X Capítulo 1
X Capítulo 1
Me dispuse a realizar uno de mis más sagrados rituales. Lo hacía antes de levantarme, y luego, de nuevo,
antes de ir a dormir: una buena paja para despejar el estrés. Estaba en plena faena, fantaseando con las
más hermosas mujeres de Argentina, con mi mano envuelta en mi verga totalmente al palo, jalando
frenéticamente, cuando la puerta se abrió estrepitosamente.
Yo estaba cubierto por un acolchado, pero a la altura de la pelvis se había formado una pequeña
montaña, debido al movimiento de mi mano, cosa que dejaba en evidencia lo que había estado
haciendo. Además, por si eso no bastara, mi cara de vergüenza y culpa habrían despejado cualquier
duda que ella tuviera.
—Perdón, no sabía que estabas ocupado —dijo Florencia, largando una carcajada—. Me pidió tu mamá
que te avise que te vayas preparando. Pero ahora le digo que enseguida "acabás" con lo tuyo y bajás —
agregó después, sin ningún tipo de piedad, dejando en claro que se había percatado de que estaba con
las manos en la masa.
—No seas boluda, no estaba haciendo eso —mentí inútilmente, sintiendo el calor subiendo por mi
rostro, poniéndome más colorado de lo que ya estaba—. Y de todas formas deberías golpear antes de
entrar —le eché en cara después, agarrándome del más mínimo detalle para intentar desviar el asunto
hacia otro lado, cosa totalmente inútil, como era de esperar.
—Sí claro, quedate tranquilo que la próxima lo hago —dijo ella, cerrando la puerta a sus espaldas.
Me dejó con la palabra en la boca, totalmente humillado. Realmente me caía mal esa pendeja. Siempre
buscaba la manera de hacerme quedar mal. Era todo lo contrario a mí, y ese no de notaba solo en
nuestra personalidad. Florencia destacaba por su inteligencia. Terminó la escuela con promedio de
nueve ochenta, cosa casi imposible de lograr en el exigente establecimiento privado al que asistía. Desde
hacía ya dos años tenía un emprendimiento de bijouterí con el que ganaba suficiente dinero para
comprarse sus cosas (la mayoría, ropa) sin necesidad de acudir a su papá, y ahora había ingresado a la
universidad, y en el primer año ya había metido ocho materias, lo que significaba que si seguía a ese
ritmo, terminaría la carrera en el tiempo récord de cuatro años. Era una joven ejemplar, con las aptitudes
que todo padre querría para su hija.
Era imposible no compararnos. Yo ni siquiera había pasado el curso de ingreso universitario, y eso que lo
intenté tres veces. Y en mi último trabajo había durado sólo cuatro meses. Florencia me llamaba
despectivamente Nini (Persona que ni estudia ni trabaja), lo que me hacía sentir degradado cada vez que
tenía que depender de que mamá me tirara unos pesos, o peor aún, cuando debía acudir al padre de
Florencia. Era realmente despreciable conmigo, no perdía la oportunidad de dejarme en ridículo cuando
yo emitía una opinión sobre política, sobre cine, o incluso, sobre fútbol (Hasta en esa temática me
superaba). Su habilidad para el habla hacía que pareciera que podía manejar cualquier tema, e incluso
cuando estaba convencido de saber más que ella en determinado tema, la desgraciada siempre se las
arreglaba para señalarme algún error en mis argumentaciones.
Su papá, Pedro, y mi mamá, Rosa, se habían juntado hacía un par de años, siendo ambos bastante
veteranos. Esa unión era una apuesta por la que nadie daba dos pesos, pero para sorpresa de todos
(sobre todo la mía), la cosa iba muy bien, y no había la menor señal de que se tratara de una relación
efímera. Más bien al contrario, parecían dos adolescentes que descubrían el amor por primera vez. No
fueron pocas las veces en las que me sentí profundamente avergonzado cuando los encontraba
toqueteándose en cualquier rincón de la casa, como si fueran dos quinceañeros que acababan de
iniciarse en la sexualidad.
Con la muerte de papá, hacía ya diez años, los problemas económicos enseguida nos alcanzaron. El
banco no se apiadó de una viuda y su pequeño hijo, y nos embargó la casa, cuya hipoteca no podíamos
pagar.
Vivimos un tiempo alquilando lugares baratos, por lo que, cuando nos unimos a Pedro y Florencia, ellos,
al tener propiedad, nos recibieron.
Estar de visitante era jodido. He de reconocer que Pedro siempre fue bueno, no sólo con mamá, a quien
trata como a una reina, sino que también conmigo. Pero Florencia se había mostrado sobradora desde
un principio, y no perdía la oportunidad de resaltar mi condición de "invitado". Y ahora que yo ya tenía
veinte años, no paraba de repetirme que ya era hora de que me fuera buscando un lugar a donde vivir,
después de todo, ya estaba grande. Una cosa era aceptar que mi mamá, su madrastra, viva con ellos,
pero otra muy distinta era albergar a un casi adulto que no aportaba nada.
Estas cosas me las decía con sus palabras enrevesadas de universitaria petulante, y siempre lo hacía
cuando estábamos a solas, asegurándose de que ante los ojos de Pedro y de mamá, era un chica buena y
educada. Frente a ellos solo mostraba un desinterés permanente que en el peor de los casos se
transformaba en una hostilidad que exteriorizaba con indirectas y sarcasmos que, dado el contexto en el
que lo hacía, solo lo entendía yo.
Básicamente estaba harto de la actitud soberbia de Florencia, y ahora que me había visto en pleno acto
de autosatisfacción, sabía que iba a utilizarlo para humillarme. La idea de que esa pendeja altanera me
tuviera en sus manos me generaba una impotencia violenta. Pero no me iba a dejar amedrentar
fácilmente por ella.
Durante el almuerzo estuve tenso, esperando algún comentario ponzoñoso de mi hermanastra. La muy
turra se hizo esperar. Sabía que la espera hasta que se decidiera a tirar su veneno iba a ser una tortura
para mí. Cada tanto me miraba de reojo con una sonrisa maldita en sus labios. Los tíos conversaban de
algo con mamá y Pedro, pero yo no captaba nada. Estaba muy ocupado tratando de esconder mi
vergüenza. Pero después de un rato, por fin se decidió a tirar el golpe.
—Me parece que la carne está demasiado "dura" —comentó, mirándome de reojo, remarcando la
palabra “dura”, alargando las sílabas más de lo necesario, para dejarme en claro a qué se refería.
—No, para nada —dijo Ester, la tía de Pedro, totalmente ajena a la burla que la perra de Florencia estaba
ejerciendo sobre mí—. Está muy buena.
Mamá aseguró que la mujer estaba en lo cierto. Por lo visto ninguno había entendido el doble sentido de
la frase. Eso era algo que mi querida hermanastra hacía muy bien. Me humillaba frente a todos sin que
ellos se percataran de lo que estaba sucediendo. Aunque estoy seguro de que mi cara me delató. Por
unos minutos todo fue sonido de cubiertos y dientes masticando la comida, pero el silencio no tardó en
romperse.
—Genial, si sigo así, me recibo en tres años más —Se apuró a decir Florencia, con arrogancia camuflada.
Luego, mirándome a mí, fingiendo curiosidad agregó —¿Y vos Mariano? ¿Te estás preparando para el
curso de ingreso?
Sentí que la comida empezaba a caerme mal. La pendeja sabía que ese era una de las cosas que más me
afectaban, sobre todo, porque realmente había hecho un esfuerzo considerable para ingresar a esa
maldita universidad, y aun así solo conseguí como resultado un fracaso tras otro. Una cosa es que no
conseguir algo por flojo, pero no alcanzar una meta solo porque la cabeza no te da para tanto es
terriblemente frustrante.
—Ah, no sabía que eras tan chico... —comentó Álvaro, visiblemente confundido—. Pensé que ya estarías
en segundo o tercer año.
Había calculado muy bien en hacer ese ponzoñoso comentario. Álvaro había caído con impresionante
facilidad.
—No es chico, ya tiene veinte —se metió Florencia—. Es que ya intentó entrar a la universidad varias
veces, pero no pudo. Pero bueno... —Largó un suspiro, tomándose unos instantes para por fin terminar
de lanzar su veneno—. Seguro que la próxima lo logra. ¿No Marian? —agregó después, dando un golpe
extra que no me había visto venir.
Odiaba que me llamara así: Marian. Le daba un aire afeminado a un nombre que ya de por sí no me
parecía muy masculino que digamos. La primera vez que me llamó así fui lo suficientemente inteligente
como para no demostrar que me molestaba. Pero lo que Florencia tenía de maldita lo tenía de astuta, y
no tardó en darse cuenta de que causaba en mí el efecto que esperaba. Así que empezó a llamarme así
con frecuencia. Pero luego dejó de hacerlo, quizás porque había encontrado otras cosas que me
afectaban y que a ella le divertían más. Pero ahora, después de ya unas cuantas semanas de que no
distorsionara mi nombre de esa manera tan nefasta, lo largaba de nuevo. Eso era un golpe bajo, era
como pegarle a alguien que ya estaba tirado en el piso. Pero de todas formas me tragué mi orgullo y no
le di el gusto de verme enojado, aunque lo cierto es que ya empezaba a sentir que mis orejas ardían.
Florencia abrió grande los ojos, para luego mirarme a mí, y volver la vista a la mujer.
—¿Nosotros dos? ¡Ni loca! —Dijo, y todos rieron a carcajadas. Estaba claro que la mujer no había
pensado que nosotros dos salíamos. La pendeja simplemente aprovechó la oportunidad para hacer una
broma a mis costillas—. No, estoy sola, no tengo tiempo para esas cosas —Dijo después, haciéndose la
importante.
—Yo también, estoy soltero. —dije, antes de que a la otra se le ocurriera decir alguna estupidez.
Florencia me miró con los ojos entrecerrados y burlones. Era la mirada que ponía cuando estaba a punto
de hacerme pasar un mal momento. Pero no dijo nada. De todas formas me puso muy a la defensiva.
¡Pendeja odiosa! Me la imaginé diciendo, en frente a toda la familia: “Marianito sale con Manuela”,
aludiendo a mi supuesta afición a hacerme la paja, idea que acababa de ser alimentada hacía unos
minutos, cuando me descubrió en mi habitación.
Cuando se fueron los tíos, aliviado de que la comida familiar por fin terminara, y sobre todo, de no estar
expuesto a los ataques de mi hermanastra, me encerré en mi cuarto a jugar a la Play. En un momento me
llegó un mensaje de Florencia al celular. Debí intuir que lo mejor era no mirarlo, pero no lo pensé,
simplemente lo abrí por inercia. Era un video de un monito que se masturbaba frenéticamente. Tenía los
dientes apretados, los ojos desorbitados, y una gotita de sudor se resbalaba por su cara. No me dio
ningún poco de gracia. "Idiota", le respondí.
Lo que más me molestaba de ella no era su actitud pedante y burlona hacía mí. Lo que me hacía
detestarla era el hecho de que la única manera que se relacionaba conmigo era a través de sus
comentarios hirientes. Si alternara eso con actitudes amistosas, hasta podría reírme de alguna de las
boludeces que me solía decir. Pero cuando no me estaba agrediendo, actuaba de forma totalmente
indiferente. Era como si mi existencia solo tuviese sentido para ella cuando necesitaba mofarse de mí.
Durante lo que restó del día hice lo posible para evitar su presencia. Me recluí en mi habitación, dejando
que las horas pasaran. En esas horas no pude evitar pensar en mi situación actual. Por más que la
detestara, no podía negar que los defectos que ella solía resaltar en mí, eran cosas que realmente quería
mejorar. No solo lo de entrar a la universidad. También me hubiera gustado tener un buen trabajo, y que
fuera estable. Pero en los cuatro trabajos en los que logré pasar la etapa de las entrevistas, no había
pasado el período de prueba. En dos de ellos debo reconocer que en parte fue mi culpa, porque solía
llegar tarde. Es que como quedaban lejos, siempre que había alguna mínima demora con el transporte,
terminaba llegando media hora tarde. En los otros trabajos, sin embargo, creí haber estado haciendo las
cosas bien. Pero a la hora de la verdad, los gerentes preferían “dejarme ir”. Y eso que ninguno de esos
puestos era la gran cosa. Y con respecto a lo de la paja… Supongo que es algo normal hacerlo con
frecuencia, pero me hubiese gustado que, a mis veinte años, ya tuviera bastante experiencia con
mujeres, y por supuesto, no era el caso. Y eso que no es que me considerara alguien particularmente
desagradable desde lo estético. No era un príncipe azul, claro, pero me daba cuenta de que tenía lo mío,
solo que a la hora de concretar algo la cosa no se daba. Las mujeres que me gustaban solían ser
inalcanzables, ya sea porque tenían novios, o porque eran “de otra liga”, es decir, eran increíblemente
hermosas, o porque eran de un estrato socioeconómico muy por encima del mío. Ahora me doy cuenta
de que simplemente tenía una tendencia a autosabotearme, pero en ese entonces no me daba cuenta
de ello. En fin, que estaba solo y conformándome a pura pajas.
Recordé que pronto Florencia se iría de vacaciones con mamá y Pedro. Yo los había convencido de no
participar. Iba a ser un alivio no tener cerca a esa mina. Pero luego volvería. Si quería dejar de lidiar con
ella le tendría que dar el gusto e irme de la casa. Pero para eso faltaba mucho.
A la noche, cuando ya era la hora de cenar, bajé a la cocina. Como no había comido nada después del
almuerzo, me sentía hambriento. Mamá acababa de apagar la hornalla de la cocina. De la olla salía un
delicioso olor a salsa.
Le iba a decir que "Florcita" ya sabía a la hora en que comíamos, que ella ya bajaría por su cuenta. Pero
lo cierto es que no quería molestar a mamá con esas cosas. A pesar de todos los defectos que pudiera
tener, me daba cuenta de que ella era feliz con Pedro y no iba a estar perturbando la paz de su relación
por mis conflictos con la pendeja esa. Además, se me ocurrió una idea que me hizo cambiar de opinión.
Le daría una dosis de su propia medicina a mi hermanita.
Fui hasta su cuarto. Entré sin golpearle la puerta, para que se diera cuenta de lo invasivo que resulta
cuando te hacen eso. Quizás si se daba cuenta de que por cada cosa que ella me hiciera yo le devolvería
con lo mismo, disminuiría sus constantes ataques. Pero no la encontré. En la computadora había un
video musical reproduciéndose a todo volumen. Vi que la puerta del baño estaba media abierta. Supuse
que estaba ahí, y no me había escuchado abrir la puerta por el volumen de la música. Tanto mejor para
mí. Entraría al baño para avisarle que ya estaba la cena. Dudaba de que estuviera haciendo sus
necesidades con la puerta abierta. Pero no hubiera estado mal encontrarla en exactamente la misma
situación en la que ella me había encontrado al mediodía.
Caminé hasta el baño. Terminé de abrir la puerta y me metí adentro. Me quedé boquiabierto, mirándola.
Mi hermanastra no se estaba pajeando, pero estaba haciendo algo casi tan íntimo como masturbarse: se
encontraba con las nalgas apoyadas en la piletita del baño, mirándose en el espejo. En una mano
sostenía su teléfono celular y con él enfocaba su propia imagen en el espejo. Pero lo que me llamó la
atención no fue esa acción. Es decir, no la tenía como una chica particularmente vanidosa. De hecho,
quien la conociera sabría que con solo subir unas cuantas fotos en Instagram se ganaría miles de
seguidores en unas semanas, pero Florencia solo subía fotos suyas en contadas ocasiones, y en ellas no
solía presumir su figura. Pero como dije, lo que me asombró no fue el hecho de que en este caso sí
parecía estar haciéndolo. Lo que me dejó mudo y con cara de estúpido fue el hecho de verla desnuda, o
mejor dicho, casi desnuda. Porque debajo la cubría una diminuta tanga negra de hilo dental. La tela se
metía sin pudor entre sus sólidos glúteos. La piel estaba pálida en las partes donde normalmente era
cubierta por una lencería más grande. Y arriba... arriba estaba totalmente desnuda.
—¡Qué querés pendejo! —me dijo, indignada.
Pensé que me iba a empujar para luego cerrar la puerta en mi cara, pero solo se me fue al humo, como
queriendo insultarme, aunque no le salieron las palabras. Por primera vez vi que se sentía avergonzada.
—Ya está la cena —dije, fingiendo normalidad, aunque no pude evitar mirar sus pechos. No eran
grandes, pero tampoco pequeños. Estaban bien parados. Los pezones tenían un color rosáceo. Se veían
increíblemente firmes.
—¿Qué te pasa? ¿Nunca viste una teta? —dijo Florencia, dándose cuenta de mi obvia mirada, ya que
había quedado petrificado ante sus pechos desnudos.
Se cruzó de brazos, cubriéndose los pechos. Pero eso fue todo lo que hizo. Era casi como si quisiera que
la mirase así, totalmente expuesta. Ahí se me prendió la lamparita. Ahora ella quería dar vuelta la
tortilla. Hasta ahí la anécdota sería que yo la pesqué infraganti cuando se sacaba una foto en bolas. Pero
si me quedaba un rato más entonces ella podría decir que yo me quedé como un degenerado mirándola
de arriba abajo. Pero esta vez no iba a caer.
—Obvio que vi muchas —dije, hablando con total naturalidad—. Y las tuyas no son nada de otro mundo
—agregué, todavía iluminado por esa fugaz inteligencia que se había apoderado de mí—. Apurate que se
va a enfriar la comida —die finalmente, entregando el mensaje que me había encomendado mamá. Me
di vuelta y abandoné el baño con dignidad, dejándola con la palabra en la boca.
………………………………………………………………….
En la cena la pendeja estuvo demasiado calladita por tratarse de ella. Sentía cómo de repente me
clavaba los ojos. Yo comía, como si no hubiese pasado nada. Si la bardeaba por haberla visto en tetas, el
que iba a terminar mal parado iba a ser yo. Así que me llamé a silencio y dejé que ella solita se hiciera la
cabeza. Que recordara cómo la había visto en esa actitud de pendeja calientapijas, totalmente opuesta a
la imagen que siempre solía mostrar.
Florencia me había enganchado haciéndome una paja, era cierto. Pero ahora estábamos a mano. Ahora
los dos nos habíamos visto en un momento de vulnerabilidad. Ella, ya sea por pura vanidad, o para
agasajar a algún chongo, se había sacado una foto con una tanga diminuta y en tetas. El culo estaba
apoyado sobre la pileta del baño. La había atrapado infraganti, con las manos en la maza, como dice
mamá.
Me regodeé en el hecho de que la pendeja se estaría sintiendo perseguida por ese tema. Quizás hasta
pensaba que yo era capaz de robarle el celular y mostrarle las fotos a su papá. Porque si se había hecho
una foto, seguro que tenía otras, y también era muy probable que tuviera algún video erótico.
Yo no era esa clase de tipo, obviamente. Pero si ella estaba sufriendo pensando que lo era, que se
jodiera.
Terminamos de comer y me metí en mi habitación. Gonza, mi amigo, me había dicho de ir a una joda,
pero no tenía un peso encima, y no quería pedirle plata a Pedro.
De todas formas prefería no ir. Las fiestas nunca me gustaron mucho. La música a todo volumen me
incomoda, la gente borracha me desagrada, y con las chicas siempre me fue mal. Así que prefería pasar
el día en casa, o en la casa de alguno de los pibes, jugando a la Play y tomando alguna birra.
El problema era que eso ya se estaba terminando. Mis amigos, de a poco, se iban convirtiendo en
adultos. Ahora todos trabajaban. Y Juancito hasta esperaba una criatura. Ya casi no tenían tiempo para
mí.
Esa noche me pintó el bajón, justamente pensando en eso. Puse un par de videos de "Te lo resumo así
nomás" para reírme un poco, y después entré a una página pornográfica a la que últimamente estaba
entrando seguido.
Uno de los Users a los que sigo había subido un post con imágenes de las minas más sexys de la
televisión. Miré cada una de las fotos, y luego me detuve en mis favoritas.
Al toque me metí la mano adentro del calzoncillo. Y al toque me puse al palo. Humedecí mi mano con
saliva y luego me froté la cabeza de la verga. Estaba como loco pensando en ellas. El tremendo ojete de
Sol Pérez en traje de baño, la encantadora sonrisa de Gina Casinelli, que la hacía ver como una chica
inocente, pero que tenía un culo casi tan criminal como el de Sol. La cara de muñequita de Romina
Malaspina, que se le notaba las operaciones, pero tenía una pinta de puta de lujo que te volaba la
cabeza. Y Florencia...
¿Florencia?
Sí, Florencia también tenía un tremendo culo, digno de un monumento, no me podía hacer el tonto con
eso. Mi hermanastra era un camión, una nave. Y no solo estaba buena. Estaba tan buena que fácilmente
podía rivalizar con las chicas famosas con las que solía soñar. Hasta el momento venía sobrellevando bien
el hecho de vivir con una mina como ella. Pero verla semidesnuda fue un antes y un después. El culo
escultural apoyado sobre la bacha del baño, solamente cubierto por una tanguita diminuta, que más que
cubrirla, simplemente resaltaba su desnudez. Su torso desnudo, su cara de intelectual seductora. Sí,
Florencia estaba buenísima. Pero la odiaba. Me trataba como a un pelele. No se merecía estar en mi
cabeza, no merecía que tuviera una erección por ella, no merecía mi leche.
Recé a mis diosas para que fueran a salvarme. Enseguida las imágenes de ellas fueron a mi rescate. Sol,
Gina, y Romina parecieron desnudas en todas las posiciones en las que me las quería coger. Ya no daba
más. Iba a largar la eyaculación. Tenía que aguantar, tenía que serle fiel a ellas. Pero el recuerdo de
Florencia, de su trasero perfecto, de la blancura, ahí, donde normalmente estaba cubierta, de sus tetas
paradas, del olor de su cuerpo cuando estaba tan cerquita… todos esos recuerdos se colaron. Traté de
aguantar, pero ya no pude. El semen salió con mucha potencia. Tuve que ahogar un grito. Mi odiosa
hermanastra me había hecho acabar por primera vez desde que le conocí.
Me sentí derrotado. No podía ser que esa pendeja maldita me calentara. Mi subconsciente siempre me
había protegido del violento atractivo de mi hermanastra. Sabiendo que no solo estaba fuera de mi
alcance, sino que me detestaba tanto como yo a ella, un mecanismo de autodefensa se había activado, y
durante los meses que vivimos juntos no la vi como a una mujer, sino como a un ente malicioso al que
debía evitar. Pero ahora me daba cuenta de que esa mentira que me había inventado se estaba
desmoronando. Florencia estaba demasiado buena. Su orto era tan macizo y profundo como el de Sol
Pérez, una presentadora del clima en canales de cable devenida en panelista con la que me hacía pajas
desde mi pubertad. Estaba a la altura de todas esas mujeres que parecían inalcanzables, no solo para un
chico tímido y torpe como yo, sino para casi todo el mundo. La jugada que me había salido tan bien al
principio terminó yendo en mi contra. Ya no me parecía tan buena idea entrar en el baño. Pero no, no
iba a permitir que me pasara de nuevo. Ya había sufrido mucho por fijarme en mujeres que, a priori,
sabía que no se fijarían en mí. Tenía que poner un freno ahora mismo. Por suerte, por ella no tenía
ningún sentimiento romántico, así que no debía costarme demasiado. Si hasta el momento la había visto
como a un ser repelente, omitiendo cualquier virtud física que tuviera, ahora tenía que lograrlo de
nuevo.
Me levanté al otro día a la hora del almuerzo, todavía turbado por los sucesos del día anterior. Solo
comimos mamá y yo. Pedro estaba en su oficina, y Florencia había salido. Se respiraba tranquilidad
cuando ella no estaba en casa. No me tenía que preocupar por las frases ofensivas que tiraba en
momentos inesperados. No me tenía que esforzar por buscar una respuesta igual de filosa, aunque casi
nunca la encontraba.
—Acordate de poner tu ropa sucia en el canasto —dijo mamá cuando terminamos de comer.
Fui hasta mi cuarto. Hacía como dos días que acumulaba ropa sobre una silla. Así de dejado era. Seguro
mamá me iba a retar, pensé. Se ponía insoportable con esas cosas. Y siempre me sacaba en cara que era
lo único que tenía la obligación de hacer. Agarré el montón y lo llevé al lavadero. Cuando iba a poner la
ropa en el canasto vi que adentro ya había ropa. Un pantalón de jean y una remerita blanca. Y encima de
la remera, una pequeña tela negra.
Miré por encima de mis hombros, a ver si mamá no estaba detrás de mí. La vieja tenía la costumbre de
hacer esas cosas. Me observaba mientras yo no me daba cuenta, como si estuviese a la expectativa de
que me mandara una macana. Ni que tuviera doce años.
Pero estaba solo. Solté mi ropa, tirándola al piso, y agarré la tela negra. Estaba enrollada, hecha un bollo.
Las desenrollé. Como pensaba, era la tanga con la que Florencia se había sacado una foto el día anterior.
¿Para quién carajos era esa foto?
Me quedé observando la prenda íntima de mi hermanastra, parando la oreja, y mirando hacia la puerta a
cada rato, atento a si aparecía mamá.
La tela que iba en la parte trasera no era más que una tirita. En la parte delantera era un triángulo muy
angosto. Me imaginaba que Florencia debía estar completamente depilada para usar esa prenda. Hice
un esfuerzo para recordar su pelvis del día anterior, pero sólo había prestado atención a su trasero y sus
tetas.
Me llevé la tanga a la nariz, y la olí, quizás esperando encontrar un olor desagradable en ella. La próxima
vez que me molestara le diría "callate olor a culo".
Pero no percibí nada más que un suave perfume. Ni siquiera olor a transpiración. Nada. Supuse que sólo
la había usado un rato, se la habría puesto exclusivamente para hacerse esa foto. Con el calor que hacía
esos días, si la había usado durante varias horas, debía tener un intenso olor a transpiración.
Pensé en qué ropa interior estaría usando en ese momento. Ahora sí, con treinta y tres grados bajo el
sol, su trasero y su entrepierna estarían bañadas en sudor, y la bombacha estaría empapada. La imagen
me excitó.
Hice un bollo con la tanguita negra. Era tan chica que cabía adentro del puño sin que se notara que tenía
algo en él. Entonces escuché unos pasos que se acercaban. Menos mal que había estado atento, porque
al toque mamá abrió la puerta de la cocina que era la que daba al lavadero. Cerré el puño con más
fuerza. Tuve miedo de que una tirita de la tanga sobresaliera sin que me diera cuenta, así que, con carpa,
puse la mano en el bolsillo.
Qué boludo, pensé para mí. Me había colgado morboseando con la tanga, y me había olvidado de poner
la ropa en el canasto.
—Andá nomás Marianito, con vos no hay caso, las tareas domésticas no se te dan.
………………………………………………………………………..
Al otro día hizo muchísimo calor. Tanto que, con todo lo haragán que soy, me puse a limpiar la pileta y a
llenarla. Recién para el atardecer terminé, y me di un buen baño durante un par de horas.
Fui a mi cuarto, fresquito. Me puse a ver una peli en Netflix. Ya era la medianoche cuando escuché que
alguien golpeaba tímidamente mi puerta.
Sin esperar a que yo respondiera, la puerta se abrió. Era Florencia. Estaba vestida solo con una
bombacha blanca y una camisa que usaba de pijama, la cual estaba con varios botones desabrochados y
la parte inferior estaba anudada.
—Ya no aguanto más —dijo. Tenía un gesto de angustia. Su pelo castaño estaba mojado y las gotitas de
agua se resbalaban por su cara. Supuse que se acababa de dar una ducha de agua fría.
—Me muero de calor. Mi aire acondicionado no funciona. Esta noche voy a dormir acá —dijo. Y sin
esperar que le respondiera, se dispuso a acomodarse.
—No te pongas en forro ahora, pendejo —respondió ella, exasperada—. Te digo que me muero de calor.
