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La Leyenda de la Papa: Sapallas y Karis

El documento relata la historia de los sapallas, un pueblo que vivía feliz en su tierra hasta que fueron invadidos por otro pueblo llamado los karis. Los karis conquistaron fácilmente a los sapallas, quienes no tenían armas, y los sometieron a una cruel esclavitud. Un niño sapalla llamado Choque se resistió a servir a los karis y sufrió castigos, pero mantuvo su espíritu indomable.

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La Leyenda de la Papa: Sapallas y Karis

El documento relata la historia de los sapallas, un pueblo que vivía feliz en su tierra hasta que fueron invadidos por otro pueblo llamado los karis. Los karis conquistaron fácilmente a los sapallas, quienes no tenían armas, y los sometieron a una cruel esclavitud. Un niño sapalla llamado Choque se resistió a servir a los karis y sufrió castigos, pero mantuvo su espíritu indomable.

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LA LEYENDA DE LA PAPA

QUIENES  ERAN   LOS SAPALLAS

En tiempos muy remotos, nuestro país estaba habitado por las sapallas.  Sapallas
quería decir en el lenguaje antiguo "los únicos señores".  Y esto era exacto, porque
este pueblo hacía remontar la posesión de su territorio hasta los tiempos de la
tradición.  Se aseguraba que el dios Viracocha, es decir el Supremo Creador del mundo
según los aymarás, al tiempo que distribuía a cada pueblo una región determinada
para establecerse, destinó para los sapallas la región más próspera y rica.

Los sapallas estaban orgullosos de su suelo.  Parecía una región predestinada a una
gran raza, así como la Tierra Prometida para el pueblo de Israel.  Sus majestuosos
montes nevados, su pampa inmensa y solemne, su cielo diáfano y purísimo, su lago
legendario, sus aves, sus flores, todo, en fin hacía del suelo de los sapallas un país
nada común en el mundo.

Los sapallas vivieron en sus tierras felices y contentos.  La tierra retribuía con
prodigalidad el esfuerzo de los agricultores; el Sol les enviaba desde lo alto la dorada
bendición de sus rayos para madurar los granos, y la Luna con su luz suave plateaba
las noches serenas y presidía el cortejo de estrellas; el lago ofrecía a los pescadores
abundantes y sabrosos pececillos; hasta los ríos les traían desde su misterioso y lejano
origen brillantes arenas de oro puro, que las depositaban como un regio presente
sobre la linfa de sus orillas.   En una palabra, la tierra de los sapallas era una tierra
bendita, y, por lo mismo, los hombres que la habitaban fueron buenos, honrados y
trabajadores.

Tan buenos eran los sapallas que consideraban a los demás pueblos igualmente
bondadosos.  Perdieron toda sospecha contra los extranjeros.  Tan confiados estaban
en las buenas intenciones de sus vecinos que, hasta se olvidaron de manejar armas. 
Suprimieron los ejércitos por considerarlos ya inútiles en su tranquilo y apacible vivir. 
Habían olvidado lo que eran las guerras y sus temibles consecuencias.

Así pasaron varios siglos.  Generaciones tras generaciones se sucedieron los sapallas
gozando inalterablemente de la posesión de esa tierra generosa, en la cual, desde el
mandato de Viracocha, eran los "únicos señores".

LA   INVASIÓN   DE LOS TERRIBLES  KARIS

Pero, un día trágico, ocurrió lo inesperado, lo imposible, aquello que estaba fuera de
las pasiones de los sapallas.

Hacia el norte vivía un pueblo que, lo mismo que los sapallas,  poseía  sus tierras
desde largos siglos.  Pero esas tierras estaban dominadas por un inmenso monte, que
como un centinela dominaba los valles y las llanuras. Era un monte que infundía terror,
con sus faldas  peladas y su hostil cresta que parecía una constante amenaza. 
Además, según contaban los más ancianos, cuando en la tierra peleaban aun los
dioses buenos y malos por el dominio de la tierra, el dios Viracocha había logrado
vencer al genio del mal y para dejarlo aprisionado en lugar "seguro lo echó en un
profundo abismo y sobre él colocó inmensa mole de esa montaña.  Todo esto, que era
muy sabido por los habitantes del norte, les hacía considerar esa montaña como
encantada y maldita.

Cierto día, los habitantes del norte despertaron azorados por un extraño ruido que
parecía salir del interior de la tierra.  Formidables truenos vibraban aterradores en el
seno del suelo.  Las gentes asustadas miraban al cielo y a la tierra, sin saber qué
hacer, presintiendo algún mal terrible, pero sin saber a quién acudir para conjurarlo.

