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Teología de La Imagen

El documento describe la teología del icono en la Iglesia Ortodoxa, explicando que los iconos son imágenes de Cristo y los santos que permiten una comunión espiritual. Los iconos se basan en la doctrina de la Encarnación y muestran a Cristo como la imagen visible de Dios. El Espíritu Santo guía a los iconógrafos para que plasmen la belleza trascendente de los prototipos y no meros retratos físicos.

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Teología de La Imagen

El documento describe la teología del icono en la Iglesia Ortodoxa, explicando que los iconos son imágenes de Cristo y los santos que permiten una comunión espiritual. Los iconos se basan en la doctrina de la Encarnación y muestran a Cristo como la imagen visible de Dios. El Espíritu Santo guía a los iconógrafos para que plasmen la belleza trascendente de los prototipos y no meros retratos físicos.

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TEOLOGÍA DE LA IMAGEN

La teología de la imagen en que se inspira el arte del Icono nace de una serie de consideraciones
bíblicas y teológicas:

“Y dijo Dios: hagamos al ser humano a nuestra imagen como semejanza nuestra... Creó
pues Dios al ser humano a imagen suya”. (Gen. 1, 26-27).
“A los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su
Hijo.” (Rm. 8,29).
“Cristo es la imagen del Dios invisible” (Col. 1, 15).

.
En el Antiguo Testamento había una prohibición de pintar imágenes de Dios para no incurrir en
una deformación de la imagen inmaterial y espiritual del Dios único y verdadero (Deut. 4, 15-
20).
Desde el punto de vista teológico el Icono original es Cristo, revelación y rostro de Dios:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14, 9).

La teología del Icono, por tanto, tiene su fundamento en la realidad de la Encarnación.


Cuando el apóstol Pablo formula el fundamento cristológico del Icono diciendo: “Cristo es la
imagen visible del Dios invisible” (Col. 1, 15) está diciendo en otras palabras, la humanidad
visible del Señor es la imagen de su divinidad invisible. Así, la imagen (Icono) del Señor
aparece como la imagen de Dios y
del hombre, es decir, como la representación del Dios-Hombre. El razonamiento subyacente
aquí, es que, ya que el Hijo es por su divinidad la imagen consubstancial al hombre creado a
imagen y semejanza de Dios, se convierte (y permanece desde su encarnación y hasta el final de
los tiempos) en la imagen fiel de Dios. Es por esta razón por lo que afirma claramente: “Quien
me ha visto ha mí ha visto al Padre” (Jn. 14, 9) Esto quiere decir que las dos naturalezas unidas
a la única hipóstasis del Señor nos ofrecen la imagen única del Dios-Hombre Jesús, una imagen
que expresa a Dios mismo aunque Este sea del todo inconcebible e indescriptible.
La persona de Cristo tiene como misión hacer presente a Dios en el mundo y restablecer
plenamente esa otra imagen que puso Dios en el hombre (Gen. 1, 26) y que se vio enturbiada
por el pecado. Por la encarnación, Cristo “no se aferró a su condición divina, al contrario, se
despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos” (Flp. 2, 6-7)
El no despreció la naturaleza humana, lo material, sino que la asumió plenamente, uniéndola a
la naturaleza divina en la persona del Logos.
Desde ese momento lo material es el camino a lo Trascendente. Jesucristo es la imagen de Dios
y los Iconos son las imágenes de Cristo. Y esto se debe según Teodoro Studita, a la voluntad
expresa de Dios que ha querido que de la Encarnación sólo podamos ver su aspecto humano:
“La hipóstasis de Cristo circunscrita, no según la divinidad que nadie la ha visto jamás, sino
según la humanidad que es contemplada en ella a la manera de individuo”.

El hombre es Icono de Cristo, por cuanto refleja su imagen.


María es Icono, imagen, tipo y modelo de la Iglesia, es la imagen más pura en la que
contemplamos todo lo que la Iglesia desea alcanzar. Representa la Encarnación.
.
La confesión del misterio de la Encarnación va unida indisolublemente a la confesión de María
como Madre de Dios. “Porque Cristo que ha nacido de Padre indescriptible no puede tener
imagen... pero en el momento que Cristo ha nacido de una Madre descriptible, tiene
naturalmente una imagen que corresponde a la de su Madre”(San Teodoro Studita). Es esta la
causa por la que en la religiosidad y en la iconografía oriental el tema de la Virgen como Madre
de Dios adquiere tanta importancia. Los Iconos de la Virgen son esencialmente cristológicos.
Los Iconos de Cristo al dejar ver lo invisible de Dios, se convierten en hipóstasis del Logos; no
representan a una de sus dos naturalezas sino a las dos, manifiestan su hipóstasis, el misterio
mismo de la Encarnación, esencial e inseparable a la persona de Jesucristo.

