Educación y clase media en la novela española
Educación y clase media en la novela española
DIRECTORAS:
María del Mar Campos Fernández-Figares
María Remedios Sánchez García
Febrero, 2023
UNIVERSIDAD DE ALMERÍA
DIRECTORAS:
María del Mar Campos Fernández-Figares
María Remedios Sánchez García
Febrero, 2023
RESUMEN
La realidad de la España post-crisis 2008 ha ocasionado que los escritores nacidos a partir de
1974 (dos promociones, los mileuristas y los millennials) se enfrenten a una percepción
del país que ya no se corresponde con la idea socioeconómica ni sociocultural en la que se
criaron. Estos jóvenes vivieron su infancia y primera juventud dentro de la creencia,
arti cial, de un futuro resuelto dentro de un país desarrollado, recién estrenado en el
capitalismo yla democracia. Ante este cambio de escenario, descubrieron que no podían alcanzar
todo lo que desearan, lo que los llevó no sólo a una crisis económica sino, sobre todo,
existencial.
The reality of Spain after the 2008 crisis has caused that writers who were born from
1974 on (in two generations, the mileuristas and the millennials) face a perception of
their country that no longer corresponds neither to the socioeconomical nor
sociocultural idea in which they were reared. These youngsters lived their childhood and
rst youth within the arti cial belief of a solved future in a developed country, recently
introduced in capitalism and democracy. Against the change of circumstances brought by the
crisis, they discovered that they could not reach everything they wished, so they were led not
only to an economic crisis but mostly, to and existential one.
Españistown, the place of their expectations and illusions, was a site of abundance, a
fantasy that has left a mark not only on them but also on the entire Spanish society since the
Transición. It has inherited existential and behavioral clichés that need to be revised.
Nowadays Españistown, since its origins, do not allow to those who inhabit Spain to
reorganize around new paradigms and new common senses more adjusted to their current
reality, imaginaries and shared futures.
AGRADECIMIENTOS
CONCLUSIONES
BIBLIOGRAFÍA
OFRENDA
Nosotros,
estirpe de padres sin hijos,
ofrecemos nuestras manos vacías.
Españistown:
Españiskids:
En la España de la narrativa no existe otro género literario que no sea la novela. Y, como se
discutirá, ya sea porque el español medio prefiera leer historias largas que le resulten más
interesantes en tanto desarrollo y conocimiento del ser; por una cuestión de retomar la historia
en caso de pausa/receso o porque la novela sea el género apoyado de manera prioritaria desde
la propia industria editorial o, incluso, porque el propio consumidor de libros encuentre más
justo el pago por un libro de mil páginas que por uno de 100, la novela es la expresión
narrativa más importante de este país. Así se sabe y se entiende, tanto que, incluso, los y las
poetas han de escribir una novela si quieren sobrevivir en el mercado editorial, tener
visibilidad o poder de decisión.
Para el análisis de la novela que se propone en este trabajo (aquella escrita por escritores
y escritoras nacidas entre 1974-1984 y publicadas, sobre todo, partir del año 1998) considero
importante sentar algunos puntos de partida. Primero, el análisis fundamental e irrefutable del
contexto sociohistórico de esa España que vio nacer y crecer a esos escritores (en adelante, se
utilizará el masculino académico en atención a los criterios de la Real Academia de la Lengua
Española), decir, la de mediados de los setenta hasta finales de los noventa. Esa España era un
lugar de sueños por construir y, luego, en construcción gracias, entre otros factores, a la
llamada burbuja inmobiliaria. Segundo, que este análisis del contexto sociohistórico ha de
hacerse de manera diacrónica, es decir, ha de dársele seguimiento en cuanto progresión de ese
mismo país, de esos mismos individuos y, sobre todo de esa misma construcción nacional
hasta, digamos, la década de los 2000. Usando una metáfora, supongamos que en la primera
etapa del periodo a estudiar se sembró una semilla, se regó, se le pusieron música y
fertilizantes; la plantita creció protegida, en un entorno artificial. La segunda parte del
proceso, y en esto radica la tesis que aquí presento, se trata del experimento con la planta
llevada al exterior, al aire. Si primero el sujeto estuvo en un ambiente controlado y protegido,
en la segunda fase, el aire fue tan duro, un vendaval, que acabó por llevarse los plásticos del
invernadero. La plantita, entonces, resistió como pudo porque, en un ambiente controlado,
feliz, no hacía falta que desarrollara su capacidad de adaptación, muchos menos de
resiliencia.
En la progresión analítica que propongo, se sienta el terreno para analizar a los autores,
las plantitas, como sujetos, juez y parte, de las obras que producen. Así, esta tesis pasa a su
tercera parte: la respuesta, reacción, que esos sujetos, como parte de un país e imaginario
concreto, con una cultura que los define y los conforma, se enfrentan a la realidad, al
vendaval, no solo en sus obras, sino en el propio sistema social y literario en el que se
insertan. Es decir, se analizan sus comportamientos públicos no solo como autores, sino en
relación con los objetos culturales que producen.
A lo largo del trabajo se dialoga con distintos teóricos, no solo literarios, sino también
sociales y culturales. Entre ellos, con los que han estudiado eso que se llama “novelas de la
crisis” (al calor los cambios suscitados a partir de la crisis de 2008). Se han leído y retomado
con especial interés los trabajos de Pablo Valdivia (2016), autor cuya panorámica de las
13
novelas de crisis persigue reflexiones sociohistóricas de ese hecho en la literatura española. El
énfasis en Valdivia se basa en su objetivo crítico de que estas obras son un corpus narrativo
peculiar de la época, que otorga datos sobre los individuos que la habitaron.
Con Valdivia se coincide en que el estudio de las novelas de la crisis, es complejo y
poliédrico (Valdivia, 2016, 20), en el caso de esta tesis se debe a que, para ello han de
tomarse en cuenta distintas disciplinas como la sociología, la antropología o la economía. Es
decir, la comprensión de las novelas de la crisis escritas por la Generación de la Abundancia,
debe establecerse en un contexto social amplio, complejo y poliédrico. A su vez, Valdivia,
retoma de De Man (1983), Bauman y Bordoni (2014), una idea-fuerza con la que se rebate
una y otra vez a lo largo de estas páginas: es que esta crisis, como las anteriores, “constituye,
además, una crisis simbólica” (2016, 21) y añade que la crisis “también implica una
posibilidad de ruptura, de renovación y de reconsideración de aquellas estructuras sociales,
económicas, políticas y culturales hegemónicas hasta el momento, cuya fractura dispara la
construcción alternativa de esquemas ideológicos y de mecanismos intelectuales y simbólicos
con lo que operamos de manera colectiva e individual”. Es aquí donde comienza mi
verdadera interlocución con Valdivia, porque a pesar de que da a la novela de crisis un
carácter de “complacencia quejumbrosa” (2016, 31), la supone como constructor de una
nueva cultura y de nuevas representaciones (aquí retoma a Ostrom, 2005). Sin embargo, en
esta tesis se sostiene justo lo contrario: que el efecto de la crisis de 2008 en la novela española
es, en efecto, una complacencia quejumbrosa pero por volver al estado anterior, inicial en la
vida de los escritores de la Abundancia: el Estado de bienestar y de la socialdemocracia, ese
capitalismo bueno con rostro humano en el que la meritocracia y la igualdad de oportunidades
parecían existir y, ya no se diga el imaginario de la clase media.
Este trabajo, afirma que los autores no persiguen una renovación ante el sistema que ha
demostrado su caducidad, sino volver, insertarse como sea, para recoger de él, las últimas
gotas de su esplendor y bienestar. Las novelas, en su complacencia quejumbrosa, son un
lamento constante a ese mundo que se ha acabado y del que no han alcanzado a recibir casi
nada en su vida adulta.
Así, llegamos a otra de las ideas clave de Valdivia: el desheredo. Recojo el concepto
porque coincide con los planeamientos-fuerza detrás de mi exposición. La complacencia
quejumbrosa de las novelas de la crisis, radican en la idea de Españistown, un espejismo
construido sobre palillos chinos, que, en su esplendor, esos escritores pretendieron heredar.
Desheredados de bienes, no solo económicos, sino de aquellos que dejaba tras de sí el Estado
de bienestar (trabajo y vivienda, sobre todo), los autores, desheredados, escriben novelas
complacientes a su responsabilidad en el sistema, ninguna, y quejumbrosos del mundo que ya
no van a gozar1. Porque lo que este trabajo plantea, a largo de tres partes y nueve capítulos, es
que todos los escritores de la Generación de la Abundancia son producto de su país y su
educación, de sus proceso históricos y económicos, que responden como su propia cultura les
ha inculcado y enseñado: complacientes y quejumbrosos. Son hijos no de su tiempo, sino del
tiempo que los crio. El problema de base, como personas que escriben y que al mismo tiempo
1
Aparte queda, para un estudio antropológico, la importancia que la herencia tienen en la sociedad española como base
fundamental en la construcción de medio de vida futura, no tanto como patrimonio. La herencia, dicho sea de paso, es
uno de los grandes temas de análisis antrpológico.
14
son parte de la ciudadanía, es pensar que ese tiempo deba continuar y existir, que el pasado
deba permanecer tal cual lo recuerdan. Por tanto, se pone sobre la mesa el tema de la
responsabilidad individual, y colectiva en su conjunto, en la construcción de un país que ha
agotado un modelo económico, social y cultural, que ha llegado a la crisis simbólica, como
retoma Valdivia.
La crisis no se solventa volviendo al pasado, a la España de los 80 y 90, aquella
creciendo a base de industria inmobiliaria, de ajustes estructurales para acceder a la Unión
Europea, de la democracia que trajo consigo una apertura al consumo sin precedentes. Esta es
la crisis simbólica que, a mi parecer, ni la ciudadanía ni quienes escriben nacidos entre
1974-1984, los Españiskids, se han cuestionado de manera profunda y real. No se han
planteado que otra sociedad pueda ser posible porque ello requeriría, por su parte, sacrificios,
ni iPhone ni mucho menos, un nuevo modelo editorial. La complacencia quejumbrosa es más
sencilla, menos comprometida.
15
Españiskids todos, su crianza, formas de ver el mundo, el trabajo, y, sobre
todo, los derechos y placeres, germina sobre una promesa: que el esfuerzo
invertido en la formación (solo en ella) deparará un futuro desahogado. Sin
embargo, estos Españiskids, como se verá a lo largo del trabajo, no fueron
inoculados, como sí lo fueron con otras ideas, con la adaptación ni con la
resiliencia que son, al fin, formas de afrontar las contingencias. La
tolerancia a la frustración y la búsqueda de alternativas son las grandes
ausentes en esta generación, cuya educación se cimentó sobre
conocimientos poco profundos y muchas habilidades. Para ahondar al
respecto, se toma la obra de la escritora María Laura Espido Freire, Espido
Freire, cuya biografía y producción literaria dan cuenta del contexto no solo
personal sino histórico, en un capítulo titulado Cuando los hijos del obrero
llegan a la universidad y se vuelven mileuristas. Asimismo, en sintonía con
el momento histórico del que se habla y de la subgeneración de la que se
habla (esa nacida a mediados de los setenta), se analiza otro caso: el del
escritor argentino afincado en España, Andrés Neuman. Éste representa la
apertura que, debido a la percepción (en cierto sentido, justificada) de la
Abundancia, Españistown tuvo hacia la inmigración. Aunque en su mayoría
sudamericana y centrada en trabajo doméstico y servicios, Neuman
representa la otra inmigración, en el capítulo Inmigrantes de primera y
luego, los demás.
16
❖ Tercera parte: ya en la recta final, hacia las Conclusiones, se analizan las
respuestas que los escritores de la Abundancia, han tenido ante la debacle de
Españistown en su doble papel, de autores y Españiskids. La caída del
mundo ideal, donde la socialdemocracia existía y el Estado de bienestar era
capaz de proteger casi sin límites se enfrenta a la realidad, y ese mundo deja
de llamarse Españistown para llamarse, otra vez, España. En lo personal y
en lo profesional se observan sus estrategias, por ejemplo, la de Cristina
Morales, que en una suerte de Espido Freire anarquista, ha creado otro
personaje literario inexistente en la novela nacional, sobre todo la escrita
por mujeres. En El cabreo y las grietas del sistema se observa que Morales,
por un lado, es el prototipo de la frustración, el enojo y la decepción
Españiskid ante el sistema del que apenas ha probado los posos; por otro,
muestra una voluntad estratégica y premeditada por aprovecharlos (becas
autonómicas, premios nacionales, estancias nacionales y en el extranjero).
Más aún muestra su objetivo por colarse dentro del sistema anterior, ese
ViejoMundo que agoniza junto a Españistown, el de la industria editorial.
Para finalizar, baste añadir que este trabajo se ha construido sobre ciertos
factores que, a mi entender, son fundamentales en el rigor de cualquier
análisis relacionado con las ciencias sociales. Primero, que existiera un
número igual de escritores y de escritoras representados en el trabajo
(paridad de género); segundo, que se mostrara una variedad regional
española (aunque predominan los autores nacidos o afincados en el sur —si
bien, no todos radican ahí—, se intentó incluir otros puntos cardinales) y,
tercero, que su corpus publicado estuviera incluido dentro de editoriales
reconocibles/reconocidas ya fueran de grandes grupos editoriales o
independientes.
Finalmente, y como corolario, anotar que, aunque se ha intentado dar a este texto una
narrativa en lenguaje y tono no sexista, se ha tenido que optar por el masculino genérico
a fin de dar fluidez a la lectura. Como feminista, de antemano, una honda disculpa.
17
MARCO TEÓRICO:
HERRAMIENTAS DE ANÁLISIS
DE LA NOVELA ESPAÑOLA ACTUAL
Imaginemos que un día aparece ante nosotros un rompecabezas con las piezas separadas y
desfragmentadas. A priori, se parecen, tienen tonos similares: no extraña que se encuentren en
la misma caja. Las piezas son ideología, compromiso, intelectual, sociedad, contexto,
entorno, expectativas, supervivencia, literatura, educación. Todas las piezas parecen poder
funcionar juntas, pero falta otra que, en definitiva, las relacione. Aunque ya existen autores
que relacionan ideología y literatura (Rodríguez 1974, 1984, 2002), para esta tesis la pieza de
convergencia es la sociología, que permite analizar, por ejemplo, que si la ideología es una
forma de ver el mundo, no debe tratarse como un microorganismo unicelular que se produce
por sí mismo, sino que necesita un entorno adecuado, unas condiciones específicas para
reproducirse (también en Rodríguez 2002). Del mismo modo, el entorno, como lugar físico o
inmaterial, no surge por creación divina: se trata de un proceso de adaptación, evolución y
transformación de distintas condiciones, desde biológicas hasta sociales. Entonces, si
conjuntamos ideología y entorno, la pieza “educación” podría servir como pegamento pues,
como individuos, el entorno nos provee de un aparato de ideas y creencias con las que nos
movemos en un algo mucho más grande: la sociedad.
En España el estudio social de la literatura ha tenido cierta tradición (Maravall, 1948,
1964, 1972, 1986; Ollero, 1983; Tierno Galván, 1961, 1974, 1977; Rodríguez, 1974;
González García, 1989, 1992; García Alonso, 1995; Gil Villegas, 1996; Rodríguez Morató,
1997; Ramos, 1999; Martínez Sahuquillo, 2001; Ribes, 2007; Romero Ramos y Santoro
Domingo, 2007). Es Ortega y Gasset quien se aproxima a la idea general del estudio de la
literatura en convergencia sincrónica, diacrónica, social y de pensamiento con la siguiente
afirmación: “cada época trae consigo una interpretación radical del hombre (y) por esto, cada
época prefiere un determinado género literario”. Años después Juan Carlos Rodríguez
añadiría que “la literatura no ha existido siempre” pues en tanto se trata de un producto
ideológico la literatura, y como la entendemos hoy, es fruto del nacimiento de la burguesía
(Rodríguez, 1974; Campos F.-Figares, 2022).
La sociología de la literatura, subdisciplina que no ha terminado de posicionarse,
funciona como paraguas de conceptos emparentados, pero que muestran cierta dificultad para
sentarlos en una mesa común. Más allá de la forma en que ha ido tomando solidez (Coser,
1963; Laurenson y Swingewood, 1971; Becker, 1982; Williams, 1983; Eagleton, 1988;
Goldman, 1988; Lukács, 1989, 1999; Escarpit, 1991; Rogers, 1991; González García, 1989;
Bourdieu, 1993, 1995, 2005; Griswold, 1993; García Alonso, 1995; Rodríguez Morató, 1997;
Sapiro, 1999; Zolberg, 2002; Ribes, 2007), en España se ha planteado una aproximación que
engarza dos acercamientos: el “internalista” y el “externalista” (Romero Ramos y Santoro
Domingo, 2007), detallados a continuación.
La sociología de la literatura puede definirse como “la rama de la sociología que estudia la
determinación social de las obras literarias, así como las interrelaciones entre literatura y
sociedad” (Romero Ramos y Santoro Domingo, 2007, 198). Centra su atención en las
relaciones entre una obra, su público y la estructura social en que ha sido producida y
21
recibida; trata de explicar la emergencia de una obra de arte en un contexto social concreto, y
los modos en que la imaginación y la creatividad de un escritor es determinada por las
tradiciones culturales y relaciones sociales. Por tanto, la sociología de la literatura pretende
utilizar las obras literarias para comprender a la sociedad (Coser, 1963: 4); mientras que,
desde los estudios literarios, se intenta entender la literatura a través del conocimiento y
puesta en valor de los momentos históricos en que se produce (Rodríguez, 2002).
El origen de la sociología de la literatura se puede localizar en la obra de Lukács La
teoría de la novela (1920). Por su parte, integrantes de la Escuela de Frankfurt como Leo
Lowenthal también iniciaron su formación para el estudio social de la literatura en la segunda
década del siglo XX. Al menos en el caso español, aún queda por definir qué debe hacer la
sociología de la literatura, cuál ha de ser su programa de investigación y qué medios debe
utilizar para ello.
Sin embargo, las bases, en general, parecen claramente establecidas: la escuela francesa
(Escarpit, Althusser, Bourdieu) y la escuela anglosajona (Williams, Becker). En este sentido,
durante los ochenta, los anglosajones, se acercaron a los estudios culturales (teorías de
comunicación de masas, estudios feministas, posmodernismo). El debate estaba entre la
clásica teoría literaria y el enfoque estrictamente sociológico porque mientras la primera
valoraba estéticamente la obra prestando atención a los libros, al texto en sí mismo y a las
figuras del escritor y el lector, desde una perspectiva sociológica (y marcadamente
economicista), el objeto de estudio eran las instituciones literarias, los canales de producción
y distribución de las obras y sus pautas de consumo, es decir, el libro como objeto económico
y cultural (Romero Ramos y Santoro Domingo, 2007, 200).
Autores como Griswold, Ferguson y Desan afirman que la corriente teórica que dio
impulso definitivo a la sociología de la literatura fue el marxismo con Lukács, Goldmann y
Althusser (franceses), J.C. Rodríguez (español), hasta llegar a Eagleton con el concepto de
modo de producción literario. Autores como Goldmann vincularon ambas corrientes pues, al
hallarse teóricamente en el estructuralismo, se alineaba más a las corrientes filosóficas e
interpretativas de la sociología francesa. La aproximación “internalista”, se centra, pues, en el
contenido de las obras con una fuerte base teórica e idealista, buscando dentro de los libros
un reflejo de la sociedad y sus dinámicas en un momento concreto. Se aproxima a la
sociología del conocimiento e, incluso, a la historia de las ideas y la cultura. Para Coser
(1989), el sociólogo no podía renunciar al material (al conocimiento) que la literatura le
proporcionaba, pero para entender el mensaje de la literatura, el sociólogo debía decodificarlo
atendiendo al contexto social y al marco de relaciones en que la obra literaria había sido
creada.
En los ochenta, Raymond Williams adaptó al modelo marxista una metáfora exitosa: la
del espejo, donde la literatura reflejaba a la sociedad de su época. A finales de la década,
Pierre Bourdieu añadió que no solo había que atender al espejo (el texto) sino también al
marco (las instituciones) y a los “demonios” (subjetividad del lector y el escritor) porque el
espejo no solo reflejaba, sino que también refractaba. Autores como Wendy Griswold,
además, se centraron en el lector como un nuevo pilar de acercamiento sociológico a la
literatura, pues era él (o ella) quien “otorga de significado y sentido” a las obras y producía un
giro analítico desde las “clases sociales” a las “clases textuales” o estructuras de grupos de
22
lectores2 (Griswold, 1993, 456). Finalmente, Mary F. Rogers (1991) estableció una relación
de análisis que implicó la dicotomía ¿desde dónde se escribe? y ¿desde dónde se lee?
Como puede verse, la vertebración marxista tanto de una como de otra corriente es
evidente. Llama la atención que todos los teóricos expuestos estudiaron textos y autores
consagrados, mainstream porque, a su juicio, su importancia e influencia cultural estaba
demostrada: desde Max Weber pasando por Thoman Mann o, en el caso ibérico, Cervantes3.
En general, el marxismo de la escuela francesa trató de detectar la coherencia entre unas
determinadas estructuras literarias presentes en las obras que se estudiaban, la visión del
mundo emanada de una clase social y una configuración sociohistórica concreta (Romero
Ramos y Santoro Domingo, 2007, 202 y 205). Robert Escarpit propulsó un estudio empírico
del libro y de los circuitos de la literatura en la sociedad actual, entendiendo la literatura como
fenómeno de comunicación social:
2
En este sentido, Griswold (1993) es doblemente interesante porque ya provee escenarios de análisis que resultan
actuales: 1. Literatura e identidad colectiva, 2. Redescubrimiento del autor a partir de su intencionalidad y 3. Análisis de
las relaciones entre literatura y nuevos medios de difusión cultural, algunos de los cuales, al menos de manera
tangencial, son tratados en este trabajo.
3
Revisar, también, de Juan Carlos Rodríguez El escritor que compró su propio libro. Para leer el Quijote (2003) y La
literatura del pobre (1994).
4
Escarpit realizó una aproximación interesante que se hallaba cercana a la tradición sociológica estadounidense
descriptiva y práctica. Por tanto, las estadísticas y la economía del libro eran herramientas básicas de investigación
(Romero Ramos y Santoro Domingo, 2007, 206).
23
ido sufriendo a escala local, se constituyen, para Bourdieu, como el objeto de investigación de
la sociología de la literatura.
Los estudios se basan en análisis de obras o autores de canon histórico, ergo, de las
instituciones que conceden legitimidad a esas obras o autores (academias, universidades,
premios). Según Bourdieu, la crítica es al mismo tiempo performativa e interpretativa,
diferente y enfrentada en distintas facciones, compite por establecer cuál debe ser la norma
constitutiva en el campo literario y actuaba de intermediaria entre escritores y público.
En España, ambas posiciones han estado representadas en dos trabajos. Por un lado, La
máquina burocrática de José María González García (1989) y, por otro, La problemática
profesional de los escritores y traductores de Arturo Rodríguez Morató (1997). La primera,
trata de tomar a la literatura como un interlocutor válido de la sociología para explicar la
realidad social, mientras la segunda pretende dar a conocer la situación objetiva de los
profesionales vinculados a la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña, proponiendo
recomendaciones para su mejora (Romero Ramos y Santoro Domingo, 2007, 215). Hoy en
día, atendiendo a la realidad socioeconómica del campo, ambas posiciones son
complementarias porque, como ya observaba Bourdieu en los noventa, hay una pugna entre
las dos vertientes del campo literario, la economicista y la que defiende el arte puro. Mientras
una postura toma como objeto de estudio a los libros en su interior (personajes, códigos,
metáforas, etc.), la otra se acerca al libro como objeto de mercado, exterior (sus lógicas de
producción, situación de los escritores en la estructura social, la sociología de los críticos,
modos de consumo). Queda claro que la toma de posición literaria es una toma de posición
social.
El uso del término compromiso se ensarta en una ideología contemporánea del arte: la figura
del escritor y del artista como intelectual comprometido. En su momento, Sartre y Zola se
enfrentaban a vanguardias formalistas que defendían “el arte por el arte” como Baudelaire o
Duchamp. El debate del concepto se relaciona con el condicionante sociohistórico, y, por
tanto, tiene distintitas interpretaciones. Hablar de compromiso supone hablar de ideales, y
aunque hoy en día se consideren moralistas y emocionales, pueden no hallar cabida en una
sociedad amparada en la razón, la objetividad y la lógica.
En España la vanguardia literaria no se encontraba sólo en las formas, sino en las ideas
del intelectual con el cambio político y social (Díaz Fernández, 1930 en Vilches-De Frutos,
2019). El compromiso, como idea y convicción entró en conflicto cuando se estableció la
confusión más recurrente desde entonces: que compromiso, ideología y política eran la misma
cosa.
Aunque en España los debates entre Literatura comprometida y Literatura pura, se
relaciona más a la poesía que a la narrativa, las palabras de la literatura comprometida de los
50 eran “acciones”, “luchas”, “masas”, “desarrollo”, “oligarquía”, “monopolios”,
“recrudecimiento”, “avance” (Martínez Menchén, 1992, 36). La idea de compromiso en la
24
literatura estaba delineada por la resistencia al régimen, por lo que la novela social comenzó a
considerarse panfletaria, proselitista y sin mucho valor literario.
Pareciera que las olas literarias (novela social, realismo social, social-realismo), se
relacionan con lo que los escritores observaron, en su entorno y que se quedaría grabado en su
impronta. Esta situación podría inferirse al revisar las cronologías de nacimiento, infancia y
adolescencia de los escritores nacidos principios del siglo XX quienes vivieron el fin de la
Guerra civil, el exilio, la Segunda Guerra Mundial y toda la precariedad y miseria económica
junto con el aislamiento cultural que generó.
Por esta razón es necesario entender los valores que, como generación, los motivaron,
los movieron. Lo mismo para las generaciones subsiguientes.
A pesar de que los datos económicos resultan claros respecto a progresión de la economía
española (la gran crisis de los noventa, por ejemplo, con tasas de desempleo del más del 20%,
de la cual se hablará más adelante) la Abundancia, ese jarrón chino, idealizado, que se
despedazó al llegar la crisis del 2008, rompió, también, una forma de ver el mundo, un
imaginario colectivo que se pensaba real. Más allá de una crisis económica, la caída de la
abundancia se enmarca en una crisis simbólica. No solo porque los antiguos imaginarios y
deber ser se hayan desmoronado, sino que la Abundancia, ya llevaba una serie de parches
sobre temas que siempre habían estado en conflicto (Bauman y Bordoni, 2014), por ejemplo,
la permanencia del franquismo y sus valores en la sociedad española.
En ese entramado, la crisis puede ser vista, más allá de las tragedias personales y
colectivas, como una oportunidad de replantearse el mundo hasta antes de la ruptura, de
cuestionar el orden hegemónico —de manera real—, de renovación de esas estructuras que
generaron la propia crisis. Es decir, la crisis, como una oportunidad de reflexión.
Los ochenta en España fueron una época de cambios, esperanzas y posibilidades donde
sucedían dos movimientos contradictorios: mientras los números de la economía española
iban, aumentaban los ajustes para poder integrarse a la Comunidad Económica Europea.
Después de 40 años de dictadura y autarquía, el país estaba nuevo, a estrenar. Sin embargo, ya
los noventa fueron otra cosa, ni revolución, ni alegría, ni prosperidad. La segunda gran crisis
económica (antes de LA definitiva) llegó después del alivio económico que supusieron las
celebraciones del ‘92 (V Centenario, Expo, Olimpiadas) y, a pesar de la inyección de recursos
por parte de Europa, el país no tiró por sí mismo. Al pisar el año 2000, esos jóvenes criados
en los ochenta, que habían gozado de todo lo bueno, se enfrentaron con un futuro incierto.
Mientras el crecimiento español se basaba, entre otros factores, en el desarrollo desmesurado
de la construcción, las expectativas también lo hacían, fundadas, sobre todo, en la idea de
propiedad como medida de ascenso social y económico. En la década del 2000, la vivienda
era el bien más jugoso, la inversión vital por excelencia.
Ante la desaceleración internacional de la economía, la Tercera Vía (1999), extendió la
idea de aplicar una política socialdemócrata en un contexto de liberalización económica y de
redistribución a través de los mercados financieros internacionales. Según algunos analistas, a
25
partir de este momento, las políticas de izquierda y derecha comenzaron a parecerse
(Lafontaine, 2000: 118). A finales de los noventa e inicios del 2000, cuando se liberalizaron
los tipos de cambio y el capital financiero especuló contra determinadas divisas y, con ello,
contra determinadas economías, la liberalización animó al movimiento de capitales y a la no
estabilización regulada de los tipos de cambio, evadiendo el trabajo de los gobiernos en la
regulación. Entonces, comenzó la era del dominio total de los mercados financieros y de las
políticas social-liberales. Se defendió la flexibilidad en el mercado de trabajo, el capital y los
bienes; las empresas no debían verse asfixiadas por las regulaciones; el pleno empleo dejó de
ser accesible y el término emprendedor comenzó a ser recurrente. En la Tercera Vía se instó
por la reducción de las prestaciones sociales y el achicamiento del Estado de bienestar
(Giddens, 1999).
La generación criada en los ochenta, a pesar de su formación, experiencia, habilidades y
conocimientos, no sumó un grupo de resistencia sólido como para plasmar su forma de
transformar el mundo; no aprovecharon su capacidad de generar redes, de explotar su capital
social y cultural: la generación perdida después de tanto empeño e inversión puesta en ella.
Una de las aproximaciones iniciales que el sujeto tiene con el mundo es a través de la escuela
que, junto a la educación en el interior del grupo doméstico, habrá de cincelar la postura y
toma de decisiones de jóvenes, adultos del futuro. Hablar de literatura es hablar de modelo
educativo (Sánchez García, 2019). Así, en 1980 se firmó la primera ley educativa aprobada en
democracia y la primera en materia educativa desde la Constitución de 1978: la Ley Orgánica
por la que se regula el Estatuto de Centros Escolares (LOECE). Aunque no llegó a ejecutarse,
con la llegada del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) al gobierno de España se buscó
un modelo que mirara más a Europa (Ramiro Roca, 2003, 32).
26
de padres y alumnos de colegios privados y, por otro lado, de sindicatos y representantes de
centros educativos que exigían una mayor atención a la educación pública (Sancho Aguilar,
s.f.:, 14).