Ya aguanté dos días sin dormir casi. Papá me aseguró que el técnico viene mañana sin falta, pero hoy
necesito dormir bien.
La actitud me indignó. Encima que me estaba obligando a hacerle un favor venía con esos aires de
grandeza, y con esas palabras agresivas.
— Y vos tratá de no andar en bolas por mi cuarto —retruqué, ya que fue lo único que se me ocurrió
decirle.
— Callate Nini —respondió ella. Siempre que no sabía qué responder me echaba en cara el hecho de
que yo ni estudiaba ni trabajaba.
Se tapó con la sábana. Enseguida se durmió. Se notaba que realmente necesitaba descansar.
De repente recordé que tenía su tanga escondida en un baúl donde guardaba mis cómics y mis mangas
japoneses. Era improbable que la descubriera, pero uno nunca sabía. Además, en algún momento se
daría cuenta de que le faltaba esa prenda. O eso suponía.
Me conciliar el sueño. Me quedé un buen rato viendo cómo Florencia dormía. Los labios estaban
semiabiertos, las piernas se escapaban de las sábanas y aparecían desnudas. En un momento, luego de
que se removiera varias veces, pude ver su nalga, también desprotegida de las sábanas, cubierta por la
linda bombacha blanca.
Capítulo 2
Fue muy difícil dormir teniendo a la pendeja de Florencia en mi cuarto. Me había acostumbrado tanto a
mi ritual nocturno y mañanero de hacerme la paja, que el hecho de que esta vez no podía hacerlo
porque mi hermanastra estaba dormida tan cerquita me dio bronca.
Encima la forra ni siquiera se había calentado en pedirme de onda quedarse en mi cuarto. Como dice
mamá, no se le puede pedir ropa a Tarzán. De una pendeja arrogante y maleducada como ella, no se
podía esperar que pida las cosas por favor. Al menos no a mí, a quien consideraba un ser inferior. Pero
por lo menos hubiese venido con más humildad.
Ya eran como las dos de la mañana y no podía pegar ojo. Mi pija se había puesto más dura que un
tronco. Para colmo, antes de apagar la luz para dormirme, había visto cómo la sábana con que se cubría
Florencia, se descorrió por tantos movimientos que hacía mientras dormía. No pude evitar mirarla. La
mina era una porquería de persona, pero estaba demasiado buena.
Desde la última vez que la imagen de ella, sacándose una foto semidesnuda, se había filtrado entre las
mujeres que más me calentaban, ya no podía escapar de fantasear con ella.
Mi amigo seguía firme como mástil y duro como acero. Escuché cómo Florencia respiraba
profundamente entre sueños. Hacía como media hora que tenía la erección, y no había manera de que
mi amigo se ablandara. Había leído en alguna parte que tener erecciones por mucho tiempo podía ser
peligroso. Así que empecé a acogotar el ganso. Florencia seguía con sus largas exhalaciones. La recordé,
de nuevo, en tetas, sentada sobre la pileta del baño, con el escultural orto entangado. Luego la Imaginé,
calladita, como estaba en ese mismo momento, pero no dormida, sino despierta y amordazada, con las
manos atadas, totalmente indefensa y a mi disposición.
Qué no daría por tenerla frente a mí, y humillarla, pero de una manera diferente a como ella me
humillaba. Hacerla suplicar. Obligarla a que me pidiera perdón por todos los insultos y agresiones que
me había propinado. Luego le arrancaría la ropa a tirones. La dejaría en pelotas y la penetraría por todas
sus hendiduras.
Se me ocurrió una idea algo arriesgada. Encendí la lámpara que tenía en la mesita de luz. Ahí estaba mi
odiosa hermanastra. No se había vuelto a cubrir con las sábanas. Y eso que el aire acondicionado largaba
bastante aire frío. Pero para mi mejor. Estaba acostada boca arriba. Se la veía en un sueño profundo, era
difícil imaginar que se fuera a despertar, pero de todas formas mantuve una mano en la perilla del
velador, listo para apagarlo apenas ella hiciera un movimiento. La otra mano fue a mi verga, obviamente.
Lo que lamentaba era que no estuviera boca abajo, para poder mirarle el orto bien de cerca. Pero igual
no estaba nada mal así como estaba. La hija de puta era hermosa la mirase donde la mirase. Ahora podía
ver sus firmes tetas debajo de la camisa. Su boquita era una tentación. Sus labios estaban un poquito
separados e invitaban a meterle algo por la boca. La genética la había favorecido, era de esas personas
que eran bellas sin hacer el menor esfuerzo. Pero ella potenciaba su atractivo manteniéndose en forma.
Iba al gimnasio con frecuencia. Y eso que entre su trabajo y la facultad parecía no tener tiempo para
nada más. Pero igual se ejercitaba varias veces a la semana y las piernas eran las más beneficiadas con
tanto entrenamiento. Eran largas y torneadas, y los muslos eran anchos y musculosos. Quizás en otra
mujer eso podría parecer desfavorable, muy masculino, pero en ella no, porque esas gambas hacían
juego con el contundente culo que tenía.
Qué hija de puta, ¿cómo podía estar tan buena?, pensaba para mí, mientras me mataba a pajas,
evitando hacer ruido. La telita blanca de la bombacha marcaba la hendidura de su vagina. Me daba
bronca que justamente esa tipa detestable estuviera tan buena, y encima viviera conmigo, y encima
ahora durmiera en mi habitación. Pero, aunque sintiera rechazo por su persona, no podía dejar de
estimularme la verga mientras la miraba. La desgraciada era toda una obra de arte.
Acabé, ahogando un fuerte gemido. En ese momento se movió apenas. Por lo visto fue una falsa alarma,
pero eso bastó para que apagara la luz. Saqué de abajo de la almohada algunos papeles de cocina, que
como buen pajero que era ya los tenía preparados, y me limpié. Después, haciendo el menor ruido
posible, para que la pendeja no se despertara, fui hasta el baño para deshacerme de la evidencia
incriminatoria y lavarme la verga que había quedado toda pegoteada y despedía un fuerte olor a semen.
Cuando volví a mi cuarto, teniendo mucho cuidado de no pisarla, noté que se encendió la pantalla de su
celular. Le había llegado un mensaje. No soy de ir por la espalda y dar golpes bajos, pero se me ocurrió
que podía ser útil tener información de ella. Lo de la foto era algo muy raro tratándose de alguien como
Florencia. Me había quedado la duda de a quién mierda le iba a mandar esa imagen, porque estaba
seguro de que no era solo para tenerla ella. Era vanidosa y egocéntrica, pero tampoco la pavada.
Encendí la luz de nuevo. Por suerte parecía ser alguien que dormía muy profundamente y que no se iba a
despertar con un simple sonido. Según había dicho, hacía dos días que no dormía bien, así que eso
también ayudaba.
Cuando la pantalla se había iluminado el celular no había hecho ruido ni había vibrado, así que para ella
era como que no había pasado nada. Me bajé de la cama. Me incliné para agarrar el teléfono. Pero me
cuidé mucho de no alejarme de donde estaba. Me quedé, así como estaba, inclinado, como si me
hubiera agachado a agarrar algo que había caído al suelo. Si la traviesa de mi hermanastra se
despertaba, simplemente soltaría el celular y haría como que me estaba yendo al baño. Es más, ante el
primer movimiento soltaría el aparato.
No tenía clave de seguridad. Eso me extrañó viniendo de ella. Pero mejor para mí. El mensaje había sido
de un tal Alejandro. Me llamó la atención que fuera un SMS. ¿Qué clase de psicópata usaba eso?
Además, si le escribía a medianoche de seguro que era alguien con el que tenía algún tipo de relación.
Me limité a leer el mensaje desde la notificación misma, ya que si abría el SMS, ella sabría que alguien
leyó el mensaje antes que ella. ¿Estás despierta? Decía el tal Alejandro.
Se me ocurrió una idea. Busqué a Alejandro, ahora sí, en los chats de WhatsApp. Como era de esperar,
ahí estaba. Vi su foto de perfil. Era barbudo que hacía rato había pasado los treinta. Así que a Florcita le
gustaban los veteranos. Qué curioso. El tipo estaba bloqueado, pero sin embargo era una de las últimas
personas con la que había chateado. El último mensaje de Florencia había sido borrado por ella misma.
Pude ver que había algo entre ellos. Aunque no me puse a leer la conversación entera, obviamente. Pero
eso no me importaba. Revisé algunos otros chats, pero nada. Entonces ¿No le mandaba a nadie esas
fotos? Abrí la galería de imágenes. Nada. Justo cuando me iba a dar por vencido, vi que entre los accesos
directos que tenía en la pantalla principal estaba el drive. Lo abrí inmediatamente. Era razonable que no
guardara las fotos en la galería, pero seguramente estaba en la nube. Y así era. Y no solo pude ver la foto
que se había sacado en el baño. Tenía otras tantas guardadas en una carpeta. En todas ellas salía en
pelotas. ¡Qué carajos!
No me considero una persona prejuiciosa, pero que alguien como ella tuviera esas fotos era algo inusual,
y no podía dejar de pensar que había algo turbio en todo eso. Pensé en robárselas. Pero era difícil
hacerlo sin dejar rastros. Entonces Florencia hizo un movimiento y soltó una palabra. Como decimos en
Argentina: me cagué en las patas. Más que nada porque justo en ese momento había dejado de
prestarle atención, y me dio pavor darme vuelta y encontrarme con que tenía los ojos abiertos,
mirándome, mientras yo revisaba su celular. Pero por suerte solo estaba balbuceando algo entre sueños.
El miedo me escarmentó. Ya había corrido demasiado riesgo solo impulsado por el morbo. Así que dejé
el celular donde estaba y volví a la cama. Me costó otro tanto dormirme, pensando en las imágenes que
acababa de ver, en donde mi dulce hermanastra mostraba el ojete sin timidez ante una cámara. Por fin
después de un buen rato, en el que estuve muy tentado de hacerme otra paja, me quedé dormido.
Pero me desperté más temprano de lo normal ¡A las nueve de la madrugada! Porque Florencia había
encendido la luz y empezaba a prepararse para comenzar el día.
Florencia no se molestó en mirarme. Estaba vestida solo en ropa interior. Estiró su espalada, haciendo
fiaca. Era flaquita y tenía tremendas curvas la hija de puta.
—Si no estás cursando... y esas bijuteries que hacés, las podés hacer a cualquier hora.
—No jodas pendejo, mirá se te voy a estar dando explicaciones a vos. Ah y otra cosa... ¿No viste mi
tanga?
—¿Tu tanga? ¿Estás loca? —dije, haciéndome el ofendido—. Qué se yo dónde está tu tanga.
—Bueno... ¡Tan susceptible vas a ser! Pensé que a lo mejor se me había caído en algún lugar cuando fui a
llevar la ropa al canasto, y vos la encontraste.
—Si encuentro una tanga tuya tirada en el piso, no la toco ni con un palo —aproveché para decirle.
—Quedate tranquilo, nunca vas a tocar una tanga como esa. No creo que las chicas con las que salgas se
animen a ponerse algo así —Me contestó la perra.
Corrí las sábanas a un costado, y salté de la cama. La agarré de la muñeca, y se la apreté con fuerza. No
sé si fue porque ya venía acumulando bronca desde hacía meses, o porque este insulto me pareció
mucho más ofensivo de lo normal debido a que ella estaba de invitada. Sería que el saberse dueña de la
casa la hacía sentirse lo suficientemente impune como para disponer de mi dormitorio sin siquiera
pedírmelo, y de agredirme en ese mismo lugar, el cual todos sabían que era como mi santuario.
La solté. La muñeca quedó con la marca roja de mis dedos. Florencia hizo un puchero al verla.
………………………………………………………….
Me sentí bastante mejor después de haberle puesto los puntos a la pendeja. Pero a la tarde me dio un
poco de miedo. Escuché cómo mi hermanastra se quejaba en voz alta con Pedro, su papá. Pero me armé
de valor para enfrentarme a esa situación. Me dije que no tenía nada de qué preocuparme. Si la pendeja
me estaba mandando al frente por haberla lastimado, les diría que ella se lo buscó. Si no les gustaba la
cosa, que se fueran todos a la mierda. Ya estaba harto de que todos la vieran como la chica perfecta,
cuando en realidad era una víbora. Ya era hora de sacarle la careta a esa hipócrita.
—Pero ¡cuándo va a venir ese técnico de mierda! ¿Y por qué no llamás a otro?
—El hombre tuvo una emergencia familiar Florcita —contestó Pedro, con paciencia—. Tenés que
entender, no le puedo sacar la changuita al pobre, y menos ahora que las cosas están cada vez más
complicadas.
Ambos me miraron. Florencia con desprecio, como siempre. Pedro me saludó con la cabeza y siguió
hablando con su hija.
No había pensado en eso ¿Por qué había ido a mi cuarto si podía tirar el colchón en el living, donde
también había aire acondicionado? Además parecía que no le había contado nada a su papi sobre la
noche anterior en la que habíamos dormido juntos.
Fuimos a lo de Gonza a escabiar. Como era de esperar, salió el tema de Florencia. Todos mis amigos,
desde que vivo en casa de Pedro, no paraban de romperme las bolas con ella. Y cuando iban a casa, le
tiraban los galgos. Florencia los ignoraba, hacía la suya. Sabía que Gonza la seguía en Instagram, y estaba
seguro de que se habrá tirado un lance mandándole un mensaje privado, aunque nunca me lo dijo, claro.
De todas formas, ella jamás le daría bola. Mi amigo no estaba a su altura. Ninguno de los pibes lo estaba.
El amante de Florencia no tenía nada que ver con nosotros. Era un tipo grande y fachero, y seguro que
tenía siempre unos buenos mangos en el bolsillo. Seguramente era un profesional universitario, un
empresario. Florencia aspiraba alto y con ese físico podía tener a cualquiera comiendo de su mano.
—Y cómo anda Florcita —Preguntó Manu, mientras soltaba el joystick un rato para agarrar el vaso de
cerveza.
Se solidarizaron conmigo, pero enseguida empezaron a romperme las bolas preguntando con qué ropas
dormía Florencia. Quizás porque ya estaba medio en pedo, o porque de vez en cuando me gustaba ser el
centro de atención, les conté cómo había aparecido en mi cuarto, con una bombachita blanca y una
camisa como única vestimenta. Les conté también, cómo, al ratito de dormirse, las sábanas dejaron al
descubierto su cola perfecta.
—Si yo la viera así, me la cogería ahí nomás —dijo Manu— ¿Vos no te tentaste Mariano?
No pensaba decirles que me había masturbado mientras ella dormía. Algunas cosas no eran necesarias
ser contadas, ni siquiera a los mejores amigos. Lo de las fotos sí que me tentaba contarles, y más aún lo
del baño, pero por el momento me lo guardé, porque cuando les hablara de eso la conversación no
terminaría más, y ya no estaba de humor para seguir hablando de mi hermanastra. Me preguntaba si ella
se lo habría contado a alguna amiga, o también se lo había quedado para ella. En ese caso, teníamos un
secreto que de alguna manera nos unía.
—Es tan ortiva que te dan ganas de decirle que se meta su cuerpito perfecto en el culo —dije.
Siempre me mostré desinteresado por Florencia, y los chicos lo sabían. No sólo por lo mal que me caía,
sino porque sabía que si me encaprichaba con una mina como esa, sería una pérdida de tiempo.
Además, siendo su hermanastro, era aún menos probable que se fijara en mí. Así que nunca había
pensado en ella de esa manera, al menos no seriamente. Cada vez que la veía con esas calzas súper
ajustadas que usaba para ir al gimnasio, no podía evitar mirarla, pero no me quedaba con esa imagen en
la cabeza. Cuando salía con sus amigas, y se vestía de una manera recontra perra para ir a bailar,
simplemente la ignoraba.
Mi sistema era simple pero efectivo. Mientras no me hiciera la cabeza con ella, iba a estar todo bien. Yo
ya tenía mis propias fantasías inalcanzables. No era necesario sumarme una tan complicada como
Florencia.
Hasta el momento iba todo bien y la actitud de mierda que siempre tenía mi hermanita me ayudaba a no
mirarla como una mujer, sino como un enemigo. Una cosa perniciosa que era mejor esquivar.
Pero desde que la vi en el baño, sacándose esa foto, todo mi autocontrol se había ido a la mierda. Y para
colmo encontré esa tanguita negra suya, tirada en el lavadero, y me la quedé, escondiéndola en el baúl
donde guardo mis revistas, como si fuese una especie de botín de guerra. Y ahora me la tenía que
aguantar en mi cuarto. Todo pintaba que la cosa se iba a ir a la mismísima mierda misma.
—No, está buena, pero hay muchas minas que están buenas y no son tan forras —contesté, haciéndome
el boludo.
En esa respuesta había mucha mentira. Era cierto que había muchas minas lindas, pero como Florencia,
muy pocas. Y la mayoría de las que estaban tan buenas como ella eran famosas. No era común cruzarse
a una chica de ese nivel en la cotidianeidad del día. Además sí que le tenía ganas. ¡Y cómo no iba a
tenerlas! De hecho, era increíble que hasta hacía poco había logrado mantenerla alejada de mis fantasías
sexuales.
Me fui cuando ya estaba oscureciendo. Cuando llegué a casa vi a mamá y a Florencia viendo algo en la
tele.
Fui a mi cuarto. Abrí el baúl de madera donde guardaba mis magas y comics. Entre el Primer y el
segundo tomo de Vagabond estaba la tanguita negra de Florencia. La agarré. Fui al baño, el cual
compartía con mi hermanastra. Ambos teníamos un entrada en cada uno de nuestros cuartos, y cuando
lo usábamos, simplemente trabábamos ambas puertas. Para mi sorpresa, colgada en la canilla de la
ducha, encontré otra prenda íntima suya. Un culote negro. Cosa rara. Ella era muy cuidadosa con esas
cosas. Casi parecía una provocación. Pero esta prenda no me la podía llevar, sino, sería demasiado
sospechoso. Pero aun así la agarré. Me la imaginé usándola todo el día, sudando abundantemente en
ella. Mi pija se puso dura, mientras sostenía las dos prendas íntimas de mi hermanastra. Dejé el culote
donde estaba. Me senté en el inodoro, envolví mi verga con la tanguita robada, y me empecé a pajear. La
leche salió abundante y empezó a resbalarse por el tronco, ensuciando la prenda que lo envolvía.
Me di una ducha y lavé la tanguita. Se me estaba haciendo una mala costumbre eso de pajearme con
Florencia. Decidí que iba a ser todo lo posible por dejar de hacerlo. De todas formas me llevé de nuevo la
tanguita negra a mi cuarto. No podía dejarla en el baño como si nada. Ahora era mía.
.............................................................
A la noche llamaron a mi puerta. Como era su costumbre, Florencia no esperó a que yo la invitara a
pasar.
—Escuchame, no quiero dormir abajo en el living, me da paja bajar por la escalera con todas mis cosas, y
además papá se levanta muy temprano. Va a ser muy incómodo dormir ahí. —dijo la intrusa.
Me clavó una mirada intensa con sus grandes ojos marrones, pero de un momento a otro la mirada
pareció suavizarse.
—¿Me dejás dormir acá por esta noche? —Preguntó, con una pizca de humildad. No lo pidió por favor,
pero tampoco esperaba tanto de ella.
—Con eso ya estamos a mano —señaló con su mirada la muñeca que le había lastimado, aunque ya no
tenía marcas.
Trajo su colchón y sus sábanas, y como el día anterior, se acomodó al lado de mi cama. No había tanto
espacio en mi cuarto, sino, supongo que hubiese dormido lo más lejos posible de mí.
Cuando terminó de estirar las sábanas se quitó el pantalón y la remera que llevaba. ¡Con qué facilidad se
quitaba la ropa mi hermanita!
Quedó con un conjuntito de ropa interior blanca, uno diferente al del día anterior, obviamente, solo que
era del mismo color. La tanga no era tan diminuta como la que yo guardaba en esa misma habitación,
pero la tela blanca se metía entre sus nalgas con demasiada facilidad. Mirá ese culo come-trapo, solía
decir Juancito cuando veía una hembra voluptuosa con prendas ajustadas. Y el culo de Florencia era el
más come-trapo que había. Se podía esconder un ropero adentro.
—¿Te incomoda verme así? —preguntó—. No me gusta dormir en pijama. Y de hecho, suelo dormir
desnuda.
—Para nada, ¿cómo me iba a incomodar? —contesté. Y de hecho no me incomodaba, más bien me
perturbaba, me calentaba, me volvía loco. Pero no me incomodaba.
—Sólo te miraba pensando en que con qué cosa me vas a salir hoy —contesté, esquivándola.
Se metió debajo de la sábana, pero sólo se cubrió hasta el ombligo. Hacía demasiado calor y la pieza
todavía no se había enfriado mucho que digamos. Era agradable sentir el aire frío en la piel. Así que no
me extrañó su actitud.
—Te aviso que voy a ver una peli en mi notebook, así que espero que igual puedas dormir. —dije. La
verdad era que podía ponerme los auriculares, pero no pensaba hacerlo. Cada vez que pudiera
molestarla lo haría.
—Sabés que estuve pensando... —dijo Florencia—. Creo que me desubiqué ayer. No soy quien para estar
presuponiendo con qué tipo de mujeres estás o no.
—Yo también me saqué —admití— Como dijiste... estamos a mano con eso.
Me fastidió que me interrumpiera justo cuando iba a poner la película. Ya de por sí era difícil tenerla ahí,
media desnuda. No sabía cómo iba a poder evitar hacerme una paja otra vez mientras ella dormía a
centímetros de mí. Y de hecho mi amigo el cabezón ya se estaba hinchando. La sangre corría cada vez
más rápido por él.
—Qué —contesté.
—Claro...
—¡Pero si vos sos la que me tratás mal! —me exalté—. Te burlás de mí todo el tiempo. Me insultás.
Varias veces me dijiste que querías que me fuera de esta casa. Me refregás todo el tiempo que sos mejor
que yo. Me mirás con desprecio. Me echás en cara que no tengo trabajo ni estudio, cuando sabés muy
bien lo difícil que es para la mayoría de los pibes de nuestra edad salir adelante. Estás tan acostumbrada
a que todo te salga bien, que no te das cuenta que no todos podemos...
Había levantado la voz, casi gritando. Sentí el calor en mi rostro y supe que me había puesto colorado.
Florencia me miraba atentamente, como esperando a que yo continuara, pero en ese momento no tenía
nada más que decir.
Se sentó sobre la cama. No pude evitar ver el sensual movimiento de sus pechos cuando lo hizo.
—Vos también sos jodido —siguió hablando—. Desde que llegaste a vivir acá, me ignoraste. No
colaborás con nada en la casa. Siempre soy yo la que tengo que andar ayudando a tu vieja y eso que
estudio y trabajo, y vos no hacés nada... Es verdad, quizás no sea tu culpa que no puedas aprobar el
examen de ingreso en la facultad, y que no consigas trabajo, pero no tenés ningún motivo para no
ayudar con la limpieza de la casa, o con la cocina. Pero yo sí lo tengo que hacer ¿Y por qué? ¿Porque soy
mujer? Además siempre que me cruzás en la casa, me esquivás, como si tuviese lepra. Cuando estamos
con tu mamá viendo la tele, te metés en el cuarto, como si fuese una tortura compartir un rato conmigo.
Siempre andás malhumorado. Y la verdad que podría seguir, pero bueno, yo también soy complicada, ya
lo sé, pero vos no sos ninguna víctima Mariano, yo te sufro tanto como vos me sufrís a mí.
Dijo todo eso de corrido, casi como si se lo supiera de memoria, como si fuera algo que tenía
atragantado desde hacía tiempo. Me quedé callado. No sabía qué decir. ¿Yo era tan forro como ella?
¿Ella se sentía tan angustiada como yo al convivir con alguien que la detestaba? Siempre la había
considerado la mala de la película. Nunca me había detenido a pensar que quizás yo era igual de
exasperante que ella. De hecho, aun escuchándola no me terminaba de creer lo que me decía. No, no
podía ser. Ella era siempre la que me atacaba, y yo solo me defendía, y a veces ni siquiera hacía eso, sino
que me limitaba a simular que no había sido herido por sus crueles palabras. Pero quizás…
—Vos no entendés —dije. De repente algo estaba saliendo de adentro mío, sin que pudiese evitarlo—.
Para vos la vida es muy fácil. Sos linda e inteligente. Te llevás el mundo por delante. No sabés lo que es
sentirte rechazado. Que solo te quiera tu mamá y algunos amigos tan loosers como vos.
Nunca había sido tan sincero con alguien, ni siquiera conmigo mismo. Florencia me miró, y parecía
sorprendida, aunque no sé si por mis palabras, o por el solo hecho de haberme abierto de esa manera.
—No seas tonto. No me vengas con ese cuento de que por ser linda no sufro ¿te pensás que no sufro por
amor? Hasta hace unos meses salía con uno de mis profesores. Una boluda. Creía estar enamorada, pero
supongo que lo que me atraía era el hecho de que fuese algo prohibido —Me miró, como esperando a
que le dijera que entendía de qué hablaba, pero no dije nada aún—. Estaba casado —siguió diciendo
ante mi silencio—. Y claro, no dejó a su esposa. Sólo me quería por mi cuerpo. Aunque él aseguraba que
lo que más le gustaba era mi perspicacia, cuando estábamos en la cama me quedaba claro que sólo
quería usarme. Después dejó de contestar mis mensajes. Sólo cuando quería un polvo furtivo se
acordaba de mí. Al final lo dejé yo, pensando que iba a volver de rodillas.
—No volvió a llamarme. Supongo que tiene una lista larga de pendejas que se entregarían con la misma
facilidad que yo. Unas estúpidas —explicó, y después preguntó—: ¿Y vos porqué estás solo?
—No soy de los tipos en los que se fijan las minas —dije, sin poder terminar de creer la facilidad con que
me estaba abriendo ante mi enemiga.
—Qué tonto. Tu problema no es estético —dijo Florencia—. Digo... no es que seas muy fachero que
digamos, pero al menos sos alto. Lo que te falta es actitud. Si no te convencés a vos mismo de que podés
estar con la mujer que quieras, nunca lo vas a lograr.
—¿Tenés muchas amigas a las que les gusten los tipos altos? —pregunté intrigado.
—Más de las que imaginás ¿Sabés por qué llaman la atención los hombres altos? —dijo Florencia, y una
sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.
—¿Por qué?
—Porque se supone que son grandes en todas las partes de sus cuerpos.
—¡Estás mintiendo! —dije, pensando que me tomaba el pelo, aunque no estaba para nada molesto.
Sentía que estaba hablando con una persona totalmente diferente a la que conocía—. Todas las mujeres
dicen que prefieren un pene normal que sea bien utilizado a uno grande que se use mal —dije, seguro
de haberlo escuchado un montón de veces en la televisión.
—¿Y no te das cuenta de la mentira velada que hay detrás de esa afirmación?
—Una falsa dicotomía es una situación en donde se presentan dos puntos de vista como si fueran las
únicas opciones posibles, cuando en realidad existen muchas otras.
Florencia rió a carcajadas. Tuve que esperar un buen rato hasta que pudiera volver a hablar.
—Fijate en lo que dijiste al principio. Las mujeres, según vos, prefieren una pija de tamaño normal, pero
bien usada, a una grande pero mal usada... —dijo. Me sorprendió escuchar la palabra pija saliendo de su
boca—. Pero para empezar hay más opciones... —siguió diciendo—. Por ejemplo, un pene normal pero
mal usado, o... una pija grande y bien usada.
Traté de decir algo, para no quedar como un tonto, pero no se me ocurría nada. Todavía no caía en la
conversación que estaba teniendo con mi hermanastra.
—En fin —dijo ella—. Sólo quería que no te hagas tanto problema por las apariencias. Te va a ir bien con
las chicas. Sólo falta que adquieras experiencia. Esa cara de virgen te vende.
