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de Saltillo
SALTILLO, 2018
OD.R. GOBIERNO MUNICIPAL DE SALTILLO
OD.R. INSTITUTO MUNICIPAL DE CULTURA DE SALTILLO
OD.R. JESÚS DE LEÓN MONTALVO
ISBN: 978-607-8419-37-1
A MODO DE BIENVENIDA
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A MODO DE PRESENTACIÓN
Soy seguidor de las columnas de don Armando Fuentes Aguirre desde niño. Hoy es un
placer y un honor que a través del Instituto Municipal de Cultura de Saltillo se rinda
homenaje a una persona a quien respeto y admiro. Aplaudo su compromiso con la sociedad
saltillense y su incansable labor con la pluma. Admiro la facilidad de envolvernos con su
lenguaje y su filosofía. La humildad y el cariño con que realiza su trabajo lo han
posicionado donde ahora se encuentra: uno de los escritores más queridos a nivel nacional.
Con gran orgullo celebro su aniversario y estoy seguro que estos ochenta arios son
apenas el principio de una gran leyenda. El cariño que profesa por nuestro Saltillo hace de
él un ciudadano ejemplar. Ciudadanos como don Armando hacen de esta sociedad una más
llevadera, porque su optimismo siempre aparece ante las adversidades sociales, que no son
pocas. Pero ellos están ahí para recordarnos que el Sol siempre vuelve a brillar y ellos
mismos nos regalan un poquito de su luz.
Catón es un humanista en toda la extensión de la palabra. Sus temas lo convierten en un
hombre universal. Filosofía, música, letras, pintura, construyen al ser humano que
conocemos. Al ser humano que encaja en todos los círculos sociales porque siempre tiene una
palabra de aliento y una sonrisa qué ofrecer a su público. En este aspecto radica su
universalidad. Diría que Catón es un hombre de mundo, porque el mundo lo quiere; pero no,
Catón es nuestro. Por eso cuando me preguntan "ia poco Catón es de Saltillo?, con orgullo
puedo responder "sí, es de Saltillo y de los saltillenses".
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Agradezco a don Armando Fuentes Aguirre su incansable labor como cronista de la ciudad
a lo largo de estos cuarenta arios, herencia invaluable para los ciudadanos. Deseo sinceramente
que su trabajo continúe rindiendo frutos y se conserve siempre entre el cariño de los lectores.
ACCIÓN DE GRACIAS
Nací en Saltillo. Pude haber nacido en París, Roma, Nueva York o Londres, pero algo bueno
hice en alguna existencia anterior, y Diosito me premió haciendo que en Saltillo viera la
primera luz.
Aquí vine al mundo. Y aquí, si el dueño de la vida y de la muerte no dispone otra cosa,
saldré de él. Nunca quise dejar esta ciudad, pues lejos me siento fuera de lugar. Cuando voy
a Monterrey, tan pronto paso por Ramos Arizpe empiezo a cantar aquello de "qué lejos
estoy del suelo donde he nacido..." Cuando me alejo de Saltillo, siquiera sea un poco,
experimento los síntomas de todas las enfermedades habidas y por haber, aun de las más
exóticas y raras. Si por males de mis pecados me sacaran de Saltillo como se saca de raíz un
árbol, conmigo sacarían también a la Catedral, la Alameda, el Ateneo y la Normal.
En estos días he completado ochenta arios de vida. La mitad de ellos he sido cronista de la
ciudad. Debí ese privilegio a don Óscar Flores Tapia, ilustre saltillense. Llevaré tal distinción
hasta que a mí me lleven, pues el cargo que desempeño, a más de honorífico, es vitalicio.
Venturosa edad es ésta mía, aunque ya corresponda a la que que Manrique llamó en sus
doloridas coplas "el arrabal de senectud". Dios me ha dado hasta este día buena salud y
ánimo bueno, y eso ayuda a que los ajes del cuerpo y los alifafes del espíritu no me hagan
demasiado daño. También me fortalecen los seres a quienes amo y que me dan su amor: mi
señora —señora en el sentido de esposa; señora en el sentido de dueña—, mis hijos y mis
nietos, mis hermanos, mis amigos, mis cuatro lectores, la
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bondadosa gente que en los caminos por los que voy, juglar itinerante, me expresa su afecto
y me brinda su amistad.
De rodillas debería yo vivir, dando gracias al Señor por ser conmigo tan señor. He
dicho siempre que el Padre ama a todas sus criaturas, pero más a los niños y a los viejos. A
los niños porque acaban de salir de sus manos; a los viejos porque ya vamos a llegar a sus
amorosos brazos.
Doy gracias por todas esas gracias, y por mil más que no menciono. Todo es gracia,
decía Bernanos. Entonces por todo debemos dar las gracias, incluso por lo que no
entendemos. ¿Qué podemos entender los hombres? Apenas unas cuantas letras y unos
pocos números. Al fin de la jornada te das cuenta que la vida no es cuestión de
entendimiento, sino de sentimiento. El arte de vivir, he aprendido, consiste en ser feliz y en
dar felicidad a los demás.
Doy gracias a mis padres y a los de mi compañera, segundos padres para mí. Doy
gracias a María de la Luz, la mujer sin la cual no habría sido yo pleno hombre; mis castillos
en el aire caerían sin los cimientos que ella les pone. Doy gracias a Luly, mi adorada hija:
en este libro está lo que de mí ha guardado con amoroso celo. Expreso mi particular
agradecimiento a Manolo Jiménez, joven y talentoso político de quien Saltillo ha recibido
mucho bien; a Iván Márquez, gran promotor cultural que enriquece a nuestra ciudad con su
trabajo; a Elsa Tamez, a Jesús de León Montalvo, a Cristina Araiza y a Víctor Mendoza,
quienes pusieron su talento y dedicación en este homenaje al cronista que se esforzará hasta
el fin de sus días en merecerlo.
Y especialísimas gracias doy a mis paisanos saltillenses. Ellos han hecho que sea yo
profeta en mi tierra. Me acerco al final de mis días con ánimo sereno, alegre y sin espinas
en el alma. Si algo me apena es el pensamiento de que he recibido mucho y he dado muy
poco. El honor que el Cabildo de mi ciudad me hace al editar este libro es otro inmenso
honor. A quienes me han favorecido tanto, les digo que los días que me quedan los dedicaré
en alma y cuerpo a dar lo mejor de mí a esta amadísima ciudad. Y les digo también que si
el buen Dios, por su infinita misericordia, perdona mis pecados y voy a dar al cielo, San
Pedro tendrá que atarme con cadenas para que no me regrese acá, a Saltillo.
Armando Fuentes Aguirre, Catón
Cronista de Saltillo
Verano de 2018.
En mi casa de la antigua calle de Santiago, esquina
con el callejón del Caracol
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Armando Fuentes Aguirre, Catón, en su casa de General Cepecla, esquino con el reflejen del Caracol
Fotografía: Víctor Mendoza
2018
UN SALTILLENSE PARADIGMÁTICO
Dentro de los cronistas urbanos, Armando Fuentes Aguirre, Catón (Saltillo, 1938), es una
excepción que debería ser la regla. Además de ser un escritor que entrega un espejo en el que
cotidianamente se ven sus conciudadanos, es una especie de paradigma de lo que debiera ser
el saltillense ideal. Catón podría verse como la personificación de aquellos rasgos y conductas
que definiríamos como idiosincrásicamente saltillenses.
Esto nos lleva a preguntarnos si los cronistas de otras ciudades del país tienen una
relación tan estrecha, un vínculo tan consustancial con sus respectivas ciudades. Tal vez
sólo la Ciudad de México haya tenido varios de estos cronistas, quienes crean una especie
de extraña dinastía, al mismo tiempo singular y emblemática. La línea va de Artemio de
Valle-Arizpe (saltillense, para más serias) pasando por Salvador Novo (coahuilense de
formación) y termina —por el momento— con Carlos Monsiváis.
Cada uno de estos exponentes se define por una actitud ante la historia y la cultura que,
al mismo tiempo que los ubica, reinventa su tema: la ciudad.
Armando Fuentes Aguirre ha escrito variadas crónicas de la cotidianidad local. Su permanencia
en su desempeño es un hecho insólito en Saltillo, cuya larga historia de cerca de 450 arios sólo ha
registrado la existencia de tres cronistas que han alcanzado, aparte del reconocimiento público, el
nombramiento oficial: José García Rodríguez, Sergio Recio Flores y Catón.
En las columnas de Catón encontramos sucesos de nuestra historia, pero también anécdotas,
relatos curiosos y descripciones de personajes atípicos de las regiones y ciudades mexicanas a donde
lo lleva, día tras día, su actividad de conferencista. En el libro Los caminos del juglar.
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Un paseo por la vida de Armando Fuentes Aguirre, Catón (2009), el cronista de la ciudad
de Saltillo afirma que, aunque sabe que es el editorialista más leído del país, él preferiría
ser ponderado como "el más querido" (p. 21).
He llegado a pensar que la razón por la que los saltillenses leemos a Catón es por el
temor de que, si alguna vez faltamos a esa costumbre, algo terrible podría pasarle a nuestra
amada Atenas del Noreste, y eso en verdad es un tema de reflexión. Catón, en su
inconmensurable amor por esta ciudad, nos preserva de desaparecer, igual que los
habitantes de Macondo en Cien arios de soledad.
¿Qué mejor reconocimiento para un cronista que ofrecer un libro que reúna una
selección de sus obras y de las opiniones que las mismas han suscitado? ¿Qué institución
más idónea que el Ayuntamiento de su ciudad natal para realizar este merecido homenaje?
En este libro, Armando Fuentes Aguirre es reconocido y ponderado por personas
afines a su ocupación, pero también por aquellos que no sólo ejercen tan digno y noble
oficio. Catón tiene seguidores dentro de la farándula, la televisión, las bellas artes. Tiene
colegas de otras partes que opinan sobre él y lo elogian, así como amigos cercanos, que
desde la aparente cotidianidad de sus relaciones afectivas, nos dicen cosas reveladoras
sobre el personaje.
Este mosaico tan diverso, también contiene imágenes de valor incalculable, que
pertenecen a la colección particular de Luz María Fuentes de la Peña, hija de nuestro
cronista. El resto de las fotografías fueron tomadas por Víctor Mendoza, fotógrafo del
Instituto Municipal de Cultura, durante el proceso de edición de este libro que, desde
diferentes ángulos, retrata a Armando Fuentes Aguirre: el amigo, el maestro, el colega, el
periodista, el humorista y, por supuesto, el ser humano.
Catón es esto y mucho más. Cualquier administración alcanza con este gesto uno de
los logros más significativos.
Honor a quien honor merece.
18
Amoldo FtentesAguhre van Manad Recvm. annabfeegobeniSor de Cakfornla
Colección: 1w Med. Fuentee
Mo:1967
Armando Fuentes Aguirre con John Volpe, gobernador de Massachusetts
Colección: Luz María Fuentes
Circa: 1960
Arriando Fuentes Aguirre con Carlos Fuentes Colección: Luz María FUente5
Fecha: 5/f
LA INFANCIA EN SALTILLO
Armando Fuentes Aguirre en el rancho San Francisco en la Sierra de Arteaga, Coahuila Colección: Luz María Fuentes Circa: 1960
21
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giosamente a misa y al rancho, que ver las películas en blanco y negro, lo cual delegó
después a sus hijos cuando éstos crecieron.
"Por primera vez nos enlazamos, de diez a once de la noche, para transmitir La Hora
Nacional", decía el locutor el domingo 25 de julio de 1937, a las 22:00 horas, con tal
entusiasmo como queriendo ser escuchado a lo largo y ancho del país por un gran
auditorio, a través de todas las estaciones de radio donde ya eran populares, desde 1934,
las nuevas canciones de Cri-Crí, El Grillito Cantor, estrenadas en la XEVV.
"Hemos de expropiar el petróleo si las cosas no mejoran", se oía exclamar en el
Palacio Nacional al presidente Lázaro Cárdenas, cuyo gobierno a partir del 1 de
diciembre de 1934 y tras la expulsión de Plutarco Elías Calles en 1936, había puesto en
alerta a muchos por sus afanes de una educación socialista y el reparto agrario. "Sí, sí", se
oían al eco los colaboradores, al instante en que aplaudían en su última gira por Yucatán
y le presentaban un ejemplar del periódico El Nacional, fechado el 4 de agosto de 1937,
cuyo encabezado destacaba en mayúsculas y a dos pisos: "La revolución hará el reparto
de las haciendas henequeneras".
Se hablaba en el periódico de la grandiosa manifestación al presidente y del
renovado entusiasmo del pueblo yucateco durante el discurso. "Con los henequenales,
reciben los campesinos mínima compensación por la sangre derramada en sus luchas por
la tierra", subraya un breve epígrafe.
Y meses después, en pleno ajetreo internacional, mientras Alemania anunciaba el
nacimiento de un nuevo orden, aquí muy cerca, en la entonces silenciosa ciudad del aire
acondicionado, doña Carmelita anunciaba el nacimiento de un nuevo varón. Era el 8 de
julio de 1938, un día de poco frescor en el ambiente y de mucha calidez también en la
familia Fuentes Aguirre.
"Qué hermoso bebé", exclamaba la nana Lucía, meciendo amorosamente al recién
nacido, mientras se escuchaban comentarios a granel sobre el polémico libro del famoso
coahuilense Vito Alessio Robles, Mis andanzas con nuestro Ulises, recién salido en
1938 de las prensas de Ediciones Botas y que era una semblanza en contra de José
Vasconcelos, uno de los personajes culturales y políticos más populares y controvertidos
de la época.
Don Vito Alessio Robles acababa de ser muy cuestionado, como representante de
los profesores del Ateneo Fuente de Saltillo, por una entrevista con el presidente Lázaro
Cárdenas, en unión de varios jóvenes estudiantes que representaban a los alumnos, para
arreglar un conflicto surgido en aquel glorioso instituto.
Lucía, la nana del recién nacido, entendía poco de esas cosas de libros y de
historiadores, pero sí de ternura y atenciones con la criatura de los Fuentes Aguirre.
"Déjame a
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mí también verlo y cargarlo en mis brazos", replicaba con voz de viejo querendón don
Mariano Fuentes Narro. Y le hacían segunda el consuegro de éste, José María Aguirre
Narro, papá Cherna, y doña Liberata Flores de Aguirre, mamá Lara, mujer dedicada a
sus hijos y a los rezos a San Francisco, santo varón de su dilatada devoción.
El abuelo Mariano Fuentes Narro, perteneciente a muy antiguas familias de gran
tradición saltillense, no cabía de gusto ante el anuncio de una nueva rama de su árbol
genealógico, y cómo anhelaba que su difunta esposa, doña Felipa Flores de Fuentes,
hubiera contemplado aquella criatura a la que él veía con singular ternura, como se ve la
prolongación de la vida en los seres que son regalo y compromiso en el seno de un
hogar: el de los Fuentes.
Armando Sergio, como fue bautizado de inmediato, llegó entre dolores de parto de
una nueva sociedad mexicana sacudida por los efectos del decreto de la expropiación
petrolera en marzo de 1938, así como por la Guerra Civil española y la inminencia de la
Segunda Guerra mundial, pues cuando el pequeñín apenas abrió los ojos, el periódico El
Norte de Monterrey, que empezó a circular su primer número el jueves 15 de
septiembre, dio a conocer la conferencia entre Chamberlain y Hitler en un intento
desesperado de Londres por dar el último paso contra la conflagración que tenía en vilo
a los habitantes de Berlín.
Alemania celebraba el pacto de Múnich del 28 de septiembre de 1938, merced al
cual obtuvo los territorios que reclamaba de Checoslovaquia. Y un ario después, el 1° de
septiembre de 1939, tras la invasión de Polonia, la estrujante realidad abrasó a los
primeros dos países: Francia e Inglaterra, terminando por incendiar a muchos más,
incluyendo a México, a donde empezaron a llegar ese ario los republicanos españoles
asilados por el presidente Cárdenas.
Tata Lázaro terminaría su periodo gubernamental en 1940 y desde 1938 habían
empezado las movilizaciones políticas, lo que llevó a los empresarios de Monterrey,
además de fundar el periódico El Norte, a promover otras iniciativas, pues ya había
arrancado la organización de la oposición a nivel nacional hasta culminar con la creación
de nuevas siglas: Partido Acción Nacional (PAN), ya que don Manuel Gómez Morín
insistía en que "la política es el camino más ancho para la caridad".
¿Y si la situación se complicaba a la hora de la hora? ¿Y si Estados Unidos era
arrastrado a la Guerra? ¿Y si Hitler era en verdad un loco o un guía iluminado? ¿Y si...?
Tantas dudas se arremolinaban en el ánimo, porque las cosas estaban para pensarse en lo
nacional y en lo global.
Imposible que no se alterara la tranquilidad del pequeño industrial que era don
Mariano Fuentes Narro quien, dedicado a ganarse la vida con el trabajo de sus manos
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en la fabricación de pastas para sopas, no sabía lo que podría ocurrir con su futuro y el de
sus seis hijos en caso de avanzar la susodicha guerra mundial, tan difundida por la radio y la
prensa. Él había conformado una familia no de ricos ni de potentados sino de gente
laboriosa, y la sombra de la incertidumbre pesaba en el ambiente.
En cambio, don Mariano Fuentes Flores no se "arrugaba" —como se dice ahora—pues
como nuevo padre de familia sabía que tendría que contar con una reserva moral para seguir
adelante y garantizar un porvenir promisorio a los suyos. Sus estudios en el antiguo colegio
de San Juan Nepomuceno, a cargo de los jesuitas, lo habían nutrido de algo más que del
título de tenedor de libros y contaba con una seguridad en sí mismo que envidiaban quienes
lo conocían.
Doña Carmen Aguirre de Fuentes, cuyos orígenes familiares se remontan a Ar-teaga,
Coahuila, contaba que sus padres, José María Aguirre Narro y Liberata Flores de Aguirre,
habían emigrado a General Cepeda, por el rumbo de Torreón, donde ella consolidó un
férreo carácter a prueba de retos en sus primeros años de vida, cuando ya alboreaban en
el horizonte los primeros destellos de la Revolución mexicana. Niña aún, nacida en 1903,
había llegado alrededor de 1909 a Saltillo, que le abrió las puestas de una escuela
primaria para dar pie a sus inquietudes de precoz declamadora, poeta, escritora, directora
de teatro y fundadora del círculo literario María Enriqueta.
Y fue dicha ciudad también la cuna de otro descubrimiento afortunado en su vida,
cuando conoció a quien sería su amoroso cónyuge durante décadas, y con quien procrearía,
además de Jorge y Armando, a Odila y a Carlos.
Cómo evoca don Mariano Fuentes Flores aquellos días en el antiguo colegio de San Juan
Nepomuceno, donde había estudiado también don Isaac Garza y su hijo don Eugenio Garza
Sada, los pilares de la Cervecería Cuauhtémoc de Monterrey desde 1890. También se
encontraron ahí, como compañeros de primeras letras, a don Vito Alessio Robles y Emilio,
el hermano de don Francisco I. Madero.
Su edificio —convertido hoy en Museo de las Aves— y sus viejas instalaciones son un
rumor de voces perdidas en el tiempo, como perdidas en el tiempo están quedando las
antiguas tradiciones de los bailes de disfraces, desfiles de carros alegóricos, combates de
flores y cascarones llenos de confeti, al poner fin con júbilo al carnaval, a la alegría profana
que quedaba atrás en la Cuaresma y en la Semana Santa, a las que con tanto respeto se
apegaban don Mariano y los suyos, cubriendo los grandes espejos de sus casas con severos
lienzos negros e imponiéndose sacrificios y mortificaciones por la significación de las
fechas.
