CAPÍTULo I
LOS PADRES PRENICENOS (SIGLOS I-III)
CONTEXTO HISTÓRICO-CULTURAL DE LA ÉPOCA
I. MARCO GEOGRÁFICO
Este primer periodo patrístico abarca desde el inicio de la literatu-
ra que escriben los Padres de la Iglesia hasta la paz de Constantino y
el I Concilio de Nicea (325). El ámbito en el que se desarrolla la vida
de estos primeros autores no es otro que el mismo en que se asienta el
cristianismo, es decir, los territorios que componen el Imperio romano
y reciben el nombre de oikumene.
La geografía cristiana se va extendiendo en torno a las riberas del
Mediterráneo, a partir del /urnes palestinense. La expansión del cris-
tianismo dentro del limes imperial va a encontrar a su servicio la
exce- lente red viaria romana, que se establece inicialmente para
facilitar los desplazamientos de las legiones romanas. Pero, a la vez,
no se puede olvidar que, además de esa comunicación militar, las vías
son emplea- das para otros fines, de carácter comercial, familiar, etc.
Todas estas ru- tas convergían en Roma, capital y centro del mundo.
Existían, incluso, algunas auténticas guías de viajeros, como el
famoso Itinerario de An- tonino. Partiendo de Roma se podía ir hasta
la desembocadura del Rin o hasta Bretaña. Pero, con todo, la principal
ruta de comunicación era el mar Mediterráneo, que bañaba todas las
provincias de Oriente y de Occidente. Aun cuando se pueda pensar
que exageramos, es preciso decir que el Mare nostrum era para los
romanos una especie de auto- pista que enlazaba todo el Imperio. Con
razón se ha podido entender el Mediterráneo como un conjunto de
rutas. Estas rutas marítimas crean puertos y núcleos de población que,
en ocasiones, utilizan las islas como recorridos intermedios y como
lugares donde invernar, cuando la navegación se hacía muy difícil. Por
eso, no es de extrañar que una isla tan frecuentada como la de Creta
fuera pronto evangelizada en el sig1‹›
47
PATROLOGÍA
LOS PADRES PRENICENOS (SIGLOS I-III)
11, por obra de cristianos procedentes de Siria y Asia, y que de II. LA POLÍTICA RELIGIOSA DEL IMPERIO ROMANO Y EL CR ISTIANISMtI
camino a otros lugares, pasaban el invierno en la isla.
Una simple visión panorámica de los viajes misionales de S. Pablo Los Padres de la Iglesia son hijos de su tiempo y se encuentran
nos da ya un primer avance de la toponimia inicial cristiana. Las in- mersos en una situación política, que viene determinada por ser
ciuda- des citadas en el Apocalipsis se encontraban situadas en las súbdi- tos del Imperio romano. La estrecha unión de las religiones
grandes ar- terias de comunicación: Pérgamo, Laodicea, Tiatira, Sardes, paganas antiguas con la vida de la polis va a generar dificultades no
Filadelfia, etc. A la vuelta del siglo I la Iglesia se extiende hacia el pequeñas para los cristianos, que no vivirán como los judíos
interior de Si- ria y de Asia Menor. Las epístolas de Ignacio formando «ghet- tos», sino integrándose en la vida ordinaria, como el
mencionan otras, como Éfeso, Magnesia, Trales o Esmirna. Una carta resto de los ciuda- danos, según nos describe la Epístola a Diogneto
de Plinio a Trajano del año 112 nos atestigua la presencia de (V, 4).
numerosos cristianos en la pro- vincia de Bitinia, a orillas del mar Los emperadores romanos exigían la práctica de la religión
Negro. En tiempos de Trajano (98- 117) el centro difusivo del oficial romana, aunque eran tolerantes con los cultos indígenas de
cristianismo había pasado de Jerusalén a Antioquía, y desde allí aquellos te- rritorios que estaban incorporados al Imperio. Llama la
diversos caminos llevan a Palmira, Babilonia y Samosata, entre otras atención, sin embargo, que esa tolerancia no se empleara igualmente
ciudades. En la parte occidental del Imperio, ade- más de la primitiva con el cristia- nismo.
comunidad cristiana de Roma, encontramos cristia- nos sirios que viven El primer dato que tenemos de la conducta de los emperadores
en el valle del Po, en la Galia y en las orillas del Rin. Si atendemos a so- bre el cristianismo procede del año 35, cuando Tiberio (14-37 d. C.)
las tradiciones jacobeas y a la información que nos facilita S. Pablo, los re- cibe una relación de Pilatos para que se diera a la nueva religión el
comienzos de la implantación del cristianismo en Hispania los esta- tuto jurídico de religio licita. Tiberio presenta esa propuesta al
podemos situar en la segunda mitad del siglo I. Senado, que no la acepta, por querer reivindicar celosamente sus
Cincuenta años más tarde, en el reinado de Marco Aurelio (161- prerrogativas. De todas formas, este Senatusconsultus del año 35 no
se aplicará hasta que lo reasuma Nerón (54-68) en el aíío 63.
180), la Iglesia cubre una nueva etapa en su desarrollo. Se abre en
aba- nico desde Mesopotamia hasta Germania, por la costa africana La protección de Tiberio a los cristianos continuará con sus inme-
del Mediterráneo, contando con dos polos de especial relevancia diatos sucesores Calígula (37-41) y Claudio (41-54), aunque durante
evangeli- zadora: Alejandría y Cartago. En la Galia, la Iglesia de Lyon, el gobierno de este último hubiera alguna actuación contra los
asociada a la comunidad de Vienne, nos muestra en el año 177 un cristianos por parte de los judíos (muerte de Santiago y arresto de
cristianismo lle- no de vitalidad, que hace desatar una persecución. La Pedro). Nerón (54-67) siguió, al principio, la misma política de sus
antecesores, hasta el año 62, en el que cambia de actitud y aplica
penetración cris- tiana en Asia oriental se constata a finales del siglo II en
contra los cristianos y los estoicos el Setiatusconsultus de Tiberio,
ciudades como Edesa y la cercana Osroene. acusándoles de «odio a1 género humano», según afirma Tácito (Hist.,
El siglo III estará marcado por las grandes persecuciones de Decio V, 5, 1). Se han esgrimi- do distintas hipótesis sobre los motivos
(249-251), Valeriano (253-260) y, sobre todo, Diocleciano (284-305). desencadenantes de esta perse- cución. Conviene advertir también en
Las Actas de los mártires nos acreditan también lugares de presencia esas fechas la existencia de una opinión pública adversa a los
cristiana ya muy consolidada como Cesarea de Palestina, o Roma, cristianos, como se confirma al leer 1 Pet 2, 12; 3, 13. 15-16 y 2 Tim 4,
pero también otros, como León-Astorga o Mérida, en Hispania, que 10-16.
tienen comunidades cristianas de cierta importancia, y que no dudan Con el advenimiento de la dinastía Flavia (68-96) al poder se des-
en escribir a Cartago y Roma para resolver la cuestión planteada, des- arrolla para los cristianos un periodo de trato favorable hasta el año 95,
pués de la persecución de Decio, por los obispos libeláticos Basílides aunque el odio y los prejuicios anticristianos de índole popular seguían
y Marcial. La persecución de Diocleciano nos señala algunas regiones existiendo. Algunos miembros de esta dinastía fueron cristianos: Tito
del Danubio y los Balcanes, donde ya está asentado el cristianismo. Flavio Clemente, hermano de Vespasiano, y su mujer Flavia Domitila,
Así, por ejemplo, tenemos noticias de obispos mártires de esas regio- y otra Domitila, nieta de Flavio Sabino. Por todo ello, no se compren-
nes, como Ireneo de Mitrowitza y Anirino de Siscia, junto a otros mu- de bien la persecución de Domiciano en los años 95-96.
chos fieles. Una de las primeras actuaciones de gobierno que realizó el
nuev‹i emperador Nerva (96-98), fue revocar las condenas a los
48 cristiantis y
PATROLOGÍA 50
ilÜtllir la injusta extensión a ellos del JiscuS iudaicus (Dión Casio, 68,
1, 1 -2). Pero, pronto esta benevolencia de Nerva encuentra una oposi-
ción cada vez mayor por parte de la clase política, que veía una incom-
patibilidad entre las tradiciones romanas y los cristianos. Los intelec-
tuales como Frontón, Celso, Apuleyo, etc. dedicarán acerbas críticas al
cristianismo.
Con Trajano (98-117) se manifiesta el deseo de no secundar el vio-
lento fanatismo popular anticristiano, como se puede deducir de su
co- nocido rescriptum a Plinio, gobernador de Bitinia, estableciendo
la normativa sobre los cristianos de manera que coinquirendi nan sint.
Con variantes, se puede situar en la misma línea otro rescriptum de
Adriano (117-138) al procónsul de Asia Minucio Fundano.
Antonino Pío (138-161) rompe con la tradición tolerante y ataca
a los difusores de nuevas religiones. Los apologistas (Justino,
Taciano, Teófilo y Tertuliano) reaccionarán defendiendo la
antigüedad del cris- tianismo. Más discutida por los historiadores es
la postura de Marco Aurelio (161- 180). Algunos lo juzgan como el
primer perseguidor por- que este emperador entendía que los cristianos
se inhibían de sus obli- gaciones políticas. Otros sostienen que tanto
el emperador como un importante grupo de paganos confundían el
cristianismo con el monta- nismo fanático. Marco Aurelio, en 177,
decreta la persecución de ofi- cio de los cristianos, como sacrilegi,
cosa que antes no se hacía, si- guiendo la doctrina del rescripto de
Trajano. Bajo el gobierno de Cómodo (180-192), hijo y sucesor de
Marco Aurelio, la Iglesia gozó de paz en todo el Imperio, lo que permitió
la conversión de toda clase per- sonas, también de gentes nobles y
adineradas, según nos dice Eusebio de Cesarea {HE, V, 16, 19; V, 21
ss.).
La proclamación como emperador del africano-oriental Septimio
Severo (193-211) por las legiones de Panonia, significó una profunda
transformación para el Imperio en el terreno de la religión y del
pensa- miento. Las divinidades orientales (Serapis, Hércules, Dionysios,
y, so- bre todo, el Sol) se suman y se superponen a los dioses romanos
del Pantheon. Este sincretismo religioso va a marcar la política religiosa
de los Severos. Septimio Severo es considerado por los historiadores
cris- tianos del siglo IV como un perseguidor consciente del
cristianismo (HE, VI, 1). Algunos autores modernos le atribuyen un
edicto persecu- torio, aunque otros no comparten esa tesis. En honor a la
verdad, se tra- ta más bien de persecuciones esporádicas debidas a
determinados gobernadores, atentados por el rechazo popular. Al lado de
estas actua- ciones se pueden contabilizar otras, como la defensa que
hace de algu- nos personajes cristianos de la clase senatorial, y que nos
refiere Tertu- liano (Ad Scap., IV, 5).
LOS PADRES PRENICENOS {SIGLOS I-III)
El periodo que va de Caracalla (211-217) a Alejandro Severti
(222-235) es de gran bonanza religiosa. Una muestra de tolerancia es
el episodio del legado de Arabia que, deseando escuchar a Orígenes, lo
manda llamar de un modo oficial con sendas cartas, una para el
prefec- to de Egipto y otra para el obispo Demetrio de Alejandría. Las
fuentes cristianas de los siglos III y IV hablan explícitamente del
filocristianis- mo de Alejandro Severo y de su madre Julia Mammea.
Maximino el Tracio (235-238) no fue un perseguidor, propiamente
dicho, sino que se limitó a depurar la corte de servidores y amigos cris-
tianos de su antecesor Alejandro. De Julio Felipe el Arabe (244-249) se
llegó a decir en círculos cristianos que había abrazado la fe, según testi-
monian Eusebio (HE, VI, 34; 36, 1-3; 41, 9) y Jerónimo (De vir. ill.,
54).
La segunda mitad del siglo III vendrá marcada por la impronta
persecutoria. Cuando Decio (249-251) llega al poder se produce una
ruptura violenta con la tolerante política de Felipe el Arabe, impulsada,
en gran medida, por los ambientes paganos más intolerantes. Con el
edicto persecutorio del año 250 intentó el emperador no sólo consoli-
dar las bases de la antigua tradición romana, sino también conseguir
el favor de la opinión pública y del Senado. Sobre el desarrollo de la
per- secución nos informa, con detalle, el epistolario de S. Cipriano
de Car- tago y de Dionisio de Alejandría. La persecución tuvo caracter
general, así como la novedad burocrática de inscribir a quienes
participaban en la supplicatio pagana. En África, la persecución fue
especialmente dura con torturas y condenas a muerte. Hubo
numerosos apóstatas (lapsi), que más tarde, a la muerte de este
emperador, buscarían la re- conciliación con la Iglesia. S. Cipriano se
vio obligado a convocar un sínodo en Cartago y a publicar su tratado
De lapsis para resol ver esta cuestión.
Tras los breves reinados de Gallo (251-253) y Volusiano (253),
se proclama emperador a Valeriano (253-260), que asoció al poder a
su hijo Galieno, y durante los tres primeros años se mostró favorable
a los cristianos, pero la situación cambia inesperadamente en el año
257 con la publicación de un edicto contra los cristianos y —por vez
primera— también contra la Iglesia, declarando su ilicitud. El edicto
exigía que los miembros del clero sacrificaran a los dioses. Las causas de
esta decisión imperial se deben, en gran parte, a la hostilidad de la
arlstocracia sena- torial, convencida del influjo del cristianismo en las
catástrofes que aso- laban, por aquel entonces, al Imperio. La actitud
instigadora de Macria- no es la de un simple catalizador de la hostilidad
social existente. En el año 258 lanza un segundo edicto que endurecía
las sanciones con la pena de muerte y se extendía a los simples fieles.
Entre las víctimas in- signes de la persecución señalaremos a S.
Cipriano de Cartago y •1 Ü.
PATROLOGÍA 52
Dit›nisio de Alejandría. En Hispania sufrió el martirio el obispo S. Fruc-
tutiso de Tarragona.
Muerto el emperador en el año 260, su hijo Galieno (260-268) re-
tira los edictos contra los cristianos y se dirige oficialmente a los
obis- pos reconociéndoles una autoridad en la Iglesia. Es el fin de la
ilegali- dad formal de la Iglesia. El cristianismo deja de ser una
religio illicita porque la Iglesia, que lo profesa es reconocida por el
Estado. Es una época de paz para la Iglesia que continuará con sus
sucesores Claudio II (268-270) y Aureliano (270-275). En el año 272,
estando Aureliano en Antioquía, tiene lugar una disputa por la sede
episcopal de dicha ciudad entre Pablo de Samosata, quien ocupaba
abusivamente la «casa de la Iglesia» desde el año 268 (porque había
sido condenado por un sínodo), y Domno, obispo legítimo de Antioquía.
El emperador resuel- ve la situación aplicando el decreto de Galieno,
y declara que el edifi- cio pertenece a1 obispo legítimo.
En estas circunstancias comienza el reinado de Diocleciano (284-
305). Los dieciocho primeros años de gobierno fueron de tolerancia
para los cristianos, incluso en el palacio imperial éstos tenían una gran
influencia. La emperatriz Prisca y su hija Valeria fueron
catecúmenas. Ahora bien, el año 303 significó un cambio radical del
emperador ha- cia los cristianos. La gran expansión del cristianismo
en las clases su- periores y en el ejército fue motivo de preocupación
entre los fanáticos del paganismo, especialmente numerosos entre los
sacerdotes paganos. En el año 293 Diocleciano había realizado una
amplia remodelación del gobierno imperial con su famosa tetrarquía,
asociando a Galerio como César con derecho a sucesión de la parte
oriental del Imperio. Fue precisamente Galerio, cargado de odio
anticristiano, quien conven- cería a Diocleciano para que iniciara la
persecución con un primer edicto general el 23 de febrero del año
305, ordenando la destrucción de iglesias, libros sagrados, etc. En ese
mismo año, promulgó dos edic- tos más, arrestando a los jefes de las
iglesias y exigiéndoles sacrificar a los dioses. Esta última exigencia la
extendería a la totalidad de los fie- les en un cuarto edicto del año
304. Hubo numerosos mártires, cuyas gestas dieron narradas por
Eusebio de Cesarea (De mart. Pales., III, 1).
Diocleciano abdicaría en 305, y 311 sería el año en el que se pro-
mulgarían los edictos de tolerancia del cristianismo para todo el
Impe- rio. Galerio, en el lecho de la muerte, concedería a los
cristianos la li- bertad de conciencia y de culto. Lo mismo harían para
Occidente Constantino y Majencio en abril de ese año. De esta
manera termina el largo periodo de relaciones, no siempre amigables,
entre el poder polí- tico del Imperio romano y el cristianismo.
LOS PADRES PRENICENOS (SIGLOS I-III j
IH. CONTEXTO FILOSÓFICO
Los primeros escritores cristianos utilizan el griego helenístico
de la koiné, que es la lingua franca de comunicación más frecuente
en to- dos los espacios del Imperio romano hasta mediados del siglo
III, cuando el latín comienza a irrumpir con fuerza en el África
proconsu- lar y en la misma Roma.
Como es bien sabido, una lengua no es algo meramente instrumen-
ta1, sino que lleva consigo toda una cultura, una manera de captar las
realidades humanas, y en suma, una forma de pensar. Esto hace que,
ya desde sus primeras actuaciones, los evangelizadores del siglo I,
tengan que emplear formas de literatura y de habla griegas al
dirigirse a los ju- díos helenizados, y luego más tarde, cuando S. Pablo
se dedicó a predi- car, abiertamente, a los gentiles y empezó a conseguir
conversiones en- tre ellos, el empleo del griego se generalizó
completamente. Por otra parte, esta actividad protréptica era un rasgo
característico de la filoso- fía griega en la época del helenismo.
Podríamos decir que la filosofía en este periodo se ha centrado en el
terreno de la ética. Las diversas es- cuelas trataban de lograr nuevos
seguidores por medio de discursos protrépticos en los que
recomendaban su conocimiento filosófico o dogma como la única
senda hacia la felicidad. La filosofía tendía por su propia naturaleza a
transformar la vida, como sostendría Musonio Rufo (Diatr., 1). De
ahí que se pueda utilizar la palabra «conversión» para indicar una
separación del mundo y una renuncia de todos los bienes con el
objeto de quedar enteramente libres y poder dedicarse a practicar sus
proplas ideas. El término conversio, en sentido filosófico- religioso, lo
hallamos en Cicerón (De nat. deor., 1, 77) y en Epicteto, que utiliza
la palabra epistrophé (Diatr., 2, 20, 22), aunque su origen sea
anterior y la podamos encontrar personificada en Sócrates, a tenor de
lo escrito por Platón (Apol. Soc., 29).
Desde esta concepción práctica de la filosofía vamos a fijamos
en las principales corrientes de pensamiento contemporáneas a los
prime- ros siglos cristianos.
a) En primer lugar, hay que mencionar al cinismo. Sus máximos
protagonistas habían sido Diógenes de Sínope (t 323 a. C.) y
Cratetes (1 c. 295 a. C.). Ellos denunciaron las grandes ilusiones de
los hom- bres: el placer, la riqueza y el poder, a la vez que exaltaron
el despren- dimiento de sí mismos y el desprecio al
convencionalismo social.
Dión de Prusa (40-120) desarrolla su actividad filosófica en la
época imperial romana. El es el representante de esta escuela que
tiene un mayor fuste. Hacia el año 96 fue desterrado por Domiciano.
Desple-
PATROLOGIA
54
gó una actividad itinerante y se consideró un médico de las almas que
realizaba una misión de la que se consideraba investido.
b) El epicureísmo no ofrece exponentes de gran relieve. Durante el
siglo II se trata de una filosofía muy difundida, incluso en el siglo an-
terior Séneca ya nos habla de esa difusión (Ej., 79, 15). Por eso no
puede extrañar que Marco Aurelio llegara a presentar a Epicuro, funda-
dor de la escuela, como un modelo a imitar. Entre sus principales
pun- tos doctrinales cabe citar: la sensación física como el más sólido
crite- rio de verdad; que el constitutivo de la felicidad es el placer
(entendido como ausencia de dolor en el cuerpo y de turbación en el
alma); y que la ética del individuo prevalece sobre la del ciudadano.
De todas for- mas, el concepto epicúreo de «placer» no tardaría en ser
entendido en el sentido más vulgar, como atestigua Horacio (Ep., 1,
4, 15 s.).
Cierta influencia del epicureísmo se observa en Séneca, cuyas
Cartas a Lucilio recogen varios dichos de Epiciiro y motivos argumen-
tales de este pensador. En la época de los Antoninos hay un incremen-
to en la expansión del epicureísmo debido al prestigio que va adqui-
riendo, fundado en la alianza que con él hace el racionalismo, contra
la superstición y el misticismo. Pero, a la vez, se va difundiendo
también una visión denigratoria del epicureísmo, como nos narra
Filóstrato (Vita Apoll., 1, 7).
El tratamiento de los autores cristianos a Epicuro es, por lo gene-
ral, bastante crítico. Así, por ejemplo, Justino sitúa a Epicuro en el mis-
mo plano de Sardanápalo, prototipo del lujo y de la vida disoluta
(Apol., 7, 3). Clemente de Alejandría declara que Epicuro es el inicia-
dor del ateísmo, coincidiendo en este punto con la opinión común del
mundo pagano. También expondrá las contradicciones en las que ha in-
currido el propio sistema epicureísta.
c) El estoicismo es la corriente filosófica que ofrece más puntos de
contacto con el mensaje evangélico, si la comparamos con las anterio-
res. Iniciada por Zenón de Cizio (333-262 a. C.), y aunque es una
filo- sofía sustancialmente materialista, como el epicureísmo, se
diferencia de ésta, de una forma radical, porque considera a la divinidad
como ser corpóreo e inmanente al universo, identificando a Dios con la
naturale- za. El principio unificante del Todo cósmico es llamado Logos
(«la ra- zón en la materia, es decir, Dios») (Stoicorum Vetera Fragmenta,
I, 85. 175). Un subrayado especial merece la alta concepción que el
estoicis- mo tiene de la virtud. La felicidad del hombre consiste en
vivir de acuerdo con los dictados de la virtud (S/oic. def. Frag., III,
16). La vir- tud es un principio de igualdad entre los hombres, según
nos dice Sé- neca (De benef., 3, 18). Sólo las pasiones son fuente de
infelicidad, y
LOS PADRES PRENICENOS (SIGLOS I-III j Platón afirmaba que el mundo superior del Ser, captado por la mente,
era inmutable en contraste con el flujo del devenir siem- pre
dominarlas es el ideal del sabio que quiere llegar a la apatheia l cambiante percibido por los sentidos. Plotino enseñaba que en Ííl
«ausen- cia de pathos»] {Stoic. Vet. Frag., I, 213 s.). cima de la jerarquía del ser está el Uno; Dios es desconocido y Ahs‹ilu-
to, pero aprehendido por el alma con una presencia que trasciende tt›t1i›
De las tres fases que se suelen distinguir de la Stoa, la
tercera, es decir, la «nueva» (siglos I y II) es la que coincide
con los orígenes de la
' literatura cristiana. Bajo el gobierno de Nerón, Séneca (1-65)
será el personaje más representativo, aunque, como ya
dijimos, encontremos también en él influjos de otras
filosofías. La similitud entre algunas en- señanzas suyas y la
doctrina cristiana, le hará exclamar a Tertuliano: Seneca
saepe noster (De an., 20, 1), e incluso en el siglo IV se
escribi- rá un epistolario apócrifo entre Séneca y S. Pablo.
d) Plotino (205-270) es considerado como el fundador
del neopla- tonismo, aunque algunos autores, al situarlo entre
los discípulos de Am- monio Saccas, entienden que éste es el
verdadero padre de ese movi- miento filosófico. Discípulos
suyos serían Plotino, Herennio, Orígenes y Porfirio. Todos
ellos van a contribuir a un «revival» del platonismo.
Hay que advertir, también, que el gran renacimiento del
platonis- mo había comenzado ya en el siglo II, cuando en la
cultura del momen- to Platón era considerado como el «divino
Platón», es decir, como su- prema autoridad religiosa y
teológica, y llegará a su punto culminante con el
neoplatonismo del siglo III. Las ideas de Platón —que fueron
ata- cadas en su día por Aristóteles como la esencia misma de la
filosofía de su maestro— eran interpretadas ahora como
pensamiento de Dios, a fin de dar a la teología platónica una
forma concreta. Clemente y Orígenes crecieron dentro de este
sistema cultural, que dominaba no sólo las es- cuelas
filosóficas de su tiempo, sino también la paideia helenista tradi-
cional. Lo que es tanto como decir que la filosofía y la
filología cami- naban en la misma dirección. Iniciaban sus
enseñanzas con Homero y las terminaban con Platón, cuyos
diálogos eran leídos y explicados. Los neoplatónicos llevaban
consigo una enorme dosis de espiritualidad, re- cordando que
fue Platón quien hizo visible el mundo del alma a la mi- rada
interior del hombre. Este liderazgo de Platón hacía posible la
sali- da de la realidad material y sensible hacia el mundo
inmaterial.
Plotino elaboró en su sistema filosófico una especie de
esquema de toda la estructura de las cosas, asumiendo que
hay una íntima corres- pondencia entre la realidad y el
proceso del pensamiento humano. Dio gran importancia a la
dialéctica de los diálogos de Platón Parménide.s y El sofista.
PATROLOGIA
LOS PADRES PRENICENOS [SIGLOS I—III)
conocimiento. En la gran cadena o continuidad del ser que Plotino Entre las creencias judías, la que se impone en primer lugar es el
identificaba con la estructura de las cosas, el nivel superior es causa monoteísmo más estricto. Los judíos se jactaban de ser los únicos
de lo inmediatamente inferior; entendiendo el desarrollo de la entre los hombres que no admitían varios dioses. Esta doctrina no
jerarquía del ser como una «emanación». En el proceso de emanación presenta- ba especiales dificultades para muchos paganos, puesto que
hay una pérdida gradual; cada efecto es ligeramente inferior a su causa. en el pro- pio mundo pagano no faltaban quienes hacían un crítica
Sin em- bargo, la imperfección inherente a su inferioridad puede disolvente de la mitología pagana, tanto en el caso de los filósofos,
superarse si vuelve a su causa. como en el de quienes se dedicaban a la sátira social. Los judíos,
Desde esos presupuestos no es de extrañar que tanto Clemente de además, en su apo- logética sostenían la mayor antigüedad de Moisés y
Alejandría como Orígenes usaran la especulación filosófica a la hora los Profetas a la de los Sabios de la antigua Grecia.
de teologizar sobre la Biblia. La interpretación alejandrina de la El judaísmo hasta el año 70 tenía dos lugares de culto: el templo
Sagra- da Escritura, en especial la de Orígenes, aplicó en forma de Jerusalén y las sinagogas erigidas en cada comunidad hebrea. Como
sistemática este método a las fuentes de la revelación cristiana, de la es obvio, a partir de la destrucción del templo dejaron de celebrarse allí
misma mane- ra que sus colegas platónicos paganos de las escuelas de las grandes fiestas de la pascua, pentecostés, Yóm kippur, etc. Pero el
Longino y de Plotino la utilizaban para su explicación de Homero, lugar más asequible para la oración era la sinagoga, donde tenía lugar
según podemos ver por las Cuestiones homéricas de Porfirio. Pero la liturgia de la palabra, con un momento eucológico, la lectura de la
Orígenes enseñaría también la filosofía en cuanto tal. Conocemos una Toráh y un fragmento de los Profetas (sobre todo de Isaías), seguida
imagen de Orígenes realizada por el neoplatónico Porfirio, y también de su explicación. En la diáspora occidental la lectura se hacía sobre
la que nos facilita S. Gregorio el Taumaturgo, que no sólo asistió a las el texto griego (= LXX), en Palestina y en la diáspora nororiental la
clases impartidas por el gran Alejandrino, sino que nos ha ofrecido en lec- tura se hace sobre el texto hebreo, pero como la lengua hablada
su Oratio panegirica una demostración del uso propedéutico de la era el arameo, se requería siempre la presencia de un traductor o
filosofía en la formación teológica de sus alumnos. intérprete, distinto del lector. Así nacieron los Targümim o traducciones
aramaicas de la Biblia hebrea, pero que no son estrictas versiones del
original, sino más bien paráfrasis bíblicas, que son importantes para
IV. CONTEXTO RELIGIOSO DEL JUDAÍSMO
que nos- otros comprendamos mejor algunos pasajes
neotestamentarios.
Si bien ya lo hemos señalado, no debemos olvidar que el cristia-
nismo nace en Palestina en el seno de la religión judía y se desarrollará Al lado de los judíos de raza están también los llamados «temero-
inicialmente siguiendo la geografía de las sinagogas de la diáspora. sos de Dios» o «prosélitos». Son paganos conversos al judaísmo, que
En ciudades grandes como Roma, los judíos residen sobre todo en el han abandonado la idolatría y, aunque asisten regularmente a las preces
Transtévere, pero también en la Suburra y en otras partes; cuentan con públicas que se recitan en las sinagogas, no forman parte aún de 1a co-
trece sinagogas, y en la época de Tiberio eran unos 50.000 ó 60.000 so- munidad de Israel, están como a la espera de ser admitidos definiti-
bre un total de unos 800.000 habitantes. vamente en ella. Mientras llega esa solución, los «temerosos de Dios»
siguen a1 margen del judaísmo estricto, siendo considerados como pa-
Es indudable que los judíos llevaban un género de vida diferente del ganos y tratados como tales por los judíos. Por otra parte, muchos
de los paganos. No frecuentan los templos de los dioses ni tienen imáge- «prosélitos» difieren realizar el rito de la circuncisión, que caracteriza
nes de la divinidad que adoran. Se reúnen para orar en las sinagogas. To- la definitiva pertenencia a la comunidad judía, por la negativa concep-
das las semanas guardan de manera muy estricta el descanso de Shabbat. luación que reciben de parte de sus conciudadanos paganos, al consi-
Practican ayunos severos y se abstienen de cierto tipo de viandas, como derarlos apóstatas, ateos o enemigos del género humano, según afirma
la carne de cerdo. Algunos, más religiosos, vestían de una manera distin- Manetón citado por Josefo (Contra Apion, I, 26, 239 y 248). Pero,
ta, con filacterias que reproducían versículos de la Ley. Esta manera de ade- más, los judíos de raza, aun cuando se muestren favorables a los
vivir llegó a influir incluso entre los mismos paganos, sobre todo algunas «pro- sélitos», se ven forzados a mantener una diferencia entre ellos y
prácticas, como el descanso sabático y la alimentación, a tenor de lo que los is- raelitas de nacimiento. Desde esta perspectiva se comprende
escribe Flavio Josefo (Contra Apion, II, 39, 282 y ss.). mejor el atractivo que tuvo el cristianismo entre los «temerosos de Dios»,
como sucede con el centurión Cornelio (Act 10, 9 - 48).
56
?7
PATROLOGÍA baja de la
En los comienzos del cristianismo sus fieles podrían parecer de
cara al paganismo circundante como judíos. e incluso para los propios
judíos los cristianos serían una simple «secta» más dentro de Israel, se-
gún el parecer de los judíos de Roma (cfr. Act 28, 22). La diferencia-
ción de los cristianos se va a acentuar a finales del siglo I (Ap 3, 7-
13) y quedará nítidamente expresada en autores cristianos del siglo si-
guiente, que entran en discrepancia con los judíos, y cuyo exponente
de más envergadura será Justino a través de su Diálogo con Tri ón.
V. CONTEXTO RELIGIOSO DEL PAGANISMO GRECORROMANO
Las religiones de la Antigüedad se hallan directamente entronca-
das con el ámbito familiar y civil de las que se ha venido en llamar
ciu- dades-estados. De ahí que los ciudadanos de una determinada
polis, por el mero hecho de serlo, deben adorar a los dioses protectores de
esa ciudad. Son religiones cultuales, en las que el formalismo ritual
presi- de todas las actuaciones, con independencia de los criterios
personales o las actitudes interiores. Desde el momento en que uno
nace, lo pre- sentan en el altar donde se rinde culto a los genios
tutelares de la ciu- dad, incluso lo inscriben en un registro especial —
en el caso de Atenas en una/ra/ria—, o si participa en otros
acontecimientos, como el primer corte de cabello, o el vestirse la toga
viril, ha de realizar una determina- da ceremonia religiosa. Lo mismo
sucede si accede a una magistratura, en la que ejercerá las funciones
religiosas al mismo tiempo que los po- deres políticos o judiciales.
Por eso, el hombre que no es ciudadano, el extranjero, se halla fue-
ra del cuerpo social en que ejerce su actividad, salvo que por un decreto
especial se le autorice a formar parte de sus asambleas y de su culto. De
todas formas, tanto griegos como romanos serán tolerantes con quienes,
siendo extranjeros, formen una especie de cofradía a fin de practicar su
religión originaria. Esto sucederá en la Roma imperial, donde se
darán cita gentes de múltiples razas y naciones y proliferarán los
cultos ex- tranjeros. El camino de entrada que siguen estos foráneos, la
mayoría de las veces, es el de haber caído previamente en la
esclavitud, como nos dice Tácito: «No empleamos en nuestras casas
más que siervos bárba- ros; sus ritos nada tienen de común con los
nuestros, acuden a religiones extranjeras o bien no practican ninguna»
(Ann., XIV, 44).
Por otra parte, los ciudadanos podían adorar en privado a todos
los dioses que desearan, siempre que permanecieran fieles a los cultos
de la ciudad. No tienen derecho a dispensarse de las ceremonias
legal- mente obligatorias: darse de baja de la religión es darse de
LOS PADRES PRENICENOS (SIGLOS I-III)
ciudad. Con semejante planteamiento de la vida religiosa, se pueden
explicar mejor las enormes dificultades que debieron afrontar los
cris- tianos no sólo en el terreno legal, sino también en el familiar y
social. Curiosamente, la misma tolerancia que se practicaba con los
cultos ex- tranjeros en Roma, no existirá con el cristianismo.
Un corolario que se deducirá de esta concepción religiosa
pagana será la equivalencia del culto a los dioses y, en consecuencia,
se favo- recerá la presencia de un sincretismo, que presentará una
especie de re- ligión a la carta, según las preferencias que estén en
boga. Cuando la dinastía de los Severos recibe el poder imperial, la
moda y el favor de los soberanos ayudan al desarrollo del
sincretismo y los emperadores dan el ejemplo. Según el historiador
Lampridio, Alejandro Severo ha- bía hecho colocar en su larario la
imagen del Jesucristo, con las de Apolonio de Tiana, Abrahán, Orfeo
y otros personajes que él conside- raba modélicos (Vita Severi
Alexandri, 43).
Un aspecto del paganismo grecorromano, que a veces se tiene
poco en cuenta, es el interés por lo prodigioso, ligado
particularmente a determinadas figuras de dioses sanadores. El más
notorio de ellos será Esculapio, que tendrá como signo propio una
serpiente (símbolo de la regeneración) enrollada a un bastón, y cuyo
templo en Epidauro sería muy frecuentado en la Antigüedad. En la
época helenística le sur- ge un competidor que será Serapis (= Osiris-
Apis), un dios artificial, creado en la época de los Tolomeos y cuyo
culto se extenderá por el Mediterráneo oriental. El culto a Esculapio
generará toda una literatura poética y narrativa, que se conoce con el
nombre de «aretología» y que se dedica a exaltar la potencia benéfica
de ese dios. Este tipo de litera- tura proyectará sus reflejos en la
hagiografía y en los escritos apócrifos cristianos, especialmente en
algunos relatos legendarios de índole mar- tirial o taumatúrgica.
En la misma línea de dirigir la atención hacia lo prodigioso, con-
viene mencionar también las vidas de los filósofos taumaturgos. Desta-
cando entre ellos Pitágoras, que merecerá una biografía de Porfirio
en el siglo III. No obstante, la más famosa en tiempos cristianos fue
la de Apolonio de Tiana (segunda mitad del siglo I), escrita por
Filóstrato a comienzos del siglo III, en donde se narran algunas
curaciones, como la de un endemoniado, la de un joven afectado por
la rabia y la resu- rrección de una muchacha en Roma.
A la hora de polemizar con Celso, Orígenes se hará eco de la equi-
paración que hace el filósofo pagano de los milagros obrados por
Jesús con los realizados por quienes utilizan la magia. Para el gran
Alejandri- no la diferencia es bien neta a favor de la doctrina de
Cristo que mueve
PATROLOGÍA 60
a una vida virtuosa y santa (Contra Celso, I, 68 y 74). Si traemos a co-
lación este episodio origeniano es por su valor referencial de una opi-
nión bastante compartida en el siglo III por los paganos, que se enfren-
tan con el cristianismo desde planteamientos admirativos de lo
prodigioso.
Estudios: L. Homo, Les empereurs romains et le Chrfstfanisme, Paris
1931; W. JAEGER, Paideia. Los ideales de la cultura griega, I, México 1942;
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1956; P. BREZZI, Dalle perseCuzioni a11a paCe di Costantino, Roma 1960; J.
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siglos, Bilbao 1961 ; W. JAEGER, Cristianismo primitivo y paideia griega, trad.
esp., México 1965; M. SORDI, Il cristianesimo e Rama, Bologna 1965; J.