En 1990, la Ley Orgánica de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE)
acabó con el sistema de EGB y BUP de la LGE y estableció los ciclos formativos de
Educación Infantil (0 a 6 años), Educación Primaria (6 a 12 años), Educación Secundaria
Obligatoria -ESO- (de 12 a 16 años) y Bachillerato. Esta última etapa, además, se estableció
como ciclo no obligatorio (de los 16 a los 18 años); sin embargo, se estableció la escolaridad
obligatoria hasta los 16 años o la reducción de las ratios por aula, de 40 a 25 alumnos. En
1995, Ley Orgánica de Participación, Evaluación y Gobierno de los Centros Docentes
(LOPEG) supuso un complemento a la LOGSE en la que, a la par de otorgar mayor
autonomía a los centros escolares para su organización y gestión, obligó a admitir, de forma
preferente, a alumnos procedentes de minorías sociales.
Como puede verse, al menos de reojo, una de las ideas transversales dentro de las
reformas educativas, al menos en su intencionalidad jurídica, era establecer uno de los
principios de la nueva etapa democrática: el de igualdad de oportunidades. De ahí que junto la
efervescencia social y los logros a corto plazo (como el acceso al consumo), e, incluso, el
asentamiento ideológico por medio de los manuales escolares de la época (Milito Barone,
2009), se estableciera la premisa de la meritocracia como forma de ascenso social.
27
PRIMERA PARTE:
Según el portal Statista, en el 2020, los diez libros más vendidos de España fueron novelas
con más de ochocientos mil ejemplares5. Más allá de la temática de cada una de las novelas,
de su construcción formal, del lenguaje que usan o del tipo de lector al que van dirigidas, la
pregunta para mí sería, ¿por qué en España se leen novelas de manera primordial y no, por
ejemplo, libros de relatos? ¿Se trata de una tendencia nacional o es similar a lo que ocurre en
otros países? ¿Esta tendencia es promovida desde la propia industria editorial?
A todas estas preguntas, tengo argumentos y opiniones, pero no respuestas; sin
embargo, los números son objetivos: en 2020, en España, se compararon casi un millón de
novelas, sin mencionar, claro, las que no aparecen en este ranking.
Siendo la novela el medio de transmisión literaria más vendido y al parecer, dinámico
(casi un millón de pares de ojos dejaron un tiempo en ellas), ¿puede ser la literatura un
vehículo de cambio social o, al menos, que permita reflexionar de manera crítica sobre la
realidad que nos rodea? ¿Sería la novela un medio para ello, o simplemente cumple sus
funciones dentro de la industria del ocio situando sus tramas en lugares convulsos y
desiguales como si de una escenografía se tratara?
Para muchos autores la novela, como expresión sociocultural, se sostiene por sí misma
por su repercusión social como género, pues elabora un mapa cognitivo de nuestro “mundo
real”, de nuestros desafíos sociales, individuales y colectivos, produciendo espacios
alternativos, imaginarios y materiales (Zunshine, 2015). Para otros autores, incluso, la novela
puede construir la realidad como un “artefacto cultural” (Habermas, 1989).
En el caso de España, un recorrido a su producción novelística refleja sus progresiones
culturales, desde la influencia externa hasta la búsqueda de una voz propia, esa que quiso
reflejar la realidad social del momento pero que, pasado su furor, se olvidó de ella. No será
hasta la novela de crisis que cierto tipo de reivindicaciones sociales volverán a la narrativa de
manos de los jóvenes de esa época, la Generación de la Abundancia.
5
Ver: https://es.statista.com/estadisticas/808007/ranking-de-los-libros-mas-vendidos-espana/
31
Todos estos son momentos que definieron, sin duda, la forma en que los novelistas
comprendieron y plasmaron el mundo que les tocó vivir.
1.1.2. La novela y la Dictadura (1939-1975): posguerra, realismo social y renovación del lenguaje
La posguerra española (1939-1945) fue, al interior del país, un periodo de hambre, miseria y
represión política para la gran mayoría de la población y, hacia el exterior, de aislamiento que
terminaría en autarquía.
Hablar de la novela en este momento sociohistórico supone hablar de “realismo de
tendencia existencialista” (Ortega, s/f: 217) donde existieron tres enfoques separados, cada
uno a su aire y contando su historia. Aunque dos de ellos están como emparentados, el otro es
la versión oficial, aceptada por obligación. En general, todos se ignoran y cada uno va lo suyo
porque después del 1939 y hasta 1950, aproximadamente y por temporalizar, la novela
española se dividió entre los que se quedaron y que, a su vez, se mostraban afines al régimen,
los que lo criticaban veladamente revelaban las condiciones de miseria de la población, y por
último los que se fueron, es decir, los exiliados de izquierda. Tanto los críticos como los
exiliados podían tener raíces comunes, pero, al final, vivían dos realidades distintas.
Al interior de España, la autarquía cultural se notaba en el aislamiento que el país tenía
respecto a otras ideas y literatura en general. Autores como Proust, Kafka, Joyce o Faulkner
eran desconocidos para el lector español porque el régimen privilegiaba la literatura de
evasión o aquella con los valores le interesara potenciar (Martínez Menchén, 1992, 101-102).
Para el franquismo, la cultura servía como propaganda y la novela comprometida debía
mostrar las virtudes del régimen. El lector debía identificarse con los vencedores a través de
la exaltación del patriotismo, el compañerismo, la capacidad de sufrimiento y la virilidad. En
una óptica maniquea, de lo bueno y lo malo, de lo blanco y de lo negro, algunas novelas
paradigmáticas de esta visión fueron Se ha ocupado el kilómetro 6 (Cecilio Benítez de
Castro), La fiel infantería (Rafael García Serrano), La paz empieza nunca (Emilio Romero),
la trilogía La forja de un rebelde (Arturo Barea) o la trilogía Los cipreses creen en Dios, Un
millón de muertos, Ha estallado la paz (José María Gironella).
Otras novelas, criticaron y esquivaron la censura a través de formas propias de la novela
del siglo XIX (costumbrismo y realismo decimonónico, picaresca, galdosiano), por ejemplo,
Almudena (Ledesma Miranda), Marcos Villarí (Bartolomé Sole), ¡Ay estos hijos…!, El
supremo bien, Las ratas del barco y Esta oscura desbandada (Juan Antonio Zunzunegui), la
tetralogía La ceniza fue árbol (Mariona Rubull, El viudo Rius, Desiderio y 19 de julio)
(Ignacio Agustí) y Lola, espejo oscuro (Darío Fernández Flores).
Otros novelistas como Ramón Gómez de la Serna (El hombre perdido Automoribunda,
Las Tres Gracias), Tono (Diario de un niño, Los caballeros las prefieren castañas), Álvaro de
la Iglesia (Un náufrago en la sopa, El baúl de los cadáveres, Solo se mueren los tontos) o
Rafael Azcona (Vida del repelente niño Vicente, Niño, los muertos no te tocan) encontraron
en el humor, a veces exacerbado al absurdo, su forma de salvar las restricciones de la censura.
La otra moneda, que no cara, de esta oferta literaria se dio a partir de 1942. La
publicación de La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, supuso la primera gran
32
ruptura con las formas novelísticas de la España de la posguerra al reflejar, sin fisuras, la
miseria, la opresión y la ignorancia rural en una suerte de destino inamovible, eterno, cíclico.
La segunda fue en 1945, con Carmen Laforet, quien en Nada describió la miseria cotidiana de
la posguerra y el ambiente opresor de la España de entonces. Ambas novelas presentan el
existencialismo de la época como una forma de indagar en la situación del país (Martínez
Menchén, 1992, 107).
A finales de 1940 un autor nuevo, Miguel Delibes, publicó dos novelas que conectaron
con la sensibilidad de la realidad social existente: La sombra del ciprés es alargada (1948,
Premio Nadal 1947) y Aún es de día (1949). A partir de entonces, la narrativa social, se usó
como el medio de acción política por el cual los escritores contrarios al régimen y a su
discurso buscaban concienciar a la población. Con él se inauguró una nueva tendencia en
España, la del realismo social y con ella, sintonía, de fondo, del compromiso con la sociedad.
La década de 1950 tiene en los novelistas y sus obras, la impronta macerada de la realidad
social que observaron en la primera mitad del siglo XX. Esos escritores se centraron en
dramas de entonces, porque la miseria pervivía en el campo, en la ciudad, y generaba seres
miserables, desesperados, embrutecidos.
El realismo social se configuró como la expresión de un conjunto de autores con una
postura literaria y cívico-política en un contexto en el que la Guerra Fría, los tratados con
Estado Unidos o cierta flexibilidad desde el régimen permitieron cierta apertura cultural6.
Surgieron, incluso, revistas universitarias como La Hora, Laye, Acento Cultural, Revista
Española, donde debutaron nuevos autores del realismo social (Martínez Menchén, 1992,
108, 109).
No es hasta el quinquenio de 1957-1962 que el realismo social cobró auge gracias a El
Jarama (1955, Premio Nadal), de Rafael Sánchez Ferlosio, aunque eso sí, los críticos
consideran Los Bravos (1954), de Jesús Fernández Santos, como la iniciadora de la novela
social (Martínez Menchén, 1992, 122). Con estas dos obras, se abrió la veta a la reflexión
intelectual, moral e ideológica sobre el país, tarea necesaria para posterior intervención y
cambio político (García Montero, 2003: 42). Sus autores eran jóvenes que habían vivido su
niñez y temprana adolescencia durante la Guerra Civil, que habían ido desarrollando
conciencia de la injusticia de la España de la época.
La crítica social aparece en casi todas las novelas, que, a su vez, muestran otro enfoque:
simpatía por los vencidos, en contraposición a la novela oficial, la del patriotismo y la
virilidad de la lucha armada. La novela de estos jóvenes autores se construye so consigna de
mostrar, con el mayor realismo posible, la vida de los obreros (esa horda de embrutecidos de
la década anterior), para investirlos de humanidad describiendo sus acciones para que ellas
definan al individuo frente al lector, reproduciendo diálogos y evitando cualquier
6
La llegada de los tecnócratas al poder permitió otras expresiones sociales como el movimiento estudiantil de 1956 y las
primeras huelgas en oposición al régimen, lo que propició la existencia de un mercado cultural distinto al de la década
anterior.
33
introspección o comentario propio del narrador/autor-dios (conductismo). La novela de
realismo social muestra su militancia y compromiso a través de personajes venidos del pueblo
a la ciudad, mostrando los contrastes entre una realidad y la otra, sobre todo, en el rápido
proceso de urbanización donde pervivía el imaginario social la provincia (Martínez Menchén,
1992, 20, 111).
En la novela social ya se advierten las influencias de Hemingway, Dashiell Hammet,
Styron, Truman Capote, Carson McCullers y se identifican dos grandes grupos a través de dos
revistas: la Revista Española, en Madrid y la revista Laye, en Barcelona. En Madrid, estaban
Ignacio Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio, Jesús Fernández Santos y Carmen Martín Gaite y
en Barcelona, los hermanos Goytisolo y Carlos Barral.
También se habla de dos tipos de novela: la obrerista, donde el protagonista era el
proletario explotado por las clases dominantes (Central eléctrica, de Jesús López Pachecho;
La mina, de Armando Salinas; La zanja, de Alfonso Grosso; Lauro Olmo, Ayer, 27 de
octubre; Antonio Ferres, La piqueta y Los Vencidos; El sol amargo y La patria y el pan, de
Ramón Nieto) y la novela crítica burguesa, cuyo protagonista es la burguesía parásita, egoísta
y enajenada de juventud vacía y sin horizontes que, en algunos casos llega a tener escarceos
revolucionarios en una clara autocrítica de clase, de élite criticando a la élite: Juan García
Hortelano, Nuevas amistades, Encerrados con un solo juguete y La otra cara de la luna; La
isla, de Juan Goytisolo; Las mismas palabras, Luis Goytisolo; Ramón Nieto, La fiebre y Vía
muerta; Últimas tardes con Teresa, Juan Marsé.
La reacción a la novela social fue la llamada novela intelectual (García Viñó, La novela
española actual) iniciada por un grupo de novelistas que, por su bagaje cultural, una
preocupación intelectual más que social y abandono del costumbrismo, esbozaron
aproximaciones más trascendentales hacia una narrativa “literaturizada” (Martínez Menchen,
1992, 114). Entre los autores dentro de esta categoría están Antonio Prieto con Buenas
noches, Argüelles con Vuelve atrás, Lázaro y Encuentro en Ilitia; Carlos Rojas con El asesino
del César y Auto de fe; Andrés Boch con La noche y Homenaje privado; Mario Lacruz con El
inocente y la tarde y el propio García Viñó con El caballete del pintor y El infierno de los
aburridos.
Ya a inicios de la sesenta, con la novela social bien asentada, los escritores se centraron
en la persona como víctima de una sociedad aberrante. Abandonaron la objetividad narrativa
para bucear en la conciencia de los personajes mediante el monologo interior. Tiempo de
silencio (Luis Martín-Santos), Dos días de septiembre y Ágata, ojo de gata (José María
Caballero Bonald), Entre visillos, Ritmo lento, Retahílas, Fragmentos de interior o El cuarto
de atrás (Carmen Martín Gaite), son ejemplos de este tipo de novela, donde el compromiso
político de los escritores fue fundamental en la creación de un estado de ánimo que apoyase la
insumisión al régimen.
Sin embargo, estos escritores, además, comenzaron a cuestionarse si sus obras, a la par
que luchaban contra el régimen, poseían calidad literaria. No bastaban los buenos contenido:
había que hacer arte que fuera, a su vez, indagación ideológica (García Montero, 2003: 44).
34
1.2.2.3. La novela y la renovación del lenguaje
Si bien, históricamente, la Transición española se inició en 1975 con la muerte del dictador
Francisco Franco, desde inicios de la década, entrelazados con los hechos y transformaciones
políticas que se estaban cocinando, la literatura se había convertido en el único canal de
expresión que parecía más o menos practicable. A partir de ese momento, se gestó la
interrelación compromiso-literatura, a la par que el país abrió el Boom de la literatura
Latinoamericana con La ciudad y los perros (Mario Vargas Llosa). Aunada a una mayor
apertura política, se hizo más sencillo adquirir literatura y los lectores consumieron otro tipo
de obras no literarias (de sociología, economía, historia, política), con lo que se configuraron
actitudes ideológicas, sobre todo, más críticas. Otro elemento en la ecuación fue la poesía
social y su popularización a través de la canción de protesta.
Por otro lado, y, en consonancia con los cambios en el país, el mercado editorial
también se adaptó: nació el oligopolio literario. A partir de los últimos años de la década de
los setenta, el diario El País comenzó a ejercer su control en oferta cultural; autores de la
época anterior se establecieron como clásicos (con tiradas altas): Cela, Delibes, Torrente
Ballester, Fernández Santos y autores a los que el periodismo o los premios literarios
otorgaron gran popularidad.
Durante los años setenta, se abrió una nueva época, borrón y cuenta nueva, y se rechazó
la literatura-compromiso para dar auge a la literatura de vanguardia cuya referencia fue la
35
literatura latinoamericana a la par que comenzaba la relación con otros autores extranjeros,
sobre todo, con otros géneros literarios como la novela negra, la novela histórica o la novela
fantástica (Martínez Menchén, 1992, 117).
Mientras tanto, intramuros, la Editorial Seix-Barral, que durante los cincuenta fue una
de las principales propiciadoras de la narrativa social, se apuntó a la estética y
experimentación (algo similar a los “Novísimos” en poesía). Bajo su sello se publicaron La
espiral (Javier del Amo), Julia (Ana María Moix), Museo provincial de los horrores (Vicente
Molina-Foix), Los dominios del lobo (Javier Marías), Las lecciones de Jena (Félix De Azúa),
La circuncisión del señor Solo y Leitmotiv (José Leyva) y Cuando 900 mil march aprox
(Mariano Antolín Rato).
Otros autores continuaron con la tendencia experimental a partir de la reflexión, por
ejemplo, Visión de abogado (Juan José Millás), Calle Urano (Jesús Alviz) o Crónica de
Mandarines (Miguel Espinosa); y con estética literaria pero sin abandonar la novela social
Los días de amor y guerra de David el callado y Documentos secretos (Isaac Montero),
Lectura insólita del capital y La fuga de un cerebro (Raúl Guerra Garrido); El contrabandista
de pájaros (Antonio Burgos), La linterna mágica (Aquilino Duque); El infierno y la brisa
(Vaz de Soto); Muerte por fusilamiento y Maldito funcionario (José María Mendiola); Lo que
es del César (Juan Pedro Aparicio), El camaleón de la alfombra (Armas Marcelo) o Las
estaciones provinciales (Luis Mateo Diez).
Otros escritores, sin embargo, partieron de la realidad inmediata de sus propias
vivencias para cuestionar determinados aspectos de la realidad, por ejemplo, Francisco
Umbral (Memorias de un niño de derechas y Las ninfas), Andrés Sorel (El perro castellano y
Concierto en Sevilla); Manuel Vázquez Montalbán, (¿Quién mató a Kennedy?, Tatuaje y La
rosa de Alejandría).
Hay que hacer notar que en este período no aparecen historiografiadas las obras de las
escritoras. Martínez Menchén (1992, 120), en un esfuerzo, da una “especial mención” a obras
(sin dar sus títulos) de escritoras que dejan ver en su trabajo literario su “militancia
feminista”: Esther Tusquets, Monteserrat Roig, Lourdes Ortiz y Rosa Montero. Al menos, de
ellas y de otros autores “inclasificables” como Juan Madrid, Andreu Martín, Fernando
Quiñones, Leopoldo Azancot, José Esteban, Eduardo Mendoza, Álvaro Pombo y José María
Merino, tampoco sabemos los títulos de sus obras.
A partir de esta época la novela española se sientan las bases que establecen la ausencia de un
denominador común en la narrativa nacional. Para algunos analistas, la intensidad ideológica
de las décadas anteriores se desvanece y, tanto las temáticas, la reflexión o la intencionalidad
filosófica o política, rebaja su intensidad. No obstante, los novelistas, en tanto aspectos
formales, aprenden a construir narrativas sólidas y con riqueza verbal. A esta tendencia se le
ha llamado Neomodernismo (o Posmodernismo). Esta situación no fue casual. En los ochenta,
España comenzaba, en el imaginario social e histórico, su mejor momento contemporáneo.
Sin la pobreza y la miseria de la posguerra, esas búsquedas ideológicas orilladas por la
36
desigualdad y la represión política ya no eran necesarias. Comenzó lo bueno: la sociedad de
consumo. En este sentido, tanto los autores como el mercado editorial comenzaron a
adaptarse y a generar productos. El libro, entonces, pasó de un objeto de resistencia a un
producto de evasión, una satisfacción inmediata.
A pesar de la tendencia, para a Martínez Menchén (1992), algunos autores “trascienden
la insustancialidad en búsqueda de lo humano y lo universal”, por ejemplo, Jesús Ferrero
(Belver Jim, Opium), Luis Martín Santos (El combate de Santa Casilda, Encuentro en Sils
María, La muerte de Dionisios), José Antonio Gabriel y Galán (El bobo ilustrado), Adelaida
García Morales (El Sur), Luis Landero (Juegos de la edad tardía), Antonio Muñoz Molina
(El invierno en Lisboa, Beltenebros), Javier Tomeo (El cazador de leones, Amado monstruo),
Arturo Pérez Reverte (El maestro de esgrima).
La novela de los noventa fue una mezcla de producción de algunos grandes éxitos editoriales
firmados por plumas consolidadas y aparición de los que entonces eran los jóvenes narradores
(nacidos en la década de 1960). Para autores como Fabry (2018), durante esta época existió
una tendencia por tematizar las novelas en torno a la intrigas y misterios que escondían los
secretos de familia o como los define “hechos aterradores del pasado que conviene callar para
mantener la fachada de una familia unida” (229), que en el fondo “refleja de manera alegórica
el macrocosmos socio-político de una sociedad que mantiene la paz gracias al silenciamiento
del saldo traumático de los conflictos del pasado”. De acuerdo con el autor, ejemplos de esta
tipología de novela son Corazón tan blanco, de Javier Marías (1992, Premio de la Crítica), El
jinete polaco, de Antonio Muñoz Molina (1991, Premio Nacional de Narrativa y Premio
Planeta), y Donde las mujeres, de Álvaro Pombo (1996, Premio Nacional de Narrativa).
En este período, se cosecharon algunos de los grandes superventas nacionales: La tabla
de Flandes, de Arturo Pérez-Reverte (con película en 1994), La saga de los Marx, de Juan
Goytisolo, El embrujo de Shangai, de Juan Marsé o Las máscaras del héroe, de Juan Manuel
de Prada. Estas novelas, aunque nacionales, se centran en el afuera, en lo internacional
(Flandes, Marx, China) o en temáticas poco sociales, vinculadas con la forma de vida que la
media de población española no tenía o se podía permitir: la bohemia, el nihilismo. Por otro
lado, como parte de este grupo de consagrados se distinguió, El hereje, de Miguel Delibes,
por su descripción no sólo de la España de Carlos V, sino por su alegato a la tolerancia y la
libertad de conciencia (Reina, 2021, s/p).
Durante esta década también surgió esa generación literaria que aún lleva las riendas de
la literatura actual. Nombres como Almudena Grandes, Mercedes Abad, Benjamín Prado,
Belén Gopegui, Lucía Etxebarría, Juan Bonilla, Marta Sanz, Ray Loriga, se unen a más de
una veintena de autores en lo que José María Izquierdo llama “los narradores españoles
Novísimos de los años 90”. Sus obras hablaban desde la introspección, localizando mundos
suburbanos desde el costumbrismo y la apología de la cultura mediática de EE.UU. A ellos,
observa, los grandes grupos editoriales y mainstream literario los promocionó en los premios,
por un lado y, por el otro, se identificaron con un público lector que, como ellos, ni vivieron
37
la Guerra Civil, ni la posguerra franquista ni se vieron implicados activamente (por edad, por
recursos intelectuales y experienciales) en la Transición (Izquierdo, 1999, 3, 4). Así, el autor
continúa:
Estos antecedentes servirán de guía a los escritores de las generaciones siguientes. Los
personajes tendrán otra serie de rasgos comunes, ya no sólo en lo referente a cultura juvenil,
sino a causa de la aparición de un agente que los tomó por sorpresa: la crisis de 2008.
Si la década de los 1980 inauguró una veta desordenada y amplia en tanto temáticas y
profundidad reflexiva, no fue hasta la crisis que las preocupaciones, escenarios o personajes
tomaron ciertos rasgos comunes. La Crisis como el gran integrador y pretexto temático en una
generación perdida en sus experimentos de forma, pero sin fondo. Así se intuye de esta cita
de Milena Busquets (2015: s/p):
38
hasta que llegó la Crisis y el 15M, que dieron nuevo brío, un pretexto para mover aguas
estancadas. A partir de 2008, la novela española ha tenido un argumento y mil tramas
recurrentes devenidas de la crisis, esa pécora malvada.
En su caso, Valdivia (2016, 24) y otros autores (Bensenouco, 2013) remarcan el poder
que los escritores de las novelas de la crisis han tenido en la deconstrucción del discurso
hegemónico a través de sus personajes, tramas o, realidades tajadas por la precariedad.
Valdivia no habla de “literatura de la crisis” sino de “literatura desheredada” (2017, 57),
categoría que considero acertada porque ha “producido un nuevo sujeto desheredado de
ciudadanía y de protección, esa suma del yo-precario + el yo-emprendedor + el
yo-consumidor”. Y, añado: el yo-víctima.
La novela de la crisis refleja el colapso de un sistema económico e ideológico
sustentado a partir del desarrollismo y, del mismo modo que la novela de la Guerra Civil, es
una tendencia, temática, retórica y discursiva que, paradójicamente, se ha vuelto discurso
hegemónico.
En general, refleja la inestabilidad que supone para los protagonistas de sus historias, y
para los autores y autoras como juez y parte de la realidad en la que viven, su estado de
precariedad vital. Según Bonvalot (s.f., 5), esta novela “pone de relieve los fallos de la
modernidad neoliberal invariablemente tematizada como una elección civilizatoria errada”.
Aunque eso sí, y fuera del cuestionamiento civilizatorio, los libros se preguntan cuándo y
cómo terminó la abundancia, pequeñas tragedias que, vistas en colectivo, ofrecen un mapeo
generacional.
La novela de la crisis, es una percepción endogámica desde Europa, eurocéntrica en
tanto derechos y libertades como exigencia universal, pero, al estar centrada en España,
escrita desde España y producida para España, no puede representar al “precariado global”,
contrario a lo que proclaman autores como Bonvalot (s/f, 9). La situación de precariedad
generacional, si bien existe en la mayoría de los países del mundo, se manifiesta de distintas
maneras, en algunos incluso es permanente y, en ese sentido, ha sido capaz de generar rasgos
y manifestaciones de resiliencia que no se han dado en España. Es decir, en otros países del
mundo, la precariedad económica no se reduce a la crisis de 2008, por lo que sus efectos
psicológicos y materiales no se explican a través de esperanzas rotas. Por tanto, no puede
afirmarse que la novela de crisis represente al precariado global, por muy individuales que
sean los casos o las manifestaciones de la crisis: siguen siendo argumentos etnocéntricos,
eurocéntricos y estado del bienestar céntricos. Bajo esta premisa, las novelas de la crisis
sirven como estampas en un álbum de cromos: muestran una realidad, matizada, mirada y
pincelada por el ojo de ese ilustrador.
Para Bonvalot, existe otra subcategoría a la novel de la crisis, la literatura indignada
(s.f., 10) (resultado de la revolución ideológica que supuso el 15M, en 2010), donde los
personajes se enfrentan a la crisis y a su precariedad proponiendo alternativas políticas de
resiliencia, agentividad o empoderamiento de las comunidades humanas y no humanas de los
espacios que habitaban. Si en estos textos se muestra una crónica, una serie, o una narración
con muchos puntos de vista, en el desmoronamiento del mundo pasado los personajes no se
plantean la construcción del mundo presente o el futuro. Porque mostrar lo males, los errores,
a pesar de requerir de un trabajo de análisis y observación, es más fácil que mirar al pasado y,
enfrentarse, como ciudadano, al origen de los errores que contribuyeron a la catástrofe.
39
Pensar en la reconstrucción a partir de los daños, entenderlos de manera histórica hacia la
enmienda, en eso, nadie parece comprometido.
La generación de la literatura de la crisis, del fin de la Abundancia, no es un grupo per
se, no está organizado, no se adhiere, ni se suma, no milita, no parece representado por nadie,
ni en ningún colectivo. No se reconocen por la calle. No. Ellos quieren integrarse al sistema
que queda y pretenden hacerlo de manera individual. Estos sujetos se llaman Españiskids y a
la par que denuncian el espolio del sistema (al que ellos no pueden aspirar), sueñan que
resisten y que se heroizan a través de sus novelas, que descubren formas alternativas de vivir
en las ruinas de un sistema en el cual no encuentran su acomodo. Desheredados en un país
donde los bancos son los responsables, donde los partidos políticos y los políticos son
responsables, donde el sistema es el culpable del naufragio, la responsabilidad individual se
desvanece, no existe siquiera como responsabilidad colectiva: no es cómoda porque supone
un compromiso con el cambio real. Entonces, la queja y la complacencia se vuelve el discurso
hegemónico donde la novela de la crisis se constituye en una de sus tribunas. Porque la queja
de fondo no está en evidenciar para reinventar, sino en evidenciar que el modelo los dejó
huérfanos, desheredados. A pesar de ello, de haber vivido en un modelo en vías de caducidad,
la novela de la crisis embiste: el sistema del pasado nos dejó fuera de este mundo, pero fue
tan bueno… Y nosotros no tuvimos oportunidad de gozarlo, como adultos.
La construcción de los “mundos posibles” (Albaladejo, 1986) de la novela de la crisis
no son un trabajo prospectivo, de visión sociopolítica-sociohistórica, de abstracción o
compromiso. Se limitan a replicar la realidad en distintas tramas y escenarios. Solo algunas
obras, cuestionan y proponen un cambio profundo de las estructuras no desde la fantasía, sino
asumiendo el mundo como es.
40
CAPÍTULO II. EL MERCADO EDITORIAL Y LOS ESPAÑISKIDS
Si durante los 1960 y 1970 los términos más recurrentes en la literatura española fueron
“acciones”, “luchas”, “masas”, “desarrollo”, “oligarquía”, “monopolios”, “recrudecimiento”,
“avance” (Martínez Menchén, 1992, 36), desde 2008, las palabras más frecuentes han sido
crisis y precariedad.
Como se sabe, si la respuesta literaria al franquismo fue la novela social, a principios
del siglo XXI la respuesta literaria a la crisis económica, pero, sobre todo, simbólica, es la
novela de crisis. No obstante, no tiene el mismo cariz. Hablamos de que la novela de la crisis
es casi un género literario, como la novela de la Guerra Civil. El objetivo de la novela de la
crisis, a diferencia de la novela social, no es concienciar a los lectores, sino quejarse frente a
ellos y, de paso, hacerlos sentir, su pertenencia en el grupo.
A partir de mediados de 1950 la estructura de difusión y apoyo a nuevos autores con
ideas político-sociales, comenzó a plantar sus bases con revistas universitarias (La Hora,
Laye, Acento Cultural, Revista Española). Es a partir de los años sesenta, como consecuencia
de una mayor apertura social y cultural durante el franquismo, que se sentaron las bases de la
industria editorial española. Editoriales como Destino o Seix-Barral jugaron un papel muy
relevante al descubrir y lanzar nuevos autores nacionales: editorial Destino a través del
Premio Nadal y Seix-Barral por difundir, también, literatura extranjera contemporánea. Esta
apertura editorial dio a los lectores mayor conocimiento del pensamiento contemporáneo y
abrió, además, una veta de mercado que se ha extendido hasta el día de hoy.
El sector español del libro era boyante hasta el estallido de la Guerra Civil. Entonces, la
llamada diáspora republicana, editores incluidos, se asentaron en diversos países del mundo,
en su mayoría en Latinoamérica. Países como México o Argentina encabezaron el sector del
libro en español, pero, una vez pasada la coyuntura de la guerra, España recuperó su lugar
gracias a una serie de ayudas estatales al sector por parte del régimen franquista. Gabriel Zaid
apunta que, una parte de ese éxito se debió a la red de contactos que el exilio español
estableció en los países hispanohablantes (2007, 32). Los datos de la recuperación del sector
antes y después de la Guerra Civil, muestran que, en 1934, por ejemplo, los libros importados
en México, el 55%, provenían de España, mientras el 0.5% llegaban de Argentina. Para 1939,
los porcentajes cambiaron a 6% de España y 19% de Argentina. Es a partir de 1946, en plena
posguerra, que el sector editorial español comienza a recuperarse7 (en Zaid, 2007, 32 de
Fernando Peñalosa, The Mexican book industry, Scarecrow, 1957, cuadro 19).