Doña Carmen Aguirre de Fuentes, a su vez, no cesaba de enseñar a su hijo mayor a
declamar el prolongado monólogo El Cascanueces, y promovía con fervor el teatro en
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Saltillo, para ganarse con todas las de la ley el título de audaz precursora del feminismo —
aunque ella misma nunca se asumiera como feminista—, pues le apuraba mucho ser
plenamente mujer cuando era difícil serlo, y con sus obras luchaba por la defensa de los
derechos de la mujer y lo decía a voz en cuello. Escribir poesía le gratificaba plenamente,
pero leer todavía le era más placentero, así que en aquella vieja casona de General Cepeda
sur Núm. 443, esquina con Caracol, no faltaban las amenas tertulias y veladas literario-
musicales, con un hermoso piano al centro.
Mi madre fue pionera del feminismo en Saltillo, aunque no se nombraba feminista. A finales de los
cuarenta un periódico local, El Diario, publicó una especie de sátira en verso hablando de que la
mujer debería estarse en casa, no participando en las actividades de orden intelectual, ni artístico. Es
decir, la mujer para la cocina, la mujer para el esposo, la mujer
para los hijos: el rol tradicional. Mi madre contestó en verso a quien firmaba como El Charro Negro,
creando una polémica que llamó poderosamente la atención de la ciudad. La gente seguía la réplica
de cada uno. Ella mandaba sus respuestas por correo bajo el seudónimo de La China Poblana; nadie sabía quién
era. El Charro Negro contestaba al día siguiente hasta que finalmente reconoció su derrota caballerosamente.
Era una apasionada del cine. Mi padre, en cambio, solía decir que dormía mejor en su casa, sin embargo
apoyaba sus aficiones. No le ponía obstáculos en un tiempo en el que el marido consideraba que su esposa
era propiedad suya. A ella no le importaba el "qué dirán". Cada año viajaba a la Ciu-
dad de México a estudiar teatro. Tomó cla- Pintura de Carmen Aguirre de Fuentes
ses con Andrés y Fernando Soler, Salvador en el papel de Bemarda Alba
Fotografía: Víctor Mendoza
Novo y Julio Prieto. También escribía poe- 2018
sía y tenía un programa radiofónico donde
leía poemas con el nombre de María del Carmen.
A principio de los años cincuenta, el arquitecto Alfonso Gómez Lara, gran
persona y amigo queridísimo, hizo una observación que probablemente nin-
gún saltillense había notado: toda actividad cultural de Saltillo era realizada por
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mujeres. Además, las principales cuatro promotoras del arte llevaban el mismo
nombre: Carmen. En el ballet, Carmen Guerra de Weber; en la pintura y la música,
Carmen Harlan Laroche; en la danza folklórica, Carmela Valdés; en la poesía y el
teatro, Carmen Aguirre de Fuentes.
Armando Fuentes Aguirre, Catón, en conversación
durante el proceso editorial de este libro.
Hablan los muebles de la casa. Sus voces no se escuchan por el día, pero en las noches se
oyen claras. Ayer, en la duermevela de la madrugada, sentí como un quejido. Prendí la
luz y vi abierta la puerta del ropero que perteneció al abuelo, primer dueño de estas
tierras. Me puse a hurgar en los cajones, para pasar el tiempo, y hallé un papel que
pondría fin a las diferencias por cuestión de límites con el vecino.
Yo no digo que aquí haya un misterio. Lo que digo es que en todo hay un misterio.
Queda en las cosas algo de sus dueños, una especie de aroma desvaído de lo que fue y ya
no es. En esta casa del Potrero, de vastos aposentos y largos corredores, se oyen aún
antepasados ecos. Rieron las señoritas en la sala; hablaron de dinero en el despacho lo
señores; lloraron su pena en la capilla las madres de los niños muertos. Ahora los
muebles dejan salir esas antiguas voces.
Yo las oigo en el silencio de la duermevela y me parece que muerte y vida son lo
mismo, que decir "hoy" y decir "ayer" es la misma cosa. (Columna Mirador de Grupo
Reforma).
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Conchita Fuentes Flores, la tía de los pequeños Jorge, Armando, Odila y Carlos, no
cesaba en su afán por compartir el tiempo con los niños y contribuir en su educación, con
un método que tenía como centro el amor, la paciencia, la comprensión. Igual lo hacían
Beatriz, Amelia y Adela, las hermanas de doña Carmen.
Cuánto calor humano había alrededor de aquellas figuras hieráticas de los Fuentes
Aguirre, como las dos hijas profesoras de la abuela de Jorge, Armando, Odila y Carlos;
profesoras que un día se quedaron sin sueldo a causa de una huelga y la anciana mujer,
ocupado su pensamiento en el conflicto, una noche que recitaba la letanía del rosario, en
lugar de decir "Reina de los confesores", dijo "Reina de los profesores", causando la
hilaridad de los chiquillos durante una de las posadas religiosas de aquellos arios en que la
Navidad tenía un hondo sentido espiritual.
Oh, la Navidad. Cuánta nostalgia revive aún en la memoria de quienes vivieron esta
fiesta —la más bella del ario— durante la década de 1940 en la silenciosa ciudad de Saltillo
en aquel tiempo que parecía inmóvil. El nacimiento, por ejemplo, tenía figuras de barro: un
gallito, un ángel tornasolado y un burrito que fueron propiedad de los abuelos, de principios
de ese siglo.
"iCuánta vida en verdad hay en las cosas!" publicó un día el ahora culto e ilustre
periodista. Los antiguos creían que lloraban. Sunt lacrimae rerum, escribió Virgilio en el libro
primero de La Eneida. Yo digo que las cosas también sonríen. Saben que el recuerdo pone una
leve tristeza en las pasadas dichas, y un tenue velo de alegría en las penas de ayer.
Este tren sube y baja por los montes; pasa por un airoso puente sobre el lago en que
nadan dos cisnes impertérritos; entra en un túnel, y cuando sale lanza el viento, como
aliviado, el jubiloso clamor de su silbido. Este pequeño tren pone en el aire una espiral
de humo. Por ella sube el son de la campana hasta llegar al ángel.
Este tren de juguete da vueltas y vueltas en torno al árbol de la Navidad, y no se
cansa nunca. Lo ven mis nietos, sentados en semicírculo junto a la vía, y yo los veo a
ellos, y en ellos me veo yo. Nunca se ha ido el niño que en mí vive. Eso me ayuda a ver
las cosas de hoy con mi mismo asombro y la misma alegría con que las vi cuando
era pequeño.
Aún lo soy, loado sea el Señor. Vivo en perpetuo gozo de la vida. Tengo infantil el
corazón. Cuando se me haga viejo yo seré viejo también. Pero todavía no. (Columna
Mirador de Grupo Reforma).
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Los espacios de la casona eran propicios para ello, y no se desperdiciaba un día en nada
que no tuviera que ver con la cultura y la fraternidad. Ahí, cabalmente ahí, el pequeño
Armando empezó a asimilar la fruición de la inspiración poética y a roturar el sendero de la
literatura y música, entre ruidos de máquinas de la fábrica de su abuelo y el cintilar de los
rayos artísticos de los grupos de adultos que inundaban los salones.
El abuelo era paciente con los niños y llenaba su soledad de viudo con las risas cantarinas
de los amiguitos de ellos que iban a jugar a "ladrones y policías", por ejemplo, o a otras
ocurrencias espontáneas, pletóricas de imaginación e ingenio, pues los infantes tenían poca
noción de los desastres que alrededor del mundo dejó el encontronazo de los aliados contra
Alemania, Japón e Italia, hasta septiembre de 1945.
A los cinco arios de edad, Armando y sus compañeros de colegio hicieron la primera
comunión, y el buen padre Secondo pidió a todos que antes de recibir a Jesús Sacramentado
fueran con sus padres y les pidieran perdón por sus faltas de niños. Los chiquillos buscaron,
cada quien, a sus papás y ahí en la banca les pidieron perdón.
La escena permanecerá imborrable en la mente de muchos de ellos cuando ya grandes,
como Armando, evocarían: "No entendimos aquello; a los cinco arios no es necesario entender
nada. Pero ahora creo saber lo que aquel santo padre nos quería enseñar. Primero, que no
estábamos pidiendo perdón a nuestros padres por las faltas que habíamos cometido —¿qué
faltas podían ser aquellas?— sino por las que íbamos a cometer. Ellos, al fin papás, las
perdonaban todas por adelantado. Y otra: el perdón de Dios sólo se puede hallar íntegro y pleno
en el perdón de aquellos a quienes ofendimos".
Después de la misa, hubo pan y chocolate en el domicilio de los Fuentes Aguirre. Y los
días siguientes volvió a ser escenario de juegos y "escondidas" de los niños. Miguel Ángel
Arizpe, uno de los chiquillos que frecuentaba a Armando en esos rincones de la casa de
General Cepeda y Caracol, provocaba en los mayores la hilaridad por el atrevimiento de
convertir a sus compañeros en animados locutores de una estación de radio, pues le bajaban
el volumen al aparato justamente mientras duraban los comerciales, y ellos se entrenaban
como anunciantes a la espera de una nueva melodía por la frecuencia preferida.
La radio tenía un embrujo especial para aquellos niños, como lo tiene la televisión para
las criaturas de hoy, pues Adolfo Hitler, en Alemania, y Franldin Delano Roosevelt, en
Estados Unidos, hicieron el primero de estos medios de comunicación casera un recurso
muy útil para sus intereses políticos y le acarrearon gran fama.
Además, estaban de moda las radionovelas y las series dedicadas a personajes famosos.
Y fue en una de estas series —donde doña Carmen Aguirre de Fuentes personificaba a Juana
de Arco— que el pequeño Armando tuvo su primer "papel" teatral: el
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director le entregó un papel de celofán para arrugarlo ante el micrófono y hacer así el sonido
del fuego que consumía a Juana.
Pero además de la radio, la escuela primaria del colegio Ignacio Zaragoza, de los lasallistas,
entretenía sobremanera y dejaba tiempo, después de las tareas, para que el pequeño Armando
desahogara sus inquietudes y travesuras, así como para dar curso a su incipiente afición por los
libros. Y ni el cambio a una escuela Anexa a la Normal, en sexto ario de primaria, descarriló el
entusiasmo de aquel niño que despertaba a la pubertad entre volúmenes de diversos autores, y
escritos de su madre, sin faltar los textos de los deberes escolares y la asistencia a los oficios
religiosos.
Sin embargo, en un pasaje autobiográfico, Armando, personificado por Jean Cusset, reniega
de aquellos que en esos días "en nombre de Dios, pusieron el miedo en los humanos y nos
quitaron el gozo de vivir haciéndonos creer que todo es pecado. Maldigo a quienes nos dijeron
que el cuerpo es algo sucio, y que así nos ensuciaron el alma. Maldigo a quienes nos hicieron
sentir, aun siendo niños, el peso de la culpa. Por ellos —en palabras de Jean Cusset— soñé
pesadillas de infiernos y demonios. Por ellos tuve una idea torcida de Dios. Ellos me llevaron a
oscuros pensamientos que de milagro no me volvieron carne de psiquiatra. Corrompidos, todo
lo que tocaba con su desviada forma de creer lo corrompían. Mi vida en cierta forma ha sido un
esfuerzo cotidiano para liberarme de las mentiras que ellos me enseñaron, para recuperar la
belleza, la verdad y el bien que me quisieron arrebatar".
De todo tiene que haber en el trajín diario de una vida llamada a involucrarse en las
profundas interrogantes sobre la trascendencia del ser humano. Y de todo hubo en esa infancia
inquisitiva del futuro escritor saltillense que hoy evoca cómo gozaba bucólicamente las
vacaciones con sus padres y hermanos en el rancho El Refugio, recorriendo sus inmensas
praderas.
Las luciérnagas fueron, hace mucho tiempo, el misterio y ornato de mis noches de niño.
Caía la noche sobre el campo y se encendían y apagaban los cocuyos, como si la oscuridad
abriese y cerrase sus mil párpados.
Ayer fui al campo y lo vi lleno de luciérnagas. Las hojas de los árboles dejaban resbalar
gotas de lluvia, y las briznas de hierba, humedecidas, tenían el resplandor de un brillo nuevo.
Las luciérnagas eran como un silencioso estallido de fuegos artificiales.
Recordé cómo las aprisionábamos en frascos de cristal para luego, ya en la cama, ver
que el cuarto se iluminaba con esplendores mágicos. Y pensé que eran mejores aquellos
días, cuando uno tenía tiempo para buscar la luz aunque fuese en una luciérnaga.
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En fin, quizá después vendrán tiempos mejores, y podremos detenernos a pensar si las
estrellas son luciérnagas enormes, o si son las luciérnagas estrellas pequeñitas. (Columna
Mirador de Grupo Reforma).
Su tío Federico Sánchez le dio, además, unas vivencias exclusivas a esa edad, pues como
ingeniero agrónomo, amó el campo y lo hizo producir e inclusive le tocó traer a México ganado
vacuno de alto registro; de modo que el pequeño Armando se sobrecogía al lado de aquellos
enormes toros de altisonantes nombres: Corsario Negro, Mariscal de Campo y de aquellas
majestuosas vacas —La Palma, La Chavira— que daban leche en abundancia y que la querida
tía Beatriz repartía entre los suyos.
En esas mismas tierras de un verde purísimo se contempla él mismo contagiándose con los
afanes literarios y teatrales de su señora madre, con sombrero de paja, componiendo versos
debajo de un árbol, que ya nada más en sus versos es un árbol. De todo ese manojo de
influencias y de todas esas visiones, en cierta forma, Armando Fuentes Aguirre comenzará a
escribir desde los diez arios de edad.
Muy escondido, pero bien identificado en parte de su biblioteca, Fuentes Aguirre conserva
un pequeño diario de apuntes donde están sus primeros ensayos cortos sobre mitología griega e
historia sagrada, además de otros temas que superaban los alcances de los niños de esa edad.
No lo muestra a cualquiera —"por pudor", dice—, pero se recrea a veces releyéndolo y
lamentando que esté algo maltratado por el tiempo.
Cuando yo era niño, en mi casa no faltaba nada. Tampoco sobraba nada, sin embargo.
Modesto empleado de oficina era mi padre, así que el dinero se destinaba a lo más
indispensable: una buena alimentación y un buen colegio.
No obstante, nos dábamos grandes lujos. Los cumpleaños se festejaban con una visita a
la nevería. Un sundae, lo más barato del menú, era delicia celestial. Los domingos
acompañábamos la comida con refrescos. Si había una película de Disney, íbamos todos en
caravana a verla.
Mi padre tenía su propio gran lujo: Selecciones del Reader's Digest. Mes tras mes lo
compraba con devoción puntual. Lo paladeaba despacito, como nosotros nuestro sundae.
Leía un artículo cada día nada más. Luego lo comentaba con nosotros o daba autoridad a su
conversación con los antiguos trayendo a cuento datos sacados de la revista.
Cuando llegaba el nuevo ejemplar, el anterior pasaba a nuestra pequeña biblioteca en
calidad de libro. Entonces lo leíamos nosotros. Lo que más me gustaba y leía era "La risa,
remedio infalible". Consultaba en el diccionario las palabras que no entendía; me aprendía
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a, e.
Coleoldesuameenantes
~ O «
los chistes casi de memoria y luego se los contaba a mis amigos con enorme éxito. Quizá ahí
se encuentre la semilla de mi afición al humorismo y de mi gusto por la palabra escrita.
Con su revista, Reader's Digest nos brinda amable compañía, enriquece nuestra
conversación, nos muestra las mil y mil bondades de la vida y pone en nuestras manos
la risa, seguro medicamento contra los males del cuerpo y del espíritu.
Ayer fue Selecciones la revista de mi padre. Hoy la recibo yo todos los meses: cada
ario, mis hijos, que también la leen, me regalan una suscripción. Con esas palabras
agradezco de corazón a Reader's Digest todas las cosas buenas que ha puesto en
nuestras vidas. (Columna Mirador de Grupo Reforma).
No era sólo el beisbol el que atrapaba sus inquietudes infantiles, aunque sí era el
deporte que le ponía a prueba sus piernas de gacela y ligereza física para "robar" las
bases; ni eran las complicadas maniobras que hacía para "apantallar" a sus amiguitos con
el balero y el trompo de madera; ni las delicias de los famosos "garapiñados" lo que más
recuerda Catón de aquella década. De todo hubo en su formación integral que, andando el
tiempo, lo llevaría a ser eximio representante del oficio de juglar y cómico de la lengua.
"Vamos, por aquí... Tenga cuidado", era la advertencia de quienes conducían al grupo
de aquellos pequeños rumbo a la Catedral. No era un paseo frecuente, porque los chiquillos
iban por lo común a la iglesia de San Juan, de modo que ir a Catedral se convertía en un
paseo especial, ya que al contemplar de frente o de lado la monumental obra arquitectónica,
antes y después de los rezos, la tentación de subir al campanario y mirar la ciudad desde lo
alto, no dejaba otra salida más que el arrojo.
Cómo les atraía a esas generaciones el ir y venir de feligreses cada 6 de agosto, durante
las fiestas del Señor de la Capilla, con todo el folklor propio de la fecha y las fervorosas
celebraciones dentro de aquella iglesia, alma y corazón de Saltillo desde tiempos
inmemoriales.
Pero un día murió el abuelo. Fue el ario de 1949, y a los once arios toda ausencia deja
un vacío insondable. Se fue sin muchos aspavientos, pues todavía su rostro dibujó una
sonrisa delicada a la hora del adiós definitivo. Armando lo vio y lo vivió con entereza. Y se
solidarizó con su padre en aquel trance de dolor, aunque su edad apenas diera para
comprender semejante prueba.
La casona —sus enormes espacios, su embrujo familiar— pasó de inmediato a manos
de don Mariano Fuentes Flores y significó todavía más el área vital de Jorge, Armando,
Odila y Carlos, pues debieron anudar esfuerzos y compartir vivencias en el difícil arte de
aprender a volar con las propias alas.
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Hay tantas estampas polvorientas prendidas como imágenes venerables en las paredes
de la memoria de Armando, que basta un clic de computadora para que los relatos fluyan
uno a uno en cascada armoniosa, sobre la pantalla o el papel. Y es que los
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sueños de aquellos días no han sido sepultados por el éxito de ahora, sino que podrían
considerarse el punto de partida para nutrir las realizaciones de hoy. Porque aquel menudito
estudiante, con un parecido físico a doña Carmela, cada vez mayor a medida que pasa el
tiempo, no ha cejado en su empeño de vivir a plenitud su destino.
Manuel Machado, alto poeta, habría querido ser un buen banderillero. A mí me habría
gustado ser un buen actor. Lo fui, medianejo, en mi temprana juventud. Muchas veces
subí al palco escénico —así se decía— en obras de mucho impacto entonces, olvidadas
hoy: El niño y la niebla, de Usigli; El pobre Barba Azul, de Villaurrutia.
Conocí entonces el misterio de ese magnífico rito religioso que es el teatro.
Todavía, cuando estoy entre el público de una función teatral, siento mariposeo en el
estómago al oír la frase sacramental que precede al levantamiento del telón: "Tercera
llamada, tercera. Comenzamos".
De aquellos tiempos tengo una memoria. Habíamos ensayado la última pieza de un
dramaturgo oaxaqueño, Rodolfo Álvarez. Se llamaba Martina y trataba de amores
ilícitos, tema sobre el cual hay siempre abundante material. Aquel tremendo drama
concluía con el suicidio del hijo adolescente de la protagonista. Ese hijo era yo.
Sucede que el primer actor de la compañía, un apuesto galán de nombre Xavier Ze-
tina —hermano de Guillermo, actor de cine—, consiguió que el Club Rotario de Parral,
Chihuahua, nos comprara la función. Allá fuimos, en un viejo autobús que se descomponía
con gran puntualidad cada treinta kilómetros. Cuando por fin llegamos al mineral
encontramos a nuestros patrocinadores desolados y llenos de consternación. El cura
párroco del pueblo, que tenía gran ascendiente moral sobre la población, había pedido ver
el libreto de la obra. Lo leyó y quedó escandalizado. !Aquellos amores pecaminosos, aquel
suicido, aquellas encendidas escenas donde hasta un beso se veía lleno de pasión carnal!
