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Cassie Cole - Compartida

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Contents

Title
Copyright
Otros libros de Cassie Cole
1 - Amber
2 - Amber
3 - Amber
4 - Amber
5 - Amber
6 - Amber
7 - Jude
8 - Amber
9 - Amber
10 - Amber
11 - Amber
12 - Owen
13 - Amber
14 - Amber
15 - Amber
16 - Amber
17 - Jude
18 - Jude
19 - Amber
20 - Amber
21 - Jude
22 - Amber
23 - Amber
24 - Amber
25 - Amber
26 - Amber
27 - Owen
28 - Amber
29 - Amber
30 - Amber
31 - Amber
32 - Owen
33 - Amber
34 - Amber
35 - Amber
36 - Amber
37 - Owen
38 - Amber
39 - Amber
40 - Amber
41 - Furio
42 - Amber
43 - Amber
44 - Amber
45 - Amber
46 - Amber
47 - Amber
48 - Amber
49 - Jude
50 - Amber
51 - Amber
52 - Amber
53 - Amber
54 - Amber
55 - Amber
56 - Owen
57 - Owen
58 - Amber
59 - Amber
60 - Amber
61 - Amber
62 - Furio
63 - Amber
64 - Amber
65 - Amber
66 - Amber
67 - Amber
68 - Amber
69 - Amber
Epílogo
Escena extra
Autor
Compartida
entre los
milmillonarios
 

Traducción de Marta Cisa Muñoz


Copyright © 2023 Juicy Gems Publishing
Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción,
distribución o transmisión de esta obra de cualquier forma o por cualquier
medio sin el permiso previo y por escrito de la autora.
 
© de la traducción: Marta Cisa Muñoz
 
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Otros libros de la misma autora (en


Español)
 
Niñera con beneficios
Jugando Fuerte
Niñera para los Marines
Niñera para el multimillonario
Niñera para los bomberos
Una niñera en Navidad
Compartida entre los milmillonarios
 

Otros libros de la misma autora (en


Inglés)
 
Broken In
Drilled
Five Alarm Christmas
All In
Triple Team
Shared by her Bodyguards
Saved by the SEALs
The Proposition
Full Contact
Sealed With A Kiss
Smolder
The Naughty List
Christmas Package
Trained At The Gym
Undercover Action
The Study Group
Tiger Queen
Triple Play
Nanny With Benefits
Extra Credit
Hail Mary
Snowbound
Frostbitten
Unwrapped
Naughty Resolution
Her Lucky Charm
Nanny for the Billionaire
Shared by the Cowboys
Nanny for the SEALs
Nanny for the Firemen
Nanny for the Santas
Shared by the Billionaires (Feb 2022)
1

 
Amber
 
--¡Te deseamos todos, Michelle --cantaron todos juntos--, cumpleaños
feliz! 
Aplaudimos y alzamos las copas mientras mi hermana soplaba la
única vela del cupcake. Sonreí y contemplé el paisaje que nos rodeaba.
Habíamos alquilado la azotea tipo terraza de Marcello's, uno de los bares
más bonitos de San Francisco, y las vistas eran espectaculares. A nuestro
alrededor, las luces de los rascacielos altísimos iluminaban la noche; hacia
la izquierda, en la lejanía, se encontraba el puente Golden Gate con las
vigas de color rojo fuego; y, hacia la derecha, las torres de color gris pizarra
del Bay Bridge se elevaban sobre la bahía. 
Exhalé un suspiro y admiré el panorama. Mi hermana y yo no
solíamos estar en sitios así a menudo.
Los amigos de Michelle empezaron a ponerse en pie por turnos y a
brindar: su mejor amiga de la infancia, sus compañeros de trabajo… Al
final, su novio Phil se levantó y habló sin parar como si quisiera dejar al
resto de discursos en ridículo, con palabras demasiado dramáticas y
emotivas para alguien que apenas llevaba saliendo con mi hermana un mes.
Casi parecía que quisiera impedir que volviéramos a la fiesta.
Cuando terminó, subieron el volumen de la música de la azotea y
todos los invitados retomaron sus conversaciones. Mi hermana fue
abriéndose camino hacia mí despacio. 
--¿Sabes que eres la mejor hermana del mundo? --me dijo.
--Ya lo sé --respondí mientras la abrazaba--, pero repítemelo cuántas
veces quieras, no te cortes. ¡Y aún no me has dicho qué quieres por tu
cumple! 
--¡No necesito ningún regalo! Con todo esto ya sobra. --Michelle
señaló el bar de azotea--. ¿Seguro que no te has pasado? 
--Es justo el tipo de fiesta que debería ser --dije--. Aunque sí que he
tenido que deshacerme del payaso y el mago a última hora. Se habrían
cargado el ambiente de este sitio. 
Mi hermana soltó una risita y contestó: 
--Me refería al coste. ¿Seguro que no ha sido muy caro? Lo de alquilar
el bar de la azotea de Marcello's entero… 
Tenía razón: alquilar ese lugar durante cuatro horas costaba un huevo
y la mitad del otro. Era muchísimo, incluso para San Francisco.
Prácticamente me había pulido cuanto tenía en el banco. 
Sin embargo, el dinero solo era un número en una página y quería a
Michelle más que a nada en el mundo. Por ella, haría lo que fuese y le daría
cuanto quisiera, sobre todo tomando en cuenta que no teníamos a nadie
más, solo la una a la otra. 
--¡Mi hermanita pequeña no cumple veintiún años todos los días! --
dije para esquivar la pregunta sobre el coste--. Tenía que estar contigo la
primera vez que tomases alcohol. 
Michelle hizo una mueca. 
--No sé muy bien cómo decírtelo, Amber, pero esta no es la primera
vez que bebo. 
Solté un grito ahogado en broma. 
--¿Me estás diciendo que has estado bebiendo en la universidad
cuando aún eras menor de edad? ¿Como una delincuente? 
--No se lo digas a la poli, porfa --repuso--. ¡Con esta cara tan bonita,
no duraría ni una semana en la cárcel! 
--Ya lo creo --anunció su novio, Phil, mientras aparecía a su lado. Le
rodeó la cintura con el brazo y añadió--: Esto es genial, Amber, de veras.
--Gracias --le respondí con la sonrisa más diplomática que supe
esbozar. 
Phil tenía tres años más que Michelle y trabajaba como ingeniero de
redes para Western Digital. Pese a que no era más que un informático
sobrevalorado, actuaba como si su puesto le otorgase un estatus equivalente
al de un diplomático extranjero. Además, tenía esa misma actitud afectada y
pedante. 
--Me encantaría contribuir con mi parte --prosiguió--. Dime a cuánto
asciende la mitad del coste y te lo enviaré por Venmo. 
--No hace falta --dije mientras mantenía la sonrisa como si fuese un
escudo. «¡Estos machitos informáticos de los huevos, siempre
fanfarroneando con el dinero!». Antes de que abriese el pico e insistiese
más, añadí--: Mañana empiezo un trabajo nuevo. Shelly y yo ya no
tendremos que tirar de los ahorros. 
--¿Un trabajo nuevo? Magnífico. --Miró a mi hermana--. No me lo
habías contado. 
Mi hermana no apartó la vista de mí. 
--Acabo de enterarme yo también. 
--No quería eclipsar tu fiesta --dije.
--¿Dónde vas a trabajar? --inquirió Phil--. ¿Cisco? ¿Facebook? --
Abrió los ojos de par en par--. ¿No será Tesla? 
--Es una empresa emergente llamada Advanced Crypto Solutions --
respondí. 
Phil asintió con aire pensativo. 
--He oído hablar de ACS. Arrendan una oficina grande en la Segunda
Calle. 
--Por eso he elegido las habitaciones de hotel que he alquilado --dije
con una sonrisa--. Así mañana solo tendré que andar unas pocas manzanas.
Es mejor que tomar uno de los trenes de Caltrain. 
Con tan solo hablar del día siguiente me daban escalofríos de los
nervios. Necesitaba ese trabajo con desesperación y no quería ni pensar qué
pasaría si no me salía bien. «Silencio, cerebro. Ya te preocuparás sobre eso
y le darás mil vueltas mañana». Me bebí el resto de la copa de champán
para asegurarme de que mi cabeza acataba las órdenes. 
--Entonces al menos deja que pague por las habitaciones de hotel --
dijo Phil. 
Empezaba a hartarme de su insistencia, así que le respondí con
acritud: 
--Dudo que vayan a aceptar bitcoin. 
--Puedo pagar con criptomonedas en todos sitios gracias a la tarjeta
Coinbase --replicó hábilmente--. Es como cualquier otra tarjeta de crédito,
pero con transferencias de mis cuentas de criptodivisas. De hecho…
--Ya sé cómo va todo eso --contesté--. Tengo la misma tarjeta. Por no
hablar de que programé un punto de venta para la cadena de bloques de
litecoin hace años, antes de que BitPay me robara la idea. 
--BitPay. Ya, claro --dijo con una sonrisa condescendiente.
--¡Menos hablar y más bailar! --exclamó mi hermana--. ¡Vamos, tú
también, Amber! Si no empiezas a mover el trasero, te juro que te prenderé
fuego. 
Le pedí otra copa de champán a la camarera y me uní a ellos en la
barandilla. Durante un rato, bailamos y bebimos y nos olvidamos de los
problemas de la vida. Cuando nos alejamos del grupo para pedir dos copas
más, mi hermana me dijo: 
--¿Ha habido alguna oportunidad de inversión nueva últimamente?
Era su manera clave de preguntar si había algún hombre en mi vida.
Iba a graduarse en Economía y le parecía que todo tenía más gracia con
terminología financiera. 
--Ninguno con una rentabilidad atractiva --respondí. 
--¡Genial! --contestó--. Porque ese chico de la barra lleva mirándote
un buen rato como si fueras una SOCIMI muy jugosa con un alto
rendimiento. 
Al lado de nuestra zona de la azotea se encontraba un bar cubierto en
el que habría una docena de personas que socializaban o miraban una de las
televisiones de dentro. El hombre al que se refería mi hermana tenía pinta
de haber ido allí directo de la oficina. Llevaba una camisa de vestir blanca
almidonada, una corbata azul y una americana junto con unos zapatos de
cuero que parecían caros y un cinturón marrón a juego. Tenía los ojos
clavados en el interior de su copa a través de unas gafas de montura fina,
como si el hielo escondiese un acertijo. Cuando alzó la vista y se dio cuenta
de que lo mirábamos, se volvió deprisa hacia la barra. 
--¡Lo ves! --dijo mi hermana entre dientes. 
--No es mi tipo --respondí. 
Sin embargo, eso no era del todo cierto. Yo no tenía ningún «tipo» y,
de hecho, aborrecía ese concepto. Limitarse a una misma a salir solo con
personas que encajasen con un ideal concreto era una estupidez. Aun así, el
chico del bar parecía el tipo de hombre que no me iba a interesar. Tenía
pinta de ir de sobrado por la vida. Es decir, en serio, ¿qué clase de persona
se pondría una corbata y una americana para ir a un restaurante moderno un
jueves por la noche? Pues alguien que intentase atraer la atención de los
demás, claro está. 
--¿Que no es tu tipo? ¡Pero si es como un bibliotecario bombón! --dijo
Michelle. 
--Paso. 
--Vamos --me suplicó Michelle. 
--He venido aquí a celebrar tu cumpleaños --repuse--, no a intentar
enrollarme con un desconocido cualquiera. 
--Ya, ya lo sé --refunfuñó--. Te gusta conocer a los chicos antes. Lo
que tú digas, pero ve y habla con el bibliotecario bombón y conócelo. 
--Shelly… 
--Antes me has preguntado que qué quería por mi cumple --señaló--.
Pues esto es lo que quiero. Lo acabo de decidir. Quiero que conozcas a un
chico. Y, quizás, que te enrolles con uno. Esta noche. Si no vas a hablarle al
bibliotecario bombón ahora mismo, te empujo de la azotea para que te
caigas sobre el tráfico de abajo. Y, entonces, pediré una docena de taxis de
Uber para que te atropellen.
Lo que nunca me faltaría en la vida eran las amenazas de violencia
gráfica de mi hermana. Era algo nuestro con lo que nos divertíamos desde
pequeñas. Para entonces, cuanto más expresiva era la amenaza, más
significaba que nos queríamos. 
El chico del bar nos miró de nuevo y, luego, se volvió hacia el barman
deprisa.
--¡Venga! --se quejó Michelle--. Llevas sin salir con nadie… cinco
años. 
Le agradecí que no hubiese seguido por ese camino y mencionado el
suceso de hacía cinco años, pero la alusión indirecta hizo que me crispara
de todos modos. Tenía razón. Cinco años atrás, todo había cambiado. Mi
vida se había vuelto tan caótica que había descuidado los chicos, las citas y
todo cuanto era frívolo. 
Empecé a pensar en ello e hice lo que me salió de forma natural:
elaboré una lista mental. En la vida, todo se podía reducir a una lista de pros
y contras en la que analizarlo todo a sangre fría hasta que solo quedasen los
hechos indiscutibles. 

Contras de hablar con el bibliotecario bombón: 


1. Yo era una cerebrito a quien se le daba mal conocer a gente nueva y
aún peor hablar de cosas sin importancia. 
2. A lo mejor él era un canalla de cuidado.
3. Puede que yo no le interesase lo más mínimo y me dejara
avergonzada para el resto de la noche.

Pros de hablar con el bibliotecario bombón: 


1. Haría que mi hermana dejase el tema. 
2. Me lo podría quitar de en medio y volver a la fiesta.
3. Sí que llevaba tiempo sin salir con nadie y seguramente me viniese
bien practicar frases cursis de ligoteo.
4. En realidad, el bibliotecario bombón tenía su atractivo. Mucho, de
hecho. 

El primer argumento de la lista de pros fue lo que me convenció.


Conocía a mi hermana y no iba a dejarme en paz hasta que me acercase al
chico y hablase con él. Quería hacerlo cuanto antes para poder volver a
disfrutar de la noche. Solo llevábamos allí una hora y teníamos la azotea
reservada hasta medianoche, así que me terminé la copa y se la pasé a mi
hermana. Ella soltó una risita de felicidad. «Vale, allá vamos para nada».
2

 
Amber
 
Me alisé el vestido, respiré hondo y entré en el bar. Sin embargo,
mientras llegaba a la parte trasera, me di cuenta de que no tenía ninguna
excusa para estar allí. En la parte descubierta de la azotea teníamos servicio
de bebidas, por lo que no había ningún motivo por el que tuviese que ir
hasta esa otra barra. 
«Esto no se me da muy bien». Michelle tenía razón: llevaba
demasiado tiempo sin hacer esas cosas, aunque tampoco es que hubiera
tenido técnicas infalibles para ligar en el pasado. En todo caso, ya se me
habían subido las tres copas que me había tomado, así que dejé el bolso en
la barra al lado del chico peripuesto y le hice un gesto al barman con la
tarjeta de crédito.
--Póngame dos copas de lo que esté tomando este hombre --dije--.
Una para mí y otra para él. 
El chico de las gafas me miró pestañeando. 
--Esto, eh, no tienes por qué… 
--Insisto --contesté--. No dejabas de mirarme como si quisieras
invitarme a un trago, así que, ¿por qué no saltarnos las formalidades sin
sentido e ir al grano? 
Esbozó una media sonrisa y dijo: 
--Gran idea. 
De cerca, vi que tenía algunas pecas en las mejillas y los ojos de un
tono azul intenso a juego con la corbata que llevaba. El barman nos miró al
uno y al otro, se encogió de hombros y empezó a preparar las bebidas.
Durante el minuto o dos que siguieron, ambos nos quedamos allí cohibidos.
Volví a ser plenamente consciente de lo mal que se me daban ese tipo de
cosas. Yo era una cerebrito cuyo carisma relucía por mensaje o correo
electrónico, cuando la pantalla disimulaba mi incomodidad a la hora de
socializar. De no ser por la fiesta de Michelle, nunca habría ido a un lugar
así.
El barman nos colocó las copas delante. Parecía un whisky con Coca-
Cola aderezado con una cereza al marrasquino en un palillo. Sonreí y
levanté la copa.
--Me gusta lo que has escogido, creo. --dije.
--Gracias --respondió.
Cerré los ojos y me reí entre dientes. 
--Te estaba dando pie para que te presentaras. 
--¡Ah! --Se pasó la mano por el pelo rubio arena--. Me llamo Jude. 
--Amber.
Me sonrió con vergüenza. 
--Debo admitir que este tipo de cosas no se me dan muy bien. Casi
nunca salgo. ¡La ciudad es tan caótica! Prefiero quedarme en casa y
relajarme. 
Ladeé la cabeza. 
--Estaba pensando justo lo mismo. Pues brindemos por nosotros, un
par de introvertidos. --Entrechocamos las copas y le di un sorbo a la mía. La
dulzura del sirope disimulaba todo el sabor a alcohol--. Debería haber
sabido que eras un introvertido. Eso explica por qué vas vestido como si
fueses a un baile de graduación. No estás acostumbrado a este ambiente. 
Entonces sonrió con más calidez y naturalidad. 
--Nada. Es decir, que no estoy nada acostumbrado a esto. Me han
convencido de que salga para algo del trabajo. 
--¿Trabajo? --Arqueé una ceja--. ¿A qué te dedicas? 
--Soy ingeniero informático --dijo--. Programador, más que nada. 
 Noté que se me relajaba algo en el torso. 
--¡Yo también soy programadora! --respondí. 
--¿Usas Javascript? --me preguntó.
Solté un resoplido. 
--¡Venga ya, me merezco más que eso! --Me señalé de arriba abajo--.
¿Acaso has visto alguna vez a una niñata inexperta con un vestido como
este? 
Me miró la ropa de manera educada ante la invitación. 
--A decir verdad, nunca he visto a una programadora vestida así. 
Le había soltado el comentario en broma como mecanismo de defensa
para ocultar que me incomodaba haberme arreglado tanto para salir de
noche por el centro, pero entonces me entró la timidez por lo que llevaba.
Un vestido de cóctel de color rojo intenso que se me ceñía a las curvas más
que todo lo que tenía en el armario. Un escote pronunciado que dejaba
demasiado a la vista. Unos tacones que estaba deseando quitarme en cuanto
terminase la noche de los calambres que me provocaban.
--No suelo vestirme así --me sorprendí diciéndole. 
--Pues no sé por qué no --contestó Jude--. Eres preciosa. --Noté que
me ruborizaba ante el piropo y a Jude se le sonrojaron las mejillas llenas de
pecas en solidaridad--. No quería insinuar que fueses una niñata inexperta.
¿Con qué trabajas? 
--Con un poco de todo --dije, aprovechando la oportunidad para
hablar de otra cosa--. PHP. Mucho con Python. Me pasé un verano
aprendiendo cómo funcionaba Ruby por mi cuenta, pero no pondría la
mano en el fuego por esos conocimientos. Y sí, sé usar Javascript. 
--En el trabajo utilizo Python para todo --respondió Jude con una
sonrisa entusiasta--. Aunque eso ya es lo habitual en los tiempos que corren.
--¡Y que lo digas! He oído que empiezan a enseñárselo a los
principiantes en las facultades en vez de C++.
--La juventud de hoy en día… --contestó mientras negaba con la
cabeza.
--Esto, ¿qué equipo utilizas? --pregunté. 
--Tengo un portátil con Windows 10 --empezó a decir.
--¡Novato! --contesté con una sonrisa.
--… pero mi ordenador de sobremesa tiene arranque dual con
Windows y Linux --terminó con una expresión satisfecha.
--¿Redhat o Ubuntu? --le pregunté.
Él arqueó una ceja. 
--SuSe. 
Solté un silbido. 
--De la vieja escuela. Me gusta. 
--Los clásicos son lo mejor --dijo--. Puede que las distros nuevas sean
más impresionantes y tengan mejores funciones, pero siempre me quedaré
con la primera que utilicé. 
Miré a Jude de arriba abajo con nuevos ojos. Cuando lo había visto en
la barra con el traje, había asumido que era uno de los miles de machitos
informáticos capullos que vivían en esa ciudad; la clase de hombre que
llevaba un traje de mil dólares a un bar porque quería que todo el mundo
supiera que era la hostia en vinagre. Pero Jude no era así para nada. ¡Era
como yo!
Le di un trago más largo a mi bebida y la cereza al marrasquino rebotó
contra mis labios. Por un instante, me pregunté si debería quitarla del palillo
con la lengua de manera seductora. Así funcionaba lo de flirtear, ¿no? Pero,
en vez de eso, señalé la copa. 
--Está bueno. Apenas se nota el alcohol. 
--¡Ah! --Jude bajó la mirada hacia su vaso--. Esto… es un Roy
Rogers. No lleva alcohol. 
--¿Que no lleva alcohol? Entonces, ¿para qué beber? 
--Tenía que pedir algo para dar el pego --dijo a la defensiva--, pero
quería estar despejado. Para lo del trabajo. 
--Deberías hacer lo contrario para calmar los nervios. Tómate un
cóctel. O cinco. Relájate antes de la reunión. Eso es lo que hago yo siempre.
Eso no era lo que yo hacía siempre. De hecho, no es que hubiera
tenido muchas reuniones de negocios en los últimos cinco años, pero ese
chico me había cautivado y quería que se soltara un poco más.
Se miró la copa y la dejó en la barra. 
--Me has convencido. ¿Qué deberíamos pedir? ¿Un martini? 
Solté un resoplido. 
--Los martinis son para James Bond y amas de casa burguesas. Tú, en
cambio, deberías pedir… --Lo miré de arriba abajo de manera teatral, lo que
me sirvió como excusa para repasarlo con la vista propiamente. A Jude le
debían de haber hecho el traje a medida porque se le ajustaba como un
guante a la esbelta figura-- un 7&7. --Me volví hacia el barman--. Dos 7&7,
por favor.
--¿Por qué no nos ahorramos las molestias y pedimos un 28
directamente? --dijo Jude. 
Solté una risotada de lo menos elegante. 
--¡Vaya! Nos sale con chistes de matemáticas. 
Esbozó una sonrisa de medio lado y repuso: 
--Son los mejores. --Las bebidas llegaron y ambos les dimos un largo
trago. Jude asintió con la cabeza a modo de aprobación--. Está bueno. Vale,
¿qué más me recomiendas para la reunión? --Se miró el reloj--. Aún quedan
diez minutos hasta que comience. 
--Pues, para empezar, parece que te esfuerces demasiado. Aunque
estés muy elegante con ese traje, en esta ciudad los machitos informáticos
expertos llevan camisetas de manga corta y pantalones de chándal. 
--¿Machitos informáticos? ¡No pensarás que soy uno de esos! --dijo.
--¡Claro que no! No hay duda de que tú eres una especie de
programador con más clase. Un maestro de la informática, por así decirlo.
--Un maestro de la informática. Como un dungeon master. Me gusta. 
--¿Alusiones a Dungeons & Dragons? Tú sí que sabes cómo excitar a
una chica. --Empezó a ruborizarse, así que añadí--: No hace falta que vayas
a casa a cambiarte, podemos arreglarte aquí. 
Le desabroché la chaqueta y se la quité. Al hacerlo, le rocé los
músculos de los hombros con los dedos y noté su cuerpo esbelto tras la
camisa de vestir impecable. No estaba fortachón ni mucho menos, pero sin
duda tampoco era un flacucho. Le dejé la chaqueta sobre el respaldo de la
silla.
--Ahora, súbete las mangas --continué mientras le tomaba un brazo y
le desabrochaba el puño de la camisa antes de doblárselo. Tenía la piel
cálida--. Justo hasta el codo. 
--Subir las mangas --repitió--. Hecho. 
--Para terminar, está la corbata. 
Parpadeó. 
--¿Qué le pasa a mi corbata? 
--Nada. Es genial como corbata, pero deberías deshacerte de ella. --
Me incliné para aflojarle la corbata y quitársela. Mientras le desabrochaba
el cuello de la camisa, noté cómo su aliento se mezclaba con mi cabello.
Estábamos cerca. Casi le rozaba el torso (¡casi!) con los pechos. Me llegaba
el olor de su colonia o desodorante, un aroma especiado agradable. Y,
aunque lo rozaba a propósito, ese momento en que estuvimos tan cerca me
pareció más íntimo de lo que había imaginado--. Te la devolveré después de
la reunión. --Me puse su corbata en el bolso y le eché un vistazo de arriba
abajo--. Ahora sí. Mucho mejor que antes. 
--¿Ah, sí? 
Se miró a través de las gafas y me sorprendí admirándolo: ese cuerpo
esbelto y estilizado, los antebrazos al descubierto que se metía en el bolsillo
de los pantalones… Antes lo había visto como un tipo elegante, pero tras
los cambios se había asentado en la categoría de sexi. 
--Sí --dije, con la esperanza de no haber vuelto a sonrojarme. 
Él se recolocó las gafas en la nariz y me dirigió una sonrisa de dientes
blancos. 
--Ahora me siento mucho más cómodo. Gracias por ayudarme,
Amber. 
--No hay de qué, colega.
Hice dos pistolas con los dedos de las manos y le apunté, tras lo cual
me volví de inmediato hacia la barra para recoger mi copa. «¿Pistolas con
los dedos? Debería venir la policía y arrestarme por coquetear así». 
--Por cierto --dijo Jude mientras se apoyaba contra la barra de cara a
la parte descubierta de la azotea--, tus amigos me empiezan a incomodar un
poco. 
Me fijé en la zona descubierta de la azotea y vi que mi hermana y Phil
nos estaban observando descaradamente. Hice contacto visual con ellos y se
volvieron enseguida para mirarse el uno al otro y fingir que estaban
hablando, aunque no dejaban de echarnos miraditas a escondidas.
--Esa no es mi amiga. Es mi hermana pequeña. 
--No parece muy pequeña. 
--¡Y que lo digas! --respondí con un gimoteo--. Ahora tiene veintiún
años, pero me sigue dando la sensación de que es una adolescente atontada
que no deja de meterse en problemas. Ha crecido mucho en los últimos
cinco años, desde que… 
De repente, me callé. Apenas llevábamos flirteando unos minutos y ya
iba a contarle toda mi vida a ese chico. Quizás debería haberme quedado
bebiendo el Roy Rogers. 
Jude frunció el ceño con interés. 
--¿Cinco años desde qué? 
--Cinco años desde que se sacó el carné de conducir --dije para
intentar cambiar de tema--. ¡Ha crecido tan deprisa! Ahora está en Stanford,
¿te lo puedes creer? Y esa reunión de trabajo tan importante que tienes, ¿de
qué es? ¿Algo guay? ¿Relacionado con la programación? 
Jude hizo una mueca. 
--No es muy interesante. Va de negocios. Nuestra empresa se va a
reunir con un inversor extranjero muy importante que ha venido a la ciudad
con poca antelación. Queremos su dinero, así que nos toca arrimar el
hombro a todos para intentar impresionarlo. 
--Multimillonarios, ¿eh? --dije.
Jude esbozó una sonrisita. 
--¡Y que lo digas! 
--¡Pues sí que te voy a decir! --dije mientras alzaba la copa como si
estuviese en una manifestación--. Cuando pienso en milmillonarios, me
imagino a Smaug. 
--¿El de El hobbit?
--¡El mismísimo! --exclamé con satisfacción al ver que había pillado
la referencia--. El dragón enorme que se sienta sobre un montón de oro en
una cueva. Justo eso es lo que me imagino cuando pienso en
milmillonarios. Unos capullos acaparadores que hacen que todo se vaya a la
mierda. Al menos, los de hoy en día. Los multimillonarios de antes eran
unos canallas a su modo, pero al menos hacían algo con su riqueza. ¿Sabes
qué hizo Carnegie? Hizo que construyesen miles de bibliotecas por todo el
país. ¿Que había un pueblecito agrícola en Iowa? ¡Toma biblioteca! ¿Que
había una ciudad minera en Pensilvania? Pues sí, les tocó una biblioteca.
Era como Oprah dando bibliotecas. ¡Una por aquí y otra por allá!
¡Bibliotecas para todos! 
Jude se estaba riendo y el sonido era tan agradable que seguí:
--Rockefeller igual. Era problemático a su modo, pero al menos
intentó hacer algo bueno para el mundo. Se gastó un dineral de la hostia en
investigaciones médicas. Él solito financió las vacunas contra la meningitis
y la fiebre amarilla. ¿Has oído hablar de la universidad Spelman? Fue la
primera facultad para mujeres afroestadounidenses. Rockefeller fue quien la
fundó. En 1884. ¡Joder, que era mil ochocientos ochenta y cuatro! En ese
entonces todavía estaba muy mal visto hacer algo así.
»Pero los multimillonarios de hoy en día… --dije--. Los tipos como
Musk y Bezos no hacen eso. Se entretienen gastándose el montón de dinero
que tienen en intentar ser el primero en llegar a Marte o en cohetes con
forma de pene. ¿Sabes cuántos bancos de alimentos podrían financiarse con
lo que cuesta un solo cohete con forma de pene, Jude? ¡Seguro que todos
los que hay! 
Jude se reía tanto que tuvo que dejar la copa en la barra. 
--Hablas con mucha pasión. 
--Es que odio que jodan a los peces pequeños de la sociedad --dije--.
Y, en San Francisco, la brecha entre la riqueza de los baristas de Starbucks y
la de los inversores milmillonarios es más grande que en cualquier otro sitio
del planeta. Y eso está jodido. --Al darme cuenta de que había hablado
mucho más de lo que había planeado, carraspeé y añadí--: Pero, esto, no le
comentes nada de lo que te he dicho al inversor con el que te vas a reunir. 
Jude se sacó el teléfono del bolsillo y empezó a tocar la pantalla.
Luego, le dio la vuelta para enseñármela. La aplicación de Notas estaba
abierta y había una única frase apuntada: 

- No llamar al Sr. Rossi un trasgo acapara-dinero obsesionado con


los tesoros.

--Me alegra que estés tomando nota --respondí con una risa. 
--Esta noche estoy aprendiendo mucho. --Se guardó el teléfono--.
¿Alguna otra recomendación? Todo consejo será bienvenido. 
--Que no se note lo mucho que queréis colaborar con él --dije. 
Asintió. 
--Vale. 
--Hazte el difícil --seguí--. Si quiere invertir en la empresa para la que
trabajas, que se lo gane. No necesitáis su dinero. Él es quien está
desesperado por invertir en alguien. De lo contrario, no se reuniría con
vosotros, ¿no? 
Jude se pasó las manos por el pelo rubio arena otra vez. 
--¿Te puedo contratar como orientadora personal? Necesito que
alguien me siga a todas partes y me susurre consejos durante el día. 
--Cobro por hora. 
--Pásame la factura --dijo.
Ambos nos reímos y me dije: «me está yendo mucho mejor de lo que
imaginaba».
3

 
Amber
 
―--Parece que seas experta en reuniones con inversores a gran escala
--dijo Jude--. ¿Para quién trabajas? 
--Ahora mismo estoy buscando trabajo --dije con cuidado--. En
general, trabajo por cuenta propia. 
--¿Por cuenta propia? --Frunció el entrecejo--. A quienes se les da
bien la programación en esta ciudad trabajan para empresas que les pagan
parte del salario con opciones de compra de acciones. 
--Muy amable por tu parte suponer que programar solo se me da
«bien» --dije. 
--Estaba siendo reservado. Seguro que eres una figura de la
programación --dijo--. Así que ¿por qué trabajas por cuenta propia?
¿Prefieres la flexibilidad que te ofrece eso? 
Me encogí de hombros y busqué una respuesta. 
--Supongo que no quiero trabajar para una empresa de tecnología
grande. Me gusta ser mi propia jefa. No se me da bien acatar órdenes de
supervisores ultracontroladores. 
--Supervisores ultracontroladores. Intenta decirlo cinco veces deprisa.
--Jude soltó un resoplido y añadió--: ¿Y si una empresa grande como
Amazon o Facebook llamase a tu puerta? ¿No aceptarías trabajar para ellos?
--No.
--¿Aunque te ofreciesen una cantidad de dinero indecente?
--Bueno, vamos. Toda chica tiene un precio --dije con una risita--.
Pero seguramente no fuese a durar mucho allí. No se me da bien lo de
guardarme las opiniones para mis adentros.
--Ya lo veo. 
--Si fuese una programadora de Facebook y viese al Zucaritas en la
sala de descanso o algo, no me podría aguantar las ganas de cantarle las
cuarenta. Me despedirían a la semana. 
Miré hacia la parte descubierta de la azotea. Michelle y Phil hablaban
con uno de los guardias de seguridad sobre algo. Sin embargo, parecía una
conversación tranquila. Esperaba que ninguno de sus amigos de la
universidad hubiese tirado un vaso por la barandilla o algo parecido. 
--Llamar a Zuckerberg trasgo acapara-dinero obsesionado con los
tesoros seguro que limitaría tus posibilidades en la empresa --dijo Jude, con
lo que desvió mi atención de nuevo hacia el programador encantador. 
--¡Ay, a él eso no es lo que lo llamaría! Lo llamaría robot destructor
sacado de una distopía feudal. 
--Te lo tienes bien pensado --respondió con otra risita.
«Cuando una no tiene trabajo, le sobra tiempo para pensar en esas
cosas», me dije.
--A los insultos hay que dedicarles siempre una buena cantidad de
reflexión --razoné con aire filosófico. 
Jude hizo que me riese al sacarse el teléfono del bolsillo y tomar notas
en su aplicación.
--En serio, sé mi orientadora personal --dijo--. Piénsatelo. 
--Quizás lo haga. 
Jude me sonreía como si fuese lo mejor que le hubiese pasado ese día
y, aun a mi pesar, yo me sentía igual. Cuando había salido esa noche,
pensaba que sería la hermana mayor, léase niñera, que pagaría la cuenta de
las bebidas de Michelle y sus amigos. Me había resignado a sentirme fuera
de sitio y no pasármelo muy bien. 
Sin embargo, conocer a Jude me había cambiado la perspectiva de
todo. Era listo, eso era obvio. Además, era un bombón, con un toque tímido
y de cerebrito. Era encantador. Y hacía tiempo que no conocía a alguien
como yo, alguien con quien podía ser yo misma, en vez de lo que creía que
querían que fuese.
«Esto es lo que quiero por mi cumple», me había dicho mi hermana.
«Que conozcas a un chico. Que te enrolles con uno». 
Y en ese momento, yo quería justo lo mismo.
--Oye --dije--, estaré por aquí un rato. Tenemos la azotea alquilada
hasta medianoche. Cuando se termine tu reunión con el inversor, ven a
buscarme y nos tomamos una última copa antes de ir a dormir. 
Me miró pestañeando con esos ojazos azules increíbles. 
--¿Una última copa antes de ir a dormir?
--Tendrás que informar a tu orientadora personal de cómo ha ido la
reunión --dije--. ¿Cómo si no voy a poder decirte qué hacer a
continuación? 
La sonrisa de Jude se volvió más pronunciada de repente, como si
hubiese estado intentando reprimirla y por fin se hubiese dado por vencido. 
--Te estás contradiciendo ahora mismo.
--¿Qué? ¿Cómo? 
--Me dijiste que me hiciese el difícil --respondió con timidez--, pero
esto, lo que estás haciendo ahora, es justo lo opuesto. 
--Eso eran consejos para los negocios --dije mientras me inclinaba
hacia él. Volvió a llegarme un indicio de su aroma y quise inhalarlo hondo. 
--¿Y qué diferencia hay? --respondió en voz baja. Estaba tan cerca que
me hacía cosquillas en las mejillas con su aliento--. Parece lo mismo que…
esto. Encandilar a alguien. Convencer a dicha persona de que «trate»
contigo. 
Por una vez, me quedé sin palabras. Flirteábamos. ¡Y estaba yendo
bien! Los chistes cursis y los consejos extravagantes funcionaban para
ambos. Nunca había conocido a nadie que me entendiese así. Solo
llevábamos hablando unos minutos, pero me daba la sensación de que
habíamos conectado de verdad. «¡Michelle se va a alegrar tanto por mí!».
Miré a mi hermana y vi que estaba discutiendo abiertamente con el
guardia de seguridad, que tenía al lado a otros dos. Todos los invitados de la
fiesta de cumpleaños los miraban sin reservas.
--¿Me disculpas un momento? --le pregunté a Jude, pero dudo que me
oyera porque lo dije mientras salía del bar cubierto y me dirigía hacia la
azotea, dando zancadas tan grandes que me dolieron los pies con los
tacones. Me detuve cuando estuve lo bastante cerca como para tomar el
brazo del guardia de seguridad y le pregunté--: ¿Hay algún problema? 
--Sus amigos y usted tienen que irse --dijo sin más.
Michelle se volvió hacia mí. 
--¡Creía que la habías alquilado hasta medianoche!
--Y así es. --Miré al guardia de seguridad y repetí--: ¡Así es! 
El segurata se me quedó mirando de una manera tan implacable como
si le hablase a una pared. 
--El propietario ha dicho que tienen que marcharse. Necesitamos esta
zona. 
Hizo un gesto como si esperaba que le obedeciéramos y eso me sacó
de mis casillas.
--¡Reservé la azotea hace meses! --señalé con una voz gélida--. Lo
pagamos por adelantado. Hemos planeado toda la noche alrededor de esto.
Si intenta hacer que nos vayamos ahora, le juro por Dios que le soltaré un
rapapolvo a lo Karen que se va a cagar. 
--Vamos, relajémonos todos --dijo un tipo nuevo. Ese sí que parecía el
típico machito informático recién salido de Silicon Valley. Era alto,
atractivo y llevaba unos vaqueros de diseño, unas zapatillas de deporte Air
Jordan y una camiseta de manga corta de color blanco. El pelo a capas se le
meneó cuando nos miró primero al guardia de seguridad y luego a mí, antes
de esbozar una sonrisa como si estuviese acostumbrado a conseguir todo
cuanto quería--. ¿A qué vienen esos gritos?
Yo señalé al guardia de seguridad con un pulgar. 
--Quiere obligarnos a que nos vayamos, aunque alquilamos la azotea
hasta medianoche. 
--Ah, eso. --En el rostro de facciones marcadas del hombre apareció
una expresión de disculpa fingida--. Lo siento mucho. Necesito esta zona.
Odio tener que hacer esto, pero es un cambio de última hora. ¡Pero no pasa
nada! Hay mucho sitio para ustedes en el bar de la planta de abajo. Los
acomodaremos en un par de mesas cerradas. Les gustará más que esto. Y si
termino antes de medianoche, podrán volver arriba. Todo arreglado,
¿verdad? 
Le miré con un parpadeo. 
--Un momento: ¿usted es quien quiere quitarme mi azotea?
--La azotea es mía --dijo con un dejo de pomposidad--. De nuevo,
siento las molestias.
Hizo un gesto para que me marchase y mi primer impulso fue pedirle
que me devolviese el dinero. Alquilar ese espacio era caro y para ello había
utilizado dinero que, en realidad, no tenía. Sin embargo, entonces vi a mi
hermana. Tanto ella como todos sus amigos me miraban con la esperanza de
que pudiese resolver el problema. Era su cumpleaños y le había prometido
algo especial. 
Yo era todo cuanto tenía. Nadie más en el mundo podía darle lo que se
merecía. Y me fijé en su expresión decepcionada, como si le hubiese
fallado en cierto modo.
--No nos iremos a ninguna parte --me sorprendí respondiendo--.
Alquilé la azotea hasta medianoche, así que, si quiere que nos vayamos
antes, tendrá que sacarnos de aquí a rastras. 
Al chico le brillaron los ojos con sorpresa y quizás incluso respeto,
pero entonces negó con la cabeza.
--Es una lástima que tenga que ser así.
Intercambió una mirada con el hombre que tenía al lado y, como un
muro de músculos, los tres guardias de seguridad avanzaron hacia nosotras
y me sujetaron un brazo a mí y otro a mi hermana. Intenté soltarme, pero
era como forcejear con un robot hecho de acero.
--¡Oye, tú, machito cabrón! --grité--. ¡Alquilamos la azotea hasta
medianoche! ¡No nos la puedes quitar sin más, so puto! --El chico se rio
como si lo dicho le pareciese gracioso y, luego, se giró para decirle algo al
hombre que tenía al lado, un tipo de aspecto italiano que tenía el pelo negro
azabache y unos ojos avizores sobre una nariz algo aguileña--. ¿Así es
cómo tratan a la clientela que paga? --grité lo bastante alto para atraer la
atención de todos quienes estaban en el bar cubierto--. ¡Que nadie alquile
nunca la azotea de este sitio! ¡Les echarían de ella por puro antojo! 
Lo que más me molestó fue que el machito informático de la camiseta
de manga corta ya ni me prestaba atención. Hablaba en voz baja con el
hombre italiano. De repente, ambos soltaron una carcajada y negaron con la
cabeza. 
--¡Ni con todo el dinero del mundo podríais comprar clase, feudalistas
cabronazos! --grité. 
--Por favor, Amber --dijo Michelle mientras el otro guardia de
seguridad tiraba de ella.
--Estoy intentando arreglar esto --respondí--. No dejaré que un
machito informático capullo te eche a perder el cumple solo porque… 
--No --dijo entre dientes--. Por favor, deja de armar un escándalo. No
pasa nada. Nos iremos a otro sitio. 
Entonces la vi: la humillación en su mirada y en la voz. No la había
causado el que nos hubieran pedido que nos fuésemos de la azotea, sino
cómo había actuado yo. Montar un numerito era mi mecanismo de defensa,
pero a ella la avergonzaba. Sobre todo delante de todos sus amigos. 
«¡Menuda he montado por su cumple!». Apreté los dientes para no
decir nada más mientras nos escoltaban fuera del bar, y todos mis
pensamientos sobre la sonrisa cohibida y encantadora de Jude se
desvanecieron.
4