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York 1973; R. A. MARKUS, Christianity in the Roman World, New York 1974;
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minus Thrax und die Christen, Hist 24 (1975) 479-492; J. ROUGÉ, La marine
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primitiva, trad. it., Brescia 1976; J. CHURRUCA, El rescripto de Adriano sobre
los cristianos, EDeusto 25 (1977) 353-406; J. BAYET, La religión romana:
Historia político y psicológica, trad. esp., Madrid 1984; M. SORDI, I cristiani
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del II secolo. Il quadro esterno, Torino 1984; R. PENNA, L’ambiente storico-
cultural e delle origini cristiani. Una ‹locumentazione ragionata, Bologna
1984; A. MAGRIS, L’idea di destino nel [Link] antico, 2 vols., Udine 1984;
E. HARLEMAN, Le néoplatonisme et son influence sur la doctrine chrétienne,
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gonism or a profound common ground?, VigChr 39 (1985) 1-62; J. COMBY-J.
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Filos- trato, Habis 17 (1986) 271-28 l ; S. GERSH, Middle Platonism and
Neoplato- nism: The Latin Tradition, Notre Dame 1986; G. ALFÓLDI, Historia
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conversion à la philosophie chen Diogéne Laerce, Augustinus 32 (1987) 79-97;
J. Rrns, I pri- mi secoli del [Link], Milano-Bologna 1999; A. D. LEE,
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GEHIN, Les adaptations du manuel d’Epictéte, BBGG 54 (2000) 67-87; S.
MONTERO, Trajano y la adivinación. Prodigios, oráeulos y apocalíptica en
el Impe rio
' LOs PADREs PRrNICENOS ‹sicrOS I—III)
Romano (98- Il 7 d. C.), Gerión. Anejos IV, Madrid 2000; A. DAGUET-GAGI‹Y,
Septime Sévère, un empereur perséCuteur des chrétiens? REAug 47 (2001) 3-
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Secon- de Giornate Patristiche torinesi (1994-1996), Roma 2001, pp. 89-
100; PH. BOBICHON, Autorités reli gieuses juives et «sectes» juives dans l’oeu
vre de Justin Martyr, REAug 48 (2002) 3-22; I. RAMELLI, «Protector
Christianorum» (Tert. Apol. V, 4): Il ’miracolo della pioggia e la lettera di
Marco Aurelio al Senato, Aevum 76 (2002) 101- Il 2; A. VICIANo,
Cristianización del imperio romano, Murcia, 2003; F. PRINZ, Die Kirche und
die pagane Kulturtradition. Formen der Abwehr, Adaption und
Anverwandlung, HZ 276 (2003) 281-303;
M. SOTOMAYOR-J. FERNÀNDEZ UBINA (eds.), Historia del cristianismo, I, El
mundo antiguo, Madrid 2003.
61
CAPÍTULO II
LOS PADRES APOSTÓLICOS
Bajo el nombre de «Padres Apostólicos» podemos designar a un
conjunto de autores de escritos muy variados, que tienen en común no
estar integrados en el canon neotestamentario y pertenecer a la
genera- ción subapostólica, que podemos situar aproximadamente
entre los años 90 y 160 de nuestra era. La denominación «Padres
Apostólicos» no era conocida en la antigüedad cristiana y comenzó a
utilizarse a par- tir del siglo XVII para designar a los escritores
eclesiásticos de los si- glos I y II de la era cristiana.
Una primera característica de estos escritores es su cercanía a los
Apóstoles. Su inmediatez con la predicación apostólica les da una
gran similitud en cuanto a los modos de expresión empleados en el
Nuevo Testamento, especialmente por lo que se refiere a las
Epístolas.
Otra nota común a todos estos autores es el empleo del griego
como lengua de comunicación. No hay que olvidar que el griego de la
koiné se había extendido por la costa mediterránea durante toda la
épo- ca helenística y que los primeros cristianos se sirvieron
ampliamente de este vehículo idiomático para difundir el Evangelio
en el seno de la oikumene.
Se trata de obras de gran sencillez estilística, pero a la vez con
una enorme dosis de convicción, porque nos muestran un cristianismo
en plena efervescencia difusiva, que trata de marcar distancias con el
ju- daísmo y de salir al paso de las primeras herejías, que comienzan a
aflorar en algunos lugares.
Una última característica sería su acentuado carácter pastoral y
ca- tequético, propio de quienes se enfrentan a la tarea de iniciar la
forma- ción cristiana.
Nos ocuparemos, pues, de la Didaché, de la Carta a los Corintio.s
Prime ra expansión del cristianismo (siglo I). Viajes de San Pablo. de Clemente Romano, de las Cartas de Ignacio de Antioquía, de la
PATROLOGÍA LOS PADRES APOSTÓLICOS
t’url‹i ño Policarpo y su Martyrium, de la Carta de Bernabé y, final- «El camino de la vida es éste: En primer lugar, amarás a Dios, que te
mente, del Pastor de Hermas. ha creado: en segundo lugar, a tu prójimo como a ti mismo, y todo cuan-
to no desees que se haga contigo, tú tampoco se lo hagas a otro. La
EJiciones y traducciones: D. RUíZ BUENO, Padres Apostólicos, BAC 65, ense- ñanza de estas palabras es la siguiente: Bendecid a los que os
Madrid, 1950, reimpresión 1993; K. LAKE, The Apostolic Fathers I-R, Lon- maldicen, rogad por vuestros enemigos y ayunad por los que os
don 1959; K. BIHLMEYER-W. ScHNEEMELCHER, Die Apostolischen Váter. Neu- persiguen. Pues
bearbeitung der Funckschen A usgabe, Tübingen "1970; J. A. FISCHER, Die ¿qué generosidad tenéis si amáis a los que os aman? ¿Acaso no
[Link] Váter, $UC 2, München ’1976; K. WENGST, Die Apostolise’hen hacen esto también los paganos? Vosotros amad a los que os odian y
Váter I-II, Darmstadt 1984; J. J. AYÁN CALVO, Ignacio de Antioquía. Policar- no ten- dréis enemigo [...] no matarás, no adulterarás, no corromperás a
po de Esmirna. Carta de la Iglesia de Esmirna, FuP 1, Madrid 1991; ID., Di- los jóve- nes, no fornicarás, no robarás, no practicarás la magia ni la
daché. Doctrina Apostolorum. Epístola del Pseudobernabé, FuP 3, Madrid hechicería, no matarás al niño mediante aborto, ni le darás muerte una
1 992; ID., Padres Apostólic’os, BPa 50, Madrid 2000; J. VIVES Y OTROS, Pares vez que ha naci- do, no desearás los bienes del prójimo» {Did., I, 2-3,
Apostólics, CC 81, Barcelona 2000. II, 1).
Un segundo apartado estaría constituido por indicaciones de carác-
I. LA DIDACHÉ ter litúrgico sobre la iniciación cristiana. Se dan normas acerca de la co-
lación del bautismo por inmersión y por infusión. Muy en relación con
La Didaché es un escrito de autor desconocido, que recibe este el bautismo trata también del ayuno, tanto del ayuno prebautismal, de
nombre por la primera palabra inicial, aunque el título más completo, un día o dos, que ha de realizar el catecúmeno, como del ayuno sema-
nal, que tenía lugar los miércoles y los viernes, a f1n de evitar la coinci-
que aparece en el índice de esta obra, sea Didaché ton dódeka
dencia con los días de ayuno de los judíos (8, 1). Un criterio similar
Aposto- fón (Doctrina de los Doce Apóstoles). En 1883 lo publica el
de diferenciación lo hallamos respecto a la oración del padrenuestro
metropoli- ta Bryennios de Nicomedia.
tres veces al día (8, 2-4), «no como los hipócritas», que recitaban el
Los modernos estudiosos de este escrito han puesto de relieve que Shemo- néh-esréh. Sin embargo, el esquema literario de la oración
nos encontramos ante una compilación de fuentes de carácter anónimo, cristiana si- gue las pautas de la berákáh, la bendición judía, que se
que derivan de la tradición viva de algunas comunidades cristianas si- desenvolvía en ese movimiento de invocación divina —recuerdo de las
tuadas en territorio sirio. Algunos advierten la presencia de dos recopi- bendiciones di- vinas— y una doxología.
ladores. Jefford distingue tres redactores y Niederwimmer establece Dentro de la iniciación cristiana destaca el papel dedicado a la ple-
una distinción entre una tradición predidaquista y otra didaquista. garia eucarística. Resultan significativos los modelos de plegaria que
La fecha de composición no es fácil de determinar, dada la natura- se reproducen (9, 1 -3), y que tienen innegables reminiscencias del An-
leza de su heterogénea redacción. Cabría señalar un término ante guam, tiguo Testamento y de la tradición cristiana de Marcos (Mc 12):
situado a flnes del siglo I. Otros autores sostienen que la redacción final
sería del siglo II. En nuestra opinión habría que inclinarse más bien en «En cuanto a la eucaristía, dad gracias así. En primer lugar, sobre el cáliz:
favor del siglo I, entre otras razones, por la gran cantidad de arcaísmos Te damos gracias, Padre nuestro,
por la santa vid de David, tu siervo,
que presenta.
que nos diste a conocer por Jesüs, tu siervo.
El contenido podríamos distribuirlo en varios apartados. En primer A ti la gloria por los siglos.
lugar desarrolla la «enseñanza sobre los dos caminos» (cc. 1-6), que co- Luego, sobre el pedazo [de pan]:
necta con precedentes judíos, como la Regla de Qumrán y el Testamen- Te damos gracias, Padre nuestro,
to de los XII Patriarcas, y con otros ámbitos del cristianismo primitivo, Por la vida y el conocimiento
como atestigua la Carta de Bernabé. Esta catequesis de los «dos cami- que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo.
A ti la gloria por los siglos.
nos», de matriz original judía, aparece cristianizada en esta obra. La Así como este trozo estaba disperso por los montes
descripción del «camino de la vida» tiene indicaciones precisas, tanto y reunido se ha hecho uno,
en sentido positivo, como negativo: así también reúne a tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino.
Porque tuya es la gloria y el poder por los siglos
por medio de Jesucristo» (Did., IX, 1-4).
65
PATROLOGÏA
66
La oración final también parece inspirada en la berákhâ al termi-
nar la comida (10, 1-2). Las aclamaciones últimas, especialmente la del
Maranatha, nos sitúan en un contexto de elevado talante
escatológico. Para algún autor estas oraciones serían simplemente
bendiciones para después del «ágape», pero la mayoría de los
estudiosos las consideran integradas en la plegaria eucarística.
También convendría subrayar las oraciones de Did., 9-10 en las que
se pone de relieve la unidad y la uni- versalidad de la Iglesia,
vinculadas a la celebración de la eucaristía.
Un tercer apartado está compuesto por la regulación que se hace
de los ministerios apostólicos. Se establece una normativa de compor-
tamiento de las comunidades cristianas con los apóstoles, maestros (di-
daskaloi) y los profetas itinerantes (ll-13.14-15). Se dan también unos
criterios para reconocer a los verdaderos apóstoles y profetas:
«En cuanto a los apóstoles y profetas obrad así, segün la enseñanza
del Evangelio. Todo apóstol que vaya a vosotros sea recibido como el
Seíîor. No permanecerá más que un día, pero si tuviese necesidad,
puede quedarse otro día. Si permanece tres, es un falso profeta. El
apóstol, a su partida, no recibirá nada más que pan hasta que se hospede
(de nuevo). Si pide dinero es un falso profeta» [Did., XI, 3-6).
Al lado de estos ministros de tipo carismático e itinerante, se
reco- noce también la existencia de una jerarquía local compuesta por
«epís- copos» y «diáconos» (15, 1). Estos datos son significativos a la
hora de reflejar un momento bastante primitivo de organización
eclesiástica en la que se aprecia, como sucedía en la comunidades
paulinas, una fuerte presencia neumatológica.
Finaliza con un epílogo escatológico (16). Se trata de una
exhorta- ción a la vigilancia de sabor apocalíptico, que debe tener
lugar en el seno de la Iglesia reunida en asamblea (16, 2), lo que nos
hace pensar en la celebración eucarística. Los signos apocalípticos
que se recogen reflejan un clima de preparación para la «parusía» del
Señor.
Ediciones y traducciones: A. VON HARNACK, Die Lehre der z.wölf Apos-
ref, TU 2/1-2, Leipzig 1886 = Berlin 1991; H. LIETZMANN, Die Didache mit
kritischen Apparat, Berlin 1962; SC 248; BAC 65; CC 81; FuP 3.
Estudios: J. P. AUDET, La Didachè. Instructions des A f›ôtres, EtB, Paris
1958; L. CERFAUX, La multiplication des pains dans la liturgie de la DidäChe
(Did IX, 4), Bib. 40 (1959) 943-958; B. C. BUTLER, The Literary Relation,s af
Didache, Ch. XVI, JThS 11 (1960) 265-283; ID., The «Two Ways» in the Di-
dache, JThS 12 (196 I ) 27-35; S. GIET, L’énigme de la Didaché, Paris 1970;
R. TREVIJANO, DisCurso escatológico y relate apocalíptico en Didakhe lô,
LOS PADRES APØSTÓLICOS
Burgense 17 (1976) 365-394; L. ALFONSI, Proprietà, lavoro e famiglia ri‹•lla
Didaché, Aug. 17 (1977) 101-106; C. N. JEFFORD, The Sayings of Jesu.s in
f/i‹• Teaching of the Twelve Apostles, SpVigChr 11, Leiden 1989; U. NEYMEY
R, Die [Link] Lehrer im zweitens Jahrhundert. Ihre Lehrtäti gkeit, ihr
[Link]ändnis und ihre Geschichte, SpVigChr 4, Leiden 1989; K.
NIEDER- WIMMER, Die Didachè, KAV 1, Göttingen 1989; R. TREVIJANo,
Profetas am- bulantes, DTVR, Madrid 1989, 1425-1443; F. E. Voxrs, Life
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209-233; S. AsCOUGH, An anal yis of the baptismal ritual in the «Didache», StLi
24 (1994) 201-213; W. RORDORF, Die Mahlgebete in Didache Kap. 9-10. Ein
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FERNĂNDEZ, Algunas consideraciones sobre los testimonios «eucarísticos»
de la «Didaché», Au- riensia 3 (2000) 39-60; T. LÖFSTEDT, A Message for
the Last Days.’ Didache lô:1-8 and the New Testament Traditions, EstB 60
(2002) 351-380.
II. S. CLEMENTE ROMANO
Acerca de la vida de Clemente tenemos escasas noticias.
Sabemos que fue el tercer sucesor de S. Pedro (92-101) en la sede
romana, des- pués de Lino y Anacleto, según nos testimonia S.
Ireneo. Podría ser un converso del judaísmo helenístico. Tertuliano
afirma que fue ordenado por el propio S. Pedro.
Escribió una Carta a los Corintios, aunque se le han atribuido
otros escritos. Así por ejemplo, la llamada Secunda Clementis no es
suya, sino que se trata de una homilía anónima del año 150. Lo
mismo cabe decir de la Carta a las vírgenes y de las llamadas
Pseudoclemen- tinas y Recognitiones.
Pero volvamos a la Epistola ad Corintliios. Esta carta es tenida por
auténtica, segïîn constata Eusebio de Cesarea (HE, III, 16; IV, 22, 1)
por los testimonios de Hegesipo, Dionisio de Corinto e Ireneo. Tam-
bién Clemente de Alejandría la menciona en varias ocasiones.
La datación, según la opinión más generalizada, hay que situarla,
de acuerdo con los datos suministrados por Hegesipo, entre los años
94 y 97. No resultan convincentes los argumentos en favor de
adelantar la fecha de su composición al año 70, ni tampoco los de
quienes la retra- san entre los años 118 y 125. La ocasión que motiva
esta carta de la Iglesia de Roma a la de Corinto es una discordia
surgida en el seno de la comunidad cristiana de Corinto, durante el
reinado del emperador Domiciano. En el calor de esa confrontación
algunos jóvenes habían depuesto a los legítimos presbíteros de esa
Iglesia. No sabemos con se- guridad si la intervención de la Iglesia de
Roma fue espontánea, al te- ner conocimiento del hecho, o
simplemente fue solicitada por los prO-
PATROLOGÍA 68
pios corintios; pero sea lo que fuere, lo que resulta indudable es la ac-
tuación autoritativa del Obispo de Roma para zanjar una cuestión de
índole disciplinar.
La carta de Clemente es bastante extensa, puesto que comprende
un total de 65 capítulos. Después de un breve prólogo se puede consi-
derar dividida en dos partes. La primera (cc. 4-38) es una exhortación
a practicar unas virtudes propias para mantener la paz y la concordia
entre los miembros de la comunidad, como son la penitencia, la hospi-
talidad y la humildad, pero señalando la centralidad de Cristo:
«Éste es el camino, amados, en el que hemos encontrado nuestra sal-
vación, Jesucristo, el sumo sacerdote de nuestras ofrendas, el defensor y
ayudador de nuestra debilidad. Por Él fijamos nuestra mirada en las altu-
ras de los cielos; por Él miramos como en un espejo el aspecto
inmacula- do y poderosísimo [de Dios]; por Él se han abierto los ojos de
nuestro co- razón; por El nuestro pensamiento necio y obscurecido
florece a la luz; por Él quiso el Señor que gustásemos del conocimiento
inmortal, pues Él, siendo resplandor de su grandeza, es tanto mayor que
los ángeles cuanto ha heredado un nombre más excelente. Pues así está
escrito: 6í hace n sus mensajeros vientos y a sus ministros llamas de
fuego. Y el Señor dijo así acerca de su Hijo: Hijo mío eres tú; hoy te he
engendrado. Pídeme y te daré por herencia las naciones y yor posesión
los confines de la tierra. Y de nuevo le dice: Siéntate a mi derecha hasta
que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Por tanto, ¿quiénes son
los enemigos? Los malva- dos y los que se resisten a su voluntad. Así
pues, hermanos, marchemos como soldados con toda constancia en sus
inmaculados mandatos. Refle- xionemos sobre los que militan bajo nuestros
jefes: ¡qué disciplinada, qué dócil, qué obedientemente cumplen las
órdenes! Todos no son prefectos, ni tribunos, ni centuriones, ni
comandantes al mando de cincuenta hom- bres y así sucesivamente, sino
que cada uno en su prapio orden cumple lo ordenado por el rey y los jefes»
{Ad Cor., XXXVI, l -XXXVH, 3).
Esta primera parte tiene abundantes elementos veterotestamenta-
rios, basándose en los cuales el autor trata de demostrar los efectos
ne- gativos del odio y de la envidia en la historia de la humanidad. La
se- gunda parte (cc. 39-61) se centra más concretamente en la disputa
de Corinto y es una invitación a los cristianos de esa comunidad a que
se sometan y obedezcan a sus legítimos pastores, nombrados por los
Apóstoles o sus sucesores. Presenta algunos ejemplos tomados del An-
tiguo Testamento y de la organización y disciplina del ejército romano.
Una magnífica oración de corte litúrgico aparece el final de esta parte.
La carta termina con una conclusión (cc. 62-65) en la que se expresa
el ferviente deseo de que los portadores de la misiva regresen pronto a
Roma con la grata noticia del restablecimiento de la paz y la concordia.
LOS PADRES ejem-
APOSTÓLICOS
(›*)
El interés histórico de esta carta es relevante por los datos que
n‹is suministra sobre temas tan interesantes como la estancia de S. Pedro
en Roma, el viaje de S. Pablo a Hispania, los martirios de S. Pedro y
S. Pablo bajo la persecución de Nerón, o la persecución de
Domiciano.
Desde el punto de vista doctrinal este antiguo escrito tiene un
gran valor eclesiológico, dentro de un ámbito judeo-cristiano. La
Iglesia se entiende como estructura organizada, pero también como
Cuerpo de Cristo (38, 1). Clemente ve a la Iglesia en continuidad con
Israel, es más, es el verdadero Israel (29, 1-30, 1). Se explicitan
algunas notas de la Iglesia: unidad (34, 7; 46, 6), catolicidad, puesta
de relieve por S. Pablo (5, 6), y apostolicidad, porque la jerarquía de
la Iglesia está fun- dada en la autoridad inmediata de los Apóstoles:
«Los Apóstoles nos anunciaron el Evangelio de parte del Señor
Je- sucristo; Jesucristo fue enviado de parte de Dios. Así pues, Cristo de
par- te de Dios, y los Apóstoles de parte de Cristo. Los dos envíos
sucedieron ordenadamente conforme a la voluntad de Dios. Por tanto,
después de re- cibir el mandato, plenamente convencidos por la
resurrección de nuestro Seíior Jesucristo y confiados en la Palabra de
Dios, con la certeza del Es- píritu Santo partieron para evangelizar que
el Reino de Dios iba a llegar. Consiguientemente, predicando por
comarcas y ciudades establecían sus primicias, después de haberlos
probado por el Espíritu para obispos y diáconos de los que iban a creer.
Pero esto no era nuevo, pues acerca de los obispos y diáconos se
escribió hace mucho tiempo. Pues en algún lu- gar la Escritura dice así.
Estableceré a sus obispos en justicia y a sus diá- conos en fe» (Ad Cor.,
XLH, 1-5).
La Carta tiene también suma importancia en cuanto a la afirma-
ción del primado de la Iglesia de Roma. Aunque este documento no ha-
ble expresamente de primado, su mera existencia es ya un argumento a
su favor, por el ejercicio de autoridad que supone la intervención del
Obispo de Roma en la resolución de un conflicto surgido en otra
Igle- sia. Añádase, además, el tono autoritativo de las palabras de
Clemente:
«Si algunos desobedecieran a las amonestaciones que por nuestro
me- dio El mismo os ha dirigido, sepan que se harán reos de no
pequeño pecado y se exponen a un grave peligro» (59, 1-2).
Conviene añadir que en la obra clementina se distingue
claramen- te entre los ministerios propios del clero y los del laicado.
Entre los mi- nisterios se menciona a los «epíscopos», «presbíteros» y
«diáconos» (42, 2; 44, 5; 57, 1).
La Epístola tiene también un interés litúrgico no despreciable es-
pecialmente por la solemne plegaria oficial que se inserta al final. El
carácter litúnico de esta oración representa uno de los más bellos
PATROLOGÍA 70
¡ríos eucológicos de la primigenia liturgia romana, muy próxima toda-
vía a las oraciones judías de bendición, especialmente la Tefillah de las
dieciocho bendiciones. Es significativa la petición que se hace en una
de esas plegarias a favor de las autoridades, que en esos momentos ata-
caban al incipiente cristianismo en Roma:
«Da concordia y paz a nosotros /
y a todos lo que habitan la tierra,
como se la diste a nuestros padres /
cuando te invocaban santamente en fe y en verdad.
Que seamos obedientes /
a tu omnipotente y santo Nombre /
y a nuestros príncipes y jefes de la tierra.
Tú, Señor, les diste el poder del reino/
por tu magnífica e indescriptible fuerza,
A fin de que, conociendo la gloria y el honor /
que les has dado,
les obedezcamos sin oponernos a tu voluntad.
Dales, Señor, salud, paz, concordia, firmeza /
para que atiendan sin falta al gobierno /
que les has dado.
Pues, Tú, Señor, rey celeste de los siglos, /
das a los hijos de los hombres gloria y
poder Sobre las cosas que existen en la
tierra.
Tú, Señor, endereza su voluntad /
hacia lo bueno y agradable en tu presencia,
Para que, atendiendo piadosamente, /
con paz y mansedumbre,
el poder que les has dado, /
alcancen de Ti misericordia.
Tú eres el único capaz de hacer estas cosas /
incluso bienes muy superiores entre
nosotros; a Ti te confesamos por medio de
Jesucristo, /
el Sumo Sacerdote y protector de nuestras almas,
por medio del cual a Ti la gloria y la magnificencia /
ahora y de generación en generación,
por los siglos de los siglos. Amén» (Ad Cor, LX, 4-LXI, 3).
Ediciones y traducciones: C. TH. SCHAEFER, S. Clementis Romani Epis-
tula ad Corinthios quae vocatur prima graece et latine, Bonn 1941; SC 167;
FuP 4; FC 15.
Estudios: J. LEBRETON, Trinité chen saint Clément de Rome, Gr. 6
(1925) 369-404; B. ALTANER, Der 1. Elemensbrie f und der römische Primat,
ThRev 35 (1936) 111-114; CH. EGGENBERGER, Die Quellen der politischen
Ethik des 1. Klemensbrief, Zürich 1951; A. M. JAVIERRE, sucesiön apostöli-
LOS PADRES APOSTÓLICOS
ca y la I Clementis, RET 13 (1953) 483-519; S. GIET, Le témoigna ge de Cle’-
ment de Rome. La cause des persécutions romaines, RevSR 29 (1955) 333-
345; P. STOCKMEIER, Der Begriff «paideia» bei Klemens von Rom, StPatr 7
(1966) 401-408; B. MAGGIONi, concezione della Chiesa in S. Clemente Ro-
mano, StPat 13 (1966) 3-27; R. MENEGHELLI, Fede cristiana e potere
politico in Clemente Romano, Bologna 1970; D. A. HAGNER, The use of the
Old and New Testament tit Clement of Rome, NT.S 34, Leiden 1973; P. G.
ALVES DE SoUsA, A conversâo em Clemente de Roma. Metanoia uma
palavra Chave, Aug. 27 (1987) 33-44; B. BOWE, A Church in Crisis:
ECclesiolog y and Parae- nesis in Clement of Rom, Philadelphia 1988; T. J.
HERRON, The Most Probable Date of the First Epistle of Clement to the
Corinthians, StPatr 21 (1989) 106- 121; S. FERNANDEZ ARDANAZ,
«Elementos hebreos en la antropologia de la lla- mada Prima Clementis», en E.
ROMERO POsE (ed.), Pléroma. Salus carnis. Ho- menaje a A. Orbe, S. J.,
Santiago de Compostela 1990, pp. 95-131; PH. HENNE, La christologie ches
Clément de Rome et dans le Pasteur d’Hermas, Par. 33, Freiburg 1992; J. P.
MARTÍN, «Prima Clementis».’ ¿Estoicismo o filonismo? Salm. 41 (1994) 5-
35; In., cultura romana y la «Prima Clementis».
Obser- vaciones de contenido y método, Teol. 31 (1994) 55-71; H. O. MAIER,
«1 Cle- mentis». and the rhetoric of «hybris», StPatr 31 (1997) 136-142; H. E.
LONA, La carta de Clemente Romano a los corintios. El estado de la
cuestión, Pro- yecto 11 (1999) 5-48; PH. LUISIER (ed.), Studi su Clemente
Romano. Atti degli Incontri di Roma, 20 mano e 22 novembre 2001, OCA
268, Roma 2003.
III. S. IGNACIO DE ANTIOQUÍA
Segundo obispo de la sede de Antioquía de Siria en tiempos
de Trajano (98-117), según nos narra Eusebio de Cesarea (HE, III,
36). Fue llevado de Siria a Roma para ser martirizado en esta última
ciudad en el año décimo de Trajano (c. 108). Durante el viaje por
Asia Menor a Roma escribió una serie de cartas a las iglesias de las
ciudades por donde pasaba. En Esmirna (Izmir) dirigió cuatro cartas
a las comunida- des de Efeso, Magnesia, Trales y Roma. Desde Troas
envió tres cartas a las iglesias de Filadelfia y Esmirna y a Policarpo,
obispo de esta últi- ma ciudad.
La tradición manuscrita de la colección de cartas de Ignacio ha teni-
do una evolución un tanto complicada, que ha dado origen a una serie de
problemas en tomo a su autenticidad. La primera colección que se publi-
có (1495) fue una recensión latina de cuatro cartas con un texto ficticio.
La llamada recensión media o eusebiana consta de siete cartas y es la
que se considera auténtica. Existe también una recensión larga, que aña-
de cinco cartas más a la anterior, y fue publicada en latín en 1498 y pos-
teriormente en griego (1557 y 1589). La autenticidad de las siete
cartas atestiguadas por Eusebio y que constituyen la recensión media
quedó pa-
PATROLt GIA
72
c-í[Link] indiscusa después de los trabajos de Zahn, Hamack, Funk y
[Link], entre otros. Modernamente, en 1977, Rius-Camps afirmaba
ti me sólo la carta Ad Romanos había llegado hasta nosotros correctamen-
te y que eran auténticas las dirigidas Ad Trallianos, Ad Magnesios y Ad
E¡›hesios, aunque fueron reelaboradas por un falsario del siglo IH, cuya
preocupación principal era apuntalar definitivamente la organización de
la Iglesia en obispos, presbíteros y diáconos. En consecuencia, según el
patrólogo catalán, se impone una reestructuración de estas cartas, quitán-
doles las interpolaciones de este falsificador. Joly consideró todas las
cartas ignacianas como obra de un falsario, incluso llega a decir que
Ig- nacio nunca existió. Los argumentos esgrimidos por ambos autores,
aun- que diversos, no se puede decir que hayan conseguido la aceptación
de la comunidad científica. Así las cosas, nos inclinamos por la autoría
igna- ciana de las cartas de la recensión media o eusebiana.
El contenido del epistolario de Ignacio nos muestra algunos
temas que suscitan una especial atención al autor de estas cartas. En
primer lugar hay que señalar al docetismo (de dokein -- parecer), un error
grie- go de carácter sincrético y dualista, que negaba la verdad de la
encar- nación del Logos divino, desde la perspectiva de un falso
espiritualis- mo. La solicitud pastoral de Ignacio le lleva a enfrentarse
con este error que ataca la verdad central de la cristología. Frente a
los docetas argumenta, con gran claridad, afirmando la realidad
constatable de los padecimientos sufridos por Cristo en su pasión y
muerte:
«Padeció [Cristo] todo eso por nosotros, para salvarnos. Padeció
verdaderamente, así como también se resucitó verdaderamente. No como
algunos incrédulos dicen que padeció en apariencia. ¡Ellos sí son apa-
riencia! Y como tal piensan, les sucederá que serán incorpóreos y fantas-
males. Pues yo sé y creo que, después de su resurrección, Él existe en la
carne [...] Pues si todas estas cosas fueron hechas en apariencia. ¿Por
qué me he entregado totalmente a la muerte, al fuego, a la espada, a las
fie- ras? Sin embargo, el que está cerca de la espada, está cerca de Dios;
el que está en medio de las fieras, está en medio de Dios, con tal que sea
en el nombre de Jesucristo. Todo lo soporto para sufrir con Él, pues
habién- dose hecho el hombre perfecto me fortalece» (Smyr, II-IV, 2).
De ahí también, las expresiones realistas que emplea para significar
la asunción real de la naturaleza humana por el Verbo: «Dios hecho car-
ne, vida verdadera en la muerte, [nacido] de María y de Dios» (Eph.,
VII, 2). En otros lugares insiste en la realidad de la encarnación (Trall.,
IX, 1-2) y, a modo de corolario de esta misma verdad, hablará de la pre-
sencia real de Cristo en la eucaristía, subrayando que los docetas «se
apartan de la eucaristía y de la oración, pues no confiesan que la
euca-
LOS PADRES purificados de todo extraído
APOSTÓLICOS
7.3
ristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo que padeció por
nues- tros pecados, a la cual resucitó el Padre por su bondad» (Smyr.,
VII, 2). Este sacramento lo entenderá también como «fármaco de
inmortalidad y antídoto para no morir íphármakon athanasías, antídotos
tou me apo- thánein) (Eph., XX, 2).
Otra temática emergente del epistolario ignaciano es su doctrina
sobre la unidad. La unidad de Cristo está firmemente sostenida por
nuestro autor al enfrentarse también con el docetismo. Con la misma
rotundidad que afirmaba la humanidad de Cristo se pronunciaba en
re- lación con su divinidad: «Porque nuestro Dios, Jesús el Cristo, ha
sido llevado por el vientre de María, conforme a la dispensación de
Dios» (Eph., XVIII, 2). Esta unión íntima entre Cristo y Dios se da
también participada entre el cristiano y Cristo. Pero esta unión tiene
igualmente un ámbito de representatividad en la Iglesia. La
comunidad cristiana está centrada en la figura del «episcopós» que
representa a Dios (Magn., VI, 1). Esa unidad se percibe
externamente en la estructura je- rárquica sin la cual no hay Iglesia
(Trall., III, 1). Y la jerarquía eclesial nos la muestra compuesta por
obispos, presbíteros y diáconos (ibíd.) Toda la comunidad debe
obedecer al obispo, al presbiterio y a los diá- conos (Eph., II, 2; IV, 1;
V, 3; Magn., XIII, 2), pero el centro de la uni- dad es el obispo, o dicho
con palabras del propio Ignacio: «Nada de lo que atañe a la Iglesia se
haga sin el obispo» (Smyr., VIII, 1). Como se puede observar, es la
primera vez que se formula el principio del nihil sine episcopo. En
esa misma carta nuestro autor emplea también como primicia la
expresión katholiké ekklesía, que tanta fortuna alcanzará en años
sucesivos. Una especial significación tiene para él la Iglesia de Roma
por ser «la que preside en la caridad» prokathekoméne tes agá- pes)
(Rom., pr.), expresión que encierra reminiscencias joánicas de la
colación del primado a Pedro, y que, sin duda, está connotando el
reco- nocimiento del primado a la Iglesia de Roma. Recordemos la
totalidad del prólogo donde se inserta esta famosa expresión
ignaciana:
«Ignacio, llamado también Teóforo, a la Iglesia que ha alcanzado
misericordia en la magnificencia del Padre Altísimo y de Jesucristo, su
único Hijo, [a la Iglesia] amada e iluminada en la voluntad del que
ha querido todo lo que existe conforme al amor de Jesucristo, nuestro
Dios; [Iglesia] que preside en la región de los romanos [y es] digna de
Dios, digna de honor, digna de bienaventuranza, digna de alabanza,
digna de éxito, digna de pureza; la que preside en la caridad, depositaria
de la ley de Cristo y adornada con el nombre del Padre: a ella la saludo
en el nom- bre de Jesucristo, Hijo del Padre. A los que están unidos en
carne y en es- píritu con todo mandamiento suyo, a los que están
inquebrantablemente llenos de la gracia de Dios y a los que están
PATROLOGÍA
LOS PADRES APOSTÓLICOS
tinte les deseo una abundante alegría sin mancha, en Jesucristo nuestro Ignacio concede una gran estima a la virginidad y así en la ciiriii ii
Dios» (Rom., pr.).
los cristianos de Esmirna saluda a «las vírgenes llamadas viudiis»
(Smyr., XIH, 1). También nos ofrece la motivación cristiana de vivir la
Su teología espiritual tiene rasgos muy peculiares a la hora de de- virginidad, a la vez que señala el peligro de soberbia que podría pre-
terminar las características que comporta el seguimiento y la imitación sentarse: «... si alguno es capaz de permanecer en castidad para htinra
de Cristo. Su testimonio va a ser emblemático para lo que se ha venido de la carne de Cristo, permanezca, pero sin engreírse» (Poly., V, 2).
en llamar «espiritualidad martirial». Para Ignacio el martirio será el
mejor modo de llegar a ser un verdadero discípulo del Señor, por cuan- Llama la atención el influjo paulino que se aprecia en la teología
to supone conformarse a su pasión y muerte: espiritual de nuestro autor, sobre todo en su dimensión cristológica,
pues la perfección se alcanza, como afirma S. Pablo, en Christó Ihesú
(1 Cor 1, 1), y reitera Ignacio en múltiples ocasiones. Sírvanos como
«Perdonadme. Yo sé lo que me conviene. Ahora comienzo a ser dis-
cípulo. Que nada visible ni invisible me envidie para que alcance a simple botón de muestra, su afirmación: «Pues si ahora estoy encade-
Jesu- cristo. Fuego, cruz, manadas de fieras, laceraciones, separación y nado a causa del Nombre, todavía no he alcanzado la perfección en
disper- sión de huesos, mutilación de miembros, trituramiento de todo el Cristo Jesús» (Eph., III, 1).
cuerpo, perversos tormentos del diablo vengan sobre mí con la sola
condición de que alcance a Jesucristo. De nada me servirán los confines Ediciones y traducciones: CPG 1, 1025-1036; SC 10; PG 5; BAC 65;
de este mun- do ni los reinos de este siglo. Para mí es mejor morir para FuP l; CC 81; BM 327-328; BPa 50.
