Traducción: Lidia Rosa González Torres
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Título original: Roomhate
Editor original: Penelope Ward
Traducción: Lidia Rosa González Torres
1a. edición Abril 2023
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© 2023 de la traducción by Lidia Rosa González Torres
© 2023 by Ediciones Urano, S.A.U.
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[email protected]ISBN: 978-84-19497-38-3
Fotocomposición: Ediciones Urano, S.A.U.
1
Un coche estuvo a punto de atropellarme cuando cruzaba
la calle, un poco aturdida, tras salir del bufete del abogado.
Durante años, me había esforzado mucho en no pensar en
él. Y, ahora, él era lo único en lo que podía pensar.
Justin.
¡Dios mío!
Justin.
Ráfagas de él pasaron por mi mente: su pelo rubio oscuro,
su risa, el rasgueo de su guitarra, la tristeza y la decepción
profundas que habían mostrado sus preciosos ojos la última
vez que lo vi, hacía ya nueve años.
Se suponía que no iba a volver a verlo, y mucho menos
compartir la propiedad de una casa con él. Vivir con Justin
Banks no era una opción, aunque solo fuera durante el
verano. Bueno, más bien no había ninguna posibilidad de
que Justin Banks aceptara compartir una casa conmigo. Sin
embargo, nos gustara o no, la casa de la playa de Newport
ahora era nuestra. No mía. No suya. Nuestra. A partes
iguales.
¿En qué demonios estaba pensando Nana?
Siempre supe que le tenía mucho aprecio, pero era
imposible predecir el alcance de su generosidad. Ni
siquiera era pariente nuestro, pero ella siempre lo había
considerado su nieto.
Busqué el número de Tracy en el móvil y la llamé. Cuando
contestó, dejé escapar un suspiro de alivio.
—¿Dónde estás? —pregunté.
—En el East Side. ¿Por qué?
—¿Puedes quedar? Necesito hablar con alguien.
—¿Estás bien?
Mi mente se quedó en blanco antes de volver a llenarse
de recuerdos fragmentados sobre Justin. Sentí una presión
en el pecho. Él me odiaba. Llevaba mucho tiempo
evitándole, pero ahora iba a tener que enfrentarme a él.
La voz de Tracy me sacó de mis pensamientos.
—¿Amelia? ¿Sigues ahí?
—Sí. No pasa nada. Esto… ¿Dónde me has dicho que
estás?
—Reúnete conmigo en el sitio de los falafeles que hay en
Thayer Street. Cenaremos temprano y hablaremos de lo
que sea que esté pasando.
—Vale. Nos vemos en diez minutos.
Tracy era una amiga bastante reciente, así que sabía poco
de mi infancia y adolescencia. Íbamos juntas a clase, en un
instituto concertado de Providence. Me había tomado el día
libre para reunirme con el abogado de mi abuela.
El olor a comino y a menta seca saturaba el aire del
restaurante de comida rápida de Oriente Medio. Tracy
saludó desde una mesa situada en una esquina, con un
recipiente enorme de arroz y brochetas de pollo cubiertas
de tahini plantado delante de ella.
—¿No vas a comer nada? —preguntó con la boca llena.
Tenía un poco de salsa de yogur en la comisura de la boca.
—No. No tengo hambre. Igual pido algo para llevar
cuando nos vayamos. Solo necesitaba hablar.
—¿Se puede saber qué ocurre?
Sentía la garganta seca.
—Primero necesito beber algo. Espera un momento.
La habitación parecía balancearse mientras me dirigía a
la nevera que se encontraba junto al mostrador.
Tras volver con una botella de agua, me senté y respiré
hondo.
—Hoy he recibido una noticia bastante disparatada en el
bufete del abogado.
—Vale…
—Ya sabes que he ido porque mi abuela falleció hace un
mes…
—Sí.
—Bueno, me reuní con el abogado para revisar la
herencia. Resulta que me ha dejado todas sus joyas… y la
mitad de su casa de verano de Aquidneck Island.
—¿Qué? ¿Esa casa preciosa de la foto que tienes en tu
mesa?
—Sí, la misma. Siempre íbamos allí en verano, cuando yo
era más joven, pero los últimos años la tuvo alquilada. La
propiedad lleva generaciones en la familia. Es antigua, pero
es preciosa y tiene vistas al mar.
—Amelia, eso es increíble. ¿Por qué pareces tan molesta?
—Es que… le ha dejado la otra mitad a Justin Banks.
—¿Quién es ese?
La única persona a la que he amado.
—Un chico con el que crecí. Mi Nana lo cuidaba mientras
sus padres estaban trabajando. La casa de Justin estaba a
un lado, la mía al otro y la de Nana en medio.
—Entonces, ¿era como un hermano para ti?
¡Ojalá!
—Estuvimos muy unidos durante muchos años.
—Por tu expresión, tengo la sensación de que algo
cambió.
—No te equivocas.
—¿Qué pasó?
Me resultaba imposible contarlo todo de nuevo. Por hoy
ya había tenido suficiente. Iba a darle la versión corta.
—Básicamente descubrí que me ocultaba algo. Y me
asusté. Prefiero no entrar en detalles, pero digamos que
entonces tenía quince años y me costaba mucho lidiar con
mis hormonas y con mi madre. Tomé la precipitada decisión
de irme a vivir con mi padre. —Tragándome el dolor, añadí
—: Dejé todo en Providence para mudarme a Nuevo
Hampshire.
Por suerte, Tracy no preguntó cuál era el secreto. Ese no
era un tema del que necesitara hablar hoy. Para ella era
más importante ayudarme a dar el paso correcto que abrir
viejas heridas.
—Así que huiste en vez de enfrentarte a la situación.
—Sí. Hui de mis problemas… y de Justin.
—¿No has hablado con él desde entonces?
—Después de irme, no tuvimos contacto durante meses.
Me sentía muy culpable por cómo había gestionado aquello.
Cuando entré en razón intenté verle para pedirle disculpas,
pero ya era demasiado tarde. No quería verme ni hablar
conmigo. No puedo culparle. Pasó página, se empezó a
juntar con otra gente y se mudó a Nueva York tras
graduarse en el instituto. Perdimos totalmente el contacto,
pero al parecer lo mantuvo con Nana, que era como una
segunda madre para él.
—¿Sabes qué ha sido de él?
—No me atreví a buscarlo.
—Bueno, pues tenemos que solucionarlo ahora mismo. —
Dejó el tenedor y buscó su móvil en el bolso.
—Espera… ¿Qué estás haciendo?
—Sabes que mi habilidad para encontrar a gente en
Internet y cotillear sus perfiles son dignas de un
profesional. —Tracy sonrió—. Lo estoy buscando en
Facebook. Justin Banks… ¿así es como dijiste que se
llamaba? ¿Y vive en Nueva York?
Me tapé los ojos.
—No puedo mirar —respondí—. No pienso mirar. De todas
formas, habrá cientos de hombres llamados Justin Banks
por ahí. No creo que lo encuentres.
—¿Qué aspecto tiene?
—La última vez que lo vi tenía dieciséis años, así que no
debe de parecerse en nada, pero tiene el pelo rubio oscuro.
Era muy guapo. Todavía veo su cara como si fuera ayer.
Jamás podría olvidarlo.
Tracy leía en voz alta la información de los Justin Banks
que aparecían en Facebook. No había nada destacable,
hasta que dijo:
—Justin Banks, Nueva York, músico de Just In Time
Acoustic Guitar.
Se me aceleró el corazón y, para mi sorpresa, las lágrimas
empezaron a abrirse paso en mis ojos. Las emociones
subiendo a la superficie tan rápido me desconcertaron. Era
como si él hubiera regresado de entre los muertos.
—¿Qué acabas de decir? ¿Que trabaja dónde?
—¿Just In Time Acoustic Guitar? ¿Es él?
Las palabras no salían, así que me quedé en silencio,
analizando el nombre. Era el mismo que había utilizado
cuando era niño y tocaba la guitarra en la esquina de
nuestra calle.
Just In Time.
—Es él —dije finalmente.
—¡Dios mío, Amelia!
El corazón empezó a latirme aún más rápido.
—¿Qué?
—Es…
—¿Qué? ¡Dime! —grité antes de tragar lo que me
quedaba de agua.
—Es… guapísimo. Increíblemente guapo.
—¡Dios! Por favor, no me digas eso —contesté,
cubriéndome la cara.
—Echa un vistazo.
—No puedo.
Antes de que pudiera volver a negarme, Tracy me puso el
móvil delante de la cara. Me temblaban las manos cuando
lo agarré.
¡Dios mío!
¿Por qué había mirado?
Por lo que pude ver en la foto, era guapísimo; tal y como
lo recordaba, pero también estaba muy diferente. Mayor.
Llevaba una gorra gris y tenía una buena cantidad de vello
en la barbilla, que nunca había sido capaz de dejarse crecer
cuando lo conocía. En la foto de perfil estaba inclinado
sobre una guitarra y parecía que estaba a punto de cantar
por un micrófono. Su mirada era intensa y me dio
escalofríos. Cuando fui a pinchar en las demás fotos, no me
dejó entrar porque su perfil estaba configurado como
privado.
Tracy me tendió la mano para que le diera el móvil.
—¿Es músico?
—Supongo que sí —dije mientras se lo devolvía.
Solía escribirme canciones.
—¿Vas a contactar con él?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no sabría qué decirle. Que pase lo que tenga
que pasar. En algún momento tendré que hablar con él;
solo que no voy a ser yo la que dé el primer paso.
—Y una cosa: ¿cómo os vais a organizar respecto a la
casa?
—Bueno, el abogado me dio un juego de llaves y me dijo
que a Justin le llegará otro. En la escritura figurarán
nuestros nombres. Nana también reservó algo de dinero
para utilizarlo en reparaciones para la casa y en el
mantenimiento de la propiedad durante la temporada baja.
Imagino que él conoce toda esta información.
—No quieres vender la casa, ¿verdad?
—Jamás. Conservo demasiados recuerdos y significaba
mucho para Nana. La utilizaré este verano y luego quizá la
alquile, si él está de acuerdo.
—Entonces, ¿no tienes ni idea de cómo piensa usar su
mitad? ¿Simplemente irás dentro de unas semanas y si
está, bien, y si no está, pues nada?
—Más o menos.
—¡Vaya! Esto va a ser interesante.
Catorce años atrás
El chico al que Nana había empezado a cuidar aquel verano
estaba sentado frente a su casa. Y no podía dejar que me
viera con ese aspecto. Lo miraba a través de las cortinas de
la ventana de mi habitación, para que no supiera que yo
estaba ahí.
No sabía mucho de él. Se llamaba Justin. Tenía unos diez
años, como yo, quizá once. Acababa de mudarse a Rhode
Island desde Cincinnati. Sus padres tenían dinero; debían de
tenerlo si podían permitirse la enorme casa victoriana que
habían comprado junto a la de Nana. Ambos trabajaban en
el centro de Providence y le pagaban a Nana para que
cuidara a Justin después de las clases.
Por fin podía ver qué aspecto tenía. Tenía el pelo rubio
oscuro y despeinado, y, al parecer, intentaba aprender a
tocar la guitarra. Debí de quedarme en la ventana durante
casi una hora, mirando cómo rasgaba las cuerdas.
Se me escapó un estornudo. Su cabeza se alzó en
dirección a la ventana. Nuestras miradas se cruzaron
durante unos segundos antes de que yo me agachara. El
corazón me latía con fuerza porque él sabía que yo lo había
estado espiando.
—¡Oye! ¿Dónde te has metido? —Le oí preguntar.
Me quedé agachada y en silencio.
—Amelia, sé que estás ahí.
¿Sabía mi nombre?
—¿Por qué te escondes?
Me levanté despacio, de espaldas a la ventana, y respondí:
—Tengo un ojo vago.
—¿Un ojo vago? ¿Eso es que se te van los ojos?
—¿Qué significa «que se te van los ojos»?
—No estoy seguro. Mi madre siempre dice que a mi padre
se le van los ojos.
—Un ojo vago significa que soy bizca.
—¿Bizca? —Se rio—. No puede ser. Eso mola un montón.
¡Déjame verlo!
—¿Crees que mola tener un ojo que va hacia dentro?
—Sí. ¡Me encantaría! En plan, podrías mirar a la gente y ni
siquiera sabrían que les estás mirando.
Estaba empezando a hacerme reír.
—Bueno, el mío no es tan malo… todavía.
—¡Venga! Date la vuelta. Quiero verlo.
—No.
—¡Por favor!
Sin saber por qué, dejé que me viera. No podía evitarlo
para siempre.
Cuando me di la vuelta, se estremeció.
—¿Qué le ha pasado a tu otro ojo?
—Todavía sigue ahí. —Me señalé el ojo derecho—. Es un
parche.
—¿Por qué lo hacen del mismo color que la piel? Desde
aquí parecía que no tenías ojo. ¡Me he asustado!
—Está debajo del parche. Mi oftalmólogo me ha dicho que
lo lleve cuatro días a la semana. Hoy es el primer día.
¡Ahora ya sabes por qué no quería que me vieras!
—No tienes que avergonzarte; solo me ha sorprendido.
Entonces, ¿tu ojo bizco está ahí debajo? Quiero verlo.
—No, la verdad es que el ojo tapado es mi ojo bueno. El
médico dice que, si no lo uso, el ojo vago se acabará
poniendo en su sitio.
—¡Oh! Entiendo. Entonces, ¿puedes salir ahora que no
tienes que esconderte?
—No. No quiero que nadie más me vea.
—¿Qué harás cuando tengas que volver a clase mañana?
—No lo sé.
—¿Te quedarás en casa todo el día?
—De momento, sí.
Justin no dijo nada. Simplemente dejó su guitarra, se
levantó y corrió hacia su casa.
Puede que lo asustara después de todo.
Cinco minutos más tarde, volvió corriendo y se sentó
frente a la casa de Nana. Cuando miró de nuevo hacia mi
ventana, no podía creer lo que veían mis ojos. (Bueno,
«ojo»). Un parche negro enorme le cubría el ojo derecho.
Justin parecía un pirata. Se sentó, alzó la guitarra y empezó
a rasguear. Para mi sorpresa, empezó a cantar una canción.
Era una versión de Brown Eyed Girl, pero había cambiado la
letra por One Eyed Girl. Fue entonces cuando me di cuenta
de que Justin Banks estaba loco y era adorable a partes
iguales.
Cuando acabó de cantar, se sacó un rotulador negro del
bolsillo.
—Pintaré también el tuyo. ¿Vas a salir?
El sentimiento más cariñoso que había conocido me llenó
el corazón. Mirando atrás, ese fue probablemente el
instante en el que Justin Banks se convirtió en mi mejor
amigo. También fue el día que me puso un apodo que me
acompañaría durante toda la adolescencia: Patch.
2
Sin duda, se trataba de la calma antes de la tormenta, pero
yo aún no lo sabía.
La propiedad estaba en buen estado porque la vecina,
Cheri, que también había sido una buena amiga de Nana, la
había cuidado. Dos semanas después de mi estancia en la
casa de verano de Nana (mi casa de verano), deseaba con
todas mis fuerzas que la paz y la tranquilidad continuaran.
No había noticias de Justin. No había noticias de nadie. Tan
solo mis libros y yo mientras disfrutaba de un comienzo del
verano tranquilo, rodeada del aire salado del océano propio
de la isla.
Nunca había apreciado tanto esa paz. Un mes antes creía
que mi mundo se había acabado. No solo había muerto
Nana, sino que también acababa de descubrir que Adam,
mi novio desde hacía dos años, me había estado
engañando. La noche que lo descubrí acabábamos de
acostarnos y se fue al baño a ducharse. Se había dejado el
móvil junto a la cama y fue entonces cuando vi los mensajes
de esa tal Ashlyn. Solía llevarse el móvil a todas partes,
incluso al baño, pero esa noche se le pasó. Más tarde la
busqué en Facebook y vi que la mitad de las fotos que
publicaba era de ellos dos. Durante los seis meses
anteriores, había tenido la sensación de que algo iba mal y
eso acabó de confirmarlo. Justo antes de irme a la casa de
verano, me enteré de que Adam se había mudado a Boston
para vivir con ella.
Así pues, era un momento de cambios importantes para
mí. A los veinticuatro años volvía a estar soltera y a
veranear en Newport. Mi trabajo como profesora en
Providence me permitía tener los veranos libres y, aunque
tenía la intención de buscar un trabajo para esos meses, de
momento solo quería disfrutar de unas semanas de
descanso.
Mi día empezaba con un café en la terraza de arriba, la
cual daba a la playa de Easton. Mientras tanto, oía a las
gaviotas, miraba Facebook, leía mi revista In Style o
simplemente pensaba en mis cosas. Luego me daba un
largo baño en el lavabo de esa planta, me vestía y
empezaba mi día, y con eso me refiero a acurrucarme en el
sofá con un libro.
A media tarde, me preparaba la comida y me la llevaba a
la terraza de arriba. Antes de que cayera la noche, me
dirigía a Thames Street, en Newport, y echaba un vistazo a
las tiendas de vidrio soplado, suvenires y artesanía de
motivos marineros. Luego, me paraba a tomar un helado o
un café.
El día solía acabar con una visita al muelle para comprar
langosta o almejas frescas. Me las llevaba a casa y, en el
patio, las cocinaba al vapor en una olla. Luego, me sentaba
a cenar con una botella de vino blanco frío mientras
disfrutaba de la puesta de sol sobre el Atlántico.
Eso era vida.
Mi rutina fue la misma todos los días durante un par de
semanas, hasta que sucedió algo.
Una noche, al volver del centro de Newport con mi bolsa de
crustáceos, me di cuenta de que la puerta principal de la
casa estaba abierta de par en par. ¿Se me había olvidado
cerrarla? ¿Había sido el viento?
Mi corazón se aceleró cuando entré en la cocina y me
encontré con una chica de piernas largas y pelo corto y
rubio platino. Parecía una joven Mia Farrow y estaba
llenando la despensa.
Me aclaré la garganta.
—¿Hola?
Se dio la vuelta antes de cubrirse el pecho con una mano.
—¡Dios mío! Me has asustado. —Se acercó a mí sonriendo
y me tendió la mano—. Soy Jade.
Con sus rasgos finos, sus pómulos altos y ese corte pixie,
Jade podría ser modelo. Con mi pelo largo y oscuro, y mi
figura curvilínea, era todo lo contrario a ella físicamente.
—Yo soy Amelia. ¿Quién eres?
—Soy la novia de Justin.
Se me cayó el alma a los pies.
—¡Oh! Ya veo. ¿Dónde está él?
—Acaba de irse al mercado y a la tienda de licores.
—¿Cuánto tiempo lleváis aquí?
—Llegamos hace una hora.
—¿Y cuánto tiempo os vais a quedar?
—No estoy del todo segura. Ya veremos adónde nos lleva
el verano. Nadie esperaba que las cosas sucedieran de esta
manera… Ya sabes, la casa.
—Sí, lo sé. —Bajé la mirada a sus pies. Una perfecta
manicura francesa asomaba por sus sandalias de tacón—.
¿Trabajas?
—Soy actriz… en Broadway. Bueno, fuera de Broadway de
momento. Probablemente estaré yendo y viniendo de
Nueva York para las audiciones. ¿A qué te dedicas tú?
—Soy profesora de secundaria, así que tengo los veranos
libres.
—¡Vaya! Eso mola mucho.
—Sí, es divertido. ¿Dónde trabaja Justin?
—Ahora mismo trabaja desde casa. Vende softwares y
puede trabajar desde cualquier sitio. También toca. Sabes
que es músico, ¿verdad?
—La verdad es que ya no sé mucho sobre él.
—Por cierto, ¿qué pasó entre vosotros dos? Si no te
importa que pregunte…
—¿Nunca te ha contado nada sobre mí?
—Solo que crecisteis juntos y que eres la nieta de la
señora Haley. Sinceramente, nunca te había mencionado
hasta que recibimos la carta del abogado.
Aunque era de esperar, me entristeció.
—No me extraña.
—¿Por qué lo dices?
—Es una larga historia.
—¿Llegasteis a ser pareja?
—No, no fue nada de eso. Solo éramos buenos amigos,
pero nos distanciamos cuando me mudé.
—Ya veo. Todo esto es un poco raro, ¿verdad? Quiero
decir heredar una casa así de la nada.
—Bueno, mi abuela era muy generosa y quería mucho a
Justin. Mi madre es su única hija y Nana quería a Justin
como a un hijo, así que…
—¿Tu abuela te dejó la casa a ti y no a tu madre?
—Mi madre y Nana tuvieron una discusión hace años. Por
suerte, hicieron las paces antes de que ella muriera, pero
nunca volvió a ser lo mismo.
—Lo siento.
—Gracias.
Jade se acercó a darme un abrazo.
—Bueno, espero que podamos ser amigas. Sería genial
tener a una chica con la que ir de compras y visitar la isla.
—Sí, estaría bien.
—¿Te gustaría cenar con nosotros esta noche?
No estaba lista para verle. Tenía que inventarme algo y
salir de ahí.
—Esta noche no creo. Será mejor que me vaya…
—Se te da bien, ¿verdad? —Me interrumpió a mis
espaldas una voz grave que apenas reconocí.
—¿Qué? —pregunté, tragando saliva con nerviosismo y
evitando girarme para mirarle.
—Irte —dijo más alto—. Se te da bien.
Tenía la respiración agitada, pero fue al darme la vuelta
cuando casi perdí la compostura.
¡Joder!
3
Justin estaba de pie frente a mí, y juro que era como si al
chico que yo había conocido se lo hubiera tragado una
masa de músculos. Su aspecto era muy diferente del que
tenía nueve años atrás. La rabia aparecía en su rostro y, de
alguna manera, eso lo hacía todavía más atractivo. Habría
sido mejor que no estuviera dirigida a mí.
Su piel tenía un bonito tono bronceado que combinaba
con los mechones dorados de su cabello rubio oscuro. El
rostro delicado que recordaba ahora era rudo y no estaba
afeitado. Un tatuaje de una cuerda y un alambre de espino
le rodeaba el bíceps. Llevaba unos pantalones cortos de
camuflaje con una camiseta blanca que se le ceñía al
esculpido pecho.
Pasó un tiempo indeterminado mientras asimilaba qué
estaba pasando. Aunque estaba demasiado aturdida para
decir algo, mi corazón gritaba. Sabía que mi reacción no se
debía solo a la atracción física que sentía por él, sino
también a que, pese a todos los cambios, una cosa había
permanecido idéntica: sus ojos. Reflejaban el mismo dolor
que la última vez que lo vi.
Al fin logré pronunciar su nombre.
—Justin.
—Amelia. —El sonido profundo de su voz me recorrió el
cuerpo como una vibración.
—No estaba segura de que fueras a aparecer.
—¿Por qué no iba a hacerlo? —se burló.
—Bueno, pensaba que quizá me evitarías.
—No eres tan importante para mí como crees. Claro que
iba a venir. La mitad de esta casa es mía.
Sus palabras me hicieron daño.
—No he dicho que no lo sea. Es solo que… no sabía nada
de ti.
—¡Vaya! Esto se pone interesante.
Incómoda por nuestro enfrentamiento, Jade se aclaró la
garganta.
—Le estaba preguntando a Amelia si le gustaría cenar con
nosotros esta noche. Así podríais poneros al día.
—Al parecer ya tiene planes.
Me volví hacia él.
—¿Por qué lo dices?
—¡Oh! No lo sé… ¿Porque llevas una bolsa en la mano que
huele a bragas sucias?
—Es marisco fresco.
—La verdad es que no huele muy fresco.
—¡Dios! Llevamos sin vernos nueve años, ¿y así es como
te comportas? —Me volví hacia Jade—. ¿Siempre es tan
borde?
Antes de que pudiera responder, Justin intervino.
—Supongo que me sacas lo peor.
—¿Crees que Nana estaría contenta ahora mismo con tu
actitud? Algo me dice que no nos dejó esta casa para que
nos peleáramos.
—Nos dejó esta casa porque los dos significábamos algo
para ella. Pero eso no significa que tengamos que significar
algo el uno para el otro. De todas formas, si tanto te
importa lo que pensara la señora Haley, tal vez no deberías
haberte marchado.
—Eso es un golpe bajo.
—La verdad duele.
—Intenté contactar contigo, Justin. Yo…
—No voy a hablar sobre eso ahora, Amelia —me cortó,
hablando con los dientes apretados—. Es agua pasada.
Era desconcertante que me llamara por mi nombre.
Aparte del primer día que nos conocimos, siempre me
había llamado Patch o Patchy. No sé por qué, oír mi nombre
de su boca fue como si me dieran una bofetada, como si su
intención fuera subrayar lo mucho que nos habíamos
distanciado.
Justin volvió a salir de casa para sacar la compra del
coche, cerrando antes la puerta tras de sí.
Me estremecí y miré a Jade, cuyos ojos se movían de un
lado a otro.
—Bueno, ha sido un buen comienzo —bromeé.
—No sé qué decir. Nunca le había visto actuar así con
nadie, la verdad. Lo siento mucho.
—No es culpa tuya. Lo creas o no, puede que me lo
merezca.
Después del hostil recibimiento que me había dado, me
ignoró de forma consciente durante la cena y el resto de la
noche. Y eso me dolió más que cualquier cosa que pudiera
decirme.
Si la noche me pareció horrible, la falta de sueño hizo que
la mañana siguiente fuera aún peor.
Al parecer, Justin encontró una forma de descargar su
rabia vengándose con Jade. Digamos que tocar la guitarra
no era el único talento que había desarrollado con el
tiempo. Los gemidos de placer de Jade, en mitad de la
noche, me despertaron. Las paredes temblaban
literalmente. Fue imposible volver a dormir después de eso.
Di vueltas en la cama mientras mis pensamientos se
alternaban entre las palabras que Justin me había dicho esa
tarde y la escena que estaba teniendo lugar en la otra
habitación. No es que debiera pensar en lo último, pero no
pude evitarlo.
Eran las siete de la mañana y la casa estaba en silencio,
así que supuse que ambos estaban recuperándose tras su
hazaña sexual. Cuando bajé las escaleras para hacerme un
café, Justin estaba solo en la cocina, mirando por la amplia
ventana con vistas al mar. El café se estaba filtrando y él
me daba la espalda, por lo que no me había visto todavía.
Aproveché la oportunidad para admirar su estatura y la
piel de su definida espalda. Los pantalones negros de
deporte se ceñían a su bonito y redondo trasero. Nunca me
había dado cuenta de lo increíble que era su culo. La
atracción física que sentía por él me fastidiaba mucho, pero
no me impidió fijarme en él. Tenía un tatuaje de forma
rectangular en medio de la espalda. Entrecerrando los ojos,
intenté sin éxito averiguar de qué se trataba. Me sobresalté
cuando, de repente, se dio la vuelta y me miró con una
mirada incendiaria.
—¿Siempre miras a la gente cuando crees que no pueden
verte?
Me tragué el nudo que se me había formado en la
garganta.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—He visto tu reflejo en la ventana, lumbrera.
¡Mierda!
—Ni te has inmutado. Creía que no te habías dado cuenta
de que estaba aquí.
—Eso está claro.
—¿Estás intentando hacer que te odie? Porque lo estás
consiguiendo.
Justin no respondió a mi pregunta. En su lugar, se volvió
hacia la ventana.
—¿Por qué lo haces? —pregunté.
—¿Hacer qué?
—Decir cosas para cabrearme y luego callarte.
Siguió hablando hacia la ventana.
—¿Prefieres que siga cabreándote? Estoy intentando
controlar mi enfado, Amelia. Deberías alegrarte de que
sepa cuándo parar, a diferencia de otras personas.
—¿Podrías, al menos, mirarme cuando me hablas?
Se dio la vuelta, caminó despacio hacia mí e inclinó el
rostro. Sentí sus palabras en mis labios cuando preguntó:
—¿Así mejor? ¿Prefieres que te mire así a la cara?
Casi podía saborear su aliento. La cercanía hizo que todo
mi cuerpo se debilitara, así que me aparté.
—Eso pensaba —gruñó.
Me acerqué a la nevera y la abrí, fingiendo que buscaba
algo. Me molestaba que mis mañanas tranquilas fueran
cosa del pasado.
—¿Siempre te levantas tan temprano? —pregunté.
—Soy una persona madrugadora.
—Ya lo veo… La alegría de la huerta —dije, sarcástica—.
Sin embargo, algunos necesitamos dormir.
—Anoche dormí muy bien.
—¡Oh! Ya imagino… Estarías exhausto de tanto follar. ¿No
podríais haber hecho más ruido anoche?
—Discúlpame, pero si no puedo follar en mi propia casa,
¿dónde esperas que lo haga?
—No he dicho que no puedas hacerlo. Solo que seas más
respetuoso.
—Define «respeto».
—Hacerlo en silencio.
—Lo siento. No follo en silencio.
Por mucho que odiara esa respuesta, sabía que esas
palabras se repetirían en mi cabeza toda la noche.
—Olvídalo. Está claro que no conoces el significado de
«respeto».
—¿Respetarte? ¿Por qué? ¿Porque no mojas? ¿Por qué no
te enrollas con algún tío salado en el muelle? Así a lo mejor
no te preocupas tanto por la vida de los demás.
—¿Tío salado?
—Sí. Ya sabes, los tíos que viven en los barcos, los que te
venden ese pescado asqueroso que te comiste anoche.
Me limité a sacudir la cabeza y a poner los ojos en blanco.
Me pilló por sorpresa cuando, de repente, levantó la
cafetera.
—¿Quieres café?
—¿Ahora eres amable?
—No, simplemente supuse que había un motivo por el que
no te ibas. Debe de ser el café.
—Esta es mi cocina.
Me guiñó un ojo.
—Nuestra cocina. —Mientras alcanzaba dos tazas del
mueble, preguntó—: ¿Cómo te lo sueles tomar?
—Con crema y azúcar.
—Yo me encargo mientras tú te pones un sujetador.
Me miré las tetas, que colgaban libremente bajo mi
camiseta blanca. Como no esperaba encontrarme con él tan
temprano, no había pensado en ponerme uno. Demasiado
avergonzada para reconocer que se había dado cuenta,
volví a mi habitación y me vestí.
Cuando volví, estaba otra vez frente a la ventana,
bebiéndose su café.
—¿Así mejor? —le pregunté, refiriéndome a mi vestido.
Se dio la vuelta y me miró de arriba abajo.
—Define «mejor». Si significa que ya no puedo verte las
tetas…, sí, está mejor. Si significa que tienes mejor aspecto,
es discutible.
—¿Qué tiene de malo lo que llevo?
—Parece que te lo has cosido tú misma.
—Es de una de las tiendas de la isla. Está hecho a mano.
—¿Usaron un saco de patatas?
—No creo.
¿Quizá?
Se rio.
—Tu café está en la encimera, Raggedy Ann.
Mi primera intención fue encontrar una respuesta aguda,
pero luego me di cuenta de que eso era exactamente lo que
él quería. Tenía que matarlo con amabilidad en vez de
mostrar mi enfado.
—Gracias. Ha sido un detalle por tu parte que me lo hayas
preparado.
Imbécil.
Le di un sorbo y lo escupí al instante.
—¿Qué le has puesto? ¡Está demasiado fuerte!
En vez de responderme, empezó a reírse a carcajadas. Su
risa resonó por toda la cocina y, por mucho que odiara que
fuera a mi costa, era la primera vez que se reía. Hizo que
retrocediera en el tiempo durante unos segundos y me
recordó que el imbécil sexi que tenía delante había sido mi
mejor amigo.
—¿No te gusta?
—Está un poco fuerte. ¿Qué es?
—Es una fusión de cafés.
—¿Qué significa eso?
Justin se acercó a la despensa y sacó una lata y un
paquete.
—Es una receta mía. Café cubano mezclado con este. —
Señaló el envase negro que tenía una calavera blanca y
unos huesos cruzados.
—¿Qué cojones es eso?
—Café. Lo pido por Internet. Es lo único que, para mí,
tiene suficiente cafeína.
—Por eso querías preparármelo, ¿no? Sabías que odiaría
este… brebaje.
En vez de responder, dejó que esa risa ronca suya
volviera a salir, solo que esta vez se reía mucho más fuerte
que antes.
Jade entró en la cocina con una camiseta negra larga que
debía de ser la que él no llevaba puesta.
—¿Qué es tan gracioso?
Los ojos traviesos de Justin se asomaron por detrás de su
taza. Se rio.
—Solo estábamos tomando café.
Jade negó con la cabeza.
—No te habrás bebido el barro ese que prepara, ¿verdad?
No sé cómo puede gustarle esa cosa.
Me recordé a mí misma mi plan de matarlo con
amabilidad. Dándole otro sorbo al café, asentí.
—La verdad es que, al probarlo por primera vez, estaba
bastante fuerte, pero ahora creo que me gusta mucho.
Estaba asqueroso.
—Será mejor que tengas cuidado. Esa cosa es potente.
Justin es inmune a ella, pero la única vez que la bebí me
mantuvo despierta cuatro días.
Justin se rio.
—Al parecer, nosotros mantuvimos despierta a Amelia
anoche.
Jade se volvió hacia mí.
—¡Oh, mierda! Lo siento.
Me encogí de hombros.
—No es para tanto. Acabé acostumbrándome.
—¿Y entonces pensaste que querías unirte a nosotros? —
espetó Justin.
¡Que le den!
No iba a responder.
Cuanto más miraba su expresión de suficiencia, más
decidida estaba a acabarme la puta taza de café para
fastidiarlo.
—Me sorprende lo mucho que esto me está gustando —
mentí.
Jade prefirió ignorar el comentario de Justin.
—¿Qué te parece si después del desayuno vamos a la
ciudad, Amelia? Me encantaría que me enseñaras la isla.
—Sí, estaría bien.
Se acercó a él y le rodeó la cintura con el brazo.
—¿Quieres venir con nosotras, cariño?
—No, tengo cosas que hacer —dijo Justin antes de
acabarse el resto del café y poner la taza en el fregadero.
—Vale. Solo chicas entonces.
El café me había convertido en un manojo de nervios.
Mientras Jade y yo caminábamos por Newport esa mañana,
no paraba de decirme que fuera más despacio. Al parecer,
no podía seguirme el ritmo con los tacones.
En algún momento de la tarde, nos detuvimos a descansar
las piernas. Jade y yo nos sentamos en un banco de madera
con vistas a las docenas de veleros atracados mientras el
sol brillaba sobre el agua.
—¿Cómo os conocisteis Justin y tú? —pregunté.
—Yo estaba entre el público de un club de la ciudad
llamado Hades. Justin tocaba allí esa noche. No paraba de
mirarme mientras cantaba y, después del concierto, vino a
buscarme. Cuando dijo que estaba pensando en mí
mientras cantaba la última canción, casi me muero. Desde
entonces somos inseparables.
Notaba que me ardía la cara. No estaba dispuesta a
admitir que eran celos. Por alguna razón, me incomodaba
la idea de que conectaran de una forma tan íntima mientras
él estaba en pleno concierto. Tal vez porque me recordaba
a las canciones que solía escribirme. Cualquiera pensaría
que no había nada que me molestase después de tener que
soportar cómo follaban la noche anterior.
—¿Qué clase de música toca ahora?
—Bueno, hace algunas versiones de artistas como Jack
Johnson, pero también escribe mucho material original.
Toca sobre todo en clubes, pero su mánager ha intentado
conseguirle un contrato. Como es lógico, todas las chicas se
vuelven locas por él. Me ha costado acostumbrarme a esa
parte.
—Seguro que es difícil.
—Sí, mucho. —Inclinó la cabeza—. ¿Y tú? ¿No tienes
novio?
—Acabo de salir de una relación.
Me pasé la siguiente media hora contándole lo que había
pasado con Adam. Era muy fácil hablar con Jade, y me di
cuenta de que le molestó mucho enterarse de que Adam me
había engañado.
—Bueno, es mejor descubrir estas cosas ahora que eres
joven antes que perder una década con alguien así.
—Tienes mucha razón.
—Tendremos que encontrarte a alguien este verano. He
visto a un montón de chicos sexis paseando hoy por aquí.
—¿En serio? Porque los únicos que he visto iban
agarrados de la mano.
Ella se rio.
—No. Había otros.
—La verdad es que no estoy buscando otra relación.
—¿Quién ha dicho nada de eso? Necesitas echar un polvo,
divertirte, sobre todo después de lo que te hizo el capullo
de tu ex. Te mereces una aventura de verano, alguien que
te deje boquiabierta, alguien en quien no puedas dejar de
pensar.
Por desgracia, es tu novio a quien no puedo quitarme de la
cabeza.
Su intención era buena, así que me limité a sonreír y
asentir, aunque no tenía intención de acostarme con nadie
ese verano.
De camino a casa, pasamos por Sandy’s on the Beach, un
restaurante conocido por sus noches con música en directo
y por la buena comida. En la fachada había un cartel que
decía: SE BUSCA AYUDANTE PARA EL VERANO. Como había una
Universidad justo al otro lado del puente, muchos de los
estudiantes se iban a casa cuando acababan las clases, por
lo que algunos de los restaurantes locales necesitaban
camareros para la temporada.
Me detuve en seco frente a la entrada.
—¿Te importa si entro y me informo?
—Claro. De hecho, a mí también me gustaría echarle un
vistazo.
Resultó que en Sandy’s estaban desesperados por
contratar gente que le ayudara durante el verano. Tanto
Jade como yo teníamos experiencia como camareras, así
que nos sentamos y rellenamos las solicitudes. Cuando
salimos de allí, las dos teníamos trabajo. El gerente nos dijo
que podíamos trabajar todas las noches que quisiéramos.
Era imposible dejar pasar el dinero extra y la flexibilidad.
Jade estaba especialmente contenta porque el gerente le
había dicho que no había problema si, de repente, tenía que
cancelar un turno porque la llamaban para una audición en
Manhattan. Las dos empezábamos mañana.
Jade pensó que teníamos que celebrar nuestros nuevos
trabajos con una cena y unas copas en la terraza de casa.
No me había dado cuenta de lo tranquilo que había sido
estar lejos de Justin durante todo el día.
Cuando entramos por la puerta, las mariposas volvieron a
revolotear en mi estómago en cuanto olí su colonia. Justin
estaba de pie en la cocina bebiéndose una cerveza cuando
Jade corrió hacia él y le rodeó el cuello con los brazos.
Justin era alto (más de un metro ochenta), pero Jade no era
mucho más baja que él. Al lado de ambos, yo era una
enana.
¡Dios! ¡Qué guapo estaba!
Justin se había cambiado los pantalones cortos de
camuflaje por unos vaqueros oscuros y una camiseta gris
con rayas negras que se le ceñía al pecho. Se había hecho
algo en el pelo que fui incapaz de distinguir. ¿Se lo había
lavado tal vez? Fuera lo que fuese, resaltaba el azul de sus
ojos; unos ojos que ahora miraban a los de Jade.
Ella le pasó los dedos por el pelo y luego lo besó.
—Te he echado de menos, cariño. ¿Adivina qué? Las dos
hemos conseguido trabajo en el restaurante que hay en la
playa.
—¿Les dijiste que en cualquier momento necesitarías ir a
Nueva York?
—El hombre dijo que no importaba. Básicamente dijo que
podía trabajar cuando quisiera.
—¿En serio? Me parece un poco turbio, pero en fin.
¿Estás segura de que no quiere meterse en tus pantalones,
Jade?
—A mí me dijo lo mismo —intervine.
—Bueno, entonces es imposible que sea eso.
Tardé un poco en darme cuenta de que me acababa de
insultar. Jade se metió antes de que pudiera elaborar una
respuesta.
—Hace buen tiempo. ¿Qué tal si esta noche cenamos
todos en la terraza? Podríamos hacer en la barbacoa los
filetes que tengo marinándose en la nevera.
No me atreví a decirle que no me gusta la carne roja, así
que me callé. Quizá pensara que estaba buscando una
excusa para no cenar con ellos.
Mátalo con amabilidad.
—No soy una cocinera increíble, pero puedo hacer una
ensalada grande.
Justin golpeó la encimera.
—Genial. Voy encendiendo la parrilla mientras Amelia
prepara su ensalada grande.
Empezaba a salir cuando grité tras él.
—¡¿Sabes qué te diría Nana ahora mismo?! Te diría que
fueras a lavarte con jabón esa boca tan sucia.
Se dio la vuelta y alzó la ceja.
—El jabón no serviría para nada.
Pensé que debería alegrarme de que me hablara, en vez
de fingir que no estaba ahí. Supongo que estábamos
progresando, ¿verdad?
Después de cortar la lechuga, las zanahorias, la cebolla
roja, los tomates y los pepinos, aliñé la ensalada con una
vinagreta casera de miel y mostaza.
La llevé arriba, donde Justin y Jade ya estaban sentados a
la mesa. Jade había servido tres copas de Merlot y Justin
estaba dándole un sorbo a la suya mientras miraba las olas,
que estaban agitadas esa noche.
Cuando empezamos a comer, Justin no me miraba ni me
daba conversación. Llené mi plato con ensalada y pan, y
pasó un rato antes de que alguien se diera cuenta de que
no estaba comiendo nada más.
Jade tenía la boca llena cuando habló.
—Ni siquiera has tocado el filete.
—No me gusta la carne.
Justin se rio.
—¿Por eso no eres capaz de encontrar a un hombre?
Dejé caer el tenedor.
—Eres un idiota, en serio. Ya no te reconozco. ¿Cómo
pudimos ser mejores amigos?
—Solía preguntármelo todo el tiempo, hasta que me
importó una mierda.
Me levanté de la mesa y bajé las escaleras. Apoyada en la
encimera de la cocina, inhalé y exhalé despacio para
calmarme.
A mis espaldas, Jade se acercó en silencio.
—No entiendo qué pasa entre vosotros ni por qué se
niega a hablar de ello. ¿Estás segura de que nunca habéis
estado juntos?
—Ya te lo he dicho, Jade. No fue nada de eso.
—¿Me vas a contar qué pasó?
—Creo que tiene que ser él quien te lo explique. No
quiero cabrearle más de lo que ya lo he hecho. Solo puedo
decir con total sinceridad que, si está enfadado, es por
cómo me fui… Lo que pasó antes de eso es irrelevante.
—Volvamos arriba e intentemos tener una cena
agradable.
De vuelta en la terraza, Justin tenía una expresión
imperturbable y se estaba sirviendo más vino en la copa.
Una parte de mí quería darle una bofetada, pero otra parte
se sentía culpable de haberlo enfadado tanto. Decía que no
le importaba, pero me negaba a creer que se comportara
de esa manera si no fuera así.
Le toqué el brazo.
—¿Podemos hablar?
Apartó el brazo.
—Ya lo he superado. No voy a hablar de nada.
—¿Lo harías por Nana?
Alzó la cabeza y sus bonitos ojos azules se oscurecieron.
—Deja de meterla en esto de una puta vez. Tu abuela era
una mujer maravillosa. Fue la madre que nunca tuve.
Nunca me dio la espalda, como hicieron casi todas las
personas que pasaron por mi vida. Esta casa es ella y por
eso estoy aquí. No estoy aquí por ti. Quieres que hable,
pero lo que no pareces entender es que no tengo nada que
decir sobre lo que pasó hace casi una década. Lo he
borrado todo de mi memoria. Es demasiado tarde, Amelia.
No me importa si tú y Jade os hacéis amigas, ¿vale?, pero
no te molestes en ser amable conmigo porque no vamos a
ser amigos. Me has puesto de mala leche y no quiero
pasarme todo el verano así. Somos compañeros de piso,
nada más. Deja de fingir que hay algo más. Deja de fingir
que te gusta el puto café. Deja de fingir que todo es genial.
Déjate de gilipolleces y ve las cosas como son. No
significamos nada el uno para el otro. —Se levantó y
recogió su plato—. He acabado, Jade. Te veré en la
habitación.
Jade y yo nos quedamos sentadas en silencio, sin
escuchar nada más que el sonido de las olas rompiendo
bajo nosotras.
—Lo siento mucho, Amelia.
—No. Tiene razón. A veces no se pueden arreglar las
cosas. —A pesar de las palabras complacientes que habían
salido de mi boca, una lágrima me cayó por la mejilla.
Once años antes
Mi madre había salido otra vez por ahí. Solo Dios sabía
adónde iba o con quién. No podía contar con mi madre,
Patricia, para nada. Solo había dos personas con las que
podía contar: Nana y Justin.
Lo único bueno de que mi madre me dejara sola la
mayoría de las noches era que podía escabullirme de casa e
ir adonde quisiera. Nana creía que mi madre estaba en casa
la mitad del tiempo, así que no podía detenerme.
Justin y yo habíamos quedado en quince minutos. Íbamos
a ir al centro comercial para pasar el rato con otros alumnos
de octavo curso. Esos chicos formaban parte del grupo de
guais en el que Justin y yo estábamos intentando entrar.
Como los dos quedábamos, sobre todo, el uno con el otro,
no pertenecíamos a ningún grupo.
Justin me esperaba en la esquina con las manos en los
bolsillos. Me encantaba que llevara la gorra de béisbol al
revés y que le asomaran los mechones rubios por los lados.
Últimamente me fijaba cada vez más en esos detalles. Era
difícil no hacerlo.
Se acercó a mí.
—¿Lista para irnos?
—Sí.
Justin empezó a correr.
—Tenemos que darnos prisa. El próximo autobús es en
cinco minutos.
No sabía por qué la idea de salir con aquellos chicos me
ponía tan nerviosa. Justin no parecía nervioso en absoluto.
Era más confiado que yo en general.
Cuando entramos en el centro comercial, las luces
fluorescentes contrastaban con el oscuro invierno del
exterior. Se suponía que íbamos a encontrarnos con ellos en
la zona de restauración, así que nos dirigimos a un plano del
edificio de tres pisos.
Mi corazón latía con fuerza cuando nos acercamos a los
dos chicos y a la chica que estaban de pie frente a un
puesto de pretzels de Auntie Anne. Justin se dio cuenta de
que estaba nerviosa.
—No estés nerviosa, Patch.
Lo primero que recuerdo es escuchar de la boca de
Chandler:
—¿Qué cojones es eso?
—¿El qué?
—¿Te has cagado encima, Amelia?
El corazón casi se me salió del pecho mientras me miraba.
Sabía que, a pesar de los nervios, no había perdido el
control de mis intestinos. Una sabe si eso pasa, ¿verdad?
No. Aquello no era caca; era sangre. Y no estaba preparada,
porque era la primera vez que me venía la regla. A los trece
años, me llegó más tarde que a la mayoría de las chicas que
conocía. Y en el peor momento.
Justin miró hacia abajo y luego hacia arriba, hacia mis ojos
llenos de pánico.
—Es sangre —le dije.
Sin dudarlo, me hizo un rápido gesto con la cabeza, como
si dijera que lo tenía controlado.
—Es sangre —informó.
—¿Sangre? ¡Puaj, qué asco! —exclamó el otro chico,
Ethan.
—Amelia se apuñaló con mi navaja cuando veníamos de
camino.
Yo estaba mirando hacia abajo, pero alcé la cabeza y le
dirigí a mi amigo una mirada de incredulidad.
Los ojos de Chandler se abrieron de par en par.
—¿Se apuñaló a sí misma?
—Sí. —Justin sonrió. Para mi sorpresa, se sacó una navaja
de la chaqueta—. ¿Ves esto de aquí? La llevo conmigo a
todas partes. Es una navaja suiza. En fin, se la estaba
enseñando a Amelia en el autobús. La reté a que se
apuñalara en el abdomen. Como la loca que es, lo hizo. Así
que, bueno, ahora tiene sangre en los pantalones.
—¿Estás bromeando?
—Ojalá.
Los tres se miraron antes de que Chandler exclamara:
—¡Eso es lo más guay que he oído en mi puta vida!
Ethan me dio un golpe en el brazo.
—En serio, Amelia. ¡Menuda puta pasada! Épico.
Justin se rio.
—Sí, en fin… Como de todas formas casi habíamos
llegado, pensamos en venir a saludar… pero igual
deberíamos llevarla a urgencias.
—¡Guay! Ya nos cuentas cómo va.
—Vale.
—¿Qué diablos acabas de hacer? —susurré mientras nos
alejábamos.
—No digas nada. Tú camina.
El aire fresco de la noche nos golpeó cuando salimos por
las puertas giratorias del centro comercial. Nos quedamos
de pie en la acera y nos miramos durante unos segundos
antes de romper a reír de forma histérica.
—No puedo creerme que se te haya ocurrido esa historia
tan loca.
—No debes avergonzarte de la verdad, pero sabía que te
daba vergüenza. Así que quería hacer algo. Te estabas
tirando del pelo como una loca.
—¿En serio? No me había dado cuenta.
—Sí. Lo haces cuando estás muy nerviosa.
—No sabía que te habías dado cuenta de eso.
Sus ojos viajaron hasta mis labios cuando dijo:
—Me doy cuenta de todo lo que tenga que ver contigo.
Ruborizándome de repente, cambié de tema.
—No sabía que llevaras una navaja.
—Siempre la llevo. Ya sabes, por si pasa algo cuando
salimos. Necesito poder protegerte.
Mi corazón, que hasta hacía un momento latía por culpa
de esos imbéciles, ahora lo hacía con fuerza por una razón
totalmente diferente.
—Será mejor que me vaya a casa.
—Hay una farmacia justo ahí. ¿Por qué no vas a comprar
algo? Pregúntales si tienen un baño que puedas usar.
Entré y utilicé el dinero que había reservado para los
videojuegos del salón recreativo del centro comercial para
comprar una caja de compresas y ropa interior para
abuelas. Ya me ocuparía de los tampones más tarde, cuando
tuviera tiempo de averiguar cómo usarlos.
Cuando salí, Justin se quitó la sudadera y me la dio.
—Toma, ponte esto alrededor de la cintura.
—Gracias.
—¿Adónde vamos ahora? —preguntó.
—¿Qué dices? ¡Tengo que ir a casa! Tengo el pantalón
lleno de sangre.
—No se ve con mi chaqueta.
—Todavía no me siento cómoda.
—No me apetece volver a casa esta noche, Patch. Sé
adónde podemos ir… Donde no conoceremos a nadie. Es un
lugar al que voy solo a veces. Vamos.
Justin me guio por las aceras de Providence. Después de
unos diez minutos, doblamos una esquina y nos acercamos
a un pequeño edificio rojo. Miré el cartel luminoso.
—¿Esto es un cine?
—Sí. Proyectan esas películas que nadie conoce o de las
que la gente no habla. ¿Y lo mejor? Ni siquiera les importa la
edad que tengas.
—¿Son películas malas?
—No, no son esas películas de desnudos, las que te dije
que ve mi padre. Estas son extranjeras con subtítulos y
demás.
Justin compró dos entradas y unas palomitas para
compartir. El cine olía a humedad y estaba casi vacío, lo
cual era perfecto porque esa noche no quería ver a nadie.
Aunque los asientos estaban pegajosos, era justo lo que
necesitaba.
La cinta era una película francesa con subtítulos llamada
L’amour vrai. La fotografía era hipnotizante, y la trama era
más seria que las comedias que solíamos ver. Pero era
perfecto. Perfecto no solo por lo que había en la gran
pantalla, sino por quien estaba a mi lado. Apoyé la cabeza
en el hombro de Justin y di gracias a Dios por tener un
amigo que siempre sabía lo que necesitaba. También me
recorrió una punzada de algo que no podía identificar, un
sentimiento que acabaría descubriendo con el tiempo y que
alcanzaría su punto álgido poco antes de huir de todo
aquello.
Esa no sería la última película independiente que Justin y
yo vimos juntos en el pequeño cine rojo. Durante los dos
años siguientes, ese lugar se convirtió en nuestro sitio de
quedadas secreto. Las películas independientes se
convirtieron en algo que nos identificaba. Ir allí significaba
que no nos verían en el otro cine ni que nos encontraríamos
con gente del instituto. Era un sitio en el que ambos
podíamos escapar de la realidad sin ser vistos; un sitio en el
que podíamos estar juntos y perdernos en un mundo
diferente al mismo tiempo.
La tarde siguiente escuché, desde mi ventana, cómo Justin
se sentaba en la entrada de Nana y tocaba una canción que
nunca le había oído interpretar. Sonaba como I Touch
Myself de los Divinyls, pero él la había cambiado por I Stab
Myself.
Era imposible no querer a ese chico.
4
Pasaron un par de semanas y las cosas no mejoraron entre
Justin y yo. En vez de burlarse de mí, se había resignado a
ignorarme.
La casa tenía cuatro habitaciones. Como yo había
convertido una de ellas en una sala de ejercicios, Justin
utilizaba la otra como despacho durante el día. A menudo
se oía su voz apagada detrás de la puerta mientras hacía
llamadas de trabajo. Al parecer, la empresa para la que
trabajaba vendía softwares para empresas.
Jade y yo trabajábamos casi todas las noches en Sandy’s,
así como alguna que otra tarde. Un día en particular,
estábamos en el descanso cuando escuchamos al dueño del
restaurante, Salvatore, quejarse de que la banda que
actuaba la mayoría de las noches había abandonado de
repente. Sandy’s debía de ser el lugar más famoso de toda
la isla para ir a escuchar música en directo. Era más
conocido por eso que por la comida, así que aquello no
auguraba nada bueno para el negocio.
Jade me hablaba en voz baja.
—Me pregunto si Justin estaría interesado en tocar aquí.
Ya me encontraba algo mal esa tarde, pero la simple
mención de su nombre me revolvió aún más el estómago.
—¿Crees que querría tocar en un sitio como este?
—Bueno, está acostumbrado a lugares más grandes, pero
tampoco es que esté haciendo ahora otra cosa. Se ha
tomado el verano libre, pero tengo la sensación de que se
arrepiente. Ha estado de muy mal humor desde que
llegamos. Creo que tiene ganas de volver a tocar y le
vendría bien volver un poco al juego. Tampoco es que haya
presión alguna; aquí no le conoce nadie.
La idea de ver tocar a Justin me ponía la piel de gallina.
Por un lado, sería increíble; por otro, me resultaría
doloroso tener que aguantar que estuviera aquí por la
noche. Lo más probable era que no aceptara, así que me
prometí a mí misma no obsesionarme a menos que se
hiciera realidad.
—Voy a hablar con Salvatore —dijo Jade.
Intenté cambiar de tema.
—¿Crees que Justin y tú os casaréis? —No sé por qué hice
esa pregunta, pero tenía curiosidad por saber si iban en
serio.
Jade vaciló.
—No lo sé. Le quiero mucho y espero que sí, pero
deberíamos resolver nuestras diferencias.
—¿Diferencias? ¿Cómo cuál?
Le dio un sorbo al agua y luego frunció el ceño.
—Bueno, Justin no quiere tener hijos.
—¿Qué? ¿Te ha dicho eso?
—Sí. Dice que le parece irresponsable traer niños al
mundo si no estás cien por cien seguro de tus capacidades
como progenitor. Considera que sus padres no deberían
haber tenido hijos y no cree que sea para él.
—¿En serio?
—No me malinterpretes. No quiero tener hijos en un
futuro próximo. Ahora mismo mi carrera profesional es lo
primero, pero algún día me gustaría tenerlos. Así que, si
sigue convencido de que no quiere hijos, eso podría ser un
problema.
—Seguro que cambia de opinión cuando sea más mayor.
Todavía es muy joven.
Negó con la cabeza.
—No lo sé. Yo diría que habla en serio. Ni siquiera quiere
acostarse conmigo sin condón, a pesar de que tomo la
píldora y somos monógamos. Se niega a correr el más
mínimo riesgo porque tiene mucho miedo. Es muy
paranoico.
Tratando de bloquear las imágenes de ellos teniendo
sexo, simplemente dije:
—¡Vaya!
Me entristeció mucho que Justin se sintiera así por culpa
de sus padres. Los dos trabajaban muchísimo y no le
prestaron suficiente atención cuando era pequeño. Su
madre siempre estaba de viaje de negocios; por eso Nana
era tan importante para él. La verdad era que mi madre
tampoco debería haber tenido una hija, pero su penosa
educación no me impidió querer ser madre algún día.
Jade me miró más de cerca.
—¿Te encuentras bien?
Creo que el estrés de mi reencuentro con Justin había
acabado afectándome. Tenía los nervios a flor de piel y
acabaron provocando que me encontrara mal.
—La verdad es que llevo todo el día encontrándome mal.
Tengo el estómago revuelto y me duele la cabeza.
—¿Por qué no te vas a casa temprano? Cubriré tu turno y
le diré a Janine lo que pasa.
—¿Estás segura?
—Por supuesto.
—Estoy en deuda contigo.
—Créeme, llegará el día en que me llamen de Nueva York
y podrás saldarla.
—Vale —dije, tras lo cual me levanté y me desabroché el
delantal negro que tenía atado a la espalda.
Durante todo el trayecto a casa, a pesar de habérmelo
prometido, mis pensamientos volvieron a Justin y al hecho
de que Jade iba a intentar conseguirle el bolo en Sandy’s.
Hacía años que no le escuchaba cantar. Me pregunté cómo
sonaría ahora que su voz era más grave y tenía años de
práctica.
El viejo Range Rover negro de Justin estaba aparcado
fuera de casa. Se esperaba que Jade y yo estuviéramos en
el trabajo. Tenía que pasar por la cocina para subir a mi
habitación y deseé no tener que encontrarme con él ahora
que Jade no estaba aquí como intermediaria.
El alivio me invadió cuando entré en la cocina vacía.
Agarré una botella de agua y unas pastillas para el dolor de
cabeza, y subí las escaleras de puntillas para que Justin no
se diera cuenta de que estaba en casa.
El sonido de una fuerte respiración procedente de su
habitación me detuvo en lo alto de la escalera. Oí el roce de
las sábanas. El corazón empezó a latirme más rápido.
Pensaba que no habría nadie en casa.
¡Dios mío!
Debe de estar con una chica ahí dentro.
¡Mierda!
¿Cómo ha podido hacerle eso a Jade?
Fuera como fuese, tenía que pasar por delante de su
habitación para llegar a la mía. Menos mal que Nana puso
moqueta en el pasillo. Cubriéndome el pecho con la mano,
me arrastré despacio hacia su puerta, que estaba abierta
de par en par. Cerré los ojos durante un instante para
prepararme para lo que podría presenciar cuando mirara al
interior.
Nada podría haberme preparado para lo que había detrás
de esa puerta.
No había ninguna chica.
Justin estaba tumbado solo en la cama y tenía los ojos
cerrados con fuerza. Tenía los vaqueros desabrochados y
bajados hasta la mitad de las piernas. Su mano izquierda
rodeaba con firmeza su enorme pene mientras se
presionaba los testículos con la otra mano.
¡La madre que…!
Tragando la saliva que se me estaba acumulando en la
boca, observé el movimiento giratorio que hacía con fuerza
con la mano. Estaba tan excitado y húmedo que se oía el
sonido resbaladizo que hacía la mano mientras ascendía y
descendía por su miembro.
Sabía que espiarlo estaba mal. De hecho, aquello era lo
más bajo que había hecho en mi vida. Sin embargo, no
podía mirar hacia otro lado. De ninguna manera. Si aquel
iba a ser el motivo por el que iría al infierno, que así fuera.
Nunca había presenciado algo tan intenso y nunca imaginé
que pudiera obtener tanto placer él solo.
Quería ver cómo acababa.
Necesitaba ver cómo acababa.
La boca de Justin estaba abierta y la punta de su lengua
se deslizaba despacio hacia delante y hacia atrás por su
labio inferior, como si estuviera buscando el sabor de algo o
de alguien.
Quería que fuera yo.
Mi cuerpo se estaba estremeciendo y mi clítoris estaba
palpitando. El deseo de estar con él, de unirme a él, era
inmenso. Estaba tan embelesada por cada uno de sus
movimientos que ya no pensaba en si mirarlo estaba bien o
mal.
Hipnotizada.
Empezó a agarrar las sábanas con el puño mientras se
follaba la palma más rápido. Con cada movimiento, mis
músculos se apretaban más. Estaba mojada, desconcertada
por cómo mi mente se había entregado por completo a mi
cuerpo.
Los gemidos bajos y profundos de placer que salían de su
boca lo empeoraban aún más. Sabía de todo corazón que
aquello (ver cómo se masturbaba) era lo más excitante que
había experimentado jamás. Excitarme solía suponer un
gran esfuerzo para mí. Necesitaba mi vibrador y ver porno
e, incluso así, a veces me resultaba imposible relajarme lo
suficiente como para tener un orgasmo. En ese momento,
en cambio, tenía que cruzar las piernas para controlar la
necesidad que se acumulaba entre ellas.
