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Ataraxia: Equilibrio Emocional Estoico

Este documento describe los conceptos de ataraxia y apatía propuestos por las escuelas filosóficas epicúrea, estoica y escéptica durante el período helenístico. La ataraxia se refiere a un estado de tranquilidad espiritual y equilibrio emocional logrado al disminuir las pasiones e intensidad de los deseos. La apatía promueve la felicidad a través de la eliminación de las pasiones, mientras que la ataraxia lo hace mediante la fortaleza espiritual. Ambos conceptos llev

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Ataraxia: Equilibrio Emocional Estoico

Este documento describe los conceptos de ataraxia y apatía propuestos por las escuelas filosóficas epicúrea, estoica y escéptica durante el período helenístico. La ataraxia se refiere a un estado de tranquilidad espiritual y equilibrio emocional logrado al disminuir las pasiones e intensidad de los deseos. La apatía promueve la felicidad a través de la eliminación de las pasiones, mientras que la ataraxia lo hace mediante la fortaleza espiritual. Ambos conceptos llev

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Ataraxia

Disposición del ánimo propuesta por los epicúreos, estoicos y escépti cos gracias a la cual
alcanzamos el equilibrio emocional mediante la disminución de la intensidad de nuestras
pasiones y deseos, y a la fortaleza del alma frente a la adversidad. Tranquilidad espiritual, paz
interior.

        Esta disposición del espíritu es muy parecida a la apatí a propuesta por los estoicos e incluso
muchos autores no creen necesario disti nguirla. Sin embargo, se pueden señalar algunas
diferencias. Así, la apatí a es más tí picamente estoica y la ataraxia se encuentra con más
frecuencia en las propuestas de los fi lósofos epicúreos y escépti cos. La ataraxia, como la apatí a,
es el estado anímico que nos permite alcanzar la felicidad. Se consigue mediante la disciplina del
apeti to para que éste nos presente sólo deseos moderados, y tras aprender a aceptar los males y
a renunciar a los deseos cuando sean imposibles de cumplir. El mati z más importante que separa
la ataraxia de la apatí a es que la apatí a promueve la felicidad como consecuencia de la
eliminación de las pasiones y deseos; por el contrario, la ataraxia lo hace mediante la creación de
la fortaleza espiritual, fortaleza frente al dolor corporal y las circunstancias adversas. Aunque en
el fondo los dos estados anímicos llevan a las mismas consecuencias: indiferencia o
imperturbabilidad ante todo. Epicuro compara el estado espiritual de la ataraxia con el total
reposo del mar cuando ningún viento mueve su superfi cie.

      Finalmente, tanto un estado como el otro otorgan al sabio la libertad: libertad frente a las
pasiones, afectos y apeti tos, libertad ante la coacción de otras personas, libertad ante las cosas y
circunstancias que se oponen a nuestros proyectos.

TE DEJO UN LINK DE UN TOUR TURÍSTICO POR GRECIA, QUE DESCRIBE UN POQUITO ESTO:

[Link]

Vayamos ahora a la teoría. Repaso y complemento de la clase de zoom.

El período helenístico abarca desde la muerte de Alejandro Magno (323 a.C.)


hasta la invasión de Macedonia por los romanos (148 a.C.). Las ciudades
griegas pierden su independencia y Atenas su hegemonía comercial, política y
en menor medida la cultural. A las ciudades-Estado suceden las monarquías
helenísticas. Hay una situación continua de inestabilidad política. Se acentúan
las diferencias entre clases sociales .
Característi cas generales de este período:

-  Aristóteles se refería al hombre como animal político, porque sólo la pólis era autosuficiente y sólo en
ella podía realizarse plenamente. Pero hundida la pólis, el ser humano es entendido ahora como
«animal social», corriendo el marco de referencia hacia la naturaleza y la humanidad, reclamando para
sí la autosuficiencia y autonomía que antes se reconocía a la ciudad.
- Por este motivo, y dada la inestabilidad de la época, las grandes aspiracions del momento pasan a ser
la seguridad personal y la felicidad individual.

