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Solitario-1

El documento presenta la novela "Solitario" de Alice Oseman, que inspiró la serie de novelas gráficas "Heartstopper". La novela sigue a Tori Spring, una bloguera que empieza el nuevo año escolar lidiando con la depresión posnavideña. En el primer capítulo, Tori entra en clase sintiéndose igual de deprimida que durante las vacaciones y se da cuenta de que la mayoría de sus compañeros también están de bajón.

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Solitario-1

El documento presenta la novela "Solitario" de Alice Oseman, que inspiró la serie de novelas gráficas "Heartstopper". La novela sigue a Tori Spring, una bloguera que empieza el nuevo año escolar lidiando con la depresión posnavideña. En el primer capítulo, Tori entra en clase sintiéndose igual de deprimida que durante las vacaciones y se da cuenta de que la mayoría de sus compañeros también están de bajón.

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DiSEÑADOR

! nombre: Silvia

Descubre el universo EDITOR


nombre: Alícia e Mercè

Una novela de

Solitario
CORRECTOR

al completo! Solitario, la aclamada primera


nombre:

novela de Alice Oseman, ESPECIFICACIONES

título: Solitario
nos presenta a los personajes encuadernación: Rústica con solapas

que inspiraron la popular serie medidas tripa: 15 x 23 mm

de novelas gráficas Heartstopper. medidas frontal cubierta: 152 x 230

medidas contra cubierta: 152 x 230

medidas solapas: 100 mm


Alice Oseman nació en Kent
ancho lomo definitivo : 23cmm
Mi nombre es Tori Spring. Me encanta (Reino Unido, 1994) y es ilustradora
dormir y bloguear. El año pasado, con y escritora a tiempo completo.
Charlie y antes de tener que lidiar con la dura Esta NO es A menudo la encuentran mirando ACABADOS

realidad de los niveles A, las preguntas de una historia empanada la pantalla de cualquier Nº de TINTAS: 4/4

la universidad y el hecho de que algún día


de amor. ordenador, cuestionándose TINTAS DIRECTAS:

LAMINADO:
he de empezar a hablar con la gente, tuve el significado de esta existencia
PLASTIFICADO:
amigos. Claro que entonces las cosas eran sin sentido o haciendo cualquier brillo mate
muy diferentes y, ahora, todo ha terminado. cosa con tal de evitar meterse uvi brillo uvi mate
en un trabajo fijo. relieve
Ahora está el Solitario. Y Michael Holden.
falso relieve
No sé qué intentan hacer los solitarios purpurina:
y no me importa Michael Holden.

Solitario
De verdad que no.
estampación:
Podrás ver el trabajo
de Alice en:
«<<El guardián entre el centeno troquel
aliceoseman.com
de la era digital>>, The Times. twitter.com/AliceOseman OBSERVACIONES:
instagram.com/aliceoseman

PVP 16,95 € 10318992

planetadelibrosjuvenil.com
@crossbookslibros Fecha:
Solitario
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CROSSBOOKS, 2023
[email protected]
www.planetadelibros.com
Editado por Editorial Planeta, S. A.

Título original: Solitaire


© del texto: Alice Oseman, 2014

© de la traducción: Victoria Simó Perales, 2023


Traducido bajo la aprobación de HarperCollins Ltd.
© Editorial Planeta S. A., 2023
Avda. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona

Primera edición: junio de 2023


ISBN: 978-84-08-26985-4
Depósito legal: B. 9.839-2023
Impreso en España
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UNO

Al entrar en el aula, soy consciente de que la mayoría de los


presentes está para el arrastre, incluida yo. Sé de buena tinta
que la depre posnavideña es totalmente normal; a mucha
gente le entra el bajón después de la época «más feliz» del
año. Sin embargo, yo no me siento muy diferente a como me
sentía en Nochebuena o en Navidad o cualquier otro día des-
de que comenzaron las fiestas. He vuelto y empieza otro año.
Nada va a cambiar.
Me quedo allí parada. Becky y yo nos miramos.
—Tori —me dice—, parece que estás a punto de cometer
suicidio.
Ella y el resto de nuestro grupito están desparramadas
en las sillas giratorias que hay en la zona de los ordenadores.
Como es el primer día, las alumnas de bachillerato se han
esmerado a tope con el pelo y el maquillaje, y al instante me
siento incómoda.
Me desplomo en una silla y asiento con resignación.
—Es curioso que digas eso, porque no vas muy desenca-
minada.
Me mira de nuevo sin verme en realidad y nos reímos,
aunque no tiene gracia. Entonces Becky se da cuenta de que

