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How Our Hearts Break - L.K. Reid

El documento cuenta la historia de Sophie y su dolorosa ruptura con su mejor amigo de la infancia Noah. Sophie recuerda los buenos tiempos que pasaron juntos y lo difícil que es lidiar con la pérdida de Noah y de su amistad, especialmente porque aún viven cerca el uno del otro.

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How Our Hearts Break - L.K. Reid

El documento cuenta la historia de Sophie y su dolorosa ruptura con su mejor amigo de la infancia Noah. Sophie recuerda los buenos tiempos que pasaron juntos y lo difícil que es lidiar con la pérdida de Noah y de su amistad, especialmente porque aún viven cerca el uno del otro.

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2

Créditos
Moderadora
Karikai

Traducción
Karikai y Mona

Corrección 3
Karikai

Diseño
Bruja_Luna_
Índice
Créditos ________________________ 3 13 ___________________________ 99
Sinopsis ________________________ 5 14 __________________________ 103
Prólogo ________________________ 7 15 __________________________ 109
1 _____________________________ 8 16 __________________________ 120
2 ____________________________ 14 17 __________________________ 128
3 ____________________________ 22 18 __________________________ 133
4 ____________________________ 28 19 __________________________ 145
5 ____________________________ 34 20 __________________________ 154
6 ____________________________ 40 21 __________________________ 164
7 ____________________________ 46
8 ____________________________ 53
22 __________________________ 174
23 __________________________ 185
4
9 ____________________________ 59 24 __________________________ 195
10 ___________________________ 64 Epilogo_______________________ 202
11 ___________________________ 74 Acerca de la Autora _____________ 206
12 ___________________________ 93
Sinopsis
R
ecuerdos y promesas rotas

Dicen que algunas personas nunca llegan a conocer a su alma


gemela.
Yo conocí a la mía cuando tenía cinco años.

Noah Kincaid era mi mejor amigo, mi persona, un hombro para llorar...


hasta que dejó de serlo.
Hasta que rompió mi corazón en un millón de pedacitos con sólo unas palabras.
5
Pero ahora ha vuelto, diciendo todas las palabras correctas, haciendo todas las
cosas correctas, pero era demasiado tarde.
Llegó demasiado tarde para nuestro —felices para siempre—, porque la vida
tenía otros planes.

Las tragedias nunca formaron parte de mi plan, no estaban en mi lista de


deseos. Siempre pensé que les ocurrían a otras personas, pero nunca a mí.
Hasta que lo hicieron.

NOTA DEL AUTOR: HOW OUR HEARTS BREAK es un romance contemporáneo


independiente y oscuro, con temas que pueden ser demasiado fuertes para algunos
lectores. Contiene lenguaje explícito y contenido sexual sólo apto para mayores de 18
años. Por favor, ten en cuenta que NO hay un FELICES PARA SIEMPRE garantizado.
—Dijiste que los recuerdos existen fuera del tiempo y no tienen principio ni fin.
Euphoria, Temporada 2 Episodio 7
6
Prólogo
S
uelo empezar esta parte con la lista de desencadenantes que puede tener
el libro, para que estés preparado. Pero este es diferente.
How Our Hearts Break no es un romance oscuro. Creo que ni
siquiera puedo clasificarlo en la sección de, romance, debido a su naturaleza, aunque
se basa en gran medida en una relación. El mayor detonante de este libro es que no
tiene un Felices para siempre. No quiero estropear el final a ninguno de ustedes, pero
necesito que entiendan que en este libro ocurren cosas trágicas, que ninguno de los
personajes pudo evitar, y, como tal, puede que no sea para todos los lectores.
Me gusta ser transparente con todos mis libros, y no quiero que esperes algo
que no va a suceder. Esta historia es el proyecto de mi pasión. Es algo que se me
ocurrió de repente y necesitaba escribirlo.
También me gustaría pedirles que no estropeen el libro a otros lectores, así
que si publican reseñas, intenten hacerlo sin ningún spoiler. 7
Gracias por leer esta historia que se apoderó de mi vida, y no dudes en ponerte
en contacto conmigo si necesitas hablar de ello.
1
Sophie

L
A TRISTEZA LLEGÓ EN OLEADAS.
Apareció de la nada y me tocó el hombro como si fuera un viejo
amigo de la infancia al que no había visto en años, y así, sin más, todos
esos recuerdos que había intentado olvidar me golpearon en el pecho,
dejándome sin aliento. Algunos días, era más fácil lidiar con la avalancha de
emociones que traía, pero otros, dolía como un corte abierto, y empezaba a sangrar
de nuevo.
Ese es el momento en el que te das cuenta de que nunca te has curado de
verdad, sino que te estabas engañando a ti mismo, intentando sentirte mejor, aunque
fuera por un momento. 8
Mis recuerdos... Vivían por todas partes a mi alrededor. La mayoría de los días
intentaba taparme los ojos e ignorar los susurros y esa risa alegre de niño que aún
rebotaba en las paredes de mi casa. Pero hoy no era uno de esos días en los que podía
fingir que no recordaba las noches pasadas bajo aquel sauce detrás de nuestras
casas.
No podía fingir que sus ojos no veían todo lo que yo intentaba ocultar. Tampoco
podía fingir que el chico con el que crecí no era más que un extraño mientras estaba
en el porche de su casa, justo al lado de la mía, mirándome como si hubiera visto un
fantasma.
Unas afiladas garras arañaron la cavidad izquierda de mi corazón, donde él
solía vivir, cuando recordé que no podía saludarlo. No podía sonreír como antes. No
podía bajar corriendo las tres escaleras e ir a su casa, porque él ya no era mi Noah.
Él se aseguró de ello.
Con todas las fuerzas que tenía en mi cuerpo, aparté la mirada hacia la calle
por la que pasaba un auto que conocía demasiado bien, deteniéndose justo delante
de su casa. Todavía podía sentir los ojos de Noah sobre mí, y agarré la manta que
envolvía mi cuerpo, aferrándome a ella como un salvavidas, porque si no lo hacía,
sabía que mi cuerpo me traicionaría.
No quería darle la satisfacción de ver el dolor escrito en mi cara. La gente suele
decir que las rupturas son una de las cosas más duras por las que han pasado en su
vida, pero ¿qué pasa con las rupturas entre amigos? ¿Qué pasa con todos los
recuerdos que crearon juntos? ¿Qué hay de todas esas noches en las que sus ojos eran
la única luz que te mantenía en pie?
¿Qué hay de las palabras dichas y no dichas, las promesas, el futuro que
soñamos? ¿Qué hay de las pequeñas caricias, los abrazos y los besos en las mejillas?
¿Cómo iba a olvidarlo todo si él seguía viviendo aquí dentro, en mí, en mi pecho, en
cada poema que escribía, en cada cosa nueva que hacía y que quería contarle?
¿Cómo podría olvidar que el chico que empezó siendo mi amigo se convirtió
en mucho más, aunque nunca se lo dije?
Nunca fue mío, pero perderlo se sintió como un trueno que atravesaba el cielo,
rompiendo la paz y la tranquilidad. Me destrozó el corazón, y no podía culparlo
exactamente: nunca lo supo.
Podía oír las voces que venían de mi lado izquierdo, y apreté los dientes, apreté
más la manta y me levanté para volver a entrar.
—¡Sophie! —Maldita sea.
Me mantuve de espaldas a ellos. Aunque no era Noah el que gritaba mi nombre,
seguía teniendo el mismo efecto: mi corazón seguía resquebrajándose porque sus
9
amigos ya no eran mis amigos.
Me pareció que había pasado una hora hasta que me preparé para darme la
vuelta y enfrentarme a ellos, pero en realidad, tardé un par de segundos en respirar
profundamente y tragarme la pena y los remordimientos que bailaban en mi
garganta. Sabía que tenía un aspecto lamentable, eso era lo que conseguía después
de noches sin dormir y ojos que lloraban lágrimas que no quería, pero era demasiado
tarde para fingir que no había oído a Jared llamándome.
Me enderecé y envolví la manta más fuerte alrededor de mis hombros y giré
con una pequeña sonrisa en mi cara.
—Hola, J.
Dirigí mis ojos al chico alto y rubio que llevaba una sonrisa a donde quiera que
fuera, en lugar de mirar a la persona que todos los nervios de mi cuerpo pedían a
gritos.
Jared se apoyó en la valla y, al hacerlo, mis ojos me traicionaron y conectaron
con los ojos de color del cielo más azul. Seguía teniendo el mismo aspecto, seguía
pareciéndose a mi Noah, pero a diferencia de las otras veces, no me sonrió. No se
movió del sitio, con las manos aún dentro de los bolsillos delanteros.
Sus hombros parecían más anchos, todo su cuerpo más alto, pero puede que
fuera mi imaginación porque hacía todo lo posible por evitarlo. Me negaba a ir a los
partidos de hockey. Me negaba a visitar los lugares que frecuentaba porque no quería
ver su cara. Me negaba a mirar en su casa por el único temor de ver siquiera un atisbo
de él, porque un corazón roto no podía soportar más.
Noah fue el primero en apartar la mirada esta vez, ignorándonos tanto a Jared
como a mí, y me mordí la lengua cuando un gemido involuntario amenazó con brotar
de mi pecho.
—No te he visto en mucho tiempo, amiga —continuó Jared, sin darse cuenta de
los sentimientos incómodos que persistían en el aire—. ¿Dónde has estado?
En todas partes y en ninguna, quería decírselo. Quería contarle lo que había
descubierto; quería decírselo a los dos. Pero por mucho que los quisiera, por mucho
que los extrañara, especialmente a Noah, ya no eran mis amigos. Perder a Noah
significaba perder a toda esa gente que quería. Cuando dejamos de hablar, cuando
olvidó lo que teníamos desde que éramos niños, sus amigos también lo hicieron.
—La práctica, ya sabes. Y la escuela —me encogí de hombros, manteniendo
mis emociones bajo control. Si de verdad se preocupara por mí y por dónde había
estado, me habría tendido la mano. Eso fue suficiente para consolidar lo que ya sabía:
sus amigos nunca fueron mis amigos, y eso era una mierda. 10
—No te he visto por la pista últimamente. —Jared continuó su mini
interrogatorio—. Recuerdo cuando casi vivías allí. Diablos, estabas allí más a menudo
que cualquiera de nosotros, incluido Noah. —Se enderezó y le miró—. Tengo razón,
¿no? Nunca podía ir allí sin verte, y entonces, pum, así como así, no estabas en
ninguna parte. —Me devolvió la mirada con esas palabras—. ¿Qué pasó?
Algo feo se desplegó dentro de mi pecho ante las palabras tan insensiblemente
dichas, como si no supiera lo que pasó. Como si no se hubiera enterado de lo
humillante que fue esa noche, cuando el chico que yo creía mi mejor amigo me tiró a
un lado como si fuera la basura de ayer porque lo estaba avergonzando. Porque era
demasiado para él, para sus amigos y para sus chicas que acudían a él como pollos
alrededor de los granos arrojados al suelo.
Lo que ocurrió fue que las palabras de Noah dolieron más que todo lo que había
sentido antes de esa noche. Lo que dolió aún más fue que nunca se disculpó. Han
pasado tres meses desde aquella noche en la feria y aún se niega a reconocer lo dicho
y hecho.
Esa noche fue la noche en la que supe que esta amistad a la que me aferraba
era un camino de ida a la destrucción. Yo era la única que intento que funcionara.
Pero esa fue también la noche en que decidí que había cosas más importantes
en la vida, y que en lugar de rebajarme a su nivel, sería la persona más madura. Podía
sentir el familiar latido en la parte posterior de mi cabeza, y no quería que me vieran
en el estado en que me había vuelto tan familiar.
—No pasó nada, J. —Sonreí mientras mi corazón se partía aún más, pero miré a
Noah en lugar de a Jared mientras hablaba—. A veces la gente con la que te juntas se
convierte en un hábito, un lugar familiar, si quieres llamarlo así. Nunca fui de las que
se juntan con la gente cuando ya no me quieren.
—¿Qué...?
—Tengo que irme. —Le devolví la mirada, con el corazón latiendo a mil por
hora, ignorando la perdición de mi existencia. Me prometí a mí misma que no me
enfadaría más por las cosas que no podía cambiar, pero cada segundo que pasaba
me resultaba más difícil. Su sola presencia me hacía enfadar, y él era la menor de mis
preocupaciones en este momento—. Nos vemos. Espero que mañana tengan un
partido increíble.
Me aparté de ellos y comencé a caminar hacia la puerta de mi casa. Con una
última mirada a mi ex mejor amigo y a Jared, entré, sacudiéndome el frío y el dolor
de cabeza que se extendía lentamente por mi cráneo. Sabía que era cuestión de
tiempo que no pudiera moverme en absoluto.
La foto de mis padres, mi hermano, Andrew y yo, colgada en la pared antes de
la escalera, me llamó la atención, y el enfado que sentía antes no era nada comparado
11
con el que empezaba a sentir ahora. Todos parecíamos tan felices, tan contentos, en
esta foto tomada justo antes de que Andrew se fuera a la universidad. Nunca había
entendido el dicho, pero el tiempo pasa muy rápido cuando no aprecias las pequeñas
cosas de la vida, como la felicidad de mi familia.
Ahora, esta casa que solía estar llena de felicidad, de risas, de amor y de un
futuro brillante, se sentía como una tumba: sin vida, deprimente, vestida con los
colores grises de la desesperación. Pensé en todos los sueños que había tenido, en la
luz que brillaba en mis ojos incluso en la foto, y luego me miré en el espejo de la
pared de enfrente. Mis ojos, antes brillantes, estaban ahora apagados, el color verde
brillante atenuado, estropeado por todo lo que había pasado. Al menos tenía el
cabello limpio, recogido en una coleta baja, y las afiladas líneas de mi cara eran más
prominentes de esta manera.
Quería esconderme, pero sabía que no me traería nada bueno.
Esta mañana, al despertarme, me prometí a mí misma que no sucumbiría a las
mismas emociones de siempre con las que me había visto atrapada durante el último
mes. Pero cada vez era más difícil luchar contra ellas, ser valiente, poner una sonrisa
en mi cara cuando lo único que quería era gritar y gritar y gritar hasta que mi garganta
se quedara ronca, y mi voz se apagara en mi pecho.
Todas esas cosas eran meros deseos y si quería sobrevivir a todo esto, tenía
que tragarme todas esas emociones que obstruían mis venas e intentar fingir que
mañana, un sol más brillante brillaría a través de mis ventanas.
—Soph. —La voz de mi hermano me sacó de los oscuros y deprimentes
pensamientos que corrían libres por mi mente—. ¿Estás bien?
Lo miré, odiándome aún más cuando las ojeras que no solía tener fueron lo
primero que me saludó. Parecía cansado, triste, desesperado, y sabía que yo era la
razón. Sabía que estaba aquí, lejos de sus estudios, porque quería estar aquí por mí,
pero no quería que su vida terminara sólo porque yo no pudiera manejar mi propia
mierda ahora mismo.
—Estoy bien, Andy. Creo que voy a acostarme un rato. Mi cabeza ha estado
palpitando, y no quiero que empeore.
—¿Necesitas algo? —Sabía lo que estaba preguntando. No necesitaba leer la
mente para saberlo. Desde que llegó a casa de la universidad, hace una semana más
o menos, ha estado encima de mí, haciéndome preguntas, rogándome que le dijera
cómo me sentía. ¿Cómo iba a decírselo si no sabía cómo describir esta agitación que
me atravesaba?
No podía decirle que algunos días iban mejor que otros, pero que la nube
oscura de la que había estado intentando huir tan desesperadamente estaba cada vez
12
más cerca. Mi terapeuta me dijo que era normal sentirse así, dada la situación, pero
que era agotador pasar de estar extremadamente feliz a estar extremadamente triste,
luego enfadada, luego triste de nuevo, y luego simplemente insensible.
—No. —Forcé una sonrisa y me acerqué a él, rodeando su cintura con mis
brazos, dejando que la manta cayera de mis hombros—. Estoy bien. —Apreté todo lo
que pude cuando sus brazos me rodearon los hombros, manteniéndome cerca de él.
Su calor era todo lo que necesitaba ahora mismo, y me odiaba por lo que todo
esto le estaba haciendo. No era justo que tuviera que pasar por esto.
Apreté los ojos con más fuerza, obligando a las lágrimas que amenazaban con
derramarse a retroceder, a quedarse quietas, al menos hasta que me alejara de él. Lo
conseguí cuando me alejé de él y levanté la manta del suelo, temblando por el frío
que me calaba los huesos.
—Tienes que comer algo —dijo Andrew cuando me acerqué a las escaleras—.
No recuerdo que hayas desayunado.
—Comí algo de cereal.
—Eso no es suficiente.
—Andy. —Suspiré—. Estoy bien, y no tengo hambre.
—Son casi las cinco de la tarde, Soph. Si sigues así... —Se detuvo antes de
poder decir lo que realmente pensaba.
Si seguía así, me llevaría al borde de la muerte. Eso era lo que quería decir,
pero no podía porque ambos sabíamos lo que realmente nos esperaba. Ambos
sabíamos que debíamos mantenernos cuerdos y serenos si queríamos sobrevivir a lo
que la vida nos deparaba.
—Lo siento —dijo rasposamente—. No quise decir eso...
—Está bien, Andy. Sé lo que querías decir. Me voy a acostar ahora. Prometo
que comeré algo cuando me levante. ¿Te parece bien?
Una pequeña inclinación de cabeza fue todo lo que obtuve antes de que
desapareciera por el pasillo que conducía a la sala de estar. Deseé tener algo mejor
que decirle para consolarlo, para decirle que todos esos sentimientos que lo
recorrían serían un día un mero recuerdo que no querría revivir, pero no pude porque
temí que mi propia voz me traicionara. En lugar de consolarlo yo, sería él quien me
consolara a mí.
Lo miré mientras desaparecía en la habitación, mientras las voces silenciosas
se filtraban en el aire, probablemente mi mamá, y empecé a caminar hacia mi
dormitorio, el cansancio ya hacía que mis miembros fueran más pesados y mi corazón
más vacío.
13
Se suponía que tenía que estar en el entrenamiento ahora mismo, pero ya no
me atrevía a ir. El patinaje artístico era lo único de lo que nunca me cansaba, y ahora,
por mucho que me gustara, no me atrevía a conducir hasta esa pista de hielo, a
ponerme los patines y a ser simplemente yo.
Todo había cambiado y sabía que ya nada sería igual.
2
Sophie

E
speraba, incluso rezaba, que con una buena noche de sueño, mi cabeza
no intentara abrirse, pero incluso las píldoras que suelen ayudar eran
inútiles hoy. Era como si el universo se ensañara conmigo. Después de
aquel horrible sábado en el que vi a Noah y a Jared, el domingo resultó ser aún peor,
con lo que evité a toda mi familia ya que todos estaban de mal humor, y lo pasé en mi
cama porque mi cabeza decidió estallar de adentro hacia afuera.
Al menos eso fue como se sintió.
Así que aquí estaba, un lunes por la mañana, con los ojos fijos en el reloj que
marcaba las seis y media de la mañana, y no quería levantarme. Las dos mantas que
me cubrían no hacían nada para calentarme, y sabía que este tipo de frío no provenía
de la falta de calefacción, nuestra casa siempre parecía un horno durante el invierno.
14
Este tipo de frío provenía del interior, y si pudiera envolver mi corazón y mi alma en
una manta, lo haría. Tal vez así no sentiría que el hielo se apodera lentamente de mi
cuerpo.
Me incorporé lentamente hasta quedar sentada y apagué la alarma que sonaba
sin cesar en mi teléfono. Miré a la ventana, donde el suave resplandor de la mañana
empezaba a entrar en la habitación.
Había pasado innumerables noches sentada en esa ventana, hablando con
Noah. Su ventana estaba justo en el lado opuesto y, como una tonta, me olvidé de
cerrar las cortinas anoche. Ahora sabía que lo primero que vería cuando me levantara
y mirara hacia fuera sería a él.
Lo conocía como la palma de mi mano y, a juzgar por la hora que aparecía en
la pantalla de mi teléfono, probablemente acababa de volver de su carrera matutina.
Solía acompañarlo en esas carreras: él se entrenaba para el siguiente partido y se
mantenía en forma, y yo preparaba mi cuerpo para las próximas competiciones.
No hace mucho tiempo que corrimos juntos por última vez, pero estos días,
parecía que habían pasado años desde la última vez que compartimos espacio juntos.
Desde la última vez que hablamos, reímos, salimos... Es curioso cómo funcionan estas
cosas. Nunca sabes cuándo será la última vez que la persona a la que querías más que
a la mayoría de las otras personas de tu vida se convertiría en un extraño.
Durante todo un mes después de nuestra pelea, me pregunté qué fue lo que
hice para que se enfadara tanto aquella noche. Me preguntaba si había sido yo o sólo
él, y entonces me di cuenta de que por mucho que me rompiera la cabeza con estas
cosas, nada cambiaría.
Dentro de unos meses, probablemente se iría a alguna universidad lejos de
aquí, sin duda con una beca de hockey, y no volvería a verlo. Sólo tenía que sobrevivir
estos próximos meses y eso sería todo.
Lentamente, me levanté, tirando de todas las mantas conmigo, y me dirigí hacia
el baño adyacente, encendiendo la luz al llegar a la puerta. Prefería caminar en la
oscuridad el mayor tiempo posible. No era una persona madrugadora, y si podía
pasar al menos un par de minutos más fingiendo que seguía durmiendo, lo haría. La
luz del cuarto de baño iluminó mi habitación y, al entrar, dejé caer las mantas al suelo,
mirándome en el espejo que había sobre el lavabo.
Las ojeras parecían estar mejor hoy, pero sabía que no sería capaz de
mantenerme de pie al final del día si las pastillas que solía tomar por la mañana no
hacían más que provocar más náuseas. Quería pasar al menos un día en el que no
tuviera que preocuparme de que esto que tenía que vivir ahora no me causara más
dolor.
Lo último que quería hoy era tener que llamar a Andrew o a mis padres para 15
que me recogieran. Seguía sin decir una palabra a nadie en la escuela y rogaba a mi
hermano, a mi mamá y a mi papá que mantuvieran todo esto en secreto. Todavía
quería patinar, y si no podía hacerlo por mucho más tiempo, al menos quería terminar
las dos últimas competencias que se avecinaban.
Esta mierda que estaba pasando no sería mi fin. Todavía podía hacer las cosas
que me gustaban. Todavía podía vivir mi vida.
Tomar una ducha mientras me congelaba no era la experiencia más agradable,
pero sabía que tenía que lavar mi cabello y los restos de los últimos dos días de mi
piel. Era una nueva semana, y que me aspen si la empiezo con una nota de mierda.
Algunos días repasaba los movimientos, gracias a la memoria muscular y a los
años de hacer lo mismo todos los días, pero agradecía que hoy fuera uno de los días
en los que mi mente no intentaba disociarse de la vida. Incluso con el dolor palpitante
en la cabeza, me las arreglé para hacer todo en media hora. Una vez que me vestí con
la ropa más abrigadora que pude encontrar, metí tres cuadernos en la mochila y
empecé a cerrarla, de pie frente a la ventana.
Cuando conocí a Noah, sentí como si una extraña especie de electricidad me
atrajera hacia él. Desde aquel primer día en que estábamos en el jardín de infancia,
cuando aún vivía en la otra punta de la ciudad, siempre sabía dónde encontrarlo.
Y ahora, mientras estaba allí, sujetando la mochila a mi cuerpo como si pudiera
salvarme de sus ojos inquisidores, mantuve los ojos en el suelo, mirando el pequeño
rasguño de mis botas Doc Martens, evitando levantar la vista.
Pero siempre fui un poco masoquista cuando se trataba de él, y tenía que verlo.
Tenía que ver si esta separación le dolía tanto como a mí.
Respiré profundamente, como si me preparara para un impacto, y levanté la
vista, con miles de emociones chocando contra mí cuando lo vi allí, delante de su
propia ventana, sin camiseta y mirándome.
El tiempo se detuvo y no existía nada más que él y yo. Mi corazón latía
violentamente contra mis costillas, magullándome, recordándome lo que había
hecho, pero nada podía disuadirme de mirarlo. A ese cabello oscuro, a esos ojos
azules y a esos brazos que siempre sentí como un hogar hasta que él decidió que ya
no me quería.
Siempre supe que me miraba como una hermana y nada más, pero nunca
hubiera pensado que me desecharía tan fácilmente y olvidaría todo lo que pasamos
juntos.
Me tembló el labio inferior al recordar la primera vez que lo abracé mientras
lloraba. Sus padres se estaban divorciando, y para dos niños de nueve años eso era
el fin del mundo.
16
Si yo recordaba todas estas cosas, ¿cómo era posible que él las olvidara?
¿Cómo era posible que todas aquellas promesas que nos susurrábamos bajo el cielo
oscuro cuando las estrellas nos iluminaban no significaran nada para él?
Lo saludé con la cabeza sin una sonrisa, sin un saludo, y me di la vuelta,
dejándolo allí de pie como siempre. A veces pienso que la forma en que solía verlo
era sólo un producto de mi imaginación, porque esa versión de él era la que yo quería
ver.
A veces, cuando amas a alguien, decides hacer oídos sordos a todos esos malos
atributos que tenía, porque los buenos eran los únicos que te importaban.
Creo que nunca lo conocí del todo.
Sacudiendo la cabeza al salir de mi habitación, bajé las escaleras, sólo para
encontrar a Andrew y a mi mamá sentados en el mostrador, bebiendo lentamente sus
cafés en silencio. Ambos se volvieron y me miraron cuando entré en la habitación,
sus rostros traicionaban sus emociones.
—Buenos días —murmuré mientras caminaba hacia mi mamá, abrazándola por
detrás. Olía a canela y manzanas, tan suave y siempre aceptando y apoyando todo lo
que Andrew y yo queríamos hacer. Todavía recordaba la primera vez que le dije que
quería hacer patinaje artístico. Aunque temía por mi vida, me llevó a la pista y fue
amor a primera vista.
—¿Ya comieron? —pregunté mientras me acercaba a Andrew, abrazándolo
también—. ¿Para qué son esas caras? —Los dos estaban inusualmente callados,
mirándome como si me hubiera crecido otra cabeza—. ¿Tengo algo encima? —Miré
hacia abajo, intentando ver si el jersey que me puse en la habitación tenía un agujero
o una mancha en alguna parte, pero no había nada—. Vamos, chicos. Me están
asustando.
—Es que... —empezó a decir nuestra mamá, hipando mientras sus ojos se
llenaban de lágrimas—. Hoy pareces feliz.
—Porque soy feliz. Y —sonreí—, en realidad dormí bien anoche.
—¿Dolor de cabeza? —preguntó Andrew desde su sitio mientras yo tomaba una
manzana del cuenco.
—Un poco —respondí, mintiendo, y mordí la manzana, dejando que el dulce
sabor flotara en mi boca—. Pero nada importante. Quería comer algo antes de tomar
mis pastillas.
Mamá se bajó del taburete y se dirigió a la nevera.
—Estaba pensando en hacer tocino y huevos. ¿Te apetece? 17
—Eh, claro. —No quería decirle que pensaba comprar cereales sólo para tener
algo en el estómago hasta la hora de comer, pero la sonrisa que se apoderó de su cara
cuando me miró por encima de la puerta de la nevera me hizo sentir como una mierda.
¿Cuándo fue la última vez que sonrió así? ¿Hace dos meses, quizás?
Trabajaba en la estufa, cascando huevos y tarareando suavemente mientras el
aceite se calentaba en la sartén. Pero la mirada de Andrew me decía que sabía lo que
estaba haciendo.
¿Qué? le dije con la boca, pero se limitó a sonreír y a levantarse, llevando su
taza y la de mamá al fregadero.
—¿Vas a ir a la pista hoy, Soph? —preguntó mamá, dándome la espalda. El
sonido del tocino chisporroteando llenó la cocina y cuando Andy empezó a sacar tres
platos, me di cuenta de lo mucho que echaba de menos esto. Esta normalidad.
—Puede que sí —respondí y tiré la manzana a medio comer a la basura. Sabía
que si comía algo más, no podría comer lo que estaba preparando. No quería
decepcionarla—. Le enviaré un mensaje de texto a la entrenadora Liudmila de camino
a la escuela para hacerle saber que me siento mejor.
—Mhm —murmuró, con las palabras no pronunciadas suspendidas en el aire.
Los tres sabíamos que tal vez nunca mejoraría, pero a todos nos gustaba
mentirnos a nosotros mismos. Andrew me miraba mientras mamá seguía volteando el
tocino y luego lo ponía en el plato que colocaba en la mesa junto a la estufa.
Golpeando con los dedos la mesa de la encimera, esperé a que uno de ellos
dijera algo. Pero en lugar de sacar el tema del que no quería hablar, Andrew empezó
a hablar de la universidad y de sus prácticas, mientras mamá terminaba de preparar
una tortilla y tocino, dejando la sartén a un lado y apagando la hornilla.
Un plato lleno de más tocino del que cualquiera de nosotros podía comer y otro
con una tortilla fueron colocados en la mesa. Sin preámbulos, los tres hurgamos,
poniendo varios trozos de tocino en nuestros platos. Andrew cortó la tortilla en tres
trozos y se quedó con el más grande.
—Oye. —Me reí—. Eso no es justo.
—Lo siento, Soph. Soy un chico en crecimiento y necesito mis nutrientes.
—Eres más bien un hulk que un chico. ¿Qué te dan de comer en la universidad?
¿Concentrado para vacas?
Me lanzó un trozo de tocino, que aterrizó encima de mi plato, lo que me valió
una fuerte carcajada.
—Chicos —advirtió mamá, pero ninguno de los dos le hizo caso. Entre comer 18
y reír, los trozos de tocino volaban de mí a él y al revés.
Echaba de menos esto. Echaba de menos reír con mi familia. Echaba de menos
tener mañanas llenas de felicidad en lugar de la oscura tristeza que llenaba nuestras
vidas últimamente.
—¿Dónde está papá? —pregunté, masticando el último trozo de tocino de mi
plato.
—Tiene una reunión temprano, así que tuvo que salir antes —respondió mamá
sin mirarme. No hacía falta ser un genio para saber que estaba mintiendo.
Papá estaba, cómo decirlo, perdido. Estaba aquí, pero no estaba. Evitaba
mirarme a mí, a mamá, a Andrew, y no es que pudiera culparlo.
Sólo echaba de menos nuestras mañanas juntos, y las noches en las que
ninguno de los dos podía dormir y bajábamos a escondidas a comer helado de la
nevera. Pero, paso a paso, como diría mi terapeuta, estaba segura de que esto no
sería el fin para mi familia, y que nos volveríamos más fuertes gracias a ello.
—Así que, Sophie. —Andrew sonrió, y supe que alguna mierda saldría de su
boca—. Vi a Noah ayer.
Mierda.
—¡Ustedes solían ser muy empalagosos! —gritó de repente—. ¿Qué demonios,
mamá?
Resoplé y me levanté con mi plato, llevándolo al fregadero y limpiando las
migas. Por supuesto, mamá le pegaría. Ella estaba allí aquella noche cuando volví de
la feria, llorando a mares. No podía decirle exactamente que todo estaba bien, cuando
era obvio que lo que él hizo nunca estaría bien.
—Sí, solíamos serlo.
—¿Qué pasó? Mamá, deja de pegarme.
—Entonces deja de hacer preguntas estúpidas —respondió.
—Está bien, mamá. —Puse el plato dentro del lavavajillas y me volví hacia ellos,
apoyándome en la encimera—. Es que... no sé. Nos distanciamos, supongo.
—¿Supones? —preguntó Andy, levantando una ceja—. Eran inseparables.
Diablos, siempre pensé que estaba enamorado de ti, y que un día tendría que darle
una paliza porque, pase lo que pase, nadie es lo suficientemente bueno para mi
hermanita.
—Awww, realmente me amas.
—Sólo uno de cada tres lunes —se rió—. No, pero de verdad. Le decía a mamá
que un día tendría que ver cómo te casabas con ese matón.
19
—Andy, no es un matón —lo regañó mamá—. En realidad es muy agradable.
—Mamá, todos los chicos son unos matones si quieren estar con mi hermana.
Eso es un hecho. Ya lo sabes. Creciste con tres hermanos mayores.
—Pues menos mal que solo tengo uno, porque tres me mandarían directamente
a un manicomio. —Me reí y saqué mi teléfono cuando sentí que vibraba contra mi
pierna—. Oh, mierda.
—¿Qué pasa?
—Olvidé que Bianca me iba a recoger hoy.
Casi corrí hacia el otro lado de la cocina, donde mis pastillas estaban
perfectamente escondidas en el armario.
—Más despacio —reprendió mamá—. Te vas a romper el cuello, corriendo así.
—Lo siento, mamá. —Saqué las pastillas que deberían ayudarme con el dolor
de cabeza y me metí dos en la boca, alcanzando la botella de agua que estaba sobre
el mostrador—. Tengo que irme.
—¡Sophie! —gritó mamá, y me detuve en la entrada de la cocina. La miré,
odiando de nuevo lo que podía ver en sus ojos—. Piensa en lo que hemos hablado,
¿de acuerdo? Ya casi es hora de decírselo.
Lo sabía, maldita sea. Sabía que era el momento de decírselo, pero no me
atrevía a hacerlo. Al menos no todavía.
—Lo sé. —Asentí sombríamente—. Pero todavía no. Dame este mes, por favor.
Volví a acercarme a ella, la abracé y dejé caer un beso en su mejilla, luego en
la de Andrew, y corrí hacia la puerta principal, recogiendo mi abrigo mientras
avanzaba.
El aire helado de la mañana me golpeó en la cara en cuanto salí. Me puse el
abrigo antes de bajar las escaleras a toda prisa, hasta el auto de Bianca.
Ya podía ver su cara a través de la ventana, y era cualquier cosa menos
divertida.
—Lo siento mucho, mierda —empecé mientras abría la puerta y me deslizaba
dentro. El calor del auto me envolvió casi inmediatamente, y agradecí a la persona
que inventó la calefacción dentro de los autos—. Estaba desayunando con mi mamá y
Andrew y se me pasó por completo la hora.
Miré su perfil, los bordes afilados de su cara y la mirada molesta. Carajo, sabía
lo mucho que odiaba que llegara tarde.
—Realmente lo siento.
Su cabello rubio estaba recogido en una coleta alta, acentuando sus rasgos
20
esbeltos.
—¿Te invito un café? —Volví a intentarlo, pero mientras apartaba el auto de mi
entrada y empezaba a conducir hacia la escuela, seguía callada, manteniendo la vista
en la carretera—. Vamos, B.
Estaba dispuesta a llorar si eso era lo que hacía falta para que finalmente me
mirara.
—¿Bianca? —Puse mi mano en la parte superior de su brazo—. No me hagas
hacerte cosquillas.
Fue entonces cuando se volvió hacia mí y empezó a reírse.
—Dios, la mirada en tu cara no tiene precio. Te estoy jodiendo, amiga.
—Pequeña...
—Llegué literalmente un minuto antes de que salieras, pero quería joder
contigo.
—Eres una idiota. —Me reí—. Aquí estaba, disculpándome...
—Una primera vez para ti.
—Cierra la boca.
—Vamos. ¿Recuerdas la última vez? ¿Me dejaste arrastrarme durante quince
minutos, haciéndome creer que estabas enfadada conmigo?
—No, no puedo decir que lo haga.
—Mentirosa.
—Casi me da un puto ataque al corazón, perra.
—Pero todavía me quieres. —Me miró, sonriendo.
—Apenas.
Encendí su radio y abrí el Bluetooth para conectar mi teléfono.
—¿Qué estás haciendo?
—¿Qué parece que estoy haciendo? Poner algo de música.
—¿Sabes que no dejo que otras personas pongan música en mi auto?
—Menos mal que entonces no soy otras personas. —En menos de diez
segundos, conecté mi teléfono a su radio y puse la canción que sabía que le
encantaría.
—No, eres mi hermana de otros padres. Puede que te perdone todo si tocas
esta canción todos los días para mí.
“Shivers” de Ed Sheeran sonó por los altavoces y ambas nos pusimos a bailar
21
en nuestros asientos cuando se detuvo en el semáforo en rojo justo antes de nuestra
escuela.
—Entonces, ¿café? —Me miró.
—¿El cielo es azul? —le pregunté, desplazándome por mi teléfono, tratando de
encontrar la siguiente canción.
—¿De verdad quieres que responda a esa pregunta? Porque si miras fuera, hoy
parece una mierda.
Miré afuera, sólo para ver un Camaro negro familiar conduciendo hacia la
escuela.
—Realmente parece una mierda.
3
Sophie

B
ianca y yo nos conocimos en quinto grado, al final de las vacaciones de
verano, cuando su familia acababa de mudarse a Whitebrook Hill. Fue
amor a primera vista. Había amenazado a un alumno de octavo grado,
diciéndole que haría desaparecer sus bolas si volvía a mirar a otro chico de mala
manera.
Pasaba lentamente, esperando a Noah, cuando me miró y exclamó:
—Tú. —Pensé que iba a darme una paliza o algo así, pero en lugar de eso, me
pidió que la ayudara a acompañar al niño, que estaba escondido detrás de ella, a su
casa. En el camino me enteré de que su color favorito era el violeta, no el morado ni
el lavanda, sino el violeta, y que odiaba a los matones. 22
También me enteré de que sus padres se habían separado recientemente, por
lo que se había mudado aquí con su papá.
Desde entonces somos las mejores amigas.
Me ofreció en múltiples ocasiones ir a darle una paliza a Noah por lo que hizo y
por cómo me trató, pero siempre me reí de ello. Sabía que lo haría o algo peor, como
rayar su Camaro, y realmente no quería que se metiera en ese tipo de problemas.
Tocar el querido Camaro de Noah era una cosa que podía hacer que se
enfadara de verdad, y él y Bianca nunca se llevaron bien.
—Entonces, ¿te sientes mejor? —Me miró mientras caminábamos por el
estacionamiento hacia la puerta de entrada—. ¿O me estabas mintiendo mientras
estabas deprimida, llorando por un imbécil que no sabría lo que tiene ni aunque le
pegaras en la cara?
Me reí de su exageración, pero prefería que pensara que estaba deprimida a
que estuviera tumbada en mi cama, sin poder moverme porque los dolores de cabeza
eran cada vez más fuertes.
—Estoy mejor, y no estaba deprimida.
—Mhm —se burló.
—Realmente no lo estaba. Llevo dos días con un dolor de cabeza infernal. Ni
siquiera fui a la pista el sábado.
—¿En serio?
—En serio. Pero vi a ya sabes quién.
—No.
—Oh, sí.
—¿Y?
—Había estado con Jared. Ese cabrón fingió que no sabía que no nos
hablábamos, y me preguntó dónde había estado.
—¿Es estúpido o qué?
—Quiero decir, todos solíamos salir, y ahora hacen como si yo no existiera.
—Escucha, boo. —Se detuvo y me giró hacia ella—. Realmente espero que
todos tengan diarrea durante uno de sus juegos, pero no los necesitas.
Necesitaba a Noah, y me abandonó cuando más lo necesitaba.
—Además, me tienes a mí, tienes a Riley, y tienes tus patines y tu hielo. Si Noah
y sus compañeros no pueden ver lo brillante que eres, entonces no te merecen.
Sus ojos marrones oscuros brillaban con sinceridad, pero a veces era difícil
23
creer en esas palabras cuando esa persona que pensabas que siempre estaría a tu
lado, pasara lo que pasara, decidía abandonarte.
Tuve una vida increíble. Tenía una familia que me amaba, amigos que siempre
estaban ahí. Noah no era la única persona, pero seguía doliendo como una maldita
mierda que yo significara tan poco para él.
—Sí, tú... —Pero me cortaron a mitad de la frase, cuando un grupo que conocía
demasiado bien llamó mi atención.
Estaban justo detrás de nosotras, caminando en nuestra dirección, obviamente
yendo hacia la puerta principal de la escuela.
De los cinco que caminaban y reían, empujándose unos a otros, sólo una
persona me llamó la atención. Solo una persona podía hacer que mi respiración se
ralentizara: Noah.
Ya me estaba mirando, y me pregunté cómo era que habíamos pasado los
últimos tres meses sin vernos casi nunca, a vernos dos veces en los últimos tres días.
Era tan cuidadosa, tan obvia en evitarlo, y él nunca me buscaba.
¿Esperaba que lo hiciera, por el bien de nuestra amistad? Lo esperaba, carajo.
Pero la esperanza era para los tontos, y dejé de esperar que me hablara hace más de
un mes. Le envié mensajes, lo llamé, intenté arreglar lo sucedido, pero fue él quien
dejó de hablarme.
Era el que miraba para otro lado cada vez que me veía en el pasillo.
Fue el que le dijo a todo el mundo que yo no valía la pena. Eso fue lo que más
me dolió. Quizá si alguien me lo hubiera dicho, no le habría creído, pero vi ese
mensaje con mis propios ojos.
Así que sí, Noah Kincaid podía joderse, por lo que me importaba.
—Reina B —gritó Jordan cuando se acercaron a nosotras. Noah seguía
mirándome, ganándose una ceja levantada de mi parte y un dedo medio—. Vaya,
estás peleona hoy, Soph.
—Muérdeme, Jordan.
—Con mucho gusto, pero... —Noah le dio un golpe en la nuca, frunciendo el
ceño—. ¿Qué mierda, hombre?
—Cierra la boca, J.
Bianca miró de Jordan a Noah y luego a mí, con la confusión escrita en su rostro.
La confusión duró sólo un segundo, cuando apareció una pequeña sonrisa perversa,
y supe que lo que iba a salir de su boca no sería bueno.
—Bianca —advertí, pero sabía que era demasiado tarde. Lo que fuera que ella
24
pensara nos iba a morder a todos en el trasero, y no sería capaz de detenerla.
—Así que, chicos. —Sonrió y miró a Noah—. Acabamos de hablar de una
pequeña cosa interesante. —Jodeme—. Sophie conoció a un tipo de la universidad...
—¿Conoces el sonido de los frenos chirriando en el pavimento? Mi cara
probablemente se parecía a la del conductor, un segundo antes de parar en el
semáforo en rojo, rezando a todos los santos para que no se pasara el rojo.
—Y nos preguntamos, ya que todos ustedes tienen tanta experiencia con las
damas, ¿dónde deberían ir?
—Oooooh, nuestra pequeña Sophie tiene una cita. —Fue Jordan el que empezó
a hablar de nuevo, mientras mi cara se encendía. Iba a matarla.
No, iba a comprarle un café con leche normal, sólo para poder ver cómo su
trasero intolerante a la lactosa corría al baño.
Hijo de puta.
Me negué a mirar a otro sitio que no fuera Bianca, que seguía sonriendo como
un gato de Cheshire.
—¿Que harás qué? —Esta vez fue Noah, pero aún no había movido los ojos de
B—. ¿Sophie?
—Va a tener una cita, dum-dum. —Bianca respondió en su lugar, y recé para
que el suelo se abriera y me tragara entera—. Pero está en Boston. Va a visitar a su
hermano pronto, así que han pensado que es mucho más fácil encontrarse allí.
—¿Sophie?
Podía sentirlo aunque no pudiera verlo. Irradiaba calor, y odié a mi corazón
traidor por latir más rápido a medida que se acercaba.
—Mírame.
Si lo miraba, le daría un puñetazo en la cara o me pondría a llorar. Parecía que
había pasado una eternidad desde la última vez que estuvimos tan cerca, y la última
vez, me rompió el corazón en mil pedazos, destrozando todo lo bueno que habíamos
construido juntos.
Entendí entonces lo que hacía Bianca, incluso sin que me lanzara dagas con la
mirada, instándome a seguirle el juego. Noah siempre tuvo un problema con cada
chico que me empezaba a gustar, o con cada chico que me invitaba a salir.
Toda esa mierda de hermano protector se intensificó esa noche cuando estaba
hablando con uno de los chicos que visitaban nuestra ciudad, y Noah se adelantó y
me arruinó la noche.
Me recompuse y me giré hacia él, dando un paso atrás cuando me di cuenta de 25
lo cerca que estábamos el uno del otro.
—¿Sí, Noah? —Agradecí a lo que fuera que mi voz sonara tan firme, cerrando
los dedos en un puño.
—¿Vas a tener una cita? ¿En Boston?
—Eso no es asunto tuyo.
—¡Y una mierda que no!
—Baja la maldita voz —le espeté—. Dejó de ser asunto tuyo en el momento en
que decidiste que no querías seguir siendo mi amigo.
—Sophie...
—Y sí, voy a tener una cita. Y sí, es en Boston, lejos de aquí, lejos de ti y de
todos tus matones que sin duda aparecerían y me arruinarían la noche. Porque eso es
lo que mejor haces, Noah, ¿no? Arruinar mis noches. —Miré a Bianca y me alejé un
paso más de él—. Vámonos. Todavía tengo que alcanzar a la Sra. Fiore para
preguntarle sobre esa nueva asignación.
Mis manos temblaban mientras nos alejábamos de ellos. Me sentí esperanzada
de que tal vez, sólo tal vez, ese tonto enamoramiento que tenía por él finalmente
estaba desapareciendo. No llegamos a ir muy lejos, cuando me rodeó con su mano la
parte superior del brazo y me giró hacia él.
—No te alejes de mí.
—Tú te alejaste de mí primero. —Me deshice de él y me alejé, hirviendo. Cómo
se atreve. Cómo se atreve a volver así, a empezar a hablarme cuando no ha hecho
más que herirme—. ¿Qué quieres, Noah? Es lunes. Es muy temprano y todavía no he
tomado mi café de la mañana. Estar aquí, hablando contigo, no hace más que
aumentar este ya molesto dolor de cabeza.
—¿Te duele la cabeza? —Odié, jodidamente odié, la mirada de preocupación
en su cara.
—Corta el rollo de amigo. Qué. Carajo. ¿Quieres?
Movió su peso de una pierna a la otra, mirándome como si no pudiera
entenderme. Y tal vez no podía. La Sophie que conocía era la Sophie que nunca iba a
volver.
—Tenemos que hablar —casi susurró—. Por favor.
Me burlé y me rodeé con los brazos.
—¿No fue esa la misma frase que te dije hace casi tres meses?

26
—Sophie...
—Sin embargo, me ignoraste por completo, decidiendo que no era lo
suficientemente buena para salir contigo.
—Por favor. Fui un idiota.
—Sí, lo fuiste. ¿Pero adivina qué, Noah? El momento de hablar fue hace tres
meses. Esto, ahora —señalé entre él y yo—, son sólo dos extraños que solían
conocerse. No quiero hablar contigo. No quiero verte y no quiero que me busques.
Fue agradable conocerte, pero en lo que a mí respecta, sólo eres mi vecino. Rezo para
que cuando terminemos la escuela este año, no tenga que verte nunca más.
—Sophie, por favor. —Maldita sea, corazón. Maldita sea.
Odiaba ver la pena y el dolor en sus ojos. Odiaba escuchar esas palabras y ver
lo arrepentido que estaba de verdad. Pero él nos jodió. No fui yo.
No tenía ni idea de por qué. Sólo sabía que un día se despertó y decidió dejar
de ser mi amigo, y ahora que me estaba acostumbrando poco a poco a la vida sin él
en ella, decidió volver conmigo.
No me educaron para ser un felpudo, por mucho que amara a la otra persona.
Y lo amaba con cada poro de mi cuerpo, pero a veces... A veces el amor no era
suficiente, y simplemente crecíamos para ser personas completamente diferentes.
—No te preocupes, Noah. Ya no estoy enfadada contigo. Siempre te querré,
pero esta versión de ti no es la que quiero tener en mi vida. Yo sólo... he terminado
de jugar a este juego. Me elijo a mí.
No iba a dejar que me hiciera daño de nuevo. Ya tenía suficientes problemas
sin que Noah Kincaid fuera otro más.
—Adiós, Noah.
Me di la vuelta, dejándolo allí, mientras en su cara brillaban mil emociones.
Bianca parecía querer chocar los cinco, pero tendría que esperar hasta que
entráramos. Tendría que esperar hasta que me rompiera de nuevo, y no quería que
Noah lo viera pasar.
—Vamos, B —la insté—. Realmente necesito salir de aquí.
Me abrazó y empezó a caminar, a través de la entrada principal y hasta el lugar
bajo las escaleras del ala norte, donde finalmente dejé salir mis lágrimas.
—Lo odio —sollozaba—. Lo odio tanto, carajo.
—Lo sé, nena. —Me abrazó, arrastrando su mano por mi cabello—. Yo también
lo odio.

