MACARIO (El llano en llamas, 1953) Juan Rulfo
ESTOY SENTADO JUNTO a la alcantarilla aguardando a que salgan las
ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran
alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también
dice eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien
quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la
alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana
saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos... Las ranas son
verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros. También
los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de
comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también,
aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Felipa es la que dice que es
malo comer sapos. Felipa tiene los ojos verdes como los ojos de los gatos.
Ella es la que me da de comer en la cocina cada vez que me toca comer. Ella
no quiere que yo perjudique a las ranas. Pero a todo esto, es mi madrina la
que me manda a hacer las cosas... Yo quiero más a Felipa que a mi madrina.
Pero es mi madrina la que saca el dinero de su bolsa para que Felipa compre
todo lo de la comedera. Felipa sólo se está en la cocina arreglando la comida
de los tres. No hace otra cosa desde que yo la conozco. Lo de lavar los trastes
a mí me toca. Lo de acarrear leña para prender el fogón también a mí me
toca. Luego es mi madrina la que nos reparte la comida. Después de comer
ella, hace con sus manos dos montoncitos, uno para Felipa y otro para mí.
Pero a veces Felipa no tiene ganas de comer y entonces son para mí los dos
montoncitos. Por eso quiero yo a Felipa, porque yo siempre tengo hambre y
no me lleno nunca, ni aun comiéndome la comida de ella. Aunque digan que
uno se llena comiendo, yo sé bien que no me lleno por más que coma todo lo
que me den. Y Felipa también sabe eso... Dicen en la calle que yo estoy loco
porque jamás se me acaba el hambre. Mi madrina ha oído que eso dicen. Yo
no lo he oído. Mi madrina no me deja salir solo a la calle. Cuando me saca a
dar la vuelta es para llevarme a la iglesia a oír misa. Allí me acomoda
cerquita de ella y me amarra las manos con las barbas de su rebozo. Yo no sé
por qué me amarra mis manos; pero dice que porque dizque luego hago
locuras. Un día inventaron que yo andaba ahorcando a alguien; que le
apreté el pescuezo a una señora nada más por nomás. Yo no me acuerdo.
Pero, a todo esto, es mi madrina la que dice lo que yo hago y ella nunca anda
con mentiras. Cuando me llama a comer, es para darme mi parte de comida,
y no como otra gente que me invitaba a comer con ellos y luego que me les
acercaba me apedreaban hasta hacerme correr sin comida ni nada. No, mi
madrina me trata bien. Por eso estoy contento en su casa. Además, aquí vive
Felipa. Felipa es muy buena conmigo. Por eso la quiero... La leche de Felipa
es dulce como las flores del obelisco. Yo he bebido leche de chiva y también
de puerca recién parida; pero no, no es igual de buena que la leche de
Felipa... Ahora ya hace mucho tiempo que no me da a chupar de los bultos
esos que ella tiene donde tenemos solamente las costillas, y de donde le sale,
sabiendo sacarla, una leche mejor que la que nos da mi madrina en el
almuerzo de los domingos... Felipa antes iba todas las noches al cuarto
donde yo duermo, y se arrimaba conmigo, acostándose encima de mí o
echándose a un ladito. Luego se las ajuareaba para que yo pudiera chupar
de aquella leche dulce y caliente que se dejaba venir en chorros por la
lengua... Muchas veces he comido flores de obelisco para entretener el
hambre. Y la leche de Felipa era de ese sabor, sólo que a mí me gustaba más,
porque, al mismo tiempo que me pasaba los tragos, Felipa me hacia
cosquillas por todas partes. Luego sucedía que casi siempre se quedaba
dormida junto a mí, hasta la madrugada. Y eso me servía de mucho; porque
yo no me apuraba del frío ni de ningún miedo a condenarme en el infierno
si me moría yo solo allí, en alguna noche... A veces no le tengo tanto miedo
al infierno. Pero a veces sí. Luego me gusta darme mis buenos sustos con
eso de que me voy a ir al infierno cualquier día de éstos, por tener la cabeza
tan dura y por gustarme dar de cabezazos contra lo primero que encuentro.
Pero viene Felipa y me espanta mis miedos. Me hace cosquillas con sus
manos como ella sabe hacerlo y me ataja el miedo ese que tengo de
morirme. Y por un ratito hasta se me olvida... Felipa dice, cuando tiene
ganas de estar conmigo, que ella le cuenta al Señor todos mis pecados. Que
iré al cielo muy pronto y platicará con Él pidiéndole que me perdone toda la
mucha maldad que me llena el cuerpo de arriba abajo. Ella le dirá que me
perdone, para que yo no me preocupe más. Por eso se confiesa todos los
días. No porque ella sea mala, sino porque yo estoy repleto por dentro de
demonios, y tiene que sacarme esos chamucos del cuerpo confesándose por
mí. Todos los días. Todas las tardes de todos los días. Por toda la vida ella
me hará ese favor. Eso dice Felipa. Por eso yo la quiero tanto... Sin embargo,
lo de tener la cabeza así de dura es la gran cosa. Uno da de topes contra los
pilares del corredor horas enteras y la cabeza no se hace nada, aguanta sin
quebrarse. Y uno da de topes contra el suelo; primero despacito, después
más recio y aquello suena como un tambor. Igual que el tambor que anda
con la chirimía, cuando viene la chirimía a la función del Señor. Y entonces
uno está en la iglesia, amarrado a la madrina, oyendo afuera el tum tum del
tambor... Y mi madrina dice que si en mi cuarto hay chinches y cucarachas y
alacranes es porque me voy a ir a arder en el infierno si sigo con mis mañas
de pegarle al suelo con mi cabeza. Pero lo que yo quiero es oír el tambor.
