Construcción del discurso
psicopatológico
Introducción
En esta primera lectura del módulo 1 abordaremos aspectos introductorios a nuestro campo de
estudio: la psicopatología general. Comenzaremos con la definición y la etimología de la palabra.
Seguiremos con una revisión histórica que nos inducirá a un análisis crítico para comprender los
diversos paradigmas en los que se enmarca la producción de conocimientos, desde sus inicios
hasta nuestros días. Luego, haremos un resumen de las principales tendencias teóricas que, de
un modo u otro, siguen vigentes en la actualidad.
1. Psicopatología: análisis de su definición
La psicopatología es un campo de estudio relativamente reciente dentro del contexto de la
medicina y la psicología, ya que comenzó a mediados del siglo XIX. A lo largo de todo este
tiempo, la producción de conocimientos ha pasado por diversos desarrollos e incluye varias
tendencias teóricas que no terminan de conformar un único corpus teórico.
Así, entonces, podemos adelantar que la psicopatología constituye el cuerpo teórico de la
psiquiatría y la psicología, pero no puede definir una teoría única y ni siquiera las diversas
corrientes se ponen de acuerdo al momento de definir el objeto de estudio.
Importante: desde esta primera apreciación y a lo largo de las cuatro lecturas que
componen este módulo tendremos que tener presente la lectura del artículo “La crisis del
modelo médico en psiquiatría” (E. Galende) que atraviesa todos los conceptos y categorías
que trabajaremos aquí.
Etimología del término
Psicopatología es un vocablo compuesto en el cual podemos encontrar tres componentes
etimológicos, a saber, psico, pato y logía. Desglosaremos analíticamente el término porque el
significado de cada uno de los componentes nos permitirá interpelar la definición médica que, por
un sesgo de cientificismo, hace una interpretación distorsionada del mismo; al mismo tiempo que
comenzaremos a ejercitar una lectura crítica y reflexiva.
Figura 1: Análisis del término
Fuente: elaboración propia.
El componente psico está tomado de la psyché, palabra con que los antiguos griegos
denominaban el alma, el espíritu o la parte insustancial del ser. Aclaramos que este término no
significa mente, como dice en algunos textos. Despejamos de entrada esta confusión etimológica
porque en aquella época no existía el concepto de mente tal como lo concebimos actualmente.
Luego tenemos el componente intermedio, pato, que está tomado también de la palabra griega
pathos. Si bien el término tenía varias acepciones y usos, en este caso, su uso específico refería
a un estado emocional o sentimental vinculado a un padecimiento que no era natural, sino
producido por algún factor externo o interno; pero de ningún modo aludía a algo enfermo o a una
condición mórbida, no tenía esa connotación vinculada directamente a la enfermedad como le
damos actualmente, sino a una condición de padecimiento emocional o afectivo vinculado a la
existencia misma.
Finalmente, tenemos el sufijo logía, que se toma del griego logos. Este vocablo era usado para
referir a una forma del saber mediado por la reflexión y el razonamiento; por ser justamente, el
producto de esa operación intelectual, constituía la argumentación de un discurso o retórica sobre
un tema específico.
Como vemos, la psicopatología en sentido etimológico del término, nos orienta a pensar en la
reflexión o razonamiento que media para la construcción de un discurso acerca de las
afectaciones o padecimientos vinculados al alma, al espíritu o al componente no sustancial de la
existencia. Este desglose analítico que hacemos nos permite poner en cuestión la actual
definición que dan algunos autores sobre la psicopatología donde refieren puntualmente a la
rama o parte de la psiquiatría y la psicología que estudia las enfermedades mentales. Un simple
análisis razonado, pero complejo, o sea, un logos sobre el término, nos muestra que su acepción
originalmente era más amplia y tenía otras connotaciones que la actual definición.
Análisis histórico-crítico de la construcción del discurso
psicopatológico
Podríamos decir, en principio, que las enfermedades mentales no existen como entidades ajenas
al sujeto que las porta, y al contexto social y tiempo histórico al que ese sujeto pertenece. Es
decir, si hay algo que debemos tener claro desde el inicio de nuestro estudio es la noción
singularidad, en contraposición a la de universalidad. En este sentido, se nos presenta un primer
problema epistemológico para encuadrar directamente y sin dudas a la psicopatología como una
subdisciplina en el contexto de la ciencia positiva moderna; porque en ese marco epistemológico
la tendencia es a la universalización de las categorías teóricas, es decir, un mismo postulado
tiene que servir para aplicar a todas las situaciones de su tipo, por ejemplo: la ley de la gravedad
no es aplicable solo para un objeto o situación, sino para toda situación donde opere ese
fenómeno natural, por tanto, la ley de la gravedad es una ley universal que explica siempre los
hechos que se repiten en determinadas condiciones. Esta misma condición epistemológica no es
aplicable a la psicopatología (como a ningún conocimiento sobre la realidad psíquica humana)
porque las características de constitución del psiquismo, como su afectación, están determinadas
singularmente en un contexto y época determinados.
Diremos, entonces, que la psicopatología constituye un conjunto heterogéneo de discursos y
prácticas que, en sus distintas vertientes, se arroga el conocimiento sobre el sujeto (ontología) y
sus padecimientos subjetivos. Como todo discurso, es una construcción producto de la cultura,
entendiendo que cultura se compone de: símbolos, códigos, lenguaje, valores, condiciones físicas
(territorio, clima, recursos naturales, etc.) entre otras cosas y es aquello que subyace, pero
dinamiza el conjunto social o colectivo. Entonces, desde una construcción social discursiva, es
que se generan agrupaciones psicopatológicas sobre las formas del padecimiento humano.
Toda construcción discursiva es epocal, es decir, sigue los parámetros de la época o tiempo
social que un colectivo está viviendo. Por eso haremos un breve paso por los principales
momentos históricos y la influencia que tuvieron estos hechos sobre el discurso de la
psicopatología.
Desde finales del siglo XVIII hasta la actualidad ocurrieron tres movimientos importantes que
marcaron camino en la historia de la psicopatología.
Primer movimiento: el nacimiento de la psiquiatría
Durante la Revolución Francesa se le encargó al médico Philippe Pinel resolver la situación de los
asilados en Bicêtre y Salpêtriére. Pinel propone dar un tratamiento humano a estas personas
partiendo del principio de que eran enfermos y no degenerados naturales. Este acontecimiento es
considerado uno de los hitos inaugurales de la psiquiatría y el primer intento por solucionar los
nuevos problemas que acarreaba la locura; problemas producidos por la colisión que ahora se
daba entre las prácticas sociales, por un lado, con los principios de la Revolución y el nuevo
orden social que advenía, por otro. Las prácticas desarrolladas por Pinel no eran de
disciplinamiento, sino de restitución del orden moral de los enfermos, por eso se le llama
tratamiento moral de la locura. Estas prácticas estaban basadas en una moral social conforme los
postulados de la Revolución y de las nuevas pautas de ordenamiento social que se estaban
instalando en el contexto de un nuevo régimen político.
La publicación del Tratado del Delirio de Jean E. D. Esquirol, discípulo de Pinel, en 1818, se
puede considerar el acontecimiento a partir del cual queda instituida la psiquiatría como
especialidad disciplinar de la medicina. Cabe aclarar que en esa época no existían teorías
psicopatológicas o eran producciones muy rudimentarias más ligadas a presunciones que a
teorías fundadas en principios médicos.
En esos tiempos, la naciente clínica psiquiátrica consistía en: por un lado, una taxonomía, es
decir, prácticas de ordenamiento mediante ejercicios de agrupamiento y clasificación de síntomas
y enfermedades, sin disponer de un marco teórico de referencia para la etiología de la
enfermedad mental o su mecanismo de producción, ya que, en principio, no se la asociaba con
una afección orgánica. Y, por otro lado, en un conjunto de prácticas destinadas a la corrección o
modificación de comportamientos, conducta y aun, de sentimientos. Las prácticas no tenían un fin
terapéutico, sino de reeducación y readaptación social.
La incorporación de la psiquiatría como disciplina científica no está fundamentada en los
supuestos epistemológicos que cimentaban la validez del método clínico. Eran prácticas no
médicas, pero ejercidas por médicos. En realidad, eran prácticas institucionalizadas surgidas de
la combinación del uso del poder y maniobras de fuerza, cuyo fin era la corrección del error
psíquico.
Segundo movimiento: el advenimiento del psicoanálisis
El surgimiento del psicoanálisis (lectura 3), en los comienzos del Siglo XX, aporta las bases para
el segundo gran giro de la psicopatología. La propuesta freudiana constituyó, para la humanidad,
la tercera gran afrenta narcisística —antecedida por la afrenta cosmocéntrica de Galileo Galilei y
luego, la antropocéntrica de Charles Darwin— y socavó el paradigma de la ciencia positiva.
El postulado de una instancia inconsciente movilizó los principios filosóficos y científicos de la
psiquiatría y la psicología de la época, que se apoyaban en el sujeto de la razón y en la causa
natural de la enfermedad mental.
El psicoanálisis logra explicar la constitución y funcionamiento del aparato psíquico por fuera del
paradigma de las ciencias naturales y del primado de la razón; y prescindiendo de la filosofía y de
la religión. Se crea un nuevo campo de conocimiento, Freud funda un paradigma.
La ocurrencia de relacionar la psicopatología a la sexualidad era violenta y disruptiva para una
época donde el conocimiento se basaba en los sistemas representacionalista, la estética se
centraba en la belleza y pureza de las formas, y la moral vigente heredada de la época victoriana
implicaba un recato excesivo sobre las prácticas sexuales con raíces en los preceptos religiosos.
Para la época, la sexualidad tenía solo dos campos de dominio: el de las ciencias naturales, a
cargo de la medicina, cuyas explicaciones se limitaban prácticamente a la anatomía y fisiología
de la reproducción; y el ámbito de la religión, que establecía (y establece hasta ahora) una moral
sexual basada en fundamentos doctrinarios.
Freud era médico neurólogo, e ingresa al campo de la psicopatología de la mano de las neurosis,
específicamente de la histeria. Sus trabajos sobre la locura se limitaron a algunos artículos y al
análisis del caso Schreber. El psicoanálisis permite pasar de una clínica de la mirada a una clínica
de la escucha; rompe con el paradigma del método clínico de la medicina que se basa en la
observación, descentra el fenómeno (síntoma) de la mirada escrutadora del médico, y al paciente
como objeto de observación. La ruptura también incluye contraponer a la pretendida neutralidad
objetiva del método clínico, la atención flotante y la asociación libre.
Tercer movimiento: el surgimiento de la disciplina salud mental
El avance de los discursos en la historia, las teorías, las prácticas que pretenden instaurar un
saber sobre el sujeto y la psicopatología, da cuenta que los cambios están ligados más a
condiciones sociales y políticas que a avances y progresos tecnocientíficos. Así llegamos a la
segunda mitad del siglo XX, cuando la conmoción general que produjo la Segunda Guerra
Mundial y el movimiento nacional socialista en Alemania, pusieron en cuestión aspectos
generales de la vida, no solo referidos a los valores humanos, sino a la organización misma de la
sociedad, la economía y la política.
En este nuevo contexto mundial, las tradicionales prácticas psiquiátricas y las políticas
institucionales que las materializaban comienzan a perder fuerza y hegemonía; en general,
quedan puestos en cuestión y sujetos a revisión todos aquellos discursos representativos de las
líneas más duras respecto del tratamiento de la locura, saberes y prácticas que tomaban cuerpo
en las instituciones, núcleos centrales y hegemónicos del poder psiquiátrico. Nuevas matrices de
conocimiento y nuevos paradigmas sociales interpelan las prácticas del encierro con sus métodos
de disciplinamiento ejercidos sobre los cuerpos en el hospicio, como también las prácticas de
control social desplegadas desde la biopolítica, modelos analizados acabadamente en las tesis
foucaultianas.
En la segunda mitad del siglo XX surgen, en Europa, movimientos que aspiran a una lectura más
social de la psicopatología. Ideas y propuestas que descentran la mirada médica sobre la
psicopatología, admitiendo que la salud mental no es dominio exclusivo de la medicina, sino que,
por generarse en la trama y en el funcionamiento social, requiere de la intervención de otras
disciplinas, aun de aquellas que tradicionalmente están fuera del campo de la salud.
Desde estos principios se desarrollan ideas-eje que conforman una fundamentación más política
e ideológica que técnico-disciplinar: esta nueva política rechaza toda forma de segregación de los
enfermos mentales; promueve la inclusión e integración en todos los niveles de la vida; desalienta
las prácticas intrahospitalarias (incluida la internación), alienta las intervenciones en la comunidad
y la conformación de equipos que trabajen en red. En el mismo sentido, no admite al hospital
como institución aislada, sino como parte integrante de una red sanitaria; adopta el modelo de
planificación estratégica y la integración de la comunidad en los Programas.
Así es que surge el concepto de salud mental como disciplina que se anuncia como discurso de
ruptura con la posición hegemónica de la psiquiatría; y que nosotros ubicamos como el tercer
gran giro histórico de la clínica.
Figura 2: Momentos históricos
Fuente: elaboración propia.
2. Principales tendencias teórico-doctrinales de la
psicopatología
a) Teorizaciones ligadas a la clínica: se ocupan básicamente del ordenamiento de
síntomas y clasificación de enfermedades y síndromes. Fue la forma inicial de la
psicopatología y no tenía un carácter teórico, sino taxonómico. Su aporte consiste en
diferenciar enfermedades y establecer criterios diagnósticos. Referentes históricos:
Esquirol, Kraepelin, Bleuler, de Clerambault, Leonhard, Kleist, Wernicke, Henri Ey.
Constituye la tendencia de los actuales manuales clasificatorios (CIE, DSM).
b) Teorizaciones ligadas al organicismo. Con la publicación de la obra de Kraepelin
(Psychiatrie), ya sobre finales del siglo XIX, se abre una nueva línea en el pensamiento
psiquiátrico, preocupada y dedicada a rastrear la hipótesis de las causas orgánicas de la
enfermedad mental que, con el correr del tiempo, se transformó en una escuela
(alemana), hasta hoy bien diferenciada de la francesa. Este carácter puramente
descriptivo y ateórico de la psiquiatría inicial pasó por épocas de debilitamiento debido al
auge de las teorías anatomopatológicas en sus dos grandes vertientes: el
organomecanicismo de la mano de autores como de Clerambault, Lasegue y Falret en
Francia, y Kraepelin, Kleist y Leonhardt en Alemania; ambas escuelas sostenedoras
doctrinarias de la etiología basada en el daño anatómico del encéfalo. Posteriormente, el
organodinamismo, más proclive a las fallas funcionales luego que comenzaron a
conocerse groseros esbozos del funcionamiento cerebral.
c) Teorizaciones basadas en el análisis psicopatológico: se apartan del modelo
causalista y tratan de interpretar el síntoma en sus aspectos formales. Se las conoce con
el nombre de fenomenología. Además, se basan en la comprensibilidad o
incomprensibilidad del síntoma, es decir, estudian las relaciones de sentido. Muy ligadas a
los desarrollos filosóficos. Principal referente: K. Jaspers.
d) Teorizaciones de la psiquiatría dinámica: de fuerte desarrollo en Estados Unidos de
América, de la mano de Sullivan y Alexander. Se proponen articular la psiquiatría
descriptiva con los aportes teóricos del psicoanálisis, principalmente en los aspectos
ligados a conflictos del yo, y a la causación inconsciente de la enfermedad mental.
e) Teorizaciones provenientes de la neurobiología, neuroquímica, endocrinología e
inmunología: es la expresión contemporánea del sistema orgánico. La psiquiatría y la
neuropsicología se encuentran muy ligadas y, podríamos decir, formando parte de las
neurociencias; disciplina desprendida de la neurología clínica y de la neurofisiología
básica y que ha realizado interesantísimos hallazgos en materia de fisiología y
neuroquímica cerebral. Hace apenas unas dos décadas ha ampliado sus fronteras para
establecer relaciones con otros sistemas del organismo, vinculando los fenómenos
psíquicos y ciertas funciones del sistema nervioso autónomo con las hormonas y la gran
ingeniería del sistema inmunológico. A esta nueva tendencia o vertiente teórica se le
conoce como psiconeuroinmunoendocrinología.
f) Teorizaciones a partir de intervenciones comunitarias e institucionales: aparecen
después de la Segunda Guerra Mundial y marcan el pasaje de la psiquiatría clásica al
campo de la salud mental, como lo desarrollamos en el apartado anterior. Surgen de las
profundas reformas del sistema psiquiátrico, protagonizadas por movimientos sociales y
políticos emergentes de la posguerra, tales como: la psiquiatría comunitaria, la política del
sector en Francia, la socioterapia con Rappoport en Inglaterra, las comunidades
terapéuticas en EEUU y el psicoanálisis institucional desarrollado principalmente en
España y Francia de la mano de Tosquelles, Oury y Guattari. Movimientos que culminan
con la propuesta de desinstitucionalización iniciada en Inglaterra por Laing y Cooper con
un desarrollo denominado antipsiquiatría y seguido por Franco Basaglia que lideró el
movimiento en Trieste (Italia), este último de fuerte incidencia en América hasta nuestros
días y que se reconoce como el germen de las reformas en salud mental que llevaron,
incluso, a cambios en la legislación.
