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Patrimonio e Historia, Las Fortificaciones en La Banda Oriental Del Uruguay en La Confrontación de Imperios

Este documento describe el sistema de fortificaciones españolas en la Banda Oriental (ahora Uruguay) durante los siglos XVII y XVIII para protegerse de las pretensiones expansionistas portuguesas. Detalla cómo se construyeron fortalezas de manera gradual para defender puntos estratégicos. La primera fortaleza fue Montevideo en 1724, aunque tenía defectos de diseño y construcción. El sistema de fortificaciones constituyó un antemural contra Portugal, pero luego de las guerras de independencia su supervivencia se volvió problemática.
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Patrimonio e Historia, Las Fortificaciones en La Banda Oriental Del Uruguay en La Confrontación de Imperios

Este documento describe el sistema de fortificaciones españolas en la Banda Oriental (ahora Uruguay) durante los siglos XVII y XVIII para protegerse de las pretensiones expansionistas portuguesas. Detalla cómo se construyeron fortalezas de manera gradual para defender puntos estratégicos. La primera fortaleza fue Montevideo en 1724, aunque tenía defectos de diseño y construcción. El sistema de fortificaciones constituyó un antemural contra Portugal, pero luego de las guerras de independencia su supervivencia se volvió problemática.
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Patrimonio e historia, las

fortificaciones en la Banda
Oriental del Uruguay en la
confrontación de imperios
Alicia B. Otero*
Ruben Álvarez Massini**

E l sistema de fortificaciones de la Banda Oriental del Uruguay


constituyó durante la época virreinal un antemural a las
pretensiones expansivas del Imperio portugués, y al mismo
tiempo se convirtió en custodio de regiones más extensas y econó­
micamente más rentables. La subdivisión de este sistema, fruto de
las guerras independentistas y el surgimiento de los estados nacio­
nales americanos, representó una etapa en la cual su misma super­
vivencia resultó problemática.
Hoy en día en la República Oriental del Uruguay nos enfrenta­
mos a un gran desafío ante la conservación y recuperación de aque­
llas antiguas glorias constructivas españolas. En consecuencia, en la
primera parte de esta colaboración decidimos presentar el sistema
de fortificaciones de la Banda Oriental considerada como totalidad,
mientras en la segunda parte estudiaremos aspectos de la supervi­
vencia y la recuperación de algunas de ellas en el territorio uruguayo.

  * Estado Mayor del Ejército, Uruguay.


** imes / Escuela Naval / esgue, Uruguay.

Dimensión Antropológica, Año 23, Vol. 67, mayo/agosto, 2016


Las fortificaciones de la Banda Oriental

Con miras a explicitar los conceptos, es importante señalar que estas


zonas abarcaban un territorio mucho más extenso del que hoy ocu­
pa la denominada República Oriental del Uruguay. En los siglos xvii
y xviii el territorio oriental abarcaba desde la referida banda al este
del río Uruguay hasta una zona indeterminada den­tro del actual
Brasil, constituyendo una expresión territorial y no política.
De hecho, el paulatino proceso de ocupación de esos territorios,
y el consiguiente levantamiento de fortificaciones, comenzó con la
presencia portuguesa amenazando el territorio español. Este gradual
movimiento de expansión se inició a fines del siglo xvii, cuando los
lusitanos procedieron a fundar la nueva Colonia del Sacramento en
1680. Asumida como una extensión natural de la llamada Capitanía
del Rey, Portugal pretendió extender su frontera hasta las mismas
márgenes del río de la Plata; lo que constituía una flagrante violación
a las disposiciones del Tratado de Tordesillas.
Ya en las primeras décadas del siglo xvii la expansión portugue­
sa pretendía seguir otro camino: la penetración a través del territorio
misionero con la intención de usar ese camino como una forma de
aproximarse a las tierras del Perú y Alto Perú, ricas en minerales
preciosos. No obstante, esta empresa falló al verse frustrado el es­
fuerzo debido a la resistencia enconada que presentaron los guara­
níes misioneros, quienes resistieron armas en mano la agresión
lusitana. Por ello los invasores pretendieron flanquear este núcleo
de resistencia e intentaron su expansión a través del río de la Plata.
La posesión de la Banda Oriental los colocaría en las bocas de los
principales ríos, lo cual les permitiría usarlos en su pretendida “mar­
cha hacia el Norte”.1
La situación planteada obligó a los españoles a un interminable
pleito fronterizo con sus vecinos, pautado por conquista y recon­
quista de territorios, y por una serie interminable de negociaciones.
Pero a su vez, la Corona española no vio otra alternativa que la de
asegurar sus posesiones aún no discutidas. De aquí que las circuns­
tancias la obligaron a iniciar el levantamiento de fortificaciones como
una forma más de preservar sus territorios.

1 Servicio Geográfico Militar, Documentos relativos a la ejecución del tratado de límites de

1750, 1937, Doc. 4.

20 Dimensión Antropológica, Año 23, Vol. 67, mayo/agosto, 2016


Figura 1. Bosquejo de las fronteras de la Banda Oriental correspondientes a los tratados
de 1750 y 1777. En negro: principales puntos militares españoles, actuando los siete
pueblos de misiones como una unidad. Fuera de ellos existían “guardias” que comple­
mentaban los principales puntos defensivos. En gris: los principales puntos militares
portugueses, así como las tres vías de penetración hacia la Banda Oriental: por las
Misiones, por el “Nudo de Bagé”, defendido por Santa Tecla hacia la Cuchilla Grande,
y por la Angostura, defendido por San Miguel y Santa Teresa. En el caso de la Colonia
del Sacramento, San Miguel y Santa Teresa, fundaciones portuguesas, éstas pasaron a
ser parte del sistema español luego de su conquista en 1777 y 1763, respectivamente.

Patrimonio e historia, las fortificaciones en la Banda Oriental... 21


Figura 2. Mapa corográfico de la ciudad de Colonia do Sacramento realizado en 1731,
donde se indicaban los principales edificios de la ciudad portuguesa.

De manera paulatina, a lo largo del tiempo se fue diseñando una


serie de construcciones militares que en principio tenían la finalidad
de proteger determinados puntos considerados de suma importan­
cia. Pero con el correr de los años se diseñó un conjunto que puede
definirse como “un sistema” de fortificaciones, que abarcaba en for­
ma más o menos completa la totalidad del territorio a defender.
Por cierto, la lejanía respecto de las zonas más pobladas, la pe­
nuria de la real hacienda, la burocracia, los trabajos de mantenimien­
to y otros factores por el estilo no permitieron que todas las obras
defensivas fueran de idéntica calidad. Y hasta puede afirmarse que
en algunos casos, como en el de Montevideo, padecieron de defectos
notorios en cuanto a diseño y calidad; pero de todas formas, en su
momento cumplieron con la función para la cual estaban destinadas.

Montevideo

La primera fortificación española que se levantó en nuestro territorio


fue la de Montevideo. En 1724, acuciados por la presencia portugue­

22 Dimensión Antropológica, Año 23, Vol. 67, mayo/agosto, 2016


sa, los españoles procedieron a levantar una fortificación que prote­
giese la bahía homónima, con la intención de prevenir los intentos
de golpes de mano que ya habían realizado los lusitanos.
Es así que en ese año el gobernador y capitán general de Buenos
Aires, Bruno Mauricio de Zavala, instaló en el lugar una guarnición
y dio comienzo a la construcción de unas obras de tierra y fajinas
que constituyeron el primer paso antes de dar lugar a obras más de­
finitivas y consistentes. Un pequeño fuerte y una batería en la boca
del puerto permitieron solventar la situación. Sin embargo, el inge­
niero militar Domingo Petrarca completaba al mismo tiempo un
plano en el cual se desarrollaban fortificaciones más sólidas y per­
manentes.2 La inesperada muerte de ese técnico llevó a la designa­
ción del ingeniero Diego Cardoso, quien se abocó a realizar unas
obras muy distintas a las concebidas por su predecesor. Planteó un
completo sistema de recinto cerrado, con la inclusión de una ciuda­
dela, dos medio baluartes, dos cubos circulares y un fuerte pentago­
nal para protección de la bahía.3
Por las razones que fueren las obras se prolongaron de manera
indefinida, y durante un muy largo tiempo la ciudad careció de una

Figura 3. Reconstrucción del Montevideo hispano por Carlos Menck Freire, conservada
en el Cabildo de Montevideo.

2 Carlos Travieso, Montevideo en la época colonial; su evolución vista a través de mapas y planos

españoles, 1937, planos 1.5.


