CAPITULO 2
¿Que es creer7
«¿Que es creer7 La fe, veo mas o menos de que se trata, pero
el acto de creer es para mi bastante mas oscuro» Tal era la
cuestión que me planteaba un día un sacerdote Creer no es
algo evidente para nadie, y menos aun en la cultura del mun-
do actual, en la que todos los creyentes viven una fe «expues-
ta», y en la que los no creyentes se encuentran a menudo le-
jos de estar en claro, no solo respecto de la fe, sino incluso
respecto de la actitud que permite creer Todos tienen que in-
terrogarse pues sobre el verdadero sentido del acto de creer,
en lugar de vivir en una rutina que no se hace preguntas Por
eso conviene interrogarse sobre lo que significa este acto y so-
bre lo que puede justificarlo
Creer ylo saber
Creer se opone a saber Esta es una forma original de relación
con un objeto de conocimiento Se sabe «a ciencia cierta»,
como se dice El objeto de la creencia se muestra menos se-
guro, pertenece al orden de la «convicción intima», como para
los miembros de un jurado Pero entonces creer deja lugar to-
davía a la duda Toda nuestra ideología contemporánea con-
fia en el saber, sobre todo en las ciencias, y se muestra reser-
vada en lo tocante a la creencia, considerada inferior Esta
pertenece al orden de la convicción personal, es decir, de lo
que no se discute, pero tampoco puede compartirse
Esta visión de las cosas se queda muy en la superficie De
hecho, el «creer» es algo cotidiano en nuestra vida y no po-
44 Cieei
demos prescindir de el En primer lugar, nuestros mismos co-
nocimientos son fruto de la recepción del saber de los demás
Todo lo que el niño o el adolescente aprende en la escuela, lo
admite y lo cree sobre la base de la ciencia de sus maestros
No esta en absoluto en condiciones de realizar personalmen-
te todas las verificaciones, indagaciones o experiencias cientí-
ficas que le permitirían llegar a los mismos resultados Quiza
un día, en la disciplina especifica que haya elegido, estara en
condiciones de comprobar en detalle lo que hasta entonces ha
creído por la palabra de sus antiguos profesores Ocurre lo mis-
mo con las noticias que leemos en los periódicos, asi como
en nuestras relaciones cotidianas, en las que las noticias se di-
funden de boca en boca Sin duda hay que ser críticos en to-
dos estos casos El periodista puede haber transformado su-
brepticiamente la verdad o haber inflado una noticia a partir
de cero Sabemos que los medios de comunicación no dudan
a veces en recurrir a la manipulación de la opinión Sabemos
también el grado de confianza que podemos tener con tal o
cual persona de nuestro entorno, que aporta su «coeficiente»
de exageración en la transmisión de las noticias Tenemos pues
que ser prudentes y, en algunos casos, desconfiados
Queda sin embargo este dato elemental no podemos vivir
sin creer en lo que dicen los demás Esta confianza es la base
de la sociedad, y por eso la mentira es algo tan grave en la
vida social La franqueza es la primera forma de la honradez
Vayamos todavía mas lejos aun a riesgo de sorprender a
mas de un lector, hay que decir que la misma investigación
científica supone una cierta dosis de creencia ¿Que es una hi-
pótesis sino la creencia de que tal ley puede dar cuenta de los
fenómenos analizados7 El investigador elabora entonces un
experimento para verificar su hipótesis Si el experimento fra-
casa, no por ello deja de ser instructivo significa que la hipó-
tesis no era buena, o enteramente buena, pero que quiza val-
ga la misma hipótesis corregida o revisada En resumen esta
interpretación «credencial», provisional sin duda, es el motor
de la investigación Esta depende de una lógica de la investi-
gación, que no es la misma que la lógica de la demostración
Esta dosis de creencia o de convicción sigue teniendo peso
incluso a nivel de los resultados Escuchemos a titulo de anee-
¿Que es creer7 45
dota la experiencia del célebre matemático alemán Georg Can-
tor (1845-1918). Este había descubierto un teorema matemá-
tico contrario a todo lo que había tenido hasta entonces por
verosímil. Y se lo envió a su amigo y colega Dedekind, preci-
sando: «Lo que acabo de comunicarle es para mí tan inespe-
rado, tan nuevo, que no lograré, por así decir, una cierta tran-
quilidad de espíritu hasta que haya recibido, mi honorable
amigo, su juicio acerca de su exactitud. Mientras no haya re-
cibido su aprobación, no puedo sino decir: Lo veo, pero no
lo creo»1.
