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Como

Quieras

ZOE HANLEY



Este es un libro de ficción erótica dirigido a mayores de edad y que describe escenas con contenido
sexualmente explícito. En ningún caso se pretende presentar las prácticas o conductas descritas en esta
novela como un manual, ni mucho menos ser representativas de una tendencia o elección de vida.
Esta novela relata una relación y su progresión en el contexto ficticio-sexual de su argumento y debe de ser
entendida de esta forma. Como en toda obra literaria, el lector es libre de sacar sus propias conclusiones y
aprendizajes después de la lectura de esta novela.
Y como se suele decir, si sales de un libro ileso, es que nunca has entrado.

Conservar algo que me ayude a recordarte


sería admitir que te puedo olvidar.

William Shakespeare
XXVIII


La vida está compuesta de pequeñas experiencias diarias, pequeñas
nimiedades en las que solo reparamos en el momento, aunque se repitan día tras
día y, hasta cierto punto, dejemos que condicionen nuestra rutina. Una de las
cosas que menos me gustaba de mi trabajo era que el acceso al garaje estaba
fuera del edificio, al final de una callecita trasera sin salida muy mal iluminada.
Para mi jefe cualquier excusa era buena para contarnos la historia del día que
pilló a dos yonquis follando contra el asfalto. La anécdota, que ganaba en
detalles cada vez que la contaba, llegaba a su apoteósico final cuando les pegaba
un grito y salían corriendo, medio desnudos, dejando en su huida la mayor parte
de su ropa tras ellos tirada en el callejón.
Nunca supe cuándo ocurrió, o si era verdad o solo pretendía escandalizarnos;
yo solo había encontrado restos de latas vacías de cerveza y alguna botella rota.
En cualquier caso, había conseguido hacer mella en mí. Siempre procuraba salir
de la oficina antes de que oscureciera, aunque eso era más complicado en
invierno cuando a las cuatro y media ya comenzaba a anochecer.
No sabía cómo se me había echado el tiempo encima aquella tarde, pero eran
las seis cuando estaba cerrando la puerta. Llamé a Sergio con la excusa de que
iba a coger el coche, aunque en realidad esperaba que tenerle en mi oído me
diera la seguridad que me faltaba para atravesar los diez metros de tramo de calle
hasta la entrada del parking.
―Hola, preciosa. ―Su voz ronca en mi oído me reconfortó de inmediato―.
¿Vienes ya para casa?
―Sí, mi Amo. Voy a coger el coche ahora.
―¿Te has...
... y lo siguiente que oí fue el pitido intermitente de la llamada cortada.
Volví a llamar nerviosa; solo le encontré en el mensaje grabado del
contestador. Aceleré el paso hasta la puerta del garaje, el golpe de los tacones
contra los adoquines resonaba por toda la calle. Un ruido me alarmó. No. Solo es
sugestión. ¿Intentaba convencerme? Saqué el mando del bolso y me apresuré a
entrar tan pronto como el portón comenzaba a abrirse.
De repente, una mano tapó mi boca con fuerza y me atrajo contra el cuerpo
de su dueño a mi espalda. Me arrastró con él a una esquina, y se quedó inmóvil
sujetándome, así como veía mi única escapatoria terminar de cerrarse al final del
garaje. Las luces se apagaron. Otro brazo me rodeó, a oscuras, palpando
bruscamente con su mano entre mis muslos. No tenía intención de robarme.
El pánico me había paralizado. Estaba petrificada hasta el punto de que me
costaba respirar. Los latidos de mi corazón palpitando violentamente, mientras
hurgaba en la tela de mi falda para levantarla, acallaban cualquier otro sonido.
Tenía que resistirme, pero estaba demasiado aterrorizada para poder reaccionar.
El miedo no me dejaba pensar. Bloqueada. Grita. Apenas un ruido ahogado
escapó de su mano.
―Hushhh. ―Sus labios sisearon en mi oreja.
Las manos me temblaban. Solo tendría una oportunidad. Tienes que
intentarlo. Junté toda mi rabia, apreté mi brazo y aproveché su momento de
victoria, el instante en que lograba meter su mano por debajo de mi falda y
llegaba a rozar la puntilla de mi ropa interior, para dar un codazo seco con todas
mis fuerzas hacia atrás que acertó de pleno en su estómago.
Oí su quejido sordo, contenido, al tiempo que sus brazos me liberaban y eché
a correr sin mirar atrás. Mi mano revolvía nerviosa el contenido de mi bolso sin
llegar a dar con la maldita llave. Escuchaba el ruido de mis pertenencias
golpeándose estrepitosamente contra el suelo. Da igual. No puedes parar. La
adrenalina inundaba mis venas. Solo seguía corriendo, ya casi había llegado al
coche. La puerta del garaje empezó a abrirse y las luces se encendieron al
momento.
―Clara.
Su voz... ¡No podía ser!
Me giré todavía asustada. Las piernas me temblaban; me negaba a dar crédito
a mis oídos. Sin embargo, allí estaba. Andando relajado hacia mí, con una mano
en la barriga y una sonrisa de autosuficiencia en la boca.
―¡Hijo de puta! ―grité sin poder contenerlo.
―Francamente, prefiero Amo.
―¿Por qué...
En ese momento me alcanzó y no pude evitar echarme a sus brazos.
―Tranquila, preciosa. ―Su mano acariciaba mi pelo lentamente―. Ya ha
pasado. Solo quería ver si sabías defenderte. Lo has hecho muy bien, mucho
mejor de lo que esperaba. Debe ser la primera vez que me alegro de que me
golpeen.
―No lo siento. ¿Hasta dónde pensabas llegar? ―Un brillo delator en sus ojos
respondió por él―. Hijo de...
Su dedo índice en mi boca me hizo reconsiderar lo que estaba a punto de
gritarle.
―No vuelvas a decirlo. Esta vez no seré tan indulgente.
―¿Sabes el miedo que he pasado?
―¿Otra pregunta sin permiso?
Estaba a punto de mandarle a la mierda, pero me sentía tan segura en sus
brazos, que cedí.
―Lo siento, mi Amo.
―Llevas bragas.
―Siempre llevo cuando no estoy contigo. Esa era la regla, mi Amo.
Sin contestarme, me apoyó contra el coche, levantó mi falda y con un tirón
rápido, me las arrancó.
―Ahora estás conmigo ―concluyó―. Dame la llave, yo conduciré.
No discutí. Solo abrí el coche y se la lancé antes de desplomarme en el
asiento del copiloto. De todas formas, estaba demasiado alterada y me encantaba
verle conducir. Tenía un punto muy sexy cuando se concentraba. Tanto, que
tardé bastante en caer en la cuenta de que no íbamos a casa.
―¿Me das permiso para preguntar, mi Amo?
―Pensaba que estabas enfadada conmigo.
―Lo estoy, mi Amo ―mentí.
―No, no lo estás ―replicó burlón y consiguió que se me escapara media
sonrisa por su tono sinuoso. La corregí enseguida―. Dime, preciosa.
―¿A dónde vamos, mi Amo?
―Al aeropuerto ―afirmó enigmático.
Esperé alguna explicación, pero no siguió hablando. Ya había dicho todo lo
que pensaba contarme. Encendió la radio y el solo de guitarra del principio de
“Sweet Child O’Mine” resonó en todo el coche por los altavoces.
―¡Qué buena! Me encanta esta canción.
Solo escuchar las primeras notas había conseguido cambiar mi humor.
―Y el grupo... ―Le miré asombrada―. Tenías una camiseta de Guns
N’Roses hecha jirones.
―¿Cómo puedes acordarte?
Me dedicó una tímida sonrisa impropia de él.
―Cada vez que te veía pasar con ella por los pasillos del instituto quería
terminar de arrancártela.
―Te habría cortado la mano antes que dejarte tocar esa camiseta, mi Amo.
Estaba loca por Axl ―confesé cohibida. No entendía por qué en algunas
ocasiones todavía seguía ruborizándome con él.
―Pensaba que eras más de Slash.
―También me gustaba, mi Amo, pero solo para una noche. Lo de Axl era
más serio ―le guiñé un ojo.
―¿Tenías fantasías con ellos? ―La inflexión de su voz había cambiado,
ahora era morbosa y caliente. Cerré los ojos para disfrutar la dulce vibración que
provocaba en mi vientre.
―Sí, mi Amo. ―No podía mentirle, aunque en situaciones como ésta,
llegaba a planteármelo.
La voz de Axl cantaba los primeros versos de la canción y me arranqué con
él, intentando dar por concluida la conversación.
―¿Con los dos?
No había funcionado.
―Sí, mi Amo.
Bajó el volumen, hasta que la música quedó de fondo.
―¿A la vez?
Mi corazón se aceleró. Tardé en contestar.
―Sí, mi Amo.
Las ruedas chirriaron por el frenazo al que siguió un volantazo a la izquierda
para pegarse a la acera. Por suerte no había más coches en la carretera.
―Cuéntamelo. Y quiero todos los detalles.
Tengo que admitirlo: soy tonta. ¿Quién me mandaba abrir la boca?
―¿Te da vergüenza? No es la primera vez que me cuentas una de tus
fantasías.
―Bueno... es que esta es más fuerte, mi Amo ―contesté con timidez.
―Preciosa, ¿crees que me vas a escandalizar? ―preguntó con tono sugerente
al tiempo que levantaba una ceja. Quería provocarme y sabía cómo hacerlo.
―Puede que lo haga, mi Amo ―le seguí el juego.
―Prueba ―me retó.
―Está bien.
En dos segundos todos los detalles de una de las fantasías más recurrentes de
mi adolescencia se dibujaron ante mí. Bajé la mirada como preludio antes de
empezar a hablar.
―Axl me llevaba a un camerino vacío antes de comenzar uno de sus
conciertos, se había escapado de las pruebas de sonido. Llevaba el pelo suelto
con un pañuelo en la cabeza y el pecho desnudo. Todavía se podían oír los
instrumentos y las voces de los coros a lo lejos cuando cerraba la puerta. Me
arrinconaba contra la pared...
―Mmmm. ¿Eras una groupie? ―me cortó incitándome con su voz seductora
mientras su mano en mi barbilla subía mi cara.
―Mi Amo... ―le reñí por la interrupción―. Teníamos algo serio ―aclaré
con una sonrisa vergonzosa antes de continuar y me devolvió un guiño
cómplice―. Me arrinconaba contra la pared y me besaba con muchísima pasión.
Uno de esos besos salvajes que no quieres que terminen nunca. Sus manos se
perdían por debajo de mi camiseta y la iba subiendo despacio hasta que llegaba a
mis brazos, aunque no llegaba a quitármela. La usaba para sujetármelos por
encima de la cabeza de forma que no pudiera moverme.
Casi podía ver su impaciencia supurando por cada poro de su piel. Disfrutaba
demasiado de ella como para no recrearme en el más mínimo detalle.
Se acercó a mí, esperaba que para recrear el apasionado beso que acababa de
describirle, sin embargo sus manos desaparecieron por debajo del asiento. No
sabía lo que estaba buscando.
―Mi Amo, ¿qué...
Se apoyó en la palanca de reclinar el asiento y empujó el respaldo hacia atrás
hasta que quedé prácticamente tumbada. Se giró sobre mí, metió su mano entre
mis piernas, alcanzó otro resorte debajo del sillín y tiró de ella, haciendo que me
desplazara hacia atrás. Su tercer movimiento fue para recostarse encima ded mí.
―Solo quiero asegurarme de que piensas en la persona adecuada mientras
recuerdas esto ―dijo con una sonrisa descarada que me recordó fugazmente a
Ahren―. Ahora puedes seguir.
Su proximidad solo me ponía más nerviosa. Giré la cabeza a ambos lados y
comprobé con alivio que no estábamos en una zona transitada. No había nadie
cerca del vehículo, aunque estaba segura de que él ya lo había tenido en cuenta
antes de iniciar su ataque. Su mano volvió a atraerme, recordándome que tenía
que mirarle.
―Me colocaba con los brazos encima de la cabeza y las muñecas, sujetas por
la camiseta, pegadas a la pared, y me ordenaba que no los moviera. Luego se
ponía de rodillas delante de mí, y mientras me estaba desabrochando los
vaqueros, la puerta se abría y Slash entraba en el camerino. Iba vestido con unos
pantalones de cuero, el chaleco abierto y el sombrero de copa como en los
vídeos de sus canciones. Yo bajaba las manos para taparme pero Axl se ponía de
pie, sonreía capciosamente, y me hacía volver a levantar los brazos delante de su
amigo.
―¿Otra fantasía de dominación, preciosa? ―Su tono era burlón pero
cómplice; disfrutaba sonrojándome.
―Mi Amo, tenía catorce años. Ni siquiera sabía lo que era la dominación
―me excusé a modo de justificación.
―Catorce años... A lo mejor sí que consigues escandalizarme después de
todo. Sigue.
―Me dejaba guiar por sus manos que levantaban mis brazos y me quedaba
delante de los dos con el sujetador, y los pantalones abiertos, enseñando la ropa
interior.
El rugido que salió de su boca al escuchar la última frase me hizo temblar.
―Muy provocador. ¿Qué ropa interior llevabas?
―Tenía un conjunto de braguita y sujetador de encaje. Me parecía muy sexy.
―¡Dios! Seguro que lo era. Habría dado cualquier cosa por verlo. Sigue.
―Axl se situaba a mi espalda y avanzaba, llevándome con él hacia delante,
directa a Slash. Por más que trataba de retenerle, no podía con él y, aun
frenándole, seguía caminando con él, un paso tras otro, acortando la distancia
entre los dos. ―Sus dedos, debajo de mi falda, jugueteaban con el borde de mis
medias en mis muslos―. Sus manos acariciaban mis brazos que seguían
levantados y, sin que yo me diera cuenta, le hacía una señal a Slash que apoyaba
sus manos en mis caderas.
Paré para coger aire. Mi respiración se estaba comenzando a entrecortar.
―¿Te resistías? ―Su voz era profunda, se estaba metiendo en mi historia y,
aunque en la posición en la que estaba no podía notarlo, era evidente que se
estaba excitando.
―Un poco al principio. Cuando Slash me estaba bajando los pantalones,
trataba de pararlo. Pero Axl me tenía cogida por los brazos.
Sus dedos subían a pequeños pasitos por la cara interior de mi muslo,
jugueteando con el elástico de mis medias. No tenía ninguna prisa en su avance.
―Sigue.
―Cuando se aseguraba de que no me iba a mover, bajaba sus manos por mi
cuerpo, y mientras uno de sus brazos me sujetaba para que Slash me quitara los
pantalones, la otra mano se metía en mis...
Justo en ese momento sus dedos llegaron a mi sexo, haciendo que me
recorriera un escalofrío. Toda la adrenalina que mi cuerpo había liberado
minutos antes parecía bombear por mi torrente sanguíneo con más fuerza. Cerré
los ojos para saborearlo.
―No pares, preciosa. ―Noté su ansia en su voz. De fondo, escuché los
primeros acordes de “You Could Be Mine”.
―Antes de que me diera cuenta, Axl se había deshecho de mi ropa interior.
Subía sus manos a mis pechos, y le pedía a Slash que me tocara. Se lo decía en
voz alta para que yo pudiera oírlo. En este punto, yo ya lo había aceptado y solo
podía dejarme llevar por todas las sensaciones.
Los dedos de Sergio resbalaban entre mis piernas, recogiendo la humedad
que él mismo creaba, sin llegar a penetrarme, haciendo que le deseara más. Su
cuerpo me cubría, enorme, dejándome sentir su peso y su boca se entretenía
dibujando pequeños besos en mi cuello. Mis manos habían trepado por su
abdomen bajo su camisa buscando el calor de su piel, siempre ardiente para mí.
―Sigue –ordenó. Mi piel se erizó bajo sus labios al sentir su aliento sobre la
estela que su boca acababa de dejar.
―Axl me llevaba hasta un sofá en una esquina y se sentaba detrás de mí,
haciendo que me recostara sobre su pecho, y abría mis piernas sujetándome por
los muslos. Me preguntaba si haría cualquier cosa por él y yo contestaba que sí.
Los ojos castaños de Sergio fulguraron por un segundo, el tiempo suficiente
para darme cuenta de que acababa de meter la pata. Mierda. Tenía que terminar
cuanto antes.
―Y después Slash me lo hacía en los brazos de Axl. Ya está ―rematé
abruptamente.
―¿Me estás diciendo que con catorce años tenías fantasías de dominación en
las que un hombre te ofrecía a otro?
―No sé... ―titubeé―. Nunca lo había pensado así, mi Amo. Supongo que sí.
―Tienes suerte de que nunca me enterase de esto en el instituto, porque si me
hubiese imaginado que tenías ese tipo de fantasías, nada ni nadie habría podido
frenarme.
―Mi Amo... no lo utilizarás en mi contra, ¿verdad?
―No, Clara. Es solo una fantasía. Me encanta que confíes en mí.
Respiré aliviada. Su peso se desvaneció; había vuelto a su sitio.
―Tenemos que irnos, pero esto no termina aquí. Luego seguiremos donde lo
hemos dejado.
Arrancó el coche.
XXIX


Esquivaba su mirada, aunque esta vez no lo hacía por principios, ni siquiera
de forma premeditada. Habría sido absurdo teniendo en cuenta que para él era
tan sencillo aplacar mi determinación, como juntar las cinco letras que
componen mi nombre. Hundida contra el asiento del coche, simplemente
intentaba recuperarme del estado de shock al que una inocente frase de Sergio
me había inducido apenas unos minutos antes en el aeropuerto.
―¡John, estoy tan contento de verte otra vez! Déjame que te presente a mi
prometida, Clara. Cariño, John es uno de mis mejores amigos. Nos conocimos
en la universidad, creo que te he hablado de él. Y su mujer, Lucy...
Lucy. A partir de ese momento, no había registrado ni una palabra más. Mi
mente se había quedado bloqueada, y confiaba en que mi cuerpo, que se
comportaba de forma autómata, reaccionara de manera correcta.
No recuerdo el restaurante al que fuimos a cenar, ni tampoco lo que pedí; solo
que, siguiendo con mi premisa de no llamar su atención, vacié mi plato. No
recuerdo llegar a casa. Recuerdo nítidamente haber corrido al aseo en busca de
refugio para evitar quedarme a solas con Sergio mientras se acomodaban en la
habitación de invitados. No recuerdo cuando salí; creo que cuando volví a
escuchar voces. Recuerdo su mirada cuando me excusé alegando que estaba
cansada y me retiré a la habitación, justo después de que John propusiera que
saliéramos a tomar una copa. No me siguió.
¿Por qué coño no me había avisado? ¿En qué momento había decidido que no
merecía saber que venía? ¿A qué estaba jugando? Pero bien sabía que hacerle
estas preguntas me traería los mismos resultados que gritarlas al fondo la cueva
más profunda para que se perdieran en su interior, salvo que en el segundo caso
al menos obtendría una respuesta, aunque solo fuera el eco de mi propia voz.

- o -

Había perdido la consciencia de cuánto tiempo llevaba peleándome con las


sábanas. Tenía claro que no iba a poder conciliar el sueño. Los ruidos de la casa
vacía en el silencio de la noche parecían gritarme. Tenía la boca seca. Me puse la
bata y bajé a la cocina.
Mi corazón dio un vuelco al ver el resplandor de una luz encendida al final de
la escalera. Me acerqué lentamente. La imagen que apareció ante mis ojos estaba
envuelta por el halo de irrealidad que rodea los sueños. Su cuerpo flotaba etéreo
en la oscuridad iluminado por el tenue fulgor que salía del frigorífico. Aun
desmaquillada, descalza y cubierta por un simple camisón azul marino de raso,
era una de las mujeres más elegantes que había visto en mi vida. Se había
soltado el sencillo recogido que llevaba durante la cena y ahora una espesa
melena de rizos rubios le caía libre realzando la delicadeza de su estructura ósea.
Me apresuré al interruptor.
―Oh, lo siento. Espero no haberte despertado. Estaba muerta de sed ―se
disculpó con su suave voz aterciopelada.
―No pasa nada. Pensaba que no había nadie más en casa. Buenas noches.
―En realidad, me alegro de que estés aquí. Clara, me gustaría hablar
contigo. Yo... ―hablaba decidida, como si hubiera preparado lo que quería
decirme, aunque de repente se cortó, y pareció perdida―. Te lo ha contado,
¿verdad?
Su interpelación directa me confirmó que había bebido de más en la cena.
―Sí. ―Mi voz era áspera, demasiado.
―Lo siento. Solo puedo imaginar lo que estarás pensando de mí ahora
mismo. ―Bajó la vista a sus pies―. ¿Te apetece un café?
La contemplé. Mi estómago volvió a contraerse. Su visión era la
materialización de todas mis inseguridades devolviéndome la mirada. La
aparente fragilidad de su cuerpo y la dulzura de su voz combinada con la
decisión de su carácter daban como resultado una sensualidad inherente a
cualquiera de sus movimientos o pronunciamientos sin ni siquiera pretenderlo.
―Creo que es demasiado tarde para café.
Abrí la puerta de la despensa, pero Sergio no bebía en casa. Solo recordaba
haber visto una botella de whisky relegada al fondo de la alacena en su casa de
Berlín, seguramente regalo de alguna visita, y ahora mismo habría matado por
tenerla a mi alcance. A falta de algo más fuerte, saqué la primera botella de sake
que encontré.
―Tienes razón.
Destapé la botella y vertí el líquido en los pequeños vasitos del juego de sake
de Sergio. No estaba de humor para seguir el ritual que mi Amo me había
explicado.
Me observaba. Lo había hecho durante la cena, aunque ahora que estábamos
a solas era más evidente. Sabía lo que estaba buscando y también que no lo iba a
encontrar. Yo también me preguntaba por qué, aunque nunca me atrevería a
formular la pregunta en voz alta por miedo a que Sergio se diera cuenta de que
no había ninguna razón.
―No sé lo que te habrá contado pero...
―Me dijo que eras la mujer más especial con la que había estado.
―¿Él te dijo eso?
Intenté permanecer impasible a pesar del destello que mis palabras habían
provocado en sus ojos. Duró poco.
―Sí.
―Pues te mintió. Nunca fui especial. Nada lo fue. Y él se tomó muchísimas
molestias en dejármelo muy claro. ―La amargura de sus palabras contrastaba
con la totalidad de su imagen.
―Sergio puede ser muy bueno en eso.
Me miró como si por fin alguien la comprendiera.
―Escucha, fue un error. Sé que debes estar cabreada conmigo, y tienes todo
el derecho del mundo a estarlo, yo solo quería... Por favor, no se lo cuentes a
John.
Intentaba no sentir. Intentaba comprenderla. Intentaba compadecerla. Pero era
incapaz. La odiaba de una forma visceral e irracional. De un modo que me hacía
sentir despreciable. Lo había hecho desde el primer momento en que la vi, es
posible que desde la primera vez que oí su nombre de los labios de Sergio.
―¿No se lo has contado a tu marido?
―No. Si John llegara a enterarse de la razón por la que empezamos a salir...
le destrozaría. Pensaría que lo nuestro solo ha sido una mentira.
Mantuve la cara de póquer mientras ataba cabos. De toda la historia que
Sergio me había contado, este detalle se le había escapado. Probablemente según
su extraño sentido de la caballerosidad suponía un conflicto con su retorcido
código ético. Por un error de cálculo, Lucy había dado por hecho que yo sabía la
razón, aunque ahora no me cabía ninguna duda de cuál era: Sergio. Como no.
Y con todo, eso no era lo que más me preocupaba ahora. Aun con dos copas
de más, Lucy era una mujer muy rápida. Ella creía necesario pedirme
explícitamente que no lo contara. Pero ¿por qué?
Para mí, solo había una respuesta. Hacerlo era la manera más rápida de alejar
a Lucy, de deshacerse de ella. Tanto si John y ella se separaban, como si John se
enfadaba con Sergio, el resultado sería el mismo: Lucy desaparecía para siempre.
Tentador...
―¿Él no sabe nada de lo que hubo entre Sergio y tú?
―No. ―Se encendió un cigarro, mientras me ofrecía el paquete. Rechacé―.
Él es importante para John. Fue culpa mía. Él me avisó... ―Estaba divagando,
más pensando en voz alta que siguiendo una conversación―. Me dijo que se
convertiría en lo peor que me había pasado en la vida y, por algún tiempo, creí
que todo lo hacía para demostrarme que tenía razón. Y yo era joven y estúpida.
Lo bastante estúpida como para creer que se podía enamorar a un hombre
haciendo todo lo que él quisiera.
Fumaba de forma compulsiva. El alcohol había soltado su lengua, y aun así
era imposible encontrar cualquier otro indicio de su afectación. El control de su
cuerpo y su voz era impresionante, y me temí que hubiera tenido que aprenderlo
durante el tiempo que había compartido con Sergio.
―¿Sergio sabía que estabas enamorada de él?
―Sergio solía decir que la definición de adicción es cuando sabes que algo
es malo para ti y aun así no puedes dejarlo. ―Su afirmación me daba una idea
bastante precisa de la crueldad de la que mi Amo podía llegar a hacer gala―. Y
tenía razón porque yo nunca... hasta John ―se apresuró a concluir su frase.
Sin embargo, todo el mundo sabe que lo mejor de superar una adicción es
disfrutar del placer prohibido de una recaída de vez en cuando. Viéndola me
parecía imposible que Sergio no hubiera hecho uso de aquello que sabía que
tenía a su merced. Iba a preguntarle pero siguió hablando con su voz
cautivadora, y solo pude escucharla.
―De todas formas, no habría cambiado nada. No creo que pueda querer a
nadie. ―Me volvió a mirar―. Oh, dios mío, lo siento. No quería decir... He
bebido demasiado.
―No pasa nada. Puede que tengas razón.
―¿Cómo puedes aceptarlo?
―Dímelo tú. Tú estuviste en mi posición antes que yo, casi cinco años...
―No, yo nunca estuve en tu posición. Ni de lejos.
Miró mi anillo. No sería capaz de decir si en su voz había rencor o
reconocimiento.
Volvió a abrir la boca pero la cerró antes de articular palabra y, al segundo, oí
unas ruidosas carcajadas, seguidas de unos vanos intentos de silencio con
cuchicheos y risitas entrecortadas, que provenían de la puerta. No esperaban
encontrarnos en la cocina. Sus rostros reflejaban la sorpresa. Estaban borrachos;
John se había apoyado en el quicio, buscando un punto de equilibrio, Sergio se
recuperó demasiado rápido.
Hizo un barrido de la estancia. Estaba analizando la situación
meticulosamente, haciendo un balance de daños. No esperaba que habláramos a
solas, al menos no con tanta libertad. Se detuvo en Lucy, que bajó la cabeza al
instante y se apresuró a apagar el cigarro que tenía entre los dedos, evidencia del
control que aún tenía sobre ella.
Llegó mi turno. Sentí la presión de su mirada intimidante buscando en mis
ojos. Me mantuve firme y me premió con una fugaz sonrisa que me heló en el
sitio.
―Cariño, no esperaba encontrarte despierta. Me alegro muchísimo de que
ya no estés tan cansada. ―Lejos de ser inocentes, sus palabras constituían a
todas luces una declaración de intenciones.
No sabía si le había hecho alguna señal, o si realmente hacía falta, pero Lucy
se puso en pie rauda, pasó con la cabeza gacha por delante de Sergio, recogió a
su marido y desapareció con él por las escaleras rumbo a su habitación.
―¿Me das permiso...
―Shhhhh...
Su dedo índice cruzó mis labios desde atrás. Antes de que pudiera terminar la
pregunta, ya le había dado tiempo a colocarse a mi espalda. Siguió acariciando
mis labios, dándome a entender que quería silencio. El calor de su respiración
descendía por mi cuello, mientras el ruido de los pasos en las escaleras se hacía
cada vez más distante hasta desvanecerse.
Su mano se abrió paso por la abertura de mi bata y despejó el camino hasta el
hombro izquierdo. Me estaba oliendo, como un cazador que sigue el rastro de su
presa. El alcohol despertaba sus instintos más primarios.
―Creo que hemos dejado algo a medias, ¿verdad? ―Su ronroneo
reverberaba por el interior de mi cuerpo, recorriéndolo sin encontrar la salida.
No tenía ni idea de a qué se refería. Tampoco era importante. En mi situación,
cualquier reacción solo aceleraría su ataque. Tenía que mantener la calma. Me
levanté del taburete y me alejé dos pasos, como si la distancia fuera a
protegerme...
―No sé, mi Amo.
Sus dedos jugueteaban con uno de los cabos de la cinta de mi bata que caía
más largo. Con un movimiento veloz, tiró de ella y se deslizó por mi cintura
dejando que la bata se abriera y descubriera mis pechos. En un acto reflejo, mis
brazos intentaron cubrirme; sus manos ya me lo impedían. Incluso ebrio,
conseguía predecir mis movimientos y anticiparse a ellos. Colocó mis brazos con
las muñecas juntas delante de mí, me soltó y esperó. Me quedé quieta.
―Mucho mejor...
―Espero que lo hayas pasado muy bien esta noche, mi Amo.
―La noche no ha hecho más que empezar ―aseveró mirando la cinta entre
sus manos―. Tengo grandes expectativas, preciosa.
¿Cómo podía estar tan irresistiblemente atractivo cuando sus palabras
constituían una amenaza velada? Y lo peor... ¿por qué solo podía desear que la
cumpliera?
―Mi Amo, ¿me das permiso para preguntar?
Sabía que no tenía sentido provocar una discusión. A pesar de su aguante con
el alcohol, había bebido más de la cuenta. Sin embargo, la oportunidad para
conseguir información era demasiado jugosa como para dejarla escapar sin hacer
al menos una tentativa.
―Francamente tengo curiosidad. Si solo pudieses hacer una pregunta, solo
una, ¿cuál sería?
―¿Alguna vez habéis... recordado viejos tiempos?
―¿Me estás preguntando si me he tirado a la mujer de uno de mis mejores
amigos? ―preguntó divertido, casi como si le pareciera una idea
descabellada―. ¿Te he dicho que fui el padrino en su boda?
―No me has contestado.
Se sonrió. El pelo descolocado le daba un aire salvaje.
―Realmente me crees capaz, ¿verdad? ―Seguí esperando una respuesta―.
Está bien. ¿Y a ella? ―Estaba jugando conmigo―. ¿Crees que Lucy engañaría a
su marido?
―Ella haría cualquier cosa por ti, mi Amo.
―¿Eso te ha dicho?
Ahora estaba enfadado, el alcohol no le ayudaba a ocultar sus emociones.
―No, no ha hecho falta. ―Simuló sorprenderse―. Pero tú ya lo sabes,
¿verdad, mi Amo?
En cualquier otra situación, no se me habría ocurrido hacer tan evidente a la
persona a la que amaba la facilidad con la que podría engañarme. Pero estaba
convencida de que él era mucho más consciente que yo de lo que Lucy estaría
dispuesta a hacer por él. Con tan solo con el más mínimo gesto.
―¿Qué se siente al tener tanto poder sobre una persona que ni siquiera te
importa?
Me miró con intención mientras esperaba a que respondiera a mi
provocación.
―Lo siento, preciosa. Me temo que ya has gastado tu pregunta. ―Su control
a pesar del alcohol me admiraba―. Ahora me apetece mucho más comprobar el
poder que tengo sobre ti. Desnúdate.
Miré al final de la escalera, confiando en que me entendiera sin palabras.
Siguió mi mirada solo para volver a mí con una sonrisa retadora. Seguro que ya
se le habían pasado por la cabeza unas cuantas ideas para castigarme. Sus ojos
me desafiaban a desobedecerle.
Titubeé. Solo un minuto. Dejé caer mi bata. Me contempló por unos
instantes; todavía tenía las marcas de la noche anterior en mi piel. Su mirada
bajó y la seguí hasta que me arrodillé en el suelo.
Desapareció a mi espalda. Su mano caliente se deslizó despacio de mi
clavícula a mi pezón derecho y todo su cuerpo bajó con él. Lo acarició
suavemente hasta que consiguió endurecerlo. Dejé escapar un gemido.
―Preciosa, ¿quieres que subamos a la habitación? ―Asentí con ímpetu―.
Está bien. Solo tienes que probarme que esta situación no te está poniendo
cachonda. Si te toco y no estás mojada, seguiremos arriba. ¿Te parece bien?
―Mi Amo, no es justo ―susurré las palabras que más le excitaban.
No tenía forma de ganar. Sabía que estaba empapada igual que sabía que se le
había puesto dura en cuanto me había encontrado despierta.
―Joder, Clara ―carraspeó en mi oído mientras su mano se adentraba
resbalando entre mis pliegues húmedos demasiado brevemente. Se la llevó a la
boca.
Me volvía loca. Solo quería que me tomara, en ese mismo momento, en ese
mismo lugar y de la forma más salvaje. Estaba distraído recorriendo mi cuello
con sus labios, llevé las manos a mi espalda y desabroché sus pantalones. Tenía
que moverme con cuidado. Su erección parecía luchar para escapar de la
cautividad de sus calzoncillos. La ayudé a liberarse.
No había reacción; realmente se había excedido con el alcohol. En cualquier
otro momento, estaría inmovilizada contra el suelo el segundo en que me hubiera
acercado al botón de sus vaqueros. Coloqué sus manos en mi cintura y me alcé
sobre sus muslos, echándome hacia atrás muy despacio hasta que sentí mi nalga
derecha mojarse con su líquido preseminal.
―Tú no decides ―me recordó.
Agarró mi pelo con su puño derecho y tiró lentamente hacia él, obligándome
a forzar mi posición para seguirle. A pesar de mi resistencia inicial, su brazo
continuó su recorrido inexorable, haciéndome arquear la espalda, y doblar el
cuello hasta que pude verle de reojo. Después condujo mis caderas con la
izquierda hasta que sentí su glande rígido acariciarme entre mis glúteos. Una
amenaza muy poco sutil. Me quedé paralizada, aguantando el equilibrio.
―Eso está mucho mejor, preciosa. ―Pasó su mano por la parte inferior de mi
espalda y terminó con una palmada rápida en el trasero―. Me encanta esta
curva. No te muevas.
Todos mis esfuerzos se concentraban en aguantar la enrevesada posición.
Recogió mi cabello con las dos manos y lo ató con la cinta de la bata. Después la
enrolló a lo largo de la coleta y volvió a anudarla. Tiró con suavidad hacia abajo
y me hizo caer. Su capullo duro comenzaba a abrirse camino entre mis nalgas.
Dejé escapar un grito sofocado antes de que Sergio pasara su brazo por debajo
de mis pechos para sujetarme, impidiendo que siguiera sumergiéndose en mí.
―Shhhhhhh. ―Su mano me tapó la boca―. Sabes que no estamos solos.
¿Quieres compañía?
Definitivamente no. Negué con avidez y sentí retumbar en su pecho la
carcajada que estaba conteniendo.
Me levantó con él y dio la vuelta a mi alrededor sin dejar de contemplarme
hasta situarse enfrente de mí. Había bebido lo suficiente para no molestarse en
ocultar el placer que le propiciaba verme sometida.
―Separa las piernas ―me ordenó.
Me apresuré a obedecerle y pasó la cinta por el espacio que acababa de abrir.
Me estaba derritiendo. Tiró con cuidado del lazo hacia arriba y caí de rodillas
apretando los muslos para contener la oleada de placer que recorrió mi cuerpo.
Fue un error. Su tirón no solo incrementó su intensidad, sino que ahora la suave
tira de tela se había colocado y rozaba mi clítoris sin ninguna traba.
―Levántate, preciosa. ¿Crees que voy a dejar que te corras sin estar dentro
de ti? ―preguntó con esa voz que conseguía que todas las ideas que no fueran
lamer cada ápice de su cuerpo se esfumaran de mi cabeza.
Me tendió su mano izquierda para ayudarme, no sin antes dar otro pequeño
tironcito a la cinta con la derecha, que logró desestabilizar todo mi mundo.
―Mi Amo... ―gemí cuando conseguí ponerme en pie.
―Vamos a dar un paseo. ―No le entendí hasta que tiró levemente del lazo,
obligándome a seguirle―. Y dicen que el romanticismo ha muerto.
Me dio una vuelta alrededor de la mesa, forzándome a seguirle el paso. Se
estaba divirtiendo, y la excitación que me provocaba con el roce continuo se
incrementaba con su posición de dominio. Se detuvo y me marcó con un gesto
dónde debía pararme.
―Sácalo.
―¿Por qué no me dijiste que venía, mi Amo? ―La pregunta salió susurrada
de mis labios, pero no la pude contener.
―Parece que, por alguna razón, piensas que tengo que responder ante ti. Tal
vez crees que eres mi novia y tengo que contarte mis planes.
―No, mi Amo, pero...
―Dime, preciosa, y quiero que seas muy sincera. Si te lo hubiese contado
antes, ¿cómo habrías reaccionado?
Me quedé callada pensando una contestación que no me incriminara. Después
de dos minutos, le dije la verdad.
―Supongo que mal, mi Amo ―admití―. Muy mal.
―La próxima vez, te alegrarás de que te lo cuente.
Cabrón. Y lo peor era que tenía razón.
―Ahora, preciosa, quiero que me escuches atentamente. Solo porque me
parezca adorable que te pongas celosa, no significa que te vaya a permitir un
comportamiento como el de esta noche. ¿Está claro?
―Lo siento, mi Amo.
―Tienes mucha suerte de que haya vuelto con más ganas de jugar que de
castigarte.
Iba a contestar cuando su dedo en la boca me lo impidió. Con un movimiento
raudo, se agachó, recogió mi bata del suelo y me la puso, mientras me acercaba a
la barra.
―Siéntate ―susurró al tiempo que se sentaba en un taburete a mi lado.
Medio segundo después, John entraba en el salón. Todavía estaba
descolocada, cuando escuché a Sergio, hablando como si no pasara nada.
―Hey, John. ¿No te encuentras bien? Ya no tienes edad para pasarte toda la
noche bebiendo.
―Clara, por favor, dile a tu prometido que no debería tomarme el pelo o me
obligará a recordarle que es dos meses más viejo que yo.
Me reí y Sergio tensó la cinta, provocando que se me escapara un pequeño
gritito que traté de disimular riendo más fuerte. John se giró extrañado por la
desproporcionada reacción a su comentario, nos miró, y se encogió de hombros
sin darle más importancia. Se olía algo. Cogió un vaso, lo llenó de agua y se
despidió con un “Buenas noches” cómplice.
―Vamos arriba. No quiero más interrupciones.
Apenas había terminado de hablar cuando comenzó a andar, tirando
nuevamente del lazo que le servía como correa. Le seguí por las escaleras
camino de la habitación. En cuanto cruzamos el umbral y cerró la puerta, subió
la cinta hasta que caí a sus pies.
―Mucho mejor. Ahora irás a gatas. Si voy a pasearte, vamos a hacerlo bien.
Se enrolló el lazo en la muñeca tensándola en todo su recorrido entre mis
pechos, por mi vientre, entre mis piernas y a lo largo de mi columna vertebral
hasta su raíz en mi pelo. Le seguí gateando hasta la cama.
―Sube. ―Salté a la cama y al momento me dio una palmada en los
glúteos―. Levanta el culo. Perfecto. No te muevas.
Me quedé inmóvil a cuatro patas al borde de la cama. Sentí su dedo
jugueteando en la rugosa entrada entre mis nalgas, aunque sin llegar a meterse.
Su tacto era diferente, como si se hubiera puesto un guante de seda. Intenté
girarme hacia él para ver lo que estaba haciendo y al instante me detuvo tirando
de la cola que salía de mi cabeza.
―Shhhhhhhhhh...
La suave seda rozaba mi nalga izquierda con cada movimiento. Poco a poco
me iba llenando. Cuando fui consciente de lo que estaba haciendo, era
demasiado tarde.
―Preciosa, tápate la boca.
Le obedecí confusa y en menos de medio minuto comprendí su orden.
Me penetró al tiempo que tiraba de la cinta. El contraste de sensaciones era
demasiado intenso. Ni siquiera le oí cuando me dio permiso; en ese momento
para mí no había nada más que el gigantesco orgasmo que me estaba invadiendo.
Me llenaba al tiempo que me vaciaba. Ahogué mis gritos contra la almohada.
Adoraba su forma de amarme, como si solo encontrara su paz cuando por fin
entraba en mí. Solo cuando estaba completamente dentro de mí, haciéndome
estallar de placer. Le cobijé. Su paz era mi paz.

- o -

―Te amo, Sergio.


Disfrutaba de su visión recostada sobre su pecho mientras me deleitaba en las
indulgentes caricias con las que sus despistados dedos mimaban la curva del
final de mi espalda. Los fuertes latidos de su corazón parecían querer marcar el
ritmo.
―Qué complaciente estás. No estarás esperando algo a cambio, ¿verdad?
Sus ojos brillaban. Seguía con ganas de jugar.
―No necesito nada a cambio. Te amo y tú me amas a mí.
―Vaya, pareces muy segura.
―Estoy muy segura.
―Déjame ver. Tú dices que me amas y, francamente, parece que haces un
gran esfuerzo en demostrármelo. Diría que eres muy convincente. En cambio
yo... mira lo que hago contigo. ―Cogió la cinta y la miró con intención. Acallé
mi ataque de risa contra su pecho―. ¿Cómo puedes estar tan segura?
―Lo sé.
Apenas sentí su mano acercarse a la mía, su índice acariciaba mi anular con
un movimiento suave, casi perezoso, haciendo que su anillo rotara en mi dedo
hasta dar una vuelta completa.
XXX


―Clara, ¿qué te pasa? Llevas toda la mañana nerviosa.
―Será mejor que hablemos en casa.
Nos habíamos levantado tarde después de una noche larga, y habíamos salido
a tomar el almuerzo, antes de que nuestros invitados partieran hacia Limerick
para visitar a la familia de Lucy. Fuimos a uno de los bares más trendies del
momento en Rathmines, en el que una banda retro caracterizada de los años
veinte tocaba versiones swing al estilo de Postmodern Jukebox en directo.
John tenía una resaca monumental y Lucy no parecía haber despertado
mucho mejor. Yo tampoco ponía mucho de mi parte; estaba demasiado ausente.
Tanto, que ni siquiera reparé en que Sergio me observaba.
Mi cabeza estaba en otra cosa. Sus palabras no paraban de revolotear en mi
mente, jugando conmigo como solían hacer. Al final tuve que escapar al
servicio. Cuando volvía a nuestra mesa, Sergio me acorraló detrás de una
columna y comenzó su interrogatorio.
Con solo una mirada me dejó claro que no iba a aceptar esa contestación.
Cuando hacía una pregunta, quería una respuesta. Punto.
―Yo no... ―titubeé unos segundos― no quiero casarme contigo.
Lo solté lo más rápido que pude. Sin mirarle.
―Tú... no quieres... casarte... conmigo? ―repitió mi frase, haciendo hincapié
en cada una de las palabras, como si no llegara a comprenderlas. Solo al final
cambió la entonación transformándola en una pregunta―. Clara ―me llamó. Su
semblante reflejaba su estupefacción―. ¿Es por ella? ¿Te ha dicho algo?
―No, claro que no. Mi Amo, tú no tienes ninguna obligación hacia mí. No
somos novios, tú lo dijiste ayer. ―Su mirada se afiló y temí que se lo tomara
como un reproche. Pensé que me iba a interrumpir, y seguí hablando atropellada
para no darle opción a hacerlo―. Tus razones son muy nobles, y me halaga que
pienses en mi salud financiera si lo nuestro no funciona... pero esa no es la razón
para... Yo no puedo... Si me casara contigo por dinero, solo me convertiría en
tu...
Los nervios me habían hecho hablar acelerada y, de repente, me frené en
seco.
―¿En mi qué? Termina la frase. ―Su voz era casi un rugido. Se había ido
acercando hasta dejarme pegada a la columna que tenía detrás de mí―. Ahora.
―En tu... puta, mi Amo. ―Sentí mis mejillas arder mientras de mi boca no
salía más que un murmullo apagado.
Apoyó la palma de su mano izquierda en mi mejilla, y dirigió mi cara hacia
él. Traté de evitarle pero su mano me mantuvo en el sitio hasta que su boca me
encontró. No pude resistirme, no tenía sentido intentarlo.
―Será mejor que hablemos en casa. ―Sus labios susurraron repitiendo mis
propias palabras en mi oído.

