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Amparo

La escena presenta a Mariana esperando una visita mientras conversa con sus amigas Amparo y Lucía. Mariana parece triste y preocupada, mientras que Amparo intenta alegrarla contando sobre su viaje reciente a Ronda para ver una corrida de toros.

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  • Clavela,
  • familia,
  • tradición,
  • Amparo,
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  • conexiones emocionales,
  • corrida de toros,
  • bailes,
  • niños,
  • Lucía
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Amparo

La escena presenta a Mariana esperando una visita mientras conversa con sus amigas Amparo y Lucía. Mariana parece triste y preocupada, mientras que Amparo intenta alegrarla contando sobre su viaje reciente a Ronda para ver una corrida de toros.

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  • Lucía

ESCENA III

La puerta se abre, y aparece Mariana, vestida de malva claro, con un peinado de bucles,
peineta y una gran rosa roja detrás de la oreja. No tiene más que una sortija de diamantes en
su mano siniestra. Aparece preocupada, y da muestras, conforme avanza el diálogo, de
vivísima inquietud. Al entrar Mariana en escena, las dos muchachas corren a su encuentro.

AMPARO. (Besándola). ¿Cómo has tardado?

MARIANA. (Cariñosa). ¡Niñas!

LUCÍA. (Besándola). ¡Marianita!

AMPARO. ¡A mí otro beso!

LUCÍA. ¡Y otro a mí!

MARIANA. ¡Preciosas! (A doña Angustias). ¿Trajeron una carta?

ANGUSTIAS. ¡No! (Queda pensativa).

AMPARO. (Acariciándola). Tú, siempre joven y guapa.

MARIANA. (Sonriendo con amargura). ¡Ya pasé los treinta!

AMPARO. ¡Pues parece que tienes quince! (Se sientan en un amplio sofá, una a cada lado.
Doña Angustias recoge su libro y arregla la cómoda).

MARIANA. (Siempre con un dejo de melancolía). ¡Amparo! ¡Viudita y con dos niños!

LUCÍA. ¿Cómo siguen?

MARIANA. Han llegado ahora mismo del colegio, y estarán en el patio.

ANGUSTIAS. Voy a ver. No quiero que se mojen en la fuente. ¡Hasta luego, hijas mías!

LUCÍA. (Fina siempre). ¡Hasta luego! (Se va doña Angustias)

ESCENA IV

MARIANA. ¿Tu hermano Fernando, cómo sigue?

LUCÍA. Dijo que vendría a buscarnos, para saludarte. (Ríe). Se estaba poniendo su levita azul.
Todo lo que tienes le parece bien. Quiere que vistamos como tú te vistes. Ayer…

AMPARO. (Que tiene siempre que hablar, la interrumpe). Ayer mismo nos dijo que tú (Lucía
queda seria) tenías en los ojos… ¿qué dijo?

LUCÍA. (Enfadada). ¿Me dejas hablar? (Quiere hacerlo).

AMPARO. (Rápida). ¡Ya me acuerdo! Dijo que en tus ojos, había un constante desfile de
pájaros. (Le coge la cabeza por la barbilla y le mira los ojos). Un temblor divino, como de agua
oscura, sorprendida siempre bajo el arrayán, o temblor de luna sobre una pecera, donde un
pez de plata finge rojo sueño.

LUCÍA. (Sacudiendo a Mariana). ¡Mira! Lo segundo son inventos de ella. (Ríe).

AMPARO. ¡Lucía, eso dijo!


MARIANA. ¡Qué bien me causáis con vuestra alegría de niñas pequeñas! La misma alegría que
debe sentir el gran girasol al amanecer, cuando sobre el tallo de la noche vea abrirse el dorado
girasol del cielo. (Les coge las manos).

LUCÍA. ¡Te encuentro muy triste!

AMPARO. ¿Qué tienes? (Entra Clavela).

