con sólo un pie y sólo un brazo en el pecho. Vicencio vio en su
época un monstruo que trajeron al rey de Francia, tenía cabeza de perro;
(Lesbia reía) los muslos, brazos y manos tan sin vellos como los nuestros;
(Lesbia se agitaba como una chicuela a quien hiciesen cosquillas), comía
carne cocida y bebía vino con todas ganas.
-¡Colombine!- grito Lesbia. Y llegó Colombine, una falderilla que
parecía un copo de algodón. Tomóla su ama, y entre las explosiones de risa
de todos:
-¡Toma, el monstruo que tenía tu cara!
Y le dio un beso en la boca, mientras el animal se estremecía e inflaba las
naricitas como lleno de voluptuosidad.
-Y Filegón Traliano- concluyó el sabio elegantemente -afirma la
existencia de dos clases de hipocentauros: una de ellas como elefantes.
Además…
-Basta de sabiduría- dijo Lesbia. Y acabó de beber la menta.
Yo estaba feliz. No había desplegado mis labios -¡Oh!, exclamé para mi,
¡las ninfas! Yo desearía contemplar esas desnudeces de los bosques y de las
fuentes, aunque, como Acteón, fuese despedazado por los perros. Pero las
ninfas no existen.
Concluyó aquel concierto alegre, con una gran fuga de risas y de
personas.
-¡Y qué!- me dijo Lesbia, quemándome con sus ojos de faunesa y con
voz callada como para que sólo yo la oyera. -¡Las ninfas existen, tú las
veras!
Eran un día primaveral. Yo vagaba por el parque del castillo, con el aire
de un soñador empedernido. Los gorriones chillaban sobre las lilas nuevas y
atacaban a los escarabajos que se defendían de los picotazos con sus
corazas de esmeralda, con sus petos de oro y acero. En las rosas el carmín,
el bermellón, la onda penetrante de perfumes dulces: más allá las violetas,
en grandes grupos, con su color apacible y su olor a virgen. Después, los
altos árboles, los ramajes tupidos llenos de mil abejas, las estatuas en la
penumbra, los discóbolos de bronce, los gladiadores musculosos en sus
soberbias posturas gímnicas, las glorietas perfumadas, cubiertas de
enredaderas, los pórticos, bellas imitaciones jónicas, cariátides todas
blancas y lascivas, y vigorosos telamones del orden atlántico, con anchas
espaldas y muslos gigantescos. Vagaba por el laberinto de tales encantos
cuando oí un ruido, allá en lo oscuro de la arboleda, en el estanque donde
hay cisnes blancos como cincelados en alabastro y otros que tienen la mitad
del cuello del color del ébano, como una pierna alba con media negra.
Llegué más cerca. ¿Soñaba? ¡Oh, Numa! Yo sentí lo que tú, cuando viste
en su gruta por primera vez a Egeria.
Estaba en el centro del estanque, entre la inquietud de los cisnes
espantados, una ninfa, una verdadera ninfa, que hundía su carne de rosa en
el agua cristalina. La cadera a flor de espuma parecía a veces como dorada
por la luz opaca que alcanzaba a llegar por las brechas de las hojas. ¡Ah!, yo
vi lirios, rosas, nieve, oro; vi un ideal con vida y forma y oí entre el
burbujeo sonoro de la linfa herida, como una risa burlesca y armoniosa, que
me encendía la sangre.
De pronto huyó la visión, surgió la ninfa del estanque, semejante a
Citerea en su onda, y recogiendo sus cabellos que goteaban brillantes,
corrió por los rosales tras las lilas y violetas, más allá de los tupidos
arbolares, hasta ocultarse a mi vista, hasta perderse, ¡ay!, por un recodo; y
quedé yo, poeta lírico, fauno burlado, viendo a las grandes aves alabastrinas
como mofándose de mí, tendiéndome sus largos cuellos en cuyo extremo
brillaba bruñida el ágata de sus picos.

***

Después, almorzábamos juntos aquellos amigos de la noche pasada, entre


todos, triunfante, con su pechera y su gran corbata oscura, el sabio obeso,
futuro miembro del Instituto.
Y de repente, mientras todos charlaban de la última obra de Fremiet, en
el salón, exclamó Lesbia con su alegre voz parisiense:
-¡Te!, como dice Tartarín: ¡el poeta ha visto ninfas!…
La contemplaron todos asombrados, y ella me miraba, me miraba como
una gata, y se reía, se reía como una chicuela a quien se le hiciesen
cosquillas.
El fardo

Allá lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las
aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus
torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro candente.
Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud; los guardas pasaban de un
punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas dando aquí y allá sus
vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los pescantes, los jornaleros se
encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del muelle, y el
húmedo viento salado que sopla de mar afuera a la hora en que la noche
sube, mantenía las lanchas cercanas en un continuo cabeceo.
Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que
por la mañana se estropeara un pie al subir una barrica a un carretón, y que,
aunque cojín cojeando, había trabajado todo el día, estaba sentado en una
piedra, y, con la pipa en la boca, veía triste el mar.
— Eh, tío Lucas, ¿se descansa?
— Sí, pues, patroncito.
Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entabler
con los bravos hombres toscos que viven la vida del trabajo fortificante, la
que da la buena salud y la fuerza del músculo, y se nutre con el grano del
poroto y la sangre hirviente de la viña.
Yo veía con cariño a aquel rudo viejo, y le oía con interés sus relaciones,
así, todas cortadas, todas como de hombre basto, pero de pecho ingenuo.
¡Ah, conque fue militar! ¡Conque de mozo fue soldado de Bulnes! ¡Conque
todavía tuvo resistencias para ir con su rifle hasta Miraflores! Y es casad, y
tuvo un hijo, y…
Y aquí el tío Lucas:
— Sí, patrón; ¡hace dos años que se me murió!
Aquellos ojos, chicos y relumbrantes bajo las cejas grises peludas, se
humedecieron entonces:
— ¿Que cómo se me murió? En el oficio, por darnos de comer a todos; a
mi mujer, a los chiquitos y a mí, patrón, que entonces me hallaba enfermo.
Y todo me lo refirió, al comenzar aquella noche, mientras las olas se
cubrían de brumas y la ciudad encendía sus luces; él en la piedra que le
servía de asiento, después de apagar su negra pipa y de colocársela en la
oreja y de estirar y cruzar sus piernas flacas y musculosas, cubiertas por los
sucios pantalones arremangados hasta el tobillo.
El muchacho era muy honrado y muy de trabajo. Se quiso ponerlo a la
escuela desde grandecito; pero los miserables no deben aprender a leer
cuando se llora de hambre en el cuartucho.
El tío Lucas era casado, tenía muchos hijos.
Su mujer llevaba la maldición del vientre de las pobres: la fecundidad.
Había, pues, mucha boca abierta que pedía pan, mucho chico sucio que se
revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frío; era
preciso ir a llevar que comer, a buscar harapos, y, para eso, quedar sin
alientos y trabajar como un buey. Cuando el hijo creció, ayudó al padre. Un
vecino, el herrero, quiso enseñarle su industria; pero como entonces era tan
débil, casi un armazón de huesos, y en el fuelle tenía que echar el bofe, se
puso enfermo, y volvió al conventillo. ¡Ah, estuvo muy enfermo! Pero no
murió. ¡No murió! Y eso que vivían en uno de esos hacinamientos
humanos, entre cuatro paredes destartaladas, viejas, feas, en la callejuela
inmunda de las mujeres perdidas, hedionda a todas horas, alumbrada de
noche por escasos faroles, y donde resuenan en perpetua llamada a las
zambras de echacorvería, las arpas y los acordeones, y el ruido de los
marineros que llegan al burdel, desesperados con la castidad de las largas
travesías, a emborracharse como cubas y a gritar y patalear como
condenados. ¡Sí!, entre la podredumbre, al estrépito de las fiestas
tunantescas, el chico vivió y pronto estuvo sano y en pie.
Luego, llegaron después sus quince años.
El tío Lucas había logrado, tras mil privaciones, comprar una canoa. Se
hizo pescador.
Al venir el alba, iba con su mocetón al agua, llevando los enseres de la
pesca. El uno remaba, el otro ponía en los anzuelos la carnada. Volvían a la
costa con buena esperanza de vender lo hallado, entre la brisa fría y las
opacidades de la neblina, cantando en baja voz alguna triste canción, y
enhiesto el remo triunfante que chorreaba espuma.
Si había buena venta, otra salida por la tarde.
Una de invierno había temporal. Padre e hijo, en la pequeña
embarcación, sufrían en el mar la locura de la ola y del viento. Difícil era
llegar a tierra. Pesca y todo se fue al agua, y pensó en librar el pellejo.
Luchaban como desesperados por ganar la playa. Cerca de ella estaban;
pero una racha maldita les empujó contra una roca, y la canoa se hizo
astillas. Ellos salieron sólo magullados, ¡gracias a Dios!, como decia el tío
Lucas al narrarlo. Después, ya son ambos lancheros.
¡Sí!, lancheros; sobre las grandes embarcaciones chatas y negras;
colgándose de la cadena que rechina pendiente como una sierpe de hierro
del macizo pescante que semeja una horea; remando de pie y a compás;
yendo con la lancha del muelle al vapor y del vapor al muelle; gritando:
¡hiiooeep!, cuando se empujaban los pesados bultos para engancharlos en la
uña potente que los levanta balanceándolos como un péndulo; ¡sí,
lancheros!, el viejo y el muchacho, el padre y el hijo; ambos a horcajadas
sobre un cajón, ambos forcejeando, ambos ganando su jornal, para ellos y
para sus queridas sanguijuelas del conventillo.
Íbanse todos los días al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las cinturas con
sendas bandas coloradas, y haciendo sonar a una sus zapatos groseros y
pesados que se quitaban, al comenzar la tarea, tirándolos en un rincón de la
lancha. Empezaba el trajín, el cargar y el descargar. El padre era cuidadoso:
-¡Muchacho, que te rompes la cabeza! ¡Que te coge la mano el chicote!
¡Que vas a perder una canilla! Y enseñaba, adiestraba, dirigía al hijo, con su
modo, con sus bruscas palabras de roto viejo y de padre encariñado.
Hasta que un día el tío Lucas no pudo moverse de la cama, porque el
reumatismo le hinchaba las coyunturas y le taladraba los huesos.
¡Oh! Y había que comprar medicinas y alimentos; eso sí.
— Hijo, al trabajo, a buscar plata; hoy es sábado.
Y se fue el hijo, solo, casi corriendo, sin desayunarse, a la faena diaria.
Era un bello día de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los
carros sobre sus rieles, crujían las poleas, chocaban las cadenas. Era la gran
confusión del trabajo que da vértigo, el son del hierro; tranqueteos por
doquiera; y el viento pasando por el bosque de árboles y jarcias de los
navíos en grupo.
Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tío Lucas
con otros lancheros, descargando a toda prisa. Había que vaciar la lancha
repleta de fardos. De tiempo en tiempo bajaba la larga cadena que remata en
un garfío, sonando como una matraca al correr con la roldana; los mozos
amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los enganchaban en el
garfio, y entonces éstos subían a la manera de un pez en un anzuelo, o del
plomo de una sonda, ya quietos, ya agitándose de un lado a otro, como un
badajo, en el vacío.
La carga estaba amontonada. La ola movía pausadamente de cuando en
cuando la embarcación colmada de fardos. Estos formaban una a modo de
pirámide en el centro. Había uno muy pesado, muy pesado. Era el más
grande de todos, ancho, gordo y oloroso a brea. Venía en el fondo de la
lancha. Un hombre de pie sobre él era pequeña figura para el grueso zócalo.
Era algo como todos los prosaísmos de la importación envueltos en lona
y fajados con correas de hierro. Sobre sus costados, en medio de líneas y de
triángulos negros, había letras que miraban como ojos. Letras "en
diamante", decía el tío Lucas. Sus cintas de hierro estaban apretadas con
clavos cabezudos y ásperos; y en las entrañas tendría el monstruo, cuando
menos, limones y percalas.
Sólo él faltaba.
— ¡Se va el bruto!- dijo uno de los lancheros.
— ¡El barrigón!- agregó otro.
Y el hijo del tío Lucas, que estaba ansioso de acabar pronto, se alistaba
para ir a cobrar y a desayunarse, anudándose un pañuelo de cuadros al
pescuezo.
Bajó la cadena danzando en el aire. Se amarró un gran lazo al fardo, se
probó si estaba bien seguro, y se gritó ¡Iza!, mientras la cadena tiraba de la
masa chirriando y levantándola en vilo.
Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme peso, y se preparaban
para ir a tierra, cuando se vio una cosa horrible. El fardo, el grueso fardo, se
zafó del lazo como de un collar holgado saca un perro la cabeza; y cayó
sobre el hijo del tío Lucas, que entre el filo de la lancha y el gran bulto,
quedó con los riñones rotos, el espinazo desencajado y echando sangre
negra por la boca.
Aquel día, no hubo pan ni medicinas en casa del tío Lucas, sino el
muchacho destrozado al que se abrazaba llorando el reumático, entre la
gritería de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el cadáver a Playa
Ancha.
Me despedí del viejo lanchero, y a pasos elásticos dejé el muelle,
tomando el camino de la casa, y haciendo filosofía con toda la cachaza de
un poeta, en tanto que una brisa glacial que venía de mar afuera pellizcaba
tenazmente las narices y las orejas.
El velo de la reina Mab

La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro
coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo
de sol, se coló por la ventana de una buhardilla donde estaban cuatro
hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos
desdichados.
Por aquel tiempo las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A
unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas cajas
del comercio; a otros, unas espigas maravillosas que al desgranarlas
colmaban las trojes de riqueza; a otros, unos cristales que hacían ver en el
riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a quiénes, cabelleras
espesas y músculos de Goliat y mazas enormes para machacar el hierro
encendido, y a quiénes, talones fuertes y piernas ágiles para montar en las
rápidas caballerías que se beben el viento y que tienden las crines en la
carrera.
Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una
cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo azul.
La reina Mab oyó sus palabras. Decía el primero:
-¡Y bien! ¡Heme aquí en la gran lucha de mis sueños de mármol! Yo he
arrancado el bloque y tengo el cincel. Todos tenéis, unos el oro, otros la
armonía, otros la luz; yo pienso en la blanca y divina Venus, que muestra su
desnudez bajo el plafón color del cielo. Yo quiero dar a la masa la línea y la
hermosura plástica, y que circule por las venas de las estatuas una sangre
incolora como la de los dioses. Yo tengo el espíritu de Grecia en el cerebro,
y amo los desnudos en que la ninfa huye y el fauno tiende los brazos. ¡Oh
Fidias! Tú eres para mí soberbio y augusto como un semidiós, en el recinto
de la eterna belleza, rey ante un ejército de hermosuras que a tus ojos
arrojan el magnífico Kiton, mostrando la esplendidez de la forma en sus
cuerpos de rosa y de nieve.
Tú golpeas, hieres y domas el mármol, y suena el golpe armónico como
un verso, y te adula la cigarra, amante del sol, oculta entre los pámpanos de
la viña virgen. Para ti son los Apolos rubios y luminosos, las Minervas
severas y soberanas. Tú, como un mago, conviertes la roca en simulacro y
el colmillo del elefante en copa del festín. Y al ver tu grandeza siento el
martirio de mi pequeñez. Porque pasaron los tiempos gloriosos. Porque
tiemblo ante las miradas de hoy. Porque contemplo el ideal inmenso y las
fuerzas exhaustas. Porque a medida que cincelo el bloque me ataraza el
desaliento.
Y decía el otro:
-Lo que es hoy romperé mis pinceles. ¿Para qué quiero el iris y esta gran
paleta de campo florido, si a la postre mi cuadro no será admitido en el
salón? ¿Qué abordaré? He recorrido todas las escuelas, todas las
inspiraciones artísticas. He pedido a las campiñas sus colores, sus matices;
he adulado a la luz como a una amada, y la he abrazado como a una
querida. He sido adorador del desnudo con sus magnificencias, con los
tonos de sus carnaciones y con sus fugaces medias tintas. He trazado en mis
lienzos los nimbos de los santos y las alas de los querubines. ¡Ah!, pero
siempre el terrible desencanto. ¡El porvenir! ¡Vender una Cleopatra en dos
pesetas para poder almorzar!
Y yo, ¡que podría en el estremecimiento de mi inspiración trazar el gran
cuadro que tengo aquí dentro!
Y decía el otro:
-Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías, temo todas las
decepciones. Yo escucho todas las armonías, desde la lira de Terpandro
hasta las fantasías orquestales de Wagner. Mis ideales brillan en medio de
mis audacias de inspirado. Yo tengo la percepción del filósofo que oyó la
música de los astros. Todos los ruidos pueden aprisionarse, todos los ecos
son susceptibles de combinaciones. Todo cabe en la línea de mis escalas
cromáticas.
La luz vibrante del himno, y la melodía de la selva hallan un eco en mi
corazón. Desde el ruido de la tempestad hasta el canto del pájaro, todo se
confunde y enlaza en la infinita cadencia. Entre tanto, no diviso sino la
muchedumbre que befa, y la celda del manicomio.
Y el último:
-Todos bebemos del agua clara de la fuente de Jonia. Pero el ideal flora
en el azul; y para que los espíritus gocen de la luz suprema es preciso que
asciendan. Yo tengo el verso que es de miel, y el que es de oro, y el que es
de hierro candente. Yo soy el ánfora del celeste perfume; tengo el amor.
Paloma, estrella, nido, lirio, vosotros conocéis mi morada. Para los vuelos
inconmensurables tengo alas de águila que parten a golpes mágicos el
huracán. Y para hallar consonantes las busco, las busco en dos bocas que se
juntan, y estalla el beso, y escribo la estrofa, y entonces, si veis mi alma,
conoceréis a mi musa. Amo las epopeyas, porque de ellas brota el soplo
heroico que agita las banderas que ondean sobre las lanzas y los penachos
que tiemblan sobre los cascos; los cantos líricos, porque hablan de las
diosas y de los amores; y las églogas, porque son olorosas a verbena y
tomillo, y el santo aliento del buey coronado de rosas. Yo escribiría algo
inmortal; mas me abruma un porvenir de miseria y de hambre.
Entonces, la reina Mab, del fondo de su carro hecho de una sola perla,
tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros, o de
miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los
sueños, de los dulces sueños, que hacen ver la vida color de rosa. Y con él
envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes. Los cuales
cesaron de estar tristes, porque penetró en su pecho la esperanza, y en su
cabeza el sol alegre, con el diablillo de la vanidad, que consuela en sus
profundas decepciones a los pobres artistas.
Y desde entonces, en las buhardillas de los brillantes infelices, donde
flota el sueño azul, se piensa en el porvenir como en la aurora, y se oyen
risas que quitan la tristeza, y se bailan extrañas farándulas alrededor de un
blanco Apolo, de un lindo paisaje, de un violín viejo, de un amarillento
manuscrito.
La canción de oro

