La Democracia
La Democracia
Sumario:
Gran parte de los teóricos contemporáneos (Sartori, 1987; Bobbio, 1986; MacPherson, 1982;
Strasser, 1986; Held, 1992 y otros) están de acuerdo en sostener que la democracia antigua o
clásica difiere fundamentalmente de la democracia moderna.
Mayoritariamente se sostiene en la teoría política que el surtimiento de la democracia, así
como del origen del término, se remontan a Grecia, en la primera mitad del siglo V a. C., y más
específicamente como representación paradigmática se alude a Atenas; aunque existían
contemporáneamente otras ciudades-Estado que se aproximaban a un sistema similar.
El surgimiento de estas primeras democracias, según sostiene Held (1992), no fue el
resultado de un único conjunto de acontecimientos, sino que su desarrollo estuvo marcado por
un proceso de continuo cambio a través de varias generaciones. Entre los factores que suelen
mencionarse, que permitieron el surgimiento de este modo de vida democrático se citan:
2. LA DEMOCRACIA LIBERAL
(1)
Constant, Benjamín, citado por Bobbio, Rorberto, en Liberalismo y democracia, FCE Brenano, Bs. As., 1992,
p.9.
La sociedad ha dejado de ser considerada un orden natural, al cual los hombres pertenecen
también naturalmente y de lo cual dependen para ser tales. El contractualismo ha modificado
fundamentalmente este concepto, ya que a partir de él se la visualiza como el producto de la
voluntad de los hombres, creación humana, con un origen artificial. La concepción organicista
de la sociedad es reemplazada por una individualista. A esto contribuye también la
configuracó6n del homo aeconomicus maximizador de sus ganancias individuales y la filosofía
utilitarista de Benthan y James Mill.
En el contexto de esta nueva concepción de lo social, de la centralidad del individuo y del
concepto de “libertad negativa” aparece junto con el liberalismo el gobierno representativo, que
constituye un elemento tradicionalmente no democrático.
Por ello esta necesaria conjunción le hace decir al autor que esta democracia moderna no
es un mero agregado del ideal griego con algunos aditamentos posteriores, la democracia
moderna es sustancialmente distinta a la antigua, es una democracia liberal.
Otros autores (Bobbio, 1992) sostienen que el liberalismo como teoría del Estado de
derecho es moderno, mientras que la democracia, como forma de gobierno, es antigua. Esto es
así porque afirma que el sentido descriptivo de democracia no ha cambiado, si bien cambia
según los tiempos y las doctrinas su significado evaluativo. Entonces lo que cambia, no es el
titular del poder político que siempre es “el pueblo” sino la manera amplia o restricta de ejercer
ese derecho. Así tanto la democracia directa como indirecta derivan para este autor de la
soberanía popular, aunque se distinguen por la modalidad y las formas en que es ejercida esa
soberanía.
La democracia moderna no sólo no sería incompatible con el liberalismo, sino que puede ser
considerada, en algunos aspectos y hasta cierto punto, como su consecuencia natural.
Pero, sostiene también Bobbio (1992) sólo bajo la condición que se tome el término
“democracia” en un sentido jurídico institucional y no en un sentido más sustancial. Es decir, en
el primer caso se pondría más el acento en el conjunto de reglas procedimentales (las reglas
de juego), en el segundo caso en el ideal en el cual un gobierno democrático debe inspirarse, o
sea en la igualdad.
De los dos significados el que se relaciona históricamente con la formación del Estado liberal
es el primero. Si se considera el segundo, el problema de las relaciones entre liberalismo y
democracia se complejiza y ha dado y seguirá dando lugar a considerables debates. En este
caso el problema implica la resolución de la relación entre libertad a igualdad.
Así aparecen concepciones tan opuestas como liberalismo e igualitarismo, ya que ambas
tienen sus raíces en concepciones del hombre y de la sociedad profundamente diferentes. La
primera, individualista, conflictiva y pluralista. La segunda, totalizante, armónica y monista.
Para el liberal, el fin principal, es el desarrollo de la personalidad individual. Para el
igualitario, el fin principal es el desarrollo de la comunidad en su conjunto, aun a costa de
disminuir la esfera de libertad de los individuos.