Entre 1936-1946, los primeros diez años de la posguerra y del franquismo, un estudio
citado de Valeriano Bozal por Carreo Eras sobre la situación del sector destacó que la política
7
En 1946, el 7% de los libros importado provenían de España mientras que el 61% lo hacían de Argentina. En 1951, los
porcentajes se modi caron signi cativamente: 32% de España y 28% de Argentina (Ver cita de Zaid, 2007, 32).
41
del libro se insertaba en los criterios y principios políticos generales del régimen y se
caracterizaba por el intervencionismo a ultranza donde la censura era el instrumento más
conocido de esta intervención (1977, 95).
Los datos de la industria editorial (edición de obras) durante los primeros diez años del
franquismo, fueron en 1942, 1.242; en 1945, 1.506; en 1948, 1.399, “cifras que incluyen,
también, la producción de la llamada sub-literatura como es el género de la novela ‘rosa’, la
novela ‘del Oeste’, la novela ‘policíaca’, etc”. (Carreo Eras, 1977, 95).
En la década de 1940, la editorial Espasa-Calpe con su “Colección Austral”, retomó a
los autores de la Generación del 98, distintos a los que se difundían en la dictadura. En 1950,
Editorial Aguilar y entre 1950-1960, Seix Barral, se interesaron en traducciones y literatura
de vanguardia: movimientos como el Nouveau roman y la narrativa social de la época no
pueden entenderse sin ella8.
Durante esos años, la industria editorial española no puede comprenderse sin la censura,
cuya situación se atenuó con la Ley de Prensa de Imprenta de 1966, pero que no logró evitar
secuestros y suspensiones de libros por parte del régimen y autocensura por parte de los
autores. Sin embargo, se entiende que, a pesar de sus trabas, la Ley de 1966 aumentó no solo
la producción editorial, sino la parrilla de autores ofrecidos, lo que, en contexto sociopolítico,
se explicó por la “llegada al poder de una tecnocracia más renovadora en lo económico”
(Carrero Eras, 1977, 100).
En 1966 Alianza Editorial lanzó “El libro de bolsillo” con “una atractiva presentación,
un precio no muy elevado, una aparición puntual y una nómina de autores viejos, pero
prácticamente nuevos en el mercado del libro español—como Proust, Kafka, Hesse, Freud—
(cursivas del autor)” (Carrero Eras, 1977, 100). Del mismo modo, la editorial Magisterio
Español ofreció una variedad de libros de bolsillo, esta sí, dirigida a distintos públicos9. Sin
embargo, a pesar de la oferta libresca que ocasionó una caída en los precios del libro, aún
eran un producto de lujo.
Algunos experimentos intentaron paliar esa situación. Por ejemplo, en 1969, la
colaboración entre Radio Nacional y Televisión Española con Editorial Salvat y Alianza para
“Libros RTV” tuvieron un precio de 25 pesetas.
Durante los setenta, también comenzó el imperio español de la novela traducida que, a
diferencia de lo que estudiosos de la época como Carrero Eras (1977, 102) denunciaban
(“España ocupa el tercer lugar del mundo entre los países traductores, lo que da una idea de
los abrumadores royalities que nuestro país debe pagar al extranjero por esos derechos de
traducción”), la ha convertido en el buque insignia en el mercado de la novela traducida en
habla hispana. Según “Index Translationum”, 1979-2002, ningún país tradujo más del
francés, alemán e italiano que España: el 86%. Gracias a esos “abrumadores royalties”,
España contribuyó a posicionar el libro español por todo el mundo de tal modo que, “el boom
8
En este sentido no parece casual que los nuevos autores de la nueva novela social (Isaac Rosa, Pablo Gutiérrez)
publiquen en esta casa, en una suerte de continuidad temática.
9
Algunos datos de la producción editorial, solo para obras literarias, de la época son los siguientes, que contrastan,
como se verá más adelante, con los que se registran hoy en día: 1966, 5.164; 1967, 4.920; 1968, 3.764; 1969, 4.870;
1970, 4.661. A todos efectos, nótese que justo el año de promulgación de la Ley de Prensa e Imprenta, 1966, se
alcanzaron los mayores números.
42
de la novela hispanoamericana fue un lanzamiento español, no hispanoamericano” (Zaid,
2007, 33). Obsérvense los datos a continuación:
FUENTE: Elaboración propia con datos de Carrero Eras, 1977 y del Instituto Nacional del Libro Español (INLE), Revista El libro español.
Otro elemento del que hablaremos a continuación es el que definirá la industria editorial
el día de hoy: el duopolio Planeta-Penguin Random House y que dirigirá el ser y hacer de
esos Españiskids dedicados a todo lo referente a la literatura.
La literatura académica fija la primera edad de oro del sector español entre los años 1900 y
1936, caracterizada por un grupo de editoriales pequeñas (poco capitalizadas) que
introdujeron las últimas técnicas impresoras y que favorecieron la articulación de la cadena de
valor mediante la delimitación profesional de las figuras de impresor, editor y librero. Del
mismo modo, durante ese período, se dieron los primeros pasos en la internacionalización
hacia América Latina donde Francia llevaba la delantera. En 1912, las empresas catalanas
repuntaron estableciendo sucursales en las principales ciudades latinoamericanas. No
obstante, esa presencia no fue, del todo, exitosa: se pretendía vender lo que se producía en el
mercado español desatendiendo el gusto de los lectores latinoamericanos.
Debido a que la Guerra Civil dejó sin oferta de libros españoles al mercado
latinoamericano, países como Argentina, México o Chile expandieron su industria editorial.
Durante el período franquista (1939-1975), la crisis y la censura editorial obligaron a las
editoriales a exportar, dándose una situación particular pues el régimen:
43
ansioso por promover un sentimiento trasaltlántico de
hispanidad en este y otros ámbitos culturales, otorgó
subsidios a la industria y medidas legales para facilitar la
producción en que los textos censurados dentro de
España pudieran publicarse y distribuirse en el extranjero
(Madagán-Ruiz y Rivas-García, 2020, 2).
Entre 1975 y 2008, en plena democracia, a pesar de su boyante recorrido en el exterior, dos
hechos hicieron tambalear al sector editorial español: las crisis de la deuda en México (1982)
y la de Argentina (2001). Como consecuencia, en ambas ocasiones, algunos sellos cerraron o
44
fueron absorbidos por parte de otros grupos editoriales, en este caso no españoles
(Mondadori, Bertelsmann, Hachette), movimiento con el que iniciaron su acceso al mercado
español.
Sin embargo, el verdadero cambio de modelo se inició en la década de 1990, se
prolongó en el 2000 y sigue su marcha hoy. Por un lado, se dio la llamada integración
horizontal, con adquisiciones y fusiones por parte de sellos consolidados y, por otro, la
integración vertical, donde las pequeñas editoriales incluyeron plataformas digitales como
parte de su modelo de negocio. Es decir, a la par que surgían nuevas pequeñas editoriales se
produjo un proceso de concentración de las grandes.
En la primera década del siglo XXI se caracterizó por la aparición de un buen número
de editoriales independientes como Libros del Asteroide, Impedimenta, Nórdica, Periférica y
Sexto Piso. A pesar de ello y de que en la década anterior ya se habían desarrollado Ediciones
Cantena, Lengua de Trapo o Páginas de Espuma, el nuevo milenio siguió con la tendencia de
concentración del mercado en unos pocos grupos editoriales y la atomización de pequeñas
editoriales que ocuparon otros espacios de mercado, incluso realizando libros-objeto.
El modelo de adquisiciones de las dos grandes industrias editoriales en España: la
nacional Planeta y la extranjera Penguin Random House se ha consolidado a lo largo de las
últimas décadas, tal y como lo muestra el siguiente gráfico.
Grá co 1.
Modelo de adquisiciones
Grupo Planeta (1982-2014)
Penguin Random House Grupo Editorial (1982-2019)
45
FUENTE: Elaboración propia a partir de Figura 4. Evolución de las adquisiciones del grupo Penguin Random House, de Madagán-Ruiz y Rivas-García,
2020, 7.
Así, llegamos a la segunda década del siglo XXI donde la industria editorial española es la
cuarta potencia editorial mundial, tanto en producción como en facturación, antecedida
únicamente por Estados Unidos, Reino Unido y Alemania. Casi cuarenta editoriales españolas
tienen filiales en 32 países, principalmente en Iberoamérica, y de las 56 editoriales más
importantes del mundo, dos españolas están en el top 30: Planeta y Santillana, en los puestos
7 y 24, respectivamente (Madagán-Díaz y Rivas-García, 2018, 1336).
A partir de la crisis del 2008, la industria editorial española se enfrenta a una serie de
tendencias que se están asentando en los últimos años:
46
y Rivas-García, 2018, 1337-1340). El precio final de los ejemplares lo marcan los editores
quienes consideran toda la cadena de valor: edición, distribución y punto de venta.
Aunque, al parecer, la industria editorial sufrió de manera retardada (hasta 2013) la
explosión de la burbuja, la gran caída de la producción masiva solo fue observable en el
mercado interno al registrarse, en 2008, un descenso de ventas de libros de literatura, en
general, de 17,1% menos respecto al año anterior y, en particular, de novelas 17,8% (Valdivia,
2017, 40, 44). El golpe pudo ser peor.
Tal como observa Valdivia (2017) nos encontramos no con una crisis del modelo
editorial español, sino de una forma de hacer industria editorial, esa que se constituye sobre el
modelo de las grandes editoriales que se demuestra en el hecho de que, por ejemplo, las
pequeñas editoriales tuvieron un repunte en beneficios durante la crisis (Salamadra, 11%,
Grupo CONTEXTO —Libros del Asteroide, Nórdica, Periférica, Impedimenta—, 30%),
aplicando una estrategia distinta a la del mainstream (tiradas de más de 5,000 ejemplares,
grandes anticipos a los autores y grandes campañas de publicidad y promoción, y cantidades
onerosas por charlas y conferencias, entre otros aspectos).
En su caso, el Grupo CONTEXTO decidió establecer su diferencial respecto a las
grandes editoriales:
47
● Creemos que una editorial puede ser, a la vez, un espacio
de creación, un laboratorio social y una escuela. Y
también un emisor del mejor ocio posible, del mejor
placer posible.
● Sabemos que nuestra única garantía de supervivencia es
la excelencia y que esta pasa por la profesionalidad y la
honestidad. Profesionalidad que demostramos haciendo
las cosas mejor que nuestros competidores y honestidad
ante el lector que se debe reflejar en todo cuanto
hacemos: contención en el número de novedades, calidad
de los libros que publicamos, y sinceridad en nuestra
comunicación con todos los sectores del libro.
● Conocemos y valoramos los distintos oficios del libro, y
por eso cuidamos a quienes los llevan a cabo:
traductores, maquetadores, correctores, diseñadores…,
hasta llegar al distribuidor y el librero. Estos sectores no
pueden estar enfrentados nunca. Abogamos por la
complicidad, por el entendimiento, por las causas
comunes.
● Creemos que la pervivencia de un ecosistema o mercado
editorial literario que sea eficiente debe difundir la buena
literatura, y para ello ha de contar con: a) una adecuada
red de librerías para cuya subsistencia es fundamental el
mantenimiento del sistema de precio fijo de los libros, y
b) un sistema educativo que valore la lectura como forma
de transmisión del conocimiento y crecimiento
intelectual y humano.
● Sabemos que la mejor edición se construye sobre un
continuo ejercicio de memoria literaria: sin dejar de
pertenecer al futuro, no podemos olvidar a los autores del
pasado, no podemos olvidar la tradición.
● Creemos que los libros ya no son «sólo» papel, cola,
hilo… Que los libros viven más allá de su formato.
Incluso en los nuevos medios, en las nuevas tecnologías,
en las nuevas redes sociales. Y no podemos, ni queremos,
ignorar todo eso: son una herramienta más en la difusión
de nuestros libros, de nuestras propuestas.
● Sabemos, para acabar, que trabajamos en un tiempo de
incertidumbres, pero, como editores, es decir, como
lectores, sabemos que de ese tiempo de preguntas nacen
siempre interesantes respuestas. Contexto es una
plataforma de editores que se preguntan a diario, que a
diario reflexionan sobre la tarea que acometen, la
profesión que han elegido. Ello, creemos, ofrece una
garantía: nunca nos conformaremos, o lo que es lo
mismo: nunca desistiremos. Pues sabemos también que la
edición es resistencia, y que necesita de algo que ha
construido en buena medida esta asociación: el
48
entusiasmo, que, como dijera el clásico, es siempre el
mejor compañero si va aparejado con el rigor.
(https://www.contextodeeditores.com/manifiesto/).
De esta forma, tal y como lo muestra Valdivia, lo que la crisis puso de manifiesto fue la
propia caducidad del modelo editorial tradicional y, añado: porque, aunque el valor
económico de la industria editorial en la economía española es indiscutible (asimismo, su
capacidad exportadora), la precariedad a la que somete a sus trabajadores, en especial
aquellos relacionados en el sector de la edición, también lo es. Es decir, se trata de un sector
que moviliza grandes capitales e inversiones pero que precariza a la cadena entera,
empezando por sus creadores de contenido: los autores y las autoras. Esta tolerancia a la
precarización, por parte de unos y de otras, podría explicarse por lo que he llamado
“explotación voluntaria”, por un deseo voluntario de integrarse al modelo porque, aunque sea
el diablo con cuernos y cola, es el único que ha sabido hacer dinero.
En 2016, los ingresos totales obtenidos por las empresas editoriales españolas ascendieron a
2.317,20 millones de euros y generaron 12.608 empleos directos10. El empleo indirecto, por
su parte, suma los 57,000 empleos. Sin embargo, durante el cenit de la crisis de 2008, las
empresas del sector editorial sustituyeron el empleo directo por el uso de trabajadores
externos, controlando los costos laborales y permitiendo márgenes de ganancia que
permitieran seguir con su actividad (Madagán-Ruiz y Rivas-García, 2020, 4).
Por paradójico que pudiera parecer, aunque no lo es si conocemos, al menos de manera
superficial el sistema capitalista, toda esta rentabilidad no supone situaciones de
empleabilidad ni estables ni acomodadas para todos aquellos, principalmente aquellas, que se
emplean en el sector editorial. La precariedad en esta industria es común y se ha
documentado a partir de testimonios y, en lo que nos atañe, de novelas y narrativa en general.
Tanto Elvira Navarro (La trabajadora) como Cristina Morales (Santa Teresa de Jesús)
coinciden en que el trabajo en el mundo editorial no solo está precarizado sino también
subvalorado:
10
En este caso, sería relevante dilucidar si esta estadística toma en cuenta, como empleo, a la labor de los y las escritoras,
ya que muchos de ellos no se dedican a la escritura como primera actividad económica.
49
Porque quienes trabajan en el mercado editorial lo hacen desde la precariedad, situación
que, para un Españiskid, se vuelve típica de su generación. Asimismo, se encuentran solos,
luchando por derechos sin redes de apoyo interclase, solidarios. No han aprendido, ni del
sistema, ni de su historia vital ni generacional a generar entramados que les den voz y
visibilidad. Así lo expone Navarro:
50
precarización de las mujeres en el ámbito editorial. Sin embargo, existe un dato irrebatible
que, nuevamente es paradójico: en España quienes mayoritariamente consumen libros son las
mujeres.
Si hoy en día somos las mujeres quienes compramos y hacemos los libros (no significa
que solo nosotras los escribimos, sino que somos nosotras, quienes, en su mayoría, hacemos
el trabajo de edición y corrección), este escenario no siempre parece haber sido así:
En el 2018, la compra de libros por parte de las mujeres superaba a la compra de libros
por parte de los hombres, 61.9% y 60,7%, respectivamente, aunque en especial, somos
nosotras quienes compramos más no de texto (50% en relación con el 44,6% de los hombres)
y somos nosotras, también, quienes compramos más libros de bolsillo. En tasa de lectura
anual, las mujeres alcanzamos el 66,5%, mientras que los hombres un 57,6%; en relación a la
lectura en el tiempo libre, también somos las mujeres las que preferimos esta actividad, con
un 64,9% frente al 54,4% de los hombres. Incluso, en el sector de los audiolibros, las mujeres
encabezamos la estadística: 52% respecto al 48% de los hombres (CEGAL, 2018).
Aquí otras afirmaciones del Informe del Sector del Libro en España, 2018:
Otro dato final, complementario: las mujeres representamos el 57,2% de las empleadas
fijas en las librerías y el 25% de las eventuales (CEGAL, 2019).
51
2.2.2. La industria editorial española y la novela Españiskid
Pero, ¿qué género literario sería el preferido en España (usando datos de referencia de
Statista, 2014)? El 62.4% de una muestra de 1.6111 (sic) entrevistados dijo que la novela,
frente al 2,4% que prefirió el relato/cuento, o la poesía, el 1.7%. Aunque si se mira otra fuente
más general, se observa que el 72,5% de los y las lectoras, el último libro que leyeron fue una
novela o un libro de cuentos (FGEE, 2018).
¿Por qué? Se trata de una respuesta muy difícil de dar de manera unilateral, por lo que
recurriré a algunas referencias a fin de hacernos alguna idea. Carrero Eras dio esta
explicación:
Pero ¿cuál es ese factor subliterario? ¿Que el lector español no desea enfrentarse con
análisis sesudos, sino simplemente entretenerse (interpretando la cita de Carrero Eras)? ¿Cuál
es la relación que la novela guarda con el lector? ¿Se trata de un género revelador de
verdades? Sea como fuere, la novela es el género favorito del lector y, por tanto, la industria
editorial se halla condicionada a él.
La búsqueda del best-seller es un común denominador para todas las editoriales y,
quienes escriben, por su parte, están receptivos a ese mantra. Encontrar la fórmula no es
sencillo, aunque se opte por estudiar cómo lo han logrado algunos. Para Torrecilla (2016: 91),
Arturo Pérez Reverte, el gran best-seller nacional, es un caso particular que conjuga:
Uno de los últimos casos (hace casi 10 años) se remonta a uno de los best-sellers, el
entonces jóven escritor promesa Jesús Carrasco, que en su novela, Intemperie, narra un drama
rural en pleno franquismo. Con él, Seix Barral, Grupo Planeta, volvió a posicionarse como
referente de literatura nacional, en tanto la temática del libro, su crítica social y, sobre todo, la
de la crítica que alcanzó la obra, sin dejar de lado, por supuesto, su repercusión comercial.
52
De este modo, a principios de siglo XXI, Seix Barral (esa editorial referente de la
novela social de los años sesenta y setenta) ha buscado irse posicionando en la publicación de
novelas que naveguen en eso que se ha denominado por sus propios autores (dentro de los
que no se halla Carrasco) como la nueva literatura social, sintagma, entiendo, más amplio a
la novela de la crisis.
Autores como Pablo Gutiérrez, Isaac Rosa o Sara Mesa se han incluido en esta etiqueta,
mostrando en sus obras un desencanto crítico sin establecer posturas políticas claras dentro
del sistema. No obstante, al igual que la novela social de los sesenta, ¿la literatura social se
trata de críticas de jóvenes burgueses, aburguesados, que no trascienden lo local y que
tampoco dan un salto de abstracción a cuestiones universales? Ante esta situación socio
antropológica, ¿cómo responde la industria editorial?
Ante una situación en la que la actividad editorial en España se ve marcada por el
acortamiento del ciclo de vida del libro en el mercado, la publicación de más títulos pero con
una reducción significativa de la tirada media, de la disminución progresiva de las ediciones
impresas por una apuesta por la edición digital, el aumento de la exportación, la reducción de
los agentes editores tanto públicos como privados y la reducción del número de ejemplares
vendidos, ¿Cómo se adaptan los Españiskids? Tratan de insertarse en alguno de los grandes
grupos editoriales o, si buscan algún tipo de reconocimiento del mainstream cultural, buscan
editoriales más pequeñas, pero con más caché intelectual (Anagrama, Tusquets, Sexto Piso):
siguen apostando por integrarse al modelo del duopolio como lo muestra la Tabla 1A, a
continuación.
53
Tabla 1 A.
54
1999. Bariloche (Barcelona, Anagrama).
2002. La vida de las ventanas (Barcelona Espasa).
1977. 2003. Una vez Argentina (Barcelona, Anagrama).
Andrés Neuman 2009. El viajero del siglo (Madrid, Alfaguara).
2012. Hablar solos (Madrid, Alfaguara).
2018. Fractura (Madrid, Alfaguara).
55
2013. Los combatientes (Barcelona, Caballo de Troya).
2015. Malas palabras (Madrid, Lumen).
1985. 2017. Terroristas modernos (Barcelona, Candaya).
Cristina Morales 2018. Lectura fácil (Barcelona, Anagrama).
2020. Los combatientes (Barcelona, Anagrama).
2020. Introducción a Teresa de Jesús (Barcelona, Anagrama).
Tabla 1B.
Editoriales por autor/a
56
1999. Barcelona, Anagrama.
2002. Barcelona, Espasa.
1977. 2003. Barcelona, Anagrama.
Andrés Neuman 2009. Madrid, Alfaguara.
2012. Madrid, Alfaguara.
2018. Madrid, Alfaguara.
57
delegado en la Iglesia el control de la conciencia, hoy en día los ilustrados de nuestra época
también denuncian que ese control lo tienen los grupos de comunicación (Guerra, 2003:
19-20), dentro de lo que se hallan, por supuesto, las editoriales: quien es capaz de controlar el
estado de la opinión, es capaz de controlar casi todo lo demás.
Aceptando, a priori, que el mercado es una forma de organizar la producción y
distribución de libros, el papel de la cultura es muy complejo. La mercantilización de las
ideas a través de la literatura es un hecho, pues de ello depende la industria editorial en su
conjunto; sin embargo, como se ha visto con anterioridad, es posible que el modelo no sea el
correcto y que, como nos lo ha demostrado, esté más cerca del fracaso. Entonces, en esta
coyuntura, los generadores de contenido (a veces proletarios del teclado) podrían sentar sus
propias bases, reglas; organizarse en colectivo o es que ¿solo se quejan desde sistema y, a
veces, lo cuestionan desde la seguridad de la pantalla y el teclado? Si los Españikids son la
generación mejor preparada de la historia de España, ¿no serían ellos los mejor cualificados y
mayormente legitimados para modificar las estructuras o es que más allá de cuestionar este
sistema, simplemente buscan su integración en él, introducirse por sus grietas para exprimir
algunos restos de abundancia? Si los escritores de la Abundancia, en su mayoría buscan
integrarse en el mercado editorial controlado por el duopolio Planeta-Random House, ¿de qué
clase de intelectuales hablamos?
A pesar de que Internet ofrezca amplias posibilidades para la creatividad y generación
de nuevos formatos tanto individuales como colectivos y que se han reducido de manera
significativa las barreras de entrada al sector editorial, los Españiskids parecen ser incapaces
de organizarse en colectivos de creación, publicación o colaboración editorial. Aún en un
contexto donde internet funciona como un espacio de interacción y comercialización, donde
el ebook se ha hecho una realidad y donde la impresión bajo demanda supone no acumular
inventarios ni ejemplares sin vender, los Españiskids siguen intentando integrarse en el
modelo superior, el de los mayores, por tanto, se siguen comportando como hijos, como los
adolescentes del sistema, a pesar de que ya no lo son y que, de hecho, ya hay generaciones
que necesitan y exigen ese trato de favor. Los Españiskids, no parecen haber inventado
modelos de comercialización ni producción alternativos, como sí, en el audiovisual, han
hecho los youtubers, 20 años menores. Como grupo, siguen atomizados, empleados y, como
se verá más adelante, explotados y deprimidos.
Otro detalle llama la atención: a pesar de que la industria editorial española se ha
logrado no derrumbarse por completo gracias a las exportaciones (llámense filiales en países
europeos o latinoamericanos), los Españiskids (esa generación que habla inglés, viaja, hace
veranos en el extranjero), son dueños de una novelística fuertemente local, que miran hacia
España como destino fin y último.
Por último, a pesar de que el formato de lectura ha cambiado (ya se considera lectura el
repaso a las redes sociales o los titulares de los periódicos en el móvil), la narrativa, sobre
todo la generada por los Españiskids, se está quedando fuera de esta transformación
tecnológica. Es decir, aunque hay un gusto del lector por el libro tradicional, se lee más en
dispositivos móviles y la narrativa (de esos que aprendieron inglés y computación), debería
saber adaptarse a nuevos soportes, tal y como lo hicieron los poetas instagrammers; con ello
no me refiero a la publicación de libros electrónicos, autopublicación o venta por impresión,
sino de otras formas de plantear el primer paso narrativo hacia la venta final de los libros.
58
Quizá, la actitud de la Generación de la Abundancia en tanto su relación con el sector se
resume en la descripción que Magadán-Díaz y Rivas García (2000) dan de la industria
editorial: “es reactiva y no proactiva, es decir, no se persigue liderar el cambio, sino,
sencillamente, adoptarlo”.
59
SEGUNDA PARTE:
En 2019, un tipo de literatura centrada en la clase obrera post-crisis del 2008 se convirtió en
uno de los más importantes nichos editoriales en Francia. Autores como Nicolas Mathieu,
Édouard Louis, Sorj Chalandon, Olivier Adam, Élisabeth Filhol o Arno Bertina formaron
parte de los más vendidos en el escenario editorial francés (Vicente, 2019). Sus libros,
primordialmente, hablaban de un proletariado típicamente marxista que, hasta la crisis, había
poblado las fábricas en ciudades de extrarradio y que basaban su supervivencia en el trabajo
constante y exhaustivo. Se trataban de una clase obrera sin esperanzas ni aspiraciones.
Aunque parezca que la historia que a continuación se contará es muy similar a la
francesa, no lo es, en absoluto. Se trata, más bien, de una historia de sueños rotos. Ambas, eso
sí, tienen un punto de inicio: la generación Baby Boomer, dueña y usufructuaria de la bonanza
posterior a las dos guerras mundiales en Europa y, en América Latina, del paso del modelo de
sustitución de importaciones al milagro del crecimiento económico. Boomers, boomers,
boomers.
Porque esa generación (boomers, boomers, boomers) paulatinamente y en perfecta
campana de Gauss, fueron conquistando, obteniendo y disfrutando de un mundo, hasta
entonces, impensable: libre de precariedad y con la percepción de que, con esfuerzo, todo era
alcanzable. Lo que estos boomers no transmitieron a sus hijos, aunque quizá éstos ya lo han
ido entendiendo, es que ese mundo en que vivieron fue creado por ellos y para ellos, en una
burbuja propia en la que sus hijos entraron como su extensión, por tanto, nacidos y cobijados
en la abundancia.
Esta es la historia de España antes y después del 2008, un caso que, como veremos, no
parece una afrenta al capitalismo salvaje en el que vivió por más de dos décadas (derroche y
resaca), sino de una queja directa a él. Y en esta historia, se cruza (o aparece) un enorme
grupo de individuos entre 35 y 45 años que, criados en esa España construida por sus padres
boomers, la mejor España posible (incluso, mundo), hoy en día sufre y se siente víctima de un
país y una realidad que no es el que le prometieron. Que, a efectos de este trabajo, escribe
libros sobre esa crisis, no solo económica, sino sobre sus efectos en ellos y sobre cómo afecta
todo a su lugar en el mundo, que siempre empieza y termina en España, en adelante,
Españistown, reino feliz donde todo era abundancia desde el nacimiento. Como otra
diferencia con la literatura francesa de la crisis, de obreros depauperados, en el Españistown
de la abundancia iniciada a mediados de los ochenta, obnubiló la realidad; allí nadie se
identificó como el obrero: todo el mundo era y se sentía clase media.
62
3.1. Otra vez, el franquismo
Diversos autores aseguran que entender España en tanto sus procesos recientes es fácil y
lineal (Casanova, 1995) porque es sencillo situarlos, diferenciarlos, contextualizarlos y
analizarlos. Al parecer en la España posterior a la Guerra Civil, cada acontecimiento ha
sucedido sin traslaparse históricamente: la Dictadura Franquista (1939-1975), la Transición a
la Democracia (1975-1982), la Consolidación democrática (1979-1982), el Ingreso a la Unión
Europea (1986), los Juegos Olímpicos de Barcelona y Expo Sevilla (1992), la Inmigración
masiva (principalmente de personas provenientes de América Latina) (1998-2005), la entrada
del Euro — y la sustitución de la peseta— (2002), la Crisis económica (2008), el Plan de
Ajuste (2010), el Movimiento 15M o Los Indignados (2011), hoy.
En este conjunto escalonado de procesos históricos, una idea planea de manera
transversal, tan espesa que no es posible distinguir los hechos a corta distancia: la abundancia.
La abundancia, no solo como nata concentrada en el ambiente, sino también, en la mente de
aquellas personas que viven y vivieron la España de esos años: los Baby boomers, los
mileuristas y los millennials.
Y como la historia social es la historia de la gente que habita el tiempo y el espacio,
Españistown es una mágica alegoría: su intersección fueron los Baby boomers quienes la
construyeron y los mileuristas y los millennials quienes pretendieron heredarla. Estas tres
generaciones son inicio, continuación y resultado de una sociedad muy particular, donde el
franquismo sembró su semillita que fue brotando y germinando en la Transición para florecer
y marchitarse en la democracia.
Desde 1977 España cuenta con un presidente, por lo que es posible decir que se encuentra en
una fase de democracia joven. Según historiadores como Casanova (1995), en este país se dio
un paso casi natural de un régimen autoritario y militar a un sistema democrático gracias a
una serie de acontecimientos, situaciones y decisiones enlazadas que dieron como resultado
un proceso denominado la transición negociada.
Porque durante el franquismo, el régimen se movía entre un gobierno personal y normas
impersonales en el que la figura de Franco se legitimó en la fe nacional: era “el Caudillo por
la gracia de Dios”. Tanto sus seguidores como sus oponentes reconocían que, a su muerte,
sería necesario establecer un nuevo orden político y una reforma económica radical que
incluyera nuevas estrategias de integración con Europa sin ocasionar altos costes sociales.
Para ir asentando el terreno, los altos funcionarios del régimen (los tecnócratas)
comenzaron a abandonar la autarquía económica y cultural, iniciando un proceso de
exportación de su capital humano, económico y, sobre todo, importando turismo. De esta
forma, se fue introduciendo la idea de la europeización del país ante la resistencia tradicional
de un régimen mayormente católico. En mi punto de vista, esta estrategia fue fundamental, no
solo por la integración económica y comercial que podía suponer en el escenario macro, sino
porque en la idea de Europa, se iba colando otra, la de democracia, ser como ellos. El reto
63
estaba en introducir este nuevo paradigma al interior del entramado franquista sin provocar
una reacción (tan) reactiva ni del ejército ni de sus altos mandos.