Aquel día un harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un peregrino,
quizás un poeta, llegó, bajo la sombra de los altos álamos, a la gran calle de
los palacios, donde hay desafíos de soberbia entre el ónix y el pórfido, el
ágata y el mármol; en donde las altas columnas, los hermosos frisos, las
cúpulas doradas, reciben la caricia pálida del sol moribundo.
Había tras los vidrios de las ventanas, en los vastos edificios de la
riqueza, rostros de mujeres gallardas y de niños encantadores. Tras las rejas
se adivinaban extensos jardines, grandes verdores salpicados de rosas y
ramas que se balanceaban acompasada y blandamente como bajo la ley de
un ritmo. Y allá en los grandes salones, debía de estar el tapiz purpurado y
lleno de oro, la blanca estatua, el bronce chino, el tibor cubierto de campos
azules y de arrozales tupidos, la gran cortina recogida como una falda,
ornada de flores opulentas, donde el ocre orintal hace vibrar la luz en la
seda que resplandece. Luego las lunas venecianas, los palisandros y los
cedros, los nácares y los ébanos, y el piano negro y abierto, que ríe
mostrando sus teclas como una linda dentadura; y las arañas cristalinas,
donde alzan las velas profusas la aristocracia de su blanca cera. ¡Oh, y más
allá! Más allá el cuadro valioso dorado por el tiempo, el retrato que firma
Durand o Bonnat, y las preciosas acuarelas en que el tono rosado parece
que emerge de un cielo puro y envuelve en una onda dulce desde el lejano
horizonte hasta la yerba trémula y humilde. Y más allá…

***

( Muere la tarde.
Llega a las puertas del palacio un break flamante y charolado, negro y
rojo. Baja una pareja y entra con tal soberbia en la mansión, que el mendigo
piensa: decididamente, el aguilucho y su hembra van al nido. El tronco,
ruidoso y azogado, a un golpe de fusta arrastra el carruaje haciendo
relampaguear las piedras. Noche ).
***

Entonces, en aquel cerebro de loco, que ocultaba un sombrero raído, brotó


como el germen de una idea que pasó al pecho y fue opresión y llegó a la
boca hecho himno que le encendía la lengua y hacía entrechocar los dientes.
Fue la visión de todos los mendigos, de todos los desamparados, de todos
los miserables, de todos los suicidas, de todos los borrachos, del harapo y
de la llega, de todos los que viven, ¡Dios mío! En perpetua noche, tanteando
la sombra, cayendo al abismo, por no tener un mendrugo para llenar el
estómago. Y después la turba feliz, el lecho blando, la trufa y el áureo vino
que hierve, el raso y el moiré que con su roce ríen; el novio rubio y la novia
morena cubierta de predería y blonda; y el gran reloj que la suerte tiene para
medir la vida de los felices opulentos, que en vez de granos de arena, deja
caer escudos de oro.

Aquella especie de poeta sonrió; pero su faz tenía aire dantesco. Sacó de su
bolsillo un pan moreno, comió, y dio viento su himno. Nada más cruel que
aquel canto tras el mordisco.

***

¡Cantemos el oro!
Cantemos el oro, rey del mundo, que lleva dicha y luz por donde va,
como los fragmentos de un sol despedazado.
Cantemos el oro, que nace del vientre fecundo de la madre tierra;
inmenso tesoro, leche rubia de esa ubre gigantesca.
Cantemos el oro, río caudaloso, fuente de la vida, que hace jóvenes y
bellos a los que se bañan en sus corrientes maravillosas, y envejece a
aquellos que no gozan de sus raudales.
Cantemos el oro, porque de él se hacen las tiaras de los pontífices, las
coronas de los reyes y los cetros imperiales: y porque se derrama por los
mantos como un fuego sólido, e inunda las capas de los arzobispos, y
refulge en los altares y sostiene al Dios eterno en las custodias radiantes.
Cantemos el oro, porque podemos ser unos perdidos, y él nos pone
mamparas para cubrir las locuras abyectas de la taberna, y las vergüenzas
de las alcobas adúlteras.
Cantemos el oro, porque al saltar de cuño lleva en su disco el perfil
soberbio de los césares; y va a repletar las cajas de sus vastos templos, los
bancos y mueve las máquinas y da la vida y hace engordar los tocinos
privilegiados.
Cantemos el oro, porque él da los palacios y los carruajes, los vestidos a
la moda, y los frescos senos de las mujeres garridas; y las genuflexiones de
espinazos aduladores y las muecas de los labios eternamente sonrientes.
Cantemos el oro, padre del pan.
Cantemos el oro, porque es en las orejas de las lindas damas sostenedor
del rocío del diamante, al extremo de tan sonrosado y bello caracol; porque
en los pechos siente el latido de los corazones, y en las manos a veces es
símbolo de amor y de santa promesa.
Cantemos el oro, porque tapa las bocas que nos insultan; detiene las
manos que nos amenazan, y pone vendas a los pillos que nos sirven.
Cantemos el oro, porque su voz es música encantada; porque es heroico y
luce en las corazas de los héroes homéricos, y en las sandalias de las diosas
y en los coturnos trágicos y en las manzanas del jardín de las Hespérides.
Cantemos el oro, porque de él son las cuerdas de las grandes liras, la
cabellera de la más tiernas amadas, los granos de la espiga y el peplo que al
levantarse viste la olímpica aurora.
Cantemos el oro, premio y gloria del trabajador y pasto del bandido.
Cantemos el oro, que cruza por el carnaval del mundo, disfrazado de
papel, de plata, de cobre y hasta de plomo.
Cantemos el oro, amarillo como la muerta.
Cantemos el oro, calificado de vil por los hambrientos; hermano del
carbón, oro negro que incuba el diamante; rey de la mina, donde el hombre
lucha y la roca se desgarra; poderoso en el poniente, donde se tiñe en
sangre; carne de ídolo; tela de que Fidias hace el traje de Minerva.
Cantemos el oro, en el arnés del cabello, en el carro de guerra, en el puño
de la espada, en el lauro que ciñe cabezas luminosas, en la copa del festín
dionisíaco, en el alfiler que hiere el seno de la esclava, en el rayo del astro y
en el champaña que burbujea, como una disolución de topacios hirvientes.
Cantemos el oro, porque nos have gentiles, educados y pulcros.
Cantemos el oro, porque es la piedra de toque de toda amistad.
Cantemos el oro, purificado por el fuego, como el hombre por el
sufragio; mordido por la lima, como el hombre por la envidia; golpeado por
el martillo, como el hombre por la necesidad; realzado por el estuche de
seda, como el hombre por el palacio de mármol.
Cantemos el oro, esclavo, despreciado por Jerónimo, arrojado por
Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, maldecido por
Pablo el Ermitaño, quien tenía por alcazár una cueva bronca y por amigos
las estrellas de la noche, los pájaros del alba y las fieras hirsutas y salvajes
del yermo.
Cantemos el oro, dios becerro, tuétano de roca, misterioso y callado en su
entraña, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a toda vida, sonante como
un coro de tímpanos; feto de astros, residuo de luz, encarnación de éter.
Cantemos el oro, hecho sol, enamorado de la noche, cuya camisa de
crespón riega de estrellas brillantes, después del último beso, como una
gran muchedumbre de libras esterlinas.
¡Eh, miserables, beodos, pobres de solemnidad, prostitutas, mendigos,
vagos, rateros, bandidos, pordioseros, peregrinos, y vosotros los
desterrados, y vosotros los holgazanes, y sobre todo, vosotros, oh poetas!
¡Unámonos a los felices, a los poderosos, a los banqueros, a los
semidioses de la tierra!
¡Cantemos el oro!

***

Y el eco se llevó aquel himno, mezcla de gemido, ditirambo y carcajada; y


como ya la noche oscura y fría había entrado, el eco resonaba en las
tinieblas.
Pasó una vieja y pidió limosna.
Y aquella especie de harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un
peregrino, quizás un poeta, le dio su último mendrugo de pan petrificado, y
se marchó por la terrible sombra, rezongando entre dientes.
El rubí

-¡Ah, conque es cierto! ¡Conque ese sabio parisiense ha logrado sacar del
fondo de sus retortas, de sus matraces, la púrpura cristalina de que están
incrustados los muros de mi palacio! Y al decir esto el pequeño gnomo iba
y venía, de un lugar a otro, a cortos saltos, por la honda cueva que le servía
de morada; y hacía temblar su larga barba y el cascabel de su gorro azul y
puntiagudo.
En efecto, un amigo del centenario Chevreul - cuasi Althotas - el químico
Fremy, acababa de descubrir la manera de hacer rubíes y zafiros.
Agitado, conmovido, el gnomo - que era sabido y de genio harto vivaz -
seguía monologando.
-¡Ah, los sabios de la Edad Media! ¡Ah, Alberto el Grande, Averroes,
Raimundo Lulio! Vosotros no pudisteis ver brillar el gran sol de la piedra
filosofal, y he aquí que sin estudiar las fórmulas aristotélicas, sin saber
cábala y nigromancia, llega un hombre del siglo decimonono a formar a la
luz del día lo que nosotros fabricamos en nuestros subterráneos. Pues el
conjuro: fusión por veinte días de una mezcla de sílice y de aluminato de
plomo: coloración con bicromato de potasa, o con óxido de cobalto.
Palabras, en verdad, que parecen lengua diabólica.
Risa.
Luego se detuvo.

***

El cuerpo del delito estaba ahí, en el centro de la gruta, sobre una gran roca
de oro: un pequeño rubí, redondo, un tanto reluciente, como un grano de
granada al sol.
El gnomo tocó un cuerno, el que llevaba a su cintura, y el eco resonó por
las vastas concavidades. Al rato, un bullicio, un tropel, una algazara. Todos
los gnomos habían llegado.
Era la cueva ancha, y había en ella una claridad extraña y blanca. Era la
claridad de los carbunclos que en el techo de piedra centelleaban,
incrustados, hundidos, apiñados, en focos múltiples; una dulce luz lo
iluminaba todo.
A aquellos resplandores, podía verse la maravillosa mansión en todo su
esplendor. En los muros, sobre pedazos de plata y oro, entre venas de
lapislázuli, formaban caprichosos dibujos, como los arabescos de una
mezquita, gran muchedumbre de piedras preciosas. Los diamantes, blancos
y limpios como gotas de agua, emergían los iris de sus cristalizaciones;
cerca de calcedonias colgantes en estalactitas, las esmeraldas esparcían sus
resplandores verdes, y los zafiros, en amontonamientos raros, en ramilletes
que pendían del cuarzo, semejaban grandes flores azules y temblorosas.
Los topacios dorados, las amatistas circundaban en franjas el recinto; y
en el pavimento, cuajado de ópalos, sobre la pulida crisofasía y el ágata,
brotaba de trecho en trecho un hilo de agua, que caía con una dulzura
musical, a gotas armónicas, como las de una flauta metálica soplada muy
levemente.
Puck se había entrometido en el asunto, el pícaro Puck. El había llevado
el cuerpo del delito, el rubí falsificado, el que estaba ahí, sobre la roca de
oro, como una profanación entre el centelleo de todo aquel encanto.
Cuando los gnomos estuvieron juntos, unos con sus martillos y cortas
hachas en las manos, otros de gala, con caperuzas flamantes y encarnadas,
llenas de pedrerías, todos curiosos, Puck dijo así
-Me habeís pedido que os trajese una muestra de la nueva falsificación
humana, y he satisfecho esos deseos.
Los gnomos, sentados a la turca, se tiraban de los bigotes; daban las
gracias a Puck, con una pausada inclinación de cabeza; y los más cercanos a
él examinaban con gesto de asombro, las lindas alas, semejantes a las de un
hipsipilo.
Continuó:
-¡Oh, Tierra! ¡Oh, Mujer! Desde el tiempo en que veía a Titania, no he
sido sino un esclavo de la una, un adorador casi místico de la otra.
Y luego, como si hablase en el placer de un sueño:
-¡Esos rubíes! En la gran ciudad de París, volando invisibles, les vi por
todas partes. Brillaban en los collares de las cortesanas, en las
condecoraciones exóticas de los rastaquers, en los anillos de los príncipes
italianos y en los brazaletes de las primadonas.
Y con pícara sonrisa siempre.
-Yo me colé hasta cierto gabinete rosado muy en boga… Había una
hermosa mujer dormida. Del cuello le arranqué un medallón y del medallón
el rubí. Ahí lo tenéis.
Todos soltaron la carcajada. ¡Qué cascabeleo!
-¡Eh, amigo Puck!
Y dieron su opinión después, acerca de aquella piedra falsa, obra de
hombre o de sabio, que es peor.
-!Vidrio!
-!Maleficio!
-!Ponzoña y cábala!
-¡Química!
-¡Pretender imitar un fragmento de iris!
-¡El tesoro rubicundo de lo hondo del globo!
-¡Hecho de rayos del poniente solidificados!
El gnomo más viejo, andando con sus piernas torcidas, su gran barba
nevada, su aspecto de patriarca hecho pasa, su cara llena de arrugas:
-¡Señores- dijo, -que no sabéis lo que habláis!
Todos escucharon.
-Yo, yo que soy el más viejo de vosotros, puesto que apenas sirvo ya para
martillar las facetas de los diamantes; yo he visto formarse estos hondos
alcázares, que he cincelado los huesos de la tierra, que he amasado el oro,
que he dado un día un puñetazo a un muro de piedra, y caí a un lago donde
violé a una ninfa; yo, el viejo, os referiré de cómo se hizo el rubí.
Oíd

***

Puck sonreía curioso. Todos los gnomos rodearon al anciano cuyas canas
palidecían a los resplandores de la pedrería, y cuyas manos extendían su
movible sombra en los muros, cubiertos de piedras preciosas, como un
lienzo lleno de miel donde se arrojase granos de arroz.
-Un día, nosotros, los escuadrones que tenemos a nuestro cargo las minas
de diamantes, tuvimos una huelga que conmovió toda la tierra y salimos en
fuga por los cráteres de los volcanes.
“El mundo estaba alegre, todo era vigor y juventud; y las rosas, y las
hojas verdes y frescas, y los pájaros en cuyos buches entra el grano y brota
el gorjeo, y el campo todo, saludaban al sol y a la primavera fragante.
“Estaba el monte armónico y florido, lleno de trinos y de abejas; era una
grande y santa nupcia la que celebraba la luz; y en el árbol la savia ardía
profundamente, y en el animal todo era estremecimiento o balido o cántico,
y en el gnomo había risa y placer.
Yo había salido por un cráter apagado. Ante mis ojos había un campo
extenso. De un salto me puse sobre un gran árbol, una encina añeja. Luego,
bajé el tronco, y me hallé cerca de un arroyo, un río pequeño y claro donde
las aguas charlaban, diciéndose bromas cristalinas. Yo tenía sed. Quise
beber ahí… Ahora, oíd mejor.
Brazos, espaldas, senos desnudos, azucenas, rosas, panecillos de marfil
coronados de cerezas; ecos de risas áureas, festivas; y allá, entre las
espumas, entre las linfas rotas, bajo las verdes ramas…
-¿Ninfas?
-No, mujeres.