27
4
Noah

A
lgunas historias es mejor no contarlas, y la nuestra era una de ellas.
Todavía podía recordar el primer día que conocí a Sophie. No
recordaba la ropa que llevaba ni lo que mi mamá había preparado para
desayunar, pero me acordaba de ella. Nunca podría explicar la
sensación que tuve cuando mi corazón empezó a latir más rápido al ver a una niña
menuda, de pie en medio del patio del jardín de infantes, bañada por el sol de la
tarde, con su cabello dorado brillando aún más, dejándome sin palabras.
Parecía tan perdida como yo me sentía, y algo... algo me dijo que fuera a hablar
con ella. Algo me empujó en su dirección. Cuando me acerqué a ella, la sonrisa más
brillante se extendió por su cara, sus ojos centelleantes, las dos coletas de su cabeza
rebotando cuando movía la cabeza de un lado a otro. Nada se sentía tan bien como su
28
mano en la mía. Nada se acercaba a ello.
Cuando le pidió a su mamá que la inscribiera en las clases de patinaje artístico
que se impartían en el centro deportivo local, yo le pregunté a la mía si podía empezar
a jugar al hockey, para sentirme más cerca de ella. Después de ese primer día,
cuando mis pies enfundados en unos patines que no sabía usar tocaron el hielo, supe
una cosa: gracias a ella encontré mi único amor.
Siempre estaba ahí, en la banda, animándome, gritando y saltando, siempre,
siempre con una sonrisa en la cara.
Y ahora la había perdido.
Había perdido lo mejor que tenía, porque no quería admitir ante mí mismo lo
que estaba claro para todos los demás a mi alrededor. Estaba enamorado de Sophie
Anderson, probablemente desde el primer momento en que la vi. Era un imbécil
celoso que no soportaba ver a otro tipo hablando con ella, tocándola y haciéndola
reír.
No podía soportar ver sus manos sobre ella. Antes de que esas primeras
palabras salieran de mi boca, supe que iba a lamentarlo durante toda mi vida.
Tres meses, cinco días y ni siquiera sabía cuántas horas, pero la imagen de su
rostro manchado de lágrimas estaba grabada en mi mente tan claramente como el
día, y todo era culpa mía. No podía culpar a otras personas por lo que había dicho.
No podía culpar a ese tipo por intentar conquistarla, porque si yo fuera él, si fuera un
poco más valiente, habría hecho lo mismo.
En el momento en que salió de su casa aquella noche, con unos pantalones
negros de tiro alto y ajustados, sus botas Doc Martens favoritas y un jersey crop top
que dejaba ver su estómago cada vez que estiraba los brazos por encima de la
cabeza, supe que me iba a meter en problemas. En lugar de ir a esa maldita feria,
debería haberla llevado detrás de nuestras casas, a nuestro lugar bajo ese sauce,
manteniéndola conmigo. Debería haber tomado su mano entre las mías y haberla
mirado a los ojos hasta que se diera cuenta de lo que sentía por ella.
No quería destruir nuestra amistad y, de alguna manera, al dejar que los celos
me comieran vivo, hice precisamente eso: nos destruí. Verla desde la distancia, verla
reír y sonreír, verla hablar con otras personas cuando no era mía, todo eso me comía
vivo.
¿No era jodido que nos pasáramos toda la vida teniendo ya todo lo que
necesitábamos y, sin embargo, nunca lo vimos hasta que perdimos esas cosas?
Mis palabras de aquella noche seguían rebotando en mi mente, comiéndome
vivo, mientras me maldecía por haberle dicho esas cosas. Debería haber mantenido
la boca cerrada. Debería haberle dicho lo mucho que la amaba, lo mucho que quería 29
que fuera mía.
Debería haberle dicho que cada vez que mis labios se posaban en su mejilla,
deseaba tener el valor y la fuerza suficientes para moverlos un par de centímetros
hacia un lado, para que se posaran justo encima de los suyos.
Debería haberle dicho que era mi estrella brillante, mi pasado, mi presente y
mi futuro. Debería haberme arrastrado, suplicado, llorado si era necesario, todo para
que me mirara con la misma adoración y amor una vez más.
Pero mientras estaba aquí, en el estacionamiento vacío, esperando a ver
cuándo salía de la escuela, supe que todo eso no eran más que un montón de deseos
y que ninguno de ellos importaba cuando nunca se los decía a ella, y me los guardaba
para mí.
Había pasado años esperando que tal vez, sólo tal vez, fuera capaz de ver a
través de mí y de mi actuación, porque no sabía cómo decirle lo que sentía. Podía
decir todas estas cosas un millón de veces en mi cabeza, pero las palabras a menudo
me fallaban. En lugar de decirle simplemente que al verla con ese tipo sentí como si
alguien me atravesara el corazón con una flecha, pronuncié las palabras más soeces,
poniendo esa mirada de tristeza y desesperación en su rostro.
No podía recordar mi vida antes de ella, pero sabía que los últimos tres meses
parecían una eternidad sin ella a mi lado.
Cada uno de mis buenos recuerdos estaba de alguna manera conectado a ella.
Podía mentirme a mí mismo. Podía mentir al mundo entero, pero la verdad siempre
estaba en lo más profundo de mi corazón, que siempre latía sólo por ella y por nadie
más.
Sólo esperaba no llegar demasiado tarde.
Hoy se las arregló para evitarme, como ha hecho todos los días desde que
dejamos de hablar, desde que dejé de responder a sus mensajes, a sus llamadas y a
los golpes en la puerta. Y cada vez que su nombre aparecía en la pantalla de mi
teléfono, se me agarrotaban los pulmones, se me cerraba la garganta y el dolor que
nunca antes había sentido empezaba a extenderse desde el centro de mi pecho, a
través de mis venas, hasta la punta de mis dedos, como un veneno.
Miré al cielo, el color gris decorado con nubes blancas que se asemejaba al
cielo de aquel día en el que nos jodió. El comienzo de marzo siempre se parecía más
al invierno que al casi comienzo de la primavera, y enterré las manos más
profundamente en los bolsillos, tratando de entrar en calor.
La puerta principal de nuestra escuela se abrió de repente, y los primeros
estudiantes salieron lentamente con la cacofonía de voces que llenaba poco a poco el
estacionamiento. Pero ni uno solo de ellos era ella.
Empezaba a perder la esperanza, el miedo cayendo en mi estómago, cuando
30
su familiar cabello rubio apareció finalmente en los escalones, sus ojos parecían más
cansados que esta mañana.
A pesar del frío, a pesar del aire violento que me golpeaba a izquierda y
derecha, me sentí cálido, acalorado, mi sangre cantando, reconociéndola por lo que
era.
Mía.
Siempre fue mía, desde aquel primer momento en que éramos unos niños, y fui
un idiota por esperar tanto tiempo para intentar reclamarla. Debería haberlo hecho
hace años. Debería haber tomado lo que siempre me perteneció.
Me marcó ese primer día, y desde entonces no fui el mismo. Me robó el
corazón. Robó mis recuerdos, y no importa lo que pase, nunca los querré de vuelta.
Si tuviera algo que decir, ella nunca sería de nadie más.
No me importaba cuántos años pasasen, pero Sophie Anderson sería un día
Sophie Kincaid: mi esposa, mi luz y mi vida.
Levantó la cabeza al mismo tiempo que yo avanzaba hacia ella. Juntando las
cejas, una mirada poco agradable pasó por su rostro.
—¿Qué quieres, Noah?
—Ya te lo dije —respondí, tratando de calmar mi corazón acelerado—. Hablar.
Para explicarme.
—Sí —murmuró, levantando la correa de su bolso más arriba en su hombro—.
Y también te dije que no me interesa.
Me odiaba a mí mismo por haber puesto esa mirada de indiferencia en su
rostro. Odié que la sonrisa y los ojos brillantes ya no se dirigieran a mí, que todo un
mundo de dolor se reflejara en sus ojos. Odié que pasara a mi lado, en dirección al
estacionamiento, sin volverse para mirarme.
Una vez me dijo que era un bastardo obstinado que haría todo lo posible para
conseguir las cosas que quería, y tenía razón. La única diferencia era que esta vez era
a ella.
Corrí tras ella y me puse a su lado, ganándome otro ceño fruncido.
—¿Qué crees que estás haciendo?
—Siguiéndote, por supuesto. —Sonreí—. Me imaginé que ya que no quieres
hablar conmigo, te seguiré.
—Noah, por favor. No quiero hablar contigo. No quiero verte, y definitivamente
no quiero escuchar todas las excusas que estoy segura de que ya preparaste para que
vuelva a hablar contigo. Diablos, tal vez hablaría contigo. Tal vez podríamos ser 31
conocidos, si no otra cosa, pero nunca podríamos volver a ser amigos.
Sus palabras me dolieron. Las sentí como un golpe en el pecho, pero no quise
mostrárselo. Esta vez no podía perder la calma. Sabía que tendría que ser paciente.
—¿Por qué no?
—¿Estás hablando en serio ahora mismo? —Levantó la voz y se detuvo de
repente.
Me giré, mirándola.
—Muy en serio, Soph.
—Bueno, ¿por dónde quieres que empiece, Noah? ¿Eh? Tal vez debería
comenzar con el hecho de que durante los últimos dos años, me sentí como si yo fuera
la única tratando de mantener esta amistad viva. ¿O tal vez debería empezar con
aquella noche en la feria cuando me llamaste puta para llamar la atención?
—Nunca dije eso —grité.
—No, pero lo dijiste en serio. ¿Qué fue lo que dijiste? —Estaba echando
humo—. Oh, sí. Estás tan hambrienta de atención, Sophie, que te irías con el primer tipo
que te mostrara aunque fuera un poco de afecto. ¿Lo entendí bien, Noah? ¿O quieres
que lo repita?
Carajo, carajo, carajo. Quería arrancarme los cabellos, porque tenía razón. No
había estado pensando. Me había sentido desesperado, celoso, jodidamente
enfadado porque no me dedicaba ni una mirada desde que aquel tipo se le había
presentado.
Era el primo de Eric, que sólo estaba de visita durante el invierno, pero nada
de eso me importaba. Lo único que veía era que la estaba perdiendo.
—Soph...
—Tengo razón, ¿no es así, Noah? Así que no, no puedes volver a irrumpir en mi
vida sólo porque te diste cuenta de que aún quieres ser mi amigo.
—Yo no...
—¿Sabes qué es lo peor de todo, Noah? —Sus ojos se llenaron de lágrimas,
jugando con mi cordura—. Te quería tanto. Habría subido al cielo y vuelto si me lo
hubieras pedido. Habría hecho cualquier cosa por ti, porque eras una de las personas
más importantes para mí.
—Sophie —me atraganté, incapaz de decir nada más.
Las lágrimas caían libremente por sus mejillas, su pálida piel luminiscente por
donde pasaban.
—Pero tú no me querías a mí ni a mi amor. Obviamente te sentías diferente a
32
mí, porque nuestra amistad era importante para mí. Tú eras importante para mí.
—¿Y ahora? —conseguí pronunciar, haciendo la temida pregunta.
—Ahora... Ahora sólo eres un chico que lleva la cara de una persona que solía
conocer. Ahora sólo eres un doloroso recordatorio de que las personas que amamos,
la mayoría de las veces, no nos aman de la misma manera. Y eso está bien, ¿sabes?
—Resopló—. No todo el mundo que conozcas será digno de tu amor, pero ahora lo sé
mejor. Sé que no debería perder mi tiempo con amigos que no quieren nada
conmigo, y con chicos que no podrían traer más que un corazón roto y años llenos de
dolor.
Si me hubiera disparado, habría dolido menos que sus palabras.
—Así que lo que estás diciendo es...
—Lo que estoy diciendo es que puedes guardar tus palabras, y puedes guardar
tus disculpas, porque no las quiero. No quiero volver a estar en ese lugar en el que
me pregunte en qué me equivoqué. No quiero pasar otra noche de insomnio, tratando
de entender qué fue lo que me hizo hablar con ese tipo, qué te hizo decir esas cosas.
Y lo peor, Noah... Lo peor es que me humillaste. Todos nuestros amigos escucharon
lo que dijiste. Todas tus groupies se rieron mientras yo lloraba. Esperé a que me
hablaras. Esperé que me dijeras lo que pasó, pero nunca lo hiciste. Pasé un mes
entero esperándote, y nunca viniste. Te olvidaste de mí. No puedes volver a entrar en
mi vida como si lo que dijiste no me hubiera arrancado el corazón.
—Por favor, Sophie. Te lo ruego. Me gustaría...
—No. ¿Sabes lo que significa esa palabra, Noah? ¿O también han cambiado
otras cosas desde que dejamos de hablar? Después de todo, tú eres el atleta estrella
de nuestra escuela, y yo sólo soy una chica molesta que no vale la pena.
Jodeme.
Vio ese mensaje. Vio ese maldito mensaje que envié en el momento en que la
extrañaba más que nada, cuando los chicos hablaban de invitarla a salir.
—Llego tarde al entrenamiento, Noah, pero espero de verdad que tengas una
buena vida.
No esperó a que dijera nada más. No miró hacia atrás. Simplemente se alejó,
dejándome atrás como siempre temí que hiciera.

33
5
Sophie

E
staba tan familiarizada con el dolor físico como un niño con su juguete
favorito. Sabía cuánto dolía un esguince de tobillo. Sabía que los
moretones de mis muslos, mis brazos y mi estómago se desvanecerían
lentamente de ese feo color púrpura al ligeramente rojo, hasta que finalmente se
mezclaran con el color de mi piel, dejando sólo una mancha ligeramente más oscura
hasta que desaparecieran por completo.
Conocía el dolor porque ni siquiera recordaba cuántas veces me había caído y
levantado durante mis entrenamientos, e incluso mis competiciones. Podría decir que
al romperme la tibia hace un par de años sentí que me moría, pero incluso ese dolor
no era nada comparado con el que se apoderaba de todo mi cuerpo.
La mayoría de los días, el dolor de extrañar a Noah era más bien un zumbido
34
en lo más profundo de mi estómago, un simple recordatorio. Hoy ese dolor se sentía
como un huracán que recorre todo mi cuerpo, y no estaba segura de sí las ganas de
vomitar venían de las pastillas que había tomado antes para suprimir el dolor de
cabeza, o porque Noah había conseguido destrozarme el corazón de nuevo.
No importaba cuántas veces me prometiera a mí misma que no iría allí, él
todavía se las arreglaba para hacerme sentir tan pequeña, tan irrelevante. Todos estos
sentimientos que había estado tratando de empujar hacia abajo y encerrar en una
pequeña caja, de repente se escaparon, subiendo a la superficie, recordándome cada
segundo de cada hora lo mucho que duele perder a tu alma gemela.
Los corazones son cosas frágiles. Fácilmente amables, pero también fácilmente
rompibles. Para colmo de males, eran confiados, indulgentes, deseosos de volver a
abrir sus puertas a la persona que los hirió, que los hizo sangrar.
Creí que había suturado las heridas de mi propio corazón cuando dejó de
responder, cuando decidí seguir viviendo mi vida como si él nunca hubiera existido,
pero en un solo día, en un par de palabras, consiguió romper esos puntos, y volví a
sangrar.
Vi lo sincero que era. Vi lo mucho que quería hablar conmigo, pero ¿cómo
podía volver a lo que solíamos ser cuando quería mucho más? Mucho más de lo que
él estaba dispuesto a dar. Prefería vivir sin él, que tener sólo una mitad de él, mientras
que otra chica, que tal vez ni siquiera lo conocía como yo, lo tendría todo.
Sabía que era egoísta pensar así. Tal vez era infantil, pero no podía aguantar
más, y no estaba dispuesta a sacrificar mi propia felicidad. Ya no.
Sabía que mi corazón sobreviviría. Solo tenía que aprender a respirar de
nuevo, a vivir de nuevo, a ser feliz sin él.
Me agaché y me até los patines, respirando por la boca, con el estómago
revuelto, luchando contra las náuseas que se agolpaban en mi estómago. Debería
haber comido algo antes de venir aquí, pero la comida de la cafetería no parecía
apetecible y, después del altercado con Noah, no me apetecía comer nada.
Había pasado esa media hora antes de mi entrenamiento llorando en un
estacionamiento vacío, odiándome a mí misma, odiándole a él, odiando mi propio
destino. Me mantuve firme frente a Andrew porque sabía que volvería y le daría una
patada en el trasero a Noah si le contaba lo que realmente había pasado.
Lo más probable es que la entrenadora Liudmila me prohibiera entrar en la
pista hoy si le dijera que no he comido y que mi cabeza amenazaba con estallar por
el dolor que pasó de ser sordo a una fuerza total.
Puse las palmas de las manos encima de las rodillas, apretando las rótulas,
sustituyendo el dolor de mi corazón y de mi alma por el de mis uñas en la piel sobre
35
los leggins que llevaba. No podía quedarme aquí mucho más tiempo y teniendo en
cuenta que mi actuación de mierda en la primera parte del entrenamiento no hacía
feliz a nadie, y menos a mí, al menos tenía que intentar estar mejor ahora.
Tengo una competencia la semana que viene, una de las últimas, y que me
aspen si permito que Noah me quite esto también.
Avancé a trompicones por el pasillo vacío, agarrándome a una pared, porque
quien pensara que caminar con patines, incluso con las fundas de las cuchillas, era
fácil, estaba absolutamente equivocado. Sentía como un mini terremoto a cada paso
que daba, pero por suerte la entrada a la arena no estaba muy lejos de los vestuarios.
Todavía recuerdo el primer día que mi mamá me trajo al polideportivo. Aquí
se celebraba el Campeonato Regional, y para una niña de cinco años que soñaba con
patinar algún día, ver a todas esas chicas con sus trajes, la música, las luces y el
público enloquecido, era todo lo que siempre quise tener.
La primera vez que pisé el hielo, temblando, insegura y un poco asustada
porque no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, fue como volver a casa después
de unas largas vacaciones. Todo era nuevo, pero era como si mi alma supiera que
siempre vendría aquí.
Mamá pensó que me aburriría, que mi fascinación moriría al cabo de un mes o
tal vez un año, pero aquí estaba, trece años después, todavía enamorada de este
lugar. Había días en los que pensaba que lo mejor sería dejarlo, porque mi mente
libraba una batalla contra mi cuerpo, y no importaba lo que intentara hacer, no
quedaba como debía.
Pero nada bueno llegaba sin un poco de sangre, y mucho sudor y lágrimas. El
talento que tenía sólo podía llevarme hasta cierto punto. Practicar, practicar y
practicar. Casi podía oír a mi primera entrenadora, Ksenia, gritándonos desde la
banda con su duro acento, el cabello recogido en un moño y unos rasgos faciales que
rivalizaban con los de una princesa.
Podía recordarlo todo: cada paso, cada victoria y cada derrota, las lágrimas y
las risas, los días y las noches que pasé aquí mientras mi mamá me esperaba afuera.
Y entre esos recuerdos, Noah estaba en casi todos ellos. Era mi mayor fan, mi mayor
apoyo, y sin él, no estaba segura de que hubiera seguido intentando alcanzar el título
de campeona regional hace tres años.
Y ahora... No sólo no estaba aquí, sino que éste, mi segundo amor, pronto
estaría fuera de mi alcance.
—¡Sophie! —tronó la entrenadora Liudmila desde su lugar en el hielo, de pie
junto a una niña que no podía tener más de ocho años—. ¿Fuiste hasta Rusia para ir al 36
baño o qué?
—No. —Me reí lentamente mientras me acercaba a la pista—. Fui a China, pero
luego me dijeron que no tenían baños disponibles, así que tuve que saltar hasta
Australia.
—Graciosa —gritó—. Ven, ven. —Me hizo un gesto con la mano—. Maggie
quería verte hacer el triple axel.
Casi me atraganté al llegar a la pista.
—Te sientes bien para hacerlo, ¿no?
No, no me sentía lo suficientemente bien como para hacerlo, pero negarme a
hacer el movimiento que había estado haciendo durante los últimos cuatro años sería
un claro indicio de que algo no iba bien. La entrenadora Liudmila ha estado conmigo
durante los últimos cinco años, y tenía la sensación de que esta pequeña presentación
que quería que hiciera tenía un significado mucho más profundo del que yo quería
pensar.
Nunca he faltado a los entrenamientos, excepto aquella vez en la que caí en una
neumonía y estuve confinada en mi casa durante casi un mes. Pero con esta nueva...
revelación, había estado faltando a muchos más entrenamientos. Sabía que algo
andaba mal.
Era demasiado cobarde para decirle la verdad, porque decirle lo que
realmente estaba pasando significaría admitir que no había nada que pudiera hacer
para detenerlo.
—Claro. —Asentí, rezando y esperando no caer de trasero, sobre todo delante
de una niña a la que había visto por la pista, y que siempre era muy amable conmigo.
He tenido dificultades con el equilibrio, incluso al caminar, por lo que intenté
no hacer ninguno de mis saltos habituales durante la primera mitad del entrenamiento
de hoy. Esto hizo que Liudmila me gritara a todo pulmón, preguntándome si
realmente había venido a hacer un desfile de moda o a hacer algo de patinaje hoy.
Mirando este momento más tarde, deseé haberle dicho realmente que no me
sentía lo suficientemente bien. Ojalá no hubiera intentado demostrar mi valía, porque
si hubiera dado un paso atrás para reevaluar la situación, no habría caído de trasero
y herido mi ego más que mi piel.
La mirada de Liudmila me dijo todo lo que necesitaba saber: sabía que estaba
llena de mierda.
No fue hasta que salí del complejo, esperando que Andrew me recogiera, que
un Camaro negro demasiado familiar llamó mi atención. Su puerta se abrió, seguida
de un cuerpo que conocía.
Realmente no podía captar una indirecta, ¿verdad?
37
—Creí que ambos habíamos acordado mantenernos alejados el uno del otro —
grité, deteniéndome a unos metros de su auto.
—No, Sophie. Tú hablaste, yo escuché. He decidido que puedes fingir que
nunca seremos más que conocidos por un tiempo más, pero eso no significa que deje
de intentarlo, o que deje de estar ahí para ti.
Maldito sea.
—Siempre puedo conseguir una orden de alejamiento, ¿sabes?
—Podrías. —El bastardo sonrió—. Pero ambos sabemos que no lo harás.
¿Quieres saber por qué? —La audacia de este tipo.
—¿Por qué? —Puse los ojos en blanco, dejando caer la bolsa al suelo.
—Porque me extrañas tanto como yo a ti. Sé que estás enfadada conmigo. Sé
que no quieres hablar conmigo, pero no tenemos que hablar para pasar tiempo
juntos.
—Eso es una mierda, Noah. —Odié que realmente tuviera razón.
—Tal vez, pero es la única opción que tengo en este momento.
—¿No podías haber esperado hasta que estuviéramos en la escuela para poder,
no sé, ponerte a mi lado o alguna mierda así?
—Oh no, porque Bianca probablemente me mataría si te mirara allí. —Tenía
razón—. Además, así no podrás escapar.
—No sé de qué estás hablando. Andy estará aquí...
—No lo estará. —Pude ver cómo luchaba contra la sonrisa de suficiencia que
amenazaba con apoderarse de su rostro, pero estaba fracasando.
—¿Qué quieres decir? —Mi ojo ya estaba brincando, sabiendo a dónde llevaría
esta conversación—. ¿Andy no vendrá?
—No. —Cerró la puerta de su auto y se acercó lentamente a mí. Dios, incluso a
esta distancia se alzaba sobre mí, haciéndome mucho más pequeña de lo que era—.
Estás atrapada conmigo, Soph, te guste o no.
Iba a matar a Andy, o a mi mamá, o a ambos. Asfixiarlos durante la noche, algo,
cualquier cosa, porque sabía lo que esto significaba.
Noah no se daba por vencido, y secretamente me encantaba.
—Bien. —Resoplé, demasiado cansada para pelear con él—. Pero no hables,
Noah. Lo juro por Dios, no queda suficiente poder en mi cuerpo para hablar contigo.
—Está bien. Está bien. Sólo quiero llevarte a casa. —Y quise arrancarme el
corazón, porque de repente recordaba lo mucho que lo amábamos.
Estúpido, estúpido corazón.
38
¿No sabía que casi nos destruyó una vez? ¿No sabía que, por mucho que amara
el color de sus ojos, nunca podría llamarlo mío?
Y no debería, especialmente ahora. Tal vez fue para mejor lo que pasó hace
tres meses. Tal vez así podría ahorrarle el dolor de corazón más adelante.
Recogí mi bolso y me dirigí hacia el auto, ignorando el ardor que me producía
su mirada en la nuca. En cuanto me deslicé dentro, su olor me envolvió en un abrazo
familiar, como el de la canela, el café y las noches de otoño. Odié que mis ojos lo
buscaran inmediatamente, todavía de pie frente al auto, mirando al cielo.
Odiaba que en realidad quisiera contarle todo mi día, y lo que estaba pasando
últimamente.
Odiaba y amaba que intentara arreglar esto entre nosotros, cuando me hubiera
gustado saber que seguía con su vida, olvidándose de todo lo mío. Porque esto, lo
que sea que había estado tratando de hacer, tenía una fecha de caducidad. No quería
que fuera otra persona con lágrimas en los ojos donde antes había estrellas.
Al cabo de un minuto, o tal vez más, se deslizó hacia el interior, mientras me
inclinaba hacia un lado, presionando mi frente contra el frío cristal de la ventana,
ignorando el hecho de que las puntas de mis dedos hormigueaban por la necesidad
de tocarlo. Crucé los brazos sobre el pecho y cerré los ojos, obligándome a pensar
en otra cosa que no fuera él.
—Soph —empezó a decir suavemente, casi disculpándose—. Realmente lo
siento, ¿sabes?
—Lo hago, Noah. Lo hago.
—¿Crees que alguna vez serás capaz de perdonarme?
Una pregunta con un millón de respuestas posibles, pero sólo una rebotaba
dentro de mi cabeza. Lo perdoné hace mucho tiempo, pero ya no importaba. Era
mejor mantener las cosas en secreto con él. Era mucho mejor para él.
—Sólo conduce, Noah. Quiero ir a casa —murmuré en su lugar, evitando su
pregunta.
Pero eso era lo que mejor hacía, ¿no? Evitar las cosas en las que no quería
pensar.

39
6
Sophie

O
jalá pudiera decir el momento exacto en que me enamoré de Noah
Kincaid, pero supongo que fue como todo lo demás en mi vida:
repentino y fuera de mi control.
Un día era sólo Noah, sólo mi mejor amigo, y al siguiente quería pasar mis
dedos por su cabello, y sus labios eran lo único en lo que podía pensar. Podría hablar
de otras mil cosas que me gustaban de él, pero la que empezaba a gustarme de
verdad era su determinación para conseguir las cosas que quería.
Nadie diría nunca que era un derrotista, y cuando salí de mi casa dos días
después de ese día del infierno, él estaba allí en nuestro porche delantero, apoyado
en la valla. 40
—¿Qué carajo estás haciendo aquí?
No estuvo en la escuela los dos últimos días, o al menos no lo vi. Pensé que todo
el discurso de, te extraño, era sólo una forma para que pudiera dormir mejor por la
noche.
Al parecer, estaba equivocada.
—Te voy a llevar a la escuela —lo dijo con naturalidad, como si lo hiciéramos
todos los días.
Solíamos hacerlo, no mentiría, pero parecía que eso ocurrió en una vida
anterior y no en esta. Los días en que me llevaba a la escuela, me permitía fingir que
la forma en que me miraba significaba algo más que amigos. Me permitía soñar
despierta durante esos diez minutos que conducíamos desde nuestra casa hasta la
realidad, porque sabía, en algún lugar de lo más profundo de mi corazón, que él
nunca sería mío.
Había pasado incontables noches llorando hasta quedarme dormida,
rompiendo mi propio corazón una y otra vez, porque el universo y yo sabíamos que
nunca le diría lo que sentía. Me comía viva. Había dominado el arte de fingir que me
alegraba por él cada vez que me presentaba a una nueva novia para que la conociera.
Había dominado el arte de una sonrisa falsa y una voz alegre, mientras mi corazón se
rompía en mil pedacitos, sólo para recomponerse por sí mismo, porque no tenía otra
opción que alegrarme por él.
Y cada vez que me abrazaba, me aferraba a él un poco más, un poco más fuerte,
porque nunca sabía cuándo sería la última vez que podría hacer eso.
Supongo que siempre supe que no estábamos hechos para los finales felices.
Algunas personas tienen la tragedia grabada en sus huesos y, pase lo que pase, nunca
podrán huir de ella. Pero en algún lugar entre romper mi propio corazón, evitar la
verdad y sonreír como si verlo con otras personas no me dieran ganas de llorar cada
vez, me di cuenta de algo más.
Preferiría verlo feliz con otra persona, que triste y miserable conmigo.
Preferiría verlo vivir su vida plenamente, sonriendo, consiguiendo todo lo que se
merecía, mientras yo miraba desde la barrera.
Pero entre todo eso, entre todos mis deseos y sueños, también me di cuenta de
que quería más. No era su culpa que su corazón no albergara el amor que yo quería
que sintiera. Sabía que se preocupaba por mí. Sabía que me quería a su manera, pero
después de perderlo y después de... Bueno, de todo lo demás, entendí por qué la
gente decía que cada minuto que teníamos en esta tierra era precioso.
Hice ver que no quería perdonarlo, pero la verdad es que lo perdoné hace
mucho tiempo. Simplemente no podía volver a ser lo que éramos antes, porque
41
entonces no podría hacer todo lo que quería hacer.
Volvería a la vieja costumbre de esperar a que un día se despertara y se diera
cuenta de que todo lo que quería, todo lo que necesitaba, estaba ahí mismo, delante
de él. Esperaba, esperaba y esperaba que un día, por algún milagro, me mirara y
viera a la chica que podía amar como algo más que una amiga. Y eso, señoras y
señores, no era una relación sana.
Estaría haciéndole daño a él y a mí. Le estaría haciendo daño a él, porque ya
no podría guardar estas cosas dentro de mi pecho, y me estaría haciendo daño a mí
misma porque las cosas que siempre quise tener nunca las conseguiría.
—Puedo conducir yo misma a la escuela, Noah. —Quería, no, necesitaba que
se alejara de mí. Necesitaba olvidar lo que sentía al amarlo, al necesitarlo y al
buscarlo en una habitación llena de gente.
Necesitaba entrenar mi mente y mi corazón para olvidar la fantasía que había
creado en mi cabeza. Tenía que limpiar mi sistema de él, y tenerlo aquí, en todas
partes, no ayudaba.
Uno de mis entrenadores dijo una vez que se necesitan veintiún días para
desarrollar un hábito de algo, y yo llevaba catorce años lleno de él. ¿No era el amor
precisamente eso? Un hábito.
Cuando te acostumbras a la persona, cuando tus días y tus noches están llenos
de ella, no sabes realmente cómo librarte de todas esas expectativas y de todas esas
cosas que deseabas tener.
—Sé que puedes —respondió sombríamente, enderezándose—. Pero todavía
quiero llevarte.
—Noah...
—Por favor, Sophie. No tienes que mirarme. No tienes que hablarme. Diablos,
si quieres, puedes gritarme y decirme cuánto me odias, pero por favor... sólo déjame
tener esto.
Unas garras invisibles de desesperación me rodearon la garganta, sacando
sangre mientras sus afiladas uñas presionaban mi piel. No quería que viera mis
lágrimas. No quería que viera lo mucho que me dolía tenerlo aquí, ni lo mucho que
deseaba retroceder en el tiempo y, en lugar de hablar con él aquel día en la
guardería, haberme alejado. Me habría mantenido al margen.
Tampoco quería escabullirme y decirle la verdad. No quería que lo supiera.
Pero no podía robarle este tiempo, cuando sabía que muy pronto no nos
quedaría ninguno. Él se iría, y yo me quedaría aquí, abandonada.
—Bien. —Exhalé, soltando el aire que guardaba en mis pulmones y di un paso 42
adelante, hacia él—. Pero entonces también tendrás que llevarme a casa. Bianca no
podrá, y no voy a...
—Por supuesto que te traeré a casa después de la escuela. Aceptaré cualquier
cosa que estés dispuesta a darme.
Maldito sea por millonésima vez.
Siempre me costaba decirle que no, y no ayudaba que me mirara como si
colgara las estrellas del cielo.
Los amigos no se miran así. Esa molesta voz de esperanza dentro de mi cabeza
reapareció de nuevo. Esa voz fue la razón por la que me aferré a la esperanza durante
tanto tiempo. Sabía que tenía que ignorarla.
Sacudí la cabeza, intentando despejarla de todos los pensamientos y pasé junto
a él, bajando las escaleras. Podía sentir sus ojos sobre mí. Podía oír sus botas mientras
caminaba detrás de mí hasta llegar a su Camaro. Antes de que pudiera abrir la puerta
para mí, se puso delante de mí, agarrando la manilla y abriéndola para mí.
Levanté la vista, nuestros ojos chocaron, el fuego que ardía en los suyos, los
remordimientos, la necesidad y la pena, casi haciéndome caer de espaldas. Hubo
momentos a lo largo de los años en los que sospeché que él sentía lo mismo, pero en
cuanto se producían esas miradas ocultas y esos pequeños toques, desaparecían tan
rápido como aparecían, sustituidos por una mirada de indiferencia.
Pero esta vez, este momento... Se sentía diferente. Se sentía especial.
Era como un campo magnético que me atraía, me llamaba, y quería responder.
No quería nada más que perderme en esos ojos azules.
Su pecho se expandía con cada respiración que hacía, haciéndolo parecer más
grande que la vida. Siempre me sentí diminuta a su lado, pero también me sentí
segura.
Ahora mismo, me sentía como Alicia, cayendo por la madriguera del conejo,
descendiendo a la locura.
Se inclinó más cerca, su aliento bañando mis labios temblorosos.
—Sophie —un murmullo, una súplica. Una simple palabra con tantos
significados diferentes.
Quería absorberlo, empaparme de su calor y de la necesidad que brillaba en
sus ojos. Casi podía verme reflejada en ellos.
Levantó la otra mano y me rodeó el cuello, amasando los músculos de la nuca,
tirando de los mechones de cabello y provocando un gemido en mí. Nunca me había
tocado así.
Nunca me había sentido así, como si mi pecho fuera a estallar por todo lo que
siempre quise decirle, pero no tuve suficiente valor. Todas esas palabras que
43
guardaba cerca de mi corazón amenazaban con derramarse sobre mis labios cuando
se acercó aún más, cerrando los ojos.
—Te extraño mucho, Sophie. —Mi nombre en sus labios sonaba como una
oración, como la palabra más bonita que jamás había pronunciado.
Me quedé quieto como una estatua, temiendo que el más mínimo movimiento
destruyera la magia que se estaba produciendo a nuestro alrededor.
—No puedo respirar sin ti, Ángel. Estás en todo lo que hago. En cada
pensamiento, en cada canción. Te he echado de menos más que el sol a la luna.
Me estremecí, cerrando los ojos, mientras la primera lágrima me traicionaba y
resbalaba por mi mejilla.
—Me pasaré la vida pidiendo perdón por lo que dije, pero por favor... te lo
ruego, cariño. Dame otra oportunidad. Déjame entrar, Soph. Por favor, déjame entrar.
No podía. No podía dejarlo entrar, porque dejarlo entrar significaría destruirlo
en el proceso. Dejarlo entrar significaría condenarlo a sufrir conmigo, y no podía
hacer eso.
Dios, quería hacerlo. Lo deseaba tanto, carajo. Sollozaba, luchando con mi
propio cuerpo traidor que no quería hacer otra cosa que rodear su cuello con las
manos, apretar estos labios temblorosos que le mintieron durante todos esos años.
Quería ver el mundo con él, reír y llorar, vernos envejecer juntos, pero ninguna
de esas cosas sucedería. Ninguna.
—No puedo —grité y di un paso hacia atrás, odiando, lamentando el dolor que
se reflejaba en mí—. No puedo, Noah. Lo siento.
—Lo arruiné de verdad, ¿no? —se atragantó, las emociones bañando su cara
igual que lo hicieron con la mía—. Te he perdido.
—Noah —gemí—. No puedo hablar de esto ahora mismo. No puedo.
—Entonces, ¿cuándo vamos a hablar de ello? —rugió—. Sé que la jodí. Lo sé,
¿de acuerdo? Pero todo lo que pido es la oportunidad de hacer las cosas bien. Porque
sin ti, Soph, nada se siente bien.
Me abracé la mochila al cuerpo, sintiendo el frío que se filtraba desde dentro
hacia fuera. El frío que no tenía nada que ver con el clima o el aire helado de marzo.
Este tipo de frío iba a alejar a todos mis seres queridos de mí, y no había nada que
pudiera hacer al respecto.
—Lo siento —grité—. Pero no puedo hacer esto contigo.
—¿No puedes hacerlo conmigo? —preguntó, arrastrando una mano por su
cabello oscuro—. ¿Pero podrías hacerlo con otra persona?
—Noah...
44
—No, está bien. Lo entiendo. Arruiné todo entre nosotros, y pasaré mi vida
tratando de arreglarlo si es necesario. Pero no puedes decidir que ya no me quieres,
Soph. No puedes decidir que los años que tuvimos juntos no significaron nada, cuando
ambos sabemos que lo que sientes no es nada.
—Yo no...
—Sí, lo sientes, Ángel. Lo sientes, sé que lo sientes. No espero que olvides lo
que hice, pero dame un respiro, ¿quieres? Sólo quiero tener la oportunidad de decirte
por qué dije lo que dije. Eso es todo lo que pido.
Pasó un minuto, un minuto que pareció una eternidad, y ninguno de los dos se
movió. Su pecho subía y bajaba con cada respiración que tomaba y soltaba, mientras
me quedaba inmóvil, tratando de inventar otro argumento más por el que no
funcionaría aceptarlo de nuevo en mi vida.
Sólo dile la verdad, gritó mi subconsciente.
Pero si le decía la verdad, lo rompería. Noah no merecía que lo rompieran. No
importaba lo que pasara, quería que fuera feliz. Quería verlo prosperar.
—Vámonos, Noah. Por favor. Vamos a llegar tarde.
—¿Hablas en serio? —Ahí estaba la ira.
Prefería que se enfadara conmigo, porque así podría dejarme ir más
fácilmente. Sabía que no era lo suficientemente fuerte como para dejarlo ir.
Le devolví la mirada, apretando los dientes, intentando que mi expresión facial
fuera lo más neutral posible.
—Mortalmente. ¿Ahora podemos irnos?
—Increíble —murmuró, rodeando el auto, abriendo su puerta y deslizándose
dentro.
Se me cerró la garganta, las lágrimas que intentaba mantener a raya salieron a
la superficie y el dolor de cabeza que creía tener controlado se apoderó de toda mi
cabeza. Pero me mordí la lengua y entré en el auto, cerrando la puerta con un fuerte
golpe.
Esto era todo lo que íbamos a ser ahora. Dos extraños con demasiada historia.
Dos extraños ignorándose el uno al otro, porque llegamos demasiado tarde.
Llegó demasiado tarde.

45
7
Sophie

E
l tiempo pasa rápido cuando se sabe que es limitado.
Tenía la sensación que desde aquel primer día en que Noah me
llevó a la escuela, acababa de parpadear y había pasado una semana,
lo que me hacía preguntarme, ¿dónde se habían ido todos esos días? Ya
estábamos en pleno mes de marzo, y la espantosa sensación de no tener suficiente
tiempo me impulsaba con fuerza, activando la ansiedad que logré mantener a raya
durante meses.
Y Noah... Noah seguía apareciendo todas las mañanas para llevarme a la
escuela y llevarme de vuelta a casa. Sin palabras, sin miradas, sin más intentos de
hablar conmigo, pero siempre estaba ahí. En cada entrenamiento que tenía, podía
verlo en las gradas, observando mis movimientos en silencio, como si esperara a que
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yo diera el primer paso ahora.
Pero sabía que no lo haría. No porque no quisiera, sino porque no podía.
No podía arrastrarlo a esto, por mucho que me sangrara el corazón cada vez
que aparecía frente a mi casa. Me picaban las manos, deseando tocarlo, decirle lo
mucho que lo sentía, porque no teníamos suficiente tiempo.
No tenía suficiente tiempo para contarle todo lo que quería.
No tenía tiempo de decirle lo mucho que deseaba ver el mundo con él, ir a
Roma como habíamos hablado tantas veces.
Y lo peor de todo es que no tenía fuerzas.
La vida era hermosa cuando no sabías lo que iba a pasar, pero cuando lo
sabías... ya no importaba nada. Nada más que tratar de luchar lo mejor posible.
Sabía que debería haberle dicho que ya no tenía que esperarme. Sabía que
debía decirle que se olvidara de que existía, pero cada vez que intentaba abrir la
boca, las palabras no aparecían. Cada vez que tocaba esas malditas canciones que
hacían que me doliera el corazón y que se me llenaran los ojos de lágrimas, algo
dentro de mí me decía que debía saborear esos momentos, aunque estuvieran
impregnados de la miseria que goteaba de nuestra piel como un ácido.
Mi miseria estaba grabada en lo más profundo de mi alma, pero la suya... La
suya estaba escrita en su cara. Estaba siempre presente en cada canción que tocaba
para mí, en cada mirada que me dirigía, en el apretar y aflojar de su mandíbula,
porque al igual que yo, quería hablar.
Conocía a Noah mejor de lo que me conocía a mí misma, y estar sentada junto
a él, fingiendo que éramos virtuales desconocidos, me atravesaba. Tal vez fue egoísta
de mi parte, apartarlo de esta manera. Tal vez era infantil tratar de mantenerme en mi
lado del carril cuando era tan evidente que él quería arreglar las cosas entre nosotros,
pero no me atrevía a abrirme.
Había un pozo interminable de emociones prohibidas que se escondía dentro
de mi pecho, cubierto por mis huesos, mis costillas, y quería que siguiera así. Si él no
lo sabía, entonces no podía hacerle daño. ¿No es así?
Pero no pude borrar la forma en que me miró hace una semana. No podía
olvidar lo rápido que empezó a latir mi corazón, como si se despertara de un profundo
sueño, sacudiéndose los restos que se acumulaban sobre él. Desde entonces, volví a
pensar en cosas que nunca podrían ser.
Empecé a desear cosas que no debería desear. Mi mente y mi corazón no
estaban sincronizados, y por mucho que lo intentara, Noah Kincaid siempre tendría
un lugar en mi corazón. ¿A quién quería engañar? Él era dueño de todo mi corazón, 47
incluso sin saberlo.
Los tonos del cielo gris proyectaban sombras sobre nuestra pequeña ciudad, y
por mucho que odiara el estado sin vida en el que se encontraba, todavía había algo
hermoso en la muerte, al igual que había algo hermoso en la vida.
Las estaciones siempre me recordaban el renacimiento, una nueva
oportunidad para mejorar las cosas. Estos dos últimos meses, tuve que recordarme
varias veces que los finales no eran para siempre.
Tal vez era mi deseo de que la muerte no fuera el final, sino un nuevo comienzo.
Tal vez era mi manera de afrontar las cosas.
Pero al mirar la nieve que se derretía, la gente que se apresuraba a ir a la
escuela y a sus trabajos, algo cambió dentro de mí. Algo profundo, y esta vez no me
hizo sentir impotente.
—Voy a estar aquí a las tres otra vez —comenzó Noah, agarrando el volante,
sus nudillos se volvieron blancos.
Miré su cara, su apuesto perfil, la afilada mandíbula, esas largas y oscuras
pestañas de las que siempre me sentí celosa. No era justo que un hombre tuviera esas
pestañas. Mis ojos se dirigieron a su cabello oscuro y erizado, a esa pequeña cicatriz
en el cuello que se hizo al saltar del columpio que solía colgar en el sauce llorón detrás
de nuestras casas.
Cambió, pero también sigue siendo el mismo. Antes era sólo el chico del que
estaba enamorada. En algún momento entre ese momento y el actual, se convirtió en
un joven del que me enamoré.
Mis otros amigos nunca entendieron lo que veía en él, pensando que eran sólo
esos aspectos físicos los que me atraían a su órbita, pero Noah era mucho más de lo
que el ojo veía.
El Noah que yo amaba lloraba cada vez que una mascota moría en una película
o en un programa de televisión. El Noah con el que crecí me sostenía en sus brazos
cuando tenía un ataque de pánico, porque no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.
Era el tipo de persona a la que podías llamar a las tres de la mañana y acudía a
ti, sin hacer preguntas.
Mi Noah también era un imbécil, pero sólo si te lo merecías. Odiaba a los
matones, odiaba a la gente que se metía con los demás, y sin importar lo que pasara,
seguía recordando cada pequeña cosa de aquellos que amaba.
Por todas esas cosas, porque sabía que lo que dijo esa noche no era porque me
odiara, tenía que dejarlo ir. Tuve que hacerle ver que lo que estaba haciendo aquí no
nos iba a hacer retroceder en el tiempo, para que nunca nos separáramos.
Deseaba tener una máquina del tiempo. Deseaba poder volver atrás y cambiar
las cosas que tan desesperadamente quería cambiar, pero no podía. La vida seguía,
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como las estaciones. Se mueve, lo queramos o no. A veces la vida podía ser un
desastre.
A veces puede lanzarte una bola curva, haciendo que te des cuenta de que
ninguna de esas cosas por las que solías preocuparte importaba ya.
—Noah —gruñí, con la garganta seca mientras los nervios me sacudían las
manos. Las apreté entre mis piernas, calmando mi respiración lo suficiente como para
decirle lo que necesitaba. Lo que debería haber hecho hace una semana.
Nunca debería haberme sentado en su auto. Nunca debí aceptar estos paseos.
No es que no tuviera mi propio auto, pero algo de estar con él, aunque fuera así, me
hacía sentir mejor.
Me hizo sentir menos sola.
Se giró lentamente, aquellos ojos, azules, brillaban con emociones indecibles,
con promesas, recuerdos y lágrimas no derramadas. Había tanto pesar allí, tanto
dolor, y yo era la razón. Nunca quise torturarlo así.
Nunca quise que nos convirtiéramos en esto. Necesitaba saber que lo
perdonaba, pero que a veces, sólo a veces, el perdón y el amor no eran suficientes
para seguir adelante.
A veces tenías que cortar el hilo que te unía a la otra persona porque tenías que
salvarla a ella y a ti.
—Esto no puede continuar, Noah.
Su agarre al volante aumentó en cuanto las palabras salieron de mi boca. Su ojo
derecho tuvo ese familiar tic que solo estaba ahí cuando no podía, o no quería, decir
las cosas en voz alta.
—No sé de qué estás hablando.
—Esto. —Señalé entre los dos—. Tú y yo. No podemos seguir así. —Respiré
profundamente, dejando que se expandiera mi pecho—. No puedes seguir
llevándome de un lado a otro.
—¿Por qué?
—¿Por qué? —Me reí—. Porque no quiero que lo hagas. Yo... —tartamudeé—.
No puedo seguir viéndote así. Odio que sólo estés aquí porque te sientes culpable.
—¿Qué tiene de malo que me sienta culpable, Sophie? —Se volvió hacia mí,
desabrochándose el cinturón de seguridad—. ¿Qué hay de malo en que quiera que
vuelvas, eh? Claro que me siento culpable.
—Pero no tienes que hacerlo.
—¡Pero lo hago! —bramó, golpeando la mano en el salpicadero—. Maldita sea,
49
sí necesito sentirme culpable. Si no fuera por mí y mis malditos celos, no estaríamos
en esta situación ahora mismo. No estarías sentada ahí, con cara de preferir atravesar
el fuego que estar aquí conmigo. Echo de menos cómo solíamos ser, Soph. Echo de
menos verte sonreír. Echo de menos que busquemos en Spotify nuevas canciones.
Echo de menos que me cuentes todas las cosas que te han pasado durante el día. Fui
a ese sauce llorón cinco veces en el último mes, solo que nunca estuviste allí. ¿Por
qué?
—Porque sabía que podrías estar ahí. —Porque me dolía demasiado verlo en
todos esos lugares que solíamos visitar juntos.
Nadie te dice nunca que cuando pierdes a alguien que aún estaba vivo, te duele
más que si estuviera muerto. Nadie te dice que ver a esa persona, tu persona, seguir
con su vida, mientras tú te sientas en un rincón, sola, deseando que el tiempo vuelva
a pasar, te parte el corazón en dos.
Perderlo me hizo darme cuenta de lo dependiente que era de él. Lo mucho que
necesitaba que me dijera que las cosas iban a ir bien, aunque no fuera así. Echaba de
menos escuchar las mentiras con azúcar que salían de su lengua, porque esas
mentiras eran lo único que podía hacerme pasar el día a veces.
—¿Me estás diciendo que nunca serás capaz de perdonarme?
—No. —Sacudí la cabeza—. Te estoy diciendo que te perdoné hace mucho
tiempo…
—Entonces, ¿cuál es el puto problema? —Me cortó—. ¿Por qué no me miras?
¿Por qué no me hablas? —Quería la verdad, cuando todo lo que podía darle eran
mentiras, mentiras, mentiras y algunas mentiras más, para que me dejara en paz.
—Porque ya no eres mi Noah.
—¡Mierda!
—¿Perdón?
La mueca de su rostro estaba pintada de pena y anhelo, de dolor y amor. Estaba
coloreada con todo lo que siempre quise ver de él, pero no así. No en este momento.
No cuando no tenía ni idea de cómo iba a ser mi vida en un par de años. No
cuando todo quedaba en el aire.
—Perdón, no. ¿Cómo puedes decir algo así? ¿Cómo puedes sentarte ahí y
pretender que el otro día no temblaste por mí como yo tiemblo por ti? No puedes
decirme que todos estos sentimientos dentro de mi pecho, todos estos pensamientos
dentro de mi cabeza, son sólo un camino de ida.
—Noah...
—¡No! No me mires así.
50
—¿Cómo? —Retrocedí.
—Como si te diera pena. No hagas eso, carajo.
—No lo hago deliberadamente, pero tienes que dejarme ir. Tienes que dejar
de hacerme esto. Tienes que dejar de hacerte esto a ti mismo. Nunca seremos lo que
solíamos ser. Nunca volveremos a ser amigos.
—¿Amigos? —Sonrió—. ¿Crees que estoy haciendo todo esto porque quiero
que seamos amigos de nuevo?
—Bueno, eh, ¿sí?
—No tienes ni idea, ¿verdad?
—¿Ni idea de qué?
Por favor, por favor, por favor, no lo digas. No podría soportar que dijera lo que
pensaba que iba a decir.
Se le escapó un profundo estruendo mientras se pasaba una mano por la cara.
—¿Sabes qué? —Se negó a mirarme, haciéndome aborrecer aún más,
haciéndome desear cosas que no debería desear.
Quería rodearlo con mis brazos. Quería moverme de este maldito asiento y
subirme a su regazo, pero me quedé sentada, congelada, esperando a que siguiera
hablando.
—Haz lo que sea que quieras hacer, Sophie. Ya terminé.
Terminó.
Estaba jodidamente acabado.
Empujó la puerta para abrirla, dejándome dentro, mirando el lugar vacío que
ocupaba hace unos segundos.
Ya terminé.
Resonó dentro de mi cabeza, deslizándose hasta mi corazón, goteando sobre
él como un alquitrán negro. ¿No era esto lo que quería? Quería que terminara
conmigo. Quería que dejara de intentarlo, porque conocía esa mirada en su rostro.
Sabía que no quería que volviéramos a ser amigos. Ahora entendía mejor que
antes por qué dijo esas viles palabras: porque estaba celoso. Porque Noah sentía algo
por mí.

51
Porque no estaba sola en esto.
Pero ya no importaba. Nada de eso importaba.
Estuve sentada allí durante lo que me parecieron horas, sin moverme, casi
oyendo las grietas que se extendían por mi alma a medida que pasaban los minutos.
Mi cerebro me decía que me moviera, que saliera del auto.
Huir de su olor, de todo lo que me recordaba a él, pero mi corazón gritaba cada
vez que intentaba moverme.
Mi corazón luchaba contra mí, empujando, diciéndome que fuera tras él. Para
arreglar esto. Que le dijera la verdad.
Quería que saliera corriendo, porque el único lugar en el que se sentía
realmente como un hogar era cuando él estaba conmigo.
Incluso cuando las gotas de lluvia empezaron a caer sobre el parabrisas,
pasando de una a dos, a tres y más, no pude moverme. No fue hasta que el golpe de
mi lado derecho me hizo girar, viendo una cara familiar de pie.
La lástima estaba escrita en su cara al igual que la tristeza estaba escrita en la
mía.
Bianca era la única que entendía lo mucho que lo amaba, pero no podía
entender por qué seguía alejándolo. No podía entenderlo porque para ella, él era
todo para mí.
No pude decírselo.
Sólo cuando su cara se convirtió en una mueca que conocía demasiado bien,
me di cuenta de que había estado llorando. Levanté la mano izquierda, tocando la piel
fría de mi mejilla, sintiendo la humedad allí.
Abrió la puerta, dejando entrar el aire helado, y se apretó contra mí,
abrazándome, susurrando que todo iba a salir bien.
—Lo he perdido —sollozaba—. Oh, Dios mío —grité, temblando mientras me
abrazaba—. Lo perdí para siempre.
—Oh, Sophie.
—Y esta vez es mi culpa. Sólo mía.
—No, no, no. No digas eso. Él también lo jodió.
Asentí contra su hombro.
—Lo hizo, pero también intentó arreglarlo. Casi me dijo... —Me corté, incapaz
de expresarlo en voz alta.
Casi me dijo todo lo que quería oír de él, y no se lo permití.
—¿Qué, Soph? —Se retiró, tomando mis manos.
—Casi me dijo que me amaba, B. Y yo... no se lo permití. No puedo dejarlo
entrar de nuevo.
52
—Jesús.
—Y ahora... me dijo que ha terminado, B. Se marchó.
—Bueno, ¿qué esperabas? Sigues apartándolo. No hay mucho que esté
dispuesto a soportar, estoy segura de ello. Pero, cariño, veo la forma en que te mira.
Veo la forma en que lo miras. ¿Por qué no le dejas entrar?
¿Por qué? Porque Noah merecía tener el mejor año de su vida. Se merecía ir a
la universidad, jugar hockey como siempre quiso. Se merecía a alguien que no tuviera
todas esas cosas en su vida.
Yo no.
Ya no.
8
Noah

L
a vista por sí sola debería haberme hecho sentir mejor, pero no hizo nada
para calmar mi corazón y mis pensamientos acelerados. El lago Alkey
tenía un aspecto precioso en esta época del año: congelado, con el
bosque cubierto de nieve a su alrededor y el cielo gris reflejándose en él.
Era uno de mis lugares favoritos, pero hoy, incluso estando aquí, no me hizo
nada.
Lancé una pequeña piedra que encontré, dejándola rebotar en la superficie del
lago congelado, deseando haber traído mis patines. Muy pronto, el hielo empezaría
a derretirse y tendría que esperar otro año para volver a estar aquí, jugando con mis
chicos. 53
Pero el hockey era lo último que tenía en mente en este momento. Después de
una de las peores mañanas de las últimas dos semanas, decidí alejarme.
Habría dado todo por tenerla aquí conmigo, mirando esta belleza frente a mí,
pero Sophie tomó su decisión. Que me condenen si la presiono cuando es obvio que
no me quiere. Tal vez sintió algo.
Tal vez me amó una vez, pero después de lo que hice, ese amor se convirtió en
hielo. Odiaba el maldito distanciamiento en sus ojos. Odiaba la fría indiferencia con
la que me observaba, como si estuviera manejando a un animal salvaje y no hablando
con la persona que una vez fue su mejor amigo.
Tardé tres meses en darme cuenta de que era para mí, y era obvio que en esos
tres meses todo cambió. No era la Sophie que yo conocía.
No era la chica que me obligaba a hacer máscaras de barro en pleno verano
porque lo veía en la televisión. No era la chica que lloró cuando el Joker murió en la
última entrega de la trilogía de The Dark Knight. Algo cambió, y había una voz dentro
de mi cabeza que me decía que no todo era por esa noche.
Era casi imposible creerle cuando decía que me perdonaba. Y no lo habría
hecho, si no fuera por ese pánico en su rostro, esa tristeza y esas lágrimas que
amenazaban con derramarse sobre sus mejillas.
Pero me preguntaba: ¿es posible que haya imaginado esa mirada en su rostro
el otro día? ¿Era posible que el anhelo que veía allí fuera en realidad algo más, y que
lo que veía fuera sólo mi mente jugándome una mala pasada porque era lo que yo
quería ver?
No, no puede ser.
Pero mientras estaba aquí, mirando el cielo oscuro que se acumulaba encima,
proyectando sombras, tuve que admitir que tal vez, sólo tal vez, realmente no me
quería en su vida. Tal vez era cierto lo que decían: que las personas se superan unas
a otras.
Quizá perdimos demasiado tiempo fingiendo que éramos otra cosa, cuando la
chica con la que quería envejecer siempre estuvo ahí. Tal vez llegué demasiado tarde.
—Sabía que te encontraría aquí. —Me giré, viendo a Jared con su capucha roja,
mirándome con simpatía.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Fui demasiado cortante con él, demasiado enfadado conmigo mismo y con todo
lo que ha pasado. Deseaba poder dar la vuelta y volver con ella. Deseé poder
sacudirla y hacerle ver la verdad: que estaba enamorado de ella.
Estaba enamorado de la chica que no quería saber nada de mí. Estaba 54
enamorado de la chica que hasta hace poco era la única persona real que estaba a mi
lado. Nos jodí.
¿Por qué no pude ganar la suficiente confianza para decirle lo que sentía antes
de que todo esto sucediera? ¿Por qué esperé tanto tiempo?
—Bianca me habló. —Por supuesto que lo hizo—. No me dijo los detalles, pero
a juzgar por esa mirada en tu cara, sólo puedo asumir que la mierda ocurrió esta
mañana. ¿No es así?
—No quiero hablar de ello, Jared. Realmente no quiero.
—Bien. —Levantó la mano en señal de rendición y se acercó a mí—. No
tenemos que hablar. Podemos sentarnos aquí en silencio.
—No me interesa.
—Bueno, mala suerte, botón de oro. Estás atrapado conmigo. Te guste o no, soy
tu amigo.
Sophie también era mi amiga y mira lo que nos hice.
—Deberías seguir el consejo de Sophie, J. Soy pésimo para ser amigo de la
gente.
—No. —Puso su mano en mi hombro, sonriendo—. Sólo apestas siendo amigo
de la gente de la que estás enamorado, y definitivamente no me parezco a Sophie.
Casi me reí de eso. Casi.
—Quiero decir que tienes algunos rasgos de chica, hermano —bromeé—.
¿Estás completamente seguro de que no eres una chica?
Me empujó el hombro, riéndose conmigo.
—Vete a la mierda.
—Y esas cejas... Maldita sea, ¿te las estás depilando?
—Me gusta verme bien, ¿de acuerdo?
—No se juzga aquí, lo sabes. Pero en serio. Tal vez si te pones algo de
maquillaje, podríamos hacerte pasar por una chica.
—Oh, cierra la puta boca.
Mi estómago se apretó y desencajó mientras nos reíamos, borrando
momentáneamente la visión de Sophie esta mañana, sentada en mi auto, pareciendo
tan pequeña. Pero la alegría, como todo en la vida, era algo fugaz.
Tan rápido como llegó, esta sensación de luz que abarcaba todo mi cuerpo
también desapareció, recordándome las cosas que quería tener, pero no podía.
Los dos nos pusimos serios, yo primero y luego Jared cuando vio lo que sin
duda era una mueca en mi cara.
55
—Realmente lo siento, sabes. Sé lo mucho que la amas. Puedo verlo.
—Sí. —Tragué, con la garganta apretada—. Pero aparentemente ella no puede.
Me di la vuelta y me senté en el suelo. Me llevé las rodillas al pecho y apoyé
los codos sobre ellas. Este lugar se sentía tan pacífico, pero a la vez tan tormentoso.
Eran los recuerdos los que me atormentaban. Los recuerdos de nosotros desde
que éramos niños. Los sentimientos que tenía incluso entonces me sofocaban,
arrastrándose a través de mí.
—La jodiste, ¿sabes?
—Lo sé. Pero también me he disculpado.
Pude oírlo acercarse antes de que sus botas entraran en mi visión periférica.
Se bajó y se sentó a mi lado.
—Sólo porque hayas dicho que lo sientes, no significa que merezcas una
segunda oportunidad. Las palabras son sólo eso, Noah, palabras. Las acciones son lo
que la gente necesita ver.
—¿De qué maldito lado estás? —Lo miré, molesto por lo que estaba diciendo—
. ¿Crees que no debería darme una oportunidad?
—Sabes que siempre estaré de tu lado. No me mires así. No estuve allí esa
noche, pero si hubiera estado, te habría golpeado en tu cara de niño bonito.
—¿Qué?
—Hombre. —Se rió—. Si alguien le dijera esas cosas a mi hermana, lo habría
matado, créeme. Tomaste tu amistad con ella y la tiraste a un contenedor. Luego, por
si fuera poco, recogiste gasolina, la echaste y le prendiste fuego. ¿En qué mierda
estabas pensando?
Apreté los dientes, odiando lo bien que sonaba, odiándome a mí mismo sobre
todo.
—No lo hacía. —Exhalé—. No pensaba, odié ver a ese tipo con ella. Solo
pensaba, que por primera vez en mi vida, no me estaba sonriendo. Le estaba
sonriendo a él.
—¿Así que estabas celoso?
—Estaba furioso, Jared. Y ni siquiera estaba furioso con ella, estaba furioso
conmigo mismo. En el momento en que esas palabras salieron de mi boca, la
vergüenza me inundó, pero ya era demasiado tarde. Se había ido.
—¿Intentaste hablar con ella?
Me encogí y aparté la mirada de él.
56
—No. Intentó hablarme, pero nunca le contesté.
—Eres un maldito idiota, lo juro.
—Lo sé.
—¿Por qué carajo hiciste eso? Se acercó a ti cuando tenía todo el derecho a
estar enfadada contigo, y aun así te comportaste como un imbécil. No me extraña que
no quiera saber nada de ti ahora mismo.
—Lo sé.
—Jesucristo, hombre. Me sorprende que no haya intentado matarte con uno de
sus patines a estas alturas. Yo seguro que lo habría hecho si estuviera en su lugar.
—Lo sé.
—Deja de decir que lo sabes, imbécil. Tienes suerte de que haya accedido a
esos paseos contigo.
Asentí, sin palabras. Me dolía pensar en aquella noche en la que lo había jodido
todo, pero Jared tenía razón.
La gente podía perdonar, pero eso no significaba que hubiera olvidado. Que
me disculpara no me daba derecho a exigir su atención cuando lo único que había
hecho era intentarlo durante una semana.
—¿Entonces qué se supone que debo hacer, Jared? —Giré la cabeza y lo miré—
. No tengo ni idea de qué decir. No tengo ni idea de qué hacer para que me vea.
Diablos, ni siquiera me habla del todo. ¿Simplemente voy a su casa y le exijo que me
hable?
Pareció pensarlo durante un minuto, entrecerrando los ojos y mordiéndose la
mejilla.
—Un gran gesto. —Casi no lo escuché.
—¿Un gran gesto? ¿En serio?
—Sí. —Se volvió hacia mí—. En serio. No estoy diciendo que debas proponerle
matrimonio delante de toda la escuela, pero tienes que hacer algo que le recuerde
todos esos momentos en los que fueron felices, pasando el rato juntos. Entonces
podrás decirle lo idiota que fuiste y rogarle, de rodillas si es necesario, que te
perdone.
Sophie odiaba llamar la atención en público, a menos que estuviera en el hielo,
en su propio elemento. Odiaba las cosas exageradas y nunca fue una chica
materialista que pidiera ropa cara y cosas así. Su regalo de cumpleaños favorito fue
un cuadro de nosotros dos que hice.
—Un gran gesto —murmuré de nuevo, obligándome a pensar en cosas que
podría hacer para que me aceptara de nuevo en su vida—. Eres un maldito genio,
57
Jared. —Le pasé el brazo por los hombros y lo acerqué a mí.
—Vaya, vaya, tranquilo, tigre. —Se rió—. Voy a empezar a pensar que podrías
estar enamorado de mis rasgos de niña.
—Shush.
—Pero sí, sé que soy un genio. No sé por qué todos piensan que soy todo
apariencia y nada de cerebro.
—Uh, Jared, odio tener que decírtelo, pero no creemos que seas del todo
guapo.
—Tu mamá...
Intentó agarrarme, pero salté primero, corriendo hacia el lago congelado.
—Eres más bien un hermano pequeño molesto que ninguno de nosotros quería
tener.
—Te voy a ahogar en este lago, Noah Kincaid —gritó, corriendo detrás de mí.
—¡Tendrás que atraparme primero!
Reduje la velocidad al pisar el hielo, resbalando aquí y allá mientras me alejaba
de él.
—¡Espera! —gritó, yendo tan lento como un caracol tras de mí, tratando de
equilibrarse en el hielo—. Nunca debí decirte esa idea.
—¡Gracias! —Me reí, sintiéndome más ligero que antes—. Me aseguraré de
invitarte a nuestra boda algún día.
—¡Más te vale, carajo!
Y lo haría. No tenía ninguna duda de que un día, iba a llevar mi anillo. Nadie
más se acercaría a ella.