Mientras se lamía de nuevo el labio inferior, mi lengua me
cosquilleaba imaginando cómo sería tener su boca húmeda
en mis labios. Mientras seguía subiendo y bajando la mano,
imaginé que era yo quien rodeaba su miembro. Nunca
había deseado a nadie tanto como a él en aquel momento.
La parte posterior de su cabeza hacía presión contra el
cabecero, por lo que tenía el pelo revuelto. El tintineo de la
hebilla de su cinturón se acentuó a medida que movía las
caderas y su puño se esforzaba por seguir el ritmo. La
intensidad que desprendía su forma de darse placer me
dejó totalmente asombrada.
Su respiración se volvió todavía más agitada y se le
pusieron los ojos en blanco. Tragué con fuerza y contemplé,
hipnotizada, los chorros de semen que salían de su corona
como una fuente. Los gruñidos de placer que se le
escapaban cuando llegó al orgasmo eran los sonidos más
sensuales que había oído salir de la boca de un hombre en
mi vida.
Sentía que el corazón se me iba a salir del pecho. Ver
cómo se desarrollaba todo eso había hecho que perdiera el
sentido de la realidad. Parecía que había experimentado
cada movimiento, cada sensación, junto con él, excepto que
no se me permitía correrme. Era como si hubiera perdido la
cabeza. Eso era lo único que podía explicar que mi cuerpo
decidiera traicionarme, dejando escapar un suspiro
involuntario, ¿un gemido? No estaba segura y ni siquiera
podría decir lo que había sido, salvo que el sonido que emití
hizo que Justin diera un salto hacia atrás. Su cabeza se giró
hacia mí y sus sorprendidos ojos se encontraron con los
míos durante un breve segundo, antes de que bajara las
escaleras corriendo.
Humillada.
Muerta de vergüenza.
Sentía el corazón en la boca. Tras escapar por la puerta
principal y bajar en dirección al mar, seguí corriendo sin
rumbo por la arena. En un momento dado, a un kilómetro y
medio de la playa, tuve que parar para recuperar el aliento,
aunque quería seguir corriendo. Me había quedado tan
absorta con Justin que se me había olvidado lo mal que me
encontraba esa tarde. Todo me volvió a golpear cuando me
tropecé, caí sobre la orilla y vomité en el océano.
Me derrumbé en la arena y debí de quedarme ahí sentada
durante más de una hora. El sol empezaba a ponerse y la
marea estaba subiendo. Sentía que todo se me venía
encima. Y sabía que no podía evitar volver a casa para
siempre.
¿Y si Justin le decía a Jade lo que había hecho?
Que lo había estado mirando.
¡Dios!
Me crucificaría por eso.
¿Qué excusa podría darle que explicara por qué estaba
escondida detrás de su puerta, viendo cómo eyaculaba,
como si fuera un espectáculo de fuegos artificiales del 4 de
julio?
Decidí que tenía que llegar a casa antes que Jade. Tal vez
podría convencerle de que no dijera nada. Me quité la
arena de los muslos y me dirigí a casa.
Casi se me paró el corazón cuando me encontré a Justin
de pie en la cocina, bebiendo de un bote de zumo de
naranja de dos litros. Me quedé en silencio detrás de él y
advertí que devolvía el envase a su sitio.
Justin se dio la vuelta y al fin se dio cuenta de que estaba
allí. Tenía el pelo mojado, lo que hacía que pareciera
castaño en vez de rubio. Debía de haberse duchado para
eliminar la incomodidad de nuestro encuentro. Con un
aspecto dolorosamente atractivo, con una camiseta marrón
desgastada que se le ajustaba al pecho como un guante, se
limitó a mirarme fijamente.
Aquí viene.
Me preparé para unas palabras humillantes. El corazón se
me iba a salir del pecho mientras seguía mirándome sin
decir nada. Se acercó lentamente a mí y se me tensaron
todos los músculos del cuerpo. Iba a gritarme a la cara.
¡Mierda!
Justin se paró a unos centímetros de mí. Olía tan bien,
como a jabón y colonia. Podía sentir el calor que desprendía
su cuerpo y mis rodillas empezaron a debilitarse. Me miró
fijamente a los ojos. No era una mirada furiosa, pero
tampoco una mirada feliz o divertida.
Tras varios segundos de silencio, inspiró hondo y dijo:
—Hueles a vómito.
Justo cuando abrí la boca para responder, se dio la vuelta
y se alejó en dirección a las escaleras antes de desaparecer.
¿Eso era todo?
¿Huelo a vómito?
¿Iba a dejarlo pasar? ¿O se lo estaba guardando para más
tarde, cuando Jade llegara a casa? Tendría que esperar
para averiguarlo mientras me carcomía la ansiedad.
El negocio de Sandy’s se había resentido mucho desde que
perdieron a The Ruckus, su principal grupo musical.
Salvatore se las había arreglado para llenar el local cada
noche con artistas locales mediocres, pero la gente estaba
notando la diferencia. El local se vaciaba mucho antes de lo
normal y, en general, no teníamos tantos clientes.
Sabía que Jade había hablado con Justin para que se
encargara de algunas noches, pero lo último que supe es
que no estaba interesado. Así que uno podía imaginarse mi
sorpresa cuando se presentó en Sandy’s un viernes por la
noche con la correa de su guitarra cruzándole el pecho.
No me di cuenta de que era él hasta que me miró. Las
mariposas se me agolparon en el estómago cuando me di
cuenta de que se había quedado cerca de la puerta, como si
no supiera adónde ir. Como hacía un frío inusual, llevaba
una sudadera con capucha y un gorro de color azul marino.
¡Dios! Estaba muy sexi con ese gorro. Siempre parecía
resaltarle los ojos. La verdad es que estaba sexi con
cualquier cosa, pero hoy estaba especialmente guapo
porque tampoco se había afeitado en varios días.
Teniendo en cuenta cómo me había tratado, mi atracción
física por él no dejaba de sorprenderme. Era más fácil
centrarse en lo físico, supongo. El exterior de Justin, que
era tan diferente de lo que recordaba, ayudaba a
distraerme de lo que sabía que había dentro. La verdad era
que, por mucho que lo deseara a nivel físico, seguía sin
compararse con el anhelo que me quedaba por mi viejo
amigo. En algún lugar, oculto bajo los músculos y la belleza,
sabía que seguía ahí dentro y eso me frustraba.
Por lo que sabía, Justin nunca llegó a mencionarle el
encuentro pajero a Jade ni me torturó al respecto. No sabía
por qué había decidido dejarlo pasar, pero le estaba
eternamente agradecida.
A Jade la habían llamado esa mañana de la ciudad para
que hiciera una audición. Supuse que se volvería con ella.
Dejé de pasarle un trapo a la mesa que estaba limpiando
y me acerqué a él.
—¿Qué haces aquí?
Levantó la guitarra.
—¿A ti qué te parece?
—Creía que te habías ido a Nueva York con Jade.
—No va a estar mucho tiempo fuera. Y ya me he
comprometido con este… concierto. —Lo dijo casi con
desprecio.
—Pensaba que estabas en contra de tocar aquí. Te oí
decirle a Jade que preferías tocar en una cárcel que en una
vulgar cabaña de playa.
—Bueno, supongo que le enseñó a vuestro jefe algunos
vídeos míos y me hizo una oferta que no pude rechazar.
—¿Cuánto tiempo vas a tocar aquí?
—No lo sé. Unas pocas semanas. Hasta que nos vayamos.
—¿No os vais a quedar todo el verano?
—No. Ese nunca fue el plan.
La decepción se apoderó de mí. Debería haberme
alegrado de que se fuera pronto, pero escuchar esa noticia
tuvo el efecto contrario en mí.
—¡Vaya! Bueno… ¿necesitas que te enseñe el local?
—Estoy bien —respondió antes de alejarse de mí para
dirigirse hacia la parte trasera del restaurante.
Justin desapareció durante al menos una hora. Su
concierto estaba programado para las ocho, por lo que le
quedaban unos veinte minutos antes de la hora del
espectáculo.
Me picó la curiosidad y fui en su busca. La puerta de una
de las habitaciones traseras estaba abierta y vi cómo bebía
de una botella de cerveza con expresión estresada. Me
pregunté si se ponía nervioso antes de tocar para un
público. A pesar de que consideraba que tocar aquí era una
broma, estaba a punto de exponerse.
Sus ojos se desviaron hacia un lado y se fijó en mí. Nos
quedamos mirándonos el uno al otro. Era irónico, pero las
únicas veces que sentía nuestra antigua conexión era
durante los fugaces momentos en los que establecíamos un
contacto visual silencioso. A veces, los momentos de
silencio eran los que más hablaban.
Volví a dejarlo solo y me dirigí al restaurante para
atender a los clientes que había estado ignorando.
El local empezaba a estar muy concurrido. Sin Jade
trabajando esa noche, nos faltaba personal, y me estaba
costando mucho seguir el ritmo de los pedidos. Sandy’s
tenía mesas dentro y fuera. Normalmente yo solo trabajaba
en una sección, pero aquella noche iba y venía entre las
dos.
Hacía buen tiempo, así que sabía que Justin tocaría fuera.
No dejaba de mirar hacia el pequeño escenario para ver si
ya estaba allí. Eran más de las ocho y aún no había
aparecido.
Cerca de las ocho y media, estaba sirviéndoles a un grupo
de diez personas cuando lo oí por primera vez: el sonido
escalofriante de una voz llena de sentimiento que no me
resultaba familiar. No se presentó. No hizo ninguna
introducción. Simplemente empezó a cantar las primeras
palabras seguidas del rasgueo de su guitarra. La canción
que Justin había elegido para empezar era una versión de
Ain’t No Sunshine de Bill Withers.
La sala entera tardó poco en calmarse y todas las miradas
se centraron en el impresionante espécimen masculino que
estaba iluminado por el foco de luz. A pesar de que llevaba
una bandeja grande con platos sucios, fui incapaz de
moverme. La vibración de la voz áspera y ronca con la que
cantaba me había paralizado por completo y había
penetrado en mi cuerpo y en mi alma.
Aparte de la única lágrima que cayó la noche que se
cabreó conmigo durante la cena de los filetes, no había
derramado más lágrimas, hasta ahora. Todo era demasiado.
Escuchar lo diferente que sonaba su voz, cómo la había
entrenado a lo largo de los años, fue una llamada de
atención sobre lo mucho que me había perdido. Todas las
horas de práctica que debió de haber dedicado a
perfeccionarla y yo no estaba allí para presenciarlo. La
culpa, las emociones, la realidad de una década perdida…,
todo empezó a golpearme a la vez. Por no hablar de la
canción, que iba sobre una chica que se marchaba. Lo más
probable era que no tuviera nada que ver conmigo, pero en
mi mente sí que sentí que se trataba de mí.
Había que tener auténtico talento para tocar en solitario
de forma acústica. Todos los ojos estaban puestos en ti y
solo en ti. No había distracciones que pudieran restarle
importancia a una voz desafinada o a cualquier otra
metedura de pata. Justin cantó la canción de forma
impecable. La vibración de su voz fue como si todo mi ser
recibiera un profundo masaje. Se me llenó el corazón de
orgullo. Le gustara o no, estaba muy orgullosa de él.
Al mismo tiempo, sentí una ráfaga de excitación, como
una adolescente que veía en concierto a un grupo
compuesto solo por chicos. La adrenalina me recorría el
cuerpo. Una parte de mí quería gritar: ¡Ese es mi Justin! ¡Lo
conocí hace tiempo! Otra parte de mí quería correr hacia el
escenario y rodearlo con los brazos.
La forma en la que sus dedos tocaban la guitarra, sin
esfuerzo, casi rivalizaba con la sensualidad de su voz. Las
mujeres empezaron a abandonar sus mesas y a arrojarle
dinero a los pies.
¡Por Dios!
¿Pensaban que se iba a desnudar o algo así si le daban
suficiente dinero? Nunca había visto a nadie arrojar dinero
de esa forma. Desde luego, nunca le arrojaron billetes de
un dólar a The Ruckus. Supongo que ese era el efecto que
tenía Justin en las mujeres.
En la tercera canción, necesitaba un respiro. Me retiré al
baño y me eché agua en la cara antes de volver a las
mesas, justo a tiempo para oírle hablar al micrófono con
una voz baja y sensual.
—Soy Justin Banks, de Nueva York. Estaré aquí durante
las próximas semanas. Gracias por venir esta noche.
Sonaron aplausos y algunos silbidos. Mi concentración en
Justin me había impedido atender a mis clientes. Unos
cuantos me hicieron señas, ansiosos de que les rellenara el
vaso, así que apunté sus pedidos y me dirigí a la barra.
Justin le dio un sorbo a la cerveza y volvió a hablarle al
micrófono.
—La siguiente canción la escribí hace poco. Espero que os
guste. —Rasgueó la guitarra una vez y añadió—: Se llama
Le gusta mirar.
Mi cuerpo se paralizó al escuchar el título y tardé unos
segundos en asimilarlo.
—Esta canción va dirigida a todos esos pequeños mirones
que hay por ahí. Ya sabéis quiénes sois.
La represalia a la que supuse que había renunciado tan
solo había sido postergada y ahora yo iba a recibirla con
todo su esplendor. Me negué a mirar hacia el escenario. El
camarero colocó las bebidas frente a mí y obligué a mis
tambaleantes piernas a moverse lo suficiente para dejarlas
en manos de los clientes antes de que empezara la canción.
Finge ser una buena chica,
Refinada y tranquila.
Pero ya me lo decía mi padre,
Esas son las peores.
Resulta que tenía razón.
Como descubrí la otra noche…
Le gusta mirar.
Mmmmmm… Le gusta mirar.
Crees que estás solo,
Hasta que oyes ese pequeño gemido.
Le gusta mirar.
Mmmmmm… Le gusta mirar.
Te pillará desnudo y expuesto,
Cuando crees que la puerta está cerrada.
Es una princesa y una mirona,
La curiosidad la destruirá.
Tal vez la terapia te cure,
Todavía estás a tiempo, Amelia.
Le gusta mirar.
Mmmmmm… Le gusta mirar.
Y mi amiga fetichista
Insiste en quedarse hasta el final.
Le gusta mirar.
Mmmmmm… Le gusta mirar.
Cuando la canción acabó, el público enloqueció. Al
parecer les encantó la idea que había detrás. ¿De verdad
tenía que incluir mi nombre? Una parte de mí estaba
muerta de vergüenza, pero tenía que admitir que otra parte
de mí estaba… aliviada. Que escribiera la canción era un
pequeño recordatorio de cómo habían sido las cosas entre
nosotros.
Cuando por fin me atreví a mirarle, esbozó una sonrisa
traviesa antes de pasar a la siguiente canción. Estaba
segura de que se había dado cuenta de que había
conseguido avergonzarme.
¡Bien jugado!
Esa noche, al volver a casa, Justin se retiró a su habitación
sin dirigirme la palabra. Me sentí un poco rara al saber
que, por primera vez, estábamos solos sin Jade. Pero la
sensación duró poco.
A las once de la mañana siguiente, seguía en la cama
cuando oí que se abría la puerta principal. Me llegaron los
sonidos apagados de las voces de Jade y Justin mientras se
reunía con él en su habitación. Debía de haberse ido de la
ciudad muy temprano.
Aunque me gustaba mucho Jade, su regreso trajo consigo
algo inquietante. Siempre sentía unos celos que me eran
imposibles de evitar. Cuando la cama empezó a crujir, me
entraron náuseas.
¡Joder!
Se había pasado tres minutos en casa antes de
abalanzarse sobre él. No podía decir que la culpara lo más
mínimo, pero no quería oírlo. Me cubrí la cabeza con la
almohada, cerré los ojos y me recordé a mí misma que
ambos se irían en unas semanas.
Tres semanas.
Hacia el mediodía, me puse un vestido veraniego de felpa
antes de reunirme con Justin y Jade en la planta baja. El sol
que entraba en la cocina era cegador.
Justin sonrió y levantó la cafetera.
—¿Café?
Le dediqué una amplia sonrisa.
—¿Sabes qué? Sí, me encantaría.
Decidida a continuar aparentando que me encantaba el
café de Justin, me negué a echarme atrás. Por desgracia,
mi cuerpo se estaba acostumbrando al exagerado nivel de
cafeína y la única mañana que no lo había tomado, el café
normal no sirvió de nada. Me estaba volviendo adicta a la
fusión de cafés de Justin y eso era una mierda.
—Bueno, ¿qué tal fue anoche en Sandy’s? ¿Mi chico los
dejó boquiabiertos?
—Fue increíble. A todo el mundo le encantó.
Los ojos de Justin se encontraron con los míos durante un
breve instante. Quería que supiera que lo decía de verdad.
No le dio importancia.
—Estuvo bien. Me mantendrá ocupado mientras estemos
en este sitio.
—¿Qué tocaste?
—Probé una canción nueva.
Tragué saliva.
—¿La que me tocaste la otra noche? —preguntó.
—No. Una diferente.
Me di cuenta de que, seguramente, Justin había escogido
tocar anoche Le gusta mirar porque Jade no estaba allí.
Seguía desconcertándome que se guardara para sí mismo
lo que había pasado, cuando podría contárselo y
avergonzarme.
Me sonrió.
—¿Quieres que te eche más, Amelia?
Le lancé una sonrisa aún más amplia.
—Espero que no te importe, pero esta cosa me está
empezando a gustar mucho. ¡Toda una sorpresa!
—Bueno, sé que te encantan las sorpresas.
Puse los ojos en blanco. Por suerte, era imposible que
Jade supiera a qué se refería.
El hecho de que me sirviera café seguía siendo una
broma. Pensaba que me estaba bebiendo ese brebaje para
fastidiarle, pero le había salido el tiro por la culata. No se
había dado cuenta de que me estaba volviendo adicta y que
de verdad quería bebérmelo. De todas formas, el
intercambio de café matutino era la única oportunidad que
tenía de comunicarme con él con toda normalidad, así que
lo aprovechaba.
Jade pasó los dedos por el pelo revuelto de Justin.
—He visto que Olivia comentó tu post de Instagram
anoche.
Con actitud molesta, apartó la mano de Jade.
—Jade…, no.
Tuve que preguntar.
—¿Quién es Olivia?
—La ex de Justin. Trabaja en la industria musical y es
todo un incordio. Le comenta todo lo que publica, a pesar
de que sabe que tiene novia. Es muy irrespetuosa.
—No puedo evitar que comente mis cosas —gruñó Justin.
Estaba segura de que había muchas exnovias.
Olivia.
¡Vaya!
¿En serio yo también estaba celosa de otra persona,
cuando no tenía derecho a estar celosa en absoluto? Era
patético. Cuando se trataba de él, mis celos no eran nada
nuevo.
Mi incapacidad para gestionar esos sentimientos fue un
factor determinante para que me mudara y, en última
instancia, cambió el curso de nuestras vidas.
Diez años antes
—No me gusta que empiecen a jugar a estas cosas.
—No tenemos que quedarnos aquí si no quieres, Patch —
me susurró Justin al oído. Su aliento cálido provocó que un
escalofrío me recorriera la columna vertebral.
—No pasa nada —contesté.
—¿Estás segura?
—Sí.
Un grupo de chicos del instituto pasaba el rato en el
sótano de Brian Bosley. De vez en cuando, Brian sugería que
todos nos pusiéramos a jugar a «verdad o giro». Era una
combinación del verdad o reto y del juego de la botella.
Brian seleccionaba a las «víctimas», como él las llamaba.
Hacía una pregunta y, si la persona se negaba a contestar,
Brian giraba la botella verde de Heineken. La víctima tenía
que besar a quien la botella señalara. El beso tenía que
durar un minuto entero; esa era la regla.
Era divertido verlo, siempre y cuando no mencionara el
nombre de ninguno de los dos. Parte del trato para que nos
volvieran a invitar a casa de Brian era seguir sus juegos. Por
alguna razón, las últimas veces que vinimos no nos había
elegido ni a Justin ni a mí para participar.
—Banks.
Me dio un vuelco el corazón cuando escuché el apellido de
Justin.
—¿Sí?
—Te toca.
—¡Mierda! —murmuró Justin en voz baja.
Me lanzó una mirada de preocupación antes de que Brian
planteara la pregunta.
—Pregunta: ¿Quieres o no quieres tirarte a Amelia en
secreto?
La cara de mi mejor amigo se puso roja. Creo que nunca la
había visto de ese color. El corazón me latía con fuerza. No
podía creerme que Brian le hubiera preguntado eso, y me
daba mucho miedo la respuesta.
Negó con la cabeza.
—Paso.
Brian sonó sorprendido ante la negativa de Justin.
—¿Pasas? ¿Estás seguro?
—Paso.
—Vale, bien. —Brian no perdió tiempo en inclinarse para
girar la botella. El cristal giró, raspando el suelo laminado
del sótano antes de detenerse.
—¡Oh! Tu víctima no tan afortunada es… ¡Sophie!
Justin me miró. La preocupación en sus ojos era tangible,
pero sabía que tenía que seguir adelante.
—Un minuto —recordó Brian.
Sophie, que había estado sentada en el suelo, se arrastró
hacia él. Tuve que ver, desolada, cómo Justin presionaba sus
labios contra los de ella. La chica abrió la boca de par en par
y le rodeó la parte posterior de la cabeza con las manos,
atrayéndolo con más fuerza hacia ella y prácticamente
comiéndole la cara. Siempre supe que le gustaba.
Sentí cómo se me rompía el corazón con cada segundo
que pasaba. Fue el minuto más largo de mi vida. Era la
primera vez que el monstruo de los celos asomaba su fea
cabeza hasta ese punto. También fue la primera vez que me
di cuenta de lo fuertes que eran mis sentimientos por él.
Cuando acabó el minuto, Justin se limpió los labios con el
dorso de la mano y volvió a acercarse a mí. Ni siquiera lo
miré. Sabía que no debía enfadarme, pero no podía
controlar mis sentimientos.
—¿Estás bien? —preguntó.
Seguí con la mirada puesta en mis zapatos.
—Vámonos.
Me siguió.
—Patch, solo es un juego.
—No quiero hablar de ello.
Empezamos el silencioso e incómodo camino a casa. Me
detuve de repente en mitad de la acera y me volví hacia él.
—¿Por qué no has respondido a la pregunta?
Se limitó a mirarme durante mucho tiempo antes de
admitir:
—No sabía qué decir.
—¿A qué te refieres?
—Si hubiera dicho que no, habría herido tus sentimientos.
Si hubiera dicho que sí…, las cosas se volverían raras entre
nosotros. Y no quiero eso. Jamás.
—¿Ha sido tu primer beso?
Vaciló, mirando al cielo oscuro, y luego susurró:
—No.
Sacudí la cabeza y comencé a caminar delante de él.
Sentía que ya no lo conocía.
—Patch, vamos. No te pongas así.
Las lágrimas empezaron a caer. Estaba llorando y ni
siquiera sabía el motivo exacto. Esa fue la primera vez que
me di cuenta de que me había enamorado de él. Amaba a
Justin. Más que a un amigo, más que a nada. Estaba tan
enfadada conmigo misma…
Mi mayor temor era perderlo. Y me di cuenta de que
sucedería algún día.
Tal vez ya estaba sucediendo.
5
Una semana después, Justin se había convertido
prácticamente en la estrella local de Newport. El público de
Sandy’s se había duplicado desde que se convirtió en el
entretenimiento nocturno. Como era de esperar, los nuevos
clientes eran sobre todo mujeres jóvenes que habían oído
hablar del nuevo guitarrista.
Una tarde, Jade y yo salíamos por la puerta de casa para
ir a trabajar cuando le sonó el móvil.
—¡Mierda! Espera, es mi mánager —dijo.
Esperé en la puerta a que atendiera la llamada.
Después de unos segundos, empezaron a temblarle las
manos.
—Estás de broma. ¡Estás de broma! —Dando saltos, se
tapó la boca—. ¡Dios mío! ¡Dios mío! Sí, claro que puedo. —
Finalmente, dejó escapar un grito de emoción—. ¡Gracias,
Andy! ¡Gracias por contármelo! ¡Dios mío! Entonces, ¿qué
toca ahora? Vale. Vale. Te llamaré esta noche —dijo antes
de colgar.
—¿Qué pasa?
Jade soltó un grito de alegría y me abrazó, con su
huesudo cuerpo presionando mi exuberante pecho.
—He conseguido el papel de suplente para un papel
bastante importante en The Phenomenals… ¡en Broadway!
Fue una de las dos audiciones que tuve la semana pasada.
Pensaba que no tendría ninguna posibilidad. ¡En un
principio mi mánager ni siquiera iba a enviarme! —Cuando
dejó escapar otro fuerte chillido, Justin bajó las escaleras.
—¿Qué cojones está pasando aquí abajo?
Jade corrió hacia él y se lanzó a sus brazos.
—¡Cariño! ¡He conseguido el papel de suplente para el
papel de Verónica en The Phenomenals!
—¿En serio? ¡Joder! ¡Es una puta pasada! —La levantó en
el aire y le dio vueltas.
Sintiéndome incómoda y sujetavelas, me aclaré la
garganta y dije:
—Felicidades, Jade. Me alegro mucho por ti.
Justin la dejó en el suelo.
—¿Cuándo va a pasar todo esto?
—Quieren que esté en Nueva York en un par de días.
Parecía hecho polvo.
—¡Oh, mierda! Vale. Mmm. Ojalá no me hubiera
comprometido con esos conciertos en Sandy’s; habría
vuelto contigo.
—No pasa nada. Solo le prometiste un par de semanas
más, ¿verdad? Pasará rápido.
—Sí.
Jade sonrió.
—Sé amable con Amelia.
Desde el momento en que se fue Jade, Justin se esforzó aún
más en quedarse en su habitación durante el día y en
ignorarme en el restaurante. No volvió a tocar Le gusta
mirar.
Aparte de reunirme con él en la cocina cuando sabía que
se estaba tomando el café, no hubo ninguna otra
interacción. Parecía que la marcha de Jade estaba
distanciándonos aún más. Y así transcurrieron los días
hasta que, una tarde, todo cambió.
Acababa de llegar a casa de un turno de tarde en Sandy’s,
cuando me pareció oír que alguien vomitaba de forma
espantosa en el piso de arriba. Sin pensármelo dos veces,
subí corriendo las escaleras y me encontré a Justin
desplomado con la cara dentro del inodoro.
—¡Madre mía! ¿Estás vomitando?
—¡Qué va! Le estoy haciendo un cunnilingus al váter. ¿Tú
qué crees?
—¿Has comido algo en mal estado?
Negó con la cabeza antes de que otro volcán de vómito
entrara en erupción en el inodoro. Aparté la mirada hasta
que acabó.
—¿Te traigo…?
—Vete, Amelia. —Tiró de la cadena.
Una persona enferma desprendía algo que mostraba a su
niño interior. A pesar de que Justin intentaba hacerse el
duro, en ese momento parecía indefenso.
—¿Estás seguro de que no quieres que…?
—¡Vete! —gritó, ante lo que mi cuerpo se estremeció.
Mientras empezaba otra ronda de vómitos, volví a bajar
las escaleras de mala gana.
Después de varios minutos, oí cómo regresaba a su
habitación. Me quedé abajo durante una hora. Todo estaba
inusualmente tranquilo. En un día normal se movía por su
habitación, por lo que supe que se había dormido o que
estaba acostado. Como soy una persona paranoica, empecé
a imaginarme que a lo mejor se había desmayado a causa
de la deshidratación. No había bajado a beber agua.
Teniendo en cuenta todo lo que había vomitado, eso era
peligroso.
Hice de tripas corazón y subí las escaleras. Llamé a la
puerta con suavidad y no me molesté en esperar a que
respondiera antes de entrar.
—¿Justin?
Estaba tumbado de lado, con la cabeza apoyada en la
almohada y los ojos abiertos. Me estaba mirando fijamente,
pero parecía que tenía los ojos vidriosos.
—¿Estás bien?
—No.
Sin pedir permiso, me acerqué y le puse la mano en la
frente. Estaba caliente.
—Estás ardiendo. Hay que tomarte la temperatura.
Corrí al baño y busqué un termómetro en el botiquín
antes de volver con Justin.
—Métetelo en la boca.
Se rio.
—Esa suele ser mi frase.
Puse los ojos en blanco.
—Hazlo —exigí. Me sentí un poco aliviada por que
estuviera bromeando conmigo.
Por sorprendente que pareciera, no se resistió a que le
tomara la temperatura. El termómetro mostró que tenía
una fiebre muy alta.
—Tienes treinta y nueve grados. ¿Esta noche tenías que
tocar?
—Mmm —gimió.
—Voy a llamar a Salvatore para decirle que no puedes ir.
—No. Veré cómo me encuentro dentro de una hora.
—Es imposible que puedas tocar así.
—Lo llamaré dentro de una hora —insistió.
El móvil de Justin vibró y se acercó para comprobar quién
era antes de volver a colocarlo sobre la mesita de noche.
—¿Era Jade?
—Sí.
—¿Sabe que estás enfermo?
—Sí.
—¿Esta noche ensaya?
—No.
—¿Va a venir?
—No. ¿Por qué iba a venir hasta aquí porque tengo
fiebre?
No tenía una respuesta. Solo sabía que, si mi novio
estuviera enfermo, querría estar con él. A lo mejor Justin le
había restado importancia.
—¿Quieres algo?
—Nada. Privacidad. Eso es lo que quiero.
—Te voy a traer algo de beber. Me da igual lo que digas.
Te vas a deshidratar.
—¡Que sea algo fuerte si vas a seguir jugando a las
enfermeras! —gritó a mis espaldas.
Bajé las escaleras y volví con una botella de agua y una
toalla pequeña.
Le di la botella y dos paracetamoles.
—Toma. Bebe. —Justin se tragó las pastillas y bebió un
sorbo antes de mirar el trozo de tela.
—¿Qué mierda piensas hacer con eso?
—Es un paño húmedo. —Se lo puse en la frente—.
Ayudará a que baje la fiebre.
Me apartó la mano.
—Puedo cuidarme solo, Amelia.
Ignorando su comentario, simplemente dije:
—Voy a llamar a Salvatore. Duerme un poco.
Después de otro ataque de vómitos, Justin se fue a dormir.
Aunque le había dejado más agua, me preocupaba que no
bebiera nada, así que decidí comprobarlo una vez más
antes de acostarme.
Estaba despierto y sentado en la cama, y parecía muy
pálido.
—¿Cómo te encuentras?
—Como el puto culo.
—Tendría que volver a tomarte la temperatura.
Esta vez, cuando le saqué el termómetro de la boca, casi
se me paró el corazón.
—¡Madre mía! Cuarenta grados. Justin, esto es peligroso.
Tenemos que llevarte a urgencias.
—No voy a ir al hospital.
—No es discutible.
Agarré mi móvil y empecé a buscar información en
Internet sobre la fiebre en adultos.
—Aquí dice que una fiebre de más de cuarenta grados y
medio puede ser mortal. Podrías acabar con daños
cerebrales.
—Eso es un poco exagerado, ¿no crees?
—Me da igual si es exagerado. Tienes que ir a que te vea
un médico.
—No.
—Entonces me quedaré aquí toda la noche, hasta que
aceptes ir.
—Las salas de urgencias me dan repelús.
—¿Prefieres morir?
—Mmm. Hay un empate entre eso y estar atrapado aquí
contigo.
—¡Qué bien!
—¿Por qué te importa tanto esto, Amelia?
—Me da igual lo que pienses de mí, ¿vale? Me preocupo
por ti. Siempre lo he hecho y siempre lo haré. No quiero
que te pase nada.
Después de una larga pausa, cerró los ojos y dejó escapar
un profundo suspiro.
—¡Vale, joder! Iré.
—Gracias.
Justin se pasó temblando el trayecto al hospital de
Newport. Antes de salir de casa, le envió un mensaje a Jade
y le prometió que la mantendría informada.
Cuando llegamos, tuvimos la suerte de que la sala de
urgencias estaba bastante tranquila. Llevaron a Justin a
una de las pequeñas consultas separada con una cortina,
situada en la parte trasera. Nadie, ni siquiera Justin, se
opuso a que fuera con él.
Le conectaron una vía y le dieron ibuprofeno. En el
transcurso de una hora, también le hicieron unos análisis
de sangre.
Un médico distinto, que acababa de empezar su turno,
entró en la habitación.
—¿Cómo se encuentra, señor Banks?
—Como el culo. —Justin entrecerró los ojos para ver de
cerca la identificación hospitalaria del médico—. ¿De
verdad se llama Dr. Danger?
El médico puso los ojos en blanco.
—Se pronuncia «dan-ger»*.
—¿Sabe qué le pasa, doctor? —pregunté.
Extendió la mano.
—Llámame Will, por favor.
Se la estreché.
—Amelia.
Esbozó una sonrisa que me transmitió una especie de
vibración.
—Bueno, creemos que se trata de una combinación de
varias cosas. Una infección bacteriana que le ha provocado
fiebre alta y vómitos, además de deshidratación. Hemos
descartado problemas más graves. —Miró a Justin—. Tienes
mucha suerte de que tu novia te haya traído. Las fiebres
tan altas pueden ser peligrosas en los adultos.
Justin me miró brevemente antes de dirigirse al Dr.
Danger.
—¿Cuánto tiempo voy a estar enfermo?
—Unos días. Me gustaría mantenerte en observación esta
noche por la gravedad de la fiebre y para que te
suministren líquidos y vitaminas.
—¿Tengo que dormir aquí?
—Sí. Te trasladaremos a una habitación más cómoda.
Justin frunció el ceño.
—¿Puedo negarme?
—Me temo que no. Seguro que tu novia te hará compañía.
—¡Oh! No soy su novia —corregí—. Su novia está en
Nueva York.
—¿Hermana?
—No. Solo somos… —Vacilé. ¿Qué éramos?—. Fuimos
amigos hace años. Ahora vivimos juntos en una casa que
hemos heredado.
El Dr. Danger parecía confundido.
—Entonces, ¿no estáis juntos?
—No —se apresuró a responder Justin.
—No —repetí.
—¿Vives por aquí, Amelia?
—Sí, vivo a unos diez minutos en coche.
—Me acabo de mudar desde Pensilvania. ¿Te gustaría
enseñarme la isla algún día?
Me pilló con la guardia baja. Era indudable que el Dr.
Danger tenía el sereno atractivo de alguien mayor. Con su
pelo oscuro y sus ojos grandes y marrones, era bastante
guapo. No podía decir que mi cuerpo reaccionara ante él
como lo hacía con Justin, pero tal vez estaría bien aceptar
su oferta.
—Claro. Me parece bien.
—Genial. —Buscó el móvil en el bolsillo de su chaqueta
blanca—. ¿Me das tu número?
Justin parecía molesto mientras recitaba mis dígitos.
—La enfermera volverá dentro de un rato para ver cómo
estás. Te llamaré. —Me guiñó un ojo.
—De acuerdo. —Sonreí e hice un pequeño gesto con la
mano para despedirme.
Después de que Will saliera de la habitación, Justin me
miró desde la cama y resopló.
—Puto pringado.
—¿Pringado? ¿Por qué? ¿Porque solo un pringado se
sentiría atraído por mí?
—¿Qué clase de médico se liga a la amiga de un paciente
en el trabajo?
—¡Vaya! ¿Ahora somos amigos?
—En serio, ha sido patético —dijo, ignorando mi pregunta
—. Es un cursi.
—Resulta que me gustan los cursis, sobre todo si tienen
forma de médicos guapos. Los cursis son mejores que las
personas mezquinas.
—Lo que tú digas.
Una enfermera vino a decirnos que la otra habitación
estaba lista. Nos acompañó hasta un ascensor que nos llevó
a la segunda planta, donde colocaron a Justin en una
habitación para pasar la noche. Todavía conectado a la vía,
se quedó dormido por fin. Poco después, yo también caí
rendida en el camastro que había junto a su cama.
Una hora más tarde, ya era de madrugada. Me desperté
antes que él y me maravillé al ver que, a pesar de estar tan
enfermo, seguía tan guapo como siempre, con su pelo
enmarañado y, sobre todo, con su barba crecida. En ese
momento, Justin abrió los ojos de repente. Cuando me vio
tumbada a su lado en la cama improvisada, puso cara de
sorpresa.
—Pensaba que te habrías ido a casa.
—No. No podía dejarte.
—No tenías por qué quedarte.
—No pasa nada. Habría estado preocupada.
No respondió, pero se le suavizó el rostro.
La enfermera entró y comprobó sus constantes y su
temperatura.
—Tu fiebre sigue siendo alta…, treinta y nueve grados…,
pero al menos estás respondiendo a la medicación y eso es
bueno. Voy a hablar con el médico de guardia para que te
den el alta.
—¡Gracias a Dios! —murmuró Justin.
Cuando llegamos a la casa de la playa, Justin se instaló de
nuevo en su cama. Por suerte, parecía haber pasado la
parte de los vómitos, aunque la fiebre no. Jade escribía de
vez en cuando y yo seguía informándole sobre cómo iba
todo.
La enfermera dijo que era importante que comiera algo y
que se mantuviera hidratado, así que le hice un poco de
caldo de pollo y se lo llevé arriba. Estaba durmiendo y no
quería despertarlo, así que opté por volver a bajarlo hasta
que se despertara. Debió de oír cómo la taza se movía
contra el platillo, porque cuando iba de nuevo hacia la
puerta, su voz me detuvo.
—¿Qué haces?
—Te he preparado un caldo. La enfermera ha dicho que
tienes que comer.
Volví a colocarme junto a la cama y se lo entregué
mientras se acomodaba sobre el cabecero de la cama, y
empezó a darle sorbos. Me estaba dando la vuelta para
irme cuando sentí que su mano me agarraba del brazo.
—No tienes por qué irte.
—Volveré luego a por la taza.
Mientras me dirigía hacia la puerta, su voz me detuvo de
nuevo.
—Patch.
Se me congeló el cuerpo. El hecho de que me llamara por
mi antiguo apodo me pilló por sorpresa. Nunca pensé que
volvería a escucharlo.
—Date la vuelta —dijo.
Cuando lo hice, su rostro reflejaba una sinceridad que no
había visto en años.
Colocó la taza y el platillo sobre la mesita y dijo:
—Gracias… por todo. Gracias por cuidar de mí.
Me había pillado tan desprevenida y me había embargado
tanto la emoción que me limité a asentir una vez con la
cabeza y crucé la puerta, incapaz de dejar de pensar en sus
palabras durante el resto de la noche.
Dos días después, la fiebre de Justin bajó por fin, pero
todavía no se sentía en condiciones de tocar. Estaba viendo
la televisión en la planta de abajo cuando se sentó en el
sofá a mi lado. Puso las piernas sobre la otomana y se cruzó
de brazos. Era la primera vez que elegía pasar el rato en el
salón cuando yo estaba vagueando.
Acababa de ducharse y olía a aftershave. Mi cuerpo
reaccionó de inmediato a la cercanía de nuestras piernas,
aunque no estábamos tocándonos.
¡Ojalá fuera mío!
¿De dónde venía ese pensamiento?
—¿Qué es esta mierda que estás viendo?
—Un reality show. Puedo cambiarlo si quieres.
—No. He invadido tu espacio.
—Me alegro de que te encuentres mejor.
—Yo también.
Le lancé el mando.
—En serio, pon lo que quieras.
Me lo devolvió.
—No. Te lo debo. Aguantaste toda mi mierda cuando
estaba enfermo. Lo menos que puedo hacer es sentarme a
escuchar a estas zorras quejicas.
—Bueno, si de verdad quieres darme las gracias por
haber cuidado de ti, hay otra cosa que puedes hacer.
Alzó la ceja con curiosidad.
—Vale…
¡Dios! Acabo de darme cuenta de cómo ha sonado eso.
—Puedes hablar conmigo.
—¿Hablar?
—Sí.
Dejó escapar un profundo suspiro.
—No quiero abrir una lata vieja llena de gusanos. Ambos
sabemos lo que pasó. No va a cambiar nada.
Dispuesta a rogarle, lo miré a los ojos.
—Por favor.
Se levantó de repente.
—¿Adónde vas?
—Necesito una bebida para esto —dijo mientras se dirigía
a la cocina.
—¡¿Puedes traerme una a mí también?! —grité a sus
espaldas. Se me empezaron a acelerar los latidos del
corazón, preparándome. ¿De verdad iba a pasar? ¿Iba a
hablar de lo que pasó o solo iba a escucharme divagar?
Volvió con una botella de cerveza para él y una copa de
vino blanco para mí. Me sorprendió que supiera lo que
quería, aunque yo no se lo hubiera dicho. Eso demostraba
que había sido observador incluso cuando fingía que me
ignoraba.
Le dio un sorbo largo y dejó la cerveza sobre la mesa de
centro.
—Tenemos que establecer algunas reglas.
—De acuerdo.
—Regla número uno: si digo que hemos acabado de
hablar, hemos acabado de hablar.
—Vale.
—Regla número dos: después de esta noche, no
hablaremos más de la mierda del pasado. Esto es todo. Solo
una noche.
—Vale. Me parece bien.
Volvió a agarrar la botella y se bebió la mitad de la
cerveza antes de dejarla sobre la mesa con un golpe.
—Muy bien. Vamos.
¿Por dónde empezar?
Simplemente tenía que soltarlo todo.
—No hay excusa para que me fuera como lo hice. Era
joven, estúpida y estaba asustada. Mi mayor miedo siempre
había sido que me hicieras daño, porque eras la única
persona con la que podía contar además de Nana. Cuando
descubrí que sabías lo que estaba pasando a mis espaldas…
me lo tomé como una traición. En ese momento no me di
cuenta de que solo estabas intentando protegerme.
Nueve años antes
Como siempre, mi madre estaba por ahí, por lo que me
escabullí con Justin para ir al pequeño cine rojo. Esta
semana ponían una película italiana llamada Si vive una
volta sola que tenía ganas de ver.
Como siempre, Justin y yo quedamos en la esquina.
—Será mejor que nos demos prisa —dijo—. No queremos
perdernos la sesión de las nueve.
—Vamos bien de tiempo. Relájate.
Empezamos a caminar hacia la parada del autobús cuando
me di cuenta de que no llevaba el abono del autobús.
Estaba en una sudadera con capucha que sabía que me
había dejado en casa de Justin cuando estuvimos haciendo
los deberes el otro día.
—¡Mierda! Tenemos que ir a tu casa. Mi abono del autobús
está en el bolsillo de la chaqueta que me dejé en tu
comedor.
Agitó la mano, como restándole importancia.
—Te lo pago yo y ya está.
—No, Justin. Eso es una estupidez. Todavía tenemos
mucho tiempo.
Empecé a caminar en dirección a su casa.
Me agarró del brazo.
—Para. Ya me encargo yo.
—Pienso entrar.
En su rostro apareció una mirada de pánico inusual.
—No podemos.
—¿Por qué?
Como era habitual cada dos semanas, su madre, Carol,
estaba de viaje de negocios fuera de la ciudad. No entendía
por qué insistía tanto en que no entráramos en su casa.
Parecía que se estaba esforzando en buscar una excusa.
Movía los ojos de un lado a otro, y mi instinto me decía que
algo iba mal.
—¿Qué me estás ocultando?
—Nada. Simplemente no podemos entrar ahora mismo.
—No lo entiendo. El coche de tu padre está fuera. Está en
casa. ¿Por qué no puedo entrar y recoger mi chaqueta?
—Mi padre se enfadaría si supiera que me voy por ahí
contigo. Le dije que iba a salir con Rob.
—No me lo creo. Tu padre sabe que quedamos. Le parece
bien.
—No por la noche.
—Estás mintiendo.
—Patch, ¿podrías confiar en mí?
De pronto, eché a correr hacia la puerta principal y llamé
con insistencia. No hubo respuesta durante casi un minuto y
luego Elton Banks abrió por fin la puerta.
—Hola. Justin y yo íbamos al cine, pero necesito mi abono
del autobús. Está en mi chaqueta, que me dejé en el
comedor. Solo tengo que entrar a por ella.
El padre de Justin lo miró preocupado. Mientras tanto,
Justin había palidecido.
Cuando el señor Banks dudó en dejarme entrar, me abrí
paso a empujones.
—Solo necesito mi chaqueta.
Tras entrar en el comedor, vi mi sudadera colgada en la
silla. Algo más me llamó la atención: el abrigo de piel
sintética de mi madre.
¿Qué estaba haciendo ella aquí?
No tardé mucho en averiguarlo. Subí las escaleras y supe
exactamente dónde iba a encontrarla. Irrumpí en el
dormitorio de los padres de Justin y me encontré a mi madre
intentando ponerse la ropa a toda velocidad.
Cubriéndome la boca con la mano, sacudí la cabeza con
incredulidad antes de bajar corriendo las escaleras y salir
por la puerta principal.
Justin corrió detrás de mí.
—Patch, espera. Por favor.
Me di la vuelta.
—¿Tú lo sabías? —escupí—. ¿Sabías que mi madre estaba
aquí enrollándose con tu padre? ¿Cuánto tiempo lleva
pasando esto?
—No sabía cómo contártelo.
—¡No puedo creérmelo!
—Lo siento, Patch. Lo siento mucho.
Volví corriendo a mi casa y di un portazo, sin saber qué me
dolía más: las acciones de mi madre o que Justin me lo
hubiera ocultado.
* N. de la T.: En inglés, la sílaba «dan» de danger se pronuncia «dein», y
pronunciado así significa «peligro» en español. No obstante, el apellido del
doctor se pronuncia «dan», no «dein». Justin se ríe de su nombre y lo
pronuncia mal a propósito, además de hacer varias referencias al concepto
de «peligro» cuando habla de él.
6
El dolor que había en sus ojos era palpable. Justin apoyó la
cabeza en el sofá mientras yo luchaba por encontrar las
palabras.
—Fue un error por mi parte descargar mi rabia contra ti.
Mi madre era, básicamente, una persona egoísta. Tuvo
muchos novios, aventuras con hombres casados. No me
sorprendió que se rebajara a ese nivel con tu padre, pero
me sentí traicionada por todo el mundo, incluido tú. Sin
embargo, me equivoqué haciéndotelo pagar a ti.
Se frotó los ojos con recelo y se volvió hacia mí.
—¿Qué quieres saber, Amelia?
—¿Cómo empezó todo? ¿Cuánto tiempo hacía que lo
sabías?
Giró su cuerpo hacia mí y rodeó el respaldo del sofá con
el brazo.
—Estoy bastante seguro de que fue mi padre quien fue
detrás de ella. Siempre me hacía preguntas sobre Patricia
antes de que estuvieran juntos.
—¿En serio?
—Lo que sé ahora que no sabía entonces es que mis
padres tenían un matrimonio abierto. Mi madre hacía
demasiados «viajes de negocios», ya sabes a lo que me
refiero, pero en ese momento todavía no me había
enterado. Un día, llegué a casa temprano de clase y me
encontré a tu madre con él. Los pillé acostándose.
Me estremecí.
—¡Por Dios!
Justin alcanzó la cerveza y le dio un largo trago.
—Esa noche, mi padre se sentó conmigo y me explicó que
creía que mi madre también estaba teniendo una aventura,
y que él y Patricia acababan de empezar a verse. Tu madre
me hizo que le jurara que no te lo contaría. Me dijo que no
serías capaz de soportarlo, que tu relación con ella ya
estaba muy deteriorada y que estabas sometida a un gran
estrés que yo desconocía. No sé cómo, pero me convenció
de que decírtelo te arruinaría la vida. Me dijo que, si de
verdad me importabas, no te lo contaría.
—Yo no te ocultaba nada, Justin. No me pasaba nada. Te
estaba manipulando para que no me enterara de sus
aventuras.
—Quería contártelo, pero cuanto más tiempo pasaba, más
difícil era admitir que había estado ocultándote algo. Así
que decidí no decir nada. Solo intentaba protegerte.
—Justin…
—Déjame acabar —interrumpió.
—Vale.
—Ambos venimos de hogares rotos, pero desde que te
conocí, mi mundo empezó a estar un poco menos roto.
Siempre sentí que mi trabajo era protegerte y ocultarte lo
que hacían formaba parte de eso. No pretendía ser un
mentiroso.
Ahora lo entiendo.
Había muchas cosas que me avergonzaba admitir
respecto a mis sentimientos de aquella época, pero no
podía seguir ocultándolo. Me estaba dando una
oportunidad para explicarme. Dándole un largo trago al
vino, me preparé para ponerlo todo sobre la mesa.
—Hui porque me fue imposible gestionar mis
sentimientos. Era algo más que el hecho de que me
ocultaras ese secreto. Era lo que significaba para mí: que
en el futuro me ocultarías otras cosas. —Hice una pausa.
Dilo y ya—. Estaba empezando a sentir por ti mucho más
que una amistad y me veía incapaz de manejarlo. No sabía
cómo decírtelo. Tenía miedo de asustarte. Creía que
acabarías haciéndome daño, así que decidí alejarme antes
de que eso sucediera. Fue mi forma de controlarlo, aunque
fue precipitado y estúpido.
Era la primera vez que admitía que había sentido algo
más que amistad por él.
Me miró durante un rato.
—¿Por qué no me dijiste lo que sentías, incluso antes de
que nuestros padres lo estropearan todo? —inquirió.
—Pensaba que no sentías lo mismo por mí y no quería
asustarte. No quería perderte.
—Entonces, huiste y me perdiste de todas formas. ¿Qué
sentido tiene eso?
—No sé, pero creí que, si me iba antes de que pasara lo
peor, no me dolería tanto. En fin, la cosa es que era una
chica idiota de quince años. Irme a vivir con mi padre no
fue una buena forma de gestionarlo, pero tampoco me diste
la oportunidad de decirte lo mucho que me arrepentí al año
siguiente. Así que tengo que hacerlo ahora: siento mucho si
te hice daño cuando me fui.
—¿Daño? —Dejó escapar una risa entre dientes y lo que
dijo a continuación me pilló por sorpresa—: Me cambió. Te
quería, Amelia. Estaba enamorado de ti. —Justin se pasó los
dedos por el pelo con frustración—. ¿Cómo diablos no lo
sabías?
Sentí que sus palabras me atravesaban el corazón y me
fue imposible responder. Ni en un millón de años esperaba
que dijera eso. Sabía que le importaba, pero nunca supe
que me había amado como yo lo había amado a él.
¿Me había amado?
—Por aquel entonces habría muerto por ti —continuó—.
Cuando te fuiste, fue como si mi mundo se hubiera
acabado. Además de tu abuela, eras la única persona con la
que podía contar. Siempre estabas ahí…, hasta que dejaste
de estarlo. Perderte me enseñó a no contar con nadie más
que conmigo mismo. Me convirtió en quien soy ahora… y
eso no siempre es bueno.
Me dolió mucho oírle decir eso.
—Lo siento.
—No hace falta que te disculpes otra vez; ya lo has hecho.
—Si no me perdonas, sí tengo que repetirlo.
Dejó escapar un suspiro largo y profundo.
—Tal y como te dije antes, he pasado página.
No quería que pasara página. Quería ir hacia atrás,
retroceder en el tiempo y abrazarlo. No dejarle ir jamás.
Todavía conmovida por su confesión, clavé las uñas en el
respaldo del sofá y dije:
—No quiero que seamos casi unos extraños. Todavía
significas mucho para mí. El hecho de que estés enfadado
conmigo no va a cambiar eso.
—¿Qué quieres de mí?
—Quiero que intentemos ser amigos de nuevo. Quiero que
seamos capaces de sentarnos en la misma habitación y
hablar el uno con el otro, tal vez reírnos un poco. De todas
formas, siempre vamos a tener esta casa juntos. Algún día
traeremos hijos a este sitio. Tenemos que llevarnos bien.
—Yo no voy a tener hijos —dijo con énfasis.
Se me había olvidado que Jade me había confiado que
Justin no quería tener hijos.
—Jade me lo contó.
—¿Ah, sí? ¿De qué más habéis hablado? ¿Del tamaño de
mi verga? ¿Le dijiste que la habías visto?
Decidí pasar por alto la pulla.
—¿Por qué no quieres tener hijos, Justin?
—Tú, más que nadie, deberías entender que es una
estupidez traer un hijo a este mundo si no estás muy
seguro de tus capacidades. Mis padres son un buen
ejemplo de personas que no deberían haber procreado.
—Tú no eres tus padres.
—No, pero soy el jodido producto de sus errores y no
pienso repetir la historia.
Me entristeció mucho que se sintiera así. Pensando en lo
protector que siempre había sido conmigo, sabía que Justin
sería un padre increíble. Pero él no lo veía. Consciente de
que había prometido que no volveríamos a hablar del
pasado después de esta noche, me invadió una necesidad
urgente de desahogarme.
—No estoy de acuerdo. Creo que eres mucho más fuerte
como persona que los niños a los que han mimado y se lo
han regalado todo. Les has dado a los demás lo que tus
padres no te dieron a ti. Nunca olvidaré cómo te las
apañabas para hacerme reír incluso cuando parecía
imposible, cómo sabías lo que necesitaba, cómo me
protegías. Esas son las cualidades que hacen de alguien un
buen padre. Y, tanto si tienes hijos como si no, eres un ser
humano increíble. Y no solo eso, tu talento musical me deja
boquiabierta. Me entristece mucho pensar en todo lo que
me he perdido por culpa de mis miedos. Sé que los dos
hemos cambiado, pero sigo viendo todo lo bueno que hay
en ti, incluso cuando te empeñas en esconderte detrás de
una máscara. —Se me empezaron a humedecer los ojos y
derramé una lágrima—. Te echo de menos, Justin. —Parecía
que todo había salido a borbotones y no había pensado en
las consecuencias de haber confesado mis sentimientos.
Me sorprendió que se acercara y me quitara una lágrima
de la mejilla con el pulgar, lo que hizo que cerrara los ojos.
Su tacto era tan agradable…
—Creo que ya hemos hablado bastante por esta noche —
dijo.
Asentí.
—Vale.
Se levantó del sofá y apagó la televisión.
—Venga. Vamos a tomar el aire.
Lo seguí y cruzamos la puerta principal y bajamos a la
playa. Caminamos en silencio durante lo que me pareció
una eternidad. La noche estaba tranquila, excepto por el
sonido del romper de las olas. La brisa del mar tenía un
efecto relajante y, por extraño que fuera, el silencio entre
nosotros parecía una especie de terapia. Sentí como si me
hubiera quitado un gran peso de encima porque había
conseguido decir lo que quería. Y aunque no habíamos
llegado a ninguna conclusión sobre nuestro conflicto, la
herida parecía más cerrada.
Una llamada al móvil de Justin interrumpió la tranquilidad
de nuestro paseo. Respondió.
—Hola, cariño. Todo va bien. Eso es genial. ¡Vaya! Dando
un paseo.
Me pareció interesante que no mencionara que estaba
conmigo.
—Y yo. Tengo muchas ganas. Yo también te quiero. Vale.
Adiós.
Después de colgar, lo miré.
—¿Cómo está Jade?
—Bien. Podrá actuar mañana por la noche porque el
abuelo de la protagonista ha muerto.
—¡Vaya! Eso es increíble. En plan, no la parte en la que el
abuelo muere…
—Sí, lo he pillado.
No pronunciamos palabra hasta que nos acercamos a
casa.
Justin señaló algo en la distancia.
—¿Ves eso?
—¿Dónde?
Lo siguiente que supe fue que me sentía ligera. Justin me
había levantado del suelo y corría hacia la orilla. A juzgar
por su risa, solo intentaba distraerme el tiempo suficiente
para agarrarme.
Idiota.
Lanzó mi cuerpo al océano. El agua salada me corrió por
la garganta y la nariz. Justin corrió enseguida hacia la
arena y me dejó nadando tras él. Se había sentado en la
arena y seguía riéndose. Se había quitado la camiseta, que
se había mojado, y tenía los pantalones empapados.
—¿Te sientes mejor ahora? —resoplé.
—Un poco. —Se rio—. La verdad es que… mucho.
—Bien… Vale. Me alegro por ti —dije mientras me
escurría el vestido.
Se levantó.
—Déjame. —De forma inesperada, Justin se colocó detrás
de mí y me retorció el pelo para ayudarme a extraer el
agua. Sus manos se quedaron ahí unos segundos, lo que me
provocó un cosquilleo en los pezones. Me di la vuelta para
dejar de pensar en ello y me encontré con sus ojos azules
mirándome fijamente. Brillaban bajo el reflejo de la luz
procedente de nuestra casa. Era desgarrador lo guapo que
estaba.
—Esto… Gracias —dije, trabándome un poco con mis
propias palabras—. Bueno, supongo que no debería darte
las gracias, ya que has sido tú el que me ha hecho esto.
—Llevaba mucho tiempo esperando hacer algo así. De
hecho, desde el primer día que llegué.
—¿En serio?
—Sí, en serio. —Sonrió con picardía.
—Por cierto, ¿por qué sigues aquí?
Entrecerró los ojos.
—¿A qué te refieres?
—Podrías haber vuelto a Nueva York con Jade, ya lo
sabes.
—¿Qué estás insinuando?
—No estoy insinuando nada. Tan solo sé que has utilizado
los conciertos en Sandy’s como excusa, y no acabo de
creérmelo.
—¿Qué quieres oír, Amelia? ¿Que estoy aquí por ti?
—No… No lo sé.
—No sé por qué estoy aquí, ¿vale? Esa es la verdad. Tan
solo creía que no era el momento de irme.
—Está bien.
—¿Has acabado con tu noche de interrogatorio, Dolores?
—Sí. —Sonreí. «Dolores» era otro de los apelativos que
utilizaba. Era un juego de palabras con mi apellido:
Payne**.
—Bien.
—Que conste que me alegro mucho de que te hayas
quedado.
Sacudió la cabeza y se frotó los ojos.
—Intentar odiarte es agotador —contestó.
—Pues deja de intentarlo.
Empezaron a castañearme los dientes; empezaba a hacer
frío fuera.
—Será mejor que entremos —dijo.
Siguiéndole hasta la casa, no pude evitar pensar que el
aire frío de fuera no tenía nada que ver con la sensación de
calidez que sentía en mi interior por haber vuelto a
conectar con Justin.
—¿Tienes hambre? —preguntó.
—Me muero de hambre, la verdad.
—Ve a cambiarte. Yo haré la cena.
—¿De verdad?
—Bueno, tenemos que comer, ¿no?
—Sí, supongo que sí. Ahora vuelvo. —Sonreí todo el
camino hasta mi habitación, mareada ante la idea de que
cocinara para mí.
Cuando volví con la ropa seca, me dio un vuelco el
corazón al ver a Justin de pie junto a la cocina. Seguía sin
camiseta y llevaba su gorro de lana gris mientras freía unas
verduras en una sartén.
Me aclaré la garganta.
—Huele bien. ¿Qué estás haciendo?
—Un sofrito con teriyaki y arroz, en vista de que tienes
muy poca cosa. ¿Cuándo cojones dejaste de comer carne
roja, por cierto? Solías ser carnívora.
Debió de acordarse de lo mucho que disfrutamos del
Burger Barn en los viejos tiempos.
—Un día me desperté y pensé en lo raro que era comerme
una vaca. No tenía sentido. Y dejé de hacerlo de un día
para otro.
—¿En serio? Es un poco ridículo.
—Sí.
—Siempre has sido un poco rara, Amelia. No puedo decir
que me sorprenda.
Le guiñé un ojo.
—Por eso me quieres. —Lo dije en broma, pero al
momento me arrepentí de haber usado la palabra «querer»,
teniendo en cuenta lo que había confesado antes. Cuando
no respondió, entré en pánico y empezó la verborrea—: No
me refería a que sigues queriéndome. Solo estaba
bromeando. No…
Alzó una mano.
—Para el carro. Sabía a lo que te referías.
Fruncí los labios, intentando pensar rápido en otro tema
de conversación.
—¿Volverás a tocar en Sandy’s mañana por la noche?
—Lo más probable es que sí.
—Bien. Tengo muchas ganas de volver a escucharte tocar.
Agarró dos platos y vació el contenido de la sartén en
cada uno de ellos antes de deslizar el mío por la encimera.
—Toma.
—Gracias. Huele de maravilla.
El plato que había preparado estaba realmente bueno. Le
había añadido semillas de sésamo y castañas de agua.
—¿Dónde aprendiste a cocinar así?
—Autodidacta. Llevo años cocinando para mí.
—¿Dónde están tus padres ahora?