***

-Yo sabía cuál era mi gruta. Con dar una patada en el suelo, abría la arena
negra y llegaba a mi dominio. Vosotros, pobrecillos,gnomos jóvenes, tenéis
mucho que aprender.
Bajo los retoños de unos helechos nuevos me escurrí, sobre unas piedras
deslavadas por la corriente espumosa y parlante; y a ella, a la hermosa, a la
mujer, la agarré de la cintura, con este brazo antes tan musculoso; gritó,
golpeé el suelo; descendimos. Arriba quedó el asombro; abajo el gnomo
soberbio y vencedor.
Un día yo martillaba un trozo de diamante inmenso que brillaba como un
astro y que al golpe de mi maza se hacía pedazos.
El pavimento de mi taller se asemejaba a los restos de un sol hecho trizas.
La mujer amada descansaba a un lado, rosa de carne entre maceteros de
zafir, emperatriz del oro, en un lecho de cristal de roca, toda desnuda y
espléndida como una diosa.
Pero en el fondo de mis dominios, mi reina, mi querida, mi bella, me
engañaba. Cuando el hombre ama de veras, su pasión lo penetra todo y es
capaz de traspasar la tierra.
Ella amaba a un hombre, y desde su prisión le enviaba sus suspiros. Éstos
pasaban los poros de la corteza terrestre y llegaban a él; y él, amándola
también, besaba las rosas de cierto jardín; y ella, la enamorada, tenía - yo lo
notaba - convulsiones súbitas en que estiraba sus labios rosados y frescos
como pétalos de centifolia ¿Cómo ambos así se sentían? Con ser quien soy,
no lo sé.

***

Había acabado yo mi trabajo: un gran montón de diamantes hechos en un


día; la tierra abría sus grietas de granito como labios con sed, esperando el
brillante despedazamiento del rico cristal. Al fin de la faena, cansado, di un
martillazo que rompió una roca y me dormí.
Desperté al rato al oír algo como un gemido.
De su lecho, de su mansión más luminosa y rica que las de todas las
reinas de Oriente, había volado fugitiva, desesperada, la amada mía, la
mujer robada. ¡Ay!, y queriendo huir por el agujero abierto por mi maza de
granito, desnuda y bella, destrozó su cuerpo blanco y suave como de azahar
y mármol y rosa, en los filos de los diamantes rotos. Heridos sus costados,
chorreaba la sangre; los quejidos eran conmovedores hasta las lágrimas.
¡Oh, dolor!
Yo desperté, la tomé en mis brazos, le di mis besos más ardientes; mas la
sangre corría inundando el recinto, y la gran masa diamantina se teñía de
grana.
Me pareció que sentía, al darle un beso, un perfume salido de aquella
boca encendida: el alma; el cuerpo quedó inerte.
Cuando el gran patriarca nuestro, el centenario semidiós de las entrañas
terrestres pasó por allí, encontró aquella muchedumbre de diamantes
rojos…

***

Pausa.
-¿Habéis comprendido?
Los gnomos muy graves se levantaron. Examinaron más de cerca la
piedra falsa, hechura del sabio.
-¡Mirad, no tiene facetas!
-¡Brilla pálidamente!
-¡Impostura!
-¡Es redonda como la coraza de un escarabajo!
Y en ronda, uno por aquí, otro por allá fueron a arrancar de los muros
pedazos de arabescos, rubíes grandes como una naranja, rojos y chispeantes
como un diamante hecho sangre, y decían:
-¡He aquí! ¡He aquí lo nuestro, oh madre Tierra!
Aquella era una orgía de brillo y de color.
Y lanzaban al aire las gigantescas piedras luminosas y reían.
De pronto con toda la dignidad de un gnomo:
-¡Y bien! ¡El desprecio!
Se comprendieron todos. Tomaron el rubí falso, lo despedazaron y
arrojaron los fragmentos - con desdén terrible - a un hoyo que abajo daba a
una antiquísima selva carbonizada.
Después sobre sus rubíes, sobre sus ópalos, entre aquellas paredes
resplandecientes, empezaron a bailar asidos de las manos una farándula loca
y sonora.
¡Y celebraban con risas el verse grandes en la sombra!

***

Ya Puck volaba afuera, en el abejeo del alba, recién nacida, camino de una
pradera en flor. Y murmuraba -¡siempre con una sonrisa sonrosada! -
Tierra… Mujer… ¡Por que tú, oh madre Tierra, eres grande, fecunda, de
seno inextinguible y sacro!; y de tu vientre moreno brota la savia de los
troncos robustos y el oro y el agua diamantina y la casta flor de lis. ¡Lo
puro, lo fuerte, lo infalsificable! ¡Y tú, Mujer, eres - espíritu y carne - toda
Amor!
El palacio del sol

A vosotras, madres de las muchachas anémicas, va esta historia, la


historia de Berta, la niña de los ojos color de aceituna, fresca como una
rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de
un cuento azul.
Ya veréis, sana y respetables señoras, que hay algo mejor que el arsénico
y el fierro, para encender la púrpura de las lindas mejillas virginales; y que
es preciso abrir la puerta de su jaula a vuestras avecitas encantadoras, sobre
todo, cuando llega el tiempo de la primavera y hay ardor en las venas y en
las savias, y mil átomos de sol abejean, en los jardines, como un enjambre
de oro sobre las rosas entreabiertas.
Cumplidos sus quince años, Berta empezó a entristecer, en tanto que sus
ojos llameantes se rodeaban de ojeras melancólicas.
-Berta, te he comprado dos muñecas…
-No las quiero, mamá…
-He hecho traer los Nocturnos…
-Me duelen los dedos, mamá…
-Entonces…
-Estoy triste, mamá…
-Pues que se llame al doctor…
Y llegaron las antiparras de aros de carey, los guantes negros, la calva
ilustre y el cruzado levitón.
Ello era natural. El desarrollo, la edad… síntomas claros, falta de apetito,
algo como una opresión en el pecho… Ya sabéis; dad a vuestra niña
glóbulos de arseniato de hierro, luego, duchas. ¡El tratamiento!…
Y empezó a curar su melancolía, con glóbulos y duchas al comenzar la
primavera, Berta, la niña de los ojos color de aceituna, que llegó a estar
fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil
como la princesa de un cuento azul.

***

A pesar de todo las ojeras persistieron, la tristeza continuó, y Berta, pálida


como un precioso marfil, llegó un día a las puertas de la muerte. Todos
lloraban por ella en el palacio, y la sana y sentimental mamá hubo de pensar
en las palmas blancas del ataúd de las doncellas. Hasta que una mañana la
lánguida anémica bajó al jardín, sola, y siempre con su vaga atonía
melancólica, a la hora en que el alba ríe. Suspirando erraba sin rumbo, aquí,
allá; y las flores estaban tristes de verla. Se apoyó en el zócalo de un fauno
soberbio y bizarro, cincelado por Plaza, que húmedos de rocío sus cabellos
de mármol bañaba en luz su torso espléndido y desnudo. Vio un lirio que
erguía al azul la pureza de su cáliz blanco, y estiró la mano para cogerlo. No
bien había… (Sí, un cuento de hadas, señoras mías, pero que ya veréis sus
aplicaciones en una querida realidad), no bien había tocado el cáliz de la
flor, cuando de él surgió de súbito una hada, en su carro áureo y diminuto,
vestida de hilos brillantísimos e impalpables, son su aderezo de rocío, su
diadema de perlas y su varita de plata.
¿Creéis que Berta se amedrentó? Nada de eso. Batió palmas alegres, se
reanimó como por encanto, y dijo al hada: -¿Tú eres la que me quieres tanto
en sueños? -Sube, respondió el hada. Y como si Berta se hubiese
empequeñecido, de tal modo cupo en la concha del carro de oro, que
hubiera estado holgada sobre el ala corva de un cisne a flor de agua. Y las
flores, el fauno orgulloso, la luz del día, vieron cómo en el carro del hada
iba por el viento, plácida y sonriendo al sol, Berta, la niña de los ojos color
de aceituna, fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un
alba, gentil como la princesa de un cuento azul.

***

Cuando Berta, ya alto el divino cochero, subió a los salones, por las gradas
del jardín que imitaban esmaragdita, todos, la mamá, la prima, los criados,
pusieron la boca en forma de O. Venía ella saltando como un pájaro, con el
rostro lleno de vida y de púrpura, el seno hermoso y henchido, recibiendo
las caricias de un crencha castaña, libre y al desgaire, los brazos desnudos
hasta el codo, medio mostrando la malla de sus casi imperceptibles venas
azules, los labios entreabiertos por una sonrisa, como para emitir una
canción.
Todos exclamaron: -¡Aleluya! ¡Gloria! ¡Hosanna al rey de los
Esculapios! ¡Fama eterna a los glóbulos de ácido arsenioso y a las duchas
triunfales. Y mientras Berta corrió a su retrete a vestir sus más ricos
brocados, se enviaron presentes al viejo de las antiparras de aros de carey,
los guantes negros, la calva ilustre y del cruzado levitón. Y ahora, oíd
vosotras, madres de las muchachas anémicas, cómo hay algo mejor que el
arsénico y el fierro, para eso de encender la púrpura de las lindas mejillas
virginales. Y sabréis, ¿cómo no?, que no fueran los glóbulos, no; no fueron
las duchas, no; no fue el farmacéutico, quien devolvió salud y vida a Berta,
la niña de los ojos color de aceituna, alegre y fresca como una rama de
durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un
cuento azul.

***

Así que Berta se vio en el carro del hada, le preguntó: -¿Y adónde me
llevas? -Al palacio del sol. Y desde luego sintió la niña que sus manos se
tornaban ardientes, y que su corazoncito le saltaba como henchido de
sangre impetuosa. -Oye- siguió el hada-, yo soy la buena hada de los sueños
de la niñas adolescentes; yo soy la que curo a las cloróticas con sólo
llevarlas en mi carro de oro al palacio del sol, adonde vas tú. Mira, chiquita,
cuida de no beber tanto el néctar de la danza, y de no desvanecerte en las
primeras rápidas alegrías. Ya llegamos. Pronto volverás a tu morada. Un
minuto en el palacio del sol deja en los cuerpos y en las almas años de
fuego, niña mía.
En verdad estaban en un lindo palacio encantado, donde parecía sentirse
el sol en el ambiente. ¡Oh, qué luz! ¡qué incendios! - Sintió Berta que se le
llenaban los pulmones de aire de campo y de mar, y las venas de fuego;
sintió en el cerebro esparcimiento de armonía, y cómo que el alma se le
ensanchaba, y como que se ponía más elástica y tersa su delicada carne de
mujer. Luego vio, vio sueños reales, y oyó, oyó músicas embriagantes. En
vastas galerías deslumbradoras, llenas de claridades y de aromas, de
sederías y de mármoles, vio un torbellino de parejas, arrebatadas por las
ondas invisibles y dominantes de un vals. Vio que otras tantas anémicas
como ella, llegaban pálidas y entristecidas, respiraban aquel aire, y luego se
arrojaban en brazos de jóvenes vigorosos y esbeltos, cuyos bozos de oro y
finos cabellos brillaban a la luz; y danzaban, y danzaban, con ellos, en una
ardiente estrechez, oyendo requiebros misteriosos que iban al alma,
respirando de tanto en tanto como hálitos impregnados de vainilla, de haba
de Tonka, de violeta, de canela, hasta que con fiebre, jadeantes, rendidas,
como palomas fatigadas de un largo vuelo, caían sobre cojines de seda, los
senos palpitantes, las gargantas sonrosadas, y así soñando en cosas
embriagadoras… -Y ella también cayó al remolino, al maelstrón atrayente,
y bailó, giró, pasó, entre los espasmos de un placer agitado; y recordaba
entonces que no debía embriagarse tanto con el vino de la danza, aunque no
cesaba de mirar al hermoso compañero, con sus grandes ojos de mirada
primaveral. Y él la arrastraba por las vastas galerías, ciñendo su talle, y
hablándole al oído, en la lengua amorosa y rítmica de los vocablos
apacibles, de las frases irisadas, y olorosas, de los períodos cristalinos y
orientales.
Y entonces ella sintió que su cuerpo y su alma se llenaban de sol, de
efluvios poderosos y de vida. ¡No, no esperéis más!

***

El hada la volvió al jardín de su palacio, al jardín donde cortaba flores


envueltas en una oleada de perfumes, que subía místicamente a las ramas
trémulas, para flotar como el alma errante de los cálices muertos.
Así fue Berta a vestir sus más ricos brocados, para honra de los glóbulos
y duchas triunfales, llevando rosas en las faldas y en las mejillas!

***

¡Madres de las muchachas anémicas! Os felicito por la victoria de los


arseniatos e hipofosfitos del señor doctor. Pero, en verdad os digo: es
preciso, en provecho de las lindias mejillas virginales, abrir la puerta de su
jaula a vuestras avecitas encantadoras, sobre todo, en el tiempo de la
primavera, cuando hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de
sol abejan en los jardines como un enjambre de oro sobre las rosas
entreabiertas. Para vuestras cloróticas, el sol en los cuerpos y en las almas.
Sí, al palacio del sol, de donde vuelven las niñas como Berta, la de los ojos
color de aceituna, frescas como una rama de durazno en flor; luminosas
como un alba, gentiles como la princesa de un cuento azul.
El pájaro azul

París es teatro divertido y terrible. Entre los concurrentes al café


Plombier, buenos y decididos muchachos - pintores, escultores, poetas - sí,
¡todos buscando el viejo laurel verde! ninguno más querido que aquel pobre
Garcín, triste casi siempre, buen bebedor de ajenjo, soñador que nunca se
emborrachaba, y, como bohemio intachable, bravo improvisador.
En el cuartucho destartalado de nuestras alegres reuniones, guardaba el
yeso de las paredes, entre los esbozos y rasgos de futuros Clays, versos,
estrofas enteras escritas en la letra echada y gruesa de nuestro amado pájaro
azul.
El pájaro azul era el pobre Garcín. ¿No sabéis por qué se llamaba así?
Nosotros le bautizamos con ese nombre.
Ello no fué un simple capricho. Aquel excelente muchacho tenía el vino
triste. Cuando le preguntábamos por qué cuando todos reíamos como
insensatos o como chicuelos, él arrugaba el ceño y miraba fijamente el cielo
raso, nos respondía sonriendo con cierta amargura…
-Camaradas: habéis de saber que tengo un pájaro azul en el cerebro, por
consiguiente…

***

Sucedía también que gustaba de ir a las campiñas nuevas, al entrar la


primavera. El aire del bosque hacía bien a sus pulmones, según nos decía el
poeta.
De sus excursiones solía traer ramos de violetas y gruesos cuadernillos de
madrigales, escritos al ruido de las hojas y bajo el ancho cielo sin nubes.
Las violetas eran para Nini, su vecina, una muchacha fresca y rosada que
tenía los ojos muy azules.
Los versos eran para nosotros. Nosotros los leíamos y los aplaudíamos.
Todos teníamos una alabanza para Garcín. Era un ingenuo que debía brillar.
El tiempo vendría. Oh, el pájaro azul volaría muy alto. ¡Bravo! ¡bien! ¡Eh,
mozo,más ajenjo!