- o -

―Mi puta...
Sus labios se movían despacio, recreándose en cada letra. Mis mejillas
ardían.
―¿Mi... puta?
Saboreaban cada sonido. Su voz me mortificaba.
―Mi puta...
Lo repitió por tercera vez, como si estuviera considerando la idea. Ni siquiera
me atrevía a respirar.
Eran las primeras palabras que habían salido de su boca cuando llegamos al
apartamento. Había hecho el amago de arrodillarme pero me detuvo antes de que
pudiera hacerlo. Me quedé de pie, en medio del salón, sin saber qué hacer con
mis manos y, por supuesto, sin atreverme a mirarle. Hasta que volvió a dirigirse
a mí.
―Dime Clara, ¿alguna vez te he tratado como a una prostituta?
No sabía si esperaba que contestara a su pregunta, aunque la firmeza de su
voz dejaba muy claro que hablaba en serio.
―No, mi Amo... ―apenas conseguí susurrar.
―¿Alguna vez he dado a entender que estabas conmigo por un interés
económico?
Mi corazón se iba acelerando con cada pregunta. Le había ofendido. Le había
llamado muchas cosas, pero nada le había cabreado de esta forma antes.
―No, mi Amo...
―¿Alguna vez te he ofrecido dinero para que me hicieses un servicio?
―No, mi Amo...
―Si cualquier otra persona hubiese ni siquiera insinuado lo que acabas de
decir, me habría asegurado de que nunca se le volviese a pasar por la cabeza
repetir algo así. Pero tú... no puedo soportar ni tan solo que esa idea pase por tu
cabeza. Puede que para alguna gente sea lo mismo, pero para mí que seas mía es
diametralmente opuesto a ser mi puta. Sé que algunos amos utilizan esos
términos para dirigirse a sus sumisas, y otros mucho peores, para denigrarlas.
―Su tono de voz estaba subiendo―. Perra... Zorra... Guarra... Furcia...
Ramera... ―Cada una de sus palabras era como un latigazo, al menos dolía
como si lo fuera―. Yo nunca lo he hecho contigo.
―Lo siento, mi Amo. No pretendía enfadarte, yo no... He elegido mal las
palabras. Solo quería decir que para mí casarme no es una prioridad, nunca lo ha
sido. Pero sobre todo, no quiero que tu razón para casarte conmigo sea mi
economía. No quiero tu dinero. Es lo último que quiero de ti. Lo siento.
Iba a arrodillarme ante él pero me sujetó antes de que pudiera bajar.
―Clara, he sido un capullo. Yo quería asegurarme de que estás bien, siempre.
No porque sea noble, si fuese noble no te pediría algo que sé que es injusto para
ti. Y lo he hecho... Pero no voy a ponerte en riesgo. No con esto. No voy a
quedarme atrás mientras tú lo apuestas todo por mí. Por nosotros. Si alguna vez
soy tan estúpido de... ―contuve la respiración, no quería que terminara la
frase―... de joderlo, de una forma o de otra, tú no lo pagarás. Sin embargo esa
no es la razón por la que quiero que te cases conmigo.
Ante mi asombro, fue él quien hincó una rodilla ante mí. Casi se me salen los
ojos de las órbitas.
―Al menos no la única, ni la más importante. Tú te entregaste a mí y para mí
nuestro vínculo es muchísimo más importante que cualquier otro tipo de
relación, mucho más que una amante, que una novia... Eres mía, y quiero que
todo el mundo lo sepa. Y esta es la única forma legal que conozco. Yo te
prometo que siempre intentaré hacerte feliz... aunque solo sea por la razón más
egoísta: mantenerte a mi lado. Tú serás mi familia.
―Mi Amo...
Mis ojos se estaban empañando. Apreté los labios para contener las lágrimas,
y vi su imagen borrosa guiñándome un ojo mientras se levantaba.
―Además, me encanta como suena: mi prometida ―pronunció despacio,
dibujando cada sílaba en sus labios, y me enamoré de la palabra. Su boca era el
mejor marketing para cualquier producto―. Y ahora, voy a celebrar nuestro
compromiso. No te muevas.
Me recorrió de arriba abajo con una mirada abrasadora que me hizo
estremecer antes de desaparecer por la puerta del pasillo. No sabía a dónde había
ido o lo que estaba haciendo, solo me quedé esperando en la posición en la que
me había dejado en medio del comedor hasta que le vi aparecer. En ese momento
me lancé al suelo de rodillas y empecé a suplicar.
―Lo siento, mi Amo. Lo siento mucho.
Una sonrisa maliciosa cubrió su rostro al tiempo que dejaba la maleta que
llevaba en la mano sobre la barra. Conocía bien esa bolsa de piel y, sobre todo,
conocía su contenido.
―Te he dicho que no te movieses. Vuelve a tu posición. ―Se quedó inmóvil
en su sitio esperando a que le obedeciera―. No te preocupes, preciosa, no tengo
intención de azotarte hoy... pero no tientes tu suerte.
Recuperé mi postura al instante. Iba a decir algo pero estaba demasiado
confundida mirando aquella bolsa para encontrar ni siquiera la pregunta. Habló
antes de que pudiera pensarlo.
―Desnúdate para mí, preciosa.
Se apoyó en la barra de la cocina para contemplarme. Estiré el pie derecho
hasta el reposabrazos del sillón y me recliné para deslizar la media por mi
pierna. Sus ojos estaban clavados siguiendo el recorrido de mis manos. Me
estaba tomando mi tiempo y no solo porque sabía que eso le volvía loco; no
sabía lo que venía pero no tenía ninguna prisa.
Subí el pie izquierdo y esta vez levanté la falda del vestido largo que llevaba
hasta el borde de mi muslo. Jugueteé con el elástico de la media, casi podía
sentir su ansia quemándome en mi piel. Mis dedos obedecieron una orden que no
necesitaba ser articulada. Mis manos sabían lo que deseaba y sencillamente le
complacieron descubriendo mi pierna para él.
Me giré, ahora le tenía de frente, y tuve que resistir el impulso de correr a él
que su atracción me despertaba. Toda mi templanza se convirtió en agitación. Mi
cuerpo siempre respondía a su presencia. Necesitaba sentirle, que me tocara.
Bajé la cremallera lateral del vestido y abrí el escote hasta mis hombros, dejando
que cayera por mi silueta. El sujetador fue detrás en cuestión de segundos.
―Extiende los brazos y junta las manos. ―Su voz ronca resonó en mi
cabeza.
Le obedecí y se acercó hasta mí examinándome. Posó su mano en mi
antebrazo y su tacto caliente me sobrecogió. Levantó mis brazos y los estiró
hasta que formaron un ángulo recto con mi cuerpo, a la altura de mi pecho.
Después volvió a la barra y abrió el candado de la bolsa. Tuve que hacer un
esfuerzo consciente para controlar mi respiración mientras le veía revolver su
interior hasta que encontró lo que buscaba: unas esposas. Ya las conocía, las
había usado para inmovilizarme en nuestra última “negociación”, como él la
había llamado. Pero esta vez la parte del aro estaba cubierta con unas fundas
rosas, como de peluche. Parecían las típicas esposas de atrezo de las películas
eróticas horteras. Le miré incrédula conteniendo media sonrisa.
―Solo lo tenían en este color... ―justificó sin ocultar su risa como respuesta
a la expresión de mi cara―. Créeme, esto te ayudará a proteger tus muñecas. La
última vez te hiciste daño.
―¿Yo... me hice daño? ―se me escapó indignada.
Me disparó una mirada de advertencia. Mal momento para hacer preguntas
sin permiso, y más si era para cuestionarle.
―Te mueves demasiado ―concluyó.
Decidí no replicarle que tal vez sus juegos con los látigos, las palas y las
fustas que guardaba en esa misma maleta, tenían algo que ver, y me costó la vida
morderme la lengua.
Cerró las manillas en torno a mis muñecas y enseguida aprecié la diferencia.
El tacto era agradable, suave y hasta cálido. Cogió algo más de la bolsa, aunque
lo guardó tan rápido en el bolsillo trasero de sus pantalones que no me dio
tiempo a verlo.
―Vamos arriba.
Esperé que no escuchara el suspiro de alivio que se me escapó cuando vi que
la bolsa no venía con nosotros. Subió las escaleras detrás de mí, escoltándome
hasta la habitación.
Me detuvo en la puerta, me adelantó y abrió el edredón.
―Túmbate en la cama ―me ordenó al tiempo que daba un par de golpecitos
sobre el colchón que acababa de descubrir.
Avancé hasta él, y en cuanto me acosté en la cama, colocó la almohada para
que mi cabeza reposara cómodamente. Después sacó la llave de las esposas del
bolsillo de sus vaqueros y liberó mi mano izquierda. Tardó unos segundos en
trabarlas por una de las esquinas del cabecero y volver a asegurar mi muñeca.
Dejó las llaves sobre la mesita de noche. Ahora estaba atrapada, encadenada a la
cama. Respiré hondo; no tenía muy buen recuerdo de la última vez que me había
inmovilizado con esas esposas.
Me arropó con el edredón. No tenía ni idea de qué tenía en mente, y solo eso,
combinado con la idea de estar absolutamente en sus manos, despertaba mis
instintos más ocultos. Me sonrió y empezó a desabrocharse la camisa,
entreteniéndose en cada botón. Su imponente torso se iba descubriendo poco a
poco, casi como si supiera el efecto que tenía sobre mí y me lo estuviera
dosificando. Siguió con sus pantalones, cogió algo del bolsillo antes de dejarlos
caer por sus piernas. Me quedé absorta contemplando su cuerpo; cualquier hilo
de pensamiento se cortó. Me volvía loca.
Levantó el edredón desde el lado opuesto de la cama, a mis pies, se agachó y
desapareció por debajo. Sentí sus manos en mis tobillos, abriendo mis piernas, y
el peso de su cuerpo en el colchón entre ellas. Siguió separándolas hasta que mis
talones tocaron el borde de la sábana bajera.
―No te muevas.
Oí su voz desde el interior del edredón. Me moría por verle, pero con las
manos esposadas era imposible que pudiera levantarlo.
Noté su aliento sobre mi sexo. Después su tacto, las yemas de sus dedos
recorriéndome exquisitamente, adentrándose en mis sensibles pliegues, haciendo
que se contrajeran como respuesta a cada movimiento. Y por último, su
humedad, aunque su roce era demasiado frío para ser su lengua, y se concentraba
de manera muy precisa en mi clítoris. Estaba extendiendo algo, cada vez lo
sentía más helado. Solo reparé en que estaba gimiendo cuando me habló.
―Preciosa, avísame cuando se vuelva demasiado extremo.
Su respiración caliente sobre mí se enfriaba al momento que entraba en
contacto con la humedad gélida que acababa de esparcir. Mis piernas hicieron el
amago de cerrarse por instinto pero sus amplios hombros me lo impedían.
―Mi Amo, por favor. Está congelado.
―Está bien, probemos con un poco de calor.
Aún estaba buscando el sentido a sus palabras cuando volvió a acariciarme
dulce, resbalaba sobre mi clítoris cada vez más sensible y dilatado. El calor llegó
al momento, tan agradable como un rayo de sol en invierno. Me iba calentando
despacio, subiendo la temperatura con cada roce, hasta que empezó a arder. No
me dio tiempo a hablar, solo grité.
―¿Demasiado caliente? Tranquila preciosa.
Su lengua me cubrió de inmediato. Sentía su cara entre mis piernas, su
barbilla me raspó tentándome en su camino. Ahora sí me oía gemir
escandalosamente.
―Vamos a probar algo diferente.
No tuve tiempo de negarme, sus dedos ya resbalaban sobre mí. Un pequeño
hormigueo, que poco a poco se intensificaba en pequeños pinchacitos, me obligó
a arquearme. No tardé en descubrir que solo su contacto podía apaciguarlo.
Intenté apretar las piernas, esta vez de forma consciente, pero sus manos en mis
muslos me retuvieron firmes. En cuanto dejó de tocarme, la sensación se
multiplicó.
―Mi Amo, sigue tocándome, por favor. No me moveré. Te lo prometo.
―Tranquila. Ya estoy aquí.
Las sutiles caricias de sus dedos me calmaron, aunque brevemente. No era
suficiente. Todo mi cuerpo temblaba pidiendo más. Levanté mi pubis hacia él,
reclamándole lo que mi cuerpo precisaba.
―Necesito más, mi Amo. Te necesito. ―Mis ruegos se abrían paso entre mis
gemidos.
―Joder, Clara. Adoro que me supliques. Me pasaría el día escuchándote.
―N-no, por favor, mi Amo ―imploraba desesperada y me pareció escuchar
una risa entrecortada entre mis balbuceos.
Su cuerpo trepó por el mío con agilidad. Su cabeza emergió desde debajo del
edredón, alzándose sobre mi cara, y sus ojos, oscurecidos por el deseo, atraparon
los míos justo en el momento que entraba en mí, de una sola vez, rápida y
enérgica. Sus labios voraces cortaron mis gritos y su lengua me abordó mientras
su cuerpo me empujaba con ímpetu. Le rodeé con mis piernas para acercarle más
a mí, le espoleaba con mis talones. Y era efectivo, cada vez me embestía con
más fuerza, exactamente cómo le necesitaba.
En algún momento, abrió la esposa derecha, liberando mis manos. Me amarré
a él con todo mi cuerpo. Se puso de rodillas, llevándome con él. Sus manos en
mis muslos me elevaban a pulso subiéndome por su torso para dejarme caer,
haciendo el recorrido más largo. Era justo lo que necesitaba. Reaccioné de
inmediato.
―Mi Amo, ¿me das permiso por favor?
―Está bien. Espera mi señal.
¿Su señal? No le entendía, y ni siquiera podía pensar. Me dejó caer sobre él
una vez más, sus manos en mi espalda me apretaron contra su cuerpo y sus
dientes se clavaron en mi cuello. No pude evitarlo, una descarga descendió por
mi columna vertebral desde mi nuca, hasta que me atravesó y estalló en mi
vientre. Me dejé ir en sus brazos. Al segundo le sentí explotar caliente dentro de
mí, reavivando todas las sensaciones que mi cuerpo estaba experimentando,
mientras sus dientes me marcaban.
Me desplomé en sus brazos que seguían el movimiento ralentizado,
provocando pequeñas sacudidas en mi sexo que se reproducían por todo mi
cuerpo. Se tumbó sobre la cama, llevándome con él en su abrazo, de forma que
quedé acostada sobre su pecho. Cogió mi mano izquierda con extremo cuidado y
la levantó hasta sus ojos para encajar la pequeña llavecita en el cerrojo de las
esposas. Me parecía increíble que hubiera sido capaz de acertar a abrir la otra
manilla, en el fragor del acto y sin mirar.
―Definitivamente, voy a guardarlas ―murmuró mientras masajeaba dulce
mi muñeca con las dos manos.

- o -

El domingo amaneció soleado, contra el pronóstico de nieve que me hubiera


permitido disfrutar de una mañana perezosa en la cama. Teniendo en cuenta que
llevaba menos de un mes haciendo ejercicio, y a pesar de haberme saltado el
entrenamiento los últimos dos días, no tenía más remedio que reconocer que
cada vez me encontraba mejor.
Por primera vez en mucho tiempo me sentía en forma y mi cuerpo estaba más
tonificado. Ya había superado las agujetas, y aunque no podía mantener su ritmo,
por lo menos, podía correr de manera bastante decente durante poco más de
media hora. Pero Sergio siempre me exigía un poco más.
Había ideado un nuevo juego para motivarme. Cuando llegábamos al portal,
nada más atravesar el umbral, tenía que echar a correr escaleras arriba los cuatro
pisos que nos separaban de casa. Me daba diez segundos de ventaja. Oía su voz
resonando por la escalera mientras huía lo más rápido que podía con las
exhaustas fuerzas que me quedaban después de casi tres cuartos de hora de
carrera.
En cuanto terminaba de contar, ya solo se oían sus pesados pasos retumbando
en los escalones, persiguiéndome. Si llegaba a tocar la puerta de casa antes de
que me atrapara, me concedería un deseo, lo que yo quisiera. Recordaba su
expresión morbosa cuando me lo había prometido. Por supuesto, no había
sucedido nunca. La alternativa, la que ocurría cada día, eran cinco azotes en
cuanto cerraba la puerta tras de mí. Aun así, todos los días seguía esforzándome.
Algún día me había planteado guardar energías para lo que él había bautizado
como el “sprint final”. No tanto por ahorrarme los azotes, a los que ya casi me
había acostumbrado, sino por conseguir ese deseo que tanto anhelaba, y que cada
día me recordaba al salir para alentarme. Nunca me había atrevido, por miedo al
castigo si descubría mis intenciones.

- o -

―Dime, Clara, ¿has hecho algo mal?


Le miré confusa; no recordaba haber cometido ninguna falta. Repasé
mentalmente mis reglas.
Había pasado la mayor parte de la mañana encerrada en el aseo. Me había
creado mi propio spa, mi pequeño espacio privado para consentirme con todos
los cuidados que encontré: mascarilla del pelo, facial, aceites corporales,
mientras me relajaba en un largo baño de espuma con la música de Zaz de fondo.
Ya estaba terminando de secarme cuando escuché la puerta. Sergio estaba de
vuelta. No sabía a dónde había ido; toda la información que había compartido
conmigo antes de salir había sido un escueto “Vuelvo en una hora” a través de la
puerta del baño.
Mi Amo esperaba. Bajé a mi posición de castigo, intentando que fuera
perfecta. Abrí las piernas hasta dejar una separación de un palmo entre mis
rodillas y levanté mis glúteos de forma que no se apoyaran en los talones. Llevé
los brazos a mi espalda y uní mis manos entrelazando los dedos. Acto seguido,
incliné la cabeza perdiéndole de mi campo de visión.
―Clara ―volvió a pronunciar mi nombre con una intención evidente. Sabía
de sobra lo que significaba. Tragué saliva, alcé la cabeza y recorrí su figura
imponente hasta encontrarme con sus ojos―. Descansa. No estás castigada...
todavía.
―Mi Amo, no soy consciente de haber incumplido ninguna de mis reglas,
pero aceptaré el castigo que creas conveniente para aprender a servirte mejor.
―Muy bien, preciosa. ―Sus palabras de elogio contradecían su mirada
desafiante―. Recuérdame tus normas. O a lo mejor ya las has olvidado...
―Debo hacer siempre lo que tú me digas, mi Amo.
La primera norma que me puso. Mi piel se erizaba con solo recordar la
primera vez que escuché esas palabras de su boca. Sus labios se curvaron
ligeramente, estaba disfrutando de mi sometimiento.
―Muy bien, continúa.
―Debo estar siempre accesible para ti. No llevo nada debajo y no he cruzado
las piernas.
Me miré siguiendo sus ojos por mi fino camisón de hilo blanco, y sentí como
me humedecía al pensar en las posibilidades que mi disponibilidad le ofrecía.
―Perfecto. Sigue.
―Debo dejar cualquier cosa que esté haciendo para recibirte de rodillas
cuando entras en la habitación en la que yo esté, y siempre debo ir descalza por
la casa, mi Amo.
Asintió satisfecho aunque su mirada seguía siendo exigente. No sabía a
dónde quería llegar.
―No debo mentirte, nunca.
Su rostro se afiló, casi como si pretendiera ver lo que pasaba dentro de mi
cabeza. Sergio consideraba hasta la mentira más nimia, un acto de traición.
―Debo pedirte permiso para hacer preguntas.
Algunas veces, más de las que me gustaría admitir, se me había escapado
alguna pregunta espontánea sin pedir permiso, aunque solía ser bastante
indulgente con mi curiosidad. Hasta donde podía recordar, hoy todavía no había
tenido tiempo de cometer este fallo.
―Y dirigirme a ti siempre como lo que eres, mi Amo.
―Bien, pero tienes más normas, ¿verdad?
Pensé en el resto de sus reglas, como hablarle de usted en los mensajes,
aceptar y agradecer sus regalos, o la prohibición de proporcionarme placer sola o
culminar sin su permiso. Aún no había tenido ocasión de incumplirlas. Y desde
luego, no volvería a cometer el error de contestarle con un monosílabo.
―¿Y? ―interrumpió mi hilo de pensamiento demostrando su impaciencia.
―Debo mirarte cuando dices mi nombre, y creo que todavía no he tenido la
necesidad de tener que pedirte permiso para... dejarme ir.
Reprimió una sonrisa antes de levantarse y comenzar a caminar en mi
dirección, con su acostumbrado paso firme y seguro. Intentaba descifrar su
mirada, encontrar alguna pista sobre si estaba satisfecho con mi respuesta, no
obstante su cara de póquer era perfecta.
Se arrodilló frente a mí, imitando mi posición, sacó del bolsillo una pequeña
cajita de color perla y la abrió hacia mí, mostrándome su contenido.
―Mi Amo...
―Preciosa, ¿te gusta?
Cuando volví a mirar, ya lo estaba poniendo en mi dedo anular. Era
exquisitamente elegante. Encajaba al milímetro con el anillo que ya llevaba,
como si formaran uno solo. Tenía cinco diamantes engarzados, el del centro, más
grande, parecía unir ambos anillos. Estaba diseñado a medida, sospechaba que
había aprovechado cuando llevó su anillo al joyero para ajustarlo, y eso me daba
una idea bastante clara de cuándo había tomado la decisión.
Volví a mirarle y me encontré con su cara de expectación. Asentí con rapidez.
―Me encanta ―contesté casi sin voz.
Una sonrisa de orgullo cubrió su rostro.
―Esta alianza representará solo nuestro estado civil. Este anillo ―llevó sus
dedos a su anillo y lo acarició― representa lo que somos, y tiene mucha,
muchísima más importancia para mí. Es irreemplazable.

- o -

―Clari, ¿te has vuelto loca? Explícame ahora mismo qué coño es eso. Y
espero que tu respuesta empiece por “es broma” porque...
―¡Hola hermanita! ―decidí cortarla antes de que comenzara a ponerse
desagradable. Había tardado exactamente treinta y cinco segundos en llamarme
desde que apareció el doble check de visto en la foto del anillo que le había
enviado―. Sergio me ha pedido que me case con él.
―Sabes que que te lo pida no significa que tengas que aceptar, ¿no?
―¿No? Pensaba que era obligatorio, al menos si quieres quedarte con el
anillo...
―Clari, no estarás... embarazada, ¿no?
―¡¡¡Ana!!! ―la reprendí y, aunque intentó ocultarlo, la oí contener la risa
por mi tono―. En serio, Ana, creo que estoy enamorada.
―¿Enamorada? ―preguntó con tono incrédulo―. Pero Clari, ¿cuánto hace
que le conoces? Si todavía no ha pasado ni un mes. ¿Estás segura de que no es
solo un enganche sexual?
―¿Un enganche sexual? ―repetí palabra por palabra―. ¿De verdad eso es
lo que te enseñan en la facultad de psicología?
Esta vez pude oír su risa sofocada a través del altavoz pero tardó solo unos
segundos en volver a recuperar su tono de intervención.
―Ahora en serio. Sergio está para comérselo y, he visto cómo se mueve,
tiene pinta de follar modo dios... Entiendo que te hayas encoñado con él. El
subidón de endorfinas está jugando con tus sentimientos y entiendo que ahora
solo pienses con el coño. ―Mi hermanita hablando alto y claro―. Es normal,
pero... ¿Amor? Me refiero al de papá y mamá, al de estar toda la vida juntos y
envejecer uno al lado del otro. Hace dos semanas no eras capaz ni siquiera de
poner un nombre a vuestra relación...
―No, yo... ―No podía negar que, hasta cierto punto, tenía razón, pero...―.
Hay algo más...
―Lo sabía. Estás embarazada.
―¡¡¡Que no!!! Me voy a vivir a Berlín.
―¿Qué? Pero si no conoces a nadie en Berlín. Además, ¿qué pasa con tu
trabajo?
―Se supone que tú eres la de las decisiones locas.
―Ya pero, Clari, ese chico... es de los que te hacen perder la cabeza y tomar
malas decisiones. Pensaba que solo era un chico de transición, y me encantaba
para eso, pero... desde que estás con él, estás desconectada... Y al principio lo
entendía, era la novedad pero...
―Vale, está bien, he estado un poco desconectada pero tampoco es para
tanto.
―No me coges el teléfono, estoy mintiendo a mamá diciéndole que
hablamos todos los días como antes. Antes me lo contabas todo, hasta lo que
ibas a cenar cada noche. Y ahora de repente, hablamos después de dos semanas,
¿y vas a cambiar de país y de estado civil?
―Lo siento, Ana. Tienes razón. He estado muy liada...
―Clari, me preocupo... Me da miedo que te estés dejando llevar por... No
permitas que ese chico te monopolice, no puedes dejar que se convierta en lo
único que existe.
―Ana, no es eso. Por una vez, me apetece hacer una locura. Me hace sentir...
diferente. Nunca había sentido nada así. Te prometo que te llamaré más, ¿de
acuerdo?
―Está bien ―aceptó remolona, aunque quería dejarme claro que no estaba
convencida del todo.
―¿Y me ayudarás con mamá? Alláname el camino, porfi...
Si mi hermana estaba así, no quería ni imaginar cómo estaría mi madre.
XXXI


El lunes no había empezado bien. Mi jefe no había aceptado mi renuncia con


elegancia, y mis compañeros de trabajo se comportaban como si fuera un
funeral. Al final decidí poner una excusa y escaparme a casa una hora antes.
Necesitaba ver a Sergio.
Cerré la puerta tras de mí. Algo estaba mal. Como si la sorpresa que pensaba
darle estuviera predestinada a volverse en mi contra. Siguiendo mi instinto, subí
corriendo las escaleras hacia la habitación.
―¿Quién eres?
Dejó su trabajo a medias para mirarme. Me sonrió tímida. Estaba haciendo la
cama. Mi cama.
―Perdón, señora. Ya termino.
Tenía un acento que no supe identificar. Era muy joven. Tal vez diecinueve
años, si llegaba.
Se giró y siguió colocando la colcha. El ruido de la ducha me despistó. Ya no
había ninguna duda.
―¿Quién coño eres? ―levanté la voz y me miró asustada.
La puerta del aseo se abrió. Sergio salió desnudo, con la toalla enrollada por
debajo de sus abdominales y una estúpida sonrisa de satisfacción en su cara.
―Hola, cariño. No te esperaba tan pronto. Alina, ya puedes irte.
Su rostro perplejo reflejó por unos segundos su confusión antes de responder
sucintamente:
―Gracias, señor.
Se marchó dando pequeños pasitos. La seguí con la mirada. Iba a hablar;
quería insultarla, herirla, pero ella no tenía culpa de nada. Toda mi furia se
dirigió hacia “mi prometido”.
―¿Qué tal el día? ―preguntó con la misma sonrisa absurda todavía en sus
labios.
―¿Qué coño...
―Cuida tus formas, preciosa. ―Ahora hablaba pausado, esperando mi
siguiente reacción.
Mientras me debatía sobre en qué forma le iba a mandar a la mierda, se
acercó a mí con cautela. Conocía esa mirada, gritaba sexo. Al parecer se había
quedado con ganas de un segundo asalto.
Le empujé para apartarle de mí y, aunque apenas conseguí moverle, tiré su
toalla sin querer. Llevaba la ropa interior debajo. Solo entonces reparé en su pelo
seco.
―No te has duchado. Eres un... ―me callé antes de decir algo de lo que
seguro me iba a arrepentir―. Me has hecho creer...
Todos los cabos parecieron unirse en ese mismo instante. No entendía cómo
era posible pero estaba convencida de que sabía el momento exacto en que iba a
llegar a casa y lo había preparado.
―¿Me has tendido una trampa?
―Por supuesto que no. Solo he propiciado una situación para comprobar si
respondías de la forma adecuada ―argumentó, aunque para mí solo era una
manera más larga de describirlo―. ¡Dios! Estás adorable.
Puede que en cualquier otro contexto me hubiera podido beneficiar; en este
caso, solo me ponía en mayor peligro.
―¿Cómo has sabido que llegaría antes de tiempo? ...mi Amo ―me apresuré
a añadir cuando sentí su mirada severa ascender por mi cuerpo.
Tardó un par de segundos en volver a hablar.
―No recuerdo haberte dado permiso para preguntar. Vamos.

- o -

Subí al coche sin saber a dónde nos dirigíamos. Temblé al verle coger la
maleta de piel del maletero. Estaba tan nerviosa que ni siquiera recordaba
haberle visto guardarla allí.
El corazón casi se me salía del pecho cuando cruzamos la puerta del local.
Ahora no me cabía ninguna duda de que había sido premeditado. No era la
primera vez que entraba en ese club, Sergio me había llevado hacía un par de
semanas, en Nochevieja. Esta vez la sensación era diametralmente opuesta.
Como la vez anterior, Sergio me ordenó que mirara al suelo al entrar, sin
embargo en esta ocasión me guio hasta unas escaleras que bajaban. No sabía a
dónde conducían, no me había enseñado esa parte en nuestra anterior visita, y
me temía por qué. El mármol del suelo desapareció en el segundo tramo de
escaleras, que pasó a ser de piedra rústica con escalones desiguales visiblemente
desgastados por años de uso. Solo cuando llegamos al final me detuvo, y su
mano levantó mi cara hasta que le encontré, y con él, todo lo que le rodeaba.
Contuve la respiración.
Ante mis ojos apareció un sótano con frías paredes de piedra caliza vista,
toscas puertas de madera robusta con detalles en hierro forjado y falsas antorchas
que imitaban la iluminación oscilante y cálida del fuego. En un primer momento,
pensé que habían hecho un excelente trabajo recreando el ambiente, hasta que
caí en que el edificio se encontraba en el barrio medieval de la ciudad, así que
era posible que simplemente lo hubieran restaurado.
Sergio estudiaba mi expresión, sin decir nada, tan solo escrutando en mis
ojos. Si quería asustarme, debía estar muy satisfecho con el resultado. Me llevó
con él hasta una de las puertas, sacó una llave antigua de hierro de su bolsillo y
la dejó en mi mano. Pesaba más de lo que parecía.
―Ábrela.
Me temblaba tanto el pulso que tardé más de un minuto en acertar en la
cerradura. Mi Amo, a mi espalda, lejos de estar impaciente, parecía disfrutar
cada segundo. Las bisagras de la puerta crujieron al abrirse.
Era una estancia bastante más grande de lo que se intuía desde fuera. La
recorrí con los ojos y, sin poder evitarlo, retrocedí dos pasos. Mi espalda se topó
con el torso de Sergio, firme como si fuera una pared.
―Pensaba que tenías curiosidad por ver una mazmorra. Esta es mi favorita.
Francamente, habría sido una pena dejar la ciudad antes de tener la oportunidad
de enseñártela, ¿verdad?
Ni aunque hubiera intentado recrearlo, habría imaginado algo así. Era un sitio
ideado para la tortura en todas sus modalidades. Allá donde mirara: una jaula
circular colgada del techo, una estructura en forma de cruz con cadenas, un potro
de tortura cubierto por cuero negro con cepos en los extremos y partes móviles
para poder posicionar al cautivo, grilletes por las paredes... hasta que mi visión
se apagó.
―Creo que ya has visto suficiente.
El suave tacto del pañuelo de seda acariciaba mis párpados mientras lo ataba
por detrás de mi cabeza. Sus manos apretaban el nudo doble poniendo especial
cuidado en no atrapar mi pelo.
―Lo siento, mi Amo. Lo siento mucho, de verdad ―imploraba rápido,
estaba demasiado asustada para argumentar, solo repetía una y otra vez las
mismas palabras deseando que sirviera para algo―. Lo siento.
―Preciosa, ya sabes las reglas. Eso viene después.
―Por favor, mi Amo, te prometo...
―No quiero más promesas ―me cortó tajante―, solo que cumplas las que
ya has hecho. ¿Es necesario que te las recuerde?
―No, mi Amo. Lo siento.
―Entonces, ¿estás preparada para asumir tu castigo?
No me quedaba otra opción. Había quemado todos los cartuchos y ahora solo
me quedaba obedecerle, y esperar lo mejor.
―Sí, mi Amo.
Sentí el tacto caliente de sus dedos por debajo de mi blusa en la franja dorsal
de mi espalda y un escalofrío arrancó desde este punto y recorrió mi espina
dorsal hasta desembocar en mi nuca. Mi cuerpo tiritó antes de que pudiera
contenerlo.
―Adelante.
Caminaba cautelosa, insegura, a pasitos cortos. Escuché la puerta cerrándose
detrás de mí con un chirrido. Sus manos en mis hombros me indicaron que me
detuviera.
―Desnúdate.
No me miraba mientras me quitaba la ropa. Lo sabía, y no solo porque le oía
moverse a mi alrededor; Sergio ya me había demostrado que era capaz de hacer
dos cosas a la vez, o más si era necesario, sin mayor dificultad. Sencillamente,
no sentía el peso de sus ojos sobre mí.
Terminé y me quedé en el sitio de pie, desnuda e inmóvil. Esperaba ganarme
su favor. Sin embargo, seguía colocando los muebles por la habitación.
Volvía a mí. Lo sentí antes de que me tocara.
―Hoy vas a aprender la lección más importante. Yo decido todo. Y eso
incluye tu cuerpo. Y el mío. Y tú lo aceptarás, ciegamente.
Levantó un centímetro la venda en mi oreja izquierda y colocó algo en mi
oído. Música. Era un auricular inalámbrico. Repitió la operación con el oído
derecho. Era una base electrónica, con una cantante femenina. La voz me
recodaba a Björk pero cantaba en alemán. No lo conocía. Volvió a colocar la
venda de forma que me cubría las orejas por completo, y apretó el nudo.
Estaba hablando. Escuchaba su voz a lo lejos; era casi imperceptible a través
de la música. Había conseguido su propósito.
Sus brazos me levantaron y me colocaron sobre algo rígido, aunque estaba
acolchado. Sus manos disponían mi cuerpo como él quería colocarme. Solo me
dejaba hacer. Estaba boca abajo, con las piernas ligeramente abiertas, apoyada en
las rodillas, el culo levantado, el pecho postrado y los brazos estirados hacia
adelante.
Cerró los cepos a la altura de mis muñecas, después se acercó a mis pies y
encajó los de mis tobillos. El frío hierro parecía querer clavarse en mi piel, y eso
era exactamente lo que pasaría si intentaba resistirme. Por un momento, creí que
perdía el equilibrio cuando las piezas en las que estaban apoyadas mis rodillas se
separaron, abriendo mis piernas de par en par. Me aferré a la superficie aunque
sabía que era solo una falsa impresión; mi cuerpo estaba asegurado de manera
que era imposible que me cayera.
Una palmadita en mis glúteos me recordó que levantara el culo para él. Sus
dedos me acariciaron en una línea recta desde el coxis, subiendo por mi espina
dorsal hasta mi nuca. Arqueé la espalda para él. Sentí una brisa y, al segundo una
fina tela se posó suave sobre mi piel cubriendo todo mi cuerpo.
Escuché tres golpes y el rugido de la puerta se abrió paso a través de la
música. ¿Qué coño estaba pasando? Giré la cabeza de forma instintiva hacia la
puerta aunque la venda en los ojos me impedía ver nada.
Creí escuchar voces, era imposible distinguir cuántas o qué decían, hasta
percibía la estancia más llena. De algún modo, el ambiente parecía más cargado,
como si se caldeara, y notaba movimiento a mi alrededor, incluso juraría que
podía oler varios perfumes, aunque estaba demasiado alterada para fiarme de mis
sentidos.
Contuve la respiración. Intenté prepararme para lo que venía. Nada. Solo
seguía postrada, cubierta bajo aquella sábana. Uno, dos, tres... empecé a contar
con la esperanza de tranquilizarme.
... quinientos noventa y ocho, quinientos noventa y nueve, seiscientos. Diez
minutos. Nada.
Había oído hablar de la privación sensorial, pero nunca podría haber
imaginado que pudiera resultar tan claustrofóbica. Era demasiado consciente de
todo mi cuerpo. Y lo peor era lo que pasaba por mi cabeza. Sergio.
De vez en cuando, me parecía escuchar su voz a lo lejos. No sabía con quién
hablaba o qué le decía, pero sus palabras no eran para mí. Lo que estuviera
haciendo, no quería enseñármelo. Tan pronto estaba convencida de que no estaba
haciendo nada, que mi castigo era mi propia imaginación, como al segundo me
daba cuenta de mi ingenuidad al creer que no aprovecharía la ocasión de jugar en
mi presencia. Era demasiado morboso como para dejarlo pasar.
El aire en mis piernas al levantar la sábana desde atrás me alertó antes de que
me tocara. Sentí el fresco roce acariciando mi piel así como me iba descubriendo
hasta dejar expuestos mis muslos. Todo mi cuerpo se puso en tensión y la
consecuencia fue inmediata, el hierro se clavó en mis tobillos.
Unos dedos lubricados en algún tipo de aceite masajeaban mi gemelo
izquierdo. Su tacto era suave, no podía saber si era Sergio. Me concentré en su
modo de tocarme, su cadencia, la presión, su piel, cualquier detalle en el que
pudiera desenmascarar a mi Amo. Ascendía por mi pierna, sin prisas. Me
mortificaba no poder identificarle.
Otra mano se unió, acariciándome desde el tobillo derecho. Era distinta,
como si llevara un guante de encaje, y me tocaba de forma mucho más delicada.
Podía sentir perfectamente la diferencia de roces, y no reconocía ninguno de los
dos.
―Mi Amo... ―Mi voz se entrecortó seca en mi garganta. No sabía si podía
oírme, ni siquiera podía calcular el volumen de mi propia voz a través de la
música.
No fue inmediato, tardaron un minuto en dejar de tocarme. Primero una,
después la segunda. Al momento sentí la mano de Sergio en mis labios. Su tacto,
su olor, su calor. Se movió por mi mejilla, casi con ternura, antes de que su
pulgar volviera a deslizarse por mis labios. Quería silencio. Asentí.
Lentamente tiró de la sábana que subió rozando dulce mis nalgas, siguió el
trazado por mi espalda hasta que descubrió mi cabeza. Me encogí de forma
involuntaria y volví a chocarme con los hierros de los cepos que me
inmovilizaban.
Percibía la presencia de Sergio en mi cabeza. No me tocaba, no hacía falta.
Alguien posó su mano en mi cadera y, antes de que pudiera reaccionar, estaba
empujando para entrar en mí. Me abrió, apretando hacia adelante hasta que su
capullo estaba dentro. Conocía a la perfección el tamaño de mi Amo. No era él.
―No...
Moví la cabeza muy rápido de lado a lado, tratando de deshacerme de la
venda, de los auriculares, de los cepos. Estaba en pánico.
―SERGIO ―grité lo más fuerte que pude.
Sus dos manos sujetaron mi cabeza. Le oía hablar pero no le entendía a través
de la música. Levantó mi venda y la iluminación, aunque tenue, de la habitación
me deslumbró. Retiró los auriculares de mis oídos y escuché su voz nítida.
―Tranquila, todo está bien. Clara, mírame.
Estaba demasiado desorientada. Me parecía ver pequeños destellos. Poco a
poco, mis ojos se iban acostumbrando a luz. No había nadie a mi alrededor.
Estábamos solos. Sergio y yo. Rodeados de velas que decoraban el interior de la
estancia, y que habían contribuido a engañar a mis sentidos.
―¿Creías que había más gente? ¿Pensabas que iba a permitir que alguien te
pusiese la mano encima?
No sabía cómo reaccionar, realmente sí lo había creído. Mis esfuerzos se
centraron en regular mi agitada respiración. Todo había sido producto de mi
sugestión.
―Clara, cuando quiera incluir a alguien en nuestros juegos, te aseguro que
no voy a esconderlo, y desde luego, no te privaré de tus sentidos. Cuando lo
haga, podrás ver y oír, y voy a disfrutar de todas tus reacciones. Y tú no estarás
inmovilizada. Tú me obedecerás.
Le observaba, recreándome en cada detalle de su torso perfecto que se iba
perfilando ante mí, así como mi visión se recuperaba. En algún momento se
había cambiado de ropa, iba vestido igual la última vez que me torturó. No era
casual. Unos pantalones holgados negros que se ceñían medio palmo por debajo
de la cintura, nada sobre su pecho desnudo y, aunque desde mi posición no
alcanzaba a verle los pies, podía apostar que iba descalzo.
Su expresión cambió; su atención ya se había desviado a mi cuerpo. Sabía de
sobras lo que significaba esa mirada. La conjunción de estar inmovilizada y
asustada debía ser una combinación irresistible para él. Las yemas de sus dedos
se deslizaban por mi espalda, despacio, mientras su cuerpo parecía seguir el
rumbo que sus manos guiaban, andando a pasos cortos a mi lado, hasta que llegó
al final del potro.
Sus dedos jugueteaban en lo alto de mi columna vertebral y algo me hacía
sospechar cuál sería su siguiente destino. Tenía que distraerle.
―Mi Amo...
―No, se acabó hablar para ti por esta noche. A partir de ahora, hablaré yo.
Dobló el pañuelo que antes cubría mis ojos en forma de triángulo, lo tensó
desde las puntas con sus manos, lo volteó hasta enrollarlo y lo utilizó para
amordazarme.
Me giré hacia él. En una mesita auxiliar descansaba su bolsa de piel, un tarro
de lubricante abierto y la talla de madera con siete agujeros que ya conocía.
Inicialmente había servido de soporte para siete dilatadores de diferentes colores,
colocados en orden de contorno. Desde el más estrecho, el violeta, iban
ascendiendo en apenas unos milímetros de diámetro: azul, verde, amarillo,
naranja, rojo y, por último, negro. Desde fuera, podría haber pasado por un
juguete para niños y, aun así, cada vez que lo veía, conseguía hacerme temblar.
La mayoría de los agujeros ya estaban vacíos. Sergio los iba haciendo
desaparecer en cada castigo, y aunque no lo había dicho con palabras, los dos
sabíamos lo que ocurriría cuando solo quedara uno. Ese día estaba cada vez más
cerca, y en este punto no sabía si lo temía o lo anhelaba.
Dos de los tres dildos que quedaban, el rojo y el negro, los más gruesos,
reposaban en el soporte, listos para ser usados. El otro, el amarillo, estaba a mis
pies; era el que había utilizado para penetrarme unos minutos atrás.
Rebuscó en la bolsa hasta que sacó lo que parecía una pelota de golf plateada.
Estaba caminando hacia mí. No sabía lo que se proponía pero no le quitaba ojo
de encima. Dejó la bola en mi mano derecha. Era bastante más pesada de lo que
esperaba.
―Cógela fuerte. No dejes que se te caiga. Si en algún momento es demasiado
y no puedes aguantar más, suéltala, y pararé.
No podía responderle. Le veía dirigirse a mis pies iluminado por la cálida luz
de las velas. Estaba disfrutando de cada segundo, se notaba en su forma de
moverse, no tenía ninguna prisa. Cogió el dilatador amarillo y se dirigió hacia la
mesa. Sin embargo, siguió andando hasta pasarla de largo y lo tiró a una papelera
higiénica que se escondía en una de las esquinas.
―Uno menos ―dijo con intención.
Caminaba sabiéndose dueño de todo el espacio. Volvió a mí y se paró entre
mis piernas. Casi no podía verle, pero tardé pocos segundos en sentirle. Las
yemas de sus dedos resbalaban en la humedad de mi sexo.
―Preciosa, estás empapada. ¿Es por estar en una mazmorra o porque sabes
que voy a torturarte?
Regresó a la mesita y sacó el dildo rojo del soporte, el penúltimo. Todo mi
cuerpo se tensó. Se estaba esmerando en que sus movimientos fueran claros para
mí.
―Creo que vamos a necesitar un poco más de tiempo para este pero... no
tenemos ninguna prisa, ¿verdad?
Si hubiera podido hablar, le habría suplicado que lo hiciera él. Me daba igual
no estar preparada, prefería sentir su piel caliente a ese trozo de plástico con el
que se disponía a atormentarme.
―Me temo que en esta ocasión no estás en disposición de elegir tu
pregunta...
Hundió dos dedos de su mano izquierda en el tarro y lo embadurnó con
especial empeño, como si tuviera que poner un cuidado extraordinario en no
dejar ni un milímetro sin cubrir.
―... así que tendré que decidir yo.
Mi cabeza seguía cada uno de sus movimientos cuando volvió a su posición,
y aun así, su tacto me sobresaltó. Sus dedos resbalaban por mi glúteo izquierdo,
deambulaban errantes, dibujando todo tipo de recorrido: líneas rectas curvas,
zigzagueantes en cualquier dirección. Todas menos una, en ningún momento
avanzaban hacia la izquierda; evidenciando hacia dónde se dirigía y que, ante
todo, no pensaba retroceder.
Cada vez estaban más cerca, casi podía rozarlo y, como siempre, su
dedicación lograba despertar mi avidez. Su dulce juego casi conseguía hacerme
desear que llegara a su destino.
―Creo que te he hablado poco del tiempo que pasé en China, y se me ha
ocurrido que puede que tengas curiosidad.
¿Cómo podía acertar tan de pleno? Me moría por saber más sobre los seis
años largos que había vivido allí. Hasta ahora toda la información que había
conseguido sonsacarle sobre aquella época eran datos triviales como qué había
adoptado de la cultura, que vivía solo o que había aprendido a cocinar allí.
Sin embargo, había un detalle intrigante que me daba vueltas en la cabeza
desde que lo había dejado caer de modo casual en una conversación. La razón
por la que había decidido dejar China y volver a Europa había sido una mujer. Y
aunque lo había intentado, nunca me había confesado quién era. Me
tranquilizaba que no pudiera ser Alice; me había dejado claro que era una mujer
a la que no consiguió.
El fantasma de esa mujer con el que había conseguido olvidarme durante un
periodo de tiempo todavía me rondaba, y no sabía hasta qué punto esa
desconocida suponía una amenaza para mí. El hecho de que hubiera decidido
amordazarme antes de abordar el tema no ayudaba.
―Creo que recordar que nunca contesté tu pregunta sobre la mujer por la que
regresé de China. Debería hablarte de Mei.
Estaba tan ensimismada en mis propios pensamientos, que sus palabras me
sacaron de golpe de mi elucubración. Mei. Casi podía verla, me la imaginaba
parecida a la camarera del restaurante de Berlín, con su sedoso pelo negro, tan
lacio que brillaba, y sus deliciosos ojos rasgados. No necesitaba que Sergio
verbalizara que era guapísima, sabía con certeza que lo era.
Ni siquiera me había dado cuenta de que había llegado a su meta, hasta que le
sentí abriéndose camino dentro de mí.
―Recuerdo los años que pasé en Hong Kong como años de descubrimiento y
crecimiento personal. ―Su dedo entraba y salía deleitándose en su recorrido,
intentando prepararme para lo que estaba a punto de hacer―. Y a nivel de
exploración sexual fueron increíbles. Aprendí muchísimo, aunque los recuerdo
bastante solitarios. Llevaba casi cinco años viviendo allí cuando conocí a Mei, y
enseguida conectamos.
Respiraba hondo, y no solo porque me estaba abandonando y sabía lo que
venía a continuación. La existencia de Mei me había desestabilizado; por un
lado, quería taparme los oídos y dejar de escucharle, y por otro necesitaba
preguntarle todo sobre ella. No podía hacer ninguna de las dos cosas, solo oír lo
que él quisiera contarme.
―Su padre era diplomático, y ella había vivido en Argentina unos años
durante su adolescencia y hablaba español perfecto, así que culturalmente
estábamos bastante cerca. De todas formas, le prohibí hablar en español o chino
conmigo, solo me dirigía a ella en inglés. Era muy divertido verla esforzarse por
obedecerme cuando apenas me entendía o por explicarme algo cuando le
faltaban las palabras. Era todo lo que necesitaba en una sumisa: extremadamente
obediente, muy complaciente y dulce, sin llegar a ser empalagosa.
Le vi coger el dilatador, lo llevó directo a la entrada, hoy no iba a andarse con
rodeos. Presionó y todo mi cuerpo se tensó involuntariamente en respuesta a su
ataque. La mordaza acalló los gritos. Me aferré a la pelota de mi mano.
―Lo estás haciendo muy bien, preciosa. Ahora tienes que relajarte. ―Su voz
calmada me llegó casi distorsionada por mi propia rigidez.
Se detuvo y lo dejó quieto, mientras yo me concentraba en estabilizar mi
respiración; no sabía si podía oírlo. Su mano derecha acariciaba mi espalda
siguiendo mi espina dorsal y, en cierto modo, me estaba ayudando.
―Me sentía muy cómodo con ella. Hacía mucho tiempo que no estaba tan
relajado con una sumisa. Con las sumisas asiáticas siempre llegaba un momento
en el que faltaba algo, aunque no podría explicar qué era, y con las occidentales,
al cabo de un tiempo siempre querían más. Ella nunca me pedía nada, solo se
entregaba a mí. Con el tiempo cada vez la llamaba con más frecuencia. No
teníamos una relación exclusiva, muchas veces incluía a otras personas, pero
disfrutaba de la comodidad de su compañía.
Su mano había dejado mi espalda y ahora se distraía en mi sexo, esperó hasta
el momento en que mi cuerpo dio el primer signo de placer para volver a
avanzar. Un dolor seco subió en forma de temblor por mi columna vertebral.
Le miré esperando que me entendiera. Siguió unos centímetros más. No
podía dejar que continuara, tenía que avisarle, pero no podía hacer ningún ruido
y sabía que si intentaba moverme, el dolor sería mucho peor. Golpeé la pelota
contra el cepo, agarrándola con fuerza para que no se me escapara. Se detuvo al
momento, y se entregó a las caricias de su mano derecha.
―Tranquila, preciosa, estoy aquí. ―El alivio que me procuraba con una
mano me lo arrebataba con la otra, como si las sensaciones trataran de
dividirme―. Ella no vivía en mi casa, aunque muchas noches se quedaba a
dormir. Tampoco le permitía que dejase sus cosas. Un día estaba enfadado,
supongo que más conmigo que con ella, pero la increpé directamente sobre por
qué no me pedía vivir conmigo si sabía que lo deseaba. Creo que buscaba que
dijese algo inapropiado, que me diese la excusa perfecta para alejarla de mí. Me
dijo que era feliz con lo que yo quisiera ofrecerle, que no necesitaba más y que
nunca se arriesgaría a perderme pidiéndome algo que no estuviese dispuesto a
concederle.
No podía escucharme gemir, pero sabía que lo estaba haciendo. Él también
sentía las reacciones de mi cuerpo y avanzaba exquisitamente despacio, en el
momento exacto en que me abría para él. El dolor que me proporcionaba solo
intensificaba el fuego que estaba encendiendo en mi sexo.
―Nunca confundí mis sentimientos por ella, pero aquello era lo más cerca
que había estado de una relación, y no sé si era por la estabilidad que ella me
ofrecía o por la comodidad de sentirme querido, sin tener que fingir
corresponderla pero... en ese momento me planteé aceptar el ascenso que me
habían ofrecido y quedarme a vivir en Hong Kong con ella.
Casi no podía respirar. Ahora lo veía claro, ese era el castigo por mis celos:
dejarme claro que no había sido ni la primera, ni la única, ni diferente. Me estaba
mostrando que lo que estaba haciendo conmigo, ya lo había hecho antes.
Mis mejillas se estaban mojando. Giré la cara hacia el frente y la escondí
entre mis brazos para ocultarme antes de que pudiera verme llorar. Mi cabeza me
atormentaba repitiéndome las palabras que acababa de decir. Tanto que ni
siquiera me percaté de que Sergio se había acercado y ahora estaba delante de
mí.
Levantó mi cara, se agachó para besar mis lágrimas y las limpió con sus
dedos. Después me quitó el pañuelo que cubría mi boca.
―Entonces ¿era ella... la mujer por la que dejaste China?
No comprendía nada, no conseguía que tuviera sentido en mi cabeza.
―No, preciosa. ¿De verdad no te has dado cuenta? ―Le miré perdida, seguía
sin entender nada―. Justo unos días más tarde, me enteré de que la única mujer
que me había importado había dejado al novio con el que estaba a punto de
prometerse. Entonces tomé una decisión: lo dejé todo y pedí el traslado a
Europa, organicé la mudanza y tres semanas después llegué a España, solo para
descubrir que estaba buscando en el país equivocado. Así que te seguí hasta
Dublín.
―¿Cómo? P-pero... ―me quedé boqueando mientras trataba de buscar unas
palabras que no venían.
―Pero llegué tarde ―terminó mi frase―. Finalmente decidí irme a Berlín,
las oportunidades eran mejores para progresar y sabía que si me quedaba en
Dublín acabaría interfiriendo en tu vida. No era justo para ti. Yo no sabía si
podía darte...
Sus labios se acercaron para besarme dulces, sanándome. Sus cálidos besos,
de alguna forma, conseguían recomponerme.
―Al final, solo lo retrasamos, pero eso ya lo sabes. Siempre has sido tú,
Clara.
Recuperó la pelota de mi mano. Ya no la necesitaba.
―Y ahora, vamos a terminar con esto.
Volvió a su posición y retomó sus caricias. Empujó el dildo con suavidad y
respondí al instante.
―Echaba de menos oírte gritar, preciosa. ―Su voz ronca era
endiabladamente seductora. Solo podía entregarme a él.
―Mi Amo, ¿me das permiso para preguntar?
―Dime.
―¿Volviste a hablar con ella?
―Sí, Mei se puso en contacto conmigo al mes de irme. Antes de marcharme,
fui sincero con ella. Le expliqué lo que sentía por ti y que tenía que intentarlo. Y
cuando volvimos a hablar, le conté que no había funcionado. Ella estaba
dispuesta a mudarse a Berlín. Se buscaría un piso para ella y aceptaría las
condiciones que yo le impusiera.
―¿Y lo hizo? ―oí mi propia voz temblar.
―No, no se lo permití. No era justo pedirle que me entregase su vida, cuando
para mí siempre sería una segunda opción.
Sentí como si me atravesara por la mitad, tardé un par de segundos en poder
ni siquiera gritar. Pegó su cuerpo al mío, como si fuera consciente de cuánto me
calmaba su piel. Su mano seguía dedicada con absoluta devoción a mí,
arrancándome pequeños gemidos de placer entre los gritos.
―Tranquila, ya está. Tienes dejar que tu cuerpo se acostumbre a su tamaño.
Con precisión extrema, ajustó las patas de la camilla, que bajó gradualmente
hasta quedar a la altura de una cama normal, después tocó algo con los pies al
final de las patas. En pocos segundos, me di cuenta de que acababa de quitar el
seguro de las ruedas y me estaba llevando hasta una de las esquinas donde había
una especie de cama redonda de terciopelo rojo. Me agarré con fuerza, aunque
no había forma de que pudiera caerme.
―Y ahora, me pedirás perdón antes de que te folle.
―Lo siento, mi Amo. Siento mucho no haber controlado mis celos. Tú no me
has dado motivos para dudar, nunca. Prometo que no lo volveré a hacer. Nunca
en público, mi Amo. No es justo para ti.
―Bien. Ahora voy a soltarte. Sé que cuando entre en ti no voy a poder
controlarme y no quiero que te hagas daño en los tobillos con los cepos.
Solo escuchar su voz grave verbalizando sus intenciones conseguía que algo
en lo más profundo de mi vientre vibrara con anticipación. Gemí para hacerle
saber que no podía esperar más.
―Me necesitas dentro de ti. Lo sé, preciosa. ―Había algo en su dulce tono
comprensivo que me derretía por dentro―. Y te lo daré, como todas las veces.
Solo dame un par de minutos para prepararte para mí.
Abrió cada uno de los cepos, y movió despacio mis articulaciones en círculos
mientras me masajeaba tiernamente. Con cada una de sus acciones solo
conseguía encenderme más. Le necesitaba dentro de mí ya.
Cogió una especie de pañuelo negro y lo enarboló en el aire, haciendo que se
abriera vaporoso y cayera cubriendo toda la superficie de terciopelo. Sospechaba
que era la tela que había utilizado para cubrir mi cuerpo cuando estaba
inmovilizada en el potro.
―Gatea a la cama.
Le miré suplicante. Sabía de sobra que cualquier movimiento con lo que me
estaba llenando me haría ver las estrellas.
―Te follaré en cuanto llegues a la cama. Demuéstrame cuánto me deseas.
Me levanté sobre mis brazos y comencé a moverme, poco a poco. No me
quitaba ojo de encima; su mirada me sometía sin ni siquiera pretenderlo. Me
obligaba a avanzar hacia él. En cada movimiento me sobrevenía una punzada de
dolor. Aun así, mantuve la posición para él; me estaba observando y por encima
de todo quería seducirle.
En cuanto llegué, apartó el potro y subió a la cama conmigo. Me recompensó
con un beso apasionado y húmedo que me hizo olvidarme de todo y tumbarme
de lado para acercarme más a él. Grité en su boca.
―Ya voy, Clara. Lo estás haciendo muy bien ―su voz era casi hipnótica.
Sentía su abultada erección clavándose en mí, buscando la manera de entrar a
través de la tela de sus pantalones. Me vaciaba al tiempo que su lengua me
tomaba con ferocidad, demostrándome sus ganas, pero antes de sacarlo por
completo, volvió a introducirlo. Un sudor frío me sobrecogió. Me abracé a él.
Sus brazos me acogieron, fuertes, devolviéndome la paz.
Su mano bajó al elástico de sus pantalones; sabía lo que significaba y lo
necesitaba. En unos segundos, le sentí tímidamente en mi entrada, resbalando
con mi propia humedad. Entretanto había vuelto a coger el dildo y jugaba a
atormentarme con él, entrando y saliendo apenas unos centímetros, rotándolo.
No podía más. Le apretaba con fuerza contra mí.
―En tres segundos, te correrás para mí ―susurró en mi oído.
Todavía no había llegado a descifrar sus palabras cuando, en un solo
movimiento, se deshizo del dilatador, se abalanzó sobre mí y me abordó de una
sola vez. Una ola de calor, de electricidad, de fuerza, me inundó arrolladora y
solo pude deshacerme en sus brazos.
―Mi Amo...
―Lo sé, preciosa. Llevabas demasiado tiempo aguantándolo.
Se movía sobre mí, dándome el ritmo exacto, meciéndome sobre el placer,
estirándolo, sin dejarme escapar de las pequeñas réplicas post orgasmo que se
tornaban en nuevos seísmos. Mi cuerpo se convulsionaba salvaje entre sus
brazos.
―Mi Amo, otr...
―Está bien. Te tengo demasiado consentida. Pero esta vez, vas a
entregármelo, ¿verdad?
―Sí, sí, mi Amo, lo que tú quieras...
Le miré a los ojos, y esperé a que me invadiera. Incrementó la velocidad para
mí dándome exactamente lo que mi cuerpo necesitaba, hasta que exploté, esta
vez con violencia, bajo su mirada centelleante. Grité su nombre contra sus
labios.
―Así. Entrégamelo, me pertenece, como tú.
―SERGIO.
En ese momento, se desbocó. Me atacaba con todo su cuerpo. Sus manos
recorrían mi cuerpo, moldeándome para su placer, y con él, suministrándome el
mío. Oí su rugido gutural y me contraje para él para que me sintiera con más
fuerza. Sus ojos oscurecidos, clavados en los míos, me tenían completamente
atrapada mientras se vaciaba caliente en mí. No podía cerrarlos, ni siquiera
pestañear, no podía soportar perderle de vista ni por un segundo. Era mío.
XXXII