En la lectura 4 de este módulo (Nosología psiquiátrica: sistemas clasificatorios) verás reflejada
esta construcción de “discurso patológico”, en los diferentes sistemas. De igual modo podríamos
separar este interrogante de “¿Qué es la psiquiatría?” en cuatro posiciones o status quo
conceptuales (Ghaemi, 2008):
Dogmatismo: enfoque monista. Creencia de que un enfoque de la realidad es más o
menos suficiente para explicar un fenómeno.
Eclecticismo: no tiene un punto de vista único, pero tampoco afirma saber si un enfoque es
mejor que otro.
Pluralismo: son necesarios múltiples métodos independientes para la comprensión y el
tratamiento de la enfermedad mental, pero ningún método es suficiente.
Integracionismo: no es reduccionista, y enfatiza en la interconexión entre mente y cerebro.
Normalidad, enfermedad y salud mental
Como hemos dicho, el discurso psicopatológico tiene influencias sociales y del contexto histórico.
De igual modo sucede con aquello que se considera normal y anormal, o con los criterios de
enfermedad establecidos. La mayoría de estos criterios provienen de diferentes modelos
médicos. Anteriormente, vimos las principales tendencias teórico-doctrinales de la psicopatología,
a continuación, nos detendremos un momento en aquello que es considerado anormal en
psicopatología.
Normalidad psíquica
Establecer un solo criterio de normalidad es difícil sin caer en explicaciones dogmáticas o incluso
ideológicas. Vallejo Ruiloba (2015) propone diferentes criterios para delimitar la normalidad:
Normalidad como salud.
Normalidad como promedio.
Normalidad utópica.
Normalidad subjetiva.
Normalidad como proceso.
Normalidad operativa o psicométrica.
Y destaca
Lo normal, en consecuencia, se delimita desde el ámbito de la esfera sociocultural y
únicamente indica una adaptación adecuada al contexto social. De ahí que lo anormal
pueda ser patológico, doloroso e inadaptado, pero en ocasiones puede resultar sano,
asintomático y adaptado . . . nos inclinamos por reservar el término «enfermedades
psíquicas» para los trastornos psicóticos cuya naturaleza y desarrollo los apartan
cuantitativa y cualitativamente de la norma, pudiendo seguirse en estos casos el criterio de
normalidad como salud, como promedio y como utopía para precisar su esencia
patológica. (Vallejo Ruiloba, 2015, pp. 106-107).
Lo anormal en psicopatología
En la práctica, en la clínica, se siguen los llamados criterios de anormalidad. Estos pueden
diferenciarse en criterios subjetivos y criterios objetivos. Cabe recordar que estos son criterios
orientativos, luego está aquello socialmente denominado “ojo clínico” y “criterio profesional”, que
se entrena y se estudia mediante formación continua, supervisión profesional, y trabajo con
colegas. Nadie sabe más de su dolor y su angustia que aquel que la padece, y ninguna persona
es igual a otra, y esto también forma parte de lo que se considera en el criterio profesional para
no incurrir en el abuso de diagnóstico.
Según Obiols (2008):
Criterios subjetivos:
o Criterio alguedónico: o criterio de sufrimiento, pone la frontera de la anormalidad en
función de la presencia/ausencia de dolor (psíquico o moral, también podría ser físico).
Por ejemplo, ideas de culpabilidad en el trastorno depresivo.
o Insight: este criterio apela a la capacidad humana de autoanálisis y autovaloración. Por
ejemplo, alucinosis.
o Demanda de ayuda: en directa relación con el criterio de insight, es decir, los síntomas
egodistónicos.
“Los tres criterios tienen interrelación. El síntoma psicopatológico es desagradable (provoca
sufrimiento), es por tanto vivido y entendido como tal (se asocia a insight) y conlleva la búsqueda
de ayuda” (Obiols, 2008).
Criterios objetivos
o Criterio clínico / sintomatológico: reconocimiento y hallazgo de alteraciones objetivas
cuya presencia convierte a un sujeto en enfermo o en anormal. A diferencia de la
medicina, en psicopatología lo complejo es que a veces el síntoma es de orden subjetivo
(angustia, tristeza, etc.), por lo que la vivencia para alguien puede ser normal y, para otra
persona, anormal. A su vez, los signos en psicopatología no siempre se encuentran
presentes (a diferencia de los diagnósticos médicos).
o Criterio estadístico: procedente de la psicología experimental. El normal estadístico es lo
más frecuente, es decir, lo que experimenta la mayoría de individuos de una población
dada; y lo anormal estaría dado por exceso o deficiencia de la presencia de aquello
medido estadísticamente. Lo problemático de este criterio, son los factores culturales de
las poblaciones en las que se realizan dichos procesos experimentales.
o Criterio sociocultural: el problema de este criterio es que hay sujetos
psicopatológicamente “normales”, pero que se desvían de la norma social (extravagantes,
disidentes, etc.). Por ello, aquellos aspectos que se desvían de la norma de la
psicopatología transcultural, deben ser observados respecto a si su conducta es
considerada anormal en su entorno social.
o Criterio legal: depende del criterio pericial, y refiere a la valoración de la capacidad del
sujeto para realizar un acto.
La anormalidad en psicopatología es un concepto complejo global, gestáltico podríamos
decir, compuesto de múltiples factores y, por tanto, difícilmente reductible a un solo criterio
discreto, el que sea. Como hemos visto, no se puede, aunque se intente, evitar de aplicar
criterios culturales y sociales a nuestros juicios sobre la normalidad mental y puede
suponerse que ello seguirá siendo cierto a pesar de que nuestro conocimiento de las
bases neurofisiológicas de la conducta se vaya ampliando. Dicho de otro modo: la
psiquiatría y la psicopatología no estarán nunca en la posición de tener criterios totalmente
objetivos para juzgar la enfermedad / anormalidad, pero, en el proceso, irán
perfeccionando los actuales. (Obiols, 2008, p. 38).
Otro aspecto a tener en cuenta, que menciona Kaplan y Sadock (2015), es el hecho de establecer
si ese síntoma es un rasgo (se mantiene en el tiempo) o un estado (temporal).
Modelos de salud mental
Kaplan y Sadock (2015) traen a mención seis enfoques empíricos de la salud mental:
1) Salud mental por encima de lo normal. El estado de salud mental es objetivamente deseable.
2) Salud mental como madurez. Requiere de estudios prospectivos y/o longitudinales de la
persona y sus estados conductuales y emocionales a lo largo de su vida. A su vez, la madurez
puede ser entendida por el logro de la identidad, la intimidad, consolidación de logros vitales,
generatividad, integridad.
3) Salud mental como emociones positivas o espirituales. Refiere a aquellas emociones positivas
que nos unen a otros seres humanos. Amor, esperanza, alegría, misericordia, compasión, fe,
admiración y gratitud; son emociones positivas o morales de este modelo. Las emociones
prosociales reflejan adaptaciones que permitieron la supervivencia, y las emociones positivas
tienen bases biológicas (modelo integracionista mente-cerebro)
4) Salud mental como inteligencia socioemocional. La capacidad para identificar emociones en
nosotros mismos y en otros tiene un papel importante en la salud mental. En este sentido, la
inteligencia social y emocional puede definirse según los criterios de:
Percepción y seguimiento conscientes y precisos de las propias emociones.
Modificación de las emociones de forma que su expresión sea la adecuada.
Reconocimiento y respuesta de las emociones de otros.
Habilidad en las negociaciones estrechas con los otros.
Capacidad de concretar las emociones (motivación) hacia un objetivo deseado.
5) Salud mental como bienestar subjetivo. Un estado mental que se experimenta subjetivamente
como feliz, satisfactorio, y deseo (por ejemplo, medible mediante la escala PANAS).
6) Salud mental como resiliencia. Resiliencia es la capacidad de adaptación y homeostasis.
Dicho todo esto, ¿los términos salud y normalidad refieren a lo mismo?, ¿enfermedad es lo
opuesto a salud?, ¿salud implica la ausencia de enfermedad?, ¿enfermedad y patología son
sinónimos?, ¿de qué depende el establecimiento de los criterios de salud, enfermedad, patología
y normalidad?
Finalizaremos esta Lectura con un extracto del texto de Galende (1990) Psicoanálisis y Salud
Mental – una crítica de la razón psiquiátrica, que nos dará pie para iniciar la segunda lectura:
Hemos de oponer, por lo tanto, a la noción positivista de progreso del conocimiento, la de
reordenamiento de saberes sobre la salud y la enfermedad mental, y a la idea de una
continuidad de la psiquiatría en la llamada salud mental la de ruptura y redefinición de los
problemas.
Las estructuras generatrices de la enfermedad mental funcionan en todas las culturas y
sociedades, y en los distintos momentos históricos, en el mismo campo semántico en el
que se constituye el discurso social. Es decir, que no hay una representación de la
enfermedad mental, tanto en quien la padece como en quien construye saberes y
prácticas sobre ella, que no esté sustentada en un orden de lenguaje y significación. Los
modelos causalistas de la psiquiatría organicista, aún de la moderna psiquiatría biológica,
postulan una generación de la enfermedad en un orden extralingüístico, natural, pero tal
causalidad, de ser cierta, no exime de comprender que todo sufrimiento subjetivo está
mediatizado por la relación del individuo a los símbolos que lo unen al mundo, a los otros
individuos y a sí mismo.
. . . los modelos de la psiquiatría positivista, que hemos caracterizado como objetivista,
son además causalistas, responden a la pregunta por las causas de los fenómenos. Lo
que desde la antipsiquiatría se les ha criticado es que esta causalidad supuesta y nunca
demostrada, que invistió de cientificidad a la medicina mental, ha servido para legitimar y
encubrir la función social de la psiquiatría: vigilar la norma social, excluir al enfermo,
custodiar a los segregados, etc. Se debe agregar que la psiquiatría partió además de un
error epistemológico clave: pensó la causalidad desde sus teorías físicas, porque confiaba
hallar en los procesos mentales las mismas leyes que rigen los procesos de la naturaleza .
. . toda teoría en el campo de la Salud Mental (que hemos definido como un sector
acotado de problemáticas humanas) es expresión de una política, es decir, productora de
un modelo específico de articulación del saber con el poder, en función de ciertos objetivos
sobre el hombre y las relaciones sociales (Galende, 1990, pp. 79-82)
Referencias
Galende, E. (1990). Psicoanálisis y Salud Mental: para una crítica de la razón psiquiátrica.
Paidós.
Kaplan, H. I. y Sadock, B. J. (eds.) (2015). Sinopsis de psiquiatría. 11va edición. Wolters Kluwer.
Obiols, J. E. (2008). Manual de Psicopatología general. Biblioteca Nueva.
Vallejo Ruiloba, J. (2015). Introducción a la psicopatología y la psiquiatría. 8va edición. Masson.
Problemas epistemológicos de la
psicopatología
Introducción
En esta lectura desarrollaremos un análisis de los principales cuerpos teóricos y núcleos
epistemológicos que han conformado a lo largo de la historia, modelos de abordaje de la
psicopatología.
1. Artículo para analizar
Se presenta, a continuación, un artículo que revisa distintas posturas epistemológicas en el
abordaje de la psicopatología.
Introducción a la metapsiquiatría
La metapsiquiatría (Rosenberg, 1991) o filosofía de la psiquiatría (Berrios, 2006) es una
disciplina teórica que estudia las distintas narrativas que tratan de conceptualizar,
comprender y manejar los denominados trastornos mentales en un contexto sociocultural
determinado. Para Bourdieu (1972) existirían dos niveles de reflexión teórica en las
disciplinas clínicas: la teoría o conjunto de conocimientos que el clínico reconoce
explícitamente como propios y la teoría de la práctica, conjunto de conocimientos
aprendidos, generalmente poco explícitos, que determina el saber hacer diagnóstico y
terapéutico del clínico. Mientras que el primero se ubicaría en el campo de la ciencia, el
segundo lo haría en el de la tecnología. Por debajo de estos, estaría el nivel técnico,
propiamente dicho, correspondiente a la práctica clínica, y por encima, el de la reflexión
metateórica.
La ubicación de la psiquiatría entre estos niveles descriptivos aún suscita controversia
(Fernández Liria, 2001; Villagrán, 2002). En general, la psiquiatría se define como una
rama de la medicina que se ocupa del estudio, explicación, prevención y tratamiento de
los trastornos psíquicos. Como otras ramas de la medicina, la psiquiatría se conforma en
una tecnociencia[1] que integra actividades tanto en su vertiente técnica, como tecnológica
y científica o dicho de otro modo, en cuanta práctica, en lo relativo a la teoría de la práctica
y en lo que concierne al discurso teórico propiamente dicho. Si consideramos a la
psiquiatría como un proyecto tecnocientífico (Quintanilla, 1989; Echeverría, 1998) que no
solo intenta describir, explicar y predecir lo relacionado con los trastornos mentales sino,
además, intervenir para transformarlos, la metapsiquiatría o filosofía de la psiquiatría no
debe limitarse a ser una epistemología o teoría del conocimiento psiquiátrico, sino
también una teoría de la actividad o práctica clínica y, por tanto, una axiología o teoría
de los valores que la sustentan (Echeverría, 2003). En este sentido, la psiquiatría como
tecnociencia consistiría en:
a) Un sistema de actividades humanas intencionales.
b) Basadas en conocimientos científico y tecnológico previo.
c) Que modifican objetos concretos.
d) Y el conocimiento científico y tecnológico previo.
e) Generando propuestas valiosas no solo por su valor de verdad(Echeverría, 1998).
[1]
Por técnica se entiende los sistemas de acciones humanas intencionales que se ejercen sobre objetos concretos
para obtener de manera eficiente resultados valiosos. Tecnología son aquellas técnicas basadas en un conocimiento
científico y que poseen un desarrollo industrial. Tecnociencia sería un sistema de acciones intencionales, basadas
en conocimiento científico y tecnológico previo (teórico y práctico), que no solo modifican objetos concretos (o
abstractos), sino también el conocimiento científico y tecnológico previo, generando resultados y propuestas que
son consideradas valiosas no solo en lo relativo a la verdad (como la ciencia) sino a otra serie de valores
(Quintanilla, 1989; Echeverría, 1998, 2003).
Para Berrios (2006) existirían varias formas de llevar a cabo la disciplina metapsiquiátrica.
Por un lado, ante rem o previamente a la investigación empírica, sirviéndola de guía y de
supervisión conceptual. Por otro, post rem o tras la investigación empírica, como
justificación o interpretación de esta. En el primero de los casos se asume que toda
investigación es un proyecto cargado de valores e ideología; en el segundo, se acepta que
los datos que arroje la investigación constituirán una fiel descripción de la realidad. Desde
otra perspectiva, también pueden distinguirse otras dos formas de meta-psiquiatría. Por un
lado, la de aquellos que, de forma centrípeta, utilizarían sistemas filosóficos ya
establecidos (ya sea la fenomenología —Jaspers, 1977; Ramos y Rejón, 2002—, el
empirismo lógico —Hempel, 1994; Kendell, 1975—, o la filosofía analítica —Radden,
2004; Fulford et al, 2006) para identificar, configurar, clasificar y resolver las distintas
cuestiones de la psiquiatría. Esta aproximación centrípeta puede ser utilizada tanto por
filósofos profesionales como por psiquiatras. En el primer caso, a pesar de la brillantez de
las propuestas, estas corren el riesgo de ser tangenciales a las cuestiones psiquiátricas
debido a la falta de experiencia de primera mano sobre las mismas (Murphy, 2006).
