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SoseliíofI "Gallo
JOSELITO EL "GALLO
Obras tatirómaeas
El primer torero Lagartijo.
Dramas del toreo.
Recortes y Galleos.
Necrología taurina.
Los Reyes del toreo.
Almanaque del toreo para 1911,
El arte de ver los toros.
Los crímenes del «gallísmo».
Chistes taurinos.
Joseiito.
Joseliío el «Gallo».
U N O A L SESGO
Joselíto el "GALLO"
SU VIDA
SU ARTE
SU MUERTE
E d i c i ó n definitiva, ilustrada con numerosas fotografías
LIBRERÍA GRANADA
BARCELONA
1920
ES PROPIEDAD
COSTA, IMPRESOR ; ASALTO, 45.—BARCELONA
Aí muy estimado y distinguido
amigo D. Adolfo Riquelme y Sán-
chez, gran aficionado a la fiesta es-
pañola, cofrade en «gallismo», como
testimonio de una simpatía muy
sincera.
EL AUTOR
Barcelona, Mayo de 1920. •
A MODO DE INTRODUCCION
La historia del toreo, para aquellos a quienes su
afición a la lectura les ha hecho' conocerla a fondo, se
me figura que les ha de parecer así como' una larguí -
sima cordillera en la que abunden los picos, crestas
y collados; -aquellos, picos y crestas, de diversas
elevaciones, pero de los cuales tres, se destacan por
encima de todos, aunque no a una misma altura.
Son esas tres cumbres Francisco Montes Paquiro,
Rafael Guerra Guerrita y José Gómez Ortega.
Y cosa rara : nada m á s parecido que el modo de
ser, el carácter, de esos tres hombres.
A base de voluntad, de amor a su profesión, de
firmeza, se elevaron cada uno en su época por enci-
ma de cuantos los rodeaban.
Otros había acaso con m á s arte que ellos, con m á s
gracia, mayor valentía, que ejecutaban mejor esta
o aquella suerte ; pero quien, como cualquiera de los
tres, sumase las aptitudes físicas a las de la inteli-
gencia, y todo ello a una afición, a una pasión domi-
nadora por su oficio, ninguno.
Leyendo detalles biográficos de Montes, en lo que
al hombre respecta, el concepto que de sí tenía, la
autoridad de que se revestía en la plaza para con
sus subalternos y hasta compañeros, cree uno estar
leyendo la historia de Guerrita o Joselito el Gallo.
Los tres transformaron el toreo de sus tiempos res-
pectivos ; los tres despojaron al espectáculo de su as-
pecto trágico, y dieron la impresión de una facilidad,
de una seguridad, que no' existía m á s que en la for-
_ 8 —
ma de torear, puesto que de la exposición que tales
maestros corrieron, son prueba los repetidos percan-
ces, de los que no les libró ni su saber ni sus faculta-
des ; y esa es la mejor demostración de que supieron
y quisieron afrontar los riesgos.
Atrevido es hacer la afirmación de cuál de los tres
rayó m á s a l t o ; pero yo me atrevo a afirmar que Jo-
selito el Gallo.
Numerosos son los aficionados que quedan toda-
vía a los que les es posible evocar la figura del espa-
da cordobés en la plaza, y comparar su labor con la
del gran torero sevillano que acabamos de perder.
Haga la comparación desapasionadamente y diga en
qué momento de la lidia superaba Guerrita a Joseli-
to. En casi ninguno, por no decir en ninguno. Si ha
visto un número de tardes seguidas a cada uno, re-
cuerde a cuál le ha visto realizar m á s grandes fae-
nas con la muleta, quién ha toreado de capa mejor y
mayor número de toros ; y así de lo demás.
Creo que ha llegado el momento de reconocerlo.
Con Gallito ha desaparecido' el m á s estupendo de los
toreros nacidos y poco probable es que el que ha de
ocupar su puesto en la tauromaquia le iguale en mé-
ritos y condiciones.
Existen, ciertamente, hoy mismo, diestros que va-
len muchísimo, y algunos como Juan Belmente que
puede codearse con las figuras m á s preeminentes del
toreo, en esta y en cualquier época. Gaona, Sánchez
Mejías, Chicuelo...
Pero, ¿ se le ocurre siquiera al aficionado^ que cual-
quiera de esos y algunos otros, puedan substituir a
José? >
Tardes habrá, momentos en esas tardes, que no
ya Juan Belmonte, que es un coloso como^ torero, si-
no cualquier diestro de esos en que fundamos espe-
ranzas, nos haga olvidar al maestro desaparecido ;
pero será una tarde, será un momento de esa tarde.
El que en todas y en todos nos divertía, y en aque-
llas en que peor estaba sólo' podían decir que había
toreado «para la galería», como censura, «los bue-
nos aficionados», a ese no se le ve substituto por nin-
g ú n lado. ¡ Y es natural !
De Montes a Guerrita pasaron cuarenta a ñ o s ; de
Guerrita a JoselitO', trece; sería mucho exigir que
ahora mismo saliese el continuador de este último' que
superó a Guerrita y a Montes.
Como es muy posible que aun queden rescoldos de
pasión, tal vez mis aseveraciones se crean efecto de
un partidismo' que, postumo, sería una insensatez.
Explicable que en días de lucha, el gallismo y el
belmontismo recurriesen a la mala fe inclusive, im-
pulsados por un entusiasmo, que cualesquiera que
sean sus efectos, encuentro muy digno de estímulo,
puesto que de él se nutre la fiesta ; pero que eso ocu-
rra ahora me parecería absurdo.
El advenimiento de Joselito al toreo, hay que re-
conocerlo, trajo consigo un trastorno, llevó a cabo
tal revolución, que casi tiene justificación, ya que no
el encono, la severidad con que algunos elementos
del homhismo le han perseguido hasta su muerte.
La retirada de Ricardo Torres Reina de los toros,
fué culpa imperdonable de Gallito para esos bom-
bistas.
N o hay que decir lo que fué Ricardo Torres en el
toreo, por qué I01 fué y cómo lo fué. Todo1 ello, por lo
reciente, vive a ú n en el recuerdo del aficionado. Para
mi objeto me basta con afirmar que Bombita, adue-
ñ a d o de los públicos por un arte que no era precisa-
mente el arte toreando, sino el arte de dominar a los
toro« a fuerza de valor, de facultades y de inteligen-
cia, había llegado a ese punto en que, si no' colma-
das, satisfechas en gran parte sus aspiraciones, tan-
to de dinero como de gloria, comprendió que si aquél
le era todavía posible ganarlo, ésta, la gloria, di-
IO
fícilmente podría aumentarla ; y hasta con dificultad
también sostenerse en el puesto alcanzado, ya que
superarse a sí mismo no le era fácil y m á s bien ha-
bría de descender, pues de las tres grandes cualida-
des que le acabo de reconocer, dos, con toda certeza,
ya no podrían acompañarle en toda su integridad en
la lucha : a las facultades y al valor me refiero, por-
que si los músculos se desgastan y relajan con el
tiempo, también al corazón mejor templado' los gol-
pes lo ablandan, y el de Bombita no podía ser una
excepción,
A todo esto, Rafael el Gallo, esperanza para la afi-
ción durante años y años, había logrado definitiva-
mente colocarse ; su toreo, de una belleza imprevista,
de una variedad desconcertante, siempre nuevo y
siempre gracioso, acabó por imponerse, y no es que
de ahí naciera una competencia, sino que los gustos
del público tomaron otro derrotero, y cansado ya del
que por largas temporadas monopolizó su atención,
volvió los ojos hacia aquel otro astro, que era un as-
pecto nuevo en el arte de lidiar toros.
El mismo Bombita, con una ingenuidad que es dig-
na de encomio, me decía una tarde en la Maisón Do-
rée, de Barcelona, que de regreso de México había
ido a torear a Valencia, de cuyo público había sido
el torero mimado,
—Hice—habla Ricardo—aquella tarde lo que siem-
pre, y lo que siempre me habían aplaudido con entu-
siasmo me lo aplaudieron entonces con tibieza, ¿ P e -
ro qué pasa?, me decía yo' mohíno, hasta el punto de
que ya no pude contenerme y le pregunté a un ami-
go de barrera a qué se podía atribuir aquella frialdad
del público conmigo, « E s que tú no sabes, me con-
testó, lo que aquí ha hecho el Gallo toreando' con Pe-
pete últimamente.»
L o ocurrido en Valencia es lo que luego^ pasó en
Madrid, en Barcelona, en Sevilla, en todos lados.
— II —
¿Volubilidad del páblico?,
La psicología de ese consabido «monstruo» no es
mi tema en estos momentos, en que me limito a apun-
tar hechos.
Aparece Joselito, viene la temporada de 1913, y
Joselito se manifiesta torero del mismo estilo y con-
diciones de Bombita ; pero que, a d e m á s , torea, y no
en esto únicamente aventaja al otro, sino también en
ser m á s copioso, m á s variado su repertorio, m á s co-
nocedor de su profesión, excelentísimo banderillero
y m á s breve, ya que no mejor, matador, pues ni uno
ni otro como buenos estoqueadores p a s a r á n a la his-
toria.
Tampoco quiero hablar de competencias ni de ha-
ños, porque no es mi objeto avivar enconos ni hago
obra partidista : relato lo que tengo por verdad, y al
lector sensato me dirijo, no en defensa de nadie, co-
mo no sea del buen sentido que yo creo atropellado
por una desatentada campaña, en la que con insidias
torpes y procedimientos no siempre confesables se
quiere extraviar a la opinión.
Terminó la temporada de 1913, y Ricardo Torres,
que en ella tuvo tardes, muchas tardes, en que rever-
deció sus antiguos lauros, se despidió de la profesión
con todos los honores.
¿ E c h a d o por los Gallos?
Procediendo como un sabio.
Rico, mermadas sus facultadas, muy probado su
valor, se le avecinaba un período de lucha desigual,
y optó prudentemente por evadirla.
M á s pronto o m á s tarde ¿hizo otra cosa que repe-
tir la historia de todos los grandes toreros, mejor di-
cho estaría, de todos los grandes artistas?
De d e t r á s empujan, y los de delante acaban por
apartarse y dejar el paso Ibre a los que vienen con
vigor y bríos.
Esto., que todos lo saben, que todos lo piensan.
12
¿cómo lo ignoraban unos cuantos m á s bombistas
que el Bomba?
¿Bombistas he dicho?
Bombistas, pero no del torero, que si por el modo
de torear de Ricardo lo hubieran sido, en joselistas
se habrían transformado, ya que en el Gallito, repro-
ducido1 y muy mejorado, mejoradísimo, se continua-
ban el arte, las maneras, todo, de aquel excelente l i -
diador como quizás no se haya dado j a m á s el caso
de igual parecido en dos diestros consecutivos.
L o que una vez m á s prueba el valor y consistencia
de las escuelas en tauromaquia, dicho sea de paso y
para no dejar escapar la ocasión. José, discípuloi de
su hermano Rafael, a quien se parecía no era a éste,
sino a Ricardo Torres Reina.
Pues bien ; una parte del bombismo fué antijose-
lista a «ultranza».
Manera de ser antijoselista, era ser belmontista.
De Juan Belmonte he dicho en otro lugar ( i ) , y per-
done el que leyere la autocita, lo que en éste viene
como anillo al dedo :
«Belmonte es, además de Belmonte, quiero decir,
además de un lidiador excepcional ejecutante mara-
villoso y emocionante de varios lances, el anü-Gallo.
Apareció en plena apoteosis gallista, cuando ya lle-
gaba a su ocaso el sol de Bombita, y en él saludaron
los bombistas al vengador, porque para éstos Ricar-
do Torres no' desapareció de la arena por natural des-
censo de sus facultades o por cálculo1 de hombre que
ve sus aspiraciones colmadas, sino' echado por un
toreo de pegolete y trinchera : j el toreo' de Rafael
Gómez el Gallo !
MY se reproduce en la historia por segunda vez, y
con mayores agravantes todavía, el caso que se dió
en las postrimerías de Lagartijo, de que los partida-
rios de este torero engrosaran las filas del esparte-
rismo y se pusieran frente a Guerrita, que era, en al-
(1) Los Sepes del Torco.
_ J3 _
go, el continuador del toreo del gran Rafael, mien-
tras que el «pobrecito)) Manuel nada tenía que ver
con el fundador de la «solera» cordobesa. Esta vez
los partidarios de Bombita se hacen belmontistas ! ! !
y son antijoselistas no obstante ser el toreo de José
aumentado, corregido y mejorado, el mismo de Ri-
cardo Torres, por lo menos en lo que a su base se re-
fiere.
«Con el partido bombista, que es de donde han sur-
gido los m á s furibundos belmontistas, y con los mi-
les m á s , etc., etc.»
¿ T u v o tiempo José, especialmente José de los dos
hermanos, de romper las hostilidades contra Bel-
mente, cuando apenas aperecido' éste, ya el bombis-
mo y el belmontismo, es decir, el untigallismOj, se lo
colocaron en frente, retador y en son de guerra?
Como el enemigo no era un loco ni un indocumen
todo, sino todo un fenómeno de hecho y de derecho,
los Gallos, diríase mejor el gallismo, le concedió be-
ligerancia, y José y Juan, uno frente al otro, en el
terreno profesional, colocados quedaron.
Aquí sería curioso indagar la parte que en esas lu-
chas, en esas contiendas, en esos antagonismos, que
con el nombre de competencias tantos momentos de
entusiasmo han proporcionado al espectáculo en to-
dos los tiempos, han tomado los protagonistas, los
verdaderos actores, los propios competidores, en una
palabra.
Y no estaría de m á s tampoco averiguar la razón de
ser de tales competencias*.
Pedro Romero contra Costillares y Pepe-Hillo, pa-
se. Eran las escuelas rondeña y sevillana, que enton-
ces acababan de nacer y existían en pugna. Entre
Cúcliares y Redondo concebible es todavía la lucha ;
m á s que dos escuelas, ya entonces en el comienzo
de su fusión eran dos temperamentos los que com-
batían. En el Tato y el Gordito es la enemistad la que
— 14 —
los lleva a la pelea, azuzados por un lad© por sus pro-
pios) banderilleros, el Cwco a la cabeza, y por sus par-
tidarios por otro.
Lagartijo y Frascuelo no compiten. Desde su pri-
mer encuentro en las corridas del Corpus de Gra-
nada de 1868, segunda tarde, en que empieza una
bregfa que había de durar veinte años, uno' en el otro
ve un estímulo, y ambos hacen cuanto pueden y sa-
ben, convencidos los dos de que cada cual está en
su puesto y que de él no hay quien lo mueva. El pú-
blico, dividido en dos bandos, es el que se empeña
en que tal competencia exista ; el público, que gusta
ver espoleadas sus pasiones, es el que crea la qui-
mera de esos antagonismos, y con el mejor deseo los
fomenta, los irrita, citando no basta el chisme, con
la calumnia que uno inventa y todos propalan.
Eso ocurría ayer, eso se repite luego. José y Juan
no tenían por qué competir ni por su gusto lo hicie-
ron, convencidos de la esterilidad de un esfuerzo
tras del cual Belmente era Belmente y Joselito Jo-
selito. Pero d e t r á s de ellos estaban sus partidos ; con
esos partidos uno' y otro tenían compromisos con-
traídos, deudas de g'ratitud, y el amor propio exigía
no defraudarlos en absoluto... y la competencia per-
sistió... y trajo sus consecuencias.
Si el hombre no fuera tan vulnerable a la adulación
y al halago, y el que lo tiene se rigiera por su criterio,
¡ c u á n t a s cosas feas unas, inútiles otras, perjudicia-
les muchas, dejarían de hacer los mimados de la for-
tuna, sean toreros o rentistas ! '
Pero como' el hombre es vulnerable a la adulación
y no es el adulador el mejor consejero, de ahí que se
entablen en ocasiones competencias sin objetivo prác-
tico para los combatientes, algo de lo que les pasa a
los gallos de pelea; pero con gran beneficio para lo
que llamamos antonomásicamente «la afición», que
— 15 —
si no se apasionara, que si no se dividiera en bandos,
lang-uidecería y hasta correría riesgo de muerte.
N o combato, pues, las competencias, ni por esté-
riles que sean para los fines inmediatos a que pare-
cen destinadas al aceptarlas como un match entre
pugilistas o corredores, o cualquier otro ejercicio o
sport en que el record es batible, cosa que en el toreo
no puede ser ni aun handicapeando (sic) a los diestros,
no las censuro. Me parecen un elemento estimulante,
de suma importancia para caldear los ánimos, y todo
lo que venga [Link] el entusiasmo de los taurófilos
lo encuentro muy bien.
Desviar ese entusiasmo^ y ponerlo en cosas ajenas
al toreo', aunque a los toreros se refieran, ya no^ se
me antoja tan bien.
Difamar al hombre para perjudicar al artista, tra-
tar de ponerlo^ en evidencia o en ridículo, y no siem-
pre por sus actos auténticos, sino por los que les
atribuye la enemiga, el rencor o la envidia, eso ya lo
encuentro absolutamente canallesco, y hasta ese pun-
to no creo' lícito que deba llegar la oficiosidad, el ca-
riño, el entusiasmo, el interés o lo que sea, del par-
tidista.
Ridículo, y nada m á s que ridículo me parece, ver-
bigracia, que unos cuantos revisteros, queriendo dis-
frazar su fobia con un respeto a la tradición, a la
pureza t a u r ó m a c a s , pretendieren probar que Joselitc
el Gallú' no sabía torear. ¿ Se quiere tontería m á s gran-
de, mayor ridiculez? Crítico ha habido que cuando
Joselito el Gcdlo toreaba de rodillas, descubrió que así
se evitaba el riesgOi; que si lo hacía en el tercio', en
los medios lo debía hacer, olvidando o ignorando él
y sin fijarse los. que le seguían que no' se torea en el
terreno que el capricho de un revistero señala, sino
en aquel que el toro lo consiente, y que precisamente
una de las demostraciones de saber que un torero
— i6 —
pueda dar es la de ejecutar las suertes en el terreno
m á s propicio.
Pero no ha parado ahí la cosa.
E l rondeñismo fué el Cristo desenterrado y sacado
a relucir en estas circunstancias y juntamente con el
clasicismo está haciendo su camino sin que salga a
atajárselo el buen sentido, pues ni existe tal «escuela
rondeña» hace ya muchos años, ni el-<(clasicismo» ha
podido ser nunca escuela en tauromaquia.
Hablar de rondeñismo', de clasicismo', es hablar en
camelo, y camelo tan grande como el de esas célebres
danzas antiguas y también clásicas de las que hay hoy
especialistas. Reconstituir un baile de hace dos mil
añOs por una actitud de bailarina dibujada O' escul-
pida es, por lo menos, tan formidable labor como la
de un Cuvier, y no creo yo que los Cuvieres coreo-
gráficos vayan a porrillo por ahi.
Ríase el lector, se lo ruego, cuando le hablen de
rondeñismos y clasicismos. E l toreo no puede estar
sujeto a escuelas.
Hubo un momento, aquel en que la tauromaquia
de deporte se convirtió en profesión, en el cual pudo
suponerse que las dos tendencias que inmediatamente
se manifestaron habían de transformarse en dos es-
cuelas. Recuerde el aficionado que casi al mismo' tiem-
po que Francisco Romero, auxiliar de caballeros en
las fiestas de toros que por entonces se celebraban,
se convertía en lidiador profesional sobre la base de
las enseñanzas que su secundario papel en el coso le
habían proporcionado, aparecía Manuel Bellón el
Africano con un toreo intuitivo, indisciplinado, en el
que todo era lícito con tal que hubiera g^allardía, ha-
bilidad, gracia, valentía ; toreo que sin duda nació
en el sorteo de reses en el campo y que no se atenía
a reglas y principios.
