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Biod Sarandon 2020

Este documento trata sobre la biodiversidad, la agroecología y la agricultura sustentable. Explica que la agricultura moderna ha llevado a una gran simplificación de los sistemas de producción y una baja diversidad, lo que ha traído problemas como el surgimiento de plagas resistentes. Propone que reconstruir la biodiversidad funcional de los agroecosistemas puede ayudar a lograr sistemas de producción alimentaria más sanos, viables y justos. Finalmente, introduce el concepto de biodiversidad y por qué es importante para la agric

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Biod Sarandon 2020

Este documento trata sobre la biodiversidad, la agroecología y la agricultura sustentable. Explica que la agricultura moderna ha llevado a una gran simplificación de los sistemas de producción y una baja diversidad, lo que ha traído problemas como el surgimiento de plagas resistentes. Propone que reconstruir la biodiversidad funcional de los agroecosistemas puede ayudar a lograr sistemas de producción alimentaria más sanos, viables y justos. Finalmente, introduce el concepto de biodiversidad y por qué es importante para la agric

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Biodiversidad, agroecología

y agricultura sustentable

Santiago Javier Sarandón (coordinador)

FACULTAD DE
CIENCIAS AGRARIAS Y FORESTALES
BIODIVERSIDAD, AGROECOLOGÍA
Y AGRICULTURA SUSTENTABLE

Santiago Javier Sarandón


(coordinador)

Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales


Sarandón, Santiago Javier
Biodiversidad, agroecología y agricultura sustentable / Santiago Javier Sarandón ; María
Margarita Bonicatto ; coordinación general de Santiago Javier Sarandón. - 1a ed. - La Plata :
Universidad Nacional de La Plata ; EDULP, 2020.
Libro digital, PDF - (Libros de cátedra)

Archivo Digital: descarga


ISBN 978-950-34-1948-9

1. Agroecosistemas. 2. Agricultura Sustentable. I. Bonicatto, María Margarita. II. Título.


CDD 635.048

Diseño de tapa: Dirección de Comunicación Visual de la UNLP

Universidad Nacional de La Plata – Editorial de la Universidad de La Plata


48 N.º 551-599 / La Plata B1900AMX / Buenos Aires, Argentina
+54 221 644 7150
[email protected]
www.editorial.unlp.edu.ar

Edulp integra la Red de Editoriales Universitarias Nacionales (REUN)

Primera edición, 2020


ISBN 978-950-34-1948-9
© 2020 - Edulp
CAPÍTULO 1
Agrobiodiversidad, su rol en una agricultura
sustentable
Santiago Javier Sarandón

Introducción

Uno de los mayores desafíos de la humanidad está relacionado con lograr diseñar y manejar
sistemas de producción de alimentos saludables, en abundancia y manteniendo la calidad de los
recursos, los bienes comunes, para esta y las futuras generaciones.
Durante la mayor parte de nuestra historia, de nuestra vida en el planeta tierra, los seres
humanos no dependíamos de la agricultura para obtener nuestros alimentos. Éramos cazado-
res, recolectores y nuestra relación con la naturaleza era diferente a la actual. Perseguíamos
rebaños, cosechábamos y comíamos frutos, semillas, granos, raíces, tallos, hojas, miel, etc.
Éramos parte de la naturaleza, un componente más de la gran biodiversidad del planeta, nos
nutríamos con ella y, luego de muertos, nuestros cuerpos pasaban a formar parte del ciclo de
nutrientes posibilitando la vida de otros seres. No nos iba tan mal entonces, invertíamos poco
tiempo para conseguir los alimentos y teníamos tiempo para dedicarnos al arte de pintar las
cavernas (Harlan, 1992).
Con el advenimiento de la agricultura, hace tan sólo unos 10,000 años, un instante en nuestra
historia, el ser humano comenzó a modificar la naturaleza para ponerla a su disposición con el
fin de obtener de ella bienes y servicios considerados de utilidad. No quería adaptarse, prefería
modificarla. Esto se llama agricultura y pasó a ser la mayor fuente de producción de alimentos
para los seres humanos hasta el día de hoy. Tuvo algunas ventajas; la posibilidad de asenta-
mientos, de crear aldeas, ciudades con muchos habitantes, pero tuvo otras (bastantes) conse-
cuencias no tan buenas.
Desde el punto de vista ecológico, esto significó una enorme intervención, una modificación
de la naturaleza en una extensión nunca vista, y una significativa disminución de la biodiversidad:
de miles de especies, a unos pocos cultivos o la cría de unas pocas especies de ganado de
interés para los seres humanos. Con el avance del modelo productivista derivado de la llamada
revolución verde, esta simplificación y manipulación de la naturaleza fue llevada a un extremo.
Pocas especies y variedades de alto potencial de rendimiento, conseguidas mediante mejora-
miento genético y el uso de grandes cantidades de energía, fertilizantes y pesticidas conformaron
el modelo de agricultura actual, que se caracteriza por una bajísima biodiversidad.

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En los últimos años, se hicieron cada vez más evidentes los síntomas, las consecuencias
de esta baja diversidad: la aparición de formas resistentes de plagas, malezas y, en la actuali-
dad, de patógenos, el uso creciente de pesticidas y energía y el rechazo de la población en
muchas ciudades al uso de plaguicidas generó una gran preocupación en diferentes ámbitos
académicos, públicos y en los propios productores. Cada vez es más evidente que se requieren
importantes cambios.
Los síntomas son tan claros, los problemas son tan serios, las consecuencias tan preocupan-
tes, que aun aquellos que hasta hace poco tiempo los negaban enfáticamente, han comenzado
a reconocerlos; las evidencias son abrumadoras. Aparece, entonces, la preocupación sobre la
necesidad de tomar medidas al respecto, de hacer las cosas bien, y la única propuesta que surge
dentro del modelo es aplicar lo que se conoce como buenas prácticas agrícolas (BAP). Esto se
refiere, fundamentalmente a consejos para la aplicación de plaguicidas: a respetar las distancias
de los centros poblados, no aplicar con viento, usar los picos de pulverización y los tamaños de
gotas apropiados, respetar el período de carencia y otros consejos parecidos. De alguna manera,
se transfiere la responsabilidad a los que usan la tecnología derivada de este modelo, a los apli-
cadores, a los agricultores y agricultoras y no a los responsables de su diseño y difusión. Aunque
este reconocimiento de que las prácticas no son adecuadas es importante, la solución no está
en aplicar mejor o más tecnología, sino en remover las causas del problema.
Lo que estamos viendo no son los problemas, sino los síntomas de un problema mayor, la
bajísima diversidad de los sistemas modernos de producción de alimentos en busca de optimizar
la productividad y rentabilidad, que ha debilitado o anulado los importantes procesos ecológicos
que esta brindaba, como por ejemplo, el control de plagas. Acá está el problema, pero, paradó-
jicamente, también está la solución.
Desde el campo de la agroecología se propone, entonces, reconstruir y/o fortalecer la biodi-
versidad funcional de los agroecosistemas para mejorar las interacciones entre sus componentes
a fin de poder lograr un flujo de bienes y servicios compatibles con los intereses de esta y las
futuras generaciones mediante sistemas de producción de alimentos sanos y nutritivos, que sean
económicamente viables, ecológicamente adecuados y socialmente más justos.
Pero esto requiere entender y manejar la biodiversidad en los agroecosistemas, lo que plantea
varias dificultades y desafíos. Un concepto que ha estado durante muchos años en el campo de
las ciencias naturales, de los naturalistas, de los biólogos, en el mundo silvestre, pasa a ser el
elemento clave para manejar y diseñar sistemas agroalimentarios sustentables. Es hora de abor-
darlo. Este capítulo pretende entender qué es la biodiversidad, por qué es importante para la
agricultura y analizar este desafío.

La Biodiversidad, concepto e importancia

Varias son las preguntas que surgen inmediatamente al abordar este interesante campo de
conocimientos, entre otras: qué es la biodiversidad, por qué es importante para la agricultura y,

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por qué razón ha estado ausente en la formación de los profesionales y técnicos de las ciencias
agropecuarias. Veamos de qué se trata.

