ÉPODOS- HORACIO
41 a.C. a 30 a.C.:
Los Épodos -yambos-, 17 poemas cortos. Poseen
tono violento y sarcástico.
II
Elogio de la vida campestre. Beatus Ille.
Dichoso aquél que, lejos de ocupaciones, como la primitiva raza de los mortales, labra los
campos heredados de su padre con sus propios bueyes, libre de toda usura,
y no se despierta, como el soldado, al oír la sanguinaria trompeta de guerra, ni se asusta
ante las iras del mar, manteniéndose lejos del foro y de los umbrales soberbios de los
ciudadanos poderosos.
Así pues, ora enlaza los altos álamos con el crecido sarmiento de las vides, ora contempla
en un valle apartado sus rebaños errantes de mugientes vacas,
y amputando con la podadera las ramas estériles, injerta otras más fructíferas, o guarda
las mieles exprimidas en ánforas limpias, o esquila las ovejas de inestables patas.
O bien, cuando Otoño ha levantado por los campos su cabeza engalanada de frutos
maduros, ¡cómo goza recolectando las peras injertadas y vendimiando la uva que compite
con la púrpura,
para ofrendarte a ti, Príapo, y a ti, padre Silvano, protector de los linderos! Agrádale
tumbarse unas veces bajo añosa encina, otras sobre el tupido césped;
corren entretanto las aguas por los arroyos profundos, los pájaros dejan oír sus quejas en
los bosques y murmuran las fuentes con el ruido de sus linfas al manar, invitando con ello
al blando sueño.
Y cuando la estación invernal de Júpiter tonante apresta lluvias y nieves, ya acosa por un
sitio y por otro con sus muchas perras a los fieros jabalíes hacia las trampas que les cierran
el paso,
ya tiende con una vara lisa sus redes poco espesas, engaño para los tordos glotones, y
captura con lazo la tímida liebre y la grulla viajera, trofeos que le llenan de alegría.
¿Quién, entre tales deleites, no se olvida de las cuitas desdichadas que el amor conlleva?
Y si, por otra parte, una mujer casta, cumpliendo con su oficio, atiende la casa y a los hijos
queridos
-como la sabina o la esposa, abrasada por el sol, del ágil ápulo-, enciende el fuego sagrado
del hogar con leños secos un poco antes de que llegue su fatigado esposo
y, encerrando la bien nutrida grey en la empalizada del redil, deja enjutas sus ubres
repletas; si, sacando vino del año de la dulce tinaja, prepara manjares no comprados,
no serán más de mi gusto las ostras del lago Lucrino, o el rodaballo o los escaros -si tronando
la tempestad en las olas orientales desvió algunos hacia este mar-,
ni el ave africana ni el francolín jónico caerán en mi estómago más placenteramente que
la aceituna recogida de las ramas más cargadas de los olivos,
o la hoja de la acedera, amante de los prados, o las malvas salutíferas para el cuerpo
enfermo; o que la cordera sacrificada en las fiestas Terminales, o que el cabrito arrancado
al lobo.
Entre estos manjares, ¡qué gusto da contemplar las ovejas que vuelven rápidas al aprisco
después del pasto, contemplar los bueyes cansados arrastrando con su cuello lánguido el
arado vuelto del revés,
y los esclavos, enjambre de la fecunda casa, colocados en torno a los Lares relucientes!
Cuando el usurero Alfio hubo así discurseado, dispuesto a convertirse de inmediato en
labrador, recogió en los Idus todo su dinero, decidido a renovar sus préstamos en las
Calendas.
XIII
A UN AMIGO.
Hórrida tempestad encapota el cielo, y arroja a torrentes la lluvia y las nieves; el huracán
de Tracia resuena en los mares y los bosques.
Amigos, aprovechemos la ocasión, y pues los años y las fuerzas de la juventud nos lo
permiten, lejos de nosotros las tristezas que anublan la frente de la vejez.
Saca de la bodega el vino que escondo desde el tiempo del cónsul Torcuato en que nací.
<No hables de lo demás>; tal vez un dios nos traerá luego días más venturosos.
Ahora debemos ungir el cuerpo con las esencias pérsicas y desterrar a los sones de la lira
las sombrías inquietudes del alma.