3 Ibidem, planos ss.

Patrimonio e historia, las fortificaciones en la Banda Oriental... 23


defensa eficaz y completa; de hecho, hacia 1745 aun no había obras
terminadas. Pero lo peor era que las construcciones padecían dos
defectos fundamentales: el emplazamiento y la solidez. Por razo-
nes técnicas injustificadas, el ingeniero Cardoso diseñó la defensa
de la ciudad de Montevideo situándola en una zona dominada por
las alturas circundantes, con la evidente consecuencia de que los
fuegos del eventual enemigo podían hacer daño, tornando imposible
una eficaz defensa, como fue el caso en ocasión de la invasión britá­
nica de 1807. Por otra parte, la calidad constructiva dejaba mucho
que desear, al grado de —como en el caso de la Ciudadela— que
al­gunas obras se derrumbaban de manera espontánea por el simple
peso de los terraplenes.4
Aunque fue relevado de sus funciones, los sucesores en el cargo
no acertaron en dar con el remedio para la situación. Se propuso de
todo desde la construcción de un costoso hornabeque hasta proyec­
tar que la ciudad fuese desprovista totalmente de fortificaciones con
base en el principio de que una ciudad fácil de conquistar es también
fácil de recuperar. Pero la escasez de presupuesto y la lentitud de
las comunicaciones con la península llevaron a que la situación
se prolongase sin aporte de soluciones viables.
Sólo al final del periodo colonial se emprendieron obras de bue­
na calidad y se pretendió enmendar los fallos anteriores. Así, inge­
nieros como José García Martínez de Cáceres, Bernardo Lecoq, José
del Pozo y otros lograron buenos avances en la refortificación de la
plaza. Entre otras cosas, rehicieron toda la parte norte del recinto, a
la que dotaron de parapeto, foso y camino cubierto. Construyeron
además un sistema de bóvedas a prueba de bomba, capaz de conte­
ner municiones, alimentos, bastimentos y servir de cuartel para la
guarnición. Sin embargo, el resto de las defensas se encontraba en
situación muy precaria, tanto así que en algunas partes todas las
obras consistían en un mero muro de débil mampostería. En esta
situación, el río de la Plata fue sorprendido por la invasión británica.
En cuyas circunstancias la plaza de Montevideo cayó en razón de
que el atacante aprovechó las debilidades ya anotadas.
De todas formas, terminada la ocupación de los británicos con­
tinuaron las obras de consolidación, y fue así como la ciudad pudo

4 Juan A. Apolant, La ruina de la Ciudadela de Montevideo, 1974.

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presentar una defensa sumamente exitosa en ocasión de las guerras
de independencia.5
En un principio la ciudad de Montevideo contaba con defensas
reducidas a su propio recinto; pero hacia el final del periodo colonial
se levantaron algunas fortificaciones que pretendían completarla.
Una de ellas fue la batería de Santa Bárbara, ubicada en los alrede­
dores de la ciudad, formada por un recinto cerrado, cuyo propósito
consistía en la defensa de un par de bahías próximas que resultarían
muy convenientes para un desembarco de fuerzas hostiles.
Otra fortificación exterior fue la ubicada en una pequeña isla
—llamada de Ratas— situada en medio de la bahía montevideana.
Se trataba de una batería que completaba la defensa de la ciudad,
permitiendo que entre ambas se desplegase un par de líneas de bu­
ques acoderados y convenientemente artillados.
Empero, la más notoria de estas defensas —tanto por su situación
como por su conservación— es la llamada fortaleza del Cerro, próxi­
ma a la bahía de Montevideo sobre una altura de 136 m. Fue levan­
tada a fines de 1809 por iniciativa del gobernador Francisco Javier
de Elio y obra del ingeniero José del Pozo, rodeando la estructura
anterior de un faro. Formada por un pentágono, estaba convenien­
temente artillada como para cruzar fuegos con el recinto de la ciu­
dad. Por su fecha de creación sólo pudo participar en las operaciones
militares de la época independentista, y capituló junto con la plaza
fuerte en 1814. A partir de la década de 1830, cuando el avance edi­
licio llevó consigo la demolición de las fortificaciones montevidea­
nas, esta fortaleza y el fuerte de San José —situado en las cercanías
del puerto— fueron las únicas obras defensivas sobrevivientes. El
último de los mencionados terminó siendo demolido al final de la
década de 1870, para aprovechar los valiosos terrenos que lindaban
con su predio.6
La fortaleza del Cerro nunca perdió su carácter de tal, aunque
también se le dieron otros usos simultáneos, entre ellos lazareto y
pri­sión. Por este motivo cumplió su papel propio en las contien-
das ci­viles que se desarrollaron a lo largo de nuestra historia hasta
principios del siglo pasado. En la década de 1930, ya considerada
como inutilizable para el servicio de las armas por no ser posible su

5 Universidad de Montevideo, Mapoteca del fondo Laguarda Trías. Planos de

fortificaciones. Planos varios; Carlos Travieso, op. cit.


6 Mariano Cortes Arteaga, El Cerro de Montevideo y su fortaleza 1520-1935, 1936.

Patrimonio e historia, las fortificaciones en la Banda Oriental... 25


Figura 4. Fortaleza “General Artigas” del Cerro de Montevideo. Símbolo nacional de la
fuerza del escudo uruguayo, fue restaurado a partir de 1931 y convertido en museo
militar.

modernización, se procedió a su completa restauración para permi­


tir que allí se instalase un museo militar, función que sigue cum­
pliendo hasta hoy.

Maldonado

La ciudad de Maldonado, que hoy se encuentra formando una uni­


dad con el balneario de Punta del Este, en sus inicios estaba situada
en las proximidades de la bahía homónima y se consideraba un
lu­gar a defender, tanto por el abrigo que representaba para los navíos
como por ser el punto de recalada obligado para los buques que in­
gresaban al río de la Plata. Si bien no se tiene constancia cierta de la
iniciación de las obras defensivas, es dable suponer que hacia 1760
ya estaban en proceso de construcción. Por la configuración del terre­
no y su situación, era evidente que no era útil fortificar la misma po­
bla­ción, sino que lo necesario era defender la zona aledaña a la bahía.
En esencia, el sistema defensivo de Maldonado se basaba en la
exis­tencia de una serie de baterías permanentes, construidas de

26 Dimensión Antropológica, Año 23, Vol. 67, mayo/agosto, 2016


Batería de la
Aguada

Isla Gorriti
Batería
del Medio
Batería de la
Boca Chica

Figura 5. Vista aérea actual de la bahía de Maldonado, donde se indica con círculos la
localización original de las baterías españolas.

piedra y mampostería. De ellas, tres se encontraban ubicadas en la


costa y cuatro en la isla del puerto, conocida como isla de Gorriti.
Las tres primeras eran las llamadas de la Aguada, del Medio y la de
Boca Chica, cuya misión era de cruzar fuegos con las cuatro situa-
das en la isla excepto una de ellas, la cual dirigía sus fuegos a mar
abierto. Como se comprenderá, esta disposición defensiva estaba
des­tinada a realizar una defensa de costa y no tenía en cuenta las
posibilidades de un desembarco.7
Las fortificaciones de Maldonado tuvieron su prueba de fuego
en ocasión de la presencia inglesa en 1806. En dichas circunstancias
el enemigo no se limitó a esperar los efectos de un bombardeo naval,
en cuyo caso los defensores habían tenido su oportunidad de hacer
jugar su ventaja. Por el contrario, los británicos procedieron a efec­
tuar un desembarco lejos del alcance de la artillería española, con lo
que lograron tomar las baterías por la retaguardia, sin pérdidas sen­
sibles. Tan sólo la isla de Gorriti pudo resistir en forma adecuada y
en tanto duraron las municiones y alimentos, pero una vez acabadas
las reservas también debió capitular.

7 Con respecto a la evolución de las fortificaciones a lo largo del siglo xviii y comienzos

del xix resulta fundamental Florencia Fajardo Terán, “La indiana región de Maldonado”, en
Boletín Histórico del Ejército, núms. 319-322, y núms. 323-326, 2005. María F. Belloso, Las
fortificaciones de la bahía de Maldonado, 2009.

Patrimonio e historia, las fortificaciones en la Banda Oriental... 27


Por otra parte, la ciudad de Maldonado posee dos edificios que
si bien no son considerados fortificación, sin duda cumplieron un
rol militar. Uno de ellos es la denominada atalaya o torre del Vigía,
mandada levantar entre 1797 y 1800. Su función era la de mantener
la vigilancia de la bahía y, en su caso, dar la alarma correspondiente.
Construida de ladrillo, con cinco metros de lado y trece de altura
sirvió a sus fines cuando su guardia dio aviso de la presencia britá­
nica en la fecha señalada, lo cual permitió a los defensores españoles
organizar un intento de defensa.
El otro edificio militar notorio es el denominado Cuartel de
Dragones, cuyas obras fueron iniciadas por el ingeniero de origen
francés Juan Bartolomé Havelle, mejor conocido por Howel. En sus
inicios, por 1771, consistió en una obra de fajina, y para finales del
siglo ya se consideraba una construcción sólida de mampostería,
piedra y tejas. Ocupaba una manzana entera cercana al centro de la
ciudad y poseía capacidad para 600 plazas, con lo que podía dar
suficiente alojamiento a la mitad de los efectivos del regimiento de
Dragones de Buenos Aires. Todo parece indicar que esta guarnición,
más que para la defensa de Maldonado, podía emplearse como re­
fuerzo de la dotación de Santa Teresa.