Qué es la biodiversidad

En realidad, todos tenemos alguna idea sobre lo que es la biodiversidad; algo así como la
diversidad de la vida, la existencia de muchas especies. Según el Convenio sobre Diversidad
Biológica (CDB), adoptado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente
(PNUMA), que entró en vigor el 29/12/1993, “significa la variabilidad entre organismos vivientes
de todo tipo u origen, incluyendo, entre otros, ecosistemas terrestres, marinos y otros sistemas
acuáticos y los complejos ecológicos de los cuales ellos forman parte”. Esto incluye diversidad
dentro de las especies (genética), entre especies (específica) y de ecosistemas”. (UNEP, 1994)
La diversidad entre especies es la que más fácilmente percibimos, nuestra capacidad de distin-
guirlas es bastante buena, sabemos que eso es un perro, un gato, un caballo, un trigo, un roble, una
abeja, un águila, etc. Esta es la parte más visible de la biodiversidad. Y la que, en general, es percibida
y valorada por la población. Nos preocupamos porque el oso panda, o el yaguareté no se extingan,
o porque nos enteramos de que diariamente desaparecen varias especies de la faz de la tierra.
Pero hay otras dos dimensiones igualmente importantes, la dimensión genética y la de eco-
sistemas. La dimensión genética está dentro o forma parte de las especies. Una especie, es en
realidad una clasificación taxonómica, que nos permite su ubicación entre todas las especies en
grupos similares, por ejemplo, en lo que llamamos familias. Así, el zapallo, la sandía, el melón,
el pepino, son especies diferentes que pertenecen a la familia de las cucurbitáceas, se parecen
bastante. Pero lo que vemos en la naturaleza es lo que llamamos una población, un conjunto de
individuos de la misma especie, por ejemplo, una población de trigo, o de maíz. En una parcela
de una finca sembramos muchas plantas (semillas) de la especie maíz, o de la especie trigo, las
que a su vez pueden ser atacadas por alguna especie de plaga. Pero lo que tenemos es un
conjunto de individuos de la misma especie, que son todos parecidos, lo suficientemente pareci-
dos para que sepamos que son todos trigo, pero esos individuos, esas plantas, no son todas
iguales. Entre ellas hay diferencias genéticas, muchas de ellas perceptibles a simple vista y otras
no. Esto es lo que se llama variabilidad genética y es lo que también se denomina “pool “ o acervo
genético y es importantísimo porque le otorga a esa población su capacidad de adaptación. Si
una enfermedad, una helada, una sequía, una plaga, afectara nuestro cultivo de trigo, no todas
las plantas lo sufrirían por igual, porque no todas tienen la misma composición genética. Posible-
mente, alguna tiene un gen que le otorga un mayor capacidad de soportar altas temperaturas o
de crecer en suelos pobres en nitrógeno, o una sustancia que repele al insecto plaga. La gran
variabilidad genética de la población hace que esta pueda permanentemente adaptarse al en-
torno o ambiente cambiante. Es una característica fundamental para los seres vivos.
Por último, hay otra dimensión de la biodiversidad, no siempre percibida que es la variabilidad
ambiental o de ecosistemas. Esta es importante porque ambientes diversos generan climas,

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oportunidades y recursos diferentes y variados (diferentes nichos ecológicos) que hacen posible
la existencia de muchas especies. En ambientes poco variados, en un “monoambiente”, no hay
posibilidades de que haya muchas especies. Por eso la biodiversidad ambiental es fundamental
a todo nivel, desde los grandes biomas, los paisajes regionales o locales, hasta los microambien-
tes que pueden existir en una finca. Eso genera oportunidades “nichos ecológicos” que posibilitan
la existencia de una gran biodiversidad de especies.
Hoy la biodiversidad está en peligro. Ya en 1990 el PNUMA alertaba que cada día desaparecen
100 especies de la faz de la tierra, lo que señala la gravedad del problema. El IPBES (2019) aprobó,
en mayo de este año, un documento sobre la evaluación global de la biodiversidad y servicios eco-
sistémicos donde señala que la naturaleza, incluyendo especies, sus genes y poblaciones, comuni-
dades de poblaciones interactuantes, procesos ecológicos y evolutivos, y los paisajes y ecosistemas
en los cuales ellos viven, está ahora declinando rápidamente y muchas facetas de la naturaleza ya
han sido muy afectadas, sugiriendo que la Tierra ha entrado en el denominado Antropoceno.
Teniendo en cuenta la importancia de la biodiversidad para los seres humanos y otras espe-
cies y el peligro en que se encuentra, el CDB, ha establecido los siguientes objetivos (UNEP,
1994): a) la conservación de la Diversidad Biológica (DB), b) la utilización sostenible de sus com-
ponentes y c) la participación justa y equitativa de los beneficios que se deriven de la utilización
de los recursos genéticos.
Por utilización sostenible" entiende “la utilización de componentes de la diversidad biológica
de un modo y a un ritmo que no ocasione la disminución a largo plazo de la diversidad biológica,
con lo cual se mantienen las posibilidades de ésta de satisfacer las necesidades y las aspiracio-
nes de las generaciones actuales y futuras”.
.La biodiversidad es importante para la vida de los seres humanos y otros seres en el planeta
porque provee muchos bienes y servicios, (funciones ecológicas) algunos más concretos y visi-
bles y otros menos, pero igualmente fundamentales. Uno de ellos es la producción de alimentos
y otros bienes y servicios, es decir, la agricultura.

Biodiversidad y agricultura: una relación necesaria

Importancia de la biodiversidad para la agricultura

Comprendida la importancia de la biodiversidad para la humanidad, nos preguntamos cuál es


la importancia que tiene para la agricultura en particular. A simple vista o de una primera impre-
sión parece que nada tienen que ver; una cosa es el mundo silvestre, natural, donde “está” la
biodiversidad y otra cosa muy distinta son los sistemas de producción de alimentos, los sistemas
agropecuarios. Sin embargo, la biodiversidad es importante, esencial para la agricultura, porque
aporta dos cosas fundamentales: a) recursos genéticos y b) procesos (servicios) ecológicos. Am-
bas son fundamentales para que pueda hacerse agricultura o actividades agropecuarias.

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La necesidad de los recursos genéticos es bastante evidente, son las semillas, las variedades,
los híbridos, los materiales que cultivamos, las razas de animales que criamos, de ganado, de
aves, de cabras. La importancia de esta parte de la biodiversidad siempre ha estado clara para
las ciencias agronómicas y ha existido una preocupación por su conservación: es el almacén de
dónde sacamos lo que necesitamos para cultivar o criar, y los repuestos por si se daña. Esto
comprende tanto las variedades en sí mismas, como los parientes relativos con los cuales se
pueden cruzar, por ejemplo, se han preservado variedades de trigo y todos los parientes de trigos
primitivos, antecesores o especies relacionadas, cultivadas o silvestres.
Es tal la preocupación por la pérdida que implicaría el deterioro de este material, la erosión
genética, que existen en todo el mundo bancos de germoplasma, que conservan y catalogan
miles de “entradas” de especies cultivadas y sus parientes. Esto es lo que se llama conservación
“ex situ” porque se realiza fuera de los lugares donde estas especies crecen y se han originado
y se cultivan. En América Latina existen 3 grandes centros dependientes de la CGIAR (Grupo
Consultivo Internacional de Investigación en Agricultura), uno de los promotores de la Revolución
Verde, que son importantes bancos de germoplasma: ellos son el CIMMYT (Centro internacional
de mejoramiento de maíz y trigo) en México, el CIP (Centro internacional de la papa) en Lima,
Perú y el CIAT (Centro de Investigaciones en Agricultura Tropical) en Palmira, Colombia. El INTA
en Argentina tiene también importantes bancos de germoplasma.
A escala mundial, recientemente se ha inaugurado en Noruega lo que se conoce como el “arca
de Noé” (Svalbard Global Seed Vault) de semillas donde la humanidad guarda, en el “permafrost”
(temperaturas bajo cero permanentes) millones de semillas de especies de todo tipo. Un reservorio
de biodiversidad, o, al menos, de una parte de esta. Sin embargo, a pesar de la importancia que tiene
este tipo de conservación, el CDB, en el artículo 9 reconoce que la conservación “ex situ” es un “com-
plemento” de las medidas “in situ”, lo que implica admitir la imposibilidad de conservar la biodiversidad
exclusivamente en bancos de germoplasma, que ha sido la tendencia predominante hasta ahora
(Sarandón, 2009). Veremos de qué se trata la conservación “in situ” más adelante.
Por el otro lado, y simultáneamente, la biodiversidad es importante para la agricultura porque
es la responsable de muchos procesos ecológicos fundamentales para que pueda desarrollarse
esta actividad. Entre ellos, la polinización: un tercio de las cosechas del mundo dependen de los
polinizadores (ver capítulo 9), la regulación biótica (capítulos 7, 8 y 10) y la descomposición de
la materia orgánica, el ciclado de nutrientes (capítulo 2 y 3) entre otros, que desarrollaremos más
adelante. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con los recursos genéticos, claramente
percibidos como necesarios, este aporte o rol que cumple la biodiversidad en los agroecosiste-
mas es poco percibido, más abstracto, de un valor “difuso” y es lo que está en peligro. Y, para-
dójicamente, la agricultura, que depende de ella, es una de sus principales amenazas.