Salí a dar una vuelta a la hora de comer. Ni siquiera tenía hambre, solo quería
escapar. Desde que había presentado mi renuncia, la oficina me asfixiaba y todas
las conversaciones parecían girar en torno a lo mismo.
Como cada día, pasé por delante del escaparate de la tienda de la esquina, y la
misma pieza llamó mi atención. Todos los días me repetía la misma excusa en mi
cabeza: “Voy a pensarlo un poco más y si mañana sigo convencida, lo compro.”
Había llegado el día. Entré en el establecimiento con toda la decisión que
pude y me preparé para el golpe en mi tarjeta de crédito. Solo esperaba que no
me saliera el tiro por la culata.

- o -

―Dime, preciosa, ¿en qué estás pensando? ―preguntó mientras se levantaba


a llevar los platos al fregadero.
Le miré con cara de circunstancias. Realmente no me apetecía nada sacar la
conversación ahora que acabábamos de cenar. Sergio había preparado una
suculenta sopa china con huevo, tofu, algas y dos tipos de setas, y en este
momento solo quería tumbarme con él en el sofá y disfrutar de las últimas horas
del día.
Sin embargo, el mismo tema no dejaba de rondar por mi cabeza. Llevaba
tiempo esperando que surgiera de forma natural, pero Sergio nunca lo
mencionaba. Miré mi anillo; ahora que acabábamos de prometernos, no podía
seguir aplazándolo.
―Mi Amo, estaba pensando en...
Me levanté del taburete para ayudarle a recoger lo que quedaba sobre la
barra. Cerré los ojos para visualizar las palabras que quería usar; no había una
forma buena.
―... lo que dijiste el otro día, que yo seré tu familia.
Me miró como si no comprendiera a dónde quería llegar. La verdad es que yo
tampoco lo tenía muy claro.
―Pero tú tienes familia. Tienes a tu padre.
Ahora fue él quien cerró los ojos, apretándolos, como si el ataque le hubiera
pillado desprevenido.
―Lo siento, mi Amo. Es que apenas me has hablado de él y ahora que vamos
a casarnos ―todavía me costaba decirlo― me parece que es importante.
―Está bien ―me cortó tajante―. ¿Qué necesitas saber?
No era solo su voz, todos los músculos de su cuerpo parecían haberse
tensado. En un segundo se había puesto a la defensiva, aunque trató de
disimularlo. No iba a ser fácil.
―Bueno ―continué con la voz más suave que pude―, sé que no te llevas
muy bien con él... y me has contado algunos desencuentros pero... Pensaba que a
lo mejor, querías contarme algo más sobre vuestra relación, mi Amo.
―No hay mucho que contar. Mi padre es un gilipollas.
Me giré hacia él rápido... demasiado rápido y sin fijarme en mis
movimientos. Mi codo izquierdo se chocó con la botella vacía de sake, en una
esquina de la barra, que cayó estrepitosamente al suelo y reventó en mil pedazos.
El estruendo me hizo dar un brinco en el sitio y me pareció que él también
saltaba. Iba a apartarme pero su voz me detuvo.
―No te muevas ―ordenó al tiempo que sus ojos examinaban el suelo. Solo
entonces caí en que estaba descalza y rodeada de trozos de cristal.
Dio dos pasos hacia mí, colocando con cuidado los pies para no mover los
cristales, llegó a mi lado y me levantó en brazos. Siguió avanzando con precisión
hasta que salió de la zona de la cocina y me llevó hasta el sofá, donde me dejó
tumbada de forma que mis gemelos se apoyaban en el cojín del reposabrazos y
mis pies sobresalían.
Sin mediar palabra, se dirigió al borde del sofá y se puso de rodillas en el
suelo, casi no podía verle. Tardé un par de minutos en darme cuenta de lo que
estaba haciendo, estaba buscando esquirlas de cristal en las plantas de mis pies.
Retiró un par y las depositó sobre una servilleta en la mesita.
―Quédate aquí.
Despareció a mi espalda y volvió a la cocina con una escoba y un recogedor.
Me senté en el sofá y le observé por encima del respaldo mientras limpiaba todos
los restos del suelo. Cuando quedó satisfecho con el resultado, se acercó a mí y
se sentó a mi lado en el filo del cojín.
―Gracias, mi Amo.
―Clara, escucha... ―su voz excesivamente baja y su cabeza gacha advertían
que no estaba cómodo.
Sergio no estaba acostumbrado a abrirse, y lo último que quería era
presionarle. Ya tenía experiencia sacándole información cuando no quería hablar
de un tema y había aprendido algo: tenía que andar con mucha precaución.
―Tampoco es necesario que lo hablemos ahora si no te apetece. Yo...
comprendo que no es muy agradable y... Podemos hablar en cualquier otro
momento... cuando te sientas preparado. Solo quiero saber más sobre ti.
Se quedó en silencio con la mirada perdida. No me atrevía a abrir la boca, me
pregunté qué estaría pasando por su cabeza. Su cuerpo se echó hacia atrás de
manera pausada, demasiado, nada que ver con sus habituales movimientos
enérgicos, hasta que apoyó su espalda en el almohadón trasero. Se giró hacia mí
y su cara se fue relajando, casi como si la imagen estuviera ralentizada, así como
sus ojos me encontraron. No sabía lo que había visto en el tiempo que había
estado ausente pero fue como si se reconciliara consigo mismo.
―Tienes razón ―admitió procurando ocultar la flaqueza de su voz―. Te
estoy pidiendo que formes parte de mi vida, que construyamos un futuro juntos.
Supongo que tienes derecho a conocer mis circunstancias familiares. Ven ―me
invitó a sentarme sobre sus piernas con un par de palmadas.
Me acerqué a él con cautela y, al mismo tiempo, me levantó hasta colocarme
en su regazo a horcajadas con las piernas abiertas a ambos lados. Sus brazos me
envolvieron firmes, solo para atraerme hacia su pecho. Ya no podía ver su cara,
solo sentía su respiración profunda en mi hombro. Tardó unos segundos en
volver a hablar, como si tratara de ordenar el relato de los acontecimientos en su
cabeza.
―Mi padre no llevó bien la muerte de mi madre. Yo casi no recuerdo cómo
era cuando ella vivía, pero recuerdo muy bien lo que quedó después. Me gustaría
decir que intentó llevarlo lo mejor que supo, pero que el dolor le consumía...
Pero sé que no era por eso. Eso era lo de menos. Solo creo que no le importaba
nada y era demasiado orgulloso para pedir ayuda, o para aceptarla.
Sus dedos acariciaban dulcemente mi pelo en contraste a la dureza de sus
palabras.
―Lo siento, yo...
―No quiero que pienses que tuve una infancia traumática o algo así. No fue
nada de eso. Tan solo no fue convencional. Desde muy pequeño aprendí a no
esperar nada de él. Las cosas que la mayoría de mis amigos daban por sentado,
en mi casa no ocurrían.
―¿Qué tipo de cosas?
―Tal vez no eran cosas importantes... No sabía si habría comida preparada a
la hora de comer o si tendría ropa limpia para ponerme o si habría luz al
encender el interruptor. La mayoría de las veces se había fundido el sueldo del
mes la primera semana. No tenía ningún tipo de rutina, orden o estructura; mi
casa era un caos y vivir allí absolutamente demencial. Por no hablar de apoyo...
―su voz se fue apagando hasta que enmudeció.
No le había conocido cuando iba al colegio, pero casi podía verle cuando iba
al instituto, pasando por esa situación, disimulando para que ninguno de sus
compañeros se diera cuenta de nada. No podía imaginar cómo se debía sentir
alguien tan compulsivamente organizado en ese entorno. Por otro lado, ¿y si ser
tan metódico era una consecuencia?
―Solo tenía la sensación de estar en una familia cuando iba a casa de mis
abuelos en vacaciones o algunos fines de semana. Pero... bueno ya te he contado
que mi abuela murió cuando yo tenía ocho años y al año siguiente mi padre se
enfadó con mi abuelo y cortó la relación con él.
―¿Nunca lo hablaste con nadie?
―No, simplemente acepté que las cosas eran así. Cuando era pequeño, no
sabía muy bien lo que pasaba y cuando fui creciendo, casi prefería que mi padre
no estuviese en casa la mayor parte del tiempo. Así como me fui haciendo
mayor, cada vez que hablaba con él acababa en una bronca, y... siempre
encontraba la forma de que nos enganchásemos. Cualquier razón, cualquier cosa
que hacía... o que no hacía... Cualquier excusa era buena.
Le conocía lo suficiente como para saber que sus palabras no se
correspondían con su comunicación corporal y que le estaba restando
importancia para no preocuparme. Sergio había tenido que aprender a
desenvolverse muy pronto. Demasiado.
―Hubo un tiempo en que me escudé en eso para hacer cosas que no estaban
bien. No solo hacia los demás, llegué a convencerme a mí mismo. ―Negó con la
cabeza con un gesto instintivo de rechazo a sus propias acciones―. Dejé de
autocompadecerme hace mucho tiempo.
Apoyé mis antebrazos contra sus pectorales y me separé lo suficiente de él
para poder ver su rostro. Por un momento, advertí una vulnerabilidad nueva en
sus ojos. No sabía qué expresión debía tener mi cara; él recompuso la suya en
cuestión de segundos. La fragilidad que pude intuir en ese breve instante casi me
dolía. Besó mi frente y sus brazos volvieron a cerrarse entorno a mí para
pegarme a su torso
―Oye... no es para tanto. Puede que mi padre nunca escriba un manual de
paternidad, pero nunca me faltó nada. Solo no tenemos caracteres compatibles.
Nada de eso importa ya. Yo aprendí a mantenerme alejado de él. Supongo que
tuve que aprender a mirar por mí mismo muy pronto. Y francamente, creo que
eso me ha ayudado.
No era difícil entender que un chico con su inteligencia hubiera decidido
tomar las riendas de su vida en cuanto tuvo la oportunidad. Y hubiera aprendido
a sujetarlas fuerte.

- o -

―Bien, preciosa ―dijo cuando por fin abrió la boca para dirigirse a mí―.
Llevas una semana y media dando clases. Vamos a ver lo que has aprendido.
Me estaba esperando en el recibidor cuando volví de trabajar y, tal como
esperaba, dejé caer todo lo que llevaba encima para arrodillarme ante su
presencia nada más verle. Una a una, fue recogiendo mis pertenencias y
colocándolas ordenadamente en su sitio: el abrigo, el bolso, la agenda y la
carpeta de informes.
Me observaba con la cabeza ladeada hacia abajo. Le encantaba verme de
rodillas, y probablemente por eso, no me había dado permiso para levantarme.
Me respondió antes de que hablara; había visto la pregunta en mi expresión.
―Solo una pregunta ―concedió.
―Mi Amo, ¿es un examen?
No estaba preparada.
―No, esto será mucho más divertido.
¿Para quién? No me atreví a decirlo en voz alta. Solo seguí escuchando en
silencio.
―Considéralo un juego. He dicho una, preciosa ―se adelantó antes de que
abriera la boca, evitándome un castigo. Debía tener algo más interesante en
mente.
Volvió a hablar, esta vez en alemán; me explicaba las reglas de su “juego”.
Pude entender que si acababa con menos de cinco (¿?) ganaba, o mejor dicho, no
perdía. No entendí qué ocurriría si perdía. Creo que no había cubierto ese
vocabulario en ninguna clase. Tampoco comprendí el premio, pero lo quería.
Terminó su discurso con una sonrisa. Me había preguntado algo. Mierda. No
le estaba escuchando, mi atención se había distraído embelesada por los
sensuales movimientos de sus labios. Descubrió mi hombro izquierdo, sacó algo
de su bolsillo trasero y lo llevó a su boca. Un rotulador. Lo destapó con los
dientes y dibujó una marca en mi piel.
Ni siquiera me había dado cuenta de que seguía hablando cuando volvió a
quedarse en silencio a la espera de una respuesta. Ya estaba descapuchando el
marcador cuando acerté a decir.
―Könntest du die Frage bitte wiederholen?
Se sonrió al tiempo que volvía a guardarlo y repetía la pregunta para mí.
Mientras mis palabras se peleaban por salir tropezando ortopédicamente de
mi boca, de los labios de Sergio, los sonidos fluían suaves y sugerentes; unos
adjetivos que jamás hubiera pensado que podían describir una lengua como la
alemana. Me conquistaba simplemente hablando, aunque no le entendiera, no lo
necesitaba, solo con su voz.
Tenía que concentrarme. Solo había una cosa que mi Amo me había pedido
sin utilizar su condición. Una única cosa que no me había ordenado. No podía
decepcionarle. Tenía que demostrarle que me había esforzado.
Y por una vez, Sergio no buscaba una forma de jugar conmigo. Me estaba
preguntando las unidades que había estudiado con el profesor que él mismo me
había buscado. Y eso, lo sabía bien. Terminé su prueba con una única marca,
pero lo mejor era la sonrisa de orgullo en su boca.
―Vamos, te has ganado la invitación a cenar.
Premio.
―Mi Amo, ¿me das permiso para preguntar?
―Dime.
―¿Cómo sabías exactamente qué preguntar? ¿Has hablado con mi profesor
sobre lo que hacemos en clase?
―Preciosa, cada día me envía un informe con los contenidos y tu progreso.
Sé que te estás esforzando. Ya había hecho la reserva.

- o -

―Se está quemando, tienes que girarlo ―me avisó mientras señalaba con sus
palillos uno de los trozos de carne de mi lado―. Dime preciosa, ¿en qué
piensas?
Estábamos en lo que mi Amo había calificado como la mejor barbacoa
coreana de la ciudad, y aunque no tenía con qué comparar, estaba segura de que
no me engañaba. Era un sitio elegante donde todo se combinaba para crear un
ambiente super zen: desde la decoración minimalista en colores neutros, madera
y blancos, con paneles shoji y farolillos de papel, hasta la suave música
instrumental de fondo. Sergio me explicó que se trataba de música tradicional
coreana.
Sin embargo, lo más llamativo eran las mesas. En el centro tenían un agujero
redondo cubierto por una rejilla. Solo cuando nos sentaron en nuestra mesa,
levantaron la parrilla y rellenaron el hueco con ascuas de carbón al rojo vivo, me
di cuenta de que la barbacoa estaba integrada en la mesa. En pocos minutos, el
camarero había cubierto el resto de la mesa con comida para cocinar en las
brasas.
Tenía razón, estaba distraída. Tenía una idea dando vueltas en mi cabeza. Aún
sin darse cuenta, me lo había puesto en bandeja: era el momento y el lugar ideal
para mi sorpresa. Una mezcla de nervios e impaciencia me reconcomía, pero
tenía que disimular. Quería esperar al final de la cena. Recogí una frase que
había dicho nada más sentarnos en la mesa: “Estás tan preciosa como la primera
noche.”
―¿Y si te hubiera dicho que no?
―¿Cómo?
Adoraba cuando me miraba confuso, como ahora, con los ojos medio
cerrados. Traté de retener su expresión en mi cabeza.
―La primera noche, cuando me pediste que fuera tuya. ¿Qué habrías hecho?
Recogió un par de trozos de cerdo, cebolla y pimiento con los palillos y los
dejó sobre una hoja de lechuga en su plato. Le echó tres gotas de salsa picante
antes de enrollarla.
―Preciosa, eso era imposible. Estabas demasiado excitada.
―Eso fue porque tú no dejabas de insinuarte.
Le dio un bocado y cerró los ojos para disfrutar del picante en su boca que se
fue curvando en una sonrisa de placer. No tenía prisa por contestarme; como
siempre, él marcaba el ritmo.
―Hice mucho más que eso.
Su mirada se intensificó. Nada en él era casual, y no se molestaría en fingir lo
contrario.
―Pero... ¿y si no lo hubiera aceptado? ¿Si no me hubiera gustado que me
dominaras?
Su sonrisa era cada vez más engreída, como si no hubiera tenido ninguna
duda.
―Lo aceptaste y te gustó.
Bajé la vista a la parrilla. Necesitaba una distracción para mis manos. Cogí
los palillos y fui girando la verdura, mientras le observaba de reojo.
―Pareces muy convencido. ¿Crees que a todas las mujeres nos gusta que nos
dominen?
―No. A todas no. A ti sí.
¿Cómo podía estar tan seguro de sí mismo? Aunque yo se lo ponía fácil.
―¿Y si no hubiera podido soportar el primer castigo? ¿Si hubiera decidido
dejarte después de eso?
―¿Lo pensaste?
Por primera vez dio síntomas de preocupación. Paladeé el momento; Sergio
no me ofrecía oportunidades así muy a menudo.
―No. Ahí fue cuando me di cuenta de que era tuya.
Sus labios recuperaron su sonrisa. Definitivamente, se lo ponía demasiado
fácil.
El camarero retiró todos los restos de la mesa, apagó las brasas vertiendo un
líquido y una fragancia con aroma a una deliciosa mezcla de flores con limón
nos envolvió. Después, tapó el hueco de la barbacoa en el centro de la mesa con
una placa de hierro que se encajaba a medida, lo cubrió con un mantelito circular
azul y, al cabo de pocos segundos, volvió con el postre y lo dejó en el centro
para compartir.
Era el momento perfecto. Llevaba dos días enteros quemándome en el
bolsillo, esperando justo este instante. Saqué la cajita y la dejé encima de la
mesa. Mis piernas se movían nerviosas debajo de la mesa y el corazón se me iba
a salir por la boca. Toda mi atención estaba en su siguiente reacción.
Me miró con cara de póquer mientras abría el pequeño cofrecito. Lo estudió
detenidamente durante unos segundos eternos. Intentaba controlar la respiración,
pero el pulso me iba a mil.
―Clara, pensaba que no te ibas a decidir nunca.
Se colocó el anillo en el dedo anular de la mano izquierda. Un aro de platino
robusto y elegante, como él. Le estaba grande. Lo probó en su dedo corazón, y
finalmente, lo encajó en el pulgar.
―Vaya. Parece que me haces más grande de lo que soy.
―Lo siento, mi Amo. Puedo llevarlo a ajustar. La joyería está al lado de mi
oficina.
―No. ―Se llevó la mano a la boca y lo besó―. Es perfecto, zhēn’ài. Me
encanta.

- o -

―Preciosa, ¿qué haces? ―Su dulce tono adormilado cambió bruscamente en
cuanto fue consciente de que estaba inmovilizado―. ¿Qué coño...
Ni siquiera lo había planeado. Llevé la idea a cabo sin pensar, tan pronto
como se dibujó en mi cabeza. Y ¿cómo podía resistirme? Incluso dormido me
seducía. Solo le vi, recordé las cuerdas con las que nos habíamos pasado la tarde
envolviendo los paquetes para la mudanza en la habitación contigua, y tuve que
hacerlo.
―Desátame ―exigió―. Ahora.
―Vamos a hacer una cosa, mi Amo. Solo tienes que probarme que esta
situación no te está poniendo cachondo. Si te toco y no estás empalmado, te
obedeceré. ¿Te parece bien?
Repetí las palabras que me había dicho apenas unos días atrás, provocándole,
mientras me acomodaba sobre su pelvis. Todos los músculos en sus brazos se
tensaron. Intentaba arrancar las cuerdas que le apresaban al cabezal de la cama.
Su fuerza contenida me excitaba aún más.
Apoyé mis manos en su marcado pectoral desnudo y me impulsé hacia atrás
deslizándome por encima de la tela de su pijama. La dureza de su erección se
restregó por mi entrepierna.
―Y ni siquiera he empezado...
Me senté a horcajadas sobre sus muslos.
―Te vas a arrepentir de esto.
―Entonces, tendré que asegurarme de que valga la pena, mi Amo.
Tiré de la goma de su pantalón de pijama despacio, y saltó libre como un
resorte. Era demasiado apetecible como para estar cubierta por tela. Me
encantaba verle luchar con la fiereza de un león atrapado por su libertad. Movía
sus piernas tratando de quitarme de encima, obligándome a cabalgarle para
mantener el equilibrio. Pero ya era demasiado tarde, por una vez, y sin
importarme las consecuencias, lo iba a sufrir. Por una vez, yo ponía las reglas.
No tenía la destreza de sus dedos, y ciertamente la echaba de menos. Utilicé
la tierna punta de su capullo para estimularme.
―Clara. No. Lo. Hagas. ―No había ni rastro de súplica en su voz, solo una
orden calmada.
Le miré. Su autoridad me imponía, hasta el punto de que estaba llegando a
replanteármelo. Estaba furioso por mi insubordinación, y aun así no podía
ocultar que sus ojos brillaban de excitación. Y eso casi me daba más miedo.
En condiciones normales me habría plegado a su voluntad solo para
complacerle. Esta vez no iba a ceder. Había llegado demasiado lejos y nunca
volvería a tener una oportunidad así. Demasiado tentador para dejarlo escapar.
―Relájate y disfruta, mi Amo.
―Como me suelte voy a...
Calló, pero su media sonrisa me hizo temblar. No necesitaba verbalizarlo,
sabía muy bien lo que me haría. Tendría que asegurarme de que quedaba saciado
antes de desatarle o estaría en peligro.
Bajé mi boca a su pecho. Atrapé su pezón izquierdo sin llegar a morderle,
solo acariciándolo con mis dientes, y alzó su cabeza, había captado su interés. Le
recorrí besando el camino que marcaba la sutil hendidura de sus abdominales. Ya
no hablaba, solo me observaba. Mis labios dieron paso a mi lengua. Lamí la
curva por encima del hueso de su cadera. Su cuerpo se tensó entre mis piernas y
su erección se disparó contra mi sexo.
No había ninguna prisa. No esta noche. Volví a ascender hasta su pezón
derecho. Le mordí clavándole los dientes despacio hasta que le arranqué un
grito. Le volví a chupar, intentando aliviar su dolor.
Me elevé sobre él. Mi Amo, mi presa por esta noche, ni siquiera parpadeaba.
Fui bajando, dejando que se hundiera en mí despacio. Le tenía absolutamente a
mi disposición, y todo el tiempo del mundo para recrearme.
Cerré los ojos para disfrutar de mi captura, mientras mis manos viajaban por
su trabajado torso con libertad. Yo marcaba el ritmo. Le tomaba despacio, y no
solo por mi placer; sabía que le estaba volviendo loco y quería alargar el
momento.
Su brazo derecho se cerró en torno a mi cintura. No sabía cómo había
conseguido liberarlo de sus ligaduras, pero en vez de seguir desatándose, se
centró en mí. En un segundo, nuestras posiciones se habían invertido, y ahora,
aun con tres extremidades atadas, él estaba encima de mí y había tomado las
riendas de la situación.
Una vez reconquistado su lugar, solo siguió reclamando lo que era suyo. Sin
venganza y sin revancha, solo con la lujuria que mi sublevación había
despertado. Y yo me entregué por completo a mi Amo.
―Ahora vas a decir el nombre de tu Amo mientras te corres para mí.
Sus palabras me arrancaron un orgasmo que nació desde mi vientre. Grité su
nombre y al momento me recompensó con un gemido áspero de excitación, al
tiempo que le sentía contraerse y derramarse dentro de mí.
Desaté su muñeca izquierda con cuidado así como se recuperaba del
sobreesfuerzo. Las cuerdas habían dejado marcas rojas por el forcejeo.
―Preciosa, por eso no hay que usar cuerdas.
―Lo siento, mi Amo.
Las besé en un intento infantil por curarle y me devolvió una sonrisa
indulgente. Su cabeza ya estaba en otra cosa.
―¿Me... me das permiso para preguntar, por favor?
―¿Ahora pides permiso? ―preguntó sarcástico―. Adelante.
―¿Por qué estabas tan enfadado? ¿Tanto te molesta que yo lleve la
iniciativa?
―No soporto no tener control sobre ti. Y sobre todo, no soporto no poder
tocarte.
―¿Cómo... me vas a castigar, mi Amo? ―Era consciente del temblor de mi
propia voz.
Me miró y tragué saliva. La hora de la diversión había terminado y era el
momento de afrontar las consecuencias.
―Me lo he pasado bien. Sin embargo, si no te castigara... duramente
―enfatizó―, te estaría mandando un mensaje equivocado, ¿verdad?
―No, mi Amo. Te prometo... Te juro que no volveré a hacer algo así. Nunca.
―Voy a asegurarme de eso ―la firmeza de su tono me hizo temblar. Otra
vez.

- o -

El último día de trabajo se me estaba haciendo eterno. Mi cabeza estaba


demasiado distraída en todas las cosas que quedaban por embalar, como para
prestar atención al documento que mi jefe me había pedido que redactara.
Básicamente era un manual con todos los detalles de mi empleo: los
procedimientos, rutinas diarias y semanales, contactos, y dónde encontrar la
información necesaria para la persona que me sustituiría. En el despacho
contiguo ya habían empezado las entrevistas para remplazarme.

Sergio dice:
Mira la pantalla.

Por más que miraba el móvil, no pasaba nada. No le entendía. De repente, por
el rabillo del ojo me pareció ver que el ratón se estaba moviendo por la pantalla
del ordenador. Tuve que girarme incrédula a mi mano para comprobar que no era
yo quien lo dirigía.
En el centro de la pantalla, se abrió el bloc de notas. Veía las letras aparecer
sobre el fondo blanco al tiempo que las escribía. Delante de mí estaban las
palabras que más deseaba oír de sus labios. Y al segundo siguiente, se habían
esfumado. Tan fugaz que ni tan siquiera estaba segura de haberlas leído.
XXXIII


Las cuatro de la mañana: hora de partir.
Me movía errática entre el caos que imperaba en el comedor esquivando
maletas, cajas y bolsas de basura con las cosas descartadas. Todas mis
pertenencias, mi vida, estaban allí, en el suelo, mezcladas con las que Sergio
había trasladado temporalmente. Me resistía a creer que hubiera llegado el
momento de dejar la ciudad que me había acogido los últimos años.
Una insólita sensación de desazón me consumía. No me había detenido ni por
un segundo a considerar el alcance del juramento que iba a hacer. Deslumbrada
por la reluciente envoltura, me había apresurado a aceptar por temor a que se
pudiera desvanecer, como el tramposo que sabe que está consiguiendo algo muy
por encima del valor que va a pagar. Habría sido ingenuo pensar que se trataba
solo de un cambio de domicilio. O de país. El paso que había aceptado dar
implicaba mucho más, y temía haberme precipitado. Como si hubiera tenido otra
opción...
No sabía cuántas vueltas había dado por la casa revisando cada rincón, cada
armario, cada cajón, asegurándome una y otra vez de que no nos hubiéramos
olvidado nada. Tantas como había dado en la cama; el escaso tiempo que había
aguantado entre las sábanas antes de volver a levantarme. Los brazos de Sergio
me cercaron, obligándome a detenerme.
―Respira.
Con una palabra, su voz grave me serenó. Al menos, todo lo que podía tras
una noche de insomnio. El ruido del timbre me hizo dar un brinco de nuevo. El
taxista estaba abajo. Ya no había marcha atrás...
Sergio cogió su maleta y la mía, con todo lo necesario para el fin de semana.
Una empresa de mudanzas se encargaría de llevar todos los bultos que ahora
mismo invadían el comedor directamente a su casa... nuestra casa.
Llegamos a la terminal. Por más que repasaba el panel de salidas del
aeropuerto, no encontraba ningún vuelo a Berlín hasta el mediodía. Sergio ni lo
intentaba, prefería jugar a ponerme nerviosa con su mirada clavada en mí. No
nos habíamos equivocado, de eso estaba segura. Confiaba mucho más en su
infalibilidad que en mis agotados ojos.
Abrí el sobre plastificado que Sergio había preparado con todos los
documentos necesarios: nuestros pasaportes, los billetes de avión, y un par de
hojas más que ni siquiera sabía lo que eran. Tampoco entendía por qué se había
empeñado en imprimirlo todo. Busqué el billete para comprobar el número de
vuelo.
No podía ser... Volví a mirar el destino en el papel impreso, y luego a Sergio,
incrédula, en busca de una explicación.
―Solo podemos escaparnos un fin de semana, el lunes tengo que estar en
Berlín, pero... quería que fuera una sorpresa. Una mini luna de miel. ¿Te gusta?
―¿Cómo...? ¿Cuándo...? Pero... ¿te has vuelto loco?
Con una palmada en mi trasero me atrajo a sus brazos y hundió su cara en mi
cuello.
―No recuerdo haberte dado permiso para preguntar. Además, creo que ya
sabes la respuesta, zhēn’ài.
―Mi Amo... ―No tenía palabras y boqueaba como un pez fuera del agua―.
Gracias.

- o -

―Traga.
Obedecí. Me ofreció su botellita de agua y bebí un trago largo para pasar la
pastilla que acababa de dejar en mis labios.
―Es valeriana. Tardará unos minutos en hacer efecto.
―Mi Amor, no puedo dormir en cosas que se mueven.
Ocultó inútilmente una sonrisa fugaz provocada por algún pensamiento que
no llegué a comprender.
―Preciosa, es un vuelo de siete horas y media. Tienes que dormir. Además,
necesitarás estar descansada y llena de energía para los planes que tengo. Va a
ser un fin de semana trepidante, como Nueva York.
Nueva York, todavía no daba crédito...
―¿Tú no te tomas una?
―Yo no la necesito. Buenas noches, preciosa.
Colocó su cojín en el cuello, se abrochó el cinturón de seguridad y, antes de
despegar, ya se había quedado dormido.
Quería verle. Tenía muy pocas oportunidades de verle dormir. Su pelo espeso
formaba una infranqueable cortina castaña que escondía su cara. Retiré el velo
descubriendo su rostro despacio. Estaba totalmente relajado. Me pareció que
sonreía cuando volvía a colocárselo para que no le molestara la luz.
Abrí los ojos, aunque no tenía constancia de haberlos cerrado. Sergio estaba a
mi lado, inclinado hacia mí. Reclinaba mi asiento hasta dejarlo en posición
horizontal. Me pareció que sonreía al verme, y acarició con ternura mi mejilla.
Me había cubierto con un ligero edredón individual gris perla.
―Vuelve a dormir, preciosa ―susurró.
Después volvió a su asiento, lo tumbó, se tapó y cerró los ojos.
―Clara. ―Los párpados me pesaban―. Clara, hemos llegado. Acabamos de
aterrizar en Nueva York.
Abrí los ojos aturdida para encontrarme con la sonrisa más seductora del
mundo.
―¿Qué hora es?
―Aquí son las ocho y media, preciosa.
Caminaba grogui por el aeropuerto, dejándome guiar por Sergio, que además
cargaba con las dos maletas. A la salida, un hombre pulcramente uniformado con
un traje de chófer beige sostenía adusto una tablet donde se leía:
“Mr & Ms García–Vila”
Nos esperaba. Sergio le saludó y, acto seguido, nos abrió la puerta trasera de
una espectacular limusina blanca y esperó firme a que subiéramos.
―¿Has alquilado una limusina?
Me había acabado de despertar de golpe.
―Es para la entrada en Nueva York. Quería hacerlo memorable. Quiero que
recuerdes este fin de semana toda tu vida, preciosa. No te preocupes, solo nos
llevará hasta el hotel. Vas a poder explorar Nueva York con total libertad.

