MÓDULO DE INTENSIFICACIÓN PEDAGÓGICA: 1ER CUATRIMESTRE
MATERIA: PRÁCTICAS DEL LENGUAJE
CURSO: 2° “A”
PROFESORA: ELIZABETH HUCHAIME
TEMAS: CUENTO REALISTA, LEYENDAS (TRADICIONALES Y URBANAS) Y CUENTO DE TERROR
CUENTO REALISTA
“El cielo entre los durmientes” (Humberto costantini) (adaptación)
Ni un alma por la calle. Como si el sol de la siesta cayendo a pique y después derramándose por todos lados, hubiera
empujado a bichos y gente a quién sabe qué escondidos refugios.
Por la calle vamos Ernesto y yo. Hace cinco minutos, un silbido me arrancó de la sombra de la glicina y me mostró entre
dos pilares de la balaustrada un rostro enrojecido y contento. No hubiera sido necesario que me dijera "¿salís?" con un
grito breve y exacto como un pelotazo. Yo lo estaba esperando, o mejor dicho yo estaba esperando un pretexto
cualquiera para dejar aquella modorra del patio.
Por eso no le contesté nada y en seguida estuve con él en la puerta. Se sabe que saldríamos a caminar. Ernesto es así y
nuestros doce años no soportan otras tratativas que ese "¿salís?" liso y directo viniendo de un mechón caído sobre los
ojos, de una transpirada camiseta amarilla y de unas ganas de hacer muchas cosas que le brillan en la mirada.
Un saludo "¿qué haces?" y caminamos. El agua de la zanja, un agua barrosa, oscura, caliente, cubierta de protuberancias
verdes como el lomo de un sapo, se agita por momentos.
Caminamos. La tierra quema en los pies y es lindo sentir ese mordisco cariñoso. Caminamos. Un aguacil grande y rojo
viene a despedirnos.
Caminamos. Las cuadras del barrio quedan atrás. Los paraísos se cambian en plátanos y después otra vez en paraísos.
Caminamos. ¡Aquella montaña! ¡A saltarla! la sangre nos golpea en el pecho y en el rostro. La vida es una alegría
retenida en los músculos y es ese olor a sol, a sudor y a piel caliente que viene de la ropa de Ernesto.
Caminamos. Ernesto sabe de muchas cosas. De trabajos, de aventuras, de casas abandonadas y de extraños nombres de
calles. Mientras caminamos me habla. Me cuenta un disparate y yo me río. Me río tanto que Ernesto se contagia y
empieza a reírse él también. Le salen lágrimas de los ojos, se aprieta el costado, no puede parar. Yo lo miro y me da más
risa todavía. Caminamos tambaleantes, empujándonos, atorándonos de risa. La risa nos acompaña por cuadras y
cuadras; esa risa sin por qué.
La esquina. Otra cuadra. La risa. Ladridos detrás de un alambre. Otra cuadra. Magnolias, jardines, postes del teléfono.
Otra cuadra. Las alpargatas de Ernesto levantando el polvo en las veredas. Otra cuadra. El cielo, la soledad de la siesta, el
silbido de una urraca. Otra cuadra, otra cuadra...
Apoyo de pronto mi mano en el hombro de Ernesto y señalo el terraplén del ferrocarril.
-¡a ver quién llega primero!
Salimos como balas. Oigo el jadeo de Ernesto y apenas veo su camiseta amarilla pegada a mi costado. Me pongo
enormemente contento cuando dejo de verla y siento que el jadeo va quedando atrás. Apenas por un par de metros
llego
Primero arriba y lo miro triunfante. Ernesto tiene la cara negra de tierra y un sudor barroso le forma ríos en la nuca y la
espalda. Yo debo de estar igual.
A Ernesto se le ocurre caminar por la vía y vamos pisando los durmientes o haciendo equilibrio sobre los rieles. Lo más
lindo son los puentes. Allá abajo vemos la calle entre los durmientes deslizándose como un río. Algunos son muy altos y
hay que pisar bien para no caerse. Yo camino despacio, aparentando indiferencia, pero sintiendo en todo momento un
ligero vértigo que me obliga a clavar la vista en mis pies, a calcular cada pisada, hipnotizado por ese lomo de tierra que
se mueve sin cesar debajo mío.