Jesucristo que reinar sobre los confines de la tierra. Busco a Aquel que Estudios: V. CORWIN, St. Ignatius and Christianity in AntiOCh, New Ha-
murió por nos- otros. Quiero a Aquel que resucitó por nosotros. Mi ven 1960; L. W. BARNARD, The Back ground of St. Ignatius ofAntioch, VigChr
parto es inminente. Perdonadme hermanos. No impidáis que viva [...] 17 (1963) 193-206; M. P. BROWN, The Authentic Writings of Ignatius. A stud y
Dejadme alcanzar la luz pura. Cuando esto suceda seré hombre. o/ linguistic crfferia, Durham, N. C., 1963; L. F. PIZZOLATO, La visione della
Permitidme ser un imitador de la pasión de mi Dios. Que si alguno lleva chiesa in Ignacio d’Antiochia, RSLR 3 (1967) 371-385; R. WEIJENBORG, Les
a Dios en sí, entienda qué es lo que quiero, y se compadezca de mí al lettres d’Ignace d’Antioche. Étude de critique littéraire et de théologie, Lei-
saber lo que me angustia» (Rom., V, 2-VI, 1-3). den 1969; S. ZAÑARTU, El concepto de ZOH en S. Ignacio de Antioquía, Ma-
drid 1977; J. RIUS CAMPs, Las cartas auténticas de Ignacio el obispo de Siria,
RCatT 2 (1977) 31-149; ID., La interpolación de las cartas de Ignacio. Con-
El ideal del seguimiento y la imitación de Cristo tiene en Ignacio tenido, alcance, simbología y su relación con la Didascalia, RCatT 2 (1977)
un marcado carácter místico. Es consciente de la inhabitación de Dios 285-371 ; H. J. VOGT, Ignatius von Antiochien über den Bischof und seine Ge-
en el alma del cristiano (Eph., XV, 3) y el mismo se autodenomina meinde, ThQ 158 (1978) 15-27; P. MEINHOLD, Studien zu Ignatius von Antio-
Theoforós, «portador de Dios» (Rom., pr.). Podríamos decir que su iti- chien, Wiesbaden 1979; R. JOLY, Le dossier d’Ignace d’Antioche, Bruxelles
nerario espiritual sigue un desarrollo claramente trinitario: seguimien- 1979; J. RiUS-CAMPS, The Four Authentic Letters of I gnatius, the Martyr,
to de Cristo hasta la cruz con el Espíritu Santo que le lleva al Padre: OCA 2, Roma 1980; A. M. RÍOS, El Cristo de S. Ignacio de Antioquía, Ma-
yéutica 6 (1980) 79-85; P. NAUTIN, Ignacio d’Antiochia, DPAC, 2, Casale
«El príncipe de este mundo quiere saquearme y corromper mis sen- Monferrato 1983, 1743-1745; D. RAMOS-LISSÓN, El seguimiento de Cristo
timientos hacia Dios. Así pues, ninguno de los que están con vosotros (En los orígene.s de la espiritualidad de los primeros cristianos), TE 30
le preste ayuda. Sed más bien míos, es decir, de Dios. No habláis de (1986) 3-27; F. BERGAMELLi, Cristo «1’uomo nuevo» e «uomo perfetto» in I8-
Jesu- cristo y deseáis el mundo. No habite la envidia entre vosotros. nazis di Antiochia (Efesini 20, 1; Smirnesi 4, 20), StPatr 26 (1993) 103-112;
M. EDWARDS, Ignatius, Judaism and Judaizing, ErJb 93 (1995) 69-77; J. A.
Aunque cuando yo esté presente, os lo pido, no me hagáis caso.
HARRlLL, Ignatius, Ad Pol ycarp. IV, 3 and the corporate manumission of
Obedeced mejor a esto que os escribo. Pues os escribo vivo, aunque deseo Christian slaves, JEChS l (1993) 197-142; J. RiUs-CAMPS, El protognosticis-
morir. Mi amor está crucificado y en mí no hay fuego que ame la mo de los docetas en las Cartas de Ignacio, el obispo de Siria (IEph-ISm e
materia. Pero un agua viva habla dentro de mí y, en lo íntimo, me dice: ITr), y sus conexiones con los Evangelios contemporáneos, StPatr 31 (1997)
‘Ven al Padre’. No sien- to gusto por el alimento de corrupción ni por los 172-195; A. OLIVAR, Ignasi d’Antioquia mártir? AST 71 (1998) 613-623; Tu.
placeres de esta vida. Quiero el pan de Dios, que es la carne de LECHNER, I gnatius adversos Valentinianos? Chronologische und the‹›lozi‹• -
Jesucristo, el de la descenden- cia de David, y como bebida quiero su geschichtliche Studien zu den Briefen des Ignatius von Antiochien, SpVigChr
sangre que es el amor incorrupti- ble» (Rom., VII, 1-2). 47, Leiden 1999; J. C. RIVADENEIRA COCKBURN, Dimensión litúrgi‹’a ile l‹i e.s’-
74 7.5
PATROLOGÍA 76
|›iritualidad en S. I gnacio de Antioquía se gún la carta a los Efesios, RET 59
( 1 999) 103-121 ; P ORTEGA ULLOA, Ignacio, portador de Dios, Giennium 4
(2001) 47-70; J. RiuS-CAMPS, «La comunidad cristiana del obispo de Siria,
Ignacio, gravemente amenazada por los poderosos círculos docetas», en J. J.
FERNÁNDEZ SANGRADOR-S. GUIJARRo (eds.), Plenitudo Temporis. Miscelánea
Homenaje al Prof. Dr Ramón Tre vi jano Etc’heverría, Salamanca 2002, pp.
269-279; V. APARICIO VALLs, Relación de los ángeles con la pasión de Cristo
según S. Ignacio de Antioquía, Diss. S. Croce, Roma 2002.
IV. S. POLICARPO DE ESMIRNA
Este santo mártir fué consagrado obispo de Esmirna por el Apóstol
S. Juan, según nos informa Tertuliano (Praes. haer., XXXII, 2). Tene-
mos, además, una referencia de Ireneo sobre él, en la que nos
atestigua que fue instruido por los Apóstoles y también que fue
puesto por ellos al frente de la sede de Esmirna (Adv. haer., III, 3, 4).
El mismo Ireneo refiere en su Carta a Florino, recogida por Eusebio,
que conoció per- sonalmente al Apóstol Juan en su infancia, y que le
oyó hablar de sus conversaciones con él:
«Porque, siendo yo niño todavía, te vi en casa de Policarpo en el
Asia inferior, cuando tenías una brillante actuación en el palacio imperial
y te esforzabas por acreditarte ante él. Y es que yo me acuerdo más de los
hechos de entonces que de los recientes (lo que se aprende de niños va
creciendo con el alma y se va haciendo uno con ella), tanto que puedo
in- cluso decir el sitio en el que el bienaventurado Policarpo dialogaba
senta- do, así como sus salidas y entradas, la índole de su vida y el aspecto
de su cuerpo, los discursos que hacía al pueblo, cómo describía sus
relaciones con Juan y con los demas que habían visto al Señor y cómo
recordaba las palabras de unos y de otros; y qué era lo que había
escuchado de ellos acerca del Señor, de sus milagros y de su enseñanza;
y cómo Policarpo, después de haberlo recibido de esos testigos oculares
de la vida del Ver- bo, todo lo relata en consonancia con las Escrituras»
(HE, V, 20, 5-6).
Ya hemos consignado el testimonio de Ignacio de Antioquía en su
carta a Policarpo. También sabemos que antes de su martirio, hacia el
año 155, hizo un viaje a Roma para tratar con el papa Aniceto diversos
asuntos y, entre ellos, el controvertido tema de la fecha de la Pascua.
Policarpo defendía la tradición, que se remontaba al Apóstol S. Juan,
de celebrar esa fiesta el 14 de Nisán, según el calendario hebreo. Mien-
tras que Aniceto sostenía que debía celebrarse el domingo siguiente al
14 de Nisán, siguiendo la tradición de sus antecesores romanos. No lle-
garon a un acuerdo, pero mantuvieron una relación cordial. En cuanto
LOS PADRES
APOSTÓLICOS
77
a la fecha de su martirio, se han barajado distintas hipótesis según las
valoraciones que se hagan del Martyrium Polycarpi y de los datos
su- ministrados por Eusebio de Cesarea. Tradicionalmente se había
consi- derado el 23 de febrero de 155. Grégoire y Orgels se
decantaron por el 23 de febrero de 177. Marrou señaló como fecha
más probable los pri- meros años del reinado de Marco Aurelio,
entre los años 161 y 168 ó 169. Brind’Amour, apoyándose en la
autoridad de Eusebio de Cesa- rea en su Crónic’a, ofrece la data del
23 de febrero de 167. En fin, aun cuando la discusión continúa
abierta, nos parece que la fecha más aceptable gira en torno al año
167.
Ireneo en su Carta a Florino informa que Policarpo escribió varias
cartas a las comunidades cristianas próximas a Esmirna (EUSEBIO, HE,
V, 20, 8). Hay que señalar, sin embargo, que de toda sy producción
li- teraria sólo nos ha llegado la Curta a los Filipenses. Esta se
conserva parcialmente en un texto griego, pero en su totalidad en uno
latino. De- bió de ser escrita poco después de la muerte de Ignacio de
Antioquía, lo más tarde en torno al año 117 ó 118. El escrito
policarpiano ha sus- citado un acalorado debate por la contradicción
que puede existir entre los capítulos 9 y 13 de la carta. La mayor parte
de los tratadistas man- tienen la unidad y la autenticidad de este
escrito. Para estos autores la contradicción entre los capítulos 9 y 13
se debe a la desafortunada tra- ducción latina. Autores como Rius-
Camps sostienen la hipótesis de una interpolación, sobre todo del
capítulo 13, en el que Policarpo acusa re- cibo de las cartas de Ignacio y
de los filipenses. Harrison afirma que el texto actual sería el resultado
de la fusión de dos cartas primitivas. No obstante, todos los
argumentos exhibidos presentan poca solidez, por lo que debemos
concluir que nos encontramos ante un escrito auténti- co y unitario
de Policarpo.
La carta se compone de catorce breves capítulos y se podría
divi- dir en dos partes. La primera (cc. 1-6) tiene carácter parenético
y en ella se da una serie de consejos a los fieles cristianos, a los
diáconos y a los presbíteros para que vivan coherentemente la fe, que
han recibido con la predicación del Apóstol Pablo. El tono del escrito es
claramente parenético:
«Así pues, os exhorto a todos a obedecer la palabra de la justicia y
a vivir toda la paciencia que visteis con vuestros propios ojos no sólo
en los bienaventurados Ignacio, Zósimo y Rufo, sino también en otros
de vosotros mismos, en el mismo Pablo y en los demás Apóstoles.
Estad persuadidos de que todos estos no corrieron en vano, sino en fe y en
jus- ticia, y de que están en el lugar que les es debido junto al Señor,
con el que padecieron. Pues no amaron e,ste mundo, sino a Aquel que
murió por nosotros y fue resucitado por Dios a favor nuestro.
PATROLOGÍA 78
Así pues, permaneced en estos sentimientos y seguid el ejemplo del
$eño , firmes e inconmovibles en la fe, queriendo a los hermanos, ani-
mándoos mutuamente, unidos en la verdad, superándoos los unos a los
otros en la mansedumbre del Señor, sin despreciar a nadie. Cuando po-
dáis hacer el bien no lo difiráis, porque la limosna libra de la muerte. So-
meteos los unos a los otros, teniendo un trato irreprensible entre los
pa- ganos para que por [Link] buenas obras también seáis alabados
y el Señor no sea ultrajado por vuestra culpa» (Si/., IX, -X, 1-2).
La segunda parte (cc. 7-13), aunque tiene también una índole exhorta-
tiva, pone especiales acentos en la denuncia del docetismo, y reco-
mienda contra ese error la fidelidad a la tradición que han recibido.
También encontramos al final de la epístola una oración solemne, que
recuerda la de Clemente Romano, en la que recomienda rezar por las
autoridades civiles. Los cc. 13 y 14 son más bien un anexo para
indicar que envía las cartas de Ignacio de Antioquía.
V. EL MARTYRIt!M POLYCARPI
Este relato martirial recibe también el nombre de Carta de la
Igle- sia de Esmirna a la Iglesia de Filomelio, pues se trata de un escrito
que se enmarca más bien dentro del género epistolar, que del
representado por las «Actas de los mártires». La Carta de la Iglesia
de Esmirna ser- virá de modelo para obras hagiográficas posteriores.
La autenticidad de la carta fue puesta en tela de juicio en el
último tercio del siglo XIX por algunos autores, aunque estas posturas
críticas fueron ampliamente rechazadas por Funk y Lightfoot. A
principios del siglo XX, Schwartz y Müller consideraron que la carta
estaba interpo- lada. H. von Campenhausen mantuvo la tesis de la
inautenticidad del escrito, tal y como ha llegado hasta nosotros,
basándose en la compara- ción del texto con los pasajes de la Historia
Eclesiástica de Eusebio, donde aparece un texto más breve del martirio
de Policarpo. A partir de este dato construye una hipótesis en la que se
aprecian tres estratos de redacción. L. W. Barnard ha demostrado que
esa hipótesis tiene una gran fragilidad. Posterioremente V. Saxer ha
afirmado una clara apues- ta por la autenticidad de la epístola.
En relación con la fecha de composición hay que tener en cuenta
que la carta consta de veintidós capítulos, pero debía concluir en el
ca- pítulo 20, con los saludos del amanuense y de su familia a los
filome- lios. No obstante, se da una prolongación de dos capítulos. El
capítulo 21 ofrece una serie de datos cronológicos sobre el martirio de
Policar- po, y el 22 es considerado por la mayoría de los estudiosos
como obra
LOS PADRES Te bendigo porque me has juzgado digno de este día y de esta honi,
APOSTÓLICOS
de un falsario posterior, que se esconde bajo el nombre del mártir
Pio- nio. Si nos atenemos a los datos suministrados por la misma
carta he- mos de concluir que debió de escribirse poco después de
los aconteci- mientos martiriales, ya que unos testigos presenciales
encargaron a un tal Marción que redactara por escrito esos sucesos
(XVIII, 2; XX, 1).
Del contenido de la epístola es preciso destacar la extraordinaria
personalidad del anciano Policarpo, que se trasluce a lo largo de su
lec- tura. El redactor de la carta da muestras inequívocas de querer
señalar un paralelismo entre el martirio de Policarpo y la Pasión del
Salvador. También llama la atención el empleo del sintagma
katholiké ekklesía (VIII, 1; XVI, 2; XIX, 2), en donde el término
«católica» no sólo apa- rece con la significación de «universal» (XIX,
2), como veíamos en Ig- nacio de Antioquía (Sm yr., VIII, 2), sino que
también se le da la acep- ción de «ortodoxa» (XVI, 2), como opuesta a
cismática o herética. Otro aspecto que despierta interés es el diálogo
del mártir con el pro- cónsul (IX, 2-X,1), tanto por su fuerza
dramática, como por los datos que aporta sobre la acusación procesal
contra los cristianos:
«Al ser conducido a su presencia, el procónsul le preguntó si él
era Policarpo. Y como lo confesó, trató de persuadirlo para que
apostatase, diciendo: ‘Considera tu edad’ y otras cosas semejantes, tal
como acos- tumbran a decir: ‘Jura por el genio del César’, ‘cambia de
parecer’, ‘di: Mueran los ateos’. Pero Policar po, con rostro sereno, miró
hacia toda la muchedumbre de paganos impios que había en el estadio,
levantó la mano hacia ellos, suspiró, dirigió su mirada hacia el cielo y
dijo: ¡Mue- ran los ateos!’. El procónsul insistió diciéndole: ‘Jura y te
libero. Maldi- ce de Cristo’. Pero Policarpo insistió diciéndole:
‘Ochenta y seis años le llevo sirviendo y nada malo me ha hecho.
¿Cómo podría maldecir a mi Rey, que me ha salvado?’. Le insistió de
nuevo diciéndole: ‘Jura por el genio del César’. Le respondió: ‘Si
crees que voy a jurar por el genio del César, como tu dices, y finges
desconocer quien soy, escucha con clari- dad: soy cristiano. Si quieres
aprender la enseñanza del cristianismo, dame un día y escúchame’»
(Mart. Poly., IX, 2-X, 1).
Lo mismo se puede decir de la oración de acción de gracias de
Po- licarpo (XIV), llena de sentido litúrgico y propia de quien está
familia- rizado con la plegaria eucarística:
«Señor, Dios todopoderoso,
Padre de tu amado y bendito siervo Jesucristo,
por el que te hemos conocido,
Dios de los ángeles, de las potencias, de toda la creación
y de todo el pueblo de los justos que viven en tu presencia.
PATROLOGÍA
LOS PADRES APOSTÓLICOS
de tomar parte en el número de los mártires, Policarp von Smyrna und der Brief an Diognet», en E. ROMERO Prasr, (ed.1,
en el cáliz de tu Cristo, Pléroma. Salu.s c’arnis. Homenaje a Antonio Orbe, S. J., Santiago de Coiiipos-
para resurrección de la vida eterna en alma y cuerpo, tela 1990, pp. 179-202; J. Rius-CAE s, «La Carta de Policarpo a los Filipen-
en la incorruptibilidad del Espíritu Santo. ses, ¿aval de la Recopilación “Policarpiana” o credenciales del nuevo obisp‹i
Que hoy sea yo recibido con ellos en tu Crescente?», en E. ROMERO POsE (ed.), Pléroma. Salus carnis, pp. 141- 17 1 ;
presencia, en sacrificio generoso y grato, W. R. SCHOEDEL, Pol ycary of Smyrna and Ignatiiis ofAntioch, ANRW, II, 27.
tal como Tú, el Dios verdadero que no engaña, 1, Berlin 1993, pp. 272-358; R. BUSCHMANN, Tradition.s geschichtliche Anal y-
lo has preparado de antemano, se des Gebets in MartPol: 14 Ein jüJische.s Dankopfergebet Jes Einzelnen xls
lo anunciaste y lo has cumplido. [Link] Márt yrer-Gedáchtnisgebet der fr’iichristlic’hen kleinasiatischen
Por ello y por encima de todas las cosas te alabo, Gemeiden, JEChS 5 (1997) 1 81-221 ; K. BERDING, Pol ycarp ann Paul. An
te bendigo y te glorifico, anal ysis of their literary and thec›logical [Link] in light of Pol ycarp’s
por medio de Jesucristo, Sumo Sacerdote eterno y celeste,
use of hiblic’al and extra biblie’ul literature, SpVigChr 62, Leiden 2002; L. L.
tu amado siervo
THOMPSON, The Martyrdom of Pol ycarp. Death in the Roman Games, JR 82
por el cual la gloria [sea dada] a Ti junto a El y al Espíritu Santo,
ahora y en los siglos venideros. Amén» (Mart. Poly., XIV, 1-3). (2002) 27-52.
Por último, conviene reseñar igualmente la misma perspectiva
VI. S DE HIERÁPOLIS
martirial que anotábamos en Ignacio (Rom., IV, 2) de considerar a los
mártires como seguidores e imitadores de Cristo (XVII, 2-3).
Papías, obispo de Hierápolis en Frigia Menor, fue contemporáneo
Edicione.s y traducciones: CPG I, 1040-1042; W. BAUER, Die [Link]- de Ignacio de Antioquía y de Policarpo de Esmirna. Nos han llegado
chen Väte r. II,’ Die Briefe des I gnatius von Antiochia und der Pol ykarpbrie[, algunas noticias de su vida a través de Ireneo de Lyon, quien nos dice
Tübingen 1920; SC 10; H. MUSURlLLO, The Acts o|’ the Christian Martyrs, que oyó predicar al Apóstol Juan y que fue compañero de Policarpo
Oxford 1972, pp. 2-21 ; J. A. FISCHER, Die A f›o,stolischen Väter, München (Adv. Haer., V, 33, 4). Eusebio de Cesarea no comparte el testimonio
1976; H. PAcLsEN, Die Brie e des I gnatius von Antiochia und der Brie(des de Ireneo de que Papías fuera oyente del Apóstol Juan, y nos da un jui-
Pal ykarf:i w›n Smyrna, Tübingen 1985; FuP 1; BAC 65; CC 81. cio un tanto severo al escribir que «fue un varón de mediocre inteligen-
[Link]: P. N. HARRISON, Pol ycarp’s Two Epistles to the Philippians, cia, como lo demuestran sus libros» (HE, III, 39, 3). Tal vez esta seve-
Cambridge 1936; H. GRÉGOIRE, La véritable date du mart yre de saint Pol y- ridad podría estar motivada por la postura milenarista que defiende
carf›e (23 février 177) ef le «Corf›us Pol ycarpianum», AnBoll 69 ( 1951) 1- Papías, que no coincide con la de Eusebio. De todas maneras conviene
38; H. I. MARROU, La date du martyre Je saint Pol ycarpe, AnBoll 71 (1953) 5- precisar que el milenarismo estaba bastante extendido entre personas
20; M. SiMONETTI, Aleune [Link] sul martirio di s. Polic’arpo, GIF 9 t
1956) 328-344; H. VON CAMPENHAUSEN, «Polikarp von Smyrna und die Pas-
de cierto relieve del siglo II, como el Pseudo-Bernabé, S. Justino, S.
toralbriefe», en Au.s der Früh .cit des Christentums. Studien [Link] weiten Jahr- Ireneo y Tertuliano. Para evitar confusiones conviene distinguir, en Pa-
hundert, Tübingen 1963, pp. 197-152; ÎD., «Bearbeitungen und Interpolatio- pías, los presbíteros mencionados como discípulos de los Apóstoles de
nen des Polikarpmartyrium», en ci. c'., pp. 253-301 ; W. H. C. FREND, «A Note aquellos otros dicípulos del Señor, es decir, del grupo de los Doce.
on the Chronology of the Martyrdom of Polycarp and the Outbreak of Monta- Papías redacta hacia el año 130 una obra intitulada: Explicación de
nism», en Oikumene. Studi paleocristiani in on‹›re del Concilio Ecumenico las sentencias del Señor (logión k yriukón exegéseis), compuesta de
VäîiCäno II, Catania 1964, pp. 499-506; L. W. BARNARD, «The Problem of St. cinco libros. De este escrito sólo han llegado hasta nosotros algunos
Polikarp’s Epistle to the Philippians», en Studies in the Apostolic Father,s and fragmentos recogidos por Eusebio. No obstante, su valor testimonial es
their Back ground, Oxford 1966, pp. 31-39; In., «In Defense of Pseudo-Pio- importante, sobre todo, por los datos que nos presenta de la composi-
nius’ Account of Policarp’s Martyrdom», en Kvriakon. FS. J. Quasten, I,
ción de los Evangelios de Marcos y de Mateo:
Münster 1970, pp. 192-204; N. BROX, El conflicto entre Anic eto de Roma y
Policarpo de Esmirna, Conc (E) 8 (1972) 33-42; P. BRIND’AMOUR, date du
martyre de sain/ Pol ycarpe (le 23 février 167), AnBoll 98 (1980) 456-462; V. «El presbítero decía también lo siguiente: Marcos, que fue el intér-
SAXER, L’authenticité du «Martyre de Pol ycarpe»: Bilan de 25 an.s de criti- prete de Pedro, puso puntualmente por escrito, aunque no con orden,
qie, MAH 94 (1982) 979-1001 ; P. F. BEATRICE, «Der Presbyter des Irenüeus, cuantas cosas recordó referentes a los dichos y a los hechos del Seüor.
Porque ni había oído al Señor ni le había seguido, sino que mire t:ir‹1c,
d()
8I
PATROLOGÍA
LOS PADRES APOSTÔLICOS
c‹›rru› mli tc, siguió a Pedro, quien daba sus instrucciones según las necesi-
.VH. L CARTA DE BERNABÉ
dailc.s, pero no como quien compone una ordenación de las sentencias
del Scñor. De suerte que en nada falló Marcos poniendo por escrito algu-
nas de aquellas cosas como las recordaba. Porque en una sola cosa puso La llamada Epístola de Bernabé se suele incluir entre los escritos
su cuidado: en no omitir nada de lo que había oído o mentir absoluta- de los Padres Apostólicos. Pero mas que una carta es un tratado teoló-
mente en ellas...» (HE, III, 39, 15). gico y habría que descartar también considerarla una homilía pascual.
Este escrito fue muy apreciado, especialmente en Alejandría. Clemente
Sobre Mateo dice lo siguiente: «Ahora bien, Mateo ordenó en Alejandrino la cita en diversos lugares de sus Stromata y de su H ypoty-
len- gua hebrea las sentencias, y cada uno las interpretó conforme a poseis, aunque de esta última obra sólo disponemos de la información
su ca- pacidad» (HE, IH, 39, 16). aportada por Eusebio de Cesarea (HE, VI, 14, 1). Orígenes le da el ran-
go de «epístola católica» (C. Celso, I, 63). El códice Sinaítico del siglo
La importancia de estos pasajes es incontestable, tanto por la
IV, de procedencia alejandrina, la coloca entre los libros canónicos del
anti- güedad del testimonio, como por los datos que aporta. Pero
Nuevo Testamento, después del Apocalipsis. Pero ya Jerónimo la enu-
también nuestro autor inserta otros relatos que tienen más bien un mera entre los apócrifos (Vir ill., 6).
carácter fan- tasioso, como son algunas extrañas parábolas del Salvador
y el milena- rismo, que merecen el rechazo sin ambages de Eusebio (HE, Aunque en la tradición manuscrita se atribuya esta obra a Bemabé,
111, 39, 11-12). compañero de S. Pablo en el viaje misionero de Act 13-15, hay que
desechar esa autoría por razones cronológicas. Si la reconstrucción
Ediciones y traducciones: CPG I, 1047; E. PREUSCHEN, Antile gomena. del templo, que se menciona en Bern., XVI, 3-4, es la del templo
Die Reste der ausserkanonischen Evangelien und urchristlichen Überliefe- dedicado a Júpiter Capitolino sobre las ruinas del viejo templo de
rung, Giessen 21905, 91-99; M. BUCELLATO, Papias di Hie rapoli. Frammenti Jerusalén, que fue decretada por Adriano (117- 138) en 130- 131, hay
e testimonianze nel testo greco, Milano 1936; BAC 65. que pensar en un autor que fuera contemporáneo de esas fechas. Quien
Estudios: R. ANNAUD, Papias and the Four [Link].s, SJTh 9 (1956) 46- escribe esta obra parece ser un judeocristiano que transmite una
62; A. F. WALLS, Papias and Oral Tradition, VigChr 21 (1967) 137-140; T. Y. enseñanza tradicional, con un marcado acento antijudío y que está
MULLINS, Papia.s and Clement and Mark’s two Gospel.s, VigChr 30 (1976) atento a la pronta venida del Señor.
189-192; A. DELAUx, Deux témoigna ges de Pațiias .our la composition de En cuanto a la fecha de composición, hemos de partir de los
Marc?, NTS 27 (1980/81) 401-411 ; U. H. J. KÖRTNER, Papias von Hierapo- datos ofrecidos por el mismo escrito. Como primera referencia nos
lis. Ein Beitrag our Geschichte des frühen Christentums, Göttingen 1983; J. encontra- mos con la del año 70, fecha de la destrucción del templo de
KÜRZINGER, Papias von Hierapolis und die Evangelien des Neuen Testament. Jerusalén (XVI, 3). La reconstrucción del templo nos sitúa bien en el
Gesammelte Aufsät ze, Neuausgabe und Übersetzung der Fra gmente, Kom- año 96, si por la reconstrucción entendemos la política de Nerva en
mentierte Bibliographie, Regensburg 1983; R. W. YARBROUGH, The Date of favor de los judíos, o bien entre los años 130- 131, si consideramos la
Papias. A reassessment, JETS 26 (1983) 181-191 ; A. MEREDITH, «The evi-
reconstruc- ción en su sentido literal. En resumen, la hipótesis sobre la
dence of Papias for the priority of Matthew», en S ynoptic Studies.- the Anple-
forth Corr/ereitces o/ 7 982 and I9R3, JSNT Sup. 7, Sheffield 1984, pp. 187- data debe oscilar entre los años 70 y 130.
196; L. CIRILLO, Un recente volume en Papia, CrSt 7 (1986) 553-563; H. H. Con respecto a1 lugar donde fue escrita las opiniones se dividen
SCHMIDT, Semitismeti bei Papias, ThZ 44 (1988) l 35-146; G. ZUNTZ, Papia- entre Alejandría y Siria-Palestina. Los partidarios del origen alejandri-
na, ZNW 82 (1991) 242-263; W. R. SCHOEDEL, PapiaS, ANRW, II, 27. 1, no suelen alegar criterios de cierto peso, como el abundante uso del
1993, pp. 235-270; R. TREVIJANO ETCHEVARRÍA, La obra de Papias y sus no- alegorismo, que es tan propio del judaísmo helenístico de Alejandría, y
tic’ias sobre Mc. y Mt., Salm. 41 (I 994) 181-212; A. McGowAN, «[Link] regar- lo que nos afirma la propia carta a1 decir que «aún los mismos egipcios
ding the cup...». Papias and the diversity of earl y eucharistic practice, JThS practican la circuncisión» (IX, 6), después de haber indicado que no
46 (1995) 551-555; CH. E. HILL, What Papias said about John (and Luke). A sólo los judíos realizaban la circuncisión, sino también los sirios, ára-
«New» Papian Fragment, JThS 49 (1998) 582-629. bes y los sacerdotes de los ídolos. Con ello parece que se está hablando
de una localidad egipcia. Quienes se muestran favorables a su compo-
sición en Siria-Palestina aducen semejanzas con la doctrina de los «dos
caminos»: e1 de la luz y el de las tinieblas con la Regla de Qumrčin, que
82 x1
PATRØN OGÍA
84
prcsCHÍil lR lucha escatológica entre los hijos de la luz y los hijos de
las tinieblas. También se indican afinidades con las Odas de Salomćin y
los escritos joánicos. Con todo, parece que la tesis alejandrina goza de
ma- yor aquiescencia entre los estudiosos.
La epístola consta de dos partes distintas, que se corresponden res-
pectivamente con los capítulos 2-16 y 18-21, 1. El capítulo 1 sería co-
mo la introducción, y el 17 y el 21, 2 serían mas bien unas conclusiones
de las partes antedichas. En la introducción el autor quiere dirigirse a
sus destinatarios «no como maestro, sino como uno de entre
vosotros» (I, 8). El objeto de la carta queda bien precisado: «... me he
apresurado a escribiros brevemente, a fin de que, juntamente con vuestra
fe, ten- gáis un perfecto conocimiento (gnosis)» (I, 5). La primera parte -
la más amplia- tiene un fuerte tono polémico y se dirige contra el
judaísmo. La segunda parte tiene una orientación de carácter
parenético y se centra en la doctrina de los «dos caminos» (la luz y las
tinieblas):
«Pasemos a otro conocimiento y a otra enseñanza. Dos caminos hay
de doctrina y de poder: el de la luz y el de la tiniebla. Pero grande es la
diferencia entre los dos caminos. Pues sobre uno estăn establecidos los
ángeles de Dios, portadores de luz, y sobre el otro, los ángeles de Sata-
nás. Uno es Seíior desde siempre y por siempre y el otro es el príncipe
del tiempo presente de la iniquidad» (Bern., XVIH, 1-2).
En la caracterización de cada uno de los dos caminos hay un gran
paralelismo con la doctrina del mismo nombre que se formula en la Di-
daché. Desde el punto de vista doctrinal anotamos una muy severa
crí- tica contra el pueblo de Israel, que ha sido engañado por un ángel
malo y ha roto la Alianza con Yahweh (IX, 4-8). Hay también una
reiterada afirmación de la divinidad del Señor, a la vez que lo considera
preexis- tente con Dios Padre y Señor del universo (V, 5). Todo ello
sin perder la dimensión salvífica de su misión, que motiva su
encarnación para li- brar al hombre de sus pecados (V, 10-13). Con
gran expresividad des- cribe la prefiguración de la Pasión del Señor
interpretando alegórica- mente algunos pasajes veterotestamentarios:
«Así pues, comprended, hijos de la alegría, cómo el Señor bueno
nos manifestó todo de antemano para que sepamos a quién debemos a1a-
bar con acciones de gracias. Si el Hijo de Dios, a pesar de ser Señor y
juez futuro de vivos y muertos, padeció para que su herida nos vivifica-
ra, hemos de creer que el Hijo de Dios no podía padecer sino por
nuestra cau,sa. Más aún, cuando estaba crucificado, se le dio a beber
vinagre y hiel. Escuchad cómo los sacerdotes del templo lo
manifestaron de ante- mano. Así dice el mandamiento escrito: El que no
puarde el dia de ayu- n‹›. se rci cute reinado con la muerte. El Señor lo
mandó, porque Él mis-
LOS PADRES APOSTÓLICOS E. PORTER, f3/- mentions of Baptism: Biblical and Theological Studies,
[Link]. 234, Shel’- 1 ield 2()()2, pp. 207-223.
mo ofrecería el vaso del espíritu como sacrificio por nuestros pecittlos,
para que también se cumpliese la figura de Isaac, ofrecido sobre ct
.il1ar.
¿Que dice, pues, en el profeta? Coman del macho cabrío c› recido ‹•l
‹lía del ayuno por todos los pecado.s. Prestad mucha atención: Todos
los sa- cerdotes, y sólo ellos, coman con vinagre el intestino sin lavar.
¿Por qué? ‘Coméis vosotros solos, mientras el pueblo ayuna y se
mortifica con saco y ceniza, porque me vais a dar a beber hiel con
vinagre cuando ofrezco mi carne por los pecados de mi nuevo pueblo’.
De esta forma mostraba que era necesario que le hicieséis padecer»
(Bern., VII, 1-6).
La doctrina sobre el bautismo expresa con claridad la
transforms- ción del bautizado en nueva criatura (VI, 11-12) y en
templo del Espíri- tu Santo (XVI, 1-4, 6-8). La espiritualidad que
rezuma toda la epístola está centrada en Cristo y subraya un sentido
gozoso de la vida cristiana (VII, 1; XV, 8-9). Por último, digamos que
Bernabé participa de las ide- as milenaristas de la época, que
consideraban la duración del mundo en seis mil años, a1 cabo de los
cuales amanecerá el sábado del reino mile- nano (XV, 1-9).
Ediciones y traducciones: CPG 1, 1050; PG 2, 727-782; SC 172; 0.
Sor- FRITTI, La lettera di Barnaba, Alba 1974; [Link] 1; A. LINDEMANN-H.
PAUL- SEN, Die Apostolischen Väter. Griechisch-deutsChe Parallelaus gabe,
Tübin- gen 1992, pp. 23-75; FuP 3; BAC 65.
Estudios: F. M. BRAUN, La «Lettre de Barnabé» et l’évangile de Jean,
NTS 4 (1957/58) 119-124; L. W. B RNARD, The Problem of the Epistle of
Barnabas, ChQ 159 (1958) 211-230; ID., The Epistle of Barnabas. A Paschal
Homil y?, VigChr 15 (1961) 8-22; P. PRIGENT, L’Epi“tre de Barnabé I-XVI
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.Yes .source,s, Paris 1 961; E. ROBILLARD, L’Epi“tre de Barnabé.- trois époques,
trois théologiens, trot.s rédacteurs, RB 78 (1971) 184-209; K. WENGST,
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allegorica nella lettera di Barnaba en el giudaismo alessandrino, StSRel 6
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langes en l’honneur de B. Blumenkranz, Paris 1985, pp. 31-36; A. T.
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Los orígene.s
de la comunidaJ cristiana de Ale jandría, P’T 1, Salamanca 1994; J. C. PAGET,
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SCOR- z BARCELLONA, Le norme vete rotestamentarie sulla purità
nell’Epistola di Barnaba, ASEs 13 (1996) 95-111; E. FERGUSON, «Christian
and Jewish Bap- tism According to the Epistle of Barnabas», en A. R. CROSS-S.
PATROLOGÍA ›‘Í.1
LOS PADRES APOSTÓLICOS
V 111. EL PASTOR DE HERMAS
vantado de la oración, veo delante de mí a la anciana que también había
visto anteriormente, la cual estaba paseando y leyendo el libro. Me dice:
Esta obra pertenece al género de los apocalipsis, aunque no trate de ‘¿Eres capaz de anunciar estas cosas a los elegidos?’. Le respondo: ‘No
presentar el futuro escatológico, sino más bien hacer una exhortación a soy capaz de recordar tantas cosas. Dame el libro para que lo copie’.
la penitencia, es decir, nos encontramos ante un escrito de carácter pare- ‘Toma —dice— y ya me lo devolverás’. Yo lo cogí y, retirándome a un lu-
nético. El Pastor fue muy valorado en la antigüedad cristiana. S. Ireneo gar del campo, lo copié todo letra por letra pues no descubría las sílabas
lo considera como Escritura (Adv. haer., IV, 20) y también Eusebio de [...] Después de quince días de ayuno y de mucho suplicar al Señor, me
Cesarea (HE, V, 8). Orígenes, aunque lo aprecia como divinamente ins- fue revelado el conocimiento del texto [...] Da a conocer estas palabras a
pirado (Ad Rom., XVI, 4), no lo incluye entre los escritos canónicos. El todos tus hijos y a tu mujer que debe ser como tu hermana, pues ella tam-
Canon Muratoriano (finales del siglo II) nos da una información muy poco modera su lengua con la que peca. Pero cuando escuche estas pala-
precisa sobre el autor Hermas, hermano del papa Pío. Tertuliano lo acep- bras se moderará y alcanzará misericordia. Una vez que les hayas dado a
ta en su etapa primera, pero luego al hacerse montanista lo combate. conocer estas palabras que el Señor me ha ordenado que te sean revela-
das, entonces se les perdonarán todos los pecados que hayan cometido
Como acabamos de señalar, Hermas era hermano del papa Pío y, anteriormente —también a todos los santos que hayan pecado hasta ese
por los datos que nos suministra el mismo escrito, sabemos que fue un día— si se arrepienten de todo corazón y quitan de sus corazones las du-
liberto, de origen greco-judío, que se traslada a Roma y que posee unas das» (Vis., II, 1-H, 2).
tierras de cultivo junto al camino que va de Roma a Cumas. No fue muy
afortunado en su vida familiar. Un día, durante el trayecto hacia Cumas, En la tercera visión el autor contempla la construcción de una gran
recibe las revelaciones de una anciana, que representa a la Iglesia, y, torre, que también es una representación de la Iglesia. Las piedras usa-
más tarde, las del ángel de la penitencia, que se le aparece en forma de das en la construcción simbolizan a los buenos cristianos, mientras que
un pastor, y que le dictará una serie de Mandamientos y de Semejanzas. las piedras arrojadas y desechadas como inútiles representan a los pe-
La datación de esta obra se suele establecer entre los años 130 y cadores, que deberán hacer penitencia rápidamente, porque el tiempo
140, basándose en una mención de su autor que figura en el Fragmen- es limitado. A partir de la quinta visión aparece el ángel de la peniten-
to Muratoriano. cia, vestido de pastor, que presenta al autor los Mandamientos y las Se-
En cuanto a la composición literaria, se han dado mejanzas.
interpretaciones muy variadas. Algunos estudiosos afirman la Los Mandamientos, que son doce, pueden considerarse un breve
intervención de tres auto- res. Giet propone además la existencia de resumen de moral cristiana. Se exaltan las virtudes (fe, caridad, casti-
tres teologías y tres épocas diferentes. También se ha señalado que el dad, etc.) y se condenan los vicios contrarios. Termina esta parte con
autor ha sabido utilizar dis- tintos materiales anteriores, sin que ello una exhortación del ángel de la penitencia a los pusilánimes para que
suponga necesariamente la existencia de tres autores distintos. depongan cualquier actitud dubitativa a la hora de cumplir los
Siguiendo esta misma línea de pen- samiento, cabe precisar con Manda- mientos, asegurándoles que quien se esfuerza por cumplirlos,
Vielhauer que sería un mismo autor quien redactase primero el libro de confian- do en la ayuda divina, podrá perseverar en su observancia y
las Visiones (Vis., I-IV), y luego el de los Mandamientos y Semejanzas, alcanzar la vida eterna:
con la adición de Sem., IX y X.