Efecto de la agricultura sobre la biodiversidad

A pesar de la importancia que tiene la biodiversidad para la agricultura, paradójicamente, esta


es la actividad de los seres humanos que más atenta contra la biodiversidad. En primer lugar,

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tiene un gran efecto por su extensión; la agricultura (y ganadería) es la actividad humana que
ocupan la mayor parte de los territorios de los países. Más del 50% de los ecosistemas terrestres
de la mayoría de los países son agroecosistemas, es decir, sistemas transformados por los seres
humanos para producir bienes (carne, cereales, frutos, fibra, combustible) y servicios de interés.
Por otra parte, lo que tiene un enorme impacto sobre la biodiversidad es el modelo de agri-
cultura prevaleciente. Hay que entender que no hay un solo modelo o forma de hacer agricultura.
Y que la forma que predomina actualmente es sólo una de las maneras posibles en las que se
puede concebir la agricultura. Acá está el problema: este modelo predominante se caracteriza
por su bajísima biodiversidad, lo que constituye una gran paradoja: la necesita, depende de ella,
pero la restringe, la disminuye, la combate.

Baja diversidad específica y genética


Se considera que, sobre unas 400.000 especies de plantas que se estima existen sobre el pla-
neta tierra, de las cuales dos tercios se consideran comestibles, los seres humanos solo consumen
aproximadamente unas 200 especies globalmente (Warren, 2015). Otros autores sostienen que el
mundo tiene más de 50,000 plantas comestibles, pero el 90% de la demanda de energía del mundo
está satisfecha por sólo 15 cultivos y, aproximadamente dos tercios de nuestro consumo calórico,
son provistos por 3 cultivos: arroz, maíz y trigo (Gruber, 2017). Pero, además de pocas especies,
lo que ya es preocupante, el modelo se caracteriza por unas pocas variedades o cultivares, es
decir, por una baja diversidad genética dentro de las especies. La gran cantidad de variedades,
ecotipos, razas locales que existían hace muchos años se han reducido a una pocas, exitosas, que
tienen la habilidad de responder al gran agregado de insumos necesario para expresar su “poten-
cial de rendimiento”. Esta estrechez en el acervo o “pool” genético, sumada a las pocas especies
cultivadas, en grandes extensiones, implica una baja biodiversidad específica, genética y de eco-
sistemas, y una gran vulnerabilidad ecológica para los sistemas de producción de alimentos.
Esto es consecuencia de la aplicación o predominio de un modelo de producción de alimentos
que ha sido influenciado en forma notable por el paradigma productivista simplificador de la Re-
volución Verde, iniciado en los años 60 en América Latina y que ha tenido (y tiene) una enorme
influencia en la formación de los profesionales y técnicos de la agronomía. Este modelo se ca-
racteriza por buscar la productividad agrícola (rendimiento en kg/ha de los cultivos o animales)
en grandes extensiones de unas pocas especies y variedades “exitosas” de alto potencial de
rendimiento, mediante el uso intensivo de energía (fósil) y agroquímicos (plaguicidas y fertilizan-
tes), (Sarandón & Flores, 2014). En este modelo, la diversidad resulta algo molesto, no deseable,
algo que debe ser combatido en busca del ideal de la uniformidad, que es justamente lo contrario.
No es raro pensar, como un ideal, en un lote o parcela donde sólo crezca el cultivo que queremos,
sin ningún acompañante “molesto”, dentro o cerca de las parcelas, al que consideramos como
algo indeseable que no tiene utilidad alguna, y que, en lo posible, debemos combatir, y que lla-
mamos malezas (ver capítulo 4). Existe incluso un ideal estético de lo que debe ser un buen
cultivo, que se caracteriza justamente por la ausencia de biodiversidad, de cualquier otra especie
acompañante. Un cultivo bien limpio, prolijo: es un buen cultivo (Figura 1.1). Sin embargo, esta

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percepción de las malezas sólo como elementos indeseables en los agroecosistemas es un error,
una enorme simplificación de su rol y puede tener consecuencias muy negativas. Las denomina-
das malezas no son plantas que nacieron del lado equivocado del mundo, no son plantas “malas”
en sí mismas, y pueden tener un gran valor para otros usos o funciones. Por ejemplo, desde el
punto de vista alimenticio, Rapoport et al., (2009), en su libro “malezas comestibles del cono sur
y otras partes del planeta”, señala por lo menos 230 especies consideradas malezas que son
comestibles y de excelente calidad nutritiva, que crecen libremente en muchos lugares accesi-
bles para los seres humanos y que no son consideradas alimento. El ideal de cultivo limpio,
donde todo lo no cultivado es negativo, predomina ampliamente.

Fig. 1.1. Lote de lechuga al aire libre (arriba) en la zona hortícola en La Plata, y pimiento (abajo) en invernadero en Almería,
España, donde se observa el ideal buscado: el monocultivo, sin ninguna otra biodiversidad. Fotos: Santiago J Sarandón

Como ejemplo de este ideal, el modelo de producción en invernáculos hasta hace algunos
años, se caracterizaba por la esterilización de los suelos con Bromuro de Metilo (un gas que
luego fue prohibido) como primera medida antes de sembrar. Al igual que con la parte aérea, la
biodiversidad que representa la vida del suelo se consideraba un problema que había que elimi-
nar: un suelo sin vida, era un buen suelo para la agronomía.
A gran escala, este ideal está representado, en la Argentina, por las 20 millones de ha
sembradas con una sola especie, la soja, modelo promovido, apoyado y difundido por los sis-
temas de investigación agropecuaria y las universidades casi como un ideal tecnológico. Esta
soja es prácticamente un 100% transgénica (RR), a la que se le ha incorporado un gen que le
otorga la propiedad de poder ser rociada con un herbicida total, el glifosato, que elimina (este
era el ideal) toda otra vegetación acompañante. El ideal del modelo moderno de agricultura:
20 millones de hectáreas con un solo ser vivo: la soja. Esto es un claro ejemplo de que el
monocultivo está fuertemente arraigado en la concepción de lo que debe ser una buena agri-
cultura, o, como señala irónicamente Vandana Shiva (1996), tal vez se trate de un problema
“del monocultivo de la mente”. Recién en los últimos años, ante las consecuencias cada vez
más evidentes de su aplicación, comenzaron las críticas y reflexiones sobre lo que esta unifor-
midad implica y sus consecuencias.

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En síntesis, los sistemas de producción de alimentos “modernos” se caracterizan por su gran


uniformidad: a) a nivel genético y específico (híbridos de maíz, cultivares de trigo, cebada, pi-
miento, clones de papa), b) a nivel parcela (parcelas sembrada con una sola especie, sin pre-
sencia de vegetación espontánea), c) a nivel finca (establecimientos donde se cultiva un solo
cultivo en grandes superficies o unos pocos) y finalmente, d) a nivel región (zona sojera), lo que
se traduce también en la uniformidad del paisaje.

Uso creciente de plaguicidas


Por el otro lado, los sistemas de agricultura moderna tienen un gran impacto negativo sobre
la biodiversidad por el uso creciente de plaguicidas, en parte como consecuencia de lo anterior.
El modelo de monocultivo de estos genotipos (variedades e híbridos) de alto potencial de ren-
dimiento se basa en suministrarles el ambiente y los recursos adecuados para que puedan
expresar este potencial. Y esto se logra con la aplicación de fertilizantes y grandes cantidades
de plaguicidas: insecticidas, herbicidas, fungicidas y otros para evitar las adversidades bióticas.
De esta manera, el uso de plaguicidas ha venido aumentado en muchas partes del mundo.
Nuestra región no es la excepción: En la Argentina, el uso de plaguicidas aumentó de 73 mi-
llones de kg/l en 1995, a 317 millones de kg/l en el año 2012 (CASAFE, 2015). Aunque no hay
cifras actuales, a este ritmo hoy estaríamos en unos 420 millones de kg/l por año. Y en Brasil
los números son aún más preocupantes, llegando casi a los 1000 millones de litros/kilos. Esta
liberación continua y acumulativa de plaguicidas afecta, no sólo a la biodiversidad propia de
los agroecosistemas sino que tiene una enorme influencia sobre la biodiversidad de los am-
bientes naturales circundante ya que pueden recorrer grandes distancias y afectar lagos, del-
tas, arroyos y otros ambientes naturales y la flora y fauna asociada a ellos. Betekov et al.,
(2013) analizaron el efecto de los plaguicidas sobre la riqueza regional de taxas de invertebra-
dos de arroyos en Europa (Alemania y Francia) y Australia. Los plaguicidas causaron impor-
tantes efectos sobre la riqueza de especies y de familias en ambas regiones, con pérdidas en
taxas de hasta un 42% de los grupos analizados.
Todo esto constituye un sistema que disminuye la base productiva y necesaria que es la bio-
diversidad y debilita los procesos ecológicos que ésta provee. Estos, entonces, deben ser reem-
plazados por subsidios energéticos a través de insumos caros y peligrosos, poniendo en duda la
posibilidad de mantener este modelo en el tiempo.
En síntesis, la gran uniformidad de la agricultura moderna, con el uso de unas pocas especies
y variedades de alto potencial de rendimiento, ha logrado una alta productividad por unidad de
superficie (rendimiento) pero está asociado a dos problemas. Por un lado, su insustentabilidad
ecológica-social, con problemas ambientales de gran magnitud (Sarandón & Flores, 2014), entre
los cuales se destaca la dependencia creciente de pesticidas. Por otro lado, este modelo no
resulta aplicable para la mayoría de los agricultores. Este modelo deja fuera del mismo a los
productores familiares que no siempre tienen suficiente capital para adquirir los insumos cada
vez más necesarios y costosos que este modelo requiere para alcanzar los niveles de producti-
vidad necesarios para que sea rentable. Teniendo en cuenta que, en casi todos los países de

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nuestra región, los agricultores familiares representan entre un 70% y más del 80% de todos los
productores, surge la necesidad de hacer algo al respecto.

