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El Poder del Lenguaje Globalizado

Este documento presenta una guía de aprendizaje sobre el poder del lenguaje en una sociedad globalizada y virtual. Explica que el lenguaje es la forma en que las personas se comunican y comparten ideas a través de palabras y estructuras convencionales. Luego, analiza cómo el lenguaje permite que las personas formen parte de comunidades y cómo el poder del lenguaje aumenta cuanto más personas pueden ser entendidas. Finalmente, propone leer y responder preguntas sobre un texto de Gabriel García Márquez que argumenta a favor de simplificar la gramática y adaptar
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El Poder del Lenguaje Globalizado

Este documento presenta una guía de aprendizaje sobre el poder del lenguaje en una sociedad globalizada y virtual. Explica que el lenguaje es la forma en que las personas se comunican y comparten ideas a través de palabras y estructuras convencionales. Luego, analiza cómo el lenguaje permite que las personas formen parte de comunidades y cómo el poder del lenguaje aumenta cuanto más personas pueden ser entendidas. Finalmente, propone leer y responder preguntas sobre un texto de Gabriel García Márquez que argumenta a favor de simplificar la gramática y adaptar
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SOCIEDAD EDUCACIONAL S. A.

Instituto Antonio Varas


Calama
Asignatura: Lenguaje y Comunicación. SEGUNDO NIVEL Profesor: Saúl González Domínguez.

Guía 7. El poder del lenguaje en una sociedad globalizada y virtual.


Nombre: ________________________________ Curso: _____ Fecha: __________

OBJETIVO DE APRENDIZAJE: Leer comprensivamente textos de diversas índoles, valorando el poder del
lenguaje.

REFLEXIÓN INICIAL.
Todos nos comunicamos. Hacerlo nos permite establecer vínculos con los demás y tomar el control de
nuestras vidas. Existen muchas maneras de comunicarse: mediante expresiones faciales, gestos, palabras y
frases. Uno de los factores más importantes para lograr una comunicación satisfactoria es tener lenguaje.
El lenguaje nos proporciona las palabras para compartir nuestros pensamientos, ideas y deseos de
diferentes formas.

Pero, ¿QUÉ ES EL LENGUAJE?


El diccionario Oxford define el lenguaje como «el método de comunicación humana, oral o escrita, que
consiste en el uso de palabras de una manera estructurada y convencional». El diccionario Merriam-
Webster define el lenguaje como «las palabras, su pronunciación y la manera de combinarlas que una
comunidad utiliza y entiende».
Si tenemos en cuenta estas dos definiciones, queda claro que para que algo se pueda considerar
«lenguaje» debe seguir algún tipo de estructura o convención. Esto es lo que permite que los demás lo
entiendan. Quienes entienden el lenguaje forman parte de una comunidad. Esto sucede tanto en el
lenguaje verbal como en el no verbal.

EL PODER DEL LENGUAJE


Ser capaz de comunicarse no es lo mismo que tener lenguaje. Tener lenguaje implica ser capaz de
comunicarse de manera que los demás te entiendan. Cuando el lenguaje puede entenderlo una amplia
comunidad de personas y no solo aquellos que te rodean, resulta una herramienta mucho más efectiva.
Esta efectividad aumenta cuando logras encontrar más razones por las que comunicarte con un mayor
número de personas. Cuanto más desarrollado esté tu lenguaje, tendrás más independencia y más podrás
aportar a la comunidad.
El lenguaje no es solo un elemento fundamental de la comunicación, sino también un aspecto esencial de
la identidad. Las palabras que decides utilizar forman parte de quien eres. A través del lenguaje perteneces
a una comunidad que habla un idioma, y de ahí surge el poder del bilingüismo. El bilingüismo te permite
formar parte de más de una comunidad lingüística. Cuanto mejor domines un idioma, más fuerte será tu
vínculo con la comunidad.
ACTIVIDAD DE APRENDIZAJE. 21Pts.
A continuación, leamos el siguiente texto y después, responda las preguntas.
BOTELLA AL MAR PARA EL DIOS DE LAS PALABRAS
Gabriel García Márquez, discurso ante el I Congreso Internacional de la Lengua Española,
Zacatecas, México, 7 de abril de 1997.
A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me
salvó con un grito: «¡Cuidado!». El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: «¿Ya vio
usted lo que es el poder de la palabra?» Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían
desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras.
Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio
de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está
potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en
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la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los
libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el
teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en
las penumbras del amor. No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en
tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de
madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.
La lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho
histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su
dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio
de 19 millones de kilómetros cuadrados y 400 millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un
maestro de letras hispánicas en Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de
intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga cincuenta
y cuatro significados, mientras en la República de Ecuador tienen ciento cinco nombres para el órgano
sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace,
aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra
a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un
cordero, dijo: «Parece un faro». Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de
toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable,
nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es «la color» de los enamorados. ¿Cuántas veces no
hemos probado nosotros mismos una sopa que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que
sabe a beso?
Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero
nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros
normativos para que entre en el siglo XXI como Pedro por su casa.
En ese sentido, me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de
que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las
lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos,
asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir,
negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y
devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos
en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía,
terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites
entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de
leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y
nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?
Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que le lleguen al
dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos
por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial
de mis doce años.

PREGUNTAS:
1. ¿Qué tipo de discurso predomina en el texto?
2. ¿Cuál es el propósito del texto?
3. Por qué el señor cura dice: «¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?»
4. Señale cuál es el argumento para simplificar la gramática. humanizar sus leyes y adaptarnos a ellas.
5. Escriba. ¿Cuál es la tesis del texto? ¿Está de acuerdo con ella? Explique por qué.
6. ¿Qué función cumplen en el texto los «hallazgos» del periodista francés?
7. ¿Cuál es la importancia del número de hispanohablantes que habrá al finalizar el siglo XX?

RETROALIMENTACIÓN FINAL.

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