11 - Jenny Offill. Clima
11 - Jenny Offill. Clima
Offill
Clima
Traducción de Eduardo Jordá
Índice
Portada
Créditos
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Agradecimientos
Notas
Colofón
Primera edición, 2020
Título original: Weather
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en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y
el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
Se ha votado que la tierra pertenece al Señor junto con toda la plenitud de la misma; se ha
votado que la tierra ha sido entregada a los Santos; se ha votado que nosotros somos los
Santos .
Uno
Por la mañana llega la que ha alcanzado una mayor iluminación. Hay grados y ella piensa que está en el
penúltimo. Esta etapa tan solo puede ser descrita por una palabra japonesa. Significa: «bote de pintura
negra».
Me paso bastante tiempo buscando libros para el profesor auxiliar condenado al fracaso. Lleva once años
trabajando en su tesis doctoral. Le doy montones de folios para impresora. Clips sujetapapeles y
bolígrafos. Hace la tesis sobre un filósofo del que no he oído ni hablar. Un filósofo menor pero
fundamental, me contó. ¡Menor pero fundamental!
Pero anoche su mujer le dejó un papelito en la nevera. Lo que estás haciendo ahora, ¿da dinero ?, decía.
El hombre del traje raído no quiere que le rebajemos las multas por retraso en las devoluciones. Le gusta
contribuir al sostenimiento de nuestra institución. La chica rubia que lleva las uñas mordidas hasta la raíz
se deja caer después de comer y se va con el bolso lleno de papel higiénico.
Aventuro una teoría acerca de las vacunas y otra sobre el capitalismo tardío. «¿A veces desearías volver a
tener treinta años?», pregunta el ingeniero de corazón solitario. No, nunca, contesto. Y le cuento el viejo
chiste de ir hacia atrás.
Aquí no servimos a viajeros en el tiempo. Un viajero en el tiempo entra en el bar .
De camino a casa, paso frente al tenderete de la señora que vende esas cositas que dan vueltas. A veces,
si los estudiantes están muy colocados, se las compran. Hoy no he vendido nada, dice. Cojo una para Eli.
Es blanca y azul, pero el blanco se confunde con el azul cuando le da el viento. No te olvides de las
monedas de veinticinco centavos, me recuerdo a mí misma.
En la tienda de alimentación, Mohan me da un rollo de monedas. Le expreso mi admiración por su nuevo
gato, pero me dice que acaba de colarse en la tienda. De todos modos, se quedará con el gato porque su
mujer ya no le quiere.
«Ojalá fueras loquera de verdad —dice mi marido—, porque así seríamos ricos.»
Henry llega tarde, y mira que yo he cogido un taxi privado para no retrasarme. Cuando por fin lo veo
aparecer, está empapado. Sin abrigo, sin paraguas. Se para en la esquina y le da unas monedas a la mujer
que lleva un chubasquero hecho con una bolsa de basura.
Mi hermano me dijo una vez que necesitaba la droga porque hacía que el mundo dejara de llamarlo a
gritos. Me parece muy bien, le contesté. Estábamos en el supermercado. A nuestro alrededor, las cosas
intentaban proclamar su verdadera naturaleza. Pero el fulgor que emitían era muy débil, y más aún bajo
aquella música tan horrible.
Intento que entre en calor: sopa, café. Tiene buen aspecto, pienso. Se entera de todo. La camarera
prepara otra jarra de café, coquetea con él. La gente paraba a mi madre por la calle. Qué desperdicio,
decían, ¡un niño con esas pestañas!
O sea que ahora tenemos doble ración de pan. Me como tres panecillos mientras mi hermano me cuenta
una historia sobre una reunión de Narcóticos Anónimos. Una mujer se puso en pie y empezó a despotricar
contra los antidepresivos. Lo que más le molestaba era que la gente no los reciclase correctamente.
Según las pruebas que se habían hecho a los gusanos de las alcantarillas, todos presentaban altas
concentraciones de Paxil y Prozac.
Cuando los pájaros se comían esos gusanos, ya no se alejaban tanto de sus hogares y fabricaban nidos
más sofisticados, pero parecían tener muy poca inclinación a aparearse. «Pero ¿eran más felices?», le
pregunto. «¿Eran capaces de hacer más cosas en un día?»
La ventana de nuestro dormitorio está abierta. Se puede ver la luna si te asomas afuera y estiras el cuello.
Los griegos creían que era el único cuerpo celeste parecido a la Tierra. Estaba habitada por animales y
plantas quince veces más fuertes que los nuestros.
Mi hijo viene a enseñarme algo. Parece un paquete de chicles, pero en realidad es una trampa. Cuando
intentas coger un chicle, un resorte de metal se cierra de golpe sobre tu dedo. «Duele mucho más de lo
que te imaginas», me advierte.
¡Ay!
Le pido que mire por la ventana. «Está en cuarto creciente», dice Eli. Sospecho que ahora ya sabe todo lo
que va a saber de la luna en toda su vida. En su antiguo colegio le enseñaron una canción para que se
acordara de todas las fases. A veces nos la canta a la hora de la cena, pero únicamente lo hace cuando
nadie se lo pide.
La luna se las arreglará solita, pienso. La luna no le importa a nadie.
Esta mañana la mujer del megáfono está apostada junto a la entrada del colegio. Avisa a los padres de
que no pueden entrar y deben dejar a los niños detrás de la línea roja. «¡La seguridad es lo primero!»,
chilla. «¡La seguridad es lo primero!»
Pero a veces Eli se echa a llorar si tiene que quedarse solo en medio de ese gentío tan ruidoso. No le
gusta tener que caminar él solo desde un lado de la enorme cafetería hasta el otro. Una vez se quedó
petrificado a medio camino hasta que un monitor lo agarró por el codo y lo empujó hacia su rincón.
O sea que hoy vamos corriendo y pasamos a toda velocidad por delante de la mujer hasta llegar al punto
de reunión que le han asignado. Su amigo está sentado a la mesa y tiene galletitas con forma de animales,
así que consigo irme de allí sin que llore, solo que la mujer del megáfono me grita: «¡Los padres no! ¡Los
padres no pueden acompañar a los niños!».
Dios, cómo le gusta el megáfono. Cuando oigo la voz de esa mujer algo me sacude todo el cuerpo, pero
luego consigo llegar a la calle y me digo que no debo volver a pensar en ella.
No se me permite pensar sobre lo grande que es esta escuela ni sobre lo pequeño que es mi hijo. Ya he
cometido el mismo error en otras ocasiones después de haber dejado a mi hijo en el cole. Ya debería estar
acostumbrada, pero a veces vuelvo a entrar en pánico.
Profesores chiflados todo el día. Juro que los que tienen plaza fija son los más chiflados de todos. Se
saltan la cola para sacar un libro o para rellenar la lista de solicitudes. Los estudios demuestran que el
noventa y cuatro por ciento de los profesores de universidad creen hacer un trabajo muy superior al de la
media.
El otro día nos dieron una guía. Claves para identificar patrones de conducta problemática . En ningún
momento se mencionaba a los profesores. Contenía las siguientes categorías:
Maloliente.
Canturrea mucho.
Se ríe mucho.
Pintarrajea mucho.
No lleva ropa limpia.
Combativo.
Habla mucho.
Solitario.
Tose mucho.
Pero ¿en qué categoría entra el anciano caballero que se pasa la vida pidiéndome la contraseña de su
propio email? Intento explicarle que me resulta imposible acceder a esa información, ya que él es el único
que sabe la contraseña, pero el hombre niega con la cabeza, haciendo esa clase de gesto ofendido que
viene a decir: «¿Qué clase de atención al cliente es esta?».
En la parada del autobús hay un póster de Sylvia. Anuncia que va a venir a dar una charla en el campus.
Hace años fui alumna suya de posgrado, pero luego lo dejé. De vez en cuando, Sylvia hacía un
seguimiento para comprobar si yo seguía malgastando mi talento. La respuesta era siempre que sí. Al
final movió los hilos para que me dieran este trabajo, a pesar de que no tengo la titulación adecuada.
Al salir del trabajo, escucho su nuevo podcast. El episodio se llama El centro cederá . Todos los episodios
podrían llevar ese título. Pero la voz de Sylvia casi compensa el repunte de terror que propician sus
charlas. A mí me consuela, y eso que solo habla de los jinetes invisibles que galopan hacia nosotros.
Hay unos patrones inequívocos para percibir el ascenso y la caída. Pero nuestra civilización industrial es
tan enorme, tiene unas proporciones tan…
Miro por la ventana. Hay algo a lo lejos que avanza a trompicones hacia los árboles.
Se abre la puerta y Eli se abalanza sobre mí. Le ayudo a quitarse el pegamento de las manos y luego
regresa a su juego. Es ese que gusta a todo el mundo. Según mi marido, se trata de un mundo en 3D
generado de forma procedural. Educativo.
Es divertido verlos jugar. Construyen edificios pieza por pieza y luego llenan las estancias con los
minerales que han extraído usando las piquetas que se han fabricado ellos mismos. Montan campos de
color verde y crían gallinas para comérselas después. «¡He matado una!», chilla Eli. «Es casi de noche»,
le dice Ben.
Hay facturas y folletos de supermercado. También una revista enviada a un antiguo inquilino que ya no
vive aquí. La portada anuncia consejos para ayudar a la gente depresiva.
Lo que hay que decir:
Siento que usted esté sufriendo tanto. No voy a abandonarle. Voy a cuidarme, así que no tiene por qué
preocuparse de que su dolor acabe afectándome .
Lo que no hay que decir:
¿Ha probado el té de manzanilla ?
Por una vez, dejo a mi hermano elegir la película, pero resulta tan estúpida que no tengo fuerzas para
verla. En las películas que le gustan siempre hay una catástrofe inminente y una sola persona, la más
inverosímil, capaz de evitarla.
Después damos un paseo por el parque. Ha conocido a una chica que tal vez. Pero no cree que la cosa
funcione. La chica es demasiado diferente. Tardo un poco en descubrir que todavía no han salido juntos.
Le digo: «No te apetece salir con alguien que sea como tú, ¿verdad?». Henry se echa a reír. «Dios santo,
claro que no.»
En la primera clase que nos dio Sylvia nos habló del emparejamiento selectivo. Se refería a los iguales
con los iguales, los depresivos con los depresivos. El problema del emparejamiento selectivo, nos dijo, es
que cuando uno lo pone en práctica le parece perfectamente adecuado. Como una llave que encaja en una
cerradura y abre la puerta.
Pero la cuestión es otra: esta habitación, ¿es la habitación en la que estarías dispuesto a pasar toda tu
vida?
Así que le digo a mi hermano que Ben y yo nunca nos fijamos en las mismas cosas. Como aquel día que
volví a casa y él estaba muy emocionado porque por fin lo habían quitado. ¿Qué es lo que han quitado?, le
pregunté. Y tuvo que explicarme que por fin habían retirado el andamio que había cubierto durante tres
años la fachada de nuestro edificio. O como la semana pasada, cuando le estaba contando una historia
sobre el tipo que vive en el 5ºC, y me dijo, oye, ¿de qué traficante de drogas me estás hablando?
Cuando vuelvo a casa, nuestra perra quiere un cubito de hielo. Le doy uno, pero ella sigue aporreando su
cuenco de comida por la cocina. «¿Qué tal te ha ido el día?», le pregunto a Ben. Se encoge de hombros.
«Me he pasado casi todo el tiempo pegado al ordenador programando y luego he ido un ratito a hacer la
colada.»
Hay una heroica pila de ropa doblada sobre la mesa. Veo mi falda favorita y la ropa interior que me
resulta menos deprimente. Voy al dormitorio y me las pongo. Ahora soy una persona totalmente renovada.
El tercer día de su matrimonio, la reina Victoria escribió: «Mi queridísimo Albert me ha puesto las
medias. He ido a ver cómo se afeitaba, cosa que ha supuesto un gran deleite para mí… »
Mi madre me llama por teléfono y me habla de la luz, de la viña verdadera, del pan de vida.
Son las siete de la mañana y Eli está jugando con la perra lanzándole una rana de goma. Cojo la rana y la
dejo sobre la nevera. «¡Tenemos que irnos! ¡Coge tu mochila!», digo. La perra me mira cautelosa con la
cabeza entre las patas. A lo bruto, le paso un cepillo por el pelo a Eli. Pone una mueca de dolor y se
escabulle. Le chillo: «¡Tenemos que irnos! ¡Ponte los zapatos!». Por fin salimos de casa.
La señora Kovinski intenta decirme algo sobre los ascensores, pero pasamos corriendo por delante de
ella. Tenemos que recorrer diez manzanas. Camino demasiado deprisa arrastrando a Eli. Esto no es vida,
lo sé, lo sé, pero si mi hijo llega tarde a clase me encuentro una cola muy larga en la garita del conserje.
Hacemos un último esprint para cruzar el patio y llegamos justo a tiempo. Estoy sin aliento, empapada en
sudor, triste. Beso la cabeza de Eli, intentando enmendar la carrera. ¿Por qué no he tenido más hijos para
disponer así de más oportunidades de hacer bien las cosas?
En el colegio hay madres lo suficientemente sabias como para haber tenido más hijos. Un grupo de esas
madres se ha congregado junto a la valla. Están hablando en urdu, me parece. Una de ellas me dirige una
sonrisa y yo le contesto haciendo un tímido saludo con la mano.
Me pregunto cómo juzgará mi aspecto, ahora que llevo ropa de colores anodinos y gafas a la moda. La
semana pasada, esa mujer donó una bolsa de seda para la tómbola del colegio. La tela es roja, ribeteada
de hilo dorado. Eli quiere ganarla para hacerse una capa. Sé escribir el nombre de la mujer, pero no sé
pronunciarlo.
Esta mujer es psiquiatra. También es budista. Me he dado cuenta de que intenta aplicarme uno u otro de
sus conocimientos. «Parece que te identificas con estar abajo en vez de estar arriba. ¿Por qué haces eso?»
Explíquemelo, señora .
Los martes da una clase de meditación en el sótano. La clase es para todo el mundo, no solo para la
comunidad universitaria. Compruebo que Margot reacciona de forma diferente a como reacciono yo.
Presta atención, pero nunca cuenta sus propios problemas.
Hoy vamos mal de tiempo, así que le ayudo a preparar la clase. Almohadones para los fuertes, sillas para
los débiles. «Deberías quedarte», me dice siempre, pero nunca lo hago. No tengo claro si debería elegir
un almohadón o una silla.
La pregunta que le hago a mi marido a medianoche. ¿Qué le pasa a mi rodilla? «Cuando camino oigo un
pequeño chasquido. Y a veces noto una punzada si subo escaleras.» Se está comiendo una cucharada de
mantequilla de cacahuete. La deja en el fregadero y se arrodilla para examinarme. «¿Duele?», pregunta,
mientras aprieta delicadamente la piel. «¿Y por aquí? ¿Y un poquito más allá?» Muevo la mano para
indicarle que quizá sí, un poquito quizá. Se pone en pie y me da un beso. «¿Cáncer de rodilla?», dice.
Una de las cosas buenas que tiene ser adicto a las pastillas para dormir es que no se considera una
adicción, se considera un hábito.
Qué curioso que en estos tiempos todo el mundo quiera soltarte un sermón. El tipo que está sentado en
los escalones de entrada de la biblioteca no para de largar sobre mi sándwich de jamón. «Los cerdos se
dejan adiestrar más fácilmente que los perros. ¡Las vacas entienden la causa y el efecto!» Y a ti quién te
ha pedido tu opinión, pienso, pero me voy y me como el sándwich en mi despacho.
En cambio, el hombre del traje raído me cuenta cosas interesantes. Trabaja en una clínica de cuidados
paliativos. Según me explicó cuando se muere un ser querido es importante procurar quedarse solo en
casa durante tres días. Porque es en ese momento cuando se producen las apariciones. Su esposa se le
apareció en un pequeño remolino que revolvió todos los papeles de su escritorio. Maravilloso,
maravilloso, dijo.
Hay un letrero en nuestro ascensor que avisa de que está averiado. Me quedo parada, mirándolo como si
fuera a arreglarse por sí mismo. La señora Kovinski entra en el portal. Según su teoría, ahora cualquiera
puede ser encargado de mantenimiento. Cualquiera.
Recojo el correo y retraso el momento de la lenta ascensión por las escaleras. La guardería de superlujo
todavía nos manda el boletín informativo. En este número viene una lista de los diez temores más
acuciantes según la opinión de los alumnos. La oscuridad se ha quedado fuera. La sangre, los tiburones y
la soledad ocupan los puestos ocho, nueve y diez.
Cuando entro en casa, la perra está durmiendo debajo de la mesa. Eli está enrollando una hoja de papel
en blanco. «No me mires —dice—, me lo estoy inventando. Nadie más que yo va a saber lo que he hecho
con esto.»
No miro. Le pongo agua y comida a la perra y luego me asomo candorosamente al interior de la nevera.
La ventana está abierta. El día es muy agradable. No hay palomas en la escalera de incendios. Quedan
unos cuantos tiestos del experimento de cultivo de tomates. «¡Chas!», exclama mi hijo.
Para mí, el temor número uno es la aceleración de los días. Se supone que eso no existe, pero juro que yo
lo siento.
«¿Quieres comer algo?», me pregunta. Vacilo porque Catherine trabaja en una agencia de publicidad.
Conoció a mi hermano cuando él se inscribió como colaborador en una sesión de grupo para la agencia.
Le pagaban cien dólares en efectivo. El trabajo consistía en buscar nombres para un nuevo desodorante
dirigido a niños menores de diez años. El Pestazo de los Ángeles, esa fue la contribución de mi hermano.
Todavía no me creo que sean pareja, pero el primer día que salieron juntos los dos pidieron agua con gas.
Los que han llegado a la Fase Doce de Narcóticos Anónimos lo llaman el Paso Número Trece. Ella solía
darle un poco a la coca. Él era todo pastillas.
Le contesto a Catherine que voy a esperar a que sea la hora de comer. Después paso por delante de su
escritorio y, como era de esperar, hay una carpeta abierta sobre la mesa.
Patatas fritas de bolsa: Ambicioso, exitoso, se marca grandes objetivos .
Nueces: De trato fácil, empático, comprensivo .
Palomitas: Se hace cargo de las cosas, listo, confía en sí mismo .
Entro en la salita de casa y ahí está Ben, devorando despreocupadamente sus anacardos.
Domingo por la mañana. La perra ha encontrado una cría de conejo entre la hierba. La ha atrapado de un
bocado, pero luego la ha soltado enseguida. Ahora estamos intentando salvarla. Alguien del huerto
urbano nos ha dado una caja forrada de tela muy fina. Pero el conejito tiembla con violentas convulsiones.
No se ve sangre, pero en el pelo se aprecian marcas de dientes que señalan los lugares donde ha mordido
la perra. Intentamos devolverla al jardín, pero la cría ya está muerta. De miedo, creo.
Esa noche, Eli nos llama a gritos, histérico, desde la cocina. Dice que hay una calavera de ratón debajo
del fregadero. Lanzo una mirada incriminatoria hacia Ben: yo creía que matábamos a los ratones a
escondidas. Se levanta a regañadientes y va a la cocina. Se arrodilla y mira debajo del fregadero. Pero
resulta que no hay nada más que un trozo de raíz de jengibre. Los dos nos hemos salvado.
No sé qué hacer con el hombre del taxi privado. Me dijo que el negocio iba muy mal. Tuvo que despedir a
todos sus conductores y ahora solo tiene un coche. Duerme en el trabajo para no perderse ni una carrera.
Su mujer le ha dicho que va a abandonarlo.
Señor Jimmy. Ese es el nombre que aparece en la tarjeta del servicio de taxis privado. Ahora solo procuro
usar su coche, aunque no es el mejor servicio ni el más rápido. A veces, cuando le llamo, su voz suena
amodorrada. Siempre me dice que vendrá a recogerme en siete minutos, pero ahora tarda mucho más
tiempo.
Yo solía coger un taxi privado cada vez que temía llegar tarde a un sitio, pero ahora tardo el doble cuando
uso ese medio de transporte. En autobús tardaría lo mismo o incluso menos. Y encima me está saliendo
carísimo. Pero ¿y si yo fuera la única clienta que le queda?
Llego tarde a la conferencia. Y además me he confundido de edificio. Cuando llego, Sylvia casi ha
terminado de dar su charla. El público es numeroso. Detrás de ella hay un gráfico con forma de palo de
hockey.
Dice: «Lo que consideramos una buena persona, una persona de conducta moralmente digna, no se juzga
del mismo modo en las épocas de crisis o en circunstancias normales». Muestra una diapositiva de gente
haciendo pícnic en la orilla de un lago. Cielo azul, árboles frondosos, gente blanca.
«Imaginen que van de pícnic con unos amigos al parque. Este acto es moralmente neutro, pero si en un
momento dado se dan cuenta de que un grupo de niños se están ahogando en el lago y ustedes continúan
charlando y comiendo, se han vuelto ustedes unos monstruos.»
El moderador hace un gesto para indicar que es la hora del coloquio. Se forma una cola de hombres
detrás del micrófono. «Tengo una pregunta y también un comentario», dicen todos. Una chica joven se
incorpora a la fila. La miro mientras avanza. Por fin llega a la cabecera de la fila y puede formular su
pregunta.
«¿Cómo lo hacen para conservar el optimismo?»
Cuando termina la charla no logro llegar hasta Sylvia. Hay demasiada gente a su alrededor. Voy andando
hasta el metro, intentando reflexionar sobre el mundo.
Preocupación de persona joven: «¿Y si nada de lo que hago le importa a nadie?»
Preocupación de persona mayor: «¿Y si todo lo que hago le importa a alguien?»
Durante casi dos años me las he ingeniado para no encontrarme con esa madre de la antigua guardería.
Eso a veces se convierte en una tarea agotadora. Si me aventuro por la panadería elegante o por la tienda
cooperativa, necesito tener vista de águila. Se llama Nicola y su hijo, inexplicablemente, se llama Kasper.
Tenía una forma especial de hablar de la escuela de primaria que nos correspondía por zona: elogiaba a
los niños inmigrantes que iban a la escuela y acto seguido te soltaba que había contratado profesores
particulares para que su hijo no tuviera que ir a esa escuela. A los profesores los llamaba luchadores,
como si se dedicaran a limpiar chimeneas o a vender periódicos recién salidos de imprenta.
Nicola solía llevar tarjetas didácticas y cuando recogía a su hijo le daba la merienda nombrándola en un
idioma extranjero. Pomme. Banane .
Eli estaba enamorado de ella. Quería que yo me pusiera ropa más elegante. Quería que le enseñara los
nombres extranjeros de la fruta. Un día le llevé una naranja. Se la nombré en francés, orange . Le dije
que, si quería, podía hacer el examen, pero que por supuesto no iba a tener profesores particulares
carísimos.
Pocos días después le reñí porque había perdido la fiambrera nueva que le había comprado para la
comida, y entonces se volvió hacia mí y me dijo: ¿Estás segura de ser mi madre? A veces no pareces una
persona lo bastante buena como para serlo.
Era un niño, así que lo dejé correr. Y ahora, con el paso de los años, a lo mejor ya solo pienso en ello, qué
sé yo, una o dos veces al día.
Por fin he ido a probar la clase de meditación. Como me dolía la rodilla, he tenido que sentarme en una
silla. La mujer que ha alcanzado un mayor grado de iluminación estaba allí, sentada sobre un almohadón.
Me he preguntado qué le habrá ocurrido. Al final de la clase, le ha hecho una pregunta a Margot, o más
bien algo que ella parecía creer que era una pregunta.
«He tenido la suerte de pasar una gran parte de mi vida en el mundo del ego disuelto. Pero ahora he
descubierto que me cuesta mucho regresar al mundo diferenciado, ese del que estabas hablando hace un
momento, ese mundo en el que hay que lavar los platos y sacar la basura.»
Está embarazada, quizá de seis meses. Oh, no te preocupes, he pensado, el mundo diferenciado va directo
a por tu culo.
Al final, Eli sacó un buen resultado en el examen. No alcanzó la nota suficiente para poder matricularse
en cualquier colegio de la ciudad, pero sí una suficientemente alta como para ingresar en un proyecto que
el distrito denomina ÁGUILA (nunca nos han explicado lo que significan esas siglas, pero, claro, qué más
da, ¡todas las águilas vuelan alto!). Para Nicola, en cambio, todo ha sido la culminación de un año de
trabajo. Recuerdo lo radiante que estaba al día siguiente de que se publicaran los resultados. Vaya
semanita que hemos pasado, me dijo. Acabamos de descubrir que Kasper es un niño superdotado y
además tiene mucho talento.
Vaya por Dios, contesté.
Poco después, Kasper vino a casa a jugar con Eli. Estuvieron jugando al Lego, después se pusieron a
correr y a saltar de un sitio a otro. Eran soldados, ninjas, nada particularmente extraño o que revelara la
oculta profundidad de sus mentes. Pero en un momento dado Eli sacó su juguete favorito, que es un
conjunto de cucuruchos de plástico con bolas de helado. Le preguntó a su amigo si quería jugar a ser el
camión de los helados, pero Kasper se agachó bajo la mesa y se puso a jugar su propio juego. Dijo que se
llamaba Tiempo.
¿Qué es mejor cuando te haces mayor? Los pícnics .
¿Los pícnics ?
La gente trae cosas mucho mejores .
