¿SUSANA?
Cuento de Navidad
Este Cuento de Navidad empieza la tarde de un veinticuatro de diciembre.
Luis y Paula, su mujer, viajan en un avión Madrid-Palma de Mallorca para ir a
pasar las vacaciones a casa de los padres de ella. Durante la mayor parte del
vuelo Luis mira a través de la ventanilla el cielo sin nubes, un cielo como un sinfín
azul y leve, y tiene la sensación de estar surcando un espacio sin referencias.
Como si no existiera nada más que su mismo acto de mirar –esto lo piensa Luis–.
También siente una corriente debajo de la piel, algo parecido al vértigo, aunque él
nunca ha tenido vértigo.
A su lado viaja su mujer, Paula, una mujer bonita. Luis finge dormir sentado
en el asiento con las manos cruzadas sobre el regazo, mientras estudia con los
ojos entrecerrados el perfil erguido de ella. La cara maquillada. La nariz
geométrica y proporcionada. Los labios pintados. La melena rubia recién
recortada, que cae lacia y se esparce sobre los hombros de la chaqueta color de
hueso. En ese momento Luis madura que ella ha ido dedicando cada vez más
tiempo a su aspecto desde que comenzó su trayectoria fulgurante en el
organigrama de la compañía. Piensa que Paula está cada día más guapa, cada
día más fuerte, cada día más segura.
Entonces Paula se inclina sobre él y le quita las gafas, que han
resbalado por su nariz. Lo hace con tal cuidado que Luis puede seguir fingiendo
que duerme. Después Paula susurra:
–Te quiero mucho, cariño.
Luis no sabe cuándo ha comenzado Paula a llamarle cariño. Probablemente
haga poco tiempo. Él siempre ha odiado la palabra cariño, siempre. Sin embargo,
hasta ese preciso instante no cae en la cuenta de que Paula la utiliza para
referirse a él. Además, tal vez ella lleve unos días tratándole más cariñosamente,
es algo de lo que Luis no puede estar completamente seguro. El caso es que la
palabra cariño se graba con ácido en algún oscuro rincón de su cabeza. Al
principio intenta no darle mayor importancia. Pero mientras Paula, abstraída, echa
el aliento sobre las gafas y las limpia enérgicamente con un pañuelo de papel,
dentro de Luis germina una sensación imprecisa, difícil de reconocer, una tensión
todavía oculta.
–Bueno, ya lo has conseguido, me has despertado –le dice Luis a Paula mientras
se despereza en su asiento, queriendo dar a entender que los cuidados de su
mujer han interrumpido su sueño.
– ¿Cómo puedes saber por dónde vas con las gafas tan sucias? –dice ella, le
pone a Luis las gafas y le peina el flequillo con la mano.
Están a punto de tomar tierra: “... les deseamos una feliz estancia en
Mallorca y les damos las gracias por haber elegido nuestra compañía para realizar
este vuelo. Feliz Navidad a todos”, anuncia la azafata a través del altavoz.
II
En el aeropuerto de Palma toman un taxi para ir a casa de los suegros de
Luis. Hacen el trayecto en silencio. Cuando llegan, la familia de Paula al completo
les está esperando: padres, hermano, cuñada y sobrinos, Gerardo, de cinco años,
y Alejandro, recién nacido. Están formando corro alrededor del cochecito con el
bebé. Todos parecen alegrarse mucho de verles pero Luis se siente fuera de lugar
desde el primer abrazo. Y la iluminación de la sala le resulta violenta.
Luis no abre la boca más que para tragar langostinos y beber media docena
de copas de vino. Se ausenta de la mesa en pensamientos deshilachados, en
imágenes fugaces que se desvanecen antes de formarse, y apenas alza la vista
de los platos que van poniéndole delante. A la llegada de la bandeja con los
dulces regresa del ensimismamiento y advierte en los rostros, en los comentarios,
que su silencio es un peso para todos los demás. El padre de Paula le mira con
cara de “mi hija se merece algo mejor”. Tal vez tenga razón, piensa Luis. Mira a
Paula y comprueba que ella también está seria, con la vista clavada en el plato.