 
Amber
 
Solté un quejido y apagué la alarma del teléfono de un manotazo,
silenciando el ruido estridente que sonaba por tercera vez. Me llevó otros
diez segundos darme la vuelta y abrir los ojos, lo que despertó la resaca que
yacía en las profundidades de mi cerebro. Volví a cerrarlos y, luego, los
entreabrí lo más mínimamente posible. 
Eran las ocho y cuarenta y cinco de la mañana.
Me dieron ganas de cerrar los ojos, taparme la cabeza con la almohada
y volver a dormir, pero, entonces, un hilo de pensamiento logró trepar desde
lo más hondo de mi cerebro hasta mi conciencia: había puesto la alarma
porque hoy tenía algo que hacer. «ACS. Advanced Crypto Solutions». 
La adrenalina me recorrió el cuerpo y me obligó a salir de la cama.
Tuve que pasar por encima de una pareja que dormía en el suelo para llegar
hasta el baño. Con un vistazo rápido, me di cuenta de que la habitación del
hotel estaba llena de los amigos de Michelle: había dos en la otra cama, tres
dormían erguidos en el sofá de dos plazas, una en la silla del escritorio y el
resto estaban esparcidos por el suelo.
La cabeza me palpitó con fuerza mientras me dirigí hacia el baño
entre tambaleos. Aunque me daba la sensación de que me iba a explotar la
vejiga, me obligué a tragarme un vaso de agua del grifo y luego otro.
Mientras hacía pis, eché un vistazo por el muro de Instagram, donde
las fotos de mi hermana me ayudaron a recordar el resto de la noche.
Después de que nos echaran de Marcello's, fuimos de aquí para allá por el
distrito de La Misión bebiendo, bailando y cambiando de bar para seguir
haciendo lo mismo. Según recordaba, había sido una noche divertida, a
pesar del bochorno que habíamos pasado en la azotea.
Entonces, comprobé la cuenta de la tarjeta de crédito. Había muchos
cobros pendientes, ¡tantos que llenaban dos páginas! Así pues, no solo me
había pulido dos mil dólares en una azotea en la que solo habíamos pasado
una hora, sino que, además, me había gastado incluso más intentando salvar
la noche. Solté otro quejido. Esperaba que lo de hoy me saliese bien.
Me duché, me bebí otros dos vasos de agua de un trago y me puse la
ropa de trabajo que había traído: una falda de tubo con una blusa. Era
formal, pero sin pasarse para esa ciudad, un criterio algo difícil de navegar,
sobre todo siendo mujer. Había días en que me hubiese encantado que mis
opciones se limitasen a una camisa y una corbata ya que entonces, al
menos, si te parecía que te habías arreglado demasiado, podías quitarte la
corbata y desabrocharte el cuello de la camisa. Los hombres lo tenían fácil.
Al pensar en eso, me invadió una avalancha de recuerdos de la noche
anterior, cuando me había deshecho de una corbata y había subido las
mangas de una camisa. Después de que nos echaran de Marcello's, me había
centrado exclusivamente en salvar el cumpleaños de mi hermana. Me había
olvidado de Jude por completo. 
Ligar con un chico me había parecido algo nimio comparado con que
le arruinasen la fiesta de cumpleaños a mi hermana, pero al pensar en Jude
me embargó un vacío, como una sensación de pérdida. Ni siquiera le había
pedido el número de teléfono. Ni sabía su nombre completo. No es que los
diez minutos que habíamos pasado juntos la noche anterior se pudiesen
considerar una cita de ningún tipo, pero a mí me había parecido la mejor de
todas las primeras citas que había tenido jamás.
Metí la mano en el bolso para sacar el pintalabios y, en vez de eso, salí
con una corbata azul intenso. Me había olvidado del todo de que se la había
quitado a Jude. Durante unos segundos, me sentí como una Cenicienta
invertida. ¡Qué pena que no pudiese utilizar la corbata para encontrar a mi
Príncipe Encantador cerebrito!
Le eché un vistazo rápido a la puerta del baño para asegurarme que
ninguno de los amigos de mi hermana estaba despierto y, luego, me llevé el
manojo de tela a la nariz. Inhalé hondo, enviando el olor aromático de Jude
desde mis fosas nasales hasta mi cerebro. Durante unos segundos, me dio la
sensación de que volvía a estar allí, bebiendo el Roy Rogers y riéndome
mientras hablábamos de lenguajes de programación. El recuerdo hizo que
me sintiese más ligera que el aire. 
Negué con la cabeza ante el espejo, me volví a meter a corbata en el
bolso y empecé a maquillarme con lápiz de ojos. Había millones de
hombres en la ciudad. Andar de cabeza por un chico que había dejado
escapar era una tontería, sobre todo teniendo en cuenta que me había visto
en mi peor momento, gritándole al dueño del bar mientras los guardias de
seguridad se me llevaban a rastras. En cuanto a la primera impresión,
dudaba que pudiese reparar el daño causado. «E incluso en el caso de que
pudiera, no sé si mi orgullo me lo permitiría», pensé. Aun así, no dejé de
pensar en Jude mientras seguía preparándome para salir. 
Tuve que pasar por encima de los amigos de Michelle con cuidado
para llegar hasta el minibar del hotel, de donde saqué una bolsita de
almendras y una barrita de chocolate. Ya que estábamos, con el gasto que
había acumulado con la tarjeta de crédito la noche anterior, añadir otros
veinte pavos para un desayuno con chocolate no iba a importar. «Tengo que
conseguir este trabajo».
Fui hasta la segunda cama y me senté al lado de mi hermana.
Parpadeó un poco antes de abrir los ojos oscuros, tras lo cual le llevó varios
segundos enfocarme bien. A continuación, sonrió.
--Hola, hermana mayor --susurró. 
Le acaricié el pelo y respondí: 
--Lo siento por lo de anoche. 
--¿Por qué? --preguntó--. Yo me divertí mucho. 
--El bar de la azotea y… --Dejé la frase a medias al embargarme la
vergüenza de haber montado un numerito delante de ella.
--Yo me lo pasé bien de todos modos --dijo soñolienta--. ¿Ya te vas? --
Asentí con la cabeza--. ¡Buena suerte con el primer día! Tendrás que
contármelo todo cuando cenemos. 
--Lo haré --dije mientras me inclinaba para darle un beso en la frente-
-. Te quiero, Shelly.
--Y yo a ti, Amber. 
Mientras me subía al ascensor para ir a la planta inferior, me entró la
vergüenza. No me gustaba ni un pelo mentirle a mi hermana, pero en
realidad no iba a empezar un trabajo nuevo ese día; solo tenía una
entrevista. Sin embargo, era para una empresa emergente de tecnología y yo
tenía muchísima experiencia en ese ámbito. Vale que todo el mundo del
Área de la Bahía entendía de eso, ¡pero yo más! Entre el grado en Ciencias
de la Computación que me había sacado en la Universidad de Berkeley, la
cantidad de tiempo que me había pasado programando mineros de bitcoin y
la docena o así de proyectos en solitario que había llevado a cabo, era como
si estuviese hecha para ese puesto. 
Además, era mujer. La ciudad estaba llena de machitos informáticos
como el capullo que nos había echado de Marcello's la noche anterior.
Detestaba la idea de conseguir un trabajo solo por tener las partes íntimas
dentro en vez de colgando entre las piernas, pero llegados a ese punto
estaba desesperada. Me aprovecharía de cualquier ventaja que tuviese.
«Tengo acreditaciones y experiencia de sobras», pensé mientras salía
del vestíbulo. «Más que la mayoría de los tipos de esta ciudad. Solo
necesito meter un pie».
Había reservado la habitación de ese hotel por dos motivos. Primero,
porque era bonito. Prefería derrochar el dinero para el cumple de mi
hermana a tener que tomar un Caltrain de vuelta a casa. Y, segundo, porque
apenas estaba a unas pocas manzanas de donde tendría la entrevista de
trabajo. Salí a la calle y respiré hondo. Algo que me encantaba de San
Francisco era que el aire no olía igual que en otras ciudades; allí se percibía
el aroma salado de la bahía. No la podía ver desde donde estaba (para ello,
habría tenido que andar otras seis manzanas hacia el noroeste), pero
adivinaba, gracias al fresco que hacía, que esa mañana estaría cubierta por
una neblina considerable.
Tenía algo de tiempo extra antes de la hora acordada para la cita, así
que me metí en una cafetería y me compré un café latte junto con un muffin.
Mientras desayunaba, me preparé mentalmente para la entrevista, repasando
todos los momentos prominentes que quería enfatizar sobre mi experiencia.
Sin embargo, al hacerlo la inseguridad empezó a adentrarse en mi cabeza
como si fuese la neblina sobre la bahía. Había pasado por una docena de
entrevistas sin conseguir el puesto antes de esa. Mis conocimientos no
bastaban; las compañías querían a gente con experiencia dentro de
empresas, no a programadoras autónomas que hubiesen ido haciendo
cositas por ahí por su cuenta.
Me bebí el resto del café de un trago como si fuera un antídoto contra
la negatividad y, luego, anduve la manzana que me quedaba hasta llegar al
edificio. Un cartel nuevo colgaba en la entrada, con las letras ACS grabadas
con láser sobre una base de polímero negro. Me alisé la falda de manera
impulsiva, levanté la bandolera del ordenador portátil y entré en el edificio.
Era un lugar enorme y espacioso lleno de ventanas y paredes de
cristal. Una mujer de unos veintipico años con un traje pantalón se levantó
de la recepción y se acercó esbozando una sonrisa acogedora. 
--Usted debe de ser Amber Moltisanti --dijo con entusiasmo--.
Bienvenida a Advanced Crypto Solutions. Me llamo Melinda. 
Se me ensanchó el ánimo mientras le estrechaba la mano. ACS era
una empresa tan nueva que apenas había información sobre ellos en línea.
¿La dirigía una mujer? ¿En esa ciudad llena de machitos informáticos
imbéciles? Pero entonces vi que la placa de su mesa indicaba que era
coordinadora. Supuse que eso significaría que era, más que nada, una
recepcionista cuyas responsabilidades incluirían cualquier tarea adicional
que necesitaran, lo cual encajaba con su aspecto físico y carácter vivaz,
propios de una animadora, no de la fundadora de una start-up de
tecnología. 
--¿Le apetece algo para beber? --preguntó--. ¿Un café? ¿Agua?
Tenemos una variedad de infusiones deliciosas. 
--No, gracias --dije.
Melinda asintió. 
--Nos reuniremos en la sala de conferencias de intercambio de ideas.
Sígame. 
Fui tras ella por el edificio. La sala principal era del tamaño del
gimnasio de un instituto estadounidense, con unos techos altos que llegaban
hasta la primera planta. Habían dispuesto los cubículos de manera
desorganizada, como si intentasen que la habitación fuese lo menos
convencional posible. En las esquinas había varios grupos de sillas y pufs
colocados alrededor de pizarras electrónicas. 
«Por esto los boomers no soportan a los mileniales», pensé mientras
echaba un vistazo a mi alrededor. «Se han pasado intentando que este lugar
sea extravagante y poco convencional». 
--En ACS estamos desarrollando una plataforma de intercambio de
criptomonedas --me explicó-- para que la gente corriente pueda comprar,
vender y tener los criptoactivos protegidos sin correr riesgos. El software
aún está en etapa alfa, pero tenemos previsto pasar a la versión beta dentro
de dos meses. 
--Está algo vacío --dije--. ¿Es demasiado temprano? 
Lo normal en Silicon Valley era que la mayoría del personal llegase a
la oficina hacia mediodía y se quedara hasta medianoche. Yo también solía
trabajar esas horas cuando trabajaba en proyectos desde casa.
--Es temprano, pero esa no es la razón por la que está vacío. En
realidad, ¡este puesto es el primero que vamos a llenar! --dijo con
entusiasmo--. Después del mío, claro. 
Fruncí el entrecejo mientras miraba a mi alrededor. 
--¿Todavía no han contratado a nadie? Según lo que he leído en línea,
abrieron esta sede hace seis meses. 
--¡Yo solo llevo aquí un mes! --respondió Melinda con una risa--. Los
dos fundadores empezaron a escala pequeña para cimentar bien el negocio,
pero creceremos deprisa. De hecho --añadió en voz más baja--, estamos a
punto de cerrar una ronda de financiación de serie A. 
Parpadeé mientras intentaba contener una sonrisa. La mayoría de las
empresas emergentes de esa ciudad nunca superaban la ronda semilla.
Había ideas buenas para dar y regalar, pero solían arruinarse antes de dar
frutos.
Sin embargo, la financiación de serie A significaba que conseguirían
una inyección de liquidez enorme de inversores externos, de lo que se
deducía que esa empresa había demostrado contar con unos ingresos y un
crecimiento constantes o que tenía tanto potencial que eso ni importaba. Y
yo iba a formar parte de su evolución desde la raíz.
Era con lo que soñaba todo el mundo en esa ciudad: trabajar para una
empresa de tecnología, que te pagasen tanto en dólares como con opciones
de compra de acciones, trabajar ochenta horas a la semana sin descanso…
Entonces, si la empresa tenía éxito, el valor de dichas acciones se disparaba.
«No hay que precipitarse», me dije. «Primero tengo que bordar la
entrevista». 
Intenté responder con una voz serena: 
--¿Una ronda de financiación de serie A? Es genial. 
Melinda me llevó hasta una sala de conferencias que se encontraba
contra una de las paredes exteriores, cuya cara interna sostenía un panel de
pantallas táctiles enormes que mostraban el logotipo de ACS. Las otras tres
paredes estaban hechas de cristal, con lo que desde dentro se podía ver el
resto de la oficina diáfana. 
--Empecemos hablando de su experiencia… 
Melinda se pasó diez minutos repasando todo cuanto había en mi
currículum: mi grado en Ciencias de la Computación de la Universidad de
California, Berkeley, el año que había trabajado para Symantec en
Mountain View, los varios proyectos de programación que había
completado, tanto por diversión como trabajando por cuenta propia…
Durante la entrevista, cambié de opinión sobre Melinda. No era una
recepcionista sin más. Sabía de lo que hablaba. Me hizo preguntas hábiles
que ponían a prueba mis conocimientos e iban directas a lo esencial de mi
experiencia. Y yo le contestaba con respuestas atinadas y, sobre todo,
interesantes, como el mes en que me había dedicado a desarrollar de la nada
una cadena de bloques de prueba de trabajo antes de desmontarla por
completo. El lenguaje corporal de Melinda era acogedor y abierto, como si
estuviese satisfecha con mis explicaciones. ¡Estaba bordando la entrevista! 
--Creo que eso es cuanto necesitaré. Ahora vendrá el Sr. Cauthon. --
Melinda pulsó un botón del teléfono de la sala de conferencias--. Te
estamos esperando. 
--Llegaré enseguida --oí que decía la vocecita.
--Es el director de Tecnología --me explicó Melinda--. Él examinará
sus conocimientos lo más a fondo posible. ¡Pero no se preocupe! Según lo
que he visto, estoy segura de que estará tan contento con su experiencia
como yo. 
Le devolví la sonrisa. La entrevista iba mejor que todas por las que
había pasado antes. Llegado ese punto, conocer al director de Tecnología
parecía una mera formalidad. Y, entonces, entró él.
5

 
Amber
 
Su rostro era tal y como aparecía en mi único recuerdo vivo de la
locura que había sido la noche anterior. Tenía las mismas mejillas llenas de
pecas y un cuerpo esbelto, una boca pequeña y reflexiva, y unos ojos azul
cristalino tras unas gafas de montura fina.
Al verle, me embargó una avalancha de emociones. Era una mezcla de
alegría, atolondramiento e ilusión. La perfecta primera no-cita no había
terminado porque Jude estaba allí, en carne y hueso, mirándome con tanta
sorpresa e incredulidad como yo sentía.
Entonces, me di cuenta de por qué estaba allí: él era el director de
Tecnología de la empresa; el hombre que iba a entrevistarme para el puesto.
En ese momento, se me reinició el cerebro. Bueno, eso no es del todo
cierto, me salió la pantalla azul y, luego, se me reinició. Si mi mente era
como un reloj, me daba la sensación de que alguien había metido a la fuerza
unas pantallas entre los engranajes. 
--Este es el Sr. Cauthon --dijo Melinda para presentarnos--, nuestro
director de Tecnología. 
A él también se le estaría reiniciando el cerebro porque se quedó
congelado lo que duró un suspiro largo y luego, de repente, se inclinó para
tenderme la mano. 
--Llámeme Jude, por favor. Encantado de conocerla… Amber,
¿verdad? 
--Amber Moltisanti --respondí mientras le estrechaba la mano. 
No quería soltarle porque, mientras tuviésemos los dedos
entrelazados, el mundo se detenía. No pasaríamos a la siguiente parte,
aquella en la que yo mencionaba que había flirteado con él anoche. Además
no quería dejarle porque me gustaba su piel cálida y suave contra la mía.
--Gracias por venir aquí --dijo Jude mientras apartaba la mano. Desvió
la mirada hacia la izquierda durante una milésima de segundo, con lo que
recordé a Melinda--. Es un placer conocerla. 
¡Ah! Así que eso es lo que íbamos a hacer: fingir que no nos habíamos
conocido la noche anterior. Seguramente fuese lo mejor. «¡Menos mal que
no nos acostamos!». Eso habría empeorado la situación un millón de veces.
--¿Le apetece algo para beber? --preguntó Jude mientras se sentaba
junto a Melinda--. Un café, té… 
Repasé a Jude con la mirada. Llevaba ropa diferente, pero había
adoptado el estilo que yo le había enseñado la noche anterior: una camisa de
vestir sin corbata y una americana, con un botón del cuello desabrochado, y
las mangas dobladas hasta los codos. 
«Ha seguido mis consejos». Era un detalle pequeño, pero hizo que le
tomase cariño de inmediato. Quizás nuestro coqueteo de la noche anterior
había significado tanto para él como para mí. De repente, deseé que
hubiéramos podido continuar nuestra cita, sin importar cómo eso hubiese
afectado la entrevista. 
Ambos me miraban. Jude me había preguntado algo. 
--No, gracias --dije--. He tomado un latte antes de venir aquí. 
Vale, tenía que recomponerme y concentrarme. Eso era una entrevista
de trabajo como cualquier otra. Si acaso, conocer a Jude la noche anterior lo
había hecho todo más fácil porque sabía que Jude era un hombre inteligente
con quien trabajaría encantada.
--De acuerdo --dijo Jude mientras se colocaba una de las páginas
imprimidas de Melinda delante--. Sé que ustedes ya habrán repasado su
experiencia, pero permítame que me ponga al corriente… 
Empezó a hacerme preguntas sobre los lenguajes de programación
concretos que dominaba. Primero hablamos de Javascript y, luego, nos
lanzamos a por Ruby. Razonamos sobre las ventajas de los lenguajes de
programación orientados a objetos en comparación con los
procedimentales. Me preguntó que qué opinaba sobre el tipado dinámico y
las funciones de gestión de excepciones, gracias a lo cual pude soltar un
discurso de cinco minutos sobre por qué no soportaba C++. 
Me dio una sensación extraña parecida al déjà vu al repetir la
conversación de la noche anterior, pero profundizando más. Jude mantuvo
una expresión impasible, con alguna sonrisa ocasional cuando yo decía algo
gracioso. Luego, le expliqué cómo había desarrollado un programa con la
tecnología de la cadena de bloques hacía tres años y pareció que le
impresionaba de verdad. 
--Creo que ya hemos terminado con los requisitos del puesto --dijo al
final--. ¿Tiene alguna pregunta sobre la empresa en sí? 
--Melinda ya me ha informado de lo básico --respondí--, pero sí que
quería preguntar sobre el paquete retributivo. 
--Por supuesto --dijo Melinda--. Además de su salario, recibirá
acciones restringidas. Básicamente son participaciones en la empresa, pero
con un período de derecho de adquisición de tres años. --Rebuscó entre el
papeleo y frunció el ceño--. Debo de haberme dejado el documento en la
impresora. Vuelvo en un abrir y cerrar de ojos. 
Jude y yo la seguimos con la mirada mientras se levantaba y se
marchaba. En cuanto la puerta se cerró, nos volvimos de cara el uno al
otro. 
--¡No tenía ni idea de que tú eras quién se presentaría para el puesto! -
-susurró.
--¡Yo no tenía ni idea de que tú eras el director de Tecnología de esta
empresa! --contesté--. ¡Anoche me dijiste que solo eras un programador! 
--Es que eso es lo que soy. Es decir, que eso es a lo que me dedico
ahora mismo, principalmente. Lo de «director de Tecnología» no es más
que mi cargo, al menos hasta que terminemos la primera ronda de
contratación y monte un equipo con una docena de programadores.
Casi se me escapó un: «a mí me gustaría montármelo contigo». De
algún modo logré reprimir el instinto de defensa que me empujaba a
bromear. Estar cerca de Jude me hacía sentir alegre y más ligera que antes. 
--Anoche… --empecé a decir. 
--Lo siento --dijo--. La manera en la que te echaron… Lo siento
mucho. 
Me encogí de hombros. 
--No pasa nada, no fue culpa tuya. 
Él vaciló unos segundos, pero antes de que pudiese añadir nada más,
Melinda volvió a la sala de conferencias. Jude y yo retomamos las
expresiones vacías con sonrisas educadas.
--Aquí encontrará toda la información sobre el plan de las acciones
restringidas --explicó--. Desafortunadamente, deberá declararlas como si
fueran ingresos corrientes. Eso es lo que las diferencia del plan típico con
opciones de compra de acciones. Como ya he dicho, deberá transcurrir un
período de tres años antes de que pueda ejercer el derecho de adquisición,
por lo que deberá trabajar en la empresa durante ese tiempo. Si se marchara
antes, o la despidiesen justificadamente, perdería todas las acciones
restringidas para las que no hubiera conseguido ejercer el derecho de
compra. Sin embargo, ¡con algo de suerte le encantará trabajar aquí y no
habrá ningún problema! 
--Con algo de suerte --dije mientras sonreía y me esforzaba al máximo
por no mirar a Jude.
--El puesto, como hemos dicho, es el de ingeniera informática sénior -
-me explicó Melinda--. Jude será su superior directo. 
Mientras hablaba, me distrajo un movimiento en la sala principal. A
través de las paredes de cristal, vi claramente a un hombre que bajaba por
las escaleras de la primera planta con ligereza. Llevaba un atuendo informal
que consistía en unos vaqueros y una camiseta de manga corta y el cabello
despeinado. Lo único que lo diferenciaba de un sintecho eran sus zapatillas
de deporte caras de la marca Air Jordan.
Abrió la puerta de la sala de conferencias y dijo: 
--Disculpen el retraso. Estaba cerrándolo todo con la gente del Sr.
Rossi. Ha sido como si me diese por culo un papeleo inacabable. 
Me quedé de piedra mientras tomaba asiento. Conocía a ese hombre.
Su pelo a capas con los pómulos marcados, los ojos amables de color verde
esmeralda, la sonrisa que era tanto encantadora como seductora… Era el
tipo de la noche anterior, el propietario de Marcello's que nos había echado
del bar.
6

 
Amber
 
Mientras miraba fijamente al hombre, el propietario de Marcello's que
había echado a perder la fiesta de mi hermana, me pasó toda mi vida laboral
por delante de los ojos. Las groserías que le había gritado la noche anterior
me asaltaron como el fantasma de la vergüenza pasada. Toda esperanza que
había tenido de conseguir el trabajo se desvaneció. Era el fin. Aunque me
llevase bien con Jude, no podría salvarme tras el escándalo.
El hombre se acomodó en la silla y, luego, me miró. Los ojos verdes
le relucieron y esbozó una sonrisa con los labios.
--Owen March --dijo mientras me tendía la mano--. Un placer
conocerla, señorita… Moltisanti, ¿verdad? 
Le estreché la mano confusa. 
--Ehh… Llámeme Amber. 
--Amber. --Se recostó y amplió la sonrisa--. Me gusta. Por aquí somos
muy informales. A excepción de este de aquí. --Le dio un codazo a Jude--.
Siempre va trajeado. Aunque no te lo creas, ¡para él esto ya es ir informal!
Normalmente se presenta con una americana y una corbata. No sé qué le
habrá pasado hoy. Será que sigue lo de los viernes informales o algo así. 
Me quedé mirando a Owen fijamente y me di cuenta de que no me
reconocía. Me sentía como una ratona que había caído en una trampa, pero
en la que todavía no se había fijado el gato. El aturdimiento me impidió
moverme de la silla. ¿Cuánto tiempo me quedaba hasta que me
reconociese? ¿O quizás no lo hiciese? 
--Ya hemos repasado su experiencia y formación --dijo Melinda-- y
ahora hablamos del plan de retribución. 
Owen le dirigió una mirada a Jude. 
--¿Es una candidata apta, Boston?
«¿Boston?». Me pregunté de dónde vendría ese apodo. 
Jude no me quitó la vista de encima. 
--Su experiencia es más que apta. 
--¡Genial! ¡La hostia! --Se volvió hacia mí--. Si mi compa dice que
estás a la altura, me lo creo. Es el tipo más listo que conozco. ¿Tienes
alguna pregunta para nosotros? El paquete retributivo es generoso; tiene
que serlo para competir con el resto de las empresas de esta ciudad por
atraer a la gente con talento. 
--La retribución está bien --dije de forma ausente. Seguía aturdida--.
Creo que no tengo ninguna duda. 
--¡Bien, bien! --respondió Owen de manera amistosa--. Y hay más
prestaciones que no hemos escrito en la lista. Cosas informales. Tengo un
abono de temporada para los Warriors, por si necesitas entradas alguna vez.
También soy el propietario de un bar muy elegante aquí en la ciudad. Es un
sitio genial para reuniones. Si trabajas para ACS, podrás beber allí gratis.
Además, tiene un bar en la azotea con una vista brutal de toda la ciudad. Si
quieres organizar una fiesta o algo allí, basta con que me avises y te
despejaremos la zona. 
En cuanto mencionó la azotea, se me pasó el aturdimiento. El
sufrimiento de la noche anterior, junto con el bochorno, volvieron con una
intensidad diez veces mayor. 
Estaba sin blanca. Me había gastado lo que me quedaba en el banco
reservando esa azotea para la fiesta de cumpleaños de mi hermana y ese tío,
ese machito informático, me lo había quitado por capricho, a pesar de que él
tenía todo cuanto pudiese desear. ¡Y lo había hecho con una actitud tan
desenfadada que ni siquiera recordaba lo que me había hecho! 
Le eché un vistazo a Jude y recordé lo que me había dicho hacía cinco
minutos: «Siento lo de anoche». No se estaba disculpando por lo ocurrido,
sino que pedía perdón porque había sido responsable de ello directamente.
Había sido su reunión de trabajo con el inversor lo que había llevado a que
me echaran. Y él no había hecho nada para evitarlo. Todo lo que había
empezado a sentir por él salió de mí a raudales como una cascada de agua
por una pendiente. 
--Eh, ¿Amber? --dijo Owen con una risita--. ¿Tierra llamando a
Amber? ¿Estás despierta? Melinda, ¿le puedes traer un café? Sé lo que se
siente, créeme. Por la mañana soy como un zombi hasta que no me tomo la
primera taza de expreso de la Rancilio Egro. 
De repente, empecé a esbozar otra lista de pros y contras en mi
cabeza.

Pros de explotar: 
1. Me vendría de maravilla.
2. A ese canalla había que ponerlo en su sitio.
3. De todos modos, no quería el trabajo, no si aceptarlo significaba
trabajar para dos tipos como esos. 

No me dio tiempo de hacer la lista de contras antes de que la ira se


apoderase de mí, ardiente, roja y chispeante, y me levantase sin apenas ser
consciente de ello.
--Eres un puto de mierda --dije.
Owen parpadeó con sorpresa. Jude inspiró bruscamente. Melinda se
echó para atrás como si hubiese oído un disparo.
--Eh… --respondió Owen con una sonrisa encantadora--. ¿Como
dices? 
--A los chicos no se los llama «putos» lo suficiente --dije mientras
dejaba brotar la rabia y la convertía en palabras--. A las mujeres las llaman
«putas» un montón, sobre todo cuando no se lo merecen. ¿Pero y a los
hombres? A ellos siempre los llaman «cabrones» o «capullos», pero esas
palabras no bastan para alguien como tú, Owen March. Tú eres, sin duda
alguna, de pe a pa, un puto como una casa. Un puto putonazo. El putoncio
más grande de todos, por así decirlo. 
La sonrisa de Owen se desvaneció. 
--Si se trata de algún tipo de broma o representación de arte en vivo,
no la pillo. 
--¡Me arruinaste la noche! --grité con enfado al ver que todavía no se
acordaba--. ¡Habíamos reservado la azotea hacía meses! ¡Y tú saliste de la
nada y nos echaste con chasquear los dedos! 
Melinda se puso tensa. 
--¿Os conocéis? 
--¡Ah! --Owen me escudriñó con la mirada--. Ya pensaba yo que me
sonabas de algo. A ver si lo entiendo: ¿me gritas porque no pudisteis estaros
de fiesta en mi azotea toda la noche?
--¡Te grito porque arruinaste el cumpleaños de mi hermana! 
--Ya tendrá muchos más --respondió sin inmutarse--. Supongo que
tendrá cerca de tu edad. Aunque si tienes una familia rara en la que tu
hermana haya cumplido los setenta y pico o algo así, entonces entendería
por qué te enfadas. A esa edad los cumpleaños son especiales. 
--¡Mi hermana tiene veintiún años! 
--¡Ah! Pues muy bien. --Owen extendió los brazos--. Entonces le
quedan muchos más cumpleaños, toquemos madera. ¿Qué problema hay? 
Solté un gruñido de frustración.
Jude me tendió la mano. 
--Amber… 
--¡Y tú! --dije volviéndome contra él--. Tú tienes tanta culpa en esto
como él. Coqueteaste conmigo anoche en el bar, con tu palabrería
informática y de cerebrito y tus Roy Rogers sin alcohol. ¡Y luego vas y
dejas que nos eche a mi hermana y a mí! 
Owen le dirigió una sonrisa bobalicona a su socio. 
--¿Roy Rogers? Me dijiste que te habías tomado un 7&7. Recuerdo
que me impresionó que pidieses una bebida de adultos. 
Melinda se puso en pie. 
--Creo que la entrevista ha terminado. 
--¡Obvio! --respondió Owen con una risa burlona--. Al menos ha sido
divertida. ¿Quiere decirnos algo más antes de irse, Srta. Moltisanti? 
Quería tirar algo, pero parecía que el sistema de conferencias
estuviese pegado a la mesa. Los únicos otros objetos que había allí eran los
papeles de Melinda y no quería que ella tuviese que recogerlos.
--Cómeme el coño --le dije a Owen mientras me marchaba hecha una
furia.
--¡No me amenaces con pasármelo bien! --respondió sin alterarse. 
Seguí oyendo su risa tras salir de la sala, por la oficina, hasta llegar a
la calle.
7

 
Jude
 
--Bueno --dijo Owen después de que se marchase--. Podría haber
salido mejor.
Yo no era el tipo de hombre que se permitía fantasear con mujeres,
pero, tras lo de la noche anterior, Amber ocupaba una gran parte de mis
pensamientos.
No salía mucho. Que me arrastrasen a un bar para reunirme con
inversores era casi lo último que hubiera querido hacer un jueves por la
noche. Sin embargo, lo único peor que llegar temprano a una cita era llegar
tarde, así que fui al bar antes de la hora acordada. Por si acaso. Y me quedé
en la barra, bebiéndome un estúpido cóctel y fingiendo que encajaba allí.
Desde que la vi bailando en la azotea, no pude dejar de mirarla, con el
pelo oscuro y suelto, y el rostro en forma de corazón. Movía las curvas del
cuerpo con la música, no a un ritmo perfecto, pero tampoco le importaba.
Meneaba el trasero redondo como si le diese lo mismo lo que la gente
pensara de ella.
Y, entonces, me pilló mirándola. Normalmente ese hubiese sido el
momento más embarazoso de la noche, el tipo de suceso que hacía que
pagase la cuenta y me marchase a toda prisa, pero luego Amber lo superó al
aparecer a mi lado en la barra y presentarse.
Era directa de una manera refrescante. Hacía que hablar con ella fuera
más fácil de lo que hubiera sido de otro modo. Y, cuando descubrí que era
programadora, una geek de Silicon Valley como yo… Me sorprendí rezando
en silencio para darle las gracias al fantasma de Steve Jobs. 
Entonces, Owen apareció y lo arruinó todo. Recuerdo haberme
quedado allí de pie, presa del atolondramiento, viendo cómo los guardias de
seguridad echaban a Amber y a su grupo de la fiesta. Owen estaba con el Sr.
Rossi, quien quizás iba a invertir en nuestra empresa, así que no iba a
echarse atrás. Ella le gritó. Él se rio e hizo un gesto con desdén. Y así, sin
más, perdí cualquier oportunidad que hubiese tenido con esa programadora.
Entonces, al día siguiente, la chica se había presentado a la entrevista
de trabajo. La esperanza se avivó en mi interior como una fila de pantallas
que se encendiesen por primera vez. Quería volver a verla, lo ansiaba. Y,
como si hubiese frotado una lámpara mágica y hubiese pedido ese deseo,
allí estaba ella, en la sala de conferencias de intercambio de ideas.
Me las apañé para aparentar calma. Desvié la mirada hacia Melinda y
fingí que esa era la primera vez que Amber y yo nos veíamos. Ella captó la
indirecta. Así, seguimos con la entrevista como si nada. 
Por dentro, ya me estaba imaginando cómo pasaría todo. Amber y yo
podríamos trabajar juntos. Nos haríamos amigos o más que eso. Teníamos
mucho en común. Y lo mejor de todo es que estaba preparada de sobras. No
cabía duda de que contratarla era la mejor decisión, aun ignorando el hecho
de que ya estaba prendado de ella. 
Sin embargo, entonces, al igual que la noche anterior, Owen apareció
y lo arruinó todo. Entró en la sala de conferencias como siempre con su
encanto habitual y la sonrisa cautivadora. Owen estaba acostumbrado a ser
el centro de atención en cualquier habitación en la que entrara. Tenía un don
para ello. Amber abrió los ojos de par en par y yo contuve el aliento, a la
espera de que Owen dijera algo estúpido, pero no la reconoció. 
Creo que eso fue la gota que colmó el vaso, lo que hizo que Amber
pasara de la estupefacción a la ira. La rabia le llenó los ojos abiertos como
si alguien hubiese encendido una lámpara, cada vez más brillante hasta
volverse cegadora como la luz del sol.
Cerré los ojos y suspiré mientras ella se le echaba encima. Cuando
hablé, volvió su ira hacia mí. La intensidad de su diatriba hubiera sido algo
digno de verse de no haberla dirigido a mí también, aunque,
paradójicamente, hizo que le tomara más cariño. Entonces se marchó hecha
una furia y nos dejó sentados en las sillas tan aturdidos que no pudimos
movernos.
Melinda fue la primera en parpadear y preguntó: 
--¿Quién quiere explicarme qué acaba de pasar? 
--Ella y yo nos conocimos anoche, más o menos --empecé a decir.
A Melinda se le tensó la mandíbula. 
--¿Y no te pareció importante mencionarlo? 
--Solo hablamos unos minutos --repliqué--. En Marcello's. Fue una
conversación educada y amistosa hasta que Owen le quitó la azotea. 
Owen se rio en voz alta con desdén. 
--Cuidadito, Boston, que es mi restaurante. No puedo quitarle a nadie
algo que ya es mío. --Esbozó una sonrisa y adoptó un tono más amistoso--.
Además, ella es la que se comportó como una loca. Le ofrecí las mesas
cerradas de la planta inferior, muy codiciadas en las noches con mucha
gente. Pero, en vez de aceptarlo, se le fue la olla. Seguramente sea bueno
que no tengamos a alguien como ella trabajando para nosotros. 
--Tenía la experiencia y formación necesarias --refunfuñó Melinda.
--De sobras --coincidí.
Owen se pasó las manos por el pelo y alcanzó la pila de papeles de
Melinda. 
--¿Cuántas más entrevistas tenemos hoy? ¿Seis? 
--Cuatro en persona y dos virtuales --confirmó ella.
--Pues ahí lo tenéis. --Owen hizo un gesto como si se hubiese resuelto
el problema--. Hay mucha gente con talento por ahí, Boston. No nos costará
nada encontrar a otra persona. --Se miró el reloj Octo Finissimo de
BVLGARI--. Avisadme cuando estemos listos para la próxima entrevista.
Ojalá no sea alguien a quien he tenido que echar de mi restaurante
últimamente. 
Vi cómo se marchaba antes de volverme hacia Melinda. 
--Perdona por no haberte dicho la verdad. 
Sonrió con amargura. 
--Sabía que te comportabas de una manera extraña. Como si te
gustara, pero intentaras ocultarlo. Debisteis de congeniar muy bien anoche. 
Noté que se me encendían las mejillas. 
--Tal vez. Supongo que sí. Hasta que, bueno, Owen apareció. 
--No cabe duda de que es muy suyo. A veces me recuerda a mi novio.
--Hizo una mueca--. Puede que sea mejor así. No querrías involucrarte con
alguien que trabaja para ti, sobre todo siendo su jefe directo. Hoy en día,
eso es una forma segura de buscarse problemas.
Asentí. Melinda tenía razón. Desde que la habíamos contratado hacía
un mes, solía ser así: la mayoría de las veces tenía razón. 
Sin embargo, cuando el siguiente candidato llegó y empezamos a
hacerle la misma serie de preguntas para la entrevista, no pude dejar de
pensar en Amber. Su actitud introvertida, lo fogosa que era cuando se
soltaba, la manera en la que se mordía el labio mientras pensaba en cómo
responder a las preguntas, la autoconfianza con la que sonreía mientras nos
contaba su experiencia trabajando con criptomonedas…
No obstante, había algo que no encajaba: parecía que su currículum
estuviese incompleto. Había unos años en los que no había hecho nada,
aparte de un periodo vago de trabajo por cuenta propia sobre el que no nos
había contado nada durante la entrevista. 
Mientras Melinda y yo entrevistábamos a uno de los candidatos
virtuales, presioné Alt-Tab para pasar al navegador y empecé a buscar
información. «Amber Moltisanti, vamos a ver quién eres en realidad».
8

 
Amber
 
Hui de la enorme oficina y escogí una dirección al azar. Anduve
deprisa por las calles de San Francisco durante varios minutos hasta que me
pareció que había puesto la distancia suficiente de por medio. Para
entonces, las lágrimas me caían por las mejillas.
Estaba enfadada con todo y con todos: con Owen, por todo lo obvio;
con Jude, por mentirme sobre su relación con Owen y no haber evitado que
su socio nos echara; con Melinda, por ser vivaz y simpática y acogedora. 
Y, más que nada, estaba enfadada conmigo misma por llorar, por no
haberme contenido durante la entrevista y por haberme hecho ilusiones.
Debería haber aprendido hacía mucho tiempo que las esperanzas llevaban a
la decepción. 
--¿Y usted qué mira? --le solté a un hombre que parecía que iba a
preguntarme si estaba bien, ante lo cual él se alejó deprisa.
«Ya estamos con las mismas», pensé con amargura. «Apartando a la
gente que solo quiere ayudarme». Me sequé las lágrimas y me recompuse.
No había cabida para eso en mi vida; tenía que ser una adulta, tanto para mí
como para Michelle. Miré el teléfono y vi que, mientras estaba en modo
«No molestar» durante la entrevista, había recibido un mensaje de ella.

Shelly: Hemos hecho el check out de la habitación y nos hemos


llevado tus cosas. No te enfades, pero Phil ha pagado por las habitaciones.
Ha insistido. Ya sabes cómo es. Por cierto: ¡BUENA SUERTE HOY!
¡Arrasa con todo, hermana mayor! Si no te comportas como la jefa que eres,
te daré con una sartén hasta que te salgan moratones. 
Shelly: ¡Besos y abrazos!

El mensaje hizo que sonriese a pesar de todo. Además, no tener que


volver al hotel fue un alivio ya que lo único que me apetecía era volver a
casa y ponerme unos pantalones de chándal en cuanto antes.
Fui hasta la estación de tren de King Street y me monté en el Caltrain
hacia San Mateo. Gracias a eso, pude pasarme media hora curioseando por
Reddit en el teléfono y matar el tiempo para olvidarme de la entrevista que
se había ido a la mierda. Me bajé en la estación de Hayward Park y empecé
a andar. Normalmente, caminar los dos kilómetros y medio que había hasta
casa era fácil, pero ese día me había puesto los malditos tacones. Siempre
me había parecido una mierda que los hombres pudiesen llevar pantalones
de vestir y zapatos cómodos mientras que a las mujeres nos tocaba ir por
ahí con artilugios de tortura medieval atados a los pies.
Los pies me dolían horrores para cuando llegué al bloque de
apartamentos en el que vivíamos Michelle y yo. Era de tres plantas y estaba
de espaldas a la bahía, y, aunque estaba unido a otros cinco bloques, era uno
de los del final, así que solo compartíamos una pared con un vecino. 
Costaba mucho más de lo que jamás había pensado que podría
permitirme y valía casi dos veces más que cuando lo había comprado cinco
años atrás, pero, a pesar de eso, haberlo comprado me llenaba de
arrepentimiento. «Si no hubiese comprado este maldito lugar…».
Me quité el pensamiento de la cabeza mientras andaba a zancadas por
al pasadizo. El vecino de tres puertas más allá, el Sr. Jackson, se ocupaba de
su jardín. Alzó la vista y me saludó, ante lo que yo respondí con lo propio.
El vecindario era amable, pero todos estaban jubilados. A veces notaba
cierta curiosidad en el modo en que me saludaban. Se estarían preguntando
cómo dos chicas de veintialgo años podían permitirse ese sitio sin vivir con
sus padres.
Entonces vi que en nuestra entrada había dos coches. El de Michelle y
el de Phil. Solté un gruñido ante la idea de tener que hablar con él más. De
camino hacia dentro, recogí el correo del buzón. Una de las cartas era de la
de la oficina de recaudamiento de impuestos del condado de San Mateo y
llevaba un «DEUDA ATRASADA» estampado con grandes letras rojas.
«Suerte que he recogido el correo antes que Michelle», pensé mientras
entraba.
Phil y Michelle estaban en el salón mirando la televisión. El chico
estaba ocupado con algo en el teléfono, pero mi hermana volvió la cabeza
sorprendida.
--¿Amber? ¿Cómo es que has vuelto a casa tan temprano? 
Mientras me quitaba los tacones con una patada del enorme prejuicio
que sentía, empecé a esbozar una lista en mi cabeza.

Razones por las que contarle la verdad a Michelle:


1. Nos lo contábamos todo.
2. No dejaría de quererme y apoyarme. 
3. Seguramente me fuese bien contárselo y expresar mis emociones,
en vez de reprimirlas.

Razones por las que NO contarle la verdad a Michelle:


1. No quería que nadie más supiera que era un fracaso monumental. 

--En realidad, hoy no íbamos a trabajar --dije y la mentira me salió


con facilidad--. Solo he ido por un montón de papeleo que tenía que firmar
en persona, además de algunos vídeos de orientación que puedo ver en casa.
Mi primer día de verdad es el lunes. 
--¡Estoy tan orgullosa de ti! --Michelle se me acercó y me estrechó
entre sus brazos con fuerza--. En serio, estoy tan orgullosa de ti que te
podría dar un puñetazo ahora mismo. 
--Gracias, Shelly. 
--He buscado información sobre ACS esta mañana --dijo Phil--. Debo
admitir que son más guais de lo que pensaba. Hay mucho potencial allí.
¡Que te contratasen en una etapa tan temprana es impresionante, Amber!
¡Bien hecho! 
«Vaya, gracias por el recordatorio», pensé. Lo que lo empeoraba aún
más era que, por una vez, parecía que su halago era sincero, un elogio por
un trabajo que no había conseguido. 
--¿Por qué no estás en clase? --le pregunté a Michelle.
--Los viernes solo tengo una clase, por la tarde --contestó--. Es
virtual. 
--Ay, es verdad --Me volví hacia Phil--. ¿Y tú no tienes trabajo? 
--Me he tomado el día libre. --Se encogió de hombros--. Mi equipo ha
estado arrasando con los plazos. 
Phil empezó a explicar que adoraba su trabajo tanto que tenía que
reprimir las ganas de no tomarse días libres nunca. Mientras le escuchaba,
tuve que reprimir las ganas de prenderme fuego. 
Fui a la planta superior y solté un suspiro mientras me cambiaba de
ropa. Lo peor de llevar una falda de tubo era que no podía llevar ropa
interior normal porque si no se me marcarían las braguitas. Los tangas no
ofrecían ningún tipo de comodidad, sobre todo tras andar dos kilómetros
desde la estación del Caltrain. El que había inventado los tangas sería el
mismo que al que se le habían ocurrido los tacones. Y sí, estaba bastante
segura de que era un hombre. 
Cuando estuve a gusto con los pantalones de chándal y la camiseta de
manga corta, me dejé caer en la silla del escritorio, donde tenía dos
pantallas curvas ultra anchas conectadas a mi PC gaming de sobremesa de
Alienware. Después del día que había tenido, empecé a mover el cursor
hacia uno de los iconos de acceso directo para videojuegos que tenía en el
ordenador. Quería perderme en la mecánica del juego, iniciar sesión en
World of Warcraft y comenzar con un personaje nuevo, o quizás apagar las
luces y ver si alguien estaba conectado y quería jugar a Phasmophobia. Lo
que fuese para ayudarme a olvidar el dolor del fracaso de hoy. 
Sin embargo, yo era la adulta de esa casa, lo que significaba que tenía
que hacer lo que era de esperar. Abrí el navegador y empecé a buscar
trabajo. Siempre había muchas vacantes disponibles en el Área de la Bahía.
En Silicon Valley, los programadores se desgastaban a menudo, por lo que
había mucha rotación de plantilla incluso en las mejores empresas de la
ciudad. Al cabo de diez minutos, había guardado dos docenas de trabajos
posibles.
No obstante, todos eran en empresas enormes y consolidadas, justo el
tipo de compañías para las que no quería trabajar. ¡No quería ser una pieza
sin más de una máquina corporativa, maldita sea! Quería encontrar una
empresa emergente; un lugar en el que dejar una huella y en el que se
necesitara y valorara mi trabajo. Un sitio como Advanced Crypto Solutions.
La entrevista me volvió a la mente. Las emociones a flor de piel
vinieron con ella: la alegría de lo bien que había ido la entrevista, seguida
de la rabia cuando se había desmoronado. Me sorprendí deseando que mi
padre todavía estuviese allí para hablar con él. 
Minimicé el navegador y abrí Diablo 2. Llevaba jugando a eso desde
los diez años. Era algo reconfortante y conocido. Empecé una partida con
mi hechicera, que tenía un equipo con un montón de MF. Tras varias peleas
contra Mefisto, el jefe del Acto 3, me olvidaría de todo lo de ACS.
No oí el timbre porque llevaba unos auriculares con cancelación del
ruido, pero me fijé en la notificación que apareció en mi segunda pantalla.
Puse el juego en pausa y presioné Alt-Tab para pasar al sistema de
seguridad. Una de las cámaras de red mostraba la puerta principal, frente a
la cual había un hombre de pie. 
Desde el ángulo del vídeo no le podía ver la cara, pero reconocí su
atuendo. Esos pantalones y zapatos de vestir, con una camisa abotonada de
mangas dobladas hasta los codos, el pelo rubio arena con una postura
incómoda… Se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y fue
cambiando de pie en que se apoyaba. 
--No puede ser --murmuré--. ¿Qué hace Jude aquí? 
9