La Transición se montó sobre tres pilares: el político, el económico y de la propiedad, y
el territorial. La desvinculación del régimen anterior, la implantación de la Constitución, el
control civil del ejército y la reforma económica fueron las tareas a perseguir. La
desvinculación se hizo “desde arriba”, con una reforma pactada cuya primera fase tuvo la
forma de un pacto negociado, por un lado, entre las fuerzas franquistas y, por el otro, por una
reforma legal-constitucional. Este proceso duró desde del nombramiento por parte del rey de
Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno (julio de 1976), hasta la ratificación de la Ley
de Reforma Política por consulta popular (15 de diciembre de 1976), enmienda sustitutoria
que abolía la “constitución” franquista (Casanova, 1995, 32). Porque en la Transición
Española, dice Casanova, quienes ostentaban el mayor poder (el Rey Juan Carlos Primero, el
Primer Ministro Adolfo Suárez y el presidente de las Cortes (del Congreso) y del Consejo del
Reino, Torcuato Fernández Miranda) “utilizaron tanto el poder institucional, sus cargos,
influencia y habilidades personales, a la par que se iba construyendo una oposición
democrática, para anular el régimen”. En esta historia lineal y fácil de contar, el Ejército era el
garante a la “transición de una nueva constitución democrática y de nuevo Estado
democrático con las líneas fundamentales de no romper con la legalidad establecida”. En la
transición debía asegurarse “la continuidad de la jefatura del Estado, de un régimen a otro, de
la unidad territorial de España y de la integridad del Estado español a través del Pacto de las
Autonomías” —con el apoyo de las Fuerzas Armadas— (Casanova, 1995, 21, 33, 39, 43).
Así fue la Transición, según Casanova: fácil, lineal y consensuada. Aunque diversidad
de autores aseguran lo mismo y lo contrario, lo cierto es que para cuando el régimen
franquista desplegó su retirada ante el público, ya había implantado una mentalidad nacional
que sigue presente hasta nuestros días, sobre todo la de la clase media.
Los Baby boomers (1946-1964) se impregnaron de muchas ideas del franquismo que, al
crecer y hacerse una generación, se convirtieron en mitos fundacionales de su nueva
civilización, Españistown. Una de ellas, quizá la más emotiva, es la idea de la clase media.
Durante el franquismo la clase media era un sector caracterizado por su buena
percepción en tanto a recursos y calidad de vida, por tanto, quienes la integraban defendían su
deseo de permanencia y, sobre todo, su estabilidad; así, no eran proclives a grandes cambios
políticos que, por muy democráticos que fueran, pudieran atentar contra su lugar en la
sociedad. Por estas razones, algunos autores afirman que fue justamente la clase media la que
siempre tuvo interés en la continuidad del régimen de Franco (Terrón Abad, 1975, 1). Porque
la idea de la clase media se relaciona directamente con el capitalismo: de un lado los que
tienen los medios de producción y, del otro, los que trabajan para ellos. En el medio, se hallan
pequeños productores como artesanos, agricultores, comerciantes y profesionales
semiautónomos, directivos empresariales y altos funcionarios; personas sin intereses
comunes, pero con ciertos privilegios; carecen de bases para organizarse en un partido
64
integrado y disciplinado a diferencia, por ejemplo, de la clase obrera e, incluso de la clase
alta.
Para Terrón Abad, la vieja clase media no solo evadía la política, sino que “solo rara vez
puede verse representada en otro individuo de su propia clase”, por lo que “solo se siente
satisfecha en un régimen autoritario en el que un individuo ejerza el poder sin mediaciones”
(1975, 7). Sin grupo y sin conciencia política, estaba deparada al individualismo, creando
sujetos aislados incapaces de ordenar intereses comunes, que carecían de solidaridad de clase,
que percibían la amenaza constante de perder su lugar en la pirámide social.
Esta clase media franquista no se organizaba en un conjunto uniforme de demandas,
sino que buscaba guardar las diferencias de clase a través de los modos y maneras.
Conservadora, se cerraba a lo venido del exterior (por ejemplo, Europa) que podría amenazar
su posición: solo el guardar las formas protegía contra los intrusos.
Para esta vieja clase media, una de las figuras más seductoras por el relativo bienestar
que proporcionaba, era la del funcionario público, que gozaba de privilegios y sueldos bien
valorados ya fuera en las empresas estatales, semi-estatales o en la estructura del Estado.
Constituían la segunda clase del país en cuanto a su nivel de vida y en esa clase -o estrato
social- se incluía la mayoría de los cuadros medios y superiores del Ejército, las altas
jerarquías de la Iglesia, la judicatura y los técnicos de la administración (Terrón Abad, 1975,
3). Entonces, cuando ese estrato de funcionarios, pequeños productores, directivos o
profesionales autónomos, creía que peligraba su situación privilegio (como en una transición
de cambio político), reaccionaba sobre temas muy concretos: la religión (otra forma de
estratificación) o la patria (manera de ver hacia adentro, de proteger lo local pero no
necesariamente dentro de una solidaridad). La propiedad, uno de los temas centrales,
cimentaba su distancia respecto a la clase obrera y era base para su ascenso a la clase
superior. A diferencia del pequeño propietario rural, la propiedad significaba un medio de
producir renta y, si no daba rendimientos, se vendía.
Así, una vez terminada la dictadura, la década de los ochenta se caracterizó por
generalizar la idea de que el acceso a la clase media se había alcanzado. El consumo dio la
ilusión de una sociedad más homogénea porque a la par que se popularizaban las tendencias
parecía que estaban al alcance de todos. El desarrollo económico ya no se basaba en artículos
de primera necesidad sino en ropa, electrodomésticos, coches, segundas residencias, viajes.
Había llegado la abundancia, los ochenta, la clase media: la democracia.
El consumo de estos bienes generó ilusiones, creación de expectativas para los de abajo
y ganancias para los de arriba, pero amenazas para los de en medio, quienes veían peligrar el
orden de las cosas. Cuando la clase obrera se aburguesa, se le van borrando la conciencia de
clase.
Y es justamente esta vieja clase media, con sus valores y costumbres, la que sentará las
bases del imaginario socioeconómico de la nueva clase media de los ochenta, la de España
transformándose en Españistown.
65
3.2. ¿Lo ves? Es la Unión Europea
Si durante el franquismo la clase media franquista se caracterizó por estar integrada al aparato
del Estado, es decir, ser un funcionario con estabilidad económica y reputación social —dada
por una posición en la escala de clases—, durante la Transición se consolidó la idea de
acceder a ella. A partir de entonces, la clase media, más allá de su importancia económica, se
construyó como la base de la estabilidad existencial e, incluso mental no solo durante este
período, sino de muchas generaciones más.
De este modo el concepto “estabilidad mediocre” (Gutiérrez, 2012), nacería y se
consolidaría en esa generación, la de la Transición, con una herencia imposible de rechazar: la
del conservadurismo. La gran clase media de la Transición sería la conjunción de esos dos
grupos sociales en los que incluía la capa más baja de la clase media antigua y la radical,
pero que deseaban lo mismo: estabilidad económica y social. De hecho, Tezanos (1975)
afirma que, principalmente la nueva clase media, la radical, sería la futura base votante del
Partido Socialista, sobre todo, en un contexto de transformación sociocultural. Esta clase
media, introdujo otra cuña histórica sin precedentes: una nueva forma de consumo cultural,
especialmente de aquellos habitantes de las ciudades. Porque, aunque en una misma época,
los jóvenes del campo y la ciudad no pudieron compartir una posición similar en el mundo
social (Val Ripollés, 2014, 113). En términos generales, estos Baby boomers nacidos entre
1945-1954 (entre 63 y 72 años, aproximadamente) e incluso, aquellos entre 1955-1965 (entre
52 y 62 años en la actualidad) (Labrador, 2009), eran muy jóvenes durante la Transición. Sus
mayores (nacidos entre 1935-1944, aproximadamente) los definían como desencantados de la
política y, hasta entonces, indiferentes a los partidos políticos, más atentos al ocio que al
66
compromiso. Un libro de la época Los narcisos el radicalismo cultural de los jóvenes (de
Miguel, 1979), los describe como infantiles, hedonistas y egoístas. Más allá de la interesante
coincidencia con la que describe a los jóvenes de casi todas las épocas por parte de sus
mayores, ésta podría tener otra raíz.
En la versión oficial de la Transición (esa coadyuvancia socio-política por un fin mayor,
el de la democracia) se cuestiona por otra tesis: la de la Transición desde Arriba, donde la
Transición fue una serie de acuerdos entre la élite política que acordó el traspaso del poder
hacia un nuevo orden democrático de manera monopólica. En consecuencia, los jóvenes
entendieron el proceso democrático como una política alejada de los ciudadanos, que solo
necesitaba de su apoyo en las urnas como simple refrendo de decisiones ya tomadas en una
cúpula; un modelo que confundía votación con participación y en el que se generó un espíritu
de grupo, de clase o de casta (Buckley, 1996). Paradójicamente a esta idea de casta, se
construyeron las bases del sistema bipartidista legitimado, por un lado, y la de que la
estabilidad política significaba crecimiento económico (Maravall, 1985, 27).
Así, a partir de 1979, en consonancia con el objetivo último de integración a Europa,
el PSOE rompió con el marxismo clásico y, dentro de su discurso, integró palabras como
“modernización” o “europeización” porque como dijo Val Ripollés: “para ser moderno, hay
que ser europeo”. Posiblemente esta sutil asociación de ideas ocasionó que en 1982 se
registrara un repunte en el voto de los jóvenes quienes encabezados por figuras como Adolfo
Suárez o Felipe González (30-39 años), representaban al nuevo español/española que no
había conocido la Guerra Civil (Val Ripollés, 2014, 128).
En este cambio de coyuntura y, sobre todo, cambio cultural, el programa electoral del
PSOE incluía la creación de 800.000 puestos de trabajos dirigidos, primordialmente, a
jóvenes y mujeres que se integraban por primera vez al mercado laboral. La estrategia, entre
otros factores coyunturales, dio resultado y el PSOE logró la mayoría absoluta. Así, estos
jóvenes ilusionados, que de alguna manera se identificaban con la nueva clase política,
formarían la nueva clase media española: profesionales que combinarían conservadurismo
económico con mayor libertad sociocultural, que miraban hacia la modernización y que,
también, incorporaban a un nuevo consumo cultural en su vida cotidiana, como la lectura del
diario El País.
Esta clase media es fundamental para comprender la Transición (Gouldner, 1985) y
las bases fundacionales de Españistown. Se trata intelligentsia técnica deseosa de capital
cultural (Gouldner, 1985, 37). Si en el franquismo la clase media estaba formadas por
pequeños industriales, comerciantes, propietarios agrícolas y funcionarios, durante la
Transición, el modelo se reconfiguró. La nueva clase media se conformó por empleados de
oficina, dependientes de comercio, vendedores y sectores profesionales asalariados. En este
nuevo sistema, los empleados de la banca se convirtieron en el prototipo de la clase media
española, directamente ligado al desarrollo del consumo: ellos eran quienes ostentaban todo
eso que la he hecho insignia: el coche, los televisores y las segundas residencias (Tezenos,
1984, 60).
Esos profesionales, gerentes y trabajadores fueron en quienes los valores democráticos
estaban más firmemente arraigados y en quienes la idea de la modernización transformaría un
país agrario como la España de la dictadura, en uno industrializado con un fuerte sector
servicios gracias a la Democracia. De este modo, el aislamiento autárquico del franquismo
67
podía resolverse gracias al consumo en el marco de una sociedad postideológica y sin
conflictos (Graham y Labanyi, 1995, 258).
68
Todo esto renovó la confianza del capital internacional en las posibilidades de la
economía española; se ampliaron las obras públicas, la inversión en todo tipo de
infraestructuras (en especial en redes viarias, de comunicaciones y sociales); se
universalizaron las prestaciones sociales en situaciones de vejez, invalidez y enfermedad y se
crearon empleos con la liberalización del mercado de trabajo. La fase expansiva de la
economía tuvo altas tasas de crecimiento y de renta superiores al 4% por habitante (García
Delgado, 1992, 25). En fin, pura felicidad.
Bienvenido Españistown.
69
CAPÍTULO IV: LA GENERACIÓN DE LA ABUNDANCIA
Si durante los ochenta, las reformas económicas y la entrada de España a CEE lograron
calmar la percepción de crisis constante, la década de los noventa fue aún mejor,
extendiéndose hasta entrada la década de los años 2000, porque, “la derecha ha gobernado en
una coyuntura económica mundial de oro, en la que era muy fácil hacer concesiones para las
fuerzas dominantes de la sociedad (Carrillo, 2003, 51).
A principios de 2003, los jóvenes de entonces, ya entrando a sus 30 años, parecían
decepcionados no solo del sistema de partidos que estaba a su alcance (afianzado desde la
Transición), sino en general; de estructuras que no ilusionaban, que no cambiaban ni
satisfacían. Esos jóvenes recibirían el nombre de mileuristas y, más allá de su desilusión,
debían ponerse a pensar en cosas serias mientras sus hermanos menores (los millennials del
futuro, entonces menores de 20 años), arrancaban su adolescencia, ignorantes del mundo que
se avecinaba.
Saló (2014) describe una serie de rasgos que han definido a su generación, entre ellas el
tipo de educación, la cultura de masas y de consumo, el acercamiento a las drogas, el sexo, el
acceso al mercado laboral o la responsabilidad e independencia económica y la vivienda. En
el último apartado de su obra, afirma “fuimos la generación más consentida y mimada dentro
de casa, pero al otro lado de la puerta el mundo era hostil, poco prometedor y notablemente
desinteresado en conocer aquello que los jóvenes podíamos aportar” (Saló, 2014, 11).
En un modelo en el que según Saló (2014) y Espido Freire (2006), antes de la crisis ya
se precarizaba el trabajo de los jóvenes, ¿cómo se fue gestando, poco a poco, a fuego lento,
pero sin pausas esa “generación consentida y mimada”? A partir de una serie de mitos
fundacionales, repetidos tantas veces, hasta la saciedad, que se convirtieron en mantras de
vida, sobre todo, de realidad.
Toda civilización gesta sus raíces en mitos fundacionales. Este reino, Españistown, no es la
excepción. Estos son algunos mitos:
El concepto clase social, hablando en términos marxistas, se vincula directamente con los
conceptos trabajo y mercado de trabajo. Gracias a este y a su estabilidad-continuidad en el
tiempo, la persona tiene acceso a recursos que, solventando sus necesidades básicas, produce
excedentes que le deparan ciertas pautas de vida y consumo. La clase media, como la
conocemos en España, es un grupo social que actúa bajo unas expectativas y creencias del
pasado (franquista). Aunque parezca que el concepto clase media es economicista, se trata,
sobre todo, de una mentalidad sustentada en valores y en una forma de ver el mundo, a partir
70
de la cual, se establecen sus patrones ideológicos: el cumplimiento de las normas, la
confianza en las instituciones sociales, la fe en esfuerzo como forma de promoción y la
confianza en el progreso (Val Ripollés, 2015). Ergo, si el entorno piensa lo mismo y, sobre
todo, si consume lo mismo (apoyado por los mensajes de los medios de comunicación), puede
llegar generalizarse la creencia, asentada a lo largo del tiempo, de que “todos somos clase
media”.
4.1.1.1. Consumo
Los noventa, según Gassió tuvo otro cariz, influenciado por una minoría a la que se
miró demasiado: los yuppies, individualistas cuyo fin inicial y último era generar dinero
mediante la especulación. Como la mayoría de la gente no tenía acceso ni a esos recursos ni
sus posibilidades “se concentró en la búsqueda de placeres accesibles e inmediatos […] la
sociedad se aplicó en practicar una actitud de despreocupada felicidad individual cuyo
principal objetivo era el hedonismo, cuando más caro, mejor” (2015, 27).
Diversos elementos construyen este mega concepto cultural: lo que se ve, lo que come, lo que
se porta y por lo que se alcanza cierta distinción o equiparación social.
71
—LA MODA
A inicios de los ochenta, extendido hasta la siguiente década, la moda fue una forma de
expresión con la que las personas manifestaron una actitud personal y su cisma con las
ataduras del régimen anterior. El espíritu de provocación de los ochenta no sólo se manifestó
en el color de las uñas o el tipo de peinado, sino que dio entrada a jóvenes diseñadores como
Adolfo Domínguez. Aunque pocas personas pudieran acceder a trajes exclusivos, esta fue la
época en que el prêt-a-porter empezaba a explorar el mercado de la clase media , incluso,
—LA MÚSICA
En este sentido, el país vivía en dos realidades que se manifestaban, no sólo de manera
generacional, sino que sucedían de manera diurna y nocturna. De día, baladas, pop melódico,
flamenco, gipsy rock, copla, música fusión que tenían amplia parcela de público. Hubo un
“boom de las sevillanas” con la llegada al poder de Felipe González. De noche, el colectivo
de escritores, pintores, diseñadores y músicos del movimiento La Movida, formaban grupos
musicales: en un afán de experimentar con todo y de revolucionar de forma permanente. En
otro estrato se habían quedado cantautores de los setenta que
—EL VERANO
Uno de los rasgos que definen a los mileuristas es su relación con el verano. Muchos de ellos
provienen de las ciudades, provincias o pueblos industrializados y que pasaban los meses de
72
verano en el pueblo de sus padres. Había ese tipo de verano y el de los otros, el de la playa y
los centros vacacionales, donde solían reunirse familias que se reencontraban cada año con
niños de edades similares, procedentes de familias parecidas. Era un modo caro de disfrutar
de los meses de verano, que suponía la compra de una segunda vivienda, o un alquiler
prolongado (Freire, 2006, 31).
Los veraneantes en los pueblos, en cambio, regresaban al seno de la familia, que en
muchas ocasiones, los hospedaba. Se producía entonces el reencuentro de varias
generaciones, y la pandilla de los niños, su si se daba, la componían primos o parientes, más o
menos cercanos. Los gastos se reducían, la alimentación y los rituales se modificaban
(“existía ropa de vestir y ropa para el pueblo”). Durante uno o dos meses, los niños entraban
en contacto con un modo de pensar y de vivir que pertenecía a un pasado cuarenta o cincuenta
años atrás, actuando como bisagra: si bien muchos jóvenes españoles no se han visto
obligados a desempeñar un trabajo en el campo, su pasado los relaciona con ese entorno
(Freire, 2006, 31).
El verano, el ocio y la playa, se convierten en piezas fundamentales del pensar de esta
generación.
4.1.2. La meritocracia
La premisa de que el esfuerzo duro lleva al éxito está asociada directamente con la misma
idea de la clase media, y con el propio espíritu de los ochenta y los noventa. No obstante,
desde los años 2000, una nueva palabra inundó el mundo laboral, especialmente el de los
jóvenes: emprendimiento. Se refería a observar el entorno y encontrar una falencia, una
necesidad de la cual obtener una opción de negocio. Así se estimulaba la creatividad, la
competitividad, la planeación económica, el sentido de negocio y la empresa. Yuppies con
ideas, pero sin cash.
El emprendimiento es el gran resultado de la idea de meritocracia: el esfuerzo y el
trabajo llevan al éxito. Esta idea se sostiene, sobre otra: la de la igualdad de oportunidades, en
la macro idea de que “todos somos iguales”, social y jurídicamente. El origen no define el
destino, sino el trayecto, pero ¿es el mismo origen uno que incluye acceso a recursos
materiales y estímulos intelectuales, acceso a idiomas y tecnología, veranos y amistades con
padres en ciertos sitios de tomas de decisiones, ortodoncia privada y cuidados de la piel, que
otra que no cuenta con todos ellos o, que pretende paliar alguno? La educación pública (e,
incluso, la sanidad pública, otro de los grandes mantras del país) deseó ser uno de esos
elementos transversales de equiparación social.
73
Durante los ochenta y los noventa hubo continuidad en el modelo educativo y el sistema
cambió con cada gobierno y partido político. Aunque se realizaron modificaciones en cuanto
a la composición de los colegios (se abrieron los criterios de proximidad a los centros y
diversidad socioeconómica), los estudiantes no fueron formados con la idea de generar
espíritu crítico y resolución de problemas, sino de darles habilidades y conocimientos,
dedicando esfuerzos para evitar suspensos. De manera progresiva y paulatina, el sistema
educativo fue obviando una habilidad básica: la tolerancia a la frustración, suavizando la
forma de evaluar con el objetivo de no generar traumas en los estudiantes y evitar el
ausentismo escolar. De esta forma, paradójicamente al mega capitalismo yuppie, se fue
olvidando otra característica formativa de la escuela: la cultura del esfuerzo (Saló, 2009).
Se apostó por hablar inglés, pero no como se enseñaba en otros países, de una manera
inductiva hasta llegar a la inmersión cultural, sino a partir de la docencia en español donde la
traducción jugó un papel central en el trabajo cotidiano de los estudiantes. Por tanto, sus
habilidades comunicativas estaban reducidas, al no poder expresarse con fluidez ni claridad.
Mientras, la escucha se ralentizaban hasta que los estudiantes se adaptaban del modelo de
traducción al de comprensión.
De manera paralela, el objetivo último de la educación era el ascenso económico y
social, es decir, la educación universitaria. Pero si demasiadas personas piensan o aspiran a lo
mismo, y las universidades se popularizan, el resultado es perverso y el efecto élite se
desvanece. Porque aunque la burbuja inmobiliaria favoreciera trabajos manuales poco
cualificados (en su mayoría), el acceso a la universidad, al menos de manera simbólica
(porque todos eran clase media, recordemos), siguió siendo muy importante. Pero, resultó
que, después de la universidad, pocos Españiskids lograron subirse al ascensor social (cuando
las universidades se masificaron aparecieron nuevos filtros de excelencia, masters, estancias,
experiencia). Sin saber manejar ni la frustración ni la incertidumbre ante las expectativas
imaginadas, los Españikids universitarios, al no trabajar en lo que estudiaron (situación que se
repite en muchos países del mundo) sufrieron en un sistema que no les enseñó a lidiar con la
frustración, y donde no existía ni la resiliencia ni la capacidad de adaptación.
En esa frustración influyó la idea de meritocracia: “si estudias, tendrás un buen
empleo”. En ese modelo capitalista, montado en el consumo, quienes tenían dinero, eran
quienes tenían libertad de acción y decisión, por ejemplo, ese compañero de instituto que dejó
los estudios se fue de albañil (porque ni siquiera, se hizo albañil): con su sueldo era capaz de
consumir, emprender un proyecto familiar, adquirir una vivienda e incluso, una segunda
residencia.
Los Españiskids tardaron en aceptar que el modelo de la universidad, con su prestigio
social y sus expectativas, quizá no había funcionado. Había demasiados universitarios que no
ofrecía un plus ni un valor añadido cuando sí existan trabajadores manuales que lo ofrecían.
Otra vez, hacer lo correcto según esas educaciones antiguas, desfasadas, boomers.
74
4.2. La Generación de la Abundancia: entre la de nición y la re exión
En 2004 (hasta 2011), José Luis Rodríguez Zapatero ganó la presidencia del Españistown
gracias al apoyo de sus peers, los Baby boomers, especialmente de aquellos de esa nueva
clase media de la Transición.
4.2.1. La de nición
La Generación de la Abundancia, o algo parecido, ya ha sido revelada por otros autores. Hijos
de los 80. La Generación Burbuja (Saló, 2019), plasmaba su postura sobre esos jóvenes de
entonces, entre los 30 y tantos y los 40 y tantos hoy en día. La Generación Burbuja, hija de la
democracia y del Estado de bienestar (hoy de la posmodernidad y de la crisis de valores), fue
criada dentro de un ecosistema donde todo era bueno, mimada y consentida, que vivió feliz
hasta que apareció la otra burbuja, la inmobiliaria.
En el camino, la generación burbuja, los Españiskids, se fueron enfrentando, como en
una búsqueda tipo Zelda, una a una, a las dificultades intrínsecas en la búsqueda de empleo,
vivienda; pago de gastos imprescindibles para vivir y alimentarse por sí mismos. A la par, esa
generación era presa de sus propios deseos: hacer lo que dictara el cuerpo y la mente como
viajar, comer, divertirse y, sobre todo, consumir (Saló, 2009). No obstante, el panorama era
negro y horrible porque después de la crisis de 2008 vino la recesión en 2011 y esa
generación burbuja, criada en la protección, el mimo y la seguridad, despertó de golpe en
2008.
La burbuja de Saló es solo la punta del iceberg, Españistán. Mi Españistown es una
villa, un pueblo donde se mira al de al lado, se imita, se juzga y se actúa condicionado por lo
que hace, dice o ve del vecino: es una forma de ser y de hacer. Españistown es una idea que
ronda la cabeza de los Españistownos y sus Españiskids, la tierra prometida en la que jugaron
en sus aguas, retozaron en sus prados, comieron de todos los árboles frutales. Españistown
fue un espejismo, pero fue tan real…
Ante este repentino exilio del paraíso, estallido de todas las burbujas, una parte de esa
generación, la mejor criada de la mejor España posible, alzó su voz en algo que ya ha
quedado para los libros de historia: el movimiento 15M, la Spain is different de la Primavera
Árabe. Estos jóvenes, aunque frente a sus mayores se revelaban ante la precariedad en su día
a día y en su horizonte próximo, dejaron ver que eran hijos, justamente de esos mayores: que,
a la par que les gustaban los Iphones o ver Juego de Tronos, algunos, también querían una
política más horizontal, participativa, asamblearia y multipartidista, mientras que, otros,
menos filosóficos, se centraban en no perder el empleo obtenido en plena crisis haciéndolo
todo bien y dejando de lado la mega sentada en Sol.
En la mente de ambos grupos, sin embargo, estaba el desheredo del que habla Valdivia.
Como Generación de la Abundancia, fueron criados con la esperanza de que su educación
75
(estudios universitarios), sus oportunidades y sobre todo, la inversión puesta en ellos se
amortizaría en un futuro, en prestigio social y éxito profesional. Bien alimentados, “dedicados
a estudiar” y con tiempo de ocio, nadie pensó que el desempeño en el mundo real fuera de
otra manera: “el resultado fue un coche de apariencia burguesa pero totalmente antifuncional”
(Saló, 2009, 17).
Pero más allá de que la mecánica no estuviera sólidamente construida, hay que añadir
que el mundo estaba regido por las reglas puestas por los propios Boomers, los padres de esos
coches preciosos por fuera pero poco funcionales por dentro. Además, su aplicación
contradeciría sus propios mitos, por ejemplo, el de la meritocracia.
4.2.2. La re exión
76
Este sistema, al no haberlo inventado ellos, los obliga a adaptarse, lo mejor que pueden a las
reglas de otros, Boomers, padres y madres que aún lo controlan todo, incluso, el dinero de
esas pensiones raquitísimas que, en ocasiones alimenta a Españiskids, mileuristas, millennials
y generaciones siguientes.
Inventar y tomar las riendas requiere responsabilidad y es posible que, los primeros
tiempos que esos Españiskids pudieron envalentonarse y hacerlo, haya pasado. En ese
momento, recordaron que ellos debían heredar, usufructuar. La Generación de la Abundancia
sigue esperando su turno de heredar el sitio, lo bueno, el patrimonio. Espido Freire diría que
esos Baby boomers no nos lo han permitido, que no se jubilan. Cuando por fin llegue su
momento, ¿los Españiskids sabrán que las herencias tienen tasas, impuestos intrínsecos?
¿Estarán dispuestos, ahora sí, a tomar decisiones o estarán tan agotados de esperar que
preferirán que quienes decidan sean esos jóvenes que vienen atrás?
Alguna parte del desastre tiene que ser responsabilidad de esta generación, incluso el
Ya se era adulto cuando todo comenzó a ir mal, realmente mal. Aunque la capacidad
de resiliencia no se haya enseñado, la capacidad de supervivencia tenía que ser mayor. La
responsabilidad estuvo en creer y en seguir creyendo en la igualdad de oportunidades, en la
democracia y en el Estado de bienestar. El error fue no ver que Españistown no era una
construcción sólida sino que estaba cimentada en mantras: la meritocracia, la clase media, la
igualdad de oportunidades, maquillados, durante esa década dorada de la construcción, con
trabajos de baja cualificación bien remunerados (generalmente en entornos urbanos). Esos
empleos, que la mayoría de los padres de los Españiskids, poseían; se reprodujo, otra vez, en
sus hijos con el diferencial de que, esta vez sí, ese albañil, ese amigo, ese tío, ese revendedor
de materiales para la construcción, percibió la mejora de las condiciones de vida. Así,
perpetuó las premisas de Españistown: “el mejor sistema de salud”, “como en España, en
ningún sitio”. El mundo fue así pero durante muy poco tiempo, hasta el 2008.
Si es un hecho que la generación anterior no quiere soltar las riendas del poder, el
control de los recursos y las decisiones, solventando, así a sus hijos, los Españiskids que, si
solteros, han vuelto de casa y, si casados, reciben la ayuda económica, física (con los niños) y
en especie (el famosísimo taper con comida solo para calentar y comer, incluso, sin sacarlo
del recipiente), hablamos de un círculo vicioso.
A continuación, se analizarán desde un punto de vista sociológico y metaliterario el
caso de cinco autores y autoras que, habiendo crecido en este mundo y habiendo sido
cincelados bajo sus premisas y mantras cerrados, plasman en sus obras todo eso que se ha
llegado a nombrar como precariado o desheredo pero que no son más que sueños y
77
expectativas rotas. Eso sí, quede claro que no todos han tenido la misma fortuna y eso, puede
ser por condiciones desde la cuna o simplemente, por suerte.
78
B2
Y comprendimos, además,
que una segunda lengua es un exilio
Irremediable
Hacia el silencio.
82
5.1. La nueva clase media mileurista
83
5.1.1. Mileuristas: Retrato de la generación de los mil euros
Los mileuristas, llegaron a un país con derechos democráticos que no habían tenido que
conquistar. Acostumbrados al mejor período de la España reciente, gozaron de condiciones de
confort, ocio y caprichos sin precedentes. Jóvenes de entre 25 y 40 años ya habían
descubierto Internet y le dedicaban nueve horas semanales, porque nueve de cada diez poseía
teléfono móvil aunque, eso sí, en promedio leyeran cuatro libros al año (Espido Freire, 2006).
Mimados, no muy cultivados, mostraban tibieza ante las preocupaciones vitales; con intereses
inmediatos, daban gran importancia a sus relaciones personales.
Sobrevalorada la universidad, opinaban que tras varios años de carrera era injusto que
obtuvieran un sueldo por debajo de los 600€ y con contrato temporal. Se negaban a trabajar
jornadas extenuantes y días festivos porque lo veían como un retroceso de los derechos
laborales. Querían independizarse, pero solo con trabajos bien considerados acordes con su
estilo de vida.
