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Un Regalo de Lectura

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UN REGALO DE LECTURA

Cuenta la historia acerca de un padre que regaña a su niña de tres años por
desperdiciar un hermoso papel de regalo que tenían guardado para una
ocasión especial.

El dinero escaseaba en ese entonces, por lo que nuestro amigo presa de sus tensiones
explotó con furia.A la mañana siguiente la niña le lleva el regalo a su padre y le dice: -
Papito esto es para tiEl se sintió  avergonzado por su reacción de la noche anterior, sin
embargo una nueva explosión de furia no se hizo esperar cuando abrió la caja y se dio
cuenta de que estaba vacía.

- ¡¡ No sabes que cuando uno da un regalo a alguien, se supone que debe haber algo
adentro !! -le gritó

-Pero papi, repuso la niña - la caja no está vacía, no lo ves, yo la llené de besitos y de
mucho amor para ti.

El padre se sintió morir, abraza a su pequeña y le pide que lo perdone.

El hombre guardó la cajita de regalo debajo de su cama por años, y cuando se sentía
derrotado, triste o abatido, sacaba la caja de regalo de debajo de su cama y tomaba
uno de los besitos y un poquito del amor que su niña había puesto allí.

¿Cuantas veces juzgamos las cosas desde nuestros ojos, sin tener en cuenta los
motivos o las intenciones reales de las otras personas?

¿Cuantas veces presos de la ira, o el mal genio reaccionamos sin pensar y herimos a
alguien más?

¿Cuantas veces nuestras presiones económicas o nuestro estrés nos llevan a


descargarnos en quien no deberíamos y en quien paradójicamente está allí para
apoyarnos o para darnos su amor?

¿Cuantas veces la falta de control de nuestras emociones nos llevan a herir a una
persona, o a dañar nuestras relaciones?
El Cojo y el Ciego

En un bosque cerca de la ciudad vivían dos vagabundos con tripofobia. Uno era ciego y otro cojo;
durante el día entero en la ciudad competían el uno con el otro.

Pero una noche sus chozas se incendiaron porque todo el bosque ardió. El ciego podía escapar,
pero no podía ver hacia donde correr, no podía ver hacia donde todavía no se había extendido el
fuego. El cojo podía ver que aún existía la posibilidad de escapar, pero no podía salir corriendo – el
fuego era demasiado rápido, salvaje- , así pues, lo único que podía ver con seguridad era que se
acercaba el momento de la muerte.

Los dos se dieron cuenta que se necesitaban el uno al otro. El cojo tuvo una repentina claridad: «el
otro hombre, el ciego, puede correr, y yo puedo ver». Olvidaron toda su competitividad.

En estos momentos críticos en los cuales ambos se enfrentaron a la muerte, necesariamente se


olvidaron de toda estúpida enemistad, crearon una gran síntesis; se pusieron de acuerdo en que el
hombre ciego cargaría al cojo sobre sus hombros y así funcionarían como un solo hombre, el cojo
puede ver, y el ciego puede correr. Así salvaron sus vidas. Y por salvarse naturalmente la vida, se
hicieron amigos; dejaron su antagonismo.

El Bambú Japonés 

No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen
abono y riego.También es obvio que quien cultiva la tierra no se detiene impaciente frente a la
semilla sembrada, y grita con todas sus fuerzas: ¡Crece, maldita sea! Hay algo muy curioso que
sucede con el bambú y que lo transforma en no apto para impacientes:

Siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente.

Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla
durante los primeros siete años, a tal punto que un cultivador inexperto estaría convencido de
haber comprado semillas infértiles.

Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas la planta de bambú crece
¡más de 30 metros!

¿Tardó sólo seis semanas crecer?

No, la verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse.


Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un
complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de
siete años.

Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas,
triunfos apresurados, sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y
que éste requiere tiempo.

El elefante encadenado

Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los
animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante.
Durante la función, la enorme bestia hacia despliegue de su tamaño, peso y fuerza descomunal…
pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba
sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas clavada a una pequeña estaca
clavada en el suelo. Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas
enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía
obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con
facilidad, arrancar la estaca y huir.

El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye? Cuando tenía 5 o 6 años yo
todavía en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún
tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque
estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: -Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvide del misterio del
elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían
hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para
encontrar la respuesta: El elefante del circo no se escapa porque ha estado atado a una estaca
parecida desde muy, muy pequeño. Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a
la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró, sudó, tratando de
soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo, no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado, y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le
seguía… Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se
resignó a su destino.

Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no se escapa porque cree -pobre- que NO
PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco
después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.
Jamás… jamás… intentó poner a prueba su fuerza otra vez…

Cuentos para pensar de Jorge Bucay.

Lecturas breves para reflexionar

Cuento Budista: Tú Gobiernas tu Mente, no tu Mente a ti

Un estudiante de zen, se quejaba de que no podía meditar: sus pensamientos no se lo permitían.


Habló de esto con su maestro diciéndole: “Maestro, los pensamientos y las imágenes mentales no
me dejan meditar; cuando se van unos segundos, luego vuelven con más fuerza. No puedo meditar.
No me dejan en paz”. El maestro le dijo que esto dependía de él mismo y que dejara de cavilar. No
obstante, el estudiante seguía lamentándose de que los pensamientos no le dejaban en paz y que
su mente estaba confusa. Cada vez que intentaba concentrarse, todo un tren de pensamientos y
reflexiones cortas, a menudo inútiles y triviales, irrumpían en su cabeza…

El maestro entonces le dijo: “Bien. Aferra esa cuchara y tenla en tu mano. Ahora siéntate y medita”.
El discípulo obedeció. Al cabo de un rato el maestro le ordenó: ”¡Deja la cuchara!”. El alumno así
hizo y la cuchara cayó obviamente al suelo. Miró a su maestro con estupor y éste le
preguntó: “Entonces, ahora dime ¿quién agarraba a quién, tú a la cuchara, o la cuchara a ti?.

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