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Capítulo XIII

Este documento describe los cambios lingüísticos que experimentó el español entre los siglos XVI y XVII, conocido como el español del Siglo de Oro. Explica que hubo una evolución hacia una mayor corrección y normatividad en la lengua, influenciada por el desarrollo de la imprenta. También analiza cambios fonéticos como la desaparición de distinciones entre vocales átonas, el betacismo y la confusión de sibilantes. Finalmente, resume las diferencias dialectales en cuanto al tratamiento de las sibilantes
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Capítulo XIII

Este documento describe los cambios lingüísticos que experimentó el español entre los siglos XVI y XVII, conocido como el español del Siglo de Oro. Explica que hubo una evolución hacia una mayor corrección y normatividad en la lengua, influenciada por el desarrollo de la imprenta. También analiza cambios fonéticos como la desaparición de distinciones entre vocales átonas, el betacismo y la confusión de sibilantes. Finalmente, resume las diferencias dialectales en cuanto al tratamiento de las sibilantes
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Capítulo XIII. El español del Siglo de Oro.

Cambios lingüísticos generales.


El español del Siglo de Oro o Áureo, desarrollado entre los siglos XVI-XVII, es más seguro
que el español de la Edad Media pero aún sigue en evolución activa.
La ampliación del concepto de corrección lingüística (consiste en usar palabras y
expresiones bien construidas y aceptadas en general por los hablantes) implicó la
selección entre sonidos y formas coincidentes, lo que condujo:
 a la desaparición de límites tajantes entre el vulgarismo y las expresiones
admitidas,
 y a la fijación de usos en la lengua literaria y en menor medida en la hablada.
El desarrollo de la imprenta en esta época influyó en la imposición de normas gráficas,
pues capaz de reproducir un mismo texto en multitud de ejemplares, corrigió las variantes
de los manuscritos originales que respondían a la espontaneidad del autor o amanuense
(copista).
La imprenta llegó a España con cierto retraso respecto a otros países de Europa, debido a la situación periférica de la Península ibérica y a la falta de grandes
universidades. La primera imprenta se instaló en Segovia en el año 1472 a instancias de Juan Arias Dávila, obispo que quiso proporcionar obras impresas a los
alumnos del Estudio General de Segovia e hizo trasladarse a la ciudad al impresor Juan Párix, procedente de Heidelberg (Alemania), casi diecisiete años después de
que Gutenberg sacara a la luz su primer libro impreso, la Biblia de Gutenberg.
Siguiendo el camino iniciado por la imprenta de Segovia, se fueron instalando otras en diferentes ciudades, como Barcelona, Burgos, Sevilla, Valencia, Zaragoza,
llegando a existir hasta veintiséis diferentes a lo largo del siglo XV.
Durante el siglo XVI fueron disminuyendo las vacilaciones de timbre en las vocales átonas. Por su
posición protónica o postónica tuvieron un grado de intensidad escaso y siendo muy breves se
redujeron:

 la /e/ a la /i/: vanidad, invernar, aliviar, siguro,


 la /o/ a la /u/: cubrir, ruido, puniendo.

En la primera mitad del siglo XVI aún se toleró la f arcaizante de fijo, fincar, fecho, en el uso
cancilleresco entre notarios. A este uso se debe la conservación de fallar como término jurídico, al
lado del uso corriente de hallar. Otras huellas de dicho uso se hallan en la vacilación entre las
duplicidades falda-halda, forma-horma. La f fue desapareciendo sustituida por la h, que en Castilla la
Vieja ya no se aspiraba y en la lengua rústica se aspiraba ante /e/ y los diptongos /ue/-/ie/: he, huerte,
hiebre.

También se destaca en la primera mitad del siglo XVI la conservación de algunos grupos de
consonantes en lengua literaria: cobdiciar, cobdo, dubda, que en el habla se habían simplificado a
codiciar, codo, duda. Mientras lternaban aún cient, sant, mill y cien, san, mil.