—Creía que habíamos acabado de hablar del tema.
—Lo siento. Tienes razón.
A pesar de haber dicho eso, alzó la vista del plato y
respondió a mi pregunta de todas formas.
—Mi madre se mudó a Cincinnati cuando yo iba a la
Universidad. Vendieron la casa. Mi padre vive ahora en un
apartamento en Providence.
—Después de que me fuera, ¿cuánto tiempo duraron las
cosas entre mi madre y él?
—Un año más o menos. Mi madre se enteró de lo que
hacían bajo nuestro techo y lo echó. Vivió con Patricia
durante un tiempo antes de que las cosas entre ellos se
enfriaran.
—¿Se mudó con ella?
—Sí.
No podía creérmelo.
—Mi madre me lo ocultó. Eso explica por qué Nana dejó
de hablarle por aquella época. Estaría muerta de vergüenza
por lo que hacía.
—Pasé mucho tiempo con tu abuela antes de mudarme.
Era la única persona que me mantenía cuerdo.
—¿Alguna vez hablaste de mí con ella?
—Lo intentó, pero yo no quise.
—¿Crees que nos dejó esta casa porque sabía que eso nos
obligaría a aclarar las cosas?
—Sinceramente, no lo sé, Amelia.
—Yo creo que sí.
—Yo no tenía ninguna intención de venir aquí y hacer las
paces contigo.
—¿En serio? No me había dado cuenta. —Cuando esbozó
una leve sonrisa, pregunté—: ¿Sigues sintiéndote igual?
—Las cosas no cambian de la noche a la mañana. Hemos
hablado, pero eso no va a borrar los años de mierda que
pasamos. No podemos volver a ser mejores amigos por arte
de magia.
—Nunca esperé eso. —Jugueteando con los restos de la
comida, pensé largo y tendido antes de volver a hablar—.
Solo voy a decir una última cosa, y luego prometo que no
insistiré más.
—Yo no estaría tan seguro de eso. —Su boca se curvó
para formar otra sonrisa, y eso bastó para darme la
confianza necesaria para soltarlo todo por última vez.
—Lo más probable es que me pase el resto de mi vida
preguntándome qué habría pasado si no me hubiera ido, si
hubiera dejado de lado el miedo y te hubiera dicho todo lo
que sentía. Esta noche me has confesado que estuviste
enamorado de mí. No lo sabía, Justin, de verdad, pero ojalá
lo hubiera sabido. No tenía ni idea de que te sentías así.
Necesito que sepas que yo también te quería. Pero mi
forma de demostrarlo era una mierda. ¡Y pensar que te has
pasado todos estos años odiándome! Lo único que quiero es
que seas feliz. Si estar cerca de mí te enfada o te estresa,
entonces no quiero forzar nada, y si ese es el caso, tal vez
sea mejor que mantengamos las distancias. Pero si existe la
posibilidad de que podamos volver a ser amigos de verdad,
no hay nada que desee más. Y no soy estúpida. Por
supuesto que sé que no va a ocurrir de la noche a la
mañana. Eso es todo. No diré nada más al respecto. —Me
levanté de la mesa y puse el plato en el lavavajillas—.
Gracias por la cena y por hablar conmigo. Me voy a acostar
temprano.
Justo cuando mi pie tocó el primer escalón para empezar
a subir, su voz me detuvo.
—Nunca te he odiado. No podría odiarte ni aunque lo
intentara. Y, créeme, lo he intentado.
Me giré y sonreí.
—Bueno es saberlo —dije.
—Buenas noches, Dolores.
—Buenas noches, Justin.
** N. de la T.: En inglés, «payne» suena como pain (‘dolor’ en inglés).
7
Dos días después, estaba tomándome mi café matutino
cuando una notificación iluminó la pantalla de mi móvil. Me
había llegado un mensaje. Era del Dr. Will Danger.
¿Qué te parece si cenamos mañana por la noche?
Reflexioné sobre mi respuesta. Me vendría bien
aprovechar la oportunidad para distraerme de Justin.
Desde la charla que habíamos tenido la otra noche, la
atmósfera se había vuelto más amable. Al menos ya no me
evitaba. Tras su concierto de anoche, habíamos vuelto
juntos a casa desde Sandy’s. Hicimos el trayecto en
silencio, pero la situación iba tan bien como era posible.
El problema era yo. Seguía siendo incapaz de frenar mi
atracción por él y no sabía dónde poner el límite a mis
sentimientos. Pensaba en él cada segundo del día. Dentro
de poco nos íbamos a separar, por no mencionar el
«pequeño» detalle de su relación con Jade. Nunca haría
nada a propósito que la estropeara. No obstante, seguía sin
poder controlar mis sentimientos.
Mis dedos se obligaron a escribirle una respuesta a Will.
Mañana por la noche me parece genial.
Avísame con la hora.
La voz profunda y matutina de Justin me sobresaltó.
—Veo que has hecho la fusión de cafés.
Di un salto y me apresuré a bajar el móvil.
Se rio.
—¡Vaya! ¿He interrumpido algo? ¿Estás escribiéndole a
un chico?
—No.
Me miró con suspicacia.
—Mentirosa.
Se me escapó una risa nerviosa.
—¿Quieres un café?
—¿Intentas cambiar de tema?
—Puede.
—Bueno, ¿quién era?
—Will.
—¿El Dr. Danger?
—Sí.
—¿Has oído hablar de eso de que los extraños son
peligrosos?
—Sí.
—Crearon ese término por él.
—¿Ah, sí?
—Estoy bastante seguro. —Se sirvió una taza de café y se
volvió hacia mí de nuevo—. ¿En serio? ¿El Dr. Cursi? ¿Vas a
tener una cita con él?
Asentí.
—Mañana por la noche. ¿Qué problema tienes con él?
—Es irrespetuoso.
—¿En qué sentido?
—Ese tío te estaba follando con la mirada antes de
confirmar que no estábamos juntos.
—Tal vez solo es perspicaz.
—¿Cómo?
—Percibió el desprecio que sentías por mí. Era bastante
obvio.
—¿Adónde te va a llevar?
—No lo sé todavía.
—Deberías averiguarlo.
—¿Qué más da?
—En el caso de que desaparezcas, sabré dónde decirle a
la policía que empiece a buscar.
Casi había anochecido y no tenía ni idea de qué ponerme.
Will dijo que iba a llevarme a un restaurante frente al mar,
en Tiverton. Iba a ser una noche húmeda, así que opté por
un ligero vestido ajustado, con estampado de flores, que me
había comprado una tarde a principios de verano con Jade.
Desde el pasillo oía cómo jadeaba Justin.
Otra vez no.
Después de lo que había ocurrido la vez que fui testigo de
aquella fiesta pajera, no me atrevía a acercarme para
comprobarlo. Varios minutos después, se añadió a los
sonidos lo que parecían puñetazos. Rompí mi promesa de
mantenerme al margen y salí de mi habitación para ver qué
pasaba.
Resultó que Justin estaba en la sala de ejercicios dándole
una paliza a un saco de boxeo Everlast.
Las gotas de sudor corrían por su esculpida espalda. La
habitación olía a sudor mezclado con su colonia. Tenía el
pelo empapado. Llevaba los auriculares puestos y oía la
música que sonaba a través de ellos. Apretando los dientes,
golpeó el artilugio de goma negra con más fuerza. El
corazón me latía más rápido con cada golpe.
Cuando me acerqué con cautela, gruñó:
—Quítate de en medio. —Me estremecí cuando su brazo
se acercó peligrosamente a mí.
Retrocedí, pero me quedé mirándolo desde la esquina de
la habitación. Ya lo había visto hacer ejercicio antes, pero
nunca así. Era como una bestia, tan fuerte y viril. Se me
ocurrió que, como Jade llevaba tanto tiempo fuera, debía de
estar frustrado sexualmente. Tal vez por eso se estaba
desquitando con el saco de boxeo. Fuera cual fuese la
razón, me quedé fascinada por la energía que estaba
utilizando y fui incapaz de apartar los ojos de él.
De repente se detuvo, se quitó los auriculares y se acercó
a la puerta, donde había colocado una barra de metal para
hacer dominadas. Mis ojos siguieron el movimiento que
hacía su cuerpo a medida que levantaba su propio peso, y
cómo sus abdominales duros como piedras se tensaban y
curvaban cada vez que se alzaba.
Se bajó de la barra y se limpió el sudor de la frente con el
dorso de la mano.
—¿No tienes nada mejor que hacer que ver cómo hago
ejercicio? ¿No se supone que deberías estar vistiéndote
para una cita?
—Estoy vestida.
—Ese es el vestido de Jade, ¿no?
—No. Es el mismo que tiene ella, pero este es mío. Nos
los compramos las dos el mismo día en la misma tienda que
estaba en liquidación.
—A ella le queda normal. A ti… te queda ridículo.
Se me cayó el alma a los pies.
—¿Me estás diciendo que estoy gorda?
—No, pero tu cuerpo es diferente al de ella. En ti, ese
vestido es obsceno.
Me miré a mí misma y me sentí desnuda de repente.
—¿A qué te refieres?
—¿Quieres más detalles?
—Sí.
Se acercó a mí por detrás, me agarró por los hombros y
me colocó frente al espejo de cuerpo entero que había en la
pared. Me recorrieron escalofríos al sentir sus ásperas
manos sobre mí.
—Mira. Se te salen las tetas. Y tus pezones se marcan en
el centro de estas margaritas.
Mi mente estaba en una niebla porque lo único que podía
ver era a mí en el espejo con el cuerpazo sudoroso de Justin
detrás de mí. Entonces, me dio la vuelta rápidamente y sus
ojos se clavaron en los míos. Estaba demasiado cerca para
ser cómodo y mis piernas estaban a punto de flaquear por
la excitación que me recorrió el cuerpo como una ola.
—Mírate por detrás en el espejo. La tela apenas te cubre
el culo. ¿Crees que el Dr. Doolittle será capaz de mirarte
solo a los ojos si vas así vestida?
—¿De verdad crees que me queda tan mal?
De repente, se alejó de mí y volvió a la barra de
dominadas. Me hormigueaban los pezones. Lo único que
quería era volver a tener sus manos sobre mí.
—Creo que no es el vestido adecuado… —respondió antes
de hacer unas cuantas repeticiones más en silencio. Bajó de
un salto y el peso de su cuerpo golpeó el suelo de madera
con fuerza—. No te das cuenta, ¿verdad?
—¿De qué?
—Nunca has tenido ni idea del efecto que causas en los
demás.
—Explícame eso, por favor.
—Cuando éramos más jóvenes, te sentabas en mi regazo,
me ponías las manos encima, me pasabas los dedos por el
pelo, me abrazabas todo el tiempo, apretándome contra tus
enormes tetas. Me pasé la mitad de la adolescencia con una
puta erección contra la que no podía hacer nada. Y, al
parecer, nunca fuiste consciente de eso.
—No.
—Ahora lo sé. Y no tienes ni idea de cuántas veces tuve
que defenderte a tus espaldas. Chicos hablando de tu
cuerpo, diciendo cosas sexuales sobre ti delante de mi puta
cara. Ni te imaginas en cuántas peleas me metí por ti.
—Nunca me lo dijiste.
—No, no te dije nada porque intentaba proteger tus
sentimientos. Me esforcé mucho por protegerte de toda esa
puta mierda, y eso fue lo que acabó volviéndose en mi
contra.
—Lo siento.
Alzó las manos.
—¿Sabes qué? Da igual. Culpa mía. No volvamos a
hacerlo. Te dije que habíamos acabado de hablar y así es.
—Vale.
—Si no te importa, me gustaría seguir haciendo esto
tranquilo.
—De acuerdo.
De vuelta a mi habitación, oí que había vuelto al saco de
boxeo con todas sus fuerzas. Todavía sacudida por sus
palabras, no pude evitar preguntarme si tenía razón. Tal
vez sí que era una persona que no tenía ni idea de nada,
pero él tampoco me había expresado nunca sus
sentimientos. ¿Se suponía que tenía que leer la mente?
Creía que tenía que aclararlo. Me estaba molestando. Volví
a recorrer el pasillo y hablé a través de los ganchos
violentos que le estaba dando al saco.
—La otra noche me preguntaste por qué nunca te dije lo
que sentía. Bueno, está claro que tú tampoco tuviste el
valor de decirme cómo te sentías.
Justin dejó de dar golpes, pero mantuvo los brazos sobre
el saco, apoyándose en él. Se tomó unos segundos para
recuperar el aliento.
—Pensaba que se sobrentendía. No podía ser más obvio.
¿Todas las putas canciones que te escribí? ¿Alguna vez me
viste con otra chica?
—No, pero sí admitiste haber besado a alguien antes de
aquella noche en casa de Brian.
—Sí, había besado a una chica. ¿Quieres saber por qué?
Porque no quería no tener ni puta idea de lo que estaba
haciendo cuando por fin me atreviera a besarte. Para mí
nunca fue un beso de verdad. Quería que mi primer beso de
verdad fuera contigo. Lo quería todo contigo. Pero tenía
miedo de que fueras demasiado joven, así que esperé. No
quería precipitar las cosas y echarlo a perder, pero tienes
razón. Una parte de mí tampoco tuvo los cojones de decirte
lo que sentía.
—Ojalá lo hubieras hecho. Tú estabas siendo cauteloso y
yo era una ignorante. Juntos éramos… descuidados.
—¿«Cauteloso» e «ignorante» es igual a «descuidado»?
¿Te lo acabas de inventar ahora mismo?
—Sí.
—Eso es una puta horterada.
—Muchas gracias.
—Será mejor que te prepares para tu cita con el Dr.
House.
Me reí, aliviada de que bromeara.
—¿Me ayudarías?
—¿Ayudarte? ¿Para qué diablos necesitas ayuda?
—Para ayudarme a elegir qué ponerme, porque creo que
tienes razón. Esto es un poco provocativo.
—¿Un poco provocativo? La revista Hustler te llamaría
mañana si les enviara una foto.
—Vale. Está claro.
—¿No puedes resolverlo por tu cuenta? Es bastante
simple. Te cubres las tetas y el culo. Listo.
—Sí, pero quiero tener buen aspecto. Sabes que tiendo a
elegir cosas raras. Alta costura de un saco de patatas y
todo eso. Siento que voy de un extremo al otro, y no sé
cómo vestirme en un punto intermedio.
—Vale. —Justin dejó escapar un suspiro agotado y me
siguió hasta mi habitación.
Empecé a sacar vestidos de mi armario y los fui tirando
sobre la cama uno a uno.
—¿Qué te parece esto?
—Provocativo.
—¿Este?
—Más todavía.
—Vale. ¿Este?
—¿Tienes unas sandalias con las que conjuntarlo?
—Vale… ¿Y este?
—Bueno, sería una buena forma de deshacerte de él.
Me cubrí la cara y solté un sonido de exasperación.
—¡Qué frustrante!
—Yo me sé una solución.
—¿Cuál?
—No vayas a la cita.
—¿Porque no sé qué ponerme?
—Sí. Creo que deberías quedarte en casa.
—Lo único que pasa es que no te cae bien.
—Tienes toda la razón.
—¿Me repites por qué?
—Lo único que quiere es meterse entre tus piernas,
Amelia.
—Bueno, no se va a meter entre mis piernas.
—¿Segura?
—No me acuesto con chicos en la primera cita.
Levantó la ceja con escepticismo.
—¿Nunca te has acostado con un chico en la primera cita?
—Bueno…
—Exacto.
—Incluso si quisiera acostarme con él, que no quiero, no
ocurriría esta noche.
—¿Por qué?
—He vuelto a apuñalarme a mí misma.
Sacudió la cabeza y se rio cuando se dio cuenta de que
me refería a que tenía el periodo.
—Ya veo.
—De todas formas, ¿por qué piensas que solo le intereso
por mi cuerpo?
—Fue su mirada. No me inspiró confianza. Puedes saber
mucho de alguien por su mirada. La suya me dio malas
vibraciones.
—Bueno, tengo otras cualidades más allá de mis tetas y
mi culo. Así que espero que te equivoques.
—Tienes razón. También se te forman unos hoyuelos
bonitos cuando sonríes.
Mi cuerpo se sonrojó ante el cumplido, el cual había
salido de la nada. No sabía cómo responder, así que me
limité a decir:
—Calla.
—Tú ten cuidado —dijo con seriedad, y se metió la mano
en el bolsillo trasero—. Hablando del tema… Llévate esto.
—Era su vieja navaja suiza roja de cuando éramos más
jóvenes.
—¿Todavía la tienes?
—Nunca dejaré de necesitarla.
—¿En serio quieres que me la lleve?
—Sí.
La agarré.
—De acuerdo —contesté.
—¿Hemos acabado?
—Todavía no hemos elegido lo que me voy a poner.
Justin se acercó a mi armario, pasó la mano lentamente
por la fila de ropa y, finalmente, se detuvo en un sencillo
vestido negro sin mangas que estaba lejos de ser revelador.
Parecía más bien algo que se podía llevar a un funeral. De
hecho, ese era el vestido que me compré para llevar al
funeral de Nana antes de darme cuenta de que ella había
escrito explícitamente que no quería que se celebrara
ninguno. Quería que la incineraran y que arrojaran sus
cenizas al mar sin ninguna parafernalia.
—¿Este? ¿En serio?
Me tendió el vestido.
—Si no vas a escucharme no me pidas ayuda.
—Vale. Llevaré este. —Se lo quité y miré cómo salía por la
puerta. Mis ojos se centraron en el tatuaje rectangular que
tenía en la espalda. A pesar de que siempre había pensado
que era increíblemente sexi, por alguna razón nunca pude
verlo bien hasta ahora.
—Justin.
Se dio la vuelta.
—Dime.
—¿Qué es ese tatuaje que tienes en la espalda?
Su cuerpo se tensó.
—Es un código de barras.
—Eso pensaba. Siempre me lo he preguntado. ¿Significa
algo?
Negándose a responder a mi pregunta, se limitó a decir:
—Vístete. No querrás hacer esperar al Dr. Verga.
Se suponía que Will tenía que recogerme en unos veinte
minutos. Me senté en la encimera de la cocina mientras me
tomaba una copa de vino blanco para relajarme. La verdad
era que el vestido negro que había elegido Justin estaba
bastante bien. No revelaba ninguna porción de piel
innecesaria, y así era como debía ser probablemente.
Acabé recogiéndome el pelo largo y castaño oscuro en un
moño.
Una ráfaga de su colonia hizo que mirara a un lado. Se
me aceleró el corazón cuando vi a Justin de pie en la
entrada. No me había fijado en él hasta que lo olí. Parecía
que había estado mirándome sin que yo lo supiera.
Acababa de ducharse después de hacer ejercicio y estaba
increíblemente sexi con una sencilla camiseta negra que se
le ceñía a los músculos. Los vaqueros que llevaba eran los
que siempre le marcaban el culo de la mejor manera
posible. Yo libraba ese día, pero Justin tenía que tocar en
Sandy’s. Las mujeres se iban a volver locas.
Se acercó y colocó un taburete a mi lado. Mis pezones
reaccionaron ante la proximidad de su cuerpo.
Me examinó el rostro.
—No pareces muy emocionada —comentó.
—Si te soy sincera, no estoy segura de cómo me siento.
—No estarás nerviosa porque tienes una cita con ese
imbécil, ¿verdad?
—Un poco.
—¿Por qué? No se merece tus nervios.
—Es la primera cita que tengo desde Adam.
Apretó la mandíbula casi con rabia.
—Ese es el tipo que te engañó…
—Sí. ¿Cómo lo sabes?
—Me lo contó Jade.
Me sorprendió que hubieran estado hablando de mí. No
estaba segura de cómo me sentía ante el hecho de que
Justin supiera lo de Adam.
—¡Ah!
—No dejes que lo que pasó con ese imbécil te haga
pensar que debes conformarte con el primer Tom, Dick o
Harry que se te presente.
—¿Alguna vez has engañado a alguien?
Dudó antes de responder.
—Sí. Y no estoy orgulloso de ello. Pero entonces era más
joven. No es algo que haría hoy en día. En mi opinión, si
quieres engañar a alguien, deberías romper con esa
persona. Engañar es de cobardes.
—Estoy de acuerdo. Ojalá Adam hubiera roto conmigo.
—Me alegro de que ya no estés con él.
—Yo también.
—Intentaba tener lo mejor de ambos mundos. Acabará
haciéndolo también con la otra chica. Espera y verás.
—Jade tiene suerte de tenerte, de estar con alguien que
es leal.
Se le ensombreció la expresión antes de contestarme.
—La tentación es natural. Eso no significa que debas
actuar en consecuencia. —Parecía estar reflexionando
sobre sus propias palabras en un intento por convencerse
de ello.
—Por supuesto.
Justin cambió rápidamente de tema.
—¿Llevas la navaja?
—Sí. No me va a hacer falta, pero está en mi bolso.
—Bien. ¿Tienes mi número de móvil?
—Sí.
—Deberías ir en tu coche.
—Bueno, ya acepté que me recogiera.
—Si intenta algo raro, llámame. Iré a buscarte.
—Pero estarás en medio del concierto.
—Da igual. Llámame si necesitas que vaya a por ti.
—Vale. Lo haré.
Su protección me recordó a los viejos tiempos. Tener a
alguien que me cuidara era una sensación maravillosa. De
hecho, llevaba sin sentirla desde que me fui de casa hace
tantos años.
Le di otro sorbo a la bebida. Antes de que pudiera
depositar la copa en la encimera, sentí la mano de Justin
sobre la mía cuando me quitó la copa de la mano y se bebió
el resto del vino.
Mi voz era casi un susurro.
—No sabía que te gustaba el vino blanco.
—Supongo que esta noche estoy de otro humor. —Llevó la
copa a la pequeña zona donde estaban las bebidas y la
rellenó antes de volver a sentarse y colocarla frente a mí.
Bebimos tranquilamente de la misma copa, pasándonosla
el uno al otro y manteniendo un contacto visual silencioso.
Cada vez que se lamía el Chardonnay de los labios, me
excitaba por completo. Me sentía muy culpable por
sentirme así, pero no podía controlarlo. Como él había
dicho, la tentación era natural, ¿no? Sin embargo, saber
que ni podía ni iba a actuar en consecuencia hacía que los
sentimientos fueran mucho más poderosos. El hecho de que
fuera inalcanzable lo consumía todo.
Para ser sincera, ninguna parte de mí quería salir con Will
esta noche. En cambio, cada parte de mí quería ir a ver
tocar a Justin, sobre todo porque dentro de poco regresaría
a Nueva York.
El golpe en la puerta fue fuerte y seguro. Justin se frotó la
nuca para masajearse la tensión que se le había acumulado.
Si no lo supiera, pensaría que era él quien estaba nervioso
por la cita.
—Espera —dijo cuando me bajé del taburete para ir a
abrir la puerta.
—Dime.
—Estás muy guapa. Creo que ese vestido ha sido la
elección correcta.
Me dio un vuelco el corazón.
—Gracias.
Mis tacones repiquetearon en las baldosas a medida que
me acercaba a la puerta principal.
Will sujetaba un pequeño ramo de flores.
—Buenas noches, Amelia. ¡Dios! ¡Estás impresionante!
—Hola, Will. Gracias. Pasa.
Justin tenía los brazos cruzados. Su lenguaje corporal se
parecía más al de un guardia armado en un banco que al de
un hombre despreocupado en su propia cocina.
—¿Recuerdas a mi compañero de piso, Justin?
—Claro. ¿Cómo estás?
—Ahora mismo con mucha energía, Dr. Danger.
Justin lo pronunció mal, ante lo que Will pareció molesto.
—Dan-ger —corrigió.
—Lo siento. No pretendía enfadar al Dr. Dan-ger.
A Will no le hizo gracia.
—No te preocupes.
—¿Adónde vais a ir esta noche?
—A The Boathouse. ¿Habéis estado allí?
—Justo en el agua. Te lo has currado.
Mientras agarraba el bolso, intervine.
—Bueno, deberíamos irnos.
Justin extendió la mano.
—Ya me encargo yo de las flores.
No sé por qué, pero me pregunté si acabarían en la
basura en cuanto se cerrara la puerta detrás de nosotros.
—Gracias.
—De nada.
Cuando salimos, Will se volvió hacia mí.
—A tu compañero de piso le gusta reírse de mi apellido.
Es un listillo.
—Sí, a veces.
Will abrió la puerta de su Mercedes y me dejó entrar en el
lado del pasajero. La conversación fue tranquila de camino
a Tiverton. Me preguntó por mi carrera como docente y
hablamos de su época en la Facultad de Medicina de la
Universidad de Carolina del Norte, en Chapel Hill.
Mi móvil vibró. Era un mensaje de Justin.
Las flores eran del supermercado.
¿Cómo lo sabes?
Se ha dejado la pegatina naranja puesta. ¡Menudo imbécil!
La intención es lo que cuenta.
Mira en el asiento trasero. Seguro que ves leche y huevos.
¿No tienes que ir a Sandy’s?
Ya me iba.
Mucha mierda esta noche.
No te acerques al peligro.
Mejor aún, mantén al peligro alejado de ti.
Eres un payaso.
Pide langosta. Al menos sacarás algo de esta noche.
¡Adiós, Justin!
—¿Qué es tan gracioso?
—¡Oh! No es nada. Lo siento.
Miró hacia mí.
—Bueno, ¿qué estábamos diciendo? Sí, estabas a punto de
decirme cuándo piensas volver a Providence…
—La última semana de agosto. Tengo que preparar el aula
para principios de septiembre.
—Seguro que tus alumnos te aprecian mucho.
—¿Por qué dices eso?
—Ojalá hubiera tenido una profesora como tú cuando iba
a secundaria.
—Bueno, me gusta pensar que me aprecian por otras
razones.
—Seguro que lo hacen.
Cuando llegamos al restaurante, ya había oscurecido, por
lo que la imagen del paseo marítimo no era tan buena como
lo hubiera sido durante las horas de luz. Empezaba a hacer
frío, así que optamos por una mesa junto a la ventana en el
interior, pero con vistas al mar. Las luces de algunos
veleros iluminaban el oscuro océano. Las tiras de bombillas
blancas que colgaban en el interior del restaurante creaban
un ambiente acogedor. El olor a marisco fresco llenaba el
aire. Me reí para mis adentros, pensando en que Justin
diría que el lugar olía a bragas sucias.
Acabé pidiendo pez espada con salsa de mango, mientras
que Will optó por el pollo marsala. La conversación que
tuvimos mientras esperábamos a que llegara la comida fue
bastante superficial. Hablamos un poco sobre las próximas
elecciones presidenciales. Will era republicano y yo
demócrata. También le conté la historia de cómo llegué a
heredar la casa de Nana.
Mi móvil vibró.
¿Cómo va todo?
Era Justin. No quise ser descortés y contestarle. Así que
ignoré el mensaje hasta que Will se excusó para ir al baño.
¿No se supone que estás cantando?
Es mi descanso de diez minutos.
Todo va bien.
Solo quería asegurarme de que sigues viva.
No he tenido que usar la navaja.
¿Pediste la langosta como te dije?
No. Pez espada.
No respondió, así que supuse que ya no iba a escribirme
más, lo cual era bueno, ya que Will estaba volviendo a la
mesa.
Llegó nuestra comida y la camarera me trajo una segunda
copa de vino. Estábamos comiendo en un cómodo silencio
cuando noté que me vibraba el móvil en el regazo. Supuse
que era Justin, por lo que sentí curiosidad por mirar hacia
abajo, pero no quise parecer maleducada. Cuando estaba a
mitad de la comida, decidí excusarme para ir al baño y
poder mirar el móvil.
En el baño, me apoyé en el lavabo mientras sacaba el
móvil.
Tenías razón.
¿A qué se refería?
¿Tenía razón en cuanto a qué?
Después de esperar un total de cinco minutos, decidí
volver a la mesa.
—¿Todo bien?
—Sí, todo bien.
—Estaba pensando que podríamos volver a Newport, tal
vez dar un paseo nocturno por Main Street y parar a tomar
un café o un helado, lo que prefieras.
La verdad era que quería irme a casa, quitarme los
tacones y sumergirme en un buen baño caliente.
—Suena muy bien —mentí.
Me volvió a vibrar el móvil. Esta vez, me miré el regazo
para echarle un vistazo a la respuesta de Justin.
No me quedé porque tuviera que tocar en Sandy’s.
Podría haber vuelto a Nueva York.
Quería quedarme.
Esas palabras consiguieron dejarme totalmente ida
durante el resto del tiempo que pasamos en The Boathouse.
No respondí al mensaje, más que nada porque no sabía qué
decir. No tenía por qué estar esperando una respuesta sí o
sí. Notaba el corazón muy pesado.
De vuelta en el coche, acabábamos de llegar a Newport
cuando Will dijo que tenía que comprar una cosa y que
tardaría un minuto. De repente, me empezó a gotear la
nariz. Necesitaba un pañuelo urgentemente, así que abrí la
guantera con la esperanza de encontrar algo con lo que
limpiarme la nariz. Aunque no encontré un pañuelo, mi
mano tropezó con algo: una alianza de oro para hombre.
¿Qué cojones?
El corazón empezó a latirme con fuerza.
¿Me estás tomando el pelo?
El muy imbécil debía de estar comprando condones para
tener sexo conmigo. Sin pensármelo dos veces, salí del
coche y cerré la puerta de golpe. No estaba de humor para
enfrentarme a él y, sinceramente, no me importaba lo
suficiente para echarle la bronca. Lo único que me
importaba era ir a ver a Justin. Tras mirar el móvil, me di
cuenta de que todavía estaría tocando el último set en
Sandy’s, que estaba a unos ochocientos metros de donde
me encontraba. Corriendo con los tacones, jadeé mientras
me dirigía al centro de Newport.
Me detuve para recuperar el aliento antes de entrar en el
restaurante. Como esta noche hacía más frío, Justin estaba
tocando en el escenario del interior. Me colé dentro y me
escondí en un rincón donde no pudiera verme, pero donde
yo pudiera mirarlo. Tenía que quedarle poco para acabar.
De repente, su voz vibró a través del micrófono.
—Esta última canción va dirigida a todas aquellas
personas que alguna vez han tenido esa clase de amigo o
de amiga que te vuelve loco. De esos que se te meten bajo
la piel y se quedan ahí incluso cuando no están contigo
físicamente. De los que tienen hoyuelos con los que sueñas
desde que eras niño. De los que tienen unos ojos verdes
como el mar en los que puedes perderte. De los que te
confunden por completo. Si te sientes identificado o
identificada, esta canción es para ti.
¡Dios mío!
Justin empezó a tocar una versión de una canción que
reconocí. Era Realize de Colbie Caillat. Al intentar escuchar
la letra, fui incapaz de descifrarla del todo porque estaba
demasiado absorta en la forma en la que estaba cantando.
La letra hablaba, sobre todo, de darse cuenta de los
auténticos sentimientos y de cómo a veces pueden ser
unilaterales. Mantuvo los ojos cerrados durante la mayor
parte de la canción, aunque estaba tocando la guitarra. No
sabía que estaba aquí y estaba bastante segura de que
estaba pensando en mí. No supe si irme o no. Sentía que
estaba invadiendo un poco su privacidad. Dudaba que
hubiera elegido cantar esta canción conmigo delante.
Cuando Justin acabó la canción, dio las gracias al público
y se levantó al instante. Ignorando a las mujeres que
intentaban acercarse a él para pedirle que le firmaran el
cedé, se marchó al fondo del restaurante. Tenía que decidir
si iba a hacer acto de presencia.
Todavía en la esquina de la sala, noté cómo me vibraba el
móvil. Era Justin.
Listo por hoy. Me voy a casa. ¿Todo bien?
No exactamente.
???
Opté por fingir que no había escuchado la canción ni lo
que había dicho antes de ella. Su intención no había sido
que yo lo oyera. Volviendo al exterior, escribí la respuesta.
Estoy bien. Acabo de llegar a Sandy’s. Estoy fuera.
A los diez segundos, la puerta se abrió y Justin salió con
la guitarra.
Tenía el enfado escrito por todo el rostro.
—¿Qué diablos?
—Hola a ti también.
—¿Qué ha pasado?
—Tus sospechas en cuanto a su personalidad eran
correctas.
—¿Ha intentado tocarte?
—No, no me ha puesto la mano encima.
—¿Qué ha hecho entonces?
—Se le olvidó mencionar que está casado.
—¿Qué? ¿Cómo te has enterado?
—Encontré una alianza de hombre en la guantera de su
coche.
—Cabrón.
—Gracias por cuidar de mí.
—Supongo que las viejas costumbres son difíciles de
erradicar. —Se quedó mirando el cielo estrellado—. Aun así,
siento que hayas desperdiciado tu noche.
—Lo único que lamento es haberme perdido tu concierto.
Lo dejé en la tienda de Cumberland Farms y he corrido
hasta aquí tan rápido como pude, pero no he llegado a
tiempo.
—No te has perdido mucho.
—¿Por qué?
—No me encontraba muy bien esta noche.
—Seguro que solo ha sido una impresión tuya.
—No. Estaba distraído.
Un grupo de chicas salió a la calle y se quedó a su
alrededor. Una de ellas se acercó a él con un cedé.
—¿Te importaría firmármelo, Justin?
—En absoluto. —Se mostró muy amable al respecto.
La chica soltó un chillido antes de salir corriendo con sus
amigas.
Me reí.
—Bueno, ¿crees que podría conseguir que una estrella de
la música me lleve a casa en coche?
—No lo sé. Tu casa podría pillarme demasiado lejos. —
Movió la cabeza—. Venga, anda. Tengo el coche en el
aparcamiento de enfrente.
Me encantaba ir en el Range Rover de Justin, porque
dentro su embriagador olor se multiplicaba por diez.
Apoyando la cabeza en el asiento, cerré los ojos,
increíblemente feliz de estar con él. Recordé que solo
faltaban unos días para que se fuera a Nueva York. Yo
echaría el cierre a la casa y dejaría de verlo todos los días.
Cuando abrí los ojos, me di cuenta de que estábamos
cruzando el puente de Mount Hope. Estaba saliendo de la
isla.
—¿Adónde vamos?
—Estamos desviándonos un poco. ¿Te parece bien?
Me vi inundada por la emoción.
—Sí.
Cuarenta minutos después, llegamos a Providence, la
ciudad en la que viví y en la que crecimos.
—Hace siglos que no vengo por aquí —comentó.
—No te pierdes mucho.
—Más bien intento no pensar en lo que me pierdo.
Condujimos a través de nuestro antiguo barrio y
finalmente nos abrimos paso por las abarrotadas calles del
lado este de la ciudad. Cuando giró en una calle lateral, me
di cuenta de adónde me llevaba. Como si estuviera
reservado para nosotros, había una plaza de aparcamiento
libre justo delante del pequeño cine rojo. Justin aparcó en
paralelo y apagó el motor.
Se quedó sentado durante unos segundos y se volvió
hacia mí.
—Parece que está abierto. ¿Crees que seguirán poniendo
películas a medianoche?
—Hace años que no vengo. Podríamos comprobarlo.
Nunca esperé abrir el baúl de los recuerdos.
Justin se acercó al desaliñado anciano que había detrás
del mostrador.
—¿Todavía proyectan películas independientes?
—Como quieras llamarlas.
—¿Cuándo es la próxima película?
—En diez minutos.
—Denos dos entradas.
—Número uno a la izquierda.
—Gracias —contestó Justin antes de guiarme al interior
del oscuro cine.
Miré a mi alrededor.
—Me alegro de que hayas pensado en esto —dije.
—¿Te acuerdas de esta sala? —preguntó.
—Sí. —Señalé el centro—. Solíamos sentarnos justo ahí.
Huele peor de lo que recordaba.
—Sí que huele bastante mal.
Solo había otra persona en el cine; un hombre sentado en
diagonal delante de nosotros.
Las luces se atenuaron y empezó la presentación del
largometraje. A los pocos segundos, quedó claro que,
aunque el pequeño cine rojo parecía igual físicamente, todo
lo demás había cambiado.
La secuencia inicial presentaba un montaje musical de
mujeres chupándosela a diferentes hombres. Parecía que
nuestro pequeño cine rojo había perdido su inocencia por
completo durante los años en los que lo habíamos
abandonado. Ahora era un cine porno.
Cuando miré a Justin, se estaba riendo tanto que
prácticamente estaba llorando.
—Júrame que no lo sabías —le susurré.
Se limpió los ojos.
—Te lo juro por Dios, Amelia. No tenía ni idea. ¿Acaso has
visto un cartel…, algo?
—No, pero nunca ha habido carteles que anunciaran las
películas, así que supuse…
—Ya sabes lo que dicen sobre suponer cosas…
—¿Hace que quedemos como unos idiotas?
—Casi. A veces, cuando asumes cosas, acabas por
accidente en un cine porno viendo una escena de sexo anal.
Señaló la pantalla, que no mostraba nada más que un culo
gigantesco al que se estaban follando.
—Nuestro pequeño cine rojo se ha corrompido, Patch.
Para empeorar las cosas, el otro espectador parecía estar
sacudiendo la mano arriba y abajo debajo de una manta.
Los dos nos quedamos mirando al hombre y luego
estallamos en carcajadas.
—¿Crees que esa es la señal para que nos vayamos? —
pregunté.
—Puede ser.
De repente, una nueva escena apareció en la pantalla. No
era tan dura como la otra y parecía más cinematográfica,
como una película de verdad y no un vídeo triple X barato.
La música era más suave. El fragmento mostraba a dos
hombres dándolo todo de forma lenta y sensual con una
chica. Ella le estaba practicando sexo oral a uno mientras
el otro se lo estaba chupando a ella. Se suponía que nos
íbamos a ir, pero me quedé congelada en mi asiento,
incapaz de apartar los ojos de aquello. Sabía que Justin
también lo estaba viendo porque estaba callado. Duró unos
diez minutos.
Cuando acabó, miré a Justin, quien se limitó a mirarme
fijamente. ¿Había estado viendo la película o había estado
mirándome a mí viendo la película? ¿Sabía que me había
excitado? Fuera como fuese, no hizo ningún comentario
sarcástico y, desde luego, no se rio de mí.
Por fin habló, y su voz sonó tensa cuando me susurró al
oído:
—¿Quieres quedarte?
—No. Deberíamos irnos.
—Vale.
Cuando empecé a levantarme, me puso la mano en el
brazo para detenerme.
—Necesito un minuto.
—¿Por qué?
Se quedó mirándome como si debiera saber por qué.
Caí en la cuenta.
—¡Oh!
No sabía qué me excitaba más, si haber visto esa escena o
saber que Justin estaba empalmado por haberla visto. Era
demasiado para mí. Cerró los ojos durante un minuto y
luego me miró.
—No baja.
—Quedarse aquí no va a ayudar.
—Puede ser.
—Vámonos, anda. —No quise reírme, pero era bastante
gracioso.
Ambos nos levantamos y salimos del cine. Intenté con
todas mis fuerzas no mirar hacia abajo, pero mis ojos me
traicionaron cuando se desviaron hacia el bulto que
sobresalía de sus vaqueros. Mi mente se vio inundada de
pensamientos impuros. Deseaba que las cosas fueran
diferentes, porque se me ocurrían un millón de maneras de
ayudarle a deshacerse de la erección.
El viaje de vuelta a Newport fue tranquilo. La tensión
sexual en el aire era patente. Mis pezones se habían vuelto
de acero y tenía las bragas empapadas al saber que,
probablemente, seguía empalmado. Se me pasó por la
cabeza que ciertas situaciones podían ser incluso más
excitantes que el sexo en sí; esas situaciones en las que
deseabas muchísimo algo, pero no podías tenerlo. Mi
cuerpo estaba experimentando un estado imposible de
excitación.
Llegamos a casa. Cuando apagó el motor, apoyó la cabeza
en el asiento y se volvió hacia mí, como si quisiera decir
algo, pero no encontrara las palabras.
Para romper el hielo, le dije:
—Gracias por intentar mejorar mi noche.
—«Intentar» es la palabra clave. Ha sido un fracaso total.
—¡Qué va!
—¿Que no? Te he llevado a ver una película porno sin
querer y me he empalmado en el proceso. ¿Qué diablos?
¿Tengo quince años o qué?
—Yo también estaba cachonda. Solo que no es tan obvio.
—Lo sé. Me di cuenta. Eso fue lo que… —Dudó y sacudió
la cabeza—. No importa.
—En fin. Aun así, ha sido mejor que la cita con el Dr.
Danger.
—No me creo lo de ese imbécil. Debería ir al hospital y
darle una paliza mañana.
—No vale la pena. —Miré por la ventana—. Bueno,
deberíamos entrar.
—Sí.
De vuelta en la casa, nos quedamos en la cocina. No
estaba preparada para irme a dormir, a pesar de que era
más de la una de la mañana. Ninguno de los dos se movió.
—Es muy tarde, pero no estoy nada cansada —comenté.
—Si hago un poco de la fusión de cafés, ¿querrás un
poco?
—Sí, me encantaría. —Sonreí.
Contemplé todos sus movimientos mientras preparaba el
café.
Te quiero.
¡Dios! El pensamiento salió solo de mi subconsciente. De
vez en cuando, esas dos palabras sonaban en mi cabeza
cuando estaba con él. Era verdad que lo amaba, tanto como
siempre lo había hecho. No obstante, tenía que controlar
esos sentimientos, de lo contrario me estaría preparando
para una decepción enorme.
Estaba de espaldas a mí cuando dijo:
—Jade volverá en unos días.
Se me paró el corazón.
—¿En serio? ¿Vas a volver a Nueva York con ella?
—No. Cuando se vaya, me quedaré unos días más para
cumplir mi promesa con Salvatore.
—¡Oh!
Colocó una taza caliente y humeante frente a mí.
—Aquí tienes.
—Gracias.
Durante las últimas cuarenta y ocho horas, parecía que
algo había cambiado entre nosotros. Tal vez su cambio de
actitud era el resultado del inminente fin del verano.
—No creo que ninguno de los dos se vaya a dormir pronto
después de esto —dije, tras lo que le di un sorbo al café.
—Podríamos quedarnos despiertos.
Durante las dos horas siguientes, Justin y yo nos
dedicamos a hablar de las cosas que nos habíamos perdido
de la vida del otro. Me enteré de que, antes de mudarse a
Nueva York, cursó un semestre en el Berklee College of
Music de Boston, pero que no pudo permitirse continuar.
Sus padres se negaron a financiar sus estudios si elegía
especializarse en música. Decidió mudarse a Nueva York y
aceptó trabajos esporádicos y bolos hasta que volvió a
estudiar y se especializó en negocios con un título adicional
en música. Me contó que había conocido a su exnovia,
Olivia, unos años después de mudarse allí. Vivieron juntos
un par de años y siguieron siendo amigos después de que
rompiera con ella. Fue su única novia seria antes de Jade.
Según él, Jade cree que su ex quiere volver con él, a pesar
de que Olivia está ahora con otra persona. Entre esas dos
relaciones, se había acostado con una buena cantidad de
mujeres. Aprecié que fuera sincero conmigo, pero aun así
me dolió escuchar eso.
Le conté anécdotas sobre mis años en la Universidad de
Nuevo Hempshire y sobre cómo elegí la carrera de
Educación porque me parecía una opción sólida, no porque
fuera algo que me apasionara. Admití que, aunque me
gustaba enseñar, sentía que me faltaba algo, algo más que
tenía que hacer con mi vida y que no había descubierto
todavía.
Excitados por el café, hablamos literalmente durante toda
la noche. Todavía llevaba puesto el vestido negro de la cita.
En un momento dado, subí a usar el baño. Cuando bajé a la
cocina, él estaba sentado en un taburete junto a la ventana,
tocando la guitarra.
El sol empezaba a salir por el océano. Estaba de espaldas
a mí y empezó a tocar Here Comes the Sun de los Beatles.
Me apoyé en el umbral de la puerta y escuché su relajante
voz. Cuanto más prestaba atención a la letra de la canción,
más metafórica me parecía. La última década había sido
como una larga temporada de oscuridad y arrepentimiento
en lo que respectaba a Justin y a mí. Esta reconexión era
como si el sol volviera a salir por primera vez en mucho
tiempo. Lo más probable era que hubiera elegido cantar
esa canción porque el sol estaba saliendo en ese momento.
Aun así, no pude evitar que mi mente tomara ese camino,
sobre todo cuando no había dormido nada.
Deja de enamorarte de él otra vez, Amelia.
¿Cómo iba a cambiar lo que sentía? Era imposible. Solo
tenía que aprender a aceptar que Justin estaba con Jade. Él
era feliz. Tenía que averiguar cómo volver a ser su amiga
sin salir herida en el proceso.
Cuando la canción acabó, se dio la vuelta y vio que lo
había estado mirando.
Me acerqué adonde estaba sentado y miré hacia fuera.
—El amanecer es bonito hoy, ¿verdad?
—Precioso —convino, salvo que no estaba mirando el sol
en absoluto.
8
Jade llegaba mañana y eso me estaba poniendo muy
nerviosa.
Necesitaba hablar con alguien, así que obligué a mi
amiga y compañera de trabajo, Tracy, a venir de visita a la
isla. Quedé con ella para comer en el pub Brick Alley, en la
ciudad. Llevaba sin ver a Tracy desde que acabó el curso
escolar. Debido a la apretada agenda de verano de sus
hijos, no había podido escaparse hasta ahora.
La primera mitad de nuestra quedada para almorzar la
pasamos comiendo nachos, contándole toda mi historia con
Justin y repasando lo que había pasado en la casa de la
playa hasta ahora.
—¡Dios! ¡No me gustaría estar en tu lugar —dijo—. ¿Qué
vas a hacer?
—¿Qué puedo hacer?
—Podrías decirle lo que sientes por él.
—Está con Jade y es una buena persona. No puedo
intentar conquistarlo delante de sus narices, si es lo que
estás insinuando. No pienso hacer eso.
—Pero es obvio que te quiere.
—Yo no estaría tan segura.
—¡Venga ya! ¿Y la canción que te dedicó? Sí, no sabía que
la escuchaste, pero está claro que todavía siente algo.
—Sentir algo todavía es una cosa… Actuar en
consecuencia es totalmente diferente. No va a dejar a su
novia preciosa, talentosa y estrella de Broadway, que ha
estado a su lado cuando yo no lo estaba, solo porque se
hayan reavivado viejos sentimientos. Jade es una chica
estupenda.
—Pero ella no es tú. Siempre te ha querido a ti. Tú eres la
que se le escapó.
—Yo soy la que se escapó. No va a olvidarlo. Puede que
aprenda a perdonarme, pero no sé si alguna vez confiará
del todo en mí. No es justo que espere que lo haga.
—Estás siendo demasiado dura contigo misma. Eras una
niña. —Tracy le dio un mordisco a una patata frita y habló
con la boca llena—. Has dicho que no vais a vender la casa,
¿verdad?
—Sí. Hemos acordado quedárnosla. Es lo que Nana
querría.
—Entonces, tanto si se queda con Jade como si no, esta
casa os va a unir a los dos para siempre. ¿De verdad
quieres pasar todos los veranos del resto de tu vida viendo
cómo el hombre que amas va allí con otras mujeres?
Sentí que mi corazón se partía en dos. En mi mente se
reprodujeron destellos de muchos veranos convirtiéndose
en inviernos a cámara rápida. La idea sonaba
desalentadora. Un año tras otro de amor no correspondido
era algo que no quería tener que soportar.
—No estás ayudando a resolver mi dilema. Esperaba que
me hicieras entrar en razón, que me ayudaras a darme
cuenta de que tengo que aceptar las cosas tal y como son y
pasar página.
—Pero eso no es lo que quieres realmente, ¿verdad?
No, no lo es.
Esa noche libraba. No sabía si sentirme decepcionada o
aliviada por perderme el concierto de Justin. Habíamos
mantenido las distancias desde aquella noche en la que nos
quedamos despiertos. Era lo mejor, ya que entonces faltó
poco para que la situación se volviera inapropiada, al
menos en mi cabeza.
Tracy decidió quedarse y pasar la noche en la casa de la
playa. Como Justin no estaba en casa, tuvo la brillante idea
de comprar algo de alcohol y tener una noche de chicas.
Llegamos a la casa con una bolsa de papel llena de
tequila, limas y sal gruesa. Me dio un vuelco el estómago
cuando vi el coche de Justin en la entrada.
Se suponía que estaba trabajando. ¿Qué estaba haciendo
en casa?
—¡Mierda! Justin está en casa.
—Pensaba que estaba trabajando —contestó.
—Y yo.
Justin no estaba por ningún lado cuando entramos por la
puerta. Dejé la bolsa en la encimera de la cocina y fui a
enseñarle a Tracy la terraza de arriba. Allí encontramos a
Justin sentado, fumándose un cigarro con las piernas sobre
la barandilla mientras miraba hacia el océano. Tenía el pelo
mojado, como si acabara de darse un chapuzón en el mar.
Estaba sin camiseta. La parte superior de los calzoncillos le
sobresalía de los vaqueros. Parecía sacado de un puto
anuncio de Calvin Klein. Tracy se quedó con la boca abierta
cuando lo vio.
—¿Qué haces aquí? Pensaba que estabas tocando en el
restaurante.
Le salió humo de la boca.
—Se suponía que sí. Pero ha faltado poco para que salga
ardiendo.
—¿Qué?
—Ha habido un incendio esta tarde en la cocina. Cuando
aparecí, me dijeron que tenían que cerrar para ventilar
todo el restaurante. No volverán a abrir hasta dentro de
una semana por lo menos. No tiene pinta de que vaya a
volver a tocar allí antes de irme.
—¡Hostia! ¿Alguien ha resultado herido?
—No, pero Salvatore estaba hecho polvo. —Miró hacia
Tracy—. ¿Quién es?
—Esta es Tracy, una buena amiga de Providence y
profesora en mi instituto. Ha venido a pasar el día conmigo.
Se va a quedar a dormir esta noche.
Justin se colocó la gorra de béisbol hacia atrás en la
cabeza y se puso de pie.
—Encantado de conocerte —dijo, ofreciéndole la mano.
—Igualmente —contestó, tomándola.
Sacudí la cabeza con incredulidad, no solo por el incendio
sino por el hecho de que Justin probablemente se fuera con
Jade antes de lo que pensaba.
—¡Vaya! No puedo creerme lo del incendio.
—No estaba de buen humor para tocar esta noche, pero
nunca le habría deseado eso a Sal.
—¡Dios! Me pregunto si volveré a trabajar allí antes de
que acabe el verano.
Le dio otra calada al cigarro y sacudió las cenizas. Ese
gesto desprendió algo muy sensual.
—¿Qué van a hacer esta noche, señoritas?
—Íbamos a tomarnos unas copas y a tener una noche de
chicas.
—Eso suena a desmelene.
Tracy se rio.
—No todas las noches me alejo de mis hijos. Así que, para
mí, una noche de chicas en casa es lo más salvaje que voy a
tener.
Justin le guiñó un ojo.
—Bueno, entonces me mantendré al margen.
—No tienes por qué —dijo Tracy—. Deberías unirte y
tomarte algo con nosotras.
—Tranquila. No pasa nada.
Cuando volvimos abajo, Tracy fue a usar el baño. Estaba
cortando limas cuando Justin bajó y vio la botella
gigantesca de tequila que había sobre la encimera.
—¡Madre mía! ¿Tenéis suficiente tequila?
—Fue idea suya. Yo nunca he tomado chupitos de tequila.
Entrecerró los ojos.
—¿Nunca te has tomado un chupito de tequila?
—No.
—¡Joder, Patch! ¿Es que en Nuevo Hampshire no sabían
pasárselo bien?
—Nunca había bebido realmente hasta hace un año. De
hecho, nunca he bebido más de lo que he bebido este
verano.
Esbozó una sonrisa pícara.
—¿Asumo la responsabilidad de eso?
—Tal vez. —Me reí.
Nuestra atención se centró en Tracy cuando volvió a bajar
las escaleras.
—Lo siento mucho, Amelia, pero Todd acaba de llamarme
y me ha dicho que Ava está enferma y vomitando. Necesita
que vuelva a casa, a Warwick.
—¿En serio? ¡Qué pena!
—Supongo que tendréis que disfrutar del tequila sin mí.
Menos mal que Todd ha llamado antes de que empezara a
beber y me fuera imposible conducir a casa.
—¿Necesitas algo para el camino? —pregunté—. ¿Una
botella de agua o algo?
—No. Estoy bien. —Tracy me abrazó y me dijo—: De todas
formas, te veré en clase dentro de unas semanas.
—Gracias por venir, Tracy. Me lo he pasado genial.
—Ha sido un placer conocerte, Justin.
Justin le ofreció una despedida silenciosa con la mano
antes de que la acompañara a la puerta.
Cuando Tracy se fue, el ambiente se volvió muy tenso.
Cuando me di la vuelta, Justin estaba apoyado en la
encimera de la cocina con los brazos cruzados.
Esto era justo lo que había intentado evitar. Parte de la
razón por la que había animado a Tracy a pasar aquí la
noche era para evitar estar a solas con él. Esta noche sería
la última vez que estaríamos solos antes de que él
regresara a Nueva York.
Me dirigí despacio hacia donde él estaba.
Justin sonrió.
—¿Qué vamos a hacer con todo este tequila?
Me encogí de hombros.
—No lo sé —respondí.
—Creo que deberíamos bebérnoslo.
—No sé cómo se toman los chupitos de tequila. Tracy iba
a enseñarme.
—Fácil. Lames, tragas, chupas.
—¿Perdón?
—Es un proceso de tres pasos. Te mojas la mano, lames la
sal, te tragas la bebida de una sola y chupas la lima. Lamer,
tragar, chupar. Te enseñaré cómo se hace.
Oírle decir las palabras «lamer», «tragar» y «chupar»
hizo que mi cuerpo se estremeciera.
En ese momento, mi móvil vibró contra la encimera.
Estaba justo al lado de Justin. Su expresión se ensombreció
cuando miró la pantalla.
Levantó el móvil y, antes de dármelo, murmuró:
—Muy bonito, ¡joder!
Toda la sangre de mi cuerpo pareció subírseme a la
cabeza cuando leí el mensaje de Tracy.
Está claro que Justin te desea. Deberías follártelo esta noche.
Cuando alcé la vista, su mirada era penetrante.
Devanándome los sesos en busca de una respuesta, dejé
escapar una risa falsa.
—Es una bromista. Le gusta tocar las narices. Lo siento.
No dijo nada, solo me miró con una intensidad incómoda.
Me cago en todo. ¡Muchas gracias, Tracy!
El corazón me latía frenéticamente.
Justin se quedó callado durante mucho tiempo y luego se
limitó a decir:
—Necesito esa puta bebida.
Exhalé un suspiro de alivio.
—Yo también —contesté.
Examinó la botella.
—¿Elegiste tú el tequila?
Bien. Lo iba a dejar pasar.
—Sí.
—Esta marca es una mierda. Es barata.
—Ya te lo he dicho. No sé nada de tequila.
—La verdad es que tampoco es tan malo, porque nos lo
vamos a tragar tan rápido que ni siquiera notarás el sabor.
Si fuera de los caros, sería un desperdicio.
Justin abrió el salero, agarró dos vasos de chupito del
mueble y los colocó sobre el granito antes de deslizar uno
de ellos hacia mí.
Alzando la mano, estiró el pulgar y el índice, y señaló el
espacio entre ellos.
—Pon tu mano así y haz lo mismo que yo. —Luego lamió
el espacio entre sus dedos. ¡Dios! ¡Ese único movimiento
que hizo con la lengua era demasiado erótico. Hizo que
fuera fácil imaginar lo que esa boca era capaz de hacer en
otros contextos.
Jade es una mujer afortunada.
Justin observó cada movimiento de mi lengua mientras
repetía lo que él había hecho. Luego espolvoreó un poco de
sal entre sus dedos y los míos.
—Vas a lamer la sal muy rápido antes de beberte el
tequila de un trago. No te detengas. Bébetelo todo. Luego,
toma una lima y chupa.
¡Joder! Escuchar cómo salían de su boca las palabras
«lamer» y «chupar» con ese tono exigente… era
demasiado.
—¿Lista? Lo haremos juntos. A la de tres. Uno… dos…
tres.
Siguiendo su ejemplo, me lamí la mano y me tragué el
líquido de golpe, y el tequila me quemó la garganta.
Se me había olvidado la lima. Justin tomó una y me la
puso en la boca.
—Rápido. Chupa esto. Disipará el sabor.
Chupé el jugo, saboreando su acidez. Mis labios le
estaban tocando los dedos mientras sostenía la fruta. Me
miraba atentamente al tiempo que la chupaba. Me hubiera
gustado tragarme sus dedos enteros.
Cuando retiró la lima, me lamí los labios.
—¡Dios! ¡Qué fuerte! ¿Y ahora qué? ¿Otro?
—Tranquila, no seas borracha. Deberíamos esperar un
poco. A ti se te sube rápido.
Espaciamos los chupitos, y cada uno pegaba más fuerte
que el anterior. Cuando perdí un poco el equilibrio, Justin
dijo:
—Muy bien. Ya está. No más alcohol para ti.
Vi cómo se tomaba dos chupitos más. Después de varios
minutos, los ojos se le empezaron a poner vidriosos. Los
dos estábamos bastante borrachos.
La habitación se balanceó mientras me dirigía al sofá y
cerraba los ojos. Sentí un gran peso cuando Justin se dejó
caer a mi lado. Recostó la cabeza hacia atrás y cerró los
ojos también. Se había quitado la gorra y tenía el pelo
revuelto. La iluminación del salón incidía en su cabeza y le
resaltaba los mechones rubios. Después de mirarlo durante
un rato, la necesidad de pasarle los dedos por ese pelo
sedoso se hizo insoportable. Acerqué la mano y empecé a
rascarle despacio. Sabía que estaba mal, pero me había
convencido de que era un gesto inocente entre amigos.
Como solíamos hacer. En el fondo, sabía que me estaba
engañando. El alcohol había nublado mis inhibiciones y me
había dado el coraje para hacer algo que llevaba mucho
tiempo deseando hacer.
Justin dejó escapar un suspiro largo y tembloroso, pero
mantuvo los ojos cerrados mientras mis dedos seguían
masajeándole el cabello. Al principio, parecía estar en
éxtasis, así que no me detuve. Sin embargo, al cabo de un
minuto, su respiración se hizo más pesada y empezó a
inquietarse.
Me sobresaltó cuando de repente abrió los ojos y se volvió
hacia mí.
—¿Qué diablos haces, Amelia?
Retiré la mano. El corazón empezó a latirme con fuerza
mientras intentaba inventarme una excusa.
—Lo siento. Me… Me dejé llevar.
—Ya veo. ¿Culpa del alcohol? —se burló.
Se levantó, se dirigió al otro lado de la habitación y se tiró
del pelo con frustración mientras caminaba de un lado a
otro. Entonces, hizo algo de lo más extraño. Se tiró al suelo
y empezó a hacer una secuencia rápida de flexiones.
Intentando combatir las lágrimas de humillación que me
escocían los ojos, vi cómo seguía con los ejercicios durante
varios minutos. Estaba jadeando y agotado cuando se
desplomó sobre la espalda. Por fin se sentó, con la cabeza
inclinada hacia el suelo mientras parecía sumido en sus
pensamientos. El sudor le caía por la espalda.
Decidí que ya había hecho suficiente daño por una noche,
así que me levanté y empecé a subir las escaleras.
Su voz me detuvo.
—No te vayas.
Me giré al pie de las escaleras.
—Debería irme a dormir —contesté.
—Ven aquí —dijo en voz baja.
Cuando volví a sentarme en el sofá, su voz era más
exigente.
—He dicho que vengas… aquí. —Señaló a su lado, al
suelo. Mientras Justin se sentaba rodeándose las espinillas
con los brazos, yo me coloqué en el suelo junto a él, todavía
demasiado avergonzada para mirarle a los ojos.
Me dio la espalda.
—Me preguntaste qué significaba el tatuaje que tengo en
la espalda. Mira los números en tres grupos de cuatro que
hay debajo del código de barras.
Parecían números al azar sin ningún orden en particular.
Tres grupos de cuatro. ¿Qué significaban?
Finalmente, entendí el primer grupo: 1221.
—El 21 de diciembre, tu cumpleaños.
Asintió con la cabeza.
—Sí.
La siguiente serie era 0323.
—¿Esa cuál es?
—El 23 de marzo de 2001 —respondió.
—¿Qué significa esa fecha?
—¿No lo sabes?
—No.