Cayó el día, y la noche cubrió la tierra, mientras los pobladores seguían en su terrible
angustia.  De pronto, la noche lúgubre se alumbró fantásticamente con una luz roja y
cegadora.  Los mortales vieron entonces que de la cima de aquel diabólico monte
brotaba hacia el suelo un enorme chorro de fuego líquido, que, después de elevarse
como una columna altísima, se desdoblaba sobre sí misma, ramificándose como un
fantástico árbol o abriéndose como un descomunal paraguas, caía sobre la tierra
produciendo humo espeso y asfixiante.

Al principio no fue más que asombro el de las gentes que presenciaron tal espectáculo;
pero cuando el fuego llegó hasta ellos como una infernal inundación y comenzó a
destruir campos, viviendas, animales y hombres, entonces, los sobrevivientes huyeron
locos de terror, lanzando ayes y alaridos de angustia.

Toda la comarca se convirtió en un momento en un formidable mar de fuego y ceniza.

Como te habrás dado cuenta, querido lectorcito, esta dolorosa tradición, según la
geografía puede ser interpretada de la siguiente manera:

Aquel terrible monte no era otro que el volcán Misti tan célebre por sus constantes
erupciones y la catástrofe que he referido es una de las muchas actividades funestas
del mismo.  El fuego interno que según algunas teorías existe en el centro de la tierra,
logra de cuando en cuando su salida a la superficie por esos conductos que son los
volcanes.  Este fuego interno sale al exterior produciendo un sonido formidable y
después de elevarse por lo alto cae a la tierra destruyendo cuanto está a su alcance.
Muchas y ricas ciudades han desaparecido en tales catástrofes.  Pregunta a tu profesor
de Historia y te contará cómo en tiempos antiguos desaparecieron las ciudades
romanas Herculano y Pompeya.  La misma ciudad de Arequipa que al presente se
encuentra al pié del Místi, esté constantemente amenazada por las furias del volcán.

Ahora volvamos a nuestro relato.

Viéndose sin hogar y sin patria, los sobrevivientes resolvieron buscar otro hogar y otra
patria aunque fuera en son de conquista y con perjuicio de otros pueblos.

Como tales intenciones no tardaron en fijar sus miradas en las fértiles y apacibles
tierras de los sapallas que se extendían hacia el sur como una presa fácil.

Conociendo el carácter tranquilo y pacífico de los sapallas, los sobrevivientes se


lanzaron sobre el pueblo vecino como un impetuoso torrente.  A la señal de sus
pututos de guerra cayeron sobre las indefensas campiñas y aldeas y en poco tiempo
consiguieron cantar sobre los desventurados sapallas su fiero himno de conquista y de
victoria.
Por su parte, los sapallas, sin armas, sin jefes, sin espíritu guerrero, se quedaron
anonadados por la terrible sorpresa, no supieron ni pudieron defenderse y desde el
primer momento no tuvieron más remedio que aceptar la dominación de los invasores.
Estos tomaron el nombre de "karis" que quería decir "Varones fuertes" ya que
efectivamente habían demostrado ser más fuertes y valerosos que los sapallas.

La situación de los sapallas se hizo verdaderamente miserable.  Como sucede siempre,


el pueblo conquistador proclamó el derecho de su fuerza y con este derecho impuso a
sus desgraciados conquistados la más cruel esclavitud.

Los karis arrebataron a los sapallas todo cuanto en su vida pacífica y laboriosa se
habían proporcionado: sus lindas y cómodas casitas, sus numerosos rebaños de
llamas, sus fértiles campos, sus templos y sus jardines.

Además, los vencedores resolvieron no trabajar en los campos y obligaron a sus


esclavos sapallas a que los mantuvieran con el producto de sus cosechas, mientras
ellos se dedicaban a sus diversiones y al descanso.

Año tras año, los desgraciados sapallas después de arar, sembrar y regar
constantemente sus inmensos campos, cuando llegaba el día de la cosecha, miraban
con estupor y llenos de indignación como llegaban los karis y recogían con sus propias
manos los abundantes frutos que tanto trabajo y fatiga les había costado.

Los karis, después de colmar sus depósitos y graneros, recién permitían a sus esclavos
entrar a los campos a recoger los desperdicios de la cosecha.