En el contexto de este análisis. Sartori (1990) en la búsqueda de la conjunción de la libertad
y la igualdad sostiene que es posible armonizar ambos conceptos, pero como poseen una
lógica distinta, el predominio de uno de ellos desequilibra en uno y otro sentido esa
convivencia.
Si se prioriza el componente liberal, éste, que sólo acepta la igualdad jurídica política, puede
convivir con circunstancias y situaciones sociales fuertemente inigualitarias. El predominio
democrático puede llegar a multiplicar los esfuerzos y los beneficios de la libertad.
En síntesis, en la igualdad late una pulsión horizontal y en la libertad un ímpetu vertical. A la
democracia le preocupa la cohesión social y la igualdad distributiva, mientras que el liberalismo
valora la eminencia y la espontaneidad. Y finalmente la diferencia fundamental es que el
liberalismo gira en torno al individuo y la democracia en torno a la sociedad (Sartori, 1990).
El liberal se preocupa más por la cuestión jurídico-política de limitar el poder dei Estado y el
demócrata más por la cuestión social. Por ello el primero se preocupa por las formas y los
procedimientos y el segundo, principalmente, por los contenidos y los resultados de la acción
estatal.
En el sentido político, Estado liberal y Estado democrático no se diferencian. Pero en el
aspecto socioeconómico, tal problemática solo es asumida como obligación por el Estado
democrático.
En el Estado de derecho liberal el elemento liberal prevaleció fuertemente sobre el
democrático, en el modelo de bienestar el democrático predomino sobre el liberal. En la
actualidad las tendencias parecen mostrar una oscilación en la dirección contraria. Por ello es
que si aceptamos la existencia de tensiones, que pueden llegar a verdaderas contradicciones
entre los elementos constitutivos de la democracia liberal, podría sostenerse que según el
mayor o menor énfasis que se ponga en alguno de ellos y sus estrategias de combinación, se
construyen distintos modelos de democracia.
Dentro de la teoría de la democracia, se advierte la plausibilidad de una sistematización de
su estudio a partir de la selección de modelos (MacPherson, 1981; Held, 1991).
3. MODELOS DE DEMOCRACIA
El término modelo en sentido amplio(2) se refiere a una construcción teórica diseñada para
revelar y explicar los elementos, claves de una forma democrática y la estructura o relaciones
que le subyacen. Los modelos son así “redes” complejas de conceptos generalizaciones,
acerca de aspectos políticos, económicos y sociales, constituyendo una representación
simplificada de la realidad esquemática, parcial y selectiva.
Es una estructura quo nos permite organizar el conocimiento, cumpliendo una función
explicativa a interpretativa mediadora entre la realidad y la teorización.
Todo modelo implica determinados supuestos, tanta sobre la naturaleza de la sociedad, como
sobre el hombre, sus capacidades políticas, así como sobre la forma en quo justifica sus
opiniones y preferencias.
Tanto Held como MacPherson sostienen quo las ideas de la democracia que cada modelo
contiene, impacta en la percepción sobre lo que la gente cree que ésta es y también sobre lo
que podría o debería ser. Esto es importante, ya quo las creencias, acerca de lo que es el
sistema político, no son ajenas a este, sino parte de él. Determinan efectivamente sus límites y
posibilidades de evolución, lo que puede aceptarse o exigir. Participan en la constitución de la
definición de los procesos políticos, dotan de sentido y legitiman acciones.
La clasificación más abarcadora de modelos de democracia (Cortina, 1993) sería la quo
distingue entre democracia participativa, de raíz clásica, y democracia liberal representativa.
La primera implica que el pueblo es el titular del poder, siendo también quien lo ejerce. De
modo que la participación del pueblo en el gobierno, consiste en un ejercicio directo del poder
(según las distintas interpretaciones varían las estrategias, los modos de ejercicio). En este
caso es posible hablar claramente de un gobierno del pueblo.