58
9
Sophie

—V
amos, Sophie. Levanta más esa pierna —gritó la entrenadora
Liudmila desde la banda, mientras me esforzaba más,
bloqueando todo lo demás.
Aquí, en el hielo, estaba mi lugar feliz. Era el único lugar donde no importaba
si me sentía bien o mal ese día, porque en el momento en que me ponía los patines y
entraba en la pista, todo lo demás se desvanecía.
Mi dolor, mis preocupaciones, mi ansiedad, mi amor por Noah... Esas cosas no
debían estar aquí, porque la más mínima distracción podía costarme la vida, y eso no
podía permitírmelo.
Recordé la primera vez que vine a practicar y lo insegura que estaba sobre mis 59
patines. Me pasé dos semanas agarrada a la pared, porque mi equilibrio era una
mierda. Recordé haber visto a todas esas hermosas chicas, patinando como si
hubieran nacido en el hielo, y deseé que algún día ser tan buena como ellas.
Y me volví así de buena, si no mejor.
Mi primer entrenador me dijo una vez que el talento no tiene nada que ver con
el éxito. Podías ser la persona con más talento, pero ese talento con el que podías ser
bendecida era sólo el veinte por ciento de todo el paquete. El trabajo duro, el sudor,
las lágrimas y la sangre eran ese ochenta por ciento restante, y eso era lo que
importaba.
Era una niña competitiva, no hacia los demás, sino conmigo misma. Si hacía
algo bueno en un entrenamiento, tenía que ser perfecto en el siguiente. Volvía locos
a mis papás, dando saltos en nuestro garaje y saltándome las cenas, porque nada que
no fuera la perfección me bastaba.
Me había perdido cumpleaños, vacaciones y salidas con mis amigos, porque
mis entrenamientos eran mucho más importantes que esas otras cosas. Hace dos años,
ni siquiera fui a la escuela durante una semana entera, porque había estado
preparándome para las nacionales.
Vivía y respiraba el patinaje artístico. Siempre supe que esto era lo que quería
hacer. Aquí era donde quería vivir y morir. Este era mi lugar, mi vida, y nada se podía
comparar con ello, excepto quizás amar a Noah.
—¿Comiste hoy, Sophie? —volvió a gritar Liudmila, odiaba y amaba a la vez
que siempre tuviera que usar mi nombre con cada frase. Liudmila y yo nos conocimos
hace cinco años, cuando mi anterior entrenador decidió retirarse, dejándome sola en
este gran y loco mundo, pensando que ahora tendría que hacerlo todo sola.
Por supuesto, todos esos pensamientos que pasaban por mi cabeza en ese
momento no eran más que el producto de una adolescente excesivamente
competitiva, que pensaba que el mundo se acabaría si alguna vez me saltaba los
entrenamientos.
Sabía que mis papás no siempre estaban de acuerdo con mi forma de hablar
de estas cosas, pero cuanto más crecía, más comprendían que no podían hacer nada
para que dejara de practicar. Era una chica que soñaba con llegar a los Juegos
Olímpicos algún día.
Era una chica a la que no le importaba tener dos entrenamientos al día. El ballet
y el patinaje artístico iban de la mano. No me importaba tener un solo día sin
entrenamiento, ni que todos mis amigos pasaran todo su tiempo libre dando vueltas,
jugando, siendo niños normales. 60
Mi mamá solía bromear diciendo que había dado a luz a dos máquinas
deportivas, ya que tanto mi hermano como yo vivíamos para nuestros deportes: Andy
con el fútbol y yo con el patinaje artístico.
Estaban orgullosos de nosotros, pero sabía que la mayoría de las veces
deseaban que pasáramos más tiempo siendo simplemente niños, en lugar de
competir a estos niveles. Pero no había vuelta atrás para mí, sobre todo después de
la primera competencia que gané.
La gente solía pensar que lo que hacían los atletas era tan fácil como respirar,
y algunos días lo parecía. Pero la mayoría de los días, nos sentíamos como si no
tuviéramos ni idea de lo que habíamos estado haciendo toda la vida. Había pasado
incontables horas perfeccionando los movimientos más sencillos. No podía aceptar
que no fueran impecables en su ejecución.
Había pasado aún más horas llorando, porque pensaba que me estaba fallando
a mí misma y a toda esa gente que creía en mí. Y cada vez, aunque ahora me dejaba
un sabor amargo en la boca, Noah estaba allí para alejar esos pensamientos.
Era mi manta de seguridad, mi pareja perfecta. Lo sostenía cuando la pasaba
mal, y él me sostenía a mí. En lo bueno y en lo malo, en las lágrimas y en las sonrisas,
siempre estuvimos el uno para el otro. Me sostuvo la mano cuando perdí la
competencia regional hace dos años.
Me abrazó fuerte cuando gané la siguiente. Me estaba jodiendo la cabeza que
todos esos recuerdos que asociaba con mi patinaje lo tuvieran a él también. Me estaba
jodiendo. Aunque quería dejar todas estas cosas en la puerta de nuestro centro
deportivo, no podía.
Por eso hoy actúe como la mierda.
—¡Sophie! —Liudmila tronó—. Por todo lo que vale, ¡detente!
Y lo hice, odiándome más y más con cada segundo que pasaba. La competencia
regional se acercaba en menos de cinco días, y a estas alturas no debería estar tan
distraída. Ya ni siquiera podía echarles la culpa a mis dolores de cabeza o al jodido
asunto de mi equilibrio.
Le eché la culpa a Noah, y al flujo constante de pensamientos dirigidos a él. No
podía dejar de pensar en él, en aquella mañana de hace cinco días. No podía dejar
de pensar en la mirada de su rostro, ni en la angustia que me gritaban sus ojos.
No podía dejar de pensar en el dolor de mi pecho cuando Bianca me encontró,
o en el hecho de que no podía pasar todo el día sin dolor de cabeza. Andy tuvo que
recogerme y llevarme a casa. Había empezado a vomitar alrededor de la cuarta hora.
Dios, tenía que dejar esto atrás. Por fin había terminado conmigo y tenía lo que
quería. Pero aunque me decía a mí misma que eso era lo que quería, no podía dejar
de pensar si era la decisión correcta para tomar.
61
Liudmila se acercó a mí, la mirada estruendosa de su rostro me dijo todo lo que
necesitaba saber: la cagué. Y no sólo un poco.
—¿Qué demonios fue eso, eh?
Lo peor era que tenía todo el derecho a estar enfadada. Estaba enfadada
conmigo misma, pero no podía mostrarlo exactamente ahora.
—¿Pasa algo que deba saber, krasotka¹? —me preguntó, haciendo que me
estremeciera ante el apodo que me puso el primer día que trabajamos juntas. Me
gustaría poder contarle todo, pero no podía... aún no.
—Has estado muy enferma últimamente, ¿es eso? ¿Te sientes bien? —Dios,
quería llorar, gritar, y lanzar algo. Golpear una pared, tal vez embriagarme, pero
ninguna de esas cosas cambiaría la realidad. Ninguna de ellas cambiaría las cosas
inevitables que se me avecinaban.
—No, estoy bien —murmuré, con la voz pequeña, apenas audible.
—¿Entonces cuál es el problema? —Su acento era más notable ahora. Sólo salía
cuando se enfadaba tanto que no podía contenerse.
Liudmila se trasladó aquí con sus padres, desde Novosibirsk (Rusia), cuando
apenas tenía ocho años. Aunque su acento haya cambiado con todos los años que pasó
en Estados Unidos, esas erres duras todavía tendían a escaparse cuando estaba en el
precipicio entre su infame tratamiento de silencio y maldecir en ruso.
—La jodí, lo sé.
—¿De verdad? Porque eso parecía algo que haría una de las novatas, no tú.
¿Dónde está tu cabeza, Sophie?
En todas partes. En ninguna parte.
No estaba en el lugar correcto, lo sabía, pero que mi entrenadora me
reprendiera era lo último que necesitaba ahora.
Yo era mi mayor crítica, y en momentos como éste, sentía como si todo mi
mundo se derrumbara.
—No volverá a ocurrir —casi susurré, con la cabeza agachada y los ojos
concentrados en la línea que forman los patines sobre el hielo.

—Sé que no lo harás, pero eso no significa que no me preocupe —dijo,


suavizando su voz—. Nunca has tenido problemas para hablar conmigo, pero
últimamente has estado retraída. Callada. Algo va mal, ¿no?
Dios, odiaba el hecho de que me conociera tan bien. A estas alturas de las
Regionales solía ser una burbuja de energía desbordante, lista para conquistar el
62
mundo. Pero últimamente, toda mi energía se centraba en evitar a Noah y pasar el día
sin dolor de cabeza.
Y cuando lo conseguía, intentaba no desmayarme. El dolor era cada vez más
fuerte.
—No pasa nada, lo prometo. —Puse una sonrisa en mi cara, pero a juzgar por
la mirada que me dio, probablemente parecía más una mueca que una sonrisa—.
Estaré aquí mañana temprano, para poder trabajar en esto. ¿De acuerdo?
—Hmm. —Sus cálidos ojos marrones no se tragaron lo que había intentado
vender, pero al menos dejó de presionar—. Bien. Pero por favor, por el amor de todo,
trabaja en estos en casa hoy también. No quiero que te caigas después de tus ejes y
te lesiones.
Esto era lo que ocurría con Liudmila, que apreciaba más de lo que podría decir:
le encantaba ganar, pero nunca puso a ninguna de nosotras en peligro por ello.

________
¹ Del ruso al español: Hermosa chica
Una vez, mucho antes que ella, uno de nuestros entrenadores nos empujó hasta
el punto de agotamiento. No podía ni siquiera patinar fuera del hielo. Odiaba a ese
tipo con pasión, y no pasó mucho tiempo antes de que mi mamá me transfiriera a otro
entrenador.

Pero Liudmila, no era así. Era nuestra amiga, nuestra aliada, nuestra segunda
mamá, si querías llamarla así. Me conocía mejor de lo que yo misma me conocía a
veces, y nunca presionaba, a menos que quisiéramos hablar de cosas.
—Lo entiendo.
—Mhm. Ahora ve a cambiarte y sal de aquí.
—Pero... —Todavía me quedaba media hora de entrenamiento.
—Sin peros, Sophie. No conseguiremos nada con lo que sea que esté pasando
por tu cabeza. Tú lo sabes, yo lo sé. El resto de la gente que acaba de verte arrastrarte
por la arena, lo sabe.
Respiré hondo y asentí lentamente, odiando admitir la derrota, pero eso era lo
que era: una derrota. No estaba concentrada. No estaba preparada para hacer lo que
se requería de mí, y lo arruiné.
—Mañana haremos tu coreografía completa, así que espero que estés
63
preparada.
—Lo estaré.
—Bien. Ahora ve a comer algo. Estás un poco pálida.
—Sí, entrenadora.
Dos competencias más, pensé mientras volvía a patinar hacia la puerta. Dos
veces más en las que conseguiría hacer esto, y luego habría terminado.
Desinflada, y menos que contenta conmigo misma, me quité los patines en
cuanto salí del hielo, caminando sólo en calcetines hasta los casilleros.
A estas alturas de la noche, solía ser la única que quedaba en la arena, junto
con Liudmila. Noah odiaba que me quedara hasta tan tarde, pero no era nada
comparado con las horas locas y extremas que solía hacer en sus prácticas. Sabía que
sólo se preocupaba por mí, pero incluso esto me recordaba a él, y no podía esperar
hasta poder salir de aquí.
Aire fresco era todo lo que necesitaba.
Aire fresco y evasión de la realidad.
10
Sophie

—N
o lo voy a hacer, Bianca.
—Sí, lo harás.
—No. No.
—Sí, sí, sí.
—Estás jodidamente loca —dije mientras me alejaba de ella hacia nuestra
mesa.
Decidimos salir a tomar un café y unas copas, lo que en el vocabulario de Bianca
se traduce vagamente en una fiesta.
Sabía que el equipo de hockey tenía una gran fiesta esta noche, junto al lago,
64
pero no quería ir. Me había ido muy bien, evitándolo durante los últimos dos días, y
entre mis prácticas y la escuela, había logrado verlo sólo una vez de pasada.
—Nos vamos —contestó, deslizándose fuera de la cabina.
—No, no lo hacemos.
—Vamos, amiga. Esta puede ser una de las últimas fiestas de este año. Vive un
poco.
—B —gemí—. Sabes por qué no quiero ir. Va a estar allí, y realmente no quiero
verlo. Además, tengo una competencia mañana y no puedo meter la pata.
Fiel a mis palabras de aquel día del infierno en el que jodí toda mi práctica,
había conseguido recomponerme. Me sentía mejor, más segura de mí misma y de la
rutina que habíamos elegido. Todos esos molestos pensamientos sobre Noah, y....
otras cosas, parecían haberse evaporado. Al menos mientras estaba en el hielo.
La realidad era completamente diferente de mi tiempo en el hielo. Cada noche,
miraba mi ventana, viendo la luz que entraba por la suya. Cada noche, luchaba contra
mí misma y contra las ganas de ir a verlo, de hablar con él. De disculparme por
haberle alejado, cuando no era culpa suya que yo no estuviera bien conmigo misma.
—No vas a meter la pata —argumentó, poniendo los ojos en blanco al mismo
tiempo—. Eres una máquina, Sophie. Nunca he visto a nadie hacer esas cosas sobre
el hielo. Es como si desafiaras las leyes de la gravedad.
—Basta ya —resoplé.
—Sé que aunque vayas a una fiestecita, no la vas a joder mañana. Ahora mismo
sólo son las siete. Ni siquiera tenemos que quedarnos tanto tiempo.
—Bianca, ambas sabemos que contigo siempre nos quedamos hasta tarde. Esta
noche tengo que estar en la cama a las diez. Mañana me levantaré a las seis.
—Entonces tomaremos tu auto en su lugar, y puedes conducir a casa por ti
misma si no tienes ganas de esperarme.
—¿Y qué? ¿Dejarte sola?
—Ambas sabemos que no estaré sola. —Sonrió—. Vamos. Hace años que no
vamos a una de las fiestas, y últimamente has estado evitando todo y a todos, incluida
yo.
—No lo he hecho.
—Así es, Soph. Pero lo entiendo. La mayoría de la gente con la que salimos son
amigos comunes de ambos. Supongo que de alguna manera decidiste que todos ellos
pertenecían sólo a Noah.
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—Eso no es cierto.
—¿No es así? ¿Cuándo fue la última vez que salimos todos juntos?
La feria fue lo que me vino a la cabeza. Esa maldita noche en la que todo se fue
a la mierda.
—Está bien, de acuerdo. Tienes un punto, pero todavía no quiero ir.
—Sophie —gimió—. Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor —
suplicó, tomando mis manos por encima de la mesa—. Te prometo que no tenemos
que estar donde él está. Ese lago es enorme. Sabes que siempre hay varios grupos
de personas con los que podríamos salir. Noah no es la única persona en este pueblo.
Además, podría haber otros chicos con los que podrías salir.
Movió las cejas, una mirada furtiva que yo conocía muy bien pasó por su cara.
—Bianca. ¿Qué hiciste?
—¿Yo? —Se llevó una mano al pecho—. Nada.
—B?
—¿Qué? No he hecho nada.
—Voy a afeitarte el cabello mientras duermes.
—Perra. No te atreverías.
—Pruébame. —Sonreí—. ¿Qué diablos hiciste?
Apartó las manos, poniéndolas en su regazo, y miró por la ventana evitando mis
ojos. Se mordió el labio inferior. Pude ver cómo giraban los engranajes dentro de su
cabeza.
—¡Bianca!
—Bien, de acuerdo. —Su pecho se expandió con la respiración que tomó antes
de girar su cabeza hacia mí—. Hice una cosa.
—Bianca —gemí.
—Pero es una cosa pequeñita, y no puedes culparme exactamente. Lo hice por
ti.
—¿Qué. Fue. Lo. Que. Hiciste?
—Invité a algunos universitarios a la fiesta y les hablé de ti. —Balbuceó tan
rápido que lo único que capté fue la parte de universitarios.
—¿Qué hiciste?
—Ya me has oído.
—No lo hice, ese es el problema. ¿Invitaste a alguien esta noche para que fuera
66
mi cita?
—Tal veeeeeeez. —Sonrió—. Pero es superguapo, y sólo tiene diecinueve
años, acaba de empezar la universidad, y es amigo de mi prima.
Dejé caer la cabeza sobre la mesa, golpeándola con la frente una y otra vez.
—Por favor, no me mates.
Puede que tenga que hacerlo. Odiaba las citas a ciegas. Odiaba saber que
había alguien esperándome, cuando ninguno de los dos se conocía.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunté mientras levantaba la cabeza—. Sabes que
odio esa mierda.
—Lo sé, y sabía que estarías enojada, pero, Soph... Estabas tan triste. Me
rompiste el corazón al menos quince veces desde aquel día que te encontré en su
auto.
—¿Así que pensaste que presentándome a un tipo al azar me curaría de
repente?
—No, pero he pensado que no estaría mal divertirse un poco. No te estoy
pidiendo que te cases con él ni nada por el estilo, pero acompáñame. Podría ser muy
divertido.
Sabía que podía ser divertido. Una parte de mí anhelaba estas cosas normales
hoy en día. Pero si Noah iba a estar allí, no quería ir. No quería que nos metiéramos
en otra pelea. Especialmente no delante de toda esa gente que ambos conocíamos.
—Por favor —suplicó—. Pronto nos iremos a la universidad. Dios sabe cuándo
será la próxima vez que nos veamos, y mucho menos que salgamos de fiesta juntas.
Cuando lo dijo así...
—Me estás matando, Bianca.
—No lo intento, pero imagínate que dentro de un par de años nos arrepentimos
por no haber ido a esta fiesta.
—Así que ahora estás repartiendo todas esas cartas que has estado guardando.
—Nunca dije que no fuera a jugar sucio. —Sonrió—. ¿Funciona?
—Sí, maldita sea. Está funcionando.
La luz que se apoderó de todo su rostro podría haberme cegado, pero algo
cálido se extendió desde mi pecho, a través de mis extremidades, hasta los dedos de
las manos y los pies.
—Pero no voy a beber y me voy a ir a las nueve y media.
—Trato.
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—Si te emborrachas, te dejo allí.
—De acuerdo. —Asintió de nuevo.
—También vamos a evitar a Noah y a su grupo de amigos tanto como sea
posible.
—Absolutamente.
—Me importa un carajo que tú y Jared tengan algo raro...
—No, mierda, no lo hacemos —exclamó. Levanté una ceja e incliné la cabeza
hacia un lado, sin creer una sola palabra que acababa de salir de su boca.
Sobre todo porque toda su cara se puso roja como un tomate, diciéndome todo
lo que necesitaba saber.
—Como estaba diciendo. —Me aclaré la garganta—. Le daré un puñetazo a
Jared en la garganta si se le ocurre acercarse a nosotras.
—Promesa de meñique. Esta noche no habrá travesuras. Sólo irás, te tomarás
una buena copa sin alcohol con un chico guapo, tal vez recibas un beso, y luego te
irás a casa. Mañana, arrasaras en la competencia regional, y lo celebraremos
después. Con alcohol —señaló.
—Bien —resoplé—. Nos vamos, pero lo que dije fue en serio.
—Lo sé.
A veces, lo que quería y lo que iba a suceder eran dos cosas muy diferentes. Si
hubiera sabido entonces lo que supe después, me habría levantado y me habría ido
a casa en lugar de ir a Alkey Lake.

Hace un par de minutos que pasamos por delante de la señal con la inscripción
Visítanos de nuevo de nuestra ciudad, y los nervios que había estado fingiendo que no
existían salieron a la superficie. Sabía que en menos de cinco minutos estaríamos
llegando a nuestro destino.
—¿Podrías conducir más despacio? —se quejó Bianca desde el asiento del
copiloto, taladrándome con la mirada. “Best Acquaintance” de Mouth Culture estaba
a todo volumen, llenando el auto, pero apenas podía escuchar la letra por el sonido
de mi corazón palpitante en mis oídos.
—Está oscuro afuera, y este camino es bastante malo.
—Oh, no me vengas con esas tonterías, Soph. Creo que nos conocemos lo
suficiente como para saber cuándo estás mintiendo. Estás asustada porque va a estar
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allí y vas a olvidar por qué decidiste alejarlo, ¿no es así?
—No —respondí demasiado rápido. La sonrisa de complicidad que me dedicó
me dijo que también lo sabía. Hoy estaba llena de mierda, y mi lentitud en la
conducción no tenía nada que ver con la baja visibilidad, y sí con el tipo que amaba y
no quería ver.
—Estarás bien. —Puso su mano en mi rodilla—. Siempre puedo darle una
patada en las bolas si eso es lo que quieres ver.
—No, psicópata. —Me reí—. ¿Por qué siempre estás tan interesada en patear a
la gente en sus bolas?
—¿Quieres decir, de la misma manera que siempre estás diciendo que quieres
golpearlos en la garganta?
—¡Eso es diferente!
—¿Cómo carajo es eso diferente?
—Bueno, un golpe en la garganta no dejaría ningún daño permanente.
—Excepto que la persona podría morir.
—Oh, cierra la boca. No es como si fuera un luchador de MMA. Probablemente
se sentiría como un cosquilleo para algunos de estos tipos.
—Mhm, si tú lo dices. Sólo no vayas por ahí esta noche, golpeando la garganta
de la gente.
—Si se lo merecen. —Me encogí de hombros—. ¿Por qué no?
—Siempre supe que había un pequeño demonio en algún lugar dentro de ti.
—Mira quién habla. —Resoplé—. Te juro que la mitad de nuestra escuela está
aterrorizada incluso de hablar contigo.
—Eso es porque tengo cara de perra en reposo.
—También tienes una boca mala cuando quieres.
—Solo quiero decir que mi boca es muy buena para otras cosas también.
—Iuuu, asqueroso.
—No quise decir eso, pequeña pervertida.
Tuve suerte de que ya estuviéramos en la zona de estacionamiento del lago
porque la forma en que me temblaban los hombros por las risas que brotaban de mí
no me dejaba conducir más.
—No puedo contigo —resopló—. No puedo llevarte a ninguna parte.
—Lo siento —grité mientras apagaba el motor, con mis habilidades para
aparcar olvidadas. No me sorprendería que hubiera aparcado en dos plazas en lugar
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de una—. Sólo... la mirada en tu cara.
—Cállate —resopló.
—Me voy a mear encima. —Dejé caer la cabeza sobre el volante y tuve la
sensación de que todo el auto tembló por la fuerza de mi risa.
—Y dices que yo soy la desagradable.
Abrió la puerta, saliendo primero, dejando que me calmara sola. Quería a
Bianca como a la hermana que nunca tuve, y por eso mismo sabía que era la persona
perfecta para pasar la noche.
Pase lo que pase, ella siempre me hacía sentir mejor sobre, bueno, todo.
Me limpié las lágrimas que se derramaban por mis mejillas, todavía riendo, y
me di la vuelta para tomar la sudadera con capucha que recogí de mi casa, del asiento
trasero.
El mes de marzo era una mierda helada, sobre todo por la noche, y no iba a
arriesgarme a atrapar una gripe o una neumonía esta noche. Mi sistema inmunológico
ya estaba jodido, y lo último que quería era despertarme mañana con dolor de
garganta.
Empujé la puerta y salí, dejando que mis ojos se adaptaran a la oscuridad del
exterior. Dos farolas en la distancia proyectaban su luz en cascada sobre los autos
aparcados más cerca, y me di cuenta de que esta fiesta no era tan pequeña como
pensaba inicialmente.
Lo que, en cierto modo, me hizo sentir mejor para no encontrarme con Noah
esta noche. Si me mantenía en las sombras y evitaba su grupo de amigos, podría pasar
toda la noche sin verlo. Tal vez Bianca tenía razón al venir aquí esta noche.
Me vendría bien algo de diversión, sobre todo ahora. No es que me vaya a
emborrachar. No tenía que beber para pasar un buen rato.
—¿Quién viene esta noche, lo sabes? —le pregunté a Bianca en cuanto salí al
exterior, disfrutando de la fría brisa. Estar aquí, en el lago Alkey, siempre me traía
recuerdos que me esforzaba por olvidar, pero esta noche no me dolían tanto como
antes.
Esta noche, podía ver este lugar como un hermoso trozo de naturaleza, que a
menudo utilizábamos para fiestas, reuniones, y otras cosas. El hielo iba a derretirse
pronto, y no estaba segura de qué vista era mejor aquí: la de ahora o la del verano.
Era una pena que ninguno de nosotros pudiera verlo completamente esta
noche.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Bianca, mirando en la misma dirección
que yo. 70
—Qué bonito es esto, no importa en qué estación estemos.
—Realmente lo es. Quiero decir, he estado aquí con ustedes siempre que han
patinado en el lago. También he pasado innumerables veranos aquí, nadando en ese
lago. Nunca deja de sorprenderme lo hermoso que es.
—¿Verdad? —Sonreí—. Es como un pequeño trozo de cielo.
Y si el cielo fuera así, nadie debería tener miedo de morir.
—¿Vamos? —preguntó Bianca mientras empezaba a caminar en dirección a
donde podía ver una pequeña hoguera. A nuestro equipo de hockey, Whitebrook
Wolves, le encantaban las hogueras. No importaba qué época del año fuera; siempre
encontraban una excusa para hacer una.
A la gente del pueblo no le importaba que las tuviéramos aquí, siempre y
cuando nadie saliera herido, lo que ocurría de vez en cuando, pero nada demasiado
grave.
Asentí y comencé a caminar lentamente tras ella, con las manos temblorosas a
los lados. La necesidad de correr y esconderme era más fuerte de lo que había
previsto, pero me prometí a mí misma que tendría esto. Me prometí a mí misma que
tendría una noche normal que no implicara pensar en Noah, en el patinaje o en cosas
que no podía cambiar.
La música a todo volumen que podíamos escuchar nada más salir del auto
empezó a hacerse cada vez más fuerte, hasta que empecé a mover la cabeza al
compás de la música, y de la conocida canción.
“Can You Feel My Heart” de Bring Me the Horizon sonaba a todo volumen
cuando llegamos a la zona que bajaba hacia la playa del lago. Los adolescentes
deambulaban por allí, algunos en grupo, otros en pareja, todos con bebidas en la
mano, moviéndose al ritmo de la música.
La cacofonía de sus voces era sofocada por la música, pero estaba segura de
que si no fuera por eso, estaríamos escuchando a todos riendo, hablando y
animándose.
Bianca tomó mi mano entre las suyas, apretando suavemente, como si me
preguntara si estaba bien.
Lo estaba. No me importaba pasar el rato en lugares como estos. Me encantaba,
de hecho, pero tampoco quería encontrarme cara a cara con la única persona que
tenía suficiente poder para arruinar toda mi noche.
Levanté la vista hacia ella, sonriendo, intentando transmitir que estaba bien.
Que estaba emocionada de estar aquí.
No esperó a que dijera nada. Sabía que en esos dos pequeños gestos se decían
más cosas de las que podrían hacer las palabras.
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Pasamos junto a los dos grandes grupos, todos ellos gente de nuestra escuela.
Algunos de la misma edad que nosotras, otros más jóvenes, pero todos parecían estar
pasándola bien. Un par de chicas delante de nosotras empezaron a bailar cuando la
canción cambió a una que no pude reconocer del todo.
—Ahí están —Bianca casi chilló, tirando de mí.
Intenté ver a quién miraba, pero había demasiada gente para que pudiera
averiguar hacia quién nos dirigíamos.
Algunos estudiantes nos saludaron con la cabeza. Algunos nos ignoraron por
completo mientras nos apretujábamos entre ellos, y agradecí a las fuerzas invisibles
del universo que ninguno de ellos fuera del equipo de hockey.
Cada uno de ellos sabía que Noah y yo éramos amigos, pero la mayoría no
sabía que habíamos dejado de hablar. Los recuerdos de otras fiestas en las que
aparecí sola parpadearon en mi mente, recordándome todas esas veces en las que la
gente le decía dónde estaba sin que me diera cuenta de que me conocían.
Sólo esperaba que ninguna de las personas que me vieran hiciera lo mismo.
—Brandon, Xavier —comenzó a decir Bianca, haciéndome mirar a los dos
chicos que nos acompañarían.
Santa mamá de todos los dioses.
No tenía ni idea de cuál era cada uno, pero me sorprendió que no fueran
abordados ya por las chicas que estaban alrededor.
El chico de la izquierda era ligeramente más alto que yo, con el cabello rubio
arenoso y una sonrisa cegadora que parecía más brillante que mi futuro. Había algo
aniñado en él, algo que gritaba, chico de al lado, y me odié a mí misma por
compararlo inmediatamente con Noah, y por las obvias diferencias entre ellos. Sus
ojos no eran azules, sino verdes con motas marrones alrededor del iris.
Su cabello no era oscuro, no era tan alto, no olía igual, y así sucesivamente,
hasta que tuve que sacudir físicamente la cabeza para perder esos pensamientos.
Mientras que el de la izquierda parecía el tipo de hombre que llevarías a casa
de tus padres para una barbacoa dominical, el de la derecha parecía el tipo de
hombre del que nos advirtieron nuestras mamás.
Cabello oscuro y mandíbula cincelada, no sonreía en absoluto. La chaqueta de
cuero que llevaba no ocultaba el hecho de que este tipo gritaba peligro. Sus ojos
plateados eran tan fríos como el hielo que atrapaba el lago frente a nosotros, pero la
forma en que miraba a Bianca gritaba lujuria y noches que nunca olvidarías.
El tatuaje en el lateral del cuello contrastaba con su piel: un cuervo con las alas
abiertas y la cabeza levantada.
72
—Tú debes ser Sophie —dijo el chico de al lado, extendiendo su mano hacia
mí—. Soy Brandon. —Puse mi mano en la suya con cautela, estrechándola como si
estuviera en trance—. Y éste es Xavier. —Señaló al Sr. Peligro.
Xavier apenas me miró, inclinando la cabeza hacia abajo, y luego volvió a
centrar su atención en Bianca.
Estaba bastante segura de que no vendría a casa conmigo esta noche.
—Es un placer conocerlos, Brandon. Xavier.
—Igualmente. —Incluso su voz sonaba dulce como la miel, pero no me hizo
nada a mí ni a mis entrañas como la de Noah.
—Entonces, ¿qué los trae a nuestra pequeña ciudad, chicos? —pregunté
primero, ignorando la follada de ojos que estaba ocurriendo justo a mi lado.
—Sólo estamos de paso —respondió Xavier.
—Los dos estudiamos en Emercroft Lake —explicó Brandon, atrayendo mi
atención hacia él—. Xavier nació allí, y yo conseguí una beca.
—Qué bonito. Nunca he estado allí, pero una amiga me dijo que debería
visitarlo. Dijo que la naturaleza allí es realmente hipnotizante. Winworth está cerca,
¿verdad?
—Mhm —gruñó Xavier—. Pero créeme, no querrás ir a Winworth.
—¿Por qué no?
—Porque —me miró finalmente—, allí desayunan cositas dulces como tú.
El tono siniestro de su voz me produjo escalofríos. Tuve la sensación de que
este tipo no era del tipo con el que querrías joder, tanto literal como metafóricamente.
—De acuerdo. Entonces no iré allí. Pero ¿a dónde se dirigen?
—San Francisco. —Brandon sonrió—. Xavier tiene algunos negocios allí, y yo
sólo lo estoy acompañando.
—¿Qué tipo de negocios? —No pude evitar preguntar, lo cual, a juzgar por la
mirada de Xavier, era algo que no debía preguntar.
—Voy a visitar a mi nueva hermanastra. —Sonrió, pero no había nada divertido
o ligero en ello—. Estoy seguro de que le encantará conocer a su nuevo hermano.
Brandon se rió, mientras yo miraba entre los dos, tratando de descifrar qué
significaba todo aquello. Bianca se limitó a mirar a Xavier, de nuevo, mordiéndose el
labio inferior, cuando Brandon me tomó de repente la mano.
—Vamos a tomar algo, ¿sí?
—Uh-— Se acercó, lo suficiente como para susurrarme al oído.
73
—Confía en mí, vamos a dejarlos solos por un tiempo.
De acuerdo entonces. Agarré mi mano alrededor del brazo de Bianca,
deseando que me mirara.
—¿Te parece bien quedarte aquí con él?
—Oh, absolutamente. Ve y diviértete. Estaré bien.
Asintiendo solemnemente, dejé que Brandon me apartara de ellos y me llevara
hasta la larga mesa llena de bebidas alcohólicas y no alcohólicas.
Divertido, ¿verdad? Iba a divertirme.
11
Noah

