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El Círculo - Óscar Cerruto

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Oscar Cerruto ms r a (1912-1981) i] ‘ Nacié y murié en La Paz, capital de Bolivia, Autor polfacético, fue poeta, narrador, ensayista periodistay diplomatico. Su ‘obra postica y narrativa posee iy | ra caracteristicas que hi Iacrtticalas considere Ui innovadoras en el género. é Inicié su actividad literaria cs , fa publi dela novela Aluvién de fuego, a la que sSiguieron, en 1957, un libro de poesias: Cia de las rosas, sequido por otros dos Cerco d {euentos) y Patria de sal cautiva {poemas). Continus trabajando enelcam} obra tfulo traspasado, en 1978. En entrevista, el autor hace saber que el asunto del cuento *Elclrculo’es, probablerente, una histor que pertenece ala tradicién de distintos pueblos; =3% tiene un parecido con"En a calle estaba oscura y fria, Un aire COR el) oe respira motia de Paulina’de Adolfo Bioy Pree eee a ; sares y con el argumento de ee ee ee eee ren reo Big ace sponess cunt) See rob ar node eee eek Tere) ee eee ate lo cual confiere carécter uni alasunie. Se detuvo ante una puerta. Sf, 6sa era la casa, Miré la ventana, antes de llamar, la Gnica ventana por la que se filtraban débiles hilos de luz. En el pequefio espacio de tiempo que medié entre el ademén de alzar la mano y tocar la puerta, ccruz6 por su cerebro el recuerdo entero de la mujer a quien venia a buscar, su vida con ella, su felicidad, truncada brutalmente por la partida sin anuncio. Se habia conducido como un miserable, lo reconocfa. Su partida fue casi una fuga. Pero pudo proceder de otro modo? Un huésped desconocido batia ya entonces eenire los dos su ala sombria, y ese huésped era la demencia amorosa, Hincada la garra en la entrafia de Elvira, torturabala con desvarios de sangre. Muchas veces I vio brillar determinaciones terribles en sus ojos, y los labios, dulces para el beso, despedian llamas y pronunciaban palabras de muerte, detras de las cuales percibfase la resolucién que no engafia. Cualquier demora suya, cualquier breve ausencia sin aviso, obligado por sus deberes, por el reclamo inexcusable de sus amigos, provocaba explosiones de celos. La encontraba desgarrada, temblando en su nerviosidad, palida. Ni sus preguntas obtenian respuesta ni sus explicaciones lograban romper el mutismo duro, impregnado de rencor, en que Elvira mordia su violencia. Y de pronto estallaba en injurias y gritos, la cabellera al aire, loca de célera y amargos resentimientos. Llegé a pesarle ese amor como una esclavitud. Pero eran cadenas que su voluntad no iba a romper. La turbulencia es un opio, a veces, que paraliza el Animo y lo encoge. Y la amaba, ademds. ;C6mo soportar, si no como una enfermedad del ser querido, ese flagelo que corrofa su dicha, ese concubinato con la desventura? La vida se encargaria de curarla, el tiempo, que trae todas las soluciones. Fue la vida la que cort6 de un tajo imprevisto los lazos aflictivos. Un dia recibi6 orden de partir. Pens6 en la explicacién y la despe Engafidndose a sf mismo, se prometié un retorno préximo, se prometié escribirle. la, y su valor flaque Y habfan transcurrido dos afios. Casi consiguié olvidarla, gpero la habia olvidado? Regres6 a la ciudad con el espiritu ligero, conocié otras mujeres en su ausencia, se crefa liberado. Y, apenas habfa dejado su valija, estaba aqui, llamando a la puerta de Elvira, como antes. La puerta se abrié sin ruido, empujada por una mano cautelosa, y una voz —la voz de Elvira— pregunté: —#f res t6, Vicente? —Elvira! —susurr6 él, apenas, ahogada el habla por la emocién y la sorpresa —Cémo sabfas que era yo? sPudiste verme, acaso en la oscuridad, a través de las cortinas? —Te esperaba. Lo atrajo hacia adentro y cerré. ——————— jf que no puede ser. Tuve el tiempo escaso para dejar mi equipaje y venir volando hasta acé! ,Cémo podias saberlo? No lo sabia nadie. Ella callaba, grave, parsimoniosa. Estaba palida, mAs palida que nunca, pens6 Vicente. Lumbres de fiebre encendian sus ojos arrasados por el desconsuelo. Como él habia imaginado, con lacerante lastima, cada vez que pensaba en ella. —ta soledad ensefia tantas cosas —dijo—. Siéntate. Fl ya se habia sentado, con el abrigo puesto. Comenzé a removerse, inquieto, y de pronto se encontré haciendo lo que menos habia querido, lo que se habia prometido no hacer: ensarzado en una explicacién minuciosa de su conducta, de las razones de su marcha subrepticia, disculpandose como un nifio. A medida que hablaba, comprendia {a inutilidad de ese mea culpa que sus palabras sonaban a hueco, callé en medio de una frase, y su voz se ahogé en un tartamudeo. y el humillante renuncio. Mas no interrumpia su discurso, y s6lo cuando advit Con la cabeza baja, sentfa pasar el tiempo como una agua turbia. —De modo —dijo ella, al cabo— que estuviste de viaje. La miré Vicente, absorto, no sabiendo si se burlaba de él, ;Cémo! jIba a decirle ahora que lo ignoraba; que en dos aftos no se habia enterado siquiera del curso de su existencia? ;Qué juego era ése? —Si, estuve ausente algtin tiempo. Sélo después de una pausa Elvira comenté enigmatica: —Qué importa. Para mi ya no existe el tiempo. —Precisamente —dijo él extrayendo de su bolsillo un menudo reloj con incrustaciones de brillantes—, te he traido esto. Nos recuerda que el tiempo es una realidad. Consider6 Elvira la joya unos instantes. Sin ajustar el broche, puso el reloj en su mufieca. —Muy bonito —elogié—. No sé si podré usarlo. {Por qué not —Déjalo abi, en la mesita. Estall6 un trueno, lejos, en las profundidades de la noche. La lluvia gemia en los vidrios de la ventana. Un viento desasosegado artastraba su caudal de rencor por las calles, sobre los techos. —Bésame le pidié ella. La bes largamente, estrechéndola en sus brazos. El viejo amor renacfa en un nuevo imperio, y era como tocar la rafz del recuerdo, como recuperar el racimo de dias ya cafdos. Refugiada en su abrazo, parecfa la hija del metdlico invierno, un trozo desprendido de la noche. jienes que irte, Vicente. —Se puso de pie. —Volveré mafiana. si. —Vendré temprano. No nos separaremos mas. Te prometo. —No prometas nada. Estoy segura. El pacto esta sellado, vete. Vicente atraviesa calles y plazas. Hay un ser que se desplaza de él y lo aventaja, apresurado, con largas zancadas varoniles, ganoso del encuentro. Mientras otro, en él, se resiste, retardando su marcha, moroso y renuente. El mismo va siguiendo al primero, contra su voluntad. Pero sabe siquiera cual es su voluntad? jLo supo nunca? Creyé, un momento, que era el saberse libre. Ya libre, su libertad le pesaba como un init fardo. :Qué habia logrado, si su pensamiento cra Elvira, si su reiteracién, sus vigilias se llamaban Elvira? La secreta corriente lo lleva por ese trayecto tantas veces recorrido. Vicente se deja llevar. Discurre los antiguos lugares, los saluda, ahora, a la luz del sol; entra en la calleja familiar, luego de haber dejado atrés, a medio cumplir, sus afanes. Vuelve a llamar y espera el eco del campanillazo. Nada oye; el timbre, sin duda, no funciona. Toca entonces con los nudillos, en seguida mas fuerte. Ninguna respuesta. Elvira ha debido salir. Retrocede hasta el centro de la calzada para mirar el frente del edificio, Observa que las celosias estan corridas, los vid limpieza. Se dirfa una casa abandonada. Qué raro era todo esto! Una vecina se habia asomado. Lo examinaba desde la puerta de su casa, la 5 sin escoba en la mano. Vicente soporté el escrutinio sin darse por enterado. “Bruja curiosa", grufi6. La vieja avanzé por la acera. —,Busca a alguien, sefior? —pregunt6. —Si, sefiora —respondié de mala gana—. Busco a la sefio La mujer torné a examinarlo, acuciosa. —No sabe usted que ha muerto hace tres meses, sefior? La casa esté vacfa. Vicente se encaré con la entremetida. Esboz6 una sonrisa. —Por suerte —dijo—, la persona a quien busco vive, y vive aqui. Elvira Evangelio. —sNo pregunta usted, acaso, por la seftorita Evangelio? —Asi es, sefiora. —Pues la sefiorita Evangelio ha muerto y fue enterrada cristianamente. La casa ha sido cerrada por el juez, ya que la difunta no parecfa tener parientes, 2Estarfa en sus cabales esa anciana? Vicente la midié con desconfianza, En cualquier caso, era una chiflada inofensiva; seguirfa probando. ——————— —Soy el novio de Elvira, sefiora. Estuve ausente y he vuelto ayer, para casarme con ella, La visité anoche, conversamos un buen rato. ;Cémo puede decir que ha muerto? La mujer lo contemplaba ahora con espanto, dando pequefios grititos de desconcierto. Llamé en su auxilio a un sefior de aspecto finebre, con trazas de funcionario jubilado, que habia salido a regar sus plantas en la casa de enfrente, y a quien Vicente recordaba haber visto en la misma faena alguna vez. Los ojos del jubilado se clavaron hoscos, en Vicente, unos segundos: no lo cencontré digno de dirigitle siquiera la palabra, Dio a comprender, con su actitud, que juzgaba con severidad a los jévenes inclinados a la bebida y, volviéndole la cespalda, se ret farfullando entre dientes. Vicente decidié marcharse. O toda esa gente estaba loca o padecia una confusién grotesca. {Par de zopencos! Después de todo, tenia un viso cémico el asunto. Se reiria Elvira al saberlo. Por la noche la casa estaba toda oscura. Llamé en vano. Sus golpes resonaban profundamente en la calma nocturna. Sus propios golpes lo pusieron nervioso. Comenzé a traspirar, advirtié que tenfa la frente humedecida. Un tanto alarmado ya, corriendo sin reparo por las calles silenciosas, hasta encontrar un vehiculo, acudié a interrogar a algunos amigos. Todos le confirmaron que Elvira habia muerto. No se aventuré a referirles su extrafia experiencia; temfa que lo tomaran a risa, Peor atin: temfa que le creyeran. Hay una zona de la conciencia que se toca con el suefio, o con mundos parecidos al suefo. Crefa estar pisando esa zona, esa linde a la que los vapores azules del alcohol nos aproximan. Y con la misma dificultad del ebrio o del delirante, su espiritu luchaba por discernir la realidad. Cuando el juez, accediendo a su demanda, abrié la casa de la muerta, Vicente descubri, sobre la mesita de la sala, el pequefio reloj con incrustaciones de brillantes, en el estuche abierto. (scar Cerut, "El Grculo” ag) en 16 Cuentosatioamericanos. México: IDCL, 1994, pp. 47-54

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