***

Principios de Garcín:
De las flores, las lindas campánulas.
Entre las piedras preciosas, el zafiro. De las inmensidades, el cielo y el
amor: es decir, las pupilas de Nini.
Y repetía el poeta: Creo que siempre es preferible la neurosis a la
imbecilidad.

***

A veces Garcín estaba más triste que de costumbre.


Andaba por los bulevares; veía pasar indiferente los lujosos carruajes, los
elegantes, las hermosas mujeres. Frente al escaparate de un joyero sonreía;
pero cuando pasaba cerca de un almacén de libros, se llegaba a las vidrieras,
husmeaba, y al ver las lujosas ediciones, se declaraba decididamente
envidioso, arrugaba la frente; para desahogarse volvía el rostro hacia el
cielo y suspiraba. Corría al café en busca de nosotros, conmovido, exaltado,
casi llorando, pedía un vaso de ajenjo y nos decía:
-Sí, dentro de la jaula de mi cerebro está preso un pájaro azul que quiere
su libertad…

***

Hubo algunos que llegaron a creer en un descalabro de razón.


Un alienista a quien se le dio noticias de lo que pasaba, calificó el caso
como una monomanía especial. Sus estudios patológicos no dejaban lugar a
duda.
Decididamente, el desgraciado Garcín estaba loco.
Un día recibió de su padre, un viejo provinciano de Normandía,
comerciante en trapos, una carta que decía lo siguiente, poco más o menos:
«Sé tus locuras en París. Mientras permanezcas de ese modo, no tendrás
de mí un solo sou. Ven a llevar los libros de mi almacén, y cuando hayas
quemado, gandul, tus manuscritos de tonterías tendrás mi dinero.»
Esta carta se leyó en el Café Plombier.
-¿Y te irás?
-¿No te irás?
-¿Aceptas?
-¿Desdeñas?
¡Bravo Garcín! Rompió la carta y soltando el trapo a la vena, improvisó
unas cuantas estrofas, que acababan, si mal no recuerdo:

¡Sí, seré siempre un gandul,


lo cual aplaudo y celebro,
mientras sea mi cerebro
jaula del pájaro azul!

***

Desde entonces Garcín cambió de carácter. Se volvió charlador, se dio un


baño de alegría, compró levita nueva, y comenzó un poema en tercetos
titulados, pues es claro: El pájaro azul.
Cada noche se leía en nuestra tertulia algo nuevo de la obra. Aquello era
excelente, sublime, disparatado.
Allí había un cielo muy hermoso, una campiña muy fresca, países
brotados como por la magia del pincel de Corot, rostros de niños asomados
entre flores; los ojos de Nini húmedos y grandes; y por añadidura, el buen
Dios que envía volando, volando, sobre todo aquello, un pájaro azul que sin
saber cómo ni cuando anida dentro del cerebro del poeta, en donde queda
aprisionado. Cuando el pájaro canta, se hacen versos alegres y rosados.
Cuando el pájaro quiere volar abre las alas y se da contra las paredes del
cráneo, se alzan los ojos al cielo, se arruga la frente y se bebe ajenjo con
poca agua, fumando además, por remate, un cigarrillo de papel.
He ahí el poema.
Una noche llegó Garcín riendo mucho y, sin embargo, muy triste.

***

La bella vecina había sido conducida al cementerio.


-¡Una noticia! ¡una noticia! Canto último de mi poema. Nini ha muerto.
Viene la primavera y Nini se va. Ahorro de violetas para la campiña. Ahora
falta el epílogo del poema. Los editores no se dignan siquiera leer mis
versos. Vosotros muy pronto tendréis que dispersaros. Ley del tiempo. El
epílogo debe titularse así: “De cómo el pájaro azul alza el vuelo al cielo
azul”.
***

¡Plena primavera! Los árboles florecidos, las nubes rosadas en el alba y


pálidas por la tarde; el aire suave que mueve las hojas y hace aletear las
cintas de los sombreros de paja con especial ruido! Garcín no ha ido al
campo.
Hele ahí, viene con traje nuevo, a nuestro amado Café Plombier, pálido,
con una sonrisa triste.
-!Amigos míos, un abrazo! Abrazadme todos, así, fuerte; decidme adiós
con todo el corazón, con toda el alma… El pájaro azul vuela.
Y el pobre Garcín lloró, nos estrechó, nos apretó las manos con todas sus
fuerzas y se fue.
Todos dijimos: Garcín, el hijo pródigo, busca a su padre, el viejo
normando. Musas, adiós; adiós, gracias. ¡Nuestro poeta se decide a medir
trapos! ¡Eh! ¡Una copa por Garcín!
Pálidos, asustados, entristecidos, al día siguiente, todos los parroquianos
del Café Plombier que metíamos tanta bulla en aquel cuartucho
destartalado, nos hallábamos en la habitación de Garcín. El estaba en su
lecho, sobre las sábanas ensangrentadas, con el cráneo roto de un balazo.
Sobre la almohada había fragmentos de masa cerebral. ¡Qué horrible!
Cuando, repuestos de la primera impresión, pudimos llorar ante el
cadáver de nuestro amigo, encontramos que tenía consigo el famoso poema.
En la última página había escritas estas palabras: Hoy, en plena primavera,
dejó abierta la puerta de la jaula al pobre pájaro azul.

***

¡Ay, Garcín, cuántos llevan en el cerebro tu misma enfermedad!


Palomas blancas y garzas morenas

Mi prima Inés era rubia como una alemana. Fuimos criados juntos, desde
muy niños, en casa de la buena abuelita que nos amaba mucho y nos hacía
vernos como hermanos, vigilándonos cuidadosamente, viendo que no
riñésemos. ¡Adorable, la viejecita, con sus trajes agrandes flores, y sus
cabellos crespos y recogidos como una vieja marquesa de Boucher!
Inés era un poco mayor que yo. No obstante, yo aprendí a leer antes que
ella; y comprendía -lo recuerdo muy bien- lo que ella recitaba de memoria,
maquinalmente, en una pastorela, donde bailaba y cantaba delante del niño
Jesús, la hermosa María y el señor San José; todo con el gozo de las
sencillas personas mayores de la familia, que reían con risa de miel,
alabando el talento de la actrizuela.
Inés crecía. Yo también, pero no tanto como ella. Yo debía entrar a un
colegio, en internado terrible y triste, a dedicarme a los áridos estudios del
bachillerato, a comer los platos clásicos de los estudiantes, a no ver el
mundo -¡mi mundo e mozo!- y mi casa, mi abuela, mi prima, mi gato, -un
excelente romano que se restregaba cariñosamente en mis piernas y me
llenaba los trajes negros de pelos blancos.
Partí.
Allá en el colegio mi adolescencia se despertó por completo. Mi voz
tomó timbres aflautados y roncos; llegué al período ridículo del niño que
pasa a joven. Entonces, por un fenómeno especial, en vez de preocuparme
de mi profesor de matemáticas, que no logró nunca hacer que yo
comprendiese el binomio de Newton, pensé, -todavía vaga y
misteriosamente,- en mi prima Inés.
Luego tuve revelaciones profundas. Supe muchas cosas. Entre ellas, que
los besos eran un placer exquisito.
Tiempo.
Leí Pablo y Virginia. Llegó un fin de año escolar, y salí, en vacaciones,
rápido como una saeta, camino de mi casa. ¡Libertad!
Mi prima, -pero, ¡Dios santo, en tan poco tiempo!- se había hecho una
mujer completa. Yo delante de ella me hallaba como avergonzado, un tanto
serio. Cuando me dirigía la palabra, me ponía sonreírle con una sonrisa
simple.
Ya tenía quince años y medio Inés. La cabellera, dorada y luminosa al
sol, era un tesoro. Blanca y levemente amapolada, su cara era una creación
murillesca, si veía de frente. A veces, contemplando su perfil, pensaba en
una soberbia medalla siracusana, en un rostro de princesa. El traje, corto
antes, había descendido. El seno, firme y esponjado, era un ensueño oculto
y supremo; la voz clara y vibrante, las pupilas azules, inefables; la boca
llena de fragancia de vida y de color de púrpura. ¡Sana y virginal
primavera!
La abuelita me recibió con los brazos abiertos. Inés se negó a abrazarme,
me tendió la mano. Después, no me atreví a invitarla a los juegos de antes.
Me sentía tímido. ¡Y qué!, ella debía sentir algo de lo que yo. ¡Yo amaba a
mi prima!
Inés, los domingos iba con la abuela a misa, muy de mañana.
Mi dormitorio estaba vecino al de ellas. Cuando cantaban los
campanarios su sonora llamada matinal, ya estaba yo despierto.
Oía, oreja atenta, el ruido de las ropas. Por la puerta entreabierta veía
salir la pareja que hablaba en voz alta. Cerca de mí pasaba el frufrú de las
polleras antiguas de mi abuela, y del traje de Inés, coqueto, ajustado, para
mí siempre revelador.
¡Oh, Eros!

-Inés…
¿… ?
¡Y estábamos solos, a la luz de una luna argentina, dulce, una bella luna
de aquellas del país de Nicaragua!
La dije todo lo que sentía, suplicante, balbuciente, echando las palabras,
ya rápidas, ya contenidas, febril, temeroso. ¡Sí! se lo dije todo: las
agitaciones sordas y extrañas que en mi experimentaba cerca de ellas, el
amor, el ansia; los tristes insomnios del deseo; mis ideas fijas en ella, allá en
mis meditaciones del colegio; y repetía como una oración sagrada la gran
palabra: ¡el amor! ¡Oh!, ella debía recibir gozosa mi adoración.
Creceríamos más. Seríamos marido y mujer…
Esperé.
La pálida claridad celeste nos iluminaba. El ambiente nos llevaba
perfumes tibios que a mí se me imaginaban propios para los fogosos
amores. Cabellos áureos, ojos paradisíaco, labios encendidos y
entreabiertos!
De repente, y con un mohín:
-¡Ve! la tontería…
Y corrió, como una gata alegre adonde se hallaba la buena abuela,
rezando a la callada sus rosarios y responsorios.
Con risa descocada de educanda maliciosa, con aire de locuela:
-¡Eh, abuelita! me dijo…
¡Ellas, pues, ya sabían que yo debía «decir!»
Con su reír interrumpía el rezo de la anciana que se quedó pensativa
acariciando las cuentas de su camándula. Y yo que todo lo veía, a la husma,
de lejos, lloraba, sí, lloraba lágrimas amargas, ¡las primeras de mis
desengaños de hombre!
Los cambios fisiológicos que en mí se sucedían, y las agitaciones de mi
espíritu me conmovían hondamente. ¡Dios mío! Soñador, un pequeño poeta
como me creía, al comenzarme el bozo, sentía llenos de ilusiones la cabeza,
de versos los labios, y mi alma y mi cuerpo de púber tenían sed de amor.
¿Cuándo llegaría el momento soberano en que alumbraría una celeste
mirada el fondo de mi ser, y aquel en que se rasgaría el velo del enigma
atrayente?
Un día, a pleno sol, Inés estaba en el jardín, regando trigo, entre los
arbustos y las flores, a las que llamaba sus amigas: unas palomas albas,
arrulladoras, con sus buches níveos y amorosamente musicales. Llevaba un
traje -siempre que con ella he soñado la he visto con el mismo,- gris
azulado, de anchas mangas, que dejaban ver casi por entero los satinados
brazos alabastrinos, los cabellos los tenía recogidos y húmedos, y el vello
alborotado de su nuca blanca y rosa, era para mí como luz crespa. Las aves
andaban a su alrededor currucuqueando, e imprimían en el suelo oscuro la
estrella acarminada de sus patas.
Hacía calor. Yo estaba oculto tras los ramajes de unos jazmineros. La
devoraba con los ojos. ¡Por fin se acercó por mi escondite, la prima gentil!
Me vio trémulo, enrojecida la faz, en mis ojos una llama viva y rara, y
acariciante, y se puso a reír cruelmente, terriblemente. ¡Y bien! ¡Oh!,
aquello no era posible. Me lancé con rapidez frente a ella. Audaz,
formidable debía de estar, cuando ella retrocedió como asustada, un paso.
-¡Te amo!
Entonces tornó a reír. Una paloma voló a uno de sus brazos. Ella la mimó
dándole granos de trigo entre las perlas de su boca fresca y sensual. Me
acerqué más. Mi rostro estaba junto al suyo. Los cándidos animales nos
rodeaban. Me turbaba el cerebro una onda invisible y fuerte de aroma
femenil. Se me antojaba Inés una paloma hermosa y humana, blanca y
sublime; y al propio tiempo llena de fuego, de ardor, un tesoro de dichas.
No dije más. La tomé la cabeza y la di un beso en una mejilla, un beso
rápido, quemante de pasión furiosa. Ella un tanto enojada, salió en fuga.
Las palomas se asustaron y alzaron el vuelo, formando un opaco ruido de
alas sobre los arbustos temblorosos. Yo abrumado, quedé inmóvil.

Al poco tiempo partía a otra ciudad. La paloma blanca y rubia no había,


¡ay! mostrado a mis ojos el soñado paraíso del misterioso deleite.
Musa ardiente y sacra para mi alma, el día había de llegar! Elena, la
graciosa, la alegre, ella fue el nuevo amor. ¡Bendita sea aquella boca, que
murmuró por primera vez cerca de mí las inefables palabras!
Era allá, en una ciudad que está a la orilla de un lago de mi tierra, un lago
encantador, lleno de islas floridas, con pájaros de colores.
Los dos solos estábamos cogidos de las manos, sentados en el viejo
muelle, debajo del cual el agua glauca y oscura chapoteaba musicalmente.
Había un crepúsculo acariciador, de aquellos que son la delicia de los
enamorados tropicales. En el cielo opalino se veía una diafanidad apacible
que disminuía hasta cambiarse en tonos de violeta oscuro, por la parte del
oriente, y aumentaba convirtiéndose en oro sonrosado en el horizonte
profundo, donde vibraban oblicuos, rojos y desfallecientes los últimos rayos
solares. Arrastrada por el deseo, me miraba la adorada mía y nuestros ojos
se decían cosas ardorosas y extrañas. En el fondo de nuestras almas
cantaban un unísono embriagador como dos invisible y divinas filomelas.
Yo extasiado veía a la mujer tierna y ardiente; con su cabellera castaña
que acariciaba con mis manos, su rostro color de canela y rosa, su boca
cleopatrina, su cuerpo gallardo y virginal, y oía su voz queda, muy queda,
que me decía frases cariñosas, tan bajo, como que solo eran para mí,
temerosa quizás de que se las llevase el viento vespertino. Fija en mí, me
inundaban de felicidad sus ojos de minerva, ojos verdes, ojos que deben
siempre gustar a los poetas. Luego, erraban nuestras miradas por el lago,
todavía lleno de vaga claridad. Cerca de la orilla, se detuvo un gran grupo
de garzas morenas de esas que cuando el día caliente, llegan a las riberas a
espantar a los cocodrilos, que con las anchas mandíbulas abiertas beben sol
sobre las rocas negras. ¡Bellas garzas! algunas ocultaban los largos cuellos
en la onda o bajo el ala, y semejaban grandes manchas de flores vivas y
sonrosadas, móviles y apacibles. A veces una, sobre una pata, se alisaba con
el pico las plumas, o permanecía inmóvil, escultural o hieráticamente, o
varias daban un corto vuelo, formando en el fondo de la ribera llena de
verde, o en el cielo, caprichosos dibujos, como las bandadas de grullas de
un parasol chino.
Me imaginaba junto a mi amada, que de aquel país de la altura, me
traerían las garzas muchos versos desconocidos y soñadores. Las garzas
blancas las encontraba más puras y más voluptuosas, con la pureza de la
paloma y la voluptuosidad del cisne, garridas con sus cuellos reales,
parecidos a los de las damas inglesas que junto a los pajecillos rizados se
ven en aquel cuadro en que Shakespeare recita en la corte de Londres. Sus
alas, delicadas y albas, hacen pensar en desfallecientes sueños nupciales,
todas, -bien dice un poeta,- como cinceladas en jaspe.
¡Ah, pero las otras, tenían algo de más encantador para mí! Mi Elena se
me antojaba como semejante a ellas, con su color de canela y de rosa,
gallarda y gentil.
Ya el sol desaparecía arrastrando toda su púrpura opulenta del rey
oriental. Yo había halagado a la amada tiernamente con mis juramentos y
frases melifluas y cálidas, y juntos seguíamos en un lánguido dúo de pasión
inmensa. Habíamos sido hasta ahí dos amantes soñadores, consagrados
místicamente uno a otro.
De pronto, y como atraídos por una fuerza secreta, en un momento
inexplicable, nos besamos en la boca, todos trémulos, con un beso para mí
sacratísimo y supremo: el primer beso recibido de labios de mujer. ¡Oh,
Salomón, bíblico y real poeta! tú lo dijiste como nadie: Mel et lac sub
lingua tua!
Aquel día no soñamos más.