Exigió a los patrocinadores que cancelaran la función. Ellos le hicieron ver que nosotros
ya íbamos en camino, y que la obra se había anunciado ya. El inflexible Savonarola no cedió.
Amenazó con tomar medidas tendientes a boicotear la representación. Fue entonces cuando
llegamos. Rotarios al borde de un ataque de nervios. Zetina ideó un recurso: los integrantes
del grupo iríamos a hablar con el padre a fin de rogar su comprensión. Todos los fondos que
se recabaran se destinarían a una obra benéfica.
El sacerdote nos recibió hosco y ceñudo. Nada lo hizo cambiar de posición. La obra,
dijo, era contraria a la moral, contravenía las enseñanzas de la Iglesia. Quien la viera se
ponía a riesgo inminente de condenación. A él le correspondía la salvación de las almas. Si
no renunciábamos a poner en escena esa inmoralidad, dedicaría los tres días que faltaban
para la función a hacer una campaña a fin de alejar al público del teatro.
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Como dijo, hizo. En todas las misas predicaba contra los fuereños que llegaban a
corromper a la ciudad con su espectáculo. Hablaba de lo que verían los que asistieran a esa
vitanda representación: adulterio, fornicación, lujuria. Estuvimos a punto de cancelar la
función: seguramente seria un fracaso. Pero ya estábamos ahí. El día fijado llegamos al teatro
como quien va al patíbulo. Nos vestimos y nos maquillamos en silencio. Seguramente
actuaríamos ante una sala vacía. Sorpresa: el teatro se llenó a reventar. Aquello fue un exitazo.
Tuvimos que dar otra función al día siguiente, pues así nos lo pidieron nuestros jubilosos
patrocinadores. Yo propuse ir a la parroquia a dar las gradas al señor cura por la publicidad tan
efectiva —y tan barata— que nos hizo, pero no fue aceptada mi proposición. La buena fe rara
vez encuentra eco. (Columna Mirador de Grupo Reforma).
Saltillo era una ciudad pequeña, con apenas cien mil habitantes, y las opciones no eran
muchas como para fincar en ella la esperanza de obtener un título universitario de relieve. Por
lo pronto, había que dar el estirón en esta etapa en la que los sentimientos se agitan con más
fuerza a la vista de un titilante primer amor, en vísperas del ingreso al bachillerato.
¡Oh, el Ateneo Fuente de Saltillo! ¡Cuánta atracción irresistible sienten aquellos que
sueñan con cursar el bachillerato ahí como paso sine qua non para entrar a la universidad! Ahí
llegó nuestro admirado Armando, ya con la voz más grave y la agudeza mental más afilada,
como su nariz y sus vivaces ojos, a seguir acumulando conocimientos y descifrando signos de
todo orden, pues el latín era una asignatura que daba pie a la conformación de vocablos
"domingueros" y al descubrimiento de significados de términos poco comunes.
Armando se embebió en esta lengua "muerta", casi como graciosa huida hacia lo
desconocido y como necesidad de reafirmar la expresión de un acervo inmenso de
apotegmas jurídicos, pues su mira apuntaba hacia la abogacía.
Quae non est plena ventas, est plena falsitas; non semiveritas, asentaba uno de ellos, y
había que encontrarle la cuadratura al círculo para dar con su traducción: 'Lo que no es
plena verdad, es plena mentira, no verdad a medias'.
Nullum delitum sine poena, et nulla poena sine lege, sentenciaba otro que se clavaba en
la mente de quienes entendían que 'no debe haber delito sin castigo, ni castigo sin ley',
porque se veían ya litigando y de juzgado en juzgado o en bulliciosas agencias del
Ministerio Público.
Pessima tempora plurimae leges: 'Cuando los tiempos son pésimos hay abundancia de
leyes'.
"Recuerden, en latín las palabras no se acentúan —advertía el profesor—, y la
pronunciación de los diptongos oe y ae equivale a nuestra e, mientras que ce y la ci se
remarcan castizamente como che. Circiter, caecus, principium, etcétera. Ah, y algo muy
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importante para no errar en la dicción: las palabras que se pronuncian con nuestra el
castellana, en latín son aquellas que se conforman con la ti, seguida de una vocal, como
et-iam ('también'), vocatio ('vocación'), laetitia ('alegría'), etcétera."
Muy pocos preparatorianos de aquellos arios se sustraían al encanto de los latinajos
(Hodie tibi, cras mihi: 'hoy por ti, mañana por mí') y a la composición arbitraria de
palabras elegantemente pronunciadas con todas las reglas de rigor; como que era un sello
distintivo de una alta educación, sólo superada por los sacerdotes de entonces, quienes
desde su formación en el seminario, a partir de los doce arios de edad, penetraban en el
rico mundo de este idioma que es el puntual de las lenguas romances. Además, las misas
eran obligatoriamente en latín y muchas preces y cantos sagrados en los oratorios no
tenían ni traducción, puesto que se daban por entendidos de tanto repetirlos; ni qué decir
de la composiciones literarias del poeta de la antigüedad, Ovidio; el gran orador, político
y pensador romano, Marco Tulio Cicerón; o del político e historiador Catón de Censor; de
Tácito, de Terencio y de otros muchos.
No había llegado aún el aire modernizador del Concilio Vaticano It (1965-1965),
que volcara en lengua vernácula los ritos de la iglesia católica, de modo que era común
la lectura de los Evangelios en latín, y en latín gustaban de expresarse los alumnos
bachilleres del Ateneo Fuente de Saltillo, donde los maestros saboreaban la materia
sobre todo entre los amantes de las bellas artes.
Concluido este ciclo, la universidad acentuaba el estudio del latín, especialmente en
aquellas carreras donde su conocimiento era ineludible; la abogacía era una de ellas, de
modo que cuando Armando Fuentes Aguirre enfiló hacia la UNAM (Universidad Nacional
Autónoma de México), iba ya bien pertrechado de lo necesario para salir adelante, en
tanto su hermano Jorge se decidió por la medicina: uno quería encerrar sus errores; el
otro, enterrarlos.
"Creo que la disciplina de escribir —enfatiza—, esa perseverancia, la adquirí en la
Escuela Normal, pero el Ateneo Fuente me dio un gran sentido de la libertad y de la
búsqueda de la verdad".
Obviamente ahí abrevó en la cultura de los grandes clásicos para poder pergeñar después
estas lineas: "No sé si los griegos eran muy sabios por ser paganos o eran paganos por ser muy
sabios. En todo caso su sabiduría está fuera de duda. Lo prueban esas dos cumbres del saber
humano que son los Diálogos de Platón y el borrego a la griega. Los atenienses inventaron
una institución política y social que desgraciadamente ha caído en desuso. Se llamaba
ostracismo; era un exilio impuesto por la comunidad a quien podía hacerle daño. Votaban los
ciudadanos sobre esa forma de destierro inscribiendo en una concha de ostra —de ahí la
denominación— el nombre de aquellos a quienes querían desterrar. El exi-
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lio se imponía por diez arios al que era considerado una amenaza para la paz y la tranquilidad
de Atenas. Era una medida de precaución, no de castigo, por eso el ostracismo se imponía sin
necesidad de acusación. Sin formación de causa y sin derecho a defensa por aquél contra el cual
la comunidad se quería proteger. Lástima que ya no exista dicha sapiencia práctica. Si existiera,
el candidato perfecto para el ostracismo sería Carlos Salinas de Gortari..."
En el Ateneo, Armando Fuentes Aguirre era de los mejores estudiantes. Pero había que ir
en busca de nuevos restos. Y así lo hizo. Era el ario de 1956 y la ciudad de México aún no tenía
el bullicio de hoy, porque los indicadores de la explosión demográfica apenas señalaban
cualquier riesgo mínimo; además el peso acababa de adquirir una paridad de $12.50 por dólar y
la estabilidad política y económica no mostraban visos de alarma, de modo que los campesinos
e indígenas, en su mayoría, estaban bien asentados en su terruño sin la tentación o necesidad de
emigrar a la gran urbe.
"i.En qué sueña un joven que se desprende de su familia, de sus amigos, de su entorno
citadino para retar un medio desconocido y a
veces hostil?", pregunto a Armando Fuentes Aguirre. "En lo que sueña todo joven que desea
trascender en la vida —responde—. Y en lo que sueña todo aquel que tiene bien definido qué
es lo que quiere ser, en lo que quiere ser y hacer, no importan los obstáculos y las
dificultades".
Su madre, doña Carmen, ya le había puesto el ejemplo al viajar también a la Ciudad de
México a estudiar actuación teatral en el Instituto Nacional de Bellas Artes con los grandes
directores, actores y dramaturgos de aquellos arios cincuenta: Gorostiza, Novo, Magaña.
Armando Fuentes Aguirre en la redacción del periódico The New York Times
Colección: Luz María Fuentes Fecha: s/f
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De ahí que su inscripción en la Universidad Nacional Autónoma de México fuera ya
en sí una meta para Armando, promisoria de muchas metas más, pues sus padres
deseaban que esa independencia del hogar, a los 18 arios de edad, sirviera para algo más
que el estudio: para sobrevivir lejos de los afectos más entrañables y para relacionarse
con otras personas de visión menos provinciana, pero sosteniendo sus principios del
hogar paterno, con miras a motivarse a seguir aprendiendo de la vida y los estudios.
"Estudié en la Ciudad de México cuando ésta aún era encantadora, muy habitable, muy
generosa. Sin embargo, la capital para mí era una especie de purgatorio. Saltillo siempre ha
sido para mí el paraíso...", sostiene el autor de la columna Mirador.
Tarde de lluvia en mi ciudad, Saltillo.
La miro caer, mansa en el jardín de la casa de mi madre. Llueve sobre los alcatraces y
la higuera; llueve sobre el galán de noche; llueve sobre los centenarios ladrillos de barro
saltillense.
Alzo la vista y veo el campanario de la catedral. Parece una muchacha esbelta y alta
bajo la regadera. Las montañas se estiran a lo lejos como una gran pantera que goza panza
arriba la lluvia del verano.
He visto llover en muchas partes. Mil veces ha mojado la lluvia el barro de mi
corazón. Pero la lluvia es más lluvia aquí en Saltillo. Es lluvia lustral que lava todos los
pecados y nos deja como era el mundo antes del pecado original: limpios y puros igual que
un niño al que su madre ha bañado antes de ponerlo en la cuna.
Gracias a Dios por esta lluvia, que es Dios mismo vuelto agua para bautizarme otra vez en
la preciosa pila bautismal de mi ciudad. (Columna Mirador de Grupo Reforma).
Y añora las tradiciones ya idas de esa silenciosa ciudad en Semana Santa, como la
ceremonia del pésame a la Virgen y las visitas a los siete templos, los cuales, después del
miércoles de ceniza, lucían las imágenes cubiertas con lienzos morados, mientras que en las
casas, los grandes espejos de ornamentados marcos dorados o con forma de dragones, se
tapaban también con grandes, severos lienzos negros. Y el Viernes Santo se escuchaban las
Siete Palabras, porque a las tres de la tarde quedaba todo quieto, inmóvil, en silencio, y el
Sábado Santo, la quema de Judas. En las casas se degustaban las delicias culinarias de la
temporada cuaresmal, desde el caldo de habas o de lentejas hasta los postres de torrejas y
capirotada, pasando por las tortas de papa y camarón, los vernáculos nopalitos, chicales o
flor de palma y todo aquello que era gala y ornato de cocinas de las madres y abuelas
saltillenses de aquellos arios, cuando horneaban el
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pan para toda la semana a fin de no profanar el recogimiento de los "días santos" con el
trabajo mujeril.
Y luego me recordó a todas las golondrinas cancioneras: las de la trova yucateca, que
vinieron en tardes serenas de estío; las de Pat Boone en mi adolescencia, que comparecían
en Capistrano con puntualidad de agencia de viajes; la de Agustín Lara, que llegó en el
momento en que él componía uno de tantos salmos de su melancolía. Yo saludé en
silencio a aquella golondrina benemérita que llegó a mi ciudad en abierta
complicidad con la primavera. (Columna Mirador de Grupo Reforma).
De esa ciudad muy suya, aprisionada en el arcón de los recuerdos, evoca a persona-
jes pintorescos, como a uno que le decían Oaxaquita, músico que tocaba Las Mañanitas
en la puerta de las casas. La gente lo quería, y lo invitaba a pasar y a comer algo. Le
preguntaban:
—?.Le servimos almuerzo o desayuno, Oaxaquita?
Y respondía él con mansa sonrisa franciscana:
—Las dos cositas...
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Amando Fuentes Aguirre *fingiendo la Orquesta Fllarmanka del Desierto durante su homenaje en la FILA
Colección: Luz Marra Fuentes
2016
vz«.
Iffussn
usu
-
Antigua casa de Armando Fuentes Aguirre, Catón, en General Cepeda y Caracol; actualmente Radio Concierto Fotografía: Víctor
Mendoza
2018
SÍMBOLO DE SALTILLO
Martes 29 de septiembre del año 2000. Repaso el texto de Jesús de León, Diálogos con
nos/otros, publicado por el Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Coahuila (1996) y que
va de la página 11 a la 17. Me lo ha enviado con toda puntualidad Ramón Palacios desde
Aguas-calientes porque también él está impresionado por el lead: "Nueva York es gris y tiene
la Estatua de la Libertad; París es amarillo y tiene la Torre Eiffel; Río de Janeiro es verde y
tiene el Pan de Azúcar; la ciudad de México era transparente y tiene todavía el Ángel de la
Independencia; Saltillo es azul y tiene a Armando Fuentes Aguirre, alias Catón".
La comparación con un monumento histórico, superior por lo que se ve, a la Catedral de
la capital coahuilense o a su famosa Alameda, parece exagerada pero de ese tamaño es la
fama del escritor, a quien vamos a visitar este día.
La cita con Armando Fuentes Aguirre en Saltillo estaba concertada para las 13:00 horas,
en la casa que fue de sus abuelos y de sus padres y que ahora le pertenece a él, sita en
General Cepeda sur Núm. 443, esquina con Caracol.
Dos entrevistas previas ex profeso, en un restaurante de Monterrey, habían preparado el
camino para este encuentro en el lugar preciso
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Armando Fuentes Aguirre está pleno en esta pequeña obra de 126 páginas que
Herminio conserva como un tesoro, pues el doctor José Hugo Arredondo Estrada tuvo
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el acierto de compilar los mejores Miradores hasta esa fecha. Y él, Herminio, ha tenido la
paciencia de leerlos y releerlos no una sino muchas veces, para marcar con un plumón las
páginas de los que más le gustan y regalarlos en fotocopias al por mayor.
Conmueven hasta el fondo del alma, como este otro, muy parecido al anterior:
¿Cuántos arios tienen de casados? Seguramente más de medio siglo. Los miro pasar por la
ventana de mi casa: van al cercano parque. Igual que cada día al declinar la tarde. Caminan
despacito. Así, despacito, darán dos vueltas en torno al pequeño jardín. Van siempre de la
mano, como cuando eran novios hace mucho tiempo; pero ahora van así para cuidarse el
uno al otro, para sentir si el compañero va a caer y darle apoyo.
Muchos hablan de amor joven, del que es todo ilusión y todo fuego. Yo digo del
amor que se torna más amoroso con los arios; del que convierte a dos en uno solo y los
funde en pensamientos y palabras.
Los miro ahora. Ya vienen de regreso. De muchas partes vuelven: de la alegría y la
pena; de la esperanza y la resignación; de las victorias pequeñitas y de los sueños que
nunca se cumplieron. Regresan los dos juntos. Llegará el día en que uno de los dos se irá.
Pero ni aún esa separación podrá apartarlos: en el recuerdo y el amor seguirán juntos
hasta el día de la alegría y la esperanza, de la gran victoria final sobre la muerte.
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Herminio está al borde del llano, porque recuerda que no pocos conocidos suyos se han
visto retratados en esta escena.
"Vieras qué franqueza la de un cliente en la compañía de seguros que represento al
decirme, en broma, que Catón escribió esto cuando se dio cuenta de la situación por la que
él estaba pasando." Y extiende un texto más del mismo tono:
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Ése es el padre que yo les di a mis hijos.
Ahora tienen lo que yo nunca tuve.
De los muchos testimonios de Armando Fuentes Aguirre sobre el tema, rescatamos estos
otros dos del citado libro:
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del pequeño aeropuerto de Ramos Arizpe y el aroma del pan de pulque se mete, intruso, por las
fosas nasales bien abiertas y despierta las papilas gustativas. A lo lejos se divisan los contornos
de la hermosa ciudad de Saltillo con sus símbolos culturales y comerciales en primer plano.
"iQué puntuales! Pasen, pasen." Se oye la voz de Catón, perdido él en un laberinto de
cuartos, y entre el verdor de las plantas que ornamentan el centro de aquel espacio añoso,
pero lleno de vitalidad y de frescura.
De pronto se deja ver él todo entero, acompañado de Salvador Yza-guirre Castañeda, su
paisano y periodista que fue de El Sol del Norte y ahora se dedica a los bienes raíces.
"iHola, Esquivel!", se sorprende Yzaguirre Castañeda al esperar que se tratara de cualquier
otro amigo de Catón, menos de quien esto escribe. "iQué tal, Chavita!", le respondo con un
reflejo condicionado que me llevó a recordar al hijo de uno de los fundadores del PAN en
Saltillo; un joven entusiasta durante sus incursiones en los estudios de futbol soccer de los
Rayados de Monterrey y de los Tigres, cuando asistía, sábado a sábado, cámara en mano, a
cubrir los partidos religiosamente.
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"¿Se conocen? ¿Dónde?", pregunta Catón con discreción. Y después de las consabidas
anécdotas de uno y otro, el escritor condesciende: "Hombre, qué bueno que haya sido yo quien
los ha hecho que se vuelvan a ver. Entonces si son amigos, quédate, Chavita. Es un placer que
estés entre nosotros, ¿verdad, José Luis? Así somos dos contra dos".
Herminio Gómez Rangel apenas si sale de su asombro al ver un vitral multicolor de una
torre de la Catedral que ornamenta el recibidor de la casona, que antes era el despacho del
abuelo. Herminio se ha quedado absorto con las máquinas de escribir antiguas que adornan
la sala, pero enseguida saluda, sonríe, estrecha las manos de todos. Y para él, Catón
también tiene palabras de elogio, por ser un limpio luchador por la democracia y un hombre
que se ha expuesto a los poderosos en distintas épocas desde 1976.
Nuestro anfitrión viste una guayabera celeste y pantalón gris. Luce una contagiosa
sonrisa y un ánimo esplendoroso, a tono con el ambiente que reina en la capital de
Coahuila. Está limpio de impurezas el cielo de Saltillo: azul, azul, azul, cual marco ideal
para las fotos de los paisajes, de los edificios, de las personas y de una pequeña bandera de
México que ondea en lo más alto de la casa. Están reverdecidos el césped, el jardín, el
conjunto de plantas que adornan el acceso a las distintas entradas del centro cultural. Está
brilloso el día, radiante la tarde que empieza, candente el Sol de un verano colmado de
sequías.
Pieza traída de Francia. Representación del cuento la Cenicienta, perteneciente a los tíos de Armando Fuentes Aguirre
Fotografía: Víctor Mendoza
2018
Catón está feliz, no faltaba más, y estamos todos listos para el tour
obligado por este sitio centenario.
"Aquí están los muebles originales del siglo xix que pertenecieron a
mi abuelo: el juego de sala que era de aquellos que se llamaban de Viena
o austriacos, que no podían faltar en las casas saltillenses donde hacían
las famosas tertulias en las épocas anteriores a la radio y a la televisión,
obviamente, en que la gente se reunía simplemente a conversar, a cantar,
a declamar o a jugar juegos de prendas".