Para los diestros de Ronda persistía la limitación
que su antiguo' oficio de auxiliadores les imponía,
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Gelves. Pueblo donde nació Gallito.
Rafael, José y Fernando yendo a torear.
Jcselito el Gallo en 1910.
*7
hasta el punto de que, habiendo adoptado para matar
toros la suerte de recibir, res que no- se prestaba a ello
no había manera de estoquearla, siendo^ preciso que
viniera Costillares a discurrir lo que Mahoma pensara
mil años antes, que «cuando la montaña no viene a
nosotros», etc., e INVENTÓ ( !) la estocada a volapié.
Pasadas esas figuras, poco a poco las dos escuelas
se van fundiendo y el arte de torear ensanchándose,
hasta que con Francisco Montes sufre la transforma-
ción completa, y en lo sucesivo no hay ya ni rastros
de las dos tendencias, hasta tal extremo la fusión es
absoluta.
Si hay rondeños, Manuel Domínguez, Bocanegra,
y algún otro se llaman tales, lo son a f o r t i o r i ; falta
de ligereza, de facultades, de elasticidad, de gracia,
les obliga a defenderse con una seriedad que antes,
como ahora, no^ es del gusto de la afición. Esa es la
fija.
Tan fija como hablar de escuelas es una tontería.
Que un torero pare O' se mueva, he dicho antes de
ahora, que sea sobrio o copioso, que se adorne o que
no lo haga, depende únicamente de su temperamen-
to, de sus facultades, de lo m á s o menos «qua le ha-
ya entrado el toreo en la cabeza», y en modo alguno
de la enseñanza recibida, ni mucho menos de la dis-
ciplina impuesta.
En los tiempos en que una y otra enseñanza y dis-
ciplina t r a t á b a s e de inculcar ; en los principios de la
tauromaquia, y cuando eso de las escuelas podía te-
ner algún valor, discípulo tan allegado a Pedro Ro-
mero como su propio hermano Gaspar, porque a ello
le obligaba su temperamento, era «sevillano» en su
modo de torear.
Montes, el gran. Faquir o, que recibió lecciones del
propioi pontífice de la «escuela rondeña», señor Pe-
dro Romero, todo el mundo sabe'que fué no tan sólo
partidario de los lances de adorno, sino que una ver-
- i8 -
dadera notabilidad en los «g-alleos», de los que tenía
un repertorio variado; que en la «verónica» (inven-
ción del sevillano Costillares) era. sobresaliente ; que
ejecutaba con maestría la suerte de «frente por de-
trás» (invención del sevillano' Pepe-Hilto), y la «suer-
te al costado», la casi «gaonera» de hoy ; que salta-
ba con la «garrocha», al «trascuerno», etc. ;»que en-
riquecía la lidia con detalles vistosos, hasta el ex-
tremo de que Teófilo Gautier cuenta en su Viaje por
E s p a ñ a que la tarde que le vió torear en M á l a g a ,
aquella tarde en que se j u g ó precisamente el toro «Pa-
jarito», al que el gran escritor francés llama «Napo-
león», las señoras se dirigían al torero de Chiclana y
le pedían que hiciera por ellas «alguna cosita», y la
«cosita» era hecha galantemente y con general
aplauso.
Francisco Montes, como todos losi grandes lidiado-
res antes y después de él, practicaba la escuela que
él fundó, que no^ diremos que fuese la «chiclanera»,
porque inmediatamente d e t r á s de él, salido^ de su mis-
ma cuadrilla, banderillero suyo predilecto, vino' José
Redondo, que siendo igualmente de Chiclana, y el
Chiclanero de apodo, ya defirió de su maestro en el
modo de torear. ¡ Como que tenía otro temperamento
y otras facultades!
Ciichares, discípulo de la Escuela de tauromaquia
de Sevilla, y que, por k> tanto, recibió las lecciones
de Pedro Romero- también, fué un torero atrabiliario,
que mixtificó todas las suertes, y con gran defensa
para él, lo hacía todo- y en todo lograba entusiasmar
al público.
Sus grandes recursos, su intuición, su vista, su pi-
cardía, no eran ni sevillanos ni rondeños : eran co-
sas suyas, peculiarísimas, y con ellas se fué al otro
mundo.
Con Lagartijo quísose en su tiempo- dar origen a
una cuarta o quinta escuela : la escuela cordobesa.
— ig —
Pero apareció Guerriia, cordobés también y diestro
excepcional igualmente, ¿y cómo afirmar que Gue-
t r i t a fuese el continuador de Lagartijo, al lado del
cual había aprendido1 mucho, sin embargo?
Con muy buen acuerdo, la escuela se convirtió en
«solera cordobesa», y en eso ha quedado, aunque por
el camino que lleva hasta eso va también a desapa-
recer.
Ríase el lector de las escuelas, se lo vuelvo a supli-
car, y cuando ciertos revisteros saquen el metro, el
compás, la escuadra y demás instrumental preciso
para sus críticas, h á g a n m e el favor de decirles que
el espectáculo nuestro no tiene antes ni después.
Los toros son una fiesta cuyo único' fin es divertir
a la concurrencia dándole la sensación de la trage-
dia, inminente siempre y siempre alejada, y cuanto
con m á s guapeza, con m á s gallardía y m á s gracia y
arte esa sensación se dé, tanto mayor es el mérito
del diestro. D e s p u é s de esa sensación ya no queda
nada.
Es decir, sí que queda : quedan las tabarras técni-
co-insidiosas, de que Dios nos libre, y yo te aconsejo
a t i , lector, que te libres, por lo menos, si las leye-
res, no haciéndolas caso'.
Pero, en fin, habíamos dicho antes que todo esto
era simplemente ridículo, y en eso estamos.
Sánchez de Neira, no sabiendo ya qué criticarle al
Guerra, le criticó en una ocasión el que se dejara co-
ger por un toro. ¿ S e dejara?... E l que un toro le co-
giera sin dejarse él. x\
D e s p u é s ha sido un mérito el po'der ostentar muchas
cornadas en el cuerpo, y m á s tardé--lodavía, sobre
eso, sobre las cornadas, se han fundado la nueva «es-
cuela rondeña emocionante», de tanta aceptación en
estos momentos.
Todo es circunstancial en la vida.
De buena o de mala fe, como sea, esa forma de ata>-
— 20 —
car a un diestro, ridicula o pueril, grave o transcen-
dente, está en su punto, puede emplearse si al artis-
ta, y en el ejercicio de su profesión, es lo que se cen-
sura ; y aunque la pasión, la inquina, asome la oreja,
nadie es tan dueño de sus sentimientos que sea capaz
de conducirlos siempre por el camino de la razón
y de la justicia. La ecuanimidad, m á s que una virtud
de real y positiva existencia, es una aspiración hu-
mana ; otro tanto ocurre con la imparcialidad. Por
lo mismo yo ni las exijo en los otros ni las reclamo
en mí : ser sincero es lo único que me preocupa y es
lo único que pediría a los demás.
Pero volvamos al punto de partida, y perdone el
lector esta 'digresión, que, algo m á s fuerte que yo,
me ha hecho colar «inadvertidamente» en estas pági-
nas, cuando hablábamos... ¿ d e qué h a b l á b a m o s ? . . .
Ah, sí, de la competencia entre Joselito y Juan !
El partido bombista se trasladó íntegro a Belmen-
te, y claro que sin él también Juan habría triunfado,
pero por lo menos hay que agradecerle a los antiga-
llistas el que aceleraran ese triunfo y contribuyeran
a una exaltación a prueba de embates, que atraviesa
los años y ni mengua ni se entibia... por lo menos
mientras Joselito ha durado en el toreo, que muchas
de las consideraciones de que ha gozado Juan des-
aparecerán tal vez con la desaparición de Gallito, y
acaso no tarde en presentarse el que sea para él lo
que él ha sido para el o t r o ; que así son de tornadi-
zos los públicos y no es el mérito del artista lo único
que tienen en cuenta para emitir su fallo ; y mucho
menos para los que los llevan y los traen a su antojo,
gracias a la influencia que las circunstancias les dan
sobre ellos, es bastante a evitar e impedir una mudan-
za radical de criterio ese pudor que tantas veces obli-
ga al hombre a seguir sosteniendo' lo que una vez sos-
tuvo y mucho m á s en cuestión de principios, cuando
de un arte o profesión se trata.
— 21
•i Bombita, Belmonte ! ¿Quién me ata esas moscas
por el rabo?
En Belmonte concurrieron todas las circunstancias,
ademásí de la de su arte estupendo, para que las mul-
titudes le acompañasen con su simpatía y con su afec-
to, admirasen sus méritos y fuesen indulgentes con
sus deficiencias.
En primer lugfar Juan ha conquistado los tres en-
torchados, en dos batallas ciertamente, pero ascen-
diendo de soldadoi raso, como por milagro, sin m á s
apoyo que su voluntad de vencer : ni abolengo ni his-
toria torera, posición social la m á s humilde, protec-
ción de nadie, ni arrogancia en la figura, ni gracia
en la persona, casi contrahecho...
Todas estas desventajas desde el momento de su
revelación se trocaron en ventajas inmensas, y de esas
ventajas seguía a ú n disfrutando el gran torero, que
por su origen e improvisación fué considerado en se-
guida por el pueblo comoi un héroe suyo, nacido de
su mismo seno, y por todo lo demás puso en él la ca-
riñosa, la benevolente admiración, que va del torero
al hombre y del hombre al torero, formando a su al-
rededor una leyenda con que lo ampara y lo proteje.
Esa leyenda sabiamente explotada y extendida por
los vocingleros de su fama, añadida al valor positivo
del lidiador que ya he dicho que es enorme, constitu-
yeron el pedestal de una'gloria, muy merecida en ver-
dad, pero no intangible como ha llegado a ser.
En Belmonte hay deficiencias; señalarlas es expo-
nerse a oir que un torero de sus escasas facultades,
haciendo' lo que hace da m á s de lo' que se le puede
exigir.
¿ S o n tan escasas las facultades de Belmonte?
¿ S e pueden torear 109 corridas en un año, en una
temporada, sin una m á s que regular fuerza y agili-
dad de los músculos?
Pero sea cual fuere la contestación, es una verdad
— 22 —
inconcusa que hay algo de sobrenatural en lo que
«Juan le hace al toro», y como tal es deber de todos
agradecérselo ; precisamente todo lo contrario de lo
que con Joselito ocurría. Este, hiciese lo que hicie-
se, y aun en el caso de que superase cuanto han he-
cho iodos los toreros, siempre quedaba en deuda con
la «afición» : un hombre de su saber, de sus faculta-
des, de su dominio, estaba en la obligación de arries-
gar m á s , de matar mejor, de ejecutar, en una palabra,
lo que no se sabe, que haya ejecutado nadie.
Y es que, al revés de Belmente, en Gallito todo lo
que fueron ventajas para él se trocaron en desven-
tajas.
Hijo de torero famoso, hermano de torero famoso,
desde la niñez ya se vió en él un futuro gran torero,
y si asombró su precocidad no tardó en justificarse.
De estatura aventajada, ágil y ligero, todo le ayuda-
ba, y esa prodigalidad que con él habían mostrado
la Naturaleza y las circunstancias, molestó, enojó a
la gente, como enoja y molesta siempre toda falta
de equidad, aun cuando^ ésta provenga del azar; y de
esa falta sufrió las consecuencias el diestro, que tuvo
también su leyenda, una leyenda que no por lo absur-
da le perjudicó menos.
Belmente, hijo del pueblo, impulsado por sus gus-
tos y nuevas aficiones, se va apartando de aquél en el
vestir, en el vivir, en el pensar.
Joselito, torero de nacimiento, como torero vestía,
como torero vivía, como torero pensaba, y el pueblo
lo encontraba en toda ocasión a su lado.
Sin embargo... para Juan eran todos los cariños
de ese pueblo, ni m á s ni menos que porque lo consi-
deraban el m á s débil de losf dos.
Y así hasta que la mueírte ha venido a poner de ma-
nifiesto una verdad, que en vano unos cuantos pre-
tendimos hacer valer en los años de ese periodo bri-
llantísimo de la tauromaquia gracias al arte, al cora-
~ 23 —
zón y al cerebro de un hombre, que en la plaza en
lucha g^allarda con el toro, lo mismo que dominaba
a éste vencía de intrig-as, calumnias, insidias, odios,
vengfanzas, rencores, hasta conseguir que se le pro-
clamase por todo un pueblo el grande entre los gran-
des, el campeón invencible de su fiesta favorita.
Y con estos antecedentes creo que se halle el lector
en posesión de elementos de juicio' bastantes para com-
prender en qué circunstancias y cómo a los diez y sie-
te años se encaramó en el primer puesto Joselito el
Gallo y en él se mantuvo hasta que vino el toro Bai-
lador} si.a derrumbarle materialmente, a elevar su
gloria todavía m á s , hasta hacerla insuperable, ya que
inmarcesible lo era.
ií
Diez días antes de que el toro Bailador acabase con
la vida del m á s portentoso de los lidiadores de reses
bravas, en la habitación que ocupaba éste en el ho-
tel de Oriente, de Barcelona, ante varios amigos se
lamentaba de que aquella m a ñ a n a un asunto enojoso
que lo había entretenido desde su llegada en el ex-
preso hasta las dos de la tarde, le hubese impedido
«ocuparse del toro, durante aquellas horas» ; y yo,
que ocho días antes en Sevilla había tenido ocasión
de comprobar que realmente «el toro» era la ocupa-
ción constante de Joselito, a todas horas y en todo
momento, comprendía el mal humor del gran tore-
ro, al que una afición desmedida, un entusiasmo lo-
CO' por su profesión, unidos a sus condiciones de in-
teligencia y vigor, le habían permitido encaramarse
en el primer puesto en la tauromaquia con pasmosa
facilidad, y con facilidad m á s pasmosa todavía sos-
tenerse en él, a despecho' de las m i l y una maniobra
intentadas para derribarle.
¿ Esa misma afición, ese mismo entusiasmo, no le
han acarreado la muerte?
Se llamó soberbia en Joselito el «Gallo», lo que
era dignidad profesional, y tal concepto tenía de esa
dignidad el torero que dos graves cogidas, la de
Barcelona y Bilbao, y esa tercera que le ha ocasio-
nado la muerte, fueron debidas a un exceso de pun-
donor : las dos primeras, porque después de reali-
zar magníficas faenas, no quiso rehuir la exposi-
ción que había entrando a matar sin ventajas ; la úl-
tima, porque conociendo1 las dificultades que ofrecía
~ 26 —
el toro Bailador, se impuro la obligación de dominar-
las con su saber y su valor, sin buscar alivio de nin-
goin g é n e r o , que por eso él, era él.
Y con estas líneas que anteceden, expuestas que-
dan las, características del diestro que un mozalbete
aún, ya era el maestro de los maestros; afición y
pundonor fueron las bases de su gloria. Y esa afi-
ción y ese pundonor se revelaron en Gallito desde el
primer momento, como si, realmente, la vocación
al toreo fuera en él m á s que una inclinación, un ins-
tinto.
Según el mismo contaba en ocasiones, la primera
vez que toreó, apenas contaría cuatro' años de edad.
Y por cierto que resultó cogido. Tenían en la corra-
lada de su casa de Gelves un becerrete medio bravo
y Manuel Ortega, padre del Almendro y tío de Jo-
selito, cogió a l chavalillo de la mano y lo llevó de-
lante del becerro para ver si le asustaba.
E l chico no se a s u s t ó y es m á s : pidió a su tío que
le soltase y se fué al becerro. Apenas solo, el torete
atropelló al muchacho que se levantó sonriente. ¡ E l
que se asustó fué su tío !
A los ocho años m a t ó el primer becerro, de una
manera magistral, por cierto, en una fiesta torera
que se celebraba en una finca del ganadero don José
Anastasio Martín.
¿ Es posible dudar de que nos hallamos en presen-
cia de un' caso sin precedente en la historia del toreo,
desde el comienzo de su carrera hasta el instante de
su muerte, y por la misma forma de morir?
Yo creo que n o ; yo creo' que Joselito el «Gallo»,
a semejanza de esos rarísimos héroes que de vez en
cuando aparecen en la Humanidad con utfia única
misión y desaparecen así que la han realizado, vino
al mundo a ser torero, lo fué hasta donde el m á s
grande alcanzó a serlo, y sobrepasó la medida ; y
cuando ya no era posible que ascendiese m á s , des-
— 27 —
apareció, y con él la página m á s brillante de los ana
les de la fiesta brava.
***
Pero contraigámonos a nuestra misión de biógra-
fos.
José Miguel Isidro del Sagrado Corazón de Je-
sús Gómez y Ortega, hijo de Fernando Gómez Gar-
cía y de Gabriela Ortega y Feria nació el día 8 de
mayo de 1895 en la casa número 2 de la calle de la
Fuente del pueblo de Gelves, en la provincia de Se-
villa, a las once de la m a ñ a n a , según consta en el
folio 30, del libro 10, del Registro parroquial de la
iglesia de Santa María de Gracia de dicho pueblo,
en cuyo templo fué bautizado siete días después.
Su padre, el torero fino y elegante ; su madre, de
la familia de los famosos banderilleros del segundo
tercio del siglo pasado, Manuel Ortega, Lillo, y .
Francisco Ortega, Cuco ; tío suyo, José Gómez, el
primer Gallo, durante muchos años banderillero de
Rafael Molina y Sánchez, Lagartijo, y fundador de
la dinastía gallística, de la que Joselito era el quinto
vástago ; hermanos suyos, Rafael el genial y Fer-
nando, el notabilísimo' diestro que como banderillero
y matador de novillos tantas veces demostró las ex-
celencias de su arte, ¡ no' se le podía negar a José
sangre torera !
Cuando aun era un mocoso, de él se hablaba ya
como de un niño prodigio, y a sus propios hermanos
Rafael y Fernando les había yo oído contar y no
acabar de lo que el chiquillo hacía y prometía.
Según su propia confesión, desde que nació ya te-
nía afición al toreo.
¿ P o d í a suceder de otra manera?
Como' ha dicho muy bien «Don Pío», «todo estaba
dispuesto para que así fuese. Desde su niñez los «Ga-
28
líos» no han oído hablar de otra cosa que de toros».
Su aprendizaje lo hizo1 jugando al toro con otros
chiquillos de su edad, porque ¿cómo en otros juegos
había de entretenerse Joselito?
«Todas las tardes, al volver del colegio de don Pe-
dro—sigue diciendo «Don Pío»,—el de la calle de la
Feria, y muchos días que hacía novillos, cosa muy
natural en un futuro matador de toros, el señor José
y sus amigos se pasaban horas y horas jugando al
toro en la Alameda de Hércules, en el centro de un
gran corro que formaban los vecinos y transeúntes,
a quienes atraía la buena maña de aquellos arrapie-
zos y singularmente del renacuajillo aquelfi que no ce-
saba de chillar a unos y otros, dando disposiciones y
mandando^ m á s que todos juntos, aunque los otros
eran mayores que él.»
Yendo, antes de entrar a la escuela, al matadero a
aprender a dar la puntilla, asistiendo cuantas veces
podía con sus hermanos a los tentaderos y sin ocu-
parse m á s que de los toros y el toreo constantemente,
a los trece años ya se presentó ante el público vis-
tiendo el traje de luces.
A un municipal llamado Martínez y conocido en Se-
villa por «el de la mujer del saco» porque él descu-
brió' el crimen misterioso de ese nombre, se le ocu-
rrió' formar una «cuadrilla de niños sevillanos», que
en sus comienzos quedó constituida por l i m e ñ o , Jo-
selito, Hipólito^ Pacorro, José Puerta, Pepete, el
sobrino de «Caraancha» y algunos m á s , que fueron los
que en Jerez de la Frontera iniciaron su carrera de
lidiadores el 19 de abril de 1908, cobrando' Joselito en
esa corrida dies reales, que fueron sus honorarios en
otras m á s , hasta la décima.