Sylvia se deja caer por la biblioteca. «Tengo que hacerte una propuesta», dice. Quiere pagarme para que
conteste sus emails. A raíz del podcast los está recibiendo a montones. Hasta ahora los ha estado
contestando ella misma, pero ya no puede llevarlo sola.
Le pregunto qué clase de cosas le llegan. De todo tipo, me contesta, aunque todos los que le escriben o
están locos o deprimidos. Está claro que nos hace falta el dinero, pero le digo que me lo tengo que pensar.
Sobre todo porque es posible que mi vida ya esté llena de gente así.
Es el primer día de primavera, nubes raras, sol borroso. Henry ha caído en uno de sus típicos bucles.
Siempre ha sido así, pero sabe ocultárselo a los demás. Se lo guarda todo para cuando quedamos, y
entonces empieza a soltar sus confesiones.
«No me puedo quitar una cosa de la cabeza, Lizzie.» «¿Qué cosa?»
«¿Y si le hubiera vendido mi alma al diablo cuando era niño?»
«No le vendiste tu alma al diablo.»
«¿Y si se la hubiera vendido pero no me acordase?» «No le vendiste tu alma al diablo.»
«¿Y si se la hubiera vendido?»
«Vale, pero ahora piensa, Henry, ¿qué ganaste a cambio?»
Pocos días después, Sylvia decide mejorar su oferta. Me dice que podría acompañarla en sus viajes, llevar
un registro de las cosas, ayudarla en las partes más complicadas. Una advertencia: últimamente, están
ganando peso los correos de los evangélicos. Hay muchas preguntas relacionadas con el Rapto Secreto
mezcladas con preguntas sobre aerogeneradores e impuestos al carbón. «No hay problema», le contesto.
«Haremos un viaje al baúl de los recuerdos.» El fallo es haberle puesto al programa el nombre de Infierno
y diluvio. Estaba claro que iba a atraer a todos los que creen en la llegada inminente del fin del mundo.
Hojeo una carpeta llena de preguntas que le ha hecho la gente. Las ha impreso como si fuera una persona
mayor, que en realidad es lo que supongo que es.
El problema del colegio de Eli es que no está hecho a una escala humana. Tiene cinco pisos de altura.
Una docena de clases de primero. Cuando suena el timbre, los profesores sacan a los niños de clase
formando una pequeña línea recta. El patio es grande, pero por la parte de atrás da a la avenida. Hay un
agujero en la valla con el alambre doblado, y cada vez que lo veo siento un escalofrío de terror. Durante
todo el año he asistido a las tediosas reuniones de un comité en las que discutimos cómo vamos a reparar
la valla. No me gusta formar parte de grupos y comisiones, pero créanme cuando les digo que trabajo
mucho menos que estos padres inmigrantes.
Así que redacté una carta detrás de otra dirigidas a la junta directiva. «Ha llegado a nuestro
conocimiento…» No sucedió nada. Oí decir que un comité se pasó un año entero discutiendo cómo había
que introducir los semilleros de plantas en las aulas del parvulario. Al final, resultó que no se podía.
Denegado. Dijeron que se trataba de un tema de seguridad.
Últimamente he observado que me visto como los chicos del campus, o quizá sea que ellos se visten igual
que yo. Llevo mucho tiempo vistiéndome de la misma manera, pero de algún modo esa forma de vestir se
ha vuelto a poner de moda. Ya soy lo bastante mayor como para darme cuenta de que hacer algo que no
hubiera llamado la atención cuando era más joven me hace ahora parecer una idiota. Así que a comienzos
de año me fui de compras y me compré ropa nueva y más sencilla. Henry dice que me visto como un
pajarillo descolorido.
P. ¿Cómo se manifiesta la bondad de Dios hasta en el ropaje de las aves y de los animales salvajes?
R. Los pájaros de pequeño tamaño, que son los más delicados, tienen más plumas que los pájaros de
constitución más robusta. Los animales salvajes que viven en las regiones polares poseen un pelaje más
grueso y tupido que aquellos que viven en las regiones tropicales.
Tengo que hacer la maleta para irme de viaje, pero hay algo zumbando por la habitación. No puedo verlo,
pero oigo cómo choca contra el cristal. Quizá sea una abeja o una avispa. Allí está, en el estor, pienso. La
capturo con la ayuda de una taza y una ficha de trabajo.
Se está muy quieta en la taza. Es difícil pensar que no es alegría pura lo que hay en su forma de volar
cuando la arrojo por la ventana.
Cuando salimos del cine aún es de día. Henry tiene una cita con Catherine. Ha quedado con sus amigos
de la agencia de publicidad. Ella los llama los Creativos porque no forma parte del grupo; ella pertenece a
los Ejecutivos. Me gusta el sonido de la palabra. Es como si al final hubiera siempre una pelea.
Sé que Henry está nervioso. «Basta que recuerdes una cosa: no seas tú mismo», le digo. Se ríe un poco.
Miro cómo se va, caminando con las manos en los bolsillos, un poco encorvado. No os separéis, vosotros
dos . Es lo que solía decir mi madre.
Me acuerdo de la primera vez que le preparé la cena. Saqué el pollo de la nevera y retiré el asqueroso
envoltorio de film transparente. Un líquido rosado empezó a chorrear por todas partes, pero lo limpié con
una bayeta. Luego puse el pollo en una sartén y le eché por encima una botella de salsa de soja. Quince
minutos más tarde nos lo comimos.
Todo
Material Inmaterial
Animado Inanimado
Sensible Insensible
Escucho Infierno y diluvio mientras vuelvo a casa. El programa de hoy trata del Tiempo Profundo. El
geólogo al que entrevistan habla muy deprisa y se salta millones y millones de años en un segundo. La
Era de las Aves ya ha pasado, dice. También la Era de los Reptiles. También la de las Plantas que
Florecen. Holoceno era el nombre de nuestra era. Holoceno, que significa «ahora».
Primera conferencia con Sylvia. Solo voy a decir una cosa: un montón de gente que no son nativos
americanos hablando de los nativos americanos.
Las tribus locales consideraban que la región de los Shuswap era una tierra hermosa y fértil. En los
meses más templados había salmón y caza mayor, y en los meses más fríos había tubérculos y raíces. Las
tribus que habitaban la región desarrollaron varias tecnologías para aprovechar al máximo todos los
recursos naturales. Durante muchos años, usando esta fórmula, pudieron vivir muy bien en su tierra. Pero
un día los ancianos descubrieron que el mundo de la tribu se había vuelto demasiado previsible y que
habían desaparecido todos los desafíos. Sin desafíos, advirtieron, la vida no tenía sentido. Así que al cabo
de unas pocas décadas empezaron a aconsejar que el poblado entero se trasladase a otro emplazamiento.
Y así, todos se desplazaron a otra región del territorio de los Shuswap, y al volver a empezar, la vida
recuperó el sentido. Había nuevos arroyos que descubrir y nuevas rutas de caza que rastrear. Todo el
mundo se sintió rejuvenecido .
Esta mujer ha hecho algo muy parecido. Durante mucho tiempo vivió en San Francisco, pero ahora se ha
ido a vivir a Portland.
A veces me gustaría consultarle a mi jefa ciertos patrones de conducta que observo en la biblioteca. Mi
jefa lleva veinte años trabajando aquí. Lo ve todo y conoce a todo el mundo. De modo que ¿cómo es
posible que tres personas distintas hayan pedido hoy estudios sobre abejas y apicultura? Pero esta vez
Lorraine se encoge de hombros. «Hay cosas que están en el aire, que flotan a nuestro alrededor», dice, y
entonces pienso en las hojas, en algo que está cayendo y que se va amontonando sin que nos demos
cuenta.
Otra cosa que está en el aire: una compañera de trabajo que lleva una radiografía en el bolso. Es algo
relacionado con una negligencia médica. Ya no se puede remediar, pero al menos se puede contar a otro.
Y luego está ese profesor universitario que siempre fue una gran promesa, el que se sacó la plaza fija en
muy poco tiempo. De repente ya no es alguien que bebe, sino un borracho en toda regla. La semana
pasada tuvieron que llevárselo de su propia fiesta de cumpleaños y meterlo en un taxi. Tuvieron que
pagar al taxista por adelantado porque, si no, se negaba a llevarlo. Y no es la primera vez que ocurre, dice
Lorraine. Y dentro de nada la fiesta de cumpleaños será la mía.
Tengo una superstición libresca sobre mi cumpleaños. Me gusta leer lo que Virginia Woolf decía en sus
diarios sobre una determinada edad antes de cumplirla yo. Normalmente suele ser estimulante.
Pero otras veces…
La vida, como he dicho siempre desde que tenía diez años, es terriblemente interesante; si algo cambia,
es que pasa más rápido y resulta más intensa a los cuarenta y cuatro que a los veinticuatro años. Y más
desesperada, supongo, como el río que se precipita hacia el Niágara, es mi nueva visión de la muerte:
activa, positiva, y como todo lo demás, emocionante; y de gran relevancia como experiencia .
Me compro un telescopio porque quiero ver. Me compro zapatillas deportivas porque quiero ir a correr.
Este tramo de calle huele a basura. Giro a la izquierda para meterme por una zona más agradable. Sí,
mucho mejor. Intento llegar corriendo al parque, pero estas zapatillas no me sirven.
A Ben no le cuento casi nada de las cartas de los oyentes. No le gustaría ver cuál es la naturaleza de las
preguntas que plantean. Ya tiene bastante con los evangélicos que están intentando apoderarse de todo.
Conchabados, por supuesto, con los Judíos a favor de Jesús.
Como ese que aparca frente al Dunkin’ Donuts los fines de semana. «Disculpen, ¿sabían ustedes que
Jesucristo era judío?», pregunta al pasar frente a nosotros. «Sip», contestamos.
Además, ya conocemos la Buena Nueva. Igual que todos los habitantes de este planeta, incluyendo a los
cazadores-recolectores que viven en lo más profundo de la selva tropical e intentan rehuir todo contacto
con la civilización. Por una vez, me gustaría que alguien dijera eso y que la Buena Nueva resultara ser
una cosa realmente extraordinaria.
Hay una nota en la nevera que dice que no tenemos leche, queso, pan ni papel higiénico. Le digo a Eli que
lo llevaré a comer a la cafetería. NO SE ADMITEN ANIMALES , pone en un letrero que hay a la entrada. «Pero
nosotros somos animales, ¿no?» «No seas tan intensito», le digo.
Eli proclama que ha decidido que va a tener dos hijos; no, se corrige, uno solo porque así es más fácil.
Pedimos sándwiches de queso fundido y escuchamos la conversación de la mesa de al lado. «Ese tío, ¿es
el amor de tu vida?», le pregunta la mujer a su amiga. «Difícil saberlo», contesta la otra.
¿Cuándo llegarán los Días de la Gran Tribulación? El diluvio de Noé, ¿cubrió toda la Tierra o solamente
los lugares en los que vivía la gente? Las mascotas, ¿pueden alcanzar la salvación en Cristo y por tanto ir
al cielo? Y si no es así, ¿qué será de ellas ?
Nos preocupaba en especial esta última pregunta. Teníamos una gata a la que nuestra madre nos dejó
ponerle un nombre consensuado. Al final decidimos llamarla Stacy Stormbringer (Stacy la que trae las
tormentas). A esa gata le teníamos mucho cariño. Pero resultó que un año vimos una película en un
campamento de verano dedicado al estudio de la Biblia: en la película, el padre experimentaba un rapto
místico y era arrebatado, y lo único que quedaba de él era la maquinilla de afeitar zumbando en el cuarto
de baño. Nuestra madre sin duda alguna estaba a salvo, pero ¿y nosotros? ¿Qué pasaría si volvíamos a
casa y estaba vacía? ¿Nos quedaría al menos Stacy Stormbringer?
Ser barrido, llamaban al hecho de ser arrebatado por una experiencia mística. Como si Dios fuera una
escoba.
Henry y Catherine vienen a cenar a casa. Nos obsequian con un ramo gigantesco de girasoles y yo intento
encontrar un jarrón donde colocarlo. Catherine parece inquietarse al ver la cantidad de libros que
tenemos. «¿Te los has leído todos?», me pregunta. Después inicia una conversación fundada en la idea de
que vivimos en una época histórica sin precedentes.
Veo que Ben vacila. Mantiene una relación complicada con la vida moderna. Por una parte, se dedica a
diseñar videojuegos educativos. Por otra, es doctor en Lenguas Clásicas. Después de pasar dos años muy
malos en el mercado laboral, lo dejó y aprendió a programar.
Me aventuro a intervenir en su lugar. Cuento una historia medio inventada sobre Lucrecio. Ese tipo vivía
en el siglo I antes de Cristo y decía que en su época había demasiada gente aburrida yendo
continuamente de un lado a otro. Si antes todo eran miedos terribles, un segundo después todo se ha
convertido en apatía total. Catherine mira a Henry y luego me mira a mí. «Yo solo estaba hablando de
política», dice.
A veces, el señor Jimmy tiene un arrebato y se pone a hablar. Hoy me cuenta que ha llevado el coche viejo
de su hijo a un desguace que hay al otro lado del río, donde unas máquinas gigantescas lo han hecho
trizas. «Tendría que haberlo visto», dice. Luego me explica que ha intentado levantar el pequeño amasijo
de metal al que había quedado reducido el coche, pero que era demasiado pesado y no ha podido moverlo
ni un centímetro. «¡Pero esos cacharros lo han levantado como si no pesara nada!» Le digo que esos
cacharros vendrán un día a hacernos trizas a todos nosotros. Le gusta lo que digo. Sonríe un poco. «Será
como si unas garras enormes se abalanzaran sobre nosotros», dice.
Sylvia me lleva a una cena superpija con gente de Silicon Valley. Algunos de ellos son donantes de su
programa y ella tiene la esperanza de convencerlos para que financien una nueva iniciativa que ha
creado. Pretende reintroducir la vida salvaje en medio planeta.
Pero esos hombres no están interesados en estas cosas. Piensan que la «des-extinción» es una alternativa
mucho mejor. Ya están investigando la ingeniería genética que sería necesaria para llevar a cabo el
proceso. Los mamuts lanudos les interesan mucho. Los tigres con dientes de sable también.
No sé cómo, acabo sentada a la mitad de la mesa, muy lejos de Sylvia. Estoy atrapada junto a un joven
tecnooptimista. Explica que la tecnología actual no nos parecerá rara cuando la generación que no se ha
criado con ella alcance el límite de edad y tenga que abandonar la conversación. Cuando muera, imagino
que es lo que quiere decir.
Su punto de vista es que un día desaparecerán todos los que se preocupan por lo que ahora se está
desmoronando, y después ya nadie hablará de todo lo que se ha perdido, sino de todo lo que se ha
ganado.
Alto ahí, eso no me suena bien. ¿No significa que, si al final acabamos en un lugar que no nos gusta, ya no
habrá vuelta atrás?
Hace caso omiso de mi comentario, finge que no me ve y se pone a enumerar todas las cosas que gracias
a él y a los que son como él van a cambiar el mundo. Me dice que las casas inteligentes ya están en
camino, que dentro de poco todo lo que forma parte de nuestras vidas estará ensamblado a través del
internet de las cosas y blablablá, y que todos estaremos conectados a través de las redes sociales a todas
las demás personas del mundo. Y entonces me pregunta cuál es mi red social favorita.
Le explico que no uso ninguna porque me hacen sentir como una ardilla que no puede estarse quieta. O
no exactamente como una ardilla, sino más bien como una rata que no puede parar de darle a la palanca
del comedero.
¡Ración de afecto! ¡Ración de rabia! ¡Por favor, por favor, bonita mía !
Me mira y me doy cuenta de que está calculando todos los medios —grandes y pequeños— con los que
estoy poniendo obstáculos al futuro. «Bueno, pues espero que tengas suerte», dice.
Luego, Sylvia me cuenta que el lado de la mesa que le ha tocado a ella ha sido aún peor. El hombre con la
chaqueta impermeable de Gore-Tex no paraba de hablar del transhumanismo y de que muy pronto nos
podríamos desprender del lastre de nuestros cuerpos para integrarnos en la singularidad. «Esta gente
desea la inmortalidad, pero no es capaz de esperarse diez minutos a que les sirvan una taza de café»,
dice.
Un nuevo alumno de la clase de meditación cuenta la historia de su estancia en un monasterio. Dice que
el ambiente era fantástico, nunca antes había conocido nada igual. Margot clava la vista en él. «Los
únicos que sienten algo son los que visitan el monasterio. La gente que vive en el monasterio no siente
nada», dice. No me puedo contener y empiezo a reírme. «¡Siéntate derecha!», me ordena ella, y su voz
suena como un palo puntiagudo.
Vale, vale, oficialmente me he destrozado la rodilla porque no paro de ir de un lado a otro. Ayer por la
noche me dolía tanto que no me podía dormir. Ben insiste en que vaya al médico esta misma semana. Pero
antes de ir, tengo algunas preguntas que hacerme, como por ejemplo: ¿y si tuviera gota? «Está claro que
no es gota», me dice. «Pues entonces, ¿podría ser artritis? Aunque soy demasiado joven para tenerla,
¿no?» Me da la razón. «Eres demasiado joven, y además la artritis se va manifestando poco a poco.»
Esa noche sueño que estoy en un supermercado. Suena una música horrible. Está iluminado de forma
insoportablemente cegadora. Camino sin parar por los pasillos, intentando atenuar las luces, pero no
logro encontrar el interruptor. Me despierto, decepcionada. ¿Por qué ya no soñamos que volamos?
De camino a una de las conferencias, el señor Jimmy me hace unas cuantas preguntas. ¿De qué tratan en
realidad esos shows? ¿Hay una moraleja final? No, le digo. Pero la verdad es que sí la hay.
Primero vinieron a buscar el coral, pero no dije nada porque yo no era coral…
En la clínica, el médico me examina la rodilla. Me pregunta si tengo más problemas de salud. «¿De qué
tipo?» «¿Gota, quizá?» «¿Y cómo iba a saber yo si tengo gota?», le contesto, alzando inquietantemente la
voz. «Oh, seguro que lo sabría», dice. Me pide unas radiografías.
La radióloga es mayor que yo. Se muestra inexorablemente alegre y bromea sobre lo difícil que le resulta
enderezar la espalda después de haber recolocado la máquina. «No se ría de la radióloga averiada —me
dice—. Estoy bien, no se ría de mí.» Me preocupa que esté demostrando algo, una fórmula de cómo se
supone que debería enfrentarme yo al dolor y a la adversidad. «No hay riesgo de que esté embarazada»,
me dice. No me lo pregunta, lo afirma. En cualquier caso, me coloca el pesado delantal de plomo
alrededor de la cintura.
De pie, tengo que colocarme en diversas posturas. La última se parece a una postura de yoga: debo
doblar la pierna que me duele y luego extenderla, mientras mantengo recta la otra pierna. Me asalta una
oleada de dolor y de náuseas. Tengo que echarme hacia atrás, parpadeando fuerte. Ella sigue charlando
conmigo desde la ventana de la sala de control.
El médico regresa al cabo de un rato. «Buenas noticias —dice—. No hay nada de que preocuparse.» Me
vuelvo a casa con un papelito en la mano. Osteoartritis. Degeneración de grado menor , dice. En el tren
de vuelta busco información.
Los síntomas de la osteoartritis se manifiestan de forma paulatina y el dolor que provoca va aumentando
con el tiempo .
Muy bien, todo en orden, adelante. Luego, cuando le cuento a Ben lo de la gota, mi voz suena mucho
menos desenfadada de lo que yo pretendía. Hago una broma y el espacio que hay a mi alrededor, en la
sala, recupera la estabilidad. Pero me doy cuenta de lo que se refleja en los ojos de Ben. Sé lo que está
recordando ahora mismo. Aquella época en la que le aparecieron a la perra manchas grises en el hocico.
Henry no parece haberse dado cuenta de que cojeo un poco. Me está informando sobre el nuevo trabajo
que le ha buscado Catherine. Ahora es redactor en una agencia de segunda fila que diseña tarjetas de
felicitación personalizadas. Son esos tarjetones verborreicos en los que se detallan todas las cosas que el
destinatario ha hecho a favor del remitente.
Para mi tía, hermana de mi madrastra, que siempre ha estado ahí…
Para ese primo segundo que ahora está en el hospital…
A veces tienen que rimar, pero en general se permite el verso libre. Henry cobra por palabra, así que
cuanto más recargadas sean las felicitaciones, más rentables le van a salir. De todos modos, ya ha tenido
una discusión con su jefe sobre la diferencia entre sentimiento y sentimentalismo.
Tienes que acostumbrarte a besarles el anillo, le dijo Catherine.
Por la mañana, el profesor auxiliar pasa a saludar. Está muy pálido. Me temo que está volviendo a vender
su plasma. Me cuenta que ayer se encontró el aula cerrada con llave y que tuvo que esperar una hora en
el pasillo hasta que por fin llegó alguien a abrir la puerta. Para entonces todos sus alumnos se habían ido.
Pero me dice que ahora está empezando a sobrellevar mucho mejor estos problemas. Al principio le
angustiaba trabajar en un sitio en el que nadie se sabía su nombre y en el que tenía que llamar al
vigilante de seguridad para poder entrar en su propia aula, pero a medida que la vida normal se ha ido
volviendo más fragmentaria y confusa —dice—, todo esto le preocupa cada vez menos.
Cuando llego a casa, Eli está viendo un programa con las pruebas de casting de los candidatos a un viaje
de ida a Marte. Uno de ellos ha descubierto una nueva fórmula, nunca antes usada en la historia de la
humanidad, para dejar plantados a su mujer e hijos. Por supuesto que resulta doloroso dejar a la familia y
hacerse a la idea de que jamás podrá conocer a sus futuros nietos. Pero le intriga la perspectiva de hacer
historia y de ver cosas que nadie ha visto jamás. A su mujer e hijos no les convence demasiado la idea.
Temen que van a verlo morir en directo por la televisión.
Inhalando, sé que por mi naturaleza estoy destinada a envejecer.
Exhalando, sé que no hay forma de evitar la vejez .
Inhalando, sé que por mi naturaleza estoy destinada a enfermar .
Exhalando, sé que no hay forma de evitar la enfermedad .
Inhalando, sé que por mi naturaleza estoy destinada a morir .
Exhalando, sé que no hay forma de evitar la muerte .
Inhalando, sé que algún día tendré que abandonar todo lo que amo y a todas las personas que amo .
Exhalando, sé que no hay forma de llevármelas conmigo .
Venga ya, tía. ¿Todo lo que amo y a todas las personas que amo? ¿Y no hay un curso para principiantes?
El traficante que vive en el 5ºC siempre acaba sorprendiéndome. Es un tipo grandote de ojos soñolientos,
pero sus reflejos son tan rápidos como un rayo. Hoy se me ha roto la bolsa de la compra, y el tío ha sido
capaz de atrapar la botella de aceite antes de que se cayera al suelo. Tiene una hija pequeña que no vive
con él, un perro muy bonito y una pequeña cicatriz aserrada en el cuello. Una vez le pregunté si había
nacido en el barrio y negó con la cabeza, sonriendo. Cuando era niño fui dando tumbos de un lado a otro,
me dijo. Un poquito por aquí, un poquito por allá…
Otra conferencia, esta vez en el corazón del país. Sylvia da su charla mientras yo ocupo un asiento en la
primera fila. Le sostengo el bolso como hacen las buenas asistentes personales. Sylvia habla de un libro
titulado Naturaleza y silencio . No hay organismos más o menos desarrollados, dice. Todo ha evolucionado
de forma equiparable.
Sylvia le explica al público que la única razón por la cual creemos que los seres humanos somos la
cumbre de la evolución se debe a que hemos dado más importancia a unas cosas que a otras. Por ejemplo,
si nos fijásemos en el sentido del olfato, los perros serían seres más evolucionados que nosotros. Al fin y
al cabo, poseen trescientos millones de receptores olfativos en lugar de nuestros seis millones. Si nos
fijásemos en la longevidad, los seres más evolucionados serían los pinos longevos (Pinus longaeva ), que
pueden vivir varios miles de años. Y también se podría decir que las babosas del plátano son muy
superiores a nosotros. Son hermafroditas y se aparean hasta tres veces al día.
Durante el coloquio hay montones de preguntas. Algunas son amables, otras no. Pero Sylvia se mantiene
firme en su idea de que los humanos no tenemos nada de particular. «La única prueba que demuestra que
somos empíricamente mejores que otros animales es nuestra capacidad para sudar y lanzar cosas», dice.
Sentada en un banco del parque, me doy cuenta de que alguien ha dejado tirada la lechuga del sándwich.
Lo limpio, pero después me molesta haberlo hecho. En el camino de vuelta, no noto nada bajo mis pies ni
nada por encima de mi cabeza. Es posible que una luz verdosa se haya estado filtrando a través del
follaje. Imposible saberlo con seguridad.
¿Qué es el Nano Colibrí? ¿Qué es el Robofish ?
Cuando llego a casa, la perra está en la cocina destrozando un hueso de cuero que va dejando en
pedacitos llenos de babas. Mi madre me dijo una vez que cada cosa, cada ser, tiene dos nombres. Uno es
el nombre por el que se conoce a ese ser en el mundo, y el otro es un nombre secreto que se mantiene
oculto. Pero si llamas a ese ser por su nombre secreto no puede evitar responderte, ya que ese era el
nombre que tenía en el Jardín del Edén. Más tarde intento averiguar cuál era el nombre secreto de la
perra, pero ella no quiere saber nada de esta historia.