Fortaleza Santa Teresa

La costa oriental a partir de Maldonado toma una inclinación pro­


nunciada hacia el este, por ello dicha zona se caracteriza por una su­
cesión de lagunas y pantanos paralelos a la costa. Esto crea una zona
bastante estrecha que suele denominarse Angostura, y se prolonga
hasta el propio río Grande del Sur.
Por su situación, esos lugares adquirieron enorme importancia
en razón de los conflictos entre españoles y portugueses por sus
respectivas posesiones fronterizas. A finales de la Guerra de los Siete
Años el conflicto se trasladó al Río de la Plata, lo que dio lugar a
enfrentamientos entre ambas potencias europeas. En razón de esto,
el capitán general del Río de la Plata, Pedro de Cevallos, inició una
campaña militar cuyo primer objetivo y logro fue la toma de la
Colonia del Sacramento en 1762. Desde ahí marchó hacia la zona
este, con miras a completar sus conquistas con la captura de San
Pedro del Río Grande; esta ruta lo llevó por el camino de la costa o
de la Angostura, donde se encontró con que el coronel portugués

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Tomás Luís de Osorio había iniciado la construcción de una fortifi­
cación.
En efecto, en diciembre de 1762 este jefe había procedido a le­
vantar una fortificación provisoria de tierra y fajinas que dominaba
la parte más estrecha de la Angostura; dotándola de una guarnición
de 400 dragones y varios efectivos de milicias y artillería. El 19 de
abril de 1763 Cevallos realizó un enérgico sitio del fuerte que termi­
nó con la rendición de las fuerzas lusitanas.
A poco de esa conquista los españoles procedieron a fortificar el
lugar, a fin de convertirlo en una obra permanente y con sus fuegos
orientados hacia territorio portugués. El primer encargado de la obra
fue Francisco Rodríguez Cardoso, reemplazado poco después por
el ya mencionado Howel, a quien se atribuye el diseño definitivo de
esa defensa.8
Es sin duda la muestra mejor conservada y restaurada de la es­
cuela de fortificación militar española del siglo xviii. Como corres­
ponde a una zona quebrada, tiene un diseño que técnicamente se
denomina “fortificación irregular”, dado que todos sus lados y di­
mensiones no siguen un modelo fijo, sino que buscan adaptarse a
las peculiaridades del terreno. Cuenta con cinco baluartes, de los
cuales tres están orientados hacia la frontera portuguesa; y en par­
ticular uno de ellos, conocido como San Carlos, tiene una mayor
capacidad para disponer un gran número de piezas de artillería.
Las instalaciones interiores se completaban con la presencia de
cuadras de tropa, cocinas, fraguas, polvorín, capilla, etcétera. No obs­
tante estas obras, construidas de sillería, por lo general fueron com­
pletadas por otras instalaciones provisorias, lo que aumentaba en
mucho la capacidad de su guarnición. Así, en 1775 el ingeniero
Bernardo Lecoq realizó una serie de ampliaciones y para finales del
siglo se efectuaron otras a cargo de José García Martínez de Cáceres.9
Recientes estudios han determinado que Santa Teresa contaba
con líneas de atrincheramientos, de tierra y fajinas, que cerraban
toda la Angostura, permitiendo en su momento una más amplia
capacidad de defensa. Incluso hoy día pueden verse los parapetos
y baterías de estas obras.

8 Horacio Arredondo, Santa Teresa y San Miguel, separata año 1955. Universidad de

Montevideo, Mapoteca del Fondo Laguarda Trías.


9 Universidad de Montevideo, Mapoteca del Fondo Laguarda Trías.

Patrimonio e historia, las fortificaciones en la Banda Oriental... 29


Fuerte de San Miguel

Más que una fortaleza, esta obra defensiva —en razón de sus redu­
cidas dimensiones— puede considerarse más bien como fortín.
En sus inicios, hacia 1734, fue posesión de los españoles; pero
tres años después fue ocupado por los portugueses y reformado por
obra del brigadier José da Silva Páez. A lo largo de su historia sufrió
varias alteraciones en su estructura y materiales empleados, aunque
terminó siendo un cuadrado irregular dotado de cuatro baluartes
en sus ángulos construidos en piedra.
Al parecer la función principal del fuerte consistió en ser un
puesto de observación, y de hecho los portugueses lo empleaban
para controlar el movimiento de los españoles; además, algunos
documentos permiten apreciar que en sus alrededores existía una
importante actividad relacionada con la extracción de ganado pro­
veniente de las tierras orientales. Su importancia histórica no pasa
mucho más allá de ser un lugar de enlace entre Santa Teresa y Río
Grande del Sur.
A partir de la toma de Santa Teresa, en 1763, la suerte de San
Miguel quedó ligada a la Corona española, y desde ese momento
quedó incluido como parte de los dominios de esta potencia.

Figura 6. Vista aérea del fuerte de San Miguel, en el departamento de Rocha, restaurado
a partir de 1937 y convertido en museo militar.

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San Pedro de Río Grande

El ya mencionado “camino de la costa” finalizaba en el llamado río


Grande de San Pedro, donde este curso de agua servía de desagua­
dero a la laguna de los Patos en el océano Atlántico. En 1737, José
da Silva Páez también levantó ahí el llamado fuerte de Jesús, María
y José, que fue el núcleo poblacional del posterior y actual río Grande.
Aparte de constituir una fortificación destinada a proteger las
estancias con que se estaba colonizando la zona, no escapó a Silva
la importancia que tenía este puerto para el tráfico marítimo, y como
lugar abrigado para enlazar con la Colonia del Sacramento. Como en
tantos otros casos, las obras se hicieron de tierras y fajinas.
En 1763, luego de la toma de Santa Teresa y San Miguel, las
fuerzas de Cevallos llegaron hasta Río Grande sin encontrar la menor
resistencia. De esta forma las tropas españolas procedieron a ocupar
ambas márgenes del río, mismas que fueron dotadas de mejores y
mayores fortificaciones, y así se lograba el dominio de la principal
vía de acceso a la zona platense.
En 1767, en razón de lo difícil que resultaba su defensa con un
río a las espaldas, las fuerzas españolas evacuaron la margen izquier­
da del río, que fue inmediatamente ocupada por los portugueses y
procedieron a levantar nuevas obras defensivas.
Tomando como base la población de Río Grande, los españoles
procedieron a levantar una serie de fortificaciones que comprendían
un conjunto de baterías costeras, así como un núcleo de fuertes y
fortines que protegería una eventual evacuación rumbo a Santa Te­
resa. El principal inconveniente de este dispositivo se hallaba en que
una lengua de agua dividía las defensas, de tal forma que era muy
difícil establecer una coordinación entre ellas, impidiendo la fácil
comunicación entre una y otra parte. Fue precisamente por esta cir­
cunstancia que un importante contingente portugués se hizo con
el dominio del lugar en 1776, obligando a los defensores a capitular.
En efecto, el general portugués Juan Enrique Böhm aprovechó tal
circunstancia y el Viernes Santo de ese año realizó un ataque sorpre­
sa con base en una importante superioridad numérica. Pese a que
las fuerzas españolas se pudieron retirar previa capitulación, la re­
gión rioplatense quedó en una situación muy arriesgada, por lo que
el entonces capitán general de la zona, Juan José de Vértiz, debió

Patrimonio e historia, las fortificaciones en la Banda Oriental... 31


trasladarse rápidamente a Santa Teresa, para desde allí tratar de
detener la ofensiva.10
Estos hechos provocaron la reacción española, consistente en el
envío de una numerosa expedición militar y naval al mando de
Pedro de Cevallos, investido en esta ocasión de la jerarquía de virrey
del recién creado virreinato del Río de la Plata. En 1777 el cuerpo
expedicionario ocupó sin lucha el puerto de Santa Catalina, tomó la
Colonia del Sacramento y emprendió las operaciones contra Río
Grande. A esta altura de los acontecimientos todas las actuaciones
debieron suspenderse ante la firma del Tratado de San Ildefonso en
ese mismo año. De acuerdo con sus estipulaciones, todo el San Pedro
del Río Grande quedaba dentro de la jurisdicción portuguesa. Hoy
día los vestigios de estas fortificaciones ya no existen.

Santa Tecla

Lo que después fue la fortaleza de Santa Tecla tuvo sus inicios como
un puesto y oratorio de la estancia de San Miguel en el territorio
misionero. El lugar quedó despoblado después de la llamada Guerra
Guaranítica, en la que portugueses y españoles procedieron a liquidar
esos poblados que habían sido levantados por obra de los jesuitas.
En 1773, Juan José de Vértiz, gobernador de Buenos Aires, enca­
bezó una expedición militar contra los establecimientos portugueses;
al llegar a la zona pudo comprobar que dicho lugar poseía cierta
importancia estratégica en razón de hallarse en un nudo de cuchillas
conocido como “nudo de Bagé”. Por estar ubicadas en las nacientes
del río Negro permitían controlar el ingreso a la Banda Oriental, de
ahí que se encargara al oficial de ingenieros Bernardo Lecoq la cons­
trucción de una fortaleza.
Esas obras, en apariencia de tierra y fajinas, pronto estuvieron
terminadas: consistían en una construcción pentagonal dotada de
cuatro baluartes y un semibaluarte, un foso con puente levadizo y
estacada. La privilegiada posición de esta obra fortificada se vio
reforzada por el hecho de estar situada sobre unos barrancos del río
Negro, que le hacían muy difícil de tomar.