 
Amber
 
Me quedé mirando la pantalla durante cinco segundos largos. No
cabía duda de que era Jude Cauthon, el hombre al que había conocido en el
bar la noche anterior, uno de los fundadores de Advanced Crypto Solutions.
Y estaba de pie frente a mi puerta. 
Alargó el brazo y volvió a tocar el timbre. Me quité los auriculares de
un tirón y salí corriendo de mi habitación. Michelle sacó la cabeza desde la
suya. 
--¿Acaba de sonar el timbre? 
--¡Ya voy yo! --respondí con demasiado entusiasmo--. Me tienen que
traer un paquete. Para ti, para tu cumple. No mires. 
Mis pisadas retumbaron por las escaleras mientras bajaba a toda prisa
hacia la puerta principal. Me dije que me apresuraba porque quería
mantener en secreto el desastre de esa mañana, no porque tuviese ganas de
volver a ver a Jude en persona. Me detuve ante la puerta, me serené y,
entonces, la abrí.
Efectivamente, allí estaba Jude en el umbral de la puerta. No me lo
había imaginado. Me dirigió una sonrisa ladeada y los ojos de un azul
increíble le brillaron tras las gafas de montura fina. Noté que se me avivaba
el cuerpo al verle. 
--Hola --dijo. 
«¡Esto sería mucho más fácil si no fuese tan irresistible!», me
sorprendí pensando. Reprimí esa idea y respondí: 
--¿Qué haces aquí? 
--Quería hablar contigo. 
--Vale, pues habla. 
--¿Podemos hacerlo dentro? --Echó un vistazo tras él--. Tu vecino
lleva mirándome desde que he aparcado. 
Vi que el Sr. Jackson fingía arreglar sus rosales de la entrada,
claramente intentando asomar la oreja. También vi la berlina Tesla negra y
elegante que había en la calle. Llevé a Jude hacia dentro de un tirón y cerré
la puerta. 
--Vale, ¿qué quieres? --le pregunté en voz baja.
--Yo, esto… Quería hablar contigo. 
Me crucé de brazos. 
--Eso ya lo has dicho. Al grano, Sr. Cauthon. 
Enfaticé el tono formal para darlo a entender, pero, a pesar de mi
actitud, sentí una punzada de esperanza. Me alegraba muchísimo verle. El
instante en el que había tirado de él hacia el interior, cuando había estado
tan cerca de mí, me había provocado un cosquilleo de exaltación. Su aroma
desató un torrente de recuerdos de la noche anterior. 
Volví a reprimir lo que sentía. Era como si mi cuerpo me estuviese
traicionando. Ese hombre no era mi amigo; era el socio de un capullo total y
había dejado que me echara la noche anterior. 
--La entrevista… --empezó a decir.
--Ya lo sé --dije--. La he fastidiado. De todos modos, no quería
trabajar para tu estúpida empresa. 
--No --respondió despacio--. O sea, sí, sí que la has fastidiado un
poco, pero quería hablar de tu experiencia con criptomonedas. En tu
currículum mentiste. 
Di un respingo. 
--Yo no he mentido. Todo lo que hay en mi currículum es verdad. Si
no te crees lo del programa de punto de venta que desarrollé con la cadena
de bloques de litecoin, te puedo enseñar el código. 
--No me refiero a eso --contestó con paciencia--. Sí, técnicamente,
todo lo que hay en tu currículum es verdad, pero me refiero a lo que has
omitido. 
Noté que se me helaba la piel. 
--No sé de qué hablas. 
Prosiguió como si yo no hubiese dicho nada. 
--Hay una cantidad de meses considerable en la que no hay nada
escrito en tu currículum. Ni siquiera proyectos concretos como autónoma.
Así que investigué un poco después de que te fueras. En tu currículum
pusiste tu dirección: un gran apartamento en una parte cara de San Mateo.
Resulta que lo compraste hace cinco años. 
--¿Y qué? 
--Lo compraste sin hipoteca --dijo--. Me pareció extraño ya que,
teniendo en cuenta lo bajas que están las tasas de interés hoy en día, no
tiene sentido comprarse una casa al contado. 
--Ni que fueras mi hermana --repliqué con frialdad. 
--Lo lógico es llegar a la conclusión de que hubo una herencia de por
medio --prosiguió--. Así, me enteré de lo de tu padre. Lo siento mucho. 
Se me hizo un nudo en el pecho que hizo que me costase más respirar.
¿Cómo se había enterado? Seguramente por la esquela pública o el historial
de fallecimientos del condado. En cualquier caso, la transgresión de mi
intimidad me sentó como si me hubiese clavado una navaja en las entrañas.
--Vete --le susurré.
Jude movió los pies con incomodidad, pero no se marchó. 
--Como he dicho, utilizar la herencia para comprar este sitio era lo que
tenía más lógica, sobre todo teniendo en cuenta cuándo lo compraste, pero
no eso no es lo que pasó. 
--¡Basta! --dije con un aliento.
--Vuestro padre no os dejó nada. Os quedaron demasiadas deudas
médicas y vuestra madre tuvo que declararse en banca rota después de que
él… faltase. 
«No nos dejó casi nada», pensé con amargura. «Ni fotografías ni
objetos personales suficientes. Nada de la historia de nuestra familia ni
información sobre mis abuelos, que murieron antes de que yo naciese. Papá
no nos dejó nada sentimental para recordarle». 
--Eso llevó mi investigación a un punto muerto --admitió Jude--, hasta
que miré el historial de tarjetas de crédito de Marcello's. No es que sea muy
legal, pero escúchame, ¿vale? Vi que habías pagado la cuota de reserva de
la azotea con dos tarjetas de crédito: una Coinbase y una Visa normal y
corriente. La tarjeta Coinbase es la que más me interesó, ya que estaba
vinculada a varias carteras de criptomonedas con historiales de
transacciones muy largos, todos los cuales se podían ver en las cadenas de
bloques. Normalmente no sabría de quién son las direcciones, pero esa
tarjeta de Coinbase me dio un punto de entrada para rastrear tu historial. 
Para entonces, me había quedado de piedra, paralizada ante lo que iba
a decir. Jude sonrió a modo de disculpa antes de proseguir:
--Debo admitir que me llevó un buen rato seguir el rastro. Utilizaste
varios mezcladores para intentar difuminarlo, pero también esos se pueden
rastrear y tengo la suerte de tener varios contactos en el sector de las
criptodivisas. Así, pude rastrearlo todo hasta la dirección originaria: una
cartera llena de argocoin, una criptomoneda a base de tókenes de prueba de
trabajo. 
Inhaló hondo antes de proseguir, a sabiendas de que iba a revelar uno
de mis secretos más ocultos y oscuros:
--En esa cartera había treinta millones de argocoin. En esa época, cada
argocoin solo valía unos nueve céntimos, pero eso equivalía a unos casi tres
millones de dólares. Solo tres carteras del mundo tenían tanto argocoin en
esos tiempos: las de los tres programadores que habían creado la
criptomoneda. Sam Clyburn era uno de ellos, Han Hiroshoto, otro, y la
tercera persona era alguien anónimo que se dedicaba a la programación y
vivía en algún lugar del Área de la Bahía… 
De repente, me sentí como si estuviese del todo desnuda delante de
Jude. 
--¿A dónde quieres llegar con eso? --pregunté con actitud desafiante.
--No lo incluiste en tu currículum --dijo--. Quiero saber por qué. 
--No me pareció importante. 
Se le escaparon unas carcajadas sonoras que me recordaron a cómo se
había reído en el bar la noche anterior mientras coqueteábamos. 
--Ayudaste a crear una de las 100 criptodivisas más importantes del
mundo. Olvídate de ACS. Con ese tipo de experiencia, te preseleccionarían
en cualquier empresa de todo Silicon Valley. 
--Gracias por machoexplicarme mi propia experiencia con
criptomonedas --dije--. Ya puedes irte, ¡ahora! 
Jude se quitó las gafas y se puso el pliegue de la muñeca frente a los
ojos con frustración. 
--¿Por qué no lo has incluido? Al menos, dime eso. ¿Intentas
mantener el anonimato por motivos fiscales tras vender tus acciones?
--Pagué todos mis impuestos sobre el capital --repliqué con
brusquedad--. Los impuestos a la propiedad personal, por otra parte…
--Entonces, ¿por qué? --insistió. 
--¡Porque es el error más grande que he cometido en la vida! --le
espeté al final.
Se volvió a poner las gafas y parpadeó con sorpresa. 
--¿Error? El argocoin es una criptomoneda legal. No se ha utilizado
para actividades ilegítimas ni nada por el estilo. 
--No me arrepiento de haber creado la moneda --dije entre dientes--,
¡sino por cómo vendí mis acciones! Como has dicho, cada moneda valía
nueve centavos cuando lo vendí todo, pero, al cabo de un mes, subió a
treinta y dos centavos. Al cabo de un año, un dólar. 
Jude hizo una mueca al mismo tiempo que yo. 
--Cada argocoin vale algo más de tres dólares hoy en día. La cantidad
que tenías entonces equivaldría a cientos de millones de dólares. 
--Ciento dos millones cuatrocientos nueve mil --respondí con un hilo
de voz--. Lo compruebo cada mañana. Tengo que hacerlo, es como una
obsesión. Tengo que saber cuánto tendría de no haber vendido toda mi parte
entonces.
--¿Por qué lo hiciste?
--Tú eres el que se ha pasado toda la mañana buscándome por internet
como un acosador --respondí--. Aunque el cáncer de páncreas se llevó a mi
padre en tres meses, los gastos médicos fueron imposibles de pagar. No nos
quedó nada. Para entonces, mi madre se había ido, con su manera de mierda
de responder ante la muerte de mi padre tomando pastillas y drogas, y
estábamos solas. Quería comprar un sitio donde Michelle y yo pudiéramos
vivir. Lo que tenía en argocoin hizo que eso fuera posible. 
Para ser justos, Jude me miró con unos ojos comprensivos y dulces
mientras me escuchaba. Y utilizó un tono delicado mientras decía: 
--Entonces, estabas en Berkeley. Eso queda bastante lejos de San
Mateo. 
--Unas dos horas de ida y otras dos de vuelta --coincidí--. Casi cuatro
horas al día, dependiendo de los puentes. Pero no quería que Michelle
tuviera que cambiarse de instituto, así que aguanté los viajes para que no le
tocase a ella. Y al final fue a Stanford, que está muy cerca con el Caltrain. --
Mi suspiro llevaba consigo cinco años de arrepentimiento--. Fue la decisión
correcta en ese momento, pero no dejo de pensar en que si hubiese
guardado mis argocoin un poco más antes de desembolsar… 
--Qué mierda --dijo. Por extraño que fuese, la perogrullada me resultó
reconfortante.
--Sí, es una mierda. Recuerdo que pensé que tres millones eran todo el
dinero del mundo, pero tras comprar este apartamento, pagar la matrícula de
Shelly y cinco años del impuesto de propiedades de California… --Fruncí el
ceño--. ¿Por eso has venido? ¿Para obligarme a explicarte los peores errores
de mi vida? 
--No --respondió--. He venido para ofrecerte un trabajo en ACS. 
Solté una carcajada. 
--Ya, claro. ¿Después del pollo que he montado hoy en la oficina? 
--Has montado muchas escenas en muchas entrevistas --contestó Jude-
-. Nada de eso aparecía en tu currículum, pero he hecho algunas llamadas:
Visa, Alphabet, Helix… Sin duda sabes cómo meter la pata. 
Mencionar las otras entrevistas en las que había fracasado fue como si
una avispa me picase en el cerebro. Me estremecí mientras seguía
enumerando las empresas a las que les había enviado mi currículum y,
luego, me había cargado la oportunidad. «Saboteas las oportunidades como
mecanismo de defensa», me había dicho mi terapeuta hacía tiempo.
«Porque te da miedo fracasar en el trabajo. Mejor apartarlos durante la
entrevista, ¿no?». 
--Sí, soy una bocazas --repliqué con brusquedad--. Eso no explica por
qué quieres contratarme. 
--Nos iría bien alguien con tu experiencia --insistió--. Ayudaste a
desarrollar una de las criptomonedas más importantes del país de la nada,
por lo que tus conocimientos podrían ser más valiosos que los de cualquier
otra persona del Área de la Bahía. 
--Llamé a tu socio «puto». 
--A decir verdad --dijo con una risa--, eso define bien a Owen. 
--Sé por experiencia propia que a los machitos informáticos no les
suele gustar que les llamen eso a la cara. 
--Ya se le pasará. Ven a trabajar para nosotros. Ayúdanos a crear algo
asombroso desde cero, como hiciste con argocoin. Y, si nos sale bien,
ganarás más dinero del que habrías ganado jamás con esa criptomoneda. 
Durante un instante, la esperanza se abrió paso entre las brechas en
mis muros. Me permití planteármelo: volver a la oficina, sentarme ante un
escritorio, hacer lo que me gustaba. «Trabajar para alguien increíble, como
Jude». 
--Tendría que trabajar para Owen --dije. 
--Casi nunca --respondió Jude--. Trabajarías conmigo sobre todo. Y
con un montón de programadores más, cuando los contratemos. 
«¿Y qué pasa con todo el coqueteo del bar?». Iba a preguntárselo,
pero Michelle y Phil decidieron bajar justo en ese momento.
--¡Has dicho que era un envío para mi cumple! --dijo Michelle--. Voy
a tener que ahogarte con salsa marinara, pedazo de mentirosa. 
Jude parpadeó. 
--¿Con salsa marinara? 
--Es una broma. Es algo entre hermanas. Shelly, este es… 
--Jude Cauthon --dijo él mientras la saludaba con incomodidad--. Soy
el nuevo jefe de Amber. Ella, esto, se llevó mi corbata. He venido a
recogerla. 
«¡Buena excusa!», pensé. Entonces, me di cuenta de que todavía tenía
su corbata, tras la noche anterior en el bar. Me fui corriendo hacia la cocina,
la saqué del cajón en el que la había metido y se la devolví a Jude.
Michelle soltó un grito ahogado. 
--¡Ya sé de qué me suenas! ¡Eres el bibliotecario bombón! 
Jude dio un respingo. 
--Esto… ¿que yo soy qué? 
--No es más que una broma de la imbécil de mi hermana --dije
enfáticamente--, pero sí, Jude es el hombre del bar de la otra noche. Una
coincidencia curiosa. 
--Un jefe bibliotecario bombón --susurró mi hermana para sus
adentros--. ¡Muy bien! 
--Voy a lanzarte una tostadora en el baño que te tomes esta noche --la
amenacé.
--Phil Koepka --dijo Phil mientras daba un paso hacia adelante para
presentarse--. He leído sobre el trabajo que hizo en PayScale y lo admiro
mucho. --Se rio para sí mismo--. Nunca le había dado la mano a un
milmillonario antes. 
Casi me di de bruces con los pantalones de chándal. «¿Un
milmillonario?». 
--Phil y yo íbamos a por comida tailandesa para cenar --dijo Michelle-
-. ¿Queréis que os traigamos algo? 
--Yo no, gracias --respondí--. Y Jude ya se iba, solo tenemos que
terminar de hablar de algo del trabajo. 
Fulminé a mi hermana y a su estúpido novio con la mirada hasta que
salieron por la puerta principal. Una vez lejos, me volví hacia Jude: 
--¿Eres milmillonario?
Se le volvieron a sonrojar las mejillas y se miró los pies unos
segundos. 
--Ven a trabajar para nosotros, Amber. Es lo que querías y encajas
mejor de lo que imaginábamos con el puesto. Todo el mundo gana. Te lo
suplicaré si tiene que ser así, pero espero que no me obligues a hacerlo. 
Empecé a esbozar una lista en mi cabeza.

Razones por las que trabajar para ACS:


1. Necesitaba el dinero. 
2. Era el trabajo de mis sueños.
3. Necesitaba el dinero.
4. Así podría ver a Jude más. 
5. También estaba lo de que necesitaba el dinero con desesperación. 

Razones por las que no trabajar para ACS:


1. Era más terca que una mula y quería rechazar el puesto para
fastidiar a Owen por arruinar la fiesta de mi hermana. 

Aunque el único motivo en la lista de contras era muy convincente por


sí solo, las razones de la de pros pesaban demasiado como para ignorarlas.
Y, en algún sitio del estómago, me empezaban a volar mariposas al pensar
en aceptar la oferta de Jude.
La puerta principal se abrió y Phil metió la cabeza en la entrada. 
--Perdón, pero el Tesla nos bloquea el coche.
--¡Ya lo apartará en un segundo, Phil! --le espeté--. ¡Danos un
minuto! 
El novio de mi hermana se apresuró a volver a su coche. 
--Quiero que el sueldo inicial suba un diez por ciento --dije--. Y el
doble de acciones restringidas que mencionó Melinda. Como has dicho,
tengo experiencia muy valiosa desarrollando criptomonedas desde cero. Me
necesitáis. 
Jude asintió con la cabeza de manera pensativa. 
--Creo que podremos arreglarlo. ¿Alguna otra petición? 
Intenté pensar en más cosas que exigirle, pero no se me ocurrió nada.
Tenía la palabra «sí» en la punta de la lengua, rogando que la liberase. Al
final, no tuve que decirla en voz alta ya que mi expresión debió de bastar
porque Jude asintió y dijo: 
--Ven mañana a la oficina a las diez. 
--Mañana es sábado --respondí.
Jude abrió la puerta y la cruzó. 
--Somos una empresa emergente de tecnología y tenemos mucho
trabajo por delante. No hay tiempo que perder. Ah, y vístete más informal
mañana. Lo que te parezca más cómodo. El atuendo ha estado bien para la
entrevista, pero los tacones son demasiado para el día a día laboral. --Se
giró y me dirigió una sonrisa--. Bienvenida al equipo, Amber.
10

 
Amber
 
El Caltrain retumbaba por las vías mientras se dirigía hacia el norte
por la península hacia San Francisco.
Yo estaba hecha un manojo de nervios, no solo por ser mi primer día
de trabajo, sino también porque iba a ver a Jude otra vez. Me había pasado
toda la noche dando vueltas en la cama pensando en él. Y, cuando conseguí
dormirme, soñé que volvía a estar en el bar de la azotea con él,
compartiendo un 7&7 con dos pajitas mientras flirteábamos hablando de
qué lenguaje de programación era más erótico.
Lo mucho que Jude me había investigado me parecía una violación de
mi privacidad. Dudaba que fuese legal. Lo de utilizar su posición de
autoridad en una empresa para rastrear a alguien hasta su casa, por no
mencionar lo de la información de la tarjeta de crédito de Marcello's… En
cualquier otro contexto, sería una advertencia sobre la obsesión y el
comportamiento de los acosadores.
Sin embargo, no me parecía eso. Jude sentía curiosidad sobre el vacío
que había en mi currículum, así que había empezado a tirar de hilos hasta
que había desmontado mi historia. Se había dejado llevar con la curiosidad
de los jáqueres. Sabía lo que se sentía porque me daba que yo hubiese
hecho lo mismo si me hubiera visto en su posición. ¡Y me había
impresionado con lo mucho que había logrado averiguar sobre mí! Jude no
era un machito informático ni un niñato inexperto. Sus habilidades para el
jaqueo eran de impresión.
Al atravesar la puerta principal de ACS me sentí como si volviese al
escenario del crimen. Melinda, que estaba sentada en la misma mesa, se
levantó cuando me vio y se acercó desde un lado como si el día anterior no
hubiese pasado nada.
--Empecemos desde cero, ¿te parece? --dijo con una sonrisa--. Me
llamo Melinda. Bienvenida a Advanced Crypto Solutions. 
--Amber Moltisanti --respondí mientras le estrechaba la mano--. He
venido por la vacante de ingeniera informática sénior. 
Las dos nos reímos de lo ridículo que era todo eso. Entonces Melinda
dijo: 
--Tengo bastante papeleo para ti, si quieres seguirme… 
Me senté con ella ante el escritorio y empecé a firmar documentos.
Había muchos. Cuando llegué a la carta oficial de la oferta en la que se
mencionaba mi sueldo y demás retribuciones, me costó mantenerme
impasible. Incluso antes de tener en cuenta las acciones restringidas, mi
sueldo era mucho más de lo que pensaba que sería. Firmé más deprisa a
partir de ese momento.
Cuando terminamos, Melinda me enseñó el edificio. Ya había visto la
sala principal de diseño abierto y la distribución de los escritorios, así que
me mostró la cocina. Los armarios estaban llenos de cereales, barritas de
desayuno y chucherías. En la nevera había todos los tipos de leche que se
podrían llegar a desear: leche entera, al dos por ciento, desnatada,
ultrafiltrada, leche de almendras, de arroz, de coco, de anacardos… Incluso
había algo llamado «leche de cáñamo» que decidí que no iba a probar.
También había filas de sándwiches envasados de todas las variedades
posibles. 
--El terminal del ordenador de aquí está conectado a todos los
restaurantes de este lado de la ciudad --me explicó Melinda--. Todo cuanto
quieras pedir lo cubre la empresa. Y si quieres que abastezcamos algo más
aquí, avísame y me encargaré de ello. 
Señalé hacia uno de los armarios. 
--Veo que tenéis cereales de trigo endulzados, así que a mí ya me
vale. 
La sala contigua a la cocina era la del descanso. Parecía una zona para
pasar el rato de una residencia de estudiantes: había sofás, televisiones,
mesas de billar, futbolín e incluso una fila de máquinas de recreativas de las
antiguas. 
El gimnasio estaba en otro pasillo. No sabía nada de máquinas para
hacer ejercicio, pero parecía haber más variedad que en algunos de los
gimnasios profesionales que había visto por la ciudad. 
--Mi novio nos ayudó a escoger el equipo para esta sala. En estos
momentos no trabaja, así que le va bien tener algunas tareas para
mantenerlo ocupado. 
«¿Vive con un novio desempleado en esta ciudad?», pensé. «Melinda
debe cobrar bastante para compensar eso». Al lado del gimnasio había dos
vestuarios con duchas, un jacuzzi y tres saunas por género: para hombres,
mujeres y personas no binarias. En la habitación contigua había una
lavandería con lavadoras, secadoras y estantes llenos de ropa con el logo de
ACS. Melinda me pasó una camiseta de tirantes e hizo una broma sobre
cómo sacarían mejor merchandising pronto. 
En resumidas cuentas, era como la típica oficina de Silicon Valley,
llena de prestaciones para la gente a la que quizás le tocase trabajar allí
durante días enteros. Mientras tuviese una muda de ropa, no necesitaría
irme a casa. 
--¡Bien, pues vayamos a ver tu despacho! --dijo Melinda con
entusiasmo.
Volvimos a la sala principal y subimos por las escaleras que llevaban a
la primera planta. Era una zona diáfana en su mayoría y tenía forma de
herradura, con mesas para reuniones en el centro y despachos a lo largo de
la pared exterior. A pesar de que todos los despachos estaban equipados con
pantallas y demás, solo en dos de ellos había personas: dos salas enormes
en las esquinas. Jude estaba en una y la otra era de vidrio esmerilado en vez
de transparente, con lo que solo podía ver la silueta borrosa de la persona
que estaba dentro, es decir, Owen. 
--Tu despacho es este, que está al lado del de Jude --empezó a explicar
Melinda. 
Antes de que me lo llegase a enseñar entero, Jude salió de detrás de su
escritorio y se acercó a saludarnos con una gran sonrisa. 
--¡Amber! Debo admitir que no estaba seguro de si ibas a venir.
Llevaba lo mismo que el día anterior: una camisa de vestir con los
botones del cuello desabrochados y las mangas dobladas hasta los codos.
Volví a sentir una calidez cosquilleante al saber que les había prestado
atención a mis consejos de vestimenta. 
«No parece alguien que tenga mil doscientos millones de dólares»,
pensé mientras le devolvía la sonrisa. Después del comentario de Phil en
casa, había buscado información sobre Jude Cauthon y había encontrado
mucha por internet. Incluso tenía su propia página en Wikipedia. «Y allí
está él, de pie frente a mí, sonriéndome como si fuese lo mejor de su día».
Todavía esperaba que le respondiese, así que dije: 
--Pues aquí estoy.
Se volvió hacia Melinda. 
--¿Ya has terminado de enseñarle el lugar?
--Todo menos su despacho. 
Jude asintió con la cabeza e hizo una mueca. 
--Bueno, pues antes de mostrárselo, creo que deberíamos ocuparnos
de lo que todos queremos evitar. Vamos. 
Me guio por el lugar, pasado mi despacho y otros tres más iguales,
hasta llegar al otro despacho de la esquina. La puerta estaba cerrada, así que
tuvimos que llamar. Al cabo de unos segundos, Owen dijo en voz alta: 
--Adelante. 
Era un despacho espacioso y lleno de muebles modernos y elegantes
decorado con varios tonos de blanco y gris. Había un escritorio con forma
de L en el que solo se encontraba un ordenador portátil y un teléfono para
conferencias; ninguna otra pantalla. Había un sofá de cuero blanco frente al
escritorio, en el que Owen estaba sentado con los pies sobre la mesa de
centro. Llevaba unos pantalones de chándal grises que se le ajustaban a la
figura, en vez de ser holgados, y una camiseta de manga corta blanca sin
más.
Tenía otro teléfono para conferencias instalado en la mesa al lado de
sus pies y se inclinó para activar el sonido. 
--Todo eso nos parece bien, Sr. Rossi. 
--Me alegra oír eso --respondió la persona al otro lado del teléfono, el
Sr. Rossi, con acento italiano. A pesar de que se le oía bajito desde el
altavoz, me pareció que tenía una voz grave y sexi--. Sobre todo en cuanto a
la tercera cláusula. 
--La tercera cláusula no supone ningún problema en absoluto. --Owen
descruzó las piernas y volvió a cruzarlas sobre la mesa--. Para serle
sinceros, si no la hubiese incluido usted en el contrato, lo habríamos hecho
nosotros. Queremos que sea una relación de socios, no que solo sea una
inversión. 
--Eso mismo quiero yo --respondió el Sr. Rossi.
Owen se miró el reloj. 
--Por aquí ya empieza a ser la hora de comer, así que voy a tener que
dejarle. Dejemos que los abogados se pongan manos a la obra y retomemos
el contacto mañana. 
--Muy bien. 
Owen colgó y se puso en pie, estirando los brazos detrás de la espalda.
Tenía el pelo a capas peinado a la perfección, lo cual no concordaba con el
resto del atuendo. Llevaba unas Air Jordan caras en los pies, se había
emperifollado el pelo con cuidado y tenía el rostro de un atractivo perfecto,
pero se ponía la ropa de un vagabundo.
--¿Una llamada productiva? --preguntó Melinda.
Owen esbozó una sonrisa de dientes blancos impecables y hoyuelos
en las mejillas. 
--Nos han dado luz verde. Parece que esto irá adelante. --Se volvió
hacia mí--. Hablando de poner verde, veo que has vuelto arrastrándote. 
--¡Yo… yo no he vuelto arrastrándome! --balbuceé--. ¡Me lo habéis
pedido vosotros!
--Jude es quien ha insistido --aclaró Owen--. Podemos contratar a
cualquiera de esta ciudad. Melinda tiene la bandeja de entrada tan llena de
solicitudes que si las imprimiésemos superarían la altura de este edificio. La
única razón por la que estás aquí es porque Boston aquí presente casi me
rogó que te contratásemos. Así que… --Le hizo un gesto a Jude. 
«¿Que Jude se lo había rogado?». Miré al hombre con gafas que tenía
a la derecha. Se le estaban ruborizando las mejillas de todas las tonalidades
de rojo posibles. «¡Es tan adorable cuando se sonroja!».
--El cómo y el por qué no importan --dijo Jude--. Amber aportará
mucho valor a la empresa. 
--Seguro que sí --dijo Owen, con la sombra de una duda en la voz--.
Solo hay otra cosa más que tenemos que quitarnos de en medio. 
Fue hasta su escritorio y se sentó. Esperé a que se explicase más, pero
solo se meció hacia adelante y hacia atrás como un niño aburrido.
--¿Y bien? --preguntó al final.
--¿Y bien qué? 
--Puedes disculparte cuando quieras. 
--¿Disculpa? --le pregunté confundida. 
Él chasqueó los dedos delante de mí. 
--Algo floja, pero me vale. Disculpas aceptadas. 
--¿Perdona? ¿Se puede saber por qué debería disculparme? 
--Por llamarme «re puto». En el restaurante. Y, luego, otra vez durante
la entrevista. 
--Creo que te llamó «so puto» --señaló Melinda--. Y luego, «putoncio
más grande de todos». 
«También le dije que me comiese el coño». Esperaba que nadie se lo
recordase. 
--Sea cual sea la variación de «puto» que me llamaras --Owen movió
la mano para restarle importancia--, da lo mismo. Disculpas aceptadas. 
--¡No! --le espeté--. ¡No me he disculpado! 
Owen esbozó una sonrisa victoriosa. 
--¡Vaya si te has disculpado! Te he oído. Ya nunca lo podrás retirar. Te
agradezco que te hayas tragado el orgullo para trabajar para esta empresa. 
Jude me colocó una mano suave en el hombro desde detrás, pero yo se
la aparté y me acerqué más al machito informático engreído. Había cerrado
las manos haciendo puños a mis lados. Oía a mi terapeuta susurrándome en
la cabeza, diciéndome que le tenía miedo al fracaso y me aterrorizaba aún
más el éxito, por lo que siempre apartaba estas oportunidades, pero no pude
contenerme. 
--¡Tú eres quién debería disculparse por echarnos de la azotea! 
Owen puso los ojos de color verde en blanco de manera teatral. 
--Que si la azotea esto, la azotea lo otro… Pareces un disco rayado.
Vale, resulta que tuviste que seguir la fiesta en otra parte y perdiste el
diminuto depositín, ¡ya ves! 
--¿Diminuto depositín? ¡Alquilarla me costó dos mil dólares! --Owen
se encogió de hombros como si no entendiese lo que intentaba decirle--.
Eso es mucho dinero para mí --dije con amargura mientras pensaba en los
números rojos de mi cuenta--. Tienes que devolverme el dinero. 
--Tu retribución aquí lo compensará de sobras. Estamos discutiendo
por centavos cuando podríamos ganar dólares. --Se miró el reloj, que
parecía carísimo--. Tengo otra llamada con los abogados a la que tengo que
unirme en nada. ¿Hay alguna otra queja que quiera expresar, Srta.
Montessori? 
--¡Moltisanti! --le solté--. Amber Moltisanti. 
--Ya, justo lo que he dicho. Bienvenida al equipo. 
De alguna manera, consiguió que la bienvenida sonara como una
provocación. Empecé a pensar en algo mordaz que responder, pero él ya
estaba marcando un número en el sistema de conferencias. Jude me puso
una mano en la espalda para guiarme y, esta vez, dejé que me acompañase
fuera de la sala.
11

 
Amber
 
Los tres salimos del despacho de Owen y anduvimos hacia la esquina
opuesta. 
--¿A partir de aquí te encargas tú, Jude? --le preguntó Melinda.
Jude asintió y me llevó hacia su despacho. Era clavado al de Owen,
pero en el escritorio había un panel con al menos diez pantallas distintas,
algunas horizontales y otras verticales. Era justo cómo debería ser el
escritorio de un programador. 
--No te lo tomes muy a pecho --dijo Jude mientras se sentaba--. A
veces se pone algo arisco. 
--¿Cómo puedes trabajar con él? --le pregunté. 
--No suele ser tan insolente. Lo del inversor lo tiene de los nervios. 
--Parecía que todo iba bien. 
--Owen es como un pato --contestó Jude con una sonrisita--. Todo
cuanto se ve por encima del agua parece tranquilo y sereno, pero, bajo la
superficie, es todo ajetreo. ¿Quieres ver con qué trabajamos aquí? 
Reprimí otro comentario sobre Owen mientras Jude giraba una de las
pantallas para que la pudiese ver. Me invadió la emoción mientras abría el
código fuente de su plataforma de intercambio de criptomonedas.
Programas y funciones y bucles, todos con sus colores en AT0M, el
programa de edición de código abierto. 
--Voy a enseñarte cómo funciona todo --empezó a decir.
Durante diez minutos, me sentí como si fuese Charlie cuando le
enseñan la fábrica de chocolate de Willy Wonka. Lo único que faltaba eran
los Umpa Lumpas saltando del techo y cantando sobre Javascript. El código
fuente de su plataforma de intercambios era digno de admiración. Sencillo,
pero complejo. Funcional, pero precioso. Cada línea de código era como
una pincelada de un cuadro de Caravaggio; insignificante por sí sola, pero
formaba parte de una obra de arte cuando se entendía la idea completa. 
--Como sabes, hemos desarrollado un tipo de plataforma de
intercambio de criptomonedas nuevo --me explicó Jude mientras se
reacomodaba las gafas en la nariz--. Una que es sencilla y clara para que
incluso la gente con pocos conocimientos técnicos pueda entenderla y
utilizarla. Este es el código para la interfaz del usuario… 
Mientras se inclinaba sobre el escritorio, me di cuenta de lo
muchísimo que sabía Jude. Cuando sus ojos se interponían entre la pantalla
y yo, veía la fogosidad del genio tras su mirada azul. Eso no era su trabajo,
era su pasión. Me recordaba a por qué me había gustado de inmediato
cuando le había conocido la otra noche. No parecía para nada el típico rico
con miles de millones de dólares. Entonces, me acordé de qué más le había
dicho en el bar. 
--¿Alguna duda por el momento? --me preguntó.
--No, está todo muy claro, sobre todo con los comentarios en el
código. 
--Anotarlo todo es fundamental --dijo--. Ahora, vamos a…
--Espera --le corté--. Antes de que sigas, quería… disculparme. 
Jude se rio. 
--Sé que no te lo pone muy fácil, pero si quieres pedirle disculpas a
Owen, tendrás que hacerlo en persona. 
--No, me refiero a que quería pedirte perdón a ti. 
Parpadeó detrás de las gafas. 
--¿Por qué? A mí no me has llamado «so puto». Al menos, no a la
cara. --Sonrió.
--Despotriqué de los milmillonarios durante un buen rato --dije--. Que
si Carnegie y Rockefeller y que los milmillonarios de hoy en día son como
Smaug, dragones acapara-dinero. 
--Eso me pareció gracioso entonces. No me lo tomé como algo
personal para nada. Creo que, en general, tienes razón sobre eso. Además,
toda mi riqueza se encuentra en opciones de compra de acciones a las que
no puedo acceder durante otros dos años. El montón de oro sobre el que
duermo en realidad es bastante pequeño. Solo soy milmillonario sobre el
papel. 
--Los préstamos estudiantiles de mi hermana solo están sobre el papel
--contesté--, pero no por eso son menos reales. 
--Buen argumento --respondió--, pero no voy a aceptar tu disculpa,
porque no hace falta. Quiero que mis empleados nunca teman decirme lo
que piensan. 
«Mis empleados». Era un recordatorio brutal de que el geek bien
vestido al otro lado de la mesa no era alguien con quien estuviera saliendo.
¡Era mi jefe! Tenía que empezar a pensar en él de ese modo.
--Parece que a Owen no le gusta que diga lo que pienso --dije.
--Lo que Owen opine no importa. Él está aquí para ocuparse del lado
comercial de la empresa. Yo soy quien se mete en faena con el código. 
--Él es Steve Jobs y tú, Steve Wozniak --respondí. 
Jude se rio y se rascó la nuca. 
--Me gusta la comparación, pero Owen no es ningún principiante en
informática. Cuando estábamos en la universidad, hizo bastante
programación. Escribió al menos la mitad de la infraestructura de
PayScale. 
Solté una risotada y dije: 
--Vale, es obvio que exageras para defenderle. 
Ni de coña ese capullo engreído del otro despacho había sido
programador en la vida. Ni siquiera tenía más de una pantalla en el
escritorio. Jude dejó de sonreír mientras me miraba. 
--Aprovechando que nos estamos disculpando… Siento lo de la fiesta
de cumpleaños de tu hermana. Debería haber intentado impedir que Owen
os echara. 
--Sí, deberías --dije de manera enfática.
Jude negó con la cabeza. 
--Me quedé paralizado ante la situación. No sabía qué hacer. Ahora
que ya le conoces, ya ves cómo es Owen. Cuando se empecina, no hay
quién lo pare. Intentar discutir con él es como intentar enfrentarse un
huracán con solo los puños. Sobre todo cuando tiene público, y esa noche el
Sr. Rossi estaba con él. Aun así, ojalá hubiera dicho algo, pero… --Se
encogió de hombros con nerviosismo--. Lo siento, eso es lo que quiero
decir. 
La disculpa de Jude no arreglaba lo que había pasado, y no curaba las
heridas, tanto económicas como emocionales, de que nos echaran delante
de todos, pero hizo que me sintiese mucho mejor estando allí, en su
escritorio.
--Gracias --dije.
Él asintió y nos quedamos en silencio juntos durante unos segundos.
Lo único que se oía era el repiqueteo del disco duro de su ordenador. 
--Bueno, pues la infraestructura básica está toda aquí --dijo mientras
volvía a centrarse en la pantalla--. El paso siguiente es ampliarla. Por eso
necesitamos que nos ayude más gente. Por ahora, solo funciona con bitcoin,
y lo que más nos urge es desarrollarla para que se pueda usar con ethereum.
Luego, tendremos que adaptarla para cuantas más criptodivisas posibles,
mejor. Aquí tengo una lista de las cien criptomonedas más importantes. 
Pulsó el tabulador para abrir una hoja de cálculo.
--¿Ordenadas según su capitalización bursátil? --le pregunté.
--Más o menos, aunque he guardado en favoritos otras que creo que
tienen futuro. --Como si pudiese adivinarme el pensamiento, añadió--:
Puedo ocuparme de integrar argocoin yo, si te resulta demasiado… ya
sabes. 
Esbocé una sonrisa desafiante. 
--No pasa nada. No me voy a morir por ello. Además, ¿quién mejor
para integrarla, no?
--Eso mismo pensé yo. 
Le eché un vistazo rápido a la lista de proyectos de expansión. 
--¿Vamos a escribir código adicional en la cadena de bloques o
desarrollaremos cadenas laterales en la plataforma? 
Me dirigió una mirada inquisitiva y supe que le había impresionado.
Se me hinchó el pecho de orgullo.
--Cadenas laterales --contestó--. Nos ofrecen más flexibilidad; así,
podremos aguantar más tráfico en caso de que las comisiones por
transacción de alguna criptomoneda se disparen. 
--Con eso también conseguiréis ampliar el margen al procesar las
transacciones --señalé.
Jude se encogió de hombros de manera juguetona. 
--Es verdad, queremos beneficiarnos de la diferencia entre tasas, lo
admito. 
Solté un grito ahogado. 
--¿Una empresa que intenta obtener beneficios? ¡Pero será posible! --
Cuando dejamos de reírnos, añadí--: Las cadenas laterales comportan
mucho más trabajo que desarrollar código nuevo a partir de una
infraestructura de cadena de bloques preexistente. 
--Así es --coincidió--. Por eso estamos contratando a más personal.
Owen no bromeaba sobre el montón de currículums que nos han enviado.
Por cierto, me gustaría contar con tu opinión sobre los candidatos, pero eso
lo dejaremos para la semana siguiente. 
Asentí con la cabeza. 
--¿Tenéis alguna hoja de ruta para la expansión que quieres que siga?
Jude se reclinó en la silla y me sonrió. 
--La teníamos, pero eso fue antes de contratarte. Actúa como si no
hubiera límites. Tienes vía libre para abordarlo como quieras. 
Le devolví la sonrisa y dije: 
--Entonces será mejor que me ponga a trabajar. --Me puse en pie y
dudé unos segundos--. ¿Jude? 
Él inclinó la cabeza hacia mí. 
--¿Sí? 
--Sé que soy una bocazas --dije. Con cada palabra casi me moría de la
vergüenza, pero me obligué a decirlas--. A veces yo también me pongo algo
arisca, como Owen, pero voy a esforzarme mucho con este trabajo, para
hacerlo bien. 
--Es genial tenerte en el equipo --dijo mientras me iba y, a diferencia
de Owen, no hubo ni rastro de burla en su tono. 
Entré en mi despacho. ¡Mi despacho! Era más formal e impersonal
que zona de trabajo en casa, pero era mío. Me habría hecho sonreír aunque
no hubiera sido más que un taburete dentro de un armario.
En cualquier caso, resultó ser miles de veces mejor que un ropero. Mi
ventana daba al norte, lo que me ofrecía una vista llena de rascacielos
altísimos que se alzaban hacia el precioso cielo azul, entre cuyos huecos
apenas se vislumbraba la bahía. El despacho en sí era la mitad de grande
que los de las esquinas, pero de todos modos era lo bastante espacioso para
que cupiesen un escritorio, una silla de oficina, dos más para visitantes y
otra mesa para reuniones a un lado de la habitación. Además de eso, había
suficiente espacio para que yo hubiera puesto allí una mesa de billar si me
hubiese apetecido. Durante unos segundos, me pregunté si traer la mesa de
billar de la sala de descanso hasta aquí fastidiaría a Owen. 
Sobre el escritorio había tres pantallas: la del medio estaba horizontal,
mientras que habían girado las de los lados para que estuviesen en posición
vertical. Era perfecto para visualizar sitios llenos de código. Melinda me
había dejado una nota adhesiva en el teclado con el nombre de usuario y
una contraseña temporal. Inicié sesión y cambié la contraseña a algo más
seguro.
Las pantallas estaban conectadas a un ordenador portátil muy grueso,
que a su vez estaba conectado a un replicador de puertos. Con echarle un
vistazo rápido a la red local vi que había una estación de trabajo empresarial
en la esquina de la habitación a la que podría conectarme remotamente
cuando necesitase más potencia. Y vaya si tenía potencia: ¡la estación de
trabajo contaba con tanta potencia que podría haberla repartido por todo un
crucero! 
Abrí el programa de correo electrónico y vi que tenía un email de
bienvenida de Melinda. Al cabo de unos minutos, me llegó otro mensaje de
Jude en el que me daba una lista de los directorios de archivos y
repositorios de código que íbamos a utilizar: uno para DEV (desarrollo) y
otro para PROD (producción). 
Empecé a contestarle al correo para agradecérselo y entonces me fijé
en mi firma:

AMBER MOLTISANTI
INGENIERA SÉNIOR

Al verla, me paré para sonreír antes de responderle. Tras varios largos


años de intentar ir por mi cuenta, por fin había encontrado una empresa
emergente increíble para la que trabajar. Era un sueño laboral hecho
realidad, aunque uno de los propietarios fuera un imbécil como Owen.
«Owen». Una sonrisa nueva y diferente me lleno el rostro. Abrí
AT0M, el programa para desarrollar código. Había una cantidad tremenda
de trabajo por hacer y tenía muchas ganas de ponerme con ello, pero antes
había algo de lo que tenía que ocuparme.
12