La primera lectura del año en la biblioteca es la de un profesor de Literatura Inglesa que ha conseguido
dejar de beber. El hombre se ha dedicado a escribir poesía durante su estancia en un centro de
rehabilitación. Uno de los poemas está escrito desde el punto de vista del sombrero que lleva puesto una
hermosa mujer. Después de leerlo, el poeta hace algunos comentarios a los alumnos que asisten a la
lectura. «He escrito sobre un sombrero aunque nunca he sido un sombrero», dice. Después, cuando estoy
guardando en una caja los libros que no se han vendido, me encuentro una tarjetita que alguien ha dejado
para él.
El ingeniero de corazón solitario quiere reducir el tamaño del gobierno. El deseo de tener un gobierno
muy pequeño no es nuevo, por supuesto. A finales del siglo XIX , un funcionario del gobierno propuso
cerrar la oficina de patentes. Según dijo, todo lo importante ya había sido inventado.
Ben está leyendo un libro sobre los filósofos presocráticos. Siempre me han obsesionado los libros
perdidos, todos esos libros que se quedaron a la mitad o que solo pudieron ser recuperados en
fragmentos. De modo que hoy, en la bolsa del almuerzo, me encuentro un sándwich, una galletita y una
nota de Ben.
De manera ostensible hay color, dulzor, amargura, pero en realidad solo hay átomos y el vacío .
(Demócrito escribió setenta libros. Solo han sobrevivido unos cuantos fragmentos.)
Tengo que deshacer de una vez esta maleta. ¿Estás intentando decirme algo?, me preguntó Ben anoche
cuando volvió a tropezarse con ella. Ahora nos gastamos bromas del tipo: ¿Vas a dejarme? La más vieja de
todas dice así:
Vuelvo enseguida, voy a comprar tabaco, le dice el hombre a su mujer .
(Pasan los años.)
Juro que las cartas de los hippies son cien veces más aburridas que las que envían los que creen en la
llegada inminente del fin del mundo. Todas hablan de letrinas de compost y de ahorro de agua y de
coches eléctricos y de cómo hay que vivir de forma sostenible pensando en los que nos sucederán dentro
de siete generaciones. «Los ecologistas son tan deprimentes», le comento a Sylvia. «Lo sé, lo sé», me
contesta.
En el exterior de la biblioteca, la mujer que se pasa la vida sentada en un banco está hablando del Día de
Acción de Gracias. Ya está harta y no va a volver a celebrarlo, le cuenta a alguien. Estamos en mayo, pero
supongo que planificar las cosas con tanta antelación demuestra mucho sentido común. Lleva una melena
de pelo canoso y tiene un maletín lleno de papeles. Circulan varias historias acerca de quién era esa
mujer en su vida anterior. Una de las más difundidas sostiene que se trata de una estudiante que todavía
está haciendo su tesis doctoral. Pero mi jefa dice que esa mujer solía trabajar en la cafetería. Intento
pasar por delante de su banco sin que me vea, pero ella deja de hablar y me pide dinero. No llevo un
dólar suelto, solo unas pocas monedas y un billete de veinte. Una vez, aturullada, le di un billete de diez, y
desde entonces siempre la he decepcionado. Saco la calderilla del bolsillo. La mujer observa con mucha
atención las monedas de cinco y diez centavos. De todos modos, Dios me bendice.
Una noche, la madre de Ben llama desde Florida, ese lugar también conocido como Paraíso. Dice que
quiere que la entierren allí. Ha convencido al padre de Ben para que haga lo mismo, pero hay un
problema: los dos ya tienen comprada una tumba en el cementerio de su antigua sinagoga. ¿Podríamos
intentar vender esas tumbas a alguien?, pregunta. «Mamá, no tengo ni idea de cómo podría hacer eso», le
contesta Ben. La madre le propone que nos las quedemos nosotros, pero Ben no quiere que lo entierren
en Hackensack, Nueva Jersey.
Me acuerdo de la entrevista que Sylvia le hizo una vez a un famoso futurólogo. Le preguntó qué era lo
que se nos venía encima, y el hombre citó su predicción más conocida: Ancianos que viven en grandes
ciudades y que le tienen miedo al cielo .
Algunos de los comensales que asisten a esta cena privada han empezado a invertir en ciudades flotantes,
de esas que pueden fondear en aguas internacionales y que pueden ser administradas por gobiernos que
practiquen la no injerencia, pero nuestros anfitriones son gente sensible, según nos dicen, les gusta
escuchar a los demás. Toman notas durante la conferencia de Sylvia, pero al final todavía les queda una
pregunta insistente que hacer: ¿cuál será el lugar más seguro de la Tierra? Lo han consultado con mucha
gente, pero nadie ha sabido darles una respuesta adecuada.
«Pero usted ha entrevistado a todo el mundo. ¿Hay algún tipo de consenso? ¿Se percibe algún patrón en
lo que dicen estos científicos y periodistas? No lo preguntamos por nuestro bien, pero es que tenemos
hijos, usted ya me entiende.»
Catherine ha preparado un saludable menú vegetariano para celebrar que Henry se va a vivir con ella.
Henry ha tenido que dejar su piso de alquiler porque el hijo del dueño quería el apartamento. Si se lo
hubiera dicho a Catherine, ella le habría ayudado a evitar el desahucio, pero él se ha empeñado en
esperar hasta el último minuto.
Entiendo la reticencia. En cuanto le explicas un problema a Catherine, empieza a actuar y no para hasta
que logra resolverlo. Por esta razón, mi hermano a veces deja pasar el tiempo sin decirle nada, y así se
puede ir preparando para la intensidad de su movilización.
Pero la relación parece ser muy beneficiosa para él, porque aquí está, radiante y recién afeitado,
sirviéndonos una cosa hecha con bulgur. También hay manteles individuales y velas. Me gustaría bromear
sobre la forma en que está ascendiendo por la pirámide social, pero al final desisto. Todo este orden
seguramente es bueno para él.
Como postre, Catherine sirve fruta con nata sin azúcar. Mi hijo va rompiendo la servilleta de papel en
trozos cada vez más pequeños. «¿Qué hay que hacer ahora?», susurra. Henry le oye y se agacha para
hablarle muy bajito al oído. Eli se ríe.
«¿Qué le has dicho?», le pregunto después a mi hermano. «No le he dicho nada», contesta.
Esta mujer acaba de cumplir cincuenta años. Me cuenta que se ha vuelto borrosa, que ahora la gente
apenas se fija en ella. Imagina que ya no es tan guapa como antes: ha engordado y tiene el pelo un poco
canoso. Lo que ha descubierto, y eso le da un ligero escalofrío —según me dice—, es que si ahora conoce
a un hombre fuera del ámbito laboral, la considera muy poco valiosa. El hombre la mira por encima del
hombro mientras conversa con ella, o bien se la quita de encima endosándosela a una mujer de su misma
edad. «Ahora tengo que andarme con mucho cuidado», dice.
Eli y yo estamos repasando sus deberes, que consisten en fotocopias de fichas de trabajo. El libro de
ciencias sociales se publicó hace veinte años. Se titula Países y gentes . Eli me dice: «Nunca decimos
indios, siempre decimos nativos americanos. Yo creía que Amira era india, de la India, pero resulta que es
de Bangladesh».
Es la chica que le gusta. Los dos son niños ÁGUILA . Le cuento que en los informes que se enviaban desde
el Nuevo Mundo, los nuevos colonos afirmaban que había arañas del tamaño de un gato y pájaros tan
pequeños como un dedal. También informaban de que había una flora y una fauna tan extraña que no se
atrevían a describirla. Pero eso no le interesa nada. «Sí, Amira es de Bangladesh», le digo, y vuelvo a
pisar terreno seguro.
La noche de la conferencia hay un experto que da consejos sobre cómo hay que afrontar los desastres,
tanto los naturales como los provocados por el hombre. Dice que es un mito que la gente sienta pánico
cuando se produce una emergencia. El ochenta por ciento de la gente simplemente se queda petrificada.
El cerebro se niega a aceptar lo que está sucediendo. Esta actitud recibe el nombre de reacción de
incredulidad. «Sobreviven los que se atreven a moverse», dice.
Nicola está delante de la panadería. Está hablando por el móvil, pero en cuanto levante la vista me verá.
Me cuelo por la puerta justo a tiempo. Ahora ha dejado de hablar por el móvil y camina con decisión por
la calle. Pero yo estoy a salvo en la ferretería.
Gran error. Ahora el dueño de la tienda se empeña en hablarme de cómo era Flatbush en los viejos
tiempos. Las cosas han cambiado. El barrio ha cambiado por completo. Continuamente llega gente nueva
procedente de otros lugares. No entienden cómo hay que hacer las cosas. No tienen paciencia. A veces ni
siquiera saben nombrar lo que piden.
Sigue contando cosas de mí y de mi gente. Me temo que tendré que comprarle algo si quiero
escabullirme. Una vez ya me quedé atrapada cuando intentaba comprar cinta de carrocero azul. Y
encima, este hombre solo cuenta historias deprimentes. Incluso cuando te está contando una historia que
imaginas muy distinta, al final siempre encuentra la forma de darle un matiz desalentador.
Pero ahora este hombre me cuenta lo mucho que ama su tienda: sería capaz de hacer un listado de cada
clavo y de cada tornillo. Desde niño está enamorado de la forma que tienen esos objetos, del peso
particular de una buena herramienta en la palma de la mano. Pero hoy en día, la gente que viene a
comprar está acostumbrada a los centros comerciales. No les importa el buen servicio. No les importa la
experiencia que pueda haber acumulado el vendedor. Y la idea que tienen de las existencias de una
ferretería es totalmente irreal. «Si lo que quiere usted es el bricolaje de Home Depot, vaya a Home
Depot», les dice.
Compro el martillo más barato que hay en la tienda y me deja salir de allí.
Está oscureciendo cuando Henry y yo salimos del parque. Un coche está a punto de atropellarnos. En el
semáforo, el vehículo se detiene delante de nosotros. «Señora, casi nos mata», le dice Henry a la
conductora. Pero ella se niega a levantar la vista. «Vosotros y vuestras preciosas vidas», gruñe la mujer.
Después le cuento la historia a Margot.
«Hablas mucho de tu hermano», me comenta. «Tenemos una relación muy estrecha.»
«Yo no usaría esa expresión.»
«¿Y cómo lo dirías tú?»
«Que tenéis una relación enmarañada», dice.
La hija de esta mujer era drogadicta. La madre siempre llevaba encima un espray de Narcan por si tenía
que reanimarla. Un día, la mujer dejó de venir a la biblioteca. Ahora, después de mucho tiempo, ha vuelto
y me cuenta lo que pasó el día que su hija murió de una sobredosis. «Fui al colmado», me dice, «fui un
minuto al colmado». Quiere pagar todas las multas acumuladas por no haber devuelto los libros a lo largo
de meses y meses, pero finjo que no tiene ninguna multa pendiente.
La semana pasada nos enseñaron a usarlo. El monitor nos preguntó: cuando esa persona vuelve a la vida,
¿creen ustedes que les va a agradecer que la hayan salvado? No, en absoluto: esa era la respuesta
correcta.
¿Se ha responsabilizado alguna vez de las cargas de los demás ? Esa era la pregunta número cinco en el
cuestionario de relaciones enmarañadas.
Por la noche, Eli no puede estarse quieto. No deja de mover su silla hacia adelante y hacia atrás hasta que
me enfado con él. Entonces se levanta a sacarle punta al lápiz. «Me gustaría que fuera invierno»,
murmura. Hay una nota al pie de los deberes que le recuerda que debe responder la pregunta formando
una frase completa.
Los esquimales viven en países muy fríos. Nosotros fabricamos nuestras casas con madera o con ladrillos.
El esquimal fabrica su casa con nieve. Hay muy poca madera en su país helado. ¿Puede sentirse abrigado
en una casa de nieve ?
«¿No se dice inuit?», le pregunto. «Creo que esquimal es una palabra que ya se ha hecho vieja.» No me
escucha. Más tarde reviso mis libros para ver si encuentro lo que estoy recordando ahora mismo. Y justo
cuando estoy a punto de abandonar, me lo encuentro en una caja con mis viejos papelotes. Una vez llegué
a escribir media monografía. «La domesticación de la muerte: mitologías interculturales.» Ese fue el
nombre que me dio por elegir.
Espero hasta que sea la hora de irse a la cama. Eli y yo mantenemos siempre la misma rutina. Justo
cuando está a punto de quedarse dormido, me habla de lo que le ha pasado durante el día. Luego cierra
los ojos, aprieta mi mano y dice: «¿Te parece un pensamiento feliz?».
Cuando las casas estaban vivas
Una noche, una casa se levantó de repente del suelo y salió flotando por el aire. Estaba muy oscuro y se
dice que se oyó un zumbido muy fuerte mientras volaba por el aire. La casa no había llegado al final de su
ruta, pero la gente que estaba dentro le suplicó que se detuviera. Y la casa se detuvo .
Cuando se detuvieron no tenían grasa de ballena. Así que cogieron nieve recién caída, que estaba muy
blanda, y la metieron en las lámparas, y la nieve ardió .
Se habían detenido en un poblado. Un hombre se acercó hasta la casa y dijo: «Mirad, están quemando
nieve en las lámparas. La nieve arde» .
Pero en el mismo momento en que pronunció estas palabras, la lámpara se apagó .
(historia contada por Inugpasugjuk)
Se han terminado los exámenes, pero aún quedan unos cuantos estudiantes pululando por el campus. Una
chica cuyo nombre he olvidado viene a la biblioteca a charlar un ratito. Me trae uno de esos saludables
zumos de fruta que le gusta tomar. Sabe a batido de hierba recién segada. El zumo también tiene polen
de abeja en polvo, lo que se supone que protege a quien se lo toma de toda clase de calamidades.
Me cuenta que le han robado el móvil y que ha tenido que recurrir a un modelo muy muy antiguo. Ha
decidido que no se va a comprar el último modelo. «O sea que ahora voy a un ritmo más lento. Sé que me
estoy perdiendo cosas porque no puedo contestar con la suficiente rapidez a lo que la gente me dice o me
muestra, pero estoy bien así. Ahora tengo más tiempo para pensar», dice.
Esta chica me encanta. Parece casi una trascendentalista. Doy otro sorbo a su batido de hierba y pienso
que tal vez me esté proporcionando un chute de energía.
Saca el móvil para demostrarme lo obsoleto que está. Es exactamente el mismo modelo que tengo yo. El
mío tiene ya dos años, pero aún puede encontrarme cosas en un abrir y cerrar de ojos.
«Espera un poco», digo. «¿Estabas hablando de segundos? Cuando decías que ahora vivías a un ritmo
mucho más lento y que te ibas quedando desfasada, ¿te referías a que lo calculabas por segundos?»
Cavila sobre la respuesta. «Sí», contesta, «probablemente me refería a segundos».
Cojo el taxi privado para volver a casa porque soy una persona ridícula. El señor Jimmy se queja de que
«esa compañía» le está arruinando el negocio. Por alguna razón se niega a pronunciar el nombre, pero sé
muy bien de quién me está hablando. Me cuenta que se vino a vivir aquí desde Irlanda cuando era
adolescente y que lleva conduciendo veinticinco años. «Ni siquiera comprueban a la gente que contratan.
Cogen a cualquiera que tenga un coche seminuevo.» Ya lo he oído contar, le digo. Incluso hubo un caso de
una pasajera que se quejó de haber sido agredida sexualmente por un conductor. Me echa un rápido
vistazo. «Eso es», dice, «no tienen normas de ningún tipo».
Después no puedo evitar contarle a Ben lo de la chica del móvil. «¡Segundos!», exclamo, pero él no se
inmuta. «La gente no para de hablar de los móviles y de los correos electrónicos que nos aíslan de los
demás, pero esta clase de temores relacionados con la tecnología siempre han estado presentes entre
nosotros», replica.
Cuando se introdujo la electricidad en los hogares, hubo cartas al director protestando porque iba a
destruir la convivencia familiar. Ahora ya no habría motivo para reunirse en buena compañía alrededor
del fuego, refunfuñaba la gente. En 1903, un psicólogo famoso se alarmaba por el hecho de que la gente
joven dejara de sentir la conexión con el crepúsculo y los momentos contemplativos que provocaba.
Jajaja.
(Con una salvedad: ¿cuándo fue la última vez que me quedé quieta porque era la hora del crepúsculo?)
El señor Jimmy ve que cojeo. Me cuenta que su hijo, ahora ya mayor de edad, se quedó inválido sin tener
ninguna culpa de ello. «Sin tener ninguna culpa», me repite. «Y eso te rompe el corazón», me dice, y le
doy la razón.
Intento hablar con Sylvia mientras espero que suene el timbre del final de las clases. «Ahora te vuelvo a
llamar», me dice. «Estoy a punto de enviar un artículo, pero aún tengo que encontrar el mensaje
obligatorio de esperanza.»
Hace un calor terrible mientras espero. Llevo puesta una camiseta negra y estoy sudando como un pollo.
La madre de Amira está justo a mi lado. Tienes que intentarlo, me dijo ayer Eli. Tienes que preguntárselo.
Casi ha empezado el verano y él está muy asustado. ¿Cómo va a poder verla ahora? ¿Podría enterarme al
menos de dónde vive?
Pero ni siquiera sé cómo se llama la madre de Amira. Y ella está hablando con una amiga en una lengua
que no entiendo. Quedan cuatro días de clase y faltan tres minutos para que suene el timbre. Me coloco
los auriculares y me pongo a escuchar un episodio relacionado con algo que llaman «la maraña». Es un
término mucho más adecuado que «la red», según dicen.
Un hombre llama desde Dallas. ¿Qué es lo que quiere decir cuando habla de estar interconectado ?,
pregunta. Se hace el silencio y luego contesta el ecologista: Hay una especie de polilla en Madagascar
que se bebe las lágrimas de los pájaros dormidos .
Dos
Ni siquiera es mediodía y alguien ya está empezando a lanzar petardos. La perra se está volviendo loca
por el estruendo y solo hemos podido calmarla después de lanzarle mil veces la rana de goma.
Al final debo parar porque tengo la mano llena de babas. Voy al cuarto de baño a lavármela. Veo un jabón
antiséptico que Ben compró la semana pasada en la tienda de todo a un dólar. Es de color rosa brillante.
¡No uses jabón antiséptico!, me dijo Catherine, porque blablablablablablá.
Ben está limpiando el armario del recibidor mientras Eli y yo nos quedamos tumbados delante del aire
acondicionado. Es el día del Monopoly. Ayer también fue el día del Monopoly. Este verano estamos
ahorrando dinero y Eli va a ir menos días al campamento. O sea que aquí estoy, esperando durante un
buen rato mientras mi hijo decide si compra o no compra St. James Place.
¡Pop! ¡Pop! ¡Pop !
La perra gruñe delicadamente en el sofá. Eli se compra todos los ferrocarriles. Ben cruza patinando la
sala, en calcetines, para traernos unos polos de color rojo, blanco y azul.
Se ha votado que nosotros somos los santos .
Eli solo quiere ver vídeos de robots, aunque siempre son decepcionantes. Ahora sale un profesor del MIT
explicando que esa cosa con forma de cangrejo ha aprendido a buscar la luz y a sortear todos los
obstáculos. «¡Adelante!» , le dice, y la cosa va serpenteando a través de un laberinto hasta que encuentra
la bombillita que hay al final.
La señora Kovinski pone el volumen de su televisor al máximo para arrasar todos los pensamientos que
me ronden por la cabeza. Solo ve dos clases de programas: culebrones y el canal de noticias veinticuatro
horas. Pongo música y consigo mitigar un poco el ruido. Cómo soy de guapo, ¿verdad? ¿Cómo de guapo?
Es más difícil viajar en verano, pero aun así acompaño a Sylvia en unas cuantas salidas. Una cosa está
quedando muy clara en nuestros viajes: la gente está harta de que le den conferencias sobre los glaciares.
«Oiga, todo eso ya lo sé», dice este hombre de rostro congestionado, «lo que quiero saber es lo que le va
a pasar a nuestro clima, el americano».
Una mañana, una estudiante me dice que para ella el fracaso no es una opción que pueda permitirse y se
enfada cuando me echo a reír. Adopto una actitud jovial. Le digo: Escucha, yo también tenía planes. Y
eran planes de éxito, al menos de éxito relativo. Se me queda mirando fijamente. ¿Disculpa?, dice.
Cuando ya se ha ido, me cuelo en el cuarto de baño y compruebo si llevo manchas de pintalabios en los
dientes.
Ahora, cuando estás con estudiantes, a veces se producen esos momentos en que notas como si una
ráfaga de viento helado irrumpiera de repente. Así que últimamente compruebo que llevo la chaqueta
bien abotonada y que mi camiseta no resulta demasiado extravagante. Soy como una mujer que entra en
una sala repleta de desconocidos con una copa llena en la mano y que camina intentando no derramar ni
una gota.
Lo que podría haber hecho, lo que debería haber hecho, lo que me gustaría haber hecho.
Cuando llego a casa, dejo las cartas sin mirarlas sobre mi mesa de trabajo. Es mi rutina favorita. Pero
Ben, por alguna razón, se da cuenta por la mañana de la altura que está alcanzando la montaña de
papeles. Y entonces entra en la cocina con un montón de cosas en la mano. «¿Qué crees que va a pasar si
no abres los sobres con las facturas? ¿Imaginas que va a venir alguien y se las va a llevar todas?»
Los instructores en técnicas de supervivencia tienen un lema: Organízate o muere .
Tengo que ir a trabajar, dice él, dice mi yo, dice todo el mundo.
«Siguen dejándome periódicos chinos en la escalera de la entrada, pero yo no soy china», grita la señora
Kovinski por el vestíbulo del edificio.
Ajustándose a la siguiente escala, RODEE CON UN CÍRCULO la cifra que indique qué es lo que echa de menos
de cuando era más joven y en qué medida lo echa de menos.
1 = En absoluto, 9 = Muchísimo.
Familia
1 2 3 4 5 6 7 8 9
No tener que preocuparse
1 2 3 4 5 6 7 8 9
Lugares
1 2 3 4 5 6 7 8 9
Alguien a quien querías
1 2 3 4 5 6 7 8 9
Cosas que hacías
1 2 3 4 5 6 7 8 9
La forma de ser de la gente
1 2 3 4 5 6 7 8 9
Los sentimientos que tenías 1 2 3 4 5 6 7 8 9
El tipo de sociedad
1 2 3 4 5 6 7 8 9
Mascota o mascotas
1 2 3 4 5 6 7 8 9
No saber cosas tristes o malas
1 2 3 4 5 6 7 8 9
Estoy empezando a entender por qué hay tanta gente que quiere irse a Marte. El invitado del programa
de hoy explica que muchos científicos viven en estado de pánico —apenas reprimido— a causa de los
últimos datos conocidos. Las predicciones anteriores habían sido demasiado optimistas: todo está
ocurriendo a una velocidad mucho más rápida de lo esperado. Cierra su intervención con una pequeña
demostración de ingenio que ha tomado prestada de otro científico.
«Muchos de nosotros compartimos el sentimiento expresado por nuestro colega Sherwood Rowland. Una
noche, al volver a casa, le dijo a su mujer: “El trabajo va muy bien, pero todo indica que vamos directos al
fin del mundo”.»
En Maplewood, estamos sentados en el porche, mirando el patio de su casa. La madre de Catherine dice
que le gustaría plantar un macizo de lilas. El padre dice que el último que plantaron se murió y que
debería elegir una variedad más resistente. Es posible que se estén peleando, pero lo hacen de un modo
tan sutil que no puedo estar segura de ello.
Aquí lo único que se puede hacer es dar un paseo, así que decido olvidarme de que me duele la rodilla.
Vamos caminando por la calle, a la sombra de los árboles en flor. No hay nadie salvo jardineros. Hay
montones de ellos trabajando en silencio en las parcelas de césped. Pasamos delante de una casa en la
que vive una persona muy rica y famosa de ideas progresistas. En ese jardín se permite a los jardineros
escuchar música mexicana.
Henry nos obliga a seguir andando aunque los demás ya hayan vuelto a la casa. La semana pasada,
Catherine le pidió que se casara con ella y él contestó que sí. Los padres de Catherine le han dado su
bendición. Caminamos un rato en silencio hasta que llegamos al límite de su barrio y entramos en otro
que tiene las casas mucho más modestas. BANDIDO, MENTIROSO, LADRÓN , dice el letrero que se ve en una
ventana.
«Voy a meter la pata», me dice mi hermano. «Ya me veo venir todas las malas ideas. ¿Qué pasará si lo
echo todo a perder?», desea saber. Ahora está fumando un cigarrillo detrás de otro detrás de otro. «Te
perdonarán», le contesto.
No sé cómo, he logrado meter una bolsa rebosante de basura en el conducto de descarga. Cuando llego al
vestíbulo me siento radiante por el éxito. Pero entonces veo a la señora Kovinski esperando frente al
ascensor. Ahora camina con bastón. Se resbaló y se cayó mientras participaba como miembro del jurado
en un juicio. Lo raro es que el caso que se estaba juzgando era un caso de resbalón y caída, según me
cuenta. Y sigue y sigue y sigue contando.
