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…Eucaristía
PBRO. ERNESTO MARÍA CARO
La celebración Eucarística no ha sido siempre como la tenemos y la
vivimos ahora. Como todo, dentro del cuerpo vivo de la Iglesia ha
sufrido una serie de transformaciones, aunque, si bien ha conservado
su esencia, también han ido integrando a ella la cultura, costumbres,
lenguaje. A la base de ella encontramos el mandato de Jesús de
celebrar el Memorial de su Pasión mediante una cena. Todos los
evangelistas, menos san Juan, narran con claridad la institución de la
Eucaristía (Mt 26, 26-28; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20). Juan que es el más
tardío, en su lugar dedica el capítulo 6 a explicar la teología del Pan de
Vida y su importancia en la vida espiritual y de la comunidad cristiana.
De esta manera los 3 sinópticos (así se les llama a los evangelios de Mt,
Mc y Lc) unidos a San Juan nos hacen ver: por un lado que no es algo
inventado de los hombres sino dado como un regalo de Jesús para su
Iglesia, y por otro que las especies del pan y del vino, después de la
consagración, son verdaderamente el cuerpo y la sangre de Jesús (y no
símbolos que lo representan), y por tanto, son verdadero alimento, sin
el cual no se puede tener la vida eterna.
Memorial de Jesús
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Con Jesús, llega a su plenitud todo lo que en el Antiguo Testamento
aparecía como una �gura de la Eucaristía. La alianza sellada con la
sangre de un cordero, es ahora sellada con la sangre del Cordero de
Dios, es decir de Cristo, quien antes de padecer instituye la Nueva
Pascua y el Memorial de su pasión (cf. Mt. 26, 26-28). Esta alianza
comprometía ahora al Nuevo Pueblo de Dios a vivir bajo la nueva ley, la
ley del amor (cf. Jn. 13, 34-35). De manera que ahora, cada vez que
celebramos la Eucaristía, estamos haciendo un memorial de lo que
Jesús hizo esa noche de la Pascua. Es Jesús, quien a través del
Sacerdote vuelve a proclamar las palabras para que el pan se convierta
en su cuerpo y el vino en su sangre. Por eso decimos que la Misa es un
verdadero sacri�cio, pues en ella ofrecemos a Dios, la sangre de Cristo,
el Cordero de Dios, sangre que nos puri�ca y que actualiza, nuestra
liberación del pecado y la Alianza que, en Cristo hemos hecho con Dios
para vivir en el amor. “La Eucaristía que instituyó en este momento será el
“memorial” de su sacri�cio. Jesús incluye a los apóstoles en su propia
ofrenda y les manda perpetuarla. Así Jesús instituye a sus apóstoles
sacerdotes de la Nueva Alianza: “Por ellos me consagro a mí mismo para
que ellos sean también consagrados en la verdad” (Jn 17, 19)” CIC 611
La Eucaristía alimento espiritual
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Originalmente, este era el último de los sacramentos de la iniciación
cristiana, pues se recibía la noche de la Vigilia Pascual en la cual,
después de haber sido bautizados y con�rmados por el Obispo, los
recién iniciados cristianos pasaban por primera vez a tomar parte de la
Eucaristía. Actualmente, este es el segundo sacramento que recibimos
y que está dentro de los sacramentos que llamamos “de Iniciación”,
pues nos van iniciando en la vivencia de la vida cristiana. Con el
sacramento del bautismo se reciben muchas gracias, veamos ahora,
como por medio del sacramento de la Eucaristía, nos alimentamos
para poder continuar creciendo espiritualmente y así, estando fuertes,
poder vencer al pecado, vencer la tentación de apartarnos de Dios, por
irnos en pos del mundo y todos sus engaños, recordando que es el
sacramento que nos promete que seremos resucitados y viviremos
eternamente con Jesús en el cielo (cf. Jn 6, 54).
“La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana. Los que han sido
elevados a la dignidad del sacerdocio real por el Bautismo y con�gurados
más profundamente con Cristo por la Con�rmación, participan por medio
de la Eucaristía con toda la comunidad en el sacri�cio mismo del Señor.”
CIC 1322
La Eucaristía en el A.T.