Notemos esa curiosa relación entre ver y creer. Cantor ve
el teorema: lo sabe, conoce su verdad, y sin embargo no con-
sigue creerlo. Para creerlo espera a que sea «admitido» por un
colega matemático, que representa para él a la sociedad de los
matemáticos, cuya aprobación espera. En su correspondencia,
Cantor y Dedekind se refieren incluso a los «artículos de fe
de la teoría de las multiplicidades»2.
Dedekind contesta: su teorema es «exacto», pero «pone en
cuestión los artículos de fe admitidos hasta el presente»3. Pa-
rece increíble en virtud de sus consecuencias. Dedekind acon-
seja pues a su amigo «no emprender públicamente polémicas»
al respecto. «En resumen, es sin duda exacto, observa M. de
Certeau, pero no es oportuno, remitiendo este último térmi-
no, no a una cuestión de verdad, sino a la defensa de las con-
venciones comunes que fundan las operaciones específicas del
grupo. Sus convicciones y su orientación de pensamiento le
prohiben aceptarlo»4. Más tarde, el teorema se convertirá en
una evidencia comúnmente aceptada en matemáticas.
Fe y saber se combinan aquí en una relación enteramente
original. Son dos instancias diferentes, pero no necesariamente
opuestas. Esto es tanto más sorprendente cuanto que estamos
aquí en el terreno de la ciencia más exacta que hay; no una
ciencia humana, ni siquiera una ciencia física, sino la ciencia
1
Citado por M DE CERTEAU, tinstitution du croire, RSR 71 (1983) 64-65, que
remite a su vez a J. CAVAILLÉS, Phüosophíe mathématique, Hermann, París 1962,
210-217.
2
Ib, 65
3
Ib
4
Ib
46 Creer
en la que el rigor del razonamiento ha de ser total Esto quie-
re decir que incluso los matemáticos se apoyan en ciertas op-
ciones del orden de la creencia
Todo esto nos recuerda simplemente que creer no es una
actitud exclusivamente religiosa, sino una realidad humana
absolutamente general, y que la oposición entre creer y saber
no es simple El creer invade nuestras informaciones cotidia-
nas Esta presente incluso en la investigación científica Por
lo demás, ¿no se dice de un sabio dedicado en cuerpo y alma
a la investigación «Esta enteramente consagrado, cree ciega-
mente en lo que hace»?