Usos no admitidos por la literatura fueron los trueques en el habla entre sibilantes:
 ž y ż: quijo (quiso), cosecha (cogecha), tijera (tisera),
 š y ṡ: relisión (relixión), cáxcara (cáscara),
mientras los primeros mantuvieron su carácter palatal.
La confusión entre las sibilantes es una de las causas que pudo haber influido en la sustitución del
pronombre de dativo no reflexivo ge por se.
Consonantismo

Un cambio radical del consonantismo, iniciado en la Edad Media y generalizado entre la


segunda mitad del siglo XVI y principios del siglo XVII, determinó el paso del sistema
fonológico medieval al moderno. Al hablar de fonología nos referimos a la organización
mental de los fonos en fonemas atendiendo a sus rasgos.
Los fonemas /b/ bilabial oclusivo y /v/ labiodental fricativo se distinguieron en Toledo,
Sevilla y Cáceres, mientras los usos en Aragón, Castilla la Vieja, Cataluña, Galicia, norte de
Portugal y otras regiones norteñas las confundieron. Este fenómeno se llamó betacismo:
resultado de confundir la pronunciación indistinta de la /b/ y /v/ románicas pues la
semiconsonante /u/ pasó a articularse /b/ en posición intervocálica.
Otra confusión irradiada desde Aragón y Castilla la Vieja fue entre sibilantes sordas y
sonoras porque los fonemas:
 /ẑ/ (z), /ż/ (-s-) y /ž/ (g,j) al ensordecerse se confundieron con las sibilantes sordas
correspondientes:
 /ŝ/ (ç): açer en vez de hazer, reçar en vez de rezar,
 /ṡ/ (-ss-): tuviese en vez de tuviesse, matasen en vez de matassen,
 /š/ (x): teoloxía en vez de teología.
Mientras el habla de Toledo y de las regiones sureñas era considerada como el buen
decir.
Fray Juan de Córdoba ilustra las diferencias fonológicas entre norte y sur en su Arte en
Lengua Zapoteca: “los de Castilla la Vieja dizen hacer y en Toledo hazer, y dizen xugar, y en
Toledo jugar…”.

Castilla la Vieja estuvo constituida por las provincias de Ávila, Burgos, Logroño (desde 1980, La Rioja), Segovia y Soria, a las que se suman en alguna
ocasión Santander (desde 1982, Cantabria), Palencia y Valladolid. Hacia el siglo XVI al "Reino de Castilla" empieza a denominársele "Castilla la Vieja" y al de Toledo
se le pasa a conocer como "Castilla la Nueva”.
El consonantismo de Castilla la Vieja era contagiable por constituir una simplificación del
sistema de sibilantes y además triunfó por circunstancias extralingüísticas:
o Felipe II, hijo y heredero de Carlos I de España e Isabel de Portugal, trasladó la
sede de la corte de Valladolid a Madrid, cuya población creció hasta igualarse
a la de Toledo y la superó más adelante. La pronunciación norteña se asoció a
la nueva cortesanía. Hubo cambio de norma, de la toledana a la castellana.
o Es así como determinados usos lingüísticos se generalizaron en Castilla la Vieja
y se propagaron en Castilla la Nueva y América:
 La omisión de la [h] aspirada.
 El betacismo.
 El ensordecimiento de las sibilantes sonoras /ẑ/ (z), /ż/ (-s-) y /ž/ (g,j).