El contenido de esta obra se distribuye en tres secciones: Visiones, «Yo, el ángel de la penitencia, os digo: ‘no temáis al diablo, pues
Mandamientos y Semejanzas (Parábolas). En las primeras cuatro vi- he sido enviado para estar con vosotros, que hacéis penitencia de todo
siones domina la figura de una matrona que simboliza a la Iglesia, y cora- zón, y para fortaleceros en la fe. Así pues, creed en Dios vosotros,
que le ordena al vidente amonestar a los cristianos para que realicen los que habéis desesperado de la vida a causa de vuestros pecados, los
obras de penitencia, ya que se les tia impuesto un plazo de tiempo que aumentáis vuestros pecados, los que abrumáis vuestra vida, porque
para que se arrepientan de sus pecados: si os convertís al Señor de todo corazón y practicáis la justicia los
restantes días de vuestra vida y le seguís rectamente según su
«Cuando marchaba hacia Cumas por el mismo tiempo que el año voluntad, curará vuestros pecados anteriores y tendréis poder para
anterior, recordé la otra visión mientras caminaba, y de nuevo me toma el dominar las obras del diablo. No temáis en absoluto la amenaza del
Espíritu y me lleva al mismo lugar de antes [...] Después de haberme le- diablo, pues es tan dchil como los nervios de un muerto. Escuchad y
temed al que todo lo pueclc,
86
N7
PATROLOGÍA la existencia
salvar y arruinar; guardad estos mandamientos y viviréis para Dios’»
(Maní., XII, 6, 1-3).
Las Semejanzas se articulan en forma de parábolas o alegorías,
que nos describen las condiciones del cristiano en la vida presente.
Se trata de diez Semejanzas en las que aparecen también algunos
precep- tos morales, sobre la caridad, ayunos, etc., Por ejemplo, en la
segunda Semejanza hace una comparación entre el olmo y la vida,
por una par- te, y los ricos y pobres, por otra:
«Me dice: ‘¿Ves el olmo y la vid?’. Contesto: ‘Los veo, Señor’.
‘La vid —dice— da fruto, pero el olmo es un árbol infructuoso. Pero si la
vid no se entrelaza con el olmo, no puede dar mucho fruto al estar tirada
por el suelo; y el fruto que da, lo da podrido por no estar colgada del
olmo. Cuando la vid se entrelaza con el olmo, da fruto por sí misma y
por el olmo. Ya ves que el olmo da mucho fruto, no menos que la vid,
sino más incluso’. Le digo: ‘Señor, ¿cómo más?’. ‘Porque —dice— la vid
colgada del olmo da mucho y buen fruto, pero tirada por el suelo lo da
podrido y esca- so. Así, esta comparación está puesta para los siervos de
Dios, para el po- bre y para el rico’. Le digo: ‘Señor, dame a conocer
cómo’. Me dice: ‘Es- cucha. El rico tiene muchos bienes, pero ante el
Señor es un mendigo pues anda ocupado en su riqueza y se ocupa muy
poco de la confesión y de la oración al Señor; y la que tiene es pequeña,
débil y sin fuerza para subir. Ahora bien, cuando el rico se entrelaza con el
pobre y le suministra lo que necesita, creyendo que lo hace por el pobre
podrá encontrar recom- pensa ante Dios (porque el pobre es rico en la
oración y en la confesión, y su oración tiene un gran poder ante Dios), el
rico le procura al pobre todo sin vacilar. Y el pobre ayudado por el rico
intercede por éste, dando gra- cias a Dios por lo que le dio. Aquél,
ademús, se afana por el pobre para que no le falte nada en su vida. Pues
sabe que la oración del pobre es agradable y rica ante Dios. Ambos
cumplen su obra’» (Sem., H, 2-7).
La novena Semejanza fue probablemente introducida, de forma
más tardía, en el original. Se trata de una repetición de la visión de la
torre en construcción (Vis., III), pero en ella se añade un nuevo elemen-
to, que consiste en interrumpir la construcción para poder dar una
oportunidad a muchos pecadores y conseguir su conversión. La décima
Semejanza cierra el libro a modo de conclusión general. En ella Her-
mas es amonestado de nuevo por el ángel para que haga penitencia y
proclame a todo el mundo la exhortación penitencial.
La doctrina del Pastor se centra en la penitencia. Considera la
pe- nitencia como un medio de salvación para los pecadores, que
debe co- 1t›carse al lado del bautismo. La doctrina penitencial de
Hermas ha dildo lugar a fuertes controversias. Ciertos autores niegan
LOS PADRES 4 ( 1983) 1 -31 ; R. SANZ VALDIVIELSO, Hermas y la transformación Je la A
APOSTÓLICOS j›oi’‹i-
de una segunda penitencia en el cristianismo antiguo, anteritir :i Her-
mas, y que éste, bajo el influjo de la inminente parusía, concedería
una segunda posibilidad de penitencia. Para ello recurre a una
fórmula de apocalipsis (revelación), presentándola como un encargo
que viene di- rectamente de Dios. Por el contrario, Poschmann y
otros ven solamen- te en el Pastor una simple codificación de la
práctica penitencial ya existente. Brox considera que la Iglesia del
tiempo de Hermas conce- día una única penitencia, pero ésta era
aplazable; en cambio, Hermas va más allá y declara la oportunidad
penitencial como algo único para el momento presente. Hermas
parece asumir y anunciar una concep- ción, no diremos nueva, sino
renovada de la penitencia; una concep- ción que diseña un cuadro de
relaciones del cristiano con Dios, que se coloca en el ámbito de la
misericordia universal del Salvador.
El autor del Pastor entiende la penitencia como una realidad que
consiste en el arrepentimiento del corazón y en las obras expiatorias.
En la doctrina penitencial de Hermas domina la idea de que la Iglesia es
una institución necesaria para la salvación. Se dan indicaciones muy
precisas en forma de mandamientos para llevar una vida cristiana cohe-
rente. Se presentan como virtudes paradigmáticas del cristiano: la fe, la
continencia, la simplicidad, la reverencia, el amor y la inocencia. Tam-
bién aconseja algunas prácticas ascéticas: el ayuno, el celibato y la
mortificación. Desde el punto de vista cristológico presenta algunas de-
ficiencias, como el adopcionismo que parece afirmar de Cristo. Mues-
tra igualmente cierto confusionismo entre el Hijo y el Espíritu Santo.
Ediciones y traducciones: CPG I, 1052; GCS 48; SC 53; A. CARLINI,
Papyrus Bodmer XXXVIII: Erma, Il Pastore (la-Illa visione), Cologny-Gene-
ve 1991; BAC 65; FuP 6.
Estudios: R. JOLY, Judu“i’sme, Christianisme et Hellénisme dane le Pasteur
d’Hermas, NC 5, (1953) 394-406; ST. GIET, Hernia.s et les Pasteurs. Les trois
auteurs du Pasteur d’Hermas, Paris 1963; L. W. BARNARD, «Hermas, the
Church and Judaism», en ID., Studies in the Apostolic Fathers and their Back-
ground, Oxford 1966, pp. 151-163; L. PERNVEDEN, The Concept of the Church
in the Shepherd ofHermas, Lund 1966; J. REILING, Hermas and Christian
Pro- pheC y. A Stud y of the Eleventh Mandate, Leiden 1973; PH. VIELHAUER,
Ges- chichte der urchristlieher Literatur. Einleitutig in das Nene Testament, die
Apokryphen und die Apostolischen Váter, Berlin-New York 1975; J. P. MARTÍN,
Espíritu y dualismo de espíritus en el Pastor de Hermas y su relación con el
Judaísmo, VetChr 15 (1978) 295-345; S. FOLGADO FLÓREz, Teoría eclesial en
el Pastor de Hermas, San Lorenzo del Escorial 1979; M. A. MOLINA,
yeiti- t‹ nciu en el Pastor de Hermas, Mayéutica 6 (1980) 63-70; M. MEEs,
Der Hir-
/‹ des Hermas und seine Aussagen über den Heiligen Geist, Lat. 47 ( 1951 )
143— 155; L. CIRILLo, Erma e il problema dell’apocalittica a Roma, CrSt
PATROLOGÍA
lt;›tii'il, itrth 2 (1986) 145-160; M. LEUTZSCH, Die Wahrnehmung sozialer
CAPÍTULO HI
Wii Lli‹ hkeit ira «Hirten des Hermas», Gõttingen 1989; N. BROX, Die kleinen
il‹ i‹’htiis’se im Pastor Hermae, MThZ 40 (1989) 263—278; ID., Der Hirt des
/7 rena.s, Gõttingen 1991; PH. HENNE, CanoniCité du Pasteur d’Hermas, LITERATURA APÓCRIFA NEOTESTAMENTARIA
RThom 90 (1990) 81-100; ÏD., @ pénitence et la rédaction du Pasteur d’Her-
mas, RBI 98 (1991) 358-397; ID., christologie chez Clément de Rome et
dans le Pasteur d'Hermas, Par. 33, Freiburg 1992; In., L’unité du Pasteur d’-
Hermas. Tradition et rédaction, Paris 1992; R. JOLI, Le milieu complexe du
«Pasteur d’Hermas», ANRW, II, 27. 1, Berlin 1993; C. HAAs, Die Pneumato-
logie der «Hirten des Hermas», ANRW, H, 27. 1, Berlin 1993, pp. 552-586; A.
SCHNEIDER, «Propter sanctam eCclesiam suam». Die Kirche als Gesch“cipf,
Frau und Bau im Bufiunterricht des Pastor Hermae, EAug 67, Paris 1999; M.
BANDINI, Un nuovo frammento greco del c Pastore» di Erma, RHT 30 (2000) 109-
122; P. G. ALVES DE SOUSA, A peniténcia no «Pastor de Hermas», mensa- gem
de esperança, AnTh 15 (2001) 551-566; E. HOORNAERT, Hermas no topo do
mundo, Säo Paulo 2002.
I. CARACTERÍSTICAS GENERALES
Se denominan «apócrifos» todos aquellos libros que tienen cierto
parecido —en cuanto al nombre, la forma o los contenidos— con los li-
bros que componen la Sagrada Escritura. En el caso que ahora nos ocu-
pa, sólo trataremos de los apócrifos referidos al Nuevo Testamento,
pero que no están recogidos entre los 27 que forman parte del canon
bíblico neotestamentario. También podrían definirse como aquellos es-
critos que nacieron en los primeros siglos de la historia de la Iglesia y
que por título, género o contenido tienen cierta relación con los escri-
tos neotestamentarios. El término «apócrifo», en las religiones mistéri-
cas de la Antigüedad y en e1 mundo gnóstico, se utilizaba para designar
los libros «secretos», que sólo conocían los iniciados en esos cultos o
sectas. En cambio, la Iglesia ortodoxa emplea esa palabra para signifi-
car lo que es «falso, herético o reprobable», incluso ampliará esta de-
nominación a todos los escritos de origen desconocido, cuya adjudica-
ción era errónea o defendían tesis equivocadas.
El origen de esta literatura, nacida en torno a los libros canónicos
de las Escrituras, es un tanto heterogénea. Desde la segunda mitad del
siglo II se pueden distinguir dos tipos principales de apócrifos:
a) Libros —sobre todo, evangelios y hechos de los Apóstoles— que
tratan de complementar aspectos o lagunas de los libros canónicos, y
poseen una finalidad edificante. Estos textos, aunque suelen estar pia-
gados de leyendas, aportan algunos datos fiables, en especial, sobre
mariología y relatos de la infancia de Jesús.
b) Obras que escriben los herejes gnósticos para buscar un
apoyt› seudo-bíblico, que sirviera para legitimar sus opiniones
sectarias, con- trapuestas a las tesis de la ortodoxia eclesial.
90 ’J I
PATROLOGÍA
LITERATURA APÓCRIFA NEOTESTAMENTARIA
El interés por esta literatura ha aumentado modernamente —Aquellos que están más próximos a la tradición sinóptica de los
gracias, en buena medida, a los descubrimientos recientes de nuevos Evangelios canónicos, y que utilizan como material redaccional las
documen- tos, entre los que ocupan un lugar destacado los códices de mismas fuentes de los tres sinópticos. Proceden de comunidades judeo-
Nag-Ham- madi. También ha influido el que a algunos de estos cristianas. A este grupo pertenecen: el Evangelio según Pedro, el Evan-
apócrifos se les atribuye una composición muy temprana, gelio de los nazarenos y el Evangelio de los ebionitas.
contemporánea de la de los escritos neotestamentarios, lo que les da
un valor de fuente histórica, no despreciable, para reconstruir los —Un segundo apartado correspondería a los evangelios que inten-
tan llenar 1as lagunas de los Evangelios canónicos, especialmente de la
orígenes del cristianismo.
infancia de Jesús, como sucede con el Protoevan8elio de Santiaga, el
A la manera de los libros canónicos, se suelen dividir los apócrifos Evangelio árabe de la inJ‘ancia de Jesús, el Evangelio de Seudo-Mateo
en cuatro clases: evangelios, hechos de los Apóstoles, cartas y apoca- y la Narración de la infancia de Tomás. Todos ellos tendrán una gran
lipsis. Dados estos presupuestos no es de extrañar que en algunas co- repercusión en la liturgia, en la piedad popular y en la iconografía reli-
munidades cristianas primitivas, antes de la fijación del canon neotes- giosa posterior.
tamentario, se consideraran algunos de estos escritos como canónicos.
—Otro grupo sería el de los evangelios que complementan los re-
Ediciones y traduCciones: L. MORALDi, Apocrifí del Nuovo Testamento, 2 latos de la pasión del Señor, que se ocupan, de modo significativo, de
vols. Torino 1971; M. ERBETTA, Gli Apocrifi del Nuovo Testamento, 4 vols., la bajada de Cristo a los infiernos y de la vida de algunos personajes
Torino 1966-1981; E. HENNECKE-K. CHNEEMELCHER, Neutestamentliche implicados en dichos relatos. Entre ellos podemos citar: el Evangelio
4poc yphen in deutsche r Übe rsetzung, 2 vols., Tü bingen l 987-1989; W. E. de Nicodemo, el Evan8 'lio de Bartolomé y el Evangelio de Gamaliel.
STROKER, Extracanonical Sayings of Jesu.s, Atlanta 1989; CC 17; M. GEE- A éstos se pueden sumar el Diálogo del Salvador, que intenta comple-
RARD, Clavis Apocryphorum Novi Testamenti, Turnhout 1992. tar las enseñanzas de Jesús a sus discípulos después de la resurrección,
Estudios: P. GUSMÁO, La mediación en los Apócri EphMar 4 (1957) 329- y lo mismo se puede decir de la EF! stula Apostolorum.
538; W. BAUER, Recht gltlubigkeit und Ketzerei im àltesten Christentum, —Hay toda una serie de textos de índole heterodoxa, que son los
Tübingen 2 1964; S. J. Voicu, Gli Apocri i armeni, Aug. 23 (1983) 161-180; llamados evangelios gnósticos. Gracias a los descubrimientos en Nag-
B. M. METZGER, The canon of the New Testament. Its Origin, Development Hammadi (Egipto) de una biblioteca gnóstica copta (1945) conocemos
and Significanc e, Oxford 1987; L. M. MAC DONALD, The Formation of the un buen número de ellos: el Evangelio de la Verdad, el Evangelio de
Christian Biblical Canon, Nashville 1988; H. KOESTER-F. BOVON, Genèse de Felipe, el Evangelio de los egipcios. El Evangelio de Tomás, aunque
l’Écriture c'hrétienne, Turnhout 1991; E. JUNOD, «Apocyphes du Nouveau forma parte de la citada biblioteca gnóstica, algunos autores piensan
Testament». Une appellation erronée et une collection artific ielle. Discussion que esta obra del siglo II no es gnóstica.
de la nouvelle défínition proposée par W. Schneemelcher, Apocrypha 3 (1992)
17-46; J. D. KAESTLI-Ò. MARGUERAT, Le mystère apocryphe.’ Introdtiction à — Quedan, por último, fragmentos de evangelios de diversos pa-
tine littérature méconnue, Essais bibliques 26, Genève 1995; A. FERREIRO, piros y que escapan, hasta ahora, a cualquier intento de clasificación. A
Ediciones y publicaciones sobre apócrifos aparecidas durante los últimos esto habría que sumar los «agrapha», que son dichos atribuidos a Jesús,
dies ano.s, AHIg 6 (1997) 269-274; A. MARTIN, L’historienne et les Apocry- no transmitidos por los Evangelios canónicos, ni por los autores cristia-
phes, Apocrypha 13 (2002) 9-27. nos primitivos, ni los que figuran en relatos legendarios. El número
de estos «agrapha» es reducido: oscila entre cuatro y dieciocho, según
los autores.
II. EVANGELIOS APÓCRIFOS
Ediciones y traducciones: K. VON TISCHENDORF, Evangelia Apocrypha,
A semejanza de los Evangelios canónicos los apócrifos utilizan Leipzig 1876, reprint 1966; CCA, 14; J. E. MÉNARD, L’Evangile selon Phi-
materiales narrativos sobre la vida y la doctrina de Jesús de Nazareth. lippe: introduction, tente, traduction, cotnmentaire, Paris 1988; P. SIERRA,
Se puede decir que «evangelio» hace más bien referencia al mensaje de Evangelios Apócrifos, Barcelona 1989; C. VIDAL, Lo.s Evangelios gnó.sti‹’o. ,
Barcelona 1991; ApCr 1 ; A. PINERO-J. MONTSERRAT TORRENTS-F. GARCÍA BA-
Jesús, aunque a mediados del siglo II esta palabra comienza a emplear- ZÁN, Textos gnósticos. Biblioteca de Na g Hammadi, II: Evangelio.s, H‹•‹’li‹›.s',
se para significar también el libro que contiene el mensaje. Suelen dis- Carter s, Madrid 1999; M. ALCALÁ, Los Evangelio.s de Tomá.s, el Mi•lli.-.o, ›
tinguirse varios tipos de evangelios:
PATROLOGİA de Herodes:
Maria de Magdala, Bilbao 1999; L. MORALDI, Evangelhos apócrifos, trad.
port., São Paulo 1999; BAC 148; H.-J. KLAUCK-B. McNEœ, (trad.), Apocry-
phal Golspel. An Introduction, London 2003.
Estudios: S. MUÚOZ IGLESIAS, LOS Evangelios de la Infancia y las infan-
cias de los héroes, EStB 16 (1957) 5-36; G. QUISPEL, Das
Hebräerevangelium inn gnostischen Evangelism naCh Maria, VigChr Il (1957)
139-144; F. W. BEARE, The Gnostic Gospels of Nag-Hammadi, UTQ 31
(1962) 362-377; M. HORNNSCHUH, Studien our Epístola Apostolorum, PTS 5,
Berlin 1965; W. SPEYER, Religiöse Pseudepigraphie und literarische
Fălschung im Altertum, JAC 8/9 (1965-1966) 88-125; H. KOESTER,
Überlieferuiig und Geschichte der fr’tichristlichen Evangelienliteratur, ANRW
II, 25.2, Berlin 1984, pp. 1463- 1542; S. GERO, pocryphal Gospels.’ A Survey of
Textual and Literary Pro- blems, ANRW II, 25. 2, Berlin 1988; D.
DORMEYER, Evangelien als literaris- che und theologische Gattung, EdF 263,
Darmstadt 1989; Z. IZYDORCZYK, The Unfamiliar «Evangelism Nicodemi»,
Man. 33 (1989) 169-191; J. D. Du- BOIs, Les «Actes de Pilate» an quatrième
siècle, Apocrypha 2 (1991) 85-98;
R. TREVIJANO ETCHEVARRÍA, La conversión de la escatología en protología
(EvTom log 18, 19, 24, 49 y 50), Salm. 40 (1993) 133-163; A. D. DE CONICK,
Seek to See Him. Ascent acid Visioii M ysticisin fft the Gospel of Thomas,
SpVigChr 33, Leiden 1996; CH. E. HILL, The Epistula Apostolorum: An Asian
Tract from Time of Pol ycarp, JEChS 7 (1999) 1-53; A. D. DE CONICK, The
Original Gospel of Thomas, VigChr 56 (2002) 167-199; J. R. EDWARDS, The
Gospel of the Ebionites rind the Gospel of Luke, NTS 48 (2002) 568-586.
1. El Protoevangelio de Santiago
Este texto pertenece al grupo de los Evangelios de la infancia
que pretenden complementar lo escrito en los Evangelios canónicos. Su
re- dacción se remonta a1 siglo II en Egipto. La Iglesia latina lo
consideró un apócrifo ya en siglo VI en el Decretum Gelasianum, pero
no ocurrió lo mismo en las Iglesias orientales, que le dispensaron una
buena aco- gida, como se puede apreciar por el número de
traducciones que se hi- cieron al árabe, etíope, armenio, georgiano,
etc.
Contiene la narración más antigua sobre el nacimiento, la
infancia y la adolescencia de la Virgen María. En este evangelio
aparecen por primera vez los nombres de los padres de María, Joaquín
y Ana. A la edad de doce años, María es puesta bajo la protección del
viudo José, que tenía ya hijos mayores, y al que Dios había elegido
mediante un signo milagroso. El relato continúa con los sucesos
prodigiosos que acompañan la concepción y el nacimiento virginal de
Jesús. Este últi- mo hecho es atestigaudo por una comadrona que
estuvo presente en el aluiubramiento. El evangelio termina narrando el
martirio de Zacarías, padre de S. Juan Bautista, y la posterior muerte
LITERATURA APÖCRIFA NEOTESTAMENTARIA Ediciones y traducciones: E. PISTELLI, Il Protovan gelo di JOCObo, Lan-
ciano 1919; ApCr 3.
«Pero Herodes proseguía en la búsqueda de Juan y envió sus ciiiisii- Estudios: H. R. SCHMID, Protoe vangelium Jacobi. A Commentary, Assen
1965; G. GARITTE, Le «Protévangile de Jacques» en géorgìen, Muséon 70
rios a Zacarías para que le dijeran: ‘¿Dónde has escondido a tu hi jt›'?’
(1957) 233-265; E. COTHEMEv, Le Protévangile de Jacques: origine, genre et
Mas él respondió de esta manera: ‘Yo me ocupo en el servicio de Rios
significaction d’un premier midrash chrétien sur la Nativité de Marie, en
me encuentro de ordinario en el templo. No sé dónde está mi hijo?’.
ANRW II, 25. 6, Berlin 1988, pp. 4253-4269; G. KRETSCHMAR, «“Natus ex
Los emisarios inforrnaron a Herodes de todo lo que pasaba, quien Maria virgine”. Zur Konzeption und Theologie des Protoevangelium Jacobi»,
sc encolerizó sobremanera, diciéndose a sí mismo: ‘Debe ser su hijo en C. BREYTENBACH-H. PAULSEN-CH. GERBER, (eds.), Anfănge der Christolo-
el que va a reinar en Israel’. Y envió un nuevo recado, diciéndole: gie FS. F. Hahn, Göttingen 1991, pp. 417-428; J. M. CANAL, Versión latina A
‘Dinos la verdad de dónde está tu hijo, porque de lo contrario bien «James» Jel Protoevangelio de Santiago, Marianum 56 (1994) 17-69; J.-D.
sabes que tu sangre está bajo mi mano’. KAESTLI, Un témoìn du Protévangile de Jacques: L’homélie Postulatis filiae
Pero Zacarías respondió: ‘Seré mártir del Señor si te atreves a lerusalem en honneur de sainte Anne (BHL 483-485), Apocrypha 9 (1998)
derra- mar mi sangre, porque mi alma será recogida por el Señor a1 ser 179-223; ID., Le Protévangile de Jacques latin dans l’homélie Inquirendum
segada una vida inocente en el vestíbulo del santuario’. Y al romper el est pour la fête de la nativité de Marie, Apocrypha 12 (2001) 99-153.
alba fue asesinado Zacarías, sin que los hijos de Israel se dieran
cuenta del cri- men» (Prot. Ev. Sant., XXIII, 1 -3).
2. El Evangelio copto de Tomá,s
La finalidad principal de la obra es probar la virginidad
perpetua de María. La atribución a Santiago aparece at final del Para evitar confusiones conviene distinguir el Evangelio de
escrito, como si fuera Santiago el Menor, obispo de Jerusalén. Quién Tomás del llamado Evangelio de la infancia según Tomás y del Libro de
era, en realidad, el autor no lo sabemos. De todas formas, se puede Tomá.s encontrado en NHC II/7, de los que se habían conservado untis
afirmar que era un ju- dío cristiano, que ta1 vez viviera fuera de frag- mentos en S. Jerónimo y en algunos papiros de Oxyrhinchus.
Palestina. Ałiirtuna-
PATROLOGÍA 96
damente deI Evangelio de Tomás se ha conservado una versión copta
ctin el texto completo en un códice de Nag-Hammadi (NHC 11/2).
Este escrito recoge un total de 114 dichos del Señor. Aproximada-
mente la rnitad tienen paralelos en los Sinópticos. La otra parte tiene pa-
ralelos con la llamada fuente «Q», que es muy importante para Mateo y
Lucas. Aproximadamente un tercio de los logia parecen creaciones
gnósticas, aunque hay autores que no lo afirman con rotundidad, incluso
estiman que esta obra es un cuerpo extraño en una biblioteca gnóstica
como la de Nag-Hammadi. Entre las hipótesis que se barajan figura la
que considera este documento como el resultado de haber integrado ma-
terial muy primitivo, algo así como una visión oriental de «Q»; acaso la
tradición judeocristiana de la gente de Santiago (cfr. Log. 12). Según
otra opinión, la compilación que tuvo lugar entre los «cristianos de To-
mas» («incipit», log. 1 y 13), combinó y amplió el primer material con
otro posterior para facilitar una comprensión gnóstica del conjunto.
Ediciones v traducciones: J. DORESSE, El Evangelio según Tomás. El
Evangelio Je los Evangelios, trad. esp., Madrid 1989.
Estudios: P. DE SUÁREZ, L’Êvangile selon Thoma.s. Présentation et Com-
mentaires, Montélimar 1974; J. E. MÉNARD, L’Êvangile selon Thomas, NHS 5,
Leiden 1975; M. LELYVELD, Les Logia de la vie dans l’Êvangile de Thomas. Ä
la recherche d’une tradition et d’une rédaction, NHS 36, Leiden 1987; F. T.
FALLON-R. CAMERON, The Gospel of Thomas. A Forschungsbericht and Anal y-
sis, en ANRW II, 25.6, 1988, pp. 4195-4261 ; M. ALCALÁ, El Evangelio COpto
de Tomás, Salamanca 1989; M. FIEGER, Das Thomasevan gelium. Einleitung,
fi:ommenlar und Sşsíemaiik, NTA 22, Münster 1991; R. TREVIJANO, Estudios
sobre el Evangelio ‹le Tomá.s, FuPE 2, Madrid 1997; C. INOSTROZA, «Imagen»
en el Evangelio de Tomiis coțito, AnTeolConc 2 (2000) 89-100.
III. HECHOS APÓCRIFOS DE LOS PÓSTOLES
Los Hechos apócrifos, aunque tengan en su título el nombre de
un Apóstol, no responden al mismo género literario de los Hechos
escritos por S. Lucas. Son, más bien, escritos de entretenimiento y
edificación para lectores cristianos. Literariamente se trata de obras
que responden a los arquetipos de la novelística griega del género de
las Práxeis, que narran hazañas relevantes de personalidades
históricas o míticas, tam- bién sobre todo de viajes, describiendo hechos
o acciones de los perso- najes, poniendo de relieve las virtudes
maravillosas o las extraordina- rias fuerzas de los héroes.
La redacción de estas obras tiene dos periodos bien
diferenciados. Un primer momento corresponde a los siglos II y III,
en los cuales se
LITERATURE APÔCRIFA NEOTESTAMENTA RIA
componen los cinco grandes hechos de los Apóstoles: Acta Andreae,
loannis, Pauli, Petri y Thomae. Los maniqueos apreciaron mucho estos
escritos y los reunieron formando un Corpus. Posteriormente, en el si-
glo IV hay un segundo momento en el que, manteniendo de base la mis-
ma temática, se escriben nuevos Hechos, pero que no tienen ya la pleni-
tud ni la originalidad de los anteriores. Estos hechos están referidos
no sólo a los Apóstoles, como Mateo, Felipe, Bartolomé, etc., sino
también a sus inmediatos discípulos, como Bernabé, Timoteo,
Marcos, etc.
Esta literatura cristiana, aunque tiene un carácter edificante, apare-
ce algunas veces contaminada de ideas heréticas, del mismo modo que
emergen de ella elementos paganos del cristianismo vulgar. Puede de-
cirse que proceden de círculos, sumamente fluidos, existentes entre las
dos grandes líneas, el gnosticismo y el catolicismo popular.
Ediciones ş íraduc’ciones: E. HENNECKE-W. SCHNEEMELCHER, Neutesta-
nientliche Apokryphen in deutsclier Übersetzung, II. Apostolisches, Apokal yp-
men und Verwandtes, Tübingen 1964; CCA, 3; D. R. MAC DONALD, The
acts of Andrew and the acts of Andrew and Matthias in the cit y of the
cannibals, Christian Apocrypha Series, 1, Atlanta 1990; ApCr 4.
Estudios: R. SÖDER, Die Apokryphen Apostolgeschichten und die roman-
hafte Literatur der Antike, Stuttgart 1932; G. QUISPEL, An Unknown Frag-
ment of the Acts ofAndrew, VigChr 10 (1956) 129-148; S. L. DAVIES, The
Re- volt of the Widows. The Social World of the Apocryphal Acts, New York
1980;
F. BOVON Y OTROs, Les Actes Apocryphes de.s A pôtres. Christianisme et Mon-
de Pa’i’en, Genève 1951 ; A. F. J. WIJN, The Apocryphal Acts of the apostles,
VigChr 37 (I 983) 193—199; G. $FAMENł GASPARRO, Gli Atti Apocrifi degli
Apostoli e la tradizione dell’ene rateia. Discussione di una recente formula in-
terf›retativa, Aug. 23 (1983) 287-307; F. BovoN-E. JUNOD, Reading the
Apocryphal Acts of the A jostles, Semeia 38 (1986) 161-171; F. BOVON, The
synoptic gospels and the noncanonic’al Act.s of te Apostles, HThR 81 (1988)
19-36; G. DEL CERRO CALDERÓN, Los Hec’hos apócrifas de los Apóstoles.-
una asignatura pendf€nte, nMal 11 (1988) 245-255; PH. CHALMET, SP gnes,
mira- cles et f›rodiges: Les Actes apocryphes des Apôtre.s: Des récits chrétiens
de miracles dans le monde gréco-romain des trots premiers siècles, Diss.,
Stras- bourg 2001; N. PÉRÉs, Un élément de christologie quartodécimane
dans 1’Ê- pi“tre des Apôtres.- L’agaye pascale comme occurrence de
solidarité, Apocry- pha 13 (2002) 113- l2l ; R GOUNELLE, Actes apocryphes
des Apôtres et Ar’tes des Apôtres canoniques. Etat de la recherche et
perspectives nouvelles (pre- mière partie), RHPhR 84 (2004) 3-30.
1. Los Hechos de Pedro
Estos Hechos apócrifos son los más antiguos que se conservan. Sc
escribieron entre los aííos 180 y 190 en Asia Menor o en Roma. L:i
piir-
PATROLOGIA 98
te primera se ha perdido, salvo algunos fragmentos, que permiten si-
tuar su acción en Jerusalén, donde tiene lugar el primer enfrentamiento
de Pedro con Simón el Mago (cfr. Act 8, 18-24). La segunda parte se
ocupa del viaje de Pedro a Roma. Se cuenta que cuando Pablo deja
Roma y viaja a España, Simón se presenta en la Urbe y gana para sí a
la comunidad cristiana con la realización de diversos prodigios. Pedro
entabla con Simón una discusión en el Foro, realizando milagros
supe- riores a los obrados por Simón, que se romperá las piernas en
un inten- to de volar subiendo al cielo. La parte final nos narra el
martirio de Pe- dro. Poco antes de ser apresado por el prefecto de la
Urbe, huye de Roma por la dio Appia, donde se encuentra con Cristo
y, ante la pre- gunta de Pedro: «Quo vadis, Domine?». Le responde:
«Voy a Roma para ser crucificado por segunda vez». Ante tal
respuesta Pedro regre- sa a la ciudad donde es crucificado cabeza
abajo. El escritor polaco Henryk Sienkiewicz, premio Nobel de
Literatura de 1905, tomó este episodio como base de la famosa
novela Quo vadis.
Algunos tratadistas han querido ver en esta obra ciertos rasgos de
gnosticismo y de encratismo. Tal vez sea esta última tendencia algo
más acusada, sobre todo por el subrayado que se hace de la continencia
como presupuesto para la salvación. Los aspectos, que en algún caso
pueden parecer gnósticos, podrían ser, más bien, de la piedad popular
de los siglos H y III.
Ediciones y traducciones: L. VoUAUx, Les Actes de Pierre, Paris 1922;
E. HENNECKE-W. SCHNEEMELCHER, (eds.), NeutestamentliChe Apocryphen in
deutscher Übersetzung, II. A f:iostolisches, Apokalipsen und Verwandtes, Tü-
bingen ’1964.
Estudios: G. POUPON, Les «Acte.s de Pierre» et leur remaniement, en
ANRW 25, 6, Berlin 1988, 4363-4383; G. DEL CERRO CALDERÓN, Los Hechos
apócrifos de los Apóstoles: una asignatura pendiente, AnMal 11 (1988) 245-
255; J. N. BREMMER, (ed.), The Apocryphal Acts of Peter. Ma gic, Miracles
and [Link]’ism, Leuven 1998; J. A. ARTÉS HERNÁNDEz, Estudios sobre la len-
gua de los Hechos Apócri OS de Pedro y Pablo, Murcia 1999.
2. Los Hechos de Pablo
Esta obra fue escrita entre los años 185 y 195 por un presbítero
de Asia Menor, cuyo nombre no conocemos. Pertenece al género de la
na- rrativa griega que describe viajes períhodoi). Consta de tres
escritos de los que sólo se han conservado algunos fragmentos: los
Hechos de Pablo y Tecla, la Tercera Carta de S. Pablo a los Corintios y
el Marti- rio de Pablo. Con estas tres piezas Schneemelcher ha
hecho una re-
LITERATURA APÓCRIFA NEOTESTAMENTARIA aguileña» (3, 2).
construcción de lo que serían los Hechos de Pablo en su versión primi-
genia.
El contenido de este relato novelado cuenta en la parte principal
(Acta Pauli et Theclae) los avatares de la virgen Tecla, que en Iconio se
había convertido gracias a la predicación del Apóstol. Rompe con su
novio y sigue a S. Pablo ayudándole en su tarea misionera. Tecla
esca- pa milagrosamente de una serie de persecuciones, tanto en
Iconio como en Antioquía, retirándose más tarde a Seleucia. La
Tercera Carta a los Corintios se ocupa de las falsas doctrinas
gnósticas que circula- ban en Corinto: rechazo del Antiguo Testamento,
negación de la omni- potencia de Dios y, en consecuencia, de Dios
creador, de Cristo como Hijo de Dios y de la resurrección de la
carne. Por iiltimo los Hechos de Pablo terminan narrando el martirio
de S. Pablo en Roma.
