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El Juguete Del Jefe (Hector 2) - Hugo Sanz

Este documento es la portada y los primeros capítulos de una novela titulada "El juguete del jefe. Trilogía «Héctor» no2" escrita por Hugo Sanz. Presenta los derechos de autor y un índice con los capítulos. El primer capítulo narra la historia desde la perspectiva de una mujer que está embarazada después de una relación con su jefe Héctor, quien ahora se va a casar con otra mujer.
Derechos de autor
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El Juguete Del Jefe (Hector 2) - Hugo Sanz

Este documento es la portada y los primeros capítulos de una novela titulada "El juguete del jefe. Trilogía «Héctor» no2" escrita por Hugo Sanz. Presenta los derechos de autor y un índice con los capítulos. El primer capítulo narra la historia desde la perspectiva de una mujer que está embarazada después de una relación con su jefe Héctor, quien ahora se va a casar con otra mujer.
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Primera edición.

El juguete del jefe. Trilogía «Héctor» nº2


©Hugo Sanz
©Septiembre, 2021.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en
o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea
mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso
previo por escrito del autor.
Primera edición.
El juguete del jefe. Trilogía «Héctor» nº2
©Hugo Sanz
©Septiembre, 2021.
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mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso
previo por escrito del autor.
ÍNDICE
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Mis redes sociales:
Capítulo 1

No pude dejar de llorar hasta el lunes. Y cuando digo que no pude dejar de llorar, me refiero exactamente a eso, a
que mis ojos solo dejaron de verter lágrimas en las pocas horas que logré conciliar el sueño.

El despertador sonó y con ello, la vuelta a la realidad fue un hecho; tenía que enfrentarme a la crudeza de ver en el
día a día a la parejita, haciendo planes de boda.

Que me aspen si lo comprendía. Por el amor del cielo, a él se le veía tan feliz cuando estaba conmigo y tan
amargado cuando aparecía ella, ¿qué clase de hombre era Héctor que se dejaba comprar de tal forma con tal de
guardar las apariencias y no dar un escándalo en su elitista círculo?

No lo sabía, pero sí tenía algo claro; desde luego que no era el hombre que yo quería como padre para mi bebé,
esa criatura que crecía en mi vientre y que yo podía tomar como un regalo de la vida o como un dardo envenado
del destino, que se había dedicado a jugar conmigo.

Me quedaba con lo primero, por muy difíciles que se pusieran las cosas, por mucho que la sombra de la traición
tratara de oscurecer mi vida, esa criatura que crecía en mi interior era lo mejor que me había pasado nunca.

Hablo de traición y es que, pese a todo, hubo un momento en el que albergué esperanzas. Fue la noche de
Halloween, cuando apareció en mi casa. Nunca me quedó claro, porque Héctor no hablaba de sus cosas, cómo
logró zafarse de esa otra fiesta a la que debía ir con Paloma para asistir a la mía, como si fuera un mago, por arte
de magia.

En ese instante, cuando apareció aquel cazavampiros (que me había chupado las energías como si más que
cazarlos fuera uno de ellos), fui tan tonta que pensé que igual las cosas habían cambiado y su corazón imperaba
por fin sobre una razón que inclinaba la balanza hacia el lado de la infame de Paloma.

Tonta es quedarse corta, fui una ilusa, una idiota que pensó que los cuentos de príncipes y princesas pueden
hacerse realidad, como si la suerte hubiera estado alguna vez de mi lado, como si no fuera una pobre chica de
barrio en la que él solo se fijó para tener una aventura sexual que llenara el hueco que su fría relación dejaba en su
persona.
Ahora tocaba pagar el precio, Héctor había perdido su oportunidad de saber y, en contraposición, yo me sentía con
el derecho de callar…De callar una verdad que, de saberla, quizás cambiara el curso de las cosas, pero no. No
estaba dispuesta a tener que hablar para que él reaccionara de algún modo. Él debió apostar por mí sin presiones y
no lo hizo, que le fuera bonito.

No sabía lo que me depararía el futuro, pero de momento mis labios estarían sellados. Aún tenía margen de
maniobra, porque estaba tan solo de una falta y tardaría en notárseme. Más incluso si partíamos de la base de que
el uniforme de trabajo era muy holgado.

Quizás pudiera trabajar un par de meses o tres más y después pedir la cuenta, sin dar más explicaciones, como él
había hecho conmigo. El problema sería dónde ir después, cómo mantenerme y dar de comer al fruto de mi
vientre.

rudeza de ver en el
Tiempo al tiempo, no podía pensar tantas cosas de golpe. Y menos con aquella hambre atroz que, pese al
sufrimiento, no dejaba de acompañarme.

—¿Ya has tomado una decisión? —me preguntó Marta cuando entró en la cocina, dándome un beso en la mejilla
y un abrazo.

—Sí, cariño, no le pienso decir nada.

—¿Le vas a ocultar el embarazo? Niña, pero eso no es viable.

—Durante un tiempo sí. Luego me tendré que marchar con una mano delante y otra detrás, pero ya encontraré el
modo de subsistir.

—No es justo, yo solo te digo que no es justo, ¿por qué tendrás tú que pasar calamidades cuando el padre de tu
bebé está forrado?

—Porque él tendrá mucho dinero, cielo, pero yo tengo mucho orgullo.

—No sé yo, ¿eh? Todo esto va a ser muy complicado y lo sabes.

—Nadie dijo que la vida fuera fácil. Me tengo que ir, Martita.

—Suerte, mi niña, mucha suerte.

ación dejaba en su
Llegué a la oficina y ese día sí que puse cara de póker, no por mandato de Héctor, como en aquella otra ocasión
con su novia, sino porque me salió del alma.
n, yo me sentía con
La primera en la frente. Fue llegar y encontrarme a Paloma con una pava que no era la recepcionista de siempre.
mí sin presiones y
—Mira, tú, que sepas que esta es Linda, la nueva recepcionista. Y mi mejor amiga, por cierto.

—¿Pero tú tienes amigas? No era consciente de ello, qué sorpresas le da a una la vida.

—Muy graciosa. Es que, ya sabes, me caso—la miró con total complicidad.

—¿Con Héctor o con Linda? No entiendo muy bien lo que me quieres decir.

—Con Héctor, con Héctor, qué más quisieras tú que te lo hubiera dejado libre. Y Linda está aquí porque voy a
necesitar mucha ayuda con la boda. Es que ya lo imaginarás, va a ser el gran acontecimiento social del año, hasta
prensa habrá.

—¿Que te vamos a ver en el “Sálvame”? Pues avisaré a Gertrudis, la dueña de mi piso, que le encanta ese sarao.

—No, en el “Sálvame” no, pero en las crónicas de sociedad sí. Le daremos al evento toda la publicidad que
merece.

—¿Y a mí qué me cuentas? No sé, es que de repente me vas a hacer tu confidente o qué, ¿me lo puedes explicar?

—¿Tú mi confidente? Antes escojo al chaval que suele hacer de payaso en la esquina. No, bonita, lo único que
quería era ponerte al día de todo, por si te quedaba alguna duda. Es que no te vi en la fiesta después del anuncio de
nuestro compromiso.

—¿No? Ah, pues no sé, yo andaba por allí, ¿te has revisado la vista últimamente? Igual ya vas necesitando gafas,
que tú eres mayor que yo.

—Cierto, yo no soy ninguna niñata. Y mi vista sigue fenomenal, creo que cogiste las de Villadiego porque no lo
pudiste soportar.

—¿Has terminado ya de decir tonterías o ahora me pagan por escucharte?

—No, te sigo pagando porque limpies a base de bien. Y aprovecha que, por poco tiempo, ya me encargaré yo…

Nueva amenaza al canto, aunque no sabía ella que yo cogería el pescante antes de que fuera jefa, como ella misma
decía.
—Anda que no ha llegado hoy tempranito esta—me comentó Eva en los vestuarios.

—Es verdad, ella no se suele dejar caer por aquí tan pronto.

—No, pero es que como comienza hoy su amiguita, pues habrá querido ponerla al día, es muy considerada ella.

—Sí, lo que yo considero es que ahora vamos a estar doblemente espiadas con estas dos, ¡vaya telita! —Patri
estaba un tanto preocupada.

—Oye, Vania, ¿a qué hora te fuiste tú de la fiesta? No te vimos el pelo más…—Se interesó Ana.

—Es que estaba indispuesta y me fui para casa, gracias.

—Pues te perdiste el derroche de amor de los tortolitos. Mejor dicho, el de Paloma, que estaba exultante tras el
anuncio del compromiso.

—Mejor, porque igual me da un subidón de azúcar con tanto dulce—ironicé.

—Dicen que va a ser una boda de esas de cuento, Doña Amelia ya lo dejó caer, estaba que no cabía en sí de gozo
—suspiró Ana—, ¡quién tuviera una así!

—¿Una suegra? —le preguntó de lo más extrañada Eva.

ués del anuncio de —No, mujer, una boda. Es que será preciosa y como no es el novio guapo ni nada…

—Sí que lo es, el jefe está para hacerle un favor—añadió Eva.

—Y más de uno y encima a mí me da que el tío debe ser estilo empotrador—Patri también dejó volar su
imaginación.

Poco lo sabía ella, eso quien lo había probado era mi menda lerenda, pero los días de sexo con Héctor habían
tocado a su fin.

Me fui a limpiar, con mis cascos, conteniendo mi rabia, pero sin llorar más… Pude controlar mis lágrimas por
suerte, porque no era plan de ir como una Magdalena por los pasillos. Y entonces lo vi venir.

, como ella misma Héctor apareció ante mí guapísimo como era, pero con el rictus más serio que le había visto hasta el momento, y
vino flechado a hablarme.
—Necesito que pases por mi despacho, Vania, por favor.

—Espera que me sitúe que ando un poco desubicada, ¿quieres hincar con la pobre para quitarte las tensiones que
te producen la boda con la rica? Es que me voy a tronchar aquí mismo y no sé si estaría bonito.

—Vania, entiendo perfectamente tu dolor, pero es que tú no lo comprendes.

—Mira Héctor, el que no lo comprende eres tú. A mí me sobra inteligencia, por poco que haya estudiado, para
saber que has jugado conmigo, como siempre sospeché. Ahora no me vayas a pedir también que te dé la
enhorabuena por tu compromiso con la Barbie porque a ella no la he podido ver nunca, pero es que a ti ya
tampoco. Y si me quieres despedir, me despides y terminas de demostrarme lo ciega que he estado contigo. Y si
no vas a hacerlo, quítate de mi vista y no me vuelvas a dirigir la palabra nunca.

—Tú misma dijiste una vez que nunca es una palabra muy grande, ¿no fue así?

—Sí, una de esas palabras que se reservan para las ocasiones especiales como estas. Y ahora, si no te importa,
tengo mucho que limpiar.
—Necesito que pases por mi despacho, Vania, por favor.

—Espera que me sitúe que ando un poco desubicada, ¿quieres hincar con la pobre para quitarte las tensiones que
te producen la boda con la rica? Es que me voy a tronchar aquí mismo y no sé si estaría bonito.

—Vania, entiendo perfectamente tu dolor, pero es que tú no lo comprendes.

—Mira Héctor, el que no lo comprende eres tú. A mí me sobra inteligencia, por poco que haya estudiado, para
saber que has jugado conmigo, como siempre sospeché. Ahora no me vayas a pedir también que te dé la
enhorabuena por tu compromiso con la Barbie porque a ella no la he podido ver nunca, pero es que a ti ya
tampoco. Y si me quieres despedir, me despides y terminas de demostrarme lo ciega que he estado contigo. Y si
no vas a hacerlo, quítate de mi vista y no me vuelvas a dirigir la palabra nunca.

—Tú misma dijiste una vez que nunca es una palabra muy grande, ¿no fue así?

—Sí, una de esas palabras que se reservan para las ocasiones especiales como estas. Y ahora, si no te importa,
tengo mucho que limpiar.
Capítulo 2

Llegaba a casa al mediodía cuando me topé con mi padre, que también volvía del trabajo. Para eso seguíamos
viviendo en el mismo barrio.

—Mi niña, ¿cómo estás? —Me abrazó y me dio un beso en la frente. No sospechaba él lo mucho que yo
necesitaba sus abrazos.

—Bien, papá, ¿y tú? ¿Qué tal en el trabajo?

—Muy bien, cariño. Me ha caído del cielo, se ve que las malas rachas no duran eternamente.

Él seguía sin atar cabos de por dónde vino su oferta, claro.

—No sabes lo que me alegro por ti, papá, me alegro tanto…—Tontona de mí, comencé a llorar porque la
sensibilidad la tenía a flor de piel y no lo podía remediar.

—Ya, ya, hija mía, lo supongo, ¿tú estás bien, Vania?

—Bien, bien, papá, ¿y tú?

—Yo muy bien, hija, pero ¿a qué vienen estas lágrimas?

—No me eches cuenta, papá, que tendré un día tonto, solo es eso.

—Vania, yo te conozco muy bien, quién te va a conocer mejor y tú tienes algo metido ahí en el corazón.

—Qué cosas dices, papá—En el corazón no tenía yo nada metido, pero en el vientre…

—Pues la verdad, cariño, ¿te ha hecho daño algún chico? Porque si es así tú me lo dices, que le parto el alma.
—No, no es eso, papá.

—Y entonces, ¿qué es? Porque a mí no me la das, Vania, suelta lo que sea.

No pensaba yo hacerlo tan pronto, esa es la realidad, pero mi padre insistió e insistió y al final lo logró.

—Papá, si te cuento una cosa, ¿tú me guardas el secreto?

—Cariño, ¿soy yo de ir pregonando por ahí tus cosas?

—Ya sé que no, pero es muy delicado y no quiero que se sepa todavía.

—Hija, ¿estás embarazada?

No me hizo falta pronunciar a mí unas palabras que me impresionaban bastante.

Afirmé con la cabeza y entonces sí que me abrazó fuerte. Entre nosotros se hizo un silencio que terminé yo.

—Papá, pero que esto no cambia nada, yo estoy bien.

—¿Y el padre de la criatura? ¿Lo conozco? —la pregunta estaba cantada.

—No, papi, ni lo conoces tú ni lo conocía yo, porque ese no es ya nadie en mi vida.

—¿Te ha engañado, cariño? Ay, mi pobre niña. Si yo lo cojo, no sé lo que le hago.

—No, papá, no me ha engañado él, me he engañado yo solita, que nací tonta y me voy a morir tonta.

—Tú no eres tonta, hija mía. Tú eres muy lista y vas a ser la mejor madre del mundo.

—Papá, no sabes lo que dices, yo meto la pata como la que más, esa es la verdad.

—No, ¿eh? No voy a consentirte que hablas así de ti. Yo no puedo estar más orgulloso de la hija que tengo y te
voy a decir una cosa.

—¿Qué, papá? —Me borré las lágrimas con el dorso de la mano.


—Que yo sé que tu ilusión es tener tu propio piso, pero que, si tienes que volver a casa, las cosas no serían como
antes. Hija, parece que me he despertado de un largo letargo de esos que llaman, porque me he llevado toda la
vida agilipollado, acobardado con tu madre, pero eso pasó a la historia. Ahora, en cuanto le tengo que plantar cara,
se la planto.

—Pues no te envidio el puesto, papá, porque eso será a cada momento.

—No creas que tanto, que ella también está más suave, con eso que sabe que ahora no me callo ni una.

—Papá, me alegro mucho por ti. Ahora ya solo te falta colocar a Tony, aunque eso ya es más difícil.

—No creas, hija, que le he dado un ultimátum también.

—¿Qué dices, papá? Mira, que al final me vas a alegrar el día de mierda que llevo.

—¿Sí, cariño? Pues le he dicho que, si en un par de meses no tiene algún currillo con el que pagarse la moto, que
la pongo a la venta y punto.

—¡Ole y ole! ¡Ese es mi padre!

—Pues que no se te olvide, cariño, que ahí estaré también para mi nieto.

—Gracias, papá, para mí es muy importante que me lo digas. Pero eso sí, a este niño lo tengo que sacar adelante
yo…

—Y no te digo que no, pero que su abuelo va a estar ahí para todo lo que pueda hacer falta, que mientras tenga
estas dos manos para seguir trabajando…

Me enseñó las palmas y volvieron a caérseme dos lagrimones. Mi padre ya tenía una edad y los callos de sus
manos indicaban lo mucho que había trabajado y lo que seguía haciéndolo.

—Gracias, papá. Lo que sí admitiré es ayuda para llevarlo al parque y esas cosas, de eso no te vas a librar.

—Es que, si me libro de eso, me muero de pena, Vania.


go que plantar cara,
Capítulo 3

Cada día era vivir en el trabajo la misma pesadilla…

Paloma y Linda se pasaban media mañana cuchicheando y mirando por Internet todo tipo de cuestiones
relacionadas con la boda. Y, a poco que una de nosotras apareciera por allí para preguntar cualquier cosa, se
llevaba un buen grito.

—A mí es que la pamplinosa esta me tiene hasta el moño. Ya lo único que le faltaba era su amiguita—se quejó
Eva.

—Y que lo digas, las dos cortadas por la misma tijera—añadió Patri.

—Eso será porque compartan el mismo cirujano, qué asco de dos—murmuró Ana.

Yo empujaba mi carrito y lo cierto es que ni ganas tuve de decir nada al respecto. Lo mío en aquella empresa eran
habas contadas y prefería dejar correr un tupido velo ante tanta anormalidad como allí se acumulaba.

Aquella mañana se nos cruzó Héctor en el pasillo con paso acelerado.

—Chicas, voy a necesitar que hagáis un esfuerzo extra, los de la productora han terminado un trabajo antes de
tiempo y me acaban de anunciar que se pasarán por aquí en un rato.

—¿En un rato? Pues vamos a darle entre todas una buena pasada al hall, chicas—nos instó Patri.

—Perdona, Vania, ¿estás bien? —me preguntó Héctor porque me eché mano a la cintura.

—Perfectamente, gracias—le contesté en el más seco de los tonos. —Chicas, vamos que tenemos faena.

Resoplé y seguí andando porque no sabría decir si me dolió más el hablar con él o la cintura, ya que tenía una
lumbalgia considerable.

Me había levantado con un dolor que para qué y es que estuve leyendo que era muy propio de las embarazadas.

—¡Venga, venga! ¿Ya os habéis enterado? A fregar todas, que aquí cada una tiene que cumplir con su cometido—
nos ordenó Paloma en cuanto aparecimos por el hall.

En otro momento le habría contestado, pero en ese no tenía ganas ni de mirarme, por lo que pasé de ella como de
oler mierda.

—Oye, las he visto más ágiles, ¿eh? —me increpó en cuanto vio que tenía dificultades.

—Y yo he visto bajas médicas por mucho menos de lo que me duele a mí, de manera que ahora mismo me quito
el uniforme y ya estoy en la mutua.

—Ah, perdona, no lo sabía. Es que, chica, está una tan ocupada con la boda y ahora también con lo del spot… Es
que no sé cómo voy a ser protagonista de tantas cosas a la vez, por mucho que yo esté acostumbrada a estar en el
candelero, tú ya me entiendes.

—No, yo no te entiendo porque no tengo nada que ver contigo, a Dios gracias, y ahora si te quitas… que la carne
de burro no es transparente.

—Qué ganas te tengo, niña, qué ganas… El día que te ponga de patitas en la calle me voy a pillar una borrachera
para celebrarlo.
uella empresa eran

—Lo mismo te doy esa satisfacción y me voy yo antes, ¿quién sabe?

—¿Tú antes? Ojalá, pero no lo creo, ¿dónde se supone que irías? O es que has encontrado por fin a un tonto que te
mantenga.

—No, perdona, yo no soy así, yo me mantengo solita. En la vida me escudaría detrás de nadie como tú para cobrar
un sueldo, iba a decir por tu cara bonita, pero sería un chiste, porque de bonita tienes tú lo que yo de alemana.
lumbalgia considerable.

Me había levantado con un dolor que para qué y es que estuve leyendo que era muy propio de las embarazadas.

—¡Venga, venga! ¿Ya os habéis enterado? A fregar todas, que aquí cada una tiene que cumplir con su cometido—
nos ordenó Paloma en cuanto aparecimos por el hall.

En otro momento le habría contestado, pero en ese no tenía ganas ni de mirarme, por lo que pasé de ella como de
oler mierda.

—Oye, las he visto más ágiles, ¿eh? —me increpó en cuanto vio que tenía dificultades.

—Y yo he visto bajas médicas por mucho menos de lo que me duele a mí, de manera que ahora mismo me quito
el uniforme y ya estoy en la mutua.

—Ah, perdona, no lo sabía. Es que, chica, está una tan ocupada con la boda y ahora también con lo del spot… Es
que no sé cómo voy a ser protagonista de tantas cosas a la vez, por mucho que yo esté acostumbrada a estar en el
candelero, tú ya me entiendes.

—No, yo no te entiendo porque no tengo nada que ver contigo, a Dios gracias, y ahora si te quitas… que la carne
de burro no es transparente.

—Qué ganas te tengo, niña, qué ganas… El día que te ponga de patitas en la calle me voy a pillar una borrachera
para celebrarlo.

—Lo mismo te doy esa satisfacción y me voy yo antes, ¿quién sabe?

—¿Tú antes? Ojalá, pero no lo creo, ¿dónde se supone que irías? O es que has encontrado por fin a un tonto que te
mantenga.

—No, perdona, yo no soy así, yo me mantengo solita. En la vida me escudaría detrás de nadie como tú para cobrar
un sueldo, iba a decir por tu cara bonita, pero sería un chiste, porque de bonita tienes tú lo que yo de alemana.
Capítulo 4

Con el enganchón que habíamos tenido el día anterior, ya sabía yo que me estaría esperando para dármela mortal
ese día.

—Tú, ¿no podrías repasar los cristales? Porque no los veo del todo limpios.

—Pero eso es por tus problemas de vista, ya lo hemos hablado alguna vez. Si no quieres ponerte gafas tampoco
hace falta, existen unas cosas llamadas lentillas que te pueden solucionar la papeleta la mar de bien.

—Chitón, que hoy no quiero gresca, hoy vuelven los de la productora y tengo que estar muy tranquila y relajada,
para que se me refleje en el rostro.

—¿Te traigo una infusión, preciosa? —le preguntó la pelotera de Linda, que esa tampoco hacía honor a su
nombre, pues era más fea que un pie.

—Sí, por favor, tráeme una de lavanda, que necesito relajarme.

Lo que había que oír, con los polvazos que echaba su novio y que la chalada aquella tuviera que relajarse con
lavanda, qué mal repartido estaba el mundo.

En cuanto a mí, la lumbalgia había por suerte remitido un poco, aunque todavía se negaba a abandonarme por
completo. Se veía que me había cogido cariño.

Me volví a cruzar con Héctor y él aprovechó para preguntarme.

—Vania, ¿estás bien? Sé que me vas a decir que sí, pero creo que no.

—Pues si sabes que te voy a decir que sí, ¿para qué me preguntas? Estoy estupendamente, muchas gracias.
Volví a poner esa cara de póker que ahora tanto le desconcertaba a él y seguí con mi carro, yéndome con la
música a otra parte. Y nunca mejor dicho.

Había que joderse con la sensibilidad. La cosa no podía quedar en que me doliera la cintura y tuviera ganas de
devorar chocolatinas a todas las horas del día, no. También tenía la sensibilidad a flor de piel y cualquier letra un
poco intensa me hacía llorar a moco tendido.

A media mañana llegaron los de la productora, haciendo un despliegue de medios tremendo, pues llenaron el hall
con tal cantidad de cachivaches que parecía que allí fueran a rodar una nueva entrega de Harry Potter.

Lo único es que no había varitas mágicas con las que hacer desaparecer a aquellas dos, pero las cosas siempre
pueden empeorar y yo estaba a un tris de comprobarlo.

—Palomita, cielo, ya estoy aquí para brindarte mi apoyo en un día tan importante.

—Amelia, qué ganas tenía de verte aparecer, ya sabes que te necesito en todos los momentos especiales de mi
vida.

Pues nada, que se la llevaran de luna de miel y la metieran en la cama entre ambos. Total, que para la marcha que
debían tener esos dos juntos, mejor.

—Pues ya estoy aquí, cariño, deseando ver cómo te quiere la cámara.

Y yo también estaba deseando verlo, más que nada porque despertaba mi curiosidad saber si alguien más aparte de
ella la quería. Amelia era la única que parecía adorar a aquella bruja, pero es que entre ellas debían entenderse.

—Es que me hace tantísima ilusión, ains, voy a salir por la tele, en Internet, ¡si hasta estaré en las marquesinas de
los autobuses!