Entonces se levanta para ir al baño, necesita estudiar la situación. Abre el grifo,
llena la cueva de las manos con agua y moja su cara. Se mira en el espejo, ¿qué
me está pasando?, se pregunta. Incluso puede ser que llegue a pronunciar estas
palabras en voz alta, dirigiéndose a su reflejo. En ese momento llaman a la puerta
y Paula entra.
–¿Estás bien?
–Sí, sí... –busca con rapidez una excusa– Es el trabajo.
Paula le mira fijamente sin inmutarse.
–¿Qué te preocupa?
–Perdona Paula, siento estar tan callado. Me obsesiono, ya lo sabes, no puedo
evitarlo.
–¿Por qué no sales a tomar una copa? Te distraerás. Coge un juego de llaves del
mueble del recibidor...
–Pero tus padres...
–Lo entenderán, yo hablaré con ellos –dice Paula con seriedad exacta.
–No, no, mejor me quedo. Estoy bien. Ahora regreso y comienzo de nuevo.
Paula le mira. Esboza la sonrisa.
–Gracias cariño –dice con la mano quieta en la mejilla de Luis. Besa sus labios–
¿Te importa salir? Voy a hacer pis.
Luis sale y se detiene a observar frente a la puerta entreabierta del
comedor. Sentado a la mesa, bajo la luz blanca y dura de la lámpara de techo, el
grupo ha recuperado el tono y el volumen festivos del principio. Su suegro está en
pie, descorchando una botella, y los demás tienden hacia él las copas vacías.
Bromean, ríen, cantan. De fondo suena un villancico por un coro infantil. Luis llama
con la mano a Gerardo, el hijo de su cuñado, y le pide que diga a Paula que ha
salido a estirar un poco las piernas. Después coge la chaqueta, unas llaves del
mueble del recibidor y sale buscando el alivio nocturno y frío.
Es medianoche, quizá algo más tarde, Luis no lleva reloj. Miles de bombillas
navideñas alumbran de amarillo y blanco la Calle de San Miguel, una vía céntrica
y peatonal que está silenciosa y vacía. Comienza a caminar sin rumbo, dejándose
llevar. Cariño. Quizá no es para tanto, piensa. Estoy irritable, nervioso, cualquier
nimiedad me sirve para sacar las cosas de quicio. Cariño, se repite. Tengo que
dejar de darle vueltas. Hay que beber más.
III
Luis vaga sin rumbo por las calles casi vacías. Durante el paseo piensa en
Paula; la ve lidiando con los comentarios de sus padres hacia él. Ve a su cuñado
diciendo “tu marido no puede comportarse con normalidad ni siquiera una noche al
año”, algo por el estilo. A Luis no le importa demasiado pero tal vez le duele por
Paula. Debería haberme esforzado, se lamenta en silencio, haberme mostrado un
poco más amable, y comienza a moverse con pasos cortos y afligidos, indecisos
durante un tiempo.
Poco a poco su ansiedad se va disolviendo en el frío blando y húmedo, y
Luis la imagina como una lengua de mercurio transparente que mana de sus pies
y fluye a ras del empedrado alejándose en la soledad de la noche.
Después, huyendo de la intensa iluminación navideña o de los
grupos de gente que han salido a celebrar la Nochebuena, Luis busca las calles
estrechas y oscuras del barrio señorial de La Calatrava. Sus pasos resuenan en
los adoquines pulidos y húmedos, bajo la luz antigua de los faroles forjados que
alumbran altivos en las fachadas de los palacetes. Cariño, se repite, y comprueba
que la palabra deja de herirle, de ejercer sobre él su influjo extraño, y en su mente
se desvanece, se oculta la imagen de inmateriales ruedas dentadas girando en
complejos mecanismos. Antes de regresar a casa decide beber algo y entra en un
café que vierte a la oscuridad de la calle su luz amarilla y tenue por la boca
acristalada de una puerta pequeña. Está cerca de La Catedral, junto a la muralla
de la ciudad, y es el único garito abierto por la zona. Luis se acerca a la barra y
pide una cerveza y un tequila. Sólo hay otro cliente, una mujer joven que le da la
espalda sumida en la penumbra del local. A Luis le parece atractiva. Entonces
piensa en Paula, busca su teléfono móvil y le envía un mensaje: “¿Todavía estás
despierta? Perdóname. Ya estoy más tranquilo. Voy para casa”. Apura la cerveza
y sale del bar en dirección a casa de sus suegros. Pero unos minutos después
tiene que volver atrás: ha olvidado el teléfono sobre la barra.