¡Ah, mi adorable, mi bella, mi querida garza morena! Tú tienes en los


recuerdos profundos que en mi alma forman lo más alto y sublime, una luz
inmortal.
Porque tú me revelaste el secreto de las delicias divinas, en el inefable
primer instante del amor!
En Chile

I. En busca de cuadros

Sin pinceles, sin paleta, sin papel, sin lápiz, Ricardo, poeta lírico
incorregible, huyendo de las agitaciones y turbulencias, de las máquinas y
de los fardos, del ruido monótono de los tranvías y del chocar de las
herraduras de los caballos con su repiqueteo de caracoles sobre las piedras;
de las carreras de los corredores frente a la Bolsa; del tropel de los
comerciantes; del grito de los vendedores de diarios; del incesante bullicio e
inacabable hervor de este puerto; en busca de impresiones y de cuadros,
subió al cerro Alegre que, gallardo como una gran roca florecida, luce sus
flancos verdes, sus montículos coronados de casas risueñas escalonadas en
la altura, rodeadas de jardines, con ondeantes cortinas de enredaderas,
jaulas de pájaros, jarras de flores, rejas vistosas y niños rubios de caras
angélicas.
Abajo estaban las techumbres del Valparaíso que hace transacciones, que
anda a pie como una ráfaga, que puebla los almacenes e invade los bancos,
que viste por la mañana terno crema o plomizo, a cuadros, con sombrero de
paño, y por la noche bulle en la calle del Cabo con lustroso sombrero de
copa, abrigo al brazo y guantes amarillos, viendo a la luz que brota de las
vidrieras, los lindos rostros de las mujeres que pasan.
Más allá, el mar, acerado, brumoso, los barcos en grupos, el horizonte
azul y lejano. Arriba, entre opacidades, el sol. Donde estaba el soñador
empedernido, casi en lo más alto del cerro, apenas si se sentían los
estremecimientos de abajo. Erraba él a lo largo del Camino de Cintura e iba
pensando en idilios, con toda la augusta desfachatez de un poeta que fuera
millonario.
Había allí aire fresco para sus pulmones, cosas sobre cumbres, como
nidos al viento, donde bien podía darse el gusto de colocar parejas
enamoradas; y tenía, además, el inmenso espacio azul, del cual - él lo sabía
perfectamente - los que hacen los salmos y los himnos pueden disponer
como les venga en antojo.
De pronto escuchó: - ¡Mary! ¡Mary! Y él, que andaba a caza de
impresiones y en busca de cuadros, volvió la vista.
II. Acuarela

Había cerca un bello jardín, con más rosas que azaleas y más violetas que
rosas. Un bello y pequeño jardín, con jarrones, pero sin estatuas; con una
pila blanca, pero sin surtidores, cerca de una casita como hecha para un
cuento dulce y feliz.
En la pila, un cisne chapuzaba revolviendo el agua, sacudiendo las alas
de un blancor de nieve, enarcando el cuello en la forma del brazo de una
lira o del asa de un ánfora, y moviendo el pico húmedo y con tal lustre
como si fuese labrado en un ágata de color de rosa.
En la puerta de la casa, como extraída de una novela de Dickens, estaba
una de esas viejas inglesas, únicas, solas, clásicas, con la cofia encintada,
los anteojos sobre la nariz, el cuerpo encorvado, las mejillas arrugadas, mas
con color de manzana madura y salud rica. Sobre la saya obscura, el
delantal.
Llamaba:
-¡Mary!
El poeta vió llegar una joven de un rincón del jardín, hermosa, triunfal,
sonriente; y no quiso tener tiempo sino para meditar en que son adorables
los cabellos dorados, cuando flotan sobre las nucas marmóreas, y en que
hay rostros que valen bien por un alba.
Luego, todo era delicioso. Aquellos quince años entre las rosas -quince
años, sí, los estaban pregonando unas pupilas serenas de niña, un seno
apenas erguido, una frescura primaveral, y una falda hasta el tobillo que
dejaba ver el comienzo turbador de una media de color de carne;- aquellos
rosales temblorosos que hacían ondular sus arcos verdes, aquellos
durazneros con sus ramilletes alegres donde se detenían al paso las
mariposas errantes llenas de polvo de oro, y las libélulas de alas cristalinas
e irisadas; aquel cisne en la ancha taza, esponjando el alabastro de sus
plumas, y zambulléndose entre espumajeos y burbujas, con voluptuosidad,
en la transparencia del agua; la casita limpia, pintada, apacible, de donde
emergía como una onda de felicidad; y en la puerta la anciana, un invierno,
en medio de toda aquella vida, cerca de Mary, una virginidad en flor.
Ricardo, poeta lírico que andaba a caza de cuadros, estaba allí, con la
satisfacción de un goloso que paladea cosas exquisitas.
Y la anciana y la joven:
-¿Qué traes?
-Flores.
Mostraba Mary su falda llena como de iris hechos trizas, que revolvía
con una de sus manos gráciles de ninfa, mientras, sonriendo su linda boca
purpurada, sus ojos abiertos en redondo dejaban ver un color de lapislázuli
y una humedad radiosa.
El poeta siguió adelante.

III. Paisaje

A poco andar se detuvo.


El sol había roto el velo opaco de las nubes y bañaba de claridad áurea y
perlada un recodo de camino. Allí unos cuantos sauces inclinaban sus
cabelleras hasta rozar el césped. En el fondo se divisaban altos barrancos y
en ellos tierra negra, tierra roja, pedruscos brillantes como vidrios. Bajo los
sauces agobiados ramoneaban sacudiendo sus testas filosóficas - ¡oh, gran
maestro Hugo! - unos asnos; y, cerca de ellos, un buey gordo, con sus
grandes ojos melancólicos y pensativos donde ruedan miradas y ternuras de
éxtasis supremos y desconocidos, mascaba despacioso y con cierta pereza la
pastura. Sobre todo, flotaba un vaho cálido, y el grato olor campestre de las
yerbas pisadas. Veíase en lo profundo un trozo de azul. Un huaso robusto,
uno de esos fuertes campesinos, toscos hércules que detienen un toro,
apareció de pronto en lo más alto de los barrancos. Tenía tras de sí el vasto
cielo. Las piernas, todas músculos, las llevaba desnudas. En uno de sus
brazos traía una cuerda gruesa y arrollada. Sobre su cabeza, como un gorro
de nutria, sus cabellos enmarañados, tupidos, salvajes.
Llegosé al buey en seguida y le echó el lazo a los cuernos. Cerca de él,
un perro con la lengua afuera, acezando, movía el rabo y daba brincos.
-¡Bien!- dijo Ricardo.
Y pasó…

IV. Aguafuerte

¿Pero para dónde diablos iba?


Y se entró en una casa cercana de donde salía un ruido metálico y
acompasado.
En un recinto estrecho, entre paredes llenas de hollín, negras, muy
negras, trabajaban unos hombres en la forja. Uno movía el fuelle que
resoplaba, haciendo crepitar el carbón, lanzando torbellinos de chispas y
llamas como lenguas pálidas, áureas, azulejas, replandecientes. Al brillo del
fuego en que se enrojecían largas barras de hierro, se miraban los rostros de
los obreros con un reflejo trémulo. Tres yunques ensamblados en toscas
armazones resistían el batir de los machos que aplastaban el metal candente,
haciendo saltar una lluvia enrojecida. Los forjadores vestían camisas de
lana de cuellos abiertos, y largos delantales de cuero. Alcanzábaseles a ver
el pescuezo gordo y el principio del pecho velludo; y salían de las mangas
holgadas los brazos gigantescos, donde, como en los de Amico, parecían los
músculos redondas piedras de las que deslavan y pulen los torrentes. En
aquella negrura de caverna, al resplandor de las llamaradas, tenían tallas de
cíclopes. A un lado, una vantanilla dejaba pasar apenas un haz de rayo de
sol. A la entrada de la forja, como en un marco oscuro, una muchacha
blanca comía uvas. Y sobre aquel fondo de hollín y de carbón, sus hombros
delicados y tersos que estaban desnudos, hacían resaltar su bello color de
lis, con un casi imperceptible tono dorado.
Ricardo pensaba:
-Decididamente, una excursión feliz al pais del arte…

V. La virgen de la paloma

Anduvo, anduvo.
Volvía ya a su morada. Dirigíase al ascensor cuando oyó una risa infantil,
armónica, y él, poeta incorregible, buscó los labios de donde brotaba
aquella risa.
Bajo un cortinaje de madreselvas, entre plantas olorosas y maceteros
floridos, estaba una mujer pálida, augusta, madre, con un niño tierno y
risueño. Sosteníale en uno de sus brazos, el otro lo tenía en alto, y en la
mano una paloma, una de esas palomas albísimas que arrullan a sus
pichones de alas tornasoladas, inflando el buche como un seno de virgen, y
abriendo el pico de donde brota la dulce música de su caricia.
La madre mostraba al niño la paloma, y el niño, en su afán de cogerla,
abría los ojos, estiraba los bracitos, reía gozoso; y su rostro al sol tenía
como un nimbo; y la madre, con la tierna beatitud de sus miradas, con su
esbeltez solemne y gentil, con la aurora en las pupilas y la bendición y el
beso en los labios, era como una azucena sagrada, como una María llena de
gracia, irridiando la luz de un candor inefable. El niño Jesús, real como un
dios infante, precioso como un querubín paradiasíaco, queria asir aquella
paloma blanca, bajo la cúpula inmensa del cielo azul.
Ricardo descendió, y tomó el camino de su casa.

VI. La cabeza

Por la noche, sonando aún en sus oídos la música del Odeón, y los
parlamentos de Astol; de vuelta de las calles donde escuchara el ruido de
los coches y la triste melopea de los tortilleros, aquel soñador se encontraba
en su mesa de trabajo, donde las cuartillas inmaculadas estaban esperando
las silvas y los sonetos de costumbre, a las mujeres de los ojos ardientes.
¡Uf!…
¡Qué silvas! ¡Qué sonetos! La cabeza del poeta lírico era una orgía de
colores y de sonidos. Resonaban en las concavidades de aquel cerebro
martilleos de cíclopes, himnos al son de tímpanos sonoros, fanfarrias
bárbaras, risas cristalinas, gorjeos de pájaros, batir de alas y estallar de
besos, todo como en ritmos locos y revueltos. Y los colores agrupados,
estaban como pétalos de capullos distintos, confundidos en una bandeja, o
como la endiablada mezcla de tintas que llena la paleta de un pintor…
Además…

VII. Acuarela

Primavera. Ya las azucenas floridas y llenas de miel han abierto sus


cálices pálidos bajo el oro del sol. Ya los gorriones tornasolados, esos
amantes acariciadores, adulan a las rosas frescas, esas opulentas y
purpuradas emperatrices; ya el jazmín, flor sencilla, tachona los tupidos
ramajes, como una blanca estrella sobre un cielo verde. Ya las damas
elegantes visten sus trajes claros, dando al olvido las pieles y los abrigos
invernales. Y mientras el sol se pone sonrosando las nieves con una claridad
suave, junto a los árboles de la Alameda, que lucen sus cumbres
resplandecientes en un polvo de luz, su esbeltez solemne y sus hojas
nuevas, bulle un enjambre humano, a ruido de música, de cuchicheos vagos
y de palabras fugaces.
He aquí el cuadro. En primer término está la negrura de los coches que
esplende y quiebra los últimos reflejos solares; los caballos orgullosos con
el brillo de sus arneses, y con sus cuellos estirados e inmóviles de brutos
heráldicos; los cocheros taciturnos, en su quietud de indiferentes luciendo
sobre las largas libreas los botones metálicos flamantes; y en el fondo de los
carruajes, reclinadas como odaliscas, erguidas como reinas, las mujeres
rubias de los ojos soñadores, las que tienen cabelleras negras y rostros
pálidos, las rosadas adolescentes que ríen con alegría de pájaro primaveral,
bellezas lánguidas, hermosuras audaces, castos lirios albos y tentaciones
ardientes.
En esa portezuela está un rostro apareciendo de modo que semeja el de
un querubín; por aquélla ha salido una mano enguantada que se dijera de
niño, y es de morena tal que llama los corazones; más allá se alcanza a ver
un pie de Cenicienta con zapatito obscuro y media lila, y acullá, gentil con
sus gestos de diosa, bella con su color de marfil amapolado, su cuello real y
la corona de su cabellera, está la Venus de Milo, no manca sino con dos
brazos, gruesos como los muslos de un querubín de Murillo, vestida a la
última moda de París, con ricas telas de Prá.
Más allá, está el oleaja de los que van y vienen; parejas de enamorados,
hermanos y hermanas, grupos de caballeritos irreprochables; todo en la
confusión de los rostros, de las miradas, de los colorines, de los vestidos, de
las capotas; resaltando a veces en el fondo negro y aceitoso de los elegantes
sombreros de copa, una cara blanca de mujer, un sombrero de paja
adornado de colibríes de cintas o de plumas, o el inflado globo rojo, de
goma, que pendiente de un hilo lleva un niño risueño, de medias azules,
zapatos charolados y holgado cuello a la marinera.
En el fondo, los palacios elevan al azul la soberbia de sus fachadas, en las
que los álamos erguidos rayan columnas hojosas entre el abejeo trémulo y
desfalleciente de la tarde fugitiva.
VIII. Un retrato de Watteau

Estáis en los misterios de un tocador. Estáis viendo ese brazo de ninfa,


esas manos diminutas que empolvan el haz de rizos rubios de la cabellera
espléndida. La araña de luces opacas derrama la languidez de su girándula
por todo el recinto. Y he aquí que al volverse ese rostro, soñamos en los
buenos tiempos pasados. Una marquesa, contemporánea de madame de
Maintenón, solitaria en su gabinete, da las últimas manos a su tocado.
Todo está correcto; los cabellos que tienen todo el Oriente en sus hebras,
empolvados y crespos; el cuello del corpiño, ancho y en forma de corazón,
hasta dejar ver el principio del seno firme y pulido; las mangas abiertas que
muestran blancuras incitantes; el talle ceñido, que se balancea, y el rico
faldellín de largos vuelos, y el pie pequeño en el zapato de tacones rojos.
Mirad las pupilas azules y húmedas, la boca de dibujo maravilloso, con
una sonrisa enigmática de esfinge, quizá en recuerdo del amor galante, del
madrigal recitando junto al tapiz de figuras pastoriles o mitológicas, o del
beso a furtivas, tras la estatua de algún silvano, en la penumbra.
Vese la dama de pies a cabeza, entre dos grandes espejos; calcula el
efecto de la mirada, del andar, de la sonrisa, del vello casi impalpable que
agitará el viento de la danza en su nuca fragante y sonrosada. Y piensa, y
suspira; y flota aquel suspiro en ese aire impregnado de aroma femenino
que hay en un tocador de mujer.
Entretanto, la contempla con sus ojos de mármol una Diana que se alza
irresistible y desnuda sobre su plinto; y le ríe con audacia un sátiro de
bronce que sostiene entre los pámpanos de su cabeza un candelabro; y en el
asa de un jarrón de Rouen lleno de agua perfumada, le tiende los brazos y
los pechos una sirena con la cola corva y brillante de escamas argentinas,
mientras en el plafón, en forma de óvalo, va por el fondo inmenso y azulado
sobre el lomo de un toro robusto y divino, la bella Europa, entre delfines
áureos y tritones corpulentos que sobre el vasto ruido de las ondas, hacen
vibrar el ronco estrépito de sus resonantes caracoles.
La hermosa está satisfecha; ya pone perlas en la garganta y calza las
manos en seda; ya, rápida se dirige a la puerta donde el carruaje espera y el
tronco piafa. Y hela ahí, vanidosa y gentíl, a esa aristocrática santiaguesa
que se dirige a un baile de fantasía de manera que el gran Watteau le
dedicaría sus pinceles.