A veces le llevo libros. Según me explicó, le gustan las novelas de misterio. Las novelas corrientes de
misterio. Pero me dice que la última que le llevé no era buena. Todo resultaba muy confuso. En la novela,
el detective que investigaba el crimen seguía todas las pistas e interrogaba a todos los sospechosos, hasta
que al final descubría que él era el asesino.
¡Vaya por Dios!
Con rotulador negro, Catherine escribió en la mano de mi hermano: «Cuida de ti mismo». Era para
recordarle que tenía que salir más a menudo, que tenía que comer mejor, que tenía que mantenerse
apartado del ordenador.
El problema es que, cuando se queda abandonado a su propia suerte, no hace nada más que ver una y
otra vez esas escenas de refugiados que intentan llegar a un lugar seguro. Ahora no paran de poner
imágenes de esa isla que se está quedando sin medios para atenderles. La gente de la isla ha tenido que
formar sus propios equipos de rescate. Los pescadores salen en sus barcas de pesca a rescatar a los
supervivientes. Otros llevan ropa seca a la playa.
Ben me había contado que, en la cultura griega, por tradición, se consideraba un deber y un honor
hacerse cargo de los extranjeros. Y eso se percibe en los habitantes de la isla. La forma en que van a
rescatar en barca a los náufragos o llevan comida a los refugiados exhaustos que llegan a las playas. En
los tiempos antiguos, los dioses ponían a prueba a los mortales presentándose cubiertos de harapos ante
la puerta de su casa, para comprobar si les daban la bienvenida o si los expulsaban de mala manera.
Henry tiene marcada con una señal la foto de un hombre que sube por la ladera de una colina con su hija
a cuestas. El pie de foto dice que el hombre navegó durante varios días con su hija en un bote hinchable
hasta llegar a Grecia. Luego tuvo que caminar con ella en brazos a lo largo de cincuenta kilómetros hasta
llegar al campo de refugiados. «No creo que yo pudiera hacer eso. No soy lo bastante fuerte», dice Henry.
«No vas a tener que caminar cincuenta kilómetros con tu hija en brazos», le contesto.
«Pero ¿y si tuviera que hacerlo?», pregunta.
Cada vez que pienso que soy una persona medio decente, me acuerdo de la historia que alguien me contó
acerca de su exmarido. El hombre siempre llegaba tarde a casa. Nunca llegaba a la hora que había dicho,
y yo, que creía conocer bien esa historia antes de que me la contaran, estaba equivocada. Lo que pasaba
era que el hombre tenía la norma de que, si alguien le pedía ayuda, siempre se paraba a ver qué era lo
que esa otra persona necesitaba. Y luego, si podía, procuraba darle esa cosa. A veces era dinero; otras
veces era comida; una vez, un hombre le pidió un cinturón y él le dio el suyo. La razón de que siempre
llegara tarde era que su oficina estaba al lado de la estación de tren de Penn Station. Aquella mujer y
aquel hombre se separaron porque el tipo era un maldito borracho, pero aun así…
¿A que en realidad no tienes trabajo?», me dice Ben un día cuando vuelvo a casa antes de hora. Es cierto.
Yo podría ser una de esas personas a las que despidieron hace meses pero que siguen fingiendo ir al
trabajo todos los días. A veces vemos gente así en la biblioteca.
«¿Podrías poner las sábanas en la cama del niño?»
«He arreglado el desagüe.» «He hecho pan de maíz.»
Odio las bodas porque lloro y bebo demasiado, pero esta vez tengo suerte. Catherine se ha quedado
embarazada y han tenido que casarse de penalti en el ayuntamiento.
A lo mejor ahora puedo dejar de soñar ese sueño recurrente que tengo. Ese en que mi hermano se
presenta en mi apartamento y me dice: Lizzie, ¿puedo morirme en tu casa?
Porque ahora, de repente, tengo cuñada. «Cuidado, no compres eso —me dice Catherine en la tienda de
alimentación—. Tiene colorante Azul Brillante FCF.» La miro y simulo examinar el envase. «Es el único
colorante que puede cruzar la barrera sangre-cerebro. La que protege el cerebro de las toxinas.»
Vuelvo a dejar el envase en el estante, confiando en que así se terminará la conversación, pero ella tiene
más conocimientos terribles que debe comunicarme. «El Azul Brillante FCF se infiltra en el líquido que
hay en el cerebro —me dice—, pero los científicos no saben lo que ocurre una vez está ahí.» Por lo visto lo
han investigado, aunque siguen sin saberlo. «De acuerdo —digo—, pero tampoco saben cómo funcionan
las aspirinas, ¿no? No hay una “teoría de la aspirina”.»
El médico le dijo a una mujer de cuarenta y tantos años que debía llevar una vida más sana. El médico le
sugirió que empezara a hacer running y que corriera tres kilómetros al día. Le pidió que le llamara al
cabo de dos semanas y que le contara cómo se sentía. Dos semanas más tarde, la mujer llamó a la
consulta. «Y bien, ¿cómo se encuentra?», preguntó el médico. «Me encuentro muy bien —contestó la
mujer —, pero estoy a cuarenta y dos kilómetros de mi casa.»
Me quedo detrás del gentío que espera, así puedo mantenerme oculta hasta que sueltan a los niños. Se
me ocurrió hacerlo el año pasado. Los padres de niños blancos tienden a situarse delante de la
aglomeración de gente y forman una especie de batallón. Casi todos nosotros tenemos niños integrados
en el proyecto ÁGUILA . Es fácil saber cuándo salen de clase esos niños porque no son más que una mínima
parte del alumnado. Tal vez un diez por ciento. Casi todos los demás alumnos del colegio proceden de
países del Sudeste Asiático. A veces, la gente llama a nuestro barrio la Pequeña Bangladesh. O el Pequeño
Pakistán. Pero no lo llama así la gente que vive aquí.
Sylvia me llama y me dice que se siente desmoralizada. «Vaya gente», me dice. En una casa de las
montañas, los niños tenían en sus habitaciones, por puro capricho, piñatas llenas de caramelos.
Después, miro cartas antiguas de Sylvia. Es verdad: está empezando a desmoralizarse. Al principio
contestaba las cartas así:
Al final, así:
Por toda la biblioteca hay letreritos que dicen ¡RESPIRA! ¡RESPIRA! ¡RESPIRA! ¿Cómo es posible que tanta gente
se haya implicado tanto en esta historia de respirar? Me siento como si todo hubiera sucedido cuando yo
no estaba aquí.
Por otra parte, ¿por qué me habrá enviado mi madre esta caja llena de papeles viejos? También le ha
enviado una caja parecida a Henry. Catherine los ha examinado y enseguida me ha enviado esto. Es un
informe del instituto, de cuando mi hermano intentó, inexplicablemente, apuntarse al Club de Debate.
Durante la preparación de este viaje, Henry fue sin duda alguna uno de los alumnos más decepcionantes
con los que he tenido que lidiar en un viaje de estudios. Cuando se le comunicaban sus obligaciones, su
reacción aparente era la incredulidad y posteriormente la despreocupación. También debe tenerse en
cuenta su falta de consideración a la hora de dejar que los demás alumnos llevaran a cabo sus cometidos .
Al final del viaje, sin embargo, empezó a dar muestras de interés y de sensibilidad hacia el objetivo y
empezó a involucrarse de forma concienzuda y entusiasta. Fue capaz de superar la obsesión por su propia
persona y participó en las tareas y en el disfrute de la visita. Si es capaz de mostrarse más sensible a las
necesidades de los demás, será un miembro bienvenido en cualquier grupo .
No sé lo que me pasa. No paro de tomar malas decisiones. Lo raro es que no son cosas que me asalten de
improviso. Al contrario, me las veo venir desde el primer momento.
La peor de las malas decisiones que tomo es la de dedicar demasiado tiempo a viajar o a ejercer de falsa
loquera, a la vez que ignoro a la gente que vive conmigo. Últimamente me paso la vida hablando por
teléfono con mi madre. Lizzie , me dice cuando llama, ¿tienes un minuto ?
No para de hablar sobre la niña que va a nacer. Tiene muchas ganas de venir a ver a su nieta cuando
nazca, pero teme que los padres no quieran que esté aquí y que solo la hayan invitado por simple
cortesía. No sé si eso es cierto o no: mi madre se las arregla muy bien para ayudar a los demás cuando la
ayuda es urgente. Una vez, en el aparcamiento, regaló nuestro pavo de Acción de Gracias porque se topó
con una familia necesitada. «Ven», le digo a mi madre. «Todo el mundo quiere que vengas.»
Cuando termino de hablar con ella, todos están de mal humor. Eli quería jugar conmigo a Guerra y ha
tirado los naipes por encima de la cama. Ben quería enseñarme el nuevo videojuego que ha diseñado a
partir de La Odisea .
Estoy demasiado agotada para dedicarme a estas cosas. Llegamos a un acuerdo: los tres nos vamos a
sentar a comer helado mientras vemos vídeos de cabras que chillan como mujeres.
Llega más correo del que suele ser habitual. Confío en que toda esta gente que escribe a Sylvia esté loca
y no deprimida.
Algunos judíos vieron cómo se levantaban los muros que cercaban el gueto y aun así siguieron creyendo
que tenían tiempo de sobra. No os dejéis engañar por la calma que exhiben los demás. Escapaos aunque
no se le haya ocurrido la idea a nadie. Si nos ponemos a imaginar el año 2060, el sur de Argentina podría
ser un buen lugar para criar a vuestros hijos, ya que está muy cerca de la península Antártica, y es allí
donde se establecerán las colonias de los supervivientes .
Esta mañana me he visto obligada a aprender un concepto nuevo llamado «desvío climático», y luego, por
la noche, cuando estaba medio dormida, me he visto obligada a explicárselo a Ben. Yo solo creo en las
matemáticas, ha farfullado. Enséñame los cálculos, ¿vale?
Pero no te apetece ir a consultar esos cálculos matemáticos; no quieres consultar una vez más esa web
donde has introducido el año de nacimiento de Eli y luego has comprobado cómo los números suben y
suben y suben. No. Jamás.
«¿Qué tal estáis, muchachos?»
«Lizzie se ha vuelto una de esas apocalípticas chaladas.»
En 1934, Churchill dio un discurso en la Cámara de los Comunes en el que intentó describir el efecto que
tendría un bombardeo aéreo sobre la ciudad de Londres. Churchill confiaba en que esas imágenes de
destrucción obligaran incluso a los más optimistas a plantearse qué ocurriría si las bombas empezaran a
caer desde el cielo. Según contó, obtuvo los detalles gracias a la información suministrada por personas
familiarizadas con la ciencia .
Alguien ha colocado pinchos en la verja que rodea el parque infantil. Aquí no, aquí no y allí tampoco: este
es el mensaje que se trasmite a las palomas. Ratas con plumas, supongo que así las han descrito los
urbanistas que han tomado esta medida.
Catherine y yo cotilleamos sobre el barrio. Qué tiendas han cerrado, qué tiendas nuevas se abren. Los
restaurantes paquistaníes, ¿están superando en número a los hindúes? Los ortodoxos, ¿van a alquilar por
fin el local a los tibetanos? Han abierto un establecimiento nuevo que es mitad tienda de guitarras y
mitad bar. «¿De dónde han salido todos esos hípsters?», pregunta mi hermano con su cazadora vaquera
forrada de borrego.
En la tienda de alimentación hay un tipo muy alterado que no para de decir: «Tengo montones y montones
y montones». Mohan se vuelve hacia él. «Hermano, cuéntame, ¿qué es lo que quieres?»
La semana pasada coincidimos aquí con Amira y su madre. Se llama Na’ila. Las invité a tomar el té y al
día siguiente vinieron a casa con las dos hermanas mayores de Amira. Las dos se sentaron una al lado de
otra en el sofá y contestaron muy educadamente a todas las preguntas que les hice.
¿Qué diferencias hay con respecto al lugar en el que vivíais ?
Nunca habíamos visto la leche metida en una botella .
Amira y Eli jugaban en silencio a los pies del sofá. Las piezas de Lego no tuvieron mucho éxito, así que mi
hijo fue a buscar los helados de plástico. Amira parecía encantada con ese juego. Luego, cuando se
marcharon, me rozó el brazo con mucha delicadeza. Hasta que nos volvamos a ver, me dijo, hablando
como alguien que ha aprendido inglés viendo la televisión.
El plan de parto de Catherine se va ampliando cada día. ¡Incluye tantas y tantas cosas! Una de ellas es
una Almohada relajante para los ojos (rellena de pétalos de lavanda orgánica) . Henry me dijo anoche que
tenía que comprar una de esas almohadas Lo Antes Posible.
Le digo que vaya a esa tienda de hippies que hay en la Séptima Avenida. Una vez, por pura diversión,
fuimos juntos a visitar esa tienda. Estuvimos examinando cristales de cuarzo y campanitas tibetanas y
echamos un vistazo a la ropa de cáñamo. La vendedora nos preguntó si nos interesaba la sanación a
través de la energía. La verdad es que no creo en eso, le contestó mi hermano. La chica se sorprendió.
¿Por qué no?, preguntó. Al fin y al cabo, crees en el viento, ¿no?
No sé por qué, pero todas las mujeres que se enamoran de Henry son una extraña mezcla de personas
con mucho carácter y de personas con mentalidad hippy. La novia que tuvo antes de Catherine todavía le
manda las facturas del veterinario del gato. Al final, después de la firma, añade como despedida:
Bendiciones, bendiciones, bendiciones .
Entro en la salita y pongo el aire acondicionado a tope. Ben dice que es un despilfarro ponerlo tan alto. ¿Y
si nos cargamos la resistencia? Pero tengo tanto calor que me niego a escucharle. Me arrodillo y pongo la
cara delante del aparato. Hubo un tiempo en que la tristeza se consideraba un pecado mortal, pero
después fue sustituida por la pereza. (En ese caso, segundo aviso.)
Henry y yo quedamos a tomar un café en la placita que hay debajo de su bloque de apartamentos. Pero
incluso llegar hasta allí le resulta muy difícil. «Estoy bajo arresto domiciliario», me susurra. «Y estoy tan
nervioso que no me puedo estar quieto.» Me gustaría poder darle algo para los nervios, aunque por
supuesto no puedo. Me recuerdo a mí misma (como hago a menudo) que nunca debería engancharme ni a
las drogas ni al alcohol, para que así nadie me tuviera que prohibir tomarlos de vez en cuando.
O sea, que nada de Clonazepam. Todo lo más, un paseo por el parque. Pero la predicción meteorológica
para mañana anuncia lluvia. Y vientos muy fuertes.
Vaya por Dios, la tormenta ya está aquí. El perro ladra mirando a la ventana y luego a la papelera de
reciclaje, que misteriosamente acaba de desplazarse unos centímetros. Desde la salita llegan las noticias
a todo volumen. Quiere levantar un muro. Pero, según dice, el muro tendrá una puerta muy bonita.
P. ¿Cuál es la mejor manera de preparar a nuestros hijos para el caos que se nos viene encima?
R. Se les puede enseñar a coser, a cultivar la tierra, a construir una casa. Pero las fórmulas más útiles
podrían ser las técnicas mentales para controlar el miedo.
Mi hermano llega a la cafetería con cuatro bolsas de la compra. Lleva una de esas cosas en la que apoyas
al bebé cuando le das de mamar, botellines de agua, barritas energéticas, un humidificador, un jersey
gris, y sí, sí, por supuesto también trae una almohada relajante para los ojos rellena de pétalos de
lavanda. «Dios mío —dice—, llevo todo el día de compras. ¿Tú crees que las enfermeras nos van a dejar
entrar con todo esto?»
Me duele que me cuente esto porque estoy segura de que las enfermeras no se lo permitirán, aunque al
mismo tiempo quiero demostrarle que estoy muy impresionada por su diligencia. Me parece una muy
buena señal que mi hermano sea capaz de hacerse cargo de todo esto. Al final, consigo transmitirle una
idea aproximada de mis sentimientos.
Pedimos café, tarta y luego más tarta. Henry se termina la suya y luego la mía. Le pregunto qué clase de
comida le está dando Catherine. Hace un gesto con las manos para eludir la pregunta. Los planes de
Catherine son pedir un mes de permiso y luego volver al trabajo. Su madre les ayudará durante la
primera semana, después lo hará nuestra madre y luego Henry tendrá que arreglárselas él solito. Veo en
su barbilla una mancha de azúcar glasé. Se la señalo y le paso una servilleta.
La camarera viene a retirar los platos. Deja la cuenta delante de él, y a pesar de que Henry es ahora más
rico que yo, me pasa la cuenta a mí. Le doy a la camarera la tarjeta en la que a lo mejor queda algo de
dinero. La camarera me devuelve el recibo y lo firmo. Henry deja la propina.
Cojo el taxi privado para volver a casa. El cielo está radiante. «Empecé repartiendo periódicos», dice el
señor Jimmy.
Mi marido está leyendo a los estoicos antes de desayunar. Eso no puede ser bueno, ¿no? Anoche le hice
prometer que no volvería a hacer ese ejercicio con nosotros. Ese que consiste en mirar a la persona que
quieres, mientras él o ella está durmiendo, y recordarte a ti mismo: Mañana morirás .
Me dijo que muy bien, de acuerdo. De todos modos, ¿por qué iba a hacer eso? ¿No habíamos decidido ya
que él se iba a ir primero? Ahora está en una de sus fases de buen humor. Tal vez porque está observando
la escena desde una gran altura.
Últimamente se ven cada vez menos pájaros. Aquí está el agujero en el que me tropecé hace una hora.
Cuando la rodilla deja por fin de crujir, me llama mi madre. Quiere contarme que las cosas se están
poniendo feas en el lugar donde vive. Alguien ha ido dejando bolsitas de caramelos en los buzones de
todos los residentes blancos. Llevaban una nota que decía: ¿Hay problemas en su barrio ?
Y ahora Henry ha empezado a enviarme mensajes en clave. Por aquí soplan vientos huracanados , me
escribe, y tardo un buen rato en entender lo que quiere decir. Pobre Catherine. La niña va a nacer dentro
de muy poco y ella se está volviendo loca porque tiene que guardar completo reposo en la cama.
Cuando voy a verle para llevarle unas verduras, Henry sale pitando de allí antes de que tenga tiempo de
quitarme los zapatos. Estás fumando, ¿a que sí ?, le escribo por mensaje de texto desde el baño. Ni
pastillas ni polvos blancos , me contesta.
Su apartamento está más sucio que nunca. Le caliento un poco de sopa a Catherine. Tiene el pelo muy
desaliñado y ha dormido con el rímel puesto. Siento una punzada de afecto hacia ella. «Esto terminará
pronto, ¿verdad?» «Seguro que sí», le digo. Tiene el cuenco de sopa sobre el regazo, pero no come nada.
Está viendo a un hombre en YouTube que va vestido de médico.
Recuerdo lo que ocurrió al final. El médico dijo que se comprobara que la niña daba una patadita al
menos cada cuatro horas. Si no lo hacía, yo tenía que ir a ver qué pasaba. Una mañana, la niña dejó de
dar patadas. Era el segundo día de una gran tormenta de nieve. No cojan el coche , decían en la radio.
Pero el taxista que nos llevaba iba a toda velocidad por las calles heladas. Nos hablaba de su mujer y de
los cuatro hijos que tenía en Ghana. Confíen en mí , decía, casi hemos llegado ya .
Hoy he visto a Nicola delante de la farmacia, pero antes de que yo pudiera reaccionar, ella ya se había
metido en la tienda. Después, se me ha ocurrido una idea. No hay forma humana de que durante todos
estos años haya podido evitar toparme con ella por pura chiripa.
Oh, Dios mío, la madre de Eli. Esa mojigata que no para de recordarte que fue a un colegio público y que
lleva el faro del coche sujeto con una tira de esparadrapo .
O sea, que ella también debe de estar evitándome.
Por lo general, la gente que viene a la clase de meditación solo quiere saber si deberían hacerse
vegetarianos o, en caso de que ya lo sean, cómo podrían convertir a los demás. Margot no está interesada
en este debate. Un tomate está igual de vivo que una vaca, ¿no?
Es más joven que yo, me parece, pero ya tiene el pelo completamente cano. En una ocasión le hice un
cumplido al respecto. Me pasó el año en que me quedé viuda, me dijo.
Catherine está a punto de salir de cuentas y Henry me manda un mensaje de texto cada hora. Le envío
cosas para que se distraiga, como un artículo sobre los megarricos que se están construyendo refugios de
supervivencia en Nueva Zelanda. Hubo una oleada de interés después de que se hiciera público un
informe en el que se decía que los ocho hombres más ricos del mundo acumulaban la misma cantidad de
dinero que la mitad de la población mundial toda junta.
La ventaja de Nueva Zelanda es que es un país muy hermoso, políticamente estable y con un clima
templado. Los inconvenientes son que el gobierno ha establecido limitaciones a los nombres que se les
pueden poner a los hijos. Fruta Sexual y Niño Gordo están prohibidos. Violencia y Parada del Autobús de
la Línea 16 están permitidos.
Voy a llamar a la niña Autobús Sexual Gordo, me dice.
La última cena. Nos sirven una comida insípida y repleta de vitaminas que está pensada para los que
dentro de poco van a ser papás. Le pregunto a Catherine si tiene miedo. «A veces sí —me contesta—. A
veces un poquito.» La niña va a nacer dentro de dos días, pero mantienen el nombre en secreto. Nos
dedicamos a jugar a las adivinanzas con el nombre.
¿Anna?
¿Emma?
¿Ella?
¿Lily?
«Caliente, caliente», contesta Catherine.
Es la noche del concierto de la vuelta al cole. Antes de entrar en el auditorio, tenemos que mostrar
nuestras tarjetas de identificación y las entradas que nos envió la semana pasada un profesor. En una
esquina del ticket aparece el número de personas que componen la familia. También incluye una
advertencia: no se puede ir al concierto con más invitados de los permitidos porque LA SEGURIDAD ES LO
PRIMERO .
Eli está en la primera fila de las gradas que han colocado en el escenario, al lado de Amira. Lleva puesta
la camiseta de la suerte y los calzoncillos de la suerte, pero parece muy nervioso. Me ha dicho que la
última canción es la que más le gusta. Veo cómo va ganando confianza en sí mismo mientras van
interpretando los demás temas, los menos interesantes. Y entonces, todos a una, los niños cierran los ojos
y empiezan a hacer un movimiento de vaivén. Todos los espectadores se inclinan hacia delante para
verlos mejor. Los niños cantan que sus vidas no son nada más que una gota de agua en un océano infinito.
Hagan lo que hagan, nada perdurará, sino que todo se vendrá abajo ante sus propios ojos. Y ni con todo el
dinero del mundo podrán comprarse un minuto más de vida.
Nada dura para siempre, esa es la conclusión. Las únicas excepciones son la tierra y el cielo.
¡La niña ya está aquí! Nació ayer a las 3:04 de la madrugada. Se llama Iris y todo el mundo cree que es
un nombre muy adecuado.
Gracias a Dios les han dado una habitación individual, pero Catherine está anonadada. Nada se ajustó al
plan previsto. No hubo música relajante, ni una pelota para hacer los ejercicios de preparación al parto,
ni calcetines para no coger frío, ni compresas tibias. Le pusieron un enema, la epidural y luego oxitocina.
La niña salió tan deprisa que la doctora de Catherine no llegó a tiempo al quirófano. Apareció una hora
tarde, vestida para salir de noche, y le entregó la placenta.
Todo esto me lo cuenta Henry entre susurros. «¡No te puedes imaginar la de sangre que había! ¡Tuvieron
que limpiarla con toallas! ¡Ni te lo imaginas, Lizzie!», me dice. Vaya si me lo imagino. Yo también tuve un
hijo en ese hospital de mierda. No paras de oír ding, ding, ding mientras te llevan por los pasillos, el ruido
de todas esas máquinas que están haciendo su trabajo. Incluso tengo almacenado en algún lugar de mi
cuerpo el zumbido que sueltan esas luces horribles. En cuanto salí por la puerta del hospital, todo eso
subió a la superficie.
En su última noche en la ciudad, mi madre viene a cenar con nosotros. Durante estos días ha estado
ayudando a Henry y a Catherine a cuidar de la niña. Está entusiasmada por el trabajo duro que ha hecho.
Dice que ya no recuerda cuánto tiempo ha pasado desde que Henry no le prestaba tanta atención como
ahora. Nos habla de la bondad de Dios. Nos prepara unos espaguetis carbonara.
Después juega con Eli una partida interminable de Guerra y expresa su preocupación por el seguimiento
frenético que hace Ben de las noticias políticas. «No deberías preocuparte tanto —le dice—. Solo llevamos
unos veinte minutos en esta historia.»
A la mañana siguiente la llevo en coche al aeropuerto. Le da pena tener que irse. «¿No crees que yo
podría ayudaros más si viviera aquí?» No sé qué contestarle. Sí, claro que sí, pero vive con los pocos
ingresos de unas inversiones a renta fija y no tiene ahorros en el banco. ¿Dónde iba a encontrar un piso
asequible en esta ciudad? Me dirige una sonrisa cautelosa. «La verdad es que ocupo muy poco sitio.» Le
aprieto la mano y luego pongo la radio. Voy pasando el dial hasta que encuentro una emisora de música
ligera. Pero después me doy cuenta de que se trata de una emisora cristiana. Desde la radio se nos hace
una pregunta.