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no estoy de humor para nada y se marcha. Me recuesto sobre
los brazos y empiezo a dormitar.
Me llamo Victoria Spring. Será mejor que os confiese que
tiendo a montarme películas en la cabeza, historias que lue-
go me entristecen. Me gusta dormir y bloguear. Algún día me
moriré.
En la actualidad, es probable que Rebecca Allen sea mi
única amiga de verdad. También es mi mejor amiga, supon-
go. Todavía no tengo del todo claro si una cosa implica la
otra. En cualquier caso, Becky Allen lleva el pelo muy largo
y teñido de morado. Me he dado cuenta de que si tienes el
pelo morado, la gente se fija en ti, lo que acaba por convertir-
te en alguien muy conocido y popular en el ambientillo ado-
lescente; la típica alumna a la que todo el mundo dice cono-
cer, aunque no hayan intercambiado ni dos palabras con ella.
Becky tiene un montón de seguidores en Instagram.
Justo ahora está hablando con otra chica de nuestro gru-
po, Evelyn Foley. La gente considera que Evelyn es «alterna-
tiva» porque se peina con el pelo revuelto y lleva collares
chulos.
—Pero la verdadera pregunta —dice Evelyn— es si existe
tensión sexual entre Harry y Malfoy.
No estoy segura de que a Becky le caiga bien Evelyn.
A veces pienso que las personas únicamente fingen caerse
bien.
—Solo en un fánfic, Evelyn —responde Becky—. Te agra-
decería que guardaras tus fantasías en tu historial de bús-
quedas.
Evelyn se ríe.
—Pero Malfoy ayuda a Harry al final, ¿no? Muy en el
fondo es majo, ¿verdad? Entonces, ¿por qué se pasa siete
años acosando a Harry? Porque no quiere reconocer que le
gusta. —Da una palmada para enfatizar cada palabra, aun-

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que en realidad no está enfatizando nada—. Está demostra-
do que tendemos a tomarla con las personas que nos gustan.
En este caso, la psicología no deja lugar a dudas.
—Evelyn —replica Becky—, en primer lugar, me repatea
esa idea tan ñoña de que Draco Malfoy sea una bella persona
con el alma torturada en busca de redención y comprensión.
Es un racista de manual. En segundo lugar, la idea de que
acosar a alguien tiene que ver con que te guste es, en resu-
men, la base de la violencia de género.
Evelyn parece horrorizada.
—Es solo un libro, no la vida real.
Tanto Becky como Evelyn se vuelven a mirarme. Me lo
tomo como una invitación para que aporte algo a la conver-
sación. Me incorporo.
—Personalmente, creo que Harry es un mierdas. Ojalá
pudiéramos pasar de este tema.
Becky y Evelyn me miran. Creo que les he arruinado la
conversación, de modo que mascullo una disculpa y me le-
vanto de la silla para cruzar a toda prisa la puerta del aula.
A veces odio a la gente. Seguro que es un sentimiento muy
malo para mi salud mental.

En nuestra ciudad hay dos escuelas de secundaria: la Harvey


Green Grammar School para chicas o «Higgs», como la lla-
ma todo el mundo, y la Truham Grammar School para chi-
cos. Pero las dos aceptan cualquier género en los cursos
de bachillerato, que son opcionales y te preparan para el
examen avanzado. De modo que ahora estoy en primero de
bachillerato y he tenido que enfrentarme a una afluencia re-
pentina de chicos. Los chicos de Higgs son algo así como
criaturas míticas, y tener novio te coloca en los peldaños más
altos de la jerarquía social; en mi caso, si pienso o hablo de-