CHOQUE,  EL PEQUEÑO HÉROE

Muchos años hacía que los sapallas soportaban esta infame dominación.  Parecía que
su servidumbre ya no tenía remedio.  Todos estaban resignados a seguir soportando
su miserable destino, por lo menos hasta que su dios los salvara milagrosamente.

Por ese tiempo vivía entre la raza de los sapallas un niño llamado Choque. Tenía
apenas quince años y era el último descendiente de los jefes sapallas.

Cuando los karis quisieron obligarle a servirles lo mismo que los demás sapallas,
Choque a pesar de su corta edad se resistió con admirable entereza desempeñar para
sus dominadores aun los menores mandatos.  Hacía su vida por su cuenta y como le
parecía.  En fin, era el único ser relativamente altivo y libre entre todos los sapallas.

Los orgullosos karis, sabiendo que Choque era de noble origen, querían humillarlo más
que a los demás y le ordenaban cumplir los más bajos oficios.  Pero, el valeroso niño,
demostrando la entereza de carácter, como correspondía a su noble sangre, jamás
quiso cumplir las órdenes de los karis.

Esta conducta enfurecía a los crueles invasores que varias veces lo sometieron a los
más duros castigos.  Su débil cuerpecito soportó estoicamente centenares de azotes
sin que sus verdugos lograran doblegar su entereza.
Los pacientes sapallas, los antiguos subditos de su padre, que presenciaban
aterrorizados los terribles tormentos que sobre el hijo de su Curaca hacían llover sus
despóticos señores, lamentaban en silencio la heroica terquedad del niño, pero no
sentían contra los verdugos el menor asomo de rebeldía.

Un día que Choque habla recibido como de costumbre una abundante tanda de palos y
que por consiguiente estaba ensangrentado y desfalleciente en su miserable lecho,
entró a verlo una comisión de sus antiguos subditos.

El más anciano de los sapallas delegados le habló así:

 Pequeño, querido y desgraciado jefe nuestro, venimos a manifestarte en


nombre de toda nuestra desdichada raza, que ya no tenemos valor para
presenciar el diario espectáculo de tus crueles martirios.

El niño que se retorcía de dolor, al oír esas palabras se incorporó haciendo un esfuerzo
sobre humano y les contestó de esta manera:

 Os agradezco por la pena que demostráis por la suerte del hijo de vuestro
infortunado jefe.  Pero, decidme, ¿qué puedo yo hacer para evitar los  suplicios 
a  que  me  someten  estos  malditos, opresores?
 Es bien sencillo,  respondió el anciano.  -  Debes cumplir las órdenes de
nuestros amos, como lo hacemos nosotros.
 Eso  ¡jamás!   - respondió con  indignación el  niño. -  Si vosotros  estáis 
contentos con vuestro destino de esclavos, yo no debo, no puedo aceptar igual
suerte.
 Nuestros dioses nos han abandonado – replicó con amargura el anciano— y no
nos queda sino aceptar la fatalidad de nuestra suerte. Si nuestros dominadores
nos han perdonado la vida, gocemos siquiera de ella.  Que, de todas maneras
es mejor vivir de cualquier modo, antes que perecer.
 Entonces Choque, exaltado por el bajo concepto que sus compañeros tenían del
honor y de la vida, les habló así:
 Eso que pensáis es infame e indigno, de los hombres de una raza ilustre como
la nuestra.  Los dioses sólo abandonan a los que tienen alma de esclavos y
nosotros no la tenemos.  Y por último, si me dais la triste nueva de que estáis
contentos con vuestra indigna suerte, sabed que yo, yo solo, mantendré en mi
corazón el fuego de nuestra antigua independencia.  Por lo tanto, os anuncio
solemnemente que seguiré como hasta ahora, desafiando impávido la ira de
nuestros opresores, hasta morir en mi empeño o lograr que con el espectáculo
diario de mis tormentos suba la sangre a vuestras caras y la indignación a
vuestros espíritus. Si esto último ocurre por dicha nuestra, en lugar de
encorvaros dócilmente sobre la tierra para servir al amo, os lanzaréis sobre él
aunque sea para dañarlo con las herramientas de labranza.  Ese día los dioses
volverán a cobijarnos y nos haremos dignos de reconquistar la libertad.

Desgraciadamente, las sublimes palabras del abnegado Choque no llegaron al corazón


de sus subditos.  La humillación y el servilismo de tantos años les había hecho
incapaces de apreciar su propia dignidad.
Fracasados en su delegación, los ancianos sapallas se fueron, silenciosos y
decepcionados, a sus trabajos a seguir su papel de bestias domésticas de sus
vencedores.  Todos ellos creían que el pequeño hijo de su jefe estaba loco.