IV
Cuando vuelve al café, un local pequeño que se llama Aurora, Luis
recupera el teléfono móvil y pide otra cerveza y otro tequila. Todas las mesas
están vacías excepto la que ocupa la mujer que le da la espalda. Se acoda en la
barra observándola detenidamente y le gusta lo que ve. Su cuerpo le parece
bonito: las piernas torneadas en los tejanos ajustados, el talle esbelto, los brazos
largos apoyados lánguidamente sobre la mesa. La mujer tiene una cerveza en las
manos, y se distrae arrancando la etiqueta de la botella. Lleva una camiseta negra
que deja sus hombros huesudos al descubierto, el cuello es alargado y de aspecto
frágil. En la penumbra acogedora del local, Luis distingue una mariposa tatuada
que asoma de la camiseta negra y vuela por la nuca desnuda de la mujer, como si
fuera a esconderse en la mata de cabello fino y moreno cortado a lo garçon. Coge
las bebidas y se sienta frente a ella. Y entonces lo ve: la mujer tiene la nariz
espantosamente mutilada, su rostro es monstruoso: el tabique está cortado a tajo
a un par de centímetros de la cruz de las cejas, y las fosas nasales son dos
aberturas desproporcionadas, excesivas y profundas, situadas anormalmente
cerca de los ojos con efecto siniestro y horrible. Luis siente algo parecido al miedo,
puede que horror y fascinación. Piensa en un cerdo, en un cráneo despellejado,
en un monstruo mítico, en un demonio espantoso y magnético, en todo ello junto.
Siente el impulso de levantarse y salir de allí. La mujer le devuelve la mirada.
–¿Qué pasa? –le dice, parece molesta.
Luis no puede dejar de observarla, una atracción morbosa se lo impide. La
mira, mira su faz espantosamente desnarigada, sin poder decir palabra.
–¿Qué pasa? ¿Te gusta lo que ves? –el tono es desafiante.
Luis sigue mirándola con fijeza. Sus labios son grandes. El flequillo rompe
el óvalo del rostro, cayendo en desorden sobre la frente. Y enmedio las fosas
horrendas donde hubiera debido estar la nariz. Algo se remueve en el interior de
Luis. Está excitado. Me voy, piensa, no, aún no. Y de pronto, inesperadamente,
selecciona un pensamiento, desea, habla.
–Sí me gusta lo que veo. Tal vez más de lo que imaginas –y sin dejar de mirarla
da un trago a su tequila. Entonces los labios de la mujer se aprietan, y a Luis le
parece que el gesto intenta evitar que se descosan en una sonrisa. Luis piensa a
velocidad de delirio, busca palabras, quiere seguir adelante. Se hace un silencio
que Luis percibe fascinante y erizado de peligros.–¿Puedo invitarte a beber otra
cerveza? –añade de pronto.– Me llamo Luis.
La mirada de la mujer baja, como si quisiese consultar la respuesta con la
botella dorada, y enseguida vuelve a él. Sus ojos son claros.
–Está bien, que sea otra. ¿Te apetece fumar? –dice ella, le tiende un canuto y le
acomoda con una sonrisa espantosa y amable–. Yo me llamo Susana.