Esta obra nos ofrece una visión teológico-catequética sobre los
contenidos de la predicación cristiana del siglo II, centrada en la idea
de Dios único y creador. Destaca también la importancia de la conti-
nencia (encrateia), así como el papel de la mujer en la difusión de la
predicación apostólica. Los preámbulos de la conversión de Tecla se
narran con detalle:
«Mientras Pablo pronunciaba estas palabras (unas bienaventuran-
zas) en medio de la comunidad, en casa de Onesifero, Tecla, una virgen
hija de Teoclia, novia de un tal Tamiri, estaba sentada junto a una
venta- na contigua a la casa, escuchaba durante la noche y el día el
discurso de Pablo sobre la vida continente y la oración. No se apartaba
de la ventana, se encontraba llena de alegría, movida por la fe.
Además, viendo que muchas mujeres entraban donde estaba Pablo,
tenía el deseo de poder ser digna de estar delante de él y de escuchar la
palabra de Cristo. Nunca ha- bía visto su semblante y sólo había oído
su palabra.
Y dado que continuaba estando junto a la ventana, su madre
mandó llamar a Tamiri. Éste reaccionó llenó de alegría, como si se
tratase de to- marla como esposa. Preguntó, enseguida a Teoclia: ‘¿dónde
está mi Tecla, que la quiero ver?’. Ella le responde: ‘Tengo que contarte
una novedad, Tamiri. Desde hace tres días y tres noches Tecla no se
aparta de la ventana ni para comer, ni para beber. Ha fijado sus ojos,
como si se tratara de un espectáculo agradabilísimo, toda ella pendiente
de un extranjero que ense- ña doctrinas seductoras y brillantes... ’» (Acta
Pauli et Theclae, II, 7-8)
Su influencia ha sido considerable no sólo en autores
posteriores, como Hipólito (lu Dan., III) u Orígenes (fu loh., XX,
12), sino espe- cialmente en la iconografía paulina, debido a la
descripción que hace del Apóstol: «... hombre de corta estatura,
calvo, de piernas torcidas, complexión fuerte, cejas unidas, nariz
PATROLOGÍA
100
1. ’ilic’iones y traducciones: L. VOUAUX, Les Actes de Paul, Paris 1913;
E.
111:N Nl ‹t“KE-K. CHNEEMELCHER (eds.), Neutestamentliche Apocryphen in
‹l‹ [Link]’her Übersetzung, II, [Link], Apokal ypsen und Verwandtes, Tü-
bingen ’1964; W. SCHNEEMELCHER, (ed.), Tübingen 1989, II, pp. 103-243.
Estudios.’ E. M. HOWE, «Interpretations of Paul in the Acts of Paul and
Thecla», en D. A. HAGNER-M. J. HAlu‹is (eds.), Pauline Studies. Essays pre-
.sented to F. F. Bruce, Exeter 1980, pp. 33-49; W. RORDORF, Die neronische
Christenverfolgung im Spiegel der Apocryyhen Paulusakten, NTS 28 (1982)
365-374; 0. PASQUATo, Predicazione missionaria in Asia Minore nel II seco-
lo. In margine agli Atti di Paolo, Aug. 23 (1983) 337-347; L. MORALDI, Gli
Atti apoCrifi di Paolo, RivBib 34 (1986) 599-613; W. RORDORF, «Was wissen
wir über Plan und Absicht der Paulusakten?», en D. PAPANDREOU Y OTROS
(eds.), Oecumenica et Patristica, FS. W. Schneemelche r, Stuttgart-Berlin-
Koeln 1989, pp. 71-82; J. A. ARTÉS HERNÄNDEZ, Gnosis y acta apostolorum
apocrypha.- «Hechos de Pablo y Tecla» y cMartirio de Pedro», EstB 55
(1997) 387-392; P. ZIEME, Paulus und Thekla in die türkischen Überlieferung,
Apocryplia 13 (2002) 53-62.
IV. CARTAS APÓCRIFAS
Son cartas que pertenecen al género epistolar de ficción o
pseudo- epigráfico. No han tenido una especial incidencia en la
literatura cris- tiana, ni tampoco en la teología. Algunas de ellas las
conocemos por- que han sido transmitidas en otras obras, como
sucede con la Tercera Carta a los Corintios que aparece en los
Hechos de Pablo‘, otras son verdaderos tratados dogmáticos como en
el caso de la Carta de Berna- bé, que hemos incluido entre los
escritos de los Padres Apostólicos. También pertenece a este apartado
de cartas apócrifas la Correspon- dencia de Jesús con el re y Abgar
de Edesa.
Una mención destacada merece la Carta a los Laodicenses, que
debe su origen a la indicación que hizo el propio S. Pablo en Col 4,
16:
«Leída que sea esta carta entre vosotros, haced que se lea también en la
Iglesia de Laodicea, y procurad también vosotros leer la de los laodi-
censes». lgualmente sobresale por su interés la Correspondencia
entre Pablo y Séneca. Es una colección de ocho cartas que se
atribuían al fi- lósofo Séneca y de seis breves respuestas del Apóstol.
Debieron de es- cribirse en el siglo III, con la pretensión de
recomendar la lectura del epistolario paulino en algunos círculos de la
sociedad romana, a pesar de los defectos literarios que podían
advertir los puristas del lenguaje en las cartas de S. Pablo.
Ediciones y traduccione.s: KT 12; PMAAR 10; A. KURFESs, Zum
apocryphen Briefwechsel zwisChen Seneca und Paulus, ZRG 2 (1949/1950)
LITERATURA APÓ CRIFA NEOTESTAMENTARIA aunque con alguna re-
67-70; M. R. JAMES, The Apocryphal New Testament, Oxford 21950, pp. 480- l íl 1
484; L. BoccIOLINI PALAGI, ll carteg gio apocrifo di Seneca e S. Paolo, Firen-
ze 1978.
Estudios: G. SIRBU, L’Apótre Paul a-t-il adressé une épttre aux
habitants de Laodicée, Ort. 3 (1960) 405-430; J. N. SEvENSTER, Paul and
Seneca, Lei- den 1961; D. TROBISCH, Die Entstehung der
Paulusbriefsammlung. Studien zu den Anfàngen christlicher Publi zistik, NTOA
10, Freiburg 1989; I. RAME- LLI, L’epistalario apocrifo Seneca-S. Paolo:
alcune osservazioni, VetChr 34 (1997) 299-310; A. FÜRST, Pseudepigraphie
und Apostolizitàt im apocryphen Briefwechsel 7wischen Seneca und Paulus,
JAC 41 (1998) 77-117; G. G. GAMBA, Il carte g gio tra Seneca e S. Paolo. Il
«problema» della sua autenti- cità, Sal. 60 (1998) 209-250; M. GRAZIA
MARA, L’Epistolario apoe’rifo di Seneca e S. Paolo, Aevum (ant) 13 (2000) 41-
54; I. RAMELLI, Una de He piíi antic’he lettere Cristiane extracanoniche? Aeg.
80 (2000) 169-188; I. KARAU- LASHVILI, The Date of the «Epistola
Ahgari», Apocrypha 13 (2002) 88-111;
R. BURNET, Pourquoi a voir écrit l’insipide építre aux Laodicéens? NTS 48
(2002) 132-141.
V. APOCALIPSIS APÓCRIFOS
A imitación del Apocalipsis canónico de S. Juan, existen
también Apocalipsis apócrifos que llevan nombres de otros Apóstoles.
Como es sabido, el término «apocalipsis» significa revelación, y el
género lite- rario de los Apocalipsis proviene del mundo hebreo. Así lo
atestigua el Libro de Daniel, que es el ejemplo más señalado de este
tipo de escri- tos del Antiguo Testamento. Los Apocalipsis cristianos
se basan en consideraciones escatológicas que aparecen en pasajes
del Nuevo Tes-
tamento.
Los Apocalipsis se caracterizan porque sus autores reciben su
mensaje en forma de una visión o un sueíío. Su finalidad es
fortalecer y guiar al creyente para que supere las dificultades de los
últimos tiem- pos, podemos decir que es un discurso parenético con
la mirada puesta en el fin del mundo y el más allá. Esta finalidad
enlaza con la tesis de los dos eones: el eón del mundo, que es malo y
está dominado por Sa- tanás, y el eón del futuro, que es un mundo
nuevo, y que el Señor pro- mete al creyente. No sabemos con
exactitud cuándo tendrá lugar el fin del mundo, ahora sencillamente
es el tiempo de la conversión y de la preparación para el eón
venidero.
Dentro de este grupo de escritos podemos señalar los más
impor- tantes. El Apocalipsis de Pedro, compuesto entre los años
125 y 150, l’ue tenido como canónico por algunas Iglesias de los
primeros siglos, ctiinc› lo reconoce el Fragmento Muratoriano,
PATROLOGÏA
LITERATURA APÖCRIFA NEOTESTAMENTARIA
serva. Jerónimo (De vir. ill., 1) lo descarta como libro canónico. El
CIOTTI, L’Apocalisse di Paolo siriaca, 2 vols. Brescia 1932; A. BÖHLING-P.
ct›ntenido de esta obra consiste en unas visiones que destacan la LABIB, Koptisch-gnostische Apokal ypsen aus Codex V von Nag Hammadi im
belle- za del cielo y los horrores del infierno. En la recensión etíope koptischen Museum zu Alt-Kairo, Halle 1963; L. LELOIR, L’Apocal ypse de
se hace presente una visión sobre la parusía: Paul selon sa teneur arménienne, REArm 14 (1980) 217-285; A. PIÑERO-J.
MONTSERRAT TonsrNTS-F. GARCÍA BAZÁN, Textos gnósticos. Biblioteca de
«La tierra del sudor ha sido rociada, cuando aparece el signo del Nag Hammadi, III, Apocalipsis y otros escritos, Madrid 2000; J. FERRER,
jui- [Link] siriaca de Baruc, BarceIona 2002.
cio. Estudios: TH. SILVERSTEIN, The Vision of Saint Paul. New Links and Pat-
Desde lo alto del Cielo el futuro rey eterno desciende. terns in the Western Tradition, AHD 26 (1959) 199-248; W. SMITHALS, Die
Viniendo sobre toda carne y sobre todo el mundo, una sentencia Apokaliptik, Einführung und Deutung, Göttingen 1973; A. YARBRO COLLINS,
pronuncia. Earl y Christian Apocaliptic Literature, en ANRW II, 25.6, Berlin 1988, 4665-
Los mortales, ya sean fieles o enemigos de la fe, 4711; CH. RowAND, «Apocaliptic Literature», en D. A. CARSoN (ed.), It is
al final de los tiempos contemplan al Altísimo con sus santos. Written: Scripture Citing Scripture, Cambridge 1988, pp. 170-189; V. ZAGER,
A1 tribunal asisten, las almas de los hombres, cubiertas de carne, É1 Bepriff find Werung der Apokal yptik in der neutestamentlichen Forschung,
juzga, Berna 1989; P. GRAY, Abortion, Infanticide, and the Social Rhetoric of the
mientras el mundo entero se convierte en tierra á rida y só lo nacen «Apocalypse of Peter», JEChS 9 (2001) 313-337; A. KHEALEY, The Apocry-
espinas... phal Apocalypse of John.’ A Byzantine Apocalypse from the Early Islamic Pe-
Este es nuestro Dios, que ahora es cantado en acrósticos: riod, JThS 53 (2002) 533-540.
Salvador, Rey inmortal, que ha sufrido por nuestro amor.
Él estaba señalado, cuando Moisés extendió sus manos sagradas,
y con la fe venció a Amalec, recordando al pueblo,
que junto a Dios, el Padre eligió VI. ORÁCULOS SIBILINOS
la vara preciosa de David y así la piedra que en un tiempo prometió,
se debe a tal fe, si se quiere alcanzar la vida eterna...» (Apoc. Pet., Una de las formas expresivas de la literatura apocalíptica son los
217-254). Oracula Sibyllina. La Sibila es una figura mítica de procedencia orien-
ta1, cuyos oráculos eran conocidos ya en la Grecia del siglo V a. C.
El Apocalipsis de Pablo está escrito en griego, probablemente en Fueron famosas algunas Sibilas, como la de Eritrea, Delfos y Cumas.
Egipto, entre los años 240 y 250. El Apóstol recibe la misión de Solían realizar vaticinios de desgracias, y se convirtieron en instrumen-
predi- car la penitencia a toda la humanidad. Un ángel le lleva a1 to de propaganda política. El judaísmo de la diäspora transformó los
lugar res- plandeciente de los justos, y después le conduce a1 río de oráculos en instrumentos de propaganda religiosa a favor del monote-
fuego donde sufren las almas de los impíos y los pecadores. Sobre el ísmo, con anuncios del fin de mundo y exhortaciones a la conversión.
ángel de la guarda declara lo siguiente: Los cristianos tomaron del judaísmo este género literario que por
su forma, temática y talante parecía muy apto para la lucha y para la
«Cuando ya se ha puesto el sol, a la primera hora de la noche, a esa
misma hora va el ángel de cada pueblo y de cada hombre y de cada mu- autoafirmación frente a1 exterior.
jer, que los protege y los guarda, porque el hombre es la imagen de Los Oracula Sibyllina en su forma actual son una compilación de
Dios, e igualmente a la hora de la mañana, que es la duodécima hora de materiales paganos, judíos y cristianos que van desde el siglos II a. C.
la no- che, todos los ángeles de hombres y de mujeres van a al III d. C. Forman en total un conjunto de doce libros, aunque se sue-
entrevistarse con Dios y le presentan todas las obras que cada uno de len añadir dos más, descubiertos en 1817 por el cardenal A. Mai. Elli-
los hombres ha reali- zado, tanto si son buenas como si son malas. bro sexto es netamente cristiano y contiene un himno en honor de Cris-
En la hora fijada, todos los ángeles, cada uno con alegría, actúan to. El libro séptimo, aunque de factura cristiana, tiene también cierta
juntos delante de Dios, para presentarse a adorar a Dios en la hora esta- impronta gnóstica. Este libro consta de 182 versos y vaticina desgra-
blecida» (Apoc. Paul., 7-8). cias y calamidades para las naciones paganas, si bien describe una
Ediciones y traducCiones: C. TISCHENDORF, A pocalipses Apocryphae,
edad dorada al final de los tiempos. El libro octavo es el más extenso
Leipzig 1866; M. R. JAMES, Apocrypha anecdota, Cambridge 1893; G. Ric- (300 versos). La primera parte de este escrito es una larga 1amentaci(In
102
PATROLOGÍA
contra Roma y habla de los emperadores Adriano, Antonino Pío, Lucio
Vero y Marco. La segunda parte es de contenido escatológico y co- CAPÍTULO IV
mienza con el famoso acróstico I XO1I = Ihesus Xristós Theoú Uiós
Sotér Staurós. LOS PADRES APOLOGISTAS GRIEGOS
Una muestra de poesía puramente cristiana del siglo II es este him-
no a Cristo:
«Al gran hijo ilustre del Inmortal desde mi corazón proclamo, a
quien el Altísimo Creador concedió obtener su trono antes de ser engen-
drado, ya que, según la carne, se manifestó por segunda vez, cuando se
lavó en la desembocadura del río Jordán, el que se mueve con verdoso
pie, mientras arrastra las olas. Él será el primero que, tras escapar del
fuego, verá la dulce presencia de Dios en espíritu, con blancas alas de pa-
loma. Florecerá una flor pura, brotarán arroyos. Mostrará a los hombres
los caminos, les mostrará los senderos celestiales; a todos con sabias
pa- labras enseñará. Los conducirá a la justicia y hará crecer al pueblo I. EL NACIMIENTO DE LA APOLOGÉTICA CRISTIANA
incré- dulo con el orgullo de la loable descendencia del Padre celestial.
Cami- nará sobre las olas, librará a los hombres de la enfermedad,
resucitará a los muertos, apartará de los hombres muchos dolores; una La oposición al cristianismo tuvo sus inicios en el mismo entorno
sola bolsa de pan dejará ahítos a los hombres, cuando la casa de David judío que lo vio nacer, pero, sobre todo, será el mundo pagano el que
haga crecer un vástago; en su mano estará el mundo entero: la tierra, el presente una mayor hostilidad. Por ello no es raro encontrar
cielo y también el mar» (Oracula Sybillina, VI). elementos apologéticos ya en los escritos neotestamentarios. A título
de ejemplo baste recordar aquí el discurso de S. Pablo en el Areópago
Ediciones y traducciones: A. KURFESS, Sybillinische Weissagung, Berlin de Atenas (Act 17, 19-34). Pero será en el siglo II cuando se pondrá
1951; A. PINCHERLE, Gli Oraculi sibillini giudaici (Orac. Sybil. III-V), Roma en marcha un tipo de respuesta a estos ataques, que darú origen a una
1922; GCS 48. especialidad li- teraria denominada apologética, por el uso de un género
Estudios: B. THOMPSON, Patristic Use of the Sibylline Oracles, RR 18 literario llama- do «apología» (defensa). En consecuencia, se reconocen
(1951) 121-147; A. KURFESS, Horas und die Sibyllinen, ZRGG 8 (1956) 253- como «apolo- gistas griegos» a los primeros autores cristianos de la
256; ID., Juvenal unJ die Sihylle, HJ 76 (1957) 79-83; D. KORZENIÉWSKI, Né- segunda mitad del siglo II, que escribieron apologías.
ron et la Sib ylle, Latomus 33 (1974) 921 -925; B. TEYSSÉDRE, Les représenta-
tions de la fin des temps dans le chant V des «Oracles sibyllines».- les strates La polémica antijudía, que nada tiene que ver con el antisemitis-
de 1’imaginaire, Apocrypha l (1990) 147-165; J. J. CAEROLS PÉREz, Los Li- mo, puesto que no se trata de la raza, sino de la fe, como bien ha
bros Sibilinos en la historiografía latina, Madrid 1991; E. SUÁREZ DE LA To- seña- lado Drobner, perseguía un doble objetivo: 1. Deslindar el
RRE, «De la Sibila a las Sibilas. Observaciones sobre la constitución de los cá- cristianismo del judaísmo, en cuyo seno nace. Lo que lleva consigo el
nones sibilinos», en R. TEiA ted.), Actas del XIV Seminario sobre Historia del reconoci- miento de Jesús como Mesías y la interpretación del
Monacato. Profecía, magia y adivinación en las religiones antiguas, Aguilar Antiguo Testa- mento como un anuncio, que tendrá su plena
de Campoo, Palencia 2001, pp. 45-61; J.-M. ROESSLI, «Augustin, les sybylles realización en el Nuevo.
et les Oracles sibyllins», en P.-Y. Fax-J.-M. ROESSLI-O. WERMELINGER (eds.), 2. Pero, además, quiere convertir a los judíos argumentando sobre la
Augustinus Afer. Saint Augustin: africanité et universalité. ACtes du colloque base del Antiguo Testamento, que afirma el auténtico mesianismo de
de international Alger-Annaba, 1-7 avril 2001, Par. 45/1-2, Fribourg 2003,
pp. 263-286.
Jesús. De todas maneras, hay que reconocer a esta producción
literaria una extensión más bien reducida, por ser también pequeño el
número de sus adversarios.
En cambio, la oposición pagana al cristianismo tendrá una mayor
entidad, debido especialmente a las persecuciones de los emperadores
romanos. No obstante, conviene recordar que no todas las persecucio-
nes fueron iguales en intensidad y extensión, como ya hemos seña1ad‹i,
104
1()5
PATROLOGÍA
LOS PADRES APOLOGISTAS GRIEGOS
cuando hablábamos de la política religiosa de los emperadores roma- Ediciones y traducciones: CPG I, 1060- Il 15; CorpAp I-IX; E. J. Go‹›ns-
nos. Así la persecución de Nerón se circunscribió al ámbito de la ciu- PEED, Die ältesten Apologeten, Göttingen 1914; TKTG 1; CEsN 40; CC
dad de Roma, mientras que las de Decio y Diocleciano se 42;
extendieron a toda la «oikumene». La acusación de mayor relieve, BAC 116.
que esgrimían contra los cristianos era la de ateísmo, que abarcaba Estudios: A. PUECH, Les apologistes grecs du He siècle de notre ère,
dos crímenes: el desprecio contra los dioses (irreligiositas, Paris 1912; 0. BARDENHEWER, Geschichte der altkirchlichen Literatur, I,
sacrilegium), un crimen de lesa majestad, y el rechazo del culto Freiburg i. Br. '1913, pp. 171-343; M. FERMI, La morale degli apologisti,
imperial, que suponía una desleal- tad contra quien estaba en el vértice RR 2 (1926)
del poder político y se entendía como un crimen maiestatis. 218-235; I. GlORDANi, La prima polemica cristiana, 8li apolO ge tici greci del
Al lado de esta formidable acción de los emperadores romanos 11° secolo, Torino 1930; V. A. S. LITTLE, The Christolog y of the Apologists.
Doctrinal Introdwction, London 1934; A. L. WILLIAMS, Adversus Judaeos. A
hay que colocar también la hostilidad de la sociedad pagana, que pro- Brid’.s-E ye View of Christian «Apologiae» until the Renaissance, Cambridge
yecta en la opinión pública de los tres primeros siglos una serie de acu-
1935; B. CRITTERIO, polemica anticristiana nei F r imi set secoli della Chie-
saciones y calumnias contra los cristianos, achacándoles delitos y tor- sa, ScC 64 (1936) 51-63; M. H. SHEPHERD, The Early Apologists and Christian
pezas infamantes, como la antropofagia y las relaciones incestuosas. Worship, JR 18 (1938) 60-79.’ P. PALAZZINI, 11 monoteismo nei padri apostolici
No habrá que olvidar tampoco a un grupo de intelectuales (filósofos y e negli apologistici del II’ seColo, Roma 1945; M. PELLECìRINO, Studi sulla an-
literatos) que atacaban denodadamente a los cristianos. Podemos recor- tica apologetica, Roma 1947; M. SlMON, Verus Israel. Êtude .our les relations
dar algunos nombres, como el rétor Frontón de Cirta, maestro de Mar- entre Chrétiens et Int S dans 1'Empire romain (135-425), Paris 1948; R. WIL-
co Aurelio y autor de un Discurso contra los cristianos. Luciano de Sa- DE, The Treatment of the Jews in the Greek Christian Writers of the Firts Three
mosata, rétor como el anterior y escritor satírico, en su obra La muerte Centurie.s, Washington 1949; V. MONACHINO, Intents pratico e propagandisti-
de Peregrino (Perì tês Peregrínou teleutés) ridiculiza la vida de los co nell’apologetica grec’a del sec’ondo .secola, Gr. 32 (1951) 5-49. 187-222;
cristianos. El filósofo platónico Celso compuso alrededor del año 178 1.-
R. LARIN, Orientations mattresses des apologistes chrétien.s de 270 ù 361,
el Discurso Verdadero (Alêthês lO8Os), que supuso un fuerte ataque in- AnGr 61, Roma 1954; R. M. GRANT, The Chronolop y of the Greek Apologist,
telectual contra el cristianismo y requirió en el siglo IH una contunden- VigChr 9 (1955) 25-33; H. WEY, Die Funktionen der bösen Geister bei den
te réplica por parte de Orígenes en su Contra Celso. grieschischen Apologenten des zweiten Jahrhunderts nach Christus, Winten-
La tarea de los apologistas hubo de salir al paso de todas esas thur 1957; H. SCHRECKENBERG, Die christlichen Adversus-Judaeos-Texte und
acii- saciones, tratando de mostrar su falsedad y a la vez señalar la ihr literarisc’hes und historisches Umfeld (I-III.), Frankfurt-Bern 1982; R. M.
verdad de la vida cristiana. En la polémica antijudía se suelen GRANT, Greek Apolngist of the Second Century, Philadelphia 1988; D. RAMOS-
emplear, más bien, escritos de índole dialógica, como el Diálogo con LISSÓN, novità cristiana e gli apologisti del II secolo, StROC 15 (1992)
507-516; B. POUDERON-J. DORE, (eds.), Les apologistes chrétien.s et la culture
Trifôn de Jus- tino.
grecque, Paris 1997; M. EDWARDS-M. GOODMAN-S. PRICE, (eds.), Apologetics
La línea argumental de la apologética cristiana tendía a aclarar in the Roman Emf:tire. Pagans, Jews, and Christians, Oxford 1999; J. W. HAR-
los equívocos y falsedades propaladas en el seno de la sociedad greco- GIS, Against the Christians. The Rise of Earl y Anti-Christian Polemic, PatSt 1,
lati- na de los primeros siglos cristianos. El contenido de esta New York 1999; M. FIEDROWlCz, A pologie im fr‘then Christentum, Paderbom
apologética trataba de presentar a1 cristianismo como una religión no 2000.
sólo compati- ble con el bien político del Imperium, sino que promueve
la realización de ese bien político, por cuanto las exigencias morales
cristianas facili- tan la consecución de dicho objetivo. Pero la finalidad II. CUADRATO
última era hacer comprensible el carácter racional y superior de la fe
cristiana. Los no cristianos pertenecientes a la elite intelectual y con Es el primero de quien tenemos noticia a través de Eusebio de Ce-
formación filosófi- ca no creían ya en los mitos de los dioses y tenían sarea (HE, IV, 3, 2), y sabemos que dirigió una Apología al emperador
una visión más tras- cendente de Dios. La apologética encontró ahí Adriano (117-138) hacia el año 125. De este escrito sólo se ha conser-
un adecuado punto de vado un pequeño fragmento en el que se habla de las personas que fue-
{tin iida para la defensa de la doctrina cristiana. ron curadas por el Señor. No han resultado convincentes las tentítti VilS
de Andriessen de atribuir a Cuadrato la autoría de la Epístola a Di‹›g-
nrrn, que sería una parte de la Apología de dicho autor.
1117
PATROLOGÍA
108
[Link].‹: J. R. HARRIS, The Quest for Quadratus, BJRL 8 (1924) 384-
397; P. ANDRIESSEN, L’Apologie de Quadratus conservée sous le nom d’Êpî-
lr‹• á Diognéte, RThAM 13 (1946) 5-39. 25-149. 237-260; Io., L’Épi“logue de
1'Építre á Diognéte, RThAM 14 (1947) l2l-156; ID., The Autorship of the
Eyistula ad Diognetum, VigChr 1 (1947) 129-136; G. BARDY, Sur l’apologis-
te Quadratus, AIPh 9 (1949) 75-86; R. M. GRANT, «Quadratus, the First
Christian Apologist», en R. H. FlSCHER, A Tribute to Arthur Vââbus.- studies
in earl y literature and its environment, primarily in S yrian East, Chicago
1977, pp. 177-185.
IH. ARÍSTIDES
Tenemos escasas noticias de este filósofo cristiano. Según nos dice
Eusebio (HE, IV, 3, 3), Arístides escribió una Apología al emperador
Adriano (117-138), aunque en un manuscrito siríaco de esta obra apa-
rece dirigida a Antonino Pío (138-161). Este escrito ha llegado hasta
nosotros a través de un fragmento armenio (cc. I y II), descubierto por
los Mechitaristi de Venecia en 1878. Más tarde, en 1889, fue
encontra- da la totalidad del texto en una versión siríaca. Y con
posterioridad, J.
A. Robinson halló un texto escrito en griego de esta obra.
El contenido de la Apología nos revela unos buenos conocimientos
de su autor acerca de la cultura helénica. Así, casi ya desde los comien-
zos, en la primera parte, Arístides recurre a las pruebas que aducen
Aristóteles y los estoicos sobre la existencia de Dios (I, IV). Concep-
tualiza a Dios como Ser eterno, inmortal, suficiente por sí mismo y au-
tor de la creación. De ese concepto de Dios deduce que la verdadera
idea del Creador no la tuvieron los bárbaros, ni los griegos, ni siquiera
los hebreos, sino sólo los cristianos por la revelación de Jesucristo. En
la segunda parte presenta la vida de los cristianos, mostrando la cohe-
rencia entre la doctrina y la ejemplaridad de su conducta:
«Y éstos [los cristianos] son los que, entre todas las naciones de la
tierra, han hallado la verdad, pues conocen a Dios creador y artífice del
universo en su Hijo Unigénito y en el Espíritu Santo, y no adoran a otro
Dios fuera de éste. Los mandamientos del mismo Señor Jesucristo los
tienen grabados en sus corazones y ésos guardan, esperando la resurrec-
ción de los muertos y la vida del siglo por venir. No adulteran, no forni-
can, no levantan falso testimonio, no codician los bienes ajenos, honran
al padre y a la madre, aman a su prójimo y juzgan con justicia. Lo que no
quieren se les haga a ellos no lo hacen a otros. A los que los agravian,
los exhortan y tratan de hacérselos amigos, ponen empeño en hacer bien
a sus enemigos, son mansos y modestos [...] No desprecian a la viuda,
no contristan al huérfano; el que tiene suministra abundantemente al
que no
LOS PADRES A POLOGISTAS lu-
GRIEGOS
I l)t)
tiene. Si ven a un forastero, lo acogen bajo su techo y se alegran con él
como con un verdadero hermano. Porque no se llaman hermanos
según la carne, sino según el alma. Apenas también alguno de los
pobres pasa de este mundo, y alguno de ellos lo ve, se encarga, según
sus fuerzas, de darle sepultura; y si se enteran que alguno de ellos está
encarcelado o es oprimido por causa del nombre de su Cristo, todos
están solícitos de su necesidad y, si es posible liberarlo, lo liberan. Y si
entre ellos hay alguno que sea pobre o necesitado y ellos no tienen
abundancia de medios, ayu- nan dos o tres di”as para satisfacer la falta
de sustento necesario en los ne- cesitados» (Apol., XV, 1-7).
Aunque su teología no es muy rica, tiene, sin embargo, algunos
rasgos más destacados, como sucede con su cristología,
especialmente por lo se refiere a la encarnación, al nacimiento
virginal de Cristo y a todo el misterio pascual.
Ediciones y traduCCiones: E. HENNECKE, Die Apologie des Aristides. Re-
zension and Rekonstruktion des Textes, TU 4, 3, Leipzig 1893; A. N. MODO-
NA, L’Apologia di Aristide ed il nuovo frammento d’Ossirinco, Bil. 19 (1922)
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1907; R. L. WOLF, The Apc›log y of Aristides. A Re-examination, HThR 30
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lla Apologfa di Arfstide, ScC 66 (1938) 35-fi1 ; B. ALTANER, Aristides, RAC, I,
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chen Sc’hriften, ThZ 17 ( 1961) 65-82; K.-G. EsslG, Erwägungen Zum ges-
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K. Hoheisel, =JAC.E 34, Münster 2002, pp. 226-231.
IV. S. JUSTINO
Este apologista es, sin duda, el más importante del siglo II, tanto
por la calidad de sus escritos, como por el vigor de su personalidad. Na-
ció en Flavia Neápolis (antigua Siquem, hoy Nablus), ciudad de Pales-
tina. Él mismo nos cuenta el itinerario de su búsqueda de la verdad a
través de diferentes escuelas filosóficas, que florecían en aquella época:
estoicos, peripatéticos, pitagóricos y los seguidores del platonismo me-
dio; hasta que un día, mientras paseaba por la orilla del mar, un anciano
le dio a conocer el cristianismo, «la única filosofía cierta y digna»
(Dial., 3, 8). El diálogo que precede a esta conclusión nos podría indi-
cur una figura literaria. Probablemente su conversión debió de tener
PATROLOGÍA
LOS PADRES APOLOGISTAS GRIEGOS
gar en Éfeso, hacia el año 130. Se dedicó a difundir el cristianismo de Éfeso, poco después del año 132. La obra no ha llegado complCtíl hilS-
un modo itinerante, como hacían otros cristianos. En Roma fundó una ta nosotros. Se han perdido la introducción y un fragmento considcríi-
escuela, durante el reinado de Antonino Pío (138-161), contando entre ble del capítulo 74. Está compuesta por 142 capítulos. Al principiti,
sus discípulos a Taciano, que sería también apologista. En esta ciudad Justino nos ofrece una serie de datos autobiográficos sobre su forma-
tuvo que enfrentarse a1 filósofo cínico Crescencio, quien, más tarde, le ción filosófica y su conversión (cc. 2-8). Dedica, después, una
denunciaría por cristiano ante el prefecto Junio Rústico. Su muerte se primera parte (cc. 9-47) a una interpretación del Antiguo Testamento
describe en el relato del Mart yrium S. lustini et sociorum. Según este desde una perspectiva cristiana. La Ley de Moisés aparece a los ojos
documento, Justino y seis de sus discípulos murieron decapitados en de Justino con una validez limitada en el tiempo, mientras que el
el año 165, como nos atestigua también el Chronicon Paschale. cristianismo es la Nueva Ley que no tiene limitación temporal y se
De su producción literaria sólo han llegado hasta nosotros tres extiende a toda la humanidad. La segunda parte (cc. 48-108) presenta
obras: dos Apologiae contra los paganos y el Dialogus cum Tryphone diversos argumen- tos que muestran la divinidad de Jesucristo. La
ludaeo, que es una apología contra el judaísmo. Tenemos también noti- tercera (cc. 109-142) es un alegato en favor del nuevo Israel, que es el
cia de otras obras perdidas y de algunas espurias que se le han atribuido. verdadero pueblo elegi- do de Dios. De toda esta obra subrayaríamos
Eusebio nos ha transmitido un catálogo de sus obras (HE, IV, 18, 2-6). especialmente el relato de su conversión, después de narrar su
La f Apologia debió de escribirla entre los años 145 y 155. Está di- experiencia de frecuentar el trato con distintos filósofos:
rigida a Antonino Pío y a sus corregentes Marco Aurelio y Lucio Vero,
al Senado y al Pueblo romano. Los capítulos 1-29 son una defensa de «Determiné un día henchirme de abundante soledad y evitar toda
los cristianos frente a la acusación de ateísmo, y en ellos muestra que huella de hombres, por lo que marché a cierto paraje no lejano del mar.
Cerca ya del sitio, en que había de encontrarme a mis anchas, me iba si-
los seguidores de Jesús adoran al único Dios verdadero. Señala, inclu- guiendo, a poca distancia, un anciano, de aspecto no despreciable, que
so, la extravagancia jurídica que supone semejante sistema procesal: daba señas de poseer un carácter blando y venerable. Me volví, me paré
«Si uno de los acusados niega de palabra ser cristiano, lo dejáis libre y clavé fijamente en él mis miradas. Y él entonces, me dijo:
por no tener ningún delito de qué acusarle. Pero si confiesa serlo, le ¿Es que me conoces?
castigáis por esa confesión» (I Apol. 4, 6). Los capítulos 30-60 Le contesté que no.
aportan la prueba de la Escritura veterotestamentaria en favor de la
divinidad de Jesús. Los capítulos 61-67 nos describen la celebración de ¿Por qué, pues —me dijo—, me miras de esa manera?
la liturgia bautismal y eucarística. El capítulo 68 es una conclusión, Estoy maravillado —le contesté— de que hayas venido a parar a
que reprodu- ce al final un rescripto del emperador Adriano. donde yo, cuando no esperaba hallar aquí a hombre viviente.
Ando preocupado —repuso él— por unos familiares míos que están
La II Apologia fue compuesta poco después de la primera. Al co- de viaje. Vengo, pues, yo mismo a mirar si aparecen por alguna parte. Y
mienzo de este escrito, Justino alude a la inicua actuación de Urbico, a ti —concluyó— ¿qué te trae por acá?
prefecto de Roma, que había hecho decapitar a tres personas por el úni- Me gusta —le dije— pasar así el rato, pues puedo, sin estorbo, conver-
co delito de haber confesado que eran cristianos. Justino hace un lla- sar conmigo mismo. Y además, para quien ama la meditación, no hay pa-
mamiento a la opinión pública contra esa manera tan injusta de proce- rajes tan propios como éstos [...] Existieron hace mucho tiempo —me
der y sale al paso de las falsas imputaciones que se hacían contra los contestó el viejo— unos hombres más antiguos que todos estos tenidos
cristianos. También afirmará que las persecuciones son instigadas por por filósofos, hombres bienaventurados, justos y amigos de Dios, los
el demonio, y son permitidas por Dios, como una gran ocasión, para cuales hablaron inspirados del Espíritu divino, y divinamente inspirados
hacer patente la superioridad de la fe cristiana frente al paganismo. Jus- predijeron lo porvenir, aquello justamente que se está cumpliendo ahora;
tino apela, por último, al emperador para que se juzgue a los cristianos son los que se llaman profetas. Estos son los únicos que vieron y anun-
ciaron la verdad a los hombres, sin temer ni adular a nadie [...].
según criterios de justicia y de verdad.
Dicho esto y muchas otras cosas que no hay por qué referir ahora, se
El Dialogiis cum Tryphone ludaeo es un escrito contra el judaís- marchó el viejo, después de exhortarme a seguir sus consejos, y yo no le
mo. Debió de redactarse hacia el año 160. El Dialogus recoge un volví a ver más. Pero inmediatamente sentí que se encendía un fueg‹i en
deba- te anterior con un judío culto, llamado Trifón, que pudo mi alma y se apoderaba de mí el amor a los profetas y a aquellos homo
celebrarse en
PATROLOGÍA
112
bres que son amigos de Cristo, y reflexionando conmigo mismo sobre
los razonamientos del anciano, hallé que sólo csta es la filosofía segura
y provechosa. De este modo, pues, y por estos motivos soy yo filósofo,
y quisiera que todos los hombres, poniendo el mismo fervor que yo, si-
guieran las doctrinas del Salvador» (Dial., III, l -VIII, 2).