- o -

Me desplomé sobre la cama en cuanto entramos en la habitación. Era un


pequeño hotel en una calle adyacente a la quinta avenida a la altura del Empire
State. Desde fuera, parecía un sobrio edificio de arquitectura modernista, bien
cuidado, pero nada le hacía destacar de las fachadas que le rodeaban, salvo una
placa dorada en la entrada que leía Small Luxury Hotels of the World.
Dentro era otra historia. El enorme hall decorado en mármol con acabados en
cristal de murano ya daba una pista de cómo serían las habitaciones. Lo primero
que atrapó mi atención al abrir la puerta fue el cabecero de piel integrado en la
pared que llegaba hasta el techo. Desde mi sitio podía ver la terraza con
barandilla de piedra. Estábamos en la última planta. Las vistas debían ser
impresionantes y, aunque deseaba salir a verlas, las piernas no me respondían.
―¿Tienes... ―calló súbitamente.
Me incorporé sobre la cama para descubrir qué había distraído su atención
hasta el punto de no poder seguir hablando. Desfrunció el ceño en cuanto sintió
mi movimiento, y retiró reticente su mirada del móvil para encontrarme, aunque
sus dedos seguían moviéndose por la pantalla.
―¿Es el trabajo? ¿Es importante? ―Me arrodillé sobre el mismo colchón en
posición de castigo al ser consciente de mi error―. Lo siento, mi Amo.
―¿Sabes? Había decidido no castigarte durante este viaje. ―Se sentó al
borde de la cama y acarició mi muslo despacio mientras sus labios dibujaban
sensualmente las palabras a apenas un palmo de mi boca―. Pero conociendo tu
insaciable curiosidad, creo que si tenemos que acumular todas las preguntas sin
permiso que hagas este fin de semana, el lunes no voy a poder ir a trabajar. Y
aunque me encante la idea de quedarme encerrado todo un día castigándote ―su
voz ronroneante hizo una breve pausa para dejar que mi imaginación jugara con
esa idea―, no creo que dé muy buena impresión a mi equipo si su jefe no
aparece su primer día. Así que voy a darte a elegir: ¿prefieres aplazar el castigo o
recibirlo durante el viaje y poder hacer todas las preguntas que quieras?
―Por favor, deseo que me castigues, mi Amo.
Oír mi propia voz respondiendo a su petición era todo lo que necesitaba para
encenderme.
―Perfecto.
Saltó de la cama, abrió nuestras maletas y volvió a la cama con un tanguita y
unos vaqueros míos, y unos calzoncillos suyos, mientras le observaba intrigada.
―Túmbate, preciosa.
Le obedecí al instante. Me quitó la falda y, para mi decepción, me puso
directamente mi tanga, seguido de sus calzoncillos y mis pantalones. Antes de
abrocharlos, aseguró su móvil en mi entrepierna, entre las dos capas de ropa
interior, de forma que no se moviera.
Vibró. Un mensaje. Gemí.
―Me gusta mucho más este tono. Vamos.

- o -

Describir como trepidante el fin de semana en Nueva York había sido


quedarse muy corto. Sergio había planeado el viaje al milímetro. Le encantaba la
ciudad y quería que lo disfrutara todo, que lo viera todo; en cierto modo, quería
que descubriera su Nueva York.
Empezamos la mañana con la visita al icono más emblemático de NY: la
Estatua de la Libertad. Pasamos de largo metros y metros de una cola que no se
movía. Sergio me explicó que un sábado soleado por la mañana, podía haber
fácilmente tres horas de cola para coger el barco turístico a la isla de la estatua.
El tiempo era un lujo que no nos podíamos permitir. En su lugar, cogimos el
ferry a Staten Island que nos brindaba las vistas de la estatua con la perspectiva
perfecta para apreciarla.
Después subimos al Rockefeller Center y, como siempre, Sergio tenía razón:
tenía menos cola que el Empire State con la ventaja de que el icónico edificio
más alto de la ciudad formaba parte del skyline. Desafortunadamente, no
teníamos tiempo para patinar en la famosa pista de hielo. Nos esperaba nuestra
siguiente parada: almuerzo en el Grand Central Oyster Bar.
Entré detrás de Sergio en el local, ubicado en los sótanos de una estación de
trenes, y de inmediato sentí que me envolvía esa magia de principios del siglo
XX. Me perdía entre las innumerables variedades de ostras de la interminable
carta, aunque ni siquiera sabía para que me molestaba en mirarla. Sergio ya
había decidido lo que quería que probara.
Nos habíamos pasado la mañana riendo, sacándonos miles de fotos, pero
sobre todo hablando. Cualquier tema era bueno: desde los profesores que
habíamos compartido en el instituto, a los distintos jefes que habíamos tenido a
lo largo de los años, o los sitios donde habíamos vivido. Disfrutaba viéndole
reírse del shock cultural que había experimentado cuando llegué a Irlanda, sobre
todo en pequeñas cosas como que, en el mostrador de cualquier tienda, incluso
en las librerías, las cajas estuvieran atiborradas de todo tipo de chocolatinas y
bolsas de patatas, o que en las carnicerías vendieran pescado. Por supuesto,
Sergio me ganaba por goleada. Sus anécdotas, en especial de meteduras de pata,
de sus primeros años en China eran hilarantes.
―¿Y en Alemania? ¿Qué fue lo más difícil cuando llegaste a Berlín? ―Me
miró con expresión interrogativa―. Puede que me sirva de ayuda. Ahora ya sé
que nunca debo dejar propina si alguna vez salgo a cenar en China.
―Déjame ver... ―Su cara era demasiado sexy cuando se concentraba, el
momento en que cualquier pensamiento podía cruzar su cabeza―. Supongo que
lo peor que te puede pasar es pedir agua y, por defecto, te la traerán con gas. Caí
en esa bastantes veces... Pero nada de vida o muerte. No creo que tengas
problemas. Además, tú no estás sola. Me tienes a mí, y conoces a más gente.
―Ya, pero son tus amigos...
―Preciosa, son mucho más que mis amigos, son mi familia. Y sé que te
acogerán como tal. ―Le hice una mueca y me sonrió comprensivo―. En China
nunca tuve a gente realmente cercana. Tenía amigos, pero siempre había una
distancia, una barrera invisible, es difícil de explicar. Ya casi me había
acostumbrado a vivir por mi cuenta. Me volví bastante asocial. Y cuando llegué
a Alemania... nunca pensé que encontraría a gente así.
Conociendo a Sergio, con su personalidad magnética y su facilidad para
ganarse a la gente, me resultaba casi imposible imaginar que en algún momento
se hubiera recluido en sí mismo.
―¿Cómo les conociste?
―Vamos a ver... Conocí a Sam en el trabajo, claro. Ese mismo viernes me
invitó a cenar a su casa el fin de semana. Recuerdo que me dijo que al menos
una vez a la semana tenía que cenar comida casera. Creo que se compadeció de
mí; acababa de llegar, estaba solo en la ciudad y todavía estaba aprendiendo a
hablar alemán. No sé cuántas veces le dije que no, como te he dicho me había
vuelto bastante asocial y lo último que me apetecía era una comida de
compromiso en casa de mi jefe.
Volví a sentir la vibración entre mis piernas. Solo tenía que avisarle si
llamaban, y todavía no se había dado el caso. Aunque tampoco habría sido
necesario. Cada vez que mi entrepierna había vibrado brevemente con un
mensaje, había dado un pequeño saltito. No me quería imaginar cómo me
afectaría un tono largo de llamada.
―Al final, después de dos meses, se me agotaron las excusas. Y entonces
conocí a Marie. Y no lo puedo explicar, pero la sensación que tuve fue de
hogar... era una sensación que casi había olvidado. No sé cómo, me hizo sentir
bien al instante, en paz, como si la conociese de siempre.
Le entendí a la perfección. A mí me había transmitido algo similar, algo que
solo podía describir como calidez. No era solo su sonrisa permanente, Marie era
de ese tipo de gente que irradia tan buena energía que sientes que puedes
relajarte a su lado desde el primer momento.
―¿Y Ahren?
―Eso no fue tan rápido ―se sonrió―. A ver, a partir de ese día, casi me
adoptaron. Marie y Sam suelen organizar cenas enormes en su casa todos los
fines de semana. Les encanta, aunque bueno, ya has visto que Marie disfruta
siendo la anfitriona perfecta. Muchas veces invitaban a otros amigos, pero yo
siempre estaba allí. Ahren también era un habitual. No nos entramos demasiado
bien al principio. Tampoco hablábamos mucho. A decir verdad, apenas crucé
media docena de palabras con él en casa de Marie.
No costaba imaginarse la rivalidad inicial que podía surgir entre dos hombres
superficialmente tan distantes y al mismo tiempo con inquietudes tan similares
antes de darse la oportunidad de conocerse.
―Una noche, nos encontramos ―hizo una pausa dramática― en un club que
había descubierto poco antes. Él lo conocía bastante bien. Supongo que nada une
más que un secreto compartido, pero esa noche nos encontramos... ―repitió,
aunque esta vez entendí el verdadero sentido del verbo―. Sin darnos cuenta, nos
pusimos a hablar y nos dimos cuenta de que teníamos muchísimas cosas en
común, muchas más de las que nunca pensé que podía tener con otra persona.
Ahren es de las pocas personas con las que puedo hablar de cualquier cosa. De
todo ―enfatizó―. Y aun así, la mayoría de las veces, ni tan solo es necesario
hablar.
La conexión con Ahren no me volvía loca. Lo debió leer en mi cara.
―Sé la imagen que proyecta al principio, pero de verdad, no ha tenido un
camino fácil.
Bueno, había encontrado la manera de allanárselo. Me mordí la lengua.
De repente se puso muy serio.
―He reducido las opciones al mínimo. Elige: Museo Metropolitano, Arte
Moderno, Guggenheim o Historia Natural.
―No. Eso es imposible... ―Lo veía en sus ojos, se estaba deleitando en mi
entusiasmo―. Está bien. MOMA.

- o -

Sobre las tres de la tarde llegamos al museo. Por suerte, había reservado la
entrada rápida y pudimos saltarnos la cola, pero ya en la taquilla, Sergio me
advirtió que solo teníamos dos horas. Traté de ocultar mi decepción, mi forma
ideal de visitar museos consistía en perderme durante horas explorándolos, sin
saber lo que me esperaría en la siguiente sala, y quedarme un buen rato sentada
cada vez que descubría una joyita.
Acorde con su carácter metódico, Sergio ya había preparado un mapa con las
obras imprescindibles del museo y la ruta que íbamos a seguir. Por lo menos
conseguí convencerle para no coger las audioguías. Subimos a la quinta planta
para iniciar el recorrido de arriba abajo; según su planning, así seguíamos el
orden cronológico. Me preguntaba cuántos años me caerían por estrangularle y si
no poder ver un museo en condiciones se consideraría un atenuante. Nada más
ver la noche estrellada de Van Gogh, se me olvidó todo.
―¿Te gusta? ―Me abrazó desde atrás. Podría quedarme toda la vida así―.
Ahren lo pintó para Marie como regalo cuando Sam y ella compraron su casa.
Le hizo un mural en una de las paredes de la habitación de invitados... Bueno, en
realidad, es la habitación de Jürgen.
―¿Está viviendo con ellos?
―Sí, temporalmente, mientras termina de recuperarse.
―Me dijiste que Jürgen lo había pasado muy mal...
No podía desperdiciar la oportunidad para continuar el tema. Tal vez era un
poco brusca, pero necesitaba comprender qué le impedía alejar a Alice para
siempre de su vida.
―Francamente, pasarlo mal es quedarse muy corto.
Se separó de mí para colocarse a mi lado. Antes de volver a hablar, me cogió
de la mano.
―Cuando sus padres tuvieron el accidente, Jürgen tenía trece años. Marie se
desvivió por él, para que no le faltara nada. Dejó la universidad y se puso a
trabajar para demostrar ante la justicia que podía mantenerlo y conseguir su
custodia. Pero él era solo un adolescente y no supo cómo gestionar su pérdida.
Se dejó llevar por el consuelo más fácil. ―Me dio unos segundos para
prepararme para su siguiente palabra―. Heroína.
Me detuve en seco al escuchar la palabra. Me había quedado congelada en el
sitio. Abrí la boca pero la cerré al momento, no había nada que pudiera decir.
―Clara ―inspeccionó mis ojos para comprobar cómo me encontraba. Asentí
con la cabeza―. Nunca supieron cuándo lo probó por primera vez, quién se lo
ofreció, o si había pasado por otras drogas antes, pero antes de que nadie lo
detectara, se había encerrado totalmente en su mundo. Con una sola excepción;
su novia. Era la única a la que dejaba entrar y acabó enganchándose con él.
Caminaba a su lado, de manera casi autómata, siguiendo el rumbo que su
mano indicaba, casi sin ver las obras que tenía delante de mis ojos. Solo inmersa
en sus palabras.
―Marie apenas habla de aquella época, pero Ahren... Lo intentaron todo para
que lo dejaran. Les buscaron los mejores tratamientos, los centros más caros.
Eso nunca fue un impedimento, afortunadamente Ahren podía costearlo todo.
Pero una adicción solo se puede superar si se tiene la voluntad de hacerlo.
Estuvieron varios años dejándolo y volviendo a recaer. Hasta que ella se quedó
embarazada...
Se sentó delante de los nenúfares de Monet y bajé a su lado en el banco. Por
un segundo los dos contuvimos la respiración.
―Joder, es impresionante ―sentenció con admiración.
Me debatía entre la imperiosa necesidad de seguir escuchando su historia y la
majestuosidad de la obra enfrente de nosotros. Pareció sentir mi angustia.
―Está bien. Entonces hicieron un pacto, los dos lo dejarían juntos. Una
nueva vida. Buscaron un trabajo, se pusieron en tratamiento y se fueron a vivir
juntos. Pero dejarlo no es sencillo. Jürgen lo consiguió, pero ella... no era la
primera vez que recaía... Una tarde, al volver a casa la encontró en la bañera con
una sobredosis. No se pudo saber si fue premeditado o no, pero él siempre ha
creído que...
―¿Se suicidó?
―Probablemente, si creyó que no sería capaz de dejarlo, con el embarazo...
puede que se rindiese y buscase una salida rápida. Jürgen se culpó por todo,
desde que ella probase la heroína por primera vez, a no haberle dado todo el
apoyo que necesitaba para superarlo.
Necesitaba caminar. Me levanté y Sergio me siguió.
―¿Estás bien?
Asentí y le hice un gesto para que continuara en cuanto junté el valor para
volver a mirarle. No confiaba en cómo me saldría la voz si intentaba hablar
ahora.
―Cuando yo le conocí estaba totalmente enganchado. No podía soportar la
culpabilidad y parecía que solo esperaba a que le llegase el momento de reunirse
con ella.
―¿Crees que quería... ―mi voz se desvaneció, no me atrevía a verbalizarlo.
―No le importaba nada. Marie y Sam hicieron un trabajo increíble con él,
nunca se rindieron. A pesar de todas las mentiras, todos los engaños, siempre
siguieron luchando. Al final consiguieron que entrase en una clínica de
intoxicación y superó la etapa de internamiento. Salió hace dos meses, unas
semanas antes de mi viaje a España. Justo en ese momento Alice apareció en su
vida, y se apoyó completamente en ella. ―Hizo una pausa, cogió mis dos manos
y esperó hasta que le miré para seguir hablando―. No puedo quitársela, no
puedo hacerle eso. Tengo miedo de cómo podría afectarle si se enterase de la
verdad ahora.
Sergio tenía verdadera devoción por sus amigos. Su lealtad y, ante todo, su
sentido de protección hacia ellos estaba por encima de todo lo demás, y casi
resultaba imposible no comprenderlo. Nunca había sentido tener una verdadera
familia, y ellos se habían convertido en un vínculo mucho más sólido.
―Lo entiendo. Gracias por contármelo. Sé que es difícil para ti.
De repente, pareció salir de su trance y volver a la realidad y yo con él.
Estábamos frente a las señoritas de Avignon de Picasso. Comprobó la hora y se
giró hacia mí con cara de preocupación.
―Me temo que tenemos que irnos.
―Pero solo hemos visto una planta.
―Entonces tenemos la excusa perfecta para volver a Nueva York pronto. Te
prometo que la próxima vez tendrás un día entero para perderte por aquí si
quieres.

- o -

―¿A dónde me llevas? ¿Vamos a cambiar de hotel?


Me cogió por la cintura y me atrajo a él hasta que mi oreja quedó lo bastante
cerca de su boca como para poder susurrarme:
―No hace mucho tiempo las sumisas pedían permiso para preguntar.
Le seguí a través de la puerta por el gran hall y llegamos a un espacio abierto,
dispuesto con mesas elegantemente decoradas. En ellas, grupos muy variopintos
de personas disfrutaban de todo tipo de bebidas y cócteles junto con un surtido
de apetitosos bocaditos, pastas y canapés dulces y salados.
El camarero impolutamente trajeado que se encontraba en la entrada
comprobó el nombre de Sergio en el atril de reservas y nos acompañó hasta
nuestra mesa.
―El Afternoon Tea en el Hotel Plaza es una visita obligatoria tu primera vez
en Nueva York.
―¿Vamos a tomar té? ―pregunté escéptica.
―En realidad, té es un eufemismo para...
Justo en ese momento, el característico ruido de una botella de champagne al
descorcharse cortó su frase. El camarero nos llenó las copas y desapareció
después de depositarla en una ostentosa cubitera dorada en el centro de nuestra
mesa. Cogí mi copa, la olí y las burbujas del champagne subieron hasta
chisporrotear en mi nariz.
―Dime, preciosa. ¿Por qué quieres brindar?
―Por tu nuevo trabajo.
―Por nuestra nueva vida. Juntos.
Un pensamiento fugaz pasó por mi cabeza, y Sergio pareció atraparlo al
vuelo.
―¿En qué estás pensando?
―¿Alguna vez tuviste alguna fantasía conmigo en el instituto, mi Amo?
Sus ojos se encendieron al momento y consiguieron abrasarme hasta tal punto
que me vi obligada a desviar mi mirada. Volvió a atraer mi cara con su mano.
―Preciosa, cada vez que te veía pasar soñaba despierto como te tomaba en
ese mismo lugar. Creo que no quedó ningún rincón en el instituto donde no me
imaginase follándote... o haciéndote cosas peores. Pero las fantasías más ―se
detuvo un segundo para buscar la palabra y disfruté de su indecisión―
elaboradas, las tenía cuando estaba a solas en mi cama.
―¿Elaboradas?
Bajó la mirada con una timidez impropia de él que le hacía sencillamente
irresistible. Solo podía imaginar los pensamientos que estaban cruzando su
cabeza en ese preciso instante para reaccionar de ese modo.
―Yo te he contado las mías. Más de una vez.
Miró a ambos lados antes de hablar.
―Imaginaba que te raptaba...
―Me... raptabas? ―le corté con una risita nerviosa de incredulidad.
―Tenía dieciocho años... ―se justificó―. Te llevaba a una cabaña perdida
en lo alto de una montaña donde estábamos solos tú y yo.
―¿Para forzarme a hacer todo lo que tú quisieras?
―No ―sus labios negaron sensuales a dos centímetros de mi boca―, sabes
que ese no es mi estilo. ―Deseaba atraparlos―. Para doblegarte poco a poco
hasta que me complacieses en todos mis deseos.
―¿Y cómo lo conseguías? ―pregunté inocente.
Miró a ambos lados, como si estuviera considerando si desvelar un secreto.
―Dándote todo el placer, y quitándotelo de golpe, para que deseases
entregármelo todo, cada vez más, hasta que no pudieses negarme nada.
Sus ojos pardos escaneaban mis reacciones mientras todos mis esfuerzos se
concentraban en recordar cómo respirar. Sus palabras susurradas con su voz
ronca acababan de dejarme sin aliento. Si su intención era derretirme, lo estaba
consiguiendo.
―Mmmm. Voy a necesitar que seas más específico.
―Tendrá que ser en otro momento. Estamos en un lugar público y ya te he
encendido demasiado. Si sigo, corro el riesgo de que me supliques que te folle
aquí mismo. Y aunque no lo creas, no soy de piedra.
Me reí, aunque me temía que esa broma tenía más de verdad de lo que me
atrevería a admitir. Un pensamiento cruzó mi cabeza. Tenía que preguntárselo.
―¿Por qué no lo hiciste?
―¿Raptarte? ―preguntó confuso, haciéndome dudar de si me estaba
tomando el pelo.
―¿Por qué no te acercaste a mí? ―Esperé una respuesta que no llegó―.
Sergio, ni siquiera me hablaste.
―Lo pensé... Lo pensé tantas veces...
Me miraba sin verme. Sus silencios decían más que sus palabras.
―Me imaginaba cada segundo... cada detalle... Lo veía en mi cabeza...
Sus ojos cobraron vida y, por un momento, temí que me castigara. Le había
dado muchos motivos para hacerlo y en algún momento se le acabaría la
paciencia. Sin embargo, solo desvió la mirada como preludio a una mentira.
―Eras demasiado pequeña.
―No.
Me miró desafiante. Me estaba saltando todas las reglas de comunicación que
me había impuesto. No iba a dejar que diera el tema por zanjado.
―Dime la verdad. Por favor.
―¿Qué quieres que te diga? ―hablaba con voz queda―. ¿Que elegí no
tenerte a poder perderte? ―Le miraba sin entender nada de lo que me decía―.
¿Que te habría... ―calló de forma abrupta―. ¿Tienes idea de lo que podría
haber llegado a hacerte? ¿Crees que habría podido contenerme si te hubieses
entregado a mí? ¿Que lo habría intentado siquiera?
De las palabras de Sergio se desprendía algo que estaba totalmente claro para
mí. Sabía que podía tenerme cuando y donde quisiera, y por supuesto, de la
manera que quisiera. Y no se molestaría en ocultarlo bajo una capa de falsa
modestia.
―Te habría destrozado la vida. Y lo sabía. No podía obligarte a... tanto.
Pero era demasiado evidente para los dos que sí, y el hecho ser más joven
solo lo habría puesto más fácil para él.
―Tal vez sí ―me contestó como si hubiera leído mi mente―. Pero cuando
no hubieses podido aguantar más, tú me habrías destrozado la vida a mí.
―¿Yo a ti? No veo la forma...
―No tienes ni idea de lo que siento por ti. Podría usar mil palabras, podría
utilizar todas las palabras del mundo y ni tan solo me acercaría.
Y aunque quería creerle con todas mis fuerzas, había un murmullo dentro de
mí que no cesaba.
―¿Y qué cambió? ―Me miró confuso, como si no entendiera mi pregunta―.
Después de tanto tiempo sin acercarte, después de cambiar de país dos veces
para encontrarme y ni siquiera llegar a hablarme, ¿qué cambió?
―Nunca he creído en el destino, pero algo te puso delante de mí, en carne y
hueso, después de años de verte solo en dos dimensiones, dos noches seguidas.
Probablemente en el peor momento, cuando más concentrado tenía que estar. En
el momento más decisivo de mi vida, apareciste. Dos veces. Eso cambió.
XXXIV


Todo estaba oscuro. Una trompeta tocando las primeras notas de “All That
Jazz” rompió el silencio. La orquesta se unió al tiempo que un par de focos
recorrían en círculos el pesado telón granate que la ocultaba. Las luces se
encontraron al final de una escalera, donde una vedette con un escaso vestido de
cabaret negro empezó a entonar sensualmente la canción. Mientras tanto la
iluminación se abría descubriendo el cuerpo de baile que seguía al milímetro los
pasos de la protagonista y una banda de unos treinta músicos que, colocados en
una especie de palco escalonado a los lados de la escalera central, se integraba
en el espectáculo con guiños y gestos cómplices.
Sería incapaz de decir cuánto tiempo había pasado cuando la mano de Sergio
en la mía me sobresaltó. Yo estaba totalmente inmersa en la historia de Roxie
Hart, concentrada por completo en sus desventuras, tal vez en un intento de
evadirme de la realidad y dejar de darle vueltas a la conversación que habíamos
tenido unas horas antes.
―Preciosa, llevas media hora sin moverte. No te he visto ni parpadear. ¿Te
gusta?
Nunca había visto un musical, y Chicago había sobrepasado todas mis
expectativas: las voces en vivo, las luces, la coreografía, el vestuario; todo era
espectacular. Me parecía increíble que una función que se repetía todas las
noches consiguiera atraparme tan de lleno.
―Me encanta, mi Amo. Muchas gracias.

- o -

―¿Puedo preguntar a dónde vamos, mi Amor?


Recogió mi pregunta con una sonrisa de complicidad.
―¿Tienes hambre, preciosa?
La tripa me rugió como respuesta, y ni siquiera me había dado cuenta hasta
que me había preguntado. Asentí rápidamente.
―Vamos a comer la mejor hamburguesa de Nueva York.
Muy prometedor...
La primera sensación cuando entramos en un lujoso hotel fue decepción. Casi
adivinaba delante de mí una carta con ribetes dorados con ingredientes como
mayonesa de trufa, huevos de codorniz o cebolla caramelizada y cinco tipos de
pan para elegir. Muy del estilo de Sergio.
Y como siempre, me sorprendió. Más del estilo de Sergio...
Cruzamos el suntuoso vestíbulo del hotel, pasando de largo la entrada al
restaurante, que ya estaba cerrado, para llegar a una densa cortina de terciopelo
rojo escondida a la izquierda de la recepción. Solo entonces reparé en el modesto
neón de una hamburguesa que trataba de indicar el lugar.
Y de repente, como por arte de magia, estábamos en un auténtico antro
alternativo de paredes llenas de grafiti rudimentariamente decoradas con posters
de Los Ramones o películas de Cheech y Chong. Casi parecía el decorado de
una película de los 80. Tres cocineros se movían con precisión por una primitiva
cocina vista, sin tocarse a pesar de las reducidas dimensiones en las que
trabajaban entre risas y chistes privados. Se notaba que se acercaba el final de su
turno.
―Se llama Burger Joint ―respondió antes de que me diera tiempo a
preguntar―. Este es uno de los sitios más emblemáticos de Manhattan. Me trajo
un compañero la primera vez que vine a Nueva York por trabajo y me contó que
era un tesoro escondido que solo los neoyorquinos de toda la vida conocen.
Francamente, creo que no hay una guía de viajes en la que no aparezca... ―Me
reí con él―. Hemos tenido suerte de venir a deshoras, sino nos hubiese tocado
hacer cola.
Estaba claro que las ocho personas que aguardaban delante de nosotros no se
podían considerar “cola” en este lugar.
Oteé una mesa libre al fondo del pequeño local y corrí para tomar posesión.
En unos cinco minutos, volvió con dos hamburguesas completas y dos jarras
heladas de cerveza. Era una hamburguesa sencilla humildemente servida sobre
un trozo de papel con manchas de grasa. Una simple combinación de carne
jugosa, queso fundido, bacon crujiente con lechuga, tomate, cebolla y pepinillo,
y eso, la hacía todavía más perfecta.
Cogió la hamburguesa con las dos manos, su mandíbula se tensó y le hincó el
diente voraz. Me seguía pareciendo imposible que pudiera desprender tanta
sensualidad con un gesto tan mundano.
―No me mires así. ―Su voz rasgada y su mirada perspicaz conspiraban para
hacer de aquella orden una tarea imposible.
Otra vibración me hizo dar un pequeño brinco sobre el banco. Como siempre,
la creatividad de mi Amo con sus castigos demostraba su entrega a su cometido.
Sergio había metido su móvil en la parte delantera de mis vaqueros. Quería
demostrarme que nada distraería su atención de mí durante el viaje, nuestra mini
luna de miel, como él la había llamado. Y al mismo tiempo, me daba la
posibilidad de saber lo solicitado que estaba.
―¿Puedo preguntar quién te manda tantos mensajes?
―Evidentemente alguien que no tiene mi completa y absoluta atención.
―¿Son del trabajo?
―Probablemente, la mayoría ―dijo despreocupado.
―¿Puedo hacerte una pregunta?
Asintió extrañado.
―¿Por qué nunca me hablas de tu trabajo?
Me pareció intuir un fugaz gesto de alivio, pero si había estado allí, se
molestó en esconderlo muy bien.
―Cuando estamos juntos, hago un esfuerzo para bloquear todo lo que tenga
que ver con el trabajo, y dejarlo fuera. No porque quiera ocultártelo sino porque
sé que si te contase en lo que estoy trabajando, o los problemas que tengo en la
oficina, no podría desconectar, y seguiría dándoles vueltas para tratar de
solucionarlos. No quiero desperdiciar ni un segundo cuando estoy a tu lado. Tú
eres mi oasis.

- o -

―Necesito saber algo ―solté impulsivamente. La tercera jarra de cerveza se


me había subido a la cabeza y ni siquiera el frío aire de la calle en mi cara había
conseguido despejar la idea que me rondaba.
Había atrapado su interés al momento. Era imposible escapar al interrogante
de su expresión. Resistí unos segundos a la urgencia de satisfacer su curiosidad,
solo para retener su imagen en mi mente.
―¿Qué fue lo peor que hiciste en el instituto?
Sus ojos se incendiaron. Él también había bebido, lo suficiente para no
molestarse en ocultarlo.
Avanzó dos pasos hacia mí, despacio. Me mantuve firme, sin retroceder,
aguantándole la mirada candente, dejando que me abrasara. Siguió su camino
hasta que sus labios rozaron el lóbulo de mi oreja derecha.
―Te responderé a todo lo que quieras saber. ―Su susurro profundo en mi
oído resonaba como una vibración por todo mi cuerpo mientras su mano derecha
acariciaba mi cadera―. Todo ―remarcó, dejando que la idea tomara forma en
mi imaginación―. Pero tú me contestarás primero.
El aire helado de Nueva York en enero se abrió paso entre nosotros. Sergio
había dado un paso largo atrás, su mano izquierda trabó mi derecha y, casi como
en un elegante paso de baile, me volteó sobre mí misma ayudándose con la mano
que reposaba en mi cadera. Aterricé en su brazo derecho, y aprovechando mi
propio impulso, me llevó tres pasos hacia atrás hasta un rincón oscuro, donde le
recuperé.
―Y ahora ―todavía estaba aturdida cuando volvió a hablar―, dame una
razón convincente, para que me crea que “necesitas” saberlo.
Miré a mi alrededor, estábamos en el espacio entre la entrada de una elegante
tienda y una columna del portal del edificio colindante. La gélida piedra en mi
espalda contrastaba con el ardor de su cuerpo cubriéndome. Su calidez llegó a mi
mejilla. La palma de su mano dirigía suavemente mi cara hasta que no pude
escapar de sus ojos.
―Quiero saber más sobre ti, mi Amo.
―Entonces quieres... no lo necesitas... No es suficiente.
―Pero...
―Me estás pidiendo que me abra a ti. Que te confíe lo peor. No lo haré si no
me das una razón.
No me atrevía a decírselo. Le miré, sus ojos en llamas. Me encantaba ser
capaz de provocar esa reacción en él. Ansiaba saber su respuesta. Sergio apenas
me había hablado en un par de ocasiones sobre aquella época en la que estaba
descontrolado y solo seguía sus impulsos. El momento en que despertó, según
sus propias palabras.
―Necesito saber si lo habría podido soportar. Por ti.
Todo su cuerpo se cerró en torno a mí. Retiró un mechón de pelo de mi cara,
en un gesto casi tierno, si no hubiera sabido el efecto que mi respuesta había
provocado en él, y despejó el camino a mi oreja.
―Bien... ―Se le escapó como una exhalación, y su aliento caliente rozó mi
cuello. Mi piel se erizó al instante como respuesta. ―Déjame pensar. Hubo una
chica, tenía tu edad.
―¿Iba a mi clase? ¿La conocía?
―Si quieres oírlo, no harás preguntas.
―Sí, por favor. Lo siento, mi Amo.
―Ella se esforzaba mucho en llamar mi atención sobre su interés por mí.
Podía imaginármelo...
Desabrochó mi abrigo y lo abrió para cubrirnos. Recuperó su móvil
hábilmente y lo guardó en mi bolsillo izquierdo.
―Un día estaba en la biblioteca estudiando para un examen de filosofía.
Recuerdo haber dejado los temas más tediosos para el último momento, y
cuando ella me preguntó si el sitio de enfrente estaba libre, era justo la
distracción que estaba esperando. Le pregunté si no se atrevía a sentarse más
cerca.
Conocía esa biblioteca a la perfección. Cada detalle, cada estante, cada libro
se dibujó en mi mente. Le vi con su sonrisa seductora convirtiendo una pregunta
inocente en una proposición irresistible. No tenía ninguna posibilidad. Era
imposible no dejarse fascinar.
―Cuando se sentó a mi lado, establecí contacto ―acompañó sus palabras
replicando el movimiento con su mano izquierda en mi muslo, acariciándolo con
aparente descuido, arriba y abajo―. Intentó entablar conversación un par de
veces, y cada vez la reñí, diciendo que tenía que estudiar mientras mi mano
subía.
Sus dedos ganaban terreno por el interior de mi muslo derecho, y en el
segundo que rozó mi ingle...
―Entonces cerró las piernas ―y al instante su mano desapareció―. Volví a
centrarme en mis apuntes, ignorándola por completo, hasta que su rodilla golpeó
mi silla. Sus piernas estaban abiertas de par en par.
Miró hacia abajo, esperando a que yo hiciera lo mismo. No continuaría hasta
que no lo hiciera. Abrí las piernas. Demasiado tarde. Lo comprendí de inmediato
como en su momento lo entendió ella. Su chica misteriosa que podría haber
estado sentada en el pupitre de al lado minutos antes de haber ocupado mi lugar.
―Lo siento.
Su mano cubrió mi sexo al momento reclamando su victoria.
―Sí, eso fue exactamente lo que dijo ―susurró en mi oído mientras su
imponente cuerpo contenía cualquier reacción a sus palabras.
―Cabrón.
―Cuidado.
Tardé varios segundos en recomponerme. No me lo iba a poner fácil. No le
gustaba contármelo, y no era la primera vez que me hacía daño mientras se
sinceraba, aunque siempre había sido físico.
Esta vez no tenía excusa para castigarme. Hasta ahora...
―Lo siento, mi Amo.
―Bien. Le dije que no volviese a hacerlo, y me respondió con un nunca. Fue
la primera vez que una chica acataba una orden explícita, de forma sumisa, solo
para complacerme. Me superó. Le dije que no me interesaban sus palabras.
Al instante, su dedo corazón se sumergía en mí, despacio. Arrancándome un
escalofrío con cada centímetro que se adentraba. Busqué sus labios, pero su
antebrazo izquierdo detuvo mi acercamiento y me separó, pegando mi espalda
contra el helor de la pared.
―Estamos en una biblioteca, ¿recuerdas? ―Estaba segura de que había
tenido que utilizar esas palabras con ella también para recordarle donde se
encontraban―. Me levanté y la miré para que me siguiese.
Pasó a acariciarme de un modo dulce, muy diferente a la tosquedad que había
utilizado hasta el momento. Su pulgar izquierdo acariciaba mi cara, dejándome
claro no estaba reproduciendo, que esa forma de tocarme era solo para mí.
―Eché a andar sin saber a dónde me dirigía. Subí las escaleras hasta el
último piso. Ella iba detrás de mí. Llegué al aula de dibujo. Estaba vacía, era el
sitio perfecto.
Sí lo era. Era una clase enorme que ocupaba casi todo el quinto piso. Estaba
convencida de que se había ideado inicialmente con otro fin, es posible que
como buhardilla o trastero. Y ese era el espíritu que transmitía. Dos terceras
partes de la estancia estaban ocupadas por todo tipo de bártulos de arte,
caballetes, maniquíes, lienzos, baúles ayudaban a darle un aire caótico, que
reflejaba la personalidad del profesor que la regentaba.
―Y justo en el momento en que cerró la puerta, sonó el timbre. Antes de
darle tiempo a reaccionar, la cogí de la mano, la llevé al fondo de la clase, nos
agachamos y nos escondí debajo del montón de telas que utilizábamos para
cubrir los caballetes.
Estaba absolutamente concentrado en su historia, en transmitir todos los
detalles, aunque no necesitara verbalizarlos para que yo los recreara. Mientras,
sin darse cuenta, sus dedos se entregaban de manera automática a mí, sin medir
la devoción. Gemí en su oído y volvió en sí.
―Estamos a tres manzanas del hotel. ¿Crees que podrás aguantar?
―No.
Miró a su alrededor y negó con la cabeza. No había salida.
―Tendrás que ser fuerte. ¿Lo harás por mí?
Me había atrapado. No había modo de que pudiera contradecirle. Al menos
verbalmente... Tenía que buscar otra forma. Le cogí por las presillas de la cintura
de sus vaqueros y le atraje hasta que se clavó contra mi pelvis.
―Todo en ti me pertenece. Estamos a tiro de al menos dos cámaras de
vigilancia, sin contar las que están escondidas. No lo compartiré con nadie, ni
tan solo una imagen.
―Mi Amo ―susurré en su oído sabiendo que estaba gastando mi última
bala―, podemos cubrirnos con el abrigo. Por favor. Nunca lo he hecho en la
calle.
Una chispa se encendió en sus ojos. Lo estaba considerando.
―Está bien. Tú decidirás. ―Por fin, por una vez estaba siendo razonable―.
Yo no quiero seguir contándote esta historia y tú no quieres esperar. Creo que
podemos llegar a un acuerdo, ¿no crees?
Mierda.
―Esperaré, mi Amo.
―Bien. Vamos rápido.
Me ofreció su mano y miré mis tacones.
―Ven. ―Se dio la vuelta y se agachó de espaldas delante de mí―. Yo te
llevaré. Agárrate fuerte.
Subí a caballito sobre su espalda con mis piernas abiertas, y echó a correr.
Tuve que apretarme con todas mis fuerzas contra él para no caer. Su cuello
estaba demasiado accesible. Le olí acariciándole con mi nariz. Aceleró el paso.
No era suficiente; le necesitaba ya. El instinto se apoderó de mí y, antes de poder
controlarlo, mis dientes se hincaron en su piel húmeda. En ese momento se
desbocó, trotaba descontrolado, probablemente ya tenía más ganas que yo de
llegar al hotel.
Me dejó con cuidado en el suelo al llegar a la esquina previa al hotel, y
caminamos los diez metros hasta la entrada simulando normalidad. A pesar de la
carrera, no exteriorizaba ningún signo de fatiga; el entrenamiento diario le
proporcionaba la resistencia necesaria.
Entramos en la habitación y, en cuanto cerró la puerta, me cogió en brazos y
nos tiró sobre la cama. Trepó encima de mí y nos cubrió por completo hasta la
cabeza con el edredón. De repente estábamos a oscuras.
―Por fin solos tú y yo.
Había vuelto al aula de dibujo; su tono susurrado dejó claro que repetía una
frase que ya había pronunciado. Iba a hablar, pero me tapó la boca.
―Shhhh. En ese momento escuchamos a los estudiantes entrar en el aula. No
fue hasta que el profesor comenzó a pasar lista que se dio cuenta de que era su
clase, y eso me excitó todavía más. Me tumbé sobre ella y le hice un gesto para
que no hiciera ningún ruido.
Sus manos se adentraron sincronizadas por debajo de mi blusa y treparon
ágiles, desplazando mi sujetador para facilitar el camino a su meta. Su cabeza se
perdía en el hueco de mi cuello, no para besarme o acariciarme como solía hacer,
sino solo para desaparecer, mientras sus palmas abarcaban mis pechos, y los
comprimía, sin controlar la presión que ejercía. Se estaba esforzando en recrear
su inexperiencia en todos los detalles.
Aflojó y acarició dulcemente mis pezones con las yemas de sus pulgares, al
mismo tiempo que se separaba de mí, y a través de la penumbra pude vislumbrar
su exquisita sonrisa cruel. Solo entonces fui consciente de mi error, una queja,
apenas un murmullo, había escapado de mis labios, pero lo bastante alto como
para que llegara a sus oídos.
―Lo siento, por favor no pares, mi Amo ―susurré casi sin voz.
Su mano derecha se deslizó por mi vientre hasta llegar a tientas al cierre de
mis vaqueros. Se tomó su tiempo para desabrochar el botón y bajar la cremallera
sin hacer el más mínimo ruido. Una vez lo consiguió, su mano entró rápida a
reclamar su victoria. En cuanto sentí su mirada, abrí las piernas para él. Tres de
sus dedos me penetraron toscamente. Tuve que contenerme para no dejar escapar
ninguna queja. No se había molestado en prepararme, como no lo hizo con ella
en su momento.
―Le pregunté si era su primera vez y me dijo que sí, que quería hacerlo
conmigo ―murmuró.
Quería preguntarle, lo deseaba más que nada, pero no podía arriesgarme.
Temía que en el momento en que quebrantara alguna de sus reglas, su relato se
acabaría.
Me dio un beso rápido, apasionado y húmedo mientras su mano acariciaba mi
mejilla para hacerme saber que era solo para mí y, acto seguido, se movió a mi
izquierda, colocándose a mi lado. Sentía como se desabrochaba la bragueta,
cogió mi mano derecha y la llevó a su polla.
―Hazlo con cuidado ―susurró en mi oído― pequeña.
No iba a caer en sus provocaciones, era lo que estaba buscando. Tenía que
aguantar si quería saber cómo terminaba. Acompañó mi mano con la suya como
si me enseñara cómo hacerlo. Me lanzó un beso, y reaccioné instintivamente
yendo a besarle. Cuando estaba a punto de alcanzar mi objetivo, cruzó mis labios
con su dedo índice.
―Ahora lo harás con tu boca.
Descendí decidida por su cuerpo; quería complacerle, pero sus brazos me
anclaron por las axilas y me subieron hasta él.
―Y esto es todo. Tengo planes mejores para ti esta noche. ―Se abrochó los
pantalones. No entendía nada―. Cuando terminó, esperamos hasta que la clase
se acabó para salir.
―Mi Amo, ¿me das permiso para preguntar? ―Asintió―. ¿No lo hicisteis?
―No, le dije que era una niña y que yo no me acostaba con crías sin
experiencia.
Me estaba colocando despacio con sus brazos, hasta que mi pubis estuvo
encima de su abultada erección. Había demasiada tela entre nosotros.
―¿No lo hiciste porque era muy pequeña?
Se había molestado en remarcar que tenía mi edad al principio de la historia.
―No. No quería ser el primero, parecía demasiado importante para ella―
contestó sin prestar atención, estaba demasiado ocupado bajándome los
pantalones.
―¿Eso es lo más fuerte que hiciste?
―No.
Ni siquiera se molestó en dar más explicaciones, toda su atención estaba en
deshacerse de los calzoncillos que me había puesto para sujetar su móvil entre
mis piernas.
―Pero has dicho que me lo contarías. Me has mentido ―le recriminé.
―No te he mentido. Te lo contaré. Pero no todo hoy. Poco a poco...
Con un movimiento rápido, invirtió nuestras posiciones, colocándose encima
de mí. La tela vaquera de su bragueta se restregaba ruda contra el delicado
encaje de mi tanguita. Se había acabado la historia y ahora sí, de verdad, por fin
estábamos solos él y yo.
―Vamos a ver las vistas.
¿¿¿Qué??? ¡No podía estar hablando en serio! Llevaba todo el día caliente
con la vibración de su móvil y la última hora había sido cardíaca. Estaba muerta
de ganas de él y no podía aguantar más.
―Serg... ―fui a quejarme pero me cortó antes de que pudiera empezar.
―Ponte el abrigo, está helando fuera.
A regañadientes me levanté de la cama. Recogió mi abrigo del suelo, donde
había aterrizado unos pocos minutos antes, y lo sujetó mientras pasaba los
brazos por las mangas. Iba a ponerme los pantalones, pero cogió mi mano y tiró
de mí hacia el balcón antes de dejarme hacerlo. No sabía lo que tenía en mente.
El viento glacial de la ciudad se coló en la habitación cuando Sergio abrió la
puerta corredera de la terraza. Me eché hacia atrás, luchando por traerle dentro
conmigo, y se resistió dando un par de pasos rápidos adelante, hasta que me
arrastró con él al exterior.
El suelo estaba cubierto por una fina capa de hielo. Caminaba de puntillas,
tratando de no patinar, siguiendo la dirección que sus brazos me marcaban, hasta
que las vistas me absorbieron y me dirigí directa a la barandilla.
Me quedé embobada, admirando el skyline que las luces de los edificios
perfilaban sobre el cielo oscuro. Su mano derecha me rodeó con firmeza la
cintura. Solo cuando la atracción de su antebrazo me obligó a dar un paso atrás y
me aseguró contra su cuerpo, me di cuenta de que estaba asomada por encima
del borde. El calor de su aliento sobre mi piel delineando un rastro de besos por
mi cuello me acabó de devolver a la realidad. Miré hacia abajo por un segundo,
debía haber unos cien metros. Instintivamente retrocedí, solo para pegarme aún
más a él, que acompañó mi movimiento y lo continuó con tanto ímpetu que mi
espalda se chocó con un muro. En cuestión de segundos, me estaba acorralando
contra el estrecho trozo de pared que quedaba entre la puerta de cristal y la
barandilla.
Llevaba demasiado tiempo sin besarle. Intenté alcanzarle, pero su rostro
imperturbable se mantenía a una distancia contante de dos centímetros de mis
labios, alejándose cada vez que me acercaba a él, mientras su mano derecha se
perdía por debajo de mi abrigo.
―Así que ¿nunca lo has hecho en la calle? ―preguntó con una ceja
levantada simulando sorprenderse. Mi sexo se estremeció con anticipación como
respuesta. Negué con la cabeza―. Creo que puedo solucionar eso. Tendrá que
valer, aunque sea a unos metros por encima.
―¿Tú lo has... ―Asintió antes de dejarme completar la pregunta.
Su cuerpo contuvo mi reacción cuando su mano helada llegó a mi muslo
desnudo por debajo del abrigo. Desabroché los dos botones inferiores y se
calentó así como ascendía por el estrecho espacio entre mis piernas. Con
extremo cuidado, separó el tanguita a la izquierda, despejando el camino para él.
Sus labios seguían rozándome sensuales, recogiendo el vaho que escapaba de mi
boca, solo aumentando mi deseo, alentándome a buscarle con más ansia.
―¿Y en Nueva York? ―volví a preguntar. No le hizo falta negar, solo bajó la
cabeza.
Ni siquiera llegué a verla, solo la sentí buscando tenazmente la entrada al
tiempo que su boca se apoderaba de mí y sus brazos atrapaban los míos para
subirlos hasta enmarcar mi cara. Con su mano izquierda atrapó mis muñecas por
encima de mi cabeza, mientras su antebrazo derecho se perdía por debajo de mi
abrigo, haciéndome tiritar de nuevo, y se colocaba por debajo de mi culo,
levantando mi cuerpo por la pared hasta que me había posicionado para él. Al
mismo tiempo que mis piernas se enrollaban alrededor de su cintura, buscando
cobijo por dentro de su chaqueta, consiguió el ángulo exacto para llenarme de
una sola vez.
Sus dos manos controlaban todo mi cuerpo restringiendo cualquier
posibilidad de movimiento. Solo podía dejarme llevar por sus fieras acometidas,
y las únicas partes libres, mis pies, los utilizaba para espolear su trasero
pidiéndole más. Miré a mi izquierda y la caída de más de cien metros hasta la
calle provocó un subidón de adrenalina que me hizo aferrarme a él con más
fuerza.
Al frente, mis ojos entornados apenas reparaban en el contorno de los
edificios sin prestar demasiada atención a la impresionante visión que
constituían, casi obligándome a que formaran parte de aquel instante. Un
pinchacito helado, como si una agujita congelada me acertara en la mejilla, me
hizo abrirlos de golpe, solo para encontrarme con los primeros copos de nieve
deslizándose delicadamente sobre la ciudad. Un escalofrío recorrió cada
milímetro de mi cuerpo erizando mi piel a su paso.
―¿Tienes frío? ¿Quieres que sigamos dent...
―¿Y bajo la nieve? ―le interrumpí en cuanto la idea pasó por mi cabeza.
Lo vi en la manera en que sus ojos se iluminaron antes de que lo verbalizara.
―Nunca.
Apoyó su frente en la mía, eclipsando todo lo demás con su rostro. Ya no
había nada más, solo él. Su ritmo cambió, ya no me buscaba con ferocidad, sino
lento, íntimo. En contraste a la enorme ciudad que nos rodeaba, nuestro espacio
era privado, reservado solo para los dos, mientras la nieve caía cada vez más
densa sobre nosotros. No importaba el frío, generábamos el calor suficiente; toda
su entrega se concentraba en acompañarme despacio hasta que no pude resistirlo
más.
―Mi Amo, ¿me das permiso para culminar, por favor?
Asintió, y al momento me dejé llevar, perdiéndome en cada una de las
facciones de su cara. Sus labios se estaban moviendo, apenas podía oírle, mis
gemidos le acallaban. Me obligué a silenciarlos, necesitaba su voz.
―No nos quedan muchas primeras veces juntos. Voy a aprovecharlas todas.
De repente, antes de darme tiempo a reaccionar, sus brazos me levantaron y
me llevaron volando hasta el aseo. Pataleé y grité para que me soltara cuando
pasamos por delante de la cama, pero solo me dejó en el suelo cuando nos metió
dentro de la ducha. Cerró la puertecita de cristal que separaba el espacio de la
ducha del resto del cuarto de baño y, antes de que pudiera salir, abrió el grifo.
Las gotas heladas de la nieve derritiéndose en nuestro pelo se mezclaban con el
agua caliente que caía sobre nosotros desde la alcachofa colgada en el techo.
―¿Estás loco?
―Ya te he follado bajo la nieve, ahora lo haré bajo la lluvia.
El cambio de temperatura, acompañado por sus palabras, me hizo temblar. En
apenas unos segundos, la niebla nos envolvía; el cuarto se había llenado de vapor
del agua ardiente en contraste con nuestra piel helada.
Sus manos sujetaron mi cara mientras se acercaba a mí despacio y las gotas
caían empapándonos. Sergio, con su pelo chorreante cayendo sobre sus ojos, los
hilos de agua deslizándose por su ropa empapada, ceñida a su silueta marcando
sus músculos, era demasiado para mí. Cerré los ojos cuando sus labios chocaron
contra los míos y me dejé llevar por su cuerpo.
Me aferré a él, le necesitaba más cerca. Enrollé mis brazos alrededor de su
cuello para atraerle más a mí y clavé mis uñas en su piel. Me premió con un beso
impulsivo y primario al tiempo que me levantaba por los muslos, abriendo mis
piernas para él, y me llevaba con él hasta la pared lateral. Su cuerpo me cercaba
y su erección se clavaba en mí así como el agua seguía regándonos.
Sus manos bajaron a mi blusa que, pegada a mi piel, se resistía a sus intentos
de quitármela. Estiró salvaje desde los dos lados hasta que rasgó la tela, dejando
mis pechos libres. No me dejó reaccionar; hoy no tenía paciencia. Me inmovilizó
contra la pared y bajó a beber el agua que resbalaba por ellos. Su lengua
diabólica recogía insaciable cada gota.
Abrí su camisa buscando su pecho. Apenas pude disfrutar de él. Me dio la
vuelta y giró noventa grados, hasta que me colocó delante de él, de cara a la
pared de la ducha.
―Agárrate a la repisa.
No sabía de qué estaba hablando. Solo cuando me fijé, vi una repisa de obra
delante de mí, a un metro de altura sobre el suelo. Estiré los brazos pero no
llegaban, y me tenía sujeta por la cadera de forma que no podía avanzar. Me
incliné hacia adelante con cuidado para cogerme.
―No dobles las rodillas, preciosa. Cuida tu postura.
Cuando conseguí alcanzarla, Sergio ya se había desabrochado los pantalones.
Su mano derecha se deslizaba por mi sexo, subiéndolo a su altura, al tiempo que
me estaba bajando el tanguita por mis muslos.
―Cógete fuerte, y no te sueltes.
Se sumergió en mí despacio, marcando todo el recorrido para mí, justo como
le necesitaba, y aun así no puede evitar que se me escapara un grito.
―Shhhhh... Recuerda dónde estamos, preciosa.
―Lo siento, mi Aahhhhh... ―el gemido cortó mi palabra.
―Eso está mucho mejor.
Me posicionaba para él. Levantaba mi cadera con su brazo izquierdo para
colocarla a la altura de su pelvis y entrar más profundamente, hasta que las
puntas de mis pies apenas tocaban el suelo. Arremetía con tanta fiereza que mis
dedos patinaban y tenía que sujetarme con fuerza para no soltarme. Mi equilibrio
era precario.
―Voy a caerme.
Al segundo, salió de mí, me giró y me llevó a la pared lateral. Mis piernas se
abrieron automáticamente para él, y su cuerpo bajó hasta acoplarse al mío, y me
subió con él. Sus dedos se entrelazaron con los míos y levantaron mis manos por
encima de mi cabeza, ayudando a que mi cuerpo se sujetara en el aire. Doblé las
rodillas, para ayudarme con las plantas de los pies sobre la pared. Otra vez tenía
que esforzarme para mantener el equilibrio.
―Tranquila, te tengo.
Vertió su voz directamente en mi oído. Sus labios calientes rozaban mis
mejillas, recogiendo el agua que se deslizaba. Me giré hacia él, necesitaba
besarle, estaba a punto y quería su calor en mi boca.
―Todavía no. Estás demasiado cansada para correrte otra vez, así que vamos
a hacerlo especial.
―Mi Amo, por faahhhh...
Sus manos descendieron por mis brazos, se deslizaron por mis hombros, y
arrancaron los retales de mi blusa que aún me cubrían. Su lengua se reunió con
ellas en mis pezones, lamiendo las gotas que resbalaban por mis pechos. Mis
dedos se perdían entre los mechones de su pelo mojado, sin saber si pretendía
contenerle o instigarle más.
Llevaba demasiado tiempo a toda máquina y ya no podía soportarlo más.
Cerré los ojos para obligarme a retenerlo, su imagen con la lengua fuera para mí
era demasiado sugerente. Se dio cuenta.
Sus brazos me anclaron desde mi espalda y por debajo de mis muslos. La
sujeción era total. Me abracé a su torso mientras su cuerpo me manejaba el mío a
su voluntad. Mis gemidos subían de tono hasta que su boca los acalló. Le sentí
derramarse en mí caliente, necesitaba hacerlo con él. Me empujó contra la pared.
―Córrete para mí. Y no dejes de mirarme ―ordenó.
Abrí los ojos y, al encontrarle, mi cuerpo obedeció al momento mientras sus
brazos me apretaban y me acompañaba moviéndose lentamente dentro de mí.
Casi me desplomé sobre él al terminar.
―Preciosa, estás agotada. ―Oí su voz ronca al tiempo que me envolvía con
un albornoz―. Tranquila, voy a llevarte a la cama.
Me levantó y, antes de llegar al colchón, me había dormido en sus brazos.