V
Luis y Susana recorren varios bares del casco antiguo de Palma. Ella
acostumbra ir a sitios donde la conocen y su cara pasa relativamente
desapercibida, locales en penumbra, de ambiente tranquilo y clientela habladora.
Estando en uno de ellos Luis consulta el teléfono móvil: tiene un mensaje de su
mujer: “Estoy despierta. Te espero”. Después de leerlo Luis desconecta el aparato.
Y lo guarda en el bolsillo interior de la chaqueta.
Durante la noche Luis y Susana beben tequila, fuman marihuana, hablan,
ríen. Ella le invita a pasar la noche en su casa.
Susana vive en una pequeña guardilla en la calle de la Platería, en el barrio
judío de Palma. Al llegar preparan café y tostadas y, debajo de unas mantas, salen
a la terraza a desayunar. Las últimas estrellas se apagan con la llegada del día
sobre el paisaje silencioso de azoteas, tejados y campanarios. La luz de
amanecida esfumina el horizonte grisazul, y las aguas de la bahía de Palma
semejan un cristal orgánico, terso. Un ferry abandona lentamente la ciudad, y Luis
piensa que el barco deja tras de sí un reguero de calma, un reguero y no una
estela. El aire le huele a mar, a sal y a invierno.
Están sentados en un viejo columpio de terraza como un sofá. Junto a Luis,
Susana bebe café en una taza blanca de loza, escondiendo en cada sorbo su cara
mutilada. Durante la noche él ha ido acostumbrándose al rostro desfigurado. Sin
disimulo, con el consentimiento de Susana, sus ojos han repasado una y otra vez
los contornos de la nariz inexistente, arrancada; Luis ha estudiado la relación de
las fosas horrendas con el resto del semblante, se ha dejado invadir por su
monstruosidad, evocando en su conciencia imágenes, palabras, recuerdos y
emociones extraños, difíciles de figurar. Pero Luis se siente bien a su lado. Más
allá de su cara rota, percibe en ella algo especial, algo magnético que palpita en
su interior y por momentos parece sacarla del mundo. Su fealdad parece
convertirla en un ser menos real, más libre, en un corazón a salvo a pesar de todo,
piensa Luis con estas palabras.
Susana le cuenta sin especificar demasiado que de niña tuvo un accidente
de coche. A los veintipico, cuando dejó de crecer, comenzaron las intervenciones.
En un par de años la operaron nueve veces. Injertos, protesis, no salieron bien.
Llegó incluso a desarrollar un cáncer de piel. Ella sabe que tarde o temprano
volverá a intentarlo, volverá a operarse. Pero le da miedo. Susana lo ha pasado
muy mal, por supuesto, pero hay algo más.
– Es jodido vivir con esta cara, pero creo que he aprendido a hacerlo –le dice ella
en tono serio–. Paso casi todo mi tiempo sola, claro, no me ha quedado otro
remedio. Pero hay algo que me gusta. A veces alguien me mira y noto que
despierto en él un sentimiento de horror, de asco. –Susana mira a Luis
completamente seria, digna, pero él cree saber que ella...–. Y yo, a mí... Me
enorgullece, no sé cómo explicarlo. Me excita –Susana ríe abiertamente–. Es
como si gracias a mi fealdad cobrará cierta venganza ante los estúpidos humanos
–y sus labios cierran la sonrisa en un mueca cargada de un sentido que Luis no
sabe traducir.
El sol se alza a sus espaldas y algunas gaviotas vuelan dejando caer sobre
ellos el eco de sus gritos lejanos, agudos, como reclamos rítmicos que a Luis le
parecen surgidos de un lugar sin tiempo. Entonces besa a Susana, acaricia su
rostro deslizando las manos sobre las cejas, los párpados, los ojos. Comienza a
lamer con delicadeza el caballete de la nariz, la zona donde hubiera debido estar
el bulbo inexistente, el contorno de los orificios desmesurados, las pequeñas
arrugas satinadas que cicatrizan la piel. Como un ciego que viera con la lengua.
Después entran en el apartamento, se desnudan y hacen el amor hasta caer
dormidos.