R
ecuerdos y promesas rotas.
Mil años llenos de arrepentimientos.
Amor, dolor, pena, ira, todas las emociones que no debería sentir,
pero lo hice. No debería haber estado acechándola como lo hice toda la noche,
suplicando al universo que la empujara en mi dirección.
Le sonreía, lo miraba como si realmente disfrutara de lo que fuera que el idiota
de cabello rubio estuviera diciendo. Todas esas sonrisas, esas pequeñas caricias, sus
palabras como susurros en el viento, todas ellas me pertenecieron una vez, y lo jodí
todo.
El alcohol en mis venas no hizo nada para acallar los viles pensamientos que
74
corrían por mi cabeza. Que ella debía estar conmigo. Que nunca debería haber
estado aquí con otro tipo.
Le pasó el brazo por el hombro, acercándola a su abrazo, y al hacerlo, el vaso
de plástico que sostenía se desmoronó en mi mano, los restos del líquido ámbar se
derramaron por el borde.
—¿Qué carajo, Noah?
Oí la voz de Jared, pero nunca la registré en mi cabeza. Como si un velo de
oscuridad cayera sobre mis ojos, cada vez que sus labios se movían, una flecha
atravesaba mi alma, haciéndome pedazos, un latido tras otro. Nunca me moví de mi
sitio.
Las sombras jugaban a nuestro alrededor, bailando con los rescoldos ardientes
que escapaban de la hoguera, arrastrando sus pequeñas manos perversas por toda
mi piel, diciéndome que fuera, que corriera hacia ella, que me la llevara y le mostrara
todo lo que se había perdido.
Sus caricias se sentían a la vez como una bendición y como una maldición.
Cuando el viento se levantó, trayendo la sensación del aire frío de la noche sobre
nuestros cuerpos, Sophie se acurrucó más cerca del desconocido, dejando que la
calentara.
Sus mejillas estaban sonrojadas. Sus brillantes ojos verdes se llenaron de
picardía y felicidad, y eso me comió vivo. Su cabello rubio arenoso caía en cascada
sobre sus hombros y el abrigo rojo que más le gustaba, un contraste con las puntas
azules de su cabello.
Una vez me dijo que quería ser una sirena, con cristales en el cabello, orejas
puntiagudas y cabello de colores, pero que nunca podía teñírselo del todo por culpa
del patinaje. Así que esta fue la solución.
Estaba temblando, estremeciéndome hasta la médula, con el estómago
revuelto, apretando y soltando los puños, mientras el vaso de plástico destruido aún
permanecía en uno de ellos. Dijo algo, haciéndola reír a carcajadas, y reconocí esa
mirada en su rostro.
La quería.
No podía dejar que eso sucediera.
Desde aquel día en que hablé con Jared sobre lo que debía hacer, había pasado
todas las horas de vigilia tratando de pensar en cosas que podía hacer para que me
perdonara. Había escrito innumerables cartas que nunca llegaría a leer porque era
un cobarde. Porque, fuera como fuera, seguía sin tener el valor suficiente para decirle
que mi corazón ardía por ella.
Todavía me engañaba a mí mismo pensando que lo que le había dicho ya
75
debería ser suficiente, pero en algún lugar de mi interior, sabía la verdad: Sophie
necesitaba más de mí.
Siempre fue especial. La que podía entenderme incluso cuando no se decían
las palabras. Incluso cuando no guardaba más que resentimiento hacia mi padre y
cuando las emociones que corrían por mis venas no podían contenerse en mi cuerpo,
seguía abrazándome.
Cuando probé el dolor, el remordimiento y la pena, aún puso sus manos sobre
mí, amándome cuando ni siquiera me amaba a mí mismo. Y ahora estaba con otra
persona.
¿Cuántas veces me he sentado en mi ventana, mirando la suya, deseando reunir
el valor suficiente para decirle lo que sentía? Innumerables veces. Tantas que incluso
he dejado de contarlas.
¿Cuántas veces he tomado el teléfono en los últimos tres meses, con el dedo
encima del botón de llamada, dispuesto a llamarla sólo para oír su voz? Pero nunca
llamé porque era un cobarde.
—Noah, hombre. Estás temblando.
Lo estaba. Podía sentirlo hasta en los dedos de los pies, pero no era el frío lo
que provocaba este tipo de reacción. Era la ira. Alguien más se atrevió a tocar lo que
era mío.
Estaba cansado de juegos infantiles y de pasar de puntillas por el tema porque
tenía demasiado miedo de perderla por completo si no sentía lo mismo. Mientras sus
labios decían las hermosas mentiras, su cuerpo me decía que también sentía todo lo
que yo sentía.
Sus ojos vidriosos y sus labios entreabiertos, sus delicadas manos que eran más
fuertes de lo que parecían, todo ello narraba la historia que no estaba dispuesta a
contar en voz alta.
No iba a esperar más hasta que ella viniera. No iba a esperar mientras lo mejor
que me había pasado, estaba con un tipo que no era yo.
Rompí mis promesas.
Manché nuestros recuerdos.
Pero iba a arreglarlo, le gustara o no.
Este juego del gato y el ratón iba a terminar esta noche. Llámame tonto.
Llámame bastardo hipócrita, pero ya estaba cansado de quedarme al margen,
observándola y deseando que fuera mía. 76
Comenzó una canción lenta, una canción que conocía demasiado bien. Siempre
fue mi canción para ella. Siempre sería la canción que me recordaría a ella.
“Everything” de Lifehouse, empezó a sonar a todo volumen por los altavoces.
La suave melodía hizo que todo el mundo redujera la velocidad, aturdiéndolos
momentáneamente hasta que se dieron cuenta de qué canción estaba sonando.
Los cuerpos se movían. Los rostros se llenaron de felicidad mientras otros
miraban a sus novios y novias. Sophie parecía perdida. Recorrió la multitud, con su
cabello bailando al viento, como si pudiera sentirme en la multitud.
Tal vez podría. Siempre pude sentirla.
El cabrón le puso las manos sobre los hombros y la hizo girar, mirándola como
si fuera la cosa más bonita que hubiera visto nunca. Y lo era... sabía que lo era, pero
era mi cosa más bonita. La chica más hermosa en la que había puesto mis ojos.
Le subió las manos a los hombros y le puso las suyas en la cintura. Un fuego que
antes no era más que un parpadeo se estaba convirtiendo ahora en un infierno, arrojé
la taza destruida al suelo antes de poder detenerme.
Fue como ver un accidente a cámara lenta. Mi corazón martilleaba contra mi
pecho, golpeando mi caja torácica que sentía como si se cerrara sobre mí. Mis
pulmones se sentían más pequeños, el oxígeno apenas entraba en mi cuerpo.
Bajó la cabeza, bajando cada vez más, hasta llegar a su objetivo.
Sus labios, mis labios.
Le puso la mano en la nuca, moviéndolas ambas de forma sincronizada. Mi
visión se volvió roja. Mis manos se agarraron a los lados de mi cuerpo y, como en una
experiencia extracorporal, apenas vi a la gente mientras pasaba a su lado, mis piernas
me llevaban hacia ellos.
—¡Noah! —Podía oírlos gritar por mí, rogándome que me detuviera,
suplicándome que no hiciera ninguna estupidez. Pero todas esas palabras llegaron
un segundo tarde. En el fondo, sabía que iba a hacer algo extremadamente estúpido.
Algo que podría añadir a la lista de razones por las que no podía perdonarme,
pero ya me importaba un carajo.
La gente se apartó de mi camino. Las chicas gritaron cuando pasé. Sólo podía
imaginar cómo era mi cara. No hacía falta ser un genio para saber hacia dónde me
dirigía.
El hijo de puta levantó la cabeza justo un segundo antes de que los alcanzara,
sus ojos se abrieron de par en par al verme. Sus labios tenían ese brillo de cereza que
a ella siempre le gustaba poner, y mis demonios rugieron aún más fuerte, ansiando
eliminar incluso el recuerdo de él de su mente. 77
La empujó hacia un lado justo cuando mi puño se conectó con su nariz, el sonido
de rotura no fue tan satisfactorio como pensé que sería.
—¡Noah! —me gritó, pero ya estaba demasiado lejos para detenerme.
Cayó hacia atrás, sujetándose la cara mientras la sangre salpicaba por todas
partes. Su débil gemido fue música para mis oídos. El crepitar de la hoguera y el
viento me parecieron el empujón que necesitaba para acabar con él.
—La tocaste —gruñí, sin reconocer mi propia voz—. Tocaste lo que es mío.
—¡Noah!
—Hombre, no sabía que tenía una relación. No me lo dijo —gimió desde el
suelo, tratando de alejarse de mí mientras acechaba hacia él.
Me puse de rodillas, enjaulándolo.
Se agitó, tratando de escapar, pero la adrenalina que me empujaba fue
suficiente para sujetarlo.
—Deberías haberlo sabido —murmuré, inclinándome más hacia él.
—¡Noah! —Sophie gritó de nuevo—. ¡Detente! Que alguien lo detenga. ¡Jared!
Mi puño conectó con la cara del imbécil, haciendo que su cabeza volara hacia
un lado, y luego hacia el otro cuando mi otra mano conectó con el otro lado de su cara.
—¿Qué carajo?
—¡Deténganlo!
Los ignoré todos, concentrándome en la cara ensangrentada que tenía delante
y en la rabia que me impulsaba a empujar más, a golpear más fuerte, a mostrarle lo
que había hecho en mis entrañas.
Su aspecto era el mismo que yo sentía: ensangrentado y herido por dentro,
sangrando y sufriendo.
No tenía ni idea de cuánto tiempo pasó, de cuántas veces golpeé al tipo, antes
de que me sacaran de encima. Unos fuertes brazos me rodearon el torso, sujetándome
mientras intentaba liberarme.
—Suéltame —grité, tratando de apartar esos brazos de mí.
—Cálmate, Noah —advirtió Jared, y me di cuenta de lo que había hecho.
—Mierda.
La sangre seguía hirviendo en mis venas, la adrenalina empujando la superficie
de mi piel, mientras mis ojos buscaban frenéticamente entre la multitud, buscando un
par de ojos verdes.
—¿Dónde está? 78
—Se ha ido. ¿Dónde mierda crees que está?
—Suéltame, J.
—No hasta que te calmes, carajo. ¿En qué estabas pensando, hombre?
—Déjame. Ir. —Lo empujé hacia atrás y empecé a correr entre la multitud. Vi
su figura familiar subiendo hacia la zona donde estaban aparcados los autos.
Oh no, no será así.
Me iba a arrepentir mañana, pero el dolor de mis nudillos era la menor de mis
preocupaciones. Mientras corría hacia ella, acortando la distancia que nos separaba,
recé para no destruir todas las posibilidades que tenía de estar con ella.
—¡Sophie!
—Déjame en paz, Noah.
Su voz era entrecortada, de espaldas a mí. No se detuvo hasta que llegó al
estacionamiento, caminando hacia su auto.
Su cabello estaba iluminado por la farola. La multitud que gritaba detrás de mí
parecía estar en otra vida. Sin pensarlo, la agarré del brazo y la giré hacia mí.
—¿Quieres parar? ¿Por favor?
La ira y las lágrimas nunca son una buena imagen, pero eran las únicas que se
veían en su rostro mientras me miraba fijamente. Se zafó de mí y cruzó los brazos
sobre el pecho, pareciendo de repente mucho más pequeña de lo que era en
realidad.
—Soph...
—¿Qué carajo fue eso, Noah? —Su voz era tranquila, demasiado tranquila para
mi gusto, y evitó mirarme a los ojos, centrándose en cambio en mi garganta.
Quería alcanzarla, tocarla, abrazarla y besarla. Quería separar sus labios con
los míos, limpiar esas lágrimas que corrían por sus mejillas, pero sabía que si lo
intentaba, gritaría.
—¿Quién eres? —preguntó de repente, con las cejas fruncidas—. El Noah que
conocía nunca haría algo así.
No sabía que el Noah que conocía guardaba todos esos sentimientos tan
profundamente encerrados, que todos ellos empezaban a estallar ahora.
Di un paso adelante y retrocedió. Levanté el brazo para intentar agarrarla, pero
me apartó de un manotazo, con el pliegue del entrecejo cada vez más marcado.
—No puedes tocarme. Ya no puedes hacer nada, Noah. Ya no somos amigos.
—Cómo la mierda que no lo somos.
79
—¡Dijiste que habías terminado! —bramó—. Tú jodiste las cosas, no yo, y ahora
esperas que un lo siento vaya a arreglar todo milagrosamente. Bueno, noticias de
última hora: no lo hará.
—No quería...
—Déjalo, Noah. Déjame vivir mi vida en paz, lejos de ti, y te dejaré vivir la tuya.
—Ángel.
—¡No te pertenezco, Noah! Nunca te he pertenecido. —Mi ojo empezó a
temblar ante esas palabras—. ¿Cuántas veces dijiste que me veías como una
hermana, eh? ¿Tienes idea de cuánto duelen esas palabras? Y ahora, ¿qué? ¿Piensas
que haciéndome creer que sientes algo por mí voy a dejar que vuelvas a entrar en mi
vida?
—Yo no...
—Sólo guárdatelo. —Empezó a retroceder, alejándose de mí—. Nunca seré
tuya. Nunca fui tuya. Sólo era una chica que esperaba que la vieras como algo más
que una amiga, pero nunca lo hiciste. No puedes cambiar de opinión ahora. No
puedes reclamarme como un loco cavernícola, sólo porque lo sientas así.
—¡Te besó! —rugí, necesitando dejarlo salir—. Te tocó.
—¡Lo dejé, maldito idiota! Lo dejé porque quería olvidar el sonido de tu voz.
Quería olvidar que alguna vez habías existido.
—No digas eso —me ahogué.
—Me encantó. Si no le hubieras roto la nariz, habría dejado que me llevara al
bosque para hacer de las suyas.
—Para.
—Habría dejado que borrara de mi cabeza el recuerdo de ti y de todo lo que
hemos hecho juntos. No eres más que un recuerdo doloroso. Un recuerdo de un
tiempo perdido.
—Por favor, Sophie. Para.
—Si tengo que hacerlo, dejaré que mil hombres me toquen, me besen y me
follen, si eso significa que no volveré a ver tu cara en mis sueños.
Quería darle espacio. Le habría dado todo lo que quisiera, pero no esto. Nunca
esto.
Mi cuerpo tenía una mente propia. Aceché tras ella, dejándome llevar por mis
instintos.
Mía, mía, mía, se repetía dentro de mi cabeza, haciéndome querer asesinar a
cada persona que la mirara. Estos impulsos animales no eran algo con lo que estuviera
80
familiarizado, pero que me condenen si trato de detenerlos.
Agachándome, rodeé con mi brazo la parte posterior de sus piernas y la levanté
sobre mi hombro, ignorando el chillido que brotó de ella en cuanto su cuerpo se elevó
en el aire.
—¿Qué mierda estás haciendo? ¡Noah!
—Shhh. —Me tranquilicé mientras empezaba a caminar hacia el bosque.
—Bájame. —Golpeó sus manos contra mi espalda, golpeando con toda su
fuerza, pero no me detuve—. Eres un psicópata.
—Hace falta uno para conocer a otro.
—No soy la que secuestra a la gente.
—No, pero eres la que tiene ganas de hacerme sangrar esta noche con tus
palabras.
—Noah...
—Eres el que está tratando de borrar todo lo que fuimos, y ese pequeño brillo
en tus ojos me dijo que te gustó hacerme daño ahora mismo.
Pasó un segundo, con sus manos apretadas contra mi espalda, mientras
caminaba hacia la zona más alejada de la playa, donde decían que los lugareños
habían plantado los árboles hace más de treinta años, creando un pequeño trozo de
bosque junto al lago.
—¿Adónde vamos? —preguntó, con la inquietud evidente en su voz.
—Más lejos de la gente.
—¿Para que puedas matarme sin testigos? —¿En serio?
—No, para que pueda hablar contigo adecuadamente.
Aunque, con lo que había planeado, tenía la sensación de que no habría mucha
conversación. Dijo lo que creía que yo quería, pero nunca me escuchó decir lo que
yo quería.
Quería un futuro con ella. Quería que envejeciéramos juntos. No había nadie
más que prefiriera tener a mi lado cuando fuera viejo, canoso e incapaz de abrir una
lata de pepinillos.
—No hay nada que hablar.
—Eso es lo que me dices, pero tu cuerpo me dice una historia completamente
diferente.
—Noah, ¿en serio? Deja de jugar a este estúpido juego y déjame bajar de una
maldita vez. 81
—No puedo hacer eso, Ángel. Necesitas escuchar lo que tengo que decir, y
hasta que no lo hagas de verdad, no te dejaré ir. Demonios, nunca te dejaré ir. Fui un
idiota por decir esas cosas, y uno aún más grande por nunca responderte o acercarme
a ti. No voy a esperar más.
—Entonces, ¿qué? ¿Sacaste la cabeza del trasero y decidiste que soy una de las
últimas chicas con las que nunca te acostaste?
—No, Sophie. —Me detuve no muy lejos de la entrada a la zona donde
plantaron los árboles, y la dejé en el suelo—. Saqué mi cabeza del trasero y me di
cuenta de que eres la única chica con la que quiero estar.
Se tambaleó hacia atrás en cuanto las palabras salieron de mi boca,
adentrándose en el bosque.
—Esto es una locura. Nunca sentiste esto por mí.
—¿Nunca lo sentí? —Sonreí—. He estado enamorado de ti desde que éramos
niños, Ángel. Sólo que nunca quise hacértelo saber porque creía que no sentías lo
mismo.
—No. —Sacudió la cabeza—. Deja de decir esas cosas. Sólo para.
—¿Por qué? —Crucé la distancia entre nosotros, sosteniendo su rostro entre
mis manos—. Sé que sientes lo mismo. Sé que tus ojos nunca podrían mentirme, pase
lo que pase.
—Para. —Tembló. Todo su cuerpo se estremeció cuando arrastré mi dedo
hacia su cuello, presionando contra su punto de pulso—. Por favor, para.
Sus súplicas se perdieron en mis oídos, porque cuando sus ojos revolotearon y
se cerraron, me agaché e hice lo que debería haber hecho hace años.
Su aliento abanicó sobre mis labios, el dulce olor del brillo de cereza que tanto
le gustaba se infiltró por mi nariz, mareándome de necesidad, de lujuria, de todas
esas cosas que me obligaba a dejar de sentir cada vez que estaba cerca. Mil horas de
anhelo, de sentir que me iba a volver loco, porque la quería a ella y sólo a ella.
Chicas sin rostro que nunca podrían sustituirla ni alimentar al monstruo que
hacía su nido dentro de mi pecho. Mil noches en las que la abracé, deseando que
fuéramos algo mucho más que amigos.
—¿Quieres esto? —pregunté, envolviendo mi otra mano alrededor de su
cabello, apartándolo de su cara—. ¿Me quieres a mí?
—Noah —gimió, la lucha que antes la tenía tan llena, desapareciendo en el aire.
El viento rugía a nuestro alrededor. El aire helado debería haberme hecho 82
temblar, pero mi cuerpo ardía por la necesidad de estar enterrado en lo más profundo
de ella, hasta que ninguno de los dos supiera dónde empezaba ella y dónde
terminaba yo.
Sin preámbulos, sin esperar más, apreté mis labios contra los suyos, suaves
contra duros. Dulce contra agrio, y tomé y tomé y tomé.
Nuestras lenguas chocaron, nuestras respiraciones se entrelazaron y mi
corazón se aceleró, amenazando con salirse de mi pecho. Apretó sus manos contra mi
pecho, explorando con cada gemido que se le escapaba.
Me rodeó el cuello con los brazos, arrastrando sus uñas por mi piel, enviando
los pequeños riachuelos de placer directamente a mi parte baja. Mi polla se apretaba
contra mis pantalones, dolor, placer y anticipación, mientras devoraba su dulce boca,
saboreándola por primera vez.
—Eres mía, Sophie —murmuré contra sus labios, luchando por tomar aire,
mientras ella hacía lo mismo—. Por favor, dime que eres mía.
Sus ojos se pusieron vidriosos cuando coloqué una mano debajo de la camiseta
que llevaba, encontrando el camino hacia su sujetador. Bajo el material de algodón,
encontré lo que buscaba. Sus pecho encajaba perfectamente en mi mano, su pequeño
pezón erguido, esperándome, pidiendo atención.
—Mierda —gimió, cerrando los ojos mientras apretaba y jugaba, acariciaba y
pellizcaba hasta que empezó a retorcerse bajo mis manos.
—Dime que eres mía, Soph. —Le di un beso con la boca abierta en la
mandíbula, en el cuello, hasta la clavícula, tirando de la camiseta hacia abajo. Mis ojos
se deleitaron con la piel pálida y luminiscente que esperaba ser tocada—. Dime y te
daré lo que quieres.
—Soy tuya —admitió—. Siempre he sido tuya.
—Sí —siseé, el rugiente triunfo dentro de mí me empujó a tomar más y más y
más, hasta que estuvo dispuesta a hacer lo mismo.
Era dueña de cada centímetro de mí, de cada grieta de mi cuerpo, de mi alma,
de mi corazón. Sólo necesitaba que viera lo mucho que me quemaba por ella. Lo
mucho que la necesitaba. Necesitaba que viera que mis días no tenían color si ella no
estaba en ellos.
Se lo llevó todo cuando se fue aquella noche de hace tres meses: las canciones,
los colores, el sabor. Se llevó todo lo que alguna vez me conectó con ella.
No podía acercarme a las cerezas porque me recordaban a ella. No podía
escuchar las canciones que solíamos escuchar juntos, porque cada una de las letras
era para ella. 83
Había nacido para estar con ella, y estaba cansado de privarme
constantemente de lo único que realmente quería.
Mis manos rasguearon su piel, y cuando retiré mi mano de debajo de su
camiseta, sus ojos se abrieron de golpe, y un gemido se escapó de su boca,
protestando.
—Shhh. —Le quité el abrigo de los hombros y lo dejé caer al suelo. Yo mismo
lavaría la maldita cosa si se ensuciaba tanto.
La delgada camiseta negra que llevaba no hizo nada para calmar mi acelerado
corazón. Podía ver cada pendiente de su cuerpo.
—Eres tan hermosa, Soph. —Me incliné y le di un beso en la frente, acercándola
a mí—. Y eres toda mía.
Di un paso atrás y me quité la chaqueta de cuero, dejándola caer junto a la suya.
Mi camiseta fue la siguiente, y cuando sus ojos se abrieron de par en par al ver mi
pecho desnudo, algo se rompió dentro de mí. La empujé hacia el árbol que tenía
detrás, pegando mi cuerpo al suyo.
Con una mano, le retorcía el cabello, mientras con la otra jugaba con el
dobladillo de la falda hasta la rodilla que llevaba.
Enganché su pierna, envolviéndola alrededor de mi cadera, dejando que la
tela subiera.
—¿Estás mojada para mí, Ángel? —pregunté entre besos, mientras mi mano
recorría su muslo de arriba abajo—. ¿Quieres mis dedos dentro de ti?
—Por favor.
—Dime lo que quieres.
—Por favor, tócame. —Sus ojos estaban enloquecidos, sus mejillas sonrojadas
y su cabello se veía hermoso envuelto en mi puño.
—¿Quieres que te toque? —pregunté contra su cuello y luego me acerqué a su
oreja, mordiéndole el lóbulo—. ¿Dónde, preciosa? ¿Dónde quieres que te toque?
—M…Mi... Mi coño.
Dios, mi polla estaba presionando dolorosamente contra la cremallera de mis
pantalones, lista para ser liberada.
—Tu deseo —mordí su cuello, calmándolo con mi lengua casi de inmediato—,
justo ahora.
Dejé caer su pierna y me alejé sólo lo suficiente para levantar su camiseta. El
color pálido de su sujetador parecía tan inocente, tan puro, pero ambos sabíamos que
no era pura.
84
—Esto tiene que desaparecer. —Lo desabroché por delante y lo bajó por los
brazos, dejándolo caer con el resto de nuestra ropa—. Perfecto —murmuré mientras
mis manos tomaban sus pechos. Un ajuste perfecto para mí. Perfecto en todos los
sentidos.
Sus rosados pezones se erizaron, esperando atención, y como un hombre
hambriento, me sumergí y pasé la lengua por uno de ellos, mientras hacía girar el
otro entre mis dedos.
—¡Noah!
—¿Quieres venirte, Sophie?
—S…Sí.
—¿Quieres sentirme entre tus piernas? —pregunté mientras tomaba su mano y
la presionaba contra mi entrepierna. Sus ojos se abrieron de par en par y el asombro
se apoderó de sus delicadas facciones. Por un momento, pensé que daría un paso
atrás y me diría que esto era un error.
Pero me equivoqué.
En lugar de correr, en lugar de alejarse de mí, una mirada decidida entró en
sus ojos, y se apretó contra mí antes de empezar a recorrer mi longitud con un dedo.
Un gemido brotó de mí, retumbando en lo más profundo de mi pecho. Antes
de que pudiera correrme como un niño de doce años, le di la vuelta y le coloqué la
falda alrededor de las caderas. Sus bragas eran del mismo color que el sujetador,
pero al igual que éste, debían desaparecer.
Las bajé. Cuando se apartó de ellas, me las llevé a la nariz, su olor me volvía
loco.
—Te sientes como mía, Soph. También hueles como mía.
—Noah. —Su voz penetró a través de mí—. Por favor, tócame.
Me metí las bragas en el bolsillo trasero y la empujé más cerca del árbol,
levantando sus brazos en el proceso.
—Mantén tus manos donde pueda verlas, Ángel. Si te mueves, no te corres.
—Noah —protestó.
—Es una orden, Sophie. Mantén las manos en el árbol.
—De acuerdo. —Asintió, mirándome por encima del hombro.
Me dejé caer de rodillas y empecé a apretar los besos en la parte posterior de
sus muslos, a acariciar sus piernas y su trasero desnudo.
—Dios, hueles delicioso.
85
Su coño brillaba mientras abría más las piernas, sus jugos cubrían lentamente
el interior de sus muslos.
—Estás tan mojada para mí, Soph. Dime que todo esto es para mí.
—Siempre ha sido para ti.
—Mierda. —Enterré mi cara en su coño, inhalando su esencia, inhalando todo
lo que era. Había estado esperando por siempre este momento, y ahora que estaba
aquí, momentáneamente no supe qué hacer.
No quería herirla, pero también lo hacía. Quería que me dijera todo lo que
sentía, aunque sabía que no era de las que compartían sus emociones a menos que
fuera necesario.
Pero esto era una necesidad, ¿no? Necesitaba saber que pensaba en mí y sólo
en mí. Quería que sintiera todo lo que yo sentía.
Mi lengua salió disparada y se enroscó en su clítoris. Un grito desgarrador
brotó de ella.
—¡Noah! ¡Mierda!
Olía a canela y vainilla, mi lengua sentía un cosquilleo al sentirla. Cuando
empezó a mover las caderas al ritmo de mi lengua, supe que necesitaba algo más.
Levanté la mano y pasé los dedos desde su trasero hasta su frente, sujetando
su cadera con la otra. Lentamente, con cuidado, introduje un dedo, ganándome un
fuerte gemido de ella.
—Más.
Su coño apretó mi dedo casi inmediatamente, y lo enrosqué, golpeando su
punto G todo el tiempo.
—Voy a correrme.
—Pronto, nena. —Me reí contra su coño.
Empecé a mover mi dedo hacia arriba y hacia abajo, aumentando mi velocidad,
mientras empezaba a empujar hacia atrás, buscándome. Sus jugos brillaban contra su
piel, y moví mi cabeza, lamiendo sus muslos, y luego de vuelta a su clítoris, amando
los sonidos que hacía.
—¡Dios!
—Dios no, nena. Di mi nombre.
—Noah —gimió.
—Más fuerte.
—¡Noah! —Gritó lo suficientemente fuerte como para que la mitad de la playa
86
la escuchara.
—¿Alguna vez te han tocado aquí? —pregunté, entrando en ella con un
segundo dedo, abriéndola, preparándola para mí. Casi tenía mi respuesta, pero
quería oírla al decirlo. Quería deleitarme con la satisfacción de que sería la primera
persona que conseguiría hacerlo, y si tenía algo que decir al respecto, sería la última.
—N…No.
El orgullo y la satisfacción se enroscaron dentro de mí, y aumenté mi ritmo,
alcanzando ese punto dulce dentro de ella.
—¿Te has tocado alguna vez?
—S…Sí. —Su voz era apenas audible. Su cuerpo ya no era el suyo, y sabía que
estaba cerca.
—¿Pensaste en mí?
—¡Dios, sí! Por favor, no pares.
¿Cómo iba a hacerlo, si llevaba toda la vida esperando verla así? Había pasado
innumerables noches fantaseando con ella, empuñando mi polla hasta el punto de
dolor, odiando y amando a la vez porque era mi mejor amiga en la que estaba
pensando.
Se sentía mal, pero también se sentía tan bien.
Iba a reventar si no me enterraba dentro de ella pronto, pero sabía que tendría
que ir despacio. No quería hacerle daño, al menos no todavía.
Quería que disfrutara de esto tanto como yo.
—¡Ahí! —gritó—. Justo ahí. Ese lugar.
Añadí un tercer dedo y me centré en el punto que la volvía loca. Miré hacia
arriba y vi su cabeza girada hacia atrás, con la cara hacia el cielo, jadeando y
gimiendo. Su espalda brillaba de sudor y quería lamerlo de su cuerpo.
—Noah, Noah, Noah... ¡Oh, mi maldito Dios! —Se agitó contra mis dedos, y me
zambullí, mordiendo su clítoris con mis dientes, luego lamiéndolo con mi lengua, y
así sucesivamente.
—¡Mieeeeeeerda! —Sentí cuando su orgasmo desgarró su cuerpo, su coño se
apretó contra mis dedos, reteniéndome. No quería imaginar una vida en la que esto
no fuera una posibilidad.
Su cuerpo se agitó, los temblores la sacudieron. Tenía la sensación de que si
no la estuviera sosteniendo, ya estaría en el suelo.
Retiré lentamente mis dedos, ganándome otro gemido de ella, y la olí en mí.
Me levanté, presionando mi pecho contra su espalda, y tiré de su cabello hacia
atrás, sujetando su cuello con mi mano.
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—Pruébate a ti misma, nena. —Apoyé mis dedos en sus labios—. Prueba lo
deliciosa que eres.
El maquillaje se le corría por las mejillas, el rímel se le había estropeado y el
brillo de cereza se le había corrido por los labios, pero nunca había estado tan
hermosa como ahora. Sophie no dejaba de sorprenderme esta noche, dejándome ver
este otro lado de ella, un lado que quería ver más.
Abrió la boca y lamió mis dedos, gimiendo mientras sus ojos se cerraban.
—Dios, necesito estar dentro de ti. Ya. Ahora mismo.
Su respuesta fue apretarse contra mí, con su trasero frotándose contra mi
dolorida polla.
Le di la vuelta y rodeé su espalda con mis brazos, uno en su cabello y otro en
su cintura, y me sumergí, saboreando sus labios y sus jugos al mismo tiempo.
Los truenos en mis oídos acallaron todos los demás ruidos, y en este momento,
aquí mismo, sólo estábamos ella y yo.
—¿Estás bien? —pregunté mientras me retiraba para recuperar el aliento.
—Mhm. —Asintió, sonriendo por primera vez esta noche para mí. Sus ojos
estaban nublados, llenos de lujuria, de necesidad, reflejando todo lo que también
sentía. Pude ver el amor allí, arremolinándose en esas profundidades verdes, y la
esperanza floreció dentro de mí, haciéndome sentir que tal vez no todo estaba
perdido.
Tenía sangre en las mejillas y odiaba haber traído la violencia de antes a este
momento entre nosotros. Pero los mendigos no pueden elegir. Sabía que, pasara lo
que pasara, con sangre o sin ella, ahora era mía para siempre.
—Necesito que me folles ahora, Noah. Eres el primer tipo con el que he estado
y quiero que lo tengas.
El corazón era un órgano tan frágil, y el mío martilleó rápidamente al oír sus
palabras, con la incredulidad corriendo por mis venas.
—¿Estás segura? —No quería que sintiera que tenía que hacer algo que no
quería hacer.
Me miró y apoyó su mano en mi mejilla, formándose una pequeña sonrisa en
sus labios.
—Mortalmente.
No quería que se arrepintiera, pero también sabía que iba a explotar si no hacía
lo que me pedía.
Con delicadeza, la bajé sobre su abrigo y mi chaqueta, se bajó la falda que
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tenía atada a la cintura. Me desabroché los pantalones, y el alivio instantáneo me
recorrió cuando mi polla se movió hacia arriba al dejar caer el material.
—Jesucristo —exclamó, con los ojos congelados en mi polla. A ese hijo de puta
le encantaba la atención.
—¿Te gusta lo que ves? —Sonreí y me agaché para sacar un condón de mi
cartera.
—Uh, ¿es una pregunta real? Quiero decir, no es que sepa cuáles son las
medidas ya que es la primera polla que veo en mi vida. Tal vez cuando vea más, yo...
Me zambullí, cortando su frase con mis labios sobre los suyos, el suave gruñido
brotó ante lo que insinuaba.
—Nunca vas a poder ver otra polla, Sophie, porque nunca te voy a dejar ir.
Tragó y asintió, levantándose para encontrarse con mis labios también.
—Soy toda tuya, Noah. Siempre seré tuya.
—Bien. Porque iría al fin del mundo y de vuelta, buscándote, si eso es lo que
hace falta para traerte de vuelta.
Me aparté y rompí el envoltorio con los dientes, haciendo rodar el condón
sobre mi polla. Se levantó sobre sus codos y observó cada uno de mis movimientos
con asombro en sus ojos.
—¿Me va a doler?
—Sí. —No quería mentirle—. Pero haré que se sienta mejor, ¿de acuerdo?
Sólo obtuve una pequeña inclinación de cabeza, antes de acercarme a ella,
abriéndola de par en par para mí. Introduje dos dedos en su coño, su respiración se
agitó mientras acariciaba sus paredes, volviendo a buscar ese punto que tanto le
gustaba.
—Mieeeeerda.
—Estás lista para mí. Tan lista, tan apretada, nena.
Apreté un dedo contra su clítoris y empecé a frotarlo. Cayó hacia atrás, con la
espalda arqueada sobre el suelo. Mi mente y mi corazón estaban por fin sincronizados
y, poco a poco, retiré los dedos y presioné mi polla contra su centro.
Empecé a frotar la cabeza de mi polla desde su abertura, hasta su clítoris,
cubriéndome de sus jugos, mientras temblaba en el suelo, mirándome con ojos
vidriosos.
—Esto va a doler, cariño. Lo siento, pero pasará.
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—Confío en ti.
Agarré mi polla por la base y la guíe hasta su abertura, estirándola poco a poco.
—Carajo —maldijo. En cuanto la cabeza de mi polla desapareció dentro de
ella, me detuve, dejando que se adaptara a mi tamaño.
Me mordí el labio, tranquilizándome, su apretado coño me sujetaba como un
puño.
—Jesús. —Jadeé, y cerré los ojos por un momento, pensando en mi abuela y en
aquella vez que la vi desnuda, para no correrme antes de conseguir follarla bien.
—¿Estás bien? —grité, tenso mientras su coño palpitaba a mi alrededor—.
Jesús, me estás exprimiendo la vida.
Volvió a tensarse, intentando retirarse, y me incliné hacia abajo,
aprisionándola entre mis brazos.
—Oye, oye, oye. —La tranquilicé—. Estoy aquí. No pasa nada.
—Duele —gritó, las lágrimas resbalando de sus ojos, mezclándose con la
pintura oscura de su rímel que dejó rastros en sus mejillas antes.
—Lo sé, cariño. Sé que duele, pero pasará. —Apreté un suave beso en sus
labios, y empujé más profundamente, sujetando su cabeza por el cuello.
—¡Noah!
—Está hecho, Soph. Todo está hecho. Respira por mí, ¿de acuerdo? Sólo
respira.
—Maldita sea.
Tenía el cabello alborotado alrededor de la cabeza y los labios hinchados por
mis besos. Cuando levantó la vista hacia mí, pude sentir el amor que brillaba en sus
ojos.
Moví mi mano, colándola entre nosotros, y la presioné contra su clítoris,
frotando pequeños círculos con la esperanza de que se relajara.
—Necesito que te relajes para mí, Soph.
Su coño volvió a apretarme al mismo tiempo que un suspiro salía de entre sus
labios.
—Eso es lo contrario de estar relajada —gemí.
—Lo siento. —Se rió—. ¿Esto no te parece bien? —Lo hizo de nuevo, haciendo
que mis ojos giraran hacia la parte posterior de mi cabeza.
—¡Mierda!
—¿Qué pasa, cariño?
90
—Eso se siente demasiado bien. Si no paras esto, todo terminará mucho más
rápido de lo que pretendía.
Le pellizqué el clítoris, ganándome esta vez un gemido, y retrocedí lentamente
antes de volver a penetrar.
—Mierda —gritó—. Más.
Me moví lentamente, temiendo hacerle daño, pero cada una de las caricias era
pura agonía mientras mi sangre hervía y la necesidad de correrme me recorría con
fuerza.
—Necesito ir más rápido, nena.
—Por favor.
Mis dedos golpeaban su clítoris, mientras mis caderas aumentaban su ritmo,
golpeando su interior.
—Noah. —Apreté mis labios contra su garganta y mordí la suave piel, justo
entre su cuello y su hombro. Sabía que iba a tener marcas mañana, pero a la bestia
dentro de mí le importaba un carajo.
Quería marcarla. Quería subir al Monte Everest y gritar que era mía.
Sólo mía.
—Mierda, Sophie.
—Más rápido. —Jadeó, arqueando la espalda. Mi otra mano encontró su pecho
y empecé a jugar con el pezón fruncido.
Mis manos se veían bien en ella. Cuando miré hacia abajo, donde estábamos
conectados, la sensación familiar comenzó a extenderse desde la parte baja de mi
espalda y a través de mi estómago, hasta los dedos de mis pies.
Su pecho subía y bajaba con cada golpe que le daba, y empezó a cerrar los
ojos.
—Ojos en mí, nena.
Esos ojos verdes, redondeados por el círculo más oscuro, conectaron con los
míos, y me introduje dentro de ella como un poseso. Se veía hermosa así, con los
labios abiertos, las mejillas enrojecidas y los ojos vidriosos. Parecía una maldita
diosa.
—Por favor, Noah. Por favor... Dios. —Echó la cabeza hacia atrás, sus manos
fueron a sus pechos. Verla tocarse así, perdida en la lujuria al igual que yo, rompió
algo dentro de mí.
Cuando su cuerpo empezó a tener espasmos, su coño se apretó a mi alrededor
mientras golpeaba con mis dedos su clítoris, me dejé llevar. 91
Una erupción, eso fue lo que sentí al dejarme ir. Mi semilla se derramó en el
condón mientras se aferraba a mi alrededor, gritando por mí.
Mi nombre, el de Dios, y una retahíla de maldiciones resonaron a nuestro
alrededor.
—Mierda. —Me derrumbé encima de ella, con mi polla aun profundamente
arraigada dentro de ella.
Ambos intentamos recuperar el aliento y mi mano rodeó su cabello,
acariciando las hebras enmarañadas.
—Dios mío —casi gemí de nuevo mientras salía de ella, con cuidado de no
lastimarla.
Hizo una mueca de dolor ante el movimiento, pero la mirada que había en su
rostro hace unos segundos fue sustituida de repente por una mirada de fría
indiferencia, una mirada que vi antes.
—No —advertí mientras me quitaba el condón, lo envolvía y lo tiraba a un
lado—. No me mires así.
—¿Cómo? —preguntó mientras se levantaba y buscaba su sujetador.
—Como si te arrepintieras de lo que acaba de pasar.
—No me arrepiento. —Se encogió de hombros y se puso el sujetador,
abrochándolo por delante—. Sólo creo que no debería volver a ocurrir.
¿Qué acaba de decir?
—¿Qué?
Se levantó y empezó a recoger su ropa. Su camiseta fue lo primero que se puso,
ocultando su cuerpo de mí. Le siguió la falda. Cuando se volvió hacia mí, odié lo que
vi en su cara.
—Mira, fue divertido y todo, pero esto es lo que ambos queríamos, ¿verdad?
Sólo rascar la picazón.
—¿Para rascar la picazón? —repetí, estupefacto.
—Sí. Esto es lo que ambos queríamos. Ahora puedes dejar de fingir que me
querías para algo más que esto.
La ira, una ira roja y ardiente, me recorrió.
—Gracias. —Se acercó y me tendió la mano, como si lo que acabáramos de
hacer no fuera más que una transacción comercial.
Me quedé mirando su mano, luego su cara, tratando de encontrar a la chica que
amé todos estos años, sólo para encontrarme con un muro que construyó a su
alrededor.
92
—Puedes tomar tus agradecimientos y dárselos a otra persona, Sophie. —Me
agaché, me levanté los pantalones y me los puse—. Si lo que acabamos de hacer no
significó nada para ti, bien. Pero recuerda que fuiste tú la que nos descartó. Y cuando
estés sentada sola en tu silla dentro de sesenta o setenta años, por favor, recuerda
que hubo un tipo que habría luchado contra el mundo entero por ti, pero tú no lo
quisiste. La jodí, lo sé, pero tú eres la que nos está destruyendo ahora mismo.
No podía mirarla. No podía quedarme allí ni un segundo más, porque al mirarla
cuando se comportaba así sentía como si alguien siguiera marcando mi corazón.
Creía que sabía lo que era el dolor, pero nada de eso se comparaba con lo que me
acababa de hacer, con lo que nos había hecho.
Sin decir una palabra más, sin mirar por segunda vez, levanté mi camiseta del
suelo, seguida de mi chaqueta, y me alejé.
Si tuviera algo que afirmar, esta sería la última vez que intentaría arreglarnos,
ser lo que solíamos ser.
12
Sophie

M
is compañeros constantes durante los últimos tres meses fueron las
lágrimas que solía soltar por la noche, cuando nadie más estaba allí
para verme destrozada.
Esa primera noche, cuando me rompió el corazón, pensé que iba a morir de
pena. No tenía ni idea de que pudiera existir un dolor así, pero estaba muy
equivocada.
Anoche lo demostró.
Después de que Noah me dejara allí, y después de estar segura de que no iba
a volver, me derrumbé, dejando salir todas esas emociones que guardaba cerca de
mi corazón. El dolor por la amistad que teníamos. El dolor por el amor que sentí. La 93
pena por lo que acababa de hacer.
Lo vi allí, tan claro como el día: él me deseaba. Realmente me deseaba, y lo
alejé.
Noah no sabía la verdad, y nunca podría saber la verdad. Sabía lo que le haría,
porque podía ver lo que le estaba haciendo a mi familia.
La devastación ante tal noticia no era algo que quisiera para él.
No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado desde que me dejó allí, pero
al final me levanté y conduje hasta casa. Me detuve tres veces cuando las lágrimas
fueron demasiado para conducir, cuando mis pulmones se agarrotaron tanto,
cortando mi oxígeno. No podía perdonarme por lo que acababa de hacer.
Llegué a casa justo antes de las diez, pero mi cuerpo se sentía como si acabara
de correr una maratón. Por primera vez en no sé cuánto tiempo, no me fui a dormir
con dolor de cabeza, sino sin una parte más de mí.
Sólo esperaba que un día fuera capaz de perdonarme.
Odiaba las mañanas. Las odiaba aún más cuando dormía sólo una hora y cuando
mis ojos estaban tan hinchados que sabía que tendría que ponerme compresas de
hielo para reducir la hinchazón. Las detestaba porque sabía que si miraba por la
ventana, lo vería allí, aunque no estuviera físicamente presente.
Pero anoche... Anoche no se encendió la luz de su habitación, y no pude evitar
obsesionarme con su paradero y con si estaba bien. No fue su culpa que lo alejara,
fue la mía. Me odiaba a mí misma por cada palabra que salía de mi boca.
Me arrastré fuera de la cama y entré en el baño. En lugar de ver la cara de
felicidad, que era lo que siempre imaginé que tendría después de acostarme con
alguien por primera vez, parecía que la muerte me había arrastrado desde el infierno.
Mis ojos estaban hundidos y las ojeras rivalizaban con las de los pandas. Me
desenredé el cabello y me volví hacia la ducha, asqueada de mí misma y de lo que
había llegado a ser.
Enferma al ver el dolor en sus ojos.
Mis acciones tuvieron consecuencias, y si no dejó de intentarlo antes,
definitivamente lo hará ahora.
Me quité lentamente la camiseta y las bragas, vi las rayas de sangre en ellas: la
prueba de lo que había pasado anoche. La prueba de que no fue sólo un sueño.
Cuando me giré hacia un lado para abrir la ducha, mi cabello se interpuso y el olor
que aún quedaba en las hebras casi me hizo llorar de nuevo.
Mi cabello aún olía a él. Mis labios aún vibraban al recordar cómo se sentían
los suyos en ellos, y mi piel ardía donde me tocó. 94
Pero sabía que todo lo que sintió anoche sería sustituido por la amargura y la
ira, y mientras él sabía a sol cuando sus labios se apretaban contra los míos, yo estaba
segura de que el recuerdo de los míos para él sabría a veneno.
Miré hacia abajo y vi los moretones en mis caderas y, al girar hacia un lado
para mirarme en el espejo una vez más, vi los chupetones alineados por todo mi
cuello, mi pecho y en la parte superior de mis hombros.
Ni siquiera podía enfadarme con él, porque siempre fue así. Incluso cuando los
dos fingíamos que no éramos más que amigos, siempre tenía la tendencia a
escudarme de todos los demás, queriendo siempre toda mi atención en él.
Ahora sabía por qué.
Apreté los talones de las manos contra mis ojos, tratando de borrar las
imágenes que obstruían mi cerebro.
Noah sobre mí, sus ojos brillando de amor, sus palabras, sus suaves caricias.
Sabía que nunca más tendría nada de eso.
Anoche fue mi último adiós. Sólo esperaba que un día, tal vez dentro de un par
de años, entendiera por qué hice lo que hice. Por qué lo alejé y por qué decidí que
dejara de pasar esto entre nosotros.
O tal vez no lo haría. No podía saberlo. La única gracia salvadora era que no
tendría que pasar por todas estas... cosas, conmigo.
Quería que tuviera una vida feliz, no una llena de penas y dolor, de visitas al
médico.
Quería que tuviera un último año increíble, que obtuviera esa beca que quería
y que se fuera de este pueblo.
Abrí el agua, poniendo el grifo en la posición más caliente, deseando
despertarme lo suficiente para poder competir hoy. No era suficiente con que mi
corazón se rompiera en mil pedazos anoche. Mi cabeza era un absoluto desastre, las
náuseas se arremolinaban en la boca del estómago, pero no podía echarme atrás
ahora.
No debería haber ido a la fiesta de anoche.
Debería haber ido directamente a casa y a dormir, porque entonces no estaría
en esta situación.
Pero tampoco podía arrepentirme de lo ocurrido anoche, porque Noah
siempre fue la persona con la que imaginé perder mi virginidad. Era la única persona
a la que había amado, y era justo que recibiera este último trozo de mí.
Nunca sabría lo mucho que lo amaba. Nunca sabría lo mucho que lo necesitaba, 95
pero estaba bien... en cierto modo. No todo el mundo podía conseguir su, felices para
siempre. Quizás Noah y yo nunca estuvimos destinados a estar juntos al final.
Tal vez la vida tenía algo más planeado para él, y me parecía bien mientras
fuera feliz.
Entré en la ducha, dejando que el agua lavara la noche anterior. Lavó mis
lágrimas, mis miedos, mi anhelo, pero no pudo lavar el amor que vivía dentro de mí.
Deseaba que pudiera. Quería deshacerme de esa cosa pesada que llevaba en el
pecho, pero sabía que nada podría borrar los años que habíamos pasado juntos.
Aunque me encantaba, también lo odiaba.
Me odiaba por todo, especialmente ahora.
Sabía que no iba a estar allí hoy, de pie en las gradas, animándome. Sabía que
haría todo lo posible para evitarme como yo lo evitaba a él.
Si pudiera abrazarlo por última vez, sería una persona feliz.
Si pudiera decirle las cosas sin pronunciar esas palabras, podría vivir el resto
de mi vida contenta.
Me deslicé por la pared, abrazando las rodillas contra el pecho mientras el
agua caía en cascada sobre mí, ocultando las lágrimas que corrían por mis mejillas.
Ambos llegamos demasiado tarde. Éramos demasiado jóvenes para las cosas
que la vida nos deparaba. Podía maldecir, podía llorar, pero nada de eso podía
cambiar lo que estaba sucediendo ahora.
La jodí.
Pero era mejor así. Siempre será mejor así.
Apoyé la espalda contra la pared, inhalando por la nariz y exhalando por la
boca. Iba a estar bien, con o sin él. Iba a tener una vida increíble, y un día, podría
contar a los demás cómo conocí a este magnífico hombre.
Podría decirles que hace tiempo, él lo era todo para mí. Podría contarles
historias de nuestra infancia, y todas esas travesuras que hicimos. Podría contarles las
noches y los planes que hicimos y que nunca llegamos a hacer juntos, pero esperaba
que los hiciera él solo.
Podría hablarles de un amor nacido de la amistad entre dos personas que eran
dos caras de la misma moneda.
También podría decirles que, aunque me doliera el corazón, mi alma era feliz
porque lo había conocido. Lo tuve una vez, y eso era más de lo que algunas personas
tenían.
Muchos de nosotros pasamos por la vida sin experimentar el amor o el 96
desamor, y yo fui una de las afortunadas que pudo tener ambos.
Fui tan jodidamente afortunada, porque lo tuve, incluso por un tiempo.
Así que me levanté, agarrándome a la pared, con cuidado de no resbalar, y
seguí con mi día.
Puede que ya no tenga a Noah, pero todavía tengo cosas que quiero hacer.
Cosas que necesitaba hacer, y revolcarme aquí en la autocompasión no iba a
conseguir ninguna de ellas.
Me enjaboné el cabello y me lo lavé, sintiéndome inmediatamente mejor.
En cuanto me vestí, recogí mis cosas y bajé las escaleras, donde el olor a café
recién hecho y a tortitas me atrajo a la cocina. Encontré a mi papá sentado en la mesa
y a mi mamá en la estufa.
—¡Papá! —Corrí hacia él, dejando caer mi bolsa al suelo. Hacía un par de días
que no lo veía, tanto porque evitaba estar en casa como porque tenía que viajar a
Nueva York. Pero ahora estaba aquí.
—Te extrañé mucho, mi niña —susurró mientras me rodeaba, abrazándome.
Olía a café y a los cigarros que de vez en cuando fumaba con sus amigos. Olía
a hogar, a mi infancia.
Cuando me aparté de su abrazo, pude ver las lágrimas no derramadas en sus
ojos. Podía ver los remordimientos que se arremolinaban allí, pero nada de eso
importaba. Lo que sí importaba era que ahora estaba aquí.
—¿Vas a venir hoy a mi competencia?
Las competencias regionales se celebraban en el Complejo Deportivo de
Boston, y el viaje hasta allí estaba a unas dos horas de nuestra ciudad. En el pasado,
rara vez se perdía alguna de mis competencias, pero teniendo en cuenta la situación
actual, no estaba segura de que fuera a venir.
Podía sentir los ojos de mi mamá sobre nosotros. Cuando papá sonrió, supe
que me iba a gustar la respuesta.
—Por supuesto que sí. Me he tomado un par de días libres en el trabajo, así que
podemos ir a esa heladería que te gusta después de la competencia.
—¿En serio? —Le sonreí—. Sí, me encantaría. ¿Vienes, mamá?
—¿Qué te parece? —Se limpió las manos con el paño y se dio la vuelta para
recoger el plato con las tortitas. En cuanto lo puso sobre la mesa, Andrew entró
paseando, con peor aspecto del que yo tenía.
—Buenos días —refunfuñó y fue directamente a por las tortitas.
—Andrew Theodore Anderson, aleja tus manos de mis panqueques. —Mamá lo
97
golpeó con el paño, mientras papá se reía desde su lugar.
—Tengo hambre.
—Entonces tienes que esperar a que todos los demás se sienten y coman.
—Pero Sophie siempre tarda mucho, y tú y papá son iguales.
—No me importa —refunfuñó—. Ve a lavarte la cara y los dientes, luego vuelve.
Puedes esperar cinco minutos.
—¿En serio? —La miró fijamente, con esa mirada somnolienta aún evidente en
su rostro.
—Sí, en serio. Ponte en marcha, chop-chop.
Refunfuñó durante todo el camino hasta el baño y casi sentí compasión por él
cuando chocó con la estantería, maldiciendo lo suficientemente alto como para que lo
oyéramos.
—Entonces, ¿estás lista para hoy? —preguntó papá.
—Sí.
—¿Cómo te sientes en general? Dolores de cabeza, náuseas, di…
—Papá. —Puse mi mano sobre la suya—. Estoy bien, confía en mí. Sé lo que
estoy haciendo.
—Sé que lo haces. Sólo estoy, ya sabes, preocupado. No quiero que te
esfuerces demasiado si no puedes hacerlo.
—Ya lo hemos hablado, papá. Esta es una de mis últimas competencias, y
después podré centrarme en otras cosas.
Me observó durante un segundo, pero parecía que estaba contento con la
respuesta que le di.
No tenía que saber que no podía esperar a que las pastillas que tomaba hicieran
efecto, o que no podría comer más de dos tortitas porque mi estómago parecía querer
saltar fuera de mi cuerpo. ¿Verdad?

98
13
Sophie

E
l complejo deportivo de Boston tenía el mismo aspecto que recordaba:
un edificio blanco y redondo, con varias entradas. El edificio que me dio
mi primera medalla de oro, y el que tenía tantos buenos recuerdos.
La amargura se extendió por mí cuando recordé que Noah no estaría aquí hoy,
pero me la tragué y me centré en lo que tenía por delante.
Podía ver a la gente corriendo hacia la entrada principal, arrastrando sus
enormes maletas y sus bolsas de vestir. Me encantaba esta sensación. Vivía para esta
sensación.
La adrenalina, la expectación, esa fue siempre mi parte favorita del patinaje
artístico. También era una oportunidad para conocer a otras personas, para aprender 99
y aprender y aprender, porque, pase lo que pase, incluso cuando pensabas que
estabas en tu mejor momento, todavía había cosas que podías hacer mejor.
La entrenadora Liudmila se quedó anoche en Boston, y estaba segura de que
ya estaba adentro, paseando de un lado a otro del vestíbulo, esperándonos. Anoche
me pidió que la acompañara, pero no quise dejar que mi mamá condujera sola.
Cuando me levanté hoy, pensé que el día iba a estar lleno de miseria, pero en
lugar de eso ya estaba yendo mucho mejor de lo que esperaba.
Las náuseas se calmaron, el dolor de cabeza casi desapareció y hacía mucho
tiempo que mi familia no viajaba así.
Andrew nos siguió en su auto y, en cuanto aparcamos, pude verlo caminar hacia
nosotros.
—Ustedes son extremadamente lentos. Me preocupaba que se perdiera de
todo si seguías conduciendo así.
—Hijo, no todo el mundo tiene que conducir como Niki Lauda —dijo papá,
poniendo una mano en el hombro de Andy.
—Vamos, chicos. Tengo que encontrar a la entrenadora Liudmila, pero los veré
adentro. ¿De acuerdo?
—Vamos, vamos, vamos. —Mamá me entregó la maleta—. Buena suerte,
cariño. —Me abrazó y me besó las dos mejillas, entregándome a mi padre.
Hizo lo mismo, seguido por Andy, que me sacó la vida.
—Eso duele. —Me reí.
—Estoy orgulloso de ti, ¿sabes? Tan, tan jodidamente orgulloso.
—Lo sé. —Asentí y lo miré mientras me dejaba ir—. Te veré adentro, ¿de
acuerdo?
—Sí.
Este día estaba siendo mucho mejor de lo que esperaba. Ahora, si pudiera
encontrar a la entrenadora Liudmila, sería brillante.

Un par de horas más tarde, tres bebidas energéticas para Andy, un poco de
comida para mí, y un montón de nervios, estaba calentando a un lado, esperando a
que la rutina actual terminara para poder ir hacia la pista.
Esperaba que el dolor de cabeza remitiera después de un tiempo, pero estaba
100
muy equivocada. No sólo no desapareció, sino que volvió a golpear con fuerza. Cada
paso que daba era como si alguien me sacudiera todo el cerebro. Mi estómago se
apretaba y se deshacía, me preocupaba que la poca comida que había conseguido
consumir hoy empezara a salirse.
Sólo rezaba para que no ocurriera durante mi rutina.
Me agaché, estirando la espalda, intentando alcanzar los dedos de los pies,
cuando un repentino mareo me golpeó como un tren de mercancías, haciéndome
agachar.
Mierda. Esto no puede estar pasando ahora.
Cerré los ojos y empecé a inhalar por la nariz y a exhalar por la boca, pero lo
único que podía oír, lo único que podía sentir, era el latido de mi corazón en mis oídos.
Intenté levantarme, pero cada vez que lo intentaba, sentía que mi cuerpo iba a
derrumbarse en el suelo.
Mierda, mierda, mierda.
—Y la siguiente competidora, damas y caballeros, es la que básicamente creció
en este hielo. —Jesús, ya era mi turno—. Una de las favoritas de los fans, por favor den
la bienvenida a, ¡Sophie Anderson!
La multitud rugía al unísono, coreando mi nombre, pero no podía levantar la
cabeza.
—¡Sophie! —La voz de la entrenadora Liudmila llegó hasta mí, y con la fuerza
que no sabía que poseía, logré levantar la cabeza—. ¿Qué estás haciendo?
—Calentando —respondí. Pero incluso para mí misma, mi voz sonaba débil.
Dios, he entrenado mucho. No podía echarme atrás ahora.
—Bueno, vamos entonces. —Se acercó y me levantó. Mi estómago retrocedió y
me mordí el labio, tratando de retener el desayuno que había tomado—. Ya dijeron
tu nombre.
Hace un par de años, atrapé una gripe una semana antes de la competencia, y
la noche anterior me la pasé vomitando. ¿Eso me impidió competir al día siguiente?
En absoluto. Resultó que siempre tuve una neumonía.
Pero esto ahora... Esto se sentía diez veces peor que lo que sentí entonces.
La entrenadora Liudmila me llevó hacia la entrada y me ayudó a quitarme las
fundas de los patines. Me sentí como en una experiencia extracorporal mientras
patinaba sobre el hielo, sintiendo el frío calar en mis huesos.
El sentimiento familiar de pertenencia no estaba en ninguna parte ahora que
mi cuerpo luchaba por mantenerse erguido. Me sabía esta rutina de memoria y me 101
mordí la lengua justo cuando empezó la canción.
Por favor, por favor, por favor, rogué con cualquier fuerza que me escuchara.
Deja que esto vaya bien. Por favor.
Mi cuerpo sabía lo que tenía que hacer, gracias a la memoria muscular.
Mientras daba vueltas a la pista, cerrando y abriendo los ojos, luchando por
mantenerme erguida, sabía que no sería capaz de hacer lo que había venido a hacer.
Podía sentir que mis movimientos iban bien, todos y cada uno de los pasos
coreografiados hasta el punto de que me parecía respirar, pero mi mente estaba muy
lejos de aquí.
No podía oír los vítores del público. Sólo podía oír el sonido de mis patines
sobre el hielo.
Los tonos entrecortados de la canción me recorrieron, rebotando en mi piel, y
mis caderas se bloquearon mientras daba una última vuelta, preparándome para mi
movimiento característico: el triple axel.
Los médicos me advirtieron que me lo tomara con calma, que mi cuerpo no
estaba en condiciones de aguantar tanto, pero no hice caso de sus advertencias. Si
iba a pasar por el infierno y volver, iba a hacerlo aunque me costara.
Pero debería haberlos escuchado.
Justo antes del último giro, los puntos negros empezaron a aparecer en la
periferia de mi visión, y los anuncios colocados estratégicamente alrededor de la
pista se volvieron borrosos. Parpadeé y parpadeé y parpadeé, pero con cada
segundo que pasaba, mi visión me fallaba.
No, no, no.
Seguí avanzando, apuntalando mi cuerpo para el giro, pero fue en ese
momento cuando el dolor, como ningún otro, me atravesó la cabeza. Cerré los ojos
en lugar de mantenerlos abiertos. Me elevé en el aire, pero al abrir los ojos no pude
ver nada.
El público, la arena, todo estaba borroso, y sabía que debería haber parado.
Debería haber ido más despacio.
Tendría que haber hecho mil cosas diferentes, pero elegí esto, y tendría que
vivir con las consecuencias.
Aterricé sobre mi pie, pero en lugar de continuar, mi cuerpo se desmoronó,
incapaz de soportar más. Lo último que vi fue el hielo borroso mientras caía.

102
14
Noah

L
as gotas de lluvia caían sobre el parabrisas de mi auto mientras conducía
por la calle, a menos de cinco minutos de casa. Unas nubes oscuras
cubrían el cielo, ensombreciendo la ciudad. No me sorprendería que hoy
acabara cayendo una tormenta.
Casi me hizo reír el hecho de que el tiempo se comportara como me sentía. La
confusión y el tormento me mantuvieron despierto toda la noche. Después de dejar a
Sophie en el bosque, conduje hasta Boston, decidiendo lamer mis heridas en privado,
en uno de los apartamentos que mi papá mantenía para esas raras ocasiones en las
que realmente decidía aparecer.
La noche anterior seguía repitiéndose en mi mente: sus labios sobre los míos,
su suave cuerpo tan flexible bajo mis manos. Esos ojos verde bosque que me miraban
103
con amor, necesidad y lujuria, hasta que decidió ocultarse de nuevo de mí,
separándonos.
Temía ver su casa. Temía verla, porque no podía confiar en que no la arrastraría
lejos de aquí, sólo para hacerla hablar, sólo para tenerla conmigo una última vez. No
podía entender por qué actúo así anoche.
Quería que me hablara, que me contara lo que le pasaba por la cabeza como
antes. Pero en algún momento entre aquella terrible noche en la que dejé que mi
lengua corriera rápida y amargamente, y ahora, algo había cambiado. Esa pequeña
chispa que siempre tenía en sus ojos ya no estaba allí, y necesitaba averiguar por qué.
No podía creer que todo fuera por mi culpa. Tal vez era otro adolescente idiota
que no entendía cuánto podían herir las palabras.
Sus bragas estaban escondidas en la guantera de mi auto. Sabía que nunca las
devolvería. Anoche me dio una parte de sí misma, y no podía ser ella la que decidiera
que sólo sería una vez. Me negaba a creer que no quisiera esto conmigo.
Diablos, la tomaría de cualquier manera que quisiera entregarse a mí, aunque
fuera en pedacitos. Incluso si decidía que todo lo que podíamos tener era sexo, no me
importaría. Al menos no por un tiempo, porque tenerla así era mejor que no tenerla
en absoluto.
Aparqué el auto justo delante de mi casa, mirando fijamente hacia delante,
deseando salir, para no mirar su casa. Pero quererla me dolía. Necesitarla era un
dolor que sólo ella podía calmar, y no me quería.
Mi papá me dijo una vez que si querías algo, tenías que luchar por ello. Pero ¿y
si esto no era sólo un juego tonto que estaba jugando para castigarme? ¿Y si realmente
no sentía todo lo que yo sentía?
¿Cómo iba a creer eso cuando sus ojos me contaban la historia de mil promesas
que quería hacer? ¿Cómo podría sentarme aquí y creer que su cuerpo se arqueó por
mentiras anoche, cuando pude sentir su placer como si fuera el mío?
Estaba destinado a mudarme aquí con mis padres, y ella estaba destinada a ser
mía. Así de simple. Creía en el destino probablemente más que en otras cosas, y mi
instinto me decía que me pertenecía a mí y a nadie más.
Algunas personas se pasan la vida buscando a esa persona especial, y yo la
había encontrado en medio del periodo más oscuro de mi vida. Ella era mi faro de
luz, mi principio y mi final. No podía pasar el resto de mi vida pensando en lo que
habría sido si lo hubiera intentado sólo un poco más.
Anoche no pude verlo, demasiado cegado por mi propia ira, pero su miedo era
tan palpable como el hielo que cubre el lago Alkey. En lugar de quedarme anoche,
haciendo que me dijera lo que realmente estaba mal, hui como un cobarde,
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demasiado enojado para hablar de todo ello.
¿Llegó bien a casa? ¿Estaba bien? ¿Le dolía hoy?
Nunca imaginé que nuestra primera vez ocurriría en un pequeño bosque con
vistas al lago, pero supongo que sólo tenía sentido que ocurriera allí.
De niños, pasamos incontables horas patinando allí, soñando con nuestro
futuro. Quería ser medallista olímpica y yo quería jugar en la NHL. Y a diferencia de
mucha otra gente, a diferencia de mi propia familia, nunca dudó de mí.
Nunca me dijo que mis sueños eran demasiado grandes para un niño de un
pueblo pequeño. Nunca me dijo que no podía hacer algo. Siempre fue la que me
empujó a hacerlo mejor y mejor y mejor.
Nunca me abandonó, y no haría lo mismo.
Con los miembros pesados y el corazón adolorido, apagué el motor, decidido
a acabar con esto de una vez por todas. Anoche, después de enviarle un mensaje a mi
mamá diciéndole que me iba al apartamento de la ciudad, apagué el teléfono,
escondiéndome del resto del mundo.
Al encenderlo ahora, sabía que no debí hacerlo.
Quince llamadas perdidas de Bianca y más de una docena de mi mamá me
saludaron en cuanto se encendió la pantalla. Mi corazón se apretó dolorosamente, las
manos invisibles de la ansiedad se deslizaron por mi torrente sanguíneo, y supe sin
duda que algo iba mal.
Miré hacia la casa de Sophie, dándome cuenta de que las luces estaban
apagadas. Ya deberían haber regresado.
Hoy tenía una competencia. Por mucho que me doliera no estar a su lado, sabía
que no era el lugar ni el momento de hablar de lo que había que hablar. Me mantuve
alejado, dándole un poco de espacio para que aceptara lo que éramos, por mucho
que intentara luchar contra ello.
Con una fuerza innecesaria, cerré de golpe la puerta de mi auto y corrí al
interior de la casa, con los ojos buscando frenéticamente a mi mamá.
Hoy no trabajaba y sabía que estaba en casa.
Corrí por los pasillos, deteniéndome cuando la vi encorvada sobre la mesa del
comedor, pareciendo más pequeña de lo que realmente era.
—¿Mamá? —Mi voz se tambaleó, demasiado asustada para escuchar lo que
había pasado.
Se volvió hacia mí, con las mejillas sonrojadas, los ojos rojos de tanto llorar, y
entonces empezó de nuevo. Sus hombros se agitaron, su rostro se contorsionó de
dolor y, sin preámbulos, crucé la distancia que nos separaba, poniéndome en 105
cuclillas junto a ella.
—Mamá, ¿qué pasa?
Me temblaban las manos al ponerlas sobre su muslo, deseando que me
hablara, que me dijera qué le pasaba.
—¿Es papá?
Sacudió la cabeza, ocultando su rostro de mí.
—¿Es la abuela? Parecía estar bien la última vez que hablé con ella. —Intenté
empujar y presionar, pero seguía llorando, con sollozos desgarradores que sacudían
su cuerpo—. Siento no haber contestado al teléfono, pero estaba apagado. ¿Por eso
estás llorando?
—Oh, Noah. —De repente se giró hacia un lado, hacia mí, y me abrazó con
todas sus fuerzas—. Lo siento mucho, mi niño —dijo mamá, apretándome tan fuerte
como pudo—. Lo siento muchísimo.
—¿Lo sientes por qué? —Intenté retirarme, pero no me dejó—. Me estás
asustando.
—Lo siento. —Dios, no estaba seguro de querer saber qué pasaba.
—¿Lo siento por qué? —Finalmente conseguí apartarme y en su lugar le agarré
las manos—. Dime qué pasa. ¿Por favor?
Me apartó los mechones de cabello sueltos de la frente, con los ojos brillantes
por las lágrimas no derramadas, mientras su cara y su cuello tenían un tono carmesí
de tanto llorar.
—¿Volviste a ver uno de esos documentales tristes? —Me reí ligeramente,
tratando de cambiar el estado de ánimo. Pero fue un error decirlo, porque su rostro
volvió a torcerse de dolor y esas lágrimas de cocodrilo empezaron a caer de nuevo.
—Te amo mucho. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí, lo sé. Y yo también te amo, pero tienes que decirme qué pasa. ¿Pasó algo?
¿Murió alguien?
Me acercó más a ella, enterrando su cabeza en el pliegue de mi cuello,
mojando mi camisa y mi piel, sacudiendo también mi cuerpo por la fuerza de sus
propios temblores.
—Estaré aquí para ti, ¿de acuerdo? Cualquier cosa que necesites, cariño.
—Mamá. —La aparté—. Dímelo. Ya.
Se puso de pie y con cada segundo que pasaba, mi corazón tamborileaba más
rápido, aterrado por lo que iba a salir de su boca.
Recorriendo la longitud del comedor, de un lado a otro, se volvió hacia mí de
repente, y supe que por fin iba a decirme lo que le pasaba. Christine Kincaid no era
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una mujer débil. Prácticamente me crió ella sola después de que mi papá decidiera
que tener una familia era demasiado trabajo.
Superó la muerte de mi hermano menor y siguió adelante. Le costó olvidar una
noche horrible en la que su auto cayó por el puente, pero lo consiguió. Sin embargo,
verla así me asustó muchísimo.
Al levantarme, sólo entonces me di cuenta de lo pequeña que era y de lo alto
que era yo. Con sus manos enredadas en las mías, moqueó antes de conectar sus ojos
con los míos.
—Es Sophie, cariño. —¿Qué?— Quiero que sepas que, pase lo que pase,
superaremos esto juntos.
—¿Qué pasa con Sophie, mamá? —Mi voz tembló, mis palmas empezaron a
sudar—. ¿Qué le pasó a Sophie?
—Oh Dios. —Se puso la mano sobre la boca, esas lágrimas cayendo libremente
ahora.
—Mamá. —La tomé por los hombros, casi sacudiéndola.
—No lo sabes, ¿verdad?
—¿Saber qué?
Pasó un latido, dos o tres, tal vez incluso un minuto, hasta que dijo lo que nunca
imaginé que iba a decir.
—Sophie tiene cáncer, Noah. —No. No. NO—. Se está muriendo, cariño.
Su rostro se desdibujó frente a mí. Antes de que pudiera entender lo que estaba
sucediendo, estaba cayendo de rodillas, cantando para mí mismo como si eso pudiera
cambiar lo que acababa de decir.
—No, no, no...
—Lo siento mucho, cariño. Sé lo mucho que...
—Eso no es cierto —negué—. Eso no puede ser cierto.
Lágrimas calientes y furiosas rodaron por mis mejillas, conectando con mis
labios. Mis labios que no hace mucho tiempo devoraban los suyos.
—Es cierto. Hablé con su mamá hace un par de horas. Está en el Hospital
Memorial Boston en este momento. Se cayó durante la competencia.
No. Debería haber estado allí. Debería haber estado con ella.
No podía estar muriendo. No puede estar dejándome.
Íbamos a envejecer juntos. Íbamos a ver el mundo juntos.
Iba a llevar un vestido blanco dentro de unos años, caminando hacia mí por el
107
pasillo. Iba a tener un vientre redondo lleno de nuestros hijos, mientras sus ojos
brillaban de alegría. Iba a ser todo mi mundo.
¿Cómo pudo mi mamá decirme que todo lo que imaginaba iba a ser sólo un
sueño tonto?
Un día la llevaría a París y me arrodillaría frente a la Torre Eiffel. Iba a decir
que sí, porque me amaba tanto como yo a ella.
Íbamos a ir a la misma universidad. Íbamos a estar juntos para siempre.
¿Por qué? Carajo, ¿por qué la vida era así de cruel?
—No te creo. —Mi voz se quebró, mi pecho se contrajo—, ¡No te creo! —Rugí,
plantando mis manos en el suelo, dejando caer las lágrimas.
—Oh, Noah. —Mi mamá se agachó y me abrazó desde arriba, pero su toque no
era el que quería ahora.
—No puede estar muriendo. Simplemente no puede. —La miré, rogándole sin
palabras que me dijera que todo esto era una vil broma—. No puedo perderla —
grité—. No puedo perderla, mamá.
—Lo sé, cariño. Lo sé —dijo mientras me acariciaba el cabello.
—La amo —me ahogué—. Y ahora voy a perderla.
—Todavía está aquí. Todavía puedes crear recuerdos con ella.
—¡Pero no quiero sólo recuerdos! —Me desahogué—. Quiero tener un para
siempre con ella.
Quería tenerlo todo con ella, pero la vida tenía otros planes.