De una agricultura de insumos a una de procesos

Se requiere pasar de una agricultura insumo dependiente a una agricultura sustentable ba-
sada en procesos ecológicos. No se trata, entonces, de aplicar menos insumos o un poco
menos nocivos o peligrosos o extremar los cuidados de su aplicación. Aunque esto es, por
supuesto, mejor que aplicarlos mal, no va a la raíz del problema, sino a los síntomas. En este
sentido, está claro que es necesario rediseñar los sistemas de producción de alimentos para
que sean menos dependientes de insumos, es decir, potenciar las funciones ecológicas. Esto
es posible y para ello el recurso clave es la biodiversidad. Esto brinda una esperanza, pero
presenta un problema, nuestro desconocimiento de lo que es la biodiversidad en los agroeco-
sistemas, cómo estimarla y cómo manejarla. Un concepto que ha estado durante muchos años
en el campo, en el terreno de los biólogos y naturalistas aparece como la solución a muchos
problemas de los agroecosistemas actuales.
Ahí reconocemos que estos contenidos no han estado presentes en forma suficiente en las
ciencias agropecuarias. Pero ¿por qué un concepto tan importante para el diseño y manejo de
los agroecosistemas ha estado prácticamente ausente de las ciencias agropecuarias? En princi-
pio porque la palabra, el concepto, la imagen mental que despierta la misma, siempre ha estado
asociada a los sistemas naturales, a la naturaleza, a lo silvestre, a ese otro mundo. De hecho,
cualquiera puede comprobarlo si introduce la palabra biodiversidad en el buscador más famoso
actualmente. Las imágenes que aparecerán serán, en casi su totalidad, del mundo natural, no
del mundo agropecuario. Incluso, predomina la idea de que son dos mundos antagónicos, in-
compatibles, en disputa: si queremos preservar la biodiversidad, se dice, debemos aprovechar e
intensificar los sistemas agropecuarios para no avanzar la frontera agropecuaria y disminuir o
afectar el mundo silvestre, que es donde está la biodiversidad. Esta es una visión bastante sim-
plista y equivocada de lo que significa la biodiversidad y que ha tenido importantes consecuen-
cias sobre los modelos de agricultura prevalecientes.
Conscientes, entonces, de la importancia de la biodiversidad para la agricultura, como hemos
demostrado en la primera parte de este capítulo y, a su vez, del importante rol que la agricultura
tiene para la vida de los seres humanos, y de la rápida disminución de la biodiversidad, se dis-
paran varios interrogantes, entre ellos:
¿Qué es la diversidad biológica agrícola?, ¿cuáles son sus componentes?, ¿cuáles son las
funciones que nos puede proveer?, ¿implica esta disminución de la agrobiodiversidad una ame-
naza a las funciones de los agroecosistemas?, ¿cuáles son los componentes de la biodiversidad
que debemos conservar?, ¿cómo medir la biodiversidad funcional?, ¿podemos identificar “um-
brales” o niveles mínimos de biodiversidad” en estos procesos?, ¿cuál es la importancia de esta

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pérdida, el “valor” de la biodiversidad?, ¿qué efecto tienen sobre esta pérdida, los diferentes
estilos de agricultura? Trataremos de abordarlos en el resto de este capítulo.

La Diversidad Biológica Agrícola o Agrobiodiversidad

Como señalábamos al comienzo del capítulo, el reconocimiento de la importancia de la


biodiversidad para los seres humanos y el resto de los seres del planeta, y la conciencia de su
rápida declinación llevó a la firma del Convenio sobre Biodiversidad (1992) que analiza accio-
nes a encarar para la preservación de la biodiversidad y sus componentes. Estos convenios
contemplan sucesivas reuniones de las partes para seguir analizando los diferentes aspectos
del tema central (ver análisis detallado del convenio sobre biodiversidad enfocado hacia la
agricultura, en Sarandón, 2009).
Hasta la fecha se han realizado 14 reuniones o conferencias de las partes (COP):

 COP1: Nassau (Bahamas) del 28 de noviembre al 9 de diciembre de 1994.


 COP2: Jakarta (Indonesia), del 6 al 17 de noviembre de 1995.
 COP3: Buenos Aires (Argentina), del 4 al 15 de noviembre de 1996.
 COP4: Bratislava (Eslovaquia), del 4 al 15 de mayo de 1998.
 ExCOP1: Cartagena de Indias (Colombia), del 22 al 23 de febrero de 1999.
 COP5: Nairobi (Kenia), del 15 al 26 de mayo de 2000.
 COP6: La Haya (Países Bajos), del 7 al 19 de abril de 2002.
 COP7: Kuala Lumpur (Malasia), del 9 al 20 de febrero de 2004.
 COP8: Curitiba (Brasil), del 20 al 31 de marzo de 2006.
 COP9: Bonn (Alemania), del 19 al 30 de mayo de 2008.
 COP10: Nagoya (Japón), del 18 al 29 de octubre de 2010.
 COP11: Hyderabad (India), del 8 al 19 de octubre de 2012.
 COP12: Pyeongchang (Corea del Sur), del 6 al 17 de octubre de 2014.
 COP13: Cancún (México), del 4 al 17 de diciembre de 2016.
 COP14: Sharm El Sheikh (Egipto)

Sin duda, en lo que se refiere a la agricultura y diversidad biológica, la COP-3 (Buenos Aires,
1996), y la COP-5 (Nairobi, 2000) fueron las más trascendentes. En Buenos Aires, la COP-3
(UNEP, 1997) estableció la decisión III/11 que lleva por título: ¨Conservación y uso sostenible de
la agrobiodiversidad¨, donde se reconoce (Sarandón, 2009):
● la importancia de la DB (diversidad biológica) para la agricultura y la interrelación de la
agricultura con la DB.

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● que el campo de la agricultura ofrece una oportunidad única para unir preocupaciones
relativas a la conservación de la DB y la distribución de los beneficios derivados del uso
de los recursos genéticos.
● la interdependencia entre la agricultura y la diversidad biológica y cultural. La posibili-
dad ofrecida por la agricultura sostenible en el sentido de reducir el impacto negativo
sobre la DB, mejorar o incrementar a su vez el valor de la DB y unir los esfuerzos de
conservación con los beneficios sociales y económicos.
● que las comunidades de agricultores tradicionales han hecho una gran contribución a
la conservación y mejoramiento de la DB y que ellos pueden hacer una importante
contribución al desarrollo de sistemas de producción ambientalmente adecuados.
● que el uso inapropiado y la excesiva dependencia en agroquímicos ha producido un
sustancial efecto negativo sobre ecosistemas terrestres, incluidos organismos del
suelo, costas y acuáticos, perjudicando, por lo tanto, la DB de diferentes ecosistemas.

Entre otras recomendaciones, alienta a las partes a “Identificar los componentes claves de la
biodiversidad en sistemas de producción agrícola responsables del mantenimiento de los proce-
sos naturales y ciclos, monitorear y evaluar los efectos de las diferentes prácticas y tecnologías
agrícolas sobre esos componentes y alentar la adopción de prácticas reparadoras para alcanzar
niveles apropiados de DB.”
La COP-5, reunida en el año 2000 en Nairobi, Kenya (UNEP, 2000) toma este desafío y es-
tablece como componentes de la agrobiodiversidad a:
a) los recursos genéticos para la alimentación y la agricultura,
b) los componentes de la diversidad biológica agrícola que proporcionan servicios ecológicos,
c) los factores abióticos, que tienen un efecto determinante en estos aspectos de la diver-
sidad biológica agrícola
d) las dimensiones socioeconómicas y culturales; la diversidad biológica agrícola está en
gran parte determinada por actividades humanas y prácticas de gestión. Conocimientos
tradicionales y locales de la diversidad biológica agrícola, factores culturales y procesos
de participación; el turismo relacionado con los paisajes agrícolas.