 
Owen
 
Por más que quisiera, no entendía por qué esa mujer se ponía tan
temperamental con la tontería de la azotea. Con eso no quiero decir que
tuviese mal carácter por ser mujer. Eso no sería políticamente correcto y el
presidente ejecutivo de una empresa emergente prometedora tiene que ser
apropiado de acuerdo con las exigencias del sector. 
Sin embargo, esa mujer en concreto tenía mal genio. Es la pura
verdad. No tenía nada que ver con su género; habría tenido el mismo mal
genio si hubiera sido un programador gordo con sotabarba.
Había explotado durante la entrevista, algo de lo menos profesional.
Si un hombre llamase a alguien «so puto» o «so puta», apostaría a que lo
cancelarían antes de que tuviese tiempo de publicar una disculpa en las
redes sociales, pero cuando alguien como ella lo hacía, se le daba otra
oportunidad.
No quería que la invitáramos a volver. Lo admito sin tapujos: era algo
personal. No me gustaba contratar a gente que me gritaba que les comiese
el coño en una entrevista de trabajo. Me parecía un buen criterio que seguir.
Vale que era la única entrevistada que me lo había dicho jamás, pero
seguiría la misma lógica para cualquier otra persona. 
No obstante, confiaba en Jude como en un hermano. Más que eso,
como un socio. Él había estado al frente de la batalla conmigo cuando las
cosas se habían puesto difíciles. Me había cubierto las espaldas, había
pasado por lo mismo que yo. Nadie más entendía lo mucho que había
trabajado para llegar hasta donde estaba a parte de Jude, ya que él había
estado a mi lado desde el principio, sudando y dejándose la piel con la
misma persistencia.
Además, Jude era un tipo humilde. Solía seguirme la corriente sin
crear tensión, así que, cuando se plantó y me exigió que le diésemos otra
oportunidad a esa loca que iba soltando «so puto» por ahí, supe que lo decía
con la máxima seriedad. Así pues, accedí a que le hiciéramos una oferta a
pesar de todo porque soy buena persona y puedo centrarme en el panorama
general en vez de en lo histérica que se había puesto. 
¿Y cómo me lo había agradecido? Montando otro pollo en mi
despacho. Que más daba. Ahora era problema de Jude. Mientras se sentara
en su escritorio y convirtiese el café en código, no me importaba cómo se
comportase.
Marqué el número de nuestro equipo de abogados para mi siguiente
llamada, que acabó durando tres horas. Hablamos de los detalles de la
propuesta de inversión. Normalmente, las rondas de financiación de serie A
solían ser más directas, pero Furio Rossi no era un inversor corriente; era de
la realeza italiana.
Vale, técnicamente en Italia habían disuelto la monarquía y las casas
reales en 1946, pero, aún sin el título de duque, la gente trataba a Furio
como si lo fuera. Igual que con la primera «o» en «bourbon». Nadie la
pronuncia, pero todo el mundo sabe que está allí. 
Además, tenía una obscenidad de dinero. Era el heredero de la fortuna
de la familia Rossi. ¿Y qué es mejor que un título de duque? Una cuenta
bancaria con tres mil millones de euros. 
Mientras escuchaba a los abogados hablar de minucias aburridas sobre
el contrato de la financiación de serie A, me pregunté por qué Furio quería
invertir en nuestra compañía. En su patrimonio contaba con dieciocho mil
hectáreas de terreno en las colinas ondulantes entre Roma y Nápoles. Era el
propietario mayoritario de once bodegas y suministraba uvas a otras treinta
como mínimo. El yate de su familia era tan grande que podría hacerle frente
a la Marina italiana. ¡Incluso tenía un helipuerto propio en la proa, por el
amor de Dios! 
En resumidas cuentas, Furio Rossi tenía más dinero del que podría
gastarse jamás en la vida. Dinero de verdad, además, no ligado a opciones
de compra de acciones. Dinero de generaciones de riqueza. No necesitaba
involucrarse con una empresa de tecnología especulativa.
Pero, bueno, si él quería invertir en ACS y mejorar la oferta de los
demás inversores de Silicon Valley con los que habíamos tanteado el
terreno, ¿quién era yo para impedírselo? Yo sonreiría y le estrecharía la
mano mientras me quedaba con sus euros con mucho gusto, a pesar de que
quisiera una parte mucho mayor (un cuarenta y cinco por ciento de la
empresa) que cualquier otro inversor. 
Llamaron a la puerta. Las ventanas estaban esmeriladas, así que pasé
la mano por debajo de la mesa y pulsé el botón que desactivaba el efecto.
La silueta esbelta de Melinda estaba de pie al otro lado de la puerta con un
sándwich en la mano. Puse el teléfono en silencio y le hice un gesto para
que entrase.
--Ya hemos terminado con la información bancaria --dijo--. Sin
contratiempos. 
--Genial. ¡Sabía que conseguirías doblarlos! --Señalé el sándwich que
tenía en la mano con la cabeza--. Pensaba que eras vegetariana. 
--Lo soy. Esto es para ti. Para recordarte que comas. 
Dejó el sándwich en la mesa y el estómago me rugió nada más verlo. 
--¿Qué haría yo sin ti? --dije mientras empezaba a quitarle el plástico
deprisa. 
--Morir de hambre, quizás. Y, entonces, yo me quedaría sin trabajo. 
--Recuérdame que te dé un aumento. --Mordí el bocadillo y saboreé el
corte grueso de pavo con la mostaza fuerte mientras los abogados discutían
entre sí sobre alguna nimiedad en el contrato que no importaba. Cuando
alcé la vista, Melinda seguía allí de pie--. ¿Algo más? 
Cruzó los brazos por debajo de los pechos, lo que sabía que era mala
señal. 
--Te pareces mucho a mi novio, ¿sabes? Él también es terco como una
mula.
--¿Conoceremos a este novio misterioso algún día? --le pregunté--.
Empiezo a pensar que no existe. Dijiste que ahora mismo no trabaja y que
se pasa el día haciendo el vago en el apartamento. ¿Por qué no lo traes? 
--A él también se le da bien cambiar de tema --respondió secamente--.
Lo que intento decir es que ambos sois testarudos y que tienes que pedirle
disculpas a Amber. 
Me tragué el bocado del sándwich. 
--Ya, claro. Tiene suerte de que la perdonase, aunque no se disculpase
de verdad. No suele pasar mucho que alguien se salga de rositas después de
llamar «so puto» a su jefe. 
--Yo estaba allí, en Marcello's --dijo Melinda--, aunque solo oí la
disputa desde dentro. Sí que fuiste algo «so puto». 
Me reí. Eso era lo que me gustaba de Melinda: era directa, y de una
manera alentadora, no como Amber. Solo habíamos contratado a Melinda
hacía un mes, pero ya me daba la sensación de que llevaba toda la vida
trabajando con nosotros. Sin ella, no habríamos hecho nada. Y, además, era
más lista que el hambre. 
--Armó un escándalo delante del Sr. Rossi --dije--. Tuve que echarla.
--Podrías haberlo hecho con más amabilidad.
--Uno no llega a dónde estoy siendo amable --dije.
Se le tensó la mandíbula un poco más. 
--Aun así, deberías disculparte.
--Va a ser que no, Melinda. 
--Se me da bien analizar a la gente, Owen --insistió--. Es como un
superpoder. Y Amber tiene pinta de ser alguien a quien no querrías tener
como enemiga. 
--¿Qué va a hacer? ¿Insultarme? Después de «so puto», costaría
encontrar algo peor. 
Melinda se encogió de hombros, me miró como si estuviese
cometiendo un gran error y, luego, se marchó del despacho. «¿Cómo es que
todo el mundo intenta decirme cómo debo actuar?», pensé mientras recogía
para terminar el día laboral. «Deberían acatar lo que yo les diga, no al
revés». 
Me pasé por el despacho de Jude para decirle adiós y, luego, me
detuve frente al de Amber. Estaba encorvada sobre el teclado, la postura
terrible de una programadora concentrada. La saludé a través de la puerta de
cristal y ella alzó la mirada y me sonrió antes de devolverme el saludo.
«¿Lo ves? Ya está todo olvidado». 
Normalmente, no saldría del despacho tan temprano, pero ese día los
Lakers iban a jugar contra los Warriors en casa. Tenía un abono de
temporada, pero esa noche era especial, ya que había cambiado mis
entradas con un amigo para conseguir asientos a pie de pista. Quería
burlarme de LeBron James en toda su cara cuando los Warriors les ganasen
por veinte puntos.
Pedí un Uber y, para cuando fui a la planta inferior y hablé con
Melinda durante unos minutos, ya me estaba esperando. Empezaba barajar
la posibilidad de contratar un chófer privado. Ahora que nuestro valor neto
aumentaba junto con nuestra fama, corría cierto riesgo al subirme a un
coche cualquiera con un conductor al que no conocía. La única razón por la
que todavía no había contratado a un chófer era porque Jude decía que nos
daría una imagen demasiado pretenciosa. 
A mí no me lo parecía. En este negocio, uno no podía parecer
demasiado importante. Aun así, esperé. Quizás cuando ACS consiguiera el
tan aclamado estatus de «unicornio», por fin me lanzase.
Mi apartamento estaba en la planta más alta del edificio Grosvenor de
la calle California. A diferencia del rascacielos enorme en el que Jude solía
vivir, el edificio Grosvenor solo tenía seis plantas, lo que le daba un aire
más lujoso e íntimo.
Miré hacia la cámara que había en mi puerta, que utilizaba el
reconocimiento facial para comprobar mi identidad y ver que estaba solo. Si
alguna vez traía a invitados al apartamento, lo preprogramaba en el
ordenador con tiempo. De esa manera, si alguien me robaba en la calle y me
obligaba a dejarle pasar al apartamento, el ordenador lo reconocería y
llamaría a la policía.
Estar en la planta más alta significaba que disfrutaba de un techo
abovedado y unas ventanas grandes y diáfanas. El suelo estaba hecho de
láminas de sándalo de Brasil y varios frescos decoraban las dos paredes
principales del salón. 
--Consejera, desactiva la seguridad --dije.
La voz suave y atiplada de Marina Sirtis respondió desde un altavoz
del techo: 
--Seguridad desactivada. Bienvenido a casa, Owen. 
Todo el apartamento estaba conectado a un sistema de IA domótico
que había desarrollado yo mismo, con órdenes activadas por voz que se
podían dar desde micrófonos que había en todas las habitaciones. La IA lo
controlaba todo, desde los pomos con cerradura de mi vestidor hasta el
termostato y la lista de la compra de la nevera inteligente. «¡Qué suerte
vivir en esta época!». 
Tux, mi gato de color naranja atigrado, bajó del sofá de un salto y fue
hacia la puerta de la terraza privada. Abrí la puerta para él para que pudiese
subirse a la silla de la terraza y observar la ciudad. Delante de mí, se
alzaban varios rascacielos. El puente Bay Bridge asomaba entre dos
edificios al este y justo hacia el norte se encontraba un pedazo de tierra que
sabía que era la isla de Alcatraz. A mi izquierda, el sol empezaba a ponerse
lentamente y un desfile de nubes se alzaba por la bahía. Esa noche haría
frío. 
--Consejera, pon las luces de proximidad --dije.
--Luces de proximidad activadas --respondió la IA domótica
obediente. 
Mientras caminaba por el apartamento, las luces se fueron
encendiendo de manera automática cuando me acercaba a ellas y se fueron
apagando detrás de mí. Al principio había planeado utilizar micrófonos que
se activaran con en el ruido ambiental para detectar dónde me encontraba,
pero Tux los alertaba todo el tiempo al correr por la casa y jugar con sus
peluches. Ahora, detectaba mi posición a través de protocolos de enlace por
Bluetooth con el teléfono que llevaba en el bolsillo. 
Abrí el ordenador portátil de mi dormitorio y lo coloqué al borde de la
cama. La pantalla titiló de manera extraña mientras se reactivaba, pero
apenas fue unos segundos. Abrí el programa de correo electrónico y vi que
me habían llegado veinte emails nuevos desde que había salido del Uber y
entrado en el apartamento.
--¡Joder! --refunfuñé--. ¿Qué hora es en Italia? ¿Acaso no duermen
nunca? 
--En Roma, Italia, son las dos y catorce de la mañana --respondió la
IA domótica servicial.
--Muchas gracias, consejera. 
--Con mucho gusto --respondió sin detectar el sarcasmo. 
Entré en mi vestidor grande y me cambié para ponerme unos
vaqueros. Luego, abrí una segunda puerta, que reveló mi armario para
zapatos. Había más de cien cajas de zapatos sobre zapateros de manera
ordenada, todas impolutas como si acabasen de salir de la tienda. Después
de pensármelo durante unos segundos, escogí una caja especial en lo alto
del zapatero: mis Air Jordan 12, de estilo retro, de color rojo y negro. Me
ayudarían a recordarle a LeBron quién era el mejor jugador de baloncesto
de todos los tiempos. 
Le eché un vistazo al perchero de trajes con una punzada de
arrepentimiento. Me hubiese encantado llevar un traje elegante al partido.
Me habían hecho todos los trajes a medida minuciosamente y yo me había
mantenido en forma, así que me quedarían genial, pero la gente de esa
ciudad no respetaba a los hombres con traje. Creían que los genios de la
tecnología multimillonarios debíamos vestir como si fuésemos vagabundos.
Era el equivalente milenial de llevar un Rolex. 
Por lo tanto, me vestía informal. Aparte de mis zapatos, nadie me
miraría dos veces con los vaqueros y la camiseta de manga corta, aunque la
camiseta blanca costase más de doscientos dólares. Mientras me ataba los
cordones de las Jordan, con tanto cuidado como si fuese un cirujano
suturando una herida, dije: 
--Consejera, envía una notificación al Chase Center de que llegaré por
la entrada trasera. --Terminé de atarme una de las deportivas y empecé con
la otra antes de darme cuenta de que la IA domótica no me había
respondido--. Consejera, envía una notificación al Chase Center de que voy
a llegar por la entrada trasera con seguridad extra --repetí.
Silencio. Lo primero que pensé era que el micrófono del vestidor
había dejado de funcionar. De ser ese el caso, cambiarlo sería una lata. Los
micrófonos eran un pedido personalizado de Singapur y solían tardar al
menos un mes en fabricarlos. Fui hasta el borde del vestidor para que uno
de los otros micrófonos detectase mi voz y dije: 
--Consejera, comprueba el estado del micrófono. --Más silencio--.
¿Consejera? --vociferé, como si eso fuese ayudar--. Sistema de IA
domótica, informa de la situación. 
Por fin respondió una voz a través del altavoz del techo, pero, en vez
de ser la voz relajante de Marina Sirtis, esa voz estaba llena de desprecio, 
--¿Una robot de IA femenina? ¡Joder, menudo estereotipazo! 
«Amber». 
--¿Qué coño estás haciendo? --le pregunté--. ¿Cómo te has metido
aquí? 
--Pues es obvio --contestó con la voz algo distorsionada desde el
altavoz--. A menos que seas tonto de remate.
«Me ha jaqueado la red doméstica». Noté que empezaba a formar
puños con las manos ante tal intrusión tanto personal como profesional. 
--Acabas de cometer un gran error --gruñí--. Si crees que voy a dejar
que una zorra programadora…
--Eso no se dice --me regañó--. Voy a tener que azotarte. 
De repente, los servomecanismos de la pared cerraron las puertas del
vestidor. Me eché hacia atrás de un brinco para evitarlas y me salvé por
poco de que se me pillaran los dedos mientras la cerradura de emergencia se
activaba. Agarré el mango y tiré de él, pero la puerta no se movió.
--¡Consejera, abre la puerta! --grité. 
--Tu esclava misógina del apartamento se está tomando un descanso --
dijo Amber--. Ahora estamos solos tú y yo, encanto. 
Apreté los dientes y me saqué el teléfono del bolsillo para deshacer las
órdenes de la puerta, pero, en cuanto hube escrito la contraseña, la pantalla
táctil dejó de funcionar. Por mucho que aporrease los iconos en ella, no se
abría nada. A pesar de eso, podía ver todo cuanto ocurría en el teléfono.
Amber lo controlaba mientras yo lo miraba con impotencia. El calendario
de Outlook se abrió y ella seleccionó el partido de los Lakers.
--¿Baloncesto? Estás demasiado ocupado para eso --dijo Amber. 
El elemento del calendario desapareció y lo sustituyó una reunión que
ocupaba las cuatro horas siguientes. Amber le dio un nombre rápidamente:
MASTURBÁNDOME CON PORNO DE ENANOS. 
--¿Qué cojones haces? --dije entre dientes--. Muchos inversores tienen
acceso a mi calendario público. ¡Van a ver eso!
--Ay, claro. Perdona, ahora te lo cambio. Amber eliminó la reunión y
creó otra: MASTURBÁNDOME CON PORNO DE PERSONAS CON
ENANISMO. 
--¿Ya es más políticamente correcto? --preguntó. Volví a intentar abrir
la puerta a la fuerza. Cuando no se movió, solté un gruñido de frustración--.
Intento pensar en alguna broma sobre estar en el armario --dijo la voz desde
el techo--. Pero no se me ocurre nada ingenioso. Ya te avisaré cuando lo
tenga. 
--Me las vas a pagar. 
--¿Qué pasa? --preguntó Amber de manera condescendiente--. ¿No te
gusta que alguien te joda los planes? 
Yo era rico, y la riqueza comportaba poder. Estaba acostumbrado a
que todo el mundo me tratase de una manera determinada, en todo
momento. La gente se desvivía por conseguir mi atención y aprobación. Me
adulaban y se arrastraban. ¡Ni de lejos intentaban joderme! Estar indefenso
en el vestidor no era algo a lo que estuviese acostumbrado. Y no me gustaba
ni un pelo de los huevos.
--¿Todo bien por ahí? --me preguntó Amber--. No quiero que te mees
encima, así que te ayudaré a salir. 
La cerradura de seguridad se desbloqueó y la puerta del armario se
abrió. Me obligué a salir del vestidor sin mostrar lo más mínimo el apremio
que sentía. En cuanto hube salido, la puerta de mi dormitorio se cerró y me
quedé confinado dentro. La puerta del baño se abrió y la luz se encendió.
--Levantaría la tapa del retrete para ti, pero al parecer el inodoro es el
único objeto de tu casa que no es inteligente --dijo Amber--, así que voy a
tener que confiar en ti. Pero no te olvides de sacudírtelo y lavarte las
manos. 
--¿Qué quieres? --le pregunté.
Del altavoz provinieron unas carcajadas. 
--Ya sabes lo que quiero. 
--¿Hacerme quedar en ridículo?
--Quiero que me devuelvas mis dos mil dólares. Del depósito de la
azotea. 
Di un respingo. 
--¿Has infringido una docena de leyes sobre seguridad informática
solo por dos mil dólares?
--Sip. 
--No te creo. 
--No pasa nada --contestó--. Te puedes quedar en la habitación y darle
vueltas un rato. Yo tengo toda la noche. 
Apreté tanto la mandíbula que me empezó a doler. 
--No puedo devolverte el dinero si me encierras en esta habitación. 
Durante unos segundos todo estuvo en silencio y, entonces, la puerta
del dormitorio se abrió con las bisagras electrónicas. Fui hasta la cocina con
calma. El sol empezaba a ponerse al otro lado de la ventana, cubriendo el
cielo de San Francisco de tonos morados y anaranjados. Tux estaba sentado
en la encimera de la cocina y movía la cola confuso mientras miraba hacia
arriba en busca de la voz desconocida que provenía de los altavoces del
techo.
De repente, empezaron a parpadear todos los objetos electrónicos de
la habitación: la luz del techo, el horno, el microondas… Incluso la cocina
de gas titiló como una burda imitación de un espectáculo pirotécnico. Tux
dobló las orejas y bufó enfadado.
--¡Buuuuuu, ruidos fantasmales para asustarte! --susurró Amber--.
¡Aquí el fantasma de las Navidades de los so putos! ¡Debes expiar los
pecados que cometiste como machito informático, Owen!
¡ARREPIÉNTETE! 
Las luces siguieron parpadeando y los electrodomésticos se
encendieron y apagaron durante otros diez segundos antes de interrumpirse
de repente tan deprisa como habían empezado.
--¿Sabes qué tipo de abogados puedo permitirme? Cuando haya
terminado contigo, nunca volverás a trabajar en esta ciudad --la amenacé--.
Y eso es si consigues salir de la cárcel. 
--Entonces será mejor que le saque partido a la situación --respondió-
-. Deberías ponerte las gafas de sol, colega. Esas luces led se pueden
atenuar, así que voy a ver cuánto puedo aumentar su intensidad antes de que
exploten. 
Las luces del techo se volvieron más radiantes, pero yo me acababa de
fijar en las gafas de sol, que llevaba colgadas del cuello de la camisa. «Un
momento». Dentro de mi casa no había cámaras. Solo fuera. Lo había
diseñado así a propósito: los micrófonos eran una cosa, pero no me gustaba
la idea de que mi IA me grabase en todo momento, y ese episodio con
Amber reforzaba mi paranoia. 
Me había colgado las gafas de la camisa cuando estaba en el vestidor.
Antes de eso, no las llevaba conmigo. Además, tenía el teléfono en el
bolsillo, así que Amber no habría podido usar esa cámara para espiarme.
Por lo tanto, me veía de alguna otra manera. 
Entonces me di cuenta de dónde estaba la chica. Abrí el cajón de la
cocina en el que guardaba trastos varios, por no mencionar algunos aparatos
electrónicos muy útiles. Luego, miré hacia mi terraza privada y sonreí. «Ha
llegado la hora de ajustar cuentas».
13

 
Amber
 
Estaba sentada en un banco del parque delante del apartamento esnob
para ricachones de Owen, que estaba en la parte rica y exclusivista de la
ciudad, y sonreía mientras escribía en el ordenador portátil. El apartamento
inteligente de Owen era bastante guay. Se notaba que lo había creado todo a
medida. Su código era caótico, pero servía para lo que tenía que servir. Si se
hubiera tratado de cualquier otra persona, me habría impresionado.
Sin embargo, también me parecía muy fácil de explotar, sobre todo
después de que se llevara el ordenador portátil de ACS a casa y lo conectase
a su red doméstica. Gracias a eso, había podido colar un troyano entre su
cortafuegos. 
Sonreí ante lo que me mostraba el ordenador portátil. En el sistema de
su IA domótica había un mapa del plano de su apartamento, en el que se
veían todos los micrófonos y altavoces del lugar. Cuando se acercaba a uno
de los micrófonos, este se ponía de color verde en el mapa y, cuando se
alejaba lo bastante, rojo. Así pues, veía cómo andaba por su casa con tanta
claridad como si yo misma estuviese allí. Era como el mapa del merodeador
de Harry Potter. 
Cuando revelé mi presencia y lo encerré en el vestidor, oí el miedo en
su voz. Bueno, estaba enfadado más que nada, pero también tenía algo de
miedo, escondido tras la superficie. Ese sonido me extasiaba. «Esto es lo
que pasa cuando le arruinas el cumpleaños a mi hermana», pensé. 
Disfrutaba haciéndolo sufrir, sobre todo cuando fue a la cocina. Desde
el banco del parque de la calle de enfrente vi cómo caminaba hacia la
cocina y se crispaba cuando empecé a encender y apagar las luces. Me
satisfacía mucho más que verlo en la pantalla del portátil. Estaba allí de pie,
mirando el techo como si a su casa la hubiera poseído un demonio
tecnológico furioso, con una camiseta de manga corta de color blanco y
unas gafas de sol caras colgadas del cuello. 
No solo jugueteé con todo lo que veía allí, sino que, además,
programé su nevera inteligente para que le enviara 200 000 correos
electrónicos recordándole que tenía que comprar huevos. La tecnología era
un arma de doble filo: con las prestaciones nuevas venían nuevas formas de
explotarlas.
Entonces, le dije en broma que se pusiera las gafas de sol, pero Owen
no reaccionó como me había imaginado. De repente, se quedó en silencio.
Durante unos segundos me pareció que miraba por la ventana hacia mi
dirección. Luego, fue hacia la puerta de la terraza e intentó abrirla.
--De eso nada --me burlé--. No hace falta que salgas. Todos los
vecinos te oirían pidiendo ayuda a gritos. Sería demasiado embarazoso para
ti. 
Owen no respondió. Volvió hacia la cocina con tranquilidad, se subió
a la encimera y toqueteó el pestillo de la ventana, que se abrió, ante lo cual
solté una palabrota en voz baja. Las puertas se controlaban de manera
electrónica, pero esa ventana solo contaba con un cierre manual.
--¡No lo hagas! --dije--. ¡Tienes tanto por lo que vivir! Lo supongo, al
menos. Puede que después de todo seas un fracasado. 
Owen sacó la cabeza por la ventana y miró hacia abajo. Estaba en la
quinta planta. Había una distancia de unos treinta metros hasta el suelo.
Entonces, pasó una pierna al otro lado de la ventana.
--Oye --dije nerviosa--, basta de bromas. Si estás tan desesperado por
salir, abriré la puerta delantera… 
--No necesito tu ayuda --me respondió, con la voz amplificada por el
micrófono de la cocina. 
Se me aceleró el corazón. 
--Espera, Owen… 
Pasó la otra pierna al otro lado de la ventana y empezó a descolgarse
despacio hasta que llegó a tocar con los pies un nicho de la cara exterior de
la pared. Encontró otro hueco y bajó hasta que se agarró a él con ambas
manos y le quedaron colgando los pies en el aire.
--¡Maldita sea! --dije entre dientes--. Si un multimillonario se mata
porque no aguanta una broma… 
El corazón me retumbaba en los oídos mientras veía cómo descendía
hasta la ventana del apartamento que tenía debajo. Con un solo error caería
en picado contra la acera de piedra y mi broma se convertiría en un delito
mucho más grave. Sin embargo, Owen se movió con destreza de ventana en
ventana con movimientos bien calculados. Cuando llegó a la primera
planta, por fin se soltó y se dejó caer lo que quedaba de distancia hasta
aterrizar de pie con cuidado en la acera. El pelo a capas se le sacudió y
volvió a su sitio como si acabase de salir de la peluquería. 
Me quité los auriculares de diadema e intenté aparentar calma
mientras se acercaba a mi banco. Parecía contento, pero también estaba
enfadado; colérico, de hecho. Yo también lo habría estado de encontrarme
en su posición. Había formado puños con las manos a ambos lados del
cuerpo. 
Me obligué a sonreír y le dije: 
--Se te da muy bien trepar. Spiderman no le haría daño a una chica,
¿verdad? 
Owen se sentó al otro lado del banco para dejar un hueco entre ambos.
Pasó un brazo por el respaldo del banco y se miró los zapatos de manera
absorta, que parecían retro y caros.
--Me pasé cuatro años entrenando en el rocódromo. 
--Era de esperar. Todos los escaladores a los que he conocido en la
vida han sido unos capullos. 
--¿Conseguiste entrar a través de mi ordenador portátil de ACS? --me
preguntó como si nada.
Asentí con la cabeza. 
--En la oficina compartimos la misma red. Pude acceder a ella con
privilegio de administrador gracias a los permisos del sistema de archivos
de los repositorios de código. 
--Y tras colarte en mi red doméstica… --Owen negó con la cabeza y
se quedó mirando su apartamento--. Aunque has infringido un montón de
leyes e incumplido el acuerdo de acceso digital que firmaste en ACS esta
mañana, me has impresionado un poco. 
--No quiero tu aprobación --le respondí--. Quiero que me devuelvas
mis dos mil dólares de los huevos. 
Se volvió para mirarme. La expresión de suficiencia que esbozaba,
con ese rostro tan atractivo y acostumbrado a conseguir lo que quería, era
exasperante. 
--No creo que los dos mil dólares tengan nada que ver con esto.
--Pues sí, de veras que sí --respondí. 
--Creo que quieres que te despidamos. 
Solté una carcajada entrecortada. 
--¿Por qué iba a querer que me despidáis? Es el trabajo de mis
sueños. 
La sonrisa de Owen se volvió más pronunciada. Me costaba mirarle a
los ojos verde esmeralda, que parecía que me atravesaran y vieran más allá
de lo que estaba sentado físicamente con él.
--Jude no es el único que buscó información sobre tu experiencia. Vi
las entrevistas a las que has ido estos últimos años: Visa, Helix, Alphabet…
Conozco a gente en cada una de esas empresas e hice algunas llamadas.
Todo el mundo dijo lo mismo: que la entrevista iba bien hasta que decidiste
hacer tonterías. En Visa, les exigiste un sueldo el doble de alto del que
pagaban a sus ingenieros sénior. En Helix, insultaste el modelo del portátil
de la entrevistadora. Y, en Alphabet, casi estabas en medio de firmar el
contrato laboral cuando, de repente, tiraste el bolígrafo y empezaste a
criticar los métodos de recopilación de datos de Google. 
--Tengo un listón alto --contesté a la defensiva--. No pienso trabajar
para una empresa que le roba la información a todo el mundo y luego finge
que es de los buenos. 
Owen negó con la cabeza despacio, sin atenuar la sonrisa. 
--No, no es eso. O sea, sí que tienes el listón alto, pero creo que te
cargaste todas esas entrevistas a propósito.
Intenté reírme, pero me salió una risa forzada. 
--¿Por qué iba a…? --pregunté. 
--Porque en el fondo sabes que no eres lo bastante buena--respondió
cortándome, tras lo cual hizo un gesto en el aire como un filósofo que
reflexionase sobre la vida--. Te aterroriza que cuando empieces a trabajar
para una empresa llena de programadores de verdad, te des cuenta de que
no eres tan impresionante como crees. Y lo peor de todo es que el resto de
la gente también se dará cuenta. Por eso, saboteas las oportunidades antes
de que lleguen a ese punto. Prefieres perder el trabajo por gilipolleces a
fracasar por tu incompetencia. 
No habría podido hablar por mucho que quisiera; se me había
congelado la garganta. Owen negó con la cabeza despacio y volvió a mirar
su apartamento mientras continuaba:
--Esta tontería sobre el depósito de la azotea no es más que tu última
excusa para cargarte el trabajo de tus sueños y volver a tu cueva de
autocompasión. Bua, bua. Ayudaste a desarrollar una criptomoneda que
vale miles de millones de dólares y, luego, retiraste el dinero demasiado
temprano. Deja que te diga algo, Amber: a nadie le importa. Todo el mundo
de esta ciudad casi lo consigue. Conozco a una docena de tipos que
aseguran que a ellos se les ocurrió primero el concepto de Twitter o Uber.
Qué más da. El pasado no significa nada. Lo único que importa es seguir
adelante, lo que vas a hacer después. 
Volvió a clavar esos ojos verdes en mí. Me veía. Entera, como si
estuviese desnuda delante de él. Y me volvió a sonreír mientras
sentenciaba:
--Quieres que te despida para que puedas volver a casa y decirle a la
gente que el fundador de ACS es un capullo que no aguanta ni una broma.
Pues bueno, no voy a darte esa satisfacción. --Tendió la mano hacia mí y,
durante una milésima de segundo pensé que iba a quitarme el portátil
Alienware y tirarlo al suelo. En vez de eso, me quitó el teléfono móvil--.
Desbloquéalo.
Sin saber qué hacer, puse el código y se lo devolví. Él deslizó el dedo
por la pantalla en busca de algo en concreto, abrió una aplicación (la de mi
cartera de criptodivisas) y tomó su teléfono para colocarlo justo encima de
la pantalla del mío, tras lo cual me lo devolvió. Entonces, vi una transacción
nueva en mi cartera: Owen había depositado el equivalente de dos mil
dólares en criptomonedas. Pero no eran ni de bitcoin ni ethereum ni
dogecoin. Eran el equivalente a dos mil dólares en argocoin. 
--Me imaginaba que querrías recuperar un poco de esto, ¿no? --
Esbozaba una sonrisa victoriosa y cruel--. Solo te quedan otros cientos de
millones más y volverás a estar como en el principio. Hasta mañana en la
oficina. 
Se rio mientras se alejaba del banco y toda la satisfacción que había
sentido al jaquearle el apartamento se desvaneció sin dejar rastro.
14

 
Amber
 
Al día siguiente, casi no fui al trabajo. Habría sido mucho más fácil
quedarme en la cama con el teléfono móvil, navegando por Twitter en busca
de noticias negativas para darme un atracón de desgracias, mientras me
preguntaba si duraría más como barista de Starbucks o preparando
hamburguesas en el In-N-Out. Lo único que me obligó a levantarme y
ponerme unos vaqueros limpios fue la expresión de suficiencia de Owen de
la noche anterior. Haría cualquier cosa para borrarle esa sonrisa de la cara. 
Iba a demostrarle que se equivocaba. No intentaba sabotear mi
oportunidad allí. «Pero eso hice», me susurró una voz en la cabeza. «Por
eso le jaqueé el portátil del trabajo y su apartamento, y esa es la razón por la
que eché a perder las entrevistas de trabajo de las demás empresas».
Melinda meneó un dedo hacia mí cuando aparecí por la puerta.
 --Aquí nos tomamos la seguridad muy en serio, Amber. Transgredir
el equipo de un compañero de trabajo supone una vulneración de la
confianza enorme, tanto empresarial como personal. Sin embargo, Owen ha
insistido en que te lo deje pasar. --Arqueó una ceja mientras me miraba--.
Aun así, inspeccionaremos tu acceso al sistema de archivos de ahora en
adelante. En el futuro, será la policía, y no yo, quien se encargue de
cualquier infracción que cometas. 
--Entendido --dije secamente.
Entonces, me sonrió con simpatía. 
--¡Genial! Hoy tenemos un día muy ajetreado. Te he enviado cuatro
entrevistas de trabajo que llevaremos a cabo. Lee los currículums de cada
aspirante antes de que se presenten aquí. 
Cuando subí a la segunda planta, deambulé por la zona encaminada
hacia el despacho de Owen. El efecto esmerilado de las ventanas estaba
desactivado y lo vi sentado en la cama, con los pies sobre el escritorio
mientras se pasaba una pelota de tenis de una mano a la otra. Parecía que
estuviese en medio de una conferencia telefónica. Aunque estaba en su
campo de visión, no miró hacia mi dirección ni una vez. «Vale, pues que así
sea».
Jude estaba en su despacho. Levantó una mano y me sonrió para
saludarme, tras lo que le devolví el gesto con la cabeza antes de entrar en
mi despacho y prepararme para trabajar. Me pasé las primeras dos horas de
la mañana repasando la hoja de ruta para la expansión de ACS. Planeé cada
meta a gran escala que Jude me había explicado y detallé todos los
subobjetivos que teníamos que lograr para alcanzar cada una. Entonces, los
dividí en funciones, programas y rutinas individuales que había que
programar.
Nunca había trabajado en un proyecto tan grande, ni siquiera cuando
había ayudado a crear argocoin. Sentí una gran satisfacción al ver el
panorama completo de nuestro objetivo principal (adaptar la plataforma a
más criptomonedas) y, luego, desglosarlo en partes subsiguientes. Para
cuando terminé, había creado un diagrama de Gantt y otro radial que
explicaban el proyecto entero. Gracias a ellos, cuando contáramos con más
programadores, podría asignarles tareas concretas con facilidad y ellos
podrían ponerse con ellas de inmediato.
Me serví otra taza de café y tomé una barrita energética de la cocina,
tras lo cual me senté y empecé a trabajar en el código de una de las tareas
más pequeñas del proyecto. Así, iría mimando poco a poco la enorme
montaña de trabajo que se alzaba ante mí. Resultaría más fácil hacerlo
cuando tuviéramos a docenas de personas en el equipo, pero, hasta
entonces, me sentaría bien armarme con un pico y ponerme manos a la obra
sola. 
Con la música tecno sin letra que sonaba a todo volumen en mis
auriculares, pillé un buen ritmo de trabajo durante un tiempo. Lo único que
hacía que levantase la vista de la pantalla era cuando Jude pasaba por
delante de mi despacho. Intenté que no pareciese que lo miraba de una
manera descarada, pero le observaba por encima de la pantalla del medio.
Las gafas elegantes, las mejillas llenas de pecas, los ojos de color azul
intenso que en ese día iban a juego con la camisa de botones… «Es mi
jefe», pensé. «No el tipo con el que coqueteé en el bar».
Seguramente hubiera continuado trabajando durante horas de no ser
por Melinda, que apareció ante mi puerta y llamó a ella. 
--Hola. Siento interrumpirte. El primer candidato ya ha llegado. 
--¡Ah! Vale, perdona, voy ahora mismo. 
--¿Te ha dado tiempo a analizar su currículum?
--Claro --le mentí.
Terminé el programa en el que trabajaba, recogí mi ordenador portátil
y salí del despacho. Jude subía por las escaleras mientras yo bajaba, con una
taza de café en la mano y una sonrisa en el rostro. Me detuve en lo alto de la
escalera para esperarlo. 
--He terminado la hoja de ruta para la expansión --dije con un dejo de
orgullo en la voz. 
Ladeó la sonrisa. 
--Ya lo he visto. Iba a escoger dos de las tareas para trabajar en ellas
hoy. 
--No te olvides de apuntarlo en el diagrama de Gantt, para que sepa
cuáles son. 
--Por supuesto. --Carraspeó y, durante un instante, me volvió a parecer
el chico tímido del bar--. Me han contado lo que hiciste anoche. 
Hice una mueca de vergüenza. 
--Me preguntaba si ibas a sacar el tema. Solo le jaqueé el portátil a
Owen. No toqueteé nada de por aquí. Quiero que sepas eso.
--Claro, lo supuse. Es decir, esperaba que así fuera. En realidad es
bastante gracioso. Antes de que llegases, Owen se ha pasado toda la
mañana alterado. Supongo que se rayó las zapatillas de deporte mientras
salía trepando por la ventana. Son de colección o algo así. 
Intenté ocultar una sonrisa, pero me fue imposible, así que opté por
sonreír a rienda suelta. 
--Deberías haberlo visto. Después de meterme en su red, exploté una
vulnerabilidad de inyección SQL de su nevera inteligente para conseguir el
privilegio de administrador de su IA domótica. 
--Ya le dije que los electrodomésticos inteligentes son una pesadilla
para la seguridad. --Jude negó con la cabeza de asombro--. Me sorprende
muchísimo que no te haya despedido. No sé por qué, pero no creo que
vuelva a dejar que te vayas de rositas.
«No me ha despedido porque sabe quién soy en realidad». Eché un
vistazo hacia atrás en dirección a la oficina de Owen. Apenas podía ver su
escritorio desde allí, pero sí a él, que me sonreía con suficiencia. 
--Tengo una entrevista --dije mientras le asentía a Jude y bajaba por
las escaleras. 
Al sumergirme con el trabajo esa mañana, había logrado olvidarme de
lo que Owen me había dicho, pero entonces las palabras me resonaron en la
cabeza como si las anunciaran por megáfono. «Siempre te cargas las
oportunidades porque te da miedo fracasar, porque no eres tan buena como
te crees».
Me resultaba extraño que alguien me reprochase mi actitud con tanto
acierto. Era como si se hubiese colado en mi mente, me hubiese leído los
pensamientos y, luego, me los hubiera repetido en voz alta. Eso ya me
hubiera desconcertado en cualquier escenario, pero me turbó aún más
viniendo de alguien como Owen March. 
La primera entrevista fue con un programador llamado Sanjay
Matthews. Mientras Melinda hablaba con él sobre su formación y
experiencia, saqué su currículum deprisa y leí por encima los apartados
pertinentes. Él respondió las preguntas de Melinda con destreza y
seguridad. 
--¿Tres años trabajando con Ruby? --le pregunté cuando me tocó
hablarle--. Eso es mucho más que la mayoría de gente. Todos mis conocidos
se hartan al cabo de dos años y vuelven a lenguajes de script básicos. 
Sanjay esbozó una sonrisa de dientes blancos perfecta. 
--Pues no sé por qué. A mí me encanta Ruby on Rails. Sobre todo por
las tiendas virtuales. 
Parpadeé. Nadie lo llamaba por su nombre entero, «Ruby on Rails».
Al menos, nadie que supiera de qué estaba hablando. 
--¿Por qué lo prefiere a Padrino? --le pregunté con recelo.
--Me gusta que sea para Linux --respondió al instante--. Y el patrón de
arquitectura Modelo-Vista-Controlador encaja conmigo. 
Se me dispararon los sentidos arácnidos. Parecía que ese tipo solo
recitase el artículo de la Wikipedia en vez de hablar desde una perspectiva y
conocimientos propios. Seguí haciéndole preguntas incisivas sobre Ruby y,
luego, pasamos a hablar de su experiencia con Javascript, ante lo cual
siguió respondiendo de manera vaga y poco específica. Solo había trabajado
con empresas extranjeras, por lo que vi, y sospechaba que ninguna de ellas
existía en realidad. Llegados a cierto momento, Melinda me miró de reojo
con curiosidad. Veía lo que yo estaba anotando. 
Al final, después de tanto postureo, me crucé los brazos y solté un
suspiro. 
--No tiene ni puñetera idea de nada de esto, ¿verdad? 
La sonrisa perfecta de Sanjay desapareció durante apenas unos
segundos, pero me dio tiempo de verlo. 
--¿Disculpe? 
--Sus conocimientos de Javascript son superficiales. No ha sabido
nombrar ninguna de las subrutinas principales de Perl. Si le pidiese que me
escribiera una función tan sencilla como la de «Hola, Mundo», dudo que
supiera hacerlo sin consultar los foros de Stack Overflow. 
--Parecía entender más del tema en la entrevista telefónica --dijo
Melinda--. ¿Le ayudó alguien entonces? 
--Yo… No sé de qué hablan… --trastabilló.
Giré el ordenador portátil para que estuviese frente a él. 
--Escríbame un bucle for básico. 
Se quedó mirando el portátil como si fuese una araña venenosa. 
--¿En qué…? ¿En qué lenguaje? 
--El que quiera --le respondí con frialdad. 
Sanjay sabía que lo habíamos pillado y se apresuró en sacar el
teléfono.
--Creo que ha habido un error… 
--Sí, el error ha sido venir aquí e intentar engañar a gente a quien se le
da bien su trabajo --le grité mientras el hombre huía de la sala de
conferencias--. ¡Pruebe con el edificio de Cisco al final de la calle! ¡Ellos sí
que contratan a cualquiera! 
Melinda se rio durante unos segundos y luego hizo una mueca. 
--Normalmente se me da muy bien detectarlos mucho antes de la
entrevista en persona. Siento haberte echo perder el tiempo. 
--¿Estás de broma? Esto ha sido más divertido que jugar con un
montón de cachorritos. ¡Espero que el próximo candidato sea igual de
incompetente! 
La siguiente aspirante resultó ser una mujer bajita de unos cuarenta y
algo años. Había trabajado en Facebook durante ocho años y estaba lista
para un cambio. Para mi decepción, no mentía sobre su experiencia, pero
eso significaba que sabía de lo que hablaba y, al cabo de veinte minutos,
nos despedimos con un aluvión de sonrisas.
--Ella irá a la pila de gente a la que contratar --dijo Melinda--. El
siguiente es Dave Lunan… 
Los dos candidatos siguientes sabían más que Sanjay, pero no tenían
mucha experiencia. Estaban un poco verdes, por pulir, pero tenían talento;
eran bisoños a los que podríamos formar a nuestra medida. 
El cuarto entrevistado, Barry, tenía el mejor currículum de todo el
grupo, pero se presentó como si hubiera acabado de salir de la cama: con
unos pantalones de chándal, una camiseta de manga corta sucia y
chancletas. Era como si hubiera intentado disfrazarse de Owen sin que le
funcionase. Nos estrechó la mano con unos aires de prepotencia que me
irritaron, como si nosotras fuéramos quienes teníamos suerte de
entrevistarlo. Se acomodó en la silla frente a las nuestras y la inclinó sobre
las patas traseras.
--Empecemos con su experiencia --dijo Melinda--. ¿Lleva trabajando
para Symatec los últimos nueve años? --Barry asintió, pero no añadió nada-
-. ¿Por qué quiere cambiar de trabajo? --le preguntó.
Él se encogió de hombros. 
--No sé, Mel. Supongo que me aburre. 
--¿Mel? --Ella se rio, pero el tono de su voz revelaba un dejo
peligroso--. No soy su estríper favorita. Soy la coordinadora jefe de esta
empresa.
Barry esbozó una sonrisa de superioridad. 
--Ya, pero eso no es más que la manera políticamente correcta de decir
recepcionista, ¿a que sí? --Me hizo un gesto con la cabeza--. Estos días
todos usan términos estúpidos para todo. Di lo que eres y ya está. ¿Tengo
razón o qué?
--¡Ay, cuánta razón tienes! --dije con una sonrisa enfermiza--. Más
gente debería decir lo que quiere decir sin dorar la píldora.
--Eso digo yo. 
--Déjame que haga justo eso ahora mismo --dije--. Que te den por
culo, Barry. Lárgate de nuestro edificio.
El hombre se tambaleó sobre las dos patas de la silla. 
--¿Qué? 
--Ya me has oído --le repetí--. No querría tener a alguien como tú en
mi equipo aunque fuéramos los últimos dos programadores que quedaran en
una isla desierta. 
El tipo se quedó boquiabierto. 
--¿Por qué no? 
Me levanté de la silla y rodeé la mesa. 
--Porque eres un capullo, y resulta que esta semana ya hemos
cumplido el cupo de capullos a los que contratamos. 
Levanté su teléfono de la mesa y lo tiré hacia la zona abierta de la
oficina. Eso lo desconcertó y perdió el equilibrio. Se le cayó la silla hacia
atrás y se dio un batacazo contra el suelo, tras lo que salió rodando del
asiento. Se puso en pie a duras penas y me miró boquiabierto. 
--Pero… O sea… Soy muy bueno en lo mío --dijo. 
--Lo bueno es el chocolate --dijo Melinda--. Tú nos traerás más
problemas que otra cosa. Voy a acompañarte a la salida. 
Recogí el ordenador portátil y tomé algo para picar de la cocina.
Melinda me alcanzó cuando iba a salir. 
--¡De menuda nos hemos librado! --dije.
--Así es. --Sonrió, pero no de la manera que yo esperaba--. Te has
pasado un poco con él. 
--Era un capullo. Y, como he dicho, ese puesto ya lo ocupo yo.
Le hice una pequeña reverencia. 
--Hay muchos capullos por esta ciudad --dijo Melinda con paciencia--.
Algunos pueden servir de mucho cuando los pones en un cuarto oscuro para
que programen todo el día.
--No me ha gustado cómo te ha degradado --dije. 
--Ya --contestó--, pero vi algo en tu mirada desde el momento en que
entró. Creo que buscabas una excusa. A la próxima, intentemos desescalar
la situación en vez de reaccionar así. 
Tomó una bolsa de patatas fritas del armario y se marchó.
15

 
Amber
 
Volví hacia la planta superior y pensé en lo que me había dicho
Melinda. ¿Había intentado buscar una excusa para explotarle a Barry? «Me
ha recordado a Owen». En el fondo, sabía que eso era lo que me había
sacado de quicio. Owen le había dado la vuelta a la tortilla anoche y había
insistido en que yo intentaba que me despidiesen. Y, como no me podía
desquitar con él sin darle la razón, la tomaba con un tipo que me recordaba
a él.
Sin saber qué hacía, los pies me llevaron hasta su oficina de la
esquina. No sabía qué iba a decir, pero no importaba porque me encontré
con que la habitación estaba vacía y las luces apagadas. Ya había terminado
para el día. 
--Pues vale --murmuré-- Vete a escondidas antes de que pueda decirte
que te equivocas. 
Jude seguía en su despacho, ametrallando el teclado con los dedos.
Llamé a la puerta y dije: 
--Así que Owen se marcha a las dos, ¿eh? Supongo que no quiere
trabajar tanto como el resto de nosotros. 
Jude se quitó los auriculares. 
--Bueno, es que es domingo. 
--¡Ay, es verdad! --dije mientras me reía y negaba con la cabeza--.
Como ayer fue mi primer día, me da como que es martes. 
--Aquí los días se van confundiendo unos con otros. La única razón
por la que sé que hoy es domingo es porque he intentado pedir comida
vietnamita de Four Sisters, pero no he podido porque cierran los domingos.
--Me hizo un gesto con la mano--. Deberías marcharte. Ya te tocará trabajar
hasta tarde muchos días en los próximos meses. 
--Tú sigues aquí --le señalé.
--Me iré en diez minutos. 
--¿Tienes una cita con una chica? --le pregunté con tono burlón.
--No, pero sé cuándo debo irme a casa para evitar el desgaste laboral.
Estoy releyendo la saga de La rueda del tiempo. Me relaja. 
La sonrisa que me dirigió fue efusiva y acogedora. Me recordó a la
sonrisa que me había dirigido en el bar la otra noche, como si me invitase a
entremeterme en lo que estaba haciendo. Hizo que me recorriese un
cosquilleo de excitación. 
--Oye --dije mientras me adentraba en su oficina--, si vas a salir en
diez minutos, ¿quieres ir a tomar una cerveza? 
Jude me miró con un parpadeo de sorpresa. 
--¡Ah! Una cerveza… 
--O lo que te apetezca tomar --añadí--. Vino, un combinado… Puedes
pedirte otro Roy Rogers si no quieres nada con alcohol. En cualquier caso, a
mí me apetece ir a beber algo y preferiría que nos tomáramos algo juntos a
estar sola. 
Vi un destello vivaz en sus ojos azul cristalino. Mi sugerencia había
despertado algo en su interior que traspasaba las profundidades de su
exterior discreto y reservado. Quería responder que sí. Quería tomarse una
copa conmigo. Quizás quería hacer incluso más que eso.
Pero, entonces, negó con la cabeza. 
--No es buena idea. 
--¿Por qué no? --le pregunté--. La otra noche surgió algo entre
nosotros en el bar. Una chispa. Sé que también lo notaste.
Se levantó como si fuera a huir. 
--Solo intentaba ser educado. 
--¡No, qué va! --insistí, acercándome más y más a él con cada segundo
que pasaba. La frustración que sentía a raíz de Owen se coló en las palabras
que le dije a Jude--. Coqueteaste conmigo. Lo sé, porque yo hice lo mismo.
Al principio, solo intentaba satisfacer a mi hermana, que quería que
conociese a alguien por su cumpleaños, ¡pero hablar contigo me gustó de
verdad! Admítelo. 
Para cuando hube terminado de hablar, me había inclinado sobre su
escritorio con ambas manos y lo miraba desde arriba. Le retaba a que
intentase discutírmelo. Me había pasado todo el día planificando la hoja de
ruta, escribiendo código y entrevistando a candidatos que trabajarían para
mí, y esa experiencia me había infundido cierta sensación de poder. 
Parecía que Jude fuera a discutírmelo. Una sorpresa fugaz se reflejó
en su mirada tras las gafas. Se le tensó la mandíbula, con lo que le bailaron
las pecas de las mejillas, pero no replicó. En vez de eso, ¡me dio un beso!
Me estremecí mientras pegaba los labios a los míos con fuerza, pero la
sorpresa se desvaneció deprisa. Notaba lo mucho que me deseaba por el
modo en que movía la boca, la manera en que me envolvía la mejilla con la
mano para estrecharme contra él como si no quisiera que me marchase
nunca, y extendí los dedos para aferrarme a sus antebrazos descubiertos, de
mangas dobladas, para deleitarme con su cálida piel. Mi cuerpo se
enardeció con su roce eléctrico; una ligereza creció en mi interior hasta que
pensé que me elevaría del suelo y saldría volando.
Con el mismo ímpetu con el que había empezado el beso, se apartó de
repente. El pecho le jadeaba tras la camisa de vestir mientras me miraba.
Me esforcé en retomar el aliento mientras los latidos del corazón me
retumbaban en los oídos. 
--¿Así que no vas a tomarte una copa conmigo, pero me besas por
encima del escritorio? --le dije. 
Vi que el destello de pasión en su mirada se desvanecía y volvía a las
profundidades en las que se había ocultado antes. 
--Tienes razón, no debería haberlo hecho. Ha sido un error.
--Eso no es lo que intentaba decir --respondí.
--Tengo que irme. --Recogió su bandolera y se la pasó por encima del
hombro--. Tengo que… --Me examinó con la mirada en busca de algo que
decir, lo que fuese--. Solo tengo que irme. 
Observé a Jude mientras pasaba a mi lado y huía del edificio. 
16

 
Amber
 
Sabía cómo reprimir lo que sentía, sobre todo cuando se trataba de
emociones a las que no quería enfrentarme. Lo hacía tanto para cosas
buenas, como empezar un trabajo nuevo e importante en una empresa
emergente prometedora, como para cosas malas. Ese beso resultó
pertenecer a ambas categorías. 
Recogí mis cosas del despacho (tomándome mi tiempo para que no
pareciese que salía corriendo detrás de Jude) y me fui. Caminé hacia la
estación del Caltrain distraída y esperé a que llegase el 514 en dirección sur.
Subí al tren y encontré un asiento en la parte trasera en el que podría estar
sola. 
Abrí el ordenador portátil del trabajo y me conecté a la VPN. En
cuanto fui al repositorio de código, vi que había un archivo abierto que se
estaba editando en ese mismo momento. Era el código que estaba activo en
la pantalla de Jude cuando hablamos, por lo que no lo había terminado ni
cerrado antes de marcharse. Para hacer algo en el tren y así evitar pensar en
cualquier cosa relacionada con el beso, me apresuré en terminar aquello en
lo que él estaba trabajando. Al acabar, cerré el código y me desconecté de la
VPN.
Tras eso, no me quedaron más distracciones. El momento del beso se
repitió en mi cabeza una y otra y otra y otra vez. Había besado a mi jefe. Y,
luego, él había salido de la sala casi corriendo.
En ese momento, cargarme mi oportunidad en ACS me pareció un
buen plan. Haría lo que fuera para evitar el inmenso bochorno que sentiría
la próxima vez que viese a Jude. El impulso repentino que me daba de dejar
el trabajo era un ansia que tenía que rechazar; un pensamiento intrusivo que
se colaba en mi mente a la fuerza. ¡Resultaría tan fácil no presentarme en el
trabajo al día siguiente y ya está! Sería una salida. 
Cuando llegué a casa, Michelle estaba en la cocina preparando la cena
del domingo. 
--¡Estaba a punto de mandarte un mensaje! ¿Has ido a la oficina hoy?
¿Otra vez? 
--Ya lo sé, es domingo --dije--. Pero es un trabajo nuevo y quería…
--¡Me parece genial! --Mi hermana se me echó encima y dio un abrazo
fuerte--. ¿Te has pasado todo el finde trabajando? Parte de mí esperaba que
le encontrases algún defecto al trabajo y lo dejases al cabo de un día, pero
está claro que por una vez te lo estás tomando en serio. Estoy muy orgullosa
de ti, hermana mayor. ¡Tanto que te daría un puñetazo en esa cara de
tontaina! 
--Gracias, cretina --le contesté, pero me sus palabras calaron en mí. 
«Quizás no me cargue el trabajo en ACS, al fin y al cabo». Por no
mencionar que con eso solo demostraría que Owen tenía razón. Sin
embargo, seguía habiendo el problema de haber besado a Jude…
--¿Te pasa algo? --me preguntó Michelle mientras volvía a centrarse
en preparar la cena--. Parecías distraída. 
Durante unos instantes, me planteé contarle lo de Jude. Normalmente
nos lo contábamos todo y seguramente me sentase bien hablarle de mis
problemas, pero todavía no me cabía en la cabeza lo que acababa de pasar,
así que dije: 
--Solo estaba pensando en todo el trabajo que tengo por hacer en
ACS. Me abruma bastante llegar y tener que ponerme con todo de
inmediato. 
--¡Te irá bien! Siempre has sido el tipo de persona que se tira de
cabeza en un proyecto y no sale ni para tomar aire. Recuerdo que en el
instituto solías encerrarte en tu habitación durante findes enteros cuando te
daba por jugar a un videojuego sin parar. Jugabas al World of Warcraft o
algo así. ¡Al menos aquí se trata de tu trabajo! 
--Ya, supongo --respondí--. Voy a terminar un poco más de trabajo. 
--Cenamos en dos horas --gritó Michelle mientras yo subía a la planta
superior.
Despejé el borde de mi escritorio y abrí el ordenador portátil del
trabajo. Ahora que había diseñado la hoja de ruta de la expansión, no me
costó nada escoger otra tarea pequeña de la lista y ponerme a trabajar. Sin
embargo, apenas había escrito cuatro líneas de código cuando me apareció
un mensaje instantáneo en el programa de chat de ACS.

Cauthon, Jude: ¿Has sido tú quien ha terminado la función que


estaba creando?

El corazón me palpitó con fuerza al ver el nombre de la pantalla. Ya


había pensado en qué diría antes de responder.

Moltisanti, Amber: Vi que seguía abierta, sin que nadie aprobara los
cambios. No tenía nada más que hacer en el tren de vuelta a casa, así que
me puse con ella.
Cauthon, Jude: Gracias. No suelo olvidarme de cerrar mi trabajo al
final del día, pero…
Moltisanti, Amber: Saliste aprisa. 
Cauthon, Jude: Tu código es bueno. Es decir, el que has escrito en
mi función. Ni yo mismo lo habría hecho mejor. Nos alegra tenerte en el
equipo.