En el segundo caso, la mayoría de las propuestas únicamente mezclan fragmentos de
diferentes sistemas filosóficos en una suerte de sincretismo (collage filosófico que no tiene
en cuenta las contradicciones entre fragmentos) o de pluralismo que refleje (sin entrar a
analizar) una especie de consenso entre los diferentes paradigmas psiquiátricos (Ghaemi,
2003; Kendler, 2005)
Una segunda forma de hacer metapsiquiatría utilizaría una aproximación centrífuga a
partir del mismo corazón de la psiquiatría, mediante la reflexión de profesionales
(principalmente, psiquiatras con formación filosófica) que conceptualizarían los problemas
desde dentro y elaborarían un metalenguaje específico para analizarlos (Reznek, 1991;
Lanteri-Laura, 1991; Sass, 1992). No todos los problemas que la psiquiatría debe analizar
son del mismo tipo. Para aquellos extrínsecos a la psiquiatría, pueden compartirse los
métodos comunes a la filosofía de la ciencia y de la mente. Sin embargo, otras cuestiones
intrínsecas a la propia disciplina no pueden ser solventadas con soluciones
preestablecidas y precisan de nuevas y originales propuestas que tengan en cuenta la
naturaleza de la psiquiatría y de su objeto de estudio. Entre las cuestiones extrínsecas
podríamos incluir la definición de lo mental, la relación mente-cuerpo, la distinción entre
causas y razones o la reducción interdisciplinar. Entre las cuestiones intrínsecas
incluiríamos, qué son los síntomas mentales y cómo se generan, cómo explicar la
heterogeneidad de estos, qué es un trastorno mental, cómo diagnosticarlo y clasificarlo o
cómo llevar a cabo un proyecto de psicopatología científica.
En resumen, la aproximación filosófica a la psiquiatría o metapsiquiatría aquí defendida
asumiría una doble perspectiva, como teoría del conocimiento científico y como teoría de
la actividad clínica, aspectos ambos del proyecto tecnocientífico de la psiquiatría. Ambas
reflexiones se situarían en el momento previo a la investigación empírica, a la que deben
monitorizar y situar en el marco conceptual más adecuado, y adoptarían un desarrollo
centrífugo en la medida en que partirían de las cuestiones propias de la disciplina
psiquiátrica y de sus peculiaridades epistemológicas y socioculturales para elaborar un
metalenguaje apropiado, a la vez que abordarían otras cuestiones menos específicas,
pero igualmente relevantes mediante el recurso a esquemas filosóficos comunes a otras
disciplinas
A continuación se expondrán, brevemente, algunas de las cuestiones extrínsecas e
intrínsecas a la disciplina psiquiátrica que deben formar parte de la reflexión
metapsiquiátrica.
La ubicación de la psiquiatría entre las ciencias
La psiquiatría, tal y como la conocemos en la actualidad, fue creada durante el siglo XIX a
partir de categorías ya existentes y de otras de nueva creación y precisó, para la selección
y descripción de las conductas integrantes de estas categorías, de la construcción de un
nuevo lenguaje: la psicopatología descriptiva (ver infra). Como disciplina, la psiquiatría
surge en el seno de las disciplinas médicas, pero, debido a la complejidad de su objeto de
estudio, la elaboración de un marco epistemológico y conceptual precisó de elementos
provenientes tanto de las ciencias naturales como de las ciencias humanas: mientras las
primeras intentaban inscribir las conductas anómalas en el funcionamiento del cuerpo (en
nuestros días el cerebro), las segundas proporcionaban los criterios para la categorización
y clasificación de dichas conductas. En la medida en que este proceso de diagnóstico de
los síntomas mentales es un complejo proceso de negociación entre paciente y médico,
existiría una supeditación epistemológica de las ciencias naturales a las humanas, ya que
las primeras dependerían para su análisis de la producción de las segundas (Berrios,
2006).
Tradicionalmente, las disciplinas científicas se han organizado jerárquicamente en virtud
de los correspondientes niveles de organización de la naturaleza, entendidos estos en
términos de relaciones parte-todo. Así, en la medida en que los átomos constituían
moléculas, estas células y las células eran parte de seres humanos que, a su vez, se
agrupaban en sistemas sociales, las disciplinas correspondientes se organizarían con la
física en la base, seguida de la química, la biología, la psicología y, finalmente, las
ciencias sociales (Castilla del Pino, 1980). Sin embargo, este modelo, además de ser
excesivamente simplista y de permitir que relaciones parte-todo también se dieran en el
seno de una misma disciplina (átomos-moléculas-rocas-planetas-sistemas solares, todos
ellos pertenecientes a la física), apenas hacía énfasis en las relaciones interdisciplinares e
incluso favorecían una versión de epistemología de niveles por la que las disciplinas de
cada nivel dispondrían de métodos específicos difícilmente conmensurables. Un modelo
alternativo de organización jerárquica de las disciplinas científicas ha sido propuesto por
Abrahamsen (Bechtel y Abrahamsem, 1991) y tiene dos ejes clasificatorios: el principal,
vertical, basado en especializaciones de interés, distingue cuatro niveles de disciplinas de
mayor a menor generalidad; el secundario, horizontal, distingue entre subdisciplinas que
estudian sistemas y subsistemas en virtud de relaciones parte-todo, al modo tradicional.
Así, mientras que todos los objetos de la naturaleza pueden ser considerados objetos de
estudio de las ciencias físicas (nivel 1), únicamente aquellos limitados a los organismos
vivos son de interés para las ciencias biológicas (nivel 2) y únicamente la conducta de
estos organismos, incluida las de interacción social, han constituido el foco de interés de
las ciencias de la conducta (nivel 3). Finalmente, las disciplinas más especializadas
estudian los productos culturales de estas conductas (nivel 4). Por otro lado, en cada nivel,
existirían jerarquías parte-todo, tradicionales, que irían de izquierda a derecha: por
ejemplo, en las ciencias biológicas, tendríamos subdisciplinas que estudian las células y
sus componentes (genética, biología molecular y celular), los órganos (anatomía y
fisiología) y los organismos (botánica y zoología), y en las de la conducta tendríamos
subdisciplinas que se centrarían en determinados subsistemas mentales (psicología
cognitiva), en la conducta global de los organismos (psicología comparada) y en la
interacción social de estos (psicología social) (figura 1).
Figura 1. Disciplina entre niveles
Fuente: Villagrán, 2007, https://bit.ly/3OEr84U.
El interés de todo esto es que los constructos distintivos de cada uno de los 4 niveles
señalados pueden aplicarse a los mismos eventos o dominios favoreciendo las
interacciones interdisciplinarias. Para ello, también existirían subdisciplinas que
favorecerían estos contactos (en cuadro de borde punteado en figura 1).
Así, un objeto determinado, por ejemplo, el conjunto de síntomas y signos que
denominamos depresión, puede ser estudiado en el nivel más especializado (nivel 4)
desde el punto de vista del coste económico y social que conlleva, en el nivel 3, el
psicólogo cognitivo se interesaría por los mecanismos implicados en los síntomas
depresivos y en la visión negativo del self, en el nivel 2, el neurocientífico estaría
interesado en las vías neuroanatómicas y neuroquímicas implicadas y, finalmente, en el
nivel 1, el bioquímico podría estar interesado en determinados iones que parecen estar
alterados en la membrana neuronal en estos cuadros. De esta forma, disciplinas de nivel
inferior incluyen subdisciplinas (por ej., neurociencias) que estudian los mismos objetos
que disciplinas de nivel superior (psicopatología) de forma tal que aquellas obtienen
descripciones especializadas del dominio de estas (flechas ascendentes en la figura 1) y
estas hacen uso de aquellas como fuente de explicación, evidencia auxiliar y
establecimiento de límites, con lo que se favorece programas de teorización
interdisciplinar en lugar de programas reduccionistas (Bechtel y Abrahamsen, 1991).
La visión reduccionista
El concepto de reducción es un término muy usado en ámbitos filosóficos y científicos
aunque con un significado distinto en unos y en otros. Los científicos emplean el término
para nombrar cualquier intento de utilizar los recursos de una disciplina más básica para
explicar funciones que pertenecen al dominio de una disciplina de nivel superior. Los
filósofos, por su parte, se refieren a una relación especial entre teorías por la que las de la
disciplina superior se derivan lógicamente de las del nivel básico, dentro de lo que se ha
denominado el modelo de reducción de teorías (MRT) propio del positivismo lógico
(Bechtel, 1988). El MRT tenía como finalidad contribuir a la ansiada unificación de las
ciencias mediante la reducción de las ciencias superiores a ciencias básicas, en último
extremo a la física (Nagel, 1961). Para ello asumía un planteamiento ontológico en el que
la naturaleza era concebida como integrada por entidades con múltiples niveles de
organización de modo que los niveles inferiores componían los superiores (átomos,
moléculas, células, organismos). La reducción entre teorías se llevaría a cabo mediante
las denominadas leyes puente, que traducen la terminología de una disciplina en la de
otra, y leyes de derivación o condiciones de delimitación en virtud de las cuales las leyes
superiores se derivan de las inferiores (Causey, 1977). Diversos autores han señalado, sin
embargo, argumentos en contra del MRT, algunos de corte pragmático y otros más
conceptuales. En primer lugar, la reducción de una ciencia de nivel superior en otra más
básica supondría la desaparición de la ciencia reducida o, en el mejor de los casos, la
supeditación del trabajo de los científicos de este campo al de los científicos de la ciencia
básica de forma que el trabajo de aquellos sería de tipo auxiliar o de aplicación de las
teorías básicas más generales. Pero, fundamentalmente, las objeciones al MRT surgen de
la dificultad para establecer las leyes puente que traduzcan los términos de una a otra
ciencia. Así, Fodor (1974) argumenta que dado que los fenómenos psicológicos pueden
ser implementados por sustancias físicas distintas (cerebro y ordenador) los términos de
psicología y neurociencias no se corresponden de forma 1 a 1. Psicología y neurociencias
capturan diferentes tipos de relación (por ejemplo, cómo la gente miente o por qué son
razonables no puede ser explicado completamente desde las neurociencias). La ciencia
de nivel superior surge precisamente porque queremos conocer las relaciones que no
pueden ser definidas por las ciencias básicas (desde estas, por ejemplo, no podemos
definir la racionalidad o la mentira). Fodor concluye afirmando la autonomía de la
psicología y las neurociencias y que las contribuciones de estas nada esencial aportan a
aquella (Fodor 1974)[2].
[2]
Esta postura aislacionista o de independencia entre los niveles de teorización de psicología y psicopatología por
un lado y neurociencias por otro ha sido (y aún hoy día es) asumida por distintos autores en la historia de la
psiquiatría, a pesar de que a lo largo de esta existen ejemplos ilustrativos de haber conducido a la empresa
científica a un callejón sin salida. La crítica a las visiones de la psiquiatría como empresa reduccionista contenida en
este trabajo no implica, como se verá más adelante, la asunción de una visión aislacionista de la relación entre
psiquiatría y neurociencias.
En los últimos años, sin embargo, los intentos reduccionistas han matizado el MRT sobre
la base de la observación de que, en realidad, cuando se produce la reducción de una
teoría de nivel superior a una inferior no es la teoría superior original sino una modificación
de la misma la que se reduce. En virtud de esto han considerado la reducción como la
finalidad última de una coevolución de teorías de distintos niveles (Schaffner, 1967). Con
ello autores como Wimsatt (1976) o Churchland (1986) intentan responder a las
objeciones acerca de la lejanía de una reducción total de la ciencia de nivel superior C1 a
la de nivel inferior C0 y a la de la desaparición de la C1. Proponen que las reducciones
parciales pueden ayudar a desarrollar teorías en ambos niveles que a su vez conduzcan a
nuevas teorías completamente desarrolladas con lo que podrá alcanzarse la reducción
total. Esto implicaría un concepto de reducción que incluye dos etapas o actividades: en
un primer momento, al intentar una derivación de una teoría de C0 actual a otra C1 actual
se produciría la sustitución de las viejas teorías de uno y otro nivel por nuevas (futuras)
teorías más desarrolladas que ya sí, en una segunda etapa, podrían reducirse (Schaffner,
1967, 1994).
Este modelo coevolutivo de reducción, en su aplicación a las ciencias de la conducta,
intentaría sustituir la teoría del nivel superior actual por otra nueva, es decir, la psicología
de estados mentales (folk psychology) por una psicología nueva sin ellos. Sin embargo,
¿por qué hacer una ciencia cognitiva sin estados mentales si estos tienen poder
explicativo demostrado y valor predictivo? (Harrison, 1991). Además, las propiedades
descubiertas al estudiar aisladamente las entidades en niveles básicos no siempre son las
mismas que son esenciales para explicar su conducta en niveles complejos (por ejemplo,
la relación de aminoácidos de la molécula de hemoglobina estudiada de forma aislada
nada nos dice de la importancia que la sustitución de valina por glutámico tiene en la
forma de la molécula y, por ende, del eritrocito y en la dificultad de fluir entre los vasos y
de contribuir a la respiración en determinadas anemias) (Bolton y Hill, 1996; Villagrán y
Luque, 2000). Por ello, autores como McCaulay (1986, 1996) han propuesto un modelo de
relación entre los niveles de teorización de distintas disciplinas en el que se contempla una
coevolución sin reducción o pluralista que difiere del modelo de Churchland en que no se
trata de eliminar un nivel descriptivo poco riguroso en otro nivel inferior más científico sino
en ponderar la contribución de las concepciones de niveles distintos y contemplar si
proporcionan unos recursos explicativos aumentados (Villagrán, 2003).
Las teorías interdisciplinares
Una poderosa alternativa al reduccionismo interteórico es la concepción de Darden y Maull
(1977) de las teorías interdisciplinares (interfield theories). La finalidad de estas no es ya
derivar unas teorías de un nivel de otras pertenecientes a un nivel más básico sino
identificar relaciones entre fenómenos estudiados por dos disciplinas o áreas de
investigación (ya sean del mismo nivel o niveles distintos) (Maull, 1977). Las IT se apartan
del positivismo lógico y su noción de reducción (relación entre teorías que se derivan de
forma lógica) y abrazan presupuestos filosóficos pospositivistas desde los que la noción
de campo o área (field) reconoce la importancia de los problemas y de las técnicas
encaminadas a resolverlos en la dirección de la investigación científica[3]. En las IT
simplemente se acepta que los fenómenos que nos interesan se relacionan con los
estudiados en otra disciplina y que para dar respuesta a las preguntas que aquellos
suscitan hay que ver cómo se relacionan. No hay necesidad, por tanto, de teorías de
niveles distintos que se deriven unas de otras, sino distintos tipos de relación entre
fenómenos estudiados por disciplinas distintas. Estas relaciones pueden ser, por ejemplo,
de localización física en un nivel inferior de procesos de un nivel superior, relaciones
parte/todo, estructura/función, o causa/efecto.
[3]
Por campo entienden estos autores el área científica que comprende un problema central, un conjunto o
dominio de ítems que representan hechos relacionados con el problema, una serie de factores explicativos
generales, una serie de fines que aportan expectativas para la solución del problema, una serie de técnicas y
métodos y, algunas veces, un conjunto más o menos coherente de conceptos, leyes y teorías relacionadas con el
problema y que intentan conducir a los fines explicativos (Darden y Maull, 1977)
Las IT sirven a la finalidad explicativa real de la ciencia y no a una teoría o abstracción de
la misma, facilita la investigación interdisciplinaria (como la de la psiquiatría) y tiene como
resultado una teoría que expande el campo de investigación y no dos teorías relacionadas
por una derivación. Además permite la relación entre disciplinas del mismo nivel (por
ejemplo, psicología y lingüística). En definitiva, la finalidad última de las IT no es dar una
explicación completa de los fenómenos de un nivel en términos de los procesos de un
nivel inferior sino intentar responder a cuestiones que no pueden responderse totalmente
desde un nivel determinado. En algunos casos buscaremos las respuestas en el nivel
inferior pero en otros casos tendremos que buscarla en el superior: tal es el caso de la
denominada causación de arriba-abajo (downward causation)[4] o de la causación
externalista (Peacocke, 1993) (por ejemplo, si determinadas causas intencionales
provocan modificaciones físicoquímicas en el organismo —enfermedades psicosomáticas,
estrés, etc.).