—Y guapísima, estarás guapísima. No han podido escoger una carita mejor para eso, vas a triunfar.

—Sí, como la Coca-Cola, no te fastidia—murmuré, no lo pude evitar, no había lumbalgia que pudiera contener mi
lengua.

—Paloma, ¿es posible que esta siga trabajando aquí? Corazón, ya es hora de hacer limpieza en esta empresa.

—Y para eso estoy yo aquí, señora, para hacer limpieza. Si quiere le doy un fregonazo en los morros, lo que pasa
es que le quitaría los dos kilos de gloss labial que lleva en ellos.
—¿Un fregonazo tú a mí? Las cosas están llegando muy lejos, pero ya está más cerca el día en que te perdamos de
vista definitivamente. Si mi hijo no fuera tan tonto, qué poquito tiene que ver conmigo…

Carraspeé con guasa, porque era más que lógico que su hijo y ella se parecieran como un huevo a una castaña,
puesto que no lo era.

—Normal—le solté después del sospechoso carraspeo.

Un tanto azorada, miró para otro lado y soltó una de las suyas.

—Tú no te preocupes, Palomita, no sabes lo afortunadas que somos al no tener nada que ver con esta chusma.

La primera puede que no, pero ella, que oficialmente era la madre de Héctor, tenía más que ver conmigo de lo que
pensaba, algo que me callé, por supuesto. Si le hubiera soltado la bomba allí mismo, le habría dado un infarto de
miocardio.

Los de la productora llegaron y eso fue el colmo de los colmos, porque ella se mostró todavía mucho más tonta de
lo que era, que ya es decir, pavoneándose allí como si fuera una especie de Natalie Portman de la vida y debiendo
pensar eso, que había nacido para que los focos la quisieran, cuando lo cierto es que daba en cámara como un tiro
de mierda.

—Lo siento, pero no lo veo, Paloma, es que no lo veo—le dijo Daniel, el director.

uien más aparte de—¿Qué es lo que no ves? Porque no lo entiendo, lo estoy haciendo lo más natural posible.

—Ya, pero no. Tú lo llamas naturalidad y no te digo que no te estés esforzando, pero yo lo veo como metido con
un calzador. No me gusta.

—¿Qué dices? Pero si he venido peinada así como de un modo más desenfadado y con un aire casual en mi look.

Eso diría ella, pero el aire casual no se veía por ningún lado, ni por casualidad, haciendo un juego de palabras.
udiera contener mi
—Paloma, no lo voy a discutir. No sé qué es exactamente lo que falla, pero alga falla. Y yo, cuando no veo las
cosas, no las veo y punto.

—Muy bonito, ¿y ahora qué hacemos? Porque tú no lo ves y yo tendré que ponerme a ensayar, cambiar mi
estilo… esto no es lo hablado.

—No, no, no lo es. Tú te empeñaste en protagonizar este spot y yo te dije que veríamos qué tal dabas en cámara,
que te perdamos de pero siento comunicarte que no das bien.

—Amelia, ¿tú lo estás escuchando? Dile algo, por favor, dile algo.

—Es que yo me estoy quedando alucinada, como decís ahora, con lo bien que te veo. Es que, si a mí me intenta
vender un piso una chica como tú, me compro tres y el ático, pero si este señor no lo ve, pues qué le hago—
resopló.

—¡No puede ser y no puede ser! El spot lo tengo que protagonizar yo y punto.

—Lo siento, Paloma, no voy a discutir este tema contigo y mucho menos con la actitud infantil que estás
tomando.
conmigo de lo que
—¿Qué yo estoy tomando una actitud infantil? Amelia, ¿tú lo estás escuchando?

—Sí, bonita, se creerá Spielberg.


ucho más tonta de
—No, señora, no soy Spielberg, pero tampoco el Santo Jobs para tener tanta paciencia, así que le agradecería que
respetara mi criterio.

—¿Se puede saber qué está pasando aquí? —nos preguntó Héctor cuando apareció, pues el jaleo debía escucharse
hasta en su despacho.

—El director este de pacotilla, que dice que yo no doy bien en cámara, amor.

—Mira, Paloma, no voy a consentirte que hables así a nadie más en esta empresa, creí que te había quedado claro.

—Y a mí lo que me ha quedado claro es que cojo los bártulos y me voy con mi equipo, que aquí no me siento
valorado. Gracias, Héctor, ya hablaremos.

—Lo siento, Daniel, te pediría que te quedaras, esto no volverá a suceder.

—Ya lo supongo, solo faltaba que me pusieran más a caldo, pero es que no veo la solución. No quiero a Paloma
en el spot y no sé quién…

Yo miraba la escena desde lejos, que ganas me daban de ir a por un buen paquetón de pipas, cuando Daniel se fijó
en mí.

—Oye, guapa, ¿podrías acercarte?


—¿Yo? —le pregunté un tanto extrañada porque no veía en qué podría ayudarle.

—Sí, sí, tú, ¿cómo te llamas?

—Vania, me llamo Vania.

—Vania, qué nombre tan bonito. Bueno, como lo eres tú, ¿te importaría si te hiciera una prueba?

—¿Una prueba a mí? Pero si estoy aquí con el mocho y con el uniforme de trabajo.

—¡Lo que me faltaba! —resopló Paloma y Amelia le cogió la mano para intentar tranquilizarla.

—Eso da igual, solo es una prueba. Si sale bien, ya tengo pensado un estilismo perfecto para ti y ese sí que será
casual y le llegará a la gente. Vamos a ver lo que sabes hacer.

—Eso digo yo, ¿qué tengo que hacer?

—Pues mira, tú vienes andando desde allí y haces como que miras un cartel. La idea es que muestres la imagen de
una mujer moderna e independiente a quien le llama la atención un complejo residencial así, fresco y dinámico.
o debía escucharse

—Vale, vale, yo hago lo que tú me digas, pero que no tengo ni idea de estas cosas.

—Ni falta que te hace, la cámara te quiere, lo veo claro. Yo de esto entiendo.

bía quedado claro.


—Ya, ya, supongo. Si no entiendes tú…

Daniel se volvió hacia Héctor y le preguntó.

—Estás de acuerdo, ¿verdad? Confía en mí, tengo un pálpito, ella lo va a bordar.

—Claro, me parece una elección estupenda, adelante.

Si las miradas mataran, Héctor se habría caído fulminado en ese instante, porque la que le dedicó Paloma fue de lo
más significativa. Él la esquivó, como si tal cosa, y siguió hablando con nosotros.
ando Daniel se fijó

—¿A ti te parece bien, Vania?


—A mí plin, pero que si este hombre lo quiere intentar.

—Ok, haz la prueba y, si sale bien, hablaremos de las condiciones.

—¿Cómo de las condiciones? Que yo esto lo hago por ayudar a la empresa.

—No, no, esto es un trabajo que se remunera aparte, faltaría más.

Me eché una cremallerita en la boca porque entendí que, si la Barbie ensiliconada iba a cobrar por aquello, yo no
era menos.

—Bueno, bueno, primero vamos a intentarlo.


Salí andando como si tal cosa.

—Vania, muy bien, así como si estuvieras paseando por tu barrio y de repente vieras un cartel…—apuntó Daniel.

—Este no sabe lo que dice, Amelia, si esta paseara por su barrio, tendría que cogerse fuerte el bolso, que allí los
tirones deben estar a la orden del día.
estres la imagen de
—Paloma, no sé qué parte de que estamos trabajando no has entendido. Si vas a seguir hablando, te rogaría que te
marcharas—Daniel estaba ya más que harto de ella.

—No, no, yo me quedo.

—Pues entonces te callas, por favor.

Comencé a andar de nuevo como si nada, evadiéndome e ignorando que todos los ojos estaban puestos en mí…

—¡Perfecto! Tú sí que vales, niña, eres justo lo que estaba buscando—me aseguró Daniel.

—¿Qué dices? ¿En serio? Pero si es muy fácil, yo no he tenido que hacer nada especial.

—Ni falta que ha hecho, guapa. Eres justo lo que estaba buscando, qué andares tan naturales, que desparpajo, qué
ó Paloma fue de lo salero…

El rostro de Paloma se descompuso y mucho más todavía cuando vio que Héctor se dirigía a mí.

—Enhorabuena, Vania, habemus rostro de la empresa.


—¿Habemus le has dicho? Vamos, Héctor, no esperarás que esta ignorante conozca ese tipo de expresión tan
culta.

—Pues va a ser que sí, que es un latinajo de esos que se dicen cuando hay nuevo Papa. Y, por cierto, hablando de
papas, yo me sacaría la que tienes en la boca. Solo es una recomendación, ¿eh? Que tú puedes hacer lo que quieras
—le aclaré.

Daniel, sin más, se carcajeó y Héctor, un tanto contagiado, casi se echa a reír también, pero pudo evitarlo en el
último momento.

—Vania, rodamos la semana que viene, ¿estarás preparada? —me preguntó.

—Claro que sí, Daniel, el día que me digas.

—Entonces solo falta que revisemos las condiciones del contrato. Acompáñame a mi despacho, Vania, por favor.

—¿Te vas con esta a tu despacho? Pues yo también voy, Héctor.

o, te rogaría que te —No, Paloma, ya tengo bastante dolor de cabeza por hoy, ¿por qué no te vas con mi madre y te tomas algo que te
relaje un poquito?

Se quedó, como suele decirse, con toda la cara partida. Sin duda que se lo merecía, por lo que le acompañé a su
despacho disfrutando el que chinchara.

—¿Cómo estás, Vania? Pero ¿cómo estás de verdad? —me preguntó en cuanto cerró la puerta y nos quedamos
solos.

—Ah, no, no, esto sí que no te lo voy a consentir. Vamos, que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid
quieras entrar en temas personales, como que no me da la gana. Vaya, es que no tienes ningún derecho.

—Lo sé, lo sé. Perdóname, solo es que echo mucho de menos hablar contigo.

—Ya, será, eso y no otras cosas las que eches de menos.

—También, sería un hipócrita si lo negase. Pero, lo creas o no, lo que más echo de menos es eso, charlar, que nos
riamos juntos…

—No me hagas hablar, Héctor, que después la bocazas soy yo. ¿Me vas a contar lo del contrato ese o giro sobre
mis talones y me esfumo?

—No, por favor, no te vayas.

Ya estaba yo echando cuentas mentalmente. Si se estiraban y me pagaban unos mil eurillos, me daría para
acer lo que quieras comprar el carrito del bebé y otras muchas cositas de primera puesta que necesitaría.

Qué extraño se me hacía estar delante de él, pensando en todo lo concerniente a nuestro hijo y sin que tuviera
pajolera idea.

—Pues dime, ¿en qué consiste el tema?

—Te cuento; tendrías que grabar el spot y también posar para toda la publicidad que insertemos en Internet, así
como en espacios físicos del tipo de las marquesinas de los autobuses o vallas publicitarias.

—¿Qué dices? ¿Así que voy a estar sentada esperando el bus y me voy a ver ahí todo el careto, igual que los
buenorros de los anuncios de colonias?

—Eso parece. El presupuesto inicial para pagar a la persona que prestara su imagen a la campaña es de veinte mil
euros, pero si lo ves poco, siempre podríamos negociarlo al alza.

Tragué saliva con tantas ganas que terminó yéndoseme por mal camino y empecé a toser como una loca.

—¿Estás bien, Vania? Espera, que te traigo un poco de agua.

Enseguida vino con un vaso, porque ya se había instalado en el antiguo despacho de su padre y allí es que no
faltaba un detalle.

—¿Veinte mil euros has dicho?

—Sí, eso he dicho, ¿te parece poco? No hay problema, lo entiendo. Mira…

—¿Qué dices de poco? Me parece una fortuna. Oye, que estas cosas no se dicen así, por las buenas, esto hay que
ir soltándolo poco a poco.

—Vania, a mí me alegra que estés tan contenta, pero no es una fortuna, es una tarifa normal por este tipo de
trabajo.

—Pues se ve que, de eso, de trabajo, me he equivocado yo, porque anda que no tengo que fregar nada para ganar
veinte mil euros. Y eso ahora, que antes me salía mucho menos a cuenta la hora.

—Entonces, ¿lo vas a firmar o quieres que lo vea un abogado?

—¿Un abogado? ¿Tú te crees que yo soy como tú y que tengo un abogado al otro del teléfono cada vez que lo
levante? No, mira, yo abogado solo conozco a un primo de Marta, que es de la parte pijilla de su familia, y pare
usted de contar. No hay más abogados que valgan.

—Pues entonces, si confías en mí, te garantizo que es un buen contrato.

—Lo firmaré, también me lo parece y tonta del todo no soy. Pero…

—Dime el “pero”, anda, que lo estás deseando soltar.

—Pero no confío en ti, no te confundas, que me dan mucho coraje las confusiones…

—Vania, yo nunca pretendí hacerte daño, eso te lo puedo prometer.

—Y yo te puedo prometer que me lo has hecho. Y ahora, si no tienes nada más que decirme sobre este tema y
únicamente sobre este tema, me voy.

—Espera, que te explico cómo va lo del pago y demás…


veinte mil euros. Y eso ahora, que antes me salía mucho menos a cuenta la hora.

—Entonces, ¿lo vas a firmar o quieres que lo vea un abogado?

—¿Un abogado? ¿Tú te crees que yo soy como tú y que tengo un abogado al otro del teléfono cada vez que lo
levante? No, mira, yo abogado solo conozco a un primo de Marta, que es de la parte pijilla de su familia, y pare
usted de contar. No hay más abogados que valgan.

—Pues entonces, si confías en mí, te garantizo que es un buen contrato.

—Lo firmaré, también me lo parece y tonta del todo no soy. Pero…

—Dime el “pero”, anda, que lo estás deseando soltar.

—Pero no confío en ti, no te confundas, que me dan mucho coraje las confusiones…

—Vania, yo nunca pretendí hacerte daño, eso te lo puedo prometer.

—Y yo te puedo prometer que me lo has hecho. Y ahora, si no tienes nada más que decirme sobre este tema y
únicamente sobre este tema, me voy.

—Espera, que te explico cómo va lo del pago y demás…


Capítulo 5

—¿Diez mil euros ahora y diez mil a la finalización del contrato? Yo es que te juro que me caigo muerta, pero
muerta—Marta no daba crédito.

—Sí, ¿es o no es una pasada? Es como si me hubiese tocado la lotería, es una jodida lotería, ¿no?

—Claro, cariño, va a ser eso que dicen de que los niños traen un pan debajo del brazo. Pues yo creo que el tuyo
trae una telera de esas de pan de campo completo. Puñetas qué bien lo cobra alguna gente.

—Sí, para mí que tú y yo hemos sido unas pringadas, ya podíamos haber picado más alto.

—Visto así, desde luego. Pero bueno, que yo lo doy todo por bien empleado con tal de haber conocido a mi
Agustín.

—Ay, mi niña, que está loca con su feíto.

—Tú, ríete, pero loca, loca…

—Oye, a ver si se quiere casar en dos días y me deja sin compañera de piso.

—No, tonti, que tampoco es eso. Agustín es de los que piensa que las cosas de palacio van despacio, no tenemos
prisa.

—Menos mal, porque ahora te voy a necesitar más que nunca.

—Y aquí me tendrás, la tita Marta estará para todo, ya lo verás.

—La tita Marta y la madrina Marta, porque tú sabrás que vas a ser la madrina de mi bebé.
—Ay, ¿qué dices? Boba, que me vas a hacer llorar, ¿eso lo has pensado bien?

—Pues claro que no lo he pensado bien, es que no me hace falta. Eso es algo que está de cajón, madrina Marta,
¿quién mejor?

—Ay, que te voy a comer hasta las entretelas…A ese niño no le va a faltar de nada, eso tenlo por seguro.

—Lo sé, cariño. Además, esa cuestión me preocupa ahora menos, que voy a tener un buen colchoncito de dinero.

—Y dicen que no da la felicidad, vale, pero ayuda a comprarla, qué alegría, ¿qué piensas hacer con él?

—Pues comprarle a mi niño todo lo que necesite y respirar tranquila cuando me quiera marchar de la empresa,
porque yo me largo de allí antes de que Héctor se entere.

—¿Sigues en tus trece de no decirle nada?

—¿A Héctor? Antes me enrollo la lengua como un caracol que decirle nada, no se lo ha creído ni él.

—Mira que eres burra. ¿Y no has pensado en que podrías jugar tus cartas?

—No y no, no vayas por ahí que trepo.

—Tú trepa todo lo que quieras, pero que, si fuera Paloma la que tuviera un as en la manga como tú, segurito que
no lo haría valer ni nada, que a veces pienso que eres más tonta…

—Más tonta que Pichote, ¿no?

—Pues sí, canija, sí, ¿qué quieres que te diga?

—Pues mira, nada, no me digas nada. Prefiero que me acompañes a ver tiendas un día de estos.

—¿Tiendas? Es verdad, que hace un tiempecito que no vamos a comprarnos trapitos.

—No, esas tiendas. Bueno tú, sí, que estás en plena efervescencia con tu Agustín, pero yo lo que quiero son ver
tiendas de puericultura.

—¿Sí? ¿Vamos a mirar ya cosas para la niña?


—¿Cómo que para la niña? ¿Y quién te ha dicho a ti que va a ser una niña?

—Nadie, ni falta que me hace. Yo es que te miro y tienes cara de mami de niña, eso es todo.

—¿Eso es todo? Ole ahí la catedrática de ginecología.

—Ríete, pero va a ser una niña. Ya lo estoy viendo, cuando crezca un poco y sea igual de coqueta que su mami y
le pida a su madrina que le pinte las uñas…

—No le vayas a pintar las uñas a la niña, ¿eh? Que todavía la tendremos tú y yo.

—¿Y eso por qué? Que su madrina le va a dar todos los caprichos y te callarás, o no me hubieras escogido a mí.

—Ay, madre, ¡qué cruz!

—Sí, mucha cruz, pero estarás encantada. Oye, la tendrás que poner contigo en tu dormitorio, porque más no hay.

—Ya, jodida, que a ti se te dieron siempre mejor las matemáticas, pero hasta ahí sé contar.

—Ah, bueno, yo por si las moscas, ¿qué quieres ir a ver?

—Muchas cositas, pero, sobre todo, un moisés precioso que le voy a comprar, de esos de revista.

—¿Un moisés? No sé, Vania, yo tengo entendido que son poco prácticos, porque enseguida se les quedan
pequeños y hay que comprar también una cuna, ¿no lo has pensado?

—Sí, ¿y? Mira, Marta, para un capricho que me quiero dar en la vida, pues eso… Verás, yo siempre me imaginé
siendo madre con el hombre de mis sueños al lado, mimándome, queriéndome, haciendo juntos los planes… ¿Y
qué tengo? Un mojón pinchado en un palo, eso es lo que tengo. Pues al menos, dado que ahora voy a tener un
colchoncito, me daré el capricho de comprarme el moisés, ¿o es que no tengo derecho? —Ya empezaron las
lágrimas a rodar otra vez por mis mejillas, ¡qué manía habían cogido!
—¿Cómo que para la niña? ¿Y quién te ha dicho a ti que va a ser una niña?

—Nadie, ni falta que me hace. Yo es que te miro y tienes cara de mami de niña, eso es todo.

—¿Eso es todo? Ole ahí la catedrática de ginecología.

—Ríete, pero va a ser una niña. Ya lo estoy viendo, cuando crezca un poco y sea igual de coqueta que su mami y
le pida a su madrina que le pinte las uñas…

—No le vayas a pintar las uñas a la niña, ¿eh? Que todavía la tendremos tú y yo.

—¿Y eso por qué? Que su madrina le va a dar todos los caprichos y te callarás, o no me hubieras escogido a mí.

—Ay, madre, ¡qué cruz!

—Sí, mucha cruz, pero estarás encantada. Oye, la tendrás que poner contigo en tu dormitorio, porque más no hay.

—Ya, jodida, que a ti se te dieron siempre mejor las matemáticas, pero hasta ahí sé contar.

—Ah, bueno, yo por si las moscas, ¿qué quieres ir a ver?

—Muchas cositas, pero, sobre todo, un moisés precioso que le voy a comprar, de esos de revista.

—¿Un moisés? No sé, Vania, yo tengo entendido que son poco prácticos, porque enseguida se les quedan
pequeños y hay que comprar también una cuna, ¿no lo has pensado?

—Sí, ¿y? Mira, Marta, para un capricho que me quiero dar en la vida, pues eso… Verás, yo siempre me imaginé
siendo madre con el hombre de mis sueños al lado, mimándome, queriéndome, haciendo juntos los planes… ¿Y
qué tengo? Un mojón pinchado en un palo, eso es lo que tengo. Pues al menos, dado que ahora voy a tener un
colchoncito, me daré el capricho de comprarme el moisés, ¿o es que no tengo derecho? —Ya empezaron las
lágrimas a rodar otra vez por mis mejillas, ¡qué manía habían cogido!
Capítulo 6

Fue la misma Marta quien me acompañó aquella tarde a la primera revisión del ginecólogo.

—Pues bien, mira, ya tiene latido, ¿lo escuchas, Vania?

Claudia, la joven ginecóloga que me atendería durante todo el embarazo, era una de esas personas entusiastas que
hizo la ecografía de lo más amena.

En su consulta viví momentos muy emotivos y, aunque pasara de reconocerlo, eché una barbaridad de menos que
estuviera Héctor. En su lugar, fue Marta quien me dio la mano y todos los ánimos del mundo.

—Es una preciosidad, mira qué cosita, Vania, es tu hija

—me dijo mi amiga.

—Perdona, pero todavía no puedo afirmar cuál es el sexo del bebé, para eso tenemos que esperar a los tres meses
—le aclaró Claudia.

—Ah, ni falta que hace, yo sé que es una niña.

—¿De veras? Pues mira que yo soy ginecóloga y todavía no podría decir nada al respecto, ¿sois pareja? —nos
preguntó.

—¿Pareja esta petarda y yo? No, qué va, bastante tengo con aguantarla todo el día en casa, somos amigas y
compañeras de piso.

—Ah, vale, es que he visto padres menos entusiasmados que tú…

—Ya, es que yo voy a ser la madrina y no puedo estar más contenta.


—Me alegro mucho.

—¿Podré acompañarla también a las clases de preparación al parto? —le preguntó y, entre eso, y los latidos del
corazón del bebé que acababa de escuchar, abrí de nuevo las compuertas de mis ojos y, ¡barra libre!

—Claro que sí, mujer, y tú no llores, ¿por qué lloras?

—Por un montón de cosas, Claudia, por un montón de cosas…

Estaba viviendo sentimientos de lo más encontrados y no sabría lo que hacer sin mi amiga del alma, que no me
soltaba de la mano en ningún momento.

—Quiero merendar porras con chocolate, eso es lo que quiero—le pedí al salir.

—¿Porras con chocolate? Madre mía, ¿no se te ocurre nada más pesado ni indigesto? Vania, que te pueden entrar
ardentías…

—Ardentías me van a entrar si no me las como, que no sabes lo que me apetecen.

—Menos mal que tienes una constitución inmejorable porque otra se habría puesto como una foca con lo que tú te
estás zampando.

—Una foca me comía yo después de las porras, con el hambre que tengo.

—Sí, sí, el clásico potaje de foca. Madre mía, que se te está yendo la chota. Oye, ¿y cuándo empiezas con las fotos
y la grabación?

—El lunes ya. Este fin de semana tengo que ensayar poses y eso, ¿me ayudarás?

—Claro que sí, mujer, que me hace ilusión tener a una actriz en casa.

—Sí, sí, lo siguiente será que me llame Almodóvar.

—Entonces sí que se muere mi madre, porque ya sabes que está loquita por Antonio Banderas.

—Oye, ¿y cómo lleva tu madre lo del síndrome ese del nido vacío?
—Anda, mujer, que ha adoptado a un gato chiquitito. Se llama Nico y ahora es a él a quien le pone hora de
acostarse, ¿es o no un cachondeo?

—Lo es, lo es…

—Oye, ¿y qué sabes de tu hermano Tony?

—Pues no te lo vas a creer, que ayer me llamó mi padre por teléfono y me dijo que Rafa, el de la hamburguesería,
lo ha cogido para los repartos.

—¿Tu padre ha logrado que Tony mueva el culo? Es como un milagro, te digo que como un milagro.

—Yo también lo pienso y encima dice que mi madre está más calladita que en misa.

—Oye, que ya sé que me vas a echar la bronca por meterme donde no debo, pero ¿cuándo se lo vas a contar a
ella?

—Es que me da una pereza que no te la puedes imaginar.