Ernesto, en cambio, se mueve con maravillosa soltura. Me habla, grita, se da vuelta, corre... anda por ese andamiaje de
hierro, madera, viento y cielo como por el patio de su casa. No digo nada, pero pienso que estamos a mano con lo de la
carrera.
Llegamos a un puente de poca altura y como viene un tren decidimos verlo pasar desde abajo. Descendemos la pequeña
cuesta y nos ubicamos a un costado del puente. Oímos el bramido del tren que se acerca y luego un ruido infernal que
hace trepidar toda la tablazón.
Las vías parecen curvarse bajo las ruedas. La verdad, sentimos un poco de miedo y deseamos que venga otro tren para
reivindicarnos., las vías pasan a menos de tres metros sobre la calle. Con un buen salto es posible alcanzar los
durmientes y colgarse de allí como de un pasamanos. La idea surge casi de los dos a un tiempo. Quedarnos colgados
cuando pase el tren. La tarde es un desierto de sol y tierra enardecida. Esperamos el rumor que nos anuncie la llegada
de un tren. Los minutos transcurren lentos.
-a no soltarse, ¿eh?
-no, a no soltarse.
De pronto llega. Es apenas un murmullo perdido entre cien murmullos iguales, pero para nosotros imposible de
confundir. Nos preparamos. Frotamos las manos en la tierra, ensayamos un salto, otro salto. Subimos a verlo, ya está
cerca. Tomamos posiciones.
-¡cuando yo diga saltamos!
El silencio, avasallado ahora por aquel torrente que se agranda y se agranda. Nos miramos y miramos los durmientes allá
arriba.
-a no solt...
-¡ahora!
Me falla un salto. Al segundo estoy arriba balanceándome todavía por el impulso. Ernesto ya está allí, firmemente
prendido. Me guiña el ojo. Quiere decir algo, pero no lo escucho porque un ruido ensordecedor me oculta sus palabras. -
¿no quemará la locomotora? -. Ya viene. Allí está. Hierros, fuego, vapor y un ruido de pesadilla.
No sabemos cómo fue. Cuando queremos acordarnos los dos estamos a diez metros del puente, mirando cómo los
últimos vagones se deslizan haciendo oscilar las vías. La tarde se nos acuesta entera encima de los hombros. Nos
acercamos al puente, cabizbajos, avergonzados.
-¡vos te soltaste primero!
-¡tenías una cara de miedo vos!
Estamos agitados, desfigurados por el calor y la excitación pasada.
-si vos te quedabas, yo me quedaba...
-yo también, si vos te quedabas, yo me quedaba.
Nos tiramos al suelo para esperar otro tren. Ernesto hace garabatos con una ramita. Y el tiempo que se desliza silencioso
sobre las vías como un tren infinito formado por el latido de nuestros corazones.
-un, dos, tres... (Antes de que cuente veinte aparece), cuatro, cinco.
..Silencio. Las voces de la siesta. Ahora sí. Es un tren este. El rumor lejano, pero inconfundible. Nos ponemos de pie.
Ninguno dice una palabra. El temor de soltarse y la decisión de permanecer hasta el fin.
-¡cuando yo diga!
El ruido que crece segundo a segundo. Ernesto se agazapa para saltar. -¡ahora!, digo, y salto con todas mis fuerzas. El
ennegrecido durmiente queda aprisionado entre mis manos. A un metro de mí, Ernesto se columpia en el suyo.
El ruido ensordecedor. Terremoto de hierro, vapor y chispas. El ruido infernal. El puente que se hunde con el peso del
tren. Un miedo espantoso. Pero estamos colgados todavía. Me doy cuenta de que estoy gritando a todo lo que da.
Ernesto también grita y patalea y me mira gritando y pataleando como un loco.