—Ese fue el día que nos conocimos.
—¿Cómo es posible que te acordaras de la fecha exacta?
—Nunca se me olvidó.
Miré la siguiente serie de dígitos: 0726.
Esa era una fecha que nunca podría olvidar.
—El 26 de julio fue la fecha en la que me fui de
Providence en 2006. —Me quedé mirándolo un rato antes
de seguir hablando—: El código de barras representa tu
nacimiento y el principio y el final de nuestra relación.
—Sí. Momentos que definen mi vida.
—¿Cuándo te hiciste este tatuaje?
—La noche que me lo hice estaba en Boston acabando mi
primer y último semestre en el Berklee College of Music.
Sabía que no iba a volver porque no podía permitírmelo.
Esa noche estaba deprimido y te echaba mucho de menos.
Pero me había negado a hablar contigo cuando intentaste
contactar conmigo el año anterior y no iba a ceder. Era
joven y cabezota. Quería que pagaras por haber huido. La
única manera que conocía para conseguirlo era hacerte lo
que tú me hiciste a mí: desaparecer. Encontré un estudio
de tatuajes cerca de la facultad y me lo hice. Representaba
dejarte ir de una vez por todas.
—¿Funcionó?
—Después de aquel día, cumplí mi promesa de pasar
página. Y cada año se hizo más fácil olvidarlo todo, sobre
todo después de que me mudara a Nueva York. Pasaban los
días y las semanas, y no pensaba en ti. Creía que te había
dejado en el pasado, donde pertenecías.
—Hasta que no pudiste evitarme más.
Asintió con la cabeza.
—Al venir aquí, no tenía ni idea de qué esperar. Cuando te
vi el primer día en la cocina, me di cuenta al instante de
que los sentimientos no habían desaparecido en absoluto.
Solo los había reprimido. Verte de nuevo como una mujer
adulta… fue chocante. No supe cómo gestionarlo.
—¿Además de siendo cruel?
—Al principio seguía muy enfadado contigo. Quería que
me trataras como una puta mierda para que, al menos, el
enfado estuviera justificado. Pero en vez de eso… fuiste
dulce y estabas llena de arrepentimiento. El objetivo de mi
enfado se ha ido desplazando, poco a poco, de ti a mí
mismo… por desperdiciar todos esos años en el rencor. Así
que ¿sabes lo que representa ahora este tatuaje para mí? —
Hizo una pausa—. La puta estupidez.
—Yo fui la estúpida por dejarte. No…
—Déjame acabar. Tengo que soltarlo esta noche.
—Vale.
Lo siguiente que salió de su boca fue totalmente
inesperado.
—Tenemos que hablar de nuestra atracción mutua,
Amelia.
Tragué saliva.
—De acuerdo.
—Ese mensaje de tu amiga… Tenía razón. Ahora mismo
tengo tantas ganas de follar contigo que casi estoy
temblando. Mi conciencia es lo único que me detiene. Está
mal y sería una cagada enorme.
Mi cuerpo se agitó ante su confesión, y no sabía si
excitarme o vomitar.
Continuó.
—Desde el día que te pillé mirándome en mi habitación…
no he podido sacarte de mi cabeza.
—No debería haberlo hecho.
—No, no deberías haberlo hecho. Pero el caso es que… ni
siquiera pude enfadarme contigo, porque que me vieras
masturbándome fue lo más excitante que he experimentado
en mi vida.
¡Vaya! No creí que se sintiera así.
—Creía que pensabas que era una pervertida.
—Yo habría hecho lo mismo si pasara por tu habitación y
te viera tocándote.
—Tienes un cuerpo precioso, Justin. Era difícil apartar la
mirada.
—¿En qué pensabas?
—¿Qué quieres decir?
—Cuando me estabas mirando. ¿En qué pensabas?
Ya que estaba siendo tan sincero conmigo, decidí decirle
toda la verdad.
—Estaba imaginándome que estaba contigo.
Su respiración se entrecortó y apartó la mirada un
momento antes de establecer contacto visual.
—¿Siempre te has sentido tan atraída hacia mí como
ahora?
—Sí. Pero ahora todavía más. Sé que está mal, Justin.
—Bien o mal, no podemos evitar hacia quién nos sentimos
atraídos. No quiero desearte así. El simple hecho de estar
sentado a tu lado ahora mismo me resulta difícil. Pero
desear a alguien y actuar en consecuencia son dos cosas
diferentes. Por eso, cuando me tocaste el pelo, tuve que
detenerte.
—No estaba intentando acostarme contigo, de verdad.
Solo echaba de menos tocarte el pelo. Eso es todo. Fue
egoísta.
—Créeme, lo entiendo. No soy inocente. Yo también he
buscado excusas para tocarte. Pero tengo novia. Tenemos
una buena vida en Nueva York. No hay excusa. Estoy
empezando a sentirme como mi padre, totalmente fuera de
control sin preocuparme por nadie más.
—Tú no eres tu padre.
—Mi madre era igual de mala.
—Bueno, tú no eres tus padres.
—Tampoco quiero hacerte daño, Patch. Estoy hecho un
puto lío. Esto de compartir la casa hace que todo sea muy
incómodo. —Cerró los ojos durante un largo instante antes
de continuar—: Quizá deberíamos llegar a un acuerdo el
año que viene.
—¿Un acuerdo?
—Sí, como alternar los meses tal vez, para que así que no
tengamos que estar aquí al mismo tiempo.
Sentí como si me hubiera arrancado el corazón.
No podía creer lo que estaba escuchando.
—A ver si lo entiendo. ¿Eres incapaz de confiar en ti
mismo cuando estás cerca de mí, así que no quieres verme
físicamente nunca más?
—No es eso.
—Entonces, ¿por qué otra razón no querrías estar cerca
de mí?
Alzó la voz, con un tono que rozaba el enfado.
—¿Realmente disfrutas oyéndonos a Jade y a mí follando?
—No, pero…
—Bueno, yo tampoco quiero oírte follar con nadie. Intento
protegernos a los dos.
Me hervía la sangre.
—Entonces, ¿prefieres no verme en absoluto?
—No he dicho eso. Pero al menos deberíamos considerar
lo de acordar un calendario. Creo que sería una opción
inteligente.
Las palabras salieron volando de mi boca.
—A pesar de lo difícil que ha sido para mí, nunca se me
ha pasado por la cabeza algo así. Esa es la diferencia que
hay entre nosotros. Yo lidiaría con toda la incomodidad que
hiciera falta con tal de tenerte en mi vida. Nunca elegiría
una opción que implicara fingir que no existes. Me
quedaría con cualquier fragmento de ti antes que no tener
nada en absoluto. Está claro tú no sientes lo mismo por mí.
Así que, ¿sabes qué?, ahora que lo sé… me parece
estupendo lo del calendario. —Unas cuantas lágrimas
calientes me corrieron por las mejillas.
—¡Joder, Patch! No llores.
Alcé la mano mientras me levantaba.
—Por favor. No vuelvas a llamarme así nunca más.
Ocultó la cara entre las manos y gritó entre ellas.
—¡Joder!
Me dirigí a la cocina y abrí la botella de tequila para
servirme otro chupito. No me molesté en ponerle sal ni lima
y me lo bebí de un trago.
Justin agarró la botella antes de que pudiera servirme
otro.
—Te vas a poner enferma.
—Eso no es de tu incumbencia.
En ese momento, la puerta se abrió con un clic. Ambos
giramos la cabeza hacia ella a la vez.
Palideció antes de esbozar una falsa sonrisa y exclamar:
—¡Jade!
Ella corrió hacia él a toda velocidad para rodearlo con los
brazos.
—No podía esperar hasta mañana. Te echaba mucho de
menos.
Plantó sus labios sobre los de él y el cuerpo de Justin se
tensó. Se notaba que se sentía incómodo besándola delante
de mí después de lo que acababa de ocurrir.
Jade se apartó de él.
—Hueles a tequila.
—Sí. Su amiga ha estado aquí y lo ha traído.
—Me alegra ver que todavía os habláis. —Me miró y se
acercó para darme un abrazo—. A ti también te he echado
de menos, Amelia. —El sentimiento de culpa crecía en mi
interior con cada segundo que su delgado cuerpo se
apretaba contra mí.
—Me alegro mucho de que hayas vuelto —mentí.
Me miró a la cara.
—Parece que tienes los ojos rojos. ¿Estás bien?
—Sí. Es que he bebido demasiado. No estoy
acostumbrada.
—El tequila es duro. —Se rio, mirando la botella—. Sobre
todo, si es una mierda barata como esa.
Jade pasó los siguientes minutos poniéndome al corriente
de todos los cotilleos teatrales de Broadway mientras Justin
y yo nos lanzábamos miradas incómodas. Cuando acabó de
hablar, decidí que tenía que excusarme.
—Bueno, estoy agotada. Me voy arriba.
—Espero que no te molestemos mucho esta noche. —Me
guiñó un ojo y miró a su novio—. Ha pasado mucho tiempo.
Justin parecía estoico y extremadamente incómodo.
—No os preocupéis por mí. Dadlo todo —contesté.
Arriba, en mi habitación, me tapé los oídos con la
almohada para enmascarar el sonido que hacía su cama
crujiendo. Escuchar cómo se acostaban era doloroso a más
no poder, pero no podía compararse con el vacío que sentía
por la conversación que habíamos tenido Justin y yo.
Me dolía el estómago. De repente, sentí unas enormes
ganas de vomitar. Corriendo al baño, juré que no volvería a
beber tequila mientras viviera, no solo porque me daba
náuseas, sino porque siempre me recordaría a esta horrible
noche.
9
Habían pasado dos días y seguía enferma. ¿Las resacas
duraban tanto? Apenas había salido de mi habitación. Justin
y Jade se estaban preparando para irse de la casa de
verano y volver a la ciudad de forma definitiva. Oía cómo
hacían la maleta sin prisas. Todavía no estaba claro cuándo
iban a marcharse. Seguía muy enfadada por su sugerencia
de establecer un calendario para nuestra estancia en la
casa el verano que viene, por lo que no tenía ningún deseo
de verle, ni siquiera de despedirme.
Él tampoco se había molestado en comprobar cómo
estaba. Cuando Jade venía a verme, le daba las gracias,
pero le decía que se mantuviera alejada para que no se
pusiera enferma cuando regresara a Broadway. Prefería no
tener que volver a hablar con ellos antes de que se fueran,
pero estaba dándome cuenta de que necesitaba salir de mi
habitación para ir al médico.
Hoy debía de ser mi día de suerte, porque se fueron de
casa juntos el tiempo suficiente para poder ducharme y
escabullirme sin tener que verlos.
Cuando llegué a la clínica, tuve que esperar una media
hora a que me vieran. No podía arriesgarme a ir a
urgencias en el hospital de Newport porque lo último que
necesitaba era ver a Will Danger. Así pues, me desvié un
poco para encontrar esta pequeña clínica para la que no
hacía falta cita previa.
Por fin, una enfermera me llamó.
—¿Amelia?
La seguí a través de una serie de pasillos sinuosos hasta
llegar a una consulta pequeña y fría, en la que tuve que
esperar otros veinte minutos. Cuando finalmente apareció
la doctora, le expliqué los síntomas que tenía: náuseas,
vómito, cansancio. Le conté que llevaba todo el verano
encontrándome mal de vez en cuando y admití que había
bebido mucho los días anteriores, pero descartó
intoxicación por alcohol. También le mencioné que Justin
había estado enfermo, por si acaso tenía algo que ver con
eso.
Cuando dije que llevaba más de dos años sin ir al médico,
insistió en hacerme algunas pruebas para asegurarse de
que todo estaba bien. Me mandó a otra consulta, donde un
enfermero me extrajo sangre del brazo. También hice pipí
en un bote. Resultó ser algo bastante complicado.
Los resultados de la analítica de sangre estarían listos en
unos días. Estaba a punto de irme de la clínica cuando la
doctora me alcanzó en la recepción.
—¿Señorita Payne?
—¿Sí?
—¿Puede volver a mi consulta un momento, por favor?
El corazón me iba a mil por hora. Algo no iba bien. Me
dijeron que iban a llamarme. ¿Para qué tenía que verme tan
de repente?
—Como sabe, en el laboratorio de abajo le han sacado
sangre, y esos resultados no estarán listos hasta dentro de
unos días, pero hacer un análisis de orina es un proceso
mucho más rápido. Ha indicado que no es una persona
sexualmente activa, pero resulta que está embarazada.
—Eso es imposible.
—Me temo que no.
—He tenido el periodo.
—Puede que haya sido manchado o algún sangrado
intermitente que no era menstruación. Ha mencionado que
últimamente ha estado bebiendo mucho. ¿Es posible que
haya mantenido relaciones sexuales de las que no sea
consciente?
—Por supuesto que no.
Estrujándome el cerebro, pensé en la última vez que tuve
relaciones sexuales. Fue con Adam hace unos meses, la
noche que rompimos. Siempre usábamos condón, así que
parecía imposible.
—¿Está segura?
—Estos análisis son bastante fiables, sí.
—¿Podría volver a hacérmelo?
—Vamos a hacer una cosa. En este edificio hay una
consulta obstétrica y ginecológica. Si pueden colarla, veré
si pueden hacerle una ecografía rápida. No puedo
garantizarle que estén disponibles, pero los llamaré. ¿Por
qué no espera en la recepción?
Parecía que llevaba esperando una eternidad. Estaba
segura de que todo esto era un error y, por tanto, una
pérdida de tiempo.
La doctora asomó la cabeza en la sala de espera.
—¿Señorita Payne? Buenas noticias. La atenderán ahora
mismo. Tome el ascensor, baje hasta la primera planta y
busque Obstétrica Reid. Pregunte por Doris. Es la técnica
de ultrasonidos. Ya les hemos pasado desde consulta toda
la información de su seguro.
—Gracias.
Cuando llegué a la consulta, una chica de más o menos mi
edad que llevaba un uniforme médico con la cabeza de
Mickey Mouse por toda la camiseta me estaba esperando
con una sonrisa.
—¿Amelia?
—Sí.
—Hola. Ven por aquí.
Doris me llevó hasta una habitación oscura. Era mucho
más cálida que la consulta fría de arriba y de la radio salía
una música tranquila.
—Primero de todo, ¡enhorabuena! —Tenía un ligero
acento español.
—¡Oh! No estoy embarazada. Tengo un virus. Esto es solo
para confirmar que se han equivocado con el análisis de
orina.
Me miró con una expresión divertida.
—Esos análisis son muy fiables.
—Suelen serlo, pero en este caso no —respondí con toda
naturalidad.
Ignorando mi comentario, señaló mi camiseta.
—¿Puedes levantártela? Voy a ponerte un gel calentito en
la barriga.
El tubo soltó un chorro que sonó raro cuando lo apretó
para echarme el gel transparente en el vientre. Me tocó el
abdomen con la boquilla del aparato y presionó un poco. En
la pantalla apareció una imagen blanca y difusa y, en
cuestión de segundos, lo vi. No solo una mancha, sino una
cabeza y unos brazos. Se estaba moviendo y parecía
gigantesco.
—Amelia, te presento… a tu virus. Como puedes ver, justo
ahí tiene un corazón que está latiendo, y parece que todo
está donde tiene que estar. Sin duda alguna, estás
embarazada.
La habitación empezó a darme vueltas.
—¿Cómo es posible?
—Estoy segura de que puedes averiguarlo si lo piensas
bien. Parece que estás de unas doce semanas, por lo que la
fecha prevista del parto sería a finales de marzo.
Hace tres meses. Prácticamente la última vez que estuve
con Adam. El Adam que me puso los cuernos. El Adam que
vivía en Boston con Ashlyn. El Adam que odiaba. Ese Adam.
Estaba embarazada del bebé de Adam.
La técnica siguió hablando.
—Por desgracia, es demasiado pronto para saber el sexo,
pero podemos concertarte otra cita si quieres una revisión
a las dieciocho semanas, y en ese momento podremos
determinarlo. Aunque, la próxima vez, verás primero al
doctor.
—Seguramente vaya al médico en Providence, donde vivo
casi todo el año, pero gracias.
Mareada y confundida, miré con incredulidad cómo
imprimía tres imágenes de mi bebé y me las tendía. Miré
las fotos de la extraña criatura y luego mi barriga, que
apenas la notaba distinta. Solamente parecía estar más
hinchada y se lo había atribuido al estrés y a la bebida.
¡Dios mío! ¡La bebida!
Había estado bebiendo alcohol y la fusión de cafés.
¿Estaría bien el bebé?
Sintiéndome como entumecida, salí del centro médico y
me quedé sentada en el coche durante varios minutos antes
de reunir la energía suficiente para conducir a casa. El
exterior parecía distinto. Más gris. Más aterrador. El futuro
parecía totalmente incierto. Por primera vez en meses,
había otra cosa aparte de Justin que estaba
consumiéndome la mente.
En casa, Justin y Jade estaban preparando la cena en la
cocina mientras yo estaba tumbada en mi cama
agarrándome el estómago con incredulidad. Había
conseguido escabullirme a mi habitación antes de que
volvieran a casa con la compra, así que todavía no había
establecido contacto con ellos. En estas circunstancias, el
sonido de las risas de Jade procedente del piso de abajo
estaba volviéndome loca.
Todavía seguía en estado de shock. Parecía que estaba en
medio de un sueño horrible. Este embarazo me parecía
imposible de creer.
¿Cómo iba a criar a un niño? Apenas era capaz de cuidar
de mí misma. Mi sueldo no bastaba para cubrir los gastos
de una guardería. Había demasiadas cosas en el aire. El
sonido de la puerta principal interrumpió mi frenético
proceso mental. Antes de que pudiera preguntarme si se
habían ido, oí unos pasos que subían las escaleras y se
acercaban a mi habitación.
Llamaron a la puerta.
—¿Quién es?
—Soy yo. —El inesperado sonido de su voz grave me hizo
temblar.
—¿Qué necesitas?
—¿Puedo entrar?
Me levanté y abrí la puerta.
—¿Qué?
Parecía cansado, como si hubiera estado realizando una
actividad física agotadora.
—Pareces agotado. ¿Demasiado sexo? —me burlé.
Ignoró la pregunta.
—Jade está haciendo guacamole. Nos hemos quedado sin
limas, así que ha vuelto corriendo a la tienda. Es la primera
oportunidad que tengo de hablar contigo a solas. No
tenemos mucho tiempo.
—¿De qué quieres hablar?
—¿Por qué no has salido de tu habitación?
—¿No es eso lo que querías? ¿Que desapareciera?
Con una mirada llena de arrepentimiento, Justin sacudió
la cabeza lentamente.
—No —susurró.
—¿No?
—No. La idea del calendario fue una estupidez. Perdón
por haberla sugerido.
—Bueno, adivina qué.
—¿Qué?
—Ya no te será difícil resistirte a mí. No habrá ningún
dilema. Porque cuando te diga lo que he descubierto hoy,
no volverás a tener ni un solo pensamiento inapropiado
sobre mí. No querrás tener nada que ver conmigo. Tu
mayor pesadilla… acaba de convertirse en mi realidad,
Justin.
Sus párpados se agitaban al tiempo que intentaba
descifrar mis palabras.
—¿De qué estás hablando?
Rompiendo a llorar, me volví a sentar en la cama y oculté
la cara entre las manos. De repente fui demasiado
consciente de las hormonas propias del embarazo. Justin,
que nunca me había visto llorar tanto, se sentó a mi lado y
me abrazó. Eso no hizo más que animarme a sollozar más
fuerte.
—Amelia, habla conmigo. Por favor.
—Fui al médico. Se suponía que era una revisión
rutinaria. Había estado enferma, igual que tú…
—¿Te ha hecho alguien daño allí?
—No. ¡No es nada de eso! —grité, limpiándome la nariz
con la manga.
—¿Entonces qué?
—La doctora me hizo algunas pruebas. Una de ellas era
una prueba de embarazo. —Muy avergonzada, me aparté
para mirarle a la cara.
—¿Estás… embarazada?
Mi voz era casi inaudible.
—Sí.
—¿Cómo es posible?
—Estoy de tres meses. Es de Adam.
—¿Ese idiota no usó condón contigo?
—Esa es la cuestión. Sí que lo usamos. No sé cómo ha
pasado. Está claro que no son infalibles.
—¿Es demasiado tarde para interrumpirlo?
—¿No me has oído decir que estoy de tres meses? ¡Sí, es
demasiado tarde! Aun así, nunca sería capaz de abortar.
Justin se levantó de la cama y empezó a caminar de un
lado para otro.
—Vale… Vale, lo siento. Solo estaba pensando en voz alta,
asegurándome de que sabes qué opciones tienes.
—Estoy muy asustada.
La voz de Jade llamó desde abajo.
—¿Justin? He vuelto.
Dejó de caminar.
—¡Mierda!
—Por favor, no se lo digas a Jade —le rogué—. No quiero
que nadie lo sepa todavía.
—Por supuesto.
—Será mejor que te vayas.
No se movió de su sitio.
—Amelia…
—¡Vete! Tú vete. No quiero que me vea llorar.
Todavía con cara de asombro y confusión, Justin se
escabulló en silencio de la habitación.
Pasé el resto de esa noche navegando por Internet en
busca de información sobre lo que me esperaba los
próximos seis meses. Tenía que pensar en cómo se lo iba a
contar a Adam. Puede que él no quisiera tener nada que
ver con esto, pero aun así tenía que saberlo.
Justin y Jade estaban metiendo sus cosas en el coche. Ya me
había despedido de Jade temprano durante el desayuno,
pero no había podido hablar con Justin. En cualquier
momento se irían de vuelta a la ciudad. No podía creer que
por fin hubiera llegado este día. Me daba miedo y suponía
un alivio a partes iguales. Verlo todos los días habría sido
todavía más duro sabiendo que ya no existía la posibilidad
de tener un futuro juntos. Justin no quería tener hijos y
mucho menos criar a los de otra persona. Este embarazo
había sido el último clavo en el ataúd. Puede que aceptara
lo del calendario para el próximo verano. Mejor aún, puede
que tuviera que venderle mi mitad de la casa. Por mucho
que ese pensamiento me rompiera el corazón, no sabía en
qué situación financiera me encontraría después de la
llegada del bebé.
De pie junto a la ventana de mi habitación, miré hacia
abajo mientras colocaban maletas y cajas en la parte
trasera del Range Rover. En un momento dado, Justin alzó
la vista hacia mí. Levantó el dedo índice como si me
estuviera diciendo que esperara algo. Poco después, vi que
le estaba susurrando a Jade algo al oído. Unos segundos
más tarde, se fue con el coche.
El sonido de sus pasos no tardó en llegar. Entonces,
apareció en mi puerta.
—Hola —dijo con aspecto taciturno.
—Hola.
—¿Cómo lo llevas?
—No muy bien.
—Le he pedido a Jade que fuera a echar gasolina para
poder despedirme y saber si necesitas algo antes de irnos.
—No. Estoy bien. Tienes que volver a tu vida.
—Me siento mal por dejarte así.
—De todas formas, me iré a casa en un par de días.
Cuanto antes vuelva a Providence y me prepare para esta
nueva realidad, mejor estaré.
—Patch…
—No vuelvas a llamarme así. —Las lágrimas brotaron de
mis ojos—. No porque esté enfadada contigo… Es que me
pone triste. —Mis labios temblaron.
—De acuerdo —dijo con suavidad.
—¿Qué ibas a decirme?
—Si necesitas algo, lo que sea, por favor, llámame.
Prométeme que me mantendrás al tanto de lo que sucede.
—Lo haré.
—Avísame cuando pueda contárselo a Jade.
—Vale. Tampoco es que pueda ocultarlo mucho más
tiempo.
Sus ojos se desviaron hacia la cama. Hacía un rato había
estado mirando las fotos de la ecografía y las había dejado
a la vista. Se acercó y las recogió. Se quedó mirando las
imágenes y pareció fascinado.
—¿Esa cosa está dentro de ti? Apenas se te nota.
—Lo sé.
Sacudió la cabeza mientras examinaba las fotos.
—¡Dios! Esto es tan extraño… Creo que todavía estoy en
shock.
—Ya somos dos.
Volvió a colocar las fotos en la cama y se quedó con la
mirada perdida, sumido en sus pensamientos. Se metió la
mano en el bolsillo y sacó la navaja roja.
—Quiero que te la quedes. La necesitas más que yo.
Guárdala junto a la cama por la noche. Hará que me sienta
mejor, porque ahora mismo siento una puta impotencia
enorme.
No iba a discutir con él.
—Vale.
Su mirada se dirigió a la ventana. Ambos vimos que Jade
se estaba acercando.
Me limpié los ojos.
—Será mejor que te vayas.
No se movió.
Nos miramos largo y tendido a los ojos hasta que oímos a
Jade entrar en la casa.
Entonces, se marchó.
SEGUNDA PARTE
OCHO MESES DESPUÉS
10
Me sentí como si estuviera entrando en la propiedad de
alguien, a pesar de que la mitad era mía.
Todo estaba igual que como lo habíamos dejado. La casa
de la playa estaba helada. Había que encender la
calefacción. Era mediados de mayo y todavía hacía
bastante frío en la isla. No debería haber vuelto hasta
finales de junio, pero se vendió el edificio en el que tenía
alquilado el apartamento y tuve que marcharme. No me
quedó más remedio que irme a Newport antes de tiempo,
ya que, de lo contrario, nos habríamos quedado sin casa. La
baja por maternidad duraba hasta el final del curso escolar,
así que tenía sentido.
No pudimos encontrar inquilinos para la temporada baja,
por lo que la casa de la playa se quedó vacía. Me invadió un
inesperado sentimiento de añoranza. Este sitio solía
recordarme a Nana; ahora me recordaba a Justin.
Prácticamente podía oler su colonia en la cocina. Era mi
imaginación, pero parecía real. También me lo imaginé de
pie junto a la cafetera, sonriendo mientras removía su
fusión de cafés… Su espalda desnuda y musculosa al
tiempo que miraba el océano por la ventana… El lamer,
tragar y chupar cuando bebía tequila. Mirando hacia el
salón, recordé nuestra última e incómoda noche antes de
que Jade regresara.
Cerré los ojos durante unos segundos y me imaginé que
fue el verano pasado cuando la vida era así de sencilla.
Entonces, el pequeño llanto procedente de la silla
portabebés que tenía atada al pecho me devolvió a la
realidad.
La cabeza de Bea se movía de un lado a otro en busca de
mi pecho.
—Espera, espera. Primero tengo que sacarte de esta cosa.
—Liberándola de la Baby Björn, balbuceé—: Te has portado
muy bien durante el viaje. Debes de estar hambrienta, ¿eh?
¡Mierda! La mayoría de mis cosas seguían en el coche.
Llevé a mi hija de dos meses fuera para recoger el cojín de
lactancia del asiento trasero. Me lo había comprado Tracy,
insistiendo en que era lo que más me iba a hacer falta, y
tenía razón. Era de color rosa brillante con margaritas
blancas, así como una necesidad absoluta para amamantar
a este bebé que siempre estaba hambriento sin romperme
la espalda. Me detuve un momento para admirar el océano
antes de volver a entrar.
Bea era la forma corta de Beatrice. La llamé así por mi
abuela. Mi hija nació a mediados de marzo, una semana
antes de la fecha prevista. Adam decidió no estar allí. Dijo
que quería pruebas de que el bebé era suyo y que hasta
entonces no iba a reconocerla como su hija. Como
habíamos usado preservativos, supuso que era poco
probable que él pudiera ser el padre. Era la única persona
con la que me había acostado antes de quedarme
embarazada, pero era imposible demostrárselo si no
aceptaba mi palabra. Ahora mismo no quería el estrés de
tener que sacarle sangre a Bea, y él tampoco tenía prisa
por estar ahí con nosotras, así que opté por posponer el
trato con él. Tenía cosas más importantes que atender, por
lo que ahora mismo no necesitaba soportar toda esa
mierda. La vida ya era demasiado estresante.
Cuando Bea quedó satisfecha, volvió a quedarse dormida.
Me la retiré despacio del pecho y la coloqué en la sillita
para bebés. Aproveché el inusual descanso para volver a
salir y recoger el resto de nuestras cosas. La mayoría de
mis pertenencias estaban en un trastero en Providence, sin
embargo, me traje toda nuestra ropa y el moisés de Bea.
Tendría que comprar una cuna y averiguar cómo montarla.
Un hombre con rizos oscuros que parecía tener unos
treinta años se acercó a mí. Sonreía con sus grandes ojos
marrones.
—Hola, vecina. He visto tu coche. Me preguntaba cuándo
podría conocer a los ocupantes de esta preciosa casa.
Señalé la casa que estaba justo a la derecha de la mía.
—¿Vives en esa de ahí?
—Sí. Me mudé en otoño. Al parecer, soy una de las pocas
personas que viven aquí todo el año.
—Bueno, has conocido a Cheri, ¿verdad? Ella también
está aquí todo el año.
—Sí, pero creo que ya no hay más.
Me reí.
—Puede que tengas razón.
Extendió la mano.
—Roger Manning.
—Encantada de conocerte. Amelia Payne.
—Veo que tienes cosas de bebé aquí. ¿Tienes hijos?
—¡Oh! Solo una. Mi hija nació en marzo. Está dentro
durmiendo.
—Yo también tengo una hija. Tiene siete años y vive con
su madre en California.
—Debes de echarla de menos.
—No tienes ni idea. Trabajo para la Marina, así que me
han destinado aquí un tiempo. Después de que su madre y
yo nos divorciáramos, mi ex quiso volver al oeste para estar
más cerca de su familia.
—Ya veo.
—¿Podré conocer a tu marido?
—Esto… No estoy casada. Es una historia un poco larga.
No estoy con el padre de mi hija. Fue un embarazo
accidental.
—Lo siento.
—No lo sientas. Es una bendición.
Roger se asomó al interior del maletero.
—¿Quieres que te ayude a meter el resto de las cosas?
Mi cansancio anuló mi miedo a confiar en este
desconocido. Bea no me dejaba dormir y agradecía
cualquier ayuda que pudiera recibir para meter todas mis
cosas dentro.
—Me encantaría.
Roger descargó todos los objetos del coche en la casa,
incluso subió el moisés y lo colocó junto a mi cama.
Después de bajar las escaleras juntos, se arrodilló para
ver a Bea mientras dormía en la silla para el coche, en el
suelo del salón.
—Es preciosa —susurró.
—Gracias. Le gusta dormir durante el día y no dejarme
dormir por la noche. Dicen que hay que dormir cuando el
bebé duerme, pero no puedo. Tengo demasiadas cosas que
hacer cuando ella está dormida.
Se levantó, se quedó un rato en el sitio y luego dijo:
—Bueno, si necesitas algo, estoy justo al lado. En serio. Si
se rompe algo o lo que sea… no lo dudes.
—Lo aprecio más de lo que imaginas. Gracias.
Cuando la puerta se cerró, una sonrisa se dibujó en mi
rostro. El pobre Roger no tenía ni idea de que pronto
estaría montando una cuna.
Como Bea seguía durmiendo, decidí subir a guardar parte
de nuestra ropa. De camino a mi dormitorio, no pude evitar
detenerme en la habitación de Justin. Me tumbé y olí la
almohada de su lado de la cama. Esta vez no era
imaginación mía; seguía oliendo a su colonia. Volvió a
aparecer esa sensación de anhelo. Abracé la almohada y
una lágrima cayó por mi mejilla. Había hecho un buen
trabajo guardando estos sentimientos durante casi un año.
Este fue el momento en el que todo se desmoronó.
Te echo de menos.
Justin me había llamado y escrito muchas veces durante
los últimos meses. Le contaba que estaba bien, pero insistía
en que no necesitaba su ayuda. No era muy activo en las
redes sociales, aparte de publicar algunas fotos de sus
conciertos (la mayoría del público) aquí y allá en
Instagram. Yo cotilleaba el perfil de Facebook de Jade en
busca de pequeños atisbos de su vida en la ciudad, celosa
de su libertad. Le echaba muchísimo de menos, pero sabía
que distanciarme era lo mejor.
Justo después del nacimiento de Bea, le envié una foto de
ella. Volvió a ofrecerme ayuda, tanto monetaria como de
otro tipo. Siempre me negaba. Jade y él acabaron
enviándome una generosa tarjeta regalo para Babies R Us,
la cual utilicé para comprar el moisés y la sillita mecedora
de Bea.
No le dije que me habían echado de mi apartamento.
Estaba avergonzada y no quería que me volvieran a ofrecer
caridad. Así que todavía no sabía que estaba viviendo aquí.
Tenía la esperanza de que, por algún milagro, este verano
se mantuvieran alejados el mayor tiempo posible. De todas
formas, dudaba que les gustara que Bea les despertara
varias veces en mitad de la noche. Aunque, a decir verdad,
el verdadero motivo por el que no quería verlo era,
simplemente, porque iba a doler demasiado.
Pasó casi un mes sin rastro de Justin y Jade. Me estaba
volviendo a aclimatar por fin a la vida en la isla.
Roger acabó montándome la cuna. Era blanca y compré
un juego de cama en Internet con lo que quedaba en la
tarjeta de regalo. Roger y yo nos estábamos haciendo
amigos. Sabía que no me resultaba fácil salir de casa, así
que de vez en cuando me traía café o marisco fresco del
muelle. Aunque intuía que cabía la posibilidad de que se
sintiera atraído hacia mí, no hizo nada, lo cual era bueno,
porque no estaba en condiciones de salir con nadie.
Bea estaba pasando por una mala racha. Tenía cólicos y
seguía sin dormir mucho. No importaba cuánto la
amamantara, siempre quería más. Cuando conseguía salir
de casa, la llevaba a todas partes, al mercado, a las citas
con el médico. Llevaba sin salir sola desde el día que nació.
Estábamos las dos solas. Estaba bien así. Los únicos
momentos en los que la tristeza se apoderaba de mí solían
ser a última hora de la noche, cuando estaba más cansada
tras un largo día.
Una de esas noches, la lluvia golpeaba la ventana de mi
habitación. Bea gritaba y lloraba. Había agotado la leche de
mis pechos, pero no quería beber del biberón. Estaba
empezando a ver las estrellas a causa del cansancio y tenía
muchas ganas de dormir. Rompí a llorar. Me pareció que
esta clase de tortura sería adecuada para los presos de la
cárcel. ¿Cómo iba a seguir viviendo sin dormir? ¿Cómo iba
a volver a trabajar y quién podría cuidar de ella como lo
hacía yo? Un sentimiento de impotencia me consumía
mientras los truenos retumbaban en la distancia. ¿Y si nos
quedamos sin electricidad? ¿Cómo iba a cambiarle el pañal
en la oscuridad? Me di cuenta de que ni siquiera teníamos
velas. Un pequeño ataque de pánico empezó a gestarse en
mi interior. Decidí ir a la planta baja y bajé lentamente los
escalones mientras sostenía a Bea con cuidado.
Media hora después, mis emociones no habían hecho más
que empeorar. Tenía los pezones doloridos y agrietados.
Bea seguía entre mis brazos con cólicos. La puerta de
entrada hizo un ruido y el pánico se apoderó de mí. Me
golpeó una descarga de adrenalina mientras buscaba
frenéticamente la navaja de Justin en mi bolsillo. Me
aseguraba de llevar un pijama con bolsillos por esa misma
razón.
Alguien estaba entrando en la casa.
Caí en la cuenta de que mi móvil estaba arriba. Bea
estaba gritando, así que ni siquiera podíamos escondernos.
La puerta volvió a temblar.
—¡Maldita llave! —le oí decir cuando la puerta se abrió.
Se le salieron los ojos de las órbitas al verme. Bea estaba
colgando de mi teta. Tenía el pelo revuelto y le estaba
apuntando con su propia navaja.
—Justin.
11
Volvió la cabeza para dejar de mirarme.
—¡Joder, Amelia! Suelta la navaja y cúbrete.
Su llegada por sorpresa me había sobresaltado tanto que
ni siquiera me había dado cuenta de que uno de mis pechos
sobresalía del sujetador de lactancia. No llevaba camiseta
porque rara vez dormía con ella. Era más fácil
amamantarla solo con el sujetador. Con Bea en un brazo,
me dirigí a la cocina y recogí una fina chaqueta de uno de
los taburetes para taparme.
Entre que me estaba poniendo el jersey con torpeza y
hablaba entre los insoportables llantos de Bea, la escena
resultaba caótica.
—¿Qué haces aquí?
—¿Ahora vas por la casa solo en sujetador? Si es así,
vamos a tener un problema.
—No pensaba que fueras a aparecer. El año pasado
llegaste más avanzada la temporada. ¿Por qué no me has
llamado antes?
—Para empezar, no pensé que fueras a estar aquí.
Necesitaba escapar de la ciudad por un tiempo. Iba a pasar
un par de semanas preparando la casa antes de que
llegaras.
Los llantos de Bea no habían disminuido. La mecí en un
intento de calmarla.
—¿Qué le pasa?
—Tiene cólicos. No puedo producir suficiente leche para
satisfacerla y no quiere tomarse la leche de fórmula.
Se acercó lentamente adonde yo estaba y echó un vistazo
a la cara de Bea. Su boca se curvó en una ligera sonrisa.
—Se parece a ti.
—Lo sé.
Ahora que estaba cerca de mí, también me miró con
atención.
—¡Hostias, Amelia!
—¿Qué?
—Parece que has pasado por una guerra.
—¿Esa es otra forma de decir que estoy hecha una
mierda?
—Tienes los ojos inyectados en sangre… El pelo lleno de
nudos. ¡Joder! Estás hecha un desastre.
—¿Crees que no soy consciente?
—¿Estás durmiendo?
—No. Duermo muy poco. Está pasando por una mala
época, no me deja dormir por la noche y duerme de forma
esporádica durante el día.
—No, si no hace falta que lo jures.
—Muy gracioso.
—No puedes vivir así.
—¿Qué sugieres que haga exactamente?
—Puedes empezar por darte una ducha.
—No puedo dejarla llorando así.
—¿No se te ha ocurrido que tal vez está llorando porque
apestas? —Se rio por lo bajo.
Me quedé sin palabras durante unos segundos, antes de
romper a reír a mi costa. ¡Dios mío! Técnicamente, cabía la
posibilidad de que tuviera razón.
—Puede que tengas razón.
—Yo la sujeto mientras te duchas.
—¿De verdad? ¿Harías eso?
—Ya te he dicho que sí.
—¿Alguna vez has sostenido a un bebé?
—No.
—¿Seguro que te parece bien?
—Déjamelo a mí.
Ni de coña iba a dejar pasar esta oportunidad. Ahora
mismo, la idea de darme una ducha caliente parecía
absolutamente celestial.
—Ten cuidado con la cabeza —le advertí al tiempo que se
la entregaba con cuidado—. Asegúrate de que no se le
doble demasiado hacia atrás. Sostenle el cuello con el
brazo.
—La tengo.
Bea parecía diminuta entre sus grandes brazos. También
parecía gustarle estar ahí; la cabrona había dejado de
llorar.
—Tiene que ser una broma.
—¿El qué? —inquirió Justin.
—¿No te has dado cuenta de que ha dejado de llorar?
—Te lo he dicho. A lo mejor hueles.
—Puede ser. —Me reí—. O podría ser simplemente que
eres un imán para las chicas, y ese título se extiende
también a los bebés.
Meció su cuerpo de un lado a otro para calmarla y me
hizo un gesto para que me fuera.
—Shhh. Vete, Amelia. Antes de que vuelva a enloquecer.
—Vale. —Me di la vuelta al pie de la escalera—. Muchas…
gracias.
Arriba, mientras el agua caliente caía sobre mí, agradecí
a Dios que Justin apareciera en ese momento. La verdad
era que estaba a punto de perder la cordura. Al igual que
hacía siempre cuando éramos niños, Justin apareció justo
cuando lo necesitaba. Incluso si no había sido intencional,
esta noche había sido mi héroe.
Sintiéndome humana de nuevo, salí de la ducha y me
vestí tan rápido como pude. No se me escapó el hecho de
que el piso de abajo estaba en silencio. Aun así, sentí que
tenía que vestirme rápido por si Justin perdía la paciencia,
o peor aún, por si Bea se había hecho caca.
Cuando llegué abajo, la realidad distaba mucho de lo que
había imaginado. La espalda de Bea subía y bajaba
mientras estaba tumbada boca abajo sobre el pecho de
Justin. Estaba dormida como un tronco. Él estaba sentado
en el sofá, y todo estaba de lo más tranquilo. Cuando me
vio acercarme, se llevó el dedo índice a la boca para
indicarme que me callara.
Me senté en el sofá a su lado y me quedé mirando la
escena con asombro. Ni siquiera tuvo que hacer nada más
que existir y, de alguna manera, había sido capaz de
conseguir que se durmiera. ¿Quién iba a decir que Justin
«No quiero tener hijos» Banks era el encantador de bebés?
Se volvió hacia mí.
—¿Por qué no te vas a dormir?
—¿Y si se despierta?
—Yo me encargo.
—Se despertará con ganas de comer.
—Si eso pasa, la llevaré arriba. De momento está bien.
—¿Estás seguro?
—Amelia…
—¿Qué?
—¿Tiene pinta de que vayamos a ir a algún sitio pronto?
—Me espantó con la mano—. ¡Vete!
—Gracias —contesté antes de subir las escaleras.
Apenas recordaba que mi cabeza tocara la almohada. Era
el mayor tiempo que había dormido seguido desde el día
anterior al nacimiento de mi hija.
Seis horas después, el sonido del llanto de Bea me
despertó. Frotándome los ojos, pude ver a Justin de pie en
la puerta con ella.
—He intentado venir lo más tarde posible… —Se acercó a
mí y la puso en mis brazos—. Me voy para que puedas
amamantarla. Me voy a acostar un rato.
—Muchas gracias otra vez. Necesitaba esas horas de
sueño.
—Sin problema.
Cuando se fue, me saqué el pecho y Bea se enganchó al
momento. Olía a él. Respiré el masculino aroma y en mí
cobró vida un deseo sexual que llevaba reprimiendo mucho
tiempo. Era genial no ser ya la única adulta en esta casa,
pero necesitaba mantener mis sentimientos bajo control.
Costara lo que costase, no iba a permitirme volver a
obsesionarme con Justin. Ser responsable de otro ser
humano significaba que ya no podía permitirme estar en
una crisis emocional.
Era media tarde cuando Justin bajó las escaleras. Bea
estaba atada a mi pecho en el portabebés mientras yo
limpiaba la cocina.
—Buenos días. —Sonreí.
—Hola —contestó, adormilado.
Sin más, mi cuerpo se despertó con una intensa
necesidad. Era la definición misma de «desaliñado». Tenía
el pelo revuelto y, a la luz del día, era evidente que se había
dejado crecer la barba. Parecía que sobre sus músculos
habían pintado una camiseta gris. No iba ni a hablar del
pedazo de culo que le hacían esos pantalones de deporte.
—¿Cómo está? —preguntó. Mi cuerpo reaccionó todavía
más cuando se acercó para echarle un vistazo a Bea.
—Dormida.
—Me lo imagino. El sol está brillando. Debería haberlo
sabido. —Me miró a los ojos—. ¿Tú cómo estás?
—Me encuentro bien. Anoche estuviste increíble.
—Eso es lo que dicen siempre. —Me guiñó un ojo.
Puse los ojos en blanco.
—Gracias otra vez.
—Deja de darme las gracias. —Su expresión se volvió
seria—. ¿Sabes? Todas las veces que te pregunté cómo
estabas, me dijiste que estabas bien. Anoche no me pareció
que estuvieras bien en absoluto. Me mentiste.
—Justin, todo esto es responsabilidad mía. ¿Qué va a
hacer alguien más por mí?
—¿Ha venido tu madre a visitarte?
—Vino al hospital cuando nació Bea, pero no se ofreció a
quedarse para ayudar. Al parecer, está más preocupada por
cosas como viajar a Cancún con su novio y pregonar esos
leggings multicolores por todo Internet. Ya sabes,
prioridades.
—Para cagarse. —Miró alrededor de la casa y luego
añadió—: Nana habría ayudado.
—Sí. —Cerré los ojos por un momento, pensando en mi
abuela antes de que mis pensamientos cambiaran a mi
madre otra vez—. En cuanto a Patricia, de todas formas, no
quiero que esté conmigo. Tener que lidiar con ella sería
como cuidar a dos bebés.
—Aun así, debería tener la decencia de ofrecer ayuda,
aunque te niegues.
—Estoy de acuerdo.
Se rascó la cabeza.
—Se me ha olvidado traerme mi café. ¿Tienes algo por
ahí?
—La verdad es que dejé de beberlo cuando me enteré de
que estaba embarazada. El síndrome de abstinencia fue
mortal. Tengo un poco de café semidescafeinado en la
despensa.
—Supongo que eso tendrá que valer de momento. —Miró
a Bea—. No creerás que mi café ha podido hacerle algo,
¿verdad?
—¿Te refieres a su sueño desigual?
—Me siento culpable por haberte enganchado a esa
mierda. Ninguno de nosotros sabía lo que estaba pasando.
—Tranquilo. No fue culpa tuya. Mírala. Está bien.
Se frotó la barbilla y sonrió.
—Sí. Parece que está bien.
—Voy a subir a meterla en la cuna. Luego bajaré a
preparar un poco de café.
—Yo me encargo —dijo Justin.
—¿Seguro?
—Sí.
Después de acostar a Bea, Justin estaba preparando dos
tazas cuando volví a la cocina.
—¿Todavía le pones crema y azúcar? —preguntó.
—Sí, gracias.
—¿Cómo está?
—Durmiendo como un bebé.
—Bien. —Deslizó una taza hacia mí.
Le di un sorbo y le hice la pregunta que me moría por
hacer.
—¿Por qué no ha venido Jade contigo?
—Tiene un papel fijo en un nuevo musical llamado The
Alley Cats. No puede irse de la ciudad.
—¿No va a venir ningún día?
—No estoy seguro.
—¿Cuánto tiempo te vas a quedar?
Revolvió su café y sacudió la cabeza.
—No lo sé.
El temor me invadió. Justin solo llevaba aquí un día y yo
ya estaba triste por el día en el que volvería a dejarme sola.
—Bueno, me alegro de que estés aquí.
Nos tomamos el café en silencio hasta que noté que Justin
me estaba mirando los pechos.
Tosiendo, preguntó:
—¿Te has derramado el café encima?
Miré hacia abajo y, efectivamente, la leche materna
goteaba de mis pezones, formando dos gigantescas
manchas de humedad.
—¡Mierda! No. Estoy echando leche. Iría a cambiarme,
pero va a volver a pasar hasta que se despierte.
—¡Joder! ¡Cómo me alegro de no ser mujer!
¡Dios! Yo también me alegro de que no seas mujer.
—Bienvenido a mi vida. —Cuando siguió mirando hacia
abajo, bromeé—: No tienes que mirar. Mis ojos están aquí
arriba.
—Tus tetas están enormes. Tienes que saberlo.
—¡Oh! Soy muy consciente. Es una cuestión de oferta y
demanda. Cuanto más bebe, es decir, todo el tiempo, más
produzco. Es lo único que quiere hacer cuando está
despierta.
—No puedo decir que la culpe.
Sabía que se me estaba poniendo la cara colorada. ¿Qué
me estaba pasando? No podía ser un zombi andante que no
dormía y lidiar con este encaprichamiento otra vez. Ya ni
siquiera me sentía sexi. No obstante, estaba volviendo a
caer en un patrón de lujuria por este hombre.
—Bueno, aunque mis pechos están más grandes, he
perdido peso.
—Me he dado cuenta. ¿No has estado comiendo?
—No tan bien como debería. Me obligo a comer palitos de
queso y verduras crudas, pero en general estoy demasiado
agotada para cocinar nada sustancioso.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste algo casero?
—Ni me acuerdo. Las únicas veces que me molesto en
cocinar es cuando el vecino me trae marisco del muelle.
—¿Qué vecino?
—Roger.
—Roger.
—Sí. Se mudó el verano pasado a la casa que estaba
vacía. Ya sabes, la azul.
—¿En serio? —Me fulminó con la mirada—. ¿Qué más te
trae?
—Café a veces.
—Déjame adivinar. Está soltero.
—Sí, divorciado, pero solo es un amigo. Me ha ayudado.
De hecho, me montó la cuna.
—Claro. Por supuesto que lo hizo. Ningún hombre hace
esa mierda sin un motivo oculto, Amelia.
—No todos los tíos son iguales.
—Y no todas las chicas son como tú. Confía en mí, ese
tipo está esperando su oportunidad. Tenlo en cuenta y sé
precavida.
Sintiendo que me ardía la piel por el cumplido, me aclaré
la garganta.
—Bueno, da igual si tiene motivos ocultos o no. Está claro
que no estoy en condiciones de estar con un hombre. La
mitad de las veces ni siquiera puedo bañarme.
—No deberías dejar entrar a hombres extraños en esta
casa con tanta facilidad. Ahora mismo estás en una
posición muy vulnerable. El tío ese lo sabe.
—Bueno, necesitaba ayuda con desesperación, así que…
—Deberías haberme llamado a mí.
—Estabas en Nueva York. No habría tenido sentido. Él
está justo al lado.
—Habría venido a pasar el día si me necesitabas.
—No quiero ser una carga para ti, Justin. Necesito
encontrar mi propio camino. —A pesar de que a una parte
de mí le encantaba que hubiera dicho eso, otra parte
estaba igual de confundida—. Justo el verano pasado
sugeriste que nos evitáramos por completo. —Mi tono era
amargo—. Perdóname si no fuiste la primera persona a la
que pensé en llamar cuando necesitaba ayuda.
Su expresión se ensombreció.
—¡Joder, Amelia! ¿En serio? ¿Vas a volver a sacar el tema?
¿En serio crees que eso era lo que de verdad quería? Esa
noche había bebido mucho y dije e hice todo lo que pude
para no abalanzarme sobre ti. Pensaba que ya te había
explicado que sugerirte eso fue un error.
—Vale. Lo siento. —Alcé las manos—. No quiero discutir.
—Bien. —Exhaló y cambió de tema—. Le he dicho a
Salvatore que podía tocar unas cuantas noches aquí y allá
si quería. Pero no me comprometí a nada a largo plazo.
—¿Porque no estás seguro de cuánto tiempo te vas a
quedar?
—Sí.
—Bueno, seguro que está muy contento de tenerte de
vuelta, aunque sea unas pocas noches.
—Sí, lo estaba.
—Ojalá pudiera ir a verte tocar.
—¿Por qué no ibas a poder?
—No puedo llevar a Bea a Sandy’s. Se pondría a llorar en
medio de tus canciones. Y sería incómodo si tuviera que
amamantarla allí.
—¿Y qué si llora? Que se aguante la gente. Y podrías irte
al cuarto de atrás para amamantarla. Tienes que salir de
casa.
—Igual me lo pienso.
De repente, se levantó y dejó la taza en el fregadero.
—Tengo que trabajar. Esta noche haré yo la cena, así que
no te llenes de demasiadas verduras crudas.
—Genial.
Bea durmió al menos unas horas esa tarde, lo que me
permitió hacer la colada y otras tareas. Justin se pasó la
mayor parte del día encerrado en su habitación trabajando.
Cuando por fin bajó, estaba recién duchado y se estaba
abrochando los botones de la camisa negra.
Tenía demasiado buen aspecto, por lo que estaba claro
que no iba a quedarse en casa esta noche.
—¿Vas a tocar en Sandy’s?
—No, esta noche no.
—No lo parece. Vas muy arreglado.
—¿Te acuerdas de Tom de Sandy’s?
—¿El antiguo encargado de la noche?
—Sí. Le dije que podíamos quedar para tomarnos una
copa más tarde en el Barking Crab. Quiere preguntarme
algunas cosas sobre música.
—Ya veo.
—¿Por qué no subes a cambiarte antes de cenar?
—Vamos a comer aquí, ¿no?
—Sí, pero tienes manchas de leche en la camiseta. Pensé
que igual querrías ducharte y cambiarte.
Tenía razón. Necesitaba mostrar más amor propio.
—Me encantaría.
Justin cuidó de Bea mientras me duchaba. Decidí
arreglarme un poco y me puse un vestido ceñido. Me
cepillé el pelo y me maquillé los ojos. Me sentía como si me
estuviera preparando para una cita y necesitaba dejar de
pensar eso.
Creí que me encontraría a Justin cocinando cuando
volviera abajo. Le había dicho que pusiera a Bea en la sillita
mecedora. En vez de eso, la llevaba en brazos y se mecía de
un lado a otro, mirando por la ventana. No sabía que lo
estaba mirando.
—Ya he vuelto.
—¡Ey, hola! No quería estar en la silla, se puso a llorar, así
que hemos estado viendo la puesta de sol. —Mi corazón se
encogió.
—Tienes que cocinar, ¿verdad?
—Sí, pero no tardaré mucho.
Extendí los brazos y, para mi sorpresa, Bea se puso a
llorar en señal de protesta cuando intenté apartarla de él.
Le acaricié la espalda.
—Creo que no quiere separarse de ti —dije.
—No. Es solo tu imaginación.
—¿De verdad? ¿Quieres probarlo? —Se la acerqué de
nuevo.
Justin volvió a acunarla en sus brazos y, efectivamente,
Bea dejó de llorar. Estaba con la vista alzada hacia él.
Parecía que la hija era igual que la madre.
—Mi imaginación, ¿eh?
Justin le sonrió.
—No sé por qué le gusto. Ni siquiera hago nada más
aparte de sostenerla.
—Para un bebé, eso lo es todo.
De repente parecía un poco incómodo y me la devolvió.
—Será mejor que la sostengas tú.
De nuevo en mis manos, Bea empezó a inquietarse otra
vez, así que la llevé al salón y la amamanté mientras Justin
preparaba la cena.
Llamaron a la puerta.
—¡¿Esperas a alguien?! —gritó Justin desde la cocina.
—No. ¿Te importa abrir? Todavía está comiendo. —
Reajusté la manta sobre mi hombro para tener privacidad.
No veía la puerta principal desde donde estaba sentada,
pero sí que lo escuchaba todo.
—¿Quién eres?
—Soy Roger. Vivo en la casa de al lado. ¿Y tú?
¡Mierda!
—Justin. Esta es mi casa.
—¡Oh, cierto! Amelia mencionó un compañero de piso.
—¿Puedo ayudarte en algo?
—¿Está Amelia?
—Sí, pero está amamantando al bebé.
—He estado en el muelle. Le he comprado algo de
marisco.
—¡Amelia! ¡Roger está aquí! ¡Te ha traído algo de
marisco! —gritó Justin.
Genial.
—¡Ya voy! —grité mientras me cubría tan rápido como
pude. Tratando de parecer despreocupada, dije—: ¡Hola!
—Hola, Amelia. Perdona si molesto.
—No, para nad…
—La verdad es que estábamos a punto de comer —
interrumpió Justin.
Roger parecía molesto.
—¿Cuánto tiempo vas a quedarte, Justin?
—El tiempo que necesite.
—Amelia me dijo que tu novia es una estrella de
Broadway, ¿no?
—Sí.
—Eso no es moco de pavo.
—¿Moco de pavo? ¿Qué cojones? ¿Pero cuántos años
tienes? —Justin movió una mano e hizo como si se estuviera
apoyando en un bastón imaginario.
—Roger, no le hagas caso a Justin. Ha sido muy dulce por
tu parte traer los cangrejos. Te lo agradezco mucho.
—Cangrejos… Interesante elección —se burló Justin.
—Será mejor que os deje comer.
—Ya hablamos. —Sonreí.
—Cuídate, Amelia. Encantado de conocerte, Justin.
Justin hizo un pequeño saludo y el gesto como de estar
utilizando un walkie talkie.
—¡Roger!
Cuando Justin cerró la puerta detrás de Roger, me volví
hacia él.
—Estás siendo un completo imbécil.
—¡Venga ya! Solo me estaba metiendo con él.
—A ti te parece divertido, pero es el único amigo que
tengo aquí y lo vas a espantar. Después de que te vuelvas a
Nueva York, voy a necesitar a alguien con quien hablar.
Este sitio es muy solitario.
—No necesitas a ese pelele. ¿Por qué ibas a necesitarlo a
él? De todas formas, vives en Providence.
Me mordí el labio.
—De hecho… iba a hablar contigo sobre algo.
—¿Sobre qué?
—Puede que me tome un año libre… de mi trabajo como
profesora. Me han echado de mi apartamento porque el
propietario ha vendido el edificio. Ya no tengo donde vivir
en la ciudad, y no estoy segura de estar preparada para
meter a Bea en la guardería al final del verano. Iba a
preguntarte si te parece bien que me quede en esta casa
fuera de temporada.
—Esta casa es tuya. Claro que no pasa nada. Nunca te
diría lo contrario. No tendrías ni que preguntar.
—Vale. Bueno, me siento mejor ahora que me he quitado
ese peso de encima. Gracias.
—La cena está lista. Déjala para que puedas comer.
Justin había servido vino para cada uno.
—Esto… Yo no puedo beber, Justin.
—¡Mierda! Lo he hecho sin pensar.
—A ver, dicen que puedo tomarme una copa, pero aun así
me he mantenido alejada.
—No pasa nada. No se va a desperdiciar.
Justin había hecho una cazuela de arroz. Estábamos a
mitad de la comida cuando Bea empezó a llorar desde su
sillita. Cuando me levanté para sostenerla, Justin me
detuvo.
—Acábate la comida. Yo me encargo.
La recogió y la llevó a la mesa. Como siempre, se
tranquilizó en sus brazos mientras estiraba el cuello para
mirarle a la cara. Esta vez, alargó su manita y empezó a
jugar con su barba.
—Oye, ¿me estás diciendo que tengo que afeitarme?
Verlo con ella siempre me ponía la piel de gallina.
No vayas por ahí, Amelia.
Bea empezó a balbucear. Casi parecía que estaba
intentando hablar con él.
Justin fingió entenderla.
—¿Ah, sí? —Cuando expulsó gases, él ni siquiera se
inmutó. Se limitó a decir—: ¡Bueno, perdona!
No pude parar de reírme ante la situación.
Cuando acabé, se la quité y la amamanté en el sofá
mientras Justin limpiaba la cocina. Bea volvió a dormirse
después de comer.
Cuando Justin se unió a nosotras en el salón, caí en la
cuenta de que tenía planes para salir.
—¿No se suponía que habías quedado con Tom para
tomar algo?
—Creo que me lo voy a saltar. Mañana por la noche toco,
así que puedo quedar con él después.
Su teléfono vibró y respondió.
—Hola.
No estaba segura de con quién estaba hablando hasta que
miró hacia mí y dijo:
—Jade dice hola.
—Hola, Jade. —Sonreí, aunque por dentro empezaba a
sentir de nuevo esos viejos y conocidos celos. Puede que
fuera bueno que hubiera llamado en ese momento, porque
necesitaba desesperadamente un golpe de realidad.
Acto seguido, se alejó para acabar la llamada en la otra
habitación.
—Tengo que volver a Nueva York este fin de semana —
anunció cuando volvió.
Sentí que se me rompía el corazón.
—¡Oh! ¿Solo el fin de semana?
—Un poco más tal vez.
12
Era viernes por la noche y Justin ya se había ido a tocar a
Sandy’s. Se suponía que a la mañana siguiente iba a irse
temprano para regresar a Nueva York. Aunque en un
principio le había dicho que no iba a ir a verle tocar, me
estaba replanteando seriamente mi decisión. ¿Quién sabía
si volvería y cuándo? Después de todo, había venido a pasar
un tiempo a solas y acabó encontrándonos a Bea y a mí,
causando estragos en su vida. Si yo fuera él, no estoy
segura de que hubiera elegido volver.
Me volví de repente hacia Bea.
—¿Quieres ir a ver tocar al tito Justin? ¿Prometes portarte
bien?
La coloqué en la cuna antes de arrancarme la ropa de
manera impulsiva, temiendo que, si no me daba prisa, me
acobardaría y decidiría quedarme en casa. Me puse un
vestido rojo que no me había puesto desde antes de estar
embarazada y me metí las almohadillas para el pecho
dentro del sujetador para evitar las manchas de humedad.
Me dejé los rizos sueltos y me maquillé. En pocos minutos,
Bea y yo estábamos vestidas y en el coche.
Volver a Sandy’s me puso nerviosa. Llevaba sin ir desde el
verano pasado. También me ponía nerviosa que Justin me
viera entre el público cuando ya le había dicho que no iba a
estar ahí.