Las IT son, por tanto, especialmente útiles para empresas científicas que tratan con
fenómenos orientados a fines (psicología, psiquiatría) en donde, sin abandonar la ciencia
empírica y la explicación de tipo mecánico se selecciona operar en un nivel superior al del
organismo seleccionado, situándose en una perspectiva ecológica, evolutiva. Las
explicaciones mecanísticas, que dan cuenta de cómo surge la cognición a partir de un tipo
de máquina (el cerebro) asumiendo que podemos descomponerla en partes, constituyen
el paradigma de la aplicación de las IT en la relación entre psicología y psiquiatría, por un
lado, y neurociencias, por el otro. Las primeras darían cuenta de los componentes del
sistema y su participación en tareas cognitivas: el interés radica en lo que hacen las
partes. Las neurociencias, por su parte, darían cuenta de los componentes en cuanto
estructuras neuronales y en su participación en las conductas: se interesan por lo que son
las partes del sistema. Sin embargo, la estrategia global de la psicología y la psiquiatría y
las neurociencias es la misma: mostrar cómo los componentes de la mente/cerebro y sus
interacciones producen la conducta en estudio. Las teorías que pongan en conexión las
descripciones de una y otra disciplina serán IT.
[4]
No puedo extenderme aquí sobre los nuevos modelos de causación intencional y de arriba-abajo (top-down).
Simplemente señalaré que estos modelos, desde la filosofía de la acción, conciben la conducta intencional como un
sistema complejo cuya autoorganización en un nivel superior «causa» (en el sentido de imponer limitaciones
sensibles al contexto) el comportamiento de los componentes de nivel inferior de dicho sistema. Ver Juarrero
(1999)
Es evidente que este tipo de empresa supone asumir una serie de premisas acerca de
cómo se organiza la mente/cerebro (en este caso como un sistema parcialmente
descomponible en módulos que operan con cierta autonomía) (Fodor, 1983, Shallice,
1988), de cuál es el locus de control o sistema responsable del fenómeno en cuestión y de
qué técnicas de descomposición y localización son las más adecuadas (posiblemente no
las de localización directa tipo Gall o Broca sino localizaciones complejas o funcionales en
donde se identifique un subsistema funcional integrado por diversos grupos neuronales
cuya actuación da lugar a la conducta en estudio). Se podría objetar que estas premisas
no tienen por qué ser válidas y, por ejemplo, la mente/cerebro funciona como un todo y no
es posible atribuir cierta modularidad (digamos que el funcionamiento es exclusivamente
conexionista y por tanto en redes neuronales) (McClelland y Rumelhart, 1986). De ser esto
cierto las explicaciones mecanísticas no tendrían sentido, pero eso no invalidaría la
estrategia interdisciplinaria: simplemente tendríamos que buscar nuevas IT que tuvieran
en cuenta esta nueva premisa de funcionamiento conexionista de la mente/cerebro
(Bechtel, 1988).
En las explicaciones mecanísticas, como en todas las IT, no existe derivación entre las
teorías sino la demostración de que operaciones en un nivel inferior dan lugar a
fenómenos en uno superior, sin que exista reducción de la disciplina superior en la inferior
sino el establecimiento de conexiones entre ambas. En consecuencia, se facilita la
evolución y el desarrollo de la teorización en ambos niveles. Además, no siempre el nivel
inferior tiene que tener la última palabra: la teoría psicopatológica puede suplir deficiencias
de la neurocientífica y dirigir los esfuerzos investigadores en una dirección determinada.
Von Eckardt apunta un ejemplo claro a este respecto cuando comenta que los esfuerzos
de Geschwind y Kaplan por unificar los déficits de reconocimiento y denominación de los
objetos de los pacientes agnósicos argumentando la innecesariedad de un centro de
reconocimiento de objetos distinto del nominativo se vieron confrontados por las teorías
cognitivas que explicaban más adecuadamente conductas y déficits incluyendo la
existencia de dicho centro (Von Eckardt, 1978)[5]. No hay que confundir las IT con los
modelos holísticos o pragmáticos como el modelo biopsicosocial: estos son modelos que
pueden ser útiles para la psiquiatría técnica (clínica) e, incluso, tecnológica, pero de
escaso interés heurístico para la investigación psiquiátrica (Villagrán y Luque, 2000).
[5]
No puedo extenderme aquí sobre los nuevos modelos de causación intencional y de arriba-abajo (top-down).
Simplemente señalaré que estos modelos, desde la filosofía de la acción, conciben la conducta intencional como un
sistema complejo cuya autoorganización en un nivel superior «causa» (en el sentido de imponer limitaciones sensibles
al contexto) el comportamiento de los componentes de nivel inferior de dicho sistema. Ver Juarrero (1999).
Psiquiatría y la búsqueda de explicaciones causales
La psiquiatría, en su vertiente científica, buscaría la explicación de la génesis y desarrollo
de los trastornos mentales mediante la identificación de causas. Durante mucho tiempo se
objetaba que la búsqueda de explicaciones causales no era apropiada para el estudio de
la conducta psicopatológica. Sin embargo, cuando se defendía esta afirmación se tenía en
mente una noción de explicación causal especialmente estrecha, heredada de la tradición
empirista, humeana y asociacionista o hempeliana de sujeción a reglas universales y se
olvidaba otras nociones más complejas (mecanismo interno, causas intencionales,
explicación teleológica) (Villagrán, 2003). Es difícil imaginar una actividad científica que
tenga una vertiente asistencial y médica como la psiquiatría que no se pregunte por
causas. La actividad explicativa causal, que es moneda común en la práctica clínica desde
cualquier paradigma, es negada en el plano epistemológico por los defensores de la
autonomía de las ciencias de la conducta, quienes proponen la búsqueda exclusiva de
razones o significados que den sentido a las conductas anómalas. Sin embargo, parece
ser que, precisamente cuando existen anomalías en un sistema es cuando la indagación
causal tiene su razón de ser (Hill, 1982, Dennett, 1988, Polanyi, 1958).
Las causas y las razones, por otro lado, son formas de establecer la existencia y/o el
origen de objetos, acontecimientos, episodios, procesos y conductas (Berrios y Markova,
2002). Aunque etimológicamente diferentes, comparten una serie de campos semánticos
—se usan como sinónimos— y un potencial epistémico similar —es decir, una capacidad
para explicar las acciones—. Tradicionalmente las causas se han utilizado en las ciencias
naturales mientras que las razones lo han hecho en las ciencias sociales, en las que, en el
pasado, se incluía a la psicología. Sin embargo, el papel de las causas y las razones no
ha estado lo suficientemente claro en psiquiatría.
Bolton y Hill (1996), en este sentido, distinguen dos tipos de causas explicativas de la
conducta: intencionales y no intencionales, en la medida en que las primeras darían
cuenta de estados en donde se codifica información y las segundas no. Psicología y
biología comparten las explicaciones intencionales y la física y la química las no
intencionales. La psiquiatría haría uso de ambas explicaciones. En algunos casos un
suceso (por ejemplo, una conducta anómala) podrá ser explicado en términos de
entidades más simples o de niveles inferiores (bioquímicos, moleculares) pero sin implicar,
necesariamente, reducción del fenómeno ni de la teoría de nivel superior: los datos
bioquímicos o moleculares servirán de control y contraste para los generados en el nivel
psicopatológico y así desarrollar modelos co-evolutivos no reduccionistas (McCauley,
1986, 1996). El que pudieran existir, en determinados casos, explicaciones reductivas
(Chalmers, 1996) no quiere decir, como parece defender la PB y el materialismo
eliminativo (Churchland, 1986, Churchland, 1995), que este sea el único tipo ni tan
siquiera el mejor: en algunos casos la mejor explicación disponible podrá venir expresada
en términos funcionales. Esta heterogeneidad en las explicaciones y modelos no tiene por
qué ser un signo de escasa cientificidad siempre que heterogeneidad no implique que
«todo vale» y la asunción de teorías de niveles distintos como igualmente válidas: su
validez deberá quedar explicada por una teoría que las ponga en relación, una teoría
interdisciplinar.
En general, la psiquiatría ha adoptado una visión lineal o de progreso que mantiene que la
medicina progresa en una línea directa hacia la verdad absoluta y, por tanto, lo que se
sabe hoy es, por definición, más verdadero, mejor y superior a lo que se sabía ayer. Así,
adopta un modelo etiológico lineal según el cual, la enfermedad mental resultaría de una
cascada causal:
a) El cerebro alterado conduciría a una función alterada.
b) Esto lleva a la perturbación de la conducta.
c) Se produce una dislocación de la adaptación social.
Del uso indebido de a), b) o c) a lo largo de los años han surgido los denominados
modelos médico, psicológico o social de enfermedad mental (Siegler y Osmond, 1956,
Luque y Villagrán, 2000) que se han basado en la idea errónea de que a), b) y c) se
extienden en una serie a lo largo de una dimensión temporal. Más útil hubiera sido
preguntarse si, de hecho, los acontecimientos fluyen de una manera lineal, y de qué forma
a), b) y c) llegan a combinarse para que surja la enfermedad mental, o lo que es lo mismo,
determinar el status epistemológico y ontológico de a), b) y c) (Berrios, 2000).
Respecto a las ideas generales sobre la causalidad, la psiquiatría también ha heredado
las vicisitudes históricas de las cuatro categorías aristotélicas (formal, material, eficiente y
final)[6]. A lo largo de la historia han existido dos cuestionamientos importantes del modelo
aristotélico y cada uno afectó a la medicina de manera diferente. En primer lugar, Hobbes
y Bacon volvieron a conceptualizar, en la primera mitad del siglo XVII, las cuatro
categorías aristotélicas en las causas eficiente y material y llevaron a Sydenham y Willis a
desviar la atención de los médicos hacia los aspectos ‘formales’ de la causalidad, un
modelo etiológico de ‘mecanismos internos’. Cien años más tarde, Hume cuestionaba la
estructura epistemológica del modelo de ‘causa eficiente’ y, con ello, eximía a los médicos
de la obligación de especificar en cada ocasión la conexión teórica específica entre causa
y efecto, al tiempo que los animaba a emplear un razonamiento inductivo y
probabilístico[7] (Berrios, 2000).
[6]
Para Aristóteles el significado de A es la causa de B» tiene cuatro acepciones: la material (A es la materia de la que
B está hecha —la plata es la causa de la copa o el bronce de la estatua), la formal (A es la especie y el modelo de B —de
la octava musical, la relación 2 a 1—), la eficiente (A es el principio de cambio o quietud de B —el padre es la causa del
hijo, mi consejo de tu acción) y la final (A está dirigida al fin B— pasear es la causa de la salud—)
[7]
El cuestionamiento de la causa eficiente de Hume se basa en que, para ser válida aquella tenía que a) ser
diferentes del efecto y b) ocurrir inmediatamente antes.
Estos cambios influyeron en las ideas sobre la etiología psiquiátrica del siglo XIX. En
cuanto al trastorno mental, el enfoque de la causa eficiente gozó de mayor popularidad en
la primera mitad del siglo[8] (durante este periodo el interés por la causalidad eficiente
produjo la acumulación de extensas listas de acontecimientos vitales considerados
relevantes para el comienzo de la enfermedad), mientras que los mecanismos internos
predominaron en la segunda mitad[9]. A mediados de siglo, la ‘teoría de la degeneración’
se convirtió en el marco de referencia, y fomentó tanto la teoría de la causa eficiente como
el creciente interés por los mecanismos internos, por lo que los alienistas de este periodo
apoyaron ambos conceptos (Berrios 2000).
[8]
Historicismo es el nombre de un grupo de ideologías que consideraba a la historia como el marco fundamental
dentro del cual únicamente podía entenderse al hombre y sus producciones. Al igual que la teoría evolutiva, al enfatizar
el pasado, el análisis longitudinal y el momento histórico, fue un buen aliado del concepto de causa eficiente en la
primera mitad del XIX (Berrios, 2000).
[9]
Factores que favorecieron la adopción de los mecanismos internos (mayor conocimiento del cerebro y de su
relación con lo mental, la noción de enfermedad menos centrada en los modos personales de enfermedad y más en la
enfermedad en sí) confluyeron con otros que minimizaron la influencia de las causas eficientes (ausencia de modelos
multivariantes que pudieran manejar la multiplicidad de causas eficientes, el cuestionamiento de la causalidad
probabilística y el cambio de los enfoques diacrónicos a los sincrónicos) en la segunda mitad del XIX (ver Berrios, 2000)
Desde entonces poco se han modificado las nociones etiológicas en psiquiatría (Wulff et
al, 1990, Bolton y Hill, 1996). El estado actual de la cuestión recuerda mucho al existente
en el siglo XIX: la historia clínica (en su versión moderna, estructurada, que incluye la
relación de acontecimientos vitales comprobables) continúa siendo el documento científico
primordial. Además, los marcadores o test estándares se convirtieron en parte de su
estructura narrativa y constituyen los hitos o testigos de la historia de los mecanismos
internos. El desarrollo de técnicas estadísticas multivariantes ha reforzado el concepto de
‘causa eficiente’ (ahora llamada ‘factor de riesgo’), pero, sorprendentemente, permanece
el mismo problema del siglo XIX de determinar cuáles son relevantes para el individuo
(Berrios, 2000).
La historia de los mecanismos internos se narra ahora en términos de biología molecular,
es decir, a un nivel de organización epistemológico más fundamental que el empleado en
el siglo XIX. Sin embargo, la metodología del análisis ha variado poco, y la neuroimagen y
la neurogenética dependen tanto de las correlaciones lineales entre los elementos
sincrónicos como los antiguos estudios de correlaciones sin que la dimensión temporal y
las nuevas técnicas descriptivas disponibles en nuestros tiempos hayan sido utilizadas.
Una visión realista de la ciencia ha de aceptar que las relaciones causales entre sucesos
son objetivas, son rasgos del mundo que observamos y no, simplemente, ideas en la
mente del observador. El científico realista debe aceptar una teoría generativa de la
causación por la que, decimos que X causa Y si X ayuda a generar Y a través de algún
mecanismo. Esta teoría, que en psiquiatría debe ser aplicada al caso individual, no precisa
de términos tales como causa necesaria y suficiente, y contempla un complejo causal que
viene a ser la suma de factores que generan la conducta observada. El psiquiatra deberá
determinar qué factores son no redundantes (parte indispensable del complejo causal) y
cuales son redundantes o accesorios (Wulff et al., 1990), y esto exige, ya, una actividad
interpretativa. Interpretación y explicación son diferentes estrategias epistemológicas cuya
validez, en el estudio del caso psiquiátrico, dependerá de su valor heurístico, de su
capacidad para producir conocimiento de los fenómenos implicados. Cualquier empresa
explicativa de la conducta ha de tener su momento interpretativo. Explicación e
interpretación se complementan en una relación dialéctica (Ricoeur, 1976) que, en última
instancia, se dirige a la búsqueda de complejos causales
En la búsqueda de estos complejos causales pueden utilizarse distintas estrategias.
Murphy (2006) propone un modelo multinivel de explicación causal que iría de mayor a
menor generalización, de mayor a menor detalle empírico. En principio, si fuera posible
(que generalmente no lo es), se buscarían explicaciones fundamentales provenientes de
la genética o biología molecular; un segundo nivel, más habitual, sería el de las
explicaciones mecanísticas mediante estrategias de descomposición y localización
(Bechtel y Richardson, 1993). Un tercer nivel incluiría la causalidad intencional y la
inclusión de razones, si bien para Murphy estas deberían ser «naturalizadas».
Schaffner (2002) sugiere como estrategias posibles en la búsqueda de complejos
casuales la utilización de modelos de manipulación contrafáctica (Collins et al, 2004) y la
denominada condición INUS (Mackie, 1974, Meehl, 1977).
Según el primero, C es la causa de Z si al manipular C, manteniéndose todas las demás
variables inmodificadas, se produce un cambio en Z. C y Z se dan en la realidad (hecho)
pero, de no darse C no se daría Z (contrafáctico).
La condición INUS fue diseñada, precisamente, para ser aplicada a sistemas complejos
con una pluralidad de causas de las que conocemos solo algunas. En una situación F, se
pueden dar distintas concatenaciones de factores (ABC o bien DGH o quizá JKL) que
darían lugar en cada caso a la situación P. A (o B o C... hasta L) es, para Mackie, una
insuficiente, pero no redundante o necesaria parte de una condición innecesaria
(unnecessary) pero suficiente (acrónimo INUS). A pesar de que la propuesta de Mackie
concebía regularidades universales y esto en psiquiatría rara vez ocurre, para Schaffner
este modelo permite generalizaciones probabilísticas incompletas más acordes con el tipo
de conocimiento psiquiátrico (Schaffner, 2002).