Esta definición de lo que es la biodiversidad pertinente para la agricultura o agrobiodiversidad,


es muy importante porque aclara varios aspectos. Uno de ellos es que la agrobiodiversidad no
se refiere sólo a lo cultivado. Esto es una parte, pero no el todo. En esta definición se reconocen
también como componentes importantes de la agrobiodiversidad a aquellos que proporcionan
servicios o procesos ecológicos. Estos componentes, no cultivados pero presentes en los agroe-
cosistemas son reconocidos como importantes constituyentes de la agrobiodiversidad porque,
ensamblados de determinada manera, generan interacciones que se traducen en procesos o
funciones ecológicas que, de alguna manera u otra, son esenciales para el funcionamiento de
los agroecosistemas. La vegetación espontánea que crece junto a los cultivos o cercana a ellos,

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la presente en el paisaje circundante, la fauna asociada, son, por lo tanto, componentes de la


agrobiodiversidad.
Otro reconocimiento importante es el valor que se le otorga a los factores abióticos. Tal como
señalamos, varios ambientes dentro y fuera de las fincas tienen efecto sobre factores importantes
como la velocidad del viento, la humedad del suelo, la sombra, la temperatura, y son fundamen-
tales porque generan posibilidades (recursos y condiciones) para que existan muchas especies.
Una arboleda, una lagunita, un pajonal, un cañaveral, un arroyo, un charco de agua temporario,
todos estos ambientes, son parte de la agrobiodiversidad.
Finalmente, uno de los aspectos más interesantes, muchas veces olvidado o no tenido en
cuenta es el reconocimiento de la importancia que tienen los aspectos culturales, los conocimien-
tos y valoraciones que los agricultores y las agricultoras (ver importancia del enfoque de género
en el capítulo 14) tienen sobre la agrobiodiversidad presente en los agroecosistemas. A diferen-
cia de lo que son los ecosistemas naturales, donde todos los componentes dependen de diversos
aspectos ecológicos ambientales (calidad del suelo, temperatura, régimen de lluvia, heladas, se-
quías, etc..) en los agroecosistemas todo está mediado por los intereses, conocimientos, valores,
miedos, etc. de las personas que los manejan.
En capítulo 5 de este libro se analiza la importancia que tiene para la agrobiodiversidad ve-
getal el tema de las semillas y toda la relación con aspectos culturales y razones por las cuales
los productores y las productoras las guardan y reproducen, que van mucho más allá de los
aspectos meramente económicos o productivos. Razones de tipo afectivo, de independencia,
innovadoras, culinarias, y varias más, son las que explican y permiten la existencia de esta amplia
biodiversidad de semillas. En síntesis, nadie siembra lo que no conoce.
Existen, además, otras razones para valorar y tratar de entender el conocimiento ambiental
local (CAL) que los agricultores y agricultoras tienen sobre la biodiversidad, tema abordado en el
capítulo 13. La biodiversidad parece ser la base ecológica de otro modelo de agricultura menos
basado en insumos, por lo que tiene una enorme importancia para el diseño de agroecosistemas.
Su conocimiento puede ser general, científico, teórico, por lo que podemos avanzar mucho en
las universidades e instituciones de educación agropecuaria, preparando nuevos técnicos y pro-
fesionales con más conocimientos sobre este tema. Pero su aplicación es local, situada y empí-
rica, no hay recetas sobre cómo manejar o planificar la agrobiodiversidad, no hay lista de espe-
cies, ni distancias, ni combinaciones de policultivos o pasturas universales y válidas para todos
los sistemas. Hay, sí, principios generales que deben ser resignificados y desarrollados teniendo
en cuenta las características ambientales y socioculturales locales. Y para ello necesitamos los
conocimientos y saberes de los y las agricultores/as. Ellos y ellas saben qué es lo que ocurre
localmente, cuándo florece determinada especie, qué insectos la visitan, qué parte de la finca
tiene suelos fríos, o calientes, cuándo anidan las aves, qué plaga aparece primero, en qué árbol
están los enemigos naturales, etc.
Todo esto es necesario para que podamos lograr un correcto ensamblaje de los componentes
de la agrobiodiversidad que permita expresar determinados procesos y funciones ecológicas.
Veamos de qué se trata esto.

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Servicios ecológicos de la agrobiodiversidad

El convenio sobre agrobiodiversidad en la conferencia de las partes COP-5, de Nairobi


(UNEP, 2000) reconoce que, correctamente ensamblados, los componentes de la agrobiodiver-
sidad pueden intervenir o contribuir con los siguientes procesos o servicios ecológicos.
● El ciclo de nutrientes, la descomposición de la materia orgánica y el mantenimiento de
la fertilidad de los suelos
● La regulación de plagas y enfermedades
● La polinización
● El mantenimiento y la mejora de la fauna y la flora silvestres y los hábitats locales en
sus paisajes
● Mantenimiento del ciclo hidrológico
● Control de la erosión
● Regulación del clima y absorción del carbono

Como lo señalamos al principio, aunque una parte de la agrobiodiversidad, los recursos ge-
néticos, eran bien comprendida y valorada por el modelo convencional, no estaba tan claro y casi
pasaba desapercibido el aporte que la misma puede hacer en la generación de procesos ecoló-
gicos que son vistos como importantes servicios para los agricultores.
De hecho, lo que ha ocurrido es justamente lo inverso: el diseño de sistemas de baja biodi-
versidad, monocultivos en grandes extensiones con la aplicación de pesticidas que eliminaron
casi todas las formas de vida, generaron un debilitamiento de estos procesos que entonces de-
bieron ser sustituidos por insumos. Por lo tanto, en forma inversa, si fortalecemos estos procesos,
podemos disminuir su uso o, incluso, dejar de usarlos.
Analicemos la lista anterior y veamos si alguno de estos nos resulta interesante. Sin duda, si
podemos mejorar, hacer más eficiente el ciclaje de nutrientes, podríamos requerir un menor uso
de fertilizantes sintéticos, caros, energéticamente costosos y que generan externalidades. Una
de las maneras sería mejorar la capacidad biótica de fijar nitrógeno, a través de la incorporación
de elementos de la biodiversidad que lo hagan, como las leguminosas y los rizobios asociados.
Por otro lado, el fortalecimiento de los mecanismos de regulación biótica disminuiría la nece-
sidad del uso de pesticidas, el mejoramiento de la polinización generaría, por un lado mejoras en
la producción, mejoras en el cuajado y calidad de los frutos o semillas y, simultáneamente, au-
mentaría la variabilidad genética de muchas especies (ver capítulo 9).
Hay algunos otros servicios que ya no son a escala local, de finca, sino más bien regional
como ser hábitat para otras especies, o el mantenimiento del paisaje, regulación del clima y ab-
sorción del carbono.
Comprendida la importancia de mantener buenos niveles de agrobiodiversidad nos surgen
otros interrogantes. Algunos de ellos tienen que ver con comprender mejor la relación entre la
biodiversidad y sus funciones.

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La biodiversidad funcional en los agroecosistemas

Habiendo comprendido la importancia de la agrobiodiversidad para las funciones ecológicas


debemos avanzar en algunos criterios para evaluar cómo construir esa biodiversidad que nos
brinde estos servicios. Cuando hablamos de tener niveles adecuados de la agrobiodiversidad, ¿a
qué nos referimos?, ¿es el número total de especies que tengo en una finca, son sólo las cultivadas
o, además, debo sumar las especies espontáneas?, ¿debo medir todo o sólo la vegetación?
Para contestar estas preguntas necesitamos entender la relación entre las funciones que
aporta y la cantidad de especies que implica una buena agrobiodiversidad. En este sentido, uno
de los primeros aspectos que llaman la atención es que existen sólo algunas pocas funciones,
pero, por otro lado, muchísimas especies. Imagínense sólo en una hectárea cuántas especies
de plantas, insectos, otros artrópodos, microorganismos, hongos, bacterias, etc. puedo encon-
trar. Es decir, no existen muchas funciones, pero existen innumerables especies, lo que quiere
decir que muchas de ellas hacen o son responsables de la misma función. ¿Por qué la naturaleza
ha hecho esto?, ¿cuál es el sentido que varias especies hagan la misma función?, ¿cuál es el
significado de la diversidad “entre” grupos funcionales?
Vandermeer (1998) analiza este punto y confirma que, efectivamente, muchas especies
diferentes cumplen roles similares en áreas separadas. De alguna manera, la biodiversidad
mejora las funciones del ecosistema debido a que diferentes especies o genotipos desarro-
llan diferentes funciones (tienen diferentes nichos). Por lo tanto, existe una redundancia
construida dentro del sistema.
Es sabido que, en condiciones de laboratorio, una sola especie basta o es suficiente para
cumplir con alguna función ecológica. Por ejemplo, podemos buscar y criar un enemigo natural
muy eficiente que controle la principal plaga de mi cultivo. O, por otro lado, aislar un microorga-
nismo del suelo, que sea capaz de descomponer la materia orgánica en forma efectiva. El pro-
blema es que estos procesos individuales pueden llegar a funcionar bien sólo dentro de determi-
nadas condiciones de temperatura, humedad, pH, u otros. Pero nosotros necesitamos y espera-
mos, que ese proceso se produzca siempre, aún bajo diferentes posibilidades ambientales, con
baja o alta temperatura, con una sequía o mucha lluvia, con un pH ácido o neutro, etc. Y eso es
lo que posibilita tener una alta biodiversidad. La biodiversidad mejora las funciones del ecosis-
tema porque estos componentes, que parecen redundantes en un momento dado, llegan a ser
importantes cuando ocurre algún cambio ambiental (resiliencia del sistema). Esto constituye un
”buffer” contra estrés y disturbios.
Esto último es uno de los aspectos centrales de la Agroecología. En lugar de buscar un
enemigo natural altamente eficiente que luego se puede criar en laboratorio y liberar como un
insumo biológico, busca generar una alta diversidad funcional que asegure que esa plaga (cir-
cunstancial y síntoma de un desarreglo en el sistema) y muchas otras que pueden surgir, van a
estar controladas, entre otros aspectos, por un gran número de potenciales enemigos naturales
con diferentes hábitos, preferencias y necesidades ambientales. Esto puede verse claramente