Creer en los otros
Hemos permanecido hasta aquí en el terreno de la objetivi-
dad de las cosas Pero hay un terreno totalmente distinto en
el que el creer se nos impone el de las relaciones humanas
No podemos vivir en sociedad sin confiar, es decir, sin un mí-
nimo de fe en los otros No se puede amar o tener amistad
sin creer en el otro El SI conyugal que se dicen dos novios es
resultado de su amor mutuo Pero ese amor se apoya sobre
una fe mutua, una fe que concede «crédito» al otro y cuenta
con su fidelidad en el porvenir El matrimonio es un ejemplo
notable de la solidaridad entre la fe, la esperanza y el amor
El vinculo entre la fe, la esperanza y el amor vale para to-
dos los demás tipos de compromisos No puedo consagrarme
a una causa humanitaria, por ejemplo, sin sentir amor por los
que son victimas de violencias o injusticias, sin tener ademas
fe y esperanza en que mi acción, concertada con la de los otros
y sin duda en el marco de una asociación, puede contribuir
por lo menos a atenuar el problema, si no logra resolverlo
Tocamos aquí el meollo mismo de la condición humana Una
vez mas, no podemos amar sin apelar a una forma de fe que
ningún saber puede suplantar
¿Que es aeei ~> 47
Creer en valores
Quienesquiera que seamos, todos tenemos cierto sentido del
bien y del mal Que ese sentido sea justo o erróneo, rigorista
o laxo, no nos interesa por el momento Ninguno de noso-
tros podemos vivir sin un mínimo de valores, ya sean provi-
sionales o no, ya cambien o no a lo largo de la existencia Hay
cosas que me deshonrarían ante mis propios ojos si las hicie-
ra Aunque a veces sea débil y atente contra ciertos valores,
mi juicio al respecto sigue siendo claro Se de este modo que
no debo mentir No se trata aquí de la pequeña mentira de un
niño que quiere evitar que lo castiguen, sino, por ejemplo, en
el campo profesional, de la sutil manipulación de un informe
con el fin de sacar provecho Notemos que nuestra vida so-
cial y publica se apoya sobre un cierto numero de valores que
constituyen objeto de consenso, «Libertad, igualdad, fraterni-
dad», por ejemplo, es un lema que recoge ya tres valores
Por definición, un valor no es una cosa Es una especie de
utopia sobre la manera como debemos vivir Un hombre des-
provisto de todo valor, ¿seguiría siendo un hombre 7 Ahora
bien, todo valor al que uno se obliga se convierte en objeto
de un acto de fe El dominio del saber permanece aquí inope-
rante El hombre es mucho mas que una suma de conocimien-
tos Es quien los discierne, los juzga y les da un sentido Pero
desde el momento en que se habla de sentido, de dirección,
de intención, estamos en el orden del creer
De todo lo que se ha dicho se desprende una conclusión
el acto de creer es un acto esencial de la condición humana,
un acto noble y auténticamente humano, y no un acto vergon-
zoso Interviene en nuestra vida independientemente del creer
propiamente religioso Querer prescindir de el no solo sena
una contradicción existencial, sino en cierto modo una per-
dida de sustancia con respecto a lo que somos
Una nueva paradoja
La relación del creer y del saber en nuestra vida nos lleva a
discernir una nueva paradoja de nuestra existencia Estamos
48 Creer
condenados a tomar decisiones, aun cuando nuestro saber so-
bre su alcance sea muy incompleto. Negarse a decidir es ya
una manera de decidirse, la más negativa, puesto que nos im-
pide hacer la experiencia positiva de un compromiso y de sus
beneficios. Ya se trate de la elección de una profesión, de una
opción de vida, de un compromiso personal al servicio de al-
guna causa, de la decisión de contraer matrimonio, estamos
condenados a decidirnos más allá de lo que sabemos. Siem-
pre hay razones a favor y en contra. Pero somos nosotros quie-
nes las ponemos en uno u otro platillo de la balanza, y noso-
tros también quienes decidimos si la balanza se inclina de un
lado u otro. Esto contradice nuestra búsqueda de seguridad y
certidumbre acerca del futuro. Quizá esa sea la razón de que
hoy se esté produciendo un retroceso ante la perspectiva de
un compromiso de por vida como el del matrimonio. Pero la
verdad es que no podemos salir de esta situación, como no
podemos librarnos de nuestra sombra.
El creer religioso
Sigue siendo verdad que la forma más visible del creer es el creer
religioso. Este se presenta hoy en las mejores y en las peores
formas. Si las «instituciones del creer» que son las grandes con-
fesiones cristianas parecen estar perdiendo empuje5, se consta-
ta en cambio el desarrollo de las sectas. Algunas son aberran-
tes por las creencias que proponen, a veces incluso inmorales,
cuando acaparan ávidamente (aunque disimulándolo con há-
biles técnicas) los bienes de los fieles; peor aún, cuando abu-
san sexualmente de ellos o los empujan al suicidio colectivo.