108
15
Noah

L
a vida era una serie de momentos fugaces; caricias perdidas, pequeñas
sonrisas felices y lágrimas dolorosas. Algunos de ellos se convertían en
recuerdos que permanecían con nosotros para siempre, mientras que
otros tendían a caer en un abismo de ónix oscuro. Pero lo peor eran los recuerdos que
habías olvidado por completo y que se abalanzaban sobre ti con toda su fuerza,
recordándote de repente esos bellos momentos que de alguna manera se te
escapaban.
Momentos que se daban por descontados porque no se sabía realmente lo
importantes que eran en el momento en que ocurrían.
Y di por sentado muchos de ellos. Me permitía olvidar los hermosos días
soleados en los que no existía nada más que Sophie y yo, sentadas bajo aquel árbol,
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discutiendo sobre quién iba a utilizar el columpio a continuación. Siempre se lo
permitía, porque ver esa felicidad en su rostro era suficiente para sobrellevar el resto
de esos días sombríos.
Me permití olvidar el canto de los grillos por la noche, mientras se sentaba en
su ventana, mirando al cielo, intentando susurrar para que nuestros padres no
descubrieran que ambos nos quedábamos despiertos después de medianoche en una
noche de colegio. Me olvidé aquella vez que me tomó de la mano cuando su conejo
murió, buscando mi consuelo. Ese fue el momento en que supe que habría atravesado
el fuego para hacerla feliz, para hacerla sonreír.
Sin embargo, todo lo que hice en los últimos tres meses fue hacerla llorar. Hice
tantas promesas. Hice tantos planes, y todos ellos se hicieron añicos como un castillo
de naipes en cuanto esas palabras salieron de la boca de mi mamá.
Cáncer.
Glioblastoma.
Terminal.
Terminal.
Terminal.
Agarré el volante, mi corazón latía al ritmo de la lluvia torrencial mientras
conducía por las calles de Boston, en dirección a ella. Las palabras tenían el poder de
calmar y el poder de herir, pero las que escuché hace un par de horas se sentían como
una hoja de afeitar sobre mi corazón.
El final nunca fue algo que ninguno de nosotros quisiera escuchar, y estas
lágrimas que caían por mis mejillas no sirvieron para nada. No había nada que
pudiera hacer. No podía detener el tiempo, para hacer realidad el futuro que soñaba.
No podía volver atrás en el tiempo para decirle lo mucho que la amaba. Aunque
pudiera, todo esto seguiría doliendo igual. El resultado seguiría siendo el mismo
aunque hiciera las cosas de otra manera. Seguiría destrozándome el alma, aunque
intentara decirme a mí mismo que habría sido mejor no conocerla en absoluto.
Pero cada vez que esos pensamientos entraban en mi mente, otra garra afilada
se arrastraba por la cavidad izquierda de mi corazón, dejando un rastro sangriento.
El sentimiento de culpa se deslizaba por mis venas, porque ¿cómo podía pensar así?
No importa lo que suceda, dolor, amor, eternidad o sólo un parpadeo en el
tiempo, seguiría eligiéndola a ella. Si tuviera que pasar por lo mismo una y otra vez,
seguiría eligiendo conocerla, tenerla, amarla.
Mientras aparcaba frente al Boston Memorial, con el corazón en la garganta y
el alma perdida en algún lugar del pasado, observé la fachada blanca y descarnada,
110
las vetas oscuras de la parte superior del edificio, la lluvia coloreándolo de gris con
su toque.
Lo más difícil que tuve que hacer fue levantarme de ese piso y aceptar que mi
mamá decía la verdad. ¿No fue una mierda, eh? Sophie tenía apenas dieciocho años,
apenas la edad suficiente para aprender a conducir. Todavía no había visto nada.
No podría vivir su vida.
Nunca llegaría a tener hijos.
Nunca llegaría a viajar por todo el mundo como siempre quiso.
Nunca llegaría a ser campeona olímpica.
Y yo... nunca llegaría a tomar su mano en todo esto. Yo sólo... no tenía idea de
lo que sentía.
Las lágrimas que empezaron cuando mi mamá me contó lo que pasaba no
habían parado hasta ahora. No estaba seguro de sí estaba enfadado o devastado.
Quería golpear algo.
Quería subir a la cima de la colina y gritar y gritar y gritar hasta que mi cuerpo
no pudiera soportarlo más, porque esto... Esto no era justo.
No era jodidamente justo, y estaba indefenso. No podía hacer nada. No podía
curarla de repente ni darle esperanzas. No tenía que ser un médico para entender
que terminal significaba el final. Sólo que nunca imaginé que tendría que enfrentarme
a algo así.
Nunca imaginé que la chica que amaba pasaría por algo así.
Dios, y aquí estaba yo, sentado dentro de mi auto, mientras ella yacía tras las
paredes de este hospital, probablemente asustada, estaba paralizado para
levantarme e ir hacia ella. Quería ser fuerte, pero cada paso que daba, cada kilómetro
que pasaba conduciendo hasta aquí, cada latido del corazón se sentía como una
bomba de relojería. Era el tiempo que no teníamos.
Mamá no tenía suficiente información para responder a todas mis preguntas, y
temía escuchar esas respuestas de Sophie. Temía escuchar cuánto tiempo nos
quedaba.
La vida no debía vivirse así, esperando que llegara esa fecha de caducidad.
Sabía que era ridículo pensar así, porque todos vivíamos y todos moríamos, pero no
todos teníamos que pensar en morir a los dieciocho años, cuando estábamos
empezando nuestra vida.
No todos teníamos que pensar en la vida que podría haber sido si la
enfermedad no hubiera llamado a nuestra puerta.
111
No todos teníamos que imaginar cómo sería nuestro funeral y de qué color sería
el ataúd.
Se suponía que no debía estar sentado frente al hospital, temblando de miedo,
porque no quería quebrarme frente a ella. Se suponía que debía estar llamando a la
puerta de su casa para rogarle que me perdonara. Se suponía que debía abrazarla y
besarla, demostrarle lo bien que estaríamos los dos.
Esto, todo esto, se sentía mal.
Me pasé la mano por la cara y apagué el motor, sentado en completo silencio,
reuniendo el valor que necesitaba para entrar. Tenía la palma de la mano mojada por
las lágrimas, y cuando me miré en el espejo retrovisor, mis ojos inyectados en sangre
me devolvieron la mirada, brillando de angustia. Me agaché para recoger el ramo de
flores que había comprado cuando sonó un golpe en mi lado izquierdo.
Me di la vuelta, sosteniendo el ramo de girasoles en mi mano derecha. Mis ojos
chocaron con los de Andrew. El hermano de Sophie parecía haber atravesado el
infierno y haber regresado de él mientras estaba de pie bajo la lluvia torrencial.
El agua goteaba de las puntas de su cabello, el color un par de tonos más
oscuro, empapado por la lluvia, sus ojos vacíos y alma hueca me atravesaban.
Sabía por qué estaba aquí. Con un movimiento de cabeza, dio un pequeño paso
atrás, permitiéndome abrir la puerta.
Una ráfaga de aire frío me envolvió en su abrazo al salir, y decidí dejar los
girasoles dentro, con cuidado de que no los tocara la lluvia. No tenía ni idea de cómo
los tenía la florería. En cuanto los vi, algo me apretó el corazón, una melodía hace
tiempo olvidada, una risa infantil y la imagen de Sophie corriendo por el campo de
girasoles situado cerca del lago Alkey, y supe que tenía que comprarlos.
—Andy —gruñí, dejando que la lluvia cayera sobre mí.
El silencio me recibió mientras estaba de pie con las manos en las caderas,
mirándome, como si me estuviera midiendo. En cierto modo, supongo que lo hacía, y
yo también lo haría si estuviera en su lugar. No estaba aquí para causar problemas, y
la mirada cómplice pasó por su rostro.
Su abrazo surgió de la nada, y lo recibí con los brazos abiertos, envolviendo su
cuerpo más grande, agarrando un puñado de su camisa mojada con mis manos. No
tenía ni idea de quién de los dos temblaba, o quién lloraba, pero ambos nos
estremecíamos con las palabras no dichas y el dolor que nos conectaba.
Andrew fue el primero en echarse atrás, sacudiendo la lluvia de su cabello, le
pregunté:
—¿Está adentro?
112
Mi voz no sonaba como la mía, y precisamente por eso me tomé mi tiempo para
llegar aquí. Tenía que calmarme. No confiaba en mí mismo lo suficiente como para
entrar y verla en la cama del hospital, donde nunca debería haber estado en primer
lugar.
Andrew sólo tenía tres años más que Sophie y yo, pero viéndonos ahora, de pie
como dos idiotas mientras la lluvia nos golpeaba por todas partes, parecía haber
envejecido diez años de la noche a la mañana. Sus ojos estaban cansados, con líneas
que estropeaban la suave piel que los rodeaba, y las ojeras que normalmente no tenía
contrastaban con su piel pálida.
No se trataba tanto de su aspecto en este momento, sino de lo que me decían
sus ojos. La tristeza y el dolor, lo estaban sofocando. Por un momento, cuando mi
mamá me contó lo que pasaba con Sophie, sólo pensé en mí y en lo que sentía.
Pensé en todo lo que nunca podríamos hacer, pero nunca, ni una sola vez,
pensé en su familia: en el señor y la señora Anderson, o en Andrew.
El problema de la enfermedad es que nunca es una sola persona la que se ve
afectada. La familia, los amigos, toda la gente que te amaba, todos sufrían junto a ti.
Andrew no habló. Tuve la sensación de que no confiaba en sí mismo más de lo
que yo confiaba en mí. Con una sombría inclinación de cabeza, indicó hacia el
hospital y comenzó a caminar antes de que pudiera hacer otra pregunta.
El cielo oscurecido lloraba mientras nos dirigíamos a la entrada, y la necesidad
de correr y de quedarme hacían guerra en mi interior. El miedo, como ningún otro,
se apoderó de mis entrañas, haciendo que mi estómago se revolviera. El fuerte olor
a productos químicos se apoderó de mí en cuanto atravesamos la puerta corredera, y
ver a los médicos y las enfermeras corriendo por todo el lugar me dejó helado.
Mis ojos se clavaron en un niño pequeño, de no más de diez años, sentado junto
a una mujer mayor en una de las sillas cercanas a la recepción. Los ojos cansados y
una sonrisa torcida estaban ahí mientras ella le hablaba, pero no había brillo en
ninguno de los dos.
Llevaba el cabello rapado, o quizá se le cayó, y las ganas de salir corriendo
empezaron a prevalecer mientras este chico, mucho más joven que yo, se daba la
vuelta y me miraba.
Dios.
No quería que este chico, que probablemente estaba pasando por un infierno,
me viera llorar, pero mientras mi labio inferior temblaba, una mano me rodeó el
bíceps. Miré a un lado, solo para ver a Andrew con los ojos brillantes y las fosas
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nasales abiertas.
—No te detengas, Noah. Créeme, no querrás parar antes de que lleguemos a
su habitación.
No estaba seguro de sí asentía o si me arrastraba antes de que pudiera
desplomarme allí mismo, en la recepción. Intenté no escuchar los ruidos, los llantos
de los niños y los lamentos de una mujer encorvada junto a la pared.
Antes de hoy, los hospitales no eran lugares en los que sentía que intentaba
recuperar el aliento, pero hoy... Hoy vi el aspecto de la devastación. Un hombre
estaba junto a ella, frotando círculos en su espalda mientras su cuerpo temblaba por
la fuerza de sus sollozos.
—Dios mío —dije en voz alta, ganándome otra mirada triste de Andrew.
—Es difícil, ¿no? —preguntó—. Ver todo esto. Ver que todas esas cosas de las
que solemos quejarnos no son nada comparadas con esto. La primera vez que trajimos
a Sophie para una revisión, tuve que salir corriendo, llorando como un bebé. Lloré
por todas esas personas que luchaban en una batalla que no tenía fin. Lloré por todos
nosotros, las familias, los amigos que tenían que ver a sus seres queridos pasar por
algo así, ¿sabes? Creía que conocía las dificultades y el dolor, pero todo lo que he
pasado hasta ahora, amigo, no tiene nada que ver con esto.
—Yo sólo... —Me quedé sin palabras, manteniendo la vista al frente, tratando
de evitar ver algo más—. No lo sabía. —Mi voz se quebró—. Dios, no lo sabía.
—No quería que lo supieras. Nadie lo sabía, Noah. Quería que guardáramos
silencio al respecto.
—¿Pero por qué? —pregunté, repentinamente enfadado. No con ella, no con el
hecho de que no me lo dijera, sino con lo injusto de todo esto.
¿Por qué algunas personas estaban destinadas a cosas así? ¿Por qué el destino,
un Dios, o lo que sea en lo que creas, se lleva a los jóvenes tan pronto? ¿Dónde estaba
la justicia en eso?
¿Cuál era la maldita razón?
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué no nos lo diría?
—Porque no quería que la miraras como si estuviera muriendo. —Sentí como si
me hubiera abofeteado—. Quería que la miraran como si fuera algo más que esta
persona rota y enferma. Sigue siendo Sophie, sabes. Sigue siendo la chica que amas.

114
—Yo no...
—No me mientas, Noah. Algo pasó entre ustedes dos. No me importa, pero es
obvio que lo que sientes por ella es más que una simple amistad. No miro a mis amigas
como tú la miras a ella.
No tenía ni idea de qué decir. No podía negarlo, pero tampoco podía decirle
que llevaba años deseando a su hermana. Me parecía inapropiado hablar de ello con
él.
—Estamos aquí —anunció Andrew justo cuando llegamos al final del pasillo—.
Mis padres no están aquí en este momento. Se fueron al hotel a cambiarse y tomar una
siesta. Está durmiendo, pero eres más que bienvenido a quedarte todo el tiempo que
quieras. Tengo el presentimiento de que no te irás a casa esta noche.
—Yo... Gracias. —Las palabras no eran suficientes para decirle lo que sentía, e
incluso ese simple agradecimiento me pareció demasiado poco para lo que acababa
de hacer.
—Está bien, Noah. Te vi sentado en ese auto tuyo, y reconocí esa mirada en tu
cara. Tenía la misma cara cuando conduje hasta el hospital después de que mi mamá
me llamara. Ojalá hubiera tenido a alguien conmigo, porque habría sido mucho más
fácil atravesar esas puertas y llegar a la habitación de Sophie.
—¿Se hace más fácil? ¿Caminando a través de esa puerta?
Se quedó en silencio durante un segundo, girando la cabeza para mirar al
techo.
—Pensé que lo haría —respondió—. Pensé que podría ser fuerte por ella, fuerte
por mi familia, pero cada vez que está aquí, siento como si el mundo a mi alrededor
perdiera de repente toda su luz. No se hace más fácil, pero supongo que, en cierto
modo, te acostumbras. Te acostumbras a este olor. Te acostumbras a los pitidos de
los monitores, al llanto de los niños y a que los padres salgan corriendo de las
habitaciones, tratando de ocultar sus propias lágrimas.
Mi corazón latía con cada palabra que pronunciaba.
—Mira, Noah... Te conozco desde que eras un niño. Prácticamente crecimos
juntos también. No tengo que decirte que es mi hermana pequeña la que está ahí. Me
gustas, pero no dudaré en darte un puñetazo en la cara si la haces llorar de nuevo.
—¿De nuevo?
—A veces puedes ser muy tonto. —Se rió—. Entra, por favor. Voy a tomar un
café. Llámame si necesitas algo.
¿Lloraba por mí?
Por supuesto que estuvo llorando, maldito idiota. ¿Qué esperabas? ¿Que se iba a
alegrar cuando rompieras todo contacto?
Sacudí la mano, mostrando un dedo medio imaginario a mi fea mente
subconsciente, y di un paso adelante hacia la puerta blanca con la habitación 801 115
escrita en letras de molde negras.
La puerta parecía crecer con cada segundo que pasaba, y mi respiración
cambió de la tranquila que tenía hace un minuto, a una agitada e irregular.
Maldita sea.
Fui un maldito cobarde. Era un idiota por pensar que podía estar aquí para ella
cuando me estaba destrozando por dentro. Pero esto no se trataba de mí. Esto no era
sobre mi dolor, mis deseos y necesidades. Se trataba de Sophie.
Mi hermosa Sophie que estaba pasando por un infierno literal.
Me tragué las crecientes náuseas, rodeé con la mano el pomo de la puerta y
presioné hacia abajo, empujando la puerta para abrirla.
El pitido de la máquina que controlaba su corazón fue lo primero que oí al
entrar en la oscura habitación. Había dos lámparas encendidas a cada lado de la
cama, que proyectaban una luz cálida y amarilla sobre su rostro.
Máquinas que no había visto en mi vida, estaban al otro lado de la cama, y el
goteo intravenoso, ya medio terminado, estaba conectado a su brazo derecho.
Mis ojos pasaron por encima de las aterradoras máquinas, de las paredes
blancas y de la televisión que proyectaba una película desconocida, y se dirigieron a
ella.
A la bella durmiente.
En algún lugar de mi mente, cuando mi mamá me habló de su enfermedad, mi
cerebro empujó esas imágenes aterradoras de que ya no se parecería a mi Sophie.
Supuse que, para entender lo que estaba pasando, nuestro cerebro nos empujaba en
la dirección en la que ya no podíamos ver a la persona, sino sólo a la enfermedad que
se la comía viva.
Pero ahora, mientras estaba de pie junto a su cama, con las manos temblando
por la necesidad de tocarla, para ver si aún respiraba, seguía pareciendo mi chica.
Mi frágil chica.
Su pequeño cuerpo parecía aún más pequeño en la enorme cama, cubierta por
una manta azul hasta el pecho. El color ceniciento de su piel no apaciguaba al
monstruo que llevaba dentro y que quería salvarla y mantenerla lejos de los demás.
Y esas ojeras y los tubos conectados al oxígeno... Me provocaron una ansiedad
desbordante. Antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, estaba de pie junto
a su lado derecho, justo donde estaba su brazo.
Incapaz de aguantar más, incapaz de mantener las emociones a raya, me
arrodillé y tomé su mano entre las mías, rozando con mi pulgar sus nudillos.
—Lo siento mucho, Soph —sollozaba. Las lágrimas me atacaron sin previo
aviso. La angustia que me recorría antes no parecía nada comparada con los sollozos
116
que sacudían mi cuerpo ahora—. Siento no haberlo sabido —continué—. Siento
haberte abandonado cuando más me necesitabas. Las palabras no son suficientes
para explicar lo que siento por ti, pero sólo espero que encuentres en ti misma la
forma de perdonarme.
Levanté la vista, deseando ver esos ojos verde bosque abiertos, para que me
miraran, pero los mantenía cerrados. Un corte de aspecto desagradable sobre su ojo
izquierdo me miraba fijamente, y recordé que se había caído durante su rutina.
—Debería haber estado allí, Soph. —Miré el vendaje alrededor de su cabeza y
la sangre seca en su cabello. Esta ira se sentía como algo vivo, que respiraba. Se
extendía lentamente desde mi pecho, a través de mis venas, hasta mi cabeza, pero no
había ninguna persona a la que pudiera lanzársela.
Nadie tenía la culpa, pero me culpaba a mí mismo.
Me culpé por la angustia que le causé. Me culpé por ser un amigo de mierda.
Me culpé por todas esas oportunidades perdidas y los años que teníamos detrás, en
los que podríamos haber sido mucho más que amigos.
Si fuera más valiente, la habría estrechado contra mi pecho mucho antes, pero
me lo perdí. Ahora era obvio para mí que su cansancio no venía sólo por la escuela o
sus prácticas.
Busqué en Google lo que era el glioblastoma y deseé no haberlo hecho:
dolores de cabeza, mareos, problemas de visión y mucho más. Debería haber
preguntado, presionado más, pero me retiré como el cobarde que era.
—Necesito que abras los ojos, Soph —susurré, acariciando su mejilla. Bajé la
cabeza y mi frente tocó su brazo—. Necesito que me digas cómo te sientes. Siempre
has sido muy expresiva con las cosas que te molestan, y necesito que me hables.
Mándame a la mierda si quieres, pero despierta.
La parte racional de mi cerebro sabía que sólo estaba durmiendo, pero la
irracional, la que temía que cada momento que pasaba lejos de ella era un momento
perdido, quería que abriera los ojos. Esa parte de mí quería oír su voz, verla sonreír,
que me gritara y se riera de mí.
Quería mentirme un poco más para que no desapareciera delante de mis ojos.
—¿Noah? —Vino de mi izquierda, y con una velocidad sobrehumana, levanté
la cabeza, mis ojos chocaron con los verdes.
—¡Sophie! —Me levanté de un salto mientras sus ojos se abrían y cerraban, su
cuerpo luchaba por mantenerse despierto—. Oye, oye, no te muevas —le advertí
cuando empezó a levantar el brazo que estaba conectado al gotero—. Vas a estropear
la vía.
La confusión se agolpó en sus ojos, mientras luchaba por mantenerlos abiertos,
117
parpadeando rápidamente. No pasó ni un minuto antes de que la confusión
desapareciera, sustituida por la comprensión.
Sus ojos se conectaron con los míos, su labio inferior tembló, y pude verlo allí
mismo, mirándome fijamente: no quería que me enterara de esto.
—¿Lo sabes? —Era una pregunta, un susurro, en realidad—. Dios —gimió y
empezó a tirar hacia arriba.
—Soph...
—No debías saberlo —gritó, evitando mirarme—. No quería que lo supieras.
—La angustia, la rabia, el dolor, todo ello me atravesó mientras luchaba por
mantenerse erguida—. Se suponía que no debían decírtelo hasta que te fueras a la
universidad.
—¿Qué?
—No quería que lo supieras, Noah.
Di un paso atrás, con la piel ardiendo como si me hubiera abofeteado. Pero en
algún lugar entre la ira y el dolor que sentía, comprendí.
—No querías que me quedara. —No tuve que preguntar, ya lo sabía.
Negó con la cabeza.
—No. —Miró hacia abajo, localizando el botón que no conocía, y el respaldo
de la cama empezó a levantarse, dejándola sentada como pretendía.
—Bebé...
—No quería que tú también sufrieras —gritó—. No quería que me vieras así,
¿sabes? Quería que me recordaras como solía ser, no esta cáscara rota, siendo
devorada de adentro hacia afuera. —Su pecho se agitó mientras una respiración
estremecedora la atravesaba.
—Sophie. —Me acerqué a ella—. Mírame. —Mantuvo la cabeza girada hacia el
otro lado—. Sophie, por favor. —Mi propia voz tembló con la súplica—. Lo entiendo.
—Volví a tomar su mano entre las mías—. Créeme, lo entiendo. No estoy feliz por ello,
pero lo entiendo.
—Quería que fueras feliz.
—Cariño, por favor, mírame.
—¿Por qué? —Giró la cabeza, manteniendo las lágrimas a raya—. No te quiero
aquí.
—No me importa. No te voy a dejar sola.
—No estoy sola —gritó—. Tengo a Andrew, y a mis padres, y...
—No. Me. Voy. A. Ir. —Me arrodillé junto a su cama y levanté su mano,
118
presionando el dorso de esta sobre mis labios—. Lo siento, nena, pero estás atrapada
conmigo.
Me pareció que pasó una eternidad antes de que empezara a hablar de nuevo,
el único sonido en la habitación era mi respiración, sus sollozos y el pitido de las
máquinas.
—Tengo miedo —murmuró, temblando—. Tengo mucho miedo, Noah.
—Bebé...
—Nunca pude hacer nada. Quería vivir. Quería vivir, carajo —gritó. Esas
lágrimas que mantenía a raya ahora caían libremente por sus mejillas—. Quería ver
el mundo, estar enamorada, tener la vida que siempre soñé, y ahora... Ninguna de
esas cosas se hará realidad. —No tenía palabras, porque nada de lo que dijera sería
suficiente para apagar esa angustia que se derramaba por los bordes de su alma—.
Quería envejecer, Noah. Había tantas cosas que quería hacer, y todo se jodió.
—Cariño —me ahogué, limpiando las lágrimas de su cara—. Todavía puedes
hacerlo. —Me repetía a mí mismo que tenía que ser fuerte, pero al verla así, llorando
y destrozada, notaba que mi determinación flaqueaba—. Podemos hacerlos juntos.
Los dos sabíamos que estaba mintiendo, porque la mitad de esas cosas, tal y
como ella decía, nunca las llegaría a hacer.
—Siento no habértelo dicho.
—Siento haber sido un imbécil —dije—. Siento haber perdido tanto tiempo sin
decirte lo que realmente sentía.
—Fui una perra anoche. Dios, no quería que me vieras así. Pensé que sería más
fácil alejarte, pero me estaba mintiendo.
—Shhh, está bien. Ya estoy aquí. —Me incliné y presioné mis labios contra su
frente, odiando lo fría que se sentía—. Todo va a estar bien.
—Pero no lo estará. —Se estremeció. No podía mentirle. Intentaba encontrar
un punto brillante, sólo un poco de luz, pero nada de esta situación estaba bien—.
¿Me abrazarías? —Levantó la cabeza y me miró—. Es que... no quiero estar sola.
Parpadeé, y luego parpadeé un poco más, apartando esas lágrimas traidoras.
—Por supuesto. Cualquier cosa que necesites.
Una sonrisa de labios apretados apareció de la nada, y comenzó a moverse,
moviéndose hacia el otro lado de la cama.
Me agaché y desaté los cordones de las botas que llevaba, sin importarme que
el aire helado de la habitación empezara a calar en mis huesos a través de la ropa
mojada de antes. Pero mi propia comodidad tendría que esperar. No podía evitar que
mi corazón latiera como un loco ante la sola idea de que iba a tenerla en mis brazos.
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Me quité la chaqueta de cuero, dejándola caer al suelo, y me subí a la cama,
colocándonos de forma que su espalda quedara frente a la mía. Mantenía la mano con
el suero recta sobre la cama mientras rodeaba su cintura con el brazo, extendiendo
la palma de la mano sobre su estómago.
Colocó su mano sobre la mía mientras un suspiro de satisfacción salía de su
boca.
—¿Mejor? —pregunté, acariciando su cuello—. Hazme saber si quieres que me
mueva.
—Oh, Noah. —Giró la cabeza hacia mí y sonrió—. Siempre te querré conmigo,
pase lo que pase. Este es mi lugar favorito. Esto es lo que he estado echando de
menos.
16
Sophie

H
ace años, teníamos un perro al que mi hermano y yo llamamos Max.
Todavía recuerdo el día que fuimos a recogerlo en pleno mayo lluvioso,
cuando el cielo amenazaba con caer sobre nosotros y cuando los
truenos eran lo único que decoraba la cúpula sobre nosotros.
Era la cosa más hermosa que jamás había visto. Un cuerpo pequeño y negro
con manchas marrones en las patas y el hocico, dos círculos marrones sobre los ojos,
y una cola que se movía en cuanto nos veía a Andy y a mí. Cuando nuestro papá nos
dijo que por fin íbamos a tener un cachorro, un Rottweiler, me pasé días y noches
intentando averiguar todo lo que podía sobre su raza.
Pero nada podría prepararme para la cantidad de amor que sentí desde el
primer momento en que lo vi.
120
Mientras sus hermanos y hermanas seguían corriendo de un lado a otro,
escondiéndose detrás de su mamá, Max llegó hasta la valla, queriendo jugar con
nosotros. Sabía que era él. Sabía que debía venir a casa con nosotros.
Se quedó dormido en mi regazo mientras conducíamos de vuelta a casa. A
partir de ese momento, él y yo fuimos inseparables. Me despertaba por la mañana
con él tumbado a los pies de mi cama, esperando para empezar el día.
Volvía de la escuela y estaba allí, esperándome en el porche, con una felicidad
que irradiaba de su cuerpo.
Pero una mañana... Una mañana Max no podía levantarse para jugar conmigo.
Ni siquiera podía salir de mi habitación, y fue entonces cuando lo supe. Aunque mis
padres le restaron importancia después de llevarlo al veterinario. Aunque Andy dijo
que sólo había atrapado un pequeño bicho y que se recuperaría, lo supe.
Tres días después, me desperté y bajé corriendo las escaleras, queriendo
darle los buenos días, pero no estaba en su lugar habitual. Mamá no me miraba a los
ojos y papá ya se había ido. Me dijeron que lo habían llevado a una revisión porque
parecía estar mejor, pero incluso en la mente de una niña de ocho años, algo siniestro
susurraba que era el fin.
Ese día, Max no me estaba esperando en el porche. Sus ojos cálidos y amistosos
no brillaban al verme, y cuando vi las caras sombrías de mis padres, el dique se
rompió.
—Lo siento, cariño —susurró entonces mi papá, besando mi cabeza, mientras
las lágrimas corrían por mis mejillas y los sollozos me sacudían el cuerpo.
—Ya no tiene dolor, bubba. Ahora está en el cielo. —Mi mamá trató de calmar
mi dolor, sosteniendo mis manos.
—Pero yo sólo quería que se quedara conmigo. Quería que se quedara para
siempre, mamá. —Lloré y lloré y lloré, pero ninguna de mis lágrimas pudo traer de
vuelta a mi leal amigo.
—La muerte es parte de la vida, mi amor. Nacemos, vivimos y morimos. ¿No es
maravilloso que podamos pasar por esta cosa maravillosa llamada vida, aunque sea por
un momento? Se ha ido, pero siempre será recordado. Siempre vivirá aquí. —Apretó su
mano contra mi corazón—. Siempre estará con nosotros.
Entonces no lo entendí. ¿Cómo podría hacerlo si todo lo que quería, todo lo que
necesitaba, era que él volviera?
Pero ahora lo entendía. Entendí lo que mi mamá quería decirme. Entendí
porque la muerte que tanto odiaba para él ahora venía para mí. 121
La muerte me perseguía desde que era una niña, y ahora por fin me había
alcanzado.
—No, no. —Mi mamá sacudió la cabeza, despertándome del recuerdo. Miró al
doctor Mathias con lágrimas en los ojos—. ¿No hay nada que podamos hacer? Algo...
—Se le quebró la voz.
—Lo siento mucho, pero la zona donde está el cáncer es demasiado arriesgada.
—Por favor —suplicó—. Tiene que haber algo.
Giré la cabeza hacia un lado y miré el viejo reloj del abuelo mientras los
sollozos de mi mamá llenaban la habitación.
—No hay nada, de verdad.
—¡Sólo tiene dieciocho años! —rugió de repente mi mamá—. Sólo tiene
dieciocho años. Oh, Dios.
—Davina. —La voz de papá rasgó la miseria, sosteniendo el borde de la
histeria—. Todo va a salir bien.
—No va a estar bien. Nada de esto está bien.
El reloj hacía tic-tac y tic-tac, quitándome segundos y minutos. Poco a poco,
dolorosamente, el futuro que planeaba se iba desdibujando y cada tic, tic, tic del reloj
no era más que un recordatorio de ello.
Una mano agarró la mía y supe que era mi mamá la que me abrazaba. Quería
consolarme, lo sabía, pero la fea y triste verdad era que intentaba mantenerme junto
a ella.
Todos los presentes sabíamos lo que me deparaba el futuro. Todos sabíamos
que mi cuerpo trabajaba en mi contra, que había una bomba de relojería dentro de
mi cerebro.
Inoperable, fue la primera palabra que dijo el doctor Mathias.
Creció, fue lo siguiente que mencionó, mientras sus ojos contenían una pena
tan profunda que incluso sin que dijera esas palabras, yo ya lo sabía.
Llegamos demasiado tarde.
Quería sacudir la cabeza. Quería decirle que volviera a revisar sus registros,
que hiciera algo, lo que fuera.
Cosas así no me podían pasar a mí. Imposible no era una palabra que tuviera
en mi vocabulario. Pero mientras repasaba el pronóstico con mis padres, me sentía
como si estuviera mirando desde afuera hacia dentro. Mi cuerpo estaba aquí, pero mi
mente... Mi mente estaba lejos de aquí, observando todo esto con sentimientos
distantes. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Lloré un río de lágrimas cuando me diagnosticaron por primera vez. Lloré un 122
poco más cuando me enviaron a casa con una bolsa llena de medicamentos que ni
siquiera sabía pronunciar, con la esperanza de que ayudaran a reducir las células
cancerosas. Esas pequeñas píldoras blancas todavía me daban esperanza, incluso
cuando me ponían enferma.
Incluso cuando no quería nada más que ir a dormir y no despertar nunca más,
me dieron la esperanza de que sería lo suficientemente fuerte como para superar esto
y vivir para hablar de ello.
Pero allí, en el hielo, donde mi pasado y mi futuro chocaron y donde mi visión
empezó a desaparecer, algo en mi interior lo sabía. Siempre lo supo, pero fui
demasiado terca para verlo al principio.
La esperanza es algo peligroso en situaciones como ésta, y la usé como una
adicta. Esperando y esperando un maldito milagro, pero el despertar en el hospital
me dijo todo lo que necesitaba saber: iba a morir.
Miré al otro lado del consultorio, viendo todos los diplomas y logros que tenía
el doctor Mathias, y aquellas garras invisibles que se acercaban lentamente a mi
corazón llegaron por fin a su destino. Apretaron, presionando contra la cámara de mi
corazón izquierdo, empujando la sangre hacia fuera más rápido, y la primera lágrima
escapó lentamente de mi ojo. Como un ladrón en medio de la noche, cayó
silenciosamente, dejando un rastro de sueños rotos detrás.
Nunca llegaría a ver mi diploma colgado en la pared de esa manera. Nunca
llegaría a estar en lo alto del podio de los Juegos Olímpicos, sosteniendo esa medalla
de oro. Nunca llegaría a ver las canas en la cabeza de mi mamá, ni a ver a Andy
casarse.
Tal vez en otra vida, otra yo conseguiría vivir la vida que siempre quise tener.
Miré a mi mamá, su cabello rubio recogido en lo alto de la cabeza y a las manos de
mi papá agarrando firmemente sus hombros.
Sus labios estaban colocados en una fina línea mientras sus ojos brillaban con
lágrimas no derramadas, sosteniéndose por un hilo. Nunca pensé que vería el día en
que mis padres lloraran por algo así. Al mirar a mi mamá, sólo ahora me di cuenta de
lo oscuras que eran las ojeras que tenía. Siempre fue tan feliz, tan comprensiva,
siempre estuvo ahí para nosotros. Mirando esta versión de ella ahora, no era más que
una cáscara de la persona que solía ser.
No quería escucharlos. No quería escuchar las palabras pronunciadas en voz
alta, a pesar de que todos sabíamos lo que eran. Se repetían una y otra vez dentro de
mi cabeza, pero por alguna razón, no me daban tanto miedo como la primera vez.
—¿Cuánto tiempo? —Me volví hacia el doctor Mathias, cortando a mi mamá.
Sabía que quería salvarme. Sabía que quería verme con vida, pero sentarse aquí y
discutir con el médico que no hizo más que apoyarme desde el principio no me 123
curaría milagrosamente.
No me daría los años que mi mamá intentaba conservar, y perder el tiempo era
algo que no quería hacer, ya no.
—¡Sophie! —exclamó mi mamá, mientras los tres pares de ojos se
concentraban en mí, como si de repente recordaran que estaba aquí en la habitación
con ellos. Siguieron hablando y hablando y hablando de posibles tratamientos, más
fármacos, más quimioterapia, técnicas invasivas, pero ninguno de ellos me preguntó
qué quería.
—¿Cuánto tiempo, doctor? —pregunté de nuevo, manteniendo mis ojos
firmemente en los suyos—. Tengo derecho a saberlo.
—Soph...
—¿Cuánto tiempo, carajo?
El doctor Mathias se aclaró la garganta y cerró los ojos. Seguramente decirle a
una persona que iba a morir, o que su vida tenía fecha de caducidad, nunca era algo
fácil de decir, pero él podía hacerlo. No era quien estaba sentado a este lado de la
mesa, esperando escuchar cuándo la muerte iba a llamar a tu puerta.
—Cuatro —murmuró—. Tal vez cinco meses.
—¡No! —Mamá gritó y enterró su cara en el estómago de mi papá.
Y yo... no podía sentirlo.
¿Cinco meses?
Me quedaban cinco meses de vida si tenía suerte.
Los labios del doctor Mathias se movieron pero no pude escuchar nada.
Cinco malditos meses y me habré ido.
Tenía cinco meses para hacer todo lo que quería hacer. Tenía cinco meses para
decirles lo mucho que los quería. Tenía cinco meses para estar bien con el hecho de
que me estaba muriendo antes de llegar a vivir.
—Sophie, podemos hacer algo. Estoy segura de que podemos. —El agarre en
mi mano aumentó—. Necesitamos...
—No, mamá. —La miré, odiando la esperanza en sus ojos. Odiándola porque
ahora tendría que romperla—. No voy a hacer ninguno de esos tratamientos.
—¡Sophie! —tronó mi papá—. No puedes simplemente...
—¿Rendirme? —Sonreí—. No me rindo, pero tampoco quiero pasar el resto de
mi tiempo en una cama de hospital. Quiero correr junto al lago. Quiero salir y besar
al chico que me gusta. Quiero verlos en el desayuno por la mañana, y quiero que
pasemos todo el tiempo posible juntos. No quiero estar enganchada a máquinas que
no pueden hacer nada por mí. No quiero tener esperanzas cuando no conducen a
124
nada más que a más miseria que todos vamos a sentir.
—Bubba. —Su labio inferior tembló—. Todavía podemos tener todas esas
cosas.
—No podemos si termino paralizada para el resto de mis días cuando esa
operación cerebral salga mal. Tampoco podemos si sigo vomitando quince veces al
día, sin poder retener nada. Ya sabes lo que es esto, papá. Ya sabes cómo acaba.
El silencio me recibió, los tres me miraban a mí o al suelo. Casi podía ver las
discusiones que se formaban dentro de sus cabezas, pero me mantuve firme.
—Soy adulta —argumenté—. Puedo tomar mis propias decisiones, y ésta es la
que estoy tomando ahora.
—Por favor, cariño —gritó mamá, suplicándome con los ojos—. Tenemos que
intentarlo.
—No, mamá. —Puse mi mano sobre la suya—. No lo hacemos. Quiero que me
recuerden por tener este aspecto. —Me señalé a mí misma—. Con mi cabello, con mi
sonrisa, y malvadamente buena en el ajedrez.
La primera lágrima rodó por la mejilla de mi papá, seguida de otra, hasta que
todas cayeron libremente. Ya no las retenía. Ya no se sostenía a sí mismo.
Desde el momento en que me diagnosticaron el cáncer, empezó a alejarse. No
creí que lo hiciera conscientemente, sino más bien para protegerse en cierto modo.
También sabía que intentaba ocultar sus lágrimas ante mí, pero ahora, cuando todos
nos enfrentábamos a un futuro oscuro, lo dejaba pasar.
Ahora, al final, lo ha entendido.
Tal vez no podía entender la muerte en aquel entonces, pero ahora la entendía.
Mi mamá apoyó la cabeza en mi hombro, con su cuerpo meciéndose con
sollozos silenciosos, acariciando mi mano con la suya y murmurando para sí misma
palabras suaves y tranquilizadoras.
No podían aceptarlo; podía verlo. Pero allí, entre el hielo y el aire, entre el
pasado y el futuro, entre el bien y el mal, sabía lo que se avecinaba. Creo que lo supe
durante un tiempo, pero no quería creer que algo así pudiera ocurrirle a mi familia.
No pensé que algo así le ocurriera a gente joven como yo, pero la muerte no
era exigente. La muerte y la enfermedad no tenían límite de edad. Simplemente
tomaban y tomaban, y lo que era peor, no sólo se llevaban vidas.
Destrozaban familias. Dejaban heridas que nunca se curaron.
Envolviendo nuestras vidas en la oscuridad, nos cubrían con un velo de dolor,
riéndose de la pena que corría por nuestras venas. 125
—Todo va a salir bien, mamá —murmuré y toqué su mano con la mía—. Todo
va a estar bien.
—Oh, Dios. Se supone que debo consolarte, no al revés.
Papá dio un paso atrás y tiró de una de las sillas del fondo, acomodándose
detrás de nosotras. Uno de sus brazos se posó sobre mí, abrazándome por detrás,
mientras el otro rodeaba a mamá. Los dos se agitaron, lloraron y maldijeron, mientras
yo me quedaba sentada tan quieta como una estatua, incapaz de expresar esas
emociones con palabras.
—Voy a... —El doctor Mathias empezó a hablar cuando la puerta se abrió de
golpe, revelando a Andy con dos tazas de café en las manos.
Sus ojos se posaron en nosotros, luego en el doctor Mathias y después de nuevo
en nosotros. Sabía que aunque dejara este mundo y nunca recordara quién era antes,
recordaría su mirada.
—No. —Sacudió la cabeza—. No, no, no. —Entró en el despacho, dejó las tazas
encima del escritorio y se acercó a mí—. Por favor, dime que no es lo que creo que
es.
El miedo, tan palpable como mi pulso, nos rodeaba: tristeza hueca, almas rotas
y una eternidad de sueños rotos.
—Lo siento, Andy —dije mientras se arrodillaba a mi lado derecho.
—¿Cuánto tiempo? —Sus palabras estaban llenas de ira, pero sabía que no iba
dirigida a mí. Al igual que mi ira no iba dirigida a mi médico o a mi familia, pero
seguía ahí.
Era el peor tipo de ira. El tipo de enfado que venía de un lugar profundo dentro
de nosotros mismos, que no tenía una dirección concreta. No había una persona o un
objeto con el que pudieras enfadarte. En lugar de tratar de encontrar esa cosa a la
que dirigirla, acababas enfadada y molesta con todas las personas que te importaban.
—Cuatro meses. —Sonreí—. Tal vez cinco.
—¡Eso es una puta mierda!
—¡Andy! —Mamá lo reprendió desde mi izquierda, pero mis ojos
permanecieron pegados a Andy.
Tenía el cabello revuelto, con horas y horas de manos pasando por sus oscuros
mechones. Líneas alrededor de los ojos, líneas que no deberían ser visibles en la cara
de un hombre joven.
Y todo era por mi culpa.
—Lo siento, Andy.
Lo sentía. Lo sentía por el dolor que tendría que pasar. Lo sentía por todo lo
126
malo que había hecho, por cada palabra soez y cada pensamiento oscuro hacia él. Lo
sentía por la vida que iba a perder.
Lo sentía por mí, por mis planes.
Lloré por la niña que pensaba que podía conquistar el mundo si creía lo
suficiente. Lloré mi infancia, mi edad adulta, mi vejez que nunca llegaría a ver. Lloré
a una Sophie joven, la Sophie de este presente y la Sophie del futuro.
Estaba empezando a vivir. Estaba empezando a descubrir las cosas que
realmente quería hacer. Me estaba preparando para las cosas increíbles de las que
era capaz, pero nada de eso importaba. Nada importaba ya.
Los dedos de Andy se clavaron en la carne de mi muslo, hurgando más
profundamente, como si también intentara aferrarse a mí como mi mamá. Dejó caer
su cabeza sobre mi regazo, sus hombros temblando, su gigantesco tamaño de repente
parecía mucho más pequeño.
Puse mi mano sobre su cabello, arrastrando mis dedos por los cortos mechones
de la parte posterior de su cabeza. Necesitaban esto; este pequeño momento de
miseria, porque sabía que en cuanto saliéramos de esta oficina, intentarían fingir que
todo estaba bien.
—Les daré un momento —dijo el doctor Mathias mientras se levantaba de su
silla y empezaba a dirigirse a la puerta. En el último momento, se volvió hacia mí, y
por primera vez me habló directamente—. Discutiremos las opciones de alivio del
dolor para los meses que vienen, pero mientras tanto, piensa en lo que te gustaría
hacer.
Me gustaría vivir, quería decirle.
Me gustaría despertar de esta terrible pesadilla. Me gustaría fingir que nada
de esto estaba sucediendo, aunque fuera por un momento.
Asentí.
—Gracias. Por todo.
—Realmente no hice nada, Sophie. Y siento no haberlo hecho. Siento que no
podamos hacer nada al respecto.
También lo sentía, pero sobre todo, sentía que mis seres queridos tuvieran que
pasar por esto.
No se suponía que fuera así.