Desde otra perspectiva, la democracia liberal y representativa, consiste en un sistema de
gobierno que funciona con representantes, que se supone procuran los intereses y opiniones
de los ciudadanos, en el marco del imperio de la ley: en este caso se trataría de un sistema de
limitaciones y control del poder, que implicaría, más que un gobierno del pueblo, un gobierno
querido por el pueblo.
Pero, siguiendo los análisis de MacPherson (1987) y Held (1992), es posible analizar más
minuciosamente distintos modelos de democracia, que han presupuesto o suponen
determinadas ideas sobre estos modelos, se deben tener en cuenta la naturaleza y coherencia
(2)
de sus pretensiones teóricas, la pertinencia de sus afirmaciones empíricas, y el carácter
práctico de sus prescripciones.
En nuestro análisis de los modelos de democracia planteamos un momento inicial para
empezar su estudio: aquella instancia donde comienza la consideración de la ampliación del
sufragio, que culminara con la conquista del sufragio universal.
O sea, el proceso por el cual el modelo liberal se transforma en democracia liberal, por la
ampliación del derecho de voto.
Este modelo presenta algunas características que permiten incluir como un antecedente de sus
formulaciones al pensamiento de Rousseau.
Según sostiene el actor, en una democracia los ciudadanos deben disfrutar de igualdad política
y económica, para que nadie pueda ser amo de nadie y para que todos puedan disfrutar de
igual libertad a independencia en el proceso de desarrollo colectivo.
Pero de acuerdo al corte histórico propuesto para los modelos de democracia (el debate sobre
el sufragio) el verdadero representante de esta propuesta es John Stuart Mill, quien trata de
defender una concepción de la vida política que garantice la libertad individual, a través de un
gobierno responsable, y una burocracia eficiente, libre de prácticas corruptas y de regulaciones
excesivamente complejas. Los peligros para estas aspiraciones provienen, según el autor, de
las clases dirigentes que se resisten al cambio, así como de los sectores populares que tratan
de forzar el cambio más allá de su formación y preparación. También provienen del propio
gobierno, que en el contexto de las transformaciones de la sociedad industrial, corría el riesgo
de expandir su poder más allá de los límites deseables.
John Stuart Mill tiene una fuerte adhesión a la democracia liberal, la cual, consideraba, no sólo
debía establecer los marcos para el logro del interés individual, sino que era un mecanismo
fundamental de desarrollo social.
La participación en la vida política resulta fundamental para crear un interés directo en el
gobierno y consecuentemente las bases de una ciudadanía – masculina y femenina –,
informada y en desarrollo.
En una de sus obras Sobre la libertad (1859), Mill se preocupa por establecer la naturaleza y
límites de los frenos a la intervención arbitraria del poder sobre los ciudadanos. Reivindica la
libertad de pensamiento, discusión y publicación, asociación y combinación siempre que no
cause perjuicios a otros.
Advertía sobre los peligros de un poder despótico y de un Estado sobredimensionado.
La dignidad humana se ve amenazada por el poder absoluto, y la mejor manera de
salvaguardar los derechos de los individuos es la participación en forma rutinaria en su
articulación. Cuando los individuos están comprometidos en la resolución de los problemas que
los afectan o que inciden en la comunidad en su conjunto, se acrecientan las posibilidades de
crear soluciones imaginativas y estrategias exitosas.
Para el actor, la mejor estrategia para lograr esos objetivos, era el gobierno representativo,
cuyo poder está restringido por el principio de la libertad.
Destacaba el peligro de un crecimiento exagerado del poder gubernamental y de una
burocracia sobredimensionada, sostenía que la democracia podía contrarrestar a la burocracia.
Pero también destacó la imposibilidad de reeditar la democracia de la polis en una sociedad
moderna, ya que los problemas que plantea la coordinación y regulación de un Estado
densamente poblado, son demasiados complejos para implementar cualquier sistema de
democracia clásica o directa.
El establecimiento de un sistema representativo, junto con la libertad de expresión, de prensa y
de reunión, constituye la estrategia mejor para el control de los poderes gubernamentales.
Mill valoraba tanto la democracia como el gobierno especializado, por lo tanto proponía el
control del segundo, pero sin interferir en su eficiencia. Lograr el equilibrio entre ambos polos
era una de las cuestiones más difíciles, complicadas y relevantes del arte de gobierno.