Así aconsejaba el noble centauro Quirón a su heroico alumno: «Invicto joven Aquiles,
vástago de la divina Tetis, oye cómo te llama la tierra de Asáraco, que riegan las frías ondas
del Escamandro y el tortuoso Simois.
»Las Parcas, rompiendo el hilo de tu existencia, evitarán que vuelvas de aquel país, y tu
madre, la de cerúleos cabellos, no podrá acompañarte a su palacio.
»Procura, pues, disipar allí las nubes de tu melancolía con el vino, el canto y los coloquios
de los buenos amigos.»
ODAS (CARMINA)-
Horacio
30 a. C. – 8 a.C.:
Género lírico. Gran variedad
temática.
En los tres primeros libros de
las Odas, aparecen las
intenciones religiosas y
morales de Augusto. Deseo
de orden, tranquilidad y su
filosofía de buen sentido.
Carminum I, XI
“Carpe diem”
No pretendas saber, último
pues no está permitido, el que ahora hace que el mar
el fin que a mí y a tí, Tirreo
Leucónoe, rompa contra
nos tienen asignados los opuestos cantiles.
los dioses, No seas loca,filtra los vinos
ni consultes los números y adapta el breve espacio
babilónicos. de tu vida
Mejor será aceptar una esperanza larga.
lo que venga, Mientras hablamos,huye
ya sean muchos los el tiempo envidioso.
inviernos de Júpiter Vive el día de hoy.Captúrala.
te conceda,o sea éste el No fíes del incierto mañana.
Carminum I, 4
“A Sestio”
Desátanse los hielos del invierno riguroso con la
grata vuelta del Favonio y la primavera, las
máquinas botan al agua las naves que
permanecían en seco, y ni el rebaño se goza en los establos, ni el
labrador junto al fuego, ni los prados blanquean con
las heladas escarchas.
Ya Venus Citerea guía los coros al asomar la luna;
las modestas Gracias, unidas con las Ninfas, danzan
joviales en las praderas, y el ardiente Vulcano
abrasa los antros donde trabajan los Cíclopes.
Ahora es el momento de coronar con verde arrayán
los perfumados cabellos, o con las flores que brota
la tierra libre de sus prisiones; ahora conviene
inmolar a Fauno en las selvas umbrosas una
cordera, o, si le agrada más, un cabrito. La pálida
muerte pisa con igual pic las chozas de los pobres
que los palacios de los ricos. ¡Oh venturoso Sestio!,
la brevedad de la vida nos prohíbe alimentar largas
esperanzas. Pronto te oprimirán las eternas sombras,
los Manes de que tanto se habla y el funesto reino
de Plutón, adonde así que llegues no te proclamará
rey del festín la suerte de los dados, ni admirarán tus
ojos al tiemo Lícidas, que hoy abrasa a los jóvenes
y luego abrasará de amor a todas las doncellas.
Carminum I, 5
“A Pirra”
¿Quién es el delicado adolescente
que inundado de esencias te abraza
sobre tantas rosas en la fresca gruta?
¿Por él levantas y tu blonda cabellera.
Y te pones un vestido simple
Y elegante?
¡Ay, cuantas veces va a llorar tu
Traición y el tornadizo carácter de
Sus dioses!
¡Con que sorpresa verá el espectáculo
Nuevo de las olas irritadas
Por negros vientos, el que ahora,
Crédulo, goza de tus palabras doradas,
Te imagina siempre fiel, siempre
Amante, sin saber que cambias como
El soplo pérfido del viento!
¡Desgraciados aquellos a quien tu seduces
¡Yo puedo decir que una
Imagen votiva, suspendida en los
Muros sagrados del templo, da fe
De que he consagrado mis vestidos,
Húmedos del naufragio, al poderoso
Dios de los mares.
Carminum I, 23
“A Cloe”
Me evitas, Cloe, como el cervatillo
que por desviados montes busca
a su asustada madre, no sin vano
temor del aire y del follaje.
Si se agitan al viento las hojas del espino
si los verdes lagartos hacen que cobren
vida las zarzas, siente miedo,
su corazón tiembla, y sus rodillas.
Y, sin embargo, yo no te persigo,
como un tigre feroz o un león Gétulo,
para hacerte pedazos. Sólo quiero
que dejes de seguir a tu madre,
pues tienes edad ya de seguir a tu esposo.