Son un triste ejemplo de la fragilidad humana, siempre vulne-
rable a la perversión del creer degradado en credulidad y a las
manipulaciones despersonalizadoras. La «vuelta salvaje de lo
religioso» corre el riesgo de hacernos retroceder peligrosamente.
Sería injusto sin embargo juzgar el creer religioso partien-
do de la credulidad, o de otras perversiones como la intole-
5
Cí B. SESBOÜÉ, N'ayez pas peur!, DDB, París 1996, 22-53 (trad. esp., ¡No
tengáis miedo!: los ministerios en la Iglesia hoy, Sal Terrae, Santander 1998).
¿Que es creer7 49
rancia A lo largo de la historia de la humanidad, el creer re-
ligioso ha obtenido numerosos títulos de nobleza Por no po-
ner más que un ejemplo reciente, ¿no ha sido él el que ha
motivado el compromiso de la madre Teresa con los más ne-
cesitados7 Es menester pues analizarlo en sí mismo y en sus
mejores manifestaciones.
La génesis de la fe religiosa
Hagamos un poquito de historia y tratemos de establecer la gé-
nesis de la fe religiosa. El ejemplo que tomaremos será el de la
fe judía, que conducirá a la fe cristiana. El mismo análisis será
válido sin duda para el origen de otras religiones, no pretende-
mos que la tradición judeocristiana tenga el monopolio de la
fe religiosa Sin embargo, este es algo más que un ejemplo, por-
que en cierta medida la fe es algo específico del judeocns-
tianismo Toda actitud religiosa no supone necesariamente la fe
Algunos llegan incluso a oponer, exageradamente por lo demás,
religión y fe. Lo hacen en virtud de una concepción peyorativa
de la religión, entendida como la pretensión del hombre de do-
mesticar en provecho propio el ámbito de lo sagrado.
En opinión del gran especialista de historia de las religio-
nes G. Van der Leeuw, la fe religiosa, es decir, la confianza to-
tal del hombre en un Dios con el que se ha encontrado personal-
mente, nació entre los antiguos hebreos. «En este pequeño
pueblo, perdido en un rincón —escribe—, se produce un he-
cho inmenso, el nacimiento de la fe»6. El primer gran testigo
de esta fe en la tradición bíblica es la figura de Abrahán, que
«creyó al Señor y el Señor le consideró como un hombre jus-
to» (Gen 15,6) ¿De qué se trata77.
6
G VAN DER LEEUW, La religión dans son essence el ses mamfestations, Payot,
París 1970, 620
7
Soy consciente de que hablando asi de la Biblia y describiendo los dife-
rentes aspectos de la fe, doy por supuestos muchos datos que seguirán siendo
problemáticos para ciertos lectores ¿Puede Dios intervenir en nuestra histo-
ria' ¿Que significa la afirmación de que Dios habla al hombre' ¿De que dialo-
go se puede tratar entre Dios y el hombre' Estos puntos se presentaran mas
tarde a nuestra consideración Por el momento, se trata de una descripción de
lo que envuelve la actitud de fe
50 Crea
La cuestión de la fe en el Antiguo Testamento no gravita
en torno a la de la existencia de Dios, que en cierto modo era
ociosa en la época Podía por lo demás ser muy ambigua, sien-
do representado (s) el dios o los dioses en forma de poderes
mas o menos personificados, que dominaban al hombre Los
riesgos de magia e idolatría eran grandes Cuando los pode-
res eran múltiples, siempre dejaban en la angustia de haberse
olvidado de apaciguar a alguno
El cambio de actitud operado por Abrahan consistió en
aceptar una relación de tipo personal con un Dios que no po-
día sino ser único Esta relación comenzó con la confianza de-
positada en la palabra, esa llamada que había escuchado
Abrahan creyó con todo su ser en la promesa que había reci-
bido de Dios de hacer de el un gran pueblo Pero para eso,
tenia que dejar su país, su familia, la casa de su padre (Gen
12,1-2), y partir hacia lo desconocido Su fe se desarrollo luego
en una historia de alianza interpersonal, que vino a avalar fiel-