Así, el Icono de Cristo testimonia una presencia, su misma presencia que permite llegar a una
comunión espiritual, a un encuentro místico con el Señor pintado en imagen.
Por tanto lo distintivo del Icono es ser lugar de presencia no sustancial, como algunos quisieron
ver, sino con un valor parecido al que en nuestra terminología occidental damos a los
sacramentales.
Para las Iglesias Orientales la relación de la imagen con el prototipo es la semejanza de la
hipóstasis. “El prototipo no está en la imagen según la esencia (...), el prototipo está en la
imagen según la semejanza de la hipóstasis” (San Teodoro Studita). Por lo tanto, la relación
Icono-prototipo no es ni de simple retrato, ni tampoco de esencia reservada únicamente a la
Eucaristía. Nunca se permite representar un retrato mimético de Jesucristo, la Virgen o los
Santos,
sino que conscientemente se pretende evitar la copia de los modelos vivos. Lo que se procura es
plasmar el prototipo en lo que este lleva siempre de imitación de lo invisible; no es la belleza
física o natural lo que se quiere copiar, sino su parecido con la divinidad, la belleza
Trascendente.

La iconografía teológica expresa con sus figuras, símbolos y colores la auténtica fe cristiana.

Es de carácter ecuménico porque une en la misma fe a católicos y ortodoxos. El Papa Juan


Pablo II con la carta Duodecimum Saeculum del 4 de diciembre de 1.987 y el Patriarca
Dimitrios I de Constantinopla con su carta Encíclica sobre los Iconos, del 14 de septiembre de
1.987 dirigidas ambas a la Iglesia Universal han puesto un hito en la historia y en la teología del
arte sagrado iconográfico, con una invitación a apreciar los tesoros de la tradición, a no
banalizar lo que es expresión y vehículo de la belleza que nos lleva al “Autor” de la misma.

Así es que la iconografía oriental no pretende solamente ser vehículo de información que
eduque la fe, sino sobre todo cauce de formación activa de la vida del creyente.

INTRODUCCIÓN A LA TEOLOGÍA DEL ICONO

Es casi imposible entender el Icono fuera del medio en que fue creado, o sea, el ámbito de la
Iglesia.
El punto de partida para comprender el Icono se encuentra en el fundamento de la Iglesia. Ese
fundamento es la Santísima Trinidad y es el fundamento para la vida de la Iglesia, para su
orden canónico, para el carácter de su pensamiento teológico, para su espiritualidad y para su
creación artística.

“El Hijo y el Espíritu Santo, enviados del Padre, revelan la Santísima Trinidad, no de una
manera abstracta, como un conocimiento intelectual, sino como una regla de vida” nos dice el
teólogo ortodoxo Leonides Ouspenskyj.

“Se le apareció Yahvé en la encina de Mambré estando él sentado a la puerta de su tienda


en lo más caluroso del día. Levantó los ojos y vio que había tres individuos parados a su
vera”. Gen. 18,1-2 (revelación de Dios uno y trino).

“Y mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó y sus vestidos eran de una blancura
fulgurante”. Lc.9,29 (revelación de su divinidad).

“Al comenzar su ministerio, Jesús tenía unos treinta años. Se creía que era hijo de José”.
Lc.3,23 (revelación de su humanidad).

San Juan en su primera epístola dice: “Pues tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el
agua y la sangre, y los tres convergen en lo mismo” (1 Jn. 5, 7). Según el texto de la
Vulgata: “Pues tres son los que dan testimonio (en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu
Santo y estos tres son uno; y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la
sangre y estos tres son uno)”.
Para la teología ortodoxa el punto de partida para confesar la Santísima Trinidad es la Persona
(Hipóstasis), misterio esencial de la Revelación Cristiana, poseedora de naturaleza divina en su
plenitud.
La importancia de la Persona cabe tanto para la teología del Icono como para el Icono mismo.
Porque en la Persona del “Uno” Encarnado se basa la veneración de los Iconos.
La Persona de Dios hecho Hombre es el único camino que conduce al Prototipo del Icono “Yo
soy el Camino... (Jn.14, 6).
También sabemos por San Pablo que ninguno puede decir: “Jesucristo es el Señor si no es
movido por el Espíritu Santo” (1 Cor. 12, 3). Así también ninguno puede escribir el Icono del
Señor si no es movido por el Espíritu Santo. Pues Él es el Iconógrafo Divino (iconoplastés). El
Espíritu Santo es reconocido como iconógrafo interior, aquel que graba en nosotros la imagen
de Cristo.

El arte iconográfico es sinérgico; el Espíritu ilumina al hombre.

