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Candida Erendira - Gabriel García Márquez

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Ulises había despreciado.

Mientras masticaba el último trozo, recogía con los


dedos y se metía en la boca las migajas del mantel.
Había comido arsénico como para exterminar una generación de ratas. Sin
embargo, tocó el piano y cantó hasta la media noche, se acostó feliz, y consiguió
un sueño natural. El único signo nuevo fue un rastro pedregoso en su respiración.
Eréndira y Ulises la vigilaron desde la otra cama, y sólo esperaban su
estertor final. Pero la voz fue tan viva como siempre cuando empezó a delirar.
- ¡Me volvió loca, Dios mío, me volvió loca! -gritó-. Yo ponía dos trancas
en el dormitorio para que no entrara, ponía el tocador y la mesa contra la puerta y
las sillas sobre la mesa, y bastaba con que él diera un golpecito con el anillo para
que los parapetos se desbarataran, las sillas se bajaban solas de la mesa, la mesa y
el tocador se apartaban solos, las trancas se salían solas de las argollas.
Eréndira y Ulises la contemplaban con un asombro creciente, a medida que el
delirio se volvía más profundo y dramático, y la voz más íntima.
-Yo sentía que me iba a morir, empapada en sudor de miedo, suplicando por
dentro que la puerta se abriera sin abrirse, que él entrara sin entrar, que no se fuera
nunca pero que tampoco volviera jamás, para no tener que matarlo.
Siguió recapitulando su drama durante varias horas, hasta en sus detalles
más ínfimos, como si lo hubiera vuelto a vivir en el sueño. Poco antes del
amanecer se revolvió en la cama con un movimiento de acomodación sísmica y la
voz se le quebró con la inminencia de los sollozos.
-Yo lo previne, y se rió -gritaba-, lo volví a prevenir y volvió a reírse, hasta
que abrió los ojos aterrados, diciendo, ¡ay reina! ¡ay reina!, y la voz no le salió por
la boca sino por la cuchillada de la garganta.
Ulises, espantado con la tremenda evocación de la abuela, se agarró de la
mano de Eréndira.
- ¡Vieja asesina! -exclamó.
Eréndira no le prestó atención, porque en ese instante empezó a despuntar el
alba. Los relojes dieron las cinco.
- ¡Vete! -dijo Eréndira-. Ya va a despertar.
-Está más viva que un elefante -exclamó Ulises-. ¡No puede ser! ,
Eréndira lo atravesó con una mirada mortal.
-Lo que pasa -dijo- es que tú no sirves ni para matar a nadie.
Ulises se impresionó tanto con la crudeza del reproche, que se evadió de la
carpa. Eréndira continuó observando a la abuela dormida, con su odio secreto, con
la rabia de la frustración, a medida que se alzaba el amanecer y se iba despertando
el aire de los pájaros. Entonces la abuela abrió los Ojos y la miró con una sonrisa
plácida.
-Dios te salve, hija.
El único cambio notable fue un principio de desorden en las normas
cotidianas. Era miércoles, pero la abuela quiso ponerse un traje de domingo,
decidió que Eréndira no recibiera ningún cliente antes de las once, y le pidió que le
pintara las uñas de color granate y le hiciera un peinado de pontifical.
-Nunca había tenido tantas ganas de retratarme -exclamó.
Eréndira empezó a peinarla, pero al pasar el peine de desenredar se quedó
entre los dientes un mazo de cabellos. Se lo mostró asustada a la abuela. Ella lo
examinó, trató de arrancarse otro mechón con los dedos, y otro arbusto de pelos se
le quedó en la mano. Lo tiró al suelo y probó otra vez, y se arrancó un mechón más
grande. Entonces empezó a arrancarse el cabello con las dos manos, muerta de risa,
arrojando los puñados en el aire con un júbilo incomprensible, hasta que la cabeza
le quedó como un coco pelado.
Eréndira no volvió a tener noticias de Ulises hasta dos semanas más tarde,
cuando percibió fuera de la carpa el reclamo de la lechuza. La abuela había
empezado a tocar el piano, y estaba tan absorta en su nostalgia que no se daba
cuenta de la realidad. Tenía en la cabeza una peluca de plumas radiantes.
Eréndira acudió al llamado y sólo entonces descubrió la mecha de detonante
que salía de la caja del piano y se prolongaba por entre la maleza y se perdía en la
oscuridad. Corrió hacia donde estaba Ulises, se escondió junto a él entre los
arbustos, y ambos vieron con el corazón oprimido la llamita azul que se fue por la
mecha del detonante, atravesó el espacio oscuro y penetró en la carpa.
-Tápate los oídos -dijo Ulises.
Ambos lo hicieron, sin que hiciera falta, porque no hubo explosión. La
tienda se iluminó por dentro con una deflagración radiante, estalló en silencio, y
desapareció en una tromba de humo de pólvora mojada. Cuando Eréndira se
atrevió a entrar, creyendo que la abuela estaba muerta, la encontró con la peluca
chamuscada y la camisa en piltrafas, pero más viva que nunca, tratando de sofocar
el fuego con una manta.
Ulises se escabulló al amparo de la gritería de los indios que no sabían qué
hacer, confundidos por las órdenes contradictorias de la abuela. Cuando lograron
por fin dominar las llamas y disipar el humo, se encontraron con una visión de
naufragio.
-Parece cosa del maligno -dijo la abuela-. Los pianos no estallan por
casualidad.
Hizo toda clase de conjeturas para establecer las causas del nuevo desastre,
pero las evasivas de Eréndira, y su actitud impávida, acabaron de confundirla. No
encontró una mínima fisura en la conducta de la nieta, ni se acordó de la existencia
