Poemas y cuentos de Rubén Darío
Poemas y cuentos de Rubén Darío
Rubén Darío
Publicado: 1888
Categoría(s): Ficción, Cuentos y Novelas cortas
Fuente: Feedbooks
Acerca Darío:
Félix Rubén García Sarmiento, conocido como Rubén Darío fue un
poeta, periodista y diplomático nicaragüense. Máximo representante del
modernismo literario en lengua española es posiblemente, el poeta que ha
tenido una mayor y más duradera influencia en la poesía del siglo XX. Se le
apoda el príncipe de las letras castellanas. Influenciado muy fuertemente
por los poetas románticos, y muy especialmente Víctor Hugo sucumbió
igualmente a la influencia de los parnasianos: Théophile Gautier, Leconte
de Lisle, Catulle Mendès y José María de Heredia. Y, por último aprendió
de los simbolistas, y entre ellos, Paul Verlaine. Sin embargo, los temas
españoles están muy presentes en su producción. En cuanto a los autores de
otras lenguas, debe mencionarse la profunda admiración que sentía por tres
autores estadounidenses: Emerson, Poe y Whitman.
Rimas (1887)
Prosas profanas (1896)
Cuentos y poemas individuales (1894)
Lira póstuma (1919)
El rey burgués
Cuento alegre
¡Amigo! El cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un cuento alegre… así
como para distraer las brumosas y grises melancolías, helo aquí:
Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía
trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras, caballos de
largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos, y monteros con cuernos
de bronce que llenaban el viento con sus fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No,
amigo mío: era el Rey Burgués.
Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran largueza
a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores,
boticarios, barberos y maestros de esgrima. Cuando iba a la floresta, junto
al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía improvisar a sus profesores de
retórica canciones alusivas; los criados llenaban las copas del vino de oro
que hierve, y las mujeres batían palmas con movimientos rítmicos y
gallardos. Era un rey sol, en su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y
de ruido de festín. Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza
atronando el bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves
asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas. Los
perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza en la carrera, y los
cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían ondear los
mantos purpúreos y llevaban las caras encendidas y las cabelleras al viento.
El rey tenía un palacio soberbio donde había acumulado riquezas y
objetos de arte maravillosos. Llegaba a él por entre grupos de lilas y
extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos, antes
que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera llena de
columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados leones de
mármol como los de los tronos salomónicos. Refinamiento. A más de los
cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía del arrullo, del
trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu, leyendo novelas de M.
Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones gramaticales, o críticas
hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la corrección académica en
letras, y del modo lamido en arte; alma sublime amante de la lija y de la
ortografía.
¡Japonerías! ¡Chinerías! Por moda y nada más. Bien podía darse el placer
de un salón digno del gusto de un Goncourt y de los millones de un Creso:
quimeras de bronce con las fauces abiertas y las colas enroscadas, en grupos
fantásticos y maravillosos; lacas de Kioto con incrustaciones de hojas y
ramas de una flora monstruosa, y animales de una fauna desconocida;
mariposas de raros abanicos junto a las paredes; peces y gallos de colores;
máscaras de gestos infernales y con ojos como si fuesen vivos; partesanas
de hojas antiquísimas y empuñaduras con dragones devorando flores de
loto; y en conchas de huevo, túnicas de seda amarilla, como tejidas con
hilos de araña, sembradas de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y
tibores, porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros
tártaros con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan arcos
estirados y manojos de flechas.
Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas,
ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes, con cuadros del gran
Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¿cuántos salones?
Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad,
el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.
Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se
hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación y de
baile.
-¿Qué es eso?- preguntó.
-Señor, es un poeta.
El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, senzontes en la
pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.
-Dejadle aquí.
Y el poeta: -Señor, no he comido.
Y el rey:
-Habla y comerás.
Comenzó:
-Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas
al huracán; he nacido en el tiempo de la aurora; busco la raza escogida que
debe esperar con el himno en la boca y la lira en la mano la salida del gran
sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de
perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de
polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles; contra las
copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que embriaga sin dar
fortaleza; he arrojado el manto que me hacía parecer histrión, o mujer, y he
vestido de modo salvaje y espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la
selva, donde he quedado vigoroso y ahíto de leche fecunda y licor de nueva
vida; y en la ribera del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y
negra tempestad, como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he
ensayado el yamdo dando al olvido el madrigal.
"He acariciado a la gran naturaleza, y he buscado al calor del ideal, el
verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la perla en
lo profundo del océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene el tiempo de
las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo agitación y potencia,
y es preciso recibir su espíritu con el poema que sea arco triunfal, de
estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas de amor."
"Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los
cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet. ¡Señor! El arte no viste
pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las íes. Él es
augusto, tiene mantos de oro o de llamas, o anda desnudo, y amasa la greda
con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes de ala como las
águilas, o zarpazos como los leones. Señor, entre un Apolo y un ganso,
preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el otro de marfil."
"¡Oh, la Poesía!"
"¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres,
y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis
endecasílabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi
inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto!… El ideal, el ideal… "
El rey interrumpió:
-Ya habéis oído. ¿Qué hacer?
Y un filósofo al uso:
-Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música;
podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os paseéis.
-Sí- dijo el rey, y dirigiéndose al poeta: -Daréis vueltas a un manubrio.
Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca valses,
cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre. Pieza de música
por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales. Id.
Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes, al
poeta hambriento que daba vueltas al manubrio: tiririrín, tiririrín…
¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las cercanías?
¡Tiririrín, tiririrín!… ¿Había que llenar el estómago? ¡Tiririrín! Todo entre
la burla de los pájaros libres, que llegaban a beber rocío en las lilas floridas;
entre el zumbido de las abejas, que le picaban el rostro y le llenaban los
ojos de lágrimas; ¡tiririrín!… ¡lágrimas amargas que rodaban por sus
mejillas y que caían a la tierra negra!
Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y su
cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el olvido,
y el poeta de la montaña coronada de águilas, no era sino un pobre diablo
que daba vueltas al manubrio, tiririrín.
Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él, el rey y sus vasallos; a los
pájaros se les abrigó, y a él se le dejó al aire glacial que le mordía las carnes
y le azotaba el rostro, tiriririn!
Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas
cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía alegre
sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los mandarines de
las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los brindis del señor
profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de anapestos y de piriquios,
mientras en las copas cristalinas hervía el champaña con su burbujeo
luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de fiesta! Y el infeliz cubierto
de nieve, cerca del estanque, daba vueltas al manubrio para calentarse
¡tirirín, tirirín! Tembloroso y aterido, insultado por el cierzo, bajo la
blancura implacable y helada, en la noche sombría, haciendo resonar entre
los árboles sin hojas la música loca de las galopas y cuadrillas; y se quedó
muerto, tiririrín… pensando en que nacería el sol del día venidero, y con él
el ideal, tiririrín… , y en el que el arte no vestiría pantalones sino manto de
llamas, o de oro… Hasta que al día siguiente, lo hallaron el rey y sus
cortesanos al pobre diablo de poeta, como gorrión que mata el hielo, con
una sonrisa amarga en los labios, y todavía con la mano en el manubrio.
¡Oh, mi amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Flotan
brumosas y grises melancolías…
¡Pero cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo!
¡Hasta la vista!
El sátiro sordo
Cuento griego
Habitaba cerca del Olimpo un sátiro, y era el viejo rey de su selva. Los
dioses le habían dicho: “Goza, el bosque es tuyo; sé un feliz bribón,
persigue ninfas y suena tu flauta”. El sátiro se divertía.
Un día que el padre Apolo estaba tañendo la divina lira, el sátiro salió de
sus dominios y fue osado a subir el sacro monte y sorprender al dios
crinado. Éste le castigó, tornándole sordo como una roca. En balde de las
espesuras de la selva llena de pájaros, se derramaban los trinos y emergían
los arrullos. El sátiro no oía nada. Filomela llegaba a cantarle, sobre su
cabeza enmarañada y coronada de pámpanos, canciones que hacían
detenerse los arroyos y enrojecerse las rosas pálidas. Él permanecía
impasible, o lanzaba sus carcajadas salvajes, y saltaba lascivo y alegre
cuando percibía por el ramaje lleno de brechas alguna cadera blanca y
rotunda que acariciaba el sol con su luz rubia. Todos los animales le
rodeaban como a un amo a quien se obedece.
A su vista, para distraerle, danzaban coros de bacantes encendidas en su
fiebre loca, y acompañaban la armonía, cerca de él, faunos adolescentes,
como hermosos efebos, que le acariciaban reverentemente con su sonrisa; y
aunque no escuchaba ninguna voz, ni el ruido de los crótolos, gozaba de
distintas maneras. Así pasaba la vida este rey barbudo, que tenía patas de
cabra.
Era sátiro caprichoso.
Tenía dos consejeros áulicos: una alondra y un asno. La primera perdió
su prestigio cuando el sátiro se volvió sordo. Antes, si cansado de su
lascivia soplaba su flauta dulcemente, la alondra le acompañaba. Después
en su gran bosque, donde no oía ni la voz del olímpico trueno, el paciente
animal, de las largas orejas, le servía para cabalgar, en tanto que la alomdra,
en los apogeos del alba, se le iba de las manos, cantando camino de los
cielos.
La selva era enorme. De ella tocaba a la alondra la cumbre; al asno, el
pasto. La alondra era saludada por los primeros rayos de la aurora; bebía
rocío en los retoños, despertaba al roble diciéndole: «Viejo roble,
despiértate». Se deleitaba con un beso del Sol: era amada por el lucero de la
mañana. Y el hondo azul, tan grande, sabía que ella, tan chica, existía bajo
su inmensidad. El asno (aunque entonces no había conversado con Kant)
era experto en filosofía, según el decir común. El sátiro, que le veía
ramonear en la pastura, moviendo las orejas con aire grave, tenía alta idea
de tal pensador. En aquellos días el asno no tenía como hoy tan larga fama.
Moviendo sus mandíbulas, no se habría imaginado que escribiesen en su loa
Daniel Heinsins, en latín; Passerat, Buffon y el gran Hugo, en francés;
Posada y Valderrama, en español.
Él, pacienzudo, si le picaban las moscas, las espantaba con el rabo, daba
coces de cuando en cuando y lanzaba bajo la bóveda del bosque el acorde
estraño de su garganta. Y era mimado allí. Al dormir su siesta sobre la tierra
negra y amable, le daban su olor las hierbas y las flores. Y los grandes
árboles inclinaban sus follajes para hacerle sombra.
Por aquellos días, Orfeo, poeta, espantado de la miseria de los hombres,
pensó huir a los bosques, donde los troncos y las piedras le comprenderían
y escucharían con éxtasis, y donde él podría temblar de armonía y fuego de
amor y de vida al sonar de su instrumento.