—Ya lo sé, Vania, pero no es plan de que te llegue la barriga a la boca y la mujer ni sepa que va a ser abuela.
ca con lo que tú te
—Para lo que le va a importar…

—No seas injusta, chica, que María Jesús no es que sea una santa, pero quererte te quiere.

piezas con las fotos —Sí, siempre me ha querido, me ha querido dar por saco y tú lo sabes mejor que nadie. Si fuera un hijo de Tony,
otro gallo cantaría, pero conmigo seguro que todo son pegas y me quiere someter a un interrogatorio. Y yo no
estoy para eso.

—Si no pruebas, no podrás saberlo. Lo mismo ella también está cambiando y te da una sorpresa.

—O lo mismo lo que me da son dos chillidos y la tenemos del todo.

—Yo podría acompañarte si quieres.

—¿Ahora? No, no, yo ahora me voy a comer mi buena ración de porritas, ya te lo he dicho.

—Y luego aprovechamos que tenemos la ecografía calentita todavía, como aquel que dice, y se la llevamos.
—Y dale Perico al torno, tú no pares.

Me convenció. No sé cómo lo hizo, pero me convenció. Y una horita más tarde estaba delante de mi madre sin
saber qué contarle.

—Vania, que yo estoy muy contenta de que vengas a verme, hija, pero que parece que tienes el baile de San Vito
a hamburguesería, en las piernas, ¿quieres parar?

—Mamá, es que estoy embarazada, ya lo he dicho.

—¿Embarazada?

—Sí, mamá, embarazada y no quiero tonterías. El niño no tiene padre, no al menos oficial y no pienso responder a
ninguna pregunta más.

Mi madre se quedó muy seria, aunque yo también fui de lo más borde.

—¿Tampoco vas a contestarme si tienes algún antojo? No vives nada lejos, cariño, yo podría llevarte algún táper.
Tengo más tiempo que tú.

Me quedé paralizada. Hay veces en la vida que esperas una reacción determinada por parte de alguien y te
encuentras con otra.

—Bueno mamá, unos buenos fideos con gambas sí que me comía yo un día de estos…
—Y dale Perico al torno, tú no pares.

Me convenció. No sé cómo lo hizo, pero me convenció. Y una horita más tarde estaba delante de mi madre sin
saber qué contarle.

—Vania, que yo estoy muy contenta de que vengas a verme, hija, pero que parece que tienes el baile de San Vito
en las piernas, ¿quieres parar?

—Mamá, es que estoy embarazada, ya lo he dicho.

—¿Embarazada?

—Sí, mamá, embarazada y no quiero tonterías. El niño no tiene padre, no al menos oficial y no pienso responder a
ninguna pregunta más.

Mi madre se quedó muy seria, aunque yo también fui de lo más borde.

—¿Tampoco vas a contestarme si tienes algún antojo? No vives nada lejos, cariño, yo podría llevarte algún táper.
Tengo más tiempo que tú.

Me quedé paralizada. Hay veces en la vida que esperas una reacción determinada por parte de alguien y te
encuentras con otra.

—Bueno mamá, unos buenos fideos con gambas sí que me comía yo un día de estos…
Capítulo 7

—Ideal, Vania, te ves ideal con ese conjunto. Chica, si pareces una modelo de esas del Oysho—me dijo Daniel
cuando me probé la ropa que había seleccionado para mí.

—La verdad es que sí, Vania, tienes el guapo subido—añadió Andy, que merodeaba por allí.

—Divina, está divina de la muerte, ¿cuánto se supone que va a durar el reportaje? Porque esto es una constructora,
os lo recuerdo.

—Vamos a ver, Paloma, ¿ya estás poniendo pegas? —A Héctor parecía que había un enano que iba a buscarlo
cuando se liaba, porque su aparición era siempre de lo más oportuna.

—Pegas, no, es que aquí tenemos que seguir trabajando, ¿no es así, Linda?

La otra, que se había convertido en su perrita faldera oficial, asintió con la cabeza.

—Claro, es que tenemos muchas cosas que hacer por aquí.

—Pues será el único día—apuntilló Héctor, que cada vez parecía más agobiado con las cosas de aquellas dos.

—No, Héctor, es que aquí no estamos para perder el tiempo. Que le haga dos o tres fotos y que escoja—Volvió
Paloma a la carga.

—Vamos a ver, ¿tú te has creído que estamos en un fotomatón o qué? —le preguntó Daniel, a quien ya le estaba
hinchando lo que venía siendo todas las narices.

—Oye, Héctor, ¿es que vas a dejar que este me hable también así?

—Este se llama Daniel y ella es Vania, no sé por qué tienes esa manía de dirigirte así a todo el mundo. Y lo único
que te digo es que, si fueras tú la que estuvieras posando, todo el tiempo te parecería poco, Paloma. Así que no
quiero escuchar ni una palabra más al respecto.

Héctor se lo dijo alto y claro. Daniel era de los míos, porque hasta aplaudió y yo me limité a dedicarle una
sonrisita. Por su parte, Paloma se quitó de en medio y nos dejó trabajar, por lo que puedo afirmar que disfruté
mucho, ya que estaba con un gran profesional que me dio las mejores instrucciones.

—Vania, tengo unas instantáneas preciosas, pero preciosas, ¿tú estás segura de que no has trabajado nunca de
esto?

—¿De modelo? Claro, si yo fuera modelo iba a estar todo el día dándole al carrito, venga ya.

—Es que podrías darle clases a muchas que conozco y que se lo tienen la mar de creído. No sabes lo contento que
voy, las fotos van a quedar genial. Y recuerda que mañana grabamos al aire libre.

—Sí, sí, que ya ese será otro cantar. Porque posar es más fácil, pero lo otro ya es actuar, con su frase y todo, estoy
s una constructora,
de los nervios.

—Tú solo tienes que hacerlo como el otro día y te digo que lo tendremos en un periquete, es que parece que has
nacido para esto, niña.

Héctor se acercó, una vez que fui a entrar en los vestuarios, para darme la enhorabuena.

—Me encanta el trabajo que estás haciendo, Vania. Ojalá que puedas encargarte tú también de sucesivas
campañas publicitarias. Tienes la cara que necesitamos, esa es la realidad.

—Ya, ya, gracias. Pues nada, ya veremos.

Poco le dije que pensaba quitarme de en medio en cuanto mi bombo amenazara con notarse. Incluso ya tenía el
dinero para irme en cualquier momento, pero me resistía a hacerlo tan pronto porque no sabía lo que podría
necesitar en el futuro y no quería comenzar a tocar mis ahorros de antemano.

Mis ahorros, un trabajo, aunque fuese esporádico como actriz y modelo… Varios cambios en mi vida a los que
había de sumar que con mi familia estaba mejor que nunca…Hubiera sido más que dichosa de no ser porque me
faltaba una importante pata del banco.
es lo contento que

frase y todo, estoy


Capítulo 8

—Te lo dije, te lo dije, ya lo tenemos—Daniel daba saltos de alegría cuando terminamos de grabar el spot. Algo a
lo que yo le temía más que a un vendaval y que nos salió razonablemente bien en tiempo récord.

Estábamos en los terrenos en los que se levantaría la megaurbanización, en un día luminoso, aunque un tanto frío,
en el que el azul del cielo fue el mejor de los fondos para la grabación.

Héctor estaba con nosotros y he de reconocer que disfruté bastante al grabar en su presencia. En determinados
momentos, aunque él jamás me menospreció, me sentí chiquitita a su lado por ser una limpiadora y él un gran
jefazo, pero aquel día comencé a crecer.

—Héctor, ¿tú puedes acercar a Vania a su casa? Es que yo me voy directo para el estudio, estoy deseando
comenzar a tratar el material.

—Sí, claro, por supuesto.

—No es necesario, Héctor, yo puedo llamar a un taxi—le aseguré en cuanto nos quedamos a solas.

—¿Y decirle al taxista que estás en medio de la nada?

—Jo, cualquiera diría que estoy en el corazón de la Patagonia, qué exagerado eres.

—No, pero hay un buen puñado de kilómetros, no te vas a quedar aquí sola esperando que venga un taxi cuando
buenamente pueda.

Lo cierto es que la lumbalgia me estaba empezando a molestar de nuevo y que, para colmo, llevaba tres horas sin
comer y era capaz de zamparme a un cabrito entero que pasara por allí. Y en lo de cabrito no entraba Héctor que, a
ese, por mucho que siguiera viéndolo tan atractivo como siempre, no quería ni rozarlo, por si las moscas.

—Vale, pero solo porque tengo un pelín de frio y mucha hambre.


—¿Tienes hambre? Es un poco temprano todavía, pero me encantaría invitarte a comer.

—Y a mí me encantaría tener un Ferrari aquí aparcado y tengo que conformarme con que me lleves tú a casa. Así
que venga, arreando que es gerundio.

Me subí en el coche en total silencio y con la cabeza ladeada hacia mi ventanilla. Con él se me daba la
circunstancia de que, por un lado, le diría un millón de cosas y ninguna buena. Y por otro, prefería guardar un
silencio sepulcral antes de que se liara.

—¿No me vas a hablar en todo el trayecto, Vania?


bar el spot. Algo a

—No—le contesté más áspera que un guante de crin.

—Supongo que me lo merezco, porque debes verme como un capullo integral.

—Supones bien—proseguí con la misma sequedad.

—Lo que pasa es que todo tiene un porqué, ya te lo he dicho muchas veces.

—Y yo lo entiendo, es porque los ricos queréis estar con los ricos y que los pobres estemos con los pobres. Corto
y cierro—Le indiqué a mi boca, de la que no salió ni una palabra más.

Entendió que no debía seguir intentándolo y se calló. Sin embargo, por el rabillo del ojo, veía que su mirada de
deseo era la misma de siempre, si bien podría decirse que ahora estaba mezclada con otra que le restaba chispa a
la primera, pues su semblante indicaba culpabilidad.

—Esta misma tarde te haré la segunda transferencia—me dijo al llegar al portal de mi casa.

—Qué rápido eres para todo, Héctor.

—¿Por qué dices eso?

—Por nada o quizás sí, porque te das la misma prisa en pagar que en joder a la gente.

traba Héctor que, a—Vania, es lo último que yo pretendía, lo último.

—Pues para no pretenderlo, te ha salido de puta madre. Yo me bajo, vuela libre con tu Palomita que te estará
esperando en el nido.
—Vania, yo…

Arreé un portazo tal que casi le doy la vuelta al coche y lo dejé con la palabra en la boca. Por primera vez me
sentía poderosa y no eché una lágrima. Al entrar en el portal, me llevé la mano al vientre y le hablé al bebé.

—¿Estás ahí? ¿De verdad eres una niña como dice tu madrina? Pues si es así, chiquitina, olvida la voz que has
escuchado. Es la de tu padre, pero cuando tú nazcas no tendrás que escucharla más porque no estaremos con él.

—¿Con quién hablas? —me preguntó Marta al abrir la puerta.

—Con Martita—le contesté.

—¿Cómo con Martita? —Sus ojos brillaron.

—Pues eso que, si has acertado y se trata de una niña, la llamaré Marta, como su madrina.

—Tú lo que quieres es hacerme llorar, ¿pretendes convertirte en influencer y necesitas likes o algo? Porque si esa
así, pídemelos directamente, pero no me toques la fibra sensible.

—¿En influencer? Sería lo que faltase.

—Hija, yo qué sé; ya eres modelo, actriz y ahora también puedes ser influencer.

—Pues para ser tantas cosas, bien que voy a coger mañana otra vez el carro de la limpieza.

—Ya, ya, y bien que voy a fardar yo de amiga cuando vaya a coger el bus y te vea allí.

—Pero si tú ya no coges el bus, que tienes a Agustín como un panderetillo de bruja todo el día para arriba y para
abajo.

—Eso es verdad, que el pobre entra por el aro de todo.

—Ay, quién me mandaría a mí a fijarme en un guapo cabrón habiendo feos santurrones…

—Che, tampoco digas que es un santo, que santo que mea, maldito sea. Eso se ha dicho de toda la vida.

—Salvo tu Agustín, que es un santo, mea y es un bendito. Qué envidia sana te tengo, cariño…
Capítulo 9

Cada mañana la misma historia… Héctor con esa mirada de cordero degollado y yo que, lejos de devolvérsela,
miraba hacia otro lado.

Luego estaba Paloma, que esa hubiera convertido a las chicas del batallón de limpieza en las chicas del batallón de
fusilamiento, de haber podido, para así acabar conmigo.

No había día que, al pasar por su lado, no hiciera un comentario hiriente y se jactara de que la suya sería una boda
que daría que hablar en todo Madrid durante mucho tiempo. A esa no le daba un ataque de humildad ni por
cachondeo.

—Linda, pues el vestido ya está encargado y que sepas que se trata de un diseñador de la realeza, ahí es nada.

Menos mal que para Héctor el dinero no suponía un problema, porque se iba a gastar una cantidad equivalente al
PIB anual español en una boda que no dejaría indiferente a nadie.

—Qué ilusión, cariño, yo todavía estoy escogiendo diseñador para el mío de dama de honor.

—Nada de eso, que lo confeccionen en el mismo taller que el mío y me lo carguen también en la cuenta.

—Que no, Paloma, que no hace falta, de verdad.

—Es una menudencia y no se hable más. Faltaría más…

Una menudencia, pues anda que la otra llevaría también un trapito sencillo, por las narices. Pero cuando se tira
con pólvora ajena es lo que hay, que no existe miedo al gasto. Y yo sabía por Héctor que él se encargaba hasta de
pagar el último alfiler que se necesitara para esa boda.

—Y hablando de menudencias, mira a quién tenemos aquí—Me miró con todo el desprecio del mundo.
Me mordí la lengua, porque vaya ganas me daban a veces de soltarle que aquella a la que tanto hacía de menos,
aquella a la que trataba de ridiculizar por todos los medios, era a la vez la portadora de un secreto capaz de hacer
saltar toda su ostentosa boda por los aires.

Lo que yo llevaba en mi vientre representaba la mayor de sus amenazas, suerte que yo ya no quisiera nada con el
hombre que había elegido a aquella estúpida engreída antes que a mí.

—Reunión de víboras, me voy—les solté con la sonrisa en los labios porque eso sí, ya podía estar muriéndome
por dentro, pero a mí no me veían aquellas dos abatidas así tuviera que arrastrar de mi cuerpo.

—Pues que sepas que la víbora va a llevar un vestido de novia de esos de cuento, de los que solo has visto en las
portadas de las revistas cuando vas a la cutre peluquería de tu barrio, que debe ser un rincón infecto como todos
los que habrá por allí.
icas del batallón de

—Tienes que darlo por hecho y no afirmarlo, porque no has estado nunca allí. Haces bien, porque las ratas no son
bienvenidas y podrían llevarse algún que otro golpe en toda la testa, ya sabes, un buen escobazo.
uya sería una boda

—Pero qué bajuna y qué ordinaria eres.

—¿Bajuna y ordinaria? Pero si a ti las escobas te vuelven loca, ¿no vienes todos los días volando en una?

—No, va a ser que yo vengo en un Mercedes espectacular, paso de decirte el modelo porque sé que no lo conoces
y, por cierto, que sepas que fue regalo de mi futuro esposo.

No podía rebatirle lo que era un hecho, aunque no me imaginaba a Héctor planeando con ilusión regalarle un
coche. Igual era eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor y ellos también tuvieron momentos buenos, pero
eso debió ser en la Prehistoria, porque no quedaba ni resto.

—No esperaba yo menos, ya sabía que tú puedes conseguir todo lo que quieres con tus propias manos.

—¿Qué insinúas? Oye, que yo no soy ninguna mantenida, ¿eh? Que bien que me gano aquí el sueldo cada día.

—Sí, día a día, como diría Rambo. Con la diferencia de que tú sientes las piernas porque no les das mucho uso,
que estás todo el día sentada mirándote las uñas. Corrijo, todo el día no, las pocas horas que pasas aquí, que el
resto estás de escaqueo.

—¿De escaqueo? ¿Qué sabrás tú, descarada? Si es que todo me pasa por no haber conseguido ya que te echen,
pero esto lo arreglo yo… A mi boda no llegas, te aniquilo mucho antes.
—¿Me vas a matar? ¿Pero a escobazos o de una forma más glamurosa? Porque el tiro te puede salir por la culata,
que yo la escoba la cojo y te la meto… Ay, no, perdona, que tú ya llevas una metida en el culo para ir así de
estirada.

—¡Imbécil! Que a mi boda no llegas trabajando aquí, ya me encargaré yo de perderte antes de vista.

—Mira, en eso estamos de acuerdo, porque el día menos pensado cojo la puerta y no me ves más.

—¿Y para qué esperar a ese día? ¿Por qué no recoges la poca dignidad que te quede y te largas ahora mismo? Nos
harías un favor a todos.

—No, solo te haría un favor a ti y a eso no estoy dispuesta, bonita. Yo me iré cuando me salga del kiwi y no
cuando tú quieras.

—Vamos, que te estás marcando un farol, ya me extrañaba a mí que tuviera tanta suerte.

—Piensa lo que quieras o mejor, lo que te permita ese cerebro de mosquito que tienes.

—Pues con este cerebro de mosquito he conquistado al tío con el que tú vas a soñar toda tu pobre y asquerosa
vida.

—No, perdona, tú lo habrás enredado por otros motivos, pero no lo has conquistado. Si yo fuera tú me
preguntaría cada día de mi jodida vida por qué razón está contigo cuando lo único que le provocas es repulsión y
otra cosa todavía más importante, hasta cuándo.

—¡Envidiosa, asquerosa! Lo nuestro va a ser para siempre ¿o es que no has visto mi anillo de compromiso?

—Lo he visto, ¿y? Yo de ti no daría tantas cosas por sentadas. Simplemente lo dejo ahí, tú también tienes ojos en
la cara y los tienes para algo más que para llevar gafas de sol de mil pavos, Barbie.

—Vete a la mierda y vete a la mierda. Héctor está enamoradísimo de mí y por eso me ha pedido matrimonio. Lo
único es que tú te has quedado con todas las ganas, que bien que he visto cómo lo mirabas, durante meses…

—Señal de que tienes ojos, ya te lo decía, por ahí vamos bien, ya me quedo más tranquila. ¿Y también veías como
me miraba él? ¿O esa parte ya no te interesaba?

—Te prometo que te vas a ir a la calle antes de lo que crees, te lo prometo.


—Quien se pica ajos come, chica, yo lo dejo ahí.

Eso sí, fue mencionar lo del ajo y tener que irme con el carrito a otra parte, concretamente al baño, porque sentía
unas náuseas de muerte.

—No corras, mona, que yo no te voy a pegar, no soy una arrabalera como tú.

Si esa supiera por lo que corría, yo terminaría vomitando, pero ella cogería el baño a lo justo…

ahora mismo? Nos

ambién veías como


—Quien se pica ajos come, chica, yo lo dejo ahí.

Eso sí, fue mencionar lo del ajo y tener que irme con el carrito a otra parte, concretamente al baño, porque sentía
unas náuseas de muerte.

—No corras, mona, que yo no te voy a pegar, no soy una arrabalera como tú.

Si esa supiera por lo que corría, yo terminaría vomitando, pero ella cogería el baño a lo justo…
Capítulo 10

—Son preciosos, divinos, Amelia, qué gusto has tenido siempre para todo—le escuché decir días después a su
suegra.

—Es lo menos. Héctor debe portar los mejores gemelos de todo Madrid el día de su boda.

—Y tú te has encargado de eso, como te encargas de todo. Si es que no te puedo querer más.

—Ya sabes que va ser una boda memorable, estoy revolucionando a todas nuestras amistades.

—Lo sé, lo sé…

—Estoy logrando crear tal expectación que habrá tortas por ver quién viene más elegante. Más de una señora y
señorita de la alta sociedad ha puesto contra las cuerdas a alguno de los mejores diseñadores de Madrid para que
les confeccionen el vestido. Es que no dan abasto de la cantidad de encargos que tienen.

—Es brutal, de veras que es brutal, Amelia. ¡Qué ilusión!

—¿Qué cuchicheáis? —Llegó Linda en ese momento.

—Que Amelia ha traído esto para Héctor—Paloma abrió la caja de los gemelos y la otra se echó las manos a la
boca.

—¡Qué maravilla! Amelia, esto debe haber costado una fortuna…

Eva merodeaba por allí conmigo, pues estábamos limpiando un despacho cercano al hall desde el que lo
escuchábamos todos.

—Qué mancha de pamplinosas, habrá que verlas el día de la boda.


—Será un decir, ¿no? Porque yo a esa boda no iría ni amarrada—le contesté rápido.

—Tranquila, ni tú ni ninguna de nosotras seremos invitadas. Esto no es como la despedida de Don Adrián, que era
una fiesta de empresa, esto es algo familiar y ninguna de las chicas pintamos nada allí, ¡ni que fuéramos de su
familia!

Yo podría haber pedido una boquita prestada, porque de su familia no era, pero sí la madre del futuro bebé de
Héctor; un bebé que me estaba provocando unas tremendas náuseas desde hacía días, por lo que pedí hora en la
ginecóloga, no podía esperar hasta la siguiente ecografía.

—Ya, ya. Oye, Eva, yo tengo que pedirte un favor…

—Dime, mujer, ¿de qué se trata?

—Es que me tienes que cubrir un rato, tengo que hacer un recado importante y no quiero dar explicaciones.

—A ver, chica, que aquí tampoco es que se coman a nadie, por muy serpientes que sean. Si tienes que salir, díselo
a Paloma y luego le traes el justificante, es lo que hacemos todas.

—Ya lo sé, pero yo no quiero, no puedo darle esas explicaciones, ¿vale?

Bastante tenía con que no se me notara mi estado, como para al final abrir la caja de Pandora por una simple visita
médica en la que me recetaran algo para los dichosos vómitos.

—Chica, pues francamente lo veo una tontería, porque como nos pillen se nos va a caer el pelo a las dos, pero
vale.

—Ay, Eva, muchas gracias. Te debo una y bien gorda.

—Tú date prisa en hacer eso que tengas que hacer y vente rápido, que aquí no amarran los perros con longaniza y
yo no sé cómo se las apaña Paloma, pero parece que se termina siempre enterando de todo.

—Palabra que me daré patadas en el culo, no te preocupes.

En esas vi pasar a Héctor por el pasillo, en dirección al hall. Eva estaba agachada, por lo que él aprovechó para
saludarme con un cariñoso ladeo de cabeza y la mejor de sus sonrisas, gesto que yo ignoré.

Cómo me dolía el alma cada vez que me lo cruzaba. En el fondo, ya estaba deseando que pasara algo de tiempo
para pedir la cuenta, porque apenas podía soportar el que me mirara. Y eso que, en honor a la verdad, aparte de
darme asco por su decisión, también me daba una especie de pena porque su mirada, antes viva e ilusionada, se
había vuelto triste y melancólica…

on Adrián, que era


O igual yo, que era una tonta del bote, lo percibía así para no hacerme daño y la que daba esa apariencia triste y
melancólica no era otra que mi persona.

Desde la más absoluta de las apatías, el prisma variaba mucho y a veces me costaba discernir lo que era real y lo
que era ficción.

—¿Ha pasado un ángel? —me preguntó Eva al incorporarse, porque me quedé muda, como cada vez que lo veía.

Más bien, para mí, había pasado el demonio, porque quería odiarlo con todas mis fuerzas. Sin embargo, no lo
lograba, porque me pusiera como me pusiera, yo seguía enamorada hasta las trancas de sus ojos verdes.

Más de una vez me preguntaba con qué cara miraría a mi bebé si heredaba esos ojos verdes de papá que tanto
echaba de menos. Yo era consciente de que las cosas no serían fáciles, pero tenía que ser más fuerte que nunca,
porque la maternidad había venido para cambiarlo todo.
es que salir, díselo

—No ha pasado nadie, Eva, solo es que estoy un poco en babia.

—Ya lo veo. Mira, cuando vengas de ese recado tuyo, tráete las pilas cargadas que yo paso de que nos eche la
bronca Paloma, que siempre lo está deseando.
r una simple visita

—No te preocupes y muchas gracias.

—Mujer, no seas tonta. Igual todavía no nos conocemos lo suficiente y aparte te hayan dicho que yo soy un poco
chismosa y eso, pero también soy buena amiga. Vete tranquila.

—Gracias, para mí supone mucho. Es cierto que una tiene necesidad de confiar en la gente—Tenía la sensibilidad
a flor de piel, cada vez me afectaba más cuando lo veía.