Y, como no podía ser de otra forma, en el modelo mental del mileurista, el cenit de todas
las aspiraciones, estaba la vivienda propia. Pero en un contexto en el que el crecimiento
español se basaba en la integración de España en la Unión Monetaria Europea (donde la
transformación del sistema productivo no se había llevado a cabo), “las necesidades de
financiación [del] déficit coincidiendo con la convergencia de tipos de interés real con las
economías más avanzadas de la UE, alimentaron intenso endeudamiento de los agentes
económicos privados” (Ruesga Benito, 2013, s/p) porque, a la par que se inyectaban recursos
financieros del exterior y
84
Esto supuso un aumento medio anual nominal del 11,4%.
En 1997 eran precisos 4,5 salarios anuales (estimados los
salarios por el INE con frecuencia trimestral) para
comprar una vivienda de 90 metros cuadrados
construidos, mientras que en 2007 el precio de la
vivienda media equivalía a 9,2 salarios anuales
(Rodríguez López, 2017, 73).
Los bancos eligieron un tipo de interés variable que depositaba todo el riesgo en los
clientes y con hipotecas a 30 a 40, a 50 años, incluso heredables (Espido Freire, 2006, 13). Al
tratarse de una aspiración transmitida por sus padres, cuyas condiciones de vida no tenían que
ver con las suyas, los mileuristas se enfrentaron a la intemperie porque, educados en la
prosperidad de los ochenta, ¿Por qué no debían tener el mismo derecho?
Ya en el año 2000, inoculados con la idea de la universidad como detonante de éxito y
ascenso social, los mileuristas se enfrentaron a un futuro lleno de problemas al terminar sus
estudios (sueldos bajos, precios elevados de vivienda, dificultades de emancipación,
diferencia entre las expectativas creadas y la realidad). Se creó el imaginario del JASP (Joven
Aunque sobradamente Preparado) que no hallaba su lugar en el mercado laboral y que se veía
despedido, o no aceptado, pese a su preparación. Estos jóvenes exigían integrarse al mercado
con puestos más altos que los trabajadores experimentados. Ante tal oferta de universitarios,
aparecieron las Empresas de Trabajo Temporal que popularizaron los términos “contrato
basura” o “becario”.
Con este panorama, todos esos mileuristas universitarios formados en inglés e
informática (hasta con másteres) se fueron a Londres o a Alemania en busca de experiencia,
ese diferencial que no habían recogido en la universidad. En el extranjero, “la generación
mejor formada de la historia” realizó trabajos poco cualificados con la idea de mejorar en el
dominio práctico del idioma. A su vuelta, ya comenzaría la búsqueda real de empleo y esos
trabajos que habían desempeñado en Inglaterra o en Alemania se los dejarían a otros
inmigrantes, esta vez fronteras adentro.
Con el individualismo propio de la vieja clase media (deseo eterno de las aspiraciones
de sus padres), los mileuristas no aprendieron ni a organizarse ni a crear grupos de presión, y,
a la reivindicación social11 “se situaban en una perspectiva un tanto indiferente a la protesta
social, siendo la capacidad de consumir el marco de referencia de la inclusión social”
(Enrique, et.al., 2017, 173) y, cuando la situación se hizo asfixiante, su capacidad de
resistencia como trabajadores aumentó, ante el temor de perder sus empleos intramuros, por
precarios que fueran.
11
A respecto, Luis Garrido en El País apuntaba ante la pregunta de a la reportera:
¿Se rebelarán los jóvenes? “¡Cómo se van a rebelar! El mileurista ya no se mide con el que gana 1.500 o 2.000 euros, se
compara con el parado, el que no tiene nada, y su posición relativa ha mejorado”, apunta Luis Garrido (Mars, 2015, s/p).
85
Con una tasa de paro juvenil que roza el 55%, los sueldos
de risa son un mal menor. “Paro y precariedad son las dos
caras de la misma moneda. Los jóvenes aceptan casi
cualquier cosa ante la amenaza del desempleo”,
argumenta Ángela Mora. Esta activista de la organización
Oficina Precaria cree que cuantas más personas compiten
por un mismo puesto, más dispuestas están a perder sus
derechos (Valero, M., 2003, 60).
El ahorro, hábito que sus padres tenían muy interiorizado, no se transmitió del mismo
modo. En el artículo “¿Se puede ahorrar siendo ‘mileurista’? Siempre hay que planificar las
finanzas” (Ferluga, 2017), se entrevista a Javier García Monedero, responsable del proyecto
de educación financiera de la Asociación Europea de Asesores Financieros (EFPA):
Estos tips contradicen lo que la propia Alguacil dijo en el reportaje “Mileuristas, diez
años después” (Mars, 2015): “Vivimos bien, no renunciamos a cierto ocio, a comer fuera con
los amigos algún fin de semana, pero no nos damos lujos” (s/p). Al haber nacido con los
86
derechos sociales dados, estos Españiskids no habían tenido que luchar por ninguno (salvo
por el de la vivienda). Habían vivido un mundo que no les correspondía porque, si bien la
democracia garantizaba la igualdad teórica entre los ciudadanos, la igualdad de trato y de
oportunidades, en realidad, como dijo la propia Espido Freire, “solo definía el origen y no el
destino”. Los mileuristas se habían criado con las condiciones reservadas, antaño, solo para la
vieja clase media (Espido Freire, 2006, 141).
La coexistencia mental, en la memoria, de esa realidad de la Abundancia, deparaba a los
mileuristas al eterno conflicto no solo con el entorno, sino con su identidad y con la forma de
afrontar los problemas. Como no se sentían satisfechos con su vida, ni con sus trabajos y sus
sueldos tampoco respondían a sus expectativas, se refugiaban en los pequeños placeres, las
gratificaciones cotidianas e inmediatas que los regresaban al paraíso perdido: el consumismo.
Y aunque tenían muchas libertades sociales, al no tener libertades económicas ni materiales,
se sentían víctimas de las circunstancias, sin capacidad de cambiar nada, ni de asumir errores.
Esa sociedad que los crió no valoró que haría falta una capacidad de frustración muy grande,
eterna paciencia y un orden claro de prioridades (Espido Freire, 2006, 153). Al mismo tiempo
que el capitalismo le vendía sueños y los mileuristas se dieron cuenta que no podían
comprarlos.
En un país así se crio María Laura Espido Freire, Espido Freire (1974). Hija de inmigrantes
gallegos en el País Vasco (una modista y un obrero en una fundición de vidrio), nació en
Bilbao pero creció en Llodio (Álava). Los veranos, dice, los pasó en el campo, en las casas de
sus abuelos cerca de Betanzos, donde sus padres “echaban una mano”. Sus orígenes humildes
son recordados en diversas entrevistas:
Esta “niña prodigio” (El Faro, Cadena Ser, 2019), “renacentista” (Espido Freire, 1999b),
cuenta que a los 11 años fue descubierta para la ópera (soprano ligera) y que a los 14 ya hacía
conciertos por toda Europa acompañando a José Carreras. Espido Freire reconoce que las
posibilidades se le abrieron porque:
87
no pertenecía a un entorno ni a un lugar en el que nada de
eso [los viajes, los buenos hoteles, los montajes y
escenarios, la gente importante] se hubiera podido
cumplir si no hubiera sido por cantar (Espido Freire,
2019, s/p).
Como hija de la clase obrera, Espido Freire admite, además, que su objetivo vital era
llegar a la universidad.
88
situación de su generación, los mileuristas, ella como muchos otros jóvenes, no podía ser
pasiva. E+F vendía educación, conceptos, posicionamiento de marca, pero, ante todo, ideas
relacionadas con su habilidad, la de la palabra. Como escuela literaria, apostaba por
formación vertical donde la autora enseñaba un método de creación literaria “ni el único ni el
mejor, pero funciona”. A pesar de todo esto, “y de tener ganancias desde el primer mes de su
apertura”, en 2013, en plena crisis, E+F tuvo que cerrar eso sí, es la muestra de que como
mileurista cultural y también económica, la autora supo adaptarse al nuevo escenario: fue su
preparación para la resiliencia.
Desde que ganó el Planeta, Espido Freire ha visto en la exposición mediática una oportunidad
de trabajo, de posicionarse ante la necesaria visibilidad de un escritor para ser competitivo.
Parte de esa visibilidad se relaciona con las temáticas sobre las que escribe, ajustadas a
un público potencial o cautivo. En el mundo anglosajón, esta caracterización de la persona
(concepto literal en inglés) a la que se dirige, dirigirá o que estuviera en disposición de
adquirir cierto libro, se establece, sin tapujos desde el propio autor, el editor o la propia
editorial. De este modo, ya sea por medios digitales formales o por empresas del gremio, se
habla del concepto “construir audiencia”, delimitándola.
Writer’s Digest, por ejemplo, recomienda establecer cinco personas reales que cumplan
con ciertas características y ponerles un nombre, una cara (Wrigth, 2012) ¿alguna amiga en
sus cuarentas que trabaje en una oficina, con salarios medios a la que le gusten las novelas de
amor? (Sitar, 2019)12.
Aunque ella ha mostrado su rechazo ante la idea de darle al lector lo que quisiera
(Espido, F., 2003, s/p), sí apostaba por una difusión de las obras “como en la cosmética”, que
fomentara el interés con una buena programación por parte de las editoriales, tarea que
intentó llevar a cabo a través de su empresa E+F (Espido, F., 2003, s/p).
Si en 2003 Espido Freire se mostraba “cansada” de que el placer ya no estuviera
centrado en la obra sino en la figura del autor como elemento atractivo, mediático (“estamos
en una sociedad basada en la reacción y en la imagen, de manera que no se invita a la
reflexión”) (Espido, F., 2003, s/p), para 2020 se coronaba como la “escritora influencer”,
apelativo relacionado, sobre todo, con su imagen y con la exposición elegida que hace de su
vida/profesión y que incluye libros, sobre todo ropa, lugares y paisajes.
12
Para de niciones más técnicas de esta misma concepción ver The Guide to Researching Audiences, 2009.
89
Paralela a su relación con la imagen y la estética, está su apuesta editorial por el lector:
Aunque Espido Freire no apostaba por “rebajar nivel”, parece que lo ha hecho. Algunas
opiniones de blogueros de literatura, personas que posiblemente son la voz más cercana al
lector asiduo, han dicho sobre De la melancolía (2019), su última novela:
El personaje se inició con su nombre. El surgimiento de la firma Espido Freire tiene distintas
historias, desde que fue consejo de su hermana (“me animó a publicar mis libros bajo el
nombre de Espido Freire que es sonoro y a la vez ambiguo”) o que “al principio le propuse a
90
mi agente firmar simplemente Laura, pero ella me dijo, con muy buen tino, que eso sonaba a
tienda de medias” (Espido Freire, 1999b, s/p). Pero esta, es, quizá la versión más asentada:
Cuando Espido Freire hace referencia a sus 100.000 seguidores en Instagram (“reales,
hay que especificar eso”), comenta que es porque ha entendido dos elementos fundamentales
en la realidad actual: la estética y el lenguaje, saber a quién se dirige y cómo ha de hacerlo.
Como tal, cuida las imágenes y los textos que las acompañan porque reconoce que cuando era
joven y ganó el Planeta, no era tan consciente de lo importante que era el estilismo para
cualquier personaje mínimamente público (Madrid, 2015, s/p). Al respecto, bloggers de moda
opinan:
Las críticas siguen: “Espido no se corta un pelo a la hora de posar de forma estudiada
como si de una modelo se tratase” (Madrid, 2015, s/p). La idea contrasta con la dualidad de
su discurso porque mientras “se pronuncia sobre la bulimia y sobre los estandarizados
modelos físicos a los que nos somete la presión social” (Madrid, 2015, s/p), su imagen de
Instagram parece ajustarse a esos cánones.
91
las considera exitosas y ricas. Casi todas ellas pertenecen
a clases sociales ociosas, o a trabajos en los que prima el
aspecto físico. Eso supone que las niñas y los jóvenes
carecen de modelos de mujer trabajadoras, intelectuales,
de edad mediana y carreras coherentes (en Espido, F.,
2002, s/p).
Entonces, quedaría preguntarse ¿buscaría construir un nuevo referente que emule todo
aquello de “la clase social ociosa” pero con el valor que, a su vez, muestra de sí misma:
“trabajadora, intelectual, de edad mediana y carrera coherente”? ¿Buscaría ser una influencer
cultural?
Por otro lado, sigue activa, y muy presente en el mundo editorial, publicando
aproximadamente un libro por año.
Consciente de lo que supone ser hija de obrero sin contactos, especialmente en el mundo
editorial “donde el escritor es el último eslabón de un negocio relativamente pequeño que
depende de la distribución y que es más cruel de lo que se puede imaginar”, Espido Freire
comprende que “la productividad es tan exigente, tan fría y calculada como en cualquier otro
sector” (Festival Internacional de Poesía de Granada, 2018). Por ello, no ha dejado de
publicar desde 1998 (Ver Tabla 1).
Tabla 1 A.
Obras generadas entre 1998-2019
1998. Irlanda.
1999. Donde siempre es octubre, Melocotones helados.
2001. Diabulus in Música, El tiempo huye.
2003. Nos espera la noche, Cuentos malvados, La última batalla de Vincavec el
bandido.
2004. Juegos míos.
2005. La diosa del pubis azul.
2007. Soria Moria.
Espido Freire 2008. El trabajo os hará libres.
2009. Hijos del fin de mundo: De Roncesvalles a Finisterre.
2011. La flor del Norte.
2013. Los malos del cuento. Cómo sobrevivir entre personas tóxicas.
2014. Quería volar.
2017. Llamadme Alejandra.
2019. De la melancolía.
Fuente: Elaboración propia con base en una revisión de todas las obras publicadas por la autora entre 1998 y 2019.
92
Espido Freire escribe profusamente y de temas muy variados. Cuando algún periodista
lo ha mencionado, ella responde:
Cuando otro periodista pregunta sobre su viraje hacia la literatura juvenil con la
publicación de La última batalla de Vincavec el Bandido (2003), dice: “No creo en la
literatura juvenil como género porque considera a los adolescentes como inútiles integrales,
pero tal y como están las cosas sí creo que es necesaria una literatura que los acerque a la
narrativa mayor” (en Espido, F., 2002, s/p).
Convencida de que su literatura no es para cualquier lector, sino para uno “cómplice”
(Espido, F. 2004, s/p) al que llama “el lector inteligente” (Espido, F., 1999b), en De la
melancolía, Espido Freire crea un personaje al que no le importa insertar en el contexto de la
crisis de 2008, un personaje que se acerca a sus mileuristas del 2006, pero desde el punto de
vista de la vieja clase media, esa que ellos solo rozaron con los dedos.
Si en la novela de la crisis parece evidente el centro que ocupa ese personaje hijo de la clase
obrera con expectativas rotas, en De la melancolía, Espido Freire vuelve a hablar de un sujeto
que, por condiciones externas a él, en este caso, ella, queda desamparada ante el sistema: la
mileurista de la clase media acomodada.
Aunque en diversas entrevistas Espido Freire dice no dirigirse a ningún público en
concreto. “El sexo, la edad, la condición social me importan muy poco” (Espido, F., 2016),
parece que, con el tiempo se le hizo “una obsesión […] Necesito saber quién me está leyendo
sin importarme quien sea” (Espido, F., 2004). Con base en su proyección en redes sociales,
presentaciones y medios de comunicación, con sus atuendos y estilo de vida, no parece
dirigirse a cualquier lector(a). Como, de hecho, su editorial, Planeta, tampoco parece estarlo.
En De la melancolía (2019), Espido Freire parece escribir para alguien en particular:
mujer española, con estudios universitarios, de cierta solvencia económica, al menos antes de
la crisis, con una relación estable. Es decir, con rasgos prototípicos de la vieja clase media, de
la estabilidad vital que se ha perseguido en Españistown.
Elena, la protagonista, es una mileurista en edad, no en condición socioeconómica ni
cultural (es una niña bien, con un padre neurocirujano y servidumbre filipina) que, aunque se
ha rebelado un poco a las reglas de su entorno (estudiar Historia y no Medicina), ha hecho lo
93
que dictaba el modelo: casarse con un abogado guapo, familiar de la aristocracia, tener un
trabajo estable parecido al de una funcionaria y, sobre todo, estar educada en la prudencia
económica y social propia de su condición de clase.
Cuando ella y su marido son considerados no idóneos para una adopción internacional
(niña rubia, europea, que requiere más dinero y que, además, parece estar mejor vista por sus
rasgos arios), su mundo de estabilidad feliz se desmorona: sus padres mueren, su marido la
abandona, pierde su herencia y la despiden del trabajo. En el camino, de manera transversal,
se cruza la crisis del 2008, por la que conoce, por primera vez en su vida, los problemas
económicos. Entonces, entra en depresión, en melancolía. Ante esta crisis generalizada, para
la cual “no la enseñaron cómo actuar” propia de su generación mileurista, dice:
En la segunda y tercera parte (“Los demás” y “Todas las nubes que se encapotaban”),
Elena, sin dinero ni familia, recién salida de terapia recibe la oportunidad de cuidar un tío
anciano, Lázaro, bálsamo en su situación económica. También conoce a Eduardo, sobrino del
hombre, pero sin relación familiar con Elena.
Lázaro es el pretexto de la autora para narrar la relatividad de los problemas frente a
personas que, a pesar de haber sufrido la Guerra Civil, el exilio, la Segunda Guerra Mundial,
94
la pobreza y la ignorancia durante grandes periodos de su vida, poseen vitalidad y entusiasmo
ante el día a día.
Lázaro y Eduardo, personas más sencillas que con las que Elena se ha criado,
conforman su nueva vida. Además, se integra Sonsoles, una Baby boomer que ha superado un
matrimonio infeliz, un divorcio tardío y que, también, a su manera, se enfrenta a la crisis:
Entretanto, Elena se reencuentra con amigos de su vida pasada, uno de ellos, inmerso en
una trama de corrupción, en la que hay personas de su antiguo entorno. Hace ver que la buena
vida de unos, si ilegal, se paga, pero no lo suficiente como para cortar cabeza más altas: “[…]
la cosa se paró en mí porque no podían continuar investigando más arriba sin que salpicara a
quien no debía salpicar” (2019, 142).
La cuarta parte (“Los demás”), es una sección que utiliza personajes secundarios para
mostrar los efectos de la crisis: animales abandonados, individuos con vidas estables (empleo,
vivienda), pero alcohólicos, deparados a la indigencia; jóvenes manifestándose en la Puerta
del Sol en clara referencia al 15-M. Al respecto, Elena reflexiona sobre el fin del mundo
conocido por los de su generación: “Poco a poco, vi que este país jamás sería el mismo y que
compararlo con el pasado solo provocaría decepción” (2019, 184).
Finalmente, en la quinta parte (“Y entonces”), Elena sale de esa depresión que se va
referenciando a lo largo del libro, pero de la cual se sabe poco. Se enfrenta a su pasado y
forma una nueva familia con Lázaro, Eduardo (de quien vuelve a enamorarse) y Sonsoles.
Como nota extra, en esta novela, Espido Freire incluye su amor por lo gatos y las flores;
presta a su protagonista las descripciones y vivencias de sus viajes y su asiduidad por la
lectura, incluso un lenguaje poco coloquial hasta cuando tiene conversaciones no formales.
En general, reúne historias de los personajes secundarios que no aportan reflexiones
profundas sobre la depresión o la manera de afrontarla. Muestra anécdotas sobre situaciones
de dolor, e incluso depresión, de otras personas, pero no ofrece al lector una posibilidad
deslumbrante para la reflexión profunda sobre los sentimientos humanos. De la melancolía es
“correcta” en su prosa, el uso del lenguaje y la construcción de la historia, pero no supone un
parteaguas literario.
En un país que vivió 40 años de autarquía y régimen dictatorial, la llegada de la
democracia supuso grandes cambios para la sociedad. Los derechos (entre ellos, el de elegir)
95
y la posibilidad de consumo, parecieron acercar a una sociedad preindustrial, como la
española de entonces, a la homogeneidad económica y social. Como representante de ese
imaginario de la abundancia nacional, la nueva clase media post franquista, tuvo muchos
sueños, aspiraciones y herencias del buen vivir.
Espido Freire, pionera en la idea de la escritora 2.0, juega un papel de
testigo-juez-y-parte de la sociedad que la rodea. Sus ensayos Mileuristas y Mileuristas II son
piezas cuya calidad de análisis y recopilación de datos, dan como resultado un trabajo
esclarecedor y, sobre todo, proactivo a la sociedad que se critica; que entiende que la sociedad
española actual es resultado de la herencia mental de unos padres Baby boomers, de sus
valores y expectativas. Sus hijos, los mileuristas, recogieron los mensajes, pero sin medios
para llevarlos a cabo: educados en la abundancia no consideraron que ésta pudiera acabarse.
La respuesta estaba en la responsabilidad individual.
En su novela De la melancolía, la autora se desvincula de la línea de pensamiento
crítica de su saga Mileuristas y parece más interesada en contentar a quienes cree que son sus
lectores: mujeres de clase media acomodada, medianamente críticas en tanto se salen poco de
la norma, su norma. En este discurso, el individuo es una víctima mimada del sistema pero
que ha de buscar el consuelo y el resurgimiento en la comparación de su situación respecto a
la de generaciones anteriores (que sí sufrieron más, que vivieron el hambre y la guerra, entre
otras circunstancias).
Queda claro que Elena en De la melancolía ha sido una mileurista cultural, ha ido por
el camino correcto, haciendo lo que debía de hacer para alcanzar la estabilidad y, con ella, la
felicidad en esa línea vital nacimiento-universidad-trabajo
estable-matrimonio-jubilación-muerte característica de su situación de clase y, por supuesto
de su generación (mileurista). Cuando cualquiera de esos elementos se trastoca (en su caso,
todos), la catástrofe rompe la linealidad de la felicidad proyectada.
También de resiliencia va Espido Freire. Por un lado, la hija del obrero ha creado un
personaje, al parecer lejano a sus raíces para gustar y atraer, tal como sus 100k en Instagram
constatan, mientras produce en serie, con una regularidad y un registro que la anclan al
escenario editorial, aunque con diversas opiniones sobre su calidad.
Esta situación, sin embargo, no se dará en el siguiente caso de estudio: el de Andrés
Neuman, un escritor que, aunque reconocido por los lectores y la crítica, ha hecho amagos
por integrarse a las redes sociales (propio de su generación), pero no ha acabado de cuajar.
Eso, en su caso, no importa: tiene un lugar propio en la crítica española y, sobre todo, en las
ventas, con un público fiel que lo sigue allá donde vaya.
96
CAPÍTULO VI. Caso 2: Andrés Neuman
Inmigrantes de primera y luego, todos los demás
98
Andrés Neuman es, sin duda, uno de los escritores argentinos (hispano-argentinos como
aparece en su biografía) más reconocidos no sólo de su generación (sus libros están
traducidos a más de veinte lenguas en todo el mundo), sino de esa suerte de “mestizaje
inmigrante” (término de la que escribe). Porque Neuman dice sentirse igual de argentino que
de andaluz (Neuman, 2014, s/p), aunque ha vertebrado su narrativa en torno a su impronta
natal y al eterno tema de la memoria (Bariloche, 1999; Una vez Argentina), la migración, la
identidad y el lugar de uno (Una vez Argentina, 2003; El viajero del siglo, 2009; Fractura,
2018).
En general, parecería que los conflictos literarios de Neuman rondan entre la historia
nacional, atrás, y la historial personal, adelante. De eso, justamente, va Fractura, indagando
en esas ideas por medio de reflexiones sobre la memoria histórica en países cuya catástrofes
sociales o naturales han dejado cicatrices.
En Fractura, Neuman analiza la vida de otro inmigrante, este, perpetuo, Yoshie
Watanabe, superviviente de la bomba de Hiroshima que, además, vive el tsunami de 2011, lo
que “remueve las placas de la memoria” (Neuman, 2019a, 19). Habiendo sufrido aquel gran
trauma en el que quedó huérfano, Watanabe enfrenta, después de una larga y exitosa vida
laboral (de evasión), la fuente de sus cuentas pendientes.
El objetivo de Neuman es presentarnos a su protagonista a través de los cuatro amores
de su vida, cada una en momentos vitales distintos, con nacionalidades distintas y en lugares
del mundo, y del pensamiento, diferentes. Cada una de esas mujeres ofrece panorámicas
comunes del que fuera su amor, sin embargo, él, en primera persona, nunca nos habla de
ellas: el narrador se limita a recordar detalles de su vida con ellas. Lo que hace Watanabe es
emitir juicios de valor, opiniones, reflexiones. Es así como lo conocemos, al menos, en parte.
La intencionalidad de elegir cuatro amores recae en el interés del escritor por hablar
de la Historia, del momento local de cada uno de esos lugares. Watanabe es el punto del
transecto que une una narrativa internacional (París, Nueva York, Buenos Aires, Madrid) para
conocer la visión del autor sobre el mundo, que Watanabe descubre o conoce. Más allá de las
tramas, los amores son un pretexto para que la estructura de la novela funcione con la
finalidad didáctica que el autor se propone (dar datos de momentos históricos, posturas
políticas, bosquejos de sociedades). En este sentido, la novela ofrece, como su propia
contraportada dice “amor y humor, historia y energía”, conjunción de elementos que muestran
oficio y saber hacer por parte de Neuman.
Fractura resulta interesante para la reflexión que supone este trabajo pues muestra
con claridad las obsesiones temáticas del autor: ser extranjero y cómo se observa el entorno
desde esas lentes, el vínculo de lo local con lo global, el lugar en el mundo. No describe la
condición de cualquier inmigrante, sino de uno cualificado, exitoso y, sobre todo,
económicamente muy estable. En su caso, Yoshie Watanabe vivió una España distinta a la
actual, la de los noventa, “hambrienta de futuro” (Neuman, 2018); una España a la que,
casualmente, fue a la que el propio autor aterrizó en su adolescencia y que, como el propio
rastro de su temática narrativa, nos podría llevar hasta su propia impronta.
99
6.1. Ser extranjero en la España de la Abundancia
Durante la década de los noventa había dos tipos de foráneos en Españistown (de por ahí, se
dice en la Granada de Neuman): los extranjeros y los inmigrantes. Los primeros eran
distinguibles por el color de su piel, por sus costumbres distintas a las locales y no eran
iguales a los segundos que, eran, “personas que procedían de Marruecos” (70%), mientras
que un 20% de los encuestados asociaba “inmigrante” con latinoamericano o, aún, 10 % con
ciudadanos de la Unión Europea (Martínez Buján, 2003: 34, 13) No obstante, datos rebaten la
percepción popular. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) (1996), los
nacidos en África del Norte sólo representaban el 15% de la población, mientras que los
latinoamericanos, en percepción, estaban subrepresentados, con un 18%. Quienes habitaban
mayoritariamente España como población inmigrante eran los ciudadanos de la Unión
Europea, quienes copaba casi la mitad de la población total inmigrante, el 46.7%.
Esta situación cambió en la percepción de la población desde 1997, a partir de un
elemento decisivo en la condición migración-extranjería y, sobre todo, de percepción social
de la inmigración en la España de la Abundancia: la regularización de 1996 y la modificación
del Estatuto de la Ley de Extranjería de 1985 (Ley Orgánica 7/1985). A raíz de estas
reformas, el número de regularizaciones por parte de los norteafricanos creció, llegando a sus
máximos en 1999; no obstante, en 2001, el 26% de los inmigrantes con permiso de residencia
procedía de Latinoamérica, prácticamente duplicándose de 150,000 a 300,000. Es importante
anotar que estos números no significan que durante esos tres años haya habido una oleada
migratoria hacia España, sino que quienes ya estaban en carácter ilegal, invisibles por las
estadísticas, finalmente quedaron regularizados, visibles a través de la llamada
“Regularización de arraigo” (2000-2001). Argentina, Colombia y Ecuador fueron las
nacionalidades que documentaron mayor número de inmigrantes, que consistió en demostrar,
como requisito indispensable, vínculos o lazos de parentesco con extranjeros ya residentes en
España o, directamente, con españoles. El caso de los argentinos fue especialmente
significativo pues sus árboles genealógicos sustentaban estas solicitudes (padres, abuelos,
bisabuelos), llegando a regularizarse el 80.3% de las solicitudes presentadas (Martínez Buján,
2003, 15, 16).
De este modo, si bien para 1991 la población mayoritariamente regularizada era la
marroquí, Argentina, Perú y República Dominicana eran los países latinoamericanos con
mayor presencia en España. Debido a que los efectos macro influyen en las personas
(concretamente las políticas migratorias durante la presidencia de Felipe González,
1982-1996 y luego las del popular José María Aznar, 1996-2004), los dos grandes momentos
de la inmigración latinoamericana en los noventa van, de inicios a mediados de la década, y
de consolidación, a partir de 1999.
A inicios de los noventa (primer momento de la política migratoria), el mayor número
de solicitudes de nacionalización y regularización, así como el mayor número de solicitudes
aceptadas, correspondieron a ciudadanos de Argentina. En su caso concreto, Neuman, según
entrevistas, llegó a España, en 1991, en medio de la euforia europea, democrática, de cambio.
En términos de regulación migratoria, el gran proceso que afectó a los argentinos tuvo dos
momentos, en 1986 (en el que se regularizó el 30%, que incluye a aquellos exiliados por la
100
dictadura) y en 1991, justamente, “que incorporó a buena parte de los que llegaron durante la
segunda mitad de los ochenta (a partir del Plan Austral y, sobre todo, a raíz de la crisis de la
hiperinflación en 1989-1990” (Actis, W. y Esteban, F.: 2008, 89).
El Watanabe de Fractura describe la España de esa época y, aunque no entre en esa
categoría de inmigrante, posiblemente sea un reflejo de lo que el mismo autor proyecte de sí
mismo y de su situación excepcional en el país de acogida. La comunidad latinoamericana
(argentina, colombiana, dominicana, peruana y ecuatoriana) solía dedicarse a empleos poco
cualificados dentro del servicio doméstico, la hostelería y el sector informal (Izquierdo, 1996)
a pesar de su cualificación desde origen (“técnicos o profesionales” con la secundaria
acabada) y sólo el 1.3% de la población realizaba empleos terciarios cualificados (Martínez
Buján, 2003).
En el Madrid de mediados de los noventa, el Watanabe de Neuman es un ejecutivo de
una multinacional de la electrónica, sin dificultades económicas, que vive y se deja llevar por
la vida en los países que, a través de sus amores, va conociendo. Gracias a ellas, insiste el
autor, Watanabe se va impregnando de algo más íntimo y profundo: la lengua. En Fractura
todas las mujeres son feministas, a su estilo y con sus propias cargas socioculturales: Violet
con sus reflexiones sobre el empoderamiento económico y laboral; Lorrie con su evidente
empoderamiento ideológico y de género, que no acepta concesiones y decide sobre su cuerpo
y sus batallas; Mariela, como profesional lidiando con los avatares de la economía argentina,
superviviente que apela por la protesta pública de madres y abuelas no como meras
procreadoras y amas de casa, sino como mujeres haciendo política; Carmen, con la decisión
de quedarse en su lugar, su vida, su país, de ser una mujer tradicional. Quizá la multiplicidad
que cada una de estas mujeres representa, responde a la misma obsesión del autor: “Hay
muchas formas de ser extranjero y me interesan todas” (Neuman, 2019b, s/p).