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Desde el Antiguo Testamento podemos encontrar �guras o modelos de
lo que será la Eucaristía instituida por Jesucristo y que nos muestran de
manera muy sencilla, mucho de lo que se nos esconde del misterio
revelado por Jesús. El primero de estos modelos o �guras de la
Eucaristía que encontramos en el Antiguo Testamento es el Cordero
Pascual, signo de la liberación del Pueblo de Dios, (cf. Ex 12, 1-14), el
cual se convirtió no en un recuerdo sino en un memorial que se
actualizaba cada año comiendo “pan ázimo, yerbas amargas y un
carnero sin defecto”. Junto con este modelo encontramos que ya
liberados, junto al monte Sinaí, los Israelitas hicieron una Alianza,
comprometiéndose a vivir de acuerdo a la Ley que Dios les había dado,
y para sellar esa alianza usaron la sangre de un cordero que Moisés
derramó sobre todo el pueblo (cf. Ex 24, 8), y que se convirtió también
en un memorial, ya que es a través de éste como se re-actualiza lo que
ha pasado años atrás, es volver a vivir lo que se está realizando o
celebrando.
“La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la
ofrenda sacramental de su único sacri�cio, en la liturgia de la Iglesia que
es su Cuerpo.” CIC 1362
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El Maná
Otro de los modelos o �guras que encontramos en el Antiguo
Testamento sobre la Eucaristía es el del Maná, que el pueblo tuvo
como alimento hasta llegar a la Tierra Prometida. Israel, ya liberado de
Egipto, vivió por 40 años en el desierto y fue ahí donde Dios lo alimentó
con el “maná” (Nombre que signi�ca “¿Qué es esto?” y que consistía en
una escarcha que caía todas las noches y que el pueblo recogía por la
mañana convirtiéndose en harina para hacer el pan), como nos lo
narra el libro del éxodo (cf. Ex.16, 4-15). Fue de esta manera como el
pueblo de Dios tuvo fuerzas para poder cruzar el desierto y así llegar a
la tierra prometida. Por ello Jesús, en su instrucción sobre la Eucaristía
dice: “Este es el pan verdadero no como el que comieron sus padres en el
desierto” (Jn 6, 48-51). “El recuerdo del maná del desierto sugerirá siempre
a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios. Finalmente, el pan de cada
día es el fruto de la Tierra prometida, prenda de la �delidad de Dios a sus
promesas. El “cáliz de bendición” (1Co 10, 16), al �nal del banquete pascual
de los judíos, añade a la alegría festiva del vino una dimensión
escatológica, la de la espera mesiánica del restablecimiento de Jerusalén.
Jesús instituyó su Eucaristía dando un sentido nuevo y de�nitivo a la
bendición del pan y del cáliz”. CIC 1334
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La Eucaristía, el nuevo maná
De la misma manera como el maná sirvió como alimento para que el
pueblo de Israel se alimentara en su camino hasta la Tierra Prometida,
así la Eucaristía alimenta al pueblo de Dios hasta que lleguemos al
Cielo. Jesús sabía que para poder llegar a la tierra prometida, es decir al
Cielo, atravesando el desierto del mundo y luchando contra todos los
enemigos del pueblo de Dios (las tentaciones), era necesario un
alimento especial, un pan que bajando del cielo, fuera mejor que el
anterior, y por eso nos dejó su Cuerpo y su Sangre como alimento (cf.
Jn 6, 35). Jesús es el nuevo maná, por ello quien no come de este pan
difícilmente llegará a la vida eterna y no tendrá Vida en él (cf. Jn 6, 52).
Quien coma de él vivirá para siempre.
“Como el alimento corporal sirve para restaurar la perdida de fuerzas, la
Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a
debilitarse” CIC 1394
La vida en abundancia mediante la Eucaristía
Es tan importante la Eucaristía como alimento, que el mismo Jesús nos
dice que si no lo comemos no tendremos vida eterna (cf. Jn 6, 53). De
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manera que si no comemos del pan que Cristo nos da, del pan que ha
bajado del cielo y que nos da la vida eterna, viviremos nuestra vida
enfermos del corazón y del alma, y nunca podremos ser
completamente felices. De manera que este sacramento que hoy día
es el segundo que recibimos dentro de nuestra iniciación cristiana, nos
permite disfrutar ya desde ahora del Reino preparado por Jesús para
nosotros, pues nos hace participes de “vida en abundancia” (cf. Jn. 10,
10). Es mediante este sacramento que actualizamos y fortalecemos la
alianza que Jesús ha establecido entre Dios y nosotros por medio de su
Sangre. Es por ello que al participar en ella nos comprometemos a vivir
en amor.
“Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un
sacri�cio. El carácter sacri�cial de la Eucaristía se mani�esta en las
palabras mismas de la institución: “Esto es mi Cuerpo que será entregado
por ustedes” y “Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será
derramada por ustedes” (Lc 22, 19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo
cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la sangre misma que
“derramó por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).” CIC 1365
La unión mediante la Eucaristía
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En cada Eucaristía rea�rmamos la Alianza que hicimos en nuestro
bautismo de vivir conforme al amor, de manera que no podemos
acercarnos al sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo, si no
estamos en paz con el hermano o si nuestro corazón está distante de
la comunidad. Jesús al respecto nos dijo: “Si al ir a presentar tu ofrenda
te das cuenta que uno de tus hermanos tiene algo contra ti, deja tu
ofrenda y ve a reconciliarte con tu hermano y luego regresa a
presentar tu ofrenda” (Mt 5, 23-24). La comunidad cristiana es, ante
todo, una comunidad de amor unida a Cristo su cabeza y alimento.
Cada Eucaristía, por tanto, es la ocasión de estar todos unidos y en
comunión por el amor. Comulgar en la Eucaristía signi�ca que entro en
comunión con Dios y con mis hermanos formando así un solo cuerpo.
“En la Liturgia de la Nueva Alianza, toda acción litúrgica, especialmente la
celebración de la Eucaristía y de los sacramentos, es un encuentro entre
Cristo y la Iglesia. La asamblea litúrgica recibe su unidad de la “comunión
del Espíritu Santo” que reúne a los hijos de Dios en el único Cuerpo de
Cristo. Esta reunión desborda las a�nidades humanas, raciales, culturales
y sociales.” CIC 1097
El culto perfecto a Dios (La Eucaristía)
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Es tal la alegría que siente el cristiano por saberse lleno del Espíritu que
lo invita a darle culto al Padre por medio de Cristo y en el mismo
Espíritu, que la asamblea Eucarística, se convierte en una verdadera
�esta. En ella cantamos, oramos y compartimos entre todos el Pan que
nos da la vida eterna. Con el Concilio Vaticano II la Iglesia rea�rmó que
la Eucaristía es el culto perfecto que recibe el Padre por medio de todo
el pueblo. Esto indica que cada uno de nosotros es un «actor» y no un
simple espectador, por lo que, como dice el documento sobre la
liturgia «Sacrosanctum Concilium»:
“En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple �el, al
desempeñar su o�cio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la
naturaleza de la acción y las normas litúrgicas”. (SC 28).
Por lo tanto, no solo es el sacerdote el que celebra, sino que cada uno
de nosotros, por el hecho de ser parte del pueblo sacerdotal, tenemos
una función dentro de la celebración, y todos juntos en comunión con
el sacerdote realizamos el culto que agrada a Dios, es decir, el culto en
Espíritu y en verdad (cf. Jn 4, ).
“En ella se encuentra a la vez la cumbre de la acción por la que, en Cristo,
Dios santi�ca al mundo, y del culto que en el Espíritu Santo los hombres
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dan a Cristo y por él al Padre” CIC 1325
El Cuerpo y la Sangre de Cristo
Basados en las palabras de Jesús: “Esto es mi cuerpo y esta es mi sangre”
(Mt 26, 26-28; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20), la Iglesia ha creído siempre
que cuando el sacerdote, en nombre de Cristo pronuncia dentro de la
Eucaristía esta “consagración” el pan deja de ser pan para convertirse
en el cuerpo de Cristo y el vino en su sangre (cf. 1Cor 11, 23-26). De
manera que no es solo un símbolo o un recuerdo sino un verdadero
memorial en donde se “come y bebe” realmente el Cuerpo y la Sangre
de Jesús bajo la forma del pan y el vino. De manera que después de la
consagración las especies eucarísticas solo tienen la apariencia de pan
y vino pero en realidad son el Cuerpo y la Sangre del Señor, tal y como
lo comieron los discípulos en la Última Cena.
“El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular.
Eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella
“como la perfección de la vida espiritual y el �n al que tienden todos los
sacramentos”. En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están
“contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto
con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente,
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Cristo entero”. “Esta presencia se denomina ‘real’, no a título exclusivo,
como si las otras presencias no fuesen ‘reales’, sino por excelencia, porque
es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente
presente”” CIC 1374
Participación
Uno de los elementos que nacieron de la resurrección de Cristo y de
las primeras predicaciones fue la comunidad cristiana, el Nuevo Pueblo
de Dios. San Lucas nos dice que la comunidad se reunía cada semana a
“escuchar la palabra de Dios y a la Fracción del Pan”. Podríamos decir
que la comunidad, como Iglesia se realiza en la Eucaristía, por ello, es
como dice el Concilio Vaticano: “El culmen y la fuente de la vida
cristiana”. La participación en la Eucaristía vitaliza al cristiano y lo
enraíza en el amor a Dios y a los demás. Es el ejercicio el mandamiento
de Jesús de amar a Dios y amar a los hermanos. Es desde la Eucaristía
de donde van naciendo los ministerios, los apostolados, la vida
comunitaria, y por supuesto los demás sacramentos. Nuestra
participación dominical en la Eucaristía va mucho más allá de la
“asistencia” al templo, o de la escucha de la Palabra o incluso de la
recepción de la eucaristía. Estos son elementos constitutivos de ella y a
la vez el medio para alcanzar la plenitud de ésta y que es formar el
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“Cuerpo de Cristo”. Un cuerpo vivo en el que todos y cada uno somos
importantes. Valorar nuestra participación en la Eucaristía nos ayudará
a entender un poco mejor, la importancia de la comunidad cristiana y
su papel en la vida de santidad y de gracia de cada uno de nosotros.
Partes de la Eucaristía
La primera comunidad entendió inmediatamente el valor y signi�cado
de la Eucaristía y ya desde los Hechos de los Apóstoles, San Lucas nos
narra cómo la primera comunidad se reunía “el primer día de la
semana” es decir el Domingo, para la Lectura de la Palabra y para la
Fracción del Pan (Act. 2, 46; 20, 7). San Pablo en su catequesis sobre los
fundamentos de la vida cristiana, incluye la Eucaristía. Ésta, en la
ciudad de Corinto, se había convertido no en la Cena del Señor, sino en
un verdadero desorden. Por ello narra de nuevo en que consiste, su
importancia, las consecuencias de no hacerla como la ordenó Jesús,
incluso de no reconocer en las especies del pan y el vino el Cuerpo y la
Sangre del Señor (1Cor 11). En estos testimonios, vemos cómo es la
institución más antigua del cristianismo y que estaba dividida, como
hasta ahora, en dos partes: Una dedicada a la lectura de la Palabra de
Dios y la segunda para la Cena Eucarística.
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Signos
Dios ha querido que el hombre lo conozca y conociendo lo ame. Sin
embargo, su presencia escapa a nuestra vista, por ello ha constituido
diferentes signos a través de los cuales el hombre puede entrar en
relación con él. Esta es la razón fundamental por la que nuestros
sacramentos se expresan a base de Signos. Cada uno de los signos nos
habla de una realidad que escaparía a nuestra vida. Así por ejemplo, el
agua en el bautismo, nos indica la liberación del pecado original,
recordando el agua del mar Rojo que liberó al pueblo de la esclavitud
de Egipto. La diferencia con otros signos en la Iglesia, es que los signos
en los sacramentos, realizan lo que indican. Lo mismo podemos decir
de la Eucaristía. Si mucha gente no valora la participación en los
sacramentos, la mayor parte de las veces es porque no conocen el
signi�cado de lo que celebran.
Liturgia Eucarística y sus cambios
La Eucaristía, está dividida en dos grandes partes: La liturgia de la
Palabra y la liturgia Eucarística. En la primera comunidad se leían
originalmente las lecturas referidas al Mesías en el A.T. Con el tiempo,
se empezaron a leer las cartas que los diversos autores cristianos
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enviaban a las comunidades. Era un tiempo para orar largamente y
meditar en la vida cristiana. Los ancianos o presbíteros de la Iglesia
catequizaban a la comunidad y la animaban a progresar en el
“Camino”, nombre con el que se conocía la vida cristiana. No había
mucho orden en cuanto a lo que se leía. Lo importante era conocer
más sobre Jesús, su vida, sus enseñanzas y corregir algunos errores
que iban surgiendo en la misma Iglesia. La segunda parte, estaba
compuesta por largas oraciones hechas por los presbíteros y por la
misma comunidad, al �nal de las cuales se recitaban las palabras de la
Institución Eucarística y se compartía el Cuerpo y la Sangre del Señor.
