Susurro
La habitación es el dormitorio principal del diminuto apartamento, parte de una casa de
finales del siglo XIX, dividida ahora en cuatro espacios distintos que son rentados a
estudiantes de la Universidad cercana. La pintura blanca adquiere un tono muerto y opaco
debido a la probre iluminación que se reduce a una bella lámpara de mesa que encontró en
una venta de patio hace unos meses y que descansa sobre la pequeña mesa de noche mal
pintada. Es junio y a pesar que la casa es de madera, el calor húmedo hace que sude a
mares, haciendo que las sabanas se peguen al cuerpo, al torso desnudo. A pocos metros de
la cama, un abanico giratorio tira aire caliente que no ayuda mucho, pero le permite
hacerce la idea de un día freco de primavera. En el otro cuarto descansa su guitarra y su
computadora, que son sus pertenencias mas preciadas. Son las nueve de la noche y esta
sólo, como siempre. Recién apago la televisión y ahora piensa en donde va a conseguir
trabajo, pues recién perdió el que tenía tocando la guitarra en Mariner's por una discusión
con uno de los clientes. Tiene que pagar la renta, comprar su medicamento, pagar sus
estudios, las cuentas nunca esperan ni entienden de razones.
Desde el otro lado de la habitación, una figura oscura lo ha observado detenidamente
desde hace un par de horas, en completo silencio, sentado en el piso de madera. A estas
alturas él está acostumbrado a estos visitantes nocturnos que invaden la privacidad de su
cuarto a cualquier hora del día para observarlo, para seguirlo por el apartamento, para
repetirle con insistencia todas las cosas que él no quiere oír, cosas a las que no presta
atención. Le hablan sobre su madre, y de cómo se había quitado la vida a los veinte y
tantos. Le aseguran de que él era el culpable de aquella muerte, que era por sus constantes
pesadillas que su madre había terminado colgandose en el porche de su casa, donde el la
había encontrado al volver de la escuela, el pelo desarreglado cubriéndole el rostro, los
ojos abiertos y fijos, la boca en una mueca congelada de dolor y desesperación. Le hablan
también de su vida sin futuro, de sus sueños truncados, de cómo nunca llegará a ser
alguien importante, de cómo siempre será un pobre músico de bar, sin nada que ofrecer.
Una sucesión de mensajes que repiten con terrible insistencia, con tiempo y paciencia y
que se sienten como gotas de agua que caen un su frente .
Ahora él observador se ha levantado de su rincón, se acerca y empieza a susurrarle al
oído, con voz pausada y tono burlesco: dale, hacelo. Repite una y otra vez, la misma
frase: hacelo. De todos modos ni siquiera se van a dar cuenta, vas a ver. Hacelo. El
intenta prestar oídos sordos a aquel mensaje que ya conoce de memoria y para tal fin
empieza un diálogo desesperado, intentando refutar él planteamiento que recién escuchó.
No, no creo, contesta con fuerza. Es que algo así lo tienen que notar, no pasaría
desapercibido. Mira, si yo los conozco hombre, replica el observador, vos también los
conocés pero querés pensar que no es asi el asunto. Yo sé que no se van a dar cuenta.
Nunca van a notar tu ausencia.
Decime, después de todo, ¿Cuándo han notado tu presencia? ¿Cuándo te han tomado en
cuenta? ¿Cuándo fue la última vez que tu padre te llamó? ¿Cuándo te dijo que te quería?
¿Cuándo te ofreció ayuda? Esa es la palabra… ¿CUÁNDO? Apúrate que ya se está
haciendo tarde y después te quedas dormido y no haces nada. Él sabe está vez que su
visitante nocturno tiene razón. Que no le importa a nadie, que nunca le ha importado.
Mira hacía la pared donde cuelga la única foto de su abuela. El marco ovalado de madera
protege a una señora de rasgos severos cuyos ojos parecen estudiarlo en este momento.
A cientos de kilómetros de distancia su padre, su madrastra y su única hermana miran
televisión, despreocupados. Nunca se han interesado por su bienestar, nunca lo llaman, no
saben si toma sus medicamentos, si está en capacidad de trabajo, si tiene algo que comer
en la refrigeradora. Su única familia prefiere ver hipnotizados CSI Miami que tomar el
teléfono y hacer una llamada para saber de él. Tiene más poder el televisor Samsung de
55 pulgadas de pantalla plana, que parece reinar sobre los cerebros y conciencias en
aquella casa, suplantando las conversaciones, decidiendo que productos se van a comprar,
llenando los incómodos silencios dónde nadie sabe que decir al otro. Quizás por eso
nunca prestaron atención a los diálogos callados en los que él se enfrascaba desde
pequeño. ¿Querés que te ayude?, pregunta ahora con un tono que podría parecer amable
pero que esconde un poco de ansiedad, de deseo. No te preocupes hombre, yo puedo sólo,
responde el joven con la voz suave y calmada. No, si yo sé que podés sólo, pero si
necesitas ayuda, hombre, yo con gusto, dice el otro, solidario. El joven de barba
descuidada y ojos café llenos de tristeza sigue tumbado en la cama. Está bien, contesta,
aceptando la oferta sin mucho ánimo. Es entonces que lo que hasta ese momento había
sido sólo una presencia en su habitación, un insistente contador de todas las historias que
quería olvidar, un soplido caliente en su cuello, aquella permanente sombra negra que lo
acompañaba, se acerca, respira, posa su garra negra y putrefacta sobre la mano amplia del
joven y entre ambos empujan el cuchillo de cocina a través de la garganta del muchacho,
cortando de un tajo piel, venas, músculos, tejidos.