El tren no termina nunca de pasar. Las ruedas a medio metro de las manos. Una montaña encima de mi cabeza. El calor,
el ruido. Todavía no sé si voy a quedarme hasta que pase todo. Y grito para darme coraje. Lo veo a Ernesto
congestionado, enloquecido, con las venas del pescuezo hinchadas por los gritos y por el esfuerzo.
–no doy más, me quedo hasta que se quede Ernesto.
¿Cuánto faltará todavía? la cara de Ernesto gesticulando. Sus piernas tirándome patadas. ¿Cuánto faltará todavía? grito
y lo pateo para hacerlo bajar.
¿Cuándo faltará todavía? el ruido. La vibración del puente metiéndose hasta los tuétanos. ¿Cuánto faltará todavía? los
sesos a punto de estallar. Ruido, calor, alaridos y miedo. ¿Cuánto faltará todavía?
Algo dulce que nos acaricia los brazos. El tren que se aleja y el cielo azul a pedazos entre los durmientes. El silencio que
crece de la tierra. El silbido lejano de la locomotora. Seguimos colgados y nos miramos sonriendo. La tarde canta en la
voz de las cigarras.
--¿te acordás Ernesto, cómo cantaba?
Actividades:
Luego de leer el cuento: “el cielo entre los durmientes”, resolvé las siguientes actividades.
1. Busca el significado de la palabra “durmiente” en relación al ferrocarril y de todas aquéllas cuya definición
desconozcas.
2. Busca tres oraciones en las que aparezca cuál es el objetivo de los jóvenes y transcribirlas (recuerda que la oración
comienza en mayúscula y termina en punto.).Por ej.: “con un buen salto es posible alcanzar los durmientes y colgarse de
allí como de un pasamanos”.
3. Busca una oración en la que aparezca si lograron cumplirlo.
4. Transcribí tres ejemplos donde se advierta la intervención directa de los personajes sin que medie para contar la
historia la voz del narrador (recuerda que se usa el guion de diálogo o las comillas para indicar las intervenciones
directas de los personajes).por ej.: -¿te acordás Ernesto, cómo cantaba?
5. ¿Verdadero o falso?
•Ernesto y el protagonista tienen trece años.
•Los personajes caminan por las vías del tren.
•Ernesto no logra mantenerse colgado cuando pasa el primer tren, en cambio, el protagonista se mantiene colgado
hasta el final.
•Las acciones transcurren entre la siesta y la tarde.
•El protagonista camina por los puentes con maravillosa soltura.
7. Numera los hechos en el orden que sucedieron:
•Los jóvenes caminan por las calles del barrio.
•Los jóvenes no logran soportar el paso del tren.
•A los personajes se les ocurre colgarse de los durmientes del ferrocarril y soportar el paso de un tren, colgados.
•Ernesto y el protagonista logran, finalmente soportar el paso del tren.
•Los jóvenes llegan a las vías del tren.
•Los jóvenes se sienten triunfadores.
•Ernesto y el protagonista se encuentran en la siesta.
Cuento realista
El cuento realista, a diferencia del fantástico y extraño, busca un efecto de realidad, es decir, presenta los hechos de tal
modo que parezcan un reflejo del mundo cotidiano de una sociedad determinada en un momento dado. Sin embargo,
por ser obras literarias, los cuentos realistas narran acontecimientos ficticios. Es importante, no confundir lo verosímil (el
efecto de realidad que la ficción simula al presentar los hechos) con lo verdadero.
El espacio, el tiempo y los personajes.
Para lograr una mayor verosimilitud, los cuentos realistas emplean diferentes recursos para presentar de manera clara,
fiel y coherente lugares, objetos, personajes y épocas.
-Ambientación: en un espacio geográficamente reconocible: el texto nombra y describe calles, barrios y ciudades de
existencia real.
-Presentación de los hechos en un tiempo cronológico (en orden lineal desde el primer hecho hasta el último). Además,
se indican fechas con exactitud.
-Inclusión de personajes típicos que representan un grupo usual en una sociedad con sus virtudes y defectos fácilmente
reconocibles.