Se levantó para apagar la luz. Me pregunté si no sería lo correcto ponerme los auriculares, para que
pudiera dormir enseguida. Pero no tenía que exagerar. Las cosas no cambiaban con una charla amena.
Además, ya le había dicho que iba a ver la película y ella aseguró que no le molestaba.
Pero cuando pasaron cinco minutos de que puse play al Joker sucedió algo muy raro.
Fiel a su actitud de no pedir permiso nunca, Florencia se subió a la cama y se acostó a mi lado. Puse
pausa. Me di vuelta a mirarla. La luz del monitor me dejaba verla con claridad. Me miró a los ojos.
Nuestros labios nunca habían estado tan cerca.
—¿Qué? —pregunté.
Estaba confundido, y sin embargo toda clase de fantasías obscenas vinieron a mi mente al escuchar esa
frase: “Dale, ponela”.
Tragué saliva. Casi quedo como un idiota. Puse play de nuevo. Iba a ser difícil concentrarme en la
película.
Capítulo 3
No me podía concentrar en la película. Tenía a Florencia a mi lado, acostada en la misma cama
que yo. La notebook que tenía sobre mi barriga estaba pasando Joker. Desde hacía al menos media hora
que ninguno de los dos emitía una palabra. No sabía si eso era mejor o peor. El silencio hacía que la
tensión sexual aumentara. Ahora a ella le había agarrado un poquito de frío y se había metido debajo de
las sábanas y el cubrecama. Tampoco sabía si eso era mejor o peor. En principio la tenía medio desnuda,
solo vestida con su conjunto de ropa interior blanco. Me costaba muchísimo no mirarla de reojo, pero
tuve la suficiente templanza como para no desviar la mirada ni una sola vez hacia ella, por miedo a que
se diera cuenta. Pero ahora la sentía más cerca, cubierta sí, pero más cerca. En un momento moví la
pierna, solo para estirarla un poco, y rocé involuntariamente la suya.
Coloqué la notebook en el medio de los dos, sobre el colchón. Esto hacía que tuviéramos menos
espacio y no estuviéramos tan cómodos, pero al menos marcaba una distancia entre nuestros cuerpos.
Tenía miedo de tocarla de nuevo. Aunque más miedo me daba que ella hiciera algún movimiento con el
que se diera cuenta de que estaba totalmente al palo.
Así es. Como buen pendejo pajero que era, no podía controlar la calentura que me generaba
que la mina con el orto más espectacular que conocía en persona estuviera media en bolas a mi lado. La
tenía más dura que una roca y eso pasaba desde hacía ya bastante tiempo. Pero ahora no podía
pajearme como lo había hecho la noche anterior. Ahora Florencia estaba a pocos centímetros de mí.
Sentía su respiración. También percibía el perfume que usaba. No era la primera vez que lo
sentía, pero sí la primera vez que prestaba atención en eso. ¿Qué pasaba si fingía que me movía de
nuevo y esta vez rozaba su muslo? Las ganas que tenía de hacerlo eran terribles, pero me dio miedo
quedar como un pelotudo.
Cuando la película iba masomenos por la mitad me di cuenta de que la respiración de Florencia
había cambiado de ritmo y ahora se hacía más profunda. La miré. Había pasado lo que sospechaba. Se
había quedado dormida. Esta vez solo podía ver su cara. Sus labios estaban, como parecía ser su
costumbre cuando dormía, separados. Tenía una boquita muy seductora, y ahora estaba haciendo
trompita. Su nariz era un poco grande, pero iba bien con su rostro algo alargado. Tenía una linda geta la
pendeja. Y eso que ese no era su fuerte. Su fuerte era su físico, y de su físico lo mejor era el intimidante
orto que tenía. Uno de esos ortos que no se pueden dejar de mirar pero que a la vez producen respeto,
porque uno sabe que un culo como ese no es para cualquiera.
Pensé en despertarla y decirle que se fuera a su colchón. Si la tenía ahí por mucho tiempo iba a
terminar haciendo alguna estupidez. Es más, ya lo estaba haciendo, porque si bien no me estaba
pajeando, mi mano envolvía y presionaba mi verga a través del calzoncillo. Un gesto que ni siquiera fue
premeditado sino que me surgió espontáneamente mientras la estaba viendo.
Traté de seguir mirando la película, pero la verdad que ni siquiera le había prestado mucha
atención desde que la había puesto. En ese momento detesté a Florencia tanto, o incluso más, de lo que
la detestaba desde que la conocí. ¿Se suponía que ahora íbamos a ser amigos? La conversación anterior
había sido el equivalente a fumar la pipa de la paz. Nunca me había sentido cerca de ella, y ni siquiera
imaginé estarlo. Pero no me iba a engañar. Al final de cuentas ella seguía siendo la misma de siempre. No
iba a dejar de ser lo que era solo porque tuvimos una simple charla.
—Bueno. Digamos que es algo bastante torpe viniendo de alguien tan inteligente como vos —
respondí.
Pausé el video, porque parecía que Flor tenía ganas de conversar de nuevo y esta vez el tema
me resultaba muy atractivo. Realmente quería saber qué había detrás de esa foto.
—Sí, yo me creía muy inteligente. Pero todos hacemos estupideces. Todos tenemos nuestro
punto débil —dijo ella.
—Sí. El profe. Se llama Alejandro —dijo ella. Inmediatamente recordé que había recibido un
mensaje de él la noche anterior. A pesar de que me había dicho que la abandonó, por lo visto se seguían
buscando—. ¿Para él era la foto?
—Que fue una decisión desesperada para hacer que regrese conmigo.
—Sos más inteligente de lo que parecés —me felicitó ella—. Hoy me volvió loca con los
mensajes. Se suponía que a la tarde nos íbamos a ver, pero lo dejé plantado.
—Digamos que sí. Él me hizo lo mismo muchas veces. Cancelaba nuestras citas porque a su
mujer se le ocurría que ese día debía salir con ella. Yo era descartable. Siempre en el banco de suplentes.
—¿Y antes también le mandabas fotos? —pregunté, recordando las otras que había visto.
—Sí. Bueno, al principio no me convencía. Pero él insistía constantemente con eso. Y una vez
que habíamos peleado por una pavada, se la envié, para que dejara de estar enojado. Se había puesto
celoso por un compañero de clases el tonto. Pero bueno, con eso le cambié el humor. Nunca había
hecho eso por ningún hombre, porque sé del riesgo que se corre cuando se mandan esas cosas. Las fotos
pueden ir a parar a cualquier lado. Pero creo que eso también me daba morbo. Saber que un día podía
quedar expuesta. Que la chica ejemplar que todos creían que era no era más que otra putita. Digo, ya sé
que no soy una puta por eso, pero sé que muchos lo pensarían. La puta del profe. Eso pensarían todos.
—Sí, la verdad es que es muy arriesgado lo de las fotos. Pero si vos decidís correr ese riesgo,
entonces es cosa tuya —opiné.
— Ahora que lo pienso, creo que él exageró su enojo a propósito, porque sabía que a mí se me
iba a ocurrir mandarle las fotos para cambiarle el humor. Es un manipulador. Pero esta vez lo hice para
que supiera qué era lo que se perdía. Que recordara los momentos que pasamos juntos y que se
retorciera de sufrimiento porque ya nunca más me iba a poder tener.
—Seguro que así se va a sentir. No todos tienen la oportunidad de estar con alguien como vos, y
él se la perdió —comenté, soñoliento.
—No. No lo sé.
—A alguien como vos. Digo… Alguien inalcanzable para la mayoría de los mortales.
—No me considero inalcanzable. Pero entiendo a lo que te referís —concedió ella—. Igual no te
creas que todo es color de rosas para “alguien como yo”.
—A que atraigo a toda clase de hombres. Y en mi caso en general atraigo a los que no me
convienen, como el profe. Y también me pasó muchas veces de conocer a tipos que se obsesionan
conmigo. Puede ser que suene engreída que lo diga yo, pero es así. La diferencia entre un tipo al que le
gustás mucho con uno que se obsesiona con vos es muy sutil, pero ya aprendí a reconocerlos. ¿Vos sos
de obsesionarte?
No entendía por qué la conversación de repente giraba en torno a mí. Pensé en la respuesta.
Era algo obsesivo, eso era cierto. Esa tendencia que tenía a fijarme en mujeres que de antemano sabía
que no se fijarían en mí era señal de ello. Y me costaba mucho sacármelas de la cabeza, y cuando lo
lograba en general era porque había conseguido otro amor imposible. Pero no le podía decir eso a
Florencia.
—Qué bueno. Lo peor es que en algunas ocasiones terminé en la cama con estos tipos. Si ya de
por sí es difícil sacarse de encima a esa clase de hombres, después de cogerme no tenés idea cómo se
ponen. Automáticamente pasan a creer que soy de su propiedad. Se ponen celosos e inseguros. Me
acosan con mensajes. Hablo en plural porque me pasó exactamente lo mismo con varios tipos.
—Obvio —aseguré.
—¿Estás de acuerdo con la idea de acostarte con alguien solo para pasar el momento y que
después de eso todo continúe con normalidad?
No entendía a qué venían tantas preguntas. Qué le importaba a ella cómo pensaba yo.
—Suponés…
De repente Florencia salió de la cama. No pude dejar de admirar su cuerpo en general cuando
se ponía de pie, y su culo en particular cuando se inclinaba a acomodar su almohada.
—Tenés razón. Las cosas no volverían a la normalidad —dijo—. Menos si se trata de alguien con
el que te ves con frecuencia.
—Claro. A eso me refería —dije. Florencia sonrió con melancolía—. ¿Ya te vas a tu cama? —
pregunté después, mientras ella se acostaba sobre su colchón, varios centímetros debajo de donde yo
estaba.
—Sí, ya quiero dormir. No estoy acostumbrada a estar despierta a esta hora los días entre
semana.
Era cierto. A pesar de que apenas era una adolescente, Florencia solía dormir temprano. Solo
en ciertos fines de semana se permitía salir de noche, pero casi siempre lo hacía porque sus amigas no
dejaban de insistirle.
—Pero si querés podés dormir acá —dije, palpando el espacio que acababa de dejar vacío—.
Digo, si así estás más cómoda… Igual, si acabamos de ganar experiencia acostándonos juntos.
Mi hermanastra rió, como quien se ríe de un niño que dice estupideces. Y ciertamente que era
una estupidez lo que le proponía. Si dormíamos en la misma cama, en algún momento, sin darme
cuenta, me iba a acercar a ella lo suficiente como para que se diera cuenta de la tremenda calentura que
tenía.
A la mañana sucedió una situación muy incómoda. Florencia estaba juntando sus cosas para
abandonar el lugar. Yo me desperté, y eso que esta vez estaba haciendo todo con sigilo. Como buen
boludo que soy, me le quedé mirando mientras se inclinaba a agarrar sus sábanas, y ella se dio cuenta,
pero por suerte no hizo ningún comentario. Después volvió por el colchón.
Estuve a punto de decirle que bueno, que no había problemas. Además, era un buen momento
para cambiar, al menos un poco, esa imagen de vago que tenía de mí. Si yo esperaba que ella me tratara
bien también debía intentar corregir las cosas que a ella le molestaban. Pero en el último momento me
di cuenta de algo. Mi calzoncillo estaba empapado. No sabía si me había masturbado mientras dormía, o
si la leche había salido por sí sola, de todo el estímulo que me generaba estar con mi hermanastra media
en bolas dando vueltas por mi cuarto. Pero así estaban las cosas. Encima se notaba que la eyaculación no
había sido una cosa de dos chorritos humildes ni nada de eso. Me quería morir. No es que el calzoncillo
se viera como si me hubiera meado encima. El semen es más viscoso que líquido. Pero al ser tanto, de
seguro se había formado una mancha de humedad. Además, el olor seguramente iba a ser bastante
fuerte se me descubría de las sábanas y me ponía de pie.
—No. Quiero seguir durmiendo —respondí. Me tapé con las sábanas y cerré los ojos.
Hubiese preferido no hacerlo, pero no me quedó otra que recurrir a eso. Florencia no dijo nada,
pero se me quedó mirando como diciendo: “seguís siendo el mismo boludo de siempre”. Y no podía
hacer nada al respecto. Al menos no en ese momento. Ya vería la forma de resarcirme más adelante. Era
increíble pero estaba pensando en mi hermanastra en términos muy raros. Era como si más bien
estuviera decidiendo sobre cómo me desenvolvería en una relación de pareja. Una verdadera locura.
Era natural que lo dijera, porque compartíamos el baño y cuando se duchaba solía tardarse su
tiempo. No le pude decir nada, pero yo también necesitaba ducharme y, sobre todo, lavarme mis
genitales.
Esa tarde vino el técnico del aire acondicionado y reparó el de Florencia. Ella se indignó cuando
se dio cuenta de que al tipo solo le tomó unos minutos hacerlo. En ese momento me di cuenta de que lo
que había sucedido las dos noches anteriores había sido algo sumamente inusual. Era muy improbable
que Florencia volviera a dormir de nuevo en mi cuarto. Algo me decía que, de alguna manera, no había
aprovechado el momento como se debía. Habíamos tenido un acercamiento importante, sí. De hecho,
más allá de la actitud de mierda que me había visto obligado a tener cuando ella abandonaba el
dormitorio, en líneas generales había dado diez pasos hacia adelante en mi relación con ella. Pero la
verdad es que eso también me inquietaba. ¿Por qué mierda tenía que estar contento por el hecho de
que las cosas con mi hermanastra empezaran a ir bien? Es cierto que su actitud desdeñosa me afectaba
mucho, y que si la modificaba, al menos en parte, haría que la convivencia fuera mucho más tolerable.
Pero no era por eso que me sentía tan bien. Había otra cosa que me negaba a reconocer.
En esos días necesité hablar con alguien. Pero como últimamente no era tan fácil organizar
encuentros con los chicos (y considerando que hacía poco nos habíamos visto, más difícil sería), le escribí
a Juancito en busca de consejos. Le conté lo del baño, lo de las fotos, y sobre la última velada que
habíamos tenido con Florencia. Mi amigo fue tajante. “Sos un pelotudo”, me dijo. Le pregunté,
confundido, que por qué lo decía. “Es obvio que quería que te la cojas”. Aseguró.
Le expliqué lo equivocado que estaba. En realidad era entendible que cayera en esa confusión.
Si alguien me contara que tuvo una charla similar con alguna chica, probablemente pensaría lo mismo.
Florencia había insistido en saber si yo estaba dispuesto a acostarme con alguien y no obsesionarme con
ello. Si estaba dispuesto a que luego todo volviera a la normalidad. Pero solo lo preguntaba por
preguntar. Juancito era demasiado optimista, no entendía que Florencia estaba fuera de mi liga. Además
éramos hermanastros, lo que complicaba más las cosas. Era increíble que tuviera que explicárselo.
Igual me quedó la nostalgia de esos días en los que compartí la alcoba con mi archienemiga. Se
me ocurrió algo que hasta hacía unos días atrás jamás se me hubiera ocurrido hacer. Desde hacía
bastante tiempo que Pedro y mamá habían planeado unas vacaciones en la costa. Yo me había negado
rotundamente a participar de ella. Era una de las pocas veces que tenía la suerte de no respirar el mismo
aire que Florencia, y no la pensaba desaprovechar. Por suerte ni Pedro ni mamá pusieron muchos
reparos en eso. De hecho mamá me había prometido dejarme unos pesos para pasar esos días sin
problemas, cosa que me dio vergüenza pero en ese momento no pude más que aceptar. Pero ahora las
cosas habían cambiado radicalmente. No tenía en claro el motivo. Ciertamente lo de Juancito me parecía
una exageración. Pero ahora no veía con malos ojos pasar unas vacaciones familiares.
Le pregunté a Pedro, con cierta vergüenza, si era posible que yo me uniera al viaje. Mi padrastro
se mostró contrariado.
—Si fuera por mí no habría problemas —dijo—. Pero ya hicimos las reservas en el hotel. Y como
ahora es temporada alta, viste, es difícil conseguir otra habitación.
Me sentí como un idiota. Cómo se me iba a ocurrir querer sumarme a ese viaje cuando apenas
faltaban unos días.
En los días siguientes todo fue relativamente bien con Florencia. Obviamente no todas nuestras
charlas iban a ser tan íntimas como la que habíamos tenido en mi cuarto, pero había cierta cordialidad, y
parecían haber quedado los restos de la buena onda que se había forjado esa noche. Igual la vi muy
poco. Sospechaba que el profe Alejandro la había convencido de regresar a esa relación clandestina una
vez más. Se la notaba algo melancólica, pero no me animé a preguntarle qué le pasaba. Esperaba que se
presentara una mejor oportunidad para hacerlo. Pero lo cierto es que la mayor parte del tiempo en el
que la veía, mi vieja o Pedro andaban cerca, y me incomodaba conversar con ella estando ellos
presentes.
Por mi parte, había puesto a la venta algunos de los tomos de mis cómics. Quería sorprender a
mamá al decirle que no necesitaba que me dejara dinero para esas vacaciones. Era algo muy inusual en
mí, y no podía dejar de pensar que de alguna manera lo hacía por Florencia. Como si tuviera que
demostrarle algo.
Justo un día antes del viaje, en la cena familiar, Pedro pidió la palabra.
—Bueno Marianito. Finalmente encontramos la manera de que puedas viajar con nosotros —
dijo.
Me pareció raro que a pesar de que se dirigía a mí, la mirara a Florencia. Y mamá lo miraba a su
vez a él, con cierta ansiedad.
—No exactamente —respondió el viejo. Aclaró su garganta y siguió hablando—. En realidad fue
imposible conseguir habitación en ese hotel.
—La cuestión es que… —siguió diciendo Pedro, mirando a Florencia, que estaba mirando al
plato, revolviendo la ensalada con el tenedor, sin llevarse bocado a la boca—. La cuestión es que el
cuarto que habíamos reservado para Florencia es en realidad un cuarto con cama matrimonial.
Hablamos con el hotel y no tienen problemas de hospedar a alguien más en ese mismo cuarto —terminó
de decir.
—Bueno, pensamos que como ya habían tenido la experiencia de dormir juntos, y no habían
tenido problemas con eso, ahora tampoco habría problemas —dijo Pedro.
Vaya, así que estaban al tanto de que habíamos pasado unas noches juntos, pensé yo.
—Pero eso fue diferente —argumentó ella—. Yo tenía el aire acondicionado averiado. No había
forma de que durmiera en mi cuarto con tanto calor.
—Por eso… —dijo mamá—. Cuando lo necesitaste fuiste a dormir a la habitación de Mariano. Y
ahora el que necesita una habitación es él.
Florencia la miró con impotencia. Si a mí siempre me había tratado con desdén, a ella la
respetaba, e incluso la apreciaba. Se notaba que quería largar un exabrupto, pero no se animaba a
hacerlo. Sin embargo siguió oponiéndose, aunque de manera civilizada, como era su costumbre frente a
nuestros padres.
—Pero no es lo mismo —insistió mi hermanastra—. Lo mío fue solo un par de días, y no fue mi
culpa. Si Mariano quedó sin hospedaje es porque él no quiso irse con nosotros de viaje. ¿Y ahora a
último momento se le ocurre que tiene ganas de ir a la playa?
Ahí estaba la pendeja egoísta de siempre. Ya se estaba tardando en volver a mostrar su cara. Lo
de aquella noche había sido simplemente porque la había agarrado con la guardia baja, pensé. Es más,
técnicamente me había utilizado para desahogarse, y ahora que ya no me necesitaba, volvía a mostrar
los colmillos.
Mi hermanastra me miró sorprendida, como si no pudiese creer con la madurez que enfrentaba
la situación. Lo cierto es que ya no me importaba. Yo quería viajar con la otra Florencia. Con la versión
sincera y sensible de ella. Con esa que aparentemente no era más que una ilusión. En cambio no quería
pasar un solo día cerca de esta versión que se había ganado mi odio, y que, aunque me decepcionara,
parecía ser la versión original.
Pedro susurró algo sobre que ya habían pagado el recargo por una persona más, pero mamá le
dijo que se callara, que los chicos ya habían decidido. Esto último lo decía con cierto rencor, porque
estaba claro que la que en realidad había decidido había sido Florencia. Yo solo había aceptado su
postura.
Florencia pareció avergonzada. Algo inusual en ella, no porque fuera inmune al bochorno, sino
porque siempre se cuidaba mucho de no verse envuelta en una situación en donde podría quedar mal
parada. Lo cierto es que su postura era válida. Lo que la había dejado expuesta era la actitud
intransigente con la que se expresaba.
—Perdón. Tienen razón —dijo—. Claro que no tengo problemas en compartir la habitación con
Mariano.
¿Había escuchado bien? Florencia acababa de pedir disculpas. Algo extremadamente inusual en
ella. Nadie se molestó en señalarle el hecho de que si no tenía problemas en compartir el cuarto de
hotel, por qué carajos se había opuesto en primer lugar. Se notaba que no andaba muy bien con su
historia con el profe porque hasta su inteligencia se estaba viendo afectada.
Fuimos en auto. Era un viaje de más de cinco horas. Viajé en el asiento de atrás, junto a mi
querida hermanastra. A pesar de que había cedido, no se mostraba particularmente animada. Estaba
callada. Pedro había comentado que en el hotel le prometieron que si se liberaba una habitación nos la
darían, pero era poco probable que eso no sucediera. Ella se había colocado los auriculares y miraba por
la ventanilla, como si hubiera un montón de cosas interesantes para ver. Cada tanto revisaba el celular, y
cada otro tanto mandaba algún mensaje.
Yo no le di bola. No me iba a poner mal por su indiferencia. Tampoco iba a entrar en la locura de
una mina que cambiaba de humor cada día. El hotel no estaba nada mal. Cuando nos registramos Pedro
no pudo evitar reírse cuando dijo que éramos dos parejas, y que habíamos reservado dos habitaciones
con camas matrimoniales.
Entramos a nuestro cuarto. Una habitación amplia con una buena vista, y una buena cama. Así
estaban las cosas. Lo que hacía poco parecía imposible que volviese a suceder, finalmente se estaba
dando. Iba a pasar una semana entera durmiendo en la misma cama con mi odiosa hermanastra.
Capítulo 4
No tardé mucho en arrepentirme de mi decisión. Ni siquiera entendía por qué me había dado
vuelta a último momento y me había sumado a esas vacaciones familiares de la que me había librado en
un principio. Bueno, en realidad sí que lo sabía, pero me hacía el boludo. Estaba caliente con la pendeja
de mi hermanastra, y empezaba a actuar de manera poco conveniente. Ahora iba a pasar una semana
durmiendo en la misma habitación que ella. Pero de qué me servía eso más allá de que me iba a generar,
día tras día, una potente erección que me haría pasar situaciones incómodas y arriesgadas. Y encima
ahora Florencia estaba arisca a soberbia. Desde que había iniciado el viaje en el auto que no me daba
bola. Aunque tengo que reconocer que no mostraba la misma antipatía de siempre. Parecía haber
encontrado un punto intermedio entre esa odiosa hermanastra que yo conocía tan bien, y aquella otra
que había salido a la luz esa noche en la que parecía encontrarse vulnerable. Ahora estaba distante, pero
por el momento no se había mostrado grosera conmigo.
Por un instante me agarró una pisca de compasión. Quizás estaba mal, y por eso su actitud.
Pero después pensé que si era así, que se jodiera. Yo no tenía la culpa de que tuviera problemas con su
chongo. Podía tener a cualquier hombre comiendo de su mano y se había ido a meter con su profesor,
solo porque era un tipo que la trataba como ella seguramente solía tratar a la mayoría de los hombres.
Utilizándola cuando le apetecía e ignorándola cuando le convenía. Estaba teniendo una dosis de su
propia medicina.
Cuando estábamos en la habitación, ella empezó a meter la ropa en el placard. Había llevado
muchas prendas, y si colocaba todas, me iba a dejar sin espacio para guardar la mía. La verdad es que si
fuera por mí, dejaba todo en la maleta e iba sacando lo que necesitaba para el día. Pero me molestó ver
que ni siquiera me había preguntado cómo nos dividiríamos el placard.
—Bueno, esta mitad es mía, ¿No? —dije yo, empezando a poner mis remeras en uno de los
espacios que todavía estaban vacíos.
—¿Me estás hablando en serio? —dijo ella, indignada— ¡Si vos tenés mucho menos ropa que
yo! Es obvio que yo voy a necesitar más espacio.
—Así que querés tener privilegios solo por ser mujer —retruqué—. Nadie te obligó a traer
tantas cosas.
Se me quedó mirando, como si no pudiera creer lo idiota que era el pibe que tenía frente a ella.
La verdad es que su lógica no parecía errada. Si ella usaba mucho más ropa que yo, era natural que le
tocara una parte más grande del placard. Pero como me había parecido que actuaba con soberbia, no
iba a dar el brazo a torcer.
Pero entonces Florencia cambió de actitud por completo. Se rió con cierta malicia, aunque
también lo hizo de una manera que me pareció aniñada. Empezó a sacar rápidamente sus prendas de
sus maletas y a meterlas en el placard.
—¡No, boluda! —le dije yo, apresurándome a la vez a meter toda mi ropa.
Había puesto las valijas de manera que me obstaculizara el paso, y también usaba su propio
cuerpo, moviéndose de un lado a otro, para evitar que yo me acercara. En un rato ya había acaparado
casi todo el placard la desgraciada, pero igual le quedaban un montón de cosas por guardar. Mientras la
veía reírse al hacerme esa “maldad”, no pude evitar sentirme contento de verla de esa manera.
Contenta, como una niña que se estaba divirtiendo. Era como si su sonrisa se me contagiara.
Pero la cosa no era tan inocente como parecía. Porque aunque Florencia y yo estuviéramos en
esa actitud juguetona, bastante infantil, lo cierto es que mi hermanastra vestía una calza gris, que se
ajustaba a su cuerpo de manera escandalosa Su increíble orto estaba continuamente delante de mí. Dos
cachetes macizos que parecían pedir a gritos que los azoten. En un momento se inclinó para abrir un
cajón, y eso fue el colmo, porque empujó su trasero hacia atrás, casi como si me estuviera provocando.
Claro que en realidad no lo estaba haciendo, pero igual me sentí atraído por él como si fuera un imán.
En ese momento recordé a Juancito, que me había dicho que soy un boludo, que ella quería
que la coja, que por eso la otra vez se había puesto a hablar del tamaño de las pijas. Pero no podía estar
en lo cierto. No había manera de que la cosa fuera así. Pero la cuestión es que, haciéndolo a propósito o
sin querer, la pendeja me estaba restregando su perfecto ojete en la cara.
Yo no la soltaba, pero mi hermanita tenía un estado físico mil veces mejor que el mío, así que el
hecho de ser hombre no me daba una clara ventaja en ese enfrentamiento. Estuvimos forcejeando un
rato, mientras mi pelvis se seguía frotando una y otra vez con la parte más carnosa de ella. Lo hacía
disimuladamente, entre tanto movimiento que hacían nuestros cuerpos por el forcejeo, así que esperaba
que no se diera cuenta. Pero como era de esperar, mi cuerpo no iba a tardar en delatarme. Al hacer
contacto tantas veces con tremendo manjar, mi pija empezaba e empinarse. Todavía no se había
endurecido, pero claramente ya no estaba dormida y a un costado como hasta hacía unos minutos, sino
que se había hinchado y se había movido por sí sola al medio, como si estuviera lista para el ataque.
Pero apenas terminó de decirlo, la tiré sobre el colchón. Ella cayó boca arriba. Me di vuelta
rápidamente y empecé a meter mis cosas en el placard. Ahora le daba la espalda, por lo que la erección
que, ahora sí, ya tenía, se mantenía oculta. Ella se quedó algunos segundos en la cama, hasta que se
reincorporó. Ahora me pregunto si realmente no había notado mi erección. Quizás había sido
misericordiosa y había fingido no hacerlo, aunque me costaba relacionarla con una cualidad tan noble
como esa. En fin, que mientras ponía mi ropa en los mismos cubículos en donde ella había puesto la
suya, ya que casi no había más espacio que ese, me concentré todo lo que pude para que la calentura se
me bajara, y sobre todo, no se me notara.