- o -

―Buenos días, preciosa.


Era demasiado temprano, estaba segura. Entreabrí un ojo somnolienta.
Todavía era de noche. Tenía que estar de coña. Entorné el otro ojo. Ya estaba
vestido con su ropa de deporte. No era una broma. Cerré los ojos muy rápido.
Tal vez no se había dado cuenta.
―Vamos.
―Estamos de vacaciones ―me quejé―. Son las siete, mi Amo.
―Y cuarto. Amanecerá dentro de una hora. Rápido, vístete. Vamos a correr.
―¿Y si nos quedamos en la cama? Podríamos ver amanecer desde la cama...
―Preciosa, si me meto contigo en esa cama, no vas a ver nada. Vamos. Te
prometo que valdrá la pena.
Solo por la forma en que movió sus labios al decirlo sabía que no me
engañaba.
Dejé el calor de la cama a regañadientes, aun con la certeza de que no tenía
otra opción. En media hora, el helor me golpeaba en la cara al cruzar la puerta de
la calle. Apenas quedaban restos de la nevada de anoche en las aceras. Sergio me
animaba para que le siguiera, pero el castañeo de mis dientes silenciaba sus
palabras de aliento.
Estábamos corriendo por Central Park cuando comenzó a amanecer. El cielo
despertaba mezclando cambiantes gamas de colores delante de nosotros. Los
primeros rayos de sol se filtraban entre las ramas de los árboles, repartiendo sus
rojos destellos por doquier, y tiñendo el horizonte de un intenso arrebol.
Se giró para mirarme. La clara luz de la mañana teñía sus iris de color miel.
Aminoró el paso hasta que le alcancé pero no me dejó detenerme. Continuó
corriendo a mi lado, sin hablarme, solo me miraba de vez en cuando y sonreía.
Estaba de buen humor.

- o -

―La High Line te permite tener una visión diferente de Manhattan, se va
metiendo entre los edificios. Eso es el Chelsea Piers. ―Mis ojos siguieron el
punto que su dedo señalaba―. El puerto al que tenía que haber llegado el
Titanic.
Habíamos entrado al metro y el tumulto de la estación, nos devolvió a la
realidad. El desfile de gente medio dormida camino del trabajo, chicos de vuelta
a casa después de una larga noche de marcha, y jóvenes, y no tan jóvenes,
haciendo su particular paseo de la vergüenza tras una tórrida noche de pasión de
la que ya se estaban arrepintiendo.
Habíamos cogido la línea roja hasta la parada en la 23rd Street, Sergio me
había explicado que íbamos a dar un paseo por la High Line, un jardín en plena
ciudad creado en una línea de ferrocarril elevada abandonada y después
pararíamos en el mercado de Chelsea para comer algo antes de partir al
aeropuerto.
Llevábamos un buen rato paseando, aferrada a él, disfrutando de nuestras
últimas horas en Nueva York. La voz de Sergio amenizaba mis pensamientos,
casi como una música de fondo.
―¿En qué piensas?
―En la chica de ayer.
―¿La chica de ayer? ―preguntó confuso.
―Sí, la chica de la historia que me contaste ayer. ―La expresión de su rostro
cambió, ahora sabía exactamente a quién me refería―. ¿La volviste a ver?
―Por supuesto, iba a nuestro instituto.
―Sabes perfectamente lo que quiero decir.
―Sí, lo sé.
¡Dios! Le odiaba cuando hacía eso...
―¿Y...?
―Ya deberías haber aprendido que si quieres una respuesta, tienes que hacer
una pregunta concreta.
Estaba a punto de sacarme de quicio, y él lo estaba disfrutando, por mucho
que tratara de disimular la sonrisa que adivinaba en sus labios. Formulé la
pregunta en mi cabeza de seis formas diferentes y para todas predecía una o más
respuestas ambiguas. Al final, lo mantuve simple.
―¿Volviste a besarla?
Me sonrió embaucador sabiéndose pillado.
―Sí, nos liamos tres o cuatro veces después de aquello.
―¿Y lo hicisteis?
Solo me miraba, le encantaba dejarme en ascuas. Después de una eternidad,
asintió.
―Entonces, al final lo consiguió. Fuiste el primero.
―¿Es importante para ti?
―Solo tenía curiosidad ―dije restándole importancia.
―No, no lo fui. Tal vez algún día te cuente esa historia, si te portas bien...

- o -

―¿Puedo preguntar algo?


―Por supuesto, preciosa. Dime.
Recorríamos el pintoresco mercado, mientras Sergio me iba explicando su
historia como antigua fábrica de National Biscuit Company donde se crearon las
famosas galletas oreo, al tiempo que me señalaba los detalles como las tuberías,
conexiones eléctricas y ladrillos a la vista, que aún conservaba del edificio
original. Íbamos parando en los locales de diseño y artesanía y sobre todo en los
gastronómicos. Era imposible decidirse por uno, así que decidimos ir
picoteando, compartiendo los manjares que llamaban nuestra atención: sushi,
fajitas de cochinita pibil, perritos calientes, y terminamos en el Lobster Roll.
La conversación también había sido muy variada, hasta que llegó al punto
álgido. Llevaba varios días dándole vueltas a algo que había leído y, de alguna
manera, mientras ojeábamos unos libros antiguos de un puesto de segunda mano
se presentó la ocasión perfecta.
―He leído que en algunas ocasiones se firman contratos de sumisión.
―Vaya, no sabía que tenías lecturas tan interesantes. Tendré que empezar a
pedirte recomendaciones de libros.
―En serio...
―No has preguntado nada ―me recordó.
No hablaría hasta que no formulara la pregunta con todas sus palabras.
―¿Alguna vez has...
Me miró expectante, deseando descubrir como terminaba la pregunta. Debía
tener cuidado si quería conseguir una contestación concreta. Sergio tenía una
habilidad especial para eludir mis preguntas. Decidí reformularla desde el
principio.
―¿Tienes alguna experiencia?
―¿Quieres saber si le he pedido a alguna sumisa que firmase un contrato de
sumisión ―asentí rápidamente antes de darme cuenta de que no había terminado
su pregunta― o por qué no te lo he pedido a ti?
―Las dos, mi Amo.
―Está bien ―sonrió indulgente―. En realidad, la respuesta es la misma. No
creo que funcionen.
―¿A qué te refieres, mi Amo?
―¿Cuál es la función de un contrato, cualquier tipo de contrato?
―Supongo que imponer una obligación, un compromiso.
―Efectivamente, y eso choca frontalmente con lo que yo busco.
―¿El compromiso?
―No ese tipo de compromiso ―se sonrió mirando mi anillo―. ¿Te imaginas
que te vieses obligada a entregarte a mí, de la forma que yo quisiera, siempre
que yo quisiera, aun en contra de tu voluntad ―hablaba despacio, disfrutando
del efecto que sus palabras tenían en mí― solo por haber firmado un papel en un
momento de excitación? ¿Lo aceptarías?
―No tendría mucho sentido.
―No, no tendría ningún sentido. Ni ningún valor. No busco ese tipo de
compromiso. Si de verdad quisiera eso, seguro que podría encontrar un modo
más efectivo. ―Su mirada se intensificó―. Tú te sometiste a mí la primera
noche, y cada vez que me llamas Amo renuevas tu compromiso. Eso es lo único
que tiene valor, y lo único que busco.

- o -

―Cógete a mí ―ordenó mientras llevaba mi mano derecha a la cintura de su


pantalón para que la agarrara― y no me sueltes.
Sergio corría por los pasillos de la terminal con una maleta en cada mano,
esquivando a los despistados que no se apartaban de su camino cuando le veían
venir.
Habíamos llegado al aeropuerto con tiempo de sobra, casi tres horas antes, y
nos habíamos dirigido directamente al control de seguridad. Como habíamos
volado desde Irlanda, en nuestro viaje de ida no había sido necesario pasar por el
control de inmigración. El aeropuerto de Dublín tiene un servicio de US
Preclearance Facility que permite realizar los trámites de entrada a los Estados
Unidos desde el mismo aeropuerto. Pronto me di cuenta de que la salida no iba a
ser tan fácil.
Vi a Sergio cruzar el control de aduanas delante de mí, y entregué mi
pasaporte al agente de la ventanilla. Su cara cambió al momento. Algo no iba
bien.
―Por favor, señorita, acompáñeme.
―¿Hay algún problema, señor agente? ―preguntó Sergio.
El policía se limitó a mirarle de reojo y murmurar algo “rutinario”.
―Nos vemos en la puerta de embarque. Si sale el avión, no me esperes.
―No... ―Le vi seguir hablando aunque sus palabras se perdieron entre el
ruido del ambiente.
El agente me escoltó hasta una pequeña habitación blanca y, antes de entrar,
me pidió que dejara todas mis pertenencias en una bandeja de metacrilato
transparente.
No sabía cuánto tiempo llevaba en la habitación, me parecía que había pasado
bastante más de una hora, pero era imposible saberlo con seguridad; no llevaba
reloj y me habían requisado el móvil. Esperaba que Sergio estuviera ya en la
puerta de embarque o perdería el vuelo. No podía llegar tarde en su primer día.
Cuando la puerta se abrió, el oficial se limitó a dejar la bandeja con mis cosas
sobre la mesa y desapareció después de decir que me podía ir con otro
ininteligible murmullo. Sin explicaciones, ni una disculpa por la equivocación.
Los nervios se transformaron en una extraña mezcla de ansiedad y
abatimiento en cuanto crucé la puerta. Las piernas me flojearon al pensar en las
desesperanzadoras perspectivas que tenía ante mí. Era el peor final para nuestras
primeras vacaciones. Sola, al otro lado del mundo, sin modo de volver y sin
saber qué hacer.
―Vas a tener que correr ―su voz a mi espalda me obligó a girarme para
comprobar que realmente era él. Sergio estaba esperándome al lado de la puerta
y ya estaba cogiendo mi maleta―. Quedan treinta y cinco minutos, y la puerta
de embarque está en la otra punta del aeropuerto.
Era imposible que llegáramos.
―¿Qué co...
―Ahora no. Corre.
Iba detrás de él, cogida a la cintura de su pantalón, corriendo a todo pulmón,
gritando a la gente que se apartara para que Sergio no les atropellara. No podía
más, mis piernas me gritaban que parara y mi cerebro me repetía que no había
forma de que pudiéramos llegar a tiempo, pero lo silenciaba. Si había una
posibilidad por mínima que fuera de que llegáramos, no podía echarla a perder.
Sergio prácticamente cargaba con mi peso como un lastre y tiraba de mí
cuando llegamos al mostrador, justo en el momento en que el auxiliar de vuelo
estaba cerrando el embarque. Tardó menos de dos minutos en caer bajo el influjo
de Sergio y volver a abrir la puerta.
Cuando nos sentamos en nuestros asientos, los músculos de las piernas
todavía me temblaban por el esfuerzo.
―Ahora te alegras de hacer ejercicio todas las mañanas, ¿verdad?
―¿Estás loco? Podrías haber perdido el vuelo, has estado a punto de quedarte
aquí.
Me miró como si no me entendiera.
―¿Has llegado a creer por un solo segundo que te iba a dejar aquí sola? ¿Sin
un billete de vuelta? ¿Sin saber ni tan solo cuando te iban a dejar salir?
En ese momento volvió a mi cabeza la sensación que me había sobrecogido
al salir del cuartito.
―No, pero... ―rebatí sin convicción.
―Ya deberías saber que nunca me iría a ninguna parte sin ti. Eso funciona en
los dos sentidos; no importa lo que esté en juego. Eres parte de mí.
XXXV


Llegamos a casa. Ahren se había encargado de abrir la puerta a la empresa de
mudanzas mientras estábamos de viaje. Al parecer tenía su propia copia de
llaves de la casa de Sergio, lo cual no me hacía demasiada gracia. El salón estaba
invadido de trastos a los que se acababan de sumar nuestras maletas.
Miré a mi alrededor con pereza y la resolución fue inmediata: tendrían que
esperar a más tarde. Estaba exhausta, y no veía el momento de caer en la cama.
Sergio había ido directo a la ducha; tenía el tiempo justo para arreglarse e
incorporarse al trabajo.
Me senté en el sofá a esperarle. Quería desearle buena suerte en su primer
día. Su beso en mis labios me hizo tomar consciencia de que me había quedado
dormida. Su pelo todavía húmedo le caía sobre su rostro, que no presentaba el
más mínimo signo de fatiga.
―¿Qué es esto? ―pregunté perpleja.
―Se llama tarjeta de crédito, preciosa. Se usa para comprar cosas en lugar
del dinero ―explicó esbozando una sexy sonrisa sarcástica.
―Sabes perfectamente a qué me refiero.
―Quiero que tengas una tarjeta asociada a mi cuenta.
―¿Estás loco? Podría sacar todo tu dinero.
―Sí, podrías... ―Simuló una cara pensativa, como si lo estuviera
considerando―. ¿Vas a desplumarme?
―Me interesa más tu cuerpo que tu dinero. ―Pasé mi mano por su pecho y
por un segundo me imaginé que nada se interponía entre nuestras pieles―. En
serio, no la quiero. Tengo dinero ahorrado.
―Lo sé. No quiero que gastes tus ahorros. ―Exhaló el aire como si lo
hubiera estado conteniendo y todo su cuerpo pareció relajarse―. No me hagas
obligarte. Quiero cuidar de ti. No me hace falta firmar ningún papel, para mí ya
eres mi familia.
Se dirigió a la puerta dando la conversación por terminada, solo para añadir
justo antes de verle marcharse:
―Y no duermas, tienes que superar el jet-lag.
Dudé perezosa en el sofá por unos segundos si echar una cabezadita antes de
levantarme. Solo un par de minutos, me intentaba convencer. No tenía sentido
engañarme, sobre todo porque no me cabía la menor duda de que Sergio lo
acabaría descubriendo.

- o -

Me había entretenido vaciando las cajas del salón. Era la tarea perfecta: no
requería ningún tipo de esfuerzo mental, se podía hacer con música y me
obligaba a estar en movimiento, lo cual me espabilaba sin darme cuenta. Había
dedicado al menos un par de horas mientras me afanaba por seguir la voz de
Florence and The Machine sin desafinar demasiado.
Me senté y miré a mi alrededor satisfecha. En apenas medio minuto, casi
como si hubiera podido oler el cansancio apoderarse de mi cuerpo al entrar en
contacto con la acogedora piel del sofá, escuché el pitido de mensaje del móvil.
Sabía que era él. Sergio había configurado mi móvil para que sus llamadas y
mensajes tuvieran un tono exclusivo. Aunque para ser justos, había hecho lo
mismo con el suyo.

Sergio dice:
Clara, ¿cómo estás?
Clara dice:
Bien

Mentí.
Clara dice:
Estoy recogiendo las
cajas del salón
Sergio dice:
Muy bien. Mantente
ocupada.
Ya te he encontrado
profesor de alemán.
A partir de mañana darás 4
horas intensivas.
¿A qué hora quieres que
vaya a casa el profesor?
Clara dice:
Preferiría apuntarme a
una academia

Silencio. No había respondido a su pregunta. Mal día para jugar con su
paciencia.

Clara dice:
Si le parece bien...
Así podría socializar. Y
me dará un poco el aire
Sergio dice:
No veo porque hay que
elegir.
Si además quieres ir a una
academia, te buscaré una.
Así avanzarás más rápido.
Dame un minuto.
Clara dice:
No se preocupe
Puedo hacerlo yo
Sergio dice:
Sé que puedes hacerlo.
Esto quiero organizarlo yo.
A partir del lunes que
viene, de 3 a 6, todas las
tardes.
Y las clases particulares
por las mañanas. ¿Te
parece bien de 9 a 1?
Clara dice:
7 horas de clase todos los
días??
LSMA
Sergio dice:
Le diré al profesor que
finalmente serán solo tres
horas por las mañanas.
Lo dejaremos en de 9 a 12.

Ni cinco minutos más tarde, Marie me había llamado. Sospechaba que Sergio
había movido los hilos, pero aun así me halagó que quisiera que la acompañara a
su revisión. A Adele le gustaba mi voz, había dicho Marie. La primera vez que
dio pataditas fue hablando conmigo, y eso le daba base suficiente para construir
una de sus teorías.
Fui a la cocina a prepararme un café. Ni siquiera la ducha había conseguido
despejarme del todo. Para mi desesperación solo veía una cafetera de filtro sobre
la encimera. Estaba rebuscando por todos los armarios aunque fuera una cafetera
italiana cuando sonó el telefonillo. Marie llegaba casi media hora antes. Debía
estar nerviosa por la ecografía. Le di al botón de abrir, dejé la puerta abierta y
corrí a la habitación a ponerme un vestido. No quería hacerla esperar.
―Buenos días, Clara.
Frené en seco en cuanto la vi. Andaba sin prestar atención a la disposición de
los muebles; quería demostrarme que conocía la casa. Instintivamente junté las
manos para tapar el anillo con mis dedos.
―Buenas, Alice. No te esperaba.
―Es evidente que esperabas a otra persona.
―Marie está de camino.
―Marie... por supuesto, ahora sois mejores amigas.
Su mirada era un fiel reflejo de su personalidad. Su fuerza, o mejor dicho, su
determinación, dejaba claro que estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario
para conseguir su objetivo. Aunque ya sabía que este era el tipo de mujer que
Sergio atraía. Nadie dijo que fuera fácil...
―Me cae bien, si es eso a lo que te refieres ―respondí con cautela, no tenía
sentido responder a su provocación―. Disculpa, ¿a qué debo el honor de tu
visita, Alice?
―No hemos tenido la oportunidad de hablar.
Me di cuenta del momento exacto en que sus claros ojos azules encontraron
mi anillo, a pesar de todos sus esfuerzos por ocultarlo.
―Sinceramente, no creo que sea necesario.
Mentira. La curiosidad me reconcomía. Algo la había traído hasta mí
aprovechando la ausencia de Sergio y necesitaba saber qué era.
―Clara, no hay ningún motivo por el que no podamos ser amigas. Al fin y al
cabo, compartimos los mismos intereses ―dijo con doble intención.
―Bueno, es bastante obvio por qué no podemos ser amigas. Tu interés es mi
futuro marido ―repliqué tratando de mantener el mismo tonito cordial que ella
usaba conmigo.
―Eso te ha dicho, ¿verdad? De cualquier modo, las dos sabemos que no va
a ser una historia con final feliz. Si de verdad crees que casarte con Sergio es la
manera de tenerle para siempre, es que no le conoces en absoluto.
Su forma de decirlo me advirtió de que el hecho de que llevara su anillo en el
dedo era solo circunstancial, y en ningún caso, definitivo. Iba a responderle, pero
me mordí la lengua. Cualquier cosa que le dijera solo le daría más información.
―Bueno, si eso es todo, muchas gracias por tu visita, Alice.
―Clara, ¿alguna vez has visto algún documental sobre leones? Yo vi uno la
semana pasada. Son muy instructivos. Les gustaba que les alimentasen al
principio, pero al cabo de un tiempo, volvían a cazar. No era por necesidad, no
tenían hambre. Lo hacían por diversión. Está en su naturaleza.
Hizo una pausa dramática, supongo que para darme tiempo a entender su
intrincada metáfora. Sin embargo, las leonas son las que cazan. Obvié el
comentario.
―Créeme, el término depredador sexual se queda corto para definirle.
¿Realmente piensas que puedes mantener a Sergio alejado de sus... ―simuló
buscar la palabra, como si no hubiera traído su discurso milimétricamente
ensayado―... distracciones? Clara, tú no eres mi enemiga. Estoy convencida de
que se está divirtiendo mucho con su nuevo juguete. Y tú estás encantada de
disfrutar de toda su atención. Yo también estuve en tu lugar... demasiadas veces.
Viendo a Alice, quedaba claro que cualquier rescoldo que quedara, por
pequeño que fuera, ella sabría como convertirlo en fuego y me aventuraba a
adivinar que sin mucha dificultad. Y ese pensamiento no me tranquilizaba.
―Él tiene la habilidad de deslumbrarte hasta que te ciega completamente y
de repente pasa a ser lo único que puedes ver. Pero llegará un momento en el
que haya sobrepasado todos tus límites. Sí, eso es lo que hace... ―respondió a
una expresión que mi cara no sabía que tenía―. Cada pequeña cosa que
pensabas que nunca harías, él conseguirá que desees entregársela. Hasta que en
algún momento, no te quedará nada nuevo para él, nada excitante, y entonces...
―¿Eso fue lo que te hizo a ti?
―Sí... pero él siempre vuelve a mí. ¿No te lo ha contado? Sergio y yo hemos
estado con idas y venidas durante muchísimo tiempo... Por una temporada,
parece que ha encontrado algo nuevo que le satisface, pero al cabo de un
tiempo... Siempre la misma historia... Cada una de las veces me ha suplicado
que volviese, y cada vez me ha convencido.
No me creí ni por un momento el nuevo tono de jovencita desvalida que la
voz de Alice había adoptado y tampoco era el estilo de Sergio suplicar a nadie
para que volviera con él. Tenía otros recursos mucho más efectivos. Pero
también sabía que la forma de hacer una mentira creíble era combinarla con una
verdad, y para mi desgracia, la parte verdadera era evidente.
―Él siempre ha tenido ese poder sobre mí y lo sabe. Ya te lo he dicho, tú no
eres mi enemiga, yo soy feliz ahora. Sergio no es hombre para ti, no para una
buena mujer al menos, ya sabes a qué me refiero... Lo mejor que puedes hacer es
alejarte de él cuanto antes. ¿Crees que te estoy contando esto para hacerte
daño? Si alguien me hubiera advertido de esto cuando le conocí, en estos
momentos sería mi mejor amiga.
Para ser una mujer que afirmaba estar tan feliz sin Sergio, se estaba tomando
muchas molestias para que me alejara de él. Y sabía a dónde disparar. Aunque lo
extraño habría sido que, después de gastar tanta munición, no hubiera dado en la
diana. Junté toda mi sangre fría para volver a hablar.
―Alice, muchas gracias por tus advertencias.
―¿Crees que no te esconde nada? Prueba a buscar en su portátil, en la
carpeta de Recursos. No en el nuevo, mira en el portátil viejo. Te dará una
nueva perspectiva.

- o -

Me temblaba el pulso. Sabía que no debía estar allí y no sabía que me daba
más miedo: ser descubierta o encontrar lo que estaba buscando.
Lo había planeado cuidadosamente. Sergio me encontraría en la cocina, en
medio de un premeditado jaleo de cazos, sartenes y tablas de cortar que le diera a
entender que podía aprovechar para trabajar como mínimo una media hora.
Tampoco la elección del plato había sido casual: fajitas. Tenían que comerse al
momento, mientras chisporroteaban, dejando a medias cualquier cosa que
tuviera entre manos.
Me disculpé a mitad de la cena. Me miró preocupado cuando le dije que
había sentido una punzada en el estómago. No sospechaba nada. Me aseguré de
que no me siguiera y me adentré con sigilo en su despacho. Y tal como había
planeado, allí estaban, sus dos ordenadores encendidos y desbloqueados
esperándome en su escritorio.
Tecleé el nombre de la carpeta y ante mis ojos apareció lo que Alice estaba
deseando que viera. Cientos de carpetas. Todas con el nombre y apellido de una
chica diferente. Adrianne Joch, Ai Mingzhu, Alexandra Buchbauer... Desplacé el
cursor hacia abajo. No parecía terminar nunca. Miré en la parte inferior: 648
carpetas. Sabía lo que contenían sin abrirlas. Sergio me lo había contado. No
mitigaba el dolor, pero no me lo había ocultado.
La carpeta de Alice también estaba allí; vencí la tentación de ver lo que
contenía. Me preguntaba si Sergio la habría visitado en algún momento para
rememorar viejos tiempos a solas. Me convencí de que no.
Tenía que regresar rápido. Ya tenía el cursor sobre el aspa para cerrar la
pantalla, cuando vi mi nombre, al revés como ya le había visto utilizarlo. El
corazón me dio un vuelco. Aralc. Nada más. La única con un pequeño icono de
un candado. Me apresuré a hacer doble click. Estaba protegida con una
contraseña.
Tenía que saber qué escondía. Probé con mi nombre y con mi apellido al
derecho y al revés. Error. Era demasiado obvio. Tenía que ser algo más
complicado, relacionado conmigo. Mi fecha de nacimiento. Error. Algo que le
viniera a la mente cuando pensaba en mí. Algo que nos uniera. Nuestro instituto.
Cervantes.
Se abrió desvelando otro torrente de carpetas. Todas identificadas con fechas.
Algunas tenían un día concreto, otras un mes, y las menos, un intervalo de años.
Empecé a abrirlas al azar. Eran mis fotos. Fotos que había publicado en redes
sociales, con mis amigos, con mis ex, de viaje; fotos del instituto, de la
universidad, con compañeros de clase, algunas escaneadas. Muchas de ellas,
perdidas hacía ya mucho tiempo. Él las había encontrado, guardado y
clasificado.
No era lo único. Había más. Documentos, cosas que había escrito, historiales
y archivos que ni siquiera sabía lo que eran. Todo meticulosamente ordenado en
su carpeta.
No sabía cómo sentirme, estaba demasiado desconcertada. Bajé el cursor en
busca de la última. 2017-12-25. Navidad. Nuestra primera noche juntos. La abrí
sin pensar.
No podía creer mis ojos. Se me heló la sangre. Me vi a mí misma desnuda,
dormida, en la cama. Trozos de mí. Decenas de fotos hechas sin mi
consentimiento ni mi conocimiento, y unos cinco iconos de vídeo.
Iba a abrir el primero cuando le oí en la puerta. Había perdido la noción del
tiempo.
―Clara, ¿qué...
Calló en seco en cuanto le miré. Las expresiones en su rostro se sucedieron
en fracciones de segundo: enfado, desconcierto, confusión y, por fin, pánico.
―No te acerques.
―Clara, ¿qué has visto?
Estaba en shock. Giré el portátil hacia él.
―Puedo explicártelo.
Hablaba muy despacio, procurando calmarme mientras avanzaba hacia mí.
No tenía defensa. Él mismo se acababa de declarar culpable con sus palabras,
desplomando las absurdas teorías que había conjeturado en los últimos segundos
tratando desesperadamente de buscar argumentos que le proclamaran inocente.
―¿Cómo has podido?
Me levanté de su sillón, y me quedé de pie enfrente de él. Solo la mesa nos
separaba. No soportaba mirarle a la cara, pero no podía perderle de vista.
―Tranquila...
No podía ser más rápida que él. Di un paso a la izquierda para atraerle, y
cuando Sergio se precipitó hacia mí, empujé el sillón hacia él y lo utilicé para
darme impulso hacia el lado contrario. Corrí alrededor de la mesa en dirección a
la puerta.
―Escúchame...
Estaba demasiado cerca. Su mano agarró mi camisón, pero la tela se le
escurrió entre los dedos.
―No me toques ―grité mientras le alejaba de mí.
Conseguí llegar al pasillo cuando su brazo rodeó mi cintura, deteniéndome.
Pataleaba y braceaba en el aire para que me soltara. Metí mi pierna entre las
suyas para desestabilizarle, y lo logré. Nos precipitábamos al suelo. Revolvió su
cuerpo así como se desplomaba para no caer encima de mí.
―Para.
―No. Déjame.
Huía de él a gatas. Atrapó mi pierna derecha, y tiró hacia él con las dos
manos. Me giré y apoyé mi pie en su pecho para separarme. Luchaba contra él
consciente de mi ventaja. No utilizaría su fuerza en mi contra.
Trepó por mi cuerpo con cuidado. Él usaba solo su peso para retenerme,
mientras yo me resistía con todas mis fuerzas a sus intentos de reducirme. Le
arañaba, le golpeaba y le empujaba para zafarme. Consiguió cruzar sus piernas
sobre las mías para inmovilizarlas. Tardó bastante más en atrapar mis muñecas,
no lo hizo hasta que estuvo seguro de que no me haría daño.
No sé cuánto tiempo seguí moviéndome debajo de él. Su peso me contenía.
Esperó hasta que mi cuerpo dejó de luchar.
―Clara...
Le miré. No me quedaban fuerzas para odiarle. Estaba rendida y derrotada.
―¿Cuándo las hiciste?
―¿Cómo? ―preguntó como si no me entendiera.
―¿Cuándo las hiciste? ―repetí áspera. No necesitaba más explicación.
―Clara, ¿crees que son mías? No las hice yo... ―Parecía demasiado
confundido para estar mintiendo―. Son de Killian.
―¿Qué? No, Killian no sería capaz de algo así.
―Las encontré en su ordenador.
Negaba con la cabeza, incapaz de asimilar sus palabras. Una punzada de
dolor pasó tan rápido por su semblante que podría no haber existido nunca, si no
fuera porque yo la había advertido. Sin embargo, lo obvió y siguió explicándome
con el tono comprensivo con el que siempre conseguía acallar mis males.
―La noche que te hice dejarle... era de madrugada y no podía dormir... una
idea no salía de mi cabeza. Tenía miedo de que intentase vengarse. Esa misma
noche, mientras dormías, hackeé su ordenador y lo registré. Solo quería
asegurarme de que no tenía nada que pudiese comprometerte.
Se quedó mirándome, esperando una reacción. Killian me había
decepcionado más veces de las que quería admitir, y una vez más había
defendido su inocencia aun por encima de Sergio, que nunca me había mentido.
―Clara, no sabías que te las había hecho, ¿verdad?
No podía hablar. Un nudo oprimía mi garganta y me costaba respirar. No
esperó a que contestara; debió ver la respuesta en mi cara descompuesta.
―Me lo imaginé en cuanto las vi. Puede que ahora no me creas, pero te juro
que lo último que quería era encontrar esto.
Los labios de Sergio besando mis ojos me hicieron darme cuenta de que
estaba llorando. Soltó mis manos, y nos sentó en el suelo del pasillo. Mi espalda
apoyada en la pared y él a mi derecha, girado hacia mí, con su pierna izquierda
trabada en las mías. Supongo que quería asegurarse de que no intentaba huir otra
vez. Su pecho estaba a mi alcance, aunque no llegaba a tocarme. Era su forma de
dejarme mi espacio.
―¿Por qué no me lo dijiste? ―La sequedad de mi propia voz me sorprendió.
―No tenía sentido hacerte daño con algo que yo ya había solucionado. Borré
todo rastro de tus fotos y tus vídeos de su ordenador. Formateé el disco duro y le
instalé un virus para que no sospechase. Si te hace sentir mejor, su placa base
quedó totalmente quemada. Inservible ―aclaró―. Cualquier cosa que tuviese, lo
perdió para siempre. Es imposible recuperar los datos.
Por un instante, imaginé su cara de frustración tratando de encender el
ordenador solo para darse cuenta de que no funcionaba y toda su información se
había esfumado. No era suficiente. Era un castigo demasiado blando para lo que
había hecho. El concepto de traición se quedaba demasiado corto para definir el
abuso que Killian había hecho de mi confianza.
―No lo entiendo. ¿Para qué? ―De repente todo mi cuerpo tembló―. ¿Y si
lo ha colgado en internet?
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal al pensar en qué ojos podrían haber
visto esas fotos.
―No. Lo he estado rastreando bastante tiempo y no he encontrado nada.
También he comprobado todos los dispositivos conectados a su acceso wifi pero
parece que no hizo una copia de seguridad. Yo tengo la única copia.
Tenía que agradecérselo pero no podía. A su modo, Sergio también me había
traicionado, y a pesar de su cercanía física, entre nosotros se había impuesto una
distancia que, a pesar de todos sus esfuerzos, me negaba a salvar.
―Sergio, ¿por qué lo guardaste?
Negó con la cabeza.
―¿Pensabas usarlo?
Esperaba que se ofendiera, puede que incluso lo deseara, pero no lo hizo.
―Sí, lo pensé ―admitió―. Cuando lo vi, tuve claro que nunca dejaría que
volviese a acercarse a ti. Pensé que, si alguna vez pretendía volver contigo, si
alguna vez te planteabas siquiera darle otra oportunidad, te obligaría a verlo.
Aunque no me lo perdonases nunca.
―¿Has visto los vídeos?
Asintió.
―¿Y qué contenían? ¿Qué has visto? ―le increpé y no hizo falta que
hablara―. ¿Me grabó...
―Sí ―me cortó antes de que pudiera nombrarlo.
―¿Y tú... me has visto?
Asintió. Me sentía expuesta ante él de una manera que no había estado nunca.
―¿Te gustó? ¿Lo disfrutaste?
Vi la tormenta formarse en sus ojos a través de los mechones ligeramente
ondulados de su pelo, y amainar dos segundos después.
―Tienes derecho a estar dolida ―hablaba despacio―. No debería haberlo
visto sin tu permiso. Lo sabía. Solo quería ver los primeros segundos.
Comprobar que eras tú, que era... pero no pude pararlo.
―¿Por qué?
―No sé por qué. No podía pararlo. Me destrozaba verlo... verte... pero no
podía dejar de mirar. Necesitaba saber qué iba a hacerte, aunque sabía que no
podía detenerle. Necesitaba... No sé lo que necesitaba.
Me acarició la mejilla suavemente con el reverso de sus dedos. Concentré
todo mi esfuerzo en rechazar su tacto, aun sin quererlo.
―Clara, no te alejes de mí.
Y aunque trataba de evitarlo con todas mis fuerzas, su murmullo me atrapaba.
―No puedo. He confiado en ti por encima de todo. Lo he hecho todo, incluso
cuando me daba miedo... porque confiaba en ti por encima de mí.
―En cuanto vi los vídeos mi primer impulso fue borrarlos. Sentía tanta rabia
por lo que acababa de ver... Durante muchos años, había hecho un esfuerzo tan
grande para no pensar... para no imaginarte... Sé que has estado con otros, lo he
sabido siempre... es absurdo... pero cuando lo vi... Era irracional. Quería
castigarte por haber dejado que te tocase, por haber permitido que se acercase a
ti. Sabía que no era justo, pero no me importaba. No podía soportar que
reaccionases a sus caricias. Y quiero castigarte cada vez que me acuerdo. Quiero
hacerlo ahora mismo.
Su atormentado carraspeo despertó un hormigueo en mi vientre que me
seducía sin pretenderlo y a pesar de mi resistencia, me hacía imposible no
aferrarme a sus palabras.
De repente todo cobraba un nuevo sentido. Su animadversión hacia Killian, el
modo en que reaccionó cuando fuimos a recoger mis cosas, que no me dejara
entrar a solas con él, la paliza... Me estaba protegiendo.
―¿Vas a castigarme ahora? ―Me escuché formular la pregunta sin pensarla.
―Debería hacerlo. Has huido de mí, me has desobedecido, has incumplido
mis normas. Repetidamente. Pero tu rebelión va a terminar ahora mismo,
¿verdad?
Me quedé callada por un momento, pero no podía soportar por más tiempo el
alejamiento que yo misma había impuesto. Puede que no hubiera actuado de
forma correcta, pero, aunque me doliera, entendía cada una de sus decisiones.
―Sí, mi Amo. Aceptaré el castigo que creas justo.
―No. Yo he provocado tu reacción. Sería incapaz de castigarte por algo que
es mi culpa. ―No comprendía nada―. Tendría que haberte protegido, tendría
que haberte separado de él.
―Tú no podías saberlo. No es culpa tuya.
―Sí lo es. Por no haberlo comprobado antes, mucho antes. Como he hecho
siempre, cada vez, con todos... Sí, ahora ya has visto la carpeta. Durante años
estuve atesorando cada retazo de tu vida que caía en mis manos. Era el único
modo en el que podía tenerte. Hasta que me convencí de que tenía que dejarte ir.
Justo cuando me necesitabas. Yo lo permití.
Su vulnerabilidad me conmovió. Me abracé a él sin pensar. No podía hacer
otra cosa.
―Necesito verlos.
―No. No dejaré que los veas. ―Negaba con la cabeza.
―Pero... tengo que saber lo que me has visto... hacer.
―No voy a permitir que te hagas más daño. Lo único que cambia esto es que
ahora tú lo sabes, y aunque hubiese hecho cualquier cosa por impedir que
pasases por esto, lo cierto es que ahora puedes juzgar a Killian correctamente.
Verlo no solucionará nada. Esto se va a terminar ahora. Y lo haremos juntos.
Se levantó y me cogió en brazos. Caminó hasta su escritorio y se sentó en su
sillón, acomodándome en su regazo. Seleccionó la carpeta. 2017–12–25.
―Bórrala. Quiero que lo hagas tú.
Apreté la tecla como si se tratara de una ejecución. Me abrazó contra su
pecho mientras la eliminaba de la papelera de reciclaje.
―¿Me dejarás ver el resto de las fotos de mi carpeta, mi Amo?
―Por supuesto, pero otro día. Estás cansada. Vamos. Te llevaré a la cama.
Se levantó del sillón conmigo en sus brazos, y se dirigió al pasillo camino
hacia la habitación.
―Mi Amo, ¿puedo hacerte una pregunta? ―Concedió con una sonrisa―.
¿Qué piensas hacer con las demás carpetas?
Su sonrisa se esfumó.
―Solo son cosas tuyas que he ido encontrando. Me gustaría guardarlas, si
estás de acuerdo.
Me dejó con cuidado sobre la cama y se recostó a mi lado. Sus dedos me
acariciaban el hombro siguiendo los mechones de pelo.
―No, esas no. Me refería a las otras 647.
―¿Seiscientas cuarenta y sie...? ¡Muy precisa! ―Su expresión cambió de
golpe―. ¿Cómo sabías en qué carpeta mirar?
―Alice me lo dijo, mi Amo ―contesté reticente.
―¿Alice? ―entrecerró los ojos confuso. No se esperaba oír su nombre―.
¿Te ha llamado?
―No, mi Amo. Ha venido aquí esta mañana.
―¿Alice ha estado en casa? ¿Y la has dejado entrar?
Sin esperar respuesta se levantó de la cama, sacó su móvil del bolsillo trasero
de su pantalón y empezó a teclear mientras caminaba en círculo.
―¿Qué haces?
Levantó la vista del móvil considerando si contestar a una pregunta para la
que no había pedido permiso.
―Asegurarme de que no vuelve a acercarse a ti.
―No, no lo hagas, por favor. Mi Amo ―me miró sin llegar a soltar el
móvil―, si la llamas cabreado, habrá conseguido lo que quiere. Sabrá que puede
llegar a ti a través de mí.
Dejó el móvil sobre la mesita. No podía negar que me halagaba que el Sergio
frío y calculador se dejara llevar por sus impulsos cuando se trataba de
protegerme.
―Todavía no me has dicho por qué la dejaste entrar.
―Estaba esperando a Marie, creí que era ella, mi Amo.
―¿Se ha estropeado la cámara del intercom? ―me estaba interrogando.
―Abrí sin mirar ―hablaba demasiado rápido, como una niña pequeña que
admite su error―. Estaba acabando de arreglarme y no quería que Marie me
esperara en la calle en su estado. Lo siento, mi Amo.
―Podría haber sido cualquiera. No lo vuelvas a hacer. Nunca.
―Lo siento, mi Amo. Ha sido un descuido, no volverá a pasar. Te lo
prometo.
Su semblante se relajó y volvió a ocupar su lugar a mi lado en la cama.
―¿Qué te ha dicho?
―Me ha dicho que debería alejarme de ti.
―¿Y tú qué piensas?
―Que debería seguir sus propios consejos.
Sonrió.
―¿Qué más?
―Me ha dicho que no es la primera vez que la dejas. Y que siempre vuelves
con ella.
No lo negó. Su silencio otorgaba a gritos.
―Alice solo quiere hacerte daño. ―Su voz hosca evidenciaba su
incomodidad.
―Parece muy segura, mi Amo.
―Ese es su juego.
Lo sabía. Alice estaba intentando manipularme, alimentando mis
inseguridades, a base de medias verdades para envenenarme. Lo sabía
perfectamente. Pero eso no significaba que no doliera.
―Pues parece que le ha funcionado todas las veces.
―Solo tres veces.
Tres... Seguían siendo demasiadas.
―¿Por qué?
―¿Qué quieres que te diga?
―La verdad.
―La verdad duele, preciosa.
Quería decirle que no, que era fuerte. Pero cada una de sus “verdades” se me
clavaba como un afilado estoque.
―Tu amor también duele, mi Amo.
―Me esfuerzo por controlarlo. ―Había un deje casi de súplica en su voz.
―No puedes controlarlo todo. Necesito que me digas la verdad, mi Amo.
―Sabía que no era buena pero era la única distracción efectiva.
―¿Distracción?
La misma palabra... No era casual. No quería pensar en cuántas veces la
habría utilizado con ella en sus conversaciones de alcoba.
―¿Yo también soy una distracción, mi Amo?
―No ―contestó rápido y tajante, como si no quisiera que la duda tuviera
tiempo de asentarse en mi cabeza―. Tú eras la razón por la que necesitaba
distraerme. ―Le miré incrédula―. Siempre has sido tú. No es la primera vez
que te lo he dicho, pero hoy lo has visto con tus propios ojos. Yo ya había
renunciado a tenerte, pero eso no significa que hubieses salido de mi cabeza. Y
ella... era como si pudiese saber cuándo estaba en mis horas más bajas.
Me sorprendió; Sergio nunca parecía tener horas bajas. Y no se me escapaba
el peligro que el sexto sentido de Alice suponía.
―Siempre aparecía cuando...
―... cuando más la necesitabas? ―le corté.
―No ―respondió bruscamente, casi sin darme tiempo de terminar la
pregunta―. Cuando más te necesitaba. Y le funcionó todas las veces...
―hablaba despacio, casi pensando en voz alta―. Pero la última... No importa.
Eso es el pasado.
―No es el pasado para ella, mi Amo.
―Ella no está aquí ahora, ¿verdad?
No, ahora no. Recogió mi reproche como si realmente hubiera salido de mis
labios.
―Puedo acabar con esto en este mismo momento. Puedo coger el teléfono y
pararla, y empezaré una guerra si es necesario antes que dejar que se interponga
entre nosotros. Sólo pídemelo, porque tú eres la única razón por la que no tengo
ahora mismo el móvil en la mano.
Le miré. Estaba dispuesto a todo. Todo.
―No ―seguí hablando antes de darle tiempo a prohibírmelo―. Está
buscando una reacción, tendrá la peor: ninguna.
XXXVI


Me desperté confusa, con la cabeza pesada, como si tuviera una profunda
resaca. Demasiada información para analizar saturaba mi mente. Había pasado la
noche en duermevela. En los momentos que conseguía conciliar el sueño,
imágenes extrañas y confusas se mezclaban hasta que me despertaba con un
sobresalto. En algún momento me había parecido escuchar de la alegre voz de
mi mejor amiga, Sandra, su frase recurrente: “Clara, sigue el consejo que le
darías a tu mejor amiga.” Retumbaba como la voz de mi conciencia. No puedo
hacerlo . Con las primeras luces del día, había tomado una resolución.
Bloquearlo.