MARIANA. (Levantándose rápidamente). ¡Clavela! ¿Llegó? ¡Di!

CLAVELA. (Triste). ¡Señora, no ha venido nadie! (Cruza la escena y se va).

LUCÍA. Si esperas visita, nos vamos.

AMPARO. Lo dices, y salimos.

MARIANA. (Nerviosa). ¡Niñas, tendré que enfadarme!

AMPARO. No me has preguntado por mi estancia en Ronda.

MARIANA. Es verdad que fuiste; ¿y has vuelto contenta?

AMPARO. Mucho. Todo el día baila que te baila. (Queda seria de pronto al ver a Mariana, que
está inquieta, mira a las puertas y se distrae).

LUCÍA. (Seria). Vámonos, Amparo.

MARIANA. (Inquieta por algo que ocurre fuera de la escena). ¡Cuéntame! Si vieras cómo
necesito de tu fresca risa. (Mariana sigue de pie).

AMPARO. Qué cosas tan lindas dices, Marianilla.

LUCÍA. ¿Quieres que te traiga una novela?

AMPARO. Tráele la plaza de toros de la ilustre Ronda. (Ríen. Se levanta y se dirige a Mariana).
¡Siéntate! (Mariana se sienta y la besa).

MARIANA. (Resignada). ¿Estuviste en los toros?

LUCÍA. ¡Estuvo!

AMPARO. En la corrida más grande que se vio en Ronda la vieja. Cinco toros de azabache, con
divisa verde y negra. Yo pensaba siempre en ti; yo pensaba: si estuviera conmigo mi triste
amiga, ¡mi Marianita Pineda! Las niñas venían gritando sobre pintadas calesas con abanicos
redondos bordados de lentejuelas. Y los jóvenes de Ronda sobre jacas pintureras, los anchos
sombreros grises calados hasta las cejas. La plaza con el gentío (calañés y altas peinetas) giraba
como un zodíaco de risas blancas y negras. Y cuando el gran Cayetano cruzó la pajiza arena con
traje color manzana, bordado de plata y seda, destacándose gallardo entre la gente de brega
frente a los teros zainos que España cría en su tierra, parecía que la tarde se ponía más
morena. ¡Si hubieras visto con qué gracia movía las piernas! ¡Qué gran equilibrio el suyo con la
capa y la muleta! ¡Mejor, ni Pedro Romero toreando las estrellas! Cinco toros mató; cinco, con
divisa verde y negra. En la punta de su espada cinco flores dejó abiertas, y a cada instante
rozaba los hocicos de las fieras, como una gran mariposa de oro con alas bermejas. La plaza, al
par que la tarde, vibraba fuerte, violenta, y entre el olor de la sangre iba el olor de la sierra. Yo
pensaba siempre en ti; yo pensaba: si estuviera conmigo mi triste amiga, ¡mi Marianita Pineda!

MARIANA. (Emocionada levantándose). ¡Yo te querré siempre a ti tanto como tú me quieras!

LUCÍA. (Se levanta). Nos retiramos; si sigues escuchando a esta torera hay corrida para rato.

AMPARO. Y dime: ¿estás más contenta? Porque este cuello, ¡oh, qué cuello!, (La besa el
cuello). No se hizo para la pena.

LUCÍA. (En la ventana). Hay nubes por Parapanda. Lloverá, aunque Dios no quiera.

AMPARO. ¡Este invierno va a ser de agua! ¡No podré lucir!

LUCÍA. ¡Coqueta!

AMPARO. ¡Adiós, Mariana!

MARIANA. ¡Adiós, niñas! (Se besan).

AMPARO. ¡Que te pongas más contenta!

MARIANA. Tardecillo es. ¿Queréis que os acompañe Clavela?

AMPARO. ¡Gracias! Pronto volveremos.

LUCÍA. ¡No bajes, no!

MARIANA. ¡Hasta la vuelta! (Salen).

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