TODO EL MUNDO ES UN ESCENARIO
W. Shakesperare,
Todo el mundo es un escenario,
y todos los hombres y mujeres meros actores:
tienen sus salidas y entradas;
y un hombre en su vida interpreta muchos roles,
siendo sus actos en siete edades. Al principio el infante,
que llora en brazos de la nodriza.
Luego el quejoso escolar con su cartera
y su brillante cara matutina, arrastrándose
de mala gana a la escuela, con paso de caracol.
Después, el amante, suspirando como una fragua
con una triste balada
compuesta para la reja de su amada.
Luego soldado, lleno de extrañas bravuconadas,
bigotudo como el leopardo,
celoso de su honor, súbito y pronto en la lucha,
buscando la efímera reputación
hasta en la boca del cañón. Más tarde, juez
de redondo y prominente abdomen
de mirada severa y barba cortada formal,
lleno de sesudos dichos y modernas citas:
y así desempeña su papel. En la sexta edad
cambia al flaco y suelto Pantalón,
calzado de chinelas,
con anteojos en la nariz y el saco al costado,
y con juveniles calcetines, bien conservados
flotando en anchos pliegues sobre sus encogidas piernas;
y su voz varonil vuelve otra vez al infantil agudo resopla
y silba en su sonido.
La última escena de todas,
que termina esta extraña y nutrida historia,
es la segunda infancia, el mero olvido
sin dientes, sin ojos, sin palabras, sin nada.
Macbeth, escena VII
(Oboes y antorchas. Cruzan la escena un mayordomo y varios sirvientes llevando
platos y servicio de mesa. Entra, a continuación, Macbeth)
Si todo terminara una vez hecho... Sería conveniente acabar pronto; si
pudiera el crimen frenar sus consecuencias y, al desaparecer, asegurar
el éxito de modo que este golpe a un tiempo fuese todo y fin de todo,
aquí, sólo aquí, sobre esta orilla y páramo del tiempo se arriesgaría la
vida por venir. Sin embargo, es aquí, en estos casos, donde se nos
juzga, porque damos instrucciones sangrientas que, aprendidas, son un
tormento para quien las da. La imparcial mano de la justicia pone el
cáliz, envenenado por nosotros, en nuestros propios labios. Se
encuentra aquí con doble confianza: primero, soy su deudo a más de
súbdito, dos buenas razones para no actuar; después, como anfitrión,
tendría que cerrar las puertas de sus asesinos, no ser yo quien
blandiera el cuchillo. Además, este Duncan ha sido tan humilde en el
poder, y tan ecuánime al gobernar, que sus virtudes clamarían –tal
ángeles con voces de trompetas- contra el acto deleznable de hacerlo
desaparecer; y la piedad, como un recién nacido que desnudo galopa
en la tormenta, o querubín del cielo montado por el aire en sus
corceles invisibles, expondrá este acto horrible a los ojos del mundo y
sofocarán las lágrimas el vendaval. La espuela, que se clava en los
flancos de mi deseo, es la de ambición que brinca y al sobrepasarse,
ya demasiado lejos, se derrumba.
Monólogo de Elena en "Sueño de Una Noche de Verano"
¡Cuánto más felices logran ser unos que otros!En toda Atenas se me
tiene por su igual en su hermosura,pero¿de qué me sirve?Demetrio no
lo cree así.Se niega a reconocer lo que todos menos él reconocen.Y así
como él se engaña,fascinado por los ojos de Hermia,así yo me ciego,
enamorada de sus cualidades.El amor puede transformar las cosas
bajas y viles en dignas, excelsas.El amor no ve con los ojos,sino con el
alma,y por eso pintan ciego al alado Cupido. Ni en la mente de Amor
se ha registrado señal alguna de discernimiento.Alas sin ojos son
emblema de imprudente premura,y a causa de ello se dice que el amor
es un niño,porque en la elección yerra frecuentemente.Así como se ve
a los niños traviesos infringir en los juegos sus juramentos,así el rapaz
Amor es perjuro en todas partes.Porque antes de ver Demetrio los ojos
de Hermia ,me granizó de juramentos,asegurándome que era solo
mío;y cuando esta granizada sintió el calor de su presencia,se
disolvió,derritiéndose el chaparrón de votos. Voy a revelarle la fuga de
la hermosa Hermia;no dejará de perseguirla mañana por la noche en el
bosque;y por este aviso,con solo que me dé las gracias,habré recibido
un alto precio. Pero bastará a mitigar mi pena el poder allá mirarle y
retornar.