Al examinar el conjunto de los escritos de Justino llama la atención
su recurso al Antiguo Testamento, en cuanto manifiesta una serie de
anuncios proféticos, que tendrán su realización plena en Cristo. Se sirve
para ello de una exégesis alegórica, que enlaza con la tradición platóni-
ca y con la rabínica. Las llamadas «Memorias de los Apóstoles» le darán
la evidencia histórica de la verdad contenida en las profecías. Conviene
anotar también que, además de la Escrituras canónicas, emplea igual-
mente la tradición apócrifa. Así lo podemos comprobar cuando describe
el nacimiento del Señor en una cueva (Diál., 78, 3), que coincide con el
Protoevangelio de Santiago. En ocasiones, Justino menciona sus fuentes
apócrifas, como hace en I Apol., 48, 3 con las Actas de Pilato.
El pensamiento filosófico de Justino va a encontrar en los textos bí-
blicos una rica cantera de formulaciones teológicas. El tema central de
su doctrina es la identificación del logos con Jesús. Su premisa básica es
considerar la razón humana (logos) como una participación del Logos
divino. Como mediador en la creación, ha sembrado en todos los
hom- bres la semilla de la verdad (Logos spermatikós). De ahí que
considere a los filósofos precristianos, que vivieron de acuerdo con el
Logos, como auténticos cristianos. Entre ellos citará a Sócrates y a
Heráclito (/ Apol., 46, 2-3). Se puede decir que Justino compendia en
Cristo, toda la historia del pensamiento humano, e incluso la supera,
cuando escribe:
«Lo nuestro se muestra más excelso que toda enseñanza humana
porque la entera racionalidad es el Cristo manifestado en favor nuestro al
llegar a ser cuerpo, razón y alma. Porque siempre cuanto de bueno
profe- saron o hallaron los que filosofaban o legislaban, fue logrado por
ellos mediante la investigación y la contemplación, conforme a su
participa- ción del Logos. Pero al no haber conocido la totalidad del
logos, que es Cristo, muchas veces dijeron cosas contradictorias entre sí.
Y los que an- tes de Cristo intentaron, conforme a las fuerzas humanas,
investigar y de- mostrar las cosas por la razón, fueron llevados a los
tribunales como im- píos y amigos de novedades. Y el que más empeño
puso en ellos, Sócrates, fue acusado de los mismos crímenes que
nosotros, pues decían que introducía nuevos ‘démones’ y que no
reconocía a los que la ciudad tenía por dioses» {II Apol., l0, 1-5).
Por lo que respecta a las relaciones entre el Logos y el Padre,
algu- nos autores sostienen que Justino podría adolecer de cierto
subordina-
LOS PADRES APOLOGISTAS GRIEGOS
cionismo. Justino fue, en cierto modo, pionero en relación con a1gtint›s
planteamientos teológicos. Así sucede, por ejemplo, en sus
reflexiones soteriológicas sobre el binomio Eva-María (Dial., 100, 4,
6), que luego desarrollará más ampliamente Ireneo.
Justino será también un testigo cualificado de la administración,
sin solución de continuidad, de los sacramentos de la iniciación
cristia- na. Concretamente nos describirá, con precisión, cómo se
celebraba el bautismo y la eucaristía en la Iglesia del siglo II:
«Luego son conducidos por nosotros allí donde está el agua y son
regenerados con el mismo rito de regeneración por el que también nos-
otros fuimos regenerados. Pues entonces se bañan en el agua en el
nom- bre de Dios Padre y Soberano del universo y de nuestro Salvador
Jesu- cristo y del Espíritu Santo.
Acabadas las oraciones, nos saludamos mutuamente con un beso.
Luego se le ofrece, al que preside a los hermanos, pan y una copa de
agua y vino. É1, tomàndolos, tributa alabanza y gloria al Padre del uni-
verso por el Nombre del Hijo y del Espíritu Santo y hace una larga ac-
ción de gracias por habernos concedido esos dones de su parte.
Conclui- das las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo
presente aclama:
¡Amén! Amén en hebreo significa así sea. Hecha la acción de gracias por
el presidente, y tras la aclamación de todo el pueblo, los que entre nos-
otros son llamados diáconos dan a cada uno de los presentes su parte
del pan y del vino y del agua sobre los que se dijo la acción de gracias
y lo llevan a los ausentes» (I Apol., 65, 3-5).
Como acabamos de ver, Justino se refiere con enorme claridad
a1 sacramento del altar, lo que nos hace pensar en la no vigencia de
la lla- mada «disciplina del arcano», que en siglos posteriores celaría
estas descripciones eucarísticas a los paganos. También se evidencia,
en el mismo escrito, la fe de Justino y de la comunidad cristiana en la
pre- sencia real de Jesús en la eucaristía (I Apol., 66, 2).
En otro punto, Justino nos habla de la virginidad cristiana como
un argumento apologético, frente a las costumbres disolutas de los
paga- nos ( I Apol., 15, 1-8).
Su escatología subraya la segunda venida de Cristo. Acuña la ex-
presión «segunda parusía» (I Apol., 52, 3), y toda la historia humana se
orienta hacia esa «parusía», siguiendo un orden: primero vendrá la
re- surrección de los santos; luego tendrá lugar la instalación del
«mile- nio», es decir, el reino de los santos durante mil años en
Jerusalén. Al término del milenlo acontecerá la resurrección de los
malvados, segui- da del juicio final (Dial., 80, 5; 81, 4).
I l .\
PATROLOGÍA 114
Ediciones y traducciones: CPG I, 1073-1089; CorpAp I; A. WARTELLE,
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LOS PADRES APOLOGISTAS GRIEGOS
V. TACIANO EL SIRIO
Sobre la vida de este autor tenemos pocas referencias cronológi-
cas. En su Oratio ad Graecos encontramos algunos datos autobiográ-
ficos, que nos informan de su nacimiento en tierras de Asiria,
posible- mente en Adiabene, región de la antigua Mesopotamia,
convertida en provincia romana por Trajano, con el nombre de
provincia de Siria. Debió de tener una buena formación cultural,
sobre todo en el ámbito de la filosofía griega, según nos atestigua
Eusebio de Cesarea (HE, IV, 16). La lectura de la Biblia desempeñó
un papel relevante en su con- versión a1 cristianismo, que tuvo lugar en
Roma, donde frecuentó la escuela de Justino. Poco después de la
muerte de su maestro (165) volvió a Oriente, y en 172 se apartó de la
ortodoxia poniéndose a1 frente del encratismo, movimiento herético
que profesaba un abierto rechazo a la materia y practicaba una
ascesis rigorista, consistente
—entre otras cosas— en la abstinencia del vino, de la carne y del matri-
monio. Llegando incluso, en el caso de Taciano, a sustituir el vino
por el agua en la celebración eucarística, según nos narra Epifanio
de Sa- lamina (Panarion, 46, 1). No tenemos ninguna noticia sobre
la fecha de su muerte.
Fue un rétor que conocía bien la filosofía griega, y en este
sentido se podría considerar su trayectoria hacia el cristianismo
similar a la de Justino. Pero, a diferencia de éste, manifiesta un absoluto
desprecio ha- cia la filosofía helénica y hacia todas las manifestaciones
culturales de los griegos. De modo ostentoso se presenta como un
«bárbaro», que está en posesión de una sabiduría despreciada por los
helenos, sabidu- ría que se podría calificar de cristiana. Los juicios
sobre Taciano a lo largo de la historia han sido, por lo general,
bastante severos. Ya en la antigüedad cristiana, Ireneo dirá de él que
es la síntesis de todas las he- rejías, especialmente de las que
mantuvieron Satornil y Marción. Mo- dernamente R. Grant lo juzga
próximo al gnosticismo, mientras que otros lo consideran un
representante cualificado del rigorismo siríaco- oriental.
Su obra literaria más importante es la Oratio ad Graecos (Discur-
so a los griegos), escrita en fecha incierta, entre los años 155 y 170.
Esta obra de índole apologética es una violenta diatriba contra los
dio- ses y la cultura helénica. Dividida en 42 capítulos, trata de
mostrar la superioridad del cristianismo sobre la cultura griega,
llegando a afir- mar que todo lo que la civilización griega tiene de
bueno lo ha tornado de los bárbaros. Esto se aprecia, de modo más
significativo, en los pri- meros capítulos introductorios (1-3). Los
capítulos siguientes (4-8) es- tán destinados a presentar una visión
positiva de Dios y de la creación.
PETROLOGÏA LOS PADRES APOLOGISTAS GRIEGOS
[Link] se ocupa de la demonología, de la pneumatología, de la Ediciones y traducciones: CPG I 1104-1106; CorpAp VI; SC 121 ; E.
sicolo- gía y de la soteriología (9-16). Continúa, más tarde, señalando la SCHWARTZ, Tatiani Oratio ad Graecos, TU 4, 1, Leipzig 1888; A. PUECH, Ãe-
nece- dad y las contradicciones de los dioses del panteón griego, del churches sur le Discours aux Grecs de Tatien, suivies d’une traduction fran-
teatro y de la moral pagana (17-28). Dedica dos capítulos (29-30) a su çaise du Discours avec notes, Paris 1905, pp. 107-158; CSCO 137, 145; I.
autobio- grafía. Después recurrirá a1 argumento de la mayor DE URBINA, Vetus evangelium S yrorum et exinde exceptum Diatessaron Ta-
antigüedad de lo cristiano frente a lo helénico, sosteniendo que Moisés tiani, Biblia Polyglota Matritensis, 6, Madrid 1967, pp. 207-299; M. WHIT-
es anterior a Ho- mero y a todos los escritores de Grecia (31-41). La TAKER, Tatian Oratio ad Graecos and Fragments, Oxford 1992; CC 41;
obra termina con una invitación a la discusión sobre estos temas (42). BAC 116; J. LVAREZ MAESTRO, La más antigua vida de Jesús: Diatessaron,
Podemos recordar su diatriba sobre el teatro griego: Madrid 1999.
Estudios: R. M. GRANT, The Date of Tatian’s Grationp HThR 46 (1953)
«PorqUe, í ,de qué calidad son vuestras representaciones teatrales? 99-101; ID., The Heresy o[ Tatian, JThS 5 (1954) 62-68; In., Tatian and the
¿Quién no hará befa de vuestros públicos espectáculos, que, cumplidos Bible, StPatr, TU 63, Berlin 1957, pp. 297-306; M. ELZli, Tatian und seine
con pretexto de los perversos démones, conducen a los hombres a1 des- Theologie, FKDG 9, Göttingen 1960; L. LEONE, Due date della vita di Ta•ia-
honor? Vi yo muchas veces a uno, y viéndole me maravillé y, tras no, OCP 27 (1961) 27-37; H. CHADWICK, Enkratefa, RAC 5, 1962, 343-365;
mara- villarme, lo desprecié, cómo era uno por dentro y mentía por fuera lo R. MURRAY, Reconstructing the Diatessaron, HeyJ 10 (1969) 43-49; R. WEI-
que no era; por extremo afeminado y totalmente disoluto; unas veces le JENBORG, Die Berichte über Justin und Crescent bei Tatian, Anton. 47 (1972)
re- lampagueaban los ojos, otras gesticulaba ágilmente con las manos, 362-390; G. QUISPEL, Tatiari and the Gospel of Thomas. Studies in the History
ora hacía el loco con su máscara de barro, ora se convertía en Afrodita of the Western Diatessaron, Leiden 1975; J. VAN ÅMERSFOORT, Some influen-
o en Apolo. El sólo era el acusador de todos los dioses, el compendio de la ces of the Diatessaron of Tatian on the Gospel test of Hilary o[ Poitiers,
su- perstición, calumniador de las gestas de los héroes, representante de StPatr 15 (1984) 200-205; M.-É. BOISMARD-A. LAMOUILLE, Le Diatessaron.-
ase- sinatos, intérprete de adulterios, depósito de locuras, maestro de De Tatien à Justin, EtB 15, Paris 1992; W. L. PETERSEN, Tatian’s Diatessaron.
corrom- pidos, ocasión de condenaciones a muerte; y hombre tal vi que Its Creation, Dissemination, Significanc’e, and History in Scholarship,
era por todos aclamado. Pero yo volví la espalda a1 que en todo era SpVigChr 25, Leiden 1994; M.‘ C. BENGOECHEA JOVE, Taciano y el encratis-
embustero: en su ateísmo, en sus representaciones y en su persona. no, HAnt 23 (1999) 267-283; T. BAARDA, «The [Link] of Tatian Source
Vosotros, empe- ro, os dejáis arrebatar por tales gentes y ultrajáis a los for an early Text at Rome or Source of textual COrruption?», en CH-B. AM-
que no toman par- te en vuestros entretenimientos [...] ¿Qué ooUx-J. K. ELLIOTT, (eds.), The New Testament [Link] in Earl y Christianity.
extravagancia no se inventa y representa entre vosotros? Ronquean y Proceedings of the Lille colloquium, July 2000, Lausanne 2003, pp. 93-138.
recitan indecencias, se practican movimientos que no es lícito, y vuestras
hijas y vuestros niííos están con- templando a los que dan lecciones en la
escena sobre cómo se ha de co- meter un adulterio» (Orat., 22). VI. ATENÁGORAS
El Diatessaron, como su propio nombre indica, es una armoniza- No tenemos apenas datos sobre su vida. Lo menciona Metodio (De
ción de los cuatro Evangelios canónicos. Aunque compuesto en griego, resurrectione, 1, 36, 6- 37, 1), y más tarde, Felipe de Sida (Historia chris-
pronto debió de contar con una traducción al siríaco, que era leída en tiana). En el título de su apología se le denomina «filósofo de Atenas»,
las funciones litúrgicas, y que fue utilizada hasta el siglo V, como pero su verdadera patria podría ser alguna población de Asia Menor.
nos atestigua S. Efrén, quien compuso un comentario sobre el Tanto de su obra más conocida la Legatio pro christianis, como De
Diatessaron. Hay además traducciones al árabe, armenio, persa y latín. resurrectione mortuorum, se discute su fecha de composición. Y sobre
Ejercería una gran influencia en concordancias medievales de los la última de esas obras se ha puesto en duda su autenticidad.
evangelios: neer- landesa, italiana, veteroinglesa y veteroalemana. La Legatio pro christianis estú dirigida a los emperadores Marco
Todas las restantes obras de Taciano se han perdido. Tres de ellas Aurelio Antonino y Lucio Aurelio Cómodo. Por esta dedicatoria dedu-
aparecen citadas en la Oratio ad Graecos: un tratado Sobre los anima- cimos que debió de escribirse en torno al año 177.
les, otro Sobre los demonios. Un tercero, Sobre la perfección segùn los
La Apología sale a1 paso de tres acusaciones que se hacían contra
f›receptos del Salvador aparece citado por Clemente de Alejandría
los cristianos: ateísmo, canibalismo e incesto. Atenágoras declara en
tstromata, 3, 81- l ss.).
los capítulos 4-12 que los cristianos no son ateos, sino que son month-
117
PATROLOGIA 1972; PTS 31; BAC 116; SpVigChr 53.
teístas, y que, incluso, algunos poetas y filósofos paganos también fue-
ron monoteístas. También afirma que los cristíanos no pueden practicar
el canibalismo, porque les está prohibido matar a nadie. Su respeto a
la vida humana les lleva a no abandonar a los niños recién nacidos,
como hacían algunos paganos contemporáneos suyos. Frente a la
acusación de incesto sostiene que es impensable cometer ese delito
en quienes ni siquiera se les permite un pecado de pensamiento
contra la pureza. Como en otros apologistas, el argumento supremo
de la verdad cristia- na es mostrar el tenor de vida de los seguidores
de Cristo:
«Entre nosotros fácilmente podréis encontrar gentes sencillas, arte-
sanos y viejecitas, que si de palabra no son capaces de mostrar con
razo- nes la utilidad de su religión, muestran con las obras que han
hecho una buena elección. Porque no se dedican a aprender discursos
de memoria, sino que manifiestan buenas acciones: no hieren a1 que los
hiere, no lle- van a los tribunales al que les despoja, dan a todo el que
pide y aman al prójimo como a sí mismos. Ahora bien, si no
creyéramos que Dios está por encima del género humano, ¿podríamos
llevar una vida tan pura? No se puede decir; pero estando persuadidos de
que de toda esta vida presen- te hemos de dar cuenta a1 Dios que nos ha
creado a nosotros y a1 mundo, escogemos la vida moderada, caritativa y
despreciada, pues creemos que no podemos sufrir aquí ningún ma1 tan
grande, aun cuando nos quiten la vida, comparable con la recompensa
que recibiremos del gran Juez por una vida humilde, caritativa y
buena» (Leg., l l-12).
A1 final de la Legatio, Atenágoras anuncia un escrito sobre la resu-
rrección de los muertos. El códice Arethas Parisinus 451, del año
914, que trae el texto de la Legatio, incluye a continuación un
discurso De resurrectione mortuorum, cuya autenticidad es afirmada
actualmente por la mayoría de los estudiosos. En la primera parte (cc.
1-10) de- muestra que la resurrección de los muertos no va contra la
razón y que no se opone a la sabiduría ni a la omnipotencia de Dios.
La segunda parte (cc. 11-25) trata del hombre y la resurrección,
señalando que el hombre ha sido creado por Dios para la eternidad, y
que tanto el cuer- po como el alma deben ser premiados a1 final de esta
vida.
El tema de la resurrección de los muertos será uno de los puntos
polémicos del cristianismo, no sólo en la predicación apostólica frente
a1 paganismo, sino también del gnosticismo contra el cristianismo,
como veremos más adelante.
Ediciones y traducciones: CPG I, 1070-107 l ; CorpAp VII; SC 3; ACW
23; W. R. SCHOEDEL, Afhenagoras. Legatio and De Resurrectione, Oxford
LOS PADRES APOLOGISTAS GRIEGOS
Estudios: R. M. GRANT, àthenagoras or Pseudo-Athena¿oras, HThR 47
(1954) 121-129; İD., Some Errors in the Legatio ofAthenagoras, VigChr 1 2
(1958) 145-146; V. PALMERO, La Trinidad en Atenágoras a través de la «Le-
gación en favor de los cristianos», Helmantica, 9 (1958) 293-298; A. J. MAL-
HERBE, The structure ofAthenagoras, Supplicatio pro Christianis, VigChr, 23
(1969) l -20; L. W. BARNARD, Athenagoras. A Stud y in Second Century Chris-
tian Ațiologetic, Paris 1972; T. D. BARNES, The Embassy øf Athenagoras,
JThS 26 (1975) 11 l- 114; L. W. BARNARD, The authenticity of
Athenagoras
«De resurrectione», StPatr 15 (1984) 39-49; B. POUDERON, L’Authenticité du
traité sur la résurrection attribué à l’apologiste Athénagore, VigChr 40
(1986) 226-244; İD., Athénagore et Tertullien sur la résurrection, REAug 35
(1989) 209-230; ID., Athénagore d’Athènes, philosophe chrétien, Paris
1989;
H. E. LONA, Die dem Apologeten Athenagoras zugest’hriebene Schrift «De re-
surrectione mortuorum» und die altchrisliche Auferstehungsapologetik, Sat.
52 (1990) 525-578; N. ZEEGERS, La paternité athénagorienne du «De resu-
rrec’tione», RHE 87 (1992) 333-374; B. POUDERON, D’Athènes à
Alexandrie. Etudes sur Athénagore et les origines de la philosophie chrétienne,
Québec- Louvain-Paris 1997; E. S. FERNÁNDEZ, ( Vivimos acaso «los tiempos
más difí- ciles» ?, RaCa 98 (1998) 217-222.
VII. TEÓFILO DE NTIOQUÍA
Teófilo fue el sexto obispo de Antioquía de Siria, según el testimo-
nio de Eusebio de Cesarea (HE, IV, 20). Por lo que nos cuenta en su
obra Ad Autolycum, nació cerca del Eufrates, en el seno de una
familia pagana. También nos dice que se convirtió después de haber
estudiado las Sagradas Escrituras (Ad Ant., I, 14, 1). Según se desprende
de los da- tos que él mismo aporta, su muerte debió de suceder con
posterioridad a1 año 180, dado que en esta misma obra (Ad Ant., III, 27,
3-4) presenta una cronología de la historia del mundo que llega hasta
la muerte de Marco Aurelio (17 de marzo de 180).
De toda su producción escrita sólo se han conservado los tres li-
bros Ad Autol ycum. Sabemos que escribió también otras obras, como
el Contra Hermógenes, el Contra Marción y «algunos escritos cate-
quéticos» (EUSEBIO DE CESAREA, N€, IV, 24). Por Jerónimo tenemos
noticia de otros tratados, aparte de los escritos catequéticos: los Co-
mentarios al Evangelio y Sobre los Proverbios de Salomón (De vir.
i//., 25) y una concordancia evangélica (Ep. 121, 6, 15). Teófilo cita
otra obra suya en varios libros, Sobre las historias (Ad but., II, 30, 6),
en la que señalaba la genealogía de la humanidad a partir de Set, que
incluía, además, una lista de los descendientes de Noé (Sem, Cam y
Jafet).
PATRONOS ÍA 120
I'l Dr/ Atitol ycum, aunque nos da el nombre del destinatario, no nos
l’cveÍil t]tiién era el tal Autólico. Por los datos que se reflejan en este es-
critt› dcducimos que era una persona culta y erudita, que tenía interés
cii c‹›n‹icer el cristianismo. El lugar de composición se sitúa con gran
/l‘(JÜilÜÍ1idad en Antioquía. La fecha de redacción oscila entre los años
179 y 180, aunque es lógico pensar que sería poco después de la fecha
a‹l uem.
El primer libro trata de la esencia de Dios y como, por ser invisi-
ble, sólo puede ser conocido con los ojos del alma. También se ocupa
de las contradicciones internas de la idolatría. En el libro segundo
con- trapone la verdad de las enseñanzas proféticas, inspiradas por el
Espí- ritu Santo, a los errores paganos. Es curioso observar que junto
a las instrucciones de los profetas aduce también algunos fragmentos
de los Oracula Sibyllina. El libro tercero refuta las calumnias de los
paganos sobre el cristianismo y subraya la superioridad moral cristiana
frente al paganismo. Dedica una última prueba a favor del
cristianismo, y que en aquella época era muy valorada: la mayor
antigüedad de Moisés y los profetas, si se compara con los filósofos y
escritores antiguos grie- gos. Hace uso de diversas cronologías para
decir:
«A modo de recapitulación, el tiempo total desde la constitución del
mundo resulta como sigue. Desde la creación del mundo hasta el diluvio,
pasaron dos mil doscientos cuarenta y dos años. Desde el diluvio hasta
el primer hijo de Abrahán, abuelo nuestro, mil treinta y seis años. Desde
Isaac, hijo de Abrahán, hasta que el pueblo estuvo en el desierto con
Moisés, seiscientos sesenta años... El total de años desde la creación del
mundo es de cinco mil seiscientos noventa y cinco años, con los meses
y los días intermedios.
Del conjunto, pues, de la cronología y de todo lo que hemos dicho,
resulta evidente la antigüedad de los escritos proféticos, y la divinidad de
nuestra palabra; que esta palabra no es reciente, que nuestras cosas no
son míticas ni falsas, como piensan algunos, sino las más antiguas y
más verdaderas» (Ad Aut., IH, 28-29, 1).
Una cierta cuestión ha suscitado el A Autólico de Teófilo: no men-
ciona en toda la obra los nombres de Jesús ni de Cristo y tampoco
alu- de a la acción de Jesús más que de forma indirecta. Para algunos
auto- res el asunto no tiene especial relevancia porque esas ausencias
aparecen también en otros apologistas cristianos, como ocurre con
Mi- nucio Félix. Para otros, Teófilo sería exponente de un
cristianismo pri- mitivo, muy próximo al judaísmo. Ciertos tratadistas
consideran a Teó- filo como un autor distinto, con una personalidad
propia diversa de la que tenían los escritores cristianos de su época.
LOS PADRES APOLOGISTAS GRIEGOS’
i* i
La teología de Teófilo presenta algunas novedades respecto a los
Padres anteriores. Por ejemplo, él será quien primero utilice la palabra
triás («Trinidad») para designar a «Dios, el Verbo y la Sabiduría» (Ad
Aut., 2, 15). Lo mismo hay que decir de la distinción que establece en-
tre el Verbo inmanente en Dios (logos endiathetos) y el Verbo expresa-
do y pronunciado (logos prophorikós):
«Así pues, la misma Escritura divina nos enseña que Adán dijo
ha- ber oído la voz. ¿Qué otra voz es ésta sino el Verbo de Dios, que es
tam- bién su Hijo? Y no como dicen los poetas y mitógrafos, que nacen
hijos de un dios por unión carnal, sino como la verdad explica que el
Verbo está siempre inmanente en el corazón de Dios. Pues antes de que
algo se creara, a éste tenía por consejero, como mente y pensamiento
suyo que era. Y cuando Dios quiso hacer cuanto había deliberado,
engendró a este Verbo proferido, primogénito de toda creación, no
vaciándose de su Ver- bo sino engendrando el Verbo, y conversando
siempre con el Verbo. De aquí que nos enseñan las Sagradas Escrituras
y todos los inspirados por el Espíritu, de entre los cuales Juan dice: En el
print’ipio era el Verbo y el Verbo era ante Dio.s, mostrando que en los
comienzos era Dios solo y en él el Verbo. Dice después: Y Dios era el Ve
rbo: todas las cosas fueron hechas por Él y sin él nada se hizo. Siendo
entonces el Verbo Dios y na- cido de Dios, cuando el Padre de todas las
cosas quiere lo envía a algún lugar, él se hace presente y es escuchado
y visto, enviado por el mismo y se encuentra en un lugar» (Ad Aut., II,
22, 3-6).
Teófilo afirma rotundamente la libertad del alma humana, decla-
rando además que la inmortalidad del alma dependerá del buen o
mal uso que haga de su libertad. Para él, si el hombre guarda los
manda- mientos de Dios recibirá como premio la inmortalidad, pero
si desobe- dece a Dios él será para sí mismo causa de su muerte (Ad
Aut., II, 27, 1-3).
Ediciones y traducciones.- CPG I, 1107-1109; PG 6; l023-1168;
CorpAp viu; SC 20; BAC 65; P. S. GRAMAGLIA, Teofilo d’Antiochia.
Versione, intro- du7ione e note, Roma-Ancona 1965; R. GRANT, Theophilus
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Autol yCum, Oxford 1970; PTS 44; FuP 16.
Estudios: R. GRANT, The Problem of Theoyhilus, HThR 43 (1950) 179-
196; ID., Scripture, Rhetclric and Theolog y in Theophilus, VigChr 13 (1959)
33-45; P. NAUTIN, Ciel, pneuma et lumière chez Théophile d’Antioche (notes
critiques sur Ad Autol. 2, 13), VigChr 27 (1973) 165-171; J. BENTIVEGNA,
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1975. pp. 107-130; C. CURRY, The Theogony of Theophilus, VigChr 42
(1988) 318- 326; J. P. MARTíN, Filón hebreo y Teoilo cristiano. la
continuidad de una teo- l‹›gía natural, Salm. 37 (1990) 301-317; ID., La sag
gella creatrice secando T‹'‹›fil‹› ü’Antiochia ed i suoi silen7i cristologici, Aug.
32 (1992) 223-235d; D.
PATROLOGÍA LOS PADRES APOLOGISTAS GRIEGOS
RtlNiA, Philo in Earl y Christian Literatur.- a Surve y, Assen-Mineapolis 1993; Él tomó sobre sí los sufrimentos del que sufría
N. ZEEGERS, «Les trois cultures de Théophile d’Antioch», en B. POUDERON-J. al tomar un cuerpo capaz de sufrir,
DORE, Théophile d’Antioch est-il millénariste? RHE 91 (1996) 743-783; ID., matando, con su espíritu que no puede morir,
Les apologistes chrétiens et la culture grecque, Paris 1998, pp. 135-176; R. a la muerte homicida... » (Horn. in Pascha, 59-66).
ROGERS, Theophilus of Antioch: The Life and Thought of a Second Century
Bishop, Lanhan 2000. Ediciones y traducciones: CPG I, 1092-1098; SC 123; BTeo 11; CC 5.
Estudios: M. MAINKA, Melito von Sardes. Eine bibliographische Über-
.sicht, Clar. 5 (1965) 225-255; H. R. DROBNER, 15 Jnhre Forschun g zu Melito
VIH. XÍELITÓN DE SARDES von Sardes (1965-1980). Eine kritische Bibliographie, VigChr 36 (1982) 313-
333; F. TRISOGLIO, Dalla Pasqua ebraica a quella cristiana in Melitone di Sar-
Melitón, obispo de Sardes, vivió en Lidia, en la segunda mitad del di, Aug. 28 (1988) l5l -185; H. R. DROBNER, Der Aufbau der Paschapredigt
siglo II. Eusebio, en su Historia Ecclesiastica (V, 24, 5), recoge una Melitos von Sardes, ThGl 80 (1990) 205-207; J. M. CANALS CANALS, «El mis-
carta de Polícrates de Éfeso al papa Víctor (189-199) en la que mencio- terio pascual en Melitón de Sardes», en M ysterium et ministerium. Miscelánea
na a Melitón como una de las grandes figuras de la Iglesia en Asia. en honor del profesor I8• acio Oñatibia, Vitoria 1993, pp. 201-217; A. STE-
WART-SYKES, The Lamb’s High Feast. Melito, Peri Pascha and the Quatuorde-
Pero tenemos pocos datos sobre su vida. Sabemos que hacia el año 170
cimam Paschal Liturg y at Sardis, SpVigChr 42, Leiden 1998; C. DELL’Osso,
dirigió una Apologia a1 emperador Marco Aurelio (161-180), de la que L’Apologia di Melitone di Sardi, RivScRel 15 (2001) 239-257; J. HAms-
sólo nos han llegado algunos fragmentos. Del resto de sus escritos WORTTH, The Force of the M ystery.- Anamnesis and Esegesis in Melito’s Peri
co- nocemos los títulos consignados por Eusebio (HE, IV, 26, 2) y Pascha, SVTQ 46 (2002) 107- 146; F. SOTO-HAY, Melitón de Sardes. Una apro-
algunos pequeños fragmentos. ximación a su exégesis, Anámnesis 12 (2002) 37-49.
Ahora bien, la situación cambió sensiblemente cuando en 1940 se
editó, casi completa, la Homilía sobre la Pascua de Melitón, que por
IX. LA EPíSTOLA A DIOGNETO
aquellas fechas había sido redescubierta. El interés despertado por esta
homilía fue muy considerable, sobre todo, por el excelente uso de la re-
Este escrito, dirigido a un tal Diogneto, presenta serios interrogan-
tórica que mostraba su autor. Conviene anotar que la comunidad de
tes tanto en relación con su autor, como con su destinatario. Desde fi-
Melitón celebraba la fiesta de la Pascua, siguiendo la tradición del
nales del siglo XVI esta obra se ha venido considerando dentro del gru-
Apóstol Juan el día 14 de Nisán. La homilía comenta la narración del po de los llamados «Padres Apostólicos». Pero su contenido nos
Exodo, especialmente la institución de la Pascua judía, que es conside- inclina a clasificarla, más bien, como un escrito apologético.
rada como una tipología de la salvación conseguida por Cristo, a través
de su pasión, muerte y resurrección: Desgraciadamente no ha llegado hasta nosotros ningún manuscrito
original. El único códice del siglo XIII o XIV, que se conservaba en
«Antiguo y nuevo es el misterio del Señor: la Biblioteca municipal de Estrasburgo, fue destruido a consecuencia
y destruyó los sufrimientos de la carne, de un incendio provocado en la guerra franco-prusiana de 1870. Por
antiguo en la figura, pero nuevo en el don. fortu- na se han salvado algunas copias.
Si miras a esa figura, verás la realidad a lo largo de la realización. Sobre la autoría de este escrito se han aventurado algunas hipóte-
Si quieres, pues, contemplar el misterio del Señor has de sis, como la de Andriessen, que sostiene la tesis de ser Cuadrato su re-
mirar a Abel que fue asesinado como Él, dactor, de tal manera que se podría identificar esta obra con la apología
a Isaac que fue atado como Él,
a José que fue vendido como Él, perdida de ese apologista. Pero, hay que decir que esta tesis no es com-
a Moisés que fue expuesto como Él, partida por la mayoría de los estudiosos. Por su parte, Marrou conside-
a David que fue perseguido como Él, ra que se trata de una obra perteneciente a Panteno de Alejandría.
a los profetas que padecieron por Cristo como Él [...] En cuanto a la fecha y el lugar de su composición tampoco hay
Él es el que vino de los cielos a la tierra a causa del que unanimidad de atribución. La mayoría de los autores la sitúa en torno
sufría, y se revistió de éste mediante las entrañas de una al año 200. Barnard y otros la fechan hacia el año140. Marrou señalará
virgen presentándose como hombre. a Alejandría como el lugar más adecuado para que se compusiera.
122
PATROLOGiA 124
La introducción se hace eco de tres cuestiones por las que se ha in-
teresado el destinatario Diogneto: a) Quién es el Dios de los
cristianos, y por qué ellos menosprecian la muerte y no dan culto a los
dioses griegos, ni siguen el culto judío. b) Qué importancia tiene entre
ellos el amor a1 prójimo. c) Por qué ha tardado tanto en aparecer esta
religión en el mundo. En los capítulos 2-4 el autor presenta un
concepto de Dios, que Diogneto podría admitir perfectamente. Luego,
en respuesta a la primera cuestión afirmará que los dioses paganos
son obra de los hombres y, en consecuencia, no merecen ninguna
adoración. En rela- ción al Dios de los judíos dirá que dan culto a1 Dios
verdadero, pero lo hacen de una forma equivocada, con mentalidad
supersticiosa y pres- cripciones ridículas. Los capítulos 5-6 muestran
la conducta de los cristianos en la sociedad, destacando la paradoja
que conlleva la vida cristiana, viviendo en el mundo, pero si ser del
mundo. Los capítulos 7-8 son una explicación de cómo el cristianismo
concibe la omnipoten- cia de Dios y su acción creadora. Los capítulos 9-
10 quieren ser una respuesta a la tercera cuestión planteada por
Diogneto. En ellos justifi- ca la tardía aparición del Reino de Dios en
la tierra para mostrar la ne- cesidad que tenía la humanidad de ser
redimida, y hace, al final, una invitación a Diogneto para que acepte
el mensaje cristiano.
Conviene hacer notar con relación a los capítulos 11 y 12 que una
gran cantidad de especialistas sostiene que son una añadidura posterior,
obra de otro autor. Sin embargo, Andriessen, Marrou y Rizzi los consi-
deran auténticos.
En resumen, cabe afirmar que nos encontramos ante un escrito un
tanto singular, puesto que a1 lado de un planteamiento apologético se
perfila también un intento de conversión individual de Diogneto, a1
proponerle en el capítulo 10 que abrace la fe cristiana. Con todo, hay
que decir que es un escrito muy esclarecedor de la vida cristiana de fi-
nales del siglo II o comienzos del III. Sírvanos de botón de muestra el
siguiente pasaje de esta obra:
«Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tie-
rra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En efecto, en ningún lugar
establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua alguna extraña, ni
viven un género de vida singular. La doctrina que les es propia no ha sido
hallada gracias a la inteligencia y especulación de hombres curiosos, ni
hacen profesión, como hacen algunos, de seguir una determinada opinión
humana, sino que habitando en las ciudades griegas o bárbaras, según a
cada uno le cupo en suerte, y siguiendo los usos de cada región en lo que
se refiere a1 vestido y a la comida y a las demás cosas de la vida, se mues-
tran viviendo un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, ex-
traordinario. Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; parti-
LOS PADRES APOLOGISTAS 2()()2, pp. 13-24.
GRIEGOS
1 25
cipan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extran je-
ros; toda tierra extraña les es patria y toda patria les es extraña. Se
ca,san como todos y engendran hijos, pero no abandonan a los nacidos.
Ponen mesa común, pero no lecho. Viven en la carne, pero no viven
segun la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo
[...]
Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son
los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miem-
bros del cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del
mun- do. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es del
cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del
mundo. El alma invisible está en la prisión del cuerpo visible, y los
cristianos son conoci- dos como hombres que viven en el mundo, pero
su religión permanece invisible. La carne aborrece y hace la guerra a1
alma, aun cuando ningún mal ha recibido de ella, sólo porque le impide
entregarse a los placeres. El alma ama a la carne y a los miembros que
la odian, y los cristianos aman también a los que les odian. El alma
está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del
cuerpo; y los cristianos están de- tenidos en el mundo como en una
prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo» {Diogri.,
V, 1-9; VI, 1-7).
Ediciones y traduce’iones: CPG 1 1112; H. G. MEECHAM, The Epistle
to Diognetus, Manchester 1949; K. BIHLMEYER, Die apostolischen Väter,
Tübin- gen 1956, pp. 141- 149; SC 39; J. J. THIERRY, The Epistle to Diognetus,
Leiden 1964; K. WENGST, Schhriften dev Urchristentum, 2, Darmstadt 1984,
pp. 28 l -
348; BAC 65; CC 41.