El concepto de trastorno mental
El debate sobre qué entendemos por trastorno mental suele aparecer, cada cierto tiempo,
en los foros de pensamiento psiquiátrico. Si durante las décadas de los 70 y 80 fueron los
psiquiatras británicos los que debatieron largo y tendido sobre esta cuestión, durante los
90 sus colegas americanos parecieron redescubrirla. El mérito de hacer revivir este debate
debe adjudicarse, a mi juicio, a Jerry Wakefield, un psicólogo con formación en trabajo
social aplicado a Salud Mental y en Filosofía, quien en 1992, publicó un artículo titulado
«El concepto de trastorno mental» y subtitulado «En la frontera entre los hechos biológicos
y los valores sociales» (Wakefield, 1992). Para este autor, el concepto de trastorno (mental
o físico) equivale al de disfunción dañina (harmful dysfunction), en donde disfunción es un
fallo de los mecanismos internos (mentales o físicos) de un organismo para realizar
funciones que han sido el resultado de la selección natural. Este modelo contempla dos
elementos fundamentales en la conceptualización de todo trastorno: por un lado un juicio
científico de que existe un fallo en una función determinada, por otro un juicio de valor
acerca del daño que dicho fallo supone para el individuo. Ambos son necesarios para que
pueda hablarse de trastorno (por ejemplo, la dextrocardia puede ser considerada una
condición en la que la función natural —producto evolutivo— del organismo se ha visto
alterado, pero que, sin embargo no produce daño alguno al individuo según los valores de
nuestra cultura: no es, por tanto, un trastorno). Dos aspectos de este modelo me parecen
especialmente relevantes: por un lado la construcción del criterio científico sobre bases
evolutivas; por otro lado, la necesidad de una conjunción fáctica-evaluativa para dar
sentido al concepto. El requerimiento del primer criterio distingue el modelo de Wakefield
de las concepciones antipsiquiátricas (Szasz, 1974) o puramente evaluativas (Sedgwick,
1982), pragmáticas (Taylor, 1976) o estadísticas (Cohen, 1981); el del segundo de la
concepción puramente biológica de Scadding (1990) o del primer Kendell (1975).
El modelo de Wakefield puede ser calificado de esencialista (aunque quizá no puramente
esencialista, ya que precisa del componente evaluativo —daño) en el sentido de que para
este autor existiría un proceso subyacente explicativo (selección natural que da lugar a
funciones que pueden alterarse por la causa que sea) que da unidad a la categoría o
concepto de trastorno. Este modelo no está exento de objeciones (por ejemplo, muchas
funciones se distribuyen en un continuum y no es fácil distinguir función de disfunción, no
siempre es tan simple la relación entre una y otra, o no es posible distinguir claramente
entre criterio evaluativo y fáctico) pero, al mismo tiempo, soporta bastante bien todos los
ejemplos y contraejemplos que se han aportado (Wakefiel, 1992; 1999 a, b).
La visión alternativa al modelo esencialista de Wakefield es la defendida por Lilienfeld y
Marino (1995; 1999) para quienes, en la línea de las nuevas corrientes filosóficas de la
elaboración de conceptos (Peacoke, 1992; Mechelen et al, 1993) y a partir de las teorías
de Wittgestein y Rosch, la conceptualización de una condición como trastorno (mental y
físico) se realiza en virtud de la semejanza global de esta con un prototipo más o menos
ideal, por lo que no es posible definirlo basándose en rasgos o criterios categoriales.
Desde esta perspectiva, un concepto así formado no posee un criterio o conjunto de
criterios que le sirvan de anclaje científico y, por tanto, la cuestión de si ciertas condiciones
son trastornos mientras que otras no lo son no puede ser respondida científicamente ya
que no existen límites claros entre los trastornos y los no trastornos (aunque sí podría ser
motivo de investigación científica el por qué ciertas condiciones tienden a ser
consideradas trastornos en un momento determinado). Por ejemplo, el concepto de lago
no se corresponde con un punto genuino de demarcación en el mundo real por lo que la
distinción entre lago, laguna, charca, embalse, o incluso mar, no está sujeta al escrutinio
científico: esta distinción se basa, en parte, en el tamaño de la masa de agua, en parte en
convenciones sociales (si puede o no albergar un barco, si está o no destinado a un fin,
etc.).
Lilienfeld y Marino tienen especial cuidado, sin embargo, en dejar claro que con la
consideración de trastorno como un concepto prototípico o roschiano no quieren decir que
este sea un constructo mental que no se corresponde con nada de la realidad. Por el
contrario, este tipo de conceptos surge de múltiples experiencias con entidades reales
cuyos rasgos más consistentes van a ayudar a conformar el prototipo. Así, el concepto de
lago surge de la observación de una masa de agua real, independientemente que otras
consideraciones no fácticas sean relevantes para distinguirlo de otros conceptos limítrofes
y lo mismo podría decirse del concepto de trastorno mental. Para estos autores, por
ejemplo, la disfunción evolutiva apuntada por Wakefield puede ser una de las
características del prototipo pero no la única ni la esencial. Otras características como la
inadaptación a un contexto, la percepción de que algo funciona mal o la creencia de que
se necesita tratamiento, puede contribuir tanto o más a la conformación del prototipo y, por
tanto, del concepto, como la disfunción de Wakefield.
Resulta curioso (y alentador) constatar en las más recientes aportaciones de sus
principales promotores (Wakefield, 1999a,b: Lilienfeld y Marino, 1999) que las dos
posturas en un principio antagónicas tienden a converger de una forma muy interesante y
difieren no tanto en si asumen o no una postura esencialista sino en el tipo de
esencialismo defendido y en la naturaleza de los aspectos esenciales: para unos la
disfunción evolutiva (esencialismo de caja negra-estipula que debe haber una esencia real
que desconocemos y que hay que estudiar) (Wakefield, 1999b), para otros la idea
psicosocialmente determinada de que algo va mal en el organismo (exista ese algo o no)
es lo que determina la conformación del prototipo (esencialismo psicológico) (Medlin y
Ortony, 1989). En resumidas cuentas, para unos el concepto de trastorno mental tiene un
anclaje en la realidad aunque sea desconocido para nosotros, mientras que para los otros,
dicho concepto es un producto psicosocial de la experiencia repetida con las personas
supuestamente afectadas independientemente de que exista realmente alguna disfunción.
Para los primeros el concepto de trastorno mental es un concepto científico, para los otros
no (Pickering, 2006). Sin embargo, ninguna de las dos posturas niega la posibilidad de
que existan disfunciones reales y que por tanto puedan ser estudiadas científicamente
(Villagrán, 2002).
¿Qué es lo que hace mental a un trastorno mental?
Una cuestión menos tratada es la de qué determina que un trastorno sea considerado
mental y no físico o, por decirlo de otro modo, qué añadimos al significado de enfermo
cuando decimos de alguien que es un enfermo mental (Moore, 1980). La importancia de
esta cuestión quizá no sea tanta en el orden epistemológico de la psiquiatría (en donde la
cuestión de qué es un trastorno podría tener mayor relevancia) como en el de la práctica
clínica (relevancia social, estigma, campo profesional de la psiquiatría, consideraciones
legales). Tal vez por ello autores como Kendell (2001) aconsejaban utilizar el término
enfermedad psiquiátrica antes que el de enfermedad mental o la última edición de la DSM
(American Psychiatric Association, 2000) anatemiza el intento de distinguir los trastornos
físicos de los mentales como un «reducto anacrónico del dualismo mente/cuerpo.
Sin embargo, el intento de realizar una delimitación conceptualmente coherente de qué
significa lo mental en el trastorno mental no implica asumir una posición dualista en la
cuestión mente/cerebro: un monismo fisicalista por instancia (token) es perfectamente
compatible con la propuesta de distinguir entre mental y físico sin asumir diferencias
fundamentales entre ellos.
La cuestión radicaría en cómo realizarla para que sea operativa en psiquiatría, ya que el
modo centrípeto, esto es, utilizando las distintas soluciones que a la cuestión de lo mental
ha venido dando la filosofía de la mente (con aspectos como la intencionalidad, los qualia,
la conciencia fenoménica y la subjetividad), no parece que aclare demasiado (Brülde y
Radovic, 2006).
Para Brülde y Radovic (2006) existirían varias aproximaciones a lo mental desde la propia
disciplina psiquiátrica: el modelo de causa interna (un trastorno es mental si los
mecanismos internos que generan los síntomas lo son) (Boorse, 1975; Nordenfelt, 1995;
Wakefield, 1992), el sintomático (un trastorno es mental si los síntomas lo son) (Spitzer y
Endicott, 1978; Moore, 1980; Culvert y Gert, 1982; Reznek, 1991), el mixto o pluralista
(varios criterios intervienen, los síntomas deben ser mentales así como la comprensión de
los síntomas físicos, que debe ser psicológica) (Spitzer y Endicott, 1978; Moore, 1980;
Culver y Pert, 1982) y la visión nihilista (no es posible distinguir lo mental de lo físico)
(Kendell, 2001). Los dos primeros modelos admiten tres versiones distintas: por un lado, la
versión negativa para la que lo mental es definido como lo no somático; la prototípica u
ostensiva, que lleva a cabo lista de ejemplo de factores (procesos, funciones, facultades)
que pueden ser considerados mentales; y la intencional, para la que los factores
relevantes en el trastorno son estados intencionales o representacionales. Brülde y
Radovic (2006) concluyen que tampoco la aproximación centrífuga en todas sus versiones
aclara cuáles son los elementos definitorios de lo mental y que la visión pluralista y un
análisis más roschiano que conceptual al menos estaría más en consonancia con el uso
del lenguaje ordinario y de la psicología popular.
El papel de la psicopatología descriptiva
Para la mayoría de los autores, el carácter científico de la psiquiatría se alcanza a través
de la psicopatología, que sería su ciencia básica (Castilla del Pino, 1980). Por este motivo,
la psiquiatría también podría definirse como «el conjunto de consecuencias científico-
técnicas y socioculturales que resultan de la correcta aplicación de un lenguaje
psicopatológico» (Berrios, 1984). La consideración de la psicopatología como el único
discurso teórico de la psiquiatría o como la expresión científica de la misma implicaría una
concepción amplia de aquella en donde se incluiría desde la reflexión sobre qué
entendemos por enfermedad o trastorno mental, cuáles son sus causas y mecanismos y
cómo se expresan y, finalmente, cómo podemos identificarlos o diferenciarlos. Frente a
esta, una concepción más restringida de psicopatología sería aquella que se refiere al
lenguaje descriptivo utilizado para aprehender los eventos psicopatológicos (aspectos de
la conducta que son expresión de una disfunción psicológica y/u orgánica) y facilitar su
intelección (Villagrán, 2001).
Esta concepción de la psicopatología como lenguaje descriptivo implica, por un lado que,
como todo lenguaje, posee unos principios generales, unos enunciados descriptivos y
unas reglas de aplicación y es, al mismo tiempo, un producto histórico que está sujeto a
cambios; por otro lado, se constituye en el discurso científico básico (esto es, que está en
la base, en el inicio) de otras aproximaciones también científicas que puedan integrarse en
la psiquiatría (genéticas, neurofisiológicas, neuroanatómicas, psicosociológicas, etc.),
siendo su objetivo la descripción de las manifestaciones psíquicas alteradas para
suministrar a la psiquiatría de un «cuerpo doctrinal y teórico que le permita comprender
mejor el significado de la enfermedad mental» (Thuilleaux, 1973).
La concepción restrictiva de la psicopatología se ha identificado, además de con el término
psicopatología, con términos como psicopatología descriptiva, semiología psiquiatríca y
fenomenología (Sánchez y Eguiluz, 2001), además de con otros como psicología anormal
o patológica (Berrios, 1983). Sin embargo, mientras que los dos primeros términos tienen
un mayor sentido y una coherencia conceptual con la propia historia y desarrollo de la
psicopatología y con su naturaleza, el tercero posee una manifiesta polisemia y el cuarto
implica una visión continuista de la conducta normal y patológica diferente a la que dio
origen previamente, en la Francia de la primera mitad del XIX, a la psicopatología y que
solo a final de siglo llegó a converger con la primera en la obra de autores como Kraepelin,
Ribot, Luys, Janet o Freud (Berrios, 1988).
La psicopatología, por consiguiente, tiene como objeto de estudio las manifestaciones de
los trastornos mentales y para ello se convierte en una disciplina que utiliza como unidad
de análisis el síntoma[10]. Una de las cuestiones básicas que la psicopatología debe
afrontar es qué son los síntomas, cómo se diferencian unos de otros y cómo se originan y
agrupan. En un principio, la psicopatología puede ser concebida como la aplicación de una
serie de términos a segmentos de conducta y actos de habla. Sin embargo, este es un
proceso complicado en donde se precisa la elección de un léxico y la delimitación de los
segmentos en ese flujo continuo que es la conducta humana y dependiendo de cómo se
realice tendremos distintas concepciones o tipos de psicopatología.
[10]
La aproximación sintomática en psicopatología no es la única existente y hay quien prefiere como unidades de
análisis psicopatológico los factores dimensionales subyacentes a las diferentes entidades nosológicas (Peralta y
Cuesta, 1992; Liddle, 1999) o los síndromes (Mojtabai y Rieder, 1998). Sobre las razones por las que el síntoma parece
tener mayor valor heurístico como unidad de análisis psicopatológico ver Persons 1986, Costello 1992 y Luque et al.,
2003.
Dos primeras posturas parecen vislumbrarse frente a esta cuestión en lo concerniente a la
actividad del psicopatólogo (Berrios, 1983). Por un lado, la de aquellos que piensan que el
psicopatólogo delimita o fragmenta arbitrariamente las áreas de comportamiento que se
presentan como signos, por lo que el lenguaje psicopatológico sería esencialmente una
matriz conceptual activa en la cual se amoldaría la realidad de la patología mental. Por
otro lado, la de aquellos para los que la conducta psicopatológica tiene articulaciones o
divisiones naturales, por lo que el psicopatólogo actuaría como un simple desarticulador,
desarmando las diferentes piezas del puzzle, piezas ya determinadas en sus límites por la
propia naturaleza. Las consecuencias de estas dos posturas son completamente
diferentes. En el primer caso, el de una psicopatología activa, se colige que pueden existir
sistemas psicopatológicos paralelos, igualmente válidos desde el punto de vista
epistemológico. En el segundo caso, el de una psicopatología pasiva, solo se contempla
una única psicopatología descriptiva final: aquella que logra identificar los límites entre los
síntomas y desarticula el comportamiento psicopatológico en los signos que lo componen.
Las dos posiciones han estado presentes en las distintas manifestaciones de la
psicopatología desde su origen. Así, aquellos que adoptan la posición activa admiten la
posibilidad de múltiples psicopatologías (Sims, 1988), dado que todas ellas, al igual que
los síntomas que constituyen su objeto de estudio, son constructos teóricos cuya validez y
estabilidad dependerán de su capacidad para generar conocimiento. Por el contrario, los
que profesan una postura pasiva defenderán a ultranza la existencia de una única
psicopatología como la verdadera, capaz de desarticular a la naturaleza precisamente en
sus articulaciones.
Otra distinción, tradicionalmente apuntada, es la existente entre una psicopatología
descriptiva, aquella centrada en la identificación de las manifestaciones de la enfermedad
mental sin prestar atención a cómo se originan, y una psicopatología explicativa, cuyo
interés incluiría los mecanismos que generan dichas manifestaciones. Ejemplo de esta
última sería la denominada psicopatología psicoanalítica o psicodinámica, cuyo objeto
vendría a ser la determinación de los mecanismos psicodinámicos que dan lugar a las
manifestaciones sintomáticas de los distintos trastornos mentales. Ejemplos de la primera
serían la psicopatología fenomenológica o la experimental: ambas se centran en el estudio
de los sucesos psíquicos y físicos sin recurrir a teorías etiológicas o explicativas, pero
difieren en el método utilizado para ello, la primera se centra en los aspectos subjetivos o
vivenciales del sujeto enfermo mental y utiliza la empatía para identificar los síntomas,
mientras que la segunda intentar reproducir modelos experimentales de síntomas en
situaciones controladas con humanos o animales.