Estaba en medio de una canción que no reconocí. Como
de costumbre, el público estaba absorto en él y las mujeres
se acercaban cada vez más a la parte delantera para estar
cerca y ver mejor su bonito rostro mientras cantaba.
Siempre me resultaba muy emotivo verle tocar. Por suerte,
Bea se portó bien en su portabebés, lo que me permitió
empaparme de cada momento.
Me dirigí a la barra de caoba para saludar a Rick, el
camarero, que me dio un vaso de agua con gas a cuenta de
la casa. Relajándome en mi asiento, cerré los ojos y disfruté
del sonido de Justin cantando mientras empezaba una
versión de Wild Horses de los Rolling Stones. Esa evocadora
canción parecía estar hecha para su voz. Cuando sentí que
se me humedecían los ojos, me maldije a mí misma. ¿Por
qué siempre me ponía tan sentimental cuando cantaba?
Siempre me parecía que cada palabra de cada canción
tenía un significado y que, de alguna manera, podía
aplicarse a mis experiencias con él.
Como era de esperar, a mitad de la canción Bea empezó a
llorar. No era una de esas canciones que disimulaban muy
bien el llanto frenético de un bebé. Muchas cabezas se
volvieron hacia mí. Hubo murmullos, probablemente gente
que se preguntaba por qué había traído a un bebé a este
tipo de espectáculo.
Los sofocos impregnaron mi cuerpo. Aunque continuó la
canción sin problemas, la mirada de Justin se dirigió al
rincón de la sala en el que me encontraba. Nuestras
miradas se cruzaron. Me morí de vergüenza por haber
interrumpido esa preciosa canción. Cuando acabó, empecé
a dirigirme al cuarto de atrás. Justin me indicó con la mano
que me quedara. Aun así, seguí recorriendo el pasillo hasta
que su voz a través del micrófono me paró en seco.
—Ese bebé que oís llorar es muy especial para mí. Se
llama Bea. Su madre es Amelia, que también es especial
para mí; una de mis amigas más antiguas. En fin, ¿os
podéis creer que esta es la primera noche que Amelia sale
desde que Bea nació hace más de tres meses? Amelia no
quería venir esta noche. Tenía miedo de que la gente la
mirara si el bebé empezaba a llorar. Le dije que no se
preocupara, que la gente de aquí era amable y
comprensiva. No me creyó, pero se ha arriesgado y ha
venido de todas formas. Creedme cuando os digo que no lo
ha tenido fácil. Está haciendo un gran trabajo criando a esa
pequeña ella sola. Creo que se merece una escapada
nocturna, ¿no creéis?
Siguieron unos aplausos estridentes y Justin me hizo un
gesto para que me acercara a él. Bea seguía llorando.
—Dámela… El portabebés también —dijo, lejos del
micrófono.
Justin se colocó el Baby Björn sobre el pecho y metió a
Bea dentro antes de asegurarla. Mi niña estaba
exactamente donde quería estar y, finalmente, se
tranquilizó. Pues claro que lo hizo.
Se recolocó la guitarra para acomodarla y empezó a
cantar una canción que al principio parecía una nana.
Luego la reconocí como Dream a Little Dream. No pude
contener la sonrisa mientras veía a Bea allí arriba con él.
Las mujeres del público babeaban. Si antes pensaban que
lo amaban, ahora sus ovarios estaban en plena combustión.
Acabó la canción y el aplauso del público que siguió fue el
más fuerte que recordaba.
Cuando Justin sacó a Bea del portabebés, su trasero
quedó orientado hacia el micrófono. Magnificado por este,
un sonido que imitaba una explosión resonó en todo el
restaurante. Enseguida caí en la cuenta de que toda esa
gente estaba siendo testigo de la diarrea explosiva de mi
hija.
Justin perdió la compostura por completo. Mientras me la
devolvía, se reía junto con todos los demás.
—Eso sí que es partirse el culo —susurró.
—Será mejor que vaya a cambiarla.
Mientras me alejaba, me detuvo.
—Amelia.
—¿Sí?
—Estás preciosa.
Me encogí de hombros.
—Lo he intentado. —A pesar de que le había restado
importancia a su cumplido, no me había sentido guapa
hasta ese momento. Ahora mi corazón latía a mil por hora.
A la mañana siguiente, cuando nos despertamos, Justin no
estaba. Había una nota en la encimera de la cocina.
Ha sido la primera noche que habéis dormido las dos. No
he tenido el valor de despertaros antes de irme. Cuida
de Bea. Os veré pronto.
Pasó una semana entera sin saber nada de él.
Intenté no reaccionar de forma exagerada. Después de
todo, no éramos su responsabilidad. La soledad parecía
mucho peor ahora que sabía lo que se sentía al tener a
alguien cerca. El insomnio de Bea también era peor que
antes. Sinceramente, creo que ella lo echaba de menos. Y
yo también.
En un acto de desesperación, llamé a mi madre y le
pregunté si estaría dispuesta a quedarse conmigo durante
una semana o así. Ella solo llevaba tres días en la casa de la
playa y yo ya tenía ganas de pegarme un tiro en la cabeza.
Pasaba más tiempo al móvil con su novio o en la terraza de
arriba fumándose sus cigarrillos Benson and Hedges que
con Bea y conmigo. Fue una estupidez por mi parte
albergar la esperanza de que el hecho de que se convirtiera
en abuela cambiara su egoísmo.
Si bien es cierto que sí que se las apañó para vigilar a Bea
para que yo pudiera dormir unas pocas horas cada noche,
invitarla a quedarse con nosotras fue un error. La última
noche de su estancia, en vez de pasar tiempo de calidad
con Bea, prefirió insistir en que emprendiera acciones
legales contra Adam.
—¿Cuándo vas a obligarle a que pague lo que debe,
Amelia?
Justo después de que Justin se fuera, llevé a Bea a que le
sacaran sangre. Adam también fue a un laboratorio de
Boston y ayer se confirmó que definitivamente era su padre
biológico.
—Ahora mismo no quiero que Bea tenga que lidiar con él.
En lo que a mí respecta, él tiene que dar el primer paso. Se
ha portado tan mal que ni siquiera quiero que esté en su
vida.
—Bueno, no vas a poder mantenerte por mucho tiempo.
Necesitas salir con un hombre, aunque no sea él.
—No voy a meter a un hombre en la vida de Bea solo para
usarlo como apoyo económico. Encontraré la forma de
cuidar de mí misma.
Yo no soy tú.
—Buena suerte haciendo eso con el salario de profesora.
—Al menos tengo una carrera respetable en la que
apoyarme. Estoy segura de que piensas que lo mejor para
mí es no trabajar y vivir a costa de hombres extraños, como
haces tú. Menos mal que mi padre era uno de los buenos.
Pero te aseguro que nunca haré pasar a Bea por la infancia
que tuve yo, con hombres que van y vienen.
—Actúas como si hubieran abusado de ti. Tu infancia no
fue tan mala.
—¿Tú qué sabrás? Estuviste ausente la mayor parte.
—¿En serio me invitaste a que viniera para discutir,
Amelia?
—Necesito dormir. Te vas mañana. Dejemos de discutir.
¿Te importa quedarte con Bea para que pueda dormir unas
horas?
—Claro. Adelante.
Pensé que podría aprovechar su última noche aquí.
Probablemente no volvería después de esta tormentosa
experiencia.
Unas horas más tarde, algo interrumpió mi sueño. Era
más de medianoche. Me pareció oír el débil sonido de
gente hablando en el piso de abajo. Se suponía que mi
madre estaba vigilando a Bea, así que ¿quién demonios
estaba en mi casa?
El pánico se apoderó de mí y me arrastré escaleras abajo,
deteniéndome a mitad de camino cuando me di cuenta de
que la otra voz era la de Justin.
¿Había vuelto?
Me escondí en el hueco de la escalera para escucharlos, y
la conversación que se produjo entre él y mi madre me dejó
completamente alucinada.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Esta es mi casa —respondió Justin.
—Lo cual es ridículo, por cierto. Esta casa me la debería
haber dejado a mí.
—¿Has venido aquí por tu cuenta o te ha invitado tu hija?
—Amelia me pidió que viniera. —Hizo una pausa y luego
añadió—: ¡Dios! ¡Te has puesto buenísimo!
—¿Perdón?
—Eres como una versión más atractiva de tu padre. Ojalá
tuviera quince años menos. A menos que te gusten las
mujeres mayores…
—¿Estás de coña, Patricia? ¿No le has hecho ya el
suficiente daño a nuestras vidas? Amelia te invitó a que
vinieras para ayudarla con el bebé, y me encuentro a Bea
sola en el salón mientras tú estás fumando en la puta
terraza. ¿Y ahora intentas ligar conmigo?
—Tranquilo. Solo estaba bromeando.
—Ojalá pudiera creerme que estabas bromeando. ¿Tienes
idea de por lo que ha pasado Amelia estos últimos meses?
Está haciéndolo lo mejor que puede. No se merece esta
mierda. Deberías haberle ofrecido ayuda desde el primer
día, pero sinceramente, está mejor sin ella.
Ya había tenido suficiente. Bajé las escaleras e intervine.
—Mamá, creo que es mejor que te vayas esta noche.
—¿Esta noche? Pensaba irme por la mañana de todas
formas.
—Sí, pero eso era antes de saber que Justin volvería. Esta
es su casa y nos estás molestando a los dos. ¿Y por qué
estabas en la terraza cuando se suponía que estabas
cuidando al bebé?
—Estaba durmiendo. No es para tanto.
—¡Para ti nunca es para tanto!
—¿En serio me estás pidiendo que me vaya ahora mismo,
en mitad de la noche?
—No. Te estoy diciendo que te vayas. Por favor. Eres mi
madre y te quiero, pero eres un puto desastre y no vas a
cambiar nunca.
—Increíble —resopló mi madre antes de subir en silencio
a recoger sus cosas.
Cuando regresó, sacó a Bea del portabebés en el que
estaba durmiendo y la despertó a propósito para darle un
beso. Bea empezó a llorar cuando mi madre me la entregó
antes de salir por la puerta sin decir nada más.
Cuando la puerta se cerró, apreté los ojos, sintiendo que
iba a llorar junto con el bebé. En ese momento, sentí cómo
los brazos de Justin me rodeaban.
—Lo siento —dijo.
—No estaba segura de si ibas a volver.
Me quitó a Bea de los brazos. Como era de esperar, se
calmó al instante. Pero también ocurrió algo inesperado,
algo que nunca había hecho antes. Su boquita se abrió en
una amplia sonrisa desdentada mientras lo miraba.
—¡Dios mío, Justin! ¡Te está sonriendo!
—¿Es la primera vez que sonríe?
—Ha habido veces en las que he pensado que quizá
estaba sonriendo, pero no estaba segura de si eran solo
gases. Pero en este caso no hay duda. ¡Está claro que es
una sonrisa!
Parecía estar asombrado mientras ella continuaba
sonriéndole.
—A lo mejor se pensaba que no iba a volver.
No sería la única.
—Las dos nos alegramos de que hayas vuelto.
A la mañana siguiente, cuando bajé con Bea, Justin ya
había preparado café. El olor de los granos recién molidos
mezclado con su aroma a almizcle era una forma estupenda
de empezar el día. Me di cuenta de que también había una
nueva máquina Keurig colocada en la encimera.
—¿De dónde ha salido eso?
—Me la he traído de mi apartamento de Nueva York. Así
puedo hacer la fusión de cafés para mí y café
semidescafeinado en la cafetera para ti.
—¡Qué detalle!
Cuando me entregó mi taza humeante, caí en la cuenta de
algo.
—¿Qué le has echado? Nos quedamos sin crema. No he
podido ir al mercado.
—He utilizado leche.
—No teníamos leche.
Señaló la nevera con el pulgar.
—Ahí había una botella de cristal con leche.
Me tapé la boca.
—No he comprado leche —contesté—. Justin, ¡esa era mi
leche materna! Me la extraje y la eché en una botella de
cristal vacía. Lo único bueno que hizo mi madre por mí
mientras estuvo aquí fue comprarme un sacaleches. He
estado practicando con él. —Partiéndome de la risa, señalé
el café—. ¡Acabas de echarle mi leche materna al café!
—No solo eso… Yo ya me he bebido dos tazas con tu leche
materna. Voy por la tercera.
Volví a taparme la boca.
—¡Por Dios!
Le dio un sorbo al café.
—Está que te cagas.
—¿En serio?
—Sí. Es dulce. Ya veo por qué Bea se la toma como si
fuera crack.
—¿Estás de broma?
—No.
—Estás loco. No pienso beberme esto.
—¿Cuánta de esa mierda puedes hacer por día? Podemos
venderla.
—Más te vale que estés de broma.
—En cuanto a lo de venderla… sí. ¿En cuanto a lo de
bebérmela? No. Y no quiero compartirla con nadie más que
con Bea.
—Estás enfermo.
Me guiñó un ojo.
—¿Acabas de descubrirlo?
¡Qué bien sentaba tenerlo de vuelta!
Una semana después, era una típica noche entre semana en
casa. Justin estaba tocando en Sandy’s y Bea y yo nos
habíamos quedado en casa. Estaba muy callada jugando
con el móvil en el suelo, así que decidí meterme en Internet
mientras descansaba en el sofá con el portátil.
Había evitado entrar en el perfil de Facebook de Jade
porque no quería ver las fotos de la vuelta de Justin a
Nueva York, las cuales no harían más que disgustarme. No
sabía cómo, pero, aun así, acabé en su perfil, mirando sus
publicaciones recientes. Gran parte de ellas eran las
mismas de siempre: escenas entre bastidores, amigos del
teatro quedando por la ciudad después de las funciones,
fotos con fans. Sin embargo, había una cosa que no me
esperaba para nada. Jade había cambiado recientemente su
estado sentimental de «en una relación» a «soltera».
¿Habían roto?
El corazón me latía sin control.
¿Cuándo había pasado eso?
También había publicado un estado críptico justo cuando
Justin volvió a Newport: «Por los nuevos comienzos».
¡Lo habían dejado mientras él estuvo en Nueva York!
Hacía una semana que había vuelto y no me lo había
contado. ¿Por qué lo habría mantenido en secreto? La
mente me iba a mil. ¿Acaso pensaba decírmelo en algún
momento?
Me quedé en el mismo lugar del salón, esperando a que
llegara a casa. Cuando el pomo de la puerta giró, me
enderecé.
Justin dejó la guitarra junto a la puerta y colgó la
chaqueta.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?
—¿Por qué no me has dicho que tú y Jade habéis roto?
Dejó escapar un lento suspiro y se sentó conmigo en el
sofá.
—¿Cómo te has enterado?
—Ha cambiado el estado sentimental en Facebook.
Dejó escapar otro profundo suspiro.
—Hacía tiempo que las cosas se habían enfriado entre
nosotros. Nos habíamos distanciado durante el último año.
La razón por la que me vine a Newport antes de tiempo fue
para tener algo de tiempo a solas para pensar. Fue
entonces cuando os encontré a ti y a Bea.
—No lo entiendo. Pensaba que estabas enamorado de ella.
—No.
—¿No? ¿Entonces por qué siempre le decías que la
querías? ¿Eso no es engañar?
—En un momento dado sí que pensé que la quería. Así
que, sí, nos decíamos que nos queríamos. Una vez que
empiezas a decir esa palabra, usarla se convierte en algo
habitual. Se abusa de ella y pierde su valor. Tuvimos una
buena relación durante un tiempo, pero no iba a funcionar
a largo plazo.
—¿Por qué?
—Somos demasiado diferentes. Ahora mismo ella está
muy metida en el mundo del teatro. No teníamos tiempo
para trabajar en los problemas que teníamos.
—Y quería hijos —añadí.
—Eso también.
Tragué saliva. Aunque ya sabía lo que sentía con respecto
a los niños, una parte de mí esperaba que estar cerca de
Bea le hubiera demostrado que no era tan terrible.
—No parecía que tuvierais ningún problema. De hecho,
todo lo contrario. Tenía que taparme los oídos cada vez que
ella estaba en casa.
—El sexo fue bueno. Nunca tuvimos problemas en ese
aspecto. Pero se necesita algo más profundo que eso para
durar con alguien toda la vida. No quería hacerle perder el
tiempo. El tiempo es valioso.
—Entonces, ¿has sido tú el que ha roto con ella?
—Sí. He sido yo el que lo ha dejado.
Me sentía muy mal por Jade. Sabía lo que era tener
sentimientos fuertes por este hombre, y era una buena
persona. No se merecía que la dejaran.
—¿Por eso fuiste a Nueva York?
—Me estaban pesando mis sentimientos. No quería
pasarme todo el verano así. Ahora es libre de hacer lo que
le plazca.
—¿Y tú?
Dudó antes de responder.
—También.
Mi cuerpo no sabía cómo reaccionar, si sentir alivio o
náuseas. ¿Eso era algo bueno o malo? Sinceramente, no lo
sabía. El hecho de que Justin estuviera soltero significaba
que podría ir de flor en flor y traerse chicas a casa,
aprovechándose de todas las mujeres que estaban como
locas por él en Sandy’s. No podría lidiar con algo así. Era
extraño, pero saber que estaba comprometido con Jade
siempre traía un consuelo agridulce, porque al menos solo
había una mujer de la que preocuparse. Ahora cabía la
posibilidad de que hubiera muchas.
Al mismo tiempo, para mí podría ser una oportunidad
para estar por fin con él. Enseguida me quité ese
pensamiento de la cabeza, ya que sabía de sobra que era
una posibilidad remota. Él no quería tener hijos; fue tajante
al respecto. Ahora yo venía con una y no habría posibilidad
alguna de que él aceptara el paquete con todo incluido. En
ese momento, se me ocurrió que tal vez me había estado
ocultando la ruptura a propósito para evitar cualquier
expectativa por mi parte. ¡Eso era!
—¿Por qué me lo has ocultado, Justin?
—Iba a decírtelo.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
—Que lo supiera no cambia nada entre nosotros, si es lo
que piensas. No espero nada de ti, y menos ahora.
—¿Qué quieres decir con «y menos ahora»?
—Quiero decir que… quizá si no hubiera tenido a Bea… —
Sacudí la cabeza—. No importa.
—Di lo que ibas a decir.
—Podría haber sido diferente si no hubiera tenido una
hija. Quizá hubiéramos podido ver cómo iban las cosas.
Parecía que le estaba costando decidir qué decir a
continuación.
—No eres menos atractiva por tener una hija. No pienses
eso nunca. Pero tienes razón en una cosa: cualquier
hombre con el que acabes tiene que estar cien por cien
preparado para esa responsabilidad. —Señaló a Bea, que
daba patadas con las piernas mientras seguía jugando en la
alfombra—. No sería justo para ella si no fuera así.
Tenía razón.
Cuando mi cabeza tocó la almohada esa noche, nunca me
había sentido más confundida sobre lo que me depararía el
mañana.
13
Todas las noches, cuando se abría la puerta, me daban
escalofríos y me preguntaba si esa noche sería la que por
fin traería a una mujer a casa. Me preparaba todo el tiempo
para ello. Justin era una persona muy sexual. Jade siempre
hacía referencia a su insaciable apetito. Eso siempre hacía
que me entraran ganas de vomitar.
No iba a ser célibe para siempre.
No era cuestión de si traería a alguien a casa, sino de
cuándo. Sin embargo, cada vez que entraba solo era un
alivio mayor que el anterior.
Los días pasaban y con cada uno me preguntaba cuánto
tiempo más continuaría esta pacífica camaradería entre
nosotros.
Bea estaba cada día más grande. Por fin se daba la vuelta.
Eso significaba que debía tener mucho cuidado cuando le
cambiaba el pañal, porque podía caerse fácilmente de la
mesa. Ahora que me sacaba la leche, me resultaba mucho
más fácil salir de casa de vez en cuando. Justin cuidaba a
Bea durante un rato mientras yo hacía los recados. Me
refería a él como «tito Justin» cuando estaba con ella. Él
parecía estar contento con eso. Era un título seguro y
dejaba claro que no esperaba que tuviera un papel más
importante en su vida. Lo más probable era que para ella
siempre fuera el tito Justin. Me comprometí a aceptarlo.
La mejor parte de mi día seguía siendo las mañanas,
cuando Justin y yo nos sentábamos en la cocina con Bea y
nos tomábamos el café juntos. Sin embargo, el bicho raro
seguía utilizando la leche que me extraía como sustituto de
la crema. Al principio pensaba que seguía con la costumbre
solo para hacerse el gracioso, pero cuanto más tiempo
pasaba, más claro quedaba que sí que le gustaba su sabor.
—¿Crees que eso es normal? —le pregunté mientras se
vertía un poco de la botella en el café.
—Prefiero beberme la tuya que la de una vaca cualquiera.
Piénsalo. Tú eres la que dejó de comer carne tras
experimentar un momento de iluminación.
—Vale, pero a pesar de eso, te das cuenta de que
cualquier persona normal pensaría que es de chiflados que
bebas leche materna, ¿no?
—No. De chiflado sería que me pusiera a la cola mientras
amamantas a Bea y que pidiera ser el siguiente.
Solté una carcajada.
—Cierto, pero ¿qué va a pasar cuando empieces a salir
con alguien? ¿Crees que va a aceptar que te tomes la leche
materna de otra mujer? ¿O incluso que lo hiciste en el
pasado?
—Me preocuparé de eso cuando tenga que hacerlo.
Me pareció una buena oportunidad para fisgonear.
—Entonces, ¿no estás saliendo con nadie?
Me miró por encima de la taza con un brillo de diversión
en los ojos.
—Estoy seguro de que sabes la respuesta, Amelia. Si no
estoy aquí, estoy en Sandy’s y luego vuelvo a casa. ¿Cuándo
vería a esa persona?
—Lo sé. Supongo que estoy confundida.
Dejó la taza de cerámica sobre el granito.
—De acuerdo. Explica por qué estás confundida.
—Es evidente que eres muy atractivo. Encima eres
músico. Tienes mujeres que literalmente se te tiran encima.
Ha pasado un mes desde que rompiste con Jade. Sigo
esperando que entres aquí con alguien. Eso es todo.
—Piensas que soy un promiscuo cuando estoy soltero…
—Solo te he visto con una novia, así que la verdad es que
no lo sé.
Puso las manos sobre la mesa y se inclinó hacia mí. Lo
que dijo a continuación me dio escalofríos.
—Me encanta follar. Me ENCANTA. Más que nada. —Esas
palabras llegaron directamente a mis entrañas. Se sentó y
se cruzó de brazos—. Pero cuanta más experiencia tengo,
más me doy cuenta de que hay que tener cuidado ahí fuera.
Ya no me acuesto con cualquiera como antes.
Decidí meterme con él.
—Es interesante que digas eso, porque estaba pensando
que quizá el sexo ocasional es mi única opción.
Casi escupió el café.
—¿En serio?
—Sí. De hecho, tú me has ayudado a darme cuenta de
eso.
—¿Sí? Me gustaría escuchar lo que tienes que decir.
—Piénsalo. Tal y como has dicho, sea cual sea el hombre
que acabe conmigo tiene que ser a largo plazo. Se necesita
mucho tiempo para que eso ocurra, ¿verdad? No puedo ser
célibe mientras espero a ver si el Sr. Correcto quiere ser un
padre para mi hija. A mí también me gusta follar.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—Ya veo.
—Aunque en los últimos años no me he acostado con
cualquiera, tal vez sea mejor para mí que, en este momento
de mi vida, solo tenga sexo que no signifique nada con una
persona de confianza y que esté en el mismo punto que yo.
Tendría que estar limpio, por supuesto, tener hechas todas
las pruebas de enfermedades venéreas.
—¿Estás hablando en serio?
—Muy en serio.
Empezaba a estar convencida de mi propio argumento.
Tenía algo de sentido.
Se burló.
—¿Y dónde vas a encontrar a ese hombre que solo busca
follar de forma ocasional, pero que también resulta ser una
persona sana y respetable que puedes tener cerca de tu
hija? ¡Ah! Y al parecer este tipo no se está acostando con
nadie más al mismo tiempo. Sí, eso tiene mucho sentido.
—No dejaría que ningún hombre se acercara a Bea a
menos que fuera algo serio. Así que no conocería a mi hija.
—¿Dónde te reunirías con ese hombre entonces?
—En hoteles.
—¿Quién va a vigilar a Bea cuando te estés tirando a ese
tipo en un hotel?
Resoplé.
—¿Tú?
—Por favor, dime que estás bromeando. Porque estoy a
punto de perder los estribos.
—¿Quieres la pura verdad?
—Sí.
—La mayor parte era una broma, pero creo que en algún
momento tendré que encontrar a alguien que satisfaga mis
necesidades; alguien en quien pueda confiar, pero que
entienda que no sería nada más que sexo.
Apretó los dientes.
—Alguien como Roger, el vecino…
—Tal vez…
Se le puso la cara roja de rabia mientras se levantaba y
ponía la taza en el fregadero.
—Eso es genial, Amelia. Una puta maravilla.
Eso fue lo último que dijo antes de subir las escaleras
para empezar su jornada laboral.
No bajó en lo que quedó de mañana.
Justin estaba enfadado… y muy celoso. Ni siquiera había
sido sutil.
Le había dicho que le estaba diciendo la verdad, pero era
mentira. Porque la verdad era que solo había un hombre
con el que había soñado follar en un hotel, y era él.
Esa noche, Justin parecía que seguía de mal humor. Pasaba
de un canal a otro a la velocidad de la luz sin ni siquiera
prestar atención. Cuando mi móvil vibró en la mesa de
centro, lo agarró y miró el nombre que aparecía en la
pantalla.
Una mirada de asombro se apoderó de su rostro mientras
me entregaba el móvil.
—Es Adam.
¡Mierda!
El otro día le dejé un mensaje de voz a Adam en el que le
preguntaba si estaba interesado en venir a Newport para
conocer a Bea. Verlo era lo último que quería, pero sentía
que le debía a mi hija al menos intentar establecer una
relación entre ellos.
Justin me observaba como un halcón mientras respondía.
—¿Hola?
La voz de Adam sonó un poco apagada.
—Hola.
—Supongo que has recibido mi mensaje de voz.
Había algo de interferencias; debía de estar conduciendo.
—Sí. Ashlyn está fuera. Puedo ir este fin de semana.
¿Cuándo te viene bien?
¿Solo puede venir porque Ashlyn está fuera? Muy bonito.
—Creo que es mejor que nos veamos en el centro. Tal vez
en el parque. Puedo enviarte un mensaje con la ubicación.
¿Te viene bien el sábado?
—Sí, está bien.
—Vale. ¿Quedamos sobre las tres?
—Me parece bien.
—Te informaré pronto por mensaje.
—Vale. Adiós.
—Adiós.
Ni siquiera había preguntado cómo estaba.
Justin todavía me miraba con desprecio después de haber
colgado.
—¿Va a venir aquí? ¿Desde cuándo está interesado en
formar parte de su vida?
—Desde que un análisis de sangre demostró que es el
padre.
—Nunca me contaste que te habías hecho uno.
—Solo fue una formalidad. Sucedió mientras estabas
fuera, ni siquiera pensé en mencionarlo porque nunca hubo
dudas. De todas formas, la única persona a la que le
importaba la prueba era a Adam, porque me acusaba de
estar mintiéndole.
El tono de Justin era severo.
—Sigo sin querer que se acerque a ella.
—Es su padre.
—Es un donante de esperma —dijo con los dientes
apretados.
—¿Qué se supone que debo hacer? ¿Alejarla de él?
—No se la merece. —Justin pareció sumido en sus
pensamientos durante unos instantes antes de preguntar—:
¿Cuáles son exactamente sus derechos ahora?
—No estoy del todo segura. No creo que quiera asumir la
responsabilidad de cuidarla, así que ni siquiera he
investigado sobre el tema. Por la misma razón, tampoco le
estoy presionando para que haga nada. De todas formas,
solo será una reunión rápida.
—Voy contigo.
—No. No tienes por qué hacerlo.
—Ni de broma voy a dejar que vayas a ver a ese idiota tú
sola.
—No hace falta. Estaremos…
—Amelia, no es una petición. Voy contigo —repitió.
Su mirada me dijo que esta era una discusión que no iba a
ganar.
El tiempo era perfecto, seco y con poca humedad. Íbamos a
reunirnos en el Colt State Park, que se encontraba justo al
otro lado del puente, fuera de la isla. Justin y yo visitamos
este parque una o dos veces cuando éramos niños, así que
nos sentimos un poco nostálgicos.
Llegamos una hora antes de la que habíamos acordado
con Adam, e hicimos un pícnic y pasamos la mañana allí.
¿Por qué no equilibrar una actividad estresante con algo de
diversión?
Le puse a Bea el vestido rosa más llamativo que tenía y le
coloqué una de esas diademas con volantes finos en la
cabeza. Sus pequeños pies estaban cubiertos por unos
zapatos blancos de charol preciosos.
Justin le pasó suavemente el dedo por la cabeza.
—Bea está adorable, pero sabes que me molesta que la
hayas arreglado para él.
—Quería que estuviera guapísima para que se sintiera
como una mierda.
—Ella siempre está guapísima, da igual lo que le pongas.
Él debería sentirse como una mierda, ya esté Bea llevando
un vestido o esté cubierta de caca. Es carne de su carne y
no la ha visto ni un puto día en los primeros cinco meses de
su vida.
—Tienes razón.
Nuestra atención se dirigió a un par de adolescentes que
volaban una cometa multicolor. Nos sentamos en silencio,
disfrutando del paisaje. Era un día estupendo para meterse
en el agua, por lo que, como el parque colindaba con el
océano, se veían muchos veleros a lo lejos.
Justin levantó la vista hacia el cielo azul y despejado.
—¿Te acuerdas de la última vez que estuvimos aquí?
—Sí —respondí en voz baja—. Fue poco antes de
mudarme a Nuevo Hampshire. Estabas empezando a
aficionarte a la fotografía. —Justin se llevó la cámara al
Colt State Park la última vez que estuvimos aquí y sacó
algunas fotos mías con el mar de fondo.
—Sí. Esa afición duró poco; con la música pasó a un
segundo plano. —Sacó la cartera, que era bastante vieja y
tenía el cuero marrón agrietado y desgastado. La abrió—.
Si te enseño algo, no te rías.
—Vale…
Sacó una pequeña foto en blanco y negro que estaba
metida en el fondo. Los bordes del papel fotográfico
estaban desgastados. Era una foto mía que nunca había
visto.
—Esta fue una de las fotos que hice ese día. Fue la única
que revelé.
Se la quité.
—¡Vaya! Nunca tuve la oportunidad de ver ninguna de
esas fotos.
—Esta fue mi favorita porque la hice cuando no estabas
posando. Te estabas riendo de una de mis bromas.
Mi mirada viajó de la foto a sus preciosos ojos azules, que
estaban clavados en los míos y reflejaban el océano detrás
de mí.
—¿Siempre has llevado esto encima?
—Era incapaz de deshacerme de ella, ni siquiera cuando
estaba enfadado contigo. La tenía escondida para no tener
que verte, pero no pude tirarte.
—¿Tirar la foto o tirarme a mí?
—Ambas.
Continuamos mirándonos fijamente mientras yo
espantaba las punzadas de anhelo que siempre estaban ahí
y que necesitaban ser reprimidas todo el tiempo.
Miré el reloj y me di cuenta de que eran las tres y diez.
—Adam llega tarde.
—Menudo idiota.
Justin me quitó a Bea y se recostó, colocándosela sobre el
pecho. Ella le acercaba la manita a su boca mientras él le
hacía pedorretas contra los dedos.
Pasaron los minutos y seguía sin haber rastro de Adam.
Después de una hora de espera, Justin se estaba poniendo
furioso.
—Tenemos que irnos.
—No me creo que no vaya a aparecer. Igual está en un
atasco.
—¿Por qué no te ha escrito entonces? Es más que una
puta falta de respeto. No se merece ni un minuto más de
nuestro tiempo. A estas alturas es mejor que ni aparezca,
porque se llevaría un puñetazo en la cara.
Empecé a recoger las cosas, sintiéndome muy triste por
Bea. A mí no me importaba que Adam no formara parte de
nuestras vidas, pero seguro que algún día a ella sí que le
importaría.
De repente, mi móvil vibró. Era un mensaje de Adam.
Iba de camino, pero me di la vuelta. Lo siento. No puedo.
No puedo hacerlo. Te enviaré dinero.
Justin me quitó el móvil y leyó el mensaje. Sacudió la
cabeza con total incredulidad y luego miró a Bea, que
seguía sentada con su bonito vestido y le devolvió la
mirada. Justin tenía las rodillas levantadas y Bea tenía la
espalda apoyada en la pendiente de sus piernas. Sus
pequeñas manos estaban rodeadas por las grandes de él.
Mi hija estaba feliz como una perdiz. No tenía ni idea de lo
que ese mensaje de texto significaba para el resto de su
vida. No tenía ni idea de que su padre acababa de
abandonarla.
Estaba bastante segura de que mi hija pensaba que, en
ese momento, estaba mirando a los ojos de su padre.
Tras un largo silencio, Justin susurró:
—No sabe lo que se pierde. Es un imbécil. —Acercó su
cara a la de ella y añadió—: Bueno, no le necesitamos.
¿Verdad, Bea? ¡Que le den!
Aunque no debería haber dicho palabrotas cerca del
bebé, ocurrió algo increíble. En el momento en el que Justin
dijo «¡Que le den!», Bea empezó a reírse como si lo hubiera
entendido. No fue una risa sutil, sino más bien una
carcajada contagiosa. Cuando se detuvo de repente, Justin
inclinó la cabeza hacia atrás y luego la bajó muy rápido
mientras repetía:
—¡Que le den! —De nuevo, estalló en carcajadas. Lo hizo
otra vez—. ¡Que le den! —Se produjo un ataque de risa aún
mayor. Justin y yo nos estábamos muriendo de la risa junto
con ella.
Mis ojos derramaban lágrimas y, sinceramente, no sabría
decir si estaba riéndome o llorando.
Esa noche, Justin se ofreció a acostar a Bea. Se puso a
cantar y su relajante voz llegó hasta el piso de abajo. Cerré
los ojos y me centré en el sonido de su voz mientras la
arrullaba. La canción que había elegido no era una
coincidencia: Isn’t She Lovely?, de Stevie Wonder.
14
A la semana siguiente, era mediodía y Justin estaba arriba
trabajando. Bea estaba tumbada boca abajo jugando en el
salón mientras yo pagaba unas facturas. Llamaron a la
puerta. Cuando abrí, Roger estaba de pie con dos cafés
medianos de Maggie’s Coffeehouse. Había pasado más de
un mes desde su última visita.
—¡Cuánto tiempo sin vernos! —Sonreí. Tomando una de
las bebidas, le dije—: No tenías por qué hacerlo, pero era la
hora de mi dosis de cafeína de media mañana, así que es
perfecto. —Hice un gesto con el brazo—. Pasa.
Se arrodilló para saludar a Bea.
—¡Dios! ¡Cómo está creciendo!
—Lo sé. Va a cumplir seis meses. ¿Te lo puedes creer?
—El tiempo vuela.
—Sí… Por eso me alegro de que te hayas pasado por aquí.
Temía que Justin te hubiera espantado.
Se sentó y habló en voz baja.
—Bueno, si te soy sincero, no sabía si venir o no. Tu perro
guardián intimida un poco.
—Siento que fuera grosero la última vez que estuviste
aquí.
—Supongo que todavía vive aquí, ¿no?
—Sí. Justin está en casa ahora. Trabaja a distancia y está
arriba en su despacho.
—¿Cuánto tiempo va a quedarse en la isla?
Se acercaba el final del verano y Justin no me había dado
ninguna indicación sobre lo que iba a hacer. Cada vez que
le preguntaba, decía que no estaba seguro.
—La verdad es que no lo sé. Puede quedarse todo el
tiempo que quiera porque es dueño de la mitad de la casa,
así que no lo discutimos.
—¿Puedo ser un poco entrometido?
—Claro. ¿Qué pasa?
—¿Hay algo más entre vosotros dos?
—No. ¿Por qué lo preguntas?
—Bueno, un hombre no ladra sobre su amiga a otro
hombre a menos que la quiera para él.
—Justin y yo compartimos una larga historia, pero nunca
hemos estado juntos. Ni siquiera nos hemos besado una
sola vez en más de una década que nos conocemos.
—¿En serio?
—Puede llegar a ser muy protector, pero no quiere tener
una relación seria conmigo, y menos ahora. Le tiene cariño
a Bea, pero no quiere tener hijos. No quiere estar conmigo.
Había algo en esas palabras que me hizo sentir
increíblemente triste y enfadada. ¿Por qué yo no era
suficiente? ¿Por qué no lo era Bea? A Justin le
importábamos, pero no lo suficiente.
—Pues él se lo pierde.
—Algunas cosas es mejor dejarlas como están.
—Bueno, ahora que has aclarado ese tema… ¿puedo
hacerte otra pregunta?
—Sí.
—¿Te gustaría salir este fin de semana? Hay un festival de
jazz en el centro. Me encantaría llevarte a ti… y a Bea.
Podríamos ir durante el día.
—Te voy a ser sincera, porque no sé si me estás pidiendo
una cita. No creo que esté preparada para tener algo serio,
pero sí que disfruto de tu compañía. Así que, si no hay
expectativas, me encantaría.
—Lo entiendo. En ese caso, no lo llamaremos «cita». Sin
expectativas… Solo la compañía del otro. Uno puede
sentirse solo en la isla, y estoy contento de haberte
conocido, de haber encontrado compañía al menos. Incluso
si no es nada más que eso, me encantaría que quedáramos.
Necesitas salir, Amelia.
—¿Sabes qué? Tienes razón. Hagámoslo. Salgamos. —
Sonreí.
Se le formaron unas arruguitas alrededor de los ojos
cuando me devolvió la sonrisa.
—¿El sábado entonces?
—Claro. A ver si Justin cuida a Bea. Si no, me la llevaré
con nosotros. —En el fondo, sabía que Justin iba a ponerse
furioso, pero lo necesitaba. Si no quería que saliera con
otros hombres, tenía que explicarme por qué. Si no iba a
darme afecto, entonces tenía que conseguirlo en otra parte.
—No hay problema alguno en que te traigas a Bea… —Me
guiñó un ojo—. Más que nada, porque no es una cita.
—Ya veremos.
Roger logró escapar de la casa sin que Justin bajara.
Cuando mi compañero de piso finalmente apareció más
avanzado el día, su estado de ánimo era inescrutable.
Levantó a Bea del suelo y le hizo cosquillas en la barriga
con el pelo mientras hablaba.
—¿Qué te apetece cenar esta noche?
—Me parece bien cualquier cosa.
Llevando a Bea hacia la despensa, se rascó la barba que
le había crecido en la barbilla.
—Tengo que ver qué tenemos. —Miró hacia la papelera y
se fijó en el vaso de Maggie’s Coffeehouse—. ¿Has salido a
tomar café?
—No. Me lo ha traído Roger este mediodía.
Se le tensó la mandíbula y su mano se congeló sobre el
último artículo que estaba tocando mientras reflexionaba
sobre lo que le acababa de decir.
—¿Ha estado aquí?
—Sí. —Suspiré—. Tenemos que hablar.
Justin cerró el mueble.
—Vale.
Dilo ya.
—Roger me ha preguntado si quería ir al festival de jazz
con él este fin de semana. Le he dicho que sí.
Parpadeó un par de veces.
—Vas a tener una cita con él…
—No.
—Es una puta cita, Amelia.
—Le he explicado que no estoy preparada para tener una
cita.
—Claro, es verdad. No estás buscando una cita. Solo
estás buscando un polvo ocasional.
—Solo es un paseo.
Levantó la voz.
—No es solo un paseo. Es un hombre. He visto cómo te
mira. Quiere follarte.
Justin estaba empezando a cabrearme de verdad. Mi
instinto era gritarle, pero me detuve. En vez de eso, le miré
a los ojos, los miré de verdad.
—¿Qué estás haciendo?
Tenía la esperanza de que viera en mi expresión el dolor y
la frustración que sentía. A pesar de que era una pregunta
sencilla, sabía que no podía responderme con sinceridad.
Era complicado. Creo que ni siquiera él entendía por qué
actuaba así. Pero tenía que parar.
En ese momento, algo en sus ojos cambió. Fue como si,
finalmente, se diera cuenta de lo poco razonable que estaba
siendo. No quería tener algo más conmigo, pero tampoco
quería que me tuviera nadie más. No podía obtener ambas
cosas. No era justo y creo que en ese momento se dio
cuenta por fin.
—No lo sé —susurró, con la mirada perdida—. No sé por
qué me enfada tanto. Estoy confundido. ¡Joder! Lo… Lo
siento. —Todavía tenía a Bea en brazos y me la entregó
antes de acercarse a la ventana para mirar el océano.
Le hablé a su espalda.
—Iba a preguntarte si podrías cuidar a Bea, pero creo que
es mejor que me la lleve conmigo.
—No. —Se dio la vuelta, con las manos en los bolsillos—.
Yo cuidaré de ella. Te mereces salir.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Vale. Gracias.
Esa noche, comimos en silencio.
El viernes por la noche, antes de mi cita del sábado, decidí
ir a ver a Justin a Sandy’s.
Aparte de jugar con Bea, se había mantenido al margen
desde nuestra pelea con respecto a Roger. Supongo que
una parte de mí tenía curiosidad por saber si su estado de
ánimo se trasladaba a su forma de tocar.
Cuando llegamos al restaurante, Bea estaba dormida en
el portabebés. Esta noche Justin tocaba en el escenario
exterior. No se dio cuenta de que estaba sentada en un
rincón.
La brisa corría aquella noche. Algunas servilletas volaron
de las mesas y el pelo de Justin se agitaba un poco con el
viento.
Cuando empezó una versión de Daughters, de John Mayer,
sentí una presión en el pecho, porque me preguntaba si
había elegido esa canción por la situación de Bea y Adam.
También me pregunté si estaba pensando en ella. La
mayoría de las canciones que había elegido para esta noche
eran lentas y melancólicas, tanto que Bea se pasó todas
ellas dormida.
Finalmente, llegó su primer intermedio. Todavía no se
había fijado en nosotras. Esta noche, en general, no estaba
tan atento al público, parecía muy metido en sus propios
pensamientos. Normalmente se relacionaba mucho más con
los espectadores.
Justo cuando estaba a punto de levantarme y anunciar
que estábamos allí, una pelirroja joven y atractiva se acercó
al escenario. Vi durante varios minutos cómo coqueteaba
descaradamente con él. Se me formó un nudo en el
estómago. En un momento dado, ella le entregó un papel,
que él se guardó en el bolsillo. No sé si lo aceptó por
cortesía o si tenía intención de utilizarlo. Aunque lo más
probable era que este tipo de cosas sucediera todas las
noches, me sentí como si me hubieran dado un puñetazo y
mató cualquier deseo que hubiera tenido de quedarme para
la siguiente actuación.
Bea y yo nos fuimos, y Justin ni siquiera supo que
habíamos estado allí.
Oía el sonido de los puñetazos procedente de la sala de
ejercicios de Justin. Mientras me preparaba para mi
especie de cita con Roger, caí en la cuenta de que la última
vez que Justin le dio una paliza al saco de boxeo Everlast
fue la noche de mi cita con el Dr. Danger el verano pasado.
Era como un déjà vu.
Me quedé en la puerta y miré cómo atacaba al saco hasta
que se dio cuenta de mi presencia y se detuvo.
—¿A qué hora te ibas? —preguntó, sin aliento.
—En unos cuarenta y cinco minutos. Solo quería
asegurarme de que estabas preparado para cuidar de Bea.
Se limpió el sudor de la frente.
—Sí. Me ducharé y estaré abajo a tiempo para que te
vayas.
—Gracias.
Quería asegurarme de que Bea tuviera el estómago lleno
antes de irme, por lo que la amamanté mientras Justin se
duchaba. Acabó quedándose dormida, así que la puse en su
cuna antes de mirarme por última vez en el espejo. El
festival de jazz era un evento informal, así que me puse una
camiseta de tirantes sencilla con una chaqueta vaquera y
una falda vaporosa de flores.
Volví a bajar y esperé a Justin para darle algunas
instrucciones de última hora. Empecé a meter un par de
botellas de leche materna en la nevera cuando oí su voz a
mis espaldas.
—¿Está dormida?
—Sí.
—Bueno, ¿qué necesito saber?
Cuando me di la vuelta, Justin estaba apoyado en la
encimera, y estaba espectacular. Sobre la frente la caían
unos cuantos mechones de pelo mojado. No se había
molestado en ponerse una camiseta. Mis ojos no pudieron
evitar bajar a sus definidos abdominales. Tenía los pulgares
enganchados en las trabillas de la cintura del pantalón. A
pesar de que los vaqueros tenían cremallera, los llevaba
desabrochados en la parte superior. Imaginé cómo sería
lamer una línea recta por el vello que descendía desde el
ombligo. Además, iba descalzo.
¡Joder!
Tenía que darle algunas instrucciones, pero se me habían
olvidado todas. Mi mente se quedó completamente en
blanco.
—No es por robarte tus propias palabras, Amelia, pero
mis ojos están aquí arriba.
Sintiéndome avergonzada, simplemente dije:
—Lo sé.
Esbozó una sonrisa de suficiencia.
—Bueno, dime. ¿Qué necesito saber mientras no estás?
—Esto… Me he sacado dos botellas de leche. Están en la
puerta.
—No me las beberé. —Guiñó un ojo.
—Debería tomarse una porción de cereal de arroz cuando
se despierte. Eso ayudará a mantener su estómago lleno
mientras estoy fuera en caso de que los dos biberones no
sean suficientes. Literalmente le he dado de comer antes de
que bajaras.
Se cruzó de brazos.
—Muy bien. ¿Algo más?
—También deberías cambiarle el pañal cuando se
despierte.
—Hecho.
Incliné la cabeza.
—¿Alguna pregunta que quieras hacerme?
—¿Hasta qué hora estarás fuera?
—Lo más probable es que solo sean unas pocas horas.
Debería estar de vuelta hacia las ocho.
Como no dijo nada más, pregunté:
—¿Alguna otra pregunta?
Guardó silencio, pero su mirada se clavó en la mía.
—De hecho, sí —dijo finalmente.
—Bien. ¿Cuál?
—¿Por qué me has mirado como si quisieras comerme?
—¿Va en serio?
—¿Vas tú en serio, Amelia?
—Me he perdido.
—¿Vas en serio en cuanto a lo de salir con Pichafloja
Roger cuando preferirías quedarte en casa conmigo?
—¿Quién ha dicho que prefiera quedarme en casa
contigo?
—Tus pezones.
Entrecerré los ojos con incredulidad.
—Mis pezones…
—Sí. Mientras me mirabas los observé y, literalmente, se
endurecieron ante mis ojos. —Caminó lentamente hacia mí
y se inclinó hacia delante—. Ninguna parte de ti, ya sea
cuerpo o mente, quiere estar realmente con él, y lo sabes.
Estás haciendo esto para joderme porque crees que no te
deseo. Lo haces para ponerme celoso.
—Eso no es cierto. No todo tiene que ver contigo.
—No todo. Pero esto… Está claro que esto tiene que ver
conmigo.
—No.
—Mentira. Querías ver hasta dónde podías presionarme
antes de que llegara a mi límite.
—Si eso es lo que quieres creer, bien. Mientras tanto, Don
Egocéntrico, yo me voy a un festival de jazz. —Empecé a
alejarme, sin saber siquiera adónde iba, ya que se suponía
que Roger iba a venir a recogerme.
Me agarró de la cintura para detenerme. Me dio la vuelta
y me acercó a él, y sus ojos me dijeron que no iba a ir a
ninguna parte hasta que él me dejara. Justin me empujó
lentamente hacia la puerta hasta que mi espalda quedó
presionada contra ella. Sus labios se quedaron suspendidos
sobre los míos mientras jadeaba contra mi boca. Pero se
contuvo. Necesitaba probarlo, así que no pude aguantar
más. Le rodeé la cabeza con las manos y presioné mis
labios contra los suyos. Nos abrimos el uno al otro y la
sensación de su lengua caliente moviéndose dentro de mi
boca fue más increíble que las innumerables veces que lo
había imaginado a lo largo de una década. Le pasé los
dedos por su sedoso pelo mientras nos besábamos. Su boca
estaba increíblemente húmeda, caliente, y su sabor era
adictivo. Dejó de existir el concepto de «tiempo».
Me abrió las piernas con la rodilla y se coló en medio.
Tenía su potente erección presionada contra mi cuerpo.
Entonces, me agarró la mano y la deslizó hasta su
entrepierna mientras nos besábamos para que pudiera
sentirlo.
—¡Joder, Amelia! ¿Crees que no te deseo? —dijo, hablando
sobre mis labios—. Siente lo mucho que no te deseo.
Gemí contra su boca para confirmar que lo sentía a la
perfección; le llegaba prácticamente hasta la mitad del
muslo. Experimenté una completa pérdida de control y
quedé totalmente a su merced. Su beso no era corriente ni
se parecía a nada que hubiera experimentado antes.
Besaba con toda la fuerza de su cuerpo, como si lo
necesitara para sobrevivir. Si besaba así, no quería ni
imaginarme lo que era acostarse con él.
La vibración que produjeron los golpes de Roger contra la
puerta me recorrió la espalda. Sin ningún pudor, Justin ni
siquiera se inmutó. En cambio, me besó con más
intensidad, con más profundidad. Hizo que fuera muy difícil
querer parar.
Finalmente, me separé de Justin y grité:
—¡Un momento!
Sus labios seguían a escasos centímetros de los míos. Me
miró con picardía porque sabía muy bien que, aunque iba a
salir con Roger, sería incapaz de pensar en otra cosa.
Movió las cejas.
—Diviértete —dijo.
Luego, se dio la vuelta y se alejó, desapareciendo por las
escaleras.
Roger nunca sospechó que Justin y yo habíamos estado
comiéndonos la boca momentos antes de que viniera a por
mí. Comprobé mi reflejo en el espejo antes de abrir la
puerta y atribuí el retraso a la lactancia materna.
Paramos en Maggie’s para comprar un café con leche
para llevar mientras íbamos de camino al festival de jazz, el
cual se celebraba en los jardines de Fort Adams, en la
desembocadura del puerto de Newport. Habían instalado
tres escenarios, cada uno con una banda de jazz diferente.
Era una tarde preciosa; el aire apenas era frío. Desde allí se
tenía una vista panorámica del puente de Newport y del
East Passage.
Intenté concentrarme en el paisaje y en la música, pero
mi mente estaba en otra parte. Todavía podía sentir el beso
de Justin, todavía podía saborearlo en la lengua. Tenía las
bragas empapadas. Me pregunté qué significaba todo eso,
si las cosas iban a ser diferentes ahora.
Sonó una notificación que me indicaba que me habían
enviado un mensaje.
Deja de pensar en mí.
Eres un egoísta. Me has besado solo porque
iba a quedar con Roger.
Técnicamente, has sido tú la que me ha besado a mí.
¿Cómo está Bea?
¿Cambiando de tema?
Acto seguido, respondió a mi pregunta anterior
enviándome una selfie de Bea y él. Estaban tumbados en la
alfombra del salón. Bea estaba sonriendo. Era demasiado
adorable.
Parece que os lo estáis pasando bien.
Te echamos de menos. Deberías deshacerte de él y venir a pasar el rato
con nosotros.
Me da un poco de miedo volver a casa, si te soy sincera.
No voy a morder. Lo prometo. A menos que me lo pidas,
en cuyo caso lo haré con tanta suavidad que no sentirás
dolor alguno.
No puedo seguir escribiendo. Es de mala educación.
Tenemos que hablar más tarde.
¿Sobre qué?
Me gustaría solicitar el puesto.
¿Qué puesto?
El de tu follamigo.
¿Qué?
Hablaremos más tarde.
No sabía ni qué decir, así que guardé el móvil.
Roger me puso la mano en el hombro.
—¿Todo bien en casa?
No exactamente.
—Sí. Solo estaba comprobando cómo estaba Bea. Todo va
bien.
—¿Te gustaría cenar algo temprano?
—Claro, me encantaría —respondí, a pesar de que el
mensaje de Justin había conseguido quitarme el apetito.
Roger y yo salimos del recinto del festival y cenamos en el
pub Brick Alley. Hablamos sin parar durante toda la
comida. Me habló de su próximo viaje a Irvine para visitar a
su hija. Irradiaba orgullo cada vez que hablaba de Alyssa, y
pensé en lo afortunada que era por tener un padre que la
quería tanto. Bea no iba a tener eso. No me quedaba más
remedio que mantener la esperanza de que algún día
alguien tuviera ese papel para mi hija.
A pesar del juego sexual al que Justin estaba jugando de
repente, seguía sin darme garantías de que realmente
quisiera estar con nosotras a largo plazo. Si bien es cierto
que se portaba muy bien con Bea, no había ningún indicio
real de que estuviera interesado en ser algo más que su
«tito». Estaba claro que querer ser «follamigos» no
contaba. Justin y yo no podíamos estar juntos mientras él
no quisiera tener hijos más adelante.
Roger me llevó a casa después de la cena. No le invité a
entrar a propósito porque no estaba de humor para las
payasadas de Justin.
Se quedó donde estaba sin moverse.
—Espero que volvamos a quedar pronto.
—Me gustaría mucho —contesté.
A pesar de mi obsesión por Justin durante todo el día,
realmente disfrutaba de la compañía de Roger. Era
inteligente, elocuente y sabía escuchar.
Cuando abrí la puerta, Justin estaba sentado en el sofá
viendo la televisión. Bea estaba acunada en el hueco de su
brazo.
—¿Qué tal ha ido?
—Me lo he pasado genial, la verdad. Te encantaría el
festival de jazz. Deberías ir a verlo. Mañana es el último día
—dije, y me dejé caer en el sofá a su lado.
—Bien. —Sonrió, pero era más bien una sonrisa de burla.
Le quité a Bea y la besé.
—Te he echado de menos, Abejita.
—Me voy para que puedas amamantarla en privado.
Supongo que no tienes hambre para cenar.
—No. Roger me ha llevado al pub Brick Alley.
Su expresión se ensombreció.
—Genial.
Las ollas y sartenes tintinearon en la cocina mientras
Justin se preparaba no tan silenciosamente algo para comer
mientras yo amamantaba a Bea. Se durmió en mi pecho, así
que la puse arriba en su cuna. Por lo general se acostaba
más tarde, así que sabía que probablemente me despertaría
en mitad de la noche.
Cuando volví a la cocina, Justin parecía que estaba
esperándome. Llevaba una sudadera gris con la cremallera
medio bajada sobre su pecho desnudo. Tenía la capucha
sobre la cabeza. Parecía bastante tenso y se estaba tirando
de las mangas.
—Tenemos que hablar, Amelia.
—Vale.
Alzó la cara para mirarme directamente a los ojos.
—No quiero que vuelvas a salir con él.
—No puedes decidir con quién salgo.
—Bueno, no quiero que salgas con nadie.
—No tienes ningún derecho a decir eso.
—Escúchame.
—Te escucho.
—Dijiste que ahora mismo no buscabas nada serio.
—Así es.
—Yo tampoco. Acabo de salir de una relación.
—¿Y crees que soy la candidata perfecta para follar? ¿No
tienes suficientes opciones? ¿Qué tal la pelirroja que te dio
su número la otra noche, cuando ni te diste cuenta de que
Bea y yo estábamos allí?
El enfado emergió en su rostro.
—¿Qué? ¿Viniste a Sandy’s?
—Sí. Tocaste Daughters. Fue muy conmovedor.
—¿Por qué cojones no me dijiste que estabas allí?
—Estabas ocupado.
—Eras lo único en lo que pensé toda la noche, Amelia. En
cada puta canción pensaba en ti o en Bea. Esa es la verdad.
Ni siquiera me acuerdo del nombre de esa mujer.
—Bueno, supongo que eso no importa. Vuelve a lo que
decías… sobre ser tu puta.
—No es eso. Para nada, Amelia. —Con expresión nerviosa,
continuó—: He estado pensando mucho últimamente. Has
dejado claro que necesitas a alguien que satisfaga tus
necesidades. No quiero que te acuestes con un tipo
cualquiera al que no le importas. Al contrario de lo que
puedas pensar, a mí sí que me importas. Así que quiero ser
quien se encargue de ello.
—¿Encargarse de ello? Haces que suene como si
acostarse conmigo fuera una operación quirúrgica.
—Ni mucho menos. Y, de todas formas, «encargarse» no
es el término correcto. Técnicamente te follaría hasta que
te olvidaras de todo.
—No voy a ser el polvo por compasión de nadie, Justin.
—No estoy diciendo eso. —Deslizó las manos por debajo
la capucha y se tiró del pelo con frustración—. ¡Joder!
¿Tienes idea de lo mucho que te deseo? Necesito esto tanto
como tú.
—Lo siento, pero me estás confundiendo. Te importo, pero
no quieres estar conmigo. Solo quieres follar conmigo.
Parece contradictorio.
—Quiero darte lo que necesitas ahora, no mañana o
dentro de diez años. Ahora. Resulta que lo que necesitas tú,
también es lo que necesito yo. Necesito satisfacer esta puta
ansia que me corroe desde hace más de diez años. Necesito
estar contigo a nivel físico antes de que explote. Pero ahora
mismo no puedo ponerle una etiqueta. No puedo hacer
promesas de cara al futuro, porque sería irresponsable.
Hay demasiado en juego. No voy a hacerle una promesa a
esa niña para luego decepcionarla.
—Entonces, estás sugiriendo que nos olvidemos de todo lo
demás, que simplemente empecemos una relación física sin
expectativas.
—Eso fue lo que dijiste que querías con uno cualquiera,
¿verdad? ¿Por qué no conmigo? Es mucho más seguro.
—Porque no creo que contigo sea posible. No creo que
pueda compartimentar años de sentimientos para tener una
relación de sexo ocasional contigo. Me importas demasiado.
Siempre te querré en mi vida. Si mantenemos relaciones
sexuales, nunca podremos echarnos atrás. Nunca volvería a
ser igual.
—No volverías a caminar igual.
—¿Puedes hablar en serio?
—Estoy hablando en serio. —Sonrió—. Vale. Con toda
sinceridad, quiero que pienses en mi propuesta. Solo te
pido que consideres vivir el momento, divertirte un poco
conmigo, no pensar en el mañana.
—¿No pensar en el mañana y luego despertarme un día y
ver que te has ido?
—No voy a irme a ninguna parte en un futuro próximo.
Una parte de mí quería saltar a sus brazos y aceptar su
propuesta allí mismo, en la encimera de la cocina, pero la
parte lógica no podía estar de acuerdo.
—No lo sé.
—Si hay algo que pueda hacer para ayudarte a tomar una
decisión, dímelo. Tú piénsatelo. No tienes que decidirte
ahora mismo. Consúltalo con la almohada. O contra la
almohada. Lo que decidas.
Empezó a caminar hacia las escaleras.
—¿Adónde vas?
—Arriba. Dejaré la puerta abierta por si quieres ver algo
más tarde.
15
Esa noche me fui directamente a mi habitación y no salí
porque no confiaba en mí misma si estaba cerca de él.
¿Hablaba en serio? Una pequeña parte de mí se preguntaba
si con esa proposición me estaba tomando el pelo. Tal vez
se trataba de un gran plan para vengarse de mí por haberle
hecho daño diez años atrás…, tentarme para que
sucumbiera a sus encantos sexuales y luego decirme que
no era más que una broma.
Dándole vueltas, consideré todos los pros y contras, y
llegué a la conclusión de que, aunque el sexo con él sería
increíble, lo único que conseguiría sería hacerme daño.
Además, echaría a perder la segunda oportunidad que nos
habíamos dado para ser amigos, la cual seguía siendo
reciente y estaba en un terreno inestable.
Pero también estaba completamente cachonda; tenía las
bragas empapadas por cómo me había hablado. La sola
idea de estar con él me excitaba.
En algún momento de la noche, debí de quedarme
dormida mientras reflexionaba. Cuando me desperté al día
siguiente, eran más de las once de la mañana. Hacía tiempo
que no dormía hasta tan tarde.
El sol se colaba por las cortinas blancas de la ventana de
mi habitación. ¿La conversación de anoche con Justin había
sido un sueño? Me di cuenta de que Bea no estaba en su
cuna.
Bajé corriendo las escaleras y me encontré a Justin
sentado en el salón.
—¿Dónde está Bea?
—Aquí. Mira esto.