—Pues tranquila, porque en mí puedes confiar.


para pedir la cuenta, porque apenas podía soportar el que me mirara. Y eso que, en honor a la verdad, aparte de
darme asco por su decisión, también me daba una especie de pena porque su mirada, antes viva e ilusionada, se
había vuelto triste y melancólica…

O igual yo, que era una tonta del bote, lo percibía así para no hacerme daño y la que daba esa apariencia triste y
melancólica no era otra que mi persona.

Desde la más absoluta de las apatías, el prisma variaba mucho y a veces me costaba discernir lo que era real y lo
que era ficción.

—¿Ha pasado un ángel? —me preguntó Eva al incorporarse, porque me quedé muda, como cada vez que lo veía.

Más bien, para mí, había pasado el demonio, porque quería odiarlo con todas mis fuerzas. Sin embargo, no lo
lograba, porque me pusiera como me pusiera, yo seguía enamorada hasta las trancas de sus ojos verdes.

Más de una vez me preguntaba con qué cara miraría a mi bebé si heredaba esos ojos verdes de papá que tanto
echaba de menos. Yo era consciente de que las cosas no serían fáciles, pero tenía que ser más fuerte que nunca,
porque la maternidad había venido para cambiarlo todo.

—No ha pasado nadie, Eva, solo es que estoy un poco en babia.

—Ya lo veo. Mira, cuando vengas de ese recado tuyo, tráete las pilas cargadas que yo paso de que nos eche la
bronca Paloma, que siempre lo está deseando.

—No te preocupes y muchas gracias.

—Mujer, no seas tonta. Igual todavía no nos conocemos lo suficiente y aparte te hayan dicho que yo soy un poco
chismosa y eso, pero también soy buena amiga. Vete tranquila.

—Gracias, para mí supone mucho. Es cierto que una tiene necesidad de confiar en la gente—Tenía la sensibilidad
a flor de piel, cada vez me afectaba más cuando lo veía.

—Pues tranquila, porque en mí puedes confiar.


Capítulo 11

—Ay, Claudia, es que todo me produce unas náuseas que no veas. Lo único que me apetece tomar es el caldito
que me trae mi madre.

—Es que el caldo de las madres es mágico, ya lo he escuchado en más de una ocasión.

Sí, la mía se lo estaba currando, algo que no esperé jamás de los jamases. Desde que se enteró de que iba a
convertirla en abuela, se pasaba un par de veces por semana con tápers. Aunque a mí cocinar me gustaba, también
estaba en un momento en el que necesitaba mimos, por lo que se lo agradecía sobremanera.

—Hija, si además es que no me cuesta—solía decirme.

—Ya, mamá, pero no quiero que te molestes.

—No me molesta. Sabes de sobra que me he escudado demasiado tiempo en mi enfermedad para no hacer ni el
huevo y ahora es lo mínimo, te lo debo.

—No te culpes, mamá, también estuviste muy enferma.

—Y es verdad, pero no debí dejarme de ir tanto. No lo he hecho bien, contigo no lo he hecho bien y ahora quiero
mimarte y cuidar también de mi nieto.

—Marta dice que va a ser niña, ¿tú qué crees?

—Pues yo también te veo cara de niña…

—Será al bebé, porque yo de niña ya tengo poco, mamá.

—Ay, hija, si fueras una niña, yo haría ahora las cosas mejor contigo. No cometas tú mis mismos errores. Yo
siempre he estado un poco amargada, y eso que he tenido un hombre al lado que ha puesto el mundo a mis pies,
pero, aun así.

Cada vez que hablaba con mi madre concluía que yo no podía amargarme, que se lo debía a mi bebé.

Salí de la consulta de Claudia con la receta de unas pastillas para las náuseas y con la promesa de que, en la
próxima visita, en la del siguiente mes, ya podría decirme el sexo de la criatura.

Llegué a la farmacia y parecía que regalaban algo, porque la cola era tremenda. Miré el reloj varias veces porque
estaba sufriendo una barbaridad, al saber que Eva me estaba cubriendo pero que en cualquier omento podía
costarle un disgusto, por lo que terminé volviéndome sin comprar.

Finalmente, llegué a la oficina y entré por la puerta trasera, colándome dentro como si nada hubiera pasado. Fue
entonces cuando vi la mala cara de Ana, de mi compañera, y escuché gritos, mientras me volvía a poner el
uniforme.

—¿Qué ha pasado, Ana?


e gustaba, también

—Buff, que aquí se va a liar parda. Acaban de llamar a la policía, porque por lo visto han robado unos gemelos
que trajo esta mañana Doña Amelia para su hijo.

—¿Los puñeteros gemelos más caros de todo Madrid? ¿Los han robado?

—Sí, esos deben ser. Imagínate cómo está Paloma, nos está sometiendo a un tercer grado a cada uno.

—¿Nos están acusando a los trabajadores?

—Puedes jurarlo, para ella somos chusma capaz de hacer eso y mucho más, ahora mismo están hablando con Eva
y a mí ya me han dado lo mío, qué agobio.

—Te aseguro que se va a enterar, cuando llegue a mí se va a enterar.

—Chica, pues la cosa no creas que es agradable. Y más ahora cuando llegue la poli, qué tensión.

—A mí la poli no me amedranta y mucho menos cuando no he hecho nada. Por mí, como si esta gente quiere
llamar al Séptimo de Caballería, qué hartura ya.

—Si yo te entiendo, pero es que soy muy poquita cosa y estoy un tanto acojonada. Chica, que es un robo en toda
regla, no es cualquier cosa.
—Es un hurto porque aquí no se le ha puesto un puñal en el pecho a nadie ni se ha reventado una cámara
acorazada, que tampoco lo quieran vender como si esto fuera el oro de “La Casa de Papel”.

—Eso es verdad, que aquí hay tensión, pero no hay tiros.

—No, al menos de momento.

No sabía yo las ganas que tendría de dar tiros en pocos minutos, eso sí. No se puede hablar tan rápido. Me cambié
y me disponía a salir con Ana de allí cuando…

—Ella, ha sido ella—me señaló cuando entró acompañada de dos agentes de policía. Con ellos llegó una sonriente
Paloma que venía como si acabara de ganar una medalla olímpica, regocijándose con la situación.

—Normal, si para mí era la principal sospechosa, ¿se la van a llevar detenida? —les preguntó.

—Señora, ¿quiere usted dejarnos hacer nuestro trabajo o se va a poner al frente de la investigación?

Temblorosa de la ira, al menos me llevé la satisfacción de que le cortaron el rollo.

—No, no, claro. Prosigan, por favor.

—Perdone, es usted Vania, ¿verdad?

—La misma.

—¿Podría decirnos qué ha hecho exactamente en la última hora y media? Y por favor, sea lo más concisa posible.

Me quedé blanca como la pared y más en un momento en el que Héctor acababa de unirse a ellos, procedente
también de la calle.

—¿Se puede saber qué está pasando aquí?

—Ay, amor, menos mal que llegas. Te he telefoneado varias veces.

—¿Y eso por…?

—Porque nos han robado, aquí en nuestra empresa, es que ya no podemos estar seguros. Mira cómo tiemblo.
—¿Nos han atracado? —preguntó extrañado.

—No, peor que eso. Alguien ha abusado de nuestra confianza, que duele más todavía. Resulta que tu madre, que
ya sabes cómo es, no hace falta que yo te explique nada porque sabes que está loca con la boda…

—Paloma, al grano.

ápido. Me cambié —Sí, señora, vaya al grano, que no tenemos todo el día.

—Perdón, pues que te trajo esta mañana unos gemelos que valen una millonada y te los puso en la mesa del
llegó una sonriente despacho. Un rato después entré yo para verlos otra vez, porque me he quedado prendada de ellos y, ¡sorpresa! Ya
no estaban.

—¿Y eso convierte a todos los empleados de esta empresa en sospechosos?

—A todos no. Más bien solo a Vania, que es quien se ha encargado hoy de la limpieza de tu despacho, según te
has ido.

—¿Vania es eso cierto? —me preguntó.

Fue entonces cuando la poli intervino…

—Señores, ¿nos van a dejar hacer nuestro trabajo o se encargan ustedes? Porque vaya…

—No, claro que no es cierto. Yo no he limpiado ese despacho, Eva, me has traicionado, ¿cómo es posible?
ás concisa posible.
—Chica, yo solo he dicho lo que ha pasado, que hoy te ha tocado a ti y que entraste sola.

—Sabes que no es así, tú lo sabes mejor que nadie.

—¿De qué me hablas? A mí no me metas en tus historias. Mira, Vania, que aquí ninguna de las limpiadoras
nadamos en la abundancia, pero lo que tú has hecho es un delito, el dinero hay que ganárselo.

—Y tú lo que te vas a ganar es una somanta de palos como sigas mintiendo…

—Señorita, ni se le ocurra o nos veremos obligados a detenerla—me advirtió uno de los polis.
—Yo no he sido, Héctor, te prometo que yo no he sido. Al menos tú tienes que creerme.

Apelé al padre de mi hijo y al hombre del que tantas veces me sentí tan cercana.

—Yo te creo, Vania, pero tienes que decirles a estos señores dónde estuviste en todo momento, por favor.

—Es que yo, lo siento, pero no puedo.

—Entonces tendrá que acompañarnos a comisaría, señorita, y le aseguro que las cosas se le van a poner muy feas
—me advirtieron.

os y, ¡sorpresa! Ya Me cagué interiormente en todo, porque lo único que quería era que se supiese la verdad, pero me vi totalmente
acorralada.

La mirada iracunda de Paloma no se me pasó por alto, pues el que Héctor me dijera que me creía la sacó de
quicio.

—No puedes decirlo porque tú lo has robado. Desde el primer día que pusiste los pies en esta empresa supe que
nos ibas a dar problemas, pero nunca pensé que hasta este punto, ladrona, que eres una ladrona.

—Paloma, no te voy a consentir que te pases la presunción de inocencia de nuestros trabajadores por el arco del
triunfo y menos todavía la de Vania—le dijo con total enfado Héctor.

Ese comentario ya sí que la mató, por lo que arremetió todavía con más fuerza.

—¿Ves? Si es que es una ladrona y una metomentodo, que solo quiere acabar con nuestra relación. Pero eso no lo
va a conseguir, por encima de mi cadáver. ¿No ven que no tiene coartada? Deténgala ahora mismo, por favor, ella
ha robado los gemelos.

—Eso no es verdad, eso no es verdad.

—Pues si no lo es, supongo que no tendrás inconveniente en que lo comprobemos—me comentó con una sonrisita
maléfica.

Héctor la miró con cara de estar acabándosele la paciencia y yo con ganas de querer matarla, por mucho que
tuviera la conciencia tranquila.

—Claro que no tengo inconveniente, si así se van a quedar tranquilos.


—Procedan, por favor, le pidió la policía a Héctor y él me pidió la llave de mi taquilla para inspeccionarla.

En el momento en el que se la di, su mano acarició la mía, como queriéndome tranquilizar. Al menos, notaba que
Héctor estaba conmigo y no era poco en unos momentos en los que todos me señalaban con el dedo acusador.

Abrió la taquilla y la policía le pidió que se echara a un lado.

—A ver qué tenemos aquí; una sudadera, —comenzaron a sacarlo todo—, y aquí un bolso y…—Nada, aquí no
están terminaron por decir.

—Pues los llevará encima—me acusó Paloma y por mí le hubiera hecho comerse el dedo acusador.

—Yo no llevo nada, que me registren—Levanté las manos y ellos inspeccionaron los bolsillos de mi uniforme.

—Aquí están—dijeron para mi total sorpresa, sacándolos—. Señorita, lo siento mucho, pero esto la convierte en
principal sospechosa del hurto. Queda usted detenida.

—¡No, no y no! Alguien me ha metido eso en el bolsillo.

—Claro, tú qué vas a decir, siempre es bueno echarles las culpas a los demás. Mira, chica, te hemos pillado con el
carrito de los helados. Aprovechando nuestra buena fe, has visto en el despacho los gemelos y te los has querido
llevar, ¿de veras creías que saldrías indemne de esta?—Paloma lo estaba disfrutando.

—Pero yo no he sido, yo no he sido, es imposible que yo haya sido. Es más, yo no he entrado en ese despacho en
toda la mañana, si ni siquiera he estado aquí.

mo, por favor, ella —¿Cómo que no has estado aquí? —me preguntó Héctor.

—Porque le pedí a Eva que me cubriera las espaldas, ella sabe que no estaba aquí.

—¡Y una mierda! Te lo estás inventado todo. Calumniadora, que eres una calumniadora.
ó con una sonrisita
—Aquí la única que se está inventando las cosas eres tú, mala compañera.

—Ya está bien, silencio todos. Señorita, queda detenida como…

—¡No, paren! Puedo demostrar que yo no he estado aquí, esperen—Miren en mi cartera, por favor.

—¿Y qué mierda se supone que tienes en tu cartera? Aparte de telarañas, porque ya se sabe que tú manejar no
manejas—Paloma metió baza.

—¡Cállate, Paloma! —Héctor estaba más tenso que el pellejo de un tambor.

La policía echó mano a mi cartera y les dije que sacaran por favor la receta que me había expedido Claudia, con el
membrete de su clínica.

—¿Esto qué es? —me preguntaron.

—¿No lo ven? Una receta de mi ginecóloga, he estado en su consulta, ella se lo confirmará. Además, que he
tenido que esperar un buen rato hasta que me ha podido atender, porque iba con retraso. Y luego he estado en la
farmacia, donde también había una buena cola, por eso me he venido sin comprar nada.

—¿Cariban? ¿Qué es eso? —me preguntó Paloma al leerlo en la receta, con gesto de decepción total porque acaba
de dar al traste con sus ilusiones de acusarme injustamente de un delito.

—Unas pastillas para el embarazo, son las que toma mi hermana—le explicó asombrada Linda y entonces todas
las miradas se posaron en mí.

mos pillado con el —¿Estás embarazada? —me preguntó Héctor con ojos de incredulidad total.

—Sí, estoy embarazada, y ahora si me disculpáis, me voy al baño o vais a saber todos lo que es una pota en
condiciones.
manejas—Paloma metió baza.

—¡Cállate, Paloma! —Héctor estaba más tenso que el pellejo de un tambor.

La policía echó mano a mi cartera y les dije que sacaran por favor la receta que me había expedido Claudia, con el
membrete de su clínica.

—¿Esto qué es? —me preguntaron.

—¿No lo ven? Una receta de mi ginecóloga, he estado en su consulta, ella se lo confirmará. Además, que he
tenido que esperar un buen rato hasta que me ha podido atender, porque iba con retraso. Y luego he estado en la
farmacia, donde también había una buena cola, por eso me he venido sin comprar nada.

—¿Cariban? ¿Qué es eso? —me preguntó Paloma al leerlo en la receta, con gesto de decepción total porque acaba
de dar al traste con sus ilusiones de acusarme injustamente de un delito.

—Unas pastillas para el embarazo, son las que toma mi hermana—le explicó asombrada Linda y entonces todas
las miradas se posaron en mí.

—¿Estás embarazada? —me preguntó Héctor con ojos de incredulidad total.

—Sí, estoy embarazada, y ahora si me disculpáis, me voy al baño o vais a saber todos lo que es una pota en
condiciones.
Capítulo 12

—¿Y no accediste a hablar nada más con él? —me preguntó Marta a la hora del almuerzo.

—Nada de nada, paso olímpicamente de darle explicaciones.

—Pero es el padre de la criatura, tiene derecho a saberlo.

—No, pienso negárselo hasta la saciedad. A este niño lo voy a sacar adelante yo solita.

—Pero mira que eres cabezona, esto es la monda…

—No y no. Tú a mí me dejas que sé muy bien lo que tengo que hacer.

—Porque tú lo digas. Bueno, vaya movida en lo del trabajo, ¿no?

—Sí, ahora sí que no sé cómo voy a poder seguir currando porque a Eva es que la quiero matar, imagínate.

—Joder, esa sí que es mala. Porque la otra mucho amenazarte, pero esta es la que te ha querido meter en la boca
del lobo.

—Supongo que se hizo con la llave de mi taquilla y puso los gemelos en mi uniforme mientras estaba en la
consulta. Todo por acusarme injustamente, yo te digo que lo ha hecho por encargo de Paloma, que le habrá dado
algo a cambio, al saber.

—¿Y qué dijo la poli?

—Que alguien me habría querido tender una trampa, que lo investigarán, pero supongo que les importará un
bledo. Total, ya han aparecido, tampoco creo que se vayan a deslomar con la de delitos importantes que hay por
todo Madrid.
A la mañana siguiente el ambiente estaba verdaderamente enrarecido. Eva le daba sus supuestas explicaciones a
Héctor.

—Lo siento, jefe, pero es que yo estaba segura de que Vania entró a limpiar, ¿cómo iba a saber que no estaba
aquí? Alguien se percataría y aprovechó el rato para meter los gemelos en su uniforme hasta poder recuperarlos y
venderlos, yo qué sé.

—Eso es mentira. Tú sabías muy bien que yo no estaba, confié en ti, traidora asquerosa…

—Vania, cariño, no te pongas así conmigo. Yo soy una víctima de esta situación igual que tú—argumentó.

—¿Una víctima? Tú vas a salir con los pies por delante como no te calles, eso sí. Pero de ahí a ser una víctima, no;
es que te lo estás buscando tú solita.

—Eva, por favor, ¿nos puedes dejar a solas? —le pidió Héctor.

—Claro, claro. Qué disgusto, qué disgusto—le contestó lloriqueando.

Se marchó y, aprovechando que Paloma estaba atendiendo a unos clientes, él quiso hablar conmigo.

—Vania, lo primero que quiero que sepas es que yo no creí en ningún momento que me hubieras robado tú.

—Eso lo sé, Héctor, al margen de que tú y yo hayamos tenido nuestros más y nuestros menos, siempre sales en mi
defensa, eso no puedo negarlo.

—Perfecto, dicho esto, lo que quería era preguntarte…

Ya iba a salir el tema del embarazo, el momento tan temido por mí. Pero no, una oportuna visita puso fin a nuestra
conversación.

—Papá, ¿qué haces aquí? —Héctor se levantó y lo abrazó.

—Hola, hijo, he venido porque he conocido por tu madre el desagradable incidente de ayer.

—Pues sí, papá. Alguien entró en este despacho y hurtó los gemelos. Y supongo que ya estarás enterado también
de que Vania no pudo ser.

—Sí, Paloma estuvo hablando largo y tendido con tu madre.


—Como siempre, papá, como siempre.

—Sí, hijo, pero en esta ocasión nos ha venido bien.

—¿Y eso, papá?

—Porque gracias a que he tenido noticia del incidente puedo ayudarte a resolverlo.

—No me digas, papá. Nada me gustaría más.

—Verás, Héctor, yo ya estoy mayor y a veces se me olvidan las cosas.


er una víctima, no;

—Lo sé, papá, pero eso es porque tienes muchas cosas en la cabeza.

—Cierto, hijo, y en la confianza de que este era mi despacho y no el tuyo, creo que no te llegué a comentar que
hace un tiempo coloqué una cámara de seguridad.

—No, papá, no lo sabía…

—Solo lo hice por si alguna vez ocurría algo así. Las grabaciones no las ve nadie, pero en un caso como este
podemos echar mano de ellas y conocer lo que realmente ocurrió.

iempre sales en mi Yo me quedé sin habla y me levanté para irme.

—Vania, ¿dónde vas? —me preguntó él.

—Esto es algo entre tu padre y tú, Héctor, no pinto nada aquí.


a puso fin a nuestra

—Eso no es así. Tú has sido acusada injustamente y hay alguien que te debe una explicación, quédate.

Don Adrián llamó al informático de la empresa y le comentó lo ocurrido, por lo que en pocos minutos estuvimos
visualizando el contenido de la cinta.

—¡Hija de…! —Héctor no pudo contener la lengua.

—Ha sido Eva, qué maldita, con razón me acusaba con total certeza.
—Lo siento mucho, Vania, lo siento muchísimo.

—¿Y tú sabes lo que siento yo, Héctor? Bueno, me callo—Miré a Don Adrián, con quien no tenía confianza.

—Di lo que quieras, Vania, mi padre está de mi lado.

—Pues entonces lo siento, pero lo va a tener que escuchar; lo que siento es que no creo que esto haya sido solo
cosa de Eva.

—¿Te refieres a un complot para acusarte?

—Justo a eso, a un complot orquestado por Paloma. Lo siento, Héctor, pero es lo que pienso.

—Si es así, Eva nos lo dirá. Ella se llevará la peor parte y no permitirá que Paloma se vaya de rositas si ha tenido
algo que ver.

—Yo ya no sé lo que creer. O, mejor dicho, yo ya no creo en nada.

—En mí debes creer, Vania, en mí sí.

—No, Héctor, yo no creo en nada ni en nadie, perdóname.

Don Adrián salió y él mismo buscó a Eva. Paloma acababa de llegar y la invitó a unirse a la reunioncita de marras.

—Eva, no puedes negar la evidencia. La cámara ha grabado el hurto—le indicó Héctor.

—Lo siento, lo siento mucho. Me hacía falta el dinero, pensé en esconderlos en el uniforme de Vania y en
recuperarlos más tarde…—Era evidente que mentía.

—Qué barbaridad, cuánto delincuente hay en esta empresa—Volvió Paloma a acusarme con la mirada.

—A mí no me vuelvas a acusar de choriza o no respondo—le advertí.

—Eva, yo solo quiero que me digas una cosa, ¿estás sola en este hurto o alguien te metió en el ajo?

—¿Qué estás insinuando, Héctor? —Se ofendió Paloma.

—Paloma, yo no he dado nombres, si te ofendes, deberías preguntarte el porqué.


—Sola, estoy totalmente sola en esto—le confirmó una avergonzada Eva, ella sabía por qué la cubría.

nioncita de marras.
—Sola, estoy totalmente sola en esto—le confirmó una avergonzada Eva, ella sabía por qué la cubría.
Capítulo 13

Desde aquel día, al menos, Paloma no me molestó más. Tenía mucho que callar y lo sabía…

Si Héctor se había tragado que ella no tuvo nada que ver en lo del hurto, que viniera Dios y lo viera. Supongo que
no era tan tonto como para eso, pero que la falta de pruebas terminó por venirle bien para poder mirar hacia otra
parte y zanjar el tema.

Pensé en que quizás era el momento idóneo para dejar el trabajo, podía hacerlo sin más, tenía un colchón que me
lo permitía. Eso era lo que me decía el pequeño demonio que a todos nos habla a veces a un ladito de la cabeza,
pero después estaba ese otro, el angelito, que me decía que yo no tenía absolutamente nada que ocultar y que sería
mejor que todavía me quedara un poco más para demostrarle a Paloma que ya podía hacer todas las maniobras que
le diese la gana, pero que yo no le tenía miedo.

En los siguientes días, Héctor me buscó por cielo y tierra, esa es la realidad. Él y yo teníamos una conversación
pendiente, se lo notaba en los ojos. La desazón estaba pudiendo con él, pero también lo hacía conmigo, por mucho
que yo lo disimulara.

Bastaba que fuera con el carrito de la limpieza de acá para allá, para que lo tuviera detrás em cuanto me quisiera
dar cuenta. En ese momento, yo apretaba el paso y lo dejaba con la palabra en la boca, sin más.

Pude hacerlo durante varias mañanas hasta que, en una de ellas, cuando Paloma no estuvo, me hizo llamar a su
despacho.

—Mira, Héctor. Yo sé, que tú eres el jefe supremo, el mandamás y el rey de esta empresa, yo te traigo una corona
del Burger King si hace falta, pero esta que está aquí no quiere pisar este despacho ni por cachondeo, no sé si me
he explicado, que luego vienen los problemas y tu Palomita no tiene nada que ver, ¿sabes? Ella se lava las manos
y tú la crees, cuando todo el mundo sabe que me la tenía jurada. Y que me la sigue teniendo, de hecho.

—Entiendo tu dolor, pero sabes que haré todo lo posible por defenderte siempre que pueda, Vania. Lo que pasa es
que no hay pruebas de que Paloma tuviera nada que ver en el hurto. Por lo demás, Eva está despedida y tendrá que
rendir cuentas ante la justicia por lo que hizo.
—Lo sé, lo sé, pero que sepas tú que esa infeliz no es más que una cabeza de turco. Tú y yo sabemos la verdad, lo
que pasa es que ella es intocable.

—Podemos sospecharlo, pero no la sabemos, Vania. No hay pruebas, tienes que entenderme.

—Claro, cómo no iba a entenderte, tengo que ponerme en tu lugar, por supuesto. Había olvidado que los ricos
siempre tenéis la razón. Sorry, ¿qué se te ofrece? ¿Para qué me has llamado?