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en el capítulo 8, en las complejas tramas tróficas que impiden que alguna potencial plaga pueda
desarrollarse en forma peligrosa en la zona hortícola de La Plata, Argentina.
Esta aparente redundancia de la biodiversidad es lo que asegura su efectividad y resiliencia.
Por lo tanto, necesitamos tener buenos niveles de biodiversidad, y entender cómo se mide esa
biodiversidad funcional. Para ello debemos abordar el concepto de biodiversidad funcional.
Para obtener beneficios o procesos de la agrobiodiversidad, no es tan importante el número,
la cantidad total de componentes (por ejemplo, cuántas especies de plantas tenemos), como las
funciones que estos pueden favorecer. Cada componente, trigo, maíz, olivo, oruga defoliadora,
pulgón de los cereales, abejas, murciélagos, sapos, caña de azúcar, sorgo de Alepo, lombriz,
oveja, puede ser evaluado o catalogado o clasificado según diferentes criterios; uno es el taxo-
nómico, es decir, a qué especie, género y familia pertenecen, y el otro, es la función que ejercen,
en qué proceso intervienen, cuál es el rol que está cumpliendo en nuestro agroecosistema.
De esta manera, pueden cumplir varios roles o funciones: como predadores, como producto-
res (las plantas verdes), como descomponedores de materia orgánica, fijadores de N, parasitoi-
des, polinizadores, herbívoros, ingenieros del suelo, cicladores de nutrientes. Varios de estos
roles no son exclusivos y pueden ser cumplidos o ejercidos por la misma especie, una especie
puede ser descomponedora de materia orgánica y, a su vez, ingeniera del suelo, como la lombriz.
Incluso la misma especie puede variar su rol y función de acuerdo con el estado de madurez,
Por ejemplo, los lepidópteros son voraces herbívoros o fitófagos en su etapa juvenil de orugas y
polinizadores en su etapa adulta (mariposas y polillas).
Por lo tanto, lo importante es entender el concepto de biodiversidad funcional. Lo desea-
ble no es tener muchas especies (una alta riqueza) en sí mismo, sino tener representados
todos los grupos funcionales, o los que más nos interesan para nuestros objetivos. Para
entenderlo acudiremos a un ejemplo bastante práctico de la vida cotidiana. Se dice que la
actividad de la construcción de edificios o casas es muy importante porque permite contratar
muchos trabajadores en diferentes gremios: albañiles, carpinteros, plomeros, azulejistas,
transportistas, arquitectos, electricistas, peones, vidrieros, etc. Es importante y necesario
para poder construir el edificio tener todos los gremios. Y entendemos que la ausencia de
carpinteros no se soluciona con más albañiles o plomeros. No es la cantidad de personas
que trabajan sino la presencia de todos los gremios lo que nos asegura que ninguna tarea
quedará sin realizar. Esto mismo podemos aplicarlo a los agroecosistemas. Lo que necesi-
tamos es tener todos los grupos funcionales representados más que muchas especies dentro
del mismo grupo. La falta de un grupo, por ejemplo, los ingenieros del suelo, no puede ser
reemplazada por más especies dentro del grupo parasitoide o por más polinizadores. Por
otro lado, la ausencia de un componente arbóreo no puede (el ambiente que genera, los
nichos que aporta) ser reemplazado por una mayor cantidad de especies herbáceas. Enten-
dido esto, debemos ver cómo medimos esta biodiversidad funcional.

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Midiendo la biodiversidad funcional: el gran desafío

Este aspecto será abordado con más profundidad y detalle en el capítulo 12 pero adelantamos
algunos conceptos básicos. Este es quizá, uno de los mayores desafíos para la agroecología y
en el cual aún debemos trabajar bastante. A pesar de que los biólogos que se ocuparon de la
biodiversidad propusieron algunos indicadores para medirla, su preocupación nunca estuvo cen-
trada en los aspectos funcionales de la misma, tal como nos interesa a los agroecólogos. Sus
medidas de la biodiversidad, tales como la riqueza (número de especies) o su distribución equi-
tativa (índice de Shannon cómo el más conocido) no nos dan información precisa sobre su rol
funcional y no nos permiten decidir si podemos o no dejar de aplicar pesticidas, por ejemplo.
Cada vez están más claras las limitantes de usar sólo algunos de estos indicadores para
evaluar la biodiversidad funcional. Brose, (2003), encontró que, para los carábidos, una familia
de coleópteros que cumplen varias funciones muy importantes en los agroecosistemas, el nú-
mero de especies vegetales no resulta un buen indicador para estimar su presencia y abundancia
y sí lo es otro indicador un poco más complejo de heterogeneidad vegetal. Por lo tanto, lo que
necesitamos evaluar en un agroecosistema es si existen suficientes ofertas ambientales para
permitirnos pensar que puede albergar una gran biodiversidad, que, a su vez, pueda generar la
mayor parte de los procesos ecológicos que nos interesan.
En este sentido, tal vez no necesitamos medir toda la biodiversidad, de todos los grupos (lo
que, además, sería imposible), sino que podemos enfocarnos en aquella que es la base de todas:
la vegetación. Esto es un gran avance porque resulta relativamente mucho más fácil estimar las
características de la vegetación que del resto de los componentes de la biodiversidad. La vege-
tación es la base trófica de todos los sistemas. Es el nivel que captura y almacena la energía y
del cual viven todos los demás. Esta vegetación genera entonces oportunidades, ambientes,
“nichos” que pueden ser ocupados por el resto de la biodiversidad. Tenemos entonces que ser
capaces de “leer” si hay una buena o mala oferta de nichos en esa vegetación.
Varios autores han tratado de aportar en este sentido. Noss, (1990) propone analizar algunos
atributos como, a) la composición: identidad y variedad de los elementos que constituyen la bio-
diversidad: genes, especies, familias, b) la estructura: disposición física de los elementos: espa-
cial, vertical, trófica, se refiere a los recursos, los nichos, y c) la función: los procesos ecológicos.
Por otra parte, Gliessman (2001) nos sugiere caracterizar la diversidad, por dimensiones:
la específica, genética, vertical, estructural, la temporal y funcional (ver este tema con más
profundidad en el capítulo 12). Estas dimensiones no son excluyentes, se pueden realizar es-
trategias de manejo que incrementen la biodiversidad específica, espacial y vertical, por ejem-
plo, a través de la inclusión de estratos arbóreos o arbustivos. La creación de barreras o cercos
vivos o franjas de vegetación natural puede incrementar la biodiversidad espacial, temporal (si
hay especies perennes), específica, genética y vertical. Sin embargo, por el contrario, puede
haber una cierta diversidad específica pero no genética si se trata de varias especies pero sólo

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una variedad o cultivar dentro de cada especie. Cada dimensión aporta o ayuda al cumpli-
miento de ciertas funciones y hay que seguir realizando esfuerzos para poder medir la biodi-
versidad funcional en los agroecosistemas.