Se concluía con oraciones y más cantos de agradecimiento. Nadie tenía
prisa, era el día del Señor. Si bien conservando la estructura esencial,
muchas cosas han cambiado en nuestra liturgia Eucarística. Lo que no
debemos cambiar es nuestra actitud hacia ella. Como la primera
comunidad, debemos ir sin prisas, con un verdadero deseo de
alimentarnos de la palabra del Señor, con hambre de ser saciados por
el Cuerpo y la Sangre de Cristo, con la alegría de encontrarnos con los
hermanos que creen y buscan vivir lo mismo que nosotros.
Las primeras comunidades y el cuerpo de Jesús
Algunas personas piensan que el recibir la comunión en la mano es un
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signo irreverente hacia Jesús Eucaristía. Debemos recordar que desde
la institución de la Eucaristía por Jesús el Jueves Santo y continuando
con las primeras comunidades cristianas, el pan que se usaba era el
pan ázimo, que es una especie de galleta dura (pues está hecho con
harina y agua) que se partía y repartía a cada uno de los participantes.
Este pan no solo se recibía en la mano sino que se tenía que masticar,
pues no había ninguna otra posibilidad de deglutir un “trozo” de este
pan. Esto les daba realmente la impresión de “comer”, tal como Jesús lo
había dicho: “Tomen y coman” y en otra ocasión: “el que coma mi
cuerpo tiene vida eterna”. Así las primeras comunidades tenían la
experiencia de comer realmente el cuerpo de Cristo bajo las Especies
Eucarísticas. Esta es la manera ordinaria como Jesús lo dejó a la Iglesia.
Con el paso del tiempo, por cuestiones “prácticas”, se redujo el tamaño
del pan, su consistencia y se retiró del pueblo, por considerarlo
“indigno” de tocar a Jesús, dar la comunión en la mano. Por otro lado,
también se fue suprimiendo el uso de beber del cáliz. Después del
Vaticano II se ha revalorizado la función sacerdotal del pueblo de Dios y
se ha vuelto, por un lado a una hostia, aunque pequeña, con más
consistencia de manera que realmente tenga el aspecto y la
consistencia del pan ázimo, para que ésta pueda ser masticada y
“comida”; por otro lado, se entrega en la mano para que uno mismo
sea quien coma del pan, por ello, se han ido creando comunidades
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celebrativas más pequeñas y una instrucción catequética más
profunda acerca de la celebración eucarística, de manera que se pueda
volver al uso del cáliz como parte normal de la comunión. La dignidad o
indignidad no está en lo externo, diría Jesús a los fariseos, sino en lo
interno del hombre. Acerquémonos siempre a recibir, en la mano o en
la boca, a Jesús, pero con un corazón puro y sincero.
Reconciliación antes de la Eucaristía
Será quizás porque algunos hermanos piensan que las especies
Eucarísticas son solo “un signo” y que en ellas no está realmente
presente el Cuerpo y la Sangre de Jesús, por lo que muchas veces se
acercan de manera indigna a recibirlas. Debemos recordar que el
mismo San Pablo, en su primera carta a los Corintios les advierte que
quien se acerca a la Mesa del Señor de manera indigna, “se come y
bebe su propia condenación” (1Cor 11, 27-30). Por lo tanto, no
podemos acercarnos a recibir la Eucaristía si sabemos que estamos en
pecado grave o mortal. En este caso es necesario primero reconciliarse
con Dios mediante el sacramento de la penitencia.