Cuando vi el último mensaje solté un gruñido. Estaba ignorando el


beso y mi alusión de pasada a él. Fingía que no había ocurrido porque
pensaba que era un error. 
Hablar con él así, a través del hilo digital que nos conectaba desde
sitios diferentes del Área de la Bahía, me hizo recordar el momento del
beso. La calidez de sus labios contra los míos, suaves y tiernos que
suplicaban más, el modo en que se me había enfervorizado el cuerpo
durante esos pocos segundos, y, sobre todo, cómo el cuerpo de Jude se
elevó, levantó y se convirtió en algo nuevo cuando me sostuvo contra él…
Me estremecí y me quité el recuerdo de la cabeza. Si Jude pensaba
que besarme era un error, yo no iba a insistir en el tema. Ya me habían
avergonzado lo bastante en un día y en parte era culpa mía por empezarlo.
Al fin y al cabo, yo era quien le había propuesto ir a tomar algo juntos y
había insistido cuando él había rechazado la invitación.
Sabía que necesitaría tiempo para aclararme las ideas, así que cerré el
portátil del trabajo y me moví con la silla hacia el PC. Con jugar a Diablo
durante un rato se me refrescaría la mente. El ordenador me fue algo lento
al abrir el juego, lo que me pareció extraño, y los gráficos aparecieron
entrecortados y distorsionados durante unos segundos antes de volverse
normales. Dentro de dos días sería «Martes de parches», así que se debería
a que mi partición de Windows empezaba a descargar actualizaciones. 
Durante veinte minutos, me perdí en el juego caótico y trepidante.
Para cuando hube terminado, me había olvidado de todos los problemas del
trabajo. Entonces, con un esfuerzo colosal de fuerza de voluntad, abrí el
correo electrónico del trabajo y me obligué a centrarme en él. Melinda me
había enviado otra tanda de candidatos. A diferencia de hoy, quería estar
preparada para esas entrevistas. 
Dejé el chat de la empresa abierto mientras trabajaba, por si acaso
Jude decidía volver a escribirme, pero no lo hizo. Fui revisando los
currículums a buen ritmo y anotando preguntas que hacer a los aspirantes
durante las entrevistas, tras lo cual volví al programa de escritura de código
para terminar la tarea que había empezado antes. Casi sin darme cuenta,
llegó la hora de cenar y Michelle me llamó para que fuera a la mesa.
Mi hermana y yo solo nos teníamos la una a la otra, así que siempre
insistíamos en sentarnos a cenar juntas los domingos, igual que cuando
nuestro padre estaba vivo y las cosas eran normales. Esa noche tocaba pasta
con pollo a la parrilla, ensalada y pan de ajo crujiente. Michelle tenía que
hacer un trabajo trimestral para la universidad, así que comimos deprisa y
solo hablamos un poco entre bocados, pero al menos comíamos juntas. 
Como ella había cocinado, yo puse las sobras en la nevera y limpié los
platos. Tras eso, volví a mi habitación. Intentaba decidirme entre desarrollar
más código para ACS o jugar a videojuegos cuando vi que una pestaña del
portátil del trabajo centelleaba. Era el programa para chatear. Me arrasó la
emoción como si de un fuego se tratase. ¡Tenía un mensaje! Pero no era de
Jude.

March, Owen: Jude me ha enviado la hoja de ruta que has diseñado


hoy. Está muy bien. Quizás no seas tan inútil al fin y al cabo. 

Hice una mueca de desdén ante la pantalla y le escribí una respuesta


mordaz.

Moltisanti, Amber: Me parece adorable que finjas entender de cosas


técnicas. Como mi viejo perro salchicha, que solía quedarse mirando la tele
y hacer como que entendía qué estaba pasando allí. 
March, Owen: Bromea cuanto quieras, que llevo escribiendo código
desde que tú aún ibas en pañales. 
Moltisanti, Amber: ¿Pañales? Solo tienes unos años más que yo.
March, Owen: He presupuesto que no te enseñaron a ir al baño hasta
la adolescencia. 
March, Owen: Pero no te preocupes, tu despacho en ACS está a
menos de diez metros del baño. Eso debería ayudarte a evitar accidentitos
de ese tipo. 
Moltisanti, Amber: Tú cambia de tema cuanto quieras, que nunca me
creeré que un machito capullo como tú sepa en qué se diferencian un bucle
for y un bucle while. Si de tus conocimientos de jaqueo dependiese, no
podrías ni salir de una bolsa de plástico. 
March, Owen: Está bien, sigue pensando lo que quieras.
March, Owen: Ah, por cierto, no sabía que jugabas a Diablo. La
versión antigua, además. De la vieja escuela. 

Me quedé de piedra en el escritorio. El cursor titiló en la ventana del


chat, esperando mi respuesta. Era como si Owen se riese de mí. «¿Cómo ha
sabido que estaba jugando a Diablo?». 
Las pantallas de mis PC estaban en negro porque se había activado el
salvapantallas. Además, el ordenador portátil estaba paralelo a ellas.
Aunque hubiese manipulado la cámara del portátil de ACS para espiarme,
no habría podido ver lo que hacía en mi ordenador de sobremesa.
Quizás le hubiese dado la vuelta al portátil en algún momento, con lo
que pudiera haberle echado un vistazo a la pantalla con el videojuego. Esa
era la única explicación posible. Tenía que ser eso.

Moltisanti, Amber: ¿Diablo? No sé de qué hablas.


March, Owen: Ya, vale. Tú hazte la tonta. No pasa nada. Pero cuando
te vayas a dormir esta noche, vas a pensar que soy un jáquer de élite.
Moltisanti, Amber: Abusar de tu puesto y utilizar bienes de la
empresa para espiarme a través de la cámara del portátil no cuenta como
jaquear. Es lo que hacen los pervertidos. ¿Y si me hubiera cambiado de
ropa? Apuesto a que puedo encontrar a un buen abogado que te demande y
te quite todo cuanto tienes.
March, Owen: Te equivocas. Vuelve a probar. 

Miré la pantalla con el ceño fruncido. Parte de mí sospechaba que


mentía y que sí que había utilizado la cámara del ordenador portátil de ACS
para espiarme, pero la otra parte se preguntaba si no sería otra cosa…
Para empezar, fui al «Administrador de dispositivos» del portátil del
trabajo y desactivé la cámara y el micrófono. Luego, por si acaso, saqué una
cinta americana del armario y tapé las cámaras. Entonces, me centré en mi
PC de casa, disipé el salvapantallas y pasé un análisis antivirus rápido.
Estaba a medio completar cuando Owen volvió a escribirme.

March, Owen: ¡Ja! Ese antivirus tan básico no te servirá de nada.


¡Mierda! Eso significaba que veía la pantalla del PC de mi casa y no


era gracias a la cámara del portátil del trabajo. 

Moltisanti, Amber: Puede que no utilices la cámara, pero me has


infectado el ordenador portátil para colarte en la red de mi casa.
March, Owen: ¡Se lanza y falla! Ya van dos, chica. Pensaba que eras
más lista. Me decepcionas.

Noté que me aumentaba la ansiedad. Esa era mi habitación privada. El


PC de casa. Se suponía que aquí me sentía a salvo, escondida tras las
pantallas varias. La intrusión de Owen era como una intromisión digital. Me
metí debajo de la mesa, encontré el cable de alimentación y lo arranqué de
la pared. Los ventiladores de la torre de mi ordenador fueron ralentizando
hasta pararse y quedarse en silencio. 
--So puto --musité mientras volvía a la silla. 

March, Owen: Nunca había oído ese insulto así hasta que tú me lo
llamaste el otro día, ¿sabes? Me empieza a gustar. 

Di un respingo al caer en la cuenta de a qué se refería. «Ha oído que


lo llamaba so puto». Y el micrófono de mi portátil de ACS estaba
deshabilitado. A lo mejor lo había vuelto a activar. En la habitación, no
tenía ningún otro dispositivo a través del cual se me pudiese escuchar. Ni
Alexa ni Amazon Dot. Solo el PC de casa (que había apagado), el
ordenador portátil de ACS (cuyo micrófono estaba deshabilitado) y…
Me estremecí como si alguien me acabase de dar un manotazo. «¡El
teléfono móvil!». Tenía el móvil encima del escritorio, así que lo recogí y
empecé a pensar en todo lo que había pasado hoy. ¿Acaso Owen me lo
había quitado durante un rato cuando yo había salido de mi despacho? No,
me había llevado el teléfono a todos sitios conmigo, incluso al baño. Y
nunca había conectado el teléfono a la wifi de ACS. ¡Debería haber sido
inaccesible! 

March, Owen: Mierda, creo que ya lo has averiguado. Aunque valió


la pena transferirte 2000 $ de argocoin para colarme.

¡Es verdad, lo de la noche anterior en el banco frente a su


apartamento! Me había quitado el teléfono para transferirme el dinero a la
cartera de criptomonedas. Pero yo lo había estado mirando todo el tiempo, y
no había abierto ninguna otra aplicación ni intentado joder nada. 
Le di la vuelta al teléfono. En la parte trasera de la carcasa de plástico
había un compartimento para tarjetas, en el que tenía dos tarjetas de crédito
y el carné de conducir. Las saqué de allí, metí la mano en la ranura y… Un
chip pequeño salió de dentro y terminó sobre mi mesa. Era del tamaño de
un sello e igual de fino, con un circuito RFID grabado en él. 
Era un chip de radiofrecuencia. Cuando el teléfono había intentado
conectarse a mi red doméstica, el chip había activado un ataque de
intermediario que había recopilado toda mi información de usuario y le
había permitido a Owen acceder a ella. Durante tres segundos largos, me
quedé estupefacta. Me había impresionado. Pero, entonces, me enfurecí.

Moltisanti, Amber: Oye, CACHO MIERDA. ¿Sabes qué tipo de


invasión de la intimidad has cometido? 
March, Owen: ¡JA! Cuando pensabas que te estaba espiando a través
de la cámara web, apenas te enfadaste, pero te jaqueo el teléfono y, de
repente, te pones hecha una furia. Menudo lío llevas con las prioridades,
chica. 
Moltisanti, Amber: Que te den. 
March, Owen: Tú me jaqueaste primero. De hecho, yo a ti no te he
hecho nada. Solo te he demostrado que puedo hacértelo. Comparado con la
que armaste en mi apartamento, esto no es nada. 
Moltisanti, Amber: Has cometido un gran error admitiendo todo esto
en el programa de chat de la empresa. Me guardaré esta conversación y se
la enviaré a Buzzfeed. O a otra revista de cotilleo.
March, Owen: Adelante, entonces yo les enviaré los informes de lo
que me hiciste. 
Moltisanti, Amber: Tú tienes más que perder. Cuando una don nadie
como yo hace algo mal, no vale la pena publicarlo, pero cuando Mark
Zuckermierda le da una patada a un cachorrito, lo cubren las noticias
nacionales. 
March, Owen: Seguro que te sentirás muy pagada de ti misma
cuando estés sentada en la celda de una cárcel. 
Moltisanti, Amber: Tú también acabarás allí, comiendo pan de maíz
y gachas rancias con el resto de los presidiarios.
March, Owen: ¡Ay, encanto! A la gente rica no la mandan a la cárcel
a menos que haya hecho algo horrible. Pero si quieres pulsar el botón rojo y
disparar los misiles nucleares, supongo que adelante. A ver qué pasa. 

Tenía razón, lo que solo me puso más furiosa. Los hombres como
Owen casi nunca se enfrentaban a las consecuencias de sus acciones.
Además, no quería entregarlo a la policía de verdad. Solo estaba enfadada y
frustrada con que me hubiese ganado. Y, aunque no quería admitirlo, estaba
algo impresionada. 
Me quedé mirando el teléfono con el ceño fruncido. Había habido una
brecha en la seguridad. Tendría que borrar todos los datos y restringir todas
las funcionalidades de mi red para asegurarme de que él dejase de tener
acceso a ella. Justo en ese momento, un mensaje apareció en mi pantalla: 

March, Owen: Sé qué estás pensando. Vas a tener que reformatear el


teléfono. No te preocupes, te evitaré las molestias. 

La pantalla del teléfono que tenía en la mano parpadeó y se quedó en


negro. Se oyó un estallido, como si un condensador eléctrico se estuviese
sobrecargando dentro del móvil. Un hilo de humo salió flotando del altavoz
de la parte inferior y, de repente, la carcasa se calentó tantísimo que tuve
que soltarlo sobre el escritorio, tras lo cual solté una palabrota. 

Moltisanti, Amber: ¡Serás capullo! ¡Ahora voy a tener que


comprarme un teléfono nuevo! 
March, Owen: ¡Qué pena me das! Hasta mañana en la oficina.

El icono de Owen pasó de estar verde a gris cuando se desconectó.


Allí, sola en mi habitación, solté un gruñido de derrota.
17

 
Jude
 
Allí, solo en mi apartamento, suspiré con arrepentimiento. ¿Cómo
podía haber besado a Amber así? Y, además, en mi despacho. Eso solo
empeoraba el error que me daba la sensación que había cometido: era un
jefe que besaba a su empleada en el despacho, cuando casi todo el mundo se
había marchado ya. Me imaginaba los titulares que se publicarían sobre el
incidente, los artículos de opinión que se escribirían sobre las dinámicas de
poder y el abuso en el ámbito empresarial.
Sin embargo, las ganas me habían podido. Se había inclinado sobre mi
escritorio y me desafiaba con esa mirada de ojos grandes y redondos. Me
invitaba a tomar algo y exigía saber por qué no le respondía que sí. Era
preciosa sin intentarlo siquiera, con el pelo sedoso recogido en una coleta
práctica y los labios carnosos fruncidos y yo… y yo… No sé qué me dio.
Era como si un jáquer se hubiese apoderado de mi cuerpo y me hubiera
obligado a hacerlo. 
Aun así, a pesar de que sabía que era un error --¡es que era un error,
maldita sea!-- no podía ignorar cómo me sentía desde entonces. Todas las
emociones que había tenido esa noche en el bar volvieron al instante,
intensificadas por el beso. Amber era todo cuanto había deseado siempre en
una mujer: lista, geek y preciosa. También era testaruda cuando se trataba
de su trabajo, pero era por motivos justos. 
Esa noche, mientras me metía en la cama y cerraba los ojos, solo vi a
Amber, que se inclinaba sobre mi escritorio con la misma expresión
desafiante de antes. Esperando a ver qué haría yo. 
No debería haberla contratado. Ese era el error más grande y obvio de
todo ese asunto. Mientras fuese su jefe, ella era mi empleada y no
podríamos hacer nada. Era una pesadilla para cuestiones legales, y, también,
para las éticas. 
Aunque, claro, de no aceptarla, habría cometido un delito mucho peor:
decidir no contratarla porque quería salir con ella. «¿Es eso lo que quiero?»,
me pregunté en la oscuridad. «¿Salir con ella? ¿O solo me he quedado
prendado de ella como quien pasa por un amor de juventud?». 
Me consolé con el hecho de que estábamos desbordados de trabajo en
ACS y que seguiríamos así en los próximos meses mientras nos
expandíamos rápidamente. Aunque quisiera salir con Amber, no tendría
tiempo para ello. Pero lo que eso significaba es que pasaríamos mucho
tiempo juntos en la oficina. No estaba seguro de qué era peor.
A la mañana siguiente, fui a la oficina temprano. En Silicon Valley,
trabajar antes de las diez se consideraba madrugada. Entrar en la oficina a
las seis y media era como ir a trabajar en mitad de la noche. 
Me encantaba estar allí tan pronto. Reinaba el silencio. Sin
distracciones. Mientras desarrollábamos PayScale, cuando mejor había
trabajado había sido a primera hora de la mañana, antes de que Owen
apareciese por el despachito que alquilábamos. Ese día, con algo de suerte
llegar temprano significaría evitar a Amber.
Si lograba alejarla de mi vista, podría apartarla de mis pensamientos.
Aunque, claro, eso era imposible dada nuestra proximidad. Owen subió por
las escaleras con viveza y con más energía de la habitual a las ocho,
esbozando una gran sonrisa mientras me saludaba. Me pregunté qué lo
habría puesto de tan buen humor.
Alrededor de las nueve, me fui a buscar otra taza de café. Tenía
planeado esconderme en el despacho, con las ventanas esmeriladas, los
auriculares puestos y música atronadora para que nadie pudiera molestarme.
Así, no tendría que ver a Amber. Podría empezar a pasar página.
Sin embargo, cuando llegué a lo alto de las escaleras, vi que Amber
atravesaba la puerta principal y hablaba con Melinda un rato. El día
anterior, tras besarnos, me había embargado el instinto de pelea o huida por
primera vez. En ese momento, me pasó por segunda vez. Quería darme la
vuelta y salir corriendo hacia el lugar seguro y privado que era mi
despacho. Lo único que me detuvo fue que Amber ya me había visto.
Me sonrió mientras subía por las escaleras. Ese día llevaba el pelo
oscuro sin recoger y se le deslizaba por los hombros con cada paso. Parecía
cansada, como si se hubiese pasado la noche en vela, pero para mí seguía
siendo arrebatadora.
--¡Buenos días! --dijo. 
--Esto… Buenos días --le respondí. Entonces, con una ráfaga de
valentía repentina, decidí abordar el tema sin rodeos--. Siento lo ocurrido
ayer. 
Me sonrió con amargura y negó con la cabeza. 
--No pasa nada. No es culpa tuya que Owen… --Dejó la frase a
medias--. ¡Ah! Te refieres a… 
--El beso --dije en voz baja para que Owen no lo oyese. No quería
saber qué diría sobre el asunto si se enterase--. No debí haberte besado. Soy
tu jefe. Estuvo mal ponerte en esa posición. 
--¿Que tú me pusiste en esa posición? --Puso los ojos en blanco con
cansancio--. Soy adulta. Yo también estuve allí. Además, yo soy quien te
invitó a tomar algo. 
--Y yo soy quien está por encima de ti en la empresa --insistí--. Debo
tomar mejores decisiones. No volverá a ocurrir. 
«Aunque me muera de ganas de ello». En ese momento, de pie a
medio metro de Amber, me esforcé cuanto pude en no fantasear con
empotrarla contra la pared y volver a besarla. Sabía que, si me lo discutía, si
decía que quería invitarme a tomar esa copa y ver a dónde nos llevaba eso,
no tendría fuerzas para decirle que no. Cedería al instante. 
Sin embargo, Amber dijo: 
--Lo pillo. Lo entiendo. --Parecía decepcionada--. Esto es demasiado,
sobre todo tan temprano. No estaba preparada para un sermón de Recursos
Humanos antes de la tercera taza de café.
--¿Tercera? --Por su aspecto, costaba imaginarse que se hubiese
tomado nada de café--. ¿Estás bien? 
Movió la tira de la bandolera que le colgaba del hombro. 
--He tenido una noche larga. Me pasé muchísimo tiempo mejorando la
seguridad de la red de mi casa. Le he añadido otro cortafuegos y un sistema
de acceso según una lista blanca. Además, encontré una vulnerabilidad de
día cero en el controlador de la tarjeta gráfica. No querría que nadie atacase
eso. 
Miró detrás de mí, en dirección hacia el despacho de Owen. Esperaba
ver ira en su mirada, pero en ese momento expresaba algo distinto:
determinación y, quizás, un reconocimiento contemplativo de algo que yo
no entendía. 
--Será mejor que entremos ya --continuó mientras extendía una mano
y me rozaba el antebrazo con los dedos--. Me alegra que lleves las camisas
así ahora. Te quedan bien. 
Sonrió y, luego, entró en su despacho. Me llevó tres segundos largos
salir del aturdimiento en que me había dejado su roce, así como el cumplido
que me había dado.
18

 
Jude
 
Después de tomar otra taza de café, me escondí en el despacho para
empezar a trabajar. La montaña de código que teníamos que escribir era
abrumadora, pero Amber había facilitado la tarea al crear la hoja de ruta.
Sin embargo, al cabo de una hora me encontré con un problema. Me topé
con él mientras intentaba decidir en qué cadena lateral de dogecoin
trabajaba primero. La mayor parte de la hoja de ruta era intachable, pero
había una parte que debía diseñarse mejor.
Así, protegido por la certeza de que teníamos que hablar de algo
técnico, fui a su despacho. Tenía la puerta abierta, pero me detuve para
llamar a ella con educación de todos modos. 
Amber se quitó los auriculares. 
--¡Ostras! No vas a intentar besarme otra vez, ¿no?
Casi me tropecé con mis propios pies. Amber hizo una mueca.
--Perdona, cuando me siento incómoda, bromeo como mecanismo de
defensa. 
--No lo hagas, por favor --dije con un risita débil--. Esto ya es lo
bastante embarazoso. 
Me señaló con un dedo y dijo: 
--No. Lo que sería demasiado embarazoso es que yo te dijera que se te
da bien besar. --Dio un respingo, como si se acabara de dar cuenta de que
las palabras le habían salido por la boca. Se le sonrojaron las mejillas y
añadió--: Ahí voy, soltando chistes otra vez. ¿Qué hay? 
--La cadena lateral de dogecoin --dije--. Está bien, como el resto, pero
te olvidaste de tomar en cuenta su carácter hiperinflacionista. 
Ladeó la cabeza mientras pensaba en ello y, luego, inspiró de forma
brusca. 
--Mierda. Es por las variables que he utilizado, ¿a que sí?
--Has utilizado un entero largo --le confirmé--, con lo que en general
bastaría, pero, teniendo en cuenta cuánto dogecoin hay por ahí, puede que
acabemos con usuarios cuyas cuentas excedan el número máximo del
entero. 
--¡Menuda mierda! --se quejó--. Lo cambiaré por una variable más
grande. 
--No bastará con un buscar y reemplazar --dije mientras abría mi
portátil en su escritorio y me colocaba a un lado--. Cambiar eso conlleva
tener que reformular estas dos funciones…
Amber no reaccionó a la defensiva, como muchos programadores
hubieran hecho, sino que asintió mientras le hablaba y empezó a tomar
notas de cómo quería arreglar el problema. Escuchó de verdad lo que le
decía e hizo un plan para resolverlo. 
Hasta que no terminé y volvió a dirigirme esa sonrisa cálida, no
recordé que esa era la chica en que me había pasado toda la noche pensando
en besar. Le di las gracias por la ayuda y me apresuré en volver a mi
despacho. El corazón me palpitó con fuerza en el pecho, como si intentase
escapar, hasta mucho después de haberme sentado frente a mi escritorio.
Estar cerca de Amber me exaltaba tanto que me sorprendía. «Ojalá no fuese
mi empleada». 
Melinda vino a la planta superior y se llevó a Amber para la siguiente
ronda de entrevistas de candidatos. Hacia las once, Amber volvió a subir y
se detuvo al pasar por la puerta de mi despacho.
--Tenemos a dos aspirantes excelentes --dijo--. Melinda os los
mandará a ti y a Owen para el visto final, pero creo que deberíamos
contratarlos. Hoy. 
--Eso es genial --dije. 
Amber se quedó allí. Me aterraba que fuese a volver hablar del beso
(¿quién bromearía sobre los momentos embarazosos?), pero, entonces,
dijo: 
--Lo que has dicho sobre la cadena lateral de dogecoin esta mañana ha
hecho que me replantee algunas de las tareas de la hoja de ruta. ¿Te
importaría que revisáramos algunas juntos? Más que nada para que no me
vuelva loca dándole vueltas. 
--Claro, por supuesto --respondí mientras aprovechaba la oportunidad
para estar cerca de ella más tiempo--. Esto, ¿en tu sitio o en el mío? 
Me asaltó la vergüenza ante la broma tan tonta, e inapropiada, que
acababa de hacer, pero ella sonrió y contestó: 
--Tu despacho es más bonito. Voy a por mi ordenador portátil. 
Durante la próxima media hora, no fuimos dos personas que se
hubieran besado el día anterior; fuimos dos programadores que compartían
ideas para resolver una serie de problemas técnicos. Cuando no me venía
nada a la cabeza, a ella se le ocurría una solución enseguida. Igualmente,
cuando ella se quedaba sin respuestas sobre cómo seguir, yo le explicaba
qué paso debíamos tomar a continuación. Fue un coloquio entre entendidos,
con mucho intercambio de opiniones, como si fuese un baile coreografiado
que ambos dominábamos. 
Así, poco a poco, se disipó la ansiedad que había sentido estando a su
lado. Incluso se me volvió a ralentizar el pulso hasta llegar a los casi
normales ochenta latidos por minuto.
Amber era brillante, eso estaba claro. Mucho más de lo que había
pensado al principio. Veía las cosas de una manera distinta a la mía y
nuestras perspectivas se complementaban de un modo que aumentaba la
confianza que tenía en el futuro de la empresa y en esa hoja de ruta concreta
para la expansión.
Para el almuerzo, pedimos fideos vietnamitas y nos los comimos en
mi despacho mientras hablábamos de las últimas tareas de la hoja de ruta. 
--Vale, aquí va una pregunta para ti --dije--: ¿Star Wars o Star Trek? 
Me miró con una ceja levantada. 
--¿Por qué das por sentado que me interesa alguna de esas sagas?
¿Acaso tiene que gustarme una de las grandes franquicias sobre el espacio
por el mero hecho de ser un cerebrito de la programación? 
Parpadeé. 
--No era mi intención presuponer nada, pero…
--Te tomaba el pelo --respondió con una risa--. Star Trek. No hay
punto de comparación. 
--¿De veras? ¿Tan claro lo tienes? 
Se tragó un fideo y asintió con la cabeza. 
--Star Trek es única e imaginativa, no como el muermazo de la saga
de George Lucas. 
--Dime más --dije.
Amber dejó el envase de comida en la mesa y se recostó en la silla al
tiempo que ponía las manos detrás de la cabeza. Con el movimiento, se le
levantaron los pechos un poco pero, de algún modo, logré mantener el
contacto visual intacto. 
--Piénsalo bien. Star Wars es la misma historia de siempre, pero está
ambientada en el espacio. Hay un imperio grande y malvado y personajes
marginados y valientes que intentan hacerle frente. He leído esa misma
historia miles de veces en escenarios distintos. Si le quitases lo del espacio,
toda la historia podría desarrollarse en, digamos, Europa. Un gran reino
dirigido por alguien malvado. Darth Vader podría ser un caballero que va en
busca de rebeldes por el reino. Estoques en vez de espadas láser. La Estrella
de la Muerte no es más que un castillo grande que asaltan los rebeldes. --
Fingió que bostezaba--. ¡Qué aburrimiento! 
--¿Así que dices que para que una historia sea buena no puede
parecerse remotamente a ninguna otra? --le respondí. 
Su opinión me había sentado como un ataque personal a los fans de
Star Wars, pero no quería que lo notase. 
--No es obligatorio, pero ayuda --contestó--. Al caso: Star Trek. En
vez de copiar y pegar la misma historia manida y ambientarla en el espacio,
Gene Roddenberry imaginó algo distinto, algo único. La Enterprise no es un
navío de guerra que vaya por ahí buscando pelea. ¡Es una nave científica!
--«El espacio, la última frontera» --cité para que supiera que tenía
credibilidad en el tema--. «Estos son los viajes de la nave estelar Enterprise,
su misión de cinco años, de explorar nuevos y desconocidos mundos». 
--«De buscar nuevas formas de vida y nuevas civilizaciones. ¡De ir
audazmente donde nadie ha ido jamás!» --añadió para terminar la cita--.
¡Eso es! En el mundo de Star Trek, la Tierra ha alcanzado la paz. No hay
dinero. Nadie se pelea por él. Lo que los motiva es totalmente único y puro.
En la vida real, no se ven cosas así. 
--Eso no es verdad --contraargumenté--. Ha habido muchas
expediciones científicas en la historia de la humanidad. En la era de la
navegación a vela quisieron cruzar los grandes océanos por la simple razón
de explorar. 
--¡Lo hicieron por dinero! --dijo Amber enfáticamente--. Magallanes
no circunnavegó por todo el mundo para echarse unas risas. ¡Lo hizo para
establecer mejores rutas comerciales con China! Vamos, que España lo
financió todo porque quería competir con Portugal en comercio. La historia
casi siempre es así. Cuando Colón llegó a América, no fue a hacer amigos:
quería esclavizar a la población nativa y robarles todo el oro. Lewis y Clark
fueron en busca del pasaje del noroeste también por motivos comerciales. --
Fue enumerando cada caso con los dedos de la mano mientras hablaba con
un tono lleno de entusiasmo y emoción--: David Livingstone quiso
encontrar la fuente del río Nilo, quizás motivado en una pequeña parte por
razones científicas, pero eso llevó a que todas las potencias europeas se
peleasen por hacerse con África.
»Sin embargo, la nave Enterprise es pura --prosiguió--. Explora por
explorar y por descubrir más cosas. Al personal de la Flota Estelar se le
prohíbe interferir con el desarrollo de cualquier sociedad, aunque eso
conlleve su muerte. ¡Forma parte de su Directiva principal! Eso es justo por
lo que me gusta más Star Trek que Star Wars. Es una historia que nunca se
ha contado antes y que nadie ha vuelto a contar. 
Asintió con énfasis para terminar su argumento.
--Sus motivaciones no eran estrictamente puras --dije. Amber empezó
a tensarse, lista para seguir discutiendo, hasta que añadí--: El capitán Kirk
quería hacérselo con cuantas más alienígenas, mejor. Y no, eso no era solo
para el bien de la ciencia. 
De repente, Amber se rio sorprendida. 
--Vale, ahí me has pillado. De todos modos, siempre me gustó más La
nueva generación. 
--Así que te gusta más Picard que Kirk. En eso estamos de acuerdo. --
Sonreí y le advertí--: Por cierto, Owen es un gran fan de Star Trek. 
Amber hizo una mueca de irritación. 
--Ya lo supuse, teniendo en cuenta que utiliza la voz de la consejera
Troi para su IA domótica. Suena igualita a ella. 
--Eso es porque es la misma voz --dije--. Owen contrató a Marina
Sirtis de verdad, la actriz que interpretó a la consejera Troi, para que
grabase una base de datos de palabras y frases. Conocerla fue bastante guay.
Es muy simpática. Aunque le costó cincuenta mil dólares. 
Amber abrió los ojos de par en par. 
--¡Joder! Eso es lo que pasa cuando alguien tiene más dinero que
sentido común. 
--¿Significa eso que tú no harías algo igual de friki si tuvieses dinero
suficiente? --le pregunté. 
--No dejaría que el dinero me cambiara --respondió con brusquedad. 
La miré con los ojos entornados. 
--A ver si lo entiendo: si tuvieses una cantidad de dinero infinita y
Patrick Stewart se ofreciese a ir a tu fiesta de cumpleaños y cantar para ti
por cinco mil dólares, ¿le dirías que no? 
Amber me fulminó con la mirada. 
--Vale, sí que contrataría a Patrick Stewart. Y no solo para que me
cantara el cumpleaños feliz, ¡sino para hacer de todo! Que me informara del
tiempo, que me siguiera por todos lados y me leyese los emails en voz alta
y que me dijera lo guapa que soy. 
«Para eso último no necesitas a Patrick Stewart», pensé. Amber era
preciosa independientemente de quién lo dijera.
--En cualquier caso --prosiguió--, creo que es de lo más arrogante
darle la voz de la consejera Troi a su IA domótica personalizada. Esa es otra
razón por la que Owen es --bajó la voz-- un so puto enorme. 
Me reí y respondí: 
--Dice que es uno de los pequeños placeres de la vida que le hacen
seguir adelante. 
--Ya, seguro. --Amber tomó un sorbo de su bebida energética y se
quedó mirando la pared. Durante unos segundos, pareció que alguien la
hubiese desenchufado--. ¿Sigues aquí? 
Amber volvió en sí al instante. 
--Lo siento. Estaba haciendo una lista.
--¿Una lista? 
--Es algo que hago a veces, cuando tengo que tomar decisiones. Una
lista de pros y contras. 
--¿Qué decisión intentas tomar? 
Amber se quedó de piedra, como si la hubiese descubierto en medio
de algo embarazoso. 
--Esto… qué preparar para la cena --dijo al final--. Tengo que ir a
comprar de camino a casa. Intento decidir entre arroz frito y pasta. --Se le
ruborizaron las mejillas claras y me dio la impresión de que la lista no tenía
nada que ver con la cena--. ¿Así que Owen solía hacer cosas técnicas? --me
preguntó.
Asentí con la cabeza. 
--Todavía sabe hacerlas, pero casi nunca le toca ejercitar esos
músculos. De vez en cuando, cuando no tiene mucho que hacer, viene a
verme y me pregunta si hay algo de programación que pueda hacer. Nada
muy complejo, solo cosas que lleven tiempo. 
--Dijiste que desarrolló la mayor parte del código de PayScale --
respondió Amber con cuidado--. ¿Es eso cierto? 
--Así es. 
--Anoche le eché un vistazo al código fuente de PayScale --dijo--.
Era… No sé. Intricado, complejo. Estaba muy bien. 
--Ahí lo tienes, ese es Owen --le respondí--. Seguramente se le daba
mejor programar que a mí cuando empezamos. --Fruncí el ceño--. ¿Por qué
le echaste un vistazo al código de PayScale anoche? 
--Sentí curiosidad --contestó Amber con frialdad. Se le quedó la
mirada perdida de nuevo y, de repente, volvió en sí--. ¿Y por qué dejó de
dedicarse a la programación? 
--Crecimos mucho en muy poco tiempo --le expliqué--. Uno de
nosotros tenía que empezar a centrarse en la parte comercial del negocio. Él
fue la opción lógica. Yo soy demasiado tímido para representar a la
empresa. Owen es más carismático, tiene más encanto. Es más atractivo. 
--No digas eso --me interrumpió Amber al instante--. Tú eres mucho
más bombón que Owen. --Esa vez fui yo quien se sonrojó. Me encogí de
hombros y me quedé mirando el teclado. Entonces, Amber dijo--: Tú lo que
querías era un piropo, ¿a que sí?
--Para nada. 
--Ya, claro --Amber sacó un fideo del envase de comida y me lo tiró
encima. 
Me dio en las gafas y dejó una mancha de salsa.
--La guerra de comida es uno de los comportamientos que se prohíben
en ACS --dije--. Como jefe tuyo, podría hacer que te dieran un aviso por
eso. 
Amber soltó un suspiro teatral. 
--Si una chica no puede tirar un fideo de vez en cuando, ¿qué sentido
tiene vivir? 
Se inclinó hacia adelante, cerniéndose sobre mí, y me quitó el fideo de
las gafas con los labios delicadamente, tras lo cual se lo comió. Luego, me
echó aliento en las lentes y las limpió con el dobladillo de su camisa.
Cuando se me volvió a acercar para colocármelas de nuevo sobre la nariz,
el cabello largo se le echó hacia adelante y me rozó los brazos con él,
provocándome un hormigueo que me electrizó el cuerpo. Al inhalar, su
perfume afrutado caló hondo en mí y tuve que esforzarme por no inspirar a
fondo de nuevo.
--¿Qué? No tenía servilleta --dijo con una sonrisa--. No más guerras
de comida. Te lo prometo. 
Amber y yo nos llevábamos muy bien, incluso tras el fiasco del beso.
A su lado, podía ser yo mismo, y me daba la impresión de que ella también
podía actuar con naturalidad conmigo. ¡Todo habría sido tan sencillo si
hubiera sido un hombre! Tendríamos una amistad laboral en desarrollo. No
habría complicaciones. 
En vez de eso, me sorprendí fantaseando sobre sus ojos redondos
como estanques y esos labios cálidos y, ah, hechos para besarse… «Basta
ya. Concéntrate». 
--Creo que estábamos en medio de arreglar la función de enrutamiento
de la contraseña --dije mientras me volvía hacia mi pantalla--. ¿Recuerdas
cuál era el problema? 
Nos sentamos juntos tras el escritorio y volvimos a trabajar, pero mis
pensamientos eran de todo menos platónicos.
19

 
Amber
 
Por mucho que me hubiese enfurecido que Owen me jaqueara el
teléfono, había sacado una gran ventaja de ello: había hecho que me
olvidara por completo de la situación incómoda con Jude. La noche
anterior, desde que Owen me había petado el teléfono móvil y, luego, se
había desconectado, me había concentrado exclusivamente en aumentar la
seguridad de la red de mi casa. Había actualizado todo el firmware de mi
módem y los tres puntos de acceso inalámbricos de casa. Me había
comprado un cortafuegos nuevo y me había pasado tres horas
configurándolo en mi servidor. Después, había empezado a planear como
iba a ajustar las cuentas con él, porque ya no se trataba solo de la azotea y
mis dos mil dólares; se había convertido en algo personal.
Así pues, para cuando había llegado a la oficina a la mañana siguiente
y me había topado con Jude en las escaleras, el beso había sido lo último
que había tenido en la cabeza. Sin embargo, en cuanto lo vi, volvió a ocupar
todos mis pensamientos. Era un recordatorio de que a veces cometía errores
que no sabía cómo arreglar. 
Al principio, la incomodidad reinó entre Jude y yo. ¿Cómo no? Nos
habíamos besado el día anterior. Había sido un buen beso. De hecho, había
sido genial incluso. En una escala del uno al diez, le ponía un once. Y ahora
teníamos que trabajar juntos y fingir que nunca había ocurrido. 
No obstante, mientras juntábamos las sillas y nos centrábamos en el
trabajo, volvimos a encajar con nuestro ritmo natural. Nuestra experiencia
con código informático nos unía, así como el enorme montón de trabajo que
teníamos por delante. Solo cuando paramos para comer recordé lo que
había pasado el día anterior. Y, mientras estábamos allí sentados, sorbiendo
fideos vietnamitas, me sorprendí elaborando otra lista mental.

Razones para no volver a besar a Jude:


1. «Es mi jefe».
2. El primer beso hizo que las cosas se pusieran raras entre nosotros. 
3. No quiero fastidiar este trabajo. 
4. Si Owen se entera, seguro que me despide o, peor, me mantendrá en
plantilla, pero me ridiculizará por ello durante el resto de mis días. 

Razones para volver a besar a Jude:


1. Me apetece mucho pero que muchísimo. 

--¿Sigues aquí? --me preguntó Jude con tacto.


Fue un milagro que no me cayese de la silla. Jude me examinaba
como si fuera un rompecabezas que estaba a puntito de resolver. Hizo que
me sintiese como si pudiese adivinarme el pensamiento. «¿Sabía que estaba
pensando en el beso?». 
Logré olvidarlo mientras centraba mi atención en Owen y en cómo iba
a ajustar cuentas con él. El machito informático engreído no mentía sobre
sus credenciales como jáquer, eso ya lo sabía; pero seguía pensando que yo
era más lista y astuta que él. Necesitaba tiempo para planear mi siguiente
jugada y para que Owen bajase la guardia. Quería atacarle cuando menos se
lo esperase.
Durante toda la semana, mientras me centraba en mi trabajo de
verdad, seguí teniendo en mente vengarme de Owen en segundo plano.
Contratamos a los dos candidatos satisfactorios de hacía unos días: Dave y
Nancy. Yo era la superior directa de ambos según el organigrama, lo que al
principio me resultó de lo más intimidante. Estaba acostumbrada a trabajar
en proyectos con otra gente, pero nunca antes había sido la jefa de nadie.
Durante los primeros dos días, respondí a muchas preguntas. Nancy se puso
con el código de inmediato, pero Dave dudaba de sí mismo para todo y no
dejaba de enseñarme su código para asegurarse de que estaba bien. Cuando
llegamos al jueves, me cansé de ello y le dije que no tenía que mostrarme
todas y cada una de las líneas de código que escribía como si fuera un niño
de infantil que quiere presumir de su último dibujo. Tras eso, trabajó de lo
lindo y me dejó en paz.
--Nos se me da muy bien lo de ser simpática --le dije a Jude más
adelante. 
--Lo haces bien --insistió--. En serio, el hecho de que no le insultaras
con alguna variación de «puto» significa que ya vas avanzando. 
Pese a mis nuevas responsabilidades de supervisar a mis subordinados
y gestionar sus proyectos, dediqué treinta minutos cada día a planear mi
venganza contra Owen. Melinda me había avisado de que no podía utilizar
objetos que fueran propiedad de la empresa para ninguna vileza, diciendo
que auditaría mi acceso al servidor si no le quedaba otra, pero yo escribí
una secuencia de comandos que borrarían el historial de acceso después de
que hubiese toqueteado cosas, con lo que eliminarían toda prueba de que
metía las narices donde no me tocaba. 
Aun así, Owen estaba más protegido de lo que esperaba. Aunque
había dejado su estación de trabajo vulnerable el día en que yo había
empezado en ACS, desde entonces había aprendido la lección. Había
reforzado los permisos de la cuenta en su ordenador portátil y los otros dos
servidores de su despacho. No podía entrar por la puerta trasera, incluso
cuando lo intenté desde uno de los muchos directorios que utilizábamos. 
Una tarde, Owen se marchó del despacho y empezó a pasear por la
zona diáfana de la primera planta. El milmillonario se detuvo de espaldas a
mí, frente a la impresora, que emitía zumbidos. Ese día, llevaba unos
pantalones de chándal grises junto con una camiseta azul marino de Surf
Arrakis que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel y dejaba a la
vista todos los contornos y bultos de sus músculos. Incluso los pantalones
deportivos le favorecían el trasero. 
«Sigo sin poder creerme que es un programador de verdad», pensé
con irritación. «Parece el capitán de un equipo de fútbol americano o el rey
de un baile de graduación». La combinación de su encanto, forma física,
atractivo y credibilidad como jáquer era un enigma que no acababa de
entender.
Se alejó de la impresora y me apresuré en fijar la mirada en la pantalla
otra vez. En vez de volver a su despacho, caminó hacia mi dirección con la
hoja de papel que acababa de imprimir. ¿Me había pillado mirándolo?
Empecé a teclear cosas sin sentido para aparentar que trabajaba mientras
entraba en mi despacho.
--Lo educado es llamar a la puerta --dije mientras me quitaba los
auriculares--. Estoy ocupada. 
Owen me dirigió una sonrisa de dientes blancos y perfectos. 
--Ah, ya sé exactamente con qué estás ocupada.
Colocó la hoja sobre mi escritorio y me la pasó. Aún estaba caliente
de acabar de salir de la impresora. En el papel había una foto de Boromir de
El señor de los anillos, interpretado por Sean Bean. Justo encima había
escrita la frase: NO SE JAQUEA ASÍ COMO ASÍ EL ORDENADOR DE
OWEN MARCH CON UNA INYECCIÓN SQL. 
Se me encendieron las mejillas. Eso era exactamente lo que intentaba
hacer cinco minutos antes. La vergüenza de que me pillase me embargó
como una capa de grasa.
--Ese meme es de hace como veinte años --dije.
--¿Qué puedo decir? Soy de la vieja escuela. 
--Y, por cierto --añadí--, ¿a quién se le ocurre imprimir un meme en
una hoja de papel? Podrías haberme enviado un GIF, como la gente
normal. 
--Quería ver tu reacción en persona. --Alargó los dedos gordos e
índices de las manos para crear un rectángulo en el aire, como si me
enmarcase la cara para tomar una foto--. Clic. Ahora mismo tienes las
mejillas más rojas que el culo de un babuino. Esto es mucho más divertido
que enviarlo por ordenador. Y, por cierto, se pronuncia «jíf». 
Solté una carcajada. 
--Gracias por recordarme que eres un imbécil. Es GIF. Se pronuncia
con «g» como si hubiese una u justo después. 
Sonrió y me respondió, con escepticismo: 
--Si tú lo dices. 
Entonces, se volvió y se marchó por el pasillo. Me levanté de un salto
y fui corriendo hacia la puerta. 
--¡Pues sí que lo digo! ¡Es una «g» suave! ¡«Gu»! 
Sin dejar de alejarse de mí a zancadas, se encogió de hombros de
forma teatral. Fui hasta la barandilla que daba a la sala principal. Dave
estaba sentado en un puf con el ordenador portátil sobre las piernas,
mientras Nancy trabajaba en uno de los cubículos.
--Pregunta rápida --les dije en voz alta--. ¿Se pronuncia «JIF» o
«GIF»? 
Dave se aclaró la garganta y respondió: 
--Creo que es «JIF», Srta. Moltisanti. 
--Os he dicho que me llaméis Amber. ¡Y no, no es «JIF»! 
Nancy me dirigió una mueca desde su cubículo. 
--Siento tener que decirlo, pero estoy de acuerdo con él. Se pronuncia
«JIF». 
--¡No! --grité--. ¡Es «GIF»! ¡Porque la «g» es para «gráficos», así que
se mantiene el sonido «gu»! 
Ambos se encogieron de hombros y volvieron a concentrarse en sus
pantallas. Me aparté de la barandilla y me encontré con que Owen estaba
apoyado contra la puerta abierta de su despacho, de brazos cruzados,
mirándome con una sonrisa enorme. Solté un gruñido de irritación y volví
hacia mi despacho a pisotones.
Esa tarde, Jude, Owen y Melinda tenían una reunión. A mí no me
habían invitado, pero entreoí parte de su conversación cuando fui a buscar
una bebida energética en la cocina. Al parecer, uno de sus inversores, un
ricachón italiano, quería visitar el edificio para firmar los documentos de
financiación en persona. A Owen le parecía buena idea darle al inversor
todo cuanto quisiera, pero Jude dudaba de si debían dejar que nadie entrase
en el edificio hasta que hubieran firmado los papeles.
--¿De qué tienes miedo? --oí que le decía Owen mientras me dirigía
hacia la planta baja--. ¿Crees que va a ver algo que no le gusta, cerrará las
piernas y se marchará por la puerta sin acostarse con nosotros? 
--No lo sé --dijo Jude, pero para entonces yo ya me había alejado tanto
que no pude oírlos. 
Michelle se quedaba con Phil toda la semana y yo no quería volver a
una casa grande y vacía esa tarde, así que, en vez de eso, me llevé mi
ordenador portátil a la calle California y me acomodé en una cafetería a una
manzana del edificio Grosvenor, donde vivía Owen. Abrí el portátil, escogí
su red wifi y activé un analizador de protocolos básico para ver si había
algún agujero de seguridad. 
Me puse a jaquear durante dos horas sin suerte. Mi última treta en el
apartamento de Owen debió de haberlo asustado, porque su sistema
doméstico era más impenetrable que el chocho de una monja. Incluso había
actualizado los electrodomésticos inteligentes manualmente con firmware
nuevo. No encontraba ni un punto de entrada. 
--Es «GIF», me cago en todo --murmuré irritada.
No me gustaba fallar varias veces en un día. Recogí el ordenador
portátil y salí de la cafetería. Sin embargo, mientras andaba por la calle en
la dirección opuesta al edificio Grosvenor, de repente se me erizaron los
pelos de la nuca. Me detuve y volví a mirar el edificio. En la terraza,
apoyado en la barandilla con una copa de vino en una mano, estaba Owen.
Con la mano que tenía libre, acarició el gato naranja que estaba posado en
la barandilla a su lado.
No lo distinguía desde la distancia, pero sabía que esbozaría una
sonrisa grande de bobalicón. Le levanté el dedo corazón y seguí andando.
20