Catón ya ha sido tocado por la nostalgia. Se nota en su rostro y en la
descripción de lo que sus ojos ven y repasa a cada rato y que ahora cobra
un significado especial ante sus invitados, que muestran ignorancia
supina por la decoración del que fue hogar de sus antepasados.
"Éste era lo que se llamaba el estrado, con su piano que no podía
faltar y una gran cantidad de sillas, porque venían vecinos, amigos y
familiares a hacer prácticamente veladas literarias y musicales donde
cada quien mostraba una aptitud".
Catón mueve el llavero de un lado a otro y hace figuras imaginarias
con sus manos, al momento que pasa al siguiente aposento.
"Ésta era la alcoba de mi abuela con su silla para tejer. Si se fijan, los brazos están
dispuestos de modo de no estorbar el movimiento de los brazos de la tejedora. El reclinatorio
para orar, la máquina de coser, que era manual y está en perfecto estado de funcionamiento
todavía".
Catón demuestra lo que dice accionando la máquina de coser y argumentando el porqué de
conservar tan bien estos enseres. "Sentimos amor por nuestro pasado, por nuestras raíces. El
valor de estas cosas obviamente no es material, porque como se ve, estos muebles no eran
lujosos, sino de una familia que tenía un digno pasar pero que de ninguna manera era de
potentados".
Después de decirnos que "no hay ladrillo que no me traiga un recuerdo" y presumir los
pisos originales, porque no han sido jamás cambiados, llegamos a otra recámara, adaptada
ahora para recibir visitas con una vistosa biblioteca, así como al cuarto de estudios para los
niños, donde se hacían tareas escolares, con los escritorios muy bien cuidados, como el del
papá de Catón.
"Si mi abuelo y mi abuela por un milagro maravilloso de Dios llegaran de pronto a verse
aquí, encontrarían sus cosas en el mismo sitio prácticamente donde ellos las tenían. Vean
ustedes esta palangana para hacer lo que entonces se llamaban abluciones. Y el comedor, en el
que caben veinte personas."
Pero lo que sí está reformado —y Catón fue el artífice de las ideas en el diseño— es el
espacio de lo que era la antigua cocina, "que estaba un poquito maltratada y tuvimos que meter
acabados relativamente nuevos", como un pretexto para poner en los mosaicos los nombres de
las antiguas criadas de la casa: Lucía y Chilita. Chilita se llamaba
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Antigua máquina de coser perteneciente a la abuela de Armando Fuentes Aguirre, Catón Fotografía: Víctor Mendoza
2018
Cocina de la casa de General Cepeda y Caracol
Fotografía: Víctor Mendoza
2018
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Homenaje a las antiguas criadas en la cocina de la Casa de General Cepeda y Caracol Fotografía: Víctor Mendoza 2018
Blasa; Chirola se llamaba Isidora; Goya se llamaba Gregoria; Adelina, María Luisa, Lucía,
etcétera. Se llamaban criadas a mucha honra —aunque el nombre ahora se considera
despectivo—, porque se criaban en la casa. Por ejemplo Goya, que ocupa más o menos el
lugar de honor en los mosaicos de esta cocina, vino a la casa cuando tenía 13 arios y salió de
ella cuando tenía 83.
El "iahhhhl" de sorpresa de quienes escuchamos la anécdota da pie a que Catón reitere su
concepto de criada: "Eran parte de la familia. Por eso yo quise, como un detalle de gratitud para
ellas, para esas beneméritas mujeres, perpetuar sus nombres de generación en generación." "¿Y
usted las volvió a ver después o ha seguido tratando a sus descendientes?" "Claro, claro. Por
ejemplo a Lucía la fui a ver un mes antes de morir: se había ido a vivir a Monterrey y la visité
para darle ánimos en su estado de salud, pues tenía ya 102 años de edad." "¿Y lo reconoció a
usted? ¿Estaba lúcida?" "Perfectamente lúcida. Tan lúcida que cuando me despedí me extendió
la mano y me pidió su domingo. Ja, ja, ja. 'Dame mi domingo, hermanito, dame mi domingo',
me dijo. Ja, ja, ja".
54
María Angélica Martínez nunca imaginó la importancia de leer y escribir hasta que se
enfrentó al mundo. No conocía las letras, no tenía entendimiento de lo que veía, para ella
eran sólo "rayas" que comenzaron a desesperarle y a causar una indignación en sí misma.
No podía ayudar a sus hijos a prepararse para ir al jardín de niños, o la primaria, pero a
diferencia de sus padres, en su mente siempre se mantuvo la idea: "Mis hijos no serán
analfabetas como yo".
Cuando sus pequeños lograron ingresar a la escuela donde iban aprendiendo con el
paso de los días, ella intentó aprender junto a sus hijos, pero no fue suficiente. Al paso
de los años, la necesidad económica le orilló a buscar un empleo. Al principio batalló,
pues al acudir en busca de trabajo tenía que pedir apoyo a la gente para llegar a sus
destinos.
Fue entonces cuando, un día arribó a una biblioteca, solicitó empleo y comenzó como
una trabajadora doméstica, sin saber que tendría grandes beneficios como aprender a leer
y escribir.
Aquel espacio era propiedad de Armando Fuentes Aguirre, a quien ella no conocía,
pero le llamaban Catón, el escritor y periodista de quien nunca pensó tener tanto apoyo.
Aquel hombre comenzó a auxiliarle en la lectura y la redacción. De manera empírica
comenzó sus estudios y logró dárselos a sus hijos. "Él me ayudó mucho
económicamente. A comprar los libros de mis hijos. Por él, ellos terminaron la
secundaria y la preparatoria. Al paso de los años, yo fui aprendiendo también. Nunca
pagaré lo agradecida que estoy con él", recuerda.
Con lo que aprendió del experto en escritura, quien la ayudó incondicionalmente,
supo salir adelante al menos por unos años. Fue hasta décadas después, al llegar a los
76 años cuando se enteró que podía concluir sus estudios, en el Instituto Estatal de
Educación para Adultos. "Supe de esta escuela. A lo primero que me metí fue a
alfabefización", dice. Actualmente, María ya cursó su educación primaria y está en el
proceso de concluir la secundaria.
Lidiet, Mexicano. (2018). Busca superarse mujer saltillense y estudia la secundaria a sus 77
años; se convierte en un ejemplo en el día del estudiante. Vanguardia.
en formación de
Se abre una puerta y las voces silenciosas de autores
"firmes" parecen chistar a los presentes. "Ah, qué hermosa biblioteca",
exclamamos Herminio y yo.
"Ésta era la fábrica, donde está el único piso que pusimos nuevo porque
como había máquinas y no se pudieron rescatar los ladrillos anteriores, lo
único que hicimos fue usarlos como base para este mosaico moderno, y ahora
es la sala de conciertos y la biblioteca, en la que
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Vista hacia Catedral desde la terraza
de Radio Concierto
Fotografía: Víctor Mendoza
2018
estamos acomodando muchos libros que están siendo desplazados por los discos en el piso
superior del edificio".
Catón se adelanta para subir las escaleras y en fiel procesión guiar a sus visitantes hasta el
techo-terraza, muy bien acondicionado como mirador, desde donde se contemplan las señoriales
torres de Catedral, que perecen venirse encima de los curiosos turistas. Pero al simple giro de la
vista, lo que aparece en toda su dimensión es la tarjeta postal de una bien delineada sierra con los
cúmulos apenas perceptibles de nubes delicadísimas como corona triunfal. Se adivinan a lo lejos
Arteaga y Las Cabritas, La Carbonera, Los Lirios, etcétera.
Catón nos saca de nuestras cavilaciones al mostrarnos una hermosa enredadera conocida
como Juan Mecate o don Diego que ha echado raíces en la pared de su casa. Las hermosas
flores con su color solferino y el enjambre de abejas que vienen a posarse en ellas, son
dignas de ser atrapadas en una fotografía. La estampa no tiene desperdicio y el verde
chillante como que se quiere fugar de los bordes, igual que las guías de la enredadera se han
trepado por todos lados.
"La gente viene y dice: 1Mira, qué hermoso el Juan Mecate!' Y otra más dice: 1Mira,
qué lindo el don Diego!', o sea que esos dos nombres ya están patentados, pero la verdad
no me imagino por qué se llama así", explica Catón y de inmediato nos lleva hacia adentro.
Vista hacia el templo San Juan Nepomuceno desde la terraza de Radio Concierto
Fotografía: Víctor Mendoza
2018
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Ya estamos en la estación radiofónica que echó a andar "con los ahorros de su vida", que es la
primera estación cultural que pertenece a un particular en México y no al estado, y que funciona
como un dinámico centro artístico, porque igual el público disfruta ahí la ópera, que el cine, el
teatro y conferencias... gratuitamente. Funciona con la siglas 3mATA, 97.7 FM.
El hombre saborea cada palabra que pronuncia. Su guayabera color celeste se ha
empapado de sudor y sus zapatos han perdido lustre de tanto roce con los escalones y la
paredes. Pero la que sigue viva es su chispa para mantener el entusiasmo de sus
interlocutores. Se toca su plateada cabellera, se acomoda la armazón de sus anteojos,
enseguida junta las manos a la altura del pecho como si fuera a decir una plegaria, pero no,
simplemente va a hablar —con toda devoción— de Radio Concierto y del esfuerzo que
significa mantenerla al aire.
"Mienten los que dicen que a las mayorías no les gusta la música clásica o que es muy
difícil educar el oído con composiciones de Bach o Beethoven. Basta con palpar la respuesta
del público de Saltillo y darse cuenta cuántos niños asisten a los conciertos en vivo aquí. Lo
que pasa es que se requiere pensar más en el bien social que en el bien comercial para
emprender una iniciativa eminentemente cultural. Y a nosotros nos ha sido posible en
retribución por la abundancia de bendiciones que hemos recibido de Dios, porque bien que
cuesta. Nada más mire, José Luis,
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aquí tenemos diez mil discos. No son poca cosa si nos ponemos a sacar un promedio de su
costo, a cien o ciento cincuenta pesos cada uno. Pero lo bonito es que tenemos un importante
auditorio. Uno llega a la necesidad —reitera enfáticamente ante la estampa de su comedor para
niños pobres de Potrero de Ábrego— de devolver algo de lo mucho que ha recibido. Yo de la
vida, de Dios. De mi prójimo he recibido incontables bienes, y mal haría en no contribuir
siquiera en la mínima manera en que lo hago. Más debería de dar, pero no puedo o mi egoísmo
me gana".
Las consolas de audio y las vitrinas para conservar tanto material dan una idea del
orden con que opera Radio Concierto, cuya inauguración en 1997 contó con la presencia
del presidente de México, Ernesto Zedillo (1994-2000), con quien después desayunó, lo
cual provocó muchas murmuraciones contra Fuentes Aguirre por considerar que era una
contradicción con su espíritu de crítica política permanente en sus columnas periodísticas.
Pero aguantó el chaparral de pie y a tres arios de distancia de aquel acto "oficial" se repuso,
y lo mismo que cuando le llovieron oposiciones para llegar a ser rector de la Universidad
Autónoma de Coahuila, sacó la casta y sigue en los cuernos de la luna en su profesión.
"El periodismo es mi vocación. Es lo que me ha dado para vivir —dice ufano y
convencido-. Pero al mismo tiempo, la generosidad de Dios me ha permitido disfrutar
muchas otras cosas, como la música".
Es evidente que el tema cultura no se agota frente a Catón, y la pregunta obligada la
adivina él desde que nos plantamos otra vez en el estante de los libros. "Sí, efectivamente,
vivimos entre unos 33 mil libros, más o menos. Son muchos, ¿verdad? iY todos los hemos
leído, a veces una o dos veces! Claro que no todos están aquí: hay unos en el rancho y otros
en la casa. Por eso mi esposa dice: 'Nuestra biblioteca tiene además una cocina, una
recámara...".
La razón es que para escribir naturalmente, hay que leer continuamente, afirma. De ahí
que en sus conferencias ante estudiantes se la pasa recomendando libros. "Inclusive me lo
ganó una marca de ropa: lee", expresa con picante humor.
Y también con picante humor platica que su mamá, hasta su fallecimiento en 1993, a los
noventa arios de edad, por ser una lectora consumada, le revisaba todos los días
sus columnas y le ponía "tacha" a las que no le gustaban. "Sacaste tacha", comenta que le
decía como serial de reprobación. "Sacaste ángulo", cuando estaba de acuerdo con sus
trabajos periodísticos. Y guardaba ella todas las de "ángulo".
Asimismo, confiesa sin ambages su amor a la iglesia católica y su profesión íntima de
fe a la Virgen María.
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Catón en su biblioteca de
Arteaga Colección: Luz María
Fuentes Fecha: s/f
Quiero tanto a mi iglesia que me duele. Soy católico. Mal católico: hasta temo estar
usurpando el nombre cuando me digo tal. Pero nací en el seno del catolicismo y en él
espero terminar mi vida. Nada me haría renunciar a mi fe, agua clara en vaso quebrantado
y sucio.
[...] Soy mariano, y mariano me habría gustado ser, como mi padre. Soy mariano porque
estoy en amores con María, madre de gracia y madre de misericordia, esclava que nos dio
Señor. No soy digno, lo sé, ni de decir su nombre, pero lo digo con el atrevimiento del
enamorado [...1. Es para mí la Virgen la dimensión femenina de divinidad. El Dios en que yo
creo es amoroso porque es fruto materno de mujer, de una mujer virgen y al mismo tiempo
madre.
Pero eso no quita que en sus textos exprese las críticas que le parecen conducentes cuando
ocurren desfiguros de los ministros religiosos: "Tengo un gran respeto a mi tradición católica y a
la grandeza de la fe de mis mayores y yo mismo trato de heredar esa fe a mis hijos y nietos, pero
como católico me siento en libertad de señalar lo que a la vista de todos no está bien dentro de la
institución. No pasa nada, porque en la iglesia hay un gran criterio de modernidad y desde el
Concilio Vaticano II quedó claro que los laicos también tenemos nuestro sermón, tenemos algo
que decir, siempre con un gran respeto, aunque a veces pudieran parece opiniones muy
heterodoxas, como las mías. Por eso yo hablo del triste espectáculo
59
Armando Fuentes Aguirre y su esposa, en el rancho San Francisco en la sierra de Arteaga, Coahuila Colección: Luz María
Fuentes
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Catón baja la mirada. Se queda pensativo como queriendo desembarazarse del asunto.
Golpea con el tacón de su zapato un pedazo de madera sobre alfombra. Posa su mano derecha
en el hombro de quien lo interroga, y con delicadeza y hasta con simpatía, endereza la
conversación hacia aquello que, a través de la ventana, se nos mete por las pupilas: "iQué
hermosas la torres de Catedral! Mire nada más, José Luis, qué altura tan vertiginosa. Por algo la
Catedral es el alma y el corazón de Saltillo. Nosotros lo sabíamos desde niños, cuando
participábamos en las fiestas tradicionales del 6 de agosto en honor al Señor de la Capilla y
cuando subíamos a la altura del campanario. Son recuerdos que se quedan para toda la vida.
Porque la presencia de la Catedral en la vida de los saltillen-ses es única, igual que la Alameda,
que si ésta pudiera hablar... ¡cuántas cosas callaría!"
Y las risas vuelven a inundar el espacio donde Catón es amo y señor de cada rincón, en
sentido literal yen sentido figurado. Lo dice Paco Ramírez, un joven que desde 1996 colabora
como programador y locutor en Radio Concierto. "Estudié Ciencias de la Comunicación pero
aquí es donde he aprendido mucho más de la música clásica a fuerza de leer, de prepararme y
estar en contacto con el maestro Fuentes Aguirre, quien, a pesar de ser una persona muy
ocupada, nos visita, nos da consejos, nos asesora y nos motiva en nuestro trabajo. Ahora sí
que como dice el dicho 'nunca se tiene el tiempo tan ocupado que no pueda venir a decirte
¡hola!' y nos resuelve el montón de preguntas que le tenemos preparadas por las dudas que
surgen a cada rato".
Al lado escucha otro joven que tiene muchas ganas de hacer carrera en Radio Concierto
y empieza a asistir para entrenarse. Es Silvestre Marco Antonio Farías Ramos. "Me gusta —
dice— por la oportunidad de hacer lo mío y aprender con este señor...".
Catón no escucha los elogios de sus colaboradores porque se adelanta al grupo para
esperar el momento certero de invitar a comer, no sin antes dar discretamente unas
monedas a una viejecita que lo busca para una ayuda.
Ingenioso como es, la saludó llamándola cariñosamente por su nombre y la invita a
pasar a la sala para que admire el piano de su abuelo. "Qué le parece, eh?" Sin embargo fue
sólo un pretexto para que no presenciáramos que sacó de su bolsillo el dinero que le entregó
a la mujer. Pero yo no los perdí de vista y me consta que así es como Catón practica su
"Religión del amor", tratando de que la mano derecha no se entere del bien que hace la
izquierda, según el Evangelio.
"Ya hace hambre", dice, y pide que lo acompañemos a un restaurante típico en el centro
de Saltillo, donde el derrumbe de casas viejas y el retoque de otras le despierta la nostalgia
por esos espacios que él conoció desde niño y que ahora la modernidad ha convertido en
estacionamientos, negocios o en sitios de diversión. Como en otras tantas de sus entrevistas
periodísticas, en especial la de Jesús de León, va al grano del asunto,
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pues se trata de oír al cronista desde 1978 de esta ciudad: "No se conoce lo que se tiene
demasiado cerca de los ojos y, menos aún, lo que se tiene demasiado cerca del corazón. Yo no
conozco Saltillo sólo porque aquí nací y aquí he vivido toda mi vida, sino porque lo amo. Llevo
mi ciudad como una calcomanía. Hay quienes dicen que es cerrada, que por otra parte tiene el
carácter de una ciudad montañosa, y Saltillo lo es. Pero resulta inexplicable esa dureza de la
que otros hablan, esa frialdad. Para mí, Saltillo es como una dulce esposa. Yo vivo dulcemente
reclinado en mi ciudad. Encuentro en ella toda suerte de ventura. Hallo las durezas de mi
ciudad del mismo modo que se encuentran las durezas de la mujer amada..., que no sólo se
perdonan sino incluso se aman. Yo viajo mucho. Me precio de conocer muy bien mi país. Me
instalo cómodamente en ciudades a las que amo también y en las que tengo grandes amigos:
Monterey, Guadalajara, Mérida. Pero con todo y reconocer las bellezas y grandes atractivos de
otras ciudades, no cambiaría la mía por otras." Sin embargo, aclara: "Yo le cuestiono a Saltillo
su pereza. Aquí parece que no pasa nada. Hay sucesos que acontecen en Monterrey y pasan a
Torreón; que suceden en San Luis y pasan a Monclova. En el centro de esta cruz está Saltillo,
sin comprometerse con ninguno de los puntos cardinales. Estamos cómodamente instalados en
la indiferencia. No sucede nada en el ámbito de lo político ni de lo cultural. No hay desarrollo,
después del espectacular boom en la época del gobernador Óscar Flores Tapia. Casi podemos
hallar los mismos baches, las mismas esquinas desgastadas, los mismos focos fundidos en las
mismas farolas. Hay apatía, hay adormecimiento. Yo quisiera que mi ciudad fuera más viva.
Que hubiera más a dónde ir por las noches. En todos y con todos los sentidos. En Saltillo —
continúa— hay muchos escritores que no escriben. Muchos pintores que no pintan. Muchos
actores que sí actúan, pero lo hacen abajo del escenario y no sobre el foro. Yo agregaría que por
ahora ese aparador está vacío. No está mostrando nada. Tampoco sentimos amor por el cuerpo
de nuestra ciudad. Continuamente estamos destruyendo nuestras viejas casonas. No las
amamos a ellas que nos han amado a nosotros. Que nos han brindado abrigo y protección.