A contar de esta, Martínez pasó de empresario a
administrador, y la cuadrilla fué contratada en m i l
pesetas para torear una corrida en Lisboa, en la pla-
za de Campo Pequeño, y tras de ese contrato les fir-
— a g -
inaron otros en la misma capital; lueg"0, de regreso
en E s p a ñ a , torearon en Morón, y de éxito en éxito
recorrieron todas las plazas, despertando, especial-
mente José, tal entusiasmo entre los aficionados, que
su fama de gran torero quedó afianzada cuando to-
davía era un adolescente y daba los primeros pasos
en la arriesgada profesión.
En efecto, cuando Jpselito se vió ante un torete por
primera vez, sabía ya todo lo que hasta él se había
sabido en el arte que iba a cultivar.
Mucho, muchísimo le valía para ello el haber na-
cido y crecido en el ambiente en que lo hizo; pero
h a b r á que convenir también en que no era el único
hijo y hermano de toreros, ni sólo él el que en su in-
fancia había oído hablar de toros, de lauros, de triun-
fos, y desde su niñez sintiese en su alma el deseo de
verse aclamado, mimado y admirado de las muche-
dumbres. Son muchos los que en ese caso suyo se han
encontrado, y ninguno, como no sean sus propios
hermanos, el que desde su presentación sorprendiera
al aficionado, no por una gracia especial, ni por una
facilidad para determinada suerte, que si es la de ma-
tar nada tiene de sorprendente la cosa, y aun tratán-
dose de otros lances, no mucho, porque en aquélla
todo lo hace la decisión y en éstos el mimetismo toma
a veces caracteres de aptitud ; no por eso, sino por ese
conocimiento- perfecto de las condiciones del toro, de
los terrenos, de las querencias, por su arte de domi-
nio, que en José nacía de una intuición sin preceden-
tes en la tauromaquia.
Hasta 1911 inclusive, la cuadrilla se las entendió
con becerros erales, y como para el a ñ o siguiente pen-
sara ya Gallito dedicarse a lidiar utreros, el 24 de oc-
tubre del mentado 1911, en presencia de varios ami-
gos y aficionados, m a t ó en Sevilla un novillo cuatre-
ño de Moreno Santa María, Avellanito de nombre.
— S o -
por vía de ensayo, y la prueba no pudo resultar m á s
satisfactoria.
Hasta ese día, y dejamos a un lado las corridas en
que actuó en 1908, tomó parte en 1909 en nueve fun-
ciones, 39 en 1910 y 30 e n < i 9 i i .
E l 17 de marzo de 1912 hizo su presentación en
Barcelona con Limeño. Se jugaban aquella tarde re-
ses de Campos Várela ; también en Barcelona toreó
por primera vez ganado de Miura el 26 de mayo, y, por
cierto, en la muerte de uno de los novillos alcanzó un
señalado triunfo.
El 13 de junios se presentó en Madrid, donde su her-
mano Rafael hasta entonces no le había dejado to-
rear. Fueron las reses de don Eduardo Olea (antes
Villamarta), y la impresión que produjo el niño pro-
digio no pudo' ser mejor ; pero, como en Barcelona, su
triunfo' grande consiguió con un novilloi de Miura
el 4 de agosto. «Irlandero», que así se llamaba el toro,
fué el primero que m a t ó Joselito recibiendo. Aquella
tarde salió de la plaza de la Corte en hombros.
E l juicio que mereció a «D. Modesto» el día de su
presentación en Madrid, está expresada en estas fra-
ses :
« Joselito.
« ¿ P o r qué vamos a llamar Gallito Chico a este enor-
me torerazo? ¿Chico? N o lo es de estatura. N o lo es
de sabiduría. N o lo es de corazón. N i de gracia ni de
salsa torera.
^Gallito Chico, no.
«Joselito. Y apriétense ustedes—me dirijo a todos
los señores que peinan coleta—las respectivas tale-
guillas, porque este niño viene arreando' de verdad.»
En Sevilla hizo su presentación el 23 de-junio, con
novillos de Moreno S a n t a ' M a r í a , y al día siguiente
en la misma plaza hubo de matar cinco de Agüera
(hoy D . A . Flores) por haber sido lesionado: Lime-
ño, y lo hizo de tal modo que entusiasmó a aquel in-
— 3* —
teligente público. También en Sevilla y por no poder
hacerlo el propio Limeño, despachó el 14 de ag-osto
seis novillos, uno de cada una de las g-anaderías de
Benjumea, Miura, Murube, P a r l a d é , Santa Coloma y
Tovar. Esta es la vez primera que Gallito realizó tal
hazaña, que después ha repetido con frecuencia. ,
L a última corrida como novillero la toreó' el i.0 de
septiembre en Bilbao, o mejor dicho, no la toreó, pues
al salir el primer toro de Gama, le cogió al saltar la
barrera y le infirió una herida en la pierna izquierda,
que le tuvo inactivo hasta el 28 del mismo mes, en
que tomó la alternativa en Sevilla.
La ceremonia estaba anunciada para el dia 15 en
Madrid, y Limeño había de recibir el espaldarazo jun-
tamente con é l ; pero la cogida de que se ha hecho
mención hizo preciso aplazar la fecha, que quedó se-
ñalada para el 27 ; mas ese día llovió en la Corte y
al siguiente en Sevilla fué donde alternó' como mata-
dor de toros.
Su hermano Rafael le cedió el toro Caballero, de
Moreno' S a n t a m a r í a , negro, cornicorto y terciadillo.
Para matarlo empleó después de una buena faena de
muleta, un pinchazo a volapié, otro recibiendo y me^
dia estocada caída. A l sexto, llamado Manzanita] be-
rrendo' en negro, lo despachó- de una estocada delan-
tera y caída.
Con los dos hermanos alternó en esa fiesta Antonio
Pazos.
El i.0 de octubre confirmó la alternativa en Madrid.
En ese día se la dió Vicente Pastor a Manuel Martín
Vázquez, y Rafael el Gallo le cedió a José el toro se-
gundo, del duque de Veragua, Ciervo de nombre, ja-
bonero, meleno, al que tumbó de una estocada per-
pendicular, caída y trasera, tras una faena breve de
muleta.
Desde que se presentó ante los públicos el nombre
— 32 —
de Joselito se hizo popularísimo. «Don Pío» le llamó
Joselito Maravilla y «Dulzuras» Joselito el Sabio.
F u é el diestro de moda ; entró en las filas de los
matadores de toros siendo capitán gfeneral, y al ter-
minar la temporada de 1913, primera de José como
matador de toros, pudo escribir, y fué un gran acier-
to, el querido amigo y compañero «Dulzuras» en su
libro Toros y Toreros :
«Aun no había tomado la borla de doctor y tuve el
atrevimiento de vaticinar acerca de este genial e in-
comprensible torero, diciendo que creía ver en él a uno
de esos que salen cada treinta años, y después de lo
que ha hecho en 1913 me afirmo en que, si no tiene
una desgracia, o sufre una total metamórfosis, el hijo
menor de Fernando Gómez va a ser el gran torero de
estos tiempos ; el número uno ; el hombre excepcio-
nal, al que van a afluir los locos entusiasmos de unos
y los grandes odios de otros; el que será m á s discu-
tido ; el que nos h a r á ver muchas tardes mayores de-
rroches de arte, valor y dominio de la profesión ; el
que en no pocas ocasiones nos tirará el pego y hará
menos de lo que pueda y deba ; el que será árbitro de
empresas y ganaderos ; el que se impondrá ante todos
y sobre todos y dará lugar a terribles discusiones, y
el que, en fin, está en condiciones de hacerse millo-
nario en cuatro días.»
Mentadas las corridas en que como becerrista tomó
parte, en ese año de 1912 como novillero actuó en
45 fiestas de toros y perdió por la cogida de Bilbao 9,
lo que hace un total de 54 contratos, número no al-
canzadO' hasta entonces por ningún novillero.
De matador de toros hasta esta temporada que
fatalmente ha venido' a truncar, con SM vida, el toro
de Talavera, llevaba Joselito el Gallo toreadas las si-
guientes corridas :
Rafael y José besándose después de darle la alternativa
el primero en Sevilla.
Joselito con su madre, la señora Gabriela, en el patio de
su casa.
m m
i
Gallito con e¡ señor Ucelayeta y otros amigos en Tolosa.
Joselito con su madre, hermanos y la hija de Fernando
en su casa de Sevilla.
Joselito padrino de una boda popular,
Joselito en el hotel de Oriente, de Barcelona, convales-
ciente de la cogida que le ocasionó el toro Caletero.
Joselito con el marqués de Urquijo, don Juan Antonio
Jacobo, Ignacio Sánchez Mejías y otros amigos en el cor-
tijo de doña Carmen de Federico.
— 33
Toros
Años Corridas estoqueados
1912 14 36
1913 80 188
1914 75 171
1915 102 241
1916 1C4 248
1917 103 233
1918 80 168
1919 89 204
1920 20 41
Totales. 667 1.533
El número de corridas que a causa de cogidas, en-
fermedades, lluvia, etc., dejó de torear, se estima
en 103.
No' ha toreado ninguna en Francia, y en América
estuvo' por primera y única vez este invierno, con-
tratado por la plaza de Lima por nueve corridas y
un beneficio, que no van incluidos en el cuadro pre-
cedente, cobrando por cada una de aquéllas la suma
de 35,000 pesetas, alcanzando un éxito clamoroso,
no obstante la hostilidad con que una parte del pú-
blicoi le recibió.
En esas diez corridas, estoqueó Joselitp 28 to-ros.
— 34 —
N o se citan los que ha matado en becerradas; pero
quiero dejar consignado que a su paso per Montevi-
deo y para complacer a unos aficionados entusiastas,-
estoqueó un novillo.
III
Para acabar con la parte biográfica y ya que el es-
pacio escasea, haremos un resumen de los hechos
m á s salientes que en la vida torera de Joselito hay.
Dejando' a un lado las fechas de su presentación en
Madrid, alternativa en Sevilla y confirmación en la
Corte, que ya están consignadas, empezaremos por
apuntar la de su primer triunfo ruidosoi en esa misma
plaza.
F u é en la tarde del 5 de junio de 1913, en la que se
jugaban reses del m a r q u é s del Saltillo (hoy de don
Félix Moreno), que habían de estoquear Rafael el
Gallo, Manolo Bomba y el Gallito.
L o que hizo éste l o relató asi el infortunado Dulzu-
ras, tan escrupuloso', ecuánime e imparcial
«Al toro 3.0, llamado Jimenito, después que lo había
toreado bien de capa para fijarlo» y que había hecho en
el primer tercio^ algunos lucidos quites, le clavó al
quiebro, en los medios, tres pares y medio, juntos los
siete palos, dando para ello' cuatro quiebros, por el
lado derecho los cuatro, y ganando una de las mayo-
res ovaciones que pueden presenciarse.
»Con la muleta hizo una soberana faena, de las que
quedan archivadas, por el arte, reposo, acierto, vis-
tosidad y ciencia taurómaca. Ejecutó con el estoque
tres veces la suerte de recibir, en la que dió dos pin-
chazos en lo' alto' y una superior estocada hasta la
mano1.
wNo hay que decir que la ovación fué estupenda y
de las m á s justas que se han escuchado.
«Le concedieron la oreja y se estuvo hablando de
esta faena toda la temporada.»
- 3 6 -
La oreja del toro Jimenito fué la primera que José
cortó1 en Madrid. Antes que él, únicamente habían
conseg-uido' ese lauro José Lara, Chicorro, hacía m á s
de treinta años, y en los tiempos modernos Vicente
Pastor en dos ocasiones, Machaquito, Bombita y Ra-
fael el Gallo.
E l 20 de julio, toreando con su hermano en Barce-
lona, hizo una gran faena a un toro de Benjumea, al
que mató de una estocada recibiendo, que se le pre-
mió con formidable ovación.
El 17 de agosto' en San Sebastián mató' muy bien un
toro' del Saltillo', saliendo achuchado, con la camisa
rota por la pechera y abollada una medalla de oro de
la Virgen de la Esperanza que llevaba José colgada
del cuello.
A l sexto toro de esa tarde le citó dos veces a reci-
bir y dió un pinchazo' en esa suerte.
El 21 en Antequera mató' a un toro de Guadalest de
un pinchazo y una estocada en la suerte de recibir.
El 14 de octubre, en Zaragoza, hubo de entendér-
selas por primera vez como matador de toros con seis
del duque de Veragua, por haber sido lesionado'Ro-
dolfo Gaona, que era su compañero. Despachó toda
la corrida, buena moza y g-orda, obteniendo señalado'
triunfo, que se reprodujo- al día siguiente por la lucida
faena que empleó con un toro de Miura que pesó en
canal 401 kilogramos.
Otra gran tarde, de las mejores de su vida, fué la
del 19 del mismo' mes, en la que tomói parte en la co-
rrida en que Ricardo Torres> Bombita, se despedía
de la afición madrileña.
El menor de los Gallo consiguió' compartir con Ri-
cardo todos los honores ; como él, salió de la plaza en
hombros de los entusiastas y los que vitorearon al que
tan dig'namente se marchaba, con igual ardor vitorea-
ron al que acababa de llegar. Esa tarde cortó la se-
gunda oreja.
— 37 —
E l 26 de octubre terminó su temporada de 1913, ma^
tando siete toros del m a r q u é s de Guadalest en Va-
lencia, a los seis primeros de otras tantas estocadas y
un pinchazo. A l séptimo lo pinchó tres veces.
En 1914 se destacan las siguiente fechas :
El 20 de abril, en Sevilla, hizo con el toro Almen-
dritOj del conde de Santa Coloma, esto' nada m á s :
L o toreó de capa admirablemente ; quebró cinco1 ve-
ces en banderillas, clavando cuatro pares soberbios ;
con la muleta hizo^ una faena portentosa, por lo ar-
tística y valiente, y después de un pinchazo recibien-
do, consiguió una estocada en la misma suerte.
El 2 de mayo, en Madrid, con un toro de don Juan
Contreras, Azuqueco de nombre, llevó a cabo José
otra de sus hermosas faenas de muleta, de tanto domi-
nio como arte y vistosidad. Citó por dos veces a reci-
bir (¿va anotando el lector las que este diestro ha in-
tentado' O' consumado la suerte suprema de matar to-
ros?), y como' el toro no se arrancara, a volapié aga-
rró una soberana estocada. A petición del público le
fué concedida a Gallito la oreja de Azuqueco, y van
tres.
El 14 del mismo mes m a t ó un toro de los herederos
de don Vicente Martínez, en la plaza de Madrid
también, de una estocada desprendida recibiendo, des-
pués de haberle puesto dos pares al quiebro, o t m de
frente y derrochar guapeza, arte y sabiduría con la
muleta.
El 7 de junio cortó la cuarta oreja en Madrid por la
mag'na faena que realizói en los tres tercios de la lidia
del toro Caramelo, de don Juan Contreras, al que ma-
t ó de un pinchazo' muy bueno^ y una soberbia esto-
cada marcando los tiempos del volapié.
Había brindado la muerte de Caramelo a la niña Ju-
lita Borrás, hija de los condes de Creixell, que ocu-
paba con su padre una barrera.
El 3 de julio despachó^ en esa misma plaza siete to-
- 38 -
ros de los herederos de don Vicente Martínez, y des-
pués de haber hechoi cosas inverosímiles con ellos y
conseguir que le fueran otorgadas las orejas de los
jugados en cuarto y sexto lugares, Coralino' y Pre-
sumido, durante la lidia de éste se quedó en la plaza
sin m á s auxiliar en ella que Blanquet, el excelente
peón valenciano, realizando de ese modo el alarde
mayor que torero alguno' ha realizado.
Por lo que Joselito el Gallo realizói en esta corrida,
el ingenioso y admirable Pepe Loma, «Don Modesto»,
le c o n s a g r ó Papa en una revista que termina así :
«La gente no se quería ir. Aún le habían sabido a
poco las seis faenas. Y pidió un séptimo toro, y Jose-
lito accedió a lidiarle, a banderillearle y a matarle.
Y no le picó porque hubiera perdido^ tiempo en ceñir-
se la mona de hierro, que, si no, pica también. ¡ Q u é
no sabrá esta criaturita ! ¡ Siete toros, dos orejas y
la mar con barcos y peces de colores ! A l caer, a gol-
pe de puntilla, el séptimo toro, la multitud se lanzó al
ruedo y, quiera que no, llevó' sobre los hombros a este
torerazo de los veinte años no cumplidos, y en andas
hasta la calle de Alcalá.
MEI triunfo de Joselito ha sido enorme, colosal...,
pero a mí no me ha cogido de susto.
«Esta hazaña, hoy, no la puede realizar m á s que
este torero. Y la realizará siempre que quiera y con los
toros que quieran darle. ¿ M i u r a ? ¿ P a l h a ? ¿ C o r u c h e ?
Los que sean. ¡ Para lo que iban a durar ! Joáelito lle-
va dentro dos o tres Guerritas empalmados, y, como
corona del ramillete, al gran Lagartijo.
«El tiempo y yo contra el mundo.
»¿ Resumen?
»¡ Joselito I , Papa-Rey !
»A 3 de julio' del año 1914.—Firmado y rubricado,
»DOÍZ Modesten
— 39 ~
El 5-, dos días después, en la que fué plaza el Sport
de Barcelona, un toro de Pérez de la Concha, Cale-
tero, y no Aceituno tomo al principioi se dijo, al que
había toreado' admirablemente por verónicas, banderi-
lleado al quiebro y al cuarteo como no es posible me-
jor y hecho una valentísima y meritísima faena de mu-
leta, lo cogió al entrarle a matar, y si bien Caletero
murió en seguida de una gran estocada, las lesiones
de Joselito fueron importantes.
El 19 de agosto, en Bilbao, a un toro de Murube, al
que había toreado de capa admirablemente, le puso
cuatro pares al quiebro colosales, lo muleteó superior-
mente, le dió un pinchazo recibiendo y lo remató de
un gran volapié, pero quedó prendido por el pecho.
E l toro que le infirió esa cornada se llamaba Gua-
rreto.
Y hablando de este toro, a José le he oído dee'r
que estaba seguro de que si le entraba a matar bien
no lo dejaría pasar, pero no quiso evitarlo porque
lo había toreado' muy a su gusto y le molestaba estro-
pear la faena, entrando con ventaja a herir.
Por este y el anterior percance estuvo' 61 días apar-
tado de los circos.
E l 18 de octubre acabó la temporada, como el a ñ o
anterior, matando él solo una corrida de toros en Va-
lencia. Esta vez fueron seis de Contreras los que des-
pachó, y si como torero rayó a la altura de siempre,
como matador baste decir que cortó tres orejas.
Pasemos al año 1915 :
E l 28 de febrero toreó por primera vez con Belmon-
te, al que ya señalaba la afición como rival suyo. Ocu-
rrió el hecho en M á l a g a y fueron los toros de Murube,
hoy de doña Carmen de Federico. N o pasaron gran-
des cosas.
E l 14 de marzo, en Castellón de la Plana, estuvo
admirable, colosal, en dos toros de don Vicente Mar-
— 4o —
tínez en los tres tercios. A l sexto lo' matói de un pin-
chazo recibiendo^ y una estocada a volapié.
E l 8 de mayo, en Madrid, estuvo muy bien en dos
toros de Contreras, y de ellos al sexto' le dicv dos pin-
chazos recibiendo y lo remató a volapié.
E l 15 de mayo cortó en la Corte la séptima oreja,
del séptimo toro de la tarde, del marqués del Saltillo.