Pero en las sibilantes dentales además hubo cambios en el punto y el modo de


articulación, esto es, que órganos del aparato fonador son necesarios para articular los
fonos: labios: labiales, dientes: dentales, velo: velares y paladar: palatales y, cómo el aire
espirado sale encontrando un obstáculo: oclusivo, causando fricción: fricativo o de ambas
formas: africado.
NORTE: las africadas dentales /ŝ/ y /ẑ/ se aflojaron llegando a ser fricativas: /ş/-/z/.
Cuando la sonora /ẑ/ se ensordeció se igualaron en un solo fonema interdental, que se
articulaba como la θ castellana actual.
SUR: la desafricación de /ŝ/ fue posterior a la de /ẑ/ pero en el siglo XVII la igualación en
θ fue completa.
En Sevilla, Córdoba, Granada y América, las fricativas predorso-interdentales resultado de la
fricativización de las africadas dentales /ŝ/ y /ẑ/ se confundieron con las fricativas ápico-alveolares /ṡ/
y /ż/, por lo que se eliminaron las segundas. Esto recibió el nombre de çeçeo o zezeo, puesto que los
fonemas triunfantes fueron los fricativos. Mientras que Valencia pronunció con /ṡ/ ápico-alveolar la ç
y z: seseo. En Granada, los moriscos no reproducían la /ṡ/ ápico-alveolar y a sustituyeron con /š/
prepalatal.

En cuanto a las sibilantes prepalatales, en castellano, asturiano, leonés y gallego la


sonora articulada como fricativa rehilante se ensordeció confundiéndose con la sorda /š/.
Pero en el castellano, la necesidad de evitar la confusión con las sibilantes alveolares hizo
que las prepalatales retrajeran su punto de articulación hacia el paladar y luego hacia el
velo. El resultado fue la fricativa sorda: /Х/ equiparable con el sonido de la x griega. Hubo
una contienda entre la pronunciación mediopalatal sorda /ĉ/ y velar. El primer uso
después del siglo XVII quedó relegado a dialectos no castellanos.
Una variación diastrática hizo que donde se conservaba la [h] aspirada procedente de la
f- inicial latina y de aspiradas árabes, la fricativa velar resultante de /ž/ y /š/=/x/ se hiciera
también aspirada. Los testimonios denuncian originarse de regiones con baja extracción
social: las hampas sevillanas. El Buscón de Quevedo recibe sobre su habla dicho consejo:
“haga vucé cuando hablare de las g, h y de las h, g; diga conmigo gerida, mogino, jumo,
pahería, habalí, harro de vino”. La solución /h/ triunfó en Extremadura y en la mayor parte
de Andalucía. Desde Andalucía la aspiración pasó a Canarias y a América: mahestad,
rrehistro, muher, gecho, gasta.

En consecuencia, el sistema consonántico se escindió en dos variedades:


 El reino de Toledo, Murcia y zonas de Andalucía oriental: simplifica los tres
órdenes de sibilantes antiguas mediante la desaparición de los fonemas
consonánticos sonoros: interdental /θ/, /ṡ/ ápico-alveolar y la velar /x/,
aumentando la distancia de sus puntos de articulación.
 La mayor parte de Andalucía con extensión a las Islas Canarias y América: reduce
los tres órdenes de sibilantes a sólo dos fonemas consonánticos la/Ş/ dental y la
postpalatal o velar /ẙ/, /x/ o /h/. Se mantiene la /h/ aspirada procedente de la /f/
y la absorción de la /x/ por la /h/. En Extremadura la distinción entre /θ/ y /ṡ/ es
una zona de transición.

La mitad sur de España participó del yeísmo: deslateralización de la /ḽ/ procedente de


/l-/, /cl-/, /pl-/ y /fl-/ convirtiéndose en /y/ o /ž/. Ya aparece entre los mozárabes que
llamaban yengua buba a la lengua de buey y en Andalucía Lucena se escribe Yucena. El
yeísmo en interior de palabra se documenta aisladamente en el reino de Toledo desde el
siglo XIV: ayo por hallo. El toledano Covarrubias afirma que era fórmula ritual que el novio,
al recibir un regalo de boda, dijese: aquí estoy papagayo, que quería decir aquí estoy para
pagarlo. Los moriscos y rústicos contagiaron su yeísmo a gentes de rango superior como
frailes jerónimos. En América se usa contrayen, ayá.