Casas grandes de patios arábigos. De alcobas tan fastuosas que podrían convertirse
perfectamente en un salón de baile. Casas con catorce recámaras. Con un comedor catedralicio.
Pero las urgencias económicas hacen que de una casa de Saltillo se saquen tres y el propietario
habite una, convertida en cuchitril, y alquile las otras dos, cuchitriles igualmente. Yo me
indigno —advierte— y clamo contra los señores del Casino que destruyeron hace tiempo una
vieja casona, dejando en su lugar un corralón cubierto por una malla de gallinero. Fue como
escupir en la cara de la ciudad, porque aquello queda a dos pasos de la Catedral. Y se hizo
impunemente. Con altanera prepotencia. Seis, siete veces, he escrito contra esos señores y ellos
ni siquiera se han dignado a llamarme por teléfono".
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Da, a De León otra muestra de su lucha citadina: "Sólo mediante un gran esfuerzo, y casi
llegando al sacrilegio y la blasfemia, pude evitar que se fundieran las campanas de la Catedral,
que la ignorancia ya había condenado. Quiero hablar de estas reliquias con más de trescientos
arios de antigüedad y que la ignorancia supina de unos prepotentes condenó a la muerte. Me
consta que las iban a destruir. Hice investigaciones en SEDUE (Secretaría de Desarrollo Urbano y
Ecología). Un empleado del Distrito Federal dictaminó que algunas campanas podrían fundirse
porque se desconocía su antigüedad. Impugné rudamente. Ese señor estaba resolviendo no por lo
que conocía de las campanas, sino por lo que de ellas ignoraba. Afortunadamente el delegado de
la SEDUE hizo una reconsideración. Yo había ido con el cura (reparad que no digo el señor cura
sino el cura) para decirle que si quería que la campanas volvieran a sonar, podía hacer campanas
de otro metal; hasta ofrecí que yo sería el primero en cooperar económicamente, pero no fui
escuchado. Y tuve que recurrir a otras instancias, hasta que se echó abajo el propósito inicial".
En el restaurante donde Catón degusta bocadillos especiales y nos invita a no perdernos
sus delicias, la plática se extiende a la fuente de inspiración de muchas de sus columnas, es
decir, su rancho en el municipio de Arteaga y un pequeño solar que tiene en el centro del
pueblo, donde los fines de semana se vuelve una romería como si fuera una fiesta alrededor
de la plaza.
"Pues resulta que en ese pequeño solar, el muchacho que lo cuida decidió que era tiempo de
plantar hortalizas. Y los frutos fueron abundantes. Entonces un domingo que fui a verlo, me
dijo: 'Sería bueno vender la cosecha allá en la plaza, licenciado.' Pero yo le contesté: 'Lo que
pasa es que vine en coche y no traje la camioneta.' Entonces él propuso: 'No importa, nos
vamos en el carretón.' Y nos fuimos en el carretón de mulas allá por la calle de Hidalgo, con
nuestra carga de perejil, cilantro, zanahoria. Encontramos un lugar en la plaza, nos
acomodamos de reversa, y nos pusimos a vender al lado de un tipo que nos vio con malos ojos,
pero no dijo nada porque no éramos competencia. Él vendía granos: frijol, maíz, etcétera, y
nosotros en tres horas acabamos con lo que llevábamos. Sin embargo, como al mes, el
muchacho que cuida mi solar me dijo que otra vez había que ir al mercado porque la
producción estaba buena. Nada más que entonces yo sí llevé mi camioneta flamante, último
modelo, verde eléctrico, preciosa. Echamos la carga y nos fuimos, adonde mismo, en el
huequito de la plaza, al lado del mismo tipo del frijol y del maíz, que se nos quedó viendo y con
un infinito rencor, un rencor infinito que se le notaba en sus ojos, solamente dijo entre dientes:
'Se ve que les ha ido bien, cabrones".
Las risotadas no se hacen esperar. Catón extiende sus brazos en serial de exclamación con
sólo recordar la escena de ese pintoresco sitio de Arteaga, tradicional paseo dominical de la
gente de los alrededores, incluyendo Monterrey. El histrión ha vuelto a hacer
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de las suyas con ese sabor picante que adorna su plática frívola, despojada ahora de solemnidad
con que habla de Saltillo y sus bellezas. Esa solemnidad que lo obliga a asumir dignamente su
papel de cronista a quien inspira cualquier detalle campirano o citadino.
Hay un árbol en el potrero —es uno solo— que en ninguna otra parte he visto nunca. Ni siquiera
tiene nombre esa rara criatura vegetal. Todos la llaman con un oscuro mote: "El árbol del
ahorcado." Sus ramas son oscuras también, y de ellas brotan apenas unas cuantas hojas grises. No
hacen en él los pájaros sus nidos; ni gentes ni bestias buscan su sombra para descansar. Dicen los
lugareños que en ese árbol se ahorcó un hombre. Ahí se quitó la vida, y le quitó también la vida al
árbol, que parece un obstinado muerto de pie en la raya azul del horizonte. Jamás los niños pasan
cerca de él. Ellos son la presencia de la vida, y el árbol es el recuerdo de la muerte. Yo siento
lástima por ese árbol condenado a la soledad perpetua. Lo miro desde lejos y le digo que un día sus
ramas volverán a verdecer. Todo el mundo reverdece; al oscuro ramaje del dolor pueden volver los
nidos y las canciones de la vida.
Son largas las noches de invierno, y frías. Esta mañana el paisaje es blanco y silencioso.
Cayó en la madrugada eso que en el Potrero llaman "candelilla" —casi nieve, casi hielo— y
todo quedó cubierto de un alba soledad.
Yo miro por la ventana el campo, y no lo reconozco. Se me ha extraviado la familiar
visión. ¿En dónde está el camino? ¿Dónde quedó el cauce del arroyo? Entre la huerta los
árboles parecen extraños arrecifes de coral que se desgranó.
A todos llega el invierno en el Potrero, menos a las cocinas. En cada fogón arde un
pequeñito sol. Y me siento en la silla de tule. Junto al fuego, y bebo una taza de recio café que
en el rancho se bebe. Por encima de la chimenea el viento serrano ulula como
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Armando Fuentes Aguirre, como se ve, no es Catón más que en lo que se refiere a la
destreza de plasmar musicalmente sus pensamientos como artístico bruñidor de frases, pero el
primero supera al otro en la fuerza emotiva de sus conclusiones teniendo como pretexto
cualquier vivencia. Oigámoslo platicamos lo siguiente:
Una capa de hielo cubrió la sierra anoche. El oscuro follaje de los pinos se hizo blanco y los
caminos desaparecieron bajo la albura que cayó del cielo. El Terry, mi amado cocker, asoma
la naricilla por la puerta y se vuelve hacia mí como para preguntarme qué ha pasado. Se le
ha ido el paisaje familiar. No van los niños a la escuela, ni cuelgan de los tendederos las
banderas multicolores de la ropa cuando se pone a secar. Las ruidosas gallinas han callado, y
el enemigo gato no sale de su rincón en la cocina.
¿Quieres saber qué pasa, Teny? Pasa la vida, nada más. La vida es también frío, y silencio y
soledad. Pero otra cosa has de saber: este hielo que te parece cosa cruel va a derretirse, y
aumentará los ríos subterráneos. Subirá el agua por la vena de los árboles, por la raíz ansiosa de
las plantas, y será vida en la manzana y el maíz. Tú lo ignoras, pero dentro de algunos meses nos
comeremos este hielo en una tortilla calientita, o en el néctar melado de una manzana de oro.
Eres tan sólo un perro, Terry. Yo soy tan sólo un hombre. Por eso no entendemos muchas cosas.
No te preocupes. Mira que no me apuro yo. Alguna vez, te lo prometo, lo entenderemos todo.
(Columna Mirador del Grupo Reforma).
Doña María, vecina de don Abundio en el Potrero, tiene el mejor jardín de todo el rancho.
Es de mano caliente —así se dice allá de quienes tienen la virtud de hacer brotar las plantas,
o de lograr que prendan los injertos—, y entonces su jardín parece un Edén. Crecen en él
los alcatraces, vagamente eróticos; las pomposas dalias, y las violetas, eternamente
condenadas a modestia, y la obvia rosa, y los geranios con el olor a clavo, y esa humilde
flor campesina que se abre a la caída de la tarde y se cierra con el primer anuncio de la
noche, llamada "amor de un rato".
iQué hermoso es el jardín de esta señora! En medio de las opacidades de las tierras de
labor, entre lo gris del caserío de adobe, su jardín es un esplendor real, igual que en un
arcoíris que se hubiese acostado en la tierra a descansar un poco.
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Potrero de Ábrego: huerta y Cerro de las Ánimas Fotografía: Luz María Fuentes Fecha: s/f
Doña María, vecina de don Abundio en el Potrero, tiene el mejor jardín en todo el
rancho. Don Abundio, sin embargo, no se lo envidia. Dice: "El jardín es de María; la
ventana es mía." Tiene razón el viejo. Lo que podemos ver, y gozar de verlo, es de nosotros
aunque no sea nuestro. (Columna Mirador del Grupo Reforma).
Así entiende Armando Fuentes Aguirre su oficio y su condición de cronista. Se lo dijo a
Jesús de León cuando lo entrevistó: "El cronista es el narrador de la ciudad. Es el contador de
sus cuentos. El que evita que la vida de la ciudad se vaya entre las manos de sus habitantes
como agua que no se recupera. No me considero un historiador. El historiador está obligado a
la objetividad. Yo procuro ser subjetivo. No soy un simple fotógrafo de la realidad, sino un
intérprete. Pongo no sólo mis juicios, sino mis prejuicios. Me he apartado de la ortodoxia de
los cronistas que, en la mayoría de los casos, son una especie de funcionarios oficiales y
llegan, incluso, a tener oficina en el palacio municipal. No soy cronista de funcionarios; soy
cronista de mi ciudad y recojo, a veces, el enconado odio que ésta siente por quienes no la
sirven bien. Me dicen, por ejemplo, que por qué no fui al informe del alcalde: es que a esa
hora yo estaba en una fiesta de quince arios donde iba a encontrar mejor la naturaleza de mi
ciudad que en ese acto oficial u oficialoide donde todo puede ser apariencia y nada puede ser
la verdad.
Jamás —enfatiza— he pertenecido a la cultura oficial. He rehuido a eso
sistemáticamente, empecinadamente, tercamente... Incluso cuando el gobernador del estado
me pidió que fuera asesor cultural del Ejecutivo, yo acepté con la condición de serlo en
forma honorífica, es decir, sin percibir sueldo por parte del erario. Él pidió mencionar mi
nombre en la lista de sus colaboradores y otra vez le pedí que hiciera la mención de que yo
no estaba ligado a esa lista por una obligación presupuestal, a determinados compromisos
que reduciría mi margen de expresión periodística. Mi única aspiración es que, de aquí a
cien arios, alguien que por casualidad lea alguna de las páginas que yo escribí, descubra algo
de valor que nosotros encontramos en los libros de Morfi, en las crónicas de Alonso de
León, del bachiller Fuentes o cualquiera de los antiguos vendedores cronistas de estas
tierras".
Saltillo es una ciudad pródiga de cuentos, según Catón. "No existe un saltillense del que no
salga un cuento, una anécdota, una leyenda, un chascarrillo, alguna frase certera. Formas de decir
las cosas muy propias de nosotros. Aquí he escuchado que cuando alguien
anda desconcertado, dice: 'Ando como girasol en día nublado, hecho un pendejo.' Esa frase me
parece no sólo de ingeniosa picardía, sino hasta de cierta poesía. Dichos, dicharachos,
decires. Cierta vez, al calor de un fogón campesino, escuché esta vigorosa expresión: 'Más
despreciado que la tortilla de arriba.' En efecto. Habrá notado cualquier observador que,
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al meter la mano en la canasta de las tortillas, nadie toma la que está encima del montón, quizá
por juzgarla más fría que las otras, y todos buscan una de más abajo. No habrá nadie que no se
haya sentido alguna vez 'más despreciado que la tortilla de arriba.' Hay una gran sabrosura, una
gran riqueza de imaginación, de verbo, de expresión. Aquí podemos escuchar, a propósito de
una mujer embarazada, que 'está enferma de gustos pasados".
Por eso Catón le saca partido a todo para sus reflexiones, como a ese añejo nogal que plantó
en 1980.
Este nogal que tengo en el Potrero es alto y hermoso. Lo planté hace veinte arios, y creció
al amparo de una pared de adobe que lo protegió de los nortes invernales. Un día cayó
aquel viejo muro, cuando las grandes lluvias del 85, pero ya el árbol podía resistir, y fue
como un fornido brazo que se alzara para tocar el viento. Yo me gozaba viendo desde la
loma su verdor, y en las mañanas de domingo me sentaba a su sombra para ver pasar las
nubes, para ver pasar la vida.
Las nueces que da ese árbol son grandes y son suaves, tan suaves que algunas se
quiebran al caer. Las buscamos nosotros, y las buscan también los pájaros y las ardillas, y
estos otros inquietos pájaros y ardillas que son los niños de la escuela. Para todos da nueces
este amable señor del cielo y de la tierra.
Ahora el nogal tiene el color del oro. Al fin de la tarde veo caer sus hojas, y me parece
que caen del cielo pequeños pedacitos de crepúsculo.
Tanto quiere a su tierra que hasta en De política y cosas peores deja a un lado la crítica
acerba y presta el espacio para la promoción turística, con sana intención:
Jesús Garza Arocha, también llamado El Charro es un ser humano excepcional, uno de los
mejores coahuilenses que conozco, y vaya que conozco muchísimos muy buenos. Dios le
regaló un hermoso don: el amor a la música. Con lo que El Charro del tango y el bolero, de
la canción cubana y yucateca, de los autores e intérpretes mexicanos, puertorriqueños,
argentinos, venezolanos, chilenos, colombianos, podría hacerse una enciclopedia más
grande que la Espasa. Otro regalo le entregó Diosito: el sentido del humor.
Cuenta El Charro desaforados hechos de su profusa parentela y sus innúmeros amigos;
nana anécdotas que en otra voz serían inverosímiles y que en la suya adquieren patente de
verdad.
Y ama a su tierra Chuy Garza Arocha. Se ha propuesto junto con otros buenos paisanos
suyos rescatar y dar a conocer a México y al mundo las múltiples bellezas que
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hay en Cuatro Ciénegas, al norte de Coahuila. Una de ellas es un prodigio de la naturaleza. Se
llama la Poza de la Becerra. Ahí el desierto se torna de repente manantial de aguas clarísimas
en donde habitan maravillosas plantas, seres acuáticos fantásticos. De todo el mundo llegan
observadores —ecologistas, geólogos, botánicos, zoólogos—a contemplar ese prodigio y los
demás que existen en la precisa comarca. Hoy (19 de octubre de 2000), a las ocho de la
noche, el Discovery Channel transmitirá para toda Latinoamérica un programa llamado The
Living Desea, en el cual se muestra el esplendor de aquella poza llena al mismo tiempo de
vida y de misterios.
Como mexicano, y en mi orgullosa calidad de coahuilense, yo doy las gracias a Jesús
Garza Arocha por su generosa labor tendiente a difundir en México y el mundo las
hermosuras sin par que tiene nuestra tierra.
Saltillo, mi ciudad cumplió ayer (jueves 25 de julio de 2002) 425 arios de existencia. Es niña a
veces, en el amanecer del día, cuando alza el Sol sus rayos sobre la sierra de Zapa-linamé como
niño que levanta los dedos para pedir permiso de salir. Y es muchacha después, en los domingos,
cuando se va a pasear a la Alameda del brazo de su novio, el joven Manuel Acuña. Y es señorial
señora luego, en estrado de aquellas casonas saltillenses, de piano alemán con candelabros, sobre el
diván el lujo de un sarape y en cada ventana un caracol marino que las señoritas de antes usaban
para comunicarse con sus novios en el secreto idioma de los enamorados: "Si el caracol apuntaba
al barrote noveno es que saldré a las nueve; si está puesto bocabajo es que esta noche no podré
salir." ¡Cuántos romances se trastocaron y murieron porque los muchachillos de la calle movían los
caracoles al pasar!
Yo amo a mi ciudad con amor de rendido enamorado. Ciudad convidadora es ésta mía,
que tanto y tanto ofrece a quienes llegan a ella; amable clima, paz y seguridad; el cordial
trato de su gente; tradición prestigiosa de cultura, y un ámbito propicio para trabajar y hacer
fortuna en bienes de la tierra y el cielo.
No quiero exagerar las virtudes de mi ciudad, pero me han dicho de muy buena fuente
que Diosito se está portando bien porque quiere irse a Saltillo.
70
Sin embargo, escribo en 154 periódicos. Tengo casi cuarenta arios de hacerlo y
jamás he encontrado hostilidad.
Rectifica Catón con una mueca. Restriega sus cejas y sus párpados. Coloca su
dedo índice en los labios como pidiendo silencio. Luego dice: "Bueno, en tiempos
de Díaz Ordaz sí hubo por ahí una insinuación para no hablar del ejército."
Enseguida sonríe, dando una palmada en la mesa, para que se escuche una anécdota
que le ha venido a la memoria ante el cuestionamiento de su trato con Alfonso
Martínez Domínguez, sobre todo como gobernador de Nuevo León. "Lo traté poco
y por eso no puedo decir que haya él intentado cortar mi libertad de escribir. La
única ocasión que estuvimos frente a frente fue durante la visita del Papa Juan Pablo
II a Monterrey a fines de enero de 1979. Me invitaron a formar parte de la comitiva
de recepción y como me acababan de nombrar Cronista de Saltillo en diciembre de
1978, trató de hacer una broma preguntando a todos en voz alta si era muy
importante ese nombramiento, y entonces yo le devolví la broma diciéndole:
'Solamente mi nombramiento y el del Papa son vitalicios; el de gobernador no, ese
se acaba pronto".
"iY sus lectores lo han atacado?" "Bueno, mis 'cuatro lectores', como digo yo,
me llaman por teléfono, me escriben cartas, me envían los modernos emails por
internet y ellos sí me reclaman airadamente cuando no están de acuerdo conmigo,
pero no han tratado nunca de hacerme daño. Inclusive puedo decir que nunca he
temido nada por-
71
que para mí lo más valioso es el contacto personal que tengo con la gente. Viajo casi
cotidianamente por mis conferencias y después de éstas, esa gente establece contacto
personal conmigo. Mi labor está llena de sentido humano.
"¿Está usted consciente de la enorme responsabilidad de llegar a un vasto público a
través de 154 publicaciones diariamente?" "Hombre, sí, claro, claro —y Catón saborea el
elogio recreando las palabras con un tono de voz dulcísimo—. Sé que cuando hablo de
'orientar a la República' es una forma festiva de pedir clemencia para mis ideas, pero claro
que tengo la seguridad del alcance de una palabra o de una frase, de un chiste o de un
comentario, cómo no".
"Entonces, ¿por qué llama usted `mis cuatro lectores' a ese numeroso ejército de personas que
vibran con sus columnas periodísticas?" "Precisamente para no engolosinarme con la creencia de
que soy muy importante y para no caer en falsos engreimientos de popularidad que, por otra
parte, es muy pasajera, como el título de gobernador de Martínez Domínguez, ¿eh?" "Sin
embargo, usted sí disfruta escuchando lo que dice Miguel Ángel Granados Chapa, que no hay en
todo México un periodista que sea tan leído como Catón, al parecer por más de dos millones de
aficionados a sus columnas." "Mire, José Luis, esa pregunta ni se pregunta, porque soy un ser
humano como todos, con su lado flaco, y esos elogios me hacen mucho bien y me retroalimentan
en mi responsabilidad en la prensa. Pero procuro dejar pasar pronto los efectos de esos encomios
y vivir la realidad de todos los días como cualquier otro mexicano. Trato de regresar a mis
orígenes en la prensa cuando era corrector de pruebas, y me hace mucho bien el recuerdo de
cundo era obrero en el periodismo, lleno de aceite y tinta, siempre con mi overol".