- o -

―No suelo venir al gimnasio.


Teniendo en cuenta su pasión por el deporte, al principio me sorprendió su
afirmación. Sin embargo, tardé quince minutos en entender perfectamente por
qué. Cada vez que empezaba a trabajar en una máquina, se acercaba: alguna
vecina de máquina / monitora / desconocida, para: preguntarle una duda /
instrucciones / si necesitaba ayuda / la hora (en serio???).
Refugiada en mi cinta andadora, me dediqué a contemplar el bochornoso
desfile. No podía culparlas; ver la maquinaria perfecta que era su escultural
cuerpo en acción resultaba hipnótico. A la séptima interrupción, se le acabó la
paciencia.
―Vamos, te enseñaré la piscina ―dijo con marcada exasperación.
Pude contener una sonrisa a tiempo, aunque más que por lo surrealista de la
situación que acababa de presenciar, en mi caso, era de alivio por su reacción.
Me había encantado que Sergio hubiera podido despejar un hueco en su
agenda para mí. Que me hubiera dedicado un ratito de su mañana en su segundo
día de trabajo para enseñarme el gimnasio tenía mucho más valor que cualquier
regalo material que hubiera podido hacerme.
En mi vida había visto un gimnasio así; no solo era inmenso, tenía salas y
equipaciones para cualquier tipo de entrenamiento imaginable. Sergio ya me
había traído a este sitio cuando vinimos a Berlín para pasar un fin de semana,
pero me había llevado directa a la pista donde practicaba esgrima con Ahren y
no había tenido la oportunidad de ver nada más.
En el piso de abajo tenía dos piscinas cubiertas y una zona spa con sauna,
baños de vapor, hidromasaje y jacuzzi. En la primera planta estaban los
vestuarios, una pista multiusos, las pistas de squash y el acceso a la carpa trasera
que cobijaba cinco canchas de tenis. El segundo se dividía en áreas con
diferentes máquinas, incluida una zona de uso exclusivo para mujeres, y una de
boxeo. El tercer piso tenía los estudios para las clases, y unas salas interactivas
para entrenamiento personal. Sergio me explicó que en el ático había otra piscina
al aire libre, pero solo estaba abierta en los meses de verano.
Nada más entrar, Sergio había hablado con la dirección para conseguirme una
tarjeta dorada que me garantizaba el acceso a todas las áreas y todos los
servicios. Había visto otras plateadas y blancas, aunque no pregunté las
diferencias.

- o -

Por fin me sentía bien. Debía llevar más de media hora golpeando al aire,
siguiendo la rutina que una monitora de Cardio Boxing con cara de pocos
amigos me gritaba desde la imagen proyectada en una pantalla gigante delante
de mí. Y cobijada en la intimidad de la sala vacía, estaba aprovechando para
darlo todo. No me había dado cuenta de cuánto necesitaba desfogarme hasta que
había empezado. Tenía que sacarlo todo.
Había entrado en la sala de entrenamiento digital mientras exploraba el
gimnasio y elegí la sesión sin prestar mucha atención, más por ver cómo
funcionaba. Me fui encendiendo poco a poco, hasta que toda mi concentración
estaba en un solo punto. Era como si todas mis preocupaciones se disolvieran de
mi cabeza.
Y entonces vi su cara, con su media sonrisa característica, en la ventana de la
puerta. La abrió y se asomó cuando se dio cuenta de que había sido descubierto.
―Espero que no estuvieras pensando en mí...
―Pero qué coñ... ―me callé y respiré profundamente antes de terminar lo
que pensaba decir―. ¿Qué estás haciendo aquí, Ahren?
―Sergio está ocupado, princesa. No podía dejar el trabajo.
―¿Te ha enviado a recogerme?
―Me ha pedido amablemente que te escolte a su oficina ―me corrigió―.
Me dijo que estarías esperándole en la puerta hace quince minutos.
―¿Qué hora es? Un momento. ¿Llevas quince minutos aquí?
―Diez. Tardé cinco minutos en encontrarte.
―¿Diez minutos? ¿Por qué no me has dicho nada?
―No tenía ninguna prisa, princesa, y parecías estar pasándolo tan bien... No
te preocupes, yo también me he divertido. Tienes ritmo. En serio, ¿en quién
estabas pensando? ―preguntó divertido.
Lo que me faltaba... a la mierda mi modo zen. Cogí la toalla y pasé por su
lado sin contestarle camino al vestuario. Necesitaba una ducha. Apenas le
escuché parloteando mientras cerraba la puerta detrás de mí.
―No te preocupes, tómate tu tiempo. Te estaré esperando fuera.

- o -

Le vi a través del cristal que separaba su despacho del área de recepción. El


rey ocupaba su trono con toda la majestuosidad de quien se sabe digno
merecedor de su cargo. Su secretaria, Jutta, nos recibió. Era tal y como me la
había imaginado, una mujer rubia de unos 40 y muchos muy bien llevados, con
una combinación impecable de maquillaje y vestuario de aspecto muy
profesional. Se levantó al segundo para saludar a Ahren y presentarse
formalmente, antes de abrirnos la puerta.
Alzó la cabeza. Sus ojos tardaron un minuto más en dejar reticentes la
pantalla y seguir la misma dirección, para transformarse en una sonrisa
vigorizadora cuando me encontraron. Solo en ese momento sus dedos dejaron de
volar por el teclado.
―Hola cariño. ―Se levantó para dedicarme un casto beso en la mejilla―.
Siento muchísimo no haber tenido tiempo para ir a recogerte, pero quería
mantener mi promesa de comer juntos. He pedido comida del restaurante
ejecutivo.
Como si estuviera medido, la puerta se abrió y dos camareros uniformados
entraron cargados con dos cajas térmicas de catering con el logo de la empresa.
Siguiendo las indicaciones de Jutta, dispusieron la comida en una mesa ovalada
de reuniones al otro lado del enorme despacho.
―Las ensaladas aquí son impresionantes. Espero que no te importe, Clara.
Ahren es medio vegetariano.
¡Estupendo! No solo tenía que aguantar a Ahren, sino que encima por su
culpa no podíamos comer ninguna proteína animal. Respiré hondo y le sonreí. Al
fin y al cabo, había prometido a Sergio que haría un esfuerzo para llevarme bien
con él. Me respondió con una expresión burlona. No iba a ser fácil.
―¿Medio vegetariano? Entonces, ¿comes carne a veces, Ahren?
―Por descontado, adoro una buena pieza de carne. ―Hice un esfuerzo
consciente por obviar el doble sentido que claramente estaba dando a entender.
Su mirada fija no ayudaba, estaba intentando ponerme nerviosa―. Solo estoy en
contra de la cadena de producción masiva que trata a los animales como objetos
y especula con sus vidas.
En otras circunstancias, puede que me hubiera interesado por ese argumento,
buscando los puntos que sí tuviéramos en común, o que simplemente lo hubiera
aceptado como su filosofía de vida, aunque no la compartiera. Sergio me conocía
lo suficiente como para intervenir antes de dejarme volver a hablar.
―Ahren tiene su propia granja. Tiene vacas, cerdos, patos y gallinas,
¿verdad, Ahren?
―Bueno, no es una granja grande, pero me aseguro de que cualquier animal
que es sacrificado, ha tenido una vida digna y, ante todo, no sufre.
―Supongo que debe ser fácil tener unos principios tan loables cuando te
puedes permitir tener tu propia granja.
―O cuando tienes un amigo que se puede permitir tener su propia granja...
―De hecho, toda la carne, huevos y leche que tomamos en casa proviene de
su granja. Tienes que probar este risotto de remolacha ―dijo Sergio cambiando
de tema súbitamente―. Es sencillamente espectacular.
Me sirvió una cucharada, y al verme reaccionar al aspecto de aquel arroz
teñido de un intenso color granate, me sirvió un par más, ignorando mis
indicaciones de que tenía suficiente. Espolvoreó una cucharada de parmesano en
polvo y terminó con un “Come” que no dejaba lugar a réplica.
―Y no dudes en hacérmelo saber si quieres un poco más.
Sutil como era, capté al vuelo su invitación a dejar el tema. Al menos esta vez
tuve suerte. Sergio no había exagerado, estaba delicioso, como el resto de platos
que había sobre la mesa: la ensalada de lentejas beluga con queso feta, nueces y
tomate seco, los tallarines fríos con cebolla, pimiento rojo, calabacín y
zanahoria, incluso a la ensalada de col le habían dado un giro añadiendo col
lombarda y láminas de almendra. Así que seguí la manida frase de mi madre:
Come y calla, y ganarás la batalla.
―¿Qué tal tu clase de alemán, Clara?
―Muy difícil. Por lo que he podido entender, mi marido le ha pedido al
profesor que solo hablara alemán en la clase...?
―¿Es una pregunta?
―Lo siento, mi... ―Sergio me hizo una señal para cortarme ―amor.
―Entonces debes haber aprendido un montón.
Ahren no estaba dispuesto a ponérmelo fácil. Dijo dos frases en alemán, ni
siquiera le escuché.
―Ich nicht sprachen Deutch.
Sergio no estaba contento con mi respuesta.
―Es obvio que necesitas más práctica. Me aseguraré de organizarlo para ti.
―Danke schön, Ahren.
¿Por qué cada vez que abría la boca conseguía que quisiera matarle?
―Bitte schön. ―Me devolvió una mirada angelical.
Sospeché que Sergio había diseñado la estrategia para mediar entre Ahren y
yo. En cualquier caso, le había salido el tiro por la culata. Ahren y yo no nos
íbamos a entender nunca.

- o -

Sergio dice:
Eres preciosa.
Clara dice:
No me ve
Sergio dice:
¿De verdad todavía crees
que me refiero a eso
cuando te llamo preciosa?
Sergio te envió un enlace.
Lee la primera, es la más
importante. Aunque las
otras dos también sean
verdad.

Abrí el link que Sergio acababa de enviarme y una sonrisa de felicidad se
apoderó de mi rostro.
precioso, sa
Del lat. pretiōsus.
1. adj. Excelente, exquisito, primoroso y digno de estimación y aprecio.
2. adj. De mucho valor o de elevado coste.
3. adj. Muy bello o hermoso.

- o -

Me desperté enredada en su cuerpo, como siempre que lo hacía en mitad de la


noche, aunque esta vez me parecía que mis movimientos estaban más
restringidos de lo habitual. Tumbada sobre mi lado derecho, su brazo izquierdo
atrapaba mis muñecas contra el colchón, mientras el derecho había pasado por el
hueco de mi cintura por debajo de mi cuerpo y desde mi vientre, me atraía hacia
él. Su erección dejaba muy claras sus intenciones.
―Qué... ―Su mano izquierda subió a mi boca, al tiempo que la derecha me
curvaba posicionándome para él.
Tan pronto como liberó mis manos, las llevé a la suya en mi boca, en un
intento por apartarla tan inútil como si hubiera pretendido mover una viga de
acero. Traté de morderle, pero me amordazaba con tanta fuerza que mis dientes
apenas llegaban a rozar su palma.
―Shhhhh. ―Sus labios acariciaron mi nuca―. Ya estás despierta. Perfecto.
Voy a empezar rápido, no quiero darte tiempo a mojarte. Se supone que es un
castigo.
¿Un castigo? Me quedé inmóvil.
―¿De verdad creías que lo que hiciste la semana pasada no iba a tener
consecuencias? Tú me usaste contra mi voluntad, hoy haré lo mismo contigo.
Solo con una diferencia, yo no te voy a dar la oportunidad de negarte.
En cuanto terminó de hablar, avanzó su pelvis hacia mí, mientras su brazo me
colocaba, obligándome a arquear mi espalda para recibirle. Directo y sin
preámbulos. Él ya estaba preparado.
Me sacudí a sabiendas de que sería imposible escaparme, tan solo podía
dificultarle el acceso. Su reacción fue inmediata. Todo su cuerpo se cerró en
torno a mí.
Era inevitable. Apenas podría ganar un par de minutos, pero si él quería, iba a
pasar. Solo podía prepárame para él. Sus susurros ayudaban. Aun en contra de su
voluntad, su voz era indefectiblemente sensual. Pero no era suficiente.
Aprovechaba sus acercamientos a mi favor. Tenía que medir al milímetro sus
movimientos. No podía ir en su contra, eso no me serviría de nada y lo único que
iba a conseguir sería que arremetiera con más fuerza. Solo podía seguir el ritmo
que él marcaba y esquivarle con precisión para lograr que su miembro me rozara
donde necesitaba.
―Lo siento, preciosa. Me gustaría alargarlo un poco más, pero me temo que
no tenemos tiempo para jugar.
Soltó mi boca para ayudarse, pero antes de que pudiera hablar, me arrancó un
grito sordo que acalló apresuradamente con su mano.
―Shhhh. Ya deberías estar acostumbrada a mi polla, preciosa. Sabes que me
encanta oírte gritar, Clara, pero hoy solo te escucharé para que me des tu
consentimiento. Y todavía falta bastante para eso.
Su brazo me retenía implacable mientras se hundía en mí, ignorando mis
vanos intentos de oposición. Siguió usándome a su voluntad; quería dejarme
claro que mi opinión no importaba. En ese momento solo era un objeto al que
utilizaba para su placer.
―Voy a tenerte de todas y cada una de las formas.
¡Hijo de puta! Quería hacerle daño. No. Quería hacerle sentir lo que yo estaba
sintiendo. Rabia, frustración, humillación, impotencia... Pero eso era imposible.
Dolor, eso era lo único que le podía trasmitir.
Hinqué mis uñas en su brazo, por encima de su bíceps, con todas mis fuerzas.
Le escuché reprimir un gemido. Sentí la sangre densa y caliente mojando mis
dedos. Solo conseguí encenderle más. Me atacó con más ímpetu.
Se detuvo dentro de mí. Todo mi cuerpo agotado por la resistencia inútil. El
brazo que me retenía bajó ahora a mi sexo, acariciándome con ternura en todo su
recorrido. Mis músculos se tensaron. Sus dedos llegaron a mi clítoris, reparando
con dedicación el daño infligido.
Su miembro se movía despacio dentro de mí mientras su mano me
estimulaba. Me arrastraba al placer aun sin quererlo. Dejó mis labios libres con
los primeros gemidos.
―Bien, preciosa. Ahora me darás tu consentimiento.
Silencio. No iba a aceptarlo, simplemente porque con una sola palabra
justificaría sus actos. Mi cabeza se movió aún reticente en señal de una negación
que no me atrevía a verbalizar.
―Seguiré todo el tiempo que sea necesario. No tengo prisa. Pero los dos
sabemos que terminarás haciendo lo que yo quiera.
Quería gritarle todos los insultos que habían pasado por mi cabeza, pero sabía
que en el momento en que abriera la boca, saldrían los gemidos que tanto
empeño estaba poniendo en reprimir. Conocía demasiado bien mi cuerpo como
para saber cómo controlarlo a su voluntad.
―Tranquila. Ya ha terminado. El castigo ha terminado y puedes relajarte. Lo
has hecho muy bien. ―Su voz me arrullaba, quería dejarme mecer por ella.
Seguí negando con la cabeza mientras apretaba mis piernas con más fuerza.
No serviría de nada. Solo continuaba su movimiento incansable.
―Estás a punto de correrte. Tu cuerpo no sabe resistirse a mí. ―A pesar de la
arrogancia de sus palabras, su tono, lejos de ser autoritario, era esta vez suave,
casi sedante―. Sabe que puedo usarlo como quiera. Y ahora tú lo confirmarás.
Todo su cuerpo estaba entregado a mi placer: su piel, su boca, sus manos, sus
dedos, incluso su voz en mi oído. Todo se conjuraba para hacerme sucumbir.
Seguiría hasta arrancarme las palabras, o el castigo sería peor. Hasta que el
placer se tornara en la peor tortura.
―Sí... ―susurré tan flojo que ni yo misma escuché mi propia voz.
―Muy bien, preciosa, es suficiente. Ahora córrete.
Me corrí incontrolablemente escuchando mis propios jadeos mientras me
atraía con sus brazos a él: mi Amo.

- o -

―¿Estás enfadada?
No podía perdonarle. Había ido demasiado lejos. Tanto, que ni siquiera me
atrevía a ponerle un nombre. Un acto irremisiblemente perverso. Sencillamente
imperdonable. Y sabía que solo aceptaba un modo de proceder.
―Sabes la respuesta.
Sin embargo, rechazaba la idea de perderle hasta el punto de que mi cuerpo
reaccionaba de forma física. Todo el día, cada vez que me había planteado en
serio dejarlo, había experimentado dolor de cabeza taladrante, náuseas, y hasta
pérdidas de equilibrio. Me paralizaba como si tratara de impedirme ni tan
siquiera considerarlo.
―¿Por qué? ―omitió mi desafío.
Y aun así, la respuesta mental era peor que la física. El diálogo en mi cabeza
era recurrente y repetitivo. Yo había abierto la puerta, él solo había hecho lo
mismo que yo. Yo lo había empezado, y él lo terminó.
―Sabes la respuesta.
Esa fue toda la conversación que habíamos tenido de camino al restaurante.
Ni siquiera entendía por qué me había obligado a ir, ni por qué había dejado que
me obligara.
Aparcó el enorme Jaguar gris oscuro que había alquilado para ir a la cena.
Con un movimiento automático me giré para abrir la puerta, solo entonces me di
cuenta de que no habíamos llegado.
―Clara.
No iba a mirarle, no iba a ceder. Esta vez, no.
―Estás preciosa. Quería agradecerte que me estés acompañando esta noche.
Esperó alguna reacción.
―Sé que no es nuestro mejor momento. No importa... lo solucionaremos.
Haré todo para que seas feliz. Esta noche es muy importante para mí. Una de las
más importantes. Sin embargo, no lo va a ser sin ti.
Sabía que era importante. No porque él me lo hubiera contado; nunca me
hablaba de su trabajo, en sus propias palabras, era su oasis, pero tampoco me lo
ocultaba. Había juntado trozos de información de partes de conversaciones que
había podido escuchar.
Sergio había seleccionado a las personas responsables en cada una de las
sucursales que estarían bajo su mando directo y actuarían como su mano derecha
donde no llegaban sus ojos. Todos habían viajado desde sus respectivos países
para las reuniones de puesta en común que tendrían lugar a lo largo de los
próximos días. La cena de hoy era el primer evento de la agenda.
―Te necesito, Clara. ―Su voz rota me quebró a mí. Le miré, y fue todo lo
que necesitó para hacerme sucumbir―. ¿Tregua?
―Tregua ―murmuré con reticencia después de varios minutos tensos.
Esperó sin moverse. No se pondría en marcha hasta que no lo escuchara.
―... mi Amo.
Mis buenas intenciones duraron muy poco...
Entramos en el restaurante y un camarero avisó al maître que, después de un
corto intercambio de palabras, nos acompañó a un reservado. Era un pequeño
aunque ostentoso salón privado con una mesa dispuesta para ocho comensales
donde ya aguardaban cinco personas. Sergio me los presentó, el CEO de la
compañía Gautier Zorb acompañado por su mujer Mareike, y los representantes
de las sucursales de Shanghái, Shen Gao Li, de Nueva York, Michael Cummins,
y de Sidney, Ann Peterson.
En pocos minutos Sergio estaba dirigiendo la conversación. Se notaba que les
conocía bien, eran buenos amigos. Su experiencia trabajando en las diferentes
localizaciones de la empresa le daba el conocimiento para elegir a los candidatos
perfectos.
Pero con Sergio, siempre había una sorpresa...
La vi antes de que nadie reparara en su presencia; siguiendo a rajatabla el
manual de cómo hacer una entrada. Parada en el umbral, con su pelo rubio
engarzado en un sofisticado recogido, su vestido de noche estrechamente ceñido
a su esbelta silueta y unos tacones imposibles. Sophie no se había arreglado para
una reunión de trabajo, tenía otro objetivo en mente.
―¡Sophie! Adelante, por favor ―Sergio pronunciaba estas palabras mientras
su mano se apoyaba suavemente en mi cintura, apenas rozando la tela de mi
vestido. Resistí el primer impulso de rechazarle; no le iba a dar ese gusto a
Sophie―. ¿Has tenido un buen vuelo?
Comenzó a andar hacia él cuando se aseguró de que tenía toda su atención.
Solo habíamos coincidido una vez, y aun así, la conocía bien. Para Sophie,
Sergio era un reto imposible. Por ahora...
―¡¡Sergio!!
Se lanzó a un abrazo demasiado largo, y sin llegar a soltarle del todo, empezó
a hablarle en alemán.
―Sophie, ¿recuerdas a mi prometida?
Me dirigió una corta mirada por primera vez.
―Por supuesto, tu prometida... ¿Cómo estás, Carolina? ―Y lo dejó caer con
tanta naturalidad que casi hubiera creído que su descuido era sincero.
―Clara. Se llama Clara, Sophie. ―Sergio se apresuró a corregirla con un
leve tono de advertencia.
―Naturalmente, Clara. Discúlpame por favor.
―No hay necesidad de disculparse ―respondí imitando su falso tonito
cordial―. Sé que el español puede ser muy difícil... Supongo que imposible para
algunos.
Sergio esperó hasta que nos dimos la vuelta para lanzarme una rápida mirada
reprobatoria, que respondí con la sonrisa más sincera que pude fingir.
Entre toda la gente de la sucursal de Dublín, Sergio tenía que elegirla
precisamente a ella. Una forma muy sencilla de alimentar sus esperanzas.
Tenía que salir de allí. Me excusé lo más educadamente que mi escaso
dominio del alemán me permitía para escapar al servicio.
No entendía nada, y de algún modo, todo tenía sentido en mi cabeza. Las
palabras de Alice volvían una y otra vez a mí para atormentarme, y esta noche
estaba demasiado débil para continuar bloqueándolas. No importaba cuánto me
lo negara a mí misma, la manera en que había descrito su relación con Sergio se
parecía demasiado a la mía.
Mis defensas se habían desplomado, dejando vía libre a todos los
pensamientos a los que había cortado el paso en los últimos días. Era como si la
presa que había estado conteniendo todas mis sospechas, dudas y recelos hubiera
reventado y ahora no hubiera forma de controlarlos; solo fluían libres por mi
cabeza.
Intentaba racionalizarlo. Por segundos lo veía claro: Ana tenía razón. No
podía ser amor, no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Irremediable y
desesperadamente. Mis sentidos me engañaban, él había aprendido cómo jugar
con ellos... conmigo. Como un prestidigitador usa sus mejores trucos delante de
su público fascinado sin que entienda lo que ha sucedido, solo dejándose atrapar
por la ilusión.
Me odiaba por mi debilidad. Me repetía que solo era un enganche, que yo era
más fuerte que eso. Necesitaba tiempo para mí, para poner en orden mi mente.
Aunque mi obsesión gritaba demasiado fuerte como para dejarme oír nada más.
Había demasiadas voces en mi cabeza. Todas hablando al mismo tiempo,
todas diciéndome lo que tenía que hacer, todas grabadas en mí a base de años de
escucharlas. Algunas gritaban, otras susurraban. Llevaba todo el día teniendo
conversaciones interminables, diálogos infinitos en los que no sacaba nada en
claro.
Y entre todas, la suya. Alta y clara, como siempre. Había demasiadas razones
para alejarme de él, para poner toda la distancia del mundo y no volver nunca
más. Y solo una, para quedarme. La más poderosa. La que silenciaba a todas las
demás.
Me miré al espejo y vi el reflejo que me devolvía. Sabía perfectamente por
qué no salía ahora mismo del restaurante, por qué no era capaz de dejarlo de una
vez por todas y para siempre. De la misma forma que él lo sabía con solo
mirarme.
Su reflejo se unió al mío en el espejo.
―¿Qué...?
―¿Estás bien?
Había un deje de genuina preocupación en su voz. Esquivé su mirada, en un
inútil intento de evitar el exhaustivo examen de mi rostro, y abrí la boca para
hablar.
―No me mientas ―me advirtió con media sonrisa cálida antes de darme
tiempo a verbalizar mi mentira―. Pensaba que teníamos una tregua.
―No deberías estar aquí. ―Ni siquiera se molestó en justificar su presencia
en los servicios de señoras. Solo esperaba mi respuesta―. Tú la has elegido para
tu equipo.
Lo vi en su cara; le había perdido. No le interesaban los celos. Al menos, no
hoy. Hoy no podía jugar con ellos. Sin moverse un milímetro, sentí su
distanciamiento.
―Es la mejor, confío plenamente en ella. No voy a discriminarla solo
porque...
―Porque sabes que le gustas ―terminé su frase.
Sonrió fríamente.
―Mejor, así se esforzará más por impresionarme.
Su crueldad no era nueva para mí; ya había escuchado sus relatos, y no era la
primera vez que sentía su crudeza en primera persona.
―Cabrón.
Quería matarle, o al menos, odiarle... pero no sabía cómo hacerlo. Necesitaba
recuperar su atención.
―Lo de anoche... ¿te gustó? ―pregunté sin atreverme a mirarle a la cara.
Tenía demasiado miedo de encontrar en sus ojos algún brillo que confirmara mis
sospechas.
Le recuperé al instante.
―Deberías denunciarme. ―Levanté los ojos hacia él incrédula pero su
semblante impertérrito reafirmaba sus palabras―. Es lo que le aconsejaría a
cualquier amiga, y tú me importas mucho más que cualquier persona que
conozco. Que tú lo hicieras antes no lo justifica. No es lo mismo y yo debería
saberlo. Y que finalmente consintieras, tampoco; eso no me excusa.
Silencio. No podía hablar, solo me estaba confundiendo.
―Debería haber sabido cómo te afectaría. Yo juré protegerte y anoche te
fallé. Y tú sigues a mi lado.
Acercó su mano a mí con cuidado, sin dejar de mirarme, creo que buscaba
alguna señal de rechazo. Finalmente la posó sobre mi hombro, con tanto cuidado
como si pudiera romperme. Y así era cómo me sentía. Su tacto caliente en
contacto directo sobre mi piel por primera vez en todo el día me devolvió a la
realidad con él.
―¿Por qué Sophie?
―Ella es trabajo.
―Yo no... no puedo más...
―Mi Zhēn’ài, si fueras más inteligente no te preocuparía a quién le gusto,
sino quién me gusta a mí.
Le abracé y me envolvió con todo su cuerpo, su fragancia, su calor. Sentí
como cada uno de mis pedazos volvía a juntarse. Me refugié en él como si
pudiera ser el remedio en vez del origen de todos mis males.

- o -

―Así que aquí es donde te escondías, Clara. Me imagino que estas cenas
interminables con todas sus conversaciones de trabajo deben ser soporíferas
para ti.
Aprovechando que la mayoría de los asistentes se habían levantado de la
mesa después del postre para seguir sus conversaciones en corrillos más
reducidos, me había escapado al ventanal en una esquina de la sala. Necesitaba
aire fresco. Refugiada al final de las amplias dobleces del cortinaje, hacía como
que comprobaba el móvil. Sophie había tardado diez minutos en encontrarme.
No sabía lo que pretendía, pero por desgracia mi primer impulso, darme la vuelta
y dejarla con la palabra en la boca, no era una opción viable.
Llevaba dos copas de champagne en sus manos. Me ofreció la que llevaba en
su mano izquierda e hizo un pequeño gesto de brindar.
―Bueno, ya sabes, eso es lo bueno de las parejas, saber que siempre puedes
contar con la otra persona para apoyarte incondicionalmente ―respondí con
fría cordialidad y volví a bajar la cabeza a mi móvil, tratando de dar por
terminada la conversación.
―Por supuesto, y dime, ¿tenéis ya una fecha para la boda?
No se andaba con protocolos. Quería sonsacarme información, y seguiría
tirando de la lengua hasta que diera un traspié.
―No, todavía no. ―Puso cara de sorpresa y tuve que respirar hondo para
mantener la calma e ignorar su provocación―. No tenemos ninguna prisa.
Tenemos todo el tiempo del mundo.
―Por supuesto, aunque con Sergio, nunca se sabe...
Ya me estaba cansando de sus tonterías, y no era el día más adecuado para
jugar con mi paciencia.
―¿Qué quieres decir?
―¡Nada! Estoy segura de que no tienes absolutamente nada de lo que
preocuparte ―acompañó su sarcasmo con una sonrisita obvia.
Sentía como la rabia se apoderaba de mí. No sé cómo ocurrió, sería incapaz
de explicar con exactitud cómo se desarrolló la secuencia o lo que pasó por mi
cabeza en ese preciso instante. Antes de que pudiera pensarlo, mi mano
reaccionó en un movimiento rápido, vaciando el contenido de mi copa de
champagne sobre su carísimo vestido.
Un grito atrajo la atención de todos los asistentes hacia nosotras. Entre todas,
sentí el peso de la mirada de mi Amo sobre mí.
―Oh, cielos. Lo siento muchísimo, Sophie. Se me ha resbalado de la mano.
¿Estás bien?

- o -

―Mírame a los ojos y dime que no es verdad.


―No es verdad.
―Así que ahora me mientes.
―Solo te obedezco. Me has pedido que te mire a los ojos y te diga que no es
verdad y es lo que he hecho ―le desafié.
La sonrisa cáustica que recibí como respuesta me asustó más que cualquier
amenaza.
Su forma de tratarme no cambió en el tiempo que duró la reunión. Se
deshacía en atenciones hacia mí como era habitual. Me retiró la silla, me ayudó a
colocarme el abrigo e incluso me abrió la puerta del coche con una sonrisa
encantadora aunque estábamos solos en la calle. Pero en ningún momento me
dirigió una sola palabra.
Su sonrisa se desvaneció en cuanto entró al coche. Sus ojos echaban chispas
y estaba apretando la mandíbula hasta el punto de que se le marcaba. Arrancó y
salió chirriando ruedas. Conducía a una velocidad muy superior a la permitida y
ni siquiera sabía a dónde me llevaba, pero no era a casa. Íbamos dirección a las
afueras de Berlín. Reuní todo mi coraje para preguntarle.
―Mi Amo...
Me callé al segundo. Su mirada no escondía nada de lo que sentía esta vez.
Había una mezcla de cólera, dolor, decepción... No me atreví a volver a abrir la
boca en todo el camino.
Se había desviado de la carretera principal. Seguimos en completo silencio
hasta que aparcó en una explanada desierta. Parecía una especie de aparcamiento
vacío con suelo de tierra. Estaba muy oscuro; no había ningún tipo de
iluminación exterior y la luna parecía haberse ocultado tras una nube. No tenía ni
idea de dónde estábamos, ni me importaba.
Salió del coche y se alejó hasta que apenas pude vislumbrar su silueta en la
penumbra. No veía lo que estaba haciendo, no se movía. Me hubiera gustado
acercarme, abrazarle, calmarle. En vez de eso, estaba paralizada en mi asiento,
totalmente incapaz de ir tras él. Volvió al cabo de diez minutos, abrió mi puerta y
me indicó que saliera. Me escoltó a la parte trasera del coche, se quitó la
americana y se sentó conmigo.
―Perdóname.
―¿Qué, mi Amo?
―Quiero que me perdones por lo que voy a hacerte.
―Mi Amo, ¿por qué?
―Te voy a castigar. ―Su voz no podía camuflar la ira contenida que trataba
de esconder―. Sé que no te mereces lo que te voy a hacer, pero no me importa.
Nunca más volverás a hacer lo que has hecho esta noche.
―Pero...
―¡NO! ―levantó la voz por primera vez―. Ni se te ocurra excusarte. Y
ahora dilo.
―T-te... perdono, mi... Amo. ―Las palabras se negaban a salir.
No me dio tiempo a reaccionar. Me giró y me tumbó sobre su regazo. No
intenté resistirme, ni siquiera se me pasó por la cabeza. Levantó mi falda hasta la
cintura y sentí el frío en mis nalgas, aunque duró poco tiempo. Pronto me
ardieron con el primer golpe.
―Uno ―grité.
―No. No cuentes. Hoy no.
Nunca le había visto como ahora, fuera de sí. Ahora que sentía toda su fuerza
sobre mí, me daba cuenta de que hasta este momento se había estado
conteniendo. Su mano descargaba sobre mi culo una y otra vez. Siempre en el
mismo glúteo, en el mismo punto, cada vez más veloz, cada vez más potente. No
había descanso, ni caricias.
Grité, supliqué y le imploré. Sin embargo, hubo una sola palabra que no dije,
la única que sabía que le habría hecho parar.
―Por favor, mi Amo, llévame a casa. Alguien puede verte. ―Mis palabras se
entrecortaban entre sollozos.
―No. Estoy demasiado enfadado. Si te llevo a casa, no utilizaré mi mano, y
hoy no quiero controlarme. No voy a dejar que nadie nos vea.
Reanudó su ataque. Había cambiado de objetivo y otra vez se ensañaba en un
punto fijo.
Mi cuerpo se retorcía y contorsionaba de forma involuntaria. Me amenazó
con atarme pero no sirvió de nada, no podía controlarlo. Ya le costaba acertar en
el mismo lugar exacto y repartía sus azotes por todo mi trasero. Me quitó una
media y la utilizó para inmovilizarme los brazos a la espalda. Perdí la noción del
tiempo. Solo encontré mi descanso cuando se cansó y despacio fue
disminuyendo el ritmo hasta que cesó.
Me giró sobre sus piernas hasta dejarme tumbada boca arriba. No podía
taparme la cara, mis manos seguían atadas a mi espalda. La luz de la luna se
reflejaba sobre su rostro, que tampoco escondía su enfado. No parecía haberse
calmado tras su desahogo.
―Abre las piernas.
Su mirada estaba fija en mi sexo y solo podía temer que ese fuera su nuevo
objetivo. Aun así, tardé menos de medio segundo en obedecerle. No hablaba,
solo su mano pasaba inexorablemente arriba y abajo, humedeciéndome, mientras
esperaba el momento en que reanudara su castigo.
―¿Por qué lo has hecho?
―Lo siento, mi Amo. Lo siento muchísimo.
―Esa no es la pregunta. ―Su voz seca me dolió como otro azote.
―Yo no... no lo sé, mi Amo.
Puso su dedo índice en mis labios para pedirme silencio.
―No hagas eso. Lo sabes y me lo vas a decir.
Su mano derecha seguía moviéndose amenazante.
―Sophie ha estado toda la noche tonteando contigo, y tú... ―titubeé y me
cortó antes de que pudiera terminar la frase.
―Sabes que Sophie no me interesa. Si tuviese el más remoto interés en ella,
lo último que haría sería pedirle que trabajase para mí.
En cualquier otra situación, esas palabras me hubieran hecho dar brincos de
alegría, pero ahora solo consiguieron hacerme temblar porque evidenciaban aún
más mi error.
―Me estaba provocando, mi Amo.
―¿Te ha insultado?
Negué con la cabeza.
―No le ha hecho falta ―murmuré avergonzada―. Es muy hábil con las
palabras.
―Tú lo has dicho, te estaba provocando. A sabiendas y teniendo muy claro
qué límite no había que cruzar. Y lo ha conseguido. Me has desobedecido...
―La decepción era patente en su voz―. Has respondido, como si tuvieses que
pelear por defender tu lugar, como si ella tuviese alguna opción.
Y en ese instante, lo vi tan claro que me pareció absurdo haber caído en una
provocación tan burda. Sophie conocía a Sergio lo suficiente como para intuir lo
que no iba a aceptar en una reunión tan importante como esa. Si ella hubiera
tenido alguna posibilidad esta noche, se la habría puesto en bandeja.
―Mi Amo, yo... ―inspiré profundo, pero me seguía faltando el aire―...
tengo miedo de perderte.
Su cara se destensó muy despacio, como si mis palabras encerraran un
enigma oculto que poco a poco fuera descifrando.
―¿Perderme? Zhēn’ài, acabo de encontrarte.
Me cogió por debajo de los brazos y me sentó a horcajadas sobre sus piernas.
Se desabrochó los pantalones, y bajó su ropa interior negra lo justo para liberar
su enorme erección, que brillaba mojada por el líquido preseminal.
Me eché hacia atrás para poder alcanzarla con mi boca, aunque era
complicado moverse en un espacio tan reducido sin ayuda de los brazos. Me
paró cuando estaba a punto de conseguir mi objetivo.
Me odiaba por haberle hecho enfadar, por aceptar su castigo, y sobre todo,
por pretender que me perdonara utilizando mi cuerpo. La forma en que me había
rebajado ante él era mucho más profunda que cualquiera de las humillaciones a
las que él me había sometido. Sin embargo, se comportó como si no lo hubiera
advertido.
―No. Lo que he hecho esta noche no está bien. Merecías un castigo, pero me
he aprovechado de mi posición y he superado tus límites.
―Mi Amo, ¿me estás pidiendo perdón? ―grité la última palabra. Un ligero
toque de sus manos en mis castigadas nalgas me hizo reaccionar al momento―.
Lo siento, mi Amo. ¿Me das permiso para preguntar?
―Ya me has perdonado... No vuelvas a romper una promesa, nunca. Necesito
confiar en ti, sino... acabaré convirtiendo nuestras vidas en un infierno.
―Mi vida...
―Nuestras ―remarcó―. Tú eres mi debilidad. Te necesito.
Me arrastró hasta él y automáticamente me amarré a su cuerpo, mientras
Sergio me dirigía hasta encajarse dentro de mí. Se quedó inmóvil, abrazándome,
apretándome contra su pecho. Escondí mi cabeza en su cuello para ocultar mis
lágrimas.
Un infierno. Eso habían sido los últimos días. Cada error que había cometido
me había devuelto su reacción multiplicada. Ya me lo había dicho antes: yo lo
empezaba y él lo terminaba; pero habíamos entrado en un círculo de hacernos
daño y ahora era el momento de cerrarlo.
―Lo siento, Sergio. Lo siento muchísimo. ―Mis palabras salían
entrecortadas por mi llanto.
No se movía. Completamente estático, estaba dentro de mí, centrado en las
caricias que sus manos me dedicaban. No era placer lo que buscaba, solo la
conexión con mi cuerpo. Liberó mis brazos. Sus labios calientes bajaron de mis
ojos a mi boca, borrando todas mis cavilaciones. Ya nada importaba, solo él.
―Solo nosotros podemos hacernos daño. Me perteneces y yo te pertenezco a
ti.
Sentí su tacto posándose sobre su anillo, y lentamente lo fue rotando,
girándolo despacio sobre mi dedo anular.