Carminum I, 35
“A la Fortuna”
Oh diosa, tú que riges la grata Ancio
y eres capaz, con tu presencia, de elevar
a un mortal del peldaño más bajo
o trocar en exequias las soberbias victorias.
A ti acude, con solícito ruego,
el pobre labrador; a ti, del mar señora,
acude todo aquel que en nave Bitinia
surca las ondas del mar Carpático.
Te teme a ti el áspero Dacio y los Escitas nómadas
las ciudades te temen, y las razas, y el fiero Lacio,
y las madres de los reyes bárbaros,
y los tiranos revestidos de púrpura,
no sea que con pie injurioso
derribes la columna firme
o que una muchedumbre inmensa
llame a las armas, a las armas
al resto de los ciudadanos
y destruya su imperio.
La cruel Necesidad siempre te precede,
llevando en su indomable mano
gruesos clavos y cuñas;
no falta el garfio riguroso
ni el líquido plomo.
Te protege la Esperanza,
y la rara Lealtad,
cubierta con un velo blanco,
no rehúsa tu compañía
cuando tú, en ropa fúnebre,
abandonas las casas poderosas.
Pero el vulgo desleal y la ramera
perjura retroceden; secas
las ánforas, huyen los amigos
falaces para no compartir el yugo.
Consérvanos a César, que va a partir
contra los últimos del orbe,
los Britanos, y al enjambre reciente
de jóvenes que ha de infundir terror
a los pueblos de Oriente y al rojo Océano.
¡Ay, ay! Nos avergüenzan
las cicatrices y los crímenes fratricidas.
¡Siglo cruel! ¿Ante qué hemos retrocedido?
¿Qué ley divina hemos respetado?
¿Cuándo la juventud contuvo
la mano por temor a los dioses?
¿Qué altares respetó?
¡Ojalá temples sobre un yunque nuevo
nuestro mellado hierro
contra los Masagetas y los Árabes
Carminum II, 3
“A Delio”
Acuérdate de conservar una mente tranquila
en la adversidad, y en la buena fortuna
abstente de una alegría ostentosa,
Delio, pues tienes que morir,
y ello aunque hayas vivido triste en todo momento
o aunque, tumbado en retirada hierba,
los días de fiesta, hayas disfrutado
de las mejores cosechas de Falerno.
¿Por qué al enorme pino y al plateado álamo
les gusta unir la hospitalaria sombra
de sus ramas? ¿Por qué la linfa fugitiva
se esfuerza en deslizarse por sinuoso arroyo?
Manda traer aquí vinos, perfumes y rosas
—esas flores tan efímeras—, mientras
tus bienes y tu edad y los negros hilos
de las tres Hermanas te lo permitan.
Te irás del soto que compraste, y de la casa,
y de la quinta que baña el rojo Tíber;
te irás, y un heredero poseerá
las riquezas que amontonaste.
Que seas rico y descendiente del venerable
Ínaco nada importa, o que vivas
a la intemperie, pobre y de ínfimo linaje:
serás víctima de Orco inmisericorde.
Todos terminaremos en el mismo lugar.
La urna da vueltas para todos.
Más tarde o más temprano ha de salir
la suerte que nos embarcará
rumbo al eterno exilio.
Carminum II, 17
“A Mecenas enfermo”
¿Por qué me quitas la vida con tus quejas?
Ni a los dioses es grato, ni a mí,
que mueras antes, Mecenas, tú,
pilar mío, toda mi gloria.
¡Ah! Si una fuerza prematura
te arrebatase a ti, la mitad de mi alma,
¿a qué esperaría yo, la otra,
no tan querida e incompleta superviviente?
Ese día traería la ruina a ambos.
Pero no será vano mi juramento:
iremos, iremos, dondequiera que vayas,
compañeros dispuestos a hacer juntos
la última jornada.
Ni el aliento de la ígnea Quimera,
ni, si resucitare, el centímano Gias,
me arrancaría nunca de ti:
así lo acordaron
Justicia poderosa y las Parcas.
Nacido bajo Libra
o bajo el formidable Escorpión,
el más violento signo en la hora natal,
o bajo Capricornio, tirano
de la onda Hespérica,
tus astros y los míos se corresponden
de manera increíble.
A ti la luminosa tutela de Júpiter
te libró del impío Saturno
y retardó las alas del Destino veloz
cuando el pueblo, reunido,
tres veces te aplaudió con alegría;
y a mí un tronco me hubiera
aplastado el cerebro, si Fauno,
custodio de los hombres de Mercurio
no hubiese aligerado con su diestra el golpe.