de Ulises. Estuvo despierta hasta la madrugada, hilando suposiciones y haciendo
cálculos de las pérdidas. Durmió poco y mal. A la mañana siguiente, cuando
Eréndira le quitó el chaleco de las barras de oro le encontró ampollas de fuego en
los hombros, y el pecho en carne viva. "Con razón que dormí dando vueltas", dijo,
mientras Eréndira le echaba claras de huevo en las quemaduras. "Y además, tuve
un sueño raro." Hizo un esfuerzo de concentración, para evocar la imagen, hasta
que la tuvo tan nítida en la memoria como en el sueño.
-Era un pavorreal en una hamaca blanca -dijo.
Eréndira se sorprendió, pero rehízo de inmediato su expresión cotidiana.
-Es un buen anuncio -mintió-. Los pavorreales de los sueños son animales de
larga vida.
-Dios te oiga -dijo la abuela-, porque estamos otra vez como al principio.
Hay que empezar de nuevo.
Eréndira no se alteró. Salió de la carpa con el platón de las compresas, y dejó
a la abuela con el torso embebido de claras de huevo, y el cráneo embadurnado de
mostaza. Estaba echando más claras de huevo en el platón, bajo el cobertizo de
palmas que servía de cocina, cuando vio aparecer los Ojos de Ulises por detrás del
fogón como lo vio la primera vez detrás de su cama. No se sorprendió, sino que le
dijo con una voz de cansancio:
-Lo único que has conseguido es aumentarme la deuda.
Los Ojos de Ulises se turbaron de ansiedad. Permaneció inmóvil, mirando a
Eréndira en silencio, viéndola partir los huevos con una expresión fija, de absoluto
desprecio, como si él no existiera. Al cabo de un momento, los ojos se movieron,
revisaron las cosas de la cocina, las ollas colgadas, las ristras de achiote, los platos,
el cuchillo de destazar. Ulises se incorporó, siempre sin decir nada, y entró bajo el
cobertizo y descolgó el cuchillo.
Eréndira no se volvió a mirarlo, pero en el momento en que Ulises
abandonaba el cobertizo, le dijo en voz muy baja:
-Ten cuidado, que ya tuvo un aviso de la muerte. Soñó con un pavorreal en
una hamaca blanca.
La abuela vio entrar a Ulises con el cuchillo, y haciendo un supremo
esfuerzo se incorporó sin ayuda del báculo y levantó los brazos.
- ¡Muchacho! -gritó-. Te volviste loco.
Ulises le saltó encima y le dio una cuchillada certera en el pecho desnudo.
La abuela lanzó un gemido, se le echó encima y trató de estrangularlo con sus
potentes brazos de oso.
-Hijo de puta -gruñó-. Demasiado tarde me doy cuenta que tienes cara de
ángel traidor.
No pudo decir nada más porque Ulises logró liberar la mano con el cuchillo
y le asestó una segunda cuchillada en el costado. La abuela soltó un gemido
recóndito y abrazó con más fuerza al agresor. Utises asestó un tercer golpe, sin
piedad, y un chorro de sangre expulsada a alta presión le salpicó la cara: era una
sangre oleosa, brillante y verde, igual que la miel de [Link]éndira apareció en la
entrada con el platón en la mano, y observó la lucha con una impavidez criminal.
Grande, monolítica, gruñendo de dolor y de rabia, la abuela se aferró al
cuerpo de Ulises. Sus brazos, sus piernas, hasta su cráneo pelado estaban verdes de
sangre. La enorme respiración de fuelle, trastornada por los primeros estertores,
ocupaba todo el ámbito. Ulises logró liberar otra vez el brazo armado, abrió un tajo
en el vientre, y una explosión de sangre lo empapó de verde hasta los pies. La
abuela trató de alcanzar el aire que ya le hacía falta para vivir, y se derrumbó de
bruces. Ulises se soltó de los brazos exhaustos y sin darse un instante de tregua le
asestó al vasto cuerpo caído la cuchillada final.
Eréndira puso entonces el platón en una mesa, se inclinó sobre la abuela,
escudriñándole sin tocarla, y cuando se convenció de que estaba muerta su rostro
adquirió de golpe toda la madurez de persona mayor que no le habían dado sus
veinte años de infortunio. Con movimientos rápidos y precisos, cogió el chaleco de
oro y salió de la carpa.
Ulises permaneció sentado junto al cadáver, agotado por la lucha, y cuanto
más trataba de limpiarse la cara más se la embadurnaba de aquella materia verde y
viva que parecía fluir de sus dedos. Sólo cuando vio salir a Eréndira con el chaleco
de oro tomó conciencia de su estado.
La llamó a gritos, pero no recibió ninguna respuesta. Se arrastró hasta la
entrada de la carpa, y vio que Eréndira empezaba a correr por la orilla del mar en
dirección opuesta a la de la ciudad. Entonces hizo un último esfuerzo para
perseguirla, llamándola con unos gritos desgarrados que ya no eran de amante sino
de hijo, pero lo venció el terrible agotamiento de haber matado a una mujer sin
ayuda de nadie. Los indios de la abuela lo alcanzaron tirado boca bajo en la playa,
llorando de soledad y de miedo.
Eréndira no lo había oído. Iba corriendo contra el viento, más veloz que un
venado, y ninguna voz de este mundo la podía detener. Pasó corriendo sin volver
la cabeza por el vapor ardiente de los charcos de salitre, por los cráteres de talco,
por el sopor de los palafitos, hasta que se acabaron las ciencias naturales del mar y
empezó el desierto, pero todavía siguió corriendo con el chaleco de oro más allá de
los vientos áridos y los atardeceres de nunca acabar, y jamás se volvió a tener la
menor noticia de ella ni se encontró el vestigio más ínfimo de su desgracia.

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