-Presentación de las voces de los personajes mediante la raya de diálogo o las comillas. Estas voces recrean la manera de
hablar de cada grupo e indicios sobre el lugar de nacimiento, la educación y la edad, permiten caracterizar a los
personajes sin necesidad de que lo haga el narrador.
-Abundan las descripciones y redundancias o repeticiones de información para sumergirse en el clima y ambiente que el
relato propone.
7. Explicá con tus palabras por qué el cuento “El cielo entre los durmientes” es un cuento realista. Elaborá tu respuesta
utilizando la información que escribiste en tu carpeta y el texto anterior.
Leyendas tradicionales
Leyenda del ombú
En la pampa fértil, sembrar maíz puede ser una fiesta. Sobre todo si es la primera vez que se siembra.
La tribu entera está pendiente de los sembradíos. Siempre hay alguien controlando el estado de la tierra,
espiando a ver si despunta alguna hojita nueva.
La vida de sus habitantes gira en torno del plantío. Es en lo primero en lo que piensan cada amanecer y de lo
último de lo que hablan cada anochecer.
Solo la guerra puede acaparar por completo esa atención que los hombres destinan al plantío. Solo la guerra les
roba atención a las plantas.
La guerra siempre roba. Roba hombres, vidas. Se los lleva a todos. En la toldería solo quedan mujeres y niños. El
jefe, antes de irse, le ha dicho a Ombí, su mujer:
—Cuida las plantas de maíz. Te dejo a cargo. Ombí asiente con la cabeza. No abre la boca porque no es mujer de
muchas palabras.
Ese gesto, en ella, vale como un juramento. Ombí es hosca hasta con su familia. Le gustaría poder demostrarles
cuánto los quiere, ser más cariñosa. Pero no sabe cómo hacerlo.
Tampoco sabe que su familia se da cuenta de sus sentimientos, porque sin hablar, con gestos, se las ha arreglado
para cobijar a todos bajo su amor.
Y de amor se trata este encargo que le dejó su esposo. De amor a su tribu. De que no sufran de hambre nunca
más. Por eso, Ombí se ocupará del maíz día y noche para que las plantas crezcan sanamente.
Hasta que una gran sequía las deja sin agua ni sombra. Casi todo el maizal se quema bajo los rayos implacables.
Una única plantita sobrevive y es cuidada por Ombí con su vida. Por más que la busquen para que se proteja del
sol, Ombí permanece sobre ella haciendo sombra. La refresca con su aliento, la riega con su propia ración de agua.
Incluso le habla.
Le cuenta a la planta lo que nunca le ha dicho a nadie. Sus sentimientos, sus sueños, la necesidad que tiene la
tribu de alimento, la desesperación por no tener noticias de su marido.
Su alma maternal se ensancha, para cubrirla más. Un viento fuerte comienza a soplar, y Ombí se enraíza a la
tierra para no apartarse de la planta.
Así la encuentran los indios, transformada en una hierba gigante que se confunde con un árbol. El cabello
enmarañado hecho copa. Silenciosa pero diciéndolo todo con su gesto de amparo. Cuando el jefe regrese, el maíz ya
estará crecido, pero a él no le importará. Irá a llorar a la sombra de su amada. Irá a decirle lo que él tampoco nunca
antes pudo decirle. Hasta que comprenda que, en realidad, no hace falta decir nada más.
Versión de Graciela Repún y Enrique Melantoni de una leyenda pampeana, en Leyendas argentinas. Buenos Aires, Norma, 2001.
ACTIVIDADES:
1. Completá las siguientes oraciones a partir de la información de la leyenda leída.
La leyenda narra el origen de: ______________________________________.
Es una narración del pueblo: ________________________________________.
La versión que leíste fue escrita por: __________________________________.
Las leyendas son narraciones que explican, mediante situaciones sobrenaturales,
fenómenos de la naturaleza, la creación de animales y plantas, o el origen de algunas
costumbres. Estos relatos forman parte de la cultura de los pueblos que los han creado. Al
principio, las leyendas se transmitieron de forma oral, de padres a hijos. Posteriormente, fueron
recopiladas y puestas por escrito.
