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Selección - Sylvia Molloy

El documento presenta tres relatos cortos. El primero habla sobre la autora y su hermana que de niñas querían una mascota pero solo se les permitía tener teros. El segundo relato trata sobre una compañera de clase con polio que criaba y vendía gusanos de seda a otras niñas. El tercer relato describe cuando la autora disecó una rana en clase de biología pero no supo qué hacer cuando terminó la clase ya que la rana seguía con vida.

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El documento presenta tres relatos cortos. El primero habla sobre la autora y su hermana que de niñas querían una mascota pero solo se les permitía tener teros. El segundo relato trata sobre una compañera de clase con polio que criaba y vendía gusanos de seda a otras niñas. El tercer relato describe cuando la autora disecó una rana en clase de biología pero no supo qué hacer cuando terminó la clase ya que la rana seguía con vida.

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Animalia

Silvia Molloy

Selección de relatos

TERÚ, TERÚ

Pese a la buena disposicion paterna, en mi casa de chicas no se nos permitía


tener animales. Durante anos mi hermana y yo, sintiendonos despojadas (todas
nuestras companeras de colegio tenían mascotas), reclamamos algo,
preferiblemente un perro con quien jugar, y la respuesta era siempre la misma,
ustedes jugaran con el pero yo voy a tener que ocuparme de cuidarlo y no estoy para
esos trotes. El unico animal que era permitido por el momento era el tero o mejor
dicho muchos teros, ya que cuando moría o desaparecía el que teníamos siempre era
reemplazado por otro. A mi hermana y a mí el tero, literalmente, no nos decía nada,
pero mi madre, tan reacia a mostrar cualquier sentimiento que pudiera inspirarle
un animal, salía al jardín con un punado de carne picada clamando suavemente
“Teru, teru” y el pajaro se acercaba con entusiasmo a comer los pedacitos que le
tiraba. Allí concluía todo o cada tanto el momento, brutal, en que lo apresaba y le
podaba una de las alas para que no fuera a juntarse con las bandadas de teros que
cada tanto pasaban volando y cuyos graznidos escuchaba yo desde mi cuarto. Lo
estan llamando, pensaba yo, y no puede irse con ellos.
Hasta que un día desaparecio, no supimos como. Quizas lo cazo uno de los
tantos gatos sin dueno que atravesaban el fondo del jardín. Pero prefiero creer que
mi madre se olvido de cortarle el ala y por fin el tero consiguio escaparse.
TRANSACCIONES

Era companera mía de clase, había tenido polio y rengueaba. Acaso por eso -
porque era distinta- no tenía muchas amigas. Se las ingenio sin embargo para que su
presencia en el colegio fuera, si no indispensable, muy requerida.
En el fondo de su casa, nos enteramos, había una vieja morera en la que vivían
centenares de gusanos de seda, adictos a sus hojas. Ella se dedico a criarlos, a
reproducirlos y luego, muy habilmente, a venderlos en el colegio. Mujer de negocios,
intuyo con certeza la sed de lo exotico que habitaba en sus companeras, las mismas
que -porque no podía no saberlo- se burlaban de su manera de caminar: desperto
en ellas la necesidad de adquirirlos como mascotas.
No vendía menos de tres gusanos, explicandonos que tenían que ser por lo
menos tres porque no les gustaba la soledad. Nos indicaba la mejor manera de
criarlos: una caja de zapatos, descubierta, con un cuadrado de tela metalica encima
y papel picado mezclado con hojas en el fondo. No ponerles agua, simplemente tener
las hojas de la morera (y nos explicaba cuantas había que poner por gusano) bien
humedas, cubrirlas de gotas cada tanto. Al comprar los gusanos incluía unas cuantas
hojas para el comienzo. Luego teníamos que avisarle cuando se nos estaban
acabando y nos traía mas hojas de su casa, en una bolsita de papel. Y nos cobraba
por cada racion.
Al principio era divertido, mi hermana y yo mirabamos comer a los gusanos,
chiquitos, de un blanco sucio, mas bien simpaticos. Mi madre satisfacía su vocacion
didactica informandonos cada tanto de lo que veríamos en el futuro: que el ca pullo,
que la larva, que la mariposa. A nosotras nos gustaba tocarlos, ponerlos encima de
las hojas que proveía mi companera, ponerlos uno frente al otro a ver si se peleaban,
ver cual de ellos se arrastraba mas rapido.
Luego vino el panico. Yvonne se engripo, falto al colegio unos cuantos días, y
se nos acabo la provision de hojas. Tienen que ser hojas de morera, nos había dicho,
sobre todo no darles lechuga. De pronto recorde que en una vereda a pocas cuadras
de casa había un arbol de frutas rojas que quizas fuera una morera. Úna vez, camino
al colegio, me había caído encima una de esas frutas, excesivamente madura,
manchandome el uniforme. ¿Pero sería una morera? Nos montamos en las bicicletas
y fuimos a ver, parecía que sí, las abundantes hojas, aun verdes, parecían confirmarlo
como, mas tarde, el paladar de nuestros gusanos. Nos dimos de baja del encargo
semanal a Yvonne diciendole que una tía nuestra tenía una morera y no pregunto
mas. Creo que penso que los habíamos matado.
Abrevio: los gusanos armaron sus capullos, lentamente envolviendose en
ellos, como quien se amortaja, los capullos eran de colores diversos, amarillos,
rosados; las mariposas que emergieron, en cambio, de un gris lechoso y aburrido.
Supongo que las habremos puesto afuera para que volaran.
Francamente no recuerdo nada despues de los capullos rotos.
VOCAClON

De chica estaba convencida de que quería estudiar medicina, y ya adolescente


precise mas aun la vocacion: sería cirujana. Me fascinaba la idea de poder abrir un
cuerpo y mirarlo por dentro, no en una lamina como en los libros sino en la pura
realidad. Preveía un mundo secreto cuyo desorden, provisorio, me tocaría arreglar.
Fue así como, en clase de biología, cuando llego el momento de disecar un animal
para observar el funcionamiento de todos sus organos, me ofrecí de inmediato ante
las miradas medio celosas, medio asqueadas, de mis companeras.
Se trataba de disecar una rana, pequena y muy verde. No se quien la había
llevado, no creo que fuera la profesora, acaso una companera que se había hartado
de tenerla como mascota. Mientras una chica, la que la había traído, la tenía
aprisionada en sus manos, otra, que hacía de anestesiologa, la inyecto con
cloroformo. Luego me toco a mí: la coloque boca arriba y munida de un pequeno
bisturí suministrado por alguien apoye fuerte sobre la piel blanquecina y trace un
tajo vertical, luego dos mas horizontales usando unas pinzas, descorrí los pedazos
de piel, como ventanitas, para poner al descubierto el interior de la rana. A esto
siguio una clase en vivo por parte de la profesora, quien nos mostro cuidadosamente
el funcionamiento de los organos, el corazon que palpitaba rítmicamente, los
pulmoncitos que se inflaban y luego se vaciaban.
Sono la campana del recreo y se dio por terminada la clase. Las alumnas
salieron al patio, tambien la profesora, que me felicito por el exito del procedimiento,
y yo me quede sola con la ranita abierta, sin saber que hacer. Para mis companeras
y para la profesora la clase -es decir la ranita- había terminado. Pero el corazo n
seguía latiendo, los pulmones seguían respirando. Pense: cuando se despierte va a
sentir un dolor horrible. Pense: tengo que hacer algo antes de que despierte. Me
saque el distintivo del colegio que llevaba prendido al uniforme y, tratando de no
pensar en lo que estaba haciendo, le clave el alfiler en el corazon.
La envolví en la toallita sobre la que la habían colocado y salí al patio, pero ya
había sonado el timbre y mis companeras volvían a la clase. Salí rapido con la ranita,
la coloque al pie de la Santa Rita que trepaba por la pared del edificio y la cubrí con
un monton de hojas muertas.
Luego yo tambien entre.

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