—Porque necesito saber… es que lo necesito, necesito saber si tu hijo, si ese bebé, si ese embarazo, tú ya me
entiendes, Vania—murmuró.

—No, yo no te entiendo, tendrás que ser más claro—Era mi pequeña venganza, la de ponerlo contra la espada y la
pared, la de que tuviera que mojarse.

—Me estás entendiendo perfectamente, ¿el bebé es mío?

—¿Tuyo? Vaya, hombre, si ya decía yo que te crees el ombligo del mundo. Claro, tú puedes tener una relación
ocultar y que sería paralela con tu noviecita mientras nosotros nos acostamos. Pero Vania, no. Vania tiene que estar a tu servicio
las maniobras queexclusivo y, si se queda embarazada, ha de ser tuyo. Pues te has equivocado chaval, yo también hago de mi capa
un sayo, así que quítate esa cara de preocupación que tienes, porque el bebé no es tuyo.

—¿Estás segura de lo que dices, Vania?


nmigo, por mucho
—¿Me ves cara de insegura? Mira, yo diría que puedo tener cara de muchas cosas. Hasta de lela te diría, pero de
insegura no me la veo.

—Ni yo, tampoco es eso. Lo que ocurre es que hubiera jurado, yo hubiera jurado…

—¿Qué hubieras jurado? ¿Que yo te estaba prometiendo amor eterno solo porque nos diéramos unos cuantos
revolcones? Estás un poco equivocado, Héctor, dejémoslo ahí.

—Vania, yo quiero creerte, pero en el fondo, es que en el fondo…

—Vaya, que en el fondo te va a salir hasta la vena paternal, ¿puede ser? Pues despreocúpate porque este bebé no
tiene nada que ver contigo. Si eso, ya haces tú uno con Paloma y te enteras de lo que se siente cuando uno va a ser
padre.
nia. Lo que pasa es
pedida y tendrá que
—Debe ser maravilloso, ¿no?
emos la verdad, lo —Mira, cómprate una revista de esas y te empapas de todo, que lo explican muy bien.

—Y si no me quieres, si tan poco he representado en tu vida y también estabas con otros, ¿por qué estás tan borde
conmigo? ¿Por qué no soportas ni tenerme a tu lado?

—Porque, pese a todo, creía que tenías unos valores que, al casarte con Paloma, demuestras no tener, Héctor, por
eso.

—No lo entiendes, Vania, y claro que no lo entiendes, es que no lo puedes entender, me pongo en tu lugar.

—No, no lo entiendo. Supongo que en el fondo tú me ves también como lo hace tu novia, como una paleta, y esta
ontra la espada y la paleta no entiende nada.

uando uno va a ser


—Mira, cómprate una revista de esas y te empapas de todo, que lo explican muy bien.

—Y si no me quieres, si tan poco he representado en tu vida y también estabas con otros, ¿por qué estás tan borde
conmigo? ¿Por qué no soportas ni tenerme a tu lado?

—Porque, pese a todo, creía que tenías unos valores que, al casarte con Paloma, demuestras no tener, Héctor, por
eso.

—No lo entiendes, Vania, y claro que no lo entiendes, es que no lo puedes entender, me pongo en tu lugar.

—No, no lo entiendo. Supongo que en el fondo tú me ves también como lo hace tu novia, como una paleta, y esta
paleta no entiende nada.
Capítulo 14

Los días corrían a demasiada velocidad, tanta que me daba vértigo.

Uno de ellos, salía con Ana y Patri del trabajo, camino de la marquesina del bus, y las dos se pusieron a saltar a la
vez.

—¡Pero si eres tú! Ya han puesto la publicidad. Vania, te van a ver en todo Madrid, es como un sueño.

Para sueño el que yo tenía. Ya se me empezaban a pasar las náuseas gracias a las pastillas esas, pero sueño tenía
tanto que me dormía en el palo de un gallinero si hacía falta.

—¿Estoy mona o no estoy mona? —les pregunté haciendo un poco el payaso, apoyándome allí en la misma foto.

—¡Estás divina, no se puede estar más guapa!

Falsa modestia aparte, sí que estaba mona, esa es la realidad. Así que me limité a disfrutarlo y a reírme cantidad
con una peque que se me acercó cuando ya estaba sola, pues el autobús de ambas llegó antes que el mío.

—Mamá, esta chica es la de la foto, ¡mira!

—No, cielo, se le parecerá, pero cómo va a ser ella. La de la foto es una modelo.

—Esa chica soy yo—le contesté cortante.

¿Qué pasaba? Que, porque una saliera de trabajar con un aspecto de lo más normal, ¿ya no podía ser modelo?
Cierto es que después de una panzada de currar una no fuera el colmo del glamur, pero vaya. Tenía que verme esa
cuando yo salía con Marta, monísima hasta decir basta y con mis taconazos de infarto.

—¿Eres tú? Perdona, es que no había yo pensado…


—Ya, que una limpiadora, porque es lo que soy, no serviría para más cosas, ¿te refieres a eso?

—No, mujer, no es eso. Perdona, creo que he estado poco acertada.

—Perdonada, no te preocupes.

—Mamá, dile que se haga una foto conmigo, porfita.

—Dulce, hija, no seas cansina, que la muchacha igual no quiere fotos—Me miró por el rabillo del ojo a ver si
accedía.

—Ven aquí pequeñaja, claro que me hago una foto contigo.

La cría vino volando y las dos posamos con la señal de la “V”.

—¿Y ahora una poniendo morritos? ¿Puede ser? —me preguntó.

—Dulce, cariño, ya está bien.

—Déjala, mujer, que no pasa nada. No me digas que tú también sabes poner morritos, chiquitina.

—Sí que sé, ¿y tú?

—Pues claro que sí, guapa. Qué arte.

—Es que mi niña es muy farandulera, ahí donde tú la ves.

—Ya, ya, menudas tablas que tiene. Pues nada, poniendo morritos que posamos.

La peque hasta me dio un abrazo antes de subir a su bus y decirme adiós con la manita. Me sentí diva por un día,
qué cosas…

En cuanto a mi bus, parecía más lento que un desfile de cojos, por lo que me dio tiempo a ver pasar a Héctor en su
nía que verme esa cochazo de jefe con su Barbie al lado. Y ella se moría de la satisfacción de verme allí sentada mientras la llevaba a
casa.

Mis tripas se revolvían en momentos así, pero era lo que tocaba. No se me iba a pasar de un día para otro el
enamoramiento, a pesar de que Héctor estaba demostrando ser un pelele y yo esperaba que eso me ayudase.

Cinco minutos más tarde, y con un hambre que me comería a mi padre por los pies, si fuera menester, comencé a
desesperarme.

—Vania, ¿te llevo? —me preguntó Andy desde el otro lado de la acera.

—No hace falta, Andy, si ya ves que estoy aquí esperando.

—Pues por eso mismo, que no tienes que andar esperando más. Sube, anda…

Hacía un frío que pelaba, esa era la realidad. Las Navidades estaban ya cercanas y el invierno a punto de entrar
oficialmente, si bien extraoficialmente lo había hecho con una ola de frío que daban ganas de meterse en la cama
con las sábanas polares y no salir por lo menos en un mes.

—Vale, Andy, porque me estoy congelando.

—Vente, corre. O no, en tu estado no corras, no me hagas caso.

—Oye, que estoy embarazada, solo es eso…

Sí que di una carrerita hacia su coche y a él se le encendió el alma. Ese chico estaba por mí y era de lo más lindo.
Ya me podía haber fijado en él y no en el idiota de Héctor, que se iba a morir pensando solo en las apariencias.

—Gracias, hoy está tardando mucho.

—Pero es que no tendrías por qué esperar el bus ningún día. A mí me coge de camino, puedo dejarte y así
llegarías antes a comer.

—No, hombre, no. Que eso es un fastidio para ti, no te coge tan de camino. Además…

—Además, ¿qué? —me preguntó con interés.

—Que yo me voy a ir de la empresa pronto, Andy, eso.


asar a Héctor en su
ientras la llevaba a
—¿Por tu embarazo? Pero no tienes que irte, te corresponde tu baja maternal, tienes tus derechos. Si es por
Paloma, no te preocupes, que ella no te va a poder rebatir eso.

—No, es un poco por todo. Y como sabes que he ganado un dinerito con lo de la publicidad, creo que es momento
de empezar una nueva vida.

—La publicidad, ¡ay, Dios! Pero si estás ahí, en la foto, ¡qué guapa!

Lo dijo con total entusiasmo, sin querer arrancar, mirándola…

—Vámonos ya, anda, que te van a multar.

—Es que estás genial, pareces una modelo profesional.

—¿Sí? Pues espera a verme en el spot, que ahí hasta hablo. Vaya, una frasecita solo, pero sí…

—Ya estoy deseando verlo, Vania.

Me hacía sentir muy bien. Andy era de esas personas que a poco que estuviera cinco minutos a mi lado me
alegraba el día. Y además era guapísimo, lástima que a mí me fueran los malotes, me lo tenía merecido. Porque
Héctor, en el fondo, debía ser eso; un malote que había jugado a dos bandas, pese a que la partida quien la hubiese
perdido era yo que estaba sola, embarazada, con hambre a todas horas y con una lagrimilla perpetua a punto de
salir de mis ojos.

eo que es momento
de empezar una nueva vida.

—La publicidad, ¡ay, Dios! Pero si estás ahí, en la foto, ¡qué guapa!

Lo dijo con total entusiasmo, sin querer arrancar, mirándola…

—Vámonos ya, anda, que te van a multar.

—Es que estás genial, pareces una modelo profesional.

—¿Sí? Pues espera a verme en el spot, que ahí hasta hablo. Vaya, una frasecita solo, pero sí…

—Ya estoy deseando verlo, Vania.

Me hacía sentir muy bien. Andy era de esas personas que a poco que estuviera cinco minutos a mi lado me
alegraba el día. Y además era guapísimo, lástima que a mí me fueran los malotes, me lo tenía merecido. Porque
Héctor, en el fondo, debía ser eso; un malote que había jugado a dos bandas, pese a que la partida quien la hubiese
perdido era yo que estaba sola, embarazada, con hambre a todas horas y con una lagrimilla perpetua a punto de
salir de mis ojos.
Capítulo 15

A muy, muy poquito de la Navidad, llegó el momento de que me confirmaran el sexo de mi bebé.

Con Marta de la mano, que mi amiga no me dejaba ni a sol ni a sombra, pero con mi madre también en la eco,
porque la mujer se empeñó en venir y a mí hizo ilusión su empeño.

—Es una niña, Vania, es una niña—me confirmó Claudia.

—¿Una niña? — Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas.

—¡Te lo dije! Si es que yo sabía que no iba a fallar, que era una niña y seguro que va a ser preciosa—Marta se
echó a llorar.

—Hija, una niña, voy a tener una nieta—Mi madre estaba también de lo más emocionada y se acercó a la pantalla.

—Sí, mamá, una nieta, una nieta—Tenía que contener las lágrimas porque no me permitían ni hablar.

—¿Y está todo bien, Claudia? ¿Cómo la ves?

—La veo perfecta y seguro que será tan guapa como su mami.

—Y como su papi—Se me escapó decir y todas me miraron.

—Más guapa todavía es su madre—añadió Marta, que tenía pasión conmigo. Y yo no quise rebatírselo, pero su
padre era guapo hasta no poder más, con él rompieron el molde.

En momentos así era cuando echaba irremediablemente de menos que Héctor hubiera sido otro tipo de hombre,
¿por qué tenía que pasar sola por ese trance? Estaba muy tontita, con los nervios tocados todo el día, porque sola
no me dejaba jamás Marta y ahora también tenía a mi madre pendiente de mí.
La ecografía, en 4D, por primera vez me permitía ver a mi hija con total nitidez, con su cabecita, el tronco, el
cordón umbilical que nos unía y que, aunque lo cortaran en el momento de su nacimiento, nos iba a unir siempre.

Martita crecía en mi vientre sana y fuerte. Y yo no podía dejar de llorar mientras la veía, tan chiquitita y tan bien
formadita ya.

—Ahora te puedes ir a casa tranquila—me comentó Claudia, mientras me vestía.

—No, no, ahora me las llevo a las dos a merendar, que hoy tengo antojo de tarta de tres chocolates. En mi barrio
hay una pastelería en la que venden una que está de rechupete…

—¿Qué me dices? Ya me gustaría probarla, es mi preferida.

—¿Sí? Pues la próxima vez que venga a ver a Martita te traigo un buen pedazo.

Salimos de allí con la intención de ir a zampárnosla y nos pusimos hasta las cejas de una tarta que no me hartaba
desde que me quedé encinta. Es que igual me podía comer un trozo que diez, me fascinaba.

—María Jesús, te puedes quedar tranquila, que tu nieta está bien alimentada, anemia no va a tener su madre—le
decía Marta, que estaba pletórica por haber acertado el sexo del bebé y que también se estaba tomando una buena
porción, pero en su caso de tarta de zanahoria.

cercó a la pantalla.
—Anemia no, pero como siga así le va a dar una subida de azúcar. Vania, hija, ni se te ocurra pedir un tercer
trozo…

Mi madre estaba en todo, había cambiado mucho. Y hasta mi hermano Tony, aunque seguía siendo un petardo,
estaba dando el callo en su trabajo, por lo que la cosa había cambiado lo suficiente como para que me apeteciera
pasar las Navidades con ellos.

Después de la merienda, me encontré con una sorpresa porque Marta se empeñó en que entráramos en su tienda y
allí Agustín y ella me tenían preparada una enorme cesta con todo tipo de ropitas y complementos para la niña.

—Ay, por favor, pero no podéis hacerme esto, es demasiado bonito.

—Bonito como tú y te callas. Ya estás de tiempo suficiente como para que te hagan regalos, estos son unos Reyes
adelantados. Es que resulta que hemos recibido la nueva colección, pero mira las cosas que hay por si quieres
cambiar alguna.
—¿Qué voy a cambiar? Voy a cambiar de piso y no os voy a dar la dirección, que regalos así os van a arruinar.

—Sí, claro, el mes que viene no comemos. Vania, hija, no me seas tontita, que te estás volviendo de un dulce…

Mia quién fue a hablar de dulce, que era escuchar que se dijera algo de su ahijada y tener que correr por el babero,
estábamos todas emocionadísimas con el nacimiento de la niña.

Y, por si fuera poco, todavía me quedaba una sorpresa más ese día…

Abrimos la puerta de mi casa, las tres, portando la cesta, cuando me encontré un precioso moisés en medio del
salón, envuelto con un enorme lazo.

Las piernas me temblaron tanto que tuve que sentarme en el sofá.

—Hija, Marta me dijo que era el que te gustaba. Es un regalo de tu padre y mío.

—Eso, eso, que yo también he intervenido—Llegó mi padre en ese momento.

—Papá, pero ¿por qué habéis hecho esto?

—Porque estamos locos con la llegada de ese crío, Vania, por eso.

—Papá, va a ser una niña, es tu nieta…

—¿Una niña? Madre mía, otra reina de mi casa, si es que la voy a querer con locura, ya la quiero…

—Gracias, papá…

—No me des las gracias, hija. Y hablando de gracias, soy yo quien te las tengo que dar a ti.

—¿Qué dices, papá? ¿Por qué? Anda ya…

—¿Anda ya? El otro día caí en por qué me sonaba a mí la constructora para la que trabajo, chiquitilla…

—¿Sí? Pues papá, ni idea. Vamos, es que no sé de lo que me hablas.

—No, ¿no? Pues solo por eso nos vamos a ir esta noche a cenar, a celebrar que es una niña, ¡voy a tener una nieta!
—Papá, que no, que no podéis tirar la casa por la ventana. A la cena invito yo.

—De eso nada, Vania, y tú chitón, que soy tu padre.

orrer por el babero, Hay cosas que nunca cambian y esa era una de ellas. Los padres nos ven siempre como niños y yo comenzaba a
tener una perspectiva distinta de todo. Lo mismo me sucedería a mí con Martita el día de mañana, por lo que poco
podía decir…

Mi niña, era una niña…Una niña que tenía muchas posibilidades de nacer con unos ojos verdes que me llegaran al
alma.

y a tener una nieta!


—Papá, que no, que no podéis tirar la casa por la ventana. A la cena invito yo.

—De eso nada, Vania, y tú chitón, que soy tu padre.

Hay cosas que nunca cambian y esa era una de ellas. Los padres nos ven siempre como niños y yo comenzaba a
tener una perspectiva distinta de todo. Lo mismo me sucedería a mí con Martita el día de mañana, por lo que poco
podía decir…

Mi niña, era una niña…Una niña que tenía muchas posibilidades de nacer con unos ojos verdes que me llegaran al
alma.
Capítulo 16

Me colé en el trabajo con un bizcocho de limón que había hecho la noche anterior.

Era tanta la emoción por conocer ya el sexo de mi bebé que no podía conciliar el sueño, por lo que me metí en la
cocina hasta tarde.

Ana y Patri, a quienes se lo había prometido, me esperaban expectantes, ya que ambas eran unas golosas de
mucho cuidado.

Desde el despido de Eva, que nos afectó tanto a todas, habíamos hecho piña y para mí esas chicas se habían
convertido en amigas.

—¿Qué es? ¿Qué es? —me preguntaron al verme.

—Es una niña, chicas, una niña…

No había acabado de decirlo cuando ambas me hicieron una señal de que tenía alguien detrás.

—¿Vas a tener una niña, Vania? —me preguntó Héctor, que también llegaba así de temprano.

—Sí, va a ser una niña y he traído un bizcocho de limón para celebrarlo, espero que no te importe, será una
celebración rapidita.

—Por supuesto que no, tomaos el tiempo que necesitéis.

Vi la emoción en sus ojos, una emoción contenida. Se ve que en el fondo de su elitista corazoncito también
pasaban cosas, porque Héctor parecía especialmente triste ese día.

Supongo que también pasó por su mente ese momento en el que, meses atrás, le prometí hacer uno de esos
bizcochos para él.

—¿Quieres probarlo? —le pregunté porque me dio un apuro tremendo.

—Me encantaría, ¿puedo?

—Claro, no hay ningún problema.

Después de decirlo me arrepentí porque con Héctor allí sentí que se nos cortó todo el punto, incluso a mí. O,
mejor dicho, más que a nadie a mí, que ya no fui capaz de retomar la conversación con naturalidad.

También llevaba un termo de chocolate calentito para acompañar. Ya he dicho que me había dado por el chocolate
y me gustaba tomarlo en todas sus variantes. Además, así calentito, entonaba el cuerpo en una mañana gélida
como aquella.

—Está increíblemente bueno, Vania, ¿puedo repetir?

—Tú verás si puedes, yo creo que no hay ningún problema—le contesté adrede por aquello de que a Paloma no le
gustaba que comiera dulce.

Mucho no es que pareciera importarle a él su opinión porque a falta de uno, fueron varios los trozos que se tomó.

—Es, sin duda, el mejor bizcocho de limón que he probado en mi vida—me dijo antes de marcharse para su
despacho.

A esa hora, su Palomita no revoloteaba por allí, pero sí lo hizo a media mañana cuando volvimos a hincarle el
diente al otro medio bizcocho que quedó. Fue Linda la que nos vio y le dio el chivatazo, pues ella no tardó en
venir.

—¿Se puede saber lo que está pasando aquí?

Se notó que ya se le iba olvidando el miedo que debió pasar con lo del hurto de los gemelos y volvía a coger vuelo
de nuevo. Dicen que la cabra tira al monte y con las Palomas debe suceder algo parecido, en fin…

—Pues nada, que voy a tener una niña preciosa y lo estamos celebrando, ¿te unes? —le pregunté con toda la mala
leche que me caracterizaba en momentos así.

—¿Una niña? —me preguntó con cara de asco.


—Sí, mira, había cincuenta por ciento de posibilidades, no es tan raro—lo dijo como extrañada y por eso se lo
aclaré.

Aunque para mí, lo que de verdad estaba calculando ella era el porcentaje de posibilidades de que mi hija fuera de
su prometido, porque tan tonta no debía ser, por mucho que mirase para otro lado por su conveniencia.

—Ya, ya, supongo. Bueno que no, claro que no… Tomar azúcar y por la mañana, es de locos, ¿a quién se le
ocurre?

Me quedé con ganas de contarle que a Héctor, que se había zampado unos cuantos trozos como si no hubiera un
mañana.

do por el chocolate
Ese mismo Héctor se topó conmigo, o más bien me buscó hasta toparse, a última hora.

—¡Jo, qué susto! —Di un salto porque no lo escuché venir. Claro, cómo iba a escucharlo si llevaba la música a
tope.

que a Paloma no le —Lo siento, ¿te he asustado? —Hizo ademán de colocarme la mano en el vientre y yo di un respingo como un
gato.

—¿Qué haces? —Se la quité porque, aunque me hubiera encantado que la dejara, no podía permitirme ciertas
licencias dadas las circunstancias.

Héctor no podía ser nadie en mi vida ni en la de Martita, por lo que era mejor que las cosas nos quedaran claras a
todos.

—Perdona, ha sido un gesto instintivo, de protección, por lo del susto. Discúlpame.

Se me cayeron las bragas hasta el suelo, esa es la realidad, pero también era real que él no podía darse cuenta de
cuán frágil me sentía cuando lo tenía delante de mí.

olvía a coger vuelo —Pues yo no necesito tu protección—le mentí porque nada me habría gustado más en el mundo que sentirme
querida, mimada y protegida por él en esos momentos.

—Lo siento, no volverá a ocurrir, pero quería felicitarte en privado, solo eso. Oye, Vania, ¿me permites una
pregunta?

—¿Qué es lo que quieres saber?


—¿Estás con el padre de tu hijo?

—¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Y a ti qué te importa?


ue mi hija fuera de
—Lo siento, es que quería saber si al menos alguien te cuida y te protege.

—Mira, Héctor, a mí no me hace falta nadie para eso, ¿lo entiendes? Yo solita me valgo y me sobro, no soy como
otras.

—¡Haya, paz, por favor! Vania, ¿no hay manera de que tengamos una conversación civilizada sin que
discutamos? He venido en son de paz.

—Y yo no te he llamado. No necesito tu felicitación ni tus palabras de aliento y, por supuesto, mucho menos que
me protejas. Tampoco te importa con quién esté o deje de estar. Tú y yo tenemos vidas totalmente separadas y
cuanto antes se te meta eso en tu pija cabeza, mucho mejor.

—No volverá a ocurrir, lo siento. Pero es que me cuesta mucho, Vania. Aquí donde me ves, me cuesta una
barbaridad.

—Oye, ¿es cosa mía o me vas a contar tu vida? Porque si es así ya puedes callarte antes de que me dé la risa floja.

—Lo siento, Vania, lo siento.

Y yo sentía que hubiéramos llegado a aquel punto, pero me dolía que estuviera, que no estuviera, que me hablara,
que no me hablara… y hasta que respirara…
—¿Estás con el padre de tu hijo?

—¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Y a ti qué te importa?

—Lo siento, es que quería saber si al menos alguien te cuida y te protege.

—Mira, Héctor, a mí no me hace falta nadie para eso, ¿lo entiendes? Yo solita me valgo y me sobro, no soy como
otras.

—¡Haya, paz, por favor! Vania, ¿no hay manera de que tengamos una conversación civilizada sin que
discutamos? He venido en son de paz.

—Y yo no te he llamado. No necesito tu felicitación ni tus palabras de aliento y, por supuesto, mucho menos que
me protejas. Tampoco te importa con quién esté o deje de estar. Tú y yo tenemos vidas totalmente separadas y
cuanto antes se te meta eso en tu pija cabeza, mucho mejor.

—No volverá a ocurrir, lo siento. Pero es que me cuesta mucho, Vania. Aquí donde me ves, me cuesta una
barbaridad.

—Oye, ¿es cosa mía o me vas a contar tu vida? Porque si es así ya puedes callarte antes de que me dé la risa floja.

—Lo siento, Vania, lo siento.

Y yo sentía que hubiéramos llegado a aquel punto, pero me dolía que estuviera, que no estuviera, que me hablara,
que no me hablara… y hasta que respirara…
Capítulo 17

El día veinte, a cuatro días de Nochebuena, la pamplinosa de Paloma contaba sus planes a voz en grito…

—Pues volamos el veintidós a Méjico. Mis suegros están allí pasando una temporadita y nos han invitado a
celebrar las Navidades con ellos. No veo la hora, tengo ya hechas no sé cuántas maletas. Menos mal que para
nosotros el dinero no es problema, porque me va a costar más la facturación que el vuelo—Se lo estaba diciendo a
Linda, pero con tal torrente de voz que pareciera querer enterarnos a todos.