El 29 de junio, en Valencia, con el toro Platero, de
Moreno^ Santamaría, tuvo el único fracaso' de su vida
torera, pues oyó' los dos avisos, por las dificultades
que el morlaco ofrecía para dejar que le metieran
mano, pues se tapaba y ponía por delante en todas las
acometidas,
A l propio^ José le he oído decir que no era el toro
realmente difícil por su sentido y malas intenciones,
sinoi por manso y cobarde.
El toro¡ m á s difícil que Joselito decía haber esto-
queado- fué uno en Vallado-lid, viene otro de Saltillo
en Sevilla y signe a éste otro- en L a Línea. ¡ Y cómo
serían, para que le resultasen a él difíciles !
Durante la feria se desquitó en la ciudad del Cid,
y muy especialmente en la tarde del 27 de julio, que
en la corrida de Miura estuvo asombrosoi, lo mismo
toreando que matando.
El 24 de agosto^ mató seis toros en Almagro, y en
todos ellos logró gran lucimiento.
. E l 6 de septiembre en Málaga, matando un toro de
don Vicente Martínez, oyó un aviso.
El 29, en Sevilla, con toros de Miura, su triunfo fué
completo y mayor al día siguiente, en que despachó
seis reses del conde de Santa Coloma, entre grandes
ovaciones, que llegaron al delirio por la faena que rea-
lizó con el quinto. Cantinero, al que toreó magistral-
mente, completamente solo en el ruedo, y lo mató
de una gran estocada. Le fué concedida a José la ore-
ja de Cantinero y ésta es la primera que se cortó en
la plaza de Sevilla.
— 4r —
La impresión que a « D . Criterio» produjo lo hecho
por Joselito el Gallo con los miureños el 28, queda
expresada con estas palabras : «Mas valentía, m á s
conocimientos y m á s dominio, imposible. ¡ Un asom-
bro !»
E l 15 de octubre, en Zaragoza, tercera corrida del
Pilar, toreó superiormente sus dos toros, que perte-
necían a don M a t í a s Sánchez Cobaleda, antes del con-
de de Trespalacios. Del primero cortó las dos orejas
y recibió enorme ovación, A l cuarto, después de una
faena estupenda, parte de ella con una chaqueta, le
dió una estocada, y al descabellarlo tuvo la desgracia
de que el toro en un derrote hiciera saltar el estoque,
que fué a herir a un espectador, muy amigo del dies-
tro precisamente, don Manuel Arellano, por cuya ra-
zón Joselito no1 salió a recibir la ovación que por su
labor le dieron.
De lo realizado por José en este toro1, da idea lo que
al siguiente día escribió «Juan Palomo» en el Heral-
do de Aragón :
«Un amigo que está en el palco, al terminar la fae-
na de JóselitOi en el cuarto toro, me entrega un pape-
lito que dice :
«Amigo Palomo : Ese Gallo sabe m á s que el de Só-
crates ; dará m á s que hablar que el de la Pasión ; está
m á s alto que el de la torre de la Magdalena. Es Ala-
dino, el de la lámpara maravillosa, el gran taumatur-
go'. Aquella faena, del toro cuarto, aquellos pares de
banderillas, aquellos pases arrodillado y agarrado a
los cuernos por la misma cepa, todo es de la propiedad
exclusiva de ese gran taumaturgo^ del toreo.
)>Eso no lo ha hecho nadie, | nadie !, en la plaza de
Zaragoza.»
T e r m i n ó la temporada de 1915 matando el 17 de
octubre seis toros de don Eduardo Miura en Valencia,
con excelente éxito, y uno de Veragua en Madrid
el 23, en el beneficio de Cayetano Leal, Pepehillo.
— 42 —
En 1916 :
E l 13 de abril, en Madrid, le dió la alternativa a
Florentino Ballesteros.
E l 12 de mayo, en la Corte también, cortó la octava
oreja por la brillante faena que ejecutó con un toro
de Murube.
El 31 de mayo oyó en Madrid dos avisos descabe-
llando a un toro de don V . Martínez.
El 28 de julio, en Valencia, ejecutó una faena imbo-
rrable con un toro huido y mansurrón de M i m a , y en
los tres tercios no cesó de aplaudir lá gente, que aca-
bó por aclamarlo.
El g de agosto m a t ó seis toros de Murube en V i -
toria.
E l 23, en Bilbao, con dos toros grandes y difíciles
de Miura, tuvo' una de sus m á s grandes tardes, por lo
que llevó a cabo1 con capa, muleta y estoque.
E l 6 de septiembre m a t ó en Almería seis toros del
m a r q u é s de Guadalest, en una hora y treinta y cinco
minutos, entre grandes ovaciones.
E l IT repitió la h a z a ñ a en Salamanca, donde des-
pachó' cinco toros del m a r q u é s del Saltillo (hoy de don
Félix Moreno) y uno de don Amador1 García, de Teja-
dillo.
Al siguiente día, en la misma plaza, con un toro de
Miura realizó portentosas faenas en los tres tercios.
El 29, segunda corrida de feria de Sevilla, cortó ía
oreja de un toro de Nandín, y es la segunda oreja se-
villana.
El 8 de octubre, en Madrid, cortó la oreja de un
toro de P a r l a d é , y es la que hace nueve de esa serie.
En el qui-nto de esa corrida, fué tan soberbia, tan
colosal la labor del gran torero, que el público exigió
que se le concedieran las dos orejas del Parladé, pri-
mera vez que esto ha ocurrido en la Corte.
Y van once.
E l 18 m a t ó seis toros de don Juan Contreras y uno
— 43 —
de don José Bueno, en Zaragoza, y otros siete el 24,
en Bilbao, de don Vicente Martínez.
Año 1917 :
El 19 de marzo realiza Joselito en la Monumental
de Barcelona una de sus m á s grandiosas faenas con
un toro del Saltillo, llamado ((Mesonero», quinto de
la tarde.
E l 29 de abril mata seis toros de Salas (hoy de Ga-
llardo), en Granada.
E l 30 de mayo-, corrida a beneficioi de la prensa, cor-
tó en Madrid la duodécima oreja, perteneciente a un
toro de don Felipe de Pablo Romero, jugado en ter-
cer lug-ar, llamado' Rayadito.
El 3 de junio' matói en la Monumental de Barcelona
seist oros dei m a r q u é s de Albaserrada (hoy de con
José Bueno) y uno de don A. Pérez.
E l 24, en Sevilla, estoqueó-seis de Murube (hoy de
doña Carmen de Federico) y cortó cuatro orejas.
El 12 de septiembre, en Salamanca, le dió la alter-
nativa de matador al extremeño1 Ang-el Fernández,
Angelete, y el 16, en Madrid, a Félix Merino.
El 24 de septiembre un toro de Gamero Cívico^ (don
Luis), en Barcelona, le causó una herida en el labio
y un varetazo en el pecho.
E l 21 de octubre mata seis toros de Veragua en Má-
laga-.
Añoi 1918 :
E l 21 de marzo le dió la alternativa en Madrid a
José Flores González, Cámara.
E l día 16 de mayo, en Madrid, hizo1 tan enorme fae-
na con un toro de Gamero1 Cívico, jugado^ en quinto
lug-ar, que le h a ^ í a cogido1 al rematar un quite, que le
fué concedida la oreja, y ya estamos en la que hace
trece.
E l 19 de mayo, en Zaragoza, un toro de Santa Co-
loma le produjo la fractura del metacarpo de la mano
derecha.
— 44 —
El 11 de agosto' le dió la alternativa en San, Sebas-
tián a Francisco- Díaz, Pacorro.
El 25 de septiembre confiere la alternativa en Ma-
drid a Manuel V a r é , Varelito,, y a Domingo^ González,
Dominguin.
E l 10 de octubre, en la corrida que su liermanoi Ra-
fael se despidió del público madrileño, con el cuarto
toro, del m a r q u é s de Guadalest, realizó José una de
las m á s hermosas faenas que en la Corte ha ejecutado
y por lo- completa y grandiosa se le concedieron las
dos orejas del animal, y van quince cortadas en Ma-
drid.
Año 1919 :
El 16 de marzo, en la plaza Monumental de Barce*
lona, le da la alternativa a su cuñado- Ignacio- Sán-
chez Megías, en la primera corrida que toreó- después
de la muerte de su madre, por lo qtTe salió vestido de
riguroso luto.
El 19 repitió en la misma plaza, con un toro de
Benjumea, las proezas realizadas dos años antes con
otro del Saltillo.
El 21 de abril, en Sevilla, hace una enorme faena
que le vale la oreja de un Guadalest, jugado en ter-
cer lugar en la Maestranza, y por ser superior a aquél
el trabajo realizado, en el quinto cortó- las dos orejas
y el rabo.
E l 27 del mismo mes y en la misma plaza, corta la
oreja de un toro de la marquesa viuda de T a m a r ó n
jugado- en primer lugar y las dos del del cuarto, de
igual ganadería.
A l día siguiente corta también las dos orejas de un
toro de Pablo Romero, en la propia plaza, por su her-
mosa faena de muleta especialmente.
El 29 se le conceden una oreja del primero y las dos
del cuarto-, ambos toros de Murube.
El 30 las dos orejas y el rabo del toro de Darnaude
(antes Gregoricn Campos), jugado en quinto lugar.
— 45 —
Tales fueron sus éxitO'S en la feria sevillana del pa-
sado año.
E l i.0 de mayo en Madrid sufre una cogida durante
una magnífica faena a un t o m de Benjumea, substi-
tuto1, llamado Vizcaíno, que le infirió una cornada de
diez centímetros de profundidad en la parte superior
posterior del muslo1 izquierdo, y debido a ese percan-
ce no vuelve a torear hasta el 8 de junio en Alg-eciras,
y tanto en ese día como' en los dos siguientes de feria,
fué premiado su trabajo con grandes ovaciones y va
rias orejas.
El 13 se presentó en Madrid en la corrida de benefi-
cencia, y su arte, afición y valentía entusiasmó a los
madrileños, y por la labor realizada con el toro quin-
to de Contreras, fogueado' por buey, se le hizo una
ovación imponente, con petición de oreja.
E l 17, en la misma plaza, a otro toro fogueado,
también de Contreras, lo toreó' admirablemente de
muleta y lo m a t ó de una buena estocada. La ovación
fué grande y hubo petición de oreja.
Pero' ésta no la cortó en dicha plaza hasta el 6 de
julios en la corrida de despedida de Cocherito, por la
inmensa faena realizada con el t o m segundo, de la
viuda de Salas. Y esta oreja hace la 16 de las ganadas
en Madrid, donde tiene aquel público' el prurito de no
concederlas.
E l 17 de septiembre le dió la alternativa en Oviedo
al novillero portorriqueño Ernesto Pastor.
El 28, en Sevilla, plaza Monumental, se la confirió
a Juan Luis de la Rosa.
Acabada la temporada dirigióse al Perú, donde en
diciembre comenzó' a cumplir el contrato' de que antes
se ha hablado' y el éxito alcanzado en la lejana repú-
blica hispanoamericana superó los augurios m á s op-
timistas.
El 19 de marzo del corriente año, día de su santo
precisamente, desembarcó en Cádiz, donde el recibí-
- 46 -
miento que se le hizo no pudo ser m á s cariñosísimo,
y he aquí la campaña realizada por José en 1920 :
E l día 4 de abril, Pascua de Resurrección, comen-
zó la temporada en la plaza de la Maestranza, con
toros de Nandín.
E l día 5 se presentó en Madrid, y por la brillantí-
sima faena realizada con uno de los toros de don V i -
cente Martínez, se le concedió la oreja, y son 17 ron
ésta las cortadas en la capital de la nackSn.
En esa corrida confirmó la alternativa en Madrid
a Ignacio Sánchez Mejías.
El 6 toreó en Murcia, y con un toro fogueado del
Saltillo realizó una monumental faena.
El 22, en Sevilla, con el primer toro del m a r q u é s
de Guadalest, estuvo tan valiente, que de pie presen-
ció el público la faena de muleta comenzada con un
pase de rodillas, en condiciones de una desventaja
enorme para el diestro, y rematada con una buena es-
tocada, que le Valió clamorosa ovación y petición de
oreja.
A l día siguiente, a un toro grande, con poder y ner-
vio de Miura, bronco^ y que quería coger, lo redujo
al cuarto pase, a g u a n t á n d o l o y parándole hasta domi-
narlo, y de rodillas en seguida y a g a r r á n d o s e a los
pitones, enloqueció al públicoi con una faena tan va-
liente como sabia. Mató en tablas a este miura muy
bien y se repitió la ovación y petición de oreja.
A l octavo de esa tarde le puso dos pares asombro-
sos de banderillas al quiebro, apoyada la espalda con-
tra la barrera, como al decir de los aficionados m á s
viejos nadie había intentado hasta entonces.
, E l 22, en Sevilla, también toreando con Belmente
ganado-de don Luis Gamcm Cívico, cortó' la oreja del
tercer toro, un buen mozo, con 340 kilos, con el que
hizo brillantísima labor con la franela y m a t ó muy
bien.
El 6 de mayo, en Barcelpnaj a los toros tercero y
— 47 —
quinto del conde de Santa Coloma, los toreó de capa,
los banderilleó', los toreó de muleta, todo, soberbia-
mente, y los mató de una estocada alta a cada uno,
lo que le valió las dos orejas y el rabo de sus contrin-
cantes.
En Madrid, el 15, por ser el ganado débil de remos,
el público a r m ó una gran bronca, y estando Gallito
toreando de muleta al cuarto toro, le tiraron un almo-
hadillazo, por lo que hizo que retirasen aquel bicho
y saliese otro.
A l día siguiente, en Talavera de la Reina, el toro
Bailador, número 7, de la viuda de Ortega, lidiado
en quinto lugar, al prepararse José para un pase, le
cogió, volteó y derribó, infiriéndole en el suelo tan
grave cornada en el vientre, que a los pocos minutos
el m á s famoso y grande de los toreros había dejado
de existir.
De todo este resumen resulta que en Madrid lleva-
ba ganadas diez y siete orejas y treinta y nueve en
Sevilla.
En Lima, de donde en un principio noticias tan
contradictorias circularon, hagamos constar que de
los 28 toros que estoqueó cortó 15 orejas y cuatro ra-
bos.
También, ya que de Lima hablamos^ dejaremos
consignado que en aquella plaza le dió la alternativa
al diestro del país apodado Cachucha.
Y ya que en estadísticas estamos, bueno será re-
cordar que Joselito llevaba estoqueados, en los siete
años de alternativa, 91 "toros de Miura, en tanto que
Guerrita estoqueó en doce años 139 y Bombita, en ca-
torce, 120.
En ese mismoi período de a ñ o s ha estoqueado: 53
de don Felipe Pablo- Romero ; 17 de don José Perei-
ra Palha Bramo, los dos primeros alternando' con
Machá-quito y su hermano' Rafael, en una corrida que
metió' mucho ruido, celebrada el 1 de junio de 1913,
- 48 -
en la que los tres matadores obtuvieron un gran
triunfo.
En 1916 quiso matar 6 en Valencia, y este año' te-
nía igual propósito a beneficio de la Asociación de
Toreros.
Las corridas en que él solo ha estoqueado' seis o
m á s toros, han sido veinte.
Se ha hecho ya mención de algunas de las cogidas
que ha sufrido Gallito, pasando^ en silencio las de es-
casa importancia, pues José, como' todos los toreros
que se arriman, y este «gran ventajista» se arrimaba
como el primero, por mucho que sea su arte y su sa-
ber, se hallan expuestos a los percances que son in-
herentes a una fiesta en que tanto' es el riesgo ; no hay
que repetir, pues, ahora la enumeración de esas co-
gidas.
Para terminar este capítulo, apuntemos las plazas
que ha estrenado desde que tomó la alternativa el to-
rero de Gelves, que son : las de L o g r o ñ o , Barcelona
(Monumental), Albacete y Sevilla (Monumental).
i
Joselito con el empresario de Lima señor Botto y don
José María Pinillo, en su casa de Sevilla.
Toreando de muleta sentado en el estribo.
Un gran pase natural de los de su marca.
Rematando un quite.
Joselito toreando al toro Mesonero en la Monumental
de Barcelona.
Gallito entregando a Vicente Pastor, antecesor suyo en la
presidencia de la Asociación de Toreros, un pergamino
como recuerdo.
Alardes de información : Gallito toreando en Talayera
en la plaza que existía antes de nacer él.
Plaza actual de Talayera y lugar + donde fué cogido.
IV
Y abordemos ahora el penosísimo capitulo de la
muerte del magrK> artista.
Para su confección, para la confección de este ca-
pítulo, perdone el lector que me valga de los relatos
de prensa, hecha la depuración conveniente y escogi-
dos los informadores del luctuoso acontecimiento en-
tre los de m á s prestigio.
Cómo se organizó ia corrida de Talayera
Habla «Corrocliaco»
El hijo' mayor de la ganadera señora viuda de Or-
tega a r r e n d ó la plaza para lidiar sus toros y vino
a Madrid a contratar a Sánchez Mejías, a quien úni-
camente tenía deseo' de contratar. Contratado éste, y
como la plaza es pequeña y no tiene defensa para la
Empresa, se pensó, en dos toreros de poco' precio.
Yo entonces les recomendé a Larita, como torero ba-
rato y al mismo tiempo' valiente y de ameno y variado
repertorio. Me parecía indicadísimo para Talavera.
E l señor Olmedo, apoderado de Larita, enterado de
mi recomendación, me escribió dándome las gracias
y enviándome los contratos en blanco.
Sánchez Mejías 1© recomendó al empresario a Paco
Madrid, y así quedó pensada la corrida, sin que a nin-
guno, ni remotamente, se nos ocurriera pensar en Jo-
selito para esta corrida, que al fin y al cabo' era una
corrida de pueblo.
F u é el empresario al café Regina para tratar de la
venta de unos becerros para Ciudad Real, y allí en-
contró a don Leandro Villar, quien le dijo :
4
_ 5° —
— ¿ P o r qué no lleva usted, Ortega, a Rafael el
Gallo, que daría m4s cartel a la corrida y lleva buena
temporada?
—Porque aquella plaza, no da para tanto.
— ¿ M e cede usted el negocio, y me comprometo
a llevar a Rafael?
—Encantado ; cuente usted con la plaza. Yo' soy
Empresa a la fuerza, por lidiar mis toros, que es lo
único que tengo interés.
Y quedó convenido' el traspaso' en estas condicio-
nes : el Gallo y Sánchez Mejías, y toros de Ortega.
Y en esta creencia se m a r c h ó el ganadero a Tala-
vera.
Don Leandro Villar, íntimo amigo de JoselitO1, le
comunicó sus planes a éste.
Joselito entonces le dijo :
— ¿ Y por qué Rafael y no yo?
—Porque tú eres muy caro para Talavera.
— Y o soy el torero m á s barato—dijo' Gallito,—por-
que soy el de m á s público.
Y como entre Leandro Villar y Joselito había una
estrecha amistad, se concertó la corrida, en la que no
intervino nadie m á s que en la forma relatada.
L a cogida contada por el mismo revistero
L a corrida se deslizaba alegre y animosa. H a b í a un
lleno imponente. Se le recibió a Gallito como reciben
estos pueblos, con entusiasmo y gratitud ; como' se re-
cibe al artista que les hace el favor de ofrendarles su
arte : dándose perfecta cuenta de su pap^l de favo-
recidos.
Gallito brindó' animoso y aún recuerdo el brindis,
que fué una evocación : «Brindo por el presidente,
por su distinguido acompañamiento y por el pueblo
de Talavera, adonde tenía muchas ganas de torear,
— 5i —
porque esta plaza la inaugurói mi padre, por cuya
memoria brindo' también.»