Eso es lo que ella debería saber. Oírlo, como cuando uno esta en la iglesia,
esperando salir pronto a la cal le para ver cómo es que aquel tambor se oye
de tan lejos, hasta lo hondo de la iglesia y por encima de las condenaciones
del señor cura...: “El camino de las cosas buenas esta lleno de luz. El camino
de las cosas malas es oscuro.” Eso dice el señor cura... Yo me levanto y salgo
de mi cuarto cuando todavía esta a oscuras. Barro la calle y me meto otra
vez en mi cuarto antes que me agarre la luz del día. En la calle suceden
cosas. Sobra quien lo descalabre a pedradas apenas lo ven a uno. Llueven
piedras grandes y filosas por todas partes. Y luego hay que remendar la
camisa y esperar muchos días a que se remienden las rajaduras de la cara o
de las rodillas. Y aguantar otra vez que le amarren a uno las manos, porque
si no ellas corren a arrancar la costra del remiendo y vuelve a salir el chorro
de sangre. Ora que la sangre también tiene buen sabor aunque, eso sí, no se
parece al sabor de la leche de Felipa... Yo por eso, para que no me apedreen,
me vivo siempre metido en mi casa. En seguida que me dan de comer me
encierro en mi cuarto y atranco bien la puerta para que no den conmigo los
pecados mirando que aquello está a oscuras. Y ni siquiera prendo el ocote
para ver por dónde se me andan subiendo las cucarachas. Ahora me estoy
quietecito. Me acuesto sobre mis costales, y en cuanto siento alguna
cucaracha caminar con sus patas rasposas por mi pescuezo le doy un
manotazo y la aplasto. Pero no prendo el ocote. No vaya a suceder que me
encuentren desprevenido los pecados por andar con el ocote prendido
buscando todas las cucarachas que se meten por debajo de mi cobija... Las
cucarachas truenan como saltapericos cuando uno las destripa. Los grillos
no sé si truenen. A los grillos nunca los mato. Felipa dice que los grillos
hacen ruido siempre, sin pararse ni a respirar, para que no se oigan los
gritos de las animas que están penando en el purgatorio. El día en que se
acaben los grillos, el mundo se llenará de los gritos de las ánimas santas y
todos echaremos a correr espantados por el susto. Además a mí me gusta
mucho estarme con la oreja parada oyendo el ruido de los grillos. En mi
cuarto hay muchos. Tal vez haya más grillos que cucarachas aquí entre las
arrugas de los costales donde yo me acuesto. También hay alacranes. Cada
rato se dejan caer del techo y uno tiene que esperar sin resollar a que ellos
hagan su recorrido por encima de uno hasta llegar al suelo. Porque si algún
brazo se mueve o empiezan a temblarle a uno los huesos, se siente en
seguida el ardor del piquete. Eso duele. A Felipa le picó una vez uno en una
nalga. Se puso a llorar y a gritarle con gritos queditos a la Virgen Santísima
para que no se le echara a perder su nalga. Yo le unté saliva. Toda la noche
me la pasé untándole saliva y rezando con ella, y hubo un rato, cuando vi
que no se aliviaba con mi remedio, en que yo también le ayudé a llorar con
mis ojos todo lo que pude... De cualquier modo, yo estoy más a gusto en mi
cuarto que si anduviera en la calle, llamando la atención de los amantes de
aporrear gente. Aquí nadie me hace nada. Mi madrina no me regaña porque
me vea comiéndome las flores de su obelisco, o sus arrayanes, o sus
granadas. Ella sabe lo entrado en ganas de comer que estoy siempre. Ella
sabe que no se me acaba el hambre. Que no me ajusta ninguna comida para
llenar mis tripas aunque ande a cada rato pellizcando aquí y allá cosas de
comer. Ella sabe que me como el garbanzo remojado que le doy a los
puercos gordos y el maíz seco que le doy a los puercos flacos. Así que ella ya
sabe con cuánta hambre ando desde que me amanece hasta que me
anochece. Y mientras encuentre de comer aquí en esta casa, aquí me estaré.
Porque yo creo que el día en que deje de comer me voy a morir, y entonces
me iré con toda seguridad derechito al infierno. Y de allí ya no me sacara
nadie, ni Felipa, aunque sea tan buena conmigo, ni el escapulario que me
regaló mi madrina y que traigo enredado en el pescuezo... Ahora estoy junto
a la alcantarilla esperando a que salgan las ranas. Y no ha salido ninguna en
todo este rato que llevo platicando. Si tardan más en salir, puede suceder
que me duerma, y luego ya no habrá modo de matarlas, y a mi madrina no
le llegará por ningún lado el sueño si las oye cantar, y se llenará de coraje. Y
entonces le pedirá a alguno de toda la hilera de santos que tiene en su
cuarto, que mande a los diablos por mí, para que me lleven a rastras a la
condenación eterna, derechito, sin pasar ni siquiera por el purgatorio, y yo
no podré ver entonces ni a mi papá ni a mi mamá que es allí donde están...
Mejor seguiré platicando... De lo que más ganas tengo es de volver a probar
algunos tragos de la leche de Felipa, aquella leche buena y dulce como la
miel que le sale por debajo a las flores del obelisco...