Esta distinción entre lo descriptivo y explicativo en virtud de la ausencia o presencia de
teorías explicativas ha generado, sin embargo, a nuestro juicio, mucha confusión además
de consecuencias indeseables. Por un lado, se ha identificado psicopatología descriptiva
con fenomenología (en el sentido de la teoría filosófica de Husserl) cuando es muy
probable que ambos términos tengan pocos puntos de contacto (Walker, 1988; Berrios,
1993). Por otro lado, se ha postulado que la psicopatología para ser descriptiva debe ser
ateórica y limitarse exclusivamente a poner nombre, de modo consensuado por la
comunidad científica, a los síntomas psiquiátricos, a manera de glosario. La influencia de
la psiquiatría americana de las últimas tres décadas y la saga de las DSM ha propiciado
esta visión. Sin embargo, la psicopatología descriptiva no puede ser ateórica simplemente
porque, si admitimos la psicopatología como una disciplina abierta en el sentido antes
indicado, toda descripción implica la utilización de un lenguaje con sus reglas teóricas de
aplicación. El que no incluya entre su objeto de interés la teorización sobre la etiología o
patogénesis del trastorno que supuestamente subyace a los síntomas no quiere decir que
no contemple teorías acerca de la naturaleza de estos. Incluso la identificación de los
síntomas está transida de teoría (Berrios, 1993). Pero aún más, si la psicopatología quiere
ser una disciplina científica que, junto a otras, aporte el bagaje de conocimiento necesario
para la actividad psiquiátrica, no es posible reducirla a un glosario consensuado o a un
código o catalogación de síntomas. La descripción psicopatológica debe acompañarse,
además, de un proceso explicativo o de teorías específicas acerca de la génesis y
permanencia de los síntomas mentales; es decir, su objeto es también el de proporcionar
información sobre el origen y mantenimiento de la conducta anómala. Por tanto, la función
de la psicopatología es la descripción, pero también la explicación, de la conducta alterada
como consecuencia de una disfunción psicológica u orgánica, sea cual sea esta.
Desde otra perspectiva, dos tipos de psicopatología se han diferenciado a lo largo de la
historia dependiendo de la concepción de conducta normal y anormal (y a la relación entre
estas) que se sustente (Berrios, 1984, 1988, 1996). Por un lado una psicopatología
discontinuista, también denominada patología psicológica, psicología médica, semiología
clínica o psicopatología descriptiva propiamente dicha, que tuvo su origen en las
descripciones asilares de la Francia de la primera mitad del XIX y que contemplaba la
conducta anormal como algo esencialmente diferente de la normal. Por otro lado, la
psicopatología continuista, también llamada psicología anormal o psicología patológica,
también surgió en el XIX aunque algo más tarde, y defendía que los síntomas de la
insania eran una exageración o desviación cuantitativa de la conducta normal (Dumas,
1908). A finales del XIX confluyeron ambas visiones en la obra de autores como Kraepelin
o Freud y desde entonces concepciones continuistas y discontinuistas de los síntomas
conviven en la psicopatología actual, si bien las corrientes más orientadas hacia lo
biológico se inclinan por estas últimas, mientras las corrientes psicologistas por las
primeras. Así, algunos síntomas son considerados como exageraciones o alteraciones de
una función normal (manipulación) y otros como algo distinto sin un referente normal claro
(estupor). Síntomas como las alucinaciones, los delirios o las obsesiones aún son objetos
de modelos contrapuestos, unos continuistas, otras discontinuistas, lo que recuerda la
necesidad de un mayor esfuerzo investigador en psicopatología descriptiva (Berrios,
2000).
Finalmente, una distinción clásica que, sin embargo, plantea importantes cuestiones
epistemológicas es la existente entre una psicopatología clínica, orientada a la
identificación de síntomas de relevancia diagnóstica, y una psicopatología general, más
ambiciosa, cuya finalidad es la organización de las experiencias patológicas en un todo
coherente y con sentido (Rossi Monti y Stanghellini, 1996). Independientemente de la
caracterización específica de cada una de estas psicopatologías lo cierto es que apuntan
hacia una perspectiva abierta para el análisis psicopatológico en la que distintas
psicopatologías tendrían cabida, algunas quizá más pragmáticas, encaminadas al uso
clínico, a favorecer diagnósticos fiables y a orientar la respuesta terapéutica; otras más
teóricas, orientadas hacia la investigación e intelección de las conductas psicopatológicas
y a dotar de mayor validez nuestra praxis clínica. Los progresos en estas últimas
favorecerían modificaciones y ajustes en las primeras mientras que la aplicación de estas
serviría de banco de pruebas para las teorizaciones de aquellas.
En conclusión, la psicopatología descriptiva (PSD) puede entenderse como un sistema
cognitivo o lenguaje definido por un conjunto sistemático de principios generales,
enunciados descriptivos y reglas de aplicación cuya función es la descripción y captura de
aspectos de la conducta que se asume que son el resultado o la expresión de una
disfunción psicológica u orgánica. Por consiguiente, podemos decir que la PSD es una
suerte de interfaz dinámica entre el observador y el fenómeno psicopatológico que debe
facilitar el estudio e intelección de este. Como todo lenguaje, la PSD también es un
producto histórico que surge en unas coordenadas socioculturales determinadas (la
Francia del siglo XIX) y que está sujeto a cambio, especialmente si se demuestra incapaz
de producir conocimiento acerca de los fenómenos psicopatológicos que intenta inteligir.
Tal y como la concebimos, la PSD es un sistema teórico abierto (por lo que debería ser
compatible con otras aproximaciones psicopatológicas) y orientado al estudio descriptivo
de los síntomas psicopatológicos pero también a la explicación de los mecanismos que los
originan, mantienen y los hacen desaparecer. Por ello, deberá ser especialmente útil,
fundamentalmente, para la investigación neurobiológica pero también para la psicosocial y
podrá utilizar indistintamente modelos discontinuistas y continuistas de síntomas en virtud
de su capacidad heurística para producir conocimiento sobre los fenómenos
psicopatológicos subyacentes (Villagrán et al, 2003). (Villagrán, 2007,
https://bit.ly/3OEr84U).
2. ¿Qué se hace en psiquiatría y por qué?
Ghaemi (2008), en su análisis, sostiene que en la revisión de la labor de los psiquiatras y de la
psiquiatría las tareas que se realizan en el abordaje de los pacientes en la práctica cotidiana
tienen que ver con dos aspectos fundamentales:
Psicoterapia: referida a encuentros semanales de una hora de duración por un periodo
prolongado, habitualmente de 6 meses. El contenido de lo que se desarrolla en estos
encuentros está caracterizado por hablar y escuchar. Está determinado por técnicas y
pautas desde una determinada línea teórica. La estructura formal y la regularidad de estos
encuentros es lo que permite que los mismos tengan valor terapéutico útil.
Psicofarmacología: se refiere a la prescripción de medicamentos o fármacos. Esta acción
puede realizarse con modelos agresivos, de uso de muchos medicamentos para diversos
propósitos o más cautelosamente, medicamentos con menos frecuencia.
La decisión para el uso de los fármacos puede realizarse en base al diagnóstico o en base a los
síntomas que presenta el paciente. El rol del psicofarmacólogo en la actualidad parecería verse
reducido a una especie de control médico en donde se prescribe, se chequea los efectos de los
medicamentos en los pacientes regularmente y se ajustan las dosis o cambian los fármacos
según la evolución que estos presenten en los pacientes.
Revisando posiciones
Siguiendo a Ghaemi (2008) pueden considerarse 4 formas o modelos de abordaje de la
psicopatología.
Tabla 1: Modelos de abordaje de la psicopatología
Fuente: elaboración propia con base en Ghaemi, 2008.
Según Ghaemi (2008) el eclecticismo que se refiere a las posiciones intermedias que entienden
que no existe un punto de vista único para explicar mejor la psiquiatría. Dentro de este modelo se
encuentra el denominado Modelo Biopsicosocial. Este modelo se gesta a partir de la
psicobiología de Adolf Meyer (1948) fuertemente influenciado por la escuela pragmática
americana, oponiéndose a un enfoque fuertemente biológico kraepeliano predominante en la
época. De esta manera, comienzan a surgir enfoques que sin desestimar lo biológico comienzan
a considerar aspectos psicosociales en las explicaciones psiquiátricas de las enfermedades
mentales.
El modelo llevado a cabo por Meyer, fue presentado de una manera integrada y atractiva por
George Engel en el año 1980. A este último se debe la consolidación del modelo biopsicosocial
en psiquiatría, conformando una suerte de puente conciliador entre la medicina y la psiquiatría,
abogando por una mayor consideración de los aspectos psicológicos de la enfermedad mental.
Una de las principales innovaciones que se atribuyen a Engel sobre este modelo es la aplicación
de la teoría de los sistemas.
Pluralismo
Siguiendo a Ghaemi (2008), la alternativa frente a los modelos dogmáticos y eclécticos es el
denominado pluralismo.
Havens organiza las diferentes aproximaciones a la psiquiatría en 4 escuelas de pensamiento:
Escuela objetivo-descriptivista: basada en el método científico tradicional de observación
empírica y análisis estadístico.
Escuela psicoanalítica: fundada por Freud y su método básico de asociación libre y atención
flotante libre.
Escuela existencial: como referentes Bingswanger, Lain que utilizan como método la
empatía.
Escuela interpersonal o psiquiatría social: liderada por Sullivan, Fromm, Erickson con el
método de “aclarar el área interpersonal”.
Paul McHugh y Philip Slavney son referentes de otra aproximación pluralista. En su desarrollo
describieron 4 perspectivas teóricas de la psiquiatría:
Enfermedad: ¿qué tiene el paciente?
Dimensión: ¿qué es el paciente?
Conducta: ¿qué le pasa al paciente?
Historial de vida: ¿qué quiere el paciente?
Por último y dentro del pluralismo se concretan las ideas de Karl Jasper como conciencia
metodológica: que considera que en la comprensión de los fenómenos mentales y cerebrales
puede haber diferencias y no es una obligación buscar la integración de estos fenómenos.
Integracionismo
En el análisis realizado por Ghaemi (2008) para los integracionistas, buscan que la comprensión
de la mente y de la enfermedad mental se mantengan como un todo. Dentro de este modelo de
abordaje se describe a:
La neurobiología Hegeliana: siendo Hundert su principal exponente considerando que el
ambiente moldea al cerebro, el cerebro como tal es central, pero no suficiente para
comprender el fenómeno de lo mental. Cerebro y mente interactúan y se influencian,
incluso, a veces, hasta se integran
Neuroplasticidad: concepto que se remonta a las investigaciones realizadas por Kandel,
ganador del premio Nobel por su trabajo sobre neuroplasticidad neuronal. Este científico fue
pionero en centrar su atención a las relaciones entre mente y cerebro.
Hechas estas consideraciones desde el crítico análisis realizado por Ghaemi (2008) es importante
destacar que es posible construir una mirada actual de la psicopatología en su abordaje en su
doble vertiente biológica y psicoanalítica, complejizando la mirada desde el propio paradigma de
la complejidad en donde mente y cerebro están intrincados irreductiblemente, pero no puede uno
ser reducido al otro ni son la misma cosa; no obstante, pueden integrarse funcionamientos en la
comprensión de los fenómenos de la mente humana.
Figura 2: Cerebro y mente
Fuente: elaboración propia con base en Ghaemi, 2008.
Referencias
Ghaemi, S. N. (2008) Capítulo 1: El dogmatismo y el modelo biopsicosocial y las alternativas. En
S. N., Ghaemi. Psiquiatría Conceptos. Mediterráneo.
Villagrán, M. (2007). Las bases epistemológicas de la psiquiatría y psicopatología: una
aproximación metapsiquiátrica. Informaciones Psiquiátricas Tercer trimestre 2007(189).
http://www.informacionespsiquiatricas.com/anteriores/info_2007/03_189_12.htm
Introducción a las principales líneas y
modelos conceptuales desde el
psicoanálisis
Introducción
Como vimos en la lectura anterior, diversos discursos pretenden articular conocimiento y verdad
en la estructuración del psiquismo, tanto en su organización como en su funcionamiento. En
nuestra asignatura, organizamos esa variedad de discursos en tres modelos epistemológicos: el
modelo descriptivo fenomenológico de la psiquiatría clásica, el modelo de las neurociencias y el
del psicoanálisis. En esta lectura ahondaremos en esta última propuesta que, en su momento, se
presentó como una promesa de ruptura con los paradigmas vigentes, al intentar explicar la
constitución subjetiva desde un paradigma que no fuera el de las ciencias naturales ni desde la
filosofía.
1. Principales conceptos del psicoanálisis para una
compresión dinámica de la psicopatología
A continuación, presentaremos de manera resumida los principales lineamientos teóricos sobre
los que el psicoanálisis centra su propuesta de estructuración del aparato psíquico. Las
traducciones de las obras completas de Sigmund Freud de Amorrortu y López-Ballesteros (las
cuales poseen mayor aceptación en el habla hispanohablante, principalmente, las de Amorrortu)
contienen más de 20 tomos cada una, por lo que esta es solo una guía de lectura, así como
también un “repaso” de las concepciones básicas respecto a las tópicas psíquicas propuestas por
Freud y, por lo tanto, de ninguna manera agota los contenidos propuestos por el autor. Entre los
textos básicos para referirnos a este primer módulo e introducción hacia qué es la psicopatología,
se sugiere repasar y retomar Lo Inconsciente (1915), Conferencia 23: los caminos de la formación
del síntoma (dentro de las conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-1917), Conferencia
31: “La división de la personalidad psíquica” (contenido tomado principalmente de El Yo y el Ello,
1923) (en Freud, 1998).
Antes de seguir avanzando con las concepciones psicoanalíticas de la psicopatología,
recordemos que en la época en que el Dr. Freud desarrolló sus primeras teorías (finales del Siglo
XIX) la psicopatología tenía un carácter eminentemente descriptivo y clínico, no había tanto
desarrollo de teorías psicopatológicas. Recién con Kraepelin (psiquiatra alemán, 1856-1926)
comienzan a expandirse teorías explicativas acerca de la génesis y mecanismos de producción
de las enfermedades mentales, pero estas explicaciones tendían a apoyarse mayormente en el
organicismo. La naciente psiquiatría se enrolaba como disciplina médica y, fiel a su paradigma,
intentaba explicar los fenómenos mentales con igual lógica y matriz epistemológica que las
enfermedades orgánicas, es decir, desde la biología.
Consideraciones generales sobre la concepción freudiana del psiquismo
La concepción freudiana del psiquismo tiene un carácter estructural. Corresponde a la estructura
de las formas, es un estructuralismo mecánico e instrumental. Recordemos que Freud está
imbuido del estructuralismo que adopta la epistemología positivista. Se trata del estructuralismo
de las formas (físicas, geométricas) que viene desde el período ilustrado (Siglo XVIII). Esta
corriente del pensamiento está vinculada al positivismo, que dominó la matriz epistemológica del
conocimiento científico a partir de la segunda mitad del siglo XIX.
Recordemos que el positivismo nació con Auguste Comte. Esta corriente propone que el
conocimiento se genera a partir de datos y hechos positivos, es decir, existentes, visibles y
objetivables, por ende, la realidad se puede explicar a partir de la experimentación y la
observación objetiva.
Freud era médico neurólogo, su interés por la psicopatología no viene de la psiquiatría, sino de su
mera curiosidad por ciertos fenómenos o síntomas que ni la neurología ni la medicina “del
órgano” podía explicar, principalmente, los presentes en las mujeres “histéricas” de la época. Las
explicaciones dadas hasta el momento por la neurología y la psiquiatría no le parecían
consistentes, a lo cual hay que agregarle el llamativo dato que ningún método terapéutico
suprimía los síntomas. Contrariamente a sus colegas, él sostenía que esas entidades debían de
tener algún sentido, que constituían verdaderos cuadros patológicos y que no eran afecciones
menores que no merecieran la atención del clínico como decían la mayoría de los especialistas.
De la mano de las neurosis, y especialmente de la histeria, Freud se adentra en este campo de
investigación clínica, nutriéndose de los conocimientos disponibles en la época, pero sin entrar en
el propio campo de la psiquiatría ni de la neurología; tampoco de la psicología que, para la época,
estaba sufriendo ciertas transformaciones al pretender abandonar el campo de la filosofía y pasar
a formar parte del ámbito científico; para lo cual deja de ser una disciplina especulativa y aspira a
ofrecer explicaciones de tipo empíricas. Para ello, adhiere al paradigma de las ciencias naturales,
adquiere un carácter positivista y se adosa a la psiquiatría como una disciplina auxiliar o menor.
Hasta el momento, la psiquiatría y la neurología sostenían que los síntomas neuróticos, entre los
cuales estaban los histéricos, respondían a una enfermedad sine materia (es decir, sin base
orgánica) y que, probablemente, estarían vinculadas a desórdenes de la conducta motivados por
vicios en el aprendizaje o la educación y, en menor, medida ocasionadas por sucesos
traumáticos. De manera que no serían motivo de tratamiento médico, sino más bien, de
correcciones y rectificaciones de conductas, hábitos y comportamientos sociales. Freud sostenía
que la explicación no podía ser tan simple, por el contrario, sostenía que la neurosis se
acompañaba de un genuino padecimiento y que, a esos síntomas (por atípicos que fueran) les
subyacía algo vinculado a la historia del paciente y que, seguramente, sería su verdadera causa.
