EL DESIGNIO DE DIOS
SOBRE EL MATRIMONIO
Y LA FAMILIA
El hombre imagen de Dios Amor
11. Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza[20]: llamándolo a la
existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor.
Dios es amor[21] y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor.
Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la
humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la
responsabilidad del amor y de la comunión[22]. El amor es por tanto la vocación
fundamental e innata de todo ser humano.
En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por
un espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor en esta su totalidad unificada. El
amor abarca también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual.
La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar integralmente la vocación
de la persona humana al amor: el Matrimonio y la Virginidad. Tanto el uno como la otra,
en su forma propia, son una concretización de la verdad más profunda del hombre, de su
«ser imagen de Dios».
En consecuencia, la sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se dan uno a otro
con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino
que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo
verdaderamente humano, solamente cuando es parte integral del amor con el que el
hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física
total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente
toda la persona, incluso en su dimensión temporal; si la persona se reservase algo o la
posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría totalmente.
Esta totalidad, exigida por el amor conyugal, corresponde también con las exigencias de
una fecundidad responsable, la cual, orientada a engendrar una persona humana, supera
por su naturaleza el orden puramente biológico y toca una serie de valores personales,
para cuyo crecimiento armonioso es necesaria la contribución perdurable y concorde de
los padres.
El único «lugar» que hace posible esta donación total es el matrimonio, es decir, el pacto
de amor conyugal o elección consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la
comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios mismo[23], que sólo bajo esta luz
manifiesta su verdadero significado. La institución matrimonial no es una ingerencia
indebida de la sociedad o de la autoridad ni la imposición extrínseca de una forma, sino
exigencia interior del pacto de amor conyugal que se confirma públicamente como único y
exclusivo, para que sea vivida así la plena fidelidad al designio de Dios Creador. Esta
fidelidad, lejos de rebajar la libertad de la persona, la defiende contra el subjetivismo y
relativismo, y la hace partícipe de la Sabiduría creadora.