Estudios: E. MOLLAND, Die Literatur und dogmengeschichtliche
Stellung des Diognetbriefes, ZNW 33 (1934) 289-312; M. G. MARA,
Osservazioni su- ll’Ad Diognetum, SMSR 35 (1964) 267-279; S.
PÉTREMENT, Valentin est-il l’auteur de l’épître ù Dioynète?, RHPhR 46
(1966) 54-62; W. ELTESTER, Das M ysterium des Christentums.
Anmerkungen Sum Diognetbrief, ZNW 61 (1970) 278-293; C. M. NIELSEN,
The Epistle to Diognetus: Its Date and Rela- tionship to Marcion, AThR 52
(1970) 77-91; A. L. TOWNSLEY, Notes for an Interpretation of the «Epistle to
Dio pnetus», RSC 24 (1976) 5-20; A. LINDE- MANN, «Paulinische Theologie
im Brief an Diognet», en A. M. RITTER (ed.), Kerygma und Lopos, FS C.
Andresen, Göttingen 1979, pp. 337-350; R. G. TANNER, The Epistle to
Diognetus and Contemporary Greek Thought, StPatr 15 (1984) 495-508; TH.
BAUMEISTER, Zur Datierung der Schrift an Diognet, VigChr 42 (1988) 105-
111; M. Rtzzl, La questione dell’unità dell’«Ad Diog- netum», Milano 1989; K.
SCHNEIDER, Die Stellung der luden und der Chris- ten in der Welt nach dem
Diognetbrief, JAC 42 (1999) 20-41; H. LONA, El discurso a Diogneto. Estado
de la cuestión, Proyecto 1 3 (2001) 5-51; L. MEULENBERG, «The Epistle to
Diognetus: An Open Dialogue», en P. J. A. NIS- SEN-F. WIJSEN (eds.), ‹Mission
Is a Must»: Intercultural Theolog y and the
Mi.s,sion o[ the Church, Church and Theology in Context 40, Amsterdam
CAPÍTULO V
LITERATURA MARTIRIAL
I. O HISTÓRICO
Las persecuciones contra el cristianismo, durante los primeros si-
glos, generaron —entre otras reacciones— una interesante literatura mar-
tirial, que representa una fuente de primera mano para conocer el des-
arrollo de tales acontecimientos. Como ya hemos analizado en el
capítulo I la política imperial en relación con el cristianismo, remiti-
mos al lector a esas páginas anteriores.
Significado literario. Los relatos martiriales representan un ele-
mento importante en la elaboración de unos paradigmas de vida cristia-
na, que impregnarán la espiritualidad cristiana de los primeros siglos.
Pero, además de un explicable interés edificante, los escritos mar-
tiriales tendrán un creciente interés litúrgico. Basta pensar en los ani-
versarios de algunos mártires más destacados, como sucede con el
Martirio de Policarpo, según hemos podido constatar más arriba.
El género literario Acta Mart ymm se inspira en la tradición marti-
rial judía y no en precedentes paganos.
Una clasificación de las distintas Actas que se puede considerar
como clásica es la que hizo Bardenhewer, distinguiendo: 1) las Actas
que son simples copias del proceso judicial, 2) las Actas que son una
narración de un testigo, y 3) las leyendas. También se suele traer a cola-
ción la clasificación de Delehaye: 1) las que reflejan los protocolos
ju- diciales; 2) narraciones basadas en relatos de testigos oculares o de
los mismos mártires; 3) escritos reelaborados que toman su
argumento de otros clasificados en las dos categorías anteriores; 4)
passiones, que son n‹ive1as históricas con cierto fundamento en la
realidad histórica; 5) re- Íil(tJs de pura invención literaria; 6)
falsificaciones fraudulentas.
127
PATROLOGÍA LITERATURA MARTIRIAL
Eüic’iones y traducciones: R. KNOFF-G. KRÜGER-G, RUHBACH, Ausge- doctrinas que te agradan?’. Justino respondió: ‘Sí, pues me adhiero a eÍlil,s
wiihlte Märtyrerakten, Tübingen 1965; H. A. MUSURILLO, The Acts of the con firmeza’. El prefecto Rüstico dijo: ‘¿Cuál es esa certeza?’. Justino
Christian Martyrs, Oxford 1972; C. ALLEGRO, Atti dei Martiri, I-II, Roma respondió: ‘Que damos culto al Dios de los cristianos, el único que consi-
1974; LSP 45-46; FuP 1; CC 25; BAC 75. deramos ser desde el comienzo de todo el artífice de la creación del mun-
Estudios: O. BARDENHEWER, Gesc’hichte der altkirchlichen Literatur, 2, do entero; y al Hijo de Dios, Jesucristo, que fue anunciado de antemano
Freiburg i. Br. 1914, pp. 664-697; H. DELEHAYE, Les Passions des martyrs et por los profetas, que había de acercarse al género humano como heraldo
les genres littéraires, Bruxelles 1921; ÏD., Les Légendes Hagiographiques, de salvación y maestro de buenas doctrinas’» (Acta lustini, 2, 1-5).
SHG 18a, Bruxelles 1955; G. LANATA, Gli atti dei martiri come documenti
[Link], Milano 1973; A. FERNÀNDEZ, La Escatologia en las Actas de los Ediciones y traducciones: A. HILHORS+, «Acta lustini», en A. A. R. BAs-
primeros màrtires cristianos, ScrTh 9 (1977) 797-884; V. SAXER, Bible et ha- TIAENSEN Y OTROS, Atti e passioni dei martiri, Milano 1987, pp. 47-57; 391-
giographie. Textes et thèmes bibliques dans le.e Actes des martyrs authentiques 396; CC 25; BAC 75.
des premiers siècles, Paris 1985; R. CAClTTi, Grande Sabato. Il e ontesto pas- Estudios: G. LAZZATI, Gli atti di S. Giustino martire, Aevum 27 (1953)
quale quartodecimano nella formazione della teologia del martirio, SPMed 473-497; R. FREUDENBERGER, «Die Acta lustini als historisches Dokument»,
19, Milano 1994; CH. BUTTERWECK, «Martyriumssehnsucht» in der AltenKir- en K. BEYSCHLAG-G. MARON-E. WOLFF (eds.), The Acts of Justin Martyr A
che? Studien pur Durstellung und Deutung Friihchristlicher Martyren, BHTh Form-Critical Stud y, SecCen 3 (1983) 129-157.
87, Tiibingen 1995; A. G. HAMMAN, El martirio en la Antigiiedad cristiana,
trad. esp., Bilbao 1998; M. MARITANO, «Cristo negli “Atti dei Martiri”», en S.
FRIGATo (ed.), «I Lui ci ha sc’elti» (Ef l, 4), Homenaje a G. Gozzelino, BSRe1 2. La Pasión de los mártires escilitanos
166, Roma 2001, pp. 303-333; M. SORDI, svolta del Il sec. D.C. e la nasci-
ta del concetto ecclesiale di ’martire’, Aevum 77 (2003) 27-33.
La Passio sanctorum scillitanorum es el documento latino ecle-
siástico más antiguo llegado hasta nosotros. Está datado el 17 de julio
del año 180. Menciona por primera vez una edición latina de la
II. ACTA IVIARTYRUM Biblia. No se conoce la localización de Scillium, pero cabe pensar que
debía de estar situado en el norte de África. Contiene las actas
1. Las Actas de S. Justino y sus compañeros procesales del juicio contra unos cristianos de Numidia. Se citan por
sus nombres a dos de ellos, Esperato y Saturnino, que actiian como
Las Acta lustini contienen la narración de un proceso martirial en portavoces en los interrogatorios. En uno de los párrafos finales se
el que fueron juzgados y condenados el apologista S. Justino y otros habla de siete hom- bres y cinco mujeres entre los cristianos
cinco hombres y una mujer, que, sin duda, debían ser discípulos martirizados, pero no está cla- ro cuál es el número exacto, dado que
suyos. El proceso se desarrolla ante el prefecto de Roma Q. Junio en el párrafo primero sólo figu- ran seis. A pesar de los intentos
Rústico, en el año 165, durante el reinado del emperador Marco realizados no se ha podido llegar a una solución satisfactoria. Una
Aurelio. De estas Actas conocemos (A, B, y C). De ellas, la más muestra de este proceso martirial es la que ofrecemos a continuación:
breve (A) se puede con- siderar la más próxima al original. Esta
recensión nos ofrece el esque- ma de un protocolo procesal, que
comienza con la indicación de la fe- cha y los nombres de los «El procónsul Saturnino dijo: ‘¿Qué lleváis en vuestra bolsa?’. Espe-
procesados y concluye con la noticia de su ejecución. Para dar una rato respondió: ‘Libros y cartas de un hombre justo llamado Pablo [...]’.
idea del interrogatorio, reproducimos un frag- mento de la recensión El procónsul Saturnino leyó su sentencia de una tablilla: ‘Esperato,
A: Narchalo, Citino, Donata Vestia, Segunda y los demás confesos de vivir
por el rito cristiano, ya que les ha sido ofrecida la facultad de volver a la
costumbre romana y se han empeñado en su obstinación, que mueran a
«Una vez introducidos, el prefecto dijo a Justino: ¿Qué vida lle- espada’. Esperato dijo: ‘Damos gracias a Dios’. Narchalo dijo: ‘Hoy so-
vas?’. Justino respondió: ‘Una vida intachable e irreprochable para cual- mos mártires del cielo. Gracias a Dios’» (Passio sanct. sciff., 12. 14- 15).
quier hombre’. El prefecto Rústico dijo: ¿Qué doctrina sigues?’.
Justino respondió: ‘Traté de aprender todas las doctrinas; pero me he Ediciones y traducciones: H. MUSURILLO, The Acts of the [Link]
comprome- tido con las verdaderas doctrinas de los cristianos, aunque M‹irtvr, , Oxford 1972, pp. 86-89; G. CHIARINI, «Acta martyrum Scillitan‹i-
no agradan a los que tienen opiniones equivocadas’. Rústico dijo: ‘¿Son,
pues, ésas las
128
PATROLOGIA
LITERATURA MARTIRIAL
mm», en A. A. A. BASTIAENSEN, Atti e passioni, Milano 1987, pp. 96-105;
4(Jfi-41 l ; CC 25; BAC 75. Estudios: R. WITZENSTEIN, Die Nachrichten iiber den Tod Cypriani,
[Link], Heildelberg 1913; H. MONTGOMERY, Saint Cyyrian’s Postponed
Estudios: F. CORSARO, Note sugli «ACta Martyrum Scillitanorum», NDid Martyrdom. A Stud y of Motives, SO 63 (I 088) 123-132; CH. BOBERTz, An
fi (1956) 5-51; H. KARPP, Die Zahl der Scilitanischen Märtyr, VigChr 15 Anal ysis of «Vita C ypriani» 3, 6-10 and the Attribution of «Ad Quirinum» to
(1961) 165-172; H. A. GÄRTNER, Die «Acta Scillitanorum» im literarischer Cyprian af Carthage, VigChr 46 (I 992) 112-128; T. BAUMEISTER, Der heilige
Interpretation, WSt 102 (1989) 140-167. Bischof. Uberlegungen Our «Vita Cypriani», en StPatr 18, 3, pp. 275-282;
A. BRENT, C yprian’s Reconstruction of the Martyr Tradition, JEH 53 (2002) 241-
268.
3. Las Actas de S. Cipriano
Las Actas proconsulares de Cipriano constan de dos partes o docu- III. MARTYRIA O PASSIONES
mentos distintos. La primera parte recoge el interrogatorio que el pro-
cónsul Aspasio Paterno hace en el año 257 a Cipriano de Cartago, en 1. Carta de las comunidades de Vienne y de Lyon
aplicación de un edicto persecutorio del emperador Valeriano de ese
mismo año. La sentencia dada le impone la pena de destierro a una ciu-
dad del norte de África, no muy lejos de Cartago.
Se nos ha conservado esta carta dirigida a los «hermanos de Asia
y de Frigia» en la Historia Eclesiástica de Eusebio (V, 1, 3- 2, 8). Por
Un segundo edicto de Valeriano del año 258, ordenando la ejecu- ella conocemos la persecución que sufrieron estas comunidades galas
ción de los obispos, presbíteros y diáconos, hace que Cipriano vuelva en el año 177 ó 178, incluso algún estudioso considera que debió de
del destierro y se le incoe un nuevo proceso ante el procónsul Galerio te- ner lugar entre los primeros días de abril de 177 y el 3 de agosto
Máximo. Ante la negativa de Cipriano de sacrificar a los dioses roma- del mismo año.
nos se le condena a muerte. El autor de este relato termina narrando la
secuencia última de su martirio: En el comienzo de la carta se informa sobre la prohibición
general de hacer reuniones, y el dato no hay que perderlo de vista
«El procónsul dijo. ‘Los muy sagrados emperadores te han manda- porque supo- nía una motivación suficiente para el inicio de la
do cumplir con los ritos’. El obispo Cipriano dijo: ‘No lo haré’. El pro- persecución. También figura la acusación de ateísmo y de omitir la
cónsul Valerio Máximo dijo: ¡Piénsalo bien!’. El obispo Cipriano res- adoración a los dioses. El autor del relato interpreta el martirio como
pondió: ‘Haz lo que te ha sido mandado. En cuestión tan justa no hace una lucha contra el demo- nio, tema que se reiterará, con frecuencia,
falta deliberación [...]. en muchas passiones. Llama también la atención que se mencione la
Y así se despojó de la dalmática, que entregó a los diáconos. Se apostasía de algunos miembros de la comunidad lionesa.
puso firme y esperó al verdugo. Al llegar el verdugo encargó a los suyos
que le diesen 25 monedas de oro. Mientras, los hermanos extendían ante
Se narran los martirios de algunas personas especialmente cualifi-
él muchos lienzos y pañuelos. Así Cipriano se vendó los ojos con su pro- cadas. Entre ellas se consigna el de Potino, obispo de Lyon, de 90 años,
pia mano; pero al no poder atarse él mismo con las puntas del pañuelo, que además estaba muy enfermo; el de Santo, diácono de Vienne; el
lo ataron el presbítero Juliano y el subdiácono Juliano. Así padeció de Alejandro, que era médico; el de Maturo, aunque neófito mostró la for-
Cipria- no y su cuerpo fue expuesto en la proximidad, para curiosidad taleza de su fe; Póntico, un muchacho adolescente, y Blandina, una
de los pa- ganos; pero, por la noche, fue sacado de allí y, acompañado es- clava frágil y delicada.
por un gran cortejo que llevaba cirios y antorchas, fue conducido entre La carta termina con unas indicaciones sobre el fin de la persecu-
oraciones con gran triunfo al cementerio de Macrobio Candidiano, el
ción, señalando la razón por la que los supervivientes no quieren ser
procurador (que queda en la via Mappalia junto a las piscinas) y allí fue
enterrado» (Acta C ypr., 3, 4-5; 4, 3-6). llamados «mártires», porque este título sólo es dado a quienes han
muerto por Cristo. Prefieren ser llamados confessores, denominación
Ediciones y traducciones: CSEL 3, 3; R. KNOPF-G. KRÜGER-G. RUHBACH, que, en años posteriores, se extenderá entre las comunidades cristianas.
Ausgewáhlte Martyrerakten, Tübingen ‘1965, pp. 62-64; H. MUSURILLO, The En relación con Blandina, una de las mártires, transcribimos el si-
Acts of the Christian Martyrs, Oxford 1972, pp. 168- 175; CC 25; BAC 75. guiente fragmento:
130
PATROLOGÏA LITERATURA MARTIRIAL
«La bienaventurada Blandina, la ó1tima de todos, cual generosa ma- Se desconoce a1 autor de la passio, pero por la utilización de un lé-
dre que ha animado a sus hijos y los ha enviado por delante victoriosa-
mente al rey, recorrió por sí misma todos los combates de sus hijos y se
xico, próximo al montanismo, y por otros indicios, se ha supuesto que
apresuraba a seguirlos, jubilosa y exultante ante su próxima partida, el autor podría ser Tertuliano o una persona relacionada con el
como si estuviera convidada a un banquete de bodas y no condenada a entorrio de este movimiento rigorista.
las fieras, tras el fuego, fue, finalmente, encerrada en una red y arrojada Por lo que se refiere al contenido, son especialmente
ante un toro bravo, que la lanzó varias veces a lo alto. Mas ella no se significativas las visiones que tiene Perpetua durante su
daba cuenta de nada de lo que ocurría, por su esperanza y aun anticipo de encarcelamiento: la de una escalera que subía hasta el cielo, la de su
los bienes de la fe, absorta en íntima conversación con Cristo. También hermano Dinócrates y la de la lucha contra el dragón. Las visiones de
ésta fue a1 fin degollada. Los mismos paganos reconocían que jamás ha- Sáturo relatan el encuentro de este mártir con otros cristianos mártires
bían conocido una mujer que hubiera soportado tantos y tan grandes su-
plicios» THE, V, 1, 58).
que habían testimoniado su fe en tiempos pasados. Un especial
dramatismo se advierte en el episodio del padre de Perpetua,
Ediciones y traducciones: R. KNOPF-G. KRÜGER-G. RUHBACH, Ausge- intentando librarla de la muerte:
wăhlte Martyrerakten, Tübingen ’1965, pp. 18-28; H. MUSURILLO, The Ac’ts of
the Christian Martyrs, Oxford 1972, pp. 60-85; CC 25; BAC 75. «De allí a unos días se corrió el rumor de que íbamos a ser interro-
gados. Vino también de la ciudad mi padre, consumido de pena, y se
Estudios: A. CHAGNY, Les martyrs de Lyou de 177, Lyon 1936; J. COLłN, acercó a mí con ánimo de derribarme, y me dijo: ‘Compadécete, hija
L’Empire des Antonins et les martyrs gaulois de 177, Ant. 10, Bonn 1964; A. mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser
UDIN, Les martyrs de 177, CH 11 (1966) 343-367; ID., Les martyrs de Lyou llama- do por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he
(177), Colloque international du CNRS, Lynn 20-23 septemhre 1977, Paris llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos,
1978; CH. SAUMAGNE-M. MESLIN, De la lé galité du Procès de Lyou de 1’an- no me entre- gues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos; mira
née 177, ANRW II 23. 1, Berlin 1979, pp. 316-339; W. A. LÖHR, «Der Brief a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito, que no ha de poder
der Gemeinden von Lyon und Vienne (Eusebius h. e. V, 1-2[4]», en D. PAPAN- sobrevivirte. Depón tus ánimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno
DREOU Y OTRos (eds.), Oecumenica et Patristica. FS. Schneemelcher, Stutt- de nosotros podră ha- blar libremente si a ti te pasa algo’. Así hablaba
gart-Berlin-Koeln 1989, pp. 135-149. como padre, llevado de su piedad, a la par que me besaba las manos y se
arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su
señora. Y yo estaba transi- da de dolor por el caso de mi padre, pues era
2. La Pasión de Perpetua y Felfcidad el único en toda mi familia que no había de alegrarse con mi martirio. Y
traté de animarle diciéndo- le: ‘Allá en el estrado sucederá lo que Dios
Ya de entrada hay que subrayar que esta passio no es una simple quisiere; pero has de saber que no estamos puestos en nuestro poder,
narración de un martirio, sino que en ella encontramos elementos sino en el de Dios’. Y se retiró de mi lado sumido en la tristeza. Otro día,
apo- calípticos, que nos recuerdan al Pastor de Hermas y a1 Apocalipsis de mientras estábamos comiendo, se nos arrebató súbitamente para ser
Pedro. También conviene tener presente que nos hallamos ante una de interrogados, y llegamos a1 foro o plaza pública. Inmediatamente se
corrió la voz por los alrededores de la plaza, y se congregó una
las joyas más preciadas de la literatura martirial, que va a ser tomada muchedumbre inmensa. Subimos al estrado. In- terrogados todos los
como modelo de otros escritos posteriores sobre el martirio. En tiem- demás, confesaron su fe» (Pas. Perp. et Fel., 4-6).
pos de S. Agustín gozaba este escrito de tal prestigio, que el obispo de
Hipona hubo de advertir a sus oyentes que no debían ponerlo al Ediciones y traducciones: J. A. ROBINSON, The Passion of S. Perpetua.
mismo nivel de las Sagradas Escrituras (De anima, I, 10, 12). The Scillitan Martyrdom, TSt 2, Cambridge 1891; R. KNOPF-G. KRÜGER-G.
En este relato se cuenta el martirio de tres catecúmenos, Sáturo, RUHBACH, Ausgewählte Martyrerakten, Tübingen ‘1965, pp. 35-44; H. MusU-
Saturnino y Revocato, y de dos mujeres jóvenes, Vibia Perpetua, de RlLLO, The Acts of the Christian Martyrs, Oxford 1972, pp.106-131 ; CC 25;
veintidós años, de noble familia, y de su esclava Felicidad, catecúme- BAC 75.
na, que estaba embarazada y que daría a luz a una niña, poco antes de Estudios: E. CORSINI, «Proposte per una lettura della Passio Perpetuae»,
su muerte en la arena del anfiteatro. Sufrieron el martirio en Cartago, el en Forma Futuri (Studi in onore del Cardinale M. Pelle grino), Torino 1975,
pp. 481-541; R. BRAUN, Nouvelles observations linguistiques sur le rédacteur
7 de marzo de 202. de la Passio Perpetuae, VigChr 33 (1979) 105- 177; L. F. PIZZOLATO, Note alla
Passio Perpetuae et Felicitatis, VigChr 34 (1980) 105-119; M. A. Rossi, «The
132 Pa.s.s’ion oț St. Perpetua: Everywoman of Late Antiquity», en R. C. SMITH-I.
PATROLOGİA
LITERATURA MARTIRIAL
L‹›tJNiBos (eds.), Pagan and Christian Anxiety.- A Response to E. R. Dodds,
Lanham 1984, pp. 53-86; A. PETTERSEN, Perpetua, Prisione r of Conscience, V. ESPIRITUALIDAD MARTIRIAL
VigChr 41 (1987) 139-153; J. AMAT, L’authenticité des songe.s de la passion
de Perpétue et de Félicité, Aug. 29 (1989) 177- l9l ; 1. W. HALPORN, Literary En una primera aproximación, el martirio tiene una dimensión es-
History and Generic Expectations in the Passio and Acta Perpetuae, Vi gChr piritual de gran calado ascético, aunque se nos presente como el coro-
45 (1991) 223-241; B. D. SHAW, The Passion of Perpetua, PaP 139 (1993) 3- namiento de una vida auténticamente cristiana. Para la comunidad cris-
45; J. E. SALlSBURY, Perpetua’s Passion. The Death and Memory of a Young tiana de los primeros tiempos el martirio es un momento de tentación,
Truman Womari, New York-Louvain 1997; K. B. STEINHAUSER, Lectura agus- de prueba, de combate contra el diablo. El sentido agonístico del mar-
tiniana de la Pasión de las santas Perpetua y Felicidad, Augustinus 44 tirio se reflejará abundantemente en la literatura martirial. Un ejemplo
(1999) 263-269; J. N. BREMMER, The Passion of Perpetua and the Develop- paradigmático nos lo ofrece la Pasión de Perpetua y Felicidad, que na-
ment of Early Christian Afterlife, NThT 54 (2000) 97-111; ID., «Perpetua and rra la visión de un combate de pugilato que tuvo Perpetua antes de su
Her Diary: Authenticity, Family and Visions», en W. AMELIxc (ed.), Märtyrer martirio. Perpetua se vio transformada, de repente, en un púgil varón
und Märtyrerakten, (Altertumswissenschaftliches Kolloquium. Interdiszipli-
que luchaba contra el diablo, representado por un egipcio de fea cata-
näre Studies ‹-ur Antike und zu ihren Nachleben, 6), Wiesbaden 2002, pp. 77-
120.
dura, y a quien vencía después de un prolongado combate. Al desper-
tarse dirá Perpetua: «Y entendí que mi combate no había de ser tanto
contra las fieras, cuanto contra el diablo; pero estaba segura que la
vic- toria estaba de mi parte» (Pas. Perp. et Fel., 10).
IV. LEYENDAS
La extremada dificultad de esta prueba hará que la Iglesia proyec—
Las llamadas leyendas hagiográficas representan el tercer apartado te en favor de los mártires especiales cuidados, como visitas a los en-
de las Actas martiriales. Tienen de común el carecer de la autenticidad carcelados, celebraciones eucarísticas en las mismas prisiones, etc.
de las anteriores, sin embargo, también cuentan con un valor que no In- cluso aparecerá toda una literatura de consolación y exhortación al
se puede despreciar. Hay que considerar, además, que los excesos martirio con el ánimo de fortalecer a los cristianos que se encontraban
litera- rios que se encuentran en algunas de ellas no son un argumento en tal situación.
válido para negar la existencia de esos martirios. Máxime si existe una La espiritualidad de los mártires tiene un acentuado carácter cris-
tradi- ción cultual que avala su existencia. tológico. Sin ánimo de exagerar se puede afirmar que el martirio es el
A este grupo pertenecen las actas de los mártires: Santa Inés, San- supremo testimonio del seguimiento de Cristo. El mártir sigue e imita
ta Cecilia, Santa Felicidad y sus siete hijos, S. Hipólito, S. Lorenzo, S. a Cristo no sólo en los aspectos de la vida ordinaria, sino especialmen-
Sixto, S. Sebastián, Santos Juan y Pablo, Santos Cosme y Damián, el te en la inmolación al igual que hizo el Señor. Es decir, se trata de un
Martyrium S. Clementis, el Martyrium S. Ignatii, etcetera. cristiano que sigue la enseñanza y la doctrina del Maestro, también en
la muerte. Esta afirmación podemos constatarla en las Cartas de Igna-
Etłiciones y traducciones: H. MUSURILLO, The Acts of the Christian cio de Antioquía. Oigamos sus propias palabras:
Martyrs, Oxford 1972; A. A. R. BASTIAENSEN Y OTROS, Atti e passioni dei
martiri, Milano 1987; CC 25; BAC 75. «Pues si ahora estoy encadenado a causa del Nombre, todavía no
he alcanzado la perfección en Jesucristo. Ahora, en efecto, comienzo a
Estudios: H. DELEHAYE, Les léyendes hagiographiques, Bruxelles 1955; ser discípulo y os hablo como a condiscípulos (Ef., 3, 1).
G. LAZZATI, Gli sviluppi della letteratura sui martiri nei primi quattro secoli,
Torino 1956; B. KÖTTING, Vielverehrte Heilige. Traditionen, Legenden, Bil- Perdonadme. Yo sé lo que me conviene. Ahora comienzo a ser discí-
der, Münster 1985; A. FRANQUESA, Testimonios litúrgicos en las Actas de los
pulo que nada visible ni invisible me envidie para que alcance a Jesucris-
mártires, Phase 26 (1986) 247-260; A. G. HAMMAN, El martirio en la Anti-
to» (Tom., 5, 3).
güedad cristiana, trad. esp., Bilbao 1998; T. BAUMEISTER, «Die koptischen
Märtyrerlegenden», en W. AMELING (ed.), Märtyrer und Märtyrerakten (Alter- Como se puede ver fácilmente, el «ahora comienzo a ser discípu-
tumswissenschafiliches Kolloquium. Interdisziplinäre Studien our Antike und lo» se está refiriendo a su viaje a Roma, camino del martirio. Añade,
zu ihrem Nachleben, 6), Wiesbaden 2002, pp. 121-135. además del seguimiento, la imitación de Cristo, por eso, en la citada
Fpístolu a los Romanos dirá expresamente: «Dejadme ear imitator de
134
133
PATAOLOGÍA 136
lil p‹1Sitin de mi Dios» (Rom., 3, 2). Todo ello, le va a procurar una
[Link]ón interior, que le llevará a ser, alter Christus, un verdade-
i’o cristiano:
«Para mí pedid únicamente fuerza, interna y externa, para que no
sólo hable, sino que también quiera, para que no solamente me llame
cristiano, sino que también me muestre así. Pues si me muestro tal, pue-
do ser también llamado y, entonces, ser fiel cuando no me manifieste al
mundo» (Rom., 3, 2).
Con gran perspicacia, en los relatos martiriales, se pone un espe-
cial énfasis en señalar aspectos de convergencia de la pasión del
mártir con la pasión del Señor. Esta intencionalidad se nos muestra
claramen- te en el Martyrium Polycarpi. El autor de este escrito va
señalando al lector los paralelismos que se dan entre la pasión del
Señor y el marti- rio de Policarpo (la traición de Policarpo, el nombre
de Herodes con el que se denomina al jefe de policia, quemado en
forma de cruz...):
«Casi todos los acontecimientos anteriores sucedieron para que el
Señor nos mostrase, de nuevo, el martirio evangélico. Pues esperó a ser
entregado, como el Señor, para que también nosotros seamos imitadores
suyos, mirando no sólo a nuestro propio interés, sino también al del pró-
jimo» (Mart. Poly., 1, 1).
Otro aspecto cristológico es la presencia especial de Cristo entre
los mártires durante los tormentos. La identificación del mártir con
Cristo es tan fuerte que la comunidad cristiana de los primeros slglos
entendía que el mártir no sólo era ayudado a soportar los tormentos por
el Señor, sino que el mismo Cristo sustituía al mártir en esos momen-
tos. Así lo declara la Pasión de Perpetua y Felicidad:
«Terminada la oración, le sobrevinieron inmediatamente a Felicidad
los dolores del parto. Y como ella sintiera el dolor, según puede suponer-
se, de la dificultad de un parto trabajoso de octavo mes, díjole uno de
los oficiales de la prisión: ‘Tú que así te quejas ahora, ¿qué harás
cuando seas arrojada a las fieras, que despreciaste cuando no quisiste
sacrifi- car?’. Y ella respondió: ‘Ahora soy yo la que padezco lo que
padezco; más allí habrá otro en mí, que padecerá por mí, pues también
yo he de padecer por Él’» (Pas. Perp. et Fel., 15).
Las fuentes martiriales ofrecen también una dimensión litúrgica,
que no conviene perder de vista. Este aspecto tiene una gran riqueza
expresiva en la celebración de la eucaristía. Entre otras razones por lo
que supone de hacer presente el sacrificio del Calvario. En algún caso
LITERATURA
MARTIRIAL
137
la oración de los mártires cobra un hondo sentido eucarístico, como su-
cede con la oración de Policarpo de Esmirna (Mart. Poly., 14, 1-3).
Por otra parte, es bien conocida la concepción del martirio como
«Bautismo de sangre». Y este hecho hay que interpretarlo en clave
li- túrgica-sacramental. Para las primeras generaciones cristianas el
marti- rio es un bautismo, a partir del cual ya no se peca más y se une
inme- diatamente a Cristo (Pas. Perp. et Fel., 21). Podríamos
afirmar que si la espiritualidad cristiana es eminentemente bautismal,
con el martirio recibe la máxima expresión de haber alcanzado el
ápice de la vida cris- tiana, sobre todo, por haber llegado, de forma
inmediata a la unión con Cristo. Esto es lo que lleva a los cristianos de
habla griega a calificar el bautismo como teleíosis, perfección, según
nos atestigua Clemente de Alejandría: «Nosotros llamamos al
martirio teleíosis no porque el hombre llegue al final télos) de su
vida, sino porque cumple una obra de amor perfecto (Téleion)»
(Strom., IV, 14, 3).
Leyendo la carta Ad Romanos de Ignacio de Antioquía se puede
apreciar hasta qué punto el mártir se encuentra inmerso en un estadio
de vida mística, que intenta manifestar con un bello lenguaje
metafóri- co, cuando escribe:
«Os ruego que no tengáis para mí una benevolencia inoportuna.
De- jadme ser pasto de las fieras por medio de las cuales podré
alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y soy molido por los dientes de las
fieras para mostrarme como pan puro de Cristo» (Rom., 4, l).
O si preferimos esta otra página, digna de la mejor vivencia
místi- ca: «Mi amor está crucificado y en mí no hay fuego que ame
la mate- ria. Pero un agua viva habla dentro de mí y en lo íntimo me
dice: ‘Ven, al Padre’» (Rom., 7, 2).
En algunas ocasiones, la atmósfera que respiran los mártires es
pródiga en situaciones un tanto extraordinarias, como revelaciones, vi-
siones, milagros, etc., que en ciertos casos —como sucede con las
le- yendas martiriales— habrá que recibir con una actitud crítica,
pero que en otros tienen visos de autenticidad. En este último sentido
hay que contar las visiones ya mencionadas, que aparecen en la
Pasión de Per- petua y Felicidad.
Estudios: G. JOUASSARD, Le rôle des chrétiens comme intercesseurs
au- près de Dieu dans la chrétienté 1yonnaise au second siècle, RSR 30 (1956)
217-229; M. PELLEGRINO, spiritualità del martirio. Il martire e Cristo. To-
rino 1957; ÎD., L’imitation du Christ dans le.s Actes des martyrs, VS 38 (1958)
35-54; P. F. BEATRICE, «Martirio e Ascesi nel Sermone pseudo-ciprianeo De
centesima, sexagesima tricesima», en L. F. PIZZOLATo (ed.), Paradoxo.e
P‹›li-
PATROLOGÏA
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Pt)sE (ed.), Pleronia. Miscelćinea A. Orbe S. J., Santiago de Compostela 1990,
pp. 545-560; M. DIEGO SÁNCHEZ, Historia de la esțiiritualidad patrística, Ma- LA REACCIÓN CRISTIANA ANTIHERÉTICA
drid 1992, pp. 49-67; D. R MOs-LISSÓN, La conversion personelle dans la lit-
térature des mart ys dans 1’antiquité chrétienne (I-III siècles), StPatr 29
(1997) l0l -108; L. BouvsR-L. DATTRINO, La spiritualità dei Padri (II-V se-
colo), Bologna '1998, pp. 39-74; D. BovARIN, Daying for God.’ Martyrdom
and the Making of Christianity and Judaism, Stanford CA 1999; D. KRUEGER,
Hagiography as an Ascetic Practice in the Earl y Christian East, JR 79 (1999)
216-232.
I. CORRIENTES HERÉTICAS
El siglo II va a marcar un importante esfuerzo clarificador de tipo
doctrinal entre lo que se entiende por verdadero legado de la predica-
ción apostólica y las corrientes de pensamiento que se apartan de ese
legado. Estas últimas recibirán el nombre de herejías (háiresis), pala-
bra que significa «separación», por no aceptarse el verdadero valor de
la doctrina recibida. En la Iglesia primitiva hay que reconocer la difi-
cultad de establecer unos criterios de clarificación doctrinal, entre otras
cosas, porque éstos van a ir surgiendo precisamente en la confronta-
ción que sostendrá la Gran Iglesia frente a los grupos formados por
los sectarios heterodoxos.
Aunque sea simplificar un poco la realidad histórica, podríamos
establecer como unos grandes referentes de la ortodoxia, o si se
prefie- re, señalar las grandes líneas de valoración que separan la
ortodoxia de heterodoxia. En este sentido cabe recurrir, en primer
lugar, a la regula fidei, es decir, el conjunto de verdades, que, basado
en la Sagrada Es- critura, ha sido recibido por Tradición en la Iglesia.
En segundo lugar, hay que subrayar el valor de la comunión de las
iglesias miembros con la Iglesia de Roma, aunque admitamos que
todavía en esta época no se ha desarrollado una teología clarificadora
del primado romano.
Vamos a fijar nuestra atención en los principales movimientos he-
terodoxos de los siglos II-III: el gnosticismo, el monarquianismo y el
montanismo. De otros anteriores, como los docetas, dada su escasa
in- cidencia, ya nos hemos ocupado de ellos al tratar de algunos
Padres en concreto.
Estudios: J. BROSCH, Das Wesen der Häresie, GFTP 2, Bonn 1936; H. E.
W. TURNŁR, The Patter of Christian Truth. A Stud y in the Relations hetw‹ ‹Qtr
138
PATROLOGÍA
LITERATURA HETERODOXA. LA REACCIÓN CRISTIANA ANTIHERÉ.l’I€’A
Orthodox y and Heresy in the Earl y Church, London 1954; W. BAUER, Recht-
glaübigkeit und Ketzerei im ältesten Christentum, Tübingen 21964; A. LE Naturalmente, al lado de estos rasgos más esenciales hay que
BOULLUEC, notion d’héresie dans la littérature grecque He-llle siécles, Pa- con- signar toda una serie de especificaciones, que corresponderán a
ris 1985; R. M. GRANT, Heresy anJ Criticism. The Search [or Authenticity in cada una de las sectas gnósticas.