 
Amber
 
Seguía sin querer volver a mi apartamento vacío y sabía que no podría
dormir mientras no me pasara el enfado con Owen, así que decidí volver a
la oficina. Para entonces, eran las nueve de la noche y ya se había marchado
todo el mundo. justo como me gustaba. Un apartamento vacío me recordaba
al vacío en el pecho que se me había formado cuando mi padre había
muerto, pero una oficina desierta, para mí, era relajante de una manera
distinta.
Sin embargo, cuando subí a la planta superior, me di cuenta de que el
edificio no estaba del todo deshabitado. Jude se crispó cuando llamé a su
puerta, que tenía abierta.
--Perdona, no quería alarmarte --dije.
Sonrió cuando me vio y respondió: 
--Estaba tan concentrado en mi pantalla que no te había visto. 
--¿Trabajas en algo de código? --le pregunté esperanzada. 
Me embargaba el deseo arrollador de estar con él, volver a trabajar
juntos y perdernos en la programación metódica, aunque creativa. 
--Cosas de contratos --contestó con un gran suspiro--. Para la
financiación de serie A. A los abogados se les da genial escribir casi todo el
cuerpo del contrato, pero hay algunas condiciones técnicas con las que se
han hecho un lío. 
--¿No puede esperar hasta mañana? Pensaba que todavía quedaban
una semana o dos más hasta que lo firmarais. 
--Si lo dejo para más adelante, entonces estaría dejando para más tarde
las demás miles de cosas que tengo en la lista. --Jude me dirigió una sonrisa
ladeada llena de amargura--. Ese es el secreto que nadie te cuenta sobre ser
tu propio jefe: nunca escoges qué horas trabajas, porque, en realidad, nunca
paras de trabajar.
--¡Y que lo digas! Me pasé unas veinte horas al día frente a la pantalla
cuando estábamos metidos de lleno con el desarrollo de argocoin. 
Jude ladeó la cabeza. 
--Es tarde para que estés aquí. ¿Te has olvidado algo? 
--Nop --dije para intentar aparentar desenfado--. No podía dormir, así
que pensé que podía empezar con la integración de la cadena lateral de
stellar. Las pasaré canutas intentando averiguar cómo abordar algunos
aspectos. 
--¿Te refieres al algoritmo de verificación de tókenes? --Jude se
acercó a la pizarra blanca que tenía detrás y le quitó una nota adhesiva de
color morado. Me la enseñó y añadió--: Tengo algunas ideas sobre cómo
empezar, si tienes tiempo. 
--¡Me encantaría! --dije--. ¿No tienes que terminar de revisar el
contrato? 
--Como has dicho, puede esperar hasta mañana. Preferiría meterme en
faena con el código juntos. 
--Anda, al menos invítame a una copa antes, ¿no? --bromeé. 
La sonrisa de Jude desapareció y se le ruborizaron las mejillas. 
--No quería decir eso. --Maldita sea. «Ahora se ha puesto tímido otra
vez»--. Lo sé, lo sé. Era broma. Ese es mi mecanismo de defensa: afrontar
los bochornos de frente en vez de fingir que nunca han pasado. Pero, si
vamos a trabajar juntos, ¡no puedes ponerte como un tomate cada vez que
sale el tema! 
Jude se levantó de la silla. 
--Creo que con evitar el tema ya vale. 
Puse los ojos en blanco y me acerqué más a él. 
--Menuda estupidez. No tenemos que andar de puntitas rehuyéndolo.
Ambos somos adultos, nos besamos, y fue un beso genial. --Parpadeó con
sorpresa--. Lo que pasó, pasó. Eso ya no lo podemos cambiar. Pero si no va
a volver a pasar nunca más, tenemos que aceptarlo y seguir adelante. Yo lo
consigo haciendo bromas. Eso es lo que a mí me funciona, pero parece que
tú lo estés reprimiendo. Así que, pónmelo fácil, Jude. ¿Llegamos a un
acuerdo? ¿Te puedes reír cuando yo haga estas bromas para que ambos
podamos superar lo del beso y pasar página? 
El rostro de Jude era cómo una máscara inexpresiva, iluminado por el
resplandor de las pantallas de ordenador. La fuerte luz le realzaba las
facciones: la nariz adorable, los labios carnosos y los pómulos, que tenía tan
marcados que se podrían utilizar para cortar el pan. Parpadeó detrás de las
gafas y movió la boca como si quisiera decir algo, pero no supiera cómo.
--Dilo y ya --insistí--. Sea lo que sea que estés pensando, suéltalo
ahora para que podamos empezar a trabajar. 
--No --respondió con un tono tan rotundo, con tanta efusividad, que
me sorprendió--. No quiero pasar página, Amber. 
--¿Entonces qué…? 
Me interrumpió rodeándome el rostro con las manos y plantándome
un beso con tanta pasión como la primera vez, pero en ese momento me
sentí más preparada. Se lo devolví con labios anhelantes y se me enardeció
el cuerpo con su roce, igual que me había excitado la semana anterior en ese
mismo despacho. Abrí la boca y Jude me metió la lengua con avidez,
llevado por un deseo apremiante, mientras se pegaba a mi rostro como si no
quisiera soltarme nunca.
De repente, se separó con brusquedad, al igual que la primera vez. El
pecho le jadeaba con fuerza y me quedé admirándolo, con las mangas
dobladas, los antebrazos al descubierto y los pantalones de vestir entallados
a la perfección para resaltar su esbelta figura. Jude era un bombón, estaba
como un tren y tenía un toque sexi de cerebrito perfecto; y ni siquiera se
daba cuenta de todo eso, lo que, claro, lo hacía aún más atractivo. Se pasó
una mano por el pelo rubio arena conteniendo el aliento mientras me
escrutaba con la mirada en busca de alguna reacción. 
Entonces la vi, esa vacilación que también había estado allí la primera
vez. Reconocí el impulso de recoger su bandolera y salir del despacho
corriendo, huyendo de mí, porque había hecho algo que se suponía que no
debía hacer. «¡A la mierda!», me susurró mi diablillo interior. «Si has vuelto
a la oficina, es justamente por esto. Esta vez, no dejes que se escape».
--¿Y bien? --le pregunté entre jadeos--. ¿Eso es todo lo que tienes? 
Toda reticencia desapareció de su mirada y la remplazó una
determinación irreprochable. Jude me agarró los antebrazos y me dio la
vuelta para empotrarme contra la pared, al lado de la pizarra, tras lo cual me
volvió a besar, esta vez con el cuerpo entero, cálido, esbelto y firme, que
pegó al mío. Uní la lengua a la suya con avidez mientras nos dejábamos
llevar y nos rodeábamos con los brazos, aferrándonos el uno al otro,
ansiándonos mutuamente. El cuerpo me ardía de deseo y el beso era tan
embriagador y abrumador en ese momento que apenas era consciente de las
otras sensaciones.
La frescura de su camisa de vestir almidonada, los dedos que
enmarañaba en mi pelo y cerraba para formar un puño, la tela suave de sus
pantalones de vestir, la calidez y firmeza que notaba en la parte inferior de
su cuerpo, apretada contra mi pierna…
Éramos una maraña confusa de brazos, dedos y lenguas y no nos
importaba lo más mínimo el repiqueteo de los marcadores de la pizarra, que
caían con nuestros movimientos. Jude tenía los dedos sobre los botones de
mis vaqueros y me los desabrochaba, tirando de ellos y aflojándolos para
abrirlos lo justo. No hubo ni rastro del programador tímido de antes
mientras me metía la mano en los pantalones, se detenía un instante frente a
la banda elástica de mis braguitas y continuaba con su descenso.
Me aparté de sus labios e incliné la cabeza hacia atrás, gimiendo en el
despacho vacío mientras me recorría el clítoris con los dedos y, luego, me
los metía dentro. No me había dado cuenta de lo mucho que había anhelado
lo que estaba pasando, de las ganas que le tenía yo a él, hasta en ese preciso
instante, pero entonces se convirtió en una necesidad tan imperiosa que no
supe cómo había podido ignorarla. 
Mientras me mandaba vibraciones de placer por todo el cuerpo con
los dedos, fui acariciándolo hasta llegar al bulto que se le hinchaba en los
pantalones de vestir. Al primer roce, soltó un gemido gutural tan intenso y
excitante que ni siquiera me molesté en bajarle la cremallera; le pasé la
erección por la tela fina y apretada y la admiré mientras le estimulaba. Al
poco, me metía los dedos y los movía dentro de mí al ritmo al que yo le
masturbaba y nos dejamos llevar por la cadencia erótica mientras
danzábamos y cantábamos con las lenguas. 
--El sofá --murmuró Jude con la boca pegada a la mía.
Negué con la cabeza. 
--No hay tiempo. 
Me senté en su silla ergonómica y me quité la camisa por la cabeza,
seguida del sostén. Jude se detuvo para devorarme los pechos desnudos con
la mirada, con un destello de deseo nuevo en los ojos azules ante el cual me
estremecí, y luego empezó a quitarme los vaqueros del todo,
arrancándomelos del cuerpo. Se inclinó para besarme y yo me apresuré en
desabrocharle los botones de la camisa, desvistiéndolo para, luego,
apoderarme de su camiseta interior blanca y quitársela por la cabeza.
Jude era esbelto, pero lejos de flacucho. Tenía los músculos mucho
más definidos de lo que había imaginado para un programador cerebrito.
Tenía pecas por los hombros y la parte superior de los brazos, como si
fueran puntitos de pintura dorada. Las luces de las pantallas resaltaban la
definición total de cada curvatura y recoveco de su cuerpo. 
Se le tensaron los músculos cuando se hizo con mis braguitas y me las
bajó por las piernas para tirarlas por la sala. Pensaba que él se quitaría la
ropa interior a su vez y se uniría a mí en la estupenda desnudez total, pero,
en vez de eso, se puso de rodillas ante mí y me agarró un pecho con la
mano para besarme el contorno del pezón con delicadeza antes de lamerlo
despacio.
Arqueé la espalda y me acerqué a él. Tenía los pezones sensibles y al
estimularlos me recorrió un cosquilleo magnífico de placer por el pecho y la
entrepierna. Le pasé las manos por los hombros desnudos y le clavé las
uñas en la espalda mientras seguía lamiéndome la zona, pero entonces se
apartó y empezó a bajar.
--¿Qué haces? --le pregunté. 
No me gustaba que me hicieran sexo oral. Era algo que me
incomodaba por algún motivo, sobre todo si se trataba de la primera vez
con un hombre. Él me besó el ombligo y contestó con una voz profunda: 
--Quiero degustarte.
--Yo solo te quiero dentro de mí --dije mientras lo agarraba del pelo y
me lo volvía a acercar a los labios. 
Salí de la silla deslizándome con elegancia y le empujé para que se
sentara él, tras lo cual empecé a quitarle los pantalones. «Bóxeres», pensé.
«Pensaba que sería de calzoncillos tipo slip». 
Se los quité también, sin andarme con ademanes seductivos, sino a
una velocidad ansiosa y desesperada. Jude me miró con deseo mientras me
sentaba a horcajadas de él en la silla y me colocaba en una posición
cómoda. Extendí el brazo y le agarré la erección con los dedos, ante lo cual
noté cómo se le movía con mi roce, y me la coloqué entre los labios.
--Amber --dijo Jude de repente--. Hay algo que tengo que decirte…
--¡Ni se te ocurra cambiar de idea ahora! --le avisé--. ¡No cuando me
estás provocando con la punta así! 
--No es eso. --Frunció los labios carnosos como si intentase no
sonreír--. Tengo que decirte que soy… soy un fan de Star Wars. En la vida
he visto Star Trek siquiera. 
Solté una risa estupefacta. 
--¿En serio? ¿Eso me tenías que decir ahora? 
--Creía que te gustaba utilizar el humor como mecanismo de defensa.
A Jude se le escapó una sonrisa, que le llenó el rostro mientras se reía
de su propia broma. En ese momento, al usar mis propias palabras en mi
contra, me pareció más sexi que nunca.
--Vale, esa te la devolveré. 
Seguía teniendo la punta entre mis labios con firmeza y bajé por todo
su miembro con ansia, ensartándomelo hasta el fondo. Los dos gemimos al
unísono mientras me llenaba en un dueto de éxtasis momentáneo. Su
sonrisa se convirtió en estupor y asombro mientras me miraba como si me
viese por primera vez.
«Es mi jefe». El pensamiento me pasó por la mente y trajo consigo
cierta preocupación, pero, más que nada, me excitó. Era justo lo picante que
quería. Prohibido, incluso. Yo no era el tipo de chica que se acostara con su
jefe, pero, en ese momento, ¡vamos si lo quería ser!
Jude me pasó las manos por las piernas y me rodeó la cintura mientras
empezaba a moverme encima de él, elevándome en la silla para luego bajar
con las caderas otra vez. La manera en que me llenaba, con la erección
contra cada centímetro de mis paredes internas, hacía que quisiera acelerar.
Quería darme prisa antes de que alguno de los dos se dejase llevar por el
éxtasis, pero también quería disfrutarlo al máximo, así que me contuve.
Jude se inclinó para meterme la lengua en la boca hasta el fondo en un
beso apasionado. Me quedé sin aliento mientras se apartaba y bajaba la
cabeza hacia mis pechos para agarrármelos, apretármelos y besármelos.
Arqueé la espalda mientras me agasajaba con la boca, moviendo la lengua
alrededor de un pezón y luego el otro, apretándomelos con los labios con la
presión justa para que me recorriese el cuerpo un placer electrizante.
--¡Joder, cómo me gusta lo que haces! --gimió entre mis pechos.
Intenté responderle que a mí también me gustaba lo que hacía, me
encantaba, pero solo me salió un suspiro desigual. Me había empezado a
mover más deprisa, dejando que las descargas de deleite guiasen los envites
de mis caderas, deseándole más y más con cada movimiento desesperado. 
Entonces, pasé a estar flotando en el aire porque Jude se levantó y me
sujetó poniendo las manos bajo mis muslos con una fuerza sorprendente. Se
me escapó un chillido cuando me fue bajando, como si fuese a soltarme,
pero me dejó sobre la superficie del escritorio. Se oyó el estrépito del
teléfono para conferencias y el lapicero, que cayeron al suelo víctimas de
nuestra lujuria desenfrenada. Jude se alzó sobre mí, ese bombón esbelto y
hermoso, y el deseo de sus ojos azul zafiro me quitó el aliento. 
Entonces, el resto del mundo se desvaneció. Para mí solo existía Jude
Cauthon, el bombón informático milmillonario al que había conocido en el
bar la otra noche, y su miembro, con el que me penetraba hasta lo más
hondo. Cada envite duraba más, llegaba a más profundidad, con más fuerza,
justo como lo necesitaba, y Jude se aferró a mí como si yo fuera la balsa
que lo salvaba de hundirse. 
--Amber --gimió, con la voz tensa y soltando una palabrota--. Oh,
Amber… 
Lo rodeé con las piernas mientras me tomaba en el escritorio y nos
dejamos llevar por los impulsos instintivos de nuestros cuerpos.
21

 
Jude
 
No sé qué me dio. El aspecto de Amber, la cortina de pelo oscuro
alrededor del rostro en forma de corazón, los ojos que me miraban con
esperanza… No pude contenerme. Mientras la sujetaba por los muslos con
fuerza, penetrándola tan hondo como pude, me alegré de ello.
Los dos nos fuimos al sofá, sin aliento y sudorosos, para acurrucarnos.
Ahora tenía esa misma cortina de pelo sobre el pecho y su mejilla cálida
contra mi estómago. Se le alzaba y bajaba la cabeza con mi respiración
como un peso que me satisfacía tener allí.
--¿De dónde eres? --me preguntó de repente.
--De Virginia, un barrio residencial en las afueras de Richmond. 
Noté que fruncía el ceño contra mi piel. 
--¿Entonces, por qué Owen te llama Boston? 
Señalé la pared y Amber dirigió los ojos redondos al certificado
enmarcado que había allí. 
--Me gradué del MIT. 
--¿Y ya está? --preguntó--. No es que tengas un acento fuerte de
Boston ni nada parecido. 
--Owen no es muy creativo. Cuando me mudé a San José y le mandé
el currículo para unirme a su proyectito de criptodivisas, el título del MIT
es lo que hizo que me tuviese en cuenta, así que se me pegó el apodo. 
--¿Dónde estudió él? --me preguntó. 
--En la Universidad Estatal de San Diego --respondí--. Solo durante
tres años. Lo dejó porque quería trabajar en lo que pensaba que sería la
innovación tecnológica del futuro.
--¿PayScale? 
Le pasé los dedos por el pelo, mientras disfrutaba de su textura. 
--No, otra cosa. No recuerdo el nombre, pero fue un fiasco, al igual
que el proyecto que le siguió. Solo después de eso se le ocurrió PayScale y
el resto es historia. 
--Así que es un desertor escolar --reflexionó--. Era de esperar. Solo
alguien engreído como él pensaría que podía dejar los estudios y tener éxito
de todos modos. 
--Como ya te he dicho, es bastante listo. Y ha tenido éxito, claro está.
--Me quedé mirando las costuras del sofá de cuero--. Si no hubiese dejado
los estudios, es probable que nuestros caminos nunca se hubieran cruzado.
Mi vida sería muy diferente ahora. 
Amber se giró para mirarme. 
--No quiero pensar en él. Quiero pensar en ti y en lo que acabamos de
hacer. 
Me rozó los labios con los suyos, suaves, explorándome. Le pasé un
pulgar por la mejilla y me pregunté cómo había tenido tanta suerte.
--Hablando del tema --dije--, parecías muy tensa cuando empecé a…
ya sabes, en la silla. 
Noté que volvía a tensarse. 
--Ah… 
--No pasa nada --dije--. Solo era por si pensabas que no se me iba a
dar bien o algo… 
--¡No! --respondió al instante--. No eres tú, soy yo. No… No me gusta
que me hagan sexo oral. Prefiero hacerlo propiamente --Deslizó el cuerpo
por el mío, con lo que volví a estimularme--. Y lo propio estuvo muy pero
que muy bien. 
Le devolví la sonrisa. Obviamente, yo lo había disfrutado tanto como
ella, si no más. Todavía recordaba cómo era estar dentro de ella y cómo
gemía y se contraía alrededor de mi miembro…
--No está mal para mi primera semana en la oficina, ¿no? --dijo.
De repente, el recuerdo se desvaneció y me embargó la culpa. Amber
era mi empleada. Estaba bajo mi mando y ese desequilibrio de poder
manchaba todo lo que acabábamos de hacer juntos. Si alguien fuera a
enterarse…
--Déjalo ya --me espetó.
Di un respingo. 
--¿Que deje el qué?
--De pensar eso. --Me dio un golpecito en la cabeza--. Veo cómo se te
mueven los engranajes ahí dentro como en un reloj de pie. Te preocupa que
no debas hacer esto, aunque lo quieras de verdad. 
--Amber, si alguien se enterase…
--Yo no se lo diré a nadie --insistió--. ¿Y tú?
--No, pero ¿y si…? 
--Ya, ya --Me rozó los labios con los suyos--. Eres como un disco
rayado. --Me dio otro beso--. Voy a seguir besándote --prosiguió con otro--
hasta que lo dejes. 
--Me convences bastante con estos besos --dije. 
--Genial, porque ha estado muy bien, Jude. Y hace demasiado tiempo
que debería haber pasado, desde que nos conocimos en el bar.
--De eso hace menos de una semana.
--¡Lo dicho! Demasiado tiempo. Tenemos química y quiero que
repitamos más veces. Esta prestación adicional supera con creces lo de
tener un gimnasio en la planta inferior, que nunca voy a usar. 
Sabía que debería haber protestado más, insistido en que se quedara
en cosa de una noche para quitarnos el gusanillo y, luego, mantener una
relación estrictamente profesional. Sin embargo, al tenerla medio tumbada
sobre mi cuerpo, con los pechos cálidos y suaves contra mi torso y
mirándome con las pestañas largas, le habría dicho que sí a cualquier cosa.
--Esa es la mirada que quería ver --dijo mientras me pasaba una mano
por el muslo y empezaba a ascender. 
Cuando me rodeó el miembro con los dedos y empezó a subir y bajar
la mano, me olvidé de todas mis reservas. 

A la mañana siguiente, llegué temprano al trabajo. Seguramente


fuesen imaginaciones mías, pero me dio la impresión de que olía a sexo en
mi despacho, mezclado con el champú floral de Amber. El aroma despertó
todos los recuerdos de la noche anterior y noté que se me endurecía en los
pantalones de vestir.
--Genial, ya estás aquí --dijo Owen mientras llegaba por el pasillo con
el ordenador portátil en la mano--. Tenemos que concretar ciertos aspectos
sobre la inversión. 
Se acercó una silla y hablamos de los detalles, como Amber y yo
habíamos hecho el día anterior. Que fuese un contexto distinto no impidió
que siguiera pensando en Amber mientras iba asintiendo con la cabeza a lo
que Owen decía y le daba mi opinión sobre las distintas cuestiones.
--Esto lo dejo a tu criterio --dije cuando llegamos al último apartado--.
A ti se te da mejor la percepción pública que a mí. Yo prefiero sentarme en
una cueva y programar sin parar. 
--No hay nada de malo en ser un picacódigo. 
Desviamos las miradas al oír un sonido que provenía de las escaleras.
Amber acababa de llegar e iba hacia su despacho. Nos saludó con la cabeza,
intercambiando una sonrisa privada conmigo antes de desaparecer por la
puerta de al lado.
Owen me volvió a mirar de sopetón. 
--Parece que os llevéis muy bien los dos, Boston. 
--Sí, bueno, eso creo --balbuceé. ¿Percibía el olor a sexo de la sala?--.
Es una trabajadora muy competente. 
Owen entornó los ojos. 
--Estás colgadísimo de ella, ¿a que sí? 
--Yo… No, para nada. Trabaja para mí. Soy su jefe. Nos llevamos
bien, eso es todo. 
--¿Quieres decir que no lleváis flirteando como adolescentes desde
que la contratamos?
--Lo estás malinterpretando --contesté. Me gustó lo firme que soné--.
Somos compañeros de trabajo, eso es todo. 
Owen asintió con la cabeza como si me creyese, pero entonces
repuso: 
--La cosa es que revisé las grabaciones de seguridad de la azotea de la
otra noche. Antes de que el Sr. Rossi y yo llegáramos allí, tú estabas en el
bar y le tirabas la caña. 
--Eso ya lo sabías --le respondí, aunque se me hizo un nudo en la
garganta.
--Lo que no sabía era lo mucho que intimasteis--dijo Owen con un
brillo en los ojos verdes que siempre aparecía cuando soltaba un discursito
e iba viento en popa--. No hablasteis solo un ratito, fueron unos quince
minutos. Lo bastante para que te invitase a un 7&7. Y os estabais mandando
todo tipo de señales.
--¿Señales?
--No te hagas el tonto, colega. Te conozco muy bien. Se inclinaba
sobre la barra, dejándote su escote a la vista. Jugaba mucho con su pelo. Y,
luego, empezó a tocarte los brazos, a quitarte la corbata y arremangarte. 
--¿Qué le voy a hacer si una chica simpática coquetea conmigo en un
bar? --dije, pero Owen me contestó enseguida.
--Llevas vistiéndote igual desde entonces --señaló--. Justo ahora vas
vestido así. Sin corbata, con el botón superior del cuello de la camisa
desabrochado, y las mangas subidas. Antes de la semana pasada, insistías
en llevar americana por la oficina. Y, ahora, de repente vas de lo más
fashion. Admítelo. Te gusta. 
Se me encendieron las mejillas. Me sentí como si fuese un conejo que
acabase de caer en una trampa, hasta que caí en la cuenta de lo que
significaban sus comentarios. Él creía que me gustaba Amber. «Por lo tanto,
no sabe que nos hemos acostado».
--Vale --admití--. Me gusta un poco. 
Owen dio una palmada. 
--¡Toma ya! 
--Un momento --enuncié--. ¿Por qué miraste las grabaciones de
seguridad? 
Owen era más sutil que yo, siempre lo había sido, pero aun así había
señales. Cada vez que decía «voy a serte sincero», intentaba ocultar algo. 
--Voy a serte sincero --dijo--. miré las grabaciones porque quería
asegurarme de que no me porté como un capullo esa noche, sobre todo
frente al Sr. Rossi. Así que revisé las cintas para ver si había algo que
debería haber hecho distinto. Ya sabes, para calmar la situación. 
Examiné a mi amigo durante unos segundos. ¿Qué me ocultaba? No
quería echárselo en cara, porque solo me sacaría otra excusa, pero no cabía
duda de que me escondía algo. ¿De qué se trataría?
--No importa porque ahora trabaja para nosotros --respondí--. Trabaja
para mí. Así que flirtear es lo más que podemos hacer. 
«Hicimos mucho más que solo coquetear anoche», pensé mientras
Owen salía de mi despacho. «Y quiero hacer mucho más que eso con
Amber».
22

 
Amber
 
Cuando entré en la oficina, intenté actuar como si nada. Saludé a
Melinda y hablamos de las entrevistas que haríamos ese día. Cuando pasé al
lado de Dave, le pregunté si había visto que en Steam ya habían empezado
las rebajas y qué juegos tenía pensado comprarse. Nancy llevaba los
auriculares puestos y tecleaba sin parar, así que me limité a hacerle un gesto
con la cabeza y subí las escaleras.
Sin embargo, cuando vi a Jude me fue imposible hacer como si nada.
Estaba en el despacho con Owen y ambos hablaban de algo con los
ordenadores portátiles juntos. Ver su carita con el pelo rubio arena me sacó
una sonrisa bobalicona al instante y él me la devolvió, lo que me alegró el
resto de la mañana.
Mientras empezaba a trabajar a todo trapo, pensé en la última vez que
me había enrollado con alguien así. Había sido seis meses antes, justo antes
del Día de Acción de Gracias. Lo conocí en un bar con juegos de mesa de
San Mateo llamado Game Theory. Me lo llevé a casa tras machacarlo en
Los colonos de Catán. Resultó que se le daba mejor el juego de mesa que el
sexo, aunque la experiencia entera me dejó irritada e insatisfecha.
Sin embargo, lo de la noche anterior, en el despacho de justo al lado al
mío, me había satisfecho tanto que aguantaría otros seis meses. «Pero mejor
que no pase tanto tiempo». Si solo dependiese de mí, esa noche habría una
segunda parte en mi despacho.
Me pasé unas cuantas horas programando y, luego, me reuní con
Melinda en la planta inferior para entrevistar a más aspirantes. De los cuatro
candidatos, dos estaban cualificados de sobras. Para más inri, ambos se
llamaban Will. Melinda dijo que empezaría a preparar el papeleo para las
ofertas de trabajo, así que fui a por un sándwich de la cocina y volví a la
planta superior para seguir programando. De nuevo, Jude me dirigió una
sonrisita privada mientras entraba en mi despacho.
Empecé a programar a buen ritmo y solo me detuve para utilizar el
baño e ir a por otra bebida energética de la cocina. Melinda salió a las
cuatro porque tenía cita con el médico y, tras decirle adiós con la mano,
volví al trabajo. Al poco rato, vi que Owen iba a hablar con Jude. Al salir de
su despacho, se detuvo y me saludó con la mano de manera sarcástica, ante
lo cual respondí con una mueca, pero eso solo hizo que sonriese más.
Terminé la función en la que trabajaba y abrí el documento «Venganza
contra Owen» que había creado. No me había olvidado de cómo había
conseguido colarse en mi PC de casa y, luego, me había petado el teléfono
móvil. Aunque había tenido que gastarme seiscientos dólares para
reemplazarlo, lo que me fastidiaba no era el dinero, sino que alguien como
Owen me hubiese superado. Eso era del todo inaceptable.
Parte de mí se preguntaba por qué estaba tan obsesionada con él.
Nuestra pequeña riña había ido mucho más allá de lo ocurrido en la fiesta
de cumpleaños de mi hermana. Quería quitarle esa expresión de suficiencia
de la cara, esa cara de galán, de facciones marcadas y perfectas.
Negué con la cabeza. ¿En qué estaba pensando? Vale, pues resulta que
era atractivo; tanto, que me distraía cada vez que pasaba por delante de mi
despacho. Podía reconocer eso sin sentirme atraída por él en serio, ¿no?
«Yo solo quiero vengarme», me dije. «Esa es la única razón por la que estoy
obsesionada con él».
Sin embargo, tras pasarme otra hora jaqueando, no conseguí estar más
cerca de colarme en sus dispositivos. Todo era impenetrable porque estaba
claro que sabía que yo intentaba algo. Costaba menos defender un puente
cuando se sabía que el enemigo iba a por él.
Sin embargo, sí que tenía un as en la manga. Cuando me había colado
en su red doméstica, había encontrado algo de información jugosa en uno
de los relés para sus micrófonos: su correo electrónico personal, junto con
su contraseña, a la vista, sin encriptar, en todo su esplendor.
Aun así, no quería utilizarlos de manera ilícita. Vale que ya había
jaqueado la red de su apartamento y él se había colado en mi ordenador de
sobremesa a través de mi iPhone, pero en ambos casos el objetivo final
había sido picar a la otra persona. Había sido puro postureo, como si
fuéramos dos musculitos que tensaban los bíceps para demostrar quién era
más fuerte. 
Me daba la sensación de que meterme en su correo electrónico
personal significaría cruzar otro tipo de línea. Sería una intromisión más
significativa que encender y apagar las luces de su apartamento y encerrarlo
en el armario. Me resistía a hacerlo. 
Por suerte, había un modo de utilizar esa información sin trasgredir su
intimidad. Había anotado su correo electrónico y su contraseña y, en ese
momento, empecé a probarlos en varias plataformas de redes sociales:
Twitter, Instagram, Facebook… Por desgracia, la combinación no funcionó
para ninguna de esas. Owen era lo bastante listo como para utilizar una
contraseña diferente para cada una de las cuentas que tenía, lo que lo hacía
todo más complicado. «La dificultad añadida solo aumentará mi
satisfacción cuando lo consiga».
De repente, se me ocurrió una idea pequeña, sutil y brillante, pero
para que funcionase necesitaría que Owen se alejase de su teléfono móvil.
Volví a abrir las pantallas con el trabajo de ACS y esperé. Terminé una tarea
y luego otra. Owen no había salido del despacho ni una sola vez en ese
tiempo. Tampoco había tenido ninguna conferencia telefónica ni reuniones.
¿Qué hacía allí dentro? 
Al final, me pudo la impaciencia. Abrí el programa de chat de la
empresa y le envié un mensaje.

Moltisanti, Amber: Hola. ¿Puedo hablar contigo un minuto? 


March, Owen: Estoy ocupado.
Moltisanti, Amber: Solo será un minuto. 
March, Owen: Mi puerta siempre está abierta. Metafóricamente
hablando, no en sentido literal. Ahora está cerrada, tal cual. 
Moltisanti, Amber: Necesito que vengas aquí. 
March, Owen: ¿Para que puedas colarte en mi despacho y jugar con
mis cositas? Ni en broma.
Moltisanti, Amber: No seas tonto. Ven aquí y ya.

Oí que la puerta de su despacho se abría y cerraba. Al cabo de diez


largos segundos (los conté), apareció ante el mío.
--He cerrado la puerta de mi despacho con llave por si querías obligar
a uno de tus programadores subordinados a que se colase. Y, ahora, ¿qué es
eso tan importante? 
Lo miré de arriba abajo durante un segundo. Llevaba unas zapatillas
de deporte de color negro y naranja de estilo retro. También habían
diseñado la camiseta de manga corta de color gris que llevaba para que
pareciese sencilla y barata, pero la manera en la que se le pegaba al cuerpo
revelaba su calidad. Quizás incluso se la hubiesen hecho a medida. Los
vaqueros de diseño se le ceñían al cuerpo y le quedaban bien. Además,
dejaban claro que no llevaba nada en los bolsillos. «Genial». 
--¿Y bien? --preguntó--. ¿Qué pasa? 
--Quería decirte que… --Tragué saliva a propósito--. Me pillaste con
lo del jaqueo. El teléfono móvil y la red de mi casa. Me equivoqué contigo.
Odio admitirlo, pero sabes de qué hablas. 
Hubo un destello de sorpresa tras sus ojos verdes acompañado por una
desconfianza momentánea, tras la cual relajó la mirada. Debí de haber
sonado convincente.
--Gracias --dijo--. No quería que se convirtiese en un concurso de ver
quién mea más lejos, pero soy más que la cara representante de la empresa.
Di mis primeros pasos con Notepad++.
Intercambiamos una mirada apreciativa.
--Eso es todo lo que quería decir --respondí--. Sigues siendo un
capullo por habernos echado de Marcello's, pero al menos eres un
programador de verdad. 
Asintió y pareció que quería decir algo más, pero se dio la vuelta, y,
en cuanto lo hizo, empecé a teclear a toda velocidad. Solo tenía diez
segundos antes de que volviese a su despacho, donde se encontraba su
teléfono. Ya había abierto LinkedIn en el navegador, así que solo tenía que
pulsar el botón de «Recuperar contraseña», copiar su correo electrónico y
darle a «Intro». 

«Le hemos enviado un enlace a su correo electrónico para que


restablezca la contraseña…» 

Cambié de pestaña y fui a la que tenía su correo abierto.


Normalmente, no se podría abrir sesión en el correo desde un dispositivo
nuevo sin más, pero como estábamos en la misma subred, la autenticación
de dos factores no se activó. En vez de eso, me apareció el correo para
restablecer la contraseña. Lo abrí e hice clic en el enlace que contenía, tras
lo cual me apresuré en eliminar el email y cerrar la pestaña. 
Me tensé, como si fuera un gato que se escondía de un lobo. Con algo
de suerte, la notificación le habría aparecido y desaparecido del teléfono
antes de que hubiera llegado al despacho. Sin embargo, si hubiera visto que
se le iluminaba la pantalla…
Conté hasta sesenta antes de relajarme. Entonces, volví a la ventana
de restablecer la contraseña que había abierto antes. Cambié la contraseña a
algo gracioso (riéndome mientras la escribía) y, luego, ¡toma ya! Conseguí
acceder al perfil de LinkedIn de Owen March. 
Ahí podía sembrar el caos de miles de maneras distintas. Me quedé
mirando la pantalla y me planteé mis opciones durante unos diez minutos
antes de decidir cuál sería el mejor modo de pegársela. Cuando hube
cambiado su perfil, cerré la sesión y la borré del historial de mi navegador. 
Un poco más tarde, Owen se pasó por mi despacho. El corazón me
empezó a latir con fuerza mientras asomaba la cabeza. ¿Sabía lo que había
hecho? ¿Tan pronto me había descubierto? No esperaba que fuera a notarlo
en días, por no hablar de horas.
--¿Sí? --le pregunté, con las sienes latientes.
--Solo quería disculparme por lo del cumpleaños. --Mantuvo ese
rostro atractivo impasible mientras lo decía--. A lo mejor lo habría podido
gestionar mejor. El año que viene, puedes celebrar su fiesta de cumpleaños
en la azotea si quieres, gratis. 
Su disculpa me sorprendió. No estaba muy segura de qué decir, así
que me limité a agradecérselo. Él asintió con la cabeza y se marchó. Su
sinceridad casi hizo que me arrepintiese de lo que había hecho. Casi. Al
cabo de un minuto de que Owen se fuera, Jude me envió un mensaje.

Cauthon, Jude: Market Street, 1402. 


Seguía desconcertada por el mensaje cuando oí que su puerta se


cerraba. Jude se pasó la tira de la bandolera por el hombro y me miró
asintiendo con la cabeza, tras lo cual bajó por las escaleras. Cuando busqué
la dirección en Google, caí en la cuenta de a qué se refería. Se trataba de un
rascacielos de apartamentos. Esbocé una sonrisa.
Al cabo de cinco minutos, me levanté de la silla y me marché,
esperando haber dejado que pasara tiempo suficiente para no levantar
sospechas. Nancy era la única que seguía trabajando, así que me paré a su
lado unos minutos para despedirme antes de irme.
--Todo cuanto he revisado ha sido impecable --dije cuando me
preguntó qué me parecía su código--. Lo estás haciendo genial. 
Suspiró con alivio. 
--Qué bien. ¡Nunca se sabe, cuando se empieza a trabajar en un sitio
nuevo! --Se inclinó mientras miraba a su alrededor para asegurarse de que
estábamos a solas--. He oído que hay un nuevo inversor que le preocupa a
todo el mundo. 
--El inversor de la financiación de serie A --le respondí--. Firmarán el
papeleo dentro de una o dos semanas. A estas alturas, están a punto de
cerrar el trato.
--¿Quién es? --preguntó--. He oído que hay inversores de serie A que,
al meterse en una empresa, empiezan a imponer su voluntad y a hacer
cambios. Me fastidiaría que ACS se sumiese en el caos justo cuando acabo
de empezar aquí.
--No tienes nada de lo que preocuparte --le dije--. Según lo que he
oído, se trata de un tipo italiano. Seguramente sea viejo y no sepa nada de
tecnología. Esos hombres siempre tienen más dinero que juicio. 
Anduve dos manzanas hasta la estación del tranvía y me subí a uno.
La dirección me llevó hasta un rascacielos moderno enorme contiguo a un
jardín sobre un pasadizo elevado. Tuve que estirar el cuello para ver dónde
acababa la torre.
--¿Puedo ayudarla? --me preguntó un portero vestido de azul y gris.
--Esto… quizás, no estoy segura. Había quedado con…
--¿Srta. Moltisanti? --preguntó el portero con una gran sonrisa--. La
está esperando. --Abrió la puerta y me hizo un gesto para que pasase--. Los
ascensores están a su derecha. Lo encontrará en la decimosegunda planta.
Apartamento 12-C. 
--Muchas gracias. 
Subí con el ascensor hasta un pasillo bonito, pero con escasa
decoración. Llamé a la puerta con el número 12-C y al abrirse, vi a Jude de
pie frente a mí con una sonrisa.
--¿Te ha dejado entrar Alfred? --me preguntó.
--¿Alfred? --respondí entre risas--. ¿En serio se llama así el portero?
--No, pero es una bromita que tenemos. Pasa, pasa. 
Entré en su apartamento, que era bastante bonito y tenía unas ventanas
amplias con vistas a la ciudad, pero no era grande. Vi que había un único
dormitorio tras una puerta a mi derecha y la sala de estar junto con la cocina
no superaban en tamaño a las de mi casa.
--No parece que aquí viva un milmillonario --se me escapó.
Jude se rio. 
--Ya te lo he dicho, solo tengo miles de millones sobre el papel.
Además, ¿para qué iba a tener un montón de espacio si no lo necesito? Así
es mucho más sencillo. 
Mientras lo seguía hasta la cocina, no pude resistirme a comparar
mentalmente su apartamento con el de Owen. En total, este no tendría más
de noventa metros cuadraros. Frente al enorme ático del otro hombre, ese
lugar era de lo más modesto, lo que hizo que Jude me gustase incluso más.
--¿Te apetece tomar algo? --me preguntó mientras abría la nevera, que
parecía del mismo modelo de la que tenía yo en casa--. Tengo Seven Crown
y 7-Up, si te apetece un 7&7. 
--¿En serio? --respondí--. ¿Tanto te gustó el que te compré?
--¿Qué puedo decir? Esa noche me dejaste impresionado. --Me dirigió
una sonrisa traviesa--. De más de una manera. 
--Me encantaría tomar uno --dije--, pero todavía no. Luego. 
La sonrisa de Jude se impregnó de lascivia. 
--Esperaba que dijeras eso. 
Me besó y me olvidé de las bebidas, el trabajo y la puesta del sol de
San Francisco al otro lado de la ventana.
23

 
Amber
 
Tras mi primera semana entera en la oficina, me pareció que había
logrado muchas cosas. Cada día definíamos la hoja de ruta más a fondo. Las
tareas se completaban y progresábamos despacio con los objetivos a mayor
escala. Daba la sensación de que avanzábamos de veras. Y eso, sin
mencionar lo que Jude y yo hacíamos.
Al igual que el primer fin de semana, fui a la oficina el sábado y el
domingo. Todavía había mucho trabajo por hacer. De todos modos, no me
importaba ir, ya que, cuando trabajaba en un proyecto grande, me metía en
él de lleno. Si intentaba quedarme en casa todo el finde, me lo pasaría sin
hacer nada que no fuese pensar en el trabajo. 
El sábado, estuve en la oficina casi totalmente sola. Melinda estaba
allí para preparar las entrevistas de la semana siguiente y se marchó a las
dos de la tarde. Sin embargo, el domingo, cuando llegué hacia las diez, me
encontré a Jude en su despacho, con los dedos sobre el teclado y los
auriculares puestos.
Le guiñé el ojo de manera simpática y me dirigí a mi despacho para
trabajar. Aun así, durante la hora siguiente, no logré concentrarme en el
código que tenía en la pantalla porque no dejaba de pensar en el
programador bombón que había en la habitación contigua a la mía y en
todas las cosas obscenas que quisiera estar haciendo con él.
Llegado el mediodía, llegué a la conclusión de que nadie más vendría
a la oficina ese día. Me levanté de la silla, hice acopio de valentía y entré en
el despacho de Jude. Él se quitó los auriculares y sonrió.
--He visto que trabajabas en la función de caducidad --dijo--. Si
necesitas ayuda, dímelo. Me tocó encargarme de varias de esas en otros
proyectos. 
Cerré la puerta del despacho detrás de mí. 
--Lo único de lo que me voy a encargar va a ser de ti. 
Me acerqué a él despacio, sintiéndome sexi a la par que ridícula. Jude
entornó los ojos con curiosidad mientras me ponía de rodillas frente a él y
le desabrochaba los pantalones.
--Es mediodía. Puede que entre gente --dijo con un jadeo, aunque no
hizo ningún gesto para detenerme.
--Aquí no se vendrá nadie --dije con una sonrisa--. Al menos, aún no. 
Le metí la mano en los pantalones de vestir y me encontré con que ya
la tenía dura y estaba listo. Noté su piel cálida mientras le sacaba la
erección de la ropa y la acercaba a mi rostro lo bastante para que percibiese
mi aliento sobre ella.
--¿Y si alguien aparece tarde? --preguntó.
--Entonces será mejor que oscurezcas las ventanas. 
Jude dejó de soltar protestar por los labios cuando empecé a
chupársela y las remplazó por suspiros suaves y gemidos graves de placer.
No me consideraría ninguna experta dando mamadas, pero debí de hacer
algo bien basándome en los sonidos guturales que Jude emitía. Me dio la
sensación de apenas haber empezado cuando se le tensaron los músculos de
los muslos y gritó mi nombre con un gruñido. Me aparté justo a tiempo y le
masturbé deprisa mientras se corría sobre mis dedos.
Me enderecé, le rocé los labios con los míos y dije: 
--Ya basta de diversión. Ahora tenemos que encargarnos del trabajo de
verdad. 
Y salí del despacho, dejándolo sentado en la silla, con el pecho que le
jadeaba de satisfacción. Mientras me lavaba las manos en el baño, se me
escapó una sonrisa ante el espejo. El sexo era una de esas cosas que
acompañaba las relaciones, pero no era una parte que me importase
sumamente. Sin embargo, con Jude había cambiado de parecer por
completo. Había algo sobre ese hombre que me hacía sentir más sexi de lo
que nunca me había sentido. Estar con él hacía que quisiera ser juguetona,
divertida y hacer cosas picantes. 
Al pesar de mis reservas iniciales, hacerlo con mi jefe tenía un toque
travieso muy estimulante. Era un tabú. No queríamos que el resto de la
gente se enterase. Por eso, era mucho más excitante que si estuviese
saliendo con un tipo cualquiera.
El hecho de que tuviésemos casi la misma edad lo hacía todo más
fácil. Si hubiera tenido veinte años más que yo, habría sido distinto. Y,
como habíamos trabajado juntos tanto en la primera semana, lo trataba
como si fuera un compañero de trabajo y no mi jefe. Como si fuera mi
igual. 
El lunes entrevistamos a tres programadores más. Owen vino a las
entrevistas, se presentó y dio apretones de manos. Fue educado y respetuoso
conmigo en todo momento, lo que me hizo sonreír por dentro. «Aún no lo
ha descubierto».
Jude estuvo metido en reuniones con Owen hasta tarde, así que me fui
de la oficina sola hacia las cinco. Tras veinte minutos en el Caltrain, fui
andando hasta mi apartamento en San Mateo.
Michelle estaba sentada en la mesa de la cocina, rodeada de libros
abiertos y el ordenador portátil. Cuando entré por la puerta, se irguió.
--¿Dónde has estado? --preguntó.
--En el trabajo --contesté--. ¿Dónde sino? 
Mi hermana me miró con una ceja levantada. 
--Llevas tres días sin pasar por casa. 
--Trabajé el sábado y el domingo --repuse a la defensiva--. Además,
¿qué ibas a saber tú? Te has pasado el finde entero en casa de Phil. 
Michelle se levantó y abrió la nevera como si eso fuera a darle la
razón. Cuando le dirigí una mirada desconcertada, ella aclaró: 
--No has tocado las sobras del plato de pasta. 
Vacilé unos segundos y respondí: 
--He cocinado. 
Se rio como si acabase de soltarle una broma. 
--¿Te has quedado a dormir en la oficina todas las noches? ¿De veras
te pide tanto el trabajo?
Saqué el táper de pasta y me serví un poco en un plato. 
--No me obligan a trabajar tanto, pero tengo mucha motivación. Este
trabajo me llena de veras. No me había entusiasmado tanto programar desde
argocoin. 
--¡Eso es genial! --dijo--. Fuiste una de las primeras personas a las que
contrataron, ¿verdad? ¿Eres la única que se queda hasta tarde para trabajar o
lo hacéis en grupo? 
«¡Pues sí que lo hacemos, Jude y yo!». Durante unos segundos, me
pregunté cómo reaccionaría si se lo revelase con una broma así. Sin
embargo, eso me ponía en una encrucijada ante la cual no sabía qué hacer: o
le decía a Michelle qué había pasado entre nosotros o tenía que empezar a
mentirle.

Razones por las que contárselo a Michelle: 


1. Nos lo contábamos todo.
2. Lo más probable es que se alegrara por mí.
3. Con eso dejaría de darme la lata con que me descargase Tinder.

Razones por las que no contárselo a Michelle:


1. Lo de acostarme con mi jefe era inmoral.
2. Me avergonzaba un poco.
3. Quizás la decepcionase.

--Déjalo ya --me espetó Michelle de repente.