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masiado de «chicos», empiezan a entrarme ganas de pegar-
me un tiro.
Y aunque me importaran esas cosas, tampoco es que ten-
gamos muchas posibilidades de hacernos las interesantes,
gracias al espectacular uniforme de la escuela. Por lo gene-
ral los alumnos de bachillerato no llevan uniforme, pero en
Higgs nos obligan a usar uno horripilante. La temática es
gris, así que pega un montón con este sitio tan aburrido.
Llego a mi taquilla y encuentro una nota autoadhesiva
rosa pegada a la puerta. Alguien ha dibujado en ella una
flecha que apunta a la izquierda, como para sugerirme que
mire en esa dirección. Irritada, vuelvo la cabeza. Hay otra
nota unas taquillas más allá. Y otra más en la pared del final
del pasillo. Los demás pasan de largo sin prestarles la más
mínima atención. Imagino que la gente no es observadora.
Eso o se la pela todo. Me identifico con lo último.
Despego la nota de mi taquilla y me dirijo a la siguiente.

En ocasiones me gusta entretenerme con cosas pequeñas


que a los demás no les preocupan. Me hace sentir que hago
algo importante, aunque solo sea porque nadie más lo hace.
Esta es una de esas ocasiones.
Empiezan a aparecer notas autoadhesivas por todas partes.
La penúltima que encuentro muestra una flecha que apun-
ta hacia delante y está pegada a la puerta cerrada de la sala
de informática que hay en la planta baja. Una tela negra tapa
el ventanuco.
Precisamente esta sala de informática, la C16, está cerra-
da desde el año pasado porque la están remodelando, pero
no parece que nadie haya empezado a trabajar. Me da un
poco de pena, no sé por qué; aun así abro la puerta de la C16
y la vuelvo a cerrar una vez dentro.

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Hay un gran ventanal que abarca toda la pared del fondo
y los ordenadores de esta sala son antediluvianos. Tipo ma-
zacote. Al parecer, he viajado en el tiempo a 1990.
Encuentro la última nota en la pared del fondo, con una
dirección de internet:

SOLITARIO.CO.UK

El solitario es un juego de cartas que se practica a solas.


Yo siempre jugaba en las clases de informática y seguramen-
te contribuyó más a mi inteligencia que haber prestado
atención.
En ese momento, alguien abre la puerta.
—Madre mía, estos ordenadores son tan viejos que de-
ben de ser ilegales.
Me doy la vuelta lentamente.
Hay un chico parado delante de la puerta cerrada.
—Juraría que oigo el tono fantasmagórico del módem
—dice mientras mueve los ojos despacio; después de varios
segundos, termina por caer en la cuenta de que hay alguien
más en la habitación.
Es un chico normal y corriente, ni feo ni guapo. Su rasgo más
llamativo son las gafas de pasta, grandes y cuadradas, de esas
que hacen que parezca que llevas unas gafas para ver una peli
en 3D. Es alto y lleva la raya del pelo a un lado. En una mano
sostiene una taza; en la otra, un papel y su agenda escolar.
A medida que estudia mi cara, sus ojos se abren como
platos y juro por Dios que duplican su tamaño. Se abalanza
sobre mí como un león, con un gesto tan feroz que yo trasta-
billo hacia atrás por miedo a que me espachurre. Se inclina
hacia delante hasta que su cara queda a unos centímetros de
la mía. A través de mi reflejo en esas gafas estrafalarias, ad-
vierto que tiene un ojo azul y otro verde: heterocromía.

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Sonríe sin venir a cuento.
—¡Victoria Spring! —exclama mientras levanta los brazos.
Yo no digo ni hago nada. Me duele la cabeza—. Eres Victoria
Spring —dice. Me planta el papel en la cara. Es una fotografía.
Mía. Debajo dice, con letras minúsculas: Victoria Spring, 4.º A.
Estaba expuesta junto a la sala de profesores. En cuarto de se-
cundaria fui delegada de curso, porque nadie más quería ser-
lo, más que nada, y porque alguien me propuso. Sacaron fotos
de todos los delegados. La mía es un horror. Me la hicieron
antes de cortarme el pelo, así que medio recuerdo a la niña de
The Ring. Es como si no tuviera cara. Miro al ojo azul.
—¿La has arrancado del tablón?
Da un paso atrás, rebajando su invasión de mi espacio
personal. Exhibe una sonrisa maníaca.
—Le prometí a alguien que lo ayudaría a encontrarte.
—Se da golpecitos en la barbilla con la agenda escolar—. Un
chico rubio... con pantalones de pitillo... Iba por ahí como si
se hubiera perdido...
No conozco a ningún chico y menos a uno rubio con pan-
talones de pitillo. Me encojo de hombros.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
Él replica mi gesto.
—No lo sabía. He entrado al ver la flecha de la puerta. Me
ha parecido la mar de misteriosa. ¡Y aquí estás! ¡Qué giro del
destino tan gracioso!
Toma un sorbo de su bebida.
—Te he visto antes —asegura, todavía sonriente.
Me sorprendo a mí misma observando su rostro con rece-
lo. Seguramente debo de haberme cruzado con él por los pa-
sillos en algún momento. Aunque me acordaría de esas gafas
tan horribles.
—Tu cara no me suena de nada.
—No me sorprende —responde—. Estoy en segundo de

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bachillerato, de modo que no tendrías por qué haberte fijado
en mí. Además, solo estudio aquí desde septiembre. Antes iba
al Truham. —Misterio resuelto. Cuatro meses no bastan para
que recuerde una cara—. Bueno —continúa—, ¿de qué va esto?
Me retiro a un lado y señalo sin entusiasmo el papel pe-
gado a la pared del fondo. Lo alcanza para despegarlo.
—Solitario.co.uk. Interesante. Bueno, supongo que po-
dríamos arrancar un ordenador para ver de qué se trata, aun-
que probablemente moriríamos antes de que cargara el Ex-
plorer. Me juego cualquier cosa a que todos funcionan con
Windows 95.
Se sienta en una de las sillas giratorias y se queda mirando
las afueras que se extienden al otro lado de la ventana. Todo
se encuentra iluminado como si estuviera en llamas. Se ven
los límites de la ciudad, que se pierden en el campo. Se fija en
que yo también estoy observando el paisaje.
—Es como si te llamara, ¿no? —Suspira—. Esta mañana,
de camino al cole, me he cruzado con un anciano. Estaba sen-
tado en la parada del autobús, llevaba unos auriculares y se
golpeteaba las rodillas con las manos al mismo tiempo que
miraba al cielo. ¿No te parece alucinante? Un viejo con auri-
culares. Me gustaría saber qué escuchaba. La gente diría que
oía música clásica, pero podría ser cualquier cosa. Me pre-
gunto si sería música triste. —Cruza los pies sobre la mesa—.
Espero que no.
—La música triste mola —digo—, con moderación.
Se gira con silla y todo para mirarme y se endereza la
corbata.
—Está claro que eres Victoria Spring, ¿no?
Debería ser una pregunta, pero lo dice como si me cono-
ciera de toda la vida.
—Tori —lo corrijo, adoptando adrede una voz monóto-
na—. Me llamo Tori.

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Hunde las manos en los bolsillos de la chaqueta.
Yo me cruzo de brazos.
—¿Habías estado aquí antes? —pregunta.
—No.
Asiente.
—Interesante.
Agrando los ojos y sacudo la cabeza.
—¿Qué?
—¿Qué de qué?
—¿Qué te parece interesante? —Mi voz no podría sonar
menos interesada.
—Los dos hemos venido en busca de lo mismo.
—¿Y qué es?
—Una respuesta. —Enarco las cejas. Él me mira a través
de las gafas—. ¿A ti no te divierten los misterios? —pregun-
ta—. ¿No te emocionan?
Entonces comprendo que no es así. Me doy cuenta de
que podría salir de aquí y literalmente no volvería a pensar
ni en solitario.co.uk ni en este chico plasta y gritón.
Pero me dan tanta rabia sus aires de superioridad que
saco el teléfono del bolsillo, escribo solitario.co.uk en la barra
de direcciones de internet y abro la página.
Lo que aparece casi me arranca una carcajada: es un blog
vacío. Supongo que será obra de un trol.
Es el día más absurdo de mi vida. Le planto el teléfono en
las narices.
—Misterio resuelto, Sherlock.
Al principio sigue sonriendo de oreja a oreja, como si yo
estuviera bromeando, pero en cierto momento posa los ojos en
la pantalla y me arranca el móvil con cara de estar flipando.
—Es... un blog... vacío... —dice, no a mí, sino a sí mismo.
Y de repente (no sé a cuento de qué) me da muchísima pena.
Porque, jo, parece tan triste... Sacude la cabeza y me devuel-

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ve el teléfono. No sé qué hacer, de verdad. Cualquiera pensa-
ría que se le ha muerto alguien.
—Bueno, pues... —Arrastro los pies sin moverme del si-
tio—. Casi que voy a volver a clase.
—¡No, no, espera!
Se levanta de un salto. Ahora estamos cara a cara. Un si-
lencio incomodísimo nos envuelve.
Me escudriña, entrecierra los ojos y observa la fotografía.
Me mira de nuevo y luego mira la foto otra vez.
—¡Te has cortado el pelo!
Me muerdo el labio para tragarme el sarcasmo.
—Sí —respondo con sinceridad—. Es verdad, me he cor-
tado el pelo.
—Lo llevabas muy largo.
—Sí, sí que lo llevaba largo.
—¿Por qué te lo has cortado?
Fui sola de compras hacia el final de las vacaciones de
verano porque necesitaba unas cuantas cosas para el cole.
Mis padres siempre estaban liados y yo necesitaba desconec-
tar. Lo que no tuve en cuenta es que soy un desastre para las
compras. Mi vieja mochila estaba para tirar, así que di una
vuelta por las tiendas más chulas: River Island, Zara, Urban
Outfitters, Mango y Accesorize. Pero las mochilas bonitas
costaban como cincuenta libras, así que lo dejé correr. Enton-
ces fui a las baratitas —New Look, Primark y H&M—, pero
no encontré nada que me gustara. Me pateé un millón de
veces todas las tiendas donde vendían las malditas mochilas
antes de sufrir una pequeña crisis nerviosa en un banco que
había al lado de un Costa Coffee, en mitad del centro comer-
cial. Pensé en el principio del curso y en todas las cosas que
tenía por hacer, en las personas nuevas con las que me tocaría
relacionarme y hablar. Vi mi reflejo en un escaparate de Wa-
terstones; la melena me tapaba casi toda la cara y quién nari-

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ces querría hablar conmigo viéndome con esa pinta. Empecé
a notar todo ese pelo en la frente y las mejillas, cómo se me
pegaba a los hombros y a la espalda, cómo se arrastraba en
torno a mí como asfixiantes lombrices asesinas. Se me aceleró
la respiración, así que me acerqué a la primera peluquería que
encontré y pedí que me lo cortaran a la altura de los hombros
y me despejaran la cara. La estilista no quería, pero insistí.
Me gasté el dinero para la mochila en un corte de pelo.
—Me apetecía llevarlo más corto —respondo. Se me acer-
ca y yo retrocedo.
—Tú nunca dices lo que piensas, ¿verdad? —me suelta.
Me río de nuevo. Es una patética expulsión de aire, pero
en mi caso se puede considerar una risa.
—¿Quién eres?
Se queda paralizado, inclinado hacia atrás, abre los bra-
zos de par en par como si fuera Jesús de regreso a la Tierra, y
anuncia, con una voz profunda y sonora:
—Me llamo Michael Holden. Michael Holden.
—¿Y quién eres tú, Victoria Spring?
No se me ocurre nada que decir porque esa sería mi res-
puesta: nada. Soy un vacío. Estoy hueca. No soy nada.
La voz del señor Kent resuena de pronto por la megafo-
nía. Doy media vuelta y miro el altavoz mientras su voz
atruena:
—Por favor, que todos los alumnos de bachillerato se di-
rijan a la sala de estudiantes para una asamblea rápida.
Cuando vuelvo la vista hacia el chico, la habitación está
vacía. Me quedo pegada a la moqueta. Abro la mano y des-
cubro en ella la nota de solitario.co.uk. No sé en qué momen-
to ha pasado de la mano de Michael Holden a la mía, pero
allí está.
Y eso es todo, supongo. Así es como comienza.

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