IX. Naturaleza muerta

He visto ayer por una ventana un tiesto lleno de lilas y de rosas pálidas,
sobre un trípode. Por fondo tenía uno de esos cortinajes amarillos y
opulentos, que hacen pensar en los mantos de los príncipes orientales. Las
lilas recién cortadas resaltaban con su lindo color apacible, junto a los
pétalos esponjados de las rosas té.
Junto al tiesto, en una copa de laca ornada con ibis de oro incrustado,
incitaban a la gula manzanas frescas, medio coloradas, con la pelusilla de la
fruta nueva y la sabrosa carne hinchada que toca el deseo; peras doradas y
apetitosas, que daban indicios de ser todas jugo, y como esperando el
cuchillo de plata que debía rebanar la pulpa almibarada; y un ramillete de
uvas negras, hasta con el polvillo ceniciento de los racimos acabados de
arrancar de la viña.
Acerquéme, vilo de cerca todo. Las lilas y las rosas eran de cera, las
manzanas y las peras de mármol pintado, y las uvas de cristal.
¡Naturaleza muerta!

X. Al carbón

Vibraba el órgano con sus voces trémulas, vibraba acompañando la


antífona, llenando la nave con su armonía gloriosa. Los cirios ardían
goteando sus lágrimas de cera entre la nube de incienso que inundaba los
ámbitos del templo con su aroma sagrado; y allá en el altar el sacerdote,
todo resplandeciente de oro, alzaba la custodia cubierta de pedrería,
bendiciendo a la muchedumbre, arrodillada.
De pronto, volví la vista cerca de mí, al lado de un ángulo de sombra.
Había una mujer que oraba. Vestida de negro, envuelta en un manto, su
rostro se destacaba severo, sublime, teniendo por fondo la vaga oscuridad
de un confesionario. Era una bella faz de ángel, con la plegaria en los ojos y
en los labios. Había en su frente una palidez de flor de lis, y en la negrura
de su manto resaltaban juntas, pequeñas, las manos blancas y adorables. Las
luces se iban extinguiendo, y a cada momento aumentaba lo obscuro del
fondo, y entonces como por un ofuscamiento, me parecía ver aquella faz
iluminarse con una luz blanca y misteriosa, como la que debe de hacer en la
región de los coros prosternados y de los querubines ardientes; luz, alba,
polvo de nieve, claridad celeste, onda santa que baña los ramos de lirio de
los bienaventurados.
Y aquel pálido rostro de virgen, envuelta ella en el manto y en la noche,
en aquel rincón de sombra, habría sido un tema admirable para un estudio al
carbón.

XI. Paisaje

Hay allá, en las orillas de la laguna de la Quinta, un sauce melancólico


que moja de continuo su cabellera verde, en el agua que refleja el cielo y los
ramajes, como si tuviese en su fondo un país encantado.
Al viejo sauce llegan en parejas los pájaros y los amantes. Allí es donde
escuché una tarde, cuando del sol quedaba apenas en el cielo un tinte
violeta que se esfumaba por ondas y sobre el gran Andes nevado, un
decreciente color de rosa, que era como una tímida caricia de la luz
enamorada, un rumor de besos cerca del tronco agobiado y un aleteo en la
cumbre.
Estaban los dos, la amada y el amado, en un banco rústico, bajo el todo
del sauce. Al frente se extendía la laguna tranquila, con su puente enarcado
y los árboles temblorosos de la ribera; y más allá se alzaba entre el verdor
de las hojas la fachada del palacio de la Exposición, con sus cóndores de
bronce en actitud de valor.
La dama era hermosa, él un gentil muchacho, que le acariciaba con los
dedos y los labios los cabellos rubios y las manos gráciles de ninfa.
Y sobre las dos almas ardientes y sobre los dos cuerpos juntos,
cuchicheaban en lengua rítmica y alada las dos aves. Y arriba el cielo con
su inmensidad y con su fiesta de nubes, plumas de oro, alas de fuego,
vellones de púrpura, fondos azules, flordelisados de ópalo, derramaba la
magnificencia de su pompa, la soberbia de su grandeza augusta.
Bajo las aguas se agitaban, como en un remolino de sangre viva, los
peces veloces de aletas doradas.
Al resplandor crepuscular, todo el paisaje se veía como envuelto en una
polvareda de sol tamizado, y eran el alma del cuadro aquellos dos amantes,
él moreno, gallardo, vigoroso, con una barba fina y sedosa, de esas que
gustan tocar las mujeres; ella rubia - ¡un verso de Goethe! - vestida con un
traje gris lustroso, y en el pecho una rosa fresca, como su boca roja que
pedía el beso.

XII. El ideal

Y luego, una torre de marfil, una flor mística, una estrella a quien
enamorar… Pasó, la vi como quien viera un alba, huyente, rápida,
implacable.
Era una estatua antigua como un alma que se asomaba a los ojos, ojos
angelicales, todos ternura, todos cielo azul, todos enigma.
Sintió que la besaba con mis miradas y me castigó con la majestad de su
belleza, y me vio como una reina y como una paloma. Pero pasó
arrebatadora, triunfante, como una visión que deslumbra. Y yo, el pobre
pintor de la Naturaleza y de Psyquis, hacedor de ritmos y de castillos
aéreos, vi el vestido luminoso de la hada, la estrella de su diadema y pensé
en la promesa ansiada del amor hermoso. Mas de aquel rayo supremo y
fatal sólo quedó en el fondo de mi cerebro un rostro de mujer, un sueño
azul.
La muerte de la emperatriz de China

Delicada y fina como una joya humana, vivía aquella muchachita de carne
rosada, en la pequeña casa que tenía un saloncito con los tapices de color
azul desfalleciente. Era su estuche.
¿Quién era el dueño de aquel delicioso pájaro alegre, de ojos negros y
boca roja? ¿Para quién cantaba su canción divina, cuando la señorita
Primavera mostraba en el triunfo del sol su bello rostro riente, y abría las
flores del campo, y alborotaba la nidada? Suzette se llamaba la avecita que
había puesto en jaula de seda, peluches y encajes, un soñador artista
cazador, que la había cazado una mañana de mayo en que había mucha luz
en el aire y muchas rosas abiertas.
Recaredo -capricho paternal, él no tenía la culpa de llamarse Recaredo-
se había casado hacía año y medio -¿Me amas? -Te amo. ¿Y tú? -Con toda
el alma. Hermoso el día dorado, después de lo del cura. Habían ido luego al
campo nuevo, a gozar libres del gozo del amor. Murmuraban allá en sus
ventanas de hojas verdes, las campanillas y las violetas silvestres que olían
cerca del riachuelo, cuando pasaban los dos amantes el brazo de él en la
cintura de ella, el brazo de ella en la cintura de él, los rojos labios en flor
dejando escapar los besos. Después, fue la vuelta a la gran ciudad, al nido
lleno de perfume, de juventud y de calor dichoso.
¿Dije ya que Recaredo era escultor? Pues si no lo he dicho, sabedlo.
Era escultor. En la pequeña casa tenía su taller, con profusión de
mármoles, yesos, bronces y terracotas. A veces, los que pasaban oían a
través de las rejas y persianas una voz que cantaba y un martilleo vibrante y
metálico. Suzette, Recaredo, la boca que emergía el cántico, y el golpe del
cincel.
Luego el incesante idilio nupcial. En puntillas, llegar donde él trabajaba,
e inundándole de cabellos la nuca, besarle rápidamente. Quieto, quietecito,
llegar donde ella duerme en su chaise longue, los piececitos calzados y con
medias negras, uno sobre otro, el libro abierto sobre el regazo, medio
dormida; y allí el beso es en los labios, beso que sorbe el aliento y hace que
se abran los ojos inefablemente luminosos. Y a todo esto, las carcajadas del
mirlo, un mirlo enjaulado que cuando Suzette toca de Chopin, se pone triste
y no canta. !Las carcajadas del mirlo! No era poca cosa. -¿Me quieres? -
¿No lo sabes? -¿Me amas? -¡Te adoro! Ya estaba el animalucho echando
toda la risa del pico. Se le sacaba de la jaula, revolaba por el saloncito
azulado, se detenía en la cabeza de un Apolo de yeso, o en la frámea de un
viejo germano de bronce oscuro. Tiiiiiirit… rrrrrrich… fiii… ¡Vaya que a
veces era malcriado e insolente en su algarabía! Pero era lindo sobre la
mano de Suzette, que le mimaba, le apretaba el pico entre sus dientes hasta
hacerlo desesperar, y le decía a veces con una voz severa que temblaba de
terneza: !Señor mirlo, es usted un picarón!
Cuando los dos amados estaban juntos, se arreglaban uno al otro el
cabello. «Canta», decía él. Y ella cantaba lentamente; y aunque no eran sino
pobres muchachos enamorados, se veían hermosos, gloriosos y reales; él la
miraba como a una Elsa, y ella le miraba como a un Lohengrin. Porque el
Amor, ¡oh jóvenes llenos de sangre y de sueños!, pone un azul de cristal
ante los ojos y da infinitas alegrías.
¡Cómo se amaban! Él la contemplaba sobre las estrellas de Dios; su amor
recorría toda la escala de la pasión, y era ya contenido, ya tempestuoso en
su querer, a veces casi místico. En ocasiones dijérase aquel artista un
teósofo que veía en la amada mujer algo supremo y extrahumano como la
Ayesha de Rider Haggard; la aspiraba como una flor, le sonreía como a un
astro y se sentía soberbiamente vencedor al estrechar contra su pecho
aquella adorable cabeza, que cuando estaba pensativa y quieta era
comparable al perfil hierático de la medalla de un emperatriz bizantina.
Recaredo amaba su arte. Tenía la pasión de la forma; hacía brotar del
mármol gallardas diosas desnudas de ojos blancos, serenos y sin pupilas; su
taller estaba poblado de un pueblo de estatuas silenciosas, animales de
metal, gárgolas terroríficas, grifos de largas colas vegetales, creaciones
góticas quizá inspiradas por el ocultismo. ¡Y, sobre todo, la gran afición!
Japonerías y chinerías. Recaredo era en esto un original. No sé qué habría
dado por hablar chino o japonés. Conocía los mejores álbumes; había leído
buenos exotistas, adoraba a Loti y a Judith Gautier, y hacía sacrificios por
adquirir trabajos legítimos, de Yokohama, de Nagasaki, de Kioto o de
Nankín o Pekín: los cuchillos, las pipas, las máscaras feas y misteriosas
como las caras de los sueños hípnicos, los mandarinitos enanos con panzas
de cucurbitáceos y ojos circunflejos, los monstruos de grandes bocas de
batracio, abiertas y dentadas, y diminutos soldados de Tartaria, con faces
foscas.
-¡Oh -le decía Suzette-, aborrezco tu casa de brujo, ese terrible taller, arca
extraña que te roba a mis caricias!
Él sonreía, dejaba su lugar de labor, su templo de raras chucherías y
corría al pequeño salón azul, a ver y mimar su gracioso dije vivo, y oír
cantar y reír al loco mirlo jovial.
Aquella mañana cuando entró, vió que estaba su dulce Suzette,
soñolienta y tendida, cerca de un tazón de rosas que contenía un trípode.
¿Era la Bella durmiente del bosque? Medio dormida, el delicado cuerpo
modelado bajo una bata blanca, la cabellera castaña apelotonada sobre uno
de los hombres, toda ella exhalando un suave olor femenino, era como una
deliciosa figura de los amables cuentos que empiezan: «Éste era un rey… »
La despertó:
-¡Suzette; mi bella!
Traía la cara alegre; le brillaban los ojos negros bajo su fez rojo de labor;
llevaba una carta en la mano.
-Carta de Robert, Suzette. ¡El bribonazo está en China! «Hong Kong, 18
de enero… »-. Suzette, un tanto amodorrada, se había sentado y le había
quitado el papel. ¡Conque aquel andariego había llegado tan lejos! «Hong
Kong, 18 de enero… » Era gracioso. ¡Un excelente muchacho el tal Robert,
con la manía de viajar! Llegaría al fin del mundo. ¡Robert, un grande
amigo! Se veían como de la familia. Había partido hacía dos años para San
Francisco de California. ¡Habríase visto loco igual!
Comenzó a leer.
«Hong Kong, 18 de enero de 1888.

»Mi buen Recaredo:


»Vine y vi. No he vencido aún.
»En San Francisco supe vuestro matrimonio y me alegré. Di un salto y
caí en la China. He venido como agente de una casa californiana,
importadora de sedas, lacas, marfiles y demás chinerías. Junto con esta
carta debes recibir un regalo mío que, dada tu afición por las cosas de este
país amarillo, te llegará de perlas. Ponme a los pies de Suzette, y conserva
el absequio en memoria de tu
Robert.»

Ni más, ni menos. Ambos soltaron la carcajada. El mirlo, a su vez, hizo


estallar la jaula en una explosión de gritos musicales.
La caja había llegado, una caja de regular tamaño, llena de marchamos,
de números y de letras negras que decían y daban a entender que el
contenido era muy frágil. Cuando la caja se abrió, apareció el misterio. Era
un fino busto de porcelana, un admirable busto de mujer sonriente, pálido y
encantador. En la base tenía tres inscripciones, una en caracteres chinescos,
otra en inglés y otra en francés. La emperatriz de la China. ¡La emperatriz
de la China! ¿Qué manos de artista asiático habían modelado aquellas
formas atrayentes de misterio? Era una cabellera recogida y apretada, una
faz enigmática, ojos bajos y extraños, de princesa celeste, sonrisa de
esfinge, cuello erguido sobre los hombros columbinos, cubiertos por una
honda de seda bordada de dragones, todo dando magia a la porcelana
blanca, con tonos de cera, inmaculada y cándida. ¡La emperatiz de la China!
Suzette pasaba sus dedos de rosa sobre los ojos de aquella graciosa
soberana, un tanto inclinados, con sus curvos epicantus bajo los puros y
nobles arcos de las cejas. Estaba contenta. Y Recaredo sentía orgullo de
poseer su porcelana. Le haría un gabinete especial, para que viviese y
reinase sola, como en el Louvre la Venus de Milo, triunfadora, cobijada
imperialmente por el plafón de su recinto sagrado.
Así lo hizo. En un extremo del taller formó un gabinete minúsculo, con
biombos cubiertos de arrozales y de grullas. Predominaba la nota amarilla.
Toda la gama, oro, fuego, ocre de Oriente, hoja de otoño, hasta el pálido
que agoniza fundido en la blancura. En el centro, sobre un pedestal dorado
y negro, se alzaba riendo la exótica imperial. Alrededor de ella había
colocado Recaredo todas sus japonerías y curiosidades chinas. Las cubría
un gran quitasol nipón, pintado de camelias y de anchas rosas sangrientas.
Era cosa de risa, cuando el artista soñador, después de dejar la pipa y los
pinceles, llegaba frente a la emperatriz, con las manos cruzadas sobre el
pecho, a hacer zalemas. Una, dos, diez, veinte veces la visitaba. Era una
pasión. En un plato de laca yokohamesa le ponía flores frescas todos los
días.
Tenía, en momentos, verdaderos arrobos delante del busto asiático que le
conmovía en su deleitable e inmóvil majestad. Estudiaba sus menores
detalles, el caracol de la oreja, el arco del labio, la nariz pulida, el epicantus
del párpado. ¡Un ídolo, la famosa emperatriz! Suzette le llamaba de lejos: -
¡Recaredo!
-¡Voy! -y seguía en la contemplación de su obra de arte. Hasta que
Suzette llegaba a llevárselo a rastras y a besos.
Un día, las flores del plato de laca desaparecieron como por encanto.
-¿Quién ha quitado las flores? -gritó el artista desde el taller.
-Yo -dijo una voz vibradora.
Era Suzette, que entreabría una cortina, toda sonrosada y haciendo
relampaguear sus ojos negros.
Allá en lo hondo de su cerebro se decía el señor Recaredo, artista
escultor: -¿Qué tendrá mi mujercita? No comía casi. Aquellos buenos libros
desflorados por su espátula de marfil estaban en el pequeño estante negro,
con sus hojas cerradas sufriendo la nostalgia de las blandas manos de rosa y
del tibio regazo perfumado. El señor Recaredo la veía teriste. ¿Qué tendrá
mi mujercita? En la mesa no quería comer. Estaba seria. ¡Qué sería! La
mirada a veces con el rabo del ojo y el marido veía aquellas pupilas oscuras,
húmedas, como si quisieran llorar. Y ella al responder, hablaba como los
niños a quienes se ha negado un dulce. ¿Qué tendrá mi mujercita? ¡Nada!
Aquel «nada» lo decía ella con voz de queja, y entre sílaba y sílaba había
lágrimas.
¡Oh, señor Recaredo! Lo que tiene vuestra mujercita es que sois un
hombre abominable. ¿No habéis notado que desde que esa buena de la
emperatriz de la China ha llegado a vuestra casa, el saloncito azul se ha
entristecido, y el mirlo no canta ni ríe con su risa perlada? Suzette despierta
a Chopin, y lentamente hace brotar la melodía enferma y melancólica del
negro piano sonoro. ¡Tiene celos, señor Recaredo! Tiene el mal de los celos,
ahogador y quemante, como una serpiente encendida que aprieta el alma
¡Celos!
Quizá él lo comprendía, porque una tarde dijo a la muchachita de su
corazón estas palabras, frente a frente, a través del mundo de una taza de
café:
-Eres demasiado injusta. ¿Acaso no te amo con toda mi alma? ¿Acaso no
sabes leer en mis ojos lo que hay dentro de mi corazón?
Suzette rompió a llorar. ¡Que la amaba! No, ya no la amaba. Habían
huido las buenas y radiantes horas, y los besos que chasqueaban también
eran idos, como pájaros en fuga. Ya no la quería. Y a ella, a la que él veía su
religión, su delicia, su sueño, su rey, a ella, a Suzette, la había dejado por la
otra.
¡La otra! Recaredo dio un salto. Estaba engañada. ¿Lo diría por la rubia
Eulogia, a quien en un tiempo había dirigido madrigales?
Ella movió la cabeza: -No. ¿Por la ricachona Gabriela, de largos cabellos
negros, blanca como un alabastro y cuyo busto había hecho? ¿O por aquella
Luisa, la danzarina, que tenía una cintura de avispa, un seno de buena
nodriza y unos ojos incendiarios? ¿O por la viudita Andrea, que al reír
sacaba la punta de la lengua, roja y felina, entre sus dientes brillantes y
marfilados?
No, no era ninguna de ésas. Recaredo se quedó con asombro. -Mira,
chiquilla, dime la verdad. ¿Quién es alla? Sabes cuánto te adoro, mi Elsa,
mi Julieta, amor mío.
Temblaba tanta verdad de amor en aquellas palabras entrecortadas y
trémulas, que Suzette, con los ojos enrojecidos, secos ya de lágrimas, se
levantó irguiendo su linda cabeza heráldica.
-¿Me amas?
-¡Bien lo sabes!
-Deja, pues, que me vengue de mi rival. Ella o yo, escoge. Si es cierto
que me adoras, ¿querrás permitir que la aparte para siempre de tu camino,
que quede yo sola, confiada en tu pasión?
-Sea- dijo Recaredo.
Y viendo irse a su avecita celosa y terca, prosiguió sorbiendo el café tan
negro como la tinta.
No había tomado tres sorbos cuando oyó un gran ruido de fracaso en el
recinto de su taller.
Fue: ¿Qué miraron sus ojos? El busto había desaparecido del pedestal de
negro y oro, y entre minúsculos mandarines caídos y descolgados abanicos,
se veían por el suelo pedazos de porcelana que crujían bajo los pequeños
zapatos de Suzette, quien toda encendida y con el cabello suelto,
aguardando los besos, decía entre carcajadas argentinas al marido asustado:
-Estoy vengada. ¡Ha muerto ya para tí la emperatriz de la China!
Y cuando comenzó la ardiente reconciliación de los labios, en el
saloncito azul, todo lleno de regocijo, el mirlo, en su jaula, se moría de risa.
A una estrella

¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios


luminosos!

¡Yo soy el enamorado extático que, soñando mi sueño de


amor, estoy de rodillas, con los ojos fijos en tu inefable claridad,
estrella mia que estas tan lejos!. ¡Oh, cómo ardo de celos, cómo
tiembla mi alma, cuando pienso que tú, cándida hija de la Au-
rora, puedes fijar tus miradas en el hermoso Príncipe Sol que
viene de Oriente, gallardo y bello en su carro de oro, celeste
flechero triunfador, de coraza adamantina, que trae a la espal-
da el carcaj brillante lleno de de flechas de fuego!. Pero no, tú me
has sonreido bajo tu palio y tu sonrisa era dulce como la es-
peranza.¡Cuántas veces mi espíritu quiso volar hacia a ti y quedó
desalentado!¡Esta tan lejos tu alcázar!. He cantado en mis so-
netos y en mis madrigales tu místico florecimiento, tus cabellos
de luz, tu alba vestitura. Te he visto como una pálida Bea-
triz del firmamento, lírica y armoniosa en tu sublime resplador.
¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios lu-
minosos!.

Recuerdo aquella negra noche, ¡oh genio desaliento!, en


que visitaste mi cuarto de trabajo para darme tortura, para de-
jarme casi desolado el pobre jardín de mi ilusión, donde me se-
gaste tantos frescos ideales en flor. Tu voz me sonó a hierro y
te escuche temblando, por que tu palabra era cortante y fría
y caía como un hacha. Me hablaste del camino de la Gloria,
donde hay que andar descalzo entre cambroneras y abrojos; y
desnudo bajo una eterna granizada; y a oscuras, cerca de hon-
dos abismos, llenos de sombras como la muerte. Me hablaste del
vergel de Amor, donde es casi imposible cortar una rosa sin morir,
porque es rara la flor en que no anide un áspid. Y me dijiste
de la terrible y muda esfinge de bronce que está a la entrada de
la tumba. Y yo estaba espantado, porque la gloria me había
atraído, con su hermosa palma en la mano, y el Amor me lle-
naba de su embriaguez, y la vida era para mí encantadora
y alegre, como la ven las flores y los pájaros. Y ya presa de mi
desesperanza, esclavo tuyo, oscuro genio desaliento, huí de mi
triste lugar de labor -donde entre una corte de bardos an-
tiguos y poetas modernos resplandecía el dios Hugo, en la
edición de Hetsel - y busqué el aire libre bajo el cielo de
la noche. ¡Entonces fue, adorable y blanca princesa, cuando
tuviste compasión de aquel pobre poeta, y le miraste con tu mi-
rada inefable, y le sonreíste y de tu sonrisa emergía el divino
verso de la esperanza. ¡Estrella mía, que estas tan lejos, quién
besará tus labios lumniosos!

Quería contarte un poema sideral que tú pudieras oír, que-


ría ser tu amante ruiseñor, y darte mi apasionado ritornelo, mi
etérea y rubia soñadora. Y desde la Tierra donde camina-
mos sobre el limo,enviarte mi ofrenda de armonia a tu religión
en que deslumbra la apoteosis y reina sin cesar el prodigio.

Tu diadema asombra a los astros y tu luz hace cantar a los


poetas, perla del oceano infinito, flor de lis del oriflam in-
menso del gran Dios.
Te he visto una noche aparecer en el horizonte sobre el mar,
y el gigantesco viejo, ebrio de sal, te saludó con las salvas de sus
olas resonantes y roncas. Tú caminabas con un manto tenue y
dorado; tus reflejos alegraban las vastas aguas palpitantes.
Otra vez en una selva oscura, donde poblaban el aire los
grillos monótonos, con las notas chillonas de sus nocturnos y
rudos violines. A trvés de un ramaje te contemplé en tu delei-
table serenidad, y ví sobre árboles negros trémulos hilos de
luz, como si hubiesen caído de la altura hebras de tu cabellera.
¡Princesa del divino imperio azul, quién besará tus labios lu-
minosos!

Te canta y vuela a ti la alondra matinal en el alba de la


primavera, en que el viento lleva vibraciones de liras eólicas, y
ecos de los tímpanos de plata que suenan los silfos. Desde tu
región derramas las perlas armómicas y cristalinas de su bu-
che, que caen y se juntan a la universal y grandiosa sinfonía
que llena la despierta Tierra.
¡Y en esa hora pienso en tí, porque es la hora de supremas
citas en el profundo cielo y de ocultos y ardosos oarystis en
los tibios parajes del bosque donde florece el cítiso que alegra
la égloga!¡Estrella mía, que estás tan lejos, quién besará tus la-
bios luminosos!.
El año lírico

Primaveral

Mes de rosas. Van mis rimas


En ronda, a la vasta selva,
A recoger miel y aromas
En las flores entreabiertas.
Amada, ven. El gran bosque
Es nuestro templo, allí ondea
Y flota un santo perfume
De amor. El pájaro vuela
De un árbol a otro y saluda
Tu frente rosada y bella
Como a un alba; y las encinas
Robustas, altas, soberbias,
Cuando tú pasas agitan
Sus hojas verdes y trémulas,
Y enarcan sus ramas como
Para que pase una reina.
¡Oh, amada mía! Es el dulce
Tiempo de la primavera.

Mira en tus ojos, los míos,


Da al viento la cabellera,
Y que bañe el sol ese oro
De luz salvaje y espléndida.
Dame que aprieten mis manos
Las tuyas de rosa y seda,
Y ríe, y muestren tus labios
Su púrpura húmeda y fresca.
Yo voy a decirte rimas,
Tú vas a escuchar risueña;
Si acaso algún ruiseñor
Viniese a posarse cerca,
Y a contar alguna historia
De ninfas, rosas o estrellas,
Tú no oirás notas ni trinos,
Sino, enamorada y regia,
Escucharás mis canciones
Fija en mis labios que tiemblan.
¡Oh, amada mía! Es el dulce
Tiempo de la primavera.

Allá hay una clara fuente


Que brota de una caverna,
Donde se bañan desnudas
Las blancas ninfas que juegan.
Ríen al son de la espuma,
Hienden la linfa serena,
Entre polvo cristalino
Esponjan sus cabelleras,
Y saben himnos de amores
En hermosa lengua griega,
Que en glorioso tiempo antiguo
Pan inventó en las florestas.
Amada, pondré en mis rimas
La palabra más soberbia
De las frases, de los versos,
De los himnos de esa lengua;
Y te diré esa palabra
Empapada en miel hiblea…
¡Oh, amada mía! en el dulce
Tiempo de la primavera.

Van en sus grupos vibrantes


Revolando las abejas
Como un áureo torbellino
Que la blanca luz alegra;
Y sobre el agua sonora
Pasan radiantes, ligeras,
Con sus alas cristalinas
Las irisadas libélulas.
Oye: canta la cigarra
Porque ama al sol, que en la selva
Su polvo de oro tamiza
Entre las hojas espesas.
Su aliento nos da en un soplo
Fecundo la madre tierra,
Con el alma de los cálices
Y el aroma de las yerbas.

¿Ves aquel nido? Hay un ave.


Son dos: el macho y la hembra.
Ella tiene el buche blanco,
Él tiene las plumas negras.
En la garganta el gorjeo,
Las alas blandas y trémulas;
Y los picos que se chocan
Como labios que se besan.
El nido es cántico. El ave
Incuba el trino, ¡oh, poetas!
De la lira universal,
El ave pulsa una cuerda.
Bendito el calor sagrado
Que hizo reventar las yemas,
¡Oh, amada mía, en el dulce
Tiempo de la primavera!

Mi dulce musa Delicia


Me trajo una ánfora griega
Cincelada en alabastro,
De vino de Naxos llena;
Y una hermosa copa de oro,
La base henchida de perlas,
Para que bebiese el vino
Que es propicio a los poetas.
En la ánfora está Diana,
Real, orgullosa y esbelta,
Con su desnudez divina
Y en su actitud cinegética.
Y en la copa luminosa
Está Venus Citerea
Tendida cerca de Adonis
Que sus caricias desdeña.
No quiero el vino de Naxos
Ni el ánfora de esas bellas,
Ni la copa donde Cipria
Al gallardo Adonis ruega.
Quiero beber el amor
Sólo en tu boca bermeja.
¡Oh, amada mía!, en el dulce
Tiempo de la primavera!
Estival

La tigre de Bengala,
Con su lustrosa piel manchada a trechos,
Está alegre y gentil, está de gala.
Salta de los repechos
De un ribazo, al tupido
Carrizal de un bambú; luego, a la roca
Que se yergue a la entrada de su gruta.
Allí lanza un rugido,
Se agita como loca
Y eriza de placer su piel hirsuta.

La fiera virgen ama.


Es el mes del ardor. Parece el suelo
Rescoldo; y en el cielo
El sol, inmensa llama.
Por el ramaje obscuro
Salta huyendo el canguro.
El boa se infla, duerme, se calienta
A la tórrida lumbre;
El pájaro se sienta
A reposar sobre la verde cumbre.

Siéntense vahos de horno;


Y la selva africana
En alas del bochorno,
Lanza, bajo el sereno
Cielo, un soplo de sí. La tigre ufana
Respira a pulmón lleno,
Y al verse hermosa, altiva, soberana,
Le late el corazón, se le hincha el seno.

Comtempla su gran zarpa, en ella la uña


De marfil; luego toca
El filo de una roca,
Y prueba y lo rasguña.
Mírase luego el flanco
Que azota con el rabo puntiagudo
De color negro y blanco,
Y móvil y felpudo;
Luego el vientre. En seguida
Abre las anchas fauces, altanera
Como reina que exige vasallaje,
Después husmea, busca, va. La fiera
Exhala algo a manera
De un suspiro salvaje.
Un rugido callado
Escuchó. Con presteza
Volvió la vista de uno y otro lado.
Y chispeó su ojo verde y dilatado,
Cuando miró de un tigre la cabeza
Surgir sobre la cima de un collado.
El tigre se acercaba.

Era muy bello.

Gigantesca la talla, el pelo fino,


Apretado el ijar, robusto el cuello,
Era un Don Juan felino
En el bosque. Anda a trancos
Callados; ve a la tigre inquieta, sola,
Y le muestra los blancos
Dientes, y luego arbola
Con donaire la cola.
Al caminar se vía
Su cuerpo ondear, con garbo y bizarría.
Se miraban los músculos hinchados
Debajo de la piel. Y se diría
Ser aquella alimaña
Un rudo gladiador de la montaña.
Los pelos erizados
Del labio relamía. Cuando andaba
Con su peso chafaba
La yerba verde y muelle;
Y el ruido de su aliento semejaba
El resollar de un fuelle.
Él es, él es el rey. Creto de oro
No, sino la ancha garra
Que se hinca recia en el testuz del toro
Y las carnes desgarra.
La negra águila enorme, de pupilas
De fuego y corvo pico relumbrante,
Tiene a Aquilón; las hondas y tranquilas
Aguas el gran caimán; el elefante
La cañada y la estepa;
La víbora los juncos por do trepa;
Y su caliente nido
Del árbol suspendido,
El ave dulce y tierna
Que ama la primer luz.
Él, la caverna.

No envidia al león la crin, ni al potro rudo


El casco, ni al membrudo
Hipopótamo el lomo corpulento
Quien bajo los ramajes del copudo
Baobab, ruge el viento.

Así va el orgulloso, llega, halaga;


Corresponde la tigre que le espera,
Y con caricias las caricias paga
En su salvaje ardor, la carnicera.

Después el misterioso
Tacto, las impulsivas
Fuerzas, que arrastran con poder pasmoso;
Y, ¡oh, gran Pan! el idilio monstruoso
Bajo las vastas selvas primitivas.
No el de las musas de las blandas horas,
Suaves, expresivas,
En las rientes auroras
Y las azules noches pensativas;
Sino el que todo enciende, anima, exalta,
Polen, savia, calor, nervio, corteza,
Y en torrente de vida brota y salta
Del seno de la gran naturaleza.

El príncipe de Gales, va de caza


Por bosques y por cerros,
Con su gran servidumbre y con sus perros
De la más fina raza.

Acallando el trople de los vasallos,


Deteniendo traíllas y caballos,
Con la mirada inquieta,
Contempla a los dos tigres, de la gruta
A la entrada. Requiere la escopeta,
Y avanza, y no se inmuta.

Las fieras se acarician. No han oído


Tropel de cazadores.
A esos terribles seres,
Embriagados de amores,
Con cadenas de flores
Se les hubiera uncido
A la nevada concha de Citeres
O al carro de Cupido.

El príncipe atrevido,
Adelanta, se acerca, ya se para;
Ya apunta y cierra un ojo; ya dispara;
Ya del arma el estruendo
Por el espeso bosque ha resonado.
El tigre sale huyendo,
Y la hembra queda, el vientre desgarrado.