En las narraciones, hay personajes que llevan adelante las acciones más importantes: los
personajes principales. En las leyendas, son personas o animales con características muy
definidas. Suelen estar acompañados por los personajes secundarios, que los ayudan o les
entorpecen el camino.
El tiempo y el espacio en la narración
En las leyendas, como en todas las narraciones, las acciones de los personajes se desarrollan en el
tiempo y el espacio. El tiempo suele ser un pasado indeterminado, mientras que el espacio es un lugar
preciso, como en “Leyenda del ombú”, que transcurre en la región pampeana.
Además, las acciones guardan una relación temporal, ya que una sucede después de la otra: Ombí se
transforma en una hierba y, luego, el jefe llora bajo su sombra. Asimismo, entre ellas se establecen
relaciones de causa-consecuencia: la primera acción constituye el motivo de la que sucede después. Por
ejemplo:
Hay una gran sequía Se secan las plantas de maíz.
Causa Consecuencia
1. . Numerá las acciones del 1 al 9 según el orden en el que ocurren en el relato.
___El jefe llora bajo la sombra del ombú.
___Ombí protege la plantita con su propio cuerpo.
___Los hombres van a la guerra.
___Ombí cuida la plantación.
___Hay una gran sequía.
___Sobrevive solo una planta.
___Ombí se transforma en una hierba gigante.
___El jefe de la tribu le pide a su mujer, Ombí, que cuide las plantas de maíz.
___Todo el maizal se quema por el sol.
2. ¿Conocés alguna leyenda típica de la región en la que vivís? Si tu respuesta es NO, investigá sobre alguna
leyenda argentina.
3. Completá con acciones de la actividad N°3.
__________________________________. Entonces, ____________________________
____________________________________________________________________
Por eso, _______________________________________________________________
4. ¿Se puede narrar una historia sin respetar el orden temporal? ¿Seguirían existiendo relaciones de causa y
efecto? Respondé esta pregunta utilizando la información presente en este módulo así como también la que
tenés en tu carpeta.
5. Teniendo en cuenta las leyendas vistas en clase así como también la que acabas de leer. Elaborá una respuesta a
la siguiente pregunta: ¿Cuál o cuáles son las diferencias principales entre este tipo de leyendas y las que leíste
en la novela “La dama de blanco” de Guillermo Barrantes?
Cuento de terror
“Manos” Elsa Bornemann
Montones de veces, y a mi pedido, mi inolvidable tío Tomás me contó esta historia «de miedo» cuando yo era chica y lo
acompañaba a pescar ciertas noches de verano.
Me aseguraba que había sucedido en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. En Pergamino o Junín o Santa Lucía…
No recuerdo con exactitud este dato ni la fecha cuando ocurrió tal acontecimiento y, lamentablemente, hace años que
él ya no está para aclararme las dudas. Lo que sí recuerdo es que, de entre todos los que el tío solía narrarme mientras
sostenía la caña sobre el río y yo me echaba a su lado, cara a las estrellas, este relato era uno de mis preferidos.
—¡Te pone los pelos de punta y sin embargo encantada de escucharlo! ¿Quién entiende a esta sobrina? —me decía el
tío—. Ah, pero después no quiero quejas de tu mamá, ¿eh? Te lo cuento otra vez a cambio de tu promesa…
Y entonces yo volvía a prometerle que guardaría el secreto, que mi madre no iba a enterarse de que él había vuelto a
narrármelo, que iba a aguantarme sin llamarla si no podía dormir más tarde cuando de regreso a casa me fuera a la
cama y a la soledad de mi cuarto.
Siempre cumplí con mis promesas. Por eso, esta historia de manos como tantas otras que sospecho eran inventadas por
el tío o recordadas desde su propia infancia, me fue contada una y otra vez.
Y una y otra vez la conté yo misma, años después, a mis propios «sobrinhijos» así como ahora me dispongo a contártela:
como si también fueras mi sobrina o mi sobrino, mi hija o mi hijo y me pidieras:
—¡Dale, tía; dale, mami, un cuento «de miedo»!