- Se busca la seguridad tomando como referencia las leyes inalterables de la Naturaleza, del Cosmos. Se
elabora una nueva Física y una nueva Ética de carácter naturalista y cosmopolita.

- La filosofías que sistematizan sus doctrinas son la estoica y epicúrea, pero no logran superar los límtes
de su existencia: «sabio» no es sólo el que sabe sino «el que sabe vivir».

- La filosofía pasa a concibirse como un saber unitario, dividido en lógica, física y ética, pero con
una finalidad fundamentalmente moral. La especulación abstracta, teórica, la idea de sabiduría por
amor a la verdad, carece de valor.

- En esta época florecen numerosas escuelas. Hay muchas influencias mutuas pero también muchas
polémicas. Eso explica el eclecticismo que vendrá a continuación.

EL ESTOICISMO
Fue fundado por Zenón de Kitión (Chipre, 336-264 a.C.), quien abrió en 306 su escuela en Atenas, en un
lugar llamado Stóa poikilé (Pórtico pintado, de ahí el nombre de estoicismo). La doctrina estoica fue
sistematizada por Crisipo (280-210), uno de sus discípulos. El estoicismo tuvo diversos períodos después.
El estoicismo medio comenzó cuando Zenón de Tarso sucede a Crisipo. A partir del 135 el estoicismo
penetró en Roma e influyó en importantes personajes como Escipiano, Pompeyo y Cicerón.
El estoicismo de la época imperial tuvo como figuras destacadas al cordobés Séneca (4a.C.-65 d.C.),
tutor de Nerón; Epicteto (50-130) y Marco Aurelio (121-180). Son autores fundamentalmente
interesados en los temas morales. En las obras de estos últimos encontramos las doctrinas estoicas de
toda la escuela, junto con textos de Cicerón, Plutarco, Diógenes Laercio y otros.

Aunque utilizan muchos materiales procedentes de filósofos anteriores (Heráclito, Platón, Aristóteles,
los cínicos) también aporta elementos originales. Su influencia se mantuvo durante muchos siglos y
volvió a ponerse de moda en los siglos XVI y XVII en Europa, influyendo en Descartes, Kant y Hegel, por
ejemplo.

Respecto a su concepción del mundo, se inspira sobre todo en Heráclito. El mundo es considerado como
un todo unitario (monismo) y armonioso, regido por la necesidad inflexible de la ley universal
(determinismo). El orden natural será así el único refugio capaz de proporcionar racionalidad en un
marco social caótico.

En vez de hablar de cuatro causas como Aristóteles, propusieron sólo dos principios: la materia (pasivo)


y el logos universal (activo, de naturaleza corpórea, no inmaterial). Sólo lo que tiene cuerpo (lo material)
es real. De esta forma se entiende que el estoicismo es una doctrina estrictamente materialista,
considerando a la materia como carente de cualidades y pasiva. Al principio activo (Razón universal) lo
llaman Dios.

El universo es un todo animado y divino (panteísmo). Todos los acontecimientos están férreamente
determinados por una cadena causal inexorable. A esa necesidad que rige el cosmos le llaman los
estoicos «destino» o «providencia». Es un orden necesario, pero totalmente racional.
El mundo es un ser animado y armonioso, que posee vida propia. Tiene un ciclo vital que termina con
una gran conflagración universal, envuelto en fuego, tras la cual todo vuelve a comenzar de nuevo. Cada
ciclo posterior repite exactamente el anterior: habrá un nuevo Sócrates y un nuevo Platón, y cada uno
tendrá los mismos amigos y conciudadanos.

Sólo existen individuos concretos, todos diferentes. A cada individuo le caracteriza una tensión interior,
una estructura o manera de ser irrepetible. Lo universal carece de realidad. Pero todos los individuos
están ligados entre sí, y el mundo es una gigantesca armonía de correlaciones e interdependencias.