Por otra parte, el autor se de los supuestos de la tradición liberal al considerar a las mujeres
como “adultos maduros” con derecho a ser individuos “libres e iguales”.
Mill combina argumentos formales de la democracia con elementos “protectores”, del
individualismo liberal. Además, si bien es muy crítico con respecto a las desigualdades en
riqueza y poder, en tanto impedían el desarrollo de las personas (sobre todo de los
trabajadores) no llegó a asumir un compromiso fuerte con la igualdad política y social.
Su pensamiento es controvertido y da lugar a diversas lecturas. Se advierte un marcado
“elitismo intelectual” que se manifiesta en la mayor proporción de peso electoral que le atribuye
a las personas educadas, fundado en el potencial liberador y emancipador que le otorgó al
conocimiento.
Por otra parte, si bien creía en la completa protección de la propiedad privada, proponía
experimentar con otras formas de propiedad que podían ser beneficiosas para el progreso de la
humanidad. También proponía dentro de la esfera legítima de actuación del Estado la
formación de la protección de la salud, la seguridad laboral, la educación y, en definitiva, la
protección contra la pobreza, argumentos que luego asumiría el Estado de bienestar.
Estos dos modelos corresponden a las primeras reflexiones sobre la democracia liberal en el
siglo pasado. En la primera mitad de este, se destacan otras dos propuestas, que se disputan
también, el sentido de la democracia.
En este marco tenemos, en primer lugar, el modelo elitista competitivo de la democracia.
Coincidiendo con Max Weler, Schumpeter consideraba que el capitalismo había dado un
impulso enorme al “proceso de racionalización”. Esto último, por otra parte, es un aspecto
necesario de un mundo complejo, que precisa de una organización imparcial y funcional, en
que únicamente “gobiernos de expertos” puedan dirigir el aparato administrativo del Estado en
su tarea de regulación y control; por ello es que contemporáneamente sólo puede sostenerse
un modelo muy limitado de democracia.
El capitalismo industrial, orientado hacia el mercado, es consecuentemente suplantado por los
procesos económicos organizados o complicados.
Debemos destacar que este análisis de los procesos políticos y económicos, corresponde al
momento de establecimiento del Estado de bienestar.
Para Schumpeter, ni el socialismo, ni la democracia, están amenazados por la burocracia, por
el contrario, esto último es un complemento inevitable de ambos (Held, 1991).
La burocratización es, así, la base de la gestión moderna y del gobierno democrático,
independientemente que lo económico sea socialista o capitalista.
La propuesta del “elitismo competitivo” de Schumpeter se fundamenta en un rechazo abierto a
la teoría clásica de la democracia, que implicaba para el autor, un arreglo institucional para
Ilegar a decisiones políticas que realicen el bien común fundadas en la soberanía popular.
Schumpeter critica esta concepción, sosteniendo que la idea de bien común es peligrosa y
engañosa, en tanto las personas tienen distintas preferencias y valores que en las sociedades
modernas diferenciadas no pueden resolverse apelando a una voluntad general universal.
Subestimar las diferencias postulando un acuerdo racional sobre el bien común es además
peligroso, por cuanto justifica el rechazo de toda disidencia como irracional.
Por otra parte, sostiene que en el mundo contemporáneo, las decisiones de organismos no
democráticos, pueden resultar, en ciertas circunstancias, más aceptables para las personas en
general, que las decisiones democráticas, ya que tales organismos pueden producir políticas
más beneficiosas a largo plazo, que los distintos partidos no habrían aceptado.
Finalmente, Schumpeter ataca directamente la naturaleza misma de la “voluntad general”
afirmando que esta o sea la voluntad de la mayoría de los votantes tiene poco, prácticamente
nada, de fundamento racional. El ejemplo de la publicidad es una prueba del carácter
manipulable de los deseos y elecciones “individuales”. Por otra parte, en política la distancia
entre la vida cotidiana de la mayoría de las personas y las complejas cuestiones nacionales a
internacionales, la posicionan en una situación muy débil y poco informada sobre políticas o
ideologías alternativas.