Cómo conservar y promover la agrobiodiversidad

Como hemos visto, podemos conservar y promover una mayor agrobiodiversidad a través de
técnicas o estrategias que aumenten sus diferentes dimensiones: temporales, específicas, ge-
néticas, espaciales, verticales, estructurales de la biodiversidad. Esto puede darse a nivel lote o
parcela (alta diversidad de cultivos, como en una milpa o en un policultivo, o una pradera polifí-
tica), a nivel finca (varias especies e integración animal) y, fundamentalmente, a nivel paisaje.
Esto último es fundamental (ver capítulos 11 y 15), porque no hay que olvidar que los compo-
nentes de la biodiversidad deben estar conectados con el entorno. Por más biodiverso que sea
el sistema que logremos diseñar, es muy difícil que todas las especies estén ya presentes en
nuestra finca: muchas de ellas provienen de los ambientes circundantes, o incluso de algunos
situados a mucha distancia y viajan a través de “corredores” que facilitan estos flujos. Nuestros
agroecosistemas actúan como receptores y también proveedores de biodiversidad y sus servi-
cios ecosistémicos desde y hacia el entorno: somos dependientes de esa biodiversidad e influi-
mos con nuestra biodiversidad en ese entorno. Por lo tanto, otros agroecosistemas pueden be-
neficiarse de nuestra alta biodiversidad, y a su vez, el nuestro es influido positiva o negativamente
por lo que hacen nuestros vecinos. Las especies deben poder ingresar y salir de nuestro agroe-
cosistema y circular y desplazarse a veces grandes distancias para lo cual necesitan ambientes
diversos que actúen como corredores de biodiversidad. Los paisajes homogéneos no siempre
los proveen. Es importante entender entonces que para un diseño de paisaje biodiverso no basta
con la acción o el convencimiento de los agricultores y las agricultoras y/ los técnicos; hay mu-
chos otros actores que deben comprender su importancia y el efecto que diferentes tipos de
paisaje generan sobre la conservación y el funcionamiento de esta agrobiodiversidad.
En este sentido es de destacar la iniciativa de la provincia de Santa Fe, Argentina en marzo
de 2011, en prohibir, mediante la Resolución 136 del Ministerio de Aguas Servicios Públicos y
Medio Ambiente (MASPyMA, 2011), la utilización con fines agrícolas de las banquinas de las
rutas provinciales por considerarlas corredores de biodiversidad. Se señala en la citada resolu-
ción, respecto al uso agrícola, que “esta situación de homogeneización y simplificación ecosisté-
mica comienza a arrastrar fenómenos no sólo de orden ecológico sino también ambiental, con
fuertes impactos en los subsistemas económico y social”. Una costumbre que era vista durante
mucho tiempo, como algo deseable, positivo, que transformaba en útil esos espacios a los cos-
tados de las rutas, “desaprovechados” por el crecimiento de la vegetación espontánea (sin valor),
cambia cuando se percibe el verdadero valor de esta biodiversidad y el rol de conectores que
estos ambientes al costado de las rutas tienen en el flujo de los componentes de la biodiversidad.

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A escala de finca, puede manejarse tanto la diversidad cultivada como la espontánea, que
están estrechamente relacionadas. El diseño de lo cultivado genera ambientes diversos y con
ello la disponibilidad de recursos que definen las posibilidades de la diversidad silvestre. El uso
de sistemas agroforestales, policultivos, abonos verdes, rotaciones borduras franjas, islas de ve-
getación (ver capítulo 15) son algunas de las modalidades que pueden emplearse.
Por otra parte, hay que tener presente el efecto a veces indirecto que ciertas actividades
generan en la biodiversidad de la finca. Este es el caso de la integración de la ganadería con la
agricultura. Durante mucho tiempo se las han considerado actividades antagónicas, que compe-
tían por recursos. Sin embargo, desde la visión de la biodiversidad funcional, pueden ser un gran
complemento (capitulo 12 y 15). La ganadería, sobre todo pastoril, genera ambientes de gran
diversidad como los relacionados con la presencia de ambientes en los alambrados, las pasturas
polifíticas, las praderas naturales, aguadas, etc. (fig. 1.2)

Fig. 1.2. Típicos paisajes de la Provincia de Buenos Aires Argentina, donde se observan los ambientes seminaturales
asociados a la actividad ganadera. Fotos SJ Sarandón.

La eliminación del componente animal puede traer, como consecuencia, una importante dis-
minución de la biodiversidad al desaparecer ciertos ambientes que ya no tienen sentido en un
sistema puramente agrícola. Esto es lo que demostraron Iermanó et al (2015) en la región pam-
peana Argentina, y que afectó severamente lo que denominaron el potencial de regulación biótica
(capacidad de controlar las plagas) haciendo los sistemas más vulnerables ante su ataque. In-
cluso los ganaderos tienen más tolerancia a la vegetación espontánea que los agricultores, por-
que los animales, en general, pueden comer las “malezas” en caso de necesidad, y, por lo tanto,
estas no son un problema serio, como sí lo pueden llegar a ser en ambientes puramente agrícolas
de monocultivo.
Por otro lado, hemos señalado que el CDB señala explícitamente que la conservación de los
recursos genéticos debe hacerse in situ y que la modalidad ex situ, bancos de germoplasma es
un complemento. Esto significa que la conservación debe hacerse en los lugares donde estas
plantas crecen y coevolucionan con el ambiente. De esta manera, se produce una selección
constante para adecuarse al ambiente cambiante. Este modelo es el que vienen desarrollando
desde hace miles de años en algunas regiones, menos tiempo en otras, los agricultores, las
agricultoras (ver su importancia en capítulo 14), campesinos/as e indígenas y que hasta hace

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poco tiempo fue desestimado, menospreciado e invisibilizado por la ciencia moderna. Se consi-
deraba (y aún se piensa de esta manera) que esas variedades, razas locales, o ecotipos no
tienen valor alguno, que ya han sido superados por los espectaculares rendimientos de las va-
riedades e híbridos modernos). Sin embargo, tienen un enorme valor porque están adaptados
localmente y son la base de un manejo de base agroecológico con menos uso de insumos. Tal
como se analiza más adelante (ver capítulo 6), muchas variedades locales están siendo resca-
tadas por sus valores que exceden el meramente productivo o de rendimiento. Una pluralidad de
valores es lo que ha conservado estos modelos de agricultura y métodos de selección; es, en
definitiva, lo que ha conservado la agrobiodiversidad. Esto debe ser acompañado entonces con
modelos de agricultura compatibles.

Estilos de agricultura
La forma en que se concibe la agricultura y ganadería tiene gran importancia en la conserva-
ción de la biodiversidad en general y la agrobiodiversidad en particular. Como señalamos opor-
tunamente, no hay una sola manera de hacer la agricultura, no hay una sola forma de cultivar un
buen maíz, un buen trigo. La manera en que se hace la agricultura afecta enormemente la biodi-
versidad. Como hemos visto, una agricultura de monocultivos en grandes extensiones, con apli-
caciones crecientes de plaguicidas y fertilizantes, no contribuye a la conservación de la biodiver-
sidad, sino que es su principal amenaza. Tanto para la que está dentro, como fuera de los agroe-
cosistemas. El uso creciente de pesticidas, que busca eliminar una parte de la vida (son biocidas)
de los agroecosistemas, como el uso intensivo de fertilizantes, sobre todo nitrogenados, que
reducen enormemente la riqueza de especies vegetales, afectan negativamente la agrobiodiver-
sidad (ver capítulo 4).
Pero, por otro lado, el modelo de agricultura elegido afecta también a la otra biodiversidad, la
que está en los ecosistemas naturales. Esto no es tan comprendido porque predomina aún una
concepción sobre la biodiversidad asociada a lo silvestre, lo prístino, al mundo natural. Por el
contrario, según esta idea, son valores contrapuestos, y se ha señalado que la mejor manera de
preservar la biodiversidad (que está en ese “otro” mundo) es intensificar al máximo los espacios
rurales aplicando toda la tecnología, incluso con el uso de pesticidas y plásticos (Avery, 1998),
para evitar avanzar la frontera agropecuaria.
Sin embargo, esto está en contradicción con lo señalado por el convenio sobre biodiversidad,
que reconoce que: el uso inapropiado y la excesiva dependencia en agroquímicos ha producido
un sustancial efecto negativo sobre ecosistemas terrestres, incluidos organismos del suelo, cos-
tas y acuáticos, perjudicando, por lo tanto, la DB de diferentes ecosistemas. Todo lo que se hace
en el mundo agrícola impacta en el mundo natural, no existen fronteras entre ambos mundos y,
por el otro lado, los agroecosistemas son parte y constituyen la biodiversidad. Como ejemplo de
la interrelación entre ambos mundos, podemos citar el reciente trabajo de científicos uruguayos
(Ernst et al., 2018), sobre el hallazgo de pesticidas en los tejidos de 14 especies de peces (mi-
gratorios, no migratorios, y desde detritívoros a predadores) usados para consumo humano de
los Ríos Negro y Uruguay, que corre entre la Argentina y este país. Encontraron que, en 143 de

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149 muestras (el 91%) había restos de hasta 30 pesticidas diferentes en los tejidos musculares
de estos peces. Estos eran peces silvestres, del mundo natural, y los plaguicidas provienen del
mundo agropecuario, lo que confirma que todo lo que se hace en el mundo agropecuario reper-
cute y tiene consecuencias en ese otro mundo (paradójicamente del cual también depende). La
dicotomía productividad vs. conservación ha sido superada; es necesario lograr sistemas agroa-
limentarios que a su vez contribuyan a mantener y aumentar la biodiversidad tanto de los propios
agroecosistemas como la de los ecosistemas naturales con los que están íntimamente conecta-
dos. Pero, para ello, hay que dimensionar el verdadero valor de la biodiversidad.