Una misma ley lo rige todo. Y no tiene sentido hablar de mal en el mundo dado que nada de lo que
sucede puede ser un mal, aunque lo parezca. Puede que para considerarlo un bien haya que
contemplarlo con más perspectiva, pero con la suficiente distancia histórica incluso lo que ahora parece
mal veremos que apunta hacia un bien.

Para los estoicos, el ser humano es una parte del universo sometido al mismo orden que las restantes
cosas del cosmos. El alma humana es corpórea, mortal y procede de los padres.

En contra de Platón y de acuerdo con Aristóteles, los estoicos afirman que la única fuente de
conocimiento son los sentidos (empirismo) y que la representación sensible es una copia de la realidad
(realismo ingenuo). Sólo las representaciones «claras y distintas» (Diógenes Laercio) nos garantizan un
conocimiento verdadero.

La Ética Constituye el núcleo fuerte de la doctrina estoica: vivir de acuerdo con la naturaleza.

«El fin supremo del hombre es vivir conforme a la naturaleza, que es lo mismo que vivir según la virtud,
ya que la naturaleza nos conduce a la virtud. [...] La virtud del hombre feliz y el buen orden de la vida
nacen de la armonía del genio propio de cada uno con la voluntad del que todo lo gobierna. Diógenes
dice expresamente que el fin supremo consiste en obrar con prudencia en la elección de las cosas
conformes a la naturaleza. [...] La virtud es una disposición del ánimo conforme a la razón y elegible por
sí misma, no por medio o deseo de algún bien exterior. En ella consiste la felicidad...» (Diógenes Laercio,
VII, 85-90).

El bien moral del ser humano, por lo tanto, consiste en vivir de acuerdo con la Naturaleza global y con la
propia naturaleza (que es una parte de la primera). Esto equivale a vivir de acuerdo con la razón, porque
así descubrimos la Razón universal que rige todo el orden natural. Es sinónimo de  vivir en armonía con
el conjunto del universo. Hacer lo que exige la razón no es otra cosa que realizar el deber. Kant será
quien mejor articule filosóficamente esta ética de la razón y el deber.

La virtud es la disposición permanente a vivir de acuerdo con la razón y el deber. Para los estoicos la
virtud no admite grados: o se es virtuoso o no; y quien tiene una virtud las tiene todas.

Toda tendencia natural es buena, porque la propia naturaleza es norma de conducta. Cuando la
naturaleza humana se desvía, entonces surge la pasión (páthos), que Zenón define como una conmoción
del alma contraria a la recta razón y a la Naturaleza. Cicerón la entiende como «una tendencia
demasiado vehemente, que se aleja del equilibrio natural. Crisipo señaló cuatro pasiones
básicas: dolor (ante un mal presente), temor (ante un mal futuro), placer (ante un bien presente)
y deseo sensual (ante un bien futuro). Ante la pasión, el deber exige autodominio (apátheia =
impasibilidad). Los estoicos entendían la pasión sobre todo como un error del juicio, que nace de una
falsa opinión. Proponían un estadio de imperturbabilidad, de serenidad intelectual, conocido
como ataraxía estoica. En palabras de Epicteto: «No te dejes dominar por la imaginación. Si aguardas y
te contienes, serás más fácilmente dueño de ti mismo».

Para los estoicos, el sabio (sofos, sophós) es el que vive según la razón y está libre de pasiones.
La libertad consiste en el sometimiento y aceptación de la necesidad, en la abstinencia absoluta ante las
pasiones y los placeres.

 
EL EPICUREÍSMO
Epicuro fue uno de los grandes filósofos de la antigüedad, aunque sus ideas fueron poco o mal
comprendidas fuera de su círculo de discípulos y apenas se han conservado fragmentos de sus más de
cincuenta obras (las conocemos a través de Diógenes Laercio, Cicerón y Séneca). Fuera de Roma, el
epicureísmo tuvo uno de sus más ilustres representantes en Lucrecio, autor del poema filosófico  De
rerum natura. El epicureísmo alcanzó su máxima difusión durante los primeros siglos del cristianismo,
atrayendo enormemente a pensadores como San Agustín. Después fue cayendo paulatinamente en el
olvido, rodeado de malentendidos. Sólo en el s. XVII se volverían a poner de moda algunas de sus ideas,
a través de Pedro Gassendi (1592-1655).

El epicureísmo tenía una finalidad claramente práctica: los epicúreos entendían la filosofía como una


medicina del alma. La filosofía no se estudiaba para adquirir cultura, sino para ser feliz.

Se inspira en Demócrito en su concepción del mundo y es materialista. Los dos principios básicos en esta
física son: «nada nace de la nada» y «el Todo consiste en átomos y vacío, y es infinito». Los cuerpos son
«sistemas de átomos». El número de átomos es infinito, como lo es el espacio vacío, por lo que admitían
la posibilidad de que existiera un número también infinito de mundos como el nuestro, que nacen y
perecen, aunque el conjunto del universo es eterno e imperecedero.

Los átomos se mueven en el vacío por su peso, y entre ellos pueden producirse choques y desviarse de
su trayectoria, por lo que resulta muy difícil predecir su posición. Es mecanicista pero cree que nada en
la naturaleza sucede en orden a un fin sino todo es causa del movimiento al azar de los átomos, sin
intervención divina alguna en el origen o funcionamiento de los mundos.

Los cuerpos poseen cualidades reales (color, textura, etc.), resultado de su estructura atómica. Y


el alma es material y mortal (agregado de átomos muy sutiles que se extiende por todo el cuerpo).

La percepción sensible se reduce al tacto (percibir es entrar en contacto con una emanación de átomos
por parte del objeto que percibimos) y el pensamiento es una especie de sensación reflexiva producida
por la superposición de sensaciones inmediatas. El alma sigue al cuerpo en su destino, y por eso es
mortal.

Epicuro admite la existencia de los dioses; seres inmortales y antropomorfos, que viven en los espacios
intermundanos, felices y sin intervenir en la marcha del mundo. Para Epicuro, blasfemar no es negar que
los dioses existan, sino aceptar los caracteres que la gente común les atribuye.
Todas las teorías de Epicuro tienen una intención ética. Intentaba eliminar los mitos y las
supersticiones para conseguir que los hombres pudieran vivir felices y sin miedo. Por eso
polemizó contra la religión popular y la teología astral de Platón. Negaba que la Naturaleza tuviese
carácter «divino» o que hubiera sido creada por los dioses para provecho del ser humano. No creía que
los dioses pudieran intervenir en los acontecimientos naturales. Consideraba que los fenómenos de la
naturaleza podían ser explicados por causas naturales, más verosímiles y aceptables que los mitos. De
ahí que los dioses no tienen por qué inspirar miedo: «es absurdo pensar que seres tan perfectos y felices
puedan experimentar sentimientos de ira o venganza. Y nada hay detrás de la muerte: el alma se disipa
con el cuerpo y no debe sentirse amenazada por los horrores de ultratumba».

Respecto al conocimiento, sólo considera reales las cosas que pueden ser captadas por los sentidos,
única forma válida de conocimiento. Sus tres criterios de verdad son, la sensación, la anticipación y la
afectación. Veamos:

1. La sensación: Es una especie de contacto directo con los objetos o cuerpos que percibimos, pues
mediante los sentidos captamos los átomos que proceden de los objetos exteriores. Siempre es
verdadera y posee una evidencia absoluta. El error no procede de la sensación, sino del juicio sobre la
sensación, que puede ser corregido por sensaciones posteriores.

2. La anticipación: Es una especie de imagen general producida por la acumulación de sensaciones
semejantes. Podemos evocarla mediante las palabras, para anticipar así objetos lejanos o futuros. Para
ser verdadera, la anticipación debe estar confirmada por la sensación, aunque algunas expresiones
sugieren que podía incluir anticipaciones de cosas bastante alejadas de la sensación («proyecciones»).

3. La afección: Placer y dolor son las respuestas inmediatas del cuerpo a la sensación, y por eso fiables.

Su ética es hedonista, absolutamente novedosa en el mundo griego. Cito la carta a Meneceo ya


trabajada:
«Parte de nuestros deseos son naturales, y otra parte son vanos deseos; entre los naturales, unos son necesarios y
otros no; y entre los necesarios, unos lo son para la felicidad, otros para el bienestar del cuerpo y otros para la vida
misma. Conociendo bien estas clases de deseos es posible referir toda elección a la salud del cuerpo y a la
serenidad del alma, porque en ello consiste la vida feliz. Pues actuamos siempre para no sufrir dolor ni pesar, y una
vez que lo hemos conseguido ya no necesitamos de nada más. [...]

Por eso decimos que el placer es el principio y fin del vivir feliz. Pues lo hemos reconocido como bien primero y
connatural, y a partir de él hacemos cualquier elección o rechazo, y en él concluimos cuando juzgamos acerca del
bien, teniendo la sensación como norma o criterio. Y puesto que el placer es el bien primero y connatural, no
elegimos cualquier placer, sino que a veces evitamos muchos placeres cuando de ellos se sigue una molestia
mayor. Consideramos que muchos dolores son preferibles a los placeres si, a la larga, se siguen de ellos mayores
placeres. Todo placer es por naturaleza un bien, pero no todo placer ha de ser aceptado. Y todo dolor es un mal,
pero no todo dolor ha de ser evitado siempre. Hay que obrar con buen cálculo en estas cuestiones, atendiendo a
las consecuencias de la acción, ya que a veces podemos servirnos de algo bueno como de un mal, o de algo como
de un bien.

La autosuficiencia la consideramos como un gran bien, no para que siempre nos sirvamos de poco, sino para que
cuando no tenemos mucho nos contentemos con ese poco; ya que más gozosamente disfrutan de la abundancia
quienes menos necesidad tienen de ella, y porque todo lo natural es fácil de conseguir y lo superfluo difícil de
obtener. Los alimentos sencillos procuran igual placer que una comida costosa y refinada, una vez que se elimina el
dolor de la necesidad. [...]
Por ello, cuando decimos que el placer es el objetivo final, no nos referimos a los placeres de los viciosos -como
creen algunos que ignoran, no están de acuerdo o interpretan mal nuestra doctrina-, sino al no sufrir dolor en el
cuerpo ni estar perturbado en el alma. Porque ni banquetes ni juergas constantes [...] dan la felicidad, sino el
sobrio cálculo que investiga las causas de toda elección o rechazo y extirpa las falsas opiniones de las que procede
la gran perturbación que se apodera del alma.

El mayor bien es la prudencia, incluso mayor que la filosofía. De ella nacen las demás virtudes, ya que enseña que
no es posible vivir placenteramente sin vivir sensata, honesta y justamente, ni vivir sensata, honesta y justamente
sin vivir con placer. Las virtudes están unidas naturalmente al vivir placentero, y la vida placentera es inseparable
de ellas» (Carta a Meneceo).

Las ideas de Epicuro fueron mal comprendidas por diversos motivos, entre ellos la ambigüedad
inherente al término «hedoné», cuya mejor traducción sería «gozo», en lugar de «placer», puesto que
Epicuro no entendía por placer sólo el meramente corporal. Cuando afirmaba que «la raíz de todo bien
es el placer del vientre» (Us., fr. 409), simplemente daba a entender que las necesidades básicas deben
estar mínimamente cubiertas. En otros fragmentos parece identificar el placer con la ausencia de dolor.
Y cuando afirma: «Salto de gozo alimentándome de pan y agua» mostraba su verdadera actitud,
consistente en saber gozar de lo que es natural y moderado, sin pretender ir más allá.

Epicuro distingue entre placeres naturales y necesarios, placeres naturales pero no necesarios, y
placeres que no son ni naturales ni necesarios. Pensaba que sólo los primeros hacen realmente feliz a un
ser humano, y que las personas prudentes intentan escapar de los demás. Con estos matices a sus ideas
Epicuro se opone a doctrinas hedonistas como la de Aristipo de Cirene, quien proponía buscar placeres
«en movimiento», activos, y que no consideraba placer la mera ausencia de dolor. Pero Aristipo ya sufrió
las críticas de Platón y Aristóteles -consideraban placeres supremos los intelectuales, propios del alma- y
Epicuro no quiso merecer los mismos reproches.

Epicuro habla de un nuevo hedonismo: la felicidad está en los placeres -goces- del cuerpo, siempre que
sean naturales, moderados y sin excesos, disfrutados con serenidad. También da mucha importancia a
los placeres del alma (la amistad y los recuerdos agradables, [Link].), e incluso afirma que pueden ser
superiores a los del cuerpo, porque los corporales sólo se disfrutan en el presente, mientras que los del
alma abarcan el pasado, el presente y el futuro.

Epicuro tiene una concepción del «sabio» muy distinta de la que tienen los estoicos: "sabio" no es quien
se abstiene de todo placer, sino el que sabe gozar moderadamente de lo natural y necesario. Prefería la
soledad o la compañía de unos pocos amigos íntimos en lugar del ambiente cosmopolita que los
estoicos consideraban ideal para desenvolverse. Entendía que los procesos naturales no estaban
sometidos a un determinismo férreo, como pensaban los mecanicistas, porque los átomos se mueven
libremente en el vacío y esta ausencia de necesidad hace posible que cada persona pueda ser dueña de
su destino. No temía a la muerte ni vivía angustiado pensando en el final de la vida. Creía que los dioses
no intervienen para nada en la vida de los hombres y que por esa razón era absurdo pensar en la
posibilidad de un castigo presente o futuro, resultado de la cólera divina. Los placeres naturales, que
eran lo importante para él, eran fáciles de conseguir y también el dolor podía ser vencido con la actitud
adecuada. Un ideal de vida así resultaba especialmente atractivo en una época de terrores e histerias
colectivas como la de Epicuro.

 
EL ESCEPTICISMO
Pirrón de Elis (360-270) fundó una escuela que tuvo escasa duración pero que dio origen a una corriente
de pensamiento, el escepticismo, representativa de muchas posiciones y planteamientos posteriores en
filosofía. Aunque ya en los sofistas había pensadores típicamente escépticos -Gorgias, por ejemplo-, fue
Pirrón quien asumió el escepticismo como posición filosófica radical. Se oponía así a los filósofos que él
consideraba «dogmáticos», aquellos que se creían seguros de haber encontrado la verdad, porque él
entendía la filosofía como una búsqueda o indagación (sképsis) continua, que nunca termina, porque la
búsqueda filosófica es una lucha permanente contra los dogmáticos que creen haber hallado la verdad
definitiva ("fundamentalistas").

Pirrón atribuye a nuestras sensaciones sólo un valor relativo (sólo nos muestran «el modo
como aparecen» las cosas ante nuestros sentidos, pero no las cosas tal como son en sí mismas. Todas
nuestras opiniones se basan en la tradición y son convencionales. Por eso no hay razones para
considerar a una más verdadera que su contraria. La única actitud sensata sería suspender el
juicio (epoché) y no decir nada (aphasía). Desde esta concepción de la verdad, Pirrón propone una ética
de la imperturbabilidad (ataraxía): ya que no podemos saber nada con certeza acerca de las cosas del
mundo, lo apropiado es mantener una absoluta indiferencia ante las cosas, para que ninguna
percepción o vana opinión perturbe nuestro ánimo. Intentando responder a los mismos problemas que
afrontó el estoicismo y el epicureísmo, Pirrón propuso que sólo el escéptico puede ser feliz y substraerse
a las angustias de la vida.

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