10 Juan Carlos de Macedo Soares, Fronteiras do Brasil no Regime Colonial, 1939; Juan

Beverina, La expedición del virrey Cevallos en 1777, 1974.

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En 1776, como parte de una ofensiva general portuguesa, fue
sitiada por Rafael Pinto Bandera al mando de unos 1 500 soldados,
a quienes se oponían tan sólo 200 defensores, la mayor parte mili­
cianos. Luego de la capitulación de los defensores, el jefe portugués
determinó que fuese arrasada hasta los cimientos. Este ataque, que
precedió al de Río Grande, fue otro de los motivos por los que España
reaccionó enviando la expedición militar que llegó al año siguiente.
Cuando se realizaban las operaciones para poner en práctica el
Tratado de San Ildefonso hubo muchas controversias sobre a quién
correspondía la posesión de ese lugar. Previendo otro tipo de accio­
nes, Cevallos sentó el necesario precedente al ordenar en 1778 la
reconstrucción de la fortaleza, y esto, de alguna manera, permitió
que los negociadores y demarcadores españoles pudiesen hacer va­
ler sus derechos al lugar.
En 1801, dentro de la llamada Guerra de las Naranjas, la forta­
leza fue nuevamente tomada y destruida. Al día de hoy casi no
quedan vestigios de sus construcciones.11
Después de lo expuesto hasta aquí en forma escueta, es oportu­
no realizar algunas apreciaciones de carácter general.
En primer lugar cabe destacar que las fortificaciones de la Banda
Oriental nacieron y se desarrollaron como respuesta a una situación
internacional que puso en peligro la estabilidad regional. Situaciones
similares se vivieron en otras áreas como parte del contexto de los
reinos hispánicos. Así, quizás con mayor técnica e interés, lugares
como Cuba, Puerto Rico, Cartagena de Indias, el Callao y otros con­
citaron el interés de la Corona española en vistas a dotarlos de un
sistema fortificado, de tal forma que se constituyera como fuese una
defensa permanente de los territorios involucrados.
En otro orden de cosas, la reseña anterior nos muestra que no
todas las obras fortificadas que defendieron nuestro territorio fueron
iguales y parejas en cuanto a construcción, calidad y situación. El
ejemplo de Montevideo es una clara muestra de unas obras suma­
mente costosas pero que nunca pudieron superar sus defectos de
calidad constructiva y de ubicación. En el otro extremo, tanto geo­
gráfica como conceptualmente, nos encontramos con la fortaleza de
Santa Teresa; con buena ubicación, sólida estructura y otros factores
que contribuyeron a sus exitosas operaciones defensivas.

11 José M. Olivero, “Una llave estratégica de la Banda Oriental: Santa Tecla”, en Boletín

Histórico del Ejército, núms. 294-297, 1997, pp. 9-26.

Patrimonio e historia, las fortificaciones en la Banda Oriental... 33


También se debería tener en cuenta las circunstancias propias de
cada lugar. Si nos referimos a Montevideo, se debe considerar que
su situación como plaza fuerte y sede de un apostadero naval im­
plicaba la necesidad de conjuntar los esfuerzos por tierra y por mar.
Tomando en consideración la invasión británica, queda claro que el
enemigo operaba al mismo tiempo en ambos elementos, y con no­
toria ventaja en ambos. Con ello los resultados finales terminaron
siendo los esperados: un estrecho bloqueo por mar y un sitio en
regla por tierra, lo que llevó a la capitulación final de la ciudad.
Situación distinta se presentó cuando las operaciones contra la ciu­
dad corrieron por cuenta de las fuerzas independentistas a partir de
1810: el control del mar por parte de los defensores permitió un
cómodo abastecimiento y, por lo tanto, una resistencia bastante pro­
longada.
Los casos de San Pedro de Río Grande y Santa Tecla parecen
constituir un ejemplo de obras defensivas situadas cerca, o en proxi­
midades, de núcleos que pudiesen aportarles una ayuda inmediata.
Tanto uno como otro mostraron que las guarniciones terminaron
quedando sin auxilio en ocasión de necesitarlo en forma perentoria.
Por último, si se echa una mirada al mapa, podemos apreciar
que a lo largo del tiempo las fortificaciones de la Banda Oriental
terminaron, pese a todos sus defectos, por constituir un sistema
completo que pretendía poner coto a un adversario demasiado tenaz.
Conjunto que se completaba en forma natural con los pueblos de las
misiones, los que cerraban por la zona norte del territorio el espacio
que pretendían ocupar los portugueses.

Recuperación patrimonial: identidad y memoria

Entre 2010 y 2011 en toda América Latina tuvo lugar un gran ciclo
de conmemoraciones con motivo de las independencias de los dis­
tintos países que conforman la región; con ello nos hemos visto obli­
gados a repensar nuestras raíces culturales y nacionales; es decir,
todo aquello que nos identifica y define. Sin duda alguna, puede
asegurarse que la presencia hispana en estas latitudes ha sido un
factor que ha dejado su impronta en las emergentes naciones lati­
noamericanas; una gerencia que no sólo se conforma de población,
idioma, mentalidades, gustos gastronómicos, etcétera, sino también
de restos materiales.

34 Dimensión Antropológica, Año 23, Vol. 67, mayo/agosto, 2016


Todas estas consideraciones nos llevan a una serie de cuestiones:
¿qué ha pasado con las construcciones coloniales, mudos testigos
materiales de lo que hasta hace dos siglos eran vibrantes metrópolis
coloniales? ¿Qué estado guardan las fortificaciones coloniales de la
antigua Banda Oriental?
Para responder a estas preguntas tenemos a nuestra disposición
el camino que algunos grandes investigadores uruguayos iniciaron
en el siglo pasado. Éstos, junto con otros actores —políticos, milita­
res y pobladores de la zona— emprendieron el camino del salvataje,
recuperación y preservación de nuestro patrimonio. Pocos se han
dedicado al tema de las fortificaciones con persistencia y método,
siendo limitada la bibliografía que puede consultarse. Ya en la dé­
cada de 1920, de inmediato surgen como referentes en este campo
los nombres del historiador Horacio Arredondo, factótum responsa­
ble —junto con los arquitectos Fernando Capurro, Alfredo R. Campos
y Alfredo Baldomir— de la reconstrucción de las fortalezas de Santa
Teresa, San Miguel y “General Artigas” (del Cerro). A esta gran fi­
gura, quien logró aglutinar el esfuerzo de personalidades tan im­
portantes, se sumaría de manera paulatina la tarea de otras grandes
figuras de la historia nacional: Juan Alejandro Apolant y sus contri­
buciones sobre Montevideo; el capitán Mariano Cortes Arteaga y su
monografía sobre la fortaleza “General Artigas”; el capitán Alfredo
Travieso y su atlas con mapas de Montevideo del siglo xviii; o el
coronel Rolando Laguarda Trías y su importante obra referida a los
ingenieros militares de la época virreinal, ofreciendo una trayectoria
vital a lo que hasta ese momento eran meros nombres.
En una concepción más amplia de la recuperación del pasado,
recordemos a los fallecidos historiadores Fernando Assunçào y su
trabajo en la Colonia del Sacramento, así como a la doctora Florencia
Fajardo Terán con respecto a la historia de Maldonado.
En la senda de investigación, hoy pueden mencionarse en forma
relevante al coronel Ángel Corrales, con diferentes trabajos relacio­
nados; Rubén Álvarez Massini, el más constante en la investigación
de este tema; Raúl Baroffio, dedicado al estudio y rescate de los
restos de las fortificaciones de Montevideo, y a José M. Olivero, ase­
sor histórico de los fuertes militares.
Desde hace pocos años se han agregado a esta labor la Asociación
Cultural “Al Pie de la Muralla”, que a través del accionar de su direc­
tora, Adriana Careaga, ha impulsado un espacio de difusión y dis­
cusión del tema de las fortificaciones, organizando una rica actividad