En el siglo XVI existe confusión entre /-r/ y /-l/ finales de sílaba o palabra. En mozárabe
Balnegrar > valnegral y las alternancias carrascal/carrascar, senar/ senal, en Madrid
arcalde > alcalde, en Córdoba comel > comer, en Andalucía abril y Garcilaso en su
testamento pide que le entierren en San Pedro Mártil. La confusión es traída a Canarias, el
Caribe y zonas costeras de América por emigrantes del Mediodía español. Dicho uso no
arraigó, aquí se vocalizaron en semivocal [i], se nasalizaron, se aspiraron o se omitieron:
servidó, mujé, onden, olvidad. Mientras que en la lengua de los esclavos desaparecen:
vueve, sotar, Potugal.

La /-s/ final de sílaba o palabra se aflojó en el Mediodía hasta convertirse en una


aspiración. No se escribía como tal por sentirse como variedad articulatoria. Sólo se
notaba su existencia cuando actuaba sobre una consonante sonora, pues la ensordecía y
se fundía con ella, o cuando se relajaba hasta desaparecer provocando la omisión de la
/-s/ final. Fernando Colón, hijo de Cristóbal Colón, escribe Sofonifa en vez de Sophonisba,
con la b ensordecida por la aspiración de la /-s/. Igual que en América resbalar pasa a
refalar. Un músico toledano atestigua su pérdida: muétrale, muetra. Y otros usos
toledanos son: la puertas, de sus súbdito, a las entrada de la iglesia, a veces con
ultracorrecciones como dentro de la ciudad y fuera de ellas. El habla de los negros, como
la remedan Lope de Rueda y Góngora pronunciaba barremo, ponemo, pue, vimo. En
América, las cartas de sevillanos usan los quale, decanso, démole, má que, mimo.
La relajación de la /-d-/ intervocálica manifiesta su caída desde finales del siglo XIV en
las desinencias verbales –ades, -edes, -ides, resultando -áis, -ás, -éis, -és, -ís. Este uso se
propagó en cartas sevillanas a palabras como todo: to, quedado: quedao, procede: prozé,
en Madrid era corriente la supresión de la /-d-/ en la terminación –ado de participios
trisílabos o tetrasílabos: matao, desterrao pero no en los bisílabos: dado, soldado,
cuidado. Lucas Fernández y Gil Vicente suprimen la /-d/ final en edá, maldá, navidá, beldá.

Es época de lucha entre el respeto a la forma latina de los grupos de consonantes y su


adaptación a los hábitos de pronunciación romance. No hubo criterio fijo, sólo el gusto del
hablante y la frecuencia de uso eran factores decisivos. Se usaba efeto, conceto, perfeción,
solenidad, junto a efecto, concepto, perfección, solemnidad. Era frecuente en la literatura
la deformación de cultismos como celebro (cerebro), plática (práctica), rétulo (rótulo).
Con la mayor conciencia lingüística de los hablantes el encuentro de determinadas
palabras en la frase dio lugar a transformaciones fonéticas:
 El artículo la, considerado característico del género femenino, sustituye lentamente
a el en casos como el espada, el otra, y queda el para palabras que empiezan con
vocal s: el arena, el agua.
 Se separan las palabras fundidas en conglomerados: poneldo > ponedlo, embialdo
> enviadlo, teneldo > tenedlo, aunque estuvieron de moda en el siglo XVI tomallo,
hacello, sufrillo entre andaluces, murcianos, toledanos y gentes de corte.
En la primera mitad del siglo XVI la conjugación ofrecía muchas irregularidades.
Coexistían amáis, tenéis, sois con amás, tenés, sos, que pronto quedaron relegados por
vulgares y desaparecieron. El imperativo cantad, tened y salid alternaba con cantá, tené,
salí. Se dudaba entre só, vo, estó, dó, cayo, trayo y soy, voy, estoy, doy, caigo, traigo.