VI
Unas horas más tarde, cuando despierta, ella duerme a su lado. Luis se
levanta y se sienta en una silla. Mira a Susana y le gusta lo que ve: la piel blanca y
brillante, como de piedra dormida, una piedra palpitante. Siente como si entre ellos
se interpusiera un cristal, un cristal que nos separa y nos acerca, piensa Luis.
Después coge sus pantalones, que están tirados en el suelo, y busca en los
bolsillos el teléfono móvil. Lo enciende, tiene un mensaje de Paula: “Llámame si
estás bien”.
¿Qué hago aquí?, se pregunta, sentado en la silla, con los codos apoyados
en las rodillas, mientras recorre con la mirada la habitación. Luis nunca antes le ha
sido infiel a Paula, pero decide no pensar entonces en eso. Apaga de nuevo el
teléfono móvil. Y lo consigue.
El piso es un estudio abuhardillado y pequeño, de un solo ambiente. Las
paredes están cubiertas de estanterías llenas de libros. También hay discos,
revistas, ropa. Son casi las tres de la tarde, el sol se filtra por los contornos de las
ventanas y la puerta que dan a la terraza. Luis se levanta y echa un vistazo a la
nevera: huevos, jamón, lechuga, salchichas. Se pone a preparar la comida de
Navidad.
Cuando está la mesa puesta, Susana sale de la cama. Enfunda sus piernas
largas en los tejanos y se mete en un jersey marrón de lana en el que habrían
cabido los dos. Después se sienta a comer. Luis la observa. Cualquier sensación
de incomodidad al mirarla ha desaparecido.
–¡Qué hambre! –dice Susana al ver el plato combinado y se pone a comer– ¿Qué
hora se ha hecho ya? A las seis entro a trabajar. Espero tener una noche
tranquila.
– ¿Qué haces exactamente en el hospital?
Susana le cuenta que trabaja en cuidados intensivos, comenta que el
departamento de recursos humanos ha velado por la imagen del hospital dándole
un puesto de enfermera de pacientes terminales en UCI. Su trabajo es velar la
agonía de los moribundos.
–Después de verme parece no importarles tanto dejar este mundo. En su situación
mi cara les resulta terapeútica.
–¿Y qué se siente trabajando cada día tan cerca de la muerte?
– Qué preguntitas, Luis.
Susana sonríe.
–Quiero decir…
–Te acostumbras a verles morir –le interrumpe Susana–. Si se siente algo es
indiferencia... En ocasiones incluso dejamos que un paciente al que estamos
alargando la agonía muera, desconectamos las máquinas. Se hace en todos los
hospitales. Se alarga la vida a un enfermo innecesariamente hasta que aparece
otro ocupante para su cama. Y entonces se le desconecta, así se rentabiliza el
catre –Susana come con un apetito voraz: pincha con el tenedor un trozo de
salchicha, un poco de lechuga, un pedazo de pan, echa encima unas gotitas de
salsa Perrins y se lo lleva todo a la boca–. La primera vez que me ordenaron
hacerlo creo que tuve mis dudas. Ahora lo hago con la misma naturalidad con que
cambio un suero.
Mientras mastica, Susana llena los vasos de vino tinto. Luis se emboba
viéndola comer como a un animal.
–Así que he pasado la noche con una asesina –dice él.
–¿Y tú? Supongo que habrás matado a alguien.
Ríen a carcajadas.
–No me faltan ganas. Empezaría por mi suegro. O por mi mujer. Ahora le ha dado
por llamarme cariño –y enseguida Luis se arrepiente de sus palabras.
–Pues deberías probarlo. Matar, quiero decir... No significa mucho, no significa
nada. Aunque... tal vez sí: vencer los remordimientos puede embellecer –dice ella,
y Luis busca en su cara extraordinaria la ironía. Es difícil advertirla–. Eso sólo en
determinadas ocasiones.
–Deberíamos formar pareja –dice Luis con la boca llena–. Asesinos a sueldo.