A pesar de proponer teorías novedosas para la época (1900), las concepciones de Freud estaban
plasmadas del positivismo que hemos mencionado, así como también de un pensamiento médico
dualista en relación a la concepción mente-cuerpo. Dice Alfredo Eidelzstein al respecto:
Freud, a pesar de crear el psicoanálisis y el rol social del psicoanalista, nunca superó en
sus concepciones los límites del individualismo, del biologicismo y del materialismo
ingenuo, tal como se observa con claridad en su esquema de la división de la
personalidad psíquica . . . (Eidelzstein, 2019,
https://www.eidelszteinalfredo.com.ar/topologia-en-psicoanalisis/)
Como adelantamos en la lectura uno de este módulo, el paradigma freudiano es metodológico y
teórico. En un primerísimo momento, Freud no se propone crear una nueva teoría para explicar
un síntoma o una entidad patológica, sino que el movimiento es al revés: parte del caso clínico
para crear la teoría, ya que los modelos explicativos de la época no eran suficientes y/o eran
dogmáticos para explicar las dolencias de los/las pacientes. En este intento por encontrar una
explicación diferente de los fenómenos neuróticos se ve llevado a avanzar en las hipótesis acerca
de la constitución del psiquismo y así es como llega a una teorización donde logra arribar a una
teoría de la personalidad. Explica la estructura del sistema psíquico por necesidad, para explicar
aquello de la clínica, principalmente de la histeria, que (como dijimos) no lo podía explicar con los
fundamentos de la neurología. Con el paso del tiempo, la teoría de Freud se complejiza y los
mismos casos clínicos le exigen al médico pionero del psicoanálisis científico revisar, complejizar,
mejorar, refutar y afirmar sus teorías. Este conocimiento le permite avanzar con su método y
técnica.
El proyecto
El primer intento de Freud fue explicar la psicopatología mediante una teoría neurológica, de base
fisiológica, que se basara en la estructura y funcionamiento de dos factores: la neurona y la
cantidad fluyente, que es una especie de energía psíquica, al menos un flujo que podía admitirse
como química o como física. De esta manera, Freud desarrolla su proyecto de psicología para
neurólogos sin elementos psicológicos. Era una psicología que no tenía en cuenta contenidos
inconscientes y que explicaba los sucesos psíquicos mediante una cadena de sucesos físicos
que tenía la virtud de ser continua, ininterrumpida y completa. En 1895 escribe este artículo que,
en primera instancia, comparte solo con algunos conocidos (entre ellos, con su amigo Fliess) y no
lo publica inmediatamente. En esa época, Freud estaba muy interesado en las teorías
neurofisiológicas, pero para cuando termina de escribirlo, reconoce que los avances en la
neurofisiología harían insostenible sus hipótesis sobre la estructura y funcionamiento neuronal. A
partir de allí, abandona sus pretensiones de arribar a una teoría psicológica de fundamentos
neurofisiológicos; aunque luego, en trabajos posteriores, recuperará muchas de sus hipótesis a la
luz de las nuevas teorizaciones.
Luego de este intento, Freud orienta sus investigaciones hacia otros modelos, reinventando y
reformulando las nociones desarrolladas hasta entonces. El resultado de esto es la concepción
del aparato psíquico (parte VII del artículo “la interpretación de los sueños”). Allí comienza a
tomar forma el concepto freudiano de inconsciente, aparece un esquema complejo que formó
parte de la primera tópica: el conocido esquema del peine. En él se muestra cómo los estímulos
ingresan por el polo perceptual y, luego de un recorrido psíquico, llegan al polo motriz para
provocar una respuesta.
Aparición de lo inconsciente
Para la época en que escribió “Lo Inconsciente” ya había mencionado el término en otros
escritos: por ejemplo, en el caso Emmy von N, en los Estudios sobre la Histeria (1895) y, a partir
de La Interpretación de los sueños (1900), se hizo más frecuente la mención del término.
El inconsciente es el gran invento freudiano y es central para el desarrollo de la teoría, aunque en
principio no fuese un objetivo teórico principal que se hubiera fijado Freud.
Freud no pretendía crear un concepto filosófico ni metafísico, sino una noción práctica que le
sirviera para explicar la clínica; porque sin estos supuestos era imposible seguir avanzando sobre
un método de tratamiento para los síntomas histéricos y, menos aún, para describir o explicar la
gran variedad de fenómenos que estaban saliendo a la luz a partir de sus observaciones.
Así es como decide escribir una serie de artículos sobre estas hipótesis que eran más bien
conjeturas o supuestos. Estos escritos dieron en llamarse trabajos metapsicológicos y, entre los
más relevantes, se encuentran: Introducción del narcisismo (1914), Pulsiones y destinos de
pulsión (1915), La represión (1915), Lo inconsciente (1915), Duelo y melancolía (1915) entre
otros.
Primera tópica
Llamamos primera tópica a la primera formulación que se ofrece como una sistematización
estructural del aparato psíquico (esquema del peine); la encontramos formalizada en el artículo
Lo inconsciente.
Figura 1: Esquema del peine
Fuente: [Imagen sin título sobre esquema del peine], (2014), https://bit.ly/3a4vzH3.
Freud, en sus observaciones clínicas, se da cuenta de que lo reprimido es una parte de lo
inconsciente, pero lo inconsciente no incluye ni contiene todo lo reprimido. También descubre que
hay una serie de contenidos que están absolutamente reprimidos que constituyen los que, luego,
denominó lo inconsciente reprimido.
La presunción de contenidos inconscientes es a partir de aspectos lagunosos observados en los
datos que proporciona la conciencia. Los datos conocidos conscientes son solo una pequeña
parte, el resto de los contenidos tiene que mantenerse en estado latente, pero inconsciente. Allí
surge la comparación figurativa de que el sistema psíquico es como un iceberg: la parte conocida
es la que emerge del agua, pero representa una mínima parte, mientras que la mayor porción
permanece sumergida y no expuesta.
Lo inconsciente no es algo ajeno a la persona, es desconocido, pero determinante de la vida del
sujeto, primeramente, sería determinante de los síntomas, pero luego, al adquirir un carácter
estructural —esto es, a partir de la función estructurante del Edipo— dirá que lo inconsciente es
determinante de las manifestaciones de la personalidad sin que necesariamente estas revistan un
carácter patológico, sino que determinan comportamientos, expresiones, vínculos, etc. que
caracterizan a ese individuo según su historia personal de constitución psíquica, aunque no sea
consciente (en el sentido del conocimiento) de ello.
Primeramente, no había una clara diferencia entre los sistemas consciente y preconsciente, el
sistema se estructura en dos instancias, inconsciente y preconsciente-consciente. La instancia
inconsciente quedaba fundada con lo que se denomina la represión originaria o represión
fundante, que correspondía a las primeras mociones pulsionales vinculadas a los deseos
edípicos, a partir de que esos contenidos quedan desalojados de la conciencia y sepultados en lo
profundo del psiquismo —para nunca más volver a salir, excepto que sufrieran una deformación
—, entonces, allí se puede decir que hay inconsciente (Ic). La instancia Ic aloja todos aquellos
contenidos reprimidos que no son tolerados por la conciencia ni por la moral social y solo pueden
expresarse mediante formaciones sintomáticas que se estructuran mediante operaciones del
preconsciente y la conciencia.
Tabla 1: Inconsciente y preconsciente-consciente
Fuente: elaboración propia.
Dejamos como actividad de lectura la conceptualización de estas propiedades, la fuente de
consulta es el artículo “Lo Inconsciente” (1915) y la conferencia 31: “La división de la personalidad
psíquica”
Segunda tópica
La diferenciación entre consciente e inconsciente sigue siendo la premisa básica del psicoanálisis
y se sabe esquemáticamente que hay dos mecanismos que dinamizan la vida psíquica: una
instancia represora y otra reprimida. La estructura consistente en tres instancias o sistemas
también sigue siendo válida, pero insuficiente porque resulta inevitable asociar lo consciente a la
instancia represora y lo inconsciente a los contenidos reprimidos.
En 1923 termina de escribir el artículo El yo y el ello donde queda plasmada esta segunda
propuesta de estructuración del aparato psíquico, que no desplaza a la primera, sino que la
incluye.
Reafirma la ubicación espacial: lo consciente está en la superficie y lo inconsciente en las
profundidades; esto también caracteriza el estructuralismo en Freud: la espacialidad física.
Figura 2: Segunda tópica
Fuente: [Imagen sin título sobre segunda tópica], 2016, https://bit.ly/3I4GAom.
El esquema del huevo es un claro ejemplo de cómo Freud representa la estructura del aparato
psíquico en una espacialidad bidimensional (estructura de las formas geométricas decíamos al
principio). En él vemos al Yo ubicado en el centro y conformando la superficie (psíquica y del
cuerpo) en contacto con la realidad exterior.
Sin embargo, esa es una primera versión de esta segunda tópica, es decir, Freud no desestima la
primera tópica, sino que la complejiza en un intento de salir de esta mirada positivista de las
afecciones psíquicas. Así llega a esta primera versión y, a fin de lograr esta mirada más compleja,
propone el siguiente esquema (más fina en su desarrollo teórico) que integra ambas, la primera
tópica y la segunda:
Figura 3: Nueva tópica
Fuente: [Imagen sin título sobre nueva tópica], 2017, https://bit.ly/3yyWpRb.
El yo parte del sistema de percepción y está ligado a la superficie del sistema mediante sus
contenidos conscientes, en cambio, el ello se continúa por debajo del yo, pero está ligado a los
contenidos inconscientes.
El yo se forma por la parte del ello que está en contacto con la realidad. Es una superficie donde
se proyecta la realidad, el yo freudiano es un yo de proyección.
La función característica del yo es el dominio y acceso de la motilidad, y también el conocimiento
del cuerpo, por tanto, también es la proyección psíquica de la superficie del cuerpo.
El superyó es una diferenciación del yo, surge como heredero del complejo de Edipo y es el
abogado del ello. Se diferencia del yo porque se constituye a partir de una diferenciación del yo,
el ideal de yo y el yo ideal.
El valor de esta teoría radica en la reubicación de los contenidos psíquicos. El yo queda limitado
a un estado psíquico efímero de la conciencia. También la ubicación de contenidos inconscientes
en el yo y la función del superyó. Y la condición de que un contenido pase a ser preconciente
(Prcc) y susceptible de conciencia cuando adquiere el carácter de representación-palabra.
Todas las instancias psíquicas tendrán un desarrollo de manera progresiva y recíproca, de aquí
que los conflictos entre determinadas instancias psíquicas producen determinados síntomas y
cuadros nosográficos.
Psiquismo tópico, dinámico y económico
La comunicación de una representación y sus efectos en la clínica o la cancelación de la
represión y la posibilidad de hacer consciente un contenido y que eso tenga efectos sobre el
síntoma solo se da cuando se vence la resistencia y la representación entra en conexión con la
huella mnémica Ic.
No hay afectos Ic, sino representaciones ligadas a huellas mnémicas. Los afectos se evidencian
como descargas que tienen una traducción sintomática, en cambio, el contenido Ic solo puede
traducirse en síntoma cuando es deformado o sufre una transcripción. Aquí se ven movimientos
dinámicos, económicos y tópicos.
¿Qué quiere decir punto de vista tópico, económico y dinámico? Son las perspectivas desde
donde se puede leer toda la estructura y funcionamiento del psiquismo y la psicopatología. Cada
aspecto aporta un punto de vista a la teoría, el punto de vista tópico refiere a las instancias
psíquicas formuladas en las dos tópicas; la perspectiva dinámica expresa el movimiento de la
energía libidinal entre los tres sistemas o tópicas; y el punto de vista económico alude a los
cambios de investidura libidinal entre los contenidos inconscientes, es decir, las pulsiones pueden
investirse o desinvestirse intercambiándose esa ligazón o energía psíquica.
2. El concepto de individuo sano
Otro autor con aportes importantes desde el psicoanálisis es Donald Winnicott. Sus principales
aportes (1967) refieren al vínculo del bebé y la madre/ambiente facilitador; por lo que su
concepción de salud y patología estarán atravesadas por esta mirada.
Por ambiente suficientemente bueno se entiende a aquel que favorece las diversas tendencias
individuales heredadas de modo tal que el desarrollo se produce conforme a esas tendencias.
Comparte la teorización de Freud respecto a las zonas erógenas de las diferentes etapas del
desarrollo psicosexual, y es en estas etapas donde el ambiente debe ser facilitador y lo
suficientemente bueno para permitirle al sujeto desarrollarse y vivir en ese mundo, de manera
saludable. Por lo tanto, en estas primeras fases no podemos hablar de salud solo en relación con
el individuo.
En algún punto la teoría de Winnicott responde a un paradigma positivista y, por lo tanto, dualista
en la concepción cuerpo-mente. Podemos observar esto en sus principales conceptos: sostén,
manipuleo, presentación del objeto (estos tres hacen a la función materna), e integración. Los dos
primeros refieren a un sostén físico, la relación que tienen los/las principales cuidadores con este
bebé y su cuerpo de modo tal que pueda ir integrando aspectos de su psique-soma.
De modo similar sucederá luego al momento de conocer el mundo y como le sean presentados
los objetos del mundo exterior; es decir, podrá relacionarse con estos objetos del mundo exterior
si le fueron presentados de manera adecuada. De aquí que la teoría de Winnicott es la de “las
relaciones objetales”, ya que el sujeto y, por lo tanto, sus síntomas y patologías serán una
expresión de cómo se formaron estas relaciones entre el mundo interno y el mundo externo.
En base a esto último, el autor distingue dos tipos de personas en el universo:
Están aquellas que nunca fueron "abandonadas" cuando eran bebés y que, en este
sentido, tienen buenas probabilidades de disfrutar de la vida y del vivir. También están
aquellas que tuvieron una experiencia traumática del tipo que resulta del abandono
ambiental y que deben cargar durante toda su vida con el recuerdo (o el material para el
recuerdo) del estado en que se encontraban en los momentos del desastre.
Probablemente, se enfrentarán con tensiones y ansiedad, y quizá también con la
enfermedad . . .
Hay, sin embargo, un grupo intermedio. En una exposición más completa de la
psicomorfología de la salud incluiríamos a aquellos que han tenido experiencias de
angustia impensable o arcaica y cuyas defensas los protegen más o menos exitosamente
contra el recuerdo de esa angustia, pero que no obstante aprovechan cualquier
oportunidad que se presente para enfermar y sufrir un colapso a fin de aproximarse a
aquello que era impensablemente terrorífico. (Winnicott, 1967,
https://forosocialdelnea.com/wp-
content/uploads/2019/10/2_El_Concepto_de_Individuo_Sano.pdf)
Winnicott adjudica la capacidad de tener una experiencia cultural a las personas sanas. Esta
experiencia encuentra relación directa con el lugar que él le da al ambiente en su teorización,
como parte de una realidad compartida. Al introducir esta mirada, “rompe” con el dualismo mente-
cuerpo respecto a la salud-enfermedad; sin embargo, los pilares centrales siguen siendo de
espíritu positivista.
Referencias
[Imagen sin título sobre esquema del peine] (2014).
https://pacotraver.wordpress.com/2014/11/23/el-esquema-en-peine/.
[Imagen sin título sobre segunda tópica] (2016). https://belle-
indifference.tumblr.com/post/148423036955/segunda-t%C3%B3pica-del-aparto-
ps%C3%ADquico-ello-yo-y.
[Imagen sin título sobre nueva tópica] (2017). http://www.conflictopsiquico.com/2017/04/pierre-
sylvestre-clancier-freud.html.
Eidelzstein, A. (2019). ¿Topología en psicoanálisis? Alfredo Eidelzstein.
https://www.eidelszteinalfredo.com.ar/topologia-en-psicoanalisis/.
Freud, S. (1998). Obras completas. Amorrortu.
Winnicott, D. (1967). El concepto de individuo sano. Conferencia pronunciada en la División de
Psicoterapia y Psiquiatría Social de la Real Asociación Médico-Psicológica, 8 de marzo de 1967.
https://forosocialdelnea.com/wp-content/uploads/2019/10/2_El_Concepto_de_Individuo_Sano.pdf
Introducción a las principales líneas y
modelos conceptuales desde la
psiquiatría
Introducción
Veremos en esta lectura los aspectos y las subdisciplinas de la psicopatología que se ocupan de
los elementos más descriptivos, nominativos y clasificatorios de las entidades psicopatológicas.