Y bien. Aquí va: Martina, Camila y Oriana eran amigas amiguísimas.
No sólo concurrían a la misma escuela sino que también se encontraban fuera de los horarios de las clases. Unas veces,
para preparar tareas escolares y otras, simplemente para estar juntas.
De otoño a primavera, las tres solían pasar algunos fines de semana en la casa de campo que la familia de Martina tenía
en las afueras de la ciudad.
¡Cómo se divertían entonces! Tantos juegos al aire libre, paseos en bicicleta, cabalgatas, fogones al anochecer…
Aquel sábado de pleno invierno, por ejemplo, lo habían disfrutado por completo, y la alegría de las tres nenas se
prolongaba aún durante la cena en el comedor de la casa de campo porque la abuela Odilia les reservaba una sorpresa:
antes de ir a dormir les iba a enseñar unos pasos de zapateo americano, al compás de viejos discos que había traído
especialmente para esa ocasión.
Adorable la abuela de Martina. No aparentaba la edad que tenía. Siempre dinámica, coqueta, de buen humor,
conversadora. Había sido una excelente bailarina de tap. Las chicas lo sabían y por eso le habían insistido para que
bailara con ellas.
—¿Por qué no lo dejan para mañana a la tardecita, ¿eh? Ya es hora de ir a descansar. Además, la abuela no paró un
minuto en todo el día. Debe de estar agotada.
La mamá de Martina trató en vano de convencerlas para que se fueran a dormir a las cuatro y no solo a las niñas, porque
la abuela tampoco estaba dispuesta a concluir aquella jornada sin la anunciada sesión de baile. Así fue como al rato y
mientras los padres, los perros y la gata se ubicaban en la sala de estar a manera de público, la abuela y las tres nenas se
preparaban para la función casera de zapateo americano.
Afuera, el viento parecía querer sumarse con su propia melodía: silbaba con intensidad entre los árboles.
Arriba, bien arriba, el cielo, con las estrellas escondidas tras espesos nubarrones.
La improvisada clase de baile se prolongó cerca de una hora. El tiempo suficiente como para que Martina, Camila y
Oriana aprendieran entre risas algunos pasos de tap y la abuela se quedara exhausta y muy acalorada.
Pronto, todos se retiraron a sus cuartos.
Alrededor de la casa, la noche, tan negra como el sombrero de copa que habían usado para la función.
Las tres nenas ya se habían acostado. Ocupaban el cuarto de huéspedes, como en cada oportunidad que pasaban en esa
casa.
Era un dormitorio amplio, ubicado en el primer piso. Tenía ventanas que se abrían sobre el parque trasero del edificio y
a través de las cuales solía filtrarse el resplandor de la luna (aunque no en noches como aquella, claro, en la que la
oscuridad era un enorme poncho cubriéndolo todo).
En el cuarto había tres camas de una plaza, colocadas en forma paralela, en hilera y separadas por sólidas mesas de luz.
En la cama de la izquierda, Martina, porque prefería el lugar junto a la puerta. En la cama de la derecha, Camila, porque
le gustaba el sitio al lado de la ventana.
En la cama del medio, Oriana, porque era miedosa y decía que así se sentía protegida por sus amigas.
Las chicas acababan de dormirse cuando las despertó de repente la voz del padre. Terminaba de vestirse, nuevamente y
de prisa, a la par que les decía:
—La abuela se descompuso. Nada grave, creemos, pero vamos a llevarla hasta el hospital del pueblo para que la revisen,
así nos quedamos tranquilos. Enseguida volvemos. Ah, dice mamá que no vayan a levantarse, que traten de dormir
hasta que regresemos. Hasta luego.
¿Dormir? ¿Quién podía dormir después de esa mala noticia? Las chicas no, al menos, preocupadas como se quedaban
por la salud de la querida abuela. Y menos pudieron dormir minutos después de que oyeron el ruido del auto del padre,
saliendo de la casa, ya que a la angustia de la espera se agregó el miedo por los tremendos ruidos de la tormenta que
finalmente había decidido desmelenarse sobre la noche.
