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La Democracia

Este documento trata sobre la democracia clásica y moderna. Explica las diferencias entre ambas, destacando que la democracia antigua se basaba en la participación directa de los ciudadanos, mientras que la democracia moderna surge con el liberalismo y garantiza las libertades individuales privadas.

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Este documento trata sobre la democracia clásica y moderna. Explica las diferencias entre ambas, destacando que la democracia antigua se basaba en la participación directa de los ciudadanos, mientras que la democracia moderna surge con el liberalismo y garantiza las libertades individuales privadas.

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La Democracia

María Susana Bonetto de Scandogliero


María Teresa Piñero de Ruiz
En: Cuadernos de Política. Ed. Advocatus. 1998.

Sumario:

1.La democracia clásica y la moderna. 2 La democracia liberal. 3. Modelos de democracia. 3.1.


El modelo de la democracia como protección. 3.2. EL modelo de la democracia como
desarrollo. 3.3. El modelo elitista de la democracia. 3.4. El modelo pluralista de la democracia
4. Una perspectiva teórica sobre la complejidad de la democracia. 5 Conclusión. Bibliografía.

1. LA DEMOCRACIA CLASICA Y LA MODERNA

Gran parte de los teóricos contemporáneos (Sartori, 1987; Bobbio, 1986; MacPherson, 1982;
Strasser, 1986; Held, 1992 y otros) están de acuerdo en sostener que la democracia antigua o
clásica difiere fundamentalmente de la democracia moderna.
Mayoritariamente se sostiene en la teoría política que el surtimiento de la democracia, así
como del origen del término, se remontan a Grecia, en la primera mitad del siglo V a. C., y más
específicamente como representación paradigmática se alude a Atenas; aunque existían
contemporáneamente otras ciudades-Estado que se aproximaban a un sistema similar.
El surgimiento de estas primeras democracias, según sostiene Held (1992), no fue el
resultado de un único conjunto de acontecimientos, sino que su desarrollo estuvo marcado por
un proceso de continuo cambio a través de varias generaciones. Entre los factores que suelen
mencionarse, que permitieron el surgimiento de este modo de vida democrático se citan:

La emergencia de un vasto sector ciudadano a la vez económica y militarmente


independiente, enmarcado este en comunidades relativamente pequeñas y compactas. En este
contexto los cambios políticos tuvieron lugar en comunidades social y geográficamente
acotadas, que convivían en un contacto muy estrecho. Por ello, en estas agrupaciones, el
impacto de cualquier decisi6n política, social o económica era casi inmediato. No existían, por
otra parte, obstáculos serios a la participación, en tanto no se trataba de una sociedad
numéricamente extensa, ni compleja; todo ello favorecía la construcción de un imaginario
político de participación y responsabilidad política.
Los ideales políticos atenienses: igualdad entre las ciudades, libertad y respeto a la ley han
tenido una extraordinaria proyección de futuro, fundantes de toda una simbología democrática,
aunque su significado haya sido reformulado en la modernidad.
Sin embargo, la praxis democrática de la época fue duramente criticada por los grandes
pensadores: Tucidides (460-399 a.C.), Platón (427-347 a.C.) y Aristóteles (384-322 a.C.).
Aunque no ha llegado a nuestros días una teoría de la democracia que la justifique, para
compararla con la de sus críticos, sí han quedado para la posteridad algunos fragmentos que
presentan los ideales y objetivos de la democracia ateniense. Tal es el caso de la famosa
oración fúnebre atribuida a Pericles, estratega y destacado gobernante democrático, la cual
probablemente fue reconstruida por Tucídides 30 años después de ser pronunciada. Vale la
pena, por su relevancia, citar algunos pasajes: “Tenemos un régimen de gobierno que no
envidia las leyes de otras ciudades, sino que más somos ejemplo para otros que imitadores de
los demos. Su nombre es democracia, por no depender el gobierno de pocos sino de un
número mayor; de acuerdo con nuestras leyes, cada cual está en situación de igualdad de
derechos en las disensiones privadas, mientras que, según el renombre de cada uno, a juicio
de la estimación pública... es honrado en la cosa pública...”-
“... Y non regimos liberalmente no solo en lo relativo a los negocios públicos, sino también
en lo que se refiere a las sospechas reciprocas sobre la vida diaria, no tomando a mal al
prójimo que obre según su gusto ....”
“... Por otra parte, non preocupamos a la vez de los asuntos privados y de los públicos, y
gentes de diferentes oficios conocen suficientemente la cosa pública, pues somos los únicos
que consideramos, no hombre pacífico, sino inútil, al que nada participa en ella...” - A Tucídides
(1952, 140).
Se advierte en estos fragmentos, una fuerte idea de participaci6n en una vida común, en la
que todos los ciudadanos gozan de igualdad de posibilidades para hacerlo, sin distinci6n de
rango o de riqueza.

Así el concepto de ciudadanía, implicaba la participación directa en los asuntos de la ciudad.