mente la confianza inicial
La verdadera cuestión de la fe invierte los términos no se
trata de creer que Dios existe, sino de creer que el hombre
existe para Dios Dicho de otro modo ¿se interesa Dios por
el hombre7 ¿Puede intervenir Dios en la historia de los hom-
bres para su bien7 Desde Abrahan, la fe ha respondido SI Tal
fue la experiencia fundamental que dio origen a la tradición
espiritual judia y en la que se injerto la tradición cristiana
El vocabulario hebreo con el que se expresa esta experien-
cia no tiene todavía nada de técnico, pero traduce sus actitu-
des fundamentales poner la fuerza en Dios, encontrar en el
apoyo en medio de las contradicciones de la vida, estar a res-
guardo con el, apoyarse en el como en algo solido Dios es la
solidez del hombre es el tema de Dios «roca de Israel» (Sal
61,4) Dios dice asi al hombre «Si no creéis, no podréis sub-
sistir» (Is 7,9) Esa fue la actitud de Abrahan, que se apoyo en
Dios y se adhirió a su designio hecho realidad en la historia
Jesús volverá sobre el tema al final del sermón del monte, al
contar las parábolas de la casa edificada sobre roca y de la casa
edificada sobre arena (Mt 7,24-27) Concretamente, apoyarse
en Dios es confiar en el respondiendo a sus expectativas
Pero la fe evoca igualmente la fidelidad Esta fidelidad es
¿Que es creer7 51
ante todo y sobre todo la de Dios, siempre fiel a sus prome-
sas Dios es el Dios de Abrahan, de Isaac y de Jacob, el Dios
de los padres de Israel Los primeros credos de la tradición bí-
blica son credos «historíeos», es decir, credos que enumeran
como una letanía las «maravillas» que Dios ha realizado por
su pueblo en el pasado Con el tiempo, esta lista se va alar-
gando sin cesar Pero esta fidelidad exige otra fidelidad, la del
pueblo ante el que Dios se ha manifestado asi
El pasado es el garante del porvenir la fe de Israel se hace
entonces confianza en Dios, espera y esperanza En el futuro
la fidelidad divina sera la misma que en el pasado, porque «no
abandonas, Señor, a quien te busca» (Sal 9,11)
La fe es por tanto una relación fuerte entre Dios y su pue-
blo Se inscribe en una alianza Esta alianza es paradójica al
principio es unilateral, puesto que es Dios quien lo hace todo,
por medio de la misteriosa «elección» de este pequeño pue-
blo, aunque con vvstas a la salvación universal Pero luego se
hace bilateral, porque no se puede mantener sin un dialogo
constante en el que el pueblo de Dios responde a su Señor
otorgándole su fe y viviendo según la Ley La fe es siempre una
respuesta a una iniciativa de alianza
Ocurre lo mismo en el Nuevo Testamento, en el que los tér-
minos creer (300 veces) y fe (250 veces) se hacen omnipresen-
tes y adquieren un sentido técnico Los evangelios son los li-
bros de la fe en Jesús
Esta fe asocia dos elementos un creer en y un creer que
Comienza en efecto por el encuentro con una persona, la de
Jesús de Nazaret, y conlleva el momento de la decisión de
comprometerse con. el Creer en es un acto interpersonal por
el que el discípulo se da a Jesús, se pone a su disposición y
pone en el toda su confianza «Te seguiré dondequiera que va-
yas» ¿Es legitimo un acto asi cuando va dirigido a un hom-
bre 7 Tenemos en la memoria tantos ejemplos de juramentos
abusivos de fidelidad que fueron exigidos por jefes de Esta-
do, o que aun lo son por ciertos gurús, que no nos faltan ra-
zones para mostrarnos desconfiados Digamos, para abreviar,
que lo que Jesús pide a los suyos es en efecto lo que solo Dios
tiene derecho a pedir Solo sera legitimo por tanto si Jesús es
el verdadero y definitivo enviado de Dios (tendremos que vol-
52 Creer
ver largamente sobre este punto 8 ). A través de la mediación
de su humanidad, lo que Jesús pide es un acto de fe en Dios.