Subsistían los esdrújulos amávades, sentíades, quisiérades con sus reducciones amavais,
sentíais, quisierais, que fueron las que subsistieron en el siglo XVII. Hubo mucha
resistencia de la /-d-/ en dichas desinencias átonas, mientras en las tónicas amades,
tenedes y sentides cayeron ya en el siglo XV distinguiendo las formas del tú de las del vos.
En las formas tónicas, las alternancias:
 amáis/amás,
 tenéis/tenés
podían darse sin que amás y tenés se confundieran con amas y tienes.
En las formas átonas, la síncopa de la /d/ preventiva hubiese acarreado duplicidades
amavades>amavais/amavas, sentides>sentíais/ sentías, ivades>ivais/ivas, cuyas segundas
formas eran idénticas a las del tú. Cuando desaparecieron las formas tónicas amás y tenés
ya no hubo riesgo de que al caer la /d/ no se confundieran las formas del vos con las del
tú. Pero en América donde prevalecieron las formas tónicas se impusieron también las
formas donde caía la /d/, facilitando la mezcla de las personas tú y vos en el voseo (uso del
pronombre vos como segunda persona del singular en reemplazo del pronombre tú).
El verbo aver conservó las formas hemos, avemos, heis, avéis. El verbo ir en el
subjuntivo podía adoptar las formas: vayamos, vayáis, vamos, vais.
Se empleaban indistintamente traxo y truxo, conozgo, conozco y conozco, luzga y luzca.

En el futuro y condicional como se advertía que su primer elemento era el infinitivo, se


lo restableció íntegro: debería. Como el infinitivo y la terminación constituían una unidad
significativa desapareció la escisión de besar te he, engañar me ha, en beneficio de
besaréte o te besaré, engañaráme o me enganará. Tras un período de alternancia entre
porné-pondré, verné-vendré, terné-tendré, sucumbieron las primeras formas menos fieles
a las raíces de poner, venir y tener.
En el español clásico el verbo aver era incoactivo, sinónimo de obtener y usado con
objeto directo abstracto (aver duelo, he sed), mientras que tener indicaba la posesión
durativa de objetos materiales. Pero en el Siglo de Oro las diferencias se hicieron borrosas
y se utilizaron como sinónimos. De a poco el uso de aver como transitivo fue decayendo y
quedó reducido al papel de auxiliar.
En los tiempos compuestos con aver existió concordancia entre el participio y el objeto
directo, después el participio fue invariable. Haber se generalizó como auxiliar en los
tiempos compuestos de verbos intransitivos y reflexivos, donde contendía antes con ser.
Valdés respeta el uso antiguo: pues los moços son idos a comer y nos han dexado solos,
aunque también usa han ido. Escasos son los ejemplos de soy muerto y eres llegado.
Se emplea ser para indicar la situación local hasta que en el siglo XVII se impone estar.
En la voz pasiva, para las situaciones o estados resultantes de una acción anterior,
alternaba el viejo perfecto: es escripto, es dicho con está escripto, está dicho (que empezó
a usarse en el siglo XIV). A la pervivencia de ser contribuía la función auxiliar en los
perfectos de verbos intransitivos: somos obligados, ya es cumplido el tiempo de su
destierro (Cervantes).
La pasiva con se, atestiguada en las Glosas Emilianenses, siguió con la misma
construcción: concordancia entre sujeto paciente y verbo, pero se extendió a un sujeto
infinitivo u oración: permítese avisarlos (Guevara), y adquiere carácter impersonal con
verbos intransitivos: vívese con trabajo.
En las perífrasis en que el verbo auxiliar era intransitivo y el transitivo auxiliado iba en
infinitivo, el auxiliar no concordaba con el que sería sujeto paciente, acentuando la
impersonalidad: se ha comenzado a traer materiales (Cortés). Con verbo transitivo y
sujeto paciente la construcción se podía interpretar como reflexiva o si el sujeto era plural
como recíproca.
Con el crecimiento de impersonalidad, el se fue convertido en su índice y el sujeto
paciente pasó a ser objeto directo encabezado con la a del acusativo personal, uso que se
extendió también a cosa personificada. Así es como el verbo en singular podía ir con un
objeto directo en plural.
La extensión del se impersonal y la de uno destierran a lo largo del siglo XVII el empleo
de hombre como indefinido.
En un principio, en las subordinadas condicionales la hipótesis futura o prótasis se
construyó con el presente del indicativo: canto o con el futuro de subjuntivo: cantare. La
hipótesis más dudosa referida al futuro, presente o momento posterior a los hechos
relatados llevaba el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo: cantase en la condición y el
condicional: cantaría o el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo: cantase en la
consecuencia. La hipótesis irreal referida al pasado llevaba el pretérito pluscuamperfecto
de subjuntivo: cantase o de indicativo: cantara en la condición y el pretérito
pluscuamperfecto de indicativo: cantara en la consecuencia.
Con el crecimiento de los pluscuamperfectos compuestos hubiese cantado, hubiera
cantado borraron los límites entre cantare y cantase, pues se confundieron el futuro
imperfecto del subjuntivo con el pretérito imperfecto de subjuntivo.
De todos modos en la mayor parte del siglo XVI todavía predominaba en cantara el valor
de pluscuamperfecto de subjuntivo, pero a fines de dicho siglo prevaleció su función de
imperfecto y se empleó con más frecuencia cantara antes que cantase.
Las construcciones si tuviere, daré y si tuviere, daría decayeron combatidas por las
construcciones si tengo, daré y si tuviera, daría.

Hubo casos especiales de desgaste en los tratamientos. Se relegó el uso del tú a la


intimidad familiar o al trato con inferiores y se desvalorizó el vos que era descortés
emplearlo con quien no fuese inferior. Había que tratar de vuestra merced o vuestra
señoría. Su repetición originó vuesa merced, vuesarced, voacé, vucé, vuced, vusted, usted.
De igual manera usía y vuecencia nacieron de vuestra señoría y vuestra excelencia.
Además señor, colocado como título delante de un nombre o adjetivo, degeneró en seor,
seó y so.
Los gentilicios en –és se resistieron a admitir terminación femenina por lo que se
encuentran cartaginés, leonés, andaluces.
El sufijo diminutivo preferido era –illo junto a –uelo hasta el siglo XIX. Pero –ico e –ito le
disputaron la popularidad.
El primero fue exclusivo de Aragón, Murcia y Andalucía oriental. El segundo sufijo ocupa
el segundo lugar de frecuencia en escritores como Santa Teresa y Calderón.
Como sufijo superlativo se naturalizó –ísimo. Valdés emplea perfettissima, Garcilaso
clarísimo. Despúes de Fray Luis de León y Herrera, Cervantes da cuenta de su profusión:
dolorosísima dueñísima, escuderísimo.
La contienda entre nos, vos y nosotros, vosotros haciendo referencia a varios individuos
se resuelve a favor de las formas compuestas, mientras las formas simples eran usos
corteses. Garcilaso escribe: Ninfas, a vos invoco, junto a alce una de vosotras.
Los demostrativos seguían contando con las duplicidades aqueste/este, aquesse/ese,
estotro/essotro.
El relativo quien, etimológicamente invariable por proceder del latín quem, empezó a
tomar forma distintiva para el plural: quienes.
Los adverbios cabe, so, passo (en voz baja), presto, harto se usaron en el siglo XVI y
actualmente es uso de eruditos, estonces y ansí fueron absorbidos por sus concurrentes >
entonces y assí.
La conjunción copulativa descendiente de et es y, escrita i por Herrera. Durante Carlos V
hubo quienes usaron la antigua forma e, sola o alternando con y.
Durante la Edad Media el empleo de los pronombres átonos de tercera persona había
respondido en general a su valor etimológico: el dativo de cualquier género se indicaba
con le o les, el acusativo para el singular masculino y neutro se servía de lo, y para el
femenino de la, así como para los plurales los y las.
En el dativo este sistema no fue satisfactorio porque no diferenció géneros, ni para los
acusativos masculino y neutro singular que compartían lo. Por ello en el norte y centro
peninsulares, se usó le para el acusativo masculino, sobre todo haciendo referencia a
personas y se usó el lo para hacer referencia a cosas. Fue uso de Cervantes, Lope, Tirso,
Quevedo, Calderón. En plural el los fue usado con más frecuencia que el les. Aragón y
Andalucía se mantuvieron fieles al criterio etimológico basado en la distinción de casos.
El significado de algunos adverbios difería del actual:
 luego conservaba el sentido de en seguida, pronto,
 a la hora tenía igual valor,
 a deshora significaba de improviso.
Las preposiciones también diferían con el significado actual:
 del en vez de al: viaje del Parnaso,
 en en vez de a o hacia: ir en casa de Fulano,
 en en vez de de: hablar en tal asunto,
La conjunción puesto que era concesiva, sinónima de aunque y tras negación pero se
usaba donde actualmente se usa sino. La conjunción que solía repetirse después de cada
inciso y el verbo se sobreentendía en varios casos, como en las fórmulas de juramento. El
verbo al final de la frase era gusto de autores latinizantes.
Los pronombres inacentuados se siguieron ubicando tras el verbo cuando se hallaban
en principio de frase o después de pausa (enclisis). Pero hay casos de proclisis: abrazando
a su huésped, le dijo (Cervantes).
El imperativo, el infinitivo y el gerundio admitían un pronombre antepuesto: la espada
me da: dame la espada, no te prometiendo esperança. También se apoyaron en el
participio de los tiempos compuestos cuando el verbo auxiliar estaba suplido: sacádoos de
las cárceles (Quevedo).
Hubo un significativo acrecimiento de palabras. Debe destacarse que la abundancia de
neologismos latinos y griegos no llegó a producir un envenenamiento en el léxico literario
pues los autores contrapesaron su abstracción con el uso de palabras populares de
significación concreta.
Las relaciones culturales y políticas con Italia dieron entrada a palabras referentes a:
-Arte y Literatura: esbozo, diseño, modelo, balcón, cornisa, fachada, terceto, cuarteto,
estanza o estancia, madrigal, novela.
-Vida de sociedad: cortejar, festejar.
-Navegación y comercio: fragata, galeaza, mesana, piloto, banca.
-Guerra: bisoño, escopeta, parapeto, escolta, centinela, emboscada.
-Otros: bagatela, pedante, capricho, manejar, poltrón, hostería, estrada.
De origen francés son: servieta > (servilleta), trinchea (>trinchera), batallón, frenesí,
balloneta, coronel, xefe. Cuando la corte francesa fue modelo de trato social distinguido se
introdujeron: damisela y madama.
El portugués dejó: payo, mermelada, menino, saudade (con significado de melancolía o
añoranza que tomó el castellano en soledad), achar de menos que fue transformado en
echar de menos.
Los soldados suizos que participaron en la Guerra de Granada prodigaron el juramento
bi got! con significado por Dios, y la pronunciación se asoció con el español bigote,
desviado del sentido original. Otro germanismo es brindis. Del flamenco proviene
caramesse, introducido en España a través del francés como kermese con el significado de
fiesta popular. En relación con las instituciones flamencas se introdujo el término finanzas.
La conquista de América introdujo indigenismos: canoa, huracán, cacique, tabaco,
patata, chocolate, tomate. Lope de Vega emplea 80 de ellos en comedias de asunto
americano.
Se admitieron palabras técnicas del lenguaje corriente en la literatura: militares como batería y
estratagema, jurídicas como privilegio, administrativas como arbitrio y tasa, de la filosofía como
argumento e implicar, de la física y medicina como elemento y humor. De la jerga del hampa los
escritores usaron: cepos quedos con significado: quieto, la ene de palo con significado: la horca y
gurapas: galeras. La literatura barroca prefirió la abundancia a la depuración y aprovechó términos
vulgares, extranjerismos, cultismos y tecnicismos.

Continuadores de la tarea de Nebrija editan obras destinadas a extranjeros para el aprendizaje del
español:
 Cristóbal de Villalón con su Gramática,
 Bernardo Aldrete con su Origen y principio de la lengua castellana,
 Gonzalo Correas con su Vocabulario de Refranes,
 Sebastian Covarrubias con su diccionario Tesoro de la lengua castellana o española.

Desean descubrir mediante métodos científicos las leyes que regían el funcionamiento del idioma,
por lo que se calificaron de preceptistas.

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