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CLUB DE LIBROS EL mowo
El Mono
Es la hora en que el sol inunda la galerfa y ya terminamos las tareas.
Entonces nos sentamos.
EI sube los pies a la silla, igual que yo. Somos parecidos. Pero sus dedos
negros agarran el borde del asiento y los mfos son cortos, no agarran nada.
La linea de su espalda no se interrumpe, como la mia, en la cintura o el
cuello. Como si yo estuviera hecha de partes y él fuera un todo.
Adelanta la cara como si la metiera en la luz blanca del sol. Cierra los ojos
y ahf se queda. La mandjbula inferior sobresale apenas y los pelos cortos
del mentén parecen blancos. Su cara brilla negra. La mano cuelga larga
del apoyabrazos. La mia se ve palida y débil. Sus manos y sus pies son casi
idénticos.
Me gusta mirarlo, es como si siempre descubriera algo. De él 0 de mi.
Adelanto la cara para meterla en el sol. Cierro los ojos y ahi me quedo.
El dia que se esté yendo ha sido bueno. Hicimos muchas cosas, que
parecen irse también detrs de las paredes del jardin y de los techos ajenos.
Acé quedan el cansancio, la quietud y el silencio.
Cuando del sol no queda nada, entramos a la casa.
A esta hora él ya no salta, se mueve apoyando los nudillos en el suelo y
balanceandose, aunque menos que antes.
Preparo la comida y él me ayuda, a su modo. Si ve que lavo papas, toma
una y la pone debajo del chorro de agua y la frota. Cuando no Ilego a los
estantes de arriba, él se estira o trepa y me alcanza lo que necesito.
Ayer buscaba una bandeja que esta arriba. El subié a la mesada, abrié la
puerta de la alacena y se quedé mirando algo que yo desde abajo no vefa.
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Dije su nombre y le toqué un pie. Pero estaba muy entretenido. Entonces
busqué el banco de madera y subi también a la mesada.
Unos cubos de vidrio, eso era. Unos cubos de vidrio con un hueco en el
medio para poner una vela. El estiraba un dedo y los tocaba con la punta
y se asustaba, o fingia hacerlo. Cuando le ofrecf uno me miré, lo agarré y
salté al piso donde siguié estudidndolo. El cubo de vidrio esté ahora en la
caja en la que él guarda sus cosas.
Comemos en la cocina. E] conoce su plato y siempre le gusta lo que le
sirvo. Adora las frutas, todas. A veces las mira antes de comerlas, otras
veces se tapa la boca con la mano mientras mastica, como si la comida
fuera a escapar o a caerse. En invierno hago guisos. El puede usar la
cuchara con cualquiera de las dos manos. Se ha quedado dormido en la
mesa, con la cabeza cerca de las rodillas y la boca entreabierta.
Hoy cargé lefia y después subié al arbol del fondo para ver al gato del
vecino. A veces juegan y su cuerpo enorme y negro se mueve con més
delicadeza que el del hermoso gatito dorado. Lavo los platos y los vasos.
“Vamos”, le digo cuando termino. Se rasca un costado y baja los pies del
asiento. Camina estirando menos las patas: parece més pequefio. Me
muestra su mano para que yo la tome: parece un nifio, él, que es casi
viejo. Después de lavarme y cambiarme no lo veo.
La hamaca hecha con una sdbana estd vacia en el rincén. Debe haber
elegido otro lugar. A veces se esconde. Yo también estoy cansada, pienso.
Dénde estard, sigo pensando mientras caigo en el suefio. Duermo hasta
que algo raspa el silencio.
Puedo oftlo respirar: él esta junto a mi cama.
Sé que no debo moverme.
No puedo verlo, pero sé de memoria la curva de su espalda, sus brazos
que cuelgan. Ahora arrastra los pies como si le pesaran. Sé lo que no veo.
Sube a la cama. Sé que no debo hablarle.
Est4 sentado en la punta, junto a mis pies.
02CLUB DE LIBROS EL mOwO
Es como si los dos esperdramos y lo que estuviera por ocurrir fuera
inevitable. Sf, esperamos. Me quedo muy quieta: tal vez no ocurra. Hasta
el miedo espera, agazapado.
Entonces de repente él da un salto al medio y la cama absorbe el golpe, él
da otro y cae al piso con fuerza y la madera suena y son como tambores y
mi cuerpo se ha acurrucado y tiembla. El salta del mueble alto al
esctitorio y las cosas caen y yo intento saber qué es lo que ha caido y la
puerta del mueble se abre y sus brazos golpean la pared, el piso, las cosas
que vuelan 0 han cafdo, y entonces da un grito como quien lanza un
cuchillo. Yo voy hacia su sombra, salto como él, pero soy torpe. Estiro los
brazos como si pudiera correr la oscuridad, como si fuera un velo. Voy
detrés de él y hacemos circulos en los que él va detrés de mi 0 ya no
importa porque los dos corremos y nos golpeamos al caer y nos
levantamos para seguir corriendo en la noche que gira. Y él lanza al aire
un aullido y yo solo tengo palabras y las palabras no sirven, pero grito. El
estira las patas y se hace enorme. Puedo ver sus bordes. Levanta los brazos
y los sacude y vuelve a empezar de la cama al mueble y de ahi al escritorio
como si fueran islas sobre un rfo de cosas rotas. Yo lo sigo o lo persigo y
quiero atraparlo o escapar o no sé porque ya nos ha enredado
enloquecida la noche, y saltamos y corremos hasta que ya no puedo y en
un rincén en el que caigo como en un pozo me quedo muy quieta.
Tengo sabor a sangre en la boca. De costado veo la cortina en el suelo. Y
entonces él viene a mf como vienen los tornados, siento el golpe y la
caida. De nuevo, pero esta vez no puedo moverme y tengo miedo y el
miedo no es mds que ver la muerte, pero sin poder ponerle nombre. Ya
nada tiene nombre porque los nombres se han desprendido de las cosas y
las muerden. Silencio.
Me despierto en el corazén blanco de mi cama. Una linea de luz entre las
cortinas anuncia algo. Las cortinas..., pienso. Escucho un pdjaro. Canta.
“7Dénde estds?”, pregunto. Ante esta pregunta él siempre responde
apareciendo.
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Entonces veo: en el cuarto hay, como si fuera Dios, un orden impecable.
El junté cada cosa, reparé las que pudo, tird lo que ya no sirve. Curé los
arafiazos de la pared y la madera, limpié los rastros de la noche. La borrd
hasta en el més sutil de sus detalles. Las cosas han vuelto a su lugar como
vuelve todo a donde pertenece. La prolijidad y el esmero dicen que aqui
no ha pasado nada. En mi mesa de luz hay un vaso con agua.
Hay simetria entre su fuerza para destruir y su fuerza para reparar, hay
simetrfa entre el dios furioso de la oscuridad y esta armonfa que dice
minuciosamente que no es verdad la noche. Hay simetria, y la simetria se
parece a la justicia.
Me mira, manso, sentado junto a la puerta. Los brazos cruzados, las
manos enormes, quietas, colgando.
Sonrio.
El dia seré bueno.
La mafiana es espléndida.
FIN
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