Salió el quinto' toro, tan^certero' como' suelen ser
todos los toros cornicortos, y sin recargar, sin llegar
apenas a los caballos, pues fué el menos bravo-, mató
cinco, tantos como1 varas tomó. Y salió a matar Ga-
llito. E l toro; se defendía y estaba bronco^. José medio
lo' dominó con la muleta y el toro se fué a las tablas,
cerca de mi barrera del i . Oí perfectamente que le
dijo al Cuco dos veces : «Quítate, Enrique, que está
el toro contigo, y por eso no toma la muleta.» E l
Cuco- se cambió de lugar. Joselito lo' sacaba con pa-
ses de tirón, muy trabajosamente, pues el toro ape-
nas le embestía. Joselito, que estaba muy cerca, dán-
dole con la muleta en la cara, se retiró', y entonces el
toro, acaso porque, le viera mejor por el defecto de la
vista ya apuntado1, se le arrancói fuerte y pronto, ines-
peradamente, en un momento en que el torero no ha-
cía nada, sinoi que se disponía a hacer. A José, a quien
indudablemente sorprendió el toro, noi le dió tiempo
de nada, ni de darle salida ni de quitarse de allí, a
pesar de susi facultades. No hizo- m á s que adelantarle
la muleta para taparse y parar el golpe. E l toro le
cogió- de lleno y le enganchói por el muslo derecho,
y en el aire le dió' una cornada seca y certera en el
bajo-vientre, como las que había dado- a los caballos.
Cayó José mortalmente herido, se contrajo y el toro
le derrotó en el suelo, pero no le recogió.
A l Cuco, que le llevaba a la enfermería, le dijo :
«A Mascarell, que avisen a Mascarell.» Y ya no ha-
blói m á s ; le dió el colapso'.
Sus íntimos amigos Leandro .Villar y Daríoi López
salieron, sin perder un minuto, para Madrid, en bus-
ca de los doctores Mascarell y Goyanes. Todo inútil.
Apenas recorrerían unos minutos, ya su pobre amigo
no tema necesidad de la ciencia que iban a buscar.
A Sánchez: Mejías le ocultaron la gravedad y lidió
— 52 —
el sexto toro, vengativo', descompuesto, haciendo tan-
tas y tan temerarias cosas, que ya terpíamos poi el
segundo percance.
Mientras tanto', en la enfermería los médicos San-
guino, Ortega, Muñoz, Luque, Pajares y no sé si
alguno' m á s , cuidaban de reaccionarle con suero-, ca-
feína, alcanfor... : nada, todo1 inútil, porque el pobre
torero no reaccionaba. Sólo hubo un momento de es-
peranza, en que movió los brazos, para caer nueva-
mente en el sopor, y cuando su cuñado, Sánchez Me-
jías, muerto el último toro, entraba corriendo en la
enfermería, ya alarmado1 por el rumor de la plaza y el
ir y venir de la gente por el callejón, expiraba Jose-
litoi de schot traumático.
Por su parte, «Don Pío» refiere y comenta así el
suceso :
«¿Concebís esto? ¿Creéis posible que frente al to-
ro, José, a tres pasos de distancia y prevenido, haya
podido^ ningún toro ganarle la acción y cogerlo y ma-
tarlo1? Por fuerza el torero' tuvo que distraerse un
momento'.
L a versión de los toreros niega esta distracción.
Pero los espectadores hablan de ella, aunque dando
distintas explicaciones. E l conocido industrial madri-
leño' señor Carralero, con quien nos topamos a mitad
de camino y fué la primera persona que nos refirió el
suceso, nos dijo que José distrajo la atención del toro
para decir algo a los peones.
Otros espectadores, sosteniendo la versión m á s ex-
tendida en Talavera, aseguran que un espectador, que
toda la tarde se había estadoi metiendo' con Joselito,
le chilló':
-—Ya andas con precauciones. ¡ Arrímate !
— 53 —
Y cuentan que en este momento José levantó la ca-
beza y le dijo :
—Si no puede ser...
Y fué cuando se le arrancó el toro.
Y qüe al espectador impertinente le dieron una pa
liza.
Otra versión asegura que nadie chilló; pero que
Joselito se dirigió con la vista a su cercano' amigo,
coma señalándole la creciente dificultad del toro.
Algo así debió ser. No se concibe de otro modo.
Ello es que Bailador se le metió tan rápidoi, que no
le dió tiempo a h u i r ; le enganchó por el muslo dere-
cho, infiriendo a Joselito otra cornada ; lo levantó, y
ya en el aire, se lo pasó al otro pitón, apuñaleándole
el vientre con el terrible acierto que todos lloramos y
dejándole caer en seguida.
Cayó José encogido y sobre el lado^ izquierdo, y el
toro se fué sobre él para herirle de nuevoi; pero salló
rebozado, sin acertar a empuntarle nuevamente, a
tiempo que un capote se lo llevaba.
Acudió Blanquet a levartar al caído.
•—«Jalé» de él, le saqué de allí, le metí las manos
por debajo de los brazos y lo levanté.
Entonces Joselito se echó las manos al vientre, se
miro la herida y dijo :
—¡ Ay, madre mía, que tengo fuera el intestino !
—No, hombre, no—dijo Blanquet. •
— S í ; que lo he visto.
Acudiói velozmente el mozo de estoques, vinieron
otros mozos de la plaza y se lo llevaron en hombros,
corriendo, a la enfermería.
Por el camino, José, que seguía apretándose la he-
rida, dijo' a los suyos, articulando trabajosamente :
—¡ A Mascarell ! ¡ A Mascarell!
Y lo' volvió a repetir al entrar en la enfermería :
—¡ Mascarell !
Le entraron en la enfermería ; le tendieron en la
— 54 —
cama operatoria ; acudieron corriendo Camero y Far-
nesio ; fué lueg-o también Fernando, a quien no deja-
ron entrar.
Con los médicos locales acudió' un médico de Ma-
drid, don Rafael Terrón, si no estamos equivocados
amigo de Joselito, que le llevó en su automóvil a la
plaza. Se reunieron allí seis médicos. Todos se dis-
pusieron a hacer la cura con la rapidez que el caso
demandaba.
—Bueno—dijo Blanquet,—no hablen ustedes to-
dos a una, porque no habrá modo de entenderse.
Que uno de ustedes sea jefe y los otros ayudantes.
Así se hizo. Apenas reconocido-, notando^ que le
acometía un colapso, el médico que dirigía la cura
dijo :
—¡ A él, a él, que es lo importante ! Dejad ahora
la herida.
Y le pusieron cuatro inyecciones a un mismo tiem-
po, una en cada costado y otra en cada brazo. Jose-
lito' reaccionó.
— ¿ Q u é me hacen?
Blanquet le cogió la mano.
—Es una inyección ; aguanta, hijo.
—¡ Por tu madre suéltame, que me hacen mucho
dañoi! ¡ Me ahogo'!
Fueron sus últimas palabras.
Le cosieron la herida del vientre, pero todo era ya
inútil. Nuevamente se había apoderado' de él el co-
lapso, y ya noi volvió a la vida. Poco a poco se fué apa-
gando. Blanquet seguía anhelante los movimientos
de los médicos.
— ¿ N o vuelve?
—¡ Ten ánimo, Blanquet !—le dijo el señor Terrón.
•—¿Qué dise u s t é ?
—Que esto se va, desgraciadamente.
La tremenda impresión de los individuos de la cua-
— 55 —
drilla y de todos los presentes no hay para qué de-
cirla.
E l parte facultativo
Poco después de ocurrida la muerte, Sánchez Me-
jías rogó al médico que había redactado el parte fa-
cultativo que le entregase el original de éste, porque
lo quería conservar.
Eb parte decía a s í :
«Durante la lidia del quinto toro ha ingresado en
la enfermería el espada José Gómez «Gallito», con
una herida penetrante en el vientre en la región in-
guinal derecha, con salida del epiplon, intestinos y
vejiga, gran traumatismo y probable hemorragia in-
terna; y otra herida en el tercio superior, parte exte-
rior, del muslos derecho. Pronóstico gravísimos —
Venancio Luque.»
E l toro que causó la desgracia
Se llamaba Bailador, era negro, tenía cinco años,
era terciado, corto de pitones y pesaba 260 kilos ;
pertenecía a la g a n a d e r í a de la viuda de Ortega, una
cruzada de Veragua y Santa Coloma.
Esta g a n a d e r í a no está asociada y según parece
tampoco puede estarlo nunca, aunque se supiera que
no había de producir m á s que toros de bandera.
E s t á así estatuido en la Unión de Ganaderos de
toros de lidia, pues para poder ingresar en ella pre-
cisa comprar por entero una ganadería, con su anti-
g ü e d a d , hierro y divisa.
El primer semental de esta vacada fué un toro de
don Amador García, de Salamanca, pero todas las
- 56 -
crías salían con «hormiguillo» y se quedaban mogo-
nes, y por eso, h a r á unos siete años adquirió de don
Dionisio Peláez el toro Canastillo, del conde de San-
ta Coloma, que en la ganadería del señor Peláez ya
había padreado tres años. D e ese semental procedía
Bailador.
La plaza de Talayera
La plaza de toros de Talavera es una de las m á s
bonitas y artísticas de España, aunque no está ter-
minada.
Comenzó a reedificarse la antigua en 1889, inau-
g u r á n d o s e en septiembre de 1890, sin terminar, co-
mo decimos, con toros de don Enrique Salamanca y
los matadores Fernando Gómez, Gallo, y Antonio
Arana, Jarana.
A l a ñ o siguiente se dieron dos corridas, los días
25 y 26 de mayo, lidiándose en la primera cuatro to-
ros de Salamanca por Guerrita, y en la segunda, cua-
tro de Trespalacios por Gallo- y Jarana.
La plaza, en su aspecto exterior, se parece a la de
Madrid, Tiene ocho tendidos, con barrera, contra-
barrera, delantera y ocho filas de asientos.
Hasta la fecha, sólo se ha levantado en la parte de
sombra un trozo de grada y algunos palcos al nivel
de la grada.
Tiene cinco puertas de entrada.
Las dependencias son las de costumbre.
El redondel tiene un diámetro de 25 metros, y el
callejón, una anchura de i'5o metros.
Actualmente la plaza tiene cinco m i l localidades.
En esta plaza se celebran muy notables corridas el
15 de mayo y el 21 de septiembre, habiendo toreado
en ellas desde el gran Guerrita hasta los m á s modes-
tos lidiadores.
— 57
Presentimientos y coincidencias
La corrida de Talavera la acogió Joselito c
día de campo, y la organización se hizo ent
mas y chirigotas, y nunca jamás se vió< a un .
tomar el tren para ¡r a torear tan alegre y dich
chero como lo estaba Gallito la m a ñ a n a del 16
mayo.
En esa excursión acompañaban al gran torero
don D a r í o López, don Leandro Villar, don Alejand
Serrano, don José Ruiz, Paquito López, Juanito C
bello, su hermano' Fernando, su cuñado Ignacio Sár
chez Mejías y el revistero' áe A B C.
A las siete y minutos partía de la estación de Cá-
ceres el tren que conducía a Joselito, los demás to-
reros y los amigos del gran torero.
E l viaje se deslizaba tranquila y alegremente,
mostrándose Gallito m á s alegre y dicharachero que
nunca.
Pero al llegar a la estación de Trujillo cambió la
decoración, nublando aquella sana alegría un suceso
que pudo tener graves consecuencias.
Bajó Fernando el Gallo a comprar un pan, y un in-
dividuo que había en la cantina lo^ quiso impedir, di-
ciendo que aquel pan lo había comprado él.
Replicó el torero en tono seco, y el sujeto en cues-
tión, insultó y quiso agredir al banderillero. Pero
Joselito, que había presenciado toda la escena, saltó
del coche y se interpuso^ entre su hermano y el suje-
to desconocido. Este ofendió al espada, quien no que-
riendo' tolerar la bravuconería de aquel hombre, le
pegó una bofetada, que fué el comienzo de una riña
seria, en la que Joselito' no era, ciertamente, el que
llevaba la peor parte.
Mediaron los amigos y se pudoi poner fin a la lucha
de los dos hombres.
- 58 -
'oselito volvió con los suyos al coche, y al arran-
1 tren, oyó que el desconocido de la pelea le
una maldición gritándole :
ermita Dios que te mate un t o m esta tarde !
ráfaga de tristeza pasó por los ojos del tore-
.ie por un momento' se nublaron con la aparien-
inoportuna de una lágrima ; pero sobreponién-
se en seguida volvió a renacer en su pecho la ale-
aría de que durante todo el comienzo del viaje iba ha-
ciendo gala,
A la hora anunciada llegó a Talavera el tren que
onducía a Joselito, Sánchez Mejías, los demás tore-
os y los amigos de Gallito.
Este, su hermano Fernando y su cuadrilla se tras-
ladaron a la fonda de Europa, donde se hospedaron.
Unos jóvenes distinguidos de Talavera, que acu-
dieron a saludar al torero, fueron ivitados por José
a una merienda terminada la corrida.
Pero el ave de mal a g ü e r o no podía faltar. Pare-
cía como que el Destino se complaciera en advertir
a Joselito el peligro tan tremendo a que se acercaba
por momentos.
Esta vez el ave de mal a g ü e r o fué un amigo de Jo-
selito, que al visitarle en la fonda le dijo en tono de
broma :
— Y a has dado gusto a los madrileños que ayer (el
sábado 15) te gritaban diciéndote «¡Vete a Talave-
ra !» Ahora lo que hace falta es que no vayas a scr
tan primo que complazcas también al b á r b a r o aquel
que te chillaba diciendo «¡ Así te mate un toro en
Talavera !»
En honor de la verdad, y justo es confesar que le
sobraba razón para ello, a Joselito le molestó la bro-
ma del amigo, y no pudo' ocultar un expresivo gesto
de disgusto.
—¡ Qué mal «ange» !—exclamó al marcharse el
ave de mal a g ü e r o .
~ 59 •—
A las cuatro de la tarde se vestía el fam
para ir a torear. Era aquella la última ve?
hacerlp, y parecía que Joselito quería re
ello, pues t a r d ó mucho m á s tiempo que el
raímente ocupaba en esta operación.
Joselito^ se prendió' al cuello dos magnú.
pularios : unoi de la Virgen de la Esperanza )
Nuestro Señor del Gran Poder, por los que e
diestro sentía extraordinaria veneración.
También prendió a su cuello un magnífico
llón con el retrato de su pobre madre, ya falleció-
la que adoraba el popularísimo torero.
Mientras lo vestía — lia contado su criado P
Botas,—empezó a cantar las coplas de la muert
Espartero.
— A mí me molestaba un poco esa última maníc.
José, que aprendió1 las coplas en Lima, y no dejaba
de taralearlas. Conque estaba vistiéndole, y empe-
zó con la primera estrofa, que dice :
«El veintisiete de mayo
es un día «revesero»,
que en la plaza de Madrid
un toro mató a E s p a r t e r o . »
— ¡ H o m b r e ! — l e dije yo al m a t a d o r . — ¿ P o r qué
no' canta usted otra cosa m á s alegre? ¡ También son
ganas las suyas !...
Joselito se echó a reir y contestó :
— ¿ Q u é m á s da? Basta que haya aprendido estas
coplas en Lima, donde me ha ido tan bien...
Y sin hacerme caso siguió cantando.
—Le jiso mucha grasia la tal copla—añade el Ca-
mero.—En el barco, camino de acá, en cuanto nos
— 6o —
, ya la estábamos cantando todos. Le ha-
micha grasia desde que la oyó y la vió bai-
un valse o un dansón en Lima. ¿Quién iba
; usté—concluye Blanquet estremeciéndo-
. días antes del aniversario de la muerte
urtero ha muerto él. Y como el Espartero, de
apso con una cogida semejante. Pa que luego
j Y el sábado, al volver de la plaza, no manifes-
aisgusto en relación con esta corrida, vista la ac-
ud que a causa de ella a d o p t ó el público con é l ? —
j u n t a m o s al mozo de estoques.
—No, señor—contestó Botas. — Lo único que me
o mientras le estaba desnudando, fué :
—¿Has visto qué trabajo cuesta ganar el dinero?
-No toree usted m á s en Madrid—le dije yo.
r él me contestó sonriendo1:
- Y a quedan pocas, Paco.
Como sucede en todos estos casos, la gente co-
mentaba las e x t r a ñ a s coincidencias que han ocurri-
do alrededor de esta dramática corrida.
Toreros y amigos recordaban que en este mes, y
con muy pocos días de diferencia y casi en idénticas
circunstancias, murió el Espartero.
Se recordaba también la obsesión que tenía José
con esta corrida desde hacía días y las muchas veces
que advirtió durante la lidia i l peligro que ofrecía
aquel ganado.
Su íntimo amigo don Darío López nos decía cons-
ternado :
—No s é ; no s é . . . Todo el día estuvo nervioso el
pobre amigo. Le ocurrió hasta una cosa que jamás
le había ocurrido. Se le soltó la faja en una de sus
faenas y tuvo necesidad de volvérsela a sujetar.
— 6i
La actitud de Rafael
Su hermano Rafael llegó después de media no-
che juntos a la plaza de toros de Talavera, y en la ca-
rretera saltó' del auto. Su acompañante Caracol en-
tró a dar cuenta de la llegada de Rafael. Hasta el
camino salió Sánchez Mejías, que le instó para que
entrase en la enfermería-
D u d ó un momento Rafael, pero luego se negó' a
entrar, llorando desconsoladamente.
Sin cesar en sus lloros y lamentos, Rafael pidió la
coleta de su hermano.
Inmediatamente se dispuso lo necesario' para com-
placerle, procediendo a cortar la coleta al cadáver
del gran lidiador.
Botas, el mozo' de estoques, le hizo la trenza, y
mientras Zurito chico sostenía la cabeza muerta, el
picador Farnesio1 cortó, con pulso tembloroso', la co-
leta del torero m á s grande que ha conocido' la tauro-
maquia.
Es de advertir que Gallito, conservándose fiel a la
clásica tradición, era de los pocos lidiadores que usa-
ban ya coleta.
Cuando' se la estaba trenzando, Botas, lloroso, re-
pitió varias veces :
—Es la última vez que le trenzo el pelo. ¡ Pobre-
cilio ! Es la última vez que le trenzo el pelo.
Rafael aun permaneció breves momentos en una
huerta cercana a la carretera, frente a la plaza de
toros.
Después regresó en el automóvil a Madrid, en la
situación de ánimo que es de suponer, completamen-
te abatido, como atontado.
Hablando' con algunos de sus parientes Rafael les
dijo :
—Me voy a Madrid a encerrarme en la fonda. No
— 62 —
veré a nadie. Por la noche iré a Sevilla... ¡Allí veré
por última vez a José ! ¡ Esto se ha acabao!...
La autopsia y el embalsamamiento
A la m a ñ a n a siguiente, día 17, se procediói a ha-
cer la autopsia del cadáver del infortunado torero.
Poco' después el forense y los doctores Luque, Or-
tega y otros m á s hicieron el embalsamamiento del
cadáver. Terminada la operación se vistiói el cuerpo
de Joselito con uno de sus lujosos ternos de corto y
se volvió a colocar en la capilla ardiente hasta la ho-
ra de ser conducido a la estación para ser trasladado
a Madrid y Sevilla.
A Madrid
A las cinco' y media de la tarde de ese día llegó en
tren especial a la estación de Las Delicias el cadáver
de JoselitO'.
Se componía el tren de locomotora, un v a g ó n y un
furgón lleno de flores regaladas en Talavera y 'os
pueblos del tránsito.
Acompañaban al cadáver el espada Saleri I I y la
cuadrilla de éste.
En la estación de Las Delicias era esperado el tren
por un gentío inmenso, en el que figuraban los m á s
conocidos aficionados de Madrid, entre ellos don Joa-
quín Menchero, gran amigo^ de José, que fué quien
presidió' el duelo.