Seguro que ganaríamos bastante dinero.
– Perfecto, a quien quiero que matemos primero es al hijo de puta que me operó la
nariz. Se llama Doctor de Prada. Ese sí que es propiamente un asesino a sueldo.
–Me parece bien. Necesitaremos unas pistolas, unas pistolas grandes y
relucientes.
–Yo me encargo, tengo contactos.
Cuando acaban de comer Susana prepara té en la pequeña cocina eléctrica
y Luis lía un canuto. Afuera la tarde es gris y a Luis le parece hermosa, así, triste y
hermosa; soy un romántico, piensa, y se le escapa una sonrisa. Sentado a la
mesa, mira a Susana trastear en la cocina, sacar las tazas del armario, verter las
cucharadas de té en el cazo... Entonces gira el cuello y le mira con una sonrisa
pícara en su cara inolvidable.
–Y con tu mujer, ¿qué es lo que pasa? –dice ella.
–No lo sé muy bien, llevamos varios meses... Desde que salimos ayer de Madrid
me encuentro en un estado de ánimo incierto, gaseoso. Ese que engendra los
malos presagios. Quizá estoy algo susceptible –Luis calla por un momento para
encender el canuto.– Ella ha empezado a llamarme cariño.
–¿Cuánto hace que estáis casados?
– Cinco años –dice Luis y después expulsa el humo–. A veces tengo la sensación
de que Paula me da forma.
–¿Forma de qué?
–No sé, forma de cariño, imagino. Me siento... Cómo decirlo. ¿Por qué no puedo
ser el Colectivo Luis Montenegro? ¿Un Luis Montenegro con cien rostros
diferentes y en lugar de un Luis con cara de cariño mío, o tuyo o suyo?
Susana sirve el té, deja en la mesa un frasco con miel y se sienta frente a Luis.
–La gente necesita seguridad, necesita contar con que saben quién eres –dice ella
mientras derrama la miel de la cucharilla dentro de la taza–. Lo cual te obliga a
tener fe en tu existencia, en la existencia de un ti mismo más o menos estable,
real, para poder saber acerca de él –Susana toma el canuto que le ofrece Luis y
da una calada–. Es decir... para hacerte una idea acerca de él. Hay quien piensa
que en eso consiste crecer –y el humo saliendo por las fosas de Susana hace
pensar a Luis en el cañón recortado de una escopeta.
–Pues yo no sé quién soy, no sé si soy, y me niego a averiguarlo –replica– Quiero
decir...
–¿Que te niegas a crecer? –interrumpe Susana.
–No... Que soy cien luises y todos colean. Eso es. A partir de ahora haz el favor de
llamarme Cienluis. Así me dejarás ser quién me dé la gana. Y yo puedo llamarte a
tí Milsusanas.
–No... No acaba de convencerme, ni el nombre ni la perspectiva de ser quien me
dé la gana. –Susana calla un instante y mira al techo mientras se columpia en la
silla–.Yo preferiría que me llamases... ¿Susana? Sí, eso es, me gusta más,
llámame ¿Susana?
–¿Susana? –dice Luis y pide explicaciones dejando la boca y las manos abiertas.
–Sí, mira: yo me llamo ¿Susana? –ella se carcajea y enseguida su rostro
horroroso adopta un gesto inexpresivo.
Luis cierra la boca y acaba su taza de té en silencio. Susana también calla.
¿Ríe por dentro?, se pregunta Luis mirándola.
–Puede que tengas razón –añade él después–. Nos podemos hacer una tarjeta de
visita que ponga: ¿Susana? y ¿Luis?, y después abajo: ¿Asesinos a sueldo?
Susana sonríe, se acerca a él, le besa mientras le acaricia la nuca con la
mano abierta.
–Déjate de tarjetas. Vamos a hacer una siesta antes de que me vaya a currar.
Vuelven a la cama, se desnudan. Hacen el amor de nuevo hasta que se
quedan dormidos.