Herminio Gómez y Salvador Yzaguirre se han quedado pasmados con la lección de
humildad de este hombre tan exitoso y culto, tan centrado y generoso, que no se aguantan las
ganas de dar un puntillazo, y casi a la vez se explayan: "¿Por qué nunca ha querido salir de
Saltillo e irse a la Ciudad de México?" "Porque no veo mi ejercicio periodístico como modo de
obtener otras cosas. He escrito varias veces en periódicos de la Ciudad de México y hoy mismo
tengo un espacio muy digno en Reforma, que goza de gran prestigio y circulación. Durante más
de tres arios lo hice en la sección cultural de otro periódico de gran tradición como lo es El
Universal. En El Sol de México, en otro tiempo. Inclusive recibí una invitación de Excélsior,
pero definitivamente no me atrae escribir desde el DF.
"En Guadalajara usted estaba bien identificado con los lectores de El Informador, desde
hace décadas." "Sí, y cómo me dolió desprenderme de ese diario tan querido por mí, igual
que de El Porvenir, de Monterrey. Pero al llegar Mural de Grupo Reforma a la Perla
Tapatía yo debí despedirme de mis antiguos amigos, que no por eso han dejado de ser mis
amigos entrañables".
72
Suspira Catón con nostalgia pero al mismo tiempo goza los triunfos en los periódicos de
los Junco regiomontanos, pues ha ganado en repetidas ocasiones el Premio Ixtan que esta
organización norteña otorga cada ario a sus editorialistas leídos en los anteriores doce
meses, según encuestas entre sus lectores.
Herminio le da un vuelco a la conversación y le recuerda que cuando escribió (Catón) sobre
la protesta que él (Herminio) llevó a cabo en Madrid, España, durante la visita del entonces
presidente Miguel de la Madrid, el columnista se ocupó no del reclamo de democracia sino de
que en el cartel apareciera Méjico con jota.
"Qué detalle ¿verdad, Herminio? —suelta la carcajada— desde luego seguimos pendientes
de saber por qué no se ha aclarado esa confusión".
Pero, oh coincidencia, el 1_0 de octubre de 2000, el maestro se ocupó pontificalmente del
asunto por un hallazgo que le dejó satisfecho.
En su ortografía de la Lengua Española, obra publicada el año que pasó, la Real Academia
da por primera vez su brazo a torcer en lo que atañe a la palabra México.
La docta corporación —así suele decirse— ha puesto siempre Méjico, con j, y con j
escribe también los derivados de ese término: mejicanismo, mejicano. Ciertamente en la
última edición de su Diccionario aparecen los vocablos mexicanismo, mexicano, México y
mexiquense, pero en los tres primeros remite a la definición de la correspondiente voz escrita
con j. Sólo en el caso de mexiquense —natural del Estado de México— deja de hacer tal
remisión.
¿Empieza la Academia a preferir la x sobre la j tratándose de la palabra México y sus
derivados? Ojalá. Con x la escribimos los mexicanos, y debe la Academia reconocer ese
uso. Tal intención parece desprenderse de la nota al pie de la página 29 de la Ortografía:
"En cuanto a las variantes escritas con j (Méjico, mejicano...) se recomienda restringir su
uso en atención a la tradición ortográfica del país americano.
Caramba, ya era tiempo.
Media tarde ya. De pronto, una revirada al reloj le hace saber a Catón que no ha escrito sus
columnas del día siguiente, pero Chava Yzaguirre le cuenta un chiste para que empiece De
política y cosas peores. Está buenísimo, dice el escritor y los secundamos los demás,
desternillándonos de risa. Es de esos que le han ganado la fama de lépero e indecente al
saltillense, pero de los que quiere un acervo mucho mayor. Buenísimo, en serio, vuelve a
repetir.
Mesero, por favor, dame la cuenta...
73
,or'es Clon
1897-1970 1903-1993
Cede o Histor
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Por más de veinte años, Enrique Krauze colaboró con Octavio Paz en la revista
Vuelta, de la que fue secretario de redacción (1977-1981) y subdirector (1981-
1996). En 1992 fundó la Editorial Clío, de la que es director, mismo puesto que
ocupa dentro de la revista cultural Letras Libres, que fundó en 1999, con
circulación en varios países de habla hispana.
Krauze es un destacado historiador, ensayista y editor con varios premios y
reconocimientos. En 1976, recibió el Premio Magda Donato por su libro
Caudillos culturales en la Revolución mexicana, y, en 1979, obtuvo la beca
Guggenheim. En octubre de 1993, ganó el Premio Comillas de Biografía,
otorgado anualmente por Tusquets Editores a la mejor biografía internacional,
por Siglo de caudillos.
Ha recibido muchas otras distinciones.
También es autor de series documentales y televisivas sobre la historia
mexicana como Biografía del poder (1987), México: Siglo xx (1998-2000) y
México: Nuevo siglo. Desde 1990 es miembro de número de la Academia
Mexicana de la Historia.
Este destacado intelectual mexicano fue entrevistado con motivo del
reconocimiento al cronista de la ciudad por parte del Ayuntamiento de
Saltillo. Es difícil, y eso hasta los
Primeras conferencias de Armando Fuentes Aguirre
Colección: Luz María Fuentes
Circa: 1960
Tengo una muy alta opinión de lo que este hombre significa en el periodismo
y en la vida pública de México. Es un escritor, es un periodista, es un hombre que
además proviene de muchas tradiciones, por ejemplo de la tradición del epigrama
clásico. Leo sus diversas columnas y tienen el don del apotegma moral, del
epigrama preciso, de la tradición griega y latina; pero también de la parábola
cristiana y, por otro lado, es un pícaro humorista; un contador de anécdotas y un
agudo crítico de la vida pública. Es un hombre muy original. Por eso tiene éxito.
Al mismo tiempo también ha escrito libros muy estimables de la historia de
México. Es un hombre que tiene, por otro lado, inteligencia, cultura y corazón.
Sabe reconocer, sabe admirar y, por si fuera poco, es un hombre del interior de la
República, de Saltillo, de Coahuila. Es un sobreviviente de la gran tradición
cultural del interior de la República.
78
Comparándolo con don Artemio de Valle-Arizpe, otro saltillense, ¿qué similitudes o qué
diferencias encuentra?
De Valle-Arizpe era más costumbrista, más historiador anecdótico. Son
más amplios los registros de Catón. Digamos que son dos generaciones distintas.
Valle-Arizpe está más ligado a la tradición de la historia que de la crónica, de los
lugares y de las personas. Catón dio el brinco hacia otros ámbitos, hablar
directamente al público sobre temas filosóficos profundos. Eso es bastante
admirable.
79
E N T RE M O N S IV ÁI S Y V IV AL DI
HORACIO FRANCO
Horacio Franco es uno de los artistas mexicanos más reconocidos con casi
cuarenta años de intensa trayectoria. Estudió en el Conservatorio Nacional de
México y posteriormente en el Conservatorio de Amsterdam, donde obtuvo el
grado "Solista Cum Laude".
Aclamado como uno de los más importantes flautistas y directores a nivel
mundial, impulsa el movimiento de música antigua y funda la primera
orquesta barroca de México. Ofrece alrededor de 150 conciertos anuales que,
con su larga trayectoria como ejecutante y pedagogo, amplían la visión que
se tiene de la flauta de pico.
Su repertorio abarca música medieval, renacentista, barroca y contemporánea,
incluyendo música colonial latinoamericana, tradicional y popular
En sus giras por los cinco continentes ha impartido numerosas clases
magistrales y participa en proyectos de educación, así como de apoyo a
sectores marginados y desprote-gidos de la sociedad.
Sin más preámbulos ni obertura, he aquí su opinión sobre Armando Fuentes
Aguirre.
—Yo celebro 40 arios de carrera este ario, y él cumple 80 arios el 8 de julio. Para Fuentes
Aguirre es un merecido homenaje, dada su labor imprescindible para la prensa mexicana
y como cronista de la ciudad de Saltillo. Don Armando es un emblema en la cultura
coahuilense, en la cultura periodística mexicana y, además, nos hace reír.
80
—Hay muchas clases de periodismo y muchas generaciones nuevas de periodistas que están
buscando una identidad. Si algo tiene Catón, si algo tiene el maestro Fuentes Aguirre, es que
encontró su camino, su lenguaje, al margen de toda la podredumbre que nos aqueja. México
no es un país del cual uno diga que está funcionando, porque estaríamos ciegos. Ningún
político, por muy bueno que sea, puede decir que México es un país donde no pasa nada.
Asesinan periodistas, mujeres, migrantes. Ahora están asesinando candidatos también.
Vivimos una situación anómala. Pero alguien como Catón, que en un momento dado ya no es
un reportero, sino un periodista muy respetado y muy querido, cronista de una ciudad, tiene
todo el derecho de ser optimista, pero de ser crítico además. Está optimista de que las cosas
van a mejorar en México, porque peor no pueden estar. No sé qué tanto vayamos a tocar
fondo en los meses que quedan de este sexenio, pero creo que yo también soy optimista, en
ese sentido. Hay que tener una mentalidad muy crítica. Catón la tiene. Es una persona
sumamente experimentada en la política. A mí se me figura un prototipo, un sucedáneo de
Antonio Vivaldi, el gran compositor italiano, que escribe muy ligero y piensa muy profundo.
¿Con qué cronista mexicano, de esa gran tradición de cronistas que tenemos en México, lo
compararía?
—Con Monsiváis, en muchos sentidos. Pero Monsiváis era más denso. Usaba un vocabulario
mucho más reprimido, como era él, mucho más intelectual, más serio. No reprimido en el
sentido de auto represión, sino en el uso de un vocabulario más cuidadoso. Muy ingenioso,
muy de doble sentido y con mucho humor. Es como comparar a Vivaldi con Bach o con
Hándel. Bach es profundo, intelectual; Vivaldi es intelectual y profundo, pero escribe muy
ligero. Catón es un Vivaldi contemporáneo del periodismo.
¿Considera que Catón es tan querido como leído o cree que es más querido que leído?
—Creo que debería ser más leído. El periodismo al estilo Catón de la prensa editorial y de la
prensa crítica se han perdido en la prensa diaria. Estamos viviendo, a través de la información
diaria, la vorágine de cosas tremendas que pasan en México. Tremendas son las elecciones,
como tremendos son los asesinatos; tremendas son las noticias sobre el crimen organizado,
como tremendas son las cuestiones que pasan con el huachicol o con el descarrilamiento de
trenes. Todo lo que vivimos hoy por hoy es tremendo. No podemos deslindarnos. Las redes
sociales absorben todo de una manera impresionante. Catón necesita mayor difusión en las
redes sociales. Ojalá que al maestro se le ocurra hacer un canal de YouTube para decir todo lo
que dice. Lo que hace en televisión es muy conocido. Me encantó, por ejemplo, uno de los
últimos segmentos que vi en el noticiero
81
de Televisa, donde planteó el hecho de que hay que cuidarse a uno mismo, que nosotros
preferimos cuidar nuestro coche que cuidarnos a nosotros mismos. Es importante que
difundan eso entre los jóvenes y los millennials, que son los que finalmente conocen menos
a Catón.
¿Qué opina de una persona tan carismática, que lo mismo lo veamos dirigir una orquesta
que dando una conferencia?
Catón es un hombre de su tiempo, un humanista. Gente que se puede permitir
ya con la carrera y la trayectoria que tiene, todos esos lujos, sin que le afecte. No sé
qué tanto sepa el maestro de música, pero si lo puede hacer o lo quiere hacer, pues
sea bienvenido. No se le puede cuestionar ni nada. No creo que vaya a dirigir toda
una temporada de conciertos, pero se le puede permitir porque es un intelectual y se
le respeta.
Fernanda Familiar cuenta con dos Best Sellers: Mamás de teta grande y El tamaño
sí importa; y recién ha lanzado su cuarto libro No la vi venir. Conduce
diariamente un programa de radio de dos horas, a nivel nacional, en Grupo
Imagen Multimedia. Edita, con Grupo Medios, una revista que vende sesenta
mil ejemplares mensuales, avalada, con su nombre, en calidad y contenido.
Imparte conferencias anuales a miles de personas, a nivel nacional e
internacional.
Es considerada como integrante del Foro Internacional de la Mujer
Capítulo México, entre otros logros. Gracias a su esfuerzo, dedicación,
responsabilidad y entrega, Fernanda Familiar ha logrado ser un referente de
liderazgo en México, sustentado por la credibilidad y el compromiso, que
mantiene de manera incansable.
La afinidad de su actitud con la de Catón en el campo del periodismo resulta
evidente en el tipo de respuestas que dio a nuestras preguntas.
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como internacionales. Lo que tengo muy presente es que aquel primer encuentro con sus
letras ocurrió precisamente cuando yo me interesaba en el periodismo y su columna me
llamó la atención por la contundencia de sus palabras y la facilidad para no sólo entender lo
que deseaba transmitir, sino también escuchar su voz que arios después tendría el gusto de
conocer en alguna entrevista que le realizaron.
¿Podría usted citar alguna frase memorable que haya leído en una de las columnas o en
alguno de los libros de Catón?
Catón escribió una divertida queja contra la revista Fortune porque no lo mencionaba
como uno de los hombres más ricos del mundo. Pese a que en la lista que era la causa de su
enojo se encontraba otro mexicano como Carlos Slim, Catón planteaba una posible demanda
porque su nombre se había omitido. A continuación desglosaba con detalle las características
por las que se consideraba un hombre extremadamente rico, que no es lo mismo que
millonario. Y entre tantas afirmaciones, hubo una que se me quedó grabada en la memoria.
Catón decía: "Tengo gente que me ama con sinceridad a pesar de mis defectos, y a la que yo
amo con sinceridad a pesar de mis defectos." Tener una honestidad tal en materia de nuestras
debilidades es un ejercicio de valentía pero, cuando además hay gente que nos quiere con
sinceridad en este medio donde la solidaridad gremial es tan poco común, debemos celebrar
que existan personas como Catón que saben querer y darse a querer.
¿Con qué otros ilustres autores (humoristas, periodistas, cronistas, columnistas políticos,
etcétera) podría usted comparar a Catón?
Otro gran cronista y crítico teatral que guarda cercanía con el estilo y el
reconocimiento que se ha ganado Catón es el célebre Luis Reyes de la Maza, quien también
poseía la destreza de transformar la narración de un acontecimiento en una película
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¿Cree usted que la forma de hacer periodismo de Catón sea imitable o pueda dejar
descendencia?
Hay en el medio periodístico una cantidad infinita de compañeros que pasan por la
redacción de un periódico o de algún medio electrónico. Y así, hay varios que se quedan
para siempre en ese lugar, tecleando letras y formando palabras en un estilo homogéneo
aprendido en la carrera de periodismo. Pero son aquellos, los que logran romper esos
paradigmas, los que saltan de la redacción a la escritura, aun hablando de medios
informativos. Curiosamente, lo que marca la diferencia y otorga el reconocimiento es el
cambio en las reglas, aunque para hacer esto primero hay que conocer las normas que
intentamos romper. Ese periodismo donde hay un estilo es en realidad la firma de cada
persona. Catón tiene un estilo característico que ya trascendió en la historia de un país, una
firma que conocemos, y Catón es Armando Fuentes Aguirre y nadie más.
85
maginable de noticias terribles, pero que ha preferido hacernos reír que hacernos sufrir con la
nota roja. Catón es el hombre que parece escribir porque le sale del alma y que para suerte
nuestra eso se convierte en una columna o en un libro.
87
¿Por qué en México acostumbramos escribir tan poco sobre las personas que escriben mucho?
Es un vicio heredado de la Nueva España. Falta de reconocimiento. El deporte
nacional en México —como lo dijo Octavio Paz— es el ninguneo. Parecería que no reconocer
el talento ajeno da mayor talento. Nunca he tenido esa posición. He hecho homenajes a Pita
Amor, a Hugo Arguelles, a Griselda Álvarez... Creo que en vida se debe reconocer la
aportación de los mexicanos a la cultura y me parece que ustedes están subsanando ese grave
defecto nacional, porque es un defecto el silencio acerca del mérito ajeno. Hablemos a gritos
de un enorme talento, tan variado, porque además es sumamente amplio. Va desde la sátira, la
política más fina, hasta la reflexión filosófica y el rigor académico más profundo. Me parece
que están ustedes luchando contra ese horrible deporte mexicano del ninguneo.
Ya que estamos hablando de deportes nacionales, ¿por qué hay gente en México que no
toma en serio el humor?
Mucha gente toma en serio el humor. La columna de Catón se publica en más de
cien periódicos. Armando es una figura nacional, es una verdadera estrella que ha logrado
convertirse en una institución nacional. Ha convertido su columna en la más importante de
toda la República. Usar sabiamente el humor para poder decir la verdad, muchas veces
desgarradora, sobre este país tan lastimado. Cuando él habla de sus cuatro lectores
podríamos decir sus cuatro millones de lectores. Me parece que él ha sabido usar el humor
para hacernos ver la realidad en México y para reflexionar también sobre el ser humano.
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diferentes a los del español normal. Cantinflas en ese sentido fue un Quijote, como lo es
Armando. Contra lo que luchaba Cantinflas era contra un idioma que no era el suyo y, sin
embargo, sabía hacerse entender por todo el mundo. Lo mismo le pasa a Armando. Utiliza
el sentido del humor aparentemente para hacer un chistorete, pero lo que está haciendo es
una reflexión filosófica profunda.
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ABRIR UNA ENCICLOPEDIA O LEER A CATÓN
EDUARDO CACCIA
Desde que Eduardo Caccia (Ciudad de México, 1962) era niño, se dio a la
tarea de descubrir lo extraordinario y obtener respuestas a preguntas
paradójicas. Su deseo era convertirse en arqueólogo. La vida lo puso en otra
dirección, que lo llevó a la investigación no tradicional de consumidores.
Según dice, esta actividad semeja mucho a la del arqueólogo, pues consiste
en escarbar profundo en las capas de la mente humana, hasta el fondo, donde
están enterrados los tesoros.
Eduardo ha sido profesor universitario en la Universidad Panamericana
y miembro de la Universidad de San Diego, en la Oficina de Educación
Corporativa y Profesional. También ha escrito artículos sobre marcas y
temas de código cultural en prestigiadas publicaciones como Expansión,
Reforma, Mural, El Norte, La Jornada. Es conferencista y ha dado cientos de
conferencias y presentaciones sobre diferentes temas, en varios países.
Enterado sobre el motivo de la entrevista, consideró el homenaje para
Armando Fuentes Aguirre como un acto de justicia. "Los cronistas son
portadores, no solamente de la historia, sino de la tradición —dijo— y
mantienen vivos los lazos entre generaciones. Es lo menos que merece un
personaje de la estatura del maestro Catón".
¿Dónde lo leyó por primera vez? ¿Cuál fue el primer contacto que tuvo con sus
textos?
Fue en periódico Reforma. Tengo entendido que él es la persona que
publica en periódicos más leída de México. Es difícil no toparse alguna
vez en la vida con un texto del maestro.
¿Algún texto en particular que lo haya ganchado como lector para acercarse a
la obra de Fuentes Aguirre?
Hay varios ángulos de su obra, pero particularmente a mí me llama la
atención su enorme capacidad para crear nombres. Esos nombres que les pone
a sus personajes reflejan una habilidad, una creatividad muy especial, que yo
valoro porque parte de mi actividad profesional implica muchas veces el
desarrollo de nombres para marcas que están por salir al mercado. Crear
nombres es un proceso complicado. En el caso de él, creo que tiene una
facilidad absoluta, porque en los nombres de sus personajes revela
90
¿Con qué otros ilustres autores, humoristas, cronistas, columnistas políticos, lo podría
comparar?