Patrimonio e historia, las fortificaciones en la Banda Oriental... 35


cultural a nivel nacional e internacional con visitas guiadas, obras
teatrales, publicaciones, conferencias y seminarios. De esa misma
institución partió a su vez la formación de otra, ante la iniciativa de
los constantes colaboradores de “Al Pie de la Muralla”: la Asociación
de Amigos de las Fortificaciones, dedicada al estudio y preserva­
ción de las fortificaciones sobrevivientes en el territorio uruguayo.
A nivel institucional, el Ministerio de Defensa Nacional realizó
una obra pionera de restauración y conservación en las fortificacio­
nes de Santa Teresa, San Miguel y del Cerro de Montevideo (“General
Artigas”), convirtiéndolos en museos militares de sitio e históricos.
A su vez, por mandato de la ley 14.040 de 1971 se creó la Comisión
de Patrimonio Cultural de la Nación, que ha contribuido a la con­
servación de algunos restos de fortificaciones a pesar de las limita­
ciones de la ley, cuya modificación ya desde hace años se discute.
Entre las medidas más recientes de investigación y protección de los
restos materiales de las fortificaciones realizados por dicha Comisión,
se encuentra la declaración como Monumento Histórico Nacional
de los restos de muralla de Montevideo, existente entre el baluarte de
San Pascual y el Cubo del Norte en diciembre de 2012.12
Por otro lado, el desarrollo del trabajo de grupos dependientes
de la Universidad de la República —en especial en conexión con las
comisiones de patrimonio de carácter departamental, e incluso lo­
cal— ha permitido profundizar un sentido patrimonial que todavía
no ha logrado una expresión con la eficiencia necesaria. Hoy en día
diversos grupos de trabajo realizan actividades de recuperación que
incluyen los restos de fortificaciones. Se ha culminado un releva­
miento de la “Ciudad Vieja” de Montevideo predio por predio (1906
padrones y 270 espacios públicos). Dichas tareas son parte del
Programa de Revitalización de la Ciudad Vieja, que desde hace unos
años desarrollan en conjunto la Intendencia de Montevideo y el
Banco Interamericano de Desarrollo (bid), con diferentes apoyos
financieros. El proceso llevó un año y medio a un equipo de docen­
tes del Instituto de Historia de la Arquitectura de la Universidad de
la República y de estudiantes avanzados de la misma facultad que
trabajaron junto con técnicos del área de tecnología de la información

12 Resolución 627/012 del 14 de diciembre de 2012. Registro Nacional de Leyes y

Decretos: t. 2, semestre 2, año 2012, p. 1708.

36 Dimensión Antropológica, Año 23, Vol. 67, mayo/agosto, 2016


de la Intendencia Municipal de Montevideo para desarrollar un
producto pionero en el país —y posiblemente en la región.13
A su vez, tanto en Montevideo como en Colonia del Sacramento
las intendencias municipales ya estudian su patrimonio histórico
edilicio y crean proyectos para su reinserción en el marco urbano,
como ocurre con el espacio Muralla Abierta14 en Montevideo; en
este caso, mediante acuerdo con el Banco de Seguros del Estado, se
recupera el tramo mayor de muralla preservado, así como parte del
foso en su sector norte, todo con miras a crear un ámbito de acción
cultural de diferentes grupos. Desde diciembre de 2011 dicho espa­
cio se ha convertido en la sede del Museo de las Migraciones, el cual
nos hace reflexionar sobre la conformación de nuestras sociedades
y el rico aporte migratorio que hemos recibido a lo largo de nuestra
vida independiente.

Conservación y renovación

La conservación de la memoria en el ámbito edilicio siempre se ha


visto enfrentada a múltiples factores, entre ellos encontramos la idea
de “modernización” como avance hacia el futuro. La demolición y
reconstrucción —o al menos la remodelación, muchas veces profun­
da—, ha sido algo aceptado desde siempre como parte del “progre­
so” humano. Incluso, muchas de las estructuras que se conservan
han llegado a nosotros por su utilidad en las nuevas construcciones.
En ese proceso Uruguay perdió numerosas fortificaciones, y
Colonia del Sacramento es quizá el caso más conocido. Esta ciudad
había sido muy dañada por acciones modernizadoras, como la ave­
nida General Flores, que corta la estructura original de cuadras irre­
gulares de la ciudad histórica. Los estudios a partir de la década de
1930, y la creación en 1968 de un Consejo, un Patronato y Fondo
Nacional para la Conservación y la Reconstrucción de la Ciudad
tuvieron su punto álgido con los festejos de 300 años de su fundación

13 El producto del trabajo puede apreciarse en la página web http://inventariociudadvieja.

montevideo.gub.uy.
14 Un lugar que conjuga patrimonio arqueológico, reflexiones sobre nuestros orígenes y

nuestro presente como nación. El predio del complejo contiene 60 metros de fortificación
visible, que formaban parte del sistema defensivo del frente del este, que miraba hacia la
campaña, y estaba compuesto por un tramo que unía el Cubo del Sur con la batería de San
Pas­cual. Las baterías eran salientes defensivas donde se apostaban cañones y soldados.

Patrimonio e historia, las fortificaciones en la Banda Oriental... 37


Figura 7. Vista aérea de la actual Colonia del Sacramento —se ha resaltado la sección
que estuvo en disputa durante el los siglos xvii y xviii.

en 1980. Todo esto fue recompensado con la declaración de Patrimonio


Histórico de la Humanidad en 1995 por parte de la unesco.
Todo este accionar en pro de la recuperación histórica no ha
estado exento de críticas y dudas que se expresaron en su momento.
En ese sentido es muy interesante un artículo del profesor Luis
Bausero, donde reflexiona sobre la reconstrucción de Colonia del
Sacramento:15

Reconstruir la vieja ciudad valdría tanto como crear una ciudad espec­
tral y ello no sería más que fría retórica nacida en la mente de algún
“restaurador” o de una comisión de “restauradores”. Y, nótese bien
esto, si reconstruida la primera ciudad se hiciese otra Colonia del
Sacramento a 15 o 20 kilómetros de distancia sobre los mismos docu­
mentos, cartabones y plantillas de la primera, tendríamos otra ciudad
totalmente diferente y otro acto retórico tan vacuo como el primero. Y
así podríamos repetir al infinito la Colonia del Sacramento sin lle­gar
nunca a reconstruir la verdadera, la histórica ciudad porque ésta,

15 Publicado por primera vez en la revista Documento, Ministerio de Educación y Cultura

del Uruguay, en noviembre de 1968.

38 Dimensión Antropológica, Año 23, Vol. 67, mayo/agosto, 2016


pertenece tanto al pasado como al presente y al tiempo no es reversible.
Y aun en el hipotético caso de que el “Consejo Ejecutivo Honorario de
Obras de Conservación y Reconstrucción de la Antigua Ciudad de la
Colonia del Sacramento” resolviera hacer esta reconstrucción, ¿Qué
momento de la vida de la ciudad se elegiría? Porque cualquiera sea el
instante en que se quiera fijar a aquella ciudad fantasmal sería siempre
una ciudad aislada de la historia porque el flujo de ésta no se detiene
en ningún momento; e incluso, es historia, los años de sus ruinas y el
traspaso de éstas hasta la hora presente.16

Con estos conceptos se oponía a quienes querían “restaurar” a


ultranza a la colonia portuguesa, recreando lo que fue sin distinción
de tiempo, momento histórico o relevancia real.
Sería ésta una discusión en apariencias superada, pero cuando
se acude a los hechos con frecuencia vemos que se acomodan inte­
reses culturales o turísticos; así es como resurge una idea de “recons­
trucción en grupos entusiastas”, que en realidad es una recreación,
expresión más de la visión e intereses del momento en que se plan­
tea, en la cual se incluyen numerosos aspectos no conocidos pero
dados por ciertos, más que de una efectiva visión del pasado.
Retornando al aspecto inicial de esta reflexión, en la misma ca­
pital del país, Montevideo, se ha reproducido este tipo de polémicas.
San Felipe y Santiago de Montevideo, ciudad originalmente amura­
llada con numerosas baterías y dos fortificaciones importantes, la
Ciudadela y el fuerte de San José, no se vio exenta de este tipo de
idas y venidas a la hora de considerar la oportunidad de conservar
las murallas.
Esto se dio en un proceso largo: comenzó en 1829 y continuó
hasta su momento clave en 1878-1880, donde se demolió lo que que­
daba de la Ciudadela, reutilizado como mercado; el “Fuerte” (la casa
de Gobernador) antigua fortificación ya reconstruida y modificada
casi desde sus orígenes, y el fuerte de San José.
Consideremos ahora el caso de la Ciudadela, una pequeña for­
taleza con cuatro baluartes salientes que defendió al Montevideo
colonial. Se inició su construcción en 1741 cubriendo parte de lo
que hoy es la Plaza Independencia. Su puerta de acceso, en el eje de
la actual Sarandí, tenía puente levadizo, ya que un profundo foso la

16 Luis Bausero, “De la restauración de la Colonia del Sacramento y por qué no debe

hacerse”, en Fernando García Esteban, Artes plásticas en el Uruguay del siglo xx, 1971, p. 47.

Patrimonio e historia, las fortificaciones en la Banda Oriental... 39


Figura 8. Superposición del plano de la ciudad vieja de Montevideo con el cinturón de
murallas que originalmente lo rodeaba y del cual sólo se conservan fragmentos.