VII
Luis sueña que está en una habitación como un cubículo, aunque no
hay paredes, sólo una oscuridad profunda. Un pequeño monitor de frecuencia
cardíaca derrama su luz verde y fosforescente sobre la cabeza de un enfermo
tendido en una cama, resaltando el rostro cubierto por la mascarilla de oxígeno. Es
un hombre, un hombre mayor. Aparece Susana vestida con una bata blanca y
toma entre sus manos la mano de Luis; acaricia lentamente los dedos, cada dedo,
besa el dorso. Susana posa la mano de Luis encima del cuello del viejo y
desaparece. Luis mira al viejo, mira el rostro cubierto por la máscarilla y empieza a
oprimir. Siente un débil espasmo, la respiración del hombre se entrecorta. Luis
vuelca su peso sobre el brazo y aumenta la presión. Pasan unos segundos. Cinco,
diez, quince. Los ojos del hombre se abren, Luis se asusta, sabe que no le ven.
Bajo la luz verdosa del monitor la mirada del viejo le parece falsa, hueca. Continúa
presionando, cada vez con más fuerza. Entonces suena un pitido y el monitor
comienza a emitir destellos luminosos. Luis se sobresalta, retira la mano. El pitido
cesa, Luis despierta. Y seguramente olvida el sueño.
Son las siete de la tarde en el despertador de digitos luminosos. Susana ya
no está. Hay que volver a la realidad, piensa Luis tapándose los ojos. Se ha
saltado la comida de Navidad en casa de sus suegros, Paula estará preocupada,
no sabe qué puede pasar. Tengo que ir a casa cuanto antes, se dice.
En el apartamento hay libros por todos lados, libros nuevos y viejos, libros
abiertos con los márgenes escritos a lápiz, libros cerrados con papeles de colores
como pétalos señalando las páginas. Sobre la mesita de noche se amontonan
Dostoievsky, Valle, Baroja, Baudelaire. Los muebles del estudio de Susana se ven
viejos y austeros: tres sillas, estanterías sin barnizar, varias mesitas pequeñas,
una mesa antigua de olivo. Sobre ella ve la nota.
¿Luis?:
Ha sido una noche diferente. Me has hecho sentir ¿hermosa?
¿Susana?
Luis lee la nota, no sonríe, se viste con rapidez. Después se lava la
cara con agua en el cuarto de baño y sale del apartamento en dirección a casa de
sus suegros.
VIII
Son las ocho o las nueve de la noche. Hay poca gente por las calles y Luis
camina rápido. Tiene sueño, mal aspecto, está cansado, pero se siente cargado
de una extraña electricidad. Avanza decidido y se resiste a anticipar en su cabeza
lo que puede suceder. Llega a casa de sus suegros y entra usando las llaves. La
familia entera está en la sala cuando él aparece. Apenas le miran.
–Paula está en la habitación. –dice su suegro dándole la espalda.
Paula está vestida sobre la cama, recostada en la pila de almohadas,
leyendo una revista a la luz de la lámpara que hay en la mesita. Luis entra en la
habitación en silencio. Mira fijamente durante unos segundos a su mujer. Después
coge su bolsa de viaje y se la cuelga al hombro.
–¿No vas a darme ninguna explicación?
–Ahora no tengo fuerzas –mientras habla Luis evita volver a mirarla–Te llamaré.
–Justo ahora. Justo aquí –dice Paula con sequedad–. Ni siquiera te has molestado
en llamar. No tienes sentimientos.
Luis se gira y la mira a los ojos.
–Precisamente...
–Luis –interrumpe Paula–. Estoy embarazada.
IX
La noche del veinticinco de diciembre, sin cruzar más palabras con su
mujer, Luis coge la bolsa de viaje y sale a la calle. Se abrocha la chaqueta, hace
un poco de viento. Respira hondo, comienza a caminar con el equipaje al hombro.
Y siente en su interior algo que le recuerda a un pequeño agujero de silencio
aumentando de intensidad como una luz, también como un rumor de fondo que se
sumerge y enmudece.