Parpadeé. 
--¿Que deje el qué?
--Lo de hacer una lista. Se nota de lejos. Siempre te quedas mirando a
las musarañas, como si pensaras en cachorritos. Sea lo que sea, ¡dímelo y
ya! 
Suspiré y respondí: 
--Me he acostado con Jude. 
--¿El bombón del bar? --Entonces, añadió con un gritó ahogado--: ¿Tu
jefe? ¿Ese Jude? 
--Sí --contesté con una mueca.
Durante un instante, mi hermana tuvo una expresión indescifrable,
que me recordó a cuando los programas informáticos se congelan unos
segundos. Entonces, esbozó una sonrisa enorme y se me echó encima para
abrazarme. 
--¡Por fin! ¡Ya era hora! 
--¿En serio? --dije.
--¡Sí, en serio! Por fin te has enrollado con alguien. Se ha cumplido
mi deseo de cumpleaños. 
Me invadió una ola de alivio, pero seguí vacilante. 
--Pero es que es mi jefe, Shelly. 
Se encogió de hombros. 
--Me dijiste que eráis más bien como compis de trabajo, que os pasáis
todo el día sentados programando juntos, ¿verdad? 
--Algo así, sí. 
--¡Pues ya está! Parece que solo es tu jefe sobre el papel. Otra cosa
sería si fuese tu supervisor o algo por el estilo. --Me volvió a estrechar entre
sus brazos, con más fuerza esta vez--. ¡Estoy tan orgullosa de ti, Amber!
--¿Por acostarme con mi jefe? 
--Por todo: conseguir el trabajo de tus sueños, dedicarle todo tu
entusiasmo, y, sí, por dejarte ser vulnerable con un chico, aunque sea uno de
los fundadores de la empresa. En los dos últimos años, te habías encerrado
en la habitación de la planta de arriba y mirabas la pantalla del ordenador
sin hacer mucho. Me alegra muchísimo que por fin vuelvas a centrarte en
ser feliz. Papá también estaría orgulloso de ti. 
Noté un movimiento en el pecho, cerca del corazón. Tragué con
fuerza y le sonreí. El orgullo imaginario de mi padre ya no me importaba,
pero el de Michelle sí. Ella era todo cuanto tenía, así que su opinión lo era
todo para mí.
Llamaron al timbre y Michelle se apartó de mí. 
--Será Phil. Salió para comprar comida para llevar. Creí que no
vendrías a casa, así que no te pregunté si querías algo…
--Lo último que quiero es que Phil se entere de todo esto --la avisé--,
así que no le cuentes nada de nada. Si lo haces, te meteré en el armario
atada de pies y manos y quemaré la casa entera para quedarme con el dinero
del seguro. 
--No diré ni mu --Michelle se puso la mano en el pecho--. ¡Palabra de
honor! 
Cubrí el plato de pasta con una servilleta de papel y lo puse en el
microondas. Entreoí voces que venían del pasillo que daba a la puerta
principal. Entonces, Michelle dijo con voz alta y clara: 
--¡Amber! ¡Tienes visita! 
Jude entró en la cocina, con la bandolera del trabajo colgada de un
hombro. 
--Hola, Amber --dijo con incomodidad--. Siento molestarte en casa,
pero ¿sabes el código en que has trabajado hoy? ¿El bucle de transmisión?
He encontrado un error en él. 
Me asusté un instante antes de reírme. 
--Ya se lo he contado a Shelly. No tienes que inventarte excusas de por
qué has venido. 
--De todos modos, no me habría creído esa excusa tan pobre --
respondió Michelle--. Amber nunca comete errores. 
--Tienes razón --dijo Jude con una sonrisita--. Nunca los comete. 
La presencia de Jude en la cocina me dio fuerzas para superar la
timidez y rodearlo con los brazos para besarlo. Michelle fingió que le daban
arcadas.
--¡Ah, venga ya! --dije.
--Perdona, me he tenido que quedar en reuniones con Owen --se
disculpó Jude--. Cosas de inversores. Aburridísimo. 
--¡Qué duro que es ser un milmillonario tan importante! --me burlé--.
De todos modos, pensé que querrías pasar una noche sin mí. 
Jude miró a mi hermana y, luego, susurró: 
--Pues te equivocaste. 
Le miré con una sonrisa de oreja a oreja y el timbre volvió a sonar. 
--Genial, ya ha llegado Phil. No quiero que ese caraculo sepa lo
nuestro, así que ¿te importa esconderte en mi habitación? 
--Me encantaría ver tu habitación. Te juzgaré según qué pósteres
tengas en la pared. 
--De mi credibilidad como geek no podrá dudar nadie jamás --dije
mientras le empujaba hacia las escaleras--. Te traeré un plato de pasta. 
--¿Y algo para picar? --preguntó con optimismo.
--Sí. ¡Ve ya! 
Le observé mientras desaparecía por las escaleras y, luego, miré a
Michelle, que me sonreía. 
--¡Tienes novio! --se burló con un tono cantarín. 
--Tengo compañero de trabajo --le respondí. 
Entonces, bajando la voz añadió: 
--Un compañero al que te estás tirando. 
Puse los ojos en blanco. 
--Si sigues así, voy a tener que quemar la casa. 
--¡Valdrá la pena! --contestó mientras iba hasta la puerta principal
dando saltitos por el pasillo. 
Saqué otro plato de la vajilla y lo llené de pasta. Antes de que pudiese
meterlo en el microondas, oí que mi hermana me llamaba.
--¿Eh, Amber? Tienes… 
La última persona del mundo que habría imaginado que vendría a mi
casa entró en mi cocina: Owen. Y, a juzgar por la mirada llameante de sus
ojos verdes, estaba cabreado.
24

 
Amber
 
Owen tenía pinta de acabar de salir del trabajo: llevaba unos vaqueros,
camiseta de manga corta gris sin adornos y las mismas zapatillas de deporte
de Air Jordan. Tenía las manos cerradas formando puños y el rostro
perfecto colorado de la ira.
--¡Tú! --bramó. 
--¿Yo? --repetí mientras me hacía a un lado para que la isla de la
cocina quedase entre ambos. 
--¿Ella? --preguntó Michelle, tras lo cual añadió con un grito
ahogado--: Amber, ¿te has…? 
Al instante, le dirigí una mirada de aviso: «¡Por Dios, Michelle! ¡No
me he acostado con él! ». 
Owen me apuntó con el dedo. 
--Ni te atrevas a negarlo. ¡Sé lo que has hecho! 
Se me secó la garganta del miedo. ¿Acaso Owen había descubierto lo
de Jude y yo? ¿Habíamos sido demasiado descuidados? Era tanta
coincidencia que Owen hubiese llegado justo en ese momento que debía de
haber seguido a su socio hasta allí. Nos habría pillado en el acto.
--Puedo explicarlo… --empecé a decir.
--Tú --me cortó Owen mientras rodeaba la isla de la cocina--, ¡me has
jaqueado el perfil de LinkedIn! 
Seguí moviéndome para que la encimera nos mantuviese separados,
pero el alivio me sentó como un cubo de agua congelada. 
--Ah, ¿eso?
--¿A qué cojones te refieres con lo de «ah, eso»? ¿Qué más has
hecho? 
--Nada. Es una forma de hablar. Eso es lo que he hecho. 
--En cualquier caso --intervino Michelle--, ¡eso no significa que
puedas entrar aquí y empezar a gritarle a mi hermana! 
Owen se sacó el teléfono del bolsillo y se lo enseñó. 
--Esto de aquí es lo que ha hecho. 
Sabía qué aparecería en la pantalla. El perfil de LinkedIn de Owen era
muy largo, con páginas de experiencia y premios, pero, justo al final,
aparecía una lista de habilidades: 

* Patrocinador de nivel diamante del Centro Artístico de Oakland


* Cofundador de la sociedad benéfica Programación para
Huérfanos
* Furro zorruno de pelaje gris en la Comunidad Patitas del Área
de la Bahía (neopronombres: furro/fursona) 

Me reí disimuladamente. 
--¡Vaya! Había oído hablar de los furros por internet, pero nunca había
conocido a uno en persona. ¿O debería decir a una fursona? 
--¡No soy un furro! --me espetó Owen volviendo a centrarse en mí--.
¡Ha editado mi perfil! 
Me reí de nuevo. 
--Me sorprende que hayas tardado tanto en descubrirlo. Será mejor
que actualices la autenticación de dos factores, ¿eh? 
Con las otras bromas que nos habíamos gastado, había habido un
mínimo de respeto, quizás no uno que hubiésemos establecido de por sí,
pero que había estado implícito. Él me la pegaba, ja ja, y yo se la devolvía.
Sin embargo, los ojos de color verde esmeralda de Owen no reflejaban nada
de picardía en ese momento. 
--¿De qué coño vas, Amber? ¿Sabes cuánta gente habrá visto eso en
mi perfil? ¿Cómo puedes ser tan imbécil?
--Oye --dijo Michelle mientras daba otro paso hacia él--, a mi
hermana no le puedes hablar de esa…
--A ti no te he preguntado una mierda --dijo con voz suave, pero como
claro aviso, mientras la fulminaba con la mirada hasta que Michelle
retrocedió.
--Relájate, hombre --dije.
Owen se volvió contra mí otra vez. 
--¿Que me relaje? ¡En serio me estás diciendo que me relaje! Estamos
en un momento delicado. La semana que viene nos visitará el inversor
italiano y, aunque hayamos acordado las condiciones del acuerdo, no se
puede dar por cerrado hasta que la tinta se seque en el papel. ¿Y si alguien
importante ha visto esa sección de mi perfil de LinkedIn? ¿Sabes el
escándalo que causaría el que la gente pensara que soy un furro? 
Con un poco de actitud, respondí: 
--A lo mejor deberías haber pensado en eso antes de jaquearme el
ordenador y bloquearme el teléfono móvil. 
--Eso fue completamente distinto --insistió mientras se apartaba el
pelo a capas de los ojos--. Una cosa es jaquearnos los dispositivos
personales, a lo coqueteo juguetón e inofensivo, pero esto podría joder
cosas de verdad. ¡Es espionaje corporativo! 
«¿Coqueteo juguetón?», pensé. «¿Eso le había parecido nuestro
rifirrafe?». Puso las manos sobre la isla de la cocina, temblando de rabia.
Justo entonces, me di cuenta de que quizás había ido demasiado lejos. 
--¿Me vas a despedir? --pregunté.
Owen se alejó de la encimera y soltó un gruñido. 
--No voy a despedirte, ¡pero, por Dios, Amber, con qué empeño
intentas demostrarme que tenía razón! ¡Mira que cargarte las oportunidades
porque te da miedo tener éxito! ¡Será posible! 
--Yo… --Tragué saliva--. Lo siento si me he pasado. 
Se le tensó la mandíbula. 
--¿Puedo usar el baño? Iba a usarlo en la oficina cuando vi lo del
perfil. Llevo media hora teniendo que mear. 
Señalé hacia el cuarto. 
--Por el pasillo, la segunda puerta a la derecha. 
Michelle y yo nos quedamos de piedra mientras él se iba con paso
airado como si fuese un lobo. Solo volvimos a respirar cuando oímos cómo
cerraba la puerta de golpe.
--Tu jefe está enfadadísimo --dijo Michelle. 
Hice una mueca de vergüenza. 
--Quizás me haya pasado esta vez, lo que ya es decir, porque la
semana pasada le jaqueé el apartamento entero. 
Oí que tiraba de la cadena y el agua que corría por el lavamanos. Para
cuando Owen salió del baño, su expresión era mucho menos dura. 
--Ha sido una buena broma --me dijo--. En otro contexto, me habría
reído, pero, ahora, esta semana antes de que firmemos la financiación de
serie A con el Sr. Rossi… --Negó con la cabeza--. Desde que empezaste,
has hecho un trabajo estupendo. Aunque apenas hace más de una semana
dese entonces, no sé cómo ACS sería sin ti, así que, te lo pido, por favor, no
me obligues a despedirte por una trastada infantiloide. 
--Tienes razón --contesté y me sorprendí a mí misma al decirlo en
serio--. He ido demasiado lejos. Lo siento. No volverá a ocurrir. 
Owen me miró con sospecha durante unos segundos y, luego, asintió. 
--¿Cuál es la contraseña? No puedo cambiar lo del furro porque la has
cambiado. 
Tensa como estaba por cómo me había regañado, le respondí en voz
baja: 
--Soputo6969. Con la S en mayúscula. 
Michelle soltó un resoplido. Le dirigí una mirada de reproche y ella
dio un paso hacia atrás como si intentase desaparecer a través de la pared.
Tras introducir la contraseña en el teléfono y comprobar que funcionaba,
Owen soltó una risita a su vez. 
--Debería haberlo supuesto. --Tocó la pantalla varias veces más,
seguramente para quitar la frase ofensiva de su perfil, y, luego, se metió el
teléfono en el bolsillo. Se me quedó mirando durante varios latidos, tanto
que empecé a preguntarme si estaría cambiando de opinión sobre lo de
despedirme--. Demos por terminada nuestra guerra de bromas pesadas. A
partir de ahora, nos comportaremos como adultos. 
Asintió en dirección a mi hermana y, luego, salió de la habitación con
aire resuelto sin decir más. En cuanto su coche desapareció, oí pasos que
provenían de las escaleras. Jude apareció, con aparente vergüenza ajena
ante la situación.
--Me planteé intervenir durante un instante --dijo--, pero supongo que
eso solo habría empeorado las cosas.
--Obvio --murmuré--. Quedarte arriba fue una buena decisión. ¿Has
oído lo que ha pasado?
--Creo que se ha enterado todo San Mateo --contestó--. Sabía que
parecíais demasiado tranquilos al hablaros, como la calma antes de la
tormenta. Tienes suerte de que Owen se controlase porque, si hubiera
querido despedirte, no sé si hubiera conseguido que cambiase de idea. Si el
inversor lo ha visto… 
Me invadió la vergüenza como una ola mientras Jude y Michelle me
miraban. La culpa me borboteó en el estómago y me dieron náuseas. Quería
gastarle una broma a Owen, no arruinarle la trayectoria profesional y el
futuro de la empresa. No se merecía eso. 
«La semana pasada lo odiaba», pensé. «Y, ahora, ¿me preocupa
haberle hecho daño? Quizás las bromas sí que han sido una manera de
coquetear después de todo». Jude debió de ver lo que sentía reflejado en mi
rostro, porque se me acercó y me rodeó con los brazos. Cerré los ojos,
suspiré pegada a su pecho y me dije que no iba a llorar. 
--Vamos arriba antes de que llegue Phil --dije. 
Nos llevamos los platos de pasta a mi habitación y cerramos la puerta.
Me senté en la silla del escritorio mientras Jude se acomodaba en el borde
de la cama. Me di cuenta de que tenía el cuarto bastante desordenado, con
una pila de ropa sucia en una esquina, pero en ese momento ya había
cubierto el cupo de vergüenza y no podía ir a más.
--Tenías razón --dijo Jude con la boca llena de pasta.
--¿Sobre qué?
Señaló la habitación con el tenedor. 
--Tu credibilidad como geek es indudable: tres pósteres de Matrix, una
copia firmada de Ready Player One. Y ese PC gaming tiene pinta de ser
muy potente. 
Asentí ante los cumplidos. 
--Tengo que actualizar la tarjeta gráfica, pero la GeForce RTX 3090
sigue agotada en todos sitios. --Moví la pasta en el plato. Ya no tenía
hambre--. Creo que lo he jodido todo. Con Owen. 
Jude se encogió de hombros. 
--Le conozco desde hace mucho tiempo. Lo superará. O te la
devolverá. 
--Eso último es lo que me da miedo --dije.
«¿Coqueteo juguetón?». ¿De veras Owen se había tomado nuestras
bromas así?
--Cuando oí su voz --dijo Jude--, presupuse que había descubierto lo
nuestro. 
--¡Yo también! Pensé que te había seguido desde la oficina. 
--Si lo hubiera hecho… --Jude negó con la cabeza despacio--. Me
alegro de que no haya sido el caso. 
--Ha estado cerca, eso está claro. --Me tragué el último bocado de
pasta y dejé el plato a un lado--. ¿Hace que te arrepientas de esto? 
--Para nada --contestó sin vacilar.
--¿Hace que quieras… que paremos? --No quería pronunciar esas
palabras, pero me obligué a ello--. ¿Crees que deberíamos dejarlo ahora,
antes de que se entere?
Jude dejó el plato en el suelo y me prestó toda su atención. 
--No hay nada en el mundo que pueda hacer que quiera dejarlo ahora,
Amber. Ni siquiera que Owen se entere. Espero que podamos evitarlo, pero,
si pasara… --Se levantó y se acercó a la silla del escritorio para acariciarme
la mejilla con el pulgar--. Incluso entonces, no cambiaría nada. 
Me besó y con eso me olvidé de la vergüenza que me había invadido
en la cocina momentos antes.
25

 
Amber
 
A la mañana siguiente, los rayos de sol se filtraban a través de la
ventana de mi habitación. Llevaba casi media hora despierta, pero no hice
el menor ademán de salir de la cama. A mi lado, Jude dormía con el cuerpo
medio cubierto por el edredón y me gustaba verlo así. Con la almohada se
le había arremolinado un mechón de pelo rubio arena y estaba de lo más
adorable sin gafas. «Me pasaría todo el día mirándolo mientras duerme».
Sin embargo, con la actividad de anoche se me había abierto el apetito
y me daba la sensación de que el estómago me roía la columna vertebral. Le
di un beso a Jude en la frente con delicadeza y salí de la cama para
dirigirme hacia la planta inferior.
Ya había café en la cafetera, de modo que me serví una taza y llené un
cuenco de cereales. Estaba sentada en la silla de la isleta, engullendo
Cheerios de miel, cuando Phil apareció en la cocina.
--Buenos días --dijo con una sonrisa de suficiencia. 
--Cierra la boca --murmuré--. Nadie quiere ver el hueco enorme que
tienes entre los dientes. --Sin embargo, la sonrisa no se le disipó mientras se
servía una taza de café y le añadía muchísima nata--. Sé que mi hermana y
tú hacéis cosas, pero al menos podrías fingir que no es así. Quítate esa
sonrisa de la cara, hombre. 
Fue sorbiendo el café despacio y chasqueó los labios. 
--Mi sonrisa no tiene nada que ver con Shelly. Sonrío por algo de lo
que me enteré sobre ti anoche. Sí, sobre ti. 
Me quedé de piedra a medio camino de llevarme la cuchara a la boca.
¿Habíamos hecho demasiado ruido Jude y yo la noche anterior? La casa
tenía paredes gruesas, pero si Phil nos había oído…
--No hay tiempo para andarnos con jueguecitos --le espeté--. Suéltalo
ya. 
--Lo de tu perfil de Facebook. --Esperó a que respondiera, pero, al no
hacerlo, añadió--: La actualización que publicaste. 
--Llevo tres años sin entrar en Facebook --contesté con un suspiro de
alivio para mis adentros. 
Phil sonrió todavía más. 
--Ya, bueno, pues anoche sí que entraste. 
Algo del tono de su voz me preocupaba, así que me saqué el teléfono
del bolsillo. No tenía la aplicación de Facebook instalada, por lo que tuve
que abrirlo en el navegador de Chrome e iniciar sesión manualmente, pero
al intentarlo me salió un mensaje de error diciendo que mi contraseña no era
correcta.
Se me hizo un nudo en el estómago y le tendí la mano a Phil. 
--Dame tu teléfono, déjame ver. 
El insufrible novio de mi hermana se rio mientras abría la aplicación
en su teléfono e iba a mirar mi perfil. A diferencia del cambio que yo le
había hecho a la página de LinkedIn de Owen, lo que él me había hecho a
mí no tenía nada de sutil.
Me había etiquetado en una foto nueva, dos, de hecho. En la primera
salía alguien con un traje de furro blanco y gris. La fursona mostraba el
trasero ante la cámara, con la cola hacia arriba, mientras miraba por encima
del hombro con la sonrisa permanente del disfraz. Parecía un husky. 
La segunda foto la habían tomado de frente, sin la cabeza de furro
puesta, y, en vez de eso, aparecía yo. Se me veía la cabeza, la cara, ¡era yo!
Al pie de la foto, aparecía la frase: «Quizás me esté pasando al enseñaros
esta parte de mí, pero no puedo seguir ocultándome: soy furra y estoy
orgullosa de ello». 
Con lo de «me esté pasando» me acordé de Owen y cómo había usado
esa misma expresión la noche anterior al describir lo que yo le había hecho
a su perfil de LinkedIn. Quedaba confirmado. 
Sabía muy bien que Phil me estaba mirando en busca de una
respuesta. 
--¡Esa no soy yo! --dije a la defensiva.
--¿Tienes alguna hermana gemela de la que Shelly nunca me ha
hablado? 
--La han retocado --dije-- con Photoshop o algo así. 
--La han publicado desde tu cuenta --señaló. 
--Mi jefe me la habrá jaqueado. ¡Lo ha hecho para vengarse! 
--¿Tu jefe? ¿Jude Cauthon? ¿Por qué iba a jaquearte la cuenta alguien
como él? 
--No, él no. El otro, Owen March. 
Phil soltó un resoplido. 
--La misma pregunta: ¿por qué iba a hacerte algo así un hombre en su
posición? De ser cierto, eso supondría una vulneración de tu privacidad
insólita, por no hablar de las repercusiones legales. Él fundó PayScale, tiene
miles de millones de dólares. Pondría demasiado en juego haciendo algo
así. 
--No tengo tiempo de explicártelo todo. 
--¿Y se puede saber cómo te jaqueó la cuenta? --dijo Phil--. ¿No
tienes la autenticación de dos factores activada? 
--¡Llevo tres años sin utilizar mi cuenta! --respondí entre dientes.
--¡Entonces el bochorno es incluso mayor!
La cabeza me fue a mil por hora mientras metía el cuenco en el
fregadero y lo limpiaba. No le estaba contando toda la verdad. Sí que había
entrado en Facebook hacía un par de meses, cuando Michelle me habló de
una publicación que le había aparecido en el muro como recuerdo: una foto
en la playa en la que salíamos las dos con papá de hacía unos años. Lo
primero que se me ocurrió fue que yo habría guardado las credenciales en el
navegador, con lo que Owen se habría hecho con ellas cuando me había
jaqueado el teléfono y el ordenador la semana anterior.
Negué con la cabeza. No podía ser eso. Lo había comprobado todo
tras ese jaqueo y no se había filtrado nada. Desde entonces, algo había
cambiado. Debió de haber encontrado una manera nueva de acceder a mi
cuenta.
«Ayer por la noche estuvo aquí». Me puse a recordarlo todo sobre la
escena que había montado en la cocina. Al caer en la cuenta del error, salí
corriendo por el pasillo hacia el baño. Cuando Phil asomó la cabeza al cabo
de unos segundos, me encontró abriendo todos los armarios a golpes y
tirando las toallas al suelo. 
--Menudo desorden estás creando. 
--Nadie debería tener que oír tu voz nasal tan temprano --le espeté.
Él se encogió de hombros.
--Debería volver al trabajo. Que no te avergüence lo de proclamarte
furra. Sé que mucha gente te juzgará, pero yo no. Sé tú misma. 
Con esa muestra rara de solidaridad me dieron ganas de vomitar.
«¡Que no soy furra, joder!». Para cuando lo encontré, había vaciado ya
todos los armarios del baño: allí estaba, debajo del lavamanos, pegado con
cinta al lavabo de mármol. Era del tamaño de una tarjeta de crédito, pero
más gruesa y le sobresalía una antena. 
Solté un gruñido cuando lo reconocí: era un repetidor wifi inalámbrico
de los que se usan para lanzar ataques de intermediario en redes ajenas. Era
el equivalente a un vecino cotilla que se sienta en el porche, abre todos tus
paquetes y te los mete en casa.
Al ver eso, la determinación se apoderó de mí. Fui a mi cuarto
corriendo y me vestí. Jude se movió en la cama, pero ni siquiera su cuerpo
apolíneo semidesnudo iba a distraerme de la ira.
--¿Te vas? --murmuró mientras se quitaba las legañas de un ojo con el
puño.
--Tengo que llegar a la oficina antes que tú. Si vamos juntos,
levantaremos sospechas. --Le di un beso en la frente--. Phil ya se ha ido, así
que toma cereales y café como si estuvieras en tu casa. 
--No me gustan los cereales --dijo mientras estiraba los brazos--. Es
por todo el azúcar. 
--Ya me lo contarás esta noche. --Le di otro beso, recogí la bandolera
del portátil y me marché.
Me dio la sensación de que el viaje de ida en el Caltrain duraba una
infinidad. Probé cinco contraseñas distintas para entrar en mi cuenta de
Facebook, pero ninguna funcionó. Me pregunté cuánta gente me estaría
mirando el perfil en ese momento. Eran las nueve de la mañana, así que se
estarían levantando y mirando el móvil. No tenía a muchas amistades en
Facebook; más que nada tenía a conocidos de la universidad y parientes
lejanos. Aun así, no quería que pensaran que era una furra.
Casi rebotaba de la rabia con cada zancada cuando atravesé las
puertas principales de la oficina de Advanced Crypto Solutions. Melinda
me dirigió una sonrisa cortés desde su escritorio.
--¿Puedo hablar contigo un minuto, Amber?
--¿Te importa esperar? --dije sin ralentizar--. Hay algo de lo que tengo
que encargarme antes…
--Se trata de la relación que tienes con Jude. 
Al oír eso, me paré en seco. 
--¿Cómo lo has sabido? 
--¡No lo sabía! --dijo con una alegría inesperada--. No con certeza,
¡pero ahora ya sí! Gracias por confirmarlo y ponérmelo más fácil. 
Solté un suspiro y me giré hacia ella. 
--Oye… 
--No voy a juzgarte --respondió con un tono frío y práctico propio de
una robot--. Solo quiero asegurarme de que ambos actuéis con sensatez en
este asunto. Si las cosas acabaran mal entre vosotros, no quiero que la
reputación de la empresa se vea afectada. 
--No se verá afectada --dije, tras lo cual me tomé un segundo antes de
añadir--: y las cosas no acabaran mal entre nosotros. 
--Estoy segura de ello. Sin embargo, entretanto quiero que ambos
firméis unos papeles de cariz legal, para proteger a la empresa, como
comprenderás. 
--Claro --dije con una mueca--. Aunque Jude no quiere que Owen se
entere, y yo tampoco. 
Asintió con la cabeza como si fuera obvio. 
--Quedará en estricta confidencialidad. Y me aseguraré de que Owen
nunca descubra el documento. 
--Vale, genial, guay.
Me quedé aturdida. El día anterior, habíamos mantenido en secreto
nuestra relación ante todo el mundo, pero ahora tanto mi hermana como
Melinda lo sabían. No sabía qué pensar de eso.
--Tendré el papeleo listo a finales de semana --dijo mientras volvía a
su escritorio como si no hubiésemos hablado de nada importante.
Owen estaba en el despacho de la planta superior. Tenía los codos
apoyados sobre la mesa mientras una voz aburrida, como de abogado,
resonaba desde el teléfono. Puso el micrófono en silencio con un pitido y
dijo: 
--Estoy algo ocupado, vuelve luego.
Pasó el dedo por encima del botón y le gruñí: 
--Será mejor que lo dejes en silencio u oirán todo lo que te voy a
decir. 
Owen se recostó en la silla. La persona del teléfono siguió hablando
de derecho contractual. 
--Te crees muy listo, ¿verdad? --le dije.
Owen me sonrió de la manera más exasperante posible. 
--Sé que soy listo, pero ¿por qué me lo recuerdas en este momento? --
Me saqué el repetidor wifi inalámbrico de la bandolera y lo tiré encima de
su escritorio--. En mi defensa, necesitaba mear de verdad.
--¡Pensaba que habíamos terminado con nuestra guerra de bromas
pesadas! Dijiste, y cito textualmente, que a partir de ahora «nos
comportaremos como adultos». 
--Ya. 
--Pero antes tenías que atacar una última vez.
--Claro --contestó sin más--. Tenía que devolvértela para empatar. 
Apreté los dientes. 
--No hemos empatado: yo te la he pegado dos veces, pero tú, a mí,
tres. 
--¿Tres? --Las líneas de expresión definidas se le tensaron para
mostrar desconcierto--. Veamos: la primera fue tu teléfono, luego la cuenta
de Facebook. Eso son dos.
--¡Te olvidas de la azotea! --respondí prácticamente a gritos--. ¡Por
eso empezó todo esto! 
--Lo de la azotea no cuenta --dijo como quitándole importancia--. El
primer jaqueo fue lo que le hiciste a mi apartamento. Todas mis acciones no
han sido más que contraataques. Dame un segundo. --Levantó un dedo
hacia mí (un gesto que me enfureció, como si no me mereciese su tiempo) y
reactivó el micrófono del teléfono--. Esa estrategia suena bien. Pásale la
información a Jessica para que lidie con los detalles de la financiación. A
veces los bancos europeos se ponen muy quisquillosos. --Volvió a poner el
micrófono en silencio--. Vale, ¿por dónde íbamos?
--¡Mi perfil de Facebook! ¡Has añadido una nueva foto de mí con un
traje de furra! 
--Ah, sí. 
--¿Cómo has hecho eso? --le pregunté. 
Owen alcanzó el repetidor wifi inalámbrico del escritorio y lo fue
haciendo girar con los dedos. 
--Es obvio. 
--No lo de acceder a mi cuenta, eso ya lo sé. Me refiero a la foto.
¡Parece que sea yo de verdad! 
--En su día, se me daba muy bien Photoshop. Saqué la foto de tu cara
de una de las que tenías en familia, una en la que salíais tu hermana, tu
padre y tú en la playa. Parecíais muy felices. Por eso sales sonriendo con el
traje de furra. 
--Dime la contraseña --le exigí. 
Él negó con la cabeza. 
--Va a ser que no. El cambio que hiciste en mi perfil se quedó allí
cinco días antes de que lo borrase, así que te diré la contraseña el sábado. Es
lo más justo. 
No había nada que pudiera decirle que fuese a hacer que cambiase de
idea, eso estaba claro, y discutir con él solo le satisfaría más. 
--Esto no ha terminado --le prometí.
Él esbozó una sonrisa de suficiencia. 
--De eso no tengo ninguna duda. Adelante, no tengas piedad, pero --
levantó un dedo-- si haces algo que ponga en peligro a ACS o al acuerdo de
inversión todavía pendiente, te despediré. Así que escoge sabiamente. 
Supe que sonreía detrás de mí mientras me dirigía a mi despacho por
el pasillo.
26

 
Amber
 
Me senté en mi despacho y me quedé mirando con rabia la pantalla
del ordenador durante varios minutos. La ira me impedía moverme. Lo peor
de todo era que a mi cerebro no se le ocurría cómo devolvérsela a lo grande
a Owen aún. Seguramente fuese porque solo me había tomado media taza
de café en casa antes de descubrir lo del jaqueo.
Me sulfuraba saber que la foto estaba en mi perfil de Facebook, no por
el bochorno en sí (o al menos no solo por eso), sino sobre todo porque no
había nada que yo pudiese hacer al respecto. Owen me la había dado bien
dada y ser consciente de ello era como un picor entre los omóplatos que no
lograba alcanzar.
Los dos Will (Will Crawley y Will Wuno) se presentaron para su
primer día de trabajo entrada la mañana. Incluso llegaron a la misma hora. 
--Voy a tener que llamaros Will Uno y Will Dos --les dije.
--Querrá decir Will Wuno --respondió ese Will con una sonrisa
bobalicona.
Me reí sin querer. 
--Vale, ja ja. Pues usaré vuestros apellidos. Tú eres Wuno y tú,
Crawley. 
El último levantó el pulgar para dar el visto bueno. 
--Está hecho, jefa. 
«Jefa». Aún se me hacía raro pensar en mí misma de ese modo. No
estaba segura de si me gustaba o no. Melinda entrevistaba a más aspirantes
por teléfono, así que les enseñé el edificio y sus instalaciones a los dos Will.
Luego, los guie hacia la planta superior y se los presenté a Jude. 
--Él es Jude Cauthon --dije--. Es el más inteligente de todo ACS. 
Jude se levantó y les estrechó las manos. 
--Amber se está subestimando --respondió--. Apenas lleva una semana
aquí y ya ha programado más cadenas laterales que yo. Si alguna vez os
digo algo y Amber recomienda otra cosa, será mejor que la escuchéis a
ella. 
Tras eso, les mostré sus cubículos en la planta inferior. Les expliqué
que podían trabajar donde quisieran en el edificio, añadiendo que Dave casi
nunca salía del puf de la esquina. Cuando los Will hubieron iniciado sesión
y accedido al sistema, les enseñé el repositorio de código y la lista de las
tareas con las que tenían que empezar.
Una vez sola en la silla de mi despacho de la planta superior, solté un
suspiro. Yo era una cerebrito que hubiera preferido sentarse en una
habitación en silencio sin socializar, así que mostrarles a dos tipos nuevos
cómo iba todo en la oficina durante una hora me había dejado agotada. Y ni
siquiera habíamos llegado a la hora del almuerzo.
Abrí la hoja de ruta junto con la lista enorme de tareas. Al cabo de
unos minutos, dos de las tareas pasaron del color negro al amarillo, lo que
indicaba que alguien estaba en ellas. Pasé el ratón por encima de las dos y
vi los nombres de los nuevos: ya se habían puesto manos a la obra.
Mientras deshacía la ampliación para el ver la hoja de ruta entera otra
vez, la vi con otros ojos. Cuando había empezado a trabajar allí hacía una
semana, parecía una montaña de trabajo que sería imposible terminar. Sin
embargo, con Nancy y Dave completando las tareas poco a poco, y, sobre
todo, con la incorporación de los dos Will, la faena había pasado a parecer
razonable. 
Me apareció un mensaje instantáneo en la pantalla.

Cauthon, Jude: Tu hermana me ha contado lo de tu perfil de


Facebook esta mañana. Así que Owen te la ha devuelto después de todo.
Moltisanti, Amber: ¡UF, YA! Dime que no has visto la foto, por fa.
Cauthon, Jude: Te podría mentir y decir que no…
Moltisanti, Amber: No es de verdad.
Cauthon, Jude: Lo sé. A Owen se le daba muy bien Photoshop en su
día. Incluso diseñó el logo original de PayScale él mismo. 
Cauthon, Jude: ¿Estás bien? 
Moltisanti, Amber: Sí, solo mosqueada. Y exhausta. Nunca había
supervisado a gente antes y estoy muy cansada después de haberles
enseñado a los Will cómo va todo. Y Melinda sabe lo nuestro. Y vamos a
tener que firmar papeles sobre nuestra relación y cómo ambos consentimos
y esas cosas para cubrirle las espaldas a la empresa. ¡Y encima aún tengo
que ponerme con mi trabajo de programación DE VERDAD!
Moltisanti, Amber: Así que si sabes de algo que haría que me
sintiera mejor, soy toda oídos. 
Cauthon, Jude: Tú aguanta el resto del día y yo haré que te sientas
mejor esta noche. En mi casa.
Moltisanti, Amber: Tienes razón. Eso hace que me sienta mejor.
Cauthon, Jude: ¿Lo ves? Supervisar a la gente no es tan difícil.
Moltisanti, Amber: ¿Me estás diciendo que debería acostarme con
Dave, Nancy y los Will? Entendido.

Chatear con Jude me sacó una sonrisa, pero cuando me puse los
auriculares y me pasé la hora siguiente programando, volvió a invadirme el
estrés. El código en el que trabajaba era más complicado de lo que esperaba
e iba a llevarme mucho más tiempo del previsto. Fui a la cocina de la planta
inferior a por una bebida energética y caí en la cuenta de que estaba sucia.
Esa mañana había salido tan deprisa que no me había duchado. 
Mi opinión de mí misma empezó a deteriorarse hasta que me acordé
de las instalaciones que les había enseñado a los Will. Al lado del gimnasio
había vestuarios con duchas y toallas limpias. 
Comprobé que no tenía ninguna entrevista inminente con Melinda en
el calendario del trabajo y me fui a la planta inferior. Uno de los Will
(Crawley) ya le estaba preguntando a Nancy cosas de su código. Sonreí ante
esa imagen y seguí andando hacia el otro lado del edificio. Pasé la cocina de
largo hasta llegar al gran gimnasio.
Me paré en seco justo tras pasar por la puerta. Había pensado que el
gimnasio estaría vacío, pero allí estaba Owen, tumbado en un banco
levantando una barra con pesas grandes. Los músculos de los brazos se le
marcaron mientras bajaba la barra y se le tensaron al volver a alzarla con un
gruñido. 
A pesar de seguir molesta con Owen como siempre, tuve que admitir
que estaba como un tren. Estaba mazado y parecía que tuviese la piel más
morena con la camiseta de tirantes que cuando llevaba la camiseta de
manga corta habitual. Una gota de sudor le resbaló por el brazo y la seguí
con los ojos mientras se le deslizaba por los surcos de sus músculos
definidos. 
Owen dejó la haltera en su puesto y se enderezó con una sonrisa. 
--Sácame una foto, te durará más. Mientras no la pongas en mi perfil
de LinkedIn… 
Sus palabras me sacaron de mi aturdimiento. 
--No quería distraerte con mi presencia, no sea que se te caiga la barra
sobre el pecho. 
Pasó un brazo por la barra mientras me observaba con desenfado. 
--No creo que sea yo quien se ha distraído. 
Algo se despertó en mi interior al verle así, pero lo reprimí. «Silencio,
vagina. No está tan bueno como se cree». Como no se me ocurrió nada más
ingenioso, repetí eso último en voz alta: 
--Venga ya, no estás tan bueno como te crees. 
Él se levantó del banco y fue hacia mí. Tenía la camiseta de tirantes
llena de sudor y se le pegaba al pecho. Con la toalla pequeña que llevaba en
la mano, empezó a secarse el sudor de las sienes y los brazos. Se detuvo
delante de mí y una nube de almizcle mezclado con sudor y una virilidad
embriagadora me avivó algo en el interior. 
--Ahí estás otra vez --me dijo con una sonrisa astuta--. En serio,
sácame una foto y acabamos antes. 
--Yo no… --Lo fulminé con la mirada--. Ya basta. No te estaba
mirando.
--Vale. 
--Y lo de jaquearnos no ha sido coqueteo para nada. Lo has
malinterpretado todo. 
Owen sonrió todavía más. 
--Lo que tú digas. --Su tono no casaba con esas palabras. 
Solté un resoplo de irritación. Ese tipo no escuchaba nada de lo que le
decía. Con cada palabra aumentaba su convicción de que lo estaba
repasando con la mirada o flirteando con él a través de jaqueos intricados.
«Pero es que lo estaba repasando con la mirada, solo finjo que no». 
--Yo ya he terminado --dijo mientras tiraba la toalla a una cesta
cercana--. Tienes el gimnasio todo para ti. Seguro que querrás deshacerte de
esa ira con ejercicio, ¿no? 
--No voy a usar el gimnasio. 
--Ah. --Miró hacia los vestuarios--. Deja que adivine: ¿tenías tanta
prisa por llegar a la oficina y gritarme esta mañana que se te ha olvidado
ducharte? 
Me sacaba de quicio que tuviese tanta razón, así que, con terquedad,
respondí: 
--No, suelo tomarme duchas a mediodía.
--Claro, seguro que sí. Debes sudar mucho con el traje de furra. 
Y, con eso, salió del gimnasio tras pasar a mi lado, chocando con mi
hombro. Me dio un hormigueo y calidez en la zona en la que me había
rozado con el brazo. 
Solté un chillido de frustración mientras entraba en los vestuarios para
mujeres. No me podía creer que me hubiese quedado allí, sin moverme,
mirando a Owen mientras entrenaba. ¡Ni que nunca hubiese visto a un chico
cachas y sudoroso! Se lo tenía tan creído que arruinaba la definición tan
perfecta de su cuerpo.
«No se lo tiene tan creído», me susurró una vocecita desde mi interior.
Solo está seguro de sí mismo, y la seguridad en uno mismo es de lo más
atractiva».
Para entonces me había subido la temperatura de todo el cuerpo y casi
me ardía tras su presencia. Tenía su olor metido en la nariz, fuerte,
embriagador y sensual hasta decir basta. Una imagen se impuso en mi
cabeza a mi pesar: yo besándole, saboreando el sudor salado de sus labios y
notando el calor de su cuerpo contra el mío mientras me envolvía con sus
brazos, tomándome…
Para disipar esos pensamientos, me obligué a darme una ducha de
agua fría durante diez segundos antes de cambiar a agua templada. Sin
embargo, su recuerdo seguía allí como una mala idea.
«¿Qué me pasa?», me pregunté mientras dejaba que la calidez del
agua me calara en los huesos. «No llevo todo este tiempo coqueteando con
él. ¿O sí?».
Me recogí el pelo en una cola y utilicé un guante de baño para
exfoliarme con jabón. Me sorprendió lo bien surtido que estaba el vestuario:
había tres tipos de gel de ducha distintos e incluso maquinillas de afeitar
desechables y gorros de baño. Lo más probable era que Melinda fuese quien
hubiera abastecido el vestuario para mujeres, así que tendría que
agradecérselo cuando tuviese la oportunidad.
La puerta del vestuario se abrió y se cerró con un chirrido. Me
pregunté si sería ella y dije en voz alta: 
--¿Melinda? 
Quería que me respondiese la voz de Melinda, pero no me hubiera
sorprendido que fuera Nancy. Lo que sí me sorprendió oír fue la voz grave
de Jude.
--Hola --dijo con un susurro que apenas oí por encima del ruido de la
ducha--. ¿Amber?
Abrí la cortina de la ducha de golpe y asomé la cabeza. 
--¿Y si no hubiera sido yo?
--Quería asegurarme. 
Se le empañaron las gafas y las secó con un dedo. Cerré la cortina y
volví a centrarme en exfoliarme. 
--¿Qué haces por aquí?
--Quería ver qué tal estabas. Owen sonreía de oreja a oreja cuando
volvió del gimnasio, así que sé que te habrá dicho algo que te habrá
enfadado. 
--Tienes mucha razón, pero sobreviviré. Ahora márchate antes de que
alguien te vea. Que Melinda sepa lo nuestro no significa que quiero que
nadie más se entere. Por no hablar de que si Nancy viese que el director de
Tecnología entra mientras las mujeres se duchan en los vestidores
seguramente lo consideraría un entorno laboral hostil. 
Se oyó un ruido ahogado que provenía del otro lado de la ducha.
Entonces, la cortina se abrió y Jude se metió conmigo. Se había quitado las
gafas y estaba totalmente desnudo. 
--¿Y si entra alguien? --dije entre dientes--. Vería tu ropa. 
--Nadie ha utilizado estas duchas desde que alquilamos este sitio. Tú
eres la primera. Pero, por si acaso, he cerrado la puerta con pestillo. Nadie
nos va a pillar. 
Solté un suspiro mientras me rodeaba con los brazos desde detrás y
deslizaba los dedos por mi piel húmeda. Noté cómo se empinaba contra mi
trasero, como un palo grueso que ardía tanto como el agua caliente. Me
besó el cuello y empecé a suspirar con jadeos. 
--¿Qué ha sido de lo de hacer que me sienta mejor esta noche? --dije
con un aliento.
Acercó los labios a mi oído aún más y respondió: 
--Ya no aguantaba más. Me puedes. 
Pegué el trasero a su erección. Él siguió acariciándome el cuello con
los labios, bajando hasta la zona en que se encontraba con mis hombros. Me
rodeó con los brazos, sujetándome con firmeza, y deslizó los dedos por mi
cuerpo hasta llegar al vello de mi monte para, entonces, colmar de
atenciones a mi sexo empapado.
--Te necesito --dijo Jude con un jadeo. 
--Tómame ya --respondí.
Gemí mientras Jude me penetraba desde detrás y hacía que me
olvidase de todos los problemas del trabajo.
27