—Por la frescura y la cotidianidad de sus publicaciones, lo compararía con un Germán
Dehesa, quien también tenía esa capacidad de transmitir los elementos vivenciales de la
vida diaria y publicaba prácticamente todos los días; ambos, creo, tienen un sentido del
humor parecido: decente, pero muy jocoso. En el caso particular del maestro Catón,
rescato cómo puede, por ejemplo, hablarnos de temas eróticos y de incursionar en
escenas que serían de escándalo, pero de una manera tan sutil, tan bien llevada y
sostenidas las palabras, que terminan esos temas siendo invitados en la sala de
cualquiera. Se convierten en parte de nuestro contexto.
¿Cree que sea imitable la forma de hacer periodismo de Armando Fuentes Aguirre?
—Es muy difícil imitar a un autor de sus características. Primero, porque tiene una
capacidad espectacular para generar contenidos y todos, quienes estamos en el medio
periodístico, de alguna forma generando contenidos, sabemos que no es fácil hacerlo;
incluso, como es mi caso, semanalmente. Ahora, hacerlo todos los días implica un reto
mayúsculo. En el caso de él, tiene elementos sumamente competitivos para el oficio, como
es una memoria prodigiosa. He escuchado narraciones en donde hace referencia a temas
históricos. Su memoria creo que le ayuda mucho. Por el otro lado, tiene un dominio del
lenguaje espectacular. Si uno quisiera aprender nuevas palabras y enriquecer su
vocabulario, creo que tiene dos opciones: abrir una enciclopedia o leer a Catón.
Es un autor que fascina a las masas. Sobre las presentaciones en público, ¿cómo
enfrenta Catón al monstruo de los mil ojos?
—La primera vez que tuve contacto personal con él daba una conferencia en un foro
donde yo participé. Mi intervención fue primero, así que me quedé para escucharlo.
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Nada más lo conocía por sus textos y me llamó poderosamente la atención el dominio
que tiene en el escenario. Todos quienes hemos subido a un escenario sabemos que
hablar en público tiene retos muy específicos. En el caso del maestro Catón se maneja
como un pez en el agua. Tiene un dominio magistral. No lo escuchamos trastabillar y
toda la ilación y la elocuencia parecen como de alguien que tiene todo este contenido
cargado de una forma artificial y alguien ha apretado un botón y sale de una forma muy
natural. La primera vez que lo vi platiqué con él. Me confesó que estudió teatro y creo
que esta capacidad histriónica le abre muchas posibilidades que no tienen quienes
simplemente escriben bien. Él no solamente escribe bien, sino que habla bien, gesticula
bien. Es un gran comunicador. Creo que eso es lo que le ha dado tanto público y tanto
arrastre.
¿Qué pasa cuando los grandes conferencistas quieren decir algo nuevo y la gente les pide lo
mismo? Me parece que el público se acostumbra y exige lo mismo. A los conferencistas les
pasa como a los cantantes que cuando quieren presentar material nuevo, resulta que el
público pide las mismas canciones.
—El primero en cansarse del contenido es uno mismo, porque lo vive permanentemente.
El reto está en poder tener un equilibrio entre estos lados que son los permanentes y los
lados que puedan ser novedosos. Creo que un conferencista tiene el reto que tiene un río,
que siempre está en el mismo lugar, pero con distinta agua y esa característica de
renovación sin moverse es lo que el público agradece.
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Arman,* Rientes Aguirre entrevistando a un pescador de New Betbrtt Musachiaells
Colección: Luz Merla Fuentes
Fecha: sif
Catón en su casa de Bloomington, Indiana, a su paso por la escuela de periodismo de la universidad de ese estado, con dos de
sus compañeros
de estudios. A la izquierda Mike Anamzoya, de Ghana; y Luis Espinoza, de Colombia
Colección: Luz María Fuentes
Fecha: s/f
¿Quién no lo recuerda a usted como baladista de toda una época? ¿Los baladistas
y los cronistas se llevan?
Depende de con quiénes. Somos de alguna manera una familia. Todos los
comunica-dores tenemos algo en común: el deseo de poder establecer una relación
con el público, una comunicación directa. Eso de alguna manera nos hace
familiares, tanto a los cronistas como a líderes de opinión, a los cantantes, los
conductores.
95
¿Y de qué platican, cuando han platicado?
Bueno, siempre está flotando el sentido del humor, porque él tiene un
estupendo sentido del humor, que es una característica de la inteligencia. Hablamos de
todo, porque es un hombre universal en ese sentido. Puede uno abordar temas de tipo
político, académico, de historia... Él es un historiador muy serio. Así es que de todo,
de todo. La vida da para eso y para mucho más.
Se dice que Catón tiene oficio. ¿Qué opina usted del oficio? ¿Qué es el oficio?
Cuando se ha repetido algo o cuando se sabe tanto de algo, se convierte uno en
maestro y sin la menor duda yo creo que él es un maestro en muchos sentidos. El
oficio es lo que hace al maestro. El conocimiento y la profundidad de esos
conocimientos, pues, le dan a uno el título de maestro.
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Le haré la pregunta que nos hemos hecho todos alguna vez: ¿de dónde saca Catón
tantos chistes?
—Creo que tiene un poder de observación extraordinario y luego los humoristas se vuelven
ellos recipientes de alguna manera, porque uno, cuando conoce a una persona como él,
generalmente saca lo mejor de su repertorio. Son buenos observadores, que todo lo
asimilan, lo transforman y luego lo plasman en el mejor medio posible.
Catón defiende por un lado el valor del orador cívico. ¿Usted cree que es actual, que está
vigente?
—Sí, sin duda. Creo que sí.
Hay quienes dicen que Catón es más querido que leído, ¿está usted de acuerdo con esa
afirmación?
—Es difícil responder eso. Ambos aspectos van de la mano. Si no fuera querido, no lo
leerían y, si lo que leyeran decepcionara, pues ya no lo seguirían queriendo. Es un círculo
virtuoso. Creo que él está muy a la par de lo que recibe del cariño del público, pero él lo
da en sus escritos, en sus pensamientos.
¿Con qué humorista, que haya trabajado con usted, compararía a Catón?
—Es totalmente distinto. Catón es muy universal. Puede ser muy profundo. He tenido la
oportunidad de trabajar con muy buenos escritores, tanto en mis películas como en los
programas de televisión; he incursionado bastante en los libretos también, siempre lo hago,
pero es difícil. No quisiera yo hacer comparaciones. Pero sí, creo que su idea de que un día
probáramos hacer algo juntos sería muy interesante.
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Hacer reír o sonreír, ¿qué tan importante es para un país como el nuestro?
-Es indispensable. ¿Qué pasaría si no tuviéramos ese sentido del humor los mexicanos y
esa chispa que, además, tiene dos filos? Porque buscarle la salida humorística a los
problemas tiene cierto talento pero, a la vez, es una manera de evadir la realidad. Es un
tema muy discutible. Si no tuviéramos sentido del humor, México hubiera cambiado
desde hace mucho. No sé hasta qué grado sea buena la evasión de la realidad y que no la
afrontemos, con la seriedad que deberíamos, dadas las circunstancias que estamos
viviendo y a las que hemos llegado. Pero, bueno, desde el punto de vista positivo, el
poder comunicar alegría, una sonrisa, se me hace lo más maravilloso; se me hace una
misión importantísima en la vida de cualquier ser humano, el que pueda contagiar una
visión positiva de los momentos más difíciles o dramáticos que se puedan vivir.
Se podrá impresionar fácilmente a los extraños o a esos paisanos que nos han
visto de lejos y de cuando en cuando, pero lograr la admiración de quienes te ven
todos los días es quizá lo más difícil y, por eso mismo, lo más meritorio. ¿Por qué
cree que sea tan difícil obtener el sincero reconocimiento de los conciudadanos?
—Porque te conocen como ser humano, conocen tu intimidad. Ocurre en los
matrimonios cuando el marido o la mujer son muy destacados, pero el cónyuge no lo
reconoce tanto porque ve a la pareja en sus miserias. Eso que ocurre en la vida conyugal
también sucede con la proximidad: "Era mi vecino —decimos— y siempre andaba
pidiendo prestado, aunque ahora sea un destacado escritor, poeta, músico...". Si fuiste el
chillón de la clase, ¿cómo vas a ser ahorita el destacado?
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libro así. Firmado por Catón El Censor, Armando Fuente Aguirre, quien añadió algunas
imágenes al volumen, sátiras de sí mismo. "El autor, como él quisiera ser," y aparecía un
Charles Atlas musculoso, y en la siguiente página "El autor, como realmente es," y aparecía
Armando en la misma pose pero como era él, muy delgado. El libro es una recopilación de
sus mejores columnas aparecidas en El Heraldo, pero además su autor le añadió un toque de
humorismo. Por cualquier lado era muy apetecible el libro y muy fácil de leer. Eso debe
haber sido allá por el 67. Armando y Lulú, su mujer, fueron unos de nuestros padrinos,
cuando nos casamos, en el 68. Luego seguimos con una amistad de hijos y luego de
vecindad. Vivimos por la misma calle cuando recién casados, en Bravo. Luego él vivía aquí
en González Lobo, muy cerquita. Nosotros vivíamos por Chiapas. Él fue el primer director
de Vanguardia. Aquí, a cuadra y media, se fraguó todo el plan para hacer el periódico. Mi
marido desde un principio pensó en Armando como director. Él fue el iniciador, con unas
ideas muy novedosas para un periódico. Traía una biografía narrada en siete días de un
personaje famoso. Recopilaba biografías y obras de los artistas plásticos, sobre todo de
Saltillo. Hizo cosas distintas, muy singulares, que dieron un toque distinto al periódico. Así
que había mucha convivencia. Después, Armando Fuentes estuvo en Monterrey y allá
escribió para El Norte. Luego, pusieron un periódico aquí: Palabra. Fue cuando dejó de
escribir para nosotros. Pero siempre ha habido una estrecha amistad, una convivencia más
frecuente o menos frecuente, pero siempre afectuosa.
¿Cuál considera que es el principal atractivo del estilo de Armando Fuentes Aguirre?
—Tiene una prosa inteligente, fácil de leer, accesible y al mismo tiempo no deja de llevar
su gramito didáctico. Te queda algo más, aparte de la risa o de la crítica que esté haciendo.
Siempre tiene algo con qué sorprenderte. Eso es algo importante para cualquier artista. La
escritura es un arte. Entonces yo creo que siempre debes tener algo de "veme, veme, fíjate
que no soy el mismo de ayer, aunque parezca, traigo otra cosita." Creo que Armando lo
logra a pesar de tener una carga extraordinaria, porque no sé yo de otro autor que trabaje los
siete días de la semana y publique cuatro diferentes columnas. Es mucho esfuerzo aunque
tengas mucha facilidad como la tiene él. Yo recuerdo también que íbamos a salir a alguna
parte, y decía: "Ahorita vengo, nada más voy a escribir la columna." A los veinte minutos
salía: "Ya, ya la tengo." Era rapidísimo. En un momento la escribía.
Eso quiere decir que, como hay poco tiempo para redactar el texto, hay que pensarlo bien y tenerlo
resuelto en la mente antes de empezar a escribir ¿Y sobre la actualidad de los temas?
100
¿Le parece sincero el amor que siempre le manifiesta a la ciudad o es un recurso para
echarse a la bolsa al lector?
Pienso que es sincero. Y, haciendo una comparación con Armando, mi
marido, quien amaba a la ciudad de una forma que decías tú: "Bueno, ¿no ha
viajado o qué?" A lo mejor sí hay esos amores.
"Los ojos muy abiertos antes del matrimonio, y medio cerrados después", la máxima de
Benjamín Franklin.
Lo que lograste ver. Por eso te digo: esas personas ya se casaron con la
ciudad.
Catón extrae frases de la vox populi, pero e7 también es un surtidor de frases para la vox
populi.
Él inventa mucho. Tiene alma de publicista. Como publicista es genial. Ha
hecho muchas campañas.
De las frases de Catón, ¿cuál es la que más le gusta a usted, con la que más se identifica,
la que más recuerda?
Me acuerdo de anécdotas, que me caen mucho en gracia. Una vez contó que
su tío Rubén, el papá del Profesor Jirafales, le dijo: "¿Ya viste, hijito, la película
Cuando los hijos se van?" "Sí, tío, está muy triste, ¿verdad?" "Sí, pero es más triste
cuando se quedan." Eso le dijo el tío Rubén. Creo que los hijos estaban ya
grandecitos y no salía ninguno.
"Saltillo es otra cosa" es una de las frases de Catón, con la que hizo una campaña publicitaria. Si
se la aplicamos al mismo Armando Fuente Aguirre, ¿considera usted que Armando Fuentes
Aguirre también es otra cosa y, si es así, qué cosa es Armando Fuentes Aguirre?
101
¿Considera que Catón es fiel a sí mismo? Ha publicado desde hace muchos años.
¿Cómo ha visto usted esa evolución? Como persona que de una u otra manera ha
estado al tanto de las publicaciones de Catón al frente del periódico, ¿lo encuentra
fiel a sí mismo? ¿Ha mantenido esa fidelidad a sí mismo?
—A sí mismo, sí; a su forma de ser, sí.
¿No ha cambiado?
No. Es lo que se espera de él.
¿Con qué otros cronistas que también hayan sido saltillenses lo compararía? ¿Con
don Artemio de Valle-Arizpe, qué similitudes encuentra?
Quizá de otra forma, pero por esa veta graciosa, esa veta de humorismo en sus
escritos. La manejan de distinta forma don Artemio y Armando, pero quizá por eso.
i Y el hecho de que sean personajes del siglo xix en su forma de vestir, en su forma
de hablan en sus giros del lenguaje?
Pero no decimonónicos.
Sí. Eso ya es peyorativo, como decir vigesímico a los que somos del siglo XX.
Es un caballero bien vestido, correcto, como eran los señores en el siglo x[x. Ésa era
también la forma de ser de don Artemio de Valle-Arizpe.
¿Los señores de la ciudad así son? ¿Es una imagen que le gusta a la gente en
Saltillo?
Hay una parte que es así. Todavía muy conservadores dentro de todo y caballerosos.
Sí hay todavía. Sobre todo gente que ahorita está de setenta y cinco para arriba, incluso de
menos de setenta, que son muy propios. Todavía no se atreven a sentarse si está una mujer
parada. No se atreven a cometer una falla de urbanidad, pero ni por asomo.
102
¿Qué tan importante en la vida de un señor como Armando Fuentes Aguirre es su mujer? —A
lo mejor no voy a ser muy imparcial, tengo en muy alta estima a Lulú, pero creo que le
solucionó a Armando todo lo que él necesitaba de esa parte: una casa organizada, con una
mujer completa, que sabe cocinar, que sabe bordar, que sabe tejer. Una mujer muy femenina y
aparte muy lista, porque me consta que Armando era el tipo de hombre que le entregaba a Lulú
el dinero y ella era muy buena para administrar. Hacía sus pagos, hacía sus ahorros y muy
pronto pudieron tener una casita y otra. Ella era una excelente administradora.
Él se admiraba: "¿Tú hiciste esta carpetita? ¿Tú la hiciste?", decía incrédulo. Valoraba
mucho todas las cosas prácticas de mujer que ella sabía hacer. Lulú complementó justamente a
Armando en su ideal de vida, porque le dio el tipo de hogar que él quería. Lo ha apoyado
siempre. Mucho, mucho.
¿Con cuál de las cuatro colaboraciones que tiene Armando Fuentes Aguirre en el periódico
se quedaría usted? ¿Cuál es la que más le gusta?
—Presente lo tengo yo, porque es más saltillense.
¿Es aquel que dijo: "No hay espectáculo más divertido y edificante que ver cómo se casan los
amigos"?
Ése. Un humorista español.
El guionista de ¡Espérame en Siberia, vida mía! El autor de Pero... ¿hubo alguna vez once mil
vírgenes? Qué bueno que lo menciona. Se me hace muy pertinente la relación.
Jardiel era periodista y creo que lo mandaron a cubrir una ejecución a un reo. Él
ya había visto varias ejecuciones y ya las había cubierto, entonces se fue con amigos,
se la
103
pasó muy a gusto y, como era muy ingenioso, llegó e hizo su nota inventada. Escribió su
crónica y, al día siguiente, los demás periódicos publicaron que habían indultado al reo.
Entonces lo corrieron del periódico, pero la gente se rio del ingenio de la descripción de la
nota. Él ahí descubrió que podía inventarse cosas y le dio por ese lado. Creo que así inició
Jardiel Poncela. Y si no, otro fue.
¿Con qué anécdota podría cerrar esta conversación? Algo que nos muestre a un Armando
Fuentes Aguirre como ser humano.
—Es muy fácil. Armando da con facilidad. Recuerdo muy bien una vez que estábamos
haciendo una recolecta de fondos, en la asociación, para becas a estudiantes. Le hablé yo
para solicitar su ayuda y de inmediato me dijo que sí, sin preámbulo.
104
Vista a través del tiempo, la gestión de Armando Fuentes Aguirre al frente del Ateneo
adquiere una connotación particular. Dirigió la prestigiada institución en los arios
críticos en que, siendo una de las escuelas fundamentales de la Universidad Autónoma
de Coahuila, debía emprender junto a ésta el camino de la autonomía recién
conquistada.
Catedrático del Ateneo y de Jurisprudencia desde 1963, Fuentes Aguirre había
participado activamente en el movimiento que culminó en la autonomía universita-
105
ria, primero como maestro y después al frente del Ateneo. El Gobierno del Estado lo había
nombrado director de la institución en 1973 y, dos arios después, en 1975, se convirtió en el
primer director electo por su comunidad, conforme al Estatuto Universitario emanado de la
nueva condición autónoma de la máxima casa de estudios. Una vez terminada su gestión de
tres arios, se postuló nuevamente para la reelección del cargo, única que permite la
normatividad universitaria, y alcanzó de nuevo el triunfo por votación directa de alumnos y
maestros para dirigir, en su caso por tercera vez, los destinos del Ateneo.
Es importante resaltar que, desde la dirección del Ateneo, Armando Fuentes Aguirre
contribuyó poderosamente a dar vida y realidad al concepto de la autonomía en el momento
en que daba sus primeros pasos en la Universidad. Su magnetismo de orador incomparable,
que provoca siempre la atención absoluta de sus oyentes en todas las ocasiones, se volvía
indiscutiblemente más solemne y eficaz en aquellas en que, en ejercicio de su autoridad,
debía emprender acciones históricas para consolidar la nueva condición universitaria.
Creo recordar la arenga con la que garantizó el resguardo de las instalaciones al
entregarlas a los trabajadores académicos, administrativos y manuales, a raíz de la huelga
que demandaba a la Universidad asumir la responsabilidad de su parte en el pago de sus
prestaciones en servicios médicos y pensión y jubilación, cubierta en otros tiempos por el
estado. Palabras más, palabras menos, la voz del director resonó en el vestíbulo: "El Ateneo
ha sido siempre y seguirá siendo el primero en defender el espíritu de la verdad, que
ustedes iluminan con su sabiduría, su talento y su dedicación al trabajo. Por eso, este día de
trascendencia histórica para el glorioso Ateneo Fuente, hago entrega de su edificio a sus
trabajadores y maestros, en el entendimiento de la nobleza de su causa y en la certeza de
que en sus amorosas manos estará seguro y protegido".
Dos días solamente ondeó la bandera rojinegra en lo alto de una de las puertas de
acceso al edificio central. Las instalaciones fueron regresadas en condiciones íntegras,
cuidadas con diligencia por los trabajadores y maestros, según la encomienda del director.
Impulsor del desarrollo intelectual de alumnos y maestros, desde el primer ario de su
gestión instituyó la semana cultural que, además de encuentros deportivos y culturales,
integró con mucho éxito visitas guiadas a los edificios y lugares históricos de la ciudad y
concursos de cultura general, música, arte, oratoria, ajedrez, canto y actuación, matemáticas y
ciencias, cuya organización involucraba a los maestros de las materias y a reconocidos
personajes expertos en cada disciplina. Así, el jurado calificador contaba
106
con campeones de ajedrez, actores, músicos, intelectuales y oradores, entre otros, para calificar
la participación de los alumnos y otorgar el premio a los primeros lugares: un
viaje a la ciudad de Guanajuato para asistir al Festival Cervantino, hasta donde llegaba cada
ario la delegación de maestros y estudiantes del Ateneo a disfrutar de los espectáculos
culturales de primer nivel.