—Ea, casi igual que nosotras, ¿eh? Unas a Méjico de vacaciones y otras a seguir dándole al mocho—murmuró
Patri.

—Y que no falte, guapa, que según están las cosas, miedo le da a una. Yo aquí me quedaría de por vida, aunque
tenga que aguantar carros y carretas a la tontaina de Paloma, pagan mucho mejor que en otros sitios. Y ahora,
además, cogemos paga extra—le comentó Ana.

—Yo no creo que me quede aquí mucho tiempo, chicas, la verdad.

—¿Y eso por qué? —me preguntaron al unísono.

—Porque me voy a ir a finales de enero.

—¿Por la barriga? Pero si no hace falta, te coges tu baja maternal y luego te vuelves.

—Ya lo sé, pero es que necesito un cambio de aires.

Me dijeron lo mismo que Andy, pero yo la decisión la tenía totalmente tomada. Y, hablando de Andy, él me
seguía acercando a casa todos los mediodías e incluso se había ofrecido también a recogerme por las mañanas,
algo que yo no acepté con la excusa de que estiraba las piernas hasta la marquesina del bus.

Ese día, al dejarme en casa, lo noté como un poco apurado.


—Vania, verás, es que quería decirte una cosa.

—Dime, Andy, ¿qué pasa? Si es que no puedes seguir trayéndome no hay ningún problema. Yo sé que hasta te
desvías y que no te viene bien, no soy tonta.

—Que no mujer, que no es eso. Si a mí me encanta desviarme, tranquila.

—Ah, vale, es que no quiero ser una mosca cojonera, a mí no me gustan esas cosas.

—¿Una mosca cojonera? Tú más bien eres una mariposa bonita de todos los colores.

Por un momento, sus almendrados ojos brillaron más que nunca.

o estaba diciendo a —Gracias, Andy, eres muy amable. Pero ¿qué es eso que me querías decir?

El pobre no lo sabía, pero yo tenía unas ganas que no eran normales de subir y zamparme una bandeja de
croquetas de rabo de toro que dejé preparadas, solo a falta de freírlas.

—¿Tú tienes pareja, Vania? —Su atractiva cara se sonrojó al preguntármelo.

—¿Yo pareja? No, ¿Por qué lo dices? Ah, ya, por mi embarazo. No, no tengo pareja, Andy.

—Ah, vale, es que me gustaría invitarte a cenar el viernes por la noche, ¿cómo lo ves?

—¿Invitarme a cenar? Ay, es que me has cogido un poco de sorpresa, no sé lo que decir.

—Pues di que sí, mujer, lo pasaremos bien. Solo será una cena de amigos, pero podremos charlar un rato y, si
después te apetece, podemos ir a bailar y a tomar una copa.

—Andy, es que no estoy mucho para bailar. Y menos para tomar copas, eso te lo digo desde ya.

—¡Qué tonto! Claro. Bueno, pues quien dice una copa, dice un refresco, ¿te va bien? Anda, dime que sí.

—Vale, vale, iremos a cenar. Pero lo de después ya mejor no, que además con el embarazo me ha dado por dormir
y estoy como un lirón.

—Perfecto, pues cena y te traigo a casa.


—Trato hecho.

Subió las escaleras con una sonrisilla tontona que me notó Marta en cuanto entré.

—¿Y a ti qué te ha pasado?

—Que Andy me ha invitado a cenar el viernes.

—¿Y le has dicho que sí?

—Sí, yo qué sé, es que no me lo esperaba y no he sabido zafarme.

—¿Y por qué tenías que zafarte? Tú siempre dices que es muy guapo y simpático. Vamos, que es muy buena
gente.

—Pues por eso tendría que zafarme, porque no quiero jugar con sus sentimientos.

—Mujer, que tampoco le has prometido casarte con él. Sales, te aireas, te hartas de cenar, que hay que ver si
cenas, hija de mi vida. Y, de paso, te echas unas risas que son maravillosas para todo.

—Supongo que tienes razón. Además, ya habrán pasado Nochebuena y Navidad y estaré más tranquila.

—Oye, que nuestras Navidades tampoco es que sean como las de los famosos que se van a Nueva York y eso, que
las nuestras son muy tranquilas, aquí en el barrio.

—Ya, que para eso tampoco hay que ser famosos, Héctor y Paloma se van a Méjico, que están allí los padres de
él.

—¿Y eso te escuece?

—¿A mí? ¡Qué va!

—Ay, cariño, a robar vas a venir a la cárcel. Pues claro que te escuece, pero piensa una cosa.
ha dado por dormir
—Ya, ya sé lo que me vas a decir, que vaya castigo pasar las Navidades con la asquerosa esa de Amelia, eso ya lo
he pensado.
—Ea, pues no tengo más que decirte.

—Eso, que quien no se consuela es porque no quiere. Oye y tú, ¿pasas algún día con tus suegros?

—Sí, con ellos pasamos Fin de Año. Estoy deseando comenzar el año nuevo con Agustín, ¡qué ilusión!

—Qué asquito más bonito, de veras que te tengo una envidia sana que para qué…

—Tonti, que a ti ya te llegará.

va York y eso, que

Amelia, eso ya lo
—Ea, pues no tengo más que decirte.

—Eso, que quien no se consuela es porque no quiere. Oye y tú, ¿pasas algún día con tus suegros?

—Sí, con ellos pasamos Fin de Año. Estoy deseando comenzar el año nuevo con Agustín, ¡qué ilusión!

—Qué asquito más bonito, de veras que te tengo una envidia sana que para qué…

—Tonti, que a ti ya te llegará.


Capítulo 18

El veinticuatro por la mañana me despedí de mis compañeras. Ese día salíamos antes, a la una del mediodía, y el
ambiente en el curro era de lo más relajado.

Paloma y Héctor ya se habían despedido unos días antes y allí solo quedaba Linda con el modo espía puesto, pero
por lo demás el aire era mucho más respirable de lo habitual.

Andy me llevó a casa y me despidió con la mejor de sus sonrisas, dándome un cariñoso beso en el moflete y
deseándome unas felices fiestas.

—Y no te olvides de que el viernes cenamos juntos, ¿eh? Que eso es lo más importante.

—No, claro que no me olvido, te deseo unas fiestas muy felices también con los tuyos.

El chico era un encanto y se veía ilusionado con la cena. Y a mí, poco a poco, me estaba contagiando esa ilusión.

A media tarde llamé al timbre de la casa de mis padres, con una sonrisa en el rostro y una tarta de chocolate negro
con naranja que había preparado para el postre.

—Pero Vania, hija, no tenías que traer nada, ¿cómo se te ocurre? Vienes a tu casa—me recriminó mi madre, que
me abrió con el delantal puesto.

—Mamá, no me digas que eso que huele es el pavo con pasas que tanto me gusta.

—Sí, hija, sé que hace años que no lo cocino, pero me acordé de que era tu preferido cuando eras niña y he
pensado que te gustaría.

—¿Gustarme? Mamá, me voy a poner ciega a pavo. No sé si será sano en mi estado—bromeé.


—¿Eso no será sano y atiborrarte a chocolate sí? Vania de mi alma, que menos mal que no eres de engordar,
porque si no habrías cogido ya doscientos kilos.

—Tu madre, que nunca ha sido exagerada, ¿cómo estás, hija? —Salió mi padre del baño perfectamente arreglado
y perfumado.

—Papá, ¡qué bien hueles! Y qué guapo estás.

—Hija, la ocasión lo merece, que no puede estar uno siempre con la ropa de trabajo y hecho unos zorros.

—Tú siempre estás bien, papá, la elegancia se lleva dentro. Pero así de guapo no veas, mamá te va a pedir
cualquier día que te vuelvas a casar con ella.

—Sí, hombre, qué cosas dices.

—¿Y por qué no, Antonio? Que nuestras bodas de oro pasaron ya, pero podemos celebrarlas cuando nos dé la
gana.

—¿Y a ti te gustaría, María Jesús?

—Pues mira, sí, nunca me lo había planteado, pero sí…

En esas que llegó mi hermano Tony, un tanto cortado porque no nos habíamos vuelto a ver desde que yo me fui de
casa.

—Hola, Vania, me han dicho que me vas a hacer tío, ¿no?


de chocolate negro

Era su manera de firmar la paz, tampoco le podía pedir peras al olmo.

—Eso dicen, hermano. Y a ti, ¿cómo te va?

—Bien, bien. Ahora tengo un curro y eso. Y lo del módulo también va para adelante, he aprobado todo.

—Me alegro un montón, ¿sabes que va a ser una niña?

—¿Una niña? Anda, pero si yo pensaba llevarlo a jugar al fútbol.

—¿Y qué? No me seas zopenco, ¿es que las chicas no juegan al fútbol?
—No, sé, tú nunca jugaste al fútbol conmigo.

—Porque tú dabas coces, ni patadas ni nada, directamente coces. Y me ponías las piernas que daba miedo
mirarlas.

—¿Eso hacía? Qué animal yo, ¿no? Mira, Papá Noel le ha traído algo a la peque.

—Gracias, Tony, ¿qué es? —Me sorprendió mucho, no esperaba ese gesto por su parte.

—Ábrelo y lo ves.

—Pero bueno, es un Pluto de peluche igual que…

—Igual que tu preferido de pequeña, ese que yo descuajaringué, que siempre he sido un borrico aparejado.

—Tony, gracias, es un detalle precioso.

—Ya te digo. Y lo mío me ha costado encontrarlo por Internet. No veas si he dado vueltas para encontrar el
dichoso muñeco.

—Es un detallazo, Tony, todo un detallazo.


de que yo me fui de

No me podía creer lo que estaba ocurriendo. En los últimos años, eran contadas las ocasiones que mi hermano y
yo hablábamos. Y cuando lo hacíamos era para tener tales discusiones que casi necesitábamos la intervención de
los GEOS. Y ahora esto…

La tarde fue de los más familiar y cuando por fin nos sentamos a cenar me tomé un par de platos de ese pavo con
pasas que me supo tan exquisito. También disfruté de un montón de entrantes y, como postre, me tomé una
porción gigante de la tarta.

Justo terminaba de degustarla cuando me sonó un WhatsApp. Me imaginé que sería Marta, para desearme una
feliz noche, pero me equivoqué. Era un mensaje de Héctor.

Él: “Te deseo una preciosa Nochebuena acompañada de los tuyos. Feliz Navidad desde el otro lado del mundo,
Vania”.

Lo que en otras circunstancias me habría hecho ilusión, en esas me mató, porque me removió mucho por dentro y
me sentí jodidamente mal. Por otra parte, eso de “desde el otro lado del mundo” me molestó cantidad, porque me
lo tomé como que me estaba restregando por toda la cara su megaviaje a Méjico.

Yo: “¿Cómo se te ocurre escribirme en una noche así? Ojalá desaparezcas de mi vida”.

No conté hasta diez. Por desgracia no lo hice. Siempre he sido muy impulsiva y en momentos así no las pienso,
por lo que cuando quise darme cuenta ya le había dado a enviar.

Ni siquiera quise leer los siguientes mensajes que me envió, sin duda pidiéndome disculpas.

—¿Te ha pasado algo, Vania? Hija, se te ha puesto muy mal color de cara—me preguntó mi madre.

—Hija, no te habrá molestado un hombre, porque me llevan los demonios. Si es así, dímelo que quien sea se va a
encontrar con el puño de tu padre.

—No es nada, tranquilos. De veras que no es nada…


lo tomé como que me estaba restregando por toda la cara su megaviaje a Méjico.

Yo: “¿Cómo se te ocurre escribirme en una noche así? Ojalá desaparezcas de mi vida”.

No conté hasta diez. Por desgracia no lo hice. Siempre he sido muy impulsiva y en momentos así no las pienso,
por lo que cuando quise darme cuenta ya le había dado a enviar.

Ni siquiera quise leer los siguientes mensajes que me envió, sin duda pidiéndome disculpas.

—¿Te ha pasado algo, Vania? Hija, se te ha puesto muy mal color de cara—me preguntó mi madre.

—Hija, no te habrá molestado un hombre, porque me llevan los demonios. Si es así, dímelo que quien sea se va a
encontrar con el puño de tu padre.

—No es nada, tranquilos. De veras que no es nada…


Capítulo 19

—Marta, ¿no voy demasiado provocativa? Mira que tampoco le quiero hacer ilusiones al chaval, que eso no es
justo.

—¿Demasiado provocativa? ¿Quién eres tú y que has hecho con mi amiga? Ni se te ocurra volver a darme un
susto igual, nenita, ¿qué dices?

—Es que se me están poniendo las tetas como melones y no quiero llevarlas ahí apretadas para que parezca lo que
no es.

—Vania, estás preciosa con ese vestido, no querrás parecer una monja, deja de decir tonterías.

—Ya se me nota un poco la tripita con él, ¿verdad?

—Eso sí, pero sigues teniendo un tipo precioso. Y encima con esa “pechonalidad”. Siento decirte que sexy sí que
estás, pero es que lo eres, eso no lo vas a poder remediar por mucho que lo pretendas.

—Va, va, ¿qué hora es?

—Son las nueve, así que deja ya de pasarte las planchas, que tienes el pelo de anuncio y vete ya.

Bajé las escaleras con cuidado, porque pese a mi embarazo, llevaba unos buenos tacones. Antes muerta que
sencilla, y una ocasión era una ocasión.

—Guau, estás preciosa, Vania—me dijo bajándose del coche en cuanto me vio aparecer.

—Gracias, Andy, qué detalle—le contesté al abrirme la puerta del copiloto.

Con Héctor no había tenido ocasión de comprobar si era o no de tener esos detalles, porque nuestra relación se
había circunscrito al sexo, al sexo y también al sexo, por mucho que él dijera.

Andy no paró de darme conversación por el camino e inicialmente yo me sentía un poco desubicada. No obstante,
como no podía ser más encantador, pronto me sentí muy cómoda y comencé yo también a darle palique.

Él no paraba de reírse, sobre todo cuando le conté una y mil anécdotas de mi barrio.

—Para mí que tú no has tenido mucha calle de pequeño, ¿no? —le pregunté porque me llamó la atención lo
mucho que alucinaba con todo.

—No, qué va, yo fui el típico empollón que estaba siempre encima de los libros. No era muy de calle, no…

—Y después seguiste estudiando a tope, supongo.

—Sí, en la carrera ya viví un poco más, pero tampoco te creas que fue para tirar cohetes. Y luego, en cuanto
terminé, me saqué una novia y a partir de ahí no viví demasiado.

que parezca lo que


—¿Una novia? ¿Y qué pasó?

—Pues que con los años conoció a otro y me la estuvo pegando una temporadita buena hasta que espabilé, no
creas que me di cuenta a la primera. Y mira que me lo dijeron, que la habían visto en cierta compañía y tal, pero
nada… Yo ponía la mano en el fuego por ella y me quemé, claro que me quemé.

Resoplé porque lo nuestro era de traca. Yo también sabía que no debía estar con Héctor y no solo lo hice, sino que
no tomé las debidas precauciones y me quedé embarazada de él. En ese momento, ya quería a Martita con toda mi
alma, pero que eso no le restaba un ápice de irresponsabilidad a mis actos.

—¿Y tú? ¿Puedo preguntarte por lo que te ha ocurrido?

—¿Te refieres a lo de mi embarazo?

—Sí, a eso.

—No me lo tomes a mal, pero es un algo un poquito personal. Prefiero dejarlo para mí, ¿ok?

—Ok, espero no haberte molestado. Oye, Vania, yo solo te quería decir que…

—¿Qué? Dime.
—Que no vayas a pensar que todos los hombres somos iguales porque te haya sucedido eso. Yo entiendo que hay
mucho bala por ahí que no se haga cargo de sus propios hijos, a mi madre misma le ocurrió, pero que otros
cada. No obstante, muchos no somos así e incluso podemos llegar a querer como nuestros a esos pequeños.

No salté a comérmelo en ese mismo momento porque habría sido muy cantoso, pero era un trocito de pan. Sin
saberlo o sabiéndolo, provocó que se me iluminara el alma, porque es muy cierto que yo estaba muy apagadita
últimamente.

—Gracias, Andy, te diría que eres un encanto, pero seguro que eso ya lo sabes.

—Anda ya, solo soy un tío corriente y moliente, lo que pasa es que ha caído al pelo y te lo he dicho.

—Tú no tienes nada de corriente y moliente, eres un tipo excepcional, te lo aseguro.

—Pues si tan excepcional soy, me tienes que dejar que te invite a un sitio después.

—¿A un sitio a bailar? Mira que me he puesto taconazo y que no puedo con mi alma.

—Pues entonces a un pub irlandés muy cuco que conozco, con la música tenue, en el que se puede charlar. No me
digas que tienes ganas de irte ya a casa.

—No, no las tengo. Vale, vamos…

o lo hice, sino que Pagó la cuenta, no admitió que le dijera nada al respecto y nos fuimos. Era todo un caballero y se le veía feliz
Martita con toda mi como una perdiz esa noche.

Llegamos al pub y allí lo conocía mucha gente. Se veía que tenía amigos hasta en el infierno. Lo observé mientras
pedía y se lo comenté cuando llegó a la mesa.

—Jolines, eres más conocido que el papa, chico. Oye, ¿y tú por qué no bebes?

—¿Tomarme una copa? Porque tú no puedes y no estaría bonito, las cosas no se hacen así.

—Me parece que tú eres más cumplido que un luto, ¿eh? Que yo no me lo voy a tomar a mal.

—Ya, pero es que no lo disfrutaría y ya. Yo soy así, Vania, y lo hago por los dos, no me sentiría bien.

Sin duda que Andy tenía un montón de valores y me fue imposible no compararlos con los de Héctor. No lo veía
yo dejándose comprar como lo hacía el de los ojos verdes más bonitos del mundo.
A partir de ahí, me relajé un poco más y él también lo hizo, lo que me permitió comprobar que contaba con un
irónico sentido del humor que me hizo reír mucho durante un par de horas, hasta que un bostezo dio la señal de
alarma.

—Te llevo pero que ya a casa, que no quiero quedarme con la impresión de haberte aburrido.

—No me he aburrido nada, Andy. Me lo he pasado muy bien.

ede charlar. No me

o observé mientras
A partir de ahí, me relajé un poco más y él también lo hizo, lo que me permitió comprobar que contaba con un
irónico sentido del humor que me hizo reír mucho durante un par de horas, hasta que un bostezo dio la señal de
alarma.

—Te llevo pero que ya a casa, que no quiero quedarme con la impresión de haberte aburrido.

—No me he aburrido nada, Andy. Me lo he pasado muy bien.


Capítulo 20

El día treinta a primera hora, víspera de Fin de Año, llegué a la oficina y cogí mis bártulos, como todas las
mañanas.

Me tocaba repasar esas oficinas de arriba a las que por fin les iban a dar uso en breve. Menos mal, porque llevaba
meses limpiándolas y aquello era más inútil que la “P” de psicología.

Avanzaba por el pasillo camino del ascensor cuando escuché el grito de Linda.

—¡No puede ser, Amelia, no puede ser!

Pronto se vio rodeada por un montón de trabajadores.

—Por favor, que alguien ponga la televisión. Parece ser que se ha perdido la señal del avión en el que volvían
Paloma y Héctor.

Noté que, por mucho que tratara de evitarlo, mi cuerpo al completo comenzó a temblar.

—¿Qué dices, Linda? Pero eso no puedes ser.

—Eso ya lo he dicho yo, no me seas lorito de repetición. Y a ver si te crees que me lo he inventado. Paloma va en
ese avión, joder. Ella no, ella no…

Yo no quería que le pasara nada a Paloma por mucho que la tuviera atravesada, pero en ese momento comprobé
que todavía mucho menos que le ocurriera a un Héctor, cuya desaparición me dolió una barbaridad.

—Linda, tranquila, están diciendo que hay un avión desaparecido que cubría la línea Méjico, D.F.-Madrid, pero
hay que mantener la esperanza, porque no hay noticias de ningún siniestro.
—Eso puede ser que estén fallando los sistemas de comunicación. Mi hermano es piloto y me contó que le
sucedió una vez a un compañero suyo—nos explicó Elvira, una de las chicas de contabilidad.

Por mi parte, guardé silencio y me senté en un sofacito que había allí en la entrada, no tardando Andy en venir
hacia mí.

—¿Estás bien, Vania?

—Bien, bien, Andy, muchas gracias. Impactada como todos, solo es eso.

—Quizás tú no debieras estar hoy aquí, pueden vivirse muchos momentos de tensión y no creo que sea bueno para
la niña, ¿te llevo a casa?

—No, de veras que eres muy amable, pero no es necesario.

—Vale, te traeré una infusión de la cafetería en ese caso, que te vendrá bien.

En cualquier otro momento le habría dicho que la infusión se la tomara él y que a mí me trajera una chocolatina a
algo similar, pero no en ese, en el que la boca se me secó tanto que apenas podía tragar saliva, al mismo tiempo
que el estómago se me cerró.

En unos minutos llegó Andy con la tila calentita y me la puso en las manos.

—Gracias, ¿tú qué crees que habrá ocurrido?

—Seguro que es lo que ha dicho Elvira, lo de las dichosas comunicaciones, esas, pero que no tiene por qué pasar
nada malo.

—Ni bueno tampoco, porque reconoce que no pinta bien.

—Hay que tener paciencia, ellos son muy fuertes.

Sobre todo, pensé en eso de que bicho malo nunca muere y esperé que fuera aplicable a Paloma y por extensión a
un Héctor que me estaba destrozando el corazón, por no saber qué habría sido de él.

Un par de horas después seguíamos en las mismas.

—Andy, por favor, ¿no hay manera de que se sepa nada?


—No, Vania, sé que Don Adrián no para de llamar a la embajada mejicana, pero no pueden darle noticia alguna.
La situación es caótica.

—Andy, ¿tú crees que les pueda haber pasado algo?

—Yo creo que no, quiero pensar que no, Vania, pero no nos queda otra que esperar.

Lo hicimos, con total paciencia, durante varias horas más. Aquella mañana, salvo alguna urgencia puntual que
hubo que cubrir, el trabajo se paralizó por completo en las oficinas. Normal, ninguno de nosotros era capaz de dar
pie con bola en una situación así.
que sea bueno para
Aunque Paloma no era santo de la devoción de ninguno, tampoco le deseábamos ningún mal y Héctor sí que había
sabido ganarse el cariño y el respeto de su gente. Solo había que mirar las caras para saber que eso era así, pero
por encima de todas ellas, destacaba la mía, que hasta vomité durante aquel rato, por mucho que las náuseas ya me
estuvieran abandonando.

En torno a las dos de la tarde, el silencio se hizo entre todos nosotros. Estaban dando la peor de las noticias, esa
que ninguno de nosotros quería escuchar.

Por lo visto, al avión le había fallado un motor intentando un aterrizaje de emergencia que fue imposible, por lo
que acababan de informar de que se había estrellado. Sin duda, serían muchas las personas que habrían fallecido
como consecuencia del impacto, pero se desconocía si algunos de los pasajeros continuaban con vida.

La sangre se me heló en las venas y me dio un ataque de ansiedad que tuvo que sofocar Andy, trayéndome una
bolsa para que hiperventilara.

—No deberías estar aquí, Vania, en cuanto mejores te llevaré a tu casa.

—No, yo quiero quedarme, quiero ver lo que sucede.

—Vamos a tardar en volver a tener más noticias y cabe la posibilidad de que las que lleguen no sean nada buenas,
Vania. Lo mejor que podrías hacer es irte a casa. Si no quieres hacerlo por ti, hazlo por tu hija, por Martita.

Tenía más razón que un santo, por lo que le hice caso y llegué a casa directamente para tumbarme en el sofá y
poner la tele, con las piernas en alto.

Marta me trajo un caldo calentito y vino corriendo a sentarse a mi lado.

—Cariño, tranquila, que la esperanza es lo último que se pierde.


—Ya lo sé, porque lo primero es la paciencia. Lo sé porque esa ya la he perdido.

—Venga, guapa, que no, que nosotras somos chicas con suerte.

—¿Con suerte? Eso lo serás tú, porque yo más que con estrella, nací estrellada. Es que no me lo puedo creer y
además es que, si le sucede algo, no me lo perdonaré en la vida—Lloré con amargura.

—Vania de mi vida, ¿y eso por qué? Ni que llevaras tú el avión.