LOS DIOSES SOLO ABANDONAN A LOS PUEBLOS QUE PIERDEN LA ESPERANZA


EN SU PORVENIR

Como muy bien había dicho el pequeño Choque a sus subditos: los dioses y el  destino
sólo abandonan a los hombres y a los pueblos incapaces de rebelarse contra los
reveses de su suerte.

Los dioses de los sapallas llegaron a saber la abnegada y nobilísima actitud del
pequeño curaca.  Vieron por ello que el fuego de la libertad aún no se había apagado
completamente en la raza sapalla; que en el delicado pecho de un niño todavía se
conservaba como en un precioso santuario una chispa del venerado amor a la patria
vencida; que en medio de ese pueblo al que la desventura había tornado en mansos
corderos, existía un espíritu altivo y capaz de salvar la dignidad de toda la raza
degradada.  En consecuencia, resolvieron ayudar a los sapallas para que lograran su
independencia.

Pachacamaj, el Dios de los dioses,  resolvió bajar a la tierra en forma de un bellísimo


cóndor blanco.  Desde la altura de las nubes,  cirniéndose majestuosamente  comenzó 
a  avizorar  el   sitio  en que estaba Choque. Al fin lo divisó trepado entre las breñas de
una cumbre donde el niño acostumbraba asilarse para no frecuentar el trato de sus
opresores.  El cóndor, rápido como un rayo se dejó caer verticalmente, deteniéndose
sobre una  roca, junto a la cual estaba el pequeño tocando su flauta de carrizo.

Choque, azorado por la  presencia  del  raro animal, echó mano de la honda que
siempre llevaba arrollada en la cintura, disponiéndose a lanzarle un proyectil.  Pero el
cóndor, al ver la actitud hostil del niño, le habló de esta manera:

 Hijo mío, deja en paz tu honda y escúchame.  Choque, entre asombrado y lleno
de curiosidad se acercó al cóndor.
 ¿Quién eres que así me hablas como un ser humano? — le dijo.
 Hijo mío, los dioses han resuelto proteger a ti y a tu raza contra la crueldad de
vuestros opresores.  Por encargo del cielo vengo a decirte que no desfallezcas
en tu santo afán de levantar el espíritu de tu pueblo.  Tus heroísmos han
movido favorablemente a los dioses.  En cuanto tengan un grupo de los tuyos
que esté dispuesto a la lucha, la protección divina se dejará sentir en favor de
vosotros.
 Hermosísimo y buen cóndor, mensajero de los dioses,  - contestó con profunda
gratitud el niño – hace ya tiempo que he ofrecido mi sangre y mi vida por la
libertad de mi pueblo.  Ordena lo que debo hacer.  Que por mi parte estoy
dispuesto a todo.  Lo único que me apena es que la gran raza sapalla olvide su
dignidad y se resigne a vivir en la ignominia. Ellos mismos han venido a
pedirme que yo también  me someta y esclavice a  los  infames opresores.
 Es cierto cuanto dices - añadió el cóndor-.  Pero no debes desalentar en tu
noble empresa.
 Por lo que a mí toca estoy resuelto a todo: pero desconfío de todos mis
compañeros.
 Sigue con entereza.
 Seguiré   pero  mi   obra  terminará   estérilmente  con  mi   último sacrificio,  
pues  tantos  tormentos como sufro creo que no tardarán en agotarme.
 Esa ayuda que vienes a ofrecerme yo quisiera más bien que se la emplee en
mover el corazón de mis compañeros.  Es en ellos que se debe dejar sentir la
voluntad de los dioses.
 En todo se ha pensado - contestó con voz alentadora el cóndor blanco-.  Y
ahora, sube a la cumbre más alta de aquel monte.  Allí encontrarás un montón
inmenso de una semilla hasta ahora desconocida para los hombres.  Cuando
llegue la noche, reúne secretamente a los tuyos y ordénales que, recogiendo
esa semilla, cuando, llegue el tiempo de la siembra, la echen en los surcos en
lugar de la quínua, oca, kañahua y otros productos que hasta ahora cultivan.
Cuando venga la cosecha y vean sus resultados, entonces comprenderán los
sapallas que cuentan con la ayuda de los dioses.

Tales cosas le dijo el ave, y, después de hacer prometer al pequeño jefe que todo se
haría como indicara, extendió sus enormes alas blancas y levantó su majestuoso vuelo
hasta perderse entre las nubes.