Como director, siempre encontró espacio para homenajear y reconocer a algún antiguo
ateneísta y apuntalar el prestigio del Ateneo en cada una de sus áreas. Por ejemplo,
el Museo de Historia Natural, para el cual convocó a concurso la imposición de nombre
y que desde entonces lleva el de don Rafael B. Narro. Igualmente, aprovechaba para estimular a
los estudiantes por haber agregado una nueva nota de honor al prestigio de su
escuela. Por sus triunfos más sonados en todas las disciplinas deportivas, la rondalla, los
diversos grupos musicales; el grupo de teatro y el ballet folklórico también alcanzaban preseas
por sus muy aplaudidas actuaciones dentro y fuera de Saltillo.
Armando Fuentes Aguirre emprendió desde la dirección, múltiples acciones en
beneficio del Ateneo. Promovió un nuevo plan de estudios de Bachillerato, que incluía la
materia de apreciación del arte; el área de ciencias recibió apoyo incondicional, entre otras
cosas, la realización de un Congreso Nacional de Biología y la modernización y
actualización de los laboratorios ya existentes de física, química y biología, poniendo al
frente a maestros especializados de tiempo completo, además de la instalación de dos
nuevas unidades de laboratorios en el edificio adjunto, donde funcionaba el Sistema de
Educación Personalizada, una división del Ateneo que él mismo había implementado en
1975 para la atención de estudiantes de preparatoria mediante un método de educación
semiabierta, impartida por los maestros de las clases regulares.
En otras áreas, acrecentó los acervos de la biblioteca y promovió su catalogación, así
como la divulgación y restauración de piezas importantes del patrimonio artístico del
Ateneo resguardado en la Pinacoteca; apoyó irrestrictamente el cultivo de los deportes, la
formación y entrenamiento de equipos representativos y los encuentros deportivos de los
Daneses en ésta y otras ciudades, al igual que las presentaciones de los grupos musicales, de
baile y teatro; alentó las actividades académicas y editoriales, así como las inquietudes del
alumnado y de la Sociedad Estudiantil Juan Antonio de la Fuente. Atendió siempre con
solicitud las necesidades y promociones del personal administrativo y manual bajo sus
órdenes.
Cabe mencionar que, siendo director del Ateneo Fuente, Armando Fuentes Aguirre recibió
en diciembre de 1978 el nombramiento de Cronista de Saltillo y que su profunda y reconocida
vocación periodística lo llevó a fundar, en 1980, siendo aún director
107
CATÓN, MI MAESTRO
SERGIO CISNEROS
—Por naturaleza siempre volteamos hacia las obras y hacia los logros de un personaje cuando
ya se fue —dijo—. No sé si sea un mal de esta humanidad, pero es un mal de México, de
Saltillo, de acá de nosotros. Somos sumisos en ese sentido y por más de que algunos autores
han escrito: debemos reconocer en vida. Finalmente no tomamos esa dirección de reconocer
lo que todavía está vigente. Aunque luego obras de personajes o de autores siguen vigentes,
porque son eternas. Destaco que el Ayuntamiento de Saltillo haga este tipo de homenajes,
sobre todo por la relevancia del personaje del que estamos hablando. Los saltillenses lo
leemos a diario. Creo que hoy día Catón significa el mejor referente de la ciudad de Saltillo.
Me atrevería a decir que no se puede concebir a Saltillo sin Catón. En el resto del país, Catón
significa Saltillo. Sobre todo porque es una persona que ama a la ciudad, que la lleva como
estandarte en cada una de sus presentaciones, que no son pocas. De hecho, nosotros
batallamos para charlar con él aquí en Saltillo, para un desayuno, para alguna opinión. Él
atiende muchos compromisos fuera de la ciudad, precisamente por la envergadura del
personaje.
109
¿Lo leíste antes de ser su alumno o te interesaste por su obra después de que fue tu maestro?
—Yo lo leí en los periódicos, antes de ingresar a la escuela de Ciencias de la Comunicación.
Siempre he sido lector de periódicos, inicialmente deportes. Leía mucho a su hermano,
Emergente (Carlos Ramiro Fuentes Aguirre). De ahí también comencé a leer a Catón. Luego
ya lo tuve como maestro excepcional. Un hombre de mucha cultura. Creo que él fue el
picaporte a voltear hacia el mundo, para nosotros como estudiantes, porque nos abrió esa
puerta para conocer un poquitito; porque en realidad un curso así no te permite mucho, de
conocer un poquito las artes del mundo por la naturaleza de la materia que nos daba. Pero, la
verdad, le agradezco eso, porque a mí me permitió tomarlo como referente y luego, ya en mis
viajes evocaba las materias de Catón.
Los profes tienen mucho poder dentro y fuera del salón de clase. ¿Cuáles serían esos
grandes momentos de Armando Fuentes Aguirre en el aula?
Esa parte de Juan Gabriel. Cuando llegamos a la música de actualidad, te estoy
hablando de 1986, y tuve mi primer encuentro con Catón como maestro. Juan Gabriel
estaba ya encumbrado y fue motivo de plática en el aula.
110
¿Qué canción en particular de Juan Gabriel? ¿Qué frase? ¿Se me olvidó otra vez? —
Querida... Don Armando hacía referencia al tema, la letra y los arreglos de Juan Gabriel como
músico.
¿Cómo discípulo de Armando Fuentes Aguirre crees que la forma de hacer periodismo de
Catón sea imitable? ¿Crees que deje descendientes en el periodismo saltillense?
—Quizá no en la parte inicial. Él nos platica sus anécdotas, nos las platicó en el aula y
cuando tengo yo contacto con él también conversamos un poquito acerca de cuando él tuvo
sus primeras andanzas en la calle. Ahorita ya vemos a Catón, el que escribe, el que hace
periodismo de mesa o periodismo en la oficina. A mí me hubiera gustado conocer o saber un
poquito más a detalle del Catón callejero, del Catón que salía a reportear, del Catón que fue
editor del periódico. Creo que esa parte a mí me gustaría que él la diera a conocer y
descubrir más cosas sobre la labor periodística, que serían de gran valía para nosotros y las
nuevas generaciones. Al final de cuentas, lo incipiente de hacer periodismo es salirte a la
calle y tener contacto con la sociedad, ser reportero. Ahorita ya vemos al Catón encumbrado,
el que hace libros y escribe columnas, pero creo que hace falta que él platique un poquito
más del Catón callejero, que tuvo contacto con sus fuentes, con la redacción.
¿Alguna anécdota en particular que recuerdes de esas que te ha contado de sus inicios? —Él
me platica cuando nos vamos a desayunar que, estando en la Ciudad de México, iba al Palacio
de Bellas Artes y ahí, se topa con un reportero y se hicieron amigos. En una ocasión, el
reportero falla y le pide a Catón que escriba la crónica del evento de ese día. Ahí tuvo sus
inicios ya redactando una crónica en el Palacio de Bellas Artes. A su regreso a Saltillo, por
razones familiares, me platica que traía una carta de recomendación pidiendo que le dieran
oportunidad de ingresar a las filas del ya extinto Sol del Norte. Entonces él marca ese inicio de
una manera muy peculiar, hasta de cierta manera accidental, porque creo que él estudió
inicialmente derecho. Es esa la forma en la que pudo ingresar al Sol del Norte. Me lo ha dicho,
pero no recuerdo el nombre del director que le abrió la puerta por instrucción de esa carta de
recomendación.
111
Esos hechos históricos también te atrapan y dices: "iAh, caray, qué interesante!" No
recuerdo que me haya narrado esa parte donde él empieza a despegar y a volverse ya el
Catón universal.
Desde hace algunos años, en México, ha venido arraigándose una rara costumbre: la de
"profesionalizar" la escritura lírica. Digo que se trata de una costumbre peculiar porque muy
pocos gestos humanos me parecen tan gratuitos como el de acometer el verso. El niño que
raya las paredes deviene, apenas adquiere un adarme de conciencia política, discípulo del
muralismo: exige cursar estudios en Europa y hasta gana algún vetusto, apócrifo, florentino
laurel. Por su parte, el chico que golpea rítmicamente sobre una mesa decide, de pronto,
comprarse una computadora y transformarse en ídolo de la música electrónica. La música
verbal, en cambio, resulta casi imposible de vender. Y, cuando se vende, suele ser muy mal
pagada: si no que lo atestigüen los poetas. Se podría argüir, claro, que al menos la buena
elocución podría granjearle a uno la riqueza ambigua de un escaño en el Congreso. Mentira:
nuestros políticos mejor pertrechados suelen usar el lenguaje con la misma precisión y
generosidad que un merolico de banqueta.
No obstante, los poetas mexicanos de las últimas décadas han encontrado la manera —
casi siempre gracias a premios o becas— de convertir su oficio en una forma de ganarse la
vida: muchos de ellos se dedican a versificar de tiempo completo. Lo que redunda en un
vastísimo (y por supuesto desigual) cauce de libros de poesía contemporánea.
En tal contexto, resulta raro toparse con un poeta accidental: uno de esos que, apegados a
la honorable tradición de la escasez, escriben versos casi bajo
protesta. Poetas bartelbys para quienes, en comparación, incluso la magra obra lírica de
Gabriel Zaid resulta extensa. A ese peculiar reducto pertenece Armando Fuentes Aguirre
pues, pese a contar con una muy vasta obre en prosa, a la fecha ha dado a conocer apenas
una veintena de composiciones en verso —todas ellas vertidas en la forma del soneto.
Al respecto, el propio don Armando ha acuñado una justificación que bien vale como
aforismo: "Yo no escribo los sonetos; se me caen".
No me sorprende que Catón haya elegido el soneto como recipiente de sus raptos
líricos: la prosa cotidiana del autor —con toda su socarronería y frescura— se asemeja a
esos cubos visuales y mentales que encarnan los catorce endecasílabos. El soneto es una
forma engendrada en la Italia medieval con el fin de unir, me parece, dos aspectos centrales
del pensamiento occidental. Por una parte, la obsesión filosófica por el proceso dialéctico, la
necesidad de construir silogismos partiendo a veces de ideas o imágenes antípodas: el hielo
quema, la escasez resulta fecunda. Por otro lado, el soneto es también una clave rítmica:
hace portátil y al mismo tiempo estable al verso de once sflabas, extrayéndolo de la
inexorable epopeya o la canción provenzal.
Como cualquiera sabe —pero no está de más repetirlo— el verso de once sílabas es
sumamente práctico para las lenguas romances, pues se presta a combinar lo sencillo con lo
solemne. Los versos de arte menor (y en particular los octosílabos) están demasiado cerca
del habla común, en tanto el alejandrino —con sus catorce sílabas— resulta denso y grave.
El endecasílabo combina las virtudes de ambos, fluyendo con elegante suavidad entre lo
cotidiano y lo fatídico, entre la sonoridad histriónica y la charla amistosa. El endecasílabo —
y con él el soneto— es una tierra indecisa y múltiple, como indecisa y múltiple ha de ser
siempre la escritura poética.
He dicho que no me extraña la elección formal del autor porque, bien mirados,
muchos de sus textos en prosa pasarían por adecuaciones periodísticas de las principales
condiciones que propicia el soneto: una retícula prefijada, es decir una medida de texto
que es ajena a la voluntad del escritor; una tesitura que puede ir de lo cómico a lo trágico,
de lo ocasional a lo histórico, porque el género y el tema importan menos que la claridad
del proceso mental y la belleza de la ejecución; una serie de rasgos estilísticos recurrentes;
una constante aparición de la dialéctica como método de pensamiento; y un fraseo que,
aunque rítmicamente riguroso, no se desprende del todo de la voz popular.
114
Así, aunque Catón haya escrito apenas un puñado de sonetos, es esta forma literaria la
que más se asemeja al espíritu de su prosa periodística. De ahí, tal vez, que don Armando
parezca conocer tan bien sus entresijos.
La poesía de Fuentes Aguirre no está determinada por estética histórica alguna: no
quiere ser ni romántica ni clásica, no condesciende ni al sentimentalismo chabacano ni a
desaforadas imágenes surrealistas. Abreva lo mismo en el tópico barroco (siguiendo en
particular a Lope de Vega) que en reflexiones acerca de la materia continente del tiempo
—un tema que desvelaba también a Gorostiza. Puede asomarse al costumbrismo (por
ejemplo cuando habla de la Alameda de Saltillo) pero siempre lo hará con sana ironía. Su
asimilación de la tradición y los recursos es evidente, mas, en el soneto que consagra a la
muerte de su padre, la donosura de la forma es devorada por la belleza calcinante de la
sinceridad.
Haber escrito pocos versos le ha permitido a Catón ser muy preciso en el espíritu, el
tono y la técnica de sus composiciones. Son todas muy distintas entre sí. Las une sin
embargo —además, obviamente, de su estructura formal— una fina prosodia.
Armando Fuente Aguirre trae siempre a colación, al hablar de poesía, una clásica
descripción de las aspiraciones de un soneto, una fórmula plástica y simple que se puede
constatar en cada uno de los ejemplos que compila este volumen:
Un soneto debe ser como un león: ancha cabeza y resonante cola.
Si ser dueño de un oficio significa dedicarse a él de por vida, cotidiana y
productivamente, podríamos decir que don Armando es más bien un aficionado de la
lírica. Sin embargo, cuando uno se sienta en una silla y ésta resulta cómoda (y mire usted
que no hablo de poca cosa: las sillas cómodas son una especie en peligro de extinción), lo
último que se nos ocurre es andar preguntando cuántas sillas ha construido hasta ahora el
carpintero: uno se limita a elogiar la bondad del acabado que nos obsequió.
De igual modo, los sonetos de Fuentes Aguirre no requieren de mayores documentos:
son poemas cabales. Y los poemas cabales son, junto a las sillas cómodas, una especie
amenazada por la negligencia del mundo.
Julián Herben
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ARTE POÉTICA
1 1 6
SONETO DE LA PALABRA
Toma las otras y lánzalas por la borda. Luego busca aquélla en la que se acabalan todas las
literaturas.
Y quizá, quizá buscándola, una de esas noches largas, sin escándalos de luna,
El barco de Jasón el argonauta, barco que surca el rojo mar de vino, es como el mar: igual
a sí y distinto. Perdió el timón ayer, perdió el anda,
y va con otros nuevos. Esa máscara que sal y sol bebió por el Euxino es otra ya; su
mástil no es el mismo, y su proa y su popa, laceradas,
¿es otro ahora o es el del principio? Jasón, como su barco, también cambia. Y cambio yo
también mientras escribo.
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SONETO CON DERIVA
Una noche perdí mi último remo. No sé cómo... Quizá ni lo tenía... ¿El otro dónde
está? Lo ignoro: temo que a lo mejor lo llevo todavía.
Quiero seguir en este desconcierto. No voy sin rumbo, no, que la deriva es el rumbo
mejor, es el más cierto.
119
Este hombre del retrato, este hombre triste
es mi padre: Mariano Fuentes Flores.
No están en el retrato sus dolores,
su mansa soledad... Él ya no existe,
murió hace mucho tiempo, pero asiste todos los días a la cita. Amores y muertos vuelven
siempre como azores a la percha del alma. ¿Conociste
a mi padre? Yo no. Sólo lo quise. No se lo dije nunca. No se usaba. Como hizo con su
padre con él hice.
120
SONETO CON SILENCIO
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Llegó, cuando pardeaba, el señor cura al rancho —misa, bodas, bautizos, primeras
comuniones—; pobres, como de pobres, sus recios zapatones, su raída sotana y su sombrero
ancho.
Él a todos conoce: Esteban, Lupe, Pancho...
Lo quieren ellos porque "no nos hecha sermones".
Al cielo los conduce entre dos maldiciones:
a los hombres "cabrones"; a los niños, "carancho".
Con su antiguo breviario que lee vacilante, su café y su cigarro, su catre, un viejo manto
y un plato de frijoles, tiene más que bastante.
123
Quiero matar lo que sin Ti he vivido. Quiero perderme, Amor, para encontrarte, Porque si
no te encuentro estoy perdido.
124
LA ALAMEDA
126
SONETO A UN HOMBRE RICO
Estas cosas que ves —y que te miran cuando no te das cuenta— son las cosas que tú
llamas "mis cosas", y que nombras, numeras, mides, pesas y registras.
Cosido estás a cosas, y a tal costa que ni siquiera quieres que algún día tu
mortaja de cosas se descosa.
Muerto de cosas vas. Ellas te acosan. A lo mejor, las cosas ya bien vistas, tú no
eres otra cosa que otra cosa.
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SONETO A UN HOMBRE QUE TIENE MIEDO A MORIR
Tiembla si quieres. El temblor no salva. Tiemblan las hojas y las tumba el viento.
Viento es la muerte: soplan ya en tu cuerpo vientos de tumba y soplos de
mortaja.
Tiembla pues. Huye pues. ¿Temblor o fuga van a hacer inmortal lo que está
muerto? No es piel, es ataúd esa piel tuya.
128
SONETO CON RELOJ DE SOL
Patíbulos y aduanas tus esferas, tasas las horas y las horas cazas. Aprisionando edades la
edad pasas, y tu cárcel no admite prisioneras.
Di: ¿medirás tan solo primaveras y en invierno cerrarás tus casas? Pues ¿cómo puedes ser
reloj deveras si al paso de una nube te retrasas?
Reloj de sol, osario fecundado, vientre que pare el tiempo no llegado, esqueleto del tiempo
fallecido:
El tiempo es polvo que sepulta todo. Las cosas que ahora son, las venideras y las que
fueron, todas están muertas, y cae polvo de tiempo en sus despojos.
cuando a mi polvo se le acabe el polvo yo iré dentro de ti, reloj de arena, marcando el
polvo, en polvo convertido.
130
SONETO CON HERIDA
mi nombre de la tierra. Aquí concluyo... Herido el corazón de lado a lado quiere dormir
bajo la paz del tuyo.
131
Quiero volverme sed para beberte, y, amanecido en ti tras mi agonía, bajo tu vida
sepultar mi muerte.
132
La flor sobre el armario tus perfumes aspira. El cristal de tu carne retrata los espejos. Y tú
me miras. Miras. Y me miras, me miras... Y yo te beso. Beso. Y te beso, te beso.
Entonces pienso la hora en que, muerta la vida, quedará en la alcoba, de todo lo que hoy
veo, más que un azogue roto, y una flor derruida.
133
SONETO CON MAR Y GAVIOTA
El mar está secando su vientre de ballena. Se tendió panza arriba, voluptuoso y jocundo,
entornó sus mil párpados de hipocampos y arena, bostezó una marea y se olvidó del mundo.
134
PLEGARIA
Un pedazo de tierra para posar mi planta y ahí una huella sabia que conduzca la mía.
Un rincón en el cielo donde anidar mis ansias, con una estrella, para saber que Tú me
miras.
Capítulo tomando de Herbet, Julián. (2009). Los caminos del juglar. Un paseo por la vida
de Armando Fuentes Aguirre, Catón. Saltillo, Coahuila: Instituto Coahuilense de Cultura.
135
ÍNDICE
A MODO DE BIENVENIDA 9
A MODO DE PRESENTACIÓN 11
ACCIÓN DE GRACIAS 13
UN SALTILLENSE PARADIGMÁTICO 17
ARMANDO FUENTES AGUIRRE, CATÓN. UNA VIDA CON BUEN HUMOR, UNA
VIDA DE BUEN HUMOR, POR JOSÉ LUIS ESQUIVEL 21
La infancia en Saltillo 21
Símbolo de Saltillo 43