Cuando Orfeo tañía su lira había sonrisa en el rostro apolíneo. Deméter
sentía gozo. Las palmeras derramaban su polen, las semillas reventaban, los
leones movían blandamente su crin. Una vez voló un clavel de su tallo
hecho mariposa roja, y una estrella descendió fascinada y se tornó flor de
lis.
¿Qué selva mejor que la del sátiro, a quien él encantaría, donde sería
tenido como un semidiós; selva toda alegría y danza, belleza y lujuria;
donde ninfas y bacantes eran siempre acariciadas y siempre vírgenes; donde
había uvas y rosas y ruido de sistros, y donde el rey caprípedo bailaba
delante de sus faunos beodos y haciendo gestos como Sileno?
Fué con su corona de laurel, su lira, su frente de poeta, orgulloso, erguido
y radiante.
Llegó hasta donde estaba el sátiro velludo y montaraz, y para pedirle
hospitalidad, cantó. Cantó del gran Jove, de Eros y de Afrodita, de los
centauros gallardos y de las bacantes ardientes: cantó la copa de Dionisio, y
el tirso que hiere el aire alegre, y a Pan Emperador de las montañas,
Soberano de bosques, dios-sátiro que también sabía cantar. Cantó de las
intimidades del aire y de la tierra, gran madre. Así explicó la melodía de un
arpa eólica, el susurro de una arboleda, el ruido ronco de un caracol y las
notas armónicas que brotan de una siringa. Cantó del verso que baja del
cielo y place a los dioses, del que acompaña el bárbitos en la oda y el
tiempo en el peán. Cantó los senos de nieve tibia y las copas del oro larado,
y el buche del pájaro y la gloria del sol.
Y desde el principio del cántico brilló la luz con más fulgores. Los
enormes troncos se conmovieron, y hubo rosas que se deshojaron y lirios
que se inclinaron lánguidamente como en un dulce desmayo. Porque Orfeo
hacía gemir los leones y llorar los guijarros con la música de su lira rítmica.
Las bacantes más furiosas habían callado y le oían como en un sueño. Una
náyade virgen a quien nunca ni una sola mirada del sátiro había profanado,
se acercó tímida al cantor y le dijo: «Yo te amo». Filomela había volado a
posarse en la lira como la paloma anacreóntica. No hubo más eco que la voz
de Orfeo. Naturaleza sentía el himno. Venus, que pasaba por las cercanías,
preguntó de lejos con su divina voz: «¿Está aquí, acaso, Apolo?»
Y en toda aquella inmensidad de maravillosa armonía, el único que no
oía nada era el sátiro sordo.
Cuando el poeta concluyó, dijo a éste: -¿Os place mi canto? Si es así, me
quedaré con vos en la selva.
El sátiro dirigió una mirada a sus dos consejeros. Era preciso que ellos
resolviesen lo que no podía comprender él. Aquella mirada pedía una
opinión.
-Señor- dijo la alondra, esforzándose en producir la voz más fuerte de su
buche -,quédese quien así ha cantado con nosotros. He aquí que su lira es
bella y potente. Te ha ofrecido la grandeza y la luz rara que hoy has visto en
tu selva. Te ha dado su armonía. Señor, yo sé de estas cosas. Cuando viene
el alba desnuda y se despierta el mundo, yo me remonto a los profundos
cielos y vierto desde la altura las perlas invisibles de mis trinos, y entre las
claridades matutinas mi melodía inunda el aire, y es el regocijo del espacio.
Pues yo te digo que Orfeo ha cantado bien, y es un elegido de los dioses. Su
música embriagó el bosque entero. Las águilas se han acercado a revolar
sobre nuestras cabezas, los arbustos floridos han agitado suavemente sus
incensarios misteriosos, las abejas han dejado sus celdillas para venir a
escuchar. En cuanto a mí, ¡oh señor!, si yo estuviese en lugar tuyo, le daría
mi guirnalda de pámpanos y mi tirso. Existen dos potencias: la real y la
ideal. Lo que Hércules haría con sus muñecas, Orfeo lo hace con su
inspiración. El dios robusto despedazaría de un puñetazo al mismo Athos.
Orfeo les amansaría, con la eficacia de su voz triunfante, a Nemea su león y
a Erimanto su jabalí. De los hombres, unos han nacido para forjar metales,
otros para arrancar del suelo fértil las espigas del trigal, otros para combatir
en las sangrientas guerras y otros para enseñar, glorificar y cantar. Si soy tu
copero y te doy vino, goza tu paladar; si te ofrezco un himno, goza tu alma.
Mientras cantaba la alondra, Orfeo le acompañaba con su instrumento, y
un vasto y dominante soplo lírico se escapaba del bosque verde y fragante.
El sátiro sordo comenzaba a impacientarse. ¿Quién era aquel extraño
visitante? ¿Por qué ante él había cesado la danza loca y voluptuosa? ¿Qué
decían sus dos consejeros?
¡Ah! ¡La alondra había cantado; pero el sátiro no oía! Por fin, dirigió su
vista al asno.
¿Faltaba su opinión? Pues bien; ante la selva enorme y sonora, bajo el
azul sagrado, el asno movió la cabeza de un lado a otro, grave, terco,
silencioso, como el sabio que medita.
Entonces, con su pie hendido, hirió el sátiro el suelo, arrugó su frente con
enojo, y, sin darse cuenta de nada, exclamó, señalando a Orfeo la salida de
la selva:
-¡No!…
Al vecino Olimpo llegó el eco, y resonó allá, donde los dioses estaban de
broma, un coro de carcajadas formidables que después se llamaron
homéricas.
Orfeo salió triste de la selva del sátiro sordo y casi dispuesto a ahorcarse
del primer laurel que hallase en su camino.
No se ahorcó, pero se casó con Eurídice.
La ninfa
Cuento parisiense
-Si- continuó el sabio -:¿con qué derecho negamos los modernos, hechos
que afirman los antiguos? El perro gigantesco que vio Alejandro, alto como
un hombre, es tan real, como la araña Kreken que vive en el fondo de los
mares. San Antonio Abad, de edad de noventa años, fue en busca del viejo
ermitaño Pablo que vivía en una cueva. Lesbia, no te rías. Iba el santo por el
yermo, apoyado en su báculo, sin saber dónde encontrar a quien buscaba. A
mucho andar, ¿sabéis quién le dio las señas del camino que debía seguir?
Un centauro, medio hombre y medio caballo - dice un autor; - hablaba
como enojado; huyó tan velozmente que presto le perdió de vista el santo;
así iba galopando el monstruo, cabellos al aire y vientre a tierra.
En ese mismo viaje San Antonio vio un sátiro, «hombrecillo de extraña
figura, estaba junto a un arroyuelo, tenía las narices corvas, frente áspera y
arrugada, y la última parte de su contrahecho cuerpo remataba con pies de
cabra». -Ni más ni menos- dijo Lesbia. -¡M. de Cocureau, futuro miembro
del Instituto!
Siguió el sabio:
-Afirma San Jerónimo que en tiempos de Constantino Magno se condujo
a Alejandría un sátiro vivo, siendo conservado su cuerpo cuando murió.
Además, vióle el emperador de Antioquía.
Lesbia había vuelto a llenar su copa de menta, y humedecía la lengua en
el licor verde como lo haría un animal felino.
-Dice Alberto Magno que en su tiempo cogieron a dos sátiros en los
montes de Sajonia. Enrico Zormano asegura que en tierras de Tartaria había
hombres con sólo un pie y sólo un brazo en el pecho. Vicencio vio en su
época un monstruo que trajeron al rey de Francia, tenía cabeza de perro;
(Lesbia reía) los muslos, brazos y manos tan sin vellos como los nuestros;
(Lesbia se agitaba como una chicuela a quien hiciesen cosquillas), comía
carne cocida y bebía vino con todas ganas.
-¡Colombine!- grito Lesbia. Y llegó Colombine, una falderilla que
parecía un copo de algodón. Tomóla su ama, y entre las explosiones de risa
de todos:
-¡Toma, el monstruo que tenía tu cara!
Y le dio un beso en la boca, mientras el animal se estremecía e inflaba las
naricitas como lleno de voluptuosidad.
-Y Filegón Traliano- concluyó el sabio elegantemente -afirma la
existencia de dos clases de hipocentauros: una de ellas como elefantes.
Además…
-Basta de sabiduría- dijo Lesbia. Y acabó de beber la menta.
Yo estaba feliz. No había desplegado mis labios -¡Oh!, exclamé para mi,
¡las ninfas! Yo desearía contemplar esas desnudeces de los bosques y de las
fuentes, aunque, como Acteón, fuese despedazado por los perros. Pero las
ninfas no existen.
Concluyó aquel concierto alegre, con una gran fuga de risas y de
personas.
-¡Y qué!- me dijo Lesbia, quemándome con sus ojos de faunesa y con
voz callada como para que sólo yo la oyera. -¡Las ninfas existen, tú las
veras!
Eran un día primaveral. Yo vagaba por el parque del castillo, con el aire
de un soñador empedernido. Los gorriones chillaban sobre las lilas nuevas y
atacaban a los escarabajos que se defendían de los picotazos con sus
corazas de esmeralda, con sus petos de oro y acero. En las rosas el carmín,
el bermellón, la onda penetrante de perfumes dulces: más allá las violetas,
en grandes grupos, con su color apacible y su olor a virgen. Después, los
altos árboles, los ramajes tupidos llenos de mil abejas, las estatuas en la
penumbra, los discóbolos de bronce, los gladiadores musculosos en sus
soberbias posturas gímnicas, las glorietas perfumadas, cubiertas de
enredaderas, los pórticos, bellas imitaciones jónicas, cariátides todas
blancas y lascivas, y vigorosos telamones del orden atlántico, con anchas
espaldas y muslos gigantescos. Vagaba por el laberinto de tales encantos
cuando oí un ruido, allá en lo oscuro de la arboleda, en el estanque donde
hay cisnes blancos como cincelados en alabastro y otros que tienen la mitad
del cuello del color del ébano, como una pierna alba con media negra.
Llegué más cerca. ¿Soñaba? ¡Oh, Numa! Yo sentí lo que tú, cuando viste
en su gruta por primera vez a Egeria.
Estaba en el centro del estanque, entre la inquietud de los cisnes
espantados, una ninfa, una verdadera ninfa, que hundía su carne de rosa en
el agua cristalina. La cadera a flor de espuma parecía a veces como dorada
por la luz opaca que alcanzaba a llegar por las brechas de las hojas. ¡Ah!, yo
vi lirios, rosas, nieve, oro; vi un ideal con vida y forma y oí entre el
burbujeo sonoro de la linfa herida, como una risa burlesca y armoniosa, que
me encendía la sangre.
De pronto huyó la visión, surgió la ninfa del estanque, semejante a
Citerea en su onda, y recogiendo sus cabellos que goteaban brillantes,
corrió por los rosales tras las lilas y violetas, más allá de los tupidos
arbolares, hasta ocultarse a mi vista, hasta perderse, ¡ay!, por un recodo; y
quedé yo, poeta lírico, fauno burlado, viendo a las grandes aves alabastrinas
como mofándose de mí, tendiéndome sus largos cuellos en cuyo extremo
brillaba bruñida el ágata de sus picos.
***
Allá lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las
aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus
torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro candente.
Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud; los guardas pasaban de un
punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas dando aquí y allá sus
vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los pescantes, los jornaleros se
encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del muelle, y el
húmedo viento salado que sopla de mar afuera a la hora en que la noche
sube, mantenía las lanchas cercanas en un continuo cabeceo.
Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que
por la mañana se estropeara un pie al subir una barrica a un carretón, y que,
aunque cojín cojeando, había trabajado todo el día, estaba sentado en una
piedra, y, con la pipa en la boca, veía triste el mar.
— Eh, tío Lucas, ¿se descansa?
— Sí, pues, patroncito.
Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entabler
con los bravos hombres toscos que viven la vida del trabajo fortificante, la
que da la buena salud y la fuerza del músculo, y se nutre con el grano del
poroto y la sangre hirviente de la viña.
Yo veía con cariño a aquel rudo viejo, y le oía con interés sus relaciones,
así, todas cortadas, todas como de hombre basto, pero de pecho ingenuo.
¡Ah, conque fue militar! ¡Conque de mozo fue soldado de Bulnes! ¡Conque
todavía tuvo resistencias para ir con su rifle hasta Miraflores! Y es casad, y
tuvo un hijo, y…
Y aquí el tío Lucas:
— Sí, patrón; ¡hace dos años que se me murió!
Aquellos ojos, chicos y relumbrantes bajo las cejas grises peludas, se
humedecieron entonces:
— ¿Que cómo se me murió? En el oficio, por darnos de comer a todos; a
mi mujer, a los chiquitos y a mí, patrón, que entonces me hallaba enfermo.
Y todo me lo refirió, al comenzar aquella noche, mientras las olas se
cubrían de brumas y la ciudad encendía sus luces; él en la piedra que le
servía de asiento, después de apagar su negra pipa y de colocársela en la
oreja y de estirar y cruzar sus piernas flacas y musculosas, cubiertas por los
sucios pantalones arremangados hasta el tobillo.
El muchacho era muy honrado y muy de trabajo. Se quiso ponerlo a la
escuela desde grandecito; pero los miserables no deben aprender a leer
cuando se llora de hambre en el cuartucho.
El tío Lucas era casado, tenía muchos hijos.
Su mujer llevaba la maldición del vientre de las pobres: la fecundidad.
Había, pues, mucha boca abierta que pedía pan, mucho chico sucio que se
revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frío; era
preciso ir a llevar que comer, a buscar harapos, y, para eso, quedar sin
alientos y trabajar como un buey. Cuando el hijo creció, ayudó al padre. Un
vecino, el herrero, quiso enseñarle su industria; pero como entonces era tan
débil, casi un armazón de huesos, y en el fuelle tenía que echar el bofe, se
puso enfermo, y volvió al conventillo. ¡Ah, estuvo muy enfermo! Pero no
murió. ¡No murió! Y eso que vivían en uno de esos hacinamientos
humanos, entre cuatro paredes destartaladas, viejas, feas, en la callejuela
inmunda de las mujeres perdidas, hedionda a todas horas, alumbrada de
noche por escasos faroles, y donde resuenan en perpetua llamada a las
zambras de echacorvería, las arpas y los acordeones, y el ruido de los
marineros que llegan al burdel, desesperados con la castidad de las largas
travesías, a emborracharse como cubas y a gritar y patalear como
condenados. ¡Sí!, entre la podredumbre, al estrépito de las fiestas
tunantescas, el chico vivió y pronto estuvo sano y en pie.
Luego, llegaron después sus quince años.
El tío Lucas había logrado, tras mil privaciones, comprar una canoa. Se
hizo pescador.
Al venir el alba, iba con su mocetón al agua, llevando los enseres de la
pesca. El uno remaba, el otro ponía en los anzuelos la carnada. Volvían a la
costa con buena esperanza de vender lo hallado, entre la brisa fría y las
opacidades de la neblina, cantando en baja voz alguna triste canción, y
enhiesto el remo triunfante que chorreaba espuma.
Si había buena venta, otra salida por la tarde.
Una de invierno había temporal. Padre e hijo, en la pequeña
embarcación, sufrían en el mar la locura de la ola y del viento. Difícil era
llegar a tierra. Pesca y todo se fue al agua, y pensó en librar el pellejo.
Luchaban como desesperados por ganar la playa. Cerca de ella estaban;
pero una racha maldita les empujó contra una roca, y la canoa se hizo
astillas. Ellos salieron sólo magullados, ¡gracias a Dios!, como decia el tío
Lucas al narrarlo. Después, ya son ambos lancheros.
¡Sí!, lancheros; sobre las grandes embarcaciones chatas y negras;
colgándose de la cadena que rechina pendiente como una sierpe de hierro
del macizo pescante que semeja una horea; remando de pie y a compás;
yendo con la lancha del muelle al vapor y del vapor al muelle; gritando:
¡hiiooeep!, cuando se empujaban los pesados bultos para engancharlos en la
uña potente que los levanta balanceándolos como un péndulo; ¡sí,
lancheros!, el viejo y el muchacho, el padre y el hijo; ambos a horcajadas
sobre un cajón, ambos forcejeando, ambos ganando su jornal, para ellos y
para sus queridas sanguijuelas del conventillo.
Íbanse todos los días al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las cinturas con
sendas bandas coloradas, y haciendo sonar a una sus zapatos groseros y
pesados que se quitaban, al comenzar la tarea, tirándolos en un rincón de la
lancha. Empezaba el trajín, el cargar y el descargar. El padre era cuidadoso:
-¡Muchacho, que te rompes la cabeza! ¡Que te coge la mano el chicote!
¡Que vas a perder una canilla! Y enseñaba, adiestraba, dirigía al hijo, con su
modo, con sus bruscas palabras de roto viejo y de padre encariñado.
Hasta que un día el tío Lucas no pudo moverse de la cama, porque el
reumatismo le hinchaba las coyunturas y le taladraba los huesos.
¡Oh! Y había que comprar medicinas y alimentos; eso sí.
— Hijo, al trabajo, a buscar plata; hoy es sábado.
Y se fue el hijo, solo, casi corriendo, sin desayunarse, a la faena diaria.
Era un bello día de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los
carros sobre sus rieles, crujían las poleas, chocaban las cadenas. Era la gran
confusión del trabajo que da vértigo, el son del hierro; tranqueteos por
doquiera; y el viento pasando por el bosque de árboles y jarcias de los
navíos en grupo.
Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tío Lucas
con otros lancheros, descargando a toda prisa. Había que vaciar la lancha
repleta de fardos. De tiempo en tiempo bajaba la larga cadena que remata en
un garfío, sonando como una matraca al correr con la roldana; los mozos
amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los enganchaban en el
garfio, y entonces éstos subían a la manera de un pez en un anzuelo, o del
plomo de una sonda, ya quietos, ya agitándose de un lado a otro, como un
badajo, en el vacío.
La carga estaba amontonada. La ola movía pausadamente de cuando en
cuando la embarcación colmada de fardos. Estos formaban una a modo de
pirámide en el centro. Había uno muy pesado, muy pesado. Era el más
grande de todos, ancho, gordo y oloroso a brea. Venía en el fondo de la
lancha. Un hombre de pie sobre él era pequeña figura para el grueso zócalo.
Era algo como todos los prosaísmos de la importación envueltos en lona
y fajados con correas de hierro. Sobre sus costados, en medio de líneas y de
triángulos negros, había letras que miraban como ojos. Letras "en
diamante", decía el tío Lucas. Sus cintas de hierro estaban apretadas con
clavos cabezudos y ásperos; y en las entrañas tendría el monstruo, cuando
menos, limones y percalas.
Sólo él faltaba.
— ¡Se va el bruto!- dijo uno de los lancheros.
— ¡El barrigón!- agregó otro.
Y el hijo del tío Lucas, que estaba ansioso de acabar pronto, se alistaba
para ir a cobrar y a desayunarse, anudándose un pañuelo de cuadros al
pescuezo.
Bajó la cadena danzando en el aire. Se amarró un gran lazo al fardo, se
probó si estaba bien seguro, y se gritó ¡Iza!, mientras la cadena tiraba de la
masa chirriando y levantándola en vilo.
Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme peso, y se preparaban
para ir a tierra, cuando se vio una cosa horrible. El fardo, el grueso fardo, se
zafó del lazo como de un collar holgado saca un perro la cabeza; y cayó
sobre el hijo del tío Lucas, que entre el filo de la lancha y el gran bulto,
quedó con los riñones rotos, el espinazo desencajado y echando sangre
negra por la boca.
Aquel día, no hubo pan ni medicinas en casa del tío Lucas, sino el
muchacho destrozado al que se abrazaba llorando el reumático, entre la
gritería de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el cadáver a Playa
Ancha.
Me despedí del viejo lanchero, y a pasos elásticos dejé el muelle,
tomando el camino de la casa, y haciendo filosofía con toda la cachaza de
un poeta, en tanto que una brisa glacial que venía de mar afuera pellizcaba
tenazmente las narices y las orejas.
El velo de la reina Mab
La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro
coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo
de sol, se coló por la ventana de una buhardilla donde estaban cuatro
hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos
desdichados.
Por aquel tiempo las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A
unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas cajas
del comercio; a otros, unas espigas maravillosas que al desgranarlas
colmaban las trojes de riqueza; a otros, unos cristales que hacían ver en el
riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a quiénes, cabelleras
espesas y músculos de Goliat y mazas enormes para machacar el hierro
encendido, y a quiénes, talones fuertes y piernas ágiles para montar en las
rápidas caballerías que se beben el viento y que tienden las crines en la
carrera.
Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una
cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo azul.
La reina Mab oyó sus palabras. Decía el primero:
-¡Y bien! ¡Heme aquí en la gran lucha de mis sueños de mármol! Yo he
arrancado el bloque y tengo el cincel. Todos tenéis, unos el oro, otros la
armonía, otros la luz; yo pienso en la blanca y divina Venus, que muestra su
desnudez bajo el plafón color del cielo. Yo quiero dar a la masa la línea y la
hermosura plástica, y que circule por las venas de las estatuas una sangre
incolora como la de los dioses. Yo tengo el espíritu de Grecia en el cerebro,
y amo los desnudos en que la ninfa huye y el fauno tiende los brazos. ¡Oh
Fidias! Tú eres para mí soberbio y augusto como un semidiós, en el recinto
de la eterna belleza, rey ante un ejército de hermosuras que a tus ojos
arrojan el magnífico Kiton, mostrando la esplendidez de la forma en sus
cuerpos de rosa y de nieve.
Tú golpeas, hieres y domas el mármol, y suena el golpe armónico como
un verso, y te adula la cigarra, amante del sol, oculta entre los pámpanos de
la viña virgen. Para ti son los Apolos rubios y luminosos, las Minervas
severas y soberanas. Tú, como un mago, conviertes la roca en simulacro y
el colmillo del elefante en copa del festín. Y al ver tu grandeza siento el
martirio de mi pequeñez. Porque pasaron los tiempos gloriosos. Porque
tiemblo ante las miradas de hoy. Porque contemplo el ideal inmenso y las
fuerzas exhaustas. Porque a medida que cincelo el bloque me ataraza el
desaliento.
Y decía el otro:
-Lo que es hoy romperé mis pinceles. ¿Para qué quiero el iris y esta gran
paleta de campo florido, si a la postre mi cuadro no será admitido en el
salón? ¿Qué abordaré? He recorrido todas las escuelas, todas las
inspiraciones artísticas. He pedido a las campiñas sus colores, sus matices;
he adulado a la luz como a una amada, y la he abrazado como a una
querida. He sido adorador del desnudo con sus magnificencias, con los
tonos de sus carnaciones y con sus fugaces medias tintas. He trazado en mis
lienzos los nimbos de los santos y las alas de los querubines. ¡Ah!, pero
siempre el terrible desencanto. ¡El porvenir! ¡Vender una Cleopatra en dos
pesetas para poder almorzar!
Y yo, ¡que podría en el estremecimiento de mi inspiración trazar el gran
cuadro que tengo aquí dentro!
Y decía el otro:
-Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías, temo todas las
decepciones. Yo escucho todas las armonías, desde la lira de Terpandro
hasta las fantasías orquestales de Wagner. Mis ideales brillan en medio de
mis audacias de inspirado. Yo tengo la percepción del filósofo que oyó la
música de los astros. Todos los ruidos pueden aprisionarse, todos los ecos
son susceptibles de combinaciones. Todo cabe en la línea de mis escalas
cromáticas.
La luz vibrante del himno, y la melodía de la selva hallan un eco en mi
corazón. Desde el ruido de la tempestad hasta el canto del pájaro, todo se
confunde y enlaza en la infinita cadencia. Entre tanto, no diviso sino la
muchedumbre que befa, y la celda del manicomio.
Y el último:
-Todos bebemos del agua clara de la fuente de Jonia. Pero el ideal flora
en el azul; y para que los espíritus gocen de la luz suprema es preciso que
asciendan. Yo tengo el verso que es de miel, y el que es de oro, y el que es
de hierro candente. Yo soy el ánfora del celeste perfume; tengo el amor.
Paloma, estrella, nido, lirio, vosotros conocéis mi morada. Para los vuelos
inconmensurables tengo alas de águila que parten a golpes mágicos el
huracán. Y para hallar consonantes las busco, las busco en dos bocas que se
juntan, y estalla el beso, y escribo la estrofa, y entonces, si veis mi alma,
conoceréis a mi musa. Amo las epopeyas, porque de ellas brota el soplo
heroico que agita las banderas que ondean sobre las lanzas y los penachos
que tiemblan sobre los cascos; los cantos líricos, porque hablan de las
diosas y de los amores; y las églogas, porque son olorosas a verbena y
tomillo, y el santo aliento del buey coronado de rosas. Yo escribiría algo
inmortal; mas me abruma un porvenir de miseria y de hambre.
Entonces, la reina Mab, del fondo de su carro hecho de una sola perla,
tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros, o de
miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los
sueños, de los dulces sueños, que hacen ver la vida color de rosa. Y con él
envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes. Los cuales
cesaron de estar tristes, porque penetró en su pecho la esperanza, y en su
cabeza el sol alegre, con el diablillo de la vanidad, que consuela en sus
profundas decepciones a los pobres artistas.
Y desde entonces, en las buhardillas de los brillantes infelices, donde
flota el sueño azul, se piensa en el porvenir como en la aurora, y se oyen
risas que quitan la tristeza, y se bailan extrañas farándulas alrededor de un
blanco Apolo, de un lindo paisaje, de un violín viejo, de un amarillento
manuscrito.
La canción de oro
Aquel día un harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un peregrino,
quizás un poeta, llegó, bajo la sombra de los altos álamos, a la gran calle de
los palacios, donde hay desafíos de soberbia entre el ónix y el pórfido, el
ágata y el mármol; en donde las altas columnas, los hermosos frisos, las
cúpulas doradas, reciben la caricia pálida del sol moribundo.
Había tras los vidrios de las ventanas, en los vastos edificios de la
riqueza, rostros de mujeres gallardas y de niños encantadores. Tras las rejas
se adivinaban extensos jardines, grandes verdores salpicados de rosas y
ramas que se balanceaban acompasada y blandamente como bajo la ley de
un ritmo. Y allá en los grandes salones, debía de estar el tapiz purpurado y
lleno de oro, la blanca estatua, el bronce chino, el tibor cubierto de campos
azules y de arrozales tupidos, la gran cortina recogida como una falda,
ornada de flores opulentas, donde el ocre orintal hace vibrar la luz en la
seda que resplandece. Luego las lunas venecianas, los palisandros y los
cedros, los nácares y los ébanos, y el piano negro y abierto, que ríe
mostrando sus teclas como una linda dentadura; y las arañas cristalinas,
donde alzan las velas profusas la aristocracia de su blanca cera. ¡Oh, y más
allá! Más allá el cuadro valioso dorado por el tiempo, el retrato que firma
Durand o Bonnat, y las preciosas acuarelas en que el tono rosado parece
que emerge de un cielo puro y envuelve en una onda dulce desde el lejano
horizonte hasta la yerba trémula y humilde. Y más allá…
***
( Muere la tarde.
Llega a las puertas del palacio un break flamante y charolado, negro y
rojo. Baja una pareja y entra con tal soberbia en la mansión, que el mendigo
piensa: decididamente, el aguilucho y su hembra van al nido. El tronco,
ruidoso y azogado, a un golpe de fusta arrastra el carruaje haciendo
relampaguear las piedras. Noche ).
***
Aquella especie de poeta sonrió; pero su faz tenía aire dantesco. Sacó de su
bolsillo un pan moreno, comió, y dio viento su himno. Nada más cruel que
aquel canto tras el mordisco.
***
¡Cantemos el oro!
Cantemos el oro, rey del mundo, que lleva dicha y luz por donde va,
como los fragmentos de un sol despedazado.
Cantemos el oro, que nace del vientre fecundo de la madre tierra;
inmenso tesoro, leche rubia de esa ubre gigantesca.
Cantemos el oro, río caudaloso, fuente de la vida, que hace jóvenes y
bellos a los que se bañan en sus corrientes maravillosas, y envejece a
aquellos que no gozan de sus raudales.
Cantemos el oro, porque de él se hacen las tiaras de los pontífices, las
coronas de los reyes y los cetros imperiales: y porque se derrama por los
mantos como un fuego sólido, e inunda las capas de los arzobispos, y
refulge en los altares y sostiene al Dios eterno en las custodias radiantes.
Cantemos el oro, porque podemos ser unos perdidos, y él nos pone
mamparas para cubrir las locuras abyectas de la taberna, y las vergüenzas
de las alcobas adúlteras.
Cantemos el oro, porque al saltar de cuño lleva en su disco el perfil
soberbio de los césares; y va a repletar las cajas de sus vastos templos, los
bancos y mueve las máquinas y da la vida y hace engordar los tocinos
privilegiados.
Cantemos el oro, porque él da los palacios y los carruajes, los vestidos a
la moda, y los frescos senos de las mujeres garridas; y las genuflexiones de
espinazos aduladores y las muecas de los labios eternamente sonrientes.
Cantemos el oro, padre del pan.
Cantemos el oro, porque es en las orejas de las lindas damas sostenedor
del rocío del diamante, al extremo de tan sonrosado y bello caracol; porque
en los pechos siente el latido de los corazones, y en las manos a veces es
símbolo de amor y de santa promesa.
Cantemos el oro, porque tapa las bocas que nos insultan; detiene las
manos que nos amenazan, y pone vendas a los pillos que nos sirven.
Cantemos el oro, porque su voz es música encantada; porque es heroico y
luce en las corazas de los héroes homéricos, y en las sandalias de las diosas
y en los coturnos trágicos y en las manzanas del jardín de las Hespérides.
Cantemos el oro, porque de él son las cuerdas de las grandes liras, la
cabellera de la más tiernas amadas, los granos de la espiga y el peplo que al
levantarse viste la olímpica aurora.
Cantemos el oro, premio y gloria del trabajador y pasto del bandido.
Cantemos el oro, que cruza por el carnaval del mundo, disfrazado de
papel, de plata, de cobre y hasta de plomo.
Cantemos el oro, amarillo como la muerta.
Cantemos el oro, calificado de vil por los hambrientos; hermano del
carbón, oro negro que incuba el diamante; rey de la mina, donde el hombre
lucha y la roca se desgarra; poderoso en el poniente, donde se tiñe en
sangre; carne de ídolo; tela de que Fidias hace el traje de Minerva.
Cantemos el oro, en el arnés del cabello, en el carro de guerra, en el puño
de la espada, en el lauro que ciñe cabezas luminosas, en la copa del festín
dionisíaco, en el alfiler que hiere el seno de la esclava, en el rayo del astro y
en el champaña que burbujea, como una disolución de topacios hirvientes.
Cantemos el oro, porque nos have gentiles, educados y pulcros.
Cantemos el oro, porque es la piedra de toque de toda amistad.
Cantemos el oro, purificado por el fuego, como el hombre por el
sufragio; mordido por la lima, como el hombre por la envidia; golpeado por
el martillo, como el hombre por la necesidad; realzado por el estuche de
seda, como el hombre por el palacio de mármol.
Cantemos el oro, esclavo, despreciado por Jerónimo, arrojado por
Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, maldecido por
Pablo el Ermitaño, quien tenía por alcazár una cueva bronca y por amigos
las estrellas de la noche, los pájaros del alba y las fieras hirsutas y salvajes
del yermo.
Cantemos el oro, dios becerro, tuétano de roca, misterioso y callado en su
entraña, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a toda vida, sonante como
un coro de tímpanos; feto de astros, residuo de luz, encarnación de éter.
Cantemos el oro, hecho sol, enamorado de la noche, cuya camisa de
crespón riega de estrellas brillantes, después del último beso, como una
gran muchedumbre de libras esterlinas.
¡Eh, miserables, beodos, pobres de solemnidad, prostitutas, mendigos,
vagos, rateros, bandidos, pordioseros, peregrinos, y vosotros los
desterrados, y vosotros los holgazanes, y sobre todo, vosotros, oh poetas!
¡Unámonos a los felices, a los poderosos, a los banqueros, a los
semidioses de la tierra!