No obstante, es Carmen quien nos ayuda a entender Españistown y la Abundancia,
quien nos da una imagen clara de cómo se vivía en esa época de ilusión y derroche, donde los
inmigrantes eran, el soporte invisible de una economía en crecimiento.
101
alfombra ciertas cosas”. De este modo lo describe: su hambre de futuro, la ilusión por
preparar esa gran boda que sería la Expo del ’92 (Sevilla) y su tornaboda mediterránea, las
Olimpiadas de Barcelona (también en 1992, pero en agosto). Hace referencia a la
esquizofrenia política de mediados de la década, desde el atentado contra el rey, los casos de
corrupción o la violencia de ETA. A la par, menciona los aparentes signos de esos nuevos
tiempos económicos, tan esperanzadores, en boca de sus dos personajes. Yoshie, por su
profesión como economista, justifica los análisis económicos, y Carmen, persona común y
corriente, pone los datos de contexto: las crisis económicas durante el gobierno de Felipe
González, la llegada del AVE o el cambio cultural de la época, donde “[…] en la tele
empezamos con programas culturales para los niños. Y acabamos con concursos, famosos y
tías en pelotas” (Neuman, 2019a, 421); Aznar y la entrada en la OTAN, sobre todo, ese
espejismo popular de la boyante economía: “Con el cuento de las pantallas de cristal líquido
[…] Medio país cambió de tele” (Neuman, 2019a, 422). En conjunto, la estrategia narrativa
es efectiva y queda claro el momento del país, la polaroid nacional. No obstante, su Carmen
comienza a dudar del relato del gran milagro español:
Neuman, recurre al extranjero (nunca llamado inmigrante), a Yoshie para introducir las lentes
críticas, el ojo que ha de ver la desnudez del rey: que mucha de la bonanza de la época estaba
influenciada por la adhesión de España a la Unión Europea.
102
En ese momento él [Yoshie] calculaba que los
inmigrantes movían casi un tercio de nuestro producto
interior” (Neuman, 2019a, 423).
Tanto los colombianos como los ecuatorianos iniciaron su residencia en España a partir
de la década de 1990, es decir, comenzaron la construcción de sus redes de apoyo con veinte
años de diferencia lo que, entre otras razones, muy probablemente influyó en su vida
cotidiana. Los datos mostrados por diversos estudios (Sarrible, 2000a; Sarrible, 2000b)
muestran que los varones argentinos, respecto a los colombianos y los ecuatorianos, migraban
103
con mayores niveles educativos (licenciatura), pero no así las mujeres, pues muchas de ellas
estaban equiparadas, en tanto los mismos niveles de cualificación, con las de Colombia y
Ecuador, pero éstas no realizaban trabajos terciarios, sino de ayuda a domicilio. En este
sentido, hay dos elementos que llaman la atención: que aquellos ciudadanos de Argentina que
ocupaban puestos cualificados dentro del mundo científico lo hicieron en un momento en que
la inmigración sudamericana era altamente cualificada (no sólo de Argentina sino también de
Chile y Colombia, por ejemplo) (García Ballesteros, et. al., 2009, 65) y que el peso de las
mujeres argentinas con estudios superiores contribuyó a engrosar los porcentajes de
empleabilidad cualificada de ese país, a diferencia de otras mujeres latinoamericanas
(Martínez Vega, 1997 y 2000).
Andrés Neuman y su familia se ajustan a este perfil. Su padre, profesor universitario y
su madre integrante de la Orquesta Ciudad de Granada, dicen haber dejado Argentina no por:
“El éxito profesional”, según las estadísticas, no es una norma común para todos los
inmigrantes. Por ello, es bien posible que la comunidad receptora haya jugado un papel
primordial en la adaptación y asentamiento de la familia, pero ésta sólo es una conjetura
antropológica. Así, puede hablarse que la familia de Neuman no entra en la media del
fenómeno migratorio latinoamericano en España, lo que se constata en esta cita (donde, por
otro lado, Neuman sí se habla de exilio, a diferencia de lo que se recoge en la cita anterior):
104
Pensar en la idoneidad del destino por razones de educación superior, como la universidad,
tampoco parece ser factor común en la elección del destino migratorio. Sin duda, este dato
habla del nivel de cualificación y aspiraciones de los padres inmigrantes, elementos que
influirían en el acceso a los estímulos y recursos que recibiría su progenie.
Más allá del pasado reciente, tanto suyo de su familia nuclear, Neuman se empeña en
recapitular las veces que, en el pasado su familia también ha sido inmigrante. “Una vez
Argentina” recoge esa intención, la de
No cabe duda que para Neuman, sus raíces y vínculos internacionales y cualificados son
fundamentales, lo que, además, condicionó de manera positiva situación migratoria. Así lo
muestran sus primeras líneas biográficas en Historia-Biografía:
105
escayolista, profesor de latín y ayudante en una empresa
de cortinas.
Posteriormente ingresó a la Universidad de Granada,
de la cual se graduó como Licenciado en Filología
Hispánica. En la misma terminó su doctorado e impartió
clases de literatura hispanoamericana
(https://historia-biografia.com/andres-neuman/) (Negritas
originales).
Como hijo de ese otro país en el que creció, España, Neuman es, a su vez, un miembro
interseccional de la Generación de la Abundancia: joven, varón, hijo de inmigrantes
cualificados, cualificado él. Como tal, se enfrentó, igual que sus pares, a la peor crisis que su
generación recordaría: la del 2008. Habiendo crecido en la mejor España posible, llama la
atención que sus decisiones literarias estén lejos de las inquietudes de sus coetáneos
generacionales; que no hable de ni crisis, ni de sueños rotos, muchos menos de precariedad.
El viajero del siglo describe cierto esplendor; Fractura, buen vivir. ¿Por qué? ¿Es que no
compartía las mismas inquietudes y reflexiones que sus homólogos nacidos en España? ¿Fue
acaso una decisión editorial para posicionarse del otro lado del Atlántico?
Mientras al país lo abofeteaba la crisis del 2008, Neuman publicó una novela en una suerte de
Europa del pasado, estampa de libros tradicionales (El Viajero del Siglo, 2009) y mientras su
generación no terminaba de superar ese golpe, emergía y se desinflaba el 15M (2011), y sus
colegas de generación escribían novelas de la crisis, Neuman se lanza con Fractura, la
historia sobre un superviviente de Hiroshima. ¿Por qué?
Es muy posible que, mientras la temática editorial española iba para un lado, Neuman
fuera para otro de manera completamente intencional. Debido a que su mercado de acción es
Hispanoamérica, cabe pensar que los problemas de la crisis, los sueños rotos y la decepción
generacional por el modelo Españistown, no fueran del interés general de sus lectores a
ambos lados del Atlántico. Más aún, en “América Latina: la crisis fue una tormenta de
verano. El continente sobrevivió a la debacle colectiva gracias a la fortaleza estructural que
tenía en 2008” (Fariza, 2018). De hecho, la migración latinoamericana dio un paso atrás,
masivo, en oleada, aminada, incluso por el mismo sistema que, años antes, la había recibido
con los brazos abiertos (Giménez, 2013). Más aún, fueron los españoles quienes migraron,
otra vez, a América Latina en un fenómeno que coloquialmente se llamó invasión “nordaca”
(Estefanía, 2012).
Y parece que los resultados de El viajero del siglo confirman la decisión. Más allá de
sus reconocimientos, la novela propició un año de gira por América Latina, un libro de viajes
(Viajar sin ver, 2010) y, a más de 10 años de su publicación, sigue apareciendo como
best-seller en la plataforma Amazon. Fractura, quizá pensada para tener el mismo recurrido,
106
sólo ha alcanzado el reconocimiento de la crítica (logro no menor), a pesar de que su apuesta
en marketing fue evidente.
Neuman ha logrado posicionarse como un autor sin un discurso político definido y claro
(aunque haga comentarios al interior de las novelas o deje pistas en sus entrevistas13),
abordando temáticas neutras de crítica histórica, con información y datos. Su perfil es el de
ser un escritor erudito en artes e historia, carismático y amable, que no confronta ni
contradice de manera directa, un intelectual mainstream. Este es un logro importante por parte
de una persona no nativa, que juega y se adapta al terreno local y que, al parecer, está
constantemente evaluando lo que sucede fuera de él. Sin embargo, es importante marcar,
nuevamente, el concepto de interseccionalidad. Porque Neuman se ha adaptado a un país
distinto, pero lo ha hecho con herramientas traídas de casa (regularización migratoria,
educación de los progenitores, autoconciencia de su pasado europeo y cualificado, redes de
apoyo) no disponibles para muchos de sus homólogos de generación españoles y, sobre todo,
inmigrantes. Este suelo de partida, privilegiado, muestra eso que, a lo largo de este trabajo, irá
quedando claro: que la premisa de la meritocracia, asentada durante la década de los noventa
(justo en la que él llegó), no habría de existir para todos los Españiskids.
Si bien la migración fue un fenómeno muy relevante para comprender el contexto
económico y social de la Generación de la Abundancia, la existencia de autores inmigrantes,
exitosos o no, lo es en el panorama social de España-Españistown. Esos Españiskids
inmigrantes, no nacidos en España, hoy en día son parte de esta sociedad, de sus imaginarios
y de sus expectativas. Andrés Neuman, argentino-andaluz/andaluz-argentino es un caso
significativo de cómo miles de niños y adolescentes, nacidos en otro lugar, se integraron a la
Generación de la Abundancia y de que no todos lo hicieron de la misma manera.
13
En Entrevista Digital, El País, 27 de noviembre de 2012, “Antonio” (no indica su apellido), que participa en el chat
del periódico, pregunta: “Te sientes identi cado con la idea del artista en el romanticismo como vidente en nuestra
sociedad? ¿O qué otra posición tendría el artista en esta sociedad?” A lo que Neuman responde: “[…] personalmente
pienso que los oráculos adormecen a quienes lo escuchan. La expectativa de la Voz Autorizada tiende a descargar de
responsabilidad a las demás voces. A lo mejor el arte tenga algo sagrado, pero detesto la sacralización del artista”.
107
CAPÍTULO VII. Caso 3: Pablo Gutiérrez
Ante todo, ser funcionario
109
mayor sueño (que incluye también ascenso social) es convertirse en funcionario público, gran
mito fundacional del reino.
La “estabilidad estable-hostil” (Gutiérrez, 2011) se transmite a las generaciones
siguientes como un deber ser pero la crisis de 2008 llegó para recordar a esa nueva
generación de entonces, que al final del camino de lozas amarillas había una tierra oscura, un
mundo por conocer del que nadie les había advertido: España.
110
como un pez, seguiría tomando el pecho hasta muy tarde,
nacería una hermanita, se llamaría Mariola, mar y ola:
esa fantasía la entusiasmaba, observaba el cuerpo mullido
de Marco dentro de la sábana y se convencía de que
debía ser así.
Decidió volver a la universidad y terminar la
licenciatura. La sensatez dibujó un plan de salvación en
su cabeza: noches de estudio y café, excelentes resultados
en los primeros exámenes, título firmado por el rey,
convocatoria de oposiciones de secundaria, horario
humano, catorce pagas, subsistencia garantizada, ascenso
en la escala social, de madre abandonada a pie de la
beneficencia a mujer abandonada pero con mensualidad,
despensa, recibos al punto, quince días en un hostal de la
playa, la decisión más importante de su vida fue entrar en
aquella librería especializada en temarios de oposiciones,
lejos quedó la ensoñación de conchas marinas y
pulseritas de cuero a favor de nómina mensual y facturas
pagadas (Democracia, 2012, 72).
111
La Generación de la Abundancia se crio en un cóctel en el que, de todas las
posibilidades, ninguna era la correcta, ninguna era de su agrado pero en la que no tenía la
obligación y tampoco la inquietud de crearse una propia. Así los describe:
Sin embargo, a pesar de que el mundo que los Baby boomers tejieron para ellos mismo
y para sus hijos era el deseado, se convirtió en un lugar donde por sobre todas las cosas, el
individuo buscaba, de manera constante y desesperada, la libertad. Y esta solo se hallaba
fuera del sistema:
112
vidas sin emoción, ni chispa vital, deparadas irremediablemente a la monotonía es un
leitmotiv en la crítica social de Pablo Gutiérrez:
113
Sus parejas son parte de la comodidad. Aunque no se muestran especialmente
enamorados de ellas (siempre ellas), son parte del paquete de la vida que ha de vivirse. Si se
van (que normalmente sucede), no se muestran especialmente dolidos a menos, acaso, que
ésta suponga una desmejoría material. Mientras el enramado sea estable, los personajes son
abúlicos ante lo que los rodea, mediocres porque no ambicionan, no persiguen, no cambian.
En Rosas, restos de alas (2011), en el cuento principal del mismo nombre, el
protagonista, Rosito, observa su vida en retrospectiva. Como resultado decide abandonar su
vida en un autoexilio a la playa y emprender la Idea: buscar y encontrar a una niña inglesa
que se ha perdido en Portugal. Para ello necesita dejar el piso (aunque tampoco pude volver a
él porque su esposa está ahí con otro hombre, mucho más joven y sexualmente más
complaciente que él), dejar el trabajo, abandonar el sistema. Una vez que el protagonista
decide hacerlo, se encuentra que no sabe qué hacer consigo mismo ya que siempre ha habido
alguien que le diga qué hacer y cómo hacer las cosas, ya sean el propio sistema o la figura
femenina en turno, la mujer o la madre. La paradoja es que el personaje recuerda, con
nostalgia y desasosiego que en ese mundo pasado, Españistown, “me convencieron de que
nunca estaría solo” (Gutiérrez, 2008, 44).
Ésta constituye la crítica más grande de Pablo Gutiérrez al ciudadano español: que
espera el respaldo constante del otro, del Estado o de las instituciones. Cuando no las tiene, se
siente abandonado, en busca de una boya de flotación. De esta forma, Rosito, perdido y
desesperado, decide volver a su vida, rogar a su mujer a pesar de la humillación, de la
infidelidad, y de la comparación con un amante más joven. Seguir ideas y sueños llevan a la
pérdida de garantías. Aunque los personajes deseen un mundo nuevo, no se atreven a soñarlos
y solo son capaces de mostrar asomos de rebeldía, acallados en medio del deber ser, de la vida
correcta, cómoda, tranquila y, sobre todo, normal.
Y la normalidad fue que desde mediados de la década de los noventa, la economía
funcionara, en apariencia, escandalosamente bien gracias, entre otros factores, a las
condiciones que el Tratado de Maastricht impuso a España para integrarla en la CEE; que la
tasa anual acumulativa de crecimiento real de la renta per cápita alcanzara, en la normalidad
de la expansión económica, registros medios de 3,8% frente a la media de la UE de 2,5%; que
el empleo registrara saltos históricos de 20 millones de ocupados en 2007; que en apenas una
década (a partir de 1995), la proporción de extranjeros pasara de 1 a 10 por 100 con una tasa
interanual de aumento de la renta de los habitantes del 3% (García Delgado, 2012, 38). Años
buenos los noventa, lo normal. Los Españiskids, ya oscilaban entre los 22 y los 12 años y
mientras unos nacían en la abundancia y otros se criaban en ella, aprendieron a asociar la
bonanza con latinoamericanas limpiando sus casas y cuidando a sus ancianos. Al final del
siglo XX, los Españiskids, entre 32 y 22 años trabajaban, habían comprado piso, tenían o
buscaban pareja estable. Españistown era una realidad predecible y tranquila, donde no
faltaba nada y había para todos. Los más jóvenes, miraban el reino brillante y aspiraban a
heredarlo. Pero un día, todo eso se acabó, sin más. Los Españiskids se asomaron a la ventana
y vieron un letrero grande que decía: Bienvenidos a España.
114
7.2. Las pequeñas tragedias o las expectativas rotas en Españistown
En 2007 el PIB pasó de crecer 3,6% a decrecer un 3,8% en 2009 (Ariño, 2020, 8). El
crecimiento había sido endeble y artificial, sujetado únicamente, según expertos, por
financiación suficiente a un precio reducido gracias al escudo blindado del euro. La recesión
iniciada en el curso de 2008 alcanzó, en 2009, una tasa de paro creciente donde los más
perjudicados fueron los jóvenes en el tramo entre 16 y 29 años, seguido del comprendido
entre 50 y 65 años. En el sector privado la reforma laboral del 10 de febrero de 2012 (Real
Decreto-Ley 3/2012) precarizó el empleo liberalizando el mercado del trabajo, removiendo
cualquier obstáculo que se opusiera al mismo y abaratando el coste del despido. En general, la
crisis y consecuencias derivaron en mayor desigualdad en las condiciones de vida de la
ciudadanía y en la propia distribución de la renta (Fernández Navarrete, 2016).
Entonces, los problemas insignificantes para unos fueron la vida entera para otros. Este
es el otro gran eje en la obra de Gutiérrez. Como antecedente, su cuento, “Conferencia”
(Ensimismada correspondencia) en el que un funcionario va a dar una charla a alumnos de
secundaria a los que, paradójicamente no desea cambiar porque viven lo que él considera, “el
mejor momento de su vida”, aquel fuera del sistema capitalista. El funcionario reflexiona
sobre pertenecer, sin remedio, a la clase media y sobre el tedio de la sociedad en la que vive:
A este tipo de personajes descontentos con su vida estable, común y corriente, es a los
que un buen día les llega la tragedia (pequeña en el orden cósmico mundial pero apoteósica
para el personaje). Entonces, su vida estable-monótona deja de serlo. Esas pequeñas
tragedias, diminutas en el orden universal de las cosas, descolocan la vida de los personajes y
los obligan a tomar decisiones, por lo general por primera vez en años o décadas.
Después de un mareo inicial en el que el personaje ve trastocada su zona de confort
hasta perderla por completo, encuentra la oportunidad de plantarle cara a su hostil existencia.
Ante una crisis, generalmente de recursos, deciden dejarse llevar por el destino en busca de
un cambio que han ido aplazando por miedo a perder su estabilidad-cárcel, su
estabilidad-hostil.
La pérdida de recursos deviene en una crisis personal que el protagonista ya no puede
eludir. A partir de entonces, la vida suele irse cuestabajo: de ropa limpia, piso propio y
115
trabajo, a vagabundo. Mientras, en la esfera interior, este cambio constituye un costoso éxito
para el personaje: su libertad y, si es radical, su salida del sistema. Un hecho inicial como
entrar en situación de desempleo o de ocio, lo hace reflexionar y lo orilla a la opción que
nunca se ha atrevido a tomar: volver al verdadero yo, el descartado (dedicarse a la vocación
verdadera, por ejemplo) en el pasado por un deber ser siempre predecible, siempre cómodo.
La vida antes de la crisis económica y personal, es un impasse. Lo real es lo que se avecina;
los personajes se vuelven más decididos en su instinto de autodestrucción, de inicio a cero;
renacimiento.
En esta búsqueda de libertad, los personajes de Gutiérrez recorren sendas que, o ya
habían explorado de manera clandestina-avergonzada, o bien que conoce por primera vez:
como la sexualidad violenta, los deseos de pedofilia o de ejecutar violaciones. El porno,
especialmente en los personajes “buenos”, funciona como una forma hacia la autodestrucción.
Así es la felicidad estable-hostil que se mirará con añoranza cuando la crisis se asiente
en Españistown y la transforme en España.
La recesión se asentó cuando los precios comenzaron a subir por encima de la media de la
zona euro, a la par que la productividad del trabajo se mantuvo estancada y los costes
laborales fueron al alza. El resultado fue “un deterioro persistente de la competitividad y un
116
extraordinario déficit exterior por cuenta corriente que eleva la necesidad de financiación de
la economía equivalentes al 10% del PIB en 2007” (García Delgado, 2012, 39).
En Españistown, los desequilibrios acumulados a lo largo de los años se evidenciaron en
cuanto cambió el escenario internacional. A partir del verano de 2007, con las hipotecas
subprime en Estados Unidos, las fuertes perturbaciones económicas a partir de la quiebra de
Lehman Brothers desencadenaron, un año después, la recesión global. El producto español
registró un decrecimiento del 3,8% en 2009 (INE, 2013, 1).
En medio de este cataclismo, Pablo Gutiérrez publicó Democracia (2012), su novela
centrada en el primer año de la crisis económica de 2008. La historia se centra en Marco, un
español promedio, con una vida y una existencia comunes y un tanto anodinas típicas de
Españistown. Un buen día, de pronto y, dentro del mundo de él y de otros tantos millones de
personas del mundo, Marco pierde su trabajo. Ahí comienza la verdadera crisis a la que el
personaje habrá de enfrentarse. El mundo alineado y predecible en el que vive se quiebra: eso
no fue lo que Españistown le había prometido.
Ante la debacle, Marco se deriva en el ocio, el aburrimiento y el pesar; después, hace
suyas ideas pasadas (y descartadas) con las de ser artista y, poco a poco, su vida estable, se
trastoca: su novia lo deja, deja de pagar facturas, deja de recibir el subsidio de desempleo y,
paulatinamente, sale del sistema. En estas andaduras, se integra a un grupo de inconformes
con los que tiene una serie de vivencias de activismo (el Movimiento 15-M), pero descubre
que muchos de sus militantes eran algo así como unos inconformes crónicos, desplazados
sociales que vieron en las protestas una forma de sublimar sus propias bajezas; las
manifestaciones como la escenificación de las frustraciones, amparadas en una causa.
Marco es una crítica al modelo de vida español, abúlico, en eterna búsqueda, casi por
inercia, de estabilidad mediocre; carrera, novia, piso, trabajo estable. Por eso, cuando la novia
de Marco comprende que él es un desempleado-deprimido, lo deja y, en el futuro, se
construye una vida prototípica de Españistown con una nueva pareja, un líder sindical
integrado al sistema con el que construye un hogar tradicional y vacaciones de Disneyland
París. La revolución se termina cuando llega el tiempo de la estabilidad, en una situación que
también vivieron los Boomers.
Marco muestra la continuidad heredada de un tipo de vida que, en su generación tronó,
explotó o dejó de ofrecer los placebos sociales esperados. Marco, un profesionista que elige
una titulación universitaria sobre una vida artística, hizo lo correcto de acuerdo el sistema.
¿Por qué, entonces, le paga de esa manera? En este sentido, Gutiérrez es atípico en su
respuesta-crítica: no solo explica el sistema financiero mundial en su avaricia colectiva, desde
el más pequeño hasta el mayor engranaje, sino que también critica al individuo, a los miles de
Marcos que, ante la primera embestida de la vida, han perdido en el primer asalto14. ¿Cómo
responde Marco a ello? Con una nueva vida, un tanto a la deriva, pero fuera del sistema y
luchando porque una niña a su cargo, no caiga en sus fauces. Ese es el verdadero esfuerzo
heroico: salvarla del sistema.
Democracia es una oportunidad de reflexionar sobre la desprotección y la soledad a la
que se enfrentaron los Españiskids después de la caída de Leihman Brothers e introduce la
14
En este caso, el autor también critica las opciones que el Estado o el sistema en general, ofrecen a estos desilusionados
del modelo, entre ellos, la opción que el gobierno en vigor da a los jóvenes: el emprendimiento (Democracia, 2012, 155).
117
idea de que las personas, los ciudadanos en general, tendríamos que ser protegidos de la
Democracia y del Estado de bienestar.
Para Gutiérrez, después de la crisis existe un Nuevo Mundo naciente en el que, quizá, el
nuevo personaje-sujeto encuentre alivio en el arte, en sus talentos ocultos por el mundo de la
estabilidad-hostil. Los personajes se encuentran o reencuentran con la poesía, con Juan
Goytisolo, Rubén Darío, Pablo Neruda, Louis Aragón, Juan Ramón Jiménez y en ellos buscan
liberación o rebeldía. Curiosamente, cuando la poesía aparece, los personajes comienzan su
período de declive emocional-físico. Otros deciden dibujar, como una habilidad que fueron
olvidando y rezagando cuando la vida comenzó a ser algo serio, maduro. El arte es, en el
fondo, la más sublime salida del sistema: la respuesta.
La lectura de la obra de Pablo Gutiérrez deja la misma pregunta que este trabajo
propone, ¿la sociedad puede aspirar al cambio si la generación actual se comporta según la
ideas, principios y métodos que la generación anterior? El autor, en sí mismo, constituye una
paradoja pues es un crítico vehemente del sistema, pero, al mismo tiempo, lo habita desde esa
ambrosía delineada desde el franquismo, ergo, desde las bases decimonónicas de
Españistown: las del funcionariado público.
118
CAPÍTULO VIII. Caso 4: Elvira Navarro
Una psicosis llamada España
8.1.1. La ciudad
8.1.2. El verano
120
vacacional. El verano es, sin duda, una característica del modo de vida aspiracional, sobre
todo, transversal, de la clase media y marca, de manera considerable, no solo los escenarios
de Navarro, sino también los de Pablo Gutiérrez o los de Espido Freire. El verano es otra
dimensión y siempre se marca así: ocio, relajación e, incluso, aburrimiento. Nada de trabajo
en el campo, ni oportunidad de hacer dinero con trabajos estivales. Sin duda, el verano es otra
de las consecuencias de Españistown en la mente de esa nueva clase media.
Además de esos mega escenarios, Navarro recoge grandes temáticas en sus libros, que,
bajo una óptica sociológica, permiten caracterizar al Españiskid en la idea del esfuerzo, la
meritocracia y la igualdad de oportunidades; productos inflados con altísimas expectativas
que se pincharon ante la realidad. Temas como la soledad y la salud mental, aunados a seres
solos mirando hacia adentro, sin conciencia ni capacidad para organizarse ni buscar apoyo en
el otro, un igual, resultan en una generación deprimida, enferma.
En La ciudad en invierno se describe, sin tragedia, la soledad de estos niños de sólida clase
media cuyos progenitores, Baby boomers, tienen algún tipo de trabajo cualificado que los
mantiene fuera de casa hasta la noche (se menciona el tipo de amistades que tiene, como
psicólogos o médicos y como dato, incluso, el tipo de gustos y capacidad de consumo, por
ejemplo, los zapatos de piel). A la par, esos Boomers crían hijos, hijas en este caso,
responsables de sí mismos en sus actividades cotidianas como ir al colegio (llegar puntuales,
tomar el autobús), cumplir con las tareas e ir a las academias de música o de idiomas. En esta,
la España de la Abundancia, la vida tiene un entrenamiento extra y vacaciones en la playa,
121
donde los padres ya no son la representación de los abuelos, han tenidos menos hijos a los
que darles mejores oportunidades. Sin embargo, el futuro (esa masa adolescente que pagará
las pensiones del mañana) pasa largas sesiones consigo misma antes de dejar la infancia. Los
padres existen hasta la noche y solo hasta entonces pueden pasar algún tiempo con ellos.
En el primer capítulo-cuento del libro (en mi opinión más lo segundo), Expiación,
Clara, comparte una casa de campo (con piscina) con dos mujeres adultas, viejas. Ellas, de
otra generación y otros referentes de educación, mantienen una lucha constante con la niña a
la que no pueden dominar porque, a pesar de su tamaño y su edad, tiene un gran poder sobre
ellas. En este contexto surge la frase “Ya no soporto a la niña” (Navarro, 2012: 17)15.
En el cuento, llaman la atención, otra vez, los referentes integradores de esta nueva
clase media española, el verano, la playa y la piscina, pero, en este caso, los ambientes y las
emociones se intercalan con el calor aplastante, que corta el tiempo en rebanadas espesas,
densifica el ambiente y lo llena de tensión.
A partir de este cuento podría preguntarse si el hecho de la nueva clase media delegara
en sus mayores el cuidado de una generación, anormalmente distinta, generaría la dicotomía
del tipo de sociedad que estaba por llegar, una otorgó mucho poder en la infancia pero que
luego, se revertirá su adultez: de pequeños dictadores a grandes frustrados.
Otro ejemplo del cambio generacional (además de que, en el segundo capítulo-cuento,
Cabeza de huevo se menciona el nombre de una amiga, Vanesa, distinto al que pudo haber
usado la generación anterior), está en el tercer cuento del libro. En él, Clara tiene tanto tiempo
de autorreflexión y autoconocimiento que se adentra en lo prohibido y trasgrede lo rutinario.
Su aventura la lleva a caer en el dintel de un puente y termina en una plaza cualquiera de la
ciudad con signos de violación. Parece no recordar lo que pasa, pero tiene algunas nociones
certeras de quién pudo haber sido su atacante; en su reflexión, sin muchos visos de ser
traumática, solo quiere comprender lo qué pasó. En este relato Clara llama a sus padres por su
nombre, nunca como “padre”, “madre”, “mamá”, “papá”.
En el cuarto capítulo-cuento Amor, se indaga en el tipo de relaciones por las que Clara
siente gusto: aquellas que le producen miedo y ansiedad; en las que un hombre mayor pueda
tener cierto poder sobre ella (del mismo modo que en sus dos cuentos anteriores, el ciego y el
vagabundo). Tiene un novio, compañero suyo de colegio que, a pesar de que le gusta, le
parece soso.
Nuevamente, el telón de fondo es la ciudad, Valencia y su centro comercial –cerca del
histórico-; se describen sus calles, sus edificios, portales, el trazado del barrio, el paseo
marítimo, las percepciones y sensaciones que le despiertan o despertaron.
15
Sobre esta frase, en particular, se ha hecho eco Care Santos de El Cultural: “descarnada”, “la historia de Clara, su
protagonista […] no puede ser más terrible, comenzando por las palabras de los adultos que la rodean (“ya no soporto a
la niña”). Como se puede ver en el cuerpo del texto, mi opinión es distinta teniendo en cuenta el contexto de análisis de
este trabajo (Ver en: https://elcultural.com/La-ciudad-en-invierno).
122
8.3. La ciudad feliz, inmigración y soledad (otra vez)
Aunque también se incluye en el género novela, el segundo libro de Elvira Navarro une dos
cuentos largos con dos protagonistas conectados. El primer cuento, que da nombre al libro y
describe el viaje personal de un chico, de China a España, al reencontrarse con su familia, ya
no solo físicamente, sino al interior de ella. En el camino, el protagonista también buscará la
propia integración con su medio, el de los adolescentes como él, pero nativos españoles.