Bea se arrastraba lentamente hacia él mientras la atraía
con un juguete nuevo. Era una oruga de peluche larga del
color del arco iris que hacía sonidos.
—Vamos, Abejorrito —la animó. Me encantaba que le
hubiera puesto ese mote.
Bea se estaba acercando a él; era el intento de moverse
más impresionante que había hecho hasta ahora.
—¡Está arrastrándose hacia ti!
—Lo sé. Llevamos toda la mañana practicando.
—¿De dónde has sacado ese juguete?
—Se lo compré el otro día en la juguetería que hay en el
centro.
—¿Has entrado en la habitación esta mañana y la has
sacado de la cuna?
—No, ha bajado las escaleras ella sola, Amelia —bromeó
—. Pues claro. Fui a echarte un vistazo porque nunca
duermes hasta tan tarde. Quería asegurarme de que no te
hubieras desmayado de tanto tocarte pensando en mí
anoche.
—No exactamente, aunque sí que estuviste en mis
pensamientos.
—A lo que iba… Estaba ahí sentada en la cuna,
mirándome, callada como un ratón mientras roncabas. Así
que me la llevé abajo para que pudieras seguir durmiendo.
Había un biberón en la nevera y nos lo hemos acabado. —
Miró a Bea—. Ahora es mi compañera de desayuno.
—Gracias.
—No hay problema.
Nuestras miradas se cruzaron y sentí que tenía que
romper el hielo.
—Justin, sobre lo de anoche…
Se levantó de repente del sofá.
—No te preocupes. Me pasé de la raya. Se me fue un poco
la cabeza; me puse celoso.
Me sorprendió que hubiera cambiado de opinión tan
rápido.
—¿De verdad?
—Sí. No estaba pensando con la cabeza adecuada.
—Vale… Entonces me alegro de que ambos estemos de
acuerdo.
—Bueno, tengo mucho trabajo que hacer, así que… —
Recogió a Bea del suelo y la levantó un poco sobre su
cabeza—. Nos vemos luego, Abejorrito.
Luego se retiró a su habitación y no salió en lo que quedó
de mañana y tarde.
Más confundida que nunca, seguí con mi día; limpié la
casa y lavé la ropa de Bea.
Era principios de septiembre y empezaba a hacer frío en
la isla. Unas semanas antes, le notifiqué de manera oficial
al departamento escolar de Providence que no volvería a mi
puesto de trabajo este año. Fue una decisión difícil, pero
fue la mejor para mi hija. Mis ahorros me servirían para
unos doce meses. Dentro de un año me replantearía mi
situación, volvería a dar clases o quizá intentaría encontrar
algo que me permitiera trabajar desde casa.
Alguien tocó la puerta y dejé la escoba en el rincón.
Al abrir, casi me dio un vuelco el corazón cuando vi a una
rubia de piernas largas y corte pixie que me resultaba
familiar.
—¡Jade! ¡Dios mío! No te esperaba.
—¡Sorpresa! —Se inclinó para abrazarme antes de dar un
paso atrás—. ¡Dios! ¡Estás muy bien, Amelia! ¿Has perdido
peso? ¿La gente no suele ganar peso después de tener un
bebé?
—Supongo que tuve suerte de que mi hija no me dejara
comer ni dormir durante los primeros meses. —Intentando
disimular mi malestar, pregunté—: ¿Justin te está
esperando?
—¡No, qué va! ¿Está arriba? He visto su coche fuera.
—Sí, está en su despacho trabajando.
Se fijó en Bea jugando en el Exersaucer.
—Es preciosa. Se parece a ti. ¿Puedo sacarla de esta
cosa?
—Claro.
Me sentí incómoda al ver cómo Jade se agachaba para ver
a mi hija.
¿Qué estaba haciendo aquí?
¿La había invitado?
¿Por eso había cambiado de actitud de repente?
Me bombardearon lo que parecían unos celos cegadores.
Jade alzó a Bea para sostenerla en brazos.
—Huele genial. ¿Qué es?
—Dreft, el detergente para bebés que uso en su ropa.
—Igual debería darte algo de mi ropa para que la laves.
Huele muy fresco y limpio.
Me había cansado de esta charla superficial.
—¿Qué te trae por aquí, Jade?
Se sentó en el sofá y se colocó a Bea en el regazo.
—La he cagado —respondió con toda naturalidad.
—¿A qué te refieres?
—La he cagado con Justin. Este último año le he dado
todo lo que tenía a mi trabajo y nada a él. Lo tenía como
algo seguro. ¿Te dijo algo sobre por qué rompimos?
—Solo me dijo que cortó contigo cuando volvió a Nueva
York a principios de este verano. No entró en detalles.
—Fue un malentendido.
—¿Y eso?
—Vino para darme una sorpresa y me encontró cenando
con mi coprotagonista, Greg Nivens, en el apartamento.
Justin sacó unas conclusiones precipitadas. No pasaba nada
con Greg. Era una reunión de negocios. Antes de eso, las
cosas estuvieron complicadas entre Justin y yo durante un
tiempo, pero jamás lo habría engañado.
—Entonces, estás aquí para…
—Recuperar a mi chico, sí. Nunca luché por él. Nunca le
supliqué. Estaba tan paralizada por cómo había acabado
todo, que nunca llegué a reflexionar sobre mi
responsabilidad en todo el asunto. Básicamente todo fue
culpa mía. Sigo queriéndolo mucho.
No.
No.
No.
Esta amenaza inesperada e inminente estaba poniendo a
prueba mis auténticos sentimientos. Me aterraba perderlo,
me aterraba que se volviera a Nueva York con ella. Mi
cuerpo se tensó, preparándose de alguna manera para ir a
la guerra en una batalla que estaba destinada a perder.
—¡Vaya! No sé qué decir. Yo…
La voz profunda de Justin me sobresaltó.
—Jade, ¿qué estás haciendo aquí?
Se levantó, todavía con Bea en brazos.
—Hola.
Su mirada se dirigió a mí por un instante y luego volvió a
ella.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó.
—Acabo de llegar. He venido porque tenemos que hablar.
¿Podemos ir a algún sitio? ¿Tal vez dar un paseo por la
playa?
Sentía que me dolía el corazón y estaba sudando por los
nervios.
Justin volvió a lanzarme una mirada fugaz antes de
contestarle a Jade.
—Déjame pillar una chaqueta.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, liberé todo el miedo
que había estado reteniendo con un profundo suspiro, antes
de que se volviera a instalar en mi estómago.
Miré a Bea y le hablé como si pudiera entenderme.
—No quiero que se vaya.
Balbuceó mientras golpeaba con la mano uno de los
juguetes que emitía soniditos que había en el parque
infantil.
—Tengo miedo de estar con él y tengo miedo de estar sin
él.
Hizo un par de pedorretas, lo que provocó que la baba le
resbalara por la barbilla.
—Lo quieres mucho, ¿verdad?
—Ba… Ba —respondió.
El corazón me martilleó contra el pecho.
—Lo sé. Yo también.
Justin estuvo fuera casi seis horas. Estaba segura de que no
iba a volver a casa.
Cuando la llave giró en la puerta a eso de las diez y media
de la noche, me enderecé en el sofá e intenté parecer
despreocupada para que no diera la impresión de que había
estado esperándole.
Justin se frotó los ojos y tiró el abrigo sobre una silla. Fue
a la cocina a por algo de beber antes de sentarse a mi lado.
Tragué saliva, temerosa de formular la pregunta.
—¿Dónde está Jade?
Le dio un sorbo a la cerveza y se quedó mirando la botella
mientras la hacía girar mecánicamente en sus manos.
—Está volviendo a Nueva York. La he acercado a la
estación para que pillara el tren.
—No estaba segura de si volverías esta noche.
Se quedó en silencio durante un rato largo y luego me
miró a los ojos.
—No ha pasado nada, Amelia.
—No me debes ninguna explicación.
Habló más alto.
—¿No? ¿Te estás engañando a ti misma o qué?
—¿Qué quieres decir?
—Parece que crees que no puedo calarte. Te vi la cara
cuando apareció. Estabas asustada. ¿Por qué no eres capaz
de admitirlo? ¿Por qué no eres capaz de admitir que estás
tan asustada como yo por lo que está pasando entre
nosotros?
No lo sé.
Como no respondí, se limitó a añadir:
—Dimos un paseo por la playa… Hablamos. Luego la
acerqué a la estación.
—Has estado fuera mucho tiempo. Supuse…
—¿Que estábamos en algún lugar follando? No. He estado
conduciendo un rato solo para pensar.
—Ya veo. ¿Qué habéis decidido Jade y tú?
—Cree que la verdadera razón por la que corté con ella
fue porque me la encontré con ese tipo, pero esa no es la
verdad. Fui a Nueva York con toda la intención de romper
incluso antes de verla cenando con él.
—¿Se lo has explicado?
—No podía ser totalmente sincero.
—¿Por qué no?
—Porque tendría que admitirle cosas que ni siquiera te he
admitido a ti, y no quería hacerle aún más daño.
—Cosas como…
—¿Recuerdas lo que dije sobre engañar a tu pareja?
—¿Que si tienes el impulso de engañar a alguien es mejor
romper con esa persona?
—Sí. Tuve el impulso de engañarla… contigo… varias
veces el verano pasado. Pensé que, a lo mejor, que te
hubieras convertido en madre haría que te viera de otra
manera, que me atrajeras menos, pero no ha sido así. Ha
ocurrido lo contrario. Nunca te he visto más sexi. Pero
incluso si no pasara nada entre nosotros, mi atracción por
ti es una señal de que algo iba mal entre Jade y yo. No
deberías desear a otra persona así si tienes una relación
sana. Es un indicio de que falta algo, aunque no sepas
exactamente el qué. No creo que sea bueno alargar las
cosas si ya has llegado a esa conclusión.
—¿Jade está bien?
—No mucho.
La verdad era que me dolía saber que estaba sufriendo.
Me sentí mal por ella y seguí confundida acerca de en qué
punto estábamos Justin y yo.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunté.
—Yo ya te he dicho lo que quiero hacer.
—Esta mañana dijiste que habías llegado a la conclusión
de que era una mala idea, que ya no querías eso conmigo.
—Eso no es cierto. Lo que quería decir es que me pasé de
la raya en cómo te lo propuse. Fui demasiado agresivo
porque me sentí amenazado, me insinué a ti como un
cavernícola. Nunca dije que no lo quisiera, y que conste
que tú tampoco.
—Te expliqué cuáles son mis reservas…
—Y las entiendo. Entiendo perfectamente por qué tienes
miedo de pasar a un nivel sexual conmigo. Mi parte
racional piensa que tienes razón, pero a mi parte irracional
le importa una mierda y solo piensa en ponerte sobre mi
cara ahora mismo y hacer que te corras mientras me
cabalgas sobre la boca.
Esas palabras me golpearon directamente entre las
piernas.
Continuó.
—El hecho de que te hayas retorcido ahí sentada es una
prueba de que tú también tienes una parte irracional. A lo
mejor nuestras partes irracionales tienen que encontrarse
alguna vez. —Se inclinó hacia mí y sonrió—. Pero esta
noche no. A pesar de haber amenazado con buscarte un
follamigo… no estás preparada. Sería como saltarse todas
las letras del alfabeto de la A la Z.
—Has visto demasiado Barrio Sésamo con Bea.
—¡Joder! Puede ser. A lo que iba, ahora mismo estás en el
nivel A. Mi deseo sexual está en el nivel Z. Y no coincide.
Esa fue una de las cosas que descubrí mientras conducía
esta noche. Que no estás en ese punto todavía, a pesar de
toda esa charla sobre sexo en hoteles. —Se levantó—.
Ahora vengo.
Cuando regresó, estaba sosteniendo algo detrás de la
espalda.
—¿Qué es lo que hacíamos cuando éramos más jóvenes y
no estábamos de buen humor o, simplemente, no sabíamos
qué diablos hacer con nuestras vidas?
—Veíamos El gran Lebowski.
Se sacó el DVD de detrás y me lo enseñó.
—¡Bingo!
—No puedo creer que todavía lo tengas.
—Siempre lo tengo a mano.
—Voy a hacer palomitas —dije, y corrí con impaciencia a
la cocina, aliviada de que la tensión en el aire hubiera
disminuido. Justin tenía razón. No estaba preparada. No
quería perderle, pero por mucho que lo deseara, no estaba
preparada para una relación sexual ni con él ni con nadie.
Nos sentamos en un cómodo silencio a ver la película de
culto que, viéndolo en retrospectiva, probablemente era
inapropiada para nuestros yo de trece años. Sin embargo,
ninguno de los dos teníamos unos padres que controlaran
lo que veíamos por aquel entonces. La escena inicial en la
que el protagonista metía la cabeza en un retrete evocó
muchos recuerdos. Solíamos pensar que era lo mejor del
mundo.
A mitad de la película, Justin se tumbó de espaldas y
apoyó la cabeza en mi regazo. Sin pensarlo detenidamente,
hice lo que me pareció natural y empecé a pasarle la mano
entre los sedosos mechones de su pelo.
Dejó escapar un ligero gemido de placer mientras seguía
viendo la película y yo jugaba con su pelo.
En un momento dado, se volvió hacia mí, e
instintivamente aparté la mano, acordándome de aquella
vez el verano pasado en la que me pidió que me detuviera.
—¿Por qué has parado? —Cayó en la cuenta él solo—. Ni
de coña voy a decirte que pares esta vez, Amelia. Por favor,
sigue haciéndolo. Es muy agradable.
Seguí haciéndolo durante casi media hora.
Mi atención ya no estaba puesta en la película cuando
pregunté:
—¿Qué más descubriste mientras conducías esta noche?
—Que me siguen encantando tus hoyuelos. —Me miró—.
No lo he resuelto del todo, pero de eso estoy seguro.
16
Septiembre se convirtió en octubre a medida que le
dábamos la bienvenida al otoño y al cambio de color de las
hojas de los árboles que había en la isla. Un mes después
de que viéramos El gran Lebowsky, las cosas entre nosotros
seguían bastante inocentes; no habíamos vuelto a hablar de
sexo ni intentado definir nuestra relación. Aunque
empezamos a volvernos más cercanos de forma natural.
Bea tenía ya siete meses y cada día desarrollaba más su
personalidad.
Justin había hecho una escapada breve a Nueva York a
finales de septiembre para verse con su mánager, quien le
había conseguido una sesión de estudio para grabar
algunas de sus canciones originales para una maqueta. En
general, seguíamos yendo día a día, y no había indicios
claros de cuándo o ni siquiera de si iba a volverse a la
ciudad de forma definitiva.
Este año Halloween caía en sábado. Decidimos llevar a
Bea a un huerto de calabazas local. Justin nos hizo un
montón de fotos a mí y a mi hija entre el mar de heno y
color naranja. También nos hicimos algunos selfies los tres.
Sabía que siempre guardaría esas fotos como un tesoro.
Justin y yo bebimos sidra caliente mientras disfrutábamos
del aire fresco con una Bea que tenía las mejillas
sonrosadas y que iba abrigada con un gorro y unos
guantes. A pesar de que hay miles de días en el transcurso
de una vida, ese día era de esos que uno sabe que no
olvidará mientras viva.
El plan era pasar unas horas fuera y luego volver a casa
para repartir caramelos con unos disfraces puestos.
Como sabía que Halloween siempre había sido mi fiesta
favorita, Justin se esforzó al máximo. Después del huerto de
calabazas, nos dejó a Bea y a mí en casa antes de dirigirse
a Christmas Tree Shops, cerca de Middletown, donde
vendían muchos artículos de temporada para Halloween.
Cuando volvió con un montón de bolsas, ya era de noche.
Había comprado una plétora de adornos naranjas y negros
junto con paquetes de caramelos y un disfraz de abejorro
para Bea.
—No tenían ningún disfraz adecuado para nosotros en las
Christmas Tree Shops, así que he ido a un par de sitios
distintos. Por eso he llegado tarde. No sabía cuál elegir
para ti, así que he comprado más de uno.
—Bueno, a ver. —Extendí el brazo—. Dame. —Una de las
bolsas era de Island Costumes y la otra era de… Adam and
Eve—. ¿Adam and Eve no es una tienda de artículos
eróticos?
—Sí. Estaba justo al lado de la tienda de disfraces.
Esbozó una sonrisa malvada mientras yo entrecerraba los
ojos con desconfianza. Abrí primero la otra bolsa y saqué
un disfraz de Catwoman que era de una sola pieza y que
estaba hecho de nailon negro. También venía con una
máscara.
—Ese es para esta noche…, para el truco o trato —dijo.
—¿Para qué es el otro?
—Para… cuando sea. Pensé que te quedaría bien.
Abrí la bolsa de Adam and Eve a regañadientes y saqué
una prenda blanca con detalles rojos. Había pequeños
parches en forma de cruz en la zona de los pezones, y
literalmente se veía a través de la tela.
Abrí los ojos de par en par al leer la etiqueta.
—¿Enfermera Quitapenas?
—Me recordó a cuando me cuidaste cuando estaba
enfermo. —Su cara estaba inusualmente sonrojada, como si
le hubiera dado vergüenza dármelo.
—¿Quieres que me ponga esto?
Se mordió el labio inferior.
—Ahora no.
Volví a mirar la etiqueta.
—Bragas no incluidas. Algo me dice que es porque se
supone que no debo llevar ninguna.
—Mira…, sé que es posible que nunca llegue a verte con
eso puesto. Para serte sincero, me puse muy cachondo en
la tienda pensando en ti con él. Tuve que comprarlo. Un
hombre puede soñar, ¿verdad?
Se estaba poniendo cachondo pensando en mí, y yo me
estaba poniendo muy cachonda pensando en que él se
ponía cachondo pensando en mí.
Me aclaré la garganta.
—¿Tú de qué vas a ir?
Guiñó un ojo.
—Es una sorpresa —respondió.
Teníamos alrededor de una hora antes de que empezaran
a llegar los niños haciendo truco o trato. Justin colgó las
luces naranjas a lo largo de la ventana y puso algunas
calabazas encendidas fuera, a lo largo de los escalones.
Atenuó las luces principales de la casa y encendió velas.
Era una mezcla entre espeluznante, romántico y acogedor.
—He echado mucho de menos Halloween viviendo en la
ciudad —dijo mientras abría bolsas y llenaba el cuenco de
caramelos—. Por el apartamento no pasan haciendo truco o
trato.
Sonreí para mis adentros al percatarme de que había
comprado más de mis barritas de caramelo favoritas de
cuando éramos niños, Almond Joy.
—Voy a ir a vestir a Bea y a ponerme también el disfraz —
dije.
—Vale. Yo iré a cambiarme cuando tú acabes.
Arriba, me puse el traje negro, el cual parecía que me
habían pintado con espray sobre el cuerpo. Me puse la
máscara y me miré en el espejo. Para ser sincera, era
bastante sexi. No me extrañaba que lo hubiera elegido.
Para completar el conjunto, me puse mis botas de tacón de
aguja de cuero negro que me llegaban hasta la rodilla. Bea
estaba de pie en la cuna y parecía divertirse al ver a su
madre con este atuendo.
Después de ponerle el disfraz de abejorro peludo,
volvimos a bajar las escaleras.
Los ojos de Justin se salieron de sus órbitas mientras me
miraba de arriba abajo.
—¡Guau! Mírate. Sin duda escogí el disfraz adecuado.
—No da mucho miedo. Es más bien sexi.
—Pues a mí me das mucho miedo. —Frunció las cejas
antes de quitarme a Bea y darle un beso en la mejilla—.
Ahora eres oficialmente un abejorro, Abejorrito. —La llevó
hasta la ventana y le dijo—: Mira las luces, Bea. Las he
puesto para ti. —Se fue con ella, y su voz dejó de ser
audible cuando empezó a susurrarle al oído mientras le
enseñaba los adornos. La llevó afuera para que viera las
calabazas talladas.
Me limité a quedarme al margen y a mirarlos,
preguntándome cuándo nos habíamos convertido en una
pequeña familia. ¿Había habido un momento exacto en el
que habíamos cruzado esa línea? Por mucho que quisiera
negarlo a modo de mecanismo de defensa, los últimos
cuatro meses con Justin se habían parecido más a una
experiencia familiar que a cualquier otra cosa. Diera miedo
o no, había sucedido, y ambos éramos incapaces de
admitírselo al otro. Había evolucionado de forma natural,
sin discusión. No obstante, mientras que Bea sería mi vida
entera durante al menos los siguientes dieciocho años,
¿Justin solo estaba jugando a las casitas por un tiempo? Eso
todavía estaba por ver.
Justin se acercó y me la entregó.
—Voy a cambiarme. Vuelvo enseguida.
El primer grupo que vino haciendo truco o trato llegó
antes de que Justin regresara. Con Bea en un brazo, agarré
el bol grande y me dirigí a la puerta para repartir los
caramelos.
Mientras me despedía de ellos, sentí el calor de su cuerpo
a mis espaldas.
—Ya estoy.
Cuando me di la vuelta, casi me quedé sin aliento al verlo.
Justin iba vestido de negro. Se suponía que era un agente
del equipo SWAT. Una camisa negra de manga corta dejaba
a la vista sus musculosos brazos. Un chaleco negro con las
palabras SWAT en blanco cubría la camiseta. Llevaba unos
pantalones negros elegantes y unas botas de combate
pesadas. Era una de las cosas más atractivas que había
visto en mi vida.
—¡Por todos los…! —Mi cuerpo ardía bajo mi ajustado
atuendo de licra.
—¿Te gusta?
—Sí… Me encanta.
—No les quedaban muchos disfraces de mi talla. Era esto
o un payaso. No quería asustar a Bea.
—Ha sido… Sí… Una muy buena decisión.
—Me alegro de que pienses eso —susurró cerca de mi
cuello.
Solo recibimos a unos pocos grupos que venían haciendo
truco o trato, pero no dejaba de ser emocionante cada vez
que alguien llamaba a la puerta. Agradecí que Roger
estuviera en Irvine visitando a su hija, ya que así no tenía
que lidiar con cualquier momento incómodo que pudiera
haber habido entre Justin y él. Si Roger hubiera estado en
casa, podría haberse pasado a saludar. No habíamos vuelto
a quedar desde el festival de jazz. Las cosas entre Justin y
yo habían evolucionado un poco desde entonces.
Era casi la hora de apagar las luces. Cheri, de la casa de
al lado, se había pasado para ver a Bea con su disfraz. Me
quedé en la puerta después de despedirme de ella y miré a
Justin y a Bea, que se encontraban en la cocina. Mientras
veía cómo acunaba a la niña para que se durmiera, me di
cuenta de algo: tanto si evitaba una relación sexual con él
como si no, mi corazón ya estaba involucrado. En mi mente,
él me pertenecía. Así pues, evitarlo a nivel físico por miedo
solo significaba que me estaba perdiendo algo que
necesitaba y que quería con desesperación. Tanto si nos
acostábamos como si no, si él se iba, me quedaría igual de
echa polvo. Al mirarlo con ese uniforme de SWAT tan sexi,
supe que no podía dejar que el miedo me impidiera seguir
adelante.
Me acerqué a los dos y le di un suave beso a Bea en la
cabeza. Cuando alcé la vista hacia él, me estaba mirando
con una intensidad que parecía que supiera lo que había
estado pensando unos segundos antes. Me rodeó la cara
con la mano y me atrajo con firmeza hacia sus labios. Era la
primera vez que nos besábamos desde el momento anterior
a mi cita con Roger. Este beso era diferente a aquel; era
tierno.
Sentí todo mi cuerpo flácido cuando habló con voz ronca
sobre mis labios.
—¿Por qué no la acuestas?
Simplemente asentí. Notaba cómo se tambaleaban mis
piernas a medida que subía las escaleras. En mi habitación,
le quité el disfraz a Bea con cuidado para no despertarla y
la coloqué en la cuna.
Mientras me desprendía de la malla de Catwoman, miré
fijamente la bolsa de Adam and Eve provocándome sobre la
cómoda.
¿Debería hacerlo?
Pensé en su confesión de que había fantaseado conmigo
llevándolo y decidí ponérmelo para darle una sorpresa. Me
puse la tela transparente pasándomela por la cabeza. Mis
pechos hinchados estaban completamente expuestos y las
cruces rojas eran lo único que me cubrían los pezones a
duras penas. Era realmente obsceno; iba a flipar.
Me puse un tanga rojo mío y ya estaba mojada solo de
pensar en cómo iba a reaccionar. Esta noche iba a poder
tocarlo, saborearlo, hacer todo lo que había soñado. Se me
puso la piel de gallina por todo el cuerpo mientras
caminaba de puntillas por el pasillo.
Su puerta estaba medio abierta, y él estaba sin camiseta
mirando por la ventana mientras la luz de la luna iluminaba
su preciosa silueta. Justin me había estado esperando.
Se había dejado puestos los pantalones negros de la
vestimenta del SWAT. Se le ceñían a su culo redondo con
tanta perfección que se me hizo la boca agua de las ganas
que tenía de morderlo. Había admirado su bonito cuerpo
muchas veces desde lejos, pero sabía que esta vez era
diferente.
—Hola —dije, lo que hizo que se diera la vuelta.
Mientras me miraba de arriba abajo, la respiración de
Justin se entrecortó y sus ojos hambrientos se empaparon
de cada centímetro de mí.
—¡Joder! —gruñó en voz baja—. ¡Joder! Te lo has puesto.
Se acercó lentamente y me rodeó la cara con las dos
palmas. Yo estaba temblando de necesidad. Deslizó las
manos hacia abajo y me pasó el dedo índice por el cuello,
por encima de los pechos y se detuvo en el ombligo. Sus
ojos parecían estar en trance mientras examinaba cada
centímetro de mi cuerpo, el cual dejaba completamente
expuesto la tela.
Cerró los ojos por un instante. Cuando los abrió, la misma
expresión de asombro permanecía en su rostro. Era como si
no hubiera esperado seguir viéndome allí de pie.
—Nadie puede compararse contigo, Amelia. Tienes que
saberlo. —Sentí que el corazón me iba a estallar cuando le
oí decir eso.
Entonces, se puso de rodillas. Me rodeó la cintura con las
manos y me empujó hacia él, besándome el ombligo y
contoneando su lengua despacio sobre mi estómago.
Descendió con la boca dándome besos suaves y se detuvo
entre mis piernas.
Deslizó la mano por la parte trasera del tanga y agarró la
tela con fuerza antes de bajármelo despacio por las piernas.
Cuando se levantó con mi ropa interior en la mano, dijo:
—¡Joder! Está empapado. —Lo olió despacio y dejó
escapar un largo suspiro antes de sacudir la cabeza
lentamente—. Estoy deseando probarte. —Se señaló la
entrepierna—. Mírame. —Sus pantalones apenas podían
contenerlo; su verga estaba tan hinchada que parecía que
iba a perforar la tela—. Creo que nunca nada me ha puesto
tan cachondo. He soñado con este momento durante lo que
parece toda mi vida. Nunca pensé que fuera a suceder.
Quiero saborearlo.
Me tomó de la mano y me llevó hasta su cama. Se sentó
en el borde y me subió encima de él. Mis rodillas le
rodearon los muslos y me coloqué, sin ropa interior, a
horcajadas sobre su erección, por encima de la tela de los
pantalones. Tenía la mirada nublada cuando se cruzó con la
mía.
—Dime cuál es tu fantasía más morbosa. Quiero hacerla
realidad esta noche. —Cuando vacilé, añadió—: Vamos a
jugar un poco. Dime lo que quieres. No tengas miedo; no
hay nada prohibido. Lo que quieras, cualquier cosa.
Sabía exactamente lo que quería, con lo que había
fantaseado casi cada vez que me había masturbado desde
el verano pasado.
—Quiero que te toques como lo hiciste el día que te
estaba mirando, solo que esta vez quiero que lo hagas
mientras me miras. Quiero ver cuánto me deseas.
Sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Tengo una confesión retorcida que hacerte.
—¿Cuál?
—Aquel día estaba pensando en ti. Cuando apareciste en
mi puerta, por una fracción de segundo pensé que era cosa
de mi mente, al principio pensé que te estaba imaginando.
—¿En serio?
—Llevo mucho tiempo sin poder imaginar mucho más. —
Empujó mi cuerpo hacia él—. ¿Así que tu fantasía es ver
cómo me masturbo pensando en ti, traviesilla?
Tragué saliva.
—Sí.
—Eso se puede arreglar. Pero con tres condiciones…
—Vale.
—Una… Te vas a desnudar completamente para mí.
—Vale.
—Dos… Vas a ayudarme.
—Vale. ¿Y tres?
—Acaba conmigo dentro de ti. Necesito follarte esta
noche. No puedo esperar más.
Me había vuelto incapaz de formar palabras coherentes,
por lo que me limité a asentir y esperé a que me indicara
qué hacer mientras movía su cuerpo hacia atrás para
situarse contra el cabecero de la cama.
Deslizó la mano hacia abajo, hasta su entrepierna, y
empezó a frotarse el pene lenta y firmemente a través de
los pantalones.
—Tienes unas tetas increíbles, Amelia. Quítate eso para
que pueda verlas.
Me hormigueaban los pechos, excitados por su tono
exigente. Ahora mismo no había nada que no hiciera por él.
Sentada sobre sus piernas, me bajé los tirantes. La tela
cayó, pero no se desprendió completamente de mi pecho,
ofreciéndole solo una vista parcial.
—Te gusta provocar. —Apretó los dientes y se agarró el
pene con más fuerza—. Quítatelo.
Me saqué la tela por encima de la cabeza y la lancé a un
lado. Desnuda frente a él de repente, me cubrí los pechos
de forma instintiva durante unos segundos.
—Ni se te ocurra —me advirtió con una sonrisa traviesa
—. Necesito verte entera.
Justin se bajó la cremallera de los pantalones despacio, y
emergió su verga dura. La rodeó con la mano y empezó a
acariciársela lentamente arriba y abajo mientras me
miraba. Era lo más sexi que había experimentado en mi
vida.
—¿Esto es lo que querías? —susurró mientras se la
sacudía con fuerza y sus ojos recorrían cada centímetro de
mí.
Asentí con la cabeza al tiempo que la humedad se
deslizaba por mi muslo.
Habló entre respiraciones agitadas.
—Eres una puta preciosidad, nena. Una puta preciosidad.
Me apreté contra él, excitada por cómo me miraba y por
sus palabras.
—Puedo sentir en las piernas lo mojada que estás. Sigue
frotándote así contra mí. Quiero estar cubierto de ti —dijo
mientras se acariciaba con más fuerza.
Me moví contra sus piernas, me lamí las yemas de los
dedos y me hice círculos alrededor de los pezones antes de
agarrarme los pechos y juntarlos.
—¡Joder! Sigue haciendo eso.
Estaba cubierto de líquido preseminal desde el tronco
hasta la punta. Saber que era yo quien provocaba su
excitación me ponía muchísimo.
Se detuvo, se recostó para recuperar el aliento durante
unos segundos y luego simplemente dijo:
—Ahora tócame tú.
Pensé que nunca me lo pediría. Me acerqué y le rodeé su
grueso pene con los dedos, el cual sentí caliente y húmedo
en mis manos. Era increíble tocarlo. Al principio lo acaricié
despacio, y luego me moví más rápido, adorando la
sensación de su líquido preseminal en mi mano. El deseo de
saborearlo era demasiado intenso, por lo que me detuve
para lamerme la palma y él examinó cada movimiento que
hacía mi lengua. Luego, tragué mientras él me miraba con
atención.
—¡Joder! ¡Cuánto me ha puesto eso! —dijo. Cuando
empecé a descender con la boca hacia él para lamer el hilo
fresco de humedad de su punta, me detuvo—. No. Todavía
no. Me correría en dos segundos, y quiero que dure.
—Vale. —Sonreí y seguí acariciando su miembro,
disfrutando de los gemidos que se le escapaban mientras se
esforzaba por controlarse.
Finalmente, puso su mano sobre la mía para detenerme.
—No puedo más. Necesito probarte.
De repente, deslizó su cuerpo por debajo de mí y me
levantó sin esfuerzo sobre su boca. Jadeé, ya que la
sensación repentina me había pillado desprevenida,
mientras él lamía y chupaba con voracidad, alternando
entre penetrarme con la lengua y lamerme el clítoris. Se
agarró a mis caderas a medida que me guiaba sobre su
boca y sus sonidos sofocados de placer vibraban en mi
interior. Me devoró sin reparos y con rudeza. Era la
sensación más increíble que jamás había experimentado.
Cuando Justin sintió que estaba perdiendo el control, se
detuvo.
—Aunque me muero de ganas de que te corras en mi
cara, quiero que nos corramos juntos, conmigo dentro de ti.
—Se deslizó hacia atrás y se arrodilló sobre mí. Su verga
estaba increíblemente hinchada. Siguió masturbándose
mientras me miraba a los ojos. De repente, me tomó la cara
y empezó a besarme con intensidad. Empujó su peso sobre
mí hasta que acabé tumbada de espaldas. Su pene
resbaladizo me rozaba el estómago mientras me besaba
con todo lo que tenía dentro.
—¿Por qué cojones hemos esperado tanto? —preguntó
contra mis labios. Negué con la cabeza y le tiré del pelo,
incitándole a que me besara más fuerte, insaciable.
Sentía que iba a morir si no me penetraba pronto.
Intuitivamente, Justin se apartó de mí y estiró el brazo
hacia la mesita de noche. Oí cómo se arrugaba un
envoltorio cuando abrió el condón con los dientes.
—Voy a follarte hasta que te corras, Amelia. Estoy
deseando oírte. ¿Estás preparada?
Mordiéndome el labio inferior, asentí con la cabeza en
señal de afirmación.
—Sí… ¡Dios!
Mientras Justin deslizaba el condón sin esfuerzo, a lo lejos
se oyó el grito frenético de Bea, procedente del fondo del
pasillo.
Los dos nos quedamos helados, yo con las piernas
abiertas de par en par dispuesta a recibirlo y Justin con la
mano en su miembro.
No.
No.
¡Por favor, no!
¡Ahora no!
Los dos nos quedamos inmóviles, como si de alguna
manera el no moverse fuera a hacer que se detuviera. Solo
nos estábamos haciendo ilusiones. Cuando se hizo evidente
que no íbamos a tener esa suerte, Justin se levantó y volvió
a ponerse los calzoncillos y los pantalones.
—Voy a ver cómo está. A lo mejor solo hay que cambiarle
el pañal.
—¿Estás seguro?
—Sí. Quédate donde estás… abierta de piernas. No te
muevas. Ahora vengo.
Justin se detuvo en el baño para lavarse las manos antes
de recorrer el pasillo.
Demasiado nerviosa para discutir en el estado de
desnudez en el que me encontraba, esperé con impaciencia
a que volviera.
Tras un par de minutos, oí su voz desde el fondo del
pasillo.
—¡Amelia!
Me levanté de un salto.
—¿Todo bien?
—Sí, pero necesito tu ayuda.
Rebusqué en el cajón de Justin en busca de algo que
ponerme y me pasé una de sus camisetas blancas por la
cabeza antes de recorrer el pasillo a toda prisa.
En cuanto entré en la habitación, lo que olía como una
explosión de caca empañó el aire. Justin estaba sosteniendo
a Bea lejos de él con ambas manos.
—Estamos ante material peligroso —dijo—. Está cubierta
de mierda… Le ha llegado hasta la nuca.
Bea se echó a reír.
—¿Te parece gracioso? —le preguntó Justin—. ¿Cómo es
posible cagar y que te llegue hasta la cabeza? Eso es un
talento especial, Abejorrito.
Volvió a soltar una risita, y los dos no pudimos evitar
desternillarnos junto a ella a pesar del pequeño desastre.
—Vale. Esto es lo que vamos a hacer —dije cuando me
calmé—. No la sueltes. Yo voy a buscar una bolsa de
plástico para su ropa y voy a limpiarla lo mejor que pueda
con toallitas. Luego la metemos en la bañera.
Justin siguió sujetando a Bea mientras yo la limpiaba. Me
reí mientras le hablaba.
—No me extraña que estés sonriendo. Apuesto a que
ahora te sientes muy bien, ¿verdad, Abejorrito? Mañana
voy a llamar al Libro Guinness de los récords para informar
de la mayor cagada jamás registrada.
A pesar de que sabía que Bea no entendía lo que le decía,
le respondía como si pudiera. No importaba lo que
estuviera diciendo, ella simplemente pensaba que era lo
más divertido del mundo.
Acabé tirando toda su ropa a la basura que había abajo
mientras Justin se quedaba arriba sujetándola sin cambiar
de posición.
La llevamos al cuarto de baño y la metimos en la bañera,
utilizando la alcachofa de ducha extraíble para darle un
baño extraespumoso. Cuando acabamos, olía a gloria. La
envolvimos en una toalla caliente y Justin la acunó mientras
yo le secaba los pies.
Justin me miró.
—¿Cómo hemos pasado de lo que estaba ocurriendo en la
otra habitación a esto?
Le besé los dedos de los pies a Bea.
—Más o menos es la historia de mi vida.
—Ahora está bien despierta.
—No me extraña. Creo que debería ir a amamantarla —
dije.
—Sí. Me sorprendería que le quedara algo en el estómago
después de eso.
Justin me siguió a mi habitación y apoyó su cabeza en mi
hombro mientras yo amamantaba a Bea. Era la primera vez
que no me molestaba en taparme delante de él. Los tres
acabamos durmiendo juntos en mi cama.
A pesar de que no hubo sexo esa noche, fue una de las
más memorables de mi vida, no solo por todo lo que pasó,
sino porque al día siguiente todo cambiaría.
17
Justin seguía durmiendo mientras yo preparaba café en la
cocina. Era la típica mañana tranquila de domingo hasta
que un simple mensaje de texto puso todo mi mundo patas
arriba. Miré el móvil de Justin, que se estaba cargando en
la encimera.
Olivia: Vale, llámame cuando te decidas.
¿Olivia?
Al momento me acordé de que Olivia era su exnovia, la
única relación duradera que había tenido además de Jade, y
el corazón empezó a latirme con fuerza.
¿Qué significaba eso? ¿Habían estado hablando?
Ni siquiera me planteé si fisgonear estaba bien o mal;
tenía que saberlo. Deslicé el dedo hacia abajo y leí los otros
dos mensajes que había encima.
Olivia: ¿Te lo has estado pensando?
Justin: Sí. Necesito un poco más de tiempo.
En lo más profundo de mi estómago se formó una intensa
emoción de miedo. La noche anterior había sido un punto
de inflexión en nuestra relación, o eso creía. Justin me
había hecho sentir que podía confiar incondicionalmente en
él. Saber que se había estado comunicando con su ex, que
me había estado ocultando algo, fue como si alguien me
hubiera echado un cubo de agua helada por la cabeza y me
hubiera despertado de una ilusión.
Con la mirada perdida en la gran ventana de la cocina,
me di cuenta de que estaba lloviznando. Iba a ser un día
frío y desapacible. Ni siquiera me giré cuando bajó las
escaleras. Se oyó el chasquido de sus labios cuando le dio
un beso a Bea, que estaba jugando en la alfombra.
Mi cuerpo se tensó cuando se acercó por detrás de mí y
presionó su erección matutina contra mi culo mientras me
besaba el cuello y decía:
—Buenos días.
Cuando me di la vuelta, se dio cuenta al instante de que
algo iba mal por mi cara.
Su expresión se suavizó.
—Amelia…, háblame.
En vez de contestarle, me acerqué a la encimera y le di su
móvil.
—¿Para qué necesitas más tiempo?
Justin lo miró fijamente y parpadeó un par de veces.
—Iba a hablar contigo hoy de algo. No quería quitarle a
Bea su primer Halloween.
Sentí que las paredes se me caían encima.
—Me siento tan estúpida por confiar en todo esto.
—¡Guau! ¡Espera! —Se le empezó a poner la cara roja de
rabia—. ¿A qué conclusión estás llegando exactamente?
—No hace falta ser científico, Justin. Has estado
escribiéndote con tu exnovia. Intentando decidir algo.
—Así es. Pasa algo, pero no tiene nada que ver con ella.
Es ex por un motivo. No tienes nada de qué preocuparte.
¿No viste lo que me hiciste anoche?
—¿Qué estás discutiendo con ella entonces?
Se pasó los dedos por el pelo y respiró hondo para
tranquilizarse.
—Olivia es la mánager de la gira de Calvin Sprockett.
—¿Calvin Sprockett, el cantante?
—Sí. —Soltó una risa ligera ante mi reacción—. El
legendario artista ganador del Grammy. Ese mismo.
—Vale… ¿Y qué estáis discutiendo?
—Se va de gira por Norteamérica y Europa durante cinco
meses. El artista que se suponía que iba a ser su telonero
acaba de entrar en rehabilitación de forma inesperada.
Olivia es muy amiga de mi mánager, Steve Rollins. Se
conocieron cuando estábamos juntos. Por aquel entonces,
para mí Olivia también era una especie de mánager. En fin,
supongo que Steve le dio una de mis maquetas de la sesión
de grabación que hice en septiembre y ella se la puso a
Calvin. Él le preguntó si estaba interesado en ser el
sustituto del telonero durante la gira.
—¿Estás de coña? ¡Dios mío! Justin, ¡eso es un sueño!
Era extraño sentir al mismo tiempo felicidad por él y
también como si mi mundo se estuviera desmoronando. Lo
único que sabía con certeza era que no iba a dejar que mi
miedo se interpusiera a la hora de apoyar esta oportunidad
que le habían dado y que era única en la vida.
—Siento no haberlo mencionado hasta ahora. Quería que
el día de ayer fuera perfecto. Te juro por Dios que iba a
decírtelo antes de que acabara el fin de semana.
Me devané los sesos para pensar en algo que decir que no
dejara ver mi aprensión.
—¿Sabe que es la primera vez que te vas de gira?
Justin asintió.
—Al principio me extrañó que se arriesgara con alguien
como yo, pero a raíz de ese momento me enteré de que, al
parecer, Cal es conocido por introducir nuevos talentos en
sus giras. Así fue como empezó Dave Aarons.
—¿En serio? ¡Vaya! Y te ha elegido a ti.
Sonrió de forma vacilante.
—Sí.
—Tu estilo también encaja con el suyo.
—Lo sé. Es una buena alternativa.
Dejando de lado el pánico, mi corazón también se llenó de
orgullo. Me acerqué para abrazarlo.
—¡Madre mía! Estoy muy orgullosa de ti —le dije, a pesar
de que sentía que mi mundo se estaba derrumbando.
—Todavía no he aceptado, Amelia.
Me aparté de repente para mirarle a los ojos.
—Lo vas a hacer, ¿verdad?
Frunció el ceño.
—No lo sé.
—No puedes rechazarlo.
—Quería discutirlo contigo primero.
—¿Qué hay que discutir?
—Os dejaría a ti y a Bea durante cinco putos meses.
—Para empezar, nunca llegaste a decir que tu estancia
aquí fuera permanente. Técnicamente, el tiempo que has
estado aquí era limitado. Lo sabes, ¿no?
Ignoró mi pregunta.
—Esto no tiene nada que ver con irme a Nueva York. No
podría venir a la isla cuando quisiera o cuando necesites
algo. La gira es continua. Se ciñen a un calendario estricto.
Le gusta dar dos o tres conciertos en cada ciudad.
—No tienes que preocuparte por mí. —Por mucho que no
quisiera que se fuera, no pensaba dejar que renunciara a
una oportunidad como esta por sentirse culpable. Acabaría
resentido con Bea y conmigo. Y eso era lo último que
quería.
—¿Que no tengo que preocuparme por ti? ¿Recuerdas el
estado en el que te encontré?
—Han cambiado muchas cosas desde entonces. Bea ha
crecido mucho. Depende menos de mí y duerme mejor. No
me uses como excusa para no aprovechar esta oportunidad.
Cinco meses pasarán volando.
La verdad es que parecía una eternidad. Podían pasar
muchas cosas en cinco meses. De hecho, entre nosotros
habían pasado muchas cosas en ese mismo tiempo. Nos
habíamos convertido en nuestra versión propia y única de
una familia.
—Ahora dices que se pasarán volando, pero cuando no
tengas a nadie cerca para relevarte cuando quieras salir de
casa o ir a comprar, lo notarás. Cuando te sientas sola por
la noche, lo notarás… A no ser que llames al imbécil del
vecino. Estoy seguro de que Roger aprovechará mi
ausencia al máximo.
Parecía que estaba intentando encontrar cualquier excusa
habida y por haber para justificar que ir era una mala idea.
—No quiero que te vayas, Justin. Me da mucho miedo,
pero sé que te arrepentirás el resto de tu vida si no lo
haces. Ni siquiera hay que tomar una decisión con una
oferta como esta.
Bajó la mirada a sus zapatos y se quedó mirando el suelo
durante mucho tiempo antes de darse por vencido.
—Tienes razón. Si no lo hago, estaría preguntándome
siempre qué podría haber pasado. Y no creo que tenga otra
oportunidad como esta en la vida.
Sentí la garganta como papel de lija cuando tragué saliva.
—Bueno, pues ahí tienes tu respuesta.
Justin se quedó mirando fijamente a la nada.
—¡Joder! —dijo—. Está sucediendo de verdad. —Luego se
volvió hacia mí con una expresión nerviosa, como si
quisiera que yo hiciera un último intento de disuadirlo.
—Bea y yo seguiremos aquí.
—Volvería un mes después de su primer cumpleaños. —
Miró hacia donde Bea estaba jugando—. La voy a echar de
menos.
—¿Para cuándo tienes que avisar a Olivia? —pregunté,
intentando mantener la calma.
—En un par de días como mucho.
Vacilé antes de hacerle la siguiente pregunta.
—¿Estás seguro de que Jade no tenía razón respecto a
ella?
—¿A qué te refieres?
—Lo de que está intentando volver contigo. Esforzarse
para que formes parte de la gira parece un gesto muy
grande por su parte.
—Siempre ha sido una gran defensora de mi música. No
hay nada más, Amelia.
—¿En serio va a estar en la gira todo el tiempo?
—Sí. Es quien la gestiona.
—¿Sigue saliendo con alguien?
—Creo que no —respondió de mala gana.
La adrenalina me recorrió el cuerpo a medida que los
celos se apoderaban de mí. Noté las mejillas calientes.
—Ya veo.
—Te conté la historia de mi ruptura con Olivia. No era la
mujer indicada para mí. Se acabó. Da igual que esté en la
gira. Por favor, no te centres en eso. Es un desperdicio de
energía.
—Está bien. Lo intentaré, pero imagina cómo te sentirías
tú si yo me fuera de gira en autobús con un ex durante
cinco meses. Ni siquiera soportas a Roger. Viviste con ella
durante dos años. Seguro que entiendes por qué me
incomoda.
—Pues claro que lo entiendo, pero insisto en que lo mío
con Olivia se acabó. Sí, resulta que se viene durante la gira,
pero no te preocupes por eso, por favor.
—Vale. Lo intentaré.
Me sentía como si mi corazón pesara quinientos kilos. No
podía dejar que viera que estaba echa polvo por su
inminente partida.
—Oye —dije de repente—, ¿te parece bien si me voy a
correr un poco por la playa? ¿Podrías vigilar a Bea?
—¿Desde cuándo corres?
—Me gustaría empezar a hacerlo.
Se me quedó mirando con suspicacia.
—Sí. Cuidaré de ella, claro.
Sin demora, subí corriendo las escaleras y me puse la
ropa de deporte tan rápido como pude.
Una vez fuera, mis piernas echaron a correr más rápido
de lo que mi corazón podía soportar. Era incapaz de
mantener el ritmo de mi deseo de huir de la angustia de
saber que se iba. Lo terrible no era que se marchara, sino
el miedo a que no quisiera volver a esta vida en la isla. Iba
a experimentar algo completamente nuevo. Una gira
musical estaría llena de emoción…, de tentación. Sin
limitaciones.
No podía dejar que viera lo aterrorizada que estaba; lo
único peor que su partida sería que decidiera no ir por
culpa de mis inseguridades. Aunque no podía evitar que se
fuera, lo único que sí que podía hacer era intentar
protegerme de la única manera que sabía. Durante el
tiempo que le quedaba en la isla, tenía que evitar
acercarme a él tanto física como emocionalmente. En el
caso de que superásemos este tiempo separados, sabría
que lo nuestro iba en serio. Hasta entonces, tenía que
seguir con mi vida sabiendo que cabía la posibilidad de que
no volviera. La gira sería la prueba definitiva.
El aire de la playa me llenaba la garganta mientras corría.
Hacía tanto viento que la arena volaba hacia mis ojos y mi
boca mientras iba esquivando gaviotas.
Cuando por fin llegué a casa, me detuve justo en la puerta
antes de entrar. Justin tenía la radio encendida y estaba
bailando en la cocina con Bea. Ella se reía cada vez que él
la hacía girar muy rápido. La música se desvaneció y pasó a
un segundo plano ante el ruido que hacían los ansiosos
pensamientos que me estaban pasando por la mente. Me di
cuenta de que no iba a ser la única que se quedaría
destrozada cuando él se marchara. Bea no tenía ni idea de
que se iba en cuestión de días. Ni siquiera sería capaz de
entender por qué se había ido. Me dolía el corazón por ella
y ni siquiera se había ido todavía.
Cuando quieres que el tiempo se detenga es cuando más
rápido va.
Después de que Justin aceptara irse de gira, se enteró de
que tenía que presentarse en Minneapolis en una semana y
media. Su intención era volver con el Range Rover a Nueva
York y luego pillar un vuelo para reunirse con Calvin y el
resto del equipo en Minnesota, donde arrancaría la gira.
Como el otro músico se había retirado de una forma tan
repentina, no había mucho tiempo para prepararse. Justin
tuvo suerte, porque cuando les explicó la situación a los
directivos de su trabajo, estos accedieron a concederle
unos días de asuntos propios no remunerados. El
presidente de la empresa de software para la que trabajaba
Justin era un gran fan de Calvin Sprockett, así que eso
ayudó.
Mientras que por fuera todo iba encajando en su sitio, en
mi mente todo se estaba desmoronando. Deseaba estar
emocionada por él y una parte de mí lo estaba. Pero era
incapaz de separar esa parte de la tristeza y el miedo.
Aunque aprovechamos bien esos últimos días, pasando
tiempo los tres juntos, las cosas estaban muy tensas entre
nosotros. Justo después de que tomara la decisión de irse
de gira, una mañana durante el café le expliqué a Justin
que no me parecía buena idea que avanzáramos a nivel
físico antes de que se marchara. Le dije que eso solo haría
que su partida me resultara más difícil. Lo utilicé como una
buena excusa. Y aunque me dijo que lo entendía, yo sabía
que, en el fondo, lo veía como lo que era: falta de confianza
en que me fuera fiel. Me retiré a mi habitación todas las
noches y él no intentó evitarlo.
Dos días antes de que se fuera, tuve que ir a Providence
para sacar mis cosas del trastero. Como no estaba
trabajando, ya no podía permitirme dejarlas allí guardadas.
Mi intención era donar todo lo que pudiera y vender los
artículos más pequeños en Newport. La mayoría eran cosas
que ya no necesitaba. Quedé con el marido de mi amiga
Tracy, que se llevó su camión y me ayudó a cargar mis
pertenencias antes de llevar la mayor parte a una tienda
del Ejército de Salvación.
Justin se había quedado en Newport con Bea mientras yo
estaba en Providence.
Durante todo el viaje de vuelta a la isla, lidiaba con las
emociones por la inminente partida de Justin. Casi podía oír
el tictac del reloj en mi cerebro. Los últimos meses se
reproducían en mi cabeza como una película que se
acercaba a su final. No me cabía duda de que esta
oportunidad iba a empujar a Justin a la fama. Sería
engullido por ella y dudaba que fuera consciente de lo que
se avecinaba. Puesto que había sido testigo de primera
mano, a una escala menor, sabía cómo reaccionaban las
mujeres ante él, y eso estaba a punto de multiplicarse por
mil. Su vida no volvería a ser la misma. La mía tampoco.
Cuando volví a la casa de la playa, todo estaba
inusualmente tranquilo. Algo que olía a salsa de tomate se
estaba haciendo en el horno. Encendí la luz de la cocina y
vi que era lasaña.
—¡Hola! —grité.
—¡Estamos arriba! —Oí a Justin gritar.
Parecía que estaba lloviendo dentro de la habitación de
Justin. El sonido se mezclaba con una música tranquila.
Cuando abrí la puerta, casi se me paró el corazón.
La cama de Justin no estaba. En su lugar estaba la cuna
blanca de Bea. En el suelo había una alfombra mullida y
amarilla como la mantequilla. En el techo se proyectaban
unas estrellas iluminadas que se movían lentamente. Los
sonidos de la naturaleza procedían de una máquina situada
sobre la cómoda. En la pared había un cuadro enmarcado
de Anne Geddes que representaba a un bebé dormido
vestido de abejorro.
Me tapé la boca.
—¿Cómo…? ¿Cuándo…?
Justin llevaba a Bea en brazos.
—Necesitaba un cuarto para ella sola. El abejorrito está
creciendo, no puede dormir contigo para siempre. Ha
llegado el momento. Que estuvieras hoy en Providence era
la oportunidad perfecta para darte la sorpresa antes de que
me fuera.
Los ojos de Bea estaban clavados en las estrellas flotantes
del techo mientras movía su cabecita y estiraba el cuello
para seguir su trayectoria.
Sonreí.
—Le encantan, ¿eh?
—Sabía que le gustarían. A veces, cuando se levanta por
la noche conmigo, la subo a la terraza. Miramos las
estrellas juntos. A lo mejor las mira y piensa en mí mientras
no estoy. —Sus palabras hicieron que se me encogiera el
corazón.
—No sabía que hacías eso con ella. —Caminé por la
habitación, admirando la transformación—. ¿Dónde están
todas tus cosas?
—He desmontado la cama y, de momento, la he dejado en
un rincón de mi despacho.
Había algo en el hecho de que dejara libre el dormitorio y
se lo entregara a Bea que, de repente, me pareció muy
definitivo y me descolocó. Empecé a interpretar lo que
significaba y reaccioné de forma exagerada.
El corazón empezó a latirme presa del pánico.
—No vas a volver. —Mi intención no era decirlo en voz
alta.
—¿Cómo?
—Le has cedido tu cuarto porque sabes que no vas a
volver. Te irás, te convertirás en una gran estrella. Vendrás
de visita, pero en el fondo sabes que ya no volverás a vivir
aquí.
Fue como si todas mis inseguridades tuvieran voz de
repente. No pretendía exponerlo todo de esa manera.
Simplemente salió a la luz después de un día largo y
estresante.
—He hecho este cuarto para el bebé porque no debería
estar durmiendo en tu puta habitación. Se merece tener un
espacio bonito. Llevaba planeándolo desde mucho antes de
saber lo de la gira. He ido reuniendo estas cosas poco a
poco durante el último mes; lo he escondido todo en mi
armario. —Buscó en el cajón de la cómoda un montón de
recibos, los sacó y los lanzó bruscamente al aire. Los trozos
blancos cayeron al suelo—. Mira las fechas. Son de hace
semanas.
Me sentí realmente estúpida.
—Lo siento. El hecho de que te vayas me ha tenido
estresada. Intentaba que no se notara, y supongo que al
final me ha pasado factura.
—¿Crees que estoy intentando separarme de ti? Tú eres la
que puso un muro gigantesco en cuanto te hablé de la gira.
Si fuera por mí, nada me gustaría más que dormir en tu
puta cama esta noche, dentro de ti, porque me voy en
menos de dos días. ¡Dos días, Amelia! En vez de disfrutar el
uno del otro, me has cerrado la puerta. Estoy respetando
tus deseos y no estoy presionando nada porque sé que ya
es bastante duro para ti que me vaya, pero ¡joder!
Me sentí avergonzada.
—Perdón por haber exagerado. He hecho que se tratara
de algo más que de la habitación del bebé. La habitación es
preciosa. De verdad.
—Voy a ver cómo va la comida. —Justin colocó a Bea en su
cuna y salió de repente de la habitación, dando un portazo
tras de sí. Miré a las estrellas del techo, lamentando
profundamente haber perdido la compostura. La máquina
de sonido había cambiado a una combinación de truenos y
relámpagos. Era una representación adecuada del
ambiente.
Esa noche la cena transcurrió en silencio.
Al haberse quedado sin dormitorio, Justin durmió en el
sofá.
Yo no dormí nada.
Mañana ya no estaría Justin.
Tenía que arreglar las cosas antes de que se fuera o me
arrepentiría. Bea estaba durmiendo tranquilamente la
siesta en su nuevo cuarto, de manera que decidí que
aprovecharía la oportunidad para hablar con él.
La montaña de equipaje negro de Justin estaba apilada en
un rincón de su despacho. El simple hecho de verlo me
producía ansiedad.
Mientras avanzaba por el pasillo, oía el sonido que hacía
al golpear el saco de boxeo procedente de la sala de
ejercicios.
De pie en la puerta, advertí que le daba puñetazos al saco
con más fuerza de la que le había visto darle antes. Justin
estaba totalmente concentrado y no se había dado cuenta
de mi presencia, o fingía no hacerlo.
—Justin.
No se detuvo. No sabía del todo si podía oírme, ya que
llevaba auriculares. Me llegaba la música que sonaba a
través de ellos.
—Justin —repetí más fuerte.
Siguió ignorándome mientras golpeaba el saco más fuerte
aún.
—¡Justin! —grité.
Esta vez me miró durante un instante, pero no dejó de
golpear. Eso confirmó que sí que me estaba ignorando.
Estaba decidida a no huir de esta situación por muy
dolorosa que fuera, de manera que me quedé en la puerta
mirándole durante varios minutos, hasta que al fin se
detuvo. Apoyado en el saco de boxeo y agarrado a él, miró
al suelo mientras jadeaba, pero no dijo nada. Tras un largo
momento de silencio, habló.
—Te estoy perdiendo y todavía no me he ido. —Se volvió
hacia mí—. La gira no vale ese precio.
—Tienes que ir. No me estás perdiendo. Es solo que no sé
cómo manejarlo.
Un chorro de sudor le resbalaba a lo largo de su brillante
pecho mientras caminaba hacia mí, pero se detuvo antes de
tocarme. El olor de su piel mezclado con la colonia sirvió
como recordatorio de lo mucho que me estaba engañando a
mí misma cuando se trataba de mi capacidad para alejarme
de él a nivel sexual.
—Es comprensible. Totalmente comprensible —dijo.
—¿El qué?
—Todas tus preocupaciones… Yo me sentiría igual si
fueras tú la que se va de gira. No estamos hablando de
ninguna tontería. Entiendo por qué tienes miedo.
No me reconfortó precisamente saber que sentía que mi
preocupación era fundada.
Justin continuó.
—No es que no confíes en mí ahora, sino que crees que
ese entorno me cambiará de alguna forma, me hará querer
cosas diferentes a las que quiero ahora.
—Sí. Justo eso. Si entiendes mi miedo, entonces ¿por qué
estás tan enfadado conmigo?
—Es más bien… frustración. Todo está sucediendo muy
rápido, y me estoy quedando sin tiempo para arreglarlo
antes de irme. Tenemos que confiar en que lo que hemos
estado construyendo vale más que todas las locuras que
pueda lanzarnos la vida en los próximos cinco meses. Yo
también tengo miedo, porque no quiero defraudaros ni a ti
ni a Bea jamás. —El miedo que destilaban sus ojos no tenía
precedentes, y la incertidumbre en ellos me inquietó.
—¿Defraudarme?
—Sí. Bea me está tomando cariño. Aunque no se acuerde
de estos últimos meses, se está haciendo mayor y empezará
a entender más a medida que pase el tiempo. Esto no es un
juego. Lo sé. Preferiría morir antes que hacerle daño.
Aunque no lo dijera con tantas palabras, interpreté su
afirmación como que todavía no estaba seguro de querer
ser padre, lo que a su vez significaba que cabía la
posibilidad de que se sintiera inseguro con respecto a lo
nuestro. Me dolía saber que todavía tenía dudas, dado lo
increíblemente bien que se portaba con Bea.
Y conmigo.
La gira estaba obligando a Justin a hacer algo que no
habría hecho nunca de otra manera; le estaba obligando a
dejarnos, a dar un paso atrás y a reflexionar sobre la
responsabilidad en la que se metió sin saberlo el verano
pasado, cuando decidió venir a Newport un mes antes,
esperando una casa vacía. Sin duda aquel día obtuvo
mucho más de lo que previó, y desde entonces había sido
nuestra roca. Aunque no quería perderlo, Justin necesitaba
este paréntesis para descubrir lo que quería de verdad.