¡Oh, va a morir!… Pero antes, débil, yerta,


Chorreando sangre por la herida abierta,
Con ojos doloridos,
Miró a aquel cazador; lanzó un gemido,
Como un ¡ay! de mujer … y cayó muerta.

Aquel macho que huyó, bravo y zahareño


A los rayos ardientes
Del sol, en su cubil después dormía.
Entonces tuvo un sueño:
Que enterraba las garras y los dientes
En vientres sonrosados
Y pechos de mujer; y que engullía
Por postres delicados
De comidas y cenas,
Como tigre goloso entre golosos,
Unas cuantas docenas
De niños tiernos, rubios y sabrosos.
Autumnal

Al marqués de Bradomin

Marqués (como el Divino lo eres), te saludo.


Es el Otoño, y vengo de un Versalles doliente.
Había mucho frío y erraba vulgar gente.
El chorro de agua de Verlaine estaba mudo.

Me quedé pensativo ante un mármol desnudo,


cuando vi una paloma que pasó de repente,
y por caso de cerebración inconsciente
pensé en ti. Toda exégesis en este caso eludo.

Versalles otoñal; una paloma; un lindo


mármol; un vulgo errante, municipal y espeso;
anteriores lecturas de tus sutiles prosas;

la reciente impresión de tus triunfos… Prescindo


de más detalles para explicarte por eso
cómo, autumnal, te envió este ramo de rosas.
Invernal

Noche. Este viento vagabundo lleva


Las alas entumidas
Y heladas. El gran Andes
Yergue al inmenso azul su blanca cima.
La nieve cae en copos,
Sus rosas transparentes cristaliza,
En la ciudad, los delicados hombros
Y gargantas se abrigan;
Ruedan y van los coches,
Suenan alegres pianos, el gas brilla;
Y, si no hay un fogón que le caliente,
El que es pobre tirita.

Yo estoy con mis radiantes ilusiones


Y mis nostalgias íntimas,
Junto a la chimenea
Bien harta de tizones que crepitan.
Y me pongo a pensar:

¡Oh, si estuviese

Ella, la de mis ansias infinitas,


La de mis sueños locos,
Y mis azules noches pensativas!
¡Cómo! Mirad:

De la apacible estancia

En la extensión tranquila,
Vertería la lámpara reflejos
De luces opalinas.
Dentro, el amor que abrasa;
Fuera, la noche fría,
El golpe de la lluvia en los cristales,
Y el vendedor que grita
Su monótona y triste melopea
A las glaciales brisas;
Dentro, la ronda de mis mil delirios
Las canciones de notas cristalinas,
Unas manos que toquen mis cabellos,
Un aliento que roce mis mejillas,
Un perfume de amor, mil conmociones,
Mil ardientes caricias,
Ella y yo: los dos juntos, los dos solos;
La amada y el amado, ¡oh Poesía!,
Los besos de sus labios,
La música triunfante de mis rimas,
Y en la negra y cercana chimenea
El tuero brillador que estalla en chispas.

¡Oh, bien haya el brasero


Lleno de pedrería!
Topacios y carbunclos,
Rubíes y amatistas
En la ancha copa etrusca
Repleta de ceniza.
Los lechos abrigados,
Las almohadas mullidas,
Las pieles de Astrakán, los besos cálidos
Que dan las bocas húmedas y tibias.
¡Oh, viejo invierno, salve!
Puesto que traes con las nieves frígidas
El amor embriagante
Y el vino del placer en tu mochila.

Sí, estaría a mi lado,


Dándome sus sonrisas,
Ella, la que hace falta a mis estrofas,
Esa que mi cerebro se imagina;
La que, si estoy en sueños,
Se acerca y me visita;
Ella que, hermosa, tiene
Una carne ideal, grandes pupilas,
Algo del mármol, blanca luz de estrella;
Nerviosa, sensitiva,
Muestra el cuello gentil y delicado
De las Hebes antiguas;
Bellos gestos de diosa,
Tersos brazos de ninfa,
Lustrosa cabellera
En la nuca crespada y recogida,
Y ojeras que denuncian
Ansias profundas y pasiones vivas.
¡Ah, por verla encarnada,
Por gozar sus caricias,
Por sentir en mis labios
Los besos de su amor, diera la vida!
Entretanto, hace frío.
Yo contemplo las llamas que se agitan,
Cantando alegres con sus lenguas de oro,
Móviles, caprichosas e intranquilas,
En la negra y cercana chimenea
Do el tuero brillador estalla en chispas.

Luego pienso en el coro


De las alegres liras,
En la copa labrada el vino negro,
La copa hirviente cuyos bordes brillan
Con iris temblorosos y cambiantes
Como un collar de prismas;
El vino negro que la sangre enciende
Y pone el corazón con alegría,
Y hace escribir a los poetas locos
Sonetos áureos y flamantes silvas.
El Invierno es beodo.
Cuando soplan sus brisas,
Brotan las viejas cubas
La sangre de las viñas.
Sí, yo pintara su cabeza cana
Con corona de pámpanos guarnida.
El Invierno es galeoto,
Porque en las noches frías
Paolo besa a Francesca
En la boca encendida,
Mientras su sangre como fuego corre
Y el corazón ardiendo le palpita.
¡Oh, crudo Invierno, salve!
Puesto que traes con las nieves frígidas
El amor embriagante
Y el vino del placer en tu mochila.

Ardor adolescente,
Miradas y caricias:
¡Cómo estaría trémula en mis brazos
La dulce amada mía,
Dándome con sus ojos luz sagrada,
Con su aroma de flor, savia divina!
En la alcoba la lámpara
Derramando sus luces opalinas;
Oyéndose tan sólo
Suspiros, ecos, risas;
El ruido de los besos,
La música triunfante de mis rimas
Y en la negra y cercana chimenea
El tuero brillador que estalla en chispas.
Dentro, el amor que abrasa;
Fuera, la noche fría.
Pensamiento de otoño

De Armand Silvestre

Huye el año a su término


Como arroyo que pasa,
Llevando del poniente
Luz fugitiva y pálida.
Y así como el del pájaro
Que triste tiende el ala,
El vuelo del recuerdo
Que al espacio se lanza
Languidece en lo inmenso
Del azul por do vaga.
Huye el año a su término
Como arroyo que pasa.

Un algo de alma aún yerra


Por los cálices muertos
De las tardes volúbiles
Y los rosales trémulos.
Y, de luces lejanas
Al hondo firmamento,
En alas del perfume
Aún se remonta un sueño.
Un algo de alma aún yerra
Por los cálices muertos.

Canción de despedida
Fingen las fuentes túrbidas.
Si te place, amor mío,
Volvamos a la ruta
Que allá en la primavera
Ambos, las manos juntas,
Seguimos, embriagados
De amor y de ternura,
Por los gratos senderos
Do sus ramas columpian
Olientes avenidas
Que las flores perfuman.
Canción de despedida
Fingen las fuentes turbias.
Un cántico de amores
Brota mi pecho ardiente
Que eterno abril fecundo
De juventud florece.
¡Qué mueran, en buen hora,
Los bellos días! Llegue
Otra vez el invierno;
Renazca áspero y fuerte.
Del viento entre el quejido,
Cual mágico himno alegre,
Un cántico de amores
Brota mi pecho ardiente.

Un cántico de amores
A tu sacra beldad,
¡Mujer, eterno estío,
Primavera inmortal!
Hermana del ígneo astro
Que por la inmensidad
En toda estación vierte
Fecundo, sin cesar,
De su luz esplendente
El dorado raudal.
Un cántico de amores
A tu sacra beldad,
¡Mujer, eterno estío
Primavera inmortal!
A un poeta

Nada más triste que un titán que llora,


Hombre-montaña encadenado a un lirio,
Que gime fuerte, que pujante implora:
Víctima propia en su fatal martirio.

Hércules loco que a los pies de Onfalia


La clava deja y el luchar rehusa,
Héroe que calza femenil sandalia,
Vate que olvida a la vibrante musa.

¡Quién desquijara los robustos leones,


Hilando esclavo con la débil rueca;
Sin labor, sin empuje, sin acciones;
Puños de fierro y áspera muñeca!

No es tal poeta para hollar alfombras


Por donde triunfan femeniles danzas:
Que vibre rayos para herir las sombras,
Que escriba versos que parezcan lanzas.

Relampagueando la soberbia estrofa,


Su surco deje de esplendente lumbre,
Y el pantano de escándalo y de mofa
Que no lo vea el águila en su cumbre.

Bravo soldado con su casco de oro


Lance el dardo que quema y que desgarra,
Que embiste rudo como embiste el toro,
Que clave firme, como el león, la garra.

Cante valiente y al cantar trabaje;


Que ofrezca robles si se juzga monte;
Que su idea, en el mal rompa y desgaje
Como en la selva virgen el bisonte.
Que lo que diga la inspirada boca
Suene en el pueblo con palabra extraña;
Ruido de oleaje al azotar la roca,
Voz de caverna y soplo de montaña.

Deje Sansón de Dalila el regazo:


Dalila engaña y corta los cabellos.
No pierda el fuerte el rayo de su brazo
Por ser esclavo de unos ojos bellos.
Anagké

Y dijo la paloma:
Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo,
En el árbol en flor, junto a la poma
Llena de miel, junto al retoño suave
Y húmedo por las gotas de rocío,
Tengo mi hogar. Y vuelo
Con mis anhelos de ave,
Del amado árbol mío
Hasta el bosque lejano,
Cuando, al himno jocundo
Del despertar de Oriente,
Sale el alba desnuda y muestra al mundo
El pudor de la luz sobre su frente.
Mi ala es blanca y sedosa;
La luz la dora y baña
Y céfiro la peina.
Son mis pies como pétalos de rosa.
Yo soy la dulca reina
Que arrulla a su palomo en la montaña.
En el fondo del bosque pintoresco
Está el alerce en que formé mi nido;
Y tengo allí, bajo el follaje fresco
Un polluelo sin par, recién nacido.

Soy la promesa alada,


El juramento vivo;
Soy quien lleva el recuerdo de la amada
Para el enamorado pensativo;
Yo soy la mensajera
De los tristes y ardientes soñadores,
Que va a revolotear diciendo amores
Junto a una perfumada cabellera.
Soy el lirio del viento.
Bajo el azul del hondo firmamento
Muestro de mi tesoro bello y rico
Las preseas y galas;
El arrullo en el pico,
La caricia en las alas.
Yo despierto a los pájaros parleros
Y entonan sus melódicos cantares;
Me poso en los floridos limoneros
Y derramo una lluvia de azahares.
Yo soy toda inocente, toda pura.
Yo me esponjo en las ansias del deseo,
Y me estremezco en la íntima ternura
De un roce, de un rumor, de un aleteo.

¡Oh inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora


Das la lluvia y el sol siempre encendido;
Porque siendo el palacio de la aurora,
También eres el techo de mi nido.
¡Oh inmenso azul! Yo adoro
Tus celajes risueños,
Y esa niebla sutil de polvo de oro
Donde van los perfumes y los sueños.

Amo los velos, tenues, vagarosos,


De las flotantes brumas,
Donde tiendo a los aires cariñosos
El sedeño abanico de mis plumas.
¡Soy feliz! Porque es mía la floresta
Donde el misterio de los nidos se halla;
Porque el alba es mi fiesta
Y el amor mi ejercicio y mi batalla.
Feliz, porque de dulces ansias llena
Calentar mis polluelos es mi orgullo;
Porque en las selvas vírgenes resuena
La música celeste de mi arrullo;
Porque no hay una rosa que no me ame,
Ni pájaro gentil que no me escuche,
Ni garrido cantor que no me llame.
¿Sí? dijo entonces un gavilán infame,
Y con furor se la metió en el buche.
Entonces el buen Dios, allá en su trono
( Mientras Satán, para distraer su encono
Aplaudía a aquel pájaro zahareño )
Se puso a meditar.

Arrugó el ceño,

Y pensó, al recordar sus vastos planes,


Y recorrer sus puntos y sus comas,
Que cuando creó palomas
No debía haber creado gavilanes.
Sonetos

Caupolicán

A Enrique Hernández Miyares

Es algo formidable que vio la vieja raza:


robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.

Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,


pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
desjarretar un toro, o estrangular un león.

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,


le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.

"¡El Toqui, el Toqui!", clama la conmovida casta.


Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: "Basta",
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.
Venus

En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.


En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.
En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,
como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,


que esperaba a su amante bajo el techo de su camarín,
o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,
triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.

"¡Oh, reina rubia! -díjele, mi alma quiere dejar su crisálida


y volar hacia a ti, y tus labios de fuego besar;
y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar".


El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.
Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.
De invierno

En invernales horas, mirad a Carolina.


Medio apelotonada, descansa en el sillón,
Envuelta con su abrigo de marta cibelina
Y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco junto a ella se reclina,


Rozando con su hocico la falda de Alençón,
No lejos de las jarras de porcelana china
Que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño;


Entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris;
Voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

Como una rosa roja que fuera flor de lis.


Abre los ojos, mírame, con su mirar risueño,
Y en tanto cae la nieve del cielo de París.
Medallones

Leconte de Lisle

De las eternas musas el reino soberano


Recorres, bajo un soplo de vasta inspiración,
Como un rajá soberbio en su elefante indiano
Por sus dominios pasa de rudo viento al son.

Tú tienes en tu canto como ecos de Oceano;


Se ven en tu poesía la selva y el león;
Salvaje luz irradia la lira que en tu mano
Derrama su sonora, robusta vibración.

Tú el faquir conoces secretos y avatares;


A tu alma dio el Oriente misterios seculares,
Visiones legendarias y espíritu oriental.

Tu verso está nutrido con savia de la tierra;


Fulgor de Ramayanas tu viva estrofa encierra,
Y cantas en la lengua del bosque colosal.
Catulle Mendés

Puede ajustarse al pecho coraza férrea y dura;


Puede regir la lanza, la rienda del corcel;
Sus músculos de atleta soportan la armadura…
Pero él busca en las bocas rosadas leche y miel.

Artista, hijo de Capua, que adora la hermosura,


La carne femenina prefiere su pincel,
Y en el recinto oculto de tibia alcoba oscura,
Agrega mirto y rosas a su triunfal laurel.

Canta de los oarystis el delicioso instante,


Los besos y el delirio de la mujer amante;
Y en sus palabras tiene perfume, alma, color.

Su ave es la venusina, la tímida paloma.


Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma.
En todos los combates del arte o del amor.
Walt Whitman
En su país de hierro vive el gran viejo,
Bello como un patriarca, sereno y santo.
Tiene en la arruga olímpica de su entrecejo
Algo que impera y vence con noble encanto.

Su alma del infinito parece espejo;


Son sus cansados hombros dignos del manto;
Y con arpa labrada de un roble añejo,
Como un profeta nuevo canta su canto.

Sacerdote que alienta soplo divino,


Anuncia, en el futuro, tiempo mejor.
Dice al águila: «¡Vuela!»; «¡Boga!», al marino,

Y «¡Trabaja!», al robusto trabajador.


¡Así va ese poeta por su camino,
Con su soberbio rostro de emperador!
J. J. Palma

Ya de un corintio templo cincela una metopa,


Ya de un morisco alcázar el capitel sutil;
Ya, como Benvenuto, del oro de una copa
Forma un joyel artístico, prodigio del buril.

Pinta las dulces Gracias, o la desnuda Europa,


En el pulido borde de un vaso de marfil,
O a Diana, diosa virgen de desceñida ropa,
Con aire cinegético, o en grupo pastoril.

La musa que al poeta sus cánticos inspira


No lleva la vibrante trompeta de metal,
Ni es la bacante loca que canta y que delira,

En el amor fogosa, y en el placer triunfal:


Ella al cantor ofrece la septicorde lira,
O, rítmica y sonora, la flauta de cristal.
Salvador Díaz Mirón

Tu cuarteto es cuadriga de águilas bravas


Que aman las tempestades, los oceanos;
Las pesadas tizonas, las férreas clavas,
Son las armas forjadas para tus manos.

Tu idea tiene cráteres y vierte lavas;


Del arte recorriendo montes y llanos,
Van tus rudas estrofas jamás esclavas,
Como un tropel de búfalos americanos.

Lo que suena en tu lira lejos resuena,


Como cuando habla el bóreas, o cuando truena.
¡Hijo del Nuevo Mundo!, la Humanidad

Oiga, sobre la frente de las naciones,


La hímnica pompa lírica de tus canciones
Que saludan triunfantes la Libertad.
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