Monólogo De Enrique VIII
No vengo ahora a haceros reír; son cosas de fisonomía seria y grave, tristes, elevadas
y patéticas, llenas de pompa y de dolor; escenas nobles, propias para inducir los ojos
al llanto, lo que hoy os ofrecemos. Los inclinados a la piedad pueden aquí, si a bien
lo tienen, dejar caer una lágrima: el tema es digno de ello. Aquellos que dan su
dinero sin la esperanza de ver algo que puedan creer, hallarán, no obstante, la verdad.
Los que vienen solamente a presenciar una pantomima o dos, y convenir en seguida
en que la obra es pasable, si quieren permanecer tranquilos y benevolentes, les
prometo que tendrán un rico espectáculo ante sus ojos en el transcurso de dos breves
horas. Sólo aquellos que vienen a escuchar una pieza alegre y licenciosa, un fragor
de broqueles, o a ver un bufón de larga vestidura abigarrada, con ribetes amarillos,
quedarán defraudados; pues sabed, amables oyentes, que mezclar nuestra verdad
auténtica con tales espectáculos de bufonería y de combate, además de que sería
rebajar nuestro propio juicio y la intención que llevamos de no representar ahora sino
lo que reputamos verdadero, nos haría perder para siempre la simpatía de todo
hombre culto. Así, pues, en nombre de la benevolencia, y puesto que se os conoce
como los primeros, y más felices espectadores de la ciudad, sed tan serios como
deseamos; imaginad que veis los personajes mismos de nuestra noble historia tales
como fueron en vida; imaginad que los contempláis poderosos y acompañados del
gentío enorme y de la solicitud de millares de amigos; luego considerad cómo en un
instante a esta grandeza se junta de repente el infortunio. Y si entonces conserváis
vuestra alegría, diré que un hombre puede llorar el día de sus bodas.
EL MERCADER DE VENECIA (1600)
Acto III, escena I
SHYLOCK
Él me había avergonzado y perjudicado en medio millón, se rio de mis
pérdidas y se ha burlado de mis ganancias. Despreció a mi nación,
desbarató mis negocios, enfrío a mis amigos y calentó a mis
enemigos; ¿y cuál es su motivo?: “Soy un judío”. ¿Es que un judío no
tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones,
sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no se alimenta de la misma
comida, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas
enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado
por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos
pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos? Si
nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos
vengaremos? Si nos parecemos en todo lo demás, nos pareceremos
también en eso. Si un judío insulta a un cristiano, ¿cuál será la
humildad de éste? La venganza. Si un cristiano ultraja a un judío, ¿qué
nombre deberá llevar la paciencia del judío, si quiere seguir el ejemplo
del cristiano? Pues venganza. La villanía que me enseñáis la pondré en
práctica, y malo será que yo no sobrepase la instrucción que me habéis
dado.
De Romero y Julieta
JULIETA
Mi único enemigo es tu nombre.
Tú eres tú, aunque seas un Montesco.
¿Qué es «Montesco»? Ni mano, ni pie,
ni brazo, ni cara, ni parte del cuerpo.
¡Ah, ponte otro nombre!
¿Qué tiene un nombre? Lo que llamamos rosa
sería tan fragante con cualquier otro nombre.
Si Romeo no se llamase Romeo,
conservaría su propia perfección
sin ese nombre. Romeo, quítate el nombre
y, a cambio de él, que es parte de ti,
¡tómame entera!
¿Quién eres tú, que te ocultas en la noche
e irrumpes en mis pensamientos?
Mis oídos apenas han sorbido cien palabras
de tu boca y ya te conozco por la voz.
¿No eres Romeo, y además Montesco?
Dime, ¿cómo has llegado hasta aquí y por qué?
Las tapias de este huerto son muy altas
y, siendo quien eres, el lugar será tu muerte
si alguno de los míos te descubre.
Si te ven, te matarán.
Por nada del mundo quisiera que te viesen.
¿Quién te dijo dónde podías encontrarme?
La noche me oculta con su velo;
si no, el rubor teñiría mis mejillas
por lo que antes me has oído decir.
¡Cuánto me gustaría seguir las reglas,
negar lo dicho! Pero, ¡adiós al fingimiento!
¿Me quieres? Sé que dirás que sí
y te creeré. Si jurases, podrías
ser perjuro: dicen que Júpiter se ríe
de los perjurios de amantes. ¡Ah, gentil Romeo!
Si me quieres, dímelo de buena fe.