La pregunta esencial para esta generación —y en realidad para cualquier otra generación — es la
siguiente: si pudierais morar en el cielo sin enfermedades de ninguna clase, y en compañía de todos los
amigos que habéis tenido en la Tierra, y con toda la comida que os gustaba paladear, y con todas las
actividades de ocio que disfrutabais en la Tierra, y con todas las bellezas naturales que contemplabais, y
con todos los placeres físicos que os deleitaban, y sin ninguna clase de conflicto humano ni desastres
naturales, ¿podríais sentiros satisfechos morando en el cielo si Cristo no estuviera allí ?
Sip.
Le doy un beso de despedida y le hago prometer que me llamará en cuanto llegue. Insiste en que no hace
falta que aparque y me pide que la deje en la acera frente a la terminal, pero me doy cuenta de mi error
al ver por el retrovisor lo mucho que le cuesta entrar por la puerta giratoria. Diez minutos después de
haber dejado a mi madre, Henry me envía un mensaje de texto: ¡Las madres se han ido! ¡Las madres se
han ido! ¿Cuándo vas a venir a ayudarnos ?
Me paso una mañana entera intentando encontrar mi viejo sacaleches para dárselo a Catherine. Por fin
aparece al fondo de un armario. Se me hace raro volver a verlo. Recuerdo el fin de semana en que dejé de
darle el pecho a Eli: fui en coche a visitar a una vieja amiga, una de las pocas que me quedaban que
estaba casada pero no tenía hijos. Ella y su marido viven en una vieja casa victoriana y todo lo que hay en
su interior está cuidadosamente elegido y es muy bonito. Mi amiga me preparó una cena de gala —
chuletitas de cordero, salsa de menta, suflé de chocolate— y yo intenté comportarme como un ser
humano y no como alguien que se había dado a la fuga huyendo de su crío.
Pero en mitad de la velada se me empezó a salir la leche. La camisa se me empapó hasta el punto de que
tuve que ir corriendo al baño. Me senté en la taza del váter y me apreté el pecho con una toalla hasta que
extraje toda la leche. Y durante todo ese rato, muy agobiada, me preguntaba qué iba a decirle a mi amiga,
dónde iba a poner la toalla, o si iba a dejarla empapada y con un horrible olor a agrio.
Estuve despierta durante casi toda la noche. Me dolía el cuerpo y también me dolía la mente. Intentaba
decidir si debía esconder la toalla debajo de la cama o si sería mejor llevármela con mis cosas y tirarla
cuando llegara a casa. No tenía claro cuál de las dos opciones era mejor, pero por la mañana, cuando vi a
mi amiga, le dije: Esa toalla tuya tan bonita que me dejaste, mira, la he estropeado, de verdad que lo
siento, te la pagaré. Luego conduje sola de vuelta a casa, con la radio puesta; todo estaba muy verde —
era increíble lo verde que estaba todo— y en los márgenes de la carretera había puestos de flores y
verduras, pero sin nadie que los atendiera: tan solo había un caja para dejar el dinero y la caja ni siquiera
estaba cerrada.
Debería habérmela llevado.
Me llega una serie de eufóricos mensajes de texto procedentes de una amiga que acaba de divorciarse y
que ha conocido a alguien. «Solo puedo imaginarme cómo sería enamorarme de repente con la edad que
tengo», le digo a Ben. «Ya estás enamorada», me corrige.
Después, a oscuras, me acaricia la pierna con la mano, pero se detiene de golpe. «¿Llevas puestos mis
calzoncillos largos?», me pregunta. «Tengo frío», le contesto. Nos inventamos un dicho (El sexo
matrimonial es como quitarte tu propia ropa interior ), tonteamos, nos vamos a dormir felices.
Un test para hippies, por cortesía de un libro que me ha dejado Sylvia. Confío en que haya opción de
repesca, porque si no, creo que voy a catear.
¿Dónde estás ?
Sigue la pista del agua que consumes desde el momento de la precipitación hasta el grifo. ¿Cuántos días
faltan para la próxima luna llena? … ¿Desde qué dirección suelen llegar a tu comarca las tormentas
invernales? Cita cinco tipos de hierba que crezcan en tu zona de residencia. Cita cinco clases de aves
sedentarias y cinco de aves migratorias … ¿Hubo anoche estrellas en el cielo ?
Desde el lugar donde estás leyendo esto, señala el norte .
Por alguna razón, ahora estoy sentada frente a un espejo, apretándome las encías para ver si sangran
otra vez. No sangran. Muy bien. Debería volver al trabajo, pero en vez de hacerlo me quedo poniendo
muecas frente al espejo hasta que llega alguien a la biblioteca. Es la chica rubia de las uñas mordidas
hasta la raíz. Recuerdo que solía meterse un montón de speed . Contaba la historia de la primera vez que
le subió y estaba en un baño. El ruido de la fiesta era cada vez más y más estridente, y ella creía que al
volver se iba a encontrar con una plaga de langostas.
Volví a acordarme de la web. Aquella en la que introduces el año de nacimiento de tu hijo y vas viendo
cómo los números suben y suben y suben. Es algo que parece capaz de curvar los rayos de luz.
Eli está en la mesa de la cocina, probando todos sus rotuladores para ver cuáles sirven todavía. Ben le
lleva un cuenco con agua para que pueda mojar la punta de los rotuladores antes de hacer la prueba.
Según los cálculos actuales, Nueva York empezará a sufrir temperaturas devastadoras susceptibles de
alterar las condiciones de vida en 2047.
El amigo que trabaja en la clínica de cuidados paliativos cuenta que no hay que decirles a los pacientes
que no van a estar aquí cuando lleguen las vacaciones de verano, la recogida de manzanas en otoño, etc.
Hacer esto es como darle una patada a la muleta con la que se sostiene una persona que tiene la pierna
rota.
Pero pronto ya no va a haber manzanas. Las manzanas necesitan escarcha.
Me pongo a recolocar los libros devueltos en las estanterías que hay junto al gran ventanal de la
biblioteca. Hace un día maravilloso. En el patio se ha congregado un grupo de estudiantes cogidos del
brazo que están coreando consignas. Sigo el rastro de los envoltorios de caramelos que forman una hilera
a lo largo del alféizar de la ventana. La copa de aquel árbol está en llamas. O si no, es que ha llegado de
nuevo el otoño.
«¿Has mirado el río, Lizzie?», me pregunta Sylvia cuando me recoge en la estación de tren. Miento y le
digo que sí. Le duele que hoy en día todo el mundo vaya con la cabeza gacha.
Casi todas las hojas se han caído. Pasamos por delante de un huerto de manzanos y luego de otro. «La
gente solo quiere las manzanas perfectas —me dice—, sobre todo cuando son ellos mismos quienes las
cogen, así que todas las manzanas con golpes o magulladas o que tengan gusanos se quedan en el suelo
para que se las coman los ciervos.» Por aquí hay miles y miles de ciervos. Pronto empezará la temporada
de caza. «Al menos, la gente de esta zona que va a cazar lo hace por la carne y no por diversión», dice.
Veo a los ciervos alejarse a saltos cuando nos metemos en el camino de tierra que lleva a la casa de
Sylvia. «¿Por qué no hay granjas de ciervos? —me pregunto en voz alta—. ¿Será porque los ciervos son
demasiado bonitos?» Sylvia dice que no con la cabeza. «Es porque tienen ataques de pánico cuando los
obligan a vivir encerrados en un establo.»
De vuelta a casa, el tren se para un buen rato fuera de la ciudad. Contemplo los árboles de las riberas del
río. Todavía tienen unas pocas hojas en las copas. Hay gente en la orilla, mirando el agua. Pero ¿no ha
estado el mundo yéndose siempre al garete?, le he preguntado a Sylvia.
Algunas partes, sí, pero no el mundo entero, me ha contestado.
Cuando salgo de la estación de metro está diluviando. Noto un leve zumbido en la cabeza. «Buá buá»,
dice el hombre blanco de aspecto afable con el que me cruzo por la calle. «Buá buá.»
¿Estoy llorando?
Paso por delante de la tienda de alimentación. «Ya tenemos ajo», me grita Mohan. Le pago con calderilla,
pero no le importa. «La calderilla también es dinero», dice.
Hay una banderita americana junto a la caja registradora, justo al lado de la postal del dios Ganesh. Pero
Mohan no está preocupado. «Aunque gane ese hombre, no estará mucho tiempo en el poder —me dice—.
Ahora tiene dinero, aviones, cosas hermosas. Es un pájaro. ¿Por qué querría un pájaro vivir en una jaula?»
Tres
Después de las elecciones, Ben se dedica a fabricar un montón de cosas de madera. Una para tener
ordenadas nuestras herramientas, otra para impedir que cojee el cubo de la basura. Se pasa horas
haciéndolas. «Listo, ya lo he arreglado», dice.
Una banda de caracoles atracó a una tortuga. La policía acudió a levantar el atestado, pero la tortuga no
pudo darles información. «Todo ha ocurrido tan deprisa», dijo .
Y en el éter, la gente preguntándoles una y otra vez, a los que decían que habéis perdido solos, a los que
decían que los dos eran iguales, a los que decían que se joda todo.
¿Ahora estáis contentos ?
El camino se está volviendo… más estrecho. Así es como me lo ha explicado Ben. Después de haber hecho
mentalmente el cálculo.
Pero ¿queda alguna posibilidad…? No es imposible.
Así que nos quedamos despiertos y lo estuvimos viendo hasta el final.
En el cole, el amigo de Eli se jacta de que va a matar al presidente con un sable láser. Pero luego se
corrige y dice que sería mejor usar una estrella ninja. Mi hijo llega muy enfadado a casa. Cree que su
amigo piensa las cosas de la forma equivocada. ¿Y cuál es la forma adecuada?, le pregunto.
Cavar un hoyo, preparar una trampa, taparla con hojas .
Se pueden encontrar consejos por todas partes, algunos muy buenos, otros muy prácticos. Los consejos
prácticos se difunden muy deprisa y dan resultado.
A las mujeres en edad fértil se les recomienda ponerse un DIU . Duran entre seis y doce años, de modo que
podrían sobrevivir al cierre de las clínicas. Pero de repente se ha vuelto muy difícil que te den una cita
con el médico: hay lista de espera hasta dentro de muchos meses y las salas de espera de los
ambulatorios están llenas de mujeres blancas, todas muy nerviosas.
«¿Deberíamos comprarnos una pistola?», pregunta Ben. Pero estamos en América. Si quieres salir en las
noticias tienes que matar como mínimo a tres personas. Lo que quiero decir es: ¿no será justamente ese
derecho el último que van a querer suprimir? Ben me mira. El apellido de su abuelo era el doble de largo
que el suyo. Le obligaron a abreviarlo en Ellis Island.
Lo mismo pasó después del 11-S, había el mismo zumbido flotando en el aire. En todas partes todo el
mundo hablaba de lo mismo. En las tiendas, en los restaurantes, en el metro. Yo había quedado a tomar
café con un amigo. Su familia había huido de Irán una semana antes de la caída del sah. No quería hablar
del zumbido, pero yo le presioné. Tu pueblo al fin ha descubierto lo que significa caer en la historia, me
dijo. Los demás ya llevamos mucho tiempo ahí.
Todo es mucho mejor en el vagón silencioso. En el vagón silencioso todo el mundo está callado. Ben
aprieta su pierna contra la mía. Leemos, uno al lado del otro, mientras Eli construye mansiones de
muchas estancias. Al otro lado del pasillo, el revisor obliga a salir del vagón a un hombre que está
conversando con un amigo en español. «¿Ahora mismo? —pregunta el hombre—. ¿Con el tren en
movimiento?»
En la habitación del hotel hay muchos canales, pero todos acaban decepcionando.
Vamos al Smithsonian. Ellos quieren ver las cosas del espacio. Yo quiero ver los homínidos. Por la tarde
vamos a visitar los monumentos y hablamos solemnemente acerca de la democracia. Venir a Washington
ha sido idea de Ben. Estar aquí da mucho más miedo del que me imaginaba. Muy pronto, muy pronto,
muy pronto: ese es el bucle que no me puedo quitar de la cabeza. Ben tiene pensado pasar los próximos
meses visitando lugares históricos con Eli. Quiero ir sembrando, me ha dicho, pero no me ha explicado
para qué.
Nuestra última visita es al Museo del Espionaje. Ben se queja porque he elegido el único museo de toda la
ciudad que no es gratuito. Pero estoy contenta porque hemos estado a punto de ir al Museo del
Holocausto.
A Eli le entusiasma el museo. Nos hacen leer una posible coartada, debemos memorizarla muy deprisa y
luego responder una serie de preguntas. Hay un pasadizo secreto que los niños pueden cruzar a gatas. Yo
voy cojeando de un sitio a otro mientras miro lo que se expone en las vitrinas. Hay pistolas camufladas en
barras de labios. Pistolas ocultas en una cámara.
Pero lo mejor de todo son unas gafas de aspecto muy normal. Ocultan una cápsula de cianuro. Debe
usarse en caso de ser atrapado por el enemigo para no tener que traicionar a nadie.
Va a ser muy duro, decía Sylvia. La gente que hace este tipo de trabajo se vendrá abajo, la gente se
pondrá enferma y morirá. Recuerdo lo que me dijo cuando la llamé al día siguiente. Todo se ha deshecho
en el aire. Todo se ha deshecho en el aire .
Lo predijo todo antes de que sucediera. Me dijo que en tiempos de caos la gente anhela tener un hombre
fuerte. Pero yo no me la creí. Casi nadie se la creyó.
Pero ahora hay una mujer en los servicios y el suelo está lleno de mierda. Le paso toallitas de papel por
debajo de la puerta. Veo que lleva unas botas muy caras. No hablamos y después procuro no fijarme en
los zapatos de nadie.
En el mostrador de préstamos, a Lorraine le vuelven a enseñar la radiografía. Con infinita paciencia,
asiente con la cabeza. Alguien me contó que durante una época cantó en un club. Ahora tiene hijos
mayores y su marido se está muriendo de algo muy lento y muy horrible. No me meto en la vida de nadie,
me dijo una vez. El único consejo que me ha dado en todo este tiempo ha sido: Cuídate los dientes .
Pero después, en la sala de descanso, la veo chillándole a uno de nuestros compañeros de trabajo. «¡Eres
un niño! ¡Te has comportado como un niño!», le grita al que decidió que no iba a votar en estas
elecciones.
La hermana de Ben le ha contado que han puesto un cartel en la entrada de la frutería más lujosa de su
ciudad. Dice: «NO HABLEN DE POLÍTICA, POR FAVOR ».
P. ¿Cómo podría detectar cuántas personas de las que me rodean podrían llegar a convertirse en
«buenos alemanes»?
R. Un historiador llamado Timothy Snyder ha estudiado a fondo el modo en que las sociedades del
pasado se hundieron en el fascismo. En su libro Sobre la tiranía hizo las siguientes sugerencias:
Hay que mirar a los ojos y hablar de cualquier cosa. No se trata solo de ser educado. Se trata de
mantenerse en contacto con todo lo que nos rodea, de derribar las barreras sociales innecesarias y de
aprender a descubrir en quién podríamos y en quién no podríamos confiar. Si vamos a entrar en un
periodo de delaciones políticas, nos va a hacer falta conocer el paisaje psicológico de nuestra vida
cotidiana .
Mi historial de compra de libros va a hacer que un perverso algoritmo gubernamental me tenga bien
fichada. Montones y montones de libros sobre la Francia de Vichy y la Resistencia y muchos más libros de
los que ningún civil podría necesitar acerca de técnicas de espionaje y fascismo. Por suerte también hay
una novela de Jean Rhys y un libro para Eli titulado Cómo dibujar robots . Eso los despistará.
Hay un periodo después de un desastre en el que la gente intenta esclarecer si se trata en verdad de un
desastre. La psicología de desastres usa el término «milling » (agitación) para describir las acciones
predeterminadas de la gente cuando se encuentran en una situación terrorífica y por completo novedosa.
Ese es el nombre de lo que estamos haciendo, dice Sylvia.
«No esperes más: haz ya todo lo que tengas que hacer», me repite Ben. Está preocupado porque cree que
uno de nosotros, o los dos a la vez, podemos quedarnos en paro. Pero a mí no me gusta ir al dentista. ¿Y si
me da una mala noticia? «Venga, Lizzie, por favor —me dice—, pero si hace años que llevas puesta esa
corona provisional.»
Una mujer entra en la consulta del dentista y dice: «Creo que soy una polilla.»
El dentista le contesta: «Entonces no debería venir al dentista. Lo que debería hacer usted es ir a ver a un
psiquiatra…»
La mujer le replica: «Ya estoy en tratamiento con un psiquiatra» .
El dentista le dice: «Pero entonces, ¿qué está haciendo aquí?»
Y la mujer dice: «Es que tenía usted la luz encendida» .
Henry no para de pedirme consejo, y de paso me engatusa para que vaya a verlo a su casa. Y cuando voy,
me encasqueta la niña y se tumba en el sofá y se pone a mirar el techo. No hace nada en todo el día y lo
tiene todo hecho un desastre, pero luego, a última hora, se pone como loco a arreglar las cosas para que
estén listas antes de las siete, cuando Catherine vuelve del trabajo. He procurado no interferir mucho en
su vida, pero parece que mi hermano está peor, no mejor que antes. Por suerte, Iris es un bebé muy fácil.
El que parece a punto de echarse a llorar todo el rato es Henry.
Ben no tiene pinta de estar mucho mejor. Baja el volumen para no tener que oír su propia voz, pero a
veces le escucho porque quiero saber lo que dice. Ahora está hablando de algo relacionado con el
espacio. De la luna, quizá. Y de que deberíamos volver allí. Ayer me desperté a media noche. La perra
estaba ladrando, o tal vez solo fuera un sueño. Hoy la NASA ha descubierto siete planetas del tamaño de la
Tierra. Bueno, habrá que ir pensándoselo.
El cielo, encapotado, es de un gris tenue y algodonoso, veteado aquí y allá por nubes dispersas. Pues sí,
señor, sí que me apetece. Me gustaría oír la BUENA NUEVA . ¡Voy a leerme este folleto enseguida!
Cuídate los dientes, cuídate los dientes, cuídate los dientes, repite mi mente de mono. Cada vez asiste
menos gente a las clases. Esta mañana, Margot nos ha hablado de las diferencias entre caer y flotar. Con
la práctica, nos ha dicho, podemos aprender a aceptar la sensación de no tener un suelo bajo nuestros
pies sin sufrir miedo existencial. Es algo parecido a lo que podría sentir un paracaidista experimentado o
un astronauta al disfrutar de la gran panorámica que se ve desde arriba justo en el momento en que está
precipitándose al vacío.
Nos ha dado una fórmula: sufrimiento = dolor + resistencia.
Hoy, el señor Jimmy empieza a hablarme nada más subirme al coche. Estoy tan cansada que apenas
puedo prestarle atención, así que me limito a asentir con la cabeza de vez en cuando. Ahora me habla
otra vez de los antecedentes penales. «Compruebo los antecedentes de todos mis conductores. Bueno, eso
es lo que hacía cuando tenía conductores. Hay que andarse con cuidado.» Le doy la razón: claro, claro.
«Porque, si no, podría presentarse un moraco, ponerse a conducir uno de tus coches, llenarlo de
explosivos y…»
Para el coche delante de mi edificio. Busco en el monedero mientras él me sonríe y me dice que no hay
prisa. El coche huele a árboles artificiales. «Me parece que hoy no llevo suelto», le digo. «No hay
problema», contesta, y hace un gesto de magnanimidad con la mano.
Y así de fácil me resulta quedar libre.
Antes era muy fácil leer folletos en la biblioteca, pero ahora los tenemos guardados en una vitrina. Hay
que abrirla con llave y la gente nos la tiene que pedir en el mostrador. Mi jefa tuvo que adoptar esta
medida cuando alguien empezó a distribuir diatribas cargadas de odio.
Algunos tienen la teoría de que se está extendiendo una nueva oleada de odio. Otra teoría asegura que la
cantidad de odio actual es exactamente la misma que ha existido siempre. La única diferencia es que
ahora hay mucha más gente que le presta atención.
Alguien devuelve un libro titulado Los dichos de los padres del desierto . Lo voy hojeando mientras me
tomo el almuerzo.
Viene el tiempo en el que enloquecerán los hombres, y cuando vean a uno que no está loco, se volverán
contra él diciendo: «Estás loco, porque no eres como nosotros» .
Henry se dedica a esterilizar y reesterilizar los biberones. Intento explicarle que es un trabajo excesivo,
pero me temo que está siguiendo órdenes muy estrictas. Tengo a Iris en brazos y juego un rato con ella,
pero de golpe la dejo en la cama de matrimonio y voy a la cocina a ver por qué tarda tanto mi hermano.
Está esterilizando las pinzas de metal que usa para meter los biberones en agua hirviendo. En el piso
hace bastante fresco, pero él está sudando a mares.
«¿Por qué no te vas a dormir una siesta? —le pregunto—. Ya la vigilo yo.» Se da la vuelta y me mira.
«¿Dónde está la niña?» Le digo que la he dejado en medio de la cama. Suelta las pinzas y va corriendo al
dormitorio. La niña está profundamente dormida. «Podría haberse caído», me dice. «Henry, la niña ni
siquiera puede darse la vuelta.» Le tiemblan las manos. Insiste. «Podría haberse hecho daño.»
Le obligo a que se tienda en el sofá y lo arropo con una manta. Protesta treinta segundos y enseguida se
queda dormido. La falta de sueño no le está sentando nada bien: por algo será que se usa como técnica de
tortura. Pero, aun así, todo el mundo que conozco está intentando dormir menos. El insomnio se ha vuelto
una especie de medalla de honor. Una prueba de que estás atento.
Ayer hubo una amenaza de bomba en el colegio de Eli. Y circulan rumores de que le arrancaron el hiyab a
una mujer en Coney Island Avenue. Todas las madres del proyecto ÁGUILA se reúnen antes de recoger a los
niños para hablar del asunto. «En primer lugar, tendrían que dejar de llamar el Pequeño Pakistán a esta
zona», dice una.
Cuando llego al trabajo, hojeo algunos artículos sobre psicología de desastres, con la esperanza de poder
ayudar a toda la gente que últimamente circula por aquí.
Una gran parte de la población, deprimida, estaba sumida en un dulce estupor y se congregaba en
pequeños grupos inestables, muy proclives a dejarse influenciar por los rumores de un fin inminente .
Pero no puedo estar segura de nada. Aquí, este es el estado habitual de la gente.
Ahora hay demasiados alumnos en la clase de Margot, así que me salto muchas sesiones. «¿Estás segura
de que ese es el cántico más apropiado para ti?», me pregunta Ben. Debe de haberme oído cuando estaba
en la ducha.
Las criaturas sensibles son incontables. Me consagro a salvarlas .
Estoy revolviendo cajones porque necesito encontrar unos pantalones que me vayan bien. La secadora
nueva tiene una temperatura demasiado alta y nos ha encogido casi toda la ropa. Ben lleva las camisas
con las mangas cortas y los botones a punto de reventar. Sigue teniendo ese atávico sentimiento de culpa.
A lo mejor es cosa mía, me dijo. A lo mejor estoy engordando mucho.
Cuando llego, Henry está esperando en la puerta, con el abrigo puesto y las llaves en la mano. Le doy un
abrazo. «La niña está durmiendo —me dice—, y ahora tengo que ir al colmado.» Entro y voy a ver a la
niña. Sí, está durmiendo en la postura correcta. Conecto su ordenador. Vídeos de YouTube con consejos
para que la casa sea más segura para el bebé. Pero, muchachos, ¡si la niña ni siquiera sabe gatear!
Es increíble que haya venido aquí antes de ir al trabajo. Tengo que bajar el ritmo, eso me dice todo el
mundo. Voy a la cocina. La listilla de Catherine se ha ido al trabajo a las seis de la mañana para adelantar
trabajo y preparar reuniones.
«¿No crees que resulta muy raro que algunos todavía tengamos una familia?», pregunta Henry.
Saco a pasear a Iris en el cochecito. Es una mañana neblinosa y gris. Coloco la burbuja de plástico. Buda
contó cómo su padre lo protegía de los elementos.
Alguien sostenía día y noche un parasol blanco sobre mi cabeza para que ni el frío ni el calor ni el polvo ni
la suciedad ni el rocío pudieran molestarme .
(Vamos, vamos. ¡Molestos por el rocío!)
Cuando llego a casa, me encuentro una postal de Sylvia. En el anverso, un árbol raquítico rodeado por
una valla. «El árbol de los milagros», dice el pie de foto. Sylvia está participando en un congreso sobre
Fukushima. Le dije que no podía ir porque tenía que cuidar de la niña.
Ten cuidado si vas a elegir Japón como próximo destino, salvo que disfrutes con las normas estrictas, te
gusten los rascacielos industriales gigantescos y no te importe pagar diez dólares por un pastelito muy
raro y un café servido en una lata. Si estas cosas te atraen, corre a sacarte un billete, amiga, pero aquí no
se puede una reír a carcajadas en público sin suscitar un montón de miradas de sorpresa, y además Tokio
es el infierno en la tierra .