LA PROMESA DEL CÓNDOR BLANCO

Llegada la época de la siembra, los sapallas, aunque con mucha desconfianza a los
deseos de su jefe, en lugar de sembrar como hasta entonces las semillas conocidas,
echaron en los surcos de la tierra labrada las misteriosas semillas que habían
encontrado en la cumbre de la montaña.

Durante todo el tiempo del brote y desarrollo de la planta nueva, los sapallas estaban
inquietos.  Algunas veces hasta casi se arrepentían de haber accedido a los deseos de
Choque.  Pero, éste, lleno de fe, no cesaba de contestar:

 Esperad, esperad.  Cuando llegue la cosecha conoceréis que los dioses no nos
han abandonado.

Al fin, pasaron algunos meses, y las lindas plantas verdes, alineadas en el borde de los
surcos como filas de soldaditos, comenzaron a adornarse con vistosas florecitas
blancas y lilas.  Casi al mismo tiempo, en la extremidad de algunas ramitas brotaron
frutos verdes en forma de bolitas.

Un día, el gran cóndor blanco, aparecióse a Choque y le dijo:

 Cuando llegue la cosecha, deja que los karis cosechen todo cuanto quieran.  No
te inquietes.  Ordena a  los tuyos que esperen tanquilamente  a que las nuevas
plantas se marchiten completamente.
 Está bien.  Cumpliré tu orden,  - manifestó - el niño y se fue lleno de esperanza
a comunicar la orden a los sapallas.

LA NOBLE ENTEREZA DE UN NIÑO Y EL PRODIGIO DE UNA PLANTA


Llegado el mes de las cosechas, los karis comenzaron la recolección de los  nuevos
frutos.   Y fue tal su ambición que no dejaron ni una sola para sus esclavos.

Los sapallas resignados, aunque sin mucha confianza en los resultados de la promesa
de su pequeño jefe, después de presenciar desde cierta distancia la ávida cosecha, se
retiraron a sus casas con las manos vacías.

Al fin, cuando las últimas hojas de las plantas se hubieron agotado, el ave blanca
ordenó a Choque:

 Lleva a tus sapallas a los campos cultiva-dos y, aprovechando de las noches de


luna, diles que ocultamente escarben entre la tierra de los surcos.

La orden del cóndor fue fielmente cumplida.

Los sapallas vieron con gran sorpresa que las raíces de las plantas que habían
sembrado terminaban en unos raros tubérculos.  Los partieron y vieron que bajo la
capa oscura y terrosa había una pulpa blanquísima.  Cocieron algunas en el fuego y
comprobaron que era un alimento exquisito cual nunca habían conocido.

Era tan abundante la nueva cosecha que tuvieron que emplear treinta noches en
transportarla, guardándola cuidadosamente en ocultas cuevas de las montañas.

Fue entonces que recién los sapallas comenzaron a pensar en su triste condición, en la
ayuda de los dioses y en la posibilidad de reconquistar su perdida independencia.

El pequeño jefe, lleno de entusiasmo al notar el cambio que se operaba en el espíritu


de sus compañeros, les habló cálidamente del ideal de libertad y aceptado por ellos
éste, les ordenó que fueran preparando secretamente sus hondas y sus flechas para el
día del levantamiento.  Como los sapallas ya habían olvidado el uso de las armas
guerreras, fue preciso hacer sigilosamente los manejos y los ejercicios de
adiestramiento para el combate.

LA FE PUEDE SER LA FORTALEZA DE LOS DEBILES

Mientras tanto, los Karis, que tan avaramente habían guardado los frutos verdes de la
última cosecha, cuando comenzaron a servirse de ellos como alimento, empezaron
también a sufrir terribles transtornos en su organismo. Era que las verdes bolitas que
ellos tomaron como excelente alimento no sólo no eran alimenticias sino hasta en
cierta manera venenosas.

La situación de los dominadores se hizo cada vez más crítica.  Cada día morían
centenares de Karis.  Los restantes, o enfermaban gravemente o caían en una
completa postración y debilidad.

Muy tarde ya se dieron cuenta de que los nuevos frutos eran la causa de su desastre.
Entonces, encolerizados contra los esclavos, quisieron castigarlos cruelmente.  Mas el
mismo día Choque, desde lo alto de una cumbre, tocó su cuerno de guerra dando la
señal del levantamiento.
Los sapallas, fuertes y decididos, salieron a luchar contra sus opresores.  Los karis,
sorprendídos por el repentino denuedo de los sapallas,  no atinaron a atacar, ni
siquiera a defenderse.  Y cuando quisieron tomar las armas, estaban tan débiles que
no tenían fuerzas para el combate.