- o -

Me desperté sobresaltada. Todavía no era de día. Estaba sola en la cama. En


mi último recuerdo de la noche anterior, Sergio estaba tumbado a mi lado
consintiendo la zona que había castigado, esparciendo aceite con caricias
mimosas, hasta que me quedé dormida arrullada por el dulce tacto de sus dedos.
Me levanté de un salto y corrí al despacho a buscarle. No estaba. Me recorrió
un escalofrío. Seguí revisando la casa despacio, hasta que le encontré en una de
las habitaciones.
Me quedé plantada, disfrutando del magnífico espectáculo que me ofrecía.
Sus manos estaban atrapadas por unas bandas elásticas negras que, sujetas al
techo, mantenían todo su cuerpo en suspensión en el aire. Su torso desnudo
reflejaba la tenue luz de luna que entraba por la ventana, mientras los músculos
de sus brazos, su pecho, su abdomen o sus muslos resaltados por el sudor se
marcaban por turnos así como cambiaban de una posición a otra siguiendo un
patrón perfectamente estudiado.
―Buenos días, preciosa.
―¿Puedo preguntar qué haces, mi Amo?
Dobló los codos, sus bíceps se contrajeron, sus dorsales se desplegaron y su
cuerpo en tensión se elevó por encima de sus manos, que se clavaban en las tiras,
cerradas en puños.
―TRX, entrenamiento en suspensión.
Descendió despacio hasta que las plantas de sus pies se posaron en el suelo.
Sus elegantes movimientos en perfecta coordinación me tenían completamente
absorta, hasta tal punto que ni siquiera reparé en que me estaba hablando.
―Preciosa... ―llamó mi atención sonriendo con falsa modestia.
―Entonces... ¿para eso sirven?
Me miró confuso, hasta que reparó en las cintas que sus manos sujetaban y la
expresión de su semblante se transformó en cuestión de décimas de segundo.
―Tienes una imaginación realmente interesante ―dijo sin ocultar media
sonrisa. Recompuso su rostro hasta que quedó serio de nuevo y su tono cambió
con él―. Te preguntaba que cómo te encuentras.
Me dolía el trasero como si lo tuviera al rojo vivo y, aunque no me había
atrevido a comprobarlo, estaba segura de que ese era su color ahora mismo.
―Bien, yo...
Me quedé sin palabras cuando inició su avance hacia mí, con su mirada
magnética clavada en mis ojos, y su torso desnudo, lubricado por su propio
sudor, perfilando cada uno de sus músculos en cada paso. Solo rozó mis glúteos
con sus dedos. Me mordí los labios a tiempo para no dejar escapar un grito.
―Pensaba que teníamos reglas sobre las mentiras.
―Lo siento, mi Amo. Duele bastante.
―Eso está mejor. Mucho mejor.
Las palmas de sus manos abarcaron mi cintura y, con un movimiento rápido,
me acompañaron mientras mi cuerpo giraba sobre sí mismo hasta darle la
espalda. Mi respiración se cortó cuando le sentí arrodillarse detrás de mí. Sus
dedos ascendían desde mis rodillas por la parte exterior de mis muslos. Su tacto
era tierno, aunque decidido. Llegaron hasta la tela de mi camisón, y siguieron su
curso arrastrándola con ellos. Ahora el dulce roce de la seda acompañaba su
progreso.
―No te muevas.
No tenía consciencia de haberlo hecho, aunque podría haber sido una
reacción involuntaria cuando la fría seda acarició la piel de mis nalgas. Sus
manos frenaron, colocándose a ambos lados de mis caderas, casi como si
quisieran enmarcar el centro de su atención. Su mirada estaba clavada en mis
glúteos. No necesitaba verle para saberlo; podía sentirla.
Me sentía terriblemente vulnerable y extrañamente expuesta mientras me
inspeccionaba. No sabía lo que buscaba, ni si la falta de reacción era una buena o
mala señal.
―Es la primera vez que te castigo tan duramente. ¿Cómo te sientes?
―preguntó al tiempo que se ponía de pie.
―No lo sé. Extraña ―admití desviando la mirada a sabiendas de que no
aceptaría un simple bien por respuesta.
Sin mediar palabra, se inclinó de lado a la izquierda de mi cuerpo, pasó un
brazo a la altura de mi franja dorsal y el otro por debajo de mis muslos, y me
levantó en volandas, poniendo mucho cuidado en no acercarse a la zona
dolorida. Me abracé a su torso buscando el máximo contacto con su piel
húmeda. Después avanzó como si mi cuerpo no le pesara hasta la habitación y se
sentó sobre el sillón de piel blanco de la esquina, separando sus piernas para que
no tocaran mi culo.
―¿Estoy siendo demasiado duro contigo?
No era la primera vez que me lo preguntaba, sin embargo su tono era muy
diferente.
―No, es solo que... ―mi voz se fue extinguiendo hasta que se apagó.
―¿Que qué? ―preguntó con voz calmada y aun así pude percibir una mezcla
de impaciencia y preocupación―. Necesito que me hables. Sé que es tu primera
vez y estás aprendiendo a asimilar cómo te sientes. Las sensaciones al ceder el
control de esta manera pueden ser muy potentes. Intento leerte pero... también es
mi primera vez en esto.
―¿Y si es demasiado?
―¿Te refieres a los castigos o a... ―hizo una pausa antes de seguir hablando
y cuando retomó el habla su tono era mucho más cauteloso―... nosotros?
―No... Es solo que los dos últimos días han sido demasiado fuertes... ―Fue
lo máximo que alcancé a verbalizar. Temía romperme si conseguía poner
palabras a lo que sentía, el momento en el que se haría una realidad de la que no
podría escapar.
―Lo sé. Nuestros primeros días en Berlín han sido un poco... intensos. Hasta
ahora hemos estado solos, tú y yo. Todo se tranquilizará, solo necesitamos
tiempo. Soy consciente de lo que implica el grado de entrega que te pido. Lo
arreglaremos ―dijo con total determinación, como si no quisiera dejar lugar a la
duda.
Me cobijé en su cuerpo, utilizándolo de coraza para el mío, dejando que su
voz ronca me consolara, pegándome a él como si quisiera que formáramos una
sola persona.
―Me gustaría poder quedarme contigo hoy. Tengo la agenda completa de
reuniones, pero si me necesitas, me quedaré ―concluyó al cabo de varios
minutos eternos. Negué con la cabeza sin separarme de él. Sabía tan bien como
él las repercusiones que podía tener cancelar toda su agenda del día―. Llamaré
al profesor para posponer la clase de alemán de esta mañana. No creo que tres
horas seguidas sentada en una silla te hagan ningún bien.
No podía negar que tenía razón y en cierto modo casi me dio pena. Era la
segunda clase cancelada y, en contra de todo pronóstico, había disfrutado
muchísimo de la primera. La reputación del profesor era bien merecida, era
rápido, divertido y presentaba la información perfectamente estructurada, aunque
eso era de esperar teniendo en cuenta que era alemán.
―He dejado las llaves del coche sobre el mueble del recibidor, con el mando
del garaje. Puedes cogerlo para lo que quieras, ¿de acuerdo? ―dijo acariciando
un mechón rebelde de mi pelo―. Este fin de semana buscaré uno más cómodo
para ti.
Ni aunque hubiera tenido la capacidad de sentarme el tiempo suficiente para
conducir, habría sabido a dónde ir. El único sitio que conocía era el gimnasio y
lo último que me apetecía en este momento era hacer ejercicio. Solo asentí, sin
poder evitar sentirme cuidada.
En cuanto me quedé sola y cerré los ojos, casi pude escuchar la voz de Ana
recordándome el truco para dejar de darle vueltas a las preocupaciones. Lo había
aprendido en primero de carrera y siempre que me agobiaba, me lo repetía.
Siempre funcionaba.
“Visualiza una caja fuerte. Mete todos los pensamientos negativos. Ciérrala
con una llave. Guarda la llave.” Me concentré en su voz en mi cabeza,
indicándome los pasos mientras me recordaba que respirara hondo. Y eso fue lo
que hice, otra vez, justo antes de tumbarme en la cama con los apuntes de
alemán.
XXXVII


Marie no parecía encontrar la posición en el amplio sillón de orejas que había
elegido, casi se le quedaba pequeño. Para mí tampoco era fácil estar sentada en
la misma postura más de un par de minutos, aunque los motivos eran muy
diferentes.
Me había costado la vida salir de casa y más para subirme en el coche. Sin
embargo, una llamada de Marie había bastado para sacarme de la comodidad de
la cama, donde llevaba metida todo el día, y aventurarme a conducir por las
desconocidas calles de mi nueva ciudad de acogida.
Me pedí el segundo cappuccino mientras ella se quejaba de las
incomodidades de su embarazo, como beber el insípido té sin teína que sostenía
en sus manos. Me hablaba sobre Alice; no sabía cómo había salido el tema, y se
me revolvía el estómago recordando nuestro último encuentro. Se me ocurrían
mil cosas que debía haberle contestado. Y lo peor era que ni siquiera podía
desahogarme con libertad cuando me decía que era tóxica.
De repente, se llevó las manos a la boca abierta de par en par con una
expresión de sorpresa. Seguí su mirada hasta mi anillo. Era el déjà vu más vívido
de mi vida. Ya lo llevaba el lunes, cuando la había acompañado a la revisión
ginecológica, pero debía estar tan nerviosa por la ecografía que ni siquiera había
reparado en él.
―¿Sergio no te lo ha contado? ―Negó con la cabeza efusivamente de lado a
lado, invitándome a seguir hablando―. Sergio me pidió que me casara con él la
noche que acepté venir a vivir juntos a Berlín. ¿Puedo pedirte que guardes el
secreto? Si no te ha dicho nada...
―¿Qué? ¡Mira el tamaño de este anillo! Si Sergio quisiera mantener el
secreto, no te habría regalado un anillo en el que podrían aterrizar dos aviones.
―No pude evitar reírme con su ocurrencia―. Solo le falta ponerle dos focos que
apunten al cielo por si alguien todavía no se ha dado cuenta de que estáis
comprometidos. En serio, todavía no le he visto, y no me contaría algo así por
teléfono.
―Es que...
―¿Va todo bien? ―preguntó con un tono de preocupación.
―Sí, es solo que los últimos días... no han sido los mejores.
―Es normal, te estás adaptando a una ciudad nueva. Y Sergio, con su nuevo
trabajo... Los dos os estáis ajustando a vuestra nueva vida y eso lleva un tiempo.
Tienes que ser paciente.
No, estaba bastante segura de que no era un problema de adaptación ni de
paciencia. Sin embargo, tampoco podía darle más detalles. Mejor cambiar de
tema.
―Sí, supongo ―afirmé sin darle importancia.
―Además ahora te tienes que centrar en los preparativos de la boda. ¿Ya
has pensado dónde te gustaría celebrarla?
Otro tema que había bloqueado. No sabía en qué lugar me dejaba el hecho de
que ni siquiera hubiera dedicado un minuto de mi tiempo a pensar en ella. Me
encantaba la idea de estar prometida; de algún modo, Sergio había conseguido
que me enamorara de la palabra. Pero la idea de tener que organizar la boda, con
todas las decisiones... no sabía ni por dónde comenzar. Me estresaba solo de
pensarlo.
―No yo...
Busqué el móvil en mi bolso, tratando de encontrar una excusa para desviar
el tema, cuando levanté la cabeza y le vi entrar. Me abalancé sobre el enorme
ramo de flores, sin llegar a dar crédito a mis ojos. ¿Podía haber algo más bonito
que peonías blancas sobre fondo negro?
―¿Y esto? ―Marie miraba a Sergio con complicidad.
―He oído que esto es lo que hacen los novios...
Para Sergio, ser mi novio solo era un juego, y conociendo su carácter
competitivo, solo jugaría para ser el mejor.
―Creo que tienes buenas noticias ―dejó caer Marie antes de darle tiempo a
sentarse en el reposabrazos izquierdo de mi sillón. Se sonrió mientras me
acariciaba dulce la mejilla.
―¡Las mejores! Te has adelantado... Me gustaría habértelo dicho antes, pero
quería contártelo en persona, y todavía no se lo hemos contado a casi nadie.
―Entonces tendremos que celebrarlo.
Sergio recibió un mensaje. Ahren y Jürgen estaban en el brauhaus de la
esquina, así que fuimos a reunirnos con ellos para tomar unas cervezas.
Nada más poner un pie en el local, entendí por qué llevaban años usándolo de
cuartel general. No solo estaba a un par de manzanas del trabajo de Sergio y
Sam; el ambiente de fiesta te envolvía nada más entrar, a pesar de ser un jueves
por la tarde.
Era la típica cervecería alemana con sus rústicas mesas de madera, un
reluciente alambique de cobre gigantesco y jarras enormes de cerveza. Sin
embargo, tenía algo especial, risas, gente cantando, y detalles personales en cada
pared, como dedicatorias escritas a mano por los parroquianos, entradas de
conciertos de cualquier estilo posible o billetes de todos los lugares del mundo
que conseguían crear una atmósfera exageradamente relajada, pese a estar en
Potsdamer Platz, uno de los distritos financieros más importantes de la ciudad.
Nos sentamos en la mesa mientras Sergio se acercaba a la barra a pedir una
ronda. Ahren me hablaba en alemán, de toda la retahíla que estaba soltando las
únicas palabras que podía entender eran cerveza, mejor y Alemania. Jürgen no
paraba de reírse y Marie le miraba con cara de reproche.
―¿Qué? Está aprendiendo alemán. Solo la estoy ayudando.
―Ya, seguro que todavía no ha aprendido los adjetivos para describir el
proceso de elaboración de la cerveza. Pero tiene razón, vas a probar una de las
mejores cervezas alemanas.
A los pocos minutos, apareció Alice. Sergio volvía de la barra con un tercio
de cerveza sin alcohol para Marie y cuatro jarras de cerveza del local. Se sentó a
mi lado ignorándola como si no hubiera reparado en su presencia. Jürgen colocó
su jarra en medio para compartirla con ella.
―Tenemos buenas noticias. ―Marie levantó la voz dando golpecitos en el
cristal de su botellín―. Sergio le ha pedido la mano a Clara. Dentro de poco,
iremos de boda.
No había terminado de hablar cuando cogió mi mano y la llevó al centro de la
mesa para enseñar mi anillo. No sabía si matarla o comérmela a besos; en vez de
eso, me reí tapándome cara con la mano libre.
No me atrevía a mirar a Alice, no iba a dejar que me estropeara el momento.
Me preguntaba si Marie sospechaba algo sobre la relación que había mantenido
con Sergio.
―¡Enhorabuena, hermano! ―Esta vez entendí a la perfección las palabras
de Ahren aunque hablara en alemán. Chocaron sus jarras y acto seguido la
dirigió hacia mí―. Hermana.
Brindé con él.

- o -

“Aguanta un poco más.” Su voz rasgada retumbaba en mi cabeza. Ese tono


ronco que solo usaba conmigo, mezcla de excitación y necesidad, que conseguía
que algo en lo más profundo de mi vientre se despertara y mi sexo se contrajera.
“Me encanta oírte gritar, preciosa.” Recordaba su expresión recogiendo cada una
de mis reacciones mientras me torturaba. “Hazlo por mí.” Y mi libido se
despertaba con cada una de sus palabras.
Llevaba todo el día igual. Había ido al gimnasio a primera hora de la mañana
pensando que me ayudaría a desahogarme, pero nada conseguía sacarle de mi
cabeza. Sergio había conseguido llegar al punto de excitarme sin estar presente.
Ni siquiera las tres horas de clase de alemán habían ayudado y ahora solo
pensaba en sus labios dibujando esas complejas palabras delante de mis ojos.
Veía su rostro, sus ojos, su torso, su cuerpo... sin darme cuenta mis manos
bajaban a mi sexo. No podía hacerlo. No me estaba permitido, y solo esa idea,
me excitaba más. Le necesitaba. Antes de pensar que le quería decir, tenía el
móvil en la mano.

Clara dice:
Hola

En menos de medio minuto, mi móvil vibró con su respuesta.

Sergio dice:
Clara, ¿cómo estás?
Clara dice:
Caliente
Muy caliente
Sergio dice:
Interesante.
Cuéntamelo.
Clara dice:
Estaba pensando en mi
Amo
Sergio dice:
Tendrás que ser más
concreta.
Clara dice:
En cómo me toca
Solo su piel me calma...
Sergio dice:
Clara, ¿no te da vergüenza?

Casi podía oír en mi cabeza su voz diciendo esas palabras con tono burlón.
Estaba jugando conmigo.

Clara dice:
Ahora mismo no me da
vergüenza nada...
Sergio dice:
Dime, ¿qué necesitas?

Su pregunta, en apariencia inocente, abría un mundo de posibilidades en mi
imaginación encendida. Mi ansia gritaba cada vez más fuerte desde mi
entrepierna. Me planteé por un minuto si debía escribirlo.

Clara dice:
Me preguntaba si me
daría permiso para...
Sergio dice:
¿Para qué?
¿No te atreves a escribirlo?
Clara dice:
Me gustaría que me
diera permiso para
tocarme
Sergio dice:
¿Solo quieres tocarte,
preciosa?
Clara dice:
Quiero permiso para
tocarme hasta culminar
pensando en mi Amo
Sergio dice:
Creía que no sabías hacerlo
sola.
A lo mejor podría ayudar...
Podría llamarte.
Clara dice:
Siiiiiiiiiiiiiiiiiii
Por favor...
Sergio dice:
¿Podrás esperar diez
minutos?
Tengo que cerrar un asunto
antes de poder dedicarte
toda mi atención.
Clara dice:
Haré un esfuerzo
Sergio dice:
Me aseguraré de que valga
la pena.
Clara dice:
Tengo mucha necesidad
de vd...
Sergio dice:
Mi Zhēn’ài.
Lo dejaré en nueve.

En ocho minutos, su tono de móvil invadió la habitación. Su cara apareció en
la pantalla, y solo eso ya ayudaba.
―Hola preciosa. Dime qué llevas puesto.
―¿Quieres que encienda la cámara, mi Amo?
―No, no quiero grabarte. Prefiero poder verte en mi cabeza. Ahora
cuéntame, ¿qué llevas?
―El vestido verde de punto que compré en Nueva York, mi Amo.
―Mmmmm, me encanta. Quítatelo. ―Se me escapó una carcajada
nerviosa―. ¿Qué más?
―Unos calcetines negros por encima de la rodilla y el sujetador negro
transparente.
―Perfecto. Ahora te tengo en mi cabeza. Estás muy sexy. Ve a la habitación.
Caminé rápido, con excitación, deseando continuar con su juego.
―Ya estoy aquí, mi Amo.
―Ve a mi armario y abre el segundo cajón. A la izquierda, encontrarás la
cajita plateada. Quiero que la lleves al sillón blanco y...
El pitido intermitente del teléfono me sacó del mundo de ensoñación en el
que Sergio me dirigía en mi oreja. Volví a llamar. Contestó al tercer tono.
―Preciosa, ¿estás dónde te he pedido?
―Sí, mi Amo.
―Siéntate con las piernas abiertas apoyadas en los reposabrazos. Como si yo
estuviese delante, sentado en la cama, observándote, y deseases estar totalmente
expuesta para mí.
―Ya estoy, mi Amo. Todo mi cuerpo está a tu disposición.
―Lo sé, preciosa, y ahora lo voy a usar. Abre la caja y enciéndelo.
Saqué mi vibrador de la cajita y apreté el pequeño botón de encendido. Solo
escuchar su rumor ya conseguía que mi vientre hormigueara. Lo acerqué al
micrófono del móvil para que mi Amo pudiera oírlo.
―Ahora quiero que cierres los ojos, y coloques la punta del vibrador justo en
el centro de tu coño, encima de tu clítoris. Y cuando lo hagas, quiero que tengas
presente que yo manejo tu mano, yo soy quien te da placer.
―Sí, mi Amo... ―Mi voz tembló acompañada por las suaves sacudidas del
juguete.
―Bien, preciosa. Sube la potencia. Quiero que la vibración recorra todo tu
cuerpo. ―Le obedecí y le respondí con un gemido―. Shhhh. Vas a tener que
controlarte. No voy a ser rápido.
Me aferraba a su voz, pero solo me lo ponía más difícil.
―Mi Amo...
―Sí. Estoy aquí. Creo que estás demasiado cómoda. Vas a seguir mis
instrucciones. Quiero que subas a la cama y te pongas de rodillas en el borde,
con las piernas separadas. Tu mejilla derecha apoyada sobre la colcha. Y en
ningún momento, quiero el vibrador deje de tocar tu clítoris.
―Como quieras, mi Amo.
―Esfuérzate en tu postura. Quieres que sea perfecta para mí, ¿verdad?
Enderecé mi espalda levantando mi culo. No importaba que no pudiera
verme, deseaba complacerle.
―Sí, mi Amo.
―Ahora súbelo al máximo ―ordenó y le obedecí al momento aferrándome a
su voz grave. La dulce vibración asaltó todo mi cuerpo. Tenía que entregarme a
ella.
―¿Me das permiso para...
―No ―fue tajante―. Ahora vas a...
¡Mierda! Otro corte de línea.
La puerta se abrió súbitamente, sin darme tiempo a moverme.
―¿Estás preparada para mí?
Sergio estaba en el quicio de la puerta de la habitación, sencillamente
irresistible, con su traje y el casco de la moto en mano, observando mi posición.
Mis labios afirmaron sin voz, aún sin dar crédito a mis ojos. Ni siquiera se
molestó en buscar un sitio para dejar el casco, solo lo dejó caer al suelo, así
como se acercaba a la cama desabrochándose los pantalones.
―Todavía tienes mis marcas en tu culo.
Mientras su mano derecha me arrebataba el vibrador para hacerse con el
control, con el brazo izquierdo me rodeó por la cadera, posicionándome para
tomarme.
Le sentía penetrarme despacio, haciéndome disfrutar de cada centímetro de
su miembro. Se detuvo.
―Ven hacia mí.
Eché mi cuerpo hacia atrás, marcando la velocidad, fundiéndome con él,
resbalando hasta que sentí su vello púbico acariciar mi piel. Una vez estuvo
dentro de mí, subió su brazo izquierdo a mi pecho y enderezó mi cuerpo hasta
pegarlo al suyo. Giré mi cabeza para verle y su lengua se tomó posesiva.
Jugaba con su mano derecha, ajustando la intensidad en cada uno de sus
precisos movimientos, dosificándola hasta que encontró el punto exacto que
buscaba. Apretó mi cuerpo con su brazo cuando temblé. La potencia de la
vibración era demasiado fuerte y me estaba llevando al límite.
―Mi Amo, ¿me das permiso por favor?
―Sabes que esto no funciona así ―contestó con voz juguetona―. Vas a
correrte conmigo.
Se echó hacia delante hasta que quedé a cuatro patas sobre la cama, con su
cuerpo sobre el mío, cubriéndome. Empezó una cadencia tierna y exquisita, cada
vez con más recorrido. Seguí su ritmo, la sensación era dulce, demasiado
agradable. Pero no podía dejarme llevar, tenía que esperarle.
―Mi Amo, por favor... me estás matando. ―Le oí contener una sonrisa en
mi nuca.
―Tranquila, preciosa. ―Su ronroneo en mi cuello no ayudaba―. Yo me
ocupo de ti. Siempre.
Salió, cogió mi pierna derecha y con un movimiento rápido, me volteó. Se
lanzó sobre mí y cuando cayó, se sumergió en mí. Grité sin poder contenerlo.
―Quiero verte mientras te corres para mí. Y tú no vas a dejar de mirarme.
―Asentí―. Hazlo.
Reaccioné a su orden al instante, derritiéndome bajo su cuerpo. Sujetó mi
cara para obligarme a cumplir lo que acababa de pedirme. Le veía aparecer y
desaparecer a través de mis ojos entrecerrados al tiempo que me entregaba al
potente orgasmo que me estaba sacudiendo. Aceleró el ritmo y concluyó
conmigo mientras sentía como se contraía una y otra vez acompañándome y se
vaciaba dentro de mí intensificando el torrente de calor que me estaba
desbordando.
Le observaba recomponerse la ropa desde la cama sin hacer nada por
esconder la estúpida sonrisita de satisfacción que me imaginaba que debía
decorar mis labios. Sergio también parecía contento a tenor de sus movimientos
ágiles y su expresión relajada. Mis ojos se perdieron en su magnífico culo antes
de que volviera a cubrirlo con sus pantalones.
Se acercó a la cama y se inclinó sobre mi cuerpo para besarme con ternura y
tardé dos segundos en enlazar mis brazos a su cuello para no dejarle escapar.
―Preciosa, vas a tener que soltarme o no respondo.
Su lengua se sumergió en mi boca como un tornado, regalándome una
pequeña réplica del orgasmo que acababa de tener, y antes de que pudiera
reaccionar, se había liberado de mi abrazo y estaba de pie, guiñándome un ojo.
Me iba a incorporar para acompañarle cuando le escuché:
―No, no te muevas. Descansa. Estás preciosa, quiero recordarte en la cama,
exactamente así, mientras trabajo. Hoy saldré pronto, estaré contigo en un par de
horas. ―Le miré incrédula―. Te lo prometo.
Le vi salir de la habitación y, al cabo de medio minuto, oí la puerta principal
cerrándose.
Me levanté de la cama de un salto tan pronto como caí en la cuenta, y salí
disparada en busca del móvil. Sergio sabía medir muy bien sus descuidos.
Copié la palabra de su mensaje y la pegué en el traductor. El corazón me dio
un vuelco.
Zhēn'ài 真爱 amor verdadero, persona a la que se ama.

Todavía estaba disfrutando de la dulce sensación postcoital, cuando el timbre


interrumpió mi ensoñación. Me dirigí al telefonillo corriendo, deseando que mi
Amo se hubiera olvidado sus llaves. La decepción fue doble cuando me encontré
con la cara de Ahren. Estuve tentada de no contestar, pero le bastaba con una
llamada rápida a su mejor amigo para comprobar que la casa no estaba vacía.
―Hola Ahren. Sergio no está.
―Lo sé, no he venido a verle él.
―No es muy buen momento...
―Princesa, he llamado por educación. Sabes que tengo las llaves.
No tenía escapatoria. Apreté el botón de abrir el portal de mala gana y corrí a
ponerme el vestido que había dejado tirado en el suelo de la habitación.
Abrí la puerta lentamente y me aparté reticente para dejarle entrar. Me miró
esperando que le invitara a pasar al comedor y cuando se percató de que no tenía
intención de hacerlo, se sonrió procurando romper el hielo. Tampoco funcionó.
―Me gustaría hablar contigo. ―Estaba claro que se sentía incómodo y,
aunque no sabía por qué, no pensaba hacer nada para ponérselo fácil―. Sé que
no hemos tenido el mejor comienzo... y debo admitir que ha sido en parte culpa
mía, pero... ―hablaba con cautela, de una forma muy impropia de él―... Sergio
es mi mejor amigo y...
De repente, me di cuenta de la razón de su incomodidad.
―No me lo puedo creer. ¿Es ahora cuando me adviertes sobre mis
intenciones con tu amigo?
―No. No tengo ninguna duda sobre tus intenciones. Pero vuestro
compromiso ha sido rápido, puede que demasiado y...
―Entiendo perfectamente tus reservas ―le corté antes de que dijera algo
desagradable―. Está claro que quieres proteger a tu mejor amigo y no te
gustaría que se casara por las razones equivocadas. Alguna gente se casa por
dinero en lugar de por amor.
―Bueno ―encajó mi ataque con una de sus sonrisas―, esa no es en ningún
caso mi preocupación. Simplemente no sé si el amor es suficiente para asegurar
un largo matrimonio. Y Sergio es como mi hermano, no me gustaría verle con el
corazón roto.
―Entonces ya somos dos.
La tensión entre nosotros era palpable y no iba a hacer nada para remediarlo.
―Por descontado. ―Hizo una pequeña reverencia con la cabeza―. Por
favor, no le digas a Sergio que he estado aquí. No me gustaría que pensara que
me preocupo demasiado.
―No te preocupes.
―Nos vemos, princesa.
―Y no me llames princesa.
Le oí una risa ahogada a mi espalda.
XXXVIII


―¿Ésta es la casa de Ahren?
Me quedé plantada al pie de la escalinata que conducía a la “casa”. Sergio ya
me había dicho que su mujer tenía dinero, pero... de verdad que por mucho que
hubiera exagerado, nunca me habría imaginado algo así. Aquella mansión
superaba con creces cualquier expectativa que me hubiera podido crear. Parecía
el escenario de una película de multimillonarios, solo que mil veces más
impresionante, probablemente porque los dueños de algo así nunca se verían en
la necesidad de sacarse un dinero extra alquilándolo para un rodaje.
Por si la imponente puerta enrejada y los doscientos metros de jardines
cuidados al milímetro que rodeaban la carretera privada que llevaba a la entrada
dejaban lugar a alguna duda, un aparcacoches impolutamente uniformado me
había abierto la puerta para ayudarme a salir y había recogido las llaves de mano
de Sergio antes de desaparecer con el coche. Ni siquiera me pregunté dónde iría
a aparcarlo.
―¿Te estás replanteando tu elección de marido, preciosa? ―Tiró de mi mano
mientras seguía avanzando con paso firme y me guiñó fugazmente un ojo. La
visión casi me hizo tropezar.
Llevaba todo el día con un inexplicable nudo de nervios en la barriga. No
entendía por qué nos habíamos tenido que arreglar para ir a visitar a su mejor
amigo y, por más que le había intentado sonsacar, Sergio se había limitado a
contestar con respuestas ambiguas y misteriosos silencios. Ocultaba algo y no se
molestaba en disimularlo.
Sergio tocó el timbre y una chica joven con un delantal gris abrió las puertas.
Se hizo cargo de nuestros abrigos y nos invitó educadamente a que la
siguiéramos. Antes de llegar a la mitad del gran hall, Ahren apareció desde una
puerta al fondo del recibidor y la despidió con un imperceptible movimiento de
cabeza.
―¡Por fin llegáis!
Caminó con los brazos abiertos hasta fundirse en un gran abrazo con su mejor
amigo.
―¡Enhorabuena!
Besó mi mano, hice un esfuerzo para no retirársela. Tienes que sonreírle, me
recordé a mí misma. Sergio quería que nos lleváramos bien, pero no me lo ponía
fácil.
―Bueno, ¿estáis preparados? ―preguntó sin soltar mi mano.
Miré a Sergio extrañada y se encogió de hombros.
―Marie te vio el anillo. ¿Qué esperabas?
Me volví hacia mi Amo con una marcada expresión interrogante.
―Se ha empeñado en organizarnos una fiesta de compromiso ―aclaró
Sergio.
―¿Me estás diciendo que esta es nuestra fiesta de compromiso? ―debía
estar alucinando porque nada tenía sentido.
Volvió a encoger los hombros con un insólito conformismo totalmente
impropio de él.
Todavía estaba asimilando la idea cuando cruzamos una gran puerta que
conducía a un salón enorme, lleno de caras desconocidas. Había como mínimo
unas setenta personas. En cuanto nos vieron esbozaron una gran sonrisa y
gritaron al unísono algo que supuse que significaba “Enhorabuena”.
―¿Conoces a toda esta gente?
―Sí ―murmuró confuso mientras miraba a su alrededor―. Ahren, me
prometisteis que sería algo íntimo.
―Lo más íntimo que hemos podido, Sergio... Te lo prometo ―aseguró al
tiempo que se dibujaba una cruz en el corazón anulada por su característica
sonrisa canalla.
―¿Qué esperabas? Ahora eres parte de la directiva... ―El acento americano
de Sam me sorprendió a mi espalda―. Mi cabeza podía rodar si algún alto
cargo no hubiera recibido la invitación de la fiesta que mi mujer organizaba
para ti. ¡Enhorabuena, Clara! ―añadió al tiempo que se giraba hacia mí para
abrazarme.
En cuestión de segundos, se organizaron en una fila para poder felicitarnos
personalmente. Algunos me sonaban de la fiesta de su trabajo. Mientras Sergio
me iba presentando, o re-presentando a un sinfín de amigos, compañeros y
conocidos, yo me distraía fijándome en los pequeños gestos con los que mi Amo
marcaba su propia jerarquía de proximidad. Con todos era correcto, sin embargo,
había pequeños detalles, casi inapreciables, que solo sabían recoger a quienes
iban dirigidos, estableciendo una escala de afinidad muy estructurada. Todo
medido al milímetro: el contacto físico, la cercanía, la curvatura de su sonrisa, o
incluso el número de frases que intercambiaba.
Miraba a mi alrededor, buscando una vía de escape, y casi sin quererlo, mis
ojos se perdían por los detalles del inmenso salón. Por fin vislumbré la sonrisa
de Marie en la lejanía. Salvada. Sin necesidad de hablar, corrió a mi rescate.
―Ahren, ¿te importa que le enseñe la casa a Clara?
―No, claro que no. Voy con vosotras.
Marie empezó la visita guiada, explicando los detalles del pasillo que llevaba
al ala este de la mansión. Conocía la casa al milímetro. Pasábamos habitación
tras habitación, la biblioteca, el gimnasio... cada sala tenía una historia que
Marie disfrutaba relatando, con un orgullo casi propio. Cuanto más conocía a
Ahren, más difícil se me hacía entender la devoción de Marie por él, a pesar de
conocer su historia.
Llegamos a una zona exterior de la planta baja, Marie me explicaba cómo el
invernadero original había sido reconvertido en una piscina cubierta en el
momento en que abrió las puertas. Me quedé prendada al segundo de aquel sitio.
La antigua estructura acristalada cobijaba una gran piscina aguamarina en forma
de óvalo, rodeada por camas balinesas y espacios chillout con telas blancas
inspirados en Ibiza.
La seguí por una pequeña escalera de caracol que conducía a un gran desván
diáfano con grandes ventanales inclinados. El suelo estaba cubierto por telas
blancas embadurnadas de pintura y en varios caballetes reposaban lienzos
inacabados. Escuchaba a Marie hablar de Ahren creando obras de arte en su
estudio como si él no estuviera presente. De hecho, caminaba detrás de nosotras
ajeno a nuestra conversación. No entendía por qué se había empeñado en
acompañarnos...
―Si me perdonáis, necesito ir al aseo. A este bebé le encanta jugar al fútbol
con mi vejiga.
... hasta que Marie nos dejó solos. En su territorio.
―Princesa, quería disculparme por el modo en que me comporté ayer.
Claramente no me supe explicar.
―Yo creo que fuiste bastante claro.
―Y aun así, no se lo has contado a Sergio.
―¿Cómo lo sabes?
―Porque si se enterara de que he hecho cualquier cosa que pusiera en
peligro su relación contigo, estoy seguro de que ya habría notado su reacción...
y sigo vivo. ―Aun sin quererlo, no pude evitar que se me escapara una risa
entrecortada―. Ahora en serio. ¿Por qué no se lo has dicho?
―Quiere que nos llevemos bien. Es importante para él.
Se quedó callado, mirándome hasta que Marie por fin volvió con nosotros, y
rompió el silencio, retomando su minucioso relato.
Cuando regresé al salón sonaba “Bohemian like you” de The Dandy Warhols.
Le encontré sin buscarle y le observé desde la distancia. Ahora ya sabía que
Sergio no era bueno y, aun así, era el mejor. Diría que le había idealizado, si no
fuera porque era perfecto. Y no era la única que lo pensaba. Al lado de la barra,
un grupito de chicas entre los 20 y los 30 cuchicheaban dedicándole miradas
furtivas mientras apuraban unos chupitos.
Me acerqué a él decidida. No podía besarle, pero había muchas cosas que sí
podía hacer. En cuanto llegué a su altura, puse mi mano en su culo y apreté.
Estaba firme y duro. Seguí andando a su alrededor hasta ponerme frente a él y
hundí mi cabeza en su cuello. Olía demasiado bien.
―Preciosa, ¿me estás marcando? ―Su ronroneo en mi oído me puso el pelo
de la nuca de punta. Asentí, aun a riesgo de que me conllevara un castigo. Me
pareció que sonreía. Miró a su alrededor―. Entonces, vamos a hacerlo bien.
¡Dios, sí!

- o -

Sergio levantó su copa de champagne dorado y todo el mundo calló al


instante. Estuvo unos segundos mirando a su alrededor. Su carisma era
innegable, sin necesidad de abrir la boca había conseguido atrapar la atención de
toda la sala desde el primer momento. Todas las miradas reposaban en él, la suya
estaba clavada en mí.
―Amigos. Dicen que los amigos son la familia que eliges. Yo no tuve mucha
suerte con la mía. Perdí a la mayoría de las personas que me importaban
demasiado joven. Y, por muchos años, nunca creí que pudiese llegar a tener una.
Hoy miro a mi alrededor, y veo las caras de amigos para los que la palabra
familia se quedaría demasiado corta. Y solo puedo daros las gracias por
compartir conmigo este momento. El más importante de mi vida. Clara...
Todos los ojos se volvieron hacia mí, odiaba ser el centro de atención.
Improvisé la mejor sonrisa que pude y levanté tímidamente la copa hacia Sergio
intentando devolverle todas las miradas.
―No te vas a librar de ésta tan fácilmente. Ven aquí, conmigo por favor.
Marie me dio un pequeño empujoncito para obligarme a dar el primer paso
hacia delante. Me dirigí hacia él mientras mi cabeza ideaba cómo iba a
asesinarle. Al llegar a su lado, mi cara ya estaba completamente colorada.
―Ya he hecho esto en privado, de hecho, tres veces... ―Un murmullo de
risas en respuesta a su broma recorrió el salón, aunque dudaba que ninguno
supiera a qué se refería―. Te lo pediría mil veces si hiciese falta. Hoy quiero
hacerlo delante de todas las personas que me importan, porque me gustaría que,
a partir de hoy, todos te considerasen parte de su familia como hicieron
conmigo. Bueno, voy a intentar hacerlo lo mejor que pueda. Clara Vila, ahora
que te he conocido, sé que no necesito nada más en esta vida, solo a ti. Tú eres
mi hogar ―añadió cambiando de idioma, solo para mí―. Cásate conmigo.
Asentí nerviosamente. Cogió mi mano izquierda, la llevó a su boca y la besó,
justo por encima de su anillo. Ya no la soltó.
―Y ahora... ¡vamos a celebrarlo toda la noche! ¡Que siga la fiesta!

- o -

―Hola Jürgen. ¿Cómo va todo?


Respondió a mi saludo con un indiferente movimiento de cabeza, mientras
seguía buscando un vaso en los armaritos del mueble bar. Se había metido en la
barra que habían montado en una de las esquinas del salón ahora que la mayoría
de los invitados se habían ido y los camareros estaban aprovechando para
recoger las copas vacías.
―Tu hermana se ha ido hace un rato. ¡Pobrecita! Estaba agotada.
No había hablado nunca con él, al menos no a solas. Tenía que aprovechar
que, por una vez, Alice no estaba pululando a su alrededor.
―Lo sé ―contestó con desgana, aunque podía haberlo malinterpretado. Al
fin y al cabo, su inglés no era muy bueno. Aun así, superaba con creces mi
alemán...
Le abrí la puerta del arcón congelador que se escondía debajo de la barra para
ayudarle a sacar el hielo, y siguió sin mirarme.
―¿Te estás divirtiendo?
―No hace falta que te esfuerces en ser maja conmigo. Ya sé de qué vas. No
te va a funcionar conmigo.
―De qué voy...? ¿Qué quieres decir?
Silencio.
―¿Alice te ha dicho algo?
Me miró como si mis palabras me hubieran delatado.
―No tienes que preocuparte. No voy a abrir la boca. Pero no por ti. Se lo he
prometido.
Por fin ponía las cartas sobre la mesa, y me temí lo peor. Ya había
comprobado de primera mano que Alice tenía una verdadera habilidad como
arquitecta de mentiras.
―Jürgen, ¿qué te ha dicho?
―Me ha dicho la verdad, joder. Deja de fingir de una puta vez, eres una
actriz de mierda.
―Escucha, Alice no... ―Buscaba una forma suave de decir algo
desagradable, pero Jürgen me cortó antes de que encontrara las palabras.
―Ni se te ocurra decir ni una puta palabra sobre ella. Tú no eres...
―Ella no es... ¿qué?
La voz potente de Sergio se alzó por encima de la de Jürgen, que enmudeció
en cuanto le vio. Entró en la barra y avanzó hasta posicionarse ligeramente
delante de mí. Su cuerpo entre los dos actuaba como un escudo que no
necesitaba, pero agradecí de todos modos por el apoyo que suponía. Estaba
dejando claro de parte de quién estaba.
―Sergio, no pasa nada. Puedo... ―Pero su mirada me cortó en seco.
―Jürgen, ¿no nos vas a explicar cuál es el problema?
Me hubiera reído del tono de profesor que Sergio había adoptado si no fuera
porque no admitía bromas. Y para mi asombro, Jürgen respondió como un
colegial al que acababan de reprender.
―Perdona, Sergio. No quería joderte la fiesta, pero no tienes ni idea de lo
que ella es...
Tras una breve pausa, empezó a hablar en alemán muy rápido. No entendía
una palabra de lo que estaba diciendo, pero no era bueno. Sergio escuchó durante
unos minutos interminables con gesto grave, y por un segundo, se volvió hacia
mí para atravesarme con una mirada punzante. Hasta que le cortó.
―No admito que se hable de mi chica... mi prometida ―se corrigió― en ese
tono.
―Perdón, Clara. ―Su voz se fue apagando hasta que me costó escuchar mi
propio nombre.
―No me importa lo que Alice te haya contado sobre Clara. Lo que sea que
haya dicho, es mentira, ¿está claro? ―Jürgen negaba con la cabeza, aunque sin
llegar a atreverse a verbalizar su contraria a Sergio―. Vamos, no es momento de
hablar. ―Su tono cambió radicalmente―. Estamos de celebración y hay que
pasarlo bien. Tenemos una misión: ¡emborracharnos! ―Esbozó una sonrisa―.
Más. ―Jürgen le devolvió la sonrisa―. Ya hablaremos de esto mañana, ¿de
acuerdo?