Cuando vuelve, quedamos para cenar en el centro de la ciudad. Le cuento que he estado pensando que
deberíamos comprar un terreno en algún lugar con un clima más frío. Que si el desvío climático se
produce en Nueva York tal como está previsto, Eli e Iris podrían… «¿De verdad te crees que puedes
protegerlos? ¿Y en 2047?», me pregunta Sylvia. La miro. Y es que, hasta ahora, hasta este mismo
instante, de algún modo he estado creyendo que sí podía. Pide otra copa. «Pues entonces, hazte rica: muy
muy rica», me dice con la voz muy tensa.
Henry quiere confesarme algo. Damos un largo paseo por el barrio antes de que se atreva a contármelo.
Me dice que se le llena la cabeza de malas ideas acerca de la niña, que no para de imaginar cosas
terribles. Es normal, intento tranquilizarle. Le cuento que yo me pasaba todo el tiempo preocupada por la
idea de que Eli pudiera ahogarse con una pepita de uva. «No, no es eso, Lizzie —me dice—. No se trata de
la niña. Se trata de mí.»
Luego no puedo parar de pensar en esa gente que aparece en las noticias de los periódicos, esa gente que
acaba siendo descubierta gracias a los servicios de protección animal. Viven en un apartamento, van
todos los días al trabajo —los vecinos no notan nada raro—, pero cuando un día tienen que derribarles la
puerta, aparece un caimán o una boa constrictor en el piso. Algo que podría haberlos matado.
Cuatro
A media tarde, llueve y el cielo se ha oscurecido por completo. Esperamos el tren en el andén. El anciano
que está a nuestro lado empieza a toser muy fuerte. Henry se está congelando. Si solo tienes un martillo,
para ti todo son clavos.
«No puedes contarle esto a nadie —me dice—. Lizzie, prométemelo, por favor.» Me siento como si me
estuviera atando con una cuerda. «Soy muy mala guardando secretos, tú lo sabes.» Niega con la cabeza.
«No cuando se trata de cosas importantes.»
Ni siquiera se atreve a bañar a la niña. Ahora la lava con una pistola de agua.
Lizzie, ¿qué me pasa? Lizzie, ¿qué me pasa? Repítalo diez veces.
Así que, claro, se lo acabo contando a Ben.
Hay una tradición judía que sostiene que la felicidad y el dolor deben estar entremezclados. Durante la
Pascua Judía se deben derramar unas gotas de vino, antes de beber la copa, para atenuar el placer. Cada
gota que tiras al suelo representa una tragedia que se abatió sobre los que se fueron antes que tú.
Y lo mismo pasa en las bodas. La pareja rompe una copa pisándola los dos a la vez. Se hace así para
recordar las desgracias justo en mitad de la alegría.
A veces pienso que mi familia simplemente dejó una pila de cristales rotos delante de la puerta de Ben.
Ha estado muy callado desde que se lo conté todo. Bueno, todo no: hay una cosa que no le he contado.
Creo que Henry ha dejado de ir a las reuniones. Me ha dicho que va, pero el otro día estuve esperándolo a
la salida y no lo vi.
«Esto no puede continuar así», me dice Ben. «Déjame un poco de tiempo para intentar estabilizarlo», le
contesto. Dice que sí con la cabeza, pero aparta enseguida la vista.
La costumbre exigía conservar los cristales rotos de la boda. Si el marido moría primero, la mujer
preparaba el cuerpo para el entierro colocando dos esquirlas sobre los párpados. Si la mujer moría
primero, era el marido quien tenía que hacer lo mismo. Ojalá hubiera conocido yo esta costumbre. Ojalá
hubiera guardado los cristales rotos.
La semana pasada, Sylvia dimitió de su cargo en la fundación. Cree que ya no hay esperanza alguna y que
lo único que podemos hacer es ser testigos de lo que se nos avecina. Me cuenta que tiene la impresión de
que va en un coche e intenta acelerar. Algunos compañeros de trabajo tratan de subirse al coche. Otros se
arrojan delante del vehículo para impedir que se vaya.
Ha empezado a enviarme chistes.
Los dirigentes de Rusia, Siria y América se pelean sobre cuál de ellos es el mejor a la hora de detener
criminales. El secretario general de la ONU decide ponerlos a prueba. Suelta un conejo en un bosque y les
pide que lo atrapen .
El equipo americano se adentra en el bosque. Distribuye espías animales por todo el bosque. Interrogan a
todos los testigos vegetales y minerales. Al cabo de tres meses de investigaciones exhaustivas, llegan a la
conclusión de que los conejos no existen .
El equipo sirio se mete en el bosque. Al cabo de dos semanas sin encontrar una sola pista, incendian el
bosque y matan a todos los seres vivos que hay dentro, incluyendo a los conejos. El conejo era un rebelde
muy peligroso, declaran en el atestado final .
El equipo ruso es el último en meterse en el bosque. Sale al cabo de dos horas con un oso medio muerto a
causa de una paliza. El oso chilla: «¡Sí! ¡Sí! ¡Soy un conejo! ¡Soy un conejo!» .
Eli me pide consultar en internet una información sobre robots. Le dejo el ordenador y me voy a la cocina
a prepararle macarrones con tomate. Cuando vuelvo, está viendo un vídeo de un programa matinal de la
televisión británica. Trata de un robot llamado Samantha. La robot tiene aspecto humano y está
programada con una doble configuración. En modo sexual, se pone a gemir si le tocas los pechos. En
modo familiar, se pone a contar chistes y a hablar de filosofía.
Hoy tengo que contarle cuatro historias para convencerlo de que se vaya a la cama. La que funciona trata
de un perro que va a una fiesta perruna celebrada en la copa de un árbol. De camino al árbol, se
encuentra con otros perros que van a la fiesta. Se paran a charlar.
¿Te gusta mi sombrero?
No me gusta.
¡Adiós! ¡Adiós!
Esta es mi fantasía personal sobre cómo deberían tratarse los vecinos.
Pero en el mundo real, la señora Kovinski llama a la puerta a las siete de la mañana. «Veo que ya les ha
llegado ese periódico tóxico que leen ustedes», dice. Ha cogido el ejemplar dominical del New York Times
que había en el vestíbulo y lo ha traído hasta nuestra puerta.
Ben se pasa todo el día tumbado en el sofá, leyendo una monumental historia de la guerra. Pero como
compró el libro en una librería de segunda mano, tiene un volumen que solo llega hasta la primera guerra
mundial.
En el verano de 1914 había una fuerte tensión eléctrica flotando en el aire. No faltaba mucho para que
nos precipitáramos en la locura de la primera guerra mecanizada de la historia. El político británico sir
Edward Grey hizo una predicción de lo que se avecinaba y la cita se ha hecho famosa. «Las luces van a
apagarse en toda Europa y ya no las volveremos a ver brillar en nuestras vidas .»
A la hora de dormir, Eli y yo empezamos a leer El príncipe Caspian . Al comienzo, los niños están en una
estación de tren, pero son arrastrados por una tormenta y aterrizan en una isla desierta. Vagan por la isla
hasta que encuentran los restos de un muro de piedra. Eli se da cuenta antes que yo de que se trata de
las ruinas del castillo de Narnia. Y enseguida se pone a hacerme preguntas. ¿Seguirá vivo cuando yo me
muera? Y si no es así, ¿qué va a tener que hacer?
Le contesto con el viejo truco de siempre. Que va a pasar mucho mucho tiempo antes de que me vaya.
Que todos viviremos durante mucho mucho tiempo.
Pero no es eso lo que él quiere saber.
Últimamente, Ben ha lanzado unos cuantos globos sonda insinuando la posibilidad de mudarnos a otros
barrios. Pero cuando miramos los precios de los alquileres todos son disparatadamente altos. Me
preocupa que acabe proponiendo Nueva Jersey, pero al final nunca lo hace.
En cambio, se le ha ocurrido una idea para el verano. Quiere mandar a Eli a un campamento organizado
en una finca catalogada como patrimonio histórico, en el que se enseña a los niños a hacer mantequilla y
a cuidar un rebaño de cabras. Eli no quiere ir. «Eres tú el que quieres ir», le digo a Ben.
No paro de preguntarme cómo podríamos canalizar todo el miedo que sentimos y convertirlo en acción.
Una noche, Ben y yo vamos a una reunión sobre justicia social celebrada en la iglesia unitaria que hay al
final de la calle. Buena gente por todas partes que se dedica a hacer planes y a ayudar a los demás. Visto
esto, ¿por qué tengo que sentirme tan agobiada?
Casi todo el mundo es mayor que nosotros. Hablan de la ayuda que han recibido de otras personas. Dan
las gracias a todos los que les han auxiliado y nos exhortan a pensar en quienes son menos afortunados
que nosotros.
Es una iglesia. Y justo ahora me acuerdo de cómo funcionan.
«Yo creía que querías formar parte de una comunidad», me dice Ben cuando salimos. Pues no, no me
apetece. Desde luego, no de una comunidad como esta. Todas esas miradas insistentes. «No es mi tribu»,
le digo.
Pierdo el bus exprés y tengo que coger el bus local. Justo el otro día oí a una mujer que le decía a otra
que la lentitud es una forma de bondad. Este bus está lleno de rusos con las bolsas de la compra entre los
pies. Me siento enfrente de un tío que está muy bueno; lleva un abrigo verde y me mira como si estuviera
intentando averiguar de qué me conoce. Cuando yo era más joven, a veces sabía por qué me estaba
mirando fijamente un hombre, pero ahora ya no suele ser nada más que un fallo de memoria.
Lleva una petaca con el tabaco de liar y una mochila andrajosa que parece haber sobrevivido a una
guerra. Un libro sobresale de la mochila, pero no está lo suficientemente cerca como para que pueda ver
el título. Ben me contó que los griegos tenían un término, epojé , que significa «suspensión del juicio».
Resulta muy útil para aquellos de nosotros que tendemos a hacer causa común con los desconocidos que
nos encontramos en los autobuses. Alianzas inesperadas, las llama mi hermano. Debo andarme con
cuidado. Mi corazón es generoso.
Está lloviendo. El autobús va lleno. Ha alcanzado esa densidad en la que ir sentada te hace sentir
culpable. Miro a mi alrededor. A regañadientes cederé mi asiento a las personas con movilidad reducida y
a las embarazadas y a las personas que vayan con bebés. Pero resulta, milagrosamente, que todos los
pasajeros son adolescentes en buena condición física con auriculares en los oídos. Me he olvidado el
móvil; si no, yo también habría borrado de mi mente a todos esos humanos que me rodean.
El tipo del abrigo verde no para de mirarme. «De la biblioteca», le digo, y mueve la cabeza muy despacio,
parece que respetuosamente. «Sí, sí, eso mismo», dice. Tiene un leve acento extranjero y me pregunto si
procede de un lejano país en el que se tiene en gran estima a las bibliotecarias.
Nos bajamos en Coney Island Avenue. Cuando se levanta del asiento, veo que el libro es una guía de
campo de setas y hongos.
Ahora está diluviando. Todas las palomas han salido huyendo. El traficante de drogas del 5ºC me sostiene
la puerta. Los dos sacudimos el agua de los paraguas.
Sylvia tiene un nuevo plan de evasión. Quiere comprarse una caravana e irse a vivir al lugar más oscuro
de América. Hace años ya vivió allí con un ex que era astrónomo aficionado. Está en algún punto de
Nevada, a muchas horas de distancia de la ciudad más próxima. Según dice, en una noche despejada se
puede vislumbrar a simple vista la Galaxia del Molinillo. Luego busco información y descubro que esa
galaxia está a veinticinco millones de años luz de distancia.
Se acabaron las campañas publicitarias, las recogidas de fondos, los mensajes obligatorios de esperanza.
Las cosas por las que ha estado luchando durante estos años han sido barridas de un plumazo. Y ahora,
me dice, todo lo que desea es irse a vivir a un lugar tranquilo y oscuro.
En griego, retirarse a vivir en el desierto se dice anacoresis .
Ya no va tanta gente a la clase de meditación. Me entero de que muchos han dejado de ir por culpa de
algo que dijo Margot. Alguien le preguntó por la reciente oleada de acusaciones en la prensa. Contestó
que le causaba una gran tristeza pensar en la conducta deshonrosa de esos hombres. Pero también criticó
el lenguaje empleado, los términos que hablaban de víctimas y de criminales. Cuando le preguntaron su
opinión sobre los castigos que merecían esos hombres, tan solo se le ocurrió hablar de la reencarnación.
Todo el mundo que vive aquí ya le ha hecho de todo a todo el mundo, dijo.
Y eso explica que hoy solo asistamos a clase tres tíos heterosexuales y yo. Margot nos habla de la palabra
dukkha , que suele traducirse por sufrimiento, aunque puede tener otros significados. En el budismo
tibetano, según nos cuenta, esta palabra tiene una connotación algo distinta. En vez de afirmar que la
vida es sufrimiento, podría significar que la vida es tolerable. Tolerable, sí, pero con el añadido del
adverbio «apenas».
En ningún sitio me encuentro ya tan bien como en casa. Eso me dice mi hermano mientras paseamos por
el parque y él lleva a su niña en la mochila portabebés, bien apretada contra el pecho.
«Tienes que ir a ver a un psiquiatra de verdad —le digo—. Yo no lo soy.»
Lleva durmiendo diez días en nuestro sofá. Ve a Iris cuando yo le organizo las visitas. Y todo porque se
puso hasta arriba y engañó a Catherine con una antigua novia. Luego volvió a su casa y confesó el
pecado. Hubo dos semanas de tira y afloja, pero al final ella lo puso de patitas en la calle.
Dos semanas y tres sofás más tarde, Henry vuelve a estar con nosotros. Y de pronto me acuerdo: mi
hermano es un compañero de piso terrible.
No para de dar vueltas por el apartamento. Me recuerda esas semanas horribles, cuando intentaba
sacudirse el mono. Le pasaba algo en las piernas y no podía dejar de moverlas. No paraba de agitarse y
revolverse durante toda la noche. No había postura en la que pudiera encontrar reposo. Es como si
alguien me estuviera arañando el cerebro, decía.
Ben tiene mucha paciencia, pero se hace difícil convivir con mi hermano. Todo sería más fácil si alguno de
los dos tuviera una oficina donde trabajar. Henry sigue dedicándose a las tarjetas de felicitación
personalizadas, pero me preocupa que Catherine se haya cansado también de aguantarle eso. Me quedo
despierta hasta tarde intentando ayudarle a encontrar una buena idea. Se nos ocurren algunas cosas,
pero no le digo las primeras que se me vienen a la cabeza.
Para ese hermano que es una carga…
Para esa hermana que nunca logró tener éxito en nada…
Henry se bebe toda la leche que hay en casa. Henry pierde el móvil. Henry se pone rabioso con Eli porque
el niño irrumpe muy temprano en la salita de estar. Henry vuelve muy tarde, de noche, se olvida la llave y
llama al telefonillo para que le abramos la puerta. Henry dice que no debería haber tenido una hija, que
ha sido la peor idea que ha tenido en la vida. Después, Eli pregunta: «Vosotros quisisteis tenerme, ¿no?».
Ha llegado el verano y nadie tiene ningún sitio adonde ir.
«¿Por qué has estado tanto tiempo lavándote las manos?»
«Estaban muy sucias.»
Catherine ya le ha enviado a Henry los papeles del divorcio. Como es habitual en ella, actúa muy deprisa.
Henry parece estar triste, pero al mismo tiempo aliviado. Le he dicho que tiene que hacer algo para
mejorar su estado de ánimo, de lo contrario podría perder por completo la custodia compartida de la niña.
Margot ha aceptado examinarlo. A mí también, aunque eso no suele estar permitido.
Me lleva tiempo, pero al final consigo convencer a Henry para que vaya a verla. Después volvemos a mi
apartamento. Eli está de pie, solo, junto a la ventana. «Cuando miro un árbol o un pájaro —proclama—,
puedo ver el aire que hay a su alrededor.» «Me recuerda a mí», dice Henry. «No digas eso», le ordeno,
con más brusquedad de la que quería.
Tenía pensado llamar a Sylvia. Lo tenía pensado, de verdad. Pero luego resultó que Eli pilló la gripe y me
tuve que pasar toda la noche junto a su cama con un cubo. Evacuar. Evacuar , decía nuestro nuevo
despertador parlante a las cuatro de la madrugada. Ben y yo nos hemos peleado decidiendo de quién
había sido la idea de comprarlo.
Lo que quería decir es que tardé una semana en llamar a Sylvia. Cuando la llamé, no obtuve más
respuesta que una voz grabada.
El número al que ha llamado ha sido desconectado .
En las películas de catástrofes, si alguien descubre un objeto perteneciente a la época anterior al desastre
—un cargador de teléfono, por ejemplo, o la Estatua de la Libertad—, de repente se echa a llorar.
«Tienes que ayudarme, Lizzie», me dice mi hermano. «Ya lo hago —le contesto—, ya te estoy ayudando.»
Hago que se siente en el sofá y pongo My Strange Addiction , de Billie Eilish.
Ver una hora de tele siempre relaja. Al menos no me pongo a comer polvos de talco, me consuelo
pensando. Al menos no me ha dado por enamorarme del puente de Verrazzano.
Margot le dice a Henry que hay que expresar en voz alta los pensamientos más sombríos. Si uno se los
guarda, al final acaban haciéndose mucho más peligrosos. Eso me recuerda lo que decía mi madre: Los
dioses aplastados se vuelven demonios .
Al final de la segunda sesión, Margot nos da un cuaderno de ejercicios que debemos llevarnos a casa. Al
final hay unos ejercicios terribles que Henry seguro que no va a hacer.
Esta tarde sí que he hecho algo muy estúpido, justo antes de terminar mi turno de trabajo. Me he leído un
artículo sobre una persona a la que se le tuvo que hacer un trasplante de cara, y ahora sé lo que te ocurre
si te pegas un tiro en la cabeza cuando tienes dieciocho años y no consigues matarte.
La revista advertía al comienzo del artículo de que mostraba imágenes escalofriantes, pero no decía
cuánto tiempo iban a seguir atormentándome ni por qué me harían acordarme de que Henry me contó
una vez que lo mejor era una pistola porque con las pastillas había que hacer muy bien los cálculos. Y
tampoco había una advertencia sobre las palabras que se iban a usar en el artículo, y eso que el pie de
foto decía:
La cara espera tranquilamente en la mesa a que lleguen los cirujanos .
Ahora parece que mi hermano ha dejado de dormir para siempre. «Deberías alistarte en el ejército», le
digo. Han estudiado el cerebro del gorrión de corona blanca para averiguar cómo logra volar siete días
seguidos sin pararse a dormir. La idea es conseguir que los soldados también puedan pasarse todo ese
tiempo sin dormir. Lo llaman Rendimiento Continuo Asistido.
Vete a dormir, solía decirle. Ya te despertaré cuando hayamos llegado a algún sitio.
Hace un calor horroroso durante toda la tarde. La gente se sienta en las escaleras delanteras y se dedica
a conversar y a jugar a las cartas. Un anciano me saluda cuando pasamos por delante de su edificio. De
camino a la máquina de chicles, Eli se desvía un poco para no pisar huesos de pollo y latas de cerveza. En
la máquina le toca un pequeño monstruo de goma. Hoy es el día más feliz de mi vida, me dice.
Pero Henry se pasa toda la noche jugando a los videojuegos. Parece colocado, aunque no tengo pruebas.
No para de llamar a Catherine, pero lo único que consigue es que le salte el buzón de voz. Dentro de dos
meses se celebra el juicio para acordar la custodia. Le digo a Ben que mi única obligación es que mi
hermano llegue vivo al juicio. Estoy bromeando, pero a Ben no le hace gracia. Me distraigo quedándome
despierta hasta muy tarde, buscando en Google información sobre quienes se preparan para sobrevivir al
fin del mundo.
Después Ben entra en la salita, ve lo que estoy haciendo y se va. Voy detrás de él hasta el dormitorio. «Te
has hartado de mí, ¿no?», le digo, y me contesta con la voz más hastiada que uno pueda imaginar: «No,
no me he hartado de ti. Pero quiero irme a dormir».
Por la mañana, llama por teléfono a su hermana. Hablan un buen rato. Cuando cuelga, me dice que su
hermana y su familia se van en coche hasta la costa de California y que estamos invitados a ir con ellos.
Su hermana lo llama «glamping », glamur-camping. ¿Quieres que vayamos?
«No puedo —le contesto—, tengo que quedarme aquí».
Ben pone la misma cara de resignación que estos días le asoma cada vez que hablamos de mi hermano.
«Piénsalo de otra manera, Lizzie —me dice—. Tú también tienes obligaciones con esta familia».
Pero ¿cómo voy a dejarlo solo? Si ya estoy escondiendo las pastillas para dormir en un calcetín que
guardo bajo el colchón de mi cama…
Como es natural, a Ben le preocupa que yo no logre mantenerme a flote. La última vez que Henry estuvo
a punto de ahogarse, me lancé al agua detrás de él. Dejé el instituto y nunca más retomé las clases.
Henry había dejado de trabajar. No veía a nadie. Se pasaba la vida encerrado en un apartamento en
Staten Island, enganchadísimo, hasta que se quedaba sin drogas y tenía que bajar a la calle a buscar más
mercancía.
Recuerdo el día en que fui a verlo y me encontré una especie de medio Henry que parpadeaba como una
llama a punto de extinguirse. Tienes que acabar con esto, le dije, deja que te ayude. No servirá de nada,
me contestó, nunca sirve de nada. Esta vez podrías ir a las reuniones, le dije. Lo mismo podría haberlo
apuntado a una expedición a Marte. Pero al cabo de unas cuantas noches me llamó por teléfono,
totalmente acelerado. Tenía una idea. Había visto algo en YouTube sobre los monjes del Monte Athos. Me
pidió que viera el programa y que luego le llamara. Podría irse a vivir allí, me dijo. Es muy bonito y no hay
nada.
Entrevistaban a un monje, un americano de mediana edad que había sido profesor. Había llegado al
Monte Athos huyendo de Boston y nunca más volvió a moverse de allí. Llevó al periodista al osario. Todas
las calaveras de los monjes que habían vivido allí estaban amontonadas como una pila de leña en la
leñera. El hombre no temía la muerte: sé dónde voy a acabar, dijo, y luego hizo un gesto distraído
señalando las calaveras. No había salido de la isla desde que tenía veintiséis años y ya no iba a volver a
hacerlo, a pesar de que su madre se estaba muriendo. El periodista volvió a preguntarle: ¿Ni siquiera
ahora que su madre se está muriendo? Ni siquiera ahora, contestó. Sonrió de una forma tan hermosa que
sentí un escalofrío. No, no, le dije a Henry, no vayas porque si te vas no volveré a verte.
Esta noche está recorriendo de arriba abajo nuestra diminuta salita, una y otra vez, una y otra vez. «Si me
ocurre algo, te dejo a Iris para que te hagas cargo de ella», me dice. «No te va a pasar nada —le contesto
—. Y además, no puedes cederme la custodia.»
Es sábado y mi plan consiste en hacer un montón de recados. Llego al supermercado antes de que hayan
abierto las puertas. Solo hay otra mujer esperando; va vestida con un caftán y parece muy concentrada en
algo. Probablemente se trate de una entusiasta de los cupones de descuento.
He visto algún día ese programa de la tele. El formato es igual que el de los drogadictos, solo que en este
no incluyen la emboscada final con toda la familia. La parte que más me gusta es cuando la persona llega
a la caja con diez carritos de la compra. El total a pagar es desorbitado, y hay un momento en que parece
que el comprador va a largarse haciendo un sinpa. Pero entonces suena la musiquilla. La persona abre
una carpeta enorme y empieza a darle a la cajera montañas de cupones. Con cada nuevo cupón, el
importe va disminuyendo.
¿Hasta dónde puedes llegar? ¿Hasta dónde puedes llegar ? (La eterna pregunta.)
Alguien me saluda y veo que es el tío sexy del autobús. Lleva ropa de runner , lo que rebaja la opinión que
tenía de él. «¿Qué haces?», me pregunta. El encargado del supermercado nos mira desde el otro lado del
cristal. Las puertas se abren. «Poca cosa», le contesto. Se saca del bolsillo una colilla de cigarrillo, la
enciende y luego se va corriendo.
O sea, que probablemente no es americano.
Después llevo a Eli a la nueva tienda de todo a un dólar para comprar un colador de plástico. Echa a
correr entusiasmado por los pasillos. «¿Quién ha hecho todas estas cosas?», me pregunta. «La Mano
Invisible», le contesto.
«Estoy muy preocupado por ti», me dice Ben. Y todo porque he dicho algo que solo creía estar pensando.
Eli me estaba dando la tabarra con sus cereales. ¿Dónde estaban? ¿Por qué no se los había comprado?
¿Por qué no volvía al súper y se los traía? Os odio a todos, he dicho.
Bueno, solo un poquito, he intentado defenderme, pero por lo visto ese solo un poquito no ha sido
suficiente, ya que Eli se ha puesto a llorar.
Así que Ben me comunica que se van de viaje con su hermana. Y se irán tanto si voy con ellos como si no.
Durante tres semanas. Nunca han estado tanto tiempo fuera. Insisto en que no puedo ir y se pone a hacer
las maletas en medio de un preocupante silencio que no presagia nada bueno.
Pero en cuanto Ben llega a casa de su hermana, me llama por teléfono. «¿Cómo van las cosas?», le
pregunto. «Te echamos de menos», dice.