Pero esta decisión comporta igualmente un creer que, es
decir, la dimensión de una verdad relativa a la persona de Je-
sús. Para creer en Jesús, hay que creer también lo que dice Je-
sús y creer que es quien pretende ser. Esta dimensión se hace
particularmente patente en el Evangelio de Juan, en el que el
término «creer» tiene a menudo el sentido de «tener por ver-
dadero», mientras que en Mateo, Marcos y Lucas, expresa más
bien el compromiso de poner la confianza en una persona. La
fe cristiana tiene pues un contenido, que se concentrará en la
persona de Jesús, que vivió, murió y resucito de entre los
muertos, y precisara su relación con Dios.
Más tarde san Agustín colocará en una línea ascendente los
tres aspectos de la fe cristiana: creer que hay Dios, que Dios
existe, primer presupuesto de toda fe; creer a Dios, es decir,
creer en su palabra; y finalmente, creer en Dios, es decir, creer
en el sentido bíblico y evangélico entregarse a Dios y confiarle
el sentido de nuestra vida, contar con él que es nuestra roca,
poner en él nuestro destino en un movimiento de respuesta a
la alianza que el nos ofrece Esa es la razón de que la alianza
entre Dios y su pueblo se describa en la Biblia con la parábo-
la del matrimonio. Hay por tanto muchos grados en el acto
de creer. Solo el ultimo corresponde enteramente a la fe cris-
tiana.
Creer es entrar en un diálogo
Cuando el fiel cristiano dice Creo en Dios, expresa pues la res-
puesta de su fe a la triple iniciativa de Dios en su favor, la del
Padre creador que esta en el origen de todo, la del Hijo que
ha venido a vivir en nuestra carne, morir por causa nuestra y
resucitar, y la del Espíritu Santo que se ha dado a la Iglesia.
Así se ha reflejado y sigue reflejándose en la celebración del
bautismo o en la renovación de las promesas del bautismo du-
[Link] 302-308
¿Qué es creer7 53
rante la vigilia pascual. El credo es entonces un diálogo con
tres preguntas y tres respuestas:
— ¿Crees en Dios Padre...?
— Sí, creo.
— ¿Crees en Jesucristo, su único Hijo...?
— Sí, creo.
— ¿Crees en el Espíritu Santo...?
— Sí, creo.
Este diálogo expresa muy bien quién ha tenido «la prime-
ra palabra» en esta alianza. Sí, «la primera palabra», porque
si la fe es una respuesta, supone que Dios ha hablado prime-
ro. Sin duda, la idea de que Dios hable al hombre no es evi-
dente por sí misma. Se trata de la difícil cuestión de la revela-
ción, sobre la que volveremos en un próximo capítulo 9 .
Retengamos por el momento que la fe cristiana se inscribe en
una alianza, desproporcionada y sin embargo bilateral, en la
que Dios lo ha hecho todo por su Hijo Jesús, y que nos per-
mite hacerlo todo en justa correspondencia. Dios se ha inte-
resado por el hombre; sobre este fundamento, el hombre puede
otorgarle su fe.
Los «ojos» de la fe
Esta expresión procede de un teólogo jesuíta de comienzos del
siglo XX, Pierre Rousselot, muerto prematuramente en el fren-
te durante la I Guerra mundial, en 1915. Trataba él de anali-
zar la psicología de la fe y de justificarla, no sólo ante la ra-
zón, sino también ante el funcionamiento concreto de nuestro
conocimiento. Trataba de dar cuenta del modo en que el mis-
mo acto de fe se combina con las razones para creer, pero sin
reducirse nunca a ellas. Porque el acto de fe supera siempre
en compromiso y en contenido a las razones que se tienen para
creer, y a los indicios o señales que nos mueven a creer10.