O, si crees que soy tan fácil,
me pondré áspera y rara, y diré «no»
con tal que me enamores, y no más que por ti.
Mas confía en mí: demostraré ser más fiel
que las que saben fingirse distantes.
Reconozco que habría sido más cauta
si tú, a escondidas, no hubieras oído
mi confesión de amor. Así que, perdóname
y no juzgues liviandad esta entrega
que la oscuridad de la noche ha descubierto.
LADY MACBETH
Está ronco el cuervo que anuncia con graznidos la fatal llegada de
Duncan a mi castillo. ¡Espíritus, venid! iVenid a mí, puesto que
presidís los pensamientos de una muerte! Arrancadme mi sexo y
llenadme del todo, de pies a la cabeza, con la más espantosa crueldad!
¡Que se dense mi sangre, que se bloqueen todas las puertas al
remordimiento! ¡Que no vengan a mí contritos sentimientos naturales
a perturbar mi propósito cruel, o a poner tregua a su realizacion!
¡Venid hasta mis pechos de mujer y transformad mi leche en hiel,
espíritus de muerte que por doquier estáis -esencias invisibles- al
acecho de que Naturaleza se destruya!¡Ven, noche espesa, ven y ponte
el humo lóbrego de los infiernos para que mi ávido cuchillo no vea sus
heridas, ni por el manto de tinieblas pueda el cielo asomarse gritando
«¡basta, basta!». ¡Nunca habrá de ver el sol ese mañana! Tu rostro, mi
señor, es como un libro donde el hombre puede leer extrañas cosas.
Para engañar al mundo, toma del mundo la apariencia; pon una
bienvenida en tu mirada y en tus manos y lengua; procúrate el
inocente aspecto de la flor, pero sé tú la víbora que oculta. Habremos
de atender al que ha de venir y tendrás que dejar que sea yo quien se
ocupe esta noche de nuestro gran proyecto que dará a nuestros días
venideros y a todas nuestras noches absoluto dominio soberano, y el
poder. ¿Cuál fue la bestia que te hizo proponerme empresa como esta?
Eras un hombre cuando te atrevías y serías más hombre, mucho más,
si fueses aún más de lo que eras. Ni tiempo ni lugar eran propicios; sin
embargo, tú querías crearlos. Y, ahora que se presentan ellos mismos,
su oportunidad abatido te deja. Mi leche yo la he dado y sé cuán tierno
es amar al ser que se amamanta; pues bien, en ese instante en que te
mira sonriendo, habría arrancado mi pezón de sus blandas encías y
machacado su cabeza si lo hubiese jurado como juraste tú. Cada día,
cada recuerdo se va borrando de mi cuerpo. Cada día pasas a ser parte
del pasado. Deseo con toda mi alma, que cuando sean las doce, cada
uno tenga lo que se merece. Quiero que te pudras física y
emocionalmente. Quiero que te retuerzas por tus propias heces
internas. Quiero que te sientas torpe. Sacas lo peor de mí. No tendré
nada que festejar, no tendré ganas de sonreír, pero vos tampoco. La
culpa nunca te va a dar paz, ni en épocas de Navidad.
PUCK de SUEÑO DE UNA NOCHE VERANO,
Acto III, escena II.
Mi señora está enamorada de un monstruo. Mientras cerca de su retiro
sagrado y solitario pasaba la hora de su lánguido sueño, ha llegado
una compañía de cómicos imbéciles, de groseros artesanos que
trabajan para ganarse la vida en las tiendas de Atenas. Venían a
ensayar una pieza que debe representarse el día de las bodas del
insigne Teseo. El más necio de la estúpida cuadrilla, encargado del
papel de Píramo, ha salido de escena y ha entrado en un matorral. Yo
he aprovechado el momento para encasquetarle una cabeza de asno.
Al tocarle el turno de volver a escena para contestar a Tisbe, mi actor
ha salido. Apenas le han visto los demás, cuando han huido,
semejantes el ánade silvestre que ha encontrado el ojo del cazador en
acecho o a una bandada de chovas rojizas al escuchar la detonación
del mosquete, que ora bajan, ora alzan el vuelo, y de pronto se
dispersan y hienden los campos del aire con precipitado aleteo. Al
ruido de mis pasos, cae de vez en cuando uno por tierra, gritando que
lo asesinan y pidiendo socorro a Atenas. En su turbación, sus
insensatos terrores se forjaron un enemigo de cada objeto inanimado.