Truenos y rayos que conmovían el corazón.
Relámpagos, como gigantescas y electrizadas luciérnagas.
El viento, volcándose como pocas veces antes.
—¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! —gritó Oriana, de repente.
Las otras dos también lo tenían pero permanecían calladas, tragándose la inquietud.
Martina trató de calmar a su amiguita (y de calmarse, por qué negarlo) encendiendo su velador. Camila hizo lo mismo.
La cama de Oriana fue entonces la más iluminada de las tres ya que al estar en el medio de las otras recibía la luz directa
de dos veladores.
—No pasa nada. La tormenta empeora la situación, eso es todo —decía Martina, dándose ánimo ella también con sus
propios argumentos.
—Enseguida van a volver con la abuela. Seguro —opinaba Camila.
Y así, entre las lamentaciones de Oriana y las palabras de consuelo de las amigas más corajudas, transcurrió alrededor
de un cuarto de hora en todos los relojes.
Cuando el de la sala, grande y de péndulo, marcó las doce con sus ahuecados talanes, las jovencitas ya habían logrado
tranquilizarse bastante, a pesar de que la tormenta amenazaba con tornarse inacabable.
Las luces se apagaron de golpe.
—¡No me hagan bromas pesadas! —chilló Oriana—¡Enciendan los veladores otra vez, malditas! —y asustada, ella misma
tanteó sobre las mesitas para encontrar las perillas.
Solo encontró las manos de sus amigas, haciendo lo propio.
—¡Yo no apagué nada, boba! —protestó Camila.
—¡Se habrá cortado la luz! —supuso Martina.
Y así era nomás. Demasiada electricidad haciendo travesuras en el cielo y nada allí en la casa donde tanto se la
necesitaba en esos momentos…
Oriana se echó a llorar, desconsolada.
—¡Tengo miedo! ¡Hay que ir a buscar las velas a la cocina! ¡Hay que bajar a buscar fósforos y velas! ¡O una linterna!
—»¡Hay que!» «¡Hay que!» ¡Qué viva la señorita! ¿Y quién baja, ¿eh? ¿Quién?—se enojó Camila—. Yo, ¡ni loca!
—¡Yo tampoco! —agregó Martina—. Esta Oriana se cree que soy la Superniña, pero no. Yo también tengo miedo, ¡qué
tanto! Además, mi mamá nos recomendó que no nos levantáramos, ¿recuerdan?
Oriana lloraba con la cabeza oculta debajo de la almohada.
—Buaaaah… ¿Qué hacemos entonces? ¡Me muero de miedo! Por favor, bajen a buscar velas… Sean buenitas… Buaaah…
Martina sintió pena por su amiga. Si bien eran de la misma edad, Oriana parecía más chiquita y se comportaba como tal.
Se compadeció y actuó entonces cual si fuera una hermana mayor.
—Bueno, bueno; no llores más, Ori. Tranquila… Se me ocurrió una idea. Vamos a hacer una cosa para no tener más
miedo, ¿sí?
—¿Qué..? —balbuceó Oriana.
—¿Qué cosa? —Camila también se mostró interesada, lógico (aunque seguía sin quejarse, el temor la hacía temblar).
Martina continuó con su explicación:
—Nos tapamos bien —cada una en su cama— y estiramos los brazos, bien estirados hacia afuera, hasta darnos las
manos.
Enseguida, lo hicieron.
Obviamente, Oriana fue la que se sintió más amparada: al estar en el medio de sus dos amigas y abrir los brazos en cruz,
pudo sentir un apretoncito en ambas manos.
—¡Qué suertuda Ori!, ¿eh? —bromeó Camila.
—Desde tu cama se recibe compañía de los dos lados…
—En cambio, nosotras… —completó Martina— solo con una mano…
Y así —de manos fuertemente entrelazadas— las tres niñas lograron vencer buena parte de sus miedos.
Al rato, todas dormían.
Afuera, la tormenta empezaba a despedirse.