Según los Santos Padres el Espíritu Santo es quien toma la Belleza que comunica el esplendor
de la santidad y se revela como “Espíritu de la Belleza”.
Según San Gregorio Palamas, “En el seno de la Santísima Trinidad el Espíritu es el gozo eterno
en el cual los tres se complacen juntos”. Explicita el Dogma Trinitario diciendo: “Si el Hijo es
la Palabra que el Padre pronuncia y que se hace Carne, el Espíritu la manifiesta, la hace audible
y nos la hace escuchar en el Evangelio; entre tanto Él permanece oculto, misterioso, silencioso,
nunca habla de El mismo”.
La obra del Espíritu Santo, como Espíritu de belleza es una poesía sin palabras.
Los atributos más conocidos del Espíritu Santo son: la vida y la luz. La luz es ante todo
potencia de revelación; por eso Dios revelado es llamado “Dios Luz”.

Dentro de nuestro plano óptico, el ojo no percibe los objetos en si mismos si no es por la luz
que esos objetos reciben. El objeto es visible porque la luz lo hace visible, le da figura.
La Palabra de Dios en el día de la creación fue: “Haya luz”. Esta luz no es la que aparece en el
cuarto día cuando Dios crea los astros, esta luz es la “luz increada” de la cual hablan los Santos
Padres.
“El Padre pronuncia la Palabra, el Hijo la cumple y el Espíritu Santo la manifiesta; es la Luz de
la Palabra” (S. G. Palamas).
Tenemos conocimiento de esta luz a través del Génesis: “Haya Luz” (1,3). Nuestro Señor
expresa: “Yo soy la luz” (Jn. 8, 12). El Padre es la Luz, el Hijo es Luz, el Espíritu Santo es Luz.
La Luz es la potencia de la revelación, la Luz de Dios (Jn. 1, 5).
La acción del Espíritu Santo condiciona todo acto en que lo espiritual toma cuerpo, se encarna,
se convierte en Cristofanía (manifestación de Cristo). El Espíritu Santo cubre a María con su
sombra y la hace Madre de Dios. De la Encarnación nace el Cristo. De un bautizado nace un
miembro de la Iglesia. Del vino y del pan el Espíritu Santo hace el Cuerpo y la Sangre del
Señor. De la Santa Faz hace un Icono. Así se convierte en Iconógrafo Divino que realiza el
arquetipo del cual vienen todos los Iconos. Estas acciones son “del Padre, por el Hijo, en el
Espíritu Santo” (San Basilio). La acción del Espíritu Santo coloca a la Iconografía en la
condición de arte sagrado y en un camino de santificación del hombre; y por otra parte, esta
acción esencialmente carismática y al mismo tiempo eclesiástica hace del Icono un lugar
teológico y por tanto fuente de Teología.
La oración para la Consagración de los Iconos dice: “Señor Dios, Tú creaste al hombre a Tu
imagen. Ha quedado oscurecida. Más la Encarnación la restaura y la restablece en su dignidad
primera. Ahora nos inclinamos delante de los Iconos, veneramos Tu Imagen y Tu Semejanza y
en ellos te glorificamos”.

Por tanto, el Icono se realiza teniendo en vista el Misterio de la Encarnación y está


condicionado por la “Creación del hombre a imagen y semejanza de Dios”.

Por todo esto, cualquier alteración o error dogmático de la Santísima Trinidad conduce a la
desacralización del arte iconográfico.
El Icono es la Teología de la Imagen. “Quien a mí me ha visto, ha visto al Padre” (Jn. 14, 9).

También realiza la teología bíblica del nombre.


El nombre hace presente a la persona. El nombre de Dios no puede pronunciarse en vano.
El nombre en el Icono identifica la presencia, ningún Icono está terminado si no inscribimos el
nombre o el título de lo que es representado.
Moisés nos dice el nombre de Dios “Yo Soy el que Soy” (Ex. 3, 14). “Yo soy”.
Jesús en el Evangelio asume varias veces la expresión “Yo Soy” para presentarse. Jesús imagen
del Padre, Palabra hecha carne, es el Señor que existe desde siempre. El Icono de Cristo, no
lleva nombre, sólo letras; es el Innombrable. Este hecho se enraíza en esa noción por eso lo
identifica como tal.
En el nimbo (aureola) de Cristo se inscriben las letras  –  – N.
“”artículo griego: “El”

“” verbo ser/existir: “Existente”


Expresión que significa: “El Existente”
La presencia de esa inscripción resalta la naturaleza divina de Cristo y su consubstancialidad
con el Padre.
“Yo soy el Alfa y la Omega” (Ap. 1, 8) Principio y Fin, Aquél que era, que es y que vendrá.
Unión de Principio y Fin de la Biblia.