¡Cantemos el oro!
***
-¡Ah, conque es cierto! ¡Conque ese sabio parisiense ha logrado sacar del
fondo de sus retortas, de sus matraces, la púrpura cristalina de que están
incrustados los muros de mi palacio! Y al decir esto el pequeño gnomo iba
y venía, de un lugar a otro, a cortos saltos, por la honda cueva que le servía
de morada; y hacía temblar su larga barba y el cascabel de su gorro azul y
puntiagudo.
En efecto, un amigo del centenario Chevreul - cuasi Althotas - el químico
Fremy, acababa de descubrir la manera de hacer rubíes y zafiros.
Agitado, conmovido, el gnomo - que era sabido y de genio harto vivaz -
seguía monologando.
-¡Ah, los sabios de la Edad Media! ¡Ah, Alberto el Grande, Averroes,
Raimundo Lulio! Vosotros no pudisteis ver brillar el gran sol de la piedra
filosofal, y he aquí que sin estudiar las fórmulas aristotélicas, sin saber
cábala y nigromancia, llega un hombre del siglo decimonono a formar a la
luz del día lo que nosotros fabricamos en nuestros subterráneos. Pues el
conjuro: fusión por veinte días de una mezcla de sílice y de aluminato de
plomo: coloración con bicromato de potasa, o con óxido de cobalto.
Palabras, en verdad, que parecen lengua diabólica.
Risa.
Luego se detuvo.
***
El cuerpo del delito estaba ahí, en el centro de la gruta, sobre una gran roca
de oro: un pequeño rubí, redondo, un tanto reluciente, como un grano de
granada al sol.
El gnomo tocó un cuerno, el que llevaba a su cintura, y el eco resonó por
las vastas concavidades. Al rato, un bullicio, un tropel, una algazara. Todos
los gnomos habían llegado.
Era la cueva ancha, y había en ella una claridad extraña y blanca. Era la
claridad de los carbunclos que en el techo de piedra centelleaban,
incrustados, hundidos, apiñados, en focos múltiples; una dulce luz lo
iluminaba todo.
A aquellos resplandores, podía verse la maravillosa mansión en todo su
esplendor. En los muros, sobre pedazos de plata y oro, entre venas de
lapislázuli, formaban caprichosos dibujos, como los arabescos de una
mezquita, gran muchedumbre de piedras preciosas. Los diamantes, blancos
y limpios como gotas de agua, emergían los iris de sus cristalizaciones;
cerca de calcedonias colgantes en estalactitas, las esmeraldas esparcían sus
resplandores verdes, y los zafiros, en amontonamientos raros, en ramilletes
que pendían del cuarzo, semejaban grandes flores azules y temblorosas.
Los topacios dorados, las amatistas circundaban en franjas el recinto; y
en el pavimento, cuajado de ópalos, sobre la pulida crisofasía y el ágata,
brotaba de trecho en trecho un hilo de agua, que caía con una dulzura
musical, a gotas armónicas, como las de una flauta metálica soplada muy
levemente.
Puck se había entrometido en el asunto, el pícaro Puck. El había llevado
el cuerpo del delito, el rubí falsificado, el que estaba ahí, sobre la roca de
oro, como una profanación entre el centelleo de todo aquel encanto.
Cuando los gnomos estuvieron juntos, unos con sus martillos y cortas
hachas en las manos, otros de gala, con caperuzas flamantes y encarnadas,
llenas de pedrerías, todos curiosos, Puck dijo así
-Me habeís pedido que os trajese una muestra de la nueva falsificación
humana, y he satisfecho esos deseos.
Los gnomos, sentados a la turca, se tiraban de los bigotes; daban las
gracias a Puck, con una pausada inclinación de cabeza; y los más cercanos a
él examinaban con gesto de asombro, las lindas alas, semejantes a las de un
hipsipilo.
Continuó:
-¡Oh, Tierra! ¡Oh, Mujer! Desde el tiempo en que veía a Titania, no he
sido sino un esclavo de la una, un adorador casi místico de la otra.
Y luego, como si hablase en el placer de un sueño:
-¡Esos rubíes! En la gran ciudad de París, volando invisibles, les vi por
todas partes. Brillaban en los collares de las cortesanas, en las
condecoraciones exóticas de los rastaquers, en los anillos de los príncipes
italianos y en los brazaletes de las primadonas.
Y con pícara sonrisa siempre.
-Yo me colé hasta cierto gabinete rosado muy en boga… Había una
hermosa mujer dormida. Del cuello le arranqué un medallón y del medallón
el rubí. Ahí lo tenéis.
Todos soltaron la carcajada. ¡Qué cascabeleo!
-¡Eh, amigo Puck!
Y dieron su opinión después, acerca de aquella piedra falsa, obra de
hombre o de sabio, que es peor.
-!Vidrio!
-!Maleficio!
-!Ponzoña y cábala!
-¡Química!
-¡Pretender imitar un fragmento de iris!
-¡El tesoro rubicundo de lo hondo del globo!
-¡Hecho de rayos del poniente solidificados!
El gnomo más viejo, andando con sus piernas torcidas, su gran barba
nevada, su aspecto de patriarca hecho pasa, su cara llena de arrugas:
-¡Señores- dijo, -que no sabéis lo que habláis!
Todos escucharon.
-Yo, yo que soy el más viejo de vosotros, puesto que apenas sirvo ya para
martillar las facetas de los diamantes; yo he visto formarse estos hondos
alcázares, que he cincelado los huesos de la tierra, que he amasado el oro,
que he dado un día un puñetazo a un muro de piedra, y caí a un lago donde
violé a una ninfa; yo, el viejo, os referiré de cómo se hizo el rubí.
Oíd
***
Puck sonreía curioso. Todos los gnomos rodearon al anciano cuyas canas
palidecían a los resplandores de la pedrería, y cuyas manos extendían su
movible sombra en los muros, cubiertos de piedras preciosas, como un
lienzo lleno de miel donde se arrojase granos de arroz.
-Un día, nosotros, los escuadrones que tenemos a nuestro cargo las minas
de diamantes, tuvimos una huelga que conmovió toda la tierra y salimos en
fuga por los cráteres de los volcanes.
“El mundo estaba alegre, todo era vigor y juventud; y las rosas, y las
hojas verdes y frescas, y los pájaros en cuyos buches entra el grano y brota
el gorjeo, y el campo todo, saludaban al sol y a la primavera fragante.
“Estaba el monte armónico y florido, lleno de trinos y de abejas; era una
grande y santa nupcia la que celebraba la luz; y en el árbol la savia ardía
profundamente, y en el animal todo era estremecimiento o balido o cántico,
y en el gnomo había risa y placer.
Yo había salido por un cráter apagado. Ante mis ojos había un campo
extenso. De un salto me puse sobre un gran árbol, una encina añeja. Luego,
bajé el tronco, y me hallé cerca de un arroyo, un río pequeño y claro donde
las aguas charlaban, diciéndose bromas cristalinas. Yo tenía sed. Quise
beber ahí… Ahora, oíd mejor.
Brazos, espaldas, senos desnudos, azucenas, rosas, panecillos de marfil
coronados de cerezas; ecos de risas áureas, festivas; y allá, entre las
espumas, entre las linfas rotas, bajo las verdes ramas…
-¿Ninfas?
-No, mujeres.
***
-Yo sabía cuál era mi gruta. Con dar una patada en el suelo, abría la arena
negra y llegaba a mi dominio. Vosotros, pobrecillos,gnomos jóvenes, tenéis
mucho que aprender.
Bajo los retoños de unos helechos nuevos me escurrí, sobre unas piedras
deslavadas por la corriente espumosa y parlante; y a ella, a la hermosa, a la
mujer, la agarré de la cintura, con este brazo antes tan musculoso; gritó,
golpeé el suelo; descendimos. Arriba quedó el asombro; abajo el gnomo
soberbio y vencedor.
Un día yo martillaba un trozo de diamante inmenso que brillaba como un
astro y que al golpe de mi maza se hacía pedazos.
El pavimento de mi taller se asemejaba a los restos de un sol hecho trizas.
La mujer amada descansaba a un lado, rosa de carne entre maceteros de
zafir, emperatriz del oro, en un lecho de cristal de roca, toda desnuda y
espléndida como una diosa.
Pero en el fondo de mis dominios, mi reina, mi querida, mi bella, me
engañaba. Cuando el hombre ama de veras, su pasión lo penetra todo y es
capaz de traspasar la tierra.
Ella amaba a un hombre, y desde su prisión le enviaba sus suspiros. Éstos
pasaban los poros de la corteza terrestre y llegaban a él; y él, amándola
también, besaba las rosas de cierto jardín; y ella, la enamorada, tenía - yo lo
notaba - convulsiones súbitas en que estiraba sus labios rosados y frescos
como pétalos de centifolia ¿Cómo ambos así se sentían? Con ser quien soy,
no lo sé.
***
***
Pausa.
-¿Habéis comprendido?
Los gnomos muy graves se levantaron. Examinaron más de cerca la
piedra falsa, hechura del sabio.
-¡Mirad, no tiene facetas!
-¡Brilla pálidamente!
-¡Impostura!
-¡Es redonda como la coraza de un escarabajo!
Y en ronda, uno por aquí, otro por allá fueron a arrancar de los muros
pedazos de arabescos, rubíes grandes como una naranja, rojos y chispeantes
como un diamante hecho sangre, y decían:
-¡He aquí! ¡He aquí lo nuestro, oh madre Tierra!
Aquella era una orgía de brillo y de color.
Y lanzaban al aire las gigantescas piedras luminosas y reían.
De pronto con toda la dignidad de un gnomo:
-¡Y bien! ¡El desprecio!
Se comprendieron todos. Tomaron el rubí falso, lo despedazaron y
arrojaron los fragmentos - con desdén terrible - a un hoyo que abajo daba a
una antiquísima selva carbonizada.
Después sobre sus rubíes, sobre sus ópalos, entre aquellas paredes
resplandecientes, empezaron a bailar asidos de las manos una farándula loca
y sonora.
¡Y celebraban con risas el verse grandes en la sombra!
***
Ya Puck volaba afuera, en el abejeo del alba, recién nacida, camino de una
pradera en flor. Y murmuraba -¡siempre con una sonrisa sonrosada! -
Tierra… Mujer… ¡Por que tú, oh madre Tierra, eres grande, fecunda, de
seno inextinguible y sacro!; y de tu vientre moreno brota la savia de los
troncos robustos y el oro y el agua diamantina y la casta flor de lis. ¡Lo
puro, lo fuerte, lo infalsificable! ¡Y tú, Mujer, eres - espíritu y carne - toda
Amor!