Plantea una situación que los Españiskids vivieron desde pequeños y que los colocaba
en la cima de la pirámide socioeconómica y cultural que habría de definir su lugar en el
mundo: la inmigración de colectivos provenientes de países en vías de desarrollo. Siempre
minorías que aterrizaban en situaciones precarias, afrontando trabajos manuales y de mucho
esfuerzo físico (servicio doméstico, atención a ancianos, construcción, agricultura), incluso,
de gran inversión de tiempo (regencia de pequeñas tiendas), estos inmigrantes, aunque con un
trabajo que les aseguraban un sustento, contaban con poco prestigio social:
123
transporte, come fuera o va al cine; que va a clases de dibujo por la tarde y que vive una vida
consigo misma la mayor parte del tiempo, porque es hija única. Otra vez, crea una niña
observadora e inteligente, con cierta malicia y con deseos de descubrir lo que le rodea. Con
sus matices, es un personaje muy similar al de Clara.
En los dos primeros libros de Elvira Navarro, amén de sus temas y pulsiones recurrentes,
llama la atención que se repite el tema de la enfermedad mental, aunque es en su última
novela, La trabajadora, donde lo toca de manera directa. En este libro la autora juega con la
metaliteratura, donde el personaje principal, Elisa Núñez (EN, como las iniciales de la
escritora), la trabajadora pareciera inspirada en ella misma y en una situación familiar para
ella, recurrente en los libros de la Generación de la Abundancia: la precariedad laboral y vital.
Es un texto en primera persona, vivencial, testimonial. La salud mental de Elisa se ve
seriamente trastocada por la falta de estabilidad en su vida, sobre todo, por sus expectativas
rotas. Porque en la nueva clase media de Españistown, que Navarro nos ha ido describiendo
en sus libros, la meritocracia es real: todo se alcanza con esfuerzo y trabajo, al menos, todo lo
que hay en el mapa. Pero en el nuevo mundo de la España hostil, eso no existe, por tanto,
genera psicosis. Los Españiskids fueron educados entre algodones cuando el futuro, en
general, apestaba a fregona.
La novela se construye por partes ordenadas de manera no cronológica, que dan
cuenta del recorrido existencial de la protagonista. Todo comienza cuando Elisa Núñez,
habiendo obtenido cierto prestigio a partir de una novela, recibe una oferta de 300€ por una
pequeña crónica-artículo para un diario nacional. Ella opta por escribir sobre su situación y
desvela, al parecer sin pretenderlo, la progresiva precarización que ha ido sufriendo su vida:
sus cuentas están en números rojos, tiene que recurrir a su padre cuando se le rompen las
gafas, vive matando el tiempo (otra vez) a solas, dentro de sus cuatro paredes mentales y
reales.
124
que ambas están discapacitadas para la sociedad, ambas están en sus márgenes debido a su
frágil psique, a su salud mental. Pero esta locura es vista con cierto sentido de heroísmo:
“Ahora que escribo esto, me doy cuenta de que algo en mí se aferraba al desmoronamiento”
(Navarro, 2014, 88), como si el desastre y la caída llevaran a la redención.
Elvira Navarro (como después se verá en el capítulo dedicado a Cristina Morales y Lectura
fácil) habla de mujeres (Susana y Elisa) que no están diagnosticadas como enfermas
mentales, pero que han sufrido episodios de trastorno mental (una esquizofrenia-bipolaridad
y, la otra, un ataque de pánico); que viven el día a día integradas a la sociedad, con empleo y
libertad de acción y movimiento, pero realizando tareas que, fuera de su afición por la cultura,
no las satisfacen. Precisamente por su una integración medianamente funcional, estas mujeres
no están reconocidas como discapacitadas por el sistema. De hecho, cuando Elisa tiene el
primer ataque de pánico y la lista de espera para el psiquiatra se extiende a una semana,
decide recurrir al alcohol y a los medicamentos para encontrar un poco de alivio.
125
Con todo y su precariedad, Susana no vive en la eterna desazón económica en la que sí
vive Elisa, llena de cualificación: “Añadí que comenzaba a no importarme ser teleoperadora
si se me aseguraba un sueldo fijo y no estar a solas en el piso” (Navarro, 2014, 68). La
protagonista no termina de entender, bajo los parámetros de su imaginario de crianza, que es
pobre, se resiste a verlo. Lo que sí va comprendiendo es que vive en una situación de
estudiante eterna, evidente al tener que compartir piso no solo otra vez, sino ya en los
suburbios de Madrid, más lejos del centro, más cerca de la clase obrera. No obstante, otros sí
notan esta transformación de La trabajadora:
En el mismo imaginario en el creyó Espido Freire en Mileuristas, Elisa optó por otra de
las salidas que le ofreció el sistema, el emprendimiento, con una empresa de servicios
editoriales, “pero ahora estoy demasiado deprimida y acobardada” (Navarro, 2014, 115). En
esa formación obtuvo consejos empresariales de gestión del tiempo que resultaron peores
para su ánimo porque revistar internet y perder tiempo en línea eran una forma de escape sin
salir de casa:
126
En el fondo, todo el argumento se centra en la soledad y la frustración, un círculo
vicioso donde la vida es precariedad, la precariedad queja y la queda es vida, donde el
individuo es Elisa o cualquier Españiskid. La queja y la frustración son características de la
Generación de la Abundancia. Frustración por no hacer lo que la vocación manda y sobrevivir
en un trabajo que no lleva a ningún sitio, sin resignarse a lo que se quiere, pero sin ver salida.
Solo bajo la medicación, esos precarios Españiskids se animan a exigir sus derechos, a
atreverse a hacer:
Elisa está frustrada, deprimida, quiere estar mejor remunerada, no tener que trabajar
tantas horas (mal organizadas, según ella misma confiesa), volver a vivir en el barrio de sus
inicios (algo así como volver a la situación inicial) y, sobre todo, poder dedicarse a la
literatura y ser reconocida, al menos por su editora. Sobre todas las cosas, está y se siente sola
pero pareciera sentirse cómoda en su depresión:
127
casa y pasa mucho tiempo sola, orillada en no tener vida social por no gastar, o porque tiene
que invertir mucho tiempo en el trabajo para poder ganar un salario. Es un círculo vicioso.
Esta es otra acepción de la precariedad: en un mundo donde todo se vive hacia afuera, la falta
de ingresos no permite vivir el mundo, ese mundo construido por el capitalismo.
Elisa se crea otras aficiones como correr, pero, primordialmente, caminar a través de la
ciudad. Cuando lo hace observa su decadencia y la de esos barrios que nunca estuvieron en su
imaginario de vida y de aspiraciones. A través de sus paseos da al lector una fotografía de la
transformación de la ciudad tras explotar la burbuja inmobiliaria: casas okupadas,
urbanizaciones o construcciones dejadas a medias, incluso, ladrones de cobre. Este es el
nuevo paisaje urbano lejos de la de abundancia, el de Madrid de la burbuja reventada. La
trabajadora observa, pero no quiere alarmarse como si aún no se diera cuenta que la situación
que vive no va sobre su pequeña tragedia (Gutiérrez, 2012), sino que es mayor, descomunal.
De esta forma, la decadencia de la ciudad representa las expectativas y fantasías del
Españiskid, cómo dejan de corresponderse con la realidad; muestra un espejo que no proyecta
lo que sus ojos quieren ver, que devendrá en psicosis. Los Españiskids como Elisa se
enfrentan con la misma situación que los inmigrantes de su infancia y adolescencia, esos
sudamericanos, esos rumanos, esos árabes, esos chinos: vulnerados por el sistema y el
mercado, con necesidad de migrar, trabajando para un amo que se enriquece a su costa.
La psicosis de muchos de los miembros de esta generación viene de la frustración vital
que atraviesan (trabajo precario, ingresos precarios, vida precaria). La falta de ingresos los
aísla cada vez más, los hunde en sus ordenadores y sus redes sociales; eterniza su situación de
precariedad estudiantil vista como un “mientras tanto” que se ha extendido toda la vida y del
que no es posible salir, a pesar de haber seguido las directrices del sistema.
Además del mantra de “todos somos clase media”, otro de los mantras de la Generación de la
Abundancia era que todo lo que se deseara (si lo deseabas muy fuerte muy fuerte), se
conseguía con esfuerzo. Al crecer, los Españiskids descubrieron que eso no era del todo
cierto, que no era mismo nacer en la ciudad y ser hijo de funcionarios con clases
extraescolares por las tardes a ser un hijo de agricultor que compite en la selectividad sólo
con su cerebro y su entrenamiento escolar. Los Españiskids fueron comprendiendo que la
igualdad de oportunidades no era del todo cierta. Así lo reflexiona Elisa:
128
Los Españiskids no consideraron en la ecuación que otro elemento fuera la suerte, factor
definitivo de éxito en el sistema. Así lo muestra la relación de Susana, la teleoperadora, con
Elisa, quien en un acto de apoyo sincero (gracias en gran medida a la medicación para los
ataques de ansiedad), se decide a hacer algo por alguien más y la ayuda a dar a conocer sus
creaciones (mapas hechos con recortes), en galerías de Madrid, encontrando un sitio sencillo,
para exponerlos. En este acto altruista, Elisa no espera, aunque el lector lo puede intuir, que
Susana logre su sueño (exponer en una gran galería, vender su obra, obtener desahogo
económico y reconocimiento sociocultural). Como consecuencia, Elisa se sume más en su
depresión, haciéndose consciente de su precariedad en todos los sentidos (incluso
moralmente) pues la envidia se apodera de ella.
Como se ha ido mostrando a lo largo de este trabajo, los Españiskids no fueron enseñados a
organizarse ni a responder colectivamente a los envistes de la realidad y sus circunstancias.
Como hijos de Boomers (protoindividualistas de mediados del siglo XX), aprendieron el
mismo accionar de sus hijos. Así, los Españiskids, no se organizan, no levantan huelgas, no
luchan en colectivo ni por sus derechos ni por ninguna otra idea (recordar al protagonista de
Democracia, Marco).
En La trabajadora, Elvira Navarro plantea otro ejemplo de esta forma de vivir. En un
aeropuerto, en un avión se han terminado las plazas libres, ante las quejas, más o menos
organizadas por un par de cabecillas, uno joven, de la Abundancia-Españiskid, y uno mayor,
Boomer, la aerolínea decide ir recolocando a los pasajeros en los vuelos subsiguientes. Es una
metáfora, consciente o no, del sistema. La empresa aérea, a través de la azafata, recurre a una
estrategia: que se organicen los pasajeros. Ante recursos limitados, la cabecilla Españiskid
llora, apela a la empatía (lástima) de los demás y deja de ser solidaria con su entorno;
mientras tanto el Boomer observa con astucia y, llegado el momento, ataca, como en un
documental de naturaleza:
129
Al final La trabajadora, como la misma autora deja ver, es una historia de fracaso de
una generación que lo creyó todo y a la que la inestabilidad aplastó. La precariedad, no
obstante, no sólo la vive Elisa, sino toda su generación y así lo dice su editora: “Os
comportáis como si, en lugar de negociar, esto fuera una venganza” (Navarro, 2014: 105). Y
sí, puede que la Generación de la Abundancia quiera venganza.
130
CAPÍTULO IX. Caso 5: Cristina Morales
El cabreo y las grietas del sistema
16
Sobre los millennials en la literatura, véanse: Sánchez García, R. (2018a), Sánchez García, F. J. (2018b). Sánchez
García, R. (2018c), Sánchez García, R. 2021.
La descripción y percepción de la España post crisis (2008), es un común denominador de los
escritores de la Generación de la Abundancia, tanto los mileuristas (1974-) como los
millennials (1982). El segmento más joven, sin embargo, ha ido ideando algunas de sus
medidas de adaptación fuera de la Abundancia en la que, de refilón, crecieron. El caso de la
narradora Cristina Morales (inteligente, educada y, sobre todo, muy desilusionada), muestra el
empeño de estos millennials por exprimir del sistema sus últimas gotas de abundancia.
En el mundo literario, los Españiskids se distinguen por dos tipos mayoritarios: los
narradores y los poetas. Los primeros, mantienen una idea clásica, antonomástica del libro
como cima de la pirámide literaria; mientras que, los segundos se han adaptado a la realidad
digital, comprendiendo que el libro-códice no es el único medio para darse a conocer, aunque,
quizá, sí el que pudiera tener mayor prestigio (Sánchez García, R., 2018c).
No obstante, tanto unos como otros ven condicionada su subsistencia gracias a la
literatura a un único factor, distinto al talento o a la producción editorial: el mercado. Hoy en
día, en un ejercicio de democratización tecnológica y libertad de expresión sin precedentes en
la historia, un segmento de la sociedad se manifiesta a través de las redes sociales. En ellas,
los usuarios seleccionan, delimitan y crean un mercado, el mercado; establecen que, como
seguidores son también, potenciales lectores y compradores (Sánchez García, 2020).
Los Españiskids millennials, a diferencia de sus hermanos mayores los mileuristas,
parecen haber aprehendido esta dinámica. En poesía, Elvira Sastre es la referente en su campo
con 444k de seguidores. Los narradores, sin embargo, no parecen haber sido tan exitosos.
Aunque una de ellos, Cristina Morales (Premio Herralde 2018, Premio Nacional de Narrativa
2019), granadina de 35 años, con educación universitaria, feminista, anarquista e
inconformista, parece tener su propia estrategia incendiando las redes sociales con sus
declaraciones y con su aspecto, poco común en las letras españolas: “el plumaje loco de su
camiseta, la dicción rapada, el entramado subversivo que supo levantar entre las sombras […]
jamás deja indiferente al auditorio” (Morales, 2019b).
Su estrategia, hasta ahora, parece funcionar: sin ostentar redes sociales con su nombre o
profesión, se viraliza en los medios de comunicación: molesta, vende libros, llama la atención
y con ello, genera un amplio mercado de ventas. Sólo su nombre arroja más de un millón de
entradas en Google y su Lectura fácil ya va por la décimo cuarta edición (2022).
Estas situaciones han hecho de Morales otro tipo de producto literario, aparentemente
periférico. Su diferencial de anti-institucionalidad la sitúa como una representante de su cuna
Españiskid, empeñada en encontrarle las grietas al sistema, dispuesta a obtener lo que les ha
prometido desde pequeños. Consciente de la existencia y acceso al Estado de bienestar en un
país siempre a mejor, Morales, al igual que los demás Españiskids que están dedicados a la
literatura, quieren dedicarse a la ella 365 días al año. También a diferencia de sus hermanos
mileuristas, quienes han tomado la literatura como una vocación que ha debido ser tratada
como un segundo empleo o un pasatiempo de verano (el resto del año han de desempeñar un
empleo estable que pague las facturas), los Españiskids millennials quieren que se les
retribuya por cada una de sus intervenciones o producciones y, también, defendiendo la idea
de dar valor económico a la cultura, por generar ideas. ¿Pero cómo hacerlo si la literatura,
como modo de vida, es un sistema que puede alimentar a muy pocos?
Cristina Morales ha encontrado la manera.
132
9.1. Millennials poetas, millennials narradores, Españiskids
Los Españiskids, en especial los millennials, usan las redes sociales y ordenan sus relaciones
en torno a ellas. Sin una aparente diferenciación entre vida pública y privada, han modificado
el modelo tradicional escritor/lector (Sánchez García, 2020b).
El caso más paradigmático lo constituye la llamada poesía juvenil, donde los autores
dan a conocer sus pensamientos de manera inmediata y reciben, en retribución, feedback
inmediato de sus seguidores-lectores. La poesía juvenil, constituye un modelo propio, único e
independiente en España y ha logado cimentar, en torno a ella, aceptación, ventas, difusión y,
sobre todo, nuevos lectores (Sánchez García y Aparicio Durán, 2020; Campos F.-Figares,
2021). A pesar de todo, los poetas juveniles, como gremio, aún tienen una asignatura
pendiente: ser respetados por el establishment poético.
Este fenómeno está lejos de darse en narrativa. En ella no se habla de una narrativa
juvenil, (ni joven, siquiera) que haya transformado las estructuras de recepción, lectura y
difusión. Los narradores de la Generación de la Abundancia, en concreto, son más canónicos,
fieles a la tradición y al linaje, no han logrado posicionar la narrativa en las redes sociales.
Quizá por una cuestión de extensión (como hemos visto, en España, la narrativa se cimenta
sobre la novela), de abstracción (la narrativa no logra traducirse al lenguaje de las redes
sociales), o de presentación (filtros, imágenes, fotos), el boom de los narradores de la
Generación de la Abundancia no ha sucedido. Lejos de ellos queda la influencia, el acceso a
las editoriales más importantes del país y el número de ejemplares vendidos que sí han
alcanzados los jóvenes poetas.
Cristina Morales está logrando salvarse, en parte, de la catástrofe. Primero, no forma
parte de un grupo o una generación reconocible, no la proclama y no la busca; segundo, no
usa las redes sociales como espacio de conversación directa con sus seguidores-lectores y,
tercero, no ha creado un nuevo mercado, sino que ha logrado abrirse un hueco en el que ya
existía: derivó lectores a su producto.
Ella basa su impacto en el uso y manejo de los medios de comunicación (los periódicos
principalmente); su manejo sirve como una herramienta de ventas, los explota a través de sus
titulares sacados de declaraciones incendiarias en prensa.
De forma paralela, el establishment literario la respalda y gracias a ello, a “estar dentro
de este circuito consolidado […] es lo único que en el presente concede un estatus [poético]
(Rodríguez-Gaona, 2010: 86)”, o narrativo, en todo caso.
Todos estos elementos coadyuvarán a modelar a Cristina Morales como
escritora-personaje, una dirección estratégica de su carrera resultado, quizá, del análisis de la
situación suya y de su generación.
133
escritores jóvenes, quienes asumieron que para escribir debía tener un salario fijo y cierta
estabilidad laboral como Pablo Gutiérrez (Rentería, 2020) o Sara Mesa (“casi nadie vive de
sus libros”, Aguilar, 2015), los Españiskids millennials quieren subsistir de la literatura y,
para ello, asumen que toda producción, por mínima que parezca, ha de tener un valor
mercantil. Reivindican su posición en el mundo (el de la Europa privilegiada) y se asumen
como “la gran generación destinada a no tener hijos”, por convicción o “porque cada vez lo
vemos más complicado, por los tiempos que corren, por la precariedad, la dificultad para
encontrar la satisfacción con la pareja” (Clark, 2018). Los Españiskids construyen este como
su discurso personal y le añaden reivindicaciones de vida privada (soy anarquista, feminista,
etc.) y estilos de vida. Y llevan años pensando en cómo vivir de escribir. Un ejemplo es el
paso de muchos de ellos por la Fundación Antonio Gala (Cristina Morales, Ben Clark, Aixa
de la Cruz), donde jóvenes artistas entre 18 y 25 años cuentan, por un año de alojamiento,
manutención, material y espacios necesarios para desarrollar un proyecto. Este modelo busca
incentivar la creación artística pero, ¿se cimentan las bases de un intelectual auspiciado?
¿Cuántos de los ex becarios de esta fundación continuaron sobre el camino de la financiación
externa para su producción literaria, una suerte de forma de vida? Sin duda, todos estos
factores se enmarcan en una situación, ni de lejos, propiedad única de los Españiskids, sino
que se expande a sus homólogos de todo el mundo: la precariedad.
9.1.2. La precariedad
Para muchos Españiskids, millennials o mileuristas, las esperanzas rotas empezaron al acabar
la universidad. Cristina Morales admite que “la universidad no me ha facilitado ningún puesto
de trabajo remunerado más que siendo falsa autónoma… El desengaño total de una
generación a la que se vendió que la universidad era un lugar de promoción social” (Morales,
2020). Así, al terminar sus estudios, “buscaba pasta donde fuera”. Como dice Aixa de la
Cruz, “tengo una situación tan precaria que no podría permitirme el lujo de rechazar un
premio con una dotación económica importante” (Maldonado, 2019: s/p).
Entonces, los Españiskids millennials buscan estrategias. Gracias a su experiencia en
editoriales, Cristina Morales declara haberse hecho experta en escribir proyectos atractivos y
ajustados a las prioridades del gobierno del momento. Admite que su objetivo siempre fue
conseguir dinero y que, para ello, escribió un proyecto literario que “fuera un dulce para los
sistemas”, que justificó como una manera de “indagar y normalizar la discapacidad a partir
del arte” (Morales, 2020a). Morales añade “consejito para todas: haced dosieres que le hagan
la boca agua a los burócratas y luego escribid lo que les dé la gana. Citar a Foucault es un
must” (Morales, 2020). Así nació Lectura fácil.
Pero el proyecto ya llevaba cierto recorrido. Primero, Morales logró presentar una
propuesta de dos folios para la editorial Seix Barral, que le pagó, a manera de adelanto,
5,000€. De la beca de escritura Montserrat Roig obtuvo 3,000€, “si pones interés en su mierda
de inclusión y te dan veinte puntos extra” (Morales, 2020).
134
9.2. La escritora-personaje como producto de mercado editorial
En España existen precedentes femeninos de ello. Espido Freire fue de las primeras jóvenes
narradoras a finales de los noventa que creó un personaje: pulcramente vestido, chic, asistente
a partidos de tenis. Toda glamour y estilo, debatía sobre feminismo, recomendaba autores e
impartía talleres literarios. El personaje de Espido Freire se corresponde con ciertas temáticas
que parecen conformar su impronta, las flores y la botánica, los viajes, las Hermanas Brontë.
Espido Freire entendió que ella y sus libros eran un tándem para las ventas y que debía, para
ello, establecer una suerte de imagen corporativa.
Cristina Morales hizo lo mismo pero lo contrario: se rapó la cabeza y se quitó el
sujetador. Hizo otro tipo de personaje. Espido Freire se define como feminista, Cristina
Morales, también.
Existe otra categoría, mucho más común: la de los Españiskids Instagrammers,
esencialmente poetas, que han adaptado la figura a los tiempos, han absorbido de su entorno y
lo han renovado: los más exitosos se han convertido en Influencers. Porque los Españiskids
millennials, hijos menores de padres complacientes, quieren vivir bien y, aunque conocen los
desencantos del sistema, están dispuestos a no dejarse vencer; quieren sacar partido a lo que
les queda de Españistown, del Estado de bienestar o del sistema de mercado. Pueden ofrecer
ideas y quieren vivir de venderlas. A través de un libro, están dispuestos a adaptarse a las
reglas del mercado donde ellos, como Espido a finales de los noventa, han de convertirse en
el factor diferencial: vestirse de un personaje, su personaje. En ocasiones, a través de él se
dicen o hacen cosas que, quizá, en su fuero personal no dirían ni harían. Entonces, el
personaje vende libros y, por ello, está en contienda “porque siempre está, de fondo la
construcción de un mercado literario” (Mainer, 1998, 11).
De esta manera, los Españiskids influencers han logrado romper jerarquías y la
dinámica público/privado, convirtiendo su vida en foco argumental por su carácter
confesional. Quien lee se identifica porque comparte el discurso y la emoción sin fingimiento
(Sánchez García, R, 2021). Todo cabe porque las redes necesitan contenido diario, fresco y
renovado.
Intuitivamente o no, Morales olfateó la realidad y su personaje se ha adaptado, a su
manera, a este modelo. Dice no tener televisión y apenas usar Internet. Aún así, sabe lo que
quieren las editoriales, incluso “escritoras jóvenes y guapas con un millón de followers”
(Morales, 2020b).
135
los grandes grupos editoriales, también. A mí me cabe la
guerrilla. Lo sibilino. El engaño, la mentira […] Hay que
mentir por la supervivencia y por la autonomía. Estamos
ante gigantes (Morales, 2020b).
¿Será esta la autodeclaración del personaje al que jugar? Al igual que Espido Freire,
decidió trabajar para ella misma, ella su propio proyecto y su propia empresa. Sólo que con
una imagen totalmente diferente.
Lectura fácil, hasta ahora, la obra más relevante de Cristina Morales, es una construcción
sobre la discapacidad intelectual y el sistema que la cobija/crea. Pone sobre la mesa
reflexiones sobre cómo el Estado controla el cuerpo y la mente de las mujeres discapacitadas.
Los personajes funcionan para evidenciar que, según su radicalidad con el sistema, las
personas son alienadas de él: a mayor la discapacidad, mayor la radicalidad política, más
fuera del sistema.
Es fundamental distinguir dos estratos/entramados en la novela: el teórico y el
sincrónico; el constructo de crítica al Estado español (las estructuras antiguas y las generadas
por la nueva política, el trato que tanto uno como el otro han dado a las mujeres con
discapacidad); la democracia como el discurso dominante, normalizador y homogenizador:
quienes no crean en ella, están fuera del sistema, discapacitados.
136
Marga (37 años, 66% de discapacidad y 438€), Patri (33 años, 52% de discapacidad y 324€) y
Ángeles (Ángels en catalán, de 43 años, 40% de discapacidad y 189€ de pensión).
Nati es a quien el lector reconocería más claramente como la voz de la autora. Bovarista
bastartista (una construcción que la muestra como una Bovarí, mujer que encarna su
femineidad siendo una amante seductora y complaciente y bastardista porque se identifica
con la pensadora boliviana María Galindo, que, como latinoamericana, no se considera hija
del mestizaje, sino de la violación sistemática de indias por parte de los conquistadores, por
tanto, bastarda), Nati entiende que es constantemente sometida, sin su consentimiento, a las
reglas de las instituciones tanto políticas, sociales e, incluso, culturales; está contra el sistema
y, a su vez, contra-contra el sistema al que se opone porque lo entiende como la otra cara de la
misma moneda. Nati está furiosa, es sarcástica, anarquista, crítica; quiere ser libre y, dentro de
su acotada esfera de acción, se rebela: sus pensamientos, su sexualidad, su vestimenta o su
alimento.
Nati desacredita a la izquierda y a la derecha porque para ella son estructuras
construidas por machos fachas neoliberales o por o machas fachas de izquierdas, lo mismo.
Viene de vuelta de todo y en eso se basa su libertad de pensamiento, que se ve coartada por la
de acción. Deparada a una serie de reglas que, por su condición de discapacidad, le han
intentado arrebatar el poder sobre sus decisiones, sobre su cuerpo y sus pulsiones: le regulan
los horarios, las actividades, supeditadas a una prestación mensual.
Nati critica a la par que aborrece la imposición institucional que supone el Estado del
Bienestar, los modelos heteronormativos, la voracidad del sistema de mercado. Todo el
sistema reprime, ciñe, obliga a seguir reglas, se esté de acuerdo o no con ellas. Imbéciles
ciudadanos todos (Morales, 2018, 30) los que crean en el sistema, en el anti-sistema: la
democracia no es la respuesta, es una representación del deseo individual por el dominio, por
el mando, por creer que el voto particular elige, que a través de él se marca la diferencia,
tener en un sobrecito con su papeletita el destinito de algo. La democracia como una forma
de darle importancia al pueblo, al votante le basta con la ilusión de la posesión (Morales,
2018, 30). Desprecia racionalmente la condescendida que los militantes de grupos de
izquierda tienen para con los grupos desfavorecidos, llámense el Sur, llámense
discapacitados. Por toda esta aguda observación del día a día, Nati está furiosa porque, al
final, nada cambia.
El segundo personaje del libro es Marga (37 años, 66% de discapacidad y 438€), cuya
historia se cuenta en las actas de las Asambleas de Acción Libertaria Sants, un grupo okupa al
que ha acudido para que le ayuden a okupar y así, poder ser independiente: quiere dejar de
vivir con sus parientas en el piso tutelado y ejercer su sexualidad como quiera con quien
desee (padece de hipersexualidad, antigua ninfomanía). Marga muestra creatividad y
capacidad de supervivencia, recolecta comida de la basura, ropa y muebles de la calle para
construirse un hogar bajo un techo okupado. Al final, sólo quiere ser libre.
El tercer personaje, Patri (33 años, 52% de discapacidad y 324€) cuenta su historia a
través de las actas del Juzgado de Instrucción número 4 en el que rinde comparecencia pues la
Generalitat, responsable legal de Marga, ha abierto un proceso para su esterilización al
considerarla un riesgo por la activa vida sexual que lleva. Con su testimonio, Patri fungiría
como testigo certificador de la irresponsabilidad y, sobre todo, de la falta de control de su
prima. Sin embargo, el objetivo de que Patri se preste a estas comparecencias es también,
137
tener libertad e independencia habitando, junto a sus primas y su hermana Nati, el piso
tutelado que comparten en la Barceloneta. Para alcanzar este objetivo mayor intenta
congraciarse con el sistema, jugar sus reglas.
Finalmente, Ángeles (Ángels en catalán, siguiendo el juego de la autora) (43 años, 40%
de discapacidad y 189€ de pensión), que escribe sus memorias de manera compulsiva en el
móvil a través de Whatsapp en un grupo que ha creado “Novela de Ángels”, mediante la
técnica de Lectura fácil. En su libro, cuenta su trayectoria vital en el pueblo, alejada del
núcleo urbano, de las ciudades; su partida al primer CAD (Centro de Atención a Personas con
Discapacidad) hasta su llegada y vida en el piso de la Barceloneta.
De este modo, la novela da cuenta de la sistemática exclusión y, sobre todo, retirada
de derechos y libertades, invisible a quienes no las padecen, que se les da a las protagonistas,
etiquetadas como discapacitadas. A través de su relación con el sistema asistencial, muestra
cómo se sienten dentro de él: ultrajadas, constantemente despojadas de su capacidad de
decisión. Pero ellas se rebelan actuando y tomando decisiones, intentando ser independientes:
hacen fanzines, escriben su autobiografía, viven en un piso tutelado, tienen relaciones
sexuales por el puro gusto de tenerlas. Mediante estos actos subversivos, se politizan. Nati, la
más politizada de las cuatro, con mayor educación formal (doctoranda), es también, a la que
el sistema ha catalogado como con una mayor discapacidad con la zanahoria de, también, ser
la que más ayuda económica recibe al mes. Morales deja puesta la idea de que estas
contraprestaciones, en el fondo, muestran un estímulo de normalización de las diferentes, de
que las discapacitadas entren el carril:
“Normalizar” implica tutela, control del gobierno; el que no es “normal”, está fuera del
sistema. Y es precisamente por cuestionar este discurso dominante, el de la normalización,
que Morales define su novela como antirretórica.
138
9.3.1. Bigmac parasistema con calidad de autor
Si el mercado editorial fuera el gran hostelero, en sus cocinas tendría nuevos chefs
aprendiendo lo que tanto el dueño del local como los clientes quieren o pueden querer.