Todo aquél que contempla el Icono del Rostro Humano de Cristo, Dios hecho Hombre,
contempla el Misterio de la Palabra y del Nombre. Todos los Iconos de Cristo dan la impresión
de una semejanza tal que son reconocidos inmediatamente. Mas esa semejanza no es la de un
retrato. Justamente lo que se revela en cada Icono de una manera única no es la individualidad
humana sino la Hipóstasis de Cristo; de esta manera es única, eclesial y personal al mismo
tiempo. Por eso existen tantas “Santa Faz” cuantas veces los iconógrafos las han pintado. Mas
su misterio está en que siempre lo reconocemos porque es “el Rostro de los rostros” “el Rostro
del Inaccesible”.
.

Los sagrados Iconos tienen su fundamento en el “Icono no hecho por mano humana” (la Santa
Faz), Icono de los iconos, Belleza de las bellezas, que nos expresan y nos muestran la Belleza
de Dios. Cuando contemplamos los sagrados Iconos contemplamos la Belleza de la Luz de
Dios.

Según los Santos Padres, con Cristo la belleza de los cielos desciende a la tierra; la belleza se
aproxima a nosotros, viene a nuestro encuentro, se hace íntima, se aproxima unida a la sustancia
misma de nuestro ser. Cuando nuestro espíritu se lanza buscando la Belleza de la Divinidad,
encontramos el Icono.
El Icono no es un objeto, es la imagen visible de Cristo; es la Belleza y la Luz.
A través de la semejanza que los Iconos tan misteriosamente transmiten, se reflejan los rayos
inefables de la Belleza Divina.
En los Iconos la Belleza aparece como un sonido que viene de la profundidad misteriosa del ser,
testimoniando la íntima relación entre el cuerpo y el espíritu.

La esencia deificada, que se manifiesta en toda la naturaleza creada, nos hace ver la Belleza
Divina. La naturaleza se vuelve hacia nosotros, nos habla, nos confía sus sonidos y sus coros
secretos, nos llena de una alegría desbordante y rompe nuestra soledad. Comulgamos con la
belleza de un paisaje, de un rostro y sentimos una extraña consonancia con una realidad que,
nos parece, es la “Presencia Una” de nuestra alma perdida y reencontrada.
Según los Santos Padres, en orden de la Encarnación y de la Redención, Cristo es el arquetipo
de todas las formas y por eso la Belleza solo se formula partiendo de Dios.
La experiencia artística solo puede prestarnos sus ojos mostrándonos un fragmento de donde, no
obstante, el Todo está presente, como el sol que se refleja en una gota de agua. Mas, conducido
por la mano de Dios, el hombre a pesar de sí mismo revierte el límite de lo estético y de lo ético
y lo convierte en fe. La fe nos hace ver que la verdadera Belleza no está en la naturaleza misma
sino en la Epifanía (Manifestación) del Trascendente, que hace de la naturaleza, un lugar
cósmico de su resplandor.

En el relato de la Transfiguración tenemos “una anticipación de la Luz del Padre, por Jesucristo,
en el Espíritu santo” (San Basilio).
Lo espiritual y lo corporal se integran. La Gracia es experimentada por los sentidos, la Gracia se
vive, se siente como dulzura, paz, gozo y luz. Esto nos hace ver el porqué del empleo en la
liturgia del canto (bizantino, gregoriano), del Icono, del incienso y la materia de los
sacramentos. La liturgia requiere de nuestros sentidos: nuestro oído, nuestra vista, nuestro olfato
y nuestro gusto para elevarnos y devolver a la materia su dignidad primera y su destino final;
nos
permite comprender que nuestro “cuerpo” no es una sustancia autónoma sino que es vehículo y
parte de lo espiritual.

La Belleza de Dios, que es Su Luz, no es material, ni es sensible, ni intelectual, sino que se da a


sí misma y se deja contemplar a través de la Gracia de los elegidos, que por sus propios sentidos
pueden “ver” a Aquél que está más allá de ellos mismos. Nuestros sentidos entran en acción,
nos ponen en contacto con el Misterio.

La luz de la Creación, del Tabor, de Pentecostés es la Única y Verdadera Luz Divina; es el


Misterio del Octavo Día, Epifanía y Resurrección de Cristo.
A través de los sagrados Iconos, el rostro luminoso de Dios mira a los hombres. Es el Cristo
transfigurado. Los Santos Padres afirman que lo que vemos en los Iconos es la Hipóstasis de
Cristo y de sus seguidores.
Así el Icono se convierte en una experiencia profundamente religiosa que nos hace ver la Luz
de la Belleza de Dios.

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