127
Se supone que no debería doler tanto.
Se suponía que iba a morir dentro de sesenta o setenta años mientras dormía.
Se suponía que tendría canas y una maleta llena de recuerdos, no esta tragedia.
Se suponía que iba a ser muchas cosas, pero no se suponía que iba a morir tan
joven.
17
Sophie

E
ra tan fácil olvidar que el resto del mundo seguía como si no pasara nada,
mientras mi vida se desmoronaba.
Tres semanas después de la competencia en la que sufrí otro
ataque, acabé en el hospital y tuve que enfrentarme a la decisión más difícil que jamás
había tomado, por fin pude volver a casa.
Noah se quedó conmigo todo el tiempo que pudo, pero todavía tenía que volver
a la escuela y a sus prácticas. No me atreví a preguntarle cuántas clases había perdido
o cuánto lo iba a matar su entrenador, pero parecía que le importaba un carajo el
mundo exterior.
Entre esas cuatro paredes del hospital, sentí que podía volver a respirar. 128
¿Y no era jodido que el lugar que me daba tanta ansiedad se sintiera tan
seguro? Sin embargo, sabía por qué.
Era Noah y su presencia tranquilizadora. Fue Noah y sus sonrisas, y esos ojos
que aún veían demasiado. Fue Noah el que no empezó a comportarse como si yo fuera
una persona diferente, sino que siguió hablando de cosas normales.
Nunca hablamos del elefante en la habitación, aparte de aquel primer día en el
que vino, pero pude ver que quería hablar de ello. Pero no estaba preparado.
No creía que ninguno de nosotros estuviera preparado para hablar del hecho
de que en unos meses no iba a haber nada de nosotros, sino una lápida y las cosas
que solíamos hacer. No podía decirle a Noah que cada día que me despertaba,
agradecía a cualquier fuerza que hubiera en el cielo, porque era otra oportunidad
para vivir.
Al principio, me culpaba por no haber ido antes al médico. Pensaba que sólo
estaba cansada, o que tal vez había puesto demasiadas cosas en mi plato. Los dolores
de cabeza, los mareos, la falta de apetito, lo dejé todo de lado pensando que no eran
más que cosas pasajeras.
Estaba tan jodidamente equivocada.
Todavía recordaba el día en que me derrumbé en el hielo por primera vez. Dos
semanas después de que Noah y yo dejáramos de hablar, me arrastré al
entrenamiento, sintiéndome ya como una mierda por todo lo que había ocurrido. Y
ahí ocurrió: el primer ataque.
El primero de muchos.
Crecimiento rápido, dijo el médico.
Cuarta etapa.
Terminal.
Meses.
Lo sentimos mucho, Sophie.
Todavía podía oír el grito de mi mamá lleno de angustia, y la cara de Andrew
cuando llegó al hospital aquel día. Todavía recordaba las lágrimas en los ojos de mi
papá, y la abrupta salida que hizo cuando no pudo contenerlas más. Era la primera
vez que veía llorar a mi papa. Era la primera vez que mi mamá no podía mirarme, y
la primera vez que Andrew no podía mantener la compostura.
Y yo... me quedé tumbada en esa cama, todavía intentando atar cabos y
comprender la gravedad de la situación.
Me estaba muriendo.
129
Cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo importaban. Las películas
nunca han reflejado la imagen real de lo que se siente al saber que en unos meses ya
no estarás en esta tierra.
La ira fue la primera emoción que atravesó mis paredes cuando volvimos a casa
después del hospital. Caliente como un infierno que arde en mi interior, se extendió
por todo mi cuerpo, hormigueando en las puntas de los dedos de las manos y de los
pies, y quise gritar, patear algo, romper cosas, porque no era justo.
No era justo que tuviera que pasar por esto, aunque sabía que otras mil
personas pasaban por lo mismo. Las estadísticas estaban ahí, las leí, y yo no era la
excepción de una regla.
El cáncer podía encontrarte, sin importar tu edad o tu juventud. No tenía
preferencia por el género, la edad, la raza o la religión, sino que elegía a la primera
persona y, como un asesino silencioso, ni siquiera te dabas cuenta de que estaba ahí
hasta que era demasiado tarde para hacer algo.
¿Por qué yo? Me lo pregunté tantas veces que me cansé de esas tres palabras.
Podía preguntar y preguntar y preguntar, pero el resultado siempre sería el mismo:
iba a seguir dejando a mis seres queridos.
Pero la rabia fue rápidamente sustituida por la tristeza y, antes de darme
cuenta, era incapaz de salir de la cama. ¿Qué sentido tenía cuando no tenía nada por
lo que vivir? ¿Qué sentido tenía salir, fingir que todo estaba bien, cuando sabía que ir
a la escuela, ir a los entrenamientos, hacer cualquiera de esas cosas era inútil?
Nunca iría a la universidad, y nunca podría ir a las Olimpiadas. Así que, ¿por
qué iba a intentarlo?
Pero, como siempre, su mejor amigo se deslizó más rápido de lo que pude
recuperar, y el entumecimiento se apoderó de mí. No tomé ninguna de mis
medicinas. No comí, no dormí y no me importaba nada.
Mientras mi mamá lloraba, me quedaba allí sin sentir nada. Y me encantaba
sentirme así.
No había miedo, ni tristeza, ni rabia, sólo un enorme vacío dentro de mi pecho.
Sabía que no era sano, sabía que tenía que procesar, llorar y enfadarme, pero no
podía.
Cada vez que me miraba en el espejo, no me veía a mí misma, sino a una chica
que había dejado de luchar.
Mi terapeuta me dijo que era normal sentirse así, y cuando volvieron todas esas
emociones que reprimía, me volví a asfixiar. 130
Incluso ahora, cuando miraba mi reflejo en el espejo, me parecía que una
extraña me devolvía la mirada. Mis mejillas estaban hundidas, mis ojos habían
perdido su brillo. Mi cabello brillante ya no lo era tanto, y aunque sabía que todas
esas eran cosas tan tontas en las que pensar, no podía contenerme.
Aquí estaba yo, con una fecha de caducidad estampada en mi espalda, y lo
único que me importaba era mi aspecto físico.
—Soph —llegó desde la puerta de mi habitación, la voz de Noah me devolvió a
la realidad.
—En el baño —grité y abrí el agua para lavarme la cara.
Tal y como había prometido, era la única constante en mi vida. Bianca vino un
par de veces, todavía enfadada y dolida por no haberle contado mi condición.
Condición. Quería reírme.
¿Cuándo me convertí en una condición y no en una persona?
—¿Estás bien? —preguntó Noah desde la puerta, con sus ojos clavados en un
lado de mi cara. Dejé de decirle que me dejara en paz al tercer día cuando me sujetó
y apretó sus labios contra los míos, haciéndome callar.
Deseaba poder mandarlo a la mierda, que me dejara en paz, que se fuera a
vivir su vida y se olvidara de mí, pero no podía. Me aferraba a él como un bebé recién
nacido a su mamá, y no quería soltarlo.
Nunca hacía preguntas que yo no quisiera responder, pero podía verlas
bailando detrás de sus ojos. Podía ver el cansancio que marcaba su rostro, pero
apartarlo ya no era una respuesta.
—Estupenda. —Sonreí, levantando la cabeza para mirarlo—. ¿Qué estás
haciendo aquí?
Los domingos solían reservarse para sus partidos o entrenamientos. Tomé mi
teléfono y miré la hora.
—¿No deberías estar en la pista de patinaje o algo así?
—Bueno. —Entró en el baño y cerró la puerta tras de sí—. El entrenador nos
dio a todos un día libre, y estaba pensando. —Se acercó a mí, con los ojos
encapuchados y la voz más grave—. Tal vez podríamos hacer algo juntos.
Al igual que a mí, a Noah le encantaba fingir que el cáncer que latía dentro de
mi cabeza ni siquiera existía. Y se lo agradecía. Sabía que se lo comía vivo, pero fue
su elección quedarse.
—¿Cómo qué? —pregunté, de repente sin aliento. Sus palmas se posaron a los 131
lados de mi cabeza, sujetándome. Me acarició la mejilla con el pulgar y empezó a
bajar la cabeza hacia la mía. Mis ojos se posaron en sus labios y quise, no, necesitaba
que me besara.
Me tocó, acarició mi piel, jugó con mi cuerpo, pero no volvió a besarme. No
intentó tener sexo, no hizo nada de lo que yo quería que hiciera, y si estos eran los
últimos meses para mí, quería que estuvieran llenos de cosas buenas.
Quería que tuviera buenos recuerdos que un día superaran a los malos.
—¿Recuerdas que dijiste que no llegarías a hacer todas esas cosas que querías
hacer?
Asentí.
—¿Sí?
—Tengo una idea. —Sonrió—. No estoy seguro de si te va a gustar o no, pero
igual…
—¿Qué clase de idea? —No me gustaba a dónde iba esto.
—Ven. —Agarró mi mano con la suya, mucho más grande, y se dio la vuelta,
abriendo la puerta del baño. En cuanto entramos en la habitación, pude ver los rayos
de sol que entraban por la ventana, amando el tiempo mucho más agradable de abril.
Miré hacia mi cama, viendo un cuaderno que definitivamente no me
pertenecía.
—¿Qué es esto? —Lo miré.
—Es para ti.
—¿Para mí?
—No, tonta, para Casper el Fantasma Amigable. —Se rió—. Sí, tú.
—¿Pero para qué sirve?
Me soltó la mano y se dirigió hacia la cama. Se sentó y levantó el cuaderno,
volviéndolo hacia mí.
—Es para tu lista de deseos.
—¿Mi lista de deseos?
—¿Vas a repetir todo lo que digo hoy? Sí, tu lista de deseos. Las cosas que
quieres hacer.
—No lo entiendo.
—Soph. —Se levantó, dejó el cuaderno encima de la cama y se dirigió hacia
mí—. Sé que no tendrás suficiente tiempo. Créeme, lo sé, carajo. Pero tampoco quiero
que te quedes sentada en esta casa mientras pasa el tiempo. Quiero que hagas todas
132
estas cosas, ¿sabes? Tal vez no sean lo mismo, pero podemos intentarlo. Podemos
hacer nuevos recuerdos juntos.
Y si no estuviera ya enamorada de él, definitivamente lo estaría ahora.
—¿Nuevos recuerdos, dices? —Sonreí—. ¿Hay espacio para algunas de estas
otras cosas que tengo en mente?
—¿Qué tipo de cosas? —Agachó la cabeza y sus labios se posaron sobre los
míos.
—Las cosas por las que mi papá te mataría.
—Hmm. —Apretó su frente contra la mía—. Creo que definitivamente podemos
encajarlas en algún lugar allí.
18
Noah

L
a observé mientras caminaba por la calle, justo delante de mí, deseando
poder congelar el tiempo para que este momento en el que estábamos
ahora mismo durara para siempre.
Pero no pude.
La desesperanza era lo peor que se podía sentir, y estaba lleno de ella,
consumido por pensamientos que pintaban mi vida de colores grises y negros.
Colores de los que quería huir, pero ¿cómo iba a hacerlo si me iban a quitar a la única
persona que tenía las llaves de los tonos brillantes?
Puso una cara de valentía para todos nosotros, pero podía ver más
profundamente que algunos de los otros: estaba aterrorizada. Siempre me pregunté 133
qué habría después del final, después de la línea plana. ¿Habría algún tipo de luz, o
iba a pasar su eternidad atrapada en la oscuridad, esperando que llegara un momento
mejor?
¿Iba a acordarse de mí, de su vida, de sus padres y de todo lo que quería hacer,
o iba a olvidarse y convertirse en un alma flotante sin rumbo, sin propósito?
Nunca pensé realmente en la muerte. Era un aspecto omnipresente de la vida,
pero nunca tuve que enfrentarme a ella. Todos mis seres queridos estaban sanos y
salvos. Todos mis amigos seguían aquí, e incluso las personas que ya no formaban
parte de mi vida, estaban bien.
Pero ahora, mientras seguía mirando su espalda y las nubes blancas e
hinchadas que se acumulaban en el horizonte, no podía dejar de pensar en ello. Todos
los días, desde que mi mamá me contó lo que le ocurría a Sophie, me despertaba con
pensamientos sobre la muerte y los finales. Pasaba los días pensando en ello. Mis
noches, mis placenteros sueños, fueron reemplazados por pesadillas, pintando el
cuadro de un mundo sin ella en él.
¿Estaba sufriendo ahora mismo?
¿Nos estaba mintiendo para no preocuparnos?
¿Qué iba a hacer cuando llegara el momento, cuando el reloj dejara de correr?
¿Era este mundo nuestro último destino o había algo más después?
El camino de grava, que cortaba este campo por la mitad, se apretaba bajo mis
pies, mis botas aplastando las pequeñas rocas. El cabello claro de Sophie se agitaba
con el viento de la tarde, con los brazos abiertos a ambos lados, como si estuviera
volando.
Echó la cabeza hacia atrás, riéndose de lo que fuera que estaba pensando, pero
no pude encontrar en mí mismo ni siquiera una pequeña sonrisa.
Había intentado comportarme como si no pasara nada por su bien, pero cada
vez que me alejaba de ella, sentía como si un agujero del tamaño del paso de
Gibraltar se abriera dentro de mi pecho, desgarrando los bordes, extendiéndose
cada vez más, y temía no poder seguir así.
—¡Noah! —gritó, alejando los oscuros pensamientos que nublaban mi mente—
. ¡Apúrate!
Su cuerpo se volvió hacia mí, y me la bebí. Me bebí cada uno de los momentos
que tuvimos, almacenándolos en algún lugar profundo de mi mente para guardarlos,
porque sabía que muy pronto no podría tenerlos.
No quiso contarme lo que le dijo el médico después de su última revisión, hace
apenas dos días, pero la cara de Andrew delató todas las respuestas que quería
obtener.
134
Sophie no tenía mucho tiempo.
Decidió dejar todos los tratamientos, excepto los analgésicos, desafiándonos a
todos y a lo que queríamos para ella. Pero respeté sus deseos.
—No quiero ser un vegetal, Noah —me dijo cuando la confronté por su
decisión—. Quiero pasar mis últimos meses viviendo, en lugar de luchar una batalla
perdida. Sé que no sobreviviré a esto, y créeme, no me estoy rindiendo. Pero lo sé,
simplemente lo sé.
¿Y qué debía decir a eso? No podía ser egoísta con ella, por mucho que me
doliera saber que no viviría lo suficiente para ver el próximo año. Rostros lúgubres,
almas huecas, dolor y angustia, coloreaban las paredes de su casa, y mientras sus
padres y su hermano intentaban hacer lo mismo que yo, intentaban ser fuertes frente
a ella, yo podía ver las grietas en su armadura cada vez que ella no estaba mirando.
Hoy, quería que fuéramos a dar un paseo. Yo quería quedarme adentro, tenerla
cerca, abrazarla a mí, darle años de mi vida si podía, sólo para que no desapareciera.
Aceleré mi paso, alcanzándola en menos de cinco segundos, y rodeé su cintura
con mis brazos, atrayéndola hacia mí.
—Estás muy lento hoy —dijo, con los ojos agitados mientras me miraba—. ¿Es
la vejez que te está alcanzando?
Le pellizqué el brazo y empecé a reírme con ella.
—Graciosa. Sólo estoy admirando la vista.
—¿Quieres decir que estás admirando mi trasero? —Me apretó más fuerte,
presionando su pecho contra el mío.
—Algo así —murmuré y bajé la cabeza, presionando mis labios contra los
suyos. Todavía podía saborear la miel y la canela que había desayunado. Su aroma a
vainilla dulce se filtró en mi nariz, recordándome aquella noche de hace casi un mes.
Abrió sus labios para mí, dejándome entrar, mientras su lengua salía, buscando
tímidamente la mía. Empujé todo lo malo y oscuro hacia abajo en una caja que hice
cuando recibí la noticia, y enredé mis dedos en su cabello, manteniéndola firme
mientras la devoraba, inhalándola, grabando este momento en mi cerebro.
Sophie jadeó en mi boca y me rodeó el cuello con sus brazos, aprisionándome
tanto como yo a ella.
Todos estos años, toda esta energía reprimida; la necesidad, el deseo, el amor,
todo ello mezclado, volviéndome loco de deseo.
—Pensé que ya no te gustaba. —Jadeó contra mis labios—. No me has besado
desde aquella noche.
—Estaba tratando de darte espacio.
135
—No quiero espacio, Noah. Te quiero a ti.
—Soph...
—No soy frágil —susurró—. No me voy a romper. Créeme en esto. Pero si no
me tocas de nuevo, podría golpearte, y no creo que te guste ver eso.
Estuve distante después de su estancia en el hospital, porque era difícil separar
el hecho de que todavía estaba aquí, todavía respiraba, todavía vivía, del hecho de
que tenía el veneno extendiéndose desde su cabeza a través de su cuerpo, matándola
lentamente. Era difícil recordar que estos serían nuestros últimos meses juntos.
Era aterrador pensar en el después.
Pero mi chica me deseaba tanto como yo a ella. Había estado apartando esos
pensamientos, pero mientras me miraba con el fuego ardiendo en lo más profundo
de sus ojos, con los labios abiertos y las mejillas sonrosadas, no podía dejar de pensar
en cómo se sentía debajo de mí.
Sobre la forma en que me acogió, o cómo se sintió al estar finalmente en casa.
Siempre fue mía, sólo que mi cerebro tardó en ponerse al día con el resto de
mi cuerpo.
—Sé que no eres rompible. —Apreté otro beso contra sus labios—. Es que... no
sé. No quería presionar, porque esto —sonreí—, no es sólo una atracción pasajera, o
un picor que rascar.
—¿Ah, sí?
—De verdad. —Sonreí y atraje su cabeza hacia mi pecho, abrazándola con
fuerza—. Recuerdo la primera vez que me di cuenta de que lo que sentía por ti era
mucho más que una simple amistad.
—¿Quieres contármelo?
—Oh, te vas a reír de mí.
Se apartó de mí mientras la sonrisa más brillante decoraba su rostro.
—No, no lo haré. Dime. —Hizo un mohín—. ¿Por favor?
—Bien. —Exhalé—. Hace unos cuatro años, durante el verano, saliste con estos
diminutos pantalones cortos y corriste hacia tu bicicleta, mientras te esperaba frente
a tu casa. ¿Te acuerdas? Íbamos a ir al lago.
Asintió.
—Así es. Estabas muy malhumorado ese día.
—No, cariño. Estaba muy caliente ese día. Y tú seguiste hablando con Sean en
136
el lago, ignorándome completamente...
—No te estaba ignorando.
—Oh, sí que lo hiciste. Y ese bikini que llevabas no hizo nada para apagar el
fuego que subía por mi cuerpo. Casi corrí a casa y me masturbé en la ducha, tan
jodidamente enojado contigo.
—No fue mi culpa. —Cruzó los brazos sobre el pecho y me miró fijamente—.
Fuiste un idiota ese día.
—Lo sé. Y no, definitivamente no fue tu culpa, pero ahí estaba yo, con apenas
catorce años, fantaseando con mi mejor amiga. Hombre, tuve una erección casi todos
los días durante dos años en ese entonces. Y seguías sonriendo. Seguías como si no
pasara nada.
—¿Por eso empezaste a salir con tantas chicas? —Odié la mirada de tristeza que
pasó por sus rasgos, y quise darme una patada por haberla puesto ahí.
—Oye, oye. —Me acerqué, tirando de ella en mi abrazo—. Estaba tratando de
olvidarte, ¿de acuerdo? Me estaba volviendo loco, Soph. Te deseaba tanto, tan
jodidamente mal, pero no quería joder nuestra amistad. No quería hacer algo que
terminara en que los dos no volviéramos a hablar. Tenía miedo de perderte, pero
nunca me di cuenta de cuánto te estaba haciendo daño.
—Lo entiendo. —Moqueó—. No me hace sentir mejor, pero lo entiendo. Sólo
deseo que no hubiéramos perdido tanto tiempo ocultando lo que realmente
sentíamos.
—Quizá nunca podamos recuperar lo perdido, pero ahora siempre lo
tendremos, Sophie.
Acarició su cara entre mis pectorales, frotando pequeños círculos sobre mi
espalda.
—¿Cuándo te volviste tan poeta?
—Cuando me enamoré de ti.
Mi vida antes de ella parecía una película en blanco y negro. Estaba pasando
por los movimientos, pero no había nada extraordinario por lo que pudiera
recordarla. Pero ahora que la tenía a ella, ahora que podíamos ser sinceros sobre lo
que sentíamos, era como si una salpicadura de color cayera sobre mí, y todo tuviera
sentido.
No quería pensar en la inminente fatalidad que nos esperaba. Quería vivir el
momento, aquí mismo con ella, con sus brazos rodeándome.
—Se hace tarde, Soph.
—Sólo es por la tarde.
137
—Sí, pero le prometimos a tu mamá que volveríamos antes de las cuatro, y
teniendo en cuenta que sigues queriendo pasar tiempo junto al sauce, digo que
tenemos que ponernos en marcha.
—Bien —resopló—. Pero vas a llevarme allí.
Tardé un momento en darme cuenta de lo que quería decir, cuando se levantó
de un salto, rodeando mi cintura con sus piernas, sujetándose a mí como un mono
araña.
—Sabes, esta posición podría usarse para otras cosas también —dije,
colocando mis manos en su trasero—. Ahora me estás dando ideas.
—Hmmm, ¿me vas a decir cuáles son esas ideas?
—Más tarde. —Mordí su cuello, ganándome un repentino gemido de ella—.
Nos va a llevar bastante tiempo recrear todas estas fantasías que he almacenado
durante años.
Y aunque me encantaba hacer esto, cargarla, jugar, sabía la verdadera razón
por la que quería que la cargara. Sabía sin duda que empezaba a sentirse agotada,
pero no lo comenté.
La dejaría tener esto. Dejaría que nos mintiera a los dos si eso era lo que quería.
A veces, para sobrevivir, las mentiras blancas eran un mal necesario.
Hace años, cuando acabábamos de mudarnos a la casa contigua a la de Sophie,
me despertó a las ocho de la mañana y me sacó de la cama para ir a ver su lugar
favorito. A decir verdad, después de que mis padres se divorciaran y de que se
lanzaran todas las palabrotas el uno al otro, lo único que quería hacer era dormir
durante un año y olvidar que esos meses habían pasado.
Pero allí estaba ella, un ángel disfrazado, tratando de animarme. Ya entonces
no podía decirle que no, y a regañadientes accedí a salir. Era la misma época del año,
tal y como era ahora. Una mañana de principios de abril, todavía fría pero no lo
suficiente como para llevar un abrigo. El aire fresco de la mañana y el canto de los
pájaros por el comienzo de un nuevo día.
Su pequeña mano rodeaba la mía con fuerza, tirando de mí en dirección a
nuestras casas, y si no tuviera tanto sueño y estuviera tan malhumorada como
entonces, habría podido disfrutar de la vista que tenía delante mucho más de lo que
lo hice. Pero no tardé en darme cuenta de por qué le gustaba tanto.
—Las hadas están bailando aquí, pero no podemos verlas, Noah.
La hierba seguía cubierta por una capa de escarcha y la brisa fresca me
producía escalofríos, pero cuando empezó a bailar a mi alrededor, acercándonos
138
cada vez más al sauce llorón, empecé a olvidarme de lo que estaba pasando.
Allí estaba ella, esta hermosa chica, mi mejor amiga, tratando de animarme, y
casi la mandé a la mierda porque estaba demasiado enfadado con el resto del mundo.
Me alegré de no haber dado rienda suelta a mi boca ese día, porque nunca habría
podido compartir ese mundo imaginario que creó para sí misma.
La zona parecía sacada de un cuento de hadas. El sauce llorón se erigía por sí
solo en medio de la pradera, con vistas a un pequeño estanque que estaba allí desde
que la gente que vivía aquí podía recordar. Nadie sabía si era obra del hombre o si
lo había creado la propia naturaleza, pero a Sophie le encantaba pensar que era un
portal a otra dimensión.
—¿Y si nos tiramos? —me preguntó una vez, mirando fijamente el estanque
como si éste pudiera darle todas las respuestas—. Y si saltamos y nos vamos al otro
lado, donde reinan los elfos y las hadas, donde la gente puede vivir para siempre
Incluso siendo un niño podía entender por qué hacía esas preguntas. Su abuelo
había muerto y no podía afrontar la realidad de la situación. Las lágrimas en sus ojos
mientras hacía todas esas preguntas se quedaron grabadas en mi mente, y odié no
poder hacer nada para detenerlas.
—¿Noah? —Se revolvió en mis brazos justo cuando me puse debajo del árbol.
El columpio que colocamos en una de las ramas seguía aquí después de todos estos
años, y mientras bajaba lentamente sus piernas por mi cuerpo, la ayudé a subir al
columpio—. ¿Qué pasó?
—Te quedaste dormida. —Sonreí, con el pecho contraído porque las palabras
que quería decir en voz alta resonaban con fuerza en mi cabeza.
Te quedaste dormida porque un simple paseo ya te agota.
Pero no podía decírselo, aunque ella lo sabía. Por supuesto que lo sabía.
—Oh. Supongo que no debería volver a quedarme despierta hasta las tres de
la mañana sólo para ver reposiciones de Supernatural, ¿eh?
—No, probablemente no deberías.
Me senté en la hierba frente a ella, con la frente hacia el estanque. Puso sus
manos sobre mis hombros y se inclinó, escondiendo su cara en mi cuello.
—No quiero que el día de hoy termine —murmuró, con su aliento haciendo
cosquillas en los cortos cabellos de mi nuca.
—Yo tampoco. —Giré la cabeza hacia un lado y atrapé su mejilla con mis labios,
cerrando los ojos mientras un temblor me recorría—. Si pudiéramos quedarnos
congelados en un momento, sólo uno, ¿cuál te gustaría que fuera? —pregunté
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mientras se retiraba, enhebrando sus manos en mi cabello.
—¿Un momento?
—Sólo uno.
El tiempo transcurría lentamente mientras jugaba con los mechones de mi
cabello, con la piel de gallina brotando por todas partes.
—El día que nos conocimos. —Sonrió. La sonrisa más pequeña y triste que
contenía tantas emociones que ni siquiera podía empezar a descifrar cuál era cuál—.
Creo que es uno de mis días favoritos.
—Llevabas esa camiseta morada con un unicornio.
—Era mi favorita. —Se rió—. Volvía loca a mi mamá, porque no quería
quitármela ni para dormir.
—Llevabas esa cosa a todas partes. Literalmente, en todas partes.
—Lo sé. —Sophie se rió—. Tenías puesta esa camiseta de Star Wars.
—Ah, sí, y ni siquiera he visto Star Wars.
—Era muy divertido cuando los niños empezaban a hablarte de R2-D2 y tú te
quedabas mirando sin comprender, asintiendo a lo que decían.
—Tenía que parecer genial, ¿de acuerdo?
Me incliné hacia atrás, justo entre sus piernas, y rodeé su tobillo con mi mano,
odiando... odiando lo fría que estaba su piel. El viento comenzó a levantarse y cuando
miré hacia arriba, pude ver las nubes grises que alejaban las blancas que había visto
antes.
—Va a llover, ¿verdad? —preguntó Sophie, mirando también hacia el cielo—.
Me pregunto si lloverá a donde sea que vaya.
Si me hubiera abofeteado, habría dolido menos.
—Es decir, hay algo después, ¿recuerdas?
—Sí, me acuerdo —respondí, mi voz vacilando junto con el viento—.
¿Recuerdas aquellas historias sobre hadas que me contabas? ¿Los elfos, sus reinos y
sus hermosas tierras?
—Oh, Dios mío. —Empezó a reírse—. Fui tan patética.
—No. Me gustaría que esa tierra existiera de verdad, ¿sabes? Ojalá pudiéramos
saltar al estanque y viajar a algún lugar lejos de aquí, donde pudiéramos vivir para
siempre.
—Noah...
—Ojalá la vida fuera diferente, Soph. Desearía que los copos de nieve tuvieran
realmente los colores del arco iris como los describiste una vez, y que la enfermedad
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y la muerte nunca existieran por allí.
—Cariño —susurró y me abrazó por detrás mientras bajaba al césped,
sentándose justo detrás de mí.
—Ahora mismo, daría cualquier cosa porque todo eso fuera nuestra realidad, y
no esto.
—Pero no puede ser, Noah. —Apoyó su barbilla en mi hombro—. Por
desgracia, los cuentos de hadas son sólo historias para niños pequeños, y nosotros
somos demasiado mayores para creer en esas cosas.
—Lo sé. —Asentí—. Sólo... sólo desearía que las cosas fueran diferentes,
¿sabes?
—Lo sé. No puedo decirte cuántas veces quise despertarme de esta terrible
pesadilla que estaba viviendo, pero cada mañana seguía siendo lo mismo. Ese frasco
de pastillas seguía en mi mesita de noche y el dolor de cabeza seguía desgarrando
mi cerebro. Los sueños son para la gente que tiene un futuro, Noah. No son para mí.
Ya no.
—Sophie. —Me di la vuelta y coloqué sus piernas sobre las mías, tirando de
ella hacia mi regazo—. Eso no es cierto.
—Pero lo es. —Una sonrisa triste jugó en sus labios—. Me quedan meses de
vida, si tengo suerte.
—No, no digas eso. —Podía sentir que mis ojos lloraban, pero no había nada
que pudiera hacer para detenerlo—. Por favor, no digas eso.
—Lo siento, Noah. No tienes ni idea de lo que siento que estés aquí conmigo,
pasando por todo esto. Pero tenemos que afrontar la realidad. Tenemos que empezar
a prepararnos.
—Para.
—Noah. —Puso las palmas de las manos en mis mejillas, limpiando la lágrima
perdida que caía en cascada por mi mejilla—. Necesito que estés preparado, ¿de
acuerdo? No quiero hablar de esto más de lo que tú quieres escuchar, pero tengo que
hacerlo. En mi última revisión...
—Por favor, no lo hagas. —La abracé—. No lo digas.
—Necesitas saber. Mereces saberlo.
—Lo sé, y quiero hacerlo, pero tampoco quiero contar los días, ¿de acuerdo?
—No vas a contar los días, pero necesito que te prepares. —Respiró
profundamente mientras todo mi cuerpo se estremecía, incapaz de contener las
emociones que me recorrían—. Cuatro meses, Noah.
141
—No.
—Tengo cuatro o cinco meses. Si tengo suerte.
—No, no. —Empecé a sacudir la cabeza—. Me niego a creer eso.
—Podría ser más, pero este es su pronóstico.
—No, absolutamente no.
—¡Noah!
—¡No quiero creer en eso, Sophie! —Me aparté de ella y me puse de pie, luego
caminé hacia el borde del estanque, y miré hacia el cielo oscuro—. No puedo creer
en eso.
—Cariño —dijo mientras se acercaba.
Me di la vuelta y rugí.
—¿Y cómo puedes estar tan tranquila al respecto? —No podía respirar. Dios,
no podía respirar, carajo—. ¿Cómo puedes estar tan tranquila, diciéndome que tu
vida tiene una fecha de caducidad exacta? ¿Eh? Porque no puedo estar tranquilo con
esto. No puedo aceptar que en cuestión de meses, nunca podré verte sonreír. Nunca
más podré escuchar tu voz. Nunca podré tenerte cerca. ¿Cómo puedes estar tan
jodidamente tranquila cuando la vida decidió arrancarme el corazón? ¿Cuándo
decidió alejarte de nosotros?
—¡No estoy tranquila! —contestó atronadoramente—. No estoy tranquila, pero
también sé que no hay nada que pueda hacer.
—¡Puedes luchar!
—¿Para qué, Noah? ¿Para pasar meses en una cama de hospital? Para que el
resto de mi vida se gaste en goteos intravenosos y cirugías interminables, todos
sabemos que ninguna de ellas me serviría.
Me puse los dedos en la nuca y cerré los ojos, intentando pensar en algo, en
cualquier cosa. Sólo en algo diferente, carajo. Necesitaba un milagro, y los milagros
no estaban precisamente en bandeja de plata.
—No puedo perderte, cariño —murmuré, dejando que las lágrimas fluyeran
libremente—. No puedo perderte, carajo, y sé que lo haré.
—Noah...
—Quería que estuviéramos juntos para siempre, ¿sabes? —Abrí los ojos y la
miré—. Quería poner un anillo en tu dedo algún día. Quería verte con nuestros hijos,
corriendo por el jardín. Quería que cumplieras todos tus sueños mientras yo te
llevaba de la mano en todos ellos. Lo bueno y lo malo, lo quería todo contigo. Sólo 142
contigo.
—Yo también lo quería. ¿No crees que lo hacía?
—Sé que lo hiciste, pero ya no sé qué pensar. Ya no sé qué sentir. Por primera
vez en mi vida, me siento perdido, y no importa lo que haga, no importa lo que diga,
el resultado siempre será el mismo.
—Pero tú mismo lo has dicho. —Tomó mis manos entre las suyas—. Todavía
podemos vivir el momento, y quiero pasar estos últimos meses que me quedan
contigo. No quiero pelearme contigo por cosas que no se pueden cambiar. No quiero
dejar este mundo sabiendo que no hice todo lo que estaba en mi mano para pasarla
bien. Hice una lista de deseos, tal como lo prometí.
—¿La hiciste?
—La hice. Y si quieres, o si tienes tiempo, quiero que me ayudes con ella. —
Sacó un papel de su bolsillo trasero y lo sostuvo frente a nosotros—. ¿Quieres leerla?
Asentí, sin confiar ya en mi voz. Algo pesado se asentaba en la parte superior
de mi pecho, otra cosa me raspaba toda la garganta, y contenerla era cada vez más
difícil.
Puso el papel en mi mano.
—Léela. —Lo abrí, desplegando el trozo como si fuera lo más preciado de la
tierra, y me limpié las lágrimas que aún cubrían mis mejillas.

Lista de deseos de Sophie

Bañarse desnuda
Bailar bajo la lluvia
Ver la aurora boreal
Visitar el Gran Cañón
Montar en moto
Tener sexo en público
Desayunar en la cama
Hacerme un tatuaje
Asistir a un festival de música

—Esto es...
Ver el Coliseo
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—¿Es demasiado? ¿Crees que podemos hacerlo?
Me quedé allí, mirando el maldito papel. Un papel... a eso nos reducimos. Un
papel con sus últimos deseos.
Un papel que quería desmenuzar y tirar al estanque, porque mi cerebro no
estaba cerca de los pensamientos racionales.
—¿Noah?
Me aclaré la garganta.
—Podemos hacerlo, cariño. Haremos todo lo que quieras hacer.
—¿De verdad? —Su cara se iluminó con la pregunta y no pude evitar reclamar
sus labios de nuevo.
Acorté la distancia entre nosotros y puse una mano bajo su barbilla, levantando
su cabeza.
—De verdad.
Mi cuerpo ardía por la necesidad de alejarla y esconderla de esta fealdad, pero
no podía hacer nada de eso. No podía robarle el tiempo que pasaba con sus padres y
sus otros amigos.
Así que le puse la mano en la nuca y apreté mis labios contra los suyos,
saboreando la salinidad de nuestras lágrimas, de nuestro dolor, de la angustia que
desgarraba nuestro mundo. Pero hice una promesa, y ésta era una promesa que
pretendía cumplir.
Hace años, juré que un día, esta hermosa chica con la sonrisa más bonita y los
ojos más brillantes sería mía. Ahora juré que si estas eran las cosas que quería hacer,
las haríamos todas.
Haría cualquier cosa para devolverle la sonrisa a su cara.

144
19
Sophie

M
e desperté sobresaltada, con el corazón latiendo erráticamente en mi
pecho, hasta que recordé dónde estaba.
Esos pocos segundos después de despertarme, en los que mi
mente estaba completamente vacía y mi cuerpo libre, eran los únicos momentos de
felicidad en estos días. Esos segundos que pasaban se sentían celestiales, y sólo por
un momento podía fingir que todas esas cosas que estaban pasando eran sólo un mal
sueño.
Y cada vez se me daba mejor fingir.
Un brazo pesado se posó libremente sobre mi medio, sosteniéndome cerca de
un gran cuerpo que pertenecía a una persona que todavía me hacía sonreír. Incluso 145
después de todos estos años, después de todas esas reservas, seguía sosteniéndome
como una pieza de porcelana de valor incalculable, y en las últimas dos semanas
nunca me soltó.
Decían que lo que importaban eran las acciones y no las palabras, y Noah hizo
todo lo posible para demostrarme por qué siempre fue sólo él para mí. Innumerables
chicos, oportunidades perdidas, pero ninguno de ellos se acercó a lo que sentía por
él.
Moví mi trasero contra él, sintiendo su polla dura contra mí. Sonreí cuando sus
caderas empezaron a moverse, su polla rozando mi trasero, mientras las pequeñas
bocanadas de aire escapaban de sus labios, jugando con el cabello de mi cuello.
Se agarró más a mí y me acercó a él hasta que su pecho quedó pegado a mi
espalda.
Sus labios, llenos de afecto, se posaron en mi hombro, con besos rápidos y
descuidados que iban desde el hombro hasta el dulce lugar bajo mi oreja. Cerré los
ojos mientras sus dientes me mordían la piel, y esa mano alrededor de mi cintura
empezó a bajar más y más, hasta que sus dedos alcanzaron el dobladillo de mi
camiseta.
Sigilosamente, casi con demasiado cuidado, me subió la camiseta y extendió
sus dedos sobre mi vientre, manteniéndose allí como si también quisiera saborear
este momento.
—Eres una bruja malvada, Soph —murmuró contra mi cuello—. Pero me gusta
este tipo de despertar. —Pude sentir su sonrisa en mi piel más que verla, y antes de
que pudiera responder o decir algo, nos volteó, conmigo debajo de él y él encima.
Sus ojos somnolientos tenían un brillo que no existía hace dos días cuando le
conté mi pronóstico, y ese cabello oscuro le caía sobre la frente. Me agarró las manos
y tiró de ellas por encima de mi cabeza, manteniéndome como rehén, mientras sus
caderas mantenían las mías bloqueadas en la cama.
—Buenos días, preciosa —gruñó y bajó la cabeza, presionando sus labios
contra los míos—. Fuiste muy ruidosa anoche.
Esa sonrisa, esa pequeña sonrisa de complicidad.
—No, no recuerdo nada.
—Porque dormías como un recién nacido, pero los ruidos. —Se zambulló y
mordió uno de mis pezones por encima de mi camiseta—. Mi nombre en tus labios.
—Mordió el otro, arrancando un gemido involuntario de mí—. Casi te despierto allí
mismo. Me volviste loco. 146
—¿Por qué no lo hiciste? —Jadeante, necesitada, con la lava ardiendo en mi
interior, corriendo por mis venas, necesitaba que hiciera mucho más que presionar
esos labios perversos contra los míos.
Levanté las caderas, pero en cuanto lo hice, me presionó la pelvis con la otra
mano, sus dedos bailando sobre mi vientre.
—Estuve a punto de hacerlo, pero no quería dejar a tus padres marcados de
por vida. Tampoco quería que tu hermano irrumpiera aquí mientras estaba hasta las
bolas desnudas dentro de ti.
—Eres un romántico, ¿lo sabías? —Me reí—. ¿bolas desnudas? ¿De verdad?
—¿Y qué quieres que te diga? ¿Mientras mi miembro penetra en las duras
paredes de tu túnel?
—Iuuu, no. —Empujé contra él, pero no cedió—. Por favor, no vuelvas a
pronunciar esas palabras en mi presencia. Suena a trabajo de construcción.
—¿Lo hace? —Su mano se dirigió a mi espalda y la metió dentro de las bragas.
Me agarró un puñado del trasero, moviendo su polla hacia arriba y hacia abajo,
aumentando lentamente la tensión que ansiaba incluso sin que me tocara
propiamente—. Tal vez debería decirle que desfloré a su hermanita en medio de la
noche en el bosque.
—Oh, no. —Sonreí—. ¿Deseas terminar con un brazo roto o algo así?
Negó con la cabeza.
—No, pero ya que no quieres que use esas palabras, esto es lo siguiente mejor.
—Sólo no hables de nosotros dos teniendo sexo, o besándonos, o tocándonos...
Sabes qué, sólo no hables con Andy en absoluto. —Me reí—. Lleva un par de días
mirándote mal.
—Me ama, créeme. Tenemos un verdadero bromance que no entenderías.
—¿Ah sí?
—Sí. —Sonrió—. Además, me dijo que siempre pensó que tú y yo acabaríamos
juntos algún día.
—De ninguna manera. —Me levanté y me acerqué al cabecero de la cama—.
Se ha burlado mucho de mí a lo largo de los años, aunque nunca confirmé lo que sentía
por ti.
Se sentó y tiró de mis pies hacia su regazo.
—Quiero decir, era obvio para todos los demás excepto para nosotros. Para ser
honesto, era obvio para mí también, pero eras tan terca y...
—¿Fui terca?
147
—Sí. —Noah asintió—. Nunca me dijiste cómo te sentías.
Me clavó los pulgares en las plantas de los pies, provocando un largo gemido.
—Te gusta esto, ¿no?
—Eso, justo ahí. —Cerré los ojos mientras masajeaba—. Pero para que conste
—abrí los ojos y le miré—, no fui la obstinada, Sr. Puta.
—¿Quién? ¿Yo? No soy un prostituto.
—Eso no es lo que piensa la mitad de nuestra escuela.
—Lo que piensan y lo que es verdad son dos mundos distintos, Sophie. Sí, nunca
tuve novia porque no creía que fuera justo que estuvieran con alguien cuyo corazón
ya pertenecía a otra chica.
Me callé después de eso.
Sabía que debería haber hablado con él de lo que realmente sentía, pero
decirle todo lo que tenía en el pecho nunca me pareció bien. Incluso ahora, incluso
después de que me dijera cómo se sentía, incluso después de todo lo que ha pasado
en el último mes, todavía me costaba expresar todos esos sentimientos que se
arremolinaban en mí.
Lo amaba. Lo amaba desde que éramos niños, pero decírselo ahora me parecía
inútil. Tenía la sensación de que decirle lo mucho que significaba para mí sólo
consolidaría su decisión de seguir pegado a mi lado, cuando eso era lo contrario de
lo que quería para él.
—Noah —empecé a decir, sabiendo que teníamos que hablar de esto—.
¿Cuándo vienen los reclutadores?
Antes, solía hablar de hockey más que de cualquier otra cosa, pero estos días,
el hockey parecía ser lo más alejado de su mente. Se encogió de hombros y miró mis
piernas, extendiendo sus dedos sobre mis músculos, evitando mis ojos.
—Cariño. —Me acerqué más, tuvo que dejar de masajear por un minuto.
Colocando mis manos en sus mejillas, levanté su cabeza, obligándolo a mirarme—.
¿Cuándo fue la última vez que fuiste a entrenar?
Han pasado días. Tal vez incluso un mes desde que fue a la pista, y esto era
exactamente lo que no quería que sucediera.
—No lo sé —murmuró.
—No puedes seguir haciendo esto, Noah. No puedes dejar de vivir.
—¿Pero qué sentido tiene vivir y hacer todas estas cosas cuando no vas a estar
conmigo? ¿Qué sentido tiene luchar por la vida que una vez quise tener, cuando me 148
van a quitar a la persona que más amo en este mundo?
—Noah, sólo porque yo no tenga la oportunidad de hacer todas estas cosas, no
significa que tú no puedas. Y quiero que las hagas. Quiero que vivas la vida como una
vez hablamos. Quiero que cumplas tus sueños.
—¿Pero qué hay de tus sueños? —Puso sus manos sobre las mías, apretándolas
contra sus mejillas—. Sé que seguimos hablando y hablando de estas cosas, pero no
puedo comprenderlo. No puedo aceptarlo, Soph. Y estoy tratando de ser positivo, por
ti. Estoy tratando de no dejar que estas cosas me superen, pero es jodidamente difícil.
—Sé que es difícil. —Dejo caer mis manos sobre sus hombros y me subo a su
regazo—. Créeme, lo sé. Pero déjame decirte una cosa, Noah.
—¿Qué?
—Cuando llegue el día, seguiré estando contigo. Siempre estaré aquí —
murmuré y apreté mi mano contra su corazón—. Seré feliz sabiendo que al menos uno
de nosotros consigue hacer todas estas cosas hermosas y magníficas. Estaré
encantada de saber que mi mejor amigo, mi persona favorita, el amor de mi vida,
conseguirá vivir y podrá disfrutar de la vida.
—Pero no es así como me siento. ¿Cómo puedes ser tan positiva con todo? Yo
sólo... —Su pecho se expandió con la profunda respiración que hizo antes de enterrar
su cara en mi cuello—. Simplemente no sé qué hacer.
—No puedo decirte qué hacer. —Le froté la espalda—. Pero puedo decirte lo
que me gustaría verte hacer.
—Entonces dime.
—Quiero que finjas que nada de esto está sucediendo, Noah.
—Pero...
—Espera —le advertí antes de que pudiera discutir conmigo—. Sé que puede
que no sea saludable, y puede que no sea lo mejor, pero todavía quiero sentirme
como yo, ¿sabes? No quiero que esta enfermedad me defina, porque soy mucho más
que eso. Y no quiero que defina tu vida. Es algo terrible, es una tragedia, lo sé, y
créeme, no estoy bien con ello, pero he hecho las paces con el hecho de que me estoy
muriendo. Soy amada. Viví una vida increíble. Me enamoré. Hice todas las cosas que
amaba. Tuve suerte, Noah. Suerte de tener esta familia, de tenerte a ti, de tener a mis
otros amigos y de tener el patinaje. ¿Sabes cuántas personas pasan por su vida
tratando de encontrar esa cosa que los apasiona, y nunca la encuentran? Miles, Noah.
Sin embargo, yo logré encontrar la mía cuando era una niña pequeña.
—Pero eso no hace que todo sea mejor.
—No, no lo hace. Nada mejoraría esta situación, pero he tenido una vida
maravillosa, cariño. Una vida increíble, feliz y plena. Viví, amé y fui apreciada. Y
quiero que lleves esa visión de mí cuando sigas sin mí. Quiero que tomes esta versión
149
de mí que estás viendo ahora mismo y la lleves contigo durante el resto de tu vida.
Eso es lo que quiero que hagas. Quiero que pasemos un tiempo increíble juntos, que
nos graduemos, que nos riamos y que nos amemos hasta el final de mis días. Y una
vez que me haya ido...
—¿Puedes dejar de hablar de ello, por favor? —gritó.
—No, no puedo hasta que me escuches. Una vez que me haya ido, quiero que
salgas y seas feliz. Vive, ama, sonríe y llora, Noah. La vida es demasiado corta para
que nos quedemos atrapados en el pasado. Un minuto estamos aquí, y en el siguiente
nos hemos ido. Perdona y olvida, ¿bien? Deseo que vuelvas a amar. Deseo que tengas
hijos, que tengas una familia. Quiero eso para ti, de verdad.
—Pero todo eso debía estar contigo, Soph —murmuró contra mi cuello—. Todo
eso te pertenece. Ese futuro del que hablas se suponía que iba a ocurrir contigo.
—Lo sé. Pero ¿quién puede decir que, aunque esto no ocurriera, uno de
nosotros no sería atropellado por un auto y moriría? La vida es imprevisible, y puede
ser extremadamente difícil, pero también es lo más hermosa. Nos despertamos por
la mañana con el canto de los pájaros. Podemos respirar el aire fresco de la mañana.
Tenemos la oportunidad de hacer todas estas cosas increíbles. Y quién sabe, quizá en
otra vida sobreviva.
—Sophie —protestó—. Por favor.
—Te prometo que dejaré de hablar de esto si haces una cosa por mí.
—¿Qué es?
Giré la cabeza hacia un lado y presioné mis labios contra su cuello, inhalando
el aroma del jabón mezclado con la colonia picante.
—Quiero que vayas a uno de los entrenamientos. Sé que no tienen ninguno los
sábados, pero mañana es domingo y sé que van a tener uno.
Pasó un minuto, los segundos pasaron, ambos respirando lentamente,
esperando que el otro empezara a hablar. No podía decirle que la mayoría de los días
me despertaba con un ataque de pánico esperándome en la puerta. No podía decirle
que morir me aterrorizaba más que vivir, y que la mera idea de no estar aquí dentro
de cuatro meses me aterraba.
No quería que supiera que durante esos días me pasé horas tratando de
memorizar sus rostros: el suyo, el de mi mamá, el de mi padre y el de Andrew. No
quería que supiera que mis dolores de cabeza empezaron a ser cada vez más fuertes
desde que volví del hospital, y que las pastillas que me dieron ya no me hacían nada.
Antes de que viniera, borraba mi historial de navegación porque no quería que
viera todas las páginas web que visitaba. 150
El cuarto estadio del glioblastoma no era algo que esperara tener. No esperaba
estar navegando por foros en los que personas que tenían la misma enfermedad que
yo hablaban de cómo querían ser incinerados, o enterrados en su cementerio local.
Se suponía que debería estar pensando en el vestido que llevaría en nuestro
baile de graduación. En lugar de eso, estaba escribiendo todas las cosas que quería
hacer en este corto periodo de tiempo, temiendo no poder terminarlas todas.
La mayoría de los días, despertarme me parecía más una tarea que algo
normal, y no tenía suficiente energía en mi cuerpo para seguir adelante. Pero
entonces me acordaba de todas sus caras, de sus lágrimas, de su miedo, y me
levantaba de una maldita vez.
Internet no ayudaba. Leer los comentarios de personas que habían perdido a
alguien que tenía lo mismo que yo, o los que estaban en cuidados paliativos me
aterrorizaba. Un frío como no había sentido antes se colaba lentamente en mis huesos,
y por mucho que intentara apartarlo, por mucho que intentara dejar que la sangre
rugiera por mis venas, seguía profundizando más y más.
Algunos días estaba en mis pulmones; otros, en mi garganta, cortando mi
capacidad de hablar, de expresar estos sentimientos que me estaban volviendo loca.
Y cada día se acercaba más a mi corazón.
—De acuerdo —murmuró finalmente Noah mientras me ponía una mano en la
nuca—. Iré, pero te necesito conmigo, al menos un día. Necesito ver tu cara detrás de
ese plexiglás alrededor de la pista.
—Iré. Sabes que iré. Iría al fin del mundo contigo si me lo hubieras pedido.
—Debería haberlo hecho. —Sonrió, pero parecía cualquier cosa menos feliz—
. Debería haberte llevado hace mucho tiempo.
—Sí, pero incluso llevándome lejos no habría evitado que esto sucediera.
—Tengo que imaginar que habría ocurrido, Soph. Creo que parte de la
naturaleza humana es imaginar los escenarios de las cosas que habría o deberían
haber sucedido. Me gusta imaginar que nunca nos peleamos. También me gusta
imaginar que nos dijimos lo que sentíamos hace años.
—Me gusta imaginar eso también, ¿sabes? Y antes... Antes de que finalmente
sacaras tu cabeza del trasero...
—¡Oye!
—Shhh. Solía imaginar cómo se sentiría tenerte conmigo.

151
—Pero siempre me tuviste contigo.
—Sí, pero no era lo mismo. Te tuve como amigo. Te tenía como una persona a
la que podía llamar a las tres de la mañana si necesitaba ayuda, pero nunca te tuve
como mi amante, Noah. Y esos sueños son peligrosos si nunca se hacen realidad. Esos
sueños te comen vivo.
—Lo siento.
—Está bien. Sólo... necesito que lo sepas, ¿bien? Solía acostarme aquí —señalé
el lugar detrás de mí—. Con lágrimas corriendo por mis mejillas, mirando al techo,
deseando que las cosas fueran diferentes. Solía volverme loca con todos esos
escenarios, todas esas posibilidades. Entonces me ponía a pensar qué era lo que
tenían las otras chicas que yo no tenía.
—No fue así —argumentó—. Nunca se trató de esas cosas.
—Sé que no lo era, pero aun así me dolió mucho verte con ellas.
—Pero no volverá a doler.
No, no lo hará, porque estaré muerta, pasó de repente por mi cabeza. Dios mío.
Tenía que volver a reservar una cita con mi terapeuta. Esto era exactamente lo
que temía que sucediera.
—La razón por la que te cuento esto no es para hacerte sentir mal. Estoy segura
de que has pasado bastantes noches sin dormir y otras cosas. Pero el punto de la
historia es que trates de alejarte de esos escenarios y de los y sí. Tienes toda una vida
por delante, Noah, y sería una pena que la pasaras pensando en las cosas que podrían
haber sido.
Pensé que iba a discutir conmigo de nuevo. Pensé que trataría de decirme que
era la única manera que tenía de sobrellevar la situación, pero en lugar de eso, la
sonrisa más brillante apareció en su rostro, asegurándome que tal vez, sólo tal vez,
estaríamos bien.
—¿Por qué me miras así? —pregunté, sin saber a dónde iba a llevar esto.
—Sólo estoy memorizando tu cara.
Un chasquido, como una rama que se rompe por un fuerte viento, algo se
rompió dentro de mí y las lágrimas contra las que luché tanto tiempo salieron a la
superficie, rodando una a una.
—Oye, oye, oye —susurró Noah, limpiándolos—. ¿Qué pasa?
—No puedo hacer esto —sollozaba—. No puedo hacerte esto.
—¿De qué estás hablando?
—Dios —gemí y dejé caer mi frente sobre su pecho—. Voy a romperte y vas a
terminar deprimido y triste, y...
—Sophie, oye. —Levantó mi cabeza y presionó sus pulgares contra mis
mejillas, mis lágrimas lo golpearon—. No voy a terminar deprimido y triste.
152
—Sí, lo harás. Por eso no quería que lo supieras. No vas a tus prácticas, no
piensas en tu futuro. Básicamente, pones fin a tu propia vida porque la mía se acaba.
Y sigo hablando de la muerte como si fuera tan simple como desayunar cereales,
cuando sé que no lo es. Y no puedo apartarte, porque te amo demasiado y te quiero
conmigo, pero tampoco quiero que vayas por la vida con una cicatriz en el corazón
por mi culpa.
—Sophie...
—Y luego me miras así, y dices esas cosas, y no sé cómo se supone que debo
estar bien con dejarte. Y ya no sé qué hacer o qué decir, cuando todo lo que ha hecho
mi familia es llorar y ocultarlo de mí. No sé qué hacer cuando puedo ver el dolor crudo
brillando por cada poro de tu cuerpo, incluso cuando me sonríes. Yo sólo... —Respiré
profundamente y dejé caer la cabeza sobre mis manos, mi voz se apagó cuando volví
a hablar—. No quiero que sufras por mi culpa.
Sonó la alarma de un auto en algún lugar de la calle y me concentré en eso en
lugar de sus manos que ahora amasaban los tensos músculos de mi espalda.
—Soph —empezó a hablar Noah, pero lo ignoré, concentrándome en los
sonidos que venían de fuera.
—Sophie, mírame. ¿Por favor?
Allí estaban, las voces, y la alarma se detuvo.
—Nena. —Me abrazó desde arriba, obligándome a apartar las piernas y a
colocar mi cabeza en su regazo. Me derrumbé, rompiendo todos los muros que hice,
uno por uno—. Estamos aquí porque te amamos. Y lloramos porque te amamos,
porque tenemos miedo de perderte. Sé que tú también tienes miedo de perdernos,
pero pase lo que pase, todos preferimos estar aquí que en otro sitio.
—Preferiría que se fueran todos, ¿sabes? Los amo, pero estoy tan asustada. Tan
jodidamente asustada. Y no es la muerte lo que me asusta. Ni siquiera es el dolor que
probablemente voy a sentir. Este miedo no tiene nada que ver conmigo, sino todo lo
que tiene que ver con todos ustedes que se quedan atrás. Eso es lo que me aterra.
—Vamos a estar bien. —Su pecho vibró contra mi cabeza—. Sólo tenemos que
estar tristes primero.
Lo sabía. Y sabía que siempre era más fácil para los que morían. De alguna
manera lo era. Siempre sentí que los que quedaban atrás eran los que debían ser
llorados. Cada uno de nosotros llevaba trozos de otras personas dentro de su pecho.
Nuestro amor por ellos podía hacernos y también rompernos, pero era innegable que
a menudo nos hacía ser quienes éramos.
Y por eso, cuando una persona deja este mundo, ese trozo que llevamos
durante tanto tiempo se convierte en una espina que nos recuerda lo que hemos
153
perdido.
—Seca esas lágrimas, cariño, y no nos llores. Sí, estaremos jodidos. Estaremos
tristes y deprimidos al principio, y puede que esté oscuro durante un tiempo sin ti,
pero vamos a estar bien. No quiero que te preocupes por nosotros. Y como dijiste,
vamos a hacer algunos recuerdos ahora, a partir de hoy.
—¿Hoy? —Me limpié debajo de los ojos, levantándome, y lo miré—. ¿Qué
vamos a hacer hoy?
—Vamos a empezar con tu lista de deseos. Así que levanta el trasero, ve a
ducharte y te espero abajo en treinta minutos.
¿Mi lista de deseos? Casi me olvido de esa maldita cosa.
—Noah...
—No, vamos a salir, y es una orden. No me hagas arrastrarte afuera de la casa.
Sabes que puedo llevarte.
Mi cara se sonrojó mientras los recuerdos de aquella noche se repetían en mi
mente. ¿Cómo podría olvidar?
20
Sophie