Yo sabía que de verdad quería estar con él. También sabía
que lo amaba lo suficiente para dejarlo ir. Me juré que no
presionaría más su sentimiento de culpa.
La gira era una bendición enmascarada, porque le daría
el espacio para determinar lo que tenía que pasar. Desde
luego, no quería que Bea le tomara más cariño si no éramos
lo bastante fuertes para sobrellevar esto. Ahora era más
importante proteger su corazón que el mío.
A regañadientes, le confesé la conclusión a la que había
llegado.
—Tal vez este tiempo separados sea necesario. Te ayudará
a darte cuenta de lo que quieres en la vida.
Me sorprendió cuando admitió:
—Creo que tienes razón.
El hecho de que me diera la razón hizo que se me cayera
un poco el alma a los pies. Al mismo tiempo, juré ser fuerte,
dejar que el destino siguiera su curso. No actuaría de forma
estúpida ni sabotearía nada de una forma u otra, porque le
quería. Muchísimo. Quería lo mejor para él, quería que
fuera feliz, aunque eso no nos implicara a Bea y a mí.
El universo ya había demostrado que tenía planes para
mí, unos que estaban fuera de mi control. Bea era la prueba
de ello. Tenía que confiar en que algo más grande que
nosotros estaba al mando y que este último desafío tenía un
propósito. De lo único que estaba segura era de que nos
destrozaría o nos haría más fuertes que nunca.
En cinco meses obtendría mi respuesta.
Llovió el día entero.
Como si Bea pudiera percibir que algo no iba bien, esa
noche se negó a dormir en su nueva cuna. Me hizo pensar
que, posiblemente, los bebés tenían un sexto sentido.
Desde que Justin reformó la habitación, le encantaba
dormir allí y mirar las estrellas. Pero esa noche, la última
noche de Justin, Bea solo se calmó en la seguridad de mis
brazos. Intuición, tal vez. Así pues, dejé que se acostara a
mi lado en mi cama, aunque, al igual que yo, era incapaz de
quedarse dormida.
Cuanto más se acercaba la medianoche, más melancólica
me ponía a medida que el insomnio iba ganando la partida.
El toque de los nudillos de Justin sobre la puerta fue
suave.
—Amelia, ¿estás despierta?
—Sí. Pasa.
Entró, se tumbó en mi cama junto a nosotras y recolocó
las mantas.
—No puedo dormir.
—¿Estás nervioso? —pregunté.
—Asustado más bien.
—¿De qué en concreto?
Dejó escapar una risa sarcástica.
—De todo. Tengo miedo de dejarte sola, miedo de que no
se acuerde de mí…, miedo de que se acuerde de mí, de que
me fui. Tengo miedo de tocar delante de miles de personas,
miedo de cagarla. Cualquier cosa que se te ocurra. Estoy
preocupado por todo eso.
—No deberías preocuparte por lo de tocar. Vas a dejarlos
boquiabiertos.
Ignorando mi declaración, agarró a Bea y se la puso sobre
el pecho. Su respiración empezó a estabilizarse.
Se me rompió el corazón cuando le dio un beso suave en
la cabeza y le susurró al oído:
—Lo siento, Abejorrito.
Mi estado de ánimo había sido una montaña rusa a lo
largo del día, alternándose entre sentir lástima por mí y por
Bea hasta sentirme orgullosa y emocionada por él. En ese
momento tan íntimo me sentí obligada, no como su amante,
sino como su amiga, a ayudarle a entender que merecía
esta oportunidad por la que se había esforzado toda su
vida. No tenía nada que lamentar. Así fue como supe que lo
amaba de verdad, porque en el último momento, lo único
que quería era arrancarle la culpa y hacerle sentir bien, sin
importar lo mucho que me doliera que se marchara.
—Nana estaría muy orgullosa de ti, Justin. Siempre me
decía que creía que estabas destinado a algo grande.
Cuando salgas ahí fuera, ni siquiera pienses en cuánta
gente te está viendo, tú solo canta para ella, cántale a
Nana… Hazlo por ella.
—A ella también le alegraría ver la persona en la que te
has convertido, Patch…, todo con lo que te has
comprometido. La madre que has llegado a ser a pesar de
lo mierda que era tu madre. Nana estaría muy orgullosa. Yo
estoy muy orgulloso.
Con Bea dormida sobre su pecho, Justin se inclinó para
besarme. Empezó a devorar mi boca, con firmeza, pero con
ternura. Nos besamos durante varios minutos, con cuidado
de no despertar a Bea.
—Tengo tantas ganas de hacerte el amor ahora mismo…
—dijo contra mi boca—. Pero, al mismo tiempo, entiendo
que pienses que eso complicaría el día de mañana. No sé si
podría irme de aquí después de eso.
—De todas formas, no creo que Bea lo permita ahora
mismo. Parece demasiado cómoda.
La miró y sonrió.
—Puede que tengas razón. —Se volvió hacia mí, sus ojos
azules luminiscentes en la oscuridad—. Prométeme algunas
cosas.
—Vale.
—Prométeme que haremos videollamada cada dos días al
menos.
—Claro, será fácil.
—Prométeme que, si te sientes sola, me llamarás a
cualquier hora, de día o de noche.
—Lo haré. ¿Qué más?
—Prométeme que no nos ocultaremos nada importante y
que siempre seremos sinceros el uno con el otro.
Me sentí un poco mareada a medida que reflexionaba
sobre qué cosas tendría que ser sincero conmigo.
—Vale. Lo prometo. —Tragué saliva—. ¿Algo más?
—No. Solo quiero dormir junto a ti y Bea esta noche. ¿Te
parece bien?
—Claro. —Le tomé la mano—. Todo va a salir bien, Justin.
Estaremos bien.
Sonrió y susurró:
—Sí.
Justin colocó a Bea entre los dos. Mientras ella estaba
acostada en el medio, Justin y yo nos miramos a los ojos
hasta que el sueño finalmente nos reclamó.
Cuando me desperté a la mañana siguiente, el pánico me
golpeó por un instante porque Justin no estaba en la cama.
Miré el reloj y me tranquilicé al ver de que solo eran las
nueve de la mañana. No estaba previsto que se fuera hasta
el mediodía.
El olor de su característico café ascendió por la escalera y
me entristeció al instante. Sería la última vez que olería su
café en mucho tiempo.
Empecé a notar que los ojos se me ponían llorosos, por lo
que me tomé mi tiempo antes de bajar las escaleras con la
esperanza de recuperar la compostura. Hice algunas cosas
mecánicas: limpié el cuarto, metí ropa en la lavadora,
cualquier cosa antes de que me viera derrumbarme. Bea
me miraba desde su Exersaucer mientras yo daba vueltas
por mi habitación como una loca.
Justin entró cuando estaba aspirando la alfombra.
Deslizando la aspiradora de un lado a otro, no levanté la
vista hacia él.
—Amelia.
La empujé a lo largo de la alfombra más rápido.
—¡Amelia! —gritó.
Por fin le miré. Debió de ver la tristeza en mis ojos,
porque su expresión se ensombreció. Me quedé mirándolo
mientras la aspiradora seguía funcionando, aunque había
dejado de moverla. Una lágrima cayó por mi mejilla y supe
que había perdido oficialmente la capacidad de ocultar mis
sentimientos.
Se acercó despacio y apagó la aspiradora, con su mano
posada sobre la mía, que seguía agarrando el mango.
—He estado esperando para tomarme el café contigo —
dijo—. Necesito desayunar contigo y con Bea una última vez
antes de irme. Es lo que más me gusta en el mundo.
Me limpié los ojos.
—Está bien.
—No pasa nada por estar triste. Deja de intentar
ocultármelo. Yo tampoco lo voy a ocultar. —Su voz se
quebró un poco—. Estoy tan triste ahora mismo, Amelia…
Lo último que quiero hacer ahora es dejaros, pero el tiempo
se acaba. No lo desperdicies escondiéndote de mí.
Tenía razón.
Sorbiendo por la nariz, asentí con la cabeza.
—Vamos a tomarnos un café.
Justin sostuvo a Bea en brazos mientras cerraba los ojos
con fuerza y respiraba su aroma, como si quisiera
grabárselo en la memoria. Cuando se retiró, la levantó en el
aire mientras lo miraba.
—¿Eres mi abejorro?
Ella le sonrió y eso fue lo más parecido a que me clavaran
un cuchillo en el corazón. Mis emociones eran una montaña
rusa de nuevo. Una parte de mí todavía estaba enfadada
con él por puro egoísmo.
¿Cómo pudiste dejarnos?
¿Por qué no me has dicho que me quieres?
¿Por qué no le has dicho a Bea que la quieres?
No nos quieres.
Una parte más grande estaba enfadada conmigo misma
por volver a tener ese tipo de pensamientos. Me estaba
empezando a dar cuenta de que lo que me molestaba no
era tanto el hecho de que se fuera como que me dejara
sintiéndome tan insegura sobre en qué punto estábamos.
Me trataba como si me quisiera, pero aun cuando
actuábamos como una familia, nunca había definido
nuestra relación, ni siquiera me había etiquetado como su
novia.
Mientras Justin preparaba las tazas de café como siempre
hacía, seguí cada uno de sus movimientos y no pude evitar
preguntarme cómo sería la próxima vez que lo viera
preparar café.
Cuando me entregó mi taza, esbocé la mejor sonrisa que
pude. No quería que se fuera pensando en mi cara de
tristeza. Justo cuando estaba dándolo todo para poner una
fachada de felicidad, su expresión se volvió hosca.
—¿Qué pasa, Justin?
—Me siento impotente, solo eso. Si necesitas algo, le he
dicho a Tom que podías llamarlo de vez en cuando. He
dejado su número en la nevera. Dijo que a cualquier hora
del día o de la noche, no lo dudes. Llámalo a él en vez de a
ese vecino idiota, por favor. También he instalado un nuevo
sistema de alarma. —Hizo un gesto con la mano para
guiarme hacia la puerta—. Vamos, te enseñaré a usarlo.
Todo lo que decía sonaba amortiguado a medida que mis
ojos seguían sus dedos, sus manos y sus labios mientras me
explicaba cómo maniobrar el panel de control de la alarma.
Su voz se desvaneció y pasó a un segundo plano, perdiendo
la batalla con el pánico que había acumulado.
Justin se dio cuenta y dejó de hablar.
—¿Sabes qué? Te enviaré las instrucciones por correo
electrónico. —Me miró fijamente durante un rato antes de
tirar de mí para darme un abrazo. Me abrazó durante lo
que parecieron varios minutos mientras me acariciaba
lentamente la espalda. No había nada que pudiéramos
hacer para retrasar el tiempo.
Miré desde la ventana cómo Justin cargaba su equipaje en
la parte trasera del Range Rover.
Cuando volvió a entrar, dimos un rápido pero tranquilo
paseo por la playa con Bea. En un momento dado, me
quedé atrás mientras Justin acercaba a Bea a la orilla. Le
susurró algo al oído. Me entró la curiosidad, pero nunca le
pregunté qué le había dicho.
Una vez que regresamos a la casa, llegó la hora de que
Justin se fuera. La mañana había pasado demasiado rápido;
casi parecía injusto.
—No puedo creer que haya llegado el momento —dije al
tiempo que intentaba reprimir las lágrimas.
Milagrosamente, fui capaz de mantener el llanto a raya,
más que nada porque estaba en estado de shock. En ese
momento, lo mejor que podía hacer por él era asegurarle
que le apoyaría mientras experimentaba este nuevo
capítulo, hacerle saber que estaría a su lado de la misma
manera que empezamos: como una amiga.
Le devolví sus propios deseos.
—Lo mismo va para ti, Justin. Si me necesitas o te sientes
solo o tal vez tienes dudas, llámame de día o de noche.
Estaré aquí.
Justin seguía con Bea en brazos cuando apoyó su frente
en la mía y simplemente dijo:
—Gracias.
Nos quedamos así un rato, con Bea metida entre los dos.
Todavía quería evitar romper a llorar, así que me obligué
a separarme.
—Será mejor que te vayas. Vas a perder el vuelo.
Le dio un suave beso en la cabeza a Bea.
—Te llamaré cuando aterrice en Minneapolis.
Bea y yo nos quedamos en la puerta, viendo cómo se
alejaba. Se subió al coche y lo puso en marcha, pero no se
movió. Nos miró mientras seguíamos esperando. Bea le
tendía la mano y balbuceaba; obviamente no tenía ni idea
de lo que estaba pasando.
¿Por qué no se movía?
De repente, se bajó del coche, dando un portazo. Los
latidos del corazón se me aceleraron con cada paso que
daba hacia mí. Antes de que pudiera preguntarle si se le
había olvidado algo, me rodeó la nuca con la mano y me
atrajo hacia él. Abrió la boca sobre la mía, introdujo la
lengua y la giró a un ritmo casi desesperado mientras
gemía contra mi boca. Sabía a café y a algo que solo era
suyo. No era el momento de excitarse, pero no pude evitar
la reacción que tuvo mi cuerpo.
Cuando se obligó a retroceder, sus ojos parecían no
enfocar bien, estaban llenos de confusión y pasión. Tuve
que recordar una vez más el viejo refrán sobre dejar ir a
alguien: que si vuelve es tuyo; si no lo hace, nunca lo fue.
Por favor, vuelve a mí.
No dijo nada más mientras volvía al coche y lo arrancaba,
tras lo que esta vez… se marchó.
18
Fe ciega.
Eso fue lo único que me ayudó a superar el primer mes
sin Justin. En cierto modo, tuve que convencerme de que
tenía que confiar en sus acciones y en su juicio, aunque no
pudiera estar allí para ver lo que estaba sucediendo en
realidad.
Nos llamaba todas las noches. A veces lo hacía durante lo
que él llamaba su «tiempo de relajación», alrededor de las
ocho de la tarde, justo antes de sus conciertos de las nueve
de la noche. Otras veces lo hacía durante su descanso para
comer o cenar. Por lo que me contaba, su itinerario del día
estaba repleto de pruebas de sonido y ensayos en cada
nuevo recinto. El único momento de descanso que tenía era
después del concierto, y para entonces se veía obligado a
participar en las fiestas de después o simplemente estaba
agotado. Si la banda se quedaba más de una noche en la
misma ciudad, todos se alojaban en un hotel. Si tenían que
estar en otra localidad al día siguiente, conducían durante
la noche y dormían en el autobús.
Había dos autobuses, uno para Calvin y la banda principal
y otro para Justin y el resto del equipo. Según Justin, en
cada autobús dormían unas doce personas. Nunca le
pregunté en qué autobús dormía Olivia, porque me daba
miedo la respuesta.
Fe ciega.
Está bien, sí, aunque decidí tener fe en él, descubrí una
pequeña ventana a su mundo que satisfacía mis episodios
de paranoia. Llegó bajo la forma del perfil de Instagram de
Olivia.
Cuando Jade vivía en la casa de la playa y solía quejarse
de que Olivia comentaba todas las publicaciones de Justin,
busqué su perfil para echarle un vistazo al de Olivia. Le
había cotilleado de forma ocasional incluso antes de que
Justin se fuera. Ahora, cada día, publicaba fotos de la gira.
Muchas eran fotos de paisajes, como el amanecer desde el
autobús al entrar en una ciudad nueva o lo que la banda y
el equipo estuvieran comiendo. Otras eran de Calvin y su
banda entre bastidores.
Una noche en particular, cuando Bea estaba durmiendo,
abrí Instagram. Olivia publicó una foto de Justin tocando.
Era una foto normal de él inclinándose hacia el micrófono
con los focos brillando sobre su hermoso rostro, el cual
estaba enmarcado por la sombra propia de las cinco de la
tarde. Hizo que deseara estar allí, verle tocar en el gran
escenario. Cuando miré más abajo, me fijé en los hashtags.
#Rompecorazones
#JustinBanks
#SolíaTocarEso
#LosExDeInstagram
A pesar de que me molestó, me negué a sacarle el tema,
me negué a jugar el papel de novia celosa, sobre todo
cuando él no me había etiquetado como su novia para nada.
Un golpe en la puerta me sobresaltó. Cerré el portátil.
¿Quién vendrá a estas horas?
Por suerte, además del sistema de alarma, antes de irse
Justin instaló una mirilla en mi puerta.
Una mujer con el pelo largo y castaño como el mío estaba
de pie temblando. Parecía bastante inocente, así que abrí la
puerta.
—¿Puedo ayudarla en algo?
—Hola. —Sonrió—. Amelia, ¿verdad?
—Sí.
—Quería presentarme. Me llamo Susan. Vivo en la casa
azul de al lado.
—¡Oh! ¿Roger se ha mudado?
—No. De hecho, soy su esposa.
¿Esposa?
—Pensaba que estaba…
—¿Divorciado? —sonrió.
—Sí.
—Lo está… técnicamente. Nos reconciliamos hace poco
cuando vino a Irvine a visitar a nuestra hija. Se suponía que
era una visita de una semana, pero se convirtió en tres
semanas. Alyssa y yo acabamos volviéndonos aquí con él.
Me quedé sorprendida por la noticia.
—¡Vaya! No tenía ni idea. Es fantástico. —Agité la mano
—. ¡Dios mío! ¿Dónde están mis modales? Pasa, pasa.
—Gracias —contestó, y se limpió los pies y entró en la
casa—. Nuestra hija está durmiendo ahora, pero me
encantaría que la conocieras también. Acaba de cumplir
ocho años.
—Mi hija, Bea, también está durmiendo. Tiene casi nueve
meses.
—Roger mencionó que tenías un bebé.
—Yo también he oído hablar mucho de Alyssa.
—Roger también mencionó que él y tú os lleváis muy bien.
—Solo somos amigos, en caso de que te lo estés
preguntando.
Vaciló.
—No pasa nada si habéis sido más que eso. No estábamos
juntos en ese momento.
—No. Sí que pasa. Al menos para mí pasaría. Querría
saberlo. Entiendo lo que es preguntarse ese tipo de cosas
cuando te importa alguien.
El alivio le inundó el rostro.
—Bueno, gracias por la aclaración. Mentiría si dijera que
no me lo había preguntado.
—De hecho, estoy algo enamorada de mi compañero de
piso. Ahora mismo está de gira. Músico. Entiendo
perfectamente lo de los celos.
Sacó una silla y se sentó.
—¡Vaya! ¿Quieres hablar de ello?
—¿Bebes té?
—Sí. Me encantaría tomarme uno.
Susan y yo no tardamos en hacernos amigas esa noche.
Le conté mi historia con Justin y se ofreció a ayudarme con
Bea en el caso de que necesitara una niñera. Dijo que a
Alyssa le encantaría cuidar a Bea con ella. Agradecí que
nunca hubiera pasado nada entre Roger y yo, porque eso
habría hecho que la situación fuera incómoda.
Tenía que admitir que, cuando Susan apareció por
primera vez, descubrir que Roger había vuelto con su
mujer hizo que me sintiera más sola todavía. No obstante,
ese pensamiento egoísta fue rápidamente sustituido por la
felicidad que me produjo tener una nueva amistad
femenina, algo de lo que mi vida había carecido.
Susan y yo quedábamos con regularidad. Me animó a
probar cosas nuevas y a salir más. Me apunté a clases de
maternidad con Bea y empecé a utilizar la guardería del
gimnasio para poder hacer ejercicio unas cuantas veces a
la semana. Hice lo mejor que pude para desarrollar una
nueva rutina sin Justin.
Las horas de luz se hacían más llevaderas; la noche era lo
más difícil. Como Bea dormía y Justin estaba más ocupado
por las tardes, siempre me sentía más sola cuando caía la
noche.
Una noche, cerca de las doce, me llegó un mensaje de
Justin.
Estamos en Boise. Uno de los miembros del equipo es de aquí y ha traído a
su bebé al autobús antes del concierto de esta noche. Eso ha hecho que
eche aún más de menos a Bea.
Nosotras también te echamos de menos.
La gira se detiene en Worcester, Massachusetts,
en un par de semanas. ¿Qué posibilidades hay
de que puedas venir a verme?
Eso estaba a poco más de una hora de distancia. Sería la
parada de la gira más cercana y la única cerca de Newport
durante el resto del tiempo que iba a estar fuera.
No creo que el ruido y el ambiente sean buenos para Bea, pero a lo mejor
puedo encontrar una niñera.
Cabía la posibilidad de que Susan pudiera cuidar a Bea
por mí, pero no le había hablado de ella a Justin por
razones egoístas. Me gustaban bastante los celos que
sentía hacia Roger. Era la única ventaja que tenía en este
momento. Así pues, decidí guardarme la información de su
reconciliación durante un tiempo.
Tienes razón. Sería demasiado ruidoso y loco para ella.
Veré lo que puedo hacer.
Justin: Por desgracia, solo es una noche. El autobús
sale para Filadelfia poco después del concierto.
Cruza los dedos para que pueda ir.
No solo echo de menos a Bea.
Mi corazón palpitó.
Yo también te echo de menos.
Que duermas bien.
Amelia: Un beso.
Como no estaba claro si iba a poder conseguir una niñera
para ir a ver a Justin en Massachusetts, me había enviado
un pase plastificado para el backstage que me permitiría
acceso exclusivo en el caso de que lo lograra en el último
minuto. Me dijo que no estaba seguro de que fuera a estar
disponible para recibirme si llegaba y en el momento en el
que llegara. Tener la tarjeta sería una apuesta más segura
en caso de que estuviera en medio de una prueba de sonido
o incluso en medio del concierto, dependiendo de lo tarde
que llegara.
No iba a saber hasta el último momento si iba a poder ir,
ya que Susan era la única opción que tenía como niñera. Al
parecer, ese día tenía una cita importante en Boston que no
podía cancelar. Como dependía del tráfico, no estaba
segura de si llegaría a tiempo.
Era el día del concierto y me estaba poniendo muy
nerviosa. Había barajado la idea de ir en coche con Bea
durante el día, pero dejó de ser una opción, porque se
había resfriado. Llevarla a un lugar en el que hacía tanto
frío y a un recinto lleno de gente no era una buena idea;
podría pillar una neumonía.
Al caer la tarde, Susan llamó desde la carretera para
decirme que estaba en un atasco y que todavía no había
salido del Ted Williams Tunnel en Boston. En ese momento
supe que me iba a perder el comienzo del concierto, si es
que tenía la suerte de llegar. Estaba totalmente
desconsolada. Esta era mi única oportunidad de ver a Justin
en toda la gira. Era injusto.
No obstante, manteniendo la esperanza, me arreglé de
todas formas. Con un vestido azul corto y ajustado de satén
con detalles de encaje negro, parecía más una modelo de
lencería que una ama de casa. En el caso de que
consiguiera verle esta noche, quería dejarle con la boca
abierta. Al fin y al cabo, estaba compitiendo con todo un
mundo de modelos y groupies que se disputaban su
atención. Ese pensamiento hizo que se me revolviera el
estómago mientras me ondulaba el pelo en mechones
largos y sueltos y me aplicaba un pintalabios ciruela mate.
Algo me decía que todo este esfuerzo era en vano, pero
tenía que estar preparada para salir por la puerta a toda
prisa si Susan volvía. Cuando el reloj dio las ocho, quedó
claro que me iba a perder su concierto pasara lo que
pasase.
A las ocho y cuarenta y cinco, Justin llamó justo antes de
tener que subirse al escenario.
—¿No ha habido suerte? —preguntó.
—Lo siento mucho. Tenía muchas ganas de ir, pero no ha
llegado todavía. Es imposible que llegue a tiempo. —Tenía
la voz temblorosa, pero me negué a llorar o de lo contrario
se me correría el rímel por la cara.
—¡Joder, Amelia! No te voy a mentir; es una desilusión
enorme. Tenía muchas ganas de verte. Ha sido lo que ha
hecho que superara la semana. Pero lo entiendo, claro. Bea
es lo primero. Siempre. Dale un beso de mi parte. Espero
que se mejore.
Nos quedamos al teléfono y la decepción se escuchó
fuerte a través de nuestro silencio y del largo suspiro de
frustración que se le escapó.
Oí la voz de un hombre antes de que Justin dijera:
—¡Mierda! Me están llamando.
—Vale. Que te vaya bien en el concierto.
—Estaré pensando en ti todo el rato.
Antes de que pudiera responder, la llamada se cortó.
Quince minutos más tarde, escuché un golpe frenético en
la puerta. Cuando la abrí, Susan estaba jadeando.
—Ve. ¡Ve, Amelia!
—Puede que sea demasiado tarde. El concierto habrá
acabado para cuando llegue.
—Sí, pero podrás verlo antes de que se vayan, ¿verdad?
—Creo que sí. No estoy segura de cuándo sale el autobús
hacia la siguiente ciudad.
—No pierdas el tiempo hablando conmigo. Tú dime dónde
está Bea.
—Está durmiendo. En la encimera he dejado una larga
nota con instrucciones.
—Perfecto. —Me hizo un gesto para que me fuera—. Ve a
por tu chico, Amelia.
Le di un beso.
—Te debo una enorme. Gracias.
Había pasado un tiempo desde la última vez que conduje
por la autopista de noche. A medida que aceleraba por la I-
96, apareció el principio de un ataque de pánico.
Intentando concentrarme en que iba a ver a Justin y no en
los coches que pasaban a toda velocidad, pude evitar que el
pánico se convirtiera en un ataque en toda regla. El GPS
me sirvió de copiloto, puesto que no tenía ni idea de adónde
iba. Esa parte de Massachusetts me resultaba totalmente
extraña.
El sudor me fue impregnando el cuerpo a medida que me
acercaba. Aunque hacía frío, encendí el aire acondicionado
para que me calmara. ¿Qué estaba haciendo? El concierto
había acabado. No le había enviado ningún mensaje. Me
dije que era porque quería darle una sorpresa, pero una
parte de mí quería ver cómo eran las cosas cuando no me
estaba esperando.
Estacioné en el enorme aparcamiento que había fuera del
recinto y me abracé a mí misma. Había salido tan rápido de
casa que se me había olvidado el abrigo. Corriendo con mis
botas de tacón alto (las mismas que llevé con el disfraz de
Catwoman), me dirigí a una alta valla metálica que
separaba la zona VIP del aparcamiento.
Al otro lado de la verja se encontraban dos autobuses
negros de la gira con los cristales tintados. Un guardia con
auriculares estaba en la entrada. En las inmediaciones
había grupos de mujeres reunidos, probablemente con la
esperanza de ver a los artistas.
El aire de la noche hacía visible mi aliento y enseñé mi
identificación especial y le hablé al guardia.
—¿Ha acabado el concierto?
—Casi. Calvin está a mitad de la última actuación.
—¿Dónde puedo encontrar a Justin Banks? Me dio esta
tarjeta de acceso.
—Justin está en el autobús dos. Es el de la derecha.
El corazón me martilleaba contra el pecho a medida que
me abría paso hacia el autobús a través del aparcamiento
cubierto de grava.
Abrí la puerta. Para mi sorpresa, no parecía haber nadie
dentro. Eso fue lo que supuse hasta que los ruidos
procedentes del dormitorio trasero demostraron lo
contrario. En los laterales había varias camas que parecían
ataúdes, pero Justin había mencionado que cada autobús
tenía un dormitorio principal en la parte trasera. El equipo
y él se alternaban para dormir en él cada noche.
Se me formó un nudo en la garganta al acercarme a la
puerta de madera cerrada. Detrás de ella se oía el sonido
de los gemidos de una mujer.
El guardia había dicho que Justin estaba aquí.
Tenía que saberlo.
Tenía que abrirla. Tenía que verlo con mis propios ojos.
Puede que mi fe fuera ciega, pero estaba a punto de ver
una escena desagradable.
Girando lentamente el pomo, abrí la puerta un poco. Lo
único que vi fue una melena oscura. Una mujer lo estaba
montando mientras estaba tumbado. Parecía Olivia, pero no
lo sabía con seguridad. Podía ser cualquier mujer. No
importaba quién fuera. No se fijaron en mí. Se me empezó
a revolver el estómago y se me subió la bilis. No podía
seguir mirando. No podía.
Las piernas me flaquearon mientras me iba del autobús.
Demasiado sorprendida para llorar, caminé aturdida al
tiempo que me consumía el entumecimiento. Tenía la visión
borrosa. Sentía que mi corazón se rompía lentamente con
cada paso que daba para salir del autobús. ¿Fui estúpida
por pensar que esperaría? ¿Que podría resistir la enorme
tentación que le lanzaban a la cara cada día? Nunca hizo
ninguna promesa y eso era por una buena razón.
Eres idiota, Amelia.
Esperaba ponerme a llorar, pero por alguna razón, el
shock pareció congelar mis conductos lagrimales. Sentía
los ojos secos, fríos, incapaces de producir humedad.
Mi móvil sonó al recibir un mensaje.
Te he echado mucho de menos esta noche.
19
¿Qué?
¿Cómo era posible que me estuviera escribiendo mientras
se follaba a otra persona?
La adrenalina me recorrió el cuerpo, lo que llevó a mi
nerviosismo a una montaña rusa de emociones.
¿Estás en el autobús?
No. En Dave and Buster’s, al final de la calle, tomándome algo. ¿Cómo se
encuentra Bea?
No era él.
¡No era él quien se estaba tirando a esa chica en el
autobús!
Agarrándome el pecho, dejé salir el aire que parecía
haberse quedado atrapado dentro y que me estaba
asfixiando un momento antes. Me sentí como si me
hubieran disparado con una pistola tranquilizante llena de
euforia.
Sigue resfriada. Está con mi amiga Susan
porque yo estoy aquí. Justo fuera de tu autobús.
¡No jodas! No te muevas. Voy para allá.
Frotándome los brazos con las manos, me quedé
esperando en el frío durante al menos diez minutos. Las
dos personas que habían estado follando dentro del
autobús salieron de repente. El hombre era guapo, pero no
era Justin. También confirmé que la participante femenina
no era Olivia.
Una multitud de mujeres se reunió de repente en la
entrada. Se oyó al guardia decir:
—Atrás. ¡Atrás! ¡Dejadle pasar!
Fue entonces cuando vi a Justin abrirse paso entre el
enjambre de personas. Atravesó la valla metálica y miró
frenéticamente a su alrededor antes de que su mirada se
fijara en mí.
La conmoción que había a nuestro alrededor pareció
disiparse cuando caminó hacia mí y me rodeó con sus
brazos. Prácticamente me fundí con él. Olía a una mezcla
de colonia, humo y cerveza. Era embriagador e hizo que
quisiera bañarme en ella. Quería que me cubriera por
completo.
—Estás fría como el hielo —me susurró al oído.
—Pues abrázame. Dame calor.
—La verdad es que ahora mismo necesito hacer algo más
que abrazarte. —Se echó hacia atrás para mirarme con
detenimiento, dándole un repaso a mi ropa—. ¡Joder! —
gruñó—. No te lo tomes a mal, pero ¿por qué pareces una
puta?
—Me he vestido para la ocasión. ¿Es demasiado?
—En absoluto. Es justo lo que necesitaba. Es solo que me
enfada que me estuvieras esperando en público vestida así.
Los tipos que hay por aquí son peores que las chicas. ¿Se
ha metido alguien contigo?
—No. —Mirando hacia abajo, añadí—: Lo siento si es
demasiado. Pensé que tenía que competir con todas esas
groupies.
—Jamás te disculpes por eso. Pero no tienes que competir
con nadie, Amelia. Nunca ha hecho falta. —Apoyó su frente
sobre la mía y el tiempo pareció detenerse—. Mientras
tocaba esta noche, solo podía pensar en lo mucho que
deseaba que estuvieras aquí. Estaba en el bar ahogando
mis penas cuando me mandaste el mensaje. Sigo sin
creerme que lo hayas conseguido. —Respiró hondo contra
la piel de mi cuello—. Solo con olerte se me pone dura
como una piedra. Tenemos que ir a algún sitio para estar
solos. No nos queda mucho tiempo antes de que salgan los
autobuses.
—¿Adónde podemos ir?
Puso sus manos en mis mejillas.
—¡Joder! Lo único que quiero es llevarte conmigo en el
autobús; pasar la noche contigo hasta que salga el sol en la
siguiente ciudad.
—Me encantaría. Siento no poder ser el tipo de chica que
puede irse de gira contigo.
—Tienes cosas más importantes de las que ocuparte. Por
cierto, ¿estás segura de que esa amiga que está cuidando a
Bea es alguien en quien puedes confiar?
—Sí. Si no, no estaría aquí.
Me frotó los hombros.
—Quédate aquí. Déjame ir a ver a qué hora nos vamos de
Massachusetts.
Esperé mientras Justin corría hacia el otro autobús de la
gira. Cuando volvió, parecía intranquilo.
—Tenemos exactamente dos horas antes de que los
autobuses salgan hacia Filadelfia. Te presentaría a la
banda, pero van a empezar a hablar hasta por los codos, y
no quiero perder el tiempo.
—¿Qué vamos a hacer?
—Me acaban de decir que hay un pequeño hotel al final
de la carretera. Podemos ir allí para estar solos si quieres.
Si lo prefieres, podemos quedarnos aquí, pero entonces
tendríamos que socializar.
—Me parece bien lo de estar solos.
Justin me pasó el pulgar por la mejilla.
—Buena elección.
Me quitó las llaves y nos llevó al hotel en mi coche.
Durante el trayecto, me tomó la mano con fuerza y no la
soltó. En un momento dado, me lanzó una mirada sensual
de reojo.
—¡Dios! Estás preciosa.
—¿Aunque parezca una groupie barata? —bromeé.
—Sobre todo porque pareces una groupie barata. —Me
guiñó un ojo. Su mirada volvió a la carretera durante un
rato antes de bajar la voz—. No estaba preparado para lo
solitaria que iba a ser la gira. Verte hace que me dé aún
más cuenta.
Llegamos al hotel y Justin nos registró y consiguió una
tarjeta de acceso. Teníamos exactamente una hora y
cuarenta y cinco minutos antes de que tuviera que volver al
autobús.
La habitación estaba oscura, pero ninguno de los dos
encendió la luz. Sin saber lo que se suponía que iba a
ocurrir, esperé a que él tomara la iniciativa después de que
la puerta se cerrara tras nosotros.
Se acercó lentamente a mí y apretó su pecho contra el
mío.
—¡Dios! ¡Qué rápido te late el corazón! ¿Estás nerviosa o
algo por estar a solas conmigo? —Acariciando mi cuello,
añadió—: Teniendo en cuenta cómo me siento ahora mismo,
quizá deberías estarlo.
Tenía miedo de admitir lo que de verdad me estaba
corroyendo y tampoco quería echar a perder el ambiente,
por lo que permanecí en silencio y lo miré fijamente antes
de bajar la mirada al suelo.
Me agarró la barbilla con la mano.
—Mírame. —Cuando nuestros ojos se encontraron, dijo—:
No he estado con nadie más, Amelia, por si te quedaba
alguna duda. No quiero estar con nadie más. Espero que tú
tampoco.
—¿Cómo has sabido lo que estaba pensando hace un
momento?
—Supongo que estoy en armonía contigo. Tenía la
sensación de que necesitabas que te lo confirmara. No
quiero que dudes más sobre ese tema. —Me dio un beso en
la frente—. Ahora que nos hemos quitado eso de encima,
tengo que ser sincero contigo sobre algo.
Me tragué el nudo que se me había formado en la
garganta.
—Vale.
—No sé por qué, pero pensaba que podría soportar cinco
meses sin sexo, pero la realidad es que… me siento más
como un animal en celo que como un monje célibe.
Me reí.
—¡Vaya! ¿De verdad? —Mi tono se volvió serio—. Quizá
pueda ayudarte. Dime qué necesitas.
—Confesión —dijo sobre mis labios—. No te he traído aquí
precisamente para que podamos hablar.
Le besé.
—Confesión. No me he vestido precisamente como una
groupie sexi solo para que me cantaras.
Su boca, que seguía contra la mía, se le curvó en una
sonrisa sarcástica. En cuestión de segundos, me tomó la
cara entre las manos antes de que sus labios se tragaran
los míos por completo. Se me escapó un gemido ahogado
dentro de su boca hambrienta mientras nuestras lenguas se
movían con frenesí para saborearse mutuamente. Me
encantaba la forma controlada que tenía siempre de
agarrarme la cara cuando me besaba. Esta vez era
diferente a cualquier otro momento en el que habíamos
estado juntos, puesto que carecía de rastro alguno de
precaución o vacilación. Él se hacía con lo que quería sin
reparos, y yo se lo permitía de la misma forma. Ambos
estábamos en el mismo punto, rindiéndonos ante lo que
nuestros cuerpos necesitaban, y no había nada que no
estuviera permitido. Si no fuera por el hecho de que se iba
en una hora, habría sido como un sueño hecho realidad.
Pero teníamos un tiempo límite y ambos lo sabíamos.
Sus manos se deslizaron despacio por mi espalda hasta
que me agarraron el culo, y me empujó contra su erección
mientras me besaba con fuerza. Me absorbió el labio
inferior antes de soltarlo lentamente.
—Última oportunidad para detenerme.
—Haz que cada segundo cuente —dije entre besos—.
Durante la próxima hora, mi cuerpo es tuyo, Banks.
—Solo he esperado una década para oírte decir eso.
Ahí acabó la conversación. Justin presionó su duro pecho
contra mí, empujándome hacia la ventana. Mi espalda
acabó apoyada en el cristal, y él empezó a besarme con
tanta fuerza que mis labios me dolían por la succión. Mis
manos adquirieron una mente propia, deseosas de
explorarle. Le pasé los dedos por el pelo, le acaricié el
pecho con las palmas, le agarré el culo. Abrumada, deseé
poder tocar cada parte de él a la vez.
—Va a pasar un tiempo hasta que podamos volver a hacer
esto. Tenemos que hacer que dure —me dijo mientras
rodeaba su puño con mi pelo y me inclinaba la cabeza hacia
atrás. Me besó lentamente por el cuello—. No olvides
nunca que te respeto muchísimo —añadió mientras me
metía la mano por debajo del vestido y me agarraba las
bragas.
—¿Por qué dices eso?
—Porque estoy a punto de follarte sin ningún tipo de
respeto. —Me arrancó la ropa interior, y el elástico me
quemó los muslos a causa de la fricción.
Estaba mojada y preparada para lo que él tuviera en
mente. Mientras que antes me había besado la garganta
con suavidad, ahora me estaba succionando la piel de la
base del cuello con fuerza. Sentí cómo dos de sus dedos se
deslizaban dentro de mi abertura. Su boca se detuvo en mi
cuello en el momento en el que estaban dentro de mí. Dijo
algo ininteligible mientras movía la cabeza lentamente en
señal de éxtasis, antes de darme la vuelta de repente para
que quedara de cara al cristal.
Sacó los dedos y, casi al instante, sentí cómo los sustituía
el ardor de su pene mientras se introducía en mi interior.
—¡Joder! —murmuró.
No esperaba que me tomara tan pronto. Por el sonido que
soltó cuando estuvo dentro de mí, creo que ni siquiera él
esperaba perder el control tan rápido.
Sentí un placer doloroso cuando mi piel se estiró para
abrirse ante él. La verga de Justin era gruesa. Siempre
había admirado su grosor, pero era una experiencia
totalmente distinta sentir cómo me llenaba por completo,
piel con piel. No se había puesto condón, lo cual me
sorprendió. Estaba demasiado débil para cuestionarlo,
estaba disfrutando demasiado de la cruda sensación para
pensar en otra cosa. Pero había venido preparada.
—Por favor, dime que estás tomando la píldora. Nunca lo
he hecho así antes, pero no creo que pueda parar. Es
demasiado bueno.
Nunca le había visto perder el control de esta manera.
—Sí. Acabo de empezar a tomármela. No te preocupes.
—¡Gracias, joder! —Sus músculos parecieron relajarse.
Mientras entraba y salía de mí, me sacó el vestido por la
cabeza antes de tirarlo a un lado. Había algo muy sexi en
estar completamente desnuda mientras que él seguía con la
ropa puesta. Los pantalones le colgaban hasta la mitad de
las piernas y la hebilla del cinturón sonaba mientras me
penetraba.
Podía ver nuestro reflejo en la ventana. No paraba de
mirarme el culo, hipnotizado al ver nuestros cuerpos
unidos. No le quitaba los ojos de encima. Tenía la palma de
la mano firmemente plantada en mi nalga para guiar los
movimientos de sus embestidas y me estaba clavando las
uñas en la piel sin darse cuenta.
Empezó a chuparse el dedo y, antes de que pudiera
preguntarme qué estaba haciendo, lo noté dentro del culo
mientras seguía penetrándome al mismo tiempo. Nadie me
había hecho eso antes, y si bien es cierto que era extraño
tener su dedo ahí dentro, el placer derivado de la doble
penetración era increíble.
Lo introdujo despacio hasta el final. Dejé escapar un largo
suspiro.
—Te gusta, ¿eh? Cuando tengamos más tiempo, lo
probaremos al revés. Tengo muchas ganas de follarme ese
culo. Pero para eso necesitamos tiempo.
Me limité a gemir en señal de acuerdo, demasiado
excitada por lo que estaba haciendo para formar palabras.
Sacó el dedo. Ahora me sujetaba el culo con las dos
manos, separándolo con los pulgares mientras me follaba
más fuerte y más rápido.
—Me encanta cómo se sacude tu culo cuando lo embisto.
—Me dio una palmada—. Precioso.
Mis músculos se tensaban cada vez que abría la boca.
Siempre me había gustado que me hablaran durante el
sexo, pero su voz sucia y áspera era la más sexi que había
oído en mi vida. Cada vez que hablaba, mis músculos
sufrían un espasmo.
—Apriétate contra mí así otra vez.
Me tensé alrededor de él.
—¡Joder! ¡Qué bueno! —gruñó—. Quiero que hagas eso
cuando me corra dentro de ti.
Quería que me azotara de nuevo. Nunca imaginé que la
presión de su mano fuera tan excitante, pero así era.
¿Qué me estaba pasando?
Mi voz sonó ronca cuando dije:
—Vuelve a azotarme el culo.
Me obedeció y, cuando me golpeó esta vez, el escozor de
su mano fue perfecto.
Todo en esta experiencia era diferente a lo que había
sentido antes, desde el contacto piel con piel hasta la forma
en la que me folló. Había traspasado una barrera de placer
que no sabía que era capaz de sentir. No sabía cómo iba a
vivir sin esto ahora que sabía lo que era.
A mis espaldas, sentía cómo temblaba su cuerpo.
—Necesito correrme. Avísame cuando te quede poco —me
pidió al oído.
Contemplé su rostro en el reflejo y ahora, en vez de mirar
hacia abajo, me estaba mirando directamente a la cara.
—Me corro —dije mientras tensaba mis músculos como
quería.
—¡Joder! ¡Dios, Amelia! Eso es… ¡Me cago en…! ¡Me
corro! —gimió y luego murmuró en voz baja—: Sí, nena. Me
estoy corriendo. Increíble. ¡Increíble, joder!
El cálido semen me llenó mientras seguía apretándome
alrededor de su miembro. Justin se quedó dentro de mí,
follándome lentamente mucho después de correrse,
mientras me besaba la espalda con suavidad.
—¡Joder! No sé qué haces cuando aprietas tu vagina
alrededor de mi pene, pero voy a masturbarme pensando
en ello los próximos cuatro meses.
—¿Qué acabamos de hacer? —pregunté en tono de broma
—. No ha sido solo sexo. Ha sido demasiado increíble.
—Eso ha sido una década de frustración saliendo de mí,
cielo.
—Eres muy bueno, Justin. La espera ha valido la pena.
Se retiró de mí poco a poco y me dio la vuelta antes de
plantar un firme beso en mis labios.
—Tenemos cuarenta minutos.
—¿Qué vamos a hacer?
—Te necesito de nuevo.
Abrí los ojos de par en par.
—¿Puedes volver a hacerlo tan pronto?
—¿Contigo? Podría hacerlo toda la noche. Nadie me ha
hecho perder el control de esta manera. Y así es como
debería sentirse cada puta vez, como si fuera lo único que
importa en el mundo. Me importa una mierda si el mundo
se desmorona a mi alrededor cuando estoy dentro de ti.
Nos sonreímos el uno al otro, y las farolas del exterior
brillaron en sus hermosos ojos azules. Cuarenta minutos no
eran suficientes. Para aplacar el temor que estaba
empezando a invadirme, le quité la camisa y empecé a
besarle el pecho con suavidad.
—Esta vez va a ser diferente, ¿vale? —dijo.
Me limité a asentir, esperando sus indicaciones con ansia.
Se quitó la ropa interior y vi que su pene seguía
gloriosamente duro, brillando de excitación.
—Túmbate, Amelia.
Admirando su cuerpo cincelado, me tumbé en la cama y
me apoyé en el cabecero.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté cuando encendió la
pequeña lámpara que había en el escritorio.
—Quiero mirarte un rato. ¿Te parece bien?
Asentí con la cabeza.
—Sí.
—Separa las piernas —exigió.
Justin se arrodilló a los pies de la cama y me miró.
—Cómo me pone… verte así de abierta con mi semen
chorreando. ¡Joder, Amelia! —Empezó a masturbarse. Se
miró el pene hinchado—. Estoy listo para hacerlo otra vez.
Esto es una puta locura.
—No tenemos mucho tiempo. Te necesito dentro de mí
otra vez.
—Tócate un poco.
Coloqué las yemas de los dedos sobre mi clítoris y
comencé a trazar círculos. La habitación estaba muy
silenciosa, excepto por el sonido resbaladizo que emitía su
pene al moverse contra la mano.
—Ábrete más, Amelia.
Separé más las rodillas y tuve que contener la necesidad
de correrme.
—¿Estás preparada? —me preguntó.
—Sí —susurré.
Esta vez, cuando se introdujo en mi interior, fue lento y
controlado. Se detuvo cuando estaba completamente
dentro y se quedó ahí sin moverse durante un rato.
—¿Cómo voy a ser capaz de dejarte ir después de esto?
Cuando volvió a acelerar el ritmo, me sentí mejor que
nunca, no solo por la presión que ejercía su peso sobre mí,
sino porque ambos estábamos desnudos y nuestra piel se
estaba rozando. La habitación estaba fría, pero el calor de
su cuerpo me mantenía caliente.
Me aferré a su culo, empujándolo más adentro de mí
mientras él movía las caderas en círculos. Su respiración
seguía el ritmo de sus movimientos. Cuando el orgasmo me
recorrió de forma repentina, él debió de sentirlo, porque
también se corrió sin previo aviso, gruñéndome con fuerza
en el oído. No había sonido más dulce que el que hacía
cuando se corría.
Se derrumbó sobre mí.
—Gracias por concederme esto —dijo—. Es lo único que
me va a permitir pasar el resto del tiempo que me queda
fuera.
Miré la hora en el móvil y me entraron nauseas. Teníamos
diez minutos antes de que tuviéramos que volver al
autobús. Era extraño sentirse saciada y asustada al mismo
tiempo. Había dejado mi cuerpo completamente satisfecho,
pero mi corazón todavía anhelaba más. Quería escuchar
esas dos palabras con desesperación.
Cuando llegamos a su autobús, me agarré a su chaqueta
negra, incapaz de dejarlo ir. Después de lo que acabábamos
de hacer, mi apego a él era más fuerte que nunca. Me
parecía más imposible dejarlo ir ahora de lo que lo fue
antes.
—Quiero que conozcas al equipo antes de que nos
vayamos.
—Vale —dije, aunque no me sentía muy social.
Justin me condujo al interior del autobús. Había un
puñado de tíos sentados comiéndose trozos de una tarta de
manzana gigantesca que parecía de supermercado. Olía a
una mezcla de café y cerveza. Justin recorrió la fila y me
presentó a cada integrante del equipo. Todos eran muy
amables y tenían los pies en la tierra. No tuve la
oportunidad de conocer a Calvin Sprockett, ya que estaba
en el otro autobús.
Unos minutos más tarde, la persona a la que más temía
conocer hizo finalmente acto de presencia.
—¿Está todo el mundo? —preguntó Olivia con un walkie
talkie en la mano.
Justin me miró.
—Esa es Olivia —susurró.
No se dio cuenta de que yo ya sabía cómo era ella por mis
sesiones de cotilleo. Empecé a sentir náuseas, las cuales
empeoraban con cada paso que daba hacia nosotros. Con
una lujosa melena oscura y una sonrisa enorme, era incluso
más guapa que en las fotos.
¡Joder! ¡Cuánto la odiaba!
—Veo que tenemos un pasajero extra —comentó Olivia.
Como parecía haber perdido la capacidad de hablar,
sonreí como una idiota sin decir nada.
—Olivia, esta es mi novia, Amelia —dijo Justin.
Novia.
El miedo que había en mi interior empezó a evaporarse
lentamente. No había dicho la palabra que empezaba por Q,
pero por fin me había dado la validación que tanto
necesitaba, sobre todo ahora que se volvía a ir.
Olivia no pareció muy sorprendida.
—Es un placer conocerte por fin, Amelia.
—Igualmente. —Sonreí.
—¿Te vienes con nosotros a Filadelfia? —preguntó.
—No. Tengo una hija pequeña en casa, así que no puedo
viajar.
—Es verdad. Justin me enseñó una foto suya.
Me tranquilizó aún más saber que también le había
hablado de Bea.
—Bueno, ha sido un placer conocerte —continuó Olivia
antes de lanzarle a Justin una leve mirada de advertencia—.
Los autobuses salen en cinco minutos.
Esperé a que se alejara lo suficiente para que no pudiera
oírme.
—Conque esa es Olivia… —le dije a Justin.
—Sí.
—¿Duerme en el otro autobús?
—Sí. La mánager de la gira va en el autobús principal. —
Sonrió y examinó mi expresión, divertido ante mi
transparente alivio.
Me dio un toque en el vestido, y mis pezones se animaron
al instante.
—Vamos a por una chaqueta para ti —añadió—. Luego voy
a pedirle al conductor que espere mientras te acompaño al
coche. No quiero que vayas sola.
Justin sacó una de sus sudaderas negras con capucha y
me la tendió abierta. Me subí la cremallera, y amé cómo
estaba impregnada del olor a su colonia. Me llevó de la
mano a través del aparcamiento VIP hasta la zona de
aparcamiento normal.
Justin me miró a los ojos cuando nos detuvimos delante
de mi coche. Me abrazó con fuerza mientras metía la nariz
entre mi pelo.
—Tienes suerte de que no tengamos más tiempo. Te lo
haría contra este coche.
—Y yo te dejaría hacerlo.
—Gracias por lo de esta noche, Amelia. Has estado
increíble. Te voy a echar mucho de menos.
Hablé contra su pecho.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Sí.
—¿Cuándo decidiste que era tu novia?
Miró al cielo y dudó como si tuviera que meditarlo. Su
respuesta no fue la que me esperaba.
—En la sesión matinal de El amor duele en el pequeño
teatro rojo, en 2005 más o menos. Ni siquiera estaba
prestándole atención a la película. Estabas absorta
viéndola. Yo estaba absorto viéndote a ti. No te diste cuenta
de que te estaba mirando todo el tiempo. Estabas tan
cautivada por la película que ni siquiera te percataste de
que te habías acabado las palomitas. Seguías metiéndotelas
en la boca. Sin que te enteraras, sustituí tu cubo vacío por
el mío, que estaba lleno. Seguiste comiendo. En ese
momento decidí que, lo supieras o no, eras mi novia. Me
dije a mí mismo… que después de la sesión por fin iba a
hacer que tú también fueras consciente de ese hecho.
—¿Qué pasó?
Se encogió de hombros.
—Me acobardé. —Los dos nos reímos y vimos cómo
nuestras respiraciones chocaban en el aire frío. Justin miró
su móvil—. ¡Mierda! Me han escrito para decirme que me
dé prisa. Tengo que irme.
—Vale.
Me atrajo hacia él tan fuerte como pudo y me plantó un
último beso en los labios.
—Te voy a echar mucho de menos. Gracias otra vez por
venir corriendo. —Frunció las cejas—. Y por correrte. Y por
hacer que me corra. —Mientras me reía contra sus labios,
añadió—: Has estado increíble.
—Llámame mañana.
—Ten cuidado al conducir a casa.
—Sí.
Se quedó en su sitio sin moverse antes de volver a hablar.
—Nunca ha sido así para mí. Nunca me he sentido así con
nadie.
Me encantó escuchar eso.
—Yo tampoco.
Nuestras manos permanecieron entrelazadas hasta que el
tirón que dio mientras se alejaba separó nuestros dedos de
forma natural. Justin cruzó corriendo el aparcamiento.
Entré en el coche y encendí la calefacción. Me quedé al
ralentí hasta que los dos autobuses se movieron y
desaparecieron de mi vista.
Más tarde, esa misma noche, acababa de llegar a la casa
de la playa cuando mi móvil sonó al recibir un mensaje de
Justin.
Todo el tiempo que me pasé enfadado contigo…
podría haber estado follándote. ¡Menudo idiota!
20
Los días más difíciles sin Justin fueron los que precedieron
a las fiestas. Era la primera Navidad de Bea e íbamos a
pasarla sin él.
La gira de Justin había llegado al oeste. Iba a tocar dos
veces en Los Ángeles, una en Nochebuena y otra el día de
Navidad, por lo que era imposible que pudiera escaparse
para volver a casa. Después de esos conciertos, la banda
solo permanecería en Estados Unidos una semana más
antes de volar a Europa, donde la gira continuaría hasta
que volvieran a América en primavera. Me cansaba solo de
pensar en todos los viajes que estaba haciendo.
Sin embargo, tenía que reconocer el mérito de Justin.
Había cumplido su palabra de hablar por Skype con
nosotras cada dos días. Por mucho que esperara con ganas
esas conversaciones, cada vez era más difícil estar lejos de
él. A medida que transcurrían los días, también lo hizo el
recuerdo del rato que habíamos estado juntos en
Massachusetts. Cada día que pasaba, la tranquilidad que
me había dado aquella noche volvía a sustituirse
lentamente por miedo e inseguridad. Si bien es cierto que
confiaba más en él después de haber hecho el amor, todavía
no me había dicho que me quería. En mi mente, eso
significaba que nada era definitivo. Sumémosle a eso el
hecho de que iba a estar fuera durante más de una docena
de semanas más y obtendríamos una novia paranoica.
Faltaban dos días para Navidad. Bea y yo estábamos
invitadas a una fiesta de jerséis feos en casa de Roger y
Susan. Justin había llamado antes para decir que acababan
de llegar a California. Agradecí la distracción que suponía
la fiesta. Al menos durante un par de horas, me impediría
estar enfurruñada frente al árbol de Navidad en la casa de
la playa.
Fui a una tienda de segunda mano y compré un jersey
horrible rojo con bombillas navideñas cosidas en la parte
delantera. Incluso me las apañé para encontrar un jersey
body navideño feo para Bea en Internet. Estábamos
preparadas para la fiesta.
La temperatura era gélida, por lo que abrigué a Bea y
corrí hacia la casa de los vecinos, que estaba iluminada con
luces multicolores. El viento sacudía un muñeco de nieve
inflable situado en el patio delantero. Vivir cerca del mar en
pleno invierno no era lo ideal.
Llevaba unas galletas de azúcar recién horneadas, por lo
que llamé a la puerta con el pie, ya que no tenía más
manos.
Roger abrió la puerta.
—¡Amelia, estás aquí! Susan no estaba segura de que
fueras a venir.
—No me lo perdería por nada —contesté, y le entregué el
plato de galletas—. ¿Está Susan en la cocina?
—Sí. Eres la primera en llegar.
—Ya imagino. —Sonreí—. Soy a la que le pilla más cerca.
Justo cuando estaba a punto de ir a ver a Susan, la voz de
Roger me detuvo.
—Oye, Amelia.
—Dime.
—Desde que Susan ha vuelto no hemos tenido ocasión de
hablar. Siempre me he sentido un poco raro por no haberte
dicho yo mismo que habíamos vuelto juntos.
—No me debes ninguna explicación. Ya le expliqué que no
pasó nada entre tú y yo.
—Sé que se lo dijiste. Me alegro mucho de que os hayáis
hecho amigas. Y quiero que sepas que yo también me sentí
muy agradecido por tu amistad en un momento en el que la
necesitaba de verdad.
—Me alegro mucho por vosotros.
—Gracias. —Hizo una pausa—. ¿Y tú qué?
—¿Y yo qué?
Roger inclinó la cabeza.
—¿Eres feliz?
—Sí. Solo me siento un poco sola ahora que no está
Justin.
—¿Sabes? Solías decirme que no había nada entre
vosotros dos…
—En ese momento no lo había, pero siempre he sentido
algo por él.
—Va a volver, ¿verdad? ¿Después de la gira?
—Sí.
—¿Es eso a lo que quiere dedicar su vida? ¿Ser un músico
que hace giras? ¿Vivir en la carretera?
—No estoy segura de que siempre vaya a ser así. Trabaja
vendiendo softwares, pero ese no es su sueño. La música lo
es. Esta era una oportunidad única en la vida, así que tenía
que aprovecharla.
—¿Con quién me dijiste que estaba de gira?
—Calvin Sprockett.
—¡Vaya! Sí, es gordo.
—Ya.
Después de un pequeño silencio incómodo, Roger
preguntó:
—¿Alguno de esos chicos sigue casado?
—¿Te refieres a Calvin y a su banda?
—Sí.
Tuve que pensarlo.
—Ahora que lo mencionas… no creo que lo estén.
Roger me colgó el abrigo mientras hablaba.
—Supongo que el matrimonio no encaja con el sexo, las
drogas y el rock ‘n’ roll. Por no hablar de lo de viajar todo el
tiempo. ¿Sabes? La situación nunca se complicó tanto como
cuando estaba físicamente lejos de Susan y Alyssa. No sé
mucho sobre Justin, pero parece que le tiene mucho cariño
a Bea. Si quiere ser un padre para ella, el absentismo no
funciona. Yo lo descubrí por las malas, y eso sin la
complicación adicional que supone la fama.
—No creo que haya averiguado si quiere tener hijos.
—Bueno, ¿no crees que es hora de que lo haga si quiere
estar contigo? —Roger debió de percibir que me estaba
agobiando—. Lo siento, Amelia. Solo me preocupo por ti.
—Te lo agradezco, pero esta noche lo único que busco es
ponche de huevo. Nada más complicado que eso, ¿de
acuerdo?
Cerró un poco los ojos en señal de comprensión y se rio.
—Hecho. Deja que te traiga un poco.
Entre las risas apagadas de los invitados, que iban
vestidos con un arco iris de jerséis feos, mis pensamientos
me mantuvieron distraída. Aunque hacía tiempo que mi
conversación con Roger había acabado, me pasé el resto de
la fiesta reflexionando sobre todo lo que había dicho. No
era nada que no temiera ya, pero escuchar la preocupación
de otra persona, alguien que entendía las
responsabilidades que tenía la paternidad a largo plazo, me
abrió los ojos.
De vuelta a casa, esa misma noche, acuné a Bea para que
se durmiera frente al árbol al son de un cedé de villancicos
del coro de niños. A principios de la semana, había envuelto
algunos regalos y los había colocado bajo el árbol. Todos
eran para Bea e incluían una pequeña caja que Justin le
había enviado para que la abriera la mañana de Navidad.
Yo no necesitaba nada este año; Bea era mi regalo de
Navidad. Ella era el mejor regalo del mundo y me había
enseñado más sobre el amor incondicional que cualquier
otra persona en mi vida. Me había dado un propósito. Le di
un beso suave en la cabeza, prometiendo estar siempre a
su lado sin importar lo que pasara con Justin. Juré ser el
tipo de madre que nunca tuve.
Todavía con el jersey de Navidad puesto, coloqué a Bea,
ya dormida, en su cuna y me tomé un momento para
admirar el trabajo que Justin había hecho en la habitación
del bebé.
De vuelta a mi dormitorio, me fue imposible dormir.
Estaba empezando a cabecear cuando mi móvil sonó y me
despertó.
¿Estás dormida?
Ya no.
¿Me llamas? No sé si tienes a Bea cerca
y no quiero despertarla.
Descolgó en el primer timbre después de que marcara su
número.
—Hola, preciosa.
—Hola.
Su voz sonaba adormilada.
—Te he despertado, ¿verdad?
—Sí, pero no pasa nada. Prefiero hablar contigo que
dormir. ¿Dónde estás?
—En el hotel de Los Ángeles. No dormimos en los
autobuses hasta la noche de Navidad.
—Debe de ser un buen cambio poder dormir en una cama
de verdad.