—Porque yo le dije el otro día que ojalá desapareciera de mi vida, por eso.
Héctor sí que había

—Mujer, esas son cosas que se dicen, pero uno no las desea de verdad. Eso lo sabe todo el mundo.
e las náuseas ya me

—No, Marta, es que cuando yo se lo dije, lo hice de corazón. Pero no quería que desapareciera así, yo no le puedo
desear nada malo. A Héctor no, a él no…

sean nada buenas,


—Ya lo sé, porque lo primero es la paciencia. Lo sé porque esa ya la he perdido.

—Venga, guapa, que no, que nosotras somos chicas con suerte.

—¿Con suerte? Eso lo serás tú, porque yo más que con estrella, nací estrellada. Es que no me lo puedo creer y
además es que, si le sucede algo, no me lo perdonaré en la vida—Lloré con amargura.

—Vania de mi vida, ¿y eso por qué? Ni que llevaras tú el avión.

—Porque yo le dije el otro día que ojalá desapareciera de mi vida, por eso.

—Mujer, esas son cosas que se dicen, pero uno no las desea de verdad. Eso lo sabe todo el mundo.

—No, Marta, es que cuando yo se lo dije, lo hice de corazón. Pero no quería que desapareciera así, yo no le puedo
desear nada malo. A Héctor no, a él no…
Capítulo 21

Las noticias seguían siendo muy confusas a primera hora de la mañana. Lo sabía porque no me despegué de ellas
en toda la noche. Así tenía los ojos, abultados como dos huevos…

—Con ese careto de cansada ni se te ocurra decirme que vas a ir a las oficinas, porque no…

—Voy a ir porque aquí en casa no hago nada y no puedo aguantar más los nervios, Marta.

—¿Y allí te van a inyectar un calmante en vena? Piensa con la cabeza.

—No, pero allí estaremos todos y, además, que yo necesito salir. No puedo estar más tiempo aquí encerrada, me
estoy volviendo loca.

Me fui en taxi, ese día me permití el capricho, porque cierto que para bus no estaba. Andy me vio llegar y se
quedó alucinado.

—¿Qué haces aquí, Vania? Deberías estar en casa.

—No podía, Andy, entiéndelo. Quiero estar aquí con vosotros.

—Pues me hubieras avisado, mujer, te habría recogido.

—No, me habrías dicho que me quedara. Así que cogiendo un taxi me he ahorrado la discusión. ¿No se sabe
nada?

—Don Adrián se ha trasladado hasta la misma embajada para estar al corriente de cualquier movimiento. En
cuanto sepa algo nos telefoneará.

—Es que todo es muy confuso. Se hablan tantas cosas…


—Demasiadas, se hablan demasiadas, ¿te has pasado toda la noche sin pegar ojo?

—Enterita, al tanto de las noticias.

—Yo también, vaya plan. Ahora mismo nos vamos a la cafetería.

—¿Y eso?

—Porque tienes que desayunar y porque no podemos pasarnos todo el día y toda la noche pegados a la pantalla,
que la cabeza nos va a petar.

—Eso es verdad, no sabes lo que me duele. Y ni una triste pastilla me puedo tomar.

—Venga, pues tomemos algo calentito, que nos vendrá bien.

A mí no me quedaba mucho tiempo allí porque había decidido dejar el trabajo a finales de enero, pero por Dios
que no quería que ese fuera el final de la historia. Héctor no podía estar muerto, no podía ser, y yo me resistía a
esa idea.

En un momento dado, y aprovechando que estábamos solos, Andy me cogió la mano para consolarme.

—Ya verás, Vania, todo va a salir bien, no lo dudes.

Necesitaba estirar las piernas, por lo que me levanté y comencé a dar vueltas por todo el pasillo. Él me
acompañaba en todo momento.

—Yo es que lo necesito por el embarazo, pero tú no tienes que hacer penitencia, ve con los demás.

—No es ninguna penitencia. Vania, yo no te veo bien. A mí no me la das, sé sincera conmigo.

—Vale, vale, pues estoy como si me hubiera hartado a pastis y acabara en un after hour, ¿sabes?

—Mucho no es que sepa porque no lo he hecho en la vida, la verdad, pero me lo imagino.

—Pues yo lo hice una vez, solo una. Y no se me ocurrirá más en la vida. Menuda tontería que he dicho, pues claro
que no se me ocurrirá más, que para eso voy a ser madre. Entonces era una chiquilla.
—¿Y qué pasó?

—Madre día, ¿tú sabes el dragón ese de “La historia interminable”?

—Claro, Falkor, se llama.

—Pues ese era un gusano chiquitillo al lado de los que yo veía, qué cosita más mala.

—No he escuchado definir nunca un “mal viaje” de esos por drogas de un modo tan gracioso.

—¿Mal viaje? Mal viaje fue el que hice hasta el hospital, que llamaron a mi madre y, como era menor, la dejaron
montarse en la ambulancia. Te juro que prefería los dragones a ella, que sí que era una fiera.

—Me imagino cómo se pondría, sí.

—No, tú no la conoces y por eso no te lo puedes imaginar…aunque ahora no parece la misma la mujer, está de un
cariñoso con su nieta.

—Pues eso es lo que cuenta. Oye, ¿nos vamos a dar un paseo a la calle?

—Va a ser mejor que sí, porque aquí está el ambiente muy viciado.

Salimos y estuvimos Castellana arriba y Castellana abajo un buen rato. Al llegar a la altura del escaparate donde
discutí con Paloma por primera vez me paré y se lo conté a Andy.

—Es horrorosa esta mujer, pero ojalá que esté bien. Nunca le he deseado ningún mal a nadie y tampoco a ella, por
mucha inquina que me tenga.

—Haces bien y Héctor es un buen tío. A veces actúa de una manera un poco extraña, pero es un buen tío, Vania.
Lástima la compañía que tiene.

—Ni en mil vidas lo entenderé.

—Ya, supongo que será por lealtad, es un tío muy leal. No sabes cómo ha luchado siempre al lado de su padre,
desde súper joven, lo dice todo el mundo.

e dicho, pues claro


—Sí, eso es verdad, parece adorarle.

—Lo ha apoyado siempre a muerte. Y su padre a él también. Lo de Amelia es otro cantar.


—¿Tú también lo sabes?

—¿A qué te refieres? — Paró el carro hasta ver si hablábamos de lo mismo.

—Vamos, Andy. Sé que ella no es su madre y que no lo ha querido nunca.

—Ya, no ha tenido suerte en ese sentido. Amelia siempre ha sido una mala persona, lástima que Don Adrián
cayera en sus redes, porque podrían haber tenido una vida mucho mejor al lado de cualquier otra mujer.

—Es tremenda, engreída, narcisista, ambiciosa…

—Es más que eso. Créeme que a mí esa mujer me da una mala espina que no es normal.

—Ya, es de esas personas que se te acercan y te da yuyu, ¿verdad?


a mujer, está de un
—Más que yuyu, para mí es oscura y siniestra, con una mirada que oculta algo. Nunca la he podido soportar, esa
es la realidad. Y cada vez menos…

Volvimos para echar un vistazo a nuestros compañeros y escuchamos aplausos, por lo que nos faltó el tiempo para
entrar volando.

—¿Qué ha pasado, Linda? ¿Qué ha pasado? —le pregunté con el corazón en la boca.

—Don Adrián, que acaba de darnos la noticia de que Paloma ha aparecido viva, ¡está viva! Herida, pero viva.
ampoco a ella, por
—¿Y Héctor? ¿Qué se sabe de Héctor?

—Todavía nada. Las autoridades han ordenado una búsqueda todavía más exhaustiva de los alrededores. Hay
muchos fallecidos y, en determinados casos, la identificación no está resultando nada sencilla.

—Lo entiendo, Linda, lo entiendo, gracias.

Necesité ir al baño para llorar. Me alegraba que Paloma hubiese aparecido viva, pero habría dado lo que no tenía
porque fuese Héctor.

—¿Estás bien, cariño? —Ana me preguntaba desde fuera.


—Sí, es que he vomitado la más grande, ¿sabes?

—Pero también te estoy escuchando llorar, Vania.

—Es que esto resulta demasiado duro, Anita, qué plan.

—Sí, hija. Mira, yo no es por nada, que no le deseo nada malo a esa mujer, pero hubiera preferido que
sobreviviera el jefe.

—No digas eso, Anita, él también va a sobrevivir, ¿no crees?

—No lo sé, Vania, no lo sé…

—¿Por qué lo dices? —Salí a lavarme la cara, que daba miedo vérmela.

—Porque he escuchado decir a uno de los miembros del consejo, ya sabes…

—Sí, de los peces gordos.

altó el tiempo para —Pues eso, que decían que cuantas más horas pasen menos posibilidades, que la cosa se está poniendo fatal.

—Anita, no puede ser…

—Hija, que yo tampoco puedo hacer nada, ojalá pudiera, porque un jefe más bueno no vamos a tener en la vida ni
más guapo tampoco.
—Sí, es que he vomitado la más grande, ¿sabes?

—Pero también te estoy escuchando llorar, Vania.

—Es que esto resulta demasiado duro, Anita, qué plan.

—Sí, hija. Mira, yo no es por nada, que no le deseo nada malo a esa mujer, pero hubiera preferido que
sobreviviera el jefe.

—No digas eso, Anita, él también va a sobrevivir, ¿no crees?

—No lo sé, Vania, no lo sé…

—¿Por qué lo dices? —Salí a lavarme la cara, que daba miedo vérmela.

—Porque he escuchado decir a uno de los miembros del consejo, ya sabes…

—Sí, de los peces gordos.

—Pues eso, que decían que cuantas más horas pasen menos posibilidades, que la cosa se está poniendo fatal.

—Anita, no puede ser…

—Hija, que yo tampoco puedo hacer nada, ojalá pudiera, porque un jefe más bueno no vamos a tener en la vida ni
más guapo tampoco.
Capítulo 22

Las siguientes horas eran cruciales y las pasé en casa, con Marta y también con Agustín, que se quedó con
nosotras para hacernos algo de compañía.

Él sabía la verdad de mi embarazo porque Marta y yo decidimos contárselo en su día. Pertenecía a mi círculo de
confianza más cercano y me parecía absurdo que no lo supiera.

A media tarde, después de que el sueño me rindiera y me echara una pequeña siesta, llamaron a la puerta y para
mi sorpresa era Andy.

—Hola, no te esperaba—le dije un tanto cortada, pues me cogió de total improviso.

—Perdóname, sé que tendría que haberte llamado, pero me he permitido traerte un poco de chocolate. Por
desgracia, no tengo ninguna novedad sobre Héctor.

—Gracias, no tengo nada que perdonarte. Eres un amor y lo sabes, ¿algo nuevo sobre Paloma?

—Bueno, parece ser que tiene algunas contusiones, bastantes más bien, y un brazo roto, pero nada más.

—¿Un brazo? ¿No será el derecho? Con lo que le gusta a ella acusar…

Me permití el lujo de hacer esa pequeña broma porque los nervios estaban acabando conmigo y necesitaba una
válvula de escape.

—Pues no tengo ni idea de cuál será, chica.

—Vale, te perdono también. Entra, anda, que vas a merendar con nosotros.

Seguía sin entrarme nada en el estómago, pero tuve que hacer un esfuerzo porque la cosa podía ir para largo y mi
Martita necesitaba a su mamá fuerte, como me decían todos y con razón.

Mandaba narices porque mientras Héctor estuvo bien, yo consideraba que no tenía padre. Y ahora, ante la
posibilidad de que no hubiera sobrevivido, sentía que mi niña se quedaba más sola e indefensa.

—Tendrías que salir a dar un paseo, Vania, necesitas estirar las piernas y despejar un poco esa cabecita, que te vas
a volver loca.

—No puedo, Marta, es que no puedo tirar de mi cuerpo.

—Pues vas a tener que hacerlo, porque yo podré hacer muchas cosas por mi ahijada cuando nazca, pero mientras
te tocan a ti todas.

—Ya lo sé, Marta, lo intentaré.

—Lo intentarás y lo harás—me exigió, aunque con todo el cariño.

—Pero si es que mira los pelos que se me han quedado ahí en el sofá, los tengo todos pegados.

—Mírala, desde que ha sido modelo no veas. Chica, que todavía no tienes a la prensa en la puerta. Ahora mismo
te cojo una cola de caballo y seguro que Andy está encantado de acompañarte al parque.

—No digas eso, que bastante ha hecho ya con venir, voy yo sola.

—No, Vania, que yo tampoco tengo nada que hacer, no digas tonterías. Y así me distraigo, que todo esto me tiene
un poco loco también.

—Vale, vale, con todos a la vez no puedo, sois unos tramposos.

Salimos al parque y me sentí un poco floja. En unos minutos le pedí que nos sentáramos y lo hizo con toda la
paciencia. Yo llevaba un plumífero y una bufanda que en ese momento echó a volar y más corrió él detrás, hasta
traérmela.

—Gracias, es un regalo de los Reyes pasados, de mi padre, y le tengo mucho cariño.

—Ya tenemos también los Reyes aquí mismo, hoy es Fin de Año, ¿no te acordabas?

—No te lo vas a creer, pero se me había olvidado por completo. Con razón me ha dicho Marta que mi madre ha
llamado un buen puñado de veces.
—Llámala, mujer y cuéntale.

—No, si ya lo ha hecho ella. Madre mía, deberías irte ya, que te esperará tu familia.

abecita, que te vas —No, no estoy para celebraciones. Ve tú con los tuyos, ahora te acompaño a casa de tus padres.

—No, no, imposible. Yo no puedo.

—Entonces, déjame que me quede contigo.

—No, hombre, si van a estar Marta y Agustín, no hace falta. Mira que ellos se iban hoy con la familia de él, pero
lo habrán anulado o yo qué sé…

—Que vayan, mujer, diles que vayan. No tienen que pagar los platos rotos de lo que está sucediendo, yo me quedo
contigo, de verdad.

—¿En serio? Es que me da pena, es Nochevieja y yo no tengo ni gorrito ni uvas ni nada, porque no tengo ánimo.

—Ni falta que hace, ¿yo te he pedido algo de eso? ¿A que no? Pues ya está, Vania, hazme caso.

todo esto me tiene


—Llámala, mujer y cuéntale.

—No, si ya lo ha hecho ella. Madre mía, deberías irte ya, que te esperará tu familia.

—No, no estoy para celebraciones. Ve tú con los tuyos, ahora te acompaño a casa de tus padres.

—No, no, imposible. Yo no puedo.

—Entonces, déjame que me quede contigo.

—No, hombre, si van a estar Marta y Agustín, no hace falta. Mira que ellos se iban hoy con la familia de él, pero
lo habrán anulado o yo qué sé…

—Que vayan, mujer, diles que vayan. No tienen que pagar los platos rotos de lo que está sucediendo, yo me quedo
contigo, de verdad.

—¿En serio? Es que me da pena, es Nochevieja y yo no tengo ni gorrito ni uvas ni nada, porque no tengo ánimo.

—Ni falta que hace, ¿yo te he pedido algo de eso? ¿A que no? Pues ya está, Vania, hazme caso.
Capítulo 23

Lo hicimos así, me quedé con Andy en una noche de Fin de Año que resultó la más amarga de toda mi vida, con
diferencia.

A las doce en punto, en lugar de comer las clásicas doce uvas, eché un buen puñado de lágrimas que excedieron
con mucho de la docena, empapando la camisa de Andy, que me sirvió de paño de estas.

Tampoco me sentía bien porque no era justo… No era justo que él estuviera albergando un puñado de esperanzas
por el hecho de acompañarme, ya que yo, pese a que agradecía sobremanera su compañía y me lo había pasado
muy bien con él en determinados momentos, como cuando salimos a cenar, no estaba por él.

En el fondo de mi corazón lo supe en todo momento, pero terminé de tomar conciencia de ello cuando ocurrió el
accidente y hube de admitirme a mí misma, abiertamente y sin tapujos, que estaba enamorada de Héctor.
Enamorada hasta la médula, enamorada hasta solo tener ganas de gritar su nombre y que como en la canción esa
que mi madre escuchaba cuando Tony y yo éramos pequeños, la de Álex y Cristina, hiciera “chas” y apareciera a
mi lado.

Levanté la cara, tratando de borrar las lágrimas de ella. En vano, porque yo borraba unas y, de inmediato, eran
sustituidas por otras.

Andy trató de allanarme el camino borrando también él unas cuantas y entonces fue cuando mis ojos y los suyos
se encontraron, como si estuvieran ellos solos en aquel salón. Y digo eso porque su cerebro pareció quedarse
fuera, porque no era momento para lo que ocurrió. Pero no… también estaba su corazón, ya que de corazón me
besó.

Lo hizo lenta y pausadamente, sosteniendo mi mentón, en un gesto tan cariñoso que no acerté a esquivar. Somos
humanos y, en determinados momentos, ciertos gestos nos pueden confundir. Y fue una confusión porque yo
nunca debí dejar que me besara estando, como estaba, enamorada de Héctor.

Mis ojos se lo terminaron de confesar cuando sus labios se separaron de los míos, pero tal confesión no tuvo que
salir de mi boca porque él me lo puso más fácil.
—Lo quieres, ¿verdad? —me preguntó con infinita tristeza.

—¿Cómo dices?

—Que quieres a Héctor, no pasa nada, prefiero que me lo digas, que no me lo ocultes. Solo así sabré a qué
atenerme.

—Sí, lo quiero. Lo siento mucho, Andy, en ningún momento he pretendido…

—Tranquila, que no lo he pensado. Tú no me has buscado nunca, he sido yo quien ha insistido desde el principio,
sin parar.

—Y yo quien debí pararte, lo que sucede es que a veces la razón y el corazón no se ponen de acuerdo. Y más
cuando hay tantas ganas de pasar página como las que tengo yo. O como las que tenía, porque no sé. Verás, le dije
una cosa horrible, le dije una cosa que me va a doler siempre como una espina clavada en el alma y me siento tan
culpable…

—Ya, ya, tranquila, guapa. Seguro que no se lo dijiste adrede, a veces decimos cosas porque estamos heridos y,
sin darnos cuenta, herimos también a otros. Pero Héctor te conoce y sabe que no eras tú quien hablaba, sino tu
dolor.

—Eso es cierto, cuando ahora el dolor es infinito y por otro motivo. No lo voy a ver más, algo me dice que no lo
voy a ver más y que él se quedó con esas últimas palabras tan feas que le escribí.

—Tranquila, preciosa, tranquila. Ya está…

—Todo esto es una pesadilla, dime por favor que me voy a despertar, Andy. Dímelo…

—Ojalá pudiera decirte eso, aunque en cierto modo sí lo es. Lo es porque algún día te acordarás de este episodio
de tu vida como eso, como una pesadilla.

Sentí una fuerte punzada en el vientre y me llevé la mano hasta él. Tampoco hacía falta que dijera nada a ese
respecto. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

—¿Cómo lo supiste, Andy? ¿Te lo puedo preguntar?

—Claro, no hay problema. Ya lo sospechaba de antes, pero lo supe cuando te vi correr el día que él anunció su
compromiso con Paloma. No soportaste estar allí. Y me lo confirmó el terror de tus ojos cuando supimos lo del
accidente del avión, así como un hecho más.

—¿Qué hecho, Andy?

—El hecho de que supieras que Amelia no es su madre. Solo su círculo de mayor confianza lo sabe. En mi caso,
tengo un familiar que trabajó con los de la Sera hace muchos años y me lo dijo él. Nunca lo he sabido por Don
Adrián ni por Héctor. Y tú, que no tienes a nadie allí, ya lo sabías. Si Héctor te confesó eso también eras
importante para él, no te quepa duda.

—No, no me digas eso porque me hace más daño. Prefiero pensar que solo fui el juguete del jefe, un juguete que
estaba dispuesto a cambiar por otro en cualquier momento, que solo yo lo quise a él, pero que él no me quiso a mí.

—¿Y por qué prefieres pensar eso, Vania?

o sé. Verás, le dije —Porque así me hace menos daño, porque nunca creí en sus palabras y porque le hice muchos desplantes. Por eso
y por muchas cosas más—Mi mano seguía en mi vientre como queriéndole tapar los oídos a una Martita que por
más que quizás ya pudiera oírme, no entendería mis palabras. Pero pese a eso, quise protegerla de un dolor que era
mío y solo mío.

—Lo entiendo, pero no debes sentirte culpable por eso. Además, Héctor todavía no está…

—¿Muerto? ¿No está muerto?

—Exacto.

—Te agradezco mucho tus palabras de ánimo, Andy. Más viniendo de ti, porque cobran un valor especial, pero ni
tú ni yo somos tontos y ambos sabemos que han pasado ya un buen número de horas. Los que no han aparecido
ya…

—Lo tienen difícil, solo es eso, pero no imposible.


accidente del avión, así como un hecho más.

—¿Qué hecho, Andy?

—El hecho de que supieras que Amelia no es su madre. Solo su círculo de mayor confianza lo sabe. En mi caso,
tengo un familiar que trabajó con los de la Sera hace muchos años y me lo dijo él. Nunca lo he sabido por Don
Adrián ni por Héctor. Y tú, que no tienes a nadie allí, ya lo sabías. Si Héctor te confesó eso también eras
importante para él, no te quepa duda.

—No, no me digas eso porque me hace más daño. Prefiero pensar que solo fui el juguete del jefe, un juguete que
estaba dispuesto a cambiar por otro en cualquier momento, que solo yo lo quise a él, pero que él no me quiso a mí.

—¿Y por qué prefieres pensar eso, Vania?

—Porque así me hace menos daño, porque nunca creí en sus palabras y porque le hice muchos desplantes. Por eso
y por muchas cosas más—Mi mano seguía en mi vientre como queriéndole tapar los oídos a una Martita que por
más que quizás ya pudiera oírme, no entendería mis palabras. Pero pese a eso, quise protegerla de un dolor que era
mío y solo mío.

—Lo entiendo, pero no debes sentirte culpable por eso. Además, Héctor todavía no está…

—¿Muerto? ¿No está muerto?

—Exacto.

—Te agradezco mucho tus palabras de ánimo, Andy. Más viniendo de ti, porque cobran un valor especial, pero ni
tú ni yo somos tontos y ambos sabemos que han pasado ya un buen número de horas. Los que no han aparecido
ya…

—Lo tienen difícil, solo es eso, pero no imposible.


Capítulo 24

Dentro de mi enorme desgracia, me sentí mejor desde que me sinceré con un Andy que me demostró estar hecho
de una pasta especial, puesto que no me culpó en ningún momento y siguió apoyándome.

Sin embargo, pese a su apoyo, al de Marta y de Agustín, al de mis padres y al de Tony, me vine abajo
irremediablemente. También a mi familia hube de confesarle lo que había, porque mi pena era tan honda que no
existió agujero en el que pudiera esconderla.

Todos me mimaron y protegieron en unos amarguísimos días en los que lo necesité más que nunca. Eso sí, la
desesperación también se convirtió en mi compañera perenne en el momento en el que el día cuatro de enero, las
autoridades dieron oficialmente por terminada la búsqueda. Algunos de los cadáveres quedaron calcinados y sus
cenizas…

Mejor no pensar. Esa fue la suerte que corrió el padre de mi hija, el hombre al que amaba y el jefe que un día
conocí y que me enamoró como estaba segura de que ningún otro hombre sería capaz de hacerlo.

En el momento en el que dieron la noticia, me pilló desprevenida y sola en la cocina. Andy, que a pesar de todo se
quedó conmigo, había ido un rato a su casa a asearse, mientras que Marta estaba en su dormitorio y mi madre en
casa, preparándome algo de comida que echarme al estómago.

Me dio por encender el televisor en ese instante en el que fui a servirme un vaso de leche. Había dejado el café,
dado que en el estado de nervios en el que me encontraba la cafeína no era la mejor compañía.

La voz de la periodista y su gesto serio me avanzaron lo que estaba por escuchar; que todo el que no hubiera
aparecido ya estaba muerto y bien muerto.

No era algo que no supiera, pero en casos así una no quiere escuchar una confirmación que te duele como si te
arrancaran de cuajo el corazón. Me quedé paralizada primero y luego se hizo la oscuridad… Ya después no
escuché nada más.
Me desperté en el hospital, sin tener noción de lo que había sucedido. En un primer momento lo hice sonriente, sin
recuerdos, como si todo siguiera igual, como si a mi vida no le hubieran dado jaque mate.

—Cariño, ya estás aquí—Era mi padre quien me acompañaba en la sala de observación.

—Papá, ¿qué ha pasado?

—Perdiste el conocimiento y te han dado un calmante. Vania, sé que todo esto es muy doloroso, pero ahora tienes
que ser más fuerte que nunca, por la niña.

Las lágrimas empezaron a caer por mi rostro, al recordar de repente.

—Papá, Héctor ha muerto.