Earl y Christian Literature, Louisville-New York 1993; M. SIMONETTI, Orto- La lista de representantes del gnosticismo solían encabezarla los
dossia ed eresia tra I e II secolo, Messina 1994; K. LÜDEMANN, Ket‹-er Die Padres de la Iglesia con Simón el Mago, pero no está muy clara su ads-
andere Seite des frühen Christentum, Stuttgart 1995. cripción a esta herejía y, en todo caso, se trataría de un gnóstico precris-
tiano. Entre las figuras más destacadas hay que mencionar a Basílides,
que escribió un comentario a los Evangelios, y a Valentín, que constru-
1. Gnosticismo yó un sistema muy completo de mitología gnóstica. Otros nombres,
de menor relieve, serán los de Ptolomeo, Heracleón, Florino,
Uno de los movimientos heterodoxos más amenazadores contra Bardesanes, Harmonio, Teodoto, Marco, Carpócrates, Epífanes,
el cristianismo naciente es, sin duda, el que conocemos bajo el Apeles, etc.
nombre gnosticismo. Deriva este nombre del vocablo griego gnosis -- Fuentes de conocimiento. Las primeras noticias sobre el gnosticis-
conoci- miento, aunque resulte muy difícil precisar su contenido, por mo aparecen en autores cristianos que han tratado de combatir esta
las va- riadas formas que adoptó, dentro del ambiente sincrético de los he- rejía a lo largo de los siglos II al IV. Algunos de esos escritos —
siglos I y II. como los de S. Justino— no han llegado hasta nosotros. Otros, en
cambio, son bien conocidos, como sucede con los de Ireneo (Adversus
No entramos, de propósito, en el análisis del llamado gnosticismo haereses), Hipólito (Philosophumena), Epifanio de Salamina
precristiano. Ello no significa que no tengamos en cuenta influjos pa- (Panarion) y Filas- trio de Brescia (Liber de haeresibus).
ganos filosóficos y religiosos, y también judíos, que se harán presentes
Estos autores no sólo nos han transmitido el pensamiento de cier-
en el gnosticismo de cuño cristiano. tos representantes del gnosticismo, sino que también, en ocasiones, han
Otro dato a considerar es el carácter sectario que distingue este reproducido fragmentos o extractos de obras gnósticas. Así, entre los
movimiento. Se trata de grupos reducidos que se constituyen en torno más conocidos, podemos citar a Clemente de Alejandría, que recoge
a una persona. Este mismo hecho dificulta realizar una los Extractos de Teodoto, y a Orígenes, que reproduce algunos Frag-
caracterización sintética de todo el movimiento. De todas formas, mentos de Heracleón.
vamos a intentar se- ñalar los rasgos más significativos de los Estas fuentes indirectas y fragmentarias se han ido enriqueciendo
diferentes grupos gnósticos. a lo largo del tiempo con la aparición de fuentes directas gnósticas, a
Así, cabe destacar una característica inicial común de las diferen- partir del siglo XVIII, como los manuscritos de la Pistis Sophia,
tes sectas gnósticas: presentarse como un intento para dar una Evan- gelio de María, Libro de los Secretos de Juan, Hechos de
respues- ta a los grandes interrogantes que se plantea el hombre sobre Pedro, etc.
su identi- dad, su origen y su destino. También advertimos en ese Sin embargo, el gran acontecimiento del pasado siglo fue el
movimiento un deseo generalizado de explicar la realidad del mal en descu- brimiento en 1948 de la biblioteca copta de Nag-Hammadi en
el mundo, recu- rriendo a un dualismo, que parece estar entroncado el Alto Egipto (a unos 100 km al norte de Luxor). La componen un
con la antigua reli- gión iránica. La «gnosis» sería, pues, un saber de total de 13 códices de papiro escritos en copto del siglo IV, en los que
salvación para el hombre, que parte de la existencia de un Dios se recogen 52 obras gnósticas. De ellas las más relevantes son el
absolutamente trascen- dente, que no tiene relación alguna con la Evangelio de la Verdad y el Evangelio copto de Tomás, así como
creación. El mundo habría sido creado por un demiurgo, que se apartó varias recensiones coptas del Libro de los Secretos de Juan o Apócrifo
de Dios y que se identifica con el Dios del Antiguo Testamento. De de man. Desde la fecha del descubrimiento hasta nuestros días se ha
ahí que el mundo creado sea malo por naturaleza. El hombre tiene un realizado una inten- sa labor de investigación, con ediciones críticas y
cuerpo material que le liga a1 mundo, de ahí que trate de liberarse de estudios valorativos, que nos permiten conocer mucho mejor el
pensamiento gnóstico. Si echamos un vistazo a los hallazgos de Nag
la materia y de retornar al ver- dadero Dios. Pero todo esto sólo se
Hammadi veremos que allí están presentes escritos gnósticos, tanto
puede conseguir gracias a un cono- cimiento reservado a los elegidos. cristianos, como no cristianos, sin que el estado de la investigación
actual nos permita señalar las in- tluencias que se observan entre unos
140 y otros.
I4 I
PATROLOGÎA LITERATURA HETERODOXA. LA REACCIÔN CRISTIANA ANTIHERÉTIC“A
1.’‹li‹’iones y traducciones: CPG, I, 1120- 1228; The Facsimile Edition of
Na,p• Hammadi Codices I-XIII, Leiden 1972-1984; Bibliothèque Copte de Nag
lluuimaJi. Section «Textes» 1-23, Quebec 1977-1996; COptiC GłlOStic Li-
l›r‹irv, Leiden l975ss.; BCG, 59-60; J. M. ROBINSON, The Nag Hammadi Li- 2. Marciõn
let iir v in English, Leiden 1988; A. PINERO-J. MONTSERRAT TORRENTS-F. G s-
t I BAZÁN, (eds.), Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi I: Tratados La figura de Marción resulta un tanto singular a la hora de
Jiln sóficos y cosmolćgicos, Madrid 1997; ID., II. Evangelios, Hechos, Cartas, intentar clasificarla entre los heterodoxos del siglo II. Los Padres de la
Madrid 1999; In., III: Apocalipsis y otros escritos, Madrid 2000. Iglesia lo consideraron un gnóstico, y, efectivamente, algunos rasgos de su
Estudios: C. COLPE, Die religionsgeschichliche Schule. Darstellung und doctrina corresponden a esa concepción herética, pero hay otros que
Kritik ihres Bildes vom gnostischen Erlöserm ythos, Göttingen 1961; H. JONAS, desdicen de ese arquetipo.
Gnosis und spätantiker Geist I-II/1, FRLANT 51 y 63, Göttingen 1964/ '1966; Marción nació en Sínope, en el Ponto, en la costa del mar Negro.
R. M. GRANT, Gnosticism and Earl y Christianity, New York 21966; G. VAN
GRONINGEN, First century gnosticism. Its origin and motifs, Leiden 1967; U.
De familia acomodada, su padre fue obispo de la ciudad. Consiguió
BIANCHI, Marcion,: théologien biblique on docteur gnostique? StEv 5 [TU 103] reunir una gran fortuna como armador de buques. Al parecer, debido a
(1968) 234-241 ; Io., (ed.), Le origini dello Gnostic ismo. Colloquio di Messina los enfrentamientos con los defensores de la ortodoxia doctrinal, su
13-18 Aprile 1966, StHR 12, Leiden 1970; D. M. SCHOLLER, Nag Hammadi Bi- propio padre tuvo que excomulgarlo. Hacia el año 138 viajó a Roma,
bliography 794S-79d9, NHS 1, Leiden 1971; K. RUDOrF, (ed.), Gnosi.s und siendo bien acogido por la comunidad cristiana. Pero en julio del año
Gnostizismus, WdF 262, Darmstadt 1975; A. ORBE, Cristología gnástic’a. In- 144 fue excomulgado por el Obispo de Roma a causa de sus doctrinas
troducción a la soteriología de los siglos II y III, BAC 384-385, Madrid 1976; poco ortodoxas. Ante esta medida su reacción fue crear su propia
B. BARc, (ed.), Colloque international sur les textes de Nag Hammadi (Qué- Igle- sia, con una estructura similar a la Iglesia de Roma. La
bec, 22-25 août 1978). Bibliothèque Copte de Nag Hammadi, Section «Etu- formación de esta Iglesia paralela le permitió tener un gran número de
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Tübingen 1982; H.-CH. PUECH, En torno a la gnosis, I. gnosis y el tiempo y
seguidores, como nos testifica S. Justino (Apología, 25, 6). Algunas de esas
otros ensayos, trad. esp., Madrid 1982; L. ABRAMOWSKI, Marius Victorine.s, comu- nidades marcionitas pervivirán hasta los comienzt›s de la Edad
Porphyrius und die römischen Gnostiker, ZNW 74 (1983) 108-128; G. FILORA- Media. Marción murió hacia el año 1 ó0.
MO, L’attesa della fine. Storia della gnosi, Bari 1983; S. PÉTREMENT, Le Dieu Lamentablemente se ha perdido para la posteridad su obra Antíte-
séparé. Les origines du gnostiCiSlTlC, Paris 1984; C. M. Tucwrr, Nag ffammn- sis, donde exponía su doctrina. Tampoco ha llegado hasta nosotros
di and the Gospel Tradition. Synoptic Tradition in the Nag Hammadi Library, una carta dirigida a los jerarcas de la Iglesia de Roma, en la que defendía
Edimburg 1986; M. TARDIEU-J. D. DUBOIs, Introduction à la littérature gnosti-
que, Paris 1986; C. SCHOLTEN, Martyrium und Sophiamythos im Gnostizismus
sus puntos de vista doctrinales. Las fuentes más importantes que
nach den Texten von Nag Hammadi, JAC.E, 14, Münster 1987; B. A. PEARSON, tenemos para conocer su pensamiento son los heresiólogos Ireneo y
Gnosticism, Judaism and Eg yptian Christianity, Minneapolis 1990; M. Sirio- Tertuliano.
NETTI, lCune reflessioni sul rapporto tra gnosticismo e Cristianesimo, VetChr Su error más notorio arranca de un enfoque equivocado de la Bi-
28 (1991) 337-374; R. TREVIiwo, Estudios sobre el Evangelio de Tomás, blia. Distingue entre el Dios del Antiguo Testamento, como Dios
FuPE 2, Madrid 1997; G. CASADIO, Vie gnostiche all’immortalità, Brescia recto y punitivo, y el Dios bondadoso, que predicó Jesucristo. En
1997; A. MAGRIS, logica del pensiero gnostico, Brescia 1997; D. M. SCHO- consecuen- cia, rechaza que sean idénticos. Siguiendo esta línea de
LLER, Nag Hammadi Bibliography 1970-1994, NHMSt 32, Leiden 1997; Bi-
bliographia Gnostica. Supplementum II/I, NT 40 (1998) 73-100; F. BERMEJO
pensamiento, prescindirá de todo el Antiguo Testamento, así como de
RUBIO, escisión imposible. Lectura del Gnosticismo Valentiniano, Salaman- todos los pasa- jes del Nuevo que estén en relación con el Antiguo. Por
ca 1998; N. FÖRSTER, Marcus Mag us. Kult, Lehre und Gemeindeleben einer tanto, su Biblia quedará reducida al Evangelio de S. Lucas y a las
valentinisChen Gnostikergruppe. Sammlung der Quellen und Kommentar, Cartas de S. Pablo. Esto último le llevará a A. von Harnack a sostener
WUNT 114, Tübingen 1999; H. JONAs, Lп religión gnóstica. El mensaje del que Marción no es un verdadero gnóstico, sino un reformador e
Dios extraño y los comienzos del c’ristianismo, Madrid 2000; A. FERREIRO, instaurador del paulinis- mo. De todas formas, la mezcla sincrética de
«Typological Portraits of Simon Magus in Antignostics Sources», en J. J. SAN- ideas cristianas y paganas que lleva a cabo este autor es común a
GRADOR-S. GuiJARRO OPORTo (eds.), Plenitudo Temporis. Miscelánea Homena- otros escritores gnósticos.
je al Prof. Dr. Ramon Trevijano Etcheverría, Salamanca 2002, pp. 363-378.
Entiende que el hombre y el mundo no fueron creados por un Dios
bt›ndadoso, sino por un demiurgo, como sostenían los partidarios de la
142 gnosis. De ahí que proclame un rigorismo moral, de corte encratita,
143
PATROLOGİA LITERATURA HETERODOXA. LA REACCIÓN CRISTIANA AN1"IHERË"I It’A
tpie repudia la procreación y el matrimonio. Tampoco admitirá que C? fetisas, Priscila y Maximila. Lo que sabemos de Montano y su movi-
risto haya nacido realmente de María, pues —según él— había tornado miento nos ha llegado a través de fuentes indirectas, especialmente de
sólo una apariencia de cuerpo. Con ello arruinará la redención del pe- Eusebio (HE, V, 14, 19) y de Epifanio (Haer., 48 ss.), pues sus
cado de toda la humanidad. Como se puede observar fácilmente es una escritos se han perdido.
postura similar a la de los «docetas». El mensaje que transmitían los promotores de la «nueva profecía»
La peligrosidad de Marción se refleja bien en un pasaje de Ireneo se centraba en el anuncio del inminente fin del mundo, que según Ma-
{Adv. haer, III, 3, 4), en el que narra el encuentro que tuvo el obispo ximila tendría lugar poco después de su muerte. Como preparación
Policarpo de Esmirna con Marción. Al ser preguntado por éste: «¿Me para este evento inmediato prescribían una ascesis muy rigurosa: ayu-
conoces?», Policarpo respondió: «Sí, reconozco en ti al primogénito de nos severos, el celibato, la continencia sexual, generosidad en las li-
Satanás». mosnas, animar al martirio, prohibición de huir de la persecución, etc.
De todas formas, esta rigurosidad inicial se fue mitigando con el paso
Estudios: Å. VON HARNACK, Marcion. Das Evangelium vom fremdem del tiempo. También señalaban que la «Nueva Jerusalén» (Ap 21, 1 -
Gott. Eine Monographie zur Geschichte der Grtindle gung der katholischen 10) se asentaría en Pepuza o en Tymion (Frigia), y allí deberían dirigir-
Kirche, TU 45, Berlin 1924; R. S. WILSON, Marcion. A Stud y of a Second- se los creyentes para salir al encuentro de Cristo.
Century Heretic, London 1933; J. KNOX, Marc’ic›n ind the New Testament. An
[Link] y in the Earl y History of the Canon, Chicago 1942; E. C. BLACKMAN, El montanismo se presentaba, en sus comienzos, como una vuelta
Marcion and his infiuenc’e, London 1948; P. G. VERWEIJS, Evangelium und al carismatismo de la Iglesia primitiva. Por ello no es de extrañar que
neues Gesetz in der ältesten Christenheit bis auf Marcion, STRT 5, Utrecht se ganaran la aquiescencia de algunos buenos cristianos, como los
1960; B. ALAND, Marcion. Versuch einer neuen Interpretation, ZThK 70 mártires de Lyon, que enviaron en 177 una carta a Roma, por medio
(1973) 420-447; D. BAL s, Marcion revised. A Post Harnack Perspective, S. de Ireneo, en favor de los montanistas. Pero pronto se advirtió la
Antonio 1980; A. BOEHLING, «Das Böse in der Lehre des Mani und des Mar- peligro- sidad de este movimiento, que exaltaba una Iglesia
kion», en W. STROTHMANN (ed.), Makarios-S ymposion über das Böse. Vorträ- carismática frente a una Iglesia jerárquica y a la autoridad de la
ge der [Link]-deutsc’hen Theologentagung in Goslar 1980, Wiesbaden Sagrada Escritura. A fi- nales del siglo II y principios del III fue
1983, pp. 18-35; G. MAY, Marcion in Contemporary Views.’ Resultat.s and condenado por varios sínodos de Asia Menor. El fracaso de la profecía
Open Questi‹›n.s, SecCen 6 (1987/1988) 129-151 ; D. S. WILLIAMS, Rec’onside- sobre el fin del mundo, tras la muerte de Maximila (179), supuso un
ring MarCion’s Gospel, JBL 108 (1989) 477-496; A. RBE, En torno al moda- progresivo descenso de adeptos. Se extendió en algunos círculos
lismo de Marción, Gr. 71 (1990) 43-65; ID., Marcionitica, Aug. 31 (1991) 195- cristianos de Roma y el norte de Afri- ca, sobre todo, cuando
244; ID., Estudio.s sobre la teología cristiana primitiva, Madrid-Roma 1994, Tertuliano se adhiere en el año 207 a ese movi- miento. Su
pp. 637-846; U. SCHMìD, Markion und sein A f:iostolos, ANTT 25, Ber- lin desaparición seTá paulatina, y pervivirá en Oriente hasta el siglo IX.
1995; W. A. LÖHR, «Die Auslegung des Gesetzes bei Markion, den Gnos- tikern
und den Manichäern», en G. SCHÖLLGEN-C. SCHOLTEN, Stimuli, FS. E.
Edicione.s y traduccione.s: P. DE LABR IOLLE, Les sources d’histoire du
Dassmann, JAC. E 23 (1996) 77-95; A. M cGowAN, Marcion 's Love off Cre- montanisme. Textes grecs, latins et syriaque.s, Fribourg 1913, reprint New
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Marcion und seine Kirchengeschic’htliche Wirkung. Vorträge der Internatio-
Phrygia, M’issoula 1978; R. E. LINE, The Montanist Oracles anJ Testimonia,
nale Fachkonferen‹•. in Marcion, gehalten vom 15.-18. August 2001 in Maint,
(TU 150), Berlin 2002. Cambridge 1989.
Estudio.s: P. DE LABRIOLLE, La crise Montaniste, Paris 1913; A. FAG-
GIOTTO, L’eresia Jei Fri gi, Roma 1924; H. KRAFT, Die altkirc’hlie’he Prophe -
tie und die Entstehung dev’ Montanismo.s, ThZ 11 (1955) 249-27 l ; K. ALAND,
3. Montanismo «Bemerkungen zum Montanismus und zur frühchristlichen Eschatologie», en
ID., Kirchen peschichtliche Entw’ürfe, Güterlosh 1960, pp. 105-148; T. D.
El nombre de «montanismo» se conoce también bajo la denomina- BARNES, The Chronolog y of Montanism, JThS NS 21 (1970) 404-408; J. A.
ción de «nueva profecía», y de «herejía de los frigios». Su fundador, FISCHER, Die antimontanistischen S ynoJen des 2/3 Jahrhunde rts, AHC 6
Montano, nacido en Ardaban (Frigia) hacia el año 170, se declaró por- (1974) 241-273; D. POWELL, [Link] and cataphrygians VigChr 29
tavoz del Espíritu Santo. Pronto contó con la colaboración de dos pro- ( 1 975) 33-54; F. BLANCHETIÊRE, Le montanisme originel, RevSR 52 ( 1 978)
144
PATROLOGIA
LITERATURA HETERODOXA. LA REACCIÓN CRISTIANA ANTIHEPÉTI€’A
1 l 8- 134; 53 (1979) 1-22; A. STROBEL, Das heilige Land der Montanisten,
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4. Monarquianismo
II. S. ÍRENEO DE LYON
Tertuliano es quien primero utiliza el nombre de monarchiani
(Adv. Prax., 10, 1) para designar a quienes defendían la existencia de Nacido en Asia Menor entre los años 140 y 150, sabemos que en
una monarchia en Dios, apoyados en el monoteísmo de los judíos, su juventud había escuchado a Policarpo de Esmirna (EUSEBIO DE CE-
frente a concepciones gnósticas, que afirmaban la tesis de dos divinida- SAREA, HE, V, 20, 4-8). Su marcha a Lyon debió de coincidir con algún
des. Modernamente, los estudiosos aplican también el mismo término
grupo de cristianos griegos que se trasladaron a esa ciudad con miras
«monarquianos» a los adopcionistas. apostólicas. En el año 177, siendo ya presbítero, es comisionado por la
Históricamente el monarquianismo admite dos formulaciones comunidad de Lyon cerca del papa Eleuterio (174- 189) para que me-
principales: el adopcionismo y el patripasianismo. El primer movi- diara en favor de los montanistas. Al poco tiempo, muere mártir Foti-
miento tuvo su origen a finales del siglo II en Roma y fue promovido no, obispo de Lyon, y es elegido Ireneo en su lugar. También tuvo otra
por Teodoto de Bizancio. Tuvo algunos continuadores, como Artemón mediación con el papa Víctor (189- 199) enviándole una carta de paz
y Pablo de Samosata (260-270). Consideraban a Cristo un simple hom- sobre la disputa de Ía fecha de la Pascua, para que no se impusiera la
bre, adoptado como Hijo por Dios Padre, en razón de sus méritos. El excomunión a los cuartodecimanos. Alude al obispo Policarpo, que vi-
patripasianismo o modalismo tuvo mayor fortuna. Iniciado por Noeto sitó Roma en tiempos del papa Aniceto, y aunque no llegaron a un
de Esmirna, contó en Roma, a comienzos del siglo III, con algunos re- acuerdo en este tema controvertido, ello no impidió que el Pontífice, al
presentantes notables, como Sabel}o y Práxeas. Sabelio lo propagó por despedirse Policarpo, le cediera el honor de presidir la celebración eu-
Egipto y Práxeas por el norte de Africa. Este último motivó la redac- carística. Ireneo murió hacia el año 200. Por Jerónimo y Gregorio de
ción del Adversos Praxeam de Tertuliano. El patripasianismo, como su Tours nos ha llegado la noticia de haber sufrido martirio.
propio nombre indica, sostiene que Dios Padre padece en la cruz bajo
la figura del Hijo. Es decir, ve en Dios Padre e Hijo sólo diversos «mo-
dos» de manifestarse el Dios único. De ahí también que se dé a este 1. Obras
movimiento herético el nombre de «modalismo».
De su producción literaria sólo tenemos completos el Adversus
Estudios: J. N. D. KELLY, Earl y Christian Doctrines, London 1950, pp. 115-
2 haereses y la Epideixis. Del resto de sus obras conocemos algunos po-
1 26; R. CANTALAMESSA, Prassea e l’eresia monarchiana, ScC 90 (1962) 28-50; cos fragmentos, reproducidos por Eusebio.
P. SINlSCALCO, Ric’erche sul «De Resurrectione» di Tertulliano, VSen 6,
Roma 1966; M. SIMONETTI, Sabellio e il sabellianismo, SSR 4 (1980) 7-28;
M. A. MORENO DE VEGA, Terminologia trinitaria Grec o-Latina del «Adversus a) Adversus haereses
Praxeam» Je Tertuliano, ETrin 16 (1982) 105-122; M. DECKER, Die Monar- En realidad, según nos testimonia Eusebio, el título completo de
chianer. Friihchristliche Theologie im Spannungsfeld zwischen Rom und
esta obra es Desenmascaramiento y derrocamiento de la pretendida
146
147
PATROLOGIA 148
¡›‹'ro f’[Link] gnosis. Del original escrito en griego sólo conocemos la
C histencia de algunos fragmentos, procedentes de citaciones posterio-
res, debidas a Hipólito, Epifanio, y las encontradas en florilegios y
ca- tc•nae exegéticas. También hay amplios fragmentos de las versiones
ar- menia y siríaca. Afortunadamente se ha conservado una traducción
latina de todo este escrito de los siglos III o IV.
La obra está compuesta de cinco libros y está dirigida principal-
mente contra la gnosis valentiniana y contra todo tipo de herejías de
porte análogo. El libro I comienza con la exposición del sistema valen-
tiniano de Tolomeo (1-9), al que opone la unidad de fe de la Iglesia
(10-22), también figuran los precursores del gnosticismo
valentiniano: Simón el Mago, Basílides, Carpócrates, Marción, etc.
(23-31).
El libro II es todo él una refutación del pensamiento valentiniano,
utilizando, sobre todo, argumentos de razón, aunque sin excluir otros
tipos de argumentación. En la primera parte (1-11) rechaza la tesis de
Valentín sobre un «pléroma» superior al Dios creador. La segunda par-
te (12-19) trata de las emisiones de eones, la pasión de la Sabiduría
(Sophia), y la idea de semilla. La tercera parte (20-28) está dedicada a
las especulaciones sobre los números. La cuarta parte (29-30) es de
signo escatológico, y se consagra a la consumación final y al «demiur-
go». La última parte (31-35) recoge tesis gnósticas no valentinianas,
como las de Simón, Carpócrates, Basflides y otros.
En el libro III, el Obispo de Lyon, después de un breve excursus
sobre la verdad de las Sagradas Escrituras (1-5), habla sobre Dios
crea- dor de todas las cosas (6-15) y sobre Cristo, Hijo de Dios y
redentor de la creación (16-23). La parte final (24-25) subraya la
verdad de la pre- dicación de la Iglesia.
El libro IV muestra la unidad del Antiguo y del Nuevo Testamen-
to. La argumentación se fundamenta en las palabras del Señor (1-19),
de tal manera que el Antiguo Testamento es una profecía del Nuevo
(20-35).
El libro V trata específicamente de la resurrección de la carne, se-
gún S. Pablo (1-14); de la identidad del Dios creador con el Padre de
Nuestro Señor Jesucristo, con argumentos tomados de la curación del
ciego de nacimiento, de las tentaciones de Jesús y de la crucifixión
(15-24), y de las enseñanzas escatológicas de la Biblia.
b) Epideixis o Demostración de la predicación apostólica
Teníamos noticia de la existencia de esta obra por Eusebio HE, V,
26), pero sólo más recientemente —en 1904— ha sido redescubierta en
LITERATURA HETERODOXA. LA REACCIÓN CRISTIANA ANTIHERÉTICA
l4'J
una traducción armenia, en Erivan, y publicada en 1907. Se trata de
un compendio de la doctrina cristiana, dirigido a un tal Marciano.
Tras una breve introducción (1-3), sigue una primera parte (4-42) en
la que explicita una catequesis sobre la historia de la salvación
empezando por la Trinidad: Dios Padre, único y creador; el Verbo,
Hijo de Dios, venido a la tierra para reasumir todas las cosas en si, el
Espíritu Santo, iluminador de los profetas. Pasa revista a las distintas
etapas de la his- toria de la salvación, destacando el papel de Cristo
como reconciliador del hombre con Dios, a través de todo el misterio
pascual. La segunda parte (43-97) está dedicada a demostrar la
veracidad de la revelación cristiana según la Sagrada Escritura,
destacando el cumplimiento de las profecías mesiánicas del Antiguo
Testamento. Los capítulos 98 a 100 son una exhortación a vivir la fe,
frente a los planteamientos heréticos de su tiempo. Una muestra
interesante de lo que piensa Ireneo sobre la recapitulación es la
siguiente:
«He aquí la regla de nuestra fe, el fundamento del edificio y la
base de nuestra conducta: Dios Padre, increado, ilimitado, invisible,
ünico Dios, creador del universo. Éste es el primer y principal artículo de
nues- tra fe. El segundo es: el Verbo de Dios, Hijo de Dios, Jesucristo
nuestro Señor, que se ha aparecido a los profetas segtin el designio de su
profecía y la economía dispuesta por el Padre; por medio de El ha sido
creado el universo. Además, al fin de los tiempos, para recapitular todas
las cosas, se hizo hombre entre los hombres, visible y tangible, para
destruir la muerte, para manifestar la vida y restablecer la comunión
entre Dios y el hombre. Y como tercer artículo: el Espíritu Santo, por
cuyo poder los profetas han profetizado y los Padres han sido
instruidos en lo que con- cierne a Dios y a los justos han sido guiados por
el camino de la justifica- ción, y que al fin de los tiempos ha sido
difundido de un modo nuevo so- bre la humanidad, por toda la tierra,
renovando al hombre para Dios» (Epideixis, 6).
2. Doctrina
La doctrina teológica de Ireneo representa un paso adelante con
respecto a los autores anteriores. La suya no es una teología que nace
espontánea, sino en oposición a las tesis de los heterodoxos.
En relación con la Sagrada Escritura los gnósticos buscaban única-
mente el sentido espiritual de la misma, y dejaban al vulgo el sentido
gramatical inmediato. En honor a la verdad hay que decir que ambos
sentidos son correctos, siempre que no se extrapolen y absoluticen.
Para Ireneo es la Iglesia la que tiene la última palabra en la
interpreta-
PATROLCiGÍA que se afirma en el Gé-
ción de la Escritura, porque todos y cada uno de los libros del
Antiguo y Nuevo Testamento son como árboles en el vergel de la
Iglesia (Adv. huer., V, 20, 2). Aunque en los tiempos de Ireneo no
estaba definitiva- mente asentado el canon del Nuevo Testamento,
podemos suponer que, en su opinión, este canon excluía los libros
gnósticos y los consideraba apócrifos. Es claro para nuestro autor que
el Nuevo Testamento repre- senta la base exclusiva de la fe auténtica de
la Iglesia y que el Antiguo Testamento lo que hace es prefiguar a
Cristo.
«Si uno lee con atención las Escritur‹aS, encontrará que hablan de
Cristo y que prefiguran la nueva vocación. Porque Él es el ‘tesoro escon-
dido en el campo’, es decir, en el mundo, ya que ‘el campo es el mundo”,
tesoro escondido en las Escrituras, ya que era indicado por medio de fi-
guras y parábolas, que no podían entenderse según la capacidad humana
antes de que llegara el cumplimiento de lo que estaba profetizado, que es
el advenimiento de Cristo. Por esto se dijo al profeta Daniel: ‘Cierra es-
tas palabras y sella el libro hasta el tiempo del cumplimiento, hasta que
muchos lleguen a comprender y abunde el conocimiento. Poxque cuando
la dispersión habrá llegado a su término, todo esto será comprendido’.
También Jeremías dice: ‘En los últimos tiempos entenderán estas cosas’.
Porque toda profecía antes de su cumplimiento presenta enigmas y
ambi- güedades a los hombres. Pero cuando llega el tiempo y se realiza
lo que está profetizado, entonces se puede dar una explicación clara y
segura de las profecías. Por esta razón, cuando los judíos leen la ley en
nuestros tiempos, se parece a una fábula, pues no pueden explicar todas
las cosas que se refieren al advenimiento del Hijo de Dios como
hombre. En cam- bio, cuando la leen los cristianos, es para ellos un
tesoro escondido en el campo, que la cruz de Cristo ha revelado y
explanado: con ella la inteli- gencia humana se enriquece y se muestra
la sabiduría de Dios, manifes- tándose sus designios sobre los hombres,
prefigurándose el reino de Cris- to y anunciándose de antemano la
herencia de la Jerusalén santa» {Adv. haer., IV, 26, 1).
La antropología de Ireneo se basa especialmente en el Génesis y
en S. Pablo. Es una concepción del hombre en la que apenas se inter-
fieren nociones de tipo filosófico, y las que aparecen no siempre se
en- tienden correctamente. En línea de continuidad con S. Justino,
Teófilo Antioqueno y Melitón de Sardes, rechaza la noción platónica
de hom- bre (compuesto de pfiysfs, [Link] y nous), y apoyándose en
Gn 2, 7, acentúa la primacía del cuerpo. Los elementos constitutivos
del cuerpo serán el barro y la forma. El cuerpo añade al barro la forma
«a imagen y semejanza de Dios». La psiqué pasa a un segundo plano,
es un hálito de vida inherente al cuerpo, pero está llamado a
desaparecer, para dar paso al espíritu vivificante. S. Pablo supone lo
LITERATURA HETERODOXA. LA REACCIÓN CRISTIANA ANTIíIERÉTICA
nesis, es decir, la aparición en Adán de una virtud divina que con el
alma y el cuerpo constituyen al hombre. La psiqué, intermedia entre
el espíritu y la carne, dispondría al cuerpo para la futura plenitud del
Es- píritu vivificante. Hay, pues, un cambio fundamental frente a la
tradi- ción filosófica anterior, con la inserción del pneuma divino,
dando así un paso relevante a una antropología sobrenatural.
La historia de la salvación le ofrece a Ireneo la oportunidad de pre-
sentar a Cristo como el Anthropos teleiós, que es el modelo del
primer Adán. Sólo Cristo glorioso, deificado en su humanidad, es
paradigma del primer Adán y medida suprema de la perfección
humana. La En- carnación supone el comienzo de la salvación del
hombre. Como hace notar el P. Orbe, la carne de Jesús no entra en el
pecado de Adán, por ser una carne virginal, y por ello no necesita ser
reconciliada. En cam- bio, por ser una caro insta (Adv. haer., V, 14,
ss.) puede merecer para sus hermanos la reconciliación con el Padre.
Cristo «recapitula» así la entera realidad de la naturaleza humana:
«Hay, pues, un solo Dios Padre, como hemos demostrado, y un
solo Cristo Jesús, Señor nuestro, que ha venido a través de toda la
economía y ha recapitulado en sí todas las cosas. Entre todas las cosas
está también el hombre, plasmación de Dios. Así pues, ha recapitulado
también el hombre en sí mismo, haciéndose visible, El que es invisible,
comprensi- ble, Él que es incomprensible, y hombre, Él que es Verbo. Así
ha recapi- tulado todas las cosas en sí mismo para que como el Verbo
de Dios tiene el primado sobre los seres supercelestes, espirituales e
invisibles, tenga también el primado sobre los seres visibles y
corpóreos y, tomando sobre sí el primado y poniéndose como cabeza
de la Iglesia, atraiga a sí todas las cosas en el tiempo oportuno» (Adv.
haer., III, 16, 6).
Esta idea de la «recapitulación» tendrá un gran influjo en la mario-
logía ireneana. Para nuestro autor, María es la antítesis de Eva, y así
como ésta quedó implicada en la caída de Adán por un acto de
desobe- diencia, así también el proceso de la salvación comenzará
igualmente por la obediencia de otra mujer. María, de este modo,
viene a ser la verdadera Eva, es decir, «la verdadera madre de los
creyentes» y la causa de la salvación del género humano:
«Como fin de aquella seducción con la que Eva, desposada ya con su
marido, fue perversamente seducida, la Virgen María recibió iTlaravillosa
mente del ángel su anuncio según la verdad, estando ya bajo el dominio
de su marido. Porque así como Eva fue seducida por las palabras de un
ángel para escapar al dominio de Dios y despreciar su palabra, así María
recibió el anuncio de las palabras de un ángel a fin de que llevara a Dios
haciéndose obediente a su palabra. Y si aquélla desobedeció a Dios, ésta
PATROLOGÍA 152
aceptó obedecer a Dios, a fin de que la Virgen María se convirtiera en
abogada de la virgen Eva. Y así como el género humano fue sometido a la
muerte por obra de aquella virgen, así recibe la salvación por obra de esta
Virgen. En el plato equilibrado de la balanza están la desobediencia de
una virgen y la obediencia de otra Virgen» (Adv. haer., V, 19, 1).
Desde el punto de vista eclesiológico tiene un gran valor la doctri-
na que desarrolla sobre la «tradición». Para Ireneo la «tradición» ha
llegado hasta nosotros gracias a la predicación de los Apóstoles:
«Pues no es por otros por quienes hemos conocido la economía de
nuestra salvación, sino por aquellos por quienes nos ha llegado el Evan-
gelio. Al que primero predicaron y luego, por voluntad de Dios, nos lo
han transmitido en las Escrituras, para que fuese fundamento y columna
de nuestra fe» (Adv. haer., HI, 1, 1).
La adherencia de esta tradición al genuino magisterio de los Após-
toles viene garantizada, de modo eminente, por la sucesión
ininterrum- pida de los obispos en las sedes fundadas por los Apóstoles
(Adv. haer, III, 2, 2; III, 3, 3; III, 4, 1). Dentro de estas Iglesias, la de
Roma tiene una «principalidad más eficaz» @otentiorem
principalitatem) (Adv. haer, III, 3, 1). Para entender bien este pasaje
ireneano, hay que consi- derarlo en el contexto gnóstico, que trata de
desautorizar. Frente a las novedades que presentaban los gnósticos,
Ireneo ofrece una prueba ve- rificable, como es la de contrastar una
doctrina con la profesión de fe de las Iglesias, que han sido fundadas
por los Apóstoles, especialmente con la de Roma.
La tradición que viene de los Apóstoles es recibida en las
distintas comunldades cristianas, cuyos garantes serán los obispos que
las presi- den. Por tanto, si se ha dado una sucesión ininterrumpida de
obispos en esas sedes de origen apostólico, tendremos una garantía de
veracidad en la transmisión de una verdad de fe profesada por una
comunidad de- terminada. El caso de Roma es paradigmático:
«Como resultaría demasiado largo para una obra como ésta tratar
de enumerar las sucesiones de todas las Iglesias, señalaremos sólo la de
la Iglesia máxima, antiquísinia y conocida de todos, la de Roma,
fundada y organizada por los dos gloriosísimos apóstoles Pedro y Pablo.
Al mostrar que esa tradición, que viene desde los Apóstoles de la fe
anunciada a los hombres, ha llegado hasta nosotros por las sucesiones
de los obispos, confundamos a los que forman agrupaciones
inconvenientes de la mane- ra que sea [...] Pues es necesario que toda
Iglesia, es decir, los fieles de todas partes, concuerde con tal Iglesia,
dado su origen más destacado. Ya que siempre ha sido conservada en
ella, por los fieles de todas panes, esa tradición que procede de los
Apóstoles» (Adv. haer., III, 3, 2).
LITERATURA HETERODOXA. LA REACCIÓN CRISTIANA ANTIHERÉTICA Cambridge 2004.
El texto transcrito tiene especial relevancia en cuanto que supone el 15.3
reconocimiento del primado romano, no sólo por la «principalidad su-
perior» de la Iglesia de Roma, sino por la expresión «es necesario que
concuerden» las demás Iglesias con la de Roma. Estas últimas palabras
se pueden entender como afirmativas de un hecho y de una obligación.
Para nuestro autor, queda muy claro que, gracias a la acción
del Espíritu Santo en la Iglesia, se mantiene intacta la doctrina
recibida de los Apóstoles, de la misma manera que la venida del
Espíritu Santo so- bre los Apóstoles supuso también la garantía de su
predicación.
Ediciones y traducciones: CPG, I, 1306-1 317; H. H. HARVEY, S. Irenaei
Adversus haereses, Cambridge 1857; SC 62, 100, 152-153, 210-211,
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