Los abrojos y espinas desgarraban sus vestidos: a éste la manga; a
aquel el sombrero, que se apresuraban a abandonar. Mientras los
cazaba de este modo, había dejado en la escena al lindo Píramo en su
metamorfosis, cuando Titania ha despertado y en seguida se ha
enamorado de un jumento.
ROMEO Y JULIETA
ACTO CUARTO- ESCENA III
JULIETA.—¡Adiós! ¡Quién sabe si volveremos a vernos! Un miedo
helado corre por mis venas y casi apaga en mí el aliento vital. ¿Les
diré que vuelvan? Ama… Pero ¿a qué es llamarla? Yo sola debo
representar esta tragedia. Ven a mis manos, ampolla. Y si este licor no
produjese su efecto, ¿tendría yo que ser esposa del conde? No, no,
jamás; tú sabrás impedirlo. Aquí, aquí le tengo guardado. (Señalando
el puñal.)
¿Y si este licor fuera un veneno preparado por el fraile para matarme y
eludir su responsabilidad por haberme casado con Romeo? Pero mi
temor es vano. ¡Si dicen que es un santo! ¡Lejos de mi tan ruines
pensamientos! ¿Y si me despierto encerrada en el ataúd, antes que
vuelva Romeo? ¡Qué horror! En aquel estrecho recinto, sin luz, sin
aire… me voy a ahogar antes que él llegue. Y la espantosa imagen de
la muerte… y la noche… y el horror del sitio… la tumba de mis
mayores… aquellos huesos amontonados por tantos siglos… el cuerpo
de Teobaldo que está en putrefacción muy cerca de allí… los espíritus
que, según dicen, interrumpen… de noche, el silencio de aquella
soledad… ¡Ay, Dios mío! ¿no será fácil que al despertarme, respirando
aquellos miasmas, oyendo aquellos lúgubres gemidos que suelen
entorpecer a los mortales, aquellos gritos semejantes a las quejas de la
mandrágora cuando se la arranca del suelo… ¿no es fácil que yo
pierda la razón, y empiece a jugar en mi locura con los huesos de mis
antepasados, o a despojar de su velo funeral el cadáver de Teobaldo, o
a machacarme el cráneo con los pedazos del esqueleto de alguno de
mis ilustres mayores? Ved… Es la sombra de mi primo, que viene con
el acero desnudo, buscando a su matador Romeo. ¡Detente, Teobaldo!
¡A la salud de Romeo!
ROMEO Y JULIETA
ACTO QUINTO- Escena III
ROMEO.—Sí que lo haré. Veámosle el rostro. ¡El pariente de
Mercucio, el conde Paris! Al tiempo de montar a caballo, ¿no oí, como
entre sombras decir, a mi escudero, que iban a casarse Paris y Julieta?
¿Fue realidad o sueño? ¿O es que estaba yo loco y creí que me
hablaban de Julieta? Tu nombre está escrito con el mío en el
sangriento libro del destino. Triunfal sepulcro te espera. ¿Qué digo
sepulcro? Morada de luz, pobre joven. Allí duerme Julieta, y ella basta
para dar luz y hermosura al mausoleo. Yace tú a su lado, un muerto es
quien te entierra. Cuando el moribundo se acerca al trance final, suele
reanimarse, y a esto lo llaman el último destello. Esposa mía, amor
mío, la muerte que ajó el néctar de tus labios, no ha podido vencer del
todo tu hermosura. Todavía irradia en tus ojos y en tu semblante,
donde aún no ha podido desplegar la muerte su odiosa bandera. Ahora
quiero calmar la sombra de Teobaldo, que yace en ese sepulcro. La
misma mano que cortó tu vida, va a cortar la de tu enemigo. Julieta,
¿por qué estás aún tan hermosa? ¿Será que el descarnado monstruo te
ofrece sus amores y te quiere para su dama? Para impedirlo, dormiré
contigo en esta sombría gruta de la noche, en compañía de esos
gusanos, que son hoy tus únicas doncellas. Este será mi eterno reposo.
Aquí descansará mi cuerpo, libre de la fatídica ley de los astros.
Recibe tú la última mirada de mis ojos, el último abrazo de mis
brazos, el último beso de mis labios, puertas de la vida, que vienen a
sellar mi eterno contrato con la muerte. Ven, áspero y vencedor piloto,
mi nave, harta de combatir con las olas, quiere quebrantarse en los
peñascos. Brindemos por mi dama. ¡Oh, cuán portentosos son los
efectos de tu bálsamo, alquimista veraz! Así, con este beso… muero.