'Cfinfra, p 171-201
10
Su tesis era la siguiente: la fe da «ojos» para creer, es decir, que da una
luz para mostrar que hay que creer En un mismo acto concreto percibo, por
una parte, que tal cosa es creíble, y por otra, la confieso como verdadera Este
acto es un paso, un transito Este punto, por lo demás, es lo que hace tan difi-
54 Creer
Rousselot pone la comparación de dos policías que traba-
jan en la investigación de un mismo crimen. Ambos disponen
de las mismas pistas. Sobre la base de estas pistas, uno descu-
bre la identidad del criminal. El otro no descubre nada. ¿Qué
es lo que los distingue? Una facultad de síntesis y de intui-
ción que permite al primero relacionar los indicios entre sí y
establecer una cadena coherente que conduce a la convicción
de que fulano es el culpable. El segundo carece de esta facul-
tad y no avanza.
Ocurre lo mismo con el razonamiento del científico, que
practica una especie de «círculo» entre la hipótesis y la con-
clusión: «El indicio es realmente causa del asentimiento que se
da a la conclusión, y es sin embargo la conclusión que se per-
cibe la que aclara el indicio»11 y le da sentido. Se trata en efec-
to de un círculo, puesto que el indicio da lugar a la convicción
y, sin embargo, es la convicción la que da sentido al indicio.
Pero no es un círculo «vicioso». Por lo demás, todo el desarro-
llo contemporáneo de la reflexión sobre el conocimiento hu-
mano, considerado no desde el punto de vista de su configura-
ción lógica, sino desde el punto de vista de su génesis concreta,
ha venido a confirmar esta observación de Rousselot12.
Ocurre también así, analógicamente, con el acto de fe. Pero,
¿qué es lo que juega aquí el papel de la intuición sintética que
concluye más allá de los indicios y proclama: «¡Eureka, lo en-
contré!»? Una disposición interior, hecha de inteligencia y de
libertad y en la que la doctrina cristiana ve también un don
de Dios, lo que se llama en el lenguaje clásico la gracia13.
He aquí un ejemplo característico que me viene de una bre-
ve experiencia como capellán de prisión. Un preso, alojado en
cil todo diálogo entre el creyente y el no creyente. El filósofo Maurice Blondel
(1861-1949) decía ya, por su parte, que hay que «distinguir el uso de la razón
antes y el uso de la razón después del acto de fe» (M. BLONDEL, Lettre sur
l'Apologétique, PUF, París 1956, 20 [trad. esp., Carta sobre apologética, Univ.
Deusto, Bilbao 1991]).
11
E ROUSSELOT, Lesyeux de lafoi, RSR 1 (1910) 255.
12
La analogía científica es la analogía de la «inducción». Hoy se llama a
este círculo el «círculo hermenéutico», es decir, el círculo del descubrimiento
o de la interpretación, en el que funciona una circularidad recíproca de escla-
recimiento entre el punto de partida y el punto de llegada.
13
Este término se define en el Léxico.
¿Que es creer? 55
la enfermería, me pide que vaya a verlo y me dice: «Tengo 78
años y me quedan todavía tres años de prisión. No sé además
si viviré para cumplirlos. He hecho tales cosas en mi vida que
siempre me he dicho: si Dios existe, no puede perdonarme.
Pero el otro día me enteré de que la religiosa que atiende la
enfermería lleva aquí, como prisionera voluntaria en cierto
modo, más de quince años. Esto no es simplemente humano.
Esto quiere decir que Dios existe y que puede perdonarme».
Este anciano pedía el bautismo.
Se dirá que hay una distancia enorme entre el indicio ex-
terno y la conclusión sacada. Estamos en el caso de la fe del
«sencillo», donde la dimensión intelectual es limitada. Pero,
¿no es precisamente lo importante el que la fe sea accesible a
todos, tanto a los más humildes como a los más sabios? El eli-
tismo de una fe reservada a los «doctos» sería intolerable. Por
detrás de esta apertura a la fe, habían sucedido cosas muy gra-
ves. Este hombre había caído en una especie de desesperación
respecto de sí mismo y no podía escapar de su objeción: de
todas maneras, aunque Dios exista, para mí todo está perdi-
do. Todo giraba en torno a este punto. Sin embargo, a través
de la entrega de esta religiosa, a la que considera heroica, ve
la respuesta a su principal objeción: Dios se interesa por mí,
yo existo para él, por tanto puede perdonarme. No veamos
aquí adhesión alguna a todo el contenido de la fe cristiana,
que él ignoraba sin duda en gran medida, sino una experien-
cia concreta que lo libera de su obstáculo fundamental y lo
abre a un Dios que puede perdonarlo.
Certeza y libertad de la fe
Según la enseñanza de la Iglesia, la fe es al mismo tiempo cierta
y libre. Parece, sin embargo, que hubiera una contradicción
entre ambas cosas. Por una parte, cuanto más cierta es una
realidad menos libre parece ser. ¿Soy acaso libre de negar que
2 y 2 son 4 (¡por lo menos en geometría euclidiana!)? Por otra
parte, cuanto más es proclamada la fe como libre más incier-
ta parece. Lo más común es en este terreno que «cada uno siga
su idea». ¿Cómo salir de aquí?
56 Creer
Las malas soluciones consisten en subrayar un elemento en
detrimento del otro. Se dirá, por ejemplo: «Creed primero cie-
gamente, luego veréis». Se trata de una línea voluntarista, que
no corresponde con el movimiento profundo de nuestra ex-
periencia. Por otro lado se dirá: «Ved claro primero, compren-
ded y, luego, creed»; es la línea intelectualista.
Para salir de aquí, hay que volver al famoso círculo men-
cionado y mantener juntas las dos posiciones. Porque existe
aquí una reciprocidad entre la certeza y la libertad. Cuanto más
me comprometo en la fe, más veo con una luz que me da cer-
teza. Cuanto más discierno la verdad, más quiero creer.
Supongamos que tengo que tomar una decisión. Vacilo ante
dos posibilidades profesionales. Cada una tiene sus ventajas
y sus inconvenientes. He sopesado unas y otros. En un mo-
mento dado, sin embargo, me parece que la balanza se incli-
na más hacia un lado. Me siento pues dispuesto a tomar par-
tido por ello, porque creo que es lo mejor. Cuanto más me
comprometo en esta decisión, más fuertes se muestran las ra-
zones que me han llevado a tomarla. Al final consideraré que
esta opción se impone con evidencia. Pero este proceso pue-
de conducir al resultado contrario. Cuanto más me compro-
meto en la decisión, mayor es el número de inconvenientes
que surgen sin que los hubiera previsto, mayor es mi males-
tar y mi temor a haber elegido un mal camino. Entonces re-
chazaré decididamente esta solución y me decidiré por la otra.
Estamos pues en un caso en el que el compromiso libre
ayuda a aclarar la verdad. Esto puede parecer paradójico. Sin
embargo, es así. Siempre nos topamos con la reciprocidad en-
tre lo subjetivo y lo objetivo.
Nuestra actitud de amor o de odio juega un papel impor-
tante en nuestra libertad. Si estoy encerrado en mis ideas, en
mi resentimiento, en mis querellas pasadas con tal o cual per-
sona, no veré las cosas de manera adecuada cuando tenga que
tomar una decisión. Porque en cierto modo estaré ciego. En
cambio, si hay en mí una actitud de apertura, de simpatía, de
sentido de la justicia, en definitiva de alguna forma de amor,
veré mejor lo que debo hacer. Aquí una vez más el amor da
unos ojos nuevos.