Estaban también en la estación, Machaquito, Bel-
mente, Fortuna y la Junta directiva de la Asociación
de Toreros, muchos diestros, la totalidad de los re-
sidentes en Madrid y la mayor parte de los reviste-
ros de toros de los periódicos de Madrid.
El proyecto que tenía la familia era conducir el ca-
- 63 -
dáver por la línea de circunvalación a la estación, del
Mediodía, y desde allí seguir el viaje a Sevilla; pero
los amig-os se empeñaron en hacer la conducción del
féretro a hombros, y esto' produjoi algún revuelo por
oponerse a elta la policía. '
Por fin se decidió avisar un furgón automóvil de la
Unión de Pompas F ú n e b r e s , que a paso de hombre
y rodeado de gran muchedumbre le condujo al domi-
cilio del finado, calle de Arrieta, 12.
El féretro era magnífico, de caoba, con incrusta-
ciones de plata.
La corhitiva recorrió el paseo de las Delicias, la
Puerta de Atocha, el paseo del Prado, la Carrera de
San Jerónimo, la Puerta del Sol y las calles del Are-
nal y Arrieta.
Guardias de seguridad abrían paso.
Las calles y los balcones del tránsito estaban ates-
tados de gente que se descubría al paso del féretro.
La calle de Arrieta tuvo que ser acordonada por
una sección de guardias de a pie y a caballoi y para
despejar se vió obligada a dar algunas cargas.
L a capilla ardiente.—Pésames.
L o que era sala de recibir en el domicilio' de José,
quedó convertida en capilla ardente.
Las paredes estaban cubiertas de pafios de tercio-
peloi negro.
Por la casa mortuoria desfilaron miles de personas
de todas las clases sociales.
Don Antonio Maura oyó dos misas de las que se
dijeron en la m a ñ a n a del 18 en la capilla ardiente y
puso a la familia, a Sevilla, este telegrama :
«Me asocio a su gran dolor por haber estimado mu-
cho las nobles prendas que enaltecían al finado. P é -
same sentidísimo.—Maura.»
- 64 -
Don Alfonso envió al conde de Heredia de Espinó-
la para que en su nombre diera el pésame a la fami-
lia del malogrado diestro.
También muchos señores de la aristocracia y de la
política enviaron su pésame sentidísimo.
El del ex sultán de Marruecos, Muley Hafid, dice
asi :
«Dolorosamente sorprendido por la muerte de Jo-
selito, le envío el m á s sentido1 pésame extensivo' a la
familia.»
El Presidente del Consejo de Ministros don Eduar-
do. Dato dejó una tarjeta en la casa en la que escri-
bió : «Pésame sentidísimo).
Rafael Guerra telegrafió :
«Impresionadísimo y con verdadero sentimiento te
envío m i m á s sentido pésame. Se acabaron los to-
ros.—Guerrita.»
E l telegrama de Belmente decía así :
«Impresionadísimo por la terrible desgracia, de to-
do corazón me uno a vuestro dolor por la pérdida de
tan buen hermano y querido compañero y amigo1 mío.»
Vicente Pastor :
«Como si fuera propia, siento irreparable pérdida,
hermano entrañable y leal compañero.»
A millares ascendió el número de telegramas y tele-
fonemas puestos a Sevilla y Madrid.
E l entierro, en Madrid
Por la tarde fué trasladado el cadáver a la esta-
ción de Atocha, y la manifestación imponente de due-
lo volvió a repetirse.
A las cinco en punto se puso en movimientOi la co-
mitiva. El inmenso^ gentío, dificultaba extraordinaria-
mente la marcha.
A fuerza de trabajos, con gran lentitud y gracias
Retrato de Joselito muerto, en la enfermería dé Talayera.
Traslación del cadáver a hombros de sus amigos al lle-
gar a Madrid.
MADRID. El paso del cortejo por el Paseo de las Delicias.
AI pasar por la Puerta del Sol.
MADRID. Momento de agregarse a !a comitiva la direc-
tiva de la Asociación de Toreros.
f_ -^'v'^
SEVILLA. Llegada del cadáver a la estación de Córdoba.
SEVILLA. El entierro al ponerse en marcha.
SEVILLA. Paso del cortejo por la Alameda de Hércules.
- 6 5 -
al orden que impuso con acierto la policía, mandada
por el señor Maquéela, el fúnebre cortep pudo avan-
zar hacia la plaza de Isabel I I y calle del Arenal.
La multitud, apiña'da, contemplaba en silencio' el
paso de la carroza que llevaba los restos del ídolo de
la afición.
Los balcones de todas las calles del trayecto pa-
recían desprenderse al peso' de la g-ente que en ellos
se apiñaba, y que al paso de la carroza arrojaba ra-
mos de flores.
De vez en cuando, de los labios de las infinitas mu-
jeres que presenciaban el paso< del cortejo salían las
frases : «¡ Qué lástima ! ¡ Pobre muchacho, tan jo-
ven !»
Colocado- el féretro en la carroza, se organizó' la
comitiva en la forma siguiente :
Un piquete de guardias de orden público, manda-
do' por el comandante señor Salgado.
Cuatro' landós, atestados de coronas con sentidas
dedicatorias.
El coronario de la funeraria cubierto' de coronas.
Ochenta toreros y aficionados, en filas de a dos,
llevando cuarenta coronas m á s .
La carroza fúnebre tirada por ocho' caballos.
La presidencia, formada por don Manuel Pineda,
apoderado' de Joselito-; Ignacio Sánchez Mejías, En-
rique Ortega y el Cuco, cufiados del finado'; el con-
de de Heredia-Spínola, duque de Veragua, don Da-
río López, don Joaquín Menchero', don Leandro V i -
llar, «Don Píoo), Vicente Pastor y el señor Caama-
ño, por la Asociación de Toreros; el sacerdote señor
Villasante, don Manuel Urquijo, don José Ossío,
Parnta y don Juan Soto-.
A última hora, por disposición de la autoridad, se
modificó el itinerario que había de seguir el entierro
del gran torero'.
E n su Consecuencia quedó' acordado' que la triste
5
— 66 —
comitiva marchara desde la casa mortuoria, Arrie-
ta, 12, por la plaza de Isabel I I , calle del Arenal,
Puerta del Sol, lado izquierdo, deteniéndose frente a
Teléfonos, donde los socios de la Asociación de To-
reros rendirían a su presidente, Joselito1, el último
tributo'.
Después, por la calle de Alcalá, andén central del
paseo del Prado1 a la estación de Atocha.
Cuando' la carroza fúnebre llegó' a la plaza de Nep-
tuno, la comitiva, que en aquel lugar era sorprenden-
te por su número, una dama, de riguroso luto, aun-
que de elegante atavío y de porte distinguido^, con
gran energía rompió la cadena humana que impedía
el acceso, llegó junto a la presidencia del duelo, y
acercándose a la carroza, depositó', silenciosa, sobre
e! ataúd un p u ñ a d o de flores naturales.
Enjugó una lágrima y con paso vacilante tornó a
marcharse entre la multitud.
Ninguno de los allí presentes supo decir el nom-
bre de la admiradora del intortunadoi diestro, que
quiso también rendirle público y silencioso tributo
de admiración y sentimiento.
Desde las cinco de la tarde un numeroso gentío
comenzó a invadir la estación, del Mediodía y sus al-
rededores. La glorieta de Atocha era incapaz para el
público' que deseaba admirar el pasoi de la comitiva.
Frente a la entrada a los muelles, en la calle de
Méndez Alvaro, millares de personas cubrían mate-
rialmente los desmontes, dando la sensación de ha-
berse formado' m o n t a ñ a s de personas.
A lo largo del murallón de la estación los obreros
de las fábricas y talleres inmediatos se habían enca-
ramado para satisfacer su curiosidad.
L a policía y fuerzas de seguridad contenían a la
multitud, que deseaba penetrar en la explanada de
los muelles, donde, junto al semáforo, estaba dis-
- 67 -
puesto el furgón que había de llevar a Sevilla los res-
tos del gran, torero.
Era el vagón de la serie D , número 688, cuyo inte-
rior estaba cubierto' con colgaduras de terciopelo ne-
gro con fleco dorado y guirnaldas de flores natura-
les.
Un tabique de madera separaba el lugar en que
iba el cadáver de un pequeño' espacio' reservado or-
dinariamente para el conductor del tren y que había
sido' habilitado para los individuos de la cuadrilla
que turnaron en el velatorio^ del cadáver durante el
viaje.
En ese furgón que conducía los restos de Joselito
iban su hermano' Fernando, Ignacio Sánchez Me-
jías, Parrita y algunos individuos de la cuadrilla.
El resto de la cuadrilla y amigos iban en el tren, y
tenían el propósito' de relevarse en el trayecto.
En el tren iba también hasta Sevilla, acompañan-
do el cadáver, don Juan Soto', don José Cossío', don
Manuel Pineda, el administrador y el vicepresidente
de la Asociación de Toreros y a Don Pío»
E n Sevilla
A las nueve y veinte del día 19 llegói el expreso, en
el que venía enganchadoi el furgón conduciendo el
cadáver de Joselito'.
Los alrededores de la estación estaban ocupados
por un g e n t í o enorme. Fuerzas de la guardia civil y
municipal, a caballo, acordonaban el sitio- por donde
había de salir la comitiva fúnebre, costándoles gran
trabajo^ contener a la muchedumbre.
Los andenes, de la estación veíanse completamente
atestados, siendo punto' menos que imposible dar un
paso.
En una de las salas de espera se había constituido
- 6 8 -
el duelo, formado por el cura párroco' de la iglesia de
San Martín, el banderillero Cuco, y el matador de to-
ros Manuel Martín Vázquez, hermanos políticos de
JoselitO'; una comisión del Casino Militar, presidida
por el general de división don Luis Jordán ; el gana-
dero don José Anastasio Martín y el notario don José
María áel Rey. A l desfilar ante el duelo, quedáronse,
formando' parte de él también, los ex toreros Anto-
nio. Fuentes,. Emilio. Torres, Bomba, el Algabeño y
los espadas Francisco Posadas y Curro Vázquez.
Entre la concurrencia se hallaba la tercera compa-
ñía del tercer regimiento de Ingenieros, a que perte-
neció Joselito cuando prestó, su servicioi militar, acti-
vo1, y numerosísimas comisiones, entre ellas de la Her-
mandad de la Virgen de la Macarena, de los Clubs
Gallito, y Belmente y de la Asociación de la Prensa.
E l tren errtiró lentamente en la estación, con todos
los estribos de los coches llenos de público, que tam-
bién rodeaba y se agolpaba en el furgón en donde
venía el cadáver. A u n hubo^ de pasar un largo' rato
hasta que pudo^ despejarse algo el andén para sacar
el féretro.
A l pasar el convoy, el padre del banderillero A l -
mendro abrazóse fuertemente a F e r n á n d e z Gómez,
llorando ambos amargamente.
F o r m ó s e el cortejo, y se puso, en marcha el entierro,
camino' del cementerioi de San Fernando.
En todos los rostros reflejábase el sentimiento,
oyéndose constantemente palabras de condolencia y
viéndose a cada paso, hombres y mujeres que lloraban.
A l pasar el cortejo, ante el Club Gallito, en la calle
del Amor de Dios, arrojaron los socios sobre el coche
brazadas de rosas y claveles.
Los balcones estaban llenos de espectadores, y en
una gran parte adornados con crespones tendidos.
El paso' por la Alameda de Hércules fué de intensa
emoción. En los balcones y azoteas, las mujeres lio-
- 6 9 -
raban ; en una fachada había un retrato de Joselito,
rodeado de flores. La Macarena presentaba un aspec-
to imponente, por el gentío^
En la comitiva iban Guerrita, el m a r q u é s del Mé-
rito, sus hijos y otros amigos, que vinieron de Cór-
doba para asistir al entierro1.
Cerca de la una comenzó a llegar él cortejo1 al ce-
menterio1.
Colocado el féretro en la sala de duelos del cemen-
terio de San Fernando, quitaba la parte superior
para dejar descubiertos los restos mortales de Jose-
lito, tras la tapa de cristal del ataúd observóse que el
cadáver presentaba síntomas de descomposición. En
vista de ello, el que fué apoderado del diestro, don
Manuel Pineda, consultó con los individuos de su fa-
milia allí presentes para darle inmediata sepultura.
Entonces se hizo despejar de público la rotonda del
cementerio y se cerraron las puertas. Seguidamente
fué conducido el féretro al nicho número 6 de la calle
Virgen María.
No se le pudo enterrar con su madre por impedirlo
las leyes de Sanidad, por la próxima fecha del otro
enterramientOj y tampoco' pudo1 ir con su padre, por-
que no' cabía el féretro.
El capellán del cementerio rezó un responso, y se
verificó la inhumación a las dos y treinta y -. 'neo mi
ñutos, presenciándola el notario y ex crítico tauróma-
co don José María del Rey, el ganadero' don-Felipe de
Pablo Romero y su hijo^ mayor, don José Anastasio
Martín, don Emilio Santos Várela, don Manuel i i -
neda, don Juan Chaparro, don Aurelio Sánchez Me-
jías, su hermano'el matador de toros Ignacio, don Do-
mingo Ruiz, don Carlos Pickman, varios periodistas,
los matadores de novillos Angelillo y Rosalito, el ex
picador de toros Plácido Zambrano, Pimienta, que
perteneció a la cuadrilla del señor Fernando y era
padrino de Joselito, y todos los que pertenecieron a
su cuadrilla.
La fúnebre escena a r r a n c ó copiosas l á g r i m a s a los
circunstantes, que abandonaron el camposanto entre
sollozos.
Y en el cementerio de San Fernando de su amada
Sevilla, junto a los restos de su padre y su madre,
duerme ya Joselito el eterno sueño1.
El Acaso, que tuvo para él todos los mimos, y lo
hizo fuerte, y lo- hizo^ bello, y lo hizo sabio, amonto-
nando sobre su persona las cualidades con que en
otras edades forjaba los héroes, ha querido^ reservarle
también una muerte heroica, y derrumbado como un
titán, de un solo golpe, sin agonía, por el asta que
representaba al herirle a la fatalidad, la vida del man-
cebo glorioso se ha extinguido, como debía extin-
guirse, en la propia arena de sus triunfos, en el es-
plendor de su juventud, en el apogeo del vig-or y la
lozanía, porque ya en su triunfal carrera no había un
peldaño1 m á s que escalar.
Tenía Joselito, como artista, la fatalidad de dar la
sensación de una tal facilidad, de un. tal dominio, de
tales Conocimientos de su profesión, que, para el pú-
blico1, cuantoi hiciera le parecía natural en los días de
sus mayores triunfos, y poco si su labor no producía
entusiasmo.
Con él no rezaba lo de los toros difíciles, lo de los
toros mansos; ni para él existían los broncos, ni los
nerviosos : con el que saliese de los toriles, tenía que
hacerlo, ¡ y desgraciado de él si no1 lo' hacía !
Sus defectos, porque no estaba exento de ellos, se
consideraban, por los que militaron en el bando opues-
to, como horrendos crímenes de lesa tauromaquia, y
como siempre hay una masa de opinión sin m á s ele-
mentos de juicio' que los que le proporciona su mali-
ciosa ignorancia para juzgar al hombre encumbrado,
esa masa iba a engrosar el partido de los que, sa-
biendo lo que se hacen, hoy encuentran vituperable
lo- que ayer les parecía digno' de encomio, y todas las
armas les son buenas para restar méritos y concitar
odios o antipatías al hombre que les molesta o les es-
torba,
Y a eso únicamente es achacable la injusticia que
se estaba cometiendo con el m á s grande de los lidia-
dores de reses bravas de nuestros tiempos, y um> de
los cuatro o seis mejores de los presentes y de los pa-
sados.
Hagamos constar, sin embargo, que, pese a todas
las c a m p a ñ a s , Joselito^ seguía su camino' triunfal y
que en él le acompañaban los públicos que, desinte-
resados de las miserias de entre bastidores, vari: a las
plazas con el sano deseo de divertirse con las biza-
rrías y alardes de valor y arte de los toreros, sin im-
portarles nada m á s .
Claro que esos públicos sanes tienen ya su nombre,
son la «g-alería», entendiéndose por «galería» toda
aquella parte de concurrencia que hace caso omiso
de las prevenciones de un crítico o^ varios, y se di-
vierte con lo que le divierte, y no con lo que aquéllos
ordenan y mandan que se divierta.
Pero no perdamos el tiempo en refutaciones que ya
no tienen objeto y prosigamos nuestra tarea, con un
ligero examen de lo' que era en los tres tercios el l i -
diador que acabamos de perder.
En el primero, Joselito toreaba a la verónica, dan-
do a cada lance, según las condiciones con que el toro
le embestía, el temple preciso, y con arreglo a la bra-
vura la salida, obligando' a los mansos a coger el
capote como' nadie hasta él había conseguido. Nadie,
tampoco, m á s derecho, m á s cerca ni m á s airoso' que
Gallito toreando de capa. H a b í a introducido' una va-
riedad de la verónica, que se ha dado en llamar del
«delantal», en la que el t o m no deja el vuelo del ca-
potillo, que el diestro se pasa por delante del pecho
sin estirar los brazos.
Ejecutaba muy bien la «navarra», daba el «farol»,
y no' le he visto ejecutar nunca la suerte «de frente
por detrás», ni la «del costado», que si iniciaba era
para desprender en seguida una punta de la capa y
terminar con un recorte.
En quites, la variedad de los que hacía era infinita.
A la «media verónica», el quite doble y triple y aun
cuádruple ; «largas» de todo g é n e r o al estilo de su
hermano' Rafael, «galleaba» de vez. en cuando, se sa-
lía por las afueras «abanicando».
Daba el «cambio' de rodillas» como1 su padre, o la
larga, en esa actitud que introdujo' Rafael.
~ - 73 —
En el segundo tercio, su estilo, su facilidad de ban-
derillero' era enorme.
Pareaba al «quiebro» en todos los terrenos; «de
frente», «al sesgo», «de poder a poder», buscando
siempre las mayores dificultades por el gusto1 de ven-
cerlas. Y a se ha hablado' de los dos pares al quiebro
puestos, a un toro' de Miura en Sevilla.
Cuando' empezó a banderillear «de poder a poder»,
citando al toro desde muy largo, a yeces de tercio a
tercio, arrancando1 en ocasiones del estribo de la ba-
rrera hallándose la res en los medios, aquel encuen-
tro' matemático- del hombre y la fiera, y aquellos pares
clavados juntos en loi alto del morrillo, eran tenidos
por un alarde tan colosal de facultades y arte, que
producían el mayor entusiasmo; después siguieron
produciéndolo, pero... los «clásicos» acabaron por
caer en la cuenta de que el méritoi no era tanto como
se había supuesto, y que el buen banderillero debe
«anclarles» a los toros... Y Joselito les anduvo como
el que m á s les ande... Pero...
También se le había censurado, el que fuera bande-
rillero del lado derecho nada m á s , cosa que en La-
gartijo y en Fuentes nadie pareció haberse fijado...
Y Joselito banderilleó' por el lado izquierdo... Pero...
De «dentro a fuera», o sea con los «terrenos cam-
biados», había llegado a excesos de temeridad, arran-
cando a dos metros de los toros... En él la cosa no
a r m ó alboroto...
Guerrita se adornaba m á s en la preparación de la
suerte ; Bombita jugueteaba también m á s con. el toro ;
Fuentes revestía el acto de cierta teatralidad... Pero
m á s dominio, m á s variedad, m á s precisión que Jose-
lito, no creo' que ni el mismo- Guerra la tuviera.
En cuanto a prodigar las banderillas, el caso' de
José es único. M á s del 50. por 100 de los toros que
mataba los banderilleaba, y no- como «suerte del
perdón», porque para ese torero no había perdón po-
— 74 —
sible como se deslizase en m á s mínimo. Tenía la
obligación de estar en todo superior.