Entretanto, Choque, a la cabeza de los suyos, cayó con ímpetu nunca visto sobre los
karis y los derrotó completamente.

Los invasores sobrevivientes a la derrota, no tuvieron más remedio que abandonar esa
tierra en la que tanto tiempo habían dominado y regresaron a sus antiguas tierras
dominadas por el volcán.

La raza sapalla, ya libre, organizó su pueblo.  Aclamó como a sus caudillos y salvador a
su pequeño príncipe y le obsequió una corona de oro y esmeraldas como símbolo de su
autoridad.  Y desde entonces la planta preferida fue la que habían sembrado por
indicación de Choque.  Se la cultivaba con cariño y se la consideraba como un don de
los dioses tutelares.

Los sapallas, bajo el gobierno de Choque vivieron felices y su pueblo fue uno de los
más poderosos de su tiempo.

Aquí termina la leyenda.  Como habrás podido notar, inteligente amiguito, la


abnegación de un ser pequeño y débil pero valeroso pudo reavivar el muerto
sentimiento de dignidad de todo un pueblo vencido y miserable.

También te habrás dado cuenta de que misteriosa semilla de que se trata en esta
leyenda no fue otra que la papa, que tiene su remoto origen en nuestro país.  Este
precioso alimento se difundió a los demás países del continente.  A raíz de la
conquista.

Leyenda de la papa
Hace mucho tiempo, el pueblo de los Sapallas tenia una
existencia pacífica y armoniosa. La naturaleza generosa
proporcionaba enteramente a las necesidades de cada uno, y la
Entente Cordial con los países vecinos les había hecho
olvidar lo que era la violencia y la guerra.
Un día, la erupción súbita de un volcán vino a perturbar la
armonía de este pequeño mundo al parecer perfecto.
Los Karis vecinos de los Sapallas, que vivían al norte no
lejos de los lados del volcán, tuvieron que huir de su país
devastado y abandonar la mayoría de sus bienes. Atraídos
naturalmente por las riquezas del territorio Sapallas, los
Karis tomaron las armas e invadieron por la fuerza el rico
país. Los Sapallas impotentes se redujeron inmediatamente a
la esclavitud sin oponer la menor resistencia al invasor.

Durante numerosos años, los Sapallas, resignados a aceptar su


triste destino, trabajaron sin descanso para sus dueños
Karis. Un único hombre, el joven Choque, último descendente
de los jefes Sapallas, rechazaba esta soberanía y prefería
recibir los terribles castigos de los Karis que de rebajarse
a trabajar para ellos. Los Sapallas intentaron muchas veces
convencer al joven hombre abandonar la lucha y aceptar su
condición de esclavo, pero en vano. Choque estaba convencido
de que los dioses no dejarían impune tal injusticia.

Los dioses observaban efectivamente la escena y fueron


impresionados por la valentía y la fe de Choque. El
gran Pachacamaj tomó la forma de un cóndor blanco y vino al
encuentro del joven hombre. El dios recompensó Choque
indicándole el sitio de semillas de una planta aún
desconocida para los hombres llamada papa (patata). Estas
semillas fueron sembradas secretamente por los Sapallas en
sustitución de los tradicionales cultivos de quinoa y habas
destinadas a los Karis.

Algunos meses pasaron, y las semillas empezaron a germinar.


Fieles a su práctica, los Karis se precipitaron los primeros
para recoger todas las hojas verdes y las bahías de la nueva
planta. En cuanto a los Sapallas, debían satisfacerse con los
restos dejados en el campo, y en este momento no supieron
darse cuenta de que las semillas ofrecidas por los dioses
habían podido ayudarlos. Pero su sorpresa fue grande cuando
descubrieron los fabulosos tubérculos ocultados bajo tierra
que los Karis no habían visto. La preciosa comida les volvió
a dar esperanza y la fuerza de combatir al opresor.

Numerosos Karis que habían consumido las hojas y frutas


venenosas de las patatas habían caído enfermos o muertos. Los
Sapallas aprovecharon para rebelarse definitivamente y
expulsar el último Karis de su territorio. Choque fue elegido
jefe de los Sapallas. Estableció una nueva sociedad fuerte y
feliz que siguió cultivando la patata con el respeto que se
debe a una fruta sagrada de los dioses.

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