Como mínimo me queda la perra. Y quizá algo así como una aventura. El tipo del autobús ha venido hoy a
la biblioteca. Se ha pasado toda la mañana deambulando entre las estanterías. Ahora está hablando con
una de las usuarias habituales, la chica de las uñas mordidas hasta la raíz. «No coma plantas que tengan
la savia lechosa. Con una única excepción, los dientes de león», le dice. Y sale afuera a fumar.
Cuando me voy a almorzar, no se le ve por ningún sitio. Le doy el dólar a la mujer del banco. En la calle
hace un calor bochornoso. Noto el sudor que me chorrea por los brazos. Como solía decir mi madre:
Nadie se está fijando en ti .
Cuando vuelvo a casa, Henry está tumbado en el sofá, mirando al techo. Busco con el mando un programa
que no tenga nada que ver con ninguno de los dos. Lo vemos mientras nos comemos unos cuencos
enormes de budín de chocolate. Una de las concursantes se dirige a la cámara y se pone a hablar de sus
esperanzas y de sus sueños. ¿Por qué todos los participantes en los reality shows tienen que pasarse la
vida declarando sus intenciones? ¿Vendría a ser como la oración para los visitadores médicos?
Ahora, con la ausencia de Ben, flota una atmósfera extraña por el edificio. Parece que la gente me mira de
forma muy distinta. Por ejemplo, no sé si el traficante de drogas quiere acostarse conmigo o con todo el
mundo. Emite una especie de música ambient .
Le caigo mucho mejor desde que la otra noche me vio volver a casa, a las dos de la madrugada, borracha
y dando tumbos. Pasó a mi lado por el vestíbulo cuando yo intentaba sin éxito meter la llave del buzón.
¿Todo bien?, preguntó. Sí, sí, contesté. Subió a su casa, pero después de esa noche siempre me sostiene la
puerta del ascensor aunque yo no haya llegado aún ni a la mitad del vestíbulo.
Es importante recordar que el dolor emocional llega en oleadas. Acuérdate de que siempre habrá una
pausa entre las oleadas. Eso es lo que Margot le dijo a Henry. Hemos intentado hacer los deberes, pero no
hemos sido capaces de hacerlos.
«Es insoportable», dice Henry. «Te cuesta mucho soportarlo», le corrige Margot. Henry tiene que
consignar sus visiones más perturbadoras. «Escríbelas en primera persona. Usa detalles vívidos», le dice.
Después yo sostengo en brazos a Iris mientras Henry intenta hacerlo. Ay, los ojos: cómo duele mirarlos.
Se aturulla, vuelve a empezar, se pone a leer desde el principio.
Dejo a la niña en el coche mientras voy al supermercado. Es mucho más grande de lo que me imaginaba.
Deambulo por los pasillos mientras meto cosas y más cosas en el carrito de la compra. Está tan lleno que
hasta llevo cosas en el asiento donde se supone que debería ir la niña. De repente me acuerdo de Iris y
salgo corriendo afuera. Es un día de calor sofocante y todas las ventanas están cerradas. Hay gente
apelotonada alrededor del coche y está intentando abrirlo. Un hombre golpea el parabrisas con un
martillo, pero no logra romperlo. Una mujer está chillando. Llega la policía y consigue abrir el coche a
martillazos. Le hacen una reanimación respiratoria a la niña, pero ya está muerta. Yo estoy entre el
gentío. Y entonces me doy cuenta de que soy el padre de la niña .
Beso la cabeza de Iris donde tiene la fontanela. «Muy bien», le digo a Henry.
Esa robot, Samantha, vuelve a salir en las noticias. La han exhibido en una feria de electrónica en Europa,
pero un montón de hombres la han intentado probar a la vez, y al final ha acabado llena de manchas por
los manoseos y con dos dedos rotos. El inventor estaba destrozado. Ha tenido que llevársela de vuelta a
España para que la reparen. Por fortuna, su sistema de voz todavía funcionaba. Estoy bien, repetía. Esta
gente son unos bárbaros, le ha dicho el inventor a un periodista.
La tradición budista sostiene que todos hemos nacido ya muchas veces en el pasado y que todos hemos
sido madres y padres e hijos y hermanos de todos los demás. Por lo tanto, deberíamos tratar a todas las
personas con las que nos cruzamos como si fueran nuestros seres queridos.
He estado pensando mucho sobre cómo me voy a enfrentar al desastre. Es arriesgado elegir a la gente
con la que voy a vivirlo. Primero de todo, hay que evaluar su carácter. ¿Serán líderes? ¿Serán seguidores?
¿Dominarán a los demás en cuanto les resulte posible? ¿Son alfa? ¿Son beta?
Según me han dicho, mi perra no es ni una cosa ni la otra. Es escaladora, lo que significa que se mostrará
respetuosa con todos los perros alfa, pero si surge la posibilidad, irá subiendo poquito a poco hacia el
cabecero de la cama hasta que alguien la descubra y la vuelva a arrojar a los pies. Los beta son los que
automáticamente se quedarían a los pies de la cama.
En segundo lugar, hay que comprobar las habilidades de la gente que eliges. ¿Es una persona mañosa?
¿Tiene oído musical? ¿Tiene conocimientos de medicina?
En tercer lugar, hay que imaginar cómo les dirás que quieres que se enfrenten contigo al desastre.
A veces bajo la guardia y por un instante me dejo llevar y me pregunto qué es lo que anda mal en Henry.
Y qué pasaría si un día se pusiera hasta las cejas y se dejara arrastrar por esas ideas negras. Pero luego
me llega la presión de los desconocidos y subo las escaleras y vuelvo a salir a la luz del sol.
Vemos el final de temporada del reality «Quiero mi descuento». Esta vez la compradora logra reducir la
cuenta a 2,58 dólares. Toda la gente que está en el supermercado aplaude mientras alguien empuja la
hilera de suntuosos carritos hasta el coche de la ganadora.
En alguno de los episodios anteriores del programa se había contado la historia de la ganadora. Esta
mujer se maquillaba cada día para ir a trabajar y se ponía un vestido elegante, pero no le daba miedo
meterse en un contenedor de basura a rebuscar cupones abandonados. El presentador del programa
comentaba que la mujer acababa de reformar su casa para almacenar montones de compras al por mayor
y ahora vivía con su familia en el sótano a medio acondicionar.
Mi madre me manda una foto. Ha ido en autobús con su grupo de oración a una cárcel que hay en un
estado limítrofe con el suyo. No les habían autorizado a ver a la gente que está confinada en el centro, así
que se han quedado detrás de las alambradas que rodean el recinto y se han puesto a cantar con la
esperanza de darles ánimos a los presos. En la foto se ve un árbol raquítico que se alza en la parte
exterior de la valla. Por lo visto es el único árbol que se ve desde la prisión. Antes de irse, los miembros
del grupo han dejado sus crucifijos colgando de las ramas.
No vas a tener que caminar cincuenta kilómetros cargando con tu hija a la espalda.
Pero ¿y si tuviera que hacerlo ?
He ido demasiadas veces a mi bar favorito mientras todo el mundo está fuera de la ciudad. Me divierto
charlando con gente que no sabe nada de mí. Y me paso un montón de tiempo escuchando las
conversaciones de los demás.
Es importante estar atento al «momento decisivo», le dice a su ligue el hombre que está a mi lado. Estoy
de acuerdo. La única diferencia es que él está hablando sobre la fotografía del siglo XX y yo estoy
hablando sobre todo lo que ocurre en el siglo XXI .
Y un buen día el tío entra. Se llama Will. Resulta ser una especie de periodista. Acaba de llegar de Siria.
Tiene un segundo empleo muy raro: expediciones con niños por zonas salvajes. «No hay una diferencia
clara entre estar perdido y no estar perdido», me cuenta, y yo lo apunto en una servilleta.
Y luego, sin saber cómo, llevamos cuatro copas más y le estoy hablando del caos que se nos viene encima.
«¿De qué tienes miedo?», me pregunta, y la respuesta, claro está, es del dentista, de la humillación, de
pasar hambre. Y entonces dice: «¿Qué cosas útiles sabes hacer?». «La gente dice que soy una persona
divertida y que sé contar una historia para que resulte amena y atraiga al público. Procuro no hablar
demasiado de las aspiraciones a las que he tenido que renunciar ni de lo mucho que odio a los hippies y a
los ricos.» «Pero yo te preguntaba por tus habilidades prácticas», dice, y le cuento que me sé de memoria
unos cuantos poemas; que hace poco aprendí a fabricar, usando una lata de atún, una vela que tarda
mucho en consumirse (la lata debe estar rellena de aceite y no de agua); que ya sé reconocer un nogal
negro y que se puede sobrevivir si te comes la cara interna de la corteza de un abedul en caso de estar
muy apurado; que sé lo importante que es llevar siempre encima unos chicles para poder reactivar la
moral después de la catástrofe, y también porque quitan el apetito y porque se supone que puedes pescar
con chicle, siempre que sea de color brillante y tenga sabor azucarado, porque solo así atraerá a un pez
curioso que querrá saber qué es eso y acabará enganchado al anzuelo que has fabricado con un clip bien
afilado y una cuerda y un palo. Si fuera necesario, se puede usar tabaco húmedo como emplasto sobre
una herida. Se pueden comer hormigas rojas (tienen un regusto a limón); los mormones comían bulbos de
lirio, una comida para los tiempos de hambruna; Malcolm X decía que su madre hacía sopa de diente de
león cuando no tenían otra cosa que comer. Si no tienes suficiente agua, no comas nada, mantén la boca
cerrada y conserva la energía. Se puede sobrevivir tres horas sin un refugio adecuado en condiciones
muy duras, tres días sin agua, tres meses sin esperanza, pero no bebas tu propia orina —eso es un mito—
y no te comas la nieve (antes hay que fundirla). Si tienes dolor de muelas, puedes ponerte encima una
aspirina machacada. Lo único que se necesita para fabricar pasta de dientes es bicarbonato de sodio,
aceite esencial de menta y agua. Se puede masticar un palito hasta que las astillas se conviertan en un
cepillo de dientes…
El tío no para de tocarme el brazo. A veces el corazón se larga con alguien y lo único que se lleva es un
pañuelo en un palo, como un hatillo.
Cuando llego a casa, Henry está jugando a los videojuegos. Yo me pongo a mirar la lista de las siglas
preparacionistas que he impreso por la mañana.
LDLP. LÁRGATE DEL LUGAR PELIGROSO.
NCEN. NO CONFÍES EN NADIE.
MID. MIEDO, INCERTIDUMBRE Y DUDA.
MSQL. MEJOR SEGURO QUE LAMENTARLO.
SED. SIN ESTADO DE DERECHO.
ES. ESTÁS SOLO.
NVAC. NUNCA VOLVERÉ A CASA.
La próxima vez le digo que muy pronto veremos cómo levantan una barrera marina que rodee la ciudad.
Ahora mismo, el alcalde ya está pidiendo consejo a los holandeses. Hay poblaciones costeras en Holanda
en las que se oyen las olas rompiendo, se ve planear a las gaviotas y se puede oler el salitre sin tan
siquiera ver ni un trocito de mar.
Este tío es una persona carismática y está acostumbrado a que lo persigan. Una noche me enseñó una
foto de su exmujer, que es una fotoperiodista asombrosamente sexy. Es francesa. Él es franco-canadiense.
Antes solían ir juntos a zonas de guerra. Le pregunté si solo había salido con chicas guapas.
Amablemente, hizo una pausa y reflexionó un poco. Más o menos, dijo. ¿Tu ex lleva un parche en el ojo?
No, no lleva un parche, contestó Will.
Después, cuando el tío ya se ha ido, Tracy dice que no tengo arreglo por no haber intentado ligar con él.
«Deberías limitarte a estar casada», me dice. «Ya estoy casada», replico con pedantería. «Por eso
mismo», responde.
Es que yo… no podría soportar la parte en que dejases de quererme, le digo al tío que me sonríe en el
metro. Telepáticamente. Pero me oye. Ahora se ha puesto a jugar a algo en el móvil y ya no me mira.
Si se larga con Tracy, ya se me pasará. Es ley de vida. El emparejamiento selectivo. Por nada del mundo
me arrojaría a las vías del tren. Ni de coña. Pero siempre hay accidentes de esos en los que un vehículo
choca contra un árbol; yo podría ser la otra chica que iba en el coche. Ellos dos se alejarían cogidos de la
mano, pero nunca podrían olvidarse de mí.
Una cosa que me gusta de Will es que no parece molestarle que yo me tire horas y horas hablando del
zazen. Puedo adivinar que pertenece a la escuela de pensamiento según la cual es bueno todo aquello que
te ayude a pasar la noche. A veces me pregunto qué está haciendo aquí. «Estoy de paso», dice. Muy bien,
muy bien, sigue deambulando de un lado a otro, canta tu canción: probablemente esa clase de cosas.
Me lleva un tiempo averiguar cómo emplea su tiempo. Por lo que he podido descubrir, se va a un sitio
horrible donde están a punto de matarlo, luego se larga de allí y se dedica a vagabundear por un país en
paz hasta que se siente de nuevo con ánimos para irse a trabajar de corresponsal de guerra.
Me cuenta cosas sobre sus expediciones a lugares salvajes. Una vez siguió el rastro de un aventurero del
siglo XVIII . Fue por donde el otro había ido y se quedó a dormir donde el otro se había quedado a dormir.
Como guía usaba el diario de aquel hombre. Y de paso, escribía su propio libro a medida que seguía la
ruta. Al final, según me dijo, su diario se convirtió en una especie de reescritura del diario original. El
viaje le llevó ocho meses. En algunas ocasiones, muy pocas, se permitió dejar de tocar el suelo con los
pies. Un día de mucha lluvia aceptó subirse a un coche y se quedó asombrado al ver con qué grado de
violencia la nueva velocidad afectaba a su cuerpo. Los pensamientos no se le desplegaban
ordenadamente, sino que se le aparecían todos al buen tuntún. Se agarró a la manecilla de la puerta y
esperó asustado el momento de poder recuperar su libertad.
¿Qué tal el camino? Eso nos preguntaban en las reuniones del grupo de jóvenes. Se referían al camino
con Jesús.
La pregunta que le hago a Will es la siguiente: y este país ¿qué te parece? ¿Un país en paz o en guerra?
Estoy bromeando, más o menos, pero él me contesta en serio.
Dice que la sensación que le provoca es la misma que uno tiene cuando la guerra está a punto de
empezar. Es una cosa muy rara, pero vas aprendiendo a darte cuenta. Y aunque todo el mundo esté
convencido de que todo va a ir bien, de algún modo esa sensación está flotando en el aire. Es algo mucho
más físico que mental, me dice.
¿Algo así como cuando a un perro se le erizan los pelos? Sí, me contesta.
Me cuenta que en los campamentos les enseña a los niños algo denominado «constatación de pérdidas».
Si quieres sobrevivir, tienes que pensar ante todo en el grupo. Si te preocupas por las necesidades de los
demás, tendrás un objetivo y el objetivo te proporcionará el chute de energía necesario en una
emergencia. Me dice que nunca se sabe qué niños van a reaccionar mejor, pero que en general los niños
de las áreas residenciales son los peores. No tienen predadores, dice.
No entiendo cómo lo pudo hacer Ben. Tengo que llamarle para que me dé instrucciones sobre cómo
limpiar toda la mierda de ratón del estante de las especias y del otro estante que hay debajo, porque llevo
una hora con los guantes amarillos puestos y el desinfectante y las toallitas húmedas y tirando tanto papel
que ya he dilapidado todo el bien que había hecho hasta ahora en el mundo. Y además luego tengo que
volver a colocarlo todo en su sitio. ¿Significa eso que hay que volver a limpiar cada frasco de especias,
cada tarro, uno por uno, por separado? «Pues sí que lo hice —contesta Ben con dulzura—, pero no hace
falta que lo vuelvas a limpiar todo, con quitar la mierda ya has hecho mucho.» Se ríe cuando le digo
cuánto tiempo llevo con esto, y me responde: «Es el inicio de una nueva vida».
Ya estoy empezando a echarlo de menos. El tibio murmullo de su cuerpo pegado al mío en la cama. Las
pequeñas bromas y la amabilidad. Una especie de crédito o de buena voluntad, prorrogada una y otra y
otra vez tanto si te la has ganado como si no.
Qué curioso: cuando estás casada, lo que deseas es que tu pareja y tú podáis volver a ser anónimos el uno
para el otro; pero cuando eres una persona anónima, lo que deseas es estar casada y poder leer los dos
juntos en la cama.
Siguen llegando emails. Y la gente tiene ideas. No se dediquen a «ingenierizar» el sol o el océano,
«ingenierícennos» a nosotros.
La gente más pequeña suele vivir más , afirma un científico. Usa menos tejidos para la ropa, menos
caucho para los zapatos y ocupa menos sitio en los aviones .
P. ¿Qué significaría bioingenierizar a los humanos para que fueran más eficientes?
R. Una de las cosas que se están investigando son los ojos de gato, o más bien la técnica de dotar a los
humanos con ojos de gato, o de adaptarlos para que se vuelvan más parecidos a los ojos de gato. Y la
razón es que los ojos de gato, de día, ven igual de bien que los ojos humanos, pero por la noche ven
mucho mejor. Los investigadores han hecho el cálculo de que si todo el mundo tuviera ojos de gato no
necesitaríamos tanta iluminación artificial, de modo que se podría reducir considerablemente el
consumo energético a nivel global.
He leído todo eso en la sala de prensa y revistas. Y también he leído otras cosas. Hay una revista
especializada en estudios sobre la soledad y las formas de combatirla.
Hunt et al. (1992) descubrieron que una mujer sentada en un parque recibía un número
significativamente mayor de interacciones sociales por parte de los paseantes si estaba acompañada por
un conejo o una tortuga y en cambio muchas menos si estaba sentada a solas junto a un televisor o
haciendo pompas de jabón .
El profesor auxiliar parece mucho más pálido que de costumbre. No consigue terminar las frases. ¿Sería
posible que…? ¿Le molesta si…?
Dicen que cuando uno está solo empieza a perder palabras.
Después, en mitad de la noche, comienzo a preocuparme por él. Pienso en las cosas que debería haberle
dicho. Sé lo que uno debería ponerse a buscar. Crecí con esa lista en la cabeza. ¿Tienes un plan?, le
preguntaba a Henry cuando llamaba de madrugada intentando regalar algo que ya no necesitaba.
Yo no paraba de hablar, pero cuando él me decía que tenía que colgar, fingía que todavía me quedaba algo
más que decirle, algo que antes se me había olvidado, algo muy importante. Necesito hablar contigo
mañana por la mañana, le decía. Y tienes que llamarme para que no se me olvide. Era una treta muy
sencilla, pero funcionaba. Hay que conseguir ponerles tareas para el día siguiente, para dentro de una
hora o incluso para dentro de un minuto.
Los científicos afirman que la teoría del todo es una expresión técnica, no una idea metafísica.
Pero muchos de los clientes habituales de este bar parecen tener su gran teoría unificada. Se las he oído
exponer cuando yo servía copas aquí. Durante mucho tiempo, las que más me llamaban la atención eran
las grandes teorías unificadas acerca del sufrimiento. La mueca de dolor que ponían cuando expresabas
una pequeña queja doméstica; la cólera que irradiaba de ellos si manifestabas la idea de que el mundo
era un lugar sólido bajo los pies.
En estos últimos tiempos me estoy fijando en las que se refieren al sexo, las de la gente que ha pasado
por todas las fases, ha llegado hasta el fondo y ha conseguido regresar. Esa gente conoce de primera
mano todas las formas de sentirse destrozada o de machacar; esa gente sabe lo que se siente al ser el
martillo y también el clavo. «¿Puedo preguntarte una cosa?», me dice Will, y yo le contesto: «Claro que sí,
adelante».
«¿Cómo sabes todo eso?» «Soy una jodida bibliotecaria.»
Sylvia decide dejar de grabar entrevistas. Me pide que le revise el archivo y escoja las que se podrían
emitir.
He vuelto a escuchar la entrevista con el psicólogo de emergencias y desastres. Explica que ante una
emergencia el cerebro puede quedarse atascado en un bucle, intentando buscar una situación parecida
para poder compararla con la actual.
Por eso hay que tener un plan preparado para cuando ocurra el desastre. Hay que fijarse en las salidas de
emergencia de los hoteles. Hay que buscar los chalecos salvavidas en los barcos. Hay que leerse la tarjeta
de seguridad que te aconsejan leer en los aviones.
Sin ese plan, la gente enseguida pierde los papeles. Los maridos abandonan a sus esposas y las dejan a su
suerte. Los padres huyen olvidándose de sus hijos. Incluso sería necesario repetirse a uno mismo, como si
fuera un mantra: ¡Tengo hijos! ¡Tengo hijos !
Durante un fin de semana, mi hermano y yo le cuidamos la casa a Sylvia. Estoy muy nerviosa e irritable, y
no paro de pensar en cosas que no debería ser. Hay tantos ratones subiendo por las paredes que es
imposible dormir. Hacen un ruido que es una mezcla del sonido de algo que se desliza muy deprisa y de
una especie de zumbido. Y encima, alguna clase de animal ha mordisqueado el revestimiento del depósito
de gas propano. Los ojos de Henry tienen mala pinta. Esta mañana nos hemos levantado muy temprano
para observar una luna muy extraña y muy singular.
Y tengo que convencer a mi madre para que se arregle los dientes. Tiene una muela del juicio infectada y
otra fracturada. Me ha dicho que va a ir a una clínica universitaria que está a cuatro horas de distancia
en coche. La gente acude a esa clínica desde lugares muchísimo más lejanos, y como va tanta gente,
cuando llegas tienes que participar en una rifa en la que se decide quién va a ser atendido para eliminarle
el dolor. América es el nombre de ese lugar donde a uno siempre le puede tocar el premio gordo.
¿Quieres que nos veamos a plena luz del día ?, me escribe Will en un mensaje de texto cuando vuelvo a
casa. Espero hasta que llega un amigo a visitar a mi hermano y luego salgo a dar un paseo furtivo con
Will. Vamos a un parque pequeñito al que yo nunca había ido. Tal vez esté cerca de donde vive. Nunca
hablamos de dónde vivimos.
Hay un laguito en medio del parque. Nos preguntamos qué profundidad puede tener. Encuentro un palo y
se lo doy. «Ahora las mujeres son iguales que los hombres», me dice, pero de todos modos lo mete en el
agua para complacerme.
Consejo de preparacionista: si se encuentra sin aparejos, lo único que necesita para pescar es un poco de
saliva y la camisa. Métase en el agua, luego quítese la camisa y extiéndala bajo la superficie hasta que
forme una red. Escupa todo lo que pueda sobre la camisa. Los pececillos acudirán atraídos por la saliva
porque la confundirán con comida. Cuando haya varios pececillos investigando, saque la camisa del agua
dando un tirón brusco. Y ya tiene la cena .
Will se ríe cuando se lo cuento. «Hay formas mucho mejores —me dice—. He crecido pescando.» Pasó la
infancia en medio de ninguna parte, en un lugar en el que la nieve llegaba hasta las ventanas.
Claro, a lo mejor podría engatusarlo durante una temporada, pero ¿qué ocurriría cuando se rompiera el
hechizo? ¿Cuánto tiempo tendría que pasar hasta que un día se diera cuenta de que yo no sé cortar leña
ni encender fuego? Ben está acostumbrado a esa tendencia mía de hablar sin parar y no hacer nunca
nada, pero lleva mucho tiempo llenar ese despósito de benevolencia.
La idea de tener que estar con otra persona durante el tiempo suficiente para volver a merecerlo. Eso es
lo que me resulta imposible. Porque existe esa parte de la historia en la que están hechizados por ti, en la
que tú significas para ellos todo lo bueno que hay en el mundo, pero después —y eso siempre ocurre
mucho antes de lo que te imaginabas— llega la otra parte en la que se cansan de ti, de todas tus
repeticiones, de todas tus pequeñas y grandes vergüenzas, y la verdad, no me veo capaz de soportar todo
eso. Tracy dice «tonterías, deberías aprovechar la oportunidad y tener un rollo con él mientras Ben está
fuera». Y es cierto, ¿no? ¡Podría! ¡Podría!
Lo único que tendría que hacer es quitarme la ropa delante de un desconocido que no tiene ningún
interés especial en mi bienestar a largo plazo ni en mi estabilidad emocional. ¿Tan difícil es eso? Por
supuesto que podría hacerlo. Y me lo pasaría muy bien. Sobre todo si dicho desconocido captase todas
mis bromas y le gustase mi forma de no quejarme nunca ni de preguntarle angustiada si estoy demasiado
gorda; si él estuviese de acuerdo en obligarme a ir al dentista o al médico aunque yo no quisiera ir (por
culpa de la muerte, la muerte, la horrible muerte), y si le diera igual que yo fuera una pésima ama de casa
o que llevara el vello púbico al estilo años setenta, y si no le molestase que los dos tuviéramos que
hacernos cargo de mi hermano, tanto económica como emocionalmente, a lo largo de toda nuestra vida, y
también de mi madre, que es una persona buena y afectuosa pero que no tiene un céntimo, entonces sí,
de acuerdo, iría feliz hasta el fondo del asunto y me lo follaría de todas las formas que a él le apeteciera
hasta que nos sorprendiera la luz radiante de la mañana.