—Me voy a bañar —dijo Florencia, agitada, dándome una palmada en la espalda, como si me
hubiera azotado.
Yo también estaba agitado. Además me di cuenta de que me estaba riendo como un boludo.
Escuché el agua de la ducha. No pude evitar imaginarme el cuerpo desnudo de mi hermanastra bajo el
agua. Durante los siguientes días eso iba a ser lo normal. En casa compartíamos el baño, pero acá se
sentía diferente. Cuando ella salió del baño sucedió algo que terminó de confirmarme que la convivencia
en el cuarto de hotel iba a tener condimentos que en casa eran inexistentes.
Estaba envuelta con una toalla y el pelo estaba mojado. Obviamente lo hice, di media vuelta. Y
mientras le daba la espalda escuchaba cómo se vestía. Traté de buscar una superficie que reflejara su
imagen, pero la única que había era la pantalla del televisor, el cual no estaba en un ángulo desde donde
podría espiarla. Igual, mejor, porque Florencia era muy viva y a lo mejor se daba cuenta. Una cosa era
que se hiciera la tonta con lo de la erección, que de última era algo natural que sucediera ante los
estímulos que había tenido. Pero que la espiara mientras se cambiaba ya era muy de pajero, cosa que de
hecho era una cualidad típica de mi persona. Pero no estaba bueno que ella lo siguiera constatando, tal
como lo había hecho cuando me pescó haciéndome masturbándome.
Después me fui a bañar yo. Hacía mucho calor, y la luchita que había tenido con Florencia me
había hecho transpirar. Mientras me pasaba el jabón por todo el cuerpo, mi verga no tardó en
despertarse de nuevo. No era lo ideal hacerme una paja ahí mismo. Pero por otra parte pensaba que si
lo hacía, quizás por la noche iba a poder evitar tener el mismo accidente que tuve la última vez que
dormí bajo el mismo techo con ella.
Así que enjaboné mi verga y me empecé a pajear. La mano se movía con agilidad sobre esa
superficie que ahora se encontraba muy resbaladiza. No podía sacarme de la cabeza el orto de mi
hermanastra enfundado en esa calza pornográfica. Y sobre todo, el contacto que había tenido con
semejante culazo. Iba a largar toda la leche en el piso y dejaría que el agua lo empujara hasta la rejilla.
Pero me quedaría a asegurarme de que todo el semen se perdiera en el desagüe, no fuera a ser cosa que
Florencia encontrara pruebas del crimen que había cometido ahí.
—No. Me estoy bañando nena —le dije—. Esperá unos minutos que ya salgo.
—¿Unos minutos? —dijo ella—. Al final tardás más que una mujer. Pusiste la cortina ¿No? Voy a
pasar.
Y la pendeja entró nomás. Igual, sí, obviamente tenía la cortina cerrada, separando lo que era la
parte de la ducha y el resto del toilette.
—Hubieras meado cuando entraste —le recriminé yo, con la pija todavía como mástil.
—Bueno nene, es que me agarraron ganas justo cuando salí, y encima estás tardando una
eternidad en bañarte. No estarás haciendo otra cosa ¿No? —dijo ella, con malicia.
—No digas boludeces pendeja —dije, no sin sentir vergüenza porque había adivinado. O ella era
muy pilla o yo era muy predecible. Ciertamente, no solía tardar tanto tiempo en darme una ducha, pero
igual me iba a hacer el tonto.
Escuché el chorro de pis impactando con la cerámica del inodoro. No era delicado. De hecho,
usábamos el mismo inodoro desde hacía tiempo. Pero nunca había estado tan cerca de ella mientras
orinaba. Era un chorro largo. Me la imaginaba con la calza y la bombacha abajo. Sus gambas gruesas al
desnudo. Su orto al aire. No me faltaron ganas de estirarme un poquito para verla, pero obviamente no
lo hice. Si le hiciera todas las cosas que tenía ganas de hacerle…
Escuché que tiraba de la cadena, y unos instantes después la puerta se cerraba. Terminé de
hacerme la paja, ahora con ese nuevo estímulo en la mente. Apenas hacía unos minutos que habíamos
llegado al hotel, y mi hermanastra ya me estaba volando la cabeza con sus actitudes impredecibles y sus
curvas endemoniadas.
………………………………………………………
Habíamos llegado por la tarde, así que preferimos omitir la visita a la playa en el primer día de
vacaciones. Los cuatro fuimos a pasear por la calle Güemes. Vimos un montón de tiendas, y
merendamos los famosos churros de Manolo. Para mi sorpresa Florencia nuevamente se mostraba
arisca. Era cordial, sí, pero era clara la diferencia con respecto a lo divertida que estaba hacía un rato.
Además, se la pasaba chequeando los mensajes, y en un momento frunció el ceño, como si hubiera
recibido uno que no le había gustado ni un poquito. Imaginé que se trataba de su profesor, quien
también era su examante. Igual no le dije nada, ni me mostré contrariado por su nuevo cambio. Por lo
visto su humor era muy volátil. Mientras no me tratara mal, la tenía que tolerar.
A la tarde nos separamos. Mamá con pedro por un lado, Florencia por otro, y yo por otro.
Tampoco iba a pretender que estuviéramos pegados todo el día. Yo también necesitaba respirar. Mirar a
otras mujeres, otros culos… Pero la verdad es que me llamó la atención que ya en el primer día
desapareciera por su cuenta, sin siquiera preguntarme si estaba interesado en ir a donde ella fuera.
Después de todo, teníamos casi la misma edad. Sería normal que saliéramos juntos. Pero en fin, ella
podía hacer con su vida lo que quisiera.
A la noche los cuatro cenamos mariscos en un restorán que me pareció carísimo. Por suerte
Pedro no me permitió pagar mi parte. Después les dije que iría a ver qué onda los bares de la zona. Esta
vez fui era yo el que no se molestó en invitar a mi hermanastra a compartir una salida juntos. Pero ella ni
se mosqueó, obviamente.
Albergaba la esperanza de conocer a alguna chica fácil y tener alguna historia ese mismo día. Si
fuera a un boliche las oportunidades serían mayores, pero esos lugares nunca me interesaron. Igual, con
un bar bastaría. En vacaciones todos los turistas, sobre todo los jóvenes, se comportaban como si los
compromisos que tuvieran en donde vivían, acá no contaban. Como si por el lapso de tiempo que
duraran esas vacaciones, estuvieran en otro mundo. Se suponía que no debía ser tan difícil encontrar
una compañera sexual. Me puse una camisa negra de una tela muy fina, y un pantalón de jean muy
canchero. Por suerte la noche era fresca. Me hubiese gustado que Florencia me viera así, aunque no
terminaba de entender el motivo de tal anhelo. De todas formas, en ese momento no se encontraba en
el cuarto, y eso que ya era tarde.
Traté de darme ánimos. Si hasta Florencia me había dicho que no era nada feo, y que a muchas
mujeres les gustaban los tipos altos. Y a eso sumarle el alcohol que ya correría por las venas de alguna
damisela que ya empezaría a desinhibirse, pues ya casi era medianoche. Pero tristemente mi timidez me
ganó de nuevo. Había tenido la esperanza de encontrarme con alguna chica que estuviera sola, y
acercarme a hablarle. Pero en general estaban en grupos numerosos, y eso me intimidaba mucho. Y
cuando encontraba a alguna jovencita solitaria lo suficientemente linda, tardaba demasiado para
decidirme a encararla, y se terminaban esfumando.
Me tomé un par de birras y volví al hotel, apesadumbrado. Ya habría más noches por delante,
me dije a mí mismo, sin terminar de convencerme.
Me dieron ganas de cagar, pero lo hice en el baño de la planta baja. Decidí evitarle a mi
hermanastra los ruidos desagradables que haría, y sobre todo, el olor que pudiera dejar en el baño.
Nunca había tenido esa delicadeza para con ella, después de todo, eran cosas naturales del cuerpo
humano. Pero por algún motivo había cosas que ahora quería cambiar.
Cuando terminé, subí al piso en donde estábamos hospedados. Entré a la habitación, y lo que
me encontré fue a una Florencia tan increíblemente sensual como cuando la había encontrado infraganti
en el baño, media desnuda, sacándose una foto.
Esta vez no estaba en tetas, pero igual me parecía una locura lo que tenía ante mis ojos. De la
cintura para abajo sí parecía estar desnuda, pues lo único que la cubría era una tanga diminuta,
exactamente igual a la que yo le había robado, salvo por el hecho de que esta era de color púrpura.
Arriba vestía un sensual top con el ombligo y los hombros descubiertos. El pelo estaba recogido, y se
había puesto dos aros grandes. Me miró sorprendida, pero por esta vez no pareció molesta.
—No pasa nada. Igual, ya debés estar acostumbrado a verme en culo —comentó ella,
quitándole importancia al asunto.
Tragué saliva. Ciertamente, no estaba acostumbrado a verla así. Esa tanguita con la telita de la
parte trasera que se asemejaba a un hilo dental de tan fina que era, parecía estar violando la profunda
zanja de mi hermanastra. Esta sería otra imagen que jamás me sacaría de la cabeza. ¿Cuántas de esas
tangas tendría?
Como si me lo estuviera haciendo a propósito, abrió el ropero y se inclinó para buscar alguna
prenda. El hermoso culo de Florencia se veía aún más sensual con esa prenda ridículamente pequeña.
Quedé paralizado ante el espectáculo que me estaba regalando. Como yo había puesto mi ropa encima
de la suya, le estaba costando encontrar lo que buscaba.
Quizás tardé más de lo debido hasta que me di cuenta de que el hecho de que se pusiera así no
significaba que tuviera derecho a escrutarle el ojete de esa manera tan obscena con la que lo estaba
haciendo. De seguro esperaba que yo mismo me pusiera en mi lugar. Así que desvié la vista justo cuando
ella se daba vuelta. Mejor tarde que nunca.
Se colocó una falda negra, muy corta. Evidentemente se estaba preparando para salir. No pude
evitar preguntarme a dónde mierda se iba con esa tanguita que evidentemente anunciaba que estaba
con ganas de coger. No pude evitar sentirme celoso. Además, era un viaje familiar. Dudaba de que
conociera a alguien por la zona. ¿Sería capaz de tener relaciones sexuales con alguien que conociera esa
misma noche? Fue muy hipócrita de mi parte haberme preguntado eso, lo sé. Si yo mismo había estado
dispuesto a acostarme con una totalmente desconocida esa misma noche. Pero no pude evitar hacerme
esa pregunta, como tampoco pude evitar sentir cierta decepción. Por algún motivo a los hombres no nos
gusta imaginar que la chica que nos gusta tiene una vida sexual desprejuiciada. Aunque en ese momento
no terminaba de ver a Florencia como “la chica que me gustaba”, sino que la consideraba más bien un
objeto de deseo, una hembra hermosa de carácter volátil a quien por momentos detestaba y por
momentos anhelaba con locura. Pero evidentemente, aunque en ese momento no lo reconociera, había
sentimientos más allá de la calentura que se estaban despertando. No me explico de otra forma por qué
me estaba cayendo como un baldazo de agua fría el hecho de verla salir a la medianoche con esa pinta
de puta de lujo.
Tuve la fugaz idea de que quizás simplemente pensaba salir a dar un paseo, tal como yo lo había
hecho. A lo mejor me invitaba a ir con ella. Después de todo ¿por qué tenía que irse sola?
—Sí —dijo.
Se colocó una camperita negra sobre los hombros, como si fuese una capa. Me pareció notarla un poco
sombría cuando decía esto último. Y por supuesto, no me invitó a salir con ella. Quizás tenía una cita. Si
usaba Tinder le saldrían cientos de matchs en un rato. Maldito afortunado hijo de puta el que se la fuera
a coger esa noche.
Traté de dormir, pero, como era de esperar, no podía hacerlo. No podía dejar de hacer
especulaciones. Si volvía en aproximadamente dos horas, era muy probable que no se hubiera
concretado ningún acto sexual. El pretendiente en cuestión no habría dado la talla, y ella lo habría
despachado. No era algo seguro, pero entre las doce y media de la noche y las dos y media de la
madrugada abrigué esa absurda esperanza. Pero por supuesto, el reloj siguió avanzando. Eran las tres de
la madrugada y yo sin pegar un ojo, como si tuviera algún tipo de derecho de ponerme mal porque mi
hermanastra mantenía relaciones sexuales con algún ser humano. Sí, aunque no lo aceptara, a las
mujeres les gustaba el sexo tanto como a los hombres. La única diferencia entre Florencia y yo era que
ella tenía a todos los hombres al alcance de sus manos, mientras que a mí me frenaba la timidez y por
eso no cogía nunca. Que haga lo que quiera, me decía una y otra vez, pero sin embargo las imágenes que
ametrallaban mi cabeza eran cada vez más pornográficas. Montones de vergas metiéndose por todos sus
orificios. Mierda, basta, me decía a mí mismo.
Ciertamente había sido una pésima idea irme de vacaciones con ellos. En esos momentos
podría estar en mi casa, durmiendo como un bebé, aprovechando durante el día para invitar a mis
amigos, evitándome esos celos sin sentido que sufría en ese momento. Cuando eran las cuatro de la
madrugada ya me di por vencido. Sí, está cogiendo con otro ¿y…?, me decía a mí mismo. Cerré los ojos,
intentando dormir, pero claro, no podía. Un rato después, media hora cuanto mucho, escuché la puerta
del cuarto abrirse.
Florencia entró con sigilo. Yo tenía los ojos cerrados y fingí estar dormido. Se metió en el baño.
La escuché haciendo un sonido, como si hubiera largado un grito reprimido, para adentro. No pasó
mucho tiempo hasta que empecé a oír el llanto. Estaba llorando. Florencia estaba llorando. Me pregunté
qué carajos debía hacer en esa situación. ¿Debía consolarla? Lo más probable era que prefiriera guardar
su sufrimiento para ella. En todo caso tenía unas cuantas amigas con quién desahogarse. Yo no era nadie
relevante para ella. Apenas habíamos tenido una charla sincera, y recién hoy la había visto reír con
soltura. No, no era nadie para consolarla y preguntarle qué le pasaba. Ella no era una princesa en apuros,
y yo mucho menos un caballero andante.
Se dio una ducha, lo que me hizo pensar que era correcta la suposición de que había estado
cogiendo con alguien. Estaría limpiándose en donde le habían lanzado el semen, y donde la habían
lamido. Pensar en Florencia era pensar en todo tipo de situaciones pornográficas. Situaciones en las que
yo jamás participaría.
Seguí haciéndome el dormido. Escuché que sacaba algo del cajón. Una braga limpia quizás.
Recordé que me había dicho que le gustaba dormir desnuda, y que cuando había estado en mi cuarto lo
mucho que se había puesto había sido ropa interior. Sentí cómo se subía a la cama, hacía a un lado el
cubrecama y se acostaba a mi lado.
La cama era grande. Nos separaba el suficiente espacio como para no vernos obligados a
rozarnos, al menos no mientras estuviéramos despiertos. Pero todavía persistía mi temor de tocarla, y
hacerle muchas otras cosas mientras me encontraba dormido. La escuché suspirar. Tecleaba la pantalla
del celular frenéticamente, y al ratito volvía a hacerlo. ¿Estaría pensando en el profesor? No se me
ocurría otra cosa por la que estuviera llorando y escribiendo a alguien en plena madrugada. Ella tenía sus
propios dramas.
De repente pareció dispuesta a dormirse. Por el momento mi erección estaba controlada. O
mejor dicho, no había tal erección. Pero sabía de sobra lo rápido que mi verga podía endurecerse cuando
se trataba de Florencia.
Recién para las cinco me di cuenta de que el sueño me estaba venciendo. Como si necesitara
tener a Florencia a mi lado para finalmente dormirme. Ella, a pesar de que estaba triste, no tardó en
hacerlo.
Me desperté a eso de las ocho de la mañana, cuando algo de claridad se filtraba por la persiana
de la ventana que, por lo visto, estaba mal cerrada. Y todo esto para encontrarme en la situación en la
que justamente no debía encontrarme. Esa que tanto tenía. Estaba abrazado a mi hermanastra, quien,
por suerte, aún dormía.
Traté de alejarme, pero en realidad era ella la que se había abrazado a mí. Su brazo izquierdo
atravesaba mi torso y la mano se apoyaba en mi hombro derecho. Además su cabeza estaba apoyada en
mi otro hombro. Escucha su respiración. Por suerte mi verga estaba blanda. Si me separaba de ella podía
salir bien librado. Pero cuando traté de correrme a un costado, me di cuenta de algo sumamente
extraño. Y es que si seguía moviéndome a la derecha no habría vuelto al lugar que me había tocado
ocupar en la cama, sino que me caería al piso.
Aún soñoliento, traté de hacerme una idea de lo que esto significaba. Claro, era eso. No había
dudas. La que se había arrimado a mí mientras dormía era Florencia, y no al revés, como había creído.
Igual no dejaba de ser una situación de la que me convenía salir. Pero no solo era que estaba aferrada a
mí, sino que todo su cuerpo estaba pegado al mío.
Decidí encender la luz. Así, una vez que despertara se daría cuenta de que la que había invadido
mi territorio había sido ella. Quedaría como un caballero al advertirle de la situación. Le diría que no
estaba para nada molesto, pero tampoco quería que ella se hiciera ideas extrañas sobre mí.
Aparté la manta que nos cubría. Se había puesto una remera desgastada y un short muy corto
como pijama. Qué lástima, pensé, pero esta vez no dormiría con tanguita. Estaba de costado. Su cabeza
hundida en mi hombro.
—Flor —dije, a ver si lograba despertarla—. Flor, Flor —repetí, pero mi hermanastra parecía
haber quedado exhausta.
Mi brazo izquierdo había quedado debajo de ella. Esa era otra excusa para despertarla y
apartarla de mí. Si seguía así, se adormecería. Pero por otra parte la mano estaba muy cerca de su
codiciado culo. De hecho, era cuestión de hacer un simple movimiento para poder palparlo. ¿Sería capaz
de hacerlo? No sabía si lo que me detenía era el hecho de que era un acto absolutamente vil, o el temor
de ser enganchado con las manos en la maza.
Pero ganas no me faltaban. Respiré profundamente. Me di cuenta de que sus tetas también
estaban pegadas a mi cuerpo. Mierda, cuánta tentación, pensaba para mí. Y ahí estaba. Esa verga que
parecía tener vida propia empezaba a espabilarse. Ya se había tardado mucho de hecho.
—Flor. Flor —intenté nuevamente.
Pero esta vez acompañé el llamado con unos empujones. Por fin Florencia pareció reaccionar. Le di unos
empujoncitos más, hasta que abrió los ojos.
—¿Eh? —dijo, confundida. Levantó la cabeza y se encontró conmigo—. ¿Marian? —preguntó después.
Era la primera vez que no la odiaba por llamarme así, Marian. Supuse que tenía la visión borrosa, debido
a que acababa de despertarse, y por eso se me quedó mirando un rato. Todavía estaba abrazada a mí.
Nuestros labios jamás habían estado tan cerca. Si hiciera apenas un movimiento hacia abajo, se
encontrarían.
—Boluda, me estás aplastando el brazo —le dije, aunque me aseguré de que mi tono fuera jocoso.
—Pero si vos ya dormiste un montón —dijo ella, claramente ajena al insomnio que me había dado hasta
que ella había vuelto.
—Igual quiero dormir más, nena —respondí, sin dar ninguna explicación—. Además, ¿qué te importa? El
que tendría que preocuparse por dormir con una degenerada soy yo.
Florencia soltó una risa. Una risa que me alegró el corazón. Apagué la luz.
Al fin y al cabo, íbamos a tener una salida juntos. Los dos solos.
—Ya lo sé.
Capítulo 5
—¿De verdad? ¿Te vas a poner a hacer la cama ahora? —dije, incrédulo. Florencia, por algún
motivo que desconocía, se había quedado en ropa interior, y estaba inclinada, acomodando las sábanas
—. El hotel tiene empleadas a las que se les paga por eso ¿Sabías?
Lo cierto era que si había soltado esas palabras no era porque me sorprendía su exagerada
prolijidad, sino porque me había quedado como un estúpido viendo su macizo orto, y para disimularlo
dije lo primero que se me vino a la cabeza. Por lo visto todo indicaba que el hecho de verla con pocas
ropas tantas veces no era algo que atenuaba el impacto visual que me generaba. Cada vez que me la
encontraba así, semidesnuda, con la bombachita metiéndosele en el culo, y peor aún, inclinada en una
pose casual que a la vez resultaba muy erótica, era presa de un montón de pensamientos lujuriosos. Y
para colmo ella o no se percataba de ello, o no le daba importancia, por lo que no se molestaba en evitar
andar así por la habitación. En realidad, eso era lo natural, pero para mí era una tentación, y me costaba
mucho no convertirme en un troglodita depravado.
Yo me había levantado un rato antes que ella, y después de darme un baño bajé a almorzar algo, para
luego volver y encontrarme con mi querida hermanastra en bombachita y corpiño. Vaya manera de
comenzar el día.
—Lo sé, pero no hace falta que dejemos todo hecho un desastre —respondió ella.
—La que desordenó todo fuiste vos, que te moviste mucho mientras dormías —retruqué, no sin
recordar la manera en que se me había acercado y abrazado entre sueños. Nuestros cuerpos nunca
habían estado tan cerca durante tanto tiempo.
—Y por eso soy yo la que estoy arreglando la cama. No te pedí que hicieras nada, así que callate
—agregó después, terminando de poner la almohada en su lugar—. Seguro que los empleados saben
que somos hermanos, y si ven el lío que es nuestra cama pueden pensar cualquier cosa.
—En primera, no somos hermanos —dije, con ganas de discutir—. Y segundo, ¿Desde cuándo
te importa tanto lo que piensen los demás?
—En primera, no sé si ellos saben o no saben que somos hermanastros. Y aunque lo supieran,
no saben que lo somos desde hace tan poco tiempo, así que igualmente verían como algo raro tanto
desorden en la cama. En segunda, no suele importarme mucho lo que digan los demás, pero tampoco
me gusta que crean que soy una degenerada.
Decidí que ya no tenía sentido discutir. Ella siempre quería tener la razón.
—Obvio. Pero dame unos segundos que todavía no decido qué ponerme.
—Supongo que cuando decís unos segundos te referís a unos minutos. Unos largos minutos que
seguro se van a convertir en media hora, mínimo —comenté, exasperado.
—No seas un pendejo quejoso. Cuando salís con una chica las cosas son así.
—No me imaginé que tuvieras esas ideas tan estereotipadas —ataqué—. Ya veo que las chicas
inteligentes no están exentas de los prejuicios.
—Hay ciertos estereotipos que están instalados en el imaginario colectivo por alguna razón —
respondió ella—. Puede que no todas las mujeres sean así. Pero en general lo somos. Yo soy así. Me
gusta pensar bien en lo que me voy a poner ¿Okey?
—Nada de eso. Si no estoy acá para presionarte, seguro vas a tardar más.
—Bueno, tomate todo el tiempo que quieras. Solo estaba bromeando. Si querés tardar una
hora en elegir ropa, me parece bien. Total, solo nos vamos a perder del mejor horario para tomar sol.
—¿Psicología inversa? ¿De verdad pensás que eso va a funcionar conmigo? —dijo ella,
divertida.
—Solo ganan los que me tienen paciencia —contestó, con una sonrisa que intentó ser odiosa,
pero que para mi desgracia me resultó encantadora.
Se puso a revisar el placard. Yo ya estaba listo, así que me senté a esperar a que eligiera qué
carajos se iba a poner.
Era una prenda blanca con transparencias. Si la usaba se le vería el bikini. Los viejos se habían
llevado el auto así que como la playa quedaba cerca decidimos ir caminando. Ciertamente, aunque
hiciera mucho calor llamaría demasiado la atención con esa túnica tan sensual.
Era un vestido animal print. Se lo puso, y se miró frente al espejo. Eras muy corto, y dejaba casi
la totalidad de sus piernas al desnudo.
—Pero la abertura de atrás es muy grande —señaló después, viéndose la espalada. En efecto, a
pesar de que no era transparente como la túnica, dejaba ver su ropa interior—. Quizás si me pongo algo
encima del bikini… —meditó después—. Pero no me convence.
Después de decir esto se quitó el vestido de un ágil movimiento, mostrándose de nuevo en ropa
interior. Era evidente que ella no se sentía incómoda mostrándose así frente a mí, así que hice todo lo
posible, una vez más, para ocultar la lascivia que me producía verla sacándose y poniéndose la ropa una
y otra vez.
—No sé para qué lo pensás tanto —opiné—. Igual, esas que acabás de descartar las vas a
terminar usando otro día. Las vacaciones recién empiezan, y quedan muchos días de playa.
Era un vestido tipo camisa, muy largo, de color azul. Era probablemente la única prenda en el
placard de mi hermanita que no se ceñía a su cuerpo y no dejaba ver su hermosa figura. Por lo que
entendí, era por eso que no había sido su primera opción. Florencia era muy vanidosa, y no le gustaba
pasar desapercibida, y ese vestido ocultaría su cuerpo a la vista de todos. No obstante, era evidente que
era la mejor alternativa.
Ella resopló. Pero al fin cedió. Luego buscó un sombrero que hacía juego con el vestido, y unos
anteojos negros de sol. Puede ser que su sensualidad estuviera escondida en ese momento, pero igual
parecía una actriz de Hollywood con ese aspecto.
—No seas boludo, todavía falta que elija la bikini —dijo ella.
—Bueno, eso va a ser fácil. Todos los bikinis son parecidos, ¿no?
Abrió el cajón en donde estaban sus bikinis. También estaban algunos de mis bóxers, pues
nuestras ropas todavía estaban mezcladas. Tenía cuatro o cinco conjuntos, a los que inspeccionó
detenidamente. Finalmente se decantó por uno de un color azul más intenso que el vestido. No pude
evitar notar que ambas piezas eran muy pequeñas. Se trataba en realidad de una microbikini. Podía ser
que en nuestra caminata hacia la playa no llamara la atención tanto como a ella le gustaría, pero en ella
definitivamente lo haría. Se quitó el vestido. Durante un instante pensé que se iba a desnudar ahí mismo
para ponerse el bikini, pero se metió en el baño, llevando el vestido con ella.
Llevamos en mi mochila y en su cartera lo que íbamos a necesitar y por fin partimos hacia la
playa.
La tarde estaba calurosa, pero no era el desagradable calor que venía acompañado de
humedad. El sol estaba muy agradable. Florencia revisaba su celular constantemente, y en una ocasión
pareció responder algún mensaje. Su semblante sombrío reapareció. Recordé que a la madrugada la
había escuchado llorar. Después de pensarlo un rato, lo primero que se me había ocurrido fue que había
cogido con un desconocido, por puro despecho hacia su profesor, pero luego se sintió culpable por
acostarse con alguien por el que no sentía nada. Otra opción, mucho más perturbadora, era que había
tenido una mala experiencia esa noche. Quizás alguien había intentado aprovecharse de ella. Esta
posibilidad me generaba, por algún estúpido motivo, cierta culpa, y me hacía pensar que debía estar
cerca de ella para cuidarla. Pero me parecía mucho más probable la primera opción, pues si alguien se
había aprovechado de ella estaría de un humor iracundo antes que lúgubre. En todo caso, ya sabía que
su humor era muy cambiante, así que pensé que no debía darle mucha importancia.
Se sacó el vestido. Tal como esperaba, la microbikini que se había puesto cubría apenas las partes que
debía cubrir. Más que un traje de baño parecía una lencería erótica. La tela de la pieza de arriba apenas
tapaba los pezones, y dejaba gran parte de sus senos a la vista. Lo mismo pasaba con la pieza inferior. Las
tiritas que atravesaban su cintura y sus caderas eran muy finitas, y la tela que cubría su pubis era un
diminuto triángulo. Florencia estaba depilada, era imposible no notarlo, pues si no fuera así, algunos
vellos se escaparían de la protección de ese insignificante paño. Había mucha gente en la playa y no pasó
demasiado tiempo hasta que recibió la atención de los turistas.
Algunos me miraban con admiración e intriga, dando por sentado que era el compañero sexual de la
nave espacial que era mi hermanastra. Otros tantos, desafiantes, fingían ignorar mi presencia y la
devoraban con los ojos.
—No, todavía no. Tomemos sol ¿Te parece? —propuse, intuyendo que era lo que ella quería.
Florencia estaba distraída. Miraba a todas partes, como buscando a alguien. Yo aproveché para
sumarme a la horda de machos pajeros que la cosificaban con la mirada. Era un conjunto muy atrevido y
arriesgado el que había elegido. No veía a muchas chicas con un microbikini tan sensual como ese, pero
si había alguien que podía darse el lujo de ponerse eso sin problemas era ella. Su cuerpo escultural le
otorgaba la impunidad de poder ponerse lo que le viniera en gana sin que nadie se atreviera a juzgarla
por ello. Solo alguna mujer envidiosa podría ver con malos ojos su decisión.
Me di cuenta de que la tela que cubría humildemente la parte trasera se había metido más de
la cuenta en su culo. Florencia agarró la tela y la tiró hacia atrás para luego soltarla. Ahora sí, había
quedado bien, y en el acto me regaló una hermosa imagen para el recuerdo.
Agarré el pote de protector solar y empecé a ponérmelo por todo el cuerpo.
—¿Me estás jodiendo? ¡Si todavía no terminé! —dije yo, indignado—. Además, vos trajiste el
tuyo. Yo vi que lo guardaste. ¿Tantas ganas de molestar tenés?
—El que tiene ganas de molestar y de pelear sos vos, bobito —dijo ella. Era la primera vez que
usaba esa palabra para insultarme, pero algo me decía que no sería la última—. ¿Cómo pensás ponerte
el protector en la espalda?
Me quitó el pote de la mano y se colocó detrás de mí. Escuché el sonido del pote cuando lo
apretó para largar la crema en su mano. Luego empezó a frotarme la espalda. Ahora sí, no pode evitar
sentirme orgulloso debido a la imagen que estaba dando. Evidentemente nadie sabía que se trataba de
mi exasperante hermanastra. La gente solo veía a una preciosa mujer que actuaba con absoluta
sumisión. No serían pocos los que pensarían que era demasiada mujer para mí. Pero no me iba a
intimidar por eso. Yo sabía que no tenía el cuerpo de un atleta, pero gracias a mi juventud aún faltaba
mucho para que mi sedentarismo hiciera estragos con mi imagen. Era delgado y alto, y como a veces
decía mamá, tenía cierto porte. Lo que era una manera de decir que no era bello, pero tampoco feo.
Tampoco me olvidaba que la propia Florencia había insinuado que si no estaba con ninguna mujer no era
por mi apariencia, sino por mi actitud.
Se sentó sobre la toalla que había extendido sobre la arena y empezó a pasarse la crema por los
brazos. Pero lo mejor fue cuando lo hizo en las piernas. Sus manos se deslizaban por las pantorrillas
lentamente, para luego llegar a la rodilla y finalmente encontrarse con los muslos. El automasaje que se
realizaba era hipnótico, y resultaba difícil no imaginarme ser yo mismo el que estuviera acariciando esas
piernas interminables.
Florencia estaba callada, y no dejaba de observar a su alrededor. Estaba seguro de que esa
actitud estaba relacionada con su desaparición de la noche anterior, pero no quería abordar el tema.
Estaba claro que ese día no compartiría el rato con la versión afable de mi hermanastra, ni tampoco con
la más agresiva, sino con la distante, esa que, por algún motivo que no terminaba de comprender, era la
que más me molestaba. Prefería que me trate con desdén a sentirme como poco más que un mueble en
su presencia.
Me hice la pregunta obvia. Si ella me había pasado la crema por la espalda, ¿esperaría lo mismo
de mí? A juzgar por su indiferencia parecía que hasta se había olvidado de que yo estaba a su lado. Sin
embargo, Florencia respondió mi duda con una acción. Se acostó boca abajo sobre la toalla, y me
entregó el pote de protector solar.
—Solo fue una broma ¿Tan sensible vas a ser? —dije yo, para acto seguido largar un poco de
crema en su espalda.
—Ay, perdoname —dijo ella—. Sé que a veces contesto mal. Pero haceme un favor, y hacételo a
vos mismo: no me des importancia. A veces me pongo así.
Tenía las manos cruzadas, y apoyaba el mentón sobre ellas. Miraba hacia el mar. Me di cuenta
de que esta vez observaba un punto fijo. Había mucha gente, pero ella estaba observando a una familia.
Una pareja joven y su pequeña hija. La mujer no estaba nada mal. Era una morocha con un lindo cuerpo,
que tendría poco más de treinta años. El hombre tenía una frondosa barba. En un momento miró hacia
nosotros, como si la intensa mirada de Florencia lo hiciera percatarse de que estaba siendo espiado. A mí
ni siquiera me registró, pero cuando la vio a ella se le abrieron bien grandes los ojos. Por suerte para él la
mujer estaba distraída jugando con su hija en la orilla del mar, porque el muy estúpido no había
disimulado nada, y se tardó su buen tiempo hasta que desvió la mirada de Florencia.
Estaba claro que mi hermanita llamaba la atención de cualquier hombre, y no solo estaban
incluidos los hombres casados, sino los tipos que en ese momento andaban con sus familias, e igual no
podían resistirse a ese mujerón que estaba desparramada sobre la arena. Y, sin embargo, yo sabía que en
este caso había algo más. Porque el tipo no era uno cualquiera. Yo ya lo conocía de la foto de perfil que
había visto en el celular de Florencia. Además, también sabía su nombre, pues me lo había dicho ella
misma. Se trataba de Alejandro, su profesor, su amante.
Por algún motivo, inmediatamente me percaté de eso, sentí que estaba ante un enemigo.
—¿Y solés ponerte así de la nada, o te pasa algo en particular? —le pregunté a Florencia,
mientras empezaba a frotar mi mano sobre su espalda, para desparramar la crema—. Digo, para saber
cuándo estar lejos de vos.
—Bueno, en este momento quizás deberías estar lejos de mí, pero aguantame hasta que
termines de ponerme el protector —dijo ella, y después agregó—desabrochámelo.
El corpiño estaba atado hacia atrás por dos tiritas. Era natural que a ella le tomara un poco de
trabajo hacerlo por su cuenta, así que no me pareció raro que me lo pidiera. Estaba claro que pretendía
hacerse un bronceado parejo, y si esa tirita permanecía ahí, le quedaría una línea blanca justo ahí, un
poco por encima de la cintura.
La boca se me hizo agua. Dejé el pote a un lado y tiré de aquella tirita hasta desanudarla. Se me
escapó un largo suspiro que de seguro ella había escuchado. Era muy probable que haya quedado como
un idiota. Pero por otra parte sabía que ella estaba concentrada en no perder de vista al profesor.
Que viejo garca, pensé para mí. Era obvio que su presencia no era una mera casualidad. Él debía
saber que Florencia iba a pasar las vacaciones con su familia ahí, y de alguna manera había convencido a
su mujer de pegarse una escapada en esa misma fecha. Había que ser muy hijo de puta para traicionar a
tu mujer de esa manera. Una cosa eran unos inocentes cuernos, pero esto… Ese tipo no tenía códigos,
evidentemente. Mi primera impresión había sido acertada. Alguien como él solo podría ser mi enemigo.
Me pregunté si le había hablado de mí. ¿Sabría que su hermanastro se había unido al viaje en el
último momento? ¿Le habría dicho que dormíamos juntos? ¿Se sentiría tan celoso como yo me estaba
sintiendo al saber esto?
No me cabían dudas de que la salida intempestiva de Florencia había sido a causa de él. Pero,
¿cómo mierda había logrado el profesor escaparse de su esposa en plena madrugada? Era un viejo zorro,
sin dudas.
Traté de no pensar más en eso, porque me estaba dando mucha manija y ahora iba a ser yo el
que estuviera de mal humor. ¡Qué tontería era ponerme celoso por la pendeja de Florencia! La miré. Era
increíble. Ahora parecía que estaba aplicando un masaje a una mujer desnuda. Le tela que cubría por
detrás era apenas más gruesa que las tangas de hilo dental con las que la había visto. Su turgente orto
era avasallante. Aunque estaba acostada recta, era como si las nalgas estuvieran en pompa, pero
simplemente resaltaban por su tamaño y firmeza.
¿Y aquel infeliz se la había cogido? Sentí rabia. Después de unos minutos había terminado con la
espalda. Me quedé unos segundos pensando si era buena idea preguntarle si quería que le pasara la
crema solar por el trasero. Sabía que ella querría un buen bronceado, pero no estaba seguro de si me
estaría pasando de la raya con eso.
¡Pero qué mierda!, pensé para mí. Ella estaba concentrada en aquel tipo. Me estaba usando de
sirviente, y probablemente también me utilizaba para darle celos. Además, se había puesto en esa
posición. Si quería que le pasara la crema solo en la espalda, se hubiese sentado, como yo. Sí, eso era. Y
si no le gustaba, que me lo dijera y listo. Yo no iba a hacer nada malo.
Apreté el pomo y lancé más crema de la necesaria sobre su glúteo izquierdo. Esperé unos
segundos a ver si me decía algo. Pero nada. Ni el más mínimo gesto de incomodidad. Aunque para mí sí
que la cosa empezaba a ser difícil, porque obviamente no soy de madera ni tengo sangre de pato, así que
ya estaba sintiendo cómo mi verga se endurecía, y eso que todavía no había posado mi mano en su
trasero.
Y sin embargo iba a hacerlo. Empecé a hacer movimientos circulares en el cachete izquierdo,
desparramando la crema sobre él. Era la primera vez que lo sentía casi sin ninguna restricción. Claro, no
podía estrujarlo ni nalguearlo, cosas que me daban muchísimas ganas de hacer. Pero aún así, cada tanto
mis movimientos eran más intensos y hundía mi mano más de lo necesario. El tacto con ese precioso
culo era todo lo que podía esperarse de él. Suavidad y firmeza a más no poder.
Estaba hipnotizado con la redondez de ese culo que por las locas vueltas de la vida estaba en
mis manos. Reparé en cada lunar que tenía. Froté especialmente las líneas blancas que las ropas
interiores menos escandalosas habían dejado en su piel. Mis dedos pasaron muy cerca de la zona más
profunda, esa que estaba protegida débilmente por ese pedazo de tela tan delgado. Mi erección era
óptima. No tenía idea de cómo iba a hacer para que se me bajase, porque teniéndola a ella conmigo la
calentura estaba garantizada.
Me hubiese gustado quedarme ahí por horas. Sumergido en la tersura de ese culazo digno de
una diosa. Pero ella tenía razón, ya me había quedado más tiempo de la cuenta metiéndole mano.
—Sí. Justo terminaba —dije, con total naturalidad. O al menos intentando mostrarla.
Busqué a Alejandro y a su familia con la mirada, pero ya no estaban. Sentí pena por Florencia.
Dudaba de que realmente estuviera enamorada de él, pero estaba claro que, fuera lo que fuera que
había pasado con el tipo, la estaba afectando. Los hombres casados no suelen dejar a sus amantes por
sus esposas. Solo usan a las jovencitas como Florencia para su alivio sexual. Para sentirse alejados de la
rutina y de la prisión en la que, por momentos, se convertían sus hogares. Para sentirse más jóvenes
quizás. Pero siempre que podían terminaban volviendo a los brazos de sus esposas. Claro que había
casos en donde pasaba lo opuesto. El tipo dejaba todo por una pendeja quince años menor que él.
Quizás mi hermanita soñaba con eso. Pero también intuía que, si ello se concretaba, no tardaría mucho
en abandonar al profesor. Después de todo, según entendía, lo que le resultó irresistible de él, en un
primer momento, era el hecho de que además de ser su profesor, fuera un tipo casado.
Así lo hice, apresurándome todo lo que pude, porque cada segundo que pasaba con las manos
encima de ella, veía más difícil lograr que mi miembro se hiciera fláccido. Pensé que se iba a quedar un
rato en esa pose, para tomar sol, pero aparentemente cambió de opinión, cosa que me alivió.
—Y… —dije. Carraspeé la garganta—. ¿Eso tiene que ver con tu salida de anoche?
—Claro —dije. Evidentemente no pensaba decirme que acababa de ver al profesor con su
familia a unos metros de nosotros—. Pero si alguien te lastimó, o si se propasaron con vos… la verdad,
me gustaría saberlo —agregué.
—¿Ah, sí? ¿Y qué harías si supieras eso? —preguntó ella, con un sarcasmo que me fastidió.
Estaba claro que me creía incapaz de protegerla. Ciertamente, no era el tipo más fuerte del
mundo.
—No lo sé —respondí—. Primero tendría que saber qué te pasó, para luego pensar en qué
actitud tomar.
Florencia no pareció escucharme. Estaba mirando algo con mucha atención. Yo ya me suponía
de qué se trataba. Seguí la dirección de su mirada, y me encontré con el profesor y su familia caminando
en dirección a donde estábamos. Por lo visto se habían ido a comprar choclo a un vendedor ambulante,
y ahora se disponían a acomodarse para comerlos.
—Mariano —me dijo ella. Le costó desviar la mirada de Alejandro para posarla en mí—. ¿Me
harías un favor?
—Em… claro —dije—. Aunque si me lo pedís así, me da un poco de miedo —agregué después,
pues había pronunciado las palabras con mucha seriedad.
El profesor y la familia se acomodaron bajo una sombrilla que estaba muy cerca de nosotros.
Florencia me había dejado con la intriga, así que le dije:
Ella lo meditó un rato. Ahora que había visto que el tipo estaba muy cerca de nosotros ya no
parecía sentir la necesidad de estar pendiente de él. Se corrió un mechón de pelo invisible de la cara.
Suspiró hondo.
—Quiero pedirte algo. Pero en caso de que aceptes, quiero que me prometas que después de
que lo hagas no vas a hablarme nunca del tema. Que va a ser como si nunca hiciste lo que voy a pedir
que hagas.
Vaya pendeja. Que pretenciosa era. Y sin embargo la curiosidad era muy grande. No me cabían
dudas de que lo que fuera que quisiera, estaba relacionada con su querido profesor.
—Bueno, primero tendría que saber de qué se trata —dije. Y después, al darme cuenta de que
con esa respuesta podría tirarse de nuevo para atrás, agregué—. Pero claro que estoy dispuesto a
prometerte eso. Ni una palabra.
—Bueno. Seguro te va a parecer una locura, pero… —Su voz salía muy débil. Agachó la cabeza,
casi como si sintiera vergüenza—. ¿Me darías un beso? —preguntó—. Digo… un beso en la boca —
agregó después, por si no le había entendido.
—No. Dejá. Olvídate. No te tendría que haber dicho nada —se arrepintió después.
Supuse que su nuevo arrepentimiento era por mi evidente asombro. Y la verdad era que no solo
me había sorprendido. Una vez que me quedé pensando en su pedido, no pude evitar sentir indignación.
Pretendía usarme como una ficha de ajedrez. Haría su movimiento para generar cierta reacción en él. Y
luego me descartaría. Por algo me decía que después de que lo hiciera me olvidara del asunto. Pero por
otra parte no podía negar que yo también saldría ganando con eso. Si dejaba mi orgullo de lado llegaba a
la conclusión de que podía disfrutar de aquello. Total, qué carajos me importaban los motivos que ella
tenía para que yo le comiera la boca.
—Esperá, no te dije que no —me apuré a aclarar—. Es solo que me tomaste por sorpresa. Pero
supongo que tendrás tus motivos para pedirme esto.
La agarré del brazo y la atraje hacia mí, con cierta brusquedad. Apoyé mis manos en su delgada cintura.
Quedamos sentados uno al lado del otro. Quién iba a pensar que le iba a deber tal experiencia al imbécil
de su profesor. Florencia arrimó su boca, poniendo los labios en forma de pico. Lo besé. Esperaba que
eso no fuera todo. Y por suerte no me defraudó. Abrió la boca y casi pareció comerme. Nuestras lenguas
se fundieron en un obsceno beso francés. Ella marcaba el ritmo. Sentía el fresco sabor a menta en su
aliento. Obviamente, aproveché para deslizar las manos hacia abajo, para palpar su culo. Si ella quería
que fingiera ser su amante, teníamos que darle un toque de realismo la cosa, ¿no? Lo malo era que
como estaba sentada no podía disfrutarlo en su totalidad.
—Gracias —dijo Florencia en un susurro, separando sus exquisitos labios de los míos, pero todavía muy
cerca de mí, a apenas algunos centímetros—. Sé que te estoy pidiendo mucho. No solo por esto, sino
porque espero que dentro de algunos minutos hagamos como si no hubiese pasado nada. Te prometo
que no me lo voy a olvidar.
—No —dijo ella, sonriendo. Miró por encima de mis hombros, seguramente para asegurarse de
que había captado la atención de su profesor. Pareció satisfecha—. Otro más —dijo.
Esta vez se recostó. Me incliné para alcanzar sus labios. Primero la cosa fue tierna, y después, al
igual que el primer beso, fue salvaje. Como debí suponer, no tardé mucho en hacer un movimiento con
el que mi verga hizo contacto con su cadera.
—No pasa nada —me tranquilizó ella—. Si querés tocame un poco como recién. Pero no
exageres.
Apenas terminó de decirlo que ya le estaba manoseando su suave culo, aunque, tal como me lo
había pedido, mi mano bajaba solo un rato para luego subir de nuevo hasta su cintura. Miré de reojo al
profe. Sonreía mientras hablaba con su esposa, pero era evidente que esa alegría que intentaba
disimular era solo una pose. Si la mujer era mínimamente inteligente no tardaría en percatarse del
estado de ánimo del tipo, y de seguro eso llevaría a las típicas discusiones de pareja.
—Creo que es mejor que vuelva al hotel. No quiero estar acá —dijo Florencia, ahora abrazada a
mí.
Me di cuenta de que cualquiera que nos mirase no dudaría que éramos pareja.
—No hace falta que vos también te vayas. Sé que querías pasar un buen rato acá.
—Sí, pero qué gracia tiene estar solo. ¿Te molesta si te acompaño?
Me puse la remera, cosa que ayudó a ocultar mi erección. Juntamos las cosas y nos fuimos.
A pesar de lo que había prometido, no sabía cómo haría para, de aquí en más, hacer de cuenta
de que no había pasado lo que acababa de pasar.
CAPITULO 6
Acordamos que para aprovechar el tiempo que nos quedaba debido a nuestra apresurada huida de la
playa, iríamos a un par de lugares famosos de Mar del Plata. Aunque finalmente solo visitamos la torre
tanque, y un centro cultural del que ni siquiera recuerdo el nombre. Pedro le mandó un mensaje a
Florencia, avisándole que había conseguido cuatro boletos para el Aquarium Mar del Plata, por lo que ya
teníamos la tarde organizada para el día siguiente.
—De todas formas, ni siquiera cuando era chico me pareció divertido ver a unos delfines haciendo
piruetas —repuse yo.
—Así que te interesa que actuemos como una familia de verdad. No sabía que tenías sentimientos —
me burlé.
—Es que a tu mamá la quiero mucho. En cambio, a otros… —comentó, mirándome de reojo, con una
sonrisa maliciosa.
Se hizo un repentino silencio. Era la primera vez que hacía alusión al tema desde lo sucedido. No
pensaba romper mi palabra de no mencionar el asunto, pero ahora se me escapaba esa frase que nos
retrotraía a ese beso. A ese beso y a mi mano deslizándose lentamente hacia el abultado trasero de mi
hermanastra. De esto ya habían pasado más de dos horas, y durante el paseo había cumplido al píe de la
letra con la promesa. Aunque para ser sincero, se notaba el ambiente tenso. Florencia estaba
ensimismada y solo respondía con monosílabos a los comentarios que yo hacía de vez en cuando. En
varias ocasiones contestó algún mensaje que yo supuse era de su profesor.
—Que conste que no mencioné lo que pasó en la playa —dije, para tantear el terreno, ya que temía
que me considerara alguien sin palabra.
—No. Pero hiciste alusión a él —respondió ella, tajante—. Y ahora también lo hacés. Cada vez que
digas que no vas a hablar del tema, en realidad lo estás haciendo.
—Bueno, bueno, no vuelvo a hacerlo —le aseguré—. Ni a hablar del tema. Ni a hablar de que no hablo
del tema. Ni a hablar de hablar de que no hablo del tema —agregué, a ver si al menos le sacaba una
sonrisa, cosa que no conseguí. Más bien al contrario, ahora sentía que había quedado como un estúpido.
Realmente no tenía por qué comportarme de esa manera tan complaciente. Bien podría haberla
mandado a la mierda por ser tan exigente. Después de todo, era ella la que me había puesto en esa
situación tan incómoda. Me había usado como un mero peón de ajedrez para darle celos a su amante, y
encima me había hecho jurarle un eterno silencio. Supongo que si toleré tal cosa fue porque en mi
subconsciente especulaba con sacarle provecho a la situación. Si Florencia confirmaba que yo era alguien
discreto y de confianza, quien sabía, quizás podría volver a besarla y a manosear su perfecto orto.
—Igual te entiendo —dijo ella, para mi sorpresa—. Lo que te pedí fue demasiado. Y de hecho hasta me
siento arrepentida de haberlo pedido. Pero en ese momento me ganaron mis sentimientos.
Habíamos tomado un colectivo para regresar al hotel, y ahora, mientras el sol se ocultaba y cubría la
ciudad de un hermoso anaranjado, caminábamos las cuadras que nos faltaban para llegar.
—Qué pesada —dije yo, exasperado—. La que dijo que no quería que hablásemos del tema fuiste vos,
y yo acepté. Así que no, no hace falta que me cuentes nada.
Florencia se puso cabizbaja durante el resto del trayecto, cosa que no alcancé a comprender. Pero
desde ya que su melancolía no era a causa de mi respuesta. Nada de lo que le pasaba a ella era a causa
mía, salvo su exasperación, cosa que generaba con frecuencia.
Llegamos al hotel. El conserje nos entregó la llave de la habitación y nos metimos en el ascensor.
—Bueno, quizás en realidad no me interesa darte explicaciones. Eso lo reconozco —aclaró, rompiendo
el mutismo en el que se había sumido—- Quizás solo necesitaba desahogarme.
—Egoísta, como siempre —respondí, no tanto porque me sentía molesto, sino más bien para
aprovechar ese resquicio que había dejado descubierto, permitiendo que la pueda atacar.
—Sí, tenés razón. Además, no sé para qué te molesto a vos. Ya puedo hablar con mis amigas de mis
problemas amorosos.
Florencia se miró en el espejo del ascensor. Se veía hermosa, a pesar de su cara triste y de ese vestido
tipo camisa que le iba tan holgado y escondía su exuberante figura.
—Bueno, pero igual podés contarme —dije yo—. Para mí mejor. Ya me debés un favor. Y ahora me
deberías dos.
Florencia soltó una carcajada. Cosa curiosa, porque ni siquiera había intentado hacerlo. La puerta
corrediza se abrió.
—¿Y vos me echabas en cara que nunca hago favores a cambio de nada? Sos el peor —dijo, mientras
abría la puerta de nuestro cuarto.
—Aprendí de la mejor —dije yo, sin poder evitar sentir alegría al darme cuenta de que finalmente
había contribuido a que se mostrara alegre, al menos por un rato—. Dale. Contame —insistí, dejando la
mochila sobre una silla—. Además, la verdad es que me intriga mucho saberlo —agregué después.
—Bueno —cedió al fin, como si no fuera ella misma la beneficiada al utilizarme como un confidente
con el que se desahogaba—. ¿Te acordás que te hablé de mi profesor? Alejandro… Bueno, resulta que
vino a Mar del Plata con su familia.
—¡¿En serio?! —pregunté yo, fingiendo sorpresa—. ¿No me digas que era ese tipo al que estabas
mirando en la playa?
—¿Tan obvia fui? —dijo ella—. Sí. Era él. El tipo de barba que estaba con su mujer y su nena.
—Y supongo que el hecho de que esté acá no es una casualidad, ¿cierto? —pregunté, aunque ya me
había hecho a la idea de la respuesta apenas reconocí al tipo en la playa.
—No —reconoció ella—. Como sabrás, este viaje ya lo habíamos programado hace rato. Yo se lo
comenté una vez que salimos. Era una locura la idea de encontrarnos acá, porque era obvio que si venía
tendría que hacerlo con su familia. Ya de por sí le era difícil escaparse de su mujer durante algunas horas.
Pero inventarse un viaje para él solo, era imposible.
—Porque me gusta ver hasta qué punto puede llegar un hombre solo para estar conmigo. Porque soy
una vanidosa y una insegura de mierda —dijo, con rabia hacia ella misma.
—Y él es un hijo de puta —dije yo, indignado—. Mirá que venir hasta acá para engañar a su mujer en
su cara. Hay que ser una basura.
—Pero él no la engañó —lo defendió Florencia—. Ayer le mandé un mensaje, diciéndole que lo
esperaba en un bar. Y estuve como una estúpida ahí durante horas. Ni siquiera me contestó el mensaje. Y
yo ahí, expuesta a un montón de pajeros que como me veían sola no podían evitar tirarse el lance.
—A ver —dije yo—. El solo hecho de que haya decidido venir acá, tal como vos se lo propusiste, es
prueba de lo mala leche que es este tipo. Vos tenés que entender que si le hace esto a su esposa, con
vos haría lo mismo. Y si no te contestó el mensaje seguro que fue porque no pudo hacerlo. Estoy seguro
de que hoy te volvió a escribir, ¿cierto? Y te habrá propuesto encontrarse en un horario que le resultara
más cómodo, ¿no? Y no me extrañaría que te haya propuesto un encuentro fugaz. Una cosa denigrante.
—No es para tanto. A veces es cuestión de hacer dos más dos, y la respuesta es obvia —comenté,
fingiendo humildad, cuando en realidad me llenaba de alegría saber que existía la posibilidad de que
Florencia dejara de considerarme un tonto.
—Me dijo que iba a estar en esa playa con su familia. Que le iba a resultar muy difícil estar solo, pero
que iba a hacer lo posible por escaparse quince minutos con alguna excusa. Que yo me mantuviera en
contacto. Le dije que así lo iba a hacer. Por un momento pensé que como yo le había cortado el rostro la
última vez, ahora con lo del bar habíamos quedado a mano. Mirá que manera más estúpida de pensar
las cosas. Pero después cambié de opinión. No podía ser que me dejara usar por ese tipo como si fuera
una puta. Quince minutos mientras se escapaba de su mujer. ¿Podía ser tan hijo de puta?
—Bueno, quince minutos son suficientes para un polvo. Aunque no es muy romántico que digamos —
comenté yo. Pero esta vez no logré hacer que riera.
—Y tengo que reconocer que no había pensado en lo que dijiste. En lo que le hace a su mujer. A su
familia. Digo, es obvio que está mal, pero nunca me había detenido a pensarlo. Supongo que como vos
decís, soy una egoísta que solo piensa en sus propias necesidades y deseos. Jamás me puse en el lugar
de su mujer —admitió ella.
—Dicen que reconocer los errores es el primer paso —acoté yo, esta vez con más éxito, pues sus
sensuales labios formaron una sonrisa.
—Bueno, ahora sabés por qué te pedí algo tan inusual como un beso. No sé si me comprendés ni
espero que lo hagas. Pero creo que merecías saber por qué lo había hecho, para que no te hagas falsas
ideas.
—¿Falsas ideas? —pregunté.
—Sí, ya sabés. Que no creas que entre nosotros puede pasar algo.
—Yo nunca me haría esa idea. Además, vos misma me recalcaste que era algo que pasaría y que
quedaría en el pasado, y yo lo acepté, ¿no?
—Además nunca sería tan estúpido de creer que realmente podría seducir a una chica como vos —
comenté, con brutal sinceridad y con algo de resentimiento—. Es obvio que solo tendría algo con alguien
tan hermosa en una situación muy particular, como la de hoy.
—No digas tonterías. Vos podés estar con la chica que quieras. Solo tenés que cambiar un poco tu
actitud derrotista.
—La que dice boludeces sos vos —respondí, irritado—. No soy derrotista ni nada de eso. Y no lo digo
por dar lástima. Simplemente soy realista. Nos guste o no nos guste, en el mundo hay ciertos estándares
de belleza.
—Y yo no te lo digo solo para hacerte sentir bien. Bueno, en parte supongo que lo hago. Pero no te
miento. Vos tenés una idea equivocada de vos mismo. Hay estándares de belleza. Sí. Pero parece que vos
pensás que dentro de esos estándares estás totalmente relegado. Pero no es así —respiró hondo, como
si se hubiera agitado—. ¿Hace falta que discutamos por todo? —dijo después.
De repente reímos a carcajadas al unísono. Realmente era gracioso que incluso cuando estábamos
hablando con sinceridad, y cuando nos sentíamos más unidos que nunca, igual salieran a relucir las
diferencias entre nosotros. Parecía evidente que estábamos destinados a chocar una y otra vez.
—¿No me habías dicho que pensabas cobrarte el favor de la playa? Y que además el hecho de
escucharme también representaba otro favor.
La verdad era que lo había dicho en broma, obviamente. Pero algo me decía que sería buena idea
seguirle la corriente.
—Y no nos olvidemos de que en la playa no me pediste un favor cualquiera —dije—. Obligado a besar
a mi hermana solo para que le de celos a un chongo —agregué, simulando un gesto de repulsión—. Voy
a necesitar ir a terapia para superar esto.
Al decir esto último, toda su jocosidad desapareció al instante. Era como si se diera cuenta tardíamente
de que no era buena idea rememorar los detalles de ese beso. Yo podría darle la excusa de que lo había
hecho solo para darle más realismo a la escena. Pero ambos sabíamos que no era cierto. Lo correcto era
lo que acababa de decir Florencia. Me había aprovechado de la situación para acariciar su perfecto
trasero, y ella lo había permitido. Como no se me ocurría nada que decir, agarré la otra almohada y la
estrellé contra su cabeza.
Y así empezó la guerra de almohadas. La pendeja tenía fuerza y era muy ágil, así que mi condición de
hombre no me daba ningún tipo de ventaja, de hecho, estaba perdiendo, y no es que mi hermanita
lanzara almohadazos solo por jugar. Los largaba con mucha fuerza, y cuando me daba de lleno por
encima de la oreja, sentía bastante dolor, y un zumbido me generaba mareo.
Al final caí sobre la cama y ella empezó a castigarme sin un poco de piedad. Creo que más allá de lo
divertido que podía ser para ella, inconscientemente se estaba desahogando de la frustración que sentía
a causa del profesor.
—¿Qué te parece si te dejo de humillar? —dijo ella, agitada, soltando otro almohadazo—. Esa sería
una buena manera de devolverte el favor. ¿No te parece? —Otro golpe—. Dale. Si querés que pare solo
tenés que decírmelo. Y así quedamos a mano.
—Perra tramposa —dije yo, cubriéndome de sus embistes con los brazos.
Pero ella seguía golpeando, y cada vez lo hacía con mayor frecuencia, lo que me hacía imposible
contraatacar. Pero se me ocurrió una idea. Cuando lanzó el siguiente almohadazo, dejé de cubrirme. El
golpe dio de lleno en mi pectoral, y fue un golpe realmente fuerte. Pero ahora que mis brazos estaban
libres, hice un movimiento con toda la rapidez que pude, y la agarré de la muñeca para detener sus
movimientos.
Pero ya era demasiado tarde. La había tomado por sorpresa. Ella había disminuido la fuerza con que se
aferraba a la almohada, por lo que no me costó mucho quitársela y lanzarla a un lado. Además, cuando
lo hice, Florencia perdió el equilibrio. Aproveché ese momento para agarrarla de la cintura y tumbarla en
la cama, boca abajo. Me puse encima de ella, inmovilizando sus manos con todas las fuerzas que me
quedaban, pues sabía que ante el menor descuido se zafaría. Pero por lo visto había quedado más
agotada de lo que había pensado. Sobre todo sus brazos, que habían descargado golpes sobre mí
incontables veces.
—Está bien —accedió al fin—. Pero después de eso, estamos a mano. ¿Okey?
Giró la cabeza, y separó los labios. Pero yo no los besé. La tenía agarrada de las muñecas, con las
manos detrás de la espalda, como si estuviera esposada. La liberé de una de mis manos por un instante.
De todas formas, con el peso de mi cuerpo le resultaría difícil sacar las manos de esa posición. Entonces
le levanté el vestido.
—No te preocupes. Solo te voy a dar un beso —le aclaré, levantando un poco más el vestido.
—Pero… —empezó a decir ella, pero se detuvo cuando pareció comprender lo que pasaba—. Está bien.
Pero… en serio. Solo un beso. Nada más —dijo.
Sentí cómo su cuerpo se relajaba. Podía ser una trampa. Quizás pretendía que, al igual que le había
pasado a ella, yo me descuidara y aprovecharía ese momento para salirse de esa prisión que mi cuerpo
representaba en ese momento. Así que seguí ejerciendo presión, utilizando mi propio peso para
inmovilizarla. Levanté más el vestido, hasta que quedó a la vista eso que tanto ansiaba.
Obviamente eso no era todo lo que haría, porque cuando ella me había besado no se había molestado
en fingir un beso, sino que había usado su lengua con total soltura. Así que ahora yo haría lo mismo. Le
di una deliciosa lamida. Mi lengua se frotó con fruición a todo lo largo de una de las nalgas, dejando
baba en ella. Florencia no emitió queja alguna, como debía ser. La miré. Estaba con el cuerpo totalmente
apoyado en la cama, con el rostro hacia la pared, y los mirando a la nada.
Decidí dejar de aferrar sus brazos. Ella pareció agradecerlo. Ahora se veía más cómoda. Deslicé la mano
por los muslos y manoseé su nalga de una manera mucho más obscena a como lo había hecho en la
playa.
Ninguna queja de Florencia. Por lo visto ese manoseo venía incluido con el beso. Como cuando
comprás una hamburguesa en un local de comida rápida y viene con papas fritas. Me aproveché de su
sumisión, y empecé a comerle el culo con desesperación. La lengua se frotaba en ambas nalgas mientras
las estrujaba sin contemplaciones. Sin poder contenerme, la mordí. Nunca había tenido una carne tan
sabrosa entre mis dientes
—Bueno, ya está. Prometiste que solo sería un beso —dijo ella, irguiéndose.
—Basta —me dijo ella, sintiendo nuevamente mi tiesa verga sobre su culo—. En serio, cortémoslo acá,
mientras todavía podamos.
Deslicé mi mano hacía abajo, sintiendo de nuevo su hermoso orto, esta vez impregnado de humedad
debido a la saliva que había dejado. Agarré la delgada tirita de la bikini y tiré hacia abajo.
—Si hacés esto te vas a convertir en otro que se obsesiona conmigo. En otro que solo me quiere coger,
que solo quiere usar mi cuerpo como si fuera su propio parque de diversiones.
—¿Ese es tu miedo? —pregunté—. ¿Te acordás que te prometí que después del beso haría de cuenta
que no había pasado nada? Cumplí, ¿No? Solo terminamos hablando de eso porque vos trajiste el tema
—ella asintió con la cabeza—. ¿Y no podemos hacer lo mismo ahora? Que pase lo que pase, y una vez
que termine, que quede en el pasado.
Continué despojándola de su bikini, hasta que esta quedó a la altura de sus rodillas. En ese punto
estaba claro que Florencia había accedido. Me costaba asimilarlo. Era como si realmente estuviera en un
sueño. Pero era la realidad. Una realidad que, siendo sinceros, deseé que se concretara desde el primer
día en que la conocí.
Florencia se desvistió por completo y me esperó en la cama, con las piernas abiertas y una expresión
de lujuria que me voló la cabeza. Yo hice lo mismo. Me deshice de toda la ropa en un segundo, y fui por
ella.
Nos abrazamos. Sentía sus senos en mi pectoral. Nos besamos. En ese momento me di cuenta de que
no iba a ser un polvo cualquiera. No solo porque se trataba de ella. Una mujer que despertaba en mí
sensaciones que aún no terminaba de reconocer. Sino porque no lo haríamos como en las películas
porno, en donde todo era meramente una cuestión genital.
Había piel. Mucha piel. Una química mágica que solo podía explicarse por el antagonismo que había
surgido entre nosotros en un primer momento. Un sentimiento poderoso que ahora parecía haberse
transformado en otra cosa bien diferente.
Florencia elevó la mano, con la palma abierta. Yo la estreché, y la apoyé en la almohada. Ambas manos
quedaron unidas, mientras nuestros labios se encontraban. Nos besamos. Y nos besamos. Y nos
besamos. Fue el beso más largo que haya dado jamás. Fue pura ternura y sensualidad combinadas en
una dosis totalmente equilibrada. Me mordió el labio inferior, evidenciando algo que ya estaba
intuyendo. Ella estaba tan caliente como yo, cosa que me produjo un sentimiento de euforia
impresionante.
Llevé la mano que tenía libre a sus senos. Se sentían suaves y firmes, y sus pezones estaban
puntiagudos y duros. Los chupé. Florencia pareció disfrutarlo, porque en ese momento comenzó a gemir.
Me quedé largo rato, con la cabeza hundida en esas deliciosas tetas.
No hizo falta que se levantara. Estiró el brazo y abrió el cajón de la mesita de luz, en donde había
guardado una caja de preservativos.
Quizás había intuido que debido mi escasa experiencia sexual era sumamente torpe, y para evitarme
un mal momento, se dispuso a colocarme el preservativo ella misma. Sacó un paquete y lo abrió con los
dientes. Cuando me lo iba a poner, acaricié su rostro con ternura.
No tenía en claro si lo que le pedía no era algo demasiado obsceno. Tenía entendido que algunas
mujeres no practicaban sexo oral en una primera relación sexual. Era como un grado de intimidad más
alto que una típica cogida. Algo que se reservaban para momentos especiales, y para determinados
hombres. Pero qué sabía yo de mujeres. De hecho, la propia Florencia pareció divertida por la manera en
que se lo había pedido.
—No —dijo, sin embargo, llevando la mano a mi verga, para ponerla a noventa grados, de manera que
le resultara más fácil colocarme el profiláctico.
—Dale —insistí.
—No —dijo Florencia. Pero yo seguí empujando—. No —Siguió diciendo, cuando el glande ya estaba a
milímetros de sus labios.
Y entonces abrió la boca. Fue todo muy rápido. De un instante a otro había pasado de fingir que se
rehusaba a practicarme la mamada, a chupar con vehemencia mi verga. La sensación era increíblemente
intensa. Y mientras lo hacía, cada tanto levantaba la vista para ver el placer que reflejaba mi rostro al
recibir sus estímulos.
Era extremadamente hábil con la lengua. Era obvio que en cuanto a experiencia sexual estaba a años
luz de mí. Frotaba la verga con maestría. Parecía que sabía a la perfección por donde pasar la lengua, con
qué intensidad hacerlo, y por cuánto tiempo. Mi pija nunca había estado tan hinchada como en ese
momento. O al menos eso era lo que me parecía, mientras veía cómo mi miembro viril se llenaba de una
capa de saliva que iba dejando mi odiosa hermanastra mientras la lamía.
—Bueno, con eso ya tenés que contentarte —dijo ella, deteniendo la felación repentinamente.
Pero igual no me importó. Porque ahora venía lo mejor. Florencia colocó el preservativo sobre el
glande, y luego lo fue desenrollando lentamente. Por momentos me hincaba las uñas en el tronco, pero
tal como lo demostraba con su perversa sonrisa, eso no era algo que le sucediera sin querer, sino que lo
hacía a propósito.
La abracé. Le di un beso, sin importarme el hecho de que en su lengua había restos del presemen que
ya estaba saliendo copiosamente de mi sexo. Así como estábamos, hice que giráramos los dos juntos, sin
dejar de besarnos ni de abrazarnos, hasta que ella quedó abajo.
—Sos hermosa —le dije, para luego besarla, y detenerme de nuevo—. Sos increíblemente hermosa.
La besé de nuevo, mientras buscaba el orificio en donde debía enterrar mi miembro. Como me estaba
costando hacerlo, ella me ayudó con su mano. Movió mi verga como si fuera una palanca de cambio, y
cuando la colocó en el lugar indicado hizo un movimiento pélvico con el que se enterró unos cuantos
centímetros de verga.
—Empujá —dijo.
Así lo hice. La penetré, sintiendo una estrechez que me sorprendió. Nuestros cuerpos quedaron
pegados uno al otro. Mis movimientos pélvicos eran cortos, debido a la pose que habíamos tomado.
Ambos totalmente extendidos, aferrados como si fuéramos uno solo.
—Despacito —dijo ella, cuando avancé con más brusquedad de la que pretendía—. Acordate que la
tenés muy grande —aclaró después.
Ni que decir tiene que en una situación como esa mi ego estaba por las nubes. Y con ese comentario
terminaba por lograr que me sintiera un dios. Un semental montando a la yegua más hermosa y más
cara del establo.
Y a pesar de que me lo había advertido, empecé a penetrarla con mayor ímpetu. Aumentando el ritmo
de mis penetraciones de a poco. Pero Florencia lo soportaba. Y de hecho sus gemidos se volvían cada vez
más potentes. Por lo visto ya no le importaba que los empleados del hotel creyeran que pasaba algo
entre los hermanos de esa habitación.
Me erguí. Ahora mi torso quedó en posición vertical. Florencia flexionó las rodillas. Ahora sentía cómo
mi verga entraba a mayor profundidad. De hecho, ahora se la estaba metiendo al completo. Ella
apretaba los dientes, en señal de que estaba sintiendo un leve dolor, pero no volvió a pedirme que lo
hiciera despacio, seguramente debido a que también sentía un gran placer.
Acabé, abrazado a ella. De hecho, quedamos abrazados por largos minutos, con mi verga todavía
adentro de ella, mientras, de a poco, se tornaba fláccida. Florencia acariciaba mi cabeza, cosa que me
resultaba increíblemente relajante.
—Yo no me voy a arrepentir nunca de esto —dije, dándole un beso en la mejilla—. Pase lo que pase.
Nunca.
—Claro. Por eso no quiero salirme de encima tuyo. Ni de adentro —dije—. Porque a partir de que
nuestros cuerpos se separen, vas a volver a ser mi detestable hermanastra.
—Obvio. Pero solo lo acepto porque el único que acabó fuiste vos. No sé si te diste cuenta —dijo ella.
No tardé en ponerme al palo de nuevo. Y tampoco me costó mucho lograr que esta vez acabara. Por lo
visto ya había quedado muy estimulada con el primer polvo, así que después de un rato alcanzó el
orgasmo.
No quedamos dormidos, abrazados. Estaba convencido de que no me arrepentiría, tal como se lo había
asegurado, pero no podía evitar sentir la inminencia de algo malo. Como si un enorme dolor amenazara
con derribarme.
CAPITULO 7
Nos despertó el timbre del celular de Florencia. Tenía la impresión de que había estado sonando desde
hacía rato. Habíamos quedado dormidos después del revolcón que nos pegamos, y eso que no era muy
tarde. De hecho, cuando me despertó el sonido del celular vi que eran las once menos cuarto de la
noche. Demasiado temprano considerando que estábamos en vacaciones. Habíamos dormido poco más
de una hora. Las caricias que nos propinábamos mientras nuestros cuerpos desnudos estaban
enredados, nos habían relajado tanto que terminamos en un sueño profundo. O quizás lo que me había
instado a dormirme había sido la certeza de que, después de haber acabado, debía fingir que nada de
eso había pasado. Era una manera simple de dar por terminada con esa relación fugaz. Esa había sido la
promesa que le había hecho a Florencia, y si quería tener alguna oportunidad de volver a estar con ella,
no debía convertirme en un pesado.
Ella se despertó. Agarró el celular y atendió. Por un momento pensé que el profesor había
reaparecido, y estaba al acecho. En ese momento un incomprensible abatimiento me golpeó con dureza.
Pero no tardé en percatarme de que estaba equivocado, no era él el que llamaba. No obstante, me di
cuenta de que estaba en una situación mucho más vulnerable de que había creído, y eso no me gustaba
nada.
—Es papá —dijo después—. Dice que en media hora vamos a cenar a un restorán que está acá a
cinco cuadras.
—¿Y qué pueden sospechar si les decimos que no queremos cenar con ellos? Además, también
querrán pasar un tiempo a solas, ¿no?
Florencia salió de la cama. Percatarme de que se mostraba completamente desnuda ante mis
ojos, con total naturalidad, me dejó en shock. Y para mi desgracia, sentí la imperiosa necesidad de
morderle el culo. Pero no podía hacerlo, ¿cierto? De repente me entró la duda. No olvidaba mi promesa,
pero se me ocurrió la brillante idea de que ese momento en el que mi hermanastra estaba en pelotas
ante mis ojos podría considerarse una extensión del polvo que nos habíamos echado.
—No conocés a papá —dijo Florencia—. Se hace el despistado, pero no se le escapa una. Y a
veces hace deducciones exageradas.
—Por ejemplo, desde un principio se dio cuenta de la relación tensa que hay entre nosotros —
explicó Florencia—. Pero siempre optó por hacerse el tonto, pensando que nunca íbamos a llegar muy
lejos con nuestra enemistad —Al pronunciar la última palabra hizo con los dedos de ambas manos el
gesto de comillas, indicando que eso de la enemistad no era más que una manera de decirlo—. La cosa
es que debido a que se daba cuenta de que nos llevábamos como perros y gatos dedujo que, según él, a
mí me pasan cosas con vos.
—Esperá —dije, procesando la información—. ¿Tu papá piensa que vos sentís cosas por mí?
Estaba sorprendido. No me hubiese extrañado que Pedro, como hombre, se hubiera dado
cuenta de que detrás de mi desprecio hacia su hija también había una tensión sexual enorme, que en
cualquier momento podría estallar. Pero nunca me hubiera imaginado que pensara eso de su hija.
Florencia atraída por mí desde un principio. ¿Eso era tan descabellado como sonaba?
—Una vez me dijo que iba a terminar enamorada de vos —explicó ella, cosa que me sorprendió
aún más—. Ay, pero qué hago acá en bolas hablando con vos—dijo después, como si se acabara de
percatar de eso, cosa que obviamente era mentira—. Me voy a dar una ducha así vamos a cenar con los
viejos.
—Nada de eso —dije yo, saliéndome de la cama, al igual que ella, totalmente desnudo, sin
ningún poco de pudor. La verdad era que probablemente nunca volvería a tener ese grado de intimidad
con ella, así que lo estaba aprovechando. Me puse de pie y caminé en dirección al baño. Mi verga
fláccida se columpiaba, y Florencia no pudo evitar dirigir su mirada a ella—. Ya te conozco. Vas a tardar
un montón en bañarte, y yo también quiero hacerlo —agregué después.
—No seas pendejo —se quejó ella, aunque no atinó a meterse en el baño antes que yo,
probablemente temiendo que eso diera el inicio a un nuevo juego de manos que luego culminaría en
otro polvo, cosa que ya había pasado hacía unas horas—. Si esta vez no iba a tardar tanto —agregó
después.
—Y bueno —dije—. Si no pensás tardar tanto, esperá a que yo salga. Con quince minutos cada
uno es más que suficiente.
Ella pareció indignada, pero no tenía manera de refutar lo que le decía. Pero enseguida se
recompuso. Y yo no esperaba menos de mi odiosa hermanastra.
—Quince minutos para ducharte… —dijo, con una sonrisa maliciosa—. ¿No serán diez minutos
de paja y cinco para ducharte?
Cerré la puerta de un portazo y me metí adentro. Ya tenía pensado la venganza a ese insulto, y
ella probablemente se había dado cuenta de eso, porque la escuché gritar:
—¡Pendejo! ¡No seas forro!
Entonces me metí bajo la ducha. ¿Así que diez minutos de paja?, pensé, rabioso, pero divertido.
Ya iba a ver la pendeja esa. No pensaba hacerlo. Pero igual el recuerdo reciente del que fue el mejor
polvo de mi vida, me produjo una erección, como era natural. No es que haya tenido muchas otras
experiencias, pero no era solo que lo que pasó con mi hermanastra fuera muy superior a esos otros
polvos, sino que también tenía la certeza de que en el futuro iba a ser difícil experimentar un goce como
el que había tenido hacía un rato. Pero no lo hice. Me contuve y no me masturbé. Salvo en los
momentos en los que el jabón pasaba por mis genitales, y el estímulo era inevitable, lo que si bien no era
una paja, se le parecía mucho.
De hecho, ya había terminado. Pero no se la iba a dejar fácil después de lo que me había dicho.
Pasaron unos minutos, y golpeó la puerta de nuevo.
Claro que lo necesitaba. Habíamos estado en la playa, y después caminamos toda la tarde, y
luego había tenido un orgasmo. Su cuerpo olía a sudor, a mar y a sexo. No podía presentarse con
nuestros padres en esas condiciones. Mucho menos con Pedro, a quien, según ella misma, no se le
escapaba nada.
—Ya salgo. Me pego una afeitada y salgo —dije, disfrutando de saber que seguramente estaba
comenzando a irritarse.
Ciertamente, solo tenía una barba de dos días. Era poca, pero no me gustaba cómo me
quedaba, porque no me crecía pareja. Así que, que se joda, pensé, riéndome para mis adentros.
No me olvidaba de cuando la pendeja había entrado a mear mientras yo me duchaba. Ahora iba a tener
una dosis de su propia medicina. Ni siquiera tenía espuma para afeitar, porque me la había olvidado.
Pero igual pasé la máquina, para darle más realismo a la cosa.
Parecía que quería agregar algo más, pero se quedó mirando mi verga, que aún estaba completamente
erecta. La verdad era que en esas condiciones parecía incluso mucho más grande de lo que ya era.
—¿Se te perdió algo? —dije, girando hacia ella, para que mi miembro quedara apuntándola.
—Deberías afeitarte ahí también —retrucó ella, refiriéndose a la frondosa y enmarañada mata de vello
púbico que tenía.
Como siempre, era muy astuta. Con ese comentario hacía de cuenta que el motivo por el que se me
había quedado mirando era por eso, y no por mi sexo tieso. Recordaba, con mucho deleite, que me
había dicho que tenía una linda pija. A mi hermanita le gustaban las vergas grandes, por lo visto, y yo la
tenía. De hecho, era el único atributo físico por el que resaltaba. Por lo demás era bastante común y
corriente.
Ella se acercó, con intención de dirigirse a la ducha. Pero yo giré. Apoyé mi trasero en la piletita del baño,
quedando ahora de perfil. No era un baño particularmente grande. El espacio que separaba la pileta del
inodoro que estaba exactamente frente a ella, era muy pequeño, y apenas podía pasar una persona por
ahí.
Sin embargo no se libró de la nalgada que le di cuando me dio la espalda. Cuando se metió en la ducha,
hizo una mueca de fastidio. Aunque no fue muy convincente que digamos. Dejé la máquina afeitadora y
me dirigí a ella.
—No, gracias. Sé bañarme sola desde muy chica por suerte —dijo—. ¿Y vos? ¿A qué edad dejó de
bañarte tu mami? ¿A los quince?
Nombrar a mamá cuando los dos estábamos desnudos, no solo había sido un golpe bajo, sino que me
pareció de muy mal gusto. Además, no solo me estaba ridiculizando a mí, sino que estaba insultando a
mamá. Eso de que me bañaba hasta los quince años me sonaba a incesto, y me repugnaba. Por lo visto
mi rostro me delató, porque Florencia se apresuró a disculparse, cosa que, como sabemos, no es nada
común en ella.
—¿Y tu papá? —dije yo, sin hacer el menor caso a lo que me acababa de decir—. ¿Cuándo dejó de
castigarte cada vez que te portabas mal, o que decías alguna boludez?
Fui en dirección a ella. Florencia pareció alarmada. Corrió la cortina, la cual hasta el momento había
estado abierta. Pero no me costó mucho volver a correrla para encontrarme con mi hermanastra.
—Ya te pedí disculpas —dijo—. Además no da que estemos acá en bolas. Lo que pasó, pasó. Ya fue —
agregó.
Pero no le hice el menor caso. Me metí con ella en la ducha. La agarré de la muñeca y la puse contra la
pared. Tal como lo estaba intuyendo, ella no opuso la menor resistencia física. Ya conocía muy bien su
fortaleza, y sabía que si ella quería se desharía de la mano con la que la estaba inmovilizando sin ningún
problema. Pero ahí estaba la culona de mi hermanastra, contra la pared y el brazo doblado en la espalda.
Sospechaba que eso era exactamente lo que quería Florencia. Que me la cogiera ahí mismo. y la verdad
es que me excitaba muchísimo escucharla pedir que la soltara, cuando en realidad sabía que deseaba
que le meta la verga, tanto como yo deseaba metérsela. Pero no lo iba a hacer. Mi castigo iba a ser ese.
Iba a dejarla calentita.
Florencia sacaba culo hacia atrás, cosa que me resultó irresistiblemente tentador. Sin ningún tipo de
piedad, solté un fuerte golpe con la palma de mi mano. Sonó fuerte, y vi cómo la piel enrojecía. Pero
para mi sorpresa, ella apenas largó un débil gemido.
—No, en serio Mariano —dijo—. Dijimos que después de lo que hicimos, íbamos a hacer de cuenta de
que nada había pasado. Me lo prometiste —me recordó, pero aún se mantenía sometida, en esa
posición que era increíblemente sensual.
—Y eso es lo que vamos a hacer —respondí, recordando una cosa que yo mismo me había dicho hacía
un rato, que lo de ahora no era más que una prolongación de lo que pasó antes de quedarnos dormidos,
por lo que en realidad no estaba faltando a mi palabra—. Desde mañana vamos a olvidarnos de todo
esto.
Le di otra nalgada. Florencia no solo no se quejó, sino que parecía disfrutar que azotara su trasero. Y la
verdad era que esa resistencia que tenían sus glúteos no me sorprendía para nada. Mi hermanita tenía el
culo más macizo que había visto jamás. Con solo mirarlo se notaba la dureza de los músculos que
estaban debajo de esa piel suave. Y ahora lo corroboraba con mis propias manos.
Florencia se inclinó más, probablemente pensando que me la iba a coger ahí mismo. Pero lo de las
nalgadas me había gustado tanto que seguí haciéndolo por un buen rato. Además, estaba empecinado
en dejarla con las ganas. No se iba a llevar de arriba eso de insultar a mamá.
—Sos una pendeja odiosa —dije, dándole otra nalgada—. Una pendeja agrandada —Otra nalgada—.
Vanidosa, sobradora, histérica—. Nalgada, nalgada, nalgada—. Una pendeja calientapijas —Una muy
fuerte nalgada.
Las piernas de Florencia temblaron. Pensé que me había pasado de la raya. Pero ella no dijo nada. Es
más, separó las piernas, como si estuviera completamente dispuesta a entregarse.
—Sí —dijo, girando el rostro para mirarme—. Soy una pendeja maldita. Merezco que me castigues.
Sus ojos estaban brillosos, como si estuviera a punto de derramar algunas lágrimas. Estaba muy metida
en su papel de chica culposa que estaba decidida a recibir su reprimenda. Le di otra nalgada.
—Querés que te coja, ¿no? —Le dije. Ella asintió con la cabeza—. ¡Decilo! —exclamé.
—Quiero que me cojas —afirmó ella—. Cogeme con esa pija enorme —agregó después.
Qué putita hermosa había resultado Florcita, pensé para mí. Pero me estaba gustando hacerla sufrir. Por
lo visto era así, como decía mamá, era hija del rigor. Si se la trataba bruscamente, se sometía con gusto.
La hice darse vuelta. Me senté en el extremo de la bañera.
Florencia pareció contrariada. Por lo visto, no espera eso. Lo que quería mi hermanastra era tener mi
gruesa verga adentro suyo. Pero por esta vez la cosa no tenía que ver con lo que ella quería, sino con lo
que yo quería. Y ahora quería que me hiciera un pete. Y punto.
Algo resignada, quizás con la idea de que solo me la iba a chupar por unos minutos, se puso en cuclillas
frente a mí. Agarró mi verga y se la metió en la boca. Pero qué equivocada estaba. Porque ahora no me
conformaría con un corto bucal para luego ponerme el preservativo y cogerla. Ahora me la iba a chupar
hasta el final.
Florencia chupaba la pija con maestría, como yo bien sabía. Pero después de unos minutos dejaba de
hacerlo e intentaba ponerse de pie, cosa que yo impedía apoyando mi mano en su nuca, y empujándola
con fuerza, para que se encontrara de nuevo con ese falo del que nunca debería despegarse. Y entonces
Florencia lo soltaba de nuevo, y yo se lo hacía tragar otra vez.
Mi verga ya estaba bañada en saliva, y un hilo de baba unía la boca de Florencia con el glande.
Florencia se inclinó y esta vez se aferró a la verga, como si no quisiera sacársela de la boca nunca más.
Los masajes linguales se tornaron increíblemente veloces. Sentía un placer en extremo intenso. De
hecho, por momentos me parecía demasiado intenso. Tanto, que me hubiera gustado que se detuviera
por unos segundos, para permitirme tomar aire. Pero ella no parecía dispuesta a hacerlo. Me estaba
comiendo la pija con rabia.
No tardé en sentir que el orgasmo ya estaba próximo. Traté de retirar la verga, pero Florencia estaba
aferrada a ella con la misma tenacidad con la que un perro se aferra a un hueso. Hasta hundió un poco
los dientes cuando sintió que intentaba despojarla de ese trozo de carne gruesa y dura.
Esa advertencia bastó para que por fin me soltara la pija. Florencia ofreció su rostro, sin que se lo tuviera
que pedir siquiera. Me encantaba que sea tan predispuesta, aunque también hubiera disfrutado mucho
ordenárselo. Agité mi verga frente a ella, y no tardé en eyacular sobre el lindo rostro de mi hermanastra.
Se puso de pie, sin decir nada. Abrió la llave de la ducha. Aproveché para agacharme y morderle el culo.
Lo hice con poca fuerza, para no dejarle marcas. Pero la sensación de hincarle los dientes en esa zona tan
carnosa era realmente deliciosa, como si de verdad me la estuviera comiendo. Después me puse de pie y
la abracé por detrás.
—¿Qué te parece que hago? —dije, llevando mis manos a sus senos.
No me iba a costar mucho ponerme al palo de nuevo. Con una mujer como ella, a nadie le costaría
echarle tres o cuatro polvos de seguido. Pero Florencia giró y me fulminó con la mirada. Era una mirada
gélida que no había visto nunca.
—¿Sos tonto? —preguntó—. ¿No te das cuenta de que ya se hizo la hora de ir a cenar? No tenemos
tiempo para otro polvo. Y yo no tengo ganas para uno. ¿Lo entendés, o te lo tengo que explicar con un
dibujo?
La solté de inmediato, ofendido por la manera en la que me habló. ¡Qué volátil que era el humor de esa
pendeja! Y por lo visto no solo el humor, sino también sus opiniones. Hacía unas horas me había
asegurado que ya no volvería a subestimar mi inteligencia, y ahora me trataba de tonto. Pendeja de
mierda.
Estaba indignado. Pero al menos me había quitado las ganas. Si la pendeja se había vuelto loca de
repente, era cosa suya.
—Voy yendo —dije—. Además, es mejor que lleguemos separados, ¿no? Así no sospechan nada.
—Es lo mismo —dijo ella—. Igual saben que dormimos en la misma habitación, ¿Te acordás de
ese detalle? Así que si bajamos juntos o separados es lo mismo. Igual andá. Sí. Prefiero ir sola.
Salí del baño, ofendido. ¿Quién se creía que era esa forra? Me vestí, y bajé a la recepción del
hotel.
—¿Y Florencia? —preguntó Pedro—. ¿No quedamos en que íbamos a salir hacía diez minutos
ya.
—Dice que después nos alcanza —respondí, encogiéndome de hombros.
—Bueno, que haga lo que quiera —intervino mamá, después de que Pedro resoplara, algo
molesto—. Estamos en vacaciones. Hay que pasarla bien. Si tiene ganas, ya se nos unirá.
Florencia apareció media hora después, cuando ya nos estaban sirviendo los platos que
habíamos pedido. La verdad es que, cuando la, vi me quedé sin aliento. Se había puesto un ajustado
vestido negro, y unos zapatos de tocones altos. Tenía el pelo recogido, se había pintado los labios de un
rojo muy intenso, y se había puesto dos aros muy grandes. Estaba increíblemente hermosa. A un
camarero casi se le cae la bandeja con unos platos cuando la vio, cosa que generó la risa socarrona de
varios comensales que se percataron de lo sucedido. Así mismo, esos mismos comensales no podían
evitar largarle miradas furtivas, incluso los que iban acompañados de sus esposas. Y a ese camión me
había cogido yo, me dije, orgulloso. Esa diosa me acababa de practicar una mamada hacía unos minutos.
Esa escultura caminante había recibido mi semen es su hermosa geta.
Inmediatamente el resentimiento que había surgido hacía un rato, se esfumó. De repente sentí
que debía estar eternamente agradecido a la vida por el hecho de poder haberme montado en
semejante mujer.
Recordé lo que me había dicho la propia Florencia. Eso de que su padre era mucho más
perceptivo de lo que yo creía. No es que fuera el fin del mundo si nuestros progenitores supieran que
había algo entre nosotros. Nos habíamos conocido cuando ambos éramos grandecitos, así que cualquier
tabú típico en relación al incesto no nos alcanzaba. Pero igual me parecía lo más conveniente
mantenerlo oculto. Sobre todo, porque en realidad no sucedía nada entre Florencia y yo. Nos habíamos
acostado, y nada más. Que ellos supieran sobre nuestras idas y vueltas solo haría que la convivencia
fuera muy incómoda.
Tragué saliva, y desvíe la mirada de ella, quien ya se disponía a sentarse en el asiento que
estaba frente al mío.
—Ya sabíamos que te gusta llamar la atención, pero se te fue un poco la mano, ¿no? —le
pregunté, provocándola.
—¿Pero no será que te equivocaste de outfit? —seguí molestándola—. Me parece que este
vestido era para que lo uses con el sugar daddy, ¿no?
Florencia hizo de cuenta que no me había escuchado. En mi afán por simular normalidad,
estaba quedando como un idiota, y ella no me ayudaba ni un poquito. La cena fue algo aburrida. Ella
hablaba de manera cordial con mamá y con Pedro, pero cuando yo la molestaba, esperando alguno de
sus comentarios ácidos, no decía nada. Bastante torpe de su parte, porque dejaba ver a los viejos que
había pasado algo entre nosotros. Esa actitud me fastidió.
También noté que contestó varios mensajes durante la cena. Eso me dio mala espina. Y ese
sentimiento se intensificaba cuando la veía sonreír mientras leía alguno. Me asaltó una violenta e
inesperada oleada de celos, que me costó mucho mantener a raya. Me sentía un estúpido por tener esos
celos, pero eran más fuertes que yo.
La noche sin embargo estaba hermosa. Cuando desistí de esforzarme en molestarla para que
me contestara, pude disfrutar de la cena. A eso de las doce y media decidimos dar un pequeño paseo
por la calle peatonal para luego volver al hotel. Acordamos que a la mañana cada cuál haría lo que le
plazca, y a la tarde nos juntaríamos de nuevo para ir al dichoso espectáculo de Mar de Plata Aquarium. El
restorán estaba atestado de gente. Salimos en fila india, por un pasillo angosto. Mamá y Pedro iban
adelante, y yo tenía frente a mí a Florencia.
No hace falta decir que no pude evitar desviar la mirada hacia su perfecto orto. El recuerdo de
que hacía un rato lo había nalgueado y mordisqueado no hacía más fácil la cosa. En un momento, casi
como si fuera una cosa del destino, me arrimé tanto a ella, que mi mano rozó su trasero.
Obviamente ella ni se inmutó, porque estábamos tan apretujados en ese largo pasillo que daba
a la salida, que era algo que podía pasar. Pero yo aproveché la situación, y alargué la mano varias veces,
para sentir la textura de esa sedosa tela y el impresionante culo al que cubría. La cosa era tan fácil de
hacer, y tan tentadora, y además, la salida ya estaba próxima, que no pude más que seguir
aprovechándome de la situación. Ahora ya no me molestaba en disimularlo. Estiraba la mano y la
cerraba en ese delicioso orto. Los dedos se hundían en él, con cierta dificultad, obviamente, porque eran
increíblemente duros.
Y Florencia se estaba dejando. El hecho de que fuera tan volátil esta vez parecía jugarme a favor.
Porque en contraste con lo arisca que había estado durante la cena, ahora hasta parecía ralentizar los
pasos para que yo pudiera manosearla a mi antojo.
Me vi obligado a acomodar mi verga de forma desvergonzada, para que la erección que había
surgido quedara todo lo disimulada que pudiera. Y por fin llegamos a la salida. Habían sido unos
segundos en extremo eróticos. Además, me devolvían la esperanza de que quizás me volvería a coger a
mi hermanastra, después de todo.
Fuimos a la peatonal, que estaba atestada de turistas y vendedores ambulantes. Estaba fresco.
Florencia, sin perder ni un poco de sensualidad, se colocó un fino saquito de lana para abrigarse. En un
momento quedamos rezagados, detrás de los viejos. Estuve muy tentado de poner mis manos en ella
nuevamente, pero me contuve, porque en esta ocasión estábamos más expuestos.
Me le quedé mirando, con el ceño fruncido. Luego ella se adelantó para alcanzar a mamá y a
Pedro. Imaginé que les estaba diciendo que nos dejaba. Pasó a mi lado. La agarré del brazo.
—¿A dónde vas? —le pregunté.
Ella me miró con incredulidad e indignación. Ya me imaginaba lo que estaba pensando: quién
carajos es este para preguntarme eso. Pero sin embargo no fueron esas sus palabras. Ojalá lo hubieran
sido. En cambio respondió mi pregunta, e inmediatamente deseé no haberla formulado.
CAPITULO 8
Capítulo 8
La vi alejarse, con su andar de diva hollywoodense. El mar de personas que andaba por la
peatonal se abría a su paso, casi como si hubieran recibido la orden de apartarse y les resultara
inconcebible reusarse a obedecerla. Parecía que la gente no la consideraba una más del montón.
Florencia era especial, con solo verla, cualquiera llegaría a la misma conclusión. Y en ese momento, ese
hecho, el que fuera especial, me hacía sentir diminuto, porque, por supuesto, yo no lo era.
Traté de disimular mi tristeza, y sobre todo, mi ira. Pero me resultaba muy difícil. Casi imposible.
Por lo que me mantuve varios pasos detrás de mamá y de Pedro, para que no se percataran de mi estado
de ánimo. Sentía que la frente me palpitaba, y me di cuenta de que estaba apretando los dientes recién
cuando empezaron a dolerme.
Había sido muy iluso. Había bajado la guardia con la arpía de mi hermanastra, cuando no tenía
ningún fundamento para hacerlo. ¿Quién me había dicho que solo porque habíamos cogido y habíamos
compartido varios momentos divertidos ahora la cosa era diferente?
¿Qué tan desalmada se podía ser como para largar una frase así? “Me voy a ver con el profesor.
Me lo voy a coger”, había dicho, para después irse con ese vestido ajustado y corto, meneando el culo
para llamar la atención de todo el que se la cruzaba.
Pero a partir de ese momento las cosas iban a ser diferentes. Me prometí que no le mostraría
mi enojo. Simplemente hablaría con ella lo justo y necesario. Ya iba a ver cuando durmiéramos juntos de
nuevo. Aún nos quedaban muchas noches. No le iba a dar el gusto de verme derrotado.
Sin embargo esa determinación no me duró más que unos minutos. ¿Cómo iba a dejar que me
dijera algo como eso y quedarme de brazos cruzados?
—Voy más tarde al hotel. Nos vemos mañana —le dije a mamá y a Pedro.
No les di tiempo de responder. Apenas me percaté de que me oyeron, los dejé. Aunque
supongo que igual se dieron cuenta de que algo raro estaba sucediendo. Totalmente ofuscado, llamé por
teléfono a Florencia. Pero por supuesto, no me respondió. Caminé sin rumbo durante una hora, solo
para darme cuenta de lo estúpido que estaba siendo. No tenía idea de dónde había acordado verse con
el profesor, y de todas formas, a esas alturas ya se la estaría cogiendo de mil maneras diferentes.
No pude evitar preguntarme si lo hacía mejor que yo. La respuesta obvia era que sí. Era mayor, y
seguro que contaba con mucha más experiencia, cosa no muy difícil de lograr, ya que incluso la mayoría
de los chicos de mi edad contaban con más experiencia que yo. Pero eso no importaba mucho. Lo que
me carcomía de celos era el hecho de que sabía que Florencia sentía por él cosas que jamás sentiría por
mí. Yo no era más que el suplente que estuvo en el momento oportuno. Le saqué provecho a la
situación, pero como ya me había dado cuenta hacía un tiempo, lo que sentía por ella no era meramente
una atracción sexual. Aunque debo reconocer que tampoco es que tenía bien en claro qué era eso que
sentía, porque la pendeja me sacaba de quicio y por momentos hasta la detestaba. Entonces, ¿por qué
estaba sufriendo tanto?
Ya no tenía nada que hacer. Me dispuse a volver al hotel. Que se quedara con ese maldito
profesor que la trataba como a su putita personal, me dije, como si la certeza de que se estaba
comportando como una imbécil pudiera atenuar mi sufrimiento. Me iba a tener que bancar el hecho de
que durmiera a mi lado después de haberse cogido a ese veterano. Tenía en claro que no había nada
entre nosotros. De hecho le había hecho aquel juramento de que iba a hacer de cuenta que nada había
pasado. Pero mis sentimientos no entendían eso. Por más lógico que pareciera que debía mantenerme al
margen, que debía limitarme a recordar con placer lo que habíamos pasado, sin esperar nada más que
eso; que debía dejar que hiciera su vida sin entrometerme, y mucho menos, sin hacer ningún tipo de
exigencias. Y aunque sabía todo eso, sentía como si en ese mismo momento me estuvieran metiendo los
cuernos. Y no había nada que pudiera hacer al respecto.
Decidí que trataría de dormir lo antes posible. No quería enfrentar la incómoda situación de
encontrarme con ella en la habitación del hotel. Al menos no esa noche. Al final el tiro me había salido
por la culata. Haberme sumado a esas vacaciones había sido un terrible error. Tendría que haber seguido
mi instinto de un primer momento. Quedarme solo en casa, aprovechando para mantenerme todo lo
alejado que podía de esa pendeja soberbia. Por algo me había negado a ir con ellos en un principio. Qué
estúpido que soy, me reprendí.
Iba, cabizbajo, caminado hacia el hotel, cuando alguien se me puso enfrente. Apenas levanté la
vista, sentí el cachetazo con el que me cruzaban la cara. Era la simpática de Florencia.
Quedé anonadado por tremendo acto de violencia. Miré alrededor. Algunas personas se nos
habían quedado mirando. Hasta me pareció ver cierta satisfacción en el rostro de unas chicas tan
jóvenes como nosotros, quizás porque daban por hecho que me merecía esa tremenda bofetada que me
acababa de dar mi hermanita. Sentí que la sangre me subía a la cabeza. Estuve a punto de escupirle toda
clase de insultos, cuando reparé en que tenía los ojos llenos de lágrimas. Además, también me percaté
de otra cosa: la cita con el profesor no se había concretado. Después de todo, no era tan fácil echarse un
polvo a espaldas de tu mujer, viejo hijo de puta, festejé para mis adentros.
—¿Se puede saber qué carajos te pasa? —Le pregunté, en voz alta. Si ella me había expuesto
ante un montón de desconocidos, yo también lo haría—. Si tu profesor te falló de nuevo, no te la agarres
conmigo, pendeja demente.
Se dio media vuelta y se alejó suavemente de mí, a toda velocidad. Cosa tonta, porque tarde o
temprano tendría que enfrentarme. Di una pequeña corrida y no tardé en alcanzarla. Esta vez no iba a
permitir que escupiera su veneno para dejarme consumiéndome por la incertidumbre. La agarré de la
mano y la atraje hacia mí. La muy turra quería dar vuelta la cosa, haciendo que quedara yo como “el
malo de la película”, sin siquiera explicarse. Pero no se la iba a dejar fácil.
—¿Y yo que hice? —pregunté—. ¡No hice nada! Vos cambiás de parecer de un minuto para
otro. Y ya sé que no tengo derecho a exigirte nada. Pero yo tengo sentimientos, ¿sabías? ¿Cómo mierda
te pensás que me siento cuando me tirás un baldazo de agua fría como el de hace un rato?
Estábamos muy cerca el uno del otro. Yo no le soltaba la mano y ahora estábamos susurrando.
—No sé. ¿Cómo te sentís? ¿Celoso? ¡Jodete! —dijo ella, sin ningún poco de tacto, como era su
costumbre.
La miré, como no pudiendo creer lo insensible que estaba siendo. Prácticamente le acababa de
confesar que sentía cosas por ella, pero se estaba cagando en eso.
—No tiene sentido que te diga nada —dije, ofendido, pero también agotado—. Sos la misma
pendeja forra y egoísta de siempre.
Quise soltarla para dejarla sola con sus locuras, pero esta vez fue ella la que se aferró con fuerza
a mi brazo.
—De verdad no te das cuenta, ¿no? —dijo, con los ojos aún brillosos, pero ahora reflejaban una
gelidez que por un instante me hizo estremecer. Y entonces empezó con su extensa enumeración—. Me
trataste como a una cosa. Me hiciste rogarte que me cojas y ni siquiera lo hiciste. Me hiciste chuparte la
pija y te importó un carajo mi placer. Quise dejar de hacerlo en varias ocasiones y no me lo permitiste.
Me trataste como a una puta. La primera vez habías sido muy dulce, y todo había sido muy divertido,
pero hoy en el baño te comportaste como un troglodita. Planeaste todo para que yo te complazca y te
cagaste en mis necesidades. Acabaste y me dejaste con las ganas. ¿Te pensás que las mujeres cogemos
solo para darles placer a ustedes? Estás muy equivocado. Y encima después me manoseás en el restorán
mientras estamos con nuestros viejos. ¿Te pensás que soy un pedazo de carne al que podés meter mano
cuando se te canta? Estás totalmente equivocado. ¿Y ahora qué estás haciendo? ¿Me estás buscando? ¿Y
por qué? ¿Porque te dije que iba a cogerme a Alejandro? ¡Yo voy a coger con quien quiera! No tengo por
qué rendirte cuentas a vos, ni a él, ni a nadie.
Había escupido todo eso a una velocidad impresionante, casi como si lo hubiera ensayado de
memoria. Cuando trataba de retrucarle en alguna cosa, ya me estaba atacando con otra. Pero así y todo,
se había quedado como esperando alguna respuesta. Pero me había agarrado desprevenido. Estuve tan
ofuscado con lo que me había dicho, que en ningún momento me había puesto a pensar que yo también
había hecho de las mías y que la había afectado.
—Yo… —dije, con torpeza—. Yo no te traté como a una cosa. Simplemente… Es que no teníamos
tiempo, y…
—Claro que no teníamos tiempo. Nuestros padres nos esperaban para cenar, pero vos te
querías echar otro polvo. Yo accedí, y vos te cagaste en mis sentimientos. Me usaste como una muñeca
inflable y solo te acordaste de penetrarme cuando ya nos teníamos que ir.
—Es que nada. Fuiste un animal. Y para que lo sepas, no me pensaba acostar con el profesor
esta noche. Obviamente que me puedo coger al tipo que quiera cuando se me dé la gana, pero no soy
tan forra como para decírtelo en la cara cuando lo vaya a hacer. Solo quería que sintieras un poco de la
humillación que yo había sentido.
No pude evitar sentirme aliviado al escuchar esas palabras. Hasta se me escapó una estúpida
sonrisa que me resultó imposible de contener. Respiré hondo. Si hasta ahora la había cagado, debía
controlarme y pensar bien las cosas. Si tenía suerte y no volvía a meter la pata, esa noche, que en
principio pareció caótica, podría tener un final feliz.
La noche era fresca pero agradable. Anduvimos en silencio un buen rato. Hasta que llegamos al
Parque San Martín. A pesar de que era de noche había unos cuantos turistas, la mayoría en la parte del
césped, cerca de la cascada, aunque igual no eran muchos.
—Igual, esto es tanto culpa tuya como mía —dijo Florencia, con aire melancólico, rompiendo el
silencio, mientras caminábamos por un angosto camino de cemento.
—Ya te lo había dicho. Siempre termino atrayendo a tipos que se obsesionan conmigo.
Hombres que me ven como un objeto sexual y que ni siquiera alcanzan a conocerme.
—Yo no te veo solo como eso —dije.
—Es que… —balbuceé. Pensé con qué excusa podría salir de ese embrollo, hasta que me di
cuenta de que lo mejor era hablar con sinceridad—. Es que soy un pendejo inmaduro. Y casi no tengo
experiencia con las mujeres. Por eso me comporté así. Pensé que simplemente estaba siendo algo
agresivo, y que además te gustaba. Pero ahora me doy cuenta de que realmente fui un egoísta.
Habíamos quedado parados uno frente al otro. Florencia me miraba a los ojos mientras yo le
contaba mi verdad. Eso me hacía sentir incómodo. Era como si intentara dilucidar si le estaba diciendo la
verdad o solo estaba metiendo algún pretexto, que de hecho era lo que iba a hacer en un primer
momento. Pero aun así le sostuve la mirada.
—Además —agregué—. Vos misma dijiste que la primera vez había estado bien, ¿no?
—Sí —confesó Florencia—. Estuviste bien. Igual es cierto que me gustó cuando fuiste más
agresivo. Lo que en realidad no me gustó fue que me usaras para sacarte la calentura y no te preocupes
por mi placer. O sea, está bien que las mujeres no siempre llegamos al orgasmo, pero que ni siquiera lo
intentes no habla bien de vos. ¿Te puedo confesar algo?
Nos acomodamos en un banco de cemento, con los ánimos mucho más calmados. Me di cuenta
de que la mayoría de las personas que andaban por el parque eran parejas, y algunas ya se habían
perdido de mi vista. Las piernas de Florencia parecían más largas que nunca, y el vestido, ya de por sí
corto, ahora que estaba sentada parecía a punto de dejar a la vista su ropa interior. Me costó mucho no
desviar la mirada a su entrepierna.
—El profesor me trata así —dijo Florencia—. Es brusco. Me dice vulgaridades mientras lo
hacemos. Me denigra. Esa es una de las razones por las que ya no quiero salir con él, aunque me cueste.
Porque me usa para hacer las cosas que no haría con su mujer. Y si bien la paso bien cuando me coge, ya
me sucedió varias veces que me hizo exactamente lo mismo que hiciste vos. Se echó su polvo a las
apuradas y me dejó como una idiota.
—No lo hice a propósito —dije, apoyando mi mano en la suya. Pensé en remarcarle que
después de que me la mamó, intenté cogerla, pero sospeché que era una trampa. Ya tenía preparada
una respuesta para eso—. Te lo juro. Yo quiero que la pases tan bien como yo —aseguré.
Quizás mi deseo por estar de nuevo con ella fue tan desesperado que resultó evidente, porque
Florencia largó una carcajada cuando dije esto.
—Ni lo sueñes —dijo—. Eso ya pasó. Solo quería que entiendas por qué me molesté tanto. Y
encima lo que hiciste en el restorán…
—No te preocupes. No lo voy a volver a hacer cuando estemos con ellos —dije. Me acerqué a
ella. Florencia se dio cuenta de mis intenciones, pero se limitó a reírse. Apoyé mi mano en su cintura.
—Es una cuestión de tacto. Tenés que tratar de entender en qué momento una chica está
predispuesta a esas cosas, y en qué momento no lo está —dijo.
—Claro —dije—. Tenés razón. Sé que fui muy inoportuno. Pero ponete en mi lugar. Acabábamos
de hacer el amor, y apareciste con este vestido que te queda perfecto, y tenía tu hermoso culo
meneándose delante de mí. —Deslicé los dedos hacia abajo. Si bien estaba sentada, una buena parte de
su carnoso culo estaba al alcance de mis manos. Lo froté con la yema de los dedos. Sentía cómo mi verga
se empinaba mientras la manoseaba—. Hasta parecía que me lo hacías a propósito.
—No, no hagas nunca eso —rogué—. Siempre quiero tener esto delante de mí. Es la mejor vista
que podría tener. Mejor que el mar al amanecer —dije, hundiendo mis dedos en el terso glúteo de mi
hermanastra.
—Claro que me gusta. A todo el mundo le gusta. Es perfecto —dije, y después agregué—: Vos
sos perfecta. Te mire por donde te mire, sos perfecta.
Corría mi riesgo al decirle algo tan contundente como eso, pero también sabía que era muy
vanidosa y le encantaba que la halaguen. Y no estaba muy errado, porque los movimientos de mis dedos
eran cada vez más osados, y no parecían incomodarla en absoluto. Besé su cuello. Florencia pareció
sentir cosquillas cuando mis labios se posaron en él, pero le gustó.
—¿Y lo que habíamos dicho? —preguntó—. Íbamos a olvidarnos de lo que pasó. Íbamos a
volver a ser dos hermanos que se llevan como perro y gato. —Mientras la escuchaba seguía besándole el
cuello, ahora usando la lengua, y ni que decir tiene que mis manos estaban enloquecidas—. Tengo
miedo de que esto se vaya a la mierda. Si fueras otro chico sería más fácil. Pero vivimos bajo el mismo
techo.
—No sé. Supongo que no tiene sentido que te pida que no sientas celos. Y tampoco tiene
sentido que te diga que no intentes hacer nada conmigo, porque yo misma quiero hacerlo a veces. Solo
te pido que si te digo que no quiero nada, no insistas. No te conviertas en otro idiota acosador. Y si sentís
celos, no me hagas ninguna escena, guardatelo para vos. ¿Pensás que podés hacer eso?
La verdad es que yo también tenía mis miedos. Ya de por sí estaba teniendo sentimientos muy
fuertes hacia ella. ¿Qué iba a pasar si terminaba enamorado? Conviviendo en la misma casa, la cosa
podía convertirse en una tortura. Pero a diferencia de ella, no me pareció oportuno manifestarlo en ese
momento, mientras sentía el turgente orto de mi hermanastra en mis manos enloquecidas.
—A veces sos muy inocente —dijo ella, cosa que me dejó confundido—. Vení —agregó después.
Me tomó de la mano y me hizo seguirla. Por enésima vez mi erección resultó muy evidente. Eso
se había convertido en algo bastante común cuando estaba con ella. Miré a todas partes, pensando que
quizás alguien podía verme. La verdad era que no tenía nada de qué avergonzarme, pues la mujer más
atractiva del mundo me llevaba de su mano, pero no podía evitar sentirme así cuando mi verga dura
formaba una carpa en mi pantalón. Pero por suerte las personas que también estaban en el parque se
encontraban a cierta distancia, no solo de nosotros, sino entre ellos también, como si todos respetaran
la intimidad del otro. Ya empezaba a entender por qué Florencia me había dicho que era un inocente.
No me guió hacia la salida del parque, sino que subimos un poco por el césped, apartándonos
del camino, hasta que llegamos a un frondoso árbol bastante bajito. Ahí fue donde se detuvo mi
hermanastra. Sus ojos marrones brillaron bajo la luz de la luna. Estaba muy oscuro, y más allá de sus
ojos, apenas podía verla. Su perfume se sintió más intenso, y su respiración se escuchaba a la perfección.