—Solo me recuerda que no estás aquí conmigo.
—Ojalá estuviera.
—Me molesta mucho no poder pasar la Navidad con
vosotras.
—No entiendo por qué no te dan la Navidad libre.
—Calvin siempre ha dado conciertos en Navidad. Es una
especie de tradición suya. Es una mierda. Cualquiera
pensaría que ninguna de estas personas tiene familia. Me
siento mal por los integrantes del equipo que tienen hijos.
—No se acaba nunca, ¿verdad?
Justin parecía confundido por mi comentario.
—¿El qué?
—En plan, esta gira se va a acabar. Pero la vida de un
músico nunca lo hace en realidad.
—Tampoco es que no vaya a tener elección al respecto.
No tengo que ir a ningún sitio ni hacer nada que no quiera.
—Sí, pero después de esta gira mucha más gente sabrá
quién eres. Empezarán a llegar las oportunidades y la fama
será adictiva. Ese era el objetivo de todo esto, ¿no? Que
creciera tu carrera musical. ¿De verdad vas a volver a tu
trabajo vendiendo softwares como si nada de esto hubiera
ocurrido? ¿Qué va a pasar exactamente?
—No lo sé. No he pensado tanto. Solo quiero volver a casa
contigo. Eso es lo único que quiero. Después de eso no
volveré a irme en un futuro próximo.
—Pero puede que vuelvas a irte en algún momento. No es
algo aislado, ¿verdad? Nunca acaba de verdad.
—¿Por qué tanta preocupación de repente, Amelia?
—No lo sé. Supongo que tengo demasiado tiempo a solas
para pensar.
—Lo siento, pero la verdad es que esta noche no tengo
todas las respuestas. Solo puedo decirte lo que siento ahora
mismo, y es que no quiero estar aquí y daría cualquier cosa
por estar en casa por Navidad contigo y con Bea.
Me froté los ojos cansados.
—Vale. Lo siento. Es tarde y debes de estar cansado.
—Nunca pidas perdón por haberme hablado de lo que
sientes. Recuerda que prometiste ser sincera conmigo si
algo te preocupa.
—Lo sé.
Justo cuando mis nervios habían empezado a calmarse,
sonaron unos golpes en su puerta.
—Un momento —dijo.
Se me empezaron a acelerar los latidos del corazón
cuando oí la voz de una mujer de fondo.
No pude distinguir lo que decía, pero oí a Justin decir:
—No, gracias. Te lo agradezco, pero no. —Hizo una pausa
—. De acuerdo. Buenas noches. —Oí cómo se cerraba la
puerta.
Volvió a la llamada.
—Lo siento.
—¿Quién era?
—Alguien quería saber si estaba interesado en un masaje.
—¿Un masaje?
—Sí. Calvin a veces contrata a gente para dar masajes.
Debe de haber enviado a alguien aquí para preguntarme si
quería uno.
Se me estaba empezando a subir el ponche de huevo de
antes.
—¿Así que ha sido una chica cualquiera la que ha entrado
en tu habitación para darte un masaje?
—Amelia, ni lo he pedido ni lo quería. Le he dicho que se
marchara. No puedo evitar que alguien llame a mi puerta.
—¿Alguna vez te han hecho uno?
Su tono era de enfado.
—¡No!
—No soporto esto.
—Entiendo por qué te molesta que una mujer extraña
venga a la puerta de mi habitación de hotel, ¿vale? Pero o
confías en mí o no lo haces. La confianza es una cuestión de
blanco o negro. No existe tal cosa como confiar un poco en
alguien. O se confía o no se confía. ¡Joder! Pensaba que
confiabas en mí.
—¡Lo hago! Nunca he dicho que no confiara en ti. Es solo
que… ese estilo de vida me incomoda. Y me siento sola. No
sé si este es el tipo de vida que quiero.
—¿A qué te refieres exactamente?
—No lo sé —respondí con una voz apenas audible.
Hubo un largo instante de silencio en el que escuché su
respiración. Entonces, finalmente habló.
—Ni siquiera veo las caras de la gente del público.
Cuando estoy cantando, te estoy cantando a ti, contando los
días que faltan para volver a casa. Sería una puta mierda si
no hubiera nada por lo que volver a casa.
¿Por qué no me has dicho que me querías?
Le había cabreado mucho. Tenía que acabar la llamada
antes de decir otra cosa de la que acabara
arrepintiéndome.
—Tienes dos conciertos importantes por delante. No
puedes permitirte el lujo de estresarte. Siento haber
provocado una pelea.
—Yo también lo siento.
—Voy a intentar dormir un poco.
—Está bien —dijo.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Después de colgar, me costó volver a dormirme. Acabar la
llamada de malas maneras hizo que me sintiera como una
mierda. Pensé que no podía sentirme peor.
Lo que ocurrió a la mañana siguiente haría que la
discusión de la noche anterior pareciera insignificante.
Llamadlo «intuición de madre».
Algo me despertó, a pesar de que todo estaba en silencio.
El reloj marcaba casi las cuatro de la madrugada.
Cuando intenté volver a dormirme unos minutos más
tarde, lo que sonaba como un ligero silbido llegó a través
del monitor del bebé; apenas se oía.
Presa del pánico, salí de la cama tan rápido que me
mareé. Corriendo por el pasillo hacia la habitación de Bea,
sentía el corazón en la boca mientras prácticamente me
tropezaba con mis propios pies.
Todo pareció suceder muy rápido, pero al mismo tiempo
fueron los momentos más largos y aterradores de mi vida.
Bea estaba teniendo problemas para respirar y sus ojitos
me miraban con impotencia. Se estaba ahogando, pero no
podía toser. Mi mente iba a toda velocidad mientras me
esforzaba por recordar los pasos de la clase de reanimación
cardiopulmonar para bebés que recibí en Providence.
Le coloqué la cara sobre mi antebrazo y le sujeté la
mandíbula con una mano para sostenerle la cabeza. Le di
cinco palmadas en la espalda, entre los omóplatos. Seguía
sin poder respirar y no salía nada.
Giré su rostro hacia arriba, le coloqué dos dedos en el
centro del pecho y presioné hacia abajo con movimientos
rápidos. El objeto seguía sin salir. Corrí con ella a mi
habitación para agarrar el móvil y marcar el 911. Ni
siquiera recordaba lo que le había dicho a la operadora
porque, cuando Bea dejó de responder, yo misma estaba
perdiendo la capacidad de respirar.
Alterné golpes en la espalda y compresiones en el pecho a
medida que la operadora me guiaba. Finalmente, el objeto
salió volando de su boca y me di cuenta de que era una de
las pequeñas bombillas de mi jersey. Debió de haberse
caído en su cuna.
La bombilla había salido, pero Bea estaba inconsciente.
Lo siguiente que supe fue que las sirenas estaban
sonando. Bajé corriendo con ella para dejarles entrar. Los
hombres entraron corriendo en la habitación. Empezaron a
practicarle la reanimación cardiopulmonar a mi hija.
Toda mi vida pendía de un hilo mientras miraba
impotente, paralizada por el miedo. No era diferente a
estar inconsciente yo misma.
Cuando uno de los paramédicos me indicó que volvía a
respirar, fue como si hubiera vuelto de entre los muertos.
Las lágrimas que caían por mis ojos me impedían ver con
claridad cómo la colocaban en una camilla y me indicaban
que me subiera a la ambulancia. Como había estado
inconsciente durante tanto tiempo, había que llevarla al
hospital para que la trataran y se aseguraran de que no
había daños cerebrales ni lesiones internas.
Todavía con el chándal que usaba para dormir y sin
abrigo, me senté en la ambulancia junto a ella mientras uno
de los hombres le ponía una máscara de oxígeno en la cara.
Demasiado agitada para hablar, le envié una serie de
mensajes entrecortados a Justin.
Bea está viva.
Se ha atragantado con un adorno pequeño.
Lo ha expulsado.
Los paramédicos le han practicado la reanimación cardiopulmonar.
En la ambulancia de camino al hospital.
Estoy asustada.
A los pocos segundos, mi móvil sonó. Tenía que ser la una
y media de la mañana en Los Ángeles.
La voz de Justin era temblorosa.
—¿Amelia? He recibido tus mensajes. ¡Dios mío! ¿Está
bien?
—No lo sé. Está consciente y respira, pero no sé si ha
habido algún otro daño.
—¿Puedes verla? ¿Está contigo?
—Sí. Tiene una máscara de oxígeno en la cara, pero tiene
los ojos abiertos. Creo que está asustada.
Oí crujidos y luego habló.
—Voy a tomar el próximo vuelo.
Todavía en estado de shock, me quedé en silencio.
Su voz parecía estar desvaneciéndose en la distancia.
—¿Amelia? ¿Estás ahí? Aguanta, cariño. Va a estar bien.
Ya verás.
—Vale —susurré a través de las lágrimas.
—¿Adónde la llevan?
—Al Hospital Infantil Hasbro, en Providence.
—Llámame en cuanto sepas algo.
—De acuerdo.
—Sé fuerte, Amelia. Por favor.
21
Las primeras horas de espera con Bea en la unidad de
cuidados intensivos fueron insoportables, las más
aterradoras de mi vida.
La tenían conectada a una vía y le estaban suministrando
oxígeno. Los médicos le habían hecho una serie de pruebas
para comprobar si había lesiones internas y problemas
neurológicos. Al parecer, después de una insuficiencia
respiratoria, podía haber una lesión cerebral retardada que
no era evidente en el momento. Pasaría un tiempo antes de
que llegaran todos los resultados.
Como no había un pronóstico claro, no dejé de rezar en
silencio. Le rogué a Dios que evitara que mi bebé sufriera
algún daño irreversible. Bea estaba durmiendo mucho,
probablemente agotada por todo el trauma, así que era
difícil saber cómo se encontraba.
No obstante, podía abrir los ojos, y tuve que dar las
gracias por ello y por el hecho de que estuviera viva y
respirara. Gracias a Dios que me desperté por casualidad
cuando lo hice. Si hubiera llegado a su habitación tan solo
un minuto más tarde, el resultado podría haber sido muy
diferente. Ni siquiera soportaba pensar en eso. Sin duda,
alguien estuvo cuidando de nosotras anoche. Hasta que
tuviera respuestas, tenía que concentrarme en lo positivo
(el hecho de que estaba viva) y seguir rezando.
Ya era media mañana y no me había movido de mi sitio al
lado de Bea. Tenía miedo incluso de ir al baño para no
perderme el momento en el que llegara el médico con
información. Al final, una amable enfermera me obligó a ir
a por algo de beber y al baño. Prometió vigilar a Bea y me
aseguró que no pasaría nada mientras yo no estuviera.
En el cuarto de baño, justo al lado de la enfermería, las
lágrimas empezaron a brotarme de los ojos. Plagada de
culpa, acabé perdiendo la compostura. Si no fuera por ese
estúpido jersey y mi descuido, nada de esto habría
ocurrido. ¿Cómo no revisé su cuna antes de acostarla? Me
obligué a recomponerme, tenía que mostrarme fuerte antes
de volver con mi hija. Era intuitiva; no podía permitir que
percibiera mi miedo.
El médico entró poco después de que yo volviera a mi
sitio junto a la cama de Bea.
—Señora Payne…
Me puse de pie, sintiendo el peso de mi corazón pesado y
aterrorizado.
—¿Sí?
—Acabamos de recibir los resultados de las pruebas de su
estado interno. No hay lesiones internas, aparte de una
ligera fractura en las costillas, que se curará sola. Su
evaluación neurológica también parece correcta, pero
quiero tenerla en observación durante el próximo día, antes
de darle el alta. No creo que tenga que permanecer en la
unidad de cuidados intensivos, así que vamos a trasladarla
a una habitación normal en una de las plantas principales.
Me invadió una sensación enorme de alivio.
—Doctor, gracias. Gracias. Podría abrazarle. ¿Puedo
abrazarle? —Cuando asintió incómodo, lo rodeé con los
brazos—. Muchas gracias.
—Podría haber sido muy grave. Con demasiada frecuencia
vemos cómo esta misma situación acaba muy mal. Bebés o
niños pequeños que se atragantan con uvas, salchichas,
juguetes pequeños. Ha tenido mucha suerte.
Cuando el médico se fue, le escribí un mensaje a Justin.
¡Gracias a Dios! El médico cree que se va a poner bien. Aunque quieren
vigilarla al menos durante las próximas veinticuatro horas. ¡Estoy tan feliz
ahora mismo!
No hubo respuesta.
Poco después, nos trasladaron a una habitación nueva
situada en el tercer piso. Tumbada en su nueva cama, Bea
tenía los ojos abiertos y parecía confusa mientras miraba
los paneles de luces fluorescentes del techo. Parecía alerta,
pero no era su personalidad feliz de siempre. Lo más
probable era que se estuviera preguntando qué demonios
estaba haciendo aquí.
Me dijeron que podía volver a sostenerla en brazos.
Aunque había estado recibiendo vitaminas y líquidos por
vía intravenosa, me sugirieron que la amamantara.
Últimamente le había dado más leche de fórmula que
materna, pero opté por darle el pecho porque sabía que eso
la reconfortaría. Me sentí aliviada de que comiera sin
problemas. Con cada minuto que pasaba, me sentía más
segura de que mi bebé iba a estar bien.
Tenía que estar bien.
Después de devolver a Bea a su cama, Shelly, la
enfermera, entró para comprobar sus constantes vitales.
Estaba tan concentrada en todo lo que hacía Shelly que
casi no me di cuenta de su presencia.
Justin estaba en la puerta y su pecho ascendía y
descendía mientras asimilaba la imagen de Bea tumbada en
la cama del hospital. Si bien es cierto que había dicho que
iba a pillar un avión, no había sabido nada de él en las
últimas horas y no estaba segura de que hubiera
conseguido un vuelo. Tenía el pelo revuelto y los ojos rojos.
A pesar de su aspecto desaliñado y exhausto, seguía siendo
increíblemente guapo.
Me dio un vuelco el corazón.
—Justin.
No dijo nada y no le quitó los ojos de encima a Bea
mientras caminaba lentamente hacia la cama. Parecía
haber entrado en estado de shock al verla allí tumbada con
un aspecto tan débil.
—¿Está bien?
—Eso creemos, sí. ¿No recibiste mis mensajes?
Con los ojos todavía puestos en Bea, negó con la cabeza.
—No, estaba en el avión y el móvil se quedó sin batería.
Me subí al primer vuelo que salía de Los Ángeles y he
venido aquí directamente.
Shelly lo miró.
—¿Es su padre?
Justin acercó su mano a la mejilla de Bea y la acarició con
suavidad mientras decía:
—Sí. —Su respuesta me pilló por sorpresa. Me
recorrieron escalofríos cuando me miró y repitió—: Sí, lo
soy.
Shelly se dio cuenta de que Justin había empezado a
llorar.
—Os daré un poco de intimidad —dijo.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Justin descendió el
rostro hacia la cama y le dio un beso a Bea en la mejilla.
Todavía sorprendida y conmovida a partes iguales por el
hecho de que se proclamara su padre, esperé a que
hablara. Las palabras tardaron en llegar. Se limitó a mirarla
fijamente, con una expresión de asombro y alivio que iba
sustituyendo poco a poco a la conmoción anterior. Sabía
que se había dado cuenta de que no era la misma de
siempre. Era difícil no verlo. Bea ya habría estado
sonriendo o riéndose con solo verlo. En cambio,
simplemente estaba despierta, pero callada. Tenía la
esperanza de que fuera solo porque hacía tiempo que no lo
veía y no una señal de algo más serio.
—Te quiero, Abejorrito. Siento haber tardado tanto en
decírtelo. —Se secó los ojos y se volvió hacia mí—. Nunca
he estado más asustado en mi vida, Amelia. Tenía miedo de
que le pasara algo antes de llegar aquí, de no volver a verla
sonreír, de no tener la oportunidad de decirle lo mucho que
quiero ser su padre. Durante todo el vuelo le he rezado a
Dios, he hecho el trato con él de que, si acababa
poniéndose bien, no dejaría pasar ni un segundo más sin
decirle que la quería. La cosa es que… incluso sin decirlo…
ya piensa que soy su papá. Sé que no soy su padre
biológico, pero eso ella no lo sabe. De todas formas, la
sangre no convierte a alguien en padre. Lo que hace que
sea su padre es que me eligió. Le pertenezco desde el
momento en el que me sonrió por primera vez. Y aunque
eso solía darme mucho miedo, ahora soy incapaz de
imaginarme una vida sin ella.
—Pensaba que no querías tener hijos.
—Yo también. Tal vez no quería unos hijos imaginados,
pero a ella la quiero. —En un susurro, repitió—: La quiero.
Yo también había empezado a llorar.
—Ella también te quiere, ¿sabes? Mucho.
—Soy el único padre que ha conocido. Y ella cree que me
fui sin ninguna explicación. Eso me mata cada día.
—¿Qué va a pasar con la gira?
—Bueno, se han quedado sin telonero para los conciertos
de Navidad en Los Ángeles, pero Calvin entiende mi
situación. Van a improvisar algo. Todos saben lo mucho que
significa Bea para mí. Dijeron que, si hacía falta, se las
apañarían para los próximos conciertos. No pienso volver
hasta estar seguro de que está bien y en casa.
Nuestra atención se centró en Bea cuando, de repente,
empezó a balbucear.
—Oye, ¿tienes algo que decir a tu favor? —bromeó Justin.
Le sonrió un poco antes de volverse hacia mí—. ¿Pasa algo
si la sostengo en brazos o es mejor no hacerlo?
—Me dijeron que podía sacarla de la cama. No pasa nada.
Pero no la lances al aire ni nada por el estilo.
Justin la levantó lentamente de la cama y la acunó en sus
brazos.
—Me has dado un susto de muerte, Señorita Abeja.
¿Seguro que esto no era una estratagema para que
estuviera en casa por Navidad? Si es así, bien hecho.
Se me había olvidado por completo que esta noche era
Nochebuena. Íbamos a pasar su primera Navidad en el
hospital.
Incliné la cabeza y los admiré a los dos juntos. Siempre
había notado la conexión que tenían, pero temía que Justin
nunca se entregara de verdad a ella. Me alegré mucho por
Bea de que este chico tan maravilloso quisiera ser su
padre. Sabía que, pasara lo que pasase entre Justin y yo, él
siempre estaría ahí para ella.
Cuando Bea se durmió en sus brazos, le conté a Justin
toda la historia de lo sucedido lo mejor que pude.
Bea seguía dormida cuando él la devolvió a la cama.
—¿Cuándo ha sido la última vez que has comido, Amelia?
—preguntó.
—En algún momento de ayer.
—Voy a ir a por algo de comida y a por café mientras ella
duerme.
—Perfecto.
Ahora que Justin se había ido y que Bea estaba dormida,
mi agotada mente se puso en marcha. En el exterior, al otro
lado de las ventanas del hospital, estaba oscureciendo. Al
quedarme sola con demasiado tiempo para pensar, empecé
a sentirme culpable por permitir que esto sucediera. Tenía
un trabajo, y era cuidar de mi hija y mantenerla a salvo; ni
siquiera era capaz de hacer eso.
Cuando Justin volvió, llevaba una bolsa de papel con
comida y un pequeño árbol de Navidad que,
probablemente, procedía de una farmacia.
Debía de tener un aspecto horrible, porque lo soltó todo y
se acercó a mí.
—¿Qué pasa?
—Es culpa mía. Tendría que haber revisado su cuna antes
de salir de la habitación.
—Fue un accidente. Esa puta bombilla se cayó de tu
jersey. No viste cómo pasaba.
—Lo sé, pero no puedo evitar sentir que si hubiera hecho
algo diferente…
—¿De qué hablas? Le salvaste la vida.
—Sí, pero solo porque tuve la suerte de despertarme en
ese momento. No puedo ni imaginarme cómo habría sido el
día de hoy si no lo hubiera hecho.
—No pienses en eso. Está bien. Va a estar bien. No fue
culpa tuya.
—No puedo evitar sentirme como una madre horrible.
—Escúchame. ¿Te acuerdas de aquella noche, en la casa
de la playa el primer verano, en la que nos quedamos
hablando toda la noche? ¿Cuando me dijiste que sentías
que no estabas destinada a la enseñanza, que había otra
cosa que se te daría mejor?
—Sí.
—Nunca olvidaré este verano pasado cuando llegué a
casa de forma inesperada y os encontré a ti y a Bea allí.
Estabas en un estado de puro caos. Nunca había visto a
nadie entregarse de una forma tan plena por el bien de otro
ser humano. No hay ni un solo momento del día en el que
no la pongas en primer lugar. No piensas en ti, en tu propio
bienestar mental, en tener un descanso. A veces te veía
amamantarla y deseaba haber tenido una madre como tú.
No para poder chuparte las tetas —guiñó un ojo—, sino por
lo entregada que eres. Cuando éramos pequeños, siempre
pensé que eras increíble, pero ni siquiera se acerca al
concepto que tengo de ti ahora. Así que ni se te ocurra
decir que eres una madre horrible, Amelia Payne. Eso que
estabas destinada a hacer, y que no sabías qué era, era ser
la madre de esta niña. Esa es tu vocación, y lo estás
haciendo de lujo.
Cerré los ojos y respiré hondo, tremendamente
agradecida por sus palabras tranquilizadoras, las cuales me
sacaron de un precipicio mental.
—Gracias.
Se acercó a las bolsas y me entregó un café helado de
Dunkin Donuts junto con un burrito bowl con chipotle.
—Y ahora, come antes de que se despierte.
Tras acabarnos la comida, Justin conectó el pequeño
árbol en un enchufe que había en la esquina de la
habitación. Dadas las circunstancias, era lo mejor que
íbamos a tener en Nochebuena.
Cuando Bea se despertó, se produjo un pequeño milagro
navideño. Justin la estaba mirando cuando por fin sonrió
por primera vez desde el incidente en el que casi se asfixia.
Fue el mejor regalo que podríamos haber pedido.
—Feliz Navidad, Abejorrito —dijo Justin. La sensación de
alivio era palpable en el aire. Puede que fuera una sonrisa
entre muchas, pero fue una importante. Para nosotros,
significaba que iba a estar bien.
Justin abrió una aplicación en su móvil y puso música
navideña hasta que se hizo tarde. El hospital trajo dos
catres que colocamos a cada lado de la cama de Bea.
Eran más de las once de la noche. Justin estaba agotado
por el viaje y se durmió junto con Bea. Yo seguía sin ser
capaz de relajarme lo suficiente para cerrar los ojos. No
estaría contenta hasta que no estuviéramos en casa.
Como ambos estaban dormidos, saqué el móvil un rato y
volví a los mensajes que nos habíamos enviado Justin y yo
para ver lo que le había escrito exactamente desde la
ambulancia. Estaba tan estresada que no recordaba lo que
había escrito en esos horribles minutos. Fue entonces
cuando me fijé en un mensaje que me había escrito esa
misma noche, un texto en el que no me había fijado debido
a todo lo ocurrido con Bea.
No me gusta pelearme contigo. Te quiero.
Por si había alguna duda.
La hora del mensaje era poco antes de las cuatro de la
madrugada. Esa era casi la hora a la que me había
despertado con los jadeos de Bea. Tenía asumido que me
había despertado de la nada por casualidad, pero debió de
ser porque el mensaje interrumpió mi sueño.
Cuando miré a Justin, que dormía plácidamente, sentí que
el corazón se me iba a salir del pecho. No porque por fin
hubiera dicho esas dos palabras que tanto había deseado
escuchar. Fue al darme cuenta de lo otro: si no hubiera sido
por ese mensaje, no me habría despertado.
Yo no le había salvado la vida a Bea.
Fue Justin.
22
A Bea le dieron el alta el día de Navidad. Estábamos llenos
de alegría por poder llevarla a casa después de que los
médicos descartaran oficialmente cualquier lesión cerebral.
Incluso había empezado a nevar en el viaje de vuelta de
Providence a Newport, lo que hizo que fuera una Navidad
blanca de verdad.
Justin se iba a quedar con nosotras un par de días antes
de retomar la gira en Londres para el inicio de la parte
europea. Todavía no iba a permitirme ponerme triste por su
partida, ya que, de todas formas, era tiempo robado.
La noche de Navidad nos sentamos alrededor del árbol
con Bea y la ayudamos a abrir sus regalos. Guardé la
pequeña caja que Justin había enviado previamente para
abrirla en último lugar. Cuando por fin le llegó su turno,
Justin miró con ansiedad cómo abría la cinta adhesiva y
retiraba una generosa cantidad de plástico de burbujas.
En el interior había una pequeña guitarra de madera que
se asentaba en vertical sobre una base cilíndrica. La parte
inferior también se abría y en ella se podían guardar
objetos pequeños. Encima de la guitarra había un abejorro
negro y amarillo pintado a mano. Parecía que la abeja
acababa de posarse en el instrumento. Justin me la quitó y
le dio cuerda por la parte de abajo. La guitarra empezó a
girar lentamente al son de una canción que no reconocí.
—Tengo un amigo en Nueva York que diseña cajas de
música a medida —dijo—. Le pedí que me hiciera una para
ella. La abeja representa que ella siempre está conmigo,
esté donde esté.
Muy conmovida, presté especial atención a la canción,
pero, tras escucharla durante varios segundos, seguí sin
reconocerla.
—¿Qué canción es? Es preciosa.
—Es la melodía de algo que estoy escribiendo. Mi amigo
fue capaz de programarla en la caja, aunque todavía estoy
trabajando en la letra.
—Es increíble. Es el regalo más bonito que podrías
haberle hecho.
—Es algo que me hace sentir que estoy con ella cuando
no puedo estarlo. —Miró a Bea, quien miraba de forma
hipnótica cómo daba vueltas la guitarra. La miró fijamente
durante un rato antes de añadir—: ¿Qué le regalas a
alguien a quien nunca podrás pagarle… por todo lo que te
ha enseñado, por todo lo que te ha dado?
—Creo que asumir la responsabilidad de ser su padre es
un regalo bastante grande.
Le dio un beso a Bea en la cabeza.
—Ese es un regalo que se me ha hecho a mí.
Les sonreí e hice una pregunta que llevaba haciéndome
desde que llegó a casa.
—¿Qué ha cambiado?
—¿A qué te refieres?
—Antes de que te fueras parecía que seguías sin estar
seguro de cuál iba a ser tu papel en su vida. ¿Qué ha
cambiado?
Se quedó mirando la caja de música durante un rato y
luego me miró a mí.
—Mis dudas nunca fueron sobre ella, solo sobre si yo era
digno de su amor. No quería ser una decepción para
alguien que significaba tanto para mí. Pero estar lejos de
ella me hizo darme cuenta de que ya se había convertido en
una parte de mí. Dejando a un lado mi miedo a no ser
suficiente, ya era mi hija en todos los aspectos que
importaban. Alejarme me ayudó a verlo con más claridad.
Hacía un rato le había explicado a Justin lo oportuno que
fue su mensaje. Se negó a asumir la responsabilidad de
haberle salvado la vida a Bea, insistiendo en que yo
merecía todo el crédito por ello. No había abordado el tema
real de su mensaje hasta ahora.
Apoyé la cabeza en su hombro, tan agradecida de tenerlo
en casa con nosotras, aunque solo fuera por un par de días.
—Te quiero, Justin. ¿Sabes? Estuve muy obsesionada con
el hecho de que todavía no me habías dicho esas dos
palabras. Le di mucha importancia a que me dijeras que me
querías. Cuando por fin lo hiciste en ese mensaje, no me
sorprendió, porque en el fondo ya lo sabía. Me has
enseñado que el amor no es una cuestión de palabras. Es
una serie de acciones. Has demostrado tu amor por mí en
tu forma de mirarme, de tratarme y, sobre todo, en lo
mucho que quieres a mi hija como si fuera tuya.
Se inclinó para besarme.
—Os quiero mucho a las dos —contestó—. Esa noche me
di cuenta del poco sentido que tenía que no te hubiera
dicho esas palabras, pero la verdad es que casi me pareció
poco natural anunciarlo, porque no es que me haya
enamorado de ti hace poco. Es algo que lleva años ahí.
Nunca dejé de amarte. Puede que haya habido momentos
en los que intenté odiarte, pero incluso entonces, nunca
dejé de amarte.
—Yo tampoco dejé de amarte nunca. Fue un error por mi
parte asumir que no me querías porque no lo decías.
Frunció las cejas.
—Ya sabes lo que dicen sobre asumir cosas…
—¿Acabas en un cine porno viendo una escena de sexo
anal? —Me reí.
—Buena chica. Correcto. —Me guiñó un ojo.
Como no había dormido nada desde que empezó la
tragedia de Bea, estaba perdiendo rápidamente las fuerzas.
Los tres nos acostamos temprano. Seguía sin estar
preparada para dejar a Bea sola en la cuna. En vez de eso,
durmió entre Justin y yo, sus padres. Sin duda, podría
acostumbrarme a eso.
Nos quedaba un día más con él, el día después de
Navidad. Luego, Justin nos dejaría de nuevo y volaría desde
Nueva York hasta Londres.
Me pareció un sueño despertarme con el olor de la fusión
de cafés de Justin preparándose en la cocina.
Bea seguía durmiendo cuando bajé las escaleras y me
coloqué detrás de él, pasando mis brazos por debajo de los
suyos. Mi pecho, sin sujetador, se apretaba a través de mi
camisón contra su ancha espalda. Contemplamos las olas
glaciales que surcaban el océano invernal. Ya estaba
deseando que llegara el verano, no solo por el buen tiempo,
sino porque para entonces Justin estaría en casa con
nosotras.
Se dio la vuelta y me cubrió la boca con un beso
hambriento. Ahora que se había calmado mi nerviosismo
con respecto a Bea, mi deseo sexual iba aumentando
lentamente hasta alcanzar un nivel normal. El pelo de
Justin apuntaba a todas las direcciones y le asomaba una
pequeña barba. Esta me arañaba la cara de forma
placentera, y sentí la humedad entre las piernas. Apreté mi
cuerpo contra su erección e inspiré hondo, saboreando su
olor masculino, el cual se mezclaba con el aroma del café
que se estaba filtrando.
Lo deseaba más que a mi taza de café matutina, y eso era
mucho decir. Sobrevivir los próximos meses sin él no iba a
ser fácil, pero al menos ya sabía cómo estaban las cosas
entre nosotros. Dejó de besarme y me acarició la cara, y
parecía que había algo rondándole la cabeza.
—Tengo un par de preguntas para ti —dijo.
—Vale.
—Estaba pensando… Me encantaría que tú y Bea vinierais
al último concierto de la primavera. Será en Nueva York,
así que no sería un viaje muy largo. Puedo reservarte un
vuelo si no quieres conducir. Luego podemos volver a casa
juntos en mi coche. Estaría bien que, al menos, pudieras
verme una vez en el gran escenario antes de que se acabe.
¿Qué te parece? Podríamos conseguirle unos auriculares
con reducción de ruido a Bea en el caso de que sea
demasiado ruidoso.
—No me lo perdería por nada del mundo. He estado
pensando que al menos debería ir a verte de gira en un
concierto. Nueva York sería el lugar perfecto.
—Bien. Me encargaré de todo.
—¿Cuál es la otra pregunta?
—¿Qué posibilidades hay de que pueda follarte duro
contra la encimera antes de que se despierte?
Vacilé. Lo deseaba tanto…, pero acababa de llegarme el
periodo esta mañana. Nunca me sentí cómoda haciéndolo
el día del ciclo en que el sangrado era más abundante.
—Me muero de ganas, pero…
La decepción apareció en su rostro.
—¿Qué?
—Me apuñalé… bastante fuerte.
Cerró los ojos con decepción.
—¡Mierda! —refunfuñó—. Te necesito tanto ahora
mismo… —Miró al suelo y luego a mí—. No me importa… si
a ti no te importa. Yo mismo te apuñalaré tan bien que ni
siquiera pensarás en la otra herida.
Por mucho que quisiera, no podría.
Tiré del borde de sus pantalones y eché un vistazo a la
dura erección que tenía dentro.
—Tengo una idea mejor.
—¿Ah, sí?
Me arrodillé y desaté lentamente el cordón de su pijama
azul marino.
Apoyando los codos en la encimera, Justin inclinó la
cabeza hacia atrás y se rindió sin discutir, excepto para
reírse en voz baja mientras decía:
—O… podríamos hacer esto. ¡Joder, sí!
Admiré la V de sus abdominales inferiores y la fina línea
de vello que descendía por el medio.
—Siempre he querido chupártela. Aquella vez que salimos
del cine porno, ¿te acuerdas? En ese momento no pude
tenerte, pero fantaseé con chupártela toda la noche.
Me masajeó el pelo.
—Nunca olvidaré aquella noche. Fue muy excitante ver
cómo te ponías cachonda durante la película. No quería
nada más que subirte encima de mí y follarme ese bonito
coñito en el pequeño cine rojo. Aquella noche te deseaba
tanto, tanto, que me dolía. Casi tanto como te deseo ahora.
Se le cortó la respiración cuando le saqué el pene. Abrí la
boca de par en par y la rodeé con mis labios. Dejó escapar
un sonido sensual y gutural, y ya estaba mojado en el
momento en el que mi lengua dio la primera vuelta
alrededor de la corona.
—¡Me cago en la puta! —siseó—. ¡Qué bien! Tu boca en
mí, Amelia… No hay nada igual. Parece un sueño.
Sabía cálido y salado a medida que chupaba,
acariciándole el tronco con la palma de la mano. Me agarró
por la parte de atrás del pelo para guiar mi boca mientras
subía y bajaba por su erección.
En un momento dado, empecé a chuparla tan
profundamente como pude sin ahogarme. Mientras
apretaba a propósito la parte posterior de la garganta
alrededor de su pene, eché un vistazo a su reacción.
—¡Oh, zorra malvada! Esto es increíble —murmuraba.
Repetí el movimiento una y otra vez. Tenía los ojos tan
cerrados que parecía que su mente había viajado a otra
dimensión.
Mis propios gemidos vibraron sobre su verga cuando de
repente sacudió las caderas y se corrió en mi garganta con
fuerza.
—¡Joder! Tómalo todo, nena. Tómalo todo —gimió,
tirándome del pelo al tiempo que me bebía los chorros
calientes de semen que me bajaban por la garganta.
Le miré de forma seductora mientras me tragaba hasta la
última gota.
Cuando no quedaba nada más que sus jadeos, dijo:
—¡Joder! No te has contenido. Siempre supe que te
gustaba echarle nata al café, pero ¡madre mía! Me ha
puesto mucho ver que lo has disfrutado tú también. —Soltó
un largo suspiro mientras se ajustaba los pantalones—. Ya
quiero hacerlo otra vez. ¿Es un truco para que me quede o
algo así? Porque puede que funcione.
—¿En serio? Si es así, mi boca está lista.
—¡Oh! Volveremos a hacerlo antes de que me vaya. Ha
sido… alucinante. ¿Dónde cojones aprendiste a chuparla
así? —Sacudió la cabeza rápidamente—. No importa. La
verdad es que no quiero saberlo. —Limpiándome las
comisuras de la boca, preguntó—: Como sea, ¿qué diablos
he hecho para merecer esto?
—Le salvaste la vida a mi hija. Te merecías la mamada de
tu vida.
Me apretó contra él.
—Rápido, corre a la playa y métete en el océano.
Entrecerré los ojos.
—¿Por qué?
—Así podré salvarte. A lo mejor me dejas darle a ese culo
después.
Aquella tarde, Justin se pasó una cantidad de tiempo récord
intentando que Bea dijera «papá».
Ella balbuceaba mucho en general, pero no había
utilizado la letra P tanto como las letras B o M. También
sabía decir «bebé».
Justin estaba sentado con Bea en el sofá, intentando que
repitiera sus palabras, y yo los miraba a los dos desde la
cocina.
—Di «pa-pá». —Se señaló a sí mismo—. Yo soy papá.
—Ba-ba —contestó.
—Pa-pá —repitió.
—Ba-ba.
—Pa-pá.
Bea hizo una pedorreta con la boca y soltó una risita.
—Payasita. Di «pa-pá».
Bea se detuvo un poco y luego dijo «ma-má» antes de
soltar una carcajada. Justin le hizo cosquillas en la barriga
con el pelo y ella se echó a reír.
Mientras limpiaba la encimera de la cocina, me reía a
carcajadas viendo la serie de acontecimientos. O bien
estaba criando a una niña de mamá, o bien era una
pequeña comediante de las buenas.
23
Los tres meses que siguieron a las Navidades se hicieron
largos.
Bea empezó a caminar justo cuando cumplió un año, el 15
de marzo. Justin estaba enfadado por haberse perdido no
solo su cumpleaños, sino también sus primeros pasos.
Intentaba sin éxito que dijera «papá» durante nuestras
charlas por Skype.
Esas semanas fueron duras, pero saber con absoluta
certeza que iba a volver a casa con nosotras fue lo que me
ayudó a superarlo. Verle por fin en concierto era la guinda
del pastel.
La gira había llegado por fin a este lado del charco. Los
últimos conciertos eran en Nueva Escocia, Maine y Nueva
York.
Por fin era el fin de semana del esperado concierto en
Manhattan. Justin había comprado billetes de avión para
que Bea y yo voláramos hasta Nueva York. Justo después
nos registraríamos en un hotel que había cerca del recinto
en el que tendría lugar el concierto. Como la banda volvía
desde Maine el sábado por la tarde a una hora próxima a la
del concierto, no tendríamos la oportunidad de ver a Justin
hasta después de que tocara esa noche.
Bea se portó muy bien en el rápido vuelo doméstico desde
Providence hasta La Guardia. Llevaba un pequeño equipaje
de mano para las dos y un cochecito de lunares.
Cuando aterrizamos, el mánager de Justin, Steve, tuvo la
amabilidad de recogernos en el aeropuerto y de llevarnos al
hotel. Tuvimos que pasar por Times Square. Bea miraba
asombrada a su alrededor mientras contemplaba las luces
de colores y el bullicio. Fue una sobrecarga sensorial,
probablemente para las dos. Llevaba tanto tiempo en la isla
que casi había olvidado cómo era la vida en la ciudad.
El hotel estaba a la vuelta de la esquina del recinto.
Después del concierto, los tres pasaríamos la noche aquí y
disfrutaríamos de la ciudad al día siguiente antes de
regresar a la isla.
Tras registrarnos en la habitación del hotel, me puse
nerviosa. Ver tocar a Justin siempre me emocionaba mucho,
pero lo más seguro era que verlo tocar por primera vez en
un escenario grande sería abrumador y conmovedor.
Me tumbé junto a Bea en la cama del hotel para intentar
que durmiera la siesta, ya que esta noche iba a estar
despierta pasada su hora de dormir. Consiguió dormir una
hora antes de que guardáramos las cosas y nos
dirigiéramos al recinto.
Cuando llegamos a la sala de conciertos, la cola para
entrar era kilométrica. Mirar el cartel luminoso me dio
escalofríos: CALVIN SPROCKETT, CON JUSTIN BANKS. Pudimos
pasar a la cola VIP y un acomodador nos acompañó a
nuestros asientos, situados en el centro de la tercera fila.
Bea estaba muy guapa sentada encima de mi regazo. Sus
auriculares reductores de ruido eran enormes. Parecía una
pequeña marciana con ellos. Por suerte, a pesar de todo lo
que lloró durante sus tres primeros meses de vida, se había
convertido en un bebé apacible, así que confié en que sería
capaz de aguantar el concierto sin interrupciones.
Cuando las luces se atenuaron y los focos le iluminaron,
se me aceleró el corazón. La emoción me recorrió el cuerpo
y se apoderó de mí. Justin me había dicho que veía al
público demasiado oscuro para distinguir las caras, pero
pude ver cómo buscaba entre la multitud un momento
antes de que empezara la primera canción. Mi cuerpo
prácticamente se derritió en el asiento mientras me
inclinaba ante la pura potencia de su voz amplificada. Esa
primera nota, el reconocimiento inicial de su sonido
profundo y conmovedor siempre era increíble.
Apretando fuertemente a Bea mientras nos mecíamos de
un lado a otro, le escuché cantar una canción tras otra que
nunca antes había escuchado. No había caído en la cuenta
de que en esta gira solo interpretaba canciones originales y
no versiones. Hizo que sintiera que me había perdido
mucho al no haber escuchado nunca la mayoría de esas
canciones. Cerraba los ojos de vez en cuando, disfrutando
de las ondas sonoras que emanaban de las cuerdas de su
guitarra y que vibraban en mi interior al tiempo que
descifraba todas las letras.
Me quedé allí sentada durante los primeros cuarenta
minutos maravillada con él: cómo sus dedos tocaban el
instrumento con una precisión rápida, cómo su voz era
capaz de cambiar dependiendo de la canción, cómo era
capaz de hipnotizar a cientos de personas con solo su voz
ronca, una guitarra y un micrófono.
Justin había mencionado que este acto de apertura solo
duraba unos cuarenta y cinco minutos, así que sabía que
nos acercábamos al final.
Habló por el micrófono.
—Esta noche es especial por varias razones, no solo
porque marca el final de nuestra gira, sino también porque
estamos en mi segundo lugar favorito del mundo, Nueva
York. Este era mi hogar hasta hace poco. Mi nuevo hogar
está en una isla con el amor de mi vida y con mi hija.
Después de esta noche, podré volver a casa después de
mucho tiempo lejos de ellas. Pero la mayor razón por la que
esta noche es especial es porque mi hija está aquí. Bea,
gracias por enseñarme que a veces lo que más tememos es
lo que más anhela nuestra alma. Esta última canción es una
que por fin he acabado. He tardado un tiempo porque era
muy importante para mí, porque la escribí para ella. Se
llama Querida Bea.
Al momento, reconocí la melodía inicial como la misma
canción que había programada dentro de la caja de música
que mandó hacer.
Entonces, empezó a cantar, y me quedé sin palabras.
Mi alma estaba enferma, pero me curaste.
Nunca he sentido un amor más puro.
Lo que más temí una vez,
Ahora me llena el corazón de amor.
Querida Bea,
No te creé, pero fuiste creada para mí.
Querida Bea,
Gracias por ayudarme a ver
Cómo estaba destinada a ser la vida.
Con cada uno de tus llantos,
Una parte de mi corazón muere.
Pero me sonríes y entonces,
Vuelve a recomponerse.
Querida Bea,
No te creé, pero fuiste creada para mí.
Querida Bea,
Gracias por ayudarme a ver
Cómo estaba destinada a ser la vida.
Un ángel disfrazado
Se ve reflejado en los ojos
De un pequeño abejorro.
Gracias por elegirme.
Gracias Bea,
No te creé, pero fuiste creada para mí.
Querida Bea,
Gracias por ayudarme a ver
Cómo estaba destinada a ser la vida.
Cuando acabó la canción, Justin recibió una ovación de
pie. Me escocían los ojos a causa de las lágrimas de alegría
que había derramado. El hecho de que escribiera esa
canción para ella me conmovió a muchos niveles. Deseé
tanto que Bea pudiera entender la letra…
Justin desapareció de la vista cuando empezaron a
preparar el escenario para Calvin. Se suponía que mi
identificación me daba acceso al backstage, pero no
habíamos discutido la logística. No estaba segura de si
debía intentar volver ahora o esperar a que me enviara un
mensaje, tal vez ver algo del concierto de Calvin.
Ansiaba verle y decirle lo mucho que me había gustado la
canción, así que me levanté del asiento con Bea y recorrí el
largo pasillo central en dirección a la entrada. Un
acomodador nos condujo a la entrada del backstage. Allí
me recibió un guardia de seguridad corpulento.
—¿Tiene una tarjeta de identificación?
—Sí —respondí mientras se la enseñaba—. Soy la novia de
Justin Banks y esta es su hija.
Volvió a examinar la identificación con más detenimiento
y se hizo a un lado, señalando detrás de él.
—Por aquí. Está en el camerino cuatro.
La puerta estaba abierta y me sorprendió ver que Justin
no estaba solo. Me hice a un lado al instante para evitar
que me vieran mientras escuchaba su conversación.
—Espero que no te importe que haya venido —dijo—.
Cuando me enteré de que tocabas en la ciudad, tenía que
verte. Me puse en contacto con Steve y me dio un pase
para entrar en el backstage.
—Claro, no me importa. Me alegro mucho de verte, Jade.
Aunque estaban apareciendo un poco los celos, no era
nada comparado con lo que era antes. Ahora, la confianza
que tenía en sus sentimientos hacia mí superaba esa
inseguridad. No obstante, para mí siempre iba a ser
incómodo pensar en Justin y Jade, teniendo en cuenta todos
los recuerdos que tenía de ellos juntos.
—Solo necesito hablar contigo, Justin. Steve me dijo que
ahora estabas con Amelia, y no… Si te soy sincera, estoy
atónita. Y luego la canción que has cantado…
—Lo siento, Jade. Debería haber sido yo quien te diera la
noticia. No quería hacerte más daño del que ya te había
hecho.
—Conque al parecer… sí que querías tener hijos. ¿Solo
que no los míos?
—No esperaba enamorarme de esa niña.
—Pero sí viste venir a la legua que te enamorarías de su
madre. Cuando vivíamos juntos, era como si la odiaras. No
era odio en absoluto, ¿verdad? Debería haberlo sabido.
Nadie actúa así con alguien a menos que le importe
demasiado.
—Era imposible que lo supieras, porque me lo guardé
dentro. Era complicado por aquel entonces. Durante los
primeros días luché contra mis sentimientos por ella. De
verdad que lo hice. Quería que las cosas funcionaran entre
tú y yo. No pensé que acabaría con Amelia. Pero sí, la
animadversión hacia ella era el resultado de otros
sentimientos muy arraigados que no podía controlar. Era
muy complicado.
Hubo un poco de silencio incómodo antes de oírla
preguntar:
—¿Hiciste algo con ella en algún momento cuando
estábamos juntos?
—No. No pasó nada hasta que rompimos. No quería
hacerte daño, pero al parecer me las apañé para hacerlo de
todas formas. Lo siento mucho. Eres una persona hermosa,
por dentro y por fuera. Siempre recordaré con felicidad el
tiempo que pasamos juntos. Espero que encuentres a
alguien que te merezca.
Cuando oí que Jade empezaba a llorar, me sentí
incómoda, así que decidí irme y darles privacidad para que
acabaran su conversación. Se me rompió el corazón por
ella, y supuse que yo era la última persona que quería ver
allí cuando saliera de su camerino.
Volví al vestíbulo y le envié un mensaje para que nos
avisara de cuándo debíamos ir al backstage. Con mucha
amabilidad, me habían guardado el cochecito de Bea detrás
de la taquilla, así que lo recogí mientras esperábamos.
Desde mi rincón, vi a Jade corriendo por el vestíbulo y
saliendo por las puertas giratorias.
Casi inmediatamente después, mi móvil sonó al recibir un
mensaje de Justin.
Ven al backstage.
Al principio no se dio cuenta de nuestra presencia. Estaba
de espaldas a nosotras. Me tomé un momento para admirar
su redondo y musculoso trasero. Cuando Bea chilló de
emoción, se dio la vuelta.
La saqué del cochecito y la sujeté de las manos mientras
caminaba con las piernas tambaleantes hacia él.
Él se arrodilló para recibirla con los brazos abiertos.
—¡Abejorrito! ¡Dios mío, estás caminando! —Parecía
divertido al verla con sus auriculares reductores de ruido.
Se me había olvidado quitárselos—. ¡Esa cosa es más
grande que tu cabeza! —Le plantó un beso en la mejilla
antes de levantarse para besarme. Por el gemido
desesperado que soltó en mi boca, me di cuenta de que
estaba muy cachondo. Hizo que me mojara un poco
pensando en lo que podría pasar esta noche cuando Bea se
durmiera. Había pedido que nos subieran una cuna a
nuestra habitación para que Justin y yo pudiéramos tener la
cama. Tenía la esperanza de que funcionara.
—Has estado increíble. Esa canción…
—¿Te ha gustado?
—Me ha encantado. —Examinándole el rostro, pregunté
—: ¿Estás bien?
—Jade ha estado aquí. Ha visto el concierto, ha escuchado
la canción. Steve le dio un pase y me ha pillado aquí por
sorpresa; se me ha encarado por lo nuestro. —Me gustó
que sintiera la necesidad de ser sincero conmigo.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Sí. Estábamos al otro lado de la puerta. Escuché un
poco de la conversación, pero luego me fui para daros algo
de privacidad.
—¡Vaya!
—No tienes que explicar nada. Es lo que es. Y entiendo
por lo que está pasando. Sé lo que es amarte y perderte.
Estoy muy agradecida de tenerte. —Vacilé. Había tanto que
necesitaba decirle… «Orgullosa» no podía describir cómo
me había hecho sentir verle tocar esta noche—. Ahora que
te he visto en el gran escenario, se ha hecho aún más
evidente lo mucho que estabas destinado a dedicar tu vida
a esto. No solo tienes mucho talento, sino que la gente se
siente atraída por ti de una forma natural. No quiero que
renuncies a esto porque te sientas culpable. Nunca tendrás
que elegir. Siempre estaremos aquí para ti.
Alzó a Bea y me plantó otro beso en los labios.
—Eres increíble por decir eso, porque sé lo dura que ha
sido mi ausencia. Solía pensar que lo que quería era la
fama, pero esta experiencia me ha enseñado que, para mí,
se trata de la música. No creo que quiera el resto a largo
plazo. Nunca cambiaría esta experiencia, y si se me
presenta alguna oportunidad, la sopesaré. Pero estar lejos
de mi familia semana tras semana no está bien. No es lo
que quiero. —Hizo una pausa y luego me tomó la cara entre
las manos—. No hay música sin ti. La música es una
expresión de todas esas cosas por las que vives…, un reflejo
de la pasión que hay en tu alma. Yo vivo por ti. Tú eres mi
pasión. Tú eres mi música… tú y Bea.
—Te quiero mucho.
Agarró su chaqueta.
—Salgamos de aquí.
—¿Cómo? ¿Nada de fiesta salvaje después del concierto?
¿Qué clase de estrella del rock eres?
—¿A qué te refieres? Soy salvaje. —Guiñó un ojo—. Me
voy a llevar a dos chicas a mi habitación de hotel.
Epílogo
JUSTIN
Ni en un puto millón de años me esperaba que mi vida
fuera a acabar así.
Juro que, si le hubierais preguntado a mi cobarde yo de
quince años dónde quería estar dentro de una década, lo
más probable es que hubiera dicho: En una isla por ahí con
Patch.
Supongo que algunas cosas nunca cambian, porque hoy
esa sería mi respuesta exacta. Aunque por aquel entonces
hubiera parecido un sueño inalcanzable, ahora era mi
realidad.
Mirando a Amelia jugar con Bea en la orilla, pensé en
cómo había evolucionado el papel que había tenido en mi
vida.
La chica misteriosa con el parche en el ojo.
La mejor amiga.
La fantasía adolescente.
La chica que me robó el corazón, lo rompió y se lo llevó
cuando se fue.
La amiga distanciada.
La compañera de piso prohibida.
La novia.
La madre de mis hijas.
Nunca había estado tan sexi como ahora, con mi bebé en
su interior. Estaba de cuatro meses, y a Amelia se le estaba
empezando a notar, sobre todo en las tetas y en el culo, lo
cual me parecía bien.
Le pedí que se casara conmigo hace un año, el 26 de julio,
unos meses después de volver a casa de la gira. Iba a
esperar, pero decidí que tenía que proponerle matrimonio
ese día y que nos casaríamos exactamente un año después.
Esa fecha lo significaba todo, puesto que 0726 eran los
últimos números de mi tatuaje del código de barras y se
suponía que representaban el día que ella me dejó una
década atrás. Estaba decidido a redefinir el significado de
esos números. Ahora, esa fecha sería para siempre el día en
el que se convirtió en mi esposa.
No queríamos una boda elegante, sino una ceremonia
privada en la playa con los tres. Pasaríamos el rato junto al
agua por la mañana y luego celebraríamos una boda en la
playa al atardecer, seguida de un asado del favorito de
Amelia (los cangrejos con olor a bragas sucias) y langosta.
Resultó que Roger, el vecino, se ordenó para celebrar una
ceremonia para un amigo suyo hace unos años, por lo que
íbamos a dejar que nos casara. Por irónico que sonara,
Pichafloja Roger se había convertido en un buen amigo mío,
a pesar de que yo seguía tocándole las pelotas con
regularidad.
Una bandada de gaviotas se dispersó cuando Bea vino
corriendo hacia mí. Su vestido estaba empapado mientras
me entregaba una concha marina.
—¡Papá! ¡Azul!
—¿Qué me has traído, Beatrice Banks?
Amelia se quitó la arena de la falda y me lo explicó.
—Estamos intentando encontrar algo antiguo, algo nuevo,
algo prestado y algo azul para la ceremonia de después.
Hemos encontrado esta concha azul.
—Es perfecta, Abejorrito —afirmé, devolviéndosela
mientras ella sonreía.
—Tenemos que pensar en el resto —dijo Amelia mientras
se sacaba algo del bolsillo y se lo entregaba a Bea—.
Tenemos algo nuevo, pero técnicamente es para ti, no para
mí. Bea, dáselo a papá.
Mi hija me entregó una caja pequeña. Dentro tenía una
púa de guitarra con la inscripción «Gracias por elegirme».
Apretándola, le susurré al oído:
—Gracias a ti por elegirme a mí, tesoro. Me encanta.
Después de la boda, adoptaría a Bea de forma oficial. Ya
tenía dos años y estaba más apegada a mí que nunca. Por
suerte, ese imbécil, Adam, renunció a sus derechos de
paternidad sin luchar.
La vida era buena. Seguía trabajando en la venta de
softwares y tocando algunas noches a la semana en
Sandy’s. Me habían ofrecido otra oportunidad para irme de
gira con otro artista menos conocido, pero la rechacé. A
pesar de lo emocionante que era ser un músico que viajaba,
las desventajas superaban a los beneficios. No quería
perderme ningún momento preciado con mi familia. Solía
pensar que la música era mi vida; me equivocaba. Mis
chicas son mi vida.
—Bien, tenemos algo nuevo y algo azul. Ahora solo
necesitamos algo prestado y algo antiguo —dije.
Amelia me rodeó el cuello con el brazo.
—Estaba pensando en buscar entre las cosas viejas de
Nana que hay en la caja fuerte. No la he revisado desde
que nos mudamos. Seguro que ahí encontramos algo
antiguo.
Me levanté de mi sitio en la arena.
—Vamos.
Los tres caminamos de vuelta a la casa. El sencillo vestido
blanco sin tirantes de Amelia colgaba de la chimenea del
salón. Me daba vértigo solo mirarlo, consciente de que esta
noche se convertiría oficialmente en Amelia Banks. Aunque
el trozo de papel no importaba; era mía desde que tenía uso
de razón. Me quedé mirándola un rato mientras tanteaba la
caja fuerte. Saber que estaba embarazada de mi bebé me
hacía sentir cosas. Admirar la voluptuosa forma de su
cuerpo en pleno cambio y saber que yo era el responsable
de ello encendía algo primitivo en mí. Mi apetito sexual
estaba por las nubes, pero por suerte el de ella también.
Estaba deseando que llegara nuestra noche de bodas. Bea
se iba a quedar a dormir por primera vez con Susan y
Roger. Pensaba aprovechar al máximo la casa vacía… y a
Amelia.
La caja fuerte estaba situada detrás de un cuadro en la
pared de la cocina. Consiguió desbloquearla por fin. Me
acerqué a ella y examinamos el contenido.
Dentro había algunos papeles, unas cuantas joyas y varias
fotos.
Tomé un pasador de pedrería de aspecto antiguo y lo
enganché en el pelo de Amelia, colocándole algunos
mechones detrás de la oreja.
—Preciosa. Ahí tienes tu algo prestado. —Durante un
instante, vi a las niñas de las que me había enamorado
reflejadas en su cara, tanto Bea como la pequeña Patch.
Amelia empezó a revisar las fotos, algunas de las cuales
contenían imágenes de su madre y su abuelo. En un
determinado momento, su mano se detuvo antes de alzar
una Polaroid. A Nana le encantaba hacer fotos con las
cámaras antiguas, incluso en la era digital.
Esta foto en particular era de Amelia y mía cuando
debíamos de tener diez y once años. Estábamos sentados
en las escaleras de Nana y la foto estaba echada desde
atrás. Yo sostenía mi primera guitarra y Amelia tenía la
cabeza apoyada en mi hombro. Nana había escrito en la
parte inferior con bolígrafo azul: «Destinado a ser».
Le quité la instantánea para examinarla más de cerca.
—¡Vaya!
—Esto es una prueba, Justin. Nos dio esta casa porque
sabía que nos volvería a unir. Sabía que encontraríamos
esta foto y esperaba que nos recordara lo tonto que había
sido nuestro distanciamiento. Puede que no tuviera fe en
que fuéramos a encontrarnos de nuevo por nuestra cuenta.
Quería enviarnos un mensaje. —La miró—. Mira esto. Es
precioso. Piensa en todos esos años que perdimos.
—Sucedió como se suponía que tenía pasar —dije.
—¿Eso crees?
—Sí. Piénsalo. Sin toda esa frustración contenida, no
habríamos tenido tanto sexo furioso. —Sonreí—. Quizá no
hubiéramos podido crear esa niña en tu vientre.
El otro día supimos que nuestro bebé era una niña.
Nuestra intención era llamarla Melody.
—Sé que es extraño que lo diga —continué—, ya que no
quiero pensar en ti y en ese imbécil de Adam, pero si no
nos hubiéramos separado, Bea no estaría aquí. Así que,
no… no volvería atrás ni cambiaría nada. Jamás.
Volví a mirar la inscripción de la foto.
«Destinado a ser».
Agarré un lápiz de la encimera y añadí una palabra
pequeña al final de la frase.
Destinado a ser Bea.
Agradecimientos
En primer lugar, gracias a mi marido por su amor y
paciencia a lo largo de este viaje de escritura.
A mis padres por inspirarme a perseguir mis sueños
desde muy joven.
A Allison por manifestar todo esto y a mis mejores
amigas, Angela, Tarah y Sonia, por su amistad.
A Vi: Me dan escalofríos de pensar en no haberte
encontrado nunca. ¿Con quién hablaría? ¿Cómo podría
hacer esto sola? Gracias por todo… ¡todo el día! El hecho
de que hayas llegado al número uno en la tienda Kindle ha
sido lo mejor de mi año.
A Julie: Gracias por recordarme siempre con tu ejemplo
que el talento y la integridad pueden ir de la mano.
A mi editora, Kim: Gracias por asegurarte de que mi
trabajo es limpio y está listo para mostrarlo al mundo.
A mi inestimable grupo de fans en Facebook, Penelope’s
Peeps, y a Queen Peep Amy: Gracias por todo lo que hacéis.
Os quiero a todos. Estoy deseando que haya más fiestas y
encuentros Peeps, online y en persona.
A Erika G.: Gracias por estar siempre ahí, por los
encuentros de julio y las conexiones especiales.
A Luna: Te Adoro. Gracias por todo.
A Mia A.: Gracias por alegrar mis días durante nuestros
sprints de escritura, que se convierten en conversaciones
sin sentido que no tienen nada que ver con la escritura.
A Aussie Lisa: Gracias por tu amistad y por apoyarme
siempre. Cuento los días para que me visites de nuevo.
A Natasha G.: ¡Gracias por las risas y por nuestro amor
compartido por Todo en 90 días!
A todos los blogueros/personas que promueven mis libros
y que me ayudan y apoyan: Sois la razón de mi éxito. Me da
miedo enumeraros a todos porque seguro que me voy a
olvidar de alguien sin querer. Sabéis quiénes sois y no
dudéis en poneros en contacto conmigo si puedo devolveros
el favor.
A Lisa de TRSoR Promotions: Gracias por encargarte de
mi blog tour y de los lanzamientos. ¡Eres genial!
A Letitia de RBA Designs: Gracias por trabajar siempre
conmigo hasta que la portada es exactamente como quiero
que sea. Esta es mi favorita, ¡pero siempre digo lo mismo!
A mis lectores: Nada de esto sería posible sin vosotros y
vosotras, y nada me hace más feliz que saber que os he
proporcionado un escape del estrés diario. Esa misma
evasión fue la razón por la que empecé a escribir. No hay
mayor alegría en este negocio que tener noticias vuestras y
saber que algo que he escrito os ha removido por dentro de
alguna manera.
Por último, pero no menos importante, a mi hija y a mi
hijo: Mamá os quiere. Sois mi motivación e inspiración.