Hacía ya tiempo que no' banderilleaba de un modo
especial con que hace cuatro oí cinco años sorpren-
dió! a la afición.
Ejecutaba la suerte citando' al toro para el «quie-
bro», se pasaba sin clavar y se quedaba delante de la
cara a un metro o dos de distada, desde donde rá-
pidamente engendraba el cuarteo para g-anarle la
cara al toro, con tal precisión y vista, que le permitía
salir con desahogo tan grande como si el par hubie-
se sido iniciado al cuarteo.
En. el último tercio, tenía su muleta dos grandes
cualidades, la de dominar a todos lo« toros, sea de
la índole que fueran, y la de desarrollar su trasteo
pisando el terreno del toro, conde tan difícil resulta
rematar los pases y correr la mano, hasta el punto de
que los antiguos, si resucitaran, creerían inverosímil
que eso se pudiera hacer.
Joselito toreaba por «naturales» con ambas manos
de un modo admirable, y en los con la izquierda,
los «naturales» por antonomasia, su ejecución era in-
superable. Los «ayudados, por bajo», por los dos la
dos, los «ayudado® por alto», el de pechó1, con una
u otra mano, el molinete con la derecha y con la iz-
quierda, el afarolado, todos los pases, en fin, cono-
cidos y los adornos que la inspiración le sugería, des-
filaban en sus faenas de muleta, empleado'S sabia-
mente y sin olvidar el fin de esas faenas, que es pre-
parar el toro para la estocada.
Los pases de rodillas, los dados sentado' en el es-
tribo, el hacer pasar a la fiera a g a r r á n d o l e un cuer
no, cuanto puede dar la impresión de una valentía y
de un conocimiento aunado en un hombre, es lo que
Joselito realizaba una tarde y otra, impulsadoi por
una afición sin límites y un deseo de complacer sin
precedentes.
— 75 —
Y llegaba el momento de matar, y ese era su flaco.
José mataba mucho, era breve ; pero su estilo re-
sultaba feo1. Y como' si estuviese la afición acostum-
brada a ver muchos toreros que fuesen en una pieza
Mazzantini y Guerrita, con Gallito se extremaba la
censura al verle atacar con el estoque alto 0! el brazo
suelto, entre otras razones porque se decía que de
querer hubiera matado' bien.
Es muy posible.
Muchas veces se le había visto- ejecutar el «vola-
pié» bastante bien, y algunas perfectamente. «Reci-
biendo» ha matado- m á s toros que ningún otro dies-
tro en estos tiempos.
He dicho repetidas veces que la suerte de matar
«a v o l a p i é s i no- es como recurso y, por lo tanto,
empleando' un tranquillo cualquiera, no está sujeta a
las reglas de torear, y eso explica que los que con
m á s facilidad la han practicado- hayan sido- siempre
los toreros m á s torpes, y que cuando- eso-s toreros han
aprendido- a torear hayan flojeado- bastante como- ma-
tadores. En el «volapié» el diestro ataca y la fiera está
a la defensiva, que es precisamente todo- lo- contrario
de lo- que el arte taurómaco- tiene por norma. Desde
el momento que el matador acomete, no sabe ya lo
que puede pasar, y sería mucho exigir que un torero
con conocimiento- cabal de su oficio se jugara al azar
la vida sabiendo- a ciencia cierta que se la juega.
E s t á bien que eso- lo- haga el que si no io hiciera
no podría vestir de luces.
Todos los grandes toreros han recorrido- a un tran-
quillo u otro en el momento- supremo, y Joselito- no
era una excepción.
En cuanto- a la estocada «recibiendo», que esa sí1
que entra de lleno- en las normas del toreo, y que yo
creo que Gallito habría llegado a dominar, a él mis-
mo- le he oídoi decir que dejó^ de practicarla porque,
dada la poca seguridad que hay para ía colocación de
7ó
ios estoques, «con lo' que me exige el público, me ma-
tarían si atravesase los toros o^ pinchara bajo».
Conocimiento mayor de las reses, saber mejor la
clase de lidia que requerían, sacar de ellas todo el
partido' que era posible, nadie como José lo' ha de-
mostrado en estos últimos tiempos, y es poco' proba-
ble que haya habido antes quien en eso! le aventajase
y quizás ni siquiera le igualase.
Y lo pasmoso en este torero es que toda esa ciencia
la puso de manifiesto desde que, todavía un adoles-
cente, se presentói en las plazas.
Por eso asombró1 desde un principio' a los aficiona-
dos, por su colocación en el ruedo, y se impuso' a to-
dos sus compañeros, aun a los que llevaban veinte
a ñ o s toreando, que lo respetaban y atendían en la
plaza, dejándole que asumiera la dirección de la l i -
dia, aun en las corridas que figuraba como1 segundo
o tercer espada.
De ahí también, de su inmejorable colocación, de
sus grandes conocimientos de los instintos y queren-
cias de las reses, que su capote fuese una providen-
cia para sus compañeros, que estando él junto a ellos
podían, eo'n grandes probabilidades de inmunidad,
aventurarse a riesgos que gracias a Joselito' e\ Gallo
no' lo eran tanto.
Para los que en vida le persiguieron con una saña
en la que una gran parte del público los siguió in-
cauta y torpemente, e^t José se reducía todo' a poseer
enormes « f a c u l t a d e s W f ^ f c ^ n sólo co« vigor y lige-
reza dominaba la situaclM.
Efectivamente, sus facultades e r á n enormes, tanto
como' su inteligencia, como su afición, como' su amor
propio', como su voluntad, y la reunión de todo' eso'
es lo que hacía de él un coloso.
Como' en la arena quería ser siempre el númen>
uno en todo', los aficionados pudieron ver en él como
poco a poco' fué ampliando y mejorando' su reperto-
rio, lo mismo en el toreo1 de capa, que banderillean-
do, que con la muleta. Especialmente en los lances
a la verónica, que en los comienzos eran su flaco, aca-
bó por ejecutarlos tan elegantes, artísticos, quietos
y perfectos., en una palabra, como el que m á s hi-
ciese, con la particularidad de que eran muy pocos
los toros, por abantos o huidos que saliesen, a los
que él no obligase a tomar el. capote primero y luego
les toreara a su sabor.
Suerte en que otro diestro sobresaliese, suerte en
que demostraba que el sobresaliente era él, así que
se hallaba con el especialista. En la plaza no' tenía
amigos ni parientes. E l que le disputase los aplausos
había de ganarlos en buena l i d , como en buena lid
terminaba él siempre por triunfar, del valiente con
valentía, del artista con arte, del inteligente con in-
teligencia.
Del día en que le confirmó la alternativa a Sánchez
Mejías en Madrid, me decía éste d e s p u é s : «El que
se presentaba en aquella plaza por primera vez, pa-
recía él y no' yo. Desde el primer quite, en que hizo
ver al público con qué suavidad se podía torear a un
toro que a mí me había héchO' rematar los lances algo
atropellado, hasta que cortó la oreja del primero que
m a t ó , lo' dicho : parecía que era él el que se presen-
taba en Madrid y el que iba por el cartel.»
¡ Y así todas las tardes, en que alguien quería
hombrearse a su lado !
¿ S o b e r b i a ? . . . ¡Afición, pundonor, conciencia de lo
que .era, de lo que valía ; respeto' al público' y a sí
mismo !
Con la muleta su dominio era tanto, su maestría
tal, que para él no1 había toro^ manso, bronco, ner-
vioso ni difícil. A l criminal m á s criminal al cuarto
pase lo tenía reducido' y convertido en un dócil ins-
trumento' de su arte, con el que todo cuanto' se le an-
tojaba podía ejecutar.
He hablado en otro lugar de cierto toro de Miura
que le v i torear veinte días antes de su muerte en la
plaza Monumental de Sevilla ; ya he dicho allí que se
trataba de un verdadero^ mdureño con mucho nervio,
con mucha fuerza, con mucho sentido^ y un mozo1;
pues de ese «mozo» al cuarto' pase se había adueñado
el formidable torero, no tan sólo^ con el saber, sino
también con m i l arrobas de valentía, dándole el pa-
rón en cada una de sus desconcertantes acometidas,
a g u a n t á n d o l e de un modo que daba escalofríos ; y
cogido el cuerno por la cepa y de rodillas, José le
dió el quinto' pase, y el séptimo y el octavo, y todos,
metido entre los pitones, hasta que lo t u m b ó de una
bonísima estocada, atacando bravamente en tablas.
¿ Q u é aficionado' de estos tiempos no le ha visto re-
petir la proeza una tarde y otra?
La gran masa del público no se enteraba siquiera
de las dificultades que esos toros ofrecían, y aun pen-
saban mucho'S que no^ había para él toros que las ofre-
ciesen; por eso' cuando en alguna ocasión, rarísima
en su vida torera, tropezó) Joselito con alguna res
absolutamente irreductible, los m á s achacaron al
diestroi la culpa de su poco lucimiento, porque era
cosa decidida que él había de estar siempre superior,
«ya que podía con todos los toros».
Críticos unas veces apasionados, otras tendencio-
sos, habían imbuídoi a la afición erróneas teorías res-
pecto al toreo', haciendo creer a los hombres de buena
fe que Gallito no exponía, que era un «ventajista»,
y se le censuraba acerbamente que en sus faenas de
muleta predominasen los pases con, la derecha y los
adornos.
La injusticia es manifiesta. De todos los toreros
contemporáneos, Joselito el Gallo es el que m á s ha
toreado con la izquierda en primer lugar, sobre todo
al natural ; en segundo- esas faenas largas que el
público, pedía, que deseaba, que lo1 enloquecían, no
— 79 —
son posibles sino' con la derecha, en la mayoría de
los toros, pues para torearlos al natural y de pecho
repetidas veces, precisarían de una bravura, de un
temple que muy raros conservan en el último tercio,
toda vez que en esos pases «han de pasar» siempre
y pronto' se cansan, se aburren o se d e s e n g a ñ a n ;
mientras que con la derecha, intercalando' desplan-
tes, haciendo una parte de la faena por la cara, la
res m> sufre igual fatiga y es posible prolongar el
muleteo', que es loi que el público exige.
Ya he dicho' antes que ese público' que va a los
toros sin prejuicios y a divertirse se llama «galería»,
lo' llaman los «buenos aficionados» «galería» y tam-
bién me parece haber dejado consignado que en mu-
chísimos momentos tengo a honra formar parte de
ella.
A mí, si de la fiesta de los toros se quita la visto-
sidad, la alegría, el arte en la apostura y en el alar-
de, la gracia, no encuentro' que le quede nada m á s ;
y hoy, como' hace treinta años, ciertos detalles que
pueden tener un altO' valor profesional, ni me impor-
tan ni creo que le deban importar al aficionado, en-
tendiendo' por tal al del tendido, que ve con ojos de
espectador los lances y no' con ojos de torero'.
Pues bien ; JoselitO', a d e m á s de ser el diestro' que
más: prodigaba los pases naturales propiamente di-
chos, toreaba con la derecha soberbiamente y con
ella ha realizado' estupendísimas faenas, que para
valerle la unánime aprobación de los que la presen-
ciaban sólo faltaban un uno por mil de votos, dándo-
se el casoi de que, como ocurriói el 6 de mayo' de 1920
en Barcelona, cortara José las dos orejas y el rabo^ de
los. toros tercero y quinto, y hubiese aficionados, cla-
rO' que de los «buenos», que saliesen de la plaza Mo-
numental indignados contra el diestm por las «ma-
m a r r a c h a d a s » que había llevado a cabo.
oo
¡ A esos extremos había llegado el apasionamiento
con el malogrado' gran maestro I
Es posible que también yo^ ponga pasión al escribir
estas líneas, en que he querido1, m á s que emitir un
juicio, dar una opinión, que resumiré en breves pa-
labras.
MagnífícO' en el primer tercio, el mejor en el se-
gundo, magno en la primera parte del tercero, y ma-
tador pronto', pero empleando^ un tranquillo demasia-
do visible, ¿ no se puede considerar como un torero
inmenso a este muchacho' de veinticinco años que
todo lo sabía y todo lo dominaba?
Con Joselito se repetía el caso, de lo que con Gue-
rrita ocurría ; pero mucho' m á s acentuado.
¿ P o r las mismas causas?
No todas, por loi menos, son iguales.
Desde luego', a uno y a otro el haber llegado, a la
cumbre les concitó la enemiga de esa parte de la opi-
nión que no' sufre de buen grado que se arrellane en
lo' alto el que ella misma ha elevado; persistir en el
acatamiento' es alg'O' superior a las fuerzas de la ve-
leidosa humanidad, que en su inquietud, en su afán
de mudanza, crea ídolos hoy por el gusto' de derri-
barlos mañana.
Joselito, declarado^ el resumen y compendio del sa-
ber taurómaco, o había de superarse constantemente,
lo cual equivalía a suponer ilimitada en él una facul-
tad que está en todos los hombres limitada. O' había
que dejarlo a un lado, como si no^ existiese, como un
ser inactual; y como' con esto' él no se hubiese con-
formado, ni lo otro' era posible, de ahí esa situación
anómala del gran torero con respecto a los públicos
que, mal aconsejados ahora como siempre, abando-
nan el pájaro en mano para irse tras los dos vo-
lando.
En treinta y ocho' años de escribir de toros, que
hacen de mí ¡ oh tristeza ! el decano' de los que al
- 8J —•
presente a estos menesteres se dedican en toda Es-
paña, he visto' a las gentes amargarse las horas de
placer unas veces porque Lagartijo daba el paso
a t r á s ; otras porque Frascuelo salía por la cara ;
m á s tarde porque Guerrita. arrancaba a matar con
toda velocidad, etc., etc., persiguiendo constante-
mente una perfección que repasando la historia del
toreo- no- he podido^ descubrir diestro alguno que la
poseyera.
Y es que en el fondo no- se persigue esa perfección.
Lo^que se persigue es muy difícil de averiguar, per-
qué la psicología de las multitudes es una cosa com-
plejísima. ¡ No tanto la de los malos pastores de
esas multitudes !
Por fortuna, hay que consignarlo', a las plazas
suele ir mucho público' per el sólo gusto de pasar un
rato- agradable, y aunque ese público' forme la des-
pectivamente llamada galería, en él reside el senti-
miento de equidad y justicia que la pasión suele bo-
rrar en los «buenos aficionados», en esos «buenos
aficionados)) que el lunes 17 de mayo de 1920 ya em-
pezaron a reconocer que con la muerte de Joselito el
«Gallo» había sufrido^ golpe tan rudísimo^ la afición
que mucho tardaría en reponerse de él.
F u é preciso' que el ton> Bailador acertase en su
cornada a herir de muerte al «ventajista», al «Lla-
pisera», al «exigente», al «soberbio», al que «no se
arrimaba», para que los «buenos aficionados» se re-
conciliasen con la verdad y confesasen que con el
Gallito se marchaba el sostén m á s firme de las corri-
das de toros y el único que nos divertía -a los aficio-
nados.
¡ Era hora de que la verdad se impusiera !
Montes, Guerrita, Gallito, en una misma cuerda,
bien puede afirmarse que han puesto' los jalones por
donde la tauromaquia ha seguido y habrá de seguir
en su marcha progresiva hacia una perfección de la
6
82
que estamos casi a su alcance, aunque otra cosa su-
pongan los que, engañados por el recuerdo, se em-
peñan en creer el espectáculoi favorito de los espa-
ñoles en decadencia.
VI
Sobre Gallito- pesaba una leyenda que yo mt, atre-
vería a afirmar que estaba poco conforme con la rea-
lidad.
Gallito no era seguramente como lo' pintaban los
que no' tenían bastante con combatirlo como^ torero
y acudían a la vida privada por concitarle los odios
y antipatías de que a n t é s he hablado.
N o he conocido de la vida íntima del gran torero
otros detalles que los que sobresalían a la superficie,
y si de las malas acciones que se le imputaban el 90
por 100 no tienen otro' valor que el de hablillas y
cuentos, en los que nada se precisa ni concreta, en
cambio, de sus buenas acciones la certidumbre es
exacta.
José era siempre el primero, por no' decir el único,
en acudir a todas las necesidades de sus amigos y
compañeros, y ahí está la serie de beneficios organiza-
dos por él en favor de los toreros y familias de éstos
en casos de desgracia, que confirman lo que digo.
En busca de Joselito iban los principiantes, y siem-
pre que había modo de complacerlos Joselito hacía
valer su influencia con las empresas para ayudar a
los torerillos, a trueque de que le llamasen luego' «exi-
gente ».
Porque eso' de las exigencias de Joselito el Gallo
es una de las cosas que m á s gracia han tenido.
En primer lugar e x i g í a por torear un dinero que
era el mismo que Juan Belmente cobra, 8,000 pese-
tas por corrida en que hubiese de matar dos toros y
en proporción en el caso de estoquear tres. ¿ Y por
qué cobrando eso no tenía José tema libre, como
tampoco Juan?
- 8 4 -
Sencillamente, porque las empresas sabían y sa-
ben que con José y Juan el buen éxito- está asegu-
rado.
¿ N o está, pues, ju«tificado' que Joselito pidiese
una parte proporcional de los beneficios que con su
cartel reportaba a/las empresarios?
Como antes pudo- decir Guerrita, José afirmaba,
y tenía razón, que él era el torero m á s barato, pues-
to que llenaba las plazas.
¡ A qué no se someterían ahora algunos empresa-
rios de los que le llamaron «exigente» por tenerlo- v i -
vo y que pudiera pedirles cosas !
Además de dinero-, se susurraba duramente a Ga-
llito que pidiese determinados toros, sin tener en
cuenta que el gran torero' de Gelves, como todos los
que han sabido torear, han preferido- siempre las re-
ses de casta brava y no-ble, porque con ellas el luci-
miento es m á s probable.
En eso Joselito no hacía m á s , y acaso mucho- me-
nos, como por anteriores estadísticas se ha proba-
do, que lo que en todos tiempos han venido haciendo-1
los lidiadores m á s sobresalientes.
L o franco- de su carácter le hacía contraer com-
promisos, que luego- ponía gran empeño en cumplir ;
peroi como no siempre podía, los que quedaban de-
fraudados se creían desatendidos, y ellos eran los
que aumentaban el coro- de los difamadores. Todo
por hallarse constantemente propenso a servir y a es-
cuchar a cuantos se le acercaban,
j Que eran miles !
Arbitro del toreo, a él acudían compañeros, empre-
sarios, ganaderos, corporaciones, siempre en solici-
tud de a l g o : dificultades que allanar, resistencias
que vencer, malas interpretaciones que aclarar, in-
transigencias que reducir, injusticias que reparar, y
en todo intervenía con inmejorables deseos, poniendo-
de relieve su habilidad diplomática, pasmosa en un
- 85 -
chiquillo, como también su buen sentido y su clarí-
sima inteligencia.
N o había conflicto que él no solucionase ni proble-
ma taurómaco1 que no' resolviese. Formal, serio', así
como respetaba a todos, le agradaba ser respetado, y
cuando las circunstancias lo exigían sabía impo-
nerse.
Cuantas veces, al verle rodeado de gentes que
unas con sus adulaciones, otras con sus halagos, di-
ríase que le hacían vivir una vida alejada de toda rea-
lidad, encontraba yo- extraordinario que supiese
substraerse a ese ambiente y se mantuviese siempre
en su puesto1, sin que un alarde ni una jactancia v i -
nieran a afear aquel carácter, que me atrevo a decir-
lo, aun que se trate de un torero, fué un privilegiado
de la Naturaleza, que en él se recreó1 para hacer un
hombre tipo.