R
aven’s Tattoo se encontraba sobre la puerta de la tienda mientras
esperaba a que Noah pagara el ticket de estacionamiento.
—¿Te vas a hacer un tatuaje? —le pregunté mientras se acercaba
a mí, con las manos en los bolsillos delanteros.
—No. —Sonrió—. Nosotros.
—¿Nosotros? —repetí como un loro, con los ojos muy abiertos—. ¿La lista de
deseos?
—Oh, sí. Nos vamos a tatuar hoy y a tachar un punto de la lista. —Miró hacia el
lado donde estaba la entrada al callejón junto a la tienda—. Tal vez dos.
—¿Qué?
154
—No importa. —Volvió a mirarme—. Vamos a entrar. Ya nos están esperando.
Con una mano en la parte baja de mi espalda, me empujó hacia la puerta de
cristal y la abrió. Cuando entramos, sonó el pitido de la puerta y unos ojos se volvieron
hacia nosotros.
Una chica estaba de pie detrás del mostrador de cristal que contenía filas y filas
de diferentes joyas. La primera palabra que me vino a la mente al mirarla fue
felicidad. Los mechones de arco iris coloreaban su cabello, mientras una brillante
sonrisa adornaba su rostro. Dos piercings en su labio inferior me llamaron la atención,
pero sus brazos... Sus brazos estaban llenos de tinta. Algunos de color, otros en blanco
y negro, líneas y formas, todo se fusionaba, creando un arte hipnótico.
—Hola —gritó al cerrarse la puerta, mientras un tipo al que no había visto se
acercaba a ella, deteniéndose justo al lado del mostrador—. Noah, ¿verdad? —Lo
señaló, todavía sonriendo.
—Así es.
—Y esta debe ser Sophie. —Me miró—. Soy Phoebe. Y este gruñón de aquí —
señaló al tipo—, es Leo.
—Es un placer conocerlos a ambos. —Les sonreí. Mientras Phoebe seguía
sonriendo, Leo mantenía la expresión neutra en su rostro y se limitaba a asentir.
Noah me rodeó los hombros con su brazo y me mantuvo a su lado mientras
caminábamos hacia el mostrador.
—¿Saben lo que quieren conseguir?
—Uh…
Quería hacerme un tatuaje; sólo que no había pensado qué quería que fuera.
Miré a Noah, esperando a ver qué iba a hacer.
—Un sol —exclamó—. Un pequeño sol, justo aquí. —Señaló la zona entre el
pulgar y el índice—. No tiene que ser muy grande, pero sí.
—¿Un sol? —pregunté—. Nunca me dijiste que querías tener un tatuaje.
—Nunca hemos hablado de ello. —Sonrió—. ¿Tienes algo en contra de mi
elección?
—No, en realidad no. —Sacudí la cabeza—. Es que no entiendo el significado
que tiene.
—La mayoría de mis tatuajes ni siquiera tienen un significado. —Phoebe se
rió—. Al principio piensas que todos y cada uno de ellos deben tener algún
significado especial y oculto, pero créeme —se dirigió detrás del mostrador y hacia
nosotros—. Después del tatuaje número tres, simplemente empecé a hacer lo que me
parecía correcto y lo que me gustaba.
155
—¿De verdad? —pregunté.
—Sí. La gente se preocupa tanto de que cada tatuaje deba tener un significado
más profundo, pero no es así. Los tatuajes son arte, y si veo algo que realmente me
gusta, o si uno de mis amigos diseña algo que realmente me habla, me lo hago.
—Lo entiendo. —Noah asintió—. Tienes unos tatuajes muy bonitos.
—Gracias.
—Pero éste tiene un significado. Uno muy especial.
Fruncí el ceño, tratando de entenderlo.
—¿Te importa iluminarme?
Dejó caer su mano y, en lugar de abrazarme, me giró hacia él, sujetando
nuestras manos entre los dos.
—Eres tú, cariño. Eres mi sol. —Oh, Dios—. Eres mi luz, y pensé, ¿por qué no,
ya sabes?
—Noah...
—No te traje aquí para hacerte sentir mal o lo que sea. Diablos, haz lo que
quieras, o no lo hagas. Depende completamente de ti. Sólo pensé que te gustaría.
—Lo hace.
—¿Recuerdas que bromeábamos diciendo que tú eras el sol y yo la luna? ¿Qué
mejor manera de recordarte que hacerme un tatuaje que me recuerde siempre a ti?
—¿Estás seguro de esto?
—Cien por ciento seguro. —Se inclinó y presionó sus labios contra mi frente—
. Sé lo que quiero, Sophie, no te preocupes por eso.
No me di cuenta cuando Phoebe se apartó, demasiado ocupada mirando a Noah
y tratando de controlar los latidos de mi corazón.
—Tengo algunos diseños a los que podrías echar un vistazo si quieres. —Tenía
un libro más grande en sus manos, con una cubierta blanca—. Sugeriría ir con algo
pequeño para la primera vez.
Noah se atragantó, yo resoplé y Leo empezó a reírse detrás de nosotros.
—Oh, vamos. —Phoebe se rió.
—Lo que ella dijo —murmuré sin poder evitarlo. En cuanto las palabras
salieron de mi boca, apreté la mano contra mi boca, mirándola con los ojos muy
abiertos—. Lo siento. Tenía que hacerlo.
—Me gustas, amigo. Y tú —señaló detrás de nosotros a Leo—, deja de reírte,
carajo.
156
Le quité el libro, todavía riendo, y lo abrí. Una página tras otra con diferentes
diseños llamaron mi atención, y mis ojos parpadearon sobre todos y cada uno de
ellos, pero ya sabía lo que quería.
No tenía ninguna duda de que tenía que conseguirlo.
—En realidad, Phoebe —dije, y cerré el libro, colocándolo encima del
mostrador—. Ya sé lo que quiero hacerme.
—¿Lo haces?
—¿Lo haces?
Tanto Noah como Phoebe hablaron al mismo tiempo.
—Lo hago. —Asentí—. Quiero conseguir una luna pequeña. —Miré a Noah
mientras me explicaba—. Justo aquí. —Presioné el punto entre el pulgar y el índice—
. Una luna pequeña.
—Nena...
—Si soy tu sol, Noah, quiero que sepas que siempre serás mi luna. Esta vida y
la siguiente, siempre nos encontraremos.
Levantó la mano, tomó un mechón suelto de mi cabello y lo colocó detrás de la
oreja.
—Sé que lo haremos. Pase lo que pase, no importa dónde estemos o lo que la
vida me depare, nuestras almas siempre estarán entrelazadas.
—Eso fue —comenzó Phoebe, parpadeando lentamente—. Son los más lindos.
Realmente lo son. —Se volvió hacia Leo y refunfuñó: —Ves, así es como se supone
que debes tratar a tu mujer. Entonces tal vez no te gritaría desde la mañana hasta la
medianoche.
—Bueno, trabajar contigo se siente como si tuviera dos esposas en lugar de una
sola.
Una bofetada en la nuca surgió de la nada y palideció como si no pudiera creer
que ella hiciera algo así.
—¿Por qué fue eso?
—Por ser un idiota. —Se volvió hacia nosotros de nuevo—. Vamos, chicos. Ya
tengo todo preparado para ustedes. Leo te hará el tatuaje. —Miró a Noah—. Y yo haré
el tuyo. —Levantó su barbilla hacia mí—. Pero para que lo sepas, esto puede doler un
poco. Las manos son extremadamente sensibles, así que si quieres cambiar de
opinión sobre la colocación, ahora es el momento.
Pero los dos nos quedamos mirándola, sabiendo perfectamente que el dolor
físico no estaba a la altura de la conmoción emocional que ambos estábamos
atravesando.
157
—De acuerdo, bien. —Se acercó a la cortina de la zona trasera del salón y la
abrió, revelando otra habitación con las enormes sillas en lados opuestos. Ambas
tenían lo que parecían mesas altas, alineadas a los lados, llenas de todo tipo de
equipos que ni siquiera sabía nombrar.
Pero lo que me llamó, lo que me habló al alma, fueron las tres fotos que
colgaban en la pared opuesta a la entrada.
—Vaya. —Me acerqué—. Estos son hermosos.
Azules, rojos, verdes y grises bailaban juntos, creando una pieza perfecta de
colores, de amor, esperanza, dolor y pena, mientras la silueta de una niña adornaba
sólo la pieza central.
—¿Los hiciste tú? —Me di la vuelta y pregunté mientras preparaba su equipo.
—No, no fui yo —respondió sombríamente, evitando mis ojos—. Fue mi
hermana.
Su voz adoptó un tono que conocía demasiado bien: la nostalgia, el dolor, los
recuerdos que te atraviesan cada vez que piensas en esa persona.
Las heridas eran algo complicado; justo cuando pensabas que se estaban
curando, se abrían y empezaban a sangrar de nuevo, una y otra vez. Lo más difícil era
que el dolor siempre era el mismo. Siempre la misma punzada, siempre la misma
sensación de ardor, y me preocupaba que las personas a las que amaba se sintieran
así el resto de sus vidas una vez que yo me hubiera ido.
—¿Estás listo? —Phoebe se dirigió a Noah, que permaneció callado todo el
tiempo, observándonos a las dos.
Se quitó la chaqueta que llevaba justo cuando entró Leo, que ya llevaba un par
de guantes de látex.
—¿Son alérgicos al látex, o quizás a la tinta? —preguntó Leo mientras ocupaba
su lugar junto a una de las sillas donde estaba Noah.
—Que sepamos, no —dije, quitándome también la chaqueta—. ¿Está bien si
dejo esto aquí? —le pregunté a Phoebe mientras sostenía mi chaqueta y señalaba la
silla de la esquina.
—Sí, por supuesto. Siéntete libre de dejarlo ahí —dijo, poniéndose los guantes
de látex.
Dejé caer mi chaqueta y el pequeño bolso que llevaba conmigo y me dirigí
hacia la silla que parecía del tipo que podía convertirse también en cama. Miré a un
lado y vi que Noah ya estaba sentado en la suya, observándome en silencio, como si
se estuviera bebiendo cada uno de mis movimientos. 158
Pero esa mirada en su rostro... No era una mirada de miedo o de piedad. Era la
mirada de fuego, de las pequeñas y perversas cosas que quería hacerme, y mi sangre
se aceleró sólo de pensarlo.
Los papeles crujían mientras Phoebe y Leo trabajaban en los diseños,
preparándolos para ser transferidos a nuestras manos, pero mis ojos permanecían
pegados a los de Noah, imaginando que estábamos en otro lugar en ese momento. En
algún lugar solo, en algún lugar aislado, en algún lugar donde la realidad no existía y
sólo estábamos nosotros dos, escondiéndonos del mundo.
—¿En qué mano quieres hacerlo? —preguntó Phoebe, y como un robot, le di
mi mano izquierda, apenas prestando atención.
Podía oír su voz, pero no podía entender nada de lo que decía, y tenía la
sensación de que Noah no podía oír nada de lo que Leo le acababa de decir.
Phoebe me echó un chorro de lo que parecía un gel en la mano y lo frotó sobre
el lugar donde debía colocarse el tatuaje. A continuación vino una cuchilla de afeitar,
como la que yo utilizaba para afeitarme las piernas, y mientras la presionaba sobre
mi piel, eliminando los pequeños vellos que había allí, por fin la miré.
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? —Le pregunté.
—¿Por qué? —Se rió—. ¿Temes que lo arruine?
—No, en realidad no. Más bien tengo curiosidad por saber. Tal vez yo misma
acabe siendo una tatuadora algún día. —Me reí—. ¿Quién sabe?
Empezó a reírse mientras limpiaba el exceso de gel de mi mano.
—Tal vez. —Levantó la hoja con el diseño y empezó a mirar entre eso y mi
mano—. Llevo algo más de cinco años haciendo esto. Pero no puedo recordar un día
en el que no quisiera hacer esto.
—¿De verdad?
—Oh, sí. Cuando era niña volvía locos a mis padres balbuceando
constantemente sobre los tatuajes. Tenían que llevarme todos los años a hacer esos
temporales, porque quería tenerlos en mi piel. Cuando me hice el primero, mi mamá
pensó que era temporal. Bueno, la broma fue para ella cuando no se borró ni siquiera
después de tres semanas.
—¿Estaba enojada?
—Un poco. —Phoebe se encogió de hombros—. Pensó que era una fase.
Resulta que definitivamente no fue una fase. —Apretó el papel en mi mano—. Échale
un vistazo. Fíjate si la colocación te parece bien.
Levanté la mano, mis ojos rozaron la luna creciente de color púrpura, sonriendo
involuntariamente porque definitivamente era perfecta. 159
—Se ve increíble.
—Me alegro de oírlo. —Phoebe sonrió—. No tardaremos mucho en terminar
éste, pero como es tu primer tatuaje y la colocación puede ser un poco dolorosa,
primero presionaré la aguja de la máquina sobre tu piel, para que tengas una
sensación general de cómo irá.
Asentí.
—De acuerdo. Pero creo que tengo un umbral de dolor bastante alto.
—Eres una patinadora artística, ¿no? Tu novio nos lo dijo cuando vino a reservar
la cita.
Mi novio. Sonaba tan raro, pero también sonaba bien escuchar esas palabras.
Había pasado años soñando con el día en que se fijaría en mí, y ahora que había
llegado... no podía creerlo.
—Sí. He tenido más huesos rotos y tobillos torcidos que la mayoría de mis
amigos.
Recogió una máquina de aspecto extraño de la mesa de al lado y pulsó uno de
los botones. Casi inmediatamente la máquina empezó a zumbar y, curiosamente, el
zumbido no sonaba molesto.
De hecho, era casi relajante mientras las endorfinas flotaban por mi cuerpo.
Felicidad.
Estaba jodidamente feliz porque me trajo aquí. Estaba feliz porque podía hacer
la primera cosa de mi lista. Y cuando Phoebe presionó la aguja contra mi piel, la
pequeña sonrisa que tenía antes no hizo más que crecer, incluso cuando el dolor
empezó a extenderse por mi mano.
No recordaba cuándo fue la última vez que fui tan feliz.

Mis ojos estaban pegados a la forma de la luna grabada en mi piel, mientras mi


corazón galopaba en mi pecho, emocionada y triste a la vez. A la vez eufórica y
aterrorizada, por lo que había dicho antes Noah.
Si fuera su sol, ¿qué haría cuando ya no lo tuviera? ¿Qué haría el planeta Tierra
si su sol desapareciera de repente?
—Noah —murmuré mientras salíamos de la tienda; su mano en la mía y mi
corazón en sus manos.
Me miró, deteniéndose de repente frente a la puerta. Esperaba ver una sonrisa,
algo que me dijera que no se arrepentía de haberse hecho este tatuaje conmigo, pero
160
no había nada.
—Oh, no.
—¿Qué?
—Te arrepientes de haber hecho esto. —Retiré mi mano y di un paso atrás.
—¿Qué? No. Sophie...
—Está bien. No pasa nada. Puedes decir que fue una apuesta o algo así. No
quiero que tengas un recordatorio constante en tu vida sobre mi...
Pero mis palabras se cortaron, porque en cuestión de segundos, Noah se puso
delante de mí, colocó sus manos en mis mejillas y me levantó la cara. Sus labios
chocaron contra los míos, ahogando todos los pensamientos, mis palabras y todas mis
preocupaciones.
Nuestros dientes chocaron entre sí; su lengua me lamió el labio inferior,
provocando un gemido en mí, justo cuando su mano me apretó la nuca.
Le rodeé el cuello con los brazos, tirando de él, necesitándolo más cerca de mí.
—Noah. —Jadeé cuando sus labios descendieron por mi garganta, hasta el
espacio entre mi hombro y mi cuello, moviendo mi chaqueta a un lado—. Carajo —
grité cuando sus dientes se clavaron en mi piel, seguidos de su lengua, calmando el
mordisco.
—Te necesito —refunfuñó—. Te necesito ahora mismo.
Sus dedos se enredaron en mi cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás,
mientras sus labios se deleitaban en mi cuello.
—Noah —gemí de nuevo, incapaz de pensar, sólo capaz de sentir.
Su tacto, su olor, su necesidad que coincide con la mía.
Me tomó de la mano y empezó a arrastrarme con él, caminando mucho más
rápido que antes, hasta el callejón junto a la tienda. Miró a su derecha y luego a la
izquierda antes de llevarnos más y más adentro hasta que llegamos al gran
contenedor de basura.
Sus manos se posaron en mis hombros, empujándome hacia la pared,
ocultándonos a ambos de la vista de la gente que pasaba por la calle.
—¿Noah?
—Lista de deseos, ¿recuerdas?
Fruncí el ceño, tratando de recordar de qué estaba hablando exactamente.
—Yo no... —Pero entonces llegó—. Tener sexo en público. —Me reí—. Por un
161
momento pensé que te habías vuelto loco.
—Lo hice. Viéndote en esa silla, teniendo que esperar porque no quería que
faltáramos a nuestras citas... casi te saco de esa tienda.
—Tenía que darles las gracias.
—Sí, estoy bastante seguro de que Leo le está diciendo a Phoebe cómo te lo
estoy agradeciendo yo.
—¿Cómo estás...? —Con rápidos movimientos, me levantó la camiseta por
encima del pecho, y colocó sus dos manos sobre mí, jugando con mis pezones por
encima del sujetador—. Mierda.
—¿Estás mojada para mí, Ángel? —Me lamió la concha de la oreja antes de
morderme el lóbulo—. ¿Debo comprobarlo?
—Realmente sabes cómo volverme loca, ¿eh?
—Es mi especialidad.
—Deja de hablar, Noah, y bésame, carajo.
Hizo algo más que besarme. Mordía y arañaba; me arrancó la ropa, dejándola
caer a nuestro alrededor, y yo hice lo mismo.
Le quité la chaqueta que llevaba, y luego bajé las manos, tomando el dobladillo
de su camiseta y tirando de ella hacia arriba, por encima de su cabeza. No esperé a
que lo hiciera primero. En su lugar, empecé a presionar con besos de boca abierta
en su cuello, por encima de su clavícula, hacia su pecho, bajando cada vez más hasta
que llegué a la dichosa estela que conducía a donde yo quería llegar.
Me arrodillé y empecé a desabrocharle el cinturón, cuando sus manos se
posaron en las mías, deteniéndome inmediatamente.
—¿Qué estás haciendo? —Levanté la vista, disfrutando del calor que emanaba
de él.
—Tomo lo que quiero, Noah. —Le quité las manos de encima y le desabroché
el cinturón—. Y eres tú. He sido una buena chica toda mi vida. —Le desabroché los
vaqueros y empecé a bajárselos—. Pero no quiero ser una buena chica contigo.
Quiero que me ensucies, que me vuelvas salvaje, que me hagas sentir lo que es ser
verdaderamente deseada.
—Nena —empezó a decir justo cuando su polla se escapó de los confines de
sus vaqueros. Ya estaba dura, lista para mí. Envolví mi mano alrededor de él; lisa,
dura y suave a la vez—. Mierda —maldijo cuando empecé a arrastrar mi mano hacia
arriba y abajo de su longitud.
Se retorció bajo mi contacto, y los sonidos que emitió me impulsaron a ir más
162
rápido, más fuerte. Me lamí los labios, con la nueva necesidad surgiendo en mí, y
acerqué mi cara a él.
Abrí la boca de par en par y lo acogí. Antes de este día, siempre me había
parecido raro hacer esto. Algunas de las chicas de la escuela se jactaban de dar una
mamada como si fuera lo más gratificante del mundo, y yo no podía entender por qué.
Hasta ahora.
Un extraño tipo de poder se despertó en mí cuando envolvió mi cabello
alrededor de su puño, sosteniéndose con una mano en la pared.
—Mieeeeeerda —gruñó cuando mi lengua se aplastó contra la parte inferior de
su polla, lamiendo la vena que sobresalía allí—. Me vas a matar con tu boca —gimió,
empujando lentamente sus caderas hacia adelante y hacia atrás.
Levanté la vista, llevando mis ojos en los suyos, y levanté mi otra mano hacia
sus bolas.
—S…Sophie. Mierda. Yo.
Sonreí a su alrededor y le acaricié las bolas, mientras movía la cabeza al ritmo
de sus caderas, con mi lengua bailando alrededor de su eje.
—Eso es. Eso es, cariño. —Comenzó a aumentar su ritmo—. Mierda, mierda,
mierda. Me encanta tu boca.
Acuné las mejillas tal y como dijo Bianca, y me recompensó con otro gruñido.
Nadie hablaba de la cantidad de poder que poseíamos cuando hacíamos esto,
pero a medida que se volvía más ruidoso y frenético, me di cuenta de que esto podría
ser una de mis cosas favoritas.
De repente se echó hacia atrás y me levantó. Sin decir nada más, mi sujetador
desapareció, y los pantalones que llevaba cayeron en un montón con el resto de
nuestra ropa. Mis bragas fueron las siguientes, y antes de que pudiera prepararme,
su mano estaba entre mis piernas, pasando de mi clítoris a mi abertura.
Mis ojos se cerraron, y se apretó contra mí, con su polla encajada entre
nosotros.
—Estás goteando, nena. —Su voz era más grave, más áspera, y cuando metió
un dedo dentro, un gemido salió de mí—. Dios, casi había olvidado lo apretada que
estás.
—¡Noah!
—Lo sé, lo sé. —Apoyó sus labios en mi mejilla, mientras sus dedos entraban y
salían de mí, presionando contra ese punto de mi interior que ahora conocía bien—.
Me encantan estos ruidos que haces, cariño. Pero quiero que grites para mí. Quiero
que te escuchen. 163
—¿Por qué?
—Porque quiero que sepan que eres mía. Siempre serás mía, pase lo que pase.
Mientras retiraba sus dedos y los sustituía por su polla, cumpliendo otra de mis
fantasías, no me cabía duda de que si las cosas fueran diferentes, Noah Kincaid sería
el hombre con el que pasaría mi vida.
21
Noah

L
os días, las horas, los minutos y los segundos pasaron muy rápido. Era
como si acabara de parpadear y los meses pasaran de largo. El tiempo no
iba a esperar a que nos pusiéramos al día, lo sabía, pero cada átomo de
mi cuerpo deseaba que pasara un poco más despacio.
Sólo un poco más lento.
Sólo para darme unos minutos más con ella.
Pero ella... Se estaba desvaneciendo ante mis ojos, y también cualquier
esperanza que tuviera. Sophie Anderson estaba muriendo lentamente, y era obvio
para cualquiera que la conociera de antes.
Antes de que esta enfermedad se apoderara de su vida. Antes de que lo
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destruyera todo.
Volví a mis prácticas porque insistió, pero no estaba allí, al menos
mentalmente. Mi cuerpo sabía lo que tenía que hacer, pero mi mente estaba
constantemente con ella, preocupado por no estar allí si pasaba algo.
Sus médicos le recetaron medicamentos para que estuviera más cómoda, para
aliviar su dolor, pero tenía la sensación de que estaban haciendo más daño que bien.
Intentó ocultarlo, intentó mentirnos a todos, pero pudimos ver lo que realmente
estaba pasando. Esos cuatro meses que le dieron estaban pasando demasiado rápido,
se estaba escurriendo lentamente de entre mis dedos.
Había intentado aferrarme a ella. Intenté decirme a mí mismo que las cosas no
serían tan malas, pero cada vez que mis ojos se posaban en su frágil forma, ese valor
que intentaba acumular se derrumbaba como un castillo de naipes, y el dolor volvía.
A veces era fácil olvidar que se estaba muriendo, pero la realidad era una perra
dura que llamaba a mi puerta cada vez que intentaba pensar positivo. ¿Y cómo podía
ser positivo cuando todo esto estaba sucediendo? Alejarse de los foros morbosos en
los que se hablaba de los últimos días de los enfermos de cáncer era cada vez más
difícil.
Estábamos llegando a finales de mayo, al final del instituto, y aunque debería
haberme alegrado, debería haber estado eufórico por la oportunidad que se me
brindaba, no pude.
No podía sentir nada.
—Noah. —Sophie se revolvió a mi lado y, cuando bajé la vista, empezó a abrir
lentamente los ojos, con esas ojeras cada vez más prominentes—. ¿Qué hora es?
—Solo las nueve, Soph. Vuelve a dormir.
Afuera se desató una tormenta que reflejaba lo que sentía.
—Creo que es mejor que me levante. —Comenzó a levantarse—. No podré
dormir toda la noche si sigo tomando una siesta.
Mentiras, mentiras, mentiras, todo eran mentiras que creaba para hacernos
sentir mejor.
Estas supuestas siestas eran horas completas de sueño, que oscilaban entre
cuatro y siete horas durante el día, e incluso con ellas se las arreglaba para dormir
toda la noche, la mayor parte del tiempo. Pero podía ver cómo le temblaban los
brazos cuando intentaba levantarse.
Podía ver que comía cada vez menos y dormía más con el paso de los días.
Podía ver cómo desaparecía y no podía decir nada, por miedo a disgustarla,
165
cuando eso era lo último que quería hacer.
Era jodido estar así de enfadado y no tener una salida a la que dirigir esta ira.
No era su culpa, pero a medida que pasaban los días, a medida que sus fuerzas se
debilitaban, no podía dejar de apretar los dientes cada vez que quería quedarse en
la cama sin hacer nada.
—¿Está lloviendo otra vez? —Miró hacia la ventana y puso su mano en mi muslo.
Incluso a través de la ropa podía sentir el frío que tenía.
Incluso el calor empezó a escurrirse lentamente de ella.
—Sí. —Asentí—. Parece que estamos a punto de tener una tormenta masiva.
Justo cuando dije eso un trueno retumbó en el exterior, sacudiendo toda la casa.
—Ya ves. —Sonreí, sujetando su mano—. ¿Tienes frío?
—No. —Se encogió de hombros y siguió mirando hacia la ventana—. Tengo
una idea. —Se volvió hacia mí, con ese brillo de nuevo en sus ojos, e incluso tan pálida
como estaba en ese momento, me seguía pareciendo la persona más hermosa que
había visto nunca.
—Oh, no. —Me reí—. Conozco esa mirada en tus ojos. Estás pensando en hacer
algo muy estúpido, ¿no?
—No es exactamente estúpido, no. Pero, no estoy segura de sí estarías
dispuesto a esto.
—Sólo escúpelo, Soph.
—Bueno, ¿recuerdas mi lista de deseos? —Como si pudiera olvidarla. La
mayoría de las cosas que escribió allí eran cosas que no tendríamos la oportunidad
de hacer: nadar desnuda, visitar el Gran Cañón y el Coliseo, ver la aurora boreal.
Todas ellas eran cosas para las que necesitaba viajar, y sus médicos dijeron
explícitamente que ya no era capaz de recorrer largas distancias.
Últimamente se cansa simplemente de caminar, por no hablar de volar o trepar.
—Lo hago.
—Entonces, está lloviendo. —Me miró expectante.
—Así es. —Fruncí el ceño—. ¿A dónde quieres llegar con esto?
—Noah. —Me dio una palmada en el muslo y sonrió—. ¿Bailar bajo la lluvia?
¿Te acuerdas?
—Mierda. —Me pasé la mano por la cara y la miré fijamente—. ¿Estás segura
de que es una buena idea? Hace mucho frío fuera, y no te has sentido muy bien. —Y
puede que sólo te queden uno o dos meses de vida, quise decir, pero me mordí la
lengua en el último segundo—. Es que no quiero que te resfríes o...
166
—Noah —murmuró y se subió encima de mí, colocando sus manos sobre mis
hombros—. Quiero bailar bajo la lluvia, y quiero bailar contigo.
—Carajo, no me mires así.
—¿Cómo? —Hizo un mohín.
—Con esos ojos de cachorro, y... Sí, eso. Sabes lo que estás haciendo.
—No tengo ni idea de lo que estás hablando. —Sonrió y se inclinó, presionando
sus labios contra los míos—. Vamos. Quiero bailar contigo.
Y quería bailar con ella, pero el miedo se apoderó de mis pulmones,
empujando mi ansiedad hacia el frente. Quería protegerla. Quería evitar que se
pusiera aún peor, y aunque quería salir y darle todo lo que quisiera, me aterraba que
esta pequeña excursión pudiera costarnos.
—No lo sé. ¿Y si...?
—Noah —advirtió—. Si pasamos la vida pensando sólo en los, y si, nunca
llegaremos a vivir del todo. Y quiero sentirme viva. Quiero sentirme feliz. Quiero que
la lluvia se lleve todo de mí. Por favor —suplicó—. Quiero hacer esto contigo. Puedo
hacerlo sola, pero...
—No, absolutamente no. —Podría resbalar y caerse, haciéndose aún más daño.
El otro día, casi se cayó por las escaleras. Además de los dolores de cabeza y la
debilidad general, su visión empeoraba, empezaban a aparecer mareos y uno de
nosotros intentaba estar con ella en todo momento—. Vístete. —Suspiré.
Un chillido agudo se le escapó por la boca y, antes de que pudiera reaccionar,
se lanzó sobre mí, derribándome sobre la cama.
—Te amo. Te amo. Te amo —seguía cantando, besando mis mejillas, mis ojos,
mi nariz y luego mis labios.
Carajo, esto es lo que quería para ella.
Felicidad. Pura maldita felicidad.
La rodeé con mis brazos, acercándola lo más posible a mi pecho, inhalando el
dulce aroma a canela y vainilla que persistía en los mechones de su cabello que me
hacían cosquillas en la nariz.
—Yo también te amo —murmuré en su cabello—. Pero sólo saldremos durante
diez minutos.
—Ugh —resopló—. Biiiiiien. Diez minutos serán.
Nunca vi a una persona vestirse más rápido que ella. En menos de cinco
minutos, tenía una sudadera con capucha, su pijama se quedó con la adición de
167
zapatillas de deporte en los pies.
—¿Así es como vas a ir? —Levanté una ceja. Esta podría ser la peor idea de
todas.
—Sí. ¿Qué hay de malo en esto? —Miró su atuendo—. No es que vayamos al
Ritz. Sólo vamos al patio trasero.
—Apenas llevas ropa.
—Todo se va a empapar, de todos modos.
—Soph —gemí—. Te vas a enfermar.
—Y te saldrán canas de tanto preocuparte. Estoy bien. ¿Puedes mover el
trasero de la cama? ¿Por favor?
Refunfuñé y protesté, pero sabía que nada de lo que dijera la haría desistir de
salir. Rebotó en el lugar, moviendo su peso de una pierna a la otra, sonriendo todo el
tiempo.
Tomé una sudadera con capucha que había tirado en la silla de la esquina de
su habitación y me la puse, seguido de mis zapatillas, y antes de que pudiera
enderezarme, ya me estaba agarrando de la mano y tirando hacia la puerta.
—¡Vamos!
Salió corriendo, y yo detrás de ella, riendo todo el tiempo. Su mamá apareció
al final de la escalera, mientras los dos bajábamos corriendo como locos, con una
mirada confusa.
—Hola, mamá. —Sophie sonrió, saliendo directamente por la puerta—. ¡Adiós,
mamá! —gritó al salir, dejándome atrás.
Me quedé mirando el lugar que acababa de dejar libre y luego miré a su mamá,
tan confundido como ella.
—Parece estar de buen humor —murmuró, y me miró fijamente. Un rubor se
deslizó desde mi cuello hacia mi cara y di un paso atrás, dirigiéndome hacia la puerta.
—Uh…
—Ve. —Me saludó con la mano—. Diviértete. Asegúrate de que no pase mucho
tiempo afuera. Hace demasiado frío y no quiero que se enferme.
Traducido, no quería perderla antes de tiempo.
Me tragué las emociones que amenazaban con salir. Ninguno de nosotros
hablaba nunca del final. Incluso mi mamá dejó de preguntarme cómo estaba Sophie,
porque cada vez que lo hacía, acababa de un humor mucho peor del que tenía al
principio.
Me limité a asentir y me volví hacia la puerta, dejando a la señora Anderson de
168
al pie de la escalera con el paño de cocina en las manos. Estos dos últimos meses no
han sido fáciles para ella, y no podrías verlo si no te fijas bien.
Durante todo el tiempo que Sophie y yo nos conocemos, nunca vi a la señora
Anderson llevando una cantidad excesiva de maquillaje, pero a medida que pasaban
los días y los meses, su uso de maquillaje aumentaba, y a veces podía oírla entrar en
la habitación por la noche para ver cómo estaba Sophie.
Les parecía bien que me quedara a dormir, o que me colara a su casa, se lo
agradecí enormemente. Pero cuando me quedaba a dormir, pude ver el daño que
esta enfermedad estaba causando a toda la familia.
La gente suele olvidar que no era solo una persona la que sufría cuando se
producía este tipo de sucesos. Eran familias enteras, amigos y seres queridos. Incluso
la gente que no era demasiado cercana a la persona en cuestión parecía verse
afectada por ello.
Nunca se sabe cuándo puede golpear a alguien cercano. Ver a una persona
joven como Sophie pasar por este infierno fue suficiente para que todos los
implicados bajaran el ritmo y disfrutaran de la vida.
Tendíamos a ir por la vida como si estuviéramos corriendo en el tiempo, sin
detenernos a mirar a nuestro alrededor. A menudo nos olvidamos de las personas
que nos importan, tratando de perseguir nuestras metas y sueños, nunca nos
detenemos a mirar todo lo que estamos dejando en ruinas a nuestro alrededor.
Pero cuando ocurrían cosas como ésta, tenías que frenar. De repente,
recordabas que había algo más en la vida que correr y correr y correr
constantemente. Había cosas mucho más importantes.
Una persona sana tenía mil deseos, mientras que la enferma sólo tenía uno:
mejorar.
—¡Noah! —Sophie me gritó, y me puse en marcha de nuevo desde el porche
de su casa, siguiendo su voz.
La encontré en el patio trasero justo cuando pasaba entre nuestras casas.
Estaba allí como un ángel, cubierta por la luz parpadeante de la lámpara del patio
trasero, mirando al cielo con los ojos cerrados y las manos extendidas a los lados.
Su largo cabello ya se estaba mojando por el embate de la lluvia, así como el
resto de su ropa.
Pero su sonrisa... Su sonrisa era tan brillante como el sol, y me quedé allí,
observándola, almacenando este recuerdo de ella en mi mente, porque sabía que
muy pronto, ya no la tendría.
Su voz, su cara, sus sonrisas y sus expresiones malhumoradas que siempre me 169
hacían reír... las perdería todas.
La vida no era justa, siempre lo supe, pero nunca pensé que fuera tan injusta.
Los recuerdos se agolparon en mi mente, como un caleidoscopio de memorias que
se repiten.
La primera vez que la vi.
La primera vez que jugamos de niños.
La primera vez que le tomé la mano.
La primera vez que vimos una película juntos.
La primera vez que me abrazó mientras lloraba.
La primera vez que nos sentamos en el estanque junto a ese sauce llorón.
Nuestro primer beso y contacto.
La primera vez que dormimos juntos.
Su primera medalla de oro, y su ánimo desde las gradas al día siguiente.
Se me cerró la garganta y se me llenaron los ojos de lágrimas. Se suponía que
era el fuerte. Se suponía que debía ser su ancla, pero mientras estaba aquí, supe que
siempre fue lo contrario.
Siempre fue la más fuerte. Era mi ancla y temía que el mundo sin ella no fuera
el mismo.
Incluso ahora, cuando estaba allí, a meses, tal vez semanas de morir, seguía
siendo mi ancla. Todavía nos mantenía unidos, sin permitir que nos derrumbáramos.
Todavía sonreía, todavía se reía de mis chistes cursis. Todavía desayunaba con su
familia, y todavía hablaba del futuro que nunca tendría.
No estaba seguro de sí intentaba consolarnos a nosotros o a ella misma, pero
cada vez que empezaba a hacer planes para el otoño, mis juegos, o las vacaciones y
Halloween, todos en la mesa se callaban.
Todos menos ella.
Quizá era su forma de decirnos que la vida seguía adelante aunque ya no
estuviera en ella. Pero sabía que mi vida nunca sería la misma. No si ella no estaba en
ella.
—¿Por qué estás ahí de pie? —gritó, parpadeando contra la lluvia—. Ven aquí,
tonto.
Me metí las manos en el bolsillo delantero de la sudadera con capucha y me
acerqué con cautela a ella. Estaba rebotando en el lugar, bailando al ritmo de la
música imaginaria que solo ella podía escuchar, y consiguió arrancarme una sonrisa. 170
—Parece muy malhumorado, Sr. Kincaid.
—¿Ah sí? —La agarré por la cintura y la acerqué a mí—. Y usted parece muy
alegre, señorita Anderson.
—Porque soy feliz. —Sonrió—. Te tengo a ti, tengo a mis padres y a mi hermano.
La escuela finalmente ha terminado, y te han reclutado.
—Lo logré, ¿no?
—¡Claro que sí, lo lograste! Ves, te dije que podías hacerlo. No quiero escuchar
nunca ninguna de esas charlas de pero qué pasa si no tengo lo que hay que tener. Fuiste
una bestia en el hielo, Noah. Una maldita bestia.
—Lo sé. Podía oírte gritar desde las gradas.
—¡Porque estaba muy orgullosa de ti! —Colocó las palmas de sus manos en mis
mejillas, frotando las gotas de lluvia allí acumuladas—. Siempre estaré orgullosa de
ti, Noah. Espero que lo sepas.
—Lo sé. —Me aclaré la garganta—. Y siempre estaré orgulloso de ti. Hoy,
mañana, dentro de mil años, siempre estarás aquí, cariño. —Puse su mano contra mi
corazón—. Siempre.
Asintió.
—Lo sé. Quiero que sepas que no importa a dónde vaya o cuándo me vaya,
siempre tendrás mi corazón, Noah.
Mis lágrimas se derramaron sobre mis mejillas, mezclándose con la lluvia, y
agradecí que no pudiera verlas del todo, medio disimuladas por la lluvia y por las
sombras que caían sobre nuestros rostros.
Mis labios se dibujaron en una sonrisa inestable.
—Me prometiste un baile, Soph.
—No, tú me prometiste un baile. Déjame sacar mi teléfono.
Dio un paso atrás y sacó su teléfono del bolsillo del pantalón de su pijama, la
pantalla iluminando su rostro.
—Vamos a ver —murmuró—. ¿Qué escuchamos?
Los minutos pasaban mientras revisaba su teléfono, mientras la lluvia caía
sobre nosotros, calándonos a ambos hasta los huesos. Sabía que debíamos haber
entrado hace al menos cinco minutos, pero no quería romper el hechizo.
Un trueno rugió en algún lugar de la distancia, pero ninguno de los dos se
movió del sitio.
—¡Ajá! —exclamó y pulsó en la pantalla—. Esta. 171
Reconocería la canción fuera donde fuera. Empezó a sonar “Everything” de
Lifehouse, lo que me hizo retroceder en el tiempo hasta la primera vez que
escuchamos esta canción. Ninguno de los dos cantó la letra, pero ambos pensamos lo
mismo: esta era nuestra canción.
Esta era la canción que siempre me hacía pensar en ella, y mientras se
acercaba a mí, poniendo el volumen al máximo, puso sus manos en mis antebrazos,
guiándome hacia su cintura.
—Es nuestra canción —susurró, mirándome.
—Eso es exactamente lo que acabo de pensar.
—¿Por qué estamos susurrando? —Se rió.
—Shhh —murmuré y apreté mis labios contra su frente—. Sólo escucha.
Me aferré a su pequeña cintura, aborreciendo la sensación de sus costillas
sobresalientes bajo mis manos, un claro indicio de que ya no comía como antes. Mi
garganta comenzó a cerrarse a medida que el puente de la canción se acercaba,
llevándonos al estribillo.
Apoyó su cabeza en mi pecho, suspirando suavemente, y me incliné hasta su
oído.
—Eres todo lo que quiero —me ahogué—. Eres todo lo que necesito —canté
lentamente—. Lo eres todo, Sophie. Lo eres todo para mí.
Me agarré a la espalda de su capucha, incapaz de contenerme más. No pude
contener el dolor, la ira, la devastación.
—No quiero perderte —grité, con la voz quebrada mientras me abrazaba tan
fuerte como yo a ella—. No quiero perderte, carajo.
Su cuerpo se agitó, sus manos agarraron y soltaron mi capucha. La lluvia
empezó a caer más rápido, más furiosa, casi castigando.
—Te voy a extrañar, Noah. —Lloró en mis brazos.
Ninguno de nosotros se movió. No bailamos. No hicimos nada más que existir
durante seis minutos mientras duraba la canción.
—Pero ya no tengo miedo. —Se apartó y me miró—. No tengo miedo porque
sé que he vivido mi vida lo mejor que he podido.
Ya no oculté mis lágrimas.
—No llores por mí. No llores por mí, porque créeme... fui feliz. Fui muy feliz,
Noah. Y tú lo hiciste posible. Tú, mis padres, mi hermano, Bianca. Todos ustedes me
hicieron tan feliz. No creo que mucha gente pueda decir eso, pero fui amada, Noah.
—Esto duele, carajo —sollozaba—. Esto duele, Soph, y no puedo hacer que
172
pare.
Caí de rodillas y me agarré a la hierba.
—Lo sé. —Bajó conmigo también y se subió sobre mí, rodeando mi cintura con
sus piernas—. Sé que duele. Pero quiero que recuerdes que aunque pudiera volver a
hacer esta vida, no cambiaría nada. Me gustaría volver a encontrarme contigo.
Volvería a amarte, aunque me hicieras enfadar. Seguiría pasando por todo esto si eso
significara tenerte conmigo durante el último periodo de mi vida.
—Dios —gemí y enterré mi cara en su cabello mojado—. Es una mierda que
hables de morir como si fueras ir a comprar al supermercado, pero lo entiendo. Lo
entiendo ahora, aunque no me guste.
—La muerte es sólo una parte de la vida, Noah. Es una parte dolorosa, pero
creo que las personas que están destinadas a estar juntas vuelven a encontrar de
alguna manera el camino hacia el otro. Tal vez en esta vida no pudimos hacer todas
las cosas que queríamos hacer, pero siempre tendremos la siguiente. Y siempre
tendremos estos recuerdos.
Sabía que lo haríamos. Pero el razonamiento rara vez funcionaba cuando el
corazón se rompía. El razonamiento no tenía cabida en mi cabeza cuando no podía
ayudarme a conservarla.
—Te amaré siempre, Sophie. Quiero que lo recuerdes. —La miré—. Por
siempre y para siempre.
Empezó a asentir, con la cara mojada por la lluvia y las lágrimas. Y cuando sus
labios se posaron en los míos, la abracé más fuerte, susurrando entre besos lo mucho
que significaba para mí.
Quería que nos quedáramos así para siempre; bajo la lluvia y los truenos,
abrazados, amándonos. Pero las fantasías eran una cosa, y nosotros dos, por
desgracia, vivíamos en el mundo real.

173
22
Noah

L
a vida y la muerte eran como dos amantes, siempre bailando uno
alrededor del otro, pero nunca tocándose, echándose de menos siempre,
hasta que un día consiguieron estar juntos de nuevo. Como la historia del
Sol y la Luna siempre anhelando el uno al otro, deseando que las cosas fueran
diferentes. Deseando que el destino les diera una vida mejor en lugar de una llena de
anhelos y dolor.
Sin saberlo, todos somos más que personajes en esta obra que la Vida y la
Muerte están orquestando, y por mucho que intentáramos luchar contra ellas, por
mucho que intentáramos resistir la atracción hacia el otro lado, hacia la Muerte,
siempre acababa igual.
Siempre se reunían sin importar lo que hiciéramos.
174
Quería creer que había una razón para todo este sufrimiento, todo este dolor,
pero mientras estaba sentado en el borde de la cama, sosteniendo la mano fría de
Sophie, no podía encontrar en mí mismo la forma de entender por qué las cosas
sucedían de esa manera.
Su rostro, antes luminoso, estaba tan pálido como una hoja de papel, adoptando
las vetas de gris sobre sus mejillas huecas. No habían pasado ni tres semanas desde
aquella noche en que nos abrazamos bajo la lluvia torrencial, llorando la vida que
podríamos haber tenido, y su estado empeoraba.
No había ninguna causa, no había ningún desencadenante, pero cuando vi la
cara de su médico hace cinco días, supe de qué se trataba.
Era el final.
Pero lo que me clavó ese último clavo en el corazón no fue la pena que tocaba
las líneas de su cara. No. Fue la sonrisa cansada en el rostro de Sophie cuando volví a
esa habitación estéril del hospital. Sus ojos contaban la historia que no estaba
preparado para escuchar, y no dijo las palabras cuando me senté a su lado y la atraje
hacia mí, rogando a las fuerzas del universo que nos dieran más tiempo.
Sólo un poco más. Unos días más, unos meses más, unos años más... Pero, pase
lo que pase, ninguno de nosotros estaba preparado para dejarla ir. Intentamos
decirnos a nosotros mismos que, cuando llegara el momento, seríamos capaces de
dejarla ir, que podríamos decir que estábamos bien con el resultado final.
Pero sabía que podría pasar mil años más con ella y aun así no estaría
preparado para dejarla ir. Mi mente entendía lo que estaba sucediendo, pero mi
corazón se negaba a creer que esta hermosa chica con ojos llenos de sol, y un alma
coloreada con el arco iris, no iba a estar más conmigo.
Me estaba dejando.
Desde que volvimos del hospital, había pasado todas las horas de vigilia a su
lado; abrazándola, amándola, contándole historias sobre esta nueva vida en la que
debía embarcarse, incluso cuando mi corazón seguía rompiéndose.
Se suponía que me mudaría a Nueva York en septiembre. Se suponía que ya
debía estar buscando un lugar para quedarme, pero sentí como si toda mi vida
quedara en suspenso, esperando que llegara este día.
No tenía que decir las palabras. No tenía que mostrarme cuánto le dolía. Podía
verlo tan claro como el día: Sophie estaba cansada. Mi Sophie ya no luchaba porque,
¿de qué servía? Un día más o una semana más no haría la diferencia.
Una Parca de la Muerte todavía iba a venir a recoger su premio, y no había
forma de escapar de ella. 175
—¿Noah? —Sus dedos apretaron mi mano, pero ya no había fuerza en ellos. Ya
no había vida en su cuerpo.
Estaba aquí, pero no estaba. Su cuerpo seguía moviéndose, su pecho seguía
subiendo y bajando con las respiraciones superficiales que hacía, pero ya no había
chispa en esos hermosos ojos suyos.
Ya no trataba de decirme que todo iba a estar bien; ambos sabíamos que no
sería así. Ambos sabíamos que este momento iba a llegar, pero aunque hubiera
tenido años para prepararme, el dolor seguiría siendo el mismo.
Empecé a respirar por la nariz, con el pecho temblando, conteniendo las
lágrimas. Mi dolor no debería ser lo primero que viera cuando abriera los ojos, y me
negaba a dejarla con este recuerdo roto de mí.
Me negué a dejarla con una imagen destrozada de mí.
—Hola, Soph —murmuré y levanté su mano hacia mis labios, presionando un
suave beso sobre ella—. ¿Cómo te sientes?
Se agitaba, luchando por abrir los ojos, pero sabía que incluso eso le causaba
un gran dolor. Justo antes de llegar al hospital, me dijo que sentía que se le iban a
caer las muelas, riéndose de ello, pero sabía por qué.
Nunca nos habló del dolor que sentía. Ni una sola vez me pidió que la llevara al
médico, y sabía que mantenía ese dolor oculto, rechinando los dientes para que
ninguno de nosotros viera cuánto le dolía.
Ninguna de las medicinas que le dieron funcionó. No hizo nada, salvo un alivio
momentáneo que fue sustituido por un dolor espantoso apenas unos instantes
después.
—Cansada —respondió, con voz suave, casi temblorosa. Se incorporó hasta
quedar sentada e inmediatamente me moví y coloqué la almohada detrás de su
espalda. Sacó la lengua, lamiéndose los labios secos, pero cuando abrió los ojos,
brilló en ellos la misma luminosidad que conocía de antes.
—¿Cómo te sientes? —preguntó como si fuera yo el que estuviera acostado en
esta cama, muriendo lentamente.
Me tragué la rabia ardiente que se instaló en mi garganta.
—Estoy bien, Soph. No te preocupes por mí.
Frunció el ceño, sus labios se afinaron en una línea recta, y antes de que
pudiera siquiera parpadear, se movió, acomodándose justo frente a mí, y atrajo mis
manos hacia su regazo.
—Hoy no me has besado. —Sonrió. 176
—Estabas dormida. —Intenté sonreír, pero por la expresión de su rostro supe
que parecía más una mueca que una sonrisa—. No quería despertarte.
La verdad es que me aterraba tocarla. Me aterrorizaba que no me devolviera
el toque, que ya no tuviera calor en ella. Estaba jodidamente asustado de que cada
beso que le diera fuera el último.
Esta no era la historia de una bella durmiente, y sabía que el momento que
todos temíamos ya había llegado. En esta historia, mi bella no abriría los ojos después
de caer en un sueño eterno.
En esta historia, no era un príncipe que pudiera despertarla por el puro poder
del amor.
Me gustaba creer que el amor conquistaba todo el mal, y que podía prevalecer
incluso en los momentos más difíciles. Pero esto... El amor no podía curar esto.
—¿Tienes hambre? —le pregunté en cambio, apartando el cabello de su cara
y colocándolo detrás de su oreja—. Tu mamá estaba haciendo la cena para todos
nosotros.
Pero no respondió. Pasaron segundos y minutos en los que los dos nos
limitamos a mirarnos y, como un niño demasiado impaciente para esperar, se acercó
hasta que nuestros pechos se tocaron.
Puse una mano en su cintura, mientras la segunda seguía tocando su cara, su
fría cara.
—Quiero que me beses, Noah.
Su aliento bañaba mis labios, nuestras narices estaban a centímetros la una de
la otra.
—Quiero sentir tus labios en los míos, cariño. —Levantó la mirada y me miró—
. ¿Por favor?
Nunca fui capaz de negarle nada, y sin preámbulo, sin una advertencia,
acerqué su cabeza a mí y presioné mis labios contra los suyos. Sus labios secos
lucharon con los míos; nuestras lenguas chocaron, mientras pasaba sus manos por mi
cuerpo, temblando bajo las mías.
Le mordí el labio inferior y se lo calmé con la lengua, sin dejar de agarrarle el
cabello. Tiré de su cabeza hacia atrás y me aferré a su cuello, dejando un rastro de
besos hasta su clavícula y volviendo a subir por su cuello, hasta llegar a sus labios.
—Te amo, Sophie —murmuré—. Te amo mucho.
—Lo sé. —Asintió con la cabeza y presionó su frente contra la mía—. Y yo
también te amo. Siempre, Noah. No lo dudes nunca.
Mis ojos se cerraron, mientras sus manos jugaban con el cabello de mi nuca.
177
Había algo en mi pecho; algo pesado, algo que nunca había sentido antes. ¿Era
así como se sentía el desamor?
Su respiración era mucho más rápida ahora, como si hubiera corrido una
maratón. ¿Cómo de jodido era que un día fueras una persona sana y joven, y al
siguiente descubrieras que había algo dentro de ti, comiéndote, matándote
suavemente?
No tenía ni idea de cuánto tiempo pasó mientras los dos nos abrazábamos así,
aspirando el aire del otro, simplemente existiendo. Pero la realidad llamó a nuestra
puerta mucho más rápido de lo que hubiera querido, y cuando la puerta se abrió,
revelando a su padre allí de pie, supe que necesitaban este tiempo con ella quizás
incluso más que yo.
No tenía ni idea de cuánto podía doler ver a tu hija pasar por esto. Los padres
nunca deberían ser los que entierran a sus hijos. Era monstruoso, antinatural,
completamente en contra de todas las leyes del universo, y sin embargo aquí
estábamos, esperando que el otro zapato cayera finalmente.
—Estaré abajo —dije y deposité un beso en su mejilla—. Creo que deberías
hablar con tus padres.
—Yo también lo creo.
Me levanté de la cama y empecé a caminar hacia la puerta, mirando a su padre
que mantenía los ojos fijos en Sophie.
Ha envejecido en estos últimos meses. Quizá si no lo conocieras de antes no
verías la diferencia, pero yo sí.
Su cabello tenía ahora muchas más canas que antes. Esos ojos vacíos contaban
la historia de un alma hueca que sólo podían contar los que se encontraban en
situaciones como ésta.
—Papá —pude escuchar a Sophie hablar justo cuando empecé a cerrar la
puerta. Me puse de espaldas a ella, cuando me golpeó como un tren de carga.
Sophie se estaba despidiendo.
Una vez leí que una persona sabía cuándo iba a morir. Algo llegó a su alma
diciéndole que era el momento, y simplemente lo sabía.
Una extraña clase de paz la rodeaba, y se sentía como... como si ya no sintiera
dolor.
Pero yo lo hacía.

178
Mi pecho se abrió, mis costillas se rompieron, atravesando mi corazón, y corrí.
Corrí.
Corrí.
Y corrí.
Bajé las escaleras, atravesé la puerta de su casa y salí al aire libre. Corrí por la
calle, dejando caer las lágrimas.
Todo el dolor, todos los sentimientos reprimidos, salieron a la superficie.
Corrí entre las dos casas de nuestros vecinos, hasta llegar a la parte de atrás,
donde nuestro pasado y nuestro futuro chocaban, donde las hadas todavía bailaban,
pero ya no estaban con ella.
Miré al cielo, aborreciendo a las estrellas por el destino que nos dieron. Maldije
al destino, a Dios, a todo lo que pudiera tener algo que ver con esto.
—¿Por qué? —troné, deteniéndome justo delante de nuestro árbol—. ¿Por qué
ella? —Seguí mirando hacia arriba, como si pudieran oírme. Como si pudieran hacer
algo.
—¿Por qué no me llevaste? ¿Eh? ¿Por qué tienes que llevártela? —Mis uñas se
enterraron en las palmas de las manos—. ¿Por qué carajo tuviste que hacer esto?
Me dejé caer de rodillas, apretando las manos contra las sienes. Todo mi
cuerpo temblaba a causa de los sollozos; destrozándome, recordándome.
—¿Por qué ella?
La hierba se sentía fría al atardecer, y la suave brisa se envolvía a mi alrededor,
acariciando mi piel, susurrando su nombre una y otra vez.
—¡Noah! —me llamó una voz desde el fondo, pero no me giré.
No podía darme la vuelta, el agarre de la realidad me mantenía congelado en
el lugar.
—Mierda, hombre. —Andrew se deslizó conmigo y puso su mano en mi
hombro—. ¿Estás bien?
Sacudí la cabeza. Sabía que ninguno de los dos estaba bien, y ninguno sabía
qué decir.
¿Qué podía decirle a un hermano que estaba perdiendo a su hermana? ¿Qué
podía decirle al que la amaba más que a nada?
No había palabras suficientes para apagar este dolor. No había consuelo, no
había nada que pudiéramos hacer para detener esto.
No quería que me consolara. No quería que perdiera el tiempo buscándome.
Debería estar allí, con ella, pasando este tiempo hablando con ella.
—También deberías estar allí, Noah —gritó. Cuando levanté la vista, vi que las
lágrimas corrían por sus mejillas—. No huyas de este sentimiento, hermano. —Me
rodeó el hombro con su mano—. Si huimos de él, estaremos huyendo el resto de
179
nuestras vidas. Siéntelo. —Su mano se posó en mi pecho—. Lo siento aquí mismo.
—¡No puedo, Andy! —le grité—. No puedo sentirme así. ¿Por qué? ¿Por qué me
duele tanto?
—Porque es amor. —Sonrió con la más triste de las sonrisas—. Duele porque
es real, Noah. Si no fuera real, si los dos no se amaran, no dolería tanto.
—¿Pero por qué ella?
—No lo sé. —Se secó las lágrimas y se sentó en el suelo—. No sé por qué. Me
encantaría, ¿sabes? Pero este tipo de preguntas no nos servirán de nada.
—Lo sé.
—Sé que lo sabes. También sé que eres lo suficientemente fuerte para pasar
por esto, así que necesito que te levantes y vuelvas conmigo. Ella te necesita. Nos
necesita a todos.
Y yo la necesitaba. Aunque fuera por un par de horas más. Tomaría minutos,
segundos, meros momentos... Tomaría cualquier cosa que ella estuviera dispuesta a
dar.
—De acuerdo. —Asentí.
—¿De acuerdo?
—Sí. —Me levanté la camiseta y me limpié la cara, esperando que mis ojos no
estuvieran tan rojos—. Volveré contigo.
El camino hacia la casa parecía una eternidad, cada paso era más pesado que
el anterior. No era un hombre religioso; nunca rezaba, nunca iba a la iglesia, pero
ahora sí.
Recé a todas las fuerzas que pudieran existir para que nos dieran un milagro.
Recé y supliqué, rogando que se produjera un milagro. Como si caminara por un
sueño, Andrew me llevó hacia la casa, hasta su habitación.
Seguía en el mismo lugar donde la dejé; sentada y mirando por la ventana. No
tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado desde que salí corriendo. No tenía mi
teléfono encima, y realmente no me importaba.
Lo que sí me importó fue la forma en que se le iluminó la cara cuando me vio
allí de pie con las manos en los bolsillos y el corazón en la garganta.
—¿Dónde has ido?
—Yo... —Me aclaré la garganta—. Tuve que correr a casa muy rápido.
—Hmm. —Levantó su manta y se puso de pie, luego caminó hacia mí—. ¿Fue la
diarrea?
—¿La qué?
180
—Diarrea. ¿Tenías que hacer popó pero eres demasiado tímido para hacerlo
aquí en mi casa?
—Eso... Eso no es lo que... —Y me reí.
Y ella también.
Nos reímos durante toda la velada y durante la cena con su familia. Hizo
bromas, haciéndonos reír a todos. Su padre recordó algunas de las primeras veces
que patinó y cómo parecía un potro recién nacido.
Nos reímos mientras la llevaba a su habitación. Y nos reímos cuando nos
acostamos en la cama, con su cabeza sobre mi pecho y mi brazo alrededor de sus
hombros.
—¿Te quedarás conmigo esta noche? —preguntó, como si no fuera eso lo que
había estado haciendo todas estas noches—. ¿Me abrazarás?
Dejé caer mis labios sobre su cuero cabelludo, inhalando su limpio aroma a
champú de vainilla.
—Por supuesto, cariño. No podrías deshacerte de mí aunque quisieras. Pero
mañana... —Le hice cosquillas en el costado, haciéndola reír aún más—. Mañana
planearemos ese viaje al Gran Cañón.
—¿De verdad? —Me miró, con los labios dibujados en una sonrisa cegadora.
—De verdad. Tenemos todo el verano, cariño. Tenemos que hacer algo antes
de ir a la escuela.
—Hmm. —Se mordió el labio inferior—. Voy a tener que pelear con algunas
chicas, ¿no?
—No tienes nada de qué preocuparte, Ángel. —La subí, justo encima de mí, y
apreté nuestros labios—. No tienen nada contra ti.
Sus dedos bailaron sobre mi clavícula mientras su cabeza bajaba lentamente
sobre mi pecho.
—Eres lo mejor que me ha pasado, Noah. No lo olvides nunca.
Mis ojos se cerraron, una lágrima traidora se deslizó, cayendo justo encima de
su cabeza.
—Y tú eres mía, Sophie.
—Por siempre —comenzó.
—Y para siempre —terminé.
Nos quedamos dormidos abrazados, hablando del viaje al Gran Cañón, hasta
que sus ojos se cerraron y su cuerpo se aflojó encima de mí. Pequeñas bocanadas de
181
aire me hacían cosquillas en el cuello, pero no me atrevía a moverme.
Estaba justo donde debía estar: conmigo.