El palacio del sol
***
***
Cuando Berta, ya alto el divino cochero, subió a los salones, por las gradas
del jardín que imitaban esmaragdita, todos, la mamá, la prima, los criados,
pusieron la boca en forma de O. Venía ella saltando como un pájaro, con el
rostro lleno de vida y de púrpura, el seno hermoso y henchido, recibiendo
las caricias de un crencha castaña, libre y al desgaire, los brazos desnudos
hasta el codo, medio mostrando la malla de sus casi imperceptibles venas
azules, los labios entreabiertos por una sonrisa, como para emitir una
canción.
Todos exclamaron: -¡Aleluya! ¡Gloria! ¡Hosanna al rey de los
Esculapios! ¡Fama eterna a los glóbulos de ácido arsenioso y a las duchas
triunfales. Y mientras Berta corrió a su retrete a vestir sus más ricos
brocados, se enviaron presentes al viejo de las antiparras de aros de carey,
los guantes negros, la calva ilustre y del cruzado levitón. Y ahora, oíd
vosotras, madres de las muchachas anémicas, cómo hay algo mejor que el
arsénico y el fierro, para eso de encender la púrpura de las lindas mejillas
virginales. Y sabréis, ¿cómo no?, que no fueran los glóbulos, no; no fueron
las duchas, no; no fue el farmacéutico, quien devolvió salud y vida a Berta,
la niña de los ojos color de aceituna, alegre y fresca como una rama de
durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un
cuento azul.
***
Así que Berta se vio en el carro del hada, le preguntó: -¿Y adónde me
llevas? -Al palacio del sol. Y desde luego sintió la niña que sus manos se
tornaban ardientes, y que su corazoncito le saltaba como henchido de
sangre impetuosa. -Oye- siguió el hada-, yo soy la buena hada de los sueños
de la niñas adolescentes; yo soy la que curo a las cloróticas con sólo
llevarlas en mi carro de oro al palacio del sol, adonde vas tú. Mira, chiquita,
cuida de no beber tanto el néctar de la danza, y de no desvanecerte en las
primeras rápidas alegrías. Ya llegamos. Pronto volverás a tu morada. Un
minuto en el palacio del sol deja en los cuerpos y en las almas años de
fuego, niña mía.
En verdad estaban en un lindo palacio encantado, donde parecía sentirse
el sol en el ambiente. ¡Oh, qué luz! ¡qué incendios! - Sintió Berta que se le
llenaban los pulmones de aire de campo y de mar, y las venas de fuego;
sintió en el cerebro esparcimiento de armonía, y cómo que el alma se le
ensanchaba, y como que se ponía más elástica y tersa su delicada carne de
mujer. Luego vio, vio sueños reales, y oyó, oyó músicas embriagantes. En
vastas galerías deslumbradoras, llenas de claridades y de aromas, de
sederías y de mármoles, vio un torbellino de parejas, arrebatadas por las
ondas invisibles y dominantes de un vals. Vio que otras tantas anémicas
como ella, llegaban pálidas y entristecidas, respiraban aquel aire, y luego se
arrojaban en brazos de jóvenes vigorosos y esbeltos, cuyos bozos de oro y
finos cabellos brillaban a la luz; y danzaban, y danzaban, con ellos, en una
ardiente estrechez, oyendo requiebros misteriosos que iban al alma,
respirando de tanto en tanto como hálitos impregnados de vainilla, de haba
de Tonka, de violeta, de canela, hasta que con fiebre, jadeantes, rendidas,
como palomas fatigadas de un largo vuelo, caían sobre cojines de seda, los
senos palpitantes, las gargantas sonrosadas, y así soñando en cosas
embriagadoras… -Y ella también cayó al remolino, al maelstrón atrayente,
y bailó, giró, pasó, entre los espasmos de un placer agitado; y recordaba
entonces que no debía embriagarse tanto con el vino de la danza, aunque no
cesaba de mirar al hermoso compañero, con sus grandes ojos de mirada
primaveral. Y él la arrastraba por las vastas galerías, ciñendo su talle, y
hablándole al oído, en la lengua amorosa y rítmica de los vocablos
apacibles, de las frases irisadas, y olorosas, de los períodos cristalinos y
orientales.
Y entonces ella sintió que su cuerpo y su alma se llenaban de sol, de
efluvios poderosos y de vida. ¡No, no esperéis más!
***
***
***
***
Principios de Garcín:
De las flores, las lindas campánulas.
Entre las piedras preciosas, el zafiro. De las inmensidades, el cielo y el
amor: es decir, las pupilas de Nini.
Y repetía el poeta: Creo que siempre es preferible la neurosis a la
imbecilidad.
***
***
***
***
***
Mi prima Inés era rubia como una alemana. Fuimos criados juntos, desde
muy niños, en casa de la buena abuelita que nos amaba mucho y nos hacía
vernos como hermanos, vigilándonos cuidadosamente, viendo que no
riñésemos. ¡Adorable, la viejecita, con sus trajes agrandes flores, y sus
cabellos crespos y recogidos como una vieja marquesa de Boucher!
Inés era un poco mayor que yo. No obstante, yo aprendí a leer antes que
ella; y comprendía -lo recuerdo muy bien- lo que ella recitaba de memoria,
maquinalmente, en una pastorela, donde bailaba y cantaba delante del niño
Jesús, la hermosa María y el señor San José; todo con el gozo de las
sencillas personas mayores de la familia, que reían con risa de miel,
alabando el talento de la actrizuela.
Inés crecía. Yo también, pero no tanto como ella. Yo debía entrar a un
colegio, en internado terrible y triste, a dedicarme a los áridos estudios del
bachillerato, a comer los platos clásicos de los estudiantes, a no ver el
mundo -¡mi mundo e mozo!- y mi casa, mi abuela, mi prima, mi gato, -un
excelente romano que se restregaba cariñosamente en mis piernas y me
llenaba los trajes negros de pelos blancos.
Partí.
Allá en el colegio mi adolescencia se despertó por completo. Mi voz
tomó timbres aflautados y roncos; llegué al período ridículo del niño que
pasa a joven. Entonces, por un fenómeno especial, en vez de preocuparme
de mi profesor de matemáticas, que no logró nunca hacer que yo
comprendiese el binomio de Newton, pensé, -todavía vaga y
misteriosamente,- en mi prima Inés.
Luego tuve revelaciones profundas. Supe muchas cosas. Entre ellas, que
los besos eran un placer exquisito.
Tiempo.
Leí Pablo y Virginia. Llegó un fin de año escolar, y salí, en vacaciones,
rápido como una saeta, camino de mi casa. ¡Libertad!
Mi prima, -pero, ¡Dios santo, en tan poco tiempo!- se había hecho una
mujer completa. Yo delante de ella me hallaba como avergonzado, un tanto
serio. Cuando me dirigía la palabra, me ponía sonreírle con una sonrisa
simple.
Ya tenía quince años y medio Inés. La cabellera, dorada y luminosa al
sol, era un tesoro. Blanca y levemente amapolada, su cara era una creación
murillesca, si veía de frente. A veces, contemplando su perfil, pensaba en
una soberbia medalla siracusana, en un rostro de princesa. El traje, corto
antes, había descendido. El seno, firme y esponjado, era un ensueño oculto
y supremo; la voz clara y vibrante, las pupilas azules, inefables; la boca
llena de fragancia de vida y de color de púrpura. ¡Sana y virginal
primavera!
La abuelita me recibió con los brazos abiertos. Inés se negó a abrazarme,
me tendió la mano. Después, no me atreví a invitarla a los juegos de antes.
Me sentía tímido. ¡Y qué!, ella debía sentir algo de lo que yo. ¡Yo amaba a
mi prima!
Inés, los domingos iba con la abuela a misa, muy de mañana.
Mi dormitorio estaba vecino al de ellas. Cuando cantaban los
campanarios su sonora llamada matinal, ya estaba yo despierto.
Oía, oreja atenta, el ruido de las ropas. Por la puerta entreabierta veía
salir la pareja que hablaba en voz alta. Cerca de mí pasaba el frufrú de las
polleras antiguas de mi abuela, y del traje de Inés, coqueto, ajustado, para
mí siempre revelador.
¡Oh, Eros!
-Inés…
¿… ?
¡Y estábamos solos, a la luz de una luna argentina, dulce, una bella luna
de aquellas del país de Nicaragua!
La dije todo lo que sentía, suplicante, balbuciente, echando las palabras,
ya rápidas, ya contenidas, febril, temeroso. ¡Sí! se lo dije todo: las
agitaciones sordas y extrañas que en mi experimentaba cerca de ellas, el
amor, el ansia; los tristes insomnios del deseo; mis ideas fijas en ella, allá en
mis meditaciones del colegio; y repetía como una oración sagrada la gran
palabra: ¡el amor! ¡Oh!, ella debía recibir gozosa mi adoración.
Creceríamos más. Seríamos marido y mujer…
Esperé.
La pálida claridad celeste nos iluminaba. El ambiente nos llevaba
perfumes tibios que a mí se me imaginaban propios para los fogosos
amores. Cabellos áureos, ojos paradisíaco, labios encendidos y
entreabiertos!
De repente, y con un mohín:
-¡Ve! la tontería…
Y corrió, como una gata alegre adonde se hallaba la buena abuela,
rezando a la callada sus rosarios y responsorios.
Con risa descocada de educanda maliciosa, con aire de locuela:
-¡Eh, abuelita! me dijo…
¡Ellas, pues, ya sabían que yo debía «decir!»
Con su reír interrumpía el rezo de la anciana que se quedó pensativa
acariciando las cuentas de su camándula. Y yo que todo lo veía, a la husma,
de lejos, lloraba, sí, lloraba lágrimas amargas, ¡las primeras de mis
desengaños de hombre!
Los cambios fisiológicos que en mí se sucedían, y las agitaciones de mi
espíritu me conmovían hondamente. ¡Dios mío! Soñador, un pequeño poeta
como me creía, al comenzarme el bozo, sentía llenos de ilusiones la cabeza,
de versos los labios, y mi alma y mi cuerpo de púber tenían sed de amor.
¿Cuándo llegaría el momento soberano en que alumbraría una celeste
mirada el fondo de mi ser, y aquel en que se rasgaría el velo del enigma
atrayente?
Un día, a pleno sol, Inés estaba en el jardín, regando trigo, entre los
arbustos y las flores, a las que llamaba sus amigas: unas palomas albas,
arrulladoras, con sus buches níveos y amorosamente musicales. Llevaba un
traje -siempre que con ella he soñado la he visto con el mismo,- gris
azulado, de anchas mangas, que dejaban ver casi por entero los satinados
brazos alabastrinos, los cabellos los tenía recogidos y húmedos, y el vello
alborotado de su nuca blanca y rosa, era para mí como luz crespa. Las aves
andaban a su alrededor currucuqueando, e imprimían en el suelo oscuro la
estrella acarminada de sus patas.
Hacía calor. Yo estaba oculto tras los ramajes de unos jazmineros. La
devoraba con los ojos. ¡Por fin se acercó por mi escondite, la prima gentil!