José Delgado, Pepehillo, les había puesto el ve-
to1 a los toros castellanos ; del famoso diestro1 Fran-
cisco Montes, Paquiro, anda impreso por ahí un do-
cumento' auténtico en el que el gran maestro de Chi-
clana afirma haber toreado- machas reses de tres
años y ser las de esa edad de lidia ; Lagartijo y Fras-
cuelo preferían las g a n a d e r í a s andaluzas a las de
Colmenar. Y si Salvador lidiaba muchos toros de
don Vicente Martínez, fué cuando con dicho ganade-
ro contrajo una gran amistad ; Guerrita no quería
verlos ; Bombita y Machaquito propusieron la de ho-
norarios dobles las tardes en que se jugaban bichos
de Miura...
E l toro' grande, duro1 y difícil, pues, no ha sido1
nunca el favorito del lidiador, digan lo- que quieran
los que se figuran que eran otra casta de hombres los
que al oficio de torero1 se dedicaban en otra época.
JoselitO1 no1 los apetecía tampoco1 esos toros con t i -
po, fuerza y bromos, ni Belmonte, ni Gaona, ni na-
die...
86
De Guerrita se dijo que había hecho que los gana-
deros achicaran los toros, y como' dato curioso refe-
rente a este diestro, quiero apuntar que de 27 que en
su vida torera m a t ó recibiendo, 15 fueron del mar-
qués del Saltillo (hoy de don Félix Moreno Ardanuy),
con lo cual queda demostrado que las reses de casta
brava y suave no son las preferidas por los buenos
toreros porque con ellas se expongan menos, sino
porque se prestan mejor a la ejecución de suertes
con que complacer a la afición, pues k> mismo Gtw-
rrita que Gallito, sabido es que con todas' podían y de
todas sacaban el partido' posible.
Como se ve, pues, las «exigencias» de JoselitO' se
reducían, en la mayoría de los casos, a proteger a
los principiantes y postergados, a pedir de las em-
presas loi que era de justicia que le pagasen, y a to-
rear con m á s gusto toros de g a n a d e r í a s suaves que
de vacadas: duras.
¡ L o mismo que todos !
No era mi amistad con él tan estrecha, aunque sí
muy leal y sincera, para que pueda juzgarle como
homibre con un acierto cabal ; pero1 en el tiempo' que
le he tratado, aunque haya sido siempre de un modo
superficial, he podido darme cuenta de su afabilidad,
de su corrección, de su complacencia y, sobre todo,
de su discreción y buen sentido, muy digno' de notar-
se en un muchacho, mimado- por la fortuna, que, lejos
de engreírse, en todas sus palabras se mostraba mo-
desto y era con todos afectuoso.
Su afición predilecta eran los toros, y en cualquier
circunstancia era torero siempre.
Como torero- vestía, como torero hablaba y como
torero- vivía.
No se había puesto todavía una corbata : el cuello
de cuatro botones y nada m á s . Tampoco' había usado
otro sombrero que el ancho, ni m á s prenda de abrigo
- 8 ; -
en invierno que la capa en la ciudad y el chaquetón
en el campe.
He dicho antes que no se había puesto jamás una
corbata, y hay un retrato por ahí en que la ostenta.
Un retrato hecho en la Habana, porque sin duda fue-
ra de E s p a ñ a no quiso el gran torero chocar con las
costumbres y hábitos de otras tierras.
También en Lima se la puso alguna vez, y lo que
es m á s , un sombrerito de paja substituyó al flamenco
de alas anchas que era en él el corriente.
Y es que Joselito, aunque satisfecho de su popula-
ridad, no gustaba de llamar la atención y era refrac-
tario a exhibiciones.
Ocasiones hubo en que se tuvo que doler de esa
popularidad, pues debido a ella, a él le estaban veda-
dos actos en que el incógnito és de todo punto indis-
pensable.
¿ Q u é paso daría José en Sevilla, Madrid, Valen-
cia, Barcelona, etc., que pudiese quedar oculto, que
pasase inadvertido?
N o era aficionado a alhajas y mucho, a caballos y a
la caza.
Su conversación predilecta era la de toros ; y ha-
blandoi de eso que tanto' dominaba, atendía a sus in-
terlocutores ; no se molestaba porque le llevasen la
contraria y jamás tenía gestor ni palabra en que' se re-
velase impaciencia ni disgusto.
Escuchaba, replicaba con razones siempre'acerta-
das, y era para él una satisfacción grande coincidir
en opinión con la persona que discutía ; pero ni aun
en los momentos de m á s calor oí de sus labios una
palabra indecente o> gfruesa siquiera, una interjec-
ción que no fuese decorosa.
Las faenas del campo le entusiasmaban, y en in-
vierno se pasaba las semanas y los meses en las dehe-
sas derribando reses, en los tentaderos, toreando don-
— 88 —
de había oportunidad, y eso explica su gran conoci-
miento- del ganado.
Cuando' empezaba la temporada conocía una por
una las reses de la mayoría de vacadas y sabía qué
criador tenía las corridas en mejor y peor estado para
hi. lidia.
Pensó en ser ganadero, él mismo, y adquirió la va-
cada de Benjumea con ese objeto', pero ocurrió al poco
de comprarla la muerte de su madre, y esa desgracia
le hizo desistir de su idea, por to cual vendió vacas
y toros el pasado año, para no verse ligado a perma-
necer en Sevilla los inviernos y poder aceptar, si le
convenían, contratos como el que le llevó- al Perú.
Sus aficiones predilectas al toreo y al campo no ex-
cluían otras, y como- hombre inteligente y que se ha-
cía cargo' de las necesidades de la vida, procuraba
ampliar su instrucción y no perdonaba medio- para ello,
sin caer en extremos ridículos.
Se expresaba con corrección, y no recuerdo haber-
le oído j a m á s una baladronada de esas que son fre-
cuentes no tan sólo entre toreros, sino en los hombres
de todas las clases sociales- en Andalucía y donde no
es Andalucía.
Tenía cierto- gracejo al hablar, la voz un poco- gan-
gosa y chillona y conocía muy bien el arte de escu-
char.
Cuando el terha de la conversación eran los toros,
daba gusto- oirle. Con alta idea de sus méritos y muy
celoso- de su nombre, en las discusiones parecía olvi-
dar todo lo que él significaba y representaba en el to-
reo-, y en sus réplicas nunca perdía los estribos, aun
cuando oyera una majadería o- una atrocidad.
Desde luego, puede afirmarse que Joselito- el Gallo,
como- todos los hombres que se han destacado de un
modo tan sobresaliente, poseía una fuerza de volun-
tad realmente extraordinaria, de la que, todavía un
chiquillo, dió pruebas hasta un extremo inverosímil.
- gg -
El sabía que para ser torero era preciso tener fuer-
za, vigor ; y que ]a fuerza y el vigor se pierden con
la excesiva frecuencia de los sacrificios a Venus, y
abstenido' de ellos pasaba durante ios meses de tem-
porada, teniendo^ a veces que vencer tentaciones que
únicamente con su voluntad de hierro era posible.
En los comienzos de la temporada de 1918, salió
de Barcelona el 20 de marzo^ para darle la, alternativa
en Madrid al día siguiente a José Flores, Camará, y
los amigos que fuimos a despedirle a la hora del ex-
preso' al ApeadeTO del Paseo de Gracia, le vimos lle-
gar segundos antes de arrancar el tren, que ya te-
míamos que perdiese. Los que estaban enterados de
sus pasos, dijeron que seguramente se había entre-
tenido con determinada dama que le invitó' a tomar el
te en su quinta de San Gervasio.
Dos días después de esto- se hallaba José de regreso
en Barcelona y a eso de las doce de la m a ñ a n a fui a
verlo y lo encontré echado' en la cama y haciéndole
compañía su apoderado' Manolito Pineda.
Se excusó por recibirme así, y por las bromas de Pi-
neda comprendí que el cansancio' del diestro no se lo
ocasionaba el ajetreo profesional, sino otros ajetreos,
y m á s habiendo oído hablar por aquellos días de una
aventurilla en la que figuraba como' protagonista cier-
ta bailadora flamenca, que decidida, por lo' visto-, a
que el diablo- se la llevase en coche, eligió' por cochero
a Joselito.
—Pero, hombre, José — le dije yo entonces : — si-
guiendo así, y como la gente se entere, va usted a es-
tropear esa leyenda de que pensando- constantemente
en el toro, a él sacrifica todos los otros goces y pla-
ceres.
—-Ahora—me contestó el gran torero con aquella
sinceridad nunca desmentida,—ahora sí me permito
estos lujes, porque me siento' fuerte y sé que domino
a los toros... ; pero antes... antes eso- que cuentan es
— 9o —
verdad... y como he sido siempre robusto y sano, y la
Naturaleza exigía lo suyo, para evitar que durmien-
do me ocurriese lo que despierto- ya me cuidaba yo- de
que no pasase, me ataba un hilo- un poco- apretado
que me lastimaba tan pronto como1 sufría alteración
aquello- a que estaba atado-, y el' dolor me despertaba,
con lo- cual y un poco- de ag1ua fría todo- volvía a la
normalidad.
. En el despacho del propio Mano-lito Pineda, en Se-
villa, este a ñ o , por feria, y hallándose presentes los
estimados compañeros el Barquero, «Do-n Pío» y Aza-
res, Fernando el Gallo, José María Pinillo- y algún
otro amigo, recordé la confesión a Joselito- y Joselito
la confirmó-.
M i l otras anécdotas que son una confirmación de
lo precedente podría ahora repetir ; pero basta para
mi objeto lo que queda apuntado- en que se pone de
manifiesto hasta qué punto- era para él «serio-», co-
mo decía, eso- del to-reo-.
¡ Que un muchacho- a los diez y siete, a los diez y
ocho, a los veinte, a los veintidós años, tenga fuerza
de voluntad para reprimir, para contener ímpetus tan
vehementes y al propio tiempo- tan naturales, lo en-
cuentro- tan fuera de lo ordinario, que para dar idea
de lo que era ese c a r á c t e r no he titubeado- en hacer
esta referencia, en la que salen a la luz intimidades
que siempre he creído que debían respetarse.
Unase esa voluntad de hierro a una inteligencia muy
viva, a una sensatez, a una cordura, a un buen sen-
tido-, que asombraba a cuantos le trataban, y que
oyéndole hablar hacía olvidar que era un niño- el
que se estaba escuchando-; y apliqúense todo este
cúmulo- de cualidades al torero-, con m á s una afición
sin límites, un amor exagerado a la profesión, y eso
explicará que en edad que otros comienzan a dar los
primeros pasos por el camino de la gloria, se hallase
él ya reposando en la cúspide de ella, y que a los vein-
— 9i —
ticinco años haya desaparecido, después de haber pa-
sado la esponja de sus triunfos por todas l a s ' p á g i n a s
triunfales que en la historia de la tauromaquia escri-
bieron con sus proezas los m á s grandes maestros.
¡ T o r e r o , torero, torero!...
Diríase que la Fatalidad cuidó de que no fuera otra
cosa, segando en flor una vida que acaso en otras ac-
tividades hubiera podido dar sus frutos.
¿ Y qué hay en ello de malo?
El arte, el saber, la ^maestría de Joselito el Gallo,
¿podían acabar en un final burgués, como ha sido
el de otros diestros? ¿No' merecía José esa apoteo-
sis sin precedentes, que sólo> una muerte heroica y
triunfal podía proporcionarle?
¡ Respetemos los designios de quien todo1 lo puede !
El que no quería ser m á s que torero', justo' era que
muriese comoi tal, en la plaza, llevando el traje de
luces... ¡ Piénsese en Napoleón muerto1 en Santa Ele-
na y en Napoleón muerto en Waterloo^ al frente de
sus huestes!
Y o creo1 que t a r d a r é largo tiempo en consolarme
por la pérdida del amigo, pen> eso no es obstáculo^
para que me parezca que con su muerte ha logrado
el artista gloria inmarcesible, no' empañada por nin-
guna de las miserias, torpezas, y hasta ridiculeces
que un largo vivir trae consigo.
Pero sigamos hablando del hombre.
De ese buen sentido y de ese sentido' práctico de
que- antes he hecho mención, he sido- testigo' de una
prueba.
H a l l á b a m e yo- cierto día hablando con él en una ha-
bitación del Hotel de Oriente de Barcelona, del que
es administrador el señor Branvila, el cual, como
cuantos lo conocían a fondo, adoraba a José, y vino a
interrumpirnos su pariente y hombre de confianza An-
tonio Parra, que le presentaba la cuenta del hotel.
— 92 —
Fijóse en ella José y en seguida le p r e g u n t ó a Pa-
rrita :
•—¿Tú sabes francés?
—Yo, no—respondió Antofiito.
—Entonces, cuando yo te diga ¿esto qué significa?
•—y señalaba una línea,—¿qué me contestarás t ú ?
-—Yo... náa... Pues si no s é . . .
-—Entonces, anda, dile a Branvila que te ponga to-
do esto en español, que es la lengua que tú y yo ha-
blamos y conocemos.
Le recordaba, días después de la muerte, al pro-
pio don José Branvila, esta anécdota, y el cariñoso
y buen amigo1 que por Joselitoi el Ga¡lo> sentía un
afecto, una estimación y hasta una admiración sin
límites, no al torero, sino' al hombre, con l á g r i m a s
en los ojos me decía :
—Como ese, le podría a usted referir detalles re-
veladores del gran talento^ de José, pues me cabe la
satisfacción de haber gozado de su confianza y yo
soy depositario de secretos íntimos de su vida en los
que la honradez, la nobleza y la entereza de su ca-
rácter quedan de manifiesto...
Calló un momento el simpático y dolorido1 amigo y
añadió luego :
—Puede usted afirmar, que yo1 que lo he conocido
a fondo, fi seguro que pocos hombres como él tan
bondadosos y leales he tratado -; y lo repito, sé a q u é
atenerme, pues han sido muchas las noches en que
él acostado y yo sentado a los pies de su cama, ha
amanecido, en conversación ambos, sobre cosas, he-
chos y proyectos, en los que nunca a s o m ó m á s que
aquello^ que me lo' hizo tan querido y hoy hace que
tanto lo' sienta. ¡ Pobre Joselito! Si las gentes lo^ hu-
bieran podido' apreciar como yo, en todo lo^ que valía,
no le habrían amargado la vida tantas injusticias.
Con él he perdido' a un verdaderoi amigo.
é — 93 —
Y como Branvila, hablan de él cuantos tuvieron
ocasión de tratarle con alg'una intimidad.
Así he oído' hablar a don Emilio Junoy, que le qui-
so1 de veras y lo ha sentido' como' a un miembro de su
familia; así a José María Pinillo; así a Franqueza ;
así a todos.
¡ Era un torero inconmensurable ; pero el hombre
valía tanto como el torero !
A su hermano Rafael, cuando' se retiró del toreo,
le ofreció 2,000 pesetas mensuales mientras él, Jose-
lito, toreasfe, y 1,000 cuando' se quitase de los toros.
Comoi a Rafael, o a los que le rodean, eso le pare-
ciese insuficiente y quisiese volver a torear, José se
negaba a actuar en las mismas plazas que su herma-
no, porque creía, y yo' con él, que hacer lo contrario
sería declararse cómplice de la falta de formalidad
de aquél y dar pie a que la gente dijese que se habían
confabulado' los dos para explotar al público simu-
lando despedidas.
Después de su muerte ha circulado' la noticia de que
se hallaba en relaciones con una señorita sevillana,
pem nada de esto se conocía con anterioridad.
Su amigo íntimo don Franciscoi Urzáis, ha dado' en
sus conversaciones algunos detalles íntimos de la v i -
da del gran torero.
Ha Aianifestado que JoselitO' estaba enamoradísimo
de la hija de don Felipe de Pablo Romero. Parece que
en sus comienzos estos amores tropezaron con alguna
oposición por parte de la familia de la novia ; pero' és-
ta, enamoradísima también del torem, logró' conven-
— 94 —
cer a su familia, venciendo su resistencia, y última-
mente habían desaparecido todas las dificultades.
Gallito pensaba retirarse del toreoi dentroi de cuatro
años, acabando su vida torera en Zaragoza, ta mismo'
que lo' hizoi GuerritcL, sin anuncios previos, para con-
traer matrimonio con la hija del señor de Pablo- Ro-
mero.
Agrega don Francisco- Urzáis que JoselitO' le dijo
recientemente :
—Cviando un a ñ o , por las fiestas del Pilar, vea us-
ted que le brindo' un toro-, prepare un buen regalo.
Aquél será el último toro- que estoquee en mi vida.
Y terminó diciendo :
—Esto sucederá dentro de cuatro años. Entonces
me casaré.
Del concepto que de él tenían formado sus compa-
ñeros como- maestro en el arte de lidiar de reses bra-
vas, da idea esta anécdota :
N o hace miicho' recordaba Vicente Pastor que él,
que no- va nunca de espectador a. los to-ros por to mu-
choi que sufre viéndolos a todos cogidos, iba tran-
quilamente a ver torear a Joselitoi; y como- éste una
vez, creo que al día siguiente de matar en Madrid, él
solo^ aquellos siete toros de Martínez, le dijese al en-
contrarse! en la calle :
— ¿ N o desía usté que no iba nunca a los toros?
Pues ayer le v i a usté en la plasa.
—¡ Toma !—respondió Vicente ;— a verte a t i ; mi-
ra, qué gracia ; corno que contigo- estoy tranquilo,
porque sé que no hay toro- que te coja.
Y de la verdad de sus exigencias, esta otra anéc-
dota dice mucho :
— 95 —
Durante el viaje a Talavera, precisamente, habló
Joselito de la corrida de Albaserrada, que no se pudo
lidiar en Madrid el día 15 de mayo, que había pedido
José para el 17.
—¿ Pero cómo se va a lidiar el 17 una corrida que
no se pudo1 lidiar el 15 ?—le preguntó' uno de sus com-
p a ñ e r o s de viaje.
—Pues porque me han dicho que no se lidia por m i ,
porque los toros son grandes, y se la he pedido a la
Empresa para que vea el. público dos cosas : que por
mí no dejó de lidiarse, y que los toros no^ son gran-
des.
A propósito^ de la corrida de Albaserrada, se dijo
que era corta de pitones y se comentó' el que los pú-
blicos se fijaran en esto' para rechazar o admitir un
toro.
JoselitO' dijo' entonces :
—Se desechan los toros cornicortos, esos que se
llaman de poco respeto- en la cabeza, porque cree la
gente que no- son peligrosos, que no pueden dar una
cornada, y es lo- contrario : esos toros cornicortos son
m á s certeros, y rara vez enganchan sin herir.
Cuando así hablaba José, con esa seguridad y ex-
periencia que le había dado su profesión, no- sospe-
chaba que un toro cornicortO', de esos certeros que él
decía, había de matarle unas horas m á s tarde.
Hablando de la muerte de Gallito, decía Guerrita
que se habían terminado' en España los buenos e inte-
ligentes toreros.
Cree Guerrita que la muerte de JoselitO' hará que se
retraigan infinidad de buenos aficionados.
—Ahora apreciaremos lo que valía—dice Guerrita,
—ahora que falta, y to recordaremos en todas las co-
— 96 —
nielas, cuando no veamos arte y estemos aburridos
y sobresaltados por la ignorancia de los que torean.
* * •*
¡ Pobre Joselito!
Yo que le estimé como- amigO' tanto como le admi-
ré como supremo artista, y que la noticia de su muer-
te me ha producido un dolor tan hondOi que de él rio
quiero hablar por temor de que pueda haber quien
no' loi comprenda, ya desaparecido' creo envidiable su
fin, porque creo1 en la gloria, y era preciso, para que
la suya fuese insuperable, que ese tuviese el m á s
grande de los toreros que han existido y tal vez el ma-
yor de los que puedan existir.
FIN
B f l l b f l D O R , de la Dluda de Ortega, que o c a s i o n ó la muerte
del gran lidiador
i
: di