Las mañanas nunca fueron mis mejores amigas. Podía despertarme temprano,
gracias a las numerosas alarmas de mi teléfono, pero aún me costaba abrir los ojos
por mucho que durmiera durante la noche.
Hoy no fue diferente.
La luz de la mañana que se colaba por la ventana de su habitación me irritó los
ojos y levanté la mano, intentando bloquearla.
Me froto los ojos, sacudiéndome los restos del sueño. Me palpitaba el brazo
izquierdo, dolorido por la posición en la que estuve toda la noche. La miré, sonriendo
ante la tranquilidad que emanaba de ella.
Su cabello rubio se extendía sobre la almohada y sobre mi brazo, no podía
esperar a empezar a planear el verano con ella, aunque no llegáramos a hacerlo todo.
—Soph —susurré—. Sophie, despierta.
La sacudí con la otra mano, pero cuando mi palma se posó en la suave piel de
su hombro, donde su camiseta se había caído ligeramente, supe que algo iba mal.
—Sophie. —La sacudí con más fuerza ahora y me tiré hacia arriba, dejando que
su cabeza se deslizara de mi brazo. No se movió.
—Sophie. Despierta, Sophie. —Le aparté el cabello de la cara, y fue entonces
cuando lo vi.
Su pecho no se movía.
—No, no, no. —Mi cuerpo empezó a temblar, mis manos temblaban mientras
intentaba despertarla.
—¡Sophie! —le grité—. Esto no es gracioso, Soph. Despierta. —Apreté mis
labios contra los suyos—. Vamos, abre esos ojos para mí. —Apreté mi mano contra su
pecho y luego me moví un poco más arriba, frotando mis nudillos contra su esternón.
—Despierta, cariño. Por favor. —Mi visión se nubló mientras las lágrimas
aparecían—. Despierta, por mí. Por favor. Por favor.
Pero no se despertaba. No se movía ni siquiera cuando sacudía su cuerpo.
—No puedes dejarme, Soph. No puedes dejarme, carajo. —Su mano pasó por
el borde de la cama, sin vida, fría.
—¡Despierta! Por favor, no me dejes. Te lo ruego. —Me agaché y abracé su
182
cuerpo sin vida contra mí—. Mentí, Sophie. No estoy preparado para que te vayas.
Nunca estaré listo.
Su cabello me hizo cosquillas en la nariz y empezó a pegarse a mi cara
manchada de lágrimas.
—Me prometiste un para siempre, Soph. Se suponía que íbamos a estar juntos
para siempre. Por favor. No te vayas. No te vayas donde no pueda seguirte, cariño.
Por favor.
Pero nada funcionó. Ni mis temblores, ni mi voz frenética... Nada funcionó.
Se había ido.
Mi Sophie se había ido.
—¡Oh, Dios! —exclamé—. Vuelve. Vuelve a mí. Por favor.
Pero su frágil cuerpecito no se movió. No me abrazó como solía hacerlo.
No abrió los ojos para mirarme bajo esas largas y ligeras pestañas. Tenía los
labios ligeramente abiertos y los ojos cerrados.
Su piel estaba tan fría como el hielo del lago Alkey.
—¡Por favor!
—¿Qué está pasando o…? —La puerta de su habitación se abrió de golpe y a
través de mis lágrimas pude ver a Andy de pie—. No —negó con la cabeza—. No, no,
no.
—Lo siento —grité—. No pude hacer nada. Ella sólo ... Ella no se despertaba,
Andy. Ella no se está despertando por mí. ¿Por qué no se despierta?
Dos pares de pasos resonaron en el pasillo exterior, y ni siquiera un segundo
después su papá y su mamá aparecieron en la puerta, mientras Andy se mantenía allí.
—¡Nooo! —gritó su mamá, mientras su papá entraba corriendo en la habitación,
hacia nosotros. Andy agarró a su mamá antes de que pudiera derrumbarse en el
suelo, mientras yo agarraba el cuerpo de Sophie entre mis brazos.
—No pude salvarla, señor Anderson —le dije a su padre, agarrando la espalda
de la camiseta de la pijama—. Lo siento mucho. Lo siento mucho.
Las lágrimas caían, su cara se enrojecía con cada segundo que pasaba. Se
acercó a nosotros y se sentó en la cama, justo al lado de mi cadera.
—Está bien, Noah. Está bien, hijo.
Empecé a sacudir la cabeza.
—No. Necesito que se despierte. Por favor, dile que se despierte.
—Está bien. Vamos, Noah. Puedes dejarla ir ahora. Puedes dejarla ir.
183
—No, no, por favor. Por favor, no me la quites. Por favor, no lo hagas.
Lentamente, con cuidado, llorando al mismo tiempo, puso sus manos sobre las
mías y me miró a los ojos.
—Se ha ido, Noah. Deja que se vaya. Todos tenemos que dejarla ir.
—No puedo. —Enterré mi cara en su cabello. Todavía olía como mi Sophie.
Todavía se sentía como el sol y el arco iris y las primeras gotas de nieve durante
el invierno.
—No puedo dejarla ir.
—Tenemos que moverla, Noah. Ayúdame a moverla, ¿de acuerdo?
¿Cómo podía estar tan tranquilo con esto? ¿Cómo es que no se derrumbaba
como yo?
Pero cuando lo miré a los ojos, pude ver que se aferraba a un hilo. Podía ver
cómo era la devastación, y estaba seguro de que tenía un aspecto bastante similar en
mi cara.
Con los segundos corriendo y sus manos sobre las mías, me desenredé de ella.
Puse una mano en su nuca y atraje su cara hacia la mía para un último adiós. Un último
beso.
Una última vez.
—Espérame, ¿de acuerdo? Espérame en algún lugar. —Apoyé mis labios en su
frente, aborreciendo la sensación gélida de su piel.
Su mamá sollozaba, llenando el silencio que nos rodeaba, pero no me atrevía a
mirarla. Sabía que si lo hacía me volvería a romper.
Con la respiración superficial y el alma vacía, con la ayuda de su papá, la bajé
a la cama. Si no lo sabías, parecía que estaba durmiendo.
Mi bella durmiente.
Mi casi para siempre.

184
23
Noah

L
as nubes oscuras colorearon el cielo, dejando que la lluvia cayera sobre
nosotros. Cientos de paraguas negros me rodeaban; cientos de personas.
Mi mamá me tomaba de la mano mientras todo su cuerpo temblaba por la
fuerza de su dolor, pero me sentía solo.
Completa y absolutamente solo.
Hasta el cielo lloró por Sophie. Incluso la naturaleza sabía lo que había perdido,
no sólo yo.
Dirigí mi mirada al ataúd blanco listo para ser bajado a la tierra, pero mi mente
no estaba aquí. Las rosas blancas se alzaban orgullosas sobre él, y quería arrancarlas
todas. No debían estar ahí. Ninguna de estas personas pertenecía a este lugar. 185
Esa chica de enfrente que no paraba de llorar ni siquiera conocía a Sophie. Ese
chico de la segunda fila no paraba de parpadear y de luchar contra las lágrimas, y sin
embargo fue quien la acosó durante el verano, cuando estábamos en la escuela
primaria, hasta que se enfrentó a él.
Nunca más lo hizo.
Pero todos lloraron. Todos lloraban a la joven vida que perdimos, pero ninguno
de ellos la conocía. Ninguno de ellos sabía lo que la hacía sonreír y lo que la hacía
llorar. Ninguno de ellos sabía que Sophie temía no llegar a realizar todo antes de
morir un día. Todos estaban allí, rodeados de tristeza y miseria pero la mayoría la
ignoró durante su corta vida.
Giré la cabeza hacia la izquierda y miré a Bianca.
Una Bianca silenciosa que no dejaba de mirar el ataúd de Sophie como si
también intentara devolverle la vida. Pero no pudimos. Ninguno de nosotros pudo.
Podría pasarme la vida deseando que pasara; deseando que los últimos dos
meses no pasaran nunca, pero pase lo que pase, aunque tuviera que volver a pasar
por este dolor, no cambiaría nada.
Sophie vivió, lloró, amó y rió, y brilló como la Estrella del Norte.
Sus padres me preguntaron si quería decir algo durante su servicio, pero por
mucho que quisiera gritar lo increíble que era, no podía. Las palabras estaban ahí,
alojadas en mi garganta, pero ninguna podía salir.
Así que me negué, odiándome aún más cuando una especie de comprensión
pasó por sus rostros. Pero no podía hablar de ella como si ya no estuviera aquí,
porque lo estaba.
Sophie siempre vivirá a través de nosotros. En mi corazón, en el reflejo de
aquel hielo en la pista, en sus patines que aún colgaban en la parte trasera de la puerta
de su habitación... Estaba en cada rayo de sol y en cada gota de lluvia que caía hoy.
Me pareció verla ayer. Casi estrello mi auto cuando pisé los frenos en medio
de la concurrida calle. Los autos tocaban el claxon, la gente me gritaba, pero cuando
abrí la puerta de mi auto y empecé a correr tras la chica que era exactamente igual
que ella, algo que no creía que fuera a sentir tan pronto floreció dentro de mi corazón.
Esperanza.
La maldita esperanza, aunque una parte racional de mi cerebro sabía que no
podía ser posible.
Y detener a esa chica que no era Sophie se sentía como un desamor de nuevo.
Y cada canción llevaba su alma en ella. Todos los malditos días me despertaba,
apresurándome a salir de mi cama para ir a su casa, sólo para recordar que ya no
186
estaba allí.
No volvería a estar allí.
¿Y se podía seguir viviendo cuando cada cosa te recordaba a esa persona que
habías perdido? ¿Cómo podía comer y beber, vivir y reír, cuando ella nunca podría
hacer lo mismo?
Me sentí mal viviendo mi vida, cuando ella perdió la suya tan joven. Me sentí
mal avanzando, poniendo un pie delante del otro, sin su mano en mi mano.
Se suponía que íbamos a hacer tantas cosas juntos. Se suponía que íbamos a
conquistar el mundo juntos. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora, cuando ya no
tenía una dirección?
Ella era mi brújula, y vivir sin ella era como vivir en un mundo sin propósito.
—Noah —me llamó mi mamá, y tardé un momento en darme cuenta de que me
estaba tirando de la mano.
—Lo siento, mamá. —Sacudí la cabeza, tratando de deshacerme de la niebla
que abarcaba todo mi ser—. ¿Qué dijiste?
Estaba preocupada por mí, lo podía ver en cada interacción que teníamos, en
la forma cuidadosa en que hablaba de las cosas. Ni una sola vez mencionó mi futuro o
el momento en que tendría que irme a Nueva York. Tenía mensajes sin leer y correos
electrónicos esperando que confirmara mi apartamento, que confirmara mis clases,
pero no podía encontrar en mí mismo la forma de hacer nada de eso.
—Voy a ir con Davina, ¿de acuerdo? —Miré por encima de su cabeza a la mamá
de Sophie con la mirada perdida en un punto, y a Andy y al papá de Sophie
sosteniéndola a ambos lados. Si alguien alguna vez me preguntaba cómo era la
devastación, era esto.
La señora Anderson siempre estaba alegre, siempre tan llena de vida; igual
que Sophie. Pero esta versión hueca y oscura de ella era todo lo contrario de lo que
solía ser.
La gente solía hablar de la curación y del hecho de que, con el tiempo, incluso
las experiencias más dolorosas se convertirían en polvo; yo no les creía.
Aquellas ojeras apenas disimuladas por el maquillaje, y la pérdida de vida que
nos rodeaba no eran cosas que pudieran curarse con el tiempo.
—¿Alguna vez deja de doler, mamá? —pregunté y la miré. Las lágrimas ya se
acumulaban en sus ojos enrojecidos, y sabía que quería a Sophie como si fuera su
propia hija—. ¿Alguna vez dejará de sentirse como si mi alma se partiera?
—No lo sé, cariño —se atragantó y presionó su palma contra mi mejilla—. No
lo sé. No creo que lo haga nunca, pero sí creo que será más fácil.
187
—No lo creo.
—Yo sí. Siempre estará aquí, Noah. —Apretó su otra mano contra mi pecho—.
Siempre vivirá dentro de tu corazón, en todos esos hermosos recuerdos que ustedes
dos hicieron. Y creo que siempre dolerá recordar todos esos hermosos momentos,
pero mejorará.
Respirando profundamente, miré al cielo, a la lluvia torrencial. El paraguas de
mi mamá casi me da en la nariz, pero habría sido un dolor acogedor. Al menos sería
físico. Podría ser localizable.
Fue como si alguien me abriera el pecho y empezara a arañar sobre mi corazón,
haciéndome sangrar una y otra vez. Fue como si mi alma se destrozara aquel día en
que me desperté con ella en los brazos, sólo para darme cuenta de que ya no estaba
aquí.
Su cuerpo estaba, pero su alma estaba en algún lugar lejos de aquí.
—¿Vas a estar bien volviendo a casa solo?
Conocía a mi mamá lo suficientemente bien como para saber que no estaba
preguntando sólo eso. Sabía que no iba a volver a casa. Sabía que no estaba bien.
Nunca estaría bien, pero aun así quería saber.
—Sí. —Asentí—. Deberías irte. Ella te necesita más que yo ahora mismo.
Sólo quería estar solo.
Solo para pensar en todo lo que pasamos.
A solas para llorar en paz donde nadie pudiera verme, donde nadie pudiera
consolarme.
Con pasos vacilantes, mi mamá empezó a caminar hacia atrás, para finalmente
darse la vuelta y acercarse a la mamá de Sophie.
Sabía que no debía quedarme aquí, no, no podía quedarme aquí. No quería
mirar a esta gente reunida aquí. No quería recordar que mi Sophie yacía en ese ataúd
a dos metros bajo tierra; sola, fría y muerta.
Me metí las manos en los bolsillos delanteros de los pantalones y empecé a
caminar entre la multitud, mirando al suelo.
No quería que me hablaran. No quería mirarlos. No quería ver la pena en sus
rostros.
Sólo quería estar enfadado. Quería gritar y maldecir a la vida. Quería
desaparecer.
Ese primer día después de su muerte me pareció una pesadilla, y sólo quería
despertarme.
188
El viento comenzó a levantarse, bailando sobre mi cara con toques de
mariposa. No vi a dónde iba, sólo necesitaba alejarme de aquí. Necesitaba alejarme
de todos.
La necesidad de estar cerca de ella me volvía loco, y conocía un lugar donde
siempre me sentía más cerca de Sophie.
—¡Noah! —Una voz vino de detrás de mí, deteniéndome en mis pasos casi
inmediatamente.
—Por el amor de Dios, ¡más despacio, carajo!
Me di la vuelta y me encontré inmediatamente con Bianca y la mueca de su
cara. Se detuvo frente a mí, sin que ninguno de los dos hablara, solo existiera.
Bianca no podía entender mi dolor, y yo no podía entender el suyo. Cada uno
de nosotros sufría de una manera diferente, pero todos compartíamos el mismo dolor
y la misma realidad.
—¿Cómo te sientes? —pregunté primero, aclarando mi garganta. Su rostro,
habitualmente estoico, estaba ahora manchado por las vetas de lágrimas en sus
mejillas, y los ojos que habitualmente llevaban picardía allá donde iban, estaban
ahora vacíos.
—Yo... —Tragó saliva—. Mentiría si dijera que estoy bien, pero tampoco quiero
que hablemos de ello. Las emociones son lo último que quiero discutir ahora mismo.
Asentí.
—De acuerdo.
—Estoy aquí para darte esto. —Sacó algo del bolsillo de su chaqueta y me
tendió la mano.
Un sobre marrón se encontraba entre sus dedos, y con el corazón en la
garganta, se lo quité, viendo que tenía algo más dentro, y no sólo papel.
—¿Qué es esto? —pregunté, mirando el pequeño paquete que me dio.
—Fue el último deseo de Sophie —se atragantó—. Ella... Oh, hombre, esto es
duro. —Bianca se dio unas palmaditas en las mejillas y apretó los ojos, mientras me
quedaba allí, incapaz de proporcionarle ningún consuelo—. Quería que te diera esto.
—Sus ojos se abrieron, llenos de lágrimas y remordimientos—. Sabía que iba a
dejarnos. —Una lágrima perdida se escapó de su ojo, rodando por su mejilla—. Me
lo dio hace dos semanas y me rogó que te lo diera cuando llegara el momento. —
Bianca se rió, pero no había felicidad en esa risa—. Le dije que no me engañara,
porque no se iba a morir. Y siempre fue terca, ¿sabes? Era como, Solo es una broma,
B. Así que lo tomé ... Lo tomé y le dije que no habría necesidad de que te lo entregara
yo porque no iba a morir. Y lo hizo... ¡Murió, Noah! —Su voz se elevó—. Nos dejó.
189
—Bianca...
—Lo sé. Sé que no tengo derecho a sentirme así, ni a hablar de ello contigo,
porque la amabas mucho. Hasta un ciego podría verlo.
—B. —Me acerqué un paso y me agaché bajo el paraguas que sostenía y la
atraje hacia mi abrazo.
—Se suponía que iban a terminar juntos —Bianca sollozó—. No estaba
preparada para que nos dejara. Lo siento, Noah. Lo siento mucho.
—Está bien, B. Tú también la amabas.
—Ya no sé qué hacer. No sé cómo sentirme.
—Lo sé. Yo siento lo mismo.
—Siento estar llorando aquí en tus brazos. Estoy segura de que estabas
huyendo de todo esto, pero quería darte este sobre y luego...
—No te preocupes, B. Seguimos siendo amigos, ¿de acuerdo? —Me aparté
ligeramente y la miré—. Todavía podemos salir a tomar un café o algo así si quieres
hablar de ello.
Seguía mirándome fijamente, luchando contra las lágrimas que se avecinaban
y apartándolas de sus mejillas.
—Eres un buen tipo, Noah. Siento que la hayas perdido. No tienes idea de
cuánto lo siento.
—Tú también la perdiste. Todos la perdimos.
Y mientras estaba allí, cubierto por el enorme árbol, compartiendo mi dolor
con la mejor amiga de Sophie, una pequeña parte de mí susurró al viento.
Todo va a salir bien.

La pista de hielo seguía teniendo el mismo aspecto por fuera: el mismo color
de hielo, el mismo olor en las gradas, las mismas caras al entrar en el edificio, pero
todo era diferente.
Después de llevar a Bianca a casa, incapaz de dejarla allí por mucho que
quisiera desaparecer, finalmente conduje hasta el otro lado de la ciudad, al lugar que
siempre nos pertenecería a Sophie y a mí.
Aquí fue donde se crearon algunos de mis peores y mejores recuerdos. Aquí
fue donde reí, donde maldije, donde lloré y aquí fue donde la amé. Miré hacia el lado
derecho de la pista, casi imaginándola desde mi memoria durante aquella primera
190
competencia que tuvo.
Sophie llevaba el atuendo más feo jamás conocido, pero aun así parecía un
ángel, con su cabeza atada en un moño en lo alto de la cabeza y el suave rubor en su
rostro. El color amarillo del traje, mezclado con la falda de tutú azul, era tan horrible
como podía serlo, pero parecía un sueño deslizándose sobre el hielo sin esfuerzo.
Las únicas palabras que me vinieron a la mente en ese momento fue, de otro
mundo, y todo el estadio que la observaba supo en ese momento que se trataba de
una chica destinada a grandes cosas.
Me senté en la última fila y mis labios dibujaron una pequeña sonrisa cuando vi
las iniciales grabadas entre los dos asientos.
N&S
Una lágrima cayó sobre mi mano mientras acariciaba la vieja madera. Aquí fue
donde me contó lo aterrada que estaba por su primera competencia. Aquí fue donde
la tomé de la mano, asegurándole que no tenía nada de qué preocuparse. Aquí fue
donde quise besarla por primera vez, no en medio del bosque.
Pero lo hice todo mal.
Había perdido el tiempo. Había perdido oportunidades, pero siempre me miró
como si pusiera las estrellas en el cielo. Nunca vaciló, nunca me maldijo por las cosas
que había hecho.
Nunca intentó cambiar lo que era. Siempre me comprendió, incluso cuando no
merecía ser comprendido.
Incluso después de ese fiasco durante la feria, todavía me aceptó de nuevo.
—¿Cómo se supone que voy a seguir sin ti, Soph? —pregunté, pero nadie
respondió. Los fantasmas de nuestro pasado me abrazaron, me ahogaron, me
apretaron el pecho hasta que no pude respirar más.
—¿Cómo se supone que voy a vivir cuando no estás aquí, cariño?
Sabía que si estuviera aquí ahora, me habría dicho que me pusiera las pilas y
siguiera adelante, pero no podía. No podía borrar el hecho de que ella vivía entre las
nubes ahora, mientras yo me quedaba aquí en la tierra.
Me incliné hacia atrás, manteniendo la mano sobre las iniciales grabadas, y con
la otra saqué el sobre que me dio Bianca.
Lo giré hacia el otro lado, viendo mi nombre escrito con la letra cursiva de
Sophie, dejando esta vez que las lágrimas fluyeran. Tomé el sobre con las dos manos
y empecé a rasgar la apertura, aterrado y emocionado a la vez por ver lo que habría 191
dentro.
¿Y no era jodido que incluso este pequeño trozo de papel que dejó para mí se
sintiera como si estuviera sentada a mi lado? El aire acondicionado se puso en marcha
y casi pude oler su aroma a vainilla y canela en el aire.
Podía oír sus risas en la pista. Podía oír a la entrenadora Liudmila gritarle, pero
también sonreír después de que aterrizara cada uno de sus saltos.
Me temblaron las manos cuando saqué el papel y vi algo más dentro.
Su collar.
Su collar de copo de nieve que le regalé por su decimocuarto cumpleaños. El
colgante de plata se sentía frío al tacto cuando lo saqué, brillando bajo las luces de la
arena.
A Sophie le encantaba el invierno. Le gustaba más la nieve que los días
soleados de verano, mientras que a mí me pasaba todo lo contrario.
Todos los inviernos llamaba a mi puerta por la mañana temprano si había
nevado la noche anterior. Todos los inviernos me sacaba de la cama para salir a la
calle.
Sólo un minuto, decía siempre. Sólo para sentir el frío.
Me pregunté si el lugar al que fue tenía nieve. Esperaba que ya no le doliera.
Desabroché el collar y me lo pasé por el cuello, abrochándolo mientras el
colgante quedaba en la columna de mi cuello. Tendría que encontrar un cordón más
largo, pero el frío tacto del colgante contra mi piel se sentían como las manos de
Sophie sobre mí.
Bajé la mirada hacia el papel que tenía en mi regazo y lo tomé, desdoblándolo
lentamente, asustado no por su contenido, sino por mi reacción ante él.
Las tres primeras palabras se sintieron como cuchillos cortando mi corazón,
mis ojos incapaces de moverse de ellos.
Mi querido Noah,
Se me hace raro escribirte esta carta, ¿sabes? Sobre todo porque sé que en
cualquier momento irrumpirás por mi puerta con la mayor de las sonrisas, aunque sé lo
mucho que te duele esto. Y si estás leyendo esto, significa que ya no estoy contigo.
Y sé que estás enfadado, Noah. Yo también estaba enfadada. Estaba tan enfadada
por no poder vivir mi vida. Estaba tan enojada porque finalmente te tenía y tenía que
dejarte ir. Pero hice las paces.
Sé que no estabas de acuerdo con mi decisión de ni siquiera intentar ninguno de
los tratamientos, pero sabía que no tendría sentido. Preferiría volver a pasar estos meses
contigo, que pasarlos en una cama de hospital, sólo para morir sintiéndome más
agotada.
192
También sé lo testarudo que eres, y sé que intentarás alejar a toda esa gente que
te ama, porque estás dolido. Pero, por favor, no lo hagas. Este es uno de mis deseos para
ti, y espero que lo respetes. No alejes a tu mamá. No alejes a tus amigos. Mantenlos
contigo, porque estas personas que tenemos en nuestras vidas son las que pueden
ayudarnos a superar las peores cosas.
Así como me ayudaste a mí.
Nunca te dije esto, pero siempre creí en las almas gemelas. Siempre creí que hay
una persona ahí afuera para cada uno de nosotros, y para mí esa persona eres tú.
Siempre serás tú, cariño. Y sé lo mucho que me amas, lo mucho que siempre me amarás,
pero hay una cosa que debes saber sobre las almas gemelas.
Podemos tener más de una.
Y mi segundo deseo para ti es que salgas, que te adentres en este mundo de locos
y que encuentres a tu otra alma gemela. Estoy segura de que está en algún lugar,
esperándote. Ella te necesita y tú la necesitas, Noah. No quiero que dejes de vivir sólo
porque yo ya no esté aquí. No quiero que dejes de soñar sólo porque yo no llegue a
hacer lo mismo.
Eres muy amado, Noah. Tan, tan amado, y odiaría verte sufriendo.
Estoy segura de que el dolor siempre estará ahí, pero por favor no dejes que sea
lo único en tu vida. El dolor apesta, sé que lo hace, pero no estaría ahí si no sintiéramos
amor en primer lugar. Y yo te amo mucho.
Tanto, Noah.
Eres una de las mejores cosas que me han pasado, y no cambiaría nada. Volvería
a pasar por todo esto si eso significara volver a encontrarme contigo. Así que sal ahí
fuera. Ve a jugar al hockey, enamórate de nuevo, ten una familia, ten, hijos, Noah. Por
favor, vive.
Quiero que vivas... por mí. Haz todas esas locuras de las que hablamos. Hacer
puenting. Visitar Dubái y visitar el Burj Khalifa. Ir a Myanmar. Haz surf en Australia. Hazlas
todas. Hazlas por ti mismo, porque ¿para qué estamos aquí si no es para vivir nuestra
vida plenamente?
No estés triste. Sé que es una petición idiota, pero por favor no estés triste. Cumplí
con la mayoría de las cosas que quería hacer, y más de la mitad de ellas se cumplieron
gracias a ti.
Si alguna vez visitas Roma, como hablamos, saluda a esos maravillosos
monumentos de mi parte. Haz fotos. Vuélvete loco.
Pero que no te arresten. 193
Te dejo este colgante. Sé que es una mierda devolver regalos, pero quería
devolvértelo. Quiero que siempre tengas al menos un pedacito de mí contigo.
Te amo, Noah. Siempre te amaré.
Pero ahora tienes que dejarme ir. Libérame, cariño.
Y recuerda que las oportunidades sólo se pierden si las dejas pasar.
Con todo mi amor,
Tu Sophie.
En algún momento de la carta, me incliné hacia delante, apoyando los codos
en las rodillas. Las manchas de lágrimas en el papel hacían que la tinta fuera más
oscura contra la superficie blanca.
Mis ojos se cerraron por voluntad propia, luchando contra las lágrimas, contra
el dolor y la alegría mezclados. ¿Cómo era posible estar feliz y triste al mismo tiempo?
¿Cómo era posible que un pequeño trozo de papel destruyera la más mínima
apariencia de calma que tenía?
No me dejó sólo recuerdos y amor. Me dejó su lista de cosas por hacer y,
cuando miré al final, vi algo más escrito.
Lista de cosas por hacer antes de morir de Noah
—Dios mío. —Me pasé una mano por la cara, las lágrimas salían aún más rápido
con cada segundo que pasaba.
Dejé caer el papel en el asiento contiguo al mío, tratando de calmar mi
respiración. Me conocía demasiado bien. Sabía que intentaría restar importancia a
mis sentimientos.
Sabía que intentaría alejar a las personas que me querían, porque mi mundo se
rompió con su muerte.
Y también sabía que sería incapaz de no cumplir sus últimos deseos.
—Bien, Soph —hablé al aire vacío—. Viviré. Viviré por los dos, y un día te lo
contaré.
Un día, nos volveríamos a encontrar. Un día, podría tomar su mano en la mía.
Pero por ahora, viviría; aunque mi corazón siguiera sangrando y mi alma
siguiera llorando por ella, viviría.
—Por ti, Sophie. Sólo por ti.
Me levanté, llevándome el papel, y con una última mirada a las iniciales
grabadas entre estos asientos, empecé a caminar fuera de la arena. A través de las
filas y hacia la entrada. Miré por última vez hacia la pista, porque sabía que no
volvería.
194
Este era nuestro lugar, y no se sentía bien estar aquí sin ella.
—Hasta que nos volvamos a encontrar —le murmuré a mi pasado, y salí, dando
el primer paso hacia el futuro que quería que tuviera. Saqué mi teléfono en cuanto
llegué al estacionamiento y abrí los correos electrónicos y mensajes pendientes que
no me atreví a mirar antes, y empecé a planificar.
Tal vez no se suponía que íbamos a planear un futuro juntos, pero aún podía
vivir la vida que ella hubiera querido que viviera. Todavía podía hacer las cosas que
quería hacer, y al hacerlas, honraría su memoria.
Honraría todo lo que ella quería que fuera.
24
Noah

C
uarenta años después

Amigos, familiares y desconocidos me aseguraban que el


tiempo curaba todas las heridas. Hablaban de él como si fuera la solución a todos mis
problemas.
Pero mis heridas nunca se curaron.
Mis heridas se enconaron, se volvieron más dolorosas, más poderosas. Como
el sabor amargo de la boca del que no te puedes librar durante horas, así es como no
podía curar mis heridas. Lo peor era que no eran visibles.
No había cura, ni medicina, ni droga lo suficientemente fuerte como para
195
borrar los recuerdos.
Los recuerdos eran los peores.
No pasó un solo día en el que no me persiguieran, en el que no se burlaran de
mí. El futuro no importaba cuando vivías en el pasado, cuando no podías avanzar, y
mi futuro no tenía sentido sin ella a mi lado.
Me gustaba creer que había cumplido mi promesa con ella. La promesa de que
viviría mi vida para los dos. La promesa de que sería feliz. La promesa de que lo que
pasara no sería mi fin.
Pero con el tiempo, me di cuenta de que seguía mintiéndome a mí mismo, al
igual que mentía al resto del mundo.
Nunca estuve bien.
Pero sobreviví.
Sobreviví a una casa vacía y a un corazón vacío. Sobreviví a las noches de
insomnio y a la vida sin rumbo. Sobreviví a las miradas lastimeras y a las mujeres que
intentaban llamar mi atención sin éxito.
Sobreviví, pero no estaba viviendo; no realmente.
Mi corazón seguía allí, hace cuarenta años, en aquel pequeño dormitorio de
nuestra pequeña ciudad, muriendo junto a ella. Dejó de latir en el momento en que
me di cuenta de que ya no estaba conmigo. Lo único que me quedaba era la pena y
las oportunidades perdidas, y toda una vida de dolor cada vez que pensaba en ese
período de mi vida, y pensaba mucho en él.
Ahora, mientras estaba en la ciudad que ella tanto deseaba visitar, quería
darme una paliza por haber evitado venir aquí durante todo el tiempo que pude.
A menudo soñaba, sobre todo ahora en mi vejez, con lo que podrían haber sido
nuestras vidas. Probablemente, ella habría llegado hasta las Olimpiadas, mientras yo
jugaba en uno de los equipos de la NHL. Habría sido una estrella, la chica favorita del
país, porque no me cabía duda de que todas las personas se habrían enamorado de
esa brillante sonrisa y de la luz de las estrellas en su cabello.
Me pregunté si nuestros hijos se habrían parecido más a mí o a ella.
Andrew tuvo una hija años después de la muerte de Sophie, y cada vez que esa
dulce niña me hablaba, podía ver trozos de mi Sophie brillando a través de sus ojos.
Tenía los ojos del mismo color y unos pómulos altos y regios.
Y yo era su tío.
Tío Noah. 196
Es lo único que me he permitido ser.
Intenté vivir la vida que Sophie quería. Intenté enamorarme de otra mujer, pero
mis ojos sólo la buscaban en una habitación llena de gente, y cada vez que mi corazón
se recordaba a sí mismo que ya no estaba aquí, me dolía igual que aquella primera
vez.
Así que renuncié a tratar de curar la herida dentro de mi pecho. Dejé de fingir
y seguí adelante, reviviendo nuestros últimos momentos juntos.
La vibración en mi bolsillo trasero me devolvió a la realidad, y en cuanto vi el
nombre en la pantalla, mis labios se dibujaron en una amplia sonrisa.
—Si es mi chica favorita —dije en cuanto me puse el teléfono en la oreja.
—¡Tío Noah! —Ember, mi sobrina mayor, gritó al teléfono, con su voz cantarina
resonando en la línea—. ¿Cómo estás?
Ember era muy pequeña cuando nació, pero desempeñó un papel muy
importante en mi vida. En el periodo posterior a la muerte de Sophie, todos nos
limitamos a pasar por el aro hasta llegar a Ember.
La primera vez que envolvió su pequeña mano alrededor de mi dedo, se me
saltaron las lágrimas ante algo tan inocente, tan puro, y no pude contener la felicidad
que se filtraba por los poros de mi cuerpo. Tenía las cejas de su padre, la cara de su
mamá, pero tenía los ojos y el cabello de su tía.
La primera vez que Ember pisó el hielo, fue como si alguien me catapultara en
el tiempo, y no estaba viendo a Ember, sino a Sophie.
Sophie con sus patines blancos. Sophie con su falda de tul rosa. Sophie
deslizándose sobre el hielo como si hubiera nacido en él.
Andrew lloraba como un niño, mientras Ember reía, dando vueltas,
manteniendo los brazos en el aire como si intentara volar. Y ahora, años después,
Ember se parecía cada vez más a lo que yo suponía que sería Sophie.
Tenía esa misma terquedad en los ojos cuando algo no iba como ella quería.
Tenía la misma gracia, la misma felicidad, la misma luz que vivía dentro de su pecho.
Y ella hizo que todas nuestras vidas fueran mejores.
En medio de nuestro dolor, el universo nos hizo un regalo.
Un regalo envuelto en una manta rosa, y ninguno de nosotros pudo evitar
enamorarse de ella.
—Estoy bien, Em. —Sonreí—. ¿Qué estás haciendo en tu teléfono? Pensé que
tenías tu práctica hoy.
El amor de Ember por el hielo no terminó aquel día en que la llevamos por
197
primera vez. Aunque ninguno de nosotros la empujó hacia ello, ninguno trató de
imponer los sueños perdidos que Sophie tuvo una vez, Ember llegó a convertirse en
campeona nacional. Y ahora se enfrentaba al mundo, preparándose para los Juegos
Olímpicos con su compañero, Damien.
—Estoy haciendo una práctica, pero ahora estamos en un pequeño descanso,
así que quería llamarte para ver cómo está todo. ¿Estás disfrutando de Roma?
Ah, la pregunta del millón. Ember sabía lo de Sophie. ¿Cómo no iba a saberlo?
Todas nuestras casas estaban llenas de fotos de Sophie, medallas de Sophie y
pequeños recuerdos que dejó.
Aunque no compartía mi sangre, era como la hija que nunca tuve. Tal vez fuera
una estupidez, pero Ember era como la hija que Sophie y yo debíamos tener.
Y ella sabía de mi relación con Sophie. Sabía cómo murió y quién era yo.
Cuando Ember cumplió nueve años, preguntó cómo era posible que yo fuera su tío,
pero no tuviera una tía.
Toda la sala se quedó en silencio en cuanto las palabras salieron de su boca, y
la señora Anderson salió corriendo de la habitación, incapaz de contener las lágrimas.
Mis propias emociones estaban a flor de piel mientras intentábamos explicarle que
su tía Sophie ya no estaba con nosotros. Que había muerto años antes de que ella
naciera.
Entonces, Ember sabía por qué estaba aquí.
—Es hermoso, Em —murmuré—. A ella le habría encantado. A ti también te
gustaría.
La línea se quedó en silencio durante un minuto mientras seguía mirando las
ruinas del Foro Romano, caminando más despacio que la gente que me rodeaba. Pero
años de golpes en el hielo, años de conmociones cerebrales y huesos rotos, hacían
que mi vejez fuera desagradable.
—Siento que hayas tenido que ir allí solo, tío. Me gustaría estar allí contigo.
Algo se apretó en mi corazón ante el tono triste de su voz. Quería venir. Dios,
quería viajar conmigo, pero sus obligaciones no la dejaban. Así que aquí estaba yo,
solo en Roma, pensando en la época en que soñábamos con estar aquí.
—En realidad, me gustaría que ella estuviera allí contigo. Me gustaría que la tía
Sophie estuviera contigo.
—A mí también, pequeña. —Me limpié la lágrima que se me escapó del ojo,
tratando de calmar mi corazón acelerado—. Pero no pasa nada. Ella siempre está con
nosotros —dije y coloqué la palma de la mano sobre el colgante de copo de nieve
que reposaba en la columna de mi garganta.
—Nunca la conocí, pero cada vez que estoy ahí fuera, en el hielo, tengo la 198
sensación de que me vigila. —Mi labio inferior tembló—. Quizá sea sólo mi
imaginación, pero es casi como si la conociera. Es casi como si nunca se hubiera ido.
Y esa era la verdad. Incluso años después de su muerte, todavía me sorprendía
volviendo a casa a toda prisa, sonriendo, con la necesidad de contarle lo que acababa
de pasar, o lo que acababa de ver. Hasta que la realidad se estrellaba contra mí, y mi
colorido día volvía a convertirse en un sombrío color gris.
—Tengo que irme, pero por favor llámame si necesitas hablar con alguien. ¿De
acuerdo?
—Por supuesto. —Sonreí, luchando contra las lágrimas—. Ten cuidado ahí
fuera.
Su risa resonó una vez más.
—Siempre tengo cuidado. Te amo, tío. Hablamos luego.
—Yo también te amo, cariño —respondí un segundo antes de que colgara.
Durante un minuto, me quedé allí, empapándome del aire húmedo del
atardecer de Roma, observando cómo otras personas pasaban a mi lado: algunas
tenían prisa, otras caminaban lentamente, de la mano de sus parejas, mientras que
otras, como yo, se limitaban a contemplar las ruinas de la antigua Roma,
probablemente imaginando el aspecto que tenía en su día.
De los dos, Sophie fue la que siempre estuvo obsesionada con la historia. Pero
en algún momento, después de su muerte, yo también me obsesioné. Tal vez fuera la
necesidad de sentirme más cerca de ella de alguna manera, pero las construcciones
antiguas y los hitos históricos nunca dejaron de asombrarme, y pasé cada momento
posible viajando y explorando nuevos países y nuevas culturas, aprendiendo todo lo
que podía.
Había tantas cosas que desconocíamos de otros países, de sus tradiciones, de
toda su cultura, y era una pena que no todas las personas tuvieran la oportunidad de
viajar y explorar. Una vez pasé una semana en China, con un amigo mío, tratando de
aprender más sobre su cultura.
Pasé un mes en Dubái, recorriendo los siete emiratos. La mezcla de Oriente y
Occidente era fascinante allí, y aunque los edificios que tenían Abu Dhabi y Dubai
eran rascacielos, la gente de allí seguía aferrada a sus tradiciones. Y los expatriados
respetaban la cultura como si fuera la suya propia.
Dos semanas en Bosnia y Herzegovina, y me di cuenta de que la terrible guerra
que tuvieron hace mucho tiempo, no les robó la hospitalidad y su gente increíble.
Había estado en toda Europa, en todo el mundo, pero me alejé de Roma, por miedo a
que fuera demasiado para mí.
Pero no fue así. 199
Sophie estuvo en cada uno de estos lugares. Mientras una joven pareja se
tomaba un selfie con el telón de fondo de algún antiguo templo, casi pude verla
sonreír de nuevo, diciéndome que le hiciera una buena foto.
Estaba en el aire envolviéndome mientras yo seguía caminando por la calle,
todo el camino hacia el Coliseo. Su olor estaba en mi nariz, su tacto estaba en mi mano,
y era un tonto por haber evitado este lugar todo este tiempo.
Los autos pasaban a mi izquierda y los restos de la antigua Roma quedaban a
mi derecha, fundiéndose, creando una magia que no creía posible.
Saqué el mapa que me llevé del hotel y luego miré hacia arriba, entrecerrando
los ojos, para ver la inscripción que había en una de las piedras del lado del camino.
Via Sacra.
—Ya casi —murmuré en voz alta.
Cuando levanté la vista, ya podía ver la majestuosa construcción, y con un ritmo
creciente, empecé a bajar por la Via Sacra, la antigua avenida central de Roma,
pasando por las ruinas, por la historia que hablaba por sí misma, y cuando llegué al
claro, mi respiración se detuvo.
Nunca pensé que ver un simple inmueble, una ruina, en realidad, me haría
sentir así. Mis pulmones se agarrotaron mientras mi corazón aceleraba el ritmo.
Me sudaron las palmas de las manos, se me nubló la vista y se me subió algo a
la garganta, un sollozo, un chorro de euforia, no lo sé, pero me quedé congelado en
el sitio, mirando la majestuosa cosa que tenía delante.
El Coliseo romano.
Miles de años de historia se escondían entre aquellas columnas, susurrando
entre aquellos muros, y aún medio destruido seguía pareciendo el rey del mundo. Las
luces estratégicamente colocadas, iluminaban cada una de las ventanas desde el
interior, con las luces azules en el suelo.
Las fotos no representaban bien el Coliseo, y por mucho que hubiera leído
sobre él, por mucho que hubiera soñado con estar aquí algún día, tanto para Sophie
como para mí, nada se acercaba a la realidad.
Y no era el único que miraba con asombro. Miré a mi izquierda, luego a mi
derecha, y vi a otras personas mirando la alta construcción, hipnotizadas por su eterna
belleza. Los terremotos, las tormentas, la lluvia y la nieve, todo lo que le ha pasado a
lo largo de los años, pero todavía se mantiene orgulloso, todavía en el corazón de
Roma.
—Te habría encantado esto, Sophie —hablé suavemente, mis palabras
viajando en las alas del viento—. Me habrías rogado que me quedara aquí para
siempre.
200
Me acerqué un par de pasos, doblando el mapa y guardándolo en el bolsillo
trasero.
Estas construcciones desafiaron el tiempo y el tacto humano, aún se mantienen
firmes, contando mil historias que sucedieron aquí.
Amor y desamor.
Dolor y felicidad.
Todos estaban grabados en las paredes de esta estructura, y ahora la historia
del amor de Sophie por esta ciudad también estaba allí.
Me acerqué todo lo que pude a la pared, mis manos ansiaban tocar la piedra,
pero con la valla que me separaba de ella, sabía que no podría alcanzarla. En su lugar,
saqué el papel desgastado de mi bolsillo delantero y lo desdoblé.
La tinta se desvaneció con el tiempo, pero todavía podía distinguir las letras.
Lista de deseos de Sophie.
Algo me arañó por dentro, mis manos temblaron aún más cuando la primera
lágrima cayó sobre el papel, justo donde estaba su último deseo.
Visitar el Coliseo.
—Lo hicimos, Soph. —Me reí—. Finalmente lo hicimos, carajo.
Miré el pequeño tatuaje del sol, descolorido y más verde que negro ahora, y lo
que no había sentido en años empezó a florecer dentro de mí.
Paz.
—Espero que seas feliz, cariño —murmuré mientras empezaba a romper el
papel envejecido—. Espero que estés sonriendo todos los días, porque así es como
te recuerdo. Sonriente, feliz, llena de amor. —Otro trozo roto, otra parte de mí
liberada—. Todavía te veo en mis sueños, Sophie. Todavía te siento en mis venas.
El último trozo de papel me miraba fijamente.
—Sé que siempre estuviste conmigo, pero creo que es hora de que te vayas.
Miré al cielo nocturno y a los muros del Coliseo.
—Te estoy liberando, Soph. Te dejo ir.
Y con una última mirada a los trozos de papel rotos, los solté lentamente de mi
mano, dejándolos caer al suelo, justo al lado del Coliseo.
—Por fin te dejo ir. —Sonreí—. Espero que sigas patinando en algún lugar de
ahí arriba.
Di un paso atrás, luego otro y otro más, poniendo distancia entre la
construcción y yo. Me giré hacia la derecha y empecé a caminar hacia la entrada,
donde el resto de la gente estaba esperando para entrar también.
201
Me moría de ganas de contárselo a Ember.
Epilogo

A
ños después

Una voz me despertó.


¿Ember, Damien y la pequeña Riley se quedaron a dormir? Pensé.
Anoche, los tres vinieron a ver cómo estaba. Ember lo dejó ver como una visita
social, pero pude ver la preocupación en sus ojos. Desde que me encontró en el suelo
de la sala de estar después de que me diera un ataque, me había rogado que me
acercara más a ellos.
—Quiero asegurarme de que estás bien —dijo después de que me dieran el alta
en el hospital—. Eres mi familia.
Así que lo hice.
202
Pero los ochenta y cinco años en esta tierra significaban que mi salud no era lo
que solía ser. Me dolían las rodillas, la espalda aún más, y me costaba respirar cada
dos por tres. Ella lo sabía y se propuso visitarme al menos dos veces por semana.
No iba a entrar en las numerosas llamadas telefónicas que hacía durante la
semana cuando no estaba aquí conmigo.
¿Tal vez no tenían ganas de conducir? Me mandó a la cama antes de que se
fueran, prometiendo que limpiaría la mesa, pero tal vez se quedaron.
Sin embargo, cuando abrí los ojos, no fue la oscuridad de mi habitación lo que
me recibió.
Una luz blanca y cálida casi me cegó y cerré los ojos, tratando de adaptarme a
la invasión. Volví a abrirlos lentamente, entrecerrando los ojos contra la luz, y cuando
por fin me adapté, me di cuenta de que no estaba en mi habitación.
Y no era una luz ordinaria la que me cegaba, era el sol.
Me levanté lentamente y mis ojos se abrieron de par en par al ver lo que tenía
delante.
Delante de mí había un prado, que conocía muy bien, y cuando me di la vuelta,
el aliento que iba a tomar se atascó en mis pulmones, dejándome sin palabras.
Un sauce llorón se alzaba orgulloso frente al estanque donde me enamoré de
ella, de Sophie. Con las piernas temblorosas, me levanté y cuando miré mis manos,
ya no estaban arrugadas ni viejas.
—¿Qué carajo?
Los pájaros cantaban en algún lugar de la distancia, mientras mi mente trataba
de comprender lo que estaba sucediendo. Hacía mucho tiempo que no tenía un sueño
como éste.
Miré a mi derecha, luego a mi izquierda, intentando ver si había alguien más,
pero no había nada. Los grillos cantaron y corrí hacia el estanque, la niebla de la
mañana en la hierba acariciando mis pies descalzos.
—¿Qué mierda...? —Me miré en el agua, pero no era yo. Al menos ya no era
yo.
Como si se tratara de una foto antigua, el joven de dieciocho años me miraba a
través del reflejo. No había arrugas, ni canas, ni posturas decaídas: tenía el mismo
aspecto que hace tantos años.
Me pellizqué, tratando de despertarme de este sueño, pero seguía arraigado
al mismo lugar. Intenté cerrar y abrir los ojos, pero nada funcionó.
—Despierta, Noah. Despierta de una maldita vez. 203
Cuando mis ojos se abrieron por última vez, una silueta que caminaba hacia mí
desde la dirección del sauce llorón llamó mi atención.
—No. —Sacudí la cabeza—. No puede ser.
—Hola, Noah.
Su voz sonaba igual. Su rostro seguía siendo el mismo, incluso después de
tantos años. Seguía ahí, delante de mí. Un ángel y una pesadilla, porque pasara lo que
pasara, sabía que tendría que despertar de esto.
—Sophie. —Su nombre fue como una oración en mis labios. Su sonrisa iluminó
todo su rostro, y cuando di un paso adelante, me detuve de repente—. ¿Esto es un
sueño? —le pregunté—. Porque si lo es, no quiero despertar.
Negó con la cabeza.
—No. —Cerrando la distancia entre los dos antes de que yo pudiera, siguió
sonriendo como si esto no fuera a romperme el corazón de nuevo—. Esto no es un
sueño.
—Lo dices porque eres un producto de mi imaginación, y no querrías hacerme
daño.
—Siempre el cínico, ¿no? —Tomó mis manos entre las suyas—. Esto no es un
sueño, cariño.
—¿Entonces cómo es posible?
Seguía mirándome, esos ojos que siempre veían más de lo que a veces quería
que vieran, mirando directamente a mi alma.
—¿Qué piensas, Noah? ¿Cómo sería posible que me vieras?
Y caí en la cuenta.
—¿Estoy... estoy muerto?
—Lo siento, cariño.
—Oh. —Di un paso atrás—. Vaya. —Me agaché y puse las manos sobre las
rodillas, inhalando por la nariz y exhalando por la boca.
—¿Estás bien?
—Sí —casi chillé—. Sólo... —Me interrumpí y me puse de pie, con una sonrisa
más brillante que en los últimos sesenta años—. Por fin estoy contigo. —Me giré hacia
ella—. Eres tú de verdad. —Me acerqué a ella y, sin esperar a que pasara un segundo
más, puse mis manos en sus mejillas y la atraje hacia mí, presionando mis labios
contra los suyos. Sus brazos se enroscaron en mi cuello, estrechándome contra ella.
Seguía oliendo igual, a vainilla y canela. Seguía sintiendo lo mismo, toda mía.
—Te he echado tanto de menos —murmuré entre besos—. He pasado toda una
204
vida extrañándote.
—Te he estado esperando, ¿sabes? —Sonrió y apretó su frente contra la mía.
—Siento llegar tarde. Tenía que terminar algunas cosas. —Me reí—. Sólo me
tomó un poco más de tiempo para volver a ti.
—Realmente lo hizo, pero está bien. —Me tomó de la mano y tiró de mí mientras
se sentaba en el suelo—. Me alegro de que hayas tenido a Ember en tu vida.
Bajé con ella y puse mi brazo alrededor de sus hombros.
—¿La has visto?
—Oh, sí. Es exactamente igual a...
—Ti —la corté—. Parece una réplica pura de ti. Por un momento, pensé que
eras tú, sólo que en una vida diferente.
—Casi lo era, pero no estaba preparada para irme. No sin ti. Nunca sin ti.
Mis dedos enredados en su cabello se sentían como el más dulce de los cielos.
—¿Y ahora qué?
—Ahora. —Se mordió el labio inferior y se inclinó hacia mí—. Ahora hacemos
todo lo que no pudimos hacer antes. Ahora vivimos, Noah. Ahora nos amamos.
Asentí.
—Me parece bien. —Puse mi mano en su nuca y la acerqué—. ¿Por siempre y
para siempre?
—Por siempre y para siempre, cariño.

Fin

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Acerca de la Autora

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L.K. Reid es una autora de romances oscuros que odia a los lentos y a la
gente que es mala sin razón. Vive con sus dos gatos, Freya y Athena, y todavía está
descubriendo todo el asunto de los —adultos.
En su opinión, Halloween debería ser un día festivo, y también tiene una
pequeña obsesión por todo lo histórico, especialmente la mitología griega. Durante
el instituto, quería ser arqueóloga y acabó estudiando Derecho, pero obviamente
ninguna de esas profesiones funcionó.
Si no está escribiendo, lo más probable es que esté viendo películas de terror,
escuchando música, leyendo o planeando sus próximos libros.
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