—Lo sé, cariño, lo sé y por eso te digo que tienes que ser fuerte. Tu hija te va a necesitar más que nunca porque
ahora…

—Ahora no tiene padre—Sollocé sin consuelo.

—Pues sí, Vania, desgraciadamente es así, hija.

—Papá, ¿cómo se supera esto? ¿Cómo?

—Tú estabas dispuesta a seguir adelante sin él, ¿lo recuerdas? Tenía su vida con otra mujer y tú te pusiste el
mundo por montera pensando que criarías a tu hija sola. Ahora eso no se ha convertido en una posibilidad, sino en
a pesar de todo se una obligación. Y solo puedes mirar al frente. Llora todo lo que tengas que llorar, Vania, patalea, chilla, echa la
rabia dentro, pero luego sigue tu camino y piensa en Martita.

No había otra. Mi padre tenía toda la razón, pero el dolor tiene muchas manifestaciones y ver la muerte en la cara
del ser amado es una de las más monstruosas de todas ellas.

Quise moverme y fue como si las piernas me pesaran una tonelada y entonces entendí que todo, absolutamente
todo, me costaría mucho más a partir de ese momento.

La tristeza, la rabia, la ira… todas ellas se dieron cita en mi pecho en el más aciago de los días; en el día en el que
comprendí que nada, absolutamente nada volvería a ser como antes.

Ya no había marcha atrás. El destino me arrebató a Héctor, pero dejó dentro de mí una semilla, dándome la
oportunidad de continuar con su estirpe.
hice sonriente, sin
De repente un solo deseo; el deseo de que mi hija, efectivamente, heredara sus increíbles ojos verdes. Eso que
tanto había temido fue lo que de repente más deseé. Si Martita tenía sus ojos, cada día cuando me asomara a ellos,
vería los de Héctor y entonces, él seguiría vivo en esa criatura a la que yo adoraba aun antes de verle la carita.

—¿Qué vas a hacer, hija? Mi nieta es heredera de un imperio y tú, como su madre que eres, deberías hacer valer
su condición. Ahora tienes que pensar con la cabeza fría, Vania.
, pero ahora tienes
—No es el dinero de su padre lo que quiero para mi hija, papá. Alguien me dijo, hace poco, que por determinados
gestos que tuvo él me quiso de verdad, solo que supongo que su estatus social le marcó un camino del que no
debía desviarse.

—Es que a ese mismo estatus pertenece tu hija, cariño mío.

—Es que ese estatus no me ha traído más que desgracias, papá, ¿no lo entiendes?

osibilidad, sino en
De repente un solo deseo; el deseo de que mi hija, efectivamente, heredara sus increíbles ojos verdes. Eso que
tanto había temido fue lo que de repente más deseé. Si Martita tenía sus ojos, cada día cuando me asomara a ellos,
vería los de Héctor y entonces, él seguiría vivo en esa criatura a la que yo adoraba aun antes de verle la carita.

—¿Qué vas a hacer, hija? Mi nieta es heredera de un imperio y tú, como su madre que eres, deberías hacer valer
su condición. Ahora tienes que pensar con la cabeza fría, Vania.

—No es el dinero de su padre lo que quiero para mi hija, papá. Alguien me dijo, hace poco, que por determinados
gestos que tuvo él me quiso de verdad, solo que supongo que su estatus social le marcó un camino del que no
debía desviarse.

—Es que a ese mismo estatus pertenece tu hija, cariño mío.

—Es que ese estatus no me ha traído más que desgracias, papá, ¿no lo entiendes?
Capítulo 25

Me dieron el alta ese mismo día. Andy me comentó que Don Adrián, junto con su mujer y con Paloma volaban ya
en ese momento rumbo a España.

Al día siguiente se celebraría un funeral en memoria de Héctor. La familia lo había querido así, deseando dar por
zanjado cuanto antes el capítulo más triste de sus vidas.

Según se decía, Don Adrián estaba absolutamente destrozado y no era para menos. Amelia no era la mujer de su
vida, por más que fuera su mujer. Y ahora también le tocaba soportar a Paloma, una chica que tampoco gozaba de
sus simpatías, por más que su hijo estuviera comprometido con ella.

Marta estaba en casa cuando yo llegué y me dio un abrazo inmenso.

—Creí que te quedarías con tus padres, amor, ¿cómo estás?

—Rota, muerta, acabada, por eso he preferido venir a casa.

—No me digas eso, cariño mío, que tú vas a poder con esto y con más, ya lo verás.

La amargura no me permitía ver claro, ¿de verdad podría yo pasar página definitivamente de aquello? ¿Se llegaba
a superar algo así o la pena te consumía quedándose contigo hasta el final de tus días?

—Se lo dije y se ha cumplido, Marta, se ha cumplido. Yo lo aparté de mi lado, yo le dije que ojalá…

—No, se apartó él de tu lado el día que se comprometió con Paloma. No cargues en tus espaldas una mochila así
de pesada porque tampoco sería justo.

—Supongo que tienes razón, pero duele igual, ¿qué más da?
—El amor a veces es muy complicado, mi niña, demasiado complicado.

—Ya, lo único es que a veces sí funciona. Hay a quien le funciona, mira a ti.

Cuando uno está ciego de dolor no ve más allá de un palmo. Y eso fue lo que me ocurrió a mí ese día, que no me
di cuenta de que la cara de sufrimiento de Marta no obedecía únicamente a verme mal a mí.

—Sí, cariño, claro que sí—Me dio la razón como a los locos.

—¿Qué te pasa, chiqui? Tú tampoco estás bien, te lo estoy viendo en los ojitos.

Paloma volaban ya
—Claro, ¿y cómo pretendes que esté bien cuando estoy viendo a mi hermana del alma con el corazón hecho
jirones?

—Marta, a ti te pasa algo más, no me tomes el pelo.

—No es momento, mi vida, no es momento.


ampoco gozaba de
—Venga ya, tú siempre estás para mí. Es más, si me lo cuentas, a lo mejor hasta me quitas de la cabeza ciertos
pensamientos y me distraigo un poco.

—Está bien, porque te vas a enterar de todas maneras…

—Dime, venga, claro que sí.

—Que Agustín es un cabrón, solo eso.

—¿Tu Agustín? Venga ya, no, tiene que tratarse de un error.

—No, se trata más bien de que tiran más dos tetas que dos carretas, pero que, si en vez de dos tetas son cuatro,
mejor que mejor.

—No, eso es imposible…

—No lo es, no. Resulta que, ¿te acuerdas de que fuimos a casa de sus padres en Nochevieja?

—Como para no acordarme, anda que no me costó nada que accedieras a marcharte, guapi.
—Pues eso, que suerte que fui para quitarle la máscara.

—¿Por eso era tan feo? Con razón, si llevaba puesta una máscara—No sé cómo me pudo salir una broma en un
momento así, puesto que mi cabeza tenía la misma presión que una olla, sería quizás por eso; la soltaba o
explotaba.

—Sería eso, la madre que parió al feo…

—Cuenta, venga—resoplé—. Vaya cuadro el nuestro.

—Pues hija, que allí había una supuesta prima suya que luego me enteré de que no era tal prima, sino que siempre
se llamaron así porque sus madres eran como hermanas y en un momento dado de la noche…

—¿Viste algo raro?

—Sí, sí que lo vi. Que ella se fue al baño y él salió pitando también enseguida. Oye, no sé, que me escamé, me
acerqué y vi como que se intercambiaban algo en los teléfonos.

—¿Y le preguntaste?

—Sí, según él le acababa de llegar un meme mientras esperaba en la puerta del baño, muy gracioso, y se lo pasó.
Pero no sé, para mí que el meme ese tenía la gracia en el culo, como las avispas. Vaya, que no era eso y a raíz de
ahí yo llevaba dos o tres días mosca.

—Ay, Dios…lo que me faltaba, si para mí erais un ejemplo de amor, hija de mi vida, qué disgusto.

—¿De amor? De cuernos, de eso soy ejemplo, que me estaban corneando, pero a base de bien.

—¿Tanto?

—Sí, sí, que esta mañana ya no he podido más. Teníamos la tienda de bote en bote, que para eso vienen los Reyes
y él con los ojos metidos en el móvil, que parecía que se le iban a salir.

—Hija de mi vida, qué completo, el feo. Pero ¿has visto algo o estás conjeturando ahí en plan bestia?

—Claro que lo he visto, que le he dado un codazo como quien no quiere la cosa y el móvil le ha salido volando. Y
la otra, que me he enterado de que ha sido siempre una aspirante a mantenida, le estaba dando ahí un buenos días
con el tetamen al aire y pinchándolo para que fuera a verla.
—¿Qué dices?

—Como te lo digo. Y él en plan baboso total, como los caracoles, que le ha faltado dejar el rastro.

—Pero chiquilla, ¿y ahora qué?

—Ahora lo he puesto fino filipino delante de la tienda entera, eso he hecho. Con razón no tenía prisa en
comprometerse ni en nada.

—Buah, pero es tu jefe, eso es lo malo. Maldita sea, otro jefe, anda que no estamos gafadas ni nada con ellos.
, sino que siempre
—Ya te digo yo que sí, pero ese se va a aguantar conmigo en la tienda hasta que encuentre otra cosa, eso fijo,
porque yo al paro no me voy a consecuencia de que a él se le hayan ido los ojos. Eso se lo puede ir quitando de la
cabeza ya, pero ya, vamos.

—Chiquilla, vaya un plan con todo, a mí me has dejado de piedra.

—De piedra tiene él la cara esa fea. Y mira que encima me gustaba. Si es que soy tonta, pero tonta de remate.

—Que no, mujer. Venga, si quieres, lloramos las dos juntas y nos desahogamos.

o vienen los Reyes

salido volando. Y
—¿Qué dices?

—Como te lo digo. Y él en plan baboso total, como los caracoles, que le ha faltado dejar el rastro.

—Pero chiquilla, ¿y ahora qué?

—Ahora lo he puesto fino filipino delante de la tienda entera, eso he hecho. Con razón no tenía prisa en
comprometerse ni en nada.

—Buah, pero es tu jefe, eso es lo malo. Maldita sea, otro jefe, anda que no estamos gafadas ni nada con ellos.

—Ya te digo yo que sí, pero ese se va a aguantar conmigo en la tienda hasta que encuentre otra cosa, eso fijo,
porque yo al paro no me voy a consecuencia de que a él se le hayan ido los ojos. Eso se lo puede ir quitando de la
cabeza ya, pero ya, vamos.

—Chiquilla, vaya un plan con todo, a mí me has dejado de piedra.

—De piedra tiene él la cara esa fea. Y mira que encima me gustaba. Si es que soy tonta, pero tonta de remate.

—Que no, mujer. Venga, si quieres, lloramos las dos juntas y nos desahogamos.
Capítulo 26

Día cinco, víspera de los Reyes más desoladores de mi vida…

Allí estábamos todos, en aquel tristísimo funeral que se celebró en memoria de Héctor, en una fría mañana en la
que, sin embargo, lucía un luminoso sol que, como todos nosotros, acudió a despedirlo.

En el interior de la iglesia escuchamos palabras muy bonitas en boca de sus amigos, que lo definieron como un
tipo divertido, brillante, pero, por encima de todo, leal.

Me quedó la sensación de no haberle dicho muchas cosas y de haberme despedido de la forma más cruel, sin saber
que aquella era una despedida definitiva. Un triste WhatsApp con el que lo aparté de mí. Ignorante, no sabía lo
que el destino me tenía preparado.

En aquella iglesia, al lado de esa caja que no contenía nada, pues nada pudo recuperarse de su cuerpo, lloraba un
Don Adrián a quien se le iba con su hijo toda su descendencia. O eso pensaba él, pues en mi vientre crecía una
nieta suya.

Lo decidí en ese momento. A mi padre le había dicho que no quería nada del patrimonio de Héctor, que no era ese
legado el que pretendía para mi hija. Con esa decisión la estaba privando de un cómodo futuro, lo cual puede que
no fuera justo… Pero lo que resultaría totalmente injusto, eso seguro, era privar a aquel hombre de conocer a una
criatura que a buen seguro le daría algo de vida, tras el intenso dolor sufrido por la pérdida de su propio hijo.

A mi lado, mis padres y Marta, esta última cogiéndome de la mano como tantas y tantas veces, llorando conmigo
la muerte del que yo sabía que era el hombre de mi vida.

En primera fila, observando el dolor de Don Adrián, Paloma y Amelia. La segunda con gesto serio y la primera
con uno más abatido y compungido.

Sin duda que ella, a su caprichosa manera, también lo quería. Paloma y yo éramos la cara y la cruz; ella lo quiso
en público, gozando del reconocimiento de su noviazgo y yo en privado, en la más absoluta de las
clandestinidades.

Nuestras miradas se cruzaron al salir de la iglesia y, por primera vez en su vida, no me retó. Obvio que no era de
retos de lo que tenía ganas, obvio que solo quería como yo, que la tierra se la tragase. No obstante, de haber
conocido mi secreto, es posible que se hubiera tirado de los pelos.

Ella, prepotente como nadie, apenas podría soportar que yo fuera la portadora del mayor regalo que la vida le
podría haber hecho a Héctor; su hija.

Si pudiera dar marcha atrás, si pudiera subirme en una máquina del tiempo, me colocaría en el momento en el que
él me preguntó si mi bebé era suyo y le diría que sí. Por una vez, dejaría el orgullo a un lado y que el destino fuera
el que inclinara la balanza hacia el lado que considerara oportuno.

Vestido de negra como iba, me puse las gafas de sol y entré en la más absoluta de las oscuridades al salir de la
iglesia.

—No hace falta que te martirices más, el resto acompañaremos a la familia al cementerio, tú deberías irte a casa—
me aconsejó Andy, que no podía ser más bueno y que seguía tratándome con el mismo cariño pese a saber que yo
no estaba por él.
más cruel, sin saber
—No, quiero ir, voy a ir.

—Creo que es un trago innecesario, pero sé que eres una cabezona y que no vas a parar hasta salirte con la tuya,
así que cógete de mi brazo, anda.

—Me cogí del suyo y también del de Marta. Me despedí de mis padres con una sola idea en la cabeza; hablar con
Don Adrián.
tor, que no era ese

Fueron varias las veces que tuve que echarme mano al vientre durante el entierro, pues hubiera preferido beber un
litro entero de cicuta antes de ver que metían la caja en ese lujoso panteón familiar.

En el último instante, se hizo un enorme silencio y las lágrimas comenzaron a rodar por muchos rostros, entre los
que estuvieron el mío, pero también el de Paloma y el de muchos otros, por no decir el de su padre, que era la viva
imagen de la desolación.

Llegó el momento de la despedida, en el que todos nos acercamos a darle el pésame a la familia. Al lado de
Paloma, permanecía Linda, mientras que Amelia tomó el brazo de su marido, imposible de consolar.

En tales circunstancias, fue Paloma quien contestó a todos los que a ellos se habían acercado, muy ceremoniosa,
dándoles las gracias por acudir e incluso refiriéndose a la belleza y el barroquismo de un panteón familiar
destinado a ser la morada de un Héctor que por fin era libre. Y digo por fin porque lo cierto es que en vida no
llegó a serlo nunca. Esa fue la última sensación que tuve, porque de un modo u otro, siempre estuvo atado por los
lazos de su condición social.

Al llegar a la altura de la familia, me dirigí a Paloma y le expresé mis condolencias, como todo hijo de vecino.
Lejos de hacerme un feo, las aceptó de buen grado. Poco consciente era ella de hasta qué punto estábamos unidas
en esa desgracia que se cernió sobre nosotras.

Sin embargo, a quien yo quería hablarle, a quien tenía interés en poder contarle que no todo estaba perdido, era a
momento en el que Don Adrián. Para ello, después de estrechar su mano, lo esperé a la salida del cementerio.
ue el destino fuera
—Vámonos, ahora ya sí que no hacemos nada aquí—me comentó Andy viendo mi intención de quedarme allí
parada.

—No, sé lo que me hago. Déjame, por favor, quiero hablar con él, estoy segura de que necesito hablar con él y
cuanto antes.
berías irte a casa—
—No seré yo quien te diga que no.

Esperé a que Don Adrián estuviera solo con Amelia, en el momento de subirse en el coche, y lo abordé.

—Don Adrián, por favor, necesito hablar con usted.

—¿Y se puedes saber para qué, niñata? ¿No ves que este es un momento muy familiar e íntimo?

—Déjala, Amelia, por favor. Sé que mi hijo la apreciaba mucho, me gustaría saber qué quiere decirme.

—Pues cualquier tontería, sabe Dios.


preferido beber un

La miré con mirada incendiaria, porque la habría calcinado allí mismo, pero por respeto a Don Adrián no le
contesté nada.

dre, que era la viva


—Me gustaría que habláramos a solas, si a usted le parece bien.

—No tengo inconveniente, hija—Dio unos pasos y se echó mano al brazo izquierdo.

—¿Está usted bien? —le pregunté mientras Amelia, alarmada, vino hacia nosotros.

—Quita de ahí, que ya voy yo. ¿Qué te pasa, marido?


—Que no me encuentro bien, creo que me está dando…

Un infarto, no le dio tiempo a decirlo, pero le estaba dando un infarto.

Amelia comenzó a chillar y todos aquellos que ya iban en dirección a sus coches se acercaron. De inmediato,
alguien llamó a una ambulancia que tardó un corto espacio de tiempo en llegar.

Sin embargo, la mirada de Don Adrián hacía presagiar lo peor; acababa de tirar la toalla, decidiendo irse con quien
más quería en la vida, con su amado hijo.

—Luche por favor, luche—murmuré y fue entonces cuando le dije al oído que iba a tener una nieta.

Sé que me escuchó porque, pese a que el gentío hizo que fuera mucho el alboroto, me sonrió. Y esa sonrisa no la
olvidaré en la vida…
—Que no me encuentro bien, creo que me está dando…

Un infarto, no le dio tiempo a decirlo, pero le estaba dando un infarto.

Amelia comenzó a chillar y todos aquellos que ya iban en dirección a sus coches se acercaron. De inmediato,
alguien llamó a una ambulancia que tardó un corto espacio de tiempo en llegar.

Sin embargo, la mirada de Don Adrián hacía presagiar lo peor; acababa de tirar la toalla, decidiendo irse con quien
más quería en la vida, con su amado hijo.

—Luche por favor, luche—murmuré y fue entonces cuando le dije al oído que iba a tener una nieta.

Sé que me escuchó porque, pese a que el gentío hizo que fuera mucho el alboroto, me sonrió. Y esa sonrisa no la
olvidaré en la vida…
Capítulo 27

—¡Han llegado los Reyes! —exclamó Marta.

—No me puedo creer, según estamos, ¿cómo se te ha ocurrido? Lo siento muchísimo, pero es que yo no te he
puesto nada.

—¿Cómo que no? También hay algún paquete con mi nombre, menos mal que estos de Oriente están en todo.

—Tú sí que estás en todo, cariño mío.

—Venga, venga, que Martita tiene que notar que es un día especial.

—Especialmente triste querrás decir, porque vaya tela. Si me faltaba algo con una muerte, ahora dos.

—Te voy a traer un vasito de leche tibia con un trozo de roscón y ya verás como te sientes un poco mejor.

—No, roscón no, tengo el estómago atrofiado, no me entra nada.

—Eh, eh, que tengo el mejor roscón del barrio en la nevera, es que ni se te ocurra despreciármelo, ¿me oyes?

—Oído todavía tengo, te oigo, lo que no tengo son ganas.

—Ni faltas que te hacen, te lo comes y punto. Está relleno de chocolate, con eso te lo digo todo.

—Te lo agradezco, cielo, pero es que a mí no me entra ni el pelo de una gamba en el estómago, yo no lo tengo
cerrado.

—Mira que en cualquier momento van a llegar tus padres y será peor.
—¿Ellos también?

—Hombre si te parece, ya los he llamado. Van a venir como dice el villancico “cargaditos de juguetes, para el
niño entretener…”

—Yo sí que tengo un buen entretenimiento contigo, anda.

Y tanto que lo tenía, pero también era el mejor entretenimiento del mundo. No sé qué habría sido de mí en
aquellos días sin ella, sin esa personita que me quería aupar en un momento en el que también estaba hundida.

Hice un esfuerzo por levantarme y tomarme ese vaso de leche tibia y, pellizquito a pellizquito, logré comerme un
trozo del roscón que con tanta ilusión me había encargado.

—Y ahora vamos a abrir los regalos. Este es para mi ahijada…

—Desde luego que eres…

De todo, nos había regalado de todo; desde más ropita y un buen puñado de juguetes para la niña hasta mi
colección de libros favoritos para mí. Tendría mucho tiempo libre para leer, por lo que se trataba del mejor de los
regalos.

“El mejor de los regalos”, qué absurdo, el mejor de los regalos habría sido despertarme y comprobar que nada de
aquello había sucedido, pero a falta de pan, dicen que buenas son tortas.

Tampoco mis padres tardaron en llegar y lo hicieron, efectivamente cargados de regalos, sobre todo para la peque,
a la que no le iba a faltar ni un perejil.

—¿Y Tony? ¿No va a venir? —les pregunté un tanto extrañada, porque en un día tan señalado lo echaba de
menos.

—Sí, cariño. Ha ido a hacer un recado y ahora mismo viene.

Cuando llamaron a la puerta, escuché la risa de Marta, pese a lo que ambas teníamos encima.

—Tony, ¿qué es esto? Si es más grande que tú y mira que tú, pequeño no es que seas precisamente.

—Es un oso gigante, para el cuarto de mi sobrina.

—¿Y no has caído en que es mi mismo cuarto? Madre mía, no vamos a caber en él, hermano—Me levanté y lo
abracé.

—Pues tendrás que hacer un poder, porque es el oso más grande que había en todo Madrid.

—Cariño, pero si te habrá costado un riñón.

—¿Y? Lo mejor para la peque…

No podía quejarme. Aunque mi corazón estuviera roto, en mi vida había gente que me quería y que también
adoraba ya a mi niña y eso valía un potosí.

Mis padres venían con otro roscón, por si no había tenido suficiente, y quedamos en que ese lo probaríamos
después del almuerzo. Mi madre había traído también una riquísima empanada con dátiles y jamón, así como un
caldo de esos que suponía un chute de energía.

Tampoco faltaron entre los regalos una caja de bombones gigante que volvería a hacer mis delicias cuando
recuperara el apetito.

La soleada mañana dio paso a un nublado mediodía en el que estábamos poniendo la mesa cuando noté mi
teléfono vibrar. Eran muchas las llamadas que recibía en los últimos días por lo que no me extrañó en absoluto,
solo que aquel número desconocido por mí y tan largo…

Soy un poco desconfiada por naturaleza y a punto estuve de no descolgar. Suerte que lo hice porque hay llamadas
que están destinadas a cambiarte la vida y esa fue una de ellas…
odo para la peque,
Los vellos se me pusieron de punta al mismo tiempo que mi corazón se aceleró a tope.

—Vania, soy yo—escuché y miré a mi alrededor pensando que era un sueño, un jodido sueño.

—¿Héctor? ¿Eres tú? No es posible…

—Sí lo es, Vania, estoy vivo.


abracé.

—Pues tendrás que hacer un poder, porque es el oso más grande que había en todo Madrid.

—Cariño, pero si te habrá costado un riñón.

—¿Y? Lo mejor para la peque…

No podía quejarme. Aunque mi corazón estuviera roto, en mi vida había gente que me quería y que también
adoraba ya a mi niña y eso valía un potosí.

Mis padres venían con otro roscón, por si no había tenido suficiente, y quedamos en que ese lo probaríamos
después del almuerzo. Mi madre había traído también una riquísima empanada con dátiles y jamón, así como un
caldo de esos que suponía un chute de energía.

Tampoco faltaron entre los regalos una caja de bombones gigante que volvería a hacer mis delicias cuando
recuperara el apetito.

La soleada mañana dio paso a un nublado mediodía en el que estábamos poniendo la mesa cuando noté mi
teléfono vibrar. Eran muchas las llamadas que recibía en los últimos días por lo que no me extrañó en absoluto,
solo que aquel número desconocido por mí y tan largo…

Soy un poco desconfiada por naturaleza y a punto estuve de no descolgar. Suerte que lo hice porque hay llamadas
que están destinadas a cambiarte la vida y esa fue una de ellas…

Los vellos se me pusieron de punta al mismo tiempo que mi corazón se aceleró a tope.

—Vania, soy yo—escuché y miré a mi alrededor pensando que era un sueño, un jodido sueño.

—¿Héctor? ¿Eres tú? No es posible…

—Sí lo es, Vania, estoy vivo.


Finalizará en la tercera parte: El amor del jefe.
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