Gracias a Dios, la abuela ya se siente bien, les contó la madre al amanecer del día siguiente, en cuanto retornaron a la
casa con su marido y su suegra y dispararon al primer piso para ver cómo estaban las chicas. Fue sólo un susto. Como a
su regreso las niñas dormían plácidamente, la abuela misma había sido la encargada de despertarlas para avisarles que
todo estaba en orden. ¡Qué alegría!
—Así me gusta. ¡Son muy valientes! Las felicito —y la abuela las besó y les prometió servirles el desayuno en la cama,
para mimarlas un poco, después de la noche de nervios que habían pasado.
—No tan valientes, señora… Al menos, yo no… —susurró Oriana, algo avergonzada por su comportamiento de la víspera.
Fue su nieta la que consiguió que nos calmáramos…
Tras esta confesión de la nena, padres y abuela quisieron saber qué habían hecho para no asustarse demasiado.
Entonces, las tres amiguitas les contaron:
—Nos tapamos bien, cada una en su cama como ahora…
—Estirarnos los brazos así, como ahora…
—Nos dimos las manos con fuerza, así, como ahora…
¡Qué impresión les causó lo que comprobaron en ese instante, María Santísima! Y de la misma no se libraron ni los
padres ni la abuela.
Resulta que por más que se esforzaron estirando los brazos a más no poder— sus manos infantiles no llegaban a rozarse
siquiera.
¡Y había que correr las camas laterales unos diez centímetros hacia la del medio para que las chicas pudieran tocarse
apenas las puntas de los dedos!
Sin embargo, las tres habían realmente sentido que sus manos les eran estrechadas por otras, no bien llevaron a la
acción la propuesta de Martina.
—¿Las manos de quién? —exclamaron entonces, mientras los adultos trataban de disimular sus propios sentimientos de
horror.
—¿De quiénes? —corrigió Oriana, con una mueca de espanto. ¡Ella había sido tomada de ambas manos!
Manos.
Cuatro manos más aparte de las seis de las niñas, moviéndose en la oscuridad de aquella noche al encuentro de otras,
en busca de aferrarse entre sí.
Manos humanas.
Manos espectrales. (Acaso a veces, de tanto en tanto, los fantasmas también tengan miedo… y nos necesiten…)
Actividades:
1. ¿Quién cuenta la primera historia? ¿quiénes son los personajes? ¿Qué pasa en ella? ¿Cuándo sucede? ¿Dónde?
Determiná el tipo de narrador
2. ¿Quién cuenta la segunda historia? ¿quiénes son los personajes? ¿Qué pasa en ella? ¿Cuándo sucede? ¿Dónde?
Determiná el tipo de narrador.
3. ¿Por qué Martina, Camila y Oriana deben pasar solas la noche? ¿Qué sucede con los adultos?
4. ¿Qué idea se le ocurre a Martina para no sentir miedo?
5. Al final del cuento se habla de fantasmas. ¿Queda confirmado que se trató de fantasmas? Inventen otras
explicaciones.
6. Teniendo en cuenta la característica fundamental de los cuentos de terror (provocar miedo en el lector) Explicá
con tus palabras qué es lo que causa el miedo en este cuento. ¿Qué es lo que les provoca miedo a las niñas
durante la noche? ¿Qué les pasa cuando les cuentan a sus padres lo que hicieron para dejar de sentir miedo?
RECORDÁ QUE ESTE MÓDULO DEBE SER REALIZADO PARA SU POSTERIOR CORRECCIÓN ANTES DEL EXAMEN ORAL
QUE REALIZARÁS SOBRE LOS TEMAS VISTOS EN EL PRIMER CUATRIMESTRE. EL MISMO DEBE ESTAR COMPLETO Y
DEBE SER ENTREGADO A MANO. NO ES NECESARIO QUE IMPRIMAS ESTE ARCHIVO, PODÉS COPIAR SOLO LAS
PREGUNTAS PARA HACERLO.
RECORDÁ TAMBIÉN QUE PODÉS HACER LAS CONSULTAS QUE DESEES EN LOS HORARIOS DE CLASE (MARTES Y
JUEVES DE 9.45 A 11.55)