“El que quiere recibir a Cristo en la Comunión eucarística debe hallarse en
estado de gracia. Si uno tiene conciencia de haber pecado mortalmente no
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debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido previamente la
absolución en el sacramento de la Penitencia.” CIC 1415
El alimento del hombre
Una de las necesidades básicas del hombre es comer, por eso Jesús
quiso dejarnos su Cuerpo y su Sangre como comida, como la comida
que sostiene la vida Espiritual. La primera comunidad lo entendió
inmediatamente y por eso nos encontramos cómo, ya desde el
principio que los cristianos se reunían «el primer día de la semana»
para celebrar la Eucaristía, es decir la «Fracción del Pan» como se le
conocía en la antigüedad. Era el momento de alimentarse para reponer
las energías perdidas durante la semana en el combate contra el
pecado. Desde entonces cada eucaristía es la oportunidad para
alimentarnos con el Cuerpo y la Sangre del Señor. Quien va a misa y no
comulga es como quien va a una cena hecha en su honor y no come,
pero lo más triste es que asistir a la Misa Dominical (o a cualquier misa)
y no comulgar es reconocer públicamente que estamos viviendo en
pecado, y por lo tanto, no estamos en total comunión con Jesús y con
la Iglesia.
“Como el alimento corporal sirve para restaurar la perdida de fuerzas, la
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Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a
debilitarse; y esta caridad vivi�cada borra los pecados veniales. Dándose a
nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los
lazos desordenados con las criaturas y de arraigarnos en El” CIC 1394
La Eucaristía y las primeras comunidades
Por lo que toca a la recepción de la Eucaristía, las primeras
comunidades recibían la comunión bajo las dos especies (pan y vino).
Hay que recordar que las primeras comunidades eran pequeñas, pero
sobre todo que estaban formados por cristianos que entendían bien lo
que signi�caba el sacramento que iban a recibir. Por ello, en aquellos
tiempos se consagraba un solo pan y un solo cáliz: a la hora de la
comunión se fraccionaba el pan y todos tomaban un pedazo del pan
transformado en el Cuerpo de Cristo. Lo mismo sucedía con el cáliz el
cual se circulaba entre los asistentes. Con el paso del tiempo se
comenzaron a dar abusos, como nos lo muestra la carta a los Corintios
(1Cor 11), por lo que se comenzaron a tomar algunas precauciones a
�n de que el sacramento no se profanara. Por otro lado las
comunidades crecieron, lo que hacía casi imposible que de un solo pan
pudieran comer todos, por lo que se empezaron a consagrar varios
panes. La distribución del cáliz se fue limitando no solo porque no era
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fácil su distribución, sino por cuestiones de asepsia (ya que había
personas que estaban enfermas y sin atención a los demás que
también habían de beber, bebían y contagiaban a los demás) y otro
tipo de abusos en la comunidad. Esto fue llevando en el transcurso de
los siglos a que la comunión se diera únicamente en la boca, por un
sacerdote y que el cáliz fuera únicamente para los ministros
consagrados.
“En la comunión, precedida por la oración del Señor y de la fracción del
pan, los �eles reciben “el pan del cielo” y “el cáliz de la salvación”, el Cuerpo
y la Sangre de Cristo que se entregó “para la vida del mundo” (Jn 6, 51)” CIC
1355
Formas de recibir el cuerpo de Cristo
Hoy en día, después del Concilio Vaticano II y de la reforma de la
liturgia, se ha venido buscando que el pan eucarístico parezca cada vez
más un pan, que la patena parezca más un plato y que los �eles, al
menos en algunas circunstancias especiales, compartan también del
cáliz del Señor. Esto ha llevado a que en algunas Diócesis, se haya dado
ya el permiso para que los �eles, dada su preparación catequética y
bajo la supervisión del párroco, puedan de manera ordinaria recibir en
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la mano el cuerpo de Cristo y participar ordinariamente del Cáliz del
Señor (en los Estados Unidos de América y otros países, ésta es una
disposición ordinaria dada por la conferencia episcopal; en México solo
para algunas Diócesis). De manera que hoy nuevamente volvemos a
vivir la frescura de las primeras comunidades. Tengamos siempre un
respeto y amor a la Eucaristía tan grandes que podamos seguir siendo
dignos de tan grande regalo.
“En algunos Países se ha introducido el uso de la comunión en la mano.
Esta práctica ha sido solicitada por algunas Conferencias Episcopales y ha
obtenido la aprobación de la Sede Apostólica”. Carta del S.S. Juan Pablo II
a todos los obispos de la iglesia sobre el misterio y el culto de la
eucaristía No.11
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