El valor de la biodiversidad

Una de las razones por las cuales la biodiversidad y, por lo tanto, la agrobiodiversidad está
en peligro es su valor “difuso” o intangible. Aquí debemos comprender que una cosa es el valor
y otra muy diferente es el precio. En una economía neoclásica como la que predomina, existe
la tendencia y el reduccionismo de valorar algo por su precio. Pero el precio no es una medida
verdadera del valor de algo y mucho menos para los que se consideran bienes comunes (Flo-
res y Sarandón, 2014). Hay un problema con el “valor” de la biodiversidad vs. el “precio” de
algunos componentes. Este es el caso de, por ejemplo, los grandes desmontes que han ocu-
rrido en varias regiones sojeras de la Argentina y de países vecinos para implantar soja. Se ha
hecho porque comprar estos terrenos y convertirlos en soja resulta muy rentable, porque el
“valor” del monte es mucho menor que el “valor” de la soja que puedo producir. El problema es
que estos valores no son equivalentes; cuando se elimina un monte se calcula su valor por el
precio inmobiliario de la tierra, que resulta, aparentemente, bastante barato. Pero, nos damos
cuenta de que este precio no representa el valor de esa biodiversidad y sus servicios ecosis-
témicos contenida en esa superficie de monte o bosque, y que esta tiene una serie de valores
que no son fáciles de definir. En este sentido, Swift et al (2004) nos traen un poco de claridad
al proponer 4 valores para la biodiversidad:
Valor Intrínseco: (no uso). Es el valor que tiene la diversidad en sí misma para los humanos:
aspectos culturales, estéticos, sociales, éticos, religiosos. Es culturalmente variable. Los seres
humanos disfrutan de la variedad de la vida, se entristecen si desaparece una especie, colaboran
para evitar su desaparición.
Valor utilitario (uso directo): Es el valor de los componentes de la diversidad. Los cultivos,
usos químicos, farmacéuticos, caza deportiva. Puede ser “apropiado o privatizado”. Puedo culti-
var una especie, como el trigo y venderlo porque es de mi propiedad. Puedo extraer un producto
del monte o del bosque y venderlo porque me puedo apropiar de él. Incluso, los dueños de gran-
des extensiones de tierra pueden cobrar por cazar en ella algún animal porque ese animal, ese
componente de la biodiversidad “les pertenece”.
Valor de opción. Es el valor a futuro (pero no actual). Un ejemplo de esto son los microorga-
nismos aún no conocidos, o genes para futuros productos industriales, o farmacéuticos. Este es

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el caso de la enorme biodiversidad que puede contener la selva amazónica. No la destruyan, no


avancen sobre estos ambientes, nos dicen, porque ahí puede estar, puede vivir, una planta que
sirva, por ejemplo, para obtener una droga, un compuesto químico contra el cáncer, el sida, el
COVID 19 u otra enfermedad.
Valor funcional: es la contribución a la función de soporte de vida del ecosistema, o en nues-
tro caso, a las funciones necesarias para el buen funcionamiento de los agroecosistemas. Es un
valor reciente que reconoce el rol de la diversidad en los servicios ecosistémicos. Es el valor que
nos interesa en este libro, el que más difícilmente se otorga y se comprende porque no se ve, es
abstracto. Y, por supuesto, requiere cierto nivel de conocimiento para valorarlo. Para quien no
conoce, toda vegetación espontánea son malezas o “yuyos” sin valor, y la vida del suelo son
patógenos o formas nocivas. Pero para el que conoce, son componentes de la biodiversidad que
pueden aportar valiosas funciones que disminuyen la necesidad del uso de insumos.
Esta visualización del valor oculto de la biodiversidad es muy importante y ha comenzado a ser
abordado por algunos autores que han tratado de ponerle “precio”. Es el caso de Morandin & Wins-
ton (2006) que demuestran que conservar ciertos ambientes seminaturales, puede ser rentable, a
través fomentar los polinizadores que pueden proveer un incentivo económico a través de su in-
fluencia positiva en el rendimiento de un cultivo de colza, cuando se deja una franja con vegetación
espontánea, en lugar de cultivar toda la superficie. Cuando se pretende cultivar la totalidad del
terreno con colza, los rendimientos no son buenos por falta de cuajado de las semillas, por ausencia
de polinizadores, los que han disminuido por no tener ambientes apropiados.
Pretty et al. (2000) por su parte, calcularon el costo externo del modelo de agricultura del
Reino Unido estimando en varios millones de libras esterlinas el daño al capital natural biodiver-
sidad. Está claro que si estos costos ocultos los pagasen los propios agricultores que los gene-
ran, entonces este modelo de agricultura industrial no sería tan rentable como pareciera.
Aunque estos trabajos que intentan ponerle un precio a la biodiversidad para poder apreciar
un poco mejor su valor son un avance porque hacen visible lo invisible, no solucionan el problema
ya que aún no tenemos suficiente conocimiento para definir claramente valores reales para esta
biodiversidad y sus componentes. Por otro lado, como ya señalamos, como la agrobiodiversidad
tiene un valor cultural, esto no puede ser generalizado porque no tendrá la misma importancia
para todos las personas.
Por esta razón, ante la biodiversidad, que tiene valores inciertos, donde hay un grado impor-
tante de incertidumbre y las consecuencias pueden ser muchas veces irreversibles, hay que
aplicar el principio precautorio que dice que la falta de evidencia científica no debe ser un obs-
táculo para tomar medidas al respecto. Es decir, ante la duda, hay que ser conservadores.

Conclusiones

La biodiversidad es esencial para la vida en el planeta y la realización de la agricultura porque


aporta los recursos genéticos y las funciones o procesos ecológicos necesarios para su realización.

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La biodiversidad está en peligro y los sistemas modernos de agricultura industrial son una
de sus principales amenazas por su baja biodiversidad y el uso creciente de pesticidas y
fertilizantes. Esto afecta no solo a la biodiversidad propia de los agroecosistemas, la agro-
biodiversidad sino a la de los ecosistemas naturales, con los que está íntimamente relacio-
nada y es interdependiente.
Es necesario conservar la agrobiodiversidad porque sus componentes, correctamente en-
samblados generan interacciones que se traducen en procesos ecológicos esenciales para un
manejo sustentable menos dependiente de pesticidas y fertilizantes.
Para ello hay que entender los conceptos de biodiversidad funcional y mejorar nuestra capa-
cidad para medirlos. Hay que tener en cuenta que la agrobiodiversidad tiene un componente
cultural, social intrínseco que no puede desconocerse.
Por último debemos asumir que aún nos falta mucho por conocer sobre la agrobiodiversidad,
su importancia y cómo evaluarla, por lo que estamos en un terreno de bastante incertidumbre.
Por otro lado, debemos asumir que el valor de la biodiversidad es mucho más que el precio de
algunos de sus componentes. Por lo tanto, en caso de duda, es fundamental aplicar el principio
de precaución. La visión de la Agroecología apunta en este sentido.

Preguntas para el repaso y la reflexión

1. ¿Qué es la biodiversidad y cuál es su importancia para los seres humanos y la vida en


el planeta?
2. ¿Por qué se firma el convenio sobre diversidad biológica CDB y cuáles son sus objetivos?
3. ¿Cuáles son las 3 dimensiones de la biodiversidad y cuál es su importancia?
4. ¿Qué relación existe entre la biodiversidad y las actividades agropecuarias?
5. ¿Qué son los recursos genéticos para la agricultura y la alimentación y cuáles son las
formas de preservarlos? ¿Cuál de estas es la más importante y por qué?
6. ¿Cuáles son las principales amenazas contra la biodiversidad?
7. ¿Qué es la agrobiodiversidad o diversidad biológica agrícola y cuáles son sus com-
ponentes?
8. ¿Cuáles son las funciones que se le atribuyen a la agrobiodiversidad?¿Cuál puede ser
su utilidad en un manejo sustentable de agroecosistemas?
9. ¿Qué son los grupos funcionales y cuál es su importancia en el manejo de la agro-
biodiversidad?
10. ¿Cuál es la importancia del componente vegetal como estimador de la biodiversidad
funcional?
11. Hay quienes consideran que la mejor manera de conservar la biodiversidad es intensi-
ficar o maximizar la productividad de los ambientes agrícolas para evitar avanzar sobre
la biodiversidad que se encuentra en los sistemas naturales. Analice esta afirmación.

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12. ¿Por qué la Agroecología señala o destaca el valor de los aspectos culturales en el
manejo y conservación de la agrobiodiversidad?
13. ¿Cuáles son los valores de la biodiversidad y cuál es el problema en relación con el
precio o rentabilidad?
14. ¿Qué es el principio precautorio y por qué se considera apropiado para ser aplicado en
el manejo de la agrobiodiversidad?

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