Acuérdate de ofrecerle víctimas
y del templo que prometiste;
yo inmolaré en su honor una humilde cordera.
Carminum III, 1
“A sí mismo”
Odio al vulgo profano y lo rechazo.
Tened las lenguas: sacerdote de las Musas,
voy a cantar versos jamás oídos antes
a los niños y a las doncellas.
A sus propios rebaños rigen
temibles reyes, y a ellos los gobierna
Júpiter, famoso por su triunfo Giganteo,
el que lo mueve todo con su ceño.
Sucede que un hombre alinea en los surcos
mayor número de árboles que otro hombre;
éste, de más noble linaje, baja
al Campo a competir; aquél,
mejor por sus costumbres y su fama
rivaliza con él; otro tiene mayor
cantidad de clientes.
Con justa ley, Necesidad
sortea a los notables y a los ínfimos:
una amplia urna mueve todo nombre.
Aquel sobre cuya impía cabeza
pende desnuda espada
no encuentra dulce el sabor de los festines Sículos
ni el canto de las aves y de la cítara
le devuelven el sueño. Ese sueño
apacible que, en cambio, no desdeña
la casa humilde del campesino,
ni la umbrosa ribera,
ni Tempe, el valle oreado por los Céfiros.
Al que desea sólo lo suficiente
no lo seduce el mar tumultuoso,
ni el ímpetu cruel de Arturo al ponerse,
ni el nacimiento de las Cabrillas,
las viñas azotadas por el granizo
o una finca mendaz, ya culpen sus plantíos
a las aguas, a las estrellas
que abrasan los campos
o a los inclementes inviernos.
Sienten los peces reducido el mar
por las moles lanzadas a sus aguas,
pues allí van a parar las piedras
que sin cesar arrojan el empresario con sus obreros
y el señor harto ya de tierra.
Mas Temor y Amenazas
suben adonde está el señor,
y la negra Inquietud no se separa
de su trirreme guarnecida de bronce
y cabalga tras él, jinete.
Y, si ni el mármol Frigio,
ni el uso de la púrpura más brillante que un astro,
ni la viña Falerna,
ni el costo Aquemenio
alivian el dolor del que sufre,
¿por qué voy a construir un atrio grandioso
con puertas envidiables, según el nuevo estilo?
¿Por qué voy a cambiar
mi valle de Sabina
por riquezas tan pesarosas?
Carminum IV, 1
“Venus tardía”
¿Mueves de nuevo guerras, Venus
después de paz tan prolongada?
Déjame, te lo ruego, te lo ruego.
Ya no soy como era bajo el reinado
de la buena Cinara. Cesa, madre cruel
de los dulces Cupidos, de ablandar
con tu suave imperio a un hombre endurecido
de cerca de diez lustros. Vete
adonde te llaman los tiernos ruegos
de los jóvenes. Más a tono será que,
en alas de purpúreos cisnes,
te llegues a la casa de Paulo Máximo,
si buscas abrasar un corazón idóneo;
pues él es noble, bello y elocuente
en favor de los nerviosos reos,
joven de mil habilidades,
y llevará muy lejos las enseñas de tu milicia.
Y, si alguna vez es más fuerte
que el pródigo rival y puede reírse
de sus regalos, cerca de los lagos
Albanos, te erigirá una estatua de mármol
bajo un techo de limonero.
Aspirarás allí mucho incienso,
y te deleitarán liras y flautas Berecintias
con sus sones mezclados, y la siringa.
Allí, dos veces en el día, niños
y tiernas vírgenes, alabando
tu divinidad, golpearán tres veces
el suelo con blanco pie,
según el rito Salio.
A mí ya no me agradan mujer ni niño,
ni crédula esperanza de amor mutuo,
ni disputar por vino, ni ceñir
mis sienes con las flores nuevas.
Pero, ¡ay!, ¿por qué, por qué, Ligurino,
corre una lágrima furtiva por mis mejillas?
¿Por qué un poco elegante silencio
paraliza mi lengua y mi elocuencia?
En mis nocturnos sueños imagino
que te tengo, que te persigo a ti,
que vuelas por la hierba del campo Marcio,
que te persigo a ti, cruel, por el agua inconstante.