Así Schumpeter sostiene que a fin de evitar los peligros y riesgos de la política contemporánea
se deben superar “imaginarios” típicos de la doctrina clásica de la democracia. En primer lugar,
no se debe aceptar la idea de que el “pueblo” tiene opiniones concluyentes y racionales sobre
las cuestiones políticas. El pueblo sólo debe ser el instrumento para seleccionar a los hombres
capaces de tomar decisiones. El rol del elector se reduce a aceptar o rechazar un candidato,
quien tiene la capacidad de gobernar la complejidad de la política y que ha sido legitimado por
el voto en sus acciones posteriores. Para este autor, la democracia tiene muchas más
posibilidades de ser efectiva cuando los dirigentes pueden establecer las políticas sin el estorbo
de los electores.
Lo cierto es que la concepción de Schumpeter refleja con exactitud ciertos aspectos de los
procesos políticos contemporáneos: la lucha por el poder entre las elites partidarias, el
importante papel de las burocracias públicas, la forma en que la política maneja las técnicas
publicitarias, etcétera.
Pero, sostener en función de estos elementos una visión tecnocracia de la democracia, es tanto
antiliberal como antidemocrática, por cuanto determina la individualidad por las fuerzas
sociales, restándole discernimiento propio.
Según sostiene Held (1991), la problemática descripción de Schurnpeter de la naturaleza de la
acción y su poca estimación de las capacidades de las personas, plantearon una serie de
dificultades: en primer lugar si el electorado es incapaz de juicios razonables en cuestiones
políticas, ¿por qué sí se lo puede considerar capaz de discriminar los mejores candidatos? ¿por
qué se lo considera incapaz de evaluar políticas que no son tan alejadas de su vida cotidiana y
sobre las cuales suele tener opiniones firmes? ¿Acaso existen fundadas evidencias acerca del
poder de ciertos condicionamientos (Como la publicidad) sobre las actitudes políticas de las
personas? Todo ello por lo menos plantea ciertas dudas sobre la versión schumpeteriana del
funcionamiento del mercado político identificándolo con el mercado económico. No resulta del
todo claro la solidez de un enfoque que reduce la democracia a la competencia por el liderazgo,
en el cual los representados no cuentan con otra instancia que el voto peri6dico. Esto no
solamente plantea dudas en función de lo que la democracia debería ser, sino que cuestiona si
esta es tal como Schumpeter dice que es.
Su más conspicuo representante es Robert Dahl. Este autor entiende a la democracia como
posibilidad de la igualdad de participación y control de los ciudadanos. Este enfoque que
también pretende ser descriptivo (al igual que el elitista) del funcionamiento de la democracia,
sostiene que la política democrática moderna, es en la realidad, mucho más competitiva y las
políticas resultantes, mucho más satisfactorias que lo que sugiere el modelo de Schumpeter.
Los pluralistas alcanzaron notoriedad en la década 50-60 en EE.UU. y han sido criticados,
sobre todo por los marxistas, como una formulación ideológica ingenua de las democracias
occidentales_
Los pluralistas aceptan en líneas generales, el planteamiento de Schumpeter, acerca de que la
distinción entre democracia y no democracia está dada por los métodos de elección de los
líderes políticos, también aceptaban la apatía y desinformación del electorado, pero no
aceptaban la inevitabilidad de la concentración de poder en las elites.
La base teórica del pluralismo se vincula a dos corrientes de pensamiento: la herencia de
Madison y las concepciones utilitaristas. En relación a la influencia del primero, los pluralistas
han centrado su preocupación, al igual que Madison, en las facciones. Destacan las
interacciones individuales o de grupos en la competencia por el poder. Pero a diferencia del
actor mencionado, los pluralistas sostienen que las facciones no suponen un peligro para las
democracias, por el contrario, constituyen una fuente estructural de estabilidad y la expresión
central de la democracia, ya que la existencia de intereses competitivos diferentes, es la base
del equilibrio democrático.
A partir de su enfoque, al que consideran puramente descriptivo, pretenden analizar el
funcionamiento de la democracia real, que está muy alejada de los ideales de la democracia
ateniense o del modelo de Rousseau.
Para los pluralistas la construcción del poder surge de un proceso interminable de intercambios
entre numerosos grupos que representan distintos intereses (sindicatos, partidos, grupos
étnicos, estudiantes, etcétera).
Por ello no existe, en este modelo, un poderoso centro de toma de decisiones. Atento a esto
surge una sociedad de centros de toma de decisiones. La explicación acerca de cómo frente a
esta dispersión es posible una relativa estabilidad de la democracia, está dada por la
pertenencia de toda persona a múltiples grupos con intereses diversos, y a que ningún grupo
puede monopolizar el poder. En definitiva, de la lucha entre intereses, surge lo político hasta
cierto punto independiente, dentro de los marcos democráticos.
Por otra parte, sostiene que los ciudadanos comunes, ejercen un grado de control
relativamente alto sobre los dirigentes, fundamentalmente por el funcionamiento de dos
mecanismos: las elecciones periódicas y la competencia entre partidos.
Asimismo, sostenía que el temor de ciertos liberales democráticos (Madison, Tocqueville y S.
Mill) acerca de “la tiranía de la mayoría” era infundado, ya que la realidad muestra una
poliarquía, es decir una situación de lucha y competencia entre los distintos grupos.
Por ello, el carácter democrático de un régimen, está garantizado por la existencia de múltiples
grupos o múltiples minorías.
Existen ciertos prerrequisitos para el funcionamiento de una poliarquía: consenso sobre las
reglas de procedimiento, consenso sobre el margen de opciones políticas, consenso sobre el
ámbito legítimo de la actividad política, etcétera. Estos son los resguardos más profundos de
cualquier forma de gobierno opresivo.
A pesar de no negar la importancia de las normas constitucionales, para Dahl, la protección
contra la tiranía provenía de las normas y prácticas no constitucionales.
Se puede objetar a los pluralistas que su “realismo” tendía a deslizarse hacia una nueva teoría
normativa, que postulaba como modelo los sistemas democráticos occidentales y renunciaba al
estudio de la justificación de los distintos modelos democráticos y a un análisis crítico de los
ideales y métodos de la democracia. Por el contrario, el criterio para valorar las distintas teorías
de la democracia, se asienta en su adecuación o no al modelo pluralista.
Finalmente, en cuanto a los modelos que en la actualidad se disputan la definición y sentido de
las democracias, podemos analizar el modelo legal neoliberal y el modelo de la democracia
participativa. Asimismo, presentaremos una tercera propuesta contemporánea que cuestiona
los presupuestos epistemológicos y ontológicos de estas alternativas y descree de su
plausibilidad explicativa para dar cuenta de los actuales sistemas democráticos.
El modelo neoconservador también denominado neoliberal, cuyos expositores más destacados
son Hayeck y Nozick, en última instancia evidencia la preocupación por avanzar la causa del
liberalismo contra la democracia, tratando de limitar el uso democrático del poder del Estado.
Parte del presupuesto de que la vida política, al igual que la economía como con la provisión
social de oportunidades. Sostiene la restricción de ciertos grupos, fundamentalmente de los
sindicatos, en su poder para hacer valer sus objetivos, postulando también la formación de un
gobierno fuerte para aplicar la ley y el orden.
Sus presupuestos respecto al hombre y la sociedad se podrían resumir en lo siguiente:
– No existe ninguna entidad social o política a excepción de los individuos. Supone la
convicción de que los individuos pueden juzgar acabadamente qué es lo que quieren y que
además poseen aspiraciones radicalmente diferentes. En consecuencia se los considera
poseedores de libertad para intentar llevar a cabo su propia visión de la vida buena en una
comunidad ideal donde nadie puede imponer su propia visión de la utopía a los demás
(Nozick, 1990). Naturalmente no se puede justificar un Estado extenso, sino un Estado
mínimo ya que de lo contrario violaría la libertad de los individuos y el derecho a no ser
forzado a hacer ciertas cosas.
– Por ello es imposible establecer patrones de distribución social, ya que la única
organización legítima de los recursos humanos y materiales, es negociada a través de la
actividad libre de los individuos en intercambios competitivos con otros.
– Las únicas instituciones políticas justificadas y legitimadas son las que apoyan un espacio
de libertad, que preservan la autonomía y los derechos individuales.
Se asienta sobre una concepción del hombre definida por derechos subjetivos que se poseen
frente al estado y los demás ciudadanos, al igual que los derechos políticos, que tienen la
misma estructura. Permiten a los ciudadanos hacer valer sus intereses privados hasta formar
una voluntad política capaz de influir en la administración. Así los ciudadanos pueden controlar
si el poder del estado se ejerce en interés de los ciudadanos como personas privadas. Desde
esta concepción de hombre, la participación en la política no es en sí valiosa, sino un
instrumento para satisfacer fines privados. El valor de la participación política es bajo y no
tiene nada de condenable al apoliticismo de los ciudadanos ni la apatía.
Este modelo supone el imperio de la ley, la vigencia del estado constitucional, una intervención
mínima del estado en la sociedad civil y una sociedad de mercado lo más extensa posible.
Supone un gobierno fuerte y efectivo fundado en los principios liberales, la regulación al
máximo de la regulación burocrática y la restricción de los grupos de interés.
El otro modelo, no es tan específico ni homogéneo en cuanto reconoce distintas vertientes.
Las definiciones del participacionismo proceden de formas poco sistemáticas, lo que dificulta
una visión clara de sus propuestas. Se comprende esta falencia si se acepta en definitiva que
el participacionismo constituye fundamentalmente una reacción de insatisfacción ante la
democracia representativa, una crítica ante sus consecuencias negativas y la aspiración de
realizar un ideal de hombre político, más que una alternativa detallada, acabada e incluso
viable (cortina, 1993).
En la definición de este modelo, el hombre es un animal político en un triple sentido. En primer
lugar, se sostiene que el hombre para realizarse plenamente necesita desarrollar entre otras
cosas, capacidades, principalmente la capacidad de participar de modo significativo en las
deliberaciones y decisiones que afectan a la comunidad en la que vive. Además, esta
participación tiene su sentido educativo y positivas consecuencias psico-sociales, en cuanto
permite el desarrollo de otras facultades, tal como la capacidad de deliberar y decidir de
acuerdo a intereses comunes y no solo individuales y grupales. Finalmente, reforzaría el
sentido de pertenencia a la propia comunidad por las estrechas relaciones a que da lugar el
trato continuo. En este sentido el status de individuo no viene definido por un patrón de
libertades negativas, cuyo uso se ejerce como personas privadas. Por el contrario, los
derechos ciudadanos son más bien libertades positivas, que permiten a los ciudadanos
constituirse en sujetos políticamente responsables en una comunidad de libres a iguales
(Habermas, 1994). La democracia se constituye como una forma de vida valiosa por sí misma,
en tanto respeta y fomenta el carácter autolegislador de los individuos, potencia el sentido de
justicia al considerarla capaz de orientarse por intereses generalizables.
En cuanto a las condiciones generales que harían posible el funcionamiento del modelo se
requiere:
- Mejora directa de los grupos sociales que no cuentan con iguales oportunidades a través de
la redistribución de recursos materiales.
- Reducción al mínimo posible del poder burocrático no responsable ante los ciudadanos.
- Un sistema abierto de información que garantice decisiones informadas. - Igualdad de
oportunidades para hombres y mujeres.
Los principales teóricos de este modelo, corno MacPherson, Pateman y Poulantzas han
combinado y reformulado las ideas provenientes de la tradición liberal y marxista. En este
sentido su contribución ha sido importante en cuanto a superar el interminable a infructuoso
debate entre ambas tradiciones sobre la democracia.
Sin embargo, las carencias se advierten en cuanto a la especificación de propuestas tales
como: ¿cómo organizar en la realidad la economía y como relacionarla con el aparato político?
¿Cómo combinar las instituciones de la democracia directa con las de la democracia
representativa a fin de lograr una ampliación de la participación? ¿Cómo tratar los problemas
que plantea el nuevo orden internacional? Y, entre otras, ¿cómo podría implementarse la
participación en sociedades complejas y diferenciadas?