Es importante que comprendamos qué define a cada una de ellas porque conforman la matriz
descriptiva de lo que veremos en los módulos 3 y 4. A partir de ahora, aparecerán muchos
términos nuevos, la nomenclatura y el vocabulario psicopatológico es lo que da especificidad
técnica a nuestro discurso psicopatológico y por extensión, al lenguaje clínico.
1. Las subdisciplinas de la psicopatología
La psicopatología es una denominación general y amplia que comprende algunas subcategorías
disciplinares, las cuales aportan algún aspecto específico de ese amplio campo de estudio. En
esta lectura veremos esas definiciones y nos detendremos, especialmente, en los sistemas
clasificatorios (nosografía psiquiátrica). Pero antes, nos ubicaremos en el campo epistémico más
amplio en el que está comprendida esta subcategoría disciplinar de la psicopatología.
Así, entonces, llamamos nosología a la subdisciplina encargada de describir, diferenciar y
clasificar las enfermedades psíquicas. Esta es una palabra de raíz griega y se compone de dos
partes:
Figura 1: Análisis etimológico
Fuente: elaboración propia.
Por otro lado, la nosotaxia se ocupa del ordenamiento y clasificación de las enfermedades.
Luego, tenemos la nosografía que se ocupa de la descripción de las enfermedades
comprendiendo: las causas (etiología), características de presentación del cuadro psicopatológico
(patogenia), descripción de los síntomas y conformación de los síndromes (semiología) y la
evolución en el tiempo (patocronia).
Algunos autores (en Palomo y Jiménez-Arriero, 2009) incluyen otra subdisciplina, la nosonomía,
que para nosotros es equivalente a la semiología, en tanto se encarga de la denominación; es
decir, de establecer el nombre técnico de los síntomas, síndromes y enfermedades.
Figura 2: Términos asociados
Fuente: elaboración propia.
Sistemas clasificatorios
¿Para qué sirven las clasificaciones? ¿Qué utilidad tienen en la clínica? Estas dos preguntas nos
guiarán en el desarrollo de este punto.
Una clasificación es un modo de ordenamiento. Es la forma en que los clínicos armamos un mapa
o esquema sinóptico de la materia o parte de la psicopatología que queremos estudiar. Este
sistema nos permite una ubicación en el contexto general y en el tema en particular. Cuando, en
una situación clínica escuchamos un diagnóstico, por ejemplo, inmediatamente lo ubicamos
dentro alguna clasificación; es decir, en un mapa de la psicopatología.
Toda vez que se confecciona una clasificación, es porque hay una necesidad de ordenamiento,
por tanto, siempre se aplica un criterio para clasificar. Este mecanismo es válido para todo tipo de
clasificaciones, aún para aquellas situaciones de la vida cotidiana. Los principales criterios que se
aplican en la clasificación de las patologías mentales son:
Según el cuadro clínico (descriptivos).
Según la causa (etiopatogénico).
Según la evolución en el tiempo (patocrónico).
Reseña histórica
La psicopatología comenzó más como una taxonomía que como una teoría. Como vimos en la
lectura anterior, la clínica psiquiátrica nace como la necesidad de ordenar ciertas enfermedades
en un contexto social y político muy particular (la Revolución Francesa). Se aplicaron ejercicios
para agrupar y clasificar de síntomas y enfermedades, sin disponer de un marco teórico de
referencia para la etiología de la enfermedad mental o su mecanismo de producción ya que, en
principio, no se la asociaba con una afección orgánica; al decir de Galende, “la psiquiatría hizo de
la nosografía su única teoría” (1990, p. 93).
Conforme se fueron desarrollando las diferentes tendencias teóricas y cuando la psicopatología
comenzó a tener un carácter más descriptivo y fenomenológico, también comenzaron a
presentarse diferencias en el agrupamiento, ordenamiento y clasificación, no solo de síntomas,
sino de los síndromes y enfermedades.
Llegó un momento en que, la diversidad de clasificaciones generaba más caos y confusión que
orden. Entonces, se vio la necesidad de llegar a acuerdos para unificar la nomenclatura y las
distintas clasificaciones.
La psicopatología (y la medicina en general), para la segunda mitad del Siglo XIX estaba tomando
la forma de organización disciplinar que luego quedará como base de lo que actualmente
conocemos como ordenamiento tecnocientífico y disciplinar, y no podía permitir que subsistieran
discrepancias que denotaran falencias organizativas e inconsistencias en los conocimientos.
Surgen así los catálogos de clasificación de las enfermedades. En 1853 se realiza el 1º Congreso
internacional de estadística. Se le encarga a William Farr (médico inglés) un listado y
nomenclatura de causas de mortalidad. En 1855 se publica esa primera lista y se suscitan las
primeras discrepancias. Los ingleses priorizan los criterios anatomopatológicos para la
clasificación. Los franceses, en cambio, los etiológicos. La clasificación fue revisada en los años
posteriores.
En el año 1900, en la Conferencia Internacional de París, se acuerda adoptar una clasificación
que, en principio, era para las causas de defunción, y con ella se esperaba dotar a la medicina de
un instrumento de procesamiento de datos estadísticos por lo que su utilidad era, casi,
epidemiológica. Se publica el primer catálogo CIE (Clasificación Internacional de las
Enfermedades), que se actualiza cada diez años. En los primeros catálogos, las enfermedades
mentales contempladas eran pocas y se encontraban entremezcladas con otras entidades
nosológicas, principalmente las relacionadas a la neurología.
Recién en la versión 6 del catálogo, publicada en el año 1948, se introdujo un capítulo específico
que incluía tres grandes secciones: psicosis, desórdenes psiconeuróticos y trastornos de carácter,
del comportamiento y la inteligencia. Las siguientes actualizaciones se mantienen con la misma
estructura e introducen solo unas pocas variantes de agrupamiento y denominación.
Recién el documento CIE-10 (publicado en 1992) adopta un criterio más flexible e incorpora otros
factores diagnósticos como datos epidemiológicos, factores culturales, entre otros; pero inaugura
una nueva forma de codificación mediante un ordenamiento alfanumérico donde el primer
carácter es una letra e indica el capítulo, y el segundo, numérico, codifica el síndrome (por
ejemplo: F20 corresponde a esquizofrenia). Este sistema inauguró una nueva estructura de
clasificación, nomenclatura y codificación que sirvió para establecer pautas de referencias en
diversos trabajos epidemiológicos, de investigación y de planificación sanitaria.
Finalmente, quien fortalece el desarrollo de esta nueva tendencia clasificatoria es la American
Psychiatric Association (APA) que, no conforme con el sistema clasificatorio de la Organización
Mundial de la Salud (OMS) crea su propio manual el conocido DSM (Diagnostic and Statistical
Manual of Mental Disorder). Aparece por primera vez en 1962 (primera versión: DSM I) como un
simple listado enumerativo de las enfermedades mentales. En ese año, la OMS estaba a punto
de publicar su 8va. versión de la CIE que, de hecho, tenía una elaboración y estructura mucho
más compleja y completa que la primera versión del DSM.
En 1973, APA conforma un equipo específico para profundizar el estudio y el diseño de una
nueva versión del DSM. Luego de siete años de ardua tarea, en 1980 aparece la tercera versión
del Manual (traducido al español recién en 1983), con una estructura totalmente diferente y que
pone en evidencia una clara tendencia doctrinaria en el manejo de la psicopatología.
“Sus características principales fueron:
1) El uso de criterios explícitos y específicos para la definición de los trastornos mentales;
2) el reordenamiento de la lista de trastornos mentales, en base mayormente a patrones
descriptivos;
3) el empleo de un esquema multiaxial para la formulación diagnóstica” (Suárez Richards,
2006, p. 181).
Hubo una cuarta versión, publicada en la década de los 90 y, sobre fines del año 2014, aparece el
DSM V —siendo esta la última versión— que ofrece una abundante ampliación de las categorías
diagnósticas y abarca situaciones que no estaban contempladas en versiones anteriores. En
algunos casos se modificaron radicalmente los criterios diagnósticos de ciertas patologías.
Según el autor de referencia, el modelo tuvo una amplia y rápida aceptación en los ámbitos
psiquiátricos mundiales debido a la agilidad y precisión que ofrece al diagnóstico y la
nomenclatura.
Breve análisis crítico
Aunque los argumentos a favor de este manual clasificatorio son abundantes y contundentes, no
son pocos los clínicos e investigadores que sostienen que la posición doctrinaria que se refleja en
los DSM es la de una psicopatología estrictamente descriptiva, nominalista y ateórica, con una
pretensión universal a crear un código único, no solo de las entidades nosológicas, sino de las
teorías que, supuestamente, inspiraron a sus autores porque, tal como lo menciona Stagnaro, los
autores del DSM toman como base todas las teorías y corrientes de la psicopatología “Todo ello
conduce a pensar que antes que ateórico el DSM es multi o politeórico. Es decir, ecléctico” (en
Suárez Richard, 2006, p. 186); con lo cual entendemos que el DSM también pretende abarcar
todas las teorías. Aunque habría que preguntar qué incluye el conjunto de todas las teorías para
la APA, porque es evidente que algunas no están.
Los manuales clasificatorios establecen una pormenorizada nomenclatura diagnóstica cuya
función y utilidad es agrupar, clasificar, nombrar y codificar; y los usuarios tenemos que tener en
claro cuáles son los alcances y cuáles los límites de estos instrumentos de diagnóstico.
No negaremos la utilidad que un sistema de nomenclatura, clasificación y ordenamiento brinda al
momento de utilizar un lenguaje común, realizar un informe, incluso cuando debemos dialogar
entre profesionales que hablamos diferentes idiomas. Pero también tenemos que saber sobre
aquellos usos que no deben darse al Manual, entre ellos, que no es un texto de psicopatología.
No se puede reducir el estudio de la psicopatología, tanto en las carreras de grado como en la
formación de posgrado, a una grilla de síntomas y periodicidades temporales que inducen a un
encasillamiento y reducción de las infinitas variables que puede adoptar el padecimiento
subjetivo.
Si bien los autores del DSM advierten sobre el buen uso del manual; sin embargo, en la
introducción manifiestan que uno de los propósitos del mismo es “disponer de una herramienta
para la enseñanza de la psicopatología” (en Suárez Richard, 2006, p. 183). Por su parte, el DSM
V en su sección primera al advertir sobre los usos de la guía, brinda una definición de trastornos
mentales y otros conceptos; y advierte
Aunque ninguna definición puede abarcar todos los aspectos de todos los trastornos que
contiene el DSM-5, se deben cumplir los siguientes elementos:
Un trastorno mental es un síndrome caracterizado por una alteración clínicamente
significativa del estado cognitivo, la regulación emocional o el comportamiento del
individuo que refleja una disfunción de los procesos psicológicos, biológicos o del
desarrollo que subyacen en su función mental. Habitualmente, los trastornos mentales van
asociados a un estrés significativo o a discapacidad, ya sea social, laboral o de otras
actividades importantes. Una respuesta predecible o culturalmente aceptable ante un
estrés usual o una pérdida, tal como la muerte de un ser querido, no constituye un
trastorno mental. Los comportamientos socialmente anómalos (ya sean políticos,
religiosos o sexuales) y los conflictos existentes principalmente entre el individuo y la
sociedad no son trastornos mentales, salvo que la anomalía o el conflicto se deba a una
disfunción del individuo como las descritas anteriormente. (American Psychiatric
Association [APA], 2014, pp. 5-6)
Ese estatuto es lo que hace que algunas escuelas y tendencias doctrinarias le otorguen un valor
casi axiomático al encuadre psicopatológico de un caso, lo cual cristaliza la mirada del clínico a
una matriz de la realidad subjetiva que está por fuera del sujeto.
Tenemos, entonces, que los dos sistemas clasificatorios que se usan en la actualidad son el CIE y
el DSM. Nos detuvimos en una larga consideración acerca de este segundo manual, por la gran
aceptación que el mismo tuvo en varios países del mundo, inclusive el nuestro, a punto tal que
durante mucho tiempo se lo confundía con el sistema oficial de clasificación, nomenclatura y
codificación, desconociendo que el sistema oficial es el CIE (clasificación internacional de
enfermedades). Afirmamos que es el oficial porque es el nomenclador reconocido por la
Organización Mundial de la Salud (OMS) y los Estados miembros de dicho Organismo no pueden
desconocer sus documentos e indicaciones.
Actualmente, ambos sistemas están unificados y se pueden codificar indistintamente.
Tabla 1: Clasificación de los trastornos recogidos en el DSM-5
Fuente: Echeburúa et al., 2014, https://bit.ly/3NwxYb9.
Tabla 2: Categorías diagnósticas contempladas en CIE 10
Categorías diagnósticas CIE 10
Trastornos mentales orgánicos, incluidos los sintomáticos.
Trastornos mentales y del comportamiento debidos al consumo de sustancias psicótropas.
Esquizofrenia, trastorno esquizotípico y trastornos de ideas delirantes
Trastornos del humor (afectivos).
Trastornos neuróticos, secundarios a situaciones estresantes y somatomorfos.
Trastornos del comportamiento asociados a disfunciones fisiológicas y a factores somáticos.
Trastornos de la personalidad y del comportamiento del adulto.
Retraso mental.
Trastornos del desarrollo psicológico.
Trastornos del comportamiento y de las emociones de comienzo habitual en la infancia y
adolescencia.
Trastorno mental sin especificación.
Fuente: adaptado de Organización Mundial de la Salud, 1992.
Complementaremos esta lectura con un artículo de Bonifacio Sandín, docente de la Facultad de
Psicología, Universidad Nacional de Educación a Distancia (Madrid, España). Titulado: “DSM-5:
¿Cambio de paradigma en la clasificación de los trastornos mentales?”. Allí el autor analiza los
aspectos controversiales que tuvo este Manual, realiza una lectura crítica del mismo e incluye un
análisis del cambio de paradigma que motivó la confección del documento.
Sandín, B. (2013). DSM-5: ¿Cambio de paradigma en la clasificación de los trastornos mentales? Revista de Psicopatología y Psicología
Clínica 18(3), 255-286
Referencias
American Psychiatric Association (APA) (2014). Guía de consulta de los criterios diagnósticos
del DSM-5™. American Psychiatric Publishing.
Echeburúa, E., Salaberría, K. y Cruz-Sáez, M. (2014). Aportaciones y Limitaciones del DSM-5
desde la Psicología Clínica. Ter Psicol, 32 (1), https://www.scielo.cl/scielo.php?
script=sci_arttext&pid=S0718-48082014000100007.
Organización Mundial de la Salud (1992). Clasificación Estadística Internacional de
Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud. 10ma revisión. OMS.
Palomo, T. y Jiménez-Arriero, M. (eds.) (2009). Manual de Psiquiatría. Ene Life Publicidad SA.
Suárez Richards, M. (2006). Introducción a la Psiquiatría. Polemos.
Revisión del módulo
Hasta acá aprendimos:
☰ Construcción del discurso psicopatológico
La psicopatología constituye un conjunto heterogéneo de discursos y prácticas que, en sus
distintas vertientes, se arroga el conocimiento sobre el sujeto (ontología) y sus padecimientos
subjetivos. Es una construcción social discursiva sobre una de las formas del padecimiento
humano.
☰ Problemas epistemológicos de la psicopatología
En el proceso de construcción histórico social del discurso de la psicopatología fueron surgiendo
y conformándose distintos modelos de abordaje, desde los más simplistas y reduccionistas en
los modelos dogmáticos y eclécticos hasta los más complejos como los modelos interaccionistas
e integracionistas.
☰ Introducción a las principales líneas y modelos conceptuales desde el psicoanálisis
La presunción de contenidos inconscientes es a partir de aspectos lagunosos observados en los
datos que proporciona la conciencia. El inconsciente es el gran invento freudiano y es central
para el desarrollo de la teoría, aunque en principio no fuese un objetivo teórico principal que se
hubiera fijado Freud. Desde estos posicionamientos psicoanalíticos fue posible construir modelos
de abordaje de la psicopatología basados en sus conceptualizaciones centrales.
☰ Introducción a las principales líneas y modelos conceptuales desde la psiquiatría
Con el paso del tiempo se hizo posible una estructuración de modelos de abordajes y
comprensión de la psicopatología, lo que conformó como tópico central las taxonomías de las
enfermedades mentales.
Una clasificación es un modo de ordenar. Es la forma en que los clínicos armamos un mapa o
esquema sinóptico de la materia o parte de la psicopatología que queremos estudiar. Es lo que
nos permite ubicarnos en un contexto general y en un tema en particular.