Figura 9. La puerta de la antigua Ciu­


dadela tal como se puede ver hoy día,
reconstruida muy cerca de su emplaza­
miento original.

separaba del resto del conglo­


merado urbano.
Activa hasta el final del
pe­riodo virreinal y las poste­
riores luchas por la indepen­
dencia, la Ciudadela sufrió un
proceso de demoliciones ini­
ciado en 1829 y terminado en
1879, con su abatimiento defi­
nitivo. En­tre las medidas to­
madas se abrió una puerta en
el sector contrario de la forti­
ficación, donde estaba la capi­
lla, creando un camino desde

40 Dimensión Antropológica, Año 23, Vol. 67, mayo/agosto, 2016


el eje de la actual calle Sarandí, pasando por la puerta de la Ciudadela
hasta la recién creada avenida principal, hoy 18 de Julio, que nuclea­
ba la “ciudad nueva” de Montevideo delineada en 1829.
Con respecto al uso de la fortificación a partir de 1836, luego de
la destrucción de los baluartes y el ciegue del pozo, cumplió funcio­
nes de Mercado Público hasta 1868, cuando se inaugura el Mercado
Central. En 1877 se inicia la demolición de los restos de la fortificación,
la puerta se desmonta para colocarse en otro lugar aún por de­signar,
pero se pierde parte de la misma. Sólo hasta 1890 pudo adosarse a
la fachada sur de la antigua Escuela de Artes y Oficios, actual Uni­
versidad del Trabajo, reconstruyéndose algunos de los ornamentos
perdidos. En 1959 fue de nuevo trasladada para reinstalarse en el
lugar aproximado de su localización original. Este resto fue decla­
rado Monumento Histórico Nacional en 1975, sufriendo con los años
un fuerte deterioro por la contaminación ambiental, que ha obligado
a diferentes intervenciones destinadas a su conservación.
Si bien cuando se demolió la Ciudadela y otros edificios colonia­
les hubo resistencia de algún intelectual, como el historiador Fran­
cisco Bauzá, la sociedad lo vio en su momento como una muestra
del avance de un país frente a su pasado “bárbaro” español. De ma­
nera consistente, el espacio ganado por la demolición de la Ciudadela
sirvió para ampliar la plaza Independencia, principal de la ciudad
y frente a la cual se estableció el edificio del Poder Ejecutivo.
Con la demolición del “Fuerte”, en el predio libre se organizó
una plaza enrejada estilo francés, acorde con lo que era en ese mo­
mento uno de los principales espacios comerciales y financieros de
la ciudad y con presencia de habitantes de alto poder adquisitivo.
En el caso del fuerte de San José, el espacio liberado pasó a formar
parte del ámbito habitacional y portuario de la ciudad en expansión.
De la antigua muralla queda muy poco, restos de los muros, unos
400 metros, reutilizados como medianeras entre casas o cimientos
de las nuevas construcciones.
Aun cuando se conservó el “Cubo” —que aseguraba el extremo
sur del frente de tierra de Montevideo y más tarde serviría de base
al templo anglicano—, también sufrió las modificaciones al momen­
to de desarrollar la rambla costera, que enterró la zona de los “bajos”
de la ciudad en la década de 1930-1940.17 Quedó presente pero des­

17 En la recuperación del Cubo del Sur en el ámbito de la Rambla de Montevideo, debe­

mos recordar la importantísima obra del arquitecto Eugenio P. Baroffio, de destacada actuación

Patrimonio e historia, las fortificaciones en la Banda Oriental... 41


naturalizado, pues al asentarse en la rambla su cima quedó a la al­
tura del nuevo suelo y así perdió su perspectiva de construcción
elevada con respecto al terreno circundante. También encontramos
los “fantasmas” de construcciones fortificadas desaparecidas, hue­
llas modernas que siguen en forma de muros bajos las líneas del
Cubo del norte y la muralla hacia el Cubo del sur, indicando la
brecha por donde penetraron los ingleses el 3 de febrero de 1807.
Otro elemento al que podemos hacer referencia es el conjunto
de 34 bóvedas que servían como depósitos y fortificación con arti­
llería hacia la bahía. La propia fortaleza de dichas construcciones les
permitió sobrevivir durante mucho tiempo; sin embargo, algunas
desaparecieron por accidente, como las que explotaron en 1815
—cuando el ejército porteño tiraba a la bahía las reservas de pólvo­
ra que no podía embarcar antes de abandonar la ciudad—, o por el
gradual y persistente proceso de demolición por los cambios de uso.
Una vez liberadas de su utilización militar, sirvieron como almacenes
para comerciantes, e incluso para club deportivo. Hoy en día sólo
existen dos de esos inmuebles, mismos que fueron restaurados y
ahora son parte del patrimonio protegido.

El factor humano y la conservación

Hemos visto cómo el crecimiento de las ciudades afecta la conser­


vación del patrimonio material, y cómo resulta indudable que el
factor humano es una de las variables determinantes para su preser­
vación. Es fácil entender la pérdida de patrimonios importantes ante
este avance, pero ¿qué pasa en las zonas poco pobladas?
La fortificación puede encontrarse en un lugar alejado de la ac­
tividad humana, haciendo innecesaria su demolición o transfor­
mación profunda para un nuevo uso del lugar. Puede que esas
construcciones sean vistas por pobladores vecinos a las mismas como
cantera de materiales, por lo cual son lentamente despojadas de
partes de sus muros, puertas o ventanas, o de sus techos, casi siem­
pre hechos de tejas musleras.
Esta depredación lenta de los edificios permite al menos que
su estructura básica se conserve con los normales estragos de la

en la recuperación patrimonial edilicia de Montevideo. Eugenio P. Baroffio, Gestión urbana y


arquitectónica 1906-1956, 2010.

42 Dimensión Antropológica, Año 23, Vol. 67, mayo/agosto, 2016


naturaleza. Justamente fue lo que pasó con los fuertes de Santa
Teresa y San Miguel, que primero fueron saqueados por poblaciones
vecinas a ellos, y ante el deterioro resultaron invadidos por la vege­
tación y las dunas de arena, al grado de que estuvieron a punto de
borrar toda huella de los mismos.
En el otro extremo, el valor atribuido por el gobierno o los habi­
tantes de la localidad, así como su reutilización donde la estructura
original básica aún es de utilidad, ha permitido preservar algunas
piezas. Esto conlleva una especial importancia en la tercera de las
fortificaciones conservada en Uruguay, la ya referida fortaleza
“General Artigas” o del Cerro de Montevideo. Sobreviviente del
sistema fortificado de la ciudad capital, pasó a quedar inutilizada
en la práctica a resultas de la creación de la “villa del Cerro” hacia
la bahía a partir de 1834, por lo cual quedó impedida para disparar
hacia esa zona. Mantenida como fortificación, defensa de la farola,
fue también reutilizada para funciones de lazareto y cárcel militar
antes de ser desactivada, razón por la cual su conservación adquie­
re un caracter simbólico. Se trata de un símbolo nacional, estableci­
do en el escudo de armas del Estado aprobado por ley del 14 de
marzo de 1829. En ese decreto se establecía, considerando el cuarte­
lado del mismo: “en el de la izquierda, el Cerro de Montevideo, como
símbolo de la fuerza, en campo de plata”.18 Esta disposición fue
corroborada cuando se ajustó el escudo por ley 3.060 del 12 de julio
de 1906:

En el cuartel superior de la izquierda el Cerro de Mon­tevideo, como


símbolo de fuerza, en campo de plata”, agregándose para detallar “el
cerro de montevideo”. Se pintará imitándolo del natural, como también
la fortaleza que lo corona, tratando de configurar a ésta con las propor­
ciones que se observan en los tipos modelos o en el patrón oficial; al
pie del Cerro, el agua se configurará heráldicamente, es decir, por me­
dio de cinco franjas azules y onduladas, alternadas entre sí por el fon­
do de plata.19

Es la imagen inconfundible de la ciudad capital del país, y sumó


un nuevo elemento en el imaginario institucional y popular del
Uruguay al ser nombrada en honor de la principal figura del proceso

 E.A. Ugón et al., Compilación de leyes y decretos 1825-1930, 1930, t. 1, pp. 101-102.
18

 Ibidem, t. 26, pp. 154-55.


19

Patrimonio e historia, las fortificaciones en la Banda Oriental... 43


de independencia: el general Artigas, por ley Nº 1579 del 3 de ju-
­lio de 1882. Con esta medida se incluía la recuperación de la figu-
ra de Artigas con respecto a la “leyenda negra” que lo cubría. A su
vez, de haber prosperado el proyecto de ley propuesto por la
Comisión encargada de las celebraciones del centenario de su falle­
cimiento en 1950, a este nombre se habría agregado que la fortaleza
fuera el mausoleo que guardara sus restos.
Con la restauración de 1931 el fuerte entró a una nueva época,
“históricamente correcta” con una recuperación de la estructura
original, anulando las modificaciones a lo largo de su proceso de uso.
Con ello se ganó un edificio cercano a como se vería en la época es­
pañola y principios de la independencia, pero que ha perdido parte
de su historia —rica y variada— a lo largo de sus muchos años de
actividad, falseando y “olvidando” esa otra parte de su trayectoria.
Si trasladamos nuestra mirada al Departamento de Maldonado,
allí la Torre del Vigía aún es preservada como parte del atractivo
turístico del lugar. Sin embargo, el Cuartel de Dragones tuvo un
destino menos auspicioso en principio: la mayor parte fue demolida,
si bien pudo recuperarse de manera parcial para convertirlo en el
Museo Didáctico Artiguista. En el caso de las baterías, las de la cos­
ta se encuentran desaparecidas, como pasa en el caso de Punta del
Este, o en proceso de deterioro constante —en especial la del Medio,
arrastrada por las crecidas del mar—. En tanto, las situadas en la isla
de Gorriti, luego de un intenso estudio arqueológico en 1993 han
caído en el abandono, deteriorándose aún más al no ser enterradas
nuevamente para su protección, permitiendo a la gente llevarse un
recuerdo de “piedras históricas” cuando pasea por el lugar.