 
Owen
 
De algo estaba seguro: esa chica no iba a salirse con la suya. Amber
se creía lo más. Era una programadora engreída que estaba acostumbrada a
burlarse de troles en internet tras un teclado. Me había sentado bien
recordarle quién estaba al mando en la empresa, sobre todo tras su treta con
mi perfil de LinkedIn.
Además, la manera en la que me había mirado en el gimnasio había
sido un repaso como una casa. Puede que yo hubiese flexionado los brazos
un poco más de lo habitual cuando me había acercado a ella, y que hubiese
tensado el cuerpo, pero es que ¡hay que presumir de músculos! Y estaba
claro que la había impresionado. Su mirada de asombro no mentía. Encima,
decirle en voz alta que la había pillado me satisfizo incluso más que
meterme en su perfil de Facebook. 
Jude se había reído de lo mucho que iba al gimnasio e incluso había
llegado a llamarme vanidoso, pero él no entendía lo que era estar en mi
puesto. Como director de Tecnología, nunca tenía que mostrarse ante las
cámaras ni atraer a inversores potenciales. Él podía relajarse y tomar
decisiones desde la intimidad de su despacho.
En cambio, a mí, como presidente ejecutivo, me tocaba representar a
la empresa, así que tenía que mantenerme en forma, con un cuerpo fuerte.
El carisma no era algo innato en la gente; lo potenciaba el aspecto físico de
uno mismo. Por eso la mayoría de los presidentes ejecutivos del top 500 de
la revista Fortune medían más de metro ochenta. La autocomplacencia
física estaba correlacionada con la seguridad que emanaba en los negocios.
Después de nuestro encuentro en el gimnasio, me topé con Amber dos
otras veces esa tarde. En todas las ocasiones, le dirigí la sonrisa más cordial
y efusiva que supe esbozar. La tumbaría con toda mi amabilidad. Ella
reaccionó exactamente como esperaba: fulminándome con la mirada llena
de frustración. «Perfecto». 
Aun así, me sabía mal haberle gritado la noche anterior, pero había
mucho en juego. El daño que le podría haber causado a mi reputación, así
como a la empresa, era incalculable. Lo que yo había hecho para
devolvérsela, poner una foto retocada en su perfil de Facebook y denegarle
el acceso a la cuenta durante unos días no era nada comparado con eso.
«Ahora estamos empatados», pensé. «Podemos centrarnos en lo que
importa de verdad: los inversores». Sin embargo, en el fondo no sabía si lo
consideraba un empate de verdad.
En los dos días que siguieron no hubo mucho de lo que preocuparse.
Parecía que los nuevos, Will Wuno y Will Crawley, supiesen qué hacer.
Independientemente de lo que pensara sobre Amber, se le daba bien calar a
la gente. Excepto a este menda, obviamente.
Jude y ella trabajaban mucho juntos, pero eso no era de extrañar, dado
lo mucho que nos centrábamos en la expansión de nuestra plataforma.
Parecía que congeniaban bien, lo que era un alivio. Quería a Jude como a
un hermano, pero a veces era muy quisquilloso con a quién aceptaba como
compañero de trabajo, juzgando a los candidatos según cómo programaban
o cómo organizaban la estructura de los archivos informáticos, tonterías
como esas. «Me alegro de que me convenciera de que la contratásemos». 
Había otra razón por la que me alegraba de ello, pero intentaba no
pensar en esa demasiado. ¡Joder, qué buena que estaba Amber Moltisanti!
Era un hecho que resultaba imposible ignorar. Con el rostro en forma de
corazón y los labios carnosos que fruncía cuando me fulminaba con la
mirada, las pestañas largas y naturales, la curva de sus caderas, esas nalgas
que le llenaban los vaqueros a la perfección, tan apetecibles que daban
ganas de apretujarlas… Me sorprendí mirándola más de la cuenta cuando
pasaba por delante de su despacho. Una de las veces no se dio cuenta
porque estaba demasiado absorta en su código para ello. Se mordía el labio
y fruncía el ceño, concentrada. «Es aún más sexi cuando frunce el ceño»,
pensé mientras volvía a mi despacho.
Dijera lo que dijese ella, no cabía duda de que las bromas que nos
habíamos gastado habían tenido un toque coqueto. La manera en cómo me
había mirado en el banco tras jaquear mi apartamento me lo demostraba. Sí,
estaba enfadada conmigo por lo del cumpleaños de su hermana, pero había
algo más.
La forma en que me había comido con los ojos en el gimnasio y la
curiosidad con que me había mirado desde entonces me lo confirmaban del
todo. Allí había algo, y crecía con cada día que pasaba.
De no haber estado tan ocupado esos días, a lo mejor habría dado un
paso más. Tenía conferencias telefónicas con abogados ocho horas al día
para concluir detalles sobre el contrato y renegociar partes concretas. A
pesar de que el Sr. Rossi hubiera obtenido su riqueza de herencias
familiares, parecía saber cómo iban las cosas en el sector. O, al menos, los
abogados que trabajaban para él lo sabían.
El contrato de inversión que acechaba no era lo único que me tenía
hasta arriba de trabajo. Esa noche tenía una reunión con la propietaria de
una empresa de San José que quería que integráramos su software en
nuestra plataforma. Iba a agasajarla con vino y una cena en una de las salas
privadas de Marcello's. 
Entré en el restaurante y sonreí. La primera vez que me había mudado
a San Francisco, Marcello's se convirtió en mi lugar favorito para tomar el
almuerzo. El dueño (que se llamaba Gio, no Marcello) era un anciano con
arrugas que daba la bienvenida a todo el mundo con una sonrisa acogedora
y besos en las mejillas como si fueran parientes lejanos. Tras una visita, Gio
se acordaba de quién era yo y qué había pedido la última vez. El restaurante
y el bar se convirtieron en un lugar en el que me sentía como en casa en la
ciudad, mucho más que en mi apartamento pequeñísimo.
Cuando Jude y yo nos hicimos ricos con PayScale, compré el negocio.
Pagué tres veces más de lo que valía, pero, después de todo lo que Gio
había hecho por mí, lo hice de buena gana. Gracias a eso, Gio pudo
jubilarse y pasar más tiempo con sus nietos (¡tenía dieciocho como poco!),
aunque seguía pasándose por el restaurante tres veces por semana a saludar
al personal de cocina, probar la salsa de la pasta y asegurarse de que a los
clientes los tratábamos con el mismo cariño y afabilidad que él creía que se
merecían.
Sobre el papel, el restaurante no era muy rentable. Así eran las cosas
en la hostelería. Sin embargo, a mí no me importaba. La diferencia entre
tres y ocho mil dólares de beneficios al mes no significaba nada para mí, lo
que me importaba era que tenía un sitio con el que me sentía como en casa,
y eso no me lo quitaría nadie jamás.
Los camareros me sonrieron y saludaron cuando entré. Dediqué unos
minutos a hablar con ellos, siendo simpático y agradable, antes de dirigirme
a la planta superior. Había bastante gente en la azotea; era una noche
preciosa en la ciudad, sin el frío cortante de la bahía habitual. Me fui de la
azotea y entré en una habitación privada junto a las escaleras.
--¡Jocelyn! --dije mientras abría los brazos--. Has logrado venir desde
San José. ¿Has tenido problemas en el Caltrain?
Se rio ante mi broma. 
--Por favor, no me montaría en eso ni aunque Leonardo DiCaprio
fuese a acompañarme. Tengo coche privado por algo. 
Mientras Jocelyn y yo nos abrazábamos y nos dábamos un beso en la
mejilla, me percaté de lo atractiva que era. Llevaba un vestido negro
profesional de Armani como si fuese una segunda piel y el escote lágrima
me daba una vista muy generosa de la parte superior de sus pechos. Dejó la
mano en mi mejilla durante unos segundos más de lo esperado mientras me
sonreía.
--Ha pasado demasiado tiempo desde San Diego State, ¿no? --me dijo
con un tono insinuante.
Jocelyn y yo habíamos vivido en el mismo dormitorio mixto en el
primer año de universidad. Por aquel entonces no estábamos muy unidos
(salíamos con círculos de amigos distintos), pero una noche, durante la
semana de los exámenes finales, nos emborrachamos en su habitación y nos
enrollamos. Fue caótico y confuso y ninguno de los dos sabíamos qué
hacíamos entonces, pero recordaba que había estado muy pero que muy
bien. Y en la década que había pasado desde entonces su belleza no había
hecho más que aumentar.
--Ambos hemos llegado muy lejos --dije mientras me sentaba en la
mesa cerrada con ella. 
Jocelyn se llevó la copa de vino a los labios y le dio un sorbo largo. 
--Si me hubieras dicho entonces que ambos dirigiríamos nuestras
propias empresas de tecnología, no te habría creído. 
Le hice un gesto con la cabeza a un camarero mientras me traía mi
bebida: un gin tonic. 
--¡A nuestra salud! --dije mientras chocaba la copa con la suya.
--¿A la nuestra, individualmente --pronunció con arrullo-- o a la
nuestra, trabajando juntos? 
--Me refería a individualmente --respondí con elocuencia--. Si quieres
que integremos tu software con la plataforma de intercambio de
criptomonedas de ACS, entonces sí que podemos brindar por nuestra
colaboración. 
--Owen, Owen --dijo mientras se inclinaba un poco hacia mí en la
mesa cerrada--, no tenemos que entrar en materia tan pronto. A una le gusta
que la persigan un poco antes de meterse en la cama con alguien. 
Su sonrisa indicaba que eso último no era una metáfora. Cuando había
organizado esa reunión dos semanas antes, me había entusiasmado la idea
de reconectar con Jocelyn. Era mi tipo de mujer: decidida, carismática y de
una belleza deslumbrante. En secreto, había esperado que surgiese una
chispa más que solo comercial. 
Sin embargo, estando allí sentado con ella en ese momento, no sentí la
misma emoción. No es que no cumpliese mis expectativas; en todo caso, las
superaba. Era más despampanante de lo que recordaba. Debería de haber
tenido el pene palpitando con un deseo imponente de cerrar la puerta de la
habitación privada y quitarle el vestido.
No obstante, algo había cambiado desde que había organizado la
reunión. Al cabo de dos copas con Jocelyn y al menos una docena de
insinuaciones de ligoteo, me di cuenta de qué pasaba. «Amber».
Subconscientemente, no dejaba de comparar a Jocelyn con la
programadora que trabajaba para mí. Jocelyn Estaba un poco demasiado
delgada, mientras que Amber tenía curvas más voluptuosas. Jocelyn era
encantadora y carismática como cualquier líder empresarial, pero era
superficial y le faltaba el ingenio mordaz y la lengua afilada de Amber. 
«¿Por qué hago esto?», me pregunté mientras el camarero nos traía
platos con aperitivos para picar. «Jocelyn es increíble, no tengo por qué
compararla con nadie». Pero por mucho que lo intentase no me podía quitar
a la otra chica de la cabeza. 
--No entiendo cómo Curry solo ganó dos premios MVP de la NBA --
dijo Jocelyn mientras señalaba la televisión que colgaba en la pared. Los
Warriors jugaban contra los Knicks--. La liga sigue prefiriendo a la Costa
Este de Estados Unidos. 
--¿Te gusta el baloncesto? --le pregunté--. Tengo abonos de temporada
para un palco en la segunda planta. 
--Me encantaría ir --respondió mientras se terminaba el vino--. Si me
enseñas lo tuyo, te enseñaré lo mío. --añadió con un guiño.
Le devolví la sonrisa, pero no era de corazón. Solía encantarme que
las mujeres fueran tan lanzadas, pero eso no era lo que me interesaba esa
noche. Quería a alguien a quien costase más conquistar. Una mujer que
hiciera que valiese la pena irle detrás y seducirla.
Uno de los guardias de seguridad vino a la habitación privada. Esperó
a que asintiera en su dirección y, entonces, se inclinó hacia mí para decirme
al oído:
--La chica está aquí. 
Sabía a qué chica se refería. Llevaba esperándola desde que le había
jaqueado la cuenta de Facebook. Me sorprendió que hubiera tenido la
paciencia de esperar dos días antes de intentar algo. El guardia me miró a la
espera de una respuesta. Negué con la cabeza y dije: 
--Deja que se quede. No puede hacer nada aquí. Pero estate atento. 
Él asintió con la cabeza y se marchó.
--¿De quién habla? --preguntó Jocelyn--. ¿Alguna ex que haya venido
a montarte un numerito en el restaurante?
--No, una cliente problemática. No tengo ninguna ex que cause
problemas. 
--Genial --dijo con una sonrisa más amplia--. Me gustan los hombres
sin bagaje emocional. 
La segunda parte del partido de baloncesto empezó y, mientras
Jocelyn le dedicaba su atención, me saqué el teléfono del bolsillo y accedí a
la aplicación del sistema de seguridad. Había doce cámaras en el restaurante
y las revisé todas hasta que encontré la que quería ver. El bar de la planta
inferior aparecía en alta resolución gracias a una cámara que había en el
techo. Cuatro clientes se encontraban en los taburetes junto a la barra, pero
la mujer del fondo fue en la que me fijé de inmediato. Amber tenía pinta de
haber venido directa del trabajo porque tenía la bandolera en el suelo junto
a su asiento. Sorbía una bebida oscura mientras tecleaba en el teléfono.
Dejé el vídeo abierto mientras Jocelyn y yo mirábamos el partido de
baloncesto y seguíamos coqueteando. Mencionó que su casa estaba a una
media hora de distancia y con menos sutileza me preguntó lo lejos que vivía
yo de allí.
Entonces, en el teléfono vi cómo Amber pagaba la cuenta. Bajó del
taburete, se pasó el pelo a un hombro y recogió la bandolera. Sentí una
punzada de decepción cuando empezó a marcharse, pero, antes de llegar a
la puerta principal, giró a la izquierda, hacia el baño.
--¿Has oído lo que te acabo de decir? --preguntó Jocelyn--. Practico
yoga cinco veces por semana. Soy muy flexible. 
--Ya, flexible, genial.
Fui cambiando de cámara hasta encontrar la buena, la del pasillo con
el baño. Un chico salió de los servicios para hombres y desapareció de mi
vista. Entonces, Amber entró en el plano, pero no se fue al lavabo para
mujeres. Siguió andando más allá y abrió una puerta con la señal «Solo para
empleados» y desapareció. Sonreí para mis adentros. «Que comience el
juego, Amber».
28

 
Amber
 
Me senté en la barra y fui dándole sorbos a mi bebida como si nada
mientras esperaba el momento oportuno. Mi plan era sencillo, pero
dependía de que Owen no estuviese allí. Antes de hacer nada, debía
asegurarme de que se había ido. 
De lo contrario, no se habría podido resistir a encontrarme y burlarse
de mí. Me imaginaba todo lo que me diría: soltaría un comentario sobre lo
sorprendente que era que no llevase el traje de furra en público, le diría al
camarero que no había que fiarse de mí y que se asegurase de que pagase la
bebida por adelantado o, incluso peor, le diría que la casa me invitaba a la
copa. Usaría su riqueza como una picana para obligarme a reaccionar.
Sin embargo, tras pasarme diez minutos sentada en la barra, sorbiendo
la bebida y fingiendo leer Ars Technica en el teléfono, no hubo ni rastro de
Owen. De hecho, los guardias de seguridad ni siquiera me echaron del
lugar, así que no cabía duda de que él no estaba allí. «Perfecto».
Pagué la cuenta, me colgué la bandolera del hombro y me dirigí hacia
el pasillo que llevaba a los servicios. Había una puerta solo para empleados
a la que le tenía echada el ojo desde hacía diez minutos. En todo ese tiempo,
solo una de los miembros del personal la había cruzado, una camarera que
llevaba una caja de servilletas de tela. 
Atravesé la puerta con más confianza de la que sentía en realidad.
Sabía que esa era la clave para hacer algo así: fingir que encajaba. Si
emanabas una seguridad sin límites en ti misma, podías salirte con la tuya
muchas veces en la vida. 
Me encontré en otro pasillo. Al olor a comida cocinada y alcohol lo
sustituyó el hedor a polvo y lejía. Al final del pasillo había una puerta con
letras rojas desteñidas que decían «Salida» y antes de esa, había otras
cuatro. La primera la habían designado «Despacho», pero estaba cerrada.
Cuando giré el pomo de la segunda me encontré con que estaba abierta,
pero no era más que una despensa llena de artículos de repuesto, como cajas
de servilletas y cubiertos.
En la siguiente puerta decía «Armario de la limpieza», y sonreí para
mis adentros. Recé en silencio a las deidades del jaqueo, puse la mano en el
pomo, lo giré y… ¡la puerta se abrió!
La habitación era tan pequeña que apenas me podía mover. Del suelo
salían todo tipo de cables aislados y demás que pasaban por cajas de
derivación de plástico y seguían por el techo. En las cajas se indicaba si
eran para el circuito eléctrico, cables o internet. «¡Bingo!».
Cerré la puerta y saqué el ordenador portátil. Mientras arrancaba, abrí
la caja de derivación de internet y encontré el punto de acceso. Le conecté
un cable de red a mi portátil, lo que me dio acceso directo al rúter. 
Ahora podía acceder a la red del restaurante sin límites. Veía todos los
bytes de tráfico que entraban y salían. A lo mejor incluso tenía acceso a las
cámaras de seguridad del restaurante. Había una en la sala principal del bar,
así que asumí que habría más en el resto del recinto e incluso en el bar de la
azotea.
Un cosquilleo de excitación me recorrió el cuerpo. Estaba
acostumbrada a jaquear sistemas desde lejos, desde casa, con la seguridad
que me ofrecía la pantalla del PC mientras llevaba pantalones de chándal.
Lo más cerca que había estado de mis jaqueos había sido con lo del
apartamento de Owen, cuando lo había visto todo desde el banco que estaba
en frente. Allí, dentro del restaurante, me dio la sensación de estar en una
película de Misión imposible.
Todavía no sabía del todo cómo iba a utilizar ese acceso para
devolvérsela a Owen. Llevaba dos días pensando en ideas, sin llegar a
decidirme por ningún plan concreto, pero no pasaba nada, porque esa noche
solo me aseguraría el acceso. Cuando hubiese creado una cuenta de puerta
trasera y abierto un puerto en su cortafuegos, podría acceder a la red desde
la comodidad de mi casa. 
Ya había empezado a abrir el puerto del cortafuegos cuando la puerta
se abrió con las bisagras oxidadas. El corazón me dio un vuelco cuando
Owen entró en el armario y cerró la puerta tras de sí. La expresión de
facciones marcadas con que me miró fue indescifrable.
--Disculpe, señorita --dijo, fingiendo estar confuso--, ¿se ha perdido?
Esto no es el baño para mujeres. 
Solté un gruñido. Me había pillado. 
--¡Maldita sea! 
Owen esbozó una sonrisa. Era la misma, con ese encanto y aire
victorioso, que llevaba dirigiéndome en los últimos días sin parar. 
--No has podido resistirte, ¿no? --dijo.
--Que te den.
--Sé que no has dejado de pensar en ello --contestó de un modo
seductor. Dado el espacio reducido, me hacía cosquillas en las mejillas con
su aliento--. Estás obsesionada conmigo. No te basta con verme en la
oficina, así que vienes aquí y empiezas a liarla, ¿eh?
Me reí. 
--¿Obsesionada? ¡Qué creído te lo tienes!
Sin embargo, como tenía el cuerpo tan cerca del mío y me llegaba el
olor de su colonia otra vez, me invadió el recuerdo del gimnasio… Se rio
como si supiera de qué iba la cosa. 
--Cuando estaba en primero de primaria, había una chica como tú.
Siempre se metía conmigo durante el recreo, me tiraba basura y me llamaba
caraculo. Resultó que estaba coladísima por mí. No tuve ni la menor idea
hasta que un día me besó. 
Cuando mencionó el beso, al instante se me desvió la mirada hacia sus
labios. Esos labios carnosos y sonrientes. Me pregunté qué sentiría si los
tuviera contra los míos. 
Señalé la pared y dije: 
--Antes lamería ese disyuntor que besarte. 
«Besarte». Las palabras resonaron en la habitación pequeña y en mi
mente. Owen se mordió el labio y soltó otra risa, tras lo cual se pasó una
mano por el pelo a capas.
--No te creo, chica. 
--Créete lo que quieras --empecé a decirle--, pero… 
Owen se inclinó hacia mí y pegó los labios a los míos con fuerza, con
lo que se me olvidó todo cuanto iba a argumentar. Cuando deslizó una mano
por mi mejilla hasta llegar al pelo de mi nuca y la cerró en un puño
posesivo, me olvidé de qué hacía allí. El ordenador portátil, el acceso a la
red y mi plan de venganza se desvanecieron como nieve en primavera. Lo
único que sentí fue una calidez y emoción excitantes mientras movíamos las
bocas.
«Estoy besando a Owen», me susurró una vocecita interior, y esa idea
me excitó más de lo que me había imaginado nunca. Owen hizo un último
impulso contra mis labios y, entonces, se apartó de golpe. Sonrió y dijo: 
--Ya me lo suponía. 
Con el pecho jadeante, intenté dar un paso hacia atrás, pero ya tenía el
trasero contra una caja metálica pesada. 
--Tú solo quieres joderme --le solté sin aliento y de mal humor--.
Intentas descolocarme después de haberme pillado accediendo a tu red. 
--Dime que me vaya --dijo en voz tan baja que casi fue un susurro. Su
mirada emanaba una promesa sexi y toda la seguridad del mundo--. Dime
que me vaya y me marcharé a la planta superior para seguir con mi reunión
sin decir nada más. 
Abrí la boca, pero no me salieron las palabras. Mi lengua se negaba a
moverse. No podía decirle que se fuera porque no quería que se marchara.
«Quiero que me bese otra vez», me di cuenta de que pensaba. «Quiero que
me agarre los pechos, apriete su cuerpo contra el mío y me tome como si
fuera el premio que lleva tiempo deseando».
Como si adivinase lo que pensaba, Owen asintió con satisfacción. 
--Ya me lo suponía.
Entonces, me besó con más fuerza que antes, como si la primera vez
se hubiese contenido. Lo hizo con el cuerpo entero, con su pecho contra mi
blusa y metiéndome el muslo entre las piernas mientras deslizaba una mano
hacia la curva de mi espalda. Me abrí a él como una flor desesperada por
que le diese la luz del sol y me metió la lengua en la boca como respuesta. 
De repente, toda la frustración y la competitividad que habíamos
intercambiado se redujeron a ese acto físico, como si todo pudiera
resolverse en ese momento, en el diminuto armario de la limpieza.
Gemí con la boca pegada a la de Owen mientras me restregaba el
muslo entre las piernas ejerciendo una presión excitante. Busqué su
entrepierna y rocé el metal frío de la cremallera con los dedos. Antes de que
pudiese bajársela, él me agarró la muñeca y me sujetó la mano por encima
de la cabeza, contra la pared, mientras empezaba a colmarme el cuello de
besos. Así, me hizo saber que él tenía el control, lo que me derritió por
dentro.
Con la mano que tenía libre, me bajó la cremallera de los pantalones
con destreza hasta que, una vez sueltos, pudo tirar de ellos y de mis
braguitas hasta que me quedaron por los tobillos. Me libré de ellas con los
pies y tiré de Owen hacia arriba para acercarle a mí y darle otro beso, pero
él no se puso en pie. En vez de eso, me recorrió los muslos con las manos
para separármelos, abrirme de piernas. 
Para cuando me di cuenta de qué pretendía hacer, ya era tarde y dije: 
--No, no quiero que… 
Él metió la nariz en mi sexo y mis palabras se convirtieron en un
gemido ante mi sorpresa. 
Siempre había tenido un muro mental que me impedía disfrutar de que
los hombres bajaran a mi pilón. Seguro que un psiquiatra podría analizarlo a
mayor profundidad, pero yo sabía que se trataba de la confianza. Ni siquiera
me sentía a gusto con la idea de hacer eso con Jude y pasarían semanas, si
no meses, antes de que quisiera probarlo. 
Sin embargo, Owen no me lo preguntó. Metió la cara en mi interior
como si fuera un charco de agua fresca para un hombre que se moría de sed.
Lo quería, así que lo tomó. Y mi muro mental se hizo añicos.
El placer se apoderó de mí mientras él me besaba los labios exteriores
y, luego, el clítoris. Me quedé pasmada ante esa sensación nueva, del todo
anonadada, y me temblaron las rodillas, así que me senté en la caja de
herramientas que tenía detrás. Owen me siguió con la boca, sin romper el
contacto mientras empezaba a devorarme con la lengua, girándola y
moviéndola y lamiéndome de arriba abajo.
Eché la cabeza hacia atrás y solté un gemido que quizás fue
demasiado fuerte, pero no pude contenerme. Mi cuerpo se movía por
voluntad propia y reaccionaba a las descargas de placer intensas que se
propagaban desde entre mis piernas. Owen me miró desde abajo con
complicidad al oír que mis gemidos se intensificaban y su mirada de color
esmeralda me enloqueció aún más mientras me hacía cosas maravillosas
con la lengua. 
«Este es Owen», me vino a la cabeza de repente. «Es un machito
informático engreído. ¡Owen me está haciendo sexo oral!». Pero ese
pensamiento no me alarmó, sino que tuvo el efecto contrario y pareció que
exaltaba el éxtasis puro y difuso que arrasaba mi cuerpo.
Mientras me comía el coño, Owen se centró por igual en mi vagina
que en mi clítoris, alternando entre tensar la lengua y meterla entre mi
vértice y relajarla y moverla en círculos alrededor del capuchón. Entonces,
le dedicó más atención a esa última zona y me lo besó, frotó y chupó
mientras me acariciaba la entrada de mi sexo húmedo con la mano. Los
dedos le quedaron empapados en cuestión de segundos mientras me los
metía y sacaba con una facilidad asombrosa.
Empecé a restregarme contra su cara y a pegarme a él para suplicarle
más. Movió los dedos dentro y fuera de mí, girándolos ligeramente en
forma de tirabuzón con una habilidad meticulosa. A continuación,
enmarañé las manos con su pelo, ese cabello a capas que había admirado
desde lejos preguntándome cómo sería tocárselo, y se lo apreté en un puño
para sujetar la cara de Owen contra mi sexo mientras gemía obscenidades
en voz alta, suplicándole que no parase nunca, que siguiese así, «justo así,
justo ahí, fóllame así, joder, ¡SÍ!». 
Arqueé tanto la espalda que incluso me dolió mientras todo se
convertía en un brillo ardiente ensordecedor, un sonido mudo que se
apoderaba de mis sentidos y me llenaba de un goce sin fin, con todos y cada
uno de los nervios y músculos del cuerpo electrizados y relajados al mismo
tiempo. Entonces, la luz se atenuó, el sonido se amortiguó y lo único que
quedaron fueron los últimos gemidos raucos de mi garganta.
Jadeé como si acabase de correr un maratón y miré a Owen. Todavía
no le había soltado el pelo y los dedos me dolieron cuando por fin lo dejé ir.
Tenía las piernas como si fueran de gelatina. De no haber estado sentada en
la caja de herramientas, me habría desplomado en el suelo. 
Entonces, Owen se puso en pie. El bulto que tenía en los vaqueros era
inconfundible y en el fondo ansiaba que me lo metiese en vez de los dedos.
Se limpió la boca con el dorso de la mano y esbozó una sonrisa salvaje. 
--Haz lo que quieras con el cortafuegos. Eliminaré la cuenta y llenaré
los puertos cuando te vayas, pero buen intento. A lo mejor habría
funcionado, si no lo hubiera estado esperando. 
--Olvídate de la red --dije con un aliento mientras le ponía una mano
en el pecho--. Solo hay un puerto que quiero que llenes. 
Sonreí ante mi estúpida broma postorgásmica. Owen también se rio,
pero no hizo ningún ademán de bajarse la cremallera de los vaqueros y
darme lo que quería de verdad.
--Tengo que volver a la reunión. Hasta mañana en la oficina.
Se inclinó lo bastante como para besarme. Dejó los labios a meros
milímetros de los míos, a un pelo de distancia. Lo bastante cerca como para
que notase el calor que desprendía mi cuerpo y que el suyo absorbía.
Entonces, cuando me encorvé para besarle y notar su calidez de
nuevo, él se apartó. Con una última sonrisa astuta, salió del cuarto y me
dejó sola y confusa.
29

 
Amber
 
Me quedé mirando la puerta del armario durante un buen rato.
Esperaba que Owen volviese y se riese mientras me decía que estaba de
coña, que era otra broma para devolvérmela después de lo que le había
hecho a su perfil de LinkedIn. Entonces, se desabrocharía los pantalones,
dejaría a la vista la erección enorme que ningunos vaqueros podrían ocultar
jamás y me tomaría de una forma en que ambos acabaríamos jadeando y
satisfechos. Pero no volvió.
Me levanté de la caja de herramientas despacio. Las piernas me
temblaron y casi me fallaron, pero logré estabilizarme lo suficiente para
subirme los pantalones. 
Mientras recogía la bandolera, me asaltó un pensamiento aterrador. ¿Y
si se había tratado de otra broma pesada? ¿Algo más intricado, personal y
cruel? Me imaginé que abría la puerta y me topaba cara a cara con toda la
gente de ACS, Nancy y Dave y los dos Will, todos quienes habrían oído mis
gemidos de placer en el armario momentos antes. Owen me señalaría con
un dedo y sonreiría victorioso, y sus risas me perseguirían durante el resto
de mis días.
Sin embargo, cuando abrí la puerta del cuarto, lo único con que me
encontré fue silencio. «¿De veras acaba de pasar lo que creo que acaba de
pasar?», me pregunté mientras miraba el pasillo vacío.
Llena de nervios, salí de la zona para empleados y volví a la parte
delantera del restaurante. No veía a Owen por ninguna parte, lo que
seguramente fuese lo mejor porque no tenía ni idea de cómo habría
reaccionado de verlo. 
Estuve aturdida todo el camino de vuelta a la estación de tren. Era
como ir contentilla, pero con endorfinas en vez de alcohol. Seguía teniendo
las piernas temblorosas, aunque recuperaba fuerzas con cada paso.
«¿De veras acaba de pasar lo que creo que acaba de pasar?», me volví
a preguntar mientras tomaba asiento en el tren en dirección sur. Incluso me
pellizqué el brazo para asegurarme de que no se trataba de un sueño de lo
más vívido. La piel me dolió y se volvió blanca donde la había pellizcado,
pero no me desperté. 
Así pues, eso confirmaba que en nuestras bromas pesadas había
habido algo de coqueteo. O, al menos, en las de Owen. Yo ni me había dado
cuenta. Pero el cuerpo se me había enardecido cuando me había tocado en
el armario como si llevase días anhelándolo. Le tenía ganas, muchísimas.
Mientras el tren retumbaba por las vías, reviví en mi cabeza el
encuentro sexi del armario. El beso y, luego, cómo Owen me había quitado
los pantalones. Recordé la avidez con que me había lamido, enterrando la
cara entre mis muslos e inhalando como si fuera un perfume caro que quería
comprar.
La última vez que un chico había bajado a mi pilón había sido en la
universidad. Esa había sido la última ocasión en que había confiado en un
hombre lo bastante como para permitirle hacerme sexo oral, por fin, e
incluso entonces tuvimos que haber salido durante seis meses. Sin embargo,
Owen había derribado mi muro de inmediato, envolviendo mi clítoris con
su boca y devorándome con desenfreno. Había hecho que temblase y me
estremeciese y gritase su nombre en el armario mientras llegaba al orgasmo
en su cara. 
Desde entonces, había cambiado algo. Tanto internamente como sobre
lo qué opinaba de Owen, pero estaba bien. «¡Vaya si ha estado bien!».
Se me escapó una risita de adolescente en el tren. Un hombre mayor
se volvió para mirarme, pero yo lo fulminé con la mirada hasta que volvió a
lo suyo.
«No me puedo creer que haya dejado que Owen me hiciera eso»,
pensé. «Ni siquiera le dejaría a Jude que me hiciera sexo oral y eso que
confío en él muchísimo más que en Owen». Di un respingo en el asiento.
¡Jude! ¿Cómo podía haberme olvidado de él en todo eso? 
Me estaba viendo con Jude. Nos acostábamos día sí y otro también. Y,
entonces, me había enrollado con Owen en el cuarto de la limpieza de su
restaurante y había dejado que me comiera el higo.
En cualquier otro contexto, ya me hubiese invadido la culpa por la
situación, pero en este era mil veces peor. Se conocían. Eran amigos. ¡Eran
socios! ¿Acababa de joderle el futuro a ACS? «¡Me había esforzado tanto
en no cargarme esta oportunidad!». 
Me enfadé conmigo misma, presa de la frustración y confusión.
También estaba emocionada y satisfecha, pero eso quedaba en segundo
plano ahora. ¿Qué iba a hacer?
Una cosa era innegable: desde entonces Owen me atraía sin remedio.
Y no podía dejar de pensar en él.

Para que Jude no fuese a mi apartamento esa noche, le envié un


mensaje y le dije que no me encontraba bien. En realidad quería verlo, pero
no me fiaba de mí misma todavía. Vería la expresión turbada de mi rostro y
me preguntaría al instante que qué me pasaba. Además, antes tenía que
aclararme yo misma.
Sin embargo, cuando llegué al trabajo a la mañana siguiente y me
dirigí a mi despacho, Jude me llamó de inmediato:
--Oye, ¿tienes un minuto? --me preguntó mientras me hacía un gesto
para que entrase en su despacho.
Intenté actuar con naturalidad mientras entraba. ¿Lo sabía? ¿Se lo
había contado Owen? Eran buenos amigos, y a los hombres les gustaba
hablar de ese tipo de cosas. Al menos, a los tipos como Owen.
Durante unos segundos me pregunté si debería decírselo, arrancar la
tirita y explicarle lo que había pasado la noche anterior. Era lo correcto y
sería una muestra de buena voluntad. Sin embargo, seguía intentando
asimilar qué sentía y sabía que no tenía el valor de decirlo en voz alta.
Todavía no. 
--¿Qué hay? --pregunté y me tensé mientras esperaba su respuesta. 
--¿Te encuentras mejor? 
Solté un suspiro de alivio. Solo quería ver si estaba bien. 
--Sí, mucho mejor --respondí--. Tenía dolor de garganta, pero ya me
ha pasado. Sería algo de alergia. 
--Genial, bien. --Se quitó las gafas y empezó a limpiarlas con un paño
pequeño--. Yo, esto… también quería hablar de nuestra relación. 
Se me hizo un nudo en la garganta. 
--¿Ah, sí? 
--He estado hablando con Melinda. --Jude se pasó una mano por el
pelo, lo que indicaba que estaba nervioso--. Para el impreso que quiere que
firmemos, para revelar nuestra relación, se necesitan detalles sobre la, eh,
«naturaleza» de nuestra relación. Yo le he dicho que solo es física.
--Ah. 
--El papeleo es más sencillo así --se apresuró en añadir--. Y estaba
pensando que, esto, todo sería más fácil si lo dejáramos en algo informal.
Tú y yo podemos seguir --bajó la voz-- acostándonos, pero no podemos
dejar que nos vean los demás. Daría una mala impresión al resto de
empleados.
--Ya, es verdad --contesté despacio. 
Esa sugerencia me venía demasiado bien. ¿Acaso sabía lo que Owen y
yo habíamos hecho la noche anterior e intentaba decirme que no pasaba
nada? 
--Así que sería una relación puramente física --explicó con las mejillas
sonrojadas--. Nada más. Es decir, me gustas mucho. Como amiga, y más
que eso. Tal vez. Pero, por ahora, con la locura de la expansión y la
cantidad de trabajo que tenemos, será mejor que lo dejemos en algo físico.
Aunque en el futuro, si la cosa va bien, quizás nos convirtamos en algo más.
Puede. 
Le sonreí y contesté: 
--Solo quieres asegurarte de que no tenemos algo exclusivo para poder
ligar con otras mujeres, ¿no? 
Si cualquier otro hombre me hubiese soltado ese discurso, le habría
preguntado eso de verdad, pero viniendo de Jude, el programador buenazo,
tímido hasta ser adorable y cerebrito, se lo dije en broma. Se le enrojecieron
todavía más las mejillas hasta volverse de un tono carmesí oscuro. 
--¡No! Eso para nada. Es decir, no tengo a nadie que… O sea,
cualquiera de los dos podría hacerlo, pero no creo que yo lo haga. Pero
podríamos. Si quisiéramos. Pero yo no lo haré. 
Le dirigí una sonrisa cálida y encantadora. 
--Tranquilo, solo me estaba quedando contigo. Lo pillo y estoy de
acuerdo con todo lo que has dicho. Dejémoslo en algo informal. Y si se
convierte en algo más… --Le guiñé un ojo--. Entonces, pues mejor. 
Él me devolvió la sonrisa y supe que todo iba bien. Al menos, en ese
momento. Me dieron unas ganas abrumadoras de acercarme más y darle un
beso. No había nadie más en la primera planta. Sería rápido. Nadie se
enteraría. 
Sin embargo, antes de que pudiese dárselo, oí unos pasos que venían
por detrás. Me quedé de piedra, aterrorizada por si era Owen, pero solo
apareció Will Crawley.
--Hola jefa, y otro jefe. --Asintió en mi dirección y, luego, hacia Jude-
-. Tengo una duda sobre una de las funciones de la cadena lateral para
ethereum. El historial dice que ambos habéis trabajado en él. 
«Cuesta más tener intimidad ahora que tenemos más empleados». 
--Ese lo hizo Jude --dije mientras recordaba a qué se refería--. Yo solo
añadí algunos comentarios después. 
--Guay. Estoy trabajando en la integración con una de las otras
monedas a base de tókenes… 
Me aparté mientras le explicaba el problema. Jude me dirigió una
última sonrisa privada antes de centrar su atención en el nuevo
programador. Le devolví la sonrisa antes de girarme para marcharme del
despacho.
Entonces, me topé de lleno con Owen. Tenía el pecho duro como una
pared y apenas reaccionó ante el golpe. Al verlo, se me avivó el cuerpo y se
puso firme como un cachorrito obediente. Ese día llevaba vaqueros y un
polo azul ajustado, lo que para él era igual de formal que ponerse un
esmoquin. Tenía una taza de Starbucks en una mano y le ocultaban los ojos
unas gafas de sol que podrían haberle costado tanto cinco pavos como cinco
mil. 
Se me secó la boca y me lamí los labios para humedecerlos. 
--¿Gafas de sol en la oficina? --dije con una risa--. Los machitos
informáticos tenéis un sentido de la moda de lo más raro. 
Él hizo una mueca. 
--Anoche salí de fiesta hasta tarde con alguien de negocios. Pronto
integraremos su software con nuestro programa. Vale la pena tener resaca
por asegurarnos el trato. 
--¡Menudo mártir estás hecho! --respondí, pero el sarcasmo en mi voz
fue menos duro de lo que hubiera sido días antes--. ¿Y ese polo? 
Se miró la ropa. 
--¿Qué le pasa? 
--Las camisetas de manga corta son lo más elegante que te he visto
puesto hasta ahora.
--Solo llevas aquí dos semanas --señaló.
«¿Se ha arreglado más por mí?». Era lo único que se me ocurría para
justificar el cambio. 
--¿Lo pasaste bien anoche?
Owen sorbió el café, pero vi la sonrisa que escondía. Me recordó a
cómo me había sonreído la noche anterior, con ese rostro tan sexi entre mis
piernas, moviendo la lengua y venerándome…
--Lo pasé bien --dije--. Pero podría haber sido mejor. 
--Seguro que fue destacable, aunque no tuvieras todo lo que quisieras
--respondió con una sonrisa más pronunciada.
Entonces, Jude y Will salieron del despacho y se unieron a la
conversación. 
--¿Fue bien la noche? --le preguntó Jude mientras Will se iba a la
planta inferior. 
--Fue estupenda --respondió Owen mientras me dedicaba otra sonrisa
lasciva, pero, si Jude se fijó en ella, no lo mostró lo más mínimo.
--¿Hicisteis buenas migas Jocelyn y tú? --preguntó Jude.
--Sí, y le gusta más coquetear de lo que recordaba --respondió.
--Creía que habías dicho que era una reunión de negocios --señalé,
intentando ocultar mi sorpresa--. ¿Era una cita? 
--Algo de la columna A y algo de la columna B --dijo--. Jocelyn y yo
fuimos a la universidad juntos y ahora dirige su propia empresa de
procesamiento de datos. Aún le pongo, eso quedó claro. Te lo juro, era
como una gata ante un filete de salmón. No me mires así, Boston. No pasó
nada. Tengo una fuerza de voluntad de hierro. Me centré en cerrar el trato. 
--De todos modos, no iba a juzgarte --dijo Jude mientras se aclaraba la
garganta--. A veces está bien mezclar la vida laboral con la personal. 
Owen soltó un resoplido. 
--¿Estás bien, colega? Nunca me habría imaginado que tú, de toda la
gente, dirías eso. 
Jude abrió los ojos de par en par. 
--¡No! O sea, sí, estoy bien. Solo pensaba en que… --Se sacó el
teléfono del bolsillo y se volvió--. ¡Ay, ostras! Se me ha olvidado
responderle a Melinda al correo. 
Hice una mueca de vergüenza ajena, pero no pareció que Owen notase
nada raro. En vez de eso, se metió la mano en el bolsillo y me dio algo.
--Nos vemos luego --dijo mientras se iba a su despacho a paso ligero. 
Abrí la palma de la mano y me encontré con un pósit, doblado por la
mitad para ocultar el contenido. Jude se volvió hacia mí y frunció el ceño. 
--¿A qué ha venido eso?
--Ah, eh… No lo sé. Owen está raro. 
Jude se rio y respondió: 
--Eso es que tuvo suerte con Jocelyn. Lleva ilusionado con verla las
dos últimas semanas. Al parecer es muy atractiva. --Se aclaró la garganta y
añadió--: Según Owen, no yo. 
«¿Así que estaba en una cita con una mujer atractiva y la dejó para ir a
jugar conmigo?», pensé. El nudo confuso del estómago creció. Jude me
hizo un gesto con la cabeza. 
--¿Qué te ha dado? ¿Es una nota? 
Cerré la mano para tapar la nota de manera instintiva, pero la volví a
abrir. Lo más probable era que fuese algo personal. Algo juguetón sobre lo
ocurrido o la promesa de más. Pero no podía ocultarla o mantenerlo en
secreto o, de lo contrario, Jude pensaría que le escondía algo.
Desdoblé el trocito de papel despacio. 

Putilingus6969

Con la obscenidad me vinieron a la cabeza las imágenes de la noche


anterior y recordé los brazos fuertes de Owen alrededor de mis muslos y
cómo arremetía contra mi clítoris con la lengua.
Jude se rio. 
--¿Esa es la contraseña de tu cuenta de Facebook?
Me di cuenta de que tenía razón. Era parecida a la contraseña que yo
le había dado al perfil de LinkedIn de Owen, Soputo6969. Owen me dejaba
acceder a mi cuenta otra vez, al tiempo que me insinuaba lo de anoche.
--Sí --dije con una risa--. Supongo que sí.
Owen salió del despacho y fue hacia nosotros. 
--Melinda ha dicho que en la cocina hay dónuts. Id a por ellos
mientras estén frescos.
--¿Le has dado a Amber la contraseña de Facebook --preguntó Jude--,
a pesar de que hayan pasado solo dos días? 
Owen esbozó una gran sonrisa y respondió sin dejar de andar. 
--¿Qué puedo decir? Me gusta dar. 
Se rio mientras bajaba las escaleras y yo me ruborizaba incluso más
que antes.
30

 
Amber
 
Después de tomar un dónut de la cocina (uno glaseado con chocolate),
volví a mi despacho e intenté iniciar sesión en Facebook. En efecto, la
contraseña funcionó y la cambié por algo más seguro, tras lo cual eliminé la
foto retocada de furra de mi página.
Era muy amable por parte de Owen lo de dejar que accediese a mi
cuenta ese día en vez de hacerme esperar los cinco que había dicho al
principio. Era un gesto pequeño, pero indicaba que las cosas habían
cambiado entre nosotros. «¿Otra señal de que las cosas han cambiado?
¡Anoche me hizo sexo oral!». 
Además, el hecho de que hubiera estado en medio de una cena con
otra mujer cuando me había acometido resultaba extraño. Como me pudo la
curiosidad, fui a buscar quién era esa mujer. En el calendario de Owen no
aparecían sus datos de contacto, pero Jude había mencionado que habían
ido a la universidad juntos. Una Jocelyn que dirigía una empresa de
procesamiento de datos y que se había graduado de la universidad de San
Diego State. Al cabo de veinte segundos, había encontrado fotos de ella. Y
era despampanante.
Jocelyn Wagner era todo piernas y pelo sedoso, como una
supermodelo de los ochenta. Era delgada y elegante. Iba vestida impecable
en todas las fotos que encontré de ella, como si tuviese a una ayudante de
vestuario personal. Además, tenía los pechos grandes y respingones con los
que toda la ropa le quedaba de fábula, aunque no enseñase nada de escote.
Yendo al grano: estaba más buena que yo.
«Y Owen dejó la reunión con ella para venir a tontear conmigo». La
idea me llenó de una emoción e ilusión renovadas. Mientras cerraba la
ventana de búsqueda de internet y pasaba a programar, intenté quitarme de
la cabeza al presidente ejecutivo tan sexi. Pero él seguía allí como si alguien
lo hubiese dibujado dentro de mi cráneo con un rotulador permanente. 
Todavía me sentía algo culpable por la situación. Tonteaba con dos
hombres de la misma empresa, dos milmillonarios que, encima, eran mis
jefes. ¿En qué tipo de chica me convertía eso?
Sin embargo, Jude había insistido en que nosotros solo teníamos algo
informal. Y nuestra relación, tanto física como en general, solo había
empezado hacía unos días. De hecho, menos de una semana. Jude me
gustaba mucho, pero no teníamos algo serio ni de lejos. ¿Significaba eso
que no pasaba nada? Empecé a elaborar una lista mental. 

Razones por las que contárselo a Jude: 


1. Era lo correcto.
2. Owen y él eran amigos.
3. Prefería que se enterase por mí en vez de Owen.

Razones por las que no contárselo a Jude: 


1. Quizás le hiciera daño.
2. Quería seguir viéndome con Jude. 
3. También quería ver a dónde me llevarían las cosas con Owen.

El último argumento me hizo pensar. ¿Acaso las cosas con Owen iban
a alguna parte? La noche anterior, en el armario de la limpieza, le había
pedido más y me había rechazado. ¿Qué tipo de hombre rechazaba una
oferta de sexo así, sobre todo después de bajarle al pilón a una chica? La
respuesta me vino como una burla cruel: «El tipo de hombre que no quiere
acostarse contigo». 
A lo mejor Owen no quería hacer nada más conmigo. Tal vez ni
siquiera le interesaba lo más mínimo. Me había besado, no había sentido
nada y luego había decidido hacerme un favor metafórico comiéndome el
higo, como un premio de consolación. Esa idea hizo me llenó de un vacío
inmenso y no pude dejar de pensar en ello toda la mañana.
La respuesta me llegó a la hora de comer. Owen se pasó por mi
despacho como si fuese el dueño del lugar, lo que era cierto en parte. Se me
volvió a avivar el cuerpo al verlo, una mezcla confusa de atracción sexual,
frustración y curiosidad.
--¿Tienes planes para almorzar? --me preguntó.
Parpadeé con sorpresa. 
--Eh… no. No tengo ninguno. 
--Genial, entonces saldremos a comer. Tenemos que hablar de un par
de cosas. --Se me quedó mirando unos segundos--. ¿Y bien? Venga, vamos. 
Me llevé el teléfono y salí del despacho tras él. Me invadió el pánico
al preguntarme qué excusa utilizaríamos. Hasta el día anterior, Owen y yo
nos habíamos odiado. Que saliéramos a comer juntos al siguiente…
Owen se asomó al despacho de Jude y dijo: 
--Voy a llevar a Amber al almuerzo con los de AWS. 
Jude se quitó los auriculares e hizo una mueca. 
--Intentad no echaros encima el uno del otro durante la reunión. Nos
daría mala imagen. 
Owen esbozó una sonrisa salvaje. 
--Yo no prometo nada. 
Le seguí escaleras abajo hasta la calle, donde nos esperaba un Uber.
Subimos al asiento trasero y nos fuimos.
--¿AWS? --pregunté--. ¿Amazon Web Services?
Owen desvió la vista hacia la ventana sin mirarme. 
--Con todas las expansiones en las cadenas laterales, tenemos que
aumentar nuestra capacidad de hospedaje web. Necesito que respondas si
nos preguntan cosas técnicas. 
--Gracias por confiar en mí --dije. 
Él se encogió de hombros. 
--Jude estaba ocupado. O te llevaba a ti o a uno de los novatos. 
Mientras recorríamos San Francisco con el coche, esperé que Owen
sacara el tema de lo ocurrido, pero se quedó en el más absoluto silencio.
Para cuando el coche se detuvo ante un restaurante del muelle, no nos
habíamos dicho nada más. Era un restaurante de alta cocina, con servilletas
y manteles blancos, y me dio la sensación de ir demasiado informal con mis
vaqueros y zapatillas de deporte. «Por eso se ha puesto un polo hoy», pensé.
«No es para intentar impresionarme». 
--Hemos llegado antes que ellos --dijo Owen mientras la camarera nos
llevaba a nuestra mesa--. No es una buena señal para un equipo de ventas.
Deberían haber llegado pronto. Casi tendrían que suplicarnos que les
dejáramos bajar al pilón a cambio de que negociemos con ellos. 
Que lo mencionara de paso fue demasiado para mí. 
--¿Vamos a hablar de lo que pasó anoche? ¿En el restaurante? 
Me miró con desconcierto. 
--¿No? 
--¿Cómo que no? ¿No quieres hablar de ello?
Owen se encogió de hombros. 
--No hay nada de qué hablar. 
--¿Que no hay nada de qué hablar? --respondí--. ¿En serio?
Antes de que pudiese añadir más, el equipo de ventas de Amazon
llegó. Eran un hombre y una mujer, ambos jóvenes, atractivos y sonrientes.
Parecía que fuesen el rey y la reina del baile de una reunión de exalumnos. 
Owen se encargó de los saludos y las presentaciones. Fue como si
hubieran pulsado un botón y, de repente, hubiera vuelto a su personaje de
«presidente ejecutivo», encantador y agradable, listo para hablar maravillas
de su empresa ante cualquiera que le escuchara. Sonreí y asentí con la
cabeza, pero casi toda la conversación en la mesa la dominaron él y los dos
representantes de Amazon.
Cuando nos sirvieron el aperitivo, pasamos a hablar de sus servicios
de hospedaje web. Owen les explicó el plan que teníamos con Microsoft en
ese momento y el crecimiento que anticipábamos para los próximos meses
y años. 
--Este es el paquete que les recomendaríamos --dijo la representante
con una sonrisa de modelo. Le pasó una carpeta por la mesa--. A una
empresa de su potencial, le podríamos ofrecer estos servicios a un precio
mucho más competitivo que el que pagarían si se quedaran con Microsoft
para el hospedaje. 
--Siempre me alegra oír eso --respondió Owen, tras lo cual me miró--.
¿Qué opinas tú, Amber? 
Abrí la carpeta y leí la información técnica por encima. 
--Suena bien. --Entonces, llegué a un apartado concreto y me detuve--.
Todas estas soluciones son de escalado bajo demanda. 
--Creemos que eso es lo mejor para una empresa de su tamaño y
potencial de crecimiento --respondió el representante con elocuencia.
--El plan de hospedaje que tenemos con Microsoft en este momento es
dinámico. 
La representante miró a Owen a la hora de responder en vez de a mí. 
--No creemos que eso les convenga. De hecho, opinamos que
Microsoft se ha aprovechado de ustedes con el plan que tienen
actualmente. 
Soltó una risa calculada y negó con la cabeza.
--Confíen en nosotros: esto es lo que quieren --añadió el representante
mientras señalaba la carpeta con un dedo.
--A mí no me miren --dijo Owen--. Amber es quién sabe de estos
temas. Y, sin ánimo de ofender, me fío más de la opinión de nuestra experta
que de la de ustedes. 
Había estado a punto de echarme hacia atrás y deferir a lo que
decidiesen Owen y los representantes, pero él me miró con p