Me vio trémulo, enrojecida la faz, en mis ojos una llama viva y rara, y
acariciante, y se puso a reír cruelmente, terriblemente. ¡Y bien! ¡Oh!,
aquello no era posible. Me lancé con rapidez frente a ella. Audaz,
formidable debía de estar, cuando ella retrocedió como asustada, un paso.
-¡Te amo!
Entonces tornó a reír. Una paloma voló a uno de sus brazos. Ella la mimó
dándole granos de trigo entre las perlas de su boca fresca y sensual. Me
acerqué más. Mi rostro estaba junto al suyo. Los cándidos animales nos
rodeaban. Me turbaba el cerebro una onda invisible y fuerte de aroma
femenil. Se me antojaba Inés una paloma hermosa y humana, blanca y
sublime; y al propio tiempo llena de fuego, de ardor, un tesoro de dichas.
No dije más. La tomé la cabeza y la di un beso en una mejilla, un beso
rápido, quemante de pasión furiosa. Ella un tanto enojada, salió en fuga.
Las palomas se asustaron y alzaron el vuelo, formando un opaco ruido de
alas sobre los arbustos temblorosos. Yo abrumado, quedé inmóvil.
I. En busca de cuadros
Sin pinceles, sin paleta, sin papel, sin lápiz, Ricardo, poeta lírico
incorregible, huyendo de las agitaciones y turbulencias, de las máquinas y
de los fardos, del ruido monótono de los tranvías y del chocar de las
herraduras de los caballos con su repiqueteo de caracoles sobre las piedras;
de las carreras de los corredores frente a la Bolsa; del tropel de los
comerciantes; del grito de los vendedores de diarios; del incesante bullicio e
inacabable hervor de este puerto; en busca de impresiones y de cuadros,
subió al cerro Alegre que, gallardo como una gran roca florecida, luce sus
flancos verdes, sus montículos coronados de casas risueñas escalonadas en
la altura, rodeadas de jardines, con ondeantes cortinas de enredaderas,
jaulas de pájaros, jarras de flores, rejas vistosas y niños rubios de caras
angélicas.
Abajo estaban las techumbres del Valparaíso que hace transacciones, que
anda a pie como una ráfaga, que puebla los almacenes e invade los bancos,
que viste por la mañana terno crema o plomizo, a cuadros, con sombrero de
paño, y por la noche bulle en la calle del Cabo con lustroso sombrero de
copa, abrigo al brazo y guantes amarillos, viendo a la luz que brota de las
vidrieras, los lindos rostros de las mujeres que pasan.
Más allá, el mar, acerado, brumoso, los barcos en grupos, el horizonte
azul y lejano. Arriba, entre opacidades, el sol. Donde estaba el soñador
empedernido, casi en lo más alto del cerro, apenas si se sentían los
estremecimientos de abajo. Erraba él a lo largo del Camino de Cintura e iba
pensando en idilios, con toda la augusta desfachatez de un poeta que fuera
millonario.
Había allí aire fresco para sus pulmones, cosas sobre cumbres, como
nidos al viento, donde bien podía darse el gusto de colocar parejas
enamoradas; y tenía, además, el inmenso espacio azul, del cual - él lo sabía
perfectamente - los que hacen los salmos y los himnos pueden disponer
como les venga en antojo.
De pronto escuchó: - ¡Mary! ¡Mary! Y él, que andaba a caza de
impresiones y en busca de cuadros, volvió la vista.
II. Acuarela
Había cerca un bello jardín, con más rosas que azaleas y más violetas que
rosas. Un bello y pequeño jardín, con jarrones, pero sin estatuas; con una
pila blanca, pero sin surtidores, cerca de una casita como hecha para un
cuento dulce y feliz.
En la pila, un cisne chapuzaba revolviendo el agua, sacudiendo las alas
de un blancor de nieve, enarcando el cuello en la forma del brazo de una
lira o del asa de un ánfora, y moviendo el pico húmedo y con tal lustre
como si fuese labrado en un ágata de color de rosa.
En la puerta de la casa, como extraída de una novela de Dickens, estaba
una de esas viejas inglesas, únicas, solas, clásicas, con la cofia encintada,
los anteojos sobre la nariz, el cuerpo encorvado, las mejillas arrugadas, mas
con color de manzana madura y salud rica. Sobre la saya obscura, el
delantal.
Llamaba:
-¡Mary!
El poeta vió llegar una joven de un rincón del jardín, hermosa, triunfal,
sonriente; y no quiso tener tiempo sino para meditar en que son adorables
los cabellos dorados, cuando flotan sobre las nucas marmóreas, y en que
hay rostros que valen bien por un alba.
Luego, todo era delicioso. Aquellos quince años entre las rosas -quince
años, sí, los estaban pregonando unas pupilas serenas de niña, un seno
apenas erguido, una frescura primaveral, y una falda hasta el tobillo que
dejaba ver el comienzo turbador de una media de color de carne;- aquellos
rosales temblorosos que hacían ondular sus arcos verdes, aquellos
durazneros con sus ramilletes alegres donde se detenían al paso las
mariposas errantes llenas de polvo de oro, y las libélulas de alas cristalinas
e irisadas; aquel cisne en la ancha taza, esponjando el alabastro de sus
plumas, y zambulléndose entre espumajeos y burbujas, con voluptuosidad,
en la transparencia del agua; la casita limpia, pintada, apacible, de donde
emergía como una onda de felicidad; y en la puerta la anciana, un invierno,
en medio de toda aquella vida, cerca de Mary, una virginidad en flor.
Ricardo, poeta lírico que andaba a caza de cuadros, estaba allí, con la
satisfacción de un goloso que paladea cosas exquisitas.
Y la anciana y la joven:
-¿Qué traes?
-Flores.
Mostraba Mary su falda llena como de iris hechos trizas, que revolvía
con una de sus manos gráciles de ninfa, mientras, sonriendo su linda boca
purpurada, sus ojos abiertos en redondo dejaban ver un color de lapislázuli
y una humedad radiosa.
El poeta siguió adelante.
III. Paisaje
IV. Aguafuerte
V. La virgen de la paloma
Anduvo, anduvo.
Volvía ya a su morada. Dirigíase al ascensor cuando oyó una risa infantil,
armónica, y él, poeta incorregible, buscó los labios de donde brotaba
aquella risa.
Bajo un cortinaje de madreselvas, entre plantas olorosas y maceteros
floridos, estaba una mujer pálida, augusta, madre, con un niño tierno y
risueño. Sosteníale en uno de sus brazos, el otro lo tenía en alto, y en la
mano una paloma, una de esas palomas albísimas que arrullan a sus
pichones de alas tornasoladas, inflando el buche como un seno de virgen, y
abriendo el pico de donde brota la dulce música de su caricia.
La madre mostraba al niño la paloma, y el niño, en su afán de cogerla,
abría los ojos, estiraba los bracitos, reía gozoso; y su rostro al sol tenía
como un nimbo; y la madre, con la tierna beatitud de sus miradas, con su
esbeltez solemne y gentil, con la aurora en las pupilas y la bendición y el
beso en los labios, era como una azucena sagrada, como una María llena de
gracia, irridiando la luz de un candor inefable. El niño Jesús, real como un
dios infante, precioso como un querubín paradiasíaco, queria asir aquella
paloma blanca, bajo la cúpula inmensa del cielo azul.
Ricardo descendió, y tomó el camino de su casa.
VI. La cabeza
Por la noche, sonando aún en sus oídos la música del Odeón, y los
parlamentos de Astol; de vuelta de las calles donde escuchara el ruido de
los coches y la triste melopea de los tortilleros, aquel soñador se encontraba
en su mesa de trabajo, donde las cuartillas inmaculadas estaban esperando
las silvas y los sonetos de costumbre, a las mujeres de los ojos ardientes.
¡Uf!…
¡Qué silvas! ¡Qué sonetos! La cabeza del poeta lírico era una orgía de
colores y de sonidos. Resonaban en las concavidades de aquel cerebro
martilleos de cíclopes, himnos al son de tímpanos sonoros, fanfarrias
bárbaras, risas cristalinas, gorjeos de pájaros, batir de alas y estallar de
besos, todo como en ritmos locos y revueltos. Y los colores agrupados,
estaban como pétalos de capullos distintos, confundidos en una bandeja, o
como la endiablada mezcla de tintas que llena la paleta de un pintor…
Además…
VII. Acuarela
He visto ayer por una ventana un tiesto lleno de lilas y de rosas pálidas,
sobre un trípode. Por fondo tenía uno de esos cortinajes amarillos y
opulentos, que hacen pensar en los mantos de los príncipes orientales. Las
lilas recién cortadas resaltaban con su lindo color apacible, junto a los
pétalos esponjados de las rosas té.
Junto al tiesto, en una copa de laca ornada con ibis de oro incrustado,
incitaban a la gula manzanas frescas, medio coloradas, con la pelusilla de la
fruta nueva y la sabrosa carne hinchada que toca el deseo; peras doradas y
apetitosas, que daban indicios de ser todas jugo, y como esperando el
cuchillo de plata que debía rebanar la pulpa almibarada; y un ramillete de
uvas negras, hasta con el polvillo ceniciento de los racimos acabados de
arrancar de la viña.
Acerquéme, vilo de cerca todo. Las lilas y las rosas eran de cera, las
manzanas y las peras de mármol pintado, y las uvas de cristal.
¡Naturaleza muerta!
X. Al carbón
XI. Paisaje
XII. El ideal
Y luego, una torre de marfil, una flor mística, una estrella a quien
enamorar… Pasó, la vi como quien viera un alba, huyente, rápida,
implacable.
Era una estatua antigua como un alma que se asomaba a los ojos, ojos
angelicales, todos ternura, todos cielo azul, todos enigma.
Sintió que la besaba con mis miradas y me castigó con la majestad de su
belleza, y me vio como una reina y como una paloma. Pero pasó
arrebatadora, triunfante, como una visión que deslumbra. Y yo, el pobre
pintor de la Naturaleza y de Psyquis, hacedor de ritmos y de castillos
aéreos, vi el vestido luminoso de la hada, la estrella de su diadema y pensé
en la promesa ansiada del amor hermoso. Mas de aquel rayo supremo y
fatal sólo quedó en el fondo de mi cerebro un rostro de mujer, un sueño
azul.
La muerte de la emperatriz de China
Delicada y fina como una joya humana, vivía aquella muchachita de carne
rosada, en la pequeña casa que tenía un saloncito con los tapices de color
azul desfalleciente. Era su estuche.
¿Quién era el dueño de aquel delicioso pájaro alegre, de ojos negros y
boca roja? ¿Para quién cantaba su canción divina, cuando la señorita
Primavera mostraba en el triunfo del sol su bello rostro riente, y abría las
flores del campo, y alborotaba la nidada? Suzette se llamaba la avecita que
había puesto en jaula de seda, peluches y encajes, un soñador artista
cazador, que la había cazado una mañana de mayo en que había mucha luz
en el aire y muchas rosas abiertas.