Cristina Morales ese joven talento, aguerrida y con experiencia, ha aprendido en cocina y, al
final, ha propuesto algo suyo. Sabe qué ingredientes formales puede incluir, cuál es su rango
de innovación sin atentar demasiado. Al final, ha cocinado Lectura fácil, producto sabroso, de
gusto y adicción popular, con hechura, ingredientes, herramientas y técnicas de autor: un libro
construido en el formato de la novela prototípico, reconocido y aceptado por el lector y los
editores: planteamiento, nudo, desenlace. “Le da una vuelta de tuerca al género, pero se
maneja dentro de él” y admite “está hecha con una arquitectura muy calculada y eso la dota
de seriedad” (Morales, 2019a, s/p).
Morales no lo oculta: quiere que la lean, quiere vender libros y quiere ganar dinero. Por
eso aunque los premios son importantes como “una plataforma para llegar a nuevos lectores”
(Morales, 2019a), también lo son para hacer caja.
139
Lectura fácil es una novela que se lee bien, un producto atractivo y bien confeccionado,
conjunción elementos bien mezclados que, para el Jurado del Premio Nacional de Narrativa,
dan “una propuesta radical y radicalmente original”.
Los Españiskids millennials más jóvenes, mucho más fieros y aguerridos que sus hermanos
mayores, los Mileuristas, tienen hambre y desilusión, porque a pesar de haber heredado su
corpus ideológico nacer-crecer-universidad-trabajoparatodalavida-boda-jubilación-muerte,
están dispuestos a encontrarle grietas para hacerse un hueco dentro de él.
Cristina Morales anarquista, antisistema, crítica del neoliberalismo y del capitalismo, de
la izquierda vieja y de la nueva, afirma que como no tiene fusil, ataca al canon (que la ha
legitimado con premios) cuando escribe. Una canción dice de ella “No paras de chupar
cámara, te veo en el telediario, molestas con tu presencia, jodida Cristina Morales” ¿Pero es
realmente así de molesta, tan ofensiva?
Algunos la consideran una autora marginal (Aixa de la Cruz), otros “la sienten temible y
eso es una conquista” (Maldonado, 2019: s/p). Pero, ¿realmente cuestiona al poder o su ruido
permite que sigan girando los engranajes del sistema? Pareciera que no, que el sistema la
acoge dentro de un ruedo para que ella haga lo suyo (Rentería Garita y Sánchez García,
2021).
El discurso anti-anti sistema de Morales está plagado de contradicciones, superfluas,
quizá. Y es que Lectura fácil se escribió, entre otras financiaciones, gracias a una beca
gubernamental; la autora, por su parte, ostenta un anillo de oro en el dedo anular y habla de
“su suegra” según la palabra de parentesco típica de los cánones culturales y, deja claro que
los editores de las grandes editoriales son violadores, pero, en todo caso, sigue publicando a
través de ellos, de ellas.
Otra situación interesante de sus contradicciones está en su Yo también quiero ser un
macho, el fanzine que, dentro de la novela, Nati crea para desvelar y hacer frente a las
constantes violaciones que sufre en su condición de discapacitada. Morales dice entender los
fanzines como formas de expresión pura del pensamiento político, “publicaciones que no
quieren sacar pasta y se saben absolutamente marginales” (Morales, 2019b). En su texto
original, Yo también quiero ser un macho tiene una extensión de, aproximadamente, 100
páginas. Morales declara que, en un principio, Seix Barral (editorial que encargó el libro y
pagó un adelanto por él) decidió la cancelación de libro porque podría enfrentarse a
represalias judiciales por alusiones. En la edición actual de Anagrama, el fanzine aparece
reducido a la mitad. El incluirlo completo incrementaría el precio final del libro y, al
sopesarlo, la autora aceptó “yo por ese aro sí paso porque quiero vender libros” (Morales,
2020a).
Independientemente a su editorial, Morales vende el fanzine, completo y sin censura,
por un precio mínimo de 4 euros (“dos y medio gastos de envío”) o, si está en un “entorno
privilegiado”, a 20€. Insiste en que lo recaudado se empleará como donación a la familia de
140
“un compañero en la cárcel” (Morales, 2020a) o “para sufragar la asesoría legal de las
compañeras apaleadas o detenidas” (Morales, 2019b). Entonces, el fanzine ¿es o no “una
publicación para sacar pasta”?
Estas aparentes contradicciones, no hacen mella en sus partidarios:
Las preguntas de fondo serían, ¿sabe la propia Morales que su estrategia de mercado, su
grieta dentro del sistema, es justamente jugar a ser independiente, decir lo que le de gana a
través de sus declaraciones en prensa, su principal herramienta de marketing? ¿Es ese su valor
añadido, producir este tipo de obras para abrir una veta comercial? ¿Cómo una escritora
anarquista crea productos de mercado comercializables/comercializados a la sombra del gran
mercado literario, convencional, denominado por ella misma como “violador”? ¿Debería
ganar dinero a partir de la venta de sus libros o debería distribuirlos de otra manera,
parasistema; recibir compensaciones alternativas al sistema capitalista?
Más allá de todas ellas, lo que sí parece evidente es que Cristina Morales representa a su
generación en su búsqueda por insertarse en el sistema moribundo de Españistown. Con
Lectura fácil presenta interesantes reflexiones sobre el asistencialismo en el Estado de
bienestar de la España del Siglo XXI; no obstante, la historia de Nati, Marga, Patri y Ángels,
como mujeres discapacitadas viviendo en la Barcelona de Ada Colau, refleja una historia muy
local que posiblemente ningún lector que no viva en España sea capaz de comprender en su
totalidad.
En este sentido, no deja de ser paradójico que, a pesar de formar parte de una
generación en constante movimiento, viajes low cost, acceso a Internet e incluso, proclamarse
como “la generación mejor preparada de la historia” (según el vox populi) escriba novelas tan
locales y con una altísima carga sincrónica. Entonces, obras como Lectura fácil, ¿se
entenderán a 5 años vista? A pesar de que su crítica de base se centra en la discapacidad, ni
141
esta ni otras novelas de la Generación de la Abundancia, parecen ni ser universales ni
atemporales. ¿Será esta endogamia y falta de universalidad lo que, además, no les permita a
los narradores Españiskids vivir de la literatura tal y como desean?
Esta es la mayor crítica a Lectura fácil: es la representación de una generación que vive
en España, escribe desde España y publica para España. Su carácter sincrónico sólo se explica
su momento histórico (Morales, insiste que “el pensamiento teórico en la novela puede ser
exportable fuera de las fronteras en que nace”, presunción que no toma en cuenta las
situaciones, a su vez, locales de cada geografía, suerte de eurocentrismo de aspirantes al
primer mundo). Y es precisamente por esta sincronía, que raya en la inmediatez, que Lectura
fácil obra que ha de consumirse caliente (como una BigMac), pues corre el riesgo de dejar de
entenderse en el corto plazo (especialmente con la pandemia aquí al lado).
Morales se ha vuelto un personaje que constantemente contradice sus palabras, que hace
malabarismos para parecer que escupe al sistema al mismo tiempo que se abre la puerta a que
la llamen al siguiente bolo. “Lo que me une a mí a Teresa, como a otras tantas escritoras, es la
voluntad de escribir al margen de lo que se espera de una, y empecinarnos en que sea así”
(Morales, 2020b). La paradoja radica en que, justamente, los electores, mercados, y críticos
esperan eso de Morales: su rabia argumentada, su “terrorismo del idioma”: vamos, Cristina, el
público espera.
Junto a su innegable capacidad, destellos brillantes y lógica, Cristina Morales pule los
engranajes del mercado, se inserta magistralmente en el sistema. Y parece no querer retraerse
de él.
142
TERCERA PARTE:
146
10.1. Justi cación de la unidad didáctica en el currículo de Bachillerato
10.2. Objetivos
Los objetivos generales de esta etapa se establecen en el Artículo 7 del Real Decreto
243/2022, de 5 de abril:
147
personales, familiares y sociales, así como las posibles
situaciones de violencia.
c) Fomentar la igualdad efectiva de derechos y
oportunidades de mujeres y hombres, analizar y valorar
críticamente las desigualdades existentes, así como el
reconocimiento y enseñanza del papel de las mujeres en
la historia e impulsar la igualdad real y la no
discriminación por razón de nacimiento, sexo, origen
racial o étnico, discapacidad, edad, enfermedad, religión
o creencias, orientación sexual o identidad de género o
cualquier otra condición o circunstancia personal o
social.
d) Afianzar los hábitos de lectura, estudio y disciplina,
como condiciones necesarias para el eficaz
aprovechamiento del aprendizaje, y como medio de
desarrollo personal.
e) Dominar, tanto en su expresión oral como escrita, la
lengua castellana y, en su caso, la lengua cooficial de su
comunidad autónoma.
f) Expresarse con fluidez y corrección en una o más
lenguas extranjeras.
g) Utilizar con solvencia y responsabilidad las
tecnologías de la información y la comunicación.
h) Conocer y valorar críticamente las realidades del
mundo contemporáneo, sus antecedentes históricos y los
principales factores de su evolución. Participar de forma
solidaria en el desarrollo y mejora de su entorno social.
i) Acceder a los conocimientos científicos y
tecnológicos fundamentales y dominar las habilidades
básicas propias de la modalidad elegida.
j) Comprender los elementos y procedimientos
fundamentales de la investigación y de los métodos
científicos. Conocer y valorar de forma crítica la
contribución de la ciencia y la tecnología en el cambio de
las condiciones de vida, así como afianzar la sensibilidad
y el respeto hacia el medio ambiente.
k) Afianzar el espíritu emprendedor con actitudes de
creatividad, flexibilidad, iniciativa, trabajo en equipo,
confianza en uno mismo y sentido crítico.
l) Desarrollar la sensibilidad artística y literaria, así
como el criterio estético, como fuentes de formación y
enriquecimiento cultural.
m) Utilizar la educación física y el deporte para
favorecer el desarrollo personal y social. Afianzar los
hábitos de actividades físico-deportivas para favorecer el
bienestar físico y mental, así como medio de desarrollo
personal y social.
148
n) Afianzar actitudes de respeto y prevención en el
ámbito de la movilidad segura y saludable.
o) Fomentar una actitud responsable y comprometida
en la lucha contra el cambio climático y en la defensa del
desarrollo sostenible.
149
10.3. Metodología
Se establecerán los hechos durante los últimos cincuenta años de la historia nacional,
desde finales del franquismo hasta nuestros días, introduciendo el concepto de sentido
común y algunos elementos que lo conforman: la clase media, la democracia y la
meritocracia (que incluye la creencia en la formación y la educación formal). ¿Qué
opinan de las frases “todos somos clase media” o “tenemos la mejor sanidad de Europa”
o “como en España, en ningún sitio”?
Una vez establecidas las bases sobre las que debatir, se propone generar parejas o tríos
donde se reflexione y se llegue a conclusiones, a ser posible; sobre todo, tener en cuentan
si, para la comprensión de una obra literaria es, de alguna manera, relevante comprender el
entorno que describe, en especial, en el que vivió su autor.
150
Se indagará en la biografía de los autores y autoras relacionando algunos datos
concretos con el contexto histórico en el que sucedieron,
Ante el panorama delineado por las lecturas y las biografía de los respectivos autores,
151
10.4. Desarrollo de competencias
152
10.5. Evaluación
Tabla 4.
Criterios de
Estándares de aprendizaje Competencias trabajadas
evaluación
Desarrolla la
Promover la reflexión capacidad de reflexión
sobre la conexión entre observando, analizando y CCL, CAA, CSC.
literatura y sociedad. explicando la relación entre literatura y sociedad.
153
Comprender textos
literarios
representativos
del siglo XXI Lee y comprende una
reconociendo la selección de textos
intención del autor, el literarios y resumiendo su contenido.
CCL, CAA, CSC.
tema Expresa la relación que
y la relación de existe entre el contenido de la obra, la intención del
su contenido con el autor y el contexto.
contexto sociocultural
de la época.
154
10.5.1. Instrumentos de evaluación y criterios de cali cación
Una vez impartida la unidad didáctica, el docente valorará las medidas según los objetivos de
cada unidad a fin de establecer su efectividad e idoneidad futura. Por tanto, se propone,
primero, una evaluación no numérica (SÍ/NO) que, como paraguas general, de una
aproximación general para, posteriormente pasar a una nomenclatura más específica
(numérica) que, del 1 al 10, refleje, en la medida de los posible, las escalas de
aprovechamiento de la unidad.
De esta forma, las evaluaciones cruzadas buscan establecer, objetivamente, la
efectividad de la unidad propuesta, por un lado y, por otro, abrir la posibilidad al docente de
preguntarse, ¿por qué esa calificación? ¿Qué elemento, en concreto falló o fue bien recibido?
¿Cómo enfrentarlo o potenciarlo? Así, será posible localizar falencias o idear mejoras en el
desarrollo de la docencia, de la propuesta de actividades adaptadas al alumnado o de la
adaptación de los medios o instrumentos de trabajo.
A la par de la evaluación mediante la tabla siguiente, el docente podrá sistematizar sus
observaciones en un informe, por ejemplo, que le dará pautas a tener en cuenta en el futuro.
155
Tabla 5.
Autoevaluación docente
SÍ / NO
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10
SÍ / NO
Las herramientas digitales que se han incluido dentro y fuera del aula
Uso de herramientas digitales han facilitado la integración, inmersión y aprendizaje de los contenidos
por parte del alumnado.
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10
SÍ / NO
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10
SÍ / NO
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10
156
c. La educación, la formación y el ascenso social: “La educación (universitaria)
te alejará de la precariedad, del trabajo manual y te llevará al ascenso social”.
d. Lectura dirigida 1: Espido Freire. La nueva clase media mileurista
Fractura
Democracia
a. Lectura dirigida 4: Elvira Navarro. soledad, sueños rotos y enfermedad mental: Una
psicosis llamada España
La trabajadora
a. Lectura dirigida 5: Cristina Morales: Millennials, precariedad y las grietas del sistema
Lectura fácil
I. Resumen
BACHILLERATO
Lengua Castellana y Literatura II
Unidad 6
Tema 4.
La narrativa en el mundo hispánico
Tema 4.
La narrativa en el mundo hispano
Horas lectivas
Bloque Actividad
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14
Conceptos a Concepto a
desarrollar desarrollar
I. Aproximación y y
histórica Presentación reflexionar: reflexionar:
(España, conceptual Clase media Sentido
1974-2008) Meritocraci común
a
Educación
157
Espido
Freire. La
nueva clase
media
Lectura mileurista.
dirigida 1 Mileuristas:
Retrato de la
II. La generación
Generación de la de los mil
Abundancia euros
(1974-1984)
Andrés
Neuman. Ser
extranjero de
Lectura
primera en la
dirigida 2
España de la
Abundancia.
Fractura
Pablo
Gutiérrez. El
funcionario
Lectura
y la clase
dirigida 3
media
mediocre.
Democracia
Elvira
Navarro.
III. La soledad,
Generación de la Lectura sueños rotos
Abundancia dirigida 4 y
(1974-1984) enfermedad
mental. La
trabajadora
Cristina
Morales:
Millennials,
Lectura
precariedad
dirigida 5:
y las grietas
del sistema.
Lectura fácil
Redes sociales
IV. El sentido Medios de
común marca Revisión de comunicación
España, ¿está redes sociales escrita y
insertado en las y medios de audiovisual
opiniones de la comunicación Reflexiones
ciudadanía? finales
158
CONCLUSIONES
Si algo queda claro en esta investigación es que el franquismo nunca se ha ido del todo de la
sociedad española: vive en su mente de manera intrínseca casi como un vestigio evolutivo. Al
franquismo en la sociedad española le pasa lo que dijo Van Helsing sobre los vampiros: “su
fuerza radica en que creemos que no existe”.
Y si de franquismo hablamos, es importante que estos Esañiskids, la generación mejor
preparada de la historia de España, empiece a cuestionarse baluartes del deber ser
Españistowno: la clase media, la igualdad de oportunidades, la vivienda en propiedad, la
grandeza de los servicios públicos (educación y sanidad, sobre todo), la meritocracia. Ese
mundo se modeló bajo el franquismo se mantiene como un mueble en el que se tiene la
esperanza de que suba y se pueda revender a buen precio como antigüedad vintage. Pero no,
es hora de replantear las bases que han sostenido a la sociedad española desde la Transición
porque han dado pie a generaciones frustradas, deprimidas y poco resilientes, atemorizadas al
riesgo, a salirse de la norma, del sistema, de la zona de confort. La crisis del 2008 los obligó,
pero ellos se aferran, luchan por agarrarse a la Abundancia, esa que conocieran en los sueños
de sus padres durante los ochenta y los noventa.
Se trata de un problema estructural donde algunas personas, dedicadas a escribir y a
publicar libros de manera exclusiva-profesional o esporádico-vocacional, podrían ir, como la
espada de Leono (referente pop de los ochenta), más allá de lo evidente. Estudiosos, analistas,
hacedores de propuestas para incidir en el mundo, los escritores y escritoras, como
ciudadanos, podrían (si quisieran).
Para ello, primero, deben aceptar que ese vestigio de bonanza y felicidad en su mente, ni
existió y existirá: España es un país que, desde la dictadura, ha vivido crisis económicas
recurrentes, acrecentadas durante la Transición, pero maquilladas durante un momento en la
historia, dividido en tres fases: la entrada de España a la Unión Europea (antes CEE), la expo
de Sevilla y los Juegos Olímpicos. Tal fue el flujo de sueños y, sobre todo, del mundo
occidental capitalista, que la ilusión del consumo parecía propiedad de todo. Luego vinieron
los cambios sociales, la extensión de derechos que acercó al país a la Europa adelantada, las
ingentes inversiones de infraestructuras y, sobre todo, en la industria inmobiliaria. El dinero
se movía de aquí para allá, de arriba-abajo, de izquierda a derecha y el Españistowno pensó
que eso era el país, y así se lo transmitió a sus hijos.
Pero no, desde mi punto de vista, Españistown era un castillo de palillos sobre lodo.
Cuando la crisis arribó, lo tumbó sin dificultad. Entonces comenzó la verdadera crisis, que los
Españiskids y sus padres Boomers, pensarían que sólo era económica, pero que hoy sabemos
que va más allá: se trata de una crisis de valores. En ella, ni los Españiskids ni sus padres,
adoptaron una postura crítica, autorreflexiva, proactiva. Se limitaron, y aún lo hacen, a atacar
al sistema que, en cierto sentido había sido voraz, vicioso y rapaz, pero que del que ellos
también habían sido parte. A la fiesta también se asiste y se goza, por muy engañado que se
hay ido a ella. Porque la responsabilidad individual de cada persona, ciudadano contrayendo
dudas, aceptando el discurso dominante de que “en España como en ningún sitio”, “todos
somo clase media”, tiene que estar en alguna parte. Siempre ha sido más sencillo creer lo que
nos dicen, dejar que otros gobiernen, tomen decisiones. Así nuestro papel sólo se reduce a la
queja.
161
Ese sistema, la democracia, el Estado de bienestar, se ha derrumbado porque quizá,
tiene fallos estructurales; el capitalismo, podrido, sigue vivo en la medida que todos los
ciudadanos, las ciudadanas, los Españikids y sus padres, aspiren a revivirlo para integrarse en
él, ya no desde el mejor lado de la historia (donde la educación y la meritocracia los salvaría
de trabajar con las manos), sino simplemente dentro de él.
Esta es para mí, la gran enseñanza de este trabajo: que todos los autores son hijos del
tiempo que los crio, modelado y construido por los padres que los criaron. Todos quieren
volver a ese tiempo en que el futuro era abundante y prometía lo mejor por el simple hecho de
haber nacido en un lugar y un momento de la historia. En medio de la Abundancia, ideas
como el compromiso, la colectividad o la empatía no existieron: en la idea de la meritocracia
el individuo lucha y se esfuerza en solitario porque, al final, logará sólo por lo que él o ella se
empeñen.
En ese mundo idílico, Españistown, no hubo enseñanzas que hubieran marcado una gran
diferencia para el día de hoy: la tolerancia a la frustración, la resiliencia. A la Generación de
la Abundancia no se le preparó para asumirse en sus obligaciones como ciudadanía: construir,
no heredar y, mucho menos, ser free ridiers. Los Españiskids no esperan que el sistema
cambie, sino que los incluya y, como niños, buscan su atención y la de sus mayores, los
Boomers, a los que ni han podido superar, ni han podido detentar el liderazgo: siempre hijos,
nunca padres, aún dependen de ellos para llenar la nevera, para recoger los tappers, para
solventar caprichos. No persiguen, de fondo, un cambio en el sistema, ni se asumen, a sí
mismos, como agentes de cambio, no sólo porque no buscan esa responsabilidad sino porque
carecen de herramientas para organizarse, para unirse en colectivo. El capitalismo y el
individualismo ha percolado hasta el tuétano. Esos fueron los deslumbrantes ochenta y
noventa.
Aunque quizá sí, quizá algunos han intentado hacerle frente, aunque al final hayan
claudicado. Espido Freire, de manera frontal y decidida, compró las ideas del sistema e
intentó ser eso que el desempleo capitalista le ha llamado emprendimiento. Creó una S.L.
E+F, dedicada a aportar valor a la palabra, pretendió hacerla una empresa con perspectiva de
género, que respondiera a la no precarización del salario de los de su generación, los
mileuristas. E+F vivió por tres años hasta que llegó la reina de todos los males, la crisis del
2008 y Espido Freire, de bruces con la realidad y, sobre todo, con un imaginario roto, cayó en
una fuerte depresión, de la que tiempo después hablaría en diversas charlas y conferencias. Ya
escarmentada, hoy en día Espido Freire es una trabajadora autónoma que busca su
supervivencia económica dentro del sistema, que ha logrado generar sus ingresos (ser su
propia empresa) como escritora influencer.
Hay otros casos en los que la retórica ideológica, comprometida y bien documentada,
no corresponde con la forma en que el escritor ataca la realidad. Pablo Gutiérrez, es un
profesor de educación secundaria, funcionario con catorce pagas anuales, que, desde sus
libros critica la mentalidad española, su crianza y sus baluartes ideológicos: la democracia, la
clase media y el Estado de bienestar. Para él, la solución a este gran engaño que, a su vez,
genera individuos poco resilientes, débiles y comodinos, está en la propia salida del sistema y
en el arte como la gran válvula de escape. Esta propuesta sólo se queda en el plano de la
literatura y de la metáfora: él, en el fondo, lo que recomienda a cualquier escritor joven es
162
sacarse unas oposiciones, no intentar vivir de la literatura, sino colocarse en la parte buena de
ese sistema creado desde el franquismo, los escombros de Españistown.
Elvira Navarro, asalariada del sector editorial, no propone ninguna salvación, ni crítica
estructural al sistema ni mundial ni local, menos alguna forma de solución, se centra en la
supervivencia. Al final de La trabajadora, después de su gran crisis emocional, devenida del
colapso de su propia realidad, Elisa va a terapia, recibe su medicación y se estabiliza en su
precariedad, no decide luchar contra ella ni mucho menos cambiarla: la comprende como el
estado de vida. Se relaja: deja de cumplir horarios extenuantes en el trabajo, se dedica más a
la literatura (el arte, otra vez, como vía de salvación) y hasta se echa un novio. Sabe su lugar
y, en consecuencia, toma decisiones dentro de él.
Cristina Morales, también de manera retórica, verbal y literaria, critica sin piedad tanto
al sistema como al canon y a la industria editorial, pero ni siquiera desde el anarquismo que
enarbola, propone un parasistema, una reinterpretación de la rueda, de la crisis, de la historia;
una forma de capitalizar toda esa inversión nacional en la generación mejor preparada de la
historia. Va más allá: idea una estrategia para integrarse en el sistema moribundo, ese que está
generando pobreza, desahucios (es una fiel defensora de okupar), desigualdad; no plantea la
creación colectiva de nuevos baluartes, nuevos imaginarios, nuevas realidades: nuevos
sentidos comunes.
Finalmente, Andrés Neuman, el migrante latinoamericano más reconocido en las letras
hispánicas, parece ajeno a todo esto. Sus libros, al menos sus novelas, no hablan de crisis,
sino de realidades paralelas donde el buen vivir y el desahogo se hacen patentes. Se halla en
un sitio distinto al de sus homólogos, el del sobreentendido privilegio desde la cuna, que lo
hace creer que la meritocracia existe. Eso sí, los méritos allanados desde origen y puestos en
valor en destino son un arma invisible cuando se analiza su estrategia editorial.
De esta manera, los Españiskids, a pesar de converger en su crítica al sistema en el que
viven, no lo cuestionan, de manera real y profunda, no revisan cómo los creó, los moldeó, les
introdujo ideas fijas del deber ser (a excepción, paradójicamente, de Espido Freire, esa autora
influencer que se deja patrocinar por Mango). Todos los autores y autoras buscan insertarse
en un sistema que los excluye a pesar de su educación universitaria, de haber hecho lo
correcto según el imaginario. Son testigos de la crisis de 2008, hacen de etnógrafos de
realidades particulares, propias u observadas. Describen, denuncian, se quejan, se duelen y
critican pero sin desear incidir en la realidad. No, los Españiskids no parecen interesados en
ello, aunque se enfrenten a los dos tipos de desigualdad que, en su crianza, creían superada: la
que afecta a la riqueza y la que afecta al poder. Sin dinero para consumir, no tienen poder de
decisión. Esta premisa, sigue siendo un problema del viejomundo (usando un término de
Pablo Gutiérrez), de ese modelo capitalista, caníbal, modelado y confeccionado por los
Boomers. Si son la generación mejor preparada de la historia de España, ¿por qué el poder
sigue estando en el dinero? ¿Por qué no está en las ideas, por ejemplo, que ellos tienen y que
tanta inversión del propio sistema ha costado? Las ideas, la colectividad y la organización,
todos activos que el modelo capitalista e individual de los Boomers no les dejó. Porque
conformarse en la tragedia y en la precariedad, es también una enseñanza de la mediocridad
Boomer.
Pero los Españiskids no deberían intentar convertirlas en productos de mercado como
lo hacen. Tan criados en el capitalismo (crecieron en los ochenta y los noventa, las décadas de
163
la gran ilusión) han llegado a comprar la idea (nunca mejor dicho) de que todo ha de tener
remuneración de mercado hasta eso que consideran una salvación: el arte y la cultura. Y es
que quizá, hay productos que no tienen valor de mercado porque son bienes públicos. Si los
Españiskids, en especial los millennials, desean hacer de escribir y de la cultura empleos
remunerados, seguirán siendo lo que son: obreros, esclavos de esos dueños de los medios de
producción que son los grandes grupos editoriales.
Pareciera que los Españiskids han olvidado que la cultura es, aparte de un producto
ideológico condicionado por la sociedad en la que se crea (recordando a Juan Carlos
Rodríguez), una forma de implicarse con el entorno y transformarlo. Hoy en día, incluso, con
gran influencia a través de las redes sociales. No obstante, y pesar de que están al alcance de
su mano, sólo Espido Freire las ve como una herramienta de trabajo en la cual se difunde a
ella (como producto-personaje) y a su obra; Cristina Morales tienen su mayor visibilización
en los medios de comunicación tradicionales y, de manera indirecta, en los retweets; Pablo
Gutiérrez, realiza entrevistas especializadas y tiene una cuenta de Instagram con su nombre,
más como forma de difusión personal, sin distinción a como lo haría cualquier otra persona;
Elvira Navarro mezcla participaciones en la prensa especializada con cierta presencia en
redes sociales. En su caso, parece distinguir entre Facebook, para cuestiones más
profesionales (inserciones en prensa, entrevistas, participaciones), de Instagram, donde
incluye contenido más personal, resaltando sus series fotográficas sobre la ciudad, en
concreto, edificios a la baja o en ruinas (últimamente publica fotos de sus recientes viajes).
Andrés Neuman tiene cuentas en redes sociales pero a las que no incluye contenido:
Instagram, más de 1,500 seguidores y ningún seguido ni interacción y, Facebook, una página
de autor sin actualizar desde 2019. Lo poco que se sabe de él en redes sociales es a través de
su pareja, la también escritora, y profesora universitaria, Erika Martínez. Su forma de
interaccionar con el público y lectores es a través de las entrevistas y reseñas en los medios de
comunicación, en especial en los diarios de referencia.
Sólo para algunos Españiskids novelistas, el discurso es tema de posicionamiento
ideológico. A pesar de que la producción antirretórica de Cristina Morales pretende atacar
directamente el mainstream, no supone una afrenta real ni a la desigualdad, ni a la precariedad
de su generación. Se trata de un personaje literario cuya obra se configura dentro de las otras
formas de producto editorial, uno dirigido a lectores que se consideran críticos y alternativos,
pero con el suficiente poder adquisitivo y capital cultural para seleccionar libros de editoriales
como Anagrama o Seix Barral. El discurso de Pablo Gutiérrez, propio y personal, con un
lenguaje tan particular que Isaac Rosa lo ha denominado mundopablo, va creando una batería
de conceptos que dan una imagen clara del mundo que describe y que, a su manera, busca
revertir. Estos escritores presentan un análisis de los contextos que presentan, una desde lo
superlocal y el otro, desde una revisión histórica, de procesos económicos que rematan en una
pequeña tragedia. En este sentido, Pablo Gutiérrez tiene una obra más compleja, al hacer un
trabajo que va de lo macro a lo micro. Morales, en cambio, se queda en la superficie, no va al
análisis histórico de su época, se queda en España, en Barcelona, en una ciudad grande.
Los Españiskids en sus novelas se lamentan y denuncian, pero no dan paso a proponer
soluciones e intentar aplicarlas. No parecen comprometidos con incidir en la sociedad como
hiciera la Generación del 27; la queja y la crítica, es el modelo: la acción, es su puro
testimonio. Su inacción social (Morales parece estar implicada activamente en movimientos
164
sociales) podría confundirse con apatía, abulia social pero no es el caso: están enojados,
desilusionados. Como se ha dicho, los Españikids no quieren repensar ni reconstruir ese
sistema que se fue pique, quieren salvar los trozos y salvarlos para ellos.
Entonces, la reflexión siguiente debiera de centrarse en el modelo de sociedad que
estamos construyendo y que construiremos. Una generación que se victimiza sobre ese
mundo prometido y que sus mayores no cumplieron; que no asume ninguna responsabilidad
ni en su pasado, ni en su presente ni en su futuro, que no intenta llevar las riendas de su
destino en colectivo. Buscar las grietas del sistema para intentar colarse en ellas, en un
sálvese quien pueda, tampoco puede ser la solución a un problema generacional porque esa
estructura, la de la Abundancia, no sólo ya no existe, sino que siempre fue una ilusión.
El modelo del mundo que los Baby boomers crearon era de un sólo uso: es hora de dejar
de ser hijos, y convertirnos, aunque en nuestros pequeños mundos, en personas adultas
capaces de tomar decisiones.
165
BIBLIOGRAFÍA