- o -

Sergio partió la pastilla con sus dientes y tragó el trozo que quedó en su boca
con la ayuda del cubata que tenía en la otra mano. Me sonrió con complicidad
antes de llevar sus dedos índice y pulgar a mis labios para ofrecerme la otra
mitad.
―Solo conmigo. ―No sabía si era una orden o una advertencia, pero asentí.
Abrí la boca y la recogí con mi lengua. Su amargura golpeó mis papilas
gustativas y me obligó empujarla rápido hacia dentro. Me pasó la copa y bebí un
trago largo.
Sobre las doce de la noche, cuando apenas quedábamos unas diez personas en
la fiesta, habíamos decidido trasladarla a una discoteca cercana.
A mi alrededor, mientras Sergio se entretenía mirándome sin soltar en ningún
momento su mano de mi cadera, Ahren se movía en su propio mundo, ajeno a un
par de chicas que se habían acercado para ponerse a tiro, y Alice había subido a
una plataforma y estaba dejando meridianamente claro que sabía cómo
exhibirse. A sus pies, Jürgen estaba enfrascado en una conversación
trascendental con dos chicos de los que no podía recordar su nombre.
Al cabo de media hora, la droga comenzó a surtir su efecto. Las luces me
parecían fascinantes, mucho más vivas. Me atrapaban como a una polilla y
seguía su halo hasta que el foco me deslumbraba. Pero eso no era nada
comparado con la hipersensibilidad de mi piel. Extremadamente receptiva y
suave, como si estuviera recubierta por una capa de polvos de talco. Cualquier
roce se multiplicaba por diez.
De hecho, todos mis sentidos se habían multiplicado. Recibía demasiados
estímulos a la vez. Tenía que centrarme en uno. La música se metió en mi
cuerpo. “Do I Wanna Know” de Arctic Monkeys guiaba mis pies y mis brazos.
Mientras siguiera su ritmo todo estaría bien.
Para Sergio, el efecto de la droga era como si despertara por primera vez al
mundo, y se comportaba con la curiosidad de quien tiene todo por descubrir. Me
acariciaba como si pudiera tocarme por primera vez, como si nunca hubiera
tenido el sentido del tacto en sus manos, con una mezcla perfecta de delicadeza y
fascinación.
―Preciosa, vuelvo en un segundo. ―Sus labios acariciaron el lóbulo de mi
oreja.
Le vi alejarse hacia Ahren y cuando volví a mirar en su dirección, ya no
estaba. Volví a perderme en mi nube.
¿Cuánto tiempo había pasado? Había perdido la noción del tiempo, podría
haber sido un minuto o una hora. Todo lo que me rodeaba parecía irreal. La
música, oscura, me descolocaba, mientras la multitud, densa, me engullía, y las
luces, estridentes, solo le daban al conjunto un sentido caótico.
Busqué a mi alrededor. Demasiado oscuro, demasiada gente, no veía a nadie.
Estaba perdida. Miré hacia la tarima. Nadie. Todo estaba mal. Me estaba
agobiando. Baila. Intenté centrarme en la música. Conseguí juntar la secuencia
de notas, “Mr. Brightside” de The Killers. Respiré profundo. Todo está en tu
cabeza, solo tienes que relajarte. Repetía el mantra mentalmente una y otra vez.
Pero una sospecha me estaba carcomiendo.
Un chico rubio con un pendiente en la ceja se había acercado hasta mí. ¿Le
conocía? No me sonaba. Su piel era muy clara, casi pálida. Me hablaba en
alemán. No sabía si era por el acento, el ruido o las drogas, pero no conseguía
rescatar ni una palabra de lo que me estaba diciendo. Estaba casi segura de que
no le conocía. Tenía que salir. Ahren me estaba observando. Necesitaba aire
fresco.
Me perdí en un frenético laberinto de gente sudada que bailaba
anárquicamente entorpeciéndome el paso. Encontré la salida pero el frío de la
calle no llegó. Caminé hasta que me apoyé en la pared frente a la puerta,
mareada. Todavía podía oír el murmullo de la música de la sala. Alguien me
estaba hablando, el chico del piercing me había seguido. Le miré a falta de
palabras para decirle que me dejara en paz. Siguió hablando.
Por fin, escuché una voz conocida.
―Discúlpate ―le exigió en alemán.
Era Ahren. Le hablaba tranquilo, pero le estaba pidiendo que se disculpara, y
no entendía por qué.
Me limitaba a observar, presenciando la escena desde fuera, como una mera
espectadora. El chico del pendiente respondió algo que no comprendí, casi sin
prestarle atención, y volvió a girarse hacia mí, ninguneándole. Antes de que
pudiera volver a mediar palabra, y ante mi asombro, Ahren le había hecho una
llave y le estaba retorciendo el brazo derecho con una mano mientras con el otro
antebrazo le inmovilizaba por el cuello contra el muro donde estaba apoyada, a
apenas medio metro de mí.
―Discúlpate ―repitió.
―Lo siento ―farfulló entre dientes y esto sí lo entendí a la perfección.
Aflojó los brazos, aunque antes le dijo algo en que las únicas palabras que
entendí fueron respeto y señorita, lo cual me ayudaba a hacerme una idea
bastante clara de lo que acababa de ocurrir. ¿Ahren estaba defendiendo mi
honor? Tras la humillación, el chico se escabulló apresuradamente hacia el
interior de la discoteca.
―¿Estás bien?
―Sí. Gracias, Ahren.
―¿Por qué no me has dicho que te estaba molestando, princesa? ―No pude
evitar sonreírle cuando volví a escuchar el apelativo con el que se refería a mí.
―No entendía nada de lo que decía. Solo quería tomar el aire.
―Estás un poco pálida. ¿Puedo hacer algo por ti?
―No, no. Estoy bien. ¿Qué... estaba diciendo? ―Casi me daba vergüenza
preguntar.
―Nada importante. Es un cretino. Me alegro de que no le entendieras.
Con un aprendido ademán mecánico se llevó el pelo detrás de la oreja aunque
lo llevaba demasiado corto como para que se sujetara y, al momento de bajar la
mano, le volvió a caer en la cara desordenado.
―Uuuh. ¿Tan malo?
Sus labios se curvaron, aunque no con su acostumbrada sonrisa descarada,
sino una amplia, sincera, casi cálida, que veía por primera vez.
―No voy a permitir que nadie se meta contigo, princesa.
Sus ojos azul eléctrico me encontraron y me hicieron bajar la mirada al
momento. No sabía por qué había reaccionado así. Estaba demasiado confundida
por todo lo que había pasado en los últimos minutos.
―Gracias. ―Metió las manos en los bolsillos de los vaqueros―. Debes
estar congelado. ―Respondió con un gesto de no importarle demasiado.
Probablemente había salido detrás de mí al darse cuenta de que un
desconocido me seguía, y no había cogido su chaqueta. Debía estar helándose; la
temperatura de la noche había caído por debajo de cero. Solo llevaba una
camiseta de manga corta que, por otro lado, dejaba al descubierto los tatuajes
que cubrían sus brazos.
Aunque yo tampoco notaba el frío. Toda mi atención estaba centrada ahora en
el majestuoso dragón de alas extendidas que subía enrollándose por su brazo,
con algunas partes ocultas bajo una frondosa maleza, y cuyo final se escondía
debajo de su manga. A duras penas conseguía refrenar el impulso de levantarla y
seguirlo con mis dedos.
Quería sentir el tacto de la tinta bajo su piel. La idea de que fuera terreno
prohibido solo me hacía desearlo más. Todo está en tu cabeza...
―¿Qué ha pasado?
Sergio acababa de salir por la puerta, su cara revelaba su preocupación.
Tarde. Estaba demasiado molesta con él para contestarle. Enseguida me di
cuenta de mi error.
―¿Qué ocurre, Ahren?
Le miré tratando de apelar a la tregua que acabábamos de firmar. Lo último
que me apetecía era una escena de celos.
―Clara estaba un poco mareada, así que hemos salido a tomar un poco de
aire fresco. ―Sí, esa versión estaba mucho mejor―. Voy a traerte agua,
princesa.
Ups... Y desapareció guiñándome un ojo.
―¿Princesa? ―No iba a seguirle el juego―. ¿Estás enfadada, preciosa?
Se acercó a mí y apoyó su cuerpo contra el mío, dejándome sentir su peso. En
un segundo, toda la ansiedad se transformó en excitación. Su piel suave, sus
besos ásperos eran todo lo que había anhelado. Ya no me importaba que hubiera
desaparecido, dónde estaba o con quién; solo que no se fuera.
―Tranquila.
Su voz entraba en mi cuerpo no solo por mis oídos, sino por todos mis
sentidos. La veía delante de mí, podía respirarla y olerla, abrir mi boca y
saborearla pero, sobre todo, la notaba acariciando mi piel, apaciguándome.
Subí mis manos por su cuerpo y las atrapó entrelazando sus dedos entre los
míos. Después apoyó las dos manos contra la pared dejando las mías sujetas y
separó su cuerpo del mío. Su distancia me dolía. Intenté salvarla, pero se retrasó
apenas medio paso más, haciéndose inalcanzable. Separados por la longitud de
sus brazos. Procuraba avanzar con todas mis fuerzas, pero era inútil, era
demasiado fácil para él contenerme. Solo se estaba riendo de mí. Desistí y sentí
el calor de su aliento en mi boca. Sin embargo, su beso no llegó, solo sus dientes
mordían mi labio inferior.
―Vamos, necesitas bailar.
XXXIX


―Clara, ¿tienes algo que contarme?
No entendía de dónde venía la pregunta pero había algo en su tono, en sus
ojos, que dejaba muy claro que no era casual. Tenía que concentrarme, la resaca
no ayudaba. Entonces vino a mi cabeza: Jürgen... Alice le había contado algo...
sobre mí.
―No, qu...
El tono de su móvil me despistó. Lo miró un instante, dudando de si debía
rechazar la llamada. Finalmente contestó. Era importante. Y grave. Sergio
mantenía un tono sereno; aún sin entenderle, sabía que estaba manejando una
emergencia. En un primer momento se limitaba a hacer preguntas cortas, para
pasar a dar breves instrucciones.
Le podía oír al teléfono. Conocía muy bien ese tono: firme, autoritario.
Hablaba de continuo, explicando sus órdenes de forma detallada. No permitía
interrupciones, las preguntas vendrían cuando terminara de hablar. No voy a
aceptar esa respuesta, era de las pocas frases que había podido entender. Casi
sentía lástima por la persona que estuviera al otro lado de la línea. Yo me
limitaba a observarle desde el suelo. Hizo tres llamadas antes de volver a
hablarme.
―Clara, puedes levantarte. Tendremos que dejarlo para más tarde. Tengo que
ir a la oficina. Hay un problema en China y tiene que estar solucionado antes de
que abran las fábricas mañana.
Le seguí por la casa en silencio mientras se vestía y se arreglaba para
marcharse. Casi podía ver cómo cientos de ideas se organizaban en su cabeza
conformando un plan con diferentes líneas de actuación. Solo el timbre le sacó
de su lucubración.
―Espera aquí.
Me senté en el sofá del comedor y esperé a que Sergio atendiera la puerta.
Probablemente, había llegado un conductor para recogerle, o algún mensajero le
traía un envío o documentación. Sergio volvió a entrar y bajé al suelo de rodillas.
Ahren cruzó la puerta detrás de él. Resistí el impulso de levantarme.
―Ahren te acompañará mientras estoy fuera.
―Mi Amo, no es necesario, prefiero...
Me callé. No era negociable. Sergio ya había hecho sus planes.
―Clara, siento tener que marcharme. No sé cuánto tiempo me llevará
solucionar esto, pero aprovecharás el tiempo para practicar alemán. Es el único
idioma que puedes hablar en mi ausencia. Puedes levantarte.
―Gracias, mi Amo. Iré a cambiarme.
―No. Me encanta ese camisón. Así es cómo quiero encontrarte cuando
vuelva. Seguro que eso me ayudará a trabajar más rápido.
Genial.

- o -

―Ahren, ¿puedo hacerte una pregunta?


―Inténtalo.
―¿De dónde viene tu nombre? ¿Es alemán?
―Vaya, me esperaba algo bastante más... ―contuve la respiración―...
interesante. Es un apellido alemán muy antiguo. Significa águila.
Águila... Sus padres habían tenido puntería.
Ahren tenía los rasgos perfectos por los que cualquier modelo masculino
habría matado. Y estaba convencida de que solo había una razón por la que no se
había dedicado a esta profesión: había encontrado una manera más lucrativa de
rentabilizar su impresionante físico.
Ahora que había cambiado diametralmente su forma de comportarse
conmigo, resultaba hasta agradable estar con él. Aun así, no podía evitar
sentirme incómoda cubierta solo por un ligero camisón como estaba. Si lo
hubiera pensado, me habría dado cuenta de que mi posición lo revelaba, ya que
estaba parapetada de rodillas detrás de la mesa de café.
Él, por el contrario, parecía bastante relajado, con su camiseta sin mangas
negra que dejaba a la vista sus brazos cubiertos de tatuajes y unos vaqueros
desgastados. Había empezado la conversación sentado en el sofá pero, al cabo de
media hora, ya había bajado conmigo al suelo. Sus largas piernas desmadejadas
ocupaban el espacio por debajo de la mesita y su espalda recta se apoyaba en el
sofá que quedaba detrás de él.
―Lo estás haciendo muy bien, princesa ―me había animado cuando era
obvio que me estaba comenzando a desesperar―. Sergio estará muy orgulloso
de ti.
Por más que se esforzaba en hablar despacio, yo no conseguía darle sentido a
las pocas palabras sueltas que entendía. Al final, habíamos encontrado una
solución: comunicarnos por medio de la tablet. Ahren hablaba y un programa
recogía su frase, la transcribía y la traducía al español.
Mi parte era mucho más complicada ya que, como no tenía permitido hablar
en otra lengua que no fuera alemán, tenía que buscar palabra por palabra en el
diccionario, ordenarlas, estructurarlas en una frase y pronunciarlas
correctamente. A juzgar por las carcajadas de Ahren, alguna parte del proceso
fallaba... o todas. Sin embargo, o su paciencia era infinita o se estaba divirtiendo
jugando a ser mi profesor, porque cada una de las veces sin excepción, me
corregía y esperaba hasta que produjera la frase perfecta antes de continuar. Era
lento pero no podía negar que estaba aprendiendo muchísimo más que en
cualquier clase.
―¿Y si hacemos un descanso? Podríamos hablar inglés un ratito...
―Princesa, tu Amo es mi mejor amigo. Si le desobedeces tendrás que
decírselo... o me obligarás a hacerlo a mí. En cualquiera de los dos casos te
castigará, y sé lo que te hará. Al menos, sé lo que yo te haría...
Traté de reprimir el temblor que su amplia sonrisa me había provocado.
―Ahren... ―le reprendí.
―No te voy a ayudar a desobedecerle o a engañarle, y voy a hacerlo por ti.
―Se puso serio y todas las facciones de su cara cambiaron hasta rozar la
perfección―. Esa sería la manera más rápida de perderle.
Sabía que tenía razón. Si Sergio se enterara de que no había acatado una
orden directa suya en connivencia con su mejor amigo, lo habría considerado
poco menos que traición.
―Lo siento.
―Princesa, nunca pidas perdón a otro amo de rodillas. De hecho, no
deberías estar de rodillas delante de mí.
Cambié de posición al instante y me senté en el suelo con las piernas
cruzadas. Se me escapó una mueca de dolor al apoyar el culo en el suelo y creí
detectar un brillo en sus ojos. Mejor no pensarlo...
―Clara, es la primera vez que tienes un amo, ¿verdad?
Desvié la mirada avergonzada, lo que era a todas luces una confirmación a su
pregunta.
No dejaba de mirarme, como si me estuviera estudiando. Tenía los ojos
ligeramente juntos lo que infringía un carácter especial a su mirada. Más intensa.
Sentí las cosquillas del rubor en mis mejillas.
―Seguro que a Sergio eso le vuelve loco.
Ignoraba a qué se refería, pero no pensaba seguirle el juego.
―Está bien ―siguió hablando al ver que no contestaba―, si prefieres las
típicas conversaciones aburridas... ¿Qué tal te estás adaptando a Berlín?
―Muy bien, gracias por preguntar. La ciudad no está mal, me gusta
―contesté imitando el tono artificial con el que me había hecho la pregunta. Por
primera vez, podía hablar sin tener que buscar las palabras. Esto se acercaba más
al tipo de vocabulario que había estado estudiando las últimas semanas. Me
sonrió animándome a seguir hablando―. Y la gente es bastante maja... casi
toda.
―¿Lo dices por mí? ―preguntó mirando hacia los lados, como si buscara a
otra persona.
―La verdad es que, esta vez, no pensaba en ti.
Levantó la ceja como si no me creyera.
―¿A quién tengo que partirle las piernas, princesa?
Solté una carcajada rápida. Quería tirarme de la lengua.
―No creo que sea necesario llegar a ese extremo... por ahora.
Valía la pena probar; respondí a su expresión interrogativa.
―Alice.
A pesar de su esfuerzo por mantener la cara de póquer, estaba claro que tenía
información.
―¿Qué es lo que sabes? ―su tono ahora era cauteloso en extremo.
―Lo sé todo.
Pude leer claramente un “lo dudo” en sus ojos. Lo corrigió al instante.
―Tú... ¿la conoces bien?
―Bastante bien ―preferí ignorar lo que implicaban sus palabras.
―¿De qué crees que sería capaz para quitarme de en medio?
―Alice sería capaz de cualquier cosa. Está bastante pillada por él. Creo que
la palabra obsesión no se quedaría corta en este caso. ¿Qué crees que está
haciendo?
Me debatí entre si contárselo o no. Por un lado, todavía no tenía claro si podía
confiar en Ahren, pero la oportunidad para sonsacarle información era
demasiado buena.
―No lo sé. Creo que está contándole cosas a Jürgen. Malmetiendo contra
mí.
―Parece su estilo. Jürgen no me ha dicho nada. ¿Sabes lo que está
contando?
“Algo lo bastante fuerte como para que a Sergio se le cambiara la cara
cuando hablaba con Jürgen.” Sin embargo, preferí callarme y negar con la
cabeza. Especular no iba a ayudarme.
―No, no lo entendí. Creo que todavía no he aprendido ese vocabulario en
mis clases de alemán.
―Puede que Jürgen esté débil ahora, pero Sergio no se creerá nada que
venga de Alice.
Ojalá. No sabía por qué intentaba tranquilizarme. Recordaba la expresión de
Sergio cuando se giró hacia mí mientras hablaba con Jürgen. No tenía ni idea de
qué le podía haber contado pero era obvio que había dado en el clavo.
Sin darme cuenta mis ojos se habían detenido en sus facciones; era
impresionantemente guapo, más que eso, era hermoso.
―¿Te gusta lo que ves? ―preguntó descarado y bajé la cabeza al instante,
evidenciando aún más donde estaba perdida mi mirada.
Mierda.
―¿Cuándo te hiciste los tatuajes? ― Mejor cambiar de tema. Le lancé la
pregunta aprovechando que acababa de rascarse el brazo.
―Este lo diseñé para taparme uno anterior.
Se bajó la camiseta desde el cuello para descubrirse el pectoral izquierdo. El
tatuaje simulaba la piel rasgada y en su interior, un conjunto de engranajes y
válvulas ocupaban el lugar de su corazón. Era sobrecogedor.
―Es impresionante... ¿Lo dibujaste tú?
Asintió modesto y, por segunda vez, tuve que reprimir el deseo irrefrenable
de tocarle.
―Este fue el primero que me hice.
Extendió su brazo derecho hacia mí para que pudiera apreciarlo mejor. Un
dragón se enrollaba subiendo a lo largo de su brazo. Se apartó el tirante de la
camiseta para enseñarme como la cabeza reposaba en su hombro.
―Estuve meses dibujándolo una y otra vez hasta que ahorré el dinero
suficiente para hacérmelo. Bueno, en realidad fue el segundo, pero el primero
eran solo letras.
―¿Te tatuaste el nombre de una chica en el corazón?
De repente me pareció haber despertado un nuevo interés en él mientras
asentía, aunque con Ahren era difícil estar segura. Puede que simplemente le
hubiera sorprendido mi deducción.
―¿Y te arrepentiste?
―No, en absoluto. Pero a mi mujer no le gustaba... ―Me costaba creer su
tono resignado―. Fue la única condición que me puso para casarse conmigo.
¿Tú no llevas ninguno?
Me escaneó de arriba a abajo rastreando cada porción de piel que quedaba a
la vista y me apresuré a negar para detener el recorrido de sus ojos por mi
cuerpo.
―¿Nunca has pensado en hacerte uno? Yo podría dibujar uno para ti.
―No podría permitírmelo. He oído que tus obras están muy cotizadas.
Desvié la mirada hacia su obra en la pared, el conjunto de tres cuadros que
presidían el salón. Cada vez que los veía parecían haber cambiado un poco.
―Podría decirse así ―admitió con humildad―. Pero no sería por dinero,
contigo lo haría por placer. No se me ocurre mejor lienzo que tu piel.
―No creo que a Sergio le gustara eso ―respondí cohibida.
―¿Que te dibujara un tatuaje o que te lo hiciera por placer?
Estaba jugando conmigo.
―Ninguna de las dos cosas.
―¿Por qué te empeñas en cubrirte, princesa?
Acababa de reacomodar la delicada tela del camisón, y a pesar de mi
esfuerzo, mi movimiento no había pasado desapercibido.
―¿Te da vergüenza que te mire? ―solo la pregunta era una incitación.
Bajé la cabeza al suelo, consciente de mi sonrojo, lo cual no consiguió sino
ponerme aún más en evidencia.
―¿No has pensado que sea esa la razón por la que no te ha dejado
cambiarte?
―¿Qué? ¿Por qué?
Cuando levanté la vista, le vi garabateando algo en el bloc de notas que
Sergio guardaba en el cajón de la mesita del salón. No le prestaba demasiada
atención, más como si buscara una ocupación para sus manos.
―Tal vez le parece que eres demasiado tímida...
―No creo. Diría que eso le gusta ―contesté sin pensar.
―Sí. Seguro que sí. ―Me regaló una deliciosa sonrisa canalla.
Hablar con Ahren era excitante a tantos niveles que resultaba casi imposible
no entrar en su juego, aunque solo fuera con una palabra, un gesto o una simple
mirada. La conversación estaba tomando un cariz muy peligroso y empezaba a
ser consciente de que solo había una razón por la que mi ropa interior no estaba
empapada: que Sergio no me permitía llevarla. Aunque no sabía si era por el
tema, por mi interlocutor o por la persona de quien hablábamos, que incluso
ausente, lograba imponer su presencia.
―¿Cómo conociste a Sergio? ―pregunté aun sabiendo la respuesta. Tenía
que reconducir la conversación a terreno seguro.
―Es la segunda vez. Recuerda que tienes que observar sus reglas cuando
estés conmigo.
―¿Por qué? ―me rebelé.
De alguna forma, sentía que Ahren me estaba sometiendo con las reglas que
mi Amo me había impuesto. Sin embargo, me miró como si no entendiera mi
pregunta.
―¿Por qué es tan importante que respete sus normas? Él no está aquí.
―Princesa, Sergio es tu Amo y tú debes mostrarle respeto en todo momento.
La forma en que tú te comportas define a tu Amo, especialmente cuando él no
está. Ahora estás a solas conmigo, cumpliendo sus reglas me demuestras a quién
perteneces.
Lo entendí al instante.
―Lo siento, Ahren. No lo había visto así. Yo no quería...
―Lo sé. No te preocupes. Además me encanta ayudarte.
Me miraba apenas de reojo. Su atención se centraba cada vez más en los
trazos que estaba haciendo en la libreta, y mi curiosidad se acrecentaba así como
le dedicaba más interés.
―Quieres decir ayudarle...
―No. Te estoy ayudando más a ti que a él. A Sergio le encanta jugar. Él sabe
exactamente lo que espera de ti, lo que quiere y cómo conseguirlo. El hecho de
que tardes más solo le proporciona más entretenimiento. Pero tú... todavía estás
aprendiendo a asimilar lo que eres. Además tú me gustas.
―¿Ah sí? Pensaba que tenía mucho carácter.
Estalló en una carcajada.
―¿Te lo ha contado? Lo dije en el buen sentido ―se excusó.
―¿Qué estás dibujando?
―A ti.
―¿Haces retratos?
―Así ligaba en el instituto.
―Pensaba que en el instituto estabas con Marie.
Me estudió durante un minuto, después volvió a volcar su atención en su
trabajo.
―Eso no significa que no ligara ―concluyó con una sonrisa tramposa.
―¿Puedo verlo?
―Todo a su debido tiempo. Cuando esté terminado, princesa.
El hecho de tener que pensar lo que quería decir antes de buscar cada palabra
en alemán y ordenarlas, me daba un tiempo extra para filtrar sus respuestas y
reflexionar sobre cada pregunta.
―Ahren, ¿mi Amo te hace hacer esto con todas sus sumisas?
―Princesa, Sergio nunca ha tenido sumisas de esa forma. Él siempre ha sido
un dominante.
―¿Un dominante? ¿Qué diferencia...? ―Mi impaciencia quedó patente en la
falta de estructura de mi oración―. Perdona mi curiosidad.
―Einstein dijo que no hay que perder jamás la sagrada curiosidad. Un Amo
tiene una sumisa, o varias. Un dominante no posee a ninguna sumisa, solo tiene
sesiones con ellas. Su relación se acaba en el momento en que termina la sesión,
y Sergio nunca mostró mucho interés por lo que hicieran después. Aunque
algunas lo intentaran insistentemente... ―Era evidente a quién se refería―.
Hasta que llegaste tú.
Ahren sabía jugar a favor de obra, eso estaba claro.
Me miró fijamente y sonrió con satisfacción. Después giró su libreta y me vi
reflejada, aunque en un espejo muy generoso. En su esbozo, el pelo me caía
despeinado, dándome un aspecto mucho más sexy del que debía tener en
realidad, sobre todo porque el dibujo terminaba donde empezaba mi camisón,
dando la sensación de estar desnuda. Sin embargo, lo que de verdad llamó mi
atención eran mis ojos, enormes, de alguna forma, parecían devolver la mirada,
casi como si estuvieran vivos. Tenía talento.
―Es muy bonito.
―Tienes mucha suerte. ―No sabía a qué se refería y me pareció que
disfrutaba mi desconcierto―. Supongo que sabes que normalmente los amos
prohíben a sus sumisas que les miren a los ojos.
Lo había leído, aunque no se me había pasado por la cabeza preguntárselo a
Sergio, por si acaso. No se me ocurría como hubiera podido sobrellevar una
prohibición así. Aunque por otro lado, eso me habría dado alguna oportunidad.
No había forma en que pudiera resistirme a él cuando su mirada se incrustaba en
la mía.
―¿Tú no lo permites?
Negó despacio, como si quisiera darme tiempo para imaginármelo.
―¿Sabes por qué te lo permite? ―Imité su movimiento de cabeza y le
arranqué una sonrisa―. ¿Quieres saberlo?
―Tú... ¿te lo ha contado? ―Me contestó con una sonrisa enigmática―. ¿Vas
a decírmelo?
―Depende... ―respondió sibilino.
―¿A cambio de qué? ―Su sonrisa era ahora mucho más terrenal.
―Quid pro quo, Clarice. Quid pro quo.
El hecho de que Ahren citara a uno de los psicópatas más aterradores de la
historia del cine debió haberme puesto en alerta.
―¿Qué quieres?
―Sinceridad. Yo soy sincero contigo y tú lo eres conmigo.
―Me parece justo.
―Tus ojos. Tienes ojos de hada. Verdes, grandes, expresivos. Le hablan.
―¿Te lo ha dicho él?
Me sonrió críptico. Estaba disfrutando de mi asombro.
―Hace unos tres años. ―Le miré extrañada―. Fue una noche larga, no sé
cuántas horas llevábamos bebiendo en el mismo bar. Lilian, una sumisa con la
que llevaba unos meses, acababa de romperme el corazón. Yo... estaba loco por
ella y... estuve a punto de echarlo todo a perder. Sergio me demostró que me
equivocaba. Literalmente me lo puso delante de los ojos.
Nunca le había visto tan serio. Su rostro cambiaba por completo, dándole una
apariencia casi angelical.
―Lo siento mucho Ahren.
―No fue la primera ni será la última... ―resolvió mientras su sonrisa canalla
volvía a aflorar en sus labios.
―¿Y no te enfadaste con él?
―No, claro que no. Solo un necio se enfadaría con un amigo por mostrarle
la verdad. Decidimos combatir el mal de amores a la vieja usanza: con alcohol,
mucho alcohol.
No entendía qué relación podía tener esa historia con mis ojos, pero bebía
cada una de sus palabras. Me moría de curiosidad por saber cómo había sido la
vida de mi Amo antes de que él me metiera en ella.
―Sergio bebió tanto o más que yo. Creo que nunca le he visto tan borracho,
de hecho no recuerdo haberle visto realmente borracho en ninguna otra ocasión,
pero aquella noche... Hablamos de muchas cosas, pero sobre todo de amor, de
mujeres y de... “nuestras tendencias”.
Bonito eufemismo...
―Esa noche le dije que no le entendía. No comprendía por qué, con todas
las opciones que tenía, se empeñaba en vivir en una soledad auto impuesta de la
que tampoco parecía disfrutar. Me contestó que el amor era incompatible con
nuestra forma de vida y que era un iluso por seguir intentándolo. Le pregunté si
nunca se lo había planteado.
Se detuvo durante un minuto eterno saboreando mi impaciencia.
―Me habló de una chica de su instituto. La primera vez que la vio, se quedó
atrapado por sus grandes ojos verdes de hada, hasta que ella le sorprendió y
bajó la mirada.
―¿Ojos de hada? ―repetí descreída, no parecían palabras de Sergio.
―Como he dicho, estaba muy, muy borracho... ―dijo acompañando sus
palabras con una de sus sonrisas―. Pero yo le pregunté lo mismo. Me dijo que
no podía explicarlo. Al principio eran una selva, salvajes, indomables, y la
única idea que pasaba por su mente era dominarlos, y al segundo, bajaron
mostrándole una dócil servidumbre. Me dijo que era imposible... ―Me miró de
arriba a abajo y me hizo encogerme―. Está claro que se equivocaba. Nada es
imposible. El amor es extraño, ¿verdad?
―Amor es una palabra muy grande.
―Así es. Buda decía que cuando te gusta una flor solo la arrancas, pero
cuando amas una flor, la riegas todos los días.
―Vaya, ¿y tú crees que mi Amo me riega? ―bromeé.
―Sé que no te ha arrancado.
Decidí apartar al instante ese pensamiento, era demasiado perturbador.
―¿Por qué me cuentas esto?
―Porque sé lo importante que eres para él. Y Sergio no es fácil. Él es capaz
de lo mejor... pero también de lo peor.
Su mirada me ponía nerviosa de una manera muy diferente a la de Sergio. Mi
Amo siempre parecía saber lo que estaba pensando y siempre iba dos pasos por
delante, lo que me confundía irremediablemente. En el caso de Ahren, sus ojos
revelaban que era conocedor de lo que todas las mujeres se imaginaban cuando
le miraban, haciéndote cómplice y a la vez culpable del delito.
―Y porque quiero algo a cambio. Sinceridad a cambio de sinceridad. Te
toca. ¿Has hecho alguna vez un trío con Sergio?
―Eso es muy íntimo.
―Si me respondes, yo te contestaré la misma pregunta.
Tenía que admitir que había logrado despertar mi curiosidad.
―No, yo no...
―Tú no... ¿qué?
―No has contestado ―me desvié.
―Sí, muchas, muchas, muchas veces.
Lo repitió pausando en cada una de las palabras, dándome el tiempo
suficiente para que la imagen se formara en mi cabeza. Me apresuré en
desecharlo pero ya era demasiado tarde. Ya había hecho mella en mí.
―Yo no creo que eso vaya conmigo. ―Esperaba zanjar el tema.
―¿Y si te dejara elegir con quién hacerlo? ―Negué con la cabeza en el
acto―. Puede que algún día le apetezca... ¿No preferirías hacerlo con una
persona de tu elección antes de que te impusiera con quién hacerlo ―Ahren iba
a pinchar hasta que tocara nervio―, o que no lo hiciera contigo?
Tocado.
―De verdad, Ahren, no quiero pensarlo.
―Está bien, Clara. Solo contéstame a la pregunta hipotética. En el caso de
que no tuvieras otra opción, que fuera una orden y te diera a elegir con quién
quieres hacerlo, ¿a quién elegirías?
―¿Por qué insistes tanto?
―Porque me encantaría saber que me elegirías a mí.
Tenía la boca seca. Era imposible resistirse a un ataque frontal de Ahren. Su
sonrisa ladeada era una invitación ineludible a entrar en su juego.
―Ahren...
―Solo contesta. Si Sergio te preguntara con quién quieres hacer un trío,
¿con quién lo harías?
―Está bien. Contigo.
―Es bueno saberlo.
Mi cuerpo reaccionó con un sudor frío al sonido de su voz desde la puerta. Ni
siquiera me giré a mirarle, no necesitaba verle, solo bajé al suelo de rodillas
antes de que terminara su frase.

- o -

Estábamos andando hacia la habitación. Me temblaban las piernas. Sergio


hablaba en alemán. Hablaba con Ahren. No le entendía. Hablaba muy rápido. No
era necesario. Mi cabeza estaba bloqueada en una idea: lo que iba a ocurrir al
otro lado del umbral.
Todo había pasado muy rápido, aunque para mí cada segundo hubiera sido
eterno. Ahren se había levantado para marcharse pero Sergio le pidió que se
quedara. Sabía que la escena era tensa sin necesidad de verla; me faltaba coraje
para alzar la vista del suelo. Recuerdo perfectamente cada una de sus palabras a
continuación.
―¿Acabas de decirle a mi mejor amigo que te gustaría que te compartiera
con él? ―enfatizó cada una de las palabras de su pregunta.
―No es lo que pa... ―callé antes de terminar la frase más incriminatoria que
existe.
Me quedé en blanco. Cada vez que intentaba balbucear una respuesta, mi voz
se quebraba tras la primera sílaba. Tenía que decirle algo que me eximiera de mi
culpabilidad, pero lo cierto es que mi cuerpo, ya en posición de castigo, me
traicionaba.
―Sergio... solo era... no quería decir...
―No. No digas ni una palabra más, Clara.
Me obligó a mirarle. Me escaneó; no sabía lo que buscaba. No lo encontró.
Puede que tratara de disimularlo, pero podía ver un destello de ira en sus ojos.
―Ya he oído todo lo que necesitaba oír. Podía esperar que él lo intentara,
pero francamente no esperaba que tú se lo pusieras tan fácil.
Cuando abrí la boca para rebatirle aún no sabía que decirle; me debatía entre
expresar mi indignación ante su insulto o suplicar su perdón. Su mirada me
congeló antes de que pudiera emitir ningún sonido. Dio un par de pasos,
empequeñeciéndome así como se acercaba a mí.
―Eres mía. Y ahora, me lo demostrarás honrando el juramento que me
hiciste: me probarás tu obediencia. No te dirigirás a él. No le mirarás a los ojos.
No le besarás. Harás sólo lo que yo te diga.
Esperó y, aunque no sabía a qué, solo asentí. Habría accedido a cualquier
cosa por borrar aquella expresión de su semblante.
Entré la primera en la habitación. Ahren entró detrás de mí. Bajé la vista al
suelo. Después entró Sergio. Me arrodillé ante él.
―Bien ―dijo con voz seca―. A partir de este momento no hablarás.
Se quitó la americana del traje que llevaba y se sentó en el sillón de piel
blanco que estaba a su derecha, en una esquina de la habitación. Me observó
durante un buen rato, esperaba que lo estuviera reconsiderando. Finalmente
habló:
―Ahora ve con él.
Levanté la vista en dirección a Ahren, sentado en la cama, y acto seguido
regresé a mi Amo, esperando que lo parara. Sin embargo, su rostro impertérrito
observaba, ajeno a lo que iba a suceder. Ya ni siquiera parecía enfadado, y si de
verdad le importaba, lo ocultaba a la perfección.
Quería decirle que no. Quería gritarle. Quería rebelarme. Quería llorar. No
sabía lo que quería; sabía lo que no quería, y era lo único que podía hacer.
Me senté en la cama y escuché el susurro tranquilizador de Ahren:
“Tranquila. No te preocupes, princesa.” Su cuerpo se giró hacia mí. Buscaba mi
mirada, yo la de mi Amo, y Sergio... entrebajó su cabeza oscureciendo la suya.
Cerré los ojos, pero los abrí tan pronto como le sentí en mis rodillas. Su tacto
era tan diferente al de mi Amo. Seco, casi áspero. Evocaba a su estudio, a sus
cuadros. El contacto con el disolvente que tras años de uso continuado había
hecho mella en su piel. Sus manos subían por mis muslos, deslizándose
lentamente por debajo de la tela de mi camisón. Cada centímetro que ganaba
traía un nuevo escalofrío. No podía dejarle hacerlo y no podía impedírselo.
―Princesa, no aprietes las piernas. Vas a hacerte daño ―Ahren murmuró
con voz casi imperceptible, en un intento de que Sergio no le escuchara.
Tenía razón. No era que tuviera las piernas cerradas, estaba tan nerviosa que
estaba haciendo fuerza la una contra la otra hasta tal punto que la piel de las
rodillas palidecía de la presión. No me moví.
―Separa las piernas ―ordenó hosco desde su sillón. Ni siquiera parecía su
voz.
Le obedecí, apenas unos centímetros. Busqué en sus ojos, pero estaban
vacíos. Ni celos, ni enfado; solo indiferencia. Tenía que hacerle reaccionar. En
algún momento lo detendría, no podía dejarme hacerlo. Sergio no lo permitiría.
―Más.
Tenía que provocarle. Sería la única manera de hacerle entrar en razón. Abrí
las piernas, enderecé la espalda y me recliné levemente hacia atrás, apoyando
mis antebrazos en el colchón. Las manos de Ahren se dirigieron a mis rodillas y
mientras las masajeaba con los dedos, las forzaba hacia los lados abriéndolas
hasta que la tela del camisón no le permitió seguir el movimiento. Creo que le
dejé hacerlo.
Vigilaba sus manos como si eso fuera a suponer alguna diferencia. Su tacto
en la sensible piel de la cara interior de mis muslos me quemaba. Tenía que
pararle. No podía. Tenía que esperar a que Sergio lo hiciera. No le dejaría llegar.
Le vi aflojarse la corbata. Se estaba excitando. No le permitiría tocarme.
Cada vez estaba más cerca. Avanzaba muy despacio, recreándose en el modo en
que mi piel se erizaba bajo sus dedos. Recordé las veces que me había dicho que
si me quería ofrecer a otro, yo tendría que aceptarlo. Estaba a punto de llegar.
Me pareció adivinarle media sonrisa. Las yemas de sus dedos rozaron mi
humedad.
―No puedo ―grité al tiempo que me levantaba de un salto hacia mi Amo―,
por favor. Lo siento.
Sergio se apresuró a abrir los brazos para acogerme en su regazo. Su dedo
índice cruzó mi boca, recordándome que no me estaba permitido hablar. Al
momento la cubrió con sus labios, mientras me aferraba a la seguridad que me
ofrecía su cuerpo. Cuando sentí su mano resbalando en mí por debajo de la tela
de mi camisón, ya era demasiado tarde.
Se puso en pie llevando mi cuerpo con él. Iba a abrazarle, pero sus manos
sujetaron mis brazos y me voltearon rápidamente, volviéndome a poner de cara a
Ahren.
―Claro que puedes. Es lo que deseas, aunque no te atrevieses a
confesármelo. Tú lo has dicho y tu cuerpo habla por ti... ―Intenté soltarme, pero
aseguró su contención reteniéndome contra su cuerpo―... Y yo prometí hacerte
feliz.
Oía sus palabras en la distancia a pesar de que las estaba vertiendo en mi
oído. Mi atención estaba en las piernas de Ahren que veía moverse, paso a paso,
acercándose a mí. El problema no era que estaba excitada; el problema era que
ahora él lo sabía.
―Mi Amo...
―Y tú prometiste obedecerme.
Solo lo estaba empeorando. Apreté la mandíbula y me limité a asentir con la
cabeza. Sentí los dedos de Ahren en el cuello y me pegué al cuerpo de mi Amo.
Su erección se clavaba en mi coxis.
―Tranquila. No haré nada que tú no desees que haga. ―Su caricia
descendía por mi escote―. No tocaré nada que tú no desees que toque. ―Sus
dedos se detuvieron antes de alcanzar la porción de piel que quedaba fuera del
alcance de la vista―. Si quieres que pare, solo tienes que decir tu palabra de
seguridad.
Cometí un error. Le miré a los ojos, solo una fracción de segundo, y al
instante apartó su mano como si mi piel le quemara.
―¿Tienes una palabra de seguridad? ―Por primera vez me alegré de no
poder hablar―. Sergio, dime que tiene una palabra de seguridad.
―No la necesita. Es mía, yo decido cuál es su límite. Tenemos una relación
de metaconsenso.
―¿Te has vuelto loco? Sabes perfectamente que no funciona así. Suéltala.
No la puedes obligar a... Este es un límite duro y lo sabes. Sergio, ya está bien,
ella...
Y a partir de ese momento no entendí ni una palabra de lo que decía, pero
sabía que hablaba de mí.
La discusión iba subiendo de tono por momentos. Aproveché su
acaloramiento para escapar de sus brazos. Sergio intentó recuperarme y justo
antes de que pudiera tocarme, Ahren se abalanzó sobre él y le inmovilizó contra
la pared, con la misma llave que le había visto hacer la noche anterior.
―Ahren, déjame.
―No, si te suelto me darás una paliza.
―Por supuesto. Pero solo porque estás en mi camino.
―Sergio, mírate. Estás demasiado furioso ahora mismo para pensar con
claridad. Si la castigas cabreado, te arrepentirás.
―No... no me arrepentiré de nada. ―Hacía fuerza con todo su cuerpo para
deshacerse de Ahren.
Sabía que Ahren no podría retenerle mucho más tiempo, pero sobre todo, no
podía soportar que se pelearan por mi culpa. Esta situación se me había escapado
de las manos hacía demasiado tiempo. Yo lo había empezado y tenía que
detenerlo antes de que se hicieran daño. Me arrodillé en el suelo y adopté la
posición de castigo que mi Amo me había enseñado.
―Lo siento, mi Amo. Te ruego que me perdones. No puedo hacerlo. Te he
desobedecido y aceptaré el castigo que creas justo por mi falta.
Ahren se quedó mirándome, totalmente absorto. Sergio aprovechó su despiste
para zafarse de su llave. Avanzó en mi dirección, ignorando a Ahren por
completo y se detuvo delante de mí.
―Tendrás mi castigo, te someterás a mí y aceptarás mi voluntad.
No se molestó en decirlo en inglés; hablaba solo para que yo le entendiera.
―Siento no poder complacerte en la última parte, mi Amo.
―Te equivocas, Clara. Me complacerás en todo. Como siempre.
Temblé.
―Clara, no deberías quedarte aquí esta noche. Ven conmigo. Puedes pasar
la noche en mi casa, haré que te preparen una habitación... O puedo llevarte a
casa de Marie si lo prefieres, sabes que no le importará. Mañana, cuando los
dos estéis más tranquilos, podréis hablar.
Sergio se quedó callado, puede que le dejara hablar solo para ver mi
respuesta. Su mirada afilada se estaba clavando en mí.
―Ahren, gracias, pero no puedo irme.
Hizo un amago de intentar convencerme pero se giró hacia Sergio y después
hacia mí, los dos con los ojos clavados el uno en el otro, retándonos. Al final,
decidió irse.
Y mi Amo y yo nos quedamos solos.
EPÍLOGO (XLI)


Acababa de atarme a la cama. Mis muñecas ligadas juntas al hierro forjado de
la cabecera quedaban por encima del cuerpo. Mis piernas en cambio estaban
separadas, un pie meticulosamente atado a cada pata. Había tensado las cuerdas
lo suficiente como para que mi cuerpo quedara totalmente estirado, aunque esto
ya lo he contado. También como hui y puse miles de kilómetros entre nosotros
solo para asegurarme de que no volvería corriendo a sus pies en un momento de
debilidad.
Busqué refugio en un lugar completamente fuera de su influencia. No podía
involucrar a sus amigos, o a mi familia; a nadie que él conociera y le diera la
oportunidad de encontrarme antes de haber organizado mi cabeza.
Ni siquiera la llamé para decirle que iba; solo fui a su casa en cuanto me bajé
del avión y me planté en su puerta. Sandra era esa amiga con la que sabes que
siempre puedes contar. Siempre. Da igual llevar semanas o meses sin tener
contacto; el vínculo no se rompe. Me vio, me abrazó y preparó una habitación
para mí.
No podía hablar. Solo me dio un consejo, uno que ya conocía: “Clara, ¿qué le
aconsejarías a tu mejor amiga si estuviera en tu situación?”
Había sido como abrir una cápsula de descompresión. Todo lo que había
estado bloqueando: cada sentimiento, cada sensación, cada pensamiento, cada
sospecha, de repente parecieron desbordarse, como si intentaran ahogarme. Sentí
vacío, soledad pero, sobre todo, pánico. Sergio había entrado en mi vida como
un huracán, arrancando todo lo que había antes de raíz. Lo bueno y lo malo.
Solo entonces, cuando por fin me atreví a abrir aquella caja que tanto empeño
había puesto en mantener cerrada, pude analizar sin filtros todo lo que había
ocurrido. Recordaba todo lo que había hecho y todo lo que me había dejado
hacer por él, sin oponerme, aceptándolo todo, cediendo a todas sus imposiciones
y asumiendo cada una de sus torturas. La forma en que me había puesto a su
merced era inadmisible, pero al mismo tiempo, inevitable.
Y aun así, mi cabeza le defendía una y otra vez, justificando sus decisiones,
sus actos, sus palabras. Me preguntaba hasta qué punto me había estado
manipulando para conseguir lo que quería, o si había abusado de mí. Tampoco
sabía si se podía considerar abuso si, no solo lo consentía y lo admitía, sino que
en casi todas las ocasiones, lo anhelaba y disfrutaba.
Una cosa tenía clara: no iba a autocompadecerme. Me negaba a culparle de
nada de lo que había hecho y no solo porque eso me victimizaría; en el último
mes había aprendido más sobre mí misma que en todos mis años de vida. Sergio
me había descubierto una parte de mí que antes solo intuía, hasta tal punto que
cederle el control se había convertido en una necesidad.
Me preguntaba una y otra vez si tenía que haberlo parado antes, si tendría que
haberme puesto en mi sitio, y si eso hubiera cambiado algo. Pero cuanto más lo
pensaba, más cuenta me daba de que no había sido mi elección. Habría sido
incapaz de hacerlo.
Solo ahora, a miles de kilómetros de distancia, tenía la lucidez suficiente para
ver nítidamente lo que debía hacer. Lo que debía haber hecho demasiados días
atrás. Era tan obvio como ineludible. Había llegado el momento de ser fuerte y
poner punto y final. Había llegado el momento hacer algo que nunca había hecho
en el pasado, algo que siempre me había dado pánico: elegirme a mí.
Leí otra vez su mensaje. “Una semana”. Apareció en mi móvil en cuanto lo
encendí al cabo de dos días. No había nada más. Enseguida tuve claro su
reproche. Ese era el tiempo que había aguantado siendo completamente suya.
Una semana. Una semana y tuve que escapar.
Habría sido ingenuo pensar que podía borrar a Sergio de mi vida. Aun cuando
la decisión estaba clara en mi cabeza, había una débil vocecita que no podía
acallar que le devolvía a mí. Sabía que nunca podría silenciar aquella vocecita, o
el miedo que me sobrecogía cuando pensaba en no volver a verle, y era algo con
lo que iba a tener que aprender a convivir.
No sabía si estaba siendo cobarde por huir o valiente por aferrarme a mi
determinación. Hasta el fuego se detiene una vez que lo ha consumido todo, en
mi caso, decidí quitarle el oxígeno antes de que me quemara.
La experiencia con Sergio había sido la más intensa que había vivido en mi
vida. Había cumplido muchas de mis fantasías más ocultas, incluso algunas que
ni yo misma me atrevía a reconocer y que siempre debieron quedarse en ese
terreno.
Había escuchado antes que tal vez todo lo intenso deba ser efímero. Y solo
ahora comprendí que puede que hubiera una razón.


Título original: Como Quieras
Primera edición: Julio 2021
Diseño portada: A. Diaz

© 2021, C. Pons

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