La fortaleza de Santa Teresa: un ejemplo de restauración exitoso

Luego de la independencia del Uruguay, los fuertes cercanos al Paso


de la Angostura, que en la época colonial tenían el propósito de
mantener a raya el avance portugués sobre territorios españoles,
fueron perdiendo valor a lo largo de todo el siglo xix, hasta quedar
abandonados luego de la Guerra Grande que culminó en 1851, cuan­
do se firma el tratado de fronteras con Brasil.
El abandono de los fuertes de San Miguel y Santa Teresa se vio
potenciado por corresponder a una zona alejada del centro geopo­
lítico del país, Montevideo, y a la vez poco poblada. Por otro lado,

44 Dimensión Antropológica, Año 23, Vol. 67, mayo/agosto, 2016


la cercanía a la zona de dunas costeras hizo que poco a poco queda­
ra cubierto con la arena que volaba con el viento, con lo cual desa­
pareció prácticamente del paisaje. Su aspecto ruinoso contribuyó a
una imagen romántica como ruina, pero que escondía un grave
problema de degradación material.
Los primeros trabajos en la recuperación de la fortaleza de Santa
Teresa fueron realizados a partir de 1892 por el señor Pedro Lapeyre
(hijo), jefe político del Departamento de Rocha entre 1890 y 1894.
Entre las diferentes iniciativas destacadas de ese personaje, con más
voluntad que conocimiento —se le considera el creador efectivo del
pueblo del Chuy—, planteó el primer intento serio de recuperación
de la fortaleza de Santa Teresa, la cual, siempre es bueno recordarlo,
se encontraba en ruinas y cubierta de arena, asignando el gobierno
2 000 pesos para ello en 1892 y designando, por decreto del 27 de
diciembre de ese año, una Comisión de Vigilancia de las reparacio­
nes de la fortaleza presidida por Lapeyre; y si bien se trabajó en las
fortificaciones, la Comisión no llegó a funcionar.
La obra fue continuada por el sucesor de Lapeyre en la jefatura
política de Rocha, el señor González Rodríguez, convirtiéndose la
fortaleza en cárcel durante un breve periodo de 1895. Los trabajos
realizados, según los parámetros de restauración, fueron en general
negativos, pues se tendió más a adaptar las edificaciones a las nuevas

Figura 10. Vista aérea de la fortaleza de Santa Teresa. Restaurada a partir de


1927 y hoy museo militar.

Patrimonio e historia, las fortificaciones en la Banda Oriental... 45


Figura 11. La capilla de la fortaleza de Santa Teresa durante su restauración
en la década de 1930.

funciones que a restaurar el aspecto original de las estructuras como


se encontraban durante el periodo español. Esto incluso motivó que
surgieran dudas en cuanto a la localización efectiva y función de
algunas piezas de sillería específicas al momento de reiniciarse las
obras.
Luego del intento “restaurador” de finales del siglo xix, en ese
momento la fortaleza de Santa Teresa estaba vigilada por un sargen­
to de apellido Cruz, quien vivía allí con su familia y debía cuidar los
campos de posesión fiscal conocidos como “La Llamada”. Cuando
en mayo de 1920 fue llamado a Montevideo el teniente Fortunato
Belén, jefe del destacamento que había sucedido al sargento Cruz,
la fortaleza quedó abandonada, y con ello terminaba, en apariencia,
cualquier salvaguarda que la edificación pudiera presentar.
A pesar de su aparente desamparo, esta fortificación tenía fu­turo
y el historiador Horacio Arredondo se conectó con ese inmue­ble en
1917, cuando la visitó por curiosidad. Comenzó siendo un turista,
queriendo conocer, realizando lo que hoy llamaríamos un turismo
interno, buscando opciones de historia, naturaleza y aventura, como
señala en su comentario:

La impresión que recibí del arcaico monumento fue profunda. Aquella


obra del hombre, que tanto decía de su capacidad para crear, abando­

46 Dimensión Antropológica, Año 23, Vol. 67, mayo/agosto, 2016


nada en la inmensidad de los campos despoblados —entonces en esa
parte, ni siquiera con alambrados. Estaba amenazada por ser sepulta­
da por las arenas, cuya obra arrolladora me pareció muy difícil de
contener, ya que solían desbordar la cortina de uno de los baluartes
de San Clemente y de San Martín. Me sugirió de inmediato, la realiza­
ción de tres propósitos: escribir su historia, realizar su restauración y
contener las dunas con plantaciones apropiadas.20

En ese punto debemos recordar que Rocha, cuando Arredondo


la conoció, era un “salvaje este” con pocas vías de comunicación y
era más fácil obtener suministros desde Brasil —como bien supo
Arredondo al iniciar la restauración de las fortalezas— que desde
Montevideo o incluso del muy próximo Maldonado.
Horacio Arredondo puso manos a la obra en forma inmediata,
por ello en 1919 logró que el presidente Baltasar Brum, acompaña-
do por sus ministros; en consecuencia, a su regreso el presidente le
solicitó un informe con un plan de trabajo.
El 10 de diciembre de 1920, junto al arquitecto Fernando
Capurro,21 presentaron un plan para reconstruir la fortaleza de Santa
Teresa. Por medio de ese proyecto buscaba recuperar la fisonomía
que tenía la fortaleza en el siglo xviii, dándole al Ejército Nacional
una importante carga, como dijo el arquitecto Capurro: “[...] sólo
cabe agregar al respecto la contribución que en los movimientos de
tierra, limpieza de trincheras y otros trabajos afines, pudiera espe­
rarse del ejercito, desde que ello amenguaría en cantidad no despre­
ciable el presupuesto total de la reconstrucción”.

20 Horacio Arredondo, op. cit., p. 12


21 Arquitecto de reconocida carrera; integró con Juan Giuria, Carlos Pérez Montero,
Elzeario Boix y Horacio Arredondo un pequeño grupo de hombres que se dedicó a la inves­
tigación de nuestra arquitectura histórica desde principios del siglo xx, dejando una profun­
da huella en investigadores posteriores. Miembro Fundador de la Sociedad de Amigos de la
Arqueología, ha dejado una obra de investigación histórica de la arquitectura y urbanismo
remarcada, donde destaca su libro San Fernando de Maldonado (Montevideo, 1948) y su exten­
so artículo “La Colonia del Sacramento”, Revista de la Sociedad Amigos de la Arqueología, 1928.
Formó parte de la primera Comisión de Restauración de Santa Teresa, creada el 10 de enero
de 1923, disuelta el 8 de abril de 1924. En 1928 fue nombrada nuevamente para la Comisión
que efectuó la restauración de Santa Teresa, a la cual se sumaron con el tiempo la Fortaleza
“General Artigas” del Cerro de Montevideo (1931) y la del fuerte de San Miguel (1937), com­
puesta por el general y arquitecto Alfredo Baldomir, delegado del Poder Ejecutivo; el histo­
riador Horacio Arredondo, delegado del Instituto Histórico y Geográfico, y el arquitecto
Fernando Capurro, delegado de la Sociedad Amigos de la Arqueología, en 1940 renunció a la
referida comisión, siendo sustituido por el general Alfredo R. Campos.

