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Crónicas Marcianas

El documento presenta dos extractos de Crónicas Marcianas de Ray Bradbury. El primer extracto, "El contribuyente", describe a un hombre llamado Pritchard que quiere ir a Marte para escapar de una guerra atómica inminente en la Tierra. Los oficiales se niegan a dejarlo subir a la nave espacial. El segundo extracto, "Los colonos", explica que los primeros colonos humanos llegaron a Marte por diversas razones, ya sea para huir de algo en la Tierra o para perseguir sueños y oportunidades. Al
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Crónicas Marcianas

El documento presenta dos extractos de Crónicas Marcianas de Ray Bradbury. El primer extracto, "El contribuyente", describe a un hombre llamado Pritchard que quiere ir a Marte para escapar de una guerra atómica inminente en la Tierra. Los oficiales se niegan a dejarlo subir a la nave espacial. El segundo extracto, "Los colonos", explica que los primeros colonos humanos llegaron a Marte por diversas razones, ya sea para huir de algo en la Tierra o para perseguir sueños y oportunidades. Al
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Crónicas Marcianas

El contribuyente – Los Colonos

Una cosa es irse de viaje, o vivir durante un tiempo en una ciudad o un país diferente al que
nacimos, pero ¿Por qué razón un humano dejaría la Tierra y se instalaría en otro planeta de forma
definitiva?
¿Qué vamos a hacer hoy?

Vamos a revisar dos de las Crónicas Marcianas más cortas tratando de entender esta pregunta:

a) El contribuyente: Libro, páginas 56-57


b) Los colonos: Libro, páginas 112-113

(Si no tienen el libro, abajo aparecen los dos textos)

Finalizado el tiempo de lectura les diré cuál es la actividad (Hoy no es Diario Virtual). Para cuando les
diga el ejercicio vamos a necesitar este link:
https://drive.google.com/drive/folders/14pidlPAZvkdMhGxcr7lRsNII0uPTyca7
Marzo de 2000
 
El contribuyente
 
Quería ir a Marte en el cohete. Bajó a la pista en las primeras horas de la mañana y a través de
los alambres les dijo a gritos a los hombres uniformados que quería ir a Marte. Les dijo que
pagaba impuestos, que se llamaba Pritchard y que tenía el derecho de ir a Marte. ¿No había
nacido allí mismo en Ohio? ¿No era un buen ciudadano? Entonces, ¿por qué no podía ir a Marte?
Los amenazó con los puños y les dijo que quería irse de la Tierra; todas las gentes con sentido
común querían irse de la Tierra. Antes que pasaran dos años iba a estallar una gran guerra
atómica, y él no quería estar en la Tierra en ese entonces. Él y otros miles como él, todos los que
tuvieran un poco de sentido común, se irían a Marte. Ya lo iban a ver. Escaparían de las guerras,
la censura, el estatismo, el servicio militar, el control gubernamental de esto o aquello, del arte y
de la ciencia. ¡Que se quedaran otros! Les ofrecía la mano derecha, el corazón, la cabeza, por la
oportunidad de ir a Marte. ¿Qué había que hacer, qué había que firmar, a quién había que
conocer para embarcar en un cohete?
 
Los hombres de uniforme se rieron de él a través de los alambres. No quería ir a Marte, le
dijeron. ¿No sabía que las dos primeras expediciones habían fracasado y que probablemente
todos sus hombres habían muerto?
 
No podían demostrarlo, no podían estar seguros, dijo Pritchard, agarrándose a los alambres. Era
posible que allá arriba hubiera un país de leche y miel, y que el capitán York y el capitán
Williams no hubieran querido regresar. ¿Le abrirían el portón para dejarlo subir al Tercer Cohete
Expedicionario, o lo rompería él mismo a puntapiés?
 
Le dijeron que se callara.
 
Vio a los hombres que iban hacia el cohete.
 
-¡Espérenme! -les gritó-. ¡No me dejen en este mundo terrible! ¡Quiero irme! ¡Va a haber una
guerra atómica! ¡No me dejen en la Tierra!
 
Lo sacaron de allí a rastras. Cerraron de un golpe la portezuela del coche policial y se lo llevaron
al alba con la cara pegada a la ventanilla trasera. Poco antes que la sirena del automóvil
comenzara a sonar, al acercarse una curva, vio el fuego rojo, y oyó el ruido terrible y sintió la
trepidación con que el cohete plateado se elevó abandonándolo en una ordinaria mañana de lunes
en el ordinario planeta Tierra.
Agosto de 2001
Los colonos

Los hombres de la Tierra llegaron a Marte.

Llegaron porque tenían miedo o porque no lo tenían, porque eran felices o desdichados, porque
se sentían como los Peregrinos, o porque no se sentían como los Peregrinos. Cada uno de ellos
tenía una razón diferente. Abandonaban mujeres odiosas, trabajos odiosos o ciudades odiosas;
venían para encontrar algo, dejar algo o conseguir algo; para desenterrar algo, enterrar algo o
alejarse de algo. Venían con sueños ridículos, con sueños nobles o sin sueños. El dedo del
gobierno señalaba desde letreros a cuatro colores, en innumerables ciudades: HAY TRABAJO
PARA USTED EN EL CIELO. ¡VISITE MARTE! Y los hombres se lanzaban al espacio. Al
principio sólo unos pocos, unas docenas, porque casi todos se sentían enfermos aun antes que el
cohete dejara la Tierra. Y a esta enfermedad la llamaban la soledad, porque cuando uno ve que
su casa se reduce hasta tener el tamaño de un puño, de una nuez, de una cabeza de alfiler, y luego
desaparece detrás de una estela de fuego, uno siente que nunca ha nacido, que no hay ciudades,
que uno no está en ninguna parte, y sólo hay espacio alrededor, sin nada familiar, sólo otros
hombres extraños. Y cuando los estados de Illinois, lowa, Missouri o Montana desaparecen en un
mar de nubes, y más aún, cuando los Estados Unidos son sólo una isla envuelta en nieblas y todo
el planeta parece una pelota embarrada lanzada a lo lejos, entonces uno se siente verdaderamente
solo, errando por las llanuras del espacio, en busca de un mundo que es imposible imaginar.

No era raro, por lo tanto, que los primeros hombres fueran pocos. Crecieron y crecieron en
número hasta superar a los hombres que ya se encontraban en Marte. Los números eran
alentadores.
Pero los primeros solitarios no tuvieron ese consuelo.

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