Recaredo -capricho paternal, él no tenía la culpa de llamarse Recaredo-
se había casado hacía año y medio -¿Me amas? -Te amo. ¿Y tú? -Con toda
el alma. Hermoso el día dorado, después de lo del cura. Habían ido luego al
campo nuevo, a gozar libres del gozo del amor. Murmuraban allá en sus
ventanas de hojas verdes, las campanillas y las violetas silvestres que olían
cerca del riachuelo, cuando pasaban los dos amantes el brazo de él en la
cintura de ella, el brazo de ella en la cintura de él, los rojos labios en flor
dejando escapar los besos. Después, fue la vuelta a la gran ciudad, al nido
lleno de perfume, de juventud y de calor dichoso.
¿Dije ya que Recaredo era escultor? Pues si no lo he dicho, sabedlo.
Era escultor. En la pequeña casa tenía su taller, con profusión de
mármoles, yesos, bronces y terracotas. A veces, los que pasaban oían a
través de las rejas y persianas una voz que cantaba y un martilleo vibrante y
metálico. Suzette, Recaredo, la boca que emergía el cántico, y el golpe del
cincel.
Luego el incesante idilio nupcial. En puntillas, llegar donde él trabajaba,
e inundándole de cabellos la nuca, besarle rápidamente. Quieto, quietecito,
llegar donde ella duerme en su chaise longue, los piececitos calzados y con
medias negras, uno sobre otro, el libro abierto sobre el regazo, medio
dormida; y allí el beso es en los labios, beso que sorbe el aliento y hace que
se abran los ojos inefablemente luminosos. Y a todo esto, las carcajadas del
mirlo, un mirlo enjaulado que cuando Suzette toca de Chopin, se pone triste
y no canta. !Las carcajadas del mirlo! No era poca cosa. -¿Me quieres? -
¿No lo sabes? -¿Me amas? -¡Te adoro! Ya estaba el animalucho echando
toda la risa del pico. Se le sacaba de la jaula, revolaba por el saloncito
azulado, se detenía en la cabeza de un Apolo de yeso, o en la frámea de un
viejo germano de bronce oscuro. Tiiiiiirit… rrrrrrich… fiii… ¡Vaya que a
veces era malcriado e insolente en su algarabía! Pero era lindo sobre la
mano de Suzette, que le mimaba, le apretaba el pico entre sus dientes hasta
hacerlo desesperar, y le decía a veces con una voz severa que temblaba de
terneza: !Señor mirlo, es usted un picarón!
Cuando los dos amados estaban juntos, se arreglaban uno al otro el
cabello. «Canta», decía él. Y ella cantaba lentamente; y aunque no eran sino
pobres muchachos enamorados, se veían hermosos, gloriosos y reales; él la
miraba como a una Elsa, y ella le miraba como a un Lohengrin. Porque el
Amor, ¡oh jóvenes llenos de sangre y de sueños!, pone un azul de cristal
ante los ojos y da infinitas alegrías.
¡Cómo se amaban! Él la contemplaba sobre las estrellas de Dios; su amor
recorría toda la escala de la pasión, y era ya contenido, ya tempestuoso en
su querer, a veces casi místico. En ocasiones dijérase aquel artista un
teósofo que veía en la amada mujer algo supremo y extrahumano como la
Ayesha de Rider Haggard; la aspiraba como una flor, le sonreía como a un
astro y se sentía soberbiamente vencedor al estrechar contra su pecho
aquella adorable cabeza, que cuando estaba pensativa y quieta era
comparable al perfil hierático de la medalla de un emperatriz bizantina.
Recaredo amaba su arte. Tenía la pasión de la forma; hacía brotar del
mármol gallardas diosas desnudas de ojos blancos, serenos y sin pupilas; su
taller estaba poblado de un pueblo de estatuas silenciosas, animales de
metal, gárgolas terroríficas, grifos de largas colas vegetales, creaciones
góticas quizá inspiradas por el ocultismo. ¡Y, sobre todo, la gran afición!
Japonerías y chinerías. Recaredo era en esto un original. No sé qué habría
dado por hablar chino o japonés. Conocía los mejores álbumes; había leído
buenos exotistas, adoraba a Loti y a Judith Gautier, y hacía sacrificios por
adquirir trabajos legítimos, de Yokohama, de Nagasaki, de Kioto o de
Nankín o Pekín: los cuchillos, las pipas, las máscaras feas y misteriosas
como las caras de los sueños hípnicos, los mandarinitos enanos con panzas
de cucurbitáceos y ojos circunflejos, los monstruos de grandes bocas de
batracio, abiertas y dentadas, y diminutos soldados de Tartaria, con faces
foscas.
-¡Oh -le decía Suzette-, aborrezco tu casa de brujo, ese terrible taller, arca
extraña que te roba a mis caricias!
Él sonreía, dejaba su lugar de labor, su templo de raras chucherías y
corría al pequeño salón azul, a ver y mimar su gracioso dije vivo, y oír
cantar y reír al loco mirlo jovial.
Aquella mañana cuando entró, vió que estaba su dulce Suzette,
soñolienta y tendida, cerca de un tazón de rosas que contenía un trípode.
¿Era la Bella durmiente del bosque? Medio dormida, el delicado cuerpo
modelado bajo una bata blanca, la cabellera castaña apelotonada sobre uno
de los hombres, toda ella exhalando un suave olor femenino, era como una
deliciosa figura de los amables cuentos que empiezan: «Éste era un rey… »
La despertó:
-¡Suzette; mi bella!
Traía la cara alegre; le brillaban los ojos negros bajo su fez rojo de labor;
llevaba una carta en la mano.
-Carta de Robert, Suzette. ¡El bribonazo está en China! «Hong Kong, 18
de enero… »-. Suzette, un tanto amodorrada, se había sentado y le había
quitado el papel. ¡Conque aquel andariego había llegado tan lejos! «Hong
Kong, 18 de enero… » Era gracioso. ¡Un excelente muchacho el tal Robert,
con la manía de viajar! Llegaría al fin del mundo. ¡Robert, un grande
amigo! Se veían como de la familia. Había partido hacía dos años para San
Francisco de California. ¡Habríase visto loco igual!
Comenzó a leer.
«Hong Kong, 18 de enero de 1888.
Primaveral
La tigre de Bengala,
Con su lustrosa piel manchada a trechos,
Está alegre y gentil, está de gala.
Salta de los repechos
De un ribazo, al tupido
Carrizal de un bambú; luego, a la roca
Que se yergue a la entrada de su gruta.
Allí lanza un rugido,
Se agita como loca
Y eriza de placer su piel hirsuta.
Después el misterioso
Tacto, las impulsivas
Fuerzas, que arrastran con poder pasmoso;
Y, ¡oh, gran Pan! el idilio monstruoso
Bajo las vastas selvas primitivas.
No el de las musas de las blandas horas,
Suaves, expresivas,
En las rientes auroras
Y las azules noches pensativas;
Sino el que todo enciende, anima, exalta,
Polen, savia, calor, nervio, corteza,
Y en torrente de vida brota y salta
Del seno de la gran naturaleza.
El príncipe atrevido,
Adelanta, se acerca, ya se para;
Ya apunta y cierra un ojo; ya dispara;
Ya del arma el estruendo
Por el espeso bosque ha resonado.
El tigre sale huyendo,
Y la hembra queda, el vientre desgarrado.
Al marqués de Bradomin
¡Oh, si estuviese
De la apacible estancia
En la extensión tranquila,
Vertería la lámpara reflejos
De luces opalinas.
Dentro, el amor que abrasa;
Fuera, la noche fría,
El golpe de la lluvia en los cristales,
Y el vendedor que grita
Su monótona y triste melopea
A las glaciales brisas;
Dentro, la ronda de mis mil delirios
Las canciones de notas cristalinas,
Unas manos que toquen mis cabellos,
Un aliento que roce mis mejillas,
Un perfume de amor, mil conmociones,
Mil ardientes caricias,
Ella y yo: los dos juntos, los dos solos;
La amada y el amado, ¡oh Poesía!,
Los besos de sus labios,
La música triunfante de mis rimas,
Y en la negra y cercana chimenea
El tuero brillador que estalla en chispas.
Ardor adolescente,
Miradas y caricias:
¡Cómo estaría trémula en mis brazos
La dulce amada mía,
Dándome con sus ojos luz sagrada,
Con su aroma de flor, savia divina!
En la alcoba la lámpara
Derramando sus luces opalinas;
Oyéndose tan sólo
Suspiros, ecos, risas;
El ruido de los besos,
La música triunfante de mis rimas
Y en la negra y cercana chimenea
El tuero brillador que estalla en chispas.
Dentro, el amor que abrasa;
Fuera, la noche fría.
Pensamiento de otoño
De Armand Silvestre
Canción de despedida
Fingen las fuentes túrbidas.
Si te place, amor mío,
Volvamos a la ruta
Que allá en la primavera
Ambos, las manos juntas,
Seguimos, embriagados
De amor y de ternura,
Por los gratos senderos
Do sus ramas columpian
Olientes avenidas
Que las flores perfuman.
Canción de despedida
Fingen las fuentes turbias.
Un cántico de amores
Brota mi pecho ardiente
Que eterno abril fecundo
De juventud florece.
¡Qué mueran, en buen hora,
Los bellos días! Llegue
Otra vez el invierno;
Renazca áspero y fuerte.
Del viento entre el quejido,
Cual mágico himno alegre,
Un cántico de amores
Brota mi pecho ardiente.
Un cántico de amores
A tu sacra beldad,
¡Mujer, eterno estío,
Primavera inmortal!
Hermana del ígneo astro
Que por la inmensidad
En toda estación vierte
Fecundo, sin cesar,
De su luz esplendente
El dorado raudal.
Un cántico de amores
A tu sacra beldad,
¡Mujer, eterno estío
Primavera inmortal!
A un poeta
Y dijo la paloma:
Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo,
En el árbol en flor, junto a la poma
Llena de miel, junto al retoño suave
Y húmedo por las gotas de rocío,
Tengo mi hogar. Y vuelo
Con mis anhelos de ave,
Del amado árbol mío
Hasta el bosque lejano,
Cuando, al himno jocundo
Del despertar de Oriente,
Sale el alba desnuda y muestra al mundo
El pudor de la luz sobre su frente.
Mi ala es blanca y sedosa;
La luz la dora y baña
Y céfiro la peina.
Son mis pies como pétalos de rosa.
Yo soy la dulca reina
Que arrulla a su palomo en la montaña.
En el fondo del bosque pintoresco
Está el alerce en que formé mi nido;
Y tengo allí, bajo el follaje fresco
Un polluelo sin par, recién nacido.
Arrugó el ceño,
Caupolicán
Leconte de Lisle