Se postulaba un compromiso absoluto con el principio de la virtud cívica y la subordinación de
la vida privada a los asuntos públicos. Aunque se advierte también la tolerancia en los asuntos
privados.
En definitiva, se trata de una cultura política que no imaginaba otra forma de realización
humana, que no fuera a través de la ciudadanía. Según sostiene Held (1992) los hombres
solamente podían realizarse a sí mismos adecuadamente y vivir honorablemente, en y a través
de la polis. El ciudadano tenía derechos y obligaciones, pero estos no eran atributos de un
individuo privado, sino que se derivaban de su existencia como ciudadano.
El proceso de decisión estaba fundado en la participación directa. La elección del
procedimiento para la producción de las decisiones y las leyes descansaban en la convicción
de que la fuerza de las mejores argumentaciones, en un contexto de igualdad de expresión,
pero todos en la asamblea soberana, les daba un fundamento más adecuado, racional y
consistente, que la mera costumbre o la imposición por la fuerza.
La igualdad ante la ley y el imperio de la ley como resultado de la soberanía popular
garantiza la libertad.
Para el demócrata (Held, 1992), la libertad e igualdad están unidas de forma inextricable.
Este autor tomando expresiones de La política de Aristóteles, sostiene que pueden darse don
criterios de libertad: a) ser gobernado y gobernar por turno; b) vivir como se quiere. Los
atenienses priorizaban el primero. Pero para que sea un criterio efectivo de gobierno, es
esencial la igualdad; sin ella, el conjunto de ciudadanos no puede ser soberano. Y el reparto
equitativo de la práctica de gobierno era posible, porque: 1) los votos tenían el mismo peso; 2)
en principio, todos tenían las mismas posibilidades de acceder a los cargos; 3) la participación
era remunerada, por ello los ciudadanos no se veían perjudicados por su participación política.
Así entendida la igualdad es el fundamento practico de la libertad, así como su fundamento
moral. Mientras que este fuerte compromiso con la igualdad puede entrar en conflicto con la
segunda acepción de libertad (vivir como se quiere), los demócratas atenienses pensaban que
estaban justificados ciertos límites en esa elección; si no se quiere que la libertad de un
ciudadano interfiera injustamente en la de otro. Si todos tienen la misma oportunidad de
participar en el gobierno, los riesgos asociados a la igualdad pueden minimizarse, lográndose
así el cumplimiento de ambos criterios de libertad.
Posteriormente, un largo período de eclipse del ideal de ciudadanía y democracia,
caracterizara al pensamiento político occidental.
Gran parte de los autores que tratan de explicar estas circunstancias (Held, 1992; Respuela,
1995; Arblaster, 1992) sostienen que esto está vinculado al cambio de enfoque sobre el buen
orden social, proveniente del predominio de la visión teológica y religiosa del mundo.
La preocupación ya no es la construcción de la ciudad justa, a partir de la participación
directa de los ciudadanos, considerada la política como un espacio de libre determinación, sino
la construcción de un orden de convivencia que respetaran los principios cristianos. La ciudad
buena y justa es ahora aquella en que los hombres pueden vivir en comunidad con Dios y llevar
una vida cristiana (Respuela, 1995).
El ideal cristiano conserva el ideal de igualdad, aunque lo contextualizó de manera distinta
como igualdad en la dignidad de la persona. En ese sentido, la Edad Media no aporta
sustanciales reflexiones en cantidad y calidad para la filosofía política y tampoco nuevos
aportes sobre la teoría democrática.
Sin embargo, Norberto Bobbio (1982) reconoce una “tradición de pensamiento romano -
medieval” que sirvió de antecedente al surgimiento del concepto de “soberanía popular que
posteriormente se incorporó a la teoría democrática moderna.
Además de esto, se mencionan otros antecedentes, tal como la reedición del
“republicanismo clásico”, reeditado por Nicolas Magnaselo, quien al mismo tiempo es el
responsable de la creación de un campo político autónomo, separado de la religión y con
características propias, así también se menciona el aporte realizado por la ética protestante.
Sin embargo, a partir del liberalismo, que surge en el siglo XVII, con la doctrina de los
derechos individuales, es que aparecerá una nueva forma de pensar lo político, emergiendo de
estas transformaciones la idea y la realidad de la democracia liberal.

2. LA DEMOCRACIA LIBERAL

El liberalismo, como ya lo hemos estudiado, implica una determinada concepción del


Estado, según la cual este último tiene poderes y funciones limitados, por ello se contrapone
abiertamente al absolutismo.
En este contexto es necesario destacar que existe una considerable distancia entre la
concepción antigua y moderna de la democracia y la libertad. La primera formulación clara y
acabada de la cuestión la realizó Benjamin Constant en su célebre discurso del Ateneo Real de
París en 1818:
“El fin de los antiguos era la distribución del poder político entre todos los ciudadanos de una
misma patria; ellos llamaban a esto libertad. El fin de los modernos es la seguridad en los
goces privados; ellos llaman libertad a las garantías acordadas por las instituciones para esos
goces"(1).
En la polis la distinción entre esfera privada y esfera pública era desconocida. La libertad era
puramente un concepto político, estaba garantizada por la participación activa y constante en el
poder colectivo. Para los griegos hombre y ciudadano significaban lo mismo. Por eso idiotes
era un término peyorativo que designaba al que no era polites, un hombre sin valor, por cuanto
sólo se interesaba por sí mismo.
Los antiguos, según Sartori (1990), no reconocían al individuo como persona, con un “yo
privado” merecedor de respeto; no podían hacerlo, porque esa concepción es producto del
cristianismo, fue posteriormente desarrollada por el Renacimiento, por el protestantismo y el
iusnaturalismo.
La concepción griega de la libertad política no implicaba libertad individual, basada en
derechos personales. La única garantía para el ciudadano era su porción de soberanía.
Por el contrario, el Estado de derecho moderno tiene por finalidad proteger la libertad del
individuo en cuanto persona.

(1)
Constant, Benjamín, citado por Bobbio, Rorberto, en Liberalismo y democracia, FCE Brenano, Bs. As., 1992,
p.9.
La sociedad ha dejado de ser considerada un orden natural, al cual los hombres pertenecen
también naturalmente y de lo cual dependen para ser tales. El contractualismo ha modificado
fundamentalmente este concepto, ya que a partir de él se la visualiza como el producto de la
voluntad de los hombres, creación humana, con un origen artificial. La concepción organicista
de la sociedad es reemplazada por una individualista. A esto contribuye también la
configuracó6n del homo aeconomicus maximizador de sus ganancias individuales y la filosofía
utilitarista de Benthan y James Mill.
En el contexto de esta nueva concepción de lo social, de la centralidad del individuo y del
concepto de “libertad negativa” aparece junto con el liberalismo el gobierno representativo, que
constituye un elemento tradicionalmente no democrático.
Por ello esta necesaria conjunción le hace decir al autor que esta democracia moderna no
es un mero agregado del ideal griego con algunos aditamentos posteriores, la democracia
moderna es sustancialmente distinta a la antigua, es una democracia liberal.
Otros autores (Bobbio, 1992) sostienen que el liberalismo como teoría del Estado de
derecho es moderno, mientras que la democracia, como forma de gobierno, es antigua. Esto es
así porque afirma que el sentido descriptivo de democracia no ha cambiado, si bien cambia
según los tiempos y las doctrinas su significado evaluativo. Entonces lo que cambia, no es el
titular del poder político que siempre es “el pueblo” sino la manera amplia o restricta de ejercer
ese derecho. Así tanto la democracia directa como indirecta derivan para este autor de la
soberanía popular, aunque se distinguen por la modalidad y las formas en que es ejercida esa
soberanía.
La democracia moderna no sólo no sería incompatible con el liberalismo, sino que puede ser
considerada, en algunos aspectos y hasta cierto punto, como su consecuencia natural.
Pero, sostiene también Bobbio (1992) sólo bajo la condición que se tome el término
“democracia” en un sentido jurídico institucional y no en un sentido más sustancial. Es decir, en
el primer caso se pondría más el acento en el conjunto de reglas procedimentales (las reglas
de juego), en el segundo caso en el ideal en el cual un gobierno democrático debe inspirarse, o
sea en la igualdad.
De los dos significados el que se relaciona históricamente con la formación del Estado liberal
es el primero. Si se considera el segundo, el problema de las relaciones entre liberalismo y
democracia se complejiza y ha dado y seguirá dando lugar a considerables debates. En este
caso el problema implica la resolución de la relación entre libertad a igualdad.
Así aparecen concepciones tan opuestas como liberalismo e igualitarismo, ya que ambas
tienen sus raíces en concepciones del hombre y de la sociedad profundamente diferentes. La
primera, individualista, conflictiva y pluralista. La segunda, totalizante, armónica y monista.
Para el liberal, el fin principal, es el desarrollo de la personalidad individual. Para el
igualitario, el fin principal es el desarrollo de la comunidad en su conjunto, aun a costa de
disminuir la esfera de libertad de los individuos.
En el contexto de este análisis. Sartori (1990) en la búsqueda de la conjunción de la libertad
y la igualdad sostiene que es posible armonizar ambos conceptos, pero como poseen una
lógica distinta, el predominio de uno de ellos desequilibra en uno y otro sentido esa
convivencia.
Si se prioriza el componente liberal, éste, que sólo acepta la igualdad jurídica política, puede
convivir con circunstancias y situaciones sociales fuertemente inigualitarias. El predominio
democrático puede llegar a multiplicar los esfuerzos y los beneficios de la libertad.
En síntesis, en la igualdad late una pulsión horizontal y en la libertad un ímpetu vertical. A la
democracia le preocupa la cohesión social y la igualdad distributiva, mientras que el liberalismo
valora la eminencia y la espontaneidad. Y finalmente la diferencia fundamental es que el
liberalismo gira en torno al individuo y la democracia en torno a la sociedad (Sartori, 1990).
El liberal se preocupa más por la cuestión jurídico-política de limitar el poder dei Estado y el
demócrata más por la cuestión social. Por ello el primero se preocupa por las formas y los
procedimientos y el segundo, principalmente, por los contenidos y los resultados de la acción
estatal.
En el sentido político, Estado liberal y Estado democrático no se diferencian. Pero en el
aspecto socioeconómico, tal problemática solo es asumida como obligación por el Estado
democrático.
En el Estado de derecho liberal el elemento liberal prevaleció fuertemente sobre el
democrático, en el modelo de bienestar el democrático predomino sobre el liberal. En la
actualidad las tendencias parecen mostrar una oscilación en la dirección contraria. Por ello es
que si aceptamos la existencia de tensiones, que pueden llegar a verdaderas contradicciones
entre los elementos constitutivos de la democracia liberal, podría sostenerse que según el
mayor o menor énfasis que se ponga en alguno de ellos y sus estrategias de combinación, se
construyen distintos modelos de democracia.
Dentro de la teoría de la democracia, se advierte la plausibilidad de una sistematización de
su estudio a partir de la selección de modelos (MacPherson, 1981; Held, 1991).

3. MODELOS DE DEMOCRACIA

El término modelo en sentido amplio(2) se refiere a una construcción teórica diseñada para
revelar y explicar los elementos, claves de una forma democrática y la estructura o relaciones
que le subyacen. Los modelos son así “redes” complejas de conceptos generalizaciones,
acerca de aspectos políticos, económicos y sociales, constituyendo una representación
simplificada de la realidad esquemática, parcial y selectiva.
Es una estructura quo nos permite organizar el conocimiento, cumpliendo una función
explicativa a interpretativa mediadora entre la realidad y la teorización.
Todo modelo implica determinados supuestos, tanta sobre la naturaleza de la sociedad, como
sobre el hombre, sus capacidades políticas, así como sobre la forma en quo justifica sus
opiniones y preferencias.
Tanto Held como MacPherson sostienen quo las ideas de la democracia que cada modelo
contiene, impacta en la percepción sobre lo que la gente cree que ésta es y también sobre lo
que podría o debería ser. Esto es importante, ya quo las creencias, acerca de lo que es el
sistema político, no son ajenas a este, sino parte de él. Determinan efectivamente sus límites y
posibilidades de evolución, lo que puede aceptarse o exigir. Participan en la constitución de la
definición de los procesos políticos, dotan de sentido y legitiman acciones.
La clasificación más abarcadora de modelos de democracia (Cortina, 1993) sería la quo
distingue entre democracia participativa, de raíz clásica, y democracia liberal representativa.
La primera implica que el pueblo es el titular del poder, siendo también quien lo ejerce. De
modo que la participación del pueblo en el gobierno, consiste en un ejercicio directo del poder
(según las distintas interpretaciones varían las estrategias, los modos de ejercicio). En este
caso es posible hablar claramente de un gobierno del pueblo.
Desde otra perspectiva, la democracia liberal y representativa, consiste en un sistema de
gobierno que funciona con representantes, que se supone procuran los intereses y opiniones
de los ciudadanos, en el marco del imperio de la ley: en este caso se trataría de un sistema de
limitaciones y control del poder, que implicaría, más que un gobierno del pueblo, un gobierno
querido por el pueblo.
Pero, siguiendo los análisis de MacPherson (1987) y Held (1992), es posible analizar más
minuciosamente distintos modelos de democracia, que han presupuesto o suponen
determinadas ideas sobre estos modelos, se deben tener en cuenta la naturaleza y coherencia

(2)
de sus pretensiones teóricas, la pertinencia de sus afirmaciones empíricas, y el carácter
práctico de sus prescripciones.
En nuestro análisis de los modelos de democracia planteamos un momento inicial para
empezar su estudio: aquella instancia donde comienza la consideración de la ampliación del
sufragio, que culminara con la conquista del sufragio universal.
O sea, el proceso por el cual el modelo liberal se transforma en democracia liberal, por la
ampliación del derecho de voto.

3.1. El modelo de la democracia como protección

Esta versión de la democracia cuenta como antecedente al pensamiento de Madison en El


federalista. Su propuesta expresa el deseo de conjugar los principios liberales con los
democráticos.
Trata de reconciliar los intereses particulares con “la república”. En ese marco sostiene al
Estado federal representativo como la mejor alternativa para garantizar los intereses de los
individuos y proteger sus derechos. Por otra parte, este autor estaba a favor de un gobierno
popular, siempre y cuando no existiera el riesgo de que la mayoría pudiera volver los
instrumentos de la política del Estado, contra los privilegios de la minoría. Según sostiene Held
11992) a pesar de la considerable novedad de sus argumentos, Madison era sin dudas, un
demócrata con muchas reservas.
Los grandes expositores de la democracia como protección son Jeremy Benthan y James Mill.
Para estos autores la democracia liberal estaba asociada con un aparato político que asegurara
la responsabilidad de los gobernantes ante los gobernados. Se plantea la exigencia de un
gobierno quo proteja a sus ciudadanos del uso del poder despótico.
La justificación del modelo liberal democrático, está dado por Bentha y Mill en tanto éste
garantizada las condiciones necesarias para que los individuos persigan sus intereses, sin el
riesgo de interferencias políticas arbitrarias, para que puedan participar libremente de las
transacciones económicas, intercambien trabajo y bienes en el mercado y se apropien de los
recursos en forma privada (Held, 1992).
Estas ideas eran centrales en el liberalismo inglés del siglo XIX, pero aquí no sólo constituyen
una defensa del Estado “mínimo” sino que se propone con fuerza cierto tipo de intervención
estatal para reprimir la desobediencia y reorganizar las relaciones o instituciones sociales (el
sistema de presiones es el símbolo de esta época).
Benthan y Mill, seculares y utilitaristas sostenían que la motivación predominante de los seres
humanos es satisfacer sus deseos y evitar el dolor. Por ello, el ámbito de acción del Estado,
debe ser fuertemente restringido a la creación de una estructura que permita a los ciudadanos
desarrollar sus vidas privadas, libres de interferencias políticas indeseadas, pero protegidas de
la violencia, a fin de cumplir con la maximización de la satisfacción individual y la minimización
del sufrimiento.
La democracia se convierte en un médico para realizar estos fines, no un medio en sí misma,
para permitir el desarrollo de todas las personas.
Así los autores encuentran algunos fundamentos para excluir del sufragio a las mujeres y a
grandes sectores de la clase trabajadora, aunque la lógica de sus argumentos parecía apuntar
hacia el sufragio universal.
Pero, una idea que surge de esta propuesta –la igualdad formal de los ciudadanos para
proteger sus propios intereses–, puede extenderse a un ideal igualitario de consecuencias
perturbadoras para el orden liberal. Así se puede exigir que, para la real protección de sus
intereses, todos los individuos sin distinción, deben exigir el voto a igualdad de derechos
ciudadanos. Y, por otra parte, ¿una protección igualitaria de los intereses individuales no
exigiría una distribución equitativa del poder?
3.2. El modelo de la democracia como desarrollo

Este modelo presenta algunas características que permiten incluir como un antecedente de sus
formulaciones al pensamiento de Rousseau.
Según sostiene el actor, en una democracia los ciudadanos deben disfrutar de igualdad política
y económica, para que nadie pueda ser amo de nadie y para que todos puedan disfrutar de
igual libertad a independencia en el proceso de desarrollo colectivo.
Pero de acuerdo al corte histórico propuesto para los modelos de democracia (el debate sobre
el sufragio) el verdadero representante de esta propuesta es John Stuart Mill, quien trata de
defender una concepción de la vida política que garantice la libertad individual, a través de un
gobierno responsable, y una burocracia eficiente, libre de prácticas corruptas y de regulaciones
excesivamente complejas. Los peligros para estas aspiraciones provienen, según el autor, de
las clases dirigentes que se resisten al cambio, así como de los sectores populares que tratan
de forzar el cambio más allá de su formación y preparación. También provienen del propio
gobierno, que en el contexto de las transformaciones de la sociedad industrial, corría el riesgo
de expandir su poder más allá de los límites deseables.
John Stuart Mill tiene una fuerte adhesión a la democracia liberal, la cual, consideraba, no sólo
debía establecer los marcos para el logro del interés individual, sino que era un mecanismo
fundamental de desarrollo social.
La participación en la vida política resulta fundamental para crear un interés directo en el
gobierno y consecuentemente las bases de una ciudadanía – masculina y femenina –,
informada y en desarrollo.
En una de sus obras Sobre la libertad (1859), Mill se preocupa por establecer la naturaleza y
límites de los frenos a la intervención arbitraria del poder sobre los ciudadanos. Reivindica la
libertad de pensamiento, discusión y publicación, asociación y combinación siempre que no
cause perjuicios a otros.
Advertía sobre los peligros de un poder despótico y de un Estado sobredimensionado.
La dignidad humana se ve amenazada por el poder absoluto, y la mejor manera de
salvaguardar los derechos de los individuos es la participación en forma rutinaria en su
articulación. Cuando los individuos están comprometidos en la resolución de los problemas que
los afectan o que inciden en la comunidad en su conjunto, se acrecientan las posibilidades de
crear soluciones imaginativas y estrategias exitosas.
Para el actor, la mejor estrategia para lograr esos objetivos, era el gobierno representativo,
cuyo poder está restringido por el principio de la libertad.
Destacaba el peligro de un crecimiento exagerado del poder gubernamental y de una
burocracia sobredimensionada, sostenía que la democracia podía contrarrestar a la burocracia.
Pero también destacó la imposibilidad de reeditar la democracia de la polis en una sociedad
moderna, ya que los problemas que plantea la coordinación y regulación de un Estado
densamente poblado, son demasiados complejos para implementar cualquier sistema de
democracia clásica o directa.
El establecimiento de un sistema representativo, junto con la libertad de expresión, de prensa y
de reunión, constituye la estrategia mejor para el control de los poderes gubernamentales.
Mill valoraba tanto la democracia como el gobierno especializado, por lo tanto proponía el
control del segundo, pero sin interferir en su eficiencia. Lograr el equilibrio entre ambos polos
era una de las cuestiones más difíciles, complicadas y relevantes del arte de gobierno.
Por otra parte, el autor se de los supuestos de la tradición liberal al considerar a las mujeres
como “adultos maduros” con derecho a ser individuos “libres e iguales”.
Mill combina argumentos formales de la democracia con elementos “protectores”, del
individualismo liberal. Además, si bien es muy crítico con respecto a las desigualdades en
riqueza y poder, en tanto impedían el desarrollo de las personas (sobre todo de los
trabajadores) no llegó a asumir un compromiso fuerte con la igualdad política y social.
Su pensamiento es controvertido y da lugar a diversas lecturas. Se advierte un marcado
“elitismo intelectual” que se manifiesta en la mayor proporción de peso electoral que le atribuye
a las personas educadas, fundado en el potencial liberador y emancipador que le otorgó al
conocimiento.
Por otra parte, si bien creía en la completa protección de la propiedad privada, proponía
experimentar con otras formas de propiedad que podían ser beneficiosas para el progreso de la
humanidad. También proponía dentro de la esfera legítima de actuación del Estado la
formación de la protección de la salud, la seguridad laboral, la educación y, en definitiva, la
protección contra la pobreza, argumentos que luego asumiría el Estado de bienestar.
Estos dos modelos corresponden a las primeras reflexiones sobre la democracia liberal en el
siglo pasado. En la primera mitad de este, se destacan otras dos propuestas, que se disputan
también, el sentido de la democracia.
En este marco tenemos, en primer lugar, el modelo elitista competitivo de la democracia.

3.3. El modelo elitista de la democracia

Coincidiendo con Max Weler, Schumpeter consideraba que el capitalismo había dado un
impulso enorme al “proceso de racionalización”. Esto último, por otra parte, es un aspecto
necesario de un mundo complejo, que precisa de una organización imparcial y funcional, en
que únicamente “gobiernos de expertos” puedan dirigir el aparato administrativo del Estado en
su tarea de regulación y control; por ello es que contemporáneamente sólo puede sostenerse
un modelo muy limitado de democracia.
El capitalismo industrial, orientado hacia el mercado, es consecuentemente suplantado por los
procesos económicos organizados o complicados.
Debemos destacar que este análisis de los procesos políticos y económicos, corresponde al
momento de establecimiento del Estado de bienestar.
Para Schumpeter, ni el socialismo, ni la democracia, están amenazados por la burocracia, por
el contrario, esto último es un complemento inevitable de ambos (Held, 1991).
La burocratización es, así, la base de la gestión moderna y del gobierno democrático,
independientemente que lo económico sea socialista o capitalista.
La propuesta del “elitismo competitivo” de Schumpeter se fundamenta en un rechazo abierto a
la teoría clásica de la democracia, que implicaba para el autor, un arreglo institucional para
Ilegar a decisiones políticas que realicen el bien común fundadas en la soberanía popular.
Schumpeter critica esta concepción, sosteniendo que la idea de bien común es peligrosa y
engañosa, en tanto las personas tienen distintas preferencias y valores que en las sociedades
modernas diferenciadas no pueden resolverse apelando a una voluntad general universal.
Subestimar las diferencias postulando un acuerdo racional sobre el bien común es además
peligroso, por cuanto justifica el rechazo de toda disidencia como irracional.
Por otra parte, sostiene que en el mundo contemporáneo, las decisiones de organismos no
democráticos, pueden resultar, en ciertas circunstancias, más aceptables para las personas en
general, que las decisiones democráticas, ya que tales organismos pueden producir políticas
más beneficiosas a largo plazo, que los distintos partidos no habrían aceptado.
Finalmente, Schumpeter ataca directamente la naturaleza misma de la “voluntad general”
afirmando que esta o sea la voluntad de la mayoría de los votantes tiene poco, prácticamente
nada, de fundamento racional. El ejemplo de la publicidad es una prueba del carácter
manipulable de los deseos y elecciones “individuales”. Por otra parte, en política la distancia
entre la vida cotidiana de la mayoría de las personas y las complejas cuestiones nacionales a
internacionales, la posicionan en una situación muy débil y poco informada sobre políticas o
ideologías alternativas.
Así Schumpeter sostiene que a fin de evitar los peligros y riesgos de la política contemporánea
se deben superar “imaginarios” típicos de la doctrina clásica de la democracia. En primer lugar,
no se debe aceptar la idea de que el “pueblo” tiene opiniones concluyentes y racionales sobre
las cuestiones políticas. El pueblo sólo debe ser el instrumento para seleccionar a los hombres
capaces de tomar decisiones. El rol del elector se reduce a aceptar o rechazar un candidato,
quien tiene la capacidad de gobernar la complejidad de la política y que ha sido legitimado por
el voto en sus acciones posteriores. Para este autor, la democracia tiene muchas más
posibilidades de ser efectiva cuando los dirigentes pueden establecer las políticas sin el estorbo
de los electores.
Lo cierto es que la concepción de Schumpeter refleja con exactitud ciertos aspectos de los
procesos políticos contemporáneos: la lucha por el poder entre las elites partidarias, el
importante papel de las burocracias públicas, la forma en que la política maneja las técnicas
publicitarias, etcétera.
Pero, sostener en función de estos elementos una visión tecnocracia de la democracia, es tanto
antiliberal como antidemocrática, por cuanto determina la individualidad por las fuerzas
sociales, restándole discernimiento propio.
Según sostiene Held (1991), la problemática descripción de Schurnpeter de la naturaleza de la
acción y su poca estimación de las capacidades de las personas, plantearon una serie de
dificultades: en primer lugar si el electorado es incapaz de juicios razonables en cuestiones
políticas, ¿por qué sí se lo puede considerar capaz de discriminar los mejores candidatos? ¿por
qué se lo considera incapaz de evaluar políticas que no son tan alejadas de su vida cotidiana y
sobre las cuales suele tener opiniones firmes? ¿Acaso existen fundadas evidencias acerca del
poder de ciertos condicionamientos (Como la publicidad) sobre las actitudes políticas de las
personas? Todo ello por lo menos plantea ciertas dudas sobre la versión schumpeteriana del
funcionamiento del mercado político identificándolo con el mercado económico. No resulta del
todo claro la solidez de un enfoque que reduce la democracia a la competencia por el liderazgo,
en el cual los representados no cuentan con otra instancia que el voto peri6dico. Esto no
solamente plantea dudas en función de lo que la democracia debería ser, sino que cuestiona si
esta es tal como Schumpeter dice que es.

3.4. El modelo pluralista de la democracia

Su más conspicuo representante es Robert Dahl. Este autor entiende a la democracia como
posibilidad de la igualdad de participación y control de los ciudadanos. Este enfoque que
también pretende ser descriptivo (al igual que el elitista) del funcionamiento de la democracia,
sostiene que la política democrática moderna, es en la realidad, mucho más competitiva y las
políticas resultantes, mucho más satisfactorias que lo que sugiere el modelo de Schumpeter.
Los pluralistas alcanzaron notoriedad en la década 50-60 en EE.UU. y han sido criticados,
sobre todo por los marxistas, como una formulación ideológica ingenua de las democracias
occidentales_
Los pluralistas aceptan en líneas generales, el planteamiento de Schumpeter, acerca de que la
distinción entre democracia y no democracia está dada por los métodos de elección de los
líderes políticos, también aceptaban la apatía y desinformación del electorado, pero no
aceptaban la inevitabilidad de la concentración de poder en las elites.
La base teórica del pluralismo se vincula a dos corrientes de pensamiento: la herencia de
Madison y las concepciones utilitaristas. En relación a la influencia del primero, los pluralistas
han centrado su preocupación, al igual que Madison, en las facciones. Destacan las
interacciones individuales o de grupos en la competencia por el poder. Pero a diferencia del
actor mencionado, los pluralistas sostienen que las facciones no suponen un peligro para las
democracias, por el contrario, constituyen una fuente estructural de estabilidad y la expresión
central de la democracia, ya que la existencia de intereses competitivos diferentes, es la base
del equilibrio democrático.
A partir de su enfoque, al que consideran puramente descriptivo, pretenden analizar el
funcionamiento de la democracia real, que está muy alejada de los ideales de la democracia
ateniense o del modelo de Rousseau.
Para los pluralistas la construcción del poder surge de un proceso interminable de intercambios
entre numerosos grupos que representan distintos intereses (sindicatos, partidos, grupos
étnicos, estudiantes, etcétera).
Por ello no existe, en este modelo, un poderoso centro de toma de decisiones. Atento a esto
surge una sociedad de centros de toma de decisiones. La explicación acerca de cómo frente a
esta dispersión es posible una relativa estabilidad de la democracia, está dada por la
pertenencia de toda persona a múltiples grupos con intereses diversos, y a que ningún grupo
puede monopolizar el poder. En definitiva, de la lucha entre intereses, surge lo político hasta
cierto punto independiente, dentro de los marcos democráticos.
Por otra parte, sostiene que los ciudadanos comunes, ejercen un grado de control
relativamente alto sobre los dirigentes, fundamentalmente por el funcionamiento de dos
mecanismos: las elecciones periódicas y la competencia entre partidos.
Asimismo, sostenía que el temor de ciertos liberales democráticos (Madison, Tocqueville y S.
Mill) acerca de “la tiranía de la mayoría” era infundado, ya que la realidad muestra una
poliarquía, es decir una situación de lucha y competencia entre los distintos grupos.
Por ello, el carácter democrático de un régimen, está garantizado por la existencia de múltiples
grupos o múltiples minorías.
Existen ciertos prerrequisitos para el funcionamiento de una poliarquía: consenso sobre las
reglas de procedimiento, consenso sobre el margen de opciones políticas, consenso sobre el
ámbito legítimo de la actividad política, etcétera. Estos son los resguardos más profundos de
cualquier forma de gobierno opresivo.
A pesar de no negar la importancia de las normas constitucionales, para Dahl, la protección
contra la tiranía provenía de las normas y prácticas no constitucionales.
Se puede objetar a los pluralistas que su “realismo” tendía a deslizarse hacia una nueva teoría
normativa, que postulaba como modelo los sistemas democráticos occidentales y renunciaba al
estudio de la justificación de los distintos modelos democráticos y a un análisis crítico de los
ideales y métodos de la democracia. Por el contrario, el criterio para valorar las distintas teorías
de la democracia, se asienta en su adecuación o no al modelo pluralista.
Finalmente, en cuanto a los modelos que en la actualidad se disputan la definición y sentido de
las democracias, podemos analizar el modelo legal neoliberal y el modelo de la democracia
participativa. Asimismo, presentaremos una tercera propuesta contemporánea que cuestiona
los presupuestos epistemológicos y ontológicos de estas alternativas y descree de su
plausibilidad explicativa para dar cuenta de los actuales sistemas democráticos.
El modelo neoconservador también denominado neoliberal, cuyos expositores más destacados
son Hayeck y Nozick, en última instancia evidencia la preocupación por avanzar la causa del
liberalismo contra la democracia, tratando de limitar el uso democrático del poder del Estado.
Parte del presupuesto de que la vida política, al igual que la economía como con la provisión
social de oportunidades. Sostiene la restricción de ciertos grupos, fundamentalmente de los
sindicatos, en su poder para hacer valer sus objetivos, postulando también la formación de un
gobierno fuerte para aplicar la ley y el orden.
Sus presupuestos respecto al hombre y la sociedad se podrían resumir en lo siguiente:
– No existe ninguna entidad social o política a excepción de los individuos. Supone la
convicción de que los individuos pueden juzgar acabadamente qué es lo que quieren y que
además poseen aspiraciones radicalmente diferentes. En consecuencia se los considera
poseedores de libertad para intentar llevar a cabo su propia visión de la vida buena en una
comunidad ideal donde nadie puede imponer su propia visión de la utopía a los demás
(Nozick, 1990). Naturalmente no se puede justificar un Estado extenso, sino un Estado
mínimo ya que de lo contrario violaría la libertad de los individuos y el derecho a no ser
forzado a hacer ciertas cosas.
– Por ello es imposible establecer patrones de distribución social, ya que la única
organización legítima de los recursos humanos y materiales, es negociada a través de la
actividad libre de los individuos en intercambios competitivos con otros.
– Las únicas instituciones políticas justificadas y legitimadas son las que apoyan un espacio
de libertad, que preservan la autonomía y los derechos individuales.
Se asienta sobre una concepción del hombre definida por derechos subjetivos que se poseen
frente al estado y los demás ciudadanos, al igual que los derechos políticos, que tienen la
misma estructura. Permiten a los ciudadanos hacer valer sus intereses privados hasta formar
una voluntad política capaz de influir en la administración. Así los ciudadanos pueden controlar
si el poder del estado se ejerce en interés de los ciudadanos como personas privadas. Desde
esta concepción de hombre, la participación en la política no es en sí valiosa, sino un
instrumento para satisfacer fines privados. El valor de la participación política es bajo y no
tiene nada de condenable al apoliticismo de los ciudadanos ni la apatía.
Este modelo supone el imperio de la ley, la vigencia del estado constitucional, una intervención
mínima del estado en la sociedad civil y una sociedad de mercado lo más extensa posible.
Supone un gobierno fuerte y efectivo fundado en los principios liberales, la regulación al
máximo de la regulación burocrática y la restricción de los grupos de interés.
El otro modelo, no es tan específico ni homogéneo en cuanto reconoce distintas vertientes.
Las definiciones del participacionismo proceden de formas poco sistemáticas, lo que dificulta
una visión clara de sus propuestas. Se comprende esta falencia si se acepta en definitiva que
el participacionismo constituye fundamentalmente una reacción de insatisfacción ante la
democracia representativa, una crítica ante sus consecuencias negativas y la aspiración de
realizar un ideal de hombre político, más que una alternativa detallada, acabada e incluso
viable (cortina, 1993).
En la definición de este modelo, el hombre es un animal político en un triple sentido. En primer
lugar, se sostiene que el hombre para realizarse plenamente necesita desarrollar entre otras
cosas, capacidades, principalmente la capacidad de participar de modo significativo en las
deliberaciones y decisiones que afectan a la comunidad en la que vive. Además, esta
participación tiene su sentido educativo y positivas consecuencias psico-sociales, en cuanto
permite el desarrollo de otras facultades, tal como la capacidad de deliberar y decidir de
acuerdo a intereses comunes y no solo individuales y grupales. Finalmente, reforzaría el
sentido de pertenencia a la propia comunidad por las estrechas relaciones a que da lugar el
trato continuo. En este sentido el status de individuo no viene definido por un patrón de
libertades negativas, cuyo uso se ejerce como personas privadas. Por el contrario, los
derechos ciudadanos son más bien libertades positivas, que permiten a los ciudadanos
constituirse en sujetos políticamente responsables en una comunidad de libres a iguales
(Habermas, 1994). La democracia se constituye como una forma de vida valiosa por sí misma,
en tanto respeta y fomenta el carácter autolegislador de los individuos, potencia el sentido de
justicia al considerarla capaz de orientarse por intereses generalizables.
En cuanto a las condiciones generales que harían posible el funcionamiento del modelo se
requiere:
- Mejora directa de los grupos sociales que no cuentan con iguales oportunidades a través de
la redistribución de recursos materiales.
- Reducción al mínimo posible del poder burocrático no responsable ante los ciudadanos.
- Un sistema abierto de información que garantice decisiones informadas. - Igualdad de
oportunidades para hombres y mujeres.
Los principales teóricos de este modelo, corno MacPherson, Pateman y Poulantzas han
combinado y reformulado las ideas provenientes de la tradición liberal y marxista. En este
sentido su contribución ha sido importante en cuanto a superar el interminable a infructuoso
debate entre ambas tradiciones sobre la democracia.
Sin embargo, las carencias se advierten en cuanto a la especificación de propuestas tales
como: ¿cómo organizar en la realidad la economía y como relacionarla con el aparato político?
¿Cómo combinar las instituciones de la democracia directa con las de la democracia
representativa a fin de lograr una ampliación de la participación? ¿Cómo tratar los problemas
que plantea el nuevo orden internacional? Y, entre otras, ¿cómo podría implementarse la
participación en sociedades complejas y diferenciadas?
Este último interrogante es fundamental, ya que el modelo de democracia participativa supone
que las personas quieren en general, expandir el margen de control sobre sus vidas. Aunque
ellos mismos advierten, postular que las personas ejercitan sus capacidades y gozan con el
ejercicio y desarrollo de éstas, no deja de ser por el momento una aspiración a la
transformación.

4. UNA PERSPECTIVA TEÓRICA SOBRE LA COMPLEJIDAD DE LA DEMOCRACIA

Desde una perspectiva diferente, Danilo Zolo (1994) considera cuestionables los análisis
teóricos de los autores que representan los distintos modelos de democracia desarrollados, y
en especial, su crítica podría aplicarse con mayor énfasis a los dos últimos, pues constituyen
una rehabilitación de la tradición ético-política, que adolece del error de la indiferenciación
entre la dimensión axiológica de las valoraciones y la dimensión deontológica de las
prescripciones. La ausencia de tal distinción implicaría elevar arbitrariamente al status de una
regla general del comportamiento lo que es en realidad el resultado de valoraciones,
convenciones y decisiones particulares que no podrían pretender ningún fundamento
ontológico.
Según sostiene el autor, los sistemas éticos, al igual que los legales o políticos, carecen de
toda regla básica que los haga intrínsecamente obligatorios. Por otra parte, estas teorías,
según este autor, son objetables en tanto presentan limitadas posibilidades explicativas de los
procesos reales, ya que no dan cuenta de la complejidad social.
Así postulan modelos de sociedades informadas por principios claros, simples universales y
universalmente compartidos que pretenden pueden tener factibilidad en sociedades post-
industriales, caracterizadas por la contingencia y la pluralidad de valores y afiliaciones
sociales, como así también por la decadencia de las normas de racionalidad en la acción
política.
En las sociedades diferenciadas, las justificaciones políticas tienen poco en común con las
categorías de la ética universal, siendo particularistas, contingentes y ampliamente variables.
Por otra parte, en los sistemas políticos democráticos contemporáneos, según la crítica de
Zolo a los enfoques mencionados, la asignación de recursos sigue la lógica de la atribución
oportunista y las demandas de los grupos son satisfechas o desalentadas como parte del
funcionamiento de equilibrios políticos que tienen en cuenta las capacidades organizacionales,
el potencial de conflicto y la significación de los distintos actores sociales. Así también el
conflicto social, aun en los regímenes más democráticos, es regulado a través de la imposición
autoritaria de criterios distributivos, que tienen poco que ver con un fundamento ético de las
leyes y los deberes políticos.
Los presupuestos a su vez de este análisis crítico de los llamados «modelos ético-políticos»
implican una visión opuesta, en tanto sostienen que no es el consenso moral lo que mantiene
unidos a los hombres en una comunidad política, sino el miedo, la exigencia de seguridad y la
necesidad.
En cuanto a la función específica del sistema político es la de regular selectivamente la
distribución de los riesgos sociales, reduciendo el miedo, de esta manera, a través de la
asignación competitiva de «valores de seguridad». Esto produce confianza al permitir a los
agentes sociales funcionar conforme a expectativas estables de comportamiento de acuerdo a
reglas colectivas. Sustrae de las expectativas colectivas la porción de riesgo y frustraciones
que no podrían asumir sus miembros sin un grave trastorno social, y deja a la «libertad» de los
individuos la neutralización de los riesgos que son menos importantes.
Las funciones protectoras del sistema, si se acepta la propuesta, son cumplidas de manera
más lineal por un sistema monocrático u oligárquico que por uno democrático. La paradoja de
la democracia en ese sentido, consiste en que el aumento de la diferenciación y la complejidad
social es responsable de las exigencias modernas de democracia. La cual continuaría como
necesaria, pero ese mismo aumento la constituyen en la forma de gobierno más frágil y casi
irrealista, con una fuerte tendencia a revelar que esas exigencias no podrían tener éxito. Esto
constituye la antinomia funcional central, la que según Zolo, no perciben las otras teorías y por
ello no pueden ni siquiera comenzar a resolver.
En este sentido las cuestiones centrales, en cuanto a la problemática a abordar en el estudio
de la democracia serían:

- La complejidad social provocada por la velocidad del desarrollo científico y tecnológico,


constituye a hacer imposible la democracia, a causa de los riesgos evolutivos que la
amenazan. Estos son, entre otros: la dificultad técnica de los problemas administrativos, la
diversidad y movilidad de los intereses sociales, la sensación creciente de discontinuidad
social e incertidumbre personal, problemas que son cada vez menos susceptibles de manejo
político, requiriendo a su vez las soluciones un consenso cada vez más difícil de obtener
mediante procedimientos formales. Esto en contextos donde la «voluntad general» se
fragmenta en una confusa multiplicidad de particularismos e intereses localizados.
Así sostiene Zolo que no son las tradicionales alternativas institucionales de la izquierda y la
derecha las que parecen amenazar el futuro de la democracia, en tanto en realidad éstas
parecen menos creíbles y practicables que en otros momentos. Son los riesgos evolutivos de
los sistemas democráticos que parecen imponer en nombre de la eficiencia de la decisión
política, la seguridad de la sociedad, el desarrollo tecnológico o la expansión de los esquemas
de consumo para la reducción de la complejidad social, un sistema político concentrado y
especializado. La diferenciación y la complejidad social produce en las sociedades
posindustriales modernas, una radical reformulación de la esfera pública, la cual se puede
analizar a partir de tres fenómenos: la autorreferencia del sistema de partidos, la inflación de
poder y la neutralización del consenso.
Respecto de los primeros, en los actuales procesos, las burocracias partidarias no contribuyen
a la legitimación del sistema político, en cuanto canalizadoras de demandas. Más bien
desarrolla su acción sobre la ficción de la representación, ayudando a mantener viva una
imagen pública de la arena política como sistema, general y abierto. Por otra parte, en relación
a la competencia partidaria, las propuestas casi no se diferencian por la tendencia casi
indiscutible de converger hacia el centro, donde pueden reunir el mayor número de votos
volátiles. Esto se evidencia en los discursos que sostienen, lo más ambiguos posibles, para así
favorecer una pluralidad de expectativas a veces discordantes.
Respecto del segundo punto, algunos autores sostienen que cuanto más se expanden y
aumentan en complejidad las actividades del gobierno político, menos controlables y seguros
son los efectos de las decisiones. Cuanto más crece la complejidad del medio ambiente, más
difícil se vuelve el control de sus variables, dado que la cognición, la producción y la
programación tienen lugar en condiciones de desorden y turbulencia en aumento. Esto
requiere de una disponibilidad social de mayor cantidad de poder a los gobiernos, a fin de dar
lugar a la ejecución y legitimación de los cursos de acción seleccionados. Lo paradójico resulta
que esta demanda coexiste con una mayor heterogeneidad y fragmentación de las
expectativas sociales que brotan de una sociedad fuertemente diferenciada.
Por ello la gobernabilidad democrática de las sociedades reside en la capacidad del sistema
de responder con rapidez a las exigencias de seguridad contra los riesgos de la complejidad;
de lo contrario corre el riesgo de entrar en colapso en conjunto con todo el espectro de
instituciones y procedimientos «representativos». Por ello se convierte en una necesidad
funcional, más que en una demanda política conservadora, el aseguramiento de la
gobernabilidad, a través de la drástica selección de las expectativas sociales a fin de evitar una
insuficiencia decisional crónica. Así la neutralización de excesivas demandas de democracia,
puede ser presentada como la condición estructural para la supervivencia de la misma
democracia.
Finalmente, con respecto a las actuales posibilidades de neutralización del consenso, esto es
posible porque la vasta mayoría de los ciudadanos, en tanto no están directamente
involucrados en una transacción política son espectadores distraídos que se abstienen de la
política, y por otro lado, dada la heterogeneidad y particularidad de las expectativas políticas
que surgen de una sociedad diferenciada, el sistema político puede satisfacer oportunamente
las demandas de agentes y grupos, realizando una constante reestructuración de expectativas
mediante estrategias de diferenciación excluyendo del proceso político todas las formas de
conflictividad radical.

5. CONCLUSIÓN

Hemos expuesto sintéticamente distintos modelos que se han disputado y disputan, el


significado o sentido del régimen democrático. Todos ellos, lo asuman o lo eludan, contienen
valoraciones, y como dice Zolo (1994) formulan prescripciones que pretenden ser obligatorias,
aunque se asientan sobre la propia valoración de la democracia. A su vez, Zolo prescribe la
inevitable impracticabilidad de la democracia en los complejos sistemas contemporáneos,
aunque también esto se asienta en su propia valoración.
Entonces, debemos admitir que, por una parte, la adhesión a la democracia como la forma
más adecuada de organizar la vida política tiene menos de cien años. Por otra parte, la propia
idea de democracia liberal es compleja, quizás contradictoria y está marcada por
interpretaciones contrapuestas.
Podemos concluir con Bobbio (1986) en una definición mínima, procedimental de democracia
como aquel sistema que debe cumplir con las siguientes reglas:
I) Todos los ciudadanos, sin distinción, deben gozar de derechos políticos.
II) El voto de todos los ciudadanos debe tener el mismo valor.
III) Todos los ciudadanos deben ser libres de votar según su opinión, formada libremente.
IV) Deben tener alternativas reales, plurales.
V) Debe valer el principio de la mayoría, pudiendo establecerse distintas formas de
mayoría previamente indicadas.
VI) Ninguna decisión de la mayoría puede limitar los derechos de la minoría.
Se debe admitir, sostiene el autor, que basta la inobservancia de una de estas reglas para que
el régimen no sea democrático.
En cuanto a su significado, a sus contenidos, dependerá inevitablemente del que en un
determinado momento histórico--social, sea el prevaleciente.
Así su sentido puede ser más individualista o comunitario, priorizará la libertad o la igualdad, la
limitación del poder o la plena expansión de la soberanía popular, la representación o la
participación, como algunas de las cuestiones centrales.

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