—No quiero esperar hasta llegar al hotel —dijo Florencia—. ¿Te animás?
Nunca había entrado en mis fantasías mantener relaciones sexuales al aire libre, pero el hecho
de que me lo estuviera ofreciendo ella, no dejaba mucho lugar a una objeción. La agarré de la cintura y
la atraje hacia mí. Sin embargo fue ella la que me besó en los labios, y esta vez yo no era el único con las
manos inquietas. Mi hermanita palpó mi verga con total desenfado.
Me coloqué debajo del árbol. Me daba cuenta de que tanto por la oscuridad como por el
ángulo en el que estaba, sería difícil que alguien nos viera, aunque no imposible. Si bien estaríamos lejos
del alcance de las miradas de quienes andaban por la playa, o por el sendero por el que nosotros mismos
habíamos entrado, si alguien se acercaba lo suficiente, podría ver dos cuerpos en la semipenumbra.
Igual, el miedo a ser descubierto me generó una adrenalina que no creí que podía experimentar.
Florencia suspiró, no fastidiada, pero sí decepcionada. Supuse que me iba a decir que entonces
sí fuéramos a hacerlo al hotel. Pero me equivoqué.
—Esto va a pasar solo esta vez —dijo—. Me dejaste demasiado caliente con los besos que me
diste. No quiero esperar. —Se colocó a horcajadas sobre mí—. Me llegás a acabar adentro, y te juro que
no te lo perdono en la vida —advirtió después.
Abrí el cierre del pantalón, y liberé a mi monstruo. Florencia se levantó el vestido, aunque no
hizo falta que lo levantara demasiado, porque ya de por sí era muy corto. Entonces la vi meter la mano
en su entrepierna y hacer un movimiento que supuse era para correr su tanga a un costado.
Inmediatamente después de eso, agarró mi verga y se montó en ella. Primero se la metió unos pocos
centímetros.
—Despacito —dijo, a pesar de que era ella la que llevaba el ritmo de la cosa—. La tenés muy
grande —señaló después.
No sabía si lo hacía para inflarme el ego o qué, pero en todo caso eso fue lo que pasó. Con
semejante hembra encima de mí, y que además haya largado aquellas palabras, me hacía sentir como
Superman.
Esta vez fue todo química y ternura. Y no porque ella me haya echado en cara la manera en que
lo hice la última vez, sino porque así lo sentí, y supongo que ella también. Éramos dos cuerpos
acurrucados bajo la débil protección de la noche y de ese árbol que nos cobijaba. Estábamos abrazados,
mientras ella se hamacaba adelante atrás a la vez que yo le seguía el ritmo, como si estuviéramos
bailando. Por supuesto, mis manos no dejaban de meterse por adentro del vestido para manosear
obscenamente ese culo que en ese momento parecía pertenecerme.
Como me había dicho que le había gustado, mientras la penetraba, le besaba el cuello. No
estaba seguro de si le dejaría marcas. Siempre fui muy torpe con esas cosas, pero a Florencia no parecía
preocuparle. Se estremecía mientras mi lengua se frotaba en su piel, haciéndole inclinar la cabeza
instintivamente debido a las cosquillas y al placer que sentía. Y la verga se enterraba centímetro a
centímetro, hasta que sentí que se había introducido en ella por completo. Se sentía demasiado bien.
No pude evitar tener una absurda fantasía: si pudiera elegir el momento justo en el que iba a morirme,
sin dudas elegiría ese momento, en el que yo y Florencia parecíamos uno solo. Nuestros cuerpos casi no
se distinguían el uno del otro. Desearía que los jadeos de mi hermanastra mientras le ensartaba mi verga
fuera lo último que oyera, pues era el sonido de una diosa que estaba gozando por mi causa. Deseaba
que la humedad de su vagina y la suavidad de sus glúteos fueran lo último que sintiera. Que el perfume
impregnado en su piel, mezclado con un leve olor a sudor y el cada vez más intenso olor a sexo, fuera lo
último que oliera. Que sus ojos brillosos en la oscuridad, y su silueta recortándose en la penumbra,
fueran lo último que viera. Que el sabor salado de su piel fuera lo último que saboreara. Que ese
momento fuera el último, porque dudaba que en el futuro alcanzara a sentir algo tan perfecto como
entonces. Eso habría de ser la felicidad, sin dudas. Y el hecho de que estuviera en un lugar tan incómodo
como ese, no alteraba esa verdad.
—Por favor, no acabes adentro —susurró Florencia, quizás creyendo que ya estaba llegando a
mi límite.
Ciertamente, aún quedaban unos cuantos minutos para que llegara al clímax. Y por suerte antes
de que escupiera mis semillas, fue la propia Florencia la que se vino. Sentí sus flujos empapar mi verga.
Una cochinada, pero me encantaba.
—Ya estoy listo —dije, muy a mi pesar, pues me hubiera gustado estar horas y horas en esa
posición.
Me pareció una buena idea. Me pajeé un poco más hasta que eyaculé. Los potentes chorros de
semen fueron a parar al tronco. Me levanté el cierre del pantalón.
—¿Volvemos? —pregunté.
Fuimos caminando, tranquilamente, sin decir más que algunas palabras. A pesar de que estaba
colmado de alegría, no podía dejar de pensar que era cuestión de tiempo para que eso se terminara.
Florencia era muy volátil, y yo no iba a poder lidiar con sus cambios de humor, ni mucho menos con su
libertad sexual. Por malo que suene, no me iba a bancar que se cogiera a otros tipos, por lo que iba a ser
mejor cortar con eso cuanto antes, si no quería terminar con el corazón en mil pedazos.
Temí que me la soltara, porque la verdad era que yendo de la mano parecíamos una verdadera
pareja.
Parecía sincera. Pero la verdad es que yo no tenía ningún mérito. No había hecho más que
seguirle el ritmo. Ella había hecho todo el trabajo.
—Ni yo —dijo ella, con una sonrisa pícara, quizás recordando todos los otros lugares en donde
lo había hecho.
En el hotel pasó algo extraño. Cuando fuimos a la cama, ambos estábamos bastante cariñosos.
Ella apoyó la cabeza en mi pecho, y yo le acariciaba el cabello. Hubo un silencio persistente que sin
embargo no resultó incómodo. Me daba la sensación de que estábamos lo suficientemente excitados
como para hacerlo de nuevo, pero por algún motivo ninguno de los dos dio el primer paso. Quizás era
debido a que teníamos miedo de romper la magia del momento.
Creo que ambos estábamos seguros de que eso no iba a terminar bien. Teníamos
personalidades demasiado diferentes. Por algo siempre terminábamos discutiendo hasta por
pequeñeces. Quizás era por eso que nos sumimos en silencio.
Al final terminó durmiendo en mis brazos. Quizás no me esperaba más que desilusión y
sufrimiento en el futuro, pero no había nada que me hiciera olvidar esa hermosa noche que pasamos
con mi hermanastra.
CAPITULO 9
Capítulo 9
Ya lo teníamos conversado, por lo que se suponía que esa cruel frase debería causarme gracia.
Lo que había empezado con un beso en la playa, y que luego se convirtió en un polvo, finalmente
evolucionó hasta el punto en el que nos convertimos en amantes, al menos, amantes de vacaciones.
Después de la noche en el Parque San Martín, ya no fue necesario esforzarme mucho para convencerla
de tener relaciones. No obstante, Florencia fue muy tajante al respecto. Lo que sucedía en ese cuarto de
hotel que compartíamos, quedaría ahí. Aventurarnos a cualquier tipo de relación cuando teníamos un
vínculo familiar, era una despropósito.
Yo entendía que estaba en lo cierto. Además, era evidente que ponerse de novio con una chica
como ella sería insoportable. Yo era demasiado inseguro, y no podría competir con la horda de
pretendientes que tenía Florencia. Y ni hablemos del profesor, a quien aún no se quitaba de la cabeza.
Ni él ni mamá eran lo suficientemente despistados como para no darse cuenta de que estaba
pasando algo entre nosotros. Pero ninguno hizo comentarios al respecto, y tanto Florencia como yo
estábamos resueltos a no compartir nuestros secretos con ellos. En principio porque se nos hacía
sumamente incómodo, pero sobre todo, porque no tenía sentido anunciar que había algo entre nosotros
cuando de hecho ya no lo había.
Florencia se sentó junto a mí en el asiento trasero. Mamá estaba muy agotada, así que no tardó
en quedarse dormida. Me fijé en mi padrastro. Iba muy concentrado en el camino, mucho más cuando
agarró la autopista. Florencia se había puesto unos auriculares y estaba escuchando música a todo
volumen. Quizás no quería que la molestara. La miré de reojo. Estaba hermosa. Tenía el pelo recogido, y
vestía un short de jean y una remera negra. Quería creer que, al igual que yo, la había embargado cierta
melancolía, pero lo dudaba. Ella no era como yo, tan sensible (a pesar de que trataba de ocultarlo), y
aunque lo fuera, no sentía lo mismo que yo sentía por ella.
Por odiosa que fuera mi hermanastra, estaba consciente de que las probabilidades de
acostarme con alguien tan hermosa como ella eran extremadamente bajas, mientras que ella podía
conseguirse a un tipo como yo en cada esquina. Así que era imposible que se quedara fascinada
conmigo, a pesar de que habíamos cogido como conejos en la última semana.
Me hice el tonto, siempre asegurándome de que Pedro no nos mirara por el espejo retrovisor, y
acerqué mi mano a la pierna de Florencia. Como usaba ese short diminuto que la cubría apenas hasta
unos centímetros por debajo de las nalgas, me encontré con su pierna desnuda. La froté con la cara
externa de mi mano. Quise ver su reacción, pero tenía la cara dada vuelta, observando con supuesto
interés el paisaje que dejábamos atrás, el cual consistía en kilómetros de aburrida llanura. Además,
cuando froté su pierna, las juntó, alejando la que estaba toqueteando, en una evidente muestra de
desinterés. Así que me rendí.
Los días que siguieron, ya en casa, me terminaron de convencer de que lo que había pasado en
La Costa no había sido más que uno de esos famosos amores de verano, con el inconveniente de que, a
diferencia de la mayoría de los tortolitos que se enredan con otros turistas a los que luego no vuelven a
ver, nosotros nos teníamos que ver las caras todos los días.
Florencia era la misma de siempre, pero por lo visto después de nuestro amorío había
cambiado un poco su manera de mirarme. No lo voy a negar, en varias ocasiones intenté volver a repetir
lo de las vacaciones. Cuando nos encontrábamos solos en casa le insinué que tuviéramos algo, y en una
noche de absoluta desesperación, después de haber tenido muchas negativas de su parte, la visité en su
dormitorio. Entré, sin siquiera golpearle la puerta. Ella estaba en tanga, tirada sobre la cama, sin taparse
con el cobertor. Chateaba con alguien al celular. Me miró con gesto asesino.
—Ni se te ocurra hacer lo que estás pensando hacer, Y la próxima vez que entres sin que te dé
permiso, nuestros padres se van a enterar de lo que estás haciendo —dijo, tajante.
No me dio la cara ni siquiera para pedir disculpas. Ya está, pensé. Ya fue. Lo que haya pasado
por la cabeza de Florencia para enredarse conmigo, ya había desaparecido.
Al menos todo esto sirvió para que tenga buenas anécdotas para contarles a los chicos. Gonza y
Manu me decían que ya me olvidara de esa loca, pero Juancito me aconsejaba que le diera tiempo, que
si una vez había caído en la tentación, ya lo haría de nuevo.
Pero la verdad era que yo no quería eso de nuevo. No quería cogérmela unas cuantas veces
para que después me aniquilara con la indiferencia. Deseaba algo más duradero.
Pasaron semanas, y luego meses. Al fin conseguí trabajo en un banco, gracias a que Gonza me
había conseguido una entrevista a través de su tío. A pesar de que tenía ese gancho, tuve que pasar
varias etapas, junto con otros postulantes, hasta que por fin me contrataron, así que podía estar
orgulloso de haberlo obtenido. Me vino muy bien. Es cierto eso que dicen de que el trabajo dignifica.
Además, dentro de todo me pagaban bastante bien, y lo mejor era que no tenía que pasar tanto tiempo
en casa, exponiéndome a cruzarme con Florencia. Y quien sabía, si ahorraba unos meses y Pedro me
tiraba una mano, quizás me podría mudar pronto.
—Wow. Quién lo hubiera pensado —dijo Florencia, una ocasión en la que me encontró en la
cocina, sacando algo de la heladera. Recién había llegado de trabajar y estaba hambriento.
—¿De qué estás hablando? —pregunté, a la defensiva, intuyendo que era una burla referida a
que no había imaginado que era capaz de conseguir empleo.
—Nada… Simplemente no había imaginado que te iba a quedar tan bien vestir traje y corbata —
dijo.
—Yo me siento ridículo —respondí, tratando de ocultar mi sorpresa por su halago—. Apenas
termine de comer, me doy una ducha y me cambio.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —dijo Florencia. Le dije que claro, así que preguntó—. ¿Por
qué estás tan frío conmigo? Hasta parece que estás enojado por momentos.
—Qué dramático que sos. Te eché de mi cuarto porque te metiste sin permiso, y ambos
sabemos con qué intenciones lo hiciste.
—Okey, pero yo no estoy para tus constantes cambios de ánimo, ¿entendés? Si te arrepentiste
de lo que pasó entre nosotros, bueno, listo, quedamos así.
—No seas idiota, yo no me arrepentí de nada. Simplemente no quería que la cosa siguiera acá
en casa.
—Ese no es mi sueño —dijo Florencia—. ¿Y vos? ¿Te arrepentiste? —me preguntó después.
—No entiendo por qué querés saber eso. Claro que no me arrepentí. ¿Contenta? Fueron los
mejores días de mi vida —respondí, con cierto resentimiento—. No te tenía que haber dicho eso —
agregué después, agitando la cabeza, ya que con la última frase me había expuesto innecesariamente.
—¿Sabés qué es lo que no entiendo de vos? —me preguntó después—. Que por momentos me
hacés pensar que sentís cosas por mí, como lo acabás de hacer, pero después todo eso desaparece y solo
me mirás como un objeto sexual. O sea, yo estoy consciente de que de alguna manera lo soy, y con mi
forma de vestirme o de actuar refuerzo esa idea en los hombres. Pero no soy solo eso. Y si lo único que
ves en mí son un culo y un par de tetas, nunca voy a tener nada con vos. Ya corté con Alejandro por eso,
y no voy a cometer el mismo error otra vez. Si no ves más allá de mi apariencia, no me merecés.
No podía negar que tenía algo de razón. Yo estaba seguro de que tenía sentimientos muy
profundos por ella, pero a la hora de la verdad, la lujuria opacaba todo lo demás. ¿Qué sentía por mi
hermanastra? ¿Qué cosas me gustaban de ella?
A la noche me quedé pensando en eso. Al día siguiente iba a ser difícil trabajar, porque seguro
que iba a ir sin dormir, o habiendo dormido muy poco. Le escribí a la medianoche. Pero cada vez que
releía lo que le había puesto, lo borraba enseguida, por considerarlo poco espontáneo, o ridículo. Al final
le escribí:
“No puedo negar que algo de razón tenés. Entiendo que sientas que te veo solo como un objeto
sexual, pero la verdad es que siento muchas cosas por vos. Antes me decía a mí mismo que no tenía en
claro qué era lo que sentía, pero ahora me doy cuenta de que sí que lo tengo claro. Lo que en realidad
me confunde, lo que no entiendo, es por qué siento lo que siento por vos. Porque sí, estoy enamorado. Y
sé que si te digo esto te puedo espantar. Quizás lo correcto sería decirte que estoy empezando a
enamorarme de vos, o algo por el estilo, pero tengo las bolas llenas de que me andes con vueltas, y de
yo mismo andar con vueltas, y por eso elijo estas palabras tan directas y tan peligrosas. Lo que siento por
vos es amor. Eso lo tengo en claro, pero lo que no entiendo es por qué carajos siento esto. Porque la
verdad es que sos insoportable. Sos creída, sos una nerd, me tratás bien cuando se te ocurre, y cuando
no te da la gana me tratás mal. Pero no sé, por momentos me dan unas terribles ganas de abrazarte, de
protegerte. Eso mismo me pasó hoy, cuando me dijiste todo eso. Quería demostrarte que no es solo
calentura lo que me pasa. Tenía ganas de rodearte con mis brazos y no soltarte. Sé que en el fondo sos
una chica mucho más dulce de lo que aparentás. Sé que, debido a tu apariencia, creés que siempre tenés
que esforzarte el doble que cualquier otra. Sé que sufrís porque creés que los hombres solo te buscan
por sexo. Me doy cuenta, por lo apasionada que sos, que cuando te entregás lo hacés sin reprimirte, y
eso es algo que amo en vos. Te juro que estoy consciente de que mi amor es un amor inmaduro, un
amor adolescente. Me falta mucho por conocerte, y cada vez que ponés una barrera invisible entre
nosotros me desespero, porque de verdad quiero conocerte. Quiero saber si este amor infantil se puede
convertir en algo menos idealista, más concreto. Así que acá te dejo mi torpe confesión. Me podrás
acusar de muchas cosas, pero de aquí en más nunca vas a poder decir que no soy sincero. Un beso.
No pude evitar sentirme patético cuando envié el mensaje. Pero por otra parte también me
sentí aliviado, y eso ayudó a que por fin pudiera conciliar el sueño. Apenas me desperté, me encontré
con lo que ya esperaba: el mensaje no había sido contestado, aunque síque me dejó el visto. Una chica
simpática mi hermanita. Con más determinación que nunca, me dije que ya era hora de irme de esa
casa.
El día siguiente no era un día común y corriente. Era mi cumpleaños. Si bien no acostumbraba a
darle importancia a esa fecha, esta vez era diferente, pues cumplía veintiún años. Ya tenía la mayoría de
edad plena, y sentía que la adultez ya no era algo que podía seguir negando. Quizás era por eso que a la
noche me había sensibilizado tanto que le mandé aquel mensaje a Florencia. En todo caso, ya estaba
hecho.
Por la tarde cortamos una torta con Pedro y mamá. Florencia no estaba en casa. No debía
extrañarme eso. Solía ausentarse con regularidad, y de seguro ni siquiera sabía que era mi cumpleaños.
Pero no pude evitar sentir una punzada de dolor en el pecho por el hecho de que ni siquiera me desearía
un feliz cumpleaños. Definitivamente estaba muy sensible, y eso no me gustaba nada.
A la noche fui a tomar algo con los chicos. No me atreví a mencionarles lo del mensaje a mi
hermanastra. De seguro pensarían que había sido un estúpido al enviarlo. Tomamos unas birras, nos
reímos un rato, y volví a casa cerca de la medianoche.
Cuando estaba en la cama, el teléfono empezó a sonar. Era Florencia, y lo que me pareció raro
fue que no se trataba de un mensaje, sino de una llamada. Y eso que estaba en la habitación a unos
metros de la mía. Pensé en hacerme el tonto y dejarlo sonar hasta que desistiera. Pero terminé por
responder.
—En realidad, hace quince minutos que terminó mi cumpleaños —respondí, con una triste
sonrisa que por suerte ella no veía.
—Qué tonto. Después la que pelea por tonterías soy yo, ¿no?
—Era una broma. Gracias por acordarte. Mejor tarde que nunca —dije.
—Fue raro. Digo… fue raro lo que sentí —explicó Florencia—. Por un lado me dio un poco de
miedo. Por otro lado me pareció muy tierno. Y al final me sentí aliviada cuando mencionaste que
comprendés que eso que sentís es un enamoramiento adolescente.
—Claro. Es solo eso. Seguro se me pasa tomando una aspirina —comenté. Ella rio de nuevo,
cosa que me alegró.
Estuve a punto de decirle que mejor me lo diera mañana y listo. Si entraba a mi habitación iba a
ser algo muy tentador, y no quería quedar como un pajero de nuevo. Pero me ganó la curiosidad,
además, tenía ganas de verla un rato. Últimamente todo lo relacionado con ella me causaba cierto
malestar, y ahora que sabía que lo de mi mensaje no había sido tan catastrófico como había creído, y que
Florencia estaba en uno de sus días con buena onda, me parecía buen momento para pasar un rato
juntos.
Florencia se tomó unos cuantos minutos para aparecer. Cosa rara, porque solo tenía que dar
unos pasos hasta llegar a mi dormitorio. Pero cuando la vi entrar entendí por qué se había demorado. Mi
hermanastra llevaba un babydoll negro con trasparencias, y debajo un conjunto de ropa interior negra
con encaje. Quedé boquiabierto.
Se subió a la cama. Yo no atiné a hacer nada, sino que me limité a mirarla. Florencia corrió el
cubrecama a un costado. Se colocó encima de mí, y me dio un tierno beso en los labios.
—¿Qué te parece si nos permitimos conocernos mejor, así terminamos de entender qué es lo
que nos pasa con el otro? —dijo.
—Me parece una buena idea —dije—. Y quiero agradecerte por este regalo de cumpleaños —
agregué.
Los labios bajaron lentamente. Unos besos en los pechos, otros en el abdomen. Mi verga no
tardó en endurecerse. Florencia me bajó el calzoncillo.
Agarró la verga y la empezó a masajear. Escupió sobre ella. La saliva se deslizaba por el tronco
mientras ella me veía con perversión. Se la metió en la boca y la empezó a chupar. El aliento fresco que
le había dejado la menta hacía que cuando largaba el aire sobre la pija mojada, se sintiera delicioso.
—Tu regalo es… —dijo Florencia. Hizo silencio, haciendo tiempo a propósito. Se mordió el labio
inferior, y largó—. Tu regalo es elegir cómo querés hacerlo. ¿Dónde me la querés meter? —preguntó al
fin.
Acaricié su rostro, con ternura. Me incliné y le di un beso. Así que ese era su regalo, pensé.
—Te la quiero meter por el culo —dije, mirándole a los ojos.
—Me lo imaginé —comenté ella—. Pero tenés que hacerlo despacito, y solo la vas a meter
hasta donde yo te diga. La tenés muy grande, y no quiero hacer mucho ruido. Los viejos pueden
escuchar.
—¡No los nombres justo ahora, boluda! —la reprendí, pues la mención a nuestros padres en
pleno acto sexual me parecía lo más desmotivador que podía existir.
Se colocó boca abajo. Su piel tenía un delicioso olor. Le di un mordico a uno de sus glúteos. Le
corrí la tanga a un costado. Escupí sobre el ano, y después lo lamí con fruición. El culo de mi hermanastra
sabía delicioso, y mientras se lo chupaba, estrujaba sus glúteos con violencia. Ella parecía disfrutarlo
también, porque largaba gemidos cada vez que frotaba con vehemencia la lengua en esa parte que hasta
hacía no mucho me parecía un rincón totalmente inaccesible para mí.
—Así, sí —dijo ella, jadeando—. Metela un poco más —dijo después. Así lo hice. Tenía una
pierna flexionada y otra extendida, y lo único que tuve que hacer para meterle un trozo más de verga fue
dejar caer mi peso. Florencia gimió, esta vez con una pizca de dolor. Pero no se quejó—. Hasta ahí. Sacala
y metela, pero solo hasta ahí —indicó.
Lo cierto es que apenas había introducido el glande, pero entendía que no aguantaría mucho
más. Si se la metía al completo, le podría causar serios daños. Así que la agarré de los hombros y empecé
a meter y sacar, haciendo movimientos casi imperceptibles.
Lo que a mí me parecía algo tranquilo, mi hermanita parecía vivirlo con mucha más intensidad,
porque ya no daba más del placer que le generaba que se la metiera por ahí atrás, que tuvo que morder
la almohada para acallar los gemidos. Como notaba que a ella le estaba gustando, fue enterrando, de a
poco, más y más de mi miembro en ese orificio tan pequeño.
—No, basta, hasta ahí nomás. Me estás matando —dijo Florencia, aunque no parecía que la
estuvieran matando precisamente.
Llevé las manos a sus senos, le mordí el cuello, y empecé a penetrarla con mayor velocidad,
aunque respetando su pedido, no la metía más que eso.
Se sentía muy cálido ahí adentro, pero sobre todo, muy apretado. Sentía en mi propia verga
cómo el ano se iba dilatando, de a poco, mientras la penetraba. Cuando creí que ya me iba a venir,
eyaculé en sus firmes glúteos.
Nos quedamos un rato desnudos sobre la cama. Le acaricié el cabello.
—Lo sé.
—Porque te dije que quiero que veas algo más en mí, más allá de lo físico, de lo sexual, y lo
primero que hago es venir a entregarte el culo.
—Realmente creo que soy capaz de verte como un objeto sexual y a la vez entender que sos
mucho más que eso —aseguré—. Entonces… ¿De verdad querés que intentemos tener algo?
—No, solo te lo dije para que me cojas —respondió ella—. Sí Mariano. Me gusta estar con vos, y
quiero intentarlo —afirmó después.
Pero a pesar de las buenas intenciones de ambos, como era de esperar, no iba a ser fácil que
dos personas que siempre estaban chocando, formaran un vínculo sano. Ambos éramos inmaduros. Nos
peleábamos por tonterías. Además, a mí me costaba dominar mis celos, y a ella se le hacía muy difícil no
valerse de su belleza para tener seguridad. A lo largo de un año nos separamos por lo menos tres veces,
con la promesa de nunca volver a estar juntos, solo para luego revolcarnos en una salvaje cogida de
reconciliación.
Al final tuvimos que blanquear nuestra relación con los viejos. Como lo habíamos supuesto, la
cosa no los tomó por sorpresa precisamente, aunque ambos mostraban ciertas reservas. Digamos que
no tenían mucha fe en lo nuestro, cosa por la que no los puedo juzgar.
En las etapas en las que estábamos separados, yo me acostaba con otras chicas. Desde que
estuve con Florencia me volví más seguro de mí mismo, y descubrí que no era tan difícil como pensaba
vincularme con el sexo opuesto. Pero no es que buscara esos polvos con completas desconocidas solo
porque necesitaba un desahogo sexual. Lo cierto es que estaba convencido de que en esos momentos de
separación ella también se acostaba con otros tipos. Pero tampoco era un acto de venganza.
Simplemente me resultaba más fácil afrontar una reconciliación si sabía que yo había hecho lo mismo
que ella, como si así estuviéramos a mano. Un método algo patético, pero sumamente efectivo.
Pero cuando la juventud extrema que teníamos dio lugar a los primeros años de verdadera
adultez, la cosa empezó a mejorar considerablemente. Yo tenía veinticuatro y ella veintitrés cuando vino
a vivir a mi departamento. Por fin me había mudado hacía dos años a un edificio de Villa Crespo, y
después de incontables rupturas y reconciliaciones decidimos dejarnos de joder y cuidar lo que
teníamos. Después de tanto tiempo estaba claro que nos amábamos, solo nos faltaba aprender a
demostrarnos nuestro amor de una manera sana.
Quizás al principio hubo algo de celos y desconfianza, pero de a poco entendimos que el
sentimiento era recíproco. El miedo se fue aplacando. Lo que nunca hubiese imaginado en los años en
los que aún vivíamos con nuestros padres, es que yo sería capaz de seguirle el ritmo en la cama a ella.
Florencia era insaciable. No podía pasar un día sin coger, y yo la satisfacía.
Nunca nos casamos porque no creíamos en la iglesia y la unión civil nos parecía más un trámite
que otra cosa. A los tres años de juntarnos tuvimos a nuestra primera hija. Por suerte la pequeña Luna
no cargó con el peso de unir a la pareja, porque ya de antes de que naciera habíamos consolidado
nuestra relación.
En fin, esta historia que ahora se torna un poco cursi, es nuestra historia. De cómo mi odiosa
hermanastra se convirtió en mi mujer, en el amor de mi vida, y de cómo un vínculo por el que nadie
hubiera apostado culminó en una familia feliz.
FIN