Pero resulta que estoy casada. Felizmente casada, diría yo. De modo que lo que hacemos sobre todo es
mandarnos mensajitos de texto. Y lo hacemos al minuto mismo de habernos separado. Cosas tontas,
bromitas sobre las noticias o sobre lo que hemos hecho durante el día. A veces se los mando de
madrugada, pero cuando lo hago son mensajes escrupulosamente castos. Por ejemplo, este de hoy
enviado desde el cuarto de baño: Material comprometedor sobre mí: el cepillo de dientes eléctrico ahora
tiene que funcionar en modo manual .
A veces, Will se pone muy nervioso si me salgo de la acera y me pongo a caminar sobre la hierba. Tiene
montones de historias muy buenas que contar. Pero ninguna de la guerra.
Bueno, eso no es del todo cierto. Una vez se puso a hablar de la guerra; o no exactamente de la guerra,
sino del momento justo que precede a las guerras. Me explicó cómo el cuerpo percibe las cosas antes que
el cerebro. Cómo empezabas a darte cuenta de determinadas cosas.
¿Estás seguro de que no eres un espía? Porque pareces un espía, le dije una vez. No soy un espía,
contestó, pero podría enviarte un mensaje encriptado.
En clase, una mujer nos cuenta lo que le pasa. Tiene una rara enfermedad que hace que el roce más leve
le resulte muy doloroso. «No lo puedo soportar», dice. Margot asiente moviendo la cabeza. Te cuesta
mucho soportarlo, pienso mientras le doy vueltas a su historia.
Circulan varias versiones acerca de cómo murió el marido de Margot. Creo que le picó una abeja. Por lo
visto, nunca en la vida le había picado una abeja y la alergia que tenía era mortal.
En algunos monasterios Zen se define el cotilleo como el hecho de hablar de cualquier cosa sin mirar
directamente a los ojos.
La caja de Henry está llena de trocitos de papel y de frases escritas con letra menuda. Los dos soñamos
con que alguien la encuentre. Al principio le llevaba una semana llenar la caja, pero ahora le bastan
cuatro días. Por lo general, nos dijo Margot, los pensamientos se vuelven más y más sombríos justo
cuando están a punto de empezar a mejorar. Es lógico deducir que sea así. De todos modos, por mucho
que uno lo haya previsto, hay pensamientos que te dejan sin aliento cuando los lees. «¿Estás listo?
¿Vamos?», le pregunto. Henry asiente y encoge los hombros. Casi no hay nadie en el parque porque hace
frío. Nos sentamos en un banco muy apartado. De acuerdo con las instrucciones, me lee en voz alta todos
los pensamientos. La niña muere quemada, asfixiada, estrangulada, despellejada. Hago trizas los
papelitos y los arrojo muy lejos de nosotros.
Después subo en el ascensor con el traficante de drogas del 5º C. ¿Qué tal esta mierda de oscuridad? Eso
es lo que dicen nuestros ojos.
Por fin me atrevo a preguntarle a Will si ha ido alguna vez al psiquiatra. «Nunca me ha pasado nada»,
contesta. Mueve la mano de un modo que viene a decir: Oye, mira, estoy de una pieza, no estoy hecho
añicos. «De acuerdo —le digo—. Ya lo pillo.» De todas formas, apuesto a que ocurren miles de cosas en
esa cabecita atormentada. Se produce una pausa muy rara y luego pasa rápidamente a otro tema con esa
forma suya de cambiar de marcha tan desquiciante.
«¿Qué tal ha ido el paseo con Henry?», pregunta. «A mí tampoco me ha pasado nada», le contesto.
Venga, venga, apaga la luz. Vete a dormir. Tengo Zolpidem, pero quiero las otras drogas, las que te
alegran la vida. Me tomo un Zolpidem, pero estoy segura de que me despertaré a las tres de la
madrugada.
¿Dónde está mi marido? ¿Dónde está mi hijo ?
Nunca hemos hablado de Eli. Solo me preguntó una vez si Eli sabía cazar o pescar. Me eché a reír
pensando en el lugar en el que vivimos. Pero aquella noche, en la cama, pensé: ¡Ah, Canadá!
Y es que no puedo evitar hacerme esta pregunta. ¿Cuál será el lugar más seguro para vivir? La otra noche
salió una climatóloga en la televisión. Estaba hablando de sus propios hijos.
Me cuesta mucho elegir una región en concreto y decir que va a ser un lugar seguro y que vamos a hacer
todo lo posible para que siga siéndolo. No creo que haya ningún lugar seguro. Yo diría que… el impacto va
a ser muy grande. De modo que mi idea es que deberíamos ser tan itinerantes y flexibles como sea
posible, para poder adaptarnos a lo que pueda suceder. Mis hijos son bilingües y ya están empezando a
aprender un tercer idioma. Los dos tienen tres pasaportes distintos, así que ahora disponen de la libertad
de poder estudiar y trabajar incluso en la Unión Europea, o en Canadá, o en Australia .
Mi madre me llama para decirme que está comprando calcetines al por mayor y que se los está regalando
a todos los vagabundos que ve. También intenta llevar un fajo de billetes de dólar en la guantera para
poder entregar un billete con cada par de calcetines. Mi madre, que vive con una pensión minúscula. Me
preocupa que esté sometiendo el coche a un desgaste excesivo. Tiene ya demasiados kilómetros.
Un hermano le preguntó a uno de los padres del desierto qué cosas debía hacer en la vida. Y el padre le
contestó:
Come paja, vístete con paja, duerme sobre paja; es decir, desprecia todas las cosas y consigue forjarte un
corazón de hierro .
Hay indicios de que Catherine también se está deslizando hacia el abismo. Últimamente me ha estado
mandando estos extraños emails.
¡Por favor, compártelo!
Los padres y los hijos eran un único ser al principio y crecieron juntos como si fueran una planta. Pero
luego se separaron y se convirtieron en dos, y empezaron a engendrar hijos. Y amaban tanto a los hijos
que se los comían. Y Dios pensó: «Bueno, esto no puede ser», así que redujo el amor parental en algo así
como el noventa y nueve coma nueve por ciento, a fin de que los padres no se comieran a sus hijos .
Lo he impreso para enseñárselo a Henry. Pero no se ríe. «Es una buena persona», dice. «Y tú también», le
contesto.
Y justo cuando estoy acordándome de que todos formamos un único pueblo, y de que todos tenemos
esperanzas y sueños, veo a la señora Kovinski caminando en mi dirección. Ahora nos ignoramos. Desde
que le dije que no quería oír sus arengas cargadas de odio.
Le cuento a Will lo de las tarjetas de felicitación que le ayudo a escribir a Henry. «¡Quiero una!», me dice.
Así que le escribo una en una servilleta.
Las rosas son rojas ,
las violetas, moradas ;
siento menos temor
cuando a ti estoy pegada .
Dentro de poco regresa a casa. Quiere volver a vivir cerca de un bosque. En alguna parte de Quebec.
La otra noche me regaló un libro: Código de señales marítimas , edición de 1931. Junto a algunas señales
había unos diminutos puntos a lápiz.
«Quiero comunicarme contigo.»
«Deja de llevar a cabo tus propósitos y observa mis señales.»
«Estoy envuelto en llamas.»
«No se puede hacer nada hasta que mejore el tiempo.»
En su último día vamos al acuario. Mis favoritas son las mantarrayas. Miramos cómo se deslizan
moviendo las aletas. Recuerdo que tienen el cerebro más grande de todos los peces. Si las colocas delante
de un espejo, no se comportan como si estuvieran viendo a otra mantarraya. Al contrario, se deslizan y
observan, se hunden hacia el fondo y saludan.
«¿Qué razones tienes para quedarte aquí?», me pregunta. Por favor, pienso, pero no, ni siquiera puedo
mirarle. Toda esta gente. Tanta que ni siquiera te lo creerías.
Cinco
Un hombre tiene unos sueños horribles. En esos sueños, un demonio le persigue. Busca consejo en una
terapeuta, que le aconseja que se dé la vuelta y se enfrente al demonio, porque si no, jamás podrá librarse
de él. El hombre promete hacerlo, pero cada noche, cuando sueña, sigue huyendo del demonio. Al final
consigue darse la vuelta y mirar al demonio a los ojos. «¿Por qué me persigues?», le pregunta. Y el
demonio le contesta: «No lo sé. El que sueña eres tú» .
Después de que se marchara, vi que me había dedicado el libro. Me intrigaba saber cómo me habría
firmado la dedicatoria. Hay muchas formas de ser cauteloso: «Tuyo» o «Afectuosamente» o «Todo lo
mejor». Pero él es muy listo. OSUS . Aunque Ben la viera, no podría sospechar nada. Era una dedicatoria
preparacionista.
Ojalá Seas Una de las Supervivientes .
A veces esto es como pasar el mono. Tengo que superarlo sudando a mares. La música ayuda un poquito.
¿Podré librarme de la adicción?
Sí, podrás.
Intento explicarle a Tracy la historia con Will. Que fue una especie de amorío en tiempos de guerra. Solo
que no había guerra. Y tampoco hubo sexo. Me mira sorprendida. «¿O sea que no ha ocurrido nada?», me
dice.
Y luego pasa un día y luego otro y otro más, pero estoy segura de que no hace falta que lo explique
porque todos hemos experimentado el paso del tiempo.
De vez en cuando unos débiles destellos, cosas que me gustaría decirle. En la tienda de alimentación le
compro un pepino a Mohan.
Cultivar plantas resulta mucho más fácil y más relajado que obtener carne. Y eso es algo
extraordinariamente importante cuando el enemigo está cerca .
Y un día tengo que correr para coger el autobús. Cuando llego, estoy sin aliento, me ahogo, y entonces me
doy cuenta de que mi preparación para el apocalipsis está condenada al fracaso. Moriré muy deprisa y de
forma ignominiosa.
«También hay formas antiguas de prepararse para el desastre», me dice Ben. Los iniciados de los cultos
mistéricos creían que lo primero que veía el alma de un muerto al llegar al inframundo era el manantial
del río Leteo. El río corría bajo un ciprés blanco. El alma llegaba sedienta, pero debía resistir la tentación
de beber, ya que las aguas del manantial eran las aguas del olvido. Una parte de los ritos de iniciación de
los adeptos consistía en aprender a soportar la sed más acuciante.
Pensemos en la disminución del brillo de la tierra…
Me acuerdo del primer día que salimos juntos. Me imaginaba que Ben iba a hablarme de una infancia
horrible o de su reciente adicción a las drogas, etc., etc., pero en cambio me habló del huerto comunitario
en el que estaba muy involucrado. Me dijo que las berenjenas le daban muchos problemas, aunque
confiaba en poder superarlos. Tal vez con un poco más de lluvia o un poco más de sol. Ahora ya no
recuerdo lo que necesitaba.
Cuando llego a casa del trabajo, están jugando a un juego de mesa con tablero y fichas. «Si tú me das
leña, yo te doy trigo y un ladrillo», le dice Eli a Ben.
Una vez le pregunté a ella lo que tenía que hacer, cómo debía prepararlo para la vida. Me contestó que
sería muy positivo que supiera hacer cosas. Y por supuesto, que no tuviera hijos.
Seis
Voy a que me coloquen una corona dental definitiva. Llevo mucho tiempo aplazando la visita al dentista,
pero al final me decido a ir. La higienista me habla del tiempo. Luego entra el dentista con los guantes y
la mascarilla puesta. Dice que tengo una boca inusualmente pequeña. La abro todo lo que puedo para él.
Hubo una vez una raza mitológica de habitantes de las regiones del Ártico llamada los Hiperbóreos.
Tenían un clima templado, los árboles daban fruto durante todo el año y nadie se ponía nunca enfermo.
Pero al cabo de mil años se aburrieron de esa clase de vida. Se engalanaron con guirnaldas de flores,
subieron a los acantilados y se arrojaron al mar.
«¿Cuál es el engaño fundamental?», pregunta Margot a la clase, pero nadie sabe la respuesta correcta, y
ella tampoco se molesta en revelárnosla.
En cuanto regresó del viaje, Ben se empeñó en pedir cita para que me vieran el lunar que me ha salido en
el brazo. Y allí estaba yo, con mi sujetador descolorido y las bragas compradas en Target mientras el
médico me examinaba. Iba muy acicalado y tenía un penacho de pelo canoso y un leve acento europeo
imposible de identificar. Me miró la piel con una lupa. Y fue describiendo, una por una, todas las marcas
que hay en mi cuerpo: ¡Altamente improbable que sea cancerosa! ¡Altamente improbable que sea
cancerosa!
Tenía una voz muy melódica. Me gustaría que todos los días fueran así: que empezaran con vergüenza y
miedo y terminaran con un estallido de bendito consuelo.
No vayas a creer que por ser una revolucionaria tienes que sentirte triste .
Ben y yo hemos hecho una lista de nuestras necesidades para cuando llegue el día del desastre: tierra que
pueda ser cultivada, un pozo con agua, acceso a una línea férrea y en lo alto de una montaña. ¿En una
montaña para evitar las inundaciones o para tener una mejor defensa? Para las dos cosas. Voy a construir
un foso, me dijo Ben, y luego se puso a mirar en internet cómo había que hacerlo.
Deben poseer objetos pequeños y que puedan pasar desapercibidos. Por ejemplo, un generador eléctrico
es muy útil, pero mil mecheros BIC son mucho mejores. Si surgen problemas, un generador siempre
atraerá la atención, pero los mil mecheros son objetos compactos y baratos y además pueden canjearse
por otras cosas .
«Oye, ¿cuándo has empezado a fumar?» Me pregunta Ben cuando los encuentra en un cajón.
Algo le ha ocurrido durante el viaje. Ha hecho el cálculo, todos los cálculos, y ahora tiene una cita de
Epicteto pegada sobre su escritorio.
No eres un observador desinteresado/ Ejercítate contra los deseos .
En las películas de catástrofes, el héroe siempre dice: «Confía en mí», y la persona que está a punto de
morir le contesta: «¿Tengo alguna otra alternativa?».
«No.»
Eso es lo que contesta el héroe.
Llevo a Eli al parque infantil. Pasa alguien con la cabeza gacha, moviéndola hacia la derecha, moviéndola
hacia la izquierda. Los edificios parecen encalados por la luz. El aire huele muy bien. El brillo de la tierra
está disminuyendo, pero yo diría que todavía no ha desaparecido.
He cambiado de idea. Puedes tener un hijo. Será de pequeño tamaño y tendrá ojos de gato. Nunca
conocerá el sabor de la carne.
¿Qué tal si salimos a dar un paseo, qué tal si nos largamos y nos echamos a la calle?
Es imposible.
Es apenas posible.
Sri Ramakrishna dijo: No busquéis la iluminación a menos que la busquéis como busca un estanque un
hombre con el pelo ardiendo .
A veces todavía me vuelve a la memoria la forma en que la luz entraba por aquellas ventanas. El polvo
tenía su propia presencia. Al menos si lo observabas el tiempo suficiente.
Los unitarios nunca se arrodillan. Pero yo quiero arrodillarme. Lo hago después en casa, al lado de mi
cama. La más antigua y la mejor de todas las oraciones: Ten piedad.
Voy a la iglesia con mi madre. Rezo, titubeante, suplicando fortaleza, suplicando la gracia. La luz del sol
se derrama por los vitrales. Ahí está el polvo que tan bien recordaba. Pronto llegará el momento de dar la
paz a las personas que están a mi alrededor y de conversar con ellas. Pero no sé lo que hay en su corazón.
Uno de vosotros me traicionará, pienso. Pero mi madre está tan contenta de que yo haya venido. Está
sentada a mi lado, lo más cerca que puede de mí, pegada a mí. El pastor habla de lo visible y lo invisible,
pero no explica cómo hallar la diferencia. Un anciano blanco que está en el reclinatorio de al lado es el
primero que se gira y me tiende la mano.
La paz sea contigo.
Y con tu espíritu .
Sylvia me llama por teléfono. El vasto cielo que tiene ahora a la vista la ha vuelto mucho más paciente con
mi cháchara sobre los místicos.
Todas las tradiciones tienen una idea similar. La idea del velo. ¿Por qué no lo rompemos y nos asomamos
a lo que hay al otro lado? (Sed bienvenidos, dicen los helechos. Estábamos esperándoos.)
«Por supuesto, el mundo sigue encaminándose a su fin», dice Sylvia, y me cuelga el teléfono para ir a
regar el huerto.
Si crees que te has perdido: ten cuidado con engañarte al interpretar el mapa. No digas que a lo mejor
era un estanque y no un lago; no digas que a lo mejor el arroyo corría hacia el este y no hacia el oeste.
Cuando te vayas, deja un rastro que puedas seguir. Procura dejar marcas en los árboles.
Papeletas electorales, papeletas electorales, dijo todo el mundo, pero al final pone una tarjeta de cartón
en una máquina. Ahora somos muchos los que merodeamos alrededor del edificio. Listos para el ataque,
pienso.
¿Diga? ¿Diga ?
¿Qué… ?
¿Qué emergencia tiene ?
Se dice que la gente que se ha perdido camina como en trance y no es capaz de detectar a los grupos de
rescate que han salido en su ayuda. Quizá te he visto. Quizá he pasado a tu lado por la calle. ¿Cómo voy a
poder reconocerte? Confía en mí, me dirás.
Al volver a casa, el viento arrastra periódicos por la calle. Hay un hombre dormido en un portal y otro
hombre llega y se acurruca a sus pies.
Un visitante les preguntó a los ancianos monjes del Monte Athos qué hacían durante todo el día. Y le
contestaron: Ya estamos muertos y ahora estamos enamorados de todo .
No sabemos si es un ratón nuevo o el ratón de siempre. Ese es el fallo inevitable de la trampa con dos
puertas, dice la hermana de Ben. Hay quien marca las puertas con pintura. Si me engañas una vez, la
culpa es mía; si me engañas dos veces, etc., etc. Pero aún no han llegado a este punto. Cuando ellos se
van y nosotros les cuidamos la casa, le toca a Ben hacer el trabajo. Primero, romper el cuello del ratón, y
luego, volcar la jaula para que el cuerpo salga despedido. Ya van tres noches seguidas. Oímos el ruido del
ratón atrapado en la jaula. Ben se levanta de la cama, se pone los zapatos, se permite un suspiro. Yo me
tapo bien con las mantas mientras él coloca la trampa en el asiento del copiloto y luego conduce
kilómetro y medio, por el camino sin asfaltar, hasta llegar al prado más extenso. Pero el viaje en coche es
muy desagradable. Captor, cautivo. La luz de la luna atravesando el parabrisas. Nadie habla, dice.
Por la noche, los tablones del suelo rechinan. Henry camina de un lado a otro en el piso de arriba. Está
intentando caer rendido o bien que Iris caiga rendida. Los dos están bien porque nadie llora. Ahora ya se
ha ganado la ficha de los seis meses de sobriedad. En otra época también la ganó, pero ahora al menos
guarda la ficha en la billetera. Antes dejaba que Eli jugara a las tiendas con las fichas.
El dentista me ha dado un aparato para que no me rechinen los dientes cuando duermo. Pienso que
debería ponérmelo, pero luego decido que no lo haré. Mi marido está bien tapado bajo las mantas,
leyendo un libro muy grueso sobre una guerra antigua. Apaga la luz, arregla las mantas para que estemos
calentitos. La perra golpea delicadamente las patas contra la cama. Sueño que estoy corriendo, que hay
otros animales. Me despierta el ruido de unos disparos. Son nueces que han caído sobre el tejado, dice
Ben. El engaño fundamental es que yo estoy aquí y tú estás allí.
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Agradecimientos
Quiero agradecer a la John Simon Memorial Foundation la generosa ayuda que ha prestado a mi obra.
No podría haber terminado este libro sin el valioso obsequio de tiempo y espacio que me han concedido la
Macdowell Colony y la residencia Art Omi.
Muchas gracias a la Abramovich Foundation, la Beckman House, la Blaine Colony, la Kearney Farm y el
Koehlert Cottage por haberme ofrecido, casi de forma improvisada, una estancia cuando más lo
necesitaba.
Muchas gracias a mis padres, David y Jane Offill, por su apoyo moral y logístico cuando la ansiedad por la
fecha de entrega me tenía desesperada.
Muchas gracias a mi editor, Jordan Pavlin, y a mi agente, Sally Wofford-Girand, por sus sabios consejos y
su apoyo incondicional a lo largo de todo el camino.
Muchas gracias a Laura Barber y al magnífico equipo de Granta por su ayuda.
Muchas gracias a Tasha Blaine y a Joshua Beckman por haberme orientado con los primeros borradores.
Muchas gracias a Alex Abramovich, Dawn Breeze, Taylor Curtin, Jonathan Dee, Eugenia Dubini, Lamorna
Elmer, Rachel Fershleiser, Rebecca Godfrey, Hallie Goodman, Jackie Goss, Maggie Goudsmit, Gioia
Guerzoni, Irene Haslund, J. Haynes, Amy Hufnagel, Samantha Hunt, Brennan Kearney, Fred Leebron, Ben
Lerner, Kyo Maclear, Rita Madrigal, Lydia Millet, Emily Reardon, Elissa Schappell, Rob Spillman, Dana
Spiota, Kieran Suckling, Nicholas Thomson, Eirik Solheim y Jennifer Wai-lam Strodl.
Y sobre todo, muchas gracias por todo a Dave y a Theodora y a la perra Jetta.
Notas
1. «Inhalando, sé que por mi naturaleza estoy destinada a envejecer.» Pertenece a un canto budista
tradicional llamado Los cinco recordatorios . La profesora de meditación lo ha adaptado de forma
bastante flexible y tan solo aplica cuatro de los cinco recordatorios. El original se halla en Plum Village
Chanting and Recitation Book , volumen compilado por el maestro vietnamita Thich Nhat Hanh y los
monjes y monjas de la comunidad de Plum Village.
2. «Una noche, una casa se levantó de repente.» Poema en prosa contado por Inugpasugjuk. Citado en
Technicians of the Sacred , editado por Jerome Rothernburg, Anchor Books, 1969.
3. «La información suministrada por personas familiarizadas con la ciencia.» Debo esta información a
Clive Hamilton, que hace un nuevo relato de esta historia en Why We Resist the Truth About Climate
Change , ponencia leída en el encuentro sobre Ciencia y Política celebrado en el Museo de Ciencias
Naturales de Bruselas el 28 de octubre de 2010. La historia original se halla en Arms and the Covenant:
Speeches by the Right Hon. Winston Churchill , George C. Harrap & Ltd, 1938. El discurso citado tuvo
lugar en la Cámara de los Comunes el 30 de julio de 1934.
4. «La pregunta esencial para esta generación.» Esta cita pertenece al libro God is the Gospel:
Meditations on God’s Love as the Gift of Himself , de John Piper.
5. «Sigue la pista del agua que consumes.» Este apartado está adaptado de Where You At? A Bioregional
Quiz , creado por Leonard Charles, Jim Dodge, Lynn Milliman y Victoria Stockley, publicado en la revista
Coevolution Quarterly , nº 32, invierno de 1981.
6. «Hunt et al. (1992) descubrieron que una mujer.» El extracto pertenece al artículo «The Value of Pets
for Human Health », publicado en la edición de marzo de 2011 de la revista The Psychologist .
7. «Me cuesta mucho elegir una región en concreto.» Quien habla aquí es la profesora Katrin Meissner,
directora del Centro de Investigación sobre el Cambio Climático de la Universidad de Nueva Gales del
Sur. Aparece en el programa ABC Lateline, presentado por Kerry Brewster, titulado Climate Scientists
Reveal Their Fears for the Future . La transcripción está fechada el 27 de junio de 2017.
«El sabor del cosmos en el cual nos disolvemos, ¿tiene nuestro sabor?»
RAINER MARIA RILKE
Desde LIBROS DEL ASTEROIDE queremos agradecerle el tiempo que ha dedicado a la lectura de
Clima .
Esperamos que el libro le haya gustado y le animamos a que, si así ha sido, lo recomiende a
otro lector.
Al final de este volumen nos permitimos proponerle otros títulos de nuestra colección.
Queremos animarle también a que nos visite en www.librosdelasteroide.com , en
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información completa y detallada sobre todas nuestras publicaciones y podrá ponerse en
contacto con nosotros para hacernos llegar sus opiniones y sugerencias.
Le esperamos.
Nota biográfica
Jenny Offill (1968) es autora de las novelas Last Things (1999) y Departamento de especulaciones (2014;
Libros del Asteroide, 2016), que fue finalista de los premios Pen Faulkner, International Dublin y Folio y
está considerada por la crítica estadounidense como una de las mejores novelas de la última década.
Clima (2020) es su muy esperada tercera novela. Actualmente vive en el norte del estado de Nueva York y
es profesora de escritura en la Universidad de Syracuse y en la Universidad de Queens.
Recomendaciones Asteroide
Si ha disfrutado con la lectura de Clima , le recomendamos los siguientes títulos de nuestra colección (en
www.librosdelasteroide.com encontrará más información):
Departamento de especulaciones , Jenny Offill
Despojos. Sobre el matrimonio y la separación , Rachel Cusk
Tantos días felices , Laurie Colwin
El Insectothopter era un dron en miniatura, con forma de libélula, fabricado por la CIA en los años
setenta para espiar las conversaciones en lugares de difícil acceso. No tuvo éxito porque una leve ráfaga
de viento bastaba para apartarlo de su ruta. (N. del T.)
El AlphaCheetah es un modelo de coche ficticio que aparece en el videojuego Grand Theft Auto . (N. del
T.)
Donald Trump en un mitin durante la campaña electoral de 2016. (N. del T.)