Patrimonio e historia, las fortificaciones en la Banda Oriental... 47


Con respecto a San Miguel se establece: “[...] esa vetusta obra de
arquitectura militar debe conservarse como ruina; no obstante ello,
y a fin de preservarla de una destrucción total, sería del caso la
consolidación de parte de sus muros, en el día vacilantes a causa del
trabajo destructor de la vegetación arbórea que la ha cubierto por
más de un siglo”.22
Luego de solicitar la Presidencia de la República recursos para
la restauración a la Asamblea General 18 de febrero de 1921, el 4 de
febrero de 1923 se conformó la primera Comisión de Restauración,
integrada por el coronel arquitecto Alfredo R. Campos, el capitán de
corbeta Eduardo M. Sáez, además de Fernando Capurro y Horacio
Arredondo.
Debido a la falta de recursos económicos esta comisión duró poco
más de un año, quedando las fortalezas a cargo del Primer Batallón
de Ferrocarrileros, correspondiente al Arma de Ingenieros. Sin em­
bargo, esto no significó la ausencia de labores y, en la medida de lo
posible, se dio inicio a las tareas de conservación y restauración, ade­
más del cultivo de las tierras fiscales circundantes a Santa Teresa.
Las gestiones desarrolladas por Horacio Arredondo empezaron
a tener éxito a partir de 1927, por la ley No 8172 del 26 de diciem-
bre de ese año: conforme al artículo 1, la fortaleza de Santa Teresa
se declaró Monumento Nacional. El artículo 2 autorizaba el gasto de
30 000 pesos para reparación y reconstrucción de la misma. En el
artículo 3 se establecía la creación de un parque público en las tierras
fiscales que le rodeaban. Conforme al artículo 4, se establecía una
comisión designada por el Poder Ejecutivo formada por tres miem­
bros, uno designado por el Instituto Histórico y Geográfico, otro por
la Sociedad de Amigos de la Arqueología y el tercero por el Ejecutivo.
La comisión estaba conformada por el historiador Arredondo,
en representación del Instituto Histórico y Geográfico; el teniente
coronel Alfredo Baldomir23 por parte del Poder Ejecutivo, y el arqui­

22 Horacio Arredondo, op. cit, p. 16.


23 Militar uruguayo, nacido en Paysandú el 27 de agosto de 1884. Ingresó a la
carrera de las armas en 1900 donde llegó al grado de general; combatió en las filas
del Ejército los movimientos revolucionarios saravistas de 1903-1904. En 1912
obtuvo el título de arquitecto y en 1921 solicitó para pasar al arma de Ingenieros.
El 4 de marzo de 1931 fue nombrado jefe de Policía de Montevideo y se mantuvo
en este cargo hasta el 3 de octubre de 1934, cuando el Poder Ejecutivo lo designó
ministro de Defensa Nacional. Fue nombrado general el 27 de setiembre de 1935 y
al año siguiente renuncia a la cartera de Defensa Nacional. Su obra como arquitecto
en la División Construcciones Militares resultó de enorme relevancia para el Ejército,

48 Dimensión Antropológica, Año 23, Vol. 67, mayo/agosto, 2016


tecto Capurro en representación de la Sociedad de Amigos de la
Arqueología. Este último, por ausentarse largo tiempo al extranjero,
participó poco en esa primera etapa y renunció en 1940, siendo sus­
tituido por el general Alfredo Campos.24
En ese momento se planteó con claridad una doble oferta turís­
tica, la natural y la histórica, a la vez que también se mantienen dos
ópticas ya observadas: restaurar Santa Teresa y mantener el campo
de ruinas de San Miguel.
En 1931 las actividades de la Comisión, sobre todo en Arredon­
do, fueron diversificadas ante los buenos resultados que se estaban
obteniendo en Santa Teresa; por otra parte, conforme a la necesidad
de valorizar el patrimonio arquitectónico de la época colonial en
Uruguay, en la ley núm. 8.741 del 16 de julio de ese mismo año se
declaró Monumento Nacional a la Fortaleza “General Artigas” (del
Cerro) encargándose a la Comisión Honoraria de Restauración de
Santa Teresa la tarea de restaurarlo y convertirlo en Museo Militar
según la ley del 19 de enero de 1916. Fue así como a esta edificación
—símbolo de la fuerza en el Escudo Nacional— se le hacía justicia
y, al mismo tiempo, se le daba de hecho un valor turístico en el
contexto de la arquitectura histórica de Montevideo.

pues fue uno de los profesionales que más obras militares proyectó y dirigió. Se le
asignó la Jefatura de la 3ra. División de Construcciones en 1923, y en 1928 participó
en la Comisión Honoraria de restauración de las fortalezas de Santa Teresa y de San
Miguel. Ocupó la Presidencia de la República en el periodo 1938-1942 y auspició la
reforma de la constitución nacional. Falleció el 25 de febrero de 1948.
24 Nació en Montevideo el 18 de febrero de 1880. En 1895 ingresa a la Academia

General Militar, egresando como alférez en 1898. Estudiante de Arquitectura, ob­


tiene el título en diciembre de 1906. Participó contra la segunda revolución saravis­
ta en 1904. Desde 1905 se desempeñaba como jefe de la Subsección Arquitectura
del Estado Mayor del Ejército. Entre 1935-1937 participó en la segunda Misión
Internacional de Paz, destinada a asegurar el cese de hostilidades entre Bolivia y
Paraguay. En abril de 1938 fue designado inspector general del Ejército (comandan­
te en jefe), cargo al que renuncia en junio del mismo año al ser nombrado ministro
de Defensa Nacional. Cumple esta última función hasta febrero de 1940, y de nue­
vo en 1943-1946. Fue miembro de la primera y segunda Comisión Honoraria que
actuó en la restauración de las fortalezas coloniales de Santa Teresa y San Miguel
en Rocha (1923 y 1940), así como de la Comisión Nacional de Bellas Artes (1933),
presidente de la Comisión Conservadora del Barrio Colonial de Colonia del
Sacramento en 1937, presidente de la Comisión Especial Honoraria de la Recepción,
Custodia y Conservación del edificio donado para el Museo Histórico Nacional
“General Lavalleja” (1940) y miembro de la Comisión Asesora en lo relativo a am­
pliaciones y construcciones de sedes de los museos de Historia Natural e Historia
Nacional y de Bellas Artes (1950). Falleció el 10 de junio de 1970.

Patrimonio e historia, las fortificaciones en la Banda Oriental... 49


En 1933 la misma Comisión decidió actuar en el área de San
Miguel, que si bien es de menor tamaño (perímetro de 300 metros)
y no se localiza en una zona de pasaje tan clara como la de Santa
Teresa, tiene sus propios valores: corresponde al área de sierras
—Santa Teresa se encuentra cerca de la costa—, resulta ser 25 años
más antigua y es casi totalmente portuguesa en cuanto a su estilo de
construcción. Santa Teresa fue construida por los españoles y se
encontraba con más faltantes, ya que las edificaciones internas
se mantenían en forma parcial; por ejemplo, no pudo encontrarse la
guardia, y parte de las edificaciones eran de tepes y palo a pique.
Por ley 9.718 del 29 de octubre de 1937 se declaró Monumento
Nacional al fuerte de San Miguel y Parque Nacional al área que le
rodea; el inmueble quedó a cargo de la Comisión Honoraria de
Restauración y Conservación de la fortaleza de Santa Teresa.25 Luego
la Comisión pasó a llamarse Comisión Honoraria de los Parques
Nacionales de Santa Teresa y San Miguel.
Por el Decreto Ley 14.252, artículo 73 (Rendición de cuentas y
balance de ejecución presupuestal) del 22 de agosto de 1974, los
museos —como parte de los parques— pasaron a depender del
Comando General del Ejército. Asimismo, por el Decreto 381/976
se creó el Servicio de Parques, Monumentos y Museos del Ejército
como transformación de la Comisión Honoraria. Por último, en el
Decreto 320/81, del 14 de julio de 1981, se estableció que los museos
militares de la fortaleza de Santa Teresa y fuerte San Miguel —con
su anexo, el Museo Criollo— pasaran a la órbita del Departamento
de Estudios Históricos del Estado Mayor del Ejército, mientras los
parques nacionales quedaron a cargo del Servicio de Parques del
Ejército.
Esta situación se mantiene hasta la fecha, constituyendo el fuer­
te de Santa Teresa una muestra museográfica que centra su mensaje
en su condición de inmueble del siglo xviii que era parte de un sis­
tema defensivo.

Conclusión parcial

La conservación de la memoria de un país conforma la esencia mis­


ma de su identidad. Las fortificaciones son parte indudable de ese

25 Registro Nacional de Leyes y Decretos, año 1937, 1938, p. 776.

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legado, y su preservación condiciona, pero también es condicionada
por, la evolución de un pueblo que ha remontado diversas etapas en
su historia.
En ese sentido, la forma en que son tratados y justipreciados los
restos de la arquitectura histórica está en función de cómo éstos se
han interpretado y han llegado hasta nosotros —restaurados o no—,
de cómo son integrados a la cosmovisión nacional y de la inter­
pretación o imagen que se proyecta de sí mismos fuera de nuestras
fronteras.
De hecho, las distintas maneras de enfocar esa relación pueden
acarrear a interpretaciones erradas o a intentos que con buena vo­
luntad llevan a situaciones en que incluso puede falsificarse el sen­
tido histórico del patrimonio —en su momento ése fue el riesgo en
Colonia de Sacramento—, pero a la vez expresan cierto contexto
histórico, tanto del momento de su construcción como de la reinter­
pretación social que se hace de ellos. En ese sentido, el rango al que
se lleva la recuperación y la relectura de los restos de la arquitectura
histórica introduce un nuevo elemento de discusión, el cual se enri­
quece socialmente en la medida en que no propone una respuesta
uniforme ni constante en cada periodo.
Esta discusión no tiene un final a la vista, y es previsible que no
lo tenga; la creación de normas de conservación y restauración acep­
tadas a nivel internacional no termina con la intrínseca contradicción
entre la creación de normas generales y la aplicación concreta a casos
específicos.

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