Este último interrogante es fundamental, ya que el modelo de democracia participativa supone
que las personas quieren en general, expandir el margen de control sobre sus vidas. Aunque
ellos mismos advierten, postular que las personas ejercitan sus capacidades y gozan con el
ejercicio y desarrollo de éstas, no deja de ser por el momento una aspiración a la
transformación.
Desde una perspectiva diferente, Danilo Zolo (1994) considera cuestionables los análisis
teóricos de los autores que representan los distintos modelos de democracia desarrollados, y
en especial, su crítica podría aplicarse con mayor énfasis a los dos últimos, pues constituyen
una rehabilitación de la tradición ético-política, que adolece del error de la indiferenciación
entre la dimensión axiológica de las valoraciones y la dimensión deontológica de las
prescripciones. La ausencia de tal distinción implicaría elevar arbitrariamente al status de una
regla general del comportamiento lo que es en realidad el resultado de valoraciones,
convenciones y decisiones particulares que no podrían pretender ningún fundamento
ontológico.
Según sostiene el autor, los sistemas éticos, al igual que los legales o políticos, carecen de
toda regla básica que los haga intrínsecamente obligatorios. Por otra parte, estas teorías,
según este autor, son objetables en tanto presentan limitadas posibilidades explicativas de los
procesos reales, ya que no dan cuenta de la complejidad social.
Así postulan modelos de sociedades informadas por principios claros, simples universales y
universalmente compartidos que pretenden pueden tener factibilidad en sociedades post-
industriales, caracterizadas por la contingencia y la pluralidad de valores y afiliaciones
sociales, como así también por la decadencia de las normas de racionalidad en la acción
política.
En las sociedades diferenciadas, las justificaciones políticas tienen poco en común con las
categorías de la ética universal, siendo particularistas, contingentes y ampliamente variables.
Por otra parte, en los sistemas políticos democráticos contemporáneos, según la crítica de
Zolo a los enfoques mencionados, la asignación de recursos sigue la lógica de la atribución
oportunista y las demandas de los grupos son satisfechas o desalentadas como parte del
funcionamiento de equilibrios políticos que tienen en cuenta las capacidades organizacionales,
el potencial de conflicto y la significación de los distintos actores sociales. Así también el
conflicto social, aun en los regímenes más democráticos, es regulado a través de la imposición
autoritaria de criterios distributivos, que tienen poco que ver con un fundamento ético de las
leyes y los deberes políticos.
Los presupuestos a su vez de este análisis crítico de los llamados «modelos ético-políticos»
implican una visión opuesta, en tanto sostienen que no es el consenso moral lo que mantiene
unidos a los hombres en una comunidad política, sino el miedo, la exigencia de seguridad y la
necesidad.
En cuanto a la función específica del sistema político es la de regular selectivamente la
distribución de los riesgos sociales, reduciendo el miedo, de esta manera, a través de la
asignación competitiva de «valores de seguridad». Esto produce confianza al permitir a los
agentes sociales funcionar conforme a expectativas estables de comportamiento de acuerdo a
reglas colectivas. Sustrae de las expectativas colectivas la porción de riesgo y frustraciones
que no podrían asumir sus miembros sin un grave trastorno social, y deja a la «libertad» de los
individuos la neutralización de los riesgos que son menos importantes.
Las funciones protectoras del sistema, si se acepta la propuesta, son cumplidas de manera
más lineal por un sistema monocrático u oligárquico que por uno democrático. La paradoja de
la democracia en ese sentido, consiste en que el aumento de la diferenciación y la complejidad
social es responsable de las exigencias modernas de democracia. La cual continuaría como
necesaria, pero ese mismo aumento la constituyen en la forma de gobierno más frágil y casi
irrealista, con una fuerte tendencia a revelar que esas exigencias no podrían tener éxito. Esto
constituye la antinomia funcional central, la que según Zolo, no perciben las otras teorías y por
ello no pueden ni siquiera comenzar a resolver.
En este sentido las cuestiones centrales, en